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Marianne Lacroix

Una noche con Zorro

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Marianne Lacroix
Una noche con Zorro

Marianne Lacroix

UNA NOCHE
CON ZORRO

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Marianne Lacroix
Una noche con Zorro

Cientos de espectadores se congregaban en el interior del estadio, para


ver a los mejores profesionales ecuestres y a sus premiadas monturas exhibir
sus habilidades. Una oscura figura, montando un gran caballo negro, entró
galopando a la pista. Vestido como el ficticio Zorro, el hombre montaba un fino
semental andaluz, con experta facilidad y control. Al otro lado de la pista, unos
soldados representaban la escena de un robo a algunos campesinos. La escena
parecía sacada directamente de una película, con el Zorro que venía al rescate.
Mientras Victoria miraba el potente cuerpo del jinete controlar a su bestia,
se preguntó cómo se sentiría montar a un hombre así, en su cama. ¿Había
albergado una fantasía con el Zorro toda su vida, o era el observar las
musculosas piernas aferrar y apretar a su caballo lo que hacía gotear a su coño
con incontrolable deseo?
Lo podía ver con la imaginación, bombeando en su mojada funda con su
polla de acero caliente. Llevaría sólo su máscara escondiendo su cara e
identidad, pero nada más. Casi llegó al clímax allí mismo, en las gradas,
contemplando su potente estampa y mirándole dominar a su caballo. Verle,
sólo la ponía más caliente.

Él ganó su pelea contra los soldados. La muchedumbre le victoreó cuando


montó a caballo alrededor de la pista, bañándose en la admiración de los
espectadores.
En su mano, Victoria sostenía la rosa blanca que había adquirido más
temprano, a un vendedor. No tenía a nadie que le comprara una, así que, ¿por
qué no debería consentirse ella misma? Hasta el momento, esta había sido su
actitud.
El jinete se acercó a su lado de las gradas. Desde su asiento en la primera
fila, Victoria pensó que podría estar lo bastante cerca como para rozarle el
muslo con las yemas de los dedos, cuando pasara. En cambio, le ofreció la
rosa, como muestra de aprecio hacia su habilidad. Demonios, ya la había
ayudado más de lo que podría saber jamás. Ella sabía sobre qué fantasearía
esta noche al usar su vibrador para aliviar su contenida pasión —este hombre,
material para la masturbación hecho-por-encargo.
Él detuvo su caballo ante ella. Se sintió atravesada por su oscura mirada
marrón, el calor parecía manar de él. El efecto corrió por su cuerpo, haciendo
diana en su cremoso centro. Él sonrió, sus blancos y perfectos dientes en
fuerte contraste con su piel bronceada, y se estiró para alcanzar la rosa que le
ofrecía.
Antes de que Victoria supiera lo que estaba pasando, el hombre había
rodeado su muñeca en un puño de acero y la había atraído hacia él. Sus labios
firmes bajaron sobre los suyos en un beso posesivo, que ella sintió hasta las
puntas de los dedos de los pies. Sus músculos vaginales se tensaron en un
orgasmo, mientras que la lengua masculina buceaba dentro de su boca.
Picante y completamente masculino, el Zorro era el hombre soñado que
cobraba vida. Respondió a su pasión con un roce de su lengua, y él gimió.
Entonces él se separó y sonrió, malvada y deliberadamente. La dejó sin
aliento mientras cogía las riendas y galopaba hacia la oscuridad de la arena,
desapareciendo finalmente de la vista. Pero los sentidos de Victoria, demasiado

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despiertos y erotizados, le hicieron inolvidable, aún después de que se


desvaneciera de la vista.
—Wow, qué espectáculo —dijo una muchacha desde atrás, volviendo a
Victoria a la realidad.
Su lujuria se desvaneció ante el pensamiento de que el beso podría haber
sido simplemente un acto.
—He venido muchas veces y nunca vi al Zorro besar a alguien del
auditorio.
El toque de cólera —o celos— en la voz de la muchacha calmó las
mezcladas reacciones de Victoria. Tal vez no había sido parte del acto. Tal vez
el beso fuera de verdad.
Después del espectáculo, la muchedumbre salió del interior del estadio.
Cientos de personas se apresuraron hacia sus coches, alejándose en la noche.
Mientras Victoria esperaba entre el gentío, volvió a pensar en su hombre
enmascarado. El recuerdo de su lengua saboreando su boca mientras ella
alcazaba el clímax, le hizo difícil caminar, sobre todo con su coño todavía
empapado en sus propios jugos. Quería que el Zorro le hiciera el amor, y podría
apostar a que él sería un amante experto. Controlaría cada movimiento con
aquellas poderosas piernas, sujetándola, mientras golpeaba repetidamente en
su ansioso coño. La envolvería con su presencia, mandando y dominando, y
ella disfrutaría cada momento. Desde hacía mucho tiempo se encargaba ella
misma de su vida sexual, nunca había encontrado a un hombre ante quien
estuviera dispuesta a sucumbir. Pero este hombre —vestido de negro y
envuelto en sex appeal y misterio— podía hacerla derretirse con una mirada,
un roce de sus labios.
Entonces le vio. Avanzando a través de la muchedumbre, todavía en su
traje de Zorro, la capa ondeando en la brisa detrás de él, caminaba con un
decidido objetivo... directamente hacia ella.
Todos sus sueños de noches llenas de sexo almizclado y sudor, pasaron
por su mente. Con la cara todavía escondida por la máscara negra, él exudaba
fuerza y poder. Sus bragas ya estaban empapadas, y percibió de golpe su
objetivo, mientras que su coño reaccionaba por su cuenta. Él venía a por ella.
Cuando la alcanzó, no dijo ni una palabra. Sujetando sus muñecas, la
apoyó contra la pared en un área sombreada, lejos de ojos curiosos. Ella estaba
muy consciente de su magnífico cuerpo. La sujetó con fuerza y agresividad y
buscó sus labios con los suyos.
Su cuerpo se moldeó al masculino, sus curvas cubrían perfectamente sus
duros planos. El olor a cuero, caballo y hombre inundó sus sentidos mientras
que él probaba su boca. Se abrió a él de buena gana, deseando tenerle
mientras le suplicaba silenciosamente que llenara su cuerpo.
¿Podría rendirse a una noche de pasión con este amante enmascarado?
Él se apretó contra ella, presionando su erección contra su vientre, y todas
sus inhibiciones desaparecieron. Ella lo quería.
No podía recordar la última vez que había estado tan encendida, tan
caliente por un hombre.
—Jódeme —chilló ella, cuando su lengua se deslizó a través de su
mandíbula, bajando por su cuello. Él mordisqueó su delicada la piel y ella lanzó
un grito apagado.

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—Será un placer, señorita —murmuró él en su oído, con un marcado


acento español en la voz.
Se agachó y la levantó en brazos. La llevó de vuelta al edificio. Los pasillos
estaban todos vacíos, porque el espectáculo había terminado hacía rato. Se
enroscó en su abrazo, saboreó el olor picante de su piel y lo probó con la
lengua. Exótico y embriagador, era mucho más de lo que podría haber soñado.
Cuando se acercaron a una puerta que ella asumió que era un camerino,
él se detuvo para abrirla, y entraron. Cerró la puerta de una patada.
El cuarto estaba débilmente iluminado y había una mesa de maquillaje y
un espejo grande a un lado, dominando el cuarto. Al otro lado había un mueble
lleno de trajes de todos los colores y tipos. Al costado del mueble había un
sillón, lleno de cojines, que le daba la bienvenida. Él la dejó en la blandura del
sofá, cubierto de coloridos pañuelos de seda. Se quedó mirando fijamente su
cara, mientras que él empezaba a quitarse el traje negro. En pocos momentos,
su cuerpo estuvo gloriosamente desnudo en medio del cuarto —excepto por la
máscara.
Era todo musculo, sin una pizca de grasa. Era un cuerpo magnifico. La piel
bronceada lo cubría junto con un poco de pelo oscuro a lo largo de su pecho,
que le hizo agua la boca. Una fina línea de vello corría por su abdomen y
terminaba en el nido de su pubis. Su polla se erguía orgullosa y dura con una
cabeza púrpura, y ya tenía una gotita blanca en la punta, que la hacía querer
lamer la sabrosa tentación que la provocaba.
—Ahora que has adorado mi cuerpo con tus ojos, señorita, es tiempo de
que haga lo mismo con el tuyo.
Ella apenas fue consciente del gemido que se le escapó. Él se inclinó y se
arrodilló en el suelo, al lado del sofá, y comenzó a desnudarla. Primero fueron
sus vaqueros y la blusa, quitándolos despacio y besando la piel que se iba
revelando al retirar la tela. Cuando llegó el turno del sujetador, liberó los
pechos de sus confines sólo para ser capturados por sus manos y su boca.
Nunca se había sentido tan deseada, tan atractiva para un hombre. Con los
pulgares él excitó sus pezones hasta convertirlos en duras puntas, después los
lamió y succionó. Sus caderas se arquearon sobre los cojines mientras el ansia
la hundía aún más en su poder.
Los besos ardían en su piel, y sus manos jugaban con su cuerpo a su
capricho. Cuando él la probó, pensó que se corría al instante, pero cuando le
deslizó las bragas por los muslos, revelando su mojado corazón, se tensó en
anticipación. Las yemas de sus dedos rozaron su coño afeitado y ella abrió al
instante sus muslos, permitiendo que su contacto la llevara más lejos en la
felicidad del momento.
—Tu néctar huele tan dulce y exquisito. Me pregunto si sabe igual de
delicioso —murmuró él, su voz apenas controlada.
Cuando la lengua tocó la punta de su clítoris, se quebró. El orgasmo era
demasiado potente para contenerse.
Onda tras onda de éxtasis sacudieron su cuerpo bajo sus caricias. Él
hundió la lengua en su raja, prolongando su placer. Ella gritó y jadeó mientras
sentía las contracciones, gozando la maravilla de su lengua recorriendo su
mojado centro.
Cuando las ondas se retiraron, la levantó del canapé y la depositó en el
suelo. Bajo ella había una suave alfombra mullida, posiblemente un remanente

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de la moda de los años sesenta. Con la visión borrosa por el reciente


cataclismo orgásmico, le miró acomodar con cuidado sus piernas, doblándole
las rodillas y abriéndole los muslos, permitiendo una vista inmejorable de sus
pliegues más íntimos. Él se acuclilló y observó su coño con maravillado interés.
Extendiendo la mano, deslizó un dedo por sus pliegues y comprobó su
respuesta. Ella jadeó mientras el dedo se sumergía en su centro. Otro dedo se
le sumó, y él comenzó a bombear dentro y fuera de ella, observando las
reacciones de su cara todo el tiempo.
—Me estás matando —logró decir ella cuando sus dedos se detuvieron y
removieron dentro de ella.
Su risa baja y sensual la hizo querer llegar al clímax otra vez, venirse para
él, rendirse completamente a este hombre que había despertado sus pasiones.
—Tu rostro es tan atractivo. Cuando luchas por conservar el control, tienes
la mirada más maravillosa en tu cara. Hay tanto deseo reflejado allí.
—No puedo evitarlo. Me vuelves loca... —ella jadeó cuando su dedo
bombeó fuera y dentro de ella, y siguió —... jodiéndome así.
—Esto es sólo una muestra, señorita.
Al decir esto, retiró sus dedos y posicionó su polla entre sus piernas. Sus
manos descansaban en la curva de sus rodillas cuando la cabeza de su verga
se paseó a lo largo de su cremoso centro.
—Abre los ojos, mi dulzura. Mírame cuando me uno a tu cuerpo y te hago
mía.
Ella lo hizo y vio la decidida pasión en sus oscuras profundidades. No tenía
ninguna pista sobre su nombre, ni sabía cosa alguna acerca de él, pero nada
podría obligarla a impedir que la llenara hasta el tope. Era como si el destino
finalmente hubiera brillado en su solitaria existencia.
Él se incrustó en su cuerpo y ella gritó fuerte. La llenó, estirando sus
paredes para acomodar su tamaño.
—Envuelve tus piernas alrededor de mi cintura —le ordenó.
Ella lo hizo, enganchando sus pies para asegurarse una firme sujeción.
Entonces él bombeó. Dentro y fuera... era magnífico.
Su cuerpo lo sostenía con seguridad, y se sentía tan bien. Nada que se
sintiera tan maravilloso podía ser una cosa mala ¿verdad? se preguntó ella.
Su ritmo comenzó despacio, pero rápidamente aumentó, golpeando en su
cuerpo receptivo. Ella gemía e iba al encuentro de cada empuje con una
ondulación de sus caderas. Estaban tan afinados, en sintonía uno con el otro.
Era increíble tener una conexión tan inmediata. Daría cualquier cosa para que
el momento no acabara.
Victoria finalmente había encontrado al hombre que podría hacer realidad
cada fantasía sexual. Cuando su cuerpo comenzó a convulsionarse sobre su
polla, ella gritó su placer con cada contracción. Se tensó a su alrededor y él
empujó más duro dentro de ella, alcanzándola en su increíble orgasmo.
Mientras él dejaba su semilla en su interior, ella juró que el amante
enmascarado le pertenecería.
Quienquiera que fuera.

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Cinco años más tarde

Victoria miró a Antonio montando en la arena e interpretar a Zorro. Él


excitaba a las mujeres del auditorio, haciéndolas desmayarse y suspirar por su
cuerpo, pero sólo ella sabría alguna vez su intensidad como amante. Ahora
casados, ellos viajaban alrededor del mundo con el espectáculo. Ninguno
podría olvidar alguna vez la pasión que los había llevado a un asimiento
durable, hace todas aquellas noches. Ella había dejado toda la precaución para
sentir su amor, y fue lo mejor que pudo hacer. Nunca habría soñado que, una
noche en los brazos de Zorro cambiaría su vida para siempre.
Él montó su caballo alrededor de la pista, después de derrotar a los
soldados y agitó a la muchedumbre. Cuando llegó a Victoria, ella le sacó una
rosa blanca de los pliegues de su vestido y se la regaló. Él montó a caballo
hasta ella y cogió la rosa. De nuevo, él agarró su muñeca y la besó.
Antes de retirarse, murmuró:
—Jódame.
—Mi placer, querido Zorro.

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