Títulos Celeste Agreste

TÍTULOS
Los títulos, esas historias esbozadas, como contraseñas. Se acercaba el momento para entregar el relato y aún no tenía nada más que un laberinto en la cabeza y no era capaz de tirar del hilo y desenrollar la madeja. En anteriores ocasiones había sido de las primeras en entregarlo y llegado el momento final me sentía tranquila y no absorbida por esa vorágine de: -¡¡¡¡ Matuteros!!! ¡¡¡Apurad, que tenemos que empezar con las votaciones!!! Me presento: me llamo Celestina Hurtado, vivo en El Corredor del Henares y a diario cojo el tren. Si algo me caracteriza es que me gusta tanto observar como recrear personajes y construir historias con la realidad. Formo parte de un grupo de amigos que hace unos años pusimos en marcha el concurso literario Premio Literario Internacional Matute. El concurso consiste básicamente en un acuerdo entre amigos que tenemos en común el amor a la Literatura. Este año es el IV Certamen de los Matuteros y se acerca el momento del esperado encuentro anual. Como cada año, una vez empezado el certamen, empezamos a colgar los relatos en nuestra Web, los leemos y los votamos entre nosotros. Siempre le ha tocado al anterior ganador encargarse de los preparativos. Los participantes nos damos a conocer con un seudónimo y lo que nos resulta muy divertido es imaginarnos de quién es cada relato. Os voy a contar mi experiencia con el concurso hasta ahora. En años anteriores, con los calores de junio y el propio frenesí de los finales del curso, las ideas que había ido recogiendo se ponían en orden. La secuencia era parecida año tras año, de forma que iba cogiendo notas en cualquier momento del día, en el trabajo, en el transporte, mientras cocinaba. Era entonces cuando una noche de calor me desvelaba y mientras todos dormían en casa, me levantaba sigilosamente y le daba forma a todo lo que tenía en la cabeza y de pronto el rompecabezas cuadraba, les daba nombre a los protagonistas sin apenas esfuerzo y después de menos de una hora, ya lo tenía, en bruto pero lo tenía. Ya sólo me quedaba pasarlo a limpio en el ordenador, momento que utilizaba para darle brillo al relato, quitarle o ponerle, pulirlo y en definitiva, hacerlo mío. Otra cosa muy distinta es la situación con la que me encuentro en esta ocasión. Tengo claras dos cosas: el seudónimo, Celeste Agreste y el título, títulos, pero me falta la historia pero no precisamente por falta de historias. Me explico, me quedan pocos días y quiero participar y he decidido que voy a hacer lo que siempre me ha gustado hacer. Dejarme llevar. Para explicar esto me tengo que apoyar en los recuerdos. Siempre me ha gustado imaginar que andaba por el techo y que el suelo era el techo y veía los muebles colgando o que estaba al otro lado del espejo y me gustaba ver como era la habitación desde un punto de vista diferente. Se me abrían otros espacios posibles. Y desde jovencita, cuando iba andando o conduciendo por la ciudad, me llamaba la atención que al ir en una dirección, 1/6 12/10/2010

Títulos Celeste Agreste pensaba porque no iba en otra y me daba curiosidad y me preguntaba qué me pasaría si me saliera de ese camino y girara en una curva y me fuera en otra dirección, o callejeara por ese barrio por el que nunca estuve, sin saber por donde ir, inventando el camino a cada paso. A veces lo hacía y deambulaba por la ciudad y terminaba por llegar a donde pretendía ir. Llegar, llegaba, a donde se suponía que iba desde el principio y simplemente variaba los itinerarios. Me dejaba llevar por las sorpresas del azar y casi siempre encontraba en el camino señales de mi vida y de lo que interpretaba mi destino. Otra característica de mi carácter que siempre me ha acompañado ha sido la de revelarme ante el orden diario y las rutinas en las pequeñas cosas cotidianas, la hora exacta en el despertador, el mismo desayuno, coger el autobús y el tren de una hora concreta, elegir el mismo vagón y el mismo asiento. Veía el comportamiento de otras personas y comprobaba que no usaban su tiempo para tomar esas pequeñas decisiones. Simplemente hacían siempre lo mismo y así no gastaban energías en la improvisación. Repetir, en definitiva. Como cuando llevabas uniforme en el instituto. Pues bien, me dije, en mi situación actual, tengo el seudónimo y el título, pero no tengo una historia elegida, el problema es que tengo muchas ideas y muchos títulos, así es que he pensado que porqué no dejarme llevar por los vericuetos de la escritura, hasta el final. ¿No me había pasado toda la vida observando y construyendo relatos mentales? ¿Cuando estaba viviendo algo no lo literaturizaba y me lo contaba a mi misma y a los demás? Por tanto, es hora de dejarme llevar sin miedo, en libertad. - Estos son los títulos que tengo:        El hombre que declamaba La pareja de espías Contraseñas caducadas Desayunos en el tren La pareja intermitente Desde Coslada a Vallecas con amor, y El paraíso perdido

Había un hombre que declamaba en el Paseo de Recoletos que me enternecía, se trataba de un hombre de mediana edad, que se había hecho fuerte debajo de la única palmera del paseo, robusta y chata, de tronco poderoso, pero muy bajita, de forma que creaba a su alrededor un espacio confortable. Era un hombre relativamente joven, moreno, de pelo rizado y bastante fuerte. Parecía que acabara de salir del gimnasio, llevaba un fajín encima de la ropa, un pantalón de deportes con la cremallera abierta por los laterales de las piernas hasta la rodilla, pero en cuanto te fijabas un poco veías cosas que no cuadraban como su jersey de lana hecho a mano y bastante gastado y que aunque llevara zapatillas de deportes no asomaban unos calcetines. Estuvo una temporada por el paseo, quizás unos meses, entre otoño e invierno, me acuerdo porque fue el tiempo justo que mantuve una contraseña de entrada al ordenador de mi trabajo, era: Contraseña. 2/6 12/10/2010

Títulos Celeste Agreste Solía estar sentado en un banco con su maleta de ruedas de mediano tamaño, bastante llena, cerrada y preparada como para viajar lejos. Lo tenía todo recogido y en orden. Pero de pronto te sorprendía porque se ponía a hablar hacía un público inexistente, se ponía de pié y el fajín parecía que le ayudara a tener una mejor declamación. Yo intentaba pasar lo más cerca posible de él a ver si cogía una frase al azar y podía tirar del hilo de lo que se fraguaba en su cabeza. Me imaginaba que daba mítines, sobre el capitalismo y la globalización, o bien que podía tratarse de un temario que repetía como un empollón, como antiguamente los opositores de correos, diciendo listas interminables de pueblos. Ahí estaba, declamando, frente al antiguo Palacio de Comunicaciones. No sé, otras veces pensaba que no, que la lucha que mantenía se trataba más bien de un discusión con mucha enjundia, con muchos argumentos y que con pasión mantenía como un tertuliano. Daba la sensación de que repetía sin cesar, como si lo hubieran grabado o programado o se hubiera quedado estancado en algún momento decisivo de su vida, enganchado en un mitin o en una discusión familiar con un padre autoritario o una madre o pareja excesivamente castrante. Un día al pasar cerca de él me miró fijamente y me dijo ¡guapa! me enterneció ese gesto tan mundano y pensé que no debía ser de Madrid, aquí eso de los piropos es algo ya trasnochado. Por tanto deduje que podría ser de provincias, por eso había elegido ese lugar para estar, tan céntrico, enfrente de La Cibeles, junto al Banco de España y el Cuartel General del Ejército, en donde se fraguó el golpe de estado del 23- F. En fin, un lugar ideal para declamar. Cada mañana cuando llegaba a Recoletos, en el trayecto que me separaba hasta mi trabajo lo veía y me daba tiempo a pensar sobre cuál sería su historia y aprovechaba para comentar con los compañeros con las que podía coincidir cada mañana, que con educación unos y otros, con algo de guasa, me decían que no habían pensado en ello. Era evidente que no era un tema que les interesara, por supuesto que era mucho más importante saber cuantos moscosos nos permitiría el calendario pactado por convenio para ese año. Me acuerdo que en aquella mañana de febrero en la que por fin se desvelaba una primavera incipiente, en la que llegué my pronto a Madrid, me lo encontré ya levantado, al lado del saco de dormir y de por supuesto su maleta. Estaba al pié de la robusta palmera y ese día el hombre no declamaba, ya solo arreaba a su palmera unas patadas enormes dirigidas con la destreza propia de quién domina las artes marciales. Cuando llegue al trabajo y encendí el ordenador metí la contraseña y me salió un mensaje en el que me informaba de que debía cambiarla porque me había caducado. Escribí: Declamar. A mi no me daba igual y me importaba mucho más aquel hombre que declamaba que el computo anual, el IRPF y las nóminas del presupuesto por convenio, conseguido a través del patrocinio, que se incorporaba al protocolo de la gestión comercial, que a su vez había sido planificada por la Secretaría General, con el acuerdo previo, recogido en las actas correspondientes del Consejo de Administración. Bastante más. No lo volví a ver. 3/6 12/10/2010

Títulos Celeste Agreste Mi vida, los días de diario, empezaba corriendo. Según tomaba el desayuno y bajaba a la calle, miraba a mi derecha, todavía de noche, para ver si llegaba el autobús que me llevaba a la Estación del tren y si lo veía girando en la esquina, me pegaba una carrera, de forma que me viera el conductor y me abriera a pesar de haber pasado ya de la parada. Si ese día había madrugado tenía un aliciente y era que coincidía con la pareja de espías. El era alto y de aspecto blando y ella también alta, varonil y dura en sus rasgos. Sin ningún tipo de adornos superfluos. Siempre iban serios, parecía que tenían miedo y que querían pasar desapercibidos. Yo notaba como se ponían nerviosos cuando me veían y hacían como que no me habían visto. Hacían como que miraban para cualquier parte menos hacía donde estaba yo. Ellos se debían dar cuenta de que yo los observaba. Sabían que yo me había fijado en ellos pero a la vez estaban extrañados porque era como que yo les había encontrado algo diferente o inusual que hacía que me llamaran la atención. Pero la pareja actuaba como si fueran tan conscientes de su normalidad que no estuvieran acostumbrados a llamar la atención de nadie. Pero yo me fijé en ellos porque algo no cuadraba y es que me imaginaba que eran espías y que estaban siguiendo un plan tramado de antemano y que lo seguían con meticulosidad cada mañana, a modo de ensayo, para estar preparados para el gran día. Siempre iban en el mismo autobús y yo no, yo aparecía de forma aleatoria, por eso no los veía a diario. En realidad ellos estaban dentro de una rutina establecida de antemano y era yo la que irrumpía en su orden. Cuando nos bajábamos del autobús me hacía la distraída pero apuraba el paso y me ponía al mismo ritmo que ellos, para ello a veces tenía que correr porque iban a coger un tren concreto y como lo perdían, corrían. Parecía una persecución y ellos se daban cuenta. Yo me metía en el mismo vagón y me ponía cerca, de forma que los observaba mientras hacía como que leía. Hubo una época en que dejé de verlos y es que madrugaban más, lo descubrí un día que cogí el autobús más pronto y allí estaban. Se sorprendieron tanto que me imaginé que habían cambiado el horario para no coincidir conmigo. Otra vez dejé de verlos y al llegar la primavera, los vi desde el autobús, eran ellos, que iban andando para el tren. Entonces imaginé que habían pasado al plan B o que incluso ¡podía ser ese el gran día! El día en que la pareja de espías tenían por fin que ejecutar su plan. Me baje del autobús y casi corría hasta que alcancé el tren y pude alcanzar el mismo vagón en el que ellos ya habían entrado y cuando se encaminaban a sus sitio vieron que yo estaba sentada enfrente de ellos. Estaba claro, se les notaba a la legua que iban disfrazados para la ocasión, el con traje y gabardina y ella con un collar largo de bisutería, una chaqueta roja muy atrevida, unas manoletinas con brillo y sobre todo un bolso de rafia adornado con apliques de flores superpuestas, ¡en mi vida había visto un bolso tan feo! Ese día, muy a su pesar, levantaron la mirada y al unísono me dijeron un hola que los delató. Yo debía llevar la razón porque a partir de ese gran día no los volví a ver. Debieron ejecutar su plan y huir a otro lugar, al menos por un tiempo. Así debe ser la vida de las parejas de espías.

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Títulos Celeste Agreste Cuando llegué al trabajo abrí el ordenador y al teclear la contraseña me salió un mensaje de que estaba caducada, me encantaba ese momento porque tenía que inventarme un nombre que me duraría exactamente seis meses, en esa ocasión escribí sin dudar: Espías. En el tren quería leer pero no quería dejar de mirar a mí alrededor porque, encontrar personas que volviera a ver otro día me daba pie a imaginarme una historia y la verdad, es que me gustaba leer, pero más me gustaba mirar. Normalmente cambiaba de vagón y así podía ampliar las historias, Había una joven pedigüeña que aparecía y desaparecía, que a veces llevaba ropa limpia y otras sucia, pero siempre de colores vistosos y alegres, llevaba el poco pelo que tenía tan estirado que le dejaba muy despajada su cara simpática dentro de su estado siempre etéreo. Lo que me llamaba la atención de ella, además de su delgadez, era que pedía en el tren pero no para comer sin más sino para algo mucho más concreto y codiciado. Pedía para desayunos que variaban por temporadas. No le valía cualquier cosa, lo mismo quería porras y café que en otra temporada era cola-cao y donuts o si era al medio día pedía para una coca-cola y pincho de tortilla. Nunca pedía para un pedazo de pan y un cartón de leche, como otros, ella pedía para productos elaborados, propios de una cafetería. Claro que en el tren nadie llevaba esos productos y casi no la miraban, la mayoría dormía o leía. A mi me gustaba, cuando le daba unas monedas, mirarla y le decía que era para un café y un cruasán y ella me sonreía a la vez que me guiñaba el ojo. Al llegar al trabajo no dude al cambiar la contraseña que estaba a punto de caducar. Puse: desayunos (no me cabía desayunoseneltren) A veces pensaba que me estaba volviendo loca, ya que había tantas cosas que me parecían propias de ser contadas y es que ¿todo tenía algún posible interés literario?, y cuando digo cualquier cosa me refiero a cualquier cosa. El día que llegaba más feliz al trabajo era el día que al entrar en el tercer vagón por la cola trasera, coincidía con el que yo llamaba Gabriel, por su parecido con un amigo de la juventud. Era un hombre de unos treinta años, de gran tamaño, vestido con un traje de ejecutivo. Llamaba la atención porque el tamaño de los asientos le venía pequeño y así fue como me fijé en él por primera vez y es que estaba sentado en uno de los asientos que se abaten, próximo a las puertas de entrada al vagón. Ya me fui fijando en su aspecto con más detalle: de facciones amplias, pulcro y lo que me llamó más la atención fue su nerviosismo, se mordía las uñas como un pequeño y alternaba la vista entre su reloj y la puerta de entrada. Yo no daba crédito cuando de pronto veo que entra y se hace hueco entre el barullo de la estación de Coslada una mujer joven, muy arregladita, con aspecto de ejecutiva, de traje y tacones, pero en tamaño liliputiense, muy pizpireta y de movimientos rápidos, como de colegiala, que se escurría entre el tumulto, y de pronto da un pequeño y ágil salto y se sienta en las piernas del tal Gabriel. Desde esa postura se besaban y se miraban desde muy cerca, embelesados y se volvían a mirar, a veces hablaban pero poco. Estaban extasiados. Estaba convencida de que eran novios y de que se habían conocido en el tren y de que se iban a casar. Los vi en diferentes ocasiones y cuando ella se 5/6 12/10/2010

Títulos Celeste Agreste bajaba en la estación de Vallecas, él se quedaba apesadumbrado por unos minutos y después se recomponía y cogía el periódico gratuito y parecía uno más del tren. Hasta llegaba a dormir, pero eso si, con la sonrisa en la boca. Creo que era un amor concentrado el de esa pareja intermitente, que tenía el aliciente de los amores prohibidos. Seguramente, pensaba yo, cuando se casen y vivan juntos y no tengan que verse durante exactamente 15 minutos, de forma frugal, entre varias estaciones de tren, ya no sería lo mismo y en algún momento de sus vidas se darían cuenta de que esos momentos desde Coslada a Vallecas con amor, serían los de la verdadera felicidad o lo echarían de menos como el paraíso perdido. Cuando llegué al trabajo esa mañana, me salió el deseado mensaje de que mi contraseña había caducado y ese día elegí: paraísos (no me cabía perdidos) Madrid a 10/10/10 CELESTE AGRESTE

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