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Manuel González Zeledón

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Manuel González Zeledón

Cursó sus estudios primarios en escuelas privadas en su ciudad natal. Los secundarios en el Instituto Nacional de la ciudad de San José. Su educación formal terminó a los catorce años, de ahí parte la forzosa carrera de autodidacta. La probreza de su familia 10 obligó a trabajar desde muy joven para el sostenimiento de su familia. En 1889 viajó a Bogotá, Colombia, en donde vivió dos años y medio, donde entró en relación con las figuras dominantes de la literatura colombiana, estando en esta ciudad el gobierno de Costa Rica lo nombró vicecónsul. De vuelta en Consta Rica, abre una oficina de procurador de asuntos judiciales y adquiere renombre por lo convincente de sus alegatos. En 1892 fue Oficial Mayor de la Secretaría de Relaciones Exteriores y Culto. En 1896 fue diputado de gran actuación en el Congreso Constitucional, donde se destacó por su excepcional ilustración y por la elocuencia de l a palabra. Durante los años de 1904 y 1905, desempeñó con el mayor acierto las funciones de Director General de Estadfsticas, durante el Gobierno del Lic. Ascensión Esquivel Ibarra; luego en 1906 se trasladó con toda su familia a los Estados Unidos de América, donde permaneció por más de treinta años, instalandose en la ciudad de Nueva York, donde logró conquistarse una posición desahogada. Manuel González Zeledón má s conocido con el seudónimo de magón, que fue el que utilizó en su s primeros escritos, inició su trayectoria como escritor con la publicación del cuento «Nochebuena» en el diario «El País», debido a su éxito siguió escribiendo un cuento todas las semanas. Su primera época fue de intensa colaboración. De 1915 a 1920 desempeñó ad honorem el cargo d e Cónsul General de Costa Rica en la ciudad de Nueva York. Aquí además de servir depromotor de 1a cultura costarricense y latinoamericana, fundó la Asociación Consular Latinoamerican de Nueva York, de la cual fue elegido presidente y reelegido en repetidas ocasiones, jefe por 16 años de la Sección Latinoamericana de la National Asociation of Manufactures of the United Sta tes, uno de los fundadores del Círculo Literario Hispano-Americano de Nueva York; su colaboración fue siempre muy solicitada para dar conf erencias en centros culturales y comerciales de gran renombre. Además fue miembro de varias instituciones científicas y literarias de los Estados Unidos de América. En 1932 se trasladó a la ciudad de Washington para ejercer el puesto de Encargado de Negocios, cargo para el cual había sido designado en la tercera administración del Lic. Ricardo Jiménez Oreamuno, en reconocmiento por sus excelentes servicios prestados al país. En abril de 1934 se le nombra ministro

residente en esa ciudad. Falleció en san jose costa rica el 29 de mayo de 1936.

Cuento.
EL CLIS DE SOL

Manuel González Zeledón

(Magón)

No es cuento, es una historia que sale de mi pluma como ha ido brotando de los labios de ñor Cornelio Cacheda, que es un buen amigo de tantos como tengo por esos campos de Dios. Me la refirió hará cinco meses, y tanto me sorprendió la maravilla que juzgo una acción criminal el no comunicarla para que los sabios y los observadores estudien el caso con el detenimiento que se merece.

Podría tal vez entrar en un análisis serio del asunto, pero me reservo para cuando haya oído las opiniones de mis lectores. Va, pues, monda y lironda, la consabida maravilla.

Señor Cornelio vino a verme y trajo consigo un par de niñas de dos años y medio de edad, nacidas de una sola "camada" como él dice, llamadas María de los Dolores y María del Pilar, ambas rubias como una espiga, blancas y rosadas como durazno maduro y lindas como si fueran "imágenes", según la expresión de ñor Cornelio. Contrastaba la belleza infantil de las gemelas con la sincera incorrección de los rasgos fisonómicos de ñor Cornelio, feo si los hay, moreno subido y tosco hasta lo sucio de las uñas y lo rajado de los talones. Naturalmente se me ocurrió en acto preguntarle por el progenitor feliz de aquel para de boquirrubias. El viejo se chilló de orgullo, retorció la jetaza de pejibaye rayado, se limpió las barbas con el revés de la peluda mano y contestó:

±¡Pos yo soy el tata, más que sea feo el decilo! No se parecen a yo, pero es que la mama no es tan pior, y pal gran poder de mi Dios no hay nada imposible.

±Pero dígame, señor Cornelio, ¿su mujer es rubia, o alguno de los abuelos era así como las chiquitas?

±No, señor; en toda la familia no ha habido ninguno gato ni canelo; todos hemos sido acholaos.

±Y entonces, ¿cómo se explica usted que las niñas hayan nacido con ese pelo y esos colores?

El viejo soltó una estrepitosa carcajada, se enjarró y me lanzó una mirada de soberano desdén.

±¿De qué se ríe, señor Cornelio?

±Por no había de rirme, don Magón, cuando veo que un pobre inorante como yo, un campiruso pión, sabe más que un hombre como usté que todos dicen qu¶es tan sabido, tan leído y que hasta hace leyes onde el Presidente con los menistros?

±A ver, explíqueme eso.

±Hora verá lo que jue.

señor Cornelio sacó de las alforjas un buen pedazo de sobado, dio un trozo a cada chiquilla, arrimó un taburete, en el que se dejó caer satisfecho de su próximo triunfo, se sonó estrepitosamente las narices, tapando cada una de las ventanas con el índice respectivo, restregó con la planta de la pataza derecha limpiando el piso, se enjugó con el revés de la chaqueta y principió su explicación en estos términos:

±Usté sabe que hora en marzo hizo tres años que hubo un clis de sol en que se oscureció el sol en todo el medio; bueno, pues, como unos veinte días antes

Lina, mi mujer, salió habelitada de esas chiquillas. Dende ese entonces le cogió un desasosiego tan grande que aquello era cajeta: no había cómo atajala, se salía de la casa de día y de noche, si empre ispiando pal cielo; se iba al solar, a la quebrada, al charralillo del cerco, y siempre con aquel capricho y aquel mal que no había descanso ni más remedio que dejala a gusto. Ella había sido siempre muy antojada en todos los partos. Vea, cuando naci ó el mayor jue lo mesmo; con que una noche me dispertó tarde de la noche y m¶hizo ir a buscarle cojoyos de cirgüelo macho. Pior era que juera a nacer la criatura con la boca abierta. Le truje los cojoyos; endespués otros antojos, pero nunca la llegué a ver tan desasosegada como con estas chiquitas. Pos hora verá, como l¶iba diciendo, le cogió por ver pal cielo día y noche, y el día del clis de solo, qu¶estaba yo en la montaña apiando un palo pa un eleje, es qu¶estuvo ispiando el sol en el breñalillo del cer co dende buena mañana.

Pa no cansalo con el cuento, así siguió hasta que nacieron las muchachitas estas. No le niego que a yo se me hizo cuesta arriba el velas tan canelas y tan gatas, pero dende entonces parece que hubieran traído la bendición de Dios. La mestra me las quiere y les cuese la ropa, el Político les da sus cincos, el Cura me las pide pa paralas con naguas de puros linoses y antejuelas en el altar pal Corpus y, pa los días de la Semana Santa, las sacan en la procesión arrimadas al Nazareno y al Santo Sepulcro; para la Nochebuena las mudan con muy bonitos vestidos y las ponen en el portal junto a las Tres Divinas. Y todos los costos son de bolsa de los mantenedores, y siempre les dan su medio escudo, gu bien su papel de a peso, gu otra buena re galía. ¡Bendito sea mi Dios que las jue a sacar pa su servicio de un tanta tan feo como yo...! Lina hasta que está culeca con sus chiquillas, y dionde que aguanta que no se las alabancén. Ya ha tenido sus buenos pelitos con curtidas del vecindario por las malvadas gatas.

interrumpí a ñor Cornelio, temeroso de que el panegírico no tuviera fin, y lo hice volver al carril abandonado.

±Bien, ¿pero idilla?

±¿Idilla qué? ¿Pos no ve que jue por haber ispiao la mama el clis de sol por lo que son canelas? ¿Usté no sabía eso? ±No lo sabía, y me sorprende que usted lo hubiera adivinado sin tener ninguna instrucción.

±Pa qué engañalo, don Magón. Yo no jui el que adevinó el busiles. ¿Usté conoce a un mestro italiano que hizo la torre de la iglesia de la villa: un hombre gato, pelo colorao, muy blanco y muy macizo que come en casa dende hace cuatro años?

±No, señor Cornelio.

±Pos él jue el que m¶explicó la cosa del clis de sol.

Javier de viana.
Nació el 5 de agosto de 1868 en uruguay, cenelones. Recibió educación en el liceo Elbio Fernández y por un corto período curso estudios en la Facultad de Medicina. A los dieciocho años participa de la Revolución del Quebracho de la cual realiza una serie de Crónicas reunidas en un volumen llamado "Recuerdos de una campaña".

Participó junto a Elías Regules, Antonio Lussich, El "Viejo Pancho", Juan Escayola, Martiniano Leguizamón y Domingo Lombardi entre otros, de la publicación "El Fogón" más importante que tuvo la región del género gauchesco, que viera la luz en septiembre de 1895 fundada por Orosmán Moratorio y Alcides de María. En 1896 edita una colección de relatos llamado Campo. En este tiempo se dedica infructuosamente a las tareas agropecuarias arrendando la estancia "Los Molles". Edita en 1899 su nove la Gaucha y dos años más tardes Gurí.

Se involucra en la insurrección armada nacionalista de 1904, en el que es hecho prisionero. Logra escapar y emigra a Buenos Aires, donde subsiste escribiendo cuentos en distintas publicaciones como Caras y Caretas, Atlántida, El Hogar y Mundo Argentino. Entre 1910 y 1912 se editan en Montevideo distintas obras que reúnen sus relatos.

En 1918 regresa a Uruguay y trabaja en varias publicaciones, en particular en el diario El País. Es elegido diputado suplente por el depa rtamento de San José en 1922 y ocupa la titularidad al año siguiente. En 1926 fallece en la ciudad de La Paz, donde se había radicado años antes.

Cuento.
PUESTA DE SOL

Sinforoso y Candelario eran los dos peones más viejos de la Estancia. Debían ser zonzos los dos, porque ya empezaban a envejecer, en una vejez que atesoraba trabajos sin cuentos, y seguían tan pobres como cuando, jóvenes ambos, entraron en el establecimiento para recoger la tropilla en las mañanas, encerrar en la tarde los terneros de lecher as y hacer mandados a toda hora. Eran viejos ya, Candelario y Sinforoso. Como sus existencias habían bostezado juntas, pegada una a la otra, se conocían de la cruz a la cola y no tenían nada que decirse. Sin embargo, todas las tardes, concluido el trabajo de aradores a que finalmente les habían destinado, se iban al galpón, avivando fuego, calentaban agua, verdeaban y charlaban.

¿Qué podían decirse aquellos dos hombres? Nada. Pero hablaban, hablaban, deciendo "nada", lo cual en ocasiones y para ciertas per sonas, resulta lo más difícil de decir. Ellos lo ejecutaban por hábito.

El galpón, largo de veinticinco metros, tenía al frente una arcada mirando al campo. Puerta no tenía. En el fondo se amontonaban los cueros de oveja y los cueros de vacuno, juntos con herramientas de labranza. Allá por el medio, el fogón. Junto al fogón, mateando. Sinforoso y Candelario, charlaban. ±Ta dura la tierra.

±Asigún.. pal bajo no'stá mal.

±Pal cañadón va precisar tres fierros por qu'está plagao de abrojos.

±¿Y en lo alto?... La chinchilla d'asco! ... ¿No está medio frión?...

±No, tuavía está güeno... ¡Pucha! Los bichos coloraos m'están comiendo!...

±Frieguesé con caña.

±Se m'acabao. Pue que mañana vaya a la pulpería, ansina le doy tempranito un galope al pa ngaré pa bajarle la panza.

±Ta medio pesao.

±Dejuro, de ocioso... Tengo ganas üe firmarlo en la penca'e Palacios...

±Dejuro.

±¿Pero entonces es la marca vieja, la de pescao con raya abajo?

±Sí, pues. La marca'e ña Rosaura, que jué quien me regaló el p otrillo.

±¿Vive entuavía ña Rosaura?

±No, murió hace como tres años... ¿Vamo arrimar los bancos, un poco p'ayá? S'está haciendo escuro.

±Vamo.

En el fondo del galpón, empezaban a instalarse las sombras. Las pilas de cueros lanares de un lado y las pila s de cueros vacunos de otro, parecían mirarse, echándose recíprocamente en cara sus rigideces de cosas muertas

que habían sido ropajes de cosas vivas. En medio, junto a un muro sin revoque, blanqueado por las llamas, rojeaba débilmente el fogón, y al frent e, a través del ojo vacío de la puerta, se divisaba el campo, infinito, en el infinito poder de la visual humana. Las últimas luces parecían escapar con premura, cual si hubieran tocado llamada en un punto dado del horizonte...

±Si, yo creo que Tiburclo anda medio enriedao con Agapita.

±El caso es qu'ella cabestree. Ño Luis, no mira bien el enriedo.

±Esta mañana vide en el campo un novillo marca'e ño Luis.

±¿Un ternero medio corneta?

±El mesmo.

±Yo también la vide antiyer... ¿Vamos arrimar los bancos más p'ayá?...

±Arrimemos...

±Pues... el novillo ese dentra puel portillo el bañao.

±Yo se lo dije al patrón, que allí estaba caído... Pa mi qu'es Patricio que lo voltea pa dir a visitar a la china Nicolasa... ¿Vos no hayas qu'es fiera la china Nlcolasa?

±Como asau de paleta.., ¿Vamo arrimando pal portón? Ya no se ve ni la boca'el mate.

±Arrimemo.

±Ta medio lavativa.

±Dale guelta.

±Es al nudo, esta yerba es flojaza. Casi noche.

En lo más lejano del oriente, unos pedazos de sol chispeando entre nubes azules. Sobre la inmediata cuchilla, las lecheras, echadas, rumiaban. Silbando lastimeramente, las perdices hembras trotaban, apresuradas, en busca de la masiega, donde piaba la prole. A la puerta de las cuevas, las lechuzas abrían sus grandes ojos noctámbulos, golpeaban el pico y gritaban, quien sabe por qué, quien sabe a quién.

±¡Chus, chus!... Chus. Chus!...

El overo del piquete, atado a soga, cerca de las casas, pacía filosóficamente, sin imaginarse que en ese momento, su frente blanquecina, se habla maquillado, ofreciendo una coloración verdirroja. De cuando en cuando, en su atolondramiento de bohemio, grita ba un tero. A lo lejos relinchaba un caballo, y allí cerca, oíase el ruido de las gallinas acomodándose en los barrotes del gallinero. Desde el brete baló un ternero. Por delante de la puerta del galpón pasó un perro con la cabeza gacha, la cola caída, per ezosos, cansada de no haber hecho nada en todo el día.

Desde la cocina, un olor a asado llegaba hasta el galpón. Y en tanto la luz se iba zambullendo en la laguna del poniente.

Joaquin gallegos lara.
nació en Guayaquil en 1911, en medio de una familia pobre, donde se formó como intelectual de manera autodidacta. Escribió muchos cuentos que después de su muerte fueron organizados en la novela Las cruces sobre el

agua,publicada en 1946, y otras dos que han permanecido inéditas: L os guandos y La bruja. Tenía las piernas atrofiadas hasta el extremo de no poder caminar, y sin embargo luchó como militante comunista e intelectual, llegando incluso al extremo de participar en choques callejeros y barricadas, con la ayuda de un mulato amigo que le prestaba sus hombros y le servía de piernas. Se dio a conocer en 1930 con el volumen de cuentos Los que se van, junto a Demetrio Aguilera Malta y Enrique Gil Gilbert. Formó parte del "Grupo de Guayaquil" (dentro del realismo social ecuatoriano) y mantuvo una activa participación política en las filas de la izquierda. Murió en 1947.

Cuento.
Joaquín Gallegos Lara

Las cruces sobre el agua, nueva y definitiva historia El 15 de noviembre de 1922 es un suceso que parte al Ecuador entre lo que hasta entonces fue y lo que desde ese día comenzó a ser. Por ello la polémica se mantiene entre quienes no creen que ocurriera y quienes saben hasta qué punto es cierto; entre quienes intentan minimizar la importancia del suceso para la historia nacional y quien es hablan de aquella fecha como la del bautismo de sangre de la clase obrera ecuatoriana.

El 15 de noviembre de 1922 es, por eso, realidad y leyenda.

Real porque sucedió. Las crónicas de los periódicos de la época, los estudios y los testimonios posteriores y las referencias históricas así lo confirman. Diferencias de matices existen en cuanto a la magnitud del movimiento obrero y popular y en cuanto al alcance de la represión gubernamental, las protestas contra éste y al malestar que le siguió. La inmensa mayoría de los historiadores nacionales coincide, sin embargo, en señalar una nítida y precisa división entre el Ecuador anterior a aquel 15 de noviembre, sin organización obrera ni expresión reivindicativa popular, y el Ecuador donde ya comienza a forja rse el movimiento sindical, obrero y campesino, cuyas luchas, frustraciones y conquistas corresponderá juzgar sólo cuando llegue el tiempo.

Leyenda porque traduce algo que es una constante histórica y social del país, una constante que a lo largo del sig lo para los ecuatorianos ha sido y es sueño o pesadilla, pasión o indiferencia, pasado de gloria o imposible futuro, verdad de muerte o ficción importada.

En el 1900 el puerto marítimo de Guayaquil concentraba la mayor riqueza del país gracias al auge cacaotero mundial, uno de cuyos principales protagonistas como exportador en el Ecuador.

A Guayaquil se le llamaba la "Perla del Pacifico" y reunía una diversidad insólita de inmigrantes nacionales y extranjeros, que llegaron al puerto atraídos por el fascinante aroma del cacao el extraordinario progreso que, se decía, estaba trayendo la venta del producto en los grandes países capitalistas.

Los terratenientes cacaoteros y sus familias vivían en París. A la sombra de sus posesiones floreció en Guayaquil una burguesía comercial y financiera, que se entretenía en esperar anhelante al inmigrante español o italiano, vestir de seda y plumas, comprar pianos y ser espectadores de las modas artísticas importadas de Europa. Entre tanto, los inmigrantes ecuatorianos, a quellos montuvios e indios de costa y sierra, que llegaron a Guayaquil persiguiendo el mismo olor del cacao y se convirtieron en cargadores, estibadores, escogedores y secadores del grano, levantaron sus casuchas junto a las de los obreros de las primeras fábricas y las de los artesanos. Las diferencias sociales que se establecieron de principio abrieron una brecha enorme entre quienes lo tenían todo y quienes todo lo soñaban.

De pronto, las plagas diezmaron las grandes plantaciones de cacao. En el mercado internacional cayó bruscamente el precio del producto. El gobierno defendió a los exportadores y a los banqueros, mediante sucesivas devaluaciones del sucre que afectaron grav emente a la clase media y, en especial, a los más pobres. Salario y trabajo se volvieron inciertos e insuficientes; los pocos que trabajaban cada día se sentían mal pagados o robados; las epidemias se cebaron en quienes carecían de los más elementales servicios y recursos.

Para 1921 la crisis se desbordaba. El cacao se acabó. La gente que antes se salvó de la peste moría ahora de hambre en las calles.

Apenas veinte años después de la revolución liberal de 1895 (Eloy Alfaro, Plaza Gutiérrez, Lisardo García), el pueblo sintió que aquel liberalismo triunfante lo había traicionado. Los nuevos gobiernos conservadores no comprendieron, ni calcularon ni canalizaron el descontento popular. En 1922 el incipiente movimiento de los trabajadores se lanzó a una huelga ±políticamente débil pero históricamente aleccionadora ± cuyo desenlace ocurrió ese 15 de noviembre. El gobierno y los sectores poderosos reprimieron la protesta con extrema dureza. centenares de huelguistas fueron muertos a balazos y sus cadáveres arrojados a la ría del Guayas. El pueblo dolido, con sus maneras tristes y dulces de expresarse, echó sobre esa tumba de agua, casi oceánica, cientos de coronas de flores y cruces de palo que durante días quedaron flotando. Los muertos no se vieron; las cruces sí

La ilustre pensadora ecuatoriana María Augusta Veintimilla sostiene que el 15 de noviembre de 1922 marca un hito en el resquebrajamiento de la ideología liberal oligárquica, en el inicio de la autonomía del pensamiento obrero y en la posibilidad de penet ración en Ecuador de las ideas socialistas y comunistas, que desde Europa recorrían el mundo.

En cuanto a la novela "Las cruces sobre el agua", es el intelectual Adrián Carrasco quien la define con mayor acierto y hace de ella la valoración más ajustada: "Novela total y completa, que biografía a un pueblo; documento socio político excepcional, que plantea nuevos conceptos de nacionalidad, cultura el historia ecuatoriana. Novela y documento que toma al pueblo como verdadero protagonista; que propone una vi sión alternativa a la ambivalencia realidad/ficción que sostiene la cultura oficial; que rescata y pondera el idioma popular, el hablar de la gente, en contraposición al español académico y normalizado, al que enriquece; que siembra en la memoria colectiva la figura de líderes políticos e intelectuales como Eloy Alfaro, Concha, Montalvo...; que critica, sin contemplaciones, la debilidad del propio pueblo en su organización y dirección; que expresa el primer rechazo social a la impunidad de la violencia del Estado".

Jorge luis Borges.

jorge Francisco Isidoro Luis Borges Buenos Aires, 24 de agosto de 1899 ± Ginebra, 14 de junio de 1986 fue un escritor argentino, uno de los autores más destacados de la literatura del siglo XX. Publicó ensayos breves, cuentos y poemas. Borges nació el 24 de agosto de 1899 a los ocho meses de gestación, en una típica casa porteña de fines del siglo XIX, con patio y aljibe, dos elementos que se repetirán como un eco en sus poesías. Su casa natal estaba situada en la calle Tucumán 840, pero su infancia transcurrió un poco más al norte, en la calle Serrano 2135 del barrio de Palermo. La relación de Borges con la literatura comenzó a muy temprana edad, siendo que a los cuatro años ya sabía leer y escribir. Debido a que en su casa se hablaba tanto español como inglés, Borges creció como bilingüe. Su padre, Jorge Guillermo Borges, fue un abogado argentino, nacido en la provincia de Entre Ríos, que se dedicó a impartir clases de psicología.

Poemas. Al triste.
Ahí está lo que fue: la ter ca espada del sajón y su métrica de hierro, los mares y las islas del destierro del hijo de Laertes, la dorada luna del persa y los sin fin jardines de la filosofía y de la historia, el oro sepulcral de la memoria y en la sombra el olor de los jazmi nes. Y nada de eso importa. El resignado ejercicio del verso no te salva ni las aguas del sueño ni la estrella que en la arrasada noche olvida el alba. Una sola mujer es tu cuidado, igual a las demás, pero que es ella.

Antelación del amor.
Ni la intimidad de tu frente clara como una fiesta ni la privanza de tu cuerpo, aún misterioso y tácito y de niña, ni la sucesión de tu vida situándose en palabras o acallamiento serán favor tan persuasivo de ideas como el mirar tu sueño implicado en la vigilia de mis ávidos brazos. Virgen milagrosamente otra vez por la virtud absolutoria del sueño, quieta y resplandeciente como una dicha en la selección del recuerdo, me darás esa orilla de tu vida que tú misma no tienes, Arrojado a la quietud divisaré esa playa última de tu ser y te veré por vez primera quizás como Dios ha de verte, desbaratada la ficción del Tiempo sin el amor, sin mí.

Cuento. Que un hombre del suburbio de Buenos Aires, que un triste compadrito sin más virtud que la infatuación del coraje, se interne en los desiertos ecuestres de la frontera del Brasil y llegue a capitán de contrabandistas, parece de antemano imposible. A quienes lo entienden así, quiero contarles el destino de Benjamin Otálora, de quien acaso no perdura un recuerdo en el barrio de Balvanera y que murió en su ley, de un balazo, en los confines de Río Grande do Sul. Ignoro los detalles de su aventura; cuando me sean revelados, he de rectificar y ampliar estas páginas. Por ahora, este resumen puede ser útil.

Benjamín Otálora cuenta, hacia 1891, diecinueve años. Es un mocetón de frente mezquina, de sinceros ojos claros, de reciedumbre vasca; una puñalada feliz le ha revelado que es un hombre valiente; no lo inquieta la muerte de su contrario, tampoco la inmediata necesidad de huir de la República. El caudillo de la parroquia le da una carta para un tal Azevedo Bandeira, del Uruguay. Otálora se embarca, la travesía es tormentosa y crujiente; al otro día, vaga por las calles de Montevideo, con inconfesada y tal vez ignorada tristeza. No da con Azevedo Bandeira; hacia la medianoche, en un almacén del Paso del Molino, asiste a un altercado entre unos troperos. Un cuchillo relumbra; Otálora no sabe de qué lado está la razón, pero lo atrae el puro sabor del peligro, como a otros la baraja o la música. Para, en el entrevero, una puñalada baja que un peón le tira a un hombre de galera oscura y de poncho. Éste, después, resulta ser Azevedo Bandeira. (Otálora, al saberlo, rompe la carta, porque prefiere debérselo todo a sí mismo.) Azevedo Bandeira da, aunque fornido, la injustificable impresión de ser contrahecho; en su rostro, siempre demasiado cercano, están el judío, el negro y el indio; en su empaque, el mono y el tigre; la cicatriz que le atraviesa la cara es un adorno más, como el negro bigote cerdoso.

Proyección o error del alcohol, el altercado cesa con la misma rapidez con que se produjo. Otálora bebe con los troperos y luego los acompaña a una farra y luego a un caserón en la Ciudad Vieja, ya con el sol bien alto. En el último patio, que es de tierra, los hombres tienden su recado para dormir. Oscuramente,

Otálora compara esa noche con la anterior; ahora ya pisa tierra firme, entre amigos. Lo inquieta algún remordimiento, eso sí, de no extrañar a Buenos Aires. Duerme hasta la oración, cuando lo despierta el paisano que agredió, borracho, a Bandeira. (Otálora recuerda que ese hombre ha compartido con los otros la noche de tumulto y de júbilo y que Bandeira lo sentó a su derecha y lo obligó a seguir bebiendo.) El hombre le dice que el patrón lo manda buscar. En una suerte de escritorio que da al zaguán (Otálora nunca ha visto un zaguán con puertas laterales) está esperándolo Azevedo Bandeira, con una clara y desdeñosa mujer de pelo colorado. Bandeira lo pondera, le ofrece una copa de caña, le repite que le está pareciendo un hombre animoso, le propone ir al Norte con los demás a traer una tropa. Otálora acepta; hacia la madrugada están en camino, rumbo a Tacuarembó.

Empieza entonces para Otálora una vida distinta, una vida de vastos amaneceres y de jornadas que tienen el olor del caballo. Esa vida es nueva para él, y a veces atroz, pero ya está en su sangre, porque lo mismo que los hombres de otras naciones veneran y presienten el mar, así nosotros (también el hombre que entreteje estos símbolos) ansiamos la llanura inagotable que resuena bajo los cascos. Otálora se ha criado en los barrios del carrero y del cuarteador; antes de un año se hace gaucho. Aprende a jinetear, a entropillar la hacienda, a carnear, a manejar el lazo que sujeta y las boleadoras que tumban, a resistir el sueño, las tormentas, las heladas y el sol, a arrear con el silbido y el grito. Sólo una vez, durante ese tiempo de aprendizaje, ve a Azevedo Bandeira, pero lo tiene muy presente, porque ser hombre de Bandeira es ser considerado y temido, y

porque, ante cualquier hombrada, los gauchos dicen que Bandeira lo hace mejor. Alguien opina que Bandeira nació del otro lado del Cuareim, en Rio Grande do Sul; eso, que debería rebajarlo, oscuramente lo enriquece de selvas populosas, de ciénagas, de inextricable y casi infinitas distancias. Gradualmente, Otálora entiende que los negocios de Bandeira son múltiples y que el principal es el contrabando. Ser tropero es ser un sirviente; Otálora se propone ascender a contrabandista. Dos de los compañeros, una noche, cruzarán la frontera para volver con unas partidas de caña; Otálora provoca a uno de ellos, lo hiere y toma su lugar. Lo mueve la ambición y también una oscura fidelidad. Que el hombre (piensa) acabe por entender que yo valgo más que todos sus orientales juntos.

Otro año pasa antes que Otálora regrese a Montevideo. Recorren las orillas, la ciudad (que a Otálora le parece muy grande); llegan a casa del patrón; los hombres tienden los recados en el último patio. Pasan los días y Otálora no ha visto a Bandeira. Dicen, con temor, que está enfermo; un moreno suele subir a su dormitorio con la caldera y con el mate. Una tarde, le encomiendan a Otálora esa tarea. Éste se siente vagamente humillado, pero satisfecho también.

El dormitorio es desmantelado y oscuro. Hay un balcón que mira al poniente, hay una larga mesa con un resplandeciente desorden de taleros, de arreadores, de cintos, de armas de fuego y de armas blancas, hay un remoto espejo que tiene la luna empañada. Bandeira yace boca arriba; sueña y se queja; una vehemencia de sol último lo define. El vasto lecho blanco parece

disminuirlo y oscurecerlo; Otálora nota las canas, la fatiga, la flojedad, las grietas de los años. Lo subleva que los esté mandando ese viejo. Piensa que un golpe bastaría para dar cuenta de él. En eso, ve en el espejo que alguien ha entrado. Es la mujer de pelo rojo; está a medio vestir y descalza y lo observa con fría curiosidad. Bandeira se incorpora; mientras habla de cosas de la campaña y despacha mate tras mate, sus dedos juegan con las trenzas de la mujer. Al fin, le da licencia a Otálora para irse.

Días después, les llega la orden de ir al Norte. Arriban a una estancia perdida, que está como en cualquier lugar de la interminable llanura. Ni árboles ni un arroyo la alegran, el primer sol y el último la golpean. Hay corrales de piedra para la hacienda, que es guampuda y menesterosa. El Suspiro se llama ese pobre establecimiento.

Otálora oye en rueda de peones que Bandeira no tardará en llegar de Montevideo. Pregunta por qué; alguien aclara que hay un forastero agauchado que está queriendo mandar demasiado. Otálora comprende que es una broma, pero le halaga que esa broma ya sea posible. Averigua, después, que Bandeira se ha enemistado con uno de los jefes políticos y que éste le ha retirado su apoyo. Le gusta esa noticia.

Llegan cajones de armas largas; llegan una jarra y una palangana de plata para el aposento de la mujer; llegan cortinas de intrincado damasco; llega de las cuchillas, una mañana, un jinete

sombrío, de barba cerrada y de poncho. Se llama Ulpiano Suárez y es el capanga o guardaespaldas de Azevedo Bandeira. Habla muy poco y de una manera abrasilerada. Otálora no sabe si atribuir su reserva a hostilidad, a desdén o a mera barbarie. Sabe, eso sí, que para el plan que está maquinando tiene que ganar su amistad.

Entra después en el destino de Benjamín Otálora un colorado cabos negros que trae del sur Azevedo Bandeira y que luce apero chapeado y carona con bordes de piel de tigre. Ese caballo liberal es un símbolo de la autoridad del patrón y por eso lo codicia el muchacho, que llega también a desear, con deseo rencoroso, a la mujer de pelo resplandeciente. La mujer, el apero y el colorado son atributos o adjetivos de un hombre que él aspira a destruir.

Aquí la historia se complica y se ahonda. Azevedo Bandeira es diestro en el arte de la intimidación progresiva, en la satánica maniobra de humillar al interlocutor gradualmente, combinando veras y burlas; Otálora resuelve aplicar ese método ambiguo a la dura tarea que se propone. Resuelve suplantar, lentamente, a Azevedo Bandeira. Logra, en jornadas de peligro común, la amistad de Suárez. Le confía su plan; Suárez le promete su ayuda. Muchas cosas van aconteciendo después, de las que sé unas pocas. Otálora no obedece a Bandeira; da en olvidar, en corregir, en invertir sus órdenes. El universo parece conspirar con él y apresura los hechos. Un mediodía, ocurre en campos de Tacuarembó un tiroteo con gente riograndense; Otálora usurpa el lugar de Bandeira y manda a los orientales. Le atraviesa el hombro una bala, pero esa tarde Otálora regresa al Suspiro en el

colorado del jefe y esa tarde unas gotas de su sangre manchan la piel de tigre y esa noche duerme con la mujer de pelo reluciente. Otras versiones cambian el orden de estos hechos y niegan que hayan ocurrido en un solo día.

Bandeira, sin embargo, siempre es nominalmente el jefe. Da órdenes que no se ejecutan; Benjamín Otálora no lo toca, por una mezcla de rutina y de lástima.

La última escena de la historia corresponde a la agitación de la última noche de 1894. Esa noche, los hombres del Suspiro comen cordero recién carneado y beben un alcohol pendenciero. Alguien infinitamente rasguea una trabajosa milonga. En la cabecera de la mesa, Otálora, borracho, erige exultación sobre exultación, júbilo sobre júbilo; esa torre de vértigo es un símbolo de su irresistible destino. Bandeira, taciturno entre los que gritan, deja que fluya clamorosa la noche. Cuando las doce campanadas resuenan, se levanta como quien recuerda una obligación. Se levanta y golpea con suavidad a la puerta de la mujer. Ésta le abre en seguida, como si esperara el llamado. Sale a medio vestir y descalza. Con una voz que se afemina y se arrastra, el jefe le ordena:

-Ya que vos y el porteño se quieren tanto, ahora mismo le vas a dar un beso a vista de todos.

Agrega una circunstancia brutal. La mujer quiere resistir, pero dos hombres la han tomado del brazo y la echan sobre Otálora. Arrasada en lágrimas, le besa la cara y el pecho. Ulpiano Suárez ha empuñado el revólver. Otálora comprende, antes de morir, que desde el principio lo han traicionado, que ha sido condenado a muerte, que le han permitido el amor, el mando y el triunfo, porque ya lo daban por muerto, porque para Bandeira ya estaba muerto.

José Agustín.
José Agustín Ramírez Gómez. nació en Acapulco, Guerrero, 19 de agosto de 1944. es un escritor mexicano de la llamada "literatura de la onda", generación informal a la que según Margo Glantz pertenecieron escritores jóvenes mexicanos como Gustavo Sainz, Parménides García Saldaña y René Avilés Fabila. Los "onderos", como se les llamaba, mezclaban las letras con el rock and roll y los psicotrópicos. Según Carlos Monsiváis, los onderos debían su influencia a los beatniks estadounidenses como Allen Ginsberg y William Burroughs, o post-beatniks, como Hunter Thompson. Es autor también de una serie de crónicas acerca de la vida en México, y de una documentada crítica sátira de la política mexicana, p ublicada en forma de serie bajo el título Tragicomedia mexicana, escrita según el punto de vista "contracultural", con el fin de desmitificar la historia del México reciente. La importancia de Tragicomedia mexicana, radica principalmente en la visión aparentemente abierta y sin censura acerca de México que los jóvenes lectores encuentran novedosa y reveladora.

Cuento. La gran piedra del jardín*
L a gran sorpresa en casa de Pascual fue que su familia salió de vacaciones y él encontró las llaves del bar. Ya estaban ahí Ricardo, fumando como loco, Hugo y Óscar: dos amigos de Pas-cual y conocidos míos. Tras los saludos de rigor, Pascual esperó un instante de silencio para proceder solemnemente con

el saqueo. Todos estábamos entusiasmadísimos, porque aparte de las botellas había varios cartones de Phillip Morris. Pero Pascual dijo que no tocáramos los cigarros porque, de saberlo, su padre se pondría fu rioso. Eso nos descorazonó un poco, pero volvimos a entusiasmarnos cuando Pascual sacó una botella de brandy no malo porque dice solera. Luego meditó que su padre se daría cuenta por lo mismo y buscó otra botella. Un proceso similar aconteció con cuanto frasco to- maba y apuesto que estuvo a punto de sugerir que mejor compráramos algo si no hubiésemos protestado. Entonces, no de buena gana, sacó una de ron. Todos nos servimos tragos para adulto, pero Pascual hacía trampa: se servía poco ron, mucho refresco y aun le echaba agua. Sin embargo, fue el primero en marearse. Le siguió Ricardo, que había estado secreteán- dose con Hugo y Óscar. El canalla se levantó para decir:

²He decidido pelarme de casa, me iré tan pronto como sea posible. Él ²me señaló, el canalla² está de acuerdo conmigo y piensa acompañarme.

Quise aclarar que era una mentira king size, pero Pascual gritó:

²Perfecto perfecto perfecto, nosotros seremos tumbas y no diremos nada cuando empiecen a buscarlos, ¡salud!

Todos bebimos. Ricardo dio un saltísimo para proclamar con entusiasmo:

²Nada de eso, el chiste es que seamos varios, ¿por qué no vienen ustedes también? Súbito silencio.

²Pues... ²musitó Pascual. Hugo fingió quedarse pensativo mientras Óscar balbucía:

²Yo, no sé, habría que pensarlo.

Interrumpí, juzgando que era el momento adecuado.

²Oye, Ricardo, en la mañana nunca dije que te acompañaría... ²me miró ofendido. ²Pero tú...

²Dije que no ²insistí², es más, no creo que hagas nada. ²¿Me estás tomando por un rajón?

No quise contestar porque lo conozco y sé que le encanta hacer tango por cualquier asunto. Pascual, con lucidez insospechada, logró parar todo al decirnos que aún tenía otra sorpresa. Uy, qué emoción. Ricardo olvidó toda ofensa, y como chamaquito, empezó a preguntar c uál sorpresa. Hugo y Óscar gimoteaban también y nuestro anfitrión, feliz. ²Antes que nada, otro chupe ²dijo y sirvió de nuevo. Con toda mi mala leche intervine: ²Dame tu vaso, Pascual, estás haciéndote pato.

Quedó sorprendido y aproveché ese instante para arrebatar el vaso: casi lo llené de ron y sólo puse un chorrito de refresco. Pascual quiso protestar. ²Oye, nadie está bebiendo así.

Me tragué un pero tú sí al decirle que eso no era cierto y lo invité a probar nuestros vasos, rematándolo con un pato pas cual. Titubeó un momento, y como seguramente recordó que sus padres no regresarían en una semana, aceptó la perspectiva de quedar privado. ²La sorpresa ²gimió Hugo.

²Primero hay que chuparle ²insistí, comprendiendo que también yo comenzaba a marearme. Automáticamente, todos bebimos, como si fuera algo sagrado. Hugo y Ricardo, impacientes, exigieron la sorpresa, amenazando con abrir el brandy solera.

Pascual se levantó sonriendo, para perderse por el pasillo. Aunque parezca mentira, nos sentimos desamparado s (un poco) durante su ausencia, y quizá por eso, cuando regresó apuramos nuestros tragos a guisa de bienvenida. Pascual venía muy misterioso, con varias revistas a todas luces gringas dado lo brillante del papel. Se colocó en el centro del sofá, y al mome nto, Hugo y Óscar fueron a su lado. Me coloqué atrás, junto a Ricardo. Pascual ya estaba diciendo, pero sin dejarnos ver las revistas. ²Las encontré el otro día, mi papá me encerró en la biblioteca, castigado, como no tenía nada que hacer, revolví todo y así salieron estas preciosidades. Vean nomás. Abrió una revista al azar. Fiu, silbaron todos al ver a una muchacha desnuda cubriendo su sexo con las manos. Como los apretaba con los brazos, sus senos se veían enormes. Pascual empezó a volver las hojas con excesiva lentitud, regodeándose con los desnudos. Hugo, Ricardo y Óscar estaban en perfecto silencio, sin despegar los ojos. ²¡Qué emoción; grazna, Pascual! ²comenté con la voz demasiado chillona, lo cual me delató: pretendía darme aires de entendido. Afor tunadamente, ninguno se dio cuenta. Cómo iban a darse cuenta. Continuaban silenciosos bebiendo sorbitos y fumando como apaches. Ante la perspectiva de formar parte del coro de exclamaciones, me estiré para tomar una revista e iniciar la ronda a mi manera. Muy interesante tórax Perfecta conformación craneana. Etcétera. Me miraron sorprendidos, mientras yo torcía mis imaginarios mostachos.

²Déjenlo, está loquito ²al fin graznó Pas-cual. Y entonces ellos iniciaron los mira, uh, zas, qué bruto, bolas, rájale, guau, mamasota. Al poco rato, Ricardo, mareado del todo, acabó durmiendo casi sobre Pascual, que seguía atentísimo viendo los cuerazos. Hugo y Óscar, tras tomar sendas revistas, fueron a los sillones para gozarlas. Pascual bebía cada vez más rápido, estaba muy colorado; después se levantó, siempre con su revista, y se fue por el pasillo. Supuse que iba a vomitar. Ricardo dormía en el sofá, con sonoridades aparatosas. Hugo se había quedado quieto, viendo el vacío, un poco triste. Óscar dejó su revista, y entre eructos, inconscientemente se exprimía los barros. Siempre me ha causado repulsión ver a alguien en esos menesteres y sobre todo a Óscar: es un barro andante. Perfectamente aburrido, y aún no ebrio, me encaminé hacia el baño, para burlarme de Pascual, a quien esperaba encontrar en pésimas condiciones.

No me molesté en tocar la puerta, para sorprenderlo. Fue un error: Pascual se hallaba sentado sobre la taza, haciéndose una, mientras echaba ardientes miradas a la revista que puso en el suelo. Se quedó d e una pieza al verme y sólo alcanzó a musitar: ²Quihubo. ²Quihubo ²respondí antes de cerrar la puerta. Yo también, y no entiendo por qué, me quedé de una pieza. Mi reacción natural debió haber sido la risa, mas nada de eso. El corazón comenzó a bailotear e n mis adentros, como si presintiera algo. Sin saber la razón corrí a la cocina y pude ver, con real pavor, que la estúpida familia de Pascual había (seguramente) cambiado sus planes y ya estaba ahí: su padre aprestándose a bajar del coche y los hermanitos haciendo un escándalo de los mil demonios. Busqué la manera de esfumarme de la casa sin que nadie me viese, pero no había puerta atrás ni cosa por el estilo. Entonces, temblando como idiota, abrí la ventana y salté al jardín, donde quedé agazapado, esperando que entraran los pascualos. Eché pestes un buen rato porque los canallas no tenían para cuándo, pero al fin lo hicieron. Más rápido que de prisa salté la barda y no paré de correr hasta diez cuadras adelante. Me senté en la banqueta, resoplando, pero mu erto de la risa al imaginar el escándalo que se habría armado en casa de Pascual. El problema fue que con la carrera acabé mareadísimo; si llegaba en esas condiciones a la casa, Humberto me despellejaría.

Despertar esta mañana fue una pesadilla: nunca me había sentido tan mal. Ayer en la noche corrí con verdadera suerte: Humberto y Violeta habían salido y mi hermano no se dio cuenta de nada, por estar viendo la tele. Cené como cosaco, porque oí decir que con la barriga llena la cruda es menos. Además, bebí dos alka seltzers, pero con todo y eso hoy tenía ganas de quedarme botado todo el día. Hum- berto me despertó, y tras desayunar, pidió que lo acompañara.

Tuve que hacer reales prodigios de actuación para que no se diera cuenta de nada. Antes de salir, dije que si telefoneaba Ricardo o cualquiera de ellos, dejaran recado. Me muero de curiosidad por conocer el desenlace del lío de ayer.

Humberto manejó muy silencioso hasta llegar al consultorio. Lo esperé con el coche y al poco rato regresó, dije:

²Pensé que tardarías más.

²No, sólo di unas instrucciones. Hoy no trabajo.

²Suave. Entonces, ¿a dónde vamos?

²A comprar cosas.

Asentí en silencio cuando él enfilaba por todo Insurgentes (hacia el norte). Ya está, pensé, vamos al centro. ¿Vamos al centro? ²pregunté (estúpidamente).

²Sí.

²¿Qué vas a comprar? ²Ropa para tu hermano.

²Y para mí, ¿no? ²No necesitas nada, o ¿sí?

²Pues ni sé. ²Fíjate.

²¿Cómo te ha ido con los loquitos, Hum -berto? ²Son enfermos, hijo.

²Perdón. ²Pues no ha habido nada anormal. ¿Por qué?, ¿te interesa mi carrera?

²Sí, ¿por qué no? ²¿Ya te decidiste?

²¿Eh? ²Que si ya decidiste qué quieres estudiar.

²¿No te enojas? ²No, ¿por qué?

²No me gusta pensar en eso. ²Sí, claro, pero todavía falta la prepa. Dicen que ahí orientan.

²Sí, claro. ²Ya estoy inscrito y todo, pasado mañana me dan la credencial, es cosa de tiempo. ²Bueno, sí, pero no me gusta que seas tan, indiferente, digamos, a este asunto; después de todo, de ahí depende tu futuro. ²Me gustaría ser siquiatra, papá. Humberto sonrió, quizá porque comprendía que eso era falso, por dos razones: a, él es siquiatra; y b, nunca le digo papá. Claro que no se enoja, al contrario, fue él quien nos acostumbró a que le dijé - ramos Humberto y sanseacabó. Mi madre, al parecer, está muy de acuerdo con que le digamos Violeta.

Fuimos al Puerto de Liverpool. Lo odio. Compramos camisas y pantalones para mi hermano y luego regresamos al coche. Humberto me compró un helado y preguntó si quería que fuésemos a mi ex escuela, para saludar a los maestros. Dije que Dios librárame. Sonrió. Es muy bueno, Humberto, no sé cómo se las

arregla con sus pacientes (algunos son bien ca - na-litas; bueno, eso cuenta el doctor Quinto, compañero de mi padre).

Pareció adivinar lo que pensaba.

²Tu mamá encontró una cajetilla de cigarrillos en uno de tus sacos.

Preferí no contestar haciéndome tonto, pero Humberto reforzó el ataque.

²Además, cada vez que se entra en tu cuar -to, apesta a cigarro. ¿Te gusta mucho fumar?

²No es eso es que...

Silencio de nuevo: soy un tarado.

²¿Qué? ²insistió.

²No sé.

²¿Cómo que no sabes?

Para entonces, Humberto me estaba cayendo de la patada: no por regañarme, sino por hacerme titubear. Siempre es lo mismo. Estuve a punto de gruñir que adoro el cigarruco, que fu-mo catorce cajetillas diarias cuando no le entro a la mariguana como desorbitado, pero conside - ré que era violentar demasiado el asunto. Guardé mi ridículo silencio, y después, Humberto empezó a reír suavemente.

²Mucho temperamento para tan poco a sunto, hijo.

²¿Cómo?

²Que no te apechugues por eso, yo también fumaba a tu edad, no estaba regañándote. ¿Qué marca fumas?

Sin darme cuenta, yo estaba sonriendo también. No sé, se me fueron los pies, lo imaginé mi cómplice, creí que nos detendríamos en u na tabaquería para comprar un cartón de cigarros. Para mí. Cínicamente, musité ráleigh. Humberto frunció el entrecejo al comentar:

²Son caros, ¿eh? ²y después, brutalmente², lástima que así sea; estoy dispuesto a darte un castigo preciosito si llego a ent erarme de que fumas sin ganar dinero para cigarros.

Me transó, pensé, tendré que conseguir chamba; linda forma tiene Humberto para pescarme. A pesar de mi disgusto, sentí algo simpático por Humberto. En forma parecida me ha hecho confesar cosas que de otr a manera no saldrían de mi bocota. De regreso, este asunto, y el hecho de no tener más cigarros, me exasperó bastante. Durante un rato estuve merodeando por la casa, buscando algún cigarro. La maldita discusión con Humberto me despertó vivos deseos de fumar. Por fin logré robar dos cigarros de una cajetilla olvidada por Violeta en la cocina.

Entonces vine a mi parte predilecta del jardín.

La gran piedra se siente fresca. Humberto, aunque siquiatra, está loquísimo. Mandó traer esta enorme roca desde Nosedó nde hasta el jardín, que si bien se observa, no es grande. Me cayó de perlas: puedo venir a fumar y todavía nadie me ha descubierto. Por eso, hace un momento encendí un cigarro dejándome posesionar por esta sensación tan chistosa. Siento algo en el estómag o y me empiezo a poner tristón. No lo puedo explicar. Quedo sentado en el pasto, recargándome en la piedra, tomo manojos de hierba y los huelo. A veces deseo sollozar como idiota. Veo el muro que da a la calle y llevo el cigarro hasta mis labios. Sonrío al advertir que estoy fumando como Ricardo. No he telefoneado. A la mejor los padres de Pascual llevaron el chisme a su casa y ahora sí debe

tener un buen motivo para fugarse. Estaba borrachísimo. Pero estoy seguro de que vendrá a verme, puede ser que hasta haya logrado convencer a los demás. Pero si algún día debo irme no será con ellos, aunque Ricardo me siguiera como sombra durante siglos, tratando de convencerme. No lo logrará, estoy seguro. Cuando le diga algo que le sea imposible contestar, sólo dirá ah y estará desarmado. Prácticamente, está desarmado. Digo, yo también. Ni siquiera sé qué deseo estudiar. Humberto anda muy misterioso con todo ese asunto. Algo trama, seguramente. Por supuesto, desearía que yo estudiara medicina, o sicología de perdida. Qu izá yo mismo lo deseo. Quizás Humberto me está sicoanalizando, pero conmigo será difícil. Claro que soy un poco anormal, o un mucho, a la mejor; pero no me interesa gran cosa. Supongo que a Humberto sí debe importarle: digo, es su profesión y soy su hijo. Al menos, se divierte observándome (¿estudiándome?). Pero se niega a hacerlo a fondo. Le pedí que me hipnotizara y no quiso, sólo contó sus experiencias en el extranjero, en todos esos lugares tan suaves donde estudió antes de venir a montar su loquera aqu í. Algún día también recorreré esos lugares y estudiaré algo interesante, pase lo que pase. Entonces sí saldré, pero nunca con Ricardo o con Pascual, con ellos no llegaría más lejos de Toluca. Estoy loco. Ya encendí otro cigarro y con el día tan claro pued en ver el humo que sale tras la piedra; entonces, vendrá Humberto furioso, porque hace apenas una hora que me dijo todo. Al diablo, sé que el asunto no pasaría de, no pasaría de que Humberto, estoy tarado, debe ser por la cruda, nunca me ha visto fumar y no tiene por qué hacerlo ahora. Ya está; otra vez. Es una especie de airecito en el estómago; ahora, escalofríos. Cierro los ojos y empiezo a sentirlos húmedos y sacudo la cabeza y aprieto el puño y muerdo mis labios y me dan ganas de gritar o de quedarme a quí tirado toda la vida.

Gabriela Mistral.
Lucila de María del Perpetuo Socorro Godoy Alcayaga, conocida por su seudónimo Gabriela Mistral (Vicuña, 7 de abril de 1889 ± Nueva York, 10 de enero de 1957), fue una destacada poetisa, diplomática y pedagoga chilena. Gabriela Mistral, una de las principales figuras de la literatura chilena y latinoamericana, es la primera persona latinoamericana y primera mujer americana en ganar el Premio Nobel de Literatura, el cual recibió en 1945. Hija de Juan Jerónimo Godoy Villanueva, profesor, y Petronila Alcayaga Rojas, modista de ascendencia vasca.1 Gabriela Mistral nació en Vicuña, ciudad en la que hoy existe un museo2 dedicado a ella en la calle donde nació y que hoy lleva su nombre.

Sus abuelos paternos, oriundos de la actual región de Antofagasta, fueron Gregorio Godoy e Isabel Villanueva; y los maternos, Francisco Alcayaga Barraza y Lucía Rojas Miranda. La Mistral tuvo una media hermana, que fue su primera maestra, Emelina Molina Alcayaga, y cuyo padre fue Rosendo Molina Rojas. De niña sufrió al parecer una violación que la marcó de por vida: "almacenó en su inconsciente todas las pruebas de que en cualquier momento el mundo, es decir el hombre, podía agredirla en forma salvaje" . A los 15 años se enamoró platónicame nte de Alfredo Videla Pineda, hombre rico y hermoso, más de 20 años mayor que ella, con el que se carteó durante casi año y medio. Después conoció a Romelio Ureta, un funcionario de ferrocarriles. Éste sacó un dinero de la caja del ferrocarril donde trabaj aba con el fin de ayudar a un amigo; como no lo pudo devolver, Ureta se suicidó. Más tarde -a raíz de su triunfo en los Juegos Florales con Sonetos de la muerte, versos que relacionaron con el suicida - nació el mito, que tuvo amplia difusión, del gran amor entre ambos. El 12 de diciembre de 1914 obtiene el primer premio en el concurso de literatura de los Juegos Florales organizados por la FECh en Santiago, por sus Sonetos de la Muerte.

Desde entonces utilizó el seudónimo literario Gabriela Mistral en casi todos sus escritos, en homenaje a dos de sus poetas favoritos, el italiano Gabriele D'Annunzio y el francés Frédéric Mistral. En el año 1917 Julio Molina Núñez y Juan Agustín Araya publican una de las más importantes antologías poéticas de Chile, Selva Lírica, donde Lucila Godoy aparece ya como una de las grandes poetisas chilenas. Esta publicación es una de las últimas en que utiliza su nombre verdadero.

Poemas de Gabriela mistral. Adiós.
En costa lejana y en mar de Pasión, dijimos adioses sin decir adiós. Y no fue verdad

la alucinación. Ni tú la creíste ni la creo yo, «y es cierto y no es cierto» como en la canción. Que yendo hacia el Sur diciendo iba yo: «Vamos hacia el mar que devora al Sol». Y yendo hacia el Norte decía tu voz: «Vamos a ver juntos donde se hace el Sol». Ni por juego digas o exageración que nos separaron tierra y mar, que son ella, sueño y el alucinación. No te digas solo ni pida tu voz albergue para uno al albergador. Echarás la sombra que siempre se echó, morderás la duna con paso de dos...

Para que ninguno, ni hombre ni dios, nos llame partidos como luna y sol; para que ni roca ni viento errador, ni río con vado ni árbol sombreador, aprendan y digan mentira o error del Sur y del Norte, del uno y del dos!

Dos angeles.
No tengo sólo un Ángel con ala estremecida: me mecen como al mar mecen las dos orillas el Ángel que da el gozo y el que da la agonía, el de alas tremolantes y el de las alas fijas.

Yo sé, cuando amanece,

cuál va a regirme el día, si el de color de llama o el color de ceniza, y me les doy como alga a la ola, contrita.

Sólo una vez volaron con las alas unidas: el día del amor, el de la Epifanía.

¡Se juntaron en una sus alas enemigas y anudaron el nudo de la muerte y la vida!

Flexometro.

El flexómetro o cinta métrica es un instrumento de medición, con la particularidad de que está construido en chapa metálica flexible debido su escaso espesor, dividida en unidades de medición, y que se enrolla en espiral dentro de una carcasa metálica o de plástico. Al gunas de estas carcasas disponen de un sistema de freno o anclaje para impedir el enrollado automático de la cinta, y mantener fija alguna medida precisa de esta forma.

Se suelen fabricar en longitudes comprendidas entre uno y cinco metros, y excepcionalmente de ocho o diez metros. La cinta metálica está subdividida en centímetros y milímetros. Es posible encontrarlos divididos también en pulgadas.

Su flexibilidad y el poco espacio que ocupan lo hacen más interesante que otros sistemas de medición, como reglas o varas de medición. Debido a esto, es un instrumento de gran utilidad, no sólo para los profesionales técnicos, cualquiera que sea su especialidad (fontaneros, albañiles, electricistas, arqueólogos, etc.), sino también para cualquier persona que pre cise medir algún objeto en la vida cotidiana. La cinta métrica utilizada en la medición de distancias, se construye en una delgada lámina de acero al cromo, o de aluminio, o de un tramado de fibras de carbono unidas mediante un polímero de teflón (las más modernas). Las cintas métricas más usadas son las de 5, 10, 15, 20, 25, 30, 50 y 100 metros.

Las dos últimas son llamadas de agrimensor y se construyen únicamente en acero, ya que la fuerza necesaria para tensarlas podría producir la extensión de las mismas si estuvieran construidas en un material menos resistente a la tracción.

Las más pequeñas están centimetradas e incluso algunas milimetradas, con las marcas y los números pintados o grabados sobre la superficie de la cinta, mientras que las de agrimensor están marcadas mediante remaches de cobre o bronce fijos a la cinta cada 2 dm, utilizando un remache algo mayor para los números impares y un pequeño óvalo numerado para los números pares.

Por lo general están protegidas dentro de un rodete de latón o PVC. Las de agrimensor tienen dos manijas de bronce en sus extremos para su exacto tensado y es posible desprenderlas completamente del rodete para mayor comodidad.

Cronometro.
El cronómetro es un reloj o una función de reloj utilizada para medir fraccio nes temporales, normalmente breves y precisas. La palabra cronómetro es un neologismo de etimología griega: Cronos es el dios del tiempo, -metron es hoy un sufijo que significa '[aparato] para medir'.1

El funcionamiento usual de un cronómetr o, consiste en empezar a contar desde cero al pulsarse el mismo botón que lo detiene. Además habitualmente puedan medirse varios tiempos con el mismo comienzo y distinto final. Para ello se congela los sucesivos tiempos con un botón distinto, normalmente c on el de reinicio, mientras sigue contando en segundo plano hasta que se pulsa el botón de comienzo. Para mostrar el segundo tiempo o el tiempo acumulado, se pulsa reset o reinicio. Los cronómetros pueden activarse con métodos automáticos, con menor margen de error y sin necesidad de un actor. Algunos de estos sistemas son: el corte de un haz luminoso o la detección de un transceptor. También en los ciclocomputadores se usa un cronómetro automático activado por el movimiento de la rueda. Son habituales las medidas en centésimas de segundo, como en los relojes de pulsera o incluso milésimas de segundo. Está extendido su uso en competiciones deportivas, así como en ciencia y tecnología.

Bascula.
La báscula (del francés bascule) es un aparato que sirve para pesar;1 esto es para determinar el peso, o más apropiadamente la masa de los cuerpos.2 Normalmente una báscula tiene una plataforma horizontal sobre la que se coloca el objeto que se quiere pesar. Dado que, a diferencia de una romana, no es necesario colgar el objeto a medir de ganchos ni platos, resulta más fácil pesar cuerpos grandes y pesados encima de la plataforma, lo que hizo posible construir básculas con una capacidad de peso muy grande, como las utilizadas para pesar camiones de gran tonelaje. Actualmente existen dos tipos de básculas: mecánicas y electrónicas. En el caso de las básculas mecánicas, las mismas pueden ser por contrapeso o con muelle elástico. Las básculas con contrapeso actúan por medio de un mecanismo de palancas. Ese mecanismo de palancas transforma la fuerza correspondiente al peso del objeto a medir en un momento de fuerzas, que se equilibra mediante el desplazamiento de un pilón a lo largo de una barra graduada, donde se lee el peso de la masa. El principio de funcionamiento de es tas básculas es similar al

de una romana o una balanza, comparando masas, mediante una medición indirecta a través del peso. Básculas con muelle elástico. Los avances en las técnicas de pesado, han hecho desaparecer prácticamente las básculas de palanca co n contrapeso, y ahora se usan básculas con muelle elástico, basadas en la deformación elástica de un resorte que soporta la acción gravitatoria del peso del objeto a medir, en lugar de realizar una comparación de masas. Por esta razón, actualmente el nombre báscula se aplica también a toda una serie de sistemas de pesada basados en la gravedad, del tipo dinamómetro. Al funcionar por muelle elástico, estas básculas miden la fuerza ejercida por un objeto sujeto a la fuerza de gravedad, es decir, el peso. Sin embargo, el peso (P) y la masa (m) están relacionados por la siguiente relación: donde P es el peso, m es la masa y g es la intensidad del campo gravitatorio o aceleración de la gravedad. Esta relación permite calcular la masa, ya que si la intensidad gravitatoria es constante, entonces la masa es directamente proporcional al peso.

Básculas electrónicas. Con el tiempo las básculas han evolucionado mucho y hoy día ya funcionan con métodos y sistemas electrónicos, mostrando en una pantalla de fácil lectura la masa del objeto que se pesa. Las básculas electrónicas utilizan sensores conocidos como célula de carga o celda de carga. Las celdas de carga convencionales consisten en una pieza de metal a la que se adhieren galgas extensométricas. Estas galgas cambian su resistencia eléctrica al traccionarse o comprimirse cuando se deforma la pi eza metálica que soporta el peso del objeto. Por tanto, miden peso. El metal se calcula para que trabaje en su zona elástica; esto es lo que define la operatividad de una celda. El ajuste de las resistencias se hace con un puente de Wheatstone, de modo que al alimentarse con un voltaje entregan una salida de voltaje proporcional a la fuerza aplicada en el metal (en el orden de milivoltios). Asimismo se utilizan filtros electrónicos de pasa bajo para disminuir el efecto de las perturbaciones de alta frecuenc ia.

Vernier.
El nonio o vernier es una segunda escala auxiliar que tienen algunos instrumentos de medición, que permite apreciar una medición con mayor precisión al complementar las divisiones de la regla o escala principal del instrumento de medida.

El sistema consiste en una regla sobre la que se han grabado una serie de divisiones según el sistema de unidades empleado, y una corredera o carro móvil, con un fiel o punto de medida, que se mueve a lo largo de la regla. En una escala de medida, podemos apre ciar hasta su unidad de división más pequeña, siendo esta la apreciación con la que se puede dar la medición; es fácil percatarse que entre una división y la siguiente hay más medidas, que unas veces está más próxima a la primera de ellas y otras a la sigu iente. El nonio o escala vernier toma un fragmento de la regla ±que en el sistema decimal es un múltiplo de diez menos uno: 9, 19, etc. ± y lo divide en un número más de divisiones: 10, 20,...

Termómetro.
El termómetro (del griego (termo) el cuál si gnifica "caliente" y metro, "medir") es un instrumento de medición de temperatura. Desde su invención ha evolucionado mucho, principalmente a partir del desarrollo de los termómetros electrónicos digitales.

Inicialmente se fabricaron aprovechando el fenóm eno de la dilatación, por lo que se prefería el uso de materiales con elevado coeficiente de dilatación, de modo que, al aumentar la temperatura, su estiramiento era fácilmente visible. El metal base que se utilizaba en este tipo de termómetros ha sido el mercurio, encerrado en un tubo de vidrio que incorporaba una escala graduada.

El creador del primer termoscopio fue Galileo Galilei; éste podría considerarse el predecesor del termómetro. Consistía en un tubo de vidrio terminado en una esfera cerrada; el extremo abierto se sumergía boca abajo dentro de una mezcla de alcohol y agua, mientras la esfera quedaba en la parte superior. Al calentar el líquido, éste subía por el tubo.

La incorporación, entre 1611 y 1613, de una escala numérica al instrumento de Galileo se atribuye tanto a Francesco Sagredo1 como a Santorio Santorio2 , aunque es aceptada la autoría de éste último en la aparición del termómetro.

En España se prohibió la fabricación de termómetros de mercurio en julio de 2007, por su efecto contamin ante. La escala más usada en la mayoría de los países del mundo es la centígrada (°C), también llamada Celsius desde 1948,

en honor a Anders Celsius (1701 -1744). En esta escala, el cero (0 °C) y los cien (100 °C) grados corresponden respectivamente a los p untos de congelación y de ebullición del agua, ambos a la presión de 1 atmósfera.

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