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Me costó bastante persuadir a la su Alteza real, la Princesa Clarisse Radonsh, a que
me narrara esta historia. No estuve presente en la mayor parte de los acontecimientos
(frecuentemente en los más importantes) que se desarrollan aquí, en Las Crónicas de
Xik, pero su protagonista, a raíz de mis ruegos, accedió a desgranar para mí la historia.
Sin embargo, se preguntarán cuando lean, ¿Por qué no está escrito con las palabras de
su narradora? Esto es porque ella me autorizó a editar la historia, confiando en mis
habilidades literarias, y también, lo confieso, para añadir un poco de intriga al relato.
Y, la verdad, mi imaginación no puede concebir cómo el público que lea esta novela
opine sobre ella. La verdad, creo que la encontrarán inverosímil e irreal e incluso
podrían sugerir que he plagiado algunas partes de ella. Tal vez esas acusaciones sean
ciertas, tal vez no, pero la originalidad de los sucesos ocurridos a la princesa es
incuestionable, puesto que no hay ninguna duda de que son verdaderos. Pero primero,
¿Quién soy? ¿Y quién es Clarisse Radonsh? Creo que eso es vital, para la historia que a
continuación va a desarrollarse.
Mi nombre es Charles Burns, Agente del planeta Xik y actual director de la academia
de especialistas Kaxelfir. Ya verán con más detalle que es Kaxelfir, pero puedo
adelantarles que la princesa asistió a nuestra institución durante una parte muy
importante de su vida, así que me siento muy honrado de haber sido su maestro. Y ella,
como sin duda habrán supuesto, inteligentes lectores, es la actual gobernante de nuestro
planeta natal, Xik. Hay 4 planetas, pero eso lo veremos luego.
Clarisse no siempre se llamó Clarisse. Hubo una temporada en que se llamó Ángela, y
vivió la vida de cualquiera de ustedes, así que ella puede comprender perfectamente a
los humanos, aunque ella no lo sea (vale resaltar que hubo una temporada de varios años
en que sí se pensó eso). Pero no quiero adelantarles la historia, sería importuno y muy
desagradable para su Alteza, que se esmeró en narrar esta historia para mí y para
ustedes.
Sin usurparles más su tiempo, aquí está por lo que habían esperado.













 
Un rayo relampagueó en la oscura habitación. Se avecinaba una tormenta, y ella
estaba del mismo humor que la naturaleza.
Se paseó por el lujoso recinto, vacío como casi siempre, muy enfadada. Se sentó
junto a las ventanas de cortinas corridas, en el suelo, mientras pensaba.
Todo había salido mal. Pero tampoco tan mal. No entendía por qué, y eso la
molestaba aún más. El conocimiento es poder, y ella adoraba el poder.
Fijó la mirada en otra dirección; y el espejo le devolvió la mirada que hundía en él.
Sus ojos, azules, parecían ahora dos pedazos de hielo. Eran lo único de su rostro que
podía ver reflejado en el espejo, en la casi total oscuridad de la habitación, sólo
iluminada por una antorcha. El fuego le agradaba. Se parecía a ella; poderoso, temido y
voluble.
Chasqueó los dedos, y las llamas aumentaron de intensidad. Con más luz, ahora sí
podía ver su rostro; su piel estaba muy pálida, casi como un cadáver.
-Será por la sangre azul -se dijo.
Volvió a chasquear los dedos, y las llamas volvieron a su primitivo estado. La mano
izquierda comenzó a dolerle, cosa que rara vez pasaba, pero ella se obligó a controlarlo.
Hizo un gran esfuerzo, como siempre; cerró los ojos con una mueca de concentración, y
obligó al dolor a desaparecer. Al abrirlos nuevamente, vio su aura expandida por la
habitación, bañándola toda de un brillo violáceo.
-Creo que exageré un poco -se dijo. No le gustaba nada tener aquel problema, y
menos que tuviera que usar tanto poder para controlarlo. Debía desarrollar sus poderes
más. Redujo su aura hasta que sólo fue un halo alrededor de su cuerpo; aún más molesta
que antes, lanzó otra mirada helada al espejo, con lo que éste se quebró de inmediato.
Con una risa amarga, lo reparó con un movimiento de su mano, no sin percatarse de
que había palidecido aún más.
-Majestad, sus órdenes. Vengo a darle informe.
Ella miró de reojo al hombre que estaba en la puerta, y acto seguido, cerró el puño.
El hombre gritó de dolor.
-Para empezar, Maurice, di órdenes claras de que no quería que me molestaran. ±
Apretó aún más el puño, y él volvió a dar otro breve grito y cayó en la alfombra-.
Segundo, sabes perfectamente que ya lo sé todo. La clase de asesinos profesionales de
hoy en día« -prosiguió, riendo ante la lamentable visión del tal Maurice retorciéndose
en la alfombra- No pueden siquiera con un simple bebé. Creí que ser General de la
Orden te motivaría un poco más« -Otro apretón al puño-, pero me decepcionas. Pero
bien, no tengo nada que hacer ahora. Puedes contarme por ti mismo lo que pasó.
Relajó la mano con otro leve destello de su aura, y Maurice se quedó allí donde había
caído, aún temblando ligeramente. Ella lo ignoró, o mejor, lo miró como si fuese un
espécimen de laboratorio particularmente interesante.
-Antes que nada, Majestad -respondió Maurice, jadeando todavía-, me gustaría darle
mi más sentido pésame.
-¿Pésame? ¿Por qué?
-Bien« por la pérdida de su Majestad, el rey, por supuesto. Imagino que esto no
figuraba en sus planes« era un gran rey«
Entonces ella supo qué era lo que no había salido tan mal. En esa breve temporada
con él, había llegado a creer que el amor existía, de verdad, y que ella amaba con locura.
Sin embargo, él había muerto hacía sólo unas horas, y ella se comportaba como si nada
hubiese sucedido«
Había roto su último vínculo con el mundo. Sí, eso era. Ahora nada la detendría de
alcanzar su objetivo.
-¿Y por qué piensas que debes decirme esto, Maurice?
-Majestad, porque soy uno de sus confidentes, y«
Él se detuvo antes la risa amarga y fría de ella.
-Yo no tengo confidentes, Maurice. Nadie, ni tan siquiera mi rey lo era. Sólo hay una
persona que puede decir todo lo que he hecho en mi vida, y está sentada en esta
habitación, hablando contigo.
-Como usted diga. Aunque le diré que muchos de la Orden Sangrienta, fieles
seguidores de su Majestad, se consideran sus confidentes.
-Pues ya puedes bajarlos de la nube.
-¿Y las nuevas órdenes?
-La fase de desestabilización hasta que ordene su detención. Pero que la Orden no se
preocupe, les proporcionaré víctimas, al menos de vez en cuando.
-¿Y mi misión personal?
-Espía. Ya sabes a quién.
-Muy bien.
-Dime algo, Maurice. ¿Qué dicen de mí?
-¿Disculpe?
-Ya me has oído. ¿Qué dicen de mí, allá afuera?
-Pues« dicen que es usted extraordinariamente inteligente y astuta.
-Ajá.
-Hábil con las armas y poderosa.
-Sigue.
-Que gobierna justamente.
-Bien. Pero ya basta de halagos. Dime lo demás. -La sonrisa fría y cínica de ella se
ensanchó más.
-Este« dicen que es usted manipuladora, y que usa a los demás para hacer el trabajo
sucio. ±Ella no dejó de notar cierta pizca de resentimiento en la voz de Maurice.
-Interesante.
-Dicen que inspira miedo con sólo nombrarla y que es xenófoba.
-Ah.
-Que no le importan los demás, y que es maligna y cruel.
-¿Y?
-Y, por último, que es peligroso pertenecer a la Orden Sangrienta, o aliarse con usted
de algún modo.
-¿Sabes quién dice eso?
-Sí, Majestad.
-Han hecho un relato de mí de lo más justo. Me agrada.
-Sí, pero«
-Maurice, te asigné una misión, ¿No? ¿Entonces que haces allí parado? -preguntó
ella con una mirada de desdén, y, acto seguido, hizo un rápido movimiento con la mano
hacia Maurice, con lo que el hombre, a pesar de su armadura, cayó desmayado al
golpearse brutalmente contra la pared.
-Ah, no olvides reparar el error de la misión pasada -añadió con cinismo, mientras él
perdía el conocimiento.
Ella rió mientras otros se llevaban a Maurice fuera de la habitación, y su aura cobró
más fuerza. Luego, volvió a calmarse y a sentarse junto a la ventana. Torturar a Maurice
le había mejorado mucho el humor, aunque normalmente no dejaba que nadie lo
supiera.
Enamorarse le había trastornado temporalmente sus objetivos. Estaba persiguiendo
quimeras por placer, pero que no le servían de nada para sus planes.
Sin embargo, sabía que no era el momento. No estaban dadas las condiciones.
Primero tendría que reunir los implementos necesarios, y aumentar sus poderes, si
quería que su plan funcionase. Ya había empezado; por lo visto, ya tenía el aspecto
terrible y maligno que se necesitaba. Pero no debía precipitarse.
En ajedrez, su juego favorito, ya había comprobado que los mejores ataques eran los
lejanos, sorpresivos y a piezas clave.
Sin embargo, sus verdaderas intenciones las conocía sólo ella. Sabía que un gran
líder rara vez muestra sus verdaderos planes ni tan siquiera a sus servidores, y que
mantiene ocultas sus segundas intenciones.
Porque sabía que, de lograr sus objetivos, sus poderes crecerían lo suficiente como
para romper las leyes de la naturaleza más básicas, y entonces«
Dulces imágenes de venganza eterna aparecieron por su mente, pero fueron
interferidas por pesados recuerdos. Ryan«
-• 
    
      

Sin embargo, no pudo. Los horribles recuerdos regresaron, y ella los alejó con la
misma determinación con que antes había rechazado el dolor.
-³    
       aunque sabía que esta última
afirmación era mentira.
Se concentró en avivar su odio, hasta que el recuerdo desapareció por completo. Muy
pronto sería tan poderosa como no lo había sido nadie más. Por ahora, con un poco de
suerte, el bebé estaría en el fondo del río. Aunque prefería no dejar nada a la suerte.
Un príncipe hurciémano no podía esconderse tan fácilmente, aunque los bebés
hurciémanos son en todo similares a los humanos cuando nacen, y sólo desarrollan sus
poderes alrededor de los cinco años de edad. Incluso, se decía que si un bebé
hurciémano era criado entre humanos antes de esa edad, no desarrollaría los poderes«
-Vamos, estás divagando. Olvidas que hay una forma de reconocerlo de inmediato.
Acarició con la punta de los dedos la marca de la cadera derecha, y luego se levantó.
Encontraría a ese bebé. Por el momento, la otra reina, la nueva, no le había
molestado demasiado, así que, por ahora, la dejaría en paz.
Se ajustó mejor su propia corona, y entonces, ese furioso deseo de ser madre, volvió
a acometerla. Ella lo rechazó casi con violencia, hasta que desapareció. Era imposible;
el asesino de Ryan, el muy maldito, se había encargado de eso.
Pero él, al menos, ya había recibido lo que merecía.
Se acercó a la gran y plana vasija de piedra que tenía sobre un pedestal, en un
extremo de la habitación. Tomó el gran jarrón de plata de la esquina, y vertió plata
líquida eterna en él.
El Espejo de Videncia le mostraría de nuevo lo que había sucedido, pensó, mientras
arrojaba a la plata ardiente un cabello dorado. El cabello se carbonizó inmediatamente,
y la plata empezó a girar muy rápido.
Por alguna extraña razón, el Espejo de Videncia no quería mostrarle qué había sido
del bebé. Lo había visto todo, hasta el momento crítico de la desaparición. No
importaba. Seguro que esta vez, sí lo vería.
La plata dejó de girar, y se transparentó como el agua. La reina miró en su interior,
pero no había nada nuevo.
-¡Maldita sea, dónde estás! -masculló por lo bajo.

Tres horas más tarde, la misma escena se repetía. Pero en otro reino diferente.
Cuando el agente, ya muy anciano, entró, la reina no se dedicó a torturarlo. Por el
contrario, se echó en sus brazos, y siguió llorando, pese a que llevaba muchas horas en
eso y tenía los ojos muy hinchados.
-¿Dónde está, Charles? -preguntó ella de inmediato- ¿La encontraron?
-No.
-¡Tienes que encontrarla!
-No sabes cómo odio decirte esto, pero voy a necesitar que me digas qué pasó, de
nuevo.
-No« no sé en realidad« -ella siguió llorando aún más fuerte, hasta que se calmó
un poco, pasados unos minutos-, está bien.
» Sabes que Clarisse nació hace menos de una semana. Hace cinco días,
exactamente. Alex y yo éramos todo lo felices que una persona puede ser«
»Ayer, por la noche, un grupo de desconocidos se infiltraron al castillo. Sabes que la
seguridad establecida por Alex era casi imbatible, así que tenían que estar muy bien
entrenados para esto. Exterminadores, tal vez. No creo que sean agentes tuyos; siempre
sabes elegirlos.
»De cualquier modo, asesinaron al menos a la mitad de los guardias antes de que
dieran la alarma. Alex y yo estábamos en la sala de audiencias, al otro lado del palacio.
Él se fue a ayudar a combatir la invasión, pero yo fui a las habitaciones en medio del
tumulto, a buscar a la niña y ponerla a salvo. Y entonces« ya no estaba allí.
»El ataque se replegó casi de inmediato« Alex convocó a casi todo el ejército para ir
tras los agresores, y los cazaron, uno a uno, por las calles de la ciudad« pero la niña no
apareció.
»Alex fue él mismo a buscarla, pero no pudieron hallarla. Al final de la noche, volvió
aquí y se encerró en su estudio, solo. Estuvo allí el resto de la noche, y yo en las
habitaciones. Cuando, hoy por la mañana, fui a buscarlo, él estaba en el suelo«
La reina no pudo contenerse más, y volvió a sollozar otro rato, mientras el agente
trataba de consolarla.
-¿Sabes por qué murió?
-No. Nadie, ni tan siquiera los forenses o tus agentes lo saben. No tienen la más
remota idea acerca de cómo murió Alex.
-Y ahora me dicen que en Fanyou, ha muerto Axel también.
-¿Qué? ¿Axel también?
-Y también por causas inexplicables. Las mismas causas inexplicables por las cuales
murió su hermano gemelo. Sin embargo, nadie entiende, pues no había motivo para que
los hermanos murieran. Y esto de Clarisse«
-¡Encuéntrala, Charles! Si«
-¿Isis sabe todo esto? -la interrumpió él.
-Claro. Es la comidilla de todo el mundo.
-Entonces iré a hablar con ella también. Tal vez nos de una pista para encontrarla.
La reina tuvo otro acceso depresivo en ese preciso instante, y el agente creyó que no
debía marcharse sin decir algo a la reina.
-Su Majestad, sé que es lo menos oportuno que puedo decir en este momento, pero
debe ser fuerte. Ahora usted estará sola en el trono. Todo su reino, Vionepa, va a
necesitar a su líder.
El agente salió nuevamente, dejando a la reina sola en su pena.

Volvió a abrir los ojos.


Aún era demasiado pequeña para enterarse de todo lo que sucedía. Su visión era
borrosa, sus sentidos delicados y su conciencia fluctuaba constantemente. Era
demasiado pequeña para comunicarse o moverse por sí misma. Era demasiado pequeña,
incluso, para saber nada, donde estaba, qué hacer, qué había pasado. Ni tan siquiera para
saber cómo se llamaba.
Sin embargo, recordaba, muy vagamente, haber sentido miedo. Había dormido
tranquilamente, hasta que unos golpes, y la sensación de ir demasiado rápido la habían
molestado. Luego, se había sentido en el suelo nuevamente, y de inmediato, en cuanto
se restableció la calma, haber vuelto a dormir. Hasta ahora.
Se movió ligeramente en la manta, tratando de encontrar una posición más cómoda.
No todo estaba bien, pero no había problemas. Podía dormir«

-¡Por Dios Santo!


El doctor Karol Maura se quedó petrificado en el umbral de su casa. Su jardín, que él
cuidaba con tanto esmero, ahora parecía zona de guerra. Y ciertamente eso había sido, a
juzgar por los cadáveres que estaban retirando de la acera y los ruidos que había
escuchado la última media hora.
Sin embargo, algo más le llamó la atención, un bulto blanco entre las sombras.
Esperó hasta que los exterminadores y los forenses se fueron, y entonces se acercó a ver
qué era. Lo que fuese, estaba cubierto por una manta primorosamente labrada.
Se acercó lo suficiente, y por segunda vez en menos de una hora se le detuvo el
corazón. El bulto era nada más y nada menos que un bebé de muy corta edad.
-Ya estoy demasiado viejo para estas cosas.
Con un rápido vistazo a su alrededor, lo levantó del oscuro rincón y entró a la casa.
Allí, lo colocó sobre la mesa, y se proponía examinarlo, cuando se fijó en la manta que
lo cubría.
-Espera. Yo conozco esa mantilla -se dijo.
Con el corazón acelerado por el presentimiento, desenvolvió al niño, que dormía
plácidamente, de su manta, y desabrochó el pañal.
Y ahí, en la cadera derecha, había tres líneas púrpura, tan pequeñas que apenas podía
verlas.
El buen doctor, que ya no era muy joven, se dijo que no debía sufrir tantas
conmociones de una vez, mientras levantaba los pies sobre la mesa para evitar
desmayarse. En cuanto estuvo en condiciones, volvió a cubrir a la pequeña con su
manta.
La niña que él había ayudado a nacer.
Dado que en este momento el reino estaba convulsionado, no era de extrañarse que
viera las noticias. Así que sabía que los reyes gemelos, que habían gobernado juntos,
habían muerto misteriosamente.
Aunque no habría vacío de poder, puesto que sus respectivas reinas los suplirían,
también habían atacado el palacio y secuestrado a la princesa. Toda la noche anterior
habían perseguido a los asaltantes. Pero la niña no había aparecido.
El buen doctor, que nada podía hacer al respecto, se había limitado a encerrarse en
casa, a alabar cada captura de los agresores y a desearles suerte en su intento de
encontrar a la pequeña princesa.
Nunca había imaginado que sería él el que tendría esa suerte.
Inspeccionó a la pequeña princesa y pudo comprobar que ésta no había sufrido
ningún daño. Irónicamente, él tendría que comprobar su estado en el palacio, junto a su
madre, ese mismo día, si nada hubiese ocurrido. Y es que él tenía el importante cargo de
médico real.
Sin embargo, el hecho de que la princesa que él conocía desde antes de que naciera
estuviera bien eliminaba tan sólo uno de sus problemas.
-Para empezar, Clara, no puedo regresar a palacio y devolverla a su madre sin más.
Están buscándola por todo el reino, y si la encuentran antes de que yo la lleve al palacio,
me meteré en graves problemas. Y pensándolo bien, me meteré en problemas aunque
llegara.
-¿Qué podemos hacer entonces, Karol?-contestó su esposa.
-Y además está el bien de la familia real. Quienquiera que fuese aquel que atacó el
palacio real está tras la pequeña que ahora tenemos aquí. Si la princesa vuelve a palacio,
podrían atacarlo de nuevo« y la reina no está en condiciones de defenderlo. No está en
condiciones de defenderse tan siquiera a sí misma ±continuó él, sumido en sus
pensamientos. -En pocas palabras, que la niña vuelva en este estado caótico sólo
ocasionaría problemas para todos. Lo siento mucho por la reina, pero«
-Una vez decidido eso, está la complicación de qué hacer con ella ±dijo Clara-.
Nosotros no podemos criarla; somos muy ancianos, nunca hemos tenido niños, y no es
lo más saludable para ninguno de los tres.
- Además, la persona que había organizado el ataque no tardaría en rastrearla hasta su
casa; de hecho, nosotros mismos tendremos que vivir en otra casa por un tiempo. Qué
lío ±dijo Karol, preocupado.
-Así que debemos encontrar a una familia sustituta para ella, al menos hasta que la
situación se tranquilice.
Entonces Karol recordó que una familia humana, a la que él conocía, trataba de
adoptar a un niño pronto. Pero no, no servía. La princesa era hurciémana, y«
-Pero parece humana -se dijo, mirándola de nuevo. Tal vez si conseguía hacerla
parecer humana, se dificultaría todavía más su rastreo.
-Entonces, decidido. -Y con esa determinación, llamó a Vasti.

-¡Maldita sea!
El violento puñetazo de Maurice se estrelló contra el escritorio, despedazándolo,
aunque los Cielos sabían que en realidad habría querido estrellarlo en la cara del
subordinado que tenía delante.
-¿Qué hiciste con el bebé? ¡Dilo!
-Pues« los estúpidos exterminadores del rey Alex nos acorralaron en un callejón sin
salida. Era extraño, puesto que nuestra patrulla era de incógnito. Nos refugiamos en una
casa al final del callejón, y abrimos fuego. La orden de la Reina era que el bebé no debía
sufrir daño alguno, así que lo escondimos para pelear con más comodidad. Pero eran
demasiados; la patrulla huyó, pero tuvimos que dejar al bebé porque era demasiado
comprometedor. Pensamos recogerlo en cuanto los exterminadores se dispersaran, pero
los malditos nos persiguieron por mucho tiempo. Cuando volvimos por él, ya no estaba.
Maurice ya no pudo contenerse más; tomó al agente por las solapas y lo estampó
contra la pared.
-Escúchame bien, imbécil -le dijo, en un susurro bajo y venenoso-. La Reina Roja
está muy enfadada por este fracaso. Si ese bebé no aparece, sano y salvo, en veinticuatro
horas, vas a tener que conocerla en persona. Y créeme, eso nunca es bueno, para
ninguno de los dos.
»Así, como no pienso tolerar que la Reina Roja me castigue por  incompetencia,
vas a enterarte de lo siguiente: Por alguna razón, ella no puede rastrear al bebé. Así que
vas a ir, a donde sea que fue la última vez que lo viste, y lo vas a traer aquí en ese
tiempo. ¿Entendido?
Y Maurice, conteniéndose aún, salió como un vendaval de la habitación.

-Vaya, cuanto tiempo sin verte. ¿Vas a quedarte mucho?


-No, sólo lo necesario para ocuparme de la niña.
El doctor Maura respiró en cuanto su colega, la doctora Vasti Kennedy, le abrió la
puerta. Ya tenían hechas las maletas, nadie lo había seguido« al parecer, había
conseguido perderles la pista.
Había vendido su casa y comprado la casa al lado de la suya, porque así no levantaría
sospechas. Y lo había hecho a través de laberínticos intermediarios. Los demás vecinos,
ya había preguntado, también se habían mudado a otro reino. Al parecer, estaban a
salvo.
Vasti también se iría por una larga temporada, tal vez para siempre, por un
reemplazo que tenía concertado desde hace mucho tiempo para irse a Atlantry con su
familia. Así, sólo él podría decir el paradero de la princesa.
Vasti entró a la casa, y él oyó a otro bebé llorar. Se acercó y vio a otra recién nacida
que lloraba con todas sus fuerzas, amenazando con despertar a la que tenía dormida en
brazos.
-¿Y esa bebé? -preguntó a Vasti.
-Ah, es de una de mis pacientes, tenía problemas respiratorios. La traje al hospital
para tenerla bajo control permanente, pero ya está bien. Luego de entregar a tu pequeña
expósita a su nueva familia, llevaré a ésta con sus padres.
»Oye, ¿Podrías, por favor, vigilar a ambas mientras me preparo? Mi vuelo sale muy
pronto, y me gustaría estar lista.
-Claro. No te preocupes.
El doctor Maura colocó a Clarisse junto a la otra pequeña... y entonces se le ocurrió
una idea brillante.
Unas horas después, el doctor ya se había instalado en su nueva casa, feliz por cómo
había solucionado todo. Para dificultar aún más las cosas, había cambiado de ropas a las
niñas cuando Vasti no miraba. De ese modo, Vasti las confundiría, y llevaría las niñas
cambiadas; la princesa iría donde la familia humana desconocida, y la otra niña donde
los padres adoptivos. Así, la princesa, y la otra chica, se convertirían en niñas anónimas,

El doctor Maura palideció, y se dio cuenta de lo que había hecho.
Vasti había entregado a las niñas y se había ido a Atlantry, tal vez para siempre. Él
no tenía ninguna forma de localizarla. Y, aunque él sabía todo acerca de la familia
adoptiva, nada sabía sobre la otra, la que ahora tenía a la princesa« y hablar con la
familia adoptiva no serviría de nada, puesto que el cambio era secreto«
El doctor Maura por poco llora de la desesperación. Tratando de salvar a la princesa,
había creado un laberinto tan complicado que había terminado perdiéndose en él« y
perdiéndola a ella.
Ahora, por su estupidez, la princesa había perdido su último nexo con el palacio,
bloqueándole la oportunidad de regresar a él, tal vez para siempre.

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