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Carta de un Padre a su Hijo

Carta de un Padre a su Hijo

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Las personas nunca son como pensamos que son, puede llegar el "fin" de una persona y por muy cercana que fuese a nosotros nunca sabremos lo que pensaban de nosotros...
Las personas nunca son como pensamos que son, puede llegar el "fin" de una persona y por muy cercana que fuese a nosotros nunca sabremos lo que pensaban de nosotros...

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06/13/2013

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El Cuaderno Rojo

El cartero le extendió el telegrama. José le agradeció y, mientras lo abría, una profunda arruga surcó su frente. Una expresión de sorpresa más que de dolor. Palabras breves y precisas: “Tu padre falleció. Entierro 18 horas. Mamá” José continuó parado, mirando al vacío. Ninguna lágrima, ningún dolor. ¡Nada! Era como si hubiera muerto un extraño, una persona con la que no hubiese tenido nunca relación alguna. “¿Por qué no sentía nada por la muerte del viejo?”. Estaba en el umbral de la puerta con el telegrama entre sus manos totalmente parado, sin saber qué hacer o cómo reaccionar. Como un torbellino de pensamientos confusos, avisó a su esposa, salió de la casa, abordó el autobús y se fue venciendo los silenciosos kilómetros de ruta, mientras su cabeza no paraba de analizar diferentes ideas, conceptos y situaciones. Estaba intentando encontrar alguna razón para sentirse triste por aquella noticia. En su interior no quería ir al funeral, no le era necesario, y si estaba en camino era sólo para que su madre no estuviera más triste. Ella sabía que su padre y él no se llevaban bien. La relación con su padre había llegado al final el día que, después de una serie de acusaciones y discusiones, José decidió irse de casa. Guardó su ropa en las maletas y partió prometiendo no poner nunca más los pies en aquella casa. Se desvinculó totalmente de aquel fragmento de familia que le quedaba. A partir de entonces todo había sido ya solo, un empleo razonable, su boda, sus hijos, llamadas a la madre para Navidad, Año Nuevo, Pascua... Se había desligado de la familia, no pensaba en su padre y la última cosa en la vida que deseaba era ser parecido a él. Intentaba no convertirse en aquello que su padre transmitía y había intentado inculcar en su propio hijo. En el velatorio: pocas personas. Todo estaba en silencio, se podía sentir el dolor y la tristeza. Ambas estaban presentes en todos los rincones de aquella pequeña casa que había sido testigo de tantas y tantas discusiones violentas entre padre e hijo. La madre pálida, helada, llorona. Estaba sentada en una silla al lado del difunto padre. No era humana ya, había perdido toda su energía, todo su vigor, estaba simplemente ausente. -1-

Cuando vio a su hijo, las lágrimas corrieron silenciosas por sus mejillas. Fue un abrazo de desesperado silencio. Un abrazo amargo en parte por la situación en la que se dio. Después el hijo observó el cuerpo sereno de su padre, envuelto por una manta de rosas rojas, como las que al padre le gustaba cultivar. José no vertió una sola lágrima, su corazón no se lo permitía. Era como estar delante de un desconocido, un extraño, un... Él era incapaz de reconocer en aquel hombre a su padre. Le fue imposible pensar en decir “papá”. Se quedó en casa con la madre hasta la noche, la besó y le prometió que volvería trayendo a los nietos y a su esposa para que la conociera. Ahora, podría volver a casa, porque aquel que no lo amaba, no estaba más para darle consejos inútiles, ni tampoco para criticarlo, ni poner en duda todas y cada de las decisiones que José tomaba. En el momento de la despedida la madre le colocó algo pequeño y rectangular en la mano: “Hace mucho tiempo podrías haberlo recibido” –le dijo–. “Pero, desafortunadamente solo después de que él se fue lo encontré entre sus cosas más importantes.” José dejó ese paquetito rojo en su bolsillo y no le dio más importancia. Fue un gesto mecánico, minutos después de comenzar su viaje de regreso, metió la mano en el bolsillo y sintió el regalo. La luz mortecina del autobús le mostró un pequeño cuaderno de piel de tapa roja. Lo abrió con curiosidad. Páginas amarillentas, olía a antiguo y tenía un matiz en el olor que le recordaba a su padre. En la primera hoja, en la parte superior, reconoció la caligrafía firme de su padre: “¡Hoy ha nacido José! ¡Casi cuatro kilos! - ¡Es mi primer hijo, un muchachote!” “¡Estoy orgulloso de ser el padre de aquel que será mi continuación en la Tierra!". A medida que hojeaba, devorando cada anotación, sentía un dolor en la boca del estómago, una mezcla de angustia y perplejidad, pues las imágenes del pasado resurgieron firmes y atrevidas. ¡Como si acabaran de pasar! No podía tragar, era como si algo le estuviera obstruyendo la respiración. "Hoy, mi hijo ha ido por primera vez al colegio”.

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¡Es un hombrecito! - Cuando lo vi de uniforme, me emocioné, ya se hacía mayor. Y le deseé un futuro lleno de sabiduría y aprendizaje. La vida de él será diferente de la mía, ya que yo no pude estudiar por haber sido obligado a ayudar a mi padre en su trabajo. “Para mi hijo deseo lo mejor”.- “No permitiré que tenga que vivir lo que yo viví”-. Otra página... "José me pidió una bicicleta, mi salario no me alcanza, pero él se la merece, porque es estudioso y dedicado”. “Pedí un préstamo que espero pagar con horas extras“. José Roberto se mordió los labios. Recordaba su intolerancia y las discusiones para tener la soñada bicicleta. La presión en el pecho era cada vez mayor. Recordó el pensamiento que le atravesó la cabeza cuando su padre le dijo que no podía comprarle una bicicleta: “¡Si todos los amigos ricos tenían una! ¿Por qué yo no puedo tener una?” Continuó leyendo... “Es duro para un padre castigar a un hijo, y sé que él me podrá odiar por eso, pero debo educarlo para su propio bien”. “Fue así como aprendí a ser un hombre honrado y esa es la única forma en que sé educarlo”. José cerró los ojos y recordó la escena cuando por causa de una borrachera, hubiera ido a la cárcel aquella noche, si antes el padre no hubiera aparecido para impedirle ir al baile con los amigos que tuvieron el accidente. Recordaba el coche retorcido y manchado de sangre, el cual se había estrellado contra un árbol. Parecía oír las sirenas, el llanto de toda la ciudad, mientras trasladaban tristemente cuatro ataúdes hacia el cementerio. Todos tristes por esa pérdida tan joven. Las páginas se sucedían con cortas, y largas anotaciones, llenas de respuestas que revelaban, en silencio y tristeza, que el padre lo había amado más que a cualquier otra cosa en el mundo, más que a su propia vida. “El "viejo" escribía de madrugada.”-se percató José. Momento de soledad, en un grito de silencio, porque así era él, nadie le había enseñado a llorar y a dividir sus dolores. Su corazón acabó convirtiéndose en una piedra, era incapaz de sentir y más incapaz aún de exteriorizar aquellas emociones que lo invadían día a día. Ante el mundo se había comportado duro para que no lo juzgaran ni débil ni cobarde. Y, ahora José estaba teniendo la prueba de que, debajo de aquella fachada de fortaleza -3-

había un corazón enorme, tierno y lleno de amor, lleno de sentimientos, un corazón humano. La última página... Aquel del día en que partió para no volver nunca más: "¿Dios, que hice mal para mi hijo me odie tanto?” “¿Por qué soy considerado culpable, si no hice nada, sólo intentar transformarlo en un hombre de bien?” "Dios mío, no permitas que esta injusticia me atormente para siempre”. “Que un día él pueda comprender y perdonarme por no haber sabido ser el padre que él merecía tener”. Después no había más anotaciones y las hojas en blanco, daban la idea de que el padre había muerto… La vida del padre acabó en el momento en que su hijo se fue de casa repentinamente. Fue entonces cuando murió por dentro. Perdió su mayor tesoro, aquello de lo que había estado orgulloso durante toda la vida, aquello por lo que se había dejado el cuerpo por levantar y ayudar a crecer. La pérdida fue tan grande y la situación en la que se llevó a cabo tan triste que cuando el hijo cerró la puerta y partió para siempre se llevó la parte más amada y sagrada de su padre: el amor hacía su hijo. José cerró deprisa el cuaderno, el pecho le dolía. El corazón parecía haber crecido tanto, que luchaba para escapar por la boca. No podía respirar pausadamente, se estaba ahogando. No vio al autobús entrar en la terminal, se levantó desesperado y salió casi corriendo porque necesitaba aire puro para respirar. "¡Honren a su padre para que los días de su vejez sean tranquilos!" Alguna vez había oído esa frase y jamás había reflexionado la profundidad que contenía. En su egocéntrica ceguera de adolescente, jamás había intentado pensar en verdades más profundas. Basaba su vida y su día a día en aquello que él veía, en aquello que él hacía y en aquello que él creía. No había nadie más en el mundo salvo él y su vida. Para José, los padres eran descartables y sin valor como los papeles que son tirados a la basura. Siempre estaban dando órdenes, mandando y evitando que se pudiera divertir “a su manera”. Aquellos días de poca reflexión, todo era juventud, salud, belleza, música, color, alegría, despreocupación, vanidad, libertad… Ahora, el tiempo lo había envejecido, fatigado y también vuelto padre, aquel falso héroe. -4-

De repente se cambiaron las tornas… En el juego de la vida, él era el padre y posiblemente estaba cometiendo un error que su padre no cometió. Y era ser capaz de sentir por sus hijos y su familia aquello que su propio padre sentía y cuya energía rebosaba por los bordes de aquel pequeño librito: el orgullo, el aprecio, la satisfacción, el amor. ¿Cómo no había pensado en eso antes? Seguramente por no tener tiempo, pues estaba muy ocupado con sus problemas, la lucha por su supervivencia, la sed de pasar fines de semana lejos de la ciudad, con ganas de profundizar en el silencio sin necesitar dialogar con sus hijos.

Jamás tuvo la idea de comprar un cuaderno de tapa roja para anotar una frase sobre sus herederos.

Jamás le había pasado por la cabeza escribir que sentía orgullo de aquellos que iban a continuar su nombre. Jamás le había pasado por la cabeza plasmar en el plano físico aquello que mental y emocionalmente luchaba por salir al exterior. Su cuerpo se lo pedía a gritos, pero él no le hacía caso, era algo de “gente blanda”. Era una tontería.

¡Justamente él, que se consideraba el padre más completo de la Tierra! La vergüenza casi lo tiró con una lección de humildad.

Quiso gritar, procurando agarrar al viejo, a su padre, para tomarlo entre sus brazos y abrazarlo, decirle lo que a su padre siempre hubiera querido escuchar. Quería abrazarlo, quererlo, besarlo, pero... solo encontró el vacío. Quiso tener a su padre fijo entre sus brazos, poder decirle lo mucho que lo quería, lo mucho que se había equivocado como hijo, y como padre, quiso haberle pedido perdón por todo el dolor que le causó. Lo único que podía encontrar en esos momentos era su presencia física. Todo el amor que emanaba de las hojas de aquél libro rojo carmín había desaparecido. Estaba muerto, y ahora, ya no volvería a verlo nunca más. Había una rosa roja ya marchitada en el jardín de su casa, cuando el sol apenas había terminado de amanecer. Entonces, José acaricio los pétalos y vio la mano de su padre podando y cuidando el rosal con amor. Con movimientos pausados, llenos de amor y dulzura, como si se tratara de otra persona amada con la que estaba tratando. ¿Por qué nunca entendió todo esto antes?

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Una lágrima le brotó como el rocío, fría. Entonces elevó sus ojos al cielo, tratando de encontrar una respuesta. Sólo encontró silencio y dolor, mucho dolor. Logró solamente esbozar una ligera sonrisa, desahogándose en una confesión: "¡Si Dios me mandara a elegir, juro que no quisiera haber tenido otro padre que no fueras tú, papá!” “¡Gracias por tanto amor, y perdóname por haber sido tan ciego!"

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