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De La Vida Feliz

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Es una guía para ser feliza en la vida
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Rafael Cubas Vinatea

“D e L a V i d a F e l i z”
Primera Parte

2007

INDICE

1ª P a r t e

Pág.
Prólogo………………………………………………………..3 Introducción…………………………………………………...5 Capítulo I – La Felicidad………………………………………7 " " " " " " II -- La Infancia..…………………………………….27 III -- La Adolescencia………………………………57 IV -- Las Vocaciones Profesionales....……...... ……79 V -- El Idealismo Vital....…………………….…..145 VI -- La Juventud………………………………….193 VII – El Amor - El Matrimonio. Los Hijos – La Familia..…………………….297

Fin de la Primera Parte…………………………………..…..458

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PRÓLOGO

"De La Vida Feliz", por Rafael Cubas Vinatea, constituye una obra de gran interés y valor. En especial para las personas que de una u otra manera se sienten inclinadas a reflexionar acerca de cómo llegar a ser felices. Y del porqué se debe intentarlo. Este libro es una suerte de ensayo filosófico, bastante original, acerca de los rumbos que el Ser Humano ha de seguir, para lograr un Mundo Interior, dentro de cuyo ámbito pueda alcanzar la tan ansiada Felicidad. Ha de advertirse que resulta inusitado que el Prólogo de un libro sea escrito por el hijo del autor. Más aún si aclaro el hecho de que soy el cuarto en edad, en relación con mis otros hermanos, cuyos méritos, además, para merecer tal honor, sin alardes de falsa modestia, son mayores que los míos. Pero resulta que, por especiales circunstancias de la vida y sobre las que está demás explayarnos, yo, que soy mejor que buen sembrador, más aprovechado 'cosechante', si cabe decirlo así, he tenido especiales oportunidades de acompañarlo, en muchos de sus empeños idealistas, narrados en las siguientes páginas. A un hombre tan sabio y tan bueno. Mi mejor amigo y maestro. Sea dicho claramente, que no por enrostrar orgullo alguno, sino por devoción a la Justicia y a un intenso Amor Filial. Me atrevo, por ello, a presentar ésta, por ahora, su última obra. Rafael Cubas Vinatea es Ingeniero Agrónomo de profesión, además de un hombre muy inteligente, estudioso, y culto. Ha escrito numerosas obras: libros, folletos, artículos, estudios, diversos; siempre originales y profundos, sobre muy variados e interesantes temas. En lo personal, fue un buen esposo y un excelente padre. En la cúspide de sus 85 años, nos da lecciones sobre cómo saber vivir, demostrando en sus ágiles líneas, que la Ancianidad puede ser la mejor de las etapas de la Vida. Es un hombre con ideas claras y originales, con las cuales se podrá tener puntos de vista discrepantes, pero a las que resulta imposible negarles trascendencia, como a su fructífera vida.

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Se casó con Dora Martins Echevarría, mi madre, lo que, como él mismo narra, fue el punto de partida para la más grande sus dichas. Estuvo unido a ella por cerca de 60 años, hasta lamentable partida de nuestro mundo terrenal; vio nacer, 4 hijos, nietos, y hace poco, 1 bisnieto.

tal de su 11

En el campo profesional trabajó cerca de 50 años en pro de la creación de una nueva raza de ganado vacuno propia para la Selva Peruana. Incluso escribió un libro: "Ganado Amazonas-Una Solución Peruana". Y muchos otros trabajos referidos a la profesión y al tema. En lo Político, fue cofundador del Partido Demócrata Cristiano en Huánuco y por méritos propios llegó a ser Diputado Nacional por ese Departamento y Ministro de Agricultura, Nadie lo definió mejor, que Manuel Ruiz Huidobro C., quien dijera públicamente en cierta ocasión y entre otras cosas: "Rafael Cubas Vinatea fue un político honrado, que ingresó a la política siendo rico y salió pobre de la misma". En estos mismos terrenos de la Política, escribió otras dos obras: "Razón de Patria" y "Problemas Nacionales" Que permiten conocer nuestra Identidad Nacional, la Común Iberoamericana, así como el verdadero origen de nuestros Problemas Nacionales. Su adecuada interpretación y las soluciones posibles de los mismos. En el campo de la Educación, desde muy joven, fue profesor en colegios, institutos y universidades; siempre interesado en transmitir sus conocimientos adquiridos por el estudio y la experiencia. En cuanto a Filosofía de la Vida, escribió el libro: "Yo Conocí el Paraíso". Obra que, en un lenguaje sencillo, relata las aventuras – con reflexiones filosóficas intercaladas— de un grupo de niños, en un escenario verdaderamente paradisíaco para la propia percepción infantil. Por lo demás, huelgan mayores palabras sobre el presente libro. Desde sus primeras líneas, el lector habrá de ser atraído por su inmenso interés y valor. Lo ofrecemos a su benévolo juicio. Y confiemos en que la mente lúcida del autor nos pueda seguir ilustrando y deleitando, con nuevas obras, manteniéndose, de tal manera, por largo tiempo vigente, Rafael Cubas Vinatea. Daniel Cubas Martins

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Introducción

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a Vida constituye el mayor de los bienes que es posible recibir. Y solamente basándonos en ella, podemos añadir los demás. Por eso la agradecemos, inmensamente, a quienes nos la han dado: a Dios y a nuestros padres. Mas ese don implica, para los favorecidos, un deber adicional al de la gratitud: el de emplearla bien. El de hacerla Feliz.

Así, alcanzar la Felicidad constituye además de una legítima aspiración, es decir un derecho, una obligación personal. Por mucho que no se llegare a interpretar cabalmente el significado del vocablo. Hablar de la Felicidad no es poca cosa; la palabra misma no es de significación leve. El concepto que le corresponde, complejo, muy discutido y hasta negado, requiere de aclaraciones. Trataremos de hacerlo en el curso de este libro. No sin audacia, lo reconocemos, pero apoyándonos, no tanto en nuestra discutible autoridad, sino en la de los clásicos pensadores, de grande, universal y justo prestigio, más de dos veces milenario; y hasta en la de otros, con al menos un reconocimiento más que centenario. Debemos añadir: La Felicidad no es ni puede ser igual para todos. Ni siquiera se logra en todos. Ofrece múltiples grados y formas. Varía en intensidad y modalidades, según las personas de quienes se trate. Por sus edades, inteligencia, cultura, y las diversas condiciones que facilitan --o dificultan-- comprenderla y conseguirla. En oportunidad anterior, respondiendo a las inquietudes que despierta el tema, escribí un libro al respecto,1 enfocando a la edad Infantil. He supuesto esperanzado en el acierto, que complementarlo podría resultar de interés al hacer referencias a las etapas posteriores de la vida: la Adolescencia, la Juventud, la Madurez, y la Ancianidad. Aunque ocurra a menudo que tales cuestiones, no obstante su importancia no superada por cualesquiera otras, no constituyan materia de interés por parte de muchas personas --en razón directa de su masificación cultural y sicológica--, si se les diera la oportunidad de “tomar la punta del ovillo”,

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“Yo Conocí el Paraíso”- Rafael Cubas Vinatea- Imprenta Lozano E.I.R.L.- 324 págs.-1,997.

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podrían abrir los ojos. Y no serían entonces tan pocos los que le encontraran agrado. Hemos querido mantener el estilo de nuestra obra anterior: claridad y sencillez; con cierta amenidad conferida por el hilo argumental y descriptivo y por algunos toques circunstanciales de humor; dando los espacios y marcos debidos a inquietantes reflexiones sobre Filosofía de la Vida. La hondura y amplitud que se intenta no va en menoscabo de su utilidad, del realismo que se persigue. Del sentido práctico --en la correcta acepción del término-- de la Concepción Vital que nos inspira: Indeclinable Devoción a los Valores Superiores y Perennes del Espíritu. Vale decir: Deseamos ofrecer un Mensaje Idealista y Moral. Al mismo tiempo que Práctico y Realista, como no puede dejar de ser todo lo Moral. En la convicción de que es --única y precisamente-- dentro del campo de la Moral que se halla cualquier cierta y duradera utilidad práctica. Posición por supuesto antitética del hoy predominante utilitarismo materialista y pragmático2 de indudables raíces liberal y marxista. Nos colocamos en la Moralidad que corresponde a una Concepción Cristiana del Mundo y de la Vida. Y por tanto Idealista3, Espiritualista, y simultáneamente, Realista. Que nunca nos cansaremos de expresar y repetirlo: no son --por mucho que pudiera parecer lo contrario-- términos contrapuestos, sino perfectamente concordantes. Ello se habrá de ver con amplitud en los capítulos que siguen. De una obra que queremos sea práctica y útil. Séanos perdonado que las narraciones estén –algunas-- en primera persona y que pudieran dar la impresión de una intencional autobiografía, muy lejos del propósito del autor y que resultaría a todas luces fuera de lugar. No hay tal. Es simplemente el deseo de conceder, a nuestros asertos, la categoría de testimonios de realidades vividas, irrefutables. No de ligeras e imaginativas teorizaciones. Además de constituir un recurso metodológico para conferir alguna amenidad e ilación a las meditaciones filosóficas que deseamos incitar. ***** Es así, estimable lector, con plena confianza en los objetivos que nos animan y esperanzados en la benevolencia suya, que ponemos en sus manos las páginas que siguen. * * * * *

Petulante y cínico modo de llamar a lo práctico amoral; desde una visión positivista y materialista... ¡Lo menos práctico que pueda darse! 3 Significa vivir ideales; es decir programas de vida fundados en los superiores y perennes -- por ello los más útiles-- valores del Espíritu Humano. El Idealista, por esto último, es además de Espiritualista, práctico como el que más.

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Capítulo I

La Felicidad

M

ontañas de cadáveres y mares de sangre, de sudores y de lágrimas, han levantado y derramado, los seres humanos, de todas las naciones y de todas las épocas, como consecuencias de sus luchas y extraviados afanes, tras de palabras cuyo significado... ¡jamás entendieron!

Valgan algunos ejemplos: Dios, Patria, Libertad, Justicia, Democracia; amén de innumerables otras. La Felicidad, tanto más cuanto confundida con los deleites del poder y de las riquezas, no hace excepción entre los términos mal usados e incomprendidos. Procede pues tallar en el tema: Definición de la Felicidad. Por razón de la peculiar complejidad del asunto y la generalizada tendencia a eludirlo, resulta raro observar una cabal precisión del concepto de Felicidad. Es frecuente que se llegue al punto de negar su existencia. Al no entenderse bien de lo que se trata, o por la dicha superficial tendencia a esquivar problemas, a escapar del esclarecimiento de las hondas cuestiones filosóficas. Mas deficiencias conceptuales o posiciones elusivas al margen, no procede rechazar, por las vías racional o empírica, la existencia de la Felicidad, ni restarle importancia; aunque sólo pueda adquirir vigencia en ciertas personas, estándolo, poco o nada, en las mayorías y presentándose, siempre, bajo variadas formas e intensidades. Pero admitir variedad profusa y grados diversos, hasta ausencias mayoritarias, no justifica establecer la inexistencia de la Felicidad. Viene al caso considerar, más bien, las positivas ideas sobre el particular expuestas por los pocos pero grandes sabios --en especial grecolatinos y cristianos-- que en el mundo han sido. Es ineludible traer a colación tan inquietante asunto, dado su generalizado desconocimiento u olvido. Aunque sólo fuese, por ahora, ante unos pocos interesados. Trataremos de hacerlo en la mejor forma que podamos y así, frente a las dudas y negaciones, comenzaremos por afirmar:

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Sí, existe, se puede explicar y entender, definir, lo que es la Felicidad; y su contraria: la Desgracia. Alcanzar a la una y evitar a la otra. Tomemos de inicio el primero de los conceptos; dejando por un momento el segundo. Admitida que sea la evidencia de que existen varias formas y grados de ellas. Aclaramos, además, que nos hemos de referir a la Felicidad Terrenal, Temporal, Finita, Multiforme, y Humana. La viable en el lapso de la existencia del Hombre sobre la Tierra. Felicidad que no es, ni puede ser, la Celestial, Eterna, Infinita, Única, y Divina (añadida, la cercana, de las almas bienaventuradas). Ni tampoco Universal (para todos). Hablamos de la que, siendo terrena, podría constituir una especie de anticipo de la definitiva o paradisíaca. Nada más, ni nada menos. El tema que tratamos es el Filosófico, no el Teológico. Aunque puedan darse referencias a las relaciones, armoniosas siempre, entre dichos campos; en las formas y modos en que resultare oportuno. Colocadas en claro tales premisas básicas, podemos ingresar a una definición fundamental de lo que es la Felicidad. Con lo cual ha de resultar viable comprender y precisar las esencias del concepto y vislumbrar sus variantes; en cuanto a formas e intensidades. Sin olvidar las situaciones derivadas de su ausencia y de la acción de lo contrario: la Desgracia. Que también la definiremos, con sus propias variaciones. Pues sabemos que las ideas se aclaran y precisan mejor, también por la definición de sus contrarias. Y para no caer en posiciones erróneas, hay que explicar, además, las diferencias con otros conceptos, con los cuales se la confunde habitualmente; como son: la Alegría y el Placer. Y los de la Tristeza y el Dolor, en el caso de la Desgracia. Nociones, todas ellas, distintas y distinguibles. Vamos a lo primero: “La Felicidad es una condición interior y permanente del ánimo, por lo tanto invulnerable; de inmensa placidez, plenitud y equilibrio espiritual; de constante complacencia en el vivir. Que resulta de una larga sedimentación de las satisfacciones proporcionadas por el culto de los Valores Superiores y Perennes del Espíritu Humano; cuya práctica se llama: la Virtud. La cual caracteriza a la conducta del hombre Sabio. Es decir, al ser humano nacido Inteligente; hecho Culto o filósofo, y Virtuoso, por su propio esfuerzo y por la inspiración de alguna elevada Doctrina”. Lo contrario de la Felicidad es la Desgracia, que se define así: “La Desgracia es la condición del ánimo contraria a la Felicidad. De desasosiego y molestia, hecha interior y permanente; por lo tanto muy difícil de erradicar. Resultante de asumir los antivalores de concepciones erróneas; los cuales determinan conductas sometidas al vicio: Contrario a la Virtud. Sucede en los seres torpes de nacimiento e ignorantes; de mala formación personal: los viciosos contumaces. Calificables de necios. Opuestos a los sabios”. Los conceptos que se suele confundir con el de la Felicidad, cabe definirlos del siguiente modo:

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“La Alegría, es un estado eufórico, risueño y agradable del ánimo; causado por inmediatas y temporales motivaciones positivas externas. Dura poco, pues concluye cuando ellas se acaban. Por otra parte, es vulnerable ante tal clase de influencias, cuando son de las negativas”. Por ejemplo: Nos invitan a una cena que suponemos será deleitosa y espléndida, lo cual naturalmente nos produce alegría. Se frustra o concluye el convite y se acaba la alegría. “El Placer es la sensación que resulta de un estado gozoso a los sentidos o a la emotividad. Se llama material, sensual o sensorial, cuando compromete, en lo fundamental, a los primeros; y espiritual o anímico, cuando corresponde a la segunda clase o género de percepciones, que son superiores y en lo fundamental inmateriales, aunque dependientes, ambos, de situaciones externas y momentáneas”. Se puede señalar, como ejemplos de placeres: El material o sensorial que se experimenta mientras se saborea cada plato agradable de una invitación; y el espiritual o inmaterial, por el gozo, durante el ágape, de una conversación válida y amena, con buena y suave música de fondo. Los que se confunden con la Desgracia, se aclaran así: “La Tristeza, es un estado transitorio y deprimido del ánimo; contrario a la Alegría; motivado por causas negativas de carácter externo y más o menos circunstanciales, que afectan a la emotividad”. Un ejemplo: El sentimiento por la muerte de un amigo. Pero pronto se comprende que el deceso constituye la etapa final y natural de la existencia de todo ser humano; que en el peor de los casos sólo es un sueño del cual no se despierta; que más dolorosa es una supervivencia padeciendo cruel e irremediable enfermedad; que ya descansa en paz o está en la gloria; y si bien entristece su alejamiento físico, se le puede acercar, con frecuencia y espiritualmente, por el recuerdo de su persona y de sus obras, cada vez más grato y cariñoso; que el tiempo cierra todas la heridas; y finalmente, que es de decoro elemental mostrar entereza frente a las propias aflicciones. “El Dolor, es una mortificación intensa motivada por causas externas y generalmente breves. Es lo contrario del placer. Hay, también, dos clases de dolores: los materiales o sensoriales; y, los peores y más duraderos, los espirituales o de la sensibilidad, lastimada por hechos deplorables”. Son ejemplos de dolores sensoriales: Los de quemadura sobre la piel; los de las caries dentales; los de las intervenciones quirúrgicas; pero en la actualidad la medicina ayuda mucho a su alivio, comparando las situaciones con lo que ocurría hasta hace relativamente poco tiempo. De los dolores espirituales podríamos citar los muchos que causa el constatar las maldades humanas; como el maltrato perverso en agravio de inocentes niños; ver herida la dignidad de la Patria, por la acción de políticos corrompidos, etc. Debemos advertir que las precedentes definiciones de los significados de tan importantes palabras son filosóficas y por tanto, si bien precisas, amplias y 9

minuciosas, no corresponden exactamente a las “de Diccionario”, las cuales están, en cambio y como es obvio, orientadas al común de las personas, por lo que se ofrecen más escuetas. Y así, por ejemplo, en los casos de sinonimias imperfectas, los diccionarios comunes hacen referencia al significado fundamental, teniendo presente la percepción de las mayorías y no tanto a sutiles matices, muchas veces de gran importancia en Filosofía. El problema de las diferencias en las definiciones de los vocablos, por los requerimientos del vulgo de un lado, y de los filósofos por el otro, son de antigua data... En el siglo XVIII, por ejemplo, Voltaire4 escribió una obra para el esclarecimiento de numerosos casos, según su criterio, a la que tituló, precisamente: “Diccionario Filosófico”. Con posterioridad, en parecidas formas y para diferentes campos de la Cultura, varios pensadores han seguido su modelo. Por otro lado, en los siguientes acápites, para una mejor e integral comprensión de las definiciones que ya hemos dado, las completaremos con las demás, de palabras necesariamente ligadas a ellas. Los Valores. Se entiende por Valor, a todo lo susceptible de positivas calificaciones mentales, referidas a lo admirable, necesario, útil, o placentero. En número, los valores son una infinidad. Pero generalmente se agrupan en dos grandes clases: •Los Materiales; y •Los Espirituales. --Los materiales son los que corresponden a realidades concretas y palpables, de la materia, de sus directas o inmediatas manifestaciones, relaciones y efectos. Son en especial los bienes y servicios a que da lugar la producción económica y los títulos de ellos, en particular los de fácil convertibilidad monetaria, de altos montos, denominaciones o precios. Así podríamos citar, como los más importantes bienes y valores materiales, los siguientes: El dinero, en primerísimo lugar ¡Suele elevarse a jerarquía de deidad! A objeto de general idolatría: "El Becerro de Oro". El dinero, además de su posible valor intrínsico, tiene el de cambio. Es susceptible de canjearse con todos los demás, midiendo su valor. Tiene la más alta convertibilidad. Por ello, dicen los necios: “Con la plata se consigue todo lo que uno pueda desear”: Las casas, los palacios, los vehículos, las joyas, muebles y enseres, que llegan al lujo, cuando sobrepasan ciertos límites. En general, todo lo que cubre aspiraciones materiales de alto costo y que hasta pueden proporcionar engañosos placeres sensuales, sin mayores consideraciones éticas; como: poder, fama, vanagloria, diversiones, gula, embriaguez, sexualidad desatada, juego, drogas, etc.
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Seudónimo del escritor y pensador francés Francisco María Arouet (1,694-1,778). Liberal, iconoclasta (íconos: imágenes de estilo bizantino, sagradas en la religión ortodoxa; clasta: demoledor; que demolían lo tenido por sagrado).

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Las acciones de compañías, los bonos, cédulas hipotecarias, letras, cheques bancarios, pagarés, certificados de depósito, pólizas de seguros, tarjetas de crédito, etc. Y los bienes que, inclusive considerándolos en su justo término, satisfacen necesidades materiales legítimas, ineludibles o imperiosas; tales: la ropa, los alimentos, el techo, la instrucción básica, las condiciones corporales orgánicas, como la fortaleza y agilidad físicas, la salud (¡de importancia vital!), etc.; pero generalmente apreciados con exclusión o desmedro de los superiores de orden espiritual, despectivamente llamados “románticos”. Los que conceden prioridad a dichos valores materiales o que llegan al punto de darles exclusiva consideración, reciben el nombre de materialistas -devoción por lo material-- y positivistas --por lo útil palpable, demostrable--.Tal posición inspira, medularmente, a las concepciones Liberal y Marxista. Con --en verdad-- secundarias diferencias entre ellas. Lo que habremos de precisar más adelante. En cambio: --Los Valores Espirituales, Superiores y Perennes, son aquellas categorías mentales, de alto significado, a cuya práctica y devoción, en cada caso, corresponde una Virtud. Toda Virtud puede ofrecer diversos grados de excelencia, según la grandeza de su realización. Desde la común o sencilla, ascendiendo hacia la propia de la Sabiduría --en el sentido clásico grecolatino: inteligencia natural, cultura filosófica, y virtud--, hasta llegar a las más altas genialidades. Como son también los casos de los Héroes --genios de la Valentía--; de los Santos --de la Bondad--; de los Sabios --en el sentido contemporáneo, de doctos excelsos, de genialidades del saber concreto, de las verdades específicas--; de los grandes Artistas, creadores de sublimes obras de arte, de verdadera Belleza; etc. Se puede entender mejor lo que son los Valores Superiores y Perennes del Espíritu Humano, si enumeramos y explicamos los principales. Advirtiendo que, en ciertas situaciones, se presentan problemas semánticos5, que iremos esclareciendo en la medida en que se haga necesario. Así: La Verdad es el valor Supremo. Y como veremos, de él derivan, en alguna medida los demás. Está muy ligado a todos. Su separación, no concordancia o contradicción, con los otros valores, le resta --o hasta le niega-su significación y jerarquía ética. Dicho ha sido, que Dios es la Verdad Suprema. Absoluta. Y que la Felicidad Celestial consiste en la Contemplación de la Verdad, al lado del Creador. Jesucristo, además dijo: “La Verdad os hará Libres“

De significación de las palabras. Porque hay casos en los que un vocablo tiene dos o más acepciones; como bien, que puede ser el valor correspondiente a la virtud de la bondad; o el de un objeto valioso, como alguna joya; o la calificación de una acción correcta, ejemplo: proceder bien, de modo honesto; la palabra sabio, en los sentidos clásico y moderno ya explicados. Asimismo, hay --una sola en cada caso-- las que sirven para designar, tanto al Valor, como a la Virtud; tales: Fe, Templanza, Valentía, etc. Y otras, tanto a Cualidades, como a Virtudes, ejemplo: Habilidad, Laboriosidad...

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(no la Libertad os hará Veraces). Colocó a la Verdad, sobre el inconmensurable valor de la Libertad. Y se define así: La Verdad es la concordancia entre lo que se ve, siente o percibe; entre lo que se piensa, dice, escucha, lee, o escribe; con la Realidad; sin contrariar a los otros valores. Así de simple y rotundamente expuesta. Se observa, en primer lugar, que: “Siendo como es,la Realidad única, la Verdad, al concordar con lo que es único, necesariamente es única”. Como tiene que ser único, todo lo que concuerda con lo que es único. Y no múltiple, como erróneamente suele decirse. Por pura lógica. Por definición objetiva. No por afirmación intolerante o fanática de nadie. Véase pues la barbaridad que cometen quienes afirman que la Verdad es relativa... Que varía con las personas, con los espacios, y con los tiempos6... Tendremos oportunidades de volver sobre este vital asunto en ampliatorias referencias. Los que practican la Verdad en un nivel de virtud o sabiduría (en el sentido clásico), se llaman veraces. Los que llegan a la genialidad en su devoción, en el campo del saber científico, tecnológico, o filosófico, aunque fuere hasta el especializado o concreto, son denominados sabios (en la acepción moderna de la expresión: que saben excepcionalmente mucho de algo). A este género y nivel pertenecen también, y por antonomasia, los Inventores y los grandes descubridores. Son ejemplos de ellos: Pitágoras, Arquímedes, Leonardo, Colón, Newton, Mendel, Franklin, Edison, Pasteur, Cajal, etc. El siguiente valor: La Justicia, consiste en dar, reconocer, conceder, a cada cual, persona o situación, lo que le corresponde. Obsérvese que Justicia no es siempre dar a todos por igual. Como suponen muchos, confundiendo Justicia con Igualdad. En la primera línea del error, los liberales y marxistas; inventores y propugnadores de tan inconsistente mixtificación. Dar a todos por igual puede constituir hasta una tremenda injusticia. Por la sencilla razón --así pudiera desagradar lo afirmado-- de que los seres humanos y sus circunstancias casi nunca son iguales. Lo cual no quita el deber de aspirar a La Máxima Igualdad Posible de Derechos y Oportunidades. Aún cuando, tampoco ellas, puedan alcanzarse fácilmente. Sólo en los raros y relativos casos de una situación de Igualdad, puede la Justicia consustanciarse con ésta; y entonces recibe el nombre de Equidad.

Los que sostienen tal cosa, son llamados relativistas morales; pero su error --trampa doctrinaria podría decirse-- consiste en que, si bien varían las apariencias de la Verdad (según las personas; los espacios o países; y los tiempos), su esencia no varía nunca. Una cosa es el ser y otra el parecer… ¡Cuidado con el tan común engaño!

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Del mismo modo, es un error confundir a la Justicia con la Legalidad: la aplicación de la ley. Pues no toda ley es necesariamente Justa. Ocurre en el sistema liberal vigente que la ley es simplemente “una convención de convivencia social” y el producto indirecto de “la voluntad popular” --a menudo manipulada y atropelladora de la Moral, la Razón, y la Justicia--, expresada, teóricamente, por el Parlamento. Las más de las veces, a merced de intereses extrapopulares: los de las altas finanzas –de la plutocracia--, entre otros. De semejante manera es equívoco presentar --como resulta común-- a la Justicia cual una diosa con los ojos vendados; como diciendo que la mejor justicia es la ciega... Cuando, muy por el contrario, para aplicar Justicia se debe abrir bien los ojos, a fin de percibir correctamente la Verdad sobre las situaciones a juzgar. Por ello se ha llegado a definir a la Justicia como a “Un Orden de Verdades”. Quienes sostienen que la Justicia debe ser ciega, lo hacen precisamente por confundirla con la Legalidad, entendiéndola como a un simple acto de “aplicar la ley sin mirar a quién”. Los que practican la Justicia se llaman justos o justicieros. No hay vocablo específico para denominar a los niveles de genialidad en dicha virtud; pero se les llama: paradigmas, héroes, o mártires, de la Justicia. A los creadores de normas de Derecho de extraordinario significado: juristas o legisladores eximios (como los geniales Solón, Licurgo, Suárez, Vitoria, etc.) 7. Por último, en cuanto a sus modalidades, se ha clasificado a la Justicia en: •Conmutativa, la que se realiza por los intercambios justos, entre lo recibido con lo entregado; por ejemplo: las operaciones comerciales en el mercado, cuando son honestas. •Distributiva, la que se logra, por ejemplo, en la adecuada distribución de bienes y servicios, en procura del Bien Común. •Equitativa, la que distribuye, aproximadamente por igual, entre seres cercanamente iguales. •Caritativa la practican las personas sabias, uniendo la Justicia con la Caridad; por ejemplo: la recomendada por don Quijote a Sancho Panza, Gobernador: “No olvides, Sancho, que la vara de la Justicia ha de ser rígida, pero si se doblare, que sea por la magnanimidad, mas no por la dádiva”. La Libertad, es la facultad de elegir entre opciones enmarcadas dentro de un Sistema Moral autónomamente aceptado. Tal la definición correspondiente a una visión cristiana: La Libertad subordinada a la Moral.

Precisa remarcar que el origen y derivación del valor de la Justicia, como de todos los otros valores, arranca, necesariamente, de la Verdad. Por la sencilla razón --además de otras-- de que, para discernir y decidir Justicia, hay que conocer, primero, la Verdad sobre las situaciones que se juzgan.

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Por cierto que el cristiano, mientras se lo permitan las fuerzas exteriores a su persona, puede, en principio, situarse en una libertad total, ejercer su ‘libre albedrío’. Hacer lo que deseare; pero habrá entonces de asumir la responsabilidad y las consecuencias de sus actos. Y si fueran éstos inmorales y dañinos a sí mismo y al prójimo, afrontar sanciones religiosas, legales, vindicta pública, y remordimientos de conciencia ante sus convicciones. La Libertad digna, a la cual nos referimos, es la ejercida de conformidad con los principios de un buen católico; en el supuesto entendido de haberse adoptado, éstos, con total autonomía personal y plena conciencia de sus actos. Pero, contrapuestos, hay otros planteamientos correspondientes a concepciones que contradicen, de un modo frontal, a la cristiana; a saber: Los liberales, proclaman a la Libertad como al más alto valor: a la facultad de hacer lo que al individuo le venga en gana, sin más límites que los derechos del prójimo y los marcos señalados por la ley. Dicen, con hinchada y aparente racionalidad: “Mis derechos terminan donde comienzan los del prójimo” (¿no tienen nada más que ver, los de uno, con los del otro?). Y agregan: “la ley es el producto de la voluntad popular y regla práctica de convivencia social”; ¡“la Libertad no tiene nada que ver con la Moral, ni ésta con la Ley”!; “la Moral es asunto del fuero personal de cada cual”... Asombran tales asertos, pero el caso es que reciben categoría de universales y benéficos dogmas. Los marxistas sostienen que: “La moral es un prejuicio burgués”... ¡Atribuyen a los liberales, y como error, lo que en todo caso corresponde, como acierto, al cristianismo!... Añadiendo: “lo que interesa, es la conducta social; el ciudadano es libre de hacer lo que la ley no le prohíbe y está obligado a hacer lo que la ley le manda”. El ser humano ¡un programado robot! Obsérvese el error --medular e indisculpable-- de las dos concepciones anticristianas: Dejan a sus conceptos de la Libertad y de la Ley... ¡al margen de la Moral!... Cuando, filosófica y racionalmente --además de lo religioso y empírico--, ninguna esfera de las acciones humanas puede --sin lamentables consecuencias-- colocarse fuera de la jurisdicción Ética.8 La Libertad es un valor inmenso que se cuenta entre los más estimables. Pero no supera en jerarquía a la Justicia. Debe acompañarse de ella. Sin ella, y sin el Derecho que las define, no puede subsistir. Forzosamente está subordinada a la Verdad.9 Y, además, sin la Bondad (el Bien), la Libertad carece de sentido. Los hombres con devoción a la Libertad, se llaman libres. En grado superior, cuando la conquistan: libertadores (San Martín, Bolívar, Castilla, Washington, etc.).
Moral (del latín: moralis) y Ética (del griego: ethykos), son términos casi sinónimos y pueden usarse como tales; pero se prefiere Ética, para el estudio o parte de la Filosofía que se ocupa de las costumbres y de la conducta humanas, en función del Bien y del Mal; y Moral, para enmarcar las costumbres y conductas mismas. Además, a la Moral se le confiere el significado adicional de entusiasmo para el esfuerzo y la lucha (militar, deportiva, etc.). 9 Para definir una situación de Libertad, es preciso establecer, antes, la Verdad acerca de en qué consiste ella; así como de las cuestiones de la naturaleza humana y la organización social que le son relacionadas. Abundando en el tema, en la frase de Jesús: “La Verdad os hará Libres”, la Libertad está claramente subordinada a la Verdad.
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La Belleza es la armonía que produce placer estético y que eleva el espíritu del hombre. Son necesarios tres requisitos para que haya verdadera Belleza: •Una Armonía Fundamental (entre las formas, magnitudes, colores, sonidos, significados, etc.). •Un Placer Estético (en correspondencia con el Buen Gusto). •Una Elevación o Superación del Espíritu del Hombre (en su sensibilidad, intelecto, voluntad, etc.). La Armonía procede de un juego de las proporciones, contrastes, y afinidades, entre los elementos que constituyen lo bello: las formas, tamaños, colores, sonidos, palabras, etc. Ejemplos los hallamos: en un hermoso paisaje, en una obra de arte pictórica, musical, literaria, etc. O en un conjunto de cualidades y virtudes, en las situaciones de belleza espiritual; llegando hasta la calificable de sublime: el caso de la Virgen María; por la ternura, bondad y delicada pureza que se reflejan en su rostro, añadidas a su íntegra beldad corpórea. Lo que no tiene armonía, lo estrafalario --por mucho que se llame abstracto, cubismo, surrealismo, rock, etc.--, no es, ni puede ser, bello. Es, a lo sumo, un negocio; una burla, hábil pero cruel, de la tontería humana. Son las ruedas de molino con las que, las fuerzas disolventes de la sociedad contemporánea, hacen comulgar a los intonsos. El Placer Estético es el goce que produce, en las personas de buen gusto, el percibir la Belleza. Dicho en otra forma: El buen gusto --que se recibe como facultad de nacimiento y se educa-- es requisito esencial para apreciar a la Belleza. La Belleza no es lo que gusta a cualquier hijo de vecino o a las mayorías de un rebaño. La falta de buen gusto --deficiencia genética y cultura-lse llama cursilería, “huachafería” (en muy expresivo peruanismo). Lo huachafo no es bello. Ni lo bello puede ser apreciado por un huachafo. O por los afectados de torpeza e ignorancia notorias. La Superación del Espíritu del Hombre es potencialidad de la Belleza. En verdad, no llega a ser bello, lo que no eleva al espíritu. Y, si lo rebaja, se hunde hacia lo repudiable y horroroso. Podrá ser, en el mejor de los casos, espectacular, impresionante; agradable, si se quiere; pero más para gustos bastante ‘crudos’, subdesarrollados. Como podría serlo una función de bataclanas, para un grupo de estibadores o de choferes de microbús. Pero, ciertamente, no Belleza; en el sentido ético y estético, filosófico, que estamos considerando. La actividad que produce Belleza, elevando por tanto el espíritu del hombre --condición de suyo esencial-- se llama Arte. Los que practican un Arte, con especial dedicación, se llaman artistas. Los hay desde simples aficionados, pasando por los ejecutantes, copistas, y actores; hasta llegar al elevado nivel de los creadores de Belleza; a la genialidad en este campo. Como Praxiteles,

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Leonardo, Miguel Ángel, Cervantes, Ricardo Palma, Velásquez, Beethoven, Wagner, etc. No debe confundirse “Arte” y “artistas”, con otros términos, que si bien ofrecen cierta relación con ellos y corresponden a una habilidad en las ejecuciones, son de distintos significados y alcances: la Artesanía, oficio intermedio entre asalariados y empresarios y los objetos que confeccionan (los artesanos o artífices, las artesanías o artificios). Por último, está visto que es estrecha, también, la relación de la Belleza con la Verdad. No solamente porque la Verdad es Bella. Sino que, para lograr la Belleza, en cualesquiera de sus géneros y formas, se requiere la comprensión de la verdad de su naturaleza, en abstracto, como valor, y de lo bello mismo, en concreto. La Belleza es veraz, como la veracidad es bella. En alguna medida y proporción, por lo menos, hasta las ficciones artísticas, se colman de la máxima veracidad posible; y lo no propiamente veraz en ellas, no es engaño, pues autor y lector convienen en ingresar juntos al campo de la fantasía.10 Y su elaboración concreta, tiene reglas y principios racionales, que deben ser conocidos y cumplidos. La Bondad (o el Bien), consiste en procurar beneficios a nuestros semejantes, inspirándonos en el amor a Dios y al prójimo; en los naturales sentimientos humanos de generosidad; y en la virtud teologal de la Caridad. Procurar beneficios, significa ofrecer Bondad, intentar el Bien --tómese nota de que aquí ambos vocablos son Valor y Virtud, al mismo tiempo--, evitando los males o agravios al prójimo. Por lo tanto, precisa comenzar por saber qué es el Bien y qué es el Mal. Nada menos que la Verdad sobre ellos: Una vez más, se observa el nexo de la Verdad con los otros valores. La Bondad en grado superlativo o genial, es la Santidad. Santos son los genios de la Bondad. Como Santa Rosa de Lima; San Francisco de Asís: “El más santo de los humanos y el más humano de los santos”. La Valentía, es la Entereza, la Fortaleza, o el Coraje, para afrontar peligros y penalidades, en la fidelidad hacia los valores superiores. Los que la practican se llaman valientes. En rango genial, son los Héroes: El Cid, Pizarro, Orellana, Grau, Bolognesi, Cáceres, etc. 11 No hay que confundir Valentía y Heroísmo, con temeridad; la que, aparte de una forma de locura, es una ‘valentía sin causa’; como casi lo mismo son: la audacia, el atrevimiento, y la imprudencia.

Miguel de Unamuno, llegó a decir --figuradamente por cierto-- que don Quijote fue el que existió y no Cervantes... ¡Genial el realismo de la ficción! creada por “El Manco de Lepanto”. 11 Utilizamos el término Valentía, para no usar aquí : “Valor”, vocablo de doble significado, que empleamos, mejor, para la Calificación Mental, en general, tratando así de evitar confusiones.

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La Prudencia, es un valor y una virtud, que consiste en actuar reflexivamente. Tiene relación con la Verdad, la Justicia, y la Bondad. La Templanza, valor y virtud, que es proceder dentro del Justo Término de las situaciones. Se relaciona con la Verdad, la Justicia, y la Valentía o Fortaleza. Tómese nota de que el “Justo Término” --expresión de Aristóteles-- no es necesariamente el punto medio (‘ni chicha ni limonada’), que casi nunca resulta el correcto. Está entre los dos extremos, pero en la posición más apropiada, variable en cuanto a su cercanía o lejanía de los extremos. ----Los Antivalores. Los antivalores, contravalores, o males, son lo contrario de los valores o bienes. Y pueden ser también: •De origen material, y •De naturaleza inmaterial. --Los primeros son, entre otros: La pobreza, que cuando es extrema se llama miseria. Decía Aristóteles: “Ninguna forma de dignidad se concilia con la miseria”; también: “La excesiva riqueza puede turbar a la serenidad del sabio”; y “El ideal está en la situación intermedia”; la que --con cierta impropiedad-- se llama a la de la clase media. El sabio desdeña a las riquezas; así como, por natural consecuencia de sus aptitudes personales, supera a la miseria. Las enfermedades, tanto más cuanto crónicas, dolorosas, y hasta terminales. Pero, contra las que mucho cuentan: el buen régimen de vida y de alimentación; la ausencia de vicios; los auxilios profilácticos y los tratamientos de la admirable medicina moderna; la fe religiosa; y la propia entereza moral. Aunque, en los casos extremos, y al final, su total alivio llega con la muerte. -- Los principales antivalores --o males--, del segundo grupo, son: La Mentira, lo opuesto a la Verdad. Y más exactamente: Faltar a la Verdad con propósito de engañar (burla, maldad), obtener provecho propio (egoísmo), o de perjudicar al prójimo (injusticia, crueldad, envidia, cobardía, etc.). Es decir, faltar a la Verdad aplicando simultáneamente algún o algunos contravalores adicionales. No hay que confundir a la mentira con una serie de acciones en las que de alguna manera se desplaza a la veracidad; pero sin afectar sino practicando valores que suelen acompañarla; no incurriendo en falta moral. Más bien realizando bondades encomiables; lo sanamente beneficioso o agradable. Sirvan de ejemplos: La “Mentira Piadosa”. Que propiamente no es mentira; no implica el propósito de engañar para obtener provecho o hacer daño, sino todo lo

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contrario. Tal el caso de una persona enferma de mucha gravedad, no preparada para ‘mirarle la cara a la muerte’ y a quien para evitarle un espanto no le decimos ‘la cruda verdad’ --lo que constituiría una acción malvada más que una Verdad en sentido ético--; sino que damos algún elusivo rodeo y una ilusionada esperanza. La Discreción, que consiste en guardar en silencio, sin expresarla, una realidad frente a la cual el ambiente no está preparado para conocerla; y cuando dar cuenta, en cambio, podría causar daño y hasta una tragedia. Como sería discreto no comunicar a un posible agraviado el conocimiento de algún adulterio que él no hubiera percibido. Los Eufemismos, cuando se utilizan ciertas figuras de pensamiento o de palabra para evitar herir susceptibilidades; por ejemplo, hablando de ‘la tercera edad’ para no decir ‘viejos’. Las Cortesías, los Piropos o Galanterías; por los cuales resaltando cualidades y silenciando defectos nos referimos a los atributos más saltantes de una persona, para halagarla risueña y gentilmente. Las Ficciones y Fantasías Artísticas; como las sanas de los espectáculos del teatro, el cine, la radio, la televisión; las novelas, las poesías, los cuentos, las fábulas, etc. En las que por cierto no se engaña ni se perjudica a nadie. Sino, por el contrario, es como si se pusieran de acuerdo, autores y beneficiarios del arte, en vivir a sabiendas una situación imaginaria o ficticia. Agradable a quien la crea o comunica y a quien la recibe. Porque es común y grato al ser humano vivir ciertos momentos en el mundo de lo imaginario. Tampoco lo son las Mitologías, las Alegorías, Parábolas y Metáforas religiosas. Hechas para explicar hasta donde es posible y de modo poético, sencillo y mejor, lo difícil y misterioso, lo ético y metafísico. No obstante los ejemplos dados sobre algunas ‘faltas’ a la Verdad --o su desplazamiento--, y que pese a ello no son mentiras, pudieran parecer contradictorios de las definiciones anteriores. Pero no hay tal, si observamos que la Verdad adquiere su pleno significado ético, cuando la afirmación de lo cierto acompaña o sirve de apoyo a otros valores. Si no es así, la afirmación se queda en eso solamente: en afirmación cierta o exacta. No llega a la categoría de una Verdad en sentido Ético. Y cuando los contradice, dejando inclusive de ser Verdad, ingresa al campo de los contravalores... Una afirmación cierta, pero inoportuna, dicha con mala intención, se puede convertir en ... ¡una aseveración malvada! Si afirmamos que esta página es de papel blanco -y nada más-, tal aserto no es sino una afirmación cierta; una verdad literal; sin categoría Moral. Pero si decimos que estas páginas se orientan al Bien del lector, estríamos haciendo una afirmación que adquiere significación Ética. Y si alguien supiera que no habría dinero para publicar nuestro escrito y lo dijera con el propósito de desanimarnos, habría hecho una aseveración malintencionada, inmoral, aunque pudiera ser cierta.

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En la medida en que las afirmaciones son ciertas y cuanto más se relacionan o ligan con otros valores, alejándose de los contravalores, más adquieren categoría de Verdad ética correctamente entendida. Y en sentido inverso, cuanto menos certeza hay en la afirmación, más lejanía de los otros valores y mayor cercanía a los contravalores, más próxima está a la mentira. En otras palabras, no basta la afirmación cierta o exacta, para decir que ella es la Verdad; ni la inexacta o errónea, para calificarla de mentira. Tiene que determinarse si están o no ligadas a otros valores o contravalores; si los contradicen o los confirman. Aparte, la afirmación cierta pero deliberadamente incompleta --por lo general malévola--, llamada “verdad a medias”, es peor que la mentira misma. Es necesario no equivocar el sentido preciso del valor de la Verdad; ni de su contrario, el antivalor de la mentira. Pero creemos suficiente la explicación dada, para resolver las aparentes contradicciones. Quienes actúan contra la Verdad, en el campo de la mentira, se llaman falsos, falsarios, o simplemente mentirosos. Si violan un juramento, es decir, una afirmación hecha poniendo en testificación lo sagrado, se llaman perjuros. Injusticia se llama al antivalor contrario al valor de la Justicia. A quienes la practican: injustos. Debe decirse que la injusticia es posiblemente el antivalor o contravalor que más subleva al espíritu del hombre. No soportamos las injusticias o abusos, como también se denominan. Tiranía, autoritarismo o arbitrariedad, es el antivalor contrario a la Libertad. Tiranos, autócratas o arbitrarios, son quienes lo practican, los que caen en este vicio.12 La Fealdad, es el antivalor de la Belleza. Pero quienes lo aplican, no son por supuesto los feos, sino los destructores de Belleza: los bárbaros; los especuladores y mixtificadores del arte; los cursis o huachafos, etc. La Maldad, es el contravalor de la Bondad. Quienes lo aplican se llaman: malos, malvados, o perversos. En grado de psicopatía: sádicos. Aristóteles establecía que sólo este último tipo de malvados, es decir, anormales o enfermos, hacen el mal por el mal mismo; por el simple impulso y placer de hacerlo. Que los demás, proceden por error; derivado de la torpeza y la ignorancia; creyendo, equivocadamente, que sus malas acciones puedan serles provechosas. Así, decía el gran sabio griego, que las verdaderas fuentes de la
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Muchos confunden dictadura con tiranía y autoritarismo con totalitarismo. Pero son conceptos diferentes. La dictadura es creación democrática y republicana de los romanos; consiste en la plena autoridad de un hombre, en momentos de peligro nacional, pero concedida legalmente (por el Senado), por un plazo fijo, con cargo de devolverla y de rendir cuentas. La tiranía, forma primitiva, es el poder absoluto de una persona, tomado por la fuerza o la astucia, sin plazo alguno, ni obligación admitida de dar cuenta a nadie. Por otro lado, el totalitarismo, gobierno total de una sociedad jerarquizada, fue creación --no se avergonzaron de ello nunca--del fascismo italiano (“todo dentro del Estado y el Estado en todo”). No todo autoritarismo --el comunista entre ellos--: gobierno ‘fuerte’ o absoluto, de un partido, de una minoría, o de un hombre, es totalitario. Aunque el totalitarismo sí es generalmente autoritario.

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llamada maldad, están en la torpeza y la ignorancia. Y, contrario sensu, los mayores bienes y bondades, en la inteligencia y la cultura (en la Filosofía)... ¡Cuánta verdad hay en ello! La Cobardía, es el antivalor contrapuesto a la Valentía. Los que la practican son llamados cobardes. Y así como el heroísmo merece la general admiración de los pueblos --las naciones llenan sus ciudades de monumentos en homenaje a sus héroes--, la cobardía recibe universal desprecio y repudio. La Imprudencia, es el contravalor de la Prudencia. Sus practicantes se llaman imprudentes, que actúan irreflexivamente. La Intemperancia, es el antivalor de la Templanza. Los que la practican se califican de intemperantes. Actúan fuera del “Justo Término”. ----El Mundo Interior y los Valores y Contravalores.-- Los efectos de las actitudes y la conducta del ser humano, sobre su ánimo, su mundo interior, son claros de percibir, en la medida en que se desenvuelven acatando o contradiciendo a los valores o a los antivalores. Así, es posible experimentar una clara sensación de satisfacción interna, hasta de placer inefable --en especial los niños y los ancianos que saben vivir-- al aprender algo. Cuando encontramos o recibimos la Verdad sobre un interrogante y cuando la transmitimos, en especial los maestros y los ancianos, al enseñar y aconsejar... En cambio, se mortifica el fuero interior, el ánimo, cuando lo abruma la ignorancia. O si mentimos; más aún, si se llega al cinismo, al descaro; que solo son apariencias de seguridad y satisfacción. De modo similar y grato sucede con los otros valores, y su práctica, las virtudes; y nos mortifican sus antivalores y vicios. Con la Justicia, cuando somos justos y evitamos y combatimos la injusticia; la que nos lastima, en cambio, si la dejamos regir. Con la Libertad, cuando la ganamos y la ejercemos; mejor, si además la damos; si vencemos a la arbitrariedad y a la tiranía. Con la Belleza, al gozar con su contemplación; y mejor aún, ejecutando y creando formas de ella; rechazando la fealdad, lo estrafalario y lo cursi o “huachafo”. La Bondad, al realizar buenas acciones y repudiando las malas; tomando como ejemplares las vidas de los santos. La Valentía, luchando con coraje en favor de los valores --al contemplar como paradigmas a los héroes-- y distanciándonos de actos cobardes o viles, que avergüenzan hasta lo más profundo y reciben general repudio. Con la Prudencia, evitando la irreflexión; y con la Templanza, rechazando la intemperancia. Sucede por añadidura que al repetirse los actos de Virtud y los rechazos al vicio, se adquieren dos inapreciables potencialidades: •El Hábito de practicar la Virtud y rechazar al vicio; por lo que ello se hace cada vez menos dificultoso y hasta fácil; y

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•Una Sedimentación de la Complacencia Virtuosa; que resulta basamento de una situación feliz, permanente, inviolable, del ánimo. De semejante modo al de los grandes ríos, que forman los más fértiles terrenos. Dándose lugar, así, al logro de la humana Felicidad. En cambio, de suceder lo contrario, adquiriéndose el vicio y eludiendo la Virtud, se producen la tormenta y el tormento interiores y duraderos, de la Desgracia. ----Los Apoyos de la Felicidad.-- En la realización de la Felicidad Humana cuentan decisoriamente los tres principales Apoyos de la Felicidad: •La Definición clara de una Vocación. Escoger una profesión o dedicación vital, que sea placentera o a la que se sepa “encontrarle el gusto” y para la que se tenga especial aptitud. Da lugar a una permanente satisfacción en el desempeño de las actividades personales, con las que se cumple una Responsabilidad Social. •El Amor, la inter elección adecuada de la Pareja Humana; orientada hacia el Matrimonio Sacramento y Permanente (“Hasta que la muerte los separe”). Base de la Familia Cristiana. Esta unión, además, completa a la personalidad humana, la cual, como las caras de una moneda, tiene dos facetas: la masculina y la femenina; que deben reunirse y complementarse. Porque sólo inicial y temporalmente se ubican en dos individualidades que nacen separadas. Además, un matrimonio así, colma, dulcemente, la sensibilidad y la emotividad de los seres humanos. •La Forja de un Ideal de Vida: “Un programa de la propia existencia al servicio de los valores superiores del espíritu. Compromete con empresas nobles y enardece las energías espirituales. Confiriendo entusiasmo vital y plenitud de ánimo. ----Las Turbaciones de la Felicidad: El Generalizado Temor a la Muerte. Constituye un factor que, al parecer, podría empañar la Felicidad. No obstante, debemos afirmar que el sabio -en el sentido clásico del término-, si bien ama a la vida, no teme a la muerte. Aunque sólo fuere porque la existencia sabia es la mejor preparación para la vida trascendente, mucho más feliz aún; después de haber logrado la dicha terrenal; y porque sabe que sobrevivirá por sus meritorias obras. Hace más de 2,000 años, Cicerón, gran filósofo, político, escritor y orador romano13, dedicó capítulos enteros de su obra escrita, a tan importante cuestión. Demostró que es necio temer a la muerte. Como resulta el temer --sin razonar-a lo que no se conoce. Ningún ser vivo, precisamente por no haber muerto, la

Marco Tulio Cicerón -”Obras Completas” - 6 tomos; 4,500 pp.- Ediciones Anaconda - Bs.As.Arg.

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conoce. Por lo tanto, nadie es cuerdo al sostener que la muerte constituye un mal. Y frente a la muerte, sólo son posibles tres posiciones, a saber: •O se cree que con la muerte acaba todo; toda sensibilidad; que a partir de ella nada se siente; entonces, por lo menos, no es, no puede ser, un mal percibible. •O se cree que después de una vida virtuosa hay una felicidad celestial sin fin. A esa nos referimos y no a la de los viciosos o necios, fuera de nuestra consideración; y quienes, además, ya desde la Tierra, están en el Infierno. Por lo tanto, la muerte --un paso-- hasta resultaría un bien. •O se duda entre las dos posibilidades anteriores. Pero ocurre que, esa duda, sólo puede oscilar entre los dichos dos extremos: El no mal de la insensibilidad absoluta o el gran bien de la Felicidad Perenne... Tampoco pues desde esta posición, puede afirmarse que la muerte es un mal. No obstante, es común decir que lo “terrible” de la muerte es el “tránsito” al más allá. Pero resulta que no es cierta tal aseveración: El paso de la vida a la muerte, el momento mismo del fallecimiento, no es lo horrible que se imagina. Afirmaba Cicerón que la vida humana es como una línea recta y relativamente corta; que tiene un comienzo y un fin. El comienzo es el nacimiento y el fin la muerte. Al centro --a la vida-- se ingresa y se sale en total inconsciencia. Nadie recuerda ni, puede dar cuenta, de lo que fue su nacimiento; ni podrá darla de su muerte. Agregaba, además, el gran sabio latino, que hay varias formas de muerte: algunas de plena inconsciencia, como es la de quienes mueren --de modo apacible y envidiable-- cuando están dormidos; otros, despiertos, dejando expresada su última voluntad, antes de dormirse definitivamente, también en envidiable placidez (como don Quijote); o como aquellos que fallecen --algunos casos de enfermos o seres muy ancianos-- cual si fueran velitas que se apagan poco a poco, casi sin sentirlos, sin estrépito. Al fin y al cabo --lo hemos dicho-- la muerte es como un sueño final, del cual ya no se despierta. Ocurre, decía Cicerón, que la mayor parte de las muertes se pueden agrupar en dos clases: •Las violentas, por enfermedades o afecciones fulminantes, “apopléticas” --así murió mi madre, de un derrame cerebral--; y por accidentes de gran violencia, en los cuales el afectado no tiene tiempo ni de darse cuenta de lo que le ha sucedido. •Las lentas, por enfermedades crónicas o de relativa larga duración. El enfermo pierde la conciencia, hasta delira, a veces varios días antes de morir -así murió mi padre, de neumonía-- y “no le ve la cara a la muerte”; no tiene cómo recibir “el gran susto”. En añadidura, narraré que, personalmente, hasta en dos ocasiones – accidentales--, hube de llegar al punto de convencimiento de que iba a morir, irremediablemente, en ese momento. En tales circunstancias, fui sujeto de una extraña e increíble sensación --repetida en ambos casos-- de ¡una total conformidad!... Concluida --en segundos-- al percibir que seguía viviendo. 22

Fueron: el terremoto del 40, cuando era estudiante en la Escuela Nacional de Agricultura de La Molina, la cual quedó en escombros; y, poco después, en una volcadura del camión en el que viajaba, dormido; por la Carretera de Satipo a Concepción y cuando creí, al despertar, que estaba cayendo en un profundo precipicio. Varias otras razones daba Cicerón y se podrían repetir, reafirmando lo dicho; pero con lo expuesto basta y sobra, para ratificar que el temor a la muerte es infundado, irracional y por lo tanto impropio de un filósofo. En suma, no tiene por qué turbar a la Felicidad del hombre sabio. ----De los Placeres Superiores.-- Hemos visto que los placeres se pueden clasificar en: materiales, sensoriales o sensuales; y espirituales, superiores o más estimables. -- Los placeres materiales son legítimos. Resulta apropiado procurarlos y atenderlos; pero siempre que se disfruten bajo tres condiciones: •Que sean moderados. Es decir, “En Justo Término”; sin caer en exageraciones viciosas (glotonería, beodez, hipersexualidad, etc.). •Que sean varios; como el comer y beber, de lo fino y diverso, en ambiente sobriamente elegante. No ser únicos, excluyentes, obsesivos, insanos; que signifiquen “adicción” o “dependencia”; es decir, que lleguen a constituir vicios y, como tales, acaparar el ánimo, esclavizándolo (alcoholismo o dipsomanía, tabaquismo, drogadicción, juego, etc.). •Que se presenten en mixtura. Tanto entre sus propios componentes (como los elementos deleitosos de una agradable comida y los ingredientes de cada plato y de cada sorbo); con otros placeres complementarios, materiales y espirituales; acompañando a la satisfacción de necesidades y al cumplimiento de deberes: los de alimentarse, calmar la sed, o los de conservar la especie, reproducirse (es el caso del placer sexual), adquirir y transmitir conocimientos (estudiar, enseñar), producir bienes y servicios (trabajar). No es procedente el placer sin mezcla, el placer por el placer mismo; simple, aislado de toda otra situación, sea o no placentera o del cumplimiento de un deber. Al sabio no solamente le es lícito disfrutar de los placeres materiales, sino encomiable que se los procure; cumpliendo siempre por cierto, las condiciones enunciadas. Pero es en el campo de los placeres superiores, de los que elevan el espíritu humano, que el sabio halla el mejor terreno para el disfrute pleno de su existencia. Seis fueron los señalados por Cicerón: 1.La Contemplación, de la Naturaleza, de la Creación Divina, y de las Obras Admirables del Hombre. 2.La Meditación, pensar y reflexionar, especialmente acerca de lo sugerido por la Contemplación.

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3.La Conversación, comunicarse oralmente entre personas el sentir y el pensar valiosos. 4.La Lectura, recibir por escrito las luces de los grandes pensadores, informarse. Es como conversar con ellos. 5.Escribir, volcar por escrito lo aprendido o en creación. Trascender en tiempo y en espacio. 6. La Oratoria, escuchar a los grandes oradores. Poder tomar conciencia de la propia llegada a niveles satisfactorios en este arte y técnica, cumbres de la formación personal. ----Del Animo Imperturbable.-- El filósofo (inteligente y culto), en mejor decir el hombre sabio (virtuoso por añadidura), además de feliz, es Imperturbable. Porque su Felicidad es interior --consecuente al íntimo acatamiento de valores espirituales y perennes-- por lo tanto invulnerable. No se altera por los vendavales externos, que sí desequilibran, exaltando o deprimiendo, al común de los mortales. Por ejemplo: Las Alegrías y las Tristezas, que de origen externo y durando poco, el sabio las recibe con agrado o con pesar, según los casos, pero con manifestaciones siempre templadas. Acompañadas, si se quiere, de sonrisas y de carcajadas francas, aunque moderadas; o con elocuentes mas sobrios silencios y hasta pocas y mudas lágrimas. Nunca entrando en histerias -risotadas, gritos, o llantos--, comunes en los seres vulgares. Jamás como los "fanáticos" del fútbol, cuando gana o pierde el equipo del que se declaran “hinchas”, saliendo en “caravanas” y armando alborotos por las calles. O los escandalosos alaridos y estertores epileptiformes de los concurrentes a los conciertos (?) del decadente “rock”... con tragos y drogas ad libitum. Ni los aspavientosos llantos de las viejas lloronas de los velorios huachafos. Nada de eso es propio del hombre realmente sabio y por lo tanto feliz. Debemos añadir, en cambio, que no ha de olvidarse el Buen Humor, “estimulante y remedio infalible del espíritu”; y el Humorismo, rica y variada actividad incitadora del buen humor. Dando lugar a estados emocionales muy sanos, consustanciales a la existencia feliz. Los placeres y los dolores, visto está, cómo los cataloga y considera el hombre virtuoso. Jamás hasta alterar tormentosamente su ánimo. Más bien permaneciendo ante ellos plácido y sereno; porque: “El sabio es permanentemente feliz. El necio siempre desdichado”. La Desgracia no halla lugar en el sabio. Sin embargo, puede éste tener tristezas: La pérdida de bienes apreciados; la muerte de un querido familiar o amigo. Mas ellas duran relativamente poco y no se tarda en encontrar consuelo; no llegan a deprimir su ánimo. Porque sabe que no hay mal que dure mucho y que no traiga consigo, en cambio, algún bien, una lección, una experiencia, una natural reacción, un lado bueno; en fin, compensaciones varias. Y los problemas

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se pueden resolver con acierto o se deben afrontar con entereza; aunque sólo fuere por un decoro elemental. Dicho está igualmente, que la pobreza extrema no alcanza al sabio. Que de las enfermedades, muchas se evitan con un apropiado régimen de vida y que, hasta las más crueles, no lo abaten; además, de ellas, de las peores, lo puede aliviar, en gran medida, la admirable medicina moderna, o liberar, definitivamente, la muerte, a la que no teme. Con los dolores (un golpe físico o moral), sucede algo semejante; pero merecen menos atención, porque duran poco y sus causas y efectos tienen menores repercusiones e inferior categoría ética. Hay que ejercitar la entereza, el decoro y el coraje necesarios para afrontarlos. Es posible hacerlo, evitarlos o mitigarlos. Con la Prudencia y la búsqueda de las asistencias y de los consuelos que caben en medio de tales aflicciones. El caso es que los dolores no pueden, tampoco, en razón de todo lo dicho, perturbar el ánimo sereno de los sabios. ----Los que pueden ser felices--. Es evidente, como lo hemos afirmado, que no a todos les es posible alcanzar la felicidad. Sólo el sabio --una minoría-- lo hace. Y que, contrario sensu, el necio --de la otra minoría-- siempre es desdichado. Al medio –las grandes masas-- los mediocres, no son ni lo uno ni lo otro; “bailan al son que les tocan”... ¿Quiere decir entonces que prácticamente no habría nada que hacer frente al destino del vulgo, del pueblo, de las mayorías?... ¡No por cierto! En primer lugar, la inteligencia, la cultura y la virtud, son susceptibles de cultivo, difusión e impulsos notables. Por la buena Educación, que conlleva la mejor formación de las personas. A muchos les es dable así abrirse rutas de superación personal --en diversos grados y modalidades-- y, por ende, que acercan o conducen a la Felicidad. Además y por similares caminos y en variadas proporciones, cerrar las puertas a la Desgracia, lo que ya resulta bastante satisfactorio. En segundo lugar, para el caso de las mayorías, la creación de un orden religioso, moral, político, económico y social, que haga más transitables y suaves los caminos de la virtud, así como cerrados los del vicio, indudablemente significaría un gran avance en el mismo sentido. En tercer lugar, logrando incrementar para el pueblo las oportunidades de sanas y sencillas alegrías, lícitos placeres, y combatiendo las formas crueles de desgracias (crímenes y vicios), de tristezas y dolores, se avanzaría en la consecución de numerosas existencias crecientemente satisfactorias y muchas hasta felices. Pensamos que es bastante para merecer nuestro entusiasta empeño en semejante tarea. -----

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Con todo lo expuesto, creemos que hay base suficiente para afrontar lo esencial de los conceptos de la Felicidad y la Desgracia. Saber cómo lograr una y evitar a la otra. Objetivo medular de este Primer Capítulo y de la obra en su conjunto. En las páginas que siguen volveremos al tema; pero ya refiriéndonos a cada una de las varias edades del ser humano. En el próximo Capítulo enfocaremos, la posible, enternecedora y singular, Felicidad Infantil. * * * * *

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C a p í t u l o II

La Infancia

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s llamada la “Edad de la Inocencia”. Embelesa a los adultos, generándoles inefables deleites. Tanto más cuando tratándose de sus hijos y luego de tiernos y amorosos nietos. Y, los niños mismos, colman sus propias existencias de sano e ilimitado contento. Se ganan universal simpatía.

La Infancia y el Orden Natural.-- Solamente un alma enferma no aprecia lo que significa la Infancia. Es ley del mundo biológico animado, del Orden Natural, vale decir de la Creación Divina, la adopción de una actitud cariñosa y delicada hacia los seres que se inician en el camino de la vida; hacia los recién nacidos. Jesús, la máxima e inigualable Bondad dada sobre la Tierra, en sublime expresión, clamó: “Dejad que los niños se acerquen a mí”. En el lado opuesto, hasta las fieras más terribles son cariñosas con sus crías y jamás crueles con las de sus congéneres, aunque puedan presentarse ciertas manifestaciones –explicables-- de celos maternales en algunas hembras. En cambio, la más atroz y repudiable maldad está dada por aquellos seres humanos (?) que escandalizan, maltratan, y hasta... ¡asesinan a los niños!… “Merecerían ser arrojados al fondo del mar con una rueda de molino atada al cuello”. Como, en terrible sentencia y pleno de santa ira, lo expresara el Redentor. La Naturaleza impulsa hacia un trato dulce y afectuoso a las criaturas. Con excepciones muy particulares y comprensibles que confirman la regla. Los pequeños, las crías, hasta de los animales más sin gracia, llegan a presentarse –con muy raras negaciones-- plenos de conmovedor encanto. ¿Quién no ha observado los ejemplos de burritos recién nacidos, de corderitos, pollitos, patitos, terneros, gatitos, perritos, etc.? La fascinación que ejercen las criaturas --y entre ellas, por supuesto. las humanas-- es su mejor protección contra posibles maldades que los agravien en los indefensos inicios de sus existencias.

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De otro lado y para mayor honra, la especie humana puede ofrecer, en su faceta femenina, una cumbre de grandeza en el campo de la Bondad: la significada por la función de Madre, que conlleva la máxima potencialidad de Amor. Aunque la Maternidad entraña para la mujer enfrentar un proceso que suele llamarse “natural”, la hace bordear peligros de muerte, padeciendo grandes dolores. Y si bien la medicina moderna le ofrece muchos alivios, la impresionante magnitud del suceso, queda en pie. Ocurre, desde luego, que la Madre en cierne transita el drama sostenida por dos sentimientos: La ilusión puesta en el nuevo ser al que da la vida y el vislumbrar su pronto alivio del largo y agobiante embarazo, así como de los intensos dolores del parto. Mas, como si fuera poco, la Maternidad conlleva, luego, la inmensa y prolongada tarea de la Crianza, que hasta la sabe hacer grata. ----Las Fases de la Infancia: La infancia comprende el lapso desde el Nacimiento hasta, por lo general, los 15 años de edad en los varones y los 13 en las mujeres. Ese período no es uniforme, en cuanto al tiempo de su transcurso, ni en sus manifestaciones en todos los niños; o en las consecuencias e influjos sobre las posteriores fases y edades. El recorrido tiene, además, notorias transiciones; a saber: 1.-El Nacimiento. 2.-La de Lactantes o Bebes. 3.-La de Párvulos o Primera Infancia 4.-La Infancia Media o Infancia Propiamente Dicha; y 5.-La Preadolescencia. El Nacimiento.-- La Infancia comienza --con la Vida misma-- por el Nacimiento. Trance tremendo, certificable aunque sólo fuere por la simple observación. Tremendo, para la madre y para el hijo. Respecto a la primera, está lo ya dicho; en cuanto al niño (o niña), nace prorrumpiendo en estentóreo llanto, signo claro de su intensa angustia, en el instante mismo en que pasa, casi en punto de asfixia, de la respiración anaeróbica o indirecta, con oxígeno disuelto en el fluido sanguíneo de la madre, transportado por el cordón umbilical, a la aeróbica o de oxigenación directa, hecha posible por el aire exterior (mezcla del oxígeno vital y de nitrógeno inerte), que penetra, por primera vez, en los pulmones del pequeño.

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Por si algo entorpeciera el normal suceder de las cosas, el médico o la partera incitan a la primera inspiración del infante, provocando sus vagidos al aplicarle algunas enérgicas "nalgadas", habiéndolo cogido de los pies y de cabeza, en posición por cierto inelegante y precaria. Así comienza la vida de un ser humano. La de un niño. Con marcadas sensibilidades instintivas: su ya dicha angustia respiratoria, demostrada por el primer llanto; para las subsiguientes incomodidades, y sus urgentes necesidades corporales básicas, tales como el hambre –busca, casi de inmediato y con afán, los pezones de la madre o el biberón--; el sueño; la higiene elemental; librarse del frío o del calor molestos; etc. Lloradas todas también con estrépito y frecuencia. Siendo que, de inicio, prácticamente sólo ejercitan un placer sensorial: el del gusto y algo del tacto. Empero, no nacen dotados, en modo alguno, de consciencia (noción de su propia existencia), racionalidad (uso de la razón), ni de memoria (posibilidad de recordar). Nadie recuerda nada de su propio nacimiento. En absoluto. Aun habiendo sido tan dramáticas sus circunstancias. Solamente, después de algunos años y poco a poco (desde los 3 a los 5 de edad), se comienza a recordar algo --lo de gran impacto emocional-- del infantil inicio. La de Bebes o Lactantes.-- Va desde el Nacimiento y llega a una duración variable, según la individualidad del infante y el régimen, de crianza, lactancia y alimentación complementaria adoptados. Puede estimarse que comprende de 0 a 6 ó 12 meses (1año) de edad y, a veces, hasta los 2 años. Los lactantes demuestran progresar en las facultades que incipientes traen desde su nacimiento. Y, de los tres hacia los seis meses de edad o un poco mayores, contínua y rápidamente, hasta de un modo asombroso. Sin llegar todavía a caminar (aunque se sientan y gatean) y al habla (sólo balbucean semipalabritas); menos al uso de facultades propiamente intelectuales; ya no sólo reclaman con llantos sus urgencias e incomodidades, sino que también dan a entender sus satisfacciones y contentos, con prolongados sueños, plácidos y profundos; con silencios elocuentes; con sonrisas, ‘risitas’ y ‘pataleos’, alegres y muy simpáticos. En cuanto a los sentidos, al más notorio uso del gusto (los tipos de leche, lo dulce y lo salado, las variadas ‘papillas’ de sus complementos alimenticios, etc.), unen el auxilio del olfato que, además de reforzarles el gusto, parece hacerles --con el tacto-- percibir mejor la cercanía, ternura y calor maternos. Se va notando especialmente el desarrollo del oído; perciben la voz de la madre, así como las de los seres familiares más cercanos y los asustan las de quienes les son extraños. La musicalidad de las ’canciones de cuna’ maternas, son de su especial predilección y de beneficiosos efectos en las necesarias seudoterapias sicológicas que los lactantes suelen reclamar, en sus frecuentes insomnios y ‘rabietas’ o ‘pataletas’. Desde los tres meses ha comenzado a ser rápido y notable también el desarrollo del sentido de la vista. El bebe explora visualmente el mundo exterior y añade a sus primeras ‘gracias’, miradas escrutadoras, más simpáticas

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sonrisas, frecuentes balbuceos y movimientos intensos y peculiares de bracitos y piernitas... Así avanza hacia los 6 meses en que, normalmente, llega o puede llegar la lactancia pura (sin o con poco suplemento de papillas); de la materna, que es siempre la mejor; pero que se suele combinar o sustituir por la artificial (con leche de vaca en biberón); completadas ambas, con yemas de huevo cocido (para suministrar hierro, con otros factores indispensables) y las dichas papillas del más variado género, en diversas cantidades. Llega así el bebe al año de edad en que se para y puede o quiere caminar. Sus gracias, apetito (come ya carnes magras sancochadas y molidas o picadas), el crecimiento y varias de sus facultades, siguen en notable desarrollo; articula algunas palabritas. Luego y por lo general, ya por los dos años, corre, salta, habla, juega --el juego comienza a constituir una imperiosa necesidad--; deja la etapa de bebe o lactante, arribando a la de un Niño Pequeño o Párvulo. La de Párvulos o Niños Pequeños.-- Comprende a los infantes de 1 ó 2 años, a los 4 ó 5, de edad. Siguen progresando en su evolución y suelen ser cada vez más vivaces y graciosos... Si son sanos. Con sus juegos y al amparo orientador de sus mayores --padres, abuelos, tíos, hermanos, primos, etc.--, van desarrollando su cuerpo, mente, y sensibilidad; en pocas palabras, su individualidad, o mejor fuera decir, su personalidad, su mundo interior, sociabilidad (amiguitos, hermanitos, animalitos, etc.), apariencia y conformación físicas. Muestran también creciente curiosidad, mayor inteligencia (intuitiva, asociativa, e inductiva; todavía no la racional o deductiva), y por lo tanto mayor comprensión del mundo exterior; cierta consciencia o noción incipiente de su propia existencia y, después, una rudimentaria conciencia o idea de alguna semi moralidad en sus actos; mayor sensibilidad para percibir agrados, disgustos, ternuras, temores, etc. Así como grande y muy excitable imaginación --se fascinan con cuentos y fábulas--; adquieren creciente memoria; superan aceleradamente el empleo del habla. Desarrollan además, mucho y progresivamente, las facultades de caminar, correr, y saltar. Pero en ningún caso, hasta esta fase y comienzos de la siguiente por lo menos, se puede hablar, como es obvio, de la verdadera Felicidad --producto de una vida virtuosa-- o de la Desgracia --consecuencia de una existencia viciosa, o sumida en el error--. A lo sumo, logran un estado, muy voluble e inconsciente todavía, de Satisfacción Vital; lo que se llamaría: una Sencilla y Pueril, "Alegría de Vivir". Pudiendo ser ella reforzada por la Ausencia de Tristezas y Dolores intensos. Según el trato recibido de sus Padres, en especial de la Madre, en el Hogar. Por supuesto que mucho mejor, si Cristiano. Las facultades más importantes del intelecto tardan en evolucionar completamente; por ejemplo: las dichas consciencia o la noción de la existencia, del propio vivir; la conciencia o idea del significado moral (del bien y del mal) de los hechos de que son actores, pacientes, o testigos; la memoria amplia y precisa; y el uso de la razón, de la racionalidad o capacidad de raciocinio, de la

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inteligencia deductiva. Demoran éstas para iniciar una acelerada evolución recién hacia los 5, 6, 7 años y, a veces, algo más; con variaciones de acuerdo a las individualidades genéticas y las circunstancias del medio familiar y social. Nadie recuerda --como hemos dicho-- lo que le ha sucedido antes de los 3 años; en la mayoría, de los 4 ó 5 de edad. En todo caso, solamente de los sucesos de gran impacto emocional. Y, con claridad y profusión, lo que sucede recién desde los 6 años. ----Basado en mi personal experiencia puedo dar testimonio de la evolución nemónica de un niño: Guardo, el primer recuerdo imborrable, desde el 4º cumpleaños, aproximadamente: El acontecimiento ocurrió en 1,926 (nací en 1,922). En aquel año, mi ama, japonesa, integrante del servicio doméstico de la hacienda “San Nicolás” del valle de Supe --donde trabajaba nuestro padre mientras transcurría gran parte de mi infancia--, que se llamaba ella Angélica Nakaki; queriéndola yo entrañablemente, como a mi segunda madre, pero quien se ausentaría viajando al Japón, con motivo de las celebraciones por la coronación del emperador Hirohito. Quiso hacer su salida sin que me diera cuenta; pero la sorprendí, pese a lo cual tuvo que viajar de todos modos. El hecho motivó una tragedia inenarrable en mi fuero interno. Así, todavía recuerdo el episodio, el lugar de donde arrancó mi dolorido llanto y los nítidos detalles del escenario de tan ruidoso drama. A inicios del año siguiente, en 1,927, cuando ya tenía casi 5 años de edad y sin duda por los efectos de un susto singular, otro recuerdo me quedó grabado. Fue por una travesura --incitada por un natural impulso infantil, unido a la intención de buscar un especial deleite gustativo-- perpetrada, en mejor decir, más que con la complicidad, con el inocente seguimiento, de mi hermanita Isabel (a quien llamábamos y seguimos llamando Chobe, de Chabela), a la sazón de 3 y ½ años: Consistió el desaguisado en la sustracción de una enorme fuente de “manjarblanco”, que había sido colocada sobre una gran mesa, formada por largas y anchas tablas apoyadas sobre varios caballetes de madera o “banquetas”, y cubierta con un amplio y blanquísimo mantel. Ocurriendo que debajo del dispositivo dicho --bien escondidos, bajo los pliegues de la colgante tela-- ingerimos, empleando las solas manos, sin cubiertos ni modales de especie alguna, casi toda la aromática y castaña delicia; que nada tiene de ‘blanco’, el tal manjar, al cual fuera mejor llamarlo “dulce de leche”, al más apropiado modo argentino. Había sido preparado con esmero por mi madre -quien lo hacía ¡el mejor del mundo!-- para un banquete a realizarse en la mencionada Casa Grande de la Hacienda. Lo hecho por nosotros resultó de efectos por demás perjudiciales para el éxito de tan importante ágape. Nuestras larvales conciencias nos decían que una buena ‘tanda’ era lo menos a merecer, aunque, en verdad, nunca habíamos

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visto que se les ‘pegara’ alguna a cualquiera de los satanases infantiles de nuestro hogar paterno. Pero, un “fuete” o látigo de “nervios de toro” --así lo llamaban-- (en realidad era de tendones y ligamentos de vacunos), que siempre ostentaba su presencia colgado en lo alto de una de las principales paredes de la casa, era suficiente para asustarnos lo requerido. El terror ante una azotaína con tal elemento de posible tortura, hubo de funcionar como tinta indeleble en los papiros de nuestras infantiles memorias. Cumplidos los 6 años, a punto de adquirir un uso ya cierto de la razón --se admite que ello sucede a los 7--, el pequeño niño o párvulo ingresa a: La Infancia Media o Propiamente Dicha.-- Comprende generalmente desde los 6 hasta los 13 años de edad en los niños y 11 en las niñas: Se emplea --dicho está-- la razón, la inteligencia, de modo creciente sobre lo alcanzado en la fase anterior; se desarrolla mucho mayor memoria (ya pueden estudiar en colegios); asumen progresiva consciencia del yo, de la existencia personal; y notable conciencia moral, sobre la propia conducta, adquiriéndose nociones del Bien y del Mal, naturalmente dentro de los marcos de la mentalidad infantil; así como el acelerado desarrollo de una muy excitable imaginación y de un espíritu de ‘aventuras’, aunque todavía de connotaciones pueriles; hay notable progresión en el habla y la facultad de comunicaciones interpersonales; igualmente, de la emotividad, comprendiendo la capacidad de amar (a los padres, a otros parientes y mayores, a hermanos, amigos, etc.), de desconfiar (de los extraños) y detestar, sin llegar a odiar (a los que juzgan malos, antipáticos o desagradables). Como experiencia de los 7 años, en lo a mí tocante, retrospectivamente contemplada, podría mencionar el evento de mi primera comunión --viable ya “por haber entrado al uso de la razón”--, con las novatas confesión y penitencia correspondientes, que aparte de la incuestionable solemnidad del suceso, en ciertos aspectos accesorios resultara de risueños contornos: Tal cosa sucedía, por ejemplo, por el hecho de que, no teniendo yo, ni habiendo en nuestras relaciones amicales y del entorno familiar --honorable y cristiano--, impulsos hacia lo entendible por ‘pecados’, no encontraba... ¡qué confesar! No eran de ver: matanzas, robos, mentiras, ni otros graves y repudiables etcéteras, contenidos en el ‘menú’ de las prohibiciones del Decálogo. Entre ellos, tampoco por impensables en la edad que nos ocupa, los llamados ‘pecados de la carne’. No obstante, como ya me daba cuenta de que había ‘cosas que no se deben hacer’, recuerdo que resolvía el problemático trámite confesionario, declarando, con pueriles reiteraciones, variadas desobediencias y, en especial: “haberle pegado a la hijita de la cocinera”; que Eva se llamaba la madre y Rosita la hija... Algo así como los ‘pecados’ de agresión de Tobi contra Lulú. En aquella época, con mis contemporáneos de infancia, no comprendíamos o no se acataban de buena gana, los fueros y preferencias que todo caballero que se precie de tal, de su masculinidad, inteligencia, cultura, y

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linaje, reconoce o debe reconocer, a las representantes del bello sexo... Que en la adultez llegan a parecernos --y son sin duda-- una maravilla de la Creación... ¡Divinas! Mientras que a los chicos les parecen ‘cargosas’ e indignas de aprecio alguno. Entre otros de mis recuerdos anecdóticos, por esta edad de los 6 y 7 años y con cierta significación en el desarrollo de una grata infancia, puedo mencionar algunos de nuestra vida familiar en la gran casa --tomada en alquiler-- ubicada en la Bajada Balta, en Miraflores, donde comenzamos a residir los dos primeros años (1,928 y 29) fuera de “San Nicolás”, durante los períodos de estudios; ya que las vacaciones de verano (Dic.-Abr.) y las de invierno (Jul.- Ag.), siempre las pasábamos en la bellísima hacienda supana. Los ambientes de la casona: dormitorios; baños; patios; comedores; sala; cocina, de aromas inolvidables –estimulantes efluvios de olorosas fritangas, adobos y guisos, criollos por antonomasia--; pasadizos; departamento de servicios... y hasta un enorme gallinero; jardín delantero y huerta interior, con ‘puerta falsa’ o posterior, que daba a la paralela calle Porta y un corredor lateral que los unía, permitiendo nuestros alegres correteos y juegos infantiles (¡“escondidos”! ¡“ampais”! ¡“cobois”! etc.) y sumaban satisfacciones a las proporcionadas por las comodidades generales del amplio inmueble. Debiendo agregarse, la cercanía del establecimiento de baños, por la "Bajada Balta", al mar de Miraflores. No es posible exagerar la importancia y el significado, para la Alegría de Vivir de los Niños, de la disponibilidad de grandes espacios abiertos, mejor si con vegetación y fauna, con animales domésticos, aire libre y puro... ¡mar!... para correr, saltar, jugar, alegre e intensamente. Y bañarse, como nosotros lo disfrutáramos, muchísimo, en “San Nicolás”, y en apreciable medida, en Miraflores. Empero, no faltan, en la edad que comentamos, lo que podríamos llamar algunos ‘desencuentros conceptuales’ de los niños con los mayores; derivados de las notorias diferencias entre sus respectivas visiones del mundo. Vaya, de nuestro caso, un sucedido ejemplo: Cierta vez, se había soltado a la población aviar del corral, a fin de limpiarlo, y para que los animales se expansionaran en la huerta; cuando mi hermano Manuel (Manongo), quien a la sazón tenía unos 9 años de edad, observó que un gallo perseguía, correteándola implacablemente, a una gallina, a la cual, luego de alcanzarla, la sujetó, agresivamente, de la cabeza, con su duro e hiriente pico, al tiempo que la pisoteaba con notoria tosquedad... No pudo contenerse mi fratelo... y ni corto ni perezoso, agarró un tremendo palo y comenzó a perseguir, a garrotazos, al --a sus ojos-- cruel y 'abusivo' gallo... -- ¡Alto muchacho!... ¿Qué te pasa? ¿Por qué golpeas al gallo? --Gritó, extrañado, uno de los más acomedidos fámulos.

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-- Este gallo desgraciado, le está ‘pegando’ a la gallina... ¡Que tal 'abusivo'! --Replicó el infante. -- ¡Anda zonzo! Es que la quiere ‘pisar’... ¡ejem! --Se contuvo al punto, quien fungía de experto en gallináceos escarceos... Turbóse el servidor doméstico al comprender que no era el tema apropiado para tales niños, bastante inocentes todavía y además desvinculados de la actividad avícola. -- ¿Qué es eso de ‘pisar’? -- Interrogó, intrigado e insistente, Manongo. -- Lo que pasa es que está ‘enamorando’ a la gallina, pero los animales son muy ‘brutos’... y por eso parece pegarle --Buscando así terminar la explicación comprometedora, para escapar de ella, el gratuito defensor del atropellador volátil. Ya eso del enamoramiento era concepto a medias entendible por el niño, quien frecuentemente observaba la existencia de un cierto tipo de relaciones y arrumacos, entre hombres y mujeres adultos, que si bien no estaban entre sus más comprensibles ideas de las ‘amistades’ y ‘juegos’ humanos, le parecían algo especiales, pero aceptablemente ‘naturales’, en los mayores, Y así fue tomada la noción del enamorar; en ese nivel del medio entender. Que los seres humanos adoptan --con frecuencia y gran comoddad-- para todo lo imposible de explicarse a plenitud. No estábamos todavía los niños actores de la escena descrita, para interpretar a cabalidad los requiebros en apariencia contradictorios de las hembras y machos del mundo animado: La pasividad huidiza –inicial-- de las hembras, frente a la agresividad victoriosa --al final-- de los machos. La rendición de las primeras, ante la constancia del acoso por parte de los segundos. A veces increíble por lo paciente. Como sucede en el llamativo y divertido caso del burro, que antes de la rendición de ‘su amada’, recibe, en cara, pecho y costillar, innumerables y tremendas coces, retumbantes a modo de bombo de banda militar en día de retreta. Resalta la sabiduría de la Naturaleza determinando del modo expuesto, un eficiente mecanismo de Selección Natural, por vía de la función sexual, en favor de los machos vencedores, frente a sus rivales y de la resistencia --las más de las veces disforzada-- de las hembras. Lo cual trae consigo las mayores posibilidades de reproducción --y por lo tanto de la multiplicación y difusión de sus genes-- en favor de los individuos superiores, de los más inteligentes, ágiles, fuertes, constantes y decididos. ----Otro recuerdo, de los mismos tiempos, que evidenciara una inclinación sicológicas muy propia de los niños, estuvo constituido por cierto incidente de proporciones que provocamos, varios hermanos en “pandilla” --delicia institucional infantil--, organizados y capitaneados por Daniel, nuestro fratelo mayor, a la sazón de unos 12 años de edad.

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Se nos ocurrió... ¡construir una piscina... de tierra! excavándola en la huerta posterior de la casa. Para llenarla luego con el agua llamada 'de riego para jardines' (!); resultante de la mezcla...’jafanajaf’... de una parte procedente de sucias acequias de río y de otra, de citadinos... ¡desagües! Llevada toda por un pequeño canal encementado, que pasaba por la trasera calle Porta... Con picos, lampas, carretilla, y mucho trabajo colectivo, se concluyó la ‘obra’: 3 x 2 m. de lados, por 1 m. de profundidad... Y ¡baño genera! Con incontenible alegría de la chiquillada. ¿Qué niño no gusta chapotear en el agua, cualquiera que ella sea? Mas cuando estábamos en lo mejor del baño, sentimos un tumulto de proporciones de escándalo en la dicha calle Porta; con afluencia de irritados vecinos, gritones transeúntes, y hasta de... ¡policías a caballo! Se había producido una inundación terrible en toda la vía pública. El canalito exterior tapado por nosotros, con costales, piedras y paja, para poder desviar el agua a la ‘piscina’, y tan distraídos que estábamos en el jolgorio del baño, no nos dimos cuenta de que parte de los tapones habían sido arrastrados hasta sectores más cubiertos y estrechos del canal, produciendo el enorme atoro de marras. El agua desbordó por la calle y casas aledañas, alborotando al vecindario y obligándolo a reclamar el auxilio policial. Fue una verdadera proeza retórica de nuestras tías --como autoridades apoderadas de la familia, dadas las inevitables y frecuentes ausencias paterno maternales--, explicar y disculpar, ante los iracundos vecinos y severos policías, la ‘inocente mataperrada de los muchachos’. Felizmente la sangre no llegó al río y aparte de una tremenda ‘requintada’, el asunto no arribó a mayores tragedias... por el momento. Sin embargo, a los pocos días --serían cinco o seis--, a los chicos constructores y bañistas --sin excepción alguna-- comenzaron a salirnos gran cantidad de granos; verdaderos "chupos" o abcesos. En más precisas palabras: nos atacó una forunculosis o piosepticemia, de impresionantes manifestaciones epidémicas... Sin duda, por causa de las innumerables cruces que habrían resultado en un análisis de ‘sanidad’ (¿¡) de tan nocivas aguas... ¡Allí sí ‘nos cayó la quincha’! Los castigos fueron múltiples, amargos y de prolongada duración... ----Remecía los espíritus de aquellos tiempos (en especial entre los años 20 y 30), excitando la imaginación y el amor al estudio de las ciencias, la aparición y desarrollo en los países de vanguardia y la llegada al Perú, de innumerables y maravillosos inventos (la aviación, el automóvil, la motocicleta, la telegrafía sin hilos, el fonógrafo, el teléfono, el cine, primero mudo, luego sonoro, después parlante... y en colores, etc.), Y un acontecimiento especial, para nosotros al menos, fue la llegada de la radio. Nuestros vecinos y amigos en Miraflores, los Rodríguez Larraín, estuvieron entre los primeros en poseer un receptor en el país. Las conversaciones caseras giraban en torno de tan admirable prodigio del

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ingenio humano. Su estudio y su técnica, apasionaban en especial a la juventud. El que menos de los niños --’muertos de curiosidad'-- intentaba escucharlo, ‘de gorra’ al comienzo. Y mi padre llegó a comprar uno. Recuerdo que era de marca “Víctor”. Vendrían entonces las pugnas por los turnos para utilizar el dichoso aparato y para la sintonía de las estaciones preferidas. ----Un aspecto que influye de modo notable en la formación de la personalidad, está constituido por las impresiones, más o menos intensas, que experimentan los niños en algún momento de su desarrollo y, sobre todo, por el modo en que llegan a ser fuertes para enfrentarlas y reciben ayuda de sus mayores. Lo que sin duda nos afectó más en los iniciales años infantiles, fue el choque de la idiosincracia campesina --traída de “San Nicolás”-- con el ánimo citadino que imperaba en los infantes (en gran parte reflejo y obra de los adultos) de las grandes ciudades, cual era característico en los principales colegios limeños. Los chicos de la hacienda sannicolasina éramos tranquilos --”lentejas”, se diría hoy--; hechos al trato familiar y afable, hondamente humano; plenos de respetuosos afectos. Los miraflorinos, en cambio, se manifestaban muy vivaces e inquietos --”moscas”, en calificación actual--; llegando, con frecuencia, a seudo histéricos, escandalosos, cuando de mostrar alegrías y pesares se trataba. A los rapaces citadinos, cuando apurados, acelerados, que casi siempre lo son, los campesinos --de sencilla y aguda percepción-- los suelen llamar “aburridos”... ¡Qué precisa la detección del nexo entre apuro y aburrimiento!14. Además, se nos presentaban insensibles y hasta crueles, cuando 'en manadas'. Con el tiempo, yo comprendería que se daba en ellos, por su vida en los enormes conglomerados humanos de las grandes ciudades: “La Sicología de las Masas” o Muchedumbres, de que hablara el gran filósofo, sicólogo y sociólogo francés, Gustavo Le Bon. Los muchachos del colegio gustaban zaherir a sus compañeritos... Cuando lograban dominar a un “punto”, se burlaban y lo maltrataban hasta sádicos extremos, sin compasión alguna. Para divertirse... ¡Haciendo sufrir al prójimo!: -- ¿Por qué haces eso hijito? --Reconvenían, por ciertos estropicios vandálicos, un adulto bueno, o un atento maestro, ‘hermano’ religioso, o respetable sacerdote...

Aunque parezca contradictorio, las personas apuradas se aburren en largos y frecuentes lapsos de su diario vivir. Se apuran, no por falta real de tiempo, sino por su desorganizada existencia; y así resultan esclavas de los influjos exteriores; y sin alguna vigorosa interioridad. En los momentos en que el impulso externo falta, no poseyendo uno interior, no saben qué hacer y, entonces... ¡se aburren!

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-- ¡Por fregar! (Con “j” a veces) Respondía, cínico, el insolente pichón de bárbaro... ¡Por el puro gusto de fregar!... ¡Y pensar que civilización viene de civitas: ciudad... Gustaban hacer “carreras de baquetas”, “apanados”, jugar “lingo” con numerosas y feroces patadas. Ponían “torpedos” en los asientos, con alfileres doblados habilidosamente. Lanzaban, con hondillas de jebe, proyectiles hechos enrollando y doblando papelitos tiesos, impelidos de un modo tan fuerte que resultaban muy dolorosos, cuando dirigidos a las cabezas ‘pelonas’ o de cabello notoriamente corto. No había forma, en mayor o menor grado hiriente, de fundir al prójimo, que estuviese fuera de sus ocurrencias o del seguimiento de malvadas insinuaciones de muchachos mayores... y hasta de algunos adultos irresponsables. En verdad, en la etapa inicial, nos chocaban mucho las dichas modalidades del sadismo colectivo. Sin embargo, poco a poco, aprendimos a salir bien librados en nuestras forzosas relaciones con ‘la canalla’ muchacheril; sin llegar, no obstante, a empatizar con los extremos de sus maliciosos desbordes. En cuanto a los estudios --incluso en conducta--, obteníamos excelentes calificaciones. Indudablemente, gracias --¡oh sanas influencias!-- a la educación ya recibida: la familiar y la escolar sannicolasina. Salvo mi hermano Manuel --por muy travieso--, nuestro desempeño estudiantil era altamente satisfactorio. Así iniciábamos y continuamos en los años subsiguientes, el avance, sin pausas ni descaminamientos, por un adecuado rumbo vivencial; orientados por tantos bondadosos mayores, hacia el desarrollo de nuestras más importantes facultades: •La Memoria, por los estudios y ejercicios de aplicación, “chancados”, bajo reconocidas reglas nemónicas. •La Inteligencia, por múltiples incitaciones. Como las buenas lecturas y conversaciones. Y, sobre todo, atendiéndose a los niños con afectuosa solicitud en sus preguntas, acerca de los ‘Porqués’ de las cosas; y luego, progresivamente, de los ‘Cuándo’, y de los ‘Cómo’. Aunque no es frecuente que los mayores --era muy contrario el caso de los nuestros-- atiendan tales requerimientos infantiles; sea por pereza mental, falta de vocación magisterial, o por simple ignorancia y temor al ridículo, al ser puesta en evidencia su incapacidad de absolver los interrogantes infantiles... Siendo tan fácil --en caso necesario-- acudir a las Enciclopedias y enseñar a utilizarlas... •La Imaginación --que en gran medida es congénita-- resulta fácilmente incitable en los niños; por cuentos sencillos, narrados o leídos; que tan gustosos les son. Vendrían después los ‘dibujos animados’; el cine propiamente dicho, con los avances prodigiosos de su tecnología; la televisión hoy, en los casos, por desgracia pocos, de las películas adecuadas para menores. También encantaban, en intensidad variable, según las individualidades, sexo y edad, los libros de aventuras... Inolvidables: Julio Verne y Salgari, “Búfalo Bill”, “Tarzán”,

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“Robinson Crusoe”, “La Familia Robinson” o “Robinson Suizo”, “La Vuelta al Mundo de dos Pilletes”, y tantos otros. En el desarrollo de la imaginación, tienen además un importantísimo papel, muchos sanos juegos que la estimulan... •La Conciencia del Bien y del Mal; con la Educación Religiosa, Cívica y Moral; las lecciones y los edificantes ejemplos de buenos familiares, amigos y maestros. •La Emotividad Positiva, por los nobles sentimientos que nutren los buenos ambientes hogareño y escolar. •El Habla y la Escritura, en el incansable proceso de enseñanzas prácticas, correcciones de elocución y gramaticales, añadidas a un intenso estímulo de la lectura, en todas sus formas; como para nuestro caso fueron desde la famosa... ¡Revista Billiken! hasta la inigualable colección de ¡“El Tesoro de la Juventud”! •La Actividad Física (“Mente sana en cuerpo sano”): trabajos, esfuerzos, gimnasia, deportes, juegos de campo, etc.. •Las Disciplinas Artísticas: Literatura, Dibujo, Pintura, Música, Trabajos Manuales o Artesanías, etc.; según las vocaciones y aptitudes susceptibles de estímulo. En lo que a mí toca, si bien anduve aceptable por los campos del Dibujo y la Pintura, en los de la Música nunca pude ser un virtuoso. Posiblemente por falta de aptitud (oído) y de buenos profesores --¡qué importantes son y cuánta falta hacen!--. Siempre lo hube de lamentar. Y refiriéndonos al primer sexenio vital y a los años inmediatamente posteriores, huelgan aquí mayores referencias anecdóticas, que pudieran agregar algo de aleccionador. He abundado sobre estos temas en mi ya citado libro anterior: "Yo Conocí el Paraíso" . Pero vale remarcar que a los 5-6-y 7 años, comienza el período de la Plena Niñez, llamada también Media, o Infancia Propiamente Dicha, que dura hasta los 11 en la mujer y los 13 en el varón; con características muy definidas. Se ofrece, en dicho tramo, la personalidad arquetípica de los niños, en el más neto y común sentido de la palabra. Existe por lo demás, una curiosa coincidencia entre el inicio de esta fase del desarrollo humano que tratamos, con el comienzo de una ya clarísima y creciente diferenciación del Homo sapiens, como especie biológica, de todos los seres de la Creación o del Reino Animal. El niño ha alcanzado la posición erguida (de bípedo, con una forma de sus pies que le es única), la inteligencia racional, y el habla; a niveles adonde no llega ya, ni de lejos, ningún animal. Hay al respecto una interesante teoría que hace ver el llamativo paralelo entre el desarrollo ontogénico (del individuo humano), con el filogénico (el correspondiente a su filiación taxonómica), es decir, en relación con las especies que le son inferiores o le han podido ser anteriores en la cadena de su evolución o desarrollo biológico:

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Así, el Hombre aparece a la vida como un ser unicelular (la célula huevo u óvulo fecundado); sigue como una mórula (aglomeración de unas cuantas células o primer metazoario); se abre en una cavidad interior o gástrula (cual celentéreo); da lugar luego a la formación de una abertura anterior o boca y otra posterior o ano, para las ingestiones y excreciones y se alarga (como un gusano o helminto); sigue sus cambios, en el medio líquido anaeróbico de la cavidad materna (cual un pez); al nacer, respira, por primera vez, ya por pulmones (de forma aeróbica), y pronto se arrastra, repta (como los reptiles); después se moviliza en ‘cuatro patas’, “gatea” (camina como un mamífero cuadrúpedo); continúa avanzando y toma la posición erguida, de bípedo, mientras va desarrollando la inteligencia racional y el habla.... Ya es, en visión biológica …¡un ser humano! Como hemos dicho, es un niño, en los primeros tiempos de la fase que tratamos y desde los últimos de la anterior. En progresión constante... Por lo que llega, finalmente, a ser él mismo y a realizar sus obras. ----¿Es posible la Felicidad en la etapa de la Niñez Propiamente Dicha? Diremos que sí, en términos generales; pero dentro de una modalidad especial, sui generis; que debe recibir denominación y clasificación propias: la Felicidad Infantil. La cual, reunidas que sean ciertas condiciones esenciales, si bien se ofrece como un avance sobre la anterior ya expuesta “Pueril Alegría de Vivir”, propia de la fase superada, de los Niños Pequeños o Párvulos, es todavía notoriamente distinta de la viable en las edades o fases posteriores: Preadolescencia, Adolescencia, Juventud, Madurez, y Ancianidad. A diferencia de la Felicidad del Adolescente (incluso y en gran medida, la del Preadolescente), la del Joven, del Maduro y del Anciano, la Felicidad Infantil (de 5-6-7 a 11-13 años de edad) no se logra por iniciativa ni por medios propios. Ha de ser concebida, orientada, promovida e impulsada, por los mayores. En particular por los padres. Ha de ser erigida por un lado y recibida por el otro, en una suerte de “vasos comunicantes”, de orden espiritual; en el seno de una familia bien constituida, estable, regida hasta el hábito o la costumbre, por valores espirituales superiores --que el niño ya puede asimilar, aunque todavía no edificar--; guiada por preceptos religiosos y morales muy sólidos. Vale decir, para el mejor de los casos: el de una Familia Cristiana Católica. Los niños no pueden –repetimos-- construir por sí solos tales categorías mentales; deben serles enseñadas, sobre todo, con los ejemplos de las propias vidas de sus mayores. Nunca podría ser exagerado el papel que juega el entorno social, familiar, amical, y escolar, de los niños, en su desarrollo espiritual. El menor de edad disfruta de una Felicidad menos plácida, no llega a la contemplativa, razonada o lógica, posible en los adultos; es más intuitiva. Sí de experiencia propia, pero incompletamente entendida; aunque vayan avanzando en la toma de Consciencia de su Ser y de la Conciencia del Bien y del Mal, como varias veces lo venimos señalando. Esta especie de Felicidad, es inherente, en todo caso, al curso de sus vidas; cuando ellas son alumbradas por las luces de

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valores de perenne jerarquía espiritual; hechos vigentes por la acción de sus mayores, complementada con intensos afectos... Adicionalmente, señalemos que el niño no turba su ánimo con las inquietudes que motivan el sexo, las vanidades de los adultos y las ambiciones de material naturaleza y mayor cuantía. Que, las más de las veces, trastornan tanto a los humanos. En cambio, una fácil, frecuente, eufórica e intensa alegría, deleita, casi sin depresiones, a su inocente espíritu. Si los adultos hacen posibles e incrementan tales alegrías, reduciendo los motivos de desgracias del entorno (los vicios), las tristezas y los dolores (los más por accidentes y enfermedades), en gran medida mitigables por la prudencia y atinadas previsiones. Se configura, de tal modo, una suerte de Felicidad que, si bien no es, ni puede ser, tan plena, equilibrada, consciente, sólida, e independiente (ligada preeminentemente a la fuerza dominante del "Mundo Interior"), como es la de los adultos sabios, se acerca, progresivamente, a ella; desde un apreciable grado de "Satisfacción Vital", de la ya dicha "Alegría de Vivir". Como la disfrutada por nosotros, en una extraordinaria niñez, transcurrida en la bellísima Hacienda “San Nicolás”, del valle de Supe. Lapso feliz, que para nuestra familia (Cubas), se extendió por unos quince años maravillosos. No hay que olvidar, empero, que para los niños hay algunos factores complementarios y muy condicionantes para el logro de su peculiar Felicidad e inocentes Placeres y Contentos: En primer lugar --algo hemos dicho, pero vale insistir--: Un espacio amplio, libre y sano... La disponibilidad de campo abierto y saludable, permitiendo expansión física y contacto directo con la Naturaleza. Es un requisito primordial. No se concibe alegría de niños, sin un amplio campo donde ‘chivateen’. Y ¡qué triste es observar niños encerrados entre cuatro paredes!... Como en los ‘modernos’ edificios de departamentos, de las grandes ciudades. Nosotros pudimos vivir en la citada hacienda, ubicada en un inmenso valle, con el dulce clima templado propio de la Costa Peruana; plena de hermosa vegetación y rica fauna, propicia para cacerías de diversa índole. Comprendiendo, además de una gran casa, jardines y huertas; varias hermosas lagunas (para baños, pesca, cacerías de patos, navegación a remo, etc.) y una pintoresca piscina de encanto, para placenteras inmersiones y deportiva natación. Culminando, hacia el Oeste, con tres bellísimas playas: la inmensa “Bellavista” ¡nunca tan bien puesto un nombre!; “Corral de Vacas”, posteriormente llamada “Caleta Vital”, mansísima ensenada de pescadores; y la pequeña y apacible de Supe, con el interesante agregado de constituir ésta, por entonces, un concurrido y acogedor puerto. Propicios escenarios para deliciosos baños de mar, correrías playeras, y aventureras pescas, con “caballitos de totora” o de “palo de balsa”... ¡No podía pedirse más! En segundo lugar: La posibilidad de organizarse en “pandillas”. Pocas situaciones gustan más a los niños, que formar parvadas para sus juegos e imaginativas aventuras. La vecindad de varias familias, con hijos numerosos, resulta lo más propicio para dicho fin. El niño que vive solo entre mayores,

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solitario respecto a los de su edad, experimenta traumas sicológicos demoledores; difíciles de borrar o neutralizar en la adultez... ¡Cuán errada la concepción de quienes propugnan familias cortas, de pocos hijos!... ¡O de ninguno! Otro factor: Los animales domésticos; con los cuales los niños, por lo general, forjan estrechas e intensas relaciones afectivas. En primerísimo lugar: ¡los perros y los caballos!.... Tierno y fidelísimo el amor canino; el cariño del “mejor amigo del hombre”; increíble la compenetración afectiva entre los niños y los canes familiares... Inefable, también, el placer de cabalgar sobre la que, ciertamente, está entre las más hermosas especies animales. Hay que considerar: Las opciones deportivas; de especial y comprensible agrado en la edad infantil; por la descarga de energías física y síquica, que conllevan tales actividades: el atletismo, el fútbol, el básquet, las bicicletas, la equitación, la natación, etc. De mí puedo decir que fui especialmente apasionado por la natación, siguiendo con la equitación y el ciclismo... ¡Qué buena vida! Cuando los mayores: padres, abuelos, tíos, maestros, y demás personas, que tienen la responsabilidad de orientar el desarrollo de los niños, deciden adoptar algo así como las pautas aquí enunciadas u otras semejantes, haciendo lo posible por lograrles esa su Felicidad de nivel Infantil y evitarles al máximo la Desgracia, las Tristezas y los Dolores, realizan en verdad una obra de lo más grata y generosa que pueda darse. No hay palabras para describir y calificar las satisfacciones que es posible recoger así. ----La Preadolescencia.-- Es propiamente la puerta final de la niñez media y el umbral de la plena Adolescencia; comprendiendo una amplitud aproximada de dos años; desde los 13 en los muchachos y los 11 en las chicas; hasta los 15 y 13, respectivamente. Allí se da ese período de tránsito, de la situación de niños hacia la de adolescentes, con sus peculiaridades, muy curiosas algunas veces. He de referirme a lo más conocido por mí, de propia experiencia: el caso de los varones. El niño nota el inicio de ciertas modificaciones en su cuerpo, en sus gustos y actitudes. Observa que comienza a dejar de ser niño, pues muchas de las cosas de la primera edad “ya no le gustan”; llegando a mirar con desdén a los “más chicos”, como a “quedados”. Aprrecia, en cambio, cosas y situaciones antes ni siquiera percibidas o que suponía desagradables o “antipáticas”. Busca la cercanía con los “más grandes”, los ya adolescentes, a quienes llena de preguntas, toma por maestros, modelos, conductores o "jefes", de sí mismo y de sus nutridas “pandillas” o “patotas”. Donde las transformaciones son más notables es en sus relaciones con “las chicas”. Ya no le son “cargosas”, sino todo lo contrario, simpáticas. Procuran su frecuente proximidad, aunque todavía sin impulsos ni nociones claramente

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sexuales. Es la época de los enamoramientos “platónicos”... ¡si habré tenido algunos... y secretos! En nuestros tiempos, los amoríos eran con profusión de versos y flores; amén de suspiros y disfuerzos por parte del femenil bando… Ahora, todo esto parecería ridículo... ¿Habráse reemplazado por algo cibernético? En esta fase los juegos son más bruscos y varoniles; brota intensa el ansia de aventuras propias y seguidoras de caudillos; la curiosidad intelectual se aviva; así como arranca, vigoroso, el impulso de discutir con otras personas, de criticar, juzgar y sentenciar; de pretender "cambiar al mundo". En otras palabras, se percibe los llamados “problemas de la edad”. Pues ya no se es niño, ni por supuesto todavía joven a plenitud... Ni siquiera cabal adolescente aún... Se está en una especie de "tierra de nadie"... En un suerte de "arenas movedizas". De tal modo, siendo bastante niño todavía, sus opciones de Felicidad son semejantes a las que corresponden a toda la etapa de la Niñez Propiamente Dicha, pero con marcadas variantes, en algunos campos y con un incremento de su intensidad; en razón, entre otras, de la ya mayor capacidad de percepción de los valores espirituales superiores. ----Continuando en lo a mí tocante, diré que casi al culminar, de un dichoso modo, la Infancia Media, el año 1,934 --a los 12 de edad--, como he referido en mi anterior libro, nuestros padres habían dispuesto que yo pasara, de la tutela bajo nuestra tía Susana --muy severa ella y con quien había tenido algunos problemas de trato--, desde la pequeña casa de la Calle Candamo, ubicada también en Miraflores, a la autoridad --más suave y dulce-- de la otra tía: Laura, en una similar modesta casa de la Calle República; del mismo bello distrito miraflorino. Sentí entonces mayor libertad, en casual y grata concordancia con la emergente aspiración libertaria de finales de la edad pueril. Y como si fuera la acentuación de un proceso, cuando llegaba ya a los 13 años de mi edad, es decir, cumplida la etapa netamente infantil y estando por ingresar a la preadolescencia, murió mi madre, en el verano de 1,935... El trágico acontecimiento, como resultaba lógico, presionó en la existencia hogareña --de los niños hermanos en semejante situación-- hacia un vivir más independiente y libre aún. En concordancia con lo que nuestras edades, espontánea y biológicamente, tenían que reclamar. En el invierno del mismo año 35, pese al reciente fallecimiento de mi madre, pude continuar de modo más o menos normal y en situación de algo niño todavía, pero con atisbos de adolescente, mis estudios en el segundo año de media; tan gratos y útiles, como habían sido los correspondientes a los anteriores siete (kindergarten, primaria y primero de media), en condición de externo, en el excelente Colegio “Champagnat” de nuestro querido Miraflores.

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Al finalizar el dicho período, dejamos la vivienda miraflorina, pues mi hermana Ester se había casado y fue a vivir en una casita de la Avenida Arequipa; mi hermano Manuel no quiso seguir estudiando y se quedó en las haciendas “San Nicolás” y “Paramonga”, trabajando de caporal y apuntador de campo; mi hermano Daniel consiguió, a poco, un puesto bancario, aposentando en una pensión en el centro de Lima; mi tía Laura y mi hermana Susana se quedaron a vivir en “San Nicolás”, donde mis hermanos más chicos y yo, pasamos también el verano del 36. ------Para el invierno del mismo año 1,936, después de unas muy placenteras vacaciones de un trimestre en “San Nicolás”, como ya era costumbre, y casi a los 14 de mi edad, fui matriculado, como interno, en el magnífico Colegio “Santa Rosa” de Chosica, de la Congregación de los Padres Agustinos. Los sábados y domingos salía (en tren y omnibus) a la casa de mi hermana Ester o a la pensión de mi hermano Daniel, lugares donde era recibido con mucho cariño. Esta situación nueva acentuó mi autonomía existencial, a proporciones hasta entonces no experimentadas y ya más concordantes con los requerimientos de mi edad en acelerado avance hacia la franca adolescencia. Me explico así, con larga posterioridad, la satisfacción con la que acaté lo dispuesto, sobre mi internado escolar, por la alta dirección familiar; así como la ausencia casi total en mi desarrollo personal, de signos de alguna desaforada rebeldía de pubertad. Resultaba pues comprensible que me gustara mucho el internado del “Santa Rosa”, por varias y claras razones: La principal --que desmentía la común creencia de dar por ‘terrible’ el internado para los niños--: la dicha independencia experimentada, como preadolescentes, en un plantel de tan buena organización, como era la del santarrosino colegio. Teníamos que ver por nuestras cosas: ropa, dinero, libros, útiles, pasajes, remedios, servicios varios, etc.; aprendí hasta pegar botones, zurcir medias y pantalones; amén de controlar la entrega y recepción de ropa para el lavado. Todo, con previsión, responsabilidad y buen criterio. Cumpliendo horarios y reglamentos, es cierto; pero sin tutelas minuciosas, innecesarias; ni frecuentes e inoportunas presencias... y hasta interferencias, por parte de los adultos. Con amplios márgenes para la libre conducción de la propia individualidad. Constituyendo por propia cuenta y eligiendo inclusive, a los integrantes de nuestras “patotas”; de agrados alucinantes. El “compañerismo”, aparecía, fuerte, como un sentimiento nuevo, que con los varios otros de contemporáneo surgimiento, nos hacían ver la vida ya de modo diferente, No podía haber, además, situaciones de ‘hijitos de papá’; ni de ‘pollitos engreídos de mamá gallina clueca’. En segundo lugar, si bien se interpreta, por lo general, como ‘dura’ la situación de un internado, porque se impone --con más aparente que real

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oposición juveni-l- autoridad, reglas y disciplina. Sin embargo, la verdad de las cosas es, como lo aprendí allí, que se cumplía el básico principio universal siguiente: “En toda actividad humana, individual y colectiva, las autoridades, las reglas y la disciplina, siendo correctas, racionales, justas, y por lo tanto consciente y libremente aceptadas por los involucrados, no solamente no coartan la verdadera Libertad, sino que la hacen posible y neta; la consolidan y la acrecientan. Garantizan el armónico, eficiente y placentero desenvolvimiento de las personas, los gobiernos, ejércitos, conventos, empresas, municipios, familias, e instituciones todas... ¡Y hasta el de los deportes y juegos!... No se podría ni jugar fútbol, sin reglamento, árbitro, y disciplina. Y por el contrario: “En la arbitrariedad, el caos, y la demagogia, naufragan, siempre, la Libertad, la Dignidad, y cualquier Acción Fecunda”. A los internos del “Santa Rosa” --estando tan bien organizadas nuestras vidas--, el tiempo nos alcanzaba ampliamente para estudiar, obteniendo --por añadidura-- las mejores notas. Ocasión había, además, para practicar deportes y juegos, de acuerdo a las aficiones y aptitudes de cada cual; al libre escoger, en las magníficas instalaciones del Colegio, que contaba con piscina para natación --¡mi deporte preferido!--; campos deportivos de múltiples clases; instalaciones para diversos y sanos juegos, de campo y de salón --entre ellos, además de ‘damas’ y ajedrez, billar, pero sin vagos ni fumones--; cine, siempre moral, edificante y recreativo; biblioteca; salas de estar y de estudios; amén de excelentes salones de clase, dormitorios, baños, comedor y... comida... ¡de primera! Recuerdo todavía, un "jamón del Norte" (que se procesa por salazón y ahumado en crudo), con dos huevos fritos, acompañados de crocantes y saladitas papas, también fritas... ¡en manteca de chancho! Y no olvido, tampoco, un arroz con pato (del seco) ... ¡de chuparse los dedos! Rematando, se contaba con un amplio Parque Central --el de la población de Chosica-- en el frente y exterior inmediatos del colegio; hecho suyo por los muchachos; para pasear, charlando sobre amplias veredas y bajo frondosos y protectores árboles; descansar y conversar en cómodas bancas; y hasta para jugar fútbol, en su gramado central. Además, por si fuera poco, para... ¡”cirear” a discreción! Con gran regusto propio, pero en agravio a veces y en halago otras menos, de las graciosas chicas por allí viandantes. Todo bajo una maravilla de clima. Chosica era llamada: “La Villa del Sol”... Salvavidas contra las pulmonías --en una época sin antibióticos, ni sulfas--, de los seniles caballeros pudientes de Lima; ciudad de inviernos siempre nublados y húmedos, que los hace sentir más fríos y peligrosos, que lo indicado por sus correspondencias termométricas. ¡Sobraban razones para gustarnos el colegio! ------44

Durante el año transcurrido en el internado de Chosica, sentía que se desarrollaba más mi curiosidad científica; la inquietud, el ansia de saber, de conocer, ordenada y racionalmente, las cosas. Un fuerte impulso hacia el estudio, en particular de las ciencias naturales y exactas, físico químicas, biológicas, y matemáticas. En todas las cuales destacaba por mis calificaciones, al influjo de los excelentes sacerdotes profesores de tales materias, habidos en la magnífica plana magisterial del colegio. No resultó lo mismo en el campo de las Letras. Nuestro profesor de Gramática y Literatura, lamentablemente, no estaba a la altura de los demás, ni siquiera podría ser calificado de aceptable. Incurría en la grave falla de asignar temas definidos exclusivamente por él --muy contrarios a mis gustos, sea dicho de paso--, para las composiciones literarias. Violentando un fundamental principio pedagógico, más en Literatura y Oratoria: “Quien escribe una composición o pronuncia un discurso, es quien debe escoger el tema o acomodarlo a su gusto, a su sincero y leal sentir, saber o entender. Ha de conocerlo profundamente, estimarlo con pasión, desear --con vehemencia-- comunicarlo. Denotando, en el texto, la más transparente y profunda ya dicha sinceridad”. Como en cierta ocasión contrarié las expectativas profesorales, el titular del curso me descalificó ante el pleno de mis compañeros. Con prescindencia de consideración o respeto alguno. ¡Otro error pedagógico de grueso calibre! Durante mucho tiempo, el complejo de ‘no saber escribir’, habría de frenar en mí, lo que debiera, en cambio, haber sido una afición motora en el camino de mi adecuado desarrollo personal. Por largos años creí, con sincera convicción, digna de mejor causa, que: ‘No servía para las Letras’. Que no me gustaban’. ‘Sólo sirvo para las Ciencias’, me decía y repetía. Consolado en parte así, marchaba hacia una educación lisiada: Sin el apoyo de las Artes, ni de las Humanidades. Inconmensurable puede ser la influencia, para bien o para mal, de un excelente o de un pésimo profesor. En el desarrollo de la personalidad de un niño, de un preadolescente, llegando incluso hasta el de los mayores. Afortunadamente, una situación casual, ocurrida varios años más tarde y que por aleccionadora narraré después, en el Capítulo III, correspondiente a La Adolescencia, me permitiría recomenzar y concluir por despejar, tan malhadado complejo, que me causara mucho daño. ----Un trascendental suceso en el ámbito mundial acaecía durante el año 1,936, en el transcurso de nuestro internado en el “Santa Rosa” de Chosica: el comienzo de la cruenta Guerra Civil Española. Tal hecho marcaba el inicio de la salvación y redención de España, en primer lugar. Y la posible posterior de la Hispanidad, del Mundo Iberoamericano en su conjunto. Así como del comienzo del fin del marxismo. Alcanzando, por todo ello, excepcional trascendencia histórica mundial, en especial para los 45

españoles, y para nosotros, los peruanos. Si nos atenemos a que la Peruanidad, es, en lo esencial, una rama de la Hispanidad Universal o de la Comunidad Iberoamericana de Naciones. Una nación, brotada en el Perú, como producto del mestizaje o la síntesis humana, sanguínea y cultural, de lo hispano, con lo autóctono americano (lo incaico primordialmente). El significado ético e histórico de la epopeya hispana, gravitaría para siempre en nuestros espíritus. Por lo menos, en lo que a mí respecta, así fue. Comienzan, desde la Preadolescencia, a imprimirse en la mente y en el corazón, los impactos y significados profundos de las experiencias existenciales; cuando son miradas con simpatía o con franco repudio; llegando a constituir el bagaje espiritual o los depósitos mentales de la personalidad, a medida que madura. En el presente caso se trataba de: El amor intenso a las esencias nacionales del Perú. El orgullo legítimo por las vertientes de su estirpe. Y las de nuestra gran "Nacionalidad Común". La de la "Patria Grande": "La Comunidad Iberoamericana de Naciones". Esa convulsión de España demostró, con elocuencia sin par, que la verdadera y definitiva redención moral o superación integral de un pueblo, que se encuentre, sea en incipiente desarrollo, en acelerada decadencia, o en grave depresión; en severas crisis, de todo orden, sólo puede darse, tras una persuasión doctrinaria masiva, de un apostolado que se apoye en una mística fervorosa; o por una tremenda convulsión bélica, que despierte las energías dormidas de la Nación; o por ambas vías simultáneamente. Culminando en el imperio de intensos y generalizados sentimientos de sincera Piedad Religiosa y de un Patriotismo sin fisuras... ¡Santo Temor de Dios y Amor a la Patria! En cambio, la ruina material y moral, los dolores individuales y sociales, en todas sus formas, corresponden a las colectividades impías (irreligiosas) y apátridas (sin patria, desnacionalizadas); donde reinan el egoísmo, el materialismo hedonista, la inmoralidad en suma. Sólo cuando puedan darse, básicamente: “un pueblo piadoso” --del que hablara Platón--; “un patriotismo general” --del que fuera paradigma la República Romana--; cuando pudieran regir los principios de “La Ciudad de Dios” -definidos por San Agustín y complementados por Santo Tomás de Aquino-- y que, en notable medida, fueran aplicados por Isabel la Católica y, entre otros, de modo parecido, por Carlos V y Felipe II. Cuando sea objetivo ciudadano el Bien Común, cual enseñan las encíclicas papales de la Doctrina Social de la Iglesia Católica; cuando se comprenda que el Nacionalismo, vale decir, la dignidad y el amor propio colectivos, la autoestima popular nacional, y la religiosidad sincera, nutrimentos espirituales humanos, constituyen requerimientos sociales ineludibles, recién entonces, y cuando, además, podamos adoptar y adaptar la Doctrina a las realidades concretas --que es, sobre todo, reforzarla y conectarla,

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no desvirtuarla--, entonces y sólo entonces, se podría dar alguna valedera esperanza de Redención Nacional. La Guerra Civil Española fue una muestra temporal y en cierto modo relativamente pequeña, pero inmensamente aleccionadora, que significó el inicio de la salvación del mundo, de las garras del marxismo internacional: que de “universal pestilencia”, fue calificado con acierto. Pero que aparecía, por entonces, con avasalladoras posibilidades de predominio mundial. La contienda hispana significó también el desenmascaramiento y una advertencia, frente al materialismo hedonista liberal. Ante sus debilidades, complacencias, complicidades y hasta traiciones. Y su inexorable decadencia. Que se viene... Contrariando los vaticinios, ingenuos o pícaros, que le son favorables y con los cuales todavía cuenta. El caso es que uno de los episodios mas dramáticos de la conflagración española, lo constituyó la heroica Resistencia del Alcázar de Toledo, encabezada por el legendario coronel Moscardó. Los ribetes gloriosos de esa gesta alcanzaron niveles de grandeza realmente indescriptibles. Los periódicos y las radios daban cuenta diaria de sus conmovedores episodios. Nosotros, los niños, leíamos y escuchábamos asombrados todo eso, así como los admirativos y justicieros comentarios de la gente mayor. Recuerdo cómo el sentimiento público, en el Perú y en el mundo entero, impulsado por las tendencias predominantes liberales y marxistas, se mostraba en los inicios de la contienda muy opuesto al bando Nacionalista y Católico español. Decididamente favorable, en cambio, al ‘republicano’ por cierto liberal y marxista. Mas ocurrió que la simpatía mundial, mayoritaria, se volteó en casi 180º, por el impacto emocional de la admirable Resistencia del Alcázar... ¡Digna de emular a espartanas epopeyas! Durante meses, ante fuerzas superiores abrumadoras en número y elementos bélicos, contra un fuego incansable y nutrido de fusilería y de cañones, el bombardeo por aviones y ¡hasta la voladura con dinamita, desde las mismas bases subterráneas de la fortaleza!... Además del asedio exterior impidiendo toda suerte de abastecimientos. Y, como si fuera poco: La amenaza primero y la realización efectiva después, de la ejecución por fusilamiento... ¡del propio hijo, aún adolescente, del coronel Moscardó!.15

Es célebre el diálogo telefónico del coronel Moscardó con su joven hijo, casi un niño: -- Padre, dicen que me fusilarán si no te rindes; pero no lo hagas; cumple con tu deber, que yo cumpliré también con el mío. -- ¡Hijo mío! Nada puedo hacer por ti; pero muere gritando: ¡Arriba España! ¡Viva Cristo Rey!...Y que Dios acoja tu alma. -- Así lo haré padre...¡Adiós! -- ¡Adiós! Seguramente ¡hasta pronto hijo mío! --Ofrendó así el coronel Moscardó el mayor sacrificio por la Patria que pueda realizar un ser humano: ¡el de la vida de su propio hijo!

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Era muy intensa la impresión de tales hechos en la mente de los chicos de aquella época; sobre todo en los del colegio muestro, pues éste era regentado por sacerdotes españoles, quienes ‘no cabían en su pellejo’ de satisfacción religiosa, de orgullo patriótico y del correspondiente júbilo, por las hazañas y triunfos gloriosos del bando Nacionalista español, que encabezara el General Francisco Franco Bahamonde. Quien, tiempo después, se manifestaría, además, como excepcional político. Sea dicho con plena justicia, contra todas las maledicencias y sin inexcusables dudas: el más grande estadista mundial del siglo XX. El General Franco se había mostrado como un brillante militar en la guerra colonial que España sostuvo en Marruecos contra los moros, a principios de la centuria del 900. No sólo dio notables victorias a su patria, sino que puso de manifiesto su singular habilidad diplomática y política; pues se ganó hasta la voluntad y el afecto de los vencidos. Así resultó famosa la ‘Guardia Mora’ a la que organizó y la que lo acompañó y defendió siempre; le fue singularmente leal, en todo el curso posterior de la Guerra Civil. En dicha cruenta conflagración, dirigió y condujo al bando “Nacionalista”, inferior en fuerzas al inicio, con singular habilidad militar, administrativa y política. En una larga lucha de tres años, recuperando palmo a palmo el territorio nacional español, contra toda una poderosa concertación de fuerzas militares y civiles, además de financieras y propagandísticas, no sólo de una gran parte de España, sino en ese entonces de las más grandes potencias del orbe (EE.UU., Inglaterra, Rusia, Francia) y de numerosas naciones medianas y pequeñas servilmente arrebañadas tras de las mayores. Franco contó, sólo con larga posterioridad al comienzo de la conflagración, con la ayuda de algunos batallones terrestres y aéreos aportados por Alemania e Italia. Pero así y todo, logró una rotunda victoria que asombró al mundo. Terminada la guerra, Franco asumió la Dirección Suprema de la Nación, bajo la forma de una Dictadura Institucional. Con el apoyo de las Fuerzas Armadas, de la Iglesia, y de las sanas instituciones civiles de España. --¡Se trataba de la Salvación Nacional, frente al marxismo!--. En la ruta de la edificación de un definitivo Estado de Derecho16. De la que debiera ser una Democracia Auténtica: Católica, Moral, Nacional, y Orgánica17. No, por supuesto, la liberal anglosajona democratoide, escéptica, amoral, capitalista, individualista, “globalizada” hoy o internacionalizante desde siempre. En una nación que siendo subdesarrollada, había sufrido la calamidad de un millón de muertos en agravio de su población y visto su riqueza inmobiliaria prácticamente demolida, por los cañonazos y bombardeos; con su economía desarticulada y las reservas de oro del Banco Nacional robadas y llevadas a Rusia por los comunistas; quienes habían combatido mal, pésimo, si se quiere,
Ver Capítulo I, referencias y aclaraciones sobre Dictaduras y Tiranías. Ruta política en la cual, por desgracia, España ha sido en gran parte traicionada y sigue siéndolo en el presente.
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pero combatido al fin, a favor y en conjunto con el bando de las hordas republicanas. Por si fuera poco, las potencias vencedoras de la II Guerra Mundial ‘acusaron’ (?) a Franco y al gobierno de España, de ‘nazi-fascistas’ (como llamaban a todo antiliberal y anticomunista). Aunque, en estricta verdad, los franquistas no fueron propiamente fascistas, ni nazis. Sólo --les era ineludible— aliados. A lo sumo, simpatizantes ideológicos de dichos sistemas. Y más por la presión de las circunstancias históricas. En especial, por la misma agresión feroz de liberales y marxistas ... ¡Aliados entre sí! (?)... Lo cual es cosa diferente. Con menos justas razones, esos liberales, fueron aliados y simpatizantes de los comunistas, en dos guerras feroces y en dos largas posguerras; sin ser propiamente marxistas ellos mismos; dicho sea de paso y en estricta verdad. Así bloquearon económica y financieramente al entonces débil Estado Español y lo aislaron, además, por muchos años, en lo diplomático, cultural, y político. Lo anterior no fue óbice para que España, bajo la habilísima conducción de Franco y de su equipo, a la luz de una sabia política, en todos los órdenes -un enfoque original y el énfasis necesario en lo religioso, moral, cultural, político e institucional, además de en lo económico y social--, saliera adelante. Hasta colocarse en uno de los primeros lugares del progreso de las naciones modernas. Bajo la firme legalidad de un verdadero Estado de Derecho. En camino progresivo, como se ha dicho, hacia una real Democracia: Moral (cristiano católica); Orgánica (por instituciones sólidas, autónomas y armoniosamente dispuestas); Estable (bajo una legalidad sin fisuras ni violaciones); y Nacional (netamente española, hispánica, ibera); a la que preparó e impulsó con previsora paciencia ¡Diferente por cierto de las democracias (?) liberales o burguesas! Comprendiendo, también, una Monarquía renovada, en camino de ser modelo en lo contemporáneo18. Continuando en lo que estábamos y así las cosas, en el Colegio incorporábamos a nuestros juegos imaginativas secuencias referidas a las proezas acaecidas en la fortificación toledana. Cierto día, un depósito para papas, con las cuales se preparaba los alimentos de la población escolar del Santa Rosa y construido con madera, vieja en demasía y ya pasto de las polillas, ubicado en un patio interior del local, se rompió estrepitosamente, por la presión de los tubérculos allí atiborrados. Los solanáceos productos aparecieron entonces al exterior, en inmensa cantidad. Recuerdo que, ipso facto, gran número de alumnos organizamos un juego de ‘defensores y atacantes del Alcázar’. No sin conflictos, pues la mayoría prefería ser de los primeros (‘los jóvenes’) y no de los segundos (‘los bandidos’); lanzándonos papazos a diestra y siniestra ...
El hecho de que en tiempos actuales se traiga a regresión muchas de las realizaciones de Franco, no resta méritos a la grandeza innegable del conductor, ni a la solidez fundamental de su obra; cuyos frutos ya son indestructibles, como indetenible el proceso a que dio lugar.
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No tardaron en llegar los padres profesores; y sin ‘tribunales de Nüremberg’, recibiríamos infamantes y dolorosas sentencias; las peores en el marco conceptual de nuestros imaginados ‘heroísmos’: largas y deprimentes "paradas en las columnas" del patio principal del plantel; suspensiones del cine colegial y de las salidas --o "bajadas"-- a Lima, los fines de semana. ------En esa época también comenzábamos a notar en el Colegio, el peso y significado de las diversas confrontaciones de carácter ideológico o doctrinario y de las corrientes científicas, así como de las variadas visiones religiosas y morales, que el niño preadolescente, el adolescente, y los jóvenes, tienen que encarar, con frecuencia, en la vida social. Por ejemplo: Desde mucho antes, los gobiernos de tipo liberal y masónico, con sus ministros burgueses "izquierdosos", marxistas o marxistoides, descarados o sibilinos, habían impuesto, a los colegios regentados por religiosos o religiosas, como profesores de los cursos de Historia del Perú --diz que para una mejor defensa de las versiones patrióticas peruanistas-- a profesionales, generalmente abogados laicos peruanos, nombrados directa y excluyentemente por el Ministerio de Educación... Por supuesto que esos benditos profesores aleccionaban a sus alumnos en toda suerte de enconadas visiones anticatólicas y antihispánicas... ¡Pura “Leyenda Negra”!19 Los padres del Colegio soportaban la situación con ‘santa paciencia’, hechos a sus votos de obediencia y humildad. No faltando muchachos en cuyas casas y barrios había enraizado la nefasta cizaña de la malhadada fábula, y que 'fastidiaban a los curas’, repetidamente y con punzante malicia... Cuando, en una apacible, templada y luminosa tarde de primavera, paseábamos en el acogedor parque de Chosica, varios muchachos, a la sazón entre los 13 y los 15 años de edad. En franca y alegre conversación con el buen sacerdote que cuidaba nuestros esparcimientos en ese ámbito exterior del colegio. Así, tocamos el tema histórico de la Independencia del Perú: -- Padre, en la Guerra de la Independencia, los peruanos ‘les dimos duro’ a los españoles... -- ‘Soltó el perro’, sin mayores trámites, el más audaz de los mozalbetes... -- Has de saber muchacho --Respondió sin inmutarse, el sabio religioso-que debes cuidarte de los ‘cuentos’ de la “Leyenda Negra”. Esa no fue, en verdad, una guerra ‘internacional’ entre ‘peruanos’ y ‘españoles’. Tuvo más el carácter de una ‘revolución’, de republicanos, liberales, o independentistas, contra monárquicos, realistas, o gobiernistas; en pos de la independencia o autonomía política del Perú, frente al gobierno central español. Para desligarlo de su Imperio, cuya decadencia y mala conducción, rigiendo sobre un territorio
Conjunto de infundios contra la Iglesia Católica y contra España, elaborada por sus comunes enemigos históricos, copiada por cursis intelectualoides, peruanos e iberoamericanos en general, y a la cual se ha pretendido concederle categoría de ‘Historia’. Pero es deber de todo buen católico, verdadero patriota, y amante sincero de la verdad, desenmascararla y repudiarla enérgicamente, en cuanta ocasión se presente.
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demasiado extenso, ya la justificaban plenamente. Aunque eso no disculparía, por cierto, a las posteriores divisiones y hasta odiosidades surgidas entre las nuevas repúblicas vecinas y hermanas; así como las de ellas con la ahora también hermana, España, heredera directa de la verdadera Madre Patria común. Con la consecuencia final de nuestra general decadencia extrema; la de todos nosotros los iberoamericanos; es decir, la de los españoles, los portugueses, los pobladores de toda la América Ibera… y, con ellos, la de los peruanos en particular. En realidad, en esa Revolución de la Independencia, lucharon, por un lado, los republicanos, bajo la bandera rojiblanca del Perú, alineándose en ellos numerosos soldados indios y mestizos, dirigidos por unos cientos de oficiales, algunos mestizos y en su mayoría criollos y españoles; contra el otro bando, el de los realistas o gobiernistas, con la bandera oficial, roja y gualda (amarilla), de España, formado también por numerosos soldados indios y mestizos, comandados por oficiales, algunos mestizos y mayormente criollos y españoles... ¡Había hasta parientes en ambos bandos! (como los hermanos Castilla, entonces capitanes, y uno de ellos, años después, sería Mariscal del Perú y Presidente de la República)... Ganaron los primeros y se estableció la República del Perú, que desde entonces entraba o era llevada, con frecuencia, a guerras con sus hermanos y vecinos; y, hasta en una segunda vez, contra España misma. En sus escuelas se enseñaba y se sigue enseñando, como a ustedes mismos les han enseñado en alguna parte, bajo la forma de una dañina y atroz “Leyenda Negra”, con fuerza digna de mejor causa, odio y desdén hacia la Madre Patria y la Iglesia Católica, indesligablemente unidas por la Historia. Así como hacia la fraternidad esencial entre nuestros pueblos y contra todo lo vinculante a ella. Con irracional encono y olímpico desprecio mutuos... ¡Entre países hermanos y vecinos! Muy diferente sería nuestra suerte y destino, si --en alguna semejanza con lo realizado por los pueblos anglosajones (la Comunidad Británica y su férrea alianza con EE.UU.)-- hubiéramos atinado a constituir, después de la Revolución de la Independencia, una verdadera Comunidad Iberoamericana de Naciones... Independientes, autónomas, todas, pero fraternas, aliadas, unidas. Así, como conglomerado de pueblos, estaríamos entre las primeras y más adelantadas potencias del Mundo... -- Disculpe padre --Dijimos, casi en coro, corridos, compunjidos, los muchachos que lo escuchábamos; comprendiendo que le asistía toda la razón y que nosotros habíamos quedado cual unos tontos ignorantes; sin impulso original alguno, ni siquiera con capacidad para analizar lo que oíamos... Repitiendo, como papagayos, lo tan ligeramente dicho y escuchado. ------En otra oportunidad, por cierto incidente ocurrido en el mismo colegio, se pudo apreciar los negativos efectos de la larga campaña realizada, en ámbito mundial y en la propia sociedad peruana, por los adversarios de la Iglesia Católica y menospreciadores de la Moral Cristiana. Con el propósito de

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"desprejuiciarnos", según ellos, de los que, en realidad, son naturales sentimientos de pudor y de recato: Resultaba que cierto colegio calificado como “nacional” --confundiendo la idea con estatal-- y como si, además, en el Perú pudieran titularse nacionales, los muchos planteles como ése, anticatólicos y antihispánicos. Un colegio, en fin, de sede limeña, cuyos directivos habían organizado una excursión a Chosica, se autoinvitaron y cayeron de visita al “Santa Rosa”. De entrada, denotando el triste sentido de su ‘educación’, se presentaron bullangueros e insolentes. Especialmente procaces contra todo lo que les pareció propio de ‘curas’, ‘chupacirios’, o ‘beatos’. Llegaron así dispuestos a tomarse un baño de piscina, circunstancia en la cual --sin ningún atenuante-- lo hicieron estrepitosa y totalmente ‘calatos’. Gritones, histéricos siempre, se bañaban en medio de escandalosas risotadas y de groseras interjecciones. El padre que regía los aspectos deportivos del colegio --deportista él mismo--, atlético de contextura, notoriamente varonil, se les acercó, cortés, y con toda calma les dijo: -- ¡Jóvenes! Debo advertirles que éste es un colegio de educación católica y por lo tanto no es dable bañarse, en público, completamente desnudos. Les agradeceremos vestirse con apropiadas ropas de baño... -- ¡Calla cura de m... #%*&xº!... --barbotó, en términos irrepetibles, el más desfachatado de tales rapaces; coreado por las destempladas risas de sus repulsivos congéneres... El padre se acercó, tranquilo, firme y resuelto, al atrevido mozalbete y agarrándolo con fuerza del pescuezo, lo empujó por la espalda e introdujo violentamente en uno de los enmaderados cuartitos de vestir, cerrando su puerta --de dos tercios-- tras de él; con toda la potencia de que fue capaz, hasta embutirlo en el habitáculo y semi machucarle las piernas... Nada pudo ser más ridículo y humillante para el infeliz desvergonzado; quien, en silencio, se vistió, cuan rápido fue capaz y se mandó cambiar; "como perro que se ha comido la manteca", cual común decir en las chacras de las bellas serranías nuestras… "con el rabo entre las patas". Sus ‘compañeros’ se vistieron también, con la velocidad del rayo y en silencio de víboras, saliendo cobardemente en grupo y a la carrera, a cuanto les dieron sus contrahechas piernas. Esto del alarde de los “calatos”, es algo que contemporáneamente se ha difundido con amplitud; por una errónea interpretación de las situaciones. El burgués, escéptico y relativista moral, seguramente en el deseo de ostentar su crédula sensación de ‘libertad’, hasta en los campos del vestuario, ha hecho creer a la gente que se es más libre, sano y desprejuiciado, si se está desnudo. Así, en los clubes y lugares públicos, donde se instalan grandes vestuarios, baños y servicios higiénicos, se ha hecho común el deambular, ostentoso y bullanguero, de varones completamente en cueros. Muy descarados en su impúdico exhibicionismo.

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Entre las tonterías que han ideado, en especial los germano escandinavos (los suecos) y se han difundido por el mundo, está el “nudismo”. Una corriente que toma a la desnudez de los seres humanos como un modo de vivir "natural" y el más agradable y sano. No simpatizar con ello sería un ‘prejuicio’ de tono reaccionario... Mas ocurre que tales asertos no resisten el menor análisis: El ser humano como especie biológica es el único que ha podido, con su trabajo y artificios, dominar los rigores del ambiente natural; en tales formas y proporciones, que ha devenido, con el transcurso del tiempo y en evolución de milenios, perdiendo la facultad de afrontar, al natural, las agresiones climáticas. Por delgadez de la piel y deficiencias de pelo corporal (“el mono desnudo”, que alguien dijo); y numerosos otros factores apreciables con facilidad. De modo que mal puede mantenerse sano, sin la protección de las habitaciones que construye, ni de la vestimenta que confecciona. Tampoco y en consecuencia, ser más libre sin todo ello, pues quien se ofreciere, tan débil y sin protección, ante la inevitable inhospitalidad ambiental, por lo menos en algunas estaciones del año y horas del día, en que pretendiera vivir desnudo, ni siquiera podría ser sano. Y sin Salud, no hay lugar para la Libertad. En cuanto a los “prejuicios”: Los nudistas y los “calatos” escandalosos, olvidan el significado y valor de importantísimos conceptos y de las palabras que los expresan: dignidad, privacidad, respeto al prójimo, intimidad, decoro, pudor, modales, discreción, etc. Que no son paparruchas, ni "prejuicios"’... Podría constituir hasta un agravio a la inteligencia ajena, extendernos en mayores explicaciones al respecto. O en tratar de demostrar la indiscutible necesidad de tales vigencias. En principio, no agrada mirar la completa desnudez de los seres humanos, del mismo o de ambos sexos. En muchos casos hasta es repulsiva. Cicerón decía que la Naturaleza, apareciendo pudorosa, colocaba las partes pudendas en las zonas del cuerpo más cubiertas y protegidas, mientras que al rostro --capaz de mostrar hasta gran belleza--, lo situaba en la posición más visible. Lo dicho, exceptuadas sean, por supuesto, la contemplación artística de las Venus, los Adonis, y otros casos de semejante jerarquía. Ofrecer o experimentar la propia desnudez --hecha la salvedad de la intimidad sexual amorosa--, puede resultar, en varias circunstancias: obsceno, ridículo, humillante o vejatorio. Incluso, para los hombres, la desnudez femenina, brusca y total, no es tan sugestiva como pareciera; ni ofrece el cautivante enigma de la coqueta semidesnudez. Por ejemplo, sea dicho risueñamente y para los casos en que procede: la de un menudo ‘bikini’ o de una minúscula ‘tanga de pititas’. La desnudez discreta no ofende al sentimiento religioso, pudiendo darse lo contrario. Así vemos con devota veneración a la imagen del Redentor crucificado; sin escándalo, a las de sus acompañantes circunstanciales (el buen y el mal ladrón); y con singular admiración estética, a las estatuas de David, Moisés, y “La Piedad”, esculpidas por Miguel Ángel; representando, la tercera, a

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Jesús descendido de la Cruz y ya en el regazo de María. Lo desagradable es la desnudez total, si inoportuna, desfachatada o grotesca. Hay quienes hasta --en la forma más necia de pensar-- llegan a sostener que los padres deben mostrarse completamente desnudos ante sus hijos, desde pequeños, sean varones o mujercitas, para impedir que desarrollen complejos e inhibiciones. Ya por respeto al lector, no vamos a detenernos en refutar tamaña estupidez; barbotada cuando no se puede comprender el encanto de la inocencia, del candor, de los niños. Asuntos en los cuales el ser humano no puede ser colocado en la situación de las bestias. ------Continuando con los sucesos ocurridos en el Colegio Santa Rosa de Chosica, habría por aclarar que no se podía suponer, a los muchachos alumnos, materia fácil de adoctrinamiento, por parte de los sacerdotes profesores y guías espirituales nuestros. Aunque siendo pertinente su tarea de inculcarnos ideas nobles, principios religiosos y morales, así como positivas actitudes, empero, a veces, ella sufría efectos inopinados. Tanto por el influjo de las ideas contrarias traídas del medio social y hasta familiar por los muchachos; cuanto en razón de la natural rebeldía o espíritu de contradicción, de la preadolescencia y adolescencia (“muchachos contreras”) y que carga, con pretendido 'gracejo', el niño y el jovenzuelo que menos. Así, hasta yo mismo, que podría decirse no era un alumno majadero o difícil, en cierta circunstancia, encontrándonos en una sesión de estudio dirigido y con absolución de preguntas por parte del profesor, al llegar al capítulo de La Reproducción, en Zoología, intenté fastidiarlo, haciéndome eco de la común apreciación anticlerical, según la cual "los curas son hipócritas" y "no tratan con suficiente claridad los temas del sexo, a los cuales, por lo general, eluden"; sin comprender que los enfocaban con discreción y bastante prudencia. Como debe ser. Pero no entendíamos aún del todo el significado e importancia de esos valores, por lo general tan menospreciados, ya desde entonces, por el cinismo burgués; para hacerse éste, así, más descarado; cada vez con mayor fuerza... ¡Llegándose a inauditos extremos! De tal modo, me acerqué, haciéndome el tonto, con el libro en la mano, al pupitre del buen profesor y le dije: -- Padre, acá dice y Ud. lo ha explicado, que para la reproducción de los animales, la célula o gameto masculino, llamado espermatozoide, debe juntarse con el femenino u óvulo; dando lugar a la célula huevo o inicial del nuevo individuo. También nos dicen que los primeros se encuentran nadando en un líquido: el semen, expelido por el macho, en cuyos testículos se forman; y que, los segundos, se hallan en el saco matriz femenino o útero, habiéndose producido en los ovarios de la hembra. Pero, padre --le dije entonces, poniendo ‘cara de inocente’, aunque ya sabía, ‘teóricamente’, algo de estas cosas-- acá no indica cómo llega de afuera el espermatozoide contenido en el semen, al óvulo, que está dentro del útero o matriz de la hembra...

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-- Lo coloca el macho guiado por su instinto o impulso natural -Respondió, tranquila y serenamente, con naturalidad, el padre... -- Pero ¿Cómo? --Insistí con impertinencia maliciosa... -- Mira, lo mejor es que te fijes en los animales --lo seguía diciendo con la misma seriedad, sin aspavientos-; observarás que lo hacen de un modo semejante todos ellos; coincidiendo, en lo fundamental, con lo dicho por el libro y por mí; pero al mismo tiempo, hay ciertas diferencias correspondientes a cada especie. Dentro de ese maravilloso juego de parecidos y desigualdades, cual en todo ofrece la Naturaleza. Como una de las manifestaciones del prodigio general de la Creación Divina. Mira cómo lo hacen, por ejemplo, los perros, casi siempre escandalosos; los gallos, invariablemente toscos; las palomas domésticas, ‘de Castilla’ las corrientes y ‘Romanas’ las más grandes, las silvestres y cantoras cuculíes y las gráciles y chiquillas tortolitas, todas ejemplarmente tiernas y delicadas, motivando que a los jóvenes dulcemente enamorados y románticos, se les llame ‘tórtolos’. En el caso de los peces, el macho ni conoce a la hembra, la que pone sus numerosos huevos agrupados en lugares protegidos; entonces ellos, los peces machos, los fecundan, en conjunto, siguiendo los mandatos de su instinto. Ve, en fin, cómo se reproducen los conejos, los gatos, los caballos y los asnos, los cerdos, etc. El caso de los seres humanos, por varias razones, es en cierto modo algo diferente, pero lo irás comprendiendo mejor a medida que crezcas y madures. -- Gracias padre –Contesté, satisfecho por las respuestas, y arrepentido de mi malicia e impertinencia, regresé tranquilo a mi carpeta, sin ganas de volver a ‘fastidiar’... ¡Y se acabó el problema!... ¡Así de simple! Ratifiqué entonces el acierto metodológico de utilizar las observaciones en plantas y animales, para explicar a los niños, sin traumas ni tabúes, las cuestiones sexuales y reproductivas. Sistema practicado por nuestra madre en la educación sexual que nos impartiera en “San Nicolás”. Comprendí igualmente cómo los chicos campesinos no se hacen problemas con estas cosas; pues sus propias constataciones se las van explicando. ------Una situación ingrata --en verdad la única de tal clase-- experimentada en los tiempos y circunstancias que hemos narrado, del dicho colegio, fue la de cierta verosímil homosexualidad observada en un alumno, a quien llamaremos NK20, el cual era acosado, hasta lo grotesco, por algunos condiscípulos

Reemplazamos con letras mayúsculas, los nombres de ciertos personajes de algunos episodios que narramos, cuando podría darse lugar a herir susceptibilidades o causar mortificaciones, no deseadas por cierto, en agravio de terceros. Al final de cuentas lo que interesa son los hechos y los principios, de ellos desprendidos; no tanto las personas que actúan. Y si a ellas se las concreta con abreviaturas, es sólo para indicar que los sucesos fueron reales y no inventados.

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mayores, festiva y.“mataperros”.

y

vanidosamente

autocalificados

de

“muy

machos”

Un adolescente rubio era NK; sueco por ascendencia cercana, de facciones hermosas y finas, lo que se llama un "niño bonito"; de formas corporales redondeadas, turgentes, “llenitas”; y, sobre todo, con unos hablares y modos de manifestarse, de modales, estrepitosamente afeminados; hasta con grititos y risas seudo histéricas... Los muchachos mayores lo manoseaban y pellizcaban con escándalo, aunque buscando siempre las ausencias de las autoridades sacerdotales del Colegio. Y, pese a que los menores, por supuesto, nunca pudimos constatar la consumación de algún acto más degradante en su agravio, dábamos por posible su realización. En ciertos momentos en que se podía hablar en confianza y seriamente con él, nos confesaba su trágico problema; pero sólo admitiendo que era afeminado, mas no un depravado homosexual. Contaba ser miembro de una familia de 7 hermanos... pero ‘hombre’, solamente él, y... ¡seis mujeres! Con toda evidencia, la causa gravitante de dicho afeminamiento, estribaba --aparte de lo congénito posible-- en la crianza del chico en un medio familiar abrumadoramente femenino; siendo presumible que sus padres no habían intentado alguna forma, aunque fuera parcial, de neutralizar tal influjo. Viene al caso pensar acerca de las numerosas situaciones parecidas que se presentan en la sociedad contemporánea liberal, la cual progresivamente se afemina y cae en los terrenos de una difundida y repudiable homosexualidad. Por ejemplo, en la ‘educación’ imperante --’unisex’--, escolar y familiar, no se pone énfasis suficiente en desarrollar un claro sentido de masculinidad en los varones y de feminidad en las mujeres. Doctrinariamente, urge desterrar la absurda idea de que “los hombres y las mujeres son iguales” (¡?). Lo cual ¡a Dios gracias! es más falso que moneda de plomo y más tonto que la tontería misma... Es claro que se debe aspirar a la máxima igualdad posible, de derechos y de oportunidades, entre hombres y mujeres. Como ideal de vida social. No obstante, dicho sea con toda rotundidad, resulta muy difícil alcanzarla. Pero la igualdad concreta, total, y general, a la que nos estamos refiriendo, es una idea absurda. Situada entre los mayores y más nocivos absurdos que puedan darse. Y que, sin embargo, se deja oír con difundida frecuencia, digna de mejor causa. ----Llegado a este punto, señalaré que terminados mis estudios en el “Santa Rosa” de Chosica, finalizado el año 1,936 y al iniciarse el verano del 37, regresé a la Hacienda “San Nicolás”, para pasar allí las últimas vacaciones en ése que fue, para nosotros, un verdadero Paraíso Infantil. Transcurrido así el dicho verano, a comienzos de abril, dejábamos definitivamente el hermoso fundo supano. Y, poco después, el 30 de mayo, cumplía yo los 15 años de edad. Salía, completamente, de la Niñez propiamente dicha y de la Preadolescencia, con el

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desarrollo, el enriquecimiento, y la experiencia vital, que me significaron dichas etapas, e ingresaba a la neta situación de Adolescente. * * * * *

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C a p í t u l o III

La Adolescencia

a Adolescencia: “Edad de las Tormentas”. Es etapa determinante de la formación personal. De veloz tránsito espiritual y de notoria metamórfosis corpórea. Por ello, además de turbulenta, es la más decisiva de la vida humana. Y, aunque parezca contradictorio, puede ser también... hasta más feliz que todas las edades que la preceden. Los muy intensos y grandes cambios que en ella se producen, permiten afirmar que uno se es en la niñez anterior y otro en la adultez posterior. Actuando, la Adolescencia, como un decisivo eslabón del radical cambio. Ubícase pues el adolescente en un tempestuoso intermedio, decisivo y determinante. Que se ha descrito, con evidente acierto, como de ‘arremetida hormonal’ o de ‘revolución de humores’. Como lo hemos indicado, se presenta de los 15 a los 21 años de edad en los varones, con ciertas variaciones individuales, y una diferencia aproximada de dos años de adelanto en las mujeres.21 Puede completarse algo más la idea, describiendo los impulsos emotivos y las modificaciones físicas que en esta etapa agitan a la humana existencia: La potencialidad, hasta desbordantes magnitudes, de generar filias y fobias, ilusiones, ensueños, ideales, y quimeras. De amar y de odiar; de idealizar o repudiar; a personas, acciones, y situaciones. Añadiéndose, en el campo amoroso o de las relaciones intergenéricas, la inicial curiosidad e interés y luego la casi irresistible atracción, entre ambos sexos. La acentuación del dimorfismo sexual (diferenciación física y síquica entre hombres y mujeres); la aparición de las funciones y manifestaciones de la sexualidad, así como de las consustanciales aptitudes reproductivas.
Algunos autores consideran al término Pubertad como sinónimo de Adolescencia. Otros lo definen comprendiendo lo que nosotros hemos llamado la Preadolescencia, el fin de la infancia, más los dos o tres primeros años de la Adolescencia. Para los fines que perseguimos, la diferenciación es en gran medida irrelevante.
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Los cambios emotivos.- El que ha dejado de ser niño y todavía no es adulto, plenamente joven o maduro, viniendo a ser cada vez más liberado de las tutelas materna y paterna, en razón del curso natural de las cosas, reclama más libertad. Incluso mayor de la que puede emplear correctamente. Suele rebelarse contra la autoridad de la madre y si se ofrece también contra la del padre. Juzga y hasta condena a sus mayores y coetáneos; a veces con marcada, desconcertante, y conflictiva intolerancia. Pretende “cambiar al mundo”; sin haber definido el cómo, el cuándo, ni con qué medios. Suele así declararse “rebelde”... y practicar rebeldías del más variado género. Con frecuencia por demás risibles. Algunos reaccionan ante el medio social con la introversión, el aislamiento y el silencio; con incertidumbres y timideces... No faltan “rebeldes sin causa”. Rebeldes por sólo la rebeldía misma. No sabiendo bien ni de qué se trata. Es frecuente, en los más superficiales, pretender manifestar su “protesta” dejándose crecer muy largo el cabello, antiestética y antihigiénicamente; manteniendo el cuerpo sin aseo; la cara sin afeitar; las ropas en estrafalarias apariencias; etc. Motivando, en las casas paternas, incontables y las más de las veces inútiles reniegos de los mayores. Hay quienes afirman que la adolescencia es una edad terrible; la peor de todas... Por supuesto que no compartimos el aserto. Empero, no todo es negativo en la adolescencia, ni mucho menos. Numerosos adolescentes canalizan sus inmensas energías y ansiedades de un modo encomiable. Altamente positivo. A veces, ofreciendo, sublimes, heroicos ejemplos. En especial si los mayores --comprensivos y afectuosos-- logran ayudarlos con una orientación adecuada. Entonces la adolescencia puede superar, en grandeza moral y generosidad, a las otras edades humanas. Si se trata de la guerra, son los primeros en ofrendar sus vidas por la Patria; si de vocaciones abnegadas (religiosas, políticas, científicas, artísticas, etc.), allí están los adolescentes --y en muchos casos sólo ellos-- en la línea del sacrificio supremo. Listos para el esfuerzo sobrehumano más conmovedor. Hasta la entrega total. Si bien la Adolescencia es una edad de angustias y anhelos intensos, de incertidumbres, temores o timideces, también, en otras ocasiones lo es de audacias rayanas hasta con la extrema imprudencia. Siempre, de ímpetus tremendos; que pueden llevar a ciertos muchachos a la temeridad, la locura, y al suicidio. En contraste positivo, constituye también una edad de hermosos sueños y generosas ilusiones; de heroísmos sin par. Por tanto, bella como ninguna otra. Ofrece la Adolescencia situaciones que marcan definitivamente la personalidad, el rumbo, el destino, de los seres humanos. Se generan los primeros ideales. Las más intensas relaciones personales, las amorosas y las mejores amistades. En pocas palabras, se definen o esbozan, sucesivamente, alguna o las más importantes decisiones: la elección de la pareja; las vocaciones vitales; y el tipo de idealismo espiritual. Por todo ello, es decisoria su

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significación. No olvidemos que, en el caso de las mujeres, por ejemplo, incluso se celebran, por tradición y con grandes fiestas, cuando es económicamente viable, la llegada de las chicas, plenas de ilusiones, a los 15 años de su edad... ¡”Los quince años maravillosos”!... Se dice y por algo será. Los sueños y las ilusiones adolescentes no son bagatelas ni tonterías que justifiquen las burlas --como suele acontecer-- de los adultos cínicos o “pragmáticos”. Al contrario, contienen una poesía inefable. Son los motores que los impulsan --también a los jóvenes, a los maduros, y a los ancianos, que saben vivir-- hacia las altas cumbres del heroísmo, la sabiduría, la santidad; así como a las del cultivo de las artes, las ciencias, la filosofía, la política, y la profesión de la fe. Dicho de otra forma, las "ilusiones" constituyen sustentos medulares de la genialidad y grandeza humanas. La verdad es que si bien el adolescente, al dejar de ser niño deja una edad bellísima, él no se apena por eso, sino todo lo contrario, y con plena razón; pues arriba a una etapa mejor aún, complaciéndose en el suceso. En balance, la adolescencia es una edad que pese a sus tormentas tiene sus encantos propios; no desmerece frente a la infancia, ni a las otras edades posteriores, a las cuales, incluso, puede superar. Los cambios corporales.- Al llegar el niño a la adolescencia y desde un poco antes (preadolescencia), experimenta una serie de cambios corporales que suelen serle notorios y desconcertantes; tanto en lo referente a la contextura física (desarrollo muscular y óseo, estatura), vellosidades, voz. modales, etc., como a su fisiología (apetito, metabolismo) y sicología (masculinidad o feminidad, según el caso); repercusiones todas del vasto campo de las secreciones hormonales internas, regidas por los genes. En el hombre desarrollan la musculatura, la talla y corpulencia; así como las vellosidades, en la cara, axilas, pubis y cuerpo en general; y los órganos sexuales se hacen capaces del coito y de la eyaculación fecundante. Engruesa la voz, adoptando gestos y ademanes propios de la masculinidad. En la mujer aparecen las menstruaciones o reglas mensuales y con ello la aptitud reproductiva, hasta las de una maternidad temprana; se suaviza la piel y redondean las formas del cuerpo, que se hacen insinuantes; desarrollan delicadas vellosidades difusas por el cuerpo y otras más gruesas en las regiones púbica y axilar; la voz se adelgaza y afina; adoptando gestos y ademanes claramente reconocibles como femeninos. Por obra del intenso efecto hormonal interno, no solamente varía el cuerpo de un modo peculiar en cada sexo, sino que el carácter, la conducta o el comportamiento, se ofrecen, en normalidad, como típicamente masculinos o femeninos. Aparte están las varias formas, anormales por cierto, de homosexualidad (androgínea); como los casos de los feminoides (“maricones”), que debieran ser hombres, y de las masculinoides (“marimachos”), que debieran ser mujeres. Añádanse los aberrantes casos de las bisexualidades. Corresponden al terreno

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de la patología sexual y sicológica. Como resulta obvio, no procede, ni dejaría de ser bastante repulsivo, extendernos sobre ello aquí. De plano, se trata de seres con toda evidencia desdichados. Debe acudir en auxilio de ellos la caritativa y científica asistencia médica y social. No por cierto impulsarse la promiscuidad escandalosa, ni la cínica “tolerancia” (?) al respecto; tan comunes en nuestros afligidos tiempos; y más promotoras de perversiones, que alivio de situaciones desventuradas. ----Regresando a narrar experiencias personales, con finalidad ratificatoria de lo que vamos exponiendo, diré que saliendo conjuntamente en familia, de “San Nicolás”, arribamos a Lima, dispersándonos algo al inicio, en razón de las inciertas disponibilidades de viviendas; pero con todo, durante muchos años, el núcleo principal del clan, hubo de residir en el barrio de Jesús María. Siendo yo matriculado en el mejor y más cercano plantel escolar del Distrito, como alumno externo, por los años 37 y 38 (cuarto y quinto de media); y también mi hermano menor Héctor (en el 38, en dos grados menos, hasta mediados del 40). Fue en el "Colegio Italiano". No por algo de itálica nacionalidad o de esa ascendencia sanguínea, sino por el dicho motivo domiciliario. Era un magnífico instituto de educación. Ubicado en la cuadra 10 de la Av. Arequipa, en su tramo correspondiente a la misma circunscripción de Jesús María. El plantel había sido fundado y era promovido por un patronato o fundación constituida por prominentes y prósperos empresarios italianos y personajes pudientes vinculados a ellos. De allí el nombre. Por los años de la II Guerra Mundial –algo posteriores a mi paso por el colegio--, como sucedió con el entonces Banco Italiano y otras instituciones y empresas establecidas en el Perú por los hijos de "La Bella Italia", tuvieron que cambiar denominación y personería jurídica (“Antonio Raymondi” y “Banco de Crédito”, respectivamente). Para evitar problemas con el Estado Peruano; el que, ridículamente --sea dicho con toda claridad--, por adular a los EE.UU... ¡declaró la guerra al Eje: Berlín-Roma-Tokio!... ¡Nada menos!... Pero --eso sí-cuando ya estaban prácticamente derrotados. Los mencionados cambios los hicieron, además, para escapar de los agravios del descarado robo, por parte de los oportunistas y "vivos" de siempre, de los círculos del poder político y económico del Perú. De quienes los alemanes y peor aún los, en aquel tiempo indefensos, japoneses --una ama nuestra: Angélica Nakaki, sus familiares y amigos, fueron prácticamente asesinados por los norteamericanos en un campo de concentración en Panamá--, resultando ellos, así, sus más atormentadas víctimas. Como, aunque pretendida, pero deficientemente encubierto el asunto, es por demás conocido y testificado. A los italianos les fue más fácil salvar lo suyo, dados sus nexos familiares y amicales --más estrechos-- con los peruanos. En su condición de excelentes inmigrantes que se integran con la mayor facilidad en las colectividades en que se establecen. Haciendo honor a su natural y generoso universalismo;

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peculiaridad de los pueblos latinos. Fue así como el colegio hubo de peruanizarse y pasó a ser el “Antonio Raimondi”. En homenaje al gran sabio italiano, quien llegó a integrarse en la Peruanidad, en forma altamente encomiable y simpática, dando, su labor científica especialmente, invalorables frutos en favor del Perú. El paso por el “Colegio Italiano” influyó en mi espíritu, formación personal y destino, de un modo notable. Por múltiples razones, sobre lo cual haré algunas otras referencias más adelante, en lo que pudieran resultar pertinentes. Llegando a este punto señalaré, cómo, a poco más de un mes de mi ingreso al colegio, con intensa y sorpresiva claridad, experimenté el estremecimiento, la conmoción indescriptible, del franco tránsito de la Niñez a la Adolescencia. Coincidiendo --no en todos los púberes es exactamente igual-con mi reciente 15º cumpleaños (el 30 de mayo). ----El dicho tránsito de la Niñez a la Adolescencia, en circunstancia calendaria muy definida, se produce y se nota en el púber, con la llegada de su aptitud anatómica y fisiológica para la reproducción y por lo tanto para la evacuación seminal o “eyaculación”. Ella se presenta simultánea con el también primer orgasmo, clímax o grado extremo de la excitación sexual y de su placer correspondiente. A lo que, en extensión semántica pretendidamente poética, suele llamarse: “éxtasis de amor”; por quienes toman por sinónimos a los conceptos de amor y sexualidad. La relación tan estrecha entre el orgasmo y la eyaculación, hace suponer a los adolescentes y a muchos mayores, en tanto la experiencia y el estudio no le muestren claramente la distinta realidad, que la eyaculación produce el orgasmo y no como sucede en verdad, que es el orgasmo --en un estado de vesícula seminal llena-- el que provoca la eyaculación, y ésta, un gratísimo alivio adicional. Atribuyen a la eyaculación el ser la causa del máximo placer posible. Y suponen, por lo tanto, en las mujeres --que no eyaculan--, la imposibilidad de igualar el placer que experimenta el hombre. Suma motivos para la anterior convicción de los jóvenes, el hecho observable con facilidad, de que la conducta sexual de los machos de la mayoría de las especies animales y del hombre mismo en particular, es activa y en apreciable medida se ofrece constante. Mientras que en las hembras es pasiva y hasta requiere, por lo general, de una larga excitación previa: “enamoramiento” o “cortejo”. Y se presenta sólo en ciertas épocas (del ‘celo’, y de ninguna manera en la preñez y en la lactancia o crianza en las hembras animales); o más o menos variable, con las individualidades y acentuada o atenuada por algunos lapsos (se trate del período fértil, del infértil, del embarazo, o de la lactancia, en las mujeres)... Hasta, con cínica insolencia, suele decirse: “Toda mujer tiene su cuarto de hora”. Cabe anotar, sin embargo, cómo una vez ingresadas en la plena excitación, las hembras, trátese de las animales o de la fémina humana, que no eyaculan, pero pueden experimentar abundantes secreciones difusas (vaginales y uretrales), tienen mucha mayor capacidad de repetir coitos, que los machos o

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varones; limitados éstos por su potencialidad de erección y generación de semen (sin ‘eyaculaciones prematuras’). Las mujeres, en cambio, pueden hacerlo --cuando y como pasivas-- muchas veces, hasta sin excitaciones previas. Por lo dicho se evidencia que la prostitución sólo es posibilidad mujeril; en damas echadas a perder. En los hombres --por demás envilecidos--, más que una realidad viable, es un áspero chiste o un rebuscado oficio; de estos degradados tiempos... Añadido a sus varias plagas sodomo gomorrísticas. Por cierto resultan raras las oportunidades ofrecidas, al común de las personas, de conocer suficientemente, en los terrenos de la verdad científica, la fisiología y la sicología sexual de hombres y mujeres. De los fundamentales parecidos y las grandes diferencias que ofrecen entre sí. Como de los efectos, de todo ello, en los campos de la Moral. En especial lo referido a los basamentos, posibilidades, problemas, gratificaciones y grandezas, de la fidelidad conyugal. Consustancial al matrimonio cristiano (católico), consagrado e indisoluble: “Hasta que la muerte los separe”. Prosigamos señalando cómo en el varón, el líquido seminal producido por sus glándulas testiculares, se guarda en la vesícula correspondiente, la cual, al contraerse, en el reflejo del orgasmo, lo expele hacia el exterior, con la contribución de los músculos de las paredes del conducto transitado. Dicha evacuación, produce una adicional sensación placentera de alivio, como está dicho; mientras que, en el caso contrario, el de su retención o continencia prolongada, puede dar lugar a una gran intranquilidad, irritabilidad nerviosa, desasosiego o fastidio y hasta un intenso dolor testicular. Precisamente, uno de los grandes problemas, con implicancias en los terrenos ético y social, está dado en la cuestión del desahogo sexual de los hombres; en especial de los jóvenes, a partir de la pubertad. En el caso femenino, el asunto es menos grave. Como puede apreciarse, por ejemplo, en las cárceles de mujeres, en comparación con las de varones. En razón, entre otras --aparte de su papel más pasivo y menor inclinación innata a la violencia--, por cumplirse en ellas, como descarga fisiológica o desahogo de sus naturales inquietudes hormonales del sexo, la menstruación o regla mensual. Mientras no se producen, el embarazo y la lactancia, que también las mitigan; aunque sólo fuere de modo parcial. Bastante diferente por cierto, el caso de las hembras animales, en las cuales la distinción de las fases sexuales o reproductivas, es mucho más radical y marcada. Ahora, retornando al primer caso, el de los varones adolescentes y los muy jóvenes, en cuanto a sus llamados “desahogos sexuales”, como es sabido, ellos se encuentran ante varias posibilidades u opciones, a saber: •Las llamadas poluciones nocturnas: eyaculaciones involuntarias, como su nombre lo indica, producidas durante las noches,. Son motivadas por sueños eróticos, que sobrevienen generalmente en virtud de impresiones anteriores, grabadas en la memoria o en el subconsciente.

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Recuerdo las lecciones de Educación Sexual impartidas por nuestra madre. Recomendaba “no hacerles aspavientos a los muchachos”, por el estado y forma en que amanecían las sábanas de sus camas (cual vestido de la tristemente célebre Levinsky, en su ridículo escándalo con el tonto Clinton)... “Debía tomarse tales cosas como sucesos naturales”; sin avasallar con más problemas sicológicos a los púberes. •La masturbación, constituye una cuestión en especial peliaguda. Un asunto bastante difícil de encarar. En principio, varias religiones y sistemas morales la censuran. La consideran “pecado”; mortal unos y venial otros. Desde luego, no virtud ni acción beneficiosa para el espíritu o la salud. Lo escabroso está en definir el grado de recusación que merece... Siguiendo la versión bíblica, se conoce a su hábito o vicio como “onanismo” o “pecado de Onán”; personaje de quien --se asevera-- lo practicó con entusiasmo digno de mejor causa. Son en realidad pocos los jóvenes que no caen --por un tiempo al menos- en el actuar o vicio masturbartorio. Pero, de haber los hay. Los ayuda mucho en su resistencia, la orientación vital hacia ideales y actividades superiores. De entusiasta dedicación e intenso compromiso, físico y espiritual: deportes, trabajo, estudio, religión, política, artes, etc. Y por el contrario, especialmente en estos tiempos, los tientan y debilitan, por demás: la pornografía descarada, extremadamente obscena y difundida, en publicaciones escritas, cine, televisión y videos; así como en el ambiente social, en múltiples formas e ingentes magnitudes... A propósito de tan discutible tema y en el paréntesis de una anécdota humorística, cierta vez, en época de adolescencia, tuve ocasión de escuchar una animada conversación, ético filosófica, entre un grupo de muchachos: -- No debemos masturbarnos --decía uno de ellos--, porque es un vicio repudiable y condenado por la Religión y la Moral... -- ¡Já! --replicó, despectivo, otro rapaz-- No tanto por eso, sino porque la masturbación debilita al cuerpo y resta posibilidades al deporte. Por ello, aunque es difícil, hay que aguantarse. -- Dicen que no sólo debilita, sino que enferma e idiotiza --agregó un tercero... -- ¡Hasta salen pelos en la mano! --Añadió alguien, entre risas estentóreas... -- Depende de la frecuencia --Sentenció, muy docto, el más vivaz y cínico del grupo; agregando alguno, en pícara jerga muchacheril: -- De vez en cuando es necesaria y hasta saludable, una “paja higiénica”... Una risotada general rubricó la descarada receta. •La prostitución, el trato carnal con mujeres “de la vida alegre”. ¡Sardónica la calificación!... Para la menos alegre de las vidas... Otra opción, para los adolescentes y jóvenes, auspiciada muchas veces por mayores que suelen 64

atribuirse la condición de consejeros; en aras de sacar a los muchachos del onanismo (?). En la mayoría de los casos, la dicha experiencia, cuando es la primera en tales condiciones, así como esperada con anhelo, resulta decepcionante, traumática y hasta deprimente. Los muchachos de la Lima de antes, por ejemplo, arribaban con su inexperta y trémula humanidad, casi imberbe, orientados por sus voluntariosos guías, al barrio de la prostitución barata --en apreciable medida distinta a la de alto nivel--, que se conocía como: ¡“El 20 de Septiembre”! El nombre de la calle, o jirón en verdad... ¡oh irrespetuosa ironía! concordaba con la fecha de la Fiesta Nacional de Italia. En cuyo homenaje se la había nominado, con anterioridad a su malhadada dedicación a Eros Crematístico. Y, sólo mucho tiempo después, se habría de acudir a la más inocua denominación de Jirón Huatica; nombre que hasta hoy ostenta y fuera el de un riachuelo --ramal del Rímac-- que por allí cursaba, desde épocas por demás remotas. Para el muchacho que llegaba, por primera vez, a la experiencia del contacto sexual prostituido, en el escenario maloliente e indescriptible de la denigrante y famosa calle, la impresión era anímicamente demoledora. Como se ha dicho, ésa, más que calle, era un jirón de varias cuadras. La mejor, la de “las francesas” --que eran polacas--; siendo las demás “de tropa”, o sea para niveles sociales y económicos inferiores al de los estudiantes, tales como los de soldados, obreros, vagos, y toda suerte de elementos marginales desposeídos de fortuna alguna. Los clientes, con sus billetes de a cinco soles en la mano, hacían largas, humillantes colas. Y llegados al matadero, la infeliz hetaira, en acto primero, cobraba imperiosamente sus morlacos; e, ipso facto, se desnudaba ¡de sopetón! Con falta total de calma o protocolo alguno. Dejando caer, luego de su ligera vestimenta, las abundantes flacideces de su corpórea apariencia. Con total ausencia del menor pudor o recato. Allí podía constatar el mozo, cómo las mujeres aparecen más gordas desnudas que vestidas. Razón por la cual, escogida --como se hacía por lo general-- una llenita, podía resultar, a la hora de la verdad, el fiasco de un montón de grasa, en “rollos”, cual ruma de llantas de automóviles. Acto seguido, la susodicha, cumplía un seudoritual por demás deprimente, en agravio del juvenil garañón. Lavado desinfectante --con una solución de permanganato de potasio, en mezcla con algún otro repulsivo germicida, de feísimos olor y color, como preparación de las herramientas sexuales de ambos seres. Amén de la alta penetración olfativa del dicho infernal y mixturado producto, seguía un inmisericorde trajinar del --pese a todo-enhiesto miembro viril del conturbado cliente; para su examen, dilucidando sospechas de afecciones venéreas y culminando con el ineludible enfundado en el antipático y ridículo preservativo o “condón”, más el envaselinado final.

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Luego --iniciada la acción propiamente dicha--, la exigencia del mayor apuro en la terminación del evento. Cuya falta de sentido dejaba en verdad desconcertado y perplejo al debutante. El anonadamiento, la decepción, acerca de las posibilidades placenteras -tan esperadas-- del acto sexual, suele causar, en los jóvenes, traumas lamentables y muy difíciles de borrar con el tiempo. De todos modos, cualquiera que fuese el grado de la mala fortuna experimentada en tal iniciación, poco a poco, se va constatando y comprendiendo una gran verdad de la vida: La función sexual, en ausencia del amor sentimental o espiritual, con el agravante de comercializada --como lo es la ejercida en prostitución--, deviene insatisfactoria y hasta repulsiva, degradante y vergonzosa. Tanto así, cuanto que el mismo sujeto beneficiario de los servicios de prostitutas, concluye despreciándolas; como es común y de una inconsecuencia repudiable. Al extremo de conferir, no sólo un trato cruel a estas desdichadas -con evidente falta de caridad--, sino de consustanciar tan dolorosa condición, con el peor de los insultos, proferidos en las reyertas del vulgo soez. •El “amor libre”, tan de moda en los tiempos actuales: “Las relaciones sin compromisos y los compromisos (?) sin matrimonios”. Cuya difusión masiva parece motivar que la prostitución abierta no sea ya tan demandada por los muchachos acomodados; ni promovida por sus guías espirituales adultos. •El matrimonio cristiano (católico). Lo más temprano posible. Constituye el mejor camino para la necesaria reunificación de las dos facetas de la naturaleza humana: la masculina y la femenina. Siendo, además y en resumidas cuentas, el más adecuado final para tan tormentoso --aunque breve-- período existencial del ser humano. Debiendo realizarse, apenas pudiera ser viable; tanto en lo económico, para lograr el autosostenimiento; como en lo anímico, para alcanzar la madurez necesaria. A fin de posibilitar la buena conducción de las existencias, tanto de la propia como de la pareja y de toda la familia a constituirse en tal forma. ¡Y pensar que los jóvenes de hoy –masivamente-- eluden o retardan, cuanto pueden, el matrimonio! Curioso resulta que por lo general no se casan temprano o no lo hacen, ni siquiera tarde. No lo desean. O si lo realizan, es a la ligera y mal. Para luego divorciarse, rápida y fácilmente; aunque nunca en verdad, esto es ni puede ser rápido o fácil. No se entiende, ni de lejos, que la Persona Humana tiene dos facetas: la masculina y la femenina; en individualidades definidas, separadas sólo por un tiempo; y que, mientras no se junten armoniosamente, la dejan incompleta. Olvidan que: “No es bueno que el hombre esté solo” Como lo dijo Dios, en el acto de la Creación. -----

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En fin, volviendo a la narración, pero avanzando más allá de lo referente a la sexualidad, concluiré exponiendo algunos aprendizajes impulsados por la vida escolar y enriquecedores de mi visión existencial. Otras cuestiones también ampliaban nuestros horizontes, en el “Colegio Italiano”. En ese calificado centro de estudios, se respiraba una atmósfera en especial tonificante, muy peculiar, en referencia al resto de los planteles educativos, tanto de Lima, como de todo el Perú. Los italianos de entonces y sus hijos, es decir la abrumadora mayoría de los promotores, de los profesores, y de los alumnos mismos, estaban cautivados por un entusiasta, fervoroso y hasta exaltado, patriotismo y orgullo nacional italiano... ¡Patriotismo y Orgullo Nacional!... Así, sin fisuras ¡Hermoso fuera observarlos y disfrutarlos entre los peruanos!... Mas ocurre, por desgracia, que se trata de una aspiración de logro muy difícil y lejano todavá. También se percibía, intenso, el prestigio --en Italia y también creciente en el mundo entero-- de que gozaba el “Duce” (Conductor, Líder o Guía) Benito Mussolini, Dictador22 de Italia. Asimismo, su doctrina, imperante entonces en ese país y que con gran vigor se difundía por todo el Occidente: el Fascismo. Aunque hoy, después de su derrota en la II Guerra Mundial, se encuentre aplastado, escarnecido y vilipendiado; por una avasalladora propaganda contraria, implacable y de injustificado e irracional empeño23. Pero se dio un encomiable clima de respeto, hasta devoto, hacia la Religión y la Iglesia Católicas. Con la cual Mussolini, hacía poco --en 1,929--, había concertado el célebre Concordato o Tratado de Letrán, sellando la plena armonía del Estado Italiano con la Iglesia Católica. En base al reconocimiento de la soberanía e independencia del Estado Vaticano y de su Territorio; pequeño, pero autónomo. Proeza incuestionable: ¡Ceder a soberanía ajena un fragmento, aunque fuere diminuto y en litigio, de la Heredad Nacional Capitalina!... Ello sale de las posibilidades políticas de cualquier Jefe de Estado del mundo burgués.24
Ver: Capítulo I, nota al pie Nº 9; referencias sobre Dictadura y Tiranía. Mussolini accedió al poder legalmente, llamado por el Rey, para ocupar el cargo de Primer Ministro; fue excepcionalmente popular en todo su gobierno; y destituido, al final, por el Gran Consejo Fascista, creado dentro de la institucionalidad legal del fascismo. 23 En aquellos tiempos no había, prácticamente, un italiano que no fuera fascista y no admirara a Mussolini. Hasta la adoración. Pero ¡oh volubilidad e ingratitud de las masas; en todos los tiempos y de todos los países del mundo! ...Derrotado, derrocado, enfermo y caído el hombre, a finales de la II Guerra Mundial, fue asesinado, en Como, cerca de Milán, Italia; en compañía de su amante: Claretta Petacci; colgados ambos, semidesnudos, de cabeza y escupidos por el populacho... El principal asesino, comunista él, quien se hacía llamar: el “Comandante Valerio”, fue, a poco, elegido...¡Diputado Nacional al Congreso Italiano! Y hoy, nadie defiende, ni a Mussolini, ni al Fascismo. ¡Nadie lo admiró, ni ha sido fascista!... ¡Y mucho menos lo es! 24 La mayoría abrumadora de la gente, por efectos de una propaganda intencionada, masiva, tenaz, y malévola, ha perdido imparcialidad para juzgar, con equidad, al Fascismo. Sistema que, es cierto, presentó notables fallas doctrinarias; como la exageración del papel del líder, distanciándolo de una deseable “aristocracia de sabios”, propugnada por Platón e institucionalizable, en las sociedades o “grupos intermedios”, preconizados por la Doctrina Social
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¡Hazaña a todas luces propia de un grande y verdadero estadista! Calificación justiciera, que se sustenta en su deslumbrante conducción general del Estado Italiano.25 Si se anota la posición antiliberal y en particular antimarxista, inmunizante contra esas plagas ideológicas y morales, que el Colegio emanaba por todos sus poros; en profesores, italianos en buen número, especialmente en las materias de Filosofía, Historia Universal, Economía, Ciencias, Artes, Idiomas, etc., se comprenderá mejor la situación que nos tocó vivir. Más, si se la compara con las vigentes por lo general en las otras escuelas del Perú, tanto de aquellos tiempos, como y con mayor énfasis, sucede hoy mismo. Campo ello del actuar y de la expansión de una huachafa y enquistada seudo intelectualidad, seudo “peruana”, liberal y marxista. Propulsora, por añadidura, de la antipatriótica y antirreligiosa “Leyenda Negra”. Conjunto de infundios contra la herencia Católica e Hispánica de nuestra Nacionalidad. Que el mestizaje sanguíneo y cultural ha sumado --y sigue sumando-- a la incaica o autóctona americana. En positiva y verdadera Síntesis Viviente. Confiriéndonos singularidad. Y, al mismo tiempo, la posibilidad de integración, en ámbito Universal, en la Comunidad Iberoamericana de Naciones. Sin exagerar ni parcializarnos, sea dicho en estricta verdad y justicia, Mussolini se ganó, por múltiples y fundadas razones, la adhesión de su pueblo y la admiración de buena parte de la Humanidad de aquel entonces. Podemos indicar que hubo partidos fascistas o similares y preclaros líderes e intelectuales, de esa línea, en numerosos países, de todos los continentes: Alemania, Japón, España, Portugal... ¡Inglaterra! ¡Francia! ¡EE.UU.!... Austria, Hungría, Yugoslavia (Croacia), Bélgica, Noruega, Finlandia, Rumania, Lituania, Argentina, Chile, etc. ... ¡Y hasta en el Perú!... Llegando a manifestarse, así y aquí, prominentes políticos, periodistas. Incluso un Partido de masas: “La Unión Revolucionaria”, que fundara el General Luís M Sánchez Cerro, quien fuera Presidente de la República, y cuando era el Jefe partidario, el Dr. Luís A. Flores; quien llegó a ser Ministro de Gobierno... Vistió “camisa negra” –"camiseto", lo satirizaron sus enemigos-- y adoptó el saludo fascista...

de la Iglesia. Y cometió graves errores concretos: la invasión de Etiopía; la pretendida resurrección del Imperio Romano y del “espíritu espartano”... ¡En pleno siglo XX y en Italia! Pero tuvo inmensos aciertos. Entre muchos: su constructiva y formidable obra económica y social; así como el desenmascaramiento, muy claro, de las deficiencias, de las taras, del liberalismo relativista e igualitarista y del marxismo demagógico, criminal, y tiránico. 25 La admiración por Mussolini era tan amplia y notable, que se puede señalar, por ejemplo, cómo Hitler, cual la generalidad de los germánicos --anglosajones incluídos--, no siendo pródigos en elogios a los no germanos, sin embargo se refería a él, en su libro: “Mi Lucha”, como a ... “ese Gran Hombre del Sur de Los Alpes”... Cuando el “Duce” fue traicionado, derrocado y cayó prisionero en una fortaleza, muy resguardada, en una zona montañosa, Hitler dispuso la increíble hazaña de su rescate, por un “comando” aéreo transportado de paracaidistas, en aviones, jalando filas de planeadores sin motor --el primero en la historia militar del mundo--, dirigido por el célebre comandante Skorzeny. No duró la ventura de Mussolini, pues derrocado también del nuevo gobierno que constituyó, fue asesinado; con vejación de su cadáver, como se ha señalado.

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El hecho de que hoy la situación se tome por diferente, en abrumadora mayoría (¡nadie ha sido, ni es ahora fascista, porque el fascismo fue perverso!), no puede quitar nada a la Verdad Histórica. ----El “Colegio Italiano” tenía, en los tiempos de nuestros estudios, un Director fuera de serie. Extraordinario. Se apellidaba Barioli ¡Un pedagogo de primera! Además de dirigir con singular habilidad el plantel, era Profesor de Latín. Empecé entonces a darme cuenta de lo importante y hermoso de ese idioma, madre del nuestro; constituyendo, con el griego, las bases de las ciencias y de lo más valioso saber humano. Sin embargo, la educación pretenciosamente autodenominada “moderna”, los desdeña y olvida... ¡Qué lamentable error! Con el tiempo fuí incrementado mi aprecio por la lengua del Lacio. El habla de Roma. Y también por el griego. Admirado rendidamente por los propios romanos. Soportes, ambos, como está dicho, de las más excelsas culturas de todas las edades y de todos los lares... Reconocimiento, por mí profesado, pese a lo muy poco --en proporción a lo deseable-- que de ellos he podido aprender. Cuando la II Guerra Mundial se había declarado, ya no estaba yo en el Colegio; pero mi hermano Héctor me contaba --y cuenta con fruición-- dos anécdotas que pintan muy bien la personalidad de este verdadero Maestro: Primera: La intensa propaganda aliada, en especial la anglosajona (de Inglaterra y EE.UU.) --experta en malas artes para ello--, acentuaba el énfasis en sus agravios contra Italia, presentando, a los italianos, como a un pueblo de cobardes. 26 Se apoyaban, malévolamente, en la verdad a medias de que Italia no podía igualarse a las grandes potencias, históricamente guerreras, con poderíos de primer orden en los campos militar y económico. De suerte que en más de una ocasión, estrepitosos desastres militares, habían acompañado a las operaciones bélicas emprendidas por los afables hijos de "la bella Italia”. Así, llevados de las narices los muchachos, por la fuerza de la imperante propaganda y los impulsos juveniles de contradicción ante las autoridades en contacto directo con ellos, habiendo escuchado profusamente que los italianos “habían "corrido" en la batalla de Caporetto”; contra los austriacos, durante la Primera Guerra Mundial, pintarrajearon las paredes del patio principal del colegio; poniendo, en grandes letras y repetida varias veces, la palabra: “Caporetto”...

Los anglosajones han sido siempre muy hábiles especialistas en la propaganda agraviante contra sus adversarios políticos y militares. Así, llegaron a convencer al mundo que los españoles eran “crueles y obscurantistas”, en sus empresas de conquistas y colonizaciones; que los alemanes “querían dominar al mundo”; que los japoneses eran unos inhumanos “salvajes”; y que los italianos eran “cobardes”. Mientras ellos, en cambio, valientes y “Defensores de la Libertad”... Aunque los ingleses corrieron en Dunquerque ante los alemanes; y los norteamericanos en Filipinas ante los japoneses. Y pese a tener colonias --¡en pleno siglo 20!-en la India, África, Filipinas, y en otras regiones... ¡Cosas en la vida veredes Sancho!

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Creyeron seguramente y con regusto, ofender a los directivos italianos del Colegio. Pero es el caso que nadie borró las inscripciones; ni mandó hacerlo. Muy por el contrario, la orden superior fue dejarlas tal cual estaban. Al día siguiente temprano, el Director Barioli hizo reunir a todos los alumnos y profesores en ese momento presentes, en el gran patio principal del Colegio; y, en el momento oportuno, inició una exposición de impactante elocuencia... ¡Era un gran orador!.... Y, perdonada sea, por lo imperfecta la versión, se expresó más o menos en los siguientes términos: “Queridos alumnos: “Unos jóvenes alumnos, muy pocos sin duda, han pintado anoche, en los muros de nuestro querido Colegio, la palabra: “Caporetto”... “Por si alguno o muchos de ustedes no lo saben todavía, Caporetto es un lugar de la actual Yugoslavia, donde ocurrió, durante la I Guerra Mundial, la batalla del mismo nombre, entre el ejército de Italia y el unido de los austro alemanes; la cual constituyó, para los italianos, un doloroso desastre. Y donde, efectivamente, no faltaron soldados en derrota, presas de lo conocido como “el pánico militar”, que a su impulso y en gran número, huyeron en desbandada. “En dicho trágico suceso, se han apoyado los anglosajones, en esta II Guerra Mundial, en la cual los italianos ya no somos sus aliados, sino sus adversarios, para hacer, recién y con fuerza, su malvada propaganda contra nosotros –la que hubiera sido de inconveniencia cierta para ellos, en la Primera Guerra--, atribuyendo a los italianos, como pueblo, la universal y siempre repudiada condición de “cobardes”. A pesar de ser, en particular por este caso, completamente infundada tal aseveración. “Debemos saber que todas las naciones --como las personas-- están sujetas a los vaivenes de la buena o mala fortuna. En sus luchas experimentan venturosas victorias e infaustas derrotas. “Usos de la guerra es vencer y ser vencido”, dijo cierta vez en el Perú el Inca Atahuallpa. “Muchas derrotas en la historia, de multitud de pueblos, en todo el mundo, no se han debido, tanto por lo menos, a posibles ‘cobardías’, sino a situaciones de marcado desnivel de poderíos; de mala dirección superior (del gobierno político y del comando militar); a deficiencias en movilidad, armamento, municiones, vestuario, equipo, alimentación, sanidad, entrenamiento, etc. (lo que se llama logística); a la falta de entusiasmo por una causa; a la de una tradición guerrera nacional (moral militar); en fin, a muchos, innumerables, motivos. “Cuando un ejército no se halla en un buen pie en determinada circunstancia bélica, puede sufrir una derrota y, en el descalabro, cundir el pánico. “No existe país que no haya experimentado en su historia alguna derrota militar, en magnitud de verdadero desastre. ¡Nadie puede, a riesgo de pasar por necio o malintencionado, tirar la primera piedra en este campo!

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“¡Yo estuve en Caporetto! --prosiguió Barioli, motivando la natural expectación de su juvenil auditorio-- Y puedo decirles que eso fue terrible. Mal armados, mal dirigidos, cansados, con hambre y sed; frente a un enemigo de muy superior poder, capacidad técnica y abastecimientos, fuimos derrotados. Pero lo digo en pura verdad, no fui cobarde; ni vi realmente cobardías por mis alrededores. Por el contrario, mucho sufrimiento y coraje. Y en los sectores donde hubo fugas, no había otra posibilidad humana... ¡De nada me avergüenzo!... Ni como persona individual, ni como italiano en lo colectivo. Muy por el contrario, siento legítimo orgullo de mi ser y de mi Patria. Y más que orgullo, esperanzas en su glorioso destino. “Les ruego, mis queridos alumnos, no hacerse eco de la propaganda malévola e interesada; que se ubica en los campos de la mayor ruindad. Tengan presente que no se puede acusar de cobardes a los italianos --menos por los italianos mismos, ni por los peruanos-- si sabemos, aunque fuere sólo por algunos ejemplos de excepcional valentía y heroísmo, de italianos, como: “Marco Polo, el más audaz aventurero y explorador de la Edad Media; por la misma época, los ‘condottieri’ --italianos también--, extraordinarios soldados de oficio, contratados por los príncipes europeos de aquellos tiempos; ¡Colón! Quien fue genovés, italiano, protagonista principal de la epopeya española, seguramente la más heroica entre todas las empresas, de todas las naciones, y de todos los tiempos: ¡El Descubrimiento de América!; ¡Napoleón Bonaparte! el mayor héroe de Francia, admirado por la Humanidad entera y traído al recuerdo hasta por los locos, de muchas partes y a cada momento; fue italiano, de sangre, de familia y de terruño, corso de nacimiento (de Córcega, isla de Italia, arrebatada por Francia, hacía poco); ¡Bolognesi! quien fue uno de los más grandes héroes del Perú, era hijo de italiano; Raimondi, esforzado explorador científico, hecho peruano por adopción, fue italiano de nacimiento; también Garibaldi, prócer de la Unidad Italiana, quien estuvo en el Perú, país al que profesó alta estima y fue valiente como los que más. En fin, la Historia del Mundo está llena de nombres de navegantes, exploradores y soldados italianos o hijos de italianos, que han regado su sangre, mostrado su valor, iluminado con su gloria, toda la Tierra. “Por último, no siempre las derrotas son vergonzosa. Hasta pueden ser gloriosas. Como la del Morro de Arica para el Perú. O, guardando las distancias, la de Cristo en el Calvario, ante su propio pueblo. Se obtiene, de ellas, valiosas enseñanzas y se impulsan inspiradas reacciones. Ha de saberse que si en esa Primera Guerra Mundial, hubo para Italia un Caporetto, vino después una gloriosa: Vittorio Véneto. Que la ganó mi Patria. “¡Jóvenes de este Colegio, italiano, pero destinado a servir al Perú!: No se dejen impresionar por una malévola propaganda, ni por malinformadas maledicencias. No dejemos y menos lo hagamos nosotros, ofender a Italia y al Perú. Dos naciones hermanadas en la Latinidad, la Cultura común, y la misma Fe. Que tienen pasados gloriosos, dignos de orgullo y, sobre todo, fundamentos para un destino extraordinario. Que no deben ofenderse entre sí. Ni someterse a

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la visión interesada de quienes, como los anglosajones, atropellaron con frecuencia a la dignidad de muchos pueblos.27 “Ni la Dirección, ni la Administración del Colegio, van a borrar las inscripciones. Más bien, si algunos de ustedes me han comprendido y están de acuerdo con lo que he dicho, les agradeceré que vean la forma de eliminarlas y así, lo apreciará mucho, nuestra común dignidad patriótica. “Muchas gracias.” Nutridos aplausos y numerosas exclamaciones aprobatorias rubricaron el discurso. Y a la mañana siguiente las paredes amanecieron limpias.28 El otro episodio que evidenciara la calidad humana y de pedagogo del Dr. Barioli, fue el protagonizado con mi hermano Héctor (tres años menor que yo), quien a la sazón comenzaba a manifestar algunas tempranas aficiones a la literatura y al periodismo... A mi querido fratelo se le ocurrió, en colaboración con otros muchachos compañeros de su promoción, publicar un periodiquito artesanal, editado a máquina de escribir y en contadas copias. Era semiclandestino, circulaba de mano en mano y sus directivos cubrían su casi anonimato con curiosos seudónimos. El periódico se llamaba: “El Nacionalista”... De moda estaba el creer serlo. De arranque quiso prodigarse rebelde; es decir, crítico y satírico. Quería destilar, por todos sus poros, humor, burla; al mismo tiempo que protesta. En pocas

Cabe anotar que ya en tiempos recientes, con motivo de la Guerra de las Malvinas, un ministro inglés, de cuyo nombre no quiero acordarme, dijo con indignante injuria: “Si los argentinos recuerdan todavía que descienden de españoles, seguramente resistirán hasta el último hombre. Pero si sienten que también son italianos, se rendirán el primer día”. Como insolencia británica: ¡un feo botón de muestra!... Menos mal que a los españoles no les regateó valentía. ¡Hubiera sido el colmo!... Empero, los británicos les dedican, a los hispanos, otras amargas ‘medicinas’: En esa misma guerra, habiéndose puesto a tiro de torpedo de un moderno submarino inglés, el buque argentino “Belgrano”, verdadera “carcocha” naval, con 400 muchachos marinos abordo, le tembló la mano al curtido capitán submarinista, quien dudando de hundirlo, pidió instrucciones. Y la Primera Ministra, Margaret Tacher, emulando en alguna medida al norteamericano Truman, el de Hiroshima y Nagasaki, dio la criminal orden: ¡Y se produjo la muerte, por congelamiento y ahogo, de toda la tripulación, sin una sola excepción!... Fue el resultado trágico de la implacable, prepotente y despectiva crueldad británica. Una más de muchas, de ella y de los norteamericanos, que adeudan tanto a la Humanidad. 28 Viene al punto señalar cómo los efectos de la propaganda ideológica masiva llegan a ser ilimitados y por ello los esfuerzos para neutralizarla, resultan muchas veces irrelevantes o requerirían ser descomunales. Por ejemplo: el ‘escándalo Pinochet’: Con la mayor naturalidad lo acusan de criminal contra los “Derechos Humanos”; pero quienes lo hacen, no tienen derecho de acusar a nadie, de crimen alguno; pues, comunistas como son --en ejercicio, reciclados, o cómplices--, los han cometido o apoyado, en masa, más que lo hecho por los partidarios de cualquier otro sistema, en todo el mundo y en toda la historia humana. No señalan, en cambio, a Fidel Castro, ni a los cómplices y sucesores de Mao. Acusan de fascista a Pinochet y a su gobierno, no habiéndolo sido, pues practicó una economía liberal (la del F.M.I.) y canalizó su organización política, luego de una temporal dictadura militar, por un referéndum y un pacto de partidos, hacia una democracia liberal también, cual es la que actualmente rige en Chile.

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palabras, espíritu de Adolescencia, de Juventud, de contradicción por sobre todas las cosas. Para garantizar el anonimato y sortear cualquier peligro contra la Libertad de Prensa, de Pensamiento, y la consecuente situación personal de los propios periodistas; y por lo agresivo, la relativa clandestinidad del panfleto, y su afición a la burla, atribuyeron, al Director y a los otros directivos, nombres y apellidos irónicos, supuestamente japoneses (?), resultando, en un semi castellano, algo chistosos y lisos por añadidura. Así fueron: Director: Sakamokito Seko. Jefe de Redacción: Kasikaga Sumoto. Administrador: Yasekeda Karato. En cuanto al contenido mismo, estaba lleno de críticas y picantes tomaduras de pelo, a profesores, inspectores (con especial saña en ellos), y alumnos. Sin muchas contemplaciones, cortesías o protocolos; amén de salpicado de más de una escatológica29 expresión. Propio --todo lo hecho y dicho-- de mozos mataperros, aunque, en apreciable medida, indudablemente bien “zanahorias”. No tardó en caer algún ejemplar del mentado Titán del Periodismo, en manos y bajo la inquisidora lupa de uno de los temidos e implacables inspectores del Colegio... Todo el equipo a la Dirección`. Azorados ante Barioli, los muchachos estaban “como perrito que se ha comido la manteca”... El sabio maestro comenzó entonces diciendo: -- “Ustedes son los autores de este periodiquito, el cual --no se puede negar-- es sorprendentemente gracioso; puedo decir, hasta meritorio. Por ser, además de ingenioso, de iniciativa propia y realizado con medios evidentemente reducidos. Siendo tan jóvenes, llama la atención que lo hayan podido hacer. “Pero con la misma franqueza, claridad y simpatía, debo decirles que el escrito contiene ácidas e irreverentes frases hacia superiores jerárquicos a quienes deben respetar, como son los profesores e inspectores; asimismo, expresiones agraviantes para quienes debieran ser sus estimados compañeros de estudios. También, duras críticas al Colegio. al Gobierno, etc.; las cuales, en principio, no tienen por qué ser malas, sino inclusive beneficiosas, pero muchas las han propalado a la ligera, sin fundamentarse lo suficiente. “Aparte, hay muchas palabras calificables de groseras y hasta referidas a cosas o situaciones sucias; a las cuales ni siquiera han buscado cubrir algo elegantemente con los llamados “eufemismos”;30 que permiten decir --con gracia-- cuanto se quiera; sin asquear al buen gusto, el cual nunca se debe dejar

Relacionada a lo excrementicio, sucio, o soez. Formas de expresión metafóricas --con figuras y rodeos-- para hacerlas más digeribles y menos chocantes o repulsivas. Muestra de ello, la daba cierto señor quien, al inquirir por un baño, para cumplir necesidades fisiológicas de variado imperio y magnitud, preguntaba: -¿Podrían indicarme dónde puedo lavarme las manos, dicho sea en lenguaje figurado?
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de lado; como tampoco herir al prójimo con brusquedades y en grados injustos e innecesarios... “Ustedes se ocultan en el anonimato. Al respecto, debo decirles que tal cosa es censurable. Deben acostumbrarse, siempre, en todas las circunstancias de la vida, a dar la cara. Defiendan la Verdad, el Bien, la Justicia, la Libertad; en fin, todos los valores, todo lo positivo, con el espíritu de una sana rebeldía, como corresponde a los jóvenes; como han querido y creído, seguramente, hacerlo ustedes. Y, en tal caso, no se oculten; afronten cuanto sea. Se los digo con toda rotundidad, proceder así es lo más satisfactorio en la vida. Tengan solamente cuidado de no equivocarse demasiado --un poco es imposible evitarlo--, tanto en el fondo como en las formas. No hay que olvidar ni confundir las cosas fundamentales. “Es posible, comprendiendo como verdadero y justo lo dicho, que ustedes estén pensando en alguna horrible sanción por aplicárseles de mi parte. Pero no es así; no solamente no los voy a castigar, sino, por el contrario, los felicito y les prometo darles la mayores facilidades que el Colegio pueda proporcionarles: máquina de escribir, papeles, ayuda de personal de secretariado, para la mecanografía y la diagramación, etc. Pero condicionadas a corregir las fallas puntualizadas; y, para ello, y para la gramática y el estilo, puedo designar a un profesor a fin de ayudarlos, cuando y cuanto ustedes quieran y lo soliciten... “Por último, debo pedirles un favor: Ustedes tratan a los japoneses, ciertamente con indudable gracejo, pero también con cierta burla. Comprenderán cómo me colocan en un aprieto; pues soy italiano; mi Patria está en una guerra terrible, en la cual somos aliados del Japón. En tales condiciones, hasta podría suponerse que aliento o permito, en el Colegio bajo mi dirección, con censurable deslealtad, ataques sarcásticos a quienes son nuestros leales aliados. Les pido subsanar esto.31 “ He dicho todo... Ustedes ¿tienen algo que manifestar?...” Atónitos, lelos, muy conmovidos, quedaron los muchachos; solamente atinaron a responder algo así: -- Tiene Ud. razón, Dr. Barioli. Perdónenos. Vamos a seguir sus consejos, muchas gracias por su bondad y comprensión... El periodiquito, ‘adecentado’ ya, siguió saliendo por el corto período en que los alumnos de la iniciativa prosiguieron sus estudios en el renombrado ítalo peruviano plantel. -----

A mi hermano Héctor se le había ‘pasado la mano’ en ello --más por ligereza que por otra cosa-- lo cual le costó, tambien, algunas reprimendas en casa, pues entre nosotros se tenía en muy alta estima a los súbditos del Imperio del Sol Naciente, lar éste de los servidores domésticos de la Hacienda “San Nicolás”, a quienes tanto afecto profesáramos y de quienes tanto habíamos recibido.

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Otra vivencia más, venida a la memoria y al deseo de narrarla, fue la referida a un excelente profesor, del mismo “Colegio Italiano”, a cuyo alto prestigio él contribuía notable e indudablemente: Apellidaba Tabusso32 y tenía a su cargo el curso de Física, entonces llevado en el Cuarto de Media. Viene al caso indicar cómo dicha materia era tenida, universalmente, por todos los muchachos y en todos los colegios, como muy pesada y “difícil”. Pero las notables calidades del profesor estaban evidenciadas como la claridad de la luz del Sol, principalmente por el hecho de haber convertido al curso, en el más interesante y ameno de todos. Y no solamente ello, sino que se daba el caso singular de que ¡hasta los vaqueros! abandonaban sus palomillosas y antirreglamentarias ociosidades, para escuchar sus amenísimas clases. La verdad, yo nunca he tenido la oportunidad de constatar, en toda mi existencia, a otro profesor, realizando semejantes proezas pedagógicas. Tabusso poseía excepcionales dotes de profesor: Dominaba el curso; profesaba amor a la ciencia por éste contenida; presentaba, al lado de una actitud seria pero cordial, un porte físico y espiritual que inspiraba respeto, admiración y afecto. Tenía facilidad de palabra, era un gran orador académico, elocuente y ameno; además de ordenado y muy claro... Podía ejercer una capacidad de sugestión, hasta niveles casi hipnóticos. Al inicio de su primera clase, nos dijo: -- “Vamos a comenzar hoy el curso de Física. Y sé muy bien que ustedes traen la idea, muy general, creída por mucha gente, de que éste es un estudio pesado, sin utilidad práctica alguna; que a nadie interesa y que se pone en los programas de los colegios por fastidiar a los muchachos. “Quítense de la cabeza tal error. Yo voy a intentar demostrarles que es una ciencia muy interesante, amena y útil. Les va a deleitar mucho. Por ahora sólo les adelantaré, precisamente, cómo en la Física encontramos respuestas a la mayoría de los porqués; preguntas de los niños y jóvenes, sobre las cosas del mundo que nos rodea y que nos intrigan. “Habrán podido observar cuánto nos satisface encontrar el porqué de algo. Les ruego me sigan con atención; no por miedo, ni por interés en las notas, sino por saber las cosas que desean. Por sana y encomiable curiosidad. Estoy seguro de que les gustará”. Así fueron efectivamente todas sus clases; devenían siempre en amenidad creciente. Recuerdo, por ejemplo, cómo cierto día explicaba en el Capítulo de La Electricidad, la “Máquina Electrostática” (de Wimshurst, creo recordar). Decía,
No recuerdo su nombre de pila; pero era Ingeniero Civil e hijo de un célebre Doctor en Medicina Veterinaria: Marino Tabusso; notable investigador, italiano, radicado en el Perú; quien más tarde fuera mi Profesor en el curso de Patología Animal, de la Escuela Nacional de Agricultura y Veterinaria (E.N. A..V.), de La Molina. Utilizaba, éste, el idioma español, hablado y escrito, a muy admirable cercanía de la perfección.
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acompañando a sus palabras --de variados volúmenes, tonos, e inflexiones-con una acentuadora y expresiva mímica: -- Vamos a tratar hoy una conocida máquina de laboratorio, que demuestra, claramente, la producción, por frotamiento, de la electricidad llamada estática –inmóvil--, constituida, como ya saben, por cargas eléctricas; evidenciadas y descargables en chispas, como las –gigantescas-- de los rayos en las tempestades atmosféricas. No se trata de la corriente eléctrica –móvil--, conducida a través de cables, como la utilizada en las viviendas, por las ‘bombillas de luz’. Como el Colegio no tiene esta máquina en su laboratorio, a falta de ella, pondremos buena voluntad... Vamos a utilizar la imaginación y ustedes ayúdenme, aportando su atención concentrada... Imaginando lo que voy a explicar: Supongan sobre la mesa, como piso de la máquina, un pedazo de madera dura, gruesa y pesada, cepillada y charolada; rectangular, de dimensiones de 60 x 30 cm.... ¿La ven? -- ¡Siii! --Respondían los alumnos en coro... -- Ahora, el aparato tiene como un apoyo central, insertado sobre la tabla, de una forma parecida a un arco de fútbol; pero un poco más ancho, en las bases que en las puntas de sus parantes laterales; y, además del travesaño superior, el cual se presenta a modo de un eje, tiene en la parte inferior otro eje... ¿Lo ven? -- ¡Sí! --Respuesta unánime... -- Bueno, vean. Vean ahora --decía, retomando la palabra el docto profesor y fijando los ojos, casi hipnotizantes, hasta en el último alumno-- En el eje superior están colocados y pueden girar, dos discos de vidrio, grandes, de unos 20 cm. de radio, paralelos, pero separados entre sí, por unos cinco milímetros. Cada disco tiene pegadas, en sentido radial hacia sus circunferencias y en sus superficies externas, unas 28 plaquitas metálicas rectangulares de vértices romos. En el eje inferior, hay dos poleas (ruedas con ranuras centrales, para sus respectivas fajitas o cordones), dispuestas en correspondencia, con dos poleas más pequeñas adosadas una en cada disco. De tal forma, que se pueden mover los discos con la ayuda de una manizuela, en la cual culmina el eje de las poleas grandes. Pero los cordones están dispuestos, de modo que uno de ellos haga un ‘8’ entre sus dos poleas. Así, al mover la manizuela, un disco gira en un sentido y el otro en el contrario... Al lado de cada disco y en ángulo de 45º, hay dispuesta, sujeta por una varilla, una escobita para cada uno, formadas de hilitos metálicos, que pueden frotar a las plaquitas, cuando los discos de vidrio giran, formándose así cargas eléctricas en ellas... ¿Lo ven claro?

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- ¡Sí! --Respondían todos, con la más nítida sinceridad... Lo estamos viendo... ¡Y en verdad lo veían!... -- Continuando, por último, en el diámetro horizontal están dispuestas, aisladas, unas varillas metálicas, sujetas y culminando en unas esferitas que pueden tocar, en cada vuelta, a las plaquitas electrizadas y recoger sus ‘cargas’. Cada varilla y esferita, tiene, además de sus sujeciones en el centro, al otro extremo, otra esferita metálica, que permite acercar, o alejar, la correspondiente de un disco a la del otro, mediante un movimiento en ángulo... Ahora ¡Atención! ¡Atentos!...¿Listos? -- ¡Listos! -- Pongo las varillas de las esferitas, muy cerca una de la otra y en cierto ángulo (la máquina tiene tornillos y abrazaderas para hacer todo eso); y doy vuelta a la manizuela... ¡Atención!... Estoy haciendo rotar a los discos... Las escobillas están frotando a las plaquitas... Las bolitas colectoras recogen la electricidad y la transmiten a las de contacto entre las corrientes contrarias, producidas por los discos girados en sentidos opuestos... Y... ¡salta la chispa!... Bien grande... Claramente visible... ¿La vieron? -- ¡Síii! --Respondió el auditorio estudiantil, a una sola voz, en coro... Pues ¡efectivamente la veían! ¡Qué prodigio de elocuencia magisterial! De poder de sugestión... De maestría oratoria y pedagógica. ----Durante mi permanencia en el “Colegio Italiano”, tuve también oportunidad de ligar una amistad personal muy afectuosa y especial, cuya significación sería de inmensa trascendencia en mi formación y buena suerte: Fue con uno de mis condiscípulos, apellidado Fiorini, cuyo nombre creo, era o es --hace muchísimo tiempo que no sé de él--, Aldo, si no recuerdo mal... La desmemoria parcial se explica, pues los alumnos nos tratábamos por los apellidos y no por los nombres de pila... El caso es que este muchacho era de origen ítalo ecuatoriano y había tenido mala suerte en cuanto a las condiciones de su hogar paterno; de tal modo, sufría gran pobreza, en saltante contraste con la riqueza general de los otros alumnos del Colegio; prácticamente todos, de familias muy pudientes. Yo había comenzado a pasar apuros económicos familiares; a raíz del fin de la gran situación de mi padre en la Hacienda “San Nicolás” y quien no había podido lograr, hasta ese entonces, algo comparable en Lima... La pobreza común nos unió en una camaradería manifestada en múltiples ocasiones y se mantuvo por un largo tiempo. Así, en vía de ejemplo, contaré que en cierta oportunidad, se realizó un paseo de la clase a Pucusana. El costo era relativamente elevado, pues comprendía los pasajes en ómnibus, de ida y vuelta

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en dos días, alimentación más otros gastos durante el viaje, y alojamiento en el hotel del mencionado balneario. Nosotros dos no estábamos en condiciones de afrontarlos; pero no nos amilanamos y decidimos ir aparte y en bicicletas. En dos "catres", como llamábamos en aquellos tiempos a tales máquinas, cuando por su modestia y sobrado uso, estaban reducidas a la mínima expresión, de dos ruedas, los fierros tubulares de la estructura, más timón y pedales. Como se diría hoy, lo contrario a “full equipo”... Para dormir, lo hicimos (?), debajo de unos botes de pescadores, a los cuales, volteados, se los secaba en la arena caliente de la playa. Pensamos que allí se podría roncar bien... ¡Craso error!... Aprenderíamos que la arena se pone muy fría en las noches y que en realidad es muy dura para dormir, no tan blanda como parece, por seca que pudiera encontrarse. Al regreso, el chofer del ómnibus se apiadó de nosotros; nos concedió pasajes y transporte gratis, colocando las bicicletas en la rejilla de equipajes del techo del vehículo. Total: excursión exitosa y acentuada entre nos, la fraternidad amical. Años después, Fiorini se hizo vendedor de libros y yo le compré las “Obras Completas” de Marco Tulio Cicerón. ¡De lejos, lo mejor y más útil que haya leído en mi vida! Actuó él, quizás sin saberlo, como uno de mis más grandes benefactores. Habré de referirme más adelante al episodio de tal adquisición y a los fundamentos de mi juicio acerca de la jerarquía y excepcional valor de la Obra. ----Al seguir tratando de la Adolescencia, tocaría referirnos a dos aspectos que en la vida adolescente y en la primera etapa juvenil, comienzan a tomar trascendental importancia: La Vocación Profesional y el Idealismo Vital. Pienso que la importancia y la extensión de los temas reclaman dedicarles, en especial, los dos capítulos siguientes. Por ello, a eso pasaremos inmediata y sucesivamente. * * * * *

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C a p í t u l o IV

La Vocación Profesional
erminada que fuera la Secundaria, cumplidos los 16 años de edad, en 1,938, en el “Colegio Italiano”, en narración, aquí justificable, en vía de dar testimonio personal acerca de las realidades de cada importante asunto a tratar, referiré que ya tenía, entonces, casi definida mi Vocación Profesional. Había decidido ser Ingeniero Agrónomo, especializado en el Cultivo de la Caña de Azúcar.33 Eran varias las motivaciones: Ante el recuerdo de nuestro querido “San Nicolás”, donde habíamos pasado una infancia de ensueño, en verdad inmensamente feliz,34 nada tiene de sorprendente que en cierta medida deseara e intentase repetir una experiencia que fuera tan venturosa, para mis padres, hermanos, y para mí; suponiendo que pudiera llegar hasta los hijos a tener en el futuro. Procede añadir: la fundada admiración a nuestro padre y a la actividad profesional que él ejerciera con singular pasión y brillo. Era lógico que, en gran medida, deseara imitarlo. Agregaré que los estudios necesarios para lograr dicha profesión, me complacían sobremanera. De ellos, había destacado, durante la etapa escolar, en ciencias, como la Física, la Química, Botánica, Zoología, Geología, Matemáticas; y en mayor o en menor grado, en las otras disciplinas relacionadas con tan excelsa vocación. En fin, sumadas a todo lo anterior, las posibilidades de canalizar ideales patrióticos, de bien social y nacional, ofrecidas por la ingeniería agronómica, llegué al convencimiento, siempre mantenido, de constituir ella la mas hermosa profesión que pudiera darse. La verdad sea dicha, en aras de la sinceridad debida. -----

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Habría de cambiar, tiempo después, la especialidad de Caña de Azúcar, por la de Ganadería Tropical (de Selva), por las razones a exponer más adelante. 34 Narrada en el libro: “Yo Conocí el Paraíso” - R.C.V. - Edit. Lozano E.I.R.L. - 1,997.

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La Molina.-- Así las cosas, comencé a prepararme para el ingreso, a producirse en marzo de 1,939 --año en el que cumplía los 17 de mi edad--, a la entonces llamada “Escuela Nacional de Agricultura y Veterinaria”, ubicada en el hermoso fundo de “La Molina”; que tenía nivel universitario, sin llamarse ni ser --para mucho mejor creo-- titular y pomposamente: “Universidad”... Sugestivo el topónimo del predio, muy sonado a la sazón. Significaba un notable impacto en el proceso de la formación personal de los adolescentes y jóvenes, cuyo paso por sus aulas y esos lares, duraba varios años. Múltiples eran las razones; a parte de las cuales nos referiremos más adelante. ------Concluida la Secundaria y decidido mi camino profesional, inicié, desde fines de 1,938 y durante los primeros meses del 39, una entusiasta e intensa preparación para ingresar a “La Molina”, cuyos exámenes, inclusive los de sus estudios regulares, en especial los del primer año, tenían fama de ser dificilísimos. Pero yo no tenía temor; al contrario, gran confianza. Demasiada. Como amargamente habría de constatarlo poco después. Desbordaba una avasalladora seguridad intelectual en mí mismo. Pues fui siempre destacado alumno en las materias requeridas por el examen. Estudié con singular tesón, esperanzado --con notoria inmodestia-- en mis ventajosas facultades. No quise, no lo consideré necesario, inscribirme en ninguna academia preparatoria; como lo hacían, en mayoría, mis contemporáneos copostulantes. Ni siquiera traté de averiguar --como todos lo hacían-- los secretos trucos, o mañosas modalidades, que pudieran jugar en los procesos examinatorios. Rendí las pruebas con singular candor. Percibí después --demasiado tarde-- cómo jugaban otros factores, para mí totalmente impensados. Hasta los caprichos de algunos de los examinadores35... Había uno que, por ejemplo, en Anatomía, (Osteología), por ejemplo, no aceptaba le dijeran que un hueso era plano; exigía, se le ocurría, que ¡“chato”!... Porque –aseveraba-- “los muchachos deben hablar en lenguaje sencillo”... ¡Confundiendo sencillez con rudeza! Otro, aceptaba sólo uno de los criterios científicos de clasificación de plantas y animales: el concordante con el texto oficialmente adoptado. ¡Al pie de la letra! No quería saber nada con los seguidos por otros prestigiados autores; por cierto, en muy corta medida diferentes... Si una especie o rango de clasificación, tenía sinónimos, sólo aceptaba uno de ellos... ¡Ni hablar de las distintas formas de definir o explicar conceptos más generales o abstractos!... No aceptaban nada cuyo detalle no estuviera previamente determinado en sus formularios u obtusos criterios. Pareciera
Debe aclararse que el personal de examinadores para el ingreso, no tenía el nivel pedagógico de los profesores de planta, el cual era, por supuesto, mucho más elevado.
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buscarse, exprofeso, una forma fácil de “jalar” a la mayor cantidad posible de muchachos. Dada la clamorosa escasez de plazas, frente al elevado número de postulantes. Con todo, aprobé el examen... ¡Pero no alcancé vacante!... Me quedé por muy pocos puestos. Eran 30 las posibilidades sobre 500 postulantes. El número de alumnos, para el Primer Año, se calculaba en unos 45; pero más o menos 15 lugares los ocupaban los repetidores (“jalados” el año anterior, algunos por segunda vez). Pasaban al Segundo Año, por lo general, unos 30. Y en total, en los tres años subsiguientes, eran “jalados” ya sólo de 3 a 5 alumnos. Así se graduaban alrededor de 25 jóvenes por promoción. Pero como es fácil comprender, los ‘invictos’, constituían una minoría. De allí la fama de muy difíciles que tenían los estudios molineros. Experimenté entonces, por primera vez en mi vida, una dolorosa sensación de frustración, de fracaso, de grave derrota. Una depresión apabullante. Hasta noté, en la familia y en nuestro padre --fue lo que más me dolió--, una decepción acerca de mis aptitudes estudiantiles y en particular para la dedicación agronómica, sentida, hasta ese momento, como un esperanzado y compartido anhelo familiar. Mas no habiendo mal que por bien no venga, el episodio me sirvió para aprender a capitalizar errores y constatar cómo en la vida es muy encomiable mostrar seguridad, confianza en uno mismo; cuando está fundada en el cultivo de cualidades propias, en el estudio y el trabajo; pero se la debe equilibrar con la Prudencia y la Modestia; esta última, “adorno cumbre de todas las virtudes”. Avergonzado por mi derrota, llegué a pensar en enrolarme de peón en la Carretera Huánuco-Pucallpa, obra que, como todas las del mismo género en aquellos tiempos, se hacían, primordialmente, “a pico y lampa”. Así, eran solicitados miles de obreros y en ella estaba empeñado todo el país; con plena justificación en el superior interés nacional… ¡Con el mayor de los entusiasmos colectivos! Felizmente, a poco, la Escuela amplió las vacantes, dando oportunidad a 10 alumnos más; para lo cual permitiría un nuevo examen de admisión, a rendir en el mes de julio --el anterior fue en marzo--, para los aprobados, pero no ingresados por la falta de vacantes, pero con calificaciones subsiguientes a las obtenidas por los ingresados primero. Entrarían los 10 que pudieran igualar o superar, en la segunda prueba, las notas logradas por los ingresantes del primer intento. La decisión se nos comunicó en mayo y para hacer posibles los estudios simultáneos del Ingreso y del Primer Año, se nos concedió, casi desde el comienzo del proceso, el estatus de “alumnos libres”. De tal modo, al mismo

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tiempo que podíamos prepararnos para el segundo examen de ingreso, nos fuera posible ir estudiando y recogiendo materiales para cursar el Primer Año y eventualmente rendir, en su oportunidad, la correspondiente prueba final, en el difícil intento de aprobar y pasar al Segundo. Por supuesto que el objetivo integral resultaba bastante utópico; ya que los cortos meses restantes de mayo a julio quedaban absorbidos por la prueba de ingreso y, en el improbable caso de entrar, se debería cumplir, en el medio año faltante, el estudio que, los de la mayoría, no podían aprobar... ¡ni en uno completo! No obstante: ¡”Tuti contenti”!... Pues “con ingresar y hacer más fácil, para luego, la repetición del primer año”, los muchachos, mayoritariamente, se daban por muy bien servidos. Me aboqué entonces al esfuerzo de aprendizaje más intenso realizado en toda mi existencia. Y, en Julio... ¡Ingresé!... En el puesto uno, con 6 compañeros más, ubicados en los siguientes lugares... Sin embargo, no me di por satisfecho. Acentué más aún el ritmo de estudios y aunque mis compañeros del reciente ingreso, no esperaban más por el momento, yo decidí cursar, lo mejor posible, el Primer Año; e intentar la aprobación de su Examen Final... Mientras tanto, ya para entonces, mi padre comenzaba a mirar de nuevo dichos esfuerzos en contenta complacencia y con mucha simpatía; por lo cual me entoné muchísimo en el vocacional propósito. Llegó el fin de año y... ¡Aprobé el examen! Fui el único de los siete del segundo ingreso y estuve entre los primeros puestos del total de aprobados del Primer Año. Pasamos al Segundo 30 alumnos, entre repetidores (de una y dos veces) y nuevos. En los años subsiguientes fueron quedando 4 en el camino y la carrera la culminamos 26 compañeros; quienes, con el tiempo, llegaríamos a ser, más que compañeros y amigos, como hermanos de una especie de familia grande. Mi ingreso definitivo y la aprobación inmediata del Primer Año, superando ampliamente el inicial tropiezo y los pronósticos generales, obviando en su totalidad la posible pérdida de tiempo por la semifrustración en el primer intento, constituyó, dicho por terceros, inclusive colegas y amigos de mi padre --y perdóneseme la inmodestia, ineludible por el sentido y significación del relato--, una proeza estudiantil inusitada. Las elogiosas referencias al respecto, escuchadas por mi admirado progenitor, en la Asociación de Ingenieros Agrónomos, donde era común informarse de tales asuntos en aquellos tiempos, lo hacían sentirse muy orgulloso por ser su hijo el actor principal de los sucesos comentados. El complacido cariño de padre salió a relucir de nuevo, renaciendo su interés por la marcha de mi carrera profesional.

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Recuerdo vívidamente y así puedo relatarlo, que casi año y medio más tarde, en abril --el 17-- de l,94l, momentos antes de expirar, en su lecho de muerte --por neumonía doble y fulminante--, a cuyo lado acudíamos con mis hermanos y los otros familiares, para acompañarlo en sus últimos momentos, en un instante de readquirida lucidez, llegó a decirme: -- ¡Hola Rafael! ¿Cómo van tus estudios?... -- Bien Papá. Los trato de hacer lo mejor que puedo --Contesté compungido, conteniendo la emoción propia del trágico instante... -- ¡Ojalá que estudiando fuerte salgas siempre bien!... --Dijo, finalizando por su parte el corto pero dramático y elocuente diálogo. -- Gracias, Papá... espero que así sea... --Puse, pleno de gratitud, el punto final... Y volvió a perder la consciencia, luego de algunas breves expresiones dirigidas a otros miembros de la familia; expirando a poco y alcanzando la definitiva paz, en medio de la general consternación familiar. ----El Primer año en la Escuela de La Molina resultó, si bien muy satisfactorio, agradable, devino bastante agitado. Me pareció de rapidísimo curso; como se comprenderá, por la principal razón de los avatares que he narrado. Disfruté mucho del lugar, de su ámbito, originalmente una bella hacienda costeña, que había sido primero cañavelera y luego algodonera. Sobre la cual se construyó un magnífico conjunto de edificios de hermoso estilo morisco español; el principal de los cuales era el Internado; estaban dispuestos entre bellos, floridos y arbolados jardines, con zonas de vistoso césped, calles enripiadas, y múltiplles pasajes. Constituyendo, todo ello, el núcleo de este extraordinario Centro de Estudios Agrarios Superiores. En su vecindad, se estableció la Estación Experimental Agrícola de La Molina, institucionalmente con cierta independencia de la Escuela. En estilo más modesto, pero ciertamente simpático, propio de una hacienda media de la Costa Peruana. La Escuela y la Estación, tenían sus propios campos de variados cultivos, huertos, viveros, granjas, laboratorios, e instalaciones diversas. Para una producción que ayudaba a sus sostenimientos económico-financieros, además de servir para experimentaciones, prácticas y demostraciones agrarias, en servicio de los profesores y alumnos, así como de los técnicos extraescolares y agricultores del país, interesados en estas materias. Amén de los campos deportivos y de esparcimientos juveniles, apropiados y deseables en establecimientos de tal género.

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Mi grata vida de Internado, su disfrute, duró sólo medio año del 39, o sea el segundo semestre del Primer Año de Estudios (salvándome, dicho sea de paso, del terrible bautizo o “saladera”, que ocurría en los inicios del primer semestre), más los dos primeros meses del siguiente año, el Segundo de Estudios. Pues el terremoto del 24 de mayo de 1,940, destruyó casi totalmente sus más grandes y hermosas instalaciones. El trastorno producido por el sismo, dio lugar a la interrupción, por unos meses, de los estudios y a la necesidad de utilizar, provisionalmente --mientras se reconstruía y refaccionaba, hasta lo posible, lo más importante de lo semidestruido--, varios inmuebles que la Dirección de la Escuela consiguió en algunos sectores de Lima (Colegio de la Inmaculada, en La Colmena; los locales subsistentes de la antigua Escuela de Santa Beatriz, en Jesús María; etc.). En el corto lapso que pude disfrutarlo, el Internado de La Molina me hizo recordar al del Colegio Santa Rosa de Chosica, anteriormente referido. Por sus innegables ventajas en comparación con el sistema de externado; especialmente en cuanto al mejor uso del tiempo y el mayor orden en los estudios; una vida más deportiva y sana; y el beneficio emocional significado por la camaradería estudiantil, la fraternidad humana en general, que se hace posible por la vida de los adolescentes y jóvenes en un ámbito común... Indudablemente, el Internado es el mejor Sistema Básico de Educación para los Adolescentes y Jóvenes. Mucho más, si un Sano Idealismo; una Elevada Filosofía de Vida; una Clara Posición Doctrinaria Religiosa, Patriótica, y Moral; inspiran a quienes dirigen la Institución Educativa de que se trate… Y, mucho mejor, si el número de personas que integran la Comunidad Educativa, no es muy elevado. Aparte del terremoto, como causa desencadenante, el Internado de la Molina, lamentablemente, no pudo tener un éxito total, ni larga duración. No llegó a contar con el predicamento necesario entre los profesores y directivos de la Escuela. Entre otras, por varias razones: La primera, porque a diferencia del de “Santa Rosa”, no regía o inspiraba a la Escuela, alguna Doctrina, Sentido de Alta Misión, o Ideal Espiritual Superior (Religioso, Filosófico, Moral, Político, Social, Patriótico, Científico, Artístico, etc.). A lo sumo, el encomiable y simpático, pero a todas luces insuficiente, propósito de dar una formación tecnológica o profesional, hermosa por cierto y muy útil al país. Y los directivos y profesores de la Escuela, siendo por lo general muy buenas personas, no podían desligarse marcadamente, de la condición de miembros de una fría y relativista sociedad liberal o burguesa. Más, en importante proporción, eran escépticos burócratas laicos, de entes ministeriales o sólo semiautónomos, quienes laboraban, para los fines de mejorar sus ingresos personales, completando, en términos relativos, los de la rutina administrativa, con los adicionales de la enseñanza y la investigación.

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Sobre el dicho telón de fondo, en la juventud de aquellos tiempos habían prendido --¡con el horror profesoral!-- en proporción e intensidad muy negativas, ideas, actitudes, y hasta semi organizaciones, de claro sello marxista y del apra (casi lo mismo entonces). Ideologías de caretas seudo idealistas, que trataban -lográndolo en parte-- de llenar el alma juvenil... ¡Con Ideologías en verdad materialistas y pragmáticas! Mientras los profesores y directivos formales, los dejaban clara y espiritualmente... ¡vacíos! Lo anterior, sin perjuicio de las mescolanzas emotivas y doctrinarias habidas en amplios sectores juveniles, idolátricos muchos, de la cultura yanqui decadente, empezada a imponerse y que impulsaban con neto y desbordante entusiasmo, digno de mejor causa; hasta los rebeldes sin causa ni banderas, de estrafalarias presiencias, con sus "músicas" y gustos artísticos (?) propios; las histéricas devociones deportivas --más espectáculos en las bases y negocios en sus cumbres--, muy lejos de constituir sanas aficiones; sumándose las bárbaras y sádicas “saladeras” o “bautizos" de cachimbos; la superficialidad; el consumismo; el hedonismo; el marcado y progresivo individualismo; etc. Únase a ello, el “espíritu de muchedumbres”, del que hablara Le Bon; con frecuencia y por mil motivos, formado por las grandes aglomeraciones de muchachos. Quienes además gozaban de mayores libertades y prerrogativas que las de un Colegio de Secundaria Común y propias de la Educación Superior. Más claras las diferencias si se compara con uno religioso. Ha de comprenderse, así, el porqué del recelo de los profesores y directivos de La Molina, respecto a la capacidad de la Escuela para mantener, en el Internado, una elemental disciplina, tan necesaria para su adecuado funcionamiento. Por lo dicho, porque en verdad no se quiso restablecerlo, el Internado de La Molina, no pasó de los comienzos del año 40. Con gran pena de parte de los alumnos, pues a pesar de todo y a contracorriente de lo estimado por la mayoría del profesorado, lo considerábamos altamente útil y satisfactorio. ----Las primeras amistades fraternas y perdurables. Una experiencia de clara enseñanza proporcionada por la vida, a partir de la Adolescencia, es cómo, precisamente en esta edad, se contraen y se comienzan a construir, las más sólidas amistades del ser humano.

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Por lo común, no es en la niñez cuando se adquieren los amigos que han de perdurar por el resto de la existencia. Sus nexos se inician, mayoritariamente, en la Adolescencia y en la Primera Juventud; cuando se posee la máxima sensibilidad o receptividad emotiva y está ya definida la personalidad. También se contraen, algunas adicionales, se seleccionan y forjan mejor todas, recién al fin de la Juventud, en la Madurez, y en la Ancianidad... No obstante, agréguese que, los buenos amigos, son siempre pocos. Los dedos de las manos sobran para contarlos. No pueden ser muchos. Así sucedió conmigo. Mis mejores amigos, en el sentido de la más intensa y fraterna amistad, fueron los logrados en el Colegio Santa Rosa de Chosica; en los últimos años del Colegio Italiano; en los del tiempo de mi preparación para el ingreso a La Molina y de estudios allí; prácticamente, hasta el fin de los años de la primera juventud. Podría agregar otras amistades --muy pocas, empero--, las cuales iniciadas de niños y relegadas algún tiempo, por circunstanciales fuerzas mayores, pudieron recuperarse; en realidad hacerse de nuevo, contando con factores muy especiales que, por lo mismo, no contradicen sino confirman la regla. Una razón de peso por la cual no duran mucho las amistades de los niños, estriba en que, al desarrollar éstos, pasando por la Adolescencia, cambian acentuadamente las características de sus personalidades. En verdad, el ser humano es uno de niño y otro a partir de la Adolescencia. Es en esta edad en la que se define, en grado preponderante, la fisonomía final de la persona humana. En lo físico y en lo espiritual. Todos sabemos, por propia experiencia, que habiéndonos conocido alguna vez con otro niño y dejándolo de ver por un tiempo prolongado, al reencontrarlo, de adultos... ¡lo desconocemos! Es ‘otro’. Y uno mismo sabe, de sí, que también es ‘otro’. En cambio, culminada la Adolescencia, las modificaciones de la personalidad van siendo, en adelante, mucho menores. Por ello, quien fuese ‘conocido’ de Adolescente o de Joven, seguirá ‘conocido’, después y por siempre. Situación muy diferente a la del caso anterior, tratándose del niño. Se explica, de tal modo y en gran medida, tanto el fenómeno sicológico que tratamos, como la enorme importancia que adquiere, para una persona, la calidad de las amistades que contrae en la Adolescencia y en la Primera Juventud. En lo que toca al caso de quien esto escribe, en el Capítulo anterior adelanté algo sobre la valiosa amistad ganada, en el "Colegio Italiano" y en la inicial adolescencia, con mi condiscípulo Aldo Fiorini. La especial significación de tal lazo amical, por aleccionadora, la explayaré, en lo pertinente y como se merece, en el capítulo, referente a la Juventud.

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Por ahora, he de rememorar, una muy afectuosa que me ligara en los ratos libres durante el Primer Año de Estudios de “La Molina” –pero fuera de ésta--, con un excelente joven, ligeramente mayor que yo, quien así hubo de fungir --cual otros en ocasiones sucesivas y similares-- de solícito ‘guía espiritual’ mío. Tanto para algunas sanas acciones, como para otras 'algo' insanas mataperradas, aunque siempre propias de la juvenil edad que transitábamos, bastante tormentosa y arisca, por decir lo menos. Llamábase: Alfonso Quirós Valverde36. Era sobrino político de la Sra. Teresa Villacorta de Quirós, hermana de mi madrastra Julia. Residía el mozo, junto con su hermano, un poco mayor, Max37, en la casa de sus tíos; quienes de tal modo apoyaban sus estudios; pues no tenían ellos a su familia paterna viviendo en Lima. Y, acudido que hube también yo, por un corto tiempo, bajo el común techo, y otro más largo, viviendo en vecindad muy cercana, del mismo barrio de Jesús María (entre las calles Huayna Capac, los Quirós; y 6 de Agosto, los Cubas), la conexión se hizo natural y fácil. Se forjó una relación amical, afectuosa, de verdadera camaradería y hasta de fraternales lazos. Alfonso estudiaba para Odontólogo; Max para Químico Farmacéutico. Ambos en San Marcos. Eran muy aplicados y singularmente inteligentes. El primero marcaba el paso en los estudios de Zoología, Anatomía, y Fisiología. El segundo, en Botánica, Física, y Química. Me ayudaban entonces en dichos cursos. Con explicaciones oportunas; mostrando y prestándome los libros en los cuales estudiaban. Cuando hacía falta, me guiaban a las bibliotecas de San Marcos o Nacional, donde sus riquezas bibliográficas se nos aparecían inmensas; más que suficientes para las necesidades de nuestros estudios; tanto para el Ingreso, como para el Primer Año (1,939), referidos, casi en su totalidad, a las dichas ciencias básicas. Diré, asimismo, que acudíamos a los herbarios, museos, colecciones zoológicas (entomológicas en especial) y mineralógicas (comprendiendo rocas y minerales de la Geología). El principal era el “Museo Antonio Raymondi”, de la U.M.S.M., ubicado en la Avenida Arenales. Ocurría, en coincidencia, que allí trabajó algún tiempo mi hermano Manuel, en la disecación de ejemplares de la fauna peruana; algunos de los cuales (mamíferos, aves y peces, especialmente) todavía se pueden observar hasta hoy día. Aparte, él donaba con frecuencia muestras museológicas del más variado tipo: plantas de herbario, insectos y vertebrados, así como minerales, rocas, etc. He de expresar que la compañía de Alfonso, en verdad, la orientación solícita y constante de los dos hermanos Quirós, influyeron notablemente en los buenos resultados y altas calificaciones obtenidas en mis estudios.
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Fallecido --lo lamenté muchísimo-- hace pocos años, después de haber mantenido conmigo una entrañable amistad. Fue además, durante numerosos calendarios, un magnífico dentista para mí. 37 Murió también ya, precediendo a su hermano Alfonso.

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Por añadidura, en algunos ratos libres, cuando nos era posible lograrlos, y sumándosenos otros hermanos, primos, ‘palomillas’ y ‘vagonetas’ del barrio, nos jugábamos unos partidazos de fútbol; muy entusiastas pero bien ‘chacras’; con pelotas hasta de trapo, por supuesto nunca de tecnología de punta; en los terrenos sin construir de las inmediaciones, que por entonces se ofrecían numerosos. No faltaban los paseos con ardorosos ‘cireares’; por la Plazuela Cuba o Mariscal Cáceres. ¡Que para cambios de nombres de calles y plazas, Lima se lleva la palma!... A veces, llegábamos al Paseo Colón o a la Avenida Arequipa. ¡En esos tiempos aun pasables y de paseables escenarios!... En ocasiones se ofrecían muy animados, inclusive con retretas. En múltiples oportunidades, tratándose de las tardes avanzadas, de las noches, y de los feriados, la compañía de Alfonso agregaba sabor y calor al transcurrir existencial de esos mis días de aún atónito y deslumbrado adolescente... Recuerdo que íbamos al cine frecuentemente. De nuestra preferencia era el “Campoamor”; quedaba en el Jirón de La Unión y allí siempre proyectaban -se había especializado en ello-- películas francesas, muy picarescas, en esos tiempos tenidas por francamente pornográficas. De gran regusto, por cierto -tóxicos morales al margen--, para los mozalbetes de antaño. Nuestro lugar y categoría de localidades: la última; impajaritable, la “cazuela”... Las entradas, para el dicho nivel, costaban 11 centavos, al principio (S/. 0.10 ingreso + 0.01 impuesto); un tiempo después, subirían a 22 centavos. Nosotros, para no gastar en pasajes, llegábamos a pata, desde Jesús María –calculo ¡50 cuadras por lo menos!-- para regresar, igualmente, "en carro de San Fernando" (‘un rato a pie y otro rato andando’); dada nuestra notoria falta de molibdeno, por lo siempre exiguo de las cajas propineras; comprensible lo cual, dada la carga significada para nuestros sufridos mayores, por la superpoblación juvenil a régimen de paternal dependencia. Así de simple, clara y dolorosa, era la cosa. Cierta vez, acudimos a un lugar a la sazón puesto de entusiasta moda en Lima. Había sido –creo-- una confitería transformada en salón de té-cine. Exhibían allí películas en funciones continuadas y gratis –teórica y habilidosamente--, mientras que, al mismo tiempo y a pedido, servían en las mesitas para el efecto dispuestas, té o café, con dulces y bocaditos; todo eso sí pagado --y bien--; constituyendo, en clara evidencia, lo primero el señuelo y lo segundo el anzuelo... El dicho local era conocido --en lenguaje acriollado-- como “El Marrón”. Al nombre lo suponemos derivado del francés: Le Marrón, Les Marrons, o “Marrons glasés” (castañas confitadas). Aludiendo seguramente a ésa la especialidad golosinera del establecimiento. No he podido averiguar más; aunque para el caso ello resulta irrelevante.

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Alfonso había concebido al tal “Café Marrón” como a una mina para servir a nuestros vespertinos deleites y a un muy bajo costo. Me instruyó para explotarla, en conjunto, en la mejor forma posible... Así, una tarde, muy orondos, nos zampamos al “Marrón”; cosa por otra parte poco difícil, para dos jóvenes de buena presencia; siempre y cuando el vestir no estuviese muy caído, estiráramos el pescuezo en digno ademán de aristocrática pretensión y pusiéramos cara de circunstancias. Ya mi guía espiritual se había informado de las películas correspondientes a esa función; muy buenas, a su juvenil criterio, comprensiblemente bastante sicalíptico... Nos sentamos, resueltos, en una de las enmanteladas mesitas; acomodamos cubiertos y lozas. Y el líder, en gesto semitorero, chasqueó los dedos por todo lo alto, llamando, airoso y con voz tonante: -- ¡Mozo! -- ¿Qué se sirven los señores? -- Acudió presuroso y dijo muy atento el fámulo, impecablemente vestido de smoking blanquísimo y corbata michi negra. Portando una servilleta pulcramente doblada en el antebrazo izquierdo e inclinándose con cierta reverencia... -- A mí me sirve un té, por favor. A mi acompañante, nada; pues se siente algo indispuesto... ¡Ah!... unas servilletitas de papel, si no tiene inconveniente -Dijo, serio, solemne, Alfonso... Agregaré: El té valía 5 ó 10 centavos, máximo. Y estaba acordado entre nosotros, repartir, de todo lo que tuviéramos a bien pedir, en partes iguales, consumos y costo; entre los dos ‘caballeros’ que fungiríamos de ‘distinguidos clientes’... Con total naturalidad, dentro de su ‘elevado nivel social’... Ante la insólita situación creada, el mozo se desconcertó inicialmente; pero reaccionando con rapidez . Pleno de justificada cólera, irónico, despectivo, dijo: -- No es posible, “s-e-ñ-o-r-e-s” (?), --enarcando las cejas y remarcando su colérica ironía-- que entre dos personas, sólo se sirvan una taza de té, para pretender así, casi gratis, verse todas las películas ¡Aquí no se aceptan ‘vivezas’! --¡Oiga! ¿Qué es eso de ‘vivezas’? Si en la propaganda de este negocio dice: “El cine es gratis” y “Los pedidos libres”. No hay fijado un “consumo mínimo”. Ud. no es nadie, para obligarnos a consumir lo que se le antoje ¡Más fuera!... ¡Está tratando con dos caballeros!... ¡Jumn! --Replicó, muy ‘digno’, Alfonso. Quien en esto de la ‘dignidad’ y del ademán correspondiente, era un experto, un verdadero maestro. Pretendiendo avasallar, sicológicamente, al autóctono servidor... Pero no hubo tutías... La firmeza de un redivivo Pachacutec --con la cual no contaba-- se manifestó allí...

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Las voces iban subiendo de tono y volumen. Armándose un alboroto impropio ya del local, que siendo elegante y en gran medida cine, requería de silencio o, a lo sumo, podría soportar discretos susurros... Acudió al punto el ‘metro’, que le dicen --“maître”, para los francófilos huachafosos--, quien, puesto al tanto de lo sucedido, terció en el lío, para amainarlo, defendiendo, al mismo tiempo, los intereses del negocio de marras. Con una mezcla de benedictina paciencia, salomónica justicia y tomista prudencia, planteó la solución, diciendo: -- Miren señores: Ustedes tienen en parte razón, pues hemos debido ser más explícitos en nuestra propaganda. Pero el mozo les ha dicho la verdad, al manifestarles, lo cual es por demás evidente, que por el valor de una taza de té, no pueden pretender aprovechar, dos personas, toda la función y continuada por añadidura. Pues de ese modo, generalizándolo, nuestro negocio se iría a la quiebra. Les ruego demos por zanjada la situación, si ambos aceptan, por lo menos, consumir un té cada uno y algunas, aunque fueran pocas o hasta sólo un par de bizcotelas o pastelitos... Y, por favor, se van. Lo más pronto posible. Habiendo de rogarles, encarecidamente, que no vuelvan más por aquí... Rebuscando los bolsillos, encontramos ‘alguito’ para poder concluir el ‘conflicto’. Y, después de un corto lapso, bastante avergonzados, ‘con el rabo entre las piernas’... nos fuimos, para efectivamente jamás retornar... ----Pero mejor suerte lograron ya otras alfonsinas aventuras, de parecido jaez a la anterior. "Pecados de juventud", diríamos... Se ofrecían a la sazón, comunes, en el centro de Lima, muy buenas bodegas y pastelerías de italianos. Preparaban variadas especialidades, olorosas a lontananza y sabrosísimas al paladar. En lo cual siempre estos ciudadanos, ‘hijos de la bella Italia’, se han manifestado poseedores de singular habilidad, tanto artística como tecnológica. Algo insuperable, de lo que hoy día casi no se disfruta, pues han sido prácticamente descontinuados, eran los famosos... ¡”pastelitos de carne”! Hechos al horno, en forma de cortos cilindritos, de superficie dorada por el tostado; con un tamaño aproximado de unos 5 cm. de diámetro, por igual de alto; con un relleno de carnes de vacuno y de cerdo, molidas, muy bien sazonadas con cebollita picada y diversas especias; mezclado todo, con un excipiente que las suavizaba (al parecer era miga de pan, en pequeñas cantidades, remojada en caldo y por los jugos del aderezo). La pasta o masa que envolvía al contenido, era de la conocida como “hojaldre” o “mil hojas”; bien... ¡mantecosita! (con manteca de cerdo naturalmente). Los dichos pastelitos se ofrecían semi reventando y... ¡crocantes! Y aunque no a mi, pero sí a la mayoría de las personas, les agradaba añadirles unas gotitas de limón, al

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momento de ingerirlos. Se solía acompañarlos con cerveza o gaseosas... ¡Una delicia! A la vista del público, se acomodaba los dichos pastelillos en montones -pareciendo cerritos--, en forma de llamativos tronco conos, sobre alguna mesa cercana al mostrador principal. Un mozo facilitaba con su presencia la atención al público; proporcionaba servilletitas de papel y limones, y realizaba una discreta vigilancia --de reojo--, para evitar la acción de “gorrones” o “zampones”; quienes no dejaban de acudir, en proporciones realmente perniciosas. La ‘hora de salida de los pastelitos’, era muy puntual, tanto en las mañanas (10 a.m.), como en las tardes (5 p.m.). Pero el anuncio verdadero lo daba el olorcito, muy provocativo y etéreo, que proyectaban, desde las bodegas de origen, hasta varias cuadras a la redonda…Los clientes de cada establecimiento acostumbraban servirse por sí mismos los cárnicos y mantecositos bollos que consumían. Y por lo general, muy honestamente, se acercaban a la Caja, indicando el número de ellos. No faltaba, sin embargo, en vía de un prudente cautelar los legítimos intereses del negocio, la constatación, por parte del mozo, de los consumos hechos y su ratificación circunspecta, al momento del pago. De tal modo, los ‘registros’ del empleado, debían concordar con los ‘manifiestos’ de los parroquianos... Con Alfonso, ingresábamos al escenario escogido para nuestra juvenil rapacería, adoptando parecidos aires de dignidad, aplomo y desparpajo, a los del caso “Marrón”... Pedidas las servilletitas de rigor y según lo acordado, cogíamos un pastel cada uno y simulando distraída y elegante calma, contemplando los alrededores, comíamos, delicadamente, en el primer momento, hasta medio pastelito, cateando de soslayo al mozo y quedándonos así, como disipados, por otro instante, hasta que, en una distracción del celoso vigía, engullíamos el medio bocadillo residual; tomando al punto, con gran rapidez, otra delicia; de la cual devorábamos la nueva primera mitad impertinente, de un sólo queco... Y, otra vez, mirando displicentes hacia arriba... A poco nos vaciábamos medio cerro de las riquísimas elaboraciones pasteleras. En las manos nunca teníamos --ante el otear del vigilante-- más de ¡medio pastelito! Así, en varias ocasiones, nuestro éxito --tanto mayor cuanta más aglomeración de parroquianos había-- fue rotundo. A lo mucho pagábamos 2 ó 3 pasteles; habiendo tragado, más que comido, 10 veces esa cantidad... ¡cada uno! Aplanando, en simultáneo y vertiginosamente, las montañas de tan provocativas tentaciones. Mas no faltaron los problemas, pues terminábamos por abusar del método a límites de escándalo. Así, producíanse escenas realmente bochornosas: --¿Cómo van a pagar un par de pasteles, si entre los dos se han comido como 40? -- Terminaban diciendo, muy irritados, los mozos, el cajero y hasta los propietarios, en más de una oportunidad...

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-- ¡Oiga! ¡Qué se ha creído! ¡Hum! ¡Fíjese bien y no ofenda al público! ¡Está tratando usted con dos caballeros! ¡Eso no más faltaba! ¡Habráse visto! -Replicaba Alfonso, pleno de su peculiar dignidad. Simulando santa ira y tratando de salvarnos del temporal, provocado por nosotros mismos. Más de una vez, en medio de enorme vergüenza, hubimos de pagar, si no todo, una gran proporción del consumo real, lo cual nos significaba, ciertamente, muy dolorosas catástrofes financieras. Lo contado, como algo está dicho y admitido, era una parte de nuestros pecados veniales de adolescencia y primera juventud. Se recuerdan risueñamente, como palomilladas; por supuesto sin poderlos perdonar plenamente y menos santificarlos. Quede constancia, no obstante y como resultaba natural, que Alfonso Quirós, al madurar, se constituyó en uno de los hombres más honestos que he conocido y a cuyo nivel también he intentado llegar; sin corresponderme decir si lo he logrado. Mas ocurre que tales hechos y episodios, aunque livianos algunos, mueven hacia pertinentes reflexiones de carácter ético filosófico, de real importancia. Desde aquellos tiempos, por la camaradería y las orientaciones, casi siempre encomiables, de Alfonso, tanto en los campos del auténtico bien, por ejemplo en los estudios, cuanto en las juveniles mataperradas; y de modo parecido, con posterioridad, por las influencias de otros buenos amigos y maestros, comencé a constatar cómo el ser humano, para sus acciones buenas o malas; para la adquisición de hábitos sanos o viciosos; para asumir orientaciones en lo personal y en lo colectivo, tanto hacia el bien y la salud moral, como hacia el mal y el vicio, encuentra mayores facilidades apoyándose en la compañía de otros seres que le sirvan de guías. Por ello, en el destino venturoso o desdichado de las personas, juegan decisivo papel las buenas o las malas compañías y los excelentes maestros o los deficientes profesores. Es así como beneficia o daña muchísimo, acercarse o alejarse, de las buenas o de las malas juntas; y de los positivos o negativos teachers. ----Ingresados a la Molina, ya en el ambiente de los estudios y refiriéndonos a las amistades allí contraídas, los 30 muchachos integrantes de la promoción del Primer Año, en 1,939, comenzamos a conocernos y luego a estimarnos intensamente. En diversos grados, según las calidades personales y las afinidades o las divergencias sicológicas constatables desde aquellos tiempos. Así, uno de mis mejores amigos de por entonces, cuyo afecto y aprecio se han mantenido y acrecentado por más de medio siglo, fue Alberto Vega Ayllón. Se manifestó siempre --nunca ha dejado de serlo--, estudioso, trabajador, serio, honrado, metódico, económico, y poseedor de varios otros positivos etcéteras. Sin duda hecho así por formación familiar paterna u hogareña, además de su natural conformación noble, de buenos sentimientos.

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Viene al caso contar que la mayor parte de los cursos de la Escuela tenían por textos las redacciones suministradas a la clase por los profesores, en unos pocos ejemplares escritos a máquina y entregados por intermedio de los alumnos delegados de cada año. Pero no alcanzaban para todos. Por otra parte, ciertos cursos, pero muy pocos, se habían llegado a editar y se podían adquirir como ‘separatas’ de la revista “Agronomía”, publicada por el Centro de Estudiantes; pero, con ser las mejores impresiones, comprendían un número muy reducido de los cursos, en relación con los mucho mayores requerimientos de los alumnos. Se imponía pues la necesidad de copiar, con las pesadas y ruidosas máquinas de escribir de entonces (las famosas “Rémington” y “Underwood”), la mayoría de los textos; varios de los cuales pasaban de las 400 páginas... ¡Divinas hubieran parecido las maravillosas computadoras de hoy!... Trabajo de hormigas era el de los alumnos copistas, que las vendían ‘a tanto la página’ (5 ó 10 ctvos. c/u.)... A veces la competencia hacía bajar los precios. De tal modo que el oficio no era muy rentable que digamos. No dado para los muchachos ricos; sino, a lo sumo, para quienes precisaban agenciarse recursos en apoyo de sus estudios, estando faltos de financiamiento externo o para quienes, con sentido de responsabilidad --era el caso de Alberto--, no querían abrumar a sus padres con tan fuertes gastos, cuales eran los estudiantiles. La cosa, empero, no era sencilla, pues el trabajo debía ser bien hecho: Pulcro en el ‘tipeo’, pese a la dureza de las viejas máquinas; las copias no podían ser numerosas en cada tirada (no más de cinco), pues se utilizaba papel carbón o ‘de calcar’; de lo contrario, resultaban de imposible lectura, difíciles para estudiar en ellas. Había que borrar y corregir errores, uno por uno y hoja por hoja, levantándolas con sus respectivos carbones y aislando éstos, cada vez, con unas tarjetitas... Sin embargo, por ganar fácil la plata, algunos copistas sin muchos escrúpulos, olímpicamente se saltaban párrafos y, mucho peor, páginas enteras. Había que buscar gente seria y honrada... Así, en tal búsqueda, trabé mi primera relación con Alberto... Y, hasta ahora --¡más de medio siglo después!--, guardo una copia del curso de Botánica, pulcramente editado por él. En la cual, como una especie de pie de imprenta o identificación editorial, ponía, al fin de cada capítulo, sus iniciales en mayúsculas: A.V.A.... ¡Qué tal capacidad, la de un Adolescente, para el esfuerzo, cuando lo anima una vocación! En los años siguientes, fui con Alberto un compañero, verdadero camarada de múltiples aventuras, en varios de nuestros viajes de prácticas vacacionales, abarcando los más lejanos parajes del Perú. Su espíritu económico y previsor, nos permitió realizar muy exitosos periplos. Con varios compañeros más y en virtud de las diversas cualidades personales observadas en ellos, fui cultivando muy apreciadas y también duraderas amistades; de las cuales he disfrutado, algunas, por más de medio siglo, hasta ocurridos sus recientes y lamentables fallecimientos; más otras, aunque ya pocas, con las que hasta la fecha felizmente todavía gozo... Uno a

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uno los fui conociendo y apreciando. Habré de referirme, después, a los casos más aleccionadores, en diferentes aspectos. Y viene a propósito una cuestión de gran importancia en la Ética, como principal rama de la Filosofía, traer a colación y a nuestra reverencia, los sabios pensamientos del gran filósofo griego Aristóteles --inolvidable y siempre vigente--, en relación con el tan apreciable valor de La Amistad. Decía el inmortal pensador, que la Amistad, también uno de los más hermosos y gratificantes sentimientos humanos, se puede clasificar en tres modalidades: 1.- La del Placer o de la Afición; es la que se establece entre personas con aficiones semejantes o gustos complementarios. Haciéndose inclusive necesaria para la práctica de las actividades correspondientes. Por ejemplo: la de quienes realizan los mismos gratos esparcimientos o juegos deportivos; así como reuniones sociales, culturales, etc. Es una clase de amistad muy común, aunque relativamente superficial, que sin llegar a ser censurable, ni mucho menos, no alcanza las altas jerarquías de la Verdadera Amistad. 2.- La Pragmática o del Interés, es la que se practica con el propósito de establecer vínculos afectivos y de comunicaciones con quienes poseen dinero, poder, honores, consideraciones sociales, políticas, etc.; en pos de obtener, o por la simple expectativa de ello, aunque fuere concediendo también algo de lo propio, cierto provecho personal, con el mayor énfasis en lo material o suntuario. Forma en verdad prostituyente de la Amistad. Que no solo no tiene ningún valor, sino, como actitud y conducta --por mucho que se ofrece muy frecuente--, es por demás abyecta y repudiable. Propia de vulgares mediocres, oportunistas y logreros. 3. - La de la Virtud o de Significaciones Morales; nace y se mantiene por la mutua admiración de virtudes --culto y acatamiento de los Valores Superiores y Perennes del Espíritu Humano-- entre los verdaderos amigos. Es la superior, la más elevada forma de Amistad. Por mi parte puedo expresar cómo, finalizando la existencia, constato tener relativamente pocos amigos. Pero muy buenos. Excelentes. Dentro de una vinculación fundada en el Aprecio y la Admiración por las enaltecedoras virtudes que los adornan, y que --muy generosamente por cierto-- a su vez ellos creen poder reconocerme... ¡Cuánta razón tuvo y sigue teniendo el genial estagirita! ----Pasando a otros aspectos, concernientes a la Adolescencia y a su tránsito hacia la Juventud, procede referirnos a: La Timidez.- Mi caso ofreció ciertas singularidades. Viene pues a cuento anotarlas en aras de una mejor interpretación del asunto. Así, ha de apreciarse por nuestras narraciones, cómo tardé tiempo, demasiado quizás, en alcanzar las situaciones conocidas como propias de la vida romántica, romanticona, podría

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ser en irónico decir... De las relaciones sentimentales con miras a la formación de pareja. Siendo, la definitiva, uno de los primordiales apoyos de la Felicidad Humana, al culminar la existencia, con en el Amor, el Matrimonio, la Familia y los Hijos. En realidad, hasta terminar mis intensos estudios superiores, celosos siempre del tiempo juvenil, aparte de esporádicos desfogues carnales con hetairas –que nada grato es confesarlos--, en cambio, con las llamadas “chicas bien”, no pasé de algunos escarceos o enamoramientos por demás platónicos, no llegando siquiera al punto de poéticas declaraciones, delicados besitos, o de los arrumacos conexos. Y ,a veces... ¡ni al conocimiento de las agraviadas! Fueron varias las razones, entre ellas, está señalado, lo intenso y apasionado de mis estudios. Ellos dejaban poca disponibilidad de tiempo y de concentración; tan reclamados, también, por los púberes amoríos. La falta de dinero, consustancial a la general condición estudiantil y en particular a la mía; pues fue una época de muy difícil economía familiar la nuestra, en coincidencia con el alto costo de los estudios... Más una Timidez de Adolescente, la cual, por un tiempo --quizás demasiado largo, he de confesarlo--, noté que me aprisionaba, frenando los naturales impulsos hacia las gráciles damitas, por entonces ofrecidas a la masculina predilección. Timidez de efecto cortante, a la hora del asalto final a las femeniles fortalezas o del remate triunfal en las lides amatorias. La timidez en los adolescentes no es de sorprender, en razón de los problemas de la edad; y por lo tanto, no tenía por qué serlo en mi caso; estaba empero, acentuada por varios motivos: La traía un poco desde la Infancia. Yo no había sido, ni mucho menos, lo que se dice, “un niño bonito”, pleno de gracia, sino notoriamente lo contrario. Tampoco llegaba a ser un adolescente de especial atractivo para las nínfulas de entonces. Recuerdo, en cambio, cómo mis hermanos mayores: Daniel y Manuel, tenían mucha mejor suerte con las chicas; ventura que yo no podía alcanzar. Me daba muy bien cuenta de mi falta de logística propicia; aunque no recuerdo haber llegado a sufrir --por prudencia sobre todo-- algún estrepitoso desaire, "calabazas”, que llaman. Pero no me atrevía a rematar al arco. En la niñez, se podía apreciar que estaba destinado a desarrollar una elevada estatura; por ello posiblemente, se me hacía notable, en proporción, una gran cabeza. Al común decir, era un 'gordo cabezón'. Por otro lado, varios en la familia somos de nariz prominente; pero en mi caso, tal situación se sumaba al hecho --como contaba nuestra madre-- de haber nacido con el apéndice nasal lesionado, defectuoso, torcido, por las dificultades del parto (distócico). La lesión congénita, además de afearme el rostro, deprimiéndome, dificultaba mi respiración y me impedía un desarrollo orgánico normal. Agregaré cómo, según fuimos también informados, nuestra madre padeció de dolencias reumáticas, transmitidas, en varios de sus embarazos, hacia algunos de sus hijos. Esta afección dio lugar a inflamaciones y abultamientos de las articulaciones, las

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cuales perdían así flexibilidad, dificultando, adicionalmente, un buen desarrollo muscular. En mi caso, esta acumulación de desdichas, de carácter anatómico, fisiológico, y estético, venía generando cierto estropicio biológico inicial. Téngase en cuenta, además, en cuán alto grado, por lo común, los adolescentes son sensibles a las críticas y burlas acerca de su aspecto físico, creyendo en general concentrada en sí, más de lo real, la observación ajena. Con el tiempo pude mejorar bastante presencia y fortaleza física; pero la agilidad no llegó a ser del todo tan satisfactoria. Así, aunque nunca alcancé, ni mucho menos las alturas de un Adonis, ni de un Hércules, pude arribar a constituirme en una persona bastante presentable y en todo a poderla considerar como normal. Superando inclusive algunos promedios y anulando, completamente, los complejos y retraimientos nacidos y crecidos en el curso inicial de la vida. Al desarrollar mi alta estatura (1.85 m.), la desproporción de la cabeza quedó prácticamente anulada. El ejercicio intenso, los deportes y el tiempo --que permite la compostura de casi todo-- terminaron anulando, en gran medida, las fallas en esqueleto, articulaciones y musculatura. Si bien no a niveles súper atléticos, sí hasta algo mejores a los de la medianía. Dos operaciones a la nariz me permitieron mejorar la respiración y la presencia. Por lo tanto, la posibilidad del correspondiente desarrollo corporal, especialmente el toráxico y el muscular; favorecidos, como está dicho en parte, por algunos deportes intensamente practicados por mí, con particular entusiasmo y ciertos éxitos; como la natación, el ciclismo, la equitación, las caminatas de gran aliento, etc. Con la adicional superación estética consecuente, hacia una aceptable fachada... Valga la inmodestia. Además, en el curso de mi existencia infantil, adolescente, y primera juvenil, diversos triunfos, sobre todo intelectuales: las prácticas bastante lucidas de mis estudios, del escribir, de la oratoria, y de la enseñanza, me permitieron alcanzar total aplomo y dominio de escenas, borrando los semi complejos y las timideces portadas de inicio. Ciertamente el proceso reclamó tiempo. Sólo al culminarlo, puedo decirlo, hube de disfrutar de la Vida, a plenitud y con suficiente autoestima. He conocido, pues, lo que significa soportar y vencer temporales problemas de infancia, adolescencia, y juveniles, sin dejarlos volverse infranqueables, para la marcha hacia una Existencia Feliz. Todas las experiencias al respecto, incluyendo la mía, confirman el principio general siguiente: Resulta importantísimo para el Adolescente superar, en el curso del desarrollo de su Personalidad, mejor si con la ayuda de sus mayores, los problemas y situaciones especiales que puedan generarle traumas sicológicos de Timidez o Complejos de Inferioridad; en particular lo relacionado con su apariencia y aptitudes físicas e intelectuales. -------

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1,939- Un año de inmenso significado: -- Histórico Universal, pues se inició en él la II Guerra Mundial (1º de Set.). La más atroz hecatombe padecida por la Humanidad en todos los tiempos y que duró hasta el 29 de abril de 1,945 (muerte de Adolfo Hitler). Se ha culpado de ella, con gran injusticia e inexactitud --como lo sabemos bien quienes vivimos estudiosamente esa época--, al Estado Alemán y en particular a su Conductor o “Führer”.38 --Histórico Nacional, pues coincide con el ascenso al poder --al primer gobierno-- del Dr. Manuel Prado U., quien iniciara un proceso circense de lo que entonces se llamó “democratización”; comenzando a reabrir las puertas al Apra -partido inicialmente marxistoide y luego social demócrata-- que reincidió en un desempeño político de nefastas consecuencias para el Perú en casi todo el siglo XX. --Personal, para los muchachos de antaño, los de nuestra molinera hornada, en plan de concretar el primer paso hacia la hermosa Vocación Profesional de Ingenieros Agrónomos. Aparte, nuestros estudios durante ese primer año y en el marco de un internado muy satisfactorio, eran de lo más importantes. Como se ha dicho, consistían en la dedicación a las Ciencias Básicas. Lo cual permitía una formación cultural suficientemente amplia y profunda. Como para forjar profesionales idóneos, de gran criterio. Ante las muy variadas y difíciles condiciones que plantea la vida en el Perú y el Agro peruano en particular.39 ----La “Hacienda Urcón”.- Concluía el año y me preparaba para mi primera práctica vacacional, facilitada por los primos Oliveri Vinatea, a realizarse en el
La verdadera causa de la 2a. Guerra –intervención de la judeo masonería aparte--, fue la 1a., sellada con el nefasto Tratado de Versalles. El cual dio sobrados motivos, para su rechazo, a los líderes de los países vencidos. Y ni siquiera satisfizo a los vencedores (Italia y Japón entre ellos), como para poder encontrar defensores. La verdad es que la segunda guerra fue continuación de la primera, con varias menores intermedias. Alguien, con acierto, ha llamado al conjunto de dichas contiendas: “La Guerra de los Treinta Años del Siglo XX” (1,914-1,945). Hitler, en la 1a. conflagración, no era sino un modesto soldado, sin influencia alguna. Por su coraje en combates pudo ganar la Cruz de Hierro y ascender a cabo. Las mentiras y la injusticia de la acusación, son pues clamorosas. 39 Comenzaban a aparecer entonces corrientes, dentro y fuera de la Escuela, propugnadoras de una huachafa imitación yancófila: La partición de la Ingeniería Agronómica en varias ramas con exageradas especializaciones, eliminando en los estudios los básicos anteriores y adoptando el sistema de “créditos”, “currículo flexible” y “ciclos por semestres”. Pero, opino --contra el parecer general, lo reconozco--, apoyado en mi experiencia de largos años como profesor universitario y en el conocimiento de la realidad nacional concreta, además de otras múltiples razones, que tal sistema podrá servir para sociedades anglosajonas, ricas y desarrolladas, mas no para nosotros: hispanos y subdesarrollados. Pero ese modo de pensar y proceder, triunfante al fin, ha terminado por arruinar a la antigua Escuela Nacional de Agricultura y Veterinaria de la Molina (hoy “Universidad Nacional Agraria”) y a la misma extraordinaria y hermosa Profesión de Ingeriero Agrónomo... ¡Que, prácticamente, no existe más en el Perú!
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verano de comienzos del ‘40, en la grande y hermosa Hacienda ganadera “Urcón”, ubicada en las pintorescas serranías de la Provincia de Pallasca, del Departamento de Ancash. Estando así, por iniciar el segundo período anual de estudios en La Molina, cuando llegaba a los 18 años de edad, con la práctica vacacional de varios meses en la dicha hacienda Urcón, se iniciaba entonces en mí, sin percibirlo todavía muy claramente, el proceso de cambio, en la vocación profesional de Ingeniero Agrónomo, de la especialidad cañavelera, hacia la ganadera,. Dado que el ambiente serrano de Urcón se nos aparecía previsiblemente exótico, a mis familiares y a mí, de origen y residencia costeños todos, cuando estuve por emprender el largo viaje --por carretera, ferrocarril, y a mula, por escabrosos caminos de herradura, con espeluznantes precipicios--, mi hermana Isabel, con quien cultivaba especial compañerismo, cariñosamente me recomendó: -- Ahora que vas a Urcón, escríbenos contándonos tus impresiones y ‘aventuras’... -- ¡Qué voy a escribir, si no sé hacerlo!... Soy un animal en eso --Repliqué al punto. -- No tienes que saber nada en especial; solamente narra, sinceramente, lo que sientas... y basta. Así, animado por ella, envié varias cartas contando mis nuevas experiencias e impresiones, de los ambientes y paisajes de esa hermosa e imponente sierra y de mis actividades estudiantiles y laborales en Urcón: Especialmente bella su zona de Sierra Media o Quechua. Un límpido cielo de firme y neto azul de fondo, por lo general con pocas pero blanquísimas nubes, que armonizaban con el conjunto y daban también muy hermosos y nítidos contrastes. Tan distinto del firmamento limeño, gris sin netos tonos, catalogado como de color "panza de burro", por el renombrado Arquitecto y humorista, Héctor Velarde. Súmense unas extensas praderas de punas, rodeadas por imponentes nevados, con preciosas lagunas arboladas de quinoales, quishuares, y saucos. Rojizos y pardos los suelos arcillosos de Urcón; diferentes a los plomizos y arenosos de la Costa. Contrastando con el verdor intenso de su vegetación; lavada con frecuencia por las lluvias. De sus árboles de eucaliptus, cerezos, y alisos; sus azulados magueyes, retamas floridas en amarillo, y sus fructificantes zarzamoras; más los cultivos de trigo, habas, maíz, y papas. ¡Coloridas visiones por doquier! Hasta chillonas las vestimentas de las tímidas pero coquetonas cholitas de esos lares. Además, y hasta entonces, yo nunca había visto ni sentido lluvias de verdad, y menos nevar, granizadas, ni rayos, ni truenos. Concentraron especialmente mi atención los trabajos agrícolas y ganaderos de la hacienda. En particular los de genética animal; de cruzamientos y selección, en equinos, vacunos, y ovinos.

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Mi primo Alberto Oliveri Vinatea, había cruzado finas yeguas de paso, de gran alzada, llevadas de la Costa, con burros "hechores" gigantescos 40, de la famosa raza norteamericana llamada de Kentucky; obteniendo unas mulas impresionantes, de excepcional tamaño, fortaleza y brío; al mismo tiempo que de gran nobleza, docilidad, y muy suaves (“de paso llano” o “de piso”). Sin iguales para los duros caminos, cerros, cuestas, y sendas a campo traviesa, de nuestras escarpadas serranías (“chaquinanas”). Con los vacunos obtuvo bellos cruces progresivos de vacas criollas serranas con reproductores Shorthorn; raza inglesa de hermoso color rojo cereza intenso, de producción de doble propósito (carne y leche). Se elaboraba también mantequilla y quesos deliciosos. Y en cuanto a ovinos, bajo la dirección técnica del entonces muy joven Ing. Agr. Rigoberto Calle Escobar --el más calificado profesional especialista en la materia que se halla dado en el Perú--, realizaba un mejoramiento masivo de sus rebaños de base, de ovejas criollas de ascendencia Merino, por cruzamiento absorbente con carneros de la raza de origen australiano y neozelandés Corriedale (de lana y carne), siguiendo con una rigurosa y constante selección. ¡Cuántas experiencias no habré contado en mis cartas!... Pero regresando a Lima, realmente había olvidado las benditas misivas. Y, para mi sorpresa, la hermana mía me dijo: -- ¡Qué lindas fueron tus carta!... -- ¿Lindas?... ¡Si yo no sé escribir! -- ¿Cómo será?... Sin embargo, a mí sí me han parecido muy bonitas. Sinceramente sorprendido estaba en verdad. Pero el hecho es que, desde entonces, comencé a perder el ‘miedo a escribir’. Que había contraído, unos años antes, en mi preadolescencia; al negativo influjo de un pésimo profesor de Literatura. Pero poco a poco, fui ‘agarrándole el gusto’ al asunto. Y, aunque a trompicones, conforme iré narrando, me lancé por esa ruta. Lo cual --en estricto sentido--, si no ha dado hermosos frutos, en cambio, sí ha conferido mucho sabor a mi existencia.41 ----Por las interesantes observaciones que tuvieron lugar en Urcón, referidas a sus prácticas zootécnicas modernas y de alto nivel profesional, comencé a darme cuenta de que la Zoología y la Zootecnia, son a la Botánica y a la
"Hechores" se llama a los asnos reproductores machos o ‘garañones’, capaces de aparearse con yeguas y producir (o ‘hacer’, de donde vendría la palabra: "hechores") crías mulares o híbridas (entre las especies asnal y caballar); lo cual se logra amamantándolos y criándolos con yeguas, de modo a conseguir, por la costumbre, un desenvolvimiento sexual y reproductivo sin retrimientos y que, de otro modo, aparecería anti natural. 41 Años después, tuve ocasión de leer --con especial fruición-- las obras de don Miguel de Unamuno, quien decía: “Escriba con sinceridad y sin mucho temor a las imperfecciones, si le agrada hacerlo y mejor si lo hecho gusta a los demás; que el perfeccionamiento --nunca la perfección-- vendrá después y progresivamente”.
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Fitotecnia, como un escalón más avanzado y por lo tanto más interesante, del conocimiento científico y técnico agrario; sin oponerse entre ellos, sino al contrario. Pues, en ambos casos, no son posibles, las primeras nombradas, sin las segundas; en otras palabras: Zoología, sin Botánica anterior; ni Zootecnia, sin Fitotecnia precedente. Y en el esquema empresarial, la ganadería tiene que darse, con agricultura de pastos y cultivos de rotación y alimenticios, en ciclos mútuamente complementarios. Con silvicultura o forestaciones además (para sombras y protección de suelos y ambientes). Por ser así las actividades ganaderas, integrales y de mayor complejidad, interesan, desafían a la originalidad, e incitan con más fuerza, a las ansias juveniles del saber y del crear. De tal modo, fui recalando en la Ganadería. Posteriormente, cuando conocí la Selva, primero por Satipo y luego por Tingo María, Pucallpa e Iquitos, en inefable deslumbramiento, viviendo además un tiempo en ella, me definí por la Zootecnia Tropical; con énfasis en Vacunos, la rama pecuaria más promisoria en la mencionada región. Finalmente, mi pasión por la Biología General, la Ciencia del Suelo o Edafología, y la Genética o Estudio de la Herencia Biológica, hicieron el resto, en fuerte impulso añadido a las motivaciones del proceso descrito. ----Tengo, entre mis recuerdos de “Urcón”, numerosos de útiles aprendizajes; asimismo, el de un accidente cuyas consecuencias pudieron ser muy graves, pero que al final felizmente no se produjeron: Ocurría que, como en toda gran explotación ovina, son operaciones de rigor, muy relacionadas entre sí, “la contada” y “la selección y clasificación” del ganado. En el caso de las ovejas --valiendo la afirmación para algunas otras especies--, se debe conocer bien la sicología de los animales; los alcances de su instinto gregario (inclinación a formar rebaños o grupos numerosos, subyugándose a un comportamiento colectivo). So pena de fracasar, de modo lamentable, en la crianza. En las dichas operaciones es necesario coger y sujetar algunos animales, individualmente, para precisar ciertos datos. Así, al atrapar a una oveja o carnero determinado --o también a un cerdo--, hay que arrinconar al rebaño --o a la piara-- en una de las esquinas del corral; fijarse bien en el animal que se desea extraer; y mantener la atención sólo en él; e, introduciéndose, uno mismo, dentro del montón, perseguirlo hasta agarrarlo; mejor, cuando está apretujándose, queriendo esconderse en medio del grupo. A los ovinos tomándolos primero del vellón o lana del cuerpo y luego sentándolos entre las piernas del pastor; a los porcinos, de una pata trasera y después de las orejas, desde sus bases, antes de tumbarlos. Si no se adoptan estas técnicas o precauciones y como chambón, uno se alborota y pretende agarrar a cualquier ejemplar, en cualquier forma, variando inclusive de objetivo o punto, termina por

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no atrapar ninguno. Todos escapan en distintas direcciones, en medio de las risas y burlas de la conocedora concurrencia; situación que a nadie agrada.42 En cierta oportunidad estábamos contando ganado lanar; para lo cual, por lo común se agrupa al rebaño correspondiente utilizando dos grandes corrales, con una estrecha puerta intermedia, de modo a permitir, en su momento, pasarlo en fila, de uno a otro recinto. A veces, como sucedió en el escenario del caso que trato, no hay corrales y menos en duplex. Entonces lo que se hace es disponer, en una especie de gran ‘8’, a varios pastores alineados en lateral y provistos de “cayados” (báculos), bastones, o palos largos, para poder requerir en la operación una menor cantidad de peones; funcionando, como puerta, el punto medio del ocho humano. Así las cosas, se procura hacer pasar, de una parte a la otra, a las ovejas en fila india, lo más despacio posible, por la abertura del medio del ocho. Dos personas especialmente colocadas, una a cada lado de la hilera, van contando y apuntando en un papel las cantidades parciales resultantes; haciéndolo por medio de rayitas en grupitos de a cinco (cuatro verticales, por una oblicua a través), para luego, al concluir, confrontar los resultados. La cuestión es no dejar escapar a ninguna oveja. Porque basta que una sola salga por un lugar diferente que no sea 'la puerta', para que las demás se vuelvan locas por seguirla. Si lo logran, algunas, buscarán otros grupos en los cuales introducirse. Pudiendo ser estos de diferentes categorías y ya contados o nó; echándose a perder... ¡todo un largo trabajo sobre varios cientos de animales, en pocos minutos!... Por ello... ¡nadie debe distraerse! Un día, muy lluvioso, estábamos realizando una labor como la descrita; yo hacía de capataz de los pastores; el terreno era arcilloso, bastante quebrado, de irregulares desniveles, con mechones, de trecho en trecho, de hierbas o pasto a medio comer por el ganado,. Se había formado así, con las lluvias, un barro muy resbaloso de su arcilla roja43. En ésas, uno de los pastores, quien estaba con la boca abierta y mirando a las nubes, dejó escapar una oveja... Corrí a contenerla, gritando: --¡Cuidado!... Se escapa una...
Los animales individualmente débiles defienden, en la lucha por la vida, su propia existencia y la de su especie, en dos formas principales: recurriendo a su gran capacidad de reproducción, y a su instinto gregario. Formando aglomeraciones, llamadas: multitudes, rebaños, tropeles, piaras, mangas, parvadas, cardúmenes, etc., según las especies de que se trate. Por ellas, pese al sacrificio de algunos miembros de la agrupación, generalmente los viejos, enfermos y defectuosos, logran escapar los sanos y fuertes; desconcertando a sus atacantes... ¡Inmensa la Sabiduría del Orden Natural de la Creación! 43 Las arcillas de la Sierra y especialmente las de la Selva: antiguas, rojas, oxidadas, lavadas por las lluvias, ácidas, con pocas bases alcalinas; son diferentes a las de la Costa, por lo general nuevas, grises, de baja oxidación, alcalinas y no lavadas, cargadas de bases y sales. Las primeras, al recibir humedad, si la cantidad de agua es moderada, se ofrecen muy resbalosas; si mayor, se hinchan fuerte y se vuelven muy ligosas, en un barro “como chocolate derretido”.
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Pero quiso mi mala suerte e inexperiencia hasta entonces dada en el caminar por los suelos mojados por las lluvias de la Sierra, que pisara mal con el taco en un desnivel, cayendo de espaldas, sin amortiguación alguna, con todo el peso y cuan largo era mi cuerpo, golpeándome la cabeza fuertemente en la región occipital. Por ventura, el choque con el suelo, de tal zona corporal, fue sobre un montículo con densa cobertura de pasto, el cual funcionó como amortiguador y no hubo así fractura del cráneo o de hueso alguno que lamentar. Quedé tendido en el suelo. Perdí el conocimiento. "Privado", como se dice... Cundió entonces el desconcierto en la peonada y Rigoberto Calle se acercó presuroso a constatar lo sucedido. Me contempló fijamente. Mientras yo, como si estuviera beodo, sólo atinaba a devolver a medias la mirada; sin un claro enfoque visual. Casi al instante, me dijo: -- ¿Qué te pasa?... - ..................... -- (sin respuesta). -- Se ha resbalado y golpeado en la cabeza, señor --Respondieron por mí, casi en coro, los pastores que me rodeaban... Mientras “la contada” se convirtió en un laberinto de padre y señor mío... Al observar Rigoberto mi lastimoso estado, en medio de un susto tremendo, enérgico, ordenó: -- ¡Traigan su caballo! Y, con cuidado, súbanlo montado. Tú, José –uno de los pastores--, llévalo de tiro por delante; y Juan –otro de los mozos ovejeros-, tú anda de arreo por detrás; atentos y lo contienen si quiere caerse... Y, pronto, llévenlo a la casa, donde don Alberto. Infórmenle lo sucedido y que lo acuesten en cama. Luego, sin tardanza, partiré y llegaré yo; apenas pueda disponer el arreglo de la trifulca armada aquí... Tú, Rafael... ¡agárrate bien!... del “charqui” (parte delantera de la montura), con las dos manos; y deja las riendas algo sueltas; el muchacho te llevará... ¡Vayan con cuidado!... Sólo al paso y lento, para que el trote no le sacuda la cabeza... Así, semi despertando, como un borracho, me encontré sobre el caballo, desplazándonos, a paso cansino, por los senderos de la cordillera y la puna… A poco, un tanto vuelto en mí, recuperado el conocimiento cada vez más, comencé a darme cierta cuenta de lo circundante y aunque mareado todavía, pude hablar algo y pregunté al pastor: -- José ¿Qué me ha pasado? -- Te has caído señor --Me respondió, solícito pero lacónico, mi temporal guía. La pregunta, creo, la repetí más de diez veces en el camino. Y con la mayor paciencia el afectuoso pastor reiteraba la misma respuesta: -- Te has caído señor... La casa estaba bastante lejos del lugar de los acontecimientos. Me parece recordar que a más de dos o tres horas, al paso que llevábamos. En el 102

camino iba despejándome, poco a poco. Pero llegué a la casa todavía medio "grogui". Me hicieron acostar, después de suministrarme una caliente y agradable bebida. Y dormí profundamente algunas horas, como un bendito. Dejándoseme tranquilo, por atinada prescripción de Alberto... Médico no había ni a muchos kilómetros a la redonda... Al día siguiente, amanecí mejor; en cuanto al estado general del cuerpo y al entendimiento racional del mundo exterior. Pero en gran medida... ¡había perdido la memoria! Tal situación nos asustó a todos. A mí por supuesto, con mayor razón; pues como estudiante, de permanecer así la lesión, ello podría significar el fracaso total de mi carrera. Mucho también preocupó el accidente a mis hospitalarios anfitriones y cariñosos primos (Alejandro y Alberto). Se sentían responsables, ante la familia común, dada mi juvenil inexperiencia personal. Felizmente, en los días posteriores fui recuperando la memoria con rapidez y en amplitud crecientes. Hasta cuando, a poco, quedé como si nada hubiera pasado. Y la falta de memoria nunca llegó a ser mi débil. Sino todo lo contrario. Al decir de numerosos y confiables terceros, quienes, benévolos, pero sin mengua de ser justos, la apreciarían como bastante buena y sobre lo común.... ¡A Dios gracias! Mas había ocurrido algo curioso e interesante: En la inicial recuperación de mis facultades, después del accidente, pude constatar una realidad de la neuro fisiología humana. Me pareció sentir, por algunos momentos, despertar, no en “Urcón”, sino en el Colegio “Santa Rosa” de Chosica, donde yo había sufrido, cuatro años antes, un accidente parecido, aunque menos grave; al resbalar en un piso de cemento mojado y golpearme, también en la parte posterior de la cabeza, con un cercano lavadero de cemento. Todo con un cierto desmayo y pérdida de la memoria, por corto lapso. Lo curioso es, precisamente, la presentación de una especie de 'conexión de los recuerdos', posible de darse entre un tramo de la existencia, con otro, tras anterior; dejando, por un tiempo, en el olvido, en blanco, al inmediato previo o intermedio. Justamente, por la época del percance descrito (la década de los 40), se hacía muy popular una cómica película norteamericana, cuyo nombre resulta irrelevante para el caso, protagonizada por dos famosos actores, contrastantes y por ello más chistosos: Bud Abott (flaco y alto) y Lou Costello (gordito y bajo). Se trataba de un caso concordante con lo aquí expuesto. Adquiriendo así el argumento cierto realismo, no hecho de tan pura fantasía, como pudiera creerse. En esa cinta, al gordito Costello le habían propinado un mal palazo en la parte posterior de la cabeza, durante determinado lío. Al volver del desmayo, había perdido la memoria, creyendo estar en diferente etapa existencial, correspondiente a una previa a otro golpe muy anterior. Se agravó entonces el enredo. Para desentrañarlo, el flaco Abott no encontró mejor solución que propinarle un tercer garrotazo, en la misma ubicación cefálica. Total, Costello ensambló la etapa última, con la antepenúltima, dejando en blanco a la intermedia. Otra vez --y mayor-- el laberinto. Entonces, para intentar arreglarlo... ¡nuevo porrazo! Total, palo sobre palo, casi matan al pobre gordito. En medio de

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las carcajadas incontenibles del público, hasta los terrenos de un lacrimoso jolgorio... Años después, hubo otra cinta, mejicana y más graciosa, del inigualable y genial “Cantinflas”, con parecido tema, en la que un coprotagonista (Ángel Carassa), hacía, con un supuesto hermano gemelo, con quien se desconocía por razones existenciales, en unas etapas del argumento, de anodino amigo del cómico principal y, en otras, de un sabio físico poseedor de terribles secretos de la ciencia bélica. Pero, golpes iban y venían en las cabezas de los veteranos mellizos, con las consecuentes pérdidas y recuperaciones de sus respectivas memorias, salteadas y reconectadas, con lo que se armaban unos enredos en extremo hilarantes. ----Concluida mi provechosa e interesante permanencia en “Urcón” y coincidiendo con la terminación del verano de 1,940, regresé a Lima; para iniciar el segundo año de los cinco de estudios profesionales en la Molina. Y nuestro arribo a las nuevas clases, en los primeros días de abril, a diferencia de lo sucedido el año anterior, fue de lo mas tranquilo, pleno de una sensación de seguridad. Sin mengua del entusiasmo y alegría con que lo tomábamos. Los cursos comenzaban a ser, aunque todavía generales y no de aplicaciones concretas o de especialidades de la carrera propiamente dicha, sí cada vez más conducentes a lograr el perfil básico del Ingeniero Agrónomo, tal como en esos tiempos era concebido. Los iniciamos pues con marcado buen ánimo y especial cariño. El Terremoto del ‘40.- Transcurrían así, del modo dicho, los días completos del mes de abril y casi todos los de mayo. Cuando un suceso tremendo sacudió, impactó, nuestras casi imberbes existencias y cambió, en mucho, a La Molina misma, cuyo ambiente venía siéndonos particularmente grato y acogedor; tanto para nuestros estudios, como para las demás dedicaciones juveniles, las deportivas y otros variados y sanos esparcimientos... Fue el cataclísmico Terremoto del ‘40. El 24 de mayo, un poco antes del medio día, se preparaban todos en el Internado --personal de cocina y comedor y los estudiantiles comensales-- para la hora del almuerzo. Siempre importatísima para nosotros. Como es fácil comprender, entendiendo las voracidades bulímicas que caracterizan a la Adolescencia y a la Juventud masculina, de todas partes y de todos los tiempos... Mientras tanto, los muchachos internos más estudiosos, terminadas las clases matinales, estaban todavía en el pabellón del Dormitorio General. En sus respectivas “camarillas” individuales; cerradas por dentro, generalmente con llave. Dedicados a estudiar cursos, revisar copias, hacer tareas o trabajos académicos, dibujos, etc. Protegiéndose de las impertinencias de los más vagos; que a toda hora empleaban su tiempo o mataban su aburrimiento, fuera mejor decir, fregando la paciencia al prójimo y, no haciendo bien los propios, dificultando estudios ajenos. Cuando, a eso de las 11 y 30’ de la mañana,

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comenzó a temblar la tierra. Con fuerza creciente y notable ruido. Produciendo un progresivo espanto general... Yo estaba en mi cuartito y a puerta cerrada con llave. Al principio, no hice caso. Pues desde muy niños, en la familia, se nos había enseñado a ‘no tener miedo a los temblores’; y, en todo caso, a ‘salir despacio y sin mayores aspavientos’. No les tenía, pues, temor a los frecuentes movimientos telúricos que se producen en Lima y en casi todo el Perú. Cualesquiera que fueren sus intensidades. Por lo menos, a las de los producidos hasta esas circunstancias. Podría decir, con y como mis familiares: ¡Nada de temblorcitos, ni sustitos conmigo! Sin embargo, siguieron pasando los segundos y la fuerza y ruidos del remezón crecían. Comencé a alarmarme... La gritería y carreras de los demás muchachos, en el exterior de los cubículos, eran por demás estridentes y bullangueras. Vociferaban: ¡Terremoto! ¡Terremoto!... Añadiendo múltiples interjecciones de pavor. No faltando las netamente groseras, que suelen adornar situaciones de parecida naturaleza... Y... ¡dale con la tembladera! No olvidemos que los sectores de la Gran Lima, en los cuales el sismo mostró su mayor fuerza destructiva, fueron, precisamente: El Callao, Chorrillos, y La Molina... Ya se sumaban fuertes crujidos que salían de las paredes y techos, pareciendo que se quebraban. Comenzaron a caer los estucos y molduras. Se generalizaba una densa polvareda... Situación curiosa, notable, en el fenómeno que se venía produciendo, estribaba en que, al remecerse el edificio, de un lado para otro y de arriba para abajo, se soltaban los ladrillos; unos de otros y ellos mismos de sus respectivas capas de mezcla o argamasa seca. Por evidentes deficiencias de construcción, aparte de la fuerza terráquea.44 Dando lugar a pequeños pero numerosos chasquidos; que se sumaban todos, en una especie de fuerte y áspero zumbar. Anunciaban, terroríficamente, el desmoronamiento y final derrumbe total... O, por lo menos, así nos parecía, con bastante claridad. Entonces recién me asusté muchísimo más y de veras. Casi a extremos de pánico; valgan verdades. Intenté salir; girando rápidamente la llave y perilla. Pero la puerta ya no se quería abrir. Tuve que darle un fuerte empellón y otro desesperado jalón. Por fortuna, coincidiendo posiblemente, a favor, alguno de los intensos sacudones de todo el edificio... ¡se abrió la terca portezuela! Corrí, anhelante, hacia afuera; impulsado por una hasta entonces inexperimentada fuerza interior... ¡El instinto de conservación!... Que emergía desde lo más hondo de mi ser... Me uní, por detrás, a un tropel de aterrados muchachos, quienes bajaban ya desde el tercer piso --yo estaba en el segundo-- y corrían hacia una
Después del terremoto, las edificaciones de La Molina fueron incluidas en una investigación oficial por malos manejos de las compañías contratistas sospechosas de fraude con los materiales de construcción utilizados. Como siempre, no llevó a resultado alguno... ¡Contratistas de Obras Públicas del Perú!: ¿Hasta cuándo abusareis de nuestra paciencia?
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de las dos amplias graderías del edificio. Las cuales, por ambos lados de la larga fachada y por dos grandes puertas, le daban salida hacia los jardines exteriores. Ocurrió que al llegar al mismo borde superior de la primera escalera, ésta se hundió ante sus pies; dejando un gran forado, imposible de pasar... Sin embargo, por otra parte y felizmente --con la reserva correspondiente al término, en tales circunstancias-- casi todos los alumnos del pelotón formado, con anterioridad al nuestro, por la mayoría de los alumnos del segundo piso que lo evacuaron más presurosos, ya habían pasado el último umbral, hacia el exterior... Menos dos jóvenes más retrasados, a quienes les cayó, al casi superarlo y por sus espaldas, el pesado balcón de cemento que se desprendió del sobre dintel, del ala derecha del Internado. Esos dos muchachos fueron dados por muertos, en los periódicos del día siguiente. Pero pudo aclararse, después, que se trató de uno sólo... ¡Lo vi al rato de caer! Aplastado por los bloques de concreto... ¡Tenía las piernas y muslos doblados y quebrados, descoyuntados hacia la nuca! La impresión –horrible-- no se me borraría jamás. En cuanto a nosotros, los del siguiente grupo, los retrasados del segundo piso y prácticamente todos los del tercero, al vernos sin salida, quedamos momentáneamente anonadados. Pero uno, el más vivaz de los muchachos del tropel, gritó: -- ¡A la otra escalera! Así lo hicimos, en turbamulta y como se comprenderá fácilmente, a la velocidad del rayo... Porque cuando se trata de salvar el pellejo, todo correr es poco... El temblor... ¡terremoto declarado ya! continuaba. Parecía interminable, de una potencia aterradora... Llegamos a la segunda escalera, la cual... ¡seguía ahí!... ¡Bendito sea Dios! Bajamos corriendo. Pero ya tambaleantes todos. Buscando por momentos apoyo en las paredes, zarandeadas y descascarándose; cuyos ladrillos, sueltos, salían disparados lateralmente contra nosotros, muy golpeados ya, sin poder casi tenernos en pie, ni bajar seguros las gradas; recibiendo, por añadidura, una lluvia de pedazos de estuco y de molduras, desprendidos de los techos y paredes. En medio de una nube de polvo, la cual nos venía dejando más 'talqueados' –ironía macabra si se quiere-- que participantes en “yunzas” de carnavales en los pueblos de nuestras serranías. En lo a mí tocante, al llegar a la puerta y pretender saltar las últimas gradas --¡eran las tres o cuatro finales!--, caí de bruces. Y, al voltear un poco la cara hacia atrás y arriba, vi a la torre de ese sector... ¡amenazadora, bamboleante, soltando, cual gruesa y peligrosa lluvia, sus numerosas y rojizas tejas! Pareciendo venirse abajo, exactamente... ¡sobre mí! Pero pude divisar, a la superficie del jardín, moverse, ondulante, como si fuese una alfombra cuando se la sacude. Fue entonces cuando tuvo lugar una sorprendente experiencia de notable significado: Sentí, por unos segundos, la sensación de estar llegando a una muerte segura, inevitable. Que yo iba a morir. Que tenía que morir. En ese

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mismo instante... Pero, lejos de aumentar, mi terror terminó por completo. Una increíble Resignación, se apoderó de mi espíritu. Me encogí cuanto pude y esperé lo que debiera venir... No obstante, pasaron algunas fracciones de segundo. La torre no caía aún... Y el instinto de conservación, rápidamente, volvió a llamarme. Miré de nuevo hacia adelante. Vi el campo abierto. Casi salté y corrí ‘en cuatro patas’, avanzando varios metros. Mientras, por detrás, caían, estruendosamente, el balcón y la torre, con sus tejas restantes... ¡Me había salvado!... El Terremoto terminó. Pero hube aprendido lo también confirmado, años más tarde, por la lectura de las obras del sabio Cicerón. Las cuales tantas veces cito, incansable, pero con suficiente justificación, según creo. Podría resumirse el principio en la forma siguiente: "Cuando llega el momento de la muerte o uno lo percibe así, se presenta, en el ánimo, una suerte de Resignación o Conformidad. Cualquier terror ante su presencia desaparece." Resulta así una suerte de confirmatorio complemento de la convicción ciceroniana de que: "No existe motivo racional suficiente para temer a la muerte, tanto por lo menos, como es común en el vulgo." Porque uno de los más grandes temores humanos, en verdad infundado ciertamente, como estamos viéndolo, es pensar que se ha de mirar, aterrado, la llegada de la Muerte, ("verle la cara a la Parca”), enfrentar al Momento Supremo, con plena consciencia de ello, añadida al rechazo común y comprensible del suceso... De tal modo, el trance se supone terrible, desesperante... Mi convicción, experimentada, no tanto teórica, se consolidó, como lo detallaré en próximos párrafos, en la circunstancia posterior de un accidente, durante un viaje al Satipo, episodio distinto en la forma, pero de significación similar al de La Molina. Ratificando, de modo irrefutable, el principio enunciado... Más, si agrego los testimonios ya expuestos, de los fallecimientos de mis padres. En dichos trances: el de mi madre, súbito, apoplético; el de mi padre, más lento, por neumonía; ambos perdieron la consciencia antes de la terminación de sus vidas. Resalta la veracidad de la afirmación ciceroniana: “El umbral de la muerte no es tan horrible, ni siquiera tan percibible, como se lo supone”. ----Terminado el remezón del terremoto, reclinado sobre la grama de los jardines de la Escuela, comencé a contemplar la magnitud de los estragos producidos por el sismo: Los hasta entonces bellos edificios, en su mayor parte, se habían derrumbado, completa o parcialmente. Todos presentaban serios daños y averías. Como dijimos antes, hubo un alumno muerto y otro gravemente lesionado. Numerosos estaban heridos o por lo menos golpeados, con fuertes

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raspaduras, ‘empolvados’ por entero y presentando rotas, desgarradas, sus vestimentas. Varias casas de los profesores se habían venido abajo, en particular la del Rector o Director de la Escuela; a cuya esposa, quien se hallaba encinta y había estado en esos momentos dedicada a labores de su hogar, se la encontró casi sepultada entre los escombros. Ajustadamente se la extrajo de los cascotes y palos rotos que la cubrían; recibiendo primeros auxilios y sedantes. El Laboratorio de Química se incendió a causa de la rotura de los conductos de gas de sus mecheros. Los alumnos, empleados y profesores, corrían de un lado para otro, prestando auxilios. El personal de los servicios de comedor y cocina, tuvo todavía empaque suficiente para salvar el almuerzo, las ollas y gran parte de la vajilla; con todo lo cual lograron servir, de alguna manera, el menú correspondiente a ese día. Lo hicieron a la intemperie, en mesas y asientos improvisados; en favor de un buen número de personas que consideraron conveniente almorzar primero, antes de irse a sus casas en Lima. Episodio aleccionador lo constituyó el protagonizado por un alumno que había mostrado, desde su ingreso a la Escuela, una constitución emocional de acentuado tono místico; dando lugar, incluso, a la burla de los muchachos más escépticos, descreídos, o cínicos: Concluido el movimiento terráqueo, todos los alumnos evacuaron el edificio del internado, que había quedado en resquebrajado cascarón. Abandonado, amenazando derrumbarse en cualquier momento como un castillo de naipes. Con mayor razón, si tuviera lugar alguna réplica del temblor. Todos necesitaban sus cosas para poder regresar a Lima. Pero nadie se atrevía a ingresar al entonces ya ruinoso recinto. Mucho menos a los pisos altos, ni a permanecer algún tiempo en su interior... Este muchacho fue el único que se decidió. Y durante más de dos horas iba lanzando por las ventanas las pertenencias de los estudiantes, quienes, uno a uno, le rogaban buscarlas y alcanzárselas. Él, imperturbable, con la más generosa solicitud, los iba atendiendo. Lo hizo hasta con el último pedido... Decía no temer a la muerte; pues en todo caso ella le abriría las puertas del Cielo y, mientras tanto, Dios lo ayudaría. Aparte de la racionalidad o no que inspirara a tales acciones, era imposible negar el valor y la fuerza espiritual o emotiva demostrada por el actor central del drama. Los admirables alcances de una convicción, de una fe. No pudieron menos, todos, que estarse silenciosos. Por respeto, gratitud, y admiración, al coraje y a la abnegada generosidad, de dicho joven. Cuyo nombre no guardé en la memoria, aunque parezca increíble y no esté en ello ausente mi vergüenza. No me explico hasta ahora las causas del olvido. Supongo --en disculpa a medias-- que fue el anonadamiento, el trauma producido por la catástrofe y el hecho de haber, este muchacho, abandonado la carrera al poco tiempo de los sucesos que narro y desaparecido de nuestros escenarios, por causas no llegadas a conocer por mí.

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Pensando en la suerte corrida por mis familiares, en el primer medio de transporte, prácticamente volé hacia nuestro domicilio paterno en Lima. Y si bien allí las consecuencias no fueron tan graves como en La Molina, de todos modos la casa de 6 de Agosto se rajó por varias partes, sufriendo daños relativamente pequeños pero numerosos. Sumado al hecho, la ya muy difícil situación económica familiar, al poco tiempo fue necesario vender el inmueble. Ello motivó una nueva dispersión del clan. Pero se contuvo en gran medida por la generosidad de nuestra hermana Ester y cuñado Federico Ruiz Huidobro; cuyo hogar se manifestara, en nuestro destino, como nuevo y último reducto de la unidad de la familia. Lo aportaron con particular afecto, estando ubicado en el Centro de Lima, cerca de “La Colmena”, en la Calle Cañete, con el Nº 712, según recuerdo... En cuanto a la Escuela misma, por los efectos del terremoto, dados en la destrucción inmobiliaria de su hermosa estructura básica original, la organización, la regularidad, y el suave curso de nuestro transitar académico, se trastornaron por un dilatado lapso. Recuerdo que los estudios se suspendieron por más de un mes; mientras los directivos de la Escuela disponían la rápida refacción de lo refaccionable y conseguían salones supletorios en Lima. Así, las actividades académicas se pudieron normalizar de un modo aceptable y reiniciamos nuestros estudios con todo entusiasmo. La mayoría de las clases teóricas eran dictadas en los locales de la capital y las prácticas de campo y de laboratorio, se realizaban en La Molina. Adonde nos trasladábamos en varios ómnibus desde un paradero ubicado en la Plaza Grau. ----Entre los meses de julio y agosto, visité a mi hermano Manuel -”Manongo”--quien a la sazón trabajaba en la Hacienda Paramonga. Fue un agradable y fraterno reencuentro, en el ambiente, concordante con nuestras comunes aficiones agrarias, de una gran hacienda cañavelera costeña, que nos traía, además, emocionantes recuerdos de nuestra cercana infancia. Al viajar por tierra, de paso por el valle de Supe, pude observar los estragos causados por el terremoto en “San Nicolás”. Sin embargo, la destrucción, si bien en gran medida desconsoladora, no había sido total. En verdad fue posteriormente que la bella hacienda supana se acabó de rematar; con los sismos del ‘65, del ‘70, del ‘74, y otros menores; los cuales, unidos a la Reforma Agraria velasquista, terminaron con el “Paraíso Infantil” de nuestros más tiernos disfrutes y recuerdos. ----El Deporte.- Juega éste, una función vital, sobre todo en el desarrollo adolescente y juvenil de la personalidad; lo que no disminuye el reconocimiento de sus enormes beneficios en todas las edades del ser humano: “Mente Sana en Cuerpo Sano”... ¡milenaria máxima de origen helénico! No puede haber salud mental, vocaciones nobles, ideales generosos, al lado de la pereza física. Y es

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comprendiendo este principio básico, que en La Molina se alentaba y facilitaba la práctica de todos los deportes posibles. En el año 1,940, se realizó una de las grandes Olimpiadas Universitarias. Otra semejante se repetiría el ‘42. Fui en ellas entusiasta participante. En la E.N.A.V. de la Molina, profesores, directivos, administrativos, y sobre todo los alumnos, teníamos en muy alto aprecio, a legítimo orgullo, la encomiable tradición de una cultivada camaradería y de constantes prácticas, de frecuentes y brillantes competencias deportivas... La enseña ”Molinera” se ofrecía plena de merecidos lauros y generadora de muy grandes satisfacciones. Con todo ser, entre los centros de estudios de nivel Superior, de lejos, el de menor población estudiantil, La Molina obtenía triunfos y premios que la colocaban en los primeros lugares, en casi todos los deportes y pruebas atléticas, de las justas universitarias en que participaba. Además, siempre presentaba una alegre, ruidosa y uniformada barra. Que atronaba el espacio con entusiastas, simpáticos y rítmicos clamores; con fervorosos, originales y expresivos cantos. Todos los alumnos cumplían un compromiso de honor: Participar. Por lo menos, en un deporte, equipo, prueba, competencia, barras, y en toda actividad, en que se comprometía la Escuela... Formé parte, con varios compañeros, del equipo de natación, en el cual hicimos mucha camaradería. Competí en estilo libre (“crawl”), en las pruebas individuales y de postas, de 100, 200 y 400 m.; así como en las postas de tres estilos (libre, espaldas, y pecho o ‘mariposa’). Formamos un equipo que si bien no podría calificarse de los superiores, era por lo menos regular; eso sí, muy entusiasta, pundonoroso y hasta sacrificado. No dejamos de alcanzar 2º, 3º, y 4º puestos, en las pruebas más difíciles. Yo nadaba bien y me gustaba mucho hacerlo. Desde pequeño. Aprendí en la bellísima piscina “La Esperanza” y en los mares de “San Nicolás” y de Supe; como he narrado en mi anterior libro: “Yo Conocí el Paraíso”. Pero me agradaba nadar por puro placer. No para pruebas de competencia o conquista de tiempos y trofeos. En las que el afán por las mejores marcas y por los triunfos, si bien confiere ciertos visos de heroicidad a las acciones, les quita su epicúrea poesía. Ingresar a las emulaciones natatorias de los campeonatos, llegaba a constituir --por la extenuante fatiga y el ahogo que se experimentaba-- un angustioso sacrificio. Y así, ‘a la hora de la verdad ‘, en el instante previo al lanzamiento a la piscina, se llegaba a los linderos de un paralizante temor... Pero, por ‘Nuestra Querida Escuela’, teníamos que vencerlo. Entrenamientos de madrugada, rigurosos y agotantes; sin tomar en cuenta fríos ni calores45; sesiones de gimnasia extenuadora; comida especial,
Para tener una idea de lo agotadores que eran los entrenamientos natatorios, señalaremos por ejemplo, que para la prueba de 100 m. libre, todos los días debía culminarse con ensayos, tomando tiempo, sobre esa misma distancia, varias veces. Después de haber hecho numerosos ‘piques’ (a gran velocidad) de 50 m. c/u; y varios recorridos ‘suaves’ --es un decir-- o de
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con prioridad de la nutrición sobre los placeres gastronómicos. ‘Mucho chuño’, se decía, por el gran requerimiento de calorías; en un deporte que había de vérselas en simultáneo con el esfuerzo físico y las bajas temperaturas del agua sin temperar y en pleno invierno. La voz de orden: ¡Fuera vicios, malas noches y toda suerte de deleites artificiosos y debilitantes! Por otro lado, y sin dudas: provechoso el régimen, para los adolescentes y para los muy jóvenes, desbordantes de energías físicas. Las pruebas mismas significaban un esfuerzo supremo. En medio de la gritería, la inmisericorde exigencia, el insaciable reclamo, de nuestras delirantes barras, en las carreras de mayor aliento uno se sentía ahogar... ¡desfallecer! Había casos en los cuales se tenía que sacar de la piscina, extenuado, de los sobacos y semiahogado, al exvoluntarioso nadador... siendo preciso revivirlo en el camarín, dándole aire, enérgicos masajes, y otros auxilios. Pero, no se podía negar, el trance... ¡era fabuloso! Esas prácticas deportivas --incluyendo sus esfuerzos supremos-enseñaban algunas lecciones interesantes. Una sobre todo: Cuando el adolescente se entrega con entusiasmo al deporte, se aleja de los vicios, con propia y grande convicción ¡Enorme el beneficio! Pues la intensa actividad física mitiga, posterga, casi como que distrae en el adolescente y en el joven, al ansia de satisfacer o desfogar sus púberes y desbordantes impulsos sensuales. Los que, de otro modo, lo harían caer en grandes problemas, o lo atormentarían hasta lo indecible. Así podríamos reiterar: El Deporte intensamente practicado, sin exageraciones; no a extremos de dedicación exclusiva ni excluyente, de histerias colectivas o seudo fanatismos; ni por negocio o sed de dinero; así adoptado, en su justo término, el esfuerzo físico, está entre los mejores medios de mantener a los adolescentes y jóvenes fuera de las garras de los vicios. De apoyarlos y ayudarlos a pasar, acortar, la difícil etapa comprendida entre la aparición de su desbordante instinto sexual -en la pubertad-- y la normalización de su vida --en la madurez juvenil--, por el matrimonio temprano y bien realizado, sin duda lo más conveniente y recomendable en condiciones de vida normales. ----La Instrucción Militar.- Este aspecto cumplía un importante papel en la formación educativa adolescente y juvenil en el Perú, pese a las indudables fallas de que adolecía el sistema. Ha sido un gravísimo error, la supresión, hace poco, de éste que, perfeccionado, debiera constituir un invalorable recurso formativo y pedagógico nacional, por muchas razones y a las cuales habrá ocasión de volver a referirnos más adelante. Nosotros recibíamos, normalmente todos los años, desde los colegios, lo que se llamaba la Instrucción Pre-Militar. Ya en la Escuela, a quienes lo quisimos así, por inclinación vocacional hacia la Ganadería o Zootecnia y a la
'aflojamientos', de 200, 400 y 800 m. c/u.... En total, se sumaban unos 2,500 a 3,500 m. diarios, a nadar casi sin descanso.

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Medicina Veterinaria,46 nos dieron una preparación especial en Veterinaria Militar (que ponía énfasis en los equinos: caballos y mulares). Esta enseñanza debía culminar en un Despacho de Alférez de Caballería de Reserva, en la Especialidad de Veterinaria. El resto de nuestros compañeros recibía una instrucción militar general de Caballería, terminando con el mismo grado de la Reserva, pero sin especialidad. En los años 1,940 y 41, se realizaron dos grandes maniobras militares en el Perú. Con la participación de los universitarios de Lima, organizados en un gran batallón especial. Participé en la primera que se efectuó en la zona comprendida entre Chorrillos y Pucusana, por el tiempo aproximado de un mes. Nuestra instrucción, Pre y Militar, anterior a las maniobras, facilitó mucho el desarrollo de éstas. La base de las operaciones fue la Escuela Militar de Chorrillos, donde se nos dio los uniformes y el armamento del caso; nos habituamos a la vida de cuartel y campamentos militares (vivacs o vivaques). En todo, nos situaron como soldados regulares del Ejército, al mando de oficiales de carrera de diversos grados. Fue en verdad una experiencia interesante, aleccionadora, por muchos conceptos. En Chorrillos comenzamos, precisamente, con el famoso rancho de tropa... ¡Imponentes e invariables frejoladas diarias!... Hechas para férreos estómagos de espartanos de nuevo y recio cuño Estaban constituidas --¡todos los días!-- por una porción de frejoles negros sancochados y seudo guisados, a una consistencia tal, que al recibirla en nuestros platos --de aluminio-- a un golpe de cucharón de uno de los rudos soldados rancheros, el conjunto mazacotudo quedaba vibrando como si se tratara de la recepción, violenta, de un bodoque de ligoso material arcilloso para adobes. El dicho estropicio culinario se acompañaba con otra porción de arroz, mazacotudo también. El mentado cereal --blanco debiera ser-- se presentaba rojizo, por los numerosos pedacitos de cáscaras del mismo color, mantenidas en razón de un deficiente "pilado" (pelado). Siendo de lo más barato encontrable en plaza. Pero ¡oh ironías del lenguaje!... se llamaba "carolino"... El mejunje en cuestión, se mejoraba algo (?), con un gran pedazo de carne, en verdad muy buena y una suerte de jugo del guiso caldudo de ella, de olor muy fuerte y color poco atractivos. Se remojaba así al conjunto, de arroz, frejoles y carne. Cierta vez, uno de los muchachos, no sin razón, hizo determinados ascos al malhadado zumo y en son de protesta reclamó: -- ¡A mí no el jugo! ¿Para qué sirve eso? ...
En aquellos tiempos no había aún en el Perú, propiamente, una Escuela especializada de formación veterinaria. Los veterinarios que ejercían en el país eran formados en el extranjero. Pero a los ingenieros agrónomos, en la E.N.A.V., nos daban como adicional enseñanza, la Veterinaria civil. Así, la ejercimos hasta que la primera Facultad peruana de Veterinaria (la de San Marcos), comenzó --y luego las de otras universidades-- a formar Médicos Veterinarios en el Perú.
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-- Para que pasen los frejoles, pues co... -- Replicó, con grosería, el chusco y sucio cabo ranchero... Pero antes de los rústicos arroces, mazacotudos farináceos y olisqueados cárnicos, venía algo que llamaban ‘sopa’ y cuyas características organolépticas mejor no describo, en la posibilidad de estar, el respetado lector, en antesala de alguna merienda hogareña. No era, por supuesto, ni de lejos, por buena, propia de domingos de gloria; tampoco, por mala, dadas las circunstancias, cosa del averno, el tal potaje tropero. Mas es del caso, que la mayoría de los estudiantiles reclutas pasaban.47 Para concluir sobre el ‘menú’ de marras, señalaremos: lo referido al balance de nutrientes protectores, proteínas, vitaminas, minerales y otros etcéteras, no constituía mayor preocupación del Comando Logístico de las Fuerzas Armadas de antaño... Como es claramente comprensible, los delicados estómagos de los jóvenes estudiantes de Educación Superior de Lima, no estaban hechos para una prueba de resistencia y de potencial digestivo de tan enorme caballaje. Por lo cual, a poco, se desataron en el destacamento incontenibles y multitudinarias diarreas. Una cola inmensa, atiborraba la carpa del botiquín médico del vivac de Chorrillos... Como pudimos, nos embarcamos, los nuevos soldados, en un trencito, que a la sazón todavía funcionaba de Chorrillos a Lurín y que, hoy, parecería muy chistoso. Un corto trecho solamente, pues luego emprenderíamos unas agotadoras marchas hasta Pucusana, por varias quebradas laterales del camino. Al comienzo divididos en dos columnas a ambos lados de la Carretera Panamericana Sur; en aquellos tiempos muy angosta, de dos carriles en una sola vía. Al final las marchas eran por pampas arenosas, dunas y cerros; a campo traviesa y durmiendo en improvisados campamentos. Los afectados por diarreas más prolongadas, corrían a ratos un trecho hacia los costados de la vía, para cumplir con sus implacables emergencias, sin guardar mayor decoro, por cierto imposible en circunstancias tales. Y, sádicamente, eran objeto de las burlas y risas de quienes, ya sanos, seguían marchando alegre y normalmente formados en sus correspondientes columnas. Acabada cada imperiosa atención del maltrecho y exigente aparato digestivo, los afectados, arreglándose las vestimentas como mejor podían, trataban de alcanzar a la carrera sus sitios anteriores. Logrado lo cual, la marcha proseguía el curso previsto.
Esto del sabor de las ‘comidas de tropa’, hace recordar la muy contada anécdota de un general espartano, quien había invitado a cierto colega ateniense a presenciar maniobras de su ejército. Mostrado el ‘rancho’ de la tropa, incitado a probarlo, al primer bocado, el ateniense exclamó: --¡Puaj! ¡Qué asco! ¿Cómo pueden comer esto? -- Perdone, pero me faltó mostrarle el ‘aderezo’... - Lo condujo hacia una colina para ver llegar a los batallones y el espartano concluyó diciendo: Vienen de una marcha de más de 200 estadios --aproximadamente 30 km.-- ¡El mejor aliño para la comida de un soldado!
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Terminó, al fin, regularizado el funcionamiento intestinal de la totalidad del contingente; salvo uno que otro ultra desdichado, precisado hasta de hospitalización. No más se presentaron colíticas angustias... Y, ni de casualidad siquiera, alguien perdió el apetito. Lo curioso del caso es que terminadas las maniobras y regresando a nuestros hogares: ¡Ya no nos llenaban las lechuguillas y calditos caseros!... ¡Extrañábamos los frejoles del Ejército!... Los dichos materiales farináceos, realmente repletaban, pesaban, como si fueran de plomo, en nuestros ávidos estómagos, siempre bulímicos, además de ya mucho más fuertes y curtidos. Durante las operaciones de las maniobras, las órdenes generales se daban por vibrantes toques característicos de corneta; a todos los cuales la tradición había colocado letras risueñas, a veces en cierta medida graciosamente lisas y siempre referidas a su finalidad. Así, por ejemplo: Se llamaba a "rancho", con un alegre toque al que correspondía la letra siguiente: ¡Traigan su plato, traigan su pan! ¡Vaya a la paila pa’ ver que dan! Y el de ‘diana’ (para levantarse): ¡Levántate Raymundo! Que las seis ya son Y ya viene el Comandante De la División Venga o no Venga O deje de venir ¡Váyanse a la porra! (o m.....) Y ¡déjenme dormir! Otra situación que ahora nos parecería muy curiosa, era la del uniforme del soldado de infantería, figuraban unas prendas llamadas "bandas": una suerte de vendajes de contención para las piernas, a enrollarse desde los botines o tobillos, hasta las rodillas, a modo o en sustitución de las "polainas" o de las botas largas de montar. En verdad, ayudaban mucho, reforzando la circulación venosa de las pantorrillas y por lo tanto a la resistencia de las piernas del soldado, en las prolongadas marchas y estaciones, de pie, obligado a cumplir con mucha frecuencia en aquellos tiempos ¡Lejanos por entonces los cómodos transportes militares motorizados de hoy! Las tales "bandas" requerían para su colocación una destreza especial; adquirible por entrenamiento y que, de no alcanzarse, se soltaban en forma por demás ridiculizante; volviéndose totalmente inútiles y hasta de gran estorbo. Aparte de que, muchas veces, se precisaba una gran rapidez en su colocación, como en las alarmas, por los más variados motivos... ¡Imaginarse un ataque aéreo, con la tropa a medio vestir! En cuanto al armamento que recibíamos, consistía en un tremendo y pesado fusil “Mauser” ¡Modelo 1,909! ...¡Anterior a la 1a.Guerra Mundial!... De 114

cerrojo y cacerina, con su correa para llevarlo "a la bandolera"... Disparaba sus tiros ¡de a uno por uno! Con un movimiento previo del tal cerrojo. Se completaba con una inmensa bayoneta, la cual, "calada" en el arma de fuego, llegaban, juntas, a ser más altas que muchos de los soldaditos del Perú. Además, se portaba cartucheras, con unas cuantas balas de guerra y numerosos cartuchos, de fogueo unos, y con 'balas' de madera para maniobras, otros. En los numerosos ratos disponibles, se nos enseñaba a desarmar y armar de nuevo el fusil, a limpiarlo, cargarlo y descargarlo, para hacernos familiarizar con dicho implemento bélico. También hacíamos ‘tiro al blanco’, instruyéndosenos, sobre todo, en sujetar el arma fuertemente en el hombro y al lado de la cara, ya que el artefacto de marras sabía dar unos tremendos sacudones o "zapateos" y la mala sujeción podría motivar dolorosos y hasta muy dañinos golpes en la que fuere descuidada faz. En las mañanas pasábamos revista con bayoneta calada... Cierto día, un muchacho, bastante papanatas, se presentó sin el tal aditamento. Al parecer, algún mataperro, por hacerle una broma pesada, se la sustrajo en la noche y la había escondido... -- ¿Que le pasa imbécil? ¡Presentarse sin bayoneta! ¡No faltaba más! -Vociferó el bronco sargento (un ‘maldito’). -- Se ha perdido o me la han robado.-- Contestó, trémulo, el tonto. -- Bueno, yo no sé, pero mañana se presenta usted con bayoneta o verá lo que le pasa. -- Pero ¿Cómo hago? -- No sé, usted verá lo que hace. ¡Róbese otra so co....! -- Finalizó, con tales groseros alaridos, el burdo mandón de tropa... Vaya burguesa moral (?) la del tal criollo “Rambo”, maquiavélico éste, entre los mayores, y modelo militar norteamericano: "Todo vale por el triunfo" y "El fin justifica los medios"… Esa noche hubo frenéticos movimientos en nuestros dormideros --que no dormitorios--. Pues, aparte del primer perdedor, quien trataba de conseguir una bayoneta sustituta, otros 'robaban por si acaso'; para tener una de reserva, si perdían la propia. Después de un gran laberinto nocturno --nadie durmió bien--, en la revista de la mañana... ¡más de media docena de muchachos no tenían bayoneta! El sargento casi se vuelve loco. Llamó, primero al teniente, éste al capitán, y el susodicho al comandante. Total, hubo de hacerse una requisa general, a fin de recuperar las bayonetas y volver las cosas a la situación normal. Así, cuando llegamos a Lurín, acampamos en sus terrenos baldíos aledaños y nos dieron día ‘franco’. Varios grupos de troperos estudiantes entramos al pueblo, a curiosear y en busca de diversiones ligeras; también de algo agradable y delicado para ingerir, en plan de neutralizar los brutales efectos de las rancheriles frejoladas. Desde luego, veíamos con halago la posibilidad de beber algunas refrescantes gaseosas; más de uno pensaba en heladas cervecitas y no faltaban quienes hasta en tragos de mayor efecto raspante en el 115

gargüero y turbador del cerebelo... Ingresamos pues al poblado, muy alegres y bullangueros. En ésas, alguien localizó una "chinganita", atendida por una sencilla y muy amable señora poblana, quien ofreció a los muchachos venderles ‘kolitas’, algunas cervezas y hasta un "cebichito", que estaba a punto de salir de la cocina, según manifestó. Los muchachos estaban animados e impacientes; aguardando la salida de la peruanísima delicia culinaria, que efectivamente apareció al punto, provocativa, en un grande y hondo lavatorio de fierro enlozado; que hacía asomar, encima del blanco pescado, curtido al limón, trozadito y ubicado abajo, algunas cebollitas cortadas en pluma, en mixtura con aromáticos ajíes, limo y chinchano, en trocitos y tiritas... La impaciencia de la juvenil concurrencia llegó al extremo. Pero la señora dijo: -- ¡Esperen jóvenes un momentito! Corro a traer unos cubiertos y platitos. -- Ingresando con rapidez a la trastienda y cocina. Los muchachos no podían más con sus secreciones salivares y gástricas. Uno de ellos metió la mano al lavatorio, sacó un pedacito de pescado con sus cebollitas anexas y en un santiamén lo engulló, cual can hambriento. Lo siguió otro, ya con dos o tres pedazos y más cebollas. A rapidísima continuación, otro, otro, y muchos otros más. De tal modo, que en pocos segundos no quedó siquiera un humilde resto ni de la saborizante liliácea que da nombre al criollo plato. Y mientras la señora salía de la cocina, otros muchachos tomaban por su sola cuenta las botellas de gaseosas y cerveza. Al regresar y contemplar el estropicio, la humilde y hasta el momento cordial fémina, comenzó, aterrada, a dar grandes voces: -- ¡Esto es un robo!... ¡Socorro!... ¡Socorro!... ¡Boten a estos salvajes ladrones! Pero nadie hacía caso y la tienda fue terminada de saquear, por los rapaces soldados Lo mismo hicieron luego, cual vándalos, con otras tiendas vecinas. Y después, con las de casi toda la población. Pensar que se trataba de un pueblo del Perú mismo, asaltado por soldados peruanos; no en guerra internacional y de verdad, sino en maniobras nacionales internas. ¡Por jóvenes con Educación Superior! ¿Qué habría podido suceder en una guerra contra ignaras y enconadas tropas enemigas? ¡Cuán terribles deben ser las guerras, por Dios Santo! ¡Qué atroces las ciegas reacciones colectivas, sin control, de las muchedumbres armadas! Debo declarar, en pura verdad, que nadie del batallón lanzó la menor recriminación contra los autores principales del multitudinario y tan horrible desaguisado. Peor aún, pocos --ninguno creo-- fueron los que no se sumaron al reprobable asalto. He de confesar --lleno de vergüenza por cierto--, que yo mismo, no dejé de agarrar una que otra cebollita, si es que no fueron acompañadas también de algunos trocitos del encurtido marisco.

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A poco del suceso, algunos comenzamos a sentir una creciente y bochornosa turbación. No comprendíamos qué nos había pasado... Años después, tuve ocasión de leer las explicativas y formidables obras del gran pensador francés, de fines del siglo XIX y comienzos del XX: Gustavo Le Bon. Su especialidad era la Sicología de las Masas, de las Muchedumbres, o de las Multitudes; y de los Pueblos, parecida, pero algo diferente, como habremos de verlo. Aunque la acción de las fuerzas obscuras que dominan al mundo y la superficialidad, con la mediocridad, hoy reinantes, han sepultado, casi en un total olvido --y no es el único caso, en agravio de muchos grandes-- a una verdadera genialidad del pensamiento universal. Le Bon explicaba muy bien sucesos como el descrito, demostrativos del efecto, sobre los seres humanos, de la Sicología de las Masas, la cual es muy específica y característica de éstas. Con capacidad de absorber, subyugar y unificar en su seno, a las personales. Los individuos se transforman, de tal modo, que después de producidos los acontecimientos, ellos mismos se asombran de lo sucedido y de lo que han hecho. Rendidos al contagio y al empuje anímico colectivo de las muchedumbres. En el episodio del ‘asalto’ al pueblo de Lurín, además de nuestras personales vergonzosas conductas, evidentemente, fuimos presas de una clara manifestación de Sicología de Masas. Pero no fue éste, en nuestro periplo, el único caso de fenómeno sicológico del género narrado. Bajo diferente forma, experimentamos otro: Estando ya, después de Lurín, en cierto extenso arenal, en disposición de ‘simulacro de combate’, con otra unidad, pero de tropas regulares, ocupamos posiciones, tomamos formación de ataque y realizamos progresión hacia ese 'enemigo’, imaginario, designado por el Alto Mando. Y sucedió que al correr, en medio de gran número de ‘combatientes’, tendernos repetida y alternadamente en el suelo, disparando y gritando, mucho y fuerte, se exaltó nuestra imaginación y excitó nuestro ‘viril fervor combativo’. Tanto, cuanto que, al decir de los oficiales dirigentes, la simulación estaba resultando excelente. Sin embargo, cuando nuestros jefes consideraron suficiente lo simulado, ordenaron toque de "alto al fuego" y detención del ‘combate’. Mas, siendo tal nuestro despertado ardor combativo, entusiasmo y sugestión marcial colectiva: ¡no quisimos detenernos! Y, a ‘bayoneta calada’, nos lanzamos al ataque final. El que, de culminar, ofrecía perspectivas de una atroz carnicería. ¡De un ataque verdadero contra otros soldados peruanos! Sentíamos realmente ‘ganas de pelear a muerte’, de ‘morir matando’, si preciso fuera... ¡Increíble pero cierto! Nuestros oficiales tuvieron que hacer, en medio de gran desesperación y alarma, inauditos esfuerzos para impedir un sangriento epílogo, en tan ficticia como descomunal batalla; cuya consecuente matanza, por cierto, estaba fuera de toda posible intencionalidad. Era éste otro caso de “Sicología de Masas”. Como sucede o puede suceder en todos los ejércitos del mundo, en sus bélicas acciones, reales o

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simuladas... Se explican en parte, así, las verdaderas masacres ocurridas, con tanta frecuencia, en tantas guerras. Culminadas que fueron las maniobras, ellas se cerraron con un gran desfile en las calles centrales de Lima, en el cual nos presentamos plenos de intenso sentimiento patriótico y de marcial orgullo. Al son de vibrantes marchas militares. Significó para nosotros, tal ocasión, un singular gozo emotivo. ----Son por cierto inocultables las múltiples deficiencias padecidas --al igual que casi todas las instituciones nacionales--, por nuestras Fuerzas Armadas, en los órdenes doctrinario, humano, y organizativo. Ello resulta naturalmente doloroso, en tanto y en cuanto son también lamentables las condiciones generales del país. Sin embargo, la Institucionalidad Militar como tal, aparte de sus funciones legales de Garante de la Soberanía de la Nación y del Estado, y del Orden Interno de la República, significa otras múltiples potencialidades de Bien Público. Factor --debiera serlo-- de superación ciudadana, coadyuvante con la acción de otras importantes instituciones, sobre todo, de la Educación; en la Formación Integral de la Personalidad, para la Adolescencia y la Juventud. En la milicia, el adolescente y el joven se educan y se curten; se forjan recios y masculinos. Asimilan, entre otros, los principios de marcialidad, honor, orden, obediencia, disciplina, autoridad, don de mando, y apropiada concepción de las jerarquías. Han de practicar el culto y la devoción a elevados valores religiosos --que en la verdadera milicia no se olvidan, sino todo lo contrario--; a los morales; y los patrióticos o nacionalistas. Tan necesarios, especialmente en estos tiempos de predominio, asfixiante, de un liberalismo escéptico, amoral, individualista y masificador –dos, estos últimos, calificativos que en realidad no resultan, para el caso, sino aparentemente antagónicos--, además de internacionalista, apátrida, superficializante, afeminador, y falsamente pacifista; con otros muchos etcéteras. Se ha de procurar, ciertamente, no caer en patrioterismos reprensibles, de mal gusto y de peores efectos. Mucho menos en burocratizaciones que adormecen y castran al verdadero espíritu marcial. Nocivo también resulta adoptar lo que hemos llamado la ‘moral de Rambo’: ”La búsqueda de la victoria lo justifica todo”. Que, servilmente, algunos oficiales peruanos de las nuevas olas, adoptan de sus instructores norteamericanos. Por lo expuesto, resulta irrenunciable, dentro de una clara conciencia nacional, el aprecio por lo auténticamente militar o castrense. Significa mucho, en especial para la formación de una sociedad espiritualmente sana, viril, fuerte, y positiva. En el Perú no apreciamos debida y suficientemente estos principios y valores. Hasta se ha llegado a suprimir, en los programas escolares, la Instrucción Pre-Militar. Lo cual constituye un gravísimo error, que es necesario subsanar lo más pronto posible. También se ha eliminado el Servicio Militar Obligatorio --si no se tratara de la manifestación de una abierta mala fe--, sin

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mayor análisis de sus provechosas proyecciones y de la diversidad de modalidades de aplicación viables. Un cabal entendimiento de la función militar en el desarrollo espiritual y material del Perú, es vital. Y en ello debe dejarse de lado serviles actitudes de imitación incondicional de lo extranjero, en particular de lo anglosajón. Deplorable resulta tener en poca estima lo propio; el ser remedones y no originales, en la conducta a seguir. No se debe perder de vista las diferencias abismales de las realidades físicas y culturales existentes entre países diversos. Los procesos y pesos históricos, geográficos, políticos, económicos, e institucionales, que cuentan mucho en las características del desarrollo de los pueblos, cuando, con toda evidencia, son muy disímiles. ----El Conocimiento del Perú.- Adquirirlo, en lo geográfico e histórico, constituye un deber esencial de todo buen peruano; y el proceso ha de iniciarse, y durar, todo lo posible, cuando menos en la Adolescencia y en la Juventud. Está entre los mejores sustentos para el desarrollo de sus más nobles vocaciones e ideales... Comprendiendo el principio, la E.N.A.V., lo estimulaba en nosotros, en las más variadas formas; como habrá de narrarse, sin perjuicio de intercalar algunas situaciones anecdóticas con ello relacionadas. Finalizado el año 1,940, todos, parientes y amigos, profesores y condiscípulos, estábamos ya restablecidos de la conmoción del sismo. Nuestra casa familiar, 'de 6 de Agosto', se había vendido; mi padre y mi madrastra Julia volvieron a lo de la cuñada y hermana: Teresa de Quirós. Y varios del resto de los familiares fuimos a residir en la casa de mi cuñado Federico, en la calle Cañete 712, en el Centro de Lima. Al poco tiempo, mi hermano Manuel dejó su trabajo en Paramonga y recaló también, conmigo, adonde los Ruiz Huidobro Cubas. Tomó por corto tiempo un puesto de taxidermista en el Museo de Historia Natural “Javier Prado”, ubicado en la Av. Arenales, por el medio camino de Lima a Miraflores. Manongo y yo ocupamos un gran cuarto que nos asignó mi buena hermana Ester. Consagramos, empero, como habitación dedicada a Morfeo o dormitorio, sólo a una parte del ambiente. A Minerva, en cambio, como escritorio, le concedimos la mayor extensión. El bendito cuarto, dada la actividad laboral de mi hermano y la estudiantil mía, dejadas las camas en un muy restringido espacio, estaba atiborrado de estantes, libros, mesas, y nutridos herbarios y muestras zoológicas; con numerosos ejemplares, procedentes de todo el país; en especial de artrópodos y entre ellos de insectos. Leíamos mucho, conversábamos más, con gran entusiasmo; sobre asuntos de peso, de interés cultural y nacional. Estudiábamos allí intensamente. Por entonces teníamos ya dos sobrinitas muy lindas y graciosas. Se llamaban, se llaman, pues son hoy 2 respetables abuelas: Elvirita, a la sazón de unos 4 años y Estercita de 3. Ellas se volvían locas de curiosidad por entrar a nuestro cuarto, adonde, al principio, no les permitíamos ingresar, por temor a

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cualquier parvulino desaguisado contra tan sagrados contenidos del recinto. Pero luego, recurriendo a pertinentes métodos sicológicos, les hicimos comprender que ese era un lugar especial, sacrosanto. Lo llamábamos: “El Templo de la Ciencia”. Al que había que entrar y mantenerse en él, muy respetuosos y reverentes. Les proporcionábamos libros con figuras de animales, algunas silletitas y pequeñas mesas, para su entretenimiento. Se habituaron de singular y gracioso modo. Con frecuencia pedían permiso a su mamá, para ir al “Templo de la Ciencia”. Casi siempre provistas, cada una, de su respectiva baceniquita, para cubrir pueriles e imperativas urgencias fisiológicas, sin necesidad de estar entrando y saliendo. Sentaditas, a modo de tronos, en los dichos artefactos, y mirando libros de figuritas... ¡eran un espectáculo! Mientras tanto, también en la Escuela las cosas se iban normalizando. Las clases, como las prácticas, se realizaban ya en La Molina. Sin embargo, nunca más hubo, para los alumnos, alojamiento en internado. Teníamos que ir, diariamente, desde nuestras casas, a pie, hasta la Plaza Grau, y de allí, en ómnibus, a La Molina. En el marco de tales situaciones, durante el transcurrir molinero, los miembros de la promoción ‘43, nos hacíamos cada vez más fraternales amigos; en especial me sucedió con Alberto Vega Ayllón. Para los inicios de 1,941, en el verano anterior al año tercero de los estudios, organizamos entre los dos una extraordinaria gira de prácticas vacacionales, con estadas temporales en los intermedios del largo viaje por las regiones Central y Sur del Perú. El regreso lo hicimos por mar, en un barco de la antigua Corporación Peruana de Vapores; desde el puerto de Ilo al Callao. Dicho periplo nos permitió, además, adquirir un cercano conocimiento de la geografía, de la historia, y de la realidad de gran parte de la extensión territorial y de los pueblos de nuestra Patria. Partimos de Lima desde la antigua Estación de Desamparados, en uno de sus trenes de fumarantes locomotoras. De las veteranas, que trepaban jadeantes sobre sinuosos y empinados rieles, en un trazo y construcción que daba mérito a una asombrosa obra de ingeniería: un ferrocarril –por entonces el más alto del mundo—que, dadas sus características, alcanzó merecido renombre universal. El destino era Huancayo, como primera etapa. Habíamos acordado, con Alberto, pedir ayuda en toda la ruta, respecto al alojamiento y de ser posible la alimentación --para tan digno y entusiasta par de viajeros--, a nuestros futuros y respetados colegas, los ingenieros agrónomos que laboraban en cada estratégico lugar del recorrido. Asimismo, nos propusimos solicitar trabajos temporales, para poder solventar --con las remuneraciones a recibir-- los otros gastos ineludibles. Aunque fuera afanándonos como peones o capataces, en las diversas dependencias de la Dirección General de Agricultura48 o en las haciendas particulares por ellos
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En aquella época, todavía perteneciente al entonces Ministerio de Fomento y Obras Públicas.

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conducidas. Confiábamos --con acierto, se demostraría-- en sus nobles y generosos sentimientos de unidad y fraternidad profesional, felizmente a la sazón reinantes. Según regla hasta entonces jamás violada por los ingenieros agrónomos peruanos. Llegados que fuimos a Huancayo, efectivamente las cosas sucedieron como las habíamos planeado. El ingeniero jefe de la Zona de Agricultura, con la mayor amabilidad, nos orientó hacia la cercana Estación Experimental de Concepción; dedicada a los cultivos de trigo y otros cereales; los nativos y los introducidos en el país; al de la papa; y teniendo, además, un pequeño establo lechero. Un bellísimo lugar, del hermoso Valle del Mantaro. Trabajamos, en la Estación Agrícola de Concepción, unos días; como capataces y peones. Reuniendo algunos dinerillos para la continuación del viaje, sin haber tenido mayores gastos propios en nuestro alojamiento y alimentación. Finalizada la 1ª etapa, continuamos por carretera hacia Ayacucho; vía entonces muy estrecha, sinuosa e insegura. Curioseamos, por corto tiempo, la ciudad y seguimos hacia el pueblo siguiente: Huanta. Huanta se ofrecía en esos tiempos --antes de tantas calamidades que ha sufrido-- como un pintoresco y simpatiquísimo pueblo, de características muy propias, dentro de las generales correspondientes a su esencia serrana y ubicación en un templado --casi cálido-- valle bajo interandino. Su gente, muy acogedora, cariñosa y sencilla. A nosotros nos impresionó de un modo intensamente emotivo, imborrable. ¡Un bello botón de muestra de hondísima Peruanidad! Los cerros que por lo alto rodean a Huanta, son semiáridos, cubiertos de innumerables plantas de "tuna" (o "nopal": Opuntia spp.), cactácea que allí crece en forma espontánea o silvestre, como en ningún otro lugar del Perú; y que produce inmensas cantidades de deliciosos frutos comestibles, muy sanos y agradables, sobre todo cuando hace calor y se tiene sed --llaman a Huanta: “Tierra de tunas”-- y que se ofrecen de los más variados sabores y colores: verdes de diversos tonos, anaranjados, morados, amarillos, rojos, etc. Y en las mismas plantas de tunas, sobre sus ramas, que son planas o laminares, llamadas ‘pencas’ o ‘palas’, parasitan unos insectos hemípteros, que se conocen como “cochinillas”. La hembra es más grande que el macho y vive durante mayor tiempo; alcanzando el tamaño como de un frejolito chino y cubren su cuerpo de una secreción de cera muy blanca. Son chupadores de la savia de las pencas y su líquido corporal interno (la linfa), tiene un intenso color rojo (“carmín”), que se utiliza industrialmente, en escala mundial, como tinte orgánico, natural y no tóxico; por lo cual, recogidas y secadas con cuidado, las cochinillas, se venden en grandes cantidades en el país y hasta se exportan; constituyendo una de las riquezas reales de las mayores potencialidades de esa región; y, en menor grado, de varias otras semiáridas y templadas del Perú. El valle mismo de Huanta, se ofrecía precioso. Dominaban los cultivos y plantas propios de climas subtropicales semiáridos con irrigación: Caña de

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azúcar, para la producción de aguardiente de caña o ‘chacta’ y ‘chancaca’, así como algo de “huarapo” (jugo de caña fermentado, como bebida refrescante); había plantaciones de vid y se producía buen vino y aguardiente de uva o “pisco”; daban bien los paltos, naranjos, plátanos y frutos nativos deliciosos, como pacaes, chirimoyas, lúcumas, nísperos, guayabas, etc. Una gran extensión la ocupaba el cultivo de maíz, para choclo, mote, cancha y forraje, principalmente; no faltaban los frejoles y ciertas hortalizas. En las partes algo altas producían duraznos y manzanas, con algunos cultivos de papas, éstas más abundantes en llegando a mayores alturas. Como producciones forestales no frutícolas, eran comunes los árboles de molle, sauces, álamos, cerezos o guindos, alisos en alturas mayores, y sobre todo, en amplias zonas, muchos decorativos eucaliptus, que acababan de hermosear los paisajes haciéndolos muy acogedores y confortables. El pueblo mismo, era encantador, muy pintoresco. Con sus casitas de uno o dos pisos, pintadas de blanco o de colores vivos y claros; con los típicos techos serranos, de tejas rojas, de barro cocido. Había algunos edificios públicos de cierta categoría, como la iglesia, la subprefectura, el municipio, el hotel principal, etc.; y casas residenciales o mansiones, de hacendados y comerciantes. Sus calles no eran anchas, pero tampoco estrechas; la mayoría bastante rectas. Estaban embaldosadas de piedras; unas con ‘lajas’ gruesas, otras con cantos rodados (a un estilo como las del Huacho antiguo). Al centro de las calles corría agua en pequeños cursos, por canales de piedra; que servían además de desagües de las lluvias y de algunas descargas de los desechos líquidos de los domicilios. En estos no había verdaderos servicios de agua ni desagüe. La higiene de los ciudadanos, que exige siempre ciertas comodidades de infraestructura, se realizaba, en quienes la realizaban --porque ella no era muy popular, entusiasta, ni difundida, que digamos--, por el método de lavatorios de fierro enlozado, para los requerimientos menores y de tinas o bateas de madera en las operaciones mayores (baño corporal) --que ya eran muchos menos los seres que las llevaban a cabo--; y... ¡“agua va”! por las ventanas, hacia las calles. Con frecuencia, algunos --no pocos-- recurrían al río y a las acequias... Sabido es cómo en tiempos antiguos y en los lugares fríos, sin instalaciones adecuadas de cañerías y calentadores, la higiene no era difundida lo suficiente.... ¡Ventajas son, sin duda, las que ofrece el progreso! Las necesidades fisiológicas mayores --las menores en cualquier parte-se cumplían detrás de las tapias o en recintos especiales, en cuyo interior se disponía un cajón relativamente grande (con su hueco al medio), haciendo de ‘taza’ o “water”, sostenido sobre alguna acequia, por una especie de puentecillo de maderos. De tal modo, los coprosomas evacuados, concluían navegando, raudos y alegres, por las escorrentías citadinas, para afluir hacia campestres acequias, o en curso final posible, hasta el río. Y a propósito de servicios higiénicos, los mejores por entonces, los tenía en Huanta, donde transcurría su plácida existencia, un pintoresco personaje: Se

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apellidaba Hernández; era Gobernador de la ciudad; función no rentada, honoraria -- discutible realidad--, que significaba el cargo inmediatamente subordinado al Subprefecto, el más alto funcionario de una Capital de Provincia, cual era la simpática población en referencia. El dicho caballero, era un hombre alto y delgado, enjuto; de tez morena clara, algo sonrosada y harto picada de viruelas; de nariz levemente tosca y prominente; vestía de riguroso luto, por viudez, al parecer reciente y de dama a la que --se notaba-- había profesado intenso amor. Era lo que se llama un hombre de bien, un buen hombre. Como tal, amable y servicial. Es el caso que Hernández tenía dispuestos, en su amplia casa, dos cuartitos especiales, que eran las dos mitades de lo que podría ser un baño completo; o también, dos medio baños complementarios; uno que ofrecía un ‘water’ --de cajón--; y otro, la ‘ducha’. Ésta última, constituida por cierto ingenioso juego, de un tarro grande de fierro; una lata de cinco galones, de las antiguas de gasolina; unas poleas; y una soguilla o pita fuerte. Había dispuesto, el baño en lluvia, sobre un piso-puente, encima de la acequia, hecho con tablas dejando rendijas, de modo a permitir el escurrimiento del líquido elemento de descarte. En la parte superior, estaba sostenida la lata, de las antiguas de gasolina, perforada en su fondo, con múltiples agujeros, hechos a clavo y martillo. Sobre la lata, un poco más arriba y al lado, estaba el tarro de fierro, que podía ser volteado al girar por el eje al que estaba soldado por su parte superior; así, cuando se jalaba el cordel, fijo en un punto del borde inferior del dicho recipiente, accionando un sencillo juego de poleas que el ‘bañista’ podía operar a voluntad, el agua caía, refrescante y en ‘ducha’, a través de la lata agujereada, sobre el gozoso cuerpo ávido de higiene que la utilizaba. El Gobernador de Huanta, nos prestaba, siempre cordial, sus servicios higiénicos, únicos en la ciudad, en cuanto a modernidad se refiere. Mas ocurría que la personalidad de Hernández tenía dos características adicionales: 1. -Era entusiasta simpatizante de los alemanes, en la II Guerra Mundial --sentimiento nada raro en aquellos tiempos-- y así bautizó, a su bañadero, como “la ducha nazi”. Exigía cierta pleitesía, al coraje alemán --por lo demás indiscutible-- puesto en evidencia en esa terrible contienda. 2. -Se manifestaba muy aficionado al trago; gustando practicar su ‘hobby’ --como todo borrachoide que se estime-- en amistosas compañías. Por ello, resultaba obligatorio, tomarse un trago de aguardiente, antes del baño, para el valor; y otro, después del baño, para el frío... En cuanto a los pobladores de Huanta en general, de su gente, hemos dado ya testimonio de varias de sus estimables cualidades. Agregaremos que eran de natural y de costumbres muy alegres y fiesteros. Casi siempre estaban en ‘feriado’. Lo atribuían, ellos mismos, al hecho de ser su tierra “cálida y productora, como ninguna, de muy potables aguardientes y vinos”... Incuestionablemente: “el licor alegra a la gente”... Siempre y cuando no se les

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pase la mano. Las fiestas y jaranas huantinas --por cierto obedeciendo al estímulo del abundante y buen tomar-- eran muy alegres y ruidosas, hasta elevados decibeles. Alberto era, desde antes de los hechos que narramos, muy dado a la música vernácula, en especial la serrana, sin olvido de la criolla costeña. De origen familiar de Candarave, localidad de las bellas serranías del Departamento de Tacna, tocaba --y toca-- muy bien; entre otros, varios instrumentos de cuerda. Con tales atributos, cayó de perillas en el ambiente huantino; en sus fiestas, jaranas y frecuentes "serenatas". Yo, como ‘su 'yunta’, recibía de paso, ‘indulgencias por avemarías ajenas’. Nosotros habíamos sido orientados hacia la dependencia local de Agricultura, la que nos derivó hacia el equipo de Fomento que llevaba a cabo el estudio y planeamiento de un Proyecto de Irrigación, el cual debía favorecer a ese hermoso valle del Departamento de Ayacucho. Las labores del Estudio las dirigía un excelente ingeniero civil, suizo alemán, cuyo apellido, me parece recordar, era Grünther o algo así. El trabajo de campo y gabinete consistía, en lo fundamental, en Topografía y Levantamiento de Planos. Correspondía a un curso de nuestro especial agrado, enseñado por un profesor de La Molina, muy competente y respetado profesional, el Ing. Civil Juan N. Portocarrero. La práctica de Huanta nos resultó así utilísima y muy grata. Se añadía el hecho de que nos acompañaba en las tareas otro joven estudiante, pero de Ingeniería Civil, de la entonces Escuela Nacional de Ingenieros, llamado Efraín Ribeyro. A quien apodaban “Pechereque” --un pájaro saltarín del Norte--, porque el dicho mozo era muy acelerado o hiperactivo; y como en tales casos suele suceder, bastante gracioso y ameno. Además, tratándose de un proyecto humano de Ingeniero Civil, era más experto que nosotros --siendo de Ingenieros Agrónomos-- en las técnicas y artes topográficas; por ello nos resultó algo así como un útil asesor o ‘jefe de prácticas’. “Pechereque”, era tan inquieto y aventurero, que unos años después viajaría a los EE.UU., seguramente para ganarse algo de dinero; y para lograr la codiciada ciudadanía norteamericana, se enroló, como “voluntario” --o “carne de cañón”--, en la Guerra de Corea. Como lo supimos después, al poco tiempo murió --muy joven todavía-- de súbita enfermedad o grave accidente... ¡Destino lamentable de muchos que viven apurados! Diremos, de paso, que nuestro profesor de Topografía e Hidráulica en La Molina, el Ingeniero Juan N. Portocarrero, era una persona de características bastante singulares y encomiables; muy inteligente, trabajador, y honesto. Se preciaba, con justicia y sin alardes, de perseguir, incansable, un constante proceso de superación integral de su persona. Cierto día, hubo de salir inesperadamente de clase, dejando sobre el pupitre varios de sus papeles... Uno de nuestros compañeros, de lo más mataperro y curioso, comenzó a ‘oletear’ en tales documentos. Especialmente

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en los de formato de tarjetas grandes o "fichas", para el dictado de sus lecciones, seguramente deseando enterarse de lo que quedaba a posteriori de ellas, y deducir si podría escaparse del salón, sin mayores consecuencias... Miró a dos o tres de ellas, que le llamaron la atención de modo especial y... ¡oh sorpresa!... Los papeles de un Ingeniero: ¡Contenían versos! Estaba así en exclamaciones y risas creídas pertinentes. En mofa de una impropia (¡?) afición poética profesoral. ¡De un Ingeniero! Cosa que, ya desde entonces, comenzaba a parecer rara... Cuando, en ésas, el ejemplar maestro regresó y lo cogió in fraganti, curioseando sin respeto alguno, lo que no debiera examinar no estando autorizado. -- ¿Qué hace un alumno mirando, sin permiso, mis papeles? ¿A qué vienen tantas risotadas? --Clamó, airado, el venerable. -- Perdone profesor, reconozco que es una falta de respeto, pero me vencieron el asombro y la curiosidad, pues sorprende ver cómo un ingeniero, y tan notable como Ud., pueda ser aficionado a poesías y hasta llevarlas escritas. ¡Al igual y junto a las fichas técnicas de su curso!... Discúlpeme... -- No debe extrañarles --replicó el criticado maestro--, ni menos producirles risas, un profesional de ingeniería, como yo, y como pronto lo serán ustedes, que muestre afición a la literatura poética y a cualesquiera otras de las elevadas artes creadas por el Hombre; a los estudios de cultura general, llamados de Humanidades, que hacen integral y formativa a la Educación de las personas. Todo lo contrario; debería ser lo general. --Sentenció, finalmente, el Ing. Portocarrero, en tono de verdadero y magistral guía; agregando, en voz más alta, firme y solemne, estas inolvidables palabras: -- ¡Sí, yo leo versos! Y no lo olviden: “Ingeniero que sólo Ingeniería estudia, ni siquiera un buen Ingeniero es”. “Los grandes ingenieros, no se hacen con mentalidades estrechas, ni con sensibilidades frías o muertas”. ¡Cuán sabio Principio Pedagógico! Y vale la pena generalizarlo: “Quien estudia exclusivamente lo concerniente a su profesión, ni siquiera puede llegar a ser un buen profesional en el campo de su elección; algo imposible, sin una Formación Integral y Simultánea, de su Persona”. Observemos cómo, de un modo general, en las universidades del Perú y en la mayoría de las del mundo actual, ya los estudios son exclusiva y excluyentemente 'técnicos', muy especializados y directamente utilitarios, crematísticos. No Humanísticos o de Formación Cultural e Integral de la Persona. Con lo cual una de las más grandes deficiencias educativas, mal llamadas “tendencias pedagógicas modernas”, queda en evidencia. Mientras ello no se subsane radicalmente, un inmenso daño se continuará causando a las 125

nuevas generaciones, a la verdadera Civilización, a la riqueza espiritual y material humana del Planeta y, con ella, a la de nuestra Patria. ------Regresando adonde estábamos, diré que pasamos como un mes en Huanta. Muchas fiestas alegraban, alternando en las noches, nuestro laborioso transcurrir diario. En un ambiente encontrado cada vez más familiar y agradable, asimilándonos a su marco humano con la mayor naturalidad y complacencia. Un problema se me presentaba: Aún no había aprendido a bailar bien. Ello hacía acrecentar mi ya dicha timidez adolescente, hacia las bellas y púberes féminas, y evidenciada al máximo en las danzantes reuniones sociales. En mi casa paterna y mientras vivió mi madre, la familia no era dada a la sociabilidad –casi siempre frívola--; se la miraba --no sin acierto, aunque exagerando un poco la nota-- muy fría o despectivamente. No había fiestas sociales en casa y mucho menos “jaranas”. A partir de 1,937, cuando salimos de “San Nicolás”, y más en 1,938, estando en nuestra casa de 6 de Agosto, mi madrastra Julia organizaba algunas animadas y alegres fiestecillas. Y tanto ella como mis hermanas mayores, Susana y Ester, gentilmente me animaban y enseñaron a dar algunos pasos. Pero nunca llegué a ser un virtuoso y menos un entusiasta del 'dancing'. Por lo cual, llegado a Huanta, era todavía un analfabeto en la materia. Alberto, afectuosa y pacientemente, se empeñó en desasnarme acerca de tal práctica, tan ligada a la música, arte de su especial afición y aptitud. ¡Que si fue dura la tarea de semejante magisterio! Lo recuerdo todavía; me enseñó, primero, las secuencias particulares de los pasos y los movimientos del cuerpo, correspondientes al ritmo de cada género de danza; después, a dar las vueltas --¡tan difíciles me parecían!-- y a llevar a la pareja --¡más aún!-- armonizando con las respectivas músicas; fueran éstas: pasodobles (”Aurora”, “Callao querido”, etc.), o huachafositos valsecitos criollos (como: “Si los lazos que nos unen”), más uno que otro huaino (”Yau, Yau, Pucapolleracha”: “Oye, Oye, Pollerita Colorada), imprescindibles estos últimos, en las “yunzas”, “tumba montes”, o “árboles carnavaleros”, de muy irrigadas y estrepitosas alegrías huantinas. Al tango, a la marinera, y a otras complejidades musicales extremas, no llegué jamás. Nunca he podido, incluso, posterior y felizmente, con los bailes roqueros de la nueva ola, de meneos ridículos, con aborrecible separación (!) de las parejas. Terminé bailando como para salir de apuros. Hasta pude darle un bajón a la timidez traída, todavía en parte, desde la pubertad... Moraleja: Es buena acción favorecer en los niños, púberes y adolescentes, el vencimiento de cualquier factor negativo que cause timidez, para que ellos puedan lograr la mejor consolidación de una personalidad aplomada, cómoda y plenamente desenvuelta.

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Así, el par de muchachos, sin deserción ninguna, estuvimos presentes en casi todas las jaranas y fiestas huantinas --¡de órdago!--; de aquella alegre y veraniega temporada. ¡La pasamos soberbio!... Para los entendibles criterios propios de nuestra edad. Muchas fueron las otras incidencias, graciosas y emotivas, que allí sucedieron. Pero sería alargar demasiado este relato. Así, mejor pasaremos a decir que, muy apenados, salimos de Huanta; para el cumplimiento de la siguiente etapa planeada, con destino: Abancay. La capital del Departamento de Apurímac, es otra bellísima población, de ecología propia de las zonas de Valle Bajo Interandino del Perú (“Yunga”); de clima templado, subtropical, semiseco; parecido a los de Huanta, Huánuco, Carás, y otros hermosos lugares de nuestra querida Patria. Estuvimos pocos días en dicho valle; pero pudimos visitar la Hacienda cañavelera “Patibamba”, que producía aguardiente ("cañazo","yonque", o "chacta") y chancaca (en "mazo"); había también alfalfares y ganado, especialmente criollo, de engorde a pasto. El problema más grave que tenían era el de la invasión de sus campos por una maleza, que fuera introducida del África como pasto, convirtiéndose en mala hierba, en extremo invasora, terrible. Se llamaba “Kikuyo” (Penicetum clandestinum) y no encontraban forma de combatirlo; pues se multiplicaba por rizomas muy profundos y provistos de mucha sustancia de reserva (‘gordos’, decían); además, se propagaba por semillas y por los pedacitos de tallos, que podían quedar en los campos. Ha sido, durante mucho tiempo, hasta la aparición de los herbicidas modernos, maquinarias eficientes, y por ciertas prácticas culturales oportunamente adoptadas, uno de los problemas agronómicos más graves de la zona. De Abancay viajamos hacia el Cusco, pasando por Curahuasi, pueblecito y zona dedicados, como actividad principal, al cultivo del anís. Pequeña y bella planta aromática (Pimpinella anisum), de florecillas blancas, dispuestas en umbelas; en tal razón, es perteneciente a la familia de las Umbelíferas. Adorna el paisaje y perfuma el ambiente. Se utiliza (su producción de granos), para elaborar los famosos licores o aguardientes “anisados”; se vende en el mercado nacional y se exporta. Llegados al Cusco, tuvimos oportunidad de visitar y observar innumerables lugares y aspectos de esa impresionante ciudad y de su territorio circundante: Sacsayhuamán, Ollantaytambo, el hermoso valle del Urubamba (‘Sagrado de los Incas’), el impactante Machu Picchu; la Catedral, numerosas iglesias, conventos y altares, esculturas (¡el púlpito de San Blas! - De madera labrada), etc.; las numerosas casas, casonas y edificaciones importantes, de sus diversas épocas históricas. Sus campiñas y cultivos, coloridos y múltiples; la Granja de Kcayra, donde se llevaban a cabo interesantes experimentos, cultivos y crianzas, de casi todas las especies vegetales y animales domésticas, autóctonas e introducidas en el país, etc.

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Se podría agregar, sus típicas comidas, muy sabrosas, especializadas en base de lechón y cuy, con acompañamientos de variados ajíes, ricas papas de innumerables variedades, y el suave ‘mote’ de... ¡maíz gigante del Cusco! Faltan palabras para mencionar todo lo de cautivante que una visita al “Ombligo del Mundo” puede deparar. Plenitud de Historia y de Enseñanzas. De auténtica y profunda Peruanidad. De real identidad peruana, al mismo tiempo que cusqueña, muy propia, singular. ¡Cusco! Síntesis viviente, en indetenible progresión. Mestizaje de sangres y culturas. Que, a mayor abundamiento, no da fe, sino contradice, rotundamente, a la nefasta “Leyenda Negra”; inventada para denigrar las innegables aportaciones católica e hispánica a nuestra Nacionalidad y Cultura. Que niega al mal llamado “Indigenismo”; izquierdoso (liberal-marxista), falso y tendencioso. El cual se predica, si bien apoyándose en algunas situaciones observables en el Cusco, pero maliciosamente interpretadas, con insalvable falsía, con torcidos e inconfesados propósitos. Después de unos días en el Cusco, partimos hacia Puno. Observamos la ciudad misma y sus alrededores. Antes de arribar -en tren- habíamos visitado la Granja Ganadera de Chuquibambilla, dedicada primordialmente a la crianza de finos lanares y nativos aunquénidos (alpacas). Cerca de la ciudad, en Chucuito, pudimos observar su interesante Estación Piscícola, dedicada a la cría, propagación, beneficio, y comercialización, de truchas; excelente especie acuática, cuya crianza promocionaba intensamente el Estado, desde las instalaciones de dicha dependencia. Con gran provecho para la región y el país en general... Saboreamos deliciosas truchas... ¡fritas y ahumadas! Conocimos el Lago Titicaca (del quechua: Titi=Plomizo y Kqakqa=Roquerío; por los grises roquedales de sus orillas). De los mayores lagos, es el más alto del mundo. Navegable hasta en los varios grandes barcos a vapor existentes en aquel entonces. ¡Una Maravilla de la Naturaleza! Inmenso, imponente, marco poético de mil mitos y leyendas. En el tiempo que pasamos en el Departamento de Puno, Alberto --más experto en serranías-- me ayudó a observar y distinguir mejor el fuerte influjo racial y cultural aymara, en la población puneña: idioma, música, alimentación, vestimenta, etc. Y las diferencias con el mayor influjo quechua en el Cusco, acabado de constatar poco antes. Interesante resultaba, además, observar la intensa mezcla e inter asimilación entre dichas dos culturas y sangres autóctonas; y, las de ambas, con las hispánicas... Indudablemente: ¡El Perú es como un Gran Crisol de Seres Humanos y de sus respectivas Culturas! Contiene, en proceso de fusión, históricamente todavía por concluir, a todos los elementos de una progresiva, indetenible, e integradora, Unidad Nacional del Futuro. De Puno, tomando nuevamente el tren del F.C. del Sur, viajamos hacia Arequipa.

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¡Blanca y hermosa ciudad! De bello e intenso cielo azul. De verde y encantadora campiña (lamentablemente, antaño mucho más y hogaño ya muy poca). Que descansa, serena, en las faldas del majestuoso volcán Misti... Ha aportado excelsos personajes a la Historia del Perú. Arequipa es, posiblemente, la más lograda síntesis humana --en un homogéneo mestizaje, cultural y sanguíneo-- de la Nacionalidad Peruana. Razón tienen los arequipeños de vivir orgullosos de su tierra y de su pueblo. Arequipa ha edificado una singular arquitectura urbana --con primordial utilización del “sillar”, roca volcánica--, dentro de un desarrollo que siendo auténtica y singularmente arequipeño, es al mismo tiempo profunda e indiscutiblemente muy peruano. Un verdadero ejemplo para los otros pueblos del Perú. Las manifestaciones de su cultura son de hondo regionalismo, tanto como claramente nacionales. Hasta sus comidas --¡el rocoto relleno!-- enriquecen la culinaria nacional; son simultáneamente originales del terruño y, en lo esencial, peruanas; como no podrían serlo más. Nosotros conocimos la limpieza de su Mercado; donde podíamos desayunar --desayunábamos en efecto-- a gran gusto y dentro de la mayor pulcritud e higiene; sus típicas "picanterías" (servían "picantes" y "chicha", ésta en vasos gigantescos, que parecían enormes baldes de vidrio). Un deleite en todos los sentidos. Su campiña, de impactante verdor y colorido; por su productividad pone de manifiesto tanto la riqueza de su suelo --de origen volcánico aluvial--, como la notable destreza y singular laboriosidad de sus chacareros y hortelanos. Se ha dicho, muy expresivamente, que: “El arequipeño es un pueblo que construye con lava y que come con rocoto”... ¡De emociones volcánicas, de efervescencias anímicas! Arequipa, la “Ciudad Caudillo”, orgullo de los arequipeños, es también, y justificadamente, orgullo de todos los peruanos. De Arequipa, seguimos hacia Tacna, la tierra de Alberto... ¡Otro bello rincón del Perú! Lugar especialmente simpático y con un pueblo afectuoso; nítida faceta peruana también, en mayor o en menor grado; con su personalidad local; bajo la forma de un criollismo costeño, con algún percibible influjo serrano. Pasamos unos agradables días en la alegre ciudad y su hermosa campiña; satisfaciendo curiosidades de turismo interno: ¡El ‘picante de cuy a la tacneña’ y los baños termales de “Calientes”! hacían en gran medida valedera la visita. Así como las informaciones de tipo profesional, agronómico y zootécnico, que allí pudieron ser aprovechadas. Y casi culminando la gira, enrumbamos hacia el puerto de Ilo. Allí debíamos embarcarnos hacia el Callao, en un barco a vapor, mixto, de carga y pasajeros, de la entonces “Corporación Peruana de Vapores”. Se llamaba “Urubamba”.49 Nuestros pasajes los consiguió Alberto, por intermedio de su
La desaparición de la “Corporación Peruana de Vapores”, lamentable desde todo punto de vista, se debió, como las de numerosas empresas similares, a la incapacidad del Estado
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padre, quien, como ganadero y comerciante propietario del ganado, parte de la carga del buque, los había recibido de cortesía, de la citada naviera. La travesía de Ilo al Callao, caleteando en Mollendo y Chala, fue para mí, como experiencia vital, de lo más instructiva y placentera, entre lo disfrutado hasta entonces en materia de viajes. Años después, con los muchos efectuados, en diversos medios, durante mi ya longeva existencia, hube de ratificarlo entre los más gratos posibles... ¡No hay como los largos periplos en grandes barcos de pasajeros! Es una verdadera lástima que, especialmente en aras de la rapidez, tiranía de la época contemporánea, prácticamente se haya descontinuado tan gratificante modalidad del transporte de personas. La amplitud del horizonte en las vistas al mar, desde las barandas, las cubiertas y los “ojos de buey”; la del espacio disponible dentro del barco mismo, en sus acogedores ambientes; la fresca brisa marina; las exquisitas comodidades de la nave; la sensación de verdadero descanso y placidez, sin urgencias que perturben la paz y la tranquilidad del pasajero; lo grato de las compañías y de las amistades que generalmente allí se entablan; de los esparcimientos disfrutables abordo, etc. Muy poco o casi nada de todo esto, se puede lograr en cualquier otra forma de transporte de pasajeros. Agréguese, la calidad y abundancia de los alimentos, atendidos en forma tan cómoda, elegante y con toda oportunidad, en sus amplios comedores. Con extensas ‘cartas’, comprendiendo platos de modalidades al escoger; y en cuanto a su número a servir y las cantidades en ellos contenidas, sin trabas ni límite alguno; ni en las ‘repeticiones’. tenidas a bien solicitar... A propósito de la “Sección Mercurio” --así llamábamos a los merenderos y a las meriendas--, a las 12 m. y 8 pm. --en punto--, tocaban unas sonoras campanadas, llamando a los almuerzos y comidas. En cuanto las oíamos, volábamos al comedor... ¡bulimia adolescente!... Aunque estuviéramos, como efectivamente estábamos con frecuencia, conversando con simpáticas chicas viajeras (Alberto enamoró, con la suerte que siempre lo favorecía, a una muy linda, de origen chileno alemán). ¡Las abandonábamos, ipso facto y en estampida! Sin disculpas, dudas ni murmuraciones. Repitiendo la imperdonable descortesía, ante cada nueva situación, campanuda, y así de urgente. En el comedor nos sentábamos los dos en una mesa, uniéndosenos otro par de compañeros de la Escuela, quienes también habían embarcado en Ilo, pero procedentes de otras vacacionales expediciones. El apetito, de cada uno de los cuatro especimenes agronómico-molineros, era temible. Juntos... ¡devastador!

Peruano, hasta hoy insubsanada, para materializar, en nuestro Desarrollo Económico y Social, una posición ni liberal: la Empresa Privada en todo; ni marxista: el Estado en todo. No se logra el justo término entre la eficiencia Privada y el Fin Ético del Bien Común, a defender por el Estado; justo término definido con claridad meridiana, por la sabia Doctrina Social de la Iglesia: “La Iniciativa Privada, hasta donde sea posible; la Acción del Estado, hasta donde sea necesaria”. Posición que ha logrado, en la práctica, ejemplares realizaciones, aunque fuere en parte, en varios países, épocas, y sistemas políticos y económico sociales del mundo.

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De arranque --como habríamos de repetirlo varias veces--, el primer día, habiéndose acercado el mozo, inocente, en son de atender a nuestra mesa y mostrando el menú, que contenía, al escoger, más de 14 platos, aparte de los postres, muy atento, dijo: -- ¿Qué se sirven los señores? -- Tráiganos todo el menú, de ida, de arriba abajo, inclusive los postres, a cada uno de nosotros; por lo pronto, pues seguramente lo repetiremos de vuelta --¡y efectivamente lo repetíamos!--, de abajo arriba. -- Ordenó uno de los inefables heliogabálicos tragonsales (¡que no propiamente ‘comensales eran’!). Dejando estupefacto al mozo; quien, sin embargo, moviéndose con rapidez, musitó presuroso: -- Esteee... ¡Sí señores! Y partió apurado en pos de bastimentos para atendernos. Pidió auxilio a otros dos fámulos, de los cuatro compañeros de trabajo, que en total servían en el dicho comedor. Y, al rato, se notaba unos movimientos muy agitados de los mozos alrededor de nuestra mesa, contrastando con la apacibilidad visible en las demás del recinto, las cuales eran atendidas solo por el servidor que restaba libre. Cierto día, en una de las mesas, cercana, estaban sentados, una viejita de aspecto bonachona y un joven, a todas luces su hijo, de edad algo mayor a la nuestra y al parecer muy su engreído; un “niño Goyito”, delgado, hasta enjuto, delicado; se mostraba inapetente, ‘desganado’. Ambos, madre e hijo, no salían de su asombro ante el espectáculo de nuestra voracidad, virtualmente leonina. La dama --llegamos a escucharla--, en voz baja, le susurró a su añoso y enteco vástago: -- ¡Ay hijito! ¡Cómo me gustaría que tú comieras como esos muchachos de la otra mesa! ¡En las cantidades y con las ganas que lo hacen! ¡Me muero de santa envidia! Pero nada nos avergonzaba. En medio de grandes risas, continuábamos en el entusiasta y langostero empeño masticatorio. Y, además, las tardes y las noches, eran también circunstancias de más comer, de relajo, y de placenteras vivencias. El buque tenía un amplio salón de reuniones y bailes; de lustroso piso encerado y de grandes ventanas con amplias vistas al mar. Se lo dotaba con música muy alegre. Bailábamos a todo dar. Con las juveniles, vivaces y simpáticas pasajeras del barco, que a nosotros nos parecían lindas, divinas. En dicho ambiente cuyo bamboleo por el movimiento marino hacía que las parejas, en alborotados conjuntos, resbalaran en pleno baile, como patinando, desde el lado más alto, en ciertos momentos, hacia el opuesto más bajo; y, al ratito, a la inversa. En medio del jolgorio general. Durante la travesía caleteamos, como se ha dicho, en Mollendo y Chala (puerto éste mucho menor). Abordo, muy pocos habían sufrido mareos y en todo caso los pasaron rápido. En el primer punto, hubimos de bajar un largo rato y 131

experimentar la desagradable sensación del “mareo de tierra”, resultante del hecho de haberse acostumbrado al bamboleo del barco en el mar; pero que, al pisar losa firme, se siente, rara y más molesta, la ‘borrachera’ terráquea: ¡Un mareo al revés!... También experimentamos lo que era embarcar y desembarcar “con pescante y silleta”; las mujeres --en menor número siempre-- en el asiento; y los hombres agarrados de las sogas (4 cortas, confluyendo en la única del güinche), y parados en los travesaños (‘palitos’) de la 'silla' de fierro, portante implemento de la grúa. Concluimos nuestra grata y aleccionadora gira, muy alegres y satisfechos, llegando al Callao y de allí a Lima, a nuestras respectivas casas; en los últimos días del mes de marzo del ‘41. ----Habríamos descansado unos días en Lima, reacomodando nuestros bártulos, objetos personales y de estudio dejados en demasía un tiempo de su cuenta; y, faltando algunos días para el reinicio de las clases correspondientes a ese año lectivo, nuestro padre, quien a la sazón había asumido el cargo de Director Nacional de Alimentación, nos propuso, a mi hermano Manuel, a mí, y a un amigo común y excompañero de colegio, de apellido Rouillón, que viajáramos de Lima al Satipo, ida y vuelta, en unos camiones que transportarían arroz desde allí. La finalidad era ayudarlo en la vigilancia de las operaciones de compra del cereal producido en dicha zona de Selva y de su transporte a Lima; e informarlo cuanto pudiéramos sobre la conducción y ejecución del programa, cuyo correcto funcionamiento le preocupaba mucho. Así pues, con el mayor entusiasmo, viajamos, por tierra, en uno de los camiones, a través, en gran parte, de un camino terrible.50 En convoy, hacia la primera zona de Selva que conoceríamos. ¡Un enorme impacto nos habría de producir! Se nos ofreció maravillosa. De singular embrujo. Añadiré que tanto mi hermano Manuel como yo, con pequeñas diferencias de enfoques, nos habíamos subyugado a una gran admiración y curiosidad por la Naturaleza. Pero esta Naturaleza, la del Trópico Húmedo Peruano, es algo grandioso. Indescriptible en pocas o hasta en innumerables palabras, si de eso se tratara. En cuanto a las plantas, nos mareaban su número y variedad; y de la fauna, ni qué decir, en especial de artrópodos, de insectos, y de éstos, solamente en mariposas, se ofrecían ¡maravillas! De múltiples colores, tamaños y formas; encontradas por miriadas, especialmente en las orillas de los cursos de agua y en los charquitos que se formaban en las trochas que penetraban el monte.
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Sin afirmado; estrechísimo, con precipicios pavorosos a los costados. En el cual sólo se podía viajar, cada día, en un sentido; de curvas en extremo cerradas. Para pasar una curva, el camión debía realizar varias operaciones, de adelantos y retrocesos; y para estos últimos, un “chulillo” o ayudante, muy joven y despierto, portando una gran cuña de madera, debía colocarla en una de las ruedas traseras, oportuna y precisamente, en medio de los ‘avisos’, en gritería, de chofer y pasajeros. Una falla del “chulillo” y el camión, con todos los pasajeros y la carga, podía ir a parar, de ‘culata’, al fondo del aterrador precipicio... y por desgracia, a veces ocurría... ¡Oh Perú, cuántas valentías se han dado esparcidas en tu territorio!

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Nosotros, cuando éramos chicos, nos jactábamos de saber de memoria los nombres comunes y científicos de casi todas las plantas e insectos existentes en “San Nicolás”, que correspondían en general a las especies de la Costa Central del Perú. En la Selva, empero, no podíamos ni comenzar la clasificación, ni encontrar siquiera alguna persona --¡no las había, ni las hay creo!-- que conociera una aceptable proporción de la inmensa nomenclatura de su biodiversidad. La belleza de sus panoramas no encuentra palabras para describirla. Su cielo azul muy nítido, con algunas nubes blanquísimas, haciéndole precioso contraste, en los lapsos diurnos en que se presenta despejado. Imponente en las fases de tormentas y precipitaciones de diluvios, con enceguecedores relámpagos y truenos retumbantes. Sus bosques majestuosos y en apariencia estáticos, pero bullentes de vida en su interior; de luchas implacables por la supervivencia, confluyendo en un sorprendente equilibrio biológico, que les confiere esa imagen de estabilidad perenne. Sus suelos arcillosos, rojos al desnudo, pardos, casi negros, cuando plenos de mantillo o humus, armonizan sus colores intensos con los de la vegetación y el firmamento. Las producciones agrícolas, pecuarias y forestales selváticas, eran de asombro; como me había dado una idea, hacía pocos años (el 38 o 39), en una Exposición Amazónica que tuviera lugar en el Campo de Marte de Lima. Unas yucas, papayas y piñas gigantescas; plátanos también enormes, deliciosos. Naranjas, limones y otros cítricos, colgaban por millones en las ramas de sus árboles unos y estaban regados otros como piedras por los suelos. Aparte de sus crianzas domésticas de porcinos y aves, había un ganado vacuno, de varios cruces de cebú, en la Granja Ganadera del Satipo, que en presencia, peso, precocidad, productividad, etc., dejaba boquiabiertos a quienes lo contemplaran. Más si se lo comparaba mentalmente con los animales producidos, por ejemplo, en las altas serranías de Puno, región tradicionalmente considerada "ganadera". Agreguemos su riquísima producción maderera. En fin, no terminaríamos de expresar todo lo maravilloso por hacer constar al respecto. Surgían entonces numerosas interrogantes, no sólo las científicas y tecnológicas, que lo observado suscitaba, sino otras muchas, de grande y hondo significado: ¿Por qué esta región de la Patria, tan fabulosa, se había mantenido inconquistada en toda la Historia del Perú? ¿Por qué no habían podido con ella, ni los incas, que dominaron a la Cordillera de los Andes y a los desiertos de la Costa; ni los españoles, en cuyo Imperio “jamás se ponía el Sol”; ni los peruanos mismos, que hicieron producir a valles, desiertos, altiplanos, laderas, y cumbres, hasta lugares increíbles, por inhóspitos y difíciles que fueran? ¿Por qué esta región, que en ciertas circunstancias aparece inmensamente fértil, suele después, en otras, ver degradados sus suelos, flora, y fauna, a extremos de una lamentable improductividad y pobreza? ¿Por qué desde esa apariencia inicial de tanta exuberancia, pero de real fragilidad, puede producirse un desastre final, cuando se rompe el equilibrio del sistema natural y no se lo reemplaza, sensatamente, por otro, similar, aunque fuere artificial, pero también equilibrado? 133

Tales incógnitas significaban un desafío digno de la mayor dedicación y entusiasmo, para un proyecto de ingeniero agrónomo, joven o adolescente (como era yo), que en algo estimara su vocación profesional y a su persona; que sintiera bullir en su ánimo --como yo lo sentía--, el ímpetu claro de la flama Vocacional, conectada a un neto Idealismo Vital. ¡Cuánto se podría hacer por la Selva y por el Perú entero! Se me abrieron los ojos... Me enamoré de esa tórrida y boscosa región. Sentí remecida mi anterior vocación cañavelera costeña. Comenzaba a pensar, seriamente, a sentir clara inclinación, por el Agro, las Forestas, y la Ganadería Tropical, especialmente por la Vacuna, la más decisoria en el proceso de su consolidación económica definitiva. En Satipo nos hospedamos en un hotelucho --sin estrellas, ni luz eléctrica, pero con incontables bichos-- y luego de ver los asuntos del arroz, motivo primario del viaje, recorrimos lo que nos fue posible. Curioseando todo. Y Manongo tenía una pequeña carabina Winchester para algunas aventureras cacerías. Cerca de nuestro rústico alojamiento, había un ‘bungalow’, donde vivía un comandante de aviación, apellidado Galino, quien se había hecho famoso por algunas hazañas aéreas en que había participado. Era Jefe de una pequeña Base, con un campito de aterrizaje, por allí dispuesto desde los tiempos del conflicto con Colombia (1,932-33). Vivía solo, sin esposa, pero junto con un matrimonio francés, de apellido Fournier; el esposo era un experimentado explorador selvático, de los que llaman "vaqueanos". La mujer, francesa también, muy linda ella. El trío nos ponía al tanto de lo necesario a saber acerca de la Selva; de sus secretos y saciando nuestras inmensas curiosidades al respecto. En cierta ocasión, estábamos los muchachos en una trocha que llegaba al río Satipo, por un sector algo alejado del pueblo. Aprovechamos para tomar agua y refrescarnos un poco, dado lo intenso del calor reinante. Cuando, en ésas, levantando la mirada, observamos al frente, por un momento, a un natívo o "chuncho", "campa"51, que se aprestaba a cruzar el río. Lo vimos hacer algo que nos pareció muy curioso y aleccionador: Entró resuelto al río y comenzó a nadar en el área comprendida en el tercio longitudinal del inicio --referido al ancho total de su curso--, pero... ¡en dirección aparentemente contraria a la de la corriente principal! En verdad, era a favor de una de las contracorrientes, o por lo menos remansos, que en los ríos
Así se llamaban antes. Hoy se ha impuesto la moda --procedente, al parecer, de alguna inefable O.N.G--- de llamarlos asháninkas. En Satipo vivían, en cuanto a indumentarias y costumbres, prácticamente en estado semi salvaje (llamados chunchos), pero se ofrecían amistosos con la población común o ‘civilizada’; muchos de ellos trabajaban como peones en las plantaciones --más pequeñas que grandes--, bajo la modalidad de contratistas. Pero eran algo difíciles, pues sin mayores explicaciones, muchas veces en forma súbita, abandonaban las labores y desaparecían. Por disgustos varios, pero lo más común, por casos de enfermedades graves o muerte, de alguno de ellos; al parecer, como el mejor modo de evitar la propagación de epidemias en sus tribus.
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se forman a sus lados ribereños. Cuando el campa estaba llegando al centro del curso acuático, a su mayor correntada, siguió en contra de ella, con más fuerza aún, con toda de la que era capaz, pero entonces ya algo sesgado (en unos 45º). Se producía así una composición de fuerzas, entre su rumbo natatorio y la dirección de la corriente central del río. De tal modo que éste lo empujaba, hacia la otra orilla. Y, al llegar a la segunda contracorriente o remanso, la aprovechó para nadar ya a favor de ella, variando el sentido suyo anterior, según el movimiento del agua que encontraba, y salió… ¡exactamente al frente de donde había ingresado!... Nos dejó estupefactos. Y me sirvió la lección, pues sabiendo bien y gustándome mucho nadar, aprendí a cruzar imponentes ríos..52 Cumplida nuestra estada en Satipo, emprendimos el regreso en otro de los camiones, cargado ya de arroz y llevando algunos pasajeros. A pocos kilómetros de la salida del pueblo, el chofer hizo una pascana a la vera del camino, en una chacra que tenía, entre sus cultivos, algunos frutales y caña de azúcar. De los primeros disfrutó el rudo conductor, con uno que otro pasajero, de algunas de sus producciones mas jugosas (piñas, naranjas, cañas, etc.) y compró, muy baratas o le regalaron, pues los choferes en tales rutas suelen ser muy homenajeados por los pobladores, varias botellas de aguardiente. Y así, alegres todos, continuamos el largo y --sin tomarlo en cuenta-- peligroso viaje de retorno... Por aquellos tiempos yo era muy comilón y ello favorecía que tomara sueño con mucha facilidad, a ciertas horas del día, especialmente en los carros y doppo la manggiatta. Ocurrió entonces que, avanzados una cierta cantidad de kilómetros, ingresamos a la zona más escarpada de la ruta. Desde las aberturas, más que ventanas, del camión mixto, se podía percibir las honduras de los horribles precipicios; al lado mismo del ruidoso y casi destartalado vehículo. Había algunos realmente espeluznantes. Ante ellos, era mejor no mirar. Y así, comenzando a cabecear, me quedé profundamente dormido. Mi última visión, consciente de lo exterior, fue la de un profundo abismo mi costado... Mientras tanto, el camión había seguido su ruta con relativa tranquilidad. Aunque el chofer y su "chulillo", con la complicidad de más de uno de sus pasajeros, voluntariosos para estas lides, se habían chupado, gran parte de la existencia del aguardentoso bebestible. El vehículo terminó pasando la zona de los precipicios y transitaba ya por el casi llano territorio alto andino de las punas de Concepción y Jauja --de Runatuyo, creo--, donde, habiendo llovido mucho, se había formado gran cantidad de barro, fofo, a los flancos de la vía.
Sin embargo, años más tarde, un fracaso parcial e inesperado, me volvió más prudente, respecto a los ríos, como se debe ser también con los mares: Fue en el río Chinchipe, al Norte de Jaén. Pretendí cruzarlo en estilo parecido al campa; pero como lo hacía en ‘crawl’ (con la cabeza semi sumergida), estando en pleno cruce y ‘embalado’, sentí como una fuerte pitada, insoportable, en los oídos; tuve que levantar la cabeza y perdí velocidad; por lo que el río me arrastró muchos metros aguas abajo... ¡y hacia el mismo lado por el que entré! Me explicaría el fenómeno sonoro, como una consecuencia de la acumulación, en el agua, de los sonidos de miles de millones de granitos de arena, que rozaban contra la superficie de ella, al impulso del fuerte viento allí reinante. Esa parte del río atravesaba una extensa zona llana y arenosa.
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Parece que el chofer, casi beodo, se durmió o cabeceó; se descontroló el carro, se salió de la vía y las llantas de un lado se hundieron bruscamente en el lodo. El camión se ladeó y volcó, al margen de la carretera; con las cuatro ruedas hacia arriba... Me desperté bruscamente al momento de iniciarse la volcadura, en medio de la gritería del chofer, el chulillo y, sobre todo, de los pasajeros... Pensé, con plena convicción, que… ¡estábamos cayendo en uno de los profundos abismos de la ruta! Y he aquí que volví a experimentar esa sensación de conformidad, a la que ya me referí en el caso del terremoto del ‘40, en La Molina, al tratar el tema del “Temor a la Muerte”... ¡Me encogí y esperé lo peor!... Pero, volteado el carro, quedó quieto... Alguien gritó: -- ¡Salgan con cuidado!... El carro solamente se ha volcado... Entonces, se escucharon los angustiosos gritos de una señora que había quedado aplastada por unos sacos de arroz de la carga; y los quejumbrosos ayes de algunos pasajeros golpeados, sin gravedad, pero que pedían algún auxilio, el cual se les proporcionó, como se pudo. Y luego, todos quedamos, de pie y atónitos, al lado del camión siniestrado. En cuanto a mí, como en el caso de la E.N.A.V., pasado el primer instante y dándome cuenta de que el asunto no era tan grave, como lo creyera al despertar, se me pasó la resignación y vino al punto el instinto de conservación; salí lo más rápido posible; no sin que me golpearan, el tablón que servía de asiento, caído desde lo alto, y las herramientas de fierro contenidas en el cajón de su base, que era normalmente tapado por la malhadada tabla. Una vez afuera del carro, los pasajeros, que habíamos venido vestidos con ropas delgadas, por el calor del Satipo, comenzamos a sentir un frío espantoso; el propio de las punas del Perú. Era el atardecer y a medida que anochecía, la congelante temperatura se hacía cada vez más insoportable. Alguien atinó a proponer el recojo de parte del maderamen del carromato destrozado en el accidente. Encendimos dos grandes fogatas, para calentarnos algo, haciendo así menos insoportable la circunstancia; mientras esperábamos que pasara un carro, para que diera auxilio al chofer y recogiera a los pasajeros hacia Concepción o Jauja. Mas, por aquellos tiempos, el tráfico en esa carretera era muy espaciado... ¡Durante horas, no pasaba vehículo alguno! En eso, llegó un viejo automóvil vacío; recogió a las mujeres y a los niños, que estaban muy maltratados. El resto seguimos esperando. Y a pesar de que, hasta casi introducíamos las manos en el fuego de las hogueras, no lográbamos calentarnos, o neutralizar algo, apreciablemente al menos, el paralizante frío. Y así, las hogueras terminaron por agotar la leña del exbarandal camionero… Allí aprendimos lo que significa el frío como tormento. Es realmente insoportable. Por ello creo comprender mejor lo que fueron las tragedias del “Titánic” y la del “Crucero Belgrano”; ésta última, causada por la horrenda crueldad británica, en la guerra de Las Malvinas... Llegó un momento, en la madrugada, en el cual casi

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pedíamos la muerte, como alivio a tanto sufrimiento. A Rouillón le sobrevino un doloroso ‘calambre estomacal’ (o al diafragma pudiera ser). Viene al caso aquí, otra de las grandes máximas de Cicerón: “Ni siquiera, como se cree erróneamente y con frecuencia, la muerte es el peor de los males; se la suele preferir, incluso, a muchos atroces padecimientos”. Se puede mencionar, en reafirmación de lo sostenido, que son tan frecuentes otros males, generalmente admitidos como mayores que la muerte, que, basándose en ello, hasta se justifican los suicidios; se practica la eutanasia; se admiten los tiros de gracia... La muerte --se reconoce-- hasta evita o termina grandes dolores físicos y morales: la tortura infligida con sadismo; los sufrimientos por el frío extremo, el fuego, las enfermedades terribles; así como el deshonor, la vergüenza ética, etc. He llegado a conocer personas que se suicidaron por motivo de la puesta en quiebra de sus negocios y al no poder pagar sus deudas; o por soledad extrema, desencantos y penas de amor; depresiones y muchos etcéteras, cuya exposición no sería posible agotar aquí... Felizmente, ya amaneciendo, un ómnibus nos recogió, llevándonos hacia Concepción y Huancayo. Así pudimos, a mediados de abril, llegar a Lima. ------Finalizado el verano del año 1,941 y regresando del Satipo, nos encontramos con una nueva situación en Lima, tremenda: nuestro venerado padre había sufrido una pulmonía doble fulminante; se encontraba muy grave y por ser internado en el Hospital Arzobispo Loayza, ubicado en la Av. Alfonso Ugarte, muy cerca de la Calle Cañete, donde vivíamos los Ruiz Huidobro Cubas, la tía Laura, nuestra hermana Susana, mi hermano Manongo y yo. Recibido el aviso, esperamos a la ambulancia en la puerta del hospital, desde la cual lo subieron en camilla hasta el cuarto que le fuera asignado en el segundo piso. Llegó delirando. Y mientras era trasladado allí, preguntó: --¿Por qué me traen a caballo? -- No. Te has enfermado y te hemos traído en camilla para que te curen mejor en el hospital. --Le informó, comprensivo y afectuosamente, uno de los mayores de la familia. Mi padre se había acostumbrado a bañarse en ducha fría en las mañanas, muy de madrugada. Ocurrió entonces que, dentro de las funciones de Director General de Alimentación, de la cual se hizo cargo con todo entusiasmo, visitaba con frecuencia el Mercado Mayorista para constatar, personalmente, el movimiento de las subsistencias de la Gran Lima. Un día se resfrió --no hacía caso de enfermedades--; no tomó en cuenta la afección y a la madrugada siguiente volvió a bañarse con agua fría –y ya era invierno en Lima--; empeoró, y sin hacer caso de nuevo ¡volvió a bañarse! Hasta que cayó con un fiebrón, síntoma de una fulminante pulmonía doble. Por cierto, casi no llegó a darse cuenta de su gravedad y menos de lo próximo de su muerte. Y. por lo demás, ya

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he dado varias referencias de este lamentable suceso, que puso fin, el 17 de abril de 1,941, a los 57 años de su edad, a una existencia de singular valía. La cual, de haber continuado, habría llegado a mayores realizaciones concretas que las ya logradas y a la adicional recepción de merecidos honores y fama. Nuestro progenitor, además de seguir pesando en muchos aspectos de la vida familiar, era todavía el principal sostén económico de la mayoría de nosotros. En cuanto a mí, si bien nuestro cuñado Federico y hermana Ester, ambos muy generosamente, venían cubriendo gran parte de mis gastos de vivienda y alimentación, los de estudios, y los llamados menudos --en verdad no tan menudos, ni de funciones tan desdeñables--, tales aportes habrían de resultarles progresivamente más pesados. La familia misma, de Ester y Federico, crecía vertiginosamente. Así las cosas, pensé que no podría continuar mis estudios. Experimenté un enorme desaliento y casi decidí abandonar la carrera, para tomar algún trabajo con cuya remuneración pudiera sostenerme, sin constituir una carga económica para nadie; pues no se veía en el entorno quienes pudieran hacer más de lo que hacían por mí; ya que la muerte del pater familiae, había colocado en situación parecida, o peor, a los otros hermanos y personas dependientes de quien, de modo tan inesperado como involuntario, nos dejaba en este, en gran medida, insensible mundo... Ni los Ruiz Huidobro ¡que ya hacían tanto por nosotros! Pasando por tales circunstancias, un día comuniqué mi problema y la decisión de dejar los estudios a mi apreciado amigo y compañero de promoción, Miguel Rubio Galloso --lamentablemente fallecido, hace poco--, quien siempre se manifestó noble y franco en sus relaciones conmigo... Y así me dijo: --¡Qué bárbaro! ¿Cómo vas a dejar la carrera, tú que tanta vocación demuestras y tan buenas notas logras? ¿Cuál es el verdadero motivo? - No puedo solventar mis gastos y mi hermana ya no da más -- Respondí. -- No es motivo suficiente. Me has contado que tu hermana y su esposo te proporcionan, generosamente, entre otros rubros, vivienda y alimentación; pues ¿por qué no solicitas una beca?53 Y además consigues trabajo, enseñando matemáticas, a muchachos de secundaria. Así ganas algo y aprendes mejor las matemáticas, pues, recuerda: "Enseñando se aprende mucho más que solamente estudiando". Siendo como son, para nosotros mismos, tan necesarias en la Escuela las ciencias de los números -- Fueron sus sabias palabras. -¡Qué me van a dar beca a mí! Si es conocido que mi padre fue un profesional destacado y por lo tanto de una posición económica presumiblemente holgada. Pero nadie sabe cómo, ahora último, la situación ha cambiado. Es menos creíble aún que no haya dejado --como sin embargo no
Antes de producirse el terremoto las becas significaban enseñanza e internado gratis; después del sismo, en ellas la enseñanza seguía gratuita, pero en lugar del internado (alimentación y alojamiento), se le daba, a cada becado, una ayuda en dinero efectivo, de S/ 50.00 mensual.
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dejó-- herencia material alguna. Y, enseñando matemáticas, no me alcanzaría para lo necesario. -- Repliqué, con pesimismo irreductible; ante lo cual, empero, insistió Miguel, con otras atinadas reflexiones: “Nunca hay que dar por imposible, lo que no se ha intentado. Ni rendirse por adelantado. No hay peor diligencia que la que no se hace”. ¡Inténtalo! Dile la verdad al Director, quien parece una buena persona... Y después, y sólo después, se verá otra cosa. Si lo pensado no resultara... Así, me presenté ante el Director de la Escuela, quien a la sazón era el Ing. Agr. Pascual Saco Lanfranco, dicho sea de paso, egresado en 1,905, con la 1ª Promoción de Ingenieros Agrónomos del Perú, la misma de mi padre. De la antigua Escuela Nacional de Agricultura de Santa Beatriz… Y le dije: -- Como Ud. habrá tenido conocimiento, Ing. Saco, hace pocos días falleció mi padre, el Ing. Manuel E. Cubas, a quien, por ser su compañero de promoción, habrá conocido muy bien. No le digo esto último, con alguna intención de asegurarme lo que se llama “una buena vara” ante Ud., sino para que tome, como absoluta verdad, lo que voy a decirle respecto a él, en cuanto a su modo de pensar y de actuar: Mi padre, además de ejemplar cabeza de familia, se distinguió desde el comienzo de su carrera, como un excelente profesional, siendo muy bien remunerado. Así, sus familiares, en su compañía, en vida, bajo su conducción, pero dependiendo de él, subsistimos siempre de un modo placentero, en cierta innegable abundancia económica y de plena comodidad material. Pero él no ahorraba nada y menos con las miras de dejar herencia patrimonial alguna, pues tenía la convicción de que: “Las personas deben vivir de su trabajo y no de loterías, ni de herencias. La mejor Herencia que los padres puedan legar a sus hijos es la Moral, forjada por sus enseñanzas y ejemplos; y la Intelectual, representada por una elevada cultura, promovida también por ellos, y adquirida desde temprana edad”. Así murió pues nuestro padre, sin dejar un centavo para el futuro, a once personas todavía dependientes económicamente de él. Nunca se lo reprochamos; ni se lo reprocharemos jamás; pues lo que nos dio y dejó, fue mucho más de lo suficiente y merecido. Se trata sólo de una aclaración de la realidad, en este momento requerida... De tal modo, Ing., si bien nosotros hemos vivido como ricos, ahora somos pobres; refiriéndonos a los recursos materiales. Por lo cual, en lo que a mí toca, tendría --si no recibiera auxilio oportuno de la Escuela-- la necesidad imperiosa de buscar un trabajo remunerado, a tiempo completo; y, con gran dolor, deberé abandonar mis estudios, seguidos con apasionada vocación y, como lo sabrá Ud., obteniendo muy buenas notas, logrando excelente colocación en el orden de méritos. Por lo dicho y en concreto, me permito solicitarle se me conceda una beca, la cual sería, sin duda alguna, muy justa, aunque pudiera no parecerlo, a quienes no conocen, ni tienen cómo ni por qué conocer, la situación económica experimentada por mi familia y con ella la mía propia.

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El Ing. Saco Lanfranco, guardó silencio, quedó pensativo unos instantes, para responder luego: -- Mire Ud. Cubas, comprendo muy bien los fundamentos y la necesidad de su pedido. No me cabe la menor duda de lo dicho por Ud. Conocí a su padre, fui su compañero y amigo y lamenté mucho su temprana muerte; pero sobre todas las cosas, constaté, siempre, su acrisolada, singular, honradez y veracidad. Y si es verdad, como lo creo, que “de tal palo tal astilla”, Ud. no miente; aparte de ser muy lógico lo que dice. Déme unos días de plazo, porque debo hacer la consulta al Consejo de Profesores y recién entonces podré darle una respuesta definitiva. Pero estoy casi seguro de un resultado favorable; puede considerarlo así. Efectivamente, a los tres días, me dio la confirmatoria respuesta: Favorable. Y así, comprendidos los estudios gratuitos y los 50 soles mensuales que me daba la Escuela; más otro tanto aproximado, al poco tiempo añadido, por mi trabajo de enseñanza de matemáticas, a un par de alumnos de secundaria que conseguí, ya tenía una base de sostenimiento. A la cual se sumaba la siempre bondadosa ayuda de mi cuñado y hermana, en vivienda, alimentación, y las otras formas de auxilio relativamente extraordinarias --en realidad frecuentes--, de variada naturaleza (libros, salud, viajes, ropa, etc.); nunca hechas faltar por ellos cuando las percibieron necesarias. Se cumplía así, con creces, lo proyectado, al iluminarme y alentarme, con las sugerencias y consejos de mi buen amigo Miguel Rubio Gayoso. Mi carrera se aseguró, viviendo desde entonces siempre agradecido a quienes me dieran tan decisivo apoyo en ese crucial momento. ----Otros estímulos vocacionales.- Más o menos en julio o agosto del ‘41, mi hermano Manuel consiguió, con el apoyo de nuestro cuñado Federico --siempre generosamente dispuesto para ayudar--, un puesto de Administrador del pequeño fundo algodonero cañetano: “Santa Rosa”. Allí, en Cañete, conoció y se enamoró de la muchacha que algún tiempo después sería su esposa (Yolanda Baglietto); asimismo, entabló amistad con el joven Eduardo Cabieses Molina, quien ahora es el esposo de nuestra hermana Isabel y cuyo matrimonio resultó secuencia de esa precusora relación. Manongo me invitó al mencionado fundo en mis vacaciones de medio año del ‘41, para disfrutar nuestra fraterna compañía y como oportunidad de muy útiles prácticas agronómicas. Allí encontré el caso curioso de un suelo muy suelto en la superficie, limo arenoso --cultivado de algodón--, que daba manifestaciones de una riqueza por lo común no correspondiente a esa textura. Las plantas de la dicha fibra, hasta se "iban en vicio", como si se encontraran con un exceso de abono y de agua Resolví analizarlo técnicamente, dada mi ya declarada afición por el estudio de los suelos agrícolas y de los fertilizantes (Edafología). Hice una zanja o "calicata"; tomé numerosas muestras de suelo y subsuelo y me las llevé a Lima, al Laboratorio de la Escuela. El resultado fue

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sorprendente y me dio motivo para escribir un artículo ilustrado con una figura del corte o perfil del terreno, en colores; y que se publicó, al año siguiente, en la Revista “Agronomía”, del Centro de Estudiantes de la Escuela.54 El notable ingeniero agrónomo de aquellos tiempos: Oswaldo González Tafur, quien era Director General de Agricultura (del Ministerio de Fomento), me hizo llamar, y en su Despacho me felicitó entusiasmado, instándome a realizar otros trabajos de semejante naturaleza... ¡A escribir y a publicar más!... ¡Pasos tan importantes para el desarrollo profesional y el integral de la persona misma! Inclusive, los propios muchachos de la Revista, me pedían ‘más artículos de ésos’. Y el año ‘42 --el mismo en el que apareció el trabajo-- me hicieron miembro de la Directiva de esa publicación estudiantil; la cual, en el ’43, y ya como Director, llenaría tanto mi espíritu, como habré de relatarlo. ----En el año ‘41 --refiriéndome ya a cuestiones más personales--, en la casa de la calle Cañete, se había tomado los servicios domésticos de una muchacha, buena, honesta y trabajadora ella, quien sorpresivamente comenzó a adelgazar y a toser en demasía. Mi hermana Ester se asustó y la llevó al médico. Resultó tener tuberculosis pulmonar avanzada. Felizmente --en cuanto a la muchacha-tenía familia en la Sierra y el doctor, además de las indicaciones farmacéuticas del caso, le recomendó volver a su tierra natal, para neutralizar o detener el mal, con la conocida ayuda terapéutica del clima serrano. En cuanto a la casa, se la desinfectó de inmediato, como se hacía entonces, poniendo en cada cuarto un platito con formol, cerrando las puertas y ventanas, por el mayor tiempo posible; y se mandó quemar cuanto fue necesario. Se buscó, con la mayor prontitud, otra casa. Fuimos a parar a una de la calle Francisco de Zela, de nuevo en Jesús María. Pero era chica y a los pocos meses pasamos a otra en la calle Pachacutec, con el Nº 1331, también en el mismo barrio, en la Avenida Cuba. Fue, ésa, una vivienda y una vivencia, de muchos y gratísimos recuerdos. Uno de mis sobrinitos, Federico (“Fico”), expresando en su media lengua, lo que todos sentíamos por ella: que era de nosotros, la llamaba “la casa de noshotos”. Y con dicha denominación familiar, quedó grabado, para siempre, el inmueble y el hogar que albergó; pese a que la edificación era alquilada… ----Concluía mientras tanto, el año 1,941, el tercero de nuestros estudios en La Molina y llegábamos a 1,942, cuarto lectivo molinero y a los 20 de mi edad; dejando atrás a la Adolescencia y hallándome por ingresar a la Juventud. No hay acuerdo unánime, sobre la edad fin de la primera y comienzo de la segunda etapas cronológicas vitales del ser humano. Muchos piensan y
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Lo sorprendente estaba en que el suelo superficial era pobre (un depósito de arena limosa, obra de un aluvión fino o “ihuanco”), pero apoyado sobre un subsuelo húmedo y rico en materia orgánica (suelo anterior de pantano).

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legalmente es así –con demagogia opino-- que la Adolescencia termina y la Juventud comienza a los 18. Yo creo que la verdadera edad del tránsito es a los 21 en el hombre y a los 18 en la mujer. A los 21, el adolescente que culmina esa edad, ya calma en algo sus desordenados ímpetus emocionales y pone un poco de realismo a sus ensueños; asume también varias responsabilidades; por lo general ha definido su Vocación Profesional y puede, o está por afrontar, los deberes de su propio sostenimiento material y de adquirir verdadera autonomía personal, su Independencia Económica. Comienza a esbozar Ideales –programas de vida en pos de valores superiores y perennes del espíritu--; inicia, además, el proceso de formar pareja, de arribar al Verdadero Amor, al Matrimonio, y a la propia Familia. Pilares básicos de la posible Felicidad Humana. El Idealismo y el Amor, como lo veremos en capítulos posteriores, cuando se concretan, si se concretan, ello sucede ya en la Juventud pos 21’... Pero muy pocos son los que se pueden construir, y bien, para su Felicidad, los tres basamentos dichos. Pocos son también, en verdad, los que tienen la suerte de poder definir a tiempo, aunque fuere solo una Vocación Profesional. Y rarísimos los que pueden ofrecerse varias. Pero sucede, aunque algunas pudieran parecer contradictorias o incompatibles entre sí (como Agricultura con Política; Enseñanza con Milicia, etc.). Por lo que me concierne, diré que al fin de la adolescencia, había definido, ya muy claramente, mi Vocación Profesional Agraria, de Ingeniero Agrónomo, con especialidad en Ganadería Tropical, en particular de Vacunos. Y la emprendí, siempre, con el más intenso entusiasmo. *******

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Capítulo V

El Idealismo Vital

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ara mejor seguir describiendo y poder analizar los cambios de la Adolescencia en su tránsito hacia la Juventud, referiré mis experiencias en tal lapso. Establecido que está, que es en la Adolescencia (l5-21), el momento en que se define, o en el cual debe definirse, cuando se define, la Vocación Profesional55. Pero también entonces, se comienza a esbozar, si hubiere de construirse: El Idealismo Vital, o dedicación a un programa de vida al servicio de valores espirituales, superiores y perennes, a los cuales debe devoción el ser humano. Y que se concluye de edificar, en los casos positivos, ya en la Juventud (21-35). Debe decirse que el Ideal de Vida es al Destíno Humano, lo que el viento a un barco de vela. Lo impulsa hacia promisorios horizontes; gratifica al espíritu, y hace fructífera a la existencia. Desde luego, la de quienes, para propia fortuna, lo sienten germinar desde la Adolescencia, lo hacen desarrollar, vigoroso, en la Juventud, lo mantienen incólume, sin claudicaciones, en la Madurez, hasta el fin de la Ancianidad, con la Muerte. Por otro lado, se ofrecen, más variadas y en ambas primeras etapas, las formas y oportunidades, por las cuales se determina el destino de la vida personal, en cuanto al Amor y la formación de la Pareja Humana, el Matrimonio; bases, a su vez, de la Familia... ¡Mucho mejor si Cristiana! Los tres elementos: Vocación, Ideal, y Amor; bien definidos y en conjunto, constituyen, vale decirlo: “El trípode fundamental en que se apoya la verdadera Felicidad terrena”... Pues son los caminos para la aplicación de los Valores Superiores y Perennes del Espíritu Humano. Vale decir, para la práctica de la Virtud.… "El Sumo Bien", al decir de Cicerón.

Muchas veces el joven, por diversos motivos, no puede disponer de los elementos de juicio suficientes para tomar una decisión adecuada respecto a la Vocación Profesional: “Especial habilidad y agrado, en la ejecución de sus labores: útiles o productivas: científica, técnica, empresarial, artística, profesoral, religiosa, filosófica, política, etc.”. Si no es auxiliado, oportunamente, por personas mayores, competentes, afectuosas y comprensivas, puede darse lugar a situaciones muy problemáticas.

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Respecto a lo que a mí concierne, en las dichas etapas de la vida, terminaba de transitar la Adolescencia, a fines del año 1,942, y me iniciaba en la Juventud, a comienzos de 1,943 (21 de edad)... Al mismo tiempo, culminaba los dos últimos años de estudios agronómicos (4º y 5º), en La Molina. Un Viaje a la Sierra y Selva Central.- A inicios del verano del ‘42, con Alberto Vega, organizamos otro viaje de prácticas vacacionales. Esta vez, a las zonas de La Oroya, Cerro de Pasco, Huánuco, Tingo María, y Aguaytía (“Pampa del Sacramento”, ubicada en la ruta hacia Pucallpa e Iquitos). Resultó una gira inolvidable y de marcadas repercusiones en los destinos de nuestras vidas. Especialmente en la mía; por las razones a exponer en el curso de los relatos que siguen. El recorrido lo hicimos, en una primera etapa, desde Lima, por tren del Ferrocarril Central; como es sabido, obra de la Ingeniería Peruana, que fue, en su época, de las más admiradas en el mundo entero. Salimos de la antigua “Estación de Desamparados”, muy de mañana, para seguir hasta La Oroya. Y en ese lugar transbordamos a otro convoy ferroviario hacia Cerro de Pasco. Arribamos en la noche y como sucediera en La Oroya, durante los cambios de carromatos, sentimos unos fríos espantosos, además de las mortificaciones propias de la altura; no estando acostumbrados a soportarlas a descubierto. Felizmente, las etapas extra vehiculares, a la intemperie, no duraban mucho. Aparte, unos cholitos y cholitas vendedores (‘zoquetes’ y ‘chinitas’), facilitaban a bajo precio, pero con insistencia lindante en insoportable majadería, bebidas y alimentos muy calientes, de clara acción restaurante contra los efectos del “soroche” o mal de altura. Recuerdo un hirviente “caldo de cabeza de carnero” (incluidos los ojos del occiso). Decían del célebre potaje, que era “levanta muertos”. Y en verdad caía al pelo para contrarrestar la semi congelación y el decaimiento al casi colapso, de los sufridos viajantes. Por los estragos del frío, la altura, y el corto tiempo disponible, no hicimos prácticamente ningún recorrido en las dos indicadas poblaciones; no era imaginable el menor ánimo para ello. Y, en Cerro de Pasco, tomamos un rudimentario camión-ómnibus, de los llamados “góndolas”, para continuar nuestra ruta, por una pésima carretera, hacia:

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Huánuco.-Ya de madrugada, llegamos a su bella y pintoresca población, Capital del Departamento. Considerada, no sin fundados motivos: “La Perla del Huallaga” y “Ciudad de la Eterna Primavera”. De muy honrosos blasones. A la que recién teníamos la gozosa satisfacción de visitar. Y que habría de grabar hondísima huella en mi destino personal. Nos hospedamos en el bastante modesto “Hotel León”, sin estrella alguna, pero y felizmente también, sin ávidas pulgas, ni otros bichos de semejante ralea mortificatoria. Era llamado así, el tal hospedaje, por el nombre del propietario, un casi anciano judío: León Aladzeme. Estaba ubicado en una de las esquinas de la Plaza de Armas; la formada por dos de sus más importantes jirones: el “28 de Julio” y el “General Prado”, teniendo balcones hacia ambos lados. Estábamos instalándonos y acomodando nuestros exiguos bártulos, cuando sentimos un tremendo alboroto callejero, con bullanguera música de fondo, a todas notas, folclórica serrana. La responsabilidad primaria de la algazara, provenía de una gran banda de músicos, típica de pueblo. No salíamos todavía de nuestra risueña curiosidad y cierto asombro, cuando, irónico, Alberto dijo: -- ¡Allí viene el pueblo entero a darnos la bienvenida!... ¡Y con banda de músicos además!... ¡Ja! ¡Ja! ¡Ja!... Nos asomamos a los balcones y avistamos una turbamulta con predominancia de chiquillos y muchachos gritones, siguiendo en gran algarabía, a lo que era, hasta entonces, una novedad para nosotros: ¡La Cuadrilla de “Los Negritos de Huánuco”! En ésa y en otras numerosas oportunidades posteriores, pude observar, con intrigada curiosidad, al famoso, impresionante y popular espectáculo callejero en mención. Cuyo origen se pierde en la noche de los tiempos históricos huanuqueños... Parece ser que nació o comenzó, con la costumbre, cada vez más generalizada en los pueblos indígenas y mestizos del Perú, en su proceso de cristianización y consolidación religiosa; en el cual se formaban cuadrillas de adoradores danzantes, con sus respectivas e imponentes bandas de músicos, concurrentes a los templos, y recorriendo los pueblos, antes y después de las ceremonias litúrgicas, a rendir homenaje “al Niño Jesús”. Por ello lo hacían desde la Pascua de Navidad (25 de Diciembre), a la de Reyes (6 de Enero). Posteriormente, las danzas se generalizaron, extendiéndose a más días y a otras fechas, correspondientes a varias festividades del año; así como a lugares vecinos y hasta lejanos de la ciudad misma (grandes casas-huertas, haciendas, y a muchos pueblos y ciudades). Con el transcurrir de los tiempos, en cada localidad se iban agregando elementos musicales, decorativos y de vestuario, de los más variados, de acuerdo a los gravitantes gustos lugareños y los de diferentes épocas. Así, “Los Negritos de Huánuco”, devinieron en un curioso y llamativo espectáculo. Aunque para algunos críticos --sin duda severos en demasía e

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intransigentes-- aparece grotesco y de mal gusto (cursi o “huachafo”). Evidentemente no es justa tal apreciación, tratándose de expresiones populares. Nosotros asumimos su defensa, como neta creación folclórica... Y continuamos: Los miembros centrales de la cuadrilla, generalmente 12, con un ‘caporal’ y algunas mujeres de colorida vestimenta, haciendo pareja a parte de ellos, presentaban un abigarrado atuendo. En el cual se ofrecían, acumulados y sin buscada coherencia, las más variadas creaciones históricas, en lo que a modas o uso de vestidos se refiere. Desde las emplumadas tenidas prehispánicas, pasando por las chaquetas y pantalones ajustados, de tipo mejicano o de toreros españoles, del siglo XVIII, a las casacas militares del XIX, con áureos bordados barrocos, además de enormes entorchados; agregándose otras prendas, como sombreros, unos de picos (de dos y tres), alones estilo mejicano otros, y algunos de tarro o de copa; sacos largos, como los de etiqueta; pantalones otros, más sueltos; chalecos, corbatas, zapatos y zapatillas, ya más claramente contemporáneos éstos. En verdad, un entrevero imposible de describir; pero marcadamente llamativo... Podría decirse: La Historia Nacional en su vestuario. Pero lo más característico de la cuadrilla huanuqueña eran las máscaras y de éstas, predominaban las de negros. De allí el nombre tradicional del conjunto: “Los Negritos”. Respecto a cuyo origen son varias las opiniones. Unos aseveran --posiblemente en mayoría-- que nace en el intento de una teatralización popular, musical y danzante (ballet folklórico), referida a los esclavos negros. Con modestia, pero claramente, nos permitimos discrepar de tal teoría y presentamos otra hipótesis. Porque no es bien fundada la alusión a elementos numerosos de población negra en Huánuco y menos esclava, que casi no la hubo allí. La verdad es que, en la Sierra, sobre todo en el pasado remoto, prácticamente no había grones. En razón de no encontrar ellos propicia dicha región para su buen o soportable subsistir. Ni nadie consideraba práctico utilizar, como mano de obra, a seres inadaptados, pues no se hallaban en su ambiente. No hay que olvidar tampoco, cómo, para llegar a cualquier lugar de la Sierra, por baja o interior que fuere la zona escogida, se debía atravesar, con medios de transporte lentos y primitivos (a pie o en mula), altas cumbres nevadas, desoladas punas y abruptas serranías; extensas, elevadas y frígidas todas... ¡Inhóspitas ecologías para los hombres de ébano!... Un dicho popular al respecto, es muy elocuente: “Gallinazo no canta en puna”. En cambio, la más probable razón por la cual apareció, primero, alguna máscara de "cutatos", estuvo en el deseo de representar, en el acto de la “Adoración al Niño Jesús”, al rey mago Baltazar, quien era de abetunada faz. Después, por llamativa y en imitación provocada, pudo generalizarse, con exitosa aprobación popular, ese tipo de disfraz… Los chicos de Huánuco se volvían locos por descubrir las caras habidas detrás de las máscaras. Y algunos lo lograban en medio de indecible contento y festejo general. A veces era el mismo enmascarado quien les daba gusto. Por informaciones de los adultos, antiguos vecinos y naturales de la ciudad, y por los descubrimientos de los mismos pequeños, se sabía que el

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‘caporal’ de la cuadrilla, con varios de sus miembros, eran de una familia de apellido Corrochano. Y los primogénitos de dicho clan, ‘heredaban’ la condición de caporales o mayordomos; lo cual implicaba, de paso, afrontar los fortísimos gastos de tan pintoresco conjunto. En especial el rico vestuario ya referido; y la nutrida banda (platillos, bombo, tambores, cornetas, cornetines, flautas, y varios otros instrumentos de viento y percusión); así como diversos y abundantes artificios musicales complementarios, muy sonoros, portados por los danzarines mismos: matracas; tamboriles; cadenas con campanitas, todas de plata; cascabeles y sonajas, del mismo argentino metal, colgantes en pantalones, casacas, sombreros, y vestidos. Por lo dicho, resultaba gracioso que a la cuadrilla de los tales “Negritos”, se la llamaba también de “Los Corrochanos”. Y, los más chiquillos, por su parte, en su incipiente lenguaje infantil, y por el bullicio que armaba el tal conjunto, especialmente con los platillos y el bombo, lo proclamaban como: “Los Tatachines”... ¡Toda una alegría popular, especialmente de la gente menuda!... Bailaban incansables los benditos “Corrochanos”. Por días enteros, con sus respectivas noches. Haciendo pascanas --no descansando todos juntos, ni mucho menos, sino alternándose y de a pocos-- en las casas-huertas grandes y en las haciendas vecinas; en que los agasajaban con sabrosas viandas lugareñas y harto del más aguardentoso trago disponible. En cualquier caso siempre reclamado éste y concedido por los parroquianos, con gran afán y afectuosa solicitud respectivas... Los alegres sones emitidos por su banda, marcadamente rítmicos, hasta de acentuada monotonía, repetitivos a linderos de machacones; muy del gusto popular; y, pegajosos, como eran y resulta comprensible, los coreaba la contenta turbamulta seguidora, cantando, con una letrilla muy simple, de cuatro versos hexasílabos algo forzados, tan de reiterada manera, que culminaba inolvidable: Ne-egrito Congo Saca tu garrote Para mátar gente Como pericote. Dado el excelente clima de la pintoresca y simpática, además de "Muy Noble y Leal Ciudad de los Caballeros de León de Huánuco", aprovechamos para hacer, aunque breve, un agradable recorrido turístico y de curiosidad Peruanista. Fotos incluidas, en la Plaza de Armas y en sus sectores más atractivos. Las calles, llamativamente rectas, anchas y largas, eran todavía empedradas y con canal acuífero al medio; aparte de grandes acequias de riego pasantes por las huertas de las casas; pero sin servicios, por tuberías, de agua y desagüe a domicilio; aunque sí de una deficiente luz eléctrica. No tuvimos ocasión --por falta de tiempo y de conexiones previamente concertadas-- de realizar visitas o experiencias de específico carácter agronómico en la zona.

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----La Selva de Tingo María.- De Huánuco, con cierta rapidez, pasamos hacia Tingo María. En otra ‘góndola’ de la misma compañía (de Simón Bazán) que nos trajera de Cerro de Pasco. El tráfico, dado lo estrecho y peligroso de la vía, se realizaba, en la semana, intercalado, en días de ‘bajada’ (de ida: los lunes, miércoles y viernes), y de ‘subida’ (de regreso: los martes, jueves y sábados); siendo solamente los domingos de doble tránsito, pero restringido. Con todo, llegamos sin mayores novedades a nuestro destino; habiendo pasado por la neblinosa y empinada cumbre de Carpish56 e ingresado, por allí, a la Selva más alta de la Cuenca del Huallaga Sur. La carretera, en estricta conveniencia regional y nacional, así como de un mejor trazo topográfico, debió seguir, desde el puente de “El Rancho”, por la zona baja y la margen izquierda del río Huallaga. Abriendo acceso a las pobladas y ricas zonas productoras de café (de pequeños agricultores), de las conocidas como “montañas” de “Pillao” (sector cercano al pueblo de Acomayo) y de “Panao” (por su salida por ésta, la capital de la Provincia de Pachitea). Y, especialmente, para franquear vía al impresionante y hermoso “Cañón del Huallaga”, de inmenso potencial turístico y energético. La ruta no tenía por qué subir hasta la escarpada cumbre, para concluir en un peligroso descenso. No obstante, como se llegó a saber posteriormente, pretextando ciertas dificultades de un tramo rocoso, en el trazo más bajo, unos hacendados propietarios de grandes plantaciones de coca de la parte alta, muy poderosos e influyentes,57 presionaron en Lima ante las autoridades de entonces, logrando que la carretera se decidiera por “Carpish”. Favoreciendo así sus intereses particulares y posponiendo los de la región y del país. Contra toda razón y justicia. Pues, en cualquier caso, un ramal corto, desde el puente de “El Rancho”, podría haberles servido bien. Y, si se quisiera más, con otro ramal posterior, también breve, por el lado norte, por la salida del Cañón del Huallaga (a la altura de “Cayumba”), hacia arriba, se habrían satisfecho, casi a plenitud, sus requerimientos de transporte. Aunque no tanto, por supuesto, sus fines de especulaciones prediales, que eran los que, en realidad, inspiraban sus intenciones.

Punto de tránsito difícil para toda clase de transportes. Algunos años después, casi en el mismo lugar, cayeron, impactando en sus cerros, con cortas diferencias de tiempo y distancia, dos grandes aviones de pasajeros, produciéndose, en ambos, la trágica muerte de todos sus ocupantes. 57 Los “hacendados”, eran los hombres más poderosos de Huánuco y los de mayor influencia ante la política centralista de Lima, a la cual, a su vez, servían. Había una estrecha relación entre las producciones, cocalera de la selva alta del Departamento, la cañavelera para aguardiente del valle bajo, y la de víveres de las serranías media y alta. Ya que tales ‘bastimentos’ eran tradicionalmente indispensables para las ‘peonadas’ de las tres zonas. Había hacendados propietarios de los tres tipos de fundos; los que menos de dos; muy raros de uno. De predios y organizaciones productoras, de las mayores entre las múltiples riquezas de Huánuco. De allí su poder e influencias. Más cuando se asociaban o unían entre sí; lo que, por fortuna compensatoria, no ocurría muy a menudo.

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El tomar conocimiento, por primera vez en mi vida --inocente, dada mi edad y los medios en que me desenvolvía hasta entonces--, de un hecho de tal naturaleza, me produjo una intensa repulsión ética hacia esa forma de proceder: inmoral y antipatriótica. Nació en mí, por vez primera, un ardiente propósito Idealista, con incipientes visos Políticos: Yo debía luchar, utilizando todos los medios a mi alcance, contra la corrupción funcional y la falta de civismo. Y, sobre todo, de no claudicar, jamás, en una digna conducta propia, de patriótica Decencia y Moralidad. ----¡Tingo María! Llamada: “La Ciudad de la Bella Durmiente”. Por la inmensa silueta --como la de una doncella reclinada--, desde allí visible y delineada, en el fondo del paisaje, por los boscosos y distantes cerros de la margen izquierda del Huallaga. Era por entonces, todavía un pueblo modesto, pequeño. Tenía una calle central, con algunas pocas chozas, más que casas; que las había éstas, pero en mucho menor número, no mayor de una docena. Las primeras de las dichas construcciones, eran de “pona” (tallos de esa flexible y resistente palmera, cortados a lo largo, en chatos listones amarrados con “ataderos” o tiras de cortezas flexibles, desgajadas de unos palos especiales del monte), y de techos de “crisnejas” (de otra palma, de hojas en pluma, con doblado longitudinal por la mitad y amarradas ingeniosamente). Las otras edificaciones eran de madera aserrada, machimbrada o traslapada; o de ladrillos y cemento; con techos de calamina, ambos tipos de viviendas. La sustentación mayoritaria de las edificaciones era sobre cortos troncos verticales de las maderas de la zona más resistentes a la pudrición, clavados en el suelo a modo de pilotes. Las minoritarias y mejores, se apoyaban en pilares de cemento, de modo a dar a los pisos de las edificaciones una distancia mínima aproximada de 50 cm. sobre el suelo exterior; con el fin de evitar o mitigar los efectos de la humedad del terreno y la invasión de una variada suerte de innumerables alimañas, en esos lares muy abundantes por cierto. Aunque de antigua fundación, como pequeño caserío, a comienzos del siglo XIX, la población tingalesa, asentada al frente del “tingo” (en quechua) o confluencia (en castellano), de los ríos Monzón y Huallaga, recién comenzó a surgir desde que llegara el camino carretero en 1,937. Como uno de los principales puntos de referencia y apoyo de la gran empresa nacional constituida por la vía Huánuco-Pucallpa. Comenzada a construir en el segundo tercio de la década de los ‘30. Como reflejo o indirecta consecuencia del conflicto --guerra en verdad-- con Colombia (en el año ‘33). Que sorprendió al Perú ¡sin una sola ruta de aceptable comunicación! para transportar a sus tropas. Ni para trasladar algún abastecimiento significativo hacia la inmensa Región de la Selva (Iquitos, Pucallpa, Yurimaguas, Moyobamba, Tarapoto, Madre de Dios, etc.).58
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No había carretera a punto alguno navegable en la Selva del Perú. Llevar tropas al frente de la guerra con Colombia, en la zona de Leticia, no era posible en escala significativa y menos con armamento pesado, pues tendría que ser por tierra, a pie, por la ruta de Tarma, hasta el

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Cuando nosotros llegamos a Tingo María (el ’42), había un sólo ‘hotel’ -llamémoslo así--, construido de ‘pona’, que se denominaba “Del Águila”. Por el apellido del propietario, loretano viejo de antiguo linaje, con innegable evidencia; pues: “Como todo piurano es Seminario; todo loretano es del Águila; y todo brasileño es da Silva”... Se trataba sólo de un ‘dormidero’, pues daban exclusivamente un rudimentario ‘alojamiento’. Había que comer en un restaurantito del pueblo, ubicado ya en una casa de ladrillos y cemento, de bastante mejor apariencia y buenas condiciones. El hotelucho de marras, no daba lugar a ninguna privacidad. Pues las rendijas de la delgada y rala pona, permitían ver y oír desde todos los rumbos. De ida y de vuelta. La ‘cama’ misma era una simple tarima de listones de la dicha palmácea. Felizmente, había mosquiteros, pues, lo contrario habría permitido, a los zancudos, mosquitos y demás picadoras y hematófagas alimañas, sumándose a eventuales pulgas, piojos, y chinches, "sacar en peso", sin perjuicio de anemizar, in extremis, a los sufridos huéspedes... Y por los palos soportantes del techo a dos aguas del 'alojamiento', andaban, en suave transitar, como Pedro en su casa, enormes ratas. Con las colitas levantadas, cual mástiles de barquitos airosos; se supone, que tal levantamiento caudal, tenía por fin ayudar al equilibrio de los dichos repelentes roedores, durante su paso por tan exclusivas vías... Resignados ante ello, nosotros aceptamos, como muy cierto, el dicho: “A todo se acostumbre uno... ”. En el restaurantito vecino, además de lo dispuesto para servir los alimentos a los clientes, había un par de mesas de billar. Con Alberto, quien como yo gustaba de este interesante disfrute de salón, nos mandábamos unas buenas partiditas. Se pagaba ‘unos cobres’ al propietario, quien al instante traía las bolas y anotaba la hora. Las mesas eran de dos clases, calidades, o categorías --por el estado de sus paños, entero, o parchado--, así como por sus correspondientes juegos de bolas --nuevas, bien esféricas y pulidas en una; y de viejas, golpeadas o ‘abolladas’, en la otra--, de 2 blancas y 1 roja, en c/u, como es de reglamento. Y, lógicamente, se cobraba dos precios bien diferentes. Cuando se estaba dispuesto a pagar más, se pedía las “bolas de paso”; y cuando se quería desembolsar menos, se solicitaba las “bolas de trote”. Por otra parte, antes de iniciar cada jugada, se debía extraer de la mesa los grandes coleópteros, escarabajos o ‘toritos’, ¡torotes! --fuera mejor decir-- en ella aposentados; en agobiante número, junto con innumerables otros bichos menores. Caídos por la irresistible atracción ejercida sobre ellos por la ‘poderosa’ lámpara “Cóleman” -–de "camiseta", a gasolina, con bombeo a mano- que nos alumbraba.

Pachitea, afluente del Ucayali; llegando exangües los pocos soldados que llegasen de no haber muerto en el camino. Los aviones de aquellos tiempos no podían llevar a más de 4 ó 5 personas, debiendo hacer varias escalas intermedias. Por lo cual sólo era viable en ellos el viaje de los altos oficiales. En realidad, el Perú tenía que enviar sus tropas en barcos suficientemente grandes, por mar, dando la vuelta por el Canal de Panamá, para entrar por la boca del río Amazonas, hacia Iquitos ¡Mientras EE.UU. y Brasil tuvieran a bien permitirlo! La carretera por el Centro, desde Cerro de Pasco, sólo llegaba hasta Huánuco.

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En cuanto al trabajo agrario, motivo principal de nuestra gira, nos situamos en el llamado “Centro de Colonización de Tingo María”, instalado en 1,938 y todavía dependencia de la Dirección de Colonización, del entonces Ministerio de Fomento59. Tenía dos divisiones: una, “El Centro” propiamente dicho u oficina de tierras, dedicada al planeamiento, ejecución de las parcelaciones, y a la tramitación de los títulos de propiedad de los terrenos para el mejor asentamiento de los colonos; y otra, “La Estación”, Agrícola, con su anexa “Granja Zootécnica”, para los aspectos del fomento del desarrollo pecuario ésta. Laboramos de caporales o capataces en las faenas agrícolas y ganaderas conducidas por la entidad en las correspondientes acciones de promoción. Como germen de la que pronto sería la “Estación Experimental de Tingo María”, con su “Departamento de Ganadería” (desde abril de 1,942), que por muchos años desempeñaran un trascendente papel en el desarrollo de la Región del Huallaga y parte de la cuenca del Ucayali. Con repercusiones hacia toda la Selva Peruana. Era Jefe de la Estación --y ’pionero’ de la ‘Conquista de la Selva’, con otros ingenieros que allí se esforzaban abnegadamente--, el Ing. Agr. Reynaldo Crespo, quien nos atendió con especial cordialidad y solícito ánimo. Este notable profesional, siguió manifestándose, a través de los años, cuando a menudo volvíamos a encontrarnos, como un afectuoso amigo y buenísima persona. Hasta hace poco siguió siendo querido y respetado Profesor de Cultivos Tropicales en la Universidad Nacional Agraria. Pudimos así practicar y adquirir conocimientos sobre variados cultivos y crianzas del trópico; además de ganarnos ‘unos centavos’, tan decisivos para el financiamiento de la exitosa gira. Se conducía trabajos sobre arroz, maíz, frejoles diversos, yuca, etc.; lo llamado “panllevar”; así como frutales, especialmente cítricos y plátanos. En las vecindades del Centro, estaban las instalaciones del “Estanco del Tabaco”; dependencia del Ministerio de Hacienda de entonces, como lo eran todos los “estancos”. Comercializaba y manufacturaba, en exclusividad, el tabaco; compraba a los campesinos las hojas "curadas" o semiprocesadas; vendía, al público, los cigarrillos que fabricaba; y daba asistencia técnica, promocionando, de tales modos, el cultivo de esa planta. Su Jefe era el competente Ingeniero Agrónomo y magnífica persona, Bruno Sanguinetti, lamentablemente ya fallecido. Un poco lejos del pueblo de Tingo María, pero ligada al Centro de Colonización, ya en el camino hacia Pucallpa, en la Cordillera Divisoria --llamada así porque separa las cuencas del Huallaga y del Ucayali--, cerca de la cumbre, se había establecido la “Estación del Té”. A cargo de un hábil y experimentado Ing. Agr.: Héctor Garayar, quien contaba con la colaboración de un asesor ceilandés (o cingalés, de Ceilán, hoy Sri Lanka), de apellido Liyanage.
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El Ministerio de Agricultura, en ámbito nacional, se planeó y organizó, recién entre fines de 1,941 y mediados de 1,942.

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Se llevaban a cabo allí, tanto ese fascinante cultivo, como los ensayos y las demostraciones de las mejores técnicas de labores de campo y de su procesamiento agroindustrial... ¡Interesantísima actividad productiva!... De las pocas --hasta ahora-- que podrían ser económicamente viables, a cierta escala, en nuestra Selva Alta. De afrontarse, por cierto, sus problemas recurrentes de comercialización y mercados internacionales. La Ganadería Tropical.- En materia pecuaria, en Tingo María, se constituyó (desde 1,938) una Granja Zootécnica, que realizó valiosos trabajos, sobre diversas especies animales domésticas, como aves, porcinos, y --¡lo más apasionante!—en vacunos. Con los ensayos conexos de sus respectivos pastos y forrajes. Por primera vez, para la Selva del Perú, eran enfocados --comenzaban a estudiarse--, técnica y científicamente, los problemas de la Ganadería Tropical. Bajo la responsabilidad profesional directa de los ingenieros agrónomos peruanos. ¡Cautivantes asuntos! Por las proporciones del empeño y su proyecciones sobre el desarrollo económico y social de la región e incluso del nacional. Por la originalidad requerida para sus interpretaciones, planteamientos y soluciones a concebir y comenzar a realizar. ¡Apasionantes los desafíos que implicaba la empresa! Inspiración y apoyo para una hermosa Vocación Profesional y un patriótico Idealismo Vital. Para mí, era en especial atrayente la Obra; dadas mis aficiones a los estudios que obviamente involucraba: Botánica, Zoología, Genética, Zootecnia, Suelos, Ecología Tropical, etc. Ya nacidas, e indeteniblemente impulsadas tales inclinaciones, desde los tiempos y circunstancias de mis viajes a la Hacienda Ganadera “Urcón” y a la Región de la Selva del Satipo. Amén de otros viajes, y vivencias por numerosas zonas del Territorio Nacional que además hicieron germinar, impulsaron fuertemente fuera mejor decir, mis Ideales Nacionalistas. En el caso particular de Alberto, siguiendo seguramente de un modo no del todo consciente, la trayectoria empresarial del padre, a quien profesaba gran afecto y respeto, su atención se concentraba en la Sierra y en la Costa, en sus respectivas e interesantes modalidades ganaderas. Pero la Selva como tal, en múltiples y diferentes aspectos, tendía, en cada circunstancia, a llenarnos --a ambos-- de inusitado asombro. Hasta los ámbitos de una evidente fascinación y arrobador embrujo. Especialmente a mí, con la tanta afición de siempre por las Ciencias Naturales y repitiendo – profundizando y saboreándolas mejor-- las experiencias imborrables del Satipo. El trabajo con vacunos era indudablemente el más interesante. Por sus magnitudes y proyecciones. La Estación de Tingo María, en la mayor parte de su extensión, estaba ocupada por los cultivos de pastos e instalaciones para el ganado bovino de su Granja. Por aquellos tiempos, en los medios técnicos profesionales peruanos, se había abierto paso cierta convicción de la viabilidad del desarrollo de la ganadería vacuna en la Selva. Por razones claramente lógicas y por 152

experiencias alentadoras fácilmente constatables. Aunque no dejaban de presentarse, también y por cierto, inmensos problemas y dificultades. Desde entonces se percibía que en el Trópico Húmedo Peruano, se dan, en principio, entre las mejores condiciones del mundo, para el desarrollo vegetal, vale decir, para la formación en grande de masa vegetal verde. En especial de hojas. Las que siendo de plantas de pastos, de especies viables en la Selva --las cuales son innumerables--, ello significa la posibilidad también, reunidas ciertas condiciones adicionales, de sustentar ganado en grandes magnitudes y en la mejor forma. Por el principio elemental: “Donde crece bien el pasto, desarrolla buen ganado”. En nuestros estudios en la E.N.A.V., se nos había enseñado, lo que es una especie de axioma eco-botánico, expresable en la suerte de fórmula siguiente: Luz + Calor + Humedad = Vegetación Así, ocurre que casi no hay otros lugares del mundo, en los que se presenten, en el curso de todo el año y en sus más altos niveles, estos factores: Luz, Calor, y Humedad. En tanta intensidad y en tanto tiempo, como en la Selva Peruana. Y, de un modo general, en la Amazonía Sudamericana, de la que forma parte la nuestra. Así como, de modo parecido, en algunas regiones de Trópico Húmedo de África (Congo, Níger); y en las cálidas y lluviosas del Sureste de Asia (Indochina e Indonesia: Java, Borneo, Sumatra). La concentración en una zona, de los efectos conjugados y en un alto nivel, de la Luz, el Calor y la Humedad, permiten el mejor desarrollo de las plantas verdes; por supuesto, de las hechas para tales condiciones. Así funciona, al óptimo, el proceso que aprovecha la energía luminosa y calorífica del Sol, por la acción esencial --en cierto sentido misteriosa todavía-de la clorofila. Sustancia verde de las plantas, que se concentra en los corpúsculos o "cloroplastos", del protoplasma de las células de sus hojas y de las otras partes verdes de los vegetales; por cuyo intermedio, se realiza la síntesis --¡“foto síntesis”!--, del anhidrido carbónico (CO2), de la atmósfera, tomado por las hojas, con el agua (H2O), proveniente del suelo, a través de las raíces; para formar los primeros hidratos de carbono o “azúcares en C6”, como la glucosa (C6H12O6).60 La glucosa es el componente inicial y básico, para la constitución de la estructura corpórea y el suministro de la energía vital, de todos los vegetales. E, indirectamente, de todos los demás seres vivos. Por sucesivas polimerizaciones y deshidrataciones, los ‘azúcares en C6’ (glucosa, dextrosa, levulosa, fructosa, etc.), dan lugar a los demás hidratos de
Aun a riesgo de redundar sobre algo ampliamente conocido, creemos oportuno recordar que se llaman “hidratos de carbono” a las combinaciones o compuestos de este elemento (C), con el hidrógeno (H) y el oxígeno (O), guardando, para los dos últimos, la misma proporción en que se presentan en el agua: (H2O) = 2 de H, por 1 de O. Así, la glucosa (C6H12O6), también podría escribirse: C6 (H2O)6.
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carbono. Que, con los agregados posteriores, en variadísimas combinaciones y cuantías, de otros elementos, como el Nitrógeno: de símbolo N; el Fósforo: P; Azufre: S; Calcio: Ca; Potasio: K; Sodio: Na; etc.; integran los componentes de la llamada: “Materia Orgánica”. Constituida, así, por: los dichos azúcares en C6 y los en C12 (sacarosa, lactosa, etc.); por las dextrinas, gomas, pectinas, almidones, celulosa, leñinas, etc.; por grasas y aceites; por aminas, aminoácidos y proteínas; más los compuestos orgánico-minerales (ácidos, sales, etc.). Resulta lógica y viable, reunidas las otras condiciones esenciales requeridas por cada desarrollo vegetal concreto y el de todas las plantas en general, la mayor producción cuantitativa de masa vegetal verde en el Trópico Húmedo. De hojas cuando menos, que no siempre de frutos y semillas, los cuales suelen reclamar algunos períodos de menores lluvias y hasta de sequedad ambiental o de los suelos, no siempre presentes en el Trópico Húmedo. Es claro, que cumplidos requisitos tales como: La armonía clima-suelo-planta o la adaptabilidad bioecológica; una prudente diversidad biológica (cultivos asociados, alternados, e intercalados); evitar el monocultivo (practicar rotaciones), la sobre explotación y el sobrepastoreo; tomar precauciones sobre sanidad vegetal; cumplir el cuidado del suelo, comprendiendo la fertilización química y mineral (N, Ca, P, K, y algunos elementos menores) y, sobre todo, la orgánica (por variados procedimientos).61 En el Trópico Húmedo, la materia orgánica --elemento esencial de la fertilidad de los suelos, en todo el mundo--, así como se forma con relativa facilidad y en gran volumen, también se descompone o destruye, muy rápidamente, por la acción impulsora del Calor y la Humedad ambientales, en un violento proceso físico-químico-biológico-enzimático. Se dice, con toda razón: La “Capacidad de Fotosíntesis” de la Selva Peruana, es la más elevada que pueda darse. Es el verdadero fundamento y la mayor ventaja para la productividad agraria de nuestra Amazonía. No lo es tanto, la ‘riqueza original de los suelos’, en su aspecto mineral. Por otra parte, el hecho de su atribuida ‘pobreza’ geológica inicial, no daría explicación completa a los frecuentes desastres de improductividades agrícolas y degradaciones de suelos, que siguen a primeras producciones casi siempre asombrosas.. En el dicho sentido, no es verdad que la Selva no tenga posibilidades agrícolas, ganaderas, o forestales. Lo cierto es que, su mayor potencialidad agraria está en su “Capacidad de Fotosíntesis” y no tanto en la ‘riqueza mineral de sus suelos’. Los cuales sí son, en principio y por lo general, originalmente
La mejor forma de enriquecer en materia orgánica a los suelos de la Selva, consiste en llevar a cabo cultivos de pastos perennes y fertilizados, que no se sobrepastoreen. En tal forma, en cada pastoreo o siega, una parte proporcional del sistema radicular de los pastos, en relación con el follaje cortado o comido, muere y se descompone en el interior del suelo, formando una capa progresivamente --con cada corte-- más rica en materia orgánica (humus) y por lo tanto más fértil. Con los rebrotes del follaje, las raíces también rebrotan lo necesario, sin mayores problemas; siempre y cuando el suelo se haya fertilizado y la plantación no se sobrepastoree.
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ricos (pues tienen abundante materia orgánica); aunque, es cierto también, con muchas excepciones y marcadas diferencias zonales. Además, pueden perder su riqueza --generalmente la pierden--, con vertiginosa rapidez. Si no se les cuida. Pero, al contrario y afortunadamente, es posible mantenerla, hasta elevarla --y mucho--, si se cultivan con adecuadas técnicas conservacionistas y enriquecedoras. La mayoría de los forrajes para vacunos son precisamente masa verde. Ya se conocían en Tingo María numerosos pastos para corte y pastoreo – procedentes muchos del África Ecuatorial, de Asia y América Tropical--, que desarrollaban muy bien en la Selva, produciendo impresionantes tonelajes por Ha., por corte, y con notable número de cortes al año. Y así, reiterando lo dicho: “Donde hay o se puede producir buenos y abundantes pastos, es posible lograr excelente y numeroso ganado”. Siempre que se resuelvan, al mismo tiempo, los otros problemas de los propios animales (resistencia al calor, a las plagas y enfermedades especialmente)... ¡Así de relativamente simple es el hecho y de lógica la conclusión! Por ejemplo y concretando: Para pastoreo general, vegetaba con elevadas producciones, el ‘gramalote’ o ‘nudillo’ (Panicum purpuracens y Brachiaria spp.); para doble uso, el ‘elefante’ (Penisetum purpureum); de corte, el ‘maicillo’ o ‘yacu grama’ --de yacu = agua, en quechua; por lo jugoso-(Axonopus scoparius), y el ‘Guatemala’ (Tripsacum laxum), de desarrollo en volumen parecido al de la caña de azúcar, pero con una textura mucho más suave del follaje (laxa), semejante a la del maíz chala y que, abonado con guano de islas, daba unos rendimientos extraordinarios al corte (es posible --se estimaba así-- que pasara de las 400 Ton. al año, por Ha.), siendo apropiado para suministrarlo a las vacas lecheras, picado y en comederos de establo. Se comenzó también a realizar ensayos con camotes forrajeros y con multitud de leguminosas, de las cuales, al final y unos años después, se impondría con largueza el --en varios sentidos-- extraordinario “Kudzú” o “Pueraria” (Pueraria phaseoloides; sinónimo: P. javanica). Así, en cuanto a pastos, las perspectivas ya se presentaban halagüeñas. Pero además se sabía que en África, Indonesia, así como en Las Antillas y en la Zona del Golfo (de Méjico), en los EE.UU.; en Brasil, Colombia y en varios países de América Tropìcal o Subtropical, estaban desarrollando e introduciendo numerosas e interesantes especies y variedades de plantas forrajeras. Con toda seguridad, adaptables a nuestro Trópico Húmedo. De tal suerte, para superar la situación, solamente era preciso ampliar los ensayos y experimentos, considerando un cierto tiempo para realizarlos. Como efectivamente sucedió y tendremos ocasión de referirlo. En segundo lugar, en cuanto a los animales mismos, ya se habían desarrollado, históricamente en el Perú, importantes núcleos de ganaderías, en base a ganado criollo, de antigua ascendencia hispana (de Castilla), sobreviviente y notablemente adaptado a las zonas calurosas de Piura y

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Tumbes, Jaén y Bagua, San Martín, y las orillas de los grandes ríos de la Amazonía. Que si bien no eran de alta productividad o de suficiente resistencia, demostraban, por lo menos, que la ganadería selvática no era un imposible, ni una quimera. De otro lado, precisamente en la zona más calurosa de nuestra Costa Norte, en Piura, su tipo de ganado era de un buen desarrollo corporal y adaptado, en grado importante, a las condiciones de elevadas temperaturas ambientales y de las patologías pecuarias propias de regiones cálidas; aunque no faltaban ciertos problemas en estos campos. Hasta que algunos hechos, en parte fortuitos, abrieron los ojos a los estudiosos de la Zootecnia Tropical, a la sazón iniciándose profesionalmente en el Perú: Por el año 1,915, el destacado profesor de la Escuela Nacional de Agricultura y Veterinaria, Dr. Luis Macagno, propugnaba la introducción del cebú, para algunas regiones cálidas del país, logrando que el gobierno importara algunos ejemplares para el Zoológico de Lima, recién establecido en el llamado Parque de la Exposición. Fue así cómo, en dicho lugar, entre los animales exóticos en exhibición, para atender a la enseñanza escolar y a la curiosidad pública, se ubicó al tal grupo de cebúes, los cuales, por sus jorobas, colgajos, orejas, y otras notorias peculiaridades de exterior, aparecían muy llamativos y exóticos a los ojos del ‘populorum’ limeño. Uno de ellos fue adquirido por la Hacienda “Pabur” de Piura y utilizado como reproductor, en cruzamientos con el ganado criollo piurano, dando magníficos resultados; en peso, precocidad, calidad de carnes, y resistencia al calor y a parásitos y enfermedades tropicales. Los ganaderos de Piura –entusiasmados— hicieron importaciones posteriores procedentes de EE.UU. (Texas), difundiendo la utilización de este valiosísimo ganado de primer origen indiano. Al cual, por algún tiempo, se le creyó de especie distinta (“Bos indicus”) del vacuno común o de origen europeo (“Bos taurus”); pero en realidad --pues sus mestizos son muy viables y altamente fecundos--, se trata sólo de dos ‘grupos raciales’ (variedades o ramas: asiática y europea), de la misma especie: “Bos taurus”; con sus variedades: “índica” y “europea”. Entre los ingenieros agrónomos que dirigían los trabajos de colonización de la Selva --llamada “Montaña” en aquellos tiempos--, estaba, como Jefe del Departamento de Ganadería Tropical, de la Dirección de Colonización, el Ing. Joaquín Alejandro Cortez. Era un entusiasta profesional, de gran sentido práctico, quien había cursado estudios en el Brasil --cuya ganadería era medularmente cebuína-- y trabajado con rebaños cebú y mestizos en la mencionada hacienda agrícola-ganadera piurana “Pabur”. Con muy buen criterio, pensó --y en tal sentido actuó-- que en la Selva peruana el cebú “debería dar buenos resultados”. Puro o mestizado; para conferir resistencia al calor y a las afecciones tropicales a los rebaños con los cuales se quisiera trabajar. A él se debe el mérito de la introducción, en la Selva del Perú, de esos valiosos animales, de tan decisiva influencia en su posterior desarrollo ganadero.

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De tal modo, en 1, 938, se importaron del Brasil, por Iquitos, 20 cabezas de cebú (machos y hembras, de varias razas), que se repartieron en las granjas militares que había establecidas en las orillas de nuestros grandes ríos amazónicos. Y en 1,939 se llevaron a Tingo María, procedentes de Texas, 4 toros cebú; dos de la raza Nellore y dos de la Guzerat. Se mestizaron estos animales con un lote de vacas criollas de diversas procedencias, en especial de las serranías de Huánuco y departamentos cercanos; así como de la Costa y algo de la Selva misma. Había además un grupo de toros y vacas de la raza Hereford; que de un modo casual –en verdad, sin ninguna consideración lógica-se habían adquirido en Lima y llevado allí… Resultando los más variados cruces de Criollo, Hereford, y Cebú. Sobre los cuales se comenzó a tomar datos y a realizar observaciones algo minuciosas. En los tiempos en que nosotros llegamos, en esta nuestra primera visita a Tingo María (1,942), estaban ya desarrollados los productos de las primeras mestizaciones. Y ofrecían resultados espectaculares. En cuanto a precocidad, pesos, resistencia al ambiente tropical, y belleza de los tipos obtenidos. Ello motivaba un gran entusiasmo y optimismo general. Se ratificaban las observaciones ya referidas, realizadas en el Satipo. Podía afirmarse, con holgada evidencia, que la Selva era capaz de producir y de hecho producía --aunque sólo como muestrario aún-- mejores ejemplares incluso, que otras zonas del país, especialmente de la Sierra, tenidas como clásicas sustentadoras de buenas y grandes ganaderías. Sin embargo, rápidamente se notarían la naturaleza y magnitud de algunos problemas inquietantes de la Selva, cuya solución resultaba necesario afrontar: Entre los sanitarios,62 el más grave, terrible, en aquellos tiempos, era el de la piroanaplasmosis, “tristeza”, o “tocazón”; especie de paludismo de las vacas, por ello también llamada: “malaria bovina”, enfermedad de la sangre, a protozoarios (Piroplasma y Anaplasma spp), que son transmitidos por las garrapatas (Boophilus bovis), ectoparásitos arácnidos, de la familia de los ixódidos, cuya hembra adulta, semejante a un grano de ricino, se adhiere por decenas de millares al cuerpo de los vacunos, succionando su sangre hasta repletarse y produciendo centenares de millones de huevos. Constituyendo, por ello y además, un parásito hematófago expoliador, muy molesto y dañino. Simultáneamente, se presentaban varias otras enfermedades infecciosas (carbunclos, septicemias, gangrenas, etc.); y parasitosis, externas e internas, muy perjudiciales y mortificantes para el ganado (“gusaneras de las heridas” o miasis; el “paca curo”, “nuche”, “torsalo”, “dermatobiosis” o gusanera

Progresivamente solucionándose con el admirable avance de la Medicina Veterinaria y atenuándose marcadamente, mientras tanto, con la introducción de la sangre cebú, en los cruzamientos llevados a cabo en las ganaderías de la Selva; los cuales incrementaban, de modo notorio, su resistencia a las afecciones tropicales.

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subcutánea; la estrongilosis pulmonar de los terneros, etc.). Además de marcadas deficiencias minerales (calcio, fósforo, yodo, cloruro de sodio, etc.).63 Pero lo que comenzaba a presentarse como la cuestión más inquietante y a la vez el mayor desafío a la creatividad del zootecnista, era lo referido al campo genético... ¡Al de una Ciencia Maravillosa! Se venía entendiendo –hasta entonces-- que tres eran, por lo menos, las condiciones que debía ofrecer un buen ganado para la Selva Peruana; pero, lamentablemente, ninguno –ninguna raza-- existente en el mundo, las poseía. Se debía crear una que las tuviera. A saber: 1- Resistencia al Trópico- Al calor. La daba el cruce con cebú; pues se presenta muy baja en las otras razas. 2- Buena producción de carne- Por: Precocidad, Fecundidad, Peso, y Calidad. La daba el cruce con razas de origen europeo. Insuficiente en las otras razas.64 3- Uniformidad- Indispensable para la producción económica organizada . Significa acentuada igualdad o semejanza, de los individuos entre sí, en los rebaños; y entre las generaciones en la descendencia. Pero no se definía aún, cómo poder lograrla. Era, precisamente, en esta tercera condición, en la que se presentaba la mayor dificultad. Pues no se sabía qué hacer, a partir del primer cruce. Cómo continuar la reproducción (los cruzamientos o apareamientos) de los productos mestizos de la primera generación (en Genética llamados de F1). Si se volvía a cruzar, los de F1, con la raza progenitora (P), europea, se bajaría la resistencia, en el nuevo producto de segunda generación (F2). Si se aparearan con cebú, se bajaría la productividad. Y, si se realizara el apareo entre dos de primera generación (F1), se produciría, sin remedio --así se pensaba--, un ‘desorden hereditario’, una gran heterogeneidad; por demás indeseable, en toda ganadería bien llevada. Una dispersión de genes y caracteres; lo que se llama una disgregación genética. ¿Qué hacer?... La vigencia mental del supuesto --en alguna medida cierto y en gran parte erróneo-- se explica, pues no eran de conocimiento general todavía, las condiciones y requisitos que podrían evitar, contener, o compensar… ¡y hasta aprovechar!... la disgregación, llamada mendeliana; y lograr la estabilización o fijación de un nuevo y superior tipo o raza de ganado.65

Explicaciones más amplias sobre el particular, se contienen en mi libro: “Ganado Amazonas” Una Solución Peruana-Editorial Universo-1,977. 64 Unos años después, todavía, se habría de esclarecer, definitivamente, la mayor conveniencia, para la Selva Peruana, de la ganadería de leche o de doble propósito (carne y leche). 65 También, mayores precisiones, especialmente en el Cap. XII, pags. 205-208, de mi citada obra.

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Casi todas las experiencias hasta entonces conocidas o fácilmente disponibles, movían a pensar que el propósito no era viable. En cualquier caso, ni en el lapso de una generación humana, el cual hasta resultaría corto. Se sabía de algunos de tales procesos de fijación sucedidos con éxito solamente en especies pequeñas, capaces de muy rápida multiplicación (aves, conejos, perros, cerdos, etc.). O sobre muy grandes rebaños, de animales mayores (ovejas, vacunos, equinos, etc.), mantenidos en aislamiento y en estrecha consanguinidad, por muchísimos años; además de sometidos a dos rigurosas y prolongadas Selecciones: la Natural primero, agregándosele después, la Artificial, estricta y larguísima. En pocas palabras: “Algo prácticamente inviable”. Por lo menos, para las condiciones y requerimientos del caso dado en Tingo María. Reinaba pues la convicción general de que así era y tenía que ser siempre: “Los mestizajes concluirían en un verdadero caos genético”. No obstante y felizmente, la profundización de los estudios en el campo de la Genética y numerosos logros posteriores en los terrenos de la ganadería práctica, llegarían a demostrar, fehacientemente, lo infundado de tal creencia. Y, por el contrario: Había en el Perú, la apasionante posibilidad, incluso la necesidad, cumplidas determinadas condiciones, de una realización genética distinta de las habituales; de mucho más alta jerarquía técnica y científica. ¡La de Crear un nuevo Tipo o Raza de Ganado!... Imprescindible, para lograr, en grande, el desarrollo ganadero selvático de nuestra Patria. Y gracias a ello, el Económico General de tan deslumbrante e inmensa región. Contribuyendo, así, a un impulso engrandecedor del Perú entero. Había pues, como líneas arriba adelantara, razones de sobra para “picarme” el germen de ese tan gran Ideal Patriótico, apoyado en una apasionada Vocación Profesional. ----Para una actitud suficientemente comprensiva hacia la concepción de general vigencia entonces acerca del dicho problema biológico de la Zootecnia Tropical Peruana, sería necesario remarcar cómo la Ciencia Genética --si bien en la actualidad es ya deslumbrante-- constituye una disciplina de muy nueva aparición y desarrollo (en términos históricos y para situaciones de semejante género y categoría)… Recién, casi a fines del siglo XIX, el genial monje austríaco, de la congregación católica de los agustinos, Gregorio Mendel (n.1,822 - m.1,884), realizó unos singulares estudios y experimentos, de apariencia inicial modestos, pero de importancia real muy grande, acerca de la herencia del color y tamaño en flores. Dando nacimiento, así, genialmente, a la Ciencia Genética Moderna. Por lo cual ha sido considerado, con plena justicia, como su fundador o padre. Trabajó con plantas de arvejas o guisantes (alverjas en peruanismo lícito), y tacones, del huerto de su convento. Sobre todo lo cual, tomando minuciosos 159

datos, realizó elocuentes estadísticas, compendiadas en un informe o comunicación científica que fue a parar y ¡quedó archivada y en olvido! en la Academia Británica de Ciencias de Londres. Como una de tantas comunicaciones de innumerables científicos, no muy destacados la mayoría. Mendel murió sin haber conocido la glorificación a que dieran lugar sus excepcionales investigaciones y descubrimientos. Años después, ya comenzado el siglo XX, otros científicos especializados en Biología, desempolvaron el documento y lo difundieron. Apreciando, con acierto, aunque tardío para el autor, su inmenso valor científico. El genial monje estableció que los caracteres de los seres vivos se transmiten, de una generación a otra, por obra de ‘factores’ o ‘mandatos hereditarios’, internos, fijos, e independientes del medio. Los cuales, con posterioridad, serían llamados ”genes”66. Que en la transmisión hereditaria son pues autónomos entre sí, siguiendo las reglas matemáticas del “Cálculo de Probabilidades” (de los grandes números). Los descubrimientos de Mendel venían a llenar ciertos vacíos dejados por los del naturalista inglés Charles Darwin (n.1,809, m. 1,882), quien, honestamente --él mismo, con modestia de sabio--, incluso reconocía algunos concretos. Fueron seguidores ultras suyos (los más radicales “neodarwinistas”), quienes no los admitían de buena gana, en el positivista y soberbio intento de negar Misterio a la Creación. Agregando, en cambio, varias deducciones improcedentes, sin satisfactorias comprobaciones científicas. Como aquella – irreal-- de que la acción prolongada del Medio, podría llegar, con el transcurso del tiempo y a través de varias generaciones, a modificar, en su propio sentido, a los genes mismos. Las teorías de Darwin eran certeras en cuanto a señalar que la Evolución de las Especies resultaba consecuencia de la Selección Natural, por dejar sobrevivir --y estimular en parte-- a las formas más adaptables a cada Medio; llevando así a una sorprendente correspondencia entre los caracteres de los seres vivos y las condiciones de sus respectivos ambientes. Pero no eran completas, en cuanto a las adicionales interpretaciones biológicas requeridas para el total esclarecimiento de tales asuntos. Veamos algunos ejemplos concretos:

Con el avance de los estudios botánicos y genéticos se precisó la ubicación de los genes en los núcleos de las células y, dentro de éstos, agrupados en los llamados cromosomas (del gr. cromos=color y soma=cuerpo; cuerpos coloreables), como bastoncillos, cuyo nombre alude a que se impregnan de los colorantes utilizados en su microscopía. Cromosomas y Genes están por pares, semejantes o correspondientes, llamados homólogos o alelos, uno del padre y otro de la madre; en número fijo, en cada especie viva; los genes en muchos miles y los cromosomas en bastante menor cantidad (23 pares en humanos, 30 en vacunos). Recientes investigaciones señalan que los genes están constituidos por complejísimas proteínas o aminoácidos, en una estructura básica común a todos los seres vivos: el Ácido Desoxirribo Nucleico; ADN o DNA (en sigla inglesa). Se representa como una escalerilla helicoidal, para mejor explicación de sus variadísimas combinaciones individuales, acoplamientos, fracturas, etc. (estudios de la llamada “Ingeniería Genética”).

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En los tupidos bosques tropicales húmedos, sus seres vivos más evolucionados son todos trepadores o hechos para alcanzar las zonas más altas de la vegetación, en pos de la luz solar. Indudablemente, la Selección Natural sólo ha permitido sobrevivir a los que pueden trepar, como los monos o cuadrumanos y mejor a los de cola prensil; los loros, guacamayos y aves trepadoras en general; las serpientes de variado tipo, etc. Los insectos caminadores y voladores, como las hormigas, avispas, mariposas, etc., no afectables negativa e intensamente por la gravedad. Y en lo que se refiere a vegetales, a las lianas, enredaderas y árboles de rapidísimo crecimiento vertical; las plantas epifitas (que viven sobre las altas ramas de otras), como las orquídeas, etc. Hasta aquí Darwin tiene razón suficiente. Pero, siendo el Medio el mismo, si es único... ¿Por qué sus animales y plantas no son iguales todos? De una sola especie y apariencia. Todos serpientes, todos monos, o todos orquídeas. Como debieran ser si sólo influyera la Selección Natural, la Acción del Medio. Si éste fuera el factor único, exclusivo y determinante, de la formación de las especies. Con toda evidencia, en la constitución y evolución de los seres vivos han intervenido, también, tienen que haber intervenido, otros elementos: los “factores” mendelianos, “mandatos hereditarios”, o “genes”. Los cuales son internos e independientes del Medio y muy diversos. Determinantes de los caracteres básicos ofrecidos a la Selección Natural, en una especie de amplio abanico, y ella ha dejado subsistir solamente a los que podían concordar con el Medio. Explícase así, cómo siendo las formas dadas, todas trepadoras, por efecto de la Selección Natural, sean, al mismo tiempo, muy diferentes entre sí, por la acción de la Herencia (de los genes). ¡Cuánta sabiduría la del Creador! Expresada en el Orden Natural. Tan rico en variedad genética de especies biológicas y de tan notables semejanzas, por adaptadas a sus medios propios y comunes. Y, por añadidura, preparado para cualesquiera graves variaciones ambientales, garantizando la Preservación de la Vida, por la supervivencia, por lo menos, de algunas de sus infinitas formas. De hecho: Se complementan, más que se contraponen, las teorías de Darwin y de Mendel. Otros casos aleccionadores: ¿Cómo se explica, en el medio tropical de la India, el nacimiento de “elefantes blancos” o albinos? Del todo inaparentes para vivir en esas condiciones, de tan cálido y luminoso ambiente; resultando así completamente inútiles para el trabajo y requiriendo artificiosa crianza, con una carísima manutención. ¿Cómo explicar, también, los casos de humanos albinos, en medio de negros, en el África Ecuatorial? ¿Cómo es posible que aparezcan caracteres patológicos, monstruosos, y hasta letales o mortíferos? Tales como la hemofilia humana; o de los animales machos con ano cerrado (las hembras sobreviven porque el recto se abre en la

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vagina); o plantas sin clorofila (blancas), condenadas a morir; o cuando siendo sólo ‘jaspeadas’, en blanco y verde, están destinadas a una debilidad permanente, que sólo les permite sobrevivir, bajo cuidadoso cultivo por parte del hombre; o el caso de los seres afectados de enanismo, gigantismo, y de innumerables taras, congénitas y hereditarias, en varios grados de dominancia. ¿Cómo sería posible explicar todo lo dicho? Si se supusiera que en las Formas Vivas y en la Herencia, solamente interviene el Medio. Como instrumento único, brújula y motor, de la Selección Natural y por lo tanto de la consecuente Evolución de las Especies. ¿Cómo se puede comprender estas cosas? Si no se admite, primero, que hay factores hereditarios internos, Independientes del Medio. Que hasta le pueden ser permanente o circunstancialmente contrarios; e incluso sujetos a sus propios accidentes o modificaciones. Por razones y motivos en algún grado desconocidos hasta ahora. Todavía misteriosos para la Ciencia. Si se quiere, pareciendo hasta ‘caprichosos’. Pero no es posible negarle, por lo menos, una gran dosis de Sabia Previsión al Orden Natural. No resulta racionalmente descaminado, reconocer, como un designio Providencial o Divino, el haberlos impreso, desde y en el mismo Acto Maravilloso de la Creación. ¡Con inconmensurable Sabiduría y Previsión! Es como si se hubiese tratado de dejar establecida, por la ‘oferta’ de múltiples formas vivas espontáneas, un modo de Previsión Natural y Autónoma, frente a los cambios ecológicos posibles en la biósfera terrestre, en el transcurso de los siglos. Con miras a la perpetua Preservación de la Vida y como un medio de aprovechar las múltiples circunstancias, de diversa índole, que se presentan en el discurrir de la existencia terrestre. No han faltado quienes, ubicándose en una especie de neodarwinismo equívoco, suponen, por ejemplo, que si en determinadas razas de perros o de vacunos, se cortara la cola a los primeros o se extirpara los cuernos a los segundos, por varias generaciones seguidas, se podría llegar a obtener, al final y de nacimiento, perros o vacunos ’mochos’; sin cola unos y sin cuernos los otros. ¡Absurdo de grueso calibre! Cada ser vivo aparece a la vida con un nutrido bagaje de genes y caracteres de ellos dependientes, con el cual se enfrenta a la Selección (Natural, Artificial, o a ambas) y sobrevive y prospera con los que mejor lo permiten. En suma, el juego maravilloso, de Herencia y Medio, es el que, al final, determina los Caracteres del individuo y de la especie. La Herencia (los genes, su conjunto el genoma) ofrece las potencialidades (posibilidades) múltiples de los caracteres. La Selección, por el actuar del Medio (Natural o Artificial), deja sobrevivir a los más aptos; además, en cierta medida, estimula el desarrollo de los caracteres favorables. Pero las modificaciones por obra del Medio, generalmente Son de Poca Amplitud y No Se Heredan: “Los caracteres adquiridos no se heredan”. El hijo del estudioso, no nace sabiendo y ni siquiera acrecienta su inteligencia; ni el del pintor pintando; o el del atleta campeonando. Lo que no permite la Herencia, no lo concede el Medio. “Lo

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que Natura no da, Salamanca no crea”. “Al que nace barrigón, aunque lo fajen de chico”... Mas aquí vale la pena volver sobre Mendel. Para precisar los alcances de sus descubrimientos y poder comprender mejor ésos y la importancia de los estudios posteriores de otros esclarecidos científicos. Que, todos en conjunto, terminaron por armar el asombroso edificio de la Genética Moderna, tal cual la podemos conocer y aprovechar hoy. El sabio monje agustino, como se ha dicho, expresó y sintetizó sus conclusiones, que partieron del estudio de la herencia del color y del tamaño de las flores de guisantes, en:67 “Las Tres Leyes Fundamentales de Mendel”: 1ª Ley- De la Dominancia Completa entre Dos Factores en Juego: “Si se cruza una planta de flores rojas, siendo este caracter determinado por un factor dominante (visible), con una de flores blancas, definidas por uno recesivo (que se esconde); en la primera generación (F1), todas las plantas salen de flores rojas (del color dominante). “Pero si se vuelven a reproducir las de primera generación entre sí (F1xF1), las de segunda generación (F2), disgregan y salen en la proporción de ¾ rojas y ¼ blancas. “Siguiendo la multiplicación, para producir F3, de las blancas entre sí, todas salen blancas. “Pero las de rojas entre sí (considerando el conjunto de “puras” y “cruzadas”), dan en F3, la proporción de 1/8 blancas y 7/8 rojas (“puras” y “cruzadas”). En las siguientes generaciones este grupo sigue segregando a las blancas, en progresión semejante, hasta separar completamente, a sus factores determinantes, de la población de flores rojas.” Se produce así, en F1, una yuxtaposición interna de los “factores” o genes, para blanco y rojo. Pero como rojo domina sobre blanco, todas las flores salen rojas, en esa generación F1. Quedando, momentáneamente oculto, el color blanco recesivo. En F2, se produce una dispersión o “disgregación”, por la cual una cuarta parte (25%), aparecen blancas de nuevo y tres cuartas partes (75%) rojas: 25% “puras”, con genes ‘alelos’ o correspondientes duplicados, venidos de padre y madre, y 50% “cruzadas”, o sea con genes ‘alelos’ diferentes, que proceden de padre y madre de bagajes hereditarios distintos. Así a partir de F2, reproduciendo solamente las de flores rojas (puras y cruzadas), se comienza a producir una separación progresiva o “segregación”, de las blancas (en la proporción de 1/4, 1/8, 1/16, etc.). No pudiéndose distinguir
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En el texto que exponemos, de “Las Leyes de Mendel”, introducimos algunas modificaciones de forma, respetando escrupulosamente el fondo, para los fines de una explicación posterior más fácil.

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las rojas puras, de las cruzadas; salvo observando individualmente sus apareamientos y las proporciones en su descendencia. Los factores hereditarios siempre “disgregan” (se dispersan), al azar, si no actúa la selección; y “segregan” (se separan), si hay una selección definida en uno de los sentidos. En el presente caso, sucede en favor de las rojas. Los factores alelos no se mezclan nunca, íntima ni definitivamente, entre sí. El factor para caracter dominante no lo hace con el recesivo. La disgregación primero y la segregación después, son, en lo factorial, siempre independientes, autónomas. 2ª Ley-.De Dominancia Parcial entre Dos Factores en Juego: “Si se cruza una planta (de flor roja), de una variedad que posea el factor, solamente en dominancia parcial o intermedia, con otra planta de un factor alelo (flores blancas), recesivo, en la primera generación (F1), todas las flores de las plantas son iguales y de color intermedio (rosadas). “Si se reproducen entre sí las plantas de F1 (de flores rosadas), en la siguiente generación (F2), las flores salen en la proporción de ¼ semidominantes (rojas), ½ intermedias (rosadas), y ¼ recesivas (blancas). “Si se reproducen, para F3, las puras recesivas (blancas), entre sí, siguen dando puras (blancas); y las puras semidominantes (rojas), entre sí, dan también puras del mismo factor (rojas); mientras que las intermedias (rosadas), repiten la proporción de F2. Sucediendo lo mismo, indefinidamente, en todas las generaciones siguientes”. La herencia intermedia no es fija. Pero debe entenderse la referencia, a la de caracteres dependientes de un solo par de factores en juego (aquí, el determinante del color de las flores: rojas o blancas), en los casos de dominancia parcial. 3ª Ley-.Del Dihibridismo. O juego de Dos factores por Progenitor (P)68: “Cuando se cruzan dos plantas en las que se cuentan dos factores hereditarios en juego, en cada una, pudiendo ser casos de dominancias completa o parcial, de ambos caracteres, todas salen iguales en F1. “En las generaciones siguientes, los caracteres disgregan de modo independiente, siguiendo, cada uno, las reglas y proporciones de las leyes anteriores.” Por ejemplo: En cuanto a color y tamaño de flores, una planta de flores chicas y rojas, cruzada con una de flores grandes y blancas, en las que el color rojo y el tamaño grande puedan ser, en dos individuos o progenitores diferentes cada uno, total o parcialmente dominantes, en F1, todas las flores salen de un
En el estudio de la Genética, se utiliza la palabra “híbrido” o “hibridación”, para designar a los cruzamientos, apareos, o a la reproducción en general, entre los seres vivos, sin hacer distingos, se trate de linajes, razas, variedades, especies, o géneros. En lenguaje ganadero, se habla de hibridación, cuando es entre especies distintas (caso del mulo, resultante del cruce del burro con la yegua); y de mestizos, cuando es entre razas de la misma especie (por ejemplo: Brown Swiss x Criollo, en la especie vacuna).
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solo color y tamaño, correspondientes a los factores total o parcialmente dominantes. Pueden ser: todas rojas y grandes, todas rosadas y medianas, etc.). En F2 (de F1xF1) y en los mismos tipos de dominancias y recesividades, se dan todas las combinaciones posibles de flores rojas (“puras” y “cruzadas”), de blancas (siempre puras), de rosadas (siempre “cruzadas”); de grandes (“puras” y “cruzadas”), de chicas (siempre “puras”), y de medianas (siempre “cruzadas”). Así, simplemente en cuanto a las apariencias de las flores, se dan: rojas, chicas, medianas, y grandes; blancas, chicas, medianas y grandes; y rosadas, chicas, medianas y grandes. Y, como ha sido expuesto, de F2 hacia F3 y en adelante, la disgregación factorial sigue totalmente independiente y profusa, conforme a las dos primeras leyes enunciadas. Aparte, la posible segregación posterior, por selección, en favor de uno, dos, o más de los factores en juego, va siendo cada vez más dificultosa, según el número de los factores considerados y con el avance de las generaciones en su multiplicación. ----Vale la pena proseguir en el análisis de estas leyes, de gran significado en la interpretación de los fenómenos de la Naturaleza y de sus repercusiones: Mendel casi terminó de aclarar las incógnitas que había dejado Darwin. Y frenó, en gran medida, las corrientes erróneas y negativas de cierto neodarwinismo radical, que seguía por el nocivo plano inclinado de exagerar las influencias del Medio, en el marco de un Automatismo Unicausal o Determinismo Materialista, en la explicación del Orden Natural y de su génesis. Resultó refutando, además, la petulante autosuficiencia seudo científica, en avance desde aquellos tiempos, que disminuía y pretende seguir disminuyendo, la importancia y hasta la existencia, de hechos sin explicación todavía fácil, situados en campos supracientíficos, metarracionales, o sencillamente misteriosos. En cínica falta de una elemental reverencia hacia la Creación, la Providencia, y la Sabiduría Divinas. Inclusive, negando tales potencialidades ultra materiales. Sin embargo, si bien Mendel esclareció cuestiones fundamentales en los apasionantes temas de la herencia biológica, quedaban todavía algunas incógnitas más a despejar. Por ejemplo: ¿Cómo y por qué, aunque siendo cierto que los factores de la herencia son independientes y fijos, no influenciables mayormente, ni de modo duradero, por el Medio, puedan aparecen, en ciertas ocasiones, caracteres totalmente nuevos, sin relación alguna y hasta contrarios al ambiente? Así, el ‘mocho’ o sin cuernos, hereditario, dando lugar a variedades de razas vacunas, como el Hereford mocho (en paralelo con el ‘armado’); el Aberdeen Angus (todos mochos); el Nellore (de la variedad mocho, de reciente formación), etc.; carneros tropicales o “de pelo” (sin lana); cerdos de mayor

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número de vértebras (de cuerpo más largo, como el Landrace); innumerables enanas o gigantes, en especies, razas, y variedades, vegetales y animales, (y en el hombre). Otra incógnita: ¿Por qué los caracteres son unas veces dominantes y otras recesivos? ¿Cómo se explican los casos de “vigor híbrido”, “superdominancias”, o “neocombinaciones”, en los cuales ciertos descendientes presentan caracteres de magnitudes mayores que las de sus progenitores? Es entonces que aparece un tercer científico genial, el holandés Hugo de Vries (n.1,848 -m.1,935); quien lanzara su famosa “Teoría de las Mutaciones”. Sobre ella es posible sintetizar lo siguiente: Las “mutaciones” son cambios imprevisibles, de una variedad potencial muy amplia, en el ‘código genético’ de los seres vivos. En el número y características de sus genes, así como de los cromosomas, en los que ellos están contenidos; cambios que aparecen por razones todavía incompletamente esclarecidas. Las mutaciones son de dos clases: Las Espontáneas y las Inducidas. Las primeras o las ‘Naturales’, son aquellas cuya aparición, se supone, es motivada, entre otras muchas posibles causas, por las radiaciones solares o cósmicas de alta energía, de intensidades irregulares y por períodos muy variables. Las mutaciones Inducidas o Artificiales, son aquellas que se producen, entre otros medios, por el influjo también de radiaciones de gran intensidad o potencia, pero producidas por humanos ingenios electromagnéticos (rayos X; las de fisión atómica; etc.); que llegan a afectar al núcleo de las células. Por lo general y al parecer, dependiendo de la potencia con que opera el agente que actúa, las mutaciones naturales dan lugar a genes ‘recesivos’; o sea que se mantienen ocultos por mucho tiempo después de su generación real; encubiertos por la presencia de los genes dominantes que preexisten y que les son homólogos o alelos. Hasta que, por el juego del azar en la herencia, tienen ocasión de ‘duplicarse’; viniendo, iguales, un gen ‘mutado’, recesivo, del padre, con el otro, también ‘mutado’, recesivo y alelo, de la madre. Es decir, en los casos que así son llamados ‘homocigotas recesivos’.69 Con el tiempo, siempre muy largo, los genes recesivos suelen volverse parcial o totalmente dominantes. Parece ser que por una suerte de duplicación, ‘polimerización’ o multiplicación génica. Comparable a las multiplicaciones cromosómicas (‘poliploidea’, que dan lugar a formas gigantes); y a las celulares somáticas o comunes de todo cuerpo individual, que producen su crecimiento; así como a las gaméticas (en la formación de los gametos o “gametogenesis”), para la reproducción específica.70 Devendría, así, una consecuente
“Homocigota”, viene del gr.: homos, igual; y zigote, huevo; de genes iguales en la célula huevo. Por oposición, “heterocigota”, de heteros, desigual, significa: de genes desiguales, no duplicados, en la célula huevo. 70 La reproducción de las células somáticas (del cuerpo), se llama Mitosis o Carioquinesis. En ella las células hijas tienen el mismo número de cromosomas que las células madres; porque en el proceso sus cromosomas también se parten o dividen, manteniendo el número propio de la
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multiplicación de la potencia de los genes; que, de tal modo, pueden hacerse, primero parcial y luego totalmente dominantes, respecto de sus alelos. Las mutaciones naturales se presentan bajo dos ritmos: Uno, en períodos normales, que son relativamente breves, pero repetidos. Se ofrecen de una en una o en muy corto número y para caracteres que pueden ser indistintamente ventajosos o perjudiciales (en un momento ecológico dado o para alguna ‘finalidad’ artificial predefinida). Otro, en períodos llamados de locura hereditaria o de crisis de mutaciones; entre lapsos muy largos, en número elevado de caracteres, produciéndolos en variadísimas formas y pudiendo ser recesivos o dominantes. En el campo de las Mutaciones Inducidas o Artificiales, suelen presentarse recesivas o dominantes, muchas letales, subletales, y deformantes. En los vegetales, algunas substancias como la colchicina (extraída del cólquico, “Colchicum sp.”, planta liliácea, medicinal por sus raíces), inducen mutaciones por poliploídea (multiplicación del número de cromosomas y sus genes), dando lugar a formas de tamaño extraordinario (gigantes). También se registran, en animales y plantas, acciones microbianas y virósicas de variado efecto (utilizadas en la “Ingeniería Genética”). Completando los descubrimientos de Darwin, Mendel, y De Vries, Johansen (danés), y otros numerosos genetistas, especialmente norteamericanos, siguieron avanzando en el esclarecimiento de los problemas de la herencia con muchos genes (Poligénica), comprendida en el estudio de lo que se llamó el Neomendelismo y la Genética de Poblaciones (herencia en agrupaciones de numerosos individuos y expresada en “curvas de frecuencia”). Ya que los trabajos de Mendel se habían referido a uno o a lo sumo a dos pares de genes en juego y a corto número de individuos interviniendo en la reproducción. En los trabajos genéticos comenzó a resultar invalorable la observación de los fenómenos hereditarios en un pequeño insecto: la “mosquita del vinagre”; de nombre científico: “Drosophila melanogaster” (droso=vinagre; phila=amante; melano=negra; gaster=barriga; "Mosquita del vinagre y de barriga negra"). El dicho animalito ofrecía dos inapreciables ventajas: se multiplica prodigiosamente dentro de una fácil ‘crianza’ y tiene en sus células solamente 4 pares de cromosomas, número reducido que facilitaba mucho las investigaciones. Durante algún tiempo estas cuestiones parecían contradecir los principios contenidos en las Leyes de Mendel, pero pronto, ahondando en los estudios, se constató que no solamente no las contradecían, sino que más bien las
especie (“diploide”). La reproducción de las células que forman gametos (gametogenesis) o células sexuales (en las glándulas sexuales o “gonadas”, masculinas y femeninas), se llama Meiosis; en ella los cromosomas no se dividen, sino se separan, la mitad en cada media célula resultante, que son los “gametos” (espermatozoides u óvulos), los cuales presentan la mitad del número de cromosomas propio de la especie (“haploide”). Al producirse la Fecundación, hacia la célula huevo, se reconstituye el número normal de cromosomas de la célula correspondiente a la especie; proviniendo, la mitad, del padre, y la otra mitad de la madre.

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confirmaban; llenando --de paso-- sus parciales y aparentes vacíos; a la luz de enfoques cada vez más amplios y profundos. Así, por ejemplo, ya no se puede hablar del “vigor híbrido” como el misterioso resultado de un cruzamiento casual o el sorpresivo de una mutación; las que, generalmente, no se ligan a cruces; son imprevisibles; y no necesariamente determinan caracteres ventajosos. Más bien, el tal llamado “vigor híbrido”, cuando se presenta, es la consecuencia de un cruzamiento que produce una “neocombinación mendeliana afortunada”. Que une, en un individuo, genes determinantes de caracteres ventajosos, que se hallaban separados en los progenitores. Trátase de evidentes y por lo general fructíferos casos, de “Herencia Poligénica Combinatoria”. Tal el caso del cruce de un animal cebú que es de líneas alargadas, pero enjutas --caracteres determinados por múltiples factores, dominantes los primeros y recesivos los segundos--, con otro de una raza europea de carne, de líneas gruesas, pero cortas --dominantes los primeros y recesivos los segundos-, resulta un animal --por ser más largo y grueso--, de mucho mayor peso que los correspondientes, tanto al cebú, como al europeo puros. La cría supera a los padres. Y es por ello que el fenómeno se tipifica de “Superdominancia”, forma más apropiada de llamar al pretendido “vigor híbrido”.71 Observemos que no se debe confundir los conceptos de: ‘reunión’, con el de ‘mezcla’, de genes y cromosomas. Así como el de genes, con el de caracteres. En los apareamientos entre individuos, linajes, variedades, razas, y hasta en algunos, siempre pocos, cruces interespecíficos. Está esclarecido que si bien dos genes, alelos entre sí, procedentes de dos progenitores, no ‘mezclan’ sus substancias (o sólo en casos excepcionales y muy parcialmente), sí pueden ‘reunirse’ (de F1 en adelante). Inclusive darse el caso de que se ‘dupliquen’, en un mismo individuo, dos y más genes o cromosomas, procedentes de las razas progenitoras, a partir de la 2ª generación mestiza (F2). Se obtiene así individuos en los cuales, si bien sus genes y cromosomas alelos no se han mezclado (sus substancias), sí pueden presentarse reunidos en los individuos de la descendencia. Y hasta duplicados o en “homocigocidad”; en uno, varios, o hasta en numerosos pares; procedentes de dos razas distintas, en las cuales subsistían separados. Apareciendo, entonces, ejemplares que se ofrecen como si fueran mezclados o de algún modo intermedios,respecto a sus progenitores. Son claros los casos de la llamada “Herencia Poligénica Acumulativa”, donde los caracteres obedecen a varios, incluso a muchos pares de factores o genes --no solamente a uno o dos--; por ejemplo, los de la joroba y los del prepucio del cebú --entre otros--. Es posible así lograr la acumulación y la duplicación, de varios de estos factores o genes. Dando lugar, según el grado de acumulación duplicada, a verdaderas herencias ‘intermedias’ y fijas.72
71 72

Ver ob. cit. “Ganado Amazonas”, gráfico 5 de la pág. 229. Más ejemplos y explicaciones, en: ob. cit, gráficos 4 y 6, págs. 225 y 233.

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La dicha “Herencia Intermedia Poligénica y Acumulativa” se hace más tangible, cuando es además “Combinatoria”, cuando se presentan los casos de “caracteres” dependientes de múltiples “genes”, cuyas acciones se acumulan y también se combinan, en mayor o en menor grado, incrementando la magnitud y fijeza del “caracter” (por ejemplo: los cruces de cebú con las razas europeas, en la resistencia al calor, la producción lechera y la de carne, etc.). Diferente por cierto el caso de solamente uno o dos factores en juego, como sucede en la “Herencia Mendeliana Simple” (con las flores de guisantes y otros ejemplos similares). ----Volviendo a lo que estábamos, en los tiempos de nuestro viaje a Tingo María (el año ‘42), tales cuestiones de Genética, estaban en inicial esclarecimiento; no eran de dominio general entre los técnicos peruanos de la época. Resultaba frecuente, en cambio, observar criterios y escuchar opiniones, por desgracia muy superficiales sobre dichos asuntos. En mayoría, se limitaban a ‘leer’ (?), y a la ligera por cierto, las famosas y ya dichas “Leyes de Mendel”; para fines más de sabihondez, que de sincera curiosidad científica o deseos de profundizar en el tema. De tal modo, los trabajos ganaderos tingaleses denotaban desorientación, falta de rumbo. Se hacía dispersantes cruzamientos; sin embargo, resultaba de interés la minuciosa anotación de los datos de esas labores. Para completar la visión del cuadro que se ofrecía, diremos que en esos primeros años de la década de los 40, la gran novedad, en el medio zootécnico mundial y nacional, era el reconocimiento oficial, en los EE.UU., de la nueva raza de vacunos tropicales, productora muy eficiente de carne, llamada “Santa Gertrudis”. Producto del cruce y ‘fijación’, de Cebú (ganado de origen hindú) x Shorthorn (de origen europeo y del tipo de carne). Suceso tecnológico acaecido en el renombrado “King Ranch” de Texas, propiedad de los señores Kleber (padre e hijos); quienes, desde entonces, se hicieron famosos, ligando su apellido a dicha proeza genética, de alta calificación mundial. Resulta curioso observar, retrospectivamente, las tesis y discusiones que se planteaban entonces para interpretar el fenómeno y sobre la mejor forma de utilizar, nosotros en el Perú, las ventajas de esa fabulosa conquista de la Zootecnia Moderna. Se llegaba a sostener que el "prepotente"73 toro “Monkey” --ciertamente de varias generaciones posteriores a F1--, considerado el ‘fundador’ o arquetipo de la raza, era un “mutante”. Posición insostenible, desde un punto de vista concordante con la Ciencia Genética ya naciente; pero no encontraban otra explicación, ya que se sostenía --con visión rudimentaria, con lamentable lectura

Se dice que un toro es "prepotente", cuando marca acentuadamente sus características en su descendencia. Y tal cosa ocurre, cuando es homocigota, en genes dominantes y deseables, en suficiente número. Así, con claridad, se puede notar cuáles son sus crías.

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superficial de las “Leyes de Mendel”--, que 'La Herencia Intermedia no es Fijable'. Se habría de ver, después, que en el caso de “Monkey”, se trató de una “Neocombinación Mendeliana Multigénica y Afortunada”, posterior a F1. De un Homocigota en varios caracteres dominantes deseables, muy visibles algunos (bella estampa y hermoso color rojo cereza); fácilmente cuantificables otros (gran peso y precocidad); y varios adicionales, claramente ventajosos (resistencia al calor, calidad de carnes, nobleza, mansedumbre, etc.). En cuanto a los rebaños o propiamente la raza “Santa Gertrudis, como grupo numeroso de individuos, en el "King Ranch", no podía ser otra cosa que un gran hato, en el cual se había producido: "Una Concentración de genes deseables, dominantes y muy verificables". Llevados, en numerosos individuos, a profusas “homocigocidades”. Y, cuanto más logradas, más nítida y uniforme, “fijada”, la raza o el tipo (entendido éste, como un menor grado de fijación que la raza). Posteriormente, al impulso del entusiasmo y la admiración despertada por la formación de la raza “Santa Gertrudis”, y confirmándose la interpretación dada, se planearon y lograron varios tipos y más razas de ganado vacuno tropical, de carne la mayoría, y algunas lecheras y de doble propósito. Tales fueron: la “Charbray", producto de Charolais x Brahman (nombre del cebú norteamericano más común, un polimestizo de varias razas de cebú); “Canchim” (el Charbray brasileño); “Brangus” (Brahman x Angus); “Bradford” (Brahman x Hereford); “Beafmaster" (trimestizo: Brahman x Hereford y Shorthorn); “Jamaica Hope”, lechera de pequeño tamaño (cebú Sahiwal x Jersey); etc. Y ya nos referiremos a lo que nosotros planteáramos en el Perú y para toda la Hoya Amazónica: el “Amazonas” (cebú Nellore x Brown Swiss americano; de doble propósito y fijado a media sangre). Es el caso que estando en Tingo María, nos ubicábamos al centro de todas estas inquietudes y discusiones. Un poco sin haberlo buscado deliberadamente, pero ya me forjaba, en lo hondo del espíritu, una Vocación Profesional definitiva, sobre la que comenzaba a apoyar, con todo entusiasmo, un apasionado y patriótico Ideal de Vida: Yo debería participar en la grandiosa tarea del Desarrollo de la Ganadería Tropical para la Selva Peruana y, con ella, en el de toda la Región y del Perú, trayendo consigo un gran beneficio para nuestra Patria. Basados en la creación de una Nueva Raza de Ganado Vacuno Tropical de Doble Propósito (carne y leche). En el hermoso empeño, debería aportar, esfuerzos, iniciativa, creatividad, y hasta tenaces luchas,. ----Hacia Pucallpa.- Dándonos vueltas en la cabeza multitud de ideas y sintiendo el hervor en el corazón de variadas emociones, casi pos adolescentes y juveniles ya, continuamos nuestro viaje, Selva adentro; siempre en unión de Alberto, mi constante compañero de aventuras. Desde Tingo María, por la margen derecha del Huallaga, hacia el Noreste, ascendimos la Cordillera

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Divisoria; observando los aspectos interesantes de la ruta, por la carretera Huánuco-Pucallpa, todavía en reciente construcción. Acercándonos a la "punta de trabajo" --ésta ya en la bajada oriental de las cumbres-- y, luego, a las ‘trochas’ de exploraciones y trazo, hacia el Llano Amazónico. ¡Más de 400 kilómetros! Trabajados prácticamente a pulso, ‘a pico y lampa’. Sin mayor auxilio de maquinaria pesada. Muy escasa y todavía incipiente por entonces. La habilidad de los ingenieros y de los obreros peruanos; su espíritu esforzado; su espartana rudeza y estoicismo, ante las penalidades propias del trabajo en tan duras condiciones, se demostraron, asombrosos, una vez más entre tantas. En los estudios, exploraciones, trazos, dirección y supervisión, los primeros; como los segundos en la verdadera ‘artesanía’ de sus trabajos, en los ‘peraltes’ (inclinaciones en las curvas, para compensar la velocidad de los vehículos), de las cunetas, la albañilería de los puentes, y en el ‘perfilado’, con herramientas de brazo, en los ‘cortes’ y taludes. Verdaderamente: ¡Una Obra de Titanes!... Pasamos, al comienzo, por la Colonización de Naranjillo. Un programa hábilmente concebido y dirigido por los altos niveles del entonces Ministerio de Fomento, por intermedio de su Dirección de Colonización, Bosques y Tierras de Montaña; durante el gobierno del gran estadista, Mariscal Oscar R. Benavides; y continuada, en los primeros años del período correspondiente al Presidente Dr. Manuel Prado. En dicho sector de la carretera --muy cercano a Tingo María--, a sus dos costados, se repartieron pequeños lotes --si no recuerdo mal-- de unas 20 a 30 hectáreas, cada uno; a verdaderos y calificados campesinos; de tres procedencias: Huánuco, San Martín, y Cañete. Se pensó que los primeros aportaban rusticidad y sobriedad; los segundos, conocimiento del medio selvático y notable vivacidad e iniciativa; y los terceros, una formación ‘cultural’, despierta y ‘moderna’. Además, se los intercaló. No estuvo descaminada la idea, por cierto. Adicionalmente, los de Cañete fueron como a una suerte de ensayo, para ‘descargar’ la tensión social, por reclamo de tierras --premonitorios de anhelos posteriores de “Reforma Agraria”--, en varios valles de la Costa del Perú. A cada campesino adjudicatario, se le construyó, en su lote, una casita familiar modelo; de madera; modesta, pero acogedora y cómoda. Además, se les dio, “rozada” (desmontada), una parte apreciable del terreno, y plantada de diversos cultivos apropiados para su alimentación y posible venta a terceros; de modo a poder, con estos últimos, agenciarse ingresos monetarios adicionales, también imprescindibles, en esas condiciones. Los principales cultivos y crianzas, con sus instalaciones, corrales y pastos correspondientes, que se establecieron en favor de los nuevos colonos -no necesariamente idénticos en todos--, a la entrega de sus propiedades, 171

tituladas, eran: plátanos de diversas variedades, café, cacao, maíz, yuca, pituca, frutas diversas, como naranjas, limones. limas, paltos, mangos, además de caña de azúcar (para comer, para forraje, para "huarapo" o jugo fresco, para aguardiente, y chancaca), etc.; y algunas gallinas, patos, pavos, cerdos, y dos, tres, o cuatro vacas semi lecheras. Los toros los recibían ‘en rotación’ o los ‘prestaba’ la Granja. También, un pedazo del terreno ya sembrado de tabaco; con un contrato de compra de las cosechas, por parte de la oficina tingalesa del “Estanco del Tabaco”. Finalmente, sobre lo que así percibía el colono, se le entregaba, en la mano: S/. 500.00, en efectivo... Para que 'se las arreglara como pudiera', hasta la llegada de sus primeras cosechas. Y... ¡Adiós! ¡La Colonización fue un éxito! Años después, he tenido ocasión de ver a varios colonos, a sus hijos y descendientes, convertidos en hombres de empresa, no sólo como agricultores, sino en tiendas comerciales, grifos, agroindustrias, transportes, y hasta de profesionales liberales... Lo anterior no quita que, ya muy posteriormente, por otras razones, en especial por la falta de una adecuada Política Agraria Nacional --habiendo habido, en cambio, terribles 'políticas' (?) antiagrarias-- y de la inexistencia de un acertado Fomento del Desarrollo de la Selva, la Colonización de Naranjillo, haya sufrido las lamentables vicisitudes (¡abandono, narcotráfico, y terrorismo!) de casi todas las colonizaciones iniciadas en la Amazonía. Pero ése, ya es otro cantar... ¡o llorar! ----Pasando Naranjillo, atravesamos la zona de medianas propiedades que se estaba convirtiendo en cafetalera. Se salpicaban algunas pequeñas plantaciones de coca. Preludios de la gran difusión que habría de tener esta curiosa y original planta --tan poco conocida por muchos que gustan llamarse ‘expertos’--, en la nefasta expansión del narcotráfico. Ya casi en la cumbre, se ubicaba el sector tealero; donde se hallaba establecida la “Estación del Té”, a la que, con anterioridad, nos hemos referido. Junto a ella, se habría de desarrollar una gran plantación privada, de avanzada tecnología, ‘bautizada’, con no muy criollo gusto: “Tea Garden”. Encomiable obra del notable Ing. Agr. peruano: Antonio Rivero Tremuille; empresa a la que, tiempo después, diera incalificable trancazo, la Reforma Agraria velasquista. Otra plantación de té, se había establecido, por la firma “Víctor Priano S.A”., en la Hda. “Paty”, de la zona de Carpish (en las alturas huanuqueñas anteriores a Tingo María). Pasando la cumbre de la Divisoria, quedaba el fundo “Sinchono”, en el que algunos japoneses comenzaron a establecer una plantación de Quina o Quinina (Cinchona ledgeriana) y que, años más tarde, la Estación Experimental de Tingo María, con el apoyo técnico y financiero norteamericano, desarrollara

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en una escala importante; para terminar frustrada, por la competencia de la quina de Indonesia y de los baratos sustitutos químico farmacéuticos modernos. De “Sinchono”, avanzamos en el descenso de La Divisoria hacia la cuenca del Ucayali, saliendo de la del Huallaga, y transitamos por sectores de la carretera a medio concluir; con numerosas interrupciones, debidas a la construcción de alcantarillas, puentes y túneles, y a la realización de profundos ‘cortes’. Nos aproximábamos, así, al famoso: ¡“Boquerón del Padre Abad”!... La dicha formación geográfica, debía su justificada fama, a múltiples razones, que arrancaban desde su importancia respecto a la construcción misma de la vía y a sus antecedentes históricos. Cuando la Carretera Huánuco-Pucallpa pasó la Divisoria, no llegó --cual pudiera pensarse-- fácilmente a la cuenca del Ucayali, a la llanura Amazónica, situación ineludible, para poder culminar la obra en el ansiado puerto de Pucallpa... El de la Roja Tierra (en quechua: Puca=roja; y allpa=tierra, suelo, o piso). Un laberinto de altas cordilleras secundarias, impenetrables, tupidamente boscosas, con torrenciales lluvias y neblinosas cubiertas --casi todo el año-- se ofrecían a la vista y se oponían al trabajo de las brigadas de los ingenieros exploradores de la ruta. Y, en aquellos tiempos, no se disponía de mapas y planos detallados de esos lugares, tan agrestes. Las técnicas de las observaciones y de los levantamientos aéreos, eran tan rudimentarias, como los mismos aviones de que se disponía. La exploración a pie, aunque ya iniciada, se presentaba en extremo difícil, por no decir imposible... Mas ocurrió que una situación fortuita permitió resolver el problema: A la sazón era Director General de Caminos el Ing. Civil Federico Basadre, quien tomó muy a su cargo la realización de esta imponente obra vial, al punto de que se lo considera su realizador principal. Y así se le dio: su nombre a la carretera. El Ing. Basadre, muy preocupado por el problema del paso de la carretera hacia la cuenca del Ucayali, en cierta ocasión comunicó sus inquietudes a su hermano, el Dr. Jorge Basadre, notable historiador peruano, como es sabido... Don Jorge se interesó vivamente en el asunto, llegando a encontrar documentos e información acerca de las exploraciones que, por el siglo XVIII, había realizado, en nuestra Selva, el célebre sacerdote franciscano, históricamente conocido como “el Padre Abad”. Las referencias encontradas por su hermano Jorge, permitieron, al Ing. Federico Basadre, en unión de sus más estrechos colaboradores, pergeñar una ruta a través de un "abra" y de un "boquerón" en la Cordillera, basándose en el paso que el padre Abad había descrito como existente... Se formaron entonces brigadas de exploraciones integradas por ingenieros de caminos que se harían famosos, como Ramón Remolina y Alfonso

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Bernós, entre otros. Y, en hazaña que consigna la historia caminera del Perú, se redescubrió el paso. Que así se bautizó como el “Boquerón del Padre Abad”. En cuanto a su conformación geológica, el famoso cañón es de una hermosura impresionante. En los tiempos en que Alberto y yo pasamos por allí, nos pareció, además, de una virginal belleza integral. Ahora, por desgracia, violada en grosera desmedida, con todo, mantiene algo de su valor fundamental. El ‘abra’ de la Cordillera se presenta en un punto cerca del cual comienza a cortarlo, en dirección noreste, el referido boquerón; producto de la acción erosiva multisecular del río “Yurac yacu” (del quechua: yurac=blanco; y yacu=agua). Que corre torrentoso y espumante por su fondo, empedrado de cantos rodados gigantescos y encerrado entre dos altas y sólidas paredes rojizas y brillantes, resultado de una antiquísima petrificación, en gruesos estratos rocosos, de las que fueron originales arcillas muy oxidadas (formaciones pétreas conocidas por los geólogos como “lutitas”)... El río es ‘blanco’ porque en la partida de su curso corta formaciones de rocas calcáreas (“calcitas”) de la Cordillera. La cal precipita a la arcilla inicial de las aguas, a las cuales podría conferirles un color rojizo, dándoles en cambio uno blanquecino; que se añade al de la espuma resultante de las turbulencias del líquido elemento en su choque con las grandes rocas del fondo del cauce. Avanzando en su recorrido, el río toca a la referida formación de los gruesos estratos rojizos de “lutitas”. El color rojo vivo y brillante de la roca, acentuado por la humedad del ambiente que la impregna, la hace parecer por trechos como cascos de gigantescos buques; contrastando, en bella armonía, con el blanco espumoso de las aguas de las honduras y con el verdor, intenso de la vegetación boscosa circundante. Agregándose, cual hermoso telón de fondo, un cielo de límpido azul y sus copos de blanquísimas nubes. Además, de trecho en trecho, caen desde las alturas aguas múltiples, en bellísimas cascadas y vistosos chorros; de diversas longitudes y caudales. Labrando en su camino y a trechos, esculturas pétreas naturales de exóticas e impresionantes formas. Descargándose, al final, en el río o a sus lados, en varias ‘pozas’ y lagunitas cristalinas invitadoras a refrescantes baños. Una de tales cascadas, es tan bella e impresionante, que ha recibido el nombre de: “El Velo de la Novia”. Cuando nosotros estábamos por arribar al “Boquerón”, no se había construido aún la carretera allí. Solamente se podía llegar y transitar, a pie, por las "trochas" de trazo y de ‘primera construcción’. Las recuerdo de penoso andar. Que, para aliviarlo, procurábamos un paso rítmico y constante, cuando el piso era rocoso o firme. Y, para ‘darnos valor’, nos alentábamos silbando, aunque no muy bien que digamos --en particular yo--, pero sí muy entusiastas, en incansable repetición, los fragmentos más vibrantes del “Brindis de la Traviata”, de Giuseppe Verdi... Pero en los tramos de barro y palizadas, no había cantares que valieran.

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Para atravesar el cañón, no estaban construidos todavía los puentes definitivos. De tal manera, la trocha cruzaba, de una banda a la otra, por unos provisionales puentezuelos colgantes; por demás ‘movidos’. Formados por cables y palitos, no siempre completos éstos, ni de suficiente grosor aquéllos. Y con el torrentoso río abajo, realmente causaba temor pasarlos. Por valiente que uno fuera, quisiera o aparentara serlo.... Añadiremos: en los farallones rocosos (‘como costados de grandes buques’), la trocha se continuaba, por el exterior, en una especie de ‘balcones’, apoyados --es un decir-- en palos introducidos, con ayuda de taladros manuales, a modo de ‘clavados’ (?) en las rocas, con sus respectivos amarres a los calados pisos de los dichos balcones y ‘a como hubiere lugar’. El caso es que llegamos hasta el comienzo de la famosa “Pampa del Sacramento”... Al salir de tan encallejonado boquerón, mirando hacia el Llano Amazónico, hecho patente por el tránsito a la dicha Pampa, la sensación visual y anímica producida por el expandido panorama, era de inenarrable impacto. A pocos kilómetros del boquerón, ya en los comienzos del llano, llegamos a uno de los campamentos de trabajo de la carretera, cuya construcción estaba bajo la dirección general del experimentado Ing. Herman Bauman. El lugar mismo adonde llegamos para pernoctar, se encontraba cargo de la autoridad directa del mencionado Ingeniero Civil Alfonso Bernós --como persona, muy amable él--; asistido por el Ing., Eduardo Vega, competente, honesto y trabajador profesional, como el que más; por desgracia también ya fallecido. Fue otro de los pioneros de la Gran Obra Vial y del desarrollo de nuestra Selva. Me precio de haber disfrutado, por años, de su gratificante y honrosa amistad. Estando en el campamento, en realidad el último punto de visita viable bajo condiciones normales, debimos pensar en el regreso a Lima, para la continuación de nuestros estudios. Mas, a partir de la primera noche, se declararon varias jornadas seguidas de impresionantes tempestades, con verdaderos diluvios. No hubo más, sino esperar a que pasaran. Así se hizo. Pero calmados los temporales, se recibió la noticia de haber cargado extraordinariamente el río... ¡llevándose al principal de los puentes colgantes!... Dejando maltrechos a los demás. Nos abrumó el desaliento, pensando en las grandes dificultades a enfrentar en la Escuela, por el retardo en nuestro problemático viaje. Pero los ingenieros Bernós y Vega, nos consolaron diciéndonos no ser ésa la primera vez que les ocurrían tales percances; que sabrían afrontarlos y sacarnos del problema. Ofrecieron poner rápidamente un “huaro” para hacernos pasar. Habían quedado ‘varados’, también: un ingeniero norteamericano (Raymond Russell), experto agrícola, especializado en plaguicidas, quien al parecer estaba en misión de sondear las bases del futuro acuerdo con el Perú, para el apoyo del gobierno de EE.UU. a la Estación Experimental Agrícola de

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Tingo María74; así como un ingeniero alemán, experto en agroindustrias tropicales, de apellido Langemak. Se planeó evacuarnos a los cuatro. En efecto, al día siguiente arribamos al estribo del que había sido el principal de los puentes, en el momento el verdadero problema. Por los demás, aunque haciendo malabares, se podía pasar todavía. Por supuesto, armándose de mucho coraje. Los ingenieros, cumpliendo su promesa, habían instalado un “huaro” y comenzaron a pasarnos, de a uno en uno. La cosa era impresionante: El mecanismo constaba de una parrilla de palitos amarrados con ‘ataderos’ (tiras de cortezas de monte), en la que se sentaba al transportable; iba colgada de una doble polea o juego de dos ruedas hondamente ranuradas y opuestas, una arriba y otra abajo, pudiendo ellas correr sobre una fuerte soga --como abrazándola--, dado el modo de la propia sujeción de las dichas poleas, a una especie de 'arco' metálico rectangular, fuerte y estrecho, que tampoco permitía a la soga salirse del canal formado por las dos ranuras de las poleas. Por un lado del cañón, se jalaba a una de otras dos sogas atadas al soporte de las poleas. Por el opuesto, se soltaba la tercera soga, para que así avanzara la silla en un sentido. Para pasar al contrario, se hacía el movimiento a la inversa. Al comienzo, el asunto parecía relativamente fácil. Pero a medida del avance, la soga que soportaba al viajero y a sus bártulos, por acción del peso, comenzaba a estirarse y a formar un pronunciado ángulo hacia abajo. De tal modo, que la progresión tenía que hacerse, cada vez, con mayor pendiente contraria, requiriéndose más esfuerzo al jalar. Con el consecuente mayor bamboleo y menor avance por jalón. Y, abajo... ¡rugía torrentoso el río!... Simulaciones presuntuosas al margen... ¡que si daba miedo la operación! Pasado el susto del "huaro", proseguimos el regreso a la Capital, repitiendo a la inversa el viaje de ida, pero ya más aprisa. Aunque, en el trayecto inicial, a la salida del boquerón, experimentamos otro gran susto; por motivo de nuestro paso --imprevisto para unos obreros dinamiteros de esa parte de la carretera en construcción--, cuando estaban por explotar algunas cargas de dinamita y llegando nosotros muy cerca. Hubimos de batir algunos "récords" de velocidad, en el afán de guarecernos de las piedras de las explosiones y de salvar el pellejo. Felizmente todo resultó sin mayores consecuencias que lamentar. Dejamos a Langemak en Tingo María, donde él habría de radicar por muchos años y formar familia. Con Russell seguimos algún trecho más e
En realidad, más que de ‘ayuda’, la intención norteamericana era la de acoplar al Perú a los esfuerzos productivos de otros varios países de Centro, Sudamérica, y el Caribe (como Brasil, Colombia, Bolivia, Costa Rica, Jamaica, Barbados, etc.), promovidos por el gobierno de EE.UU., para lograr, en algún momento, la adquisición suficiente de vitales productos tropicales, que importaba de Asia (en particular, jebe, quina --sin sustitutos químicos todavía--, café, té, alimenticios varios, etc.), en peligro de faltarles por la guerra con el Japón; y los de África, por acción de los submarinos alemanes en el Atlántico.
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hicimos muy buenas migas; pues era muy alegre y simpático. Hablaba el castellano con marcado acento de gringo. Pero espiritualmente se había acriollado de un modo notable. Lamentamos no volver a verlo por algunos años. Sin embargo, cierta vez, como unos cinco aniversarios después de tales hechos, me crucé con él en el Jirón de La Unión: --¡Oh Mister Russell! ¿Cómo está usted?-- Le dije con alegría y afecto, al mismo tiempo que lo abrazaba efusivamente. --¡Ouh moi bien! ¿Y usté? ¿Sou amigo Vega?-- Respondió e inquirió a su vez, con calurosos abrazos, francas sonrisas e intensamente alegre de ánimo. -- Todos y todo muy bien Mr. Russell. –continué-- Pero nosotros lo hacíamos en los EE.UU. ¿Habrá viajado con frecuencia a su país? -- ¡Oh nou! No he vuelto más -- Replicó resuelto, sorprendiéndome, siempre con su acento de gringo bonachón. -- Pero ¿cómo que no ha vuelto, ni de vacaciones siquiera? ¿A su tierra, a su propio país? Que es grandioso verdaderamente. -- ¡Oh nou! Nou mi gousta ya. -- Remarcó, acrecentando mi sorpresa. -- ¡No le gusta ya EE.UU.! ¿Y por qué?... ¿Se puede saber? -- Insistí, desbordando curiosidad y asombro... -- ¡Hay moucho gringou! --¡¡¿?!!... Me quedé mudo. El simpático sajón americano, le había tomado --pese a todos nuestros llamados ‘defectos nacionales’-- ¡un gran cariño al Perú! Gusto al espíritu criollo --se puede suponer--, por la acentuada sensibilidad, la humanidad que exhala todo el ser peruano. De indudable raigambre mestiza, iberoamericana. Es lo que se denomina también, calor humano. ¡No quiso volver a su patria! Al país que, por súper desarrollado y liberal, estaba generando, ya desde antes, un extremo individualismo materialista. Una sociedad que venía mostrando los signos de su deshumanización y decadencia espiritual. Si bien, en lo material y tecnológico, acrecentaba y acrecienta todavía --por una evidente capitalización colectiva gigantesca e inercia histórica innegable--, un deslumbrante desarrollo. Curioso y triste resulta, al mismo tiempo, observar cómo muchas veces son los extranjeros quienes aprecian mejor los valores reales de nuestra sociedad peruana. Del ser nacional. Y ¡qué lamentable! es percibir el servilismo de quienes, a fardo cerrado, aceptan, promueven y propagan, muchos sinvalores y hasta contravalores extraños. ¡Por el sólo hecho de ser extranjeros! No se sabe apreciar, con dignidad, y aprovechar, lo realmente valioso de las naciones poderosas, sin avasallar lo propio, ni dejar de lado un elemental sentido crítico, para poder decantar lo que fuere de verdadera utilidad y posible adaptación de lo foráneo. Ciertamente, las canteras de las mayores huachaferías, entre muchos de nuestros compatriotas, se hallan en los campos de la incondicional y servil imitación de lo extranjero. 177

Recuerdo, de aquellos tiempos, múltiples muestras de simpáticas y sanas reacciones en nuestros pueblos hermanos de Iberoamérica. Un famoso cantante mejicano, Tito Guizar, hizo inolvidable --aparte de su famosa canción: “Allá en el Rancho Grande”-- una seguidilla en octosílabos, que decía, más o menos, así : Son nuestros primos del Norte Soberanos del invento Pues siempre buscando están Un nuevo procedimiento Dicen que van a inventar El amor modernizado Que consiste en besos dar Por tubo esterilizado Prefiero mis porotitos Y el amor con sentimiento... ----Terminada esta suerte de episodio de talante narrativo-filosófico, diremos que, proseguido el viaje de regreso a Lima, sin mayores novedades dignas de mención, llegamos a nuestras casas y a la Escuela de La Molina. En plan de continuar los estudios, iniciando el cuarto año de Agronomía y para Alberto y para mí, el último de la Adolescencia... ----El Idealismo Múltiple.- Hacia abril de 1,942, por cumplir los 20 años de mi edad, estando por salir de la Adolescencia, y comenzando el cuarto de estudios superiores, como he dicho, yo tenía, claramente definido, un Ideal de Vida (programa en pos de valores de alta jerarquía espiritual), apoyado en una definida Vocación Profesional (aptitud y placer en el ejercicio de una profesión).75 El patriótico propósito de contribuir al inmenso esfuerzo de Conquistar y Desarrollar nuestra Selva, sustentado en la profesión de Ingeniero Agrónomo, especializado en Zootecnia Tropical. Pero otras vocaciones e intentos idealistas adicionales comenzaban a germinar en mi espíritu. Y si bien ellas habrían de encender, intensa y gratamente, un fuego interior, un calor inefable, no dejaban de causarme algunos desconciertos e incertidumbres:
Conocemos que si la vocación es referida a una actividad profesional o productiva, se habla de “Vocación Profesional”. Pero cuando está --como puede y suele estarlo, para mejor-- dirigida a las artes, las ciencias, la religión, la política, etc., en general a diversas actividades superiores del espíritu, no necesariamente “utilitarias”, recibe el nombre correspondiente a cada una de ellas. Por ejemplo: “Vocación Científica”, “Vocación Religiosa”, “Vocación Política”, etc. Algunas profesiones pueden significar una dedicación simultánea, sobre lo utilitario, material y directo, a las ciencias, las artes, la política, la religión, etc. Los casos de la Agronomía y la Zootecnia, pueden ser ejemplos de vocaciones: bivalentes: Profesional y Científica.
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Me ocurría tener dado por cierto, hasta entonces, que el Ideal y la Vocación, sobre la cual el primero suele sostenerse, deberían ser únicos y concordantes entre si. Pese a estar fresco el recuerdo de nuestro profesor, el Ingeniero Portocarrero, de quien nos quisimos burlar, precisamente por sus aficiones a versos y poemas. Lo cual nos parecía “fuera de lugar” en un Ingeniero.Civil. Felizmente, su aclaración nos había hecho tambalear en esa errada y nociva convicción: La de Vocación e Ideal únicos y excluyentes. Iniciándonos en un cambio de mentalidad, más acertado al respecto. Surgían varias interrogantes: ¿Es común que los adolescentes y jóvenes puedan definir fácilmente una Vocación Profesional y vislumbrar un Ideal de Vida? ¿Es posible perseguir varios Ideales y practicar varias Vocaciones, simultánea o alternativamente en la vida? ¿O se debe tomar decisión por una sola vía?... ¡He aquí unas cuestiones de inmensa importancia! Poco a poco, por la experiencia, las lecturas, y por espontáneos razonamientos, pude ir dilucidando tales asuntos. En primer lugar y en verdad, son relativamente muy pocos los que pueden llegar a definir una Vocación y un Ideal; pero los hay; constituyendo sano deber intentarlo. Y, dentro de esos pocos, lo cierto también es que son ya mucho más raros, aunque felizmente también los hay, quienes pueden lograr –resultándoles muy venturoso-múltiples Vocaciones e Ideales. Inclusive varios, hasta en apariencia contrapuestos76. Y simultáneos, en corto número; o sucesivos en mayor proporción… Me permito creerlo, que valdrá la pena exponer, en cierta mayor profundidad y analizar y dilucidar el asunto, en el curso de este libro. Aunque fuere --o mejor-- por partes. Conforme vaya resultando oportuno. ----Regresando de Tingo María, volvimos a la normalidad y a la cierta rutina de nuestras clases. Progresando, empero, en la formación profesional, con el ingreso paulatino a los cursos de aplicación y dejando atrás, en el avance, a los de carácter más general. Con el mayor agrado para nuestra vehemente percepción juvenil referida a estas cuestiones curriculares. Paralelamente y en particular para los fines de contribuir a mi sustento, continué dando clases en forma individual y a domicilio, a jóvenes de secundaria, en materias referidas a matemáticas y ciencias físico-químicas y biológicas, como ya he indicado. Descubrí que me agradaba mucho --y me sigue agradando intensamente- enseñar. Uno de los motivos de esa satisfacción –pienso-- estriba en que, al enseñar, se aprende más que sólo estudiando. Suelen decir experimentados pedagogos: “Cuando se debe enseñar como uno, es necesario saber como
Es el caso de la Política, de práctica en las ciudades (polis=ciudad) y entre muchedumbres, con la Agricultura, propia del campo y de la casi soledad. El ejemplo histórico más conocido es el de Cicerón, notable político romano, senador y varias veces cónsul; conductor de su predio agrícola: Túsculo. Era, además, Filósofo, Escritor y Orador. Precisamente, una de sus extraordinarias obras, fue titulada: “Cuestiones Tusculanas”. Alcanzó, en dichos órdenes, los más altos niveles humanos, en el mundo entero y para todos los tiempos.
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diez”. Entre otras razones para afrontar con seguridad, amplitud suficiente, a satisfacción, las preguntas de los alumnos... ¡Que nunca faltan! Ni deben faltar. De acuerdo a las más elementales normas de Pedagogía. Para hacer, a lo enseñado por el maestro, más preciso y entendible; volcando así mejor su saber, con nitidez, a los discípulos… Se satisface así --primero en cuanto al mismo profesor--: “El ansia de saber”. Inquietud de toda inteligencia vigorosa. Cuyo espíritu disfruta, de ese modo, de los inmensos e integrales placeres del estudio: (adquirir conocimientos), aprender (grabarlos en la memoria), y enseñarlos (transmitirlos). “Enseñar al que no sabe”, es uno de los mandamientos de la Caridad Cristiana; como “Dar de comer al hambriento”, “Dar de beber al sediento”, etc. Produce la enorme satisfacción espiritual que causa toda realización de una obra de Bien. Cuando la enseñanza se realiza en salones de clase, ante alumnos en grupos relativamente numerosos, se adquiere y ejercita, además, el llamado dominio de escena (aplomo de la Personalidad), consustancial, propio, de la Oratoria (en estos casos, la Académica). Al decir de Cicerón: “La Oratoria constituye la actividad cumbre en la superación personal y la más agradable que pueda darse en lo espiritual” .77 La buena relación entre profesor y alumnos es fuente de las más intensas satisfacciones magisteriales. Y factor muy positivo en el destino de los discípulos; así como para la sociedad en que maestros y alumnos se desenvuelven. En pocas palabras, la Vocación por la Enseñanza y los Ideales Educativos que le están ligados --la superación de las personas y la más trascendente de las sociedades--, se cuentan entre las satisfacciones particularmente hermosas y gratificantes que puedan darse. Y no se oponen, sino por el contrario es posible combinarlas, en la práctica, con las de otras actividades de nobleza semejante. Yo comencé a percibir, gran parte de lo dicho, desde el dictado de mis primeras clases personales. Habría de tener, posteriormente, ocasión de enseñar en colegios y universidades. Y realmente no tengo palabras para expresar --de mi experiencia propia-- todo lo de invalorable que ofrece esta dedicación. Ya habrá oportunidad de referirnos a ello, aunque solo fuere precisándolo algo más. En otro campo, al poco tiempo de arribar a La Molina, como he narrado en parte, me hicieron miembro de la Directiva de la revista de los estudiantes, llamada ”Agronomía”; como uno de sus redactores. En ella se publicó mi ya mencionado trabajo, sobre un suelo agrícola de Cañete. Viene empero más al
Es muy importante no equivocar a la Oratoria, técnica y arte que culmina el desarrollo espiritual humano, con la verborrea, la huera charlatanería, ni siquiera con la llamada facilidad de palabra; que se confunden, muchas veces, con la dificultad de quedarse callado.
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caso remarcar el hecho de mi participación, por primera vez en la vida, en los trabajos de una publicación periódica impresa. Ello me abrió los ojos sobre sus potencialidades en pro del idealismo en el propio marco existencial. Lo cual habría de captarme, en varias oportunidades y en gran medida, con arrolladora intensidad, por sus fascinaciones anímicas. ¡El Periodismo! Medio de difusión de potencialidades masivas, es --en principio-- una excelente y noble vía para satisfacer el ansia humana de intercomunicación intelectual; aunque --por desgracia-- suele también incumplir, de modo deplorable, sus normas éticas. Y tanto mayores son sus efectos, positivos o negativos, cuanto pueden ser el sentido y la magnitud con que satisface los perennes mandatos morales. Cuando su orientación es encomiable, se cuenta entre las incitaciones más vigorosas y nobles hacia el Idealismo Vital. Casi nunca es, pero podría y debería ser, una forma de influir, llevar adelante, hacer triunfar, doctrinas, ideas, e intenciones generosas y positivas. De combatir a las negativas o perversas, que suelen --incluso en predominancia- servirse del mal periodismo, con fines protervos. Descalificándolo entonces, haciéndolo moralmente minúsculo o francamente negativo. Resulta así: banal (superficial, frívolo), venal (mercenario, vendido, ventral o materialista), “amarillo”, “basura” (grotesco, vulgar, escandaloso, pornográfico, extorsionador). Habré de narrar cómo anduve, en varias ocasiones, a posteriori de estos iniciales pininos, por los cautivantes terrenos del Periodismo. Los de las letras -por inherencia específica--, apasionadas y combativas. Pero en este momento, sólo considero procedente referirme al inicio de la trayectoria; para comentar después con mayor amplitud lo que la dedicación periodística puede ofrecer como aleccionadora y gratificante. ----Volviendo a nuestra vida estudiantil, aunque un poco al margen de los estudios mismos, indicaré cómo por aquellos días del año ‘42, ya nos apasionaba también otro campo: El de la Política (con mayúscula). Que no el de la "politiquería" (o política, con minúscula). En particular, por el curso de la II Guerra Mundial, cuyos puntos de máxima tensión venían alcanzándose, en aquellos días, en ámbitos nacional y universal. Esa terrible conflagración, no solamente tomó ribetes apocalípticos, por sus destrucciones materiales cataclísmicas, sus inhumanas matanzas masivas; sino que, colocó en pugna abierta y feroz, a las tres entonces predominantes Concepciones del Mundo: El Liberalismo y el Marxismo, aliados (¡?), por una parte; contra el Fascismo, en el bando opuesto. Y, claramente al margen, dejaban a la Visión Cristiana; ésta, ya hacía muchos años, progresivamente relegada del escenario moderno y contemporáneo; desde los preludios de las revoluciones francesa (1,789) y rusa (1,917); segregada de las grandes adhesiones y decisiones,

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políticas, económicas, sociales, científicas, filosóficas, artísticas, y culturales en general. Los “aliados”, Liberales y Marxistas, lucharon a muerte contra el Fascismo. Repitiendo de semejante modo, pero en mucho mayor escala, y sin la intervención católica, el antecedente o ensayo, de la sangrienta Guerra Civil Española. En el Perú la gente pensante y cada vez un mayor número de la poco cerebral, iban tomando apasionado partido en esta gigantesca pugna, bélica y político doctrinaria. Por supuesto, muchos oportunistas estaban a la expectativa de quién pudiera triunfar --momentos hubo en los cuales pareció cercana la victoria alemana y del fascismo-- para proclamarse del lado del vencedor y sacar, como es común, todo el provecho posible de tal situación. En el curso de la Guerra, las noticias y los comentarios venían, en cantidades y orientaciones, bastante acomodadas en favor de los “aliados”. Especialmente a partir de la entrada de los EE.UU. De cuya dependencia no hemos podido --ni querido-- zafarnos casi nunca. Las agencias de noticias más poderosas eran norteamericanas. De tal modo, la mayoría de la gente en el Perú, era ‘partidaria’ de los aliados: -- ¿Adónde vas Vicente? -- ¡Adonde va toda la gente! Sin embargo, llegaban noticias y otros elementos de juicio procedentes de Alemania, Italia y España. Digamos en un 20%. Se podía escuchar comentarios radiales en español procedentes de Alemania; y leer los textos de los discursos de Hitler y Mussolini... ¡Qué hubiera sido oírlos! Ambos, oradores fuera de serie. De una estirpe hacía tiempo desaparecida del decadente mundo burgués. Estaban muy por encima --años luz-- de los líderes, en general mediocres, de las ‘democracias’ liberales. Y también de los gélidos burócratas, deshumanizados, del comunismo. A lo dicho se sumaban los asombrosos éxitos, desde tiempos anteriores a la Guerra, del desarrollo económico y social; así como de la elevada moral colectiva y el resonante entusiasmo patriótico, mostrados por Alemania e Italia. Realmente envidiables --dentro de una “santa envidia”--, para nosotros los jóvenes peruanos, inmersos como estábamos, en una sociedad tan deprimente y deprimida ella misma. Aparte de los fulgores de su aliada España, renaciente vigorosa, de ruinas y cenizas. Así como del Japón, de acelerado y prodigioso desarrollo económico y social, con grandes triunfos recientes obtenidos en Asia. Agregábanse --a todo ello-- las espectaculares victorias y hazañas militares de Alemania. Dando la impresión de ser una especie de Esparta del siglo XX. Lo cual hacía acrecentar, en mucho y a no pocos, las simpatías por “El Eje”. Como se llamaba al bando ítalo-alemán, al que se sumaría Japón. Prominentes y en importante medida numerosas personalidades políticas, de la cultura y del periodismo en el Perú, se declararon, abiertamente,

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partidarias de Italia y Alemania. Lo cual no quita que, una vez caídas estas potencias... ¡Nadie lo fue!... Así es la vida... Y la gente. Yo había tenido ocasión, años antes, en el Colegio Italiano, de recabar algunas informaciones acerca de los perniciosos actuares de la judeo masonería. Ellas me permitían, por lo menos, no caer en las trampas --hechas para el vulgo o las masas ignaras-- confeccionadas por la propaganda norteamericana. Podía así “separar el trigo de la granza”, en lo referido a las noticias y comentarios periodísticos sobre la feroz contienda. Por otra parte, en verdad y pese a su intensísima propaganda, los aliados no daban muchos motivos de simpatía. Sobre todo, al comienzo de la guerra. En la que, además, siempre perdían las batallas... ¡Hasta corrían!... Y mucho. Como en Dunquerque, África del Norte, Filipinas, etc. Se proclamaban “Campeones de la Libertad”, pero mantenían un oprobioso poder colonial: en la India; en China (Hong Kong, desde la inconfesable “Guerra del Opio” inglesa); en Indochina y la Polinesia (por Francia); en Indonesia (Holanda); en varias otras porciones del Asia; en el África; en numerosas islas del Caribe; en Filipinas (EE.UU.). Hasta en Europa misma, su prepotencia humillante se daba por Inglaterra en Gibraltar; como en Malta, Chipre y Creta. Y, en América, Las Malvinas, Esequibo (de Venezuela, en las Guayanas), Belice (en Guatemala), también por Inglaterra; Panamá (Zona del Canal); Guantánamo (en Cuba); Puerto Rico, por EE.UU.; etc… ¡Desmentían, con hechos, tan fingidos asertos! Además, su sociedad, aunque ostentaba, por evidente inercia histórica, un indiscutible y elevadísimo nivel de desarrollo económico y tecnológico – material--, comenzaba a mostrarse decadente, frívola, escéptica y viciosa. Continuaba siendo acentuadamente individualista y segregante; contra las minorías consideradas 'inferiores', entre ellas, la nuestra: los ‘hispanos’. Y sus políticos se ofrecían de una mediocridad lamentable. Poco digna de simpatías. A pesar de la apabullante y costosísima propaganda empleada en el intento de formar opinión y sentimientos favorables hacia ellos… en todo el mundo. Lo anterior, sin necesidad de referirnos al sector marxista o comunista... ¡sus ‘aliados’!... De ferocidad satánica. De verdadera furia homicida. En magnitudes que no tienen paralelo o precedentes. Que ni siquiera son creíbles o imaginables, por mentes desinformadas. Ni pueden describirse con palabras. Los politiqueros locales --de ocasión ‘en el candelero'-- cantaban en el coro pro aliado. Sin poder ocultar sus ansias de recibir recompensas políticas y crematísticas. Nuestro presidente Prado --ligado a la argolla bancaria, por el Banco Popular-- se proclamó: “Campeón de la Democracia”... ¡Y era un dictador!... En el sentido corriente de la expresión; aunque, más cierto, cabeza de una dictablanda…de farándula, chicha; pero bastante autocrática o autoritaria...

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Así las cosas, algunos pocos de nosotros, en la Escuela, simpatizábamos con El Eje. Por supuesto, la mayoría de nuestros compañeros, siguiendo la corriente, estaban por los “aliados” (¡comunistas incluidos!)... ¡Se armaban unas discusiones de Padre y Señor mío! Cierta vez, estaba yo metido en toda la candela de una ardorosa disputa sobre la guerra. Solitario, por el bando del Eje. Contra una bulliciosa turba, constituida, en abrumadora mayoría, por numerosos compañeros de nuestra promoción, pro aliados decididos. Aunque poco lúcidos, la verdad. Como sucede con los seguidores, a raja tablas, que son ganados por las propagandas masivas de intencionada superficialidad. Me desesperaba en argumentaciones que suponía sólidas, pero nadie escuchaba y el encono del debate se acentuó progresivamente. Ocurría esto en el interior de uno de los grandes ómnibus que nos trasladaban, dos veces al día, de Lima a La Molina y viceversa. Discutíamos sobre el origen y la culpa de la Guerra. La mayoría vociferante rugía manifestando que... ¡por supuesto! el culpable era Hitler. ‘Quien ordenó la invasión de Polonia’, lo cual habría desatado la conflagración... Yo trataba de hacerles ver que los hechos políticos casi nunca eran tan sencillos, ni se debían juzgar tan aislados; que se encadenan de un modo muy complejo; que la II Guerra Mundial no era sino la continuación o consecuencia, hecha inevitable, de la Primera78. La cual fue promovida, en pura verdad, por el Capitalismo Financiero anglo-franco-norteamericano, dominado por el Judaísmo Internacional y encarnizado rival del emergente Capitalismo Industrial y Nacional Alemán (de fresco inicio Prusiano); bastante más libre éste, de ese Poder Mundial; que fue el que realmente promovió después, también y de modo parecido, pero con mayor ímpetu, a la Segunda. La primera guerra había culminado con el nefasto e infame Tratado de Versalles. El cual no satisfizo a los vencidos por supuesto, pero ni siquiera a todos los vencedores. En realidad, mereció general y acentuado repudio. Precisamente, creó --entre muchos otros desaguisados-- el problema del llamado “Corredor Polaco”; que, de modo inaceptable, partía en dos al territorio nacional de Alemania. Constituyendo ello la causa principal del ‘conflicto polacoalemán’; de origen así bastante artificial y malévolo. Y que, además, fue azuzado con impracticables y falsas promesas de apoyo a Polonia por parte de los “aliados”.79 Hitler no tuvo, ni pudo tener, nada que ver, con la generación ni la conducción de la Primera Guerra Mundial; así hubiese querido hacerlo, pues
Algunos historiadores han considerado y llamado --con sobrada razón-- a la suma de la Primera Guerra Mundial (1,914-1,918), con la Segunda (1,939-1,945), más algunas menores, complementarias e intermedias: “La Guerra de los 30 Años del Siglo XX”. 79 La falsedad de la acusación contra Alemania, por la ‘responsabilidad de la Guerra’, quedó finalmente al descubierto, al término de la contienda; comenzada, según se dijo, en defensa de Polonia y de su Democracia; sin embargo dejadas de su cuenta en manos enemigas. Quedó, Polonia y su 'democracia’ ¡cercenada ella y sometidas ambas, al poder de Rusia comunista!
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apenas era entonces, muy joven, cabo del ejército alemán; si bien fue muy valiente, herido y condecorado hasta dos veces. Por lo tanto, no pudo ser el culpable de la Segunda, consecuencia y continuación de la Primera. Precisamente, la II Guerra se desató, resultaba inevitable, en razón principal del dicho Tratado de Versalles. Que motivó y dio banderas a los países que perjudicó; entre ellos hasta Italia y Japón de los vencedores, y Alemania y Austria de los vencidos. Adicionalmente, los otros vencedores, favorecidos con abuso, como EE.UU., Inglaterra, Francia, etc., por el Tratado de marras, se trajeron perdida malamente su autoridad moral en lo internacional y cualquier entusiasmo para defender a tan malferido mamotreto 'diplomático'. Estábamos en semejante discusión, cuando desde el fondo del vehículo, en lo más intenso de la batahola, salió una voz a todo pulmón, profiriendo, tronante de indignación, de santa ira, las siguientes palabras: -- ¡Cállense animales!... Cubas tiene razón. Ustedes solamente repiten como loros lo que reciben de la propaganda norteamericana; sin analizar nada. ¿Qué defienden EE. UU. e Inglaterra? ¿La Libertad? ¿Y Filipinas y la India?... ¿La Democracia? ¡Si ellos son verdaderas Plutocracias! Sus gobiernos los hacen con elecciones y las elecciones con plata, luego, allí manda el dinero. ¡Son Plutocracias! Y los plutócratas mas poderosos y organizados son sus amos los judíos. ¡Tiene razón Hitler, cuando los combate!80 Y ustedes ¡no sean tan bestias! Me quedé perplejo. Atónitos todos. Por tan vigorosa y resuelta intervención a mi favor; al lado de un bando inframinoritario. Por añadidura, en forma extremadamente altanera y agresiva, contra nuestros desprevenidos pero notoriamente mayoritarios opositores. En algo fundamental, en asuntos de doctrinas políticas, en ellas muy desinformados, pero eran compañeros de estudios y buenos muchachos, a quienes, en el fondo, queríamos muchísimo. El que había hablado –gritado-- era Luís Córdova. Un alumno compañero de promoción también y personaje muy singular. Que habría de ejercer, a partir de entonces, una gran influencia en mi existir. En tal circunstancia, su personalidad me llamó poderosamente la atención, como es fácil comprender. Luis A. Córdova C., por desgracia fallecido hace poco, era en lo personal especialísimo por sus cuatro costados. Había pasado varios años casi desapercibido entre nosotros. Por su carácter muy retraído, hosco; puede decirse marcadamente huraño, insociable. Además, padecía notorias insuficiencias económicas; era pobre de solemnidad. Parecía amargado, pesimista y a ratos colérico; por lo que echaba frecuentes ‘maldiciones’;
En aquel tiempo no había salido todavía la ‘historia’ del “Holocausto”; cuyas espeluznantes versiones surgieron recién a fines de la Guerra. El tema no era pues materia de discusión, por un lado; y tampoco se había llegado al caso presente, de que, hasta en un país tenido por ‘democrático’ y sin censura alguna, como la Alemania actual –y hay más-- están legalmente proscritos el nazismo y el fascismo --¡pero no el comunismo!-- y tiene pena de cárcel quien públicamente, en forma verbal o escrita, niegue, disminuya, muestre duda, o haga mofa, del “Holocausto” ¡Hasta dónde llega el peso de la propaganda masiva y de los poderes semiocultos!
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hirientes, sin mengua de muy agudas e ingeniosas. Por tales razones, vivía aislado y lo apodaban: ‘amargado’, ‘vinagrillo’, ‘maldito’, ‘satanás’, etc. Casi nadie percibió, durante los primeros años de estudios, hasta que lo fuimos conociendo mejor, sus reales y grandes cualidades. Entre otras, una inteligencia superior y una cultura singular. De niveles increíbles, de asombro, para jóvenes estudiantes de nuestra edad. La discusión, con el pleito que Córdova se compró, evidenciando una simpatía hacia mí, largo tiempo guardada y no del todo explicable, concluyó más o menos a capazos y con la finalización del viaje del ómnibus. Pero la afinidad que comenzaba a manifestarse entre nosotros y mi reconocimiento por su defensa, nos llevó a buscar oportunidades de conversaciones y mayores contactos personales. Así me enteré que almorzaba, todos los días, en una modesta casucha y restaurantito anexo, de la "ranchería" de La Molina; que me recomendó como barata y de muy buena sazón. Naturalmente, almorzar allí significaba una gran economía de dinero, de tiempo y trajines; frente a los viajes que los otros muchachos tenían que hacer en los más viejos que benditos ómnibus de la Escuela... Y, efectivamente, en la tal fonducha, hacían un lomito saltado ¡de chuparse los dedos!... Entre otros festines del culinario género criollo. A partir de entonces, sostuvimos con Lucho --así comencé a tratarlo-unas largas ‘sobremesas’, en las que cada día me sorprendían más su cultura y su saber. Cuánto mayores eran las sorpresas, puesto que, como estudiante, en los cursos profesionales, no brillaba precisamente entre los primeros, ni mucho menos. Más bien --o mal-- estaba entre los últimos. Percibí que ello era consecuencia, más que todo, de una marcada rebeldía personal contra “el Sistema”. Que nos rodeaba, ahogando a muchos. Su cultura general, humanística, en cambio, era sorprendente. Así como su afición a la lectura de calidad selecta. Escribía muy bien, con ortografía y redacción impecables. Y hasta versificaba con extraordinaria facilidad. Conocía de los griegos y romanos, así como de los clásicos de la Lengua Castellana y de las traducciones y originales de los grandes, en los principales idiomas europeos. Cada vez descubría más cualidades y facetas de la personalidad de Lucho: Un singular sentido del humor --especialmente en el campo de los contrastes y de lo inesperado--, pese a su ‘amargura’ aparente; a una delicadísima sensibilidad y dignidad humanas. Las que habían permanecido, durante largo tiempo, encubiertas y hasta haciéndose increíbles, por los efectos de negativas apariencias. Naturalmente, mi estimación por él crecía de continuo. Lucho estaba familiarizado con las grandes obras nacionales y universales, de la Literatura, la Filosofía, la Religión, la Política, la Ciencia, y de cuanta disciplina elevadamente formativa pudiera tratarse. Le eran familiares: la Mitología Griega, Homero, Virgilio, Platón, Aristóteles, Cervantes, Voltaire, Le Bon, Darwin, Adam Smith, Garcilaso, Ricardo Palma, González Prada, José Ingenieros, Chocano, Calderón, Zorrilla, Shakespeare, Goethe, Dante, Schopenhauer, Molier... La lista no terminaría...

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Nuestras conversaciones de los almuerzos y de sus sobremesas, mientras los compañeros viajaban, arrebañados en el carromato escolar, nos permitían volar por los cielos del intelecto y adonde las musas nos llevaran. Una situación que entonces tomó importancia, en nuestras evoluciones personales, era la correspondiente a las respectivas posiciones en materia religiosa. Sobre Córdova, evidentemente había ejercido particular influencia, desde su infancia, la personalidad de una tía suya, a quien él admiraba intensamente; intelectual notable de aquellos calendarios, soltera y con la que viviera algún tiempo en familia. Se llamaba: María Jesús Alvarado. Mujer muy inteligente y culta; de avasalladora personalidad. Era ella, además de feminista, iconoclasta. Lo que se titulaba una pensadora y luchadora de “avanzada”, de “izquierda”. En una época en la cual dicha posición era con frecuencia seudo romántica, ‘idealista’. Pese a provenir de los pagos del marxismo, sistema esencialmente materialista y positivista. ¡Contradicción intelectual, no rara sino frecuente, entonces y siempre! En los campos de lo Trascendente, la tía era... ¡antirreligiosa y atea! Lucho, sumergido con nuestros contemporáneos en una sociedad más hipócrita que religiosa y con numerosos ateos, ya casi lo era; asimiló, hizo suya, tal posición. Pero, curiosamente, nunca absorbió --todo lo contrario, detestó-- al marxismo; concretamente al comunismo. Hasta simpatizó con el nazismo de Hitler; en menor adhesión, con el fascismo de Mussolini; y desdeñando a Franco de España. El hecho se explicaba, en gran parte, porque ‘metido de cabeza’ en los terrenos de la más elevada cultura --producto de genialidades--, no se le cocinaba --aunque sólo fueran proclamas-- eso de ‘las masas al poder’. Y, arequipeño hasta la médula, amante de su terruño, de su Patria Chica, no comulgaba con las ruedas de molino del ‘internacionalismo proletario’ apátrida. Así, era ‘comecuras’ a rabiar, pero no comunista. En verdad, no tuvo muchos enfrentamientos conmigo en tales campos y en esos tiempos. Pues, en materia religiosa, si bien yo me había educado y formado en familia y colegios católicos, ya en la adolescencia, en ese lapso precisamente en que conocí a Lucho Córdova, había enfriado mi sentimiento religioso. Por no decir que hasta lo había abandonado. La razón estribaba en el espectáculo ofrecido por los católicos contemporáneos. En su inmensa mayoría, exclusiva y acentuadamente beatunos y rezadores; casi cobardones; muy pedigüeños y milagreros, cándidos; de general y ostensible adocenamiento intelectual y moral. Presentaban --y en gran medida siguen presentando, por desgracia-- una figura distinta a la de los católicos que yo en verdad admiraba y admiro cada vez más: La de sus Apóstoles, Mártires, Misioneros, Cruzados y Caballeros. De sus Santos, Sabios y Héroes. De los Descubridores, Conquistadores y Colonizadores de América. La de quienes hicieron el Renacimiento y el Imperio Hispano. La de los creadores de Artes y Ciencias. De los constructores de Catedrales y Naciones.

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En fin, todas las formas, realmente asombrosas y venerables del Catolicismo Luchador y Constructor. De sus seguidores auténticos, obreros y soldados de Cristo. Fácil fue que Lucho me alcanzara entonces unos libros de Voltaire –muy agudo en el pensar, sibilino en los análisis-- y de González Prada --elegante escritor, de estilo arrebatador, en los adolescentes ciertamente engañador--, para que yo terminara, hasta por un tiempo bastante prolongado, cayendo en el error de tomarlos demasiado en serio. Más tarde, felizmente y con los años, por el estudio, así como por la reflexión y observaciones más profundas, con el sano influjo de quien sería mi novia y después mi esposa, católica sincera y piadosa, como pocas ella, de una bondad y dulzura inefables, acabarían por hacerme comprender la verdadera significación de estos asuntos. Enmendaría, para bien, las rutas de mi reflexivo pensar y profundo sentir, en lo religioso, filosófico, y moral. Como habré de explayarme en posteriores y debidas oportunidades. Conversábamos con Lucho de todo lo valedero, en especial acerca de la Revista “Agronomía”, de sus deficiencias en esos momentos y de lo que se debiera hacer al tomar su Dirección. Como habría de suceder al año siguiente. De semejante modo, hablábamos sobre Política Nacional y Mundial. Pensábamos: ¡Qué hermoso sería poder luchar, alguna vez, por cambiar a la Sociedad tan degradada y degradante que nos estaba tocando vivir!... ¡Regenerar al Perú! Comenzaba a germinar en nosotros, a bullir, otro empeño: el Ideal Político. ----Avanzando en el año 1,942, en un intervalo abierto en el curso normal de nuestros estudios, realizamos una excursión promocional al Norte del Perú; con especial dedicación a los departamentos de Lambayeque y Piura. Ello nos permitía seguir completando, muy gratamente, nuestro conocimiento del Agro Peruano y del Perú en general. Varias otras experiencias y observaciones, que huelga comentar aquí, tuvieron lugar concluyendo el ciclo académico del ’42; el penúltimo y 4º año de nuestros estudios. Último de mi Adolescencia e inmediato anterior al inicio de mi Juventud. Había definido ya, una principal Vocación Profesional y un concordante Ideal de Vida. Sin perjuicio de tener esbozados, también, otros ideales y vocaciones, de posibilidades complementarias. A concretarse en la Juventud sobreviniente y en las edades posteriores. . * * * * *

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C a p í t u l o VI

La Juventud

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ivino Tesoro. Así la consideran y la llaman los poetas y los no poetas. Se la califica universalmente como a la mejor de las edades. No obstante y sin mengua de nuestro inmenso aprecio por ella, lo cierto es que tan maravillosa etapa existencial --testimoniando la inmensa Sabiduría del Orden Natural, obra a su vez de la Divina Providencia-- no escapa a la regla general siguiente: Toda edad humana tiende a ser más gratificante que sus anteriores, como pueden serlo también y progresivamente, respecto a ella, sus etapas posteriores.

Pese a constituir, como generalmente sucede, la Infancia una edad tan encantadora, por diversas razones, ningún Adolescente suele desear volver a ella. Por otra parte, a pesar de ser, por añadidura, la Adolescencia una edad de más deleitables ensueños y embelesos que la Infancia misma, ningún Joven querría regresar a cualesquiera de ambas etapas anteriores. Agreguemos, que quien está en la Madurez --bien orientada--, época de las mayores realizaciones, tampoco retornaría, por vía voluntaria, si pudiera, a su Juventud. Y, por último, el que habiendo sabido vivir, se encontrare en la Ancianidad, habrá de darse cuenta --como aquí trataremos de demostrarlo--, que ésta puede ser la mejor de las edades. Que el anciano deseará seguir viviendo; que irá perdiendo progresivamente el temor a la muerte, si lo hubiera tenido; y que no hallaría complacencia en ningún retroceso a un estado repetitivo de su pasado existir. ¡Recibimos la oportunidad de poder vivir en una Felicidad en permanente ascenso! ¡Bendito sea Dios y su Infinita Sabiduría! No ha de olvidarse lo ya dicho: El tránsito (con un ligero adelanto en las mujeres sobre los hombres), de la Niñez (0 a 14 años en varones), hacia la Adolescencia (15 a 21), es rápido, brusco, tormentoso; pero no sucede lo mismo con los menos impetuosos de la Adolescencia hacia la Juventud (21 a 40), de ésta a la Madurez (40 a 60), y luego el de ella a la Ancianidad (más de 60).

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El Paso del Temporal.- Para un mejor sustento del modo de analizar el tránsito existencial de la Adolescencia a la Juventud, referiré algunas de mis personales experiencias al respecto: Mientras transcurría el año 1,943, cumpliría los 21 años de mi edad, concluyendo, a sus finales, el 5º de estudios, para poder graduarme de inmediato, encontrar una colocación profesional y cumplir con el deber social y moral de asumir mi propio sostenimiento económico, alcanzando así merecida y responsable independencia –relativa por lo menos--; situación que marca, además, una diferencia fundamental entre las dos edades en tránsito; en la segunda de las cuales comienza a intervenir el “sentido de responsabilidad moral y social”. La situación familiar nuestra, trastornada por la muerte del conductor paterno, se había vuelto a normalizar en apreciable medida, como está dicho, gracias a la excepcional generosidad de mi hermana Ester y de su esposo, mi cuñado Federico Ruiz Huidobro --concertados ambos--. Así, aunque fallecidos ellos, hace ya numerosas lunas, la gratitud y el recuerdo nuestros se mantienen, no sólo imborrables, sino crecientes, en los que fuimos beneficiarios de tanta nobleza. Reconstituyeron ellos el núcleo de la familia, remplazando, de modo admirable, al finado padre, titular del clan. El domicilio, para nosotros de indeleble recuerdo, ubicado en la calle Pachacutec, con el número 1331, del barrio o distrito de Jesús María, se constituyó, por años, en la Casa de la Familia. En la concreción de su unidad hogareña. Donde algunos residieron constantemente y otros con esporádicos intervalos de ausencias, por motivos de viajes o de cambios de colocaciones de carácter laboral. Era tanta la bondad y el cariñoso trato de los Ruiz Huidobro Cubas, que todos los alojados en su hogar – además, por supuesto, de ellos mismos y de sus hijitos ¡encantadoras criaturas!-, los hermanos y una tía, nos hallábamos como en nuestra propia casa; o mejor aún, si cabe decirlo. La paz y lo afectuoso del ambiente, hacían menos áspero el serenar progresivo de la adolescencia mía y las mucho menos escabrosas --según creo- de los demás hermanos, en cercanas edades. Harto requeridas –todas-- de relajantes aires, como esos. Especialmente, en lo que me tocaba, por la posesión de un carácter en particular difícil, para calificarlo de algún benévolo modo... ¡Y en cuánta medida "difícil"!... ¡Alabado sea el Altísimo!... Los tales padres adoptivos, colocaban así, muy en alto, su abnegación rayana en la Santidad. ¡La calidad de bondadosos hermanos mayores, capaces de brindar tan gratificante hospitalidad! En tales agradables circunstancias, hablábamos de “la casa de Pachacutec”, como ”la casa de nosotros”. Pero el mayor de los sobrinitos, Federico, Fico, no podía, en su media lengua, pronunciar nosotros y decía “noshotos”... La casa de Pachacútec quedó entonces bautizada, definitivamente, como... ¡”La Casa de Noshotos”!... La vivencia en familia, en el hogar ejemplar de nuestros hermanos Ester y Federico, era así plácida, placentera. Constituyendo la mejor contribución a los

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buenos tránsitos de la Adolescencia a la Juventud, que comprensiblemente se aspiraba fuesen de lo más serenos, en los graciosos (?) miembros del clan que habíamos sentado allí nuestro real. Federico contribuía de modo excepcional al proceso, pues estaba siempre listo para resolver problemas, atender consultas, despejar incógnitas y aconsejar en debida forma a los muchachos. Con suma delicadeza; por oportunas y atinadas orientaciones. Daba, en cada caso, las que se requerían y sobre ellas, inclusive con frecuencia alcanzando préstamos de muy buenos libros. La mayoría de las veces hasta los obsequiaba. Nunca le escuchamos un reproche, una desentonada queja; ni siquiera por los innumerables desaguisados y malacrianzas que tan ariscos púberes no hacíamos escasear; siendo asumidos, por él y su media naranja, con inaudita y santa paciencia. Además, amenizaba la existencia de quienes lo rodeaban pues poseía desbordante sentido del humor. Era muy bromista. Contaré una anécdota referida a mi hermano Héctor (cono Ato, lo bautizaron los sobrinos): Ocurría que el susodicho fratelo era por entonces sonámbulo, al parecer incurable. En las noches le daba por salir del dormitorio, golpeteando puertas, ventanas y mobiliario, con gran estrépito, dando voces en elevados decibeles. Cual si fuere don Quijote de La Mancha, en el famoso incidente de los odres de vino, imaginando desaforados gigantes, con quienes, en febril delirio, se trabara en fiera y descomunal batalla. Mi hermana Ester, que se asustaba mucho, comunicó sus angustias a nuestro cuñado, quien tomó la cuestión con evidente sorna y pidió considerar terminado el asunto, pues él ‘lo arreglaría en dos patadas’... Como que, en efecto, esa misma noche lo arregló: Federico, bien dormido Ato –quien, en inocente ignorancia de los dichos pícaros planes, lo hacía profunda y concienzudamente--, colocó, con sumo cuidado, sobre la puerta semiabierta y con cierto apoyo en la pared del dormitorio del inefable bullanguero, un gran lavatorio de fierro enlozado, lleno de agua bastante fría. Y, ya bien entrada la nocturnidad, salió Héctor armando un gran barullo, como los que venía haciendo de reglamento; pero, al empujar la puerta, hizo caer el lavatorio, con su acuoso y frío contenido; primo tempore, sobre su cabeza y luego a sus espaldas. De modo que, en seguida, quedó totalmente mojado... y despierto. Además de 'curado', para siempre, de sonambulismos de ése y de cualquier género. La paz volvió a reinar en Pachacútec. En simultáneo con la placidez familiar, lograba yo buenos amigos; consolidaba satisfactorias amistades en la Escuela de La Molina, que me permitían satisfacer las necesidades emotivo-espirituales, casi ansiedades, se podría decir, de afectos y comunicaciones, que adolescentes y jóvenes experimentan; habiendo de cubrirlas, so pena de variados traumas o complejos sicológicos. Tenía, además, con mis hermanos: Daniel, Héctor, Laura, y en particular con Manuel (“Manongo”) e Isabel (“Chobe”), muy buenas relaciones. Aparte de las sostenidas con Susana y Ester, las mayores, con lazos en cierto modo algo maternales más que fraternos. Y la invalorable tutela de la tía Laura

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(‘Lalita’). ¡Una verdadera santita! Todo contribuía a dulcificar el alma y amainar cualquier tormenta de adolescencia, en potencial o de inminente estallido. En cuanto a la circunstancia mía, variados éxitos personales, cada vez más frecuentes, sumaban su acción para conferirme creciente aplomo, seguridad personal y autoestima o amor propio. Casi como de un adulto, que ya no de un niño. Desterrando de a pocos la natural timidez, en mi caso algo acentuada, pues venía desde la pubertad. Por otra parte, condición del ánimo frecuente en tal etapa, también llamada: “La edad del pavo”. Obtenía altas notas en las materias de nuestros estudios y así el prestigio de buen alumno, de inteligente --que no tanto de “chancón”--, entre los compañeros, profesores, familiares y amigos. Para no decir excelente y pecar de vanidoso... más aún de lo hasta aquí hecho. Pero me doy por perdonado, indulgente y amable lector, en licencia tomada para mejor fundamentar, apoyado en realidades, mis. asertos referidos a Sicología Humana y a Filosofía de Vida. En anécdota ya narrada, hice constar cómo gracias a nuestra hermana Chobe, con motivo de mi viaje de prácticas a la grande y hermosa Hacienda “Urcón”, ubicada en el Departamento de Ancash y mis cartas tan generosamente elogiadas por ella, percibí que... ¡podía escribir! Con grandes imperfecciones por cierto, pero de todos modos bastante mejor de cuanto yo mismo me hubiera imaginado ser capaz. Otras misivas a diversos destinatarios, artículos en la Revista “Agronomía”, así como los temas escritos de nuestros ‘pasos’ y exámenes de la Escuela, generalmente exitosos, más por su redacción que por su contenido -según creo--, me confirieron mayor coraje para la expresión escrita. Bastante decir, ciertamente, dada la innegable influencia de tal logro, en la formación personal, el aplomo y la desenvoltura de un adolescente y un joven; gravitando marcadamente en el desarrollo de su propia cultura. Algo después, como habré de relatarlo, cierto incidente, casi a mediados del año ‘43, me abriría un horizonte hacia el campo de la Oratoria, en algún grado exitoso, lo cual sea dicho, con toda sinceridad, sin vanidad, ni alardes de falsa modestia, llegaría hasta donde yo mismo no lo esperaba. Tales hechos -natural es en los adolescentes y en los jóvenes, la repercusión positiva de sus ‘triunfos-- me posibilitaron adquirir y consolidar una personalidad lo suficientemente asentada y resuelta... No en vano Cicerón, hace más de 2,000 años, señalaba cómo la Oratoria, conjunción y fruto de un arte y de una técnica sublimes, ocupa o debe ocupar, la cumbre del proceso de una cabal formación espiritual y cultural del ser humano. El Amor y la Sexualidad.- En el campo de lo sentimental hacia lo femenino y el de la sexualidad --calderos de las impetuosas efervescencias adolescentes y juveniles--, el proceso se me presentaba, si se quisiera calificarlo, algo peculiar: Respecto a lo primero, diré que una serie de factores me hicieron relegar el asunto, desde los iniciales tiempos de la adolescencia y durante casi todo el

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transcurso de ella. Las causas principales estaban en mi original acentuada timidez ya anotada y en la dedicación absorbente, del ánimo y del tiempo disponible, a los estudios, que yo hacía por demás empeñosos. Primero, en el proceso --también referido-- del difícil ingreso a la E.N.A.V. de la Molina; y luego, en el transcurso de los siguientes ciclos académicos anuales, cumplidos de modo muy apasionado. Tampoco disponía de suficiente dinero --¡oh esquivo requerimiento del amor juvenil!-- para afrontar los compromisos que contraen los novicios enamorados; carencia debida, en lo primordial, a mi temprana orfandad; por muy neutralizada que ésta hubiese sido, como efectivamente lo fue y en apreciable medida, por los fraternales auxilios recibidos. De todos modos, y frente a mis inacabables necesidades, andaba "más calato que un perro chino y más pobre que una laucha". Menos aún poseía carro,. Instrumento motorizado a todas luces imprescindible y eficaz --habido en muchacheriles manos-tratándose de lograr, a guisa de trofeos, seductoras féminas en situación de merecer... Total, se pasaba el tiempo. Y fuera de uno que otro escarceo infructuoso, más platónico que epicúreo, no tuve lo que se llama una 'enamorada de asiento’. Recién, todavía a fines del siguiente año (1,944) --al de mi egreso (1,943)--, como más adelante lo ampliaré un poco, fue cuando comencé a conocer el real Enamoramiento… El verdadero Amor. Y, después de unos cortos años -noviazgo incluido--, el Matrimonio y la Familia. Sin espejismos ni falsificaciones; para mi propia Felicidad; comprendida en un simultáneo Idealismo, por esencia Espiritualista, pero sin mengua de una clara Visión Realista de la Vida. Mas, volviendo adonde estábamos, añadiré que mi aceptada y hasta recalcitrante soltería inicial, pretendía sustentarse, además, en un razonamiento por el cual yo andaba incubando la idea --hube de admitirlo, tiempo después, clamorosamente errónea-- de que ‘las mujeres distraían a los hombres de las acciones de elevada significación’. Como las que Lucho Córdova y yo deseábamos emprender. Y era común observar en personas brillantes y de notable liderazgo en esas épocas, incluso admiradas intensamente por nosotros, asumir y ostentar semejante teoría, con sus consecuentes posiciones y conductas. En mi afectuoso y amical contacto con quien venía haciéndose mi "compinche", habíamos llegado a leer, con acentuada devoción --a posteriori comprendida como improcedente--, a varios autores iconoclastas (demoledores de creencias veneradas) y misóginos (despectivos hacia las mujeres); Schopenhauer por ejemplo, quien escribía sentencias como la siguiente: “Las mujeres son seres de cabellos largos y de ideas cortas” (¡?). En pocos años, aunque pudiera parecer censurable --pero así hemos sido, son y serán siempre los muchachos--, con el curso del tiempo, que en esa edad se percibe muy largo, yo había puesto casi en el olvido, dejado de lado podría decirlo, la grandeza intelectual y moral de mi madre... En ella, sus dedicaciones hogareñas jamás se opusieron, sino por el contrario, facilitaron, su vida matrimonial, el desarrollo de su propia personalidad, y el apoyo a los ideales de su esposo, nuestro padre. Constituyéndose así, en la más concreta y 193

rotunda refutación que yo podría presentar, del malhadado y tan falaz ‘axioma’; tan denigrante para el significado de la feminidad, en la vida humana. Siendo ella, en verdad y por el contrario, complemento indispensable en la forja de una superior identidad masculina. Sin embargo, por otro lado, observaba a mi hermana Ester, casi abrumada por su numerosa prole --¡llegó a tener 7 hijos!-- en las tareas y preocupaciones domésticas; ellas se me antojaban --en dictamen por cierto deficiente e injusto-- triviales y de distracción de ‘las cuestiones de mayor importancia’. Por esos mismos tiempos, mi cuñado Federico, quien como he dicho era muy inteligente y culto, se había impresionado sobremanera con un famoso libro, de innumerables ediciones, de millones de ejemplares, durante muchos años, en varios idiomas y difundido por todo el mundo, titulado: “Cómo Hablar en Público, Ganar Amigos, e Influir Sobre las Personas”; obra del autor norteamericano Dale Carnegie. El dicho texto, en verdad es un interesante manual, que trata temas de gran utilidad, con notable ‘sentido práctico’. Ofrece reglas concretas acerca de las técnicas para hablar bien en público. Y también para, sobre la base de esa agradable oratoria, y de ciertas normas de cordialidad en las maneras sociales, poder ‘ganar amigos’ (en el sentido de ser acreedor de una general simpatía) e influir en las personas. Cosas, todas ellas, requeridas y muy productivas en la época liberalizada en que vivimos. Podría decirse que el defecto principal del libro --para un intelecto goloso de la profundidad, posiblemente en demasía-- estriba en ser algo superficial. Lo cual, por otra parte y precisamente por eso, facilitaba su masiva difusión. Cabe remarcar el claro tinte liberal o burgués, positivista, del autor. Toma a la “tolerancia” como a una herramienta práctica para cierta convivencia suave y dulce. Aunque ella, en realidad, constituya una despectiva e indiferente actitud hacia el Prójimo y hacia la Verdad misma. A la que supone variable y por lo tanto relativa. No deja de ser, incluso, condescendiente con la mentira, tomada, en todo caso, como falta venial, y también relativa. Así es como entienden los liberales a la “tolerancia”. La cual, en cambio, bien interpretada, en importante medida, pero de adecuado modo --como lo hace el Cristianismo--, sí es una Virtud. La “tolerancia” liberal, implica innegable y consustancial desamor a la Verdad. No les importa, no les duele tanto, que ella sea agredida, en aras de “tolerar” situaciones de significado “relativo”. Como les son prácticamente todas. En referencia al Amor al Prójimo y a otras cuestiones de carácter espiritual, los burgueses no se entusiasman por apostolados, ni prédica alguna; y menos pueden llegar al martirio en defensa de alguna fe o de ideales colectivos. Sostienen --como está dicho y en gravísimo error--, que la Verdad es múltiple, relativa o variable (con las circunstancias de los tiempos, los lugares, y las personas). Por lo que, en sus relaciones con el Prójimo, al que, en el fondo, fríamente menosprecian, lo mejor, lo más "práctico", “productivo y fácil”, es “dejarlos en su error; para no perder su amistad, y sí más bien, para ganarlos

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como amigos” (?) ¡Lejano este sentido, del aristotélico de la Amistad! Basada en la común devoción a la Verdad y al cultivo de todas las Virtudes, que a su vez lo son de los Valores. No hacen, los liberales, muchos intentos de convencer a nadie. No lo recomiendan, salvo casos y formas muy especiales, por concretos y “útiles”. No ingresan a enfrentamientos claros y decididos o extremos. Ni, por supuesto, llegan a ofrendar los bienes y menos la vida, en defensa de la Verdad. De Convicciones muy fuertes o de Ideales de hipotética hermosura. Así fueren puestos en posibles peligros de ultrajes o profanaciones. De tal modo, impulsado posiblemente por la visión predominante en la época y por el libro de marras que comentamos, Federico se mostraba poco dado a discusiones a fondo en materias que por lo general despiertan apasionamientos y belicosidades, olvidándose las lecciones de los griegos, acerca del discutir metódico e inteligente, sin mengua de la modestia, ni de la decisión; con la finalidad esencial de arribar a la Verdad. Y no tanto de vencer o ‘campeonar’. Se vetaban, por los dichos motivos, temas de la mayor jerarquía, en Religión, Política, Filosofía, Artes, etc. Nunca pude coincidir con ese modo de pensar --el de Dale Carnegie-- y de actuar en consecuencia; a pesar del inmenso cariño, respeto y gratitud, que le guardaba a Federico quien, a mi parecer, tomaba demasiado en serio al citado escritor liberal. Con toda evidencia, empero, Federico, por su natural modo y por las ideas que había hecho suyas, se ofrecía muy agradable y simpático ante la mayoría de las personas. Pienso que le faltaba admitir la diferenciación clara entre lo que corresponde al sabio --en el sentido clásico grecolatino-- y las concesiones permisibles al vulgo, a la masa, a las mayorías; valga decirlo, de una vez, a la mediocridad. Aunque fueren actitudes de generosa inspiración -como en él lo eran indudablemente--, pero que le hacían perder altura axiológica y un precioso tiempo. Además de mermar la plenitud de las posibilidades ofrecidas por sus innegables cualidades intelectuales y morales. Creo que, en realidad, se desperdiciaba en apreciable medida. El ambiente en “La Casa de Noshotos”, si bien llegaba a un altísimo rango, tratándose de la armonía y los afectos hogareños, refiriéndonos ya al nivel del enfoque de los temas en las comunicaciones intrafamiliares, diríamos, en cambio, que no estaba en concordancia con las calidades intelectuales y culturales de los más destacados miembros del clan. Me reafirmaba, así, en el error sostenido por entonces y con frecuencia, de que: En el ambiente de las familias no se podía ascender a las cumbres de la cultura y del intelecto humano. Me olvidaba del ejemplar logro de nuestros padres en “San Nicolás”. Y no llegaba así a negar mis incipientes, pesimistas y equívocas ideas, acerca del papel de la Mujer, el Amor, el Matrimonio, y la Familia, en el desarrollo y aplicación de las Ideas de mayor jerarquía. Anoto, sin embargo, que Federico, para satisfacer sus naturales deseos de conversaciones ‘de mayor peso’, sostenía reuniones almuerzos, frecuentes, con amigos de mucha categoría (Emilio Guimoye, Rómulo Ferrero, Fernando

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Romero, Luís Rodríguez Carpi, etc.). Y, algunas veces, pese a mi notable menor edad y pocos merecimientos, cariñoso y solícito, me invitaba; con gran deleite y provecho cerebral de mi parte. Llegué a pensar, con irrealidad por demás inmadura y para mucha vergüenza actual, que casarse era desmerecer el significado de la propia existencia; casi ‘una tontería’. Tomé así aversión al matrimonio; lo que me inclinaba al alejamiento de amoríos o romanticones devaneos, que hicieran peligrar mi, en todo caso, debilona misoginia y endeble soltería. Pero refiriéndome al aspecto sexual, dada mi condición de de pos adolescente y joven en inicial etapa, no podía negar ni dominar lo avasallador de esos impulsos, que percibía y entendía irresistibles. De tal modo, para resolver el problema, hube de recurrir, según las circunstancias, a los métodos en vigencia entre los muchachos de entonces. Pido, llegado a este punto, séanme comprendidos mis naturales escrúpulos para detallar trayectoria personal en la referida etapa y en dichos terrenos; en aras de un elemental decoro, en el entendido de que el asunto es irrelevante y que inclusive puede resultar desagradable extenderse en ello. Con Lucho Córdova pensábamos ¡vergüenza me da hoy decirlo!... pero así era entendido por nosotros, que hablando ya del largo plazo, si el joven quisiera preservar su ‘libertad de acción’, tendría entre las principales opciones para sus desfogues sexuales, establecer periódicas relaciones con mujeres de la “vida alegre” (la menos alegre de las vidas); o convivir, “de asiento”, con alguna “querida” (!). No percibíamos con claridad, naturalmente por falta de raciocinio suficiente y de la experiencia que da la vida, que tales asertos significaban, además de una real tontería, descolocar a la caballerosidad del hombre y rebajar a repudiables extremos a la dignidad de la mujer. Y ni siquiera para algún real beneficio en favor de los varones. Resulta una necedad de grueso calibre --¡oh poder de las ‘ideas’ cuando se hacen modas!-- suponer que algo se soluciona mediante tratos y relaciones con prostitutas, quienes, al final de cuentas, son desdichados seres de una individualidad destrozada, atormentada, cuya cercanía no puede sino generar problemas sin cuento, jamás soluciones. En cuando a las “queridas” --que nunca son realmente queridas--, repetiré lo que a un hombre ‘práctico’ le escuchara cierta vez: “La querida, sin ofrecer las ventajas de la esposa, trae acentuados y unidos a los suyos propios, todos los inconvenientes y defectos que se le atribuyen a la mujer legítima”. La “querida”, jamás es una solución; constituye, en cambio y siempre, una fuente de grandes problemas. Como lo es cualquier tipo de convivencia con una mujer a la que no se ama de verdad. Y, a la inversa, para una mujer, la llevada con un hombre al margen del amor verdadero, que no puede desligarse del respeto a la propia y a la ajena dignidad. Tardaría en entender el principio perenne que puede expresarse así:

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Mujer y Hombre son las dos facetas: Masculina y Femenina, de la Persona Humana Integral. Como las dos caras de una moneda, que deben estar ligadas, para que a ella le confieran valor; manteniendo, cada una, su fisonomía o diseño, su lugar complementario y correspondiente. El soltero y la soltera, son individualidades que, pudiendo serlo sin culpa, son incompletas, sin plenitud humana. "No es bueno que el hombre esté sólo" ¡Es frase Divina! El hombre que humilla a su mujer, se denigra a sí mismo y abate a la mitad de su propio ser. Cuando, en cambio, es inteligente, culto, caballero, y sabio, idolatra a la señora de sus amores. Y estima, por lo menos respeta, a las demás. El Caballero Cristiano, al modo de don Quijote, arquetipo de caballero, llama: “su señora”, a la mujer que ama. Y él se declara, voluntariamente, “su siervo”. Sólo el ignorante y el torpe maltratan a la mujer. Por ello se puede decir, con toda razón, que el “machismo” no existe. Lo que hay --y demasiadas-- son torpeza e ignorancia... ¡juntas! Verdaderas causas de la mayoría de las desdichas humanas. Cual lo dijera Aristóteles… Hace como 2,500 años! Comete una insensatez quien, en actitud egoísta, pretende, en pos de aparentes ‘ventajas’, convivir o relacionarse --¡hasta en intimidad!-- con seres desdichados o de dignidad rebajada; como son las infelices prostitutas y las menospreciadas ‘amantes’ o ‘queridas’. ¡Cuántas ideas equivocadas! suelen adoptar, sin real culpabilidad, pues en el fondo les son ajenas, los adolescentes y jóvenes. Hasta que la experiencia, la profundización filosófica, el estudio, todos posteriores, los extraen de las obscuridades promovidas desde el exterior y de las consecuencias de sus tempranos errores propios. ----La Hacienda Casa Grande - Un Gran Caso.- En las vacaciones del verano de comienzos de 1,943, con Alberto Vega, organizamos el último de nuestros viajes conjuntos de prácticas vacacionales. Esta vez, a la inmensa hacienda cañavelera “Casa Grande”, ubicada en la Provincia y valle de Chicama --como la otra, Chiclín, en la cual yo había nacido--, del Departamento de La Libertad, en las cercanías de su capital, la bella y blasonada ciudad de Trujillo. La posibilidad de este viaje me había entusiasmado desde el principio, pues se trataba de volver a una hacienda de caña de azúcar... ¡Nostálgico recuerdo de “San Nicolás”!... Deseaba también confrontar y consecuentemente ratificarme, en definitiva, en la especialidad de mi vocación profesional como Ingeniero Agrónomo. En Ganadería Tropical, o si todavía añoraba la de Caña de Azúcar.

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Mi primera constatación fue que “Casa Grande” era impresionante por su enormidad, pero muy diferente a “San Nicolás”. En realidad, ésta era también distinta a cualesquiera otras de las haciendas azucareras del Perú… ¡Era Única! Resultaba evidente que si bien “San Nicolás” constituyó un “Paraíso Infantil”, como lo fue para nosotros, ello lo debió, más que al hecho de ser un fundo cañavelero, a la singular obra constructiva de nuestro padre. Dentro del marco favorable de las muy especiales condiciones de ese ambiente natural y humano. ¡Como “San Nicolás” no hubo ni podría haber jamás otro lugar igual! Así de sencillo, muy claramente dicho, con apasionamiento, es verdad, pero con innegable realismo. Para que se tenga una idea de la magnitud empresarial de “Casa Grande”, indicaremos que, aparte de sus anexos –varios--, en los tiempos de nuestra visita, tenía plantadas unas 15,000 Has. de caña de azúcar y algunas miles adicionales de cultivos de pastos y panllevar; más eriazos en vías de aprovechamiento, por grandes obras de irrigaciones y drenajes. Podría decirse que este inmenso latifundio comprendía una extensión 5 veces la de “San Nicolás”. Aparte de la posesión -–por la misma empresa-- de unas enormes estancias ganaderas ubicadas en las serranías de los departamentos de La Libertad y Cajamarca. Su centro poblado principal, debió contar por entonces con unos 25,000 habitantes. Su inventario de semovientes consignaba miles de cabezas de ganado de varias especies, entre las cuales, numerosos y excelentes caballos peruanos de paso, de los mejores del Perú, para trabajo y reproducción. Solamente en ovejas y carneros finos; para ‘repelar’ rastrojos (vegetación residual de los cultivos anteriores), antes de la entrada de las máquinas a los campos por arar; así como para eliminar a las molestas yerbas espontáneas de las acequias de riego, previamente a su ‘limpieza’ a lampa; especialmente para dichas funciones, la Hacienda tenía 15,000 cabezas de esa clase de ovinos. ¡Mayor población de ovejas, que la de muchas haciendas ganaderas especializadas del resto del Perú y tenidas por 'inmensas'! “Casa Grande” alcanzaba niveles tecnológicos ubicables entre los más elevados del mundo. Poseía una Estación Experimental propia, para las investigaciones agronómicas que requería. Su ingenio azucarero era inmenso y también comprendía un laboratorio excelentemente equipado, para el control y las investigaciones del proceso industrial del azúcar, subproductos, y derivados. Contaba con una red impresionante de ferrovías, para el transporte de la caña hacia el ingenio, del azúcar fabricado hacia su puerto, del personal y las cargas -ida y vuelta-- hacia diversas dependencias de la Hacienda, puerto y pueblos vecinos y la ciudad de Trujillo. Era tal su fuerza económica e influencia política, que el Estado peruano le había ‘reconocido’ un puerto propio (Malabrigo). Esta empresa azucarera tenía las características de una gran transnacional de enclave del sistema capitalista mundial. Con una población propia dividida claramente en clases sociales (obreros, empleados, y altos directivos); separadas con el mayor rigor administrativo; formando, la más numerosa, un típico proletariado industrial; en pugna abierta, con frecuencia

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belicosa, en los conflictos que sostenía, con su ‘patronal’ ¡Qué distinto dicho ambiente, con el peruanísimo y casi familiar, de “San Nicolás”! “Casa Grande” era propiedad accionaria, en mayoría, de la familia Gildemeister, de origen judío alemán, que fungía de alemana, hasta comienzos de la II Guerra Mundial, en que Alemania era una formidable potencia universal, política, económica y militar; que estuvo inclusive a punto de ganar esa guerra. Pero cuando las cosas iban cambiando, fue haciéndose “peruana”; seguramente para evitar la rapiña de los siempre oportunistas politiqueros criollos, muchos de los cuales supieron, desde la primera gran conflagración y con más claridad y cinismo durante la segunda, aprovecharse --en verdadero robo-- de las riquezas de los caídos ciudadanos: alemanes, japoneses, e italianos; si bien las de estos últimos en menor cuantía, por haberse podido amparar en sus vinculaciones económicas, sociales y familiares, más estrechas y frecuentes, con influyentes peruanos. Algunos hechos relacionados con lo anterior, me llamaron la atención por entonces y me abrieron los ojos sobre la realidad ‘moral’ de la mayoría de las gigantescas empresas apátridas, conocidas precisamente como “transnacionales”, que actúan en el Perú y en los demás países del mundo. Tentáculos, en final instancia, del pulpo financiero llamado por varios papas: el “Imperialismo Internacional del Dinero”. Y, en otras semejantes palabras, conocido como el “Capitalismo Financiero Mundial” o el “Poder Financiero Internacional”. Que, en estricta verdad, tiene, como agarradas del cogote, a prácticamente todas las naciones del Globo… Un día, reposábamos tranquilamente en las cómodas instalaciones del Casino de la Hacienda. A nosotros nos habían concedido derecho a su disfrute, pues como practicantes, hacíamos de empleados (o sea de la clase media casagrandina): apuntadores, asistentes de sección y caporales… Cuando, en cierto momento, se sintió un fuerte ruido, producido por el vuelo muy bajo de un gran avión cuatrimotor norteamericano --”fortalezas volantes”, las llamaban--, evidentemente en problemas mecánicos y en plan de buscar un campo apropiado para su aterrizaje forzoso... A los pocos minutos se supo que efectivamente la máquina había aterrizado de emergencia en un amplio campo cercano, recién arado y preparado con el fin de plantar caña y para mejor- todavía, sin ‘surcar’. De inmediato salieron varios carros desde las instalaciones centrales de la Hacienda, en los cuales iban, muy alborotados, eufóricos, lo más graneado de la dirigencia empresarial... Notamos, en mayoría, a ‘los alemanes’; pero ‘de un tipo algo raro’... por decirlo de algún modo. Añadiré, haber percibido, desde días antes, cómo los dichos personajes se dejaban llamar ‘alemanes’, pese a lo cual, en el Casino no había sino revistas norteamericanas de propaganda pro aliada de guerra... ¡Ni una sola hoja alemana o pro germana!... ¡En una empresa supuesta propiedad de "alemanes"! Nos sorprendió mucho, como es comprensible, ver a pilotos militares norteamericanos y a civiles "alemanes", absolutamente desconocidos entre sí,

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en lo personal, añadiéndose la ferocísima guerra sostenida entre sus respectivas naciones, llegar al Casino, juntos y entremezclados, en medio de estrepitosas manifestaciones de gran júbilo, de alegre ‘camaradería’ (¡?). Cual de modo particular lo hicieron los segundos; dándoles, además, auxilio a los primeros y recibiéndolos como a héroes de 'una gran causa’. Evidentemente, hecha común y con gran fervor emprendida... Los directivos de la Hacienda, nos hicieron ubicar, a los peruanos, con nuestros bártulos incluidos, por otros lares. Cerraron el Casino con todos ellos adentro y estuvieron por unos tres o cuatro días, con sus noches, en juergas y borracheras; hasta que, bien ayudados los yanquis con los elementos logísticos que les fueron donados, arreglaron sus problemas y se mandaron cambiar. Los hospitalarios germanos, acompañaron a los ya saciados gringos americanos, hasta el campo de vuelo, despidiéndolos con bulliciosas muestras de entusiasta amistad; semejantes, o hasta mayores, a las conferidas con motivo de su sorpresiva llegada. Inquirimos acerca de la causa posible de tan sorprendente comportamiento de los "alemanes" de la Hacienda. Alguno se nos sinceró, diciendo que “ellos eran judíos antes que alemanes”; y por lo tanto “antinazis”; o “circunstanciales anti alemanes" en la guerra. Por “postergación” ocasional, de la alemaneidad, ante causa presente “de mayor jerarquía”; y que se sentían pronorteamericanos, solidarios con éstos, en la gran conflagración, ya de carácter universal. Porque, en lo fundamental, ella era “la lucha del Judaísmo Mundial, contra el Nazismo Alemán”. Decían no sentirse traidores a Alemania. Curioso resultaba observar a los dichos señores, que en una época eran alemanes, en otra peruanos, y en una tercera, judíos pronorteamericanos... Y eso no era todo: A los pocos días del narrado episodio, poniéndonos en riesgo de sufrir expulsión de la Hacienda, por violar las estrictas prohibiciones que nos impedían “confraternizar con el pueblo de la ranchería”, pero sabiendo de una jaranita “de rompe y raja”, por realizarse en el dicho bajo poblado, nos escapamos para disfrutarla; como sencillos y alegres muchachos, bastante “mataperros”, cuales naturalmente éramos entonces... El mencionado ‘tono’ se realizaba en un modesto hogar rancherino, de una familia Cubas, ‘tocaya’ de la mía --apellido bastante raro por lo demás--, en la cual, por casualidad curiosa también, figuraban varios nombres de pila comunes con los de la nuestra: Daniel, Manuel, Laura, Susana, Isabel, Héctor; Jorge; faltando –creo-- sólo el mío. Tal circunstancia fortuita, favoreció, en las salpicadas conversaciones propias de la fiesta, una ‘toma de confianza’ más rápida y mayor de lo considerado común o normal. En la confidencialidad producida, uno de los muchachos de esos "tocayos" Cubas, nos manifestó su abierto descontento con la política de relaciones laborales de “Casa Grande” como empresa. Por el 'espionaje' que se practicaba –para el efecto, había un cuerpo organizado de ‘soplones’, con el

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nombre de vigilantes o guardianes--; el despotismo o verdadera tiranía ejercida por la alta dirección empresarial, en agravio de obreros y empleados; y, sobre todo, por la segregación social y racial de... “esos nazis desgraciados” (!?) ¡Así lo dijo! Con pleno candor, que no obstaba para un odio intenso, convencido, contra los que ellos creían... ”nazis”. Notamos entonces que en el pueblo casagrandino, los tales ‘alemanes’ se hacían pasar o se dejaban tomar por ‘nazis’. Es decir, “Casa Grande” era considerada --con la evidente anuencia de sus directivos--, según conviniera a las circunstancias --de lugar, tiempo, y personas--, como empresa de peruanos, de alemanes, de judíos, de pronorteamericanos, de capitalistas internacionales, o de nazis... ¡Válganos Dios!... ¡Qué tales usos múltiples y juegos inescrupulosos, con las nacionalidades y las posiciones doctrinarias! En el curso posterior de la carrera profesional, en el de mi existencia personal integralmente considerada, y en la amplitud de una perspectiva ética, he podido confirmar, ratificar, plenamente y con frecuencia en verdad desconcertante y lamentable, algo muy parecido en los comportamientos mayoritarios de las llamadas “empresas transnacionales” (apátridas)... Muchas compañías comúnmente conocidas como ‘norteamericanas’, valga el ejemplo, suelen ofrecerse legalmente como ‘peruanas’, siendo en realidad judías. Y los pueblos de las vecindades, que generalmente les toman encono o recelo, por sus políticas prepotentes, contra nuestra Nación, sus autoridades e instituciones, y en agravio del medio ambiente; así como por las segregaciones raciales y sociales que practican --sin faltar, de parte nuestra, por supuesto, la vulgar envidia--, le cargan el ‘debe’, el odio, a los ‘norteamericanos’. Y así se habla del “Capitalismo Norteamericano” o del “Imperialismo Yanqui”, cual terrible demonio. Pero que casi nunca es, por cierto, tan “yanqui”, como se cree o se dice, sino judío, pero eso… ¡nadie lo dice! Con toda evidencia, “Casa Grande”, como ámbito aleccionador, era un “Caso Grande”; por tantas cuestiones que allí aprendimos o comenzamos a observar inquisidoramente. En especial lo referido a ese plano inclinado de mixtificación de conceptos y de tergiversación de significado de las palabras, en el cual la Humanidad comenzaba a ser colocada y está ahora situada; para conducirla con mayor facilidad, por quienes con toda evidencia la dominan. Ese juego de la doble o múltiple nacionalidad, por ejemplo, es en verdad desconcertante. Permite a los apátridas desplazarse, como Pedro en su casa, por todos lo países del mundo y en especial por los más desprotegidos. Ha permitido que tuviéramos un Presidente de la República japonés –y a éste huir de la justicia peruana--; una ‘Primera Dama’ --¡oh penosa huachafería!--, ‘peruana’ (?), israelita, y belga; un Primer Ministro norteamericano, “gringo” hasta de ‘facha’, pero que muy suelto de huesos se dice simultáneamente peruano (?). Si Nacionalidad viene de Nación y Nación de Nacer. Y si sólo se nace una vez… ¿Cómo puede una sola persona tener dos o más nacionalidades? ¿No se está confundiendo mañosamente muy importantes conceptos?

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¿No será como en el caso de la sexualidad? Se nace hombre o mujer. Nadie lo escoge o puede escogerlo, optarlo. Pero se ha generalizado hablar de la “opción sexual” (!?); claramente para dar tráfico libre y cínico a la homosexualidad; asunto de educadores, patólogos, y juristas, como lamentable anormalidad que es; pero no para darle certificación de naturalidad (?) con sus ‘derechos’ (¡) correspondientes. ----Por otro lado, desde el punto de vista de nuestra preparación estudiantil y profesional, la estada en “Casa Grande” resultó muy interesante: Recuerdo, de modo especial, los trabajos sobre drenajes, por el sistema de tubos cortos y adosados, de barro cocido, enterrados a suficiente profundidad en el subsuelo. Ejecutados en magnitudes impresionantes; rehabilitando miles de hectáreas de terrenos demasiado húmedos y también salinos. Era el mismo tipo de obras, pero en mayor escala, que el realizado muchos años antes por mi padre, en “San Nicolás”. El riego superficial por surcos, se efectuaba con especial maestría en “Casa Grande”. Algo semejante podía decirse de las labores de desyerbos, abonamiento y las otras del cultivo de la caña de azúcar. A nosotros nos proporcionaban, para los trabajos propios de las prácticas, unos magníficos caballos peruanos de paso, ya castrados y bien “enfrenados” (adiestrados), además de excelentemente aperados. “Casa Grande” tenía merecida fama, en ámbito nacional, por la buena crianza de estos valiosos equinos; que constituían, y felizmente siguen constituyendo, fundado orgullo del Perú... Cierta vez, a caballo, regresábamos alegres del trabajo, varios muchachos becarios de la Hacienda y al entrar a la población, se le ocurrió a uno: ‘apostar una carrerita’. En plan de ‘lucirnos’, como audaces “coboyes”. El entusiasmo juvenil, festivo y harto irresponsable, con irrefrenado espíritu de imitación épica además, nos impulsó a emular una ‘carga de caballería’, ingresando así en galopante tropel, por las calles de la rústica población. Hasta yo había olvidado la severa advertencia paterna sannicolasina, jamás hasta entonces violada: “Los caballos de paso no se corren”... Pero más pudieron, sobre los rebeldes mozos, las imborrables imágenes cinematográficas (“westerns”), venidas desde la infancia, la adolescencia, y los primeros juveniles tiempos, que las prudentes reglas establecidas por los mayores. Para nuestra mala suerte, uno de los altos directivos de la empresa pasaba en esos momentos por las cercanías y al vernos correr cabalgando a galope tendido, nos dio el alto y reprendió en forma por demás enérgica. Repitiendo la norma: “¡Los caballos de paso no se corren!”. Y agregando, de su funcional acervo: “¡Los caballos de trabajo no son para jugar!” Además, nos amenazó con 'botarnos' de la Hacienda, si repetíamos comportamiento tan censurable... ¡Santo remedio! Una mayor seriedad presidió desde entonces nuestra conducta, acabando con semejantes estropicios...

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También recibimos instrucción técnica en la fábrica o ingenio azucarero. En cierta ocasión, ingresamos con Alberto Vega al sector de los “vacumpanes”, donde por evaporación en caliente (con el calor indirecto de vapor seco conducido en tuberías interiores) y a un acentuado vacío (de allí el nombre de los artefactos: vacum=vacío; y panes=bloques), se concentraba los jugos y jarabes de la caña; para que, en punto de ‘miel’ (bien espesada y en cristalización del azúcar concluida), se volcara a las "centrífugas" –las cuales presentaban unos cedazos cilíndricos giratorios-- para la separación, por cernido a inercia circular, del sacárido de la ‘melaza’ (líquido denso y oscuro residual), de contenido incristalizable y que constituía uno de los subproductos más importantes de la fabricación. Recuerdo, como anécdota risible, que no bien habíamos dado los primeros pasos en los interiores de la dicha sección, cuando escuchamos unos desaforados gritos: --¡Ya pues Cubas! ¡C...jo! ¡Que derramas toda la miel! –Proferidos, acompañándose de expresivas referencias a conocidas y olorosas liliáceas del soez vocabulario popular, por la voz de un tremebundo capataz de paileros; ante el desaguisado --desborde masivo e inundante del amelcochado flujo--, por descuido, al parecer, de un modesto, gordo y 'cholazo' peón, evidentemente titular de tan ilustre apellido. --¡Cómo te conocen y te tratan hasta por aquí! --Me dijo, burlón, Alberto. Los dos celebramos entre risas el incidente, en verdad sin tanto de extraño, pues según lo sabía y estaba confirmándolo, mi familia paterna era originaria del hermoso villorrio y los pagos de San Miguel de Cajamarca, de donde y desde un largo tiempo, habían emigrado numerosos pobladores de tal ascendencia; en especial hacia el Departamento de La Libertad y a otros cercanos. En el valle de Chicama estaba, al parecer, uno de los más nutridos núcleos del apellido nuestro. Y remontando hacia sus lejanas fuentes, se llega, según pude saber también, al pueblo de Cubas, en Castilla, España, muy cerca de Madrid. Llamado así, el poblado, por ser desde antiguo de artesanos manufacturadores de toneles o cubas de vino (hechas de roble). Dicen que hubo hasta un marquesado de tal nombre; casta de los mandamases de aquel pueblo... ¡Vaya uno a saber de genealogías! En “Casa Grande” la pasamos muy bien, valgan verdades. El Casino era muy cómodo, elegante y acogedor. La alimentación proporcionada, excelente en calidad y ad libitum, en cuanto a cantidad se refiere --¡inesquivable desideratum de los jóvenes!--; se podía servir y repetir lo que se deseara... Y ¡vaya si lo queríamos! Uno de nuestros compañeros, de apellido Crovetto, recuerdo, era un verdadero Gargantúa. Y nosotros, los demás, no éramos tampoco, que se diga, unos tímidos canarios. La comida se ofrecía de estilo alemán: Variadas y riquísimas ensaladas de papas especialmente; ni qué hablar de los deliciosos embutidos. Y, dado el fuerte calor del verano, servían una “sopa helada”, muy agradable y aparente para el tiempo, refrescante; en realidad, era una especie

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de mazamorrita dulzona, de chuño con limón, bastante aguadita y muy fría, como su nombre lo indicaba. Cumplida nuestra provechosa permanencia en “Casa Grande”, que comprendió también algunos gratos paseos a las playas, puertos y pueblos vecinos, ya acabándose el verano de 1,943, regresamos a Lima, a proseguir nuestros estudios... En “Casa Grande” había aprendido mucho en lo profesional, con disfrute adicional intenso en lo personal. Pero lo más importante fue haber acabado de comprender, aun habida cuenta todo lo placentero expuesto, que mi especialidad no sería ya la de Caña de Azúcar. Se afirmaba, más bien, mi decisión por la Ganadería Tropical. Llegué a percibir que gran parte de mi afición cañavelero-azucarera, provenía de la añoranza de un “San Nicolás” paradisíaco. Pero comprendí, con claridad también, que “San Nicolás” no solamente había sido único, sino que era irrepetible. Como “Paraíso”, en especial Infantil, había desaparecido para siempre. Sobre todo, desde la salida de mi padre. Y cuando cambió a fundo algodonero, sufrió varios catastróficos terremotos y crisis económicas; amén de la Reforma Agraria velasquista, que acabaron de amolarlo. No dándose, ni pudiéndose dar ya, en ningún otro lugar, ni por acción personal alguna, las condiciones para la viable construcción de un nuevo “San Nicolás”... Como el de nuestra infancia. El que he tratado de describir, con justicia y embelesado, en mi anterior libro: “Yo Conocí el Paraíso”... ----La Alegría Juvenil - Sentido del Humor.- En los primeros días de abril de 1,943, estábamos de nuevo en La Molina. En plan de continuar nuestros estudios, para culminarlos en el quinto y último año por cursar. E iniciando propiamente mi Juventud. En verdad, el transcurrir de nuestra vida en La Molina, había sido siempre extraordinariamente grato y alegre; además de productivo en lo que a nuestra formación profesional se refiere. Un aspecto digno de especial mención --de acuerdo con la índole y finalidades de este libro-- era, precisamente, el relacionado con el Buen Humor –infalible tónico del alma-- reinante sobre nuestras juveniles existencias y molineras actividades. Vale la pena remarcar que buena parte del tiempo la pasábamos disfrutando de un franco espíritu de inconmensurable jolgorio, de general contento; puesto de manifiesto por casi constantes sonrisas y frecuentes reires; a niveles de estentóreas carcajadas, hasta culminar, a veces, en incontenibles accesos de hipo. Es Principio General de inmenso significado: Nada es mejor para conservar y superar la salud del cuerpo y del alma, que el disfrute, a plenitud, de un acentuado Sentido del Humor. Ello vale para todas las edades. En todas hay que cultivarlo. Promover el Buen

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Humor, constituye una de las más valiosas reglas de la Sabiduría y de la mayor: la de Saber Vivir. Hay especialmente dos etapas de la vida –lo que no quita que ha de estimularse en todas--, en las cuales la Alegría de Vivir, el Sentido del Humor, les son consustanciales, espontáneas actitudes, que deben mejorarse o hacerlas superar, por estímulos ambientales, educativos, y filosóficos. Ellas son: La Niñez, en la cual la alegría es plena de inocencia, sencilla y casi inconsciente; dependiendo mucho de que los mayores la despierten, favorezcan, y protejan; que le proporcionen el marco de las oportunidades y salvaguardas requeridas para manifestarse y asegurarse. La otra es: La Adolescencia y la Juventud –que para el efecto hacen una-- ya más creadora y autónoma, espontánea. Muchas veces hasta se impone al medio, sobrepasa los obstáculos que se le enfrentan. Inclusive existen diversas modalidades juveniles de rebeldías humorísticas o de humor rebelde. Formas satíricas, sarcásticas, mordaces (burlas, caricaturas, apodos, etc.), que pueden llegar, si no se canalizan de buena manera, a ser hasta sádicas o crueles. Ocurre que los estados de Alegría, de disfrute de un positivo Sentido del Humor, cumplen importantes papeles como sustentadores de, además de una Buena Salud, de una Elevada Educación, en el marco de la deseable Felicidad Juvenil. Debe añadirse: Con una intensa actividad corporal; por las prácticas deportivas y el trabajo físico agradable. Complementando, con armonía, al esfuerzo intelectual. No hay que olvidar: “Mente sana en cuerpo sano”. Lo anteriormente dicho no quita importancia, sino muy por el contrario la incrementa y ha de sumarse por supuesto a la Sana Formación Moral y Espiritual; construida desde la niñez, en hogares cristianos. A más de los sólidos Idealismos: Personal (el propio) y Colectivos (familiar, social, nacional, universal, etc.); dentro y alrededor de los cuales, Adolescentes y Jóvenes, puedan desenvolver y desarrollar sus existencias. Cultivando intensos, románticos sueños y hasta quimeras. Y, si se puede, mejor, candorosos, pero tiernos enamoramientos, propios de sus tempranas efervescencias. También, la fuerte necesidad espiritual de comunicaciones personales del joven --como en ninguna otra edad se presenta en tan alto grado--, le hace requerir el concurso de amistades múltiples e incluso algunas de mayor intimidad; resultantes en las más duraderas de la vida. Desarrollando “camaraderías” muy afectuosas, intensas y sinceras, que se concretan, con frecuencia, en la formación de grupos de muchachos afines o “patotas” (“patas” llaman a sus más amigos y notorios congéneres). Ahora bien, son en especial, en la Adolescencia Postrera y en la Primera Juventud, espontáneos y muy notables, el Sentido del Humor y la Alegría de Vivir. Pues, la Adolescencia Inicial, suele verse demasiado afectada por sus naturales incertidumbres y conflictos; pero la Posterior y la Primera Juventud, en cambio, salidas de todo lo anterior, no son capturadas todavía, en apabullante grado, por los graves ‘asuntos propios de los adultos o mayores'.

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En el caso de nuestra promoción (‘43), de La Molina, constituida en mayoría por muchachos pos adolescentes y de primera juventud, se daba pues un gran desarrollo de esas situaciones de Alegría y Buen Humor, pero eran mayores aún de las que pudieran considerarse comunes o "normales". Se ofrecían, en verdad, de un nivel singular, extraordinario... Y gratísimo por supuesto. El hecho resultaba en cierta medida explicable, por algunas situaciones de entonces, frutos de la casualidad, en el proceso de afluencia del recurso humano estudiantil, hacia la promoción molinera nuestra: Habían aterrizado, entre nosotros, algunos jóvenes condiscípulos realmente excepcionales en los campos del humorismo. Se ofrecían de una calificada habilidad en tal arte --más que técnica en su caso--, sin duda de congénita posesión, que no tanto producto de elaborado estudio. Ocurría además que, juntándose, ínter potenciaban en causación circular acumulativa, sus notables facultades. Produciendo risueños impactos y desencadenando estentóreas risas, en la ya de por sí muy alegre muchachada, cual lo era, sin duda alguna, nuestra gloriosa promoción. Se distinguían sobre el resto de los condiscípulos, en materia de habilidad para hacer reír, haciendo propicias cualesquiera circunstancias, de tiempo o lugar, tres de nuestros compañeros: Luís Córdova, Elías Aspiazu, y Rodolfo Selem. En el resto de la clase, había varios otros que ofrecían también indudables aptitudes humorísticas, aunque no en tan alto y excepcional grado como en los ya citados. Pero sí en el suficiente como para aportar ingeniosas, al mismo tiempo que oportunas, acotaciones y hacer resonar coros en favor de las ocurrencias de mayor ingenio, jerarquía o impacto, con que se iniciaban las "sesiones" humorísticas. Lucho Córdova era, sin duda y de lejos, el de mayor valía y originalidad en el género. Verdaderamente sus calidades resultan difíciles de describir y calificar en justicia. Partiré expresando que lo más asombroso en él, como en parte he señalado en anterior referencia, era su alto nivel de cultura general. Pese a estar iniciándose en los estudios de una profesión científico tecnológica, tal la Ingeniería Agronómica, no precisamente de humanidades. Agréguese lo juvenil de su edad, a poco de terminada su segunda década. Conocía las más grandes obras de la Cultura Universal; de la Literatura y la Filosofía clásicas grecolatina y española, más otras traducidas de varios idiomas. La poesía era de su deleite. No se le escaparon la Mitología Griega, ni la Biblia. Gustando inclusive del inglés; lo sabía algo; como el portugués y el italiano. “La Divina Comedia” de Dante Alighieri, el poema en italiano, estaba entre sus selectas aficiones. Córdova, como está dicho, presentaba un carácter en apariencia agrio, amargado; renegaba y ‘echaba maldiciones’ con facilidad. Así había recibido convergentes apodos, como: ‘Maldito’, ‘Vinagrillo’, ‘Satanás’, etc. ... Su aspecto era menudo y enjuto. Nadie podía imaginar que semejante personalidad encubría un notable talento o Sentido del Humor. Pero eso, precisamente, lo

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favorecía en la creación y la práctica de un propio tipo de humorismo: el fundado en especial en los contrastes y en lo inesperado; a más del sarcasmo. Y aunque alcanzaba mayor jerarquía y brillo en el humorismo escrito, no dejaba de hacerlo notable en el oral, casi teatral o espectacular. Valen algunas muestras anecdóticas: Teníamos un profesor de Horticultura y Arboricultura, cuyo nombre resulta caritativo mejor no mencionar, quien en verdad era una buena persona y como profesional conocía mucho sus especialidades; por las cuales, además, evidenciaba una apasionada afición. En cambio y lamentablemente, no mostraba ni las más elementales aptitudes pedagógicas; sobre todo en lo referente a su autoridad ante los alumnos; al mantenimiento del orden, el respeto y la disciplina en clases... ¡La más triste y dolorosa deficiencia que pueda darse en un aspirante a profesor!... Y poseía una voz peculiar; retumbante, de gran volumen y tono muy grave, siendo además grueso de contextura y algo bajo de estatura, por todo lo cual, sus alumnos le habían adjudicado, con inaudita precisión tan aguda como indiscutible, el ridiculizante apodo de “Cañón”. Cierto día, estábamos en una clase de Horticultura; se dictaba: “El Cultivo de la Lechuga”... Como era ‘de cajón’ en todas las lecciones semejantes, se describían en sucesivos capítulos los aspectos correspondientes a una ordenada y sistemática explicación del tema. Así se trataban: Requerimientos de Clima y Suelos; Variedades a cultivar; Preparación del Terreno; Época de Plantación; Almácigos; Transplante; Labores Culturales; etc. Concluía el último capítulo con las Plagas (en especial de insectos, otros artrópodos, y de nematodos, helmintos o gusanos); y con las Enfermedades (producidas por virus, bacterias, y hongos). Así, habíamos llegado a las “Enfermedades” y el profesor enunció varias (el “oidium” o “polvillo blanco”, la “mancha de la hoja”, etc.); prácticamente todas las que había en ese entonces conocidas... Hizo una corta pausa y como dando participación a la clase --que estaba más para meter vicio que para atender--, preguntó con su cañonera voz: -- ¿Hay alguna otra enfermedad de la lechuga y que me haya olvidado? -- ............................... ¡Silencio absoluto! --¿Nadie sabe? --Insistió, algo colérico el "Profe"... -- ...................... .......... ¡Nada!... Otra vez. Cuando, inesperadamente, desde el fondo del salón, de bien atrás, donde siempre se sentaba junto a Elías Aspiazu, su perpetuo compinche, y con quien estaban --ambos y cada uno a su manera-- metiendo vicio, saltó, por todo lo alto posible, el mentado “Satanás”, profiriendo resonantes gritos, acompañados de desaforados ademanes, en medio del asombro general, y mientras decía:

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--¡Yo sé Padrino! ¡Yo sé Padrino!... Falta una enfermedad de la lechuga, que usted se ha olvidado... --¡No me llame Padrino!... ¿Acaso soy su Padrino?... ¡Contéste la pregunta! -- Replicó, ya muy airado, el ‘teacher’... --Bueno, Padrecito... --¡Tampoco padrecito! ¡Más respeto, caramba! ¡No me diga, ni Padrino, ni Padrecito! ¡ Limítese a contestar la pregunta... de una vez por todas!... ¡A ver!... ¿Qué enfermedad de la lechuga falta... que me haya podido olvidar? -- El “Siete Cueros”... Padrino -- Gritó el endiablado mozo... En medio de un estrepitoso y general carcajeo, la clase terminó a capazos. La verdad es que Córdova tenía "seco", al borde de un dolorido llanto, o de lamentable crisis de locura depresiva, al pobre “Cañón”. Pero no se compadecía… Cruel, aunque inconciente, si se quiere, llega a ser la Juventud. ----Recuerdo otra clase, pero esta vez de Arboricultura, en un Campo Forestal, del cual disponía la Escuela para tales efectos,. El inefable profesor había hecho una larga explicación de la morfología botánica de varias especies arbóreas, leñosas, de la familia de las leguminosas (que producen frutos en forma de vainas o legumbres, como el pacae, el algarrobo, etc.); concentrándose en la importante subfamilia de las acacias y otras parecidas (de aspecto como el de la Poinciana regia), de hojas compuestas, de foliolos numerosos y menudos; con copa alta, en característica forma de sombrilla (“aparasolada”). Mostró una de estas plantas. Con toda evidencia, se trataba de una especie y variedad de Acacia (por adivinar). De modo parecido al caso de la lechuga, preguntó si alguien sabía de qué planta se trataba... ¡Silencio absoluto! Pero no se desanimó el magister, y volvió a instar a la respuesta de los pupilos. Hasta que “don Sata” --¡otra vez!-- saltó, vociferando saberlo, a más de darle el consabido e irrespetuoso, a la vez que alternativo trato, de “padrino” y “padrecito”. Entre las reiteradas e infructuosas protestas del inefable 'maestro'. Calmados que fueron los ánimos, más por la bondadosa intervención de algunas de las almas caritativas estudiantiles allí presentes, el voluntarioso y vociferante alumno, al serle de nuevo requerida la respuesta, muy suelto de huesos, con estentórea voz, gritó: --¡Plátano!... ¡”Padrino”!... Tan parecido el Plátano (“banano”) –aunque grande, herboso, suculento-- a una Acacia --leñosa y arbórea aparasolada--, como pudieran serlo, una

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orquídea con un papayo... Y así, otra vez, la clase terminaba en un carcajeado desastre. ----No había forma de que Lucho Córdova se contuviera en sus acciones demoledoras contra tan singular pieza de artillería, devenida en un especial tipo de profesor --¡cruel ironía!-- blanco de sus implacables tiros. Hasta que, el “punto” más que maestro, terminaba por botarlo de la clase... Pero, aún así, tenía recursos para seguir fundiéndolo, hasta exasperarlo en extremo. En cierta ocasión, iracundo, “Cañón” había expulsado de la clase al “Maldito”, que tanto lo mortificaba... Pero la expectoración se había realizado hacia un patio interior, donde Lucho se puso a fumar, practicando el arte (?) en cuyo ejercicio era muy hábil. Sabía hacer vistosas volutas de humo. Y, por otro lado, la puerta del salón de clases --que daba al dicho patio-- ofrecía un gran orificio a la altura de la chapa, el cual había quedado abierto, seguramente, al ser sacada ella, para componerla, en operación no bien culminada, como era evidente... Puesta así la abertura a disposición de nuestro defenestrado personaje, no tuvo él mejor ocurrencia que enviar llamativos aritos de humo de cigarrillo, hacia el interior del salón de clases, a través del mencionado orificio. Lo cual, como es comprensible, provocó grandes risas, en un alumnado con tan poca seriedad y atención en las lecciones del curso... Molesto hasta el desquicio, el de la cureña, salió vociferando su cólera y ordenó al impertinente zahumador, cambiarse de sitio y pasar al espacio, con jardines y circundantes caminos ripiados, que había en el exterior... Mas ocurría que el tal estudiante (?) no era fácil de dominar y haciendo honor a su apelativo, siguió en la brega, ‘fregando’. Del ripio de los senderos, escogió las piedrecillas mayores y comenzó a lanzarlas, numerosas, hacia el interior del aula, por las ventanas laterales; haciendo ya imposible continuar la clase; por lo sonoros que eran los impactos rocosos contra los vidrios y las maderas del amoblado interior del recinto... ¡Por enésima vez!... Quedaba frustrada otra de las resonantes lecciones, de un muy buen hombre, con sanas intenciones, pero ¡tan desdichado el pobre! Víctima de sus escasas aptitudes pedagógicas y de lo difícil que es, en realidad, la misión magisterial, para la que muy pocos tienen aptitudes y preparación suficientes. ----En otra sesión lectiva de Horticultura, al tratarse como tema “El Cultivo de la Cebolla”, las cosas llegaron a tales extremos, que no quisiera recordar mi relativa participación en ello, aunque hubiere sido muy poca, en realidad y de todos modos, no la niego inexcusable. Dicho sea, para aclarar mejor el asunto: Por entonces en la Escuela se miraba, por muchos profesores y alumnos, con cierto desdén, injustificado por cierto, al cultivo de las hortalizas; como actividad impropia de un Ingeniero Agrónomo de buena ley, de categoría. Se la consideraba más de labradores 209

humildes, en especial de chinos y “serranos”. Se suponía, en cambio, más correspondientes a “profesionales”, los conocimientos sobre Caña de Azúcar, Algodón y otras plantas ‘importantes’; así como los de Ganaderías Vacuna y Ovina; y algunas dedicaciones adicionales, de semejante o relacionado género. En distintas palabras, las que pudieran realizarse en “gran escala”, siendo así de apreciables rendimientos y significación económica. “Cañón” no dejaba de sentirse medio ofendido y de proclamarse no participante de tan peregrinas opiniones; a las cuales trataba, permanentemente, de refutar. De tal modo, un día en clase, se manifestó, con su característico vozarrón, expresando: -- Muchos dicen que el cultivo de las hortalizas no tiene importancia, ni rendimiento económico. Yo voy a demostrar lo contrario; lo falso de esas creencias: Si sabemos que la cebolla se siembra en surcos distanciados a 20 cm. y que las plantitas se separan 10 cm. entre sí, tendremos, por cada m2. de superficie, 50 plantas de cebolla. Que darán, por lo menos, 50 “cabezas” grandes. Y suponiendo 4 cabezas por kilo, tendremos: 12.5 kg. de cebollas por m2.... Así, en una hectárea (10,000 m2.), se podría obtener: 125,000 kgs. Ahora bien, si suponemos el precio de la cebolla, en S/. 1.00 x kg., tendremos una producción, en soles contantes y sonantes, superior a la de cualquier otro cultivo; de: ¡125,000 soles por Ha.! -- Lo proclamó, entusiasta y a voz en cuello... Dicho lo anterior, hubo en la clase un lapso de admirativo silencio; para luego oírse, desde el fondo del salón, un par de silbidos, fuertes y africados -como los piropeantes de común empleo en los callejeros acosos-- y una adicional ‘soecía’81, vulgaridad alusiva a liliácea botánicamente fraterna de la que se estaba tratando en la lección de marras, en exclamación resonante y resuelta, por todo lo alto: -- ¡Fi fiuuu!... ¡Fi fiuuu!... ¡Cara.o! --¡Era Córdova!... ¡Por supuesto! -- ¡Oiga Ud.! ¿Qué es eso de decir lisuras en clase? -- Cañoneó el ‘profe’... -- ¡Ay! Perdone “Padrino”; pero fue el impacto de la sorpresa y la admiración que me ha producido lo que Ud. acaba de decir y demostrar. Las risas desencadenadas no permitieron escuchar las profesorales protestas ante lo de “Padrino” y algunas posteriores acerca del añadido “Padrecito”; ni las reiteradas por la lisurera liliácea, soltada en flagrante agravio del decoro a guardarse en el marco de un respetable nivel universitario. En medio del laberinto suscitado, el caballero del pupitre perdió totalmente la paciencia y los papeles. Creyó ver entre los alumnos, con injusticia,
Séame permitido el neologismo de mi invención (?): ‘soecía’ (lo soez); a fin de poder afrontar estas áreas escabrosas de la expresión escrita.
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aunque fuese involuntaria, a Hernando Mercado, quien en realidad era de los poquísimos que a pesar de todo le atendían bien, como a uno de los que le “metían vicio”. Montado entonces en rabiosa cólera, perdió los estribos y gritó amenazador: -- ¡Oiga usted Mercado! ¡Guarde compostura! ¿O creen, por último, que yo no soy suficientemente hombre como para quitarme el saco y agarrar a trompadas a quien se dé de muy ‘vivo’? -- ¡Qué tal raza! -- Replicó, con justa indignación, Hernando. Si soy yo prácticamente el único que le atiende y me culpa con toda injusticia ¡Tienen razón los que lo friegan tanto! ¡Bien hecho! La situación se había puesto tensa por demás, entre el profesor y el alumno aludido, en medio de un tremendo laberinto general. Entonces, Córdova, haciendo de alharaquiento pacificador, se acercó como tratando de agarrar al profesor, abrazándolo y gritando: -- ¡No! ¡No!... No sea matón “Padrino”... ¡No le pegue!... ¡Ayúdenme a sujetarlo! -- Clamó, simulando intensa ansiedad... Otros 'estudiantes' (?) se acercaron al centro de la escena y ‘ayudaban’ a sujetar al ‘teacher’. Innecesariamente, por supuesto; hasta contra su voluntad y las clarísimas protestas de su parte, exigiendo inclusive que lo soltaran de inmediato... No faltó quien, en la trifulca que se armó, propinara un manotazo a la humanidad de esta víctima de su rudimentaria pedagogía. Luego otro... y más alumnos, nuevos manazos. ¡Hubo hasta algunas patadas! Total, una verdadera “carrera de baquetas”, terminó sacándolo del salón en forma por demás vejatoria. ¡Oh lamentable sadismo colectivo!... Especialmente cruel en las manifestaciones de la sicología juvenil de masas. Como, patético el caso, de las famosas “barras bravas” del fútbol. Y tantos otros de semejante naturaleza82. Concluyó también, con ello y dolorosamente, la 'carrera' magisterial de tan bondadoso como ingenuo profesor, sin mengua de ser un experto profesional. Se demostraba, una vez más, que: El gratificante ejercicio de la Enseñanza requiere de calificadas condiciones personales. Cuando no se cumplen ellas, se dan situaciones por demás dolorosas, a las cuales no puede aliviar la conmiseración ajena. El ansia de expansión anímica de los muchachos, puede alcanzar imprevisibles extremos y su impulso no acepta límites con facilidad. ----Añadiré algo más sobre las características curiosas de la personalidad de Lucho Córdova:
El gran pensador, científico y filósofo francés, Gustavo Le Bon, citado varias veces, era muy claro y acertado en tales asuntos, explicados en las obras que escribió al respecto.
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Cual algunos alumnos no modélicos, previamente a las pruebas escritas -no habiendo estudiado los cursos--, él preparaba “comprimidos”, para poder copiar las respuestas requeridas, a fin de ‘pasar’ los exámenes. Pero en el caso del bendito “Satanás”, el proceso ofrecía algunas peculiaridades: Conseguía un tipo de papel pergamino bastante doble y rígido, que cortaba en tiras largas de unos 4 cm. de ancho y las doblaba, a modo de una suerte de acordeoncitos, los cuales quedaban al final, cuando cerrados, como cubitos chatos; constituidos por los pequeños segmentos cuadrados, unidos y desplegables; en los cuales se podía escribir por ambas caras. Usaba para ello unos lapiceritos con plumas muy finas y tinta china de la mejor calidad. Escribía con una letra muy chiquita, al mínimo tamaño legible; disponiendo un dadito por cada capítulo del curso y guardándolos, numerados, en sus bolsillos; ‘en el sentido inverso de las agujas del reloj’; para poder encontrarlos con facilidad en los angustiosos momentos del examen. Y ocurría que el tal 'editor' era generoso, prestando los comprimidos --en “daditos” clasificados-- a los compañeros en las circunstancias cruciales en que les resultaban oportunísimos…¡Vaya que si los solicitaban! Con marcado interés y confianza. La fama de la ‘calidad’ de sus producciones, era general e indiscutida. Cierta vez, a la entrada de un examen matinal, estaban casi todos los alumnos ya esperando en la puerta del salón correspondiente y llegó “don Sata”, pero cabizbajo y tristón. Alguien, ansioso, le preguntó: -- ¿Qué te pasa? Se te ve muy mortificado. ¿No has 'preparado' los comprimidos? ¿Ahora qué haremos?... -- ¡Sí los he hecho! Aquí están. Ya se los prestaré en cuanto sea necesario... -- Pero, entonces ¿por qué estás tan triste?... -- Es que, al copiarlos... ¡me aprendí el curso!... ¡Maldita sea! Y ahora no los voy a necesitar. Dejó muy clara la evidencia: El hacer los comprimidos y copiar en clase, era para él, ante todo, una “mataperrada”; no un inmoral ‘fraude' estudiantil, ni siquiera un "pecado de juventud". Más traslucía una tomadura de pelo “al Sistema” y en particular al Educativo, de aquellos tiempos…¡Que al parecer será el de siempre! ¡Y vaya uno a saber de los intrincados recovecos del alma humana! ----Pero un campo en el cual Luís Córdova destacaba con luz propia e intensa, era el humorismo escrito. Como he dicho, no solamente leía bastante, sino escribía muy bien. En prosa, en múltiples formas y géneros. Y versificaba con asombrosa habilidad, al parecer fácilmente; por lo general en cuartetos y tercetos, rimados, epta, octa, deca, ende, y dodeca, sílabos; agrupados en sonetos, décimas, seguidillas, odas y tantas otras modalidades, ilimitadas, del

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arte poético. Siguiendo a sus paradigmas: Zorrilla, Calderón, Lope, Manrique, Bécquer, Palma, Cervantes, etc. Con mucho donaire, agregado de criollismos graciosos; y, sobre todo, con anécdotas muy risueñas de nuestro propio pasar estudiantil. Escribía a máquina, encuadernándolos, unos periodiquitos, con diversos y sugerentes títulos: “Lechucero”, “Serruchero”, etc.; conteniendo satíricas y graciosísimas secciones: Editorial, Sociales, Notas Técnicas y Científicas, Listín Cinematográfico, Avisos Económicos, Noticias Policiales, Asistencia Pública, Poesías, etc. Aparecían, los dichos 'impresos', sorpresivamente, durante las excursiones de la promoción hacia diversas provincias del país. En las mesas de noche de algunos de los compañeros. Muy pronto se comenzó a sospechar y luego se llegó a la certeza, de quién era el ingenioso autor. No caben aquí mayores detalles del asunto, pues las referencias tocaban a situaciones muy propias, hasta exclusivas, de una promoción molinera. Otras personas, no habiendo vivido las anécdotas, no estarían en condiciones de comprenderlas en todo su real gracejo. Aparte, algunas se narraban en términos bastante escabrosos, por decir lo menos, si bien comprensibles en el medio juvenil en el cual se dieron. Pero ellas no resultarían pertinentes, por muy graciosas cual realmente fueron, para la índole de este libro. Mencionaré solamente, fragmentos de una de sus versificaciones, narrando alguna supuesta "jarana" de ‘la cuadrilla de la promoción’; que habría tenido lugar con motivo del cumpleaños de un compañero nuestro, apodado “don Benito”, a quien se atribuía la condición de su caporal: ……….......................................... ………........................................... Todos que con hambre están Dicen con voz de lata Que traigan siquiera pan O que devuelvan la plata Que venga el pisco barato La chicha y la cerveza Que venga el arroz con pato Para perder la cabeza Benito no puede ya Y Quiere emprender el vuelo Se sube sobre el sofá Y cae besando el suelo Se voltea hacia la mesa Y dice con voz muy rara

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Yo quiero a mi canonesa83 Y se vomita la cara84 ................................................ ................................................ ----El otro compañero de promoción que nos proporcionaba constantes deleites, provocando risas y produciendo alegrías, por sus ocurrencias y chistes, era Elías Aspiazu. Más conocido por el popular remoquete de: “El Cholo Aspiazu”... ¡El 'olímpico' e inolvidable “Cholo Aspiazu”! Tal eximio Caballero de la Orden del Buen Humor, era especialmente agudo, ingenioso y ocurrente; inventando apodos y haciendo chistes. Su género de humorismo se ofrecía sano y festivo. Por lo común se basaba en el hallazgo y la relevancia de los parecidos risibles de las personas y de las situaciones, con las imágenes nítidas de notorias realidades, de general percepción. Sin llegar a ridiculizar en demasía o con criticable crueldad. Vale anotar algunos ejemplos: A cierto ingeniero, quien sin ser un anciano, tenía la piel de la cara muy arrugada, le colocó el mote de “Sauce Viejo” (comparando su faz con la corteza agrietada propia de los árboles antiguos de dicha especie vegetal). Otro caso: El compañero a quien “don Sata” llamara, en sus satíricos versos, como hemos visto, “el Caporal don Benito”, andaba pobre de solemnidad, sucio y descuidado de vestimenta; con los puños de la camisa sobrepasando demasiado las mangas del saco; y, por añadidura, con el pelo muy largo, sin recortar por la nuca. Para decirlo con todas sus letras, ofrecía la real apariencia de un ‘músico en desgracia’... Le aplicó, entonces, la ‘chapa’ de: ¡“Beethoven”!... Que le resultó indeleble y vitalicia. Uno más: Teníamos otro compañero, quien desde los primeros años de la Escuela, portaba el sobrenombre de “Pelusa”. En razón de que había intentado -entonces y sin éxito-- dejarse crecer bigotes, aspirando a llegar, seguramente, a la condición de un Pedro Infantes, para no hablar de Armendáriz, o “Chaflán”. Mas, para su desventura, la potencia generatriz de sus faciales folículos capilares, no estaba a la altura de tales narcisistas expectativas. Todo lo que pudo conseguir, fue una ridícula pelusa, que más bien sirviera para fundamentar su apelativo. Y que lo acompañara hasta varios años después, cuando recién logró adquirir una presentación bigoteril menos deficiente. Pero, no obstante

Alude a una muchacha del colegio de “Las Canonesas”, de quien el interfecto estaba estrepitosamente enamorado. 84 Trayendo al recuerdo la situación deplorable en que fuera encontrado, en su habitación, al día siguiente de una noche de alcohólicos excesos.

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cargar “Pelusa” con el dicho apelativo, de inicio, debió soportar otro adicional, emanado de la aguda creatividad 'chapera' del inefable “Cholo Aspiazu”... Diremos así, cómo siendo nuestro pubescente protagonista, bien constituido en lo corpóreo --era inclusive buen jugador de fútbol--, por esas frecuentes contradicciones ofrecidas por la existencia humana, andaba como chorreado de cuerpo y en angulosidad de piernas, en apariencia de cansado. Hasta parecía que se le doblaban las rodillas. Había recibido más de una ‘requintada’ de nuestro competente y a la vez puntilloso profesor de Topografía, ya mencionado, el Ing. Juan N. Portocarrero; por no pararse apropiadamente, como un verdadero Ingeniero, ante los trípodes de los aparatos de Agrimensura, colocados “en estación”. El “Cholo” le dedicó entonces a ese nuestro buen condiscípulo, el nuevo y menos decoroso apodo, por decir lo menos, de..: ¡”Prepucio”! Como es conocido, prepucio se llama al forro de piel protector del glande del pene, del hombre y de la mayoría de los machos de mamíferos; presentándose, por lo común, sobre todo en los casos de ‘fimosis’, notoriamente colgante, ‘chorreado’, o como un ‘colgajo’. No faltó quien, compadecido y fraterno, dijera: -- ¿Pero cómo le vamos a colocar el nuevo apodo de “Prepucio” a nuestro querido “Pelusa”? Quien, de ser querido por nosotros, en verdad era muy querido. Dadas su reconocida simpatía, generosidad como compañero y otras múltiples cualidades personales. -- ¿Cómo podríamos llamarlo con esa clase de apodo, en presencia de las muchachas amigas? Sería grosero, aparte de ofensivo -- Terció alguno... -- Entonces, con el mayor cariño, lo llamaremos, en diminutivo:... ¡Prepupí!... Así las chicas ya no podrían adivinar de qué se trata. - Replicó, pícara y finalmente, “El Cholo Aspiazu”. ¡Quedó zanjado el problema!... El agraciado, desde ese momento, cargó con aquel nuevo, cariñoso, y ‘delicado’ sobrenombre. No terminaron allí, empero, las tribulaciones sobrenominales del buen “Pelusa”, “Prepucio”, o “Prepupí”: En otra circunstancia, los alumnos de la promoción, en mayoría, estábamos reunidos para iniciar unas prácticas de campo, esperando la llegada del profesor y de los últimos alumnos por arribar... Cuando apareció Miguel Rubio, manejando un carrito de su propiedad de modelo deportivo, bastante antiguo... Miguel se mostraba siempre afectuoso, atento y servicial. De tal modo, con frecuencia recogía en el camino a los muchachos que se retrasaban algo y habían quedado de a pie. En el episodio que narro, encontró, a una apreciable distancia del grupo mayor de la clase, primero, a “Prepupí”, quien subió y se ubicó en el asiento a su lado (el de copiloto).

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Para esto, el seráfico pasajero venía vestido --según parecía considerarlo- en apropiado ‘traje de carácter’, para labores campestres, como las significadas por las prácticas agronómicas. Así, su vestimenta comprendía: pantalón de montar, botas y casco. Pero resultaba, en este caso, que las tales prendas eran ‘heredadas’ de su señor padre, quien fuera militar, coronel, según creo. Y así, el casco era de acero (¡); el pantalón encuerado en parte, haciendo juego con la casaca también de cuero, siendo ésta, en verdad, una "polaca"; y las botas, "de tubo" (¡), muy lustrosas. Todas las dichas partes, habían sido las de un uniforme, manteniendo, por ello, sus correspondientes galas marciales, además. Total: “Pelusa”, más que un campechano ingeniero agrónomo o estudiante de Agronomía, parecía un gallardo Oficial de Caballería (al margen del cierto descolgamiento corporal que lo caracterizaba). Con benévola apreciación, podría tomársele por algo así como a un teniente. A pocos metros del recorrido en común, ambos personajes encontraron y recogieron al bendito “Cholo Aspiazu”; quien se colocó de pie en el estribo del auto, sujetándose de la portezuela con la mano izquierda. Con la derecha, sacó presto un pito, que tenía en uno de los bolsillos del pantalón, entre otras numerosas ‘curiosidades’, cual muchacho mataperro --¡que si lo era!-- y comenzó a soplar el silbato con la mayor fuerza y entusiasmo posibles, al tiempo que, desgañitándose en alternante consonancia, piteaba y gritaba, algo así: -- ¡Frriip!... ¡Frriip!... ¡Pra-do!... ¡Pra-do!... ¡Pra-do!... ¡Frriip!... ¡Frriip!... ¡Pra-do!...¡Pra-do!... ¡Pra-do!... Todos los demás, no bien llegaba el vehículo, coreaban y aplaudían eufóricos. Especialmente cuando “Prepupí” bajó y... ¡se le vio la facha!... ¡Tan parecida a la del Presidente Prado! Conocido por el apelativo de: “El Teniente Seductor”... Y a quien se le atribuía el ridículo y jocoso lema de gobierno: “Salud, Dinero y Amor”. Ocurriendo también que el tal personaje solía aparecer en público de modo semejante al expuesto, haciéndose ‘pitear’ por uno o dos “pips” y corear vivas nominados y aplausos, por un buen número de otros de esos “tiras”.85 El de ”Manuel Prado”, como apodo, se sumó a los de “Pelusa”, “Prepucio” y “Prepupí”, dentro de la alforja, felizmente amplia, con ‘buena correa’, de nuestro dulce amigo y compañero de estudios; por desgracia hace tiempo trágicamente fallecido y a quien sólo individualizamos aquí –con cariño--, de modo, lo suponemos, algo difuso, por obvias razones. ----Elías Aspiazu, sabía también realizar risueñas ‘fundiciones’ en agravio de los profesores:

Populares denominaciones conferidas a los miembros de la Policía de Investigaciones del Perú (P.I.P.) o policía sin uniformes: “pips”, plural de la sigla de la Institución y “tiras” (que “tiran soplo” o hacen espionaje).

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Teníamos, por ejemplo, uno (L.G.D.), que dictaba el curso de: “El Cultivo del Algodón”. Era conocedor de la materia y como persona caía muy simpático a los alumnos. Se mostraba elocuente, risueño y ameno, en cuanto se refiere a la Oratoria Magisterial. Dominaba la escena en el aula --en el sentido de derrochar aplomo-- pero sin el menor rasgo de tiranía. En verdad, lo respetábamos y lo queríamos. Nos gustaba su curso. Seguramente, alentado por la “cancha” que sentía poseer ante sus pupilos; sabiendo que los muchachos suelen poner agraviantes “chapas” a sus profesores, lo cual puede ser inicio del plano inclinado de un respeto decreciente; percibiendo uno de sus puntos débiles --todo ser humano los tiene-, pues era bizco; quiso “poner el parche antes de que salga el chupo”, evitando a tiempo que le adjudicaran un apodo ‘demasiado feo’;por todo lo cual, muy reilón, en la primera clase, nos dijo: -- ¡Bueno muchachos! Yo sé que ustedes les ponen apodos a todos los profesores. Por si acaso, ya sé que a mí me llaman “Gossypium”86. Pero pueden utilizarlo nomás; sepan que no me molesta, ya que tengo “mucha correa”... Cuando, en eso notó que “El Cholo” lo miraba de modo especial, con cierta picardía; ante lo cual creyó procedente añadir: -- A ver Aspiazu: ¿Qué le pasa? ¿De qué se ríe? ¿O qué tiene que decir? -- No ingeniero, si le dijera la verdad, usted se molestaría conmigo y yo no quiero mortificarlo, ni faltarle el respeto… --¡Qué ocurrencia! ¡Díga nomás! No me molesto -- Muy confiado, sobrado, el profe lo instó a manifestarse de nuevo… -- Es que usted no ha dicho completa la “chapa”... y que conste, por si las moscas, que yo no la inventé -- Aclaró el pícaro mestizo. -- ¡Dígala nomás! -- Ya en el área penal, pretendió driblear el magister… -- Bueno pues... Si usted lo manda... Le diré que no ha dicho completo el apodo que le han puesto. No es sólo Gossypium, el nombre genérico, sino que, con el específico que falta, es:... ¡“Gossypium viscum”! -- ¡Je! ¡Je! -- Alcanzó a un casi carraspear, con desgano, el clasificado malváceo. Como entre que se reía y quería voltear la página. Con toda evidencia, no le había gustado el taxonómico remoquete. Que la clase entera, en cambio, sí festejó con estentóreas carcajadas. ----El Elías --como también lo llamábamos--, tampoco dejaba de banderillar, entre otros profesores, al pobre “Cañón”... Como no le estudiaba, copiaba tupido en los exámenes escritos. Pero no se molestaba en hacer ni en pedir prestados algunos comprimidos. Plagiaba de frente de las hojas mecanografiadas del curso. Se sentaba bien adelante en el salón, como ‘chancón’ o ‘franelero’, de
Nombre genérico, científico, del algodón. Y hay numerosas especies: Gossypium peruvianum; G. barbadense; etc. E infinidad de variedades.
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modo a no despertar sospechas, pues por lo general los “copiones” se ubicaban atrás. Las copias las colocaba debajo de la carpeta, sobre las rodillas y muslos, de modo a sujetarlas bien y hacerlas visibles cuando deseaba; simplemente corriéndose un poco hacia atrás y mirándolas mientras el profesor se alejaba, en sus clásicos y vigilantes (?) ‘paseos’, de adelante hacia atrás y viceversa. Y cuando el profe se acercaba, se hacía como que meditaba mirando al techo y dejando de copiar... Mas alguna vez ocurrió que “Cañón”, pese a la poca perspicacia que lo caracterizaba, había entrado en sospechas acerca del ‘raro’ comportamiento de “El Cholo”. Y parándose junto a la carpeta del susodicho plagiante, dirigiéndole la palabra en voz alta, ya de suyo bronca, para la audición de toda la clase, le dijo: -- Oiga Aspiazu ¿Qué es lo que pasa acá? Cuando yo estoy lejos, usted escribe mucho y a gran velocidad y apenas me paro a su costado, usted no escribe nada. ¿Puede explicar esto?... -- Es que cuando usted se acerca, me pongo nervioso, Ingeniero, me olvido y no puedo ordenar las ideas. Por eso tengo que pensar más cuando usted está a mi lado. La ‘inocencia’ de “Cañón” era olímpica y medio que se creyó el cínico ‘argumento’; no insistió entonces, mientras la clase entera sonreía. ----Otro profesor de personalidad muy singular era el Dr. Marino Tabusso. Sus especialidades eran: “Patología Animal”, Ciencia Aplicada fundamental para la Veterinaria) y “Microbiología”, básica también para la Agronomía; ambas muy ligadas entre sí. Era realmente un sabio en sus materias. Interesante resulta anotar que, no obstante ser Tabusso italiano, dominaba el idioma español; habiendo llegado a niveles de casi la perfección; con una extraordinaria elegancia en la expresión escrita, así como de notable corrección en la oral. No restaba méritos, a esta virtuosidad, su larga residencia en el Perú. El curso escrito --editado en separatas por la revista de los alumnos: “Agronomía”-- se podía leer "hasta como obra literaria" –así lo decíamos--, además de científica y técnica, de notable valor. ¡Cuánta falta nos hacen profesores así en estos tiempos! Cuando Tabusso hablaba en clases, se emocionaba y abstraía tanto, que daba la impresión de ‘levantarse hasta desaparecer del mundo’. A veces parecía como un sacerdote en éxtasis místico de la oratoria sagrada. Pero en su caso solía ser en favor de los que llamaba: sus “calumniados microbios”. Pues decía, con verdad, que así como los había ‘malos’ o dañinos, existían de los ‘buenos’, benéficos o útiles... De tal modo, presentaba, pese a sus indudables altas calidades culturales y profesionales, algunas fallas en lo pedagógico; en cuanto a lograr disciplina en el salón y a establecer contacto suficiente entre profesor y alumnos. Por lo cual, éstos, aprovechaban ciertos momentos para llegar al relajo; a un clima colmado de indebidas chacotas.

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El “Cholo Aspiazu”, en una de las clases, se hizo como que atendía con excepcional concentración: La cara apoyada entre ambas manos y éstas, continuándose en sus antebrazos y codos, sobre el tablero de la carpetita, en la cual estaba sentado. Siendo tales muebles --a diferencia de los de otros salones--, individuales y mas pequeños, además de unidos, la carpeta propiamente dicha, con su respectivo asiento. Poco a poco, el zamarro fue adelantando su mueblecillo; y, con él, su ‘graciosa’ humanidad. Hasta que llegó a subirse a la tarima del profesor, casi topando su propia cara y el pupitre, con los de tan inefable ‘teacher. Sacándolo así de su increíble ensimismamiento... En medio de las risas de la turba estudiantil, airado, el docto maestro, clamó: -- ¡Oiga Aspiazu! ¿Qué le pasa? -- Perdone doctor. Pero me concentré tanto, atendiendo a su clase, que no me di cuenta de lo que pasaba -- Respondió el Elías. Tabusso --bueno, generoso al fin-- no hizo cuestión de Estado por el incidente. Es probable que no se sintiera con autoridad para recriminar abstracciones extremas, momentos de ‘trance’, en la ‘concentración científica’. Así, felizmente, la cosa no llegó a mayores. ----El tercer forajido, entre los principales, en la gestación del jolgorio permanente de nuestra promoción, era Rodolfo Selem. En ámbitos familiar y amical, lo llamaban “Fito”. “Fito” Selem ofrecía, por aquel entonces, un tipo de humorismo propio, bastante diferente al de los otros dos anteriormente referidos; con los cuales, sin embargo, ínter potenciaban sus carcajeantes ocurrencias. Era excepcionalmente agudo y oportuno. Quizás si su defecto, visto desde una perspectiva de madurez cronológica, estaba en que, a fuer de satírico, llegaba a ser muy hiriente, algo cruel. Sus fuertes eran los apodos y atribuir letras nuevas, modificadas, para los propósitos que se trazaba, en caprichoso agravio de varios condiscípulos, a canciones ligeras y alegres, hechas ya populares en el Perú de aquellos tiempos. El cierto sadismo de “Fito”, no solamente no merecía censura de nuestra parte, sino, como muchachos que éramos, por el contrario nos hacía reventar de risas; sobre todo cuando estábamos en grandes juntas. Eso se explicaba --lo hemos dicho ya-- pues en la etapa juvenil se manifiesta mas intensa, tratándose de sus agrupaciones, la llamada “Sicología de Masas”, que tan bien describe Gustavo Le Bon… En la conducta colectiva no cuenta la compasión hacia el prójimo. No se puede negar que “Fito” estampó algunos apodos y ‘compuso’ ciertas canciones ‘geniales’; pero demasiado ‘lisas’ o hirientes hacia compañeros vivos o con descendencia actual; resultando obvia la inconveniencia de hacerlos públicos por estas líneas. Pues lo último que ellas quisieran es ofender. Solamente se trata de anotar risueñas remembranzas. 219

----En materia del Buen Humor reinante entre nosotros, diremos por último, que a los tres grandes: Córdova, Aspiazu y Selem, se sumaban otros virtuosos, quienes sin llegar a ser, en la asignatura del reír, como los tres ya nombrados, tenían su propio y adicional gracejo; haciendo buen coro, dando resonancias e impulsos, a muchas risas, al tesoro de nuestro inagotable carcajear, durante ese juvenil antaño. De notables ribetes fue Francisco López Gadea, por desgracia hace poco fallecido. Se le conocía y siempre se le siguió llamando, por todos y muy cariñosamente: “Panchito”. Sería, en la plena juventud, la madurez y hasta sus últimos días, excelente esposo y padre de familia ejemplar. Hube de honrarme, largo tiempo, entre sus amigos más fraternos; mis hijos lo llamaban: “tío Panchito”. “Panchito”, era bueno como el pan, noble como el vino añejo, y alegre como una castañuela. Optimista como el que más. Todo lo veía color de rosa. Nunca se le oía una expresión amarga, hiriente, pesimista o negativa. Era realmente un remedio del alma. Todos buscaban su cercanía. Mostraba gran habilidad para hacer de prima voce en los coros festivos; por sus ocurrencias y las alegres risas que hacía brotar en su seno; haciendo resonar, más aún y muy por lo alto, a las creaciones del trío de chistosos estrella de la clase. Otro, quien para satisfacción de sus compañeros, formaba parte, con gran productividad humorística, del famoso equipo molinero ‘43, de las risas sin par y sin fin, aunque de apariencia engañosamente seria e introvertida, era: Luís Blume B.. Lucho Blume mostraba varias y estimables aptitudes: Sabía escribir y versificar en chiste. Fue así ‘brazo derecho’ del escritor, director titular --su tocayo y muy amigo--, Lucho Córdova, en la edición de los periodiquitos humorísticos cuya referencia hemos hecho. Blume, además, era un virtuoso del acordeón; instrumento que le permitía alegrar, en apreciable medida, nuestras frecuentes y nutridas reuniones festivas; así como crear y adaptar mejor las composiciones musicales satíricas, de profuso eclosionar en el clima de entusiasmos, conocimientos, y creatividades promocionales, de todo orden, que para felicidad nos iluminaban. Otro tipo humano singular, era Apolinario --¡qué tal nombre!-- Rueda: “El Negro Rueda”. En verdad, más zambo o de “color honesto”, cuanto que negro propiamente dicho. Su nominación bautismal, de indudable sello criollo afro negroide, sonaba ‘especial’, por decir lo menos; pues más que tal, parecía un apodo. Nuestro profesor de Química, Enmanuel Pozzi Escot, francés de origen y muy acriollado con el tiempo, hacía constante uso del humorismo en las clases; como instrumento para una mayor atención, memorización, y amenidad, en sus alumnos, y para su propio dominio de escena. Adicionalmente, mostraba con sus actitudes, un marcado desdén por los convencionalismos burocráticos de las

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enseñanzas rutinarias, a la sazón ya comunes. Al pasar lista, por ejemplo, las iniciaba por donde le daba el antojo (sea por el comienzo o por el fin), llamando a los alumnos por el nombre o el apellido. Cuando ellos movían a risa, precisamente los pronunciaba en voz muy alta. Así, teníamos un compañero de apellido Saito, hijo de japoneses; lo llamaba, con voz tronante, por su singular nombre de pila: -- ¡Chiyuqui! Risas generales... y pavo del 'punto'. Para el caso de Rueda, especialmente, con mayores decibeles, clamaba: -- ¡Apolinario! Todos soltaban, al unísono, sonoras carcajadas. Pero no había, en este caso, pavo visible. Pues, el color facial del susodicho cutato, cubría con creces, el correspondiente a cualquier posible juvenil sonrojo. A Rueda, su nombre de pila lo tenía curcuncho. En alguna ocasión percibimos cómo en su ámbito familiar no toleraba lo llamaran Apolinario, e impuso inclusive el apocopado “Apo”, como único sobrenombre admisible... Moraleja: Los padres debieran evitar y las autoridades, como los sacerdotes, no permitir nunca, colocar nombres estrafalarios a los niños, en las inscripciones de nacimientos o en las pilas bautismales. Lo cierto es que el tal Apolinario era muy gracioso y se podría contar, de él mismo, numerosas anécdotas... Uno de nuestros compañeros, cuyo nombre por prudencia mejor es no decir, dado que no goza de buenas pulgas, era también de tez bruna, pero de color menos subido, algo cetrina, de facciones finas; a quien --por un notable parecido-- habían apodado: Hailie Selassie (sempiterno Emperador de Etiopía)... Mas no siendo el dicho sobrenombre de pronunciación fácil, venía quedando en desuso. Por otro lado, había en nuestra clase varios compañeros también “grones”; es decir, en mayor o menor grado, de “color honesto”. Rueda le estampó entonces, al imperial interfecto, la “chapa” --más deglutible-- de “Jefe”... ¡De todos los 'negros' de la promoción! La que sí habría de recibir aceptación general... Incluida, a la larga, la del mismo agraviado, sin mayores protestas ni reniegos. ----En otro terreno, todos habíamos observado que el “Negro Rueda” no gustaba de ir a las playas, ni nadar en piscinas; pese a que era deportista y hasta buen jugador de fútbol. Alguien, de los intrigados, le preguntó cierta vez: -- Oye Negro ¿Por qué tú nunca vas a las playas? ¿No te gustan? -- No --Replicó, resuelto y al punto, el popular negroide. -- Pero ¿por qué? Si no hay un muchacho, salvo tú, a quien no le gusten.

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--- No... Porque me da erisipela (!). -- ¡Un negro con erisipela! ¡Ja! ¡Ja! ¡Ja! -- Se oyó un coro de muchas risas estentóreas. El ingenioso “Negro Rueda” contribuía así, en múltiples ocasiones, a incrementar nuestras carcajeantes alegrías. ----Concluiremos esta parte, diciendo --recapitulando y resumiendo-- que en la Escuela de La Molina llegábamos al máximo Disfrute de la Vida, en la primera etapa juvenil de la existencia. Por la oportunidad, harto especial, en grado y formas, de desarrollar un intenso Sentido del Humor; de practicar un gratificante Humorismo, en variadas modalidades. Lo cual le hemos de reconocer a la Bondad Divina y a la Buena Fortuna, durante nuestro periplo terrenal. Si algo podemos recomendar y hacerlo recordar, siempre --basados en una experiencia concreta que no admite negaciones--, a profesores, padres de familia y a todos aquellos que algo tengan que ver con la orientación y formación personal de los seres humanos, es lo siguiente: El Buen Humor se cuenta entre los medios más eficaces para la preservación y mejoramiento de la Salud del Cuerpo y la formación de un Espíritu Noble y Elevado. Y mantenido hasta el fin de la Ancianidad, es el mejor instrumento para Vivir y Envejecer con Dignidad; logrando el Pleno Gozo de toda la Existencia. Es la Marcha de Aliento y la Música de Fondo de la Felicidad Humana. ----Dos Excursiones de Promoción de especial trascendencia.- Durante el año de estudios de 1,943, realizamos dos grandes giras por el Territorio Nacional, en prácticas conjuntas de la promoción: Una a la Región de la Selva de Huánuco y Tingo María, por el mes de Mayo; y otra, a la Sierra Centro y Sur, por los meses de Julio y Agosto. En la primera --y después de ella-- hube de elaborar y presentar un informe sobre los trabajos de la Estación Zootécnica de Tingo María, el cual habría de publicarse en la Revista “Agronomía” (Nº 31- Jul. Ag.-1,943), dando lugar a un encendido debate de alcance nacional, el cual, entusiasmándome al máximo, terminó por hacerme ratificar, ya de modo definitivo, sin marcha atrás posible, mi vocación por la especialidad profesional en Ganadería Tropical, con énfasis en la Vacuna. La segunda excursión, resultante en un ‘repaso’ a una anterior bipersonal hecha con Alberto Vega, permitió ir aclarando, cada vez más, ciertos prejuicios traídos desde la etapa escolar infantil; inculcados por profesores e intelectuales “indigenistas” (?); quienes --dicho sea de paso-- jamás son “indígenas”, promotores de la “Leyenda Negra”, conjunto de infundios, de origen judeomasónico, antihispánicos y anticatólicos, con pretensiones sin bases, de constituir “Historia”. Percibimos realidades irrefutables sobre nuestra Identidad Nacional: Mestiza y Católica. No multirracial, ni multilingüe y multicultural, como 222

se dice, sino Unificante. Ya habrá oportunidades para volver a referirnos al asunto. ----Debo decir ahora, cuán decisivo resultó para mi trayectoria existencial, como hubiese podido serlo para más de un joven, el hecho de haber sido, en ese mismo año ‘43, elegido Director de la Revista “Agronomía”. Allí aproveché bastante --según creo-- de los ejercicios, incipientes todavía, de Escribir y de la Oratoria. Los cuales resultaron de ineludible necesidad el practicarlos. Además, allí mismo, ciertos sucesos me abrieron los ojos sobre la naturaleza y entretelones del Periodismo y de la Política. Enaltecedoras actividades humanas --entre otras elevadas vocaciones y focos de nobles idealismos-- que pueden llevar, y llevan, a niveles de heroicos y generosos apasionamientos. ----En los dos capítulos anteriores hemos tratado de la Vocación Profesional y del Idealismo Vital, incidiendo en las fases iniciales de la constitución de estos importantísimos factores de la Felicidad Humana. En el presente Capítulo, el de la Juventud, debemos ampliar conceptos acerca de lo que al respecto se completa, generalmente, en esta edad. Habíamos dejado establecido, también, que no necesariamente Vocación e Ideal, son únicos; sino que pueden ser dos o más cada uno, múltiples; y aunque algunos hasta aparentemente contradictorios entre sí, la contradicción puede resolverse en variadas formas, entre otras, por el tiempo de su ejercicio, por sus orientaciones específicas o de detalle, etc. Y es, en la plena Juventud, precisamente, en que Vocaciones e Ideales, se consolidan. Es por ello que volvemos sobre el tema aquí. Hasta cinco Vocaciones y sus correspondientes Ideales --sorprendente parece, pero algo natural es en el fondo--, se acabaron de definir y forjar en mí; casi juntos y con bastante claridad, en el curso de los años ‘42 y sobre todo del ‘43. Coincidiendo con la llegada a la mayoría de edad y de los dos últimos ciclos anuales en la E. N. A. V. de La Molina. Consecuentes, también, a las experiencias, estudios y viajes, ya narrados; y en especial a las vivencias por referir más adelante, acaecidas en la Revista Estudiantil “Agronomía”. Cinco vocaciones, a saber: El Periodismo. Escribir; en luchas por Causas Nobles. La Oratoria. La Elocuencia. El Arte y la Técnica de Hablar Bien en Público; de la Comunicación e Influencia Oral Masiva; para semejantes fines. La Enseñanza. Difundir Doctrinas y Conocimientos; para la Formación de las Personas- “Aprender enseñando”. La Política. Con Mayúscula. Noble y Elevada Actividad de Bien Público; concordada con la Moral, debiendo inclusive ser subordinada a ella. Y La Profesional. Ingeniería Agronómica, con Especialidad en Ganadería Tropical. Ciencia y Técnica al Servicio de la Nación, en la Conquista de la Selva Peruana. El Periodismo. Había contado de mi parcial y primera experiencia de ‘periodista’ y de ‘escritor’, durante el año 1,942, como miembro de la Directiva de

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la Revista “Agronomía”; comprendiendo la redacción y publicación de mi trabajo sobre suelos en la Hacienda “Santa Rosa” de Cañete; así como algunas colaboraciones en la redacción y correcciones de los originales de artículos y de sus pruebas de imprenta. Fui nombrado después, a comienzos de 1,943, para ese nuevo ejercicio, Director --con plenos poderes-- de tan meritoria publicación estudiantil. Consciente de la responsabilidad que estaba asumiendo, procedí a designar a mis principales colaboradores inmediatos en la nueva Directiva, la cual debía tener 6 miembros: 4 de nuestra promoción (‘43) y 2 de la siguiente (‘44); en el acertado criterio, ya en parte vigente, de preparar a dos directivos para sucedernos y conectarnos mejor con la siguiente plana, garantizando la buena continuidad de la Revista. De tal suerte, designé, como ‘Jefe de Redacción’, a nuestro compañero Hernando Mercado Jarrín, quien era reconocido entre nosotros como poseedor, en los terrenos de las artes literarias, de una excelente ortografía y redacción. Pues, guardando yo aún en mi fuero interno, algo del complejo de “no saber ni poder escribir”, pensé, en él, como valioso elemento de ayuda --y efectivamente lo fue-- para los fines de las correcciones en los originales de edición y en las pruebas de las impresiones; amén de las redacciones de editoriales, crónicas, y páginas adicionales a las de colaboradores y columnistas especiales o “de planta”. Los otros miembros de la Directiva o “Redactores”, fueron: Carlos Águila Pardo, a quien le solicité su colaboración como ‘orador oficial’, pues todavía era yo presa, también. de mi otro complejo: el de “no saber ni poder hablar en público”; habilidad incluso más difícil que la de escribir. Previendo que se requeriría de un ‘discurseador’ en el equipo; por los compromisos frecuentes de “publics relechions” --como dicen los huachafos--; y, también, porque se debía exhortar a los alumnos, con impetuosa y avasalladora vehemencia, para que se suscribieran a la Revista, ayudasen a conseguir avisos, compraran números atrasados, así como separatas de los cursos publicados. Pues, sólo con todos esos y otros ingresos adicionales, era posible sostener las endebles finanzas de la que llegaría a ser nuestra muy querida y batalladora publicación. Carlos gustaba del buen hablar en público... O simplemente del hablar ante auditorios de preferencia numerosos; en cuanta ocasión se presentara. A nuestro sencillo criterio, lo hacía bastante bien... En los chifazos de camaradería, en la jamás olvidada Calle Capón, que nos mandábamos con agradable frecuencia e intenso regocijo, él hablaba de cajón... ¡Aunque no fuese necesario!... Y, cuando no se lo pedían, se insinuaba y hasta reclamaba ‘el honor’. De tal modo, en virtud de su 'universal prestigio’, de la fe tenida en sus condiciones retóricas, lo llamé a colaborar. Lo cual aceptó con el mayor contento y entusiasmo. El tercero --¡no podía faltar!-- fue Lucho Córdova; quien realmente y al poco tiempo, se constituyó en “mi brazo derecho”. Con gran lealtad y en todos los asuntos concernientes a la Revista: Redacción y Correcciones --¡por

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supuesto!--, Impresión, Diagramaciones, Búsqueda de Colaboradores y Suscripciones, Finanzas, Administración y Contabilidad, Avisaje, Distribución, etc.87 Como he dicho, colocamos además a dos alumnos de la promoción ‘44: Miguel Balbi y Fernando Suito, quienes --especialmente el primero-- se habían mostrado, desde tiempo antes, muy voluntariosos y cooperadores; asegurándonos así con ellos y como debíamos hacerlo, la continuidad de la Revista. Otros muchachos, nos ayudaban en múltiples formas: Unos consiguiendo avisos; la principal manera de financiar publicaciones y --lo aprendimos desde entonces-- de apoyarse, la abusiva e interesada presión, de las fuerzas del dinero (del “Poder Financiero”). Algunos compañeros y profesores colaboraban escribiendo artículos sobre cuestiones técnicas y de interés general y cultural. Hubo otros aportes especiales y muy útiles, como los de nuestro condiscípulo Felix Águila Calderón, de grandes condiciones como dibujante a tinta china. Hizo los diseños simbólicos (logotipos e íconos, como diríamos ahora) que decoraron los encabezamientos de las distintas Secciones. Así como el marco de las carátulas, impresas a colores variados, para cada número; con el nombre de la Revista: “Agronomía”, como título principal y los subtítulos explicativos adicionales, así como los campos para indicar el mes, año calendario y el de la vigencia de la publicación, con el número de cada edición. En el espacio central iba una magnífica fotografía del bello edificio principal o Pabellón de Administración de la Escuela, de estilo morisco español, tomada por Rodolfo Sélem, quien era un buen aficionado a tal arte... ¡En las maquinitas “de cajón” de aquellos tiempos! Un alumno de la promoción ‘45: Gonzalo del Solar, quien era Secretario de Economía del Centro de Estudiantes, ayudó en llevar las cuentas del movimiento económico, el cual, comenzado con déficit, llegó a terminar con amplio superávit, al fin de nuestra gestión. En verdad, nos auxiliaron numerosos compañeros, cuyo entusiasmo, felizmente, se logró despertar. Cuando recibimos la Revista “Agronomía”, cumplido el ejercicio de 1,942, su situación era bastante deficiente, en numerosos aspectos, por muy meritorio, como efectivamente lo fue, el trabajo realizado por los muchachos de las directivas anteriores... ¡Y si no será difícil y abnegada la labor periodística,
Con Lucho Córdova nos pasábamos largas trasnochadas, en los ya dichos, baratos y famosos chifas de la calle Capón, corrigiendo pruebas de imprenta y redactando artículos, en medio de una bulla terrible y de mucho humo, producidos por los clientes... de los comunes y de los más bullangueros, borrachines y fumadores. Tanto tiempo dedicábamos a ello, que estuvimos a punto de perder nuestros estudios. También corregíamos pruebas, hasta altas horas de la noche, en la propia Imprenta “Lumen”... ¡A linotipos! (tipos en línea, hechos con aleación de plomo, muy caliente, fundida). Estaba ubicada en la calle lateral a Palacio de Gobierno, dando a la Estación de Desamparados... ¡Don Víctor Andrés Belaúnde --lo vimos varias veces-- también corregía y supervisaba allí sus muy valiosas publicaciones!
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además, cuando es honesta! Por consecuencia --más que de las evidentes deficiencias, del Periodismo y de los periodistas mismos— de las acciones del "Sistema" dominante, en lo Político, Económico, Social, Religioso y Moral, tanto en el país como en el mundo. Nosotros nos propusimos --especialmente Lucho Córdova y yo-- cambiar a la Revista, radicalmente; para bien, revolucionándola a fondo. Preservando, por supuesto, lo bueno hasta entonces hecho. Comenzamos desde el arreglo y limpieza del local u oficina, encontrado en estado deplorable; así como haciendo imperar la disciplina en el comportamiento de los muchachos al interior de ella. Amén de una buena disposición del mobiliario y de la marcha administrativa y contable. Para el mejoramiento de las finanzas y del prestigio general de la Revista, impulsamos la venta de gran cantidad de cursos en separatas y de números atrasados; el incremento de las suscripciones y del avisaje; además de la puesta al día y ampliación de los canjes con publicaciones nacionales y extranjeras; así como de la cobranza de la subvención que se debía recibir de la Escuela.88 De la Revista, cuando mucho, salían anteriormente tres números al año; nosotros logramos publicar seis. Lo cual no se había conseguido nunca. La carátula era antes de un color insulso, por decir lo menos (“caqui”). La que hicimos, resultó colorida, muy vistosa, como se ha explicado. Pero lo más importante estaba en el contenido mismo: Rompimos con el cierto sentido rutinario, de frialdad emotiva, así como de evidente superficialidad, que había adquirido la Revista. Contenía ella reproducciones de cursos (“separatas”) y por lo general artículos gélidamente “técnicos”; sin mayor visión nacional, filosófica o doctrinaria; ni actitud combativa alguna o de “calor humano”, al menos. Por añadidura, las primeras páginas estaban ocupadas por las referencias a eventos deportivos, ocurridos en la Escuela o con participación de sus estudiantes, dándoseles, así, deformada prioridad, que no les correspondía.89 Nosotros establecimos, en la primera página, inmediatamente después del Sumario, la Sección Editorial, con su gran y vistoso “logo” propio y las indicaciones generales y de ley, correspondientes a toda publicación del género (Nombre, Dirección, Directiva Responsable, precio, fecha, número, etc.). Y el Editorial mismo, bajo el título: “Nuestra Palabra”, trataba siempre temas de peso ¡Que si los había de sobra1 En la Escuela y en el Agro Nacional...

La Revista recibía de la Dirección de la Escuela una subvención de S/. 200.00 por número publicado. Estas cobranzas, paradójicamente, estaban atrasadas. 89 Ya desde entonces se comenzaba a notar la tendencia creciente y general en el mundo y en el país, a levantar la aparente ‘importancia’ del así impropiamente llamado “deporte”, que debiendo ser el medio más sano de ejercicio y desarrollo del cuerpo, en apoyo del espiritual, se ha convertido, en cambio, en espectáculo masivamente idiotizante y en negocio abiertamente especulativo.

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No solamente explicábamos los fines de la Revista; opinábamos sobre los de la Escuela y los de la Profesión; acerca de la Misión de la Juventud ante el Perú; sino que tocábamos los problemas mismos de la Política Agraria y los Humanos, de aquellos tiempos --¡los de la plena II Guerra Mundial!--, abiertos al intenso interés general de los peruanos y de prácticamente todos los pobladores del mundo. Había, además, los temas de la Autonomía de la Escuela, que pugnaba por abrirse paso, frente al Ministerio de Fomento, al cual hasta entonces ella pertenecía. Igualmente, la cuestión de la Enseñanza Veterinaria en el Perú, que debiera seguir y desarrollarse civil y en nuestra Escuela. Pero que, con toda impropiedad, para constituirse en una Veterinaria Militar, era disputada por un reducido aunque influyente sector castrense, torcidamente interesado en ello, con la anuencia de algunos ‘políticos’ de frágil moralidad, pero a la sazón poderosos, para, en el curso de un largo y accidentado proceso, terminar por ubicarla como una nueva “Facultad” --abrumada entre otras numerosas-- en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos... En fin, innumerables otros asuntos, como las turbideces de la Compañía del Guano y de la producción y comercio de los Fertilizantes en general; las desorientaciones acerca del Desarrollo de la Selva, en especial de su Ganadería; el álgido Problema Alimenticio, etc. Los tratábamos, tanto en los editoriales, como en artículos específicos y en los de comentarios diversos; con gran energía y vigor. Hasta con un ímpetu francamente crítico y combativo, por entonces inusitado, en los pacifistas ambientes de la profesión, que se venía aburguesando y burocratizando por demás. Todo lo hacíamos nosotros mismos; solos unas veces y por artículos de algunos profesores en otras ocasiones. En especial ‘resonaron’ los muy valiosos y casi virulentos del Prof. Dr. Emm. Pozzi-Escot, concordantes con el nuevo espíritu que animaba a la Revista. Los dichos escritos producían gran impacto, tanto en el interior de la Escuela misma, como en todos los predios de la Agronomía Peruana, con fuertes ecos hasta en la Política Nacional del Perú. Conscientes los muchachos de los efectos que causaba la aparición de cada uno de los números de la Revista, terminaron llamándola: ¡”La Bomba”!... ¿Ya salió “La Bomba”?... preguntaban ante cada inminente edición. Cuando escribí el primer Editorial, experimenté un cierto temor, previo a su impresión, fundado en la todavía poca confianza en mis aptitudes de ‘escritor’. Acudí entonces a Hernando Mercado, con el manuscrito proyectado, pidiéndole que lo leyera y examinara detenidamente, para luego, con toda confianza y sinceridad, me dijera si valía la pena publicarlo. Advirtiéndole que yo prefería evitar a tiempo el posible ridículo, a una edición, pretendidamente halagadora, pero de evidente impropiedad. Le pedí que, en el caso más favorable, procediera a corregir las faltas de ortografía y redacción, que de todos modos suponía numerosas. O que, en la situación más negativa previsible, me

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expresara su opinión, con claridad meridiana, sinceramente, hasta si debiera hacerse un nuevo editorial; a ser mejor escrito por otro alumno... No tardó ni dos días Hernando, regresó con el artículo minuciosamente leído y corregido. Y me dijo entonces: Francamente, sin hipocresías de ninguna especie, que no las acostumbro, he encontrado bueno el artículo. Por supuesto, debe ser publicado. Solamente me he permitido hacerle unas pocas y pequeñas correcciones ortográficas, fácilmente visibles, pues las he marcado de modo resaltante. Me sorprende mucho lo que dices -le respondí-, pues con la misma franqueza te diré que dudaba de la calidad del artículo y temía graves faltas de ortografía y redacción... Prácticamente nadie escribe perfecto, en cuanto a lo gramatical se refiere --me replicó-- Se trata de superarse poco a poco, a fuerza de constancia. Lo más importante, sobre una ortografía aceptable, que no le falta a este proyecto de Editorial, es su valiosa originalidad, el sentimiento, la sinceridad; saltantes por todos sus lados. ¡Muchas gracias! ... De ahora en adelante tendré más ‘valentía’ para escribir. Aunque me prometo, a mí mismo --le dije--, sin caer en soberbia, ni excederme en la confianza, permitiéndome acudir, siempre, a tu generosa ayuda. Y así fue efectivamente. Escribí desde entonces con mucha mayor facilidad y soltura, auxiliándome, por supuesto, con la asistencia de Hernando Mercado, de Luís Córdova, y con frecuencia también, con la de Miguel Rubio; otro compañero de estudios y 'Cervantino Paladín de la Gramática Castellana’. Además, cuantas veces podía yo, me ayudaba con diccionarios y textos sencillos, de ésa excelsa disciplina básica –la Gramática-- que comenzaba a entender mejor, para la correcta expresión escrita y hablada. En nuestra Revista publicamos algunas tesis de grado, así como numerosas colaboraciones de los estudiantes, procurando estuviesen dotadas de originalidad y destilaran vocación profesional entusiasta, así como elevados sentimientos de amor patrio, sensibilidad social y otras inquietudes nobles e idealistas de semejante jerarquía. Fuimos desterrando los pensamientos, actitudes y hábitos, rutinarios, burocráticos, oportunistas, “sin alma”, rudimentarios y “huachafos”. Que parecían avasallar, desde ya --¡y mucho más ahora!-- al espíritu generoso de la juventud. ¡Toda la Revista mostraba una potencia espiritual desbordante e inusitada! Se crearon varias secciones de interés: “Notas de la Escuela”; “Síntesis”, la cual ofrecía extractos resumidos de lo mas interesante aparecido en las revistas recibidas en canje; “Comentarios”, para cuestiones de interés nacional; “Publicaciones en Canje”, que informaba a los alumnos, por una relación general, sobre las publicaciones recibidas y puestas a su disposición; 228

“Consultas”, en la cual dábamos respuesta a las interrogantes de los lectores, sobre los más variados temas de carácter técnico, etc. Viene al caso señalar, cómo teniendo nosotros una clara idea de la valiosa significación del Deporte, en especial para la vida juvenil, le concedimos, a este rubro, la importancia que realmente merecía y merece. Aunque sin domesticarnos, jamás, ante la fingida ‘consideración’ y hasta ‘prioridad’, que la ‘cultura’ burguesa dominante, simula concederle. Valgan verdades, empero, llevándolo hasta niveles de histerias colectivas, de espectáculos idiotizantes, en agravio de las mayorías, convirtiéndolo en un descarado negocio, cínicamente especulativo. Al Deporte le dimos, con toda sinceridad y decisión, verdadera y apropiada importancia. Asignándole un espacio propio, con el nombre de: “Notas Deportivas”. Ubicado en la parte final de la Revista, pero con mayor número de páginas, ilustraciones, logotipo especial y más cuidado en la redacción, que en las publicaciones anteriores. Sin embargo, jamás suplantando o posponiendo temas de evidente mayor trascendencia, a los cuales, por lo general, casi no se apreciaba. Narraremos cómo, en el penúltimo número del año ‘43, en cuanto a las “Notas Deportivas” de aquella edición, nos vimos en un ‘serio aprieto’; dado nuestro permanente y sano propósito periodístico de propender a elevar, en los diversos campos y con la más grande intensidad, la moral (también en su acepción de ‘entusiasmo’) de los muchachos de la Escuela: Ocurría que todos los años tenían lugar dos clásicos partidos de fútbol, entre los equipos de nuestra Escuela y los de la Nacional de Ingenieros. Uno correspondía al seleccionado de los cuatro primeros años de cada instituto y el otro al del 5º o último, el nuestro, el de “los ancianos”. Estos partidos comprometían a fondo el entusiasmo de la muchachada ingenieril; tanto agronómica, como de las diversas especialidades de la civil. Unas veces, ganaba “La Molina” --aunque éramos de un menor número de estudiantes-- y otras “Ingeniería”. Las “barras”, por demás bullangueras y vistosas, competían también ardorosamente, en decoración de los escenarios, himnos, gritos, “maquinitas”, y cánticos. Alentadores del propio bando y satirizantes del ‘adversario’. La sana alegría juvenil, el colorido, sonoridad y belleza, de los dichos torneos y otros de carácter atlético, emocionaban “hasta la pepita del alma”, a todos los muchachos. Ganar era muy importante. “Cuestión de Honor”. Y, perder, muy triste. Una tragedia. Pero que, a poco, deportivamente, se asumía, sin decaer, jamás, la caballerosidad en el trato inter escolar y la fraternidad, en y pos eventos, brotadas en medio de las pugnas entre los ‘adversarios’ de canchas y pistas. Cosas de la vida... pero ¡así es el fútbol!... en los dos partidos del año ‘43 ¡perdimos!... Y ¡debíamos dar cuenta de ello en las “Notas Deportivas”! No obstante, sin deprimir a los muchachos; sin bajar el tono de la Revista, siempre

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entusiasta, optimista y triunfador. Y, al mismo tiempo... ¡sin mentir! Norma ética jamás abandonada... ¿Qué hacer? Nos reunimos en Consejo Directivo para deliberar sobre el asunto. Alguien --no recuerdo quién-- planteó tomar las cosas por el lado del humorismo. Asumiendo, seguramente, la sabia máxima: “Nada arregla mejor las situaciones difíciles o las hace más llevaderas, que el Buen Humor". "Todo se puede perder, menos el Humor". Que se debe generar y ha de conservarse y cultivar, constantemente, con indesmayable devoción. Llamamos entonces al inefable “Cholo Aspiazu”, a quien, investido para el caso con el pomposo título de: “Cronista Deportivo del Secretariado de Deportes”, le encomendamos la redacción de la crónica correspondiente a ese festival, tradicionalmente realizado en homenaje al “Día del Estudiante de Ingeniería”... El articulista ‘ad-hoc’, se las ingenió para resaltar en los episodios propios del evento --en utilización del habilidoso recurso de "la verdad a medias"--, los aspectos favorables al bando de Agronomía; con múltiples y graciosas referencias complementarias, a los más rebuscados apodos, por enaltecedores y chistosos, de clara pertenencia a los nuestros; amén de subidos ditirambos sobre las “hazañas” de los “chacareros”, en sus pugnas con los “adoberos”. Una buena cantidad de líneas dedicó a la descripción del escenario y de las variadas y más jocosas incidencias, previas al partido, en el partido, y después del partido; presentando a nuestra barra –esto en pura verdad-- como “triunfadora”, frente al desempeño de la rival de Ingeniería. Mas en el asunto de los partidos mismos, la cosa era ya más peliaguda. Sin embargo, con gran maestría, mucho salero, dramatismo, e imágenes vívidas, los describió, con indiscutible veracidad, en cuanto a las situaciones y los datos positivos; pero callando lo desfavorable. Y tomándose licencias, no precisamente justicieras, en el campo de las apreciaciones subjetivas. Es claro, evidenciado en estos puntos, el enfoque bromista de la narración... Señalaba... ¡hasta el resultado en goles!... Pero… ¡sin decir quién era el ganador!... Vaya un textual ejemplo: “Los cuadros de Agricultura respondieron como de costumbre y se “apoderaron de la cancha, demostrando mejor calidad de juego que sus rivales y en "todo momento fueron sus dueños y señores, haciendo, de este modo, temblar más "de una vez, a las defensas contrarias...” “El primer partido terminó con el 'score' (sic) de 2 a 0 y el segundo con el de 1 "a 0, en medio de la gran alegría de los vencedores.” Pero... ¡No decía quiénes fueron los vencedores! Ciertamente, el artículo y la Revista hubieron de ser celebrados de modo unánime por los alumnos, quienes, risueños ya, despejaron tristezas, depresiones y complejos de derrota. Los dirigentes, por nuestra parte,

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quedamos muy satisfechos por los resultados de la ingeniosa y original salida ‘literaria’, de tan gran apuro; gracias al nunca suficientemente bien ponderado y nuestro muy querido y grandioso “Cholo Aspiazu”. ----La Revista dio las mejores ocasiones para desarrollar en nosotros -además de la afición al periodismo-- múltiples ideas y emociones, generadoras de varias formas de vocaciones e idealismos vitales; motores de una gran Felicidad Existencial. Aunque, en verdad, el Periodismo nunca funcionó en mí como una vocación propiamente profesional, pues no dependí de él para mi sustento económico, sí fue, en cambio, una intensa dedicación, en vigoroso apoyo a grandes ideales. Sólo en una época tuve ocasión de escribir colaboraciones pagadas, mucho tiempo después y por un corto lapso, en la Revista “Oiga” y en el Diario “La República”, así como algunos artículos remunerados por entidades interesadas en sus temas, en varios de los más importantes periódicos de Lima. Pero es el caso aquí, que estábamos comprendiendo, por la Revista “Agronomía” y prácticamente por primera vez en la vida, ‘en pellejo propio’, algo muy trascendente: La existencia humana se presenta muy hermosa, cuando se la percibe alentada por vocaciones intensas e ideales superiores. Tanto más, cuanto mayor el número y jerarquía de sus posibles formas. Así fue como se añadieron, consolidaron, y fortalecieron, en mi espíritu, también las otras vocaciones e ideales. ----La Oratoria.- Había indicado cómo hasta el inicio de nuestras inolvidables aventuras periodísticas molineras, yo tenía la sincera convicción de mi incapacidad total "para escribir" publicaciones; y mayor, si cabe, "para hablar en público”. Y así, recién venciendo a la primera, estaba tratando de dominar a la segunda”. Muy lógico me parecía que no pudiendo casi escribir, menos pudiera hablar en público. Por tales razones y reconociendo una realidad supuesta inobjetable, había pedido la colaboración de nuestro condiscípulo Carlos Águila Pardo; a los fines de afrontar cualesquiera ‘compromisos oratorios’, concernientes a la función por mí asumida, con tanto empaque, cuanto pocas dotes. Ocurría que uno de los primeros pasos de la Nueva Directiva, debía consistir en lograr la cooperación de los muchachos, en especial la de los más numerosos, que eran los del Primer Año, en forma de masivas suscripciones, compra de números atrasados y de “separatas” de los cursos editados; y, pudiéndose algo más, hasta promoviendo el avisaje... Conseguir el entusiasta apoyo de los alumnos del Primer Año resultaba algo muy importante, decisivo, pues constituían alrededor de la mitad de la población estudiantil molinera; aunque, al mismo tiempo, eran los más ‘chúcaros’, indomables o salvajes, para decirlo con todas sus letras. Sumaban 231

como 100, pues comprendían a los recién ingresados (unos 50), más los “jalados”, una, dos y más veces, no habiendo podido pasar al segundo año en el primer intento. El resto de la Escuela, con cuatro promociones de aproximadamente 25 muchachos cada una, totalizaba como 100 alumnos más. Por otra parte, después del terremoto del ‘40 y por un tiempo relativamente largo, los de Primero o “cachimbos”, no pudieron ser ubicados como los demás grados en las insuficientes edificaciones refaccionadas y reconstruidas de La Molina, razón por la cual fueron instalados en Santa Beatriz (en el hoy barrio de Jesús María, de Lima), en un edificio y terrenos todavía disponibles de la antigua y primera Escuela de Agronomía del Perú, que fuera fundada en 1,902 (en la cual había estudiado mi padre, sea dicho de paso). El hecho de estar solos los “cachimbos”, sueltos en plaza y dueños de la cancha en Santa Beatriz, sin una media sombra, ni siquiera ante cierta competencia indirecta de los alumnos de años superiores, añadiéndose la alta proporción de “jalados” primarios y reincidentes --“vagonetas”, forajidos y pendencieros, casi todos éstos--, creaba en ellos una actitud bastante autónoma, “libertaria” y hasta “iconoclasta”, francamente rebelde o subversiva... Para afrontar tan tormentosa situación y erupcionable ambiente, había sido designado por la Escuela, un “Inspector”, a tiempo completo. Una suerte de “sargento”, del arquetipo consagrado por la imaginación popular, como “maldito” o “mascafierros”. Del temple de un domador de fieras, retirado ya de alguna Fuerza Armada y contratado ex profeso; quien, ayudado por algunos asistentes, de similares genomas y frutos de semejantes procesos de ‘profesionalización’, mantenían el orden, tanto cuanto les era posible. A un grado pasable, por lo menos. Con todo y así, nada quitaba que el Primer Año constituyera una población estudiantil temible, para quienes la contactaran, sin su clara y previa anuencia o –peor-- con su previsible antipatía. Se mostraban en especial belicosos contra los alumnos de los años superiores --de modo general envidiados, recelados y hasta detestados-- cuando ocasional o inesperadamente se veían obligados a presentarse ante ellos, agrupados éstos. No obstante ser y estar las cosas del modo dicho, los de la Directiva de la Revista, con pleno sentido del deber y elemental decoro varonil y funcional, nos impusimos fecha y hora para constituirnos en Santa Beatriz. Con el propósito de ... ¡arengar a tan feroces "cachimbos"! Es el caso que ratificamos la ya descontada y honrosa designación, 'en favor' (?) de Carlos Águila Pardo; como 'orador de fondo', para la dicha riesgosísima "Proclama a los Cachimbos". Por supuesto, decididos todos nosotros, eso sí, a darle resuelto respaldo presencial, en solidario grupo... ¡Hasta las últimas consecuencias! Es de verdad histórica, que C.A.P. aceptó gustoso y valiente el encargo, pleno de abnegado coraje y de efervescente orgullo. Pues por una ocasión así:

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la de ejercitar en condiciones de tan alta y notable jerarquía, su vehemente y ardorosa elocuencia, era capaz de dar... ¡hasta la vida! Resueltos pues, aunque para mayor seguridad -nunca excesiva en esas condiciones-, al llegar al teatro de los acontecimientos, atinamos a llamar al experimentado “Inspector” y le pedimos que --bajo su exclusiva cuenta y riesgo-reuniera, previamente, a los “cachimbos”, en el salón más amplio y les exigiera e impusiese el necesario orden; adelantándoles que: “una comisión de alumnos de la Directiva de la Revista, asistiría para hablarles acerca de importantes asuntos que les concernían e interesaban, tanto a ellos mismos, los de Primero, como a todos los estudiantes de la Escuela”... Así lo hizo en efecto el susodicho 'domador', con la mayor solicitud. Y estando lista, en sorprendente calma --aunque previsiblemente no muy duradera-- la juvenil y temperamental audiencia, nos anunció llegada la hora de ingresar “a la arena del circo”. Valerosos, entonces, nos aprestamos a entrar, con C.A.P. a la cabeza... Mas ocurrió, en el umbral de la sala, el súbito afluirme, ‘a testa e cuore’, algunos pensamientos y sentires, que me impulsaron a revisar, vertiginosamente, las convicciones y actitudes hasta ese instante adoptadas. Con las consecuencias a referir luego, al narrar completo el episodio. Amén de otras proyecciones adicionales, por cierto venturosas y decisivas, para el curso de mi vida posterior. Como podría sucederles también --de allí el principal interés del hecho-- a no pocas personas, colocadas en alguna situación semejante... -- Espera Carlos --le dije-- Perdóname, pero creo que lo estamos haciendo muy mal. Especialmente yo. Veo ahora por completo improcedente que el Director de la Revista, ante una situación difícil, se muestre tan sin capacidad ni valor para afrontarla. Como un inepto y cobarde. Que no se atreve a presentarse ante los alumnos, para hablarles, cara a cara, teniendo que buscar a quien lo reemplace. Déjame hablarles primero, por lo menos algunas palabras a modo de introducción; y si notaras que algo faltase, si fallo en mucho, lo cual es muy probable, entonces tú entras, apuntalándome, como completando mis informes y explicaciones. -- Efectivamente --me respondió Carlos, con noble desprendimiento, más destacable en él, dada ‘su entusiasta vocación retórica’--, pienso algo parecido; tú debes pronunciar, al menos, algunas palabras iniciales... Así pues, ingresé al “área penal”... y comencé a hablar... Frente a un auditorio todavía tranquilo y algo expectante... Vi al frente, borrosas, muchas caras, cuyas expresiones no distinguía con claridad. Sentía cierto temor, de un género hasta entonces para mí bastante desconocido, raro, difícil de explicar90. Una frialdad o adicional ‘aplanamiento
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Era sin duda una manifestación incipiente del llamado por los tratadistas: “Temor Oratorio”. El cual se debe aprender a dominar pronto; volcándolo inclusive, hasta su opuesto: el “Coraje Oratorio” (envalentonamiento ante el público); que es casi natural en el ‘orador nato’. Y ha de aparecer lo más rápido posible en el aprendizaje retórico. De lo contrario, el temor se acrecienta

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emotivo’, me impedía lograr la elemental comunicación público-orador y viceversa, requerida en tales circunstancias. Y ser fluido, entusiasta, ameno... No recuerdo bien con qué “frases de rigor” o “lugares comunes” inicié mi ‘discurso’; parecía, empero, ‘atollarme’ o ‘dar vueltas a una noria’. Los oyentes comenzaban a distraerse e impacientarse... Cuando, en dichas circunstancias estaba, un grupo retrasado, al parecer de los más ariscos “cachimbos” --quienes se habían quedado fuera del salón--, curiosos por saber lo que pasaba adentro, ingresaron en bullanguera ‘patota’. Y, al observar elementos extraños en el estrado, con toda evidencia alumnos de años superiores, segregados habitualmente de sus simpatías, se manifestaron con fuertes silbidos, abucheos claramente agresivos y vociferando a todo pulmón: -- ¡Fiu!... ¡Fiu!... ¡Fuera!... ¡Fuera!... ¡Fuera!... En ese instante, sentí una intensísima cólera, una rabia tremenda, incontenible; como posiblemente no había experimentado otra tan fuerte en toda mi vida. Aunque de algún modo parecida a la sensación que se produce en un hombre “cuando se va a trompear”. De un soplo se me pasó todo posible temor y rastro de frialdad... De inmediato e instintivamente guardé un claro, en gran medida teatral silencio, siguiendo al grupo con la mirada fija y furiosa, desde la cierta mayor altura del estrado, hasta que se sentaron en algunas de las bancas posteriores del salón; habiendo callado, progresivamente, hasta un casi total mutismo, sus iniciales estridencias... En seguida experimenté la sensación de sobrevenirme, desde lo más interior, “desde la pepita del alma”, incontenible, un torrente de ideas y sentimientos; así como de las palabras correspondientes a su expresión, pugnando por brotar, raudas entonces, por mis ya tronantes estructuras de fonación oratoria... Retomé así, el hilo del discurso, haciéndolo, empero, ya más caluroso, vehemente y fluido; diciendo, al momento, más o menos lo siguiente; -- Antes de continuar con el tema en que estaba, debo dejar claramente establecido que el conjunto de directivos estudiantiles que hemos venido aquí, está formado por jóvenes elegidos especialmente por nuestros compañeros. Y sabemos muy bien cuáles son nuestros deberes, derechos, y responsabilidades... ¡No somos un grupo de infelices tetelemeques, a quienes nos pueda avasallar nada, ni pisotear nadie!...

y puede llevar, “in extremis”, al terror o “Pánico Oratorio”; el cual anula, por completo y definitivamente, al novato; cuando se le presenta de inicio y no es neutralizado, lo que ocurre, lastimosamente, con no poca frecuencia.

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Venimos en pos y al servicio de un Gran Ideal de Unidad y de Acción “Estudiantil. ¡Que sabemos honrar y defender!... Venimos a exhortarlos a ustedes a unirse, generosa y valientemente, a nuestro esfuerzo.... Pero un grupo de graciosos y falsos valientes de montón, han pretendido interrumpir la Asamblea y atropellarnos con su cobarde bullanguería... Cuando, individualmente, no son capaces, ni de sostener la mirada, ante quienquiera que los encare resuelto… -- Y di un violento puñetazo, con todas mis fuerzas, sobre la carpeta que servía de tribuna de oradores. Pero el venerable mueble estaba profusa y profundamente picado de polillas; a un extremo hasta ese momento no sospechado por nadie... ¡Y se partió!... Sonora y espectacularmente... Observé entonces, con toda claridad, el semblante atónito, en cierto modo admirativo y rendido, de los muchachos oyentes. Percibí que había adquirido, en ese crucial instante, lo llamado, en la Técnica y en el Arte Oratorio: un neto “Dominio del Público”. Conquista primera, de un orador que pueda preciarse de tal. Mas al mismo tiempo advertí --instintivamente todavía-- que era preciso dar un golpe de timón, para cambiar el tono enérgico y de imperio, de evidente eficacia al inicio del incidente, pero que podría comenzar a tomarse por injurioso, a uno algo más halagador y persuasivo. Cuyo resultado, favorable a la movilización de voluntades, era precisamente el buscado por nosotros, al promover la dicha convocatoria estudiantil. Por lo cual, proseguí más o menos así: -- Yo sé muy bien, cuánto ese grupo, de graciosos sin gracia, es aquí la excepción y no la regla. Que ustedes, la mayoría, son los primeros en repudiarlos, en rechazarlos; y esperamos que ellos mismos, al fin de cuentas, comprendan su error y se arrepientan. Confiamos en todos ustedes, en su generosidad e idealismo, virtudes propias e irrenunciables de la Juventud auténtica. Sabemos que podemos contar con los aquí presentes91... Apagados, tranquilos ya los graciosos y “el auditorio en el bolsillo”, seguí el discurso diciendo todo cuanto tenía por decir; más lo que allí recién se me ocurrió. A partir del dramático trance inicial y con gran fogosidad y vehemencia. Virtud ésta, la más importante para las lides retóricas; al decir de Cicerón, maestro universal y de todos los tiempos, en tan cautivante materia. Condición innata, además de excitable, en un verdadero orador.
Gustavo Le Bon, autor mencionado varias veces, enseñaba que las muchedumbres --todo auditorio algo numeroso lo es-- gustan admirar la energía, hasta se rinden a ella, "entregan su voluntad al hombre fuerte"; y por oposición, desprecian, detestan, al pusilánime. Pero, al mismo tiempo, son muy susceptibles y vanidosas; se ofenden con facilidad y gustan mucho del halago o el elogio, del “piropo” (son “femeninas”, decía). El Orador honesto puede hacerlo, pero sin llegar a mentir o adular. Debe evitar ofenderlas, sin dejar de ser enérgico. Siempre dentro de lo ético; teniendo en cuenta los sabios principios enunciados por Le Bon y Cicerón. El demagogo y el charlatán, por el contrario, se degradan ellos mismos y corrompen a las masas, engañándolas y explotándolas; recurriendo a las conocidas debilidades que las caracterizan; en vez de conducirlas por los caminos del bien, educándolas y superándolas.
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Me interrumpieron varias veces, con grandes aplausos y hurras. Al final, el entusiasmo fue general, arrollador. ¡Un éxito! Los muchachos se suscribieron en masa a la Revista; compraron números atrasados, separatas de cursos y varios se ofrecieron para trabajar y colaborar en múltiples formas, en nuestra querida publicación. La cual tomó, desde entonces, un indetenible impulso de superación. Fui el más sorprendido del resultado... Había ingresado al escenario de los hechos en el pleno y sincero convencimiento de que yo “no sabía, ni podría, jamás, hablar en público”... Pero había emergido del suceso, envalentonado, como si hubiera sido armado caballero, de alguna nueva e imaginada orden de la caballería nobiliaria de la elocuencia.92 La experiencia me reveló el significado e importancia de la “Furia Oratoria”. De lo que también se ha dado en llamar el “Coraje Oratorio”. Como el más poderoso soporte y estímulo de la Técnica y del Arte de Deleitar, Conmover, y Convencer, con el habla; virtuosidades fundamentales de la Oratoria; aptitudes básicas de quienes se expresan bien en público, de los Oradores (con mayúscula). En el Orador llamado ‘nato’ o de evidentes condiciones naturales -aunque el verdadero no sólo nace, sino que también se hace--, el “Coraje Oratorio” brota espontáneo; al sólo presentarse el hablante ante la audiencia, poseído de un vehemente deseo de comunicar su mensaje. Y más si es provocado, oportuna y hasta sorpresivamente --como aconteció conmigo en el episodio que estoy narrando--, por algún suceso bastante casual. Tuve ocasión de esclarecer e interpretar mejor el fenómeno, un tiempo después, con motivo de las lecturas del ya aludido manual de Oratoria. de Dale Carnegie, que me proporcionara mi cuñado Federico. Expresaba, el mencionado autor, que: “Si a un ignorante y desarrapado vago, que anduviera distraído por la calle, algún mozalbete de mala entraña, lo tumbara de una pedrada o proyectil de semejante naturaleza, el tal sujeto, seguramente se levantaría indignado, furioso, y siendo capaz de proferir muchas resonantes palabras; más elocuentes, posiblemente, que las de un diputado jacobino de la Revolución Francesa, hervidero reconocido, tal morralla, de famosos e incendiarios oradores”... Pues: “El Enardecimiento Emotivo, está en la base de la Elocuencia”. Principio que todos los tratadistas de Oratoria, de todos los tiempos, y de todo el mundo, de modo unánime, reconocen y proclaman, con rotundidad sin fisuras. El episodio, en lo a mí tocante, contribuyó a borrarme del espíritu, precisamente por ese envalentonamiento sin par, que se me produjo, todas las
Debo confesar que el episodio inclusive alentó, durante un largo tiempo --para mal por cierto-mi vanidad, siendo motivo de algunos tropezones o fracasos posteriores; por haberme creído ‘un orador’ sin serlo, en pura verdad. Habría de comprender, después, por varias experiencias y valiosas lecturas ciceronianas, cómo la técnica y el arte oratorios, son algo mucho más grande y serio. Lo bueno del caso, en cambio, estuvo en que sí me abrasó, desde entonces, una sincera y tonificada ansia de aprender, con intensa afición, todo lo posible, sobre el tema.
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timideces remanentes, hasta algunos casi complejos, traídos todavía desde la Niñez y de la primera Adolescencia. Lo más interesante, empero, de la significación del hecho, deriva de las posibilidades de su repetición y de hacer generales sus consecuencias, en los casos de situaciones semejantes. No es casual, además, que los clásicos griegos, romanos, y cristianos, verdaderos creadores de nuestra Civilización, consideraran, siempre, al estudio y a la enseñanza de la Oratoria, inseparable, unida, a la de la buena Escritura. Vale decir, la Retórica, disciplina de la Correcta Expresión, hablada y escrita; cumbre del proceso formativo integral de la Persona, propio de la verdadera Educación, cuyo más alto paradigma es la del Sabio, en el sentido precisamente clásico del calificativo. ----Otra circunstancia favorable al incremento de mi inicial ‘experiencia oratoria’, poniéndome a prueba de nuevo, en relación a esta enaltecedora actividad, se dio a poco, con motivo de un artículo publicado, como colaborador especial de la Revista, por nuestro eminente y muy apreciado Profesor, el Dr. Emmanuel Pozzi Escot,: El escrito constituía una dura aunque justificada crítica a la entonces llamada “Compañía Administradora del Guano”; entidad teóricamente autónoma, ubicada en el denominado “Subsector Público Independiente” y adscrita al Ministerio de Hacienda de aquellos tiempos; del cual, a la vez, dependían otras entidades que producían rentas y administraban ciertos gastos del Estado. La finalidad era la indicada por el nombre: Administrar la Riqueza Guanera del Perú, de acuerdo al interés público. Y entendíase como primordial función de la dicha Compañía, el vital servicio a la Agricultura Nacional, especialmente a la pequeña, del suministro económico del fertilizante aviar marino, a la sazón reconocido como el mejor del mundo, entre todos los abonos de uso masivo. Pero... ¡Cuántas picardías políticas y desgracias históricas nacionales, incluso la infausta y mal llamada “Guerra con Chile” (o “del Pacífico”), están ligadas al Guano y al Salitre! Que pudieran titular, con más propiedad, a esa conflagración, encendida entre... ¡tres pueblos hermanos!... Enredando, inclusive, casi a cuatro.93 En su artículo, Pozzi Escot decía --entre otras-- cosas como las ‘perlas’ siguientes: “En la Compañía del Guano no solamente huele mal el producto que vende, sino toda la Empresa” -- Haciendo referencia a su notoria putrefacción moral y administrativa... “Hemos preparado a nuestros agrónomos por más de 40 años... para que en materia de abonamiento no hayan podido superar las normas de Manco Cápac” -- Aludía a la falta de homogeneización del producto; a su no
Perú, Bolivia, Chile, y Argentina. Para mayores informaciones y más detalles acerca de este asunto, ver: “Razón de Patria”-Editorial “Universo”; también obra del autor.
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complementación con mezclas adecuadas de otros fertilizantes necesarios; a la no tipificación de composiciones, concordándolas con las necesidades de las diversas zonas ecológicas y de los varios cultivos a servir, etc. “Si un comerciante de harina de trigo, particular o privado, por ejemplo, hace faltar en los costalillos que vende, un cuarto de kilo del producto; o les encuentran dentro algunas piedrecitas de unos 50 gr., por referirnos a las más grandes imaginables, recibe una fuerte multa o puede ir a la cárcel... Pero la Cia. del Guano ¡entidad del Estado! vende, tranquila e impunemente, guano en sacos rotos, con una falta común de 10 a 20 kilos en cada uno y con piedras de 5 hasta 15 kilos de peso; aparte de pájaros muertos y una gran cantidad de plumas; éstas, sin valor fertilizante alguno... “Sin embargo, la Cía. manda, en sus boletines “informativos” (!), “cortar en pedacitos las plumas, con tijeras, para los fines del análisis”. El cual ostenta así, en notable aumento, su contenido de Nitrógeno Total (en las plumas muy alto), en función del cual se cobra el guano. Y no, como debiera ser, solamente por su tenor utilizable por las plantas; el de su real valor fertilizante, llegado al suelo, y que está contenido prácticamente sólo en el excremento seco (con la orina) y no en las plumas de las aves ¡El Estado convertido en el primer estafador de los agricultores! “La Cía., muy suelta de huesos, ‘informa’ periódicamente al País, que tiene en existencia determinados miles de toneladas de “guano rico” (con alto contenido de Nitrógeno) y cantidades, a veces muy superiores, de “guano pobre” (con bajo contenido de Nitrógeno)... ¡Que en un tiempo fue rico! Pero que ha perdido su riqueza... ¡“Evaporado” su Nitrógeno! “Este “empobrecimiento”, proceso de descomposición, de degradación, a la intemperie y en abandono, del Nitrógeno orgánico del guano (proteínas, amidas, aminas, urea, ácido úrico, etc.), hacia el amoniacal (gaseoso) y su consiguiente ‘evaporación’ o pérdida en el aire... ¡por criminal desidia!... ¿a cuánto asciende, por año, en valor monetario, en agravio del país?... ¿Quién responde por ello?” Por el estilo de estas impresionantes y certeras denuncias, estaba lleno el mencionado y ‘explosivo’ artículo... En tanto, cada vez que la Revista salía, ‘calientita’, de la Imprenta, nosotros, los de la Directiva y algunos de nuestros más cercanos colaboradores, naturalmente con gran expectativa y cariño, leíamos, examinándolos, sus primeros ejemplares; para ver ‘cómo habían quedado finalmente’... ¡después de tantos afanes y correcciones! Repartiéndonos un corto número de ellos, poco antes de la impresión y distribución masiva o general... Resultó así, que uno de los muchachos, cuyo padre era alto funcionario técnico en la dicha entidad guanera, llevó, para leerla en su casa, una de las revistas, "bomba" como todas... --¡Mira papá!... – Dijo, el dicho mozo, a su progenitor, ya en el calor hogareño. -- Ve el artículo sobre la “Compañía del Guano”... ¡Está bárbaro!...

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En la Escuela, a esta clase de escritos, “saca ronchas”, también los llamamos:... ¡“bombas”! --¡Vaya que si es una “bomba”! -- Replicó el veterano, luego de hojear la Revista y leer rápidamente el escrito en cuestión -- Mañana mismo, temprano, la llevo a la oficina y... ¡la que se va armar! Efectivamente ¡“Se armó la gorda”!... Informado de su contenido, de inmediato, el más alto ejecutivo de la Compañía, de acuerdo con varios directores más, alertados telefónicamente, convocó a sesión extraordinaria e inmediata de Directorio... La reacción brotó ‘feroz’. Y triste fue constatar; duro resulta recordar y decirlo ahora, cómo la fiereza mayor se manifestó en uno de los directores, quien, a la vez, era precisamente –hasta entonces-- un muy querido y respetado... ¡profesor nuestro! No diré el nombre; ni siquiera daré las iniciales; pues, aunque censurable por cierto, ha fallecido hace tiempo. Y habiendo, como tiene que haber tenido, herencia biológica, no quisiera herir a quienes, sin culpa propia, deben, como lo ordena el mandato Divino, honrar a sus progenitores. Al final, lo que interesa es dar cuenta y certificar los hechos, por sus lecciones positivas; no tanto las personas, ni sus posibles expiaciones... De verdugos, felizmente, no tenemos genes ni dones. Es el caso que el ‘profe’ de marras, colocado frente a sus superfluos, inmediatistas y crematísticos intereses y objetivos, se olvidó de su prestigio intelectual y moral ante nosotros, sus alumnos. Se olvidó, completamente, de los principios, en los cuales aparentaba creer y satisfacerse proclamándolos y defendiéndolos. Los directores de la Compañía ‘encargaron’ al dicho ‘profesor’ (¿¡): “arreglar el asunto con los estudiantes, a cualquier precio, de modo a evitar el escándalo, impidiendo la publicación de tan molesto artículo”... ¡Frases hechas que pretenden encubrir, siempre, como entonces, una repudiable estructura moral aburguesada y decadente!. Nunca olvidaré la llamada telefónica, esa misma noche, recibida en mi casa de Pachacutec: -- Oiga Cubas --inició así su ‘filípica’, el seudo maestro--, ustedes, mis alumnos, han publicado en la Revista de los estudiantes, un artículo sumamente agresivo e injurioso, ofendiendo, con verdadero escándalo, a la Compañía del Guano, en la cual yo trabajo, dejándome muy mal parado... -- Disculpe ingeniero --respetuoso todavía, lo interrumpí al inicio de su perorata--, Ud. sabe muy bien que los artículos que aparecen firmados en las publicaciones, son de entera responsabilidad de sus autores. En ese asunto, es el Dr. Pozzi-Escot, también Profesor distinguido de la Escuela, su colega por lo tanto, frente a quien correspondería, en todo caso, algún reclamo de parte suya; por lo menos en primera instancia.

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Y con el mayor respeto, pero igualmente con toda franqueza, debo decirle que nosotros no hemos visto, ni vemos, agresión ni escándalo alguno. Solamente hay, singulares, pero veraces y rotundas afirmaciones, relacionadas con el interés del país y que, en cualquier caso y en definitiva, debieran esclarecerse... Pudiera ser que estemos equivocados, pero de todos modos, le ofrecemos a la Compañía del Guano y por supuesto a Ud. mismo, las páginas de nuestra Revista para que, a partir del próximo número, puedan, precisamente en beneficio de la Verdad, del Perú, y de su Agricultura, refutar o aclarar, lo que crean procedente... Ése debería ser el camino para la solución del asunto. No veo por qué Ud. pueda quedar “mal parado”, por ser Profesor de la Escuela y Funcionario de la Compañía al mismo tiempo; si usted no es dueño de ninguna de esas dos entidades, ni las maneja a su discreción o real antojo; y por lo tanto no tiene por qué asumir responsabilidad personal y directa alguna, acerca de las respectivas y múltiples actividades institucionales, colectivas, que a ellas les son propias... -- Vea usted Cubas, dejemos los alegatos teorizantes a un lado y “vamos al grano”: la Compañía me autoriza decirles que está dispuesta a pagar todo el valor de una nueva edición, pero ya sin ese ‘bendito’ artículo; debiendo entregársenos, para destruirlos, todos los ejemplares de la primera impresión. Y le participo que, en caso de no aceptar ustedes la propuesta o de cumplirla insatisfactoriamente, yo pediré y seguramente lograré, en el Consejo de Profesores de la Escuela, que les quiten la subvención con la cual pueden publicar su Revista. Me es viable, inclusive, proponer y conseguir, que prohíban publicar en adelante “Agronomía”; con cargo de expulsar de la Escuela a los dirigentes rebeldes, truncando así su carrera; si, pese a todo, pretendieran hacerlo. Le advierto que existe ya un consenso, entre los profesores, de que esa revista se ha constituido en un verdadero panfleto subversivo, al cual ya es tiempo de acallar, pues está causando muchos trastornos... Atónito quedé. Y ya muy quebrantados en mí, la devoción de discípulo, el respeto, hasta entonces profesados, a quien así me estaba hablando. No obstante y pese a todo, atiné a replicar con rotundidad: -- Mire ingeniero, con lo que me está diciendo, me produce usted, como persona y como profesor, una indescriptible decepción. No lo adulo si le digo que hasta este momento lo teníamos entre nuestros mejores Maestros. Con mayúsculas y con todo el inmenso significado de la palabra. Pero, ahora, veo, con gran pena, qué poco aprecio tiene Ud. a la Verdad, al Amor a la Patria, al Decoro en la Función Pública, a la Profesión de Ingeniero Agrónomo, y... sobre todo ¡a su papel de Maestro!... En concreto, lo que puedo contestarle, es lo siguiente: Por mi sola decisión, no tengo derecho a poner en riesgo la existencia permanente de nuestra querida Revista; y, aunque mi opinión es totalmente contraria a su propuesta, voy a presentarla, en su nombre, mañana mismo, en la Asamblea Extraordinaria de los alumnos, que al efecto convocaré especialmente. Pero le

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anuncio, con toda claridad, que daré resuelta batalla para que sea rechazada. Y, en el caso de perder en el intento, renunciaré irrevocablemente a la Dirección de la Revista. Una última cosa, ingeniero, quiero que sepa que si el título de una profesión, por amada que fuese, como sucede con la nuestra, hubiera de adquirirse al precio de una claudicación moral, del calibre de la que Ud. me propone... ¡esa profesión no valdría nada!... No me dolería perderla. Y, desde ya, puede usted proceder en consecuencia, como mejor le parezca... --¡Es ‘una vaina’ tratar con muchachos tan tercos y tan ‘fuera de la realidad’!... Convoque a la Asamblea y ya veremos. Pero mientras tanto, no reparta la Revista - Dijo, por último, confiando seguramente, en la que suponía posible mayor ‘sensatez’ y ‘pragmatismo’, de la mayoría de los muchachos; o en la esperanza de ‘mover algunos resortes’, en el mismo seno de la propuesta Asamblea estudiantil... -- Así lo haré... ¡Buenas noches!... ¡Si ha lugar! -- Puse, de ese modo, punto final al tenso diálogo... Al día siguiente, lo más temprano que nos fue posible, convocamos a una Gran Asamblea Extraordinaria de los Estudiantes de la Escuela... Yo estaba eufórico, desbordando fervor emotivo, inmerso en lo que consideraba --no sin algún fundamento-- una ‘lucha heroica’, en defensa de elevados principios morales y patrióticos, contra un ruin y positivista oportunismo, entonces como hoy, casi tan prepotente y, por desgracia, desde ya imperante... ¡Y con qué fuerza! El “Furor Oratorio” –salido desde el ‘fogón’ interior del espíritu--, estaba encendido. Sentí que podía hablar con --para mí todavía sorprendente—gran elocuencia. Expuse, ante los muchachos de toda la Escuela, allí reunidos, el motivo de la cita; narrando mi comunicación telefónica con el profesor de marras y planteando el dilema: 1. - O nos mantenemos firmes, con una Revista Libre; publicando lo que nos parece correcto --el artículo de Pozzi en concreto--; pero poniéndonos en riesgo de perder la subvención recibida de la Escuela y hasta de la clausura de “Agronomía”; así como de la frustración de la carrera profesional de los alumnos dirigentes. 2. - O nos rendimos al ultimátum del seudo profesor y su Compañía del Guano --¡de guano tenía que ser!--, para dársenos, a nosotros y a la Revista, una existencia tranquila y sin problemas... No obstante, aviso- -les dije-- que yo, y seguro estoy de que toda la Directiva, en ese caso, renunciaríamos irrevocablemente. -- ¡Nooo!... ¡No nos rendimos! -- Fue el resonante clamor unísono, en respuesta de sin igual elocuencia gestual, de la noble muchachada, refiriéndose, en clarísimo rechazo, a la segunda opción planteada -- ¡Que salga “La Bomba”!... ¡Queremos una Revista Libre! -- Expresaron así, su rotunda decisión.

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-- Pero no es tan sencilla la cosa --Repliqué e insistí entonces, aclarando seguidamente las situaciones--. Por una parte, no se deben preocupar demasiado por nuestras carreras, pues las ofrendaríamos sin titubeos en caso necesario, porque ellas no se pueden poner en subasta. Es poco probable, además, si somos firmes y unidos, que la Alta Dirección de la Escuela, se atreva a tanto; frente al posible juicio del estudiantado, del público nacional, y a los ecos del suceso, especialmente ante el periodismo. Pero, de otro lado, la Revista requiere dinero, por mucho que no nos guste esa cruda e inescapable realidad. Fácil es hablar y gritar, mas aquí se precisa hechos, acciones y sacrificios, concretos: Si no somos capaces de juntar, entre nosotros mismos, el dinero necesario para suplir a las subvenciones de la Escuela y a la pérdida de ingresos significada por algunos avisos importantes (los del guano, de otros fertilizantes, y de anunciadores muy vinculados a la Compañía), la Revista no podría salir. Si no damos una muestra muy clara de la férrea unidad y decisión de todo el alumnado en este asunto, el “profesor” --entre comillas-- que nos ha echado la puntería y el Consejo, ante el cual puede influir, entonces sí, serían capaces de clausurar “Agronomía”. Y hasta de expulsar de la Escuela a sus dirigentes y ‘secuaces’; como nos califican por añadidura algunos acomodaticios y malos profesores e inertes burócratas. Censurables, por supuesto; sin autoridad moral pero muy influyentes en el medio político... Yo quisiera saber, por ejemplo: ¿quiénes y con cuánto están dispuestos a contribuir los que al parecer y quiera Dios sea de verdad, muestran tanto entusiasmo y decisión? “Ipso facto”, como un solo hombre y movidos por elásticos resortes, los muchachos al unísono levantaron manos y brazos, casi todos con uno o varios billetes de 20, 10 ó 5 soles. Y se notaba también, a varios alumnos --los que completaban la asistencia--, quienes seguramente no disponiendo de dinero en ese momento, solicitaban con frenético afán, rápidos préstamos a sus compañeros cercanos; para poder cumplir con lo que a todas luces, llegaron a considerar ‘un sagrado deber estudiantil’. Nadie dejó de contribuir. En un instante tuvimos a disposición una gran cantidad de billetes que nos permitían contemplar con optimismo la financiación de por lo menos los dos números siguientes... -- ¡Que salga “La Bomba”! -- Ordené en voz alta a mis ayudantes, para que corrieran hacia la Imprenta Lumen, a sacar todos los ejemplares ya disponibles y los distribuyeran de inmediato; lo cual se logró a las pocas horas de esa misma tarde... Lo cierto es que el suceso trascendió al conocimiento de toda la Escuela y al de importantes sectores económicos y políticos del País. El ‘profesor’ (?) que quiso avasallarnos, quedó anonadado. En inocultable desaire y gran ridículo. El Consejo de Profesores no tomó ninguna medida en contra nuestra. Y, el mismo

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Director, valgan verdades, el honorable Ingeniero Pascual Saco Lanfranco, aunque introvertido, frío, al parecer bastante apático, con una añadida sonrisita notoriamente significativa y muy propia de él, expresó su apoyo y simpatía por la noble causa en la que se habían embarcado nuestros juveniles arrestos periodísticos: -- “Tiren para adelante” -- Dijo y mantuvo puntual; no nos quitó, ni por pienso, la subvención económica acostumbrada. Esta victoria aseguró, definitivamente, la marcha de la Revista hacia el futuro. Era, a la vez y en buena cuenta, mi segundo triunfo en los terrenos de la Oratoria. ----Refiriéndome a la significación de los episodios acabados de narrar, siendo ellos también dos iniciales seudo ‘lucimientos’ personales en Elocuencia, debo comenzar por decir que me confirieron una Seguridad --algo así como esa “mentalidad ganadora” que llaman-- para “Hablar en Público”. La cual constituye condición esencial y primera de todo aquel a quien se pueda titular de Orador. Y habiendo todavía deducibles más reglas y principios, útiles e importantes, a explayar aquí; en cuanto al supremo arte y la rigurosa técnica del Buen Decir, vayan algunos: Si bien es indispensable adquirir Seguridad, no obstante, como diría Cicerón: “Hay que guardarse de no exagerar”. Pues ocurre que cuando se triunfa en las primeras experiencias oratorias, se suele exagerar la confianza; hasta llegar a indebidas y antipáticas situaciones de vanidad o de soberbia. Para caer, inexorable y finalmente, en lamentables fracasos y en humillantes ridículos. Lo dicho, por no haberse adquirido conciencia plena de la real grandeza de la disciplina Oratoria; al lado de la siempre pequeñez relativa de las cualidades del orador principiante. O inclusive de las del ‘cuajado’; si no se llegara a comprender y adoptar, de modo cabal, la convicción de que: “La Modestia es el adorno cumbre de todas las virtudes”. Recuerdo cómo, envalentonado y hasta engolosinado por mis primeros ‘éxitos’, comencé a “lanzarme al ruedo”, en cuanta oportunidad se presentaba. Con la mayor facilidad y gran frecuencia... ¡Qué fracasos no experimenté y cuánto ridículo no habré sufrido!... Por no reparar lo suficiente en que: “Sólo se debe hablar en público de lo que se conoce muy bien, se ama intensamente, se desea comunicar con entusiasmo, y cuando se ha preparado concienzudamente el discurso. No se debe, jamás, hablar por hablar. Es obligatorio el silencio, cuando las circunstancias no cumplen los requisitos esenciales señalados”. El Dr. Mario Polar Ugarteche, quien fuera un notable orador y escritor, decía: “No hay que confundir la Facilidad de Palabra, con la Dificultad para Quedarse Callado”. 243

Cuando se tuviera que hablar, en ocasión inoportuna, de un tema extraño, asignado por otros, que no se conoce, o no se estima lo suficiente, que no se desea comunicar, y cuyo texto no se ha preparado: ¡No aparece el “Fuego Oratorio”! Sucede, a semejanza del fogón, sin combustible, de una locomotora a vapor: Se "apaga" o no se enciende. La expresión se hace inevitablemente incoherente y anémica. Aparecen “lagunas” durante el discurso; por momentos no se sabe qué decir; "se da vueltas a la noria”, retornando sobre lo mismo ya dicho, repitiéndolo, ostensiblemente, en fastidiosa demasía. Para el logro de la mayor Seguridad del Orador, no se debe olvidar el conseguir un pleno dominio sobre todo remanente de “Terror Oratorio”; adquiriendo, en cambio: Tranquilidad, Serenidad. En el sentido de un sosiego suficiente, con facilidad de reacción, ante situaciones variables e imprevistas; posibles de presentarse en cualquier evento. Y, sobre todo, es indispensable para la adecuada Precisión del Discurso. Preparado. El tema de la Preparación ha sido y es materia de diversas opiniones e innumerables discusiones: -- Por un lado, muchos --no percibiendo cabalmente el significado de la Oratoria, con acierto parcial, empero-- suponen que el discurso “debe ser improvisado”, espontáneo, hablado, “con el corazón en la mano”. Jamás preparado por escrito, ni menos leído. Puesto que la primera cualidad del Orador debe ser su natural Sinceridad. Y lo escrito, obviamente es preparado de antemano, fuera del escenario y de sus acontecimientos; a veces incluso por distinta persona. Además, la lectura es casi siempre ‘muy aburrida’ a la percepción de los auditorios. Y si el texto es aprendido de memoria, puede resultar pareciendo una recitación o “paporreteo”. Aparte, el discurso leído, sea bien, o ‘paporreteado’, anula toda posibilidad de aprovechar o de eludir, según sea el caso, circunstancias inesperadas, positivas o negativas. Así como la de lograr una comunicación directa y recíproca, imprescindibles, entre el orador y el público. De otro lado --por desgracia constituyendo mayoría hoy, en que cada vez se concede menos importancia a la verdadera Oratoria--, hay quienes piensan que el discurso “debe ser escrito”; hasta pudiendo ser hecho por otra persona; y pronunciado leyéndolo; de modo a evitar fallas comprometedoras o para mejor poder publicarlo. En esta posición, se admite como sabido, que si bien leer la disertación puede constituir un modo bastante insípido para el público, resulta, en cambio, muy cómodo para los oradores (?) mediocres –lamentablemente, ahora casi la totalidad o numerosos en demasía--. Y, en general están también, las personas de mucho fungir de ‘cultas’, pero que no se han preocupado, jamás, del estudio serio de la Elocuencia, como Arte y como Técnica Superior. Afortunadamente, para la cabal dilucidación del tema, como siempre, sobre estos asuntos, Cicerón "da en el clavo" del acierto:

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Establece, en efecto, que el Orador debe ser, ante todo, Sincero. Y esa sinceridad está demostrada, porque sólo habla de lo que conoce, ama, y desea comunicar, con Vehemencia. Remarcando cómo, el ánimo vehemente, es condición esencial del Orador. Y si bien la Oratoria tiene mucho del Arte Teatral, esto no sólo no quita, sino incrementa las posibilidades, acentúa los efectos positivos, de la expresión en verdad Sincera. Explica el asunto el sabio, diciendo que el Orador es y debe ser, en apreciable medida, como un eximio Actor Teatral.94 Virtuoso en el Dominio de la Escena, en las Potencialidades de la Voz, la Corrección de la Expresión Verbal, la Jerarquía de la Mímica, la Elegancia del Porte Personal; y los otros aspectos dignos de particular apreciación, en el Arte Dramático. Pero, precisamente, lo supera en Sinceridad, pues: El Actor recita un “parlamento”, escrito por otra persona: el Autor Teatral o Dramaturgo; quien lo hace al margen de los sentires y pensares de cualquier posible Actor; el que así tiene que desempeñar un “papel”, representar personajes de creación ajena, o simular situaciones imaginadas por otros. Aunque el Buen Actor pueda hacerlo, a un grado de “compenetración” con el Personaje y las Situaciones, con tal “realismo” y “originalidad”, cuanto que los espectadores llegan a suponer que es el artista quien habla y actúa, por propio y natural impulso, tal como se le ve... pareciendo hasta “espontáneo”... El Orador, en cambio, jamás puede ni debe dejar de producir la impresión y la realidad, del “propio y natural impulso”. Mucho más en su caso, pues la Pieza Oratoria es creada por él mismo. Quien es el autor al crearla, y además el actor al pronunciarla. Con un texto correspondiente a lo que él piensa, siente, y quiere expresar. Aun cuando artísticamente pulido, pero por él mismo, a los fines de un mayor perfeccionamiento del fondo y de la mejor presentación de la forma de la Obra (de Arte y de Técnica, que eso es un Gran Discurso). Todo lo cual, además, implica el debido respeto al Público e intensa devoción al empeño. Cicerón agregaba que el Orador, actuando con Sincera Espontaneidad, auto exaltada, eso sí, por la Vehemencia del comunicador nato y ansioso, teatral por ello si se quiere, “no debe leer el discurso, aunque ha de prepararlo”; incluso procurando escribirlo completo. Tratar de imaginar las situaciones que pudieran producirse en el evento.95 Y memorizarlo luego. Con adecuados métodos (llamados mnemónicos). Pero habiendo tenido ya grabados, en el cerebro y en el corazón, desde mucho tiempo antes, el contenido esencial y el alma del discurso. El saber --por tenerlo de antiguo en el pensamiento y haberlo preparado previamente y de memoria-- el texto íntegro del discurso, no constituye motivo
Hoy podríamos incluir además en estas consideraciones, en cierta medida, a los actores de Cine y T V. 95 De donde se infiere que el Gran Orador habrá de ser, simultáneamente y por lo menos, un Buen Escritor. Aunque no todo Gran Escritor pueda ser, sólo por ello, un Gran Orador. Aparte, el género literario específico (el oratorio), que se emplea en la elaboración de los discursos, es diferente, en grado apreciable, a los otros géneros literarios (narración, ensayo, poesía, etc.).
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para un ‘paporreteo’ al momento de pronunciarlo. Sino, por el contrario y sencillamente, para disponer, cual si estuviera escrito en el cerebro, de un recurso auxiliar, de modo a poder acudir a él en cualesquiera circunstancias imprevistas. Ya confiadamente. Y cuantas veces pudiera hacerse necesario. El Orador no debe llevar escrito en papeles el discurso completo (a lo sumo un esquema o una breve “ayuda memoria”), sino grabado en la mente y por estallar en el corazón. Ello le confiere gran Seguridad –sustentada, en lo fundamental, por su compenetración, de siempre, con el tema--, de modo a no presentársele deplorables “lagunas”. Al mismo tiempo, le confiere tranquilidad para poder percatarse, en todo instante, de las circunstancias variables del ambiente, aprovechándolas mejor. Hasta variar algo el discurso, si ello resultare procedente. Es decir, tomar “Pleno Dominio de la Escena". Del Momento, y de la Audiencia. El discurso así preparado, sobre materia que se conoce bien, depositario de una especial afición, e intensamente deseado de comunicar, permite desarrollar al Orador, de modo adecuado, su exposición; y también aprovechar todas las condiciones especiales y circunstancias imprevistas del entorno y del momento. En favor de lo que debe y puede llegar a ser una verdadera Obra de Arte y de Técnica, en el campo de la Expresión Verbal. El Orador que se precie de tal, no gustará ni aceptará pronunciar discursos leídos, así fueren escritos por él mismo96 y mucho menos por otros. Ni los pronunciará, ‘hablados', sin preparación. Tampoco aceptará la asignación de temas ajenos o que no domine.97 Por último, creo oportuno referirme a lo también enseñado por Cicerón, que resulta interesante para comprender o formarse una idea cabal, de la verdadera significación y de las dimensiones de la Técnica y del Arte Oratorio: Había establecido, el insigne maestro de Retórica, que la Educación, orientada a la formación del hombre verdaderamente Sabio, debía culminar con el estudio de dicha disciplina, puesto que ella lo habría de ubicar en el verdadero camino hacia una constante Superación. En una parte de su obra escrita, en vía de recurso metodológico para completar sus explicaciones, Cicerón describe, como modelo supremo del arte que tratamos: al “Orador Perfecto”. Haciendo ver cómo, para serlo, precisaría colocarse en las cumbres de la Filosofía, de las Ciencias y de las Artes. Amén de su excelencia en las cualidades espirituales y físicas de la persona humana.
Puede haber excepciones en particulares casos (por necesidad de publicación posterior; por lo extremadamente delicado del tema; etc.). Pero aun en esas circunstancias, el orador debe procurar memorizar el texto, previamente a su lectura. Y leerlo, de tal modo, que casi no parezca leído o se note lo menos posible. También, sencillamente puede pronunciar el discurso tal como debiera ser, alcanzando después, a los interesados, las copias del texto que ha sido previamente escrito; el cual resultará, como es lógico, sólo bastante parecido al pronunciado, sin que tenga ello mayor importancia. 97 Es relativamente fácil ‘dar la vuelta’ a un tema asignado (sólo un título podría decirse), para ‘reemplazarlo’ por otro que pase con parecido nombre, pero que sea del fondo deseado.
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De la Filosofía y de las Ciencias, pues los temas de los discursos del Orador deben comprender a las Grandes Ideas, a las Precisas Verdades y Conocimientos. A los contenidos de las expansiones generalizadoras del pensamiento filosófico; a los claros principios y las leyes de las Ciencias. Así como --en cuanto a las Artes-- el Orador requiere saber, por todo lo alto, de Gramática y Literatura, pues escribe sus propias piezas oratorias; de Teatro, ya que ha de dominar escenarios con espectacularidad; de Música, por constituir la voz, con sus modulaciones, entonación, timbre, volúmenes e inflexiones, elementos básicos de la elocuencia y de indudables vinculaciones con el conocimiento musical. No dejaba de señalar Cicerón, además, cómo el orador, al construir con armonía sus discursos e imágenes; y, al esculpirlos, pulirlos, retocarlos, con encomiable dedicación y paciencia, actúa, con múltiple efecto, a la par de literato, como una suerte de músico, escultor y pintor. Eximio. De otro lado, el Orador Perfecto, imaginado por Cicerón, en cuanto a su apariencia física, habría de ser de majestuosa elegancia y armónica contextura, concordantes con sus singulares virtudes espirituales. En otras palabras, el Orador Perfecto tendría que ser el Hombre Perfecto. Pero como tal situación –la del Hombre Perfecto-- no existe, ni puede existir, tampoco es posible, en estricta verdad, el Orador Perfecto. Cicerón no consideró, en esa categoría, ni siquiera al gran Demóstenes; calificado por sus contemporáneos y por muchos de sus posteriores apologistas, como “Divino”; ni a él mismo por cierto, aparte de en razón de cumplir con su elemental deber de modestia… ¡El más grande de los maestros oradores, de todo el mundo y de todos los tiempos! Sin embargo, cuando el insigne romano delinea la Imagen del Orador Ideal, no es para tenerlo como un objetivo concreto alcanzable y menos alcanzado, por alguien, sino como un Paradigma, inalcanzable, ubicado en la cumbre de la imaginación, al final de una Ruta. En el Camino señalado y definido por la disciplina Retórica. Por la cual, el estudioso, debe transitar en el empeño hacia una constante superación oratoria personal... ¡Sin fin! Como en todo verdadero Ideal. Es decir, el aprendiz ha de proponerse avanzar, siempre. Aunque nunca pueda llegar a la perfección plena. Pero eso ya es suficiente, muchísimo.98 ----Nótese cómo puede establecerse una nítida diferencia, dentro de las llamadas Concepciones del Mundo, entre el “Idealismo Cristiano”, desarrollado sobre el Platónico, adoptado éste por Cicerón, y el “Pragmatismo Liberal”. Mientras que para el primero hay un superior Modelo, tan sublime que resulta inalcanzable (Jesús); y un Rumbo, un camino inculminable (la Doctrina, incluyendo su Ética). Para el segundo no hay modelo universal, sino lo aceptado individualmente; ni nada superior a lo realizable en concreto. Solamente considera “metas” u “objetivos”, que se agotan al momento de su ‘logro’ (Se llegó a la meta, se acabó la carrera. Otra meta, requiere otra carrera). Para el idealista cristiano, nunca se termina la carrera. Cada avance estimula el esfuerzo. Frente a las dificultades y frustraciones jamás se pierde u olvida la devoción al Modelo, ni la fe en la Doctrina, en sus Principios inspiradores.
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Las ‘experiencias retóricas’ en La Molina, en especial en el ámbito de las estudiantiles luchas periodísticas de la revista “Agronomía”, me iniciaron por el camino vocacional e idealista oratorio. Con sus múltiples posibilidades de aplicación; similares, pero de cierta mayor jerarquía, que el arte --y la técnica también-- del bien escribir. Cuyos desarrollos habría de continuar yo, con gran satisfacción existencial durante muchos años, en variadas formas y circunstancias. Obteniendo interesantes lecciones, a las cuales me referiré al tratar las etapas vitales, materias de los capítulos siguientes. ----La Vocación Política.- Cuando un joven se apasiona en el Escribir Periodístico y en el Hablar en Público, ya está colocado en el plano inclinado y en el umbral de la Política. Admirando y gustando de los buenos escritores y oradores; del sentido de la comunicación humana; sobre desarrolla, comienza a preocuparle, la suerte de la sociedad en que vive. Apreciando la existencia de problemas importantes y de situaciones trascendentes. Se adoptan ideologías o doctrinas. Se sigue o ejerce liderazgos. Se siente, con pasión, algún Ideal Político. Tal sucedió, muy claramente, con nosotros; en Luís Córdova y en mí. Pero a lo dicho se añadía la intensa vivencia de los episodios y sucesos a que daban lugar las numerosas luchas emprendidas por nuestra querida “Revista Agronomía”; en defensa de los superiores intereses del país y del prestigio de la profesión. Tales como: El asunto de la Compañía del Guano, el cual nos hizo ver lo putrefacto de muchas de nuestras instituciones; la general indiferencia, egoísmo y hasta cobardía, además de una incuestionable mediocridad de sus dirigentes. Y el deseo de “tapar las cosas". El anteponer la ansiedad por los riesgos de la propia situación económica e intereses superfluos, al Amor Patrio... ¡El poco sentido del deber cívico y moral! ¿Tenía esto que ser siempre y forzosamente así?... ¡No lo aceptábamos! Asimismo: La lucha de nuestra Escuela por desarrollar, anexa, como le correspondía, la Sección Veterinaria; profesión hermana de la nuestra. Enfrentando los mezquinos y poderosos intentos --triunfadores al final-- de un pequeño círculo de militares encabezados por un oficial, civil asimilado, de formación profesional veterinaria en el extranjero y vinculado al más alto poder ‘político’ (La Presidencia de la República), por lazos, además de los sociales que suelen darse, de algunos otros irregulares --por decir lo menos— resultantes de penumbrosas relaciones de alcoba. ¿Tenía esto que ser siempre y forzosamente así?... ¡No nos parecía! Agregaré: La superficialidad puesta de manifiesto por la burocracia de la Dirección de Colonización y Tierras de Montaña, al encarar los problemas del Desarrollo Ganadero de nuestra Selva. Y la actitud irresponsable de muchos profesionales que se prestaban a encubrir errores... ¡"para no hacerse problemas"!

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Recuerdo cómo, cuando terminé el informe, criticando a los trabajos de Tingo María, en ocasión inmediata a nuestro reciente viaje promocional de estudios a esa zona, lo presenté a nuestro profesor de Zootecnia (J.A.L.F.), pidiéndole que lo revisara y de encontrarle errores, como estaba casi seguro los presentaría, tuviera la amabilidad de indicármelos; antes de su publicación -como efectivamente lo hizo--, de modo a evitarme alguna ‘metida de pata’ y hasta el peligro de hacer el ridículo. El diálogo producido fue aleccionador: -- Mire usted Cubas --comenzó diciéndome el Profesor--, a su trabajo no solamente no le he encontrado errores, sino que, por el contrario, lo considero muy bueno. Hasta me ha sorprendido mucho su calidad; en los aspectos técnicos, se lo digo sin hipocresías de ninguna especie; ni por alguna improcedente intención de halagarlo. -- ¡Muchas gracias Doctor! --Repuse al punto, pleno de orgullosa y justificada satisfacción. -- Pero... ¡hay un pero! –Replicó y continuando-- Dígame Cubas ¿Qué edad tiene usted? -- Veinte años cumplidos, Doctor... -- ¡Ah! Yo tengo el doble: 40. El doble de su experiencia sobre la vida. Ello, y el aprecio y el afecto que le profeso, me autorizan a intentar hacerle ver algo y darle un consejo. De cuya utilidad no dudo: Su artículo, aparte de lo técnico que está intachable, contiene expresiones muy duras hacia el Ministerio y la Dirección que han conducido los trabajos; así como en agravio de los profesionales embarcados en la tarea. En virtud de tal situación, se ganará usted numerosos enemigos; y al egresar de la Escuela, jamás le darán trabajo allí. Escriba usted dentro de lo no hiriente, lo que tenga que escribir, pero jamás ataque --(¡?)--, pues ello crea rencores difíciles de borrar. No olvide este consejo, el cual se lo doy con la mejor de las intenciones y el mayor cariño: “En esta vida, viva usted y deje usted vivir”.--- (¡?). Como escrita en bronce, indeleble, tengo todavía grabada en la mente esa tremenda frase, que me dejó por un momento anonadado. Pero le respondí al punto, más o menos en la siguiente forma: -- Mire usted Doctor: No dudo, en absoluto, que lo mueven los mejores sentimientos hacia mi persona, lo cual se lo agradezco en primer lugar; y, por supuesto, se ve que está usted sinceramente convencido de su acierto en lo que me acaba de decir. Pero, con la misma sinceridad, significando simultáneamente mucho aprecio y respeto, debo expresarle, rotundamente, mi desacuerdo: El artículo dice la Verdad, desde la perspectiva técnica, de la Genética Animal, sobre los trabajos de la Estación Zootécnica de Tingo María, como Ud. mismo lo ha señalado claramente, hasta con generoso entusiasmo. Y como ellos han sido hechos al margen del acierto, con desconocimiento técnico,

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injustificable en los funcionarios y profesionales que los conducen, ineludiblemente se deben señalar sus errores y a los responsables del caso. Para hacer posibles las correcciones necesarias al programa; evitando mayores daños al país. Eso naturalmente duele y se califica, con exagerada preocupación, creo, de “ataques” y de “críticas hirientes”... ¡Pero “no se puede hacer tortillas sin romper huevos”! No creo que se deba tener por norma: “jamás atacar”. Por el contrario. La Verdad y el Bien, deben ser siempre defendidos y sus contrarios, el error y el mal, siempre combatidos, “atacados”; sea dicho con todas sus letras. Y muchas veces, precisamente, la mejor defensa es el ataque. Más aún: De ninguna manera se debe dejar de proceder, como es debido, justificándose en la previsión de “no ganarse enemigos” o “despreciar oportunidades” de mero interés personal y material o crematístico; por conseguir o no perder, "buenos puestos”, bien remunerados. Con mayor razón en los jóvenes: Lo propio es Luchar, combatir, atacar y defenderse; en pos de acciones conducentes al mejoramiento y superación del medio en el cual viven: de su Patria y del Mundo. Es lo que se llama: el Idealismo. Un ‘joven’, sin ideales, deja en verdad de ser joven; como lo dijera José Ingenieros: "entra en temprana decrepitud espiritual"... Mientras que el buen anciano, el “viejo-joven”, los mantiene hasta el final de sus días. ¡Venerable! resulta así. Quienes, con el paso y el peso de los años, abandonan sus nobles ideales juveniles --perdóneme la tosquedad de mi franqueza, Doctor--, argumentando “experiencia” y sesudas o “prudentes” razones, no lo hacen por eso, en verdad, sino porque, al margen de su voluntad, los han perdido –los ideales nobles--, por obra de variadas fuerzas y circunstancias, cuyas magnitudes los abrumaron y vencieron. Mas, pese a todo, los hombres maduros, jamás debieran desalentar el idealismo de los jóvenes; ni encauzarlos por los fofos canales de la concepción burguesa o liberal, hedonista, sensual, rutinaria, superficial, y hasta falsamente ‘pacifista’, ofrecidos hoy a la generalidad de los seres humanos. Yo, Doctor, le reitero mi agradecimiento por sus buenas intenciones; pero ansiando se corrija a fondo lo de Tingo María, de enormes proyecciones hacia el desarrollo de toda la Selva Peruana, publicaré mi artículo y asumiré las consecuencias. No me importan mucho los posibles ‘enemigos’ a ganarme; sé, en cambio, que algunos ingenieros, presentes o futuros, por lo menos, se unirán al propósito de tan trascendente mejoramiento. Y en cuanto a los “puestos” en los ministerios, ésta será oportunidad para no ingresar a la burocracia estatal y de ser más independiente; como siempre me lo recomendara mi recordado padre.99

¡Cosas tiene la vida! Como lo veremos más adelante, a poco de publicado mi artículo, precisamente, no sólo no se me “cerraron las puertas de los ministerios”, como pronosticaba “la voz de la experiencia”, sino por el contrario, me llamaron a trabajar en la Estación Experimental

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-- En fin --concluyó el Profesor-- yo he querido aconsejarlo y lo hago de buena fe. Será responsabilidad suya lo que le suceda en adelante y, pese a todo, ojalá tenga usted buena suerte... El artículo salió publicado y resultó ¡otra “bomba”!... Toda la burocracia agraria explotó. Uno de los más experimentados y prestigiosos ingenieros (Joaquín Alejandro Cortez) replicó por escrito; educadamente, pero con fuerte pretendida ironía, muy despectiva, hacia "el joven estudiante" que lo había elaborado. La Revista publicó esa réplica y al siguiente número la contrarréplica mía... La polémica resultó muy sonada. Y el general dictamen fue –falsa modestia aparte-- que la gané en toda la línea. Cosa de la cual doy cuenta, ciertamente, no por vanagloria, sino para los fines de resaltar el deficiente nivel técnico de los programas gubernamentales, su débil ánimo, y la injustificada ‘solidaridad’ de la burocracia del Sistema. Cumpliéndose, por casi todos, la repudiable consigna: ¡Complicidad y dejar vivir con tranquilidad, para vivir mejor! ¿Tenía esto que ser siempre y forzosamente así? ¡No!... Nosotros, como jóvenes, por lo menos... ¡teníamos que cambiar o contribuir a cambiar las cosas! ----Y lo dicho no era todo. Por aquellos tiempos el mundo atravesaba las más terribles circunstancias de la II Guerra Mundial. Éramos testigos y oyentes de las acciones y proclamas de los contendores de ambos bandos: Los “Aliados”, “democráticos”, “liberales” o “burgueses”… ¡con los “comunistas”! por un lado. Y los del “Eje” (Roma, Berlín, Tokio), “Fascistas” o “Totalitarios”, por el otro. Se ofrecían notables diferencias entre los dichos adversarios, en cuanto a principios y doctrinas, concepciones morales, fuerza espiritual --el ‘voltaje anímico’ de la juventud y de sus pueblos en general--; así como la eficacia y resultados de sus actuaciones económico-sociales, políticas, y militares; además de sus producciones culturales, artísticas, y científicas. Hablando con objetiva imparcialidad --si cabe en asuntos de tal índole-- y al margen de la larga y arrolladora propaganda, que había logrado –desde entonces y hasta ahora-- imponer conceptos y sentimientos irreales, sobre los hechos sucedidos y sus actores, había, empero, una fuerte atracción, por sus simpatías y superioridades notables, del Eje sobre los Aliados (o liberales). Decadente ya, el mundo burgués, en el cual nosotros estábamos --y seguimos estando, con más fuerza, por desgracia-- involuntariamente inmersos. Y, al parecer, sin esperanza de salida viable alguna. La contundencia, realismo, vigor de los principios, doctrinas y acciones, de los del Eje... ¡Su fervoroso, masivo, y
de Tingo María, en excelentes condiciones para entonces... ¡Por haber sido el autor de la publicación!

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envidiable, patriotismo!... Popular y en las élites... Eran por demás resaltantes, sobre lo mostrado por los Aliados. La mal llamada “Democracia” –en todo caso "Plutocracias"--, de los liberales, no podía, ni puede ocultar sus falsías. Pues sus gobiernos se instauran por “elecciones generales” --’francachelas electoreras’, fuera mejor decir--; imposibles sin “campañas electorales”, y éstas, sin dinero. Por lo tanto, los propietarios de las riquezas –las más de las veces mal habidas--, poderosos financistas, ricos, de los inescrupulosos, con ansias de poder, o "plutócratas", son los reales usufructuarios y dueños de los resultados de las "elecciones" que financian o que pueden desvirtuar. ¡Una “Plutocracia”!... Mas nunca una verdadera “Democracia”. Ni qué hablar de los aspectos Morales y del Patriotismo. El mundo burgués, ya decadente –que no propiamente “moderno”--, establece que la Moral es relativa (!), variando según las personas, los tiempos, y los lugares -¡no solo sus apariencias, sino la Moral misma!--; y que corresponde al fuero individual, no al social... El más elemental estudio de la Ética demuestra el absurdo del dicho “relativismo moral”; conducente, inexorablemente, a la amoralidad generalizada; y ésta, a su vez, a la inmoralidad total... ¡Como lo estamos viendo y viviendo! ¿Y qué puede decir de Patriotismo o Nacionalismo, el pensamiento liberal? El cual, con el marxismo, propugnan el “internacionalismo” en todos los terrenos; llamado hoy, en difundida y vaga huachafería: “Globalización”. Apagando, hasta donde pueden, los sentimientos nacionales y el fervor patriótico, tan consustanciales a la verdadera naturaleza humana y al sustento de su elevación en los campos social y político... Y ¡cuidado!: No es lo mismo, el “Universalismo Católico”: Armonía, sin pérdida de válidas singularidades, ni personalidades, de todas las naciones, en los diversos campos de la vida humana. El ambiente de inmoralidad y de frigidez egoísta general, emanado por todos los poros de la decadente sociedad burguesa, hace comprender el sentimiento de rechazo producido en el ánimo juvenil y la simpatía natural, en cambio, por otros sistemas que podrían significar lo contrario ¡Nos llenábamos de “Santa Envidia”! Al contemplar los espectáculos ofrecidos por las sociedades de Alemania, Italia, España, y hasta de Japón. Lamentable, en cambio, el panorama contrastante de nuestro Perú y de sus pueblos hermanos de Ibero América, visión tenida, pese a quererlos tanto, como realmente los amamos. No quedaba tampoco muy atrás ni a salvo --todos iban casi en paralelo--, lo que se veía --¡y se sigue viendo, cada vez peor!-- en EE.UU., Inglaterra, Francia, y otros países que se dicen “adelantados”. Era imposible admirarlos honestamente; contemplando la frialdad gélida de su política, tan superficial y hasta circense; viendo cómo eran, las mayorías populares, víctimas de una intensa, repetitiva y cínica propaganda, que no pudiendo ‘digerirla’, habrían de ‘tragarla’ empero, sin mayores trámites... No podíamos dejar de notar lo grotesco de sus candidatos en “campañas electorales”; ostentando, por todo ‘contenido’ y

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sin motivo válido alguno, forzadas, hasta idiotas, “sonrisas Kolynos”... Haciendo de tal modo --a todas luces en extremo ridículo--, su “marketing” político, como se diría hoy... Nosotros pensábamos que algo teníamos que hacer o participar en construir al respecto. Para remediar tan triste situación... Pero notamos claramente desde entonces, que primero deberíamos ser económicamente independientes y contar con algún elemental recurso adicional de la misma naturaleza; "Un Capital de Operación"... Pese a lo impetuosamente románticos y espiritualistas, cuanto nos sentíamos a la sazón. Fue así que Lucho y yo nos hicimos el propósito firme de participar en Política (con mayúscula). La Idealista por supuesto. Y pensamos en las muchas cosas necesarias al respecto: En primer lugar, la Independencia Económica y los Recursos para la Financiación de la dicha Acción Política. Y habríamos de lograrlos, por lo menos, mediante la forja de una pequeña o mediana empresa agraria, propia. Ocurrió así, que en nuestro último viaje con la promoción, a la Selva Centro Oriental, al pasar por Huánuco, tuvimos oportunidad de visitar un hermoso fundito frutal --de unas 20 a 30 Has.--, ubicado en una meseta que domina el panorama de la bella ciudad de Huánuco. Era propiedad del notable agricultor de la zona, Sr. Ruperto Cuculiza y estaba muy bien cultivado de naranjos (de las variedades Valencia y Washington Naval), por entonces en plena y abundante fructificación. Nos impresionó sobremanera la belleza y productividad del predio... Pensamos, “ipso facto”, hacer nosotros algo semejante en el futuro. En la misma región de Huánuco. Ingreso natural a la dicha Selva Centro Oriental. Confiábamos --¡Oh candoroso, aunque divino, optimismo de jóvenes!--, sin contar con un centavo de capital propio, en poder realizar el proyecto con préstamos de algunas personas amigas --¡caritativas hasta lo inefable, habrían de ser!-- y del entonces Banco Agrícola, en operación... por verse... ¡Sin garantías concretas! Lograda que fuere la primera parte del propósito: establecer el fundo frutal y nuestra independencia económica consecuente, podríamos pensar en el inicio de la verdadera Acción Política –fundando y poniendo en marcha un Nuevo Movimiento Político--; sin dejar de pensar, actuar y pesar, simultáneamente, en la “Orientación de los Programas Ganaderos del Perú en la Selva”. Con Lucho Córdova nos comprometimos, bajo palabra de honor, a emprender juntos estos intentos y a no separarnos por ningún motivo. Así llegaban, apasionantes, los últimos días del año ‘43 y del 5º y final de nuestros estudios... ----La Ganadería Vacuna Tropical.- He descrito ampliamente cómo se forjó en un largo proceso mi vocación profesional de Ingeniero Agrónomo, comenzando con la especialidad de Caña de Azúcar, la de mi padre, para 253

evolucionar, después, hacia la Ganadería Vacuna y dentro de ésta a la Tropical. Mas esta vocación se fue enraizando, definiendo y precisando, hasta el detalle y con singular fuerza, sobre todo con motivo de publicarse en la Revista “Agronomía” mi ya citado informe acerca de los trabajos ganaderos oficiales en Tingo María; con su famosa polémica subsecuente. Tal debate público, de carácter técnico, con notorios ribetes científico intelectuales y hasta políticos, terminó de enardecer mi germinante y ya entusiasta inclinación profesional, obligándome ¡con el mayor de mis agrados! --valgan verdades-- a estudiar y profundizar, mucho más, en esos temas. De la discusión pública del problema ganadero selvático peruano, así como por las experiencias de varios profesionales, se venía desprendiendo, cada vez con mayor claridad, cómo, aparte de muchos de los problemas que podríamos llamar “menores”, el principal, en cuanto a los bovinos se refiere, consistía en que era necesario lograr: Una Nueva Raza de Vacunos. Adecuada al medio Tropical Húmedo. Y altamente Productiva. La cual, por aquellos tiempos, se suponía aún, habría de ser para la producción extensiva de carne. Y solamente pocos años después, se terminaría por definir que debería ser para la intensiva de leche; de animales de gran peso y alzada (o sea de “doble propósito”).... ¡Menudo el desafío zootécnico! La necesidad de producir una Nueva Raza o Tipo --logro éste, menos trascendente y de alguna menor jerarquía técnico genética, pues no involucra la “fijación”-- de una Nueva Raza de Ganado Vacuno Tropical, digo, se comenzó a presentar, cada vez más evidente. En realidad --falsa modestia aparte-- fui, el primero --y después, mucho tiempo, el único-- en sostener este planteamiento. Pero, también, arrancaron fuertes corrientes de celos profesionales, de envidias burocráticas, y de intereses crematísticos mezquinos e inconfesables, que combatieron la idea. Con saña digna de mejor causa. Hasta queriendo ridiculizarla. Pero sin mayores fundamentos... Por años --¡casi medio siglo!-hube de luchar contra tales corrientes; cuyos manejos consiguieron, finalmente, frustrar, en gran medida, un trascendental y patriótico intento, como habrá ocasión de explicarlo. Y volviendo adonde estábamos, es el caso que en los tiempos de la famosa polémica, no había --ni hay aún ahora--, para la Selva del Perú, otra salida, sino lograr: Una Nueva Raza de Ganado Vacuno Tropical (la cual, hasta entonces se suponía, debiera ser de carne). Una nueva raza, por varias razones: •No existía disponible, en número apreciable, ningún tipo de ganado suficientemente productivo y al mismo tiempo resistente a las agresivas condiciones ecológicas del Trópico Húmedo Peruano. •El ganado “criollo selvático”, sobreviviente en verdad, de la raza histórica de Castilla (España), bajo una existencia marginal de siglos y una crianza por demás deficiente, no llegaba a los adecuados niveles exigibles, en los ya dichos rubros de producción y resistencia.

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•El “criollo de la Costa Norte” (Piura), podría merecer apreciación algo superior al "selvático", pero de todos modos insuficiente, en cuanto a productividad y resistencia, además de ser, también, muy heterogéneo. •El “criollo de la Sierra”, se mostraba mucho más susceptible al calor y a las enfermedades tropicales; con una productividad muy deficiente en ese medio.. •El ganado "cebú" --que debía ser importado--, si bien ofrecía muy fuerte resistencia al medio tropical, en cambio, la calidad de su carne, la cantidad, y rapidez (peso y precocidad), de su producción, no eran suficientemente satisfactorias y peor, si refiriéndonos al rendimiento lechero. •Las razas llamadas “finas” o "europeas"; si bien altamente productivas, mostraban muy bajo --en extremo limitante-- nivel de resistencia a las durísimas condiciones del Trópico. •El ganado de la nueva raza “Santa Gertrudis”, de reciente formación y reconocimiento oficial en los EE.UU., habría de importarse a muy alto costo y sólo vendían machos (para reservarse el monopolio comercial de “la raza pura”). Por ello, tendría que llevarse a cabo un programa muy complicado, de lotes puros y separados de cebú “Nellore” y de europea “Shorthorn”, para cruzarlos luego y producir hembras de media sangre; sometiéndolas a un “cruzamiento absorbente”, con toros importados “Santa Gertrudis” de buena calidad. Y, para más inconvenientes, la raza “Shothorn” -participante en su formación- y un poco en menor grado, la ”Santa Gertrudis” misma --hecha para el relativamente suave subtrópico norteamericano--, no venían mostrando resistencia suficiente para un Trópico Húmedo, mucho más agresivo, como es el Amazónico Sudamericano. •Los cruces diversos, de varias razas (de cebú, Nellore, Gyr, Guzerat, etc., con algunas europeas, como Hereford, Holstein, Jersey, Ayrshire, etc.), hasta entonces realizados --fuera de programas de “fijación” genética hacia verdaderas Razas o a Tipos bastante homogéneos--, no garantizaban la “estabilidad zootécnica" en las siguientes generaciones; condición ineludible en toda ganadería bien organizada. El Perú precisaba --y sigue precisando-- para el Desarrollo de la Región de la Selva, de la formación de Una Nueva Raza de Ganado Vacuno Tropical; producto del cruce inicial, a “media sangre” (50%), de una raza pura, muy productiva, de origen europeo, con otra, también pura, muy resistente al trópico, de cebú o ganado indiano; para ser “fijado” luego, en un largo proceso de consanguinidad y selección, muy rigurosas.100 ¡Un trabajo genético de gran jerarquía!

Cortos años después, a la Nueva Raza en proyecto, la definiría, en cuanto a las razas participantes en su formación (Nellore por la cebú y Brown Swiss por la europea) y en los detalles de sus características finales (como Lechera de Doble Propósito). Y la ‘bautizaría’ con el bello y significativo nombre de: “Amazonas”.

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El empeño constituiría el resultado del vigoroso impulso de un gran Ideal Personal, apoyado en una singularísima Vocación Profesional. ----La Enseñanza.- En mi existencia “Molinera” habría de sumar y ampliar algunas convicciones y conocimientos ya recogidos en parte en años anteriores, acerca del tema de la Enseñanza. Misión excelsa, referida a la formación integral de la Persona Humana, en especial de los jóvenes. Al observar el actuar de nuestros profesores, podía constatar en ellos, en principio, lo sublime de su función. A la par que el juego antinómico --dialéctico se diría-- de sus cualidades o virtudes y de sus defectos o fallas. Los cuales eclosionaban en la realidad concreta --que así podía ser grandiosa o minúscula— y cuya percepción se nos ofrecía clara y aleccionadora. He descrito mi primera experiencia como ‘profesor’ en la enseñanza personalizada de matemáticas a muchachos de secundaria. Pude darme cuenta entonces de las dificultades que, en principio, significa el enseñar. Y de sus ventajas, en cambio, como ‘impulso del propio aprendizaje’; precisamente del mismo maestro, en virtud del ya dicho principio: “Para enseñar como uno, hay que saber como diez”. Allí comprendí, mejor que nunca, lo interesante y provechoso cuanto era “enseñar”... Comencé así a fijarme, con mayor interés aún, en mis buenos maestros, como modelos a seguir en apreciable medida --sin espíritu de ciega imitación por supuesto--; y también, en las situaciones contrarias de los malos profesores, para evitar la triste condición de quienes ‘enseñaban’ sin verdadera vocación, ni elementales conocimientos de las materias dictadas, o siquiera poseyendo, por lo menos, sencillas “intuiciones pedagógicas”. En los colegios, en los años de secundaria, observaba la calidad de varios de mis abnegados maestros de la congregación de los hermanos maristas del “Champagnat” y la de los sabios padres agustinos del “Santa Rosa” de Chosica. Como recordaba todavía, años antes, en el Colegio del Dr. Luís C. Infante, en Miraflores, en el cual cursé el cuarto de primaria; a su excelente profesor de Aritmética y Álgebra, quien me grabara, por muchos años, especial afición por las Matemáticas, rescatándome de la general actitud de repudio hacia ellas; haciendo posible, posteriormente, mi ingreso, sin temores ni problemas, a una de las ramas más importantes de la Ingeniería... Pero, como he narrado, quien se llevaba la palma, de Buen Profesor --¡cómo agrada recibir de los alumnos este título, mejor cuando espontáneo y aunque fuere sin diplomas!--, era el de Física, en el “Colegio Italiano”: el Ing. Tabusso... Mas ocurría, como es natural, que también los había malos. Recuerdo, en dos de los colegios mencionados, a uno de Música y al otro de Literatura; aunque haya de excusarme de nombrarlos, pues no resultaría generoso hacerlo... Por mucho tiempo les debí, me perjudicaron gravemente, sería mejor decirlo, con unos complejos muy deprimentes, de inutilidad, relacionados con esas elevadas artes...

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Ya en La Molina, mis observaciones fueron más amplias, profundas e importantes; así como las deducciones de ellas obtenidas: Nuestro Profesor Julio Gaudrón, era un Ing. Agr. belga, que conectaba todavía, a la Escuela de “La Molina”, con la primera de los fundadores de “Santa Beatriz”. Mostraba, como cualidades notables: la Seriedad con que tomaba su desempeño (dedicación al estudio, estricta puntualidad y asistencia, orden, un casi majestuoso continente, etc.); el Conocimiento amplio y profundo de sus cursos (Física, Botánica y de todos los relacionados con ésta, llegando a la Genética y a la Fitopatología); era muy Cumplidor al disponer las prácticas y en la entrega de materiales de estudio (copias) y las notas; y, pese a ser extranjero (franco parlante de origen), se mostraba Muy Cuidadoso con el Idioma Castellano, hablado y escrito, indicando mucho respeto por esta tan grande riqueza cultural nuestra. A todo lo anterior, agregaba el ser Exigente en los estudios de sus alumnos y, aunque severo, era Muy Justo en las calificaciones. Gaudrón inspiraba --más que imponía— general reconocimiento y enorme respeto, acerca de su saber profesional y jerarquía profesoral. Pero el hecho curioso estribaba en que su aspecto físico no lo favorecía; pues presentaba un vientre voluminoso; era lo que se dice: “un panzón”; se dejaba crecer una larga barba; y así, en una descripción negativa, podría decirse que su “facha” llegaba a ser ridícula. Los alumnos le habían adjudicado el apodo de: “El Chivo”. Sin embargo y pese a tan gravitante factor, se lo respetaba –y hasta se lo temía-como al que más. Aunque nunca pudimos verlo aplicando algún castigo concreto o tomando represalias con las notas. Pero nadie se atrevía a “meterle vicio”. Cuando pasaba lista o se dirigía a un estudiante en particular, por joven que fuere, lo trataba, solemne, de “Señor”. La virtud más resaltable de este profesor, era el saber “imponer respeto”. Mas, como está dicho, por inspiración, no tanto por imperio. Justo es remarcarlo. Aplicaba, para evitar el descarrío de los muchachos, los conocidos principios: “No hay que dejar que comiencen”. “El Profesor debe, de inicio, mostrarse ‘respetable’, parar hacerse, luego y automáticamente, ‘respetado’; habiendo, además, de respetar a sus alumnos; y de hacer respetar a todo el ambiente del salón de clases”. Otro profesor, ya antiguo a la sazón, y muy diferente del anterior; con llamativa personalidad, singular, muy original, era el Dr. Emmanuel Pozzi-Escot. Francés de nacimiento y formación, quien tenía por especialidad la Química Analítica. Resaltaba en él un asombroso Conocimiento del Curso que enseñaba; además de una Amplísima Cultura General y Sapiencia en Muchas otras Disciplinas, básicas y de aplicaciones vinculadas, o no tanto, con la Química (Como: Física, Microbiología, Suelos, Abonos, Viticultura o Cultivo de la Vid, Enología o Tecnología de Vinos, Genética Vegetal, Tecnología Lechera, etc.). Era, con frecuencia y en bastante justicia, calificado de “Sabio”. El Dr. Pozzi, se manifestaba despectivo hacia la mediocridad reinante. Como un declarado Rebelde contra la masificación propia "del Sistema". Casi un

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"iconoclasta". Lo expresaba claramente con sus palabras, a las que complementaba muy bien con sus gestos y actitudes. Utilizando, con frecuencia, El Humor y la sátira, como ya lo hemos referido. No exigía atención unánime de los alumnos en sus clases; daba por suficiente, se conformaba, con la de quienes, con toda evidencia, eran de los ‘selectos’; a los que, individualmente, trataba con afectuosa deferencia y les concedía mucho de su valioso tiempo. El resto, menos lúcidos y poco interesados --Pozzi, por lo demás, acostumbraba salirse del curso, para disertar sobre cuestiones de sapiencia más general--, no asistían, se salían prontamente, o se distraían; pero no llegaban a “meter vicio” de modo abierto; lo respetaban y en gran medida temían pasar a un cierto grado de ridículo, ante las agudas reacciones sarcásticas del “profe”; quien manifestaba una rapidez mental y un risueño sentido de las cosas, increíbles, para su edad, pues por entonces frisaba largamente la séptima década… Escribía muy bien, con gran fuerza expresiva y ardiente combatividad. Como adversario... ¡era temible! He descrito y sirva de muestra, la trifulca armada con la Compañía del Guano, a propósito de su artículo --¡”bomba”!-publicado en la "Revista Agronomía”. Como orador académico, este verdadero Maestro, era muy especial: Elocuente, pues ponía mucho calor en sus expresiones, a las cuales, además, adornaba con vívidas e imaginativas narraciones, casi metafóricas, pero muy vinculadas a las realidades circundantes; aderezándolas, inclusive, con toques de picante humor satírico y hasta, de vez en cuando, con algunas francas "lisuras"; confiriendo gran fuerza expresiva, sin hacer descender al nivel de simplezas o de torpes groserías, a sus inolvidables frases. Pero había algo singular en su oratoria, que lo hacía único. Y hasta le valió su indeleble y exclusivo apodo: “Sosén”. El dicho y raro bisilábico fonema, sin etimología alguna posible, era una “muletilla” o manía de dicción, indominable, fuera de explicación cierta; la pronunciaba, de modo simple, entre algunas palabras, y repetida, con exclamativos énfasis y la mímica correspondiente, al terminar sus frases o párrafos. Combinándolas con la general acentuación final aguda de las palabras, dado el notable ‘dejo’ francés de su prosodia castellana, asaz imperfecta. Lo curioso era observar cómo un tan grave defecto de dicción, cual otros que pudieran constituir, en cualquier persona, motivos de acentuada deficiencia de ejecución oral, de personal cortedad oratoria, o de apabullante timidez, a Pozzi no lo afectaba en lo menor. Por el contrario, él... ¡lo convertía en un poderoso refuerzo de su elocuencia! Cicerón escribía --más de veinte siglos ha-resaltando esa posible conversión, de algunos defectos, en especiales recursos, por obra de habidos grandes oradores natos: ¡Convertir un defecto irremediable, en especial “arma oratoria”! Todavía recordamos muchos de sus pensamientos y frases de a tonelada: Cierta vez, estaba explicando el valor relativo de los abonos en virtud de sus respectivas composiciones químicas (Contenidos de Nitrógeno, Fósforo,

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Potasio, etc.), pero haciendo ver cómo sólo ellas no podían definir la calidad de los fertilizantes; pues el asunto era bastante más complejo (materia orgánica, otros elementos mayores y menores, flora y fauna microbiana, enzimas, clases de plantas, climas y suelos influenciantes e influenciables, disponibilidad de agua, etc.); y que, por lo tanto, para deducir conclusiones reales se requería mucho “Sentido Común” y “Espíritu de Observación”. Pozzi insistía intensa y frecuentemente, en la necesidad de desarrollar en los profesionales, desde que eran estudiantes, las dichas dos esenciales virtudes. Así, con su característico acento y pegajosa muletilla, elevando y bajando por momentos el volumen y tono de su voz, dándole variadas inflexiones, acompañada de sincronizada mímica, decía: -- La Quimic Analitic nos pegmité... sosén... averiguar el contenido de los elementos quimicos (sin acento), provechosos contenidos en los fertilizantes... sosén..... sosén --(aquí exponía ampliamente la explicación del proceso del análisis químico)-- ¡Pero eso no es todo!... sosén, sosén. La cuestión es mucho más complejá, sosén...No olviden nunca... sosén... de estudiag estas cosas, con mucho Sentido Común y Espíritu de Observación...sosén, sosén... Verán entonces que un buen agronomo (sic) no debe olvidar nunca el papel de la materia organíc... sosén... sosén... ¡Universal componedora... sosén... de los suelos... sosén, sosén!... Pero la mejor forma de aplicar la materia organíc en los suelos, es desmenuzandola... sosén... y tanto más, si previamente fermentada o digerida... sosén... de modo que va con sus componentes ya en los comienzos de su desintegración... sosén... y pueda incorporarse mejor... sosén... sosén... Con una gran población bacteriana o de micro flora y micro fauna además, para su mejor y rápida descomposición final y así muchos de sus componentes puedan ser absorbidos y asimilados por la plantas...sosén, sosén... Por eso... sosén... comprenderán fácilmente... sosén... que la mejor materia organíc es el excremento de los animales y del hombre, procedentes de materia organíc masticada y digerida sosén... lleno, además, por miles de millones, de agentes microbianos, benéficos, para tales fines... sosén, sosén... Contra todo lo que puedan decir los agronomos muy dados a la pura quimíc, ha de saberse... sosén... que no se ha inventado, ni podrá inventarse, que no hay, ni habrá jamás, mejor abono... que: ¡La Caca!... ¡sosén!... ¡sosén!... ¡La m.....!... ¡sosén!... ¡sosén!... ¡De cualquier animal!... ¡O del hombre mismo!... ¡Como lo saben los chinos!... ¡sosén!... ¡sosén!... Tanto mejor cuanto de más proteínas se alimente el ser vivo en cuestión; pues así dará un guano o estiercól de mayor contenido de Nitrógeno y Fósforo, elementos fertilizantes fundamentales; de los más escasos y caros también... sosén, sosén... Por eso el Guano de Islas, proveniente de las deyecciones de las aves marinas... sosén... que comen pescado... sosén... es el mejor de todos... sosén... más aún, si se le combina -para darle volumen o cuerpo y otros múltiples componentes también necesarios- con estiércol bien descompuesto, de los varios herbívoros u omnívoros posibles de utilizar... sosén... sosén...

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¡Lección inolvidable! En otra ocasión, explicaba el verdadero papel y los límites de la utilidad de los análisis de suelos, para definir los cultivos posibles y las fórmulas o ‘recetas’ para los abonamientos adecuados; estableciendo la necesidad de tomar en cuenta, siempre: “La Relación Suelo-Planta-Clima. Y así dijo: --Yo conocía... sosén... a un agricultor muy interesado en los progresos de la Ciencia... sosén... en favor de la Agricultura... sosén. Así le entró la idea de mandar hacer un analisís de sus suelos... sosén... para saber cuál sería la mejor planta a cultivar allí... sosén... y la más provechosa ‘formula’ de abonamiento a utilizar.... sosén, sosén... Así, envió las muestras al laboratorio de suelos de un quimic agronomo, hasta entonces muy amigo suyo... sosén, sosén... El amigo tomó las muestras, las cernió, preparándolas... sosén... para los analisís (sic)... --Aquí aprovechaba Pozzi para describir, reiterando, muy minuciosamente, explicando y enseñando, todos los pasos de un análisis fisico-químico completo de una muestra de suelo; partiendo del famoso mecánico de Boyoucos, hasta llegar al químico, para el Nitrógeno, del entonces no menos célebre, de Kjeldal. -- Terminado el analisis... sosén... le fue remitido el “boletín”, a nuestro amigo el agricultor, sosén, sosén... El cual... sosén... en el resumén o conclusión final... sosén… --Tomaba entonces un corto papel y haciendo como que lo leía, se esforzaba, al mismo tiempo, en corregir sus habituales ‘infracciones’ al hablar español castizo -- decía lo siguiente: “Suelo agrícola bueno; franco arcillo arenoso, suficientemente retentivo del “agua; rico en materia orgánica; con aceptable contenido de Nitrógeno, Fósforo, y “Potasio. Abono recomendado: Guano de Islas, 1 Ton. x Ha. Cultivo recomendable: Algodón". -- Pero resultaba... ¡Sosén!... ¡Sosén!... Que la muestra correspondía al Suelo de un fundo ubicado en... ¡las orillas del Lago Titicaca!... ¡Sosén!... ¡Sosén!... ¡En un Clima donde no puede vivir y menos producir, la Planta de algodón!... ¡Sosén!... ¡Sosén!... El agricultor persiguió, correteandolo, al laboratorista, queriendo pegarle... y matarlo... ¡Sosén!... ¡Sosén! No lo olviden nunca... sosén... sosén... Que al juzgar las situaciones agronomics, sosén, jamás deben dejar de lado la relación: clima-suelo-planta. ¡En conjunto!... ¡Sosén!... ¡Sosén!... Siempre tengan presente lo que significan: el Espiritu de Observación y el Sentido Común... ¡Sosén!... ¡Sosén!” --¡Cuánta importancia tienen y cuán insistente en ello, era el Maestro Pozzi! Sobre todas las sabiohondeces de los vasallos de las modas. Algo parecido se ofreció en otra explicación en clase: Se trataba del análisis químico de los alimentos para poder deducir su valor nutritivo. Igualmente exhortaba el sabio profesor a mirar las cosas en una perspectiva más integral y no tan vanidosa, concreta y simple, como venía haciéndose desde entonces costumbre indominable. Y así contaba:

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-- Una vez, cierto medico de moda... sosén... en fe de un boletín sobre la composición alimenticia del huevo de gallina... sosén... demostrada por el correspondiente analisís quimíc... sosén... le recomendó, al cliente que lo consultaba, muy flaco y paliducho... sosén.... que comiera huevos: “el alimento que, junto con la leche, son los mejores del mundo”, como “lo demuestran” sus composiciones quimícs... sosén, sosén. Por sus proteínas, minerales, vitaminas, etc.... sosén....sosén... Pero resulta que el enfermo estaba... ¡mal del hígado!... ¡Sosén!... ¡Sosén!... ¡Y lo podía matar!... ¡Sosén!... ¡Sosén! En fin, las clases de Pozzi y las consultas que se le podía hacer después de ellas, estaban llenas de enseñanzas sobre la Química misma, pero y sobre todo, acerca de la sabiduría que confieren la Vida, la Experiencia, y el Estudio... Así, varios de nuestros compañeros y sobre todo Lucho Córdova y yo, le profesábamos la más rendida admiración. Y para no hacerla demasiado larga, resumiré sobre los demás profesores que recuerdo, sus principales virtudes, dignas de resaltarlas en el propósito de aprovechar enseñanzas acerca de las buenas técnicas pedagógicas; las cuales, por sobre todo y en conjunto, constituyen un depurado Arte. Así, hemos dicho de Marino Tabusso, su gran Conocimiento de la Materia Enseñada, virtud primera de un Profesor. Y su gusto y Dominio del Idioma, condición del hombre culto, consustancial al Magisterio. Luís Gamarra Dulanto, buen Orador Académico, además de muy simpático y alegre; practicaba una Afectuosa Relación con los Alumnos. Del Ing. Juan N. Portocarrero, hemos resaltado su conocimiento profundo de los cursos enseñados (Topografía, Hidráulica, Construcciones Rurales, etc.); su Seriedad y Sentido de Responsabilidad en todas sus manifestaciones; y, sobre todo, su apasionada convicción de la importancia de la Cultura General, de modo especial y precisamente con mayor razón, en los profesionales especializados (era un declarado aficionado a la poesía). Su frase: “Ingeniero que sólo Ingeniería estudia, ni siquiera un buen Ingeniero es”… ¡Merece recordarla y repetirla, siempre! Jacobo Zender, Profesor de Agricultura General, era judío de origen, pero bien acriollado o peruanizado; elegante y de gran Simpatía; muy buen orador académico y notoriamente Ameno. Además de Clarísimo en las explicaciones de sus clases. Quizás si su mayor virtud era esta última cualidad. Pues incrementaba, notablemente, su nitidez didáctica, por el método --que hasta entonces era bastante singular en el Perú-- de ir anotando, con tiza en la pizarra, palabras o frases cortas, que resumían los conceptos que iba explicando; a los cuales además ordenaba, enlazándolos con “llaves”, variadas de tamaño, por jerarquizadas --de mayores a menores--, de acuerdo a las categorías de las ideas por unir, subordinar, y categorizar... ¡Un gran método --el llamado así de “Cuadros Sinópticos”-- para el dictado de las clases y sus explicaciones! Yo mismo, lo adopté para siempre y con marcado éxito, desde unos pocos años después; cuando hube de ejercer la enseñanza escolar secundaria

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primero y la universitaria más tarde, en los múltiples y variados cursos que he dictado. Pero no todas eran cualidades, las profesorales. Había, para desdicha, hasta de ellos mismos, profesores cuyos defectos, de orden personal y pedagógico, sobrepasaban, en demasía, a sus --a veces ciertas y encomiables-virtudes; en un balance tan negativo, que fracasaban en toda la línea... En el ejercicio del que debería serles un noble y gratísimo ministerio. Hemos mencionado al famoso “Cañón”, cuyo nombre no es caritativo mencionar, pero viene a cuento dejar establecido cómo su incapacidad para mantener el orden en las clases, terminó de anularlo por completo y de modo tan trágico…para no expresarlo con la despectiva calificación de ‘tragicómico’. Había otro Profesor (el Dr. González Aguinaga), quien enseñaba Zoología y Anatomía Veterinaria. Conocía profundamente sus cursos, pero era muy desordenado, atolondrado, y caprichoso. Falto total de amenidad y simpatía. Tenía una “facha” por demás desvencijada y de facciones toscas; lo apodaron: “El Cholo” (a pesar de ser blanco y hasta rosado de tez). Sin embargo, era muy exigente y “jalador”. Sembraba el terror y por ello sus alumnos le estudiaban fuerte, pero “por pasar el curso”; mas sin su real y profundo conocimiento, ni menos por haberle tomado afición a las materias tratadas (salvo quienes, por muy acentuada vocación agronómica, zootécnica, y veterinaria, nos buscábamos otros caminos para aprender mejor: museos, bibliotecas, personas de saber en tales cuestiones, etc.). Un caso muy triste, para concluir estos casi sombríos acápites, acerca de nuestras juveniles constataciones de orden pedagógico, fue el de un ‘teacher’, cuyo apellido --para mejor creo-- hasta tengo en el olvido y a quien habían estampado el sí recordado apelativo de “Puñal”... Enseñaba Matemáticas y no tenía la menor idea de cómo mantener el orden en la sala, ni menos de lograr atención por parte de los alumnos. El despectivo apodo se originó en una clase en que quiso explicar los movimientos uniformemente acelerados y desacelerados; se le había ocurrido entonces, en vía de infortunada metáfora y ¡en muy mala hora! decir: -- Supongamos que lanzo al frente, con todas mis fuerzas, un puñal... --y le salió un estrepitoso y ridículo “gallo”, en la crítica palabra final... -- ¡Puñaal! ¡Puñaal! ¡Oñoñoyy! --corearon entonces los juveniles malandrines, en disforzado y raspante gemido, con el que se suele corear a los "tercermundistas"; en infamantes y públicas burlas; naciendo así, tan pernicioso remoquete... Pero no quedó todo allí; en alguna de las clases posteriores, uno de los más sádicos y forajidos alumnos, llevo un puñal ¡verdadero! a la sesión lectiva. Y, cuando “el punto” profesoral estaba volteado hacia la pizarra, escribiendo unas fórmulas matemáticas, el ‘angelito’ de marras, le lanzó con gran fuerza el puñal. Rozando entonces el arma, primero la cabeza del ‘teacher’, se clavó, vibrante, en la negra y pizarrosa madera... Ni qué decir que el desfalleciente

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“Puñal” humano --al lado del palpitante ídem metálico-- quedó lívido. Y, suponemos, para siempre acobardado, enfermo de los nervios. Totalmente anulado para labor magisterial alguna... Habría clamado entonces, cual Sancho, respecto a la gobernación de la Ínsula Barataria: ¡Ab renuncio! Pues nunca más se le volvió a ver por los predios de La Molina. En lo que a mí respecta, las observaciones molineras, tanto en lo positivo, como en lo negativo, acerca de las artes y técnicas pedagógicas, me resultaron, en lo posterior, de inmensa utilidad; cuando, en el curso de mi existencia, hube de ejercer la actividad docente, en varias ocasiones y durante largos años. ----Llegados los últimos días de nuestra vida ‘molinera’, tanto Lucho Córdova como yo, hubimos de tomar importantes decisiones, en relación con nuestros destinos vitales: Habíamos pensado, primero, dedicarnos a la Lucha Política; organizando algún Movimiento para intentar un Cambio Radical en el Perú. Tristemente inmerso, entonces como ahora, en un repudiable orden (?) o Sistema, de inspiración liberal o burguesa, decadente por cierto, con poderosos influjos ideológicos marxistas y marxistoides. Burdamente acriollados, si no fuera mejor decir, "huachafeados". Los ejemplos de Italia y Alemania, nos causaban admiración y nos seducían intensamente. A mí me cautivaba, más aún, el modelo español, del Generalísimo Francisco Franco. Inspirado, en gran medida, en la ideología de José Antonio Primo de Rivera, pensador y político, nacionalista y católico, bastante más nuestro que los ítalo germanos anteriormente mencionados. Pero no sucedía tanto así con Lucho, quien no pasaba el claro sello pro católico franquista; pues él era, a la sazón, rabiosamente antirreligioso. Sin embargo, pronto nos dimos cuenta de que nuestro ‘idealismo’ debería "pisar tierra"; pues resultaba imprescindible, para los fines de hacer realidad tan inmenso propósito, contar, en primer lugar, antes que nada, con independencia y recursos económicos… que ¡no teníamos! Ni por asomo, Aparte de que nuestra anhelada ‘Acción Política’ --tan a contracorriente del "Sistema"-- no podría ser muy abierta o pública, desde el comienzo; por lo que venía ocurriéndosenos la necesidad de pensar en una organización inicial –especialmente para la Formación Doctrinaria de los cuadros-- bastante reservada o casi secreta. Al modo de la Masonería, de la cual comenzábamos a tener noticias. Pero ya la sabíamos de muy opuesto sentido ético y doctrinario al de nuestros pensamientos. He contado cómo, en la última gira de prácticas promocionales a la Región de la Selva Centro Oriental, al pasar por la zona de Huánuco, habíamos tenido ocasión de visitar el bellísimo fundo frutal de naranjos: “Marabamba”. Predio de relativa pequeña a mediana extensión (de unas 20 a 30 Has.), ubicado en las cercanías de la ciudad y sobre una meseta, que ofrecía una hermosa y dilatada visión panorámica de una buena parte del valle. Era entonces propiedad

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del Sr. Ruperto Cuculiza, distinguido agricultor huanuqueño. Se nos había ocurrido hacer algo así, en una Sociedad Agrícola, a fundar y ya ‘comprometida’ bajo palabra de honor, entre Lucho y yo. Como primera base de nuestros más trascendentes proyectos. Comprendíamos que solamente alcanzada la Independencia Económica, con algunos importantes recursos adicionales, recién podríamos, de tal modo, actuar en Política y también influir en el Desarrollo de la Ganadería Selvática, a promocionarse más al interior de ese territorio, hacia la Hoya Amazónica. Pero resultaba que para montar un negocio como el que nos proponíamos, por pequeño que fuere –no obstante, una verdadera empresa al fin--, para el objetivo de alcanzar nuestra independencia personal y para el de lograr suficientes medios económicos adicionales, como está dicho, se requerían importantes recursos... ¡de Capital! Y ocurría que no teníamos... ¡ni para comprar una lampa!... ¿Qué hacer? Estábamos en las dichas angustias, cuando una situación inusitada vino a definir nuestros inmediatos y siguientes pasos, al mismo tiempo que nos disponíamos para el egreso definitivo de la Escuela: Fui llamado, uno de esos días, a la Dirección, donde me comunicaron que un representante en Lima, de los técnicos norteamericanos que estaban colaborando --era la plena II Guerra Mundial-- con la Estación Experimental de Tingo María, había manifestado su interés en contratar mis servicios, para los trabajos ganaderos de dicha institución; la cual habría de funcionar con gran autonomía dentro de una cooperación peruano-norteamericana. Me quedé asombrado... ¡Lelo! Pues se me había pronosticado, por todos, absolutamente lo contrario. Lo que yo mismo había reconocido como lo único que podría sucederme... Atiné entonces a indagar las razones del hecho: -- Pero ¿se puede saber por qué y cómo, es que han solicitado, que a mí precisamente, me llamen para trabajar con ellos? -- Han dicho --me aclaró, cordial, el Ing. Pascual Saco Lanfranco, Director de la Escuela-- que quieren... “a ese exalumno por graduarse, que ha escrito, hace poco, los artículos polémicos publicados por la Revista de los estudiantes”... Y se han enterado de ello, pues es conocido cómo los norteamericanos, cuando van a laborar a cualquier parte, hacen una previa “Revisión de la Literatura Existente sobre el Tema a Trabajar”. De tal modo, toparon con sus escritos y se han interesado en contar con el trabajo profesional: “de una persona que demuestra tanto interés por su especialidad e iniciativa tan propia en el estudio”. Añadiré: Averiguado que durante sus estudios, usted ha sido uno de los primeros alumnos, por todo ello, se lo ha llamado. En resumen, es una gran propuesta, me parece, pues además ofrecen muy buen sueldo y condiciones de trabajo largamente superiores a todas las recibidas, hasta ahora, por los recién egresados de esta Escuela... ¿Qué responde? 264

-- La verdad es que no salgo de mi asombro, Ingeniero –dije--. No podría haberse presentado nada más agradable para mí. Pero hay un gran inconveniente: No sabiendo que podría darse una situación semejante, yo contraje un compromiso, bajo palabra de honor, con mi compañero Luís Córdova: emprender, juntos, una pequeña empresa agrícola, para hacernos independientes... La única forma en que yo podría aceptar el ofrecimiento, es si a Córdova le ofrecieran, en Tingo María también, un puesto semejante al mío; y siempre que él aceptara. Creo que así nos sería mucho más fácil posponer, un tiempo al menos, nuestro primer proyecto común. -- Pero ¿cómo voy a proponer a Luís Córdova? --Replicó el Director-- Si ese alumno, usted lo sabe, ha sido siempre... ¡el último de la clase! -- Ud. conoce muy bien Ing., que no siempre los últimos en los estudios, son los últimos en la vida práctica. Y yo puedo decirle, por mi parte, porque lo conozco sobradamente, que Córdova posee una gran inteligencia, extraordinaria, mucho sentido común, y una singularísima cultura general. Además, sabe y le gusta el inglés y se podría así entender muy bien con los gringos de Timgo María. Tiene gran afición al cultivo del jebe o caucho y a los forestales en general. Le puedo asegurar que no se arrepentirían si lo contrataran. ¿Qué le parece si usted consulta esto con los norteamericanos? Mientras cambio opiniones con Luís Córdova y nos reunimos de nuevo. -- ¡Correcto! A los pocos días me volvieron a llamar... ¡Y fuimos contratados los dos! A partir del primer mes del año 1, 944. Y pensar que por escribir combativos artículos en la "Revista Agronomía”, no solamente no se me “cerraron las puertas para todo empleo”, como me pronosticaran, un profesor y varias otras personas, sino que, hasta me di el lujo de prácticamente imponer, la concesión de uno adicional, para un compañero de promoción, aunque injusta, en realidad, inicialmente descalificado. Nuestra fe en el Idealismo Combatiente se fortificó muchísimo desde entonces... Llenos de legítimo orgullo y alegría, con Lucho Córdova, preparamos nuestro viaje para trabajar en Tingo María. Ya como nuevos... ¡Ingenieros Agrónomos! Y, cumpliendo nuestra responsabilidad laboral y social, dejábamos atrás, definitivamente, a la Adolescencia, y recorreríamos así la inicial Juventud. Pero ocurría que yo no contaba ni con la ropa adecuada para llegar a la ciudad de “La Bella Durmiente”, en la condición de flamante ingeniero, ni para los trabajos de campo en su cercana Estación Experimental y Sección Ganadera... ¡Qué buenos "empresarios" o "conductores políticos" hubiéramos podido (?) ser!... Evidentemente, por lo menos una etapa previa de ahorros, en un puesto bien remunerado, se hacía ineludible. Una vez más, mi buen cuñado Federico Ruiz Huidobro, por supuesto con el apoyo de mi generosa hermana Ester, me prestó dinero, el suficiente; aunque más fue el que me regaló, creo, como para comprar, entre otros elementos: de vestuario, un casco --en aquellos tiempos, implemento sine qua non de una 265

veraz ingeniería--, botines, y gran cantidad de ropa ligera, adecuada para el Trópico Húmedo... Más unos soles adicionales, como “bolsa de viaje”… Y ¡Llegamos a Tingo María! Esta vez, empero, añadimos la mayor euforia de un comprensible estado de ánimo, potenciador del ya inefable embeleso que motiva, en quienquiera que lo contemple, tan esplendoroso paisaje tropical. Arribábamos a nuestro primer destino laboral, rebosantes de ardores juveniles, de generosas ilusiones; con el espíritu más lleno de un romántico Idealismo, fruto de nuevas elaboraciones imaginativas, al calor de las efervescencias anímicas de los todavía cercanos tiempos estudiantiles y de nuestra reciente finalización de los estudios de la carrera, y de la graduación profesional. Concurrentemente, actuaban sobre nosotros los entusiasmos colectivos nacionales puestos en evidencia, entre otras situaciones, por las grandes obras públicas, de verdadero aliento y significación patriótica, que a la sazón se emprendían. Un especial ejemplo, en impetuoso avance, lo constituía la Carretera Huánuco-Pucallpa. Agréguese a lo expuesto, el despertar anímico de la sociedad peruana, en gran medida reflejo del mundial, en esas dramáticas y tensas circunstancias: La entonces recientemente concluida Guerra Civil Española (1,936-39); la plena II Guerra Mundial (1,939-45); y la cercana y venturosa –aunque temporal-- salida del Perú de su terrible crisis institucional y económica de los años ‘30 al ‘33: incluyendo la injustificable –entre dos repúblicas hermanas-- Guerra con Colombia.101… Y procede, aquí, decir más al respecto: En gran medida el Idealismo de los adolescentes y jóvenes, como lo estamos haciendo notar, es ciertamente el producto principal de lo imaginado y creado por ellos mismos, en el curso de su formación personal. Pero, en muy importante proporción, también, por las influencias y circunstancias del ambiente --nacional y mundial-- de la época en la cual les toca vivir. Mas ello sucede, con mayor fuerza, cuando se trata de los llamados “grandes momentos históricos” -101

La crisis que atravesó el Perú, a partir del año ‘30 y que durara hasta el ‘33, tuvo lugar coincidente con la caída del gobierno tiránico de Leguía, en gran parte desencadenada por el “crack” financiero mundial del año 1,929, que arrancara en la bolsa de Nueva York (Wall Street). El país sufría pues, en el año ‘33, los estragos recientes de una larga tiranía y de la dicha hecatombe económica mundial, a la que se sumaba la propia nacional, incluyendo una desocupación alarmante; y, como si fuera poco, el Presidente de la República, general Sánchez Cerro, había sido asesinado, dentro de un clima de verdadera guerra civil, desencadenada por el Apra, enfrentada sangrientamente al Ejército; mientras avanzaba, desatado, un grave conflicto armado, verdadera guerra internacional, con la hermana República de Colombia, por el conocido asunto de Leticia. En tan angustiosa situación, el Congreso designó Presidente Provisorio, con plenos poderes --dictador, en el exacto sentido del término--, al coronel --más tarde General y luego Mariscal-- Oscar R. Benavides, quien, demostrando ser el estadista peruano más notable del siglo XX, en seis años, pacificó y levantó extraordinariamente al Perú. Que resonó, en casi todos los campos, en los primeros lugares de Hispanoamérica. Llenando de legítimo orgullo patriótico y entusiasmo colectivo, a todos los peruanos. Después, abriría políticamente a su régimen, dejando un país reorganizado y próspero, al Presidente Prado, quien aprovechó esa venturosa circunstancia. Fue así, por entonces, cuando nosotros llegábamos a Tingo María. Foco de un generalizado clima de optimismo, de entusiasta y fervoroso patriotismo.

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tales los correspondientes a ésas nuestras juveniles vivencias--, en que la potenciación de los factores en juego, configuraban grandes impulsos y espectaculares escenarios. Muy impactantes, para el alma humana. Es así, como y cuando, se forjan los más intensos idealismos. Las Encrucijadas Doctrinarias y el Idealismo Vital.- En ciertas épocas, las pugnas entre las ideologías o doctrinas que orientan los comportamientos humanos, individuales y colectivos, dicho con mayor razón, si los enfrentamientos son muchos y ardorosos, dan lugar a climas intelectuales, sociales, y políticos, de enormes efervescencias anímicas. Se debe aclarar que las referidas consecuencias pueden orientarse tanto hacia el bien y a la salud espiritual de los seres humanos, propiamente al Idealismo Espiritualista, cuanto y por el contrario, a los más deplorables males del ánimo o del claro desánimo. Al Materialismo Positivista o el Escepticismo Materialista. Camino cierto hacia la degradación humana, que se hace general y progresiva. A la superficialidad, el vicio, y la delincuencia. Son los dichos resultados, fases de la actitud despectiva del "no creer en nada ni en nadie"; de confiar solamente en lo material y útil; en lo concreto; en lo demostrable por la experiencia, la experimentación, o una pretenciosa “racionalidad científica" (?). En suma, es el llamado "Pragmatismo" --con repulsiva petulancia-- por los cínicos contemporáneos. Término envolvente y encubridor de una real hipocresía intelectual... En coloquial lenguaje, dicen adoptar un "sentido práctico" de la vida”. En verdad, lo menos práctico y real que pueda darse. Pues: El hombre siempre ha reclamado, reclama, y reclamará, hasta la consumación de los siglos, colmar su espíritu con alguna ferviente fe; con claras y firmes convicciones; con intensos ideales; frutos de sus razonamientos, deductivos e inductivos; inclusive de sus inconscientes intuiciones y emociones... ¡Llegando a una verdadera sed de imaginativas y etéreas ilusiones, sueños y quimeras!... Cuando las sociedades humanas, en ciertas épocas y por variadas motivaciones, incuban espiritualidades generosas, aparecen enteras generaciones de jóvenes idealistas y frecuentes genialidades personales. En el ámbito de una nítida grandeza colectiva. En cambio, si la sociedad degrada o degenera --sirvan de ejemplos la Roma Imperial postrera y, concretamente, el mundo burgués actual--, desaparecen los estímulos hacia las nobles manifestaciones del espíritu y sus valores... Prima un generalizado escepticismo, seguido de un materialismo egoísta y sensual. La mediocridad y la masificación se imponen... Y los jóvenes son las primeras y más dolorosas víctimas del desastre consecuente. El influjo de un espíritu dado en la colectividad en que se vive, funciona cual la calidez incubante que rodea al embrión de los ovíparos, en el mundo de los alados seres; presupuesta su apropiada genética constitución y la adaptación al ambiente en que deban desenvolverse. Así se da, en unos casos, tanto la

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eclosión de las bellas aves del Paraíso, nativas de orientales parajes tropicales, como la de los vistosos guacamayos de los amazónicos lares nuestros, anidados en hermosos y exuberantes bosques. Mas, en otras situaciones contrarias, la de horrendos avechuchos de buitres carroñeros, empollados en tétricas cavernas de agrestes roqueríos. Se unen y combinan, pues, contribuyendo a los resultados específicos, los genomas de los actores, con las características del medio ambiente, y el aliento o calidez de sus respectivas incubaciones... Así, por los años de nuestro egreso molinero y el arribo a los pagos tingaleses, el Perú y el Mundo atravesaban una época en la cual, por obra de las múltiples y fervorosas devociones doctrinarias en boga, las fieras pugnas entre ellas, aparte del influjo de otros variados sucesos a la sazón acaecidos, los idealismos consecuentes o por lo menos los ingenuos seudo idealismos o utopías, las cálidas ilusiones, o los eufóricos entusiasmos, personales y colectivos, eran de los mayores que pudieran ser vistos, en toda la centuria... Ciertamente muy intensos y difundidos. Podría afirmarse que desde las primeras décadas del siglo XX se ofrecía a la elección de la humanidad de Occidente, en especial a los jóvenes, una nutrida gama o amplio abanico de opciones en intensa pugna, a escoger, en los campos Ideológicos, Doctrinarios, o de Concepciones del Mundo. Como marcos, guías, o fuerzas de inspiración --que en esencia eso son-- de un curso existencial idealista... La situación fue intensificándose, hasta mostrarse cumbre, en el lapso de unos 50 años, comprendidos entre las décadas del ‘30 a la del ‘70. Decayendo, desde entonces, aceleradamente, hasta nuestros días. En los que prácticamente parecen ya no existir devociones doctrinarias e idealismo alguno. Se entiende, con posibilidades de iluminar o satisfacer, masivamente, de alguna manera, a los espíritus, ya vacíos, de la desconcertada humanidad contemporánea. Y aunque el Liberalismo (el Neo, con mayor precisión), el mundo burgués, todavía parezca triunfante, lo cierto es que hace tiempo ha ingresado a su decadencia, en plano inclinado de ángulo muy agudo. Sobre el dicho telón de fondo, podemos decir que la Iglesia Católica, a fines del siglo XIX, había lanzado la sabia y famosa encíclica: “Rerum Novarum”, del papa León XIII; y, durante largos años del siglo XX, otras de diversos papas; iniciando una verdadera reacción, de "Un Nuevo Apostolado". Para recuperar el lugar que le corresponde y debiera reocupar en el mundo de nuestros tiempos. Pero que, en gran medida, había venido perdiendo… ¡Inclusive abandonando! Por la acción perversa de la judeo masonería y de sus engendros, de tóxicas fructificaciones: el Liberalismo y el Marxismo. Sin olvidar "La Teología (?) de la Liberación". En un proceso más de dos veces secular... La Organización Eclesial, la Dirección o alta Jerarquía del Catolicismo, reaccionaba así, como tenía derecho y como estaba en la obligación de hacerlo, contra el “arrinconamiento” marginante, hacia templos y oratorios, en que había sido colocada, por tan perversa y ladina acción, perniciosísima, de las ya citadas

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fuerzas, hoy señoras del mundo, encubiertas unas y descaradas, cínicas, las otras. Además de soportar, a niveles de heroico martirio, las abiertas y sanguinarias persecuciones y sacrílegas profanaciones realizadas por el fundamentalismo liberal y el de los comunistas y comunistoides; de toda laya y en todos los tiempos y lugares, que les fueron propicios.La Acción Católica, las congregaciones religiosas antiguas y nuevas, y numerosos Congresos Eucarísticos nacionales, continentales y mundiales, fueron eficazmente organizados. Y en la Guerra Civil Española, la Iglesia Católica de España, tomó el bando Nacionalista, decidida, abierta y valientemente. El Idealismo Cristiano, volvía a comprometer, con fuerza entonces inusitada, a muchos católicos, en especial jóvenes. Cuyo fervor espiritual se elevaba así notablemente. Por el otro lado, muy del contrario por cierto, el Comunismo Marxista había tomado gran vuelo desde 1,917, con el triunfo de la llamada Revolución Rusa... Y aquí se daba un hecho curioso: Constituyendo por antonomasia el Marxismo, claramente, una concepción positivista y materialista, además de antirreligiosa (“la religión es el opio del pueblo”, decían) e inmoral, antimoral fuera más propio (“la moral es un prejuicio burgués”, pregonaban), sin embargo, por su aparente empeño en pro de la “Justicia Social” (“La Revolución Proletaria”), cautivaba a grados de delirante fanatismo, al espíritu de muchos jóvenes incautos e incluso el de hombres maduros de buena fe, aunque, es claro, desinformados. Amantes de la Justicia y rebeldes contra las iniquidades evidenciadas, como Sistema, por “El Capitalismo Salvaje” (“demo liberal”, “burgués”, “internacional”, o “yanqui”)... Una Teoría del Mundo francamente materialista y positivista, llegaba así, en curiosa paradoja -sin embargo muchas veces repetible-, a inspirar actitudes de un utópico y aparente... ”Idealismo”... En apariencia, también... ”Espiritualista” (tras el valor espiritual de la “Justicia”)... ¡Curiosa Autocontradición! No obstante, sin constituir el fenómeno, en realidad, rareza alguna, sicológicamente considerado, en ciertas situaciones como la mencionada, funciona una suerte de seudo idealismo superpuesto, iluso; que puede llegar a cubrir a la real visión positivista y materialista del mundo. Y darse Inclusive, al lado de una despiadada crueldad fáctica (en la acción concreta)... ¡Complejidades del alma humana, que se saben! Que han aclarado agudos estudiosos de la Sicología. Se daban así --¡hasta dentro del Marxismo!-situaciones de compromisos anímicos seudo idealistas, desconcertantes. Pero reales e intensos, en jóvenes y hasta en adultos, de aquellos tiempos. Por otro lado, el Liberalismo, aunque primando todavía en la mayoría de los países adelantados y poderosos, como se ha dicho, venía siendo doctrinariamente muy vapuleado por sus adversarios; quienes capitalizaban a favor sus notorias debilidades, múltiples errores, y no pocos fracasos; en varios órdenes de las actividades humanas. Ello, hasta muy pasada la Primera Guerra Mundial. Mas, ingresando a la Segunda Gran Conflagración, el bando liberal hubo de “sacar fuerzas de sus flaquezas”, para afrontar esa mucho más grave situación y difícil prueba... Habría de planear y realizar una propaganda

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favorable, en escala mundial nunca vista, lo más inteligente posible; y, por repetitiva y masiva, muy efectiva. Comprendiendo que debía lograr una apreciable elevación de la temperatura anímica, de las masas humanas que embarcaba --sin mayores escrúpulos-- en el afán bélico de su bando, que era el de los anglosajones principalmente. El Liberalismo tuvo que buscar apoyarse en algún Valor Superior de carácter Espiritual, para fundamentar su descomunal propaganda, entusiasmar y justificar el sentido de las luchas en favor de su causa; la supervivencia de su "Sistema"; ingresado ya, desde hacía largo tiempo, como lo hemos mencionado, a una abierta y profunda grieta, en su credibilidad y aparente solidez. En una categoría --lo diremos con benevolencia hacia el Liberalismo-- que su historia de algún modo autorizaba a utilizarla, aunque malentendida hoy en gran medida. Un Valor Moral intensamente seductor y muy importante, por cierto, era el de... ¡La Libertad! Así, al finalizar la Segunda Guerra Mundial, estando por alcanzar una abrumadora victoria –lo que, además, siempre atrae partidarios--, el Liberalismo se entonó mucho. Cosechando así los frutos de su ya dicha avasalladora propaganda, presentándose, colectivamente, como el "Campeón de la Democracia", el "Paladín de la Libertad"... ¡Aunque aliado con el Marxismo! (¡?)... Ganó, de tal modo, mucho predicamento en la mayoría de las personas de nuestro medio de ese entonces. No le faltaron idealistas sinceros, crédulos en esa “Democracia”. La que más tiene de Plutocracia (de Plutos, dinero; que de Demos, pueblo); en tal “Libertad” (sin Marco Moral alguno), en el deformado entendimiento burgués del asunto. De tal forma, los liberales sumaban impulsos proselitistas notables en nuestra sociedad. En la forja de individualidades y de ambientes grupales, de conformaciones sicológicas, aunque extrañas o engañosas, de algún aparente modo al menos... ”Idealistas” Por otro lado, las parciales, pero espectaculares victorias militares, los notables heroísmos y las evidentes realizaciones positivas, políticas y económico sociales, del Fascismo y de sus amigos y aliados (Italia, Alemania, España, Portugal, Japón, etc.), alentaban simpatías, admiraciones, e idealismos políticos nacionalistas, muy entusiastas. Aunque de signo contrario a lo común, al "Sistema", y por lo tanto, en no muy elevado número. En franca minoría. Haciendo también, simultáneamente y como contrapartida, erupcionar – enardecidas-- volcánicas odiosidades de sus no pocos y sí muy poderosos adversarios, en los ámbitos nacional y mundial. Se presentaban, además, toda una suerte de mezclas102 y de creaciones, doctrinarias, ideológicas, partidarias, y algunas hasta más o menos singulares, sectarias, o pintorescas. El conjunto y sus pugnas, contribuían, por cierto, a
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El Partido Aprista, el primero, era una enrevesada mixtura --”compendio de la huachafería peruana en lo político”, lo llamaría Federico More-- de Marxismo con Liberalismo. Posteriormente, aparecerían varios movimientos (Unión Revolucionaria, Acción Popular, Social Progresismo, Democracia Cristiana, etc.), constituidos por otras mezclas de las concepciones básicas enunciadas, en diversos grados y formas.

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levantar la ebullición espiritual de la mayoría de los contemporáneos de tales sucesos. ----El Ambiente y el Ánimo.- Los jóvenes integrantes de nuestra masiva inmigración laboral hacia los tingaleses lares, hirvientes de intensos entusiasmos, comenzamos pues a trabajar en Tingo María… De la misma promoción ’43, éramos: Lucho Córdova, destinado al Cultivo del Caucho (Jebe); en algunos viveros en Tingo María mismo y, unos 120 km. más al interior, en una enorme plantación iniciada en la zona de Yurac Yacu (Blanca Agua o Río Blanco), afluente del Aguaytía, pasando el Boquerón del Padre Abad, a la entrada del Llano Amazónico. Recuerdo que, además, nuestros compañeros: Hernando Mercado J., lo hizo en la Quina (Chinchona sp., productora de la “quinina”), en instalaciones ubicadas en La Cordillera Divisoria (de las cuencas del Huallaga y del Ucayali)103; Chiyuqui Saito, en frutales y té104; Luís Blume en Construcciones Rurales de Selva; Felix Aguila C., en Cultivos Forestales105 ; Carlos Águila P., en Crédito Agrario (en la agencia del entonces Banco Agrícola); Yo en el Departamento de Ganadería Tropical de la Estación Experimental (vacunos, cerdos, y forrajes)106. De otras promociones arribaron también varios ingenieros, hacia labores en diversas especialidades (plátano, tabaco, cacao, café, cube, horticultura, panllevar, suelos, etc.)... Nadie en el cultivo de la coca; base del terrible vicio de la adicción a la cocaína... Habría de convertirse, empero y con los años, en un pernicioso cultivo predominante... ¡Ironías que ofrece la vida! Tampoco se concedió importancia a la caña de azúcar. Condenada injustamente por constituir --la mayor parte-- sustento de la fabricación de aguardiente... ”Para enviciar a los indios”. se decía. Sin avizorar las tantas provechosas posibilidades agrícolas, ganaderas, e industriales, que ofrece este cultivo.

Los cultivos del caucho y de la quina, no pudieron prosperar desde pocos años después, primero por la competencia de las plantaciones promovidas por los holandeses en Indonesia (Java) y luego por productos industriales europeos y norteamericanos, químicos o sintéticos, más baratos. 104 Los frutales y hortalizas tampoco pudieron expandirse posteriormente por las deficiencias del mercado, las dificultades del transporte, y la falta de un adecuado fomento de su industrialización. El té, el café, el cacao, y hasta el tabaco, han padecido, siempre, de mercados problemáticos y se les agregaron los efectos de la Reforma Agraria, absurdamente concebida durante el gobierno de Velasco. El cube sucumbió por la competencia de los insecticidas químicos. 105 En cuanto a los asuntos forestales, en el Perú nunca pudo cuajar una adecuada política al respecto; por falta de conocimientos suficientes sobre el tema, por parte de la tecnocracia correspondiente y por el influjo político de los intereses creados en la explotación maderera. 106 El crecimiento de la ganadería ha sido detenido en la Selva, por la falta de adecuadas políticas de desarrollo de la región y de la ganadería del país en general; aparte de los efectos del narcotráfico y del terrorismo... ¡De nuevo “está por verse” el Desarrollo de la Selva!

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¡Qué felices y orgullosos nos sentíamos! como jóvenes, de ser miembros de tal hornada de heroicos “pioneros” de la “La Gran Tarea”, que –suponíamos-algún día llegaría a culminarse: ¡La Conquista de la Selva del Perú!... Para el alojamiento de la juventud profesional que llegaba a trabajar en la inmensa obra planeada y ejecutándose en la Estación Experimental de Tingo María, la más importante de la Selva, se disponía, entre otros lugares, de las instalaciones del cómodo “Hotel de Turistas”107. Era una hermosa construcción de madera, de arquitectura especialmente diseñada para el Trópico Húmedo, ecología correspondiente a la zona. La edificación estaba fundada sobre pilotes de concreto, un poco altos, para evadir las alimañas de mil clases allí habidas y la excesiva humedad del suelo; contaba además con doble techo, distanciados, uno exterior, con planchas de “eternit” y otro interior o “cielo raso” de madera; ambos materiales, aislantes notables del calor ambiental. Además de estar dotada de amplia ventilación interna, por el auxilio profuso de grandes aberturas y ventanales, con protección de telas metálicas, contra las invasiones de insectos voladores. Todo muy bien dispuesto. El hotel estaba constituido por un pabellón central y cuatro “bungalows” o casitas bimodulares (hasta para dos parejas o matrimonios, o una familia, con un baño común). El edificio principal tenía, además de los ambientes de recepción, oficina, corredores y balcones, cocina y servicios, un gran comedor interior y otro abierto al exterior, pero sombreado. Contaba, si no recuerdo mal, con unos doce o catorce dormitorios, relativamente pequeños, uni y bipersonales, con un baño múltiple común... En los días en que nosotros llegábamos, estaba terminándose la construcción --gracias a un acuerdo entre la Estación Experimental y la Compañía Hotelera-- de un nuevo pabellón, que llegaría a ser famoso, como más adelante veremos: “El Pabellón de Solteros”. A poco sobrenombrado, por la socarrona muchachada: “La Jaula de los Tigres”... Era de unos 30 dormitorios bipersonales, con baño completo en cada módulo para cuatro personas; bastante grande y confortable, con un corredorbalcón común y circundante. Estaba destinado a empleados jóvenes y solteros, en apreciable número llegados a trabajar en la institución, que por entonces “abría trocha” al Desarrollo de la Región de la Selva... ¡Ansiado objetivo –sueño-- de todos los peruanos! En los comedores del cercano Pabellón Central del Hotel, nos servían desayunos, almuerzos y comidas, agradables, de buena calidad; pero al comienzo en baja cantidad; al menos a nuestro parecer de bulímicos jóvenes

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La cadena de “Hoteles para Turistas”, de propiedad y administrados por la Compañía Hotelera del Perú, de la Corporación Nacional de Turismo, constituyó una de las iniciativas de gran visión, y vital obra de desarrollo económico nacional, cuyo mérito correspondió al gobierno del Mariscal Oscar R. Benavides.

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casi adolescentes. Por añadidura, de apetito bastante exigido por un fuerte y entusiasta trabajo en la Estación. Felizmente, de modo muy comprensivo hacia las insinuaciones de nuestra parte, las autoridades laborales de las que dependíamos, ordenaron: “dar raciones más abundantes y apropiadas a los muchachos, que no son turistas con arteriosclerosis o personas mayores a dieta”... Todo se desenvolvió, a partir de entonces y por un tiempo, a satisfacción general. Mas, a poco, una nueva situación comenzó a nublar el panorama: Por aquellas heroicas épocas, no era viable, para los juveniles y vigorosos garañones que en importante número arribaban a tan tórridos lares, conseguir en el vecino pueblo de Tingo María, femeniles elementos, de condición fácil, para los fines de sus imperiosos “desfogues” sexuales... Considerado que fuera ello, el único camino expeditivo, práctico y aceptable --según los patrones éticos (?) o pragmáticos, a la sazón vigentes--, que podría permitirles resolver tan acuciante problema. Y sucedía que --adicionalmente a lo que ocurre en situaciones similares, en las cuales las durezas ambientales, ya de por sí, disminuyen la proporción de las mujeres, de todo 'temperamento', arraigables allí--, se daba la casualidad de ser, la esposa del más alto funcionario del mencionado Centro de Colonización, dama muy devota y enérgica ella. Por lo que había constituido, con las consortes de los empleados casados --a las que jefaturaba--, una suerte de falange, más que de cofradía, de unas muy combatientes señoras, quienes declararon una guerra sin cuartel --unidas a las autoridades políticas, municipales, y policiales-a todas las formas del ejercicio de la “profesión femenina más antigua del mundo”, tan requerida por los ardientes muchachos tingaleses... Se motivó, de tal suerte, el espanto y el éxodo masivo de todas las magdalenas que pudieren ser descubiertas y calificadas, pública y policialmente --cual lo son muchas, con tanta inhumanidad, impropiedad y frecuencia--, de prostitutas, “mujeres malas” o “de la vida alegre”. Desdichadas, infelices… ¡Fuera mejor decir! Y es de comprender, con facilidad, la angustiosa situación que se producía --acentuada cada nuevo día y cada repetida noche, peor-- en los jóvenes del tropical “Pabellón de Solteros”... Cierta vez, llegó al hotel una damisela, a todas luces “de cascos ligeros”, que se presentó como “periodista”. El Pabellón Central estaba copado, ante lo cual el imprudente Administrador no halló mejor solución al problema que alojarla en uno de los dormitorios de... ¡“La Jaula de los Tigres”! Llegada que fue la interfecta al dicho campo minado, hubo de ser --¡por supuesto!-- muy bien acogida por los voraces huéspedes. Fueron risueñas y coquetonas las conversaciones iniciales; pero iban subiendo de tono y volumen. Al principio entre tres o cuatro contertulios. Pero los ávidos conversadores iban aumentando en número y entusiasmo, así como la altisonancia de las voces y las carcajadas... Y más gente iba llegando... Mayor jolgorio... Siendo añadidas,

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cada vez, crecientes y escandalosas risas. Algunas manos transitaban, traviesas, ya fuera de zonas discretas o permisibles. Se iniciaban discusiones y disputas... Alguien había llevado unos traguitos. Luego otros más... Risotadas múltiples. Altisonantes palabras... Manos descontroladas, ya francamente pecaminosas y hasta vejatorias... Y en ésas, se armó una trifulca de padre y señor mío; incluso un conato de violación masiva (un “fusilico”, al crudo decir popular)... Alguno, creyéndose con cierta autoridad, intentó poner fin al laberinto, clamando con fuerza: --¡Qué tales salvajes!... Con sobrada razón llaman a este lugar: “La Jaula de los Tigres”... ¡Y vaya que si son feroces!... ¡Basta ya! Se llamó a los mandos superiores de la Estación y del Hotel. Se despachó a otros lares a la “periodista” de marras. Y alguna paz –momentánea al menos-volvió a reinar en el teatro de tan escandalosos acontecimientos. La situación reclamaba, empero, soluciones más duraderas, de un mayor alcance... Cupo sugerirlas al bastante inteligente y más que ello astuto, ingeniero Oscar Garibaldi P., quien se preciaba de ser muy “pragmático” y que a la sazón desempeñaba el cargo de Subdirector de la Estación (todas las funciones tenían un Jefe gringo y en “contraparte” un ‘sub’ o adjunto peruano)… Muy "práctico", el garibaldino asistente, expuso al Director General, Dr. Benjamín Birdsall, la no poco cínica propuesta y el razonamiento siguientes: -- Lo que sucede y ha de comprenderlo Dr., es que estos muchachos sufren, por su prolongado aislamiento, una peligrosa continencia sexual, como se dice, “de náufragos”; exacerbada por el fuerte calor propio del trópico de Tingo María. Hay que ver de facilitarles un viaje a la ciudad de Huánuco; por lo menos una vez al mes, en los dos días no laborables de un fin de semana; en algún ómnibus proporcionable por la Estación. De modo que puedan encontrar la forma de "desfogar" su reprimida sexualidad, o “botar la piedra”, que le dicen. De lo contrario, a cada rato vamos a tener la repetición de problemas similares... -- O. K. ¡No more problems here! -- Replicó el gringo; aunque menos astuto, tan “práctico” o más que su inefable asociado, no deseando mayores complicaciones en su jurisdicción. Así, con tan peculiar y entusiasmante motivo, hacíamos cortos pero frecuentes viajes a la bella y acogedora ciudad de Huánuco. Que llegaría a ejercer inmensa influencia sobre mi vida personal. ----Hemos dicho que en la organización establecida por los norteamericanos, para las dependencias de la Estación Experimental de Tingo María, estaban dispuestos siempre los cargos de un jefe norteamericano con un subjefe, adjunto o asistente, peruano. Con habilidad, el sistema perseguía varias finalidades, en gran medida muy racionales:

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Los gringos se reservaban las jefaturas, pues daban la plata y la mayor parte de los recursos de los programas (personal técnico muy especializado, máquinas y vehículos de primera clase, finos instrumentos modernos de laboratorio, etc.), deseando, naturalmente, mantener el control de la marcha de los proyectos, destinados a servir, fundamentalmente, a sus entonces vitales requerimientos bélicos (productos tropicales de difícil acceso para ellos). Por nuestra parte, los peruanos percibíamos colocaciones profesionales bajo trato correcto y bien remuneradas --pagaban los mejores sueldos del país, en situaciones equivalentes-- y se ofrecían muchas oportunidades de formación técnica personal, de un nivel hasta entonces no presentado en el Perú entero y menos en la región de la Selva. Adicionalmente, el sistema permitía una mayor compenetración profesional y personal entre jefes y asistentes, gringos y peruanos; el mejor conocimiento o aprendizaje recíproco de sus idiomas; de la realidad nacional por un lado y de las más avanzadas tecnologías mundiales por el otro. Pero había más: En la elaboración y sobre todo en la publicación de los informes y comunicaciones técnicas, que se hacían en boletines y revistas, en el Perú en castellano y en los EE.UU. en inglés, los norteamericanos eran los titulares principales; los que figuraban en primer lugar, aportando en muchos casos conocimientos concretos de “tecnologías de punta”. Sin embargo, ellos mismos apreciaban la imaginación notablemente vivaz, el criterio por lo general más amplio y la fértil creatividad de los profesionales peruanos; quienes, pese a sólo figurar en segundo plano como “asistentes”, prácticamente eran --y se sabía-- quienes hacían los artículos; inicialmente en castellano, para ser luego traducidos al inglés por hábiles traductores de la Estación o de Lima. Para nuestros connacionales era suficiente premio saberse los autores reales o fundamentales de los trabajos; y, por añadidura, verlos publicados en inglés... ¡Con alcance de lectoría mundial! Aunque sólo fuere en relativo secundario lugar de figuración. Al final, “tuti contenti”. ----Durante el tiempo que pasamos en Tingo María, trabajando en la Estación Experimental y alojados en el Hotel de Turistas, en su famoso “Pabellón de Solteros”, nuestra vivencia fue pues, conforme a lo hasta acá dicho, sumamente placentera en lo material. Y, más importante, en lo espiritual, plena de ideales, de entusiasmos, de tonificantes esperanzas; tanto individuales, como colectivas de orden nacional. Gozábamos, además, como resulta natural comprenderlo, de frecuentes momentos de jolgorio y gran alegría; por constituir parte de un entusiasta y numeroso grupo juvenil, desenvolviéndonos en la más franca, cordial y afectuosa camaradería. Se podría, pero huelga narrar las múltiples anécdotas ilustrando lo dicho; aunque nos parece que sí vale la pena referir algunas, de cierta significación en cuanto a las relaciones entre un grupo de muchachos peruanos, hispanos, o ‘latinos’, cual era el nuestro, con otro tan diferente, como

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lo constituía el de los jóvenes técnicos y funcionarios norteamericanos, ‘gringos’, de manifiesta cultura anglosajona. Las referencias resultan de algún interés puesto que permiten, como a nosotros nos permitieron, desde temprana data, efectuar un análisis comparativo, amplio y desprejuiciado, entre las sicologías de una sociedad como la nuestra, en lo fundamental latina o hispano criolla y mestiza, por un lado, con otra, en lo medular, anglosajona, cual la norteamericana. En sus relaciones con los peruanos, como en la mayoría de las situaciones que se les presentaban nuevas, los “gringos” eran muy dados --e inducidos por sus superiores además-- a conducirse, al pie de la letra, por instrucciones de manuales. En especial, en “el trato con latinos”. Una de ellas, era la de “confraternizar” --como recurso adicional de su intensa propaganda de guerra--; procurando, para tales fines, organizar fiestas, reuniones, juegos deportivos y de salón, en los cuales reinase general alegría y cordialidad... Así, en una ocasión, había tenido lugar, en el Pabellón Central del Hotel de Turistas, un ágape dispuesto por la esposa del Director General de la Estación Experimental –el ya referido Dr. Benjamín Birdsall--, una gringa flaca y fea como sólo ella podía serlo; pero quien, en llamativo contraste, era muy simpática de trato. La dicha dama, en ánimo de acrecentar la alegría de la reunión, resolvió armar “un juego de salón”, entre jóvenes gringos y peruanos... Consistía el asunto en colocar, al centro de la sala de baile, una doble hilera de 10 sillas cada una, tocándose por los espaldares y dejando hacia afuera, disponibles, los asientos respectivos. Ofrecían, de tal modo, lugar para veinte personas sentadas. Pero “jugaban” 21ª... Al golpe de una sonora palmada de quien dirigía el “juego”, los participantes, a un paso rítmico y al son de una musiquita bastante candelejota, dando vueltas al conjunto de las dos filas de sillas, debían sentarse, rápidamente, uno en cada una. Sobrando, así, un “perdedor” sin asiento, quien debía pagar una multa o “prenda”; por ejemplo, una botella de licor o algo equivalente, para el consumo de los demás asistentes, tenidos por “ganadores”... Sin embargo, a nuestro criollo entender, el pasatiempo de marras, se nos aparecía o antojaba ridículo, demasiado pueril o simplón... Para no decirlo con un vocablo más crudo. No faltaron quienes, para desfogar el parcial fastidio y animar más la situación hacia un mayor reír, decidieron “hacer una trampita”: Aprovechando una distracción momentánea de la dirección del evento, movilizaron otra silla del salón, de entre las no alineadas, y la colocaron en una de las filas; de tal modo, que a la siguiente palmada... ¡todos dispusieron de asiento y quedaron muy bien sentados!... ¡No hubo perdedor! En medio de las risas generales de la muchachada de la camiseta rojiblanca. Pero los gringos no tomaron la cuestión de igual manera: -- ¡Ou nou!... ¡Eso ser trampa!... ¡Eso ser mentira!... ¡Alguien no jugar en serio! --Gritó, furioso, uno del rubicundo bando... y los demás le hicieron decidido coro…

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¡Los 'anglos' no aceptaban la mentira y la trampa, ni en broma!... Encomiable, de todos modos, su definida devoción por la Verdad. Nosotros, en cambio, poniendo cierto Sentido del Humor, sobre el supremo valor de La Verdad, éramos más de manga ancha al respecto. Hasta desdeñábamos --con injusticia--, el candor de los gringos. Para general complacencia, la jefatura femenina, tan graciosamente sajona como sagaz y cordial, intervino a tiempo. Y, así, la reunión pudo no terminar a capazos, como sin duda hubiera sucedido sin su presencia. ----En otra ocasión, debíamos ir”, varios técnicos peruanos y norteamericanos, en una camioneta, de las que llaman “pic-up, hacia cierta zona de trabajo en común… Y ocurría que el chofer era un negrito, chiclayano, muy risueño y simpático, por lo cual devino en bastante popular en la Estación. De faz notablemente retinto él, cosa no frecuente en el Perú, crisol de un profuso mestizaje, tierra con cholos y zambos, donde no suelen presentarse colores raciales muy netos. Es el caso que estando todos por abordar el vehículo, uno de los norteamericanos --posiblemente el más importante de los expertos requeridos para la tarea técnica a realizar--, se negó en redondo a subir y tomar asiento al lado o cerca del moreno chofer. Con la mayor rabia, enrojecido el rostro por la cólera, vociferó: -- "Eso" que va a ir con nosotros, adelante y manejando la camioneta... ¡es un "negro"!... ¡En mi tierra ellos tienen su sitio y nosotros sabemos dárselo!... ¡O lo sacan, o yo no voy! Perplejos quedamos todos los peruanos, ante la --para nosotros-- insólita situación... La tarea se frustró, por supuesto, pues nos opusimos a humillar al negrito. El problema llegó a la Dirección de la Estación y el Dr. Birdsall, con toda la energía y la diplomacia de que fue capaz, procuró que el asunto tuviera alguna salida aceptable y se olvidara muy presto; pues en los tiempos de la II Guerra Mundial, no le convenía a los gringos “causar mala impresión en el Perú” y pecar de “racistas”… ¡De “lo mismo que acusaban a Hitler”! Y hablamos de un episodio o muestra, del "racismo norteamericano", todavía subsistente y presentado con crudeza a nuestros ojos... ¡en 1,944! ¡A mediados del siglo XX. Pero puedo decir más: Veinte años después… ¡en 1,964!... con motivo de un viaje que realicé a los EE.UU., paseando por las afueras de una de sus grandes ciudades, en una urbanización nueva y en desarrollo, observé un curioso espectáculo: De uno de los edificios, de muchos pisos, a cuyo pie había estacionados numerosos automóviles y carros de mudanzas, salían como si fueran abejas espantadas por una pedrada caída en su colmena, gran cantidad de gente blanca, que, con toda evidencia, se estaba mudando de sus domicilios, en forma multitudinaria. Y a unas pocas cuadras de distancia, de modo parecido, pero 277

inverso, gran número de carros de mudanzas y de pasajeros, al pie de otro elevado edificio, portaban cantidades de gente negra; con sus bártulos y mobiliarios, que iban ocupando los departamentos allí vacíos… Preguntamos al guía norteamericano sobre la naturaleza del fenómeno y dijo tratarse del famoso “Pánico Negro”: Si el administrador de un edificio habitado por blancos, se descuidaba y alquilaba un departamento a una familia negra, los “cara pálidas” --sin decir nada-- se mandaban mudar al instante y en masa... Los departamentos se devaluaban en su alquiler o venta... Y se volvían a llenar, entonces, pero de sólo negros. El blanco no insultaba, ni ofendía directamente a los cutatos, mas no aceptaba, de ninguna manera, vivir cerca de ellos. Y pensar que hay --¡y muchos que se dicen compatriotas nuestros!-quienes nos tildan de “racistas”... ¡A los peruanos!... Cuando hemos llegado a tener –popularmente elegido y reelegido--, por más de diez años... a un Presidente de la República… ¡japonés! Pura sangre nipón; hijo de padres japoneses pura sangre; casado con japonesa pura sangre; y por tanto, con hijos, asimismo, japoneses pura sangre, a quienes incluso confirió nombres japoneses... Fue y es reconocido como ciudadano --¡súbdito!-- japonés por el gobierno del Imperio del Sol Naciente. A mayor abundamiento, en la actualidad, acabamos de ostentar --elegido popularmente también-- un Jefe de Estado, mestizo, casi indio puro, pero con apellido de virrey; que habla inglés y no sabe quechua, pero que gusta llamarse indio (lo apodaron “Pachacutec small”); cuando mejor podría ser calificado de “american cholo”; de educación superior y estudios pos grado universitarios norteamericanos y varios adicionales influjos poli étnicos o apátridas (su matrimonio con una mujer judío belga). Hemos de decir, aparte, que el Perú tuvo el primer gobernador mestizo de América (Almagro el Mozo); varias glorias artísticas, literarias en particular, y hasta políticas, mestizas (baste citar al Inca Garcilaso, de jerarquía universal y a varios notables presidentes de la República, mestizos o “cholos”, como Gamarra, Castilla, Sánchez Cerro, etc.). ----Otra anécdota risueña que nos mostrara cierta faceta de la sicología de los “gringos” norteamericanos, diferentes por cierto de los latinos o “hispanos”, estuvo dada en ocasión de uno de los tantos variados periplos en carro que debíamos realizar por motivo de nuestros trabajos técnicos de campo: Así, encaramados varios profesionales jóvenes en uno de los carromatos de uso diario, íbamos muy alegres y optimistas, cuando en esas el vehículo manifestó un desperfecto mecánico, por cuya causa disminuyó progresivamente la velocidad de su marcha, hasta que finalmente se plantó... Y antes de que siquiera uno de nosotros, los peruanos, pudiera reaccionar de algún modo, el más acomedido de los místeres, se lanzó al suelo y comenzó a mirar debajo de la camioneta, al parecer, en afanosa búsqueda de la causa del problema...

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-- Pero está claro que la falla debe encontrarse arriba, en el motor, seguro en el carburador, no abajo; porque la máquina estuvo un ratito antes como “tosiendo” --Dijo uno de los juveniles peruvianos... -- ¡Ou! Disculpe, tiene razón --Respondió el gringo... y con la mejor buena voluntad, inclusive ensuciándose las manos, ayudó en la entonces reorientada tarea mecánica. Poco después, por algunas confidencias recogidas, averiguamos que el candoroso yanqui se había arrojado al suelo, no tanto por su natural acomedimiento, sino por seguir, al pie de la letra --cual hacen los más fieles protestantes con su Biblia--, las indicaciones de un Manual, que a todos los “anglos” les proporcionaba la Dirección de la Estación, para lograr: “Las Mejores Relaciones con los Latinos o Hispanos”. En el documento de marras, en alguna parte, se les decía algo así: “Los latinos son muy ceremoniosos y poco acomedidos ellos mismos entre sí, pero aprecian mucho en los demás y toman gran simpatía por la sencillez y el acomedimiento extremo, con ruptura total de protocolos... Así, si Ud. viaja con ellos en un vehículo motorizado, de pasajeros o mixto (con parte de carga), no pelee por los primeros y más cómodos sitios, sino, por el contrario, cédalos; y si el carro se malogra y se planta, no dude en echarse debajo del artefacto, para ser el primero en buscar la avería. Así --y para mejor-- se ensucie la ropa en el afán”. ¡Exactamente, lo que estaba escrito, sucedió!... ¡Al pie de la letra, fue cumplido el precepto! ----La misma señora Birdsall, como ya lo hemos indicado, a propósito de anécdota anterior, no estaba al margen, ni mucho menos, de las influencias del ya dicho “Manual para el Trato con Latinos”. Muy por el contrario, con gran convicción, lo aplicaba con tanta frecuencia como singular entusiasmo. Así, sobrevinieron los días de carnavales y la mencionada dama directiva creyó llegada la mejor ocasión para --a la letra del 'sacrosanto' libraco-“estrechar alegres y cordiales lazos con los 'hispanos', muy aficionados al relajo fiestero”; impulsando, con tal propósito, los preparativos de la mayor celebración carnestoléndica local: Un grandioso "Baile de Disfraces", en el Hotel de Turistas. Temprano, en la fecha señalada, se apareció la doña en nuestra Residencial, en circunstancias en que varios nos encontrábamos en agradable descanso y amena tertulia, tocante a juveniles y alegres dedicaciones... -- Hoy en la noche es la gran fiesta de Carnavales; están todos invitados y deben asistir disfrazados --Dijo la blonda veterana, con mucha y alegre cordialidad, sin mengua, empero, de la mayor rotundidad e imperio... ¡Atónitos quedamos! La verdad es que eso de disfrazarnos --aparte de que no teníamos disfraces-- se nos ofrecía como una reverenda ridiculez; en gran medida extranjerizante y pituca; muy impropia de nuestra condición, a todas luces

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peruanísima, criolla, y clase mediera. De arranque replicamos resueltamente, que iríamos a la fiesta, pero que ¡jamás nos disfrazaríamos!... ¡Nos negamos de plano! Sin embargo, ante --para ella-- tan inesperada actitud, la inefable madama, se puso al borde de la histeria y posterior soponcio. Tal era su angustia y desesperación, que terminó conmoviéndonos... Lo cierto es que le habíamos llegado a tomar bastante cariño a la gringa... Y lo merecía. Por sus varias y notorias cualidades personales. -- No se preocupe, señora Birdsall... ¡Nos vamos a disfrazar! -Consolándola, se lo dijimos, a una sola voz, todos los muchachos allí presentes. Y otra vez a solas, nos preguntamos entre nosotros: -- ¿Y de qué nos vamos a disfrazar ahora, si no tenemos ni disfraces? -- Con imaginación e inventiva podremos resolver el problema --Dijo alguien de los optimistas... Y pusimos manos a la obra: El más presto fue a la cocina y se consiguió un mandil y gorro blancos, además del gran cucharón sopero... ¡Quedó disfrazado de cocinero! Otro, un poncho, unas sandalias, aparentando "ojotas"; su sombrero viejo, y quedó de “indio” o campesino serrano. Alguno, simplemente se colocó cierto añoso “casco de ingeniero”, con su par de botas de campo, casaca de cuero, y dijo estar disfrazado de ídem. Otro, las plumas del gallo, a la sazón sacrificado y "pelado" para el almuerzo, fijadas en la correspondiente “vincha”, para la cabeza; añadiendo faldellín de tiras de telas de colores, sobre el calzoncillo; y manifestando ser un “chuncho” o nativo selvático. Felix Águila C., de oscura tez, casi aceitunada, --era de los “grones” de la Promoción--, hizo, con su toalla, algún remedo de turbante, agregándole, invertida, cierta brochita, cual adorno frontal; y, cubriéndose el cuerpo con blanca sábana, a modo de túnica, dijo ser un “hindú”... Y así, de semejante modo, se generaron varios ingeniosos disfraces más, que iban satisfaciendo, sin mayores problemas, las expectativas de la gentil dama organizadora principal del festejo. Pero faltaban algunos compañeros por disfrazarse o a quienes debía adjudicárseles simulaciones de vestuario más o menos llamativas y ocurrentes. Entre ellos, C..A..P., nuestro querido “Pelusa”. Agravaba, empero, la situación, este inefable camarada de innumerables aventuras tingalesas, pues, aficionado al trago como era, se apareció tarde en demasía y en una “tranca” de Padre y Señor Nuestro. No se daba cuenta ni de qué se trataba... -- ¿De qué lo disfrazamos? --Inquirió angustiado alguno... - ¡De "Chino"! --Luego de corta dubitación, propuso Lucho Córdova, ingenioso y sarcástico, como siempre y cual ninguno. - ¿Cómo de “Chino”? Si Pelusa no tiene nada de asiático o de “achinado” y ni siquiera ropa alguna para el caso --Replicaron varios al unísono… -- He visto que Pelusa tiene una bata de seda azul muy brillante; podría servir. Si además quemamos, a fuego de velas, un corcho de botella de vino y 280

con eso, carbonizado, lo pintamos, tiznándole las cejas y las comisuras de los ojos, jalándoselos, como pareciendo de chino; y, lo mismo, al bigotito ése, tan ridículo, que tiene (al cual debía su apodo), alargándolo y chorreándolo, hacia los lados y abajo... ¡No habría nada que objetar! Añadiendo una boina negra y unas chinelas o pantuflas, podría completarse el atuendo... ¡Quedó magnífico! Así la fiesta venía resultando todo un éxito. Muy alegre y simpática... La gringa no cabía en sí de contenta... Mas ocurrió que en uno de los momentos de mayor entusiasmo y animación, la señora Birdsall sacó a bailar al “chino Pelusa”, a quien no se le habían disipado aún del todo los humos de su curda vespertina. Y, sin haberse --dicho advenedizo mongoloide-- amarrado bien la disfrazante bata, debajo de la cual no había tomado la precaución de ponerse siquiera alguna prenda interior, por obra de las fuerzas centrífugas emanadas del alegre bailar, la sinense cubierta se abrió, de par en par, cual suave portón de dos hojas... del Jardín de Alá… dejando plenamente al descubierto... ¡sus frutícolas vergüenzas! -- ¡Oh! ¡Oh! --Exclamó por todo lo alto la impresionada y anglo sajona fémina, añadiendo incontenibles risillas, agudas y plenas de un desprejuiciado sarcasmo, coreadas, en las más variadas formas, tonos e intensidades, por la bulliciosa concurrencia... Pero cerrado el telón de tan inopinado espectáculo, la fiesta continuó y finalizó en medio de una creciente alegría general, hasta bien avanzada la noche y llegando ya el nuevo amanecer. ----Nuestras relaciones con los norteamericanos de la Estación Experimental de Tingo María eran excelentes. Hábilmente estimuladas por la tecnología de punta por ellos aplicada en el campo de las relaciones públicas y empresariales, con el auxilio de sus famosos manuales. Amén del apoyo que les significaba su vasta y avasalladora propaganda, en escala mundial, con motivo de la Segunda Gran Guerra. Y, ciertamente, de la admiración general, en gran medida justificada, que los norteamericanos, como pueblo, merecían y merecen. Todo impulsaba al aprecio nuestro a su favor. Sin embargo, también y lamentablemente, se llegaba al extremo de presentarse algunas tendencias a la adulación servil y a suscitar, en la muchachada peruana, un cierto complejo colectivo de inferioridad, frente a la estadounidense. Así, entre las ideas más generalizadas, estaba la de que “los gringos eran muy trabajadores y los peruanos, en cambio, unos ociosos”. Pese a que si bien era notoria la laboriosidad de muchos de los norteamericanos de Tingo María -no faltando peruanos también muy empeñosos--, no estaban ausentes entre ellos más de una “oveja negra”. Tal el caso de un empleado, plenamente “gringo”, yanqui o sajón, que llegó a constituir un verdadero dolor de cabeza para los directivos de la Estación. Pues se ofrecía como el hombre más ocioso y borracho de los que en el mundo han sido o que pudieran ser. Al menos, puedo certificar que jamás he visto, en toda mi larga existencia, nada semejante, en

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cuanto a vicios y pereza humana... Pero así son las cosas de la realidad y las generalizaciones del vulgo. Uno de nuestros compañeros y compatriota, aunque de itálica ascendencia, de apellido Rubini, si no recuerdo mal, quien, la verdad sea dicha, no andaba muy bien de la azotea, se indignaba en grado sumo, al observar las lamentables manifestación del dicho complejo: -- ¿Quién dice que los peruanos somos más ociosos o menos trabajadores que los norteamericanos? --Gritó un día, furioso-- ¡Yo voy a demostrar lo contrario! ¡No hay un gringo que me gane trabajando! Ocurría que el furibundo y peruviano “nacionalista” laboraba en el principal vivero forestal y frutícola de Tingo María. El esfuerzo de los obreros -que compartían los técnicos jóvenes a cuyo cargo estaban-- era muy duro a la vez que cuidadoso; porque había que acarrear, palear y mezclar mucha tierra, previamente seleccionada, con abonos químicos, minerales, y enmiendas orgánicas, de variadas clases; además de construir edificaciones y ramadas, cargando, serruchando, y clavando, abundante madera; portar en regaderas y otros recipientes, mucha cantidad de agua, para el riego de las semillas en germinación, de las plántulas de reciente nacimiento, y de las plantas de mayor desarrollo; así como otros múltiples esfuerzos físicos de todo género e intensidades. A partir de cierto día, Rubini se puso a trabajar con tal furia y denuedo, que ni se presentó en el Hotel a la hora del almuerzo. Alarmado, uno de sus compañeros, se constituyó de nuevo en el vivero en horas de la tarde, a fin de indagar por el susodicho hombre-abeja, quien, localizado que fue, bañado en sudor y más activo que una de esas himenópteras obreras, hubo de ser exhortado a tomar un descanso reparador e ingerir los alimentos que su organismo requería ya de modo urgente y clamoroso... Aunque fuere, al menos, que tomara las colaciones vespertinas… -- Yo no iré a comer y seguiré trabajando, hasta que se reconozca que los peruanos somos los más trabajadores; que ningún gringo nos gana --Sentenció resuelto Rubini. Llegó así el problema, claramente informado, a las alturas de Mr. Birdsall, quien, muy preocupado, llamó a sus principales consejeros para deliberar sobre el asunto ¡Y no resultaba éste baladí, ni mucho menos! Pues si la cosa seguía adelante, con el riesgo de un daño grave a la salud, o mucho peor, de la muerte del arisco empleado peruano; incluyendo la difusión periodística del posible trágico episodio; teniendo en cuenta --por los norteamericanos-- la situación de su guerra y las lógicas necesidades propagandísticas, aparecer como “viles explotadores del trabajo humano” en el Perú... ¡sería la muerte!... Ocurrió entonces que, “pragmático” como siempre, el Ing. Garibaldi tuvo ocasión de alcanzar otro de sus "prácticos" consejos: -- Creo que “no hay que hacer olas”, ni mayor problema del asunto. Nada se pierde al concederle, a este buen muchacho, desquiciada especie de “contra

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huelguista laboral”, su pedido. Que carece de importancia real o práctica alguna. Opino a favor de que una comisión de alto nivel de la Estación, se presente ante Rubini y lo exhorte a normalizar su desempeño y cubrir sus necesidades masticatorias. Y, para el efecto, declararle que efectivamente se reconoce que los peruanos no son menos trabajadores que nadie. Por último, de requerirlo, se le podría dar, incluso y en el mismo sentido, hasta una declaración escrita y firmada. Así se hizo... ¡Y se acabó el problema! ----Nuestra vida en Tingo María transcurría así entre anécdotas sabrosas, en un ambiente con paisajes de ensueño, alojamiento y alimentación especialmente confortables y gratos. Formábamos, además, un juvenil grupo humano en el cual se desarrollaba una hermosa camaradería. Aparte de que nuestras actividades profesionales y de todo tipo, eran, por lo más alto y a plenitud, concordantes con nuestros idealismos individuales y mayoritariamente colectivos, así como con las intensas vocaciones que a todas luces venían demostrándose; amén de las oportunidades de superación y perfeccionamiento técnico profesionales que allí se presentaban. Por los 21 ó 22 años de edad, o un poco más en algunos... ¡En la plena Juventud!... Nos sentíamos inmensamente satisfechos, alegres, y felices. En cuanto al caso particular mío, en lo que respecta a la función laboral profesional propiamente dicha y a otros accesorios andares personales, el hecho es que fui asignado al Departamento de Ganadería de la Estación, como Asistente del Dr. Harold Brooks, el Jefe norteamericano, siendo Subjefe o Adjunto, el Ing. peruano, Carlos Gallo U. Mi trabajo era de gran importancia, muy interesante, variado y ameno. Teníamos a nuestro cargo el ámbito de excelentes instalaciones de establos, corrales, oficinas, parcelas de pastos de corte y de experimentación, y extensos potreros para pastoreo muy bien cultivados; un hato de ganado vacuno, a los fines de su crianza productiva, reproducción, estudio, experimentación, etc., así como para las acciones de fomento (venta, bajo condiciones muy ventajosas, de vaquillonas y toretes, y eventuales servicios de montas), en favor de los pequeños colonos tingaleses. El ganado era de múltiples razas y cruces. Variaba en número, entre 200 a 400 cabezas. Aumentaba con los nacimientos y los nuevos lotes que llegaban con frecuencia de los más diversos lugares del país y del extranjero, y que se trabajaban, en primer lugar, en cuarentena y aclimatación. Alternativamente, disminuía su número, en cortos lapsos, por los animales que se repartían a los colonos, aparte de la mortalidad natural y de las cabezas de saca negociadas para camal. Contábamos también con un pequeño lote de caballos de silla, la mayoría de paso, para las labores ganaderas del Departamento. Se aperaban al estilo criollo y cow boy del oeste americano o de vaqueros del norte mejicano, en razón del gusto del Dr. Brooks, vaquero y lechero práctico en su tierra y, como

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tal, gran aficionado a los animales domésticos, en especial a los vacunos y equinos, e implementos propios del trabajo ganadero. Había, por último, un chiquero bien construido y una piara de unos 50 cerdos finos, para distribución, de las crías o gorrinos, entre los colonos. Pero el programa de porcinos nunca se presentó promisorio. Los cerdos, en particular los de razas finas, extranjeras, de gran tamaño y propias para explotaciones masivas o industriales, basadas en una alta tecnología y en costosas instalaciones; hechas para las crianzas no domésticas, ni de “chacras”, carecían y carecen de las posibilidades que evidenciaban y evidencian, los vacunos de doble propósito (carne y leche), en la Selva Peruana. Más apta para producir suculentos pastos verdes perennes, alimento fundamental de los bóvidos, como herbívoros rumiantes que son, que granos, tubérculos o raíces, especialmente básicos para los cerdos, dada su condición de omnívoros monogástricos. Los granos, los tubérculos y las raíces sólo son viables allí, en el Trópico Húmedo, de un modo temporal, no permanente, sobre los mismos suelos, a los que agotan a corto plazo e irremediablemente; restando estabilidad a las explotaciones que sobre ellos se pretendiera establecer. En el Departamento de Ganadería de la Estación había varios empleados más. Entre otros: Uno de oficina que llevaba las cuentas, los registros zootécnicos, los archivos, escribía las comunicaciones, y ejercía los otros varios menesteres propios del género... Tomaba, empero, con tanto entusiasmo la actividad ganadera, que si se ofrecía --y era con frecuencia--, hasta dejaba sus bártulos oficinescos y ayudaba a lacear, tumbar, sujetar, e inclusive a curar al ganado. Había, también, un capataz de campo, para capitanear a los peones en el trabajo con los pastos; otro ganadero o zootecnista, para los grupos operativos de la crianza propiamente dicha; y uno veterinario, para el equipo de curaciones y de labores zoosanitarias preventivas. Contábamos con alguna maquinaria, movilidad, y servicios varios: tractor, picadora de pastos, molino de granos, herramientas de todo tipo, instalaciones de luz eléctrica, agua y desagüe; un camioncito, una camioneta y una carreta, jalada por bueyes o por el tractor, etc. Podíamos decir que estábamos dotados, a plenitud, de todo lo necesario. Yo tenía --desde muy de madrugada-- que supervisar y colaborar en el ordeño del lote de vacas lecheras, en su alimentación suplementaria, registros de producción, y en la crianza de los terneros; dirigir, a pie y a caballo, a veces en camioneta, los trabajos de preparación de las tierras, la plantación y cultivo de los pastos de los potreros, para la alimentación básica, a campo, del ganado; y de los lotes de experimentación de forrajes; así como la plantación, cultivo, siega, y carguío, de los de corte; que, cosechados, se acarreaban al establo. Igualmente, corrían a mi cargo, las operaciones de la selección –cooperando con el Dr. Brooks-- y la separación del ganado; según las necesidades de la crianza, de los estudios genéticos, del fomento ganadero, de las sanitarias, de las comerciales, y otras.

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En los establos mismos, además de los ya dichos ordeños de las lecheras y de la alimentación de todos los animales estabulados (vacunos, equinos, y porcinos), incluida la preparación de sus alimentos concentrados, los suplementos de sal con minerales (calcio, fósforo, yodo, y elementos menores), y del forraje picado y granos molidos, veíamos los apareamientos individuales y los variados tratamientos veterinarios preventivos y curativos necesarios. Con la camioneta viajábamos, en compañía de un capataz y los peones necesarios, a la zona agrícola principal (Naranjillo), a cuyos colonos comprábamos maíz y yuca, para complementar, molido el primero y picada la segunda, la alimentación de los vacunos y conformar la principal de los cerdos. En la misma “pic-up”, pero ya solo, o a lo sumo con un ayudante, hacía también frecuentes salidas hacia los pequeños predios de los campesinos tingaleses, dotado de las medicinas veterinarias y los implementos del caso, para atender a las necesidades zoosanitarias de sus crianzas. Casi siempre, a medio día, con el caballo bien aperado que tenía asignado a mi servicio, llegaba, para almorzar y descansar un momento, a nuestra residencial, donde amarraba, a la sombra, en un árbol o en uno de los postes del inmueble, a este mi bien amado rocín. Para volver al rato a concluir la jornada, hasta el inicio del obscurecer. En los intervalos de los dichos afanes, para mí siempre agradables, muchas veces solo o en compañía del Dr. Brooks, del Ing. Gallo, o todos los tres, me daba tiempo para revisar y leer bastante, libros, boletines y revistas, de muchos lugares del mundo --además de los editados en el Perú-- y que, en especial, nuestro estimado jefe, entusiasta, conseguía y aportaba con profusión. Estudiábamos de un modo muy intenso las inquietantes cuestiones técnico científicas propias tanto de nuestras funciones directas en el Departamento de Ganadería de la Estación, como las correspondientes al ámbito de la zona de Tingo María. Y, cuánto más, los grandes problemas de la Ganadería de la Selva Peruana en su integridad, del Trópico Húmedo del mundo en general, y de los que más directamente les están ligados: los Agrícolas, los Forestales, y los Agroindustriales. Alternábamos extensos y animados comentarios, profundas y amigables discusiones, sobre todos esos apasionantes tópicos. En mi labor en Tingo María, aunque ella duró muy poco, unos 6 meses, tuve ocasión de observar, estudiar y aprender mucho, particularmente en el campo profesional, como Ingeniero Agrónomo, en la especialidad de Ganadería Vacuna Tropical: Como se ha dicho, la población vacuna de nuestro Departamento era un verdadero muestrario o mosaico de todas las razas y cruces posibles de hallar o realizar en el Perú: Había, sin o con variados cruces, vacas criollas procedentes de la misma Selva, así como de diversos lugares de la Sierra de Huánuco, Pasco, Junín, y de otros departamentos; algunas de la Costa de Lima, de Piura y de Lambayeque, principalmente. También existían ejemplares de razas de origen --remoto o cercano-- europeas y norteamericanas, puros o casi puros y en diversos cruces; había Brown Swiss, Holstein, Shorthorn (variedades de

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carne y de doble propósito: carne y leche), Ayrshire, Simenthal, Hereford (mochos y armados); posteriormente llegaron Jersey, Guernsey, etc. Los toros eran en mayoría cebú, de las razas, Nellore, Guzerat, Brahman, y posteriormente Gyr. Puede comprenderse el amplio campo de observaciones y estudios prácticos que se nos ofrecía, para interpretar o deducir explicaciones, sobre la herencia genética. El valor y curso de los caracteres zootécnicos, en los múltiples cruzamientos posibles de las razas de cebú, con las de origen europeo, en comparación con los otros tipos de apareamientos. Realmente se presentaban algunos casos de asombro. Por ejemplo: De modo casual se generó un extraordinario toro. Resultante del cruce, a media sangre, de cebú Nellore, con Hereford, de la variedad con cuernos o armada; casi puros ambos. Un ejemplar de impactante estampa e impresionante vigor. De hermosura animal a cabalidad indescriptible... ¡Como para servir de modelo a un calificado escultor!... ¡Verdadero monumento animado! Era enorme de alzada o estatura. De pelaje corto y lustroso, brillante; de bellísimo color rojo cereza encendido, más hermoso aún que el de su ascendencia Hereford. Con una vistosa cara blanca, sin exceso en la extensión de este color; bastante menor que en el modelo del mismo progenitor europeo puro; resultando, sin embargo, en su caso, una faz de mayor armonía y sobriedad. Presentaba dos grandes, afilados y poderosos cuernos; moderadamente abiertos, dirigidos hacia adelante y arriba, que le daban gran belleza, masculinidad, y tremendo poder combativo. Acompañaban, a su respetable armamento córneo, una vigorosa corpulencia, notable musculatura, un porte por demás elegante, y un temperamento fogoso, a la vez que notoriamente de gran nobleza. El animal se convirtió en todo un espectáculo para quienes lo contemplaban. Y en el dueño y señor de los vaqueros rebaños. Aunque, hasta culminar su total imperio de macho, hubo de sostener --muy a su gusto al parecer-- frecuentes y descomunales peleas, con el cebú más grande y soberano inmediato anterior del plantel --un gigantesco Nellore, seguramente su padre--, al que muy pronto venció y relegó de modo inapelable… Tal magnífico ejemplar, de viril vacuno, había sido bautizado con el bello nombre de “Montañez”. Pues, ocurriendo en aquellos gloriosos tiempos, que a nuestra extensa región de la Selva, se la llamaba “Montaña”, se quiso, con dicha significativa denominación y con tan hermosa figura, honrar a la --para todos los peruanos-- una muy entrañable porción del territorio Patrio. Pero resultaba que hasta tanto “Montañez” no terminó de consagrar su dominio, los dichos combates, en pos de imperar en los tingaleses hatos, motivaron en nosotros, sus cuidadores, angustiantes zozobras y tremendos afanes, pues en cada encontronazo, los dos toros rivales pulseaban, primero cabeza con cabeza, agrediéndose así en el inicial intento y simultáneamente para protegerse de las francas cornadas contra las partes menos defendibles de sus respectivas corpulencias. Y lo hacían con toda la potencia de sus fortísimas musculaturas, intentando y logrando, uno de los contendores, entonces el seguro vencedor --haciéndolo retroceder primero--, voltear al adversario, para cornearlo luego impunemente por los flancos; poniéndolo así indefenso, fuera de

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combate, en plan ya de huir a la carrera, cediendo el terreno y tratando de salvar el pellejo como mejor pudiere… Se habrá de comprender nuestros afanes y zozobras, si se tiene en cuenta que cada pulseada y retroceso violento, de estos dos mastodontes, que bordeaban los mil kilos de peso por cabeza, en el centro de un corral de tablones, terminaban quebrándolos y haciéndolos volar en pedazos por los aires. Más de una vez golpearon, con empujes de ribetes elefantiásicos, las columnas básicas del establo central, remeciéndolo, hasta faltar muy poco para que lo trajeran abajo. Por si no fuera suficiente, en los potreros del campo, bastaba se vieran de lejos estos dos enormes toros, para que, intentando la pelea, rompieran también los cercos de alambres de púas --sin importarles los hincones y desgarros-- así como las fuertes puertas que cerraban a los potreros mismos. Estando en el pleno furor de las peleas era casi imposible separar y dominar a los mencionados contrincantes. Especialmente a “Montañez”, dada su descomunal fuerza y temible cornamenta. Sogas y lazos, arreos a pie y a caballo, gritos, piedras y proyectiles diversos, palos, rebenques o látigos revienta chasquidos, picanas eléctricas, mangueras con presión de agua, antorchas de fuego, entropado con ganado manso y presencia de vacas, etc. Todos los medios disponibles o imaginables, devenían por lo general insuficientes. Sólo con mucha tenacidad, esfuerzos, ingenio, no poca astucia y aprovechando circunstancias de buena fortuna, podíamos salir venciendo los aprietos en que nos ponían tan endemoniados seres; dejándonos rendidos, totalmente exhaustos. Pero eran tales las tensiones y los afanes experimentados en esos episodios, que en más de una oportunidad, en mis noches de inquietos dormitares, en la residencial hotelera, fui víctima de tremendas pesadillas. Posiblemente a causa también, de ingerir pesados 'platillos' en las cenas; como algún tacu tacu recalentado, acreedor de previas y poco cristianas fermentaciones bacterianas y enzimáticas post culinarias... El argumento recurrente, de tales episodios oníricos, lo constituía la angustia de nuestros forcejeos y luchas con el bendito “Montañez”: -- ¡Cuidado con “Montañez”!... ¡Agárrenlo! --Eran mis desaforados gritos, en simultáneo con violentos despertares que, dicho sea de paso, llamaban mucho la atención y a risa a mis compañeros y colegas... Resultaba cosa seria intentar dominar al susodicho toro Y aun cuando habiendo vencido al Nellore, cesaron sus peleas, parecía como que se dio cuenta de su poderío y no se dejaba ya manejar fácilmente. Aparte, “Montañez” sólo era media sangre cebú. No podía dar lugar, en apareos con vacas sin cruce cebú, sino a crías de un cuarto de sangre cebuina; resultando entonces menos útil y necesario que el mismo Nellore puro, con el cual peleara y al que había vencido. Pues este último, en cambio, sí podía producir animales de más proporciones de sangre cebú, para nuestro programa de aquel tiempo. Si bien con “Montañez” sería posible mantener la media sangre

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cebú en ciertas crías suyas, ello solamente resultaría viable si las vacas con las cuales se apareara, fueran también media sangre y que no eran muchas. Dada la heterogeneidad habida en los animales de la Estación, especialmente en cuanto a los procedentes de progenitores total o parcialmente no cebúes, los Hereford constituían ínfima minoría; y más aún, los ½ sangre Hereford-Nellore. La utilización de un animal, si bien de aspecto maravilloso, pero de un valor zootécnico solamente individual, pues era "media sangre", no podría aportar la necesaria uniformidad o calidad generalizada, en los hatos de Un Programa Ganadero de Rumbo Definido, como el que se debía perseguir en Tingo María. Hay que añadir, que ya se comenzaba a vislumbrar que los animales a obtener debieran ser de alguna aptitud lechera. Y “Montañez” era netamente sólo de carne. Su extraordinaria hermosura y aptitud peleadora, pese a todas las simpatías que esas cualidades pudieran despertar, no constituían suficientes méritos zootécnicos para calificarlo como reproductor principal del Proyecto. Al final de cuentas, con gran pena general, se tuvo que sacrificar al famoso “Montañez”, destinándolo al camal. Dio magnífico rendimiento, en cantidad de carne, de excelente calidad. Pero no sólo “Montañez” era un soberbio producto de las mestizaciones cebuinas con europeas, a media sangre, realizadas en el Departamento de Ganadería de la Estación Experimental de Tingo María. Se produjeron otros ejemplares machos magníficos y aunque no llegaron a igualar a nuestro prócer bovino, de todos modos, eran de muy buenos biotipos. Las vaquillonas y vacas, de media sangre cebú, con diversas otras razas y variedades, criollas y de directo o remoto origen europeo y norteamericano, resultaban ejemplares de hermosísimo aspecto exterior (o fenotipo) y sorprendente productividad, de carne y de leche, de gran calidad ambas.108 El Dr. Brooks, quien, como se ha dicho, había sido ganadero lechero práctico en su tierra, personalmente se tomó el trabajo de seleccionar las mejores vaquillas y vaquillonas que, al ojo, evidenciaban superiores características de aptitud lechera. Las amansó, alimentó especialmente; las asistió en sus montas y partos, así como que las ordeñaba, personalmente, dos veces al día, criando separados a sus terneros. Las convirtió, casi las hizo, fuera mejor decir, muy buenas vacas lecheras. Se obtuvo, en Tingo María, rendimientos inusitados, para las condiciones de entonces en la Región de la Selva: de 5, 8, 10, y hasta 12 litros de leche al día; en dos ordeños, con súper alimentación y separación de terneros. En algunas se llegó a emplear ordeño mecánico. La leche del establo --de primerísima calidad, con alto contenido de grasa-- se repartía a las familias de los empleados casados de la Estación, a las escuelas y al Hospital. Era disputada ardorosamente, por lo que hubo de
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Hemos expuesto ya, con bastante detalle, muchas de las situaciones y problemas, técnicos y científicos, ganaderos, forrajeros, zoosanitarios, y hasta agrícolas y forestales, de la Estación, de la zona de Tingo María, y de la Selva Peruana en general; desde un poco antes de nuestra llegada.

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adoptarse ciertas medidas disciplinarias, para evitar peleas y molestos conflictos en su distribución diaria (dos veces: en la mañana y en la tarde). La producción de leche en la Estación, partiendo de un pequeño núcleo preexistente, desde hacía cortos años, se desarrolló con gran intensidad, principalmente obedeciendo a la intensa afición del Dr. Brooks. Una motivación empírica si se quiere; sin obedecer a mayores estudios, experimentaciones, ni deducciones racionales, científicas o técnicas. Pero se notó, de inmediato, la muy superior rentabilidad económica relativa, de la producción de leche, sobre la de crianzas para carne. Consideradas a igualdad de superficies, de los terrenos comprometidos en las respectivas explotaciones. Y no fue eso todo. En las salidas que yo hacía hacia las chacras de los colonos, ellos expresaban, siempre y sin contradicción alguna, sus intensos deseos de adquirir ganado de la Estación, especialmente vaquillonas "de aptitud lechera". Pero no querían "ganado de carne": -- Queremos “lecheritas” –decían-- “Para dar alimento a nuestros hijos; para tener ingresos diarios por la venta de leche; y para tener recursos extraordinarios, por la saca de toretes y vacas viejas, cada cierto tiempo. Asimismo, como medio para utilizar mejor los rastrojos, los pastos sembrados, y los residuos de los cultivos y de las cosechas”... Ellos también se daban cuenta --práctica o empíricamente-- de que, en las condiciones de la Selva, el ganado lechero o de doble propósito (carne y leche), era superior al de aptitud solamente para la producción de carne. Y a mayor abundamiento sobre el tema, por esos días llegó a la Estación y estuvo unos días en la zona, un competente investigador, economista norteamericano, llamado Charles Loomis, quien estudió muy bien esta cuestión: de si “carne o leche”, para Tingo María. Loomis llegó a la conclusión, irrefutablemente demostrada, de que “la Región de la Selva, sólo era apropiada para la ganadería vacuna de leche (que es intensiva) y no para la crianza de carne (que es extensiva). Bastante diferente ésta, por otra parte, a la explotación de engorde de toretes, de año y medio de edad, semi confinados o a encierro completo, por tres meses, con alimentación complementaria o de sobre racionamiento (modalidad que sí es intensiva). En razón principal de no haber allí pastos naturales; siendo los costos de producción de los pastizales y forrajes, implantados o artificiales, muy altos, por unidad de superficie o por tonelaje. Sólo afrontables por las explotaciones intensivas, como las lecheras o los centros de engorde, derivados estos de la recría de machos (toretes), en las haciendas de población vacuna de doble propósito, así como en las de ganado lechero, pero de razas de gran alzada y peso, o los traídos de lejanas crianzas de ganado de carne, donde ésta fuera viable (por la existencia de pastos naturales)”. El principio, ni en teoría, ni en la práctica, ha podido ser refutado. Por nadie. Desde esa fecha. Pero durante mucho tiempo, hasta buenos años después de los hechos mencionados, numerosos “profesionales” recalcitrantes, peruanos y extranjeros, verdaderamente duros de mollera, contra toda evidente realidad, sostuvieron,

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con empeño digno de mejor causa, las posibilidades, en la Selva, de la ganadería vacuna para carne, en crianzas extensivas. Nuestras experiencias en Tingo María, empero, habían comenzado pues, desde entonces, a indicarnos --o por lo menos lo discutíamos ya con gran vehemencia y convicción-- que la ganadería allí debería ser a media sangre cebú, con otra media europea lechera. Y trabajarse en la fijación de un tipo o – mejor-- en la Creación de una verdadera Nueva Raza de Ganado Vacuno Lechero Tropical. Es decir, además de lechera y por su corpulencia para carne, resistente a las duras condiciones del elevado calor, alta humedad, fuerte y variada luminosidad, y a las terribles enfermedades y plagas propias de las zonas tórridas.109 Muchos profesionales, al constatar los extraordinarios resultados ofrecidos por los mestizos de cebú a media sangre, lo atribuían a una suerte de misterioso fenómeno --sin explicación convincente— llamado, de antiguo: “vigor híbrido”... Imposible o muy difícil de repetir. Menos, de fijar o perpetuar en la descendencia. Ni siquiera como tipo (convencionalmente se tomaba así a un cierto grado de fijación menor a la racial) y, por supuesto, se consideraba una irrealidad, proponer el dicho cruzamiento, como la base de una nueva raza. Se manifestaban universal y rotundamente escépticos al respecto. No aceptaban que se pudiera, por el camino de las “neo combinaciones mendelianas”, llegar a la homocigocidad o duplicación de genes deseables, es decir a la "fijación", con una adicional y posterior estricta selección constante, a través de varias generaciones. Además, por nuestras “revisiones de la literatura técnica” mundial, los pensares y converses, principalmente con el Dr. Brooks, habíamos tomado conocimiento y hecho convicción de algunas teorías de la Zootecnia Ecológica que, por aquellos tiempos, trataban de explicar el influjo del color del pelaje y de la piel en la resistencia al calor de los vacunos en los trópicos, seco, semiseco, húmedo, y súper húmedo. Se pensaba que el color rojo del pelo era lo más favorable para la adaptación animal al calor tropical, por reflejar las radiaciones rojas y, lógicamente, las que le son más cercanas, correspondiendo a las caloríferas del espectro solar. Después hubo de cambiar algo la apreciación de esta idea; se vio que de mayor importancia era la piel negra y más polivalente o universal, para los diversos grados de calor, humedad, y luminosidad, de los trópicos, el color pardo o gris del pelaje (como el de los animales de amplia difusión
Hasta mediados de la década del 50, inclusive la gran empresa norteamericana Le Torneau Inc., en Tournavista, cerca de Pucallpa, cayó en el error de negar lo evidente; inició e intentó desarrollar, por largos años, una gran crianza ganadera extensiva, en base de ganado especializado de carne, Charolais y Charbray (nueva raza norteamericana ésta, procedente del cruce de Charolais, de origen francés x Brahman, raza nueva de cebú americano). No escapó de ello, tampoco, el SCIPA, dependencia semiautónoma del Ministerio de Agricultura, que trabajó mucho tiempo con las --¡nuevas!-- razas de carne: Brahman y Santa Gertrudis; negándose, sin mayores razones válidas, la posibilidad de la creación de una Nueva Raza Vacuna Tropical, Lechera o de Doble Propósito.
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planetaria, vg.: el venado, la rata, el burro, la mula, el ganado Brown Swiss, etc.). Sin embargo, habíamos llegado a tomar entonces convencimiento de lo primero. Mientras cavilábamos bajo tales consideraciones, sobre qué razas cebuina y europea- escoger, como superiores, arribaba por esos días a la Estación, un hermoso toro de raza cebú Gyr, de color rojo casi completo, con algunas pequeñas manchas blancas. Era, al parecer, bastante puro de su raza; aunque llegó como “Indubrasil” (en verdad, llamados así los caóticos poli mestizos brasileños). Coincidentemente, Brooks había hecho traer de EE.UU. un hermoso lote, puro, de un toro y 6 vaquillonas de la bella --aunque pequeña de alzada-- raza lechera Guernsey. Pues, además de que él era un entusiasta criador y rendido enamorado de esa raza, había supuesto --y bien-- poder obtener, del cruce del cebú Gyr de color rojo, casi entero, dominante, con las Guernsey, de color naranja rojizo, aunque manchado u overo en blanco, pero recesivo, animales cruzados, también marcadamente de color rojo, casi entero. En verdad, en cortos años, se llegó a obtener lindas crías y muy productivas y hermosas vacas lecheras… Germinaba entonces en mí, la idea de que la nueva Raza Vacuna Lechera Tropical pudiera ser originada de Gyr x Guernsey, a media sangre, habiéndose de lograr por una larga selección rigurosa y consanguinidad estrecha, por varias generaciones... Conjeturaba ya, que podría llamársela con el significativo y bello nombre de “Amazonas”. Mi entusiasmo por tal empeño se acrecentó mucho. Al Dr. Brooks, en cambio, se le comenzaba a producir una terrible confusión mental. Pues no adquiría aún seguridad suficiente sobre qué razas de cebú o europeas escoger como progenitoras (pensaba también en las varias razas que habían en la Estación) y, sobre todo, qué grado de sangre utilizar (si 1/2, 1/4, 1/8, 3/8 5/8, 3/4, etc.), para iniciar la fijación; y si ésta, finalmente, debería intentarse. Yo trataba de hacerle ver, a mi Jefe, que era necesario decidirse por un solo camino, que escogido con suficiente cuidado, daría necesariamente un buen resultado. Pero que si, en el curso del trabajo, otro pareciera mejor, no habría mayor problema, pues con un cruzamiento absorbente simple y posterior, podría asimilarse, el primer programa, dentro de un eventual segundo plan. De lo contrario, si se emprendiera un programa de cruzamientos múltiples, muy complicados y casi caóticos, no se llegaría a ningún resultado útil. Ni sería posible componerlo económicamente después; significando, siempre, un desmesurado gasto... Pero el gringo era terco. Como buen anglosajón, pensaba que era necesario "experimentar" hasta el extremo, cada caso; con cada cruce de razas y con cada grado de sangre. Antes que razonar mucho. ¡El conociendo empírico y el experimental, excluyentes sobre la deducción y la previsión racionales! Las discusiones, lamentablemente, comenzaron a presentarse cada vez más tensas y difíciles. -----

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Y no fueron sólo experiencias de Genética Animal, las que se pudo recoger en el Departamento de Ganadería, de la Estación Experimental de Tingo María. Había también interesantísimos resultados en materia pastos y forrajes. Quizá si lo más resaltable eran los ensayos de nuevas especies y variedades muy productivas y el significado del abonamiento, tanto en el incremento de sus producciones, como por su contribución en la preservación de la fertilidad y el mejoramiento de los suelos. Recuerdo la especie para corte conocida como “Pasto Guatemala” (Tripsacum laxum). Abonado --en ese entonces se hacía con guano de islas--, daba rendimientos realmente fabulosos. Con un pequeño lote de terreno plantado de este pasto --cuyo follaje por su volumen parece caña de azúcar, mas por su textura y jugosidad, semeja al maíz para hojas o “chala”-- se podía dar, diariamente, pasto picado suficiente a todas la vacas en ordeño del establo. Y que no era solamente importante por su rendimiento forrajero, sino que, la planta con fertilizantes, desarrollaba, junto con el follaje, un profuso sistema radicular, que ayudaba mucho enriqueciendo al suelo en materia orgánica; por la descomposición de la parte de las raíces, muertas y proporcionales, al volumen de cada corte del follaje para pasto. Desde entonces se demostró que la fertilización de los pastos –y posteriormente con urea, roca fosfórica, cal, cloruro de potasio, y hasta con elementos menores-- era el camino para nutrirlos y alimentar mejor al ganado, al mismo tiempo que para preservar, e incluso mejorar, la fertilidad de esos suelos. Se introdujo numerosas leguminosas, que después habrían de demostrar su gran valor forrajero y mejorador de suelos (kudzu o pueraria, stylosanthes, desmodiun, etc.), Dieron también notables resultados, el camote forrajero, el frejol terciopelo, etc.; además, por supuesto, del gramalote, la brachiaria, el gordura, pangola, pasto elefante, etc.; para pastoreo, corte y doble uso. El extraordinario desarrollo de los pastos, por la luz y el calor, más la humedad, de la Selva; bases de su prodigiosa Potencialidad de Fotosíntesis, introducidos allí, siendo originarios de otras regiones tropicales del mundo, en especial de África, demostraban, irrefutablemente, las posibilidades ganaderas selváticas peruanas. Cuestiones que igualmente ocuparon nuestra atención y preocupaciones, fueron las zoosanitarias tropicales. Rápidamente percibimos el grave efecto de las enfermedades llamadas "carenciales": La falta de sal marina, calcio, fósforo, y los "elementos menores", como el fierro y el cobre, además del manganeso, el zinc, el boro, el yodo, etc. Resolvimos radicalmente estos problemas por inyecciones intravenosas oportunas de gluconato de calcio (particularmente en vacas recién paridas) y suministro abundante de sal marina, en mezcla apropiada con sales y óxidos minerales, conteniendo los dichos elementos menores esenciales. Establecimos una fórmula de la mezcla que difundimos por toda la región y que fue conocida, después, en el país entero. Sin embargo, las mayores batallas estaban dadas por nuestras luchas contra los endo (lombrices internas) y ecto (artrópodos externos) parásitos del

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ganado; y con las enfermedades bacterianas y micro parasitarías (por hematozoarios); estas últimas transmitidas por parásitos externos; complementándose, las prevenciones y combates, por medio de las "pruebas diagnósticas", vacunaciones periódicas, y quimioterapias específicas. Las garrapatas, eran enemigas de primerísimo rango. Combatidas con baños, a base de polvos de cube o barbasco, que contiene rotenona, o de productos arsenicales especiales; con rotación de potreros para romper el ciclo reproductivo del parásito; y, sobre todo, enfrentándoles la resistencia del cebú y de sus cruces, hasta los de media sangre. La piroanaplasmosis, enfermedad a protozoarios en la sangre, semejantes a los del paludismo del hombre, pero que las garrapatas y no los zancudos, son las que la transmiten. Había que tratarla por separado, con métodos químicos, en base a inyectables. También jugaba la mayor resistencia del cebú y de sus cruces. Los endoparásitos, los constituían especialmente una gran variedad de lombrices intestinales y pulmonares. Se controlaban dosificando vermífugos especiales para cada caso; con mucha higiene en los establos, y con la rotación de los potreros de pastos. En cuanto a los ectoparásitos, las miasis o larvas de las moscas de las “gusaneras” de las heridas; se curaban con creso, tintura de yodo, o repelentes elaborados en laboratorios veterinarios especializados. Pero, muchas veces, las heridas no quedaban en gusaneras sencillas, sino que se producían gravísimas gangrenas (septicemias gangrenosas). Sobre todo, en los animales que se golpeaban con las barandas de los camiones, durante sus penosos pero ineludibles viajes; requiriendo, en aquellos tiempos, prevenciones y tratamientos muy complicados. Un ectoparásito que causaba muchas mortificaciones al ganado, era la larva de la mosca Dermatobia cyaniventris, conocida por los campesinos selváticos, como “pacacuro” (del quechua: paca=escondido; y curo=gusano). El mentado bicho, aparecido al estado larval, se introduce en la piel del animal, perforándola y se sitúa debajo de ella, fijándose por obra de unos anillos de pelitos muy rígidos o espinitas de su cuerpo, succionando suero y sangre, y creciendo así notable y rápidamente, a la vez de producir una gran irritación en la herida, y torturante escozor en su víctima. Además, no siendo uno, sino muchos, los “gusanos” que se prenden en cada vacuno, le producen tal decaimiento progresivo; que pueden llevarlo a la extrema caquexia, la predisposición a otras graves dolencias, y a la muerte. Se combatía la detestable alimaña, exprimiendo fuertemente cada “chupo” o bulto gusanífero, hasta hacer saltar a la repulsiva larva de su refugio subcutáneo, previo remojo, de su orificiorespiradero, con abundante yodo o creso. Felizmente, como en la práctica la plaga se presentaba, casi solamente, en ganado que pastaba en potreros enmontados, con limpiarlos del monte arbustivo, se solucionaba el problema en gran medida. Además, siendo el ganado cebú y sus cruces, más resistentes, como lo son a la piroanaplasmosis y a casi todas las enfermedades y parasitosis tropicales, también, por este lado, quedaba abierta otra vía de neutralización de la plaga. 293

En fin, sería demasiado largo e improcedente aquí, describir todo lo que se pudo experimentar y conocer, en materia Veterinaria Vacuna Tropical, por nuestros trabajos en Tingo María; pero es un hecho que de allí partieron los conocimientos germinales que hicieron posible, en varios puntos de la Selva, con meritorios trabajos posteriores de muchos otros profesionales, afirmar la Veterinaria Tropical Peruana. Quizás, como anécdota risueña, podría contar que saliendo yo con frecuencia en la camioneta del Departamento, en plan de ayudar a los colonos en las curaciones de su ganado, topé cierta vez con el predio de un mediano agricultor de caña de azúcar orientada a la producción de aguardiente y que estaba ubicado en las cercanías de la Estación. Poseía, además, en crianza complementaria, algunas cabezas de ganado lechero, bastante fino, de raza Holstein y por lo tanto muy delicado y sufriente, respecto a los rigores de la ecología tropical. A una de las vacas se le había agusanado una pequeña herida en la piel de la base de uno de sus cuernos; al parecer, causada por un rasguño con la soga con que solían sujetarla. La curación era de lo más sencilla y en pocos minutos, extrayendo los gusanos, valiéndome de una pinza y desinfectando con creso, concluí el operativo, dejando las instrucciones del caso para los tratamientos posteriores... Pero en el instante de recoger mis implementos, me quedé lelo. Al contemplar, muy cerca, a una linda jovencita, de un género y categoría, que a la sazón se hacían ya muy raros en esos tórridos lares. A poco, la percibí también muy simpática de trato. De edad, algo menor que la mía. A todas luces era la hija del propietario del fundo... Y como resulta natural en todo joven en situación semejante, experimenté una compleja sensación --por no llamarla conmoción-- difícil de describir. No era tanto solamente de índole sensual, cuanto más emotiva y muy interior; intensa y arrobadora. Era, sin duda, lo que podría llamarse, un pre enamoramiento, bastante romanticón y platónico, para calificar, desde el balcón mental de un adulto mayor, tal juvenil inquietud existencial... He de decir que, con tan bello motivo, yo buscaba frecuentes pretextos válidos (?), para contactarme con la encantadora damita. Y ¡nada mejor que las curaciones de las dolencias de la vaca de marras!... Muy solícito, exagerando la importancia de la lesión en tratamiento, me ofrecí para repetidas visitas de atención veterinaria a la vacuna pupila y, sobre todo, para lograr mi visual satisfacción. Resultó que, compartiendo cuitas con los compañeros de andanzas tingalesas, me enteré de que mi querido colega “Pelusa” (C..A. P.), encargado del Banco Agrario, tambien estaba “cireando” por esos lares; como ofreciendo servicios financieros al predio. A su propio decir: “perdidamente enamorado”. Estimulados por una leal competencia, ambos amigos, cumplíamos, lo mejor que podíamos, los ineludibles a la vez que dulces mandatos de Afrodita, en agravio de esa inocente especie de hermosa Sirena del Huallaga. Ocurría, empero, que la señora madre de tan bello y codiciado tesoro femenino, no nos

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consideraba candidatos suficientemente dignos de su maternal aprobación, indispensable para el caso. Hacía honor a un sentido muy práctico --y acertado al parecer--, cerrando sutilmente, pero de modos muy efectivos, las oportunidades más aprovechables a “ese par de muchachos”. Solía decir: “los hombres muy jóvenes, no toman decisiones firmes, ni duraderas, y una nunca sabe adonde van a llegar. Para las hijas hay que conseguir o aceptar, solamente caballeros logrados, profesionales cuajados, algo maduros ya; y cuidarse de los muy muchachos, que más están al juego y la diversión; no llegándose con ellos a ninguna parte”. Hablaba de edades, siquiera, unos 10, 15, o hasta 20 años, sobre las nuestras... Y tenía razón, pues “Pelusa”, por ejemplo, era un poco borrachín y veletoso enamorado. Por la parte mía, tampoco creo que hubiera llegado a ninguna parte; por flechado que me sintiera de Cupido, pues, por concordancia con ideas traídas con Lucho Córdova, pensábamos que ceder al impulso de contraer matrimonio, era rendirse a “las femeniles banalidades de la vida burguesa”. Que exclusivamente el hombre solo podía luchar, a fondo, en pos de grandes ideales. Lo contrario, era incorporarse a la desdeñable mediocridad liberal. Seguíamos a Schopenhauer: “Las mujeres son seres de cabellos largos y de ideas cortas” ¡Reducía, el aprecio a la mujer, al nivel de la cobertura de una necesidad orgánica! Cometíamos entonces la barbaridad de tomar demasiado en serio tales pensamientos. Yo requeriría tiempo todavía, para liberarme de ellos y lograr el necesario equilibrio ideológico, la plena racionalidad, al respecto. A fin de mejor conducir mi existencia vital. Así, el romanticón y platónico escarceo, quedó solamente en eso. Pues nada más, tangible, pudimos lograr; frente a la desigual competencia de los otros ingenieros de mayor veteranía; que sumaban, a su favor, la suegril benevolencia. Aunque, el episodio, no dejó de contribuir al deleitoso disfrute, de nuestra cálida permanencia en los parajes tingaleses. ----Llegábamos así a mediados del año ‘44 y el transcurrir en Tingo María no tendría un pero que ponerle; si no fuera por la suerte a correr por el gran Ideal profesional y personal que me impulsaba: Participar decisivamente en el desarrollo o conquista de la Selva del Perú, por obra de la Ganadería; en cuyo meollo estaba la Creación de una Nueva Raza de Ganado Vacuno Lechero –o de Doble Propósito-- Tropical. Y que parecía caer, estaba cayendo, en frustración. En el fondo, por la limitación mental y científica, a la par que por una terquedad y cerrazón, muy anglosajona, del buen e innegablemente honesto, Dr. Harold Brooks. Habíamos dicho que a nuestro personaje, el programa de cruzamientos le había producido un gran enredo, entrevero o "chanfaina" mental. Sobre todo, en cuanto a las razas a escoger y los grados de sangre a mantener en el proceso de la fijación de los caracteres deseables. No lograba captar bien el asunto (del Neomendelismo y de la Herencia Poligénica); y andaba, de un lado para otro,

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con inmensos pliegos de papeles, graficando, con fórmulas y cuadros, los múltiples esquemas de apareos que se le ocurrían. Y no valían explicaciones, por elocuentes que pretendieran ser. Reiteraba siempre, como una muletilla, su máximo argumento: “Para decidir un camino, desde el primer paso, hay que 'experimentarlo previamente'; lo demás, son sólo suposiciones y ellas no tienen valor técnico”. Pero la ‘terquedad' de Brooks, no era de su exclusiva motivación personal o resultante sólo de la característica sicología anglosajona. La verdad es que también se apoyaba, aunque inconscientemente para él, en una aplicación del Liberal Positivismo Intelectual, de la Racionalidad Inductiva, pro Empírica, y pro Experimental, Excluyentes. Que ya caracterizaba, desde mucho tiempo atrás, a la cultura de los pueblos más desarrollados de Occidente; con Inglaterra y EE.UU. a la cabeza. Habiéndose casi abandonado --y muchas veces, hasta rechazado-- la Racionalidad Deductiva e Imaginativa --al modo de Aristóteles y Santo Tomás de Aquino--, para adoptarse la ruta hoy seguida, de modo casi incondicional, por muchos gringos, por numerosos 'agringados', y por el propio Brooks en el presente caso. Hasta sin darse bien cuenta de los hechos. Es el rumbo señalado originalmente por Francis Bacon, más otros filósofos ingleses y algunos franceses... Cuando lo apropiado resultaría una cierta combinación de las dos tendencias, dentro de un “Justo Término” aristotélico. Hecha su mente de tal modo, Brooks no podía aceptar que racional e imaginativamente, basándonos en algunas claras experiencias previas, aunque parciales, indiscutibles, se pudiera escoger --con racionalidad deductiva e imaginación--, entre todas las posibilidades, una como la mejor; o a lo sumo dos. Y, un poco posteriormente, absorber la segunda en categoría, por la demostrada como primera. Se economizaría así, tiempo e inversión, que el Perú no estaba, ni está, en condiciones de dilapidar. Era lo único que podríamos intentar; pues lo contrario además de hacernos ingresar a un laberinto genético, tendría que significar, en la conducción del Programa, la utilización de innumerables, incontables, potreros de pastos, para la crianza separada de los rebaños de cada raza y tipo de cruces; multiplicados en número, por las “clases” de ganado (es decir, lotes por sexos y edades). Algo absolutamente imposible, desde el punto de vista económico, para la Estación Experimental de Tingo María y para el Perú; como país pobre. Incluso, con toda la ayuda norteamericana que pudiera darse. Pero la tendencia a limitarse las posibilidades del razonamiento deductivo y el poder de la imaginación, como se ha dicho, no era solamente ‘patrimonio’ del técnico norteamericano de Tingo María, ni de la cultura de esos tiempos. En la medida en que fue avanzando, en el Perú, el servil sentimiento pronorteamericano --en su sentido más negativo-- y que hoy ya nos agobia repulsivamente, se repetían y se repiten, tales situaciones de rechazo a la inventiva y a la originalidad peruanas. Cuando yo presentaba mis planteamientos acerca de la Creación de una Nueva Raza Vacuna Tropical, Lechera o de Doble Propósito, resultante del cruce, a media sangre, de europea

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con cebú, invariablemente, se me preguntaba y se suscitaba el siguiente diálogo: -- ¿Qué experiencia lo ha demostrado? ¿Dónde se ha realizado? ¿Se ha hecho en EE.UU.? -- No. Experiencias indiscutibles, las hay; pero solamente de los hechos que sirven de base a nuestros razonamientos y deducciones. No se ha hecho en EE.UU. ni, tal como lo proyectamos, en ninguna parte del mundo. Lo queremos hacer nosotros, por primera vez, en el Perú... ¡Es su mayor mérito! -- ¡Ah! No. Entonces no lo creemos posible. Es un sueño de locos y no tiene sustento científico, ni técnico... ¡Nadie lo ha probado! ¡Positivismo, fundamentalista, extremo y servil! ¡Cuánto he luchado contra esta corriente! El primer "round", se dio en Tingo María... Y fueron muchos los posteriores. Para mí, ver cerrada la posibilidad de un creativo Proyecto hacia una Nueva Raza de Ganado Vacuno Tropical, que hiciera posible la Conquista de la Selva del Perú, significaba el apagón de mi mayor ideal profesional y personal; y la previsible caída, hacia el futuro, en una intrascendente rutina burocrática. Por mucho que la existencia se me gratificara allí, con más de una situación placentera. Las discusiones con Brooks, cada vez más tensas y la nulidad mental de otros “técnicos” cercanos, terminaron por desalentarme. Reconozco ahora que debí tener más paciencia. Pero el hecho fue que me faltó. Era muy joven todavía. Conversé largo con Lucho Córdova y volvimos a pensar en nuestra independencia económica, trabajando en agricultura en Huánuco. Imaginando, para después, el accionar político y el apoyo a la ganadería tropical, con el desarrollo integral de la Selva. Juntamos los ahorros que pudimos –no de elevado monto por supuesto-- y se resolvió que Lucho continuara por un tiempo en Tingo María, en sus labores del Programa del Caucho. Para así poder darme respaldo, con algo de financiamiento por una parte de sus sueldos, al comienzo de la ejecución de nuestros planes. Yo debería ir a Huánuco, en pos de tierras que fueran ofrecidas (?) en venta --¡¿con qué recursos para la supuesta compra?!— o, por lo menos (?), en arrendamiento. ¡Qué lejos estábamos de entender, por experiencia "en pellejo propio", el problema de la: “Tierra y la Población en el Perú”! que Rómulo Ferrero, inteligente y muy culto Ingeniero Agrónomo de aquellos tiempos, había definido tan bien y tempranamente. Haciendo ver, a la inversa de lo que muchos creían, esta cruda realidad del Agro Peruano: “Las tierras agrícolas son muy escasas y relativamente muy caras en el Perú”... ¡Y nosotros suponíamos que, con un corto viaje a Huánuco, podríamos conseguir una buena y barata chacra, para trabajar independientes!... En frutales ¡Nada menos!

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Así, renuncié al puesto. Lié petates y viajé a Huánuco… A mediados del año 1,944. ----Empero, llegados a este punto y como quiera que podría alargarse en demasía el presente Capítulo, dedicado a parte de la Juventud, consideramos que procede abrir uno nuevo, el 7º. En el que trataremos, con la amplitud que se merecen, pero siempre a considerar dentro de la Juventud, los temas del Amor, el Matrimonio, los Hijos y la Familia. Que. añadidos a los que se les relacionan y con todo lo de las ya vistas iniciales etapas juveniles, se cubre el lapso total de la dicha edad juvenil. Completándose, mejor así, tan importante asunto. Y como en el marco temático del hilo argumental adoptado en el presente libro, el escenario físico que se ofreció, tenía como centro a la hermosa y acogedora ciudad de Huánuco, es que, a partir de mi retorno de Tingo María, iniciamos el siguiente Capítulo. * * * * *

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C a p í t u l o VII

El Amor El Matrimonio. Los Hijos La Familia

n una de las conocidas “góndolas”—rústicos híbridos de camión y ómnibus de aquellos tiempos y escarpados lares—, de la “Compañía de E Transportes Bazán”, me embarqué en Tingo María para, a las pocas horas, arribar a la bella, plácida y acogedora ciudad de Huánuco. La de los “Caballeros de León” (Reino de España, de donde procedieron la mayoría de sus fundadores), Capital del Departamento del mismo nombre, que tanto habría de significar en mi destino personal. Fue a mediados del año 1,944, como ha sido dicho; y si no recuerdo mal, en los primeros días del mes de julio. Sabiendo que sería para una permanencia de mayor duración que las de otras oportunidades anteriores. Arribé a mi destino, pleno de optimismo, con la ilusión de encontrar algún fundo, en venta o en alquiler, para trabajar independientes, en actividades agrarias, de preferencia en frutales, como pensábamos en asociación con Lucho Córdova. No habíamos percibido, ni teóricamente, y menos experimentado en carne propia, las proporciones del ya mencionado y tremendo problema de la Realidad Agraria Peruana: La Escasez y Alto Costo de las Tierras de Cultivo. Las advertencias tan serias y fundamentadas del Ing. Agr. Rómulo Ferrero, no nos habían hecho mella aún. Sonaba, en cambio, grato y repetido, en nuestros oídos, se destacaba en nuestras lecturas, el error común de que: “El Perú es un País Esencialmente Agrario”. Por lo tanto, resultaba muy lógico suponer que tuviera tierras de cultivo en abundancia. Y que, una cierta proporción de ellas, al menos, tendría que ofrecerse, y con frecuencia, en el mercado inmobiliario. Tanto en ventas como en arrendamientos.

E

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Así, con muy alentadoras ideas ‘en la mochila cerebral’, llegando a “La Perla del Huallaga”, me alojé en el “Hotel León”; el mismo de la oportunidad anterior (1,942), en el viaje que realizara con Alberto Vega, en esas prácticas estudiantiles ya narradas; el mismo también, de otras varias ocasiones, pero más breves. El Hotel de Turistas de Huánuco, acababa de ser construido, a la par que la pavimentación de las cuatro calzadas perimétricas de la Plaza de Armas y algunas de las principales arterias de acceso a ella. No obstante, resultaba demasiado costoso para mi exigua bolsa de gastos personales —en previsión mantenida así--, siendo, en cambio, el hospedaje escogido suficientemente económico, de aceptable limpieza y buenos servicios. También, por saber que me hospedaría algún tiempo allí, durante mis gestiones en pos de terrenos propicios, tomé pensión mensual; más barata por cierto que los pagos por días. Al hotel llegaban agentes viajeros de numerosas firmas comerciales de Lima, que abastecían a las tiendas de Huánuco; asimismo, arribaban algunos jóvenes y solteros profesionales, en iniciación laboral en la zona y que no ganaban lo suficiente como para mayores complacencias en comodidades. En el comedor del alojamiento tenía así ocasión de conversar con forasteros jóvenes como yo, pero que habían tomado ya cierto contacto con el medio. No faltaban tampoco, muchachos huanuqueños, hechos amigos de los forasteros y que se incorporaban a los animados converses suscitados allí y en los que yo participaba con frecuencia y gran contento. En pos de tierras.- Pude informarme, en las circunstancias dichas, acerca de quiénes tenían haciendas, fundos, chacras, o terrenos, más o menos adaptables al objetivo perseguido por nosotros. Tuve ocasión de hacer numerosas visitas cortas a campos de las cercanías de la ciudad y conocer a un buen número de agricultores y ganaderos huanuqueños... Muy amables la mayoría de ellos. Tomé relación entonces con el que era, sin duda, el más hábil y caracterizado agricultor de la región: don Ruperto Cuculiza Vélez de Villa. Este estimable caballero, habría de ejercer gran influencia en mi vida, durante varios años, a partir de esos días. Don Ruperto, como casi todos lo llamaban con respeto y aprecio, además de ser un buen agricultor y excelente persona, en varias oportunidades me conectó con otros hombres de campo, inclusive proporcionándome muy buenos caballos, gratuitamente, para poder visitarlos en sus respectivos predios ¡Un huanuqueño muy querendón y propagandista de su terruño y de su pueblo!110

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Era Administrador de la gran Hacienda Quicacán (del quechua = “donde hay ataderos”, aludiendo al ágave, maguey, pita, o cabuya, especie vegetal silvestre, de la familia de las Amarilidáceas, con dos variedades: azul y verde, allí abundantes y productoras de una fibra muy fuerte); el fundo era propiedad de la familia Thorne. Y don Ruperto, también era propietario del huerto mediano naranjero “Marabamba” (del quechua: mara = piedra para batán, que allí se encuentran; y bamba = hoyada suave, casi pampa, correspondiente a la topografía de su suelo,

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Recuerdo muy bien que cierta vez me dijo: -- "Huánuco, ingeniero, es un lugar bendito.111 Está ubicado en el centro mismo del Perú, nuestra Patria. La propia ciudad cuenta con el mejor clima del mundo; muy suave, templado, semiseco; ni cálido, ni frío, ni húmedo; parejo, casi todo el año. Ideal. No se necesita desnudarse, ni ponerse ropas gruesas; en ninguna época. Pero si le agradara un clima algo más fresco, con sólo subir por su valle o por cualesquiera de sus quebradas afluentes, se puede llegar a lugares bellísimos y al gusto climático preciso de quienquiera. Y si, por el contrario, se deseara ‘temperamentos’ algo más cálidos y húmedos, ello se puede lograr descendiendo, por el Huallaga, en dirección a sus zonas selváticas. "Y en la amplia extensión territorial del Departamento, es posible encontrar a siete de las ocho ecologías, regiones geográficas o naturales, definidas en el Perú; con la sola excepción de la Costa Marítima o Chala. A saber: "La Yunga, de Quebrada (tipo Chosica), de los Valles Bajos Interandinos —que es la de la ciudad de Huánuco y de sus cercanías--, acabada de describir. La Sierra Media o Quechua, de colorido sin par. La Puna Baja o Suni, La Puna Alta o Puna propiamente dicha; de grandes potencialidades ganaderas, forestales, y agrícolas, ambas dos últimas. La Cordillera o Janca, minera por excelencia. La Selva Alta o Rupa Rupa. Y la Selva Baja u Omagua; dos emporios de verdor y de esperanzadoras visiones… ¡de todos los peruanos! "El clima de la ciudad de Huánuco y de sus cercanías es el óptimo para el ser humano; como le digo, pero además, por su alta luminosidad, factor importante en la formación de los aceites esenciales de los vegetales; resulta así decisivo para llegar al mejor aroma y sabor conocidos en las flores y en las frutas —Él mismo, era destacado fruticultor en la zona, especialmente naranjero; y su hermano Pedro, a la sazón Diputado Nacional por el Departamento, otro entusiasta en el fomento de la fruticultura regional y de la reforestación, en todas sus modalidades—. "Por ello, la huanuqueña, es ecología en especial excelente para la flori y fruticultura, además que para la arboricultura en general"... --Ingeniero —Me decía, en son de orgulloso propagandista y apasionado amante de su terruño:
de origen morrénico); desde allí se daba una hermosa vista del valle y de la misma ciudad de Huánuco. 111 Huánuco es nombre resultante de un largo proceso: Deriva del quechua: "Guanaco Pampa" (Pampa de guanacos); inmensa meseta de puna, de la cuenca alta del río Marañón huanuqueño, sede de la antigua ciudad incaica (o del Tahuantinsuyo), la primera que recibiera dicho nombre. Constituía parada o etapa intermedia, entre el Cusco y Cajamarca, en camino a Quito. Siendo refundada por los españoles. Mas, por lo duro de su clima, fue trasladada de lugar, de la cuenca del Marañón, a la vecina del Huallaga, valle mucho más benigno; por lo que, la primera urbe, quedó como Guanaco, Guanuco, y después Huánuco, Viejo; y, la segunda, como Huánuco, Nuevo; o simplemente Huánuco. En la segunda refundación española y su poblamiento, participaron, en predominancia, varios caballeros españoles procedentes del reino de León, España. Por leal a la Corona, en la rebelión de Girón, y por eso último, fue titulada: “La Muy Noble y Leal Ciudad de los Caballeros de León de Huánuco” (no por haber leones o pumas allí).

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-- “En Huánuco, las flores tienen aroma, las frutas tienen sabor, y las mujeres saben querer”. Don Ruperto, por ser muy amigo, fraterno en verdad, en modelo de hermosa amistad, de don Guillermo Martins, quien a poco sería mi suegro, habiéndome tomado gran aprecio, como yo a él se lo correspondía, influyó algún tiempo después, mucho y generosamente, en la realización de mi matrimonio, como habré de narrarlo. Pero en el asunto de las tierras, pasaban los días y no era posible concretar nada dentro de la misión que me había llevado a tan gratificantes pagos; pues los terrenos, podría decirse, no estaban ‘de oferta’, como en taquilleros de bodega, de fácil acceso; ni mucho menos. Pronto me di cuenta de que las únicas oportunidades de lograr tierras, por compra o arrendamiento, se presentaban en los casos de ‘líos entre herederos’, de parientes en juicios interminables, a los cuales era bastante aficionada la ciudadanía tradicional huanuqueña.... Cuyos integrantes, graciosamente, pronunciaban: “ficios”, para referirse a tales eventos, emergentes en los campos de un pretendido, pero leguleyesco "Derecho" (?) ¡Bastante más que torcido!... Sea dicho en pura verdad y con clara ironía. Fue así que pude detectar un lindo fundito, ubicado muy cerca de la ciudad, en una meseta u hoyada suave de sus alturas, de ecología que ya podría clasificarse de Quechua Baja. La zona se conoce como “Nauyán-Rondos” y era titular de la propiedad la familia Cavalié-Oneglio, en litigios por herencias. Dada su altura, el predio ya no servía para los subtropicales cítricos, como naranjos, limas, mandarinas y limoneros, pero sí, y muy bien, para frutales de clima menos templado, rosáceas o de hueso (duraznos, ciroleros, etc.) y pomáceas o de pepa (manzanos, peros, etc.). Había, incluso, en notable producción, un gran árbol de nueces (nogal), que demostraba otra interesante posibilidad. Entusiasmado, avisé a Córdova, quien rápidamente llegó de Tingo María, para visitar el terreno, en esta nueva vez, juntos, e intentar el trato final con los dueños. Lamentablemente, por varios motivos, el principal una desmesurada “subida al cerezo”, de los propietarios, al momento de precisar las condiciones a la firma del contrato —por otro lado, costumbre muy frecuente en el medio, como comencé a constatarlo--, y no se pudo llegar a nada concreto. -----

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El Amor.- En una de las circunstancias, de alternados y forzosos reposos, con afanosas andadas en pos de tierras, conocí a un joven que ya tenía algún tiempo trabajando de agente viajero en Huánuco y estaba alojado en el mismo hotel. Lamentablemente, después de unos breves días de muy grato y utilísimo contacto amical, no volví a verlo más. Se llamaba, o se llama: Lucio del Pino. En verdad anhelo que siga vivo; me agradaría muchísimo volver a verlo... Es del caso que le bastó a Lucio un corto tiempo para gravitar positiva y extraordinariamente en mi vida. Entre los que más. Sin que, al parecer, se percatara a plenitud de ello. Influyó en mí de un modo determinante, más que nadie ni nada; al lado de las generosas acciones de mis padres y de unos cuantos bondadosos familiares y amigos...... Ocurrió que cierta tarde, rodeábamos, sentados, una de las mesas del comedor del cjtado hotel, en espera de la realización de una fiesta que debería tener lugar allí, en razón del matrimonio de una de las hijas del propietario del establecimiento (León Alatzeme). Con tan especial motivo, el caballero había invitado, además de algunas amistades y a sus pocos parientes habidos en Huánuco, con la mayor cordialidad también, a sus huéspedes —nosotros-, en esos días alojados allí... Cuando, en tales circunstancias, apareció en bullicioso y alegre tropel, un grupo a todas luces de bonitas y muy simpáticas chicas, en la mejor edad de merecer. Una de las muchachas, en particular, me impactó sobremanera. Bien alta ella —como para ‘mi coteja’--; esbelta, graciosamente algo delgada; morena clara, de piel canela suave; de cabellera intensamente negra, como sus bellos ojos; grandes, de mirada muy dulce, a la vez que daban a su rostro una expresión alegre y vivaz. Aparecía muy ‘movida’, dinámica y como lideresa del grupo... Me impresionó con una fuerza hasta entonces —la verdad-- ¡jamás experimentada! -- ¿Quién es esa ‘flaquita’, alta y morena, tan simpática, que allí destaca? -- Pregunté a Lucio del Pino... -- Dora Martins Echevarría, es su nombre. Todos la llaman cariñosamente “Dorita”. Pertenece a una de las mejores familias del lugar y su padre, don Guillermo, es un caballero por sus cuatro costados; excelente persona, altamente respetado en todo Huánuco. Ella es una chica muy honesta; ‘por siaca’; su familia la cuida mucho, especialmente su madre, que es considerada temible, como potencial suegra. Trabaja en la farmacia: “Botica Peruana”, propiedad de su papá, de quien es brazo derecho; una de las mejores boticas de la ciudad; ubicada en la calle (jirón) Dos de Mayo, cerca, a pocas cuadras, de la Plaza de Armas. --se trasladaría, muy pronto, a una edificación nueva, a sólo unos veinte o treinta metros de dicho ambiente público y central huanuqueño. -- ¡Cómo me gustaría poder conocerla!... ‘De presentación’; conversar con ella y, si fuera posible, entrar en cierto ‘plan serio’, de ‘cireo respetuoso’. — Apunté, esperanzado...

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-- Aunque ella no es muchacha de las que se dice ‘fáciles’, ni mucho menos, contando con la formalidad de tus intenciones, yo te la puedo presentar... Nos pondremos de acuerdo en la hora, para verla mañana en la Botica. Siempre será mejor que en esta reunión, a la que, la verdad, no la noto muy propicia para el caso —Dijo finalmente Lucio. En efecto, la fiesta no dio para mucho. Bastante rápido llegaron y se fueron los novios y con ellos gran parte de la concurrencia invitada. Yo estaba entre gente casi toda todavía desconocida y mi fuerte no era el baile. Como además me hallaba cansado, terminé yéndome a dormir temprano... Pensando hacer mejor las cosas al día siguiente. Y así, a eso de las cuatro de la tarde — exactos, en día y hora pactados--, nos constituimos en la botica... Ella estaba afanosa, dinámica, eficiente, atendiendo cordial y solícita, al numeroso público que allí acudía en pos de los más variados específicos medicinales y de la preparación de innumerables recetas, como era muy acostumbrado elaborarlas en las farmacias de aquellos tiempos. Nunca olvidaré cómo la vi entonces: Vestía, con buen gusto, una ligera tenida de trabajo; sostenía, a intervalos, un lapicito, con el pabellón de la oreja derecha y, en ciertos momentos, lo tomaba, graciosamente, con la mano del mismo lado, para las anotaciones y cuentas necesarias en el despacho... Lucio esperó, prudentemente, disponer de un instante propicio y le dio la voz. La saludó con cortés afecto, y pretextó, ipso facto, que ‘su amigo’ –yo— quería ‘un remedio para el dolor de cabeza’… —“Mejoral” --Recomendó ella. Y me presentó entonces Lucio, muy elogiosamente, dándole mi nombre y principales datos personales; como a un joven ingeniero agrónomo, llegado a Huánuco desde Lima y Tingo María, en pos de tierras agrícolas, para poder trabajar independiente y establecerse en la región... Sonriendo, además, le dijo: -- Ayer te vimos en la fiesta del Hotel León... El mucho alboroto y el poco tiempo no fueron propicios para acercarnos... Pero Rafael, como no podía ser de otro modo, ha quedado muy impresionado por la simpatía de tu siempre grata persona... -- ¡Ah! Muchas gracias, tanto gusto. —Respondió ella, haciendo un simpático mohín y estirando la mano, en cordial ademán de respuesta a los atentos saludos recibidos y a la amable presentación a mi favor... Y, estando muy cerca su papá, me lo presentó, produciéndome él una impresión especialmente grata. Hubo entonces —el público ya reclamaba su turno de atención y ella debía volver a lo suyo— un corto intercambio de algunas frases de juvenil cortesía, cuales son las de rigor entre varones y damas jóvenes, máxime en circunstancias de semejante cariz; en las que uno cualquiera o los dos protagonistas —en nuestro caso, muchísimo más yo, que ella, por cierto—, pudieran ofrecerse, cual sansebastiánicos voluntarios, a los flechazos de Cupido. En resumen, le pregunté si sería posible verla de nuevo y conversar en otra circunstancia; sin perturbar su trabajo y con suficiente tranquilidad...

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-- Sí —respondió--, me agradaría; Casi todas la noches, temprano, desde a eso de las siete, acompañada por algunas de mis hermanas, de mis padres, o de varias buenas amigas que tengo, salgo a pasear y conversar, dando vueltas alrededor de la Plaza de Armas, aprovechando el fresco del inicio de las noches; y en algunas otras ocasiones, muy lindas, en horas más avanzadas, de luna llena, y, con mayor razón, cuando hay castillos de fuegos artificiales; una costumbre muy huanuqueña, de mi tierra; especialmente en las fiestas populares... Si quieres nos podríamos encontrar allí. -- ¡Aceptado! ¡Salí feliz de ese primer encuentro!... Al anochecer inmediato, estuve puntual en la Plaza de Armas, como después habría de estarlo muchas veces, terminados los días de mis afanosas indagaciones acerca de la posibilidad de conseguir algún predio rústico -¡siquiera uno!--, cual cabecera de puente, en la realización de nuestros agrarios sueños empresariales y de independencia económica... Allí, nuevamente ¡me encontré con Dora! Iniciaba ella su acostumbrado paseo por las anchas veredas perimetrales del jardín central de la Plaza, acompañada de unas amigas en relativo corto número. Me acerqué y las saludé con la mayor cortesía; pero sin exageraciones de mal gusto y me respondieron con alegre cordialidad; uniéndome entonces al conjunto y participando, con el mejor de los ánimos, en la grupal conversación... Y como me lo había anticipado Lucio del Pino, pude confirmar, con meridiana claridad, que se trataba de una chica muy custodiada y que, ella misma, se cuidaba mucho. No había lugar, ni por pienso, a plancito alguno; mucho menos, fácil o rápido... Habría de ser, en todo caso y en toda pureza… ¡una tarea de romanos!... la ‘conquista’ del corazón de semejante virginal tesoro. No me fue difícil, empero, iniciar y sostener con ella, sanas, prolongadas y amenas conversaciones: De su lado, me contaba las vivencias suyas en Huánuco, para mí de enorme interés, por corresponder a visiones que me eran bastante novedosas, incluso exóticas; por mucho que había atisbado, algo ya, de esas bellas tierras y acogedora gente, en nuestros recorridos por sus diversas zonas, poblaciones y ecologías. Me ponía al tanto de su apreciable y numerosa familia; de sus viajes y estares en Lima, Callao y La Punta, adonde iba de vacaciones casi todos los veranos, invitada y alojada en lo de una buena y generosa tía, llamada René -¡una gran mujer!--, hermana de su padre y casada con un español de nombre José Abadía, caballero también de excepcionales virtudes; como, en ambos casos, habría de constatarlo algún tiempo después... Curioso resultaba que don José —”el tío Pepe”, en familia--, empresario extraordinariamente trabajador, tenía en propiedad, en Lima, un negocio muy singular: una “Fábrica de Velas y Chocolates”... ¿Qué tendrían que ver las velas con los chocolates?... Pues nada en principio. Solo se trataba de una casualidad, sucedida en los procesos de las adquisiciones de sus propiedades fabriles; las que no fueron de construcción

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planeadas por él, sino solamente unificadas, a posteriori, de las compras de los locales dichos y en la razón adicional de ser, el mercado, el mismo, para las dos clases de productos. Pero la curiosidad... ¡qué cosas tiene la vida!... era la misma que durante varios años, hasta dos veces por día, nos había llamado la atención a los muchachos estudiantes de mi promoción y a muchos otros en “La Molina”—en los viajes que hacíamos en ómnibus desde Lima a la Escuela de Agronomía--, al contemplar y leer, en un gran letrero: “Fábrica de Velas y Chocolates”- José Abadía; en el frontis de su local, ubicado al final de la Avenida Grau; un poco antes de voltear hacia la carretera que nos llevaba al fundo molinero, para asistir a nuestras clases regulares y a las prácticas de campo. La pregunta — desconocida que era la génesis de tal unidad fabril— siempre era y siempre quedaba sin respuesta: ¿Qué tienen que ver las velas con los chocolates?... ¡Qué iba a pensar yo que, buenos años después, estaría pretendiendo y casándome con la sobrina del dueño de tan especial negocio! Las velas que fabricaba don José eran las comunes de parafina y algunos tipos de cirios para las ceremonias religiosas de los pueblos serranos. Las velas se vendían y consumían, a imponente escala, en las ciudades y pueblos de todo el Departamento de Huánuco y vecinos; donde no había luz eléctrica o ésta se interrumpía con frecuencia. Los chocolates eran de dos clases: Unos, más o menos finos y presentables, envueltos en platinas de varios colores; serían con posterioridad delicia de nuestros hijos y sobrinos, a quienes "El tío Pepe" obsequiaba con derrochante generosidad. Otros, la mayor parte de la producción, estaba constituida por un chocolate "popular", azucarado –con los cristales del azúcar visibles--, en parte pegado en papel sulfito (el de envolver productos varios en las "bodegas de esquina"), llamado también: "chocolate de chucuyes". El vocablo “chucuy”, era y es un especial y despectivo modo huanuqueño de designar a los campesinos míseros de las alturas, la mayoría mestizos o cholos, muchos seudo o marcadamente “indios” (?). Viene del idioma quechua: (que lleva) “chuco", o “chucu”; forma sencilla de gorro para protegerse del frío, semejante al “chullo” (que, a su vez, parece que derivó del “gorro frigio” europeo, hispano francés, de los siglos XVII y XVIII), pero con menos punta superior y sin ‘orejeras’ laterales; utilizado por los pobladores de esos inclementes parajes y que, a ojos populares, caracterizaba sus apariencias de muy marcada manera. El mencionado “chocolate de chucuyes”, estaba presentado en tabletas de unos 10 x 15 cm., que por ser mezclado con bastante azúcar, a más de endulzarlo, ella abarataba su costo considerablemente; iba envuelto, sólo y en parte, como hemos dicho, en ‘papel sulfito’, blanco, muy delgado; casi transparente, todo lo cual, lo hacía suficientemente agradable y práctico. De muy bajo precio y por lo tanto muy "popular". De consumo masivo. Especialmente entre los sectores más pobres de la población (campesinos, peones agrícolas, obreros, etc.).

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Volviendo a lo de nuestras primeras conversaciones de cortejo, con la damisela que comenzaba a inquietarme hasta las entretelas del alma, por mi parte, le exponía algunos antecedentes de la personal existencia mía, que podían picar su curiosidad natural y femenina, llamándola, en añadido, a cierta simpatía hacia mi modesta trayectoria. Y, sobre todo, hallaba ocasión para —en desahogo emotivo ansiado por las circunstancias— decirle algo de mis sueños y proyectos; de los que era posible tomar por más interesantes y de mayor trascendencia. En fin, conversables materias, no faltaron, por muchos días... Sin embargo, no estaban ausentes las dificultades: Sería al inicio del segundo o tercer paseo en la Plaza, cuando Dora se presentó acompañada de las ya dichas amigas y además por su hermanita menor, de nombre también René —como la buena tía— y que a la sazón tendría unos siete u ocho años de edad. Era —notable ‘al tiro’— una chiquilla sumamente engreída; además de por sus padres, por Dora misma, muy querendona y engredora ella, de los suyos; tal como a partir de entonces pude percibirlo. La tal niña, se mostraba notablemente vivaz e inquieta de genio; en grado extremo; al punto de ser calificada por los coetáneos de muy “mataperra” o “traviesa”’... ¡Un “diablillo” con faldas!... En cuanto ‘el encanto’ me vio, se me vino encima, propinándome unos terribles puntapiés en ‘la espinilla’... Atónito quedé, sin saber qué hacer. Pero antes de yo poder reaccionar, ella gritó: -- ¡Vete! ¡Fuera! ¡Anda, vete!... Sé que te quieres casar con mi hermana Dora y que después te la vas a llevar, como César se va a llevar también a mi hermana Olga... ¡Vete! ¡Fuera! --¡Y más patadas! César Mares Urdanivia, era en lo profesional un médico sumamente hábil y como persona se manifestaba en especial inteligente y culto; estaba asimilado a la Policía en la que tenía el grado de capitán. En los días de este suceso, efectivamente se hallaba por casarse con Olga, la mayor de los hermanos Martins Echevarría. La infantil fierecilla tenía pues sobrados motivos para estar dolidamente alarmada y recelosa. Habría que añadir —como a poco me enteraría— que la familia era muy unida y particularmente cariñosa entre ellos, padres y hermanos. Dora se puso colorada y no sabía qué decir. Pues dada la forma de nuestro trato, si bien era evidente, ‘entre nos’, que yo estaba interesadísimo por ella --y hasta muy "templado"-- no habíamos tenido, ni remotamente, ocasión de decirnos con claridad nada amoroso; ni yo de declararlo, o de pedir algo; ni ella de aceptar o conceder siquiera situación de enamoramiento alguno y mucho menos de noviazgo... O ¡mucho menos! de matrimonio. Pero ahora la chiquilla salía con eso... ¿De donde lo sacó? No podía haberse originado en ella sola, sino con toda evidencia, de comentarios hogareños; adelantando lo que hasta ese momento no era —se suponía o se aparentaba— sino una remota posibilidad... Tratando de salir del apuro y al mismo tiempo para poner término a la pateadura que ese pequeño demonio me venía suministrando, Dora sacó impulsos de donde y como pudo, y dijo:

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-- ¿Qué haces y qué tonterías hablas René? ¿De dónde se te han ocurrido esas cosas? Es mejor que vuelvas a la casa —y pidió acompañarla a una de las buenas amigas de su corte... -- No te preocupes —Le dije, tratando de auxiliarla—. Así son las criaturas; no ha pasado nada... No obstante, el bollo se había quemado; y después de un intercambio de dos o tres frases cortas y con relativo disimulo, Dora vio la forma de regresar a su casa, también ella, tan pronto como pudo. Ocurrió desde entonces, que para cada una de las posteriores oportunidades, previsoramente, atiné a llevar algunas bolsitas de caramelos que me abrieron las puertas de un armisticio con el infantil encanto; y, añadidas las reprimendas que con seguridad la pequeña recibió en casa... ¡santo remedio! Amansamiento total. Las cosas retornaron a una plácida normalidad. No obstante, sucedía que no pasábamos de conversaciones inocentes — demasiado inocentes, para mis amatorias ansias--; y, por añadidura, de amplitudes testimoniales colectivas, casi multitudinarias. Felizmente, por aquellos tiempos el papá de Dora, alternativamente, era alto directivo o presidía el Club Central Huánuco; principal centro de reuniones de la sociedad huanuqueña; donde él, casi todas la noches, se jugaba sus ‘casinitos’, ‘golpeaditos’, o alguno que otro ‘poquercito’; de apuestas monetarias poco significativas. Ella lo ayudaba, reuniendo las colaboraciones amigables de varias damas y de algunos caballeros, en organizar los bailes y eventos propios de la institución. En la dicha situación, aunque siempre había sido, y soy todavía, duro para integrarme a clubes sociales y para convertirme en asiduo bailarín, fui instado a inscribirme como socio --¡mi primera claudicación por amor!-- e invitado a sus siempre concurridas, alegres y elegantes fiestas. Elevé a su mayor cumbre mis modestos conocimientos acerca de bailes de salón y me concentré en los más sencillos: valsecitos criollos, bastante huachafositos más de uno; en los alegres pasodobles y corridos mejicanos; y en los romanticones y acaramelantes boleros. Y, fogoso el ánimo, impulsado por mi creciente enamoramiento, le entré resuelto al peligro... Así, al encontrarme con la causa de mis ardorosas inquietudes, la saqué a bailar varias veces seguidas... Con gran emoción de mi parte, la tomaba por el talle; y si bien por aquella época se bailaba algo pegaditos —no como ahora, separados y descentrados, entre epileptiformes ademanes--, con todo, la pegada, reclamaba sus discretas distancias; en razón directa del ‘respetamiento’ habido. Se comprenderá pues, el incompleto aunque prudencial aparte, que en tales circunstancias tenía que guardarse. Ya embarcados en la danza, me fue posible conversar, de a dos y de tú a tú, aunque fuere con un cercano público también bailante, pero no llegado a impertinente. Al menos, pude hablarle sentimental y en relativa confianza. Comencé a decirle, con cálida franqueza, que estaba rendidamente enamorado 308

de ella; que la amaba; que comprendía muy bien cómo, en esos momentos y por su parte, no tendría por qué estar embargada del mismo sentimiento hacia mí, ni mucho menos con igual intensidad. Que yo confiaba poder alcanzar semejante fortuna con el transcurso de algún tiempo; que solamente le pedía, por lo pronto, aunque no me aceptase de inmediato, que no me rechazara de plano y permitiera seguir alternando, como lo estábamos haciendo hasta ese momento... En oportuna circunstancia bailada, ella asintió, dándome esperanzas. Pero, en el afán de decirle tantas cosas, la había ‘monopolizado’ en los bailes. Dejando al margen de sus justificables expectativas a otros jóvenes, y también las de algunos mayores; pues concentraba ella gran atractivo entre los varones de la época... No obstante, solía darme cierta ventaja mi estatura, más en armonía con la suya. Pero ocurría adicionalmente, que Dora había asistido al suceso festivo en que tuviera lugar mi ‘declaración’ —como lo hacía a casi todos--, con su muy amorosa y mucho más vigilante madre; quien sentada en una silla cercana, no le —nos fuera mejor decir— quitaba la vista de encima. Lo cual impulsó, a quien se estaba apoderando de mi corazón y de mi vida entera, a pedirme que no la sacara a bailar tan seguido, pues podría tener problemas con su progenitora... -- ¿Qué problemas? ¡No hay ningún problema! --Repliqué altivo y a renglón seguido agregué resuelto-- Mis intenciones son muy serias. Si quieres y dando por supuesto que me aceptas, les puedo decir a tus padres que deseo casarme contigo… -- ¡Oh! no. Sería demasiado prematuro. Te ruego, por ahora, solamente espaciar un poco nuestros bailes. Disminuí, creo, algo así como en 0.5 % --sin conceder más--, la frecuencia de los danzares nuestros. Dora no pudo hacer mucho, en verdad, ante tan avasallante pertinacia. Lo cierto es que el asunto siguió prosperando; entre los paseos en la Plaza de Armas y los bailes del Club. En algún momento, además, comenzamos a ir al cine. Pero no le faltaba, tampoco en estos andares, un fuerte resguardo, amical o familiar... ¡Siempre ella con una muy celosa y nutrida compañía! En una función, de modo algo furtivo, en la semi oscuridad de la sala, le tomé la mano y ella me respondió la caricia con una suave presión... ¡Experimenté una sensación de agrado inefable! Cierta primera noche y otras espaciadas después, me invitó a conversar en la sala de su casa y luego a comer. Por supuesto... ¡siempre estaba bien acompañada! por sus padres, hermanas —los hermanos varones pasaban en Lima, por estudios, la mayor parte del tiempo--, o las amigas más fieles. Hice buenas migas con su mamá. Por varias razones, pues aparte de ser ella una buena y muy estimable señora como madre y esposa, se mostraba bastante aficionada a las actividades agrícolas y pecuarias —de instintos muy chacareros—y por tanto podía compartir aficiones y conversar mucho conmigo, dada mi extracción también campestre y mi ingeniería agronómica de

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apasionada profesión. Pero había un detalle adicional que nos impulsaba a congeniar más: La doña cocinaba muy bien; aunque lo hacía ‘cuando le daba la gana’. Así, en su casa le decían que allí se comía en ‘carrera de caballos y parada de borricos’. Por lo demás, Dora y sus familiares no se ofrecían como gente de ‘alto coeficiente masticatorio’ o de ‘buen diente’. Eran lo que se dice muy ‘desganados’. Cuando la madre disponía una excelente comida, los destinatarios del banquete no le hacían los honores que le eran ampliamente merecidos... Pero, cuando yo llegaba, la llenaba de sinceros elogios. Luego de hacer notar el ‘apetito de diputado’ o ‘de preso político’, que siempre me ha caracterizado, que de seguro mantendré incólume hasta el fin de mis días, que lo llevaré hasta la tumba. Quien comenzaba a ser mi suegra, oía y veía, con mucho regusto, los sinceros elogios, de palabra y de obra, verdaderos homenajes, que yo rendía a las geniales y encomiables creaciones, de su arte culinario, de estilo tan peruano. Pero nada de lo dicho, hacía cejar, a tan digna matrona, en su ultra recelosa guardianía —a un grado excepcional, jamás conocido por mí— de las filiales alhajas femeninas de su cuidada y honorable joyería hogareña. Semejante estado de cosas, me había colocado, emotivamente, en un punto de muy alta tensión. Se inquietaba mi espíritu a límites casi insoportables. Cada vez más me sentía enamorado con desesperante intensidad. Cual las cuerdas de una guitarra, de continuo estiradas, según gráfica expresión juvenil y popular: “se tiempla” el enamorado. Se tensa. Si fuertemente, se dice que está “muy templado”. Tanto más, cuanto le dificultan el curso natural de su amor. Así, puede decirse, como la vida me lo iba enseñando, con progresiva certeza, que: El amor se enardece con las dificultades y se enfría con las facilidades. El difícil se hace intenso, profundo, duradero. El fácil, superficial, efímero, quebradizo. El enamorado busca, empero, facilitar y culminar su amor. Así trataba yo, en una y mil formas, de romper aunque fuere solo en parte, el inexpugnable cerco, la estricta vigilancia, que se nos oponía. En cierto momento, creí llegada la oportunidad: Era costumbre en Huánuco, la realización, en días feriados, de alegres paseos campestres (“pic-nics”) multifamiliares, a lugares pintorescos y hermosos, tan abundantes en las cercanías de la ciudad. Así, en cierta ocasión se había organizado uno a la conocida zona de “El Rancho”. El nombre dicho, comprende a un caserío, a sus aledaños, y a un puente sobre el río Huallaga, ubicado en su cercanía. Permite éste, el paso de la carretera hacia Tingo María y a toda su Selva interior; comenzando por la subida a la cumbre de “Carpish”. También sale de allí, siguiendo por la margen derecha, aguas abajo del mismo río, el ramal hacia Panao, capital de la Provincia de Pachitea; el cual, después de un corto trecho, voltea hacia el Este y asciende

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por las estribaciones de la Cordillera Oriental, bordeando de inicio el pintoresco y cercano vallecito de Yanamayo. Y también, pasando el Puente de “El Rancho” y siguiendo por la zona ribereña de la margen izquierda, aguas abajo del río Huallaga, quedan todavía los restos del camino de herradura hacia las montañas de Pillao y Tingo María, atravesando uno de los cañones más hermosos y menos conocido de la geografía peruana: ¡El Cañón del Huallaga”! Escogiendo un bello paraje vecino a “El Rancho”, acampó, entusiasta, la expedición del huanuqueño “camping”. Lugar donde, iluso, creí viable tramar alguna acción de libertaria rebeldía amorosa... Llegado determinado momento, después de ingerir, golosos, los agradables bastimentos comestibles y los refrescantes bebestibles, propios de juntas de esa naturaleza, la muchachada dio, en colectiva manifestación, la voz de paseo libre y abierto por los alrededores... Tomé de la mano a Dora y jalándola suavemente, le susurré al oído: -- Vamos a subir a ese cerrito y a lo mejor allí podremos exclamar: ¡Al fin solos! Ella —dada su educación, forjada a la luz de estrictas normas morales inculcadas en la familia por generaciones y en el colegio con su religiosidad inherente— se resistió un poco a entrar en complicidades conmigo, en una 'acción' que estimaba 'poco recomendable'. Pero, finalmente, se dejó llevar y me siguió un corto trecho. Sin embargo, la subida era bastante fuerte y rápido sintió cansancio; no dejando de experimentarlo yo también en alguna medida... Mientras tanto, la futura suegra venía un poco atrás. Pensaba yo que por su edad estaría cansada desde mucho antes y más intensamente que nosotros… ¡Ingenua esperanza! Dora se agotó totalmente primero y su mamá... ¡se ofreció para ayudarla a subir! Y luego ¡a bajar! Fue una de las tantas veces en que la señora demostró su increíble, inaudita, energía física y fortaleza de carácter. A la par, en magnitud, que su celo en el cuidado de los suyos... ¡En especial de sus hijas! Mi sino era —parecía serlo— soportar, por siempre, esa exasperante situación. Sin embargo, tenaz, terco yo, no perdía las esperanzas de poder aclarar el panorama, poniendo fin al 'problema'. ----Al poco tiempo de haber definido con Dora la situación de nuestros germinales amoríos, Olga, su hermana mayor —como ya adelanté algo--, se casó con el Dr. César Mares Urdanivia, formando hogar en casa ubicada en el Jirón 28 de julio, casi en su esquina con la Plaza de Armas. Cuando novio, César Mares, en sus relaciones con Olga, no había tenido tantos problemas como yo, respecto a las libertades amatorias propias de un novio. Era unos 15 años mayor que yo; más cuajado profesional —médico y capitán asimilado de la Policía--; hábil, canchero a todas luces. Primero se hizo

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muy amigo de nuestro suegro común, aprovechando las circunstancias y el terreno propicio constituido por el “Club Central Huánuco”, al cual también era asiduo concurrente, como distinguido socio e integrante de las mesas casineras. Y le entró al asunto en un plan de mayor seriedad y porte más solemne, de lo que podría hacer yo. Concretó con rapidez su compromiso matrimonial y la realización de una suntuosa ceremonia nupcial. En los frecuentes tratos circunstanciales habidos conmigo, Olga me había tomado gran afecto, que yo por supuesto correspondía complacido. Ella era, por otro lado, una hermana muy querendona con Dora. Apoyado en tales situaciones, un día le dije: -- Mira Olga, tú eres una mujer joven, que acabas de casarte y de pasar por el mismo trance del enamoramiento y el noviazgo; has de comprender entonces, mejor que nadie en tu familia, lo incómodo y verdaderamente fuera de lugar, que resulta, para una pareja en recientes relaciones de tipo romántico, como son las sostenidas por tu hermana Dora y yo, el no poder tratarnos en confianza, ni estar solos, siquiera algunas veces, a causa de la cerrada ‘marcación’ a que estamos en todo momento sometidos. Por eso, como Dora viene a visitarte casi todos los días en las tardes, a tomarse un cafecito en tu casa, perdonándome la pechugonada, pero quiero pedirte un favor: que me invites también a mí y nos permitas conversar, para tratarnos como Dios manda, entre enamorados. -- Bueno, es justo.. —Me contestó— Dora viene, efectivamente, casi todos los días a tomar su café en las tardes --costumbre muy huanuqueña-- y yo tendría mucho gusto en que ustedes se vean y conversen aquí... Les diría a mis padres esto y no creo que se opongan, pues sabemos que tú eres un joven serio y que tus intenciones son buenas. Pero eso sí, te lo digo con toda claridad y franqueza: no serán, éstas, ocasiones para estarse besuqueando y menos en pachamancas, pues yo estaré vigilando muy de cerca. -- ¡Qué ocurrencia! Olga --Repliqué al punto... Con cierta hipocresía, calificable con indulgencia de lícita o comprensible, tomando en cuenta lo apremiante de mis ímpetus amorosos. No sin pensar en mi fuero interno: ¡Inclinación de familia, este tan celoso vigilar!... Y dije: -- Sólo pretendemos conversaciones en confianza, para irnos conociendo mejor. Así, la primera tarde, llegué a la casa de Olga, en cuya sala me esperaba Dora... ¡Junto con ella! Daba la impresión de solo haber cambiado de cancha para jugar el mismo partido... Pero, como marcado, seguía igual, a marcación estrecha. ¿Señal ya inequívoca de una actitud implacable de la familia toda?... ¡Tal parecía! No obstante, a los pocos minutos, compadecida seguramente, Olga dijo: -- Bueno, yo tengo que hacer algunas cosas de la casa, voy un momentito adentro y vuelvo... Pero ya les digo: ¡Formalitos ah!

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-- No te preocupes Olga —Le repliqué, en tono de seráfica inocencia, faltándome poco para entornar los ojos, en gesto de ladino fingimiento. Y no bien salió la joven, guapa, y celadora dama, mi cerebro maquinó, rapidísimo, la forma de terminar, de una vez por todas, la deprimente situación significada por tan vejatoria —casi ridícula y muy incómoda— vigilancia extrema, que nos afectaba en demasía. Recordé entonces el decir de los sabios: “El Buen Humor, la Risa, la Broma Oportuna, resuelven las más difíciles situaciones humanas”. Y así, a muy pocos minutos de ausentarse de la sala, la estricta dueña de casa, con angustioso tono y la voz más tronante de que pude ser capaz, grité: -- ¡Socorro! ¡Socorro! Volvió entonces de inmediato Olga, preguntando: -- ¿Qué pasa? -- ¡Dora me está queriendo besar! –Clamé, en fingida y vociferante queja, de muy altos decibeles... Rió bastante con la ocurrencia la buena cuñada. Desde allí, nos dejaba libres por relativos largos momentos... Y, a la primera oportunidad, apasionado, pleno de una inefable emoción —candorosa es posible, pero muy dulce--, como sellando mi fervoroso amor por Dora… ¡pude 'robarle' un tierno beso! ----Mientras dedicaba las tardes y las noches tempranas a mis idolátricas andanzas amatorias, durante las hora del día continuaba, afanoso, la búsqueda de terrenos sobre los cuales pudiéramos ejecutar —Lucho Córdova y yo— nuestros soñados proyectos agro-empresariales. Ocurría, en tanto, que entre las más leales amistades de Dora, a quien profesaban excepcional cariño, se contaban cuatro muchachas, hermanas huérfanas y solteras ellas, de apellido Trujillo. Propietarias eran, por herencia familiar, de una chacrita de varios lotes, situada en las alturas del lar nativo de la históricamente célebre “Perricholi”: el tibio y muy pintoresco pueblecito de Tomayquichua. Cuyo nombre resulta de la unión de dos palabras quechuas: “tomay” = cerca, en el camino de; y “quichua” o quechua = zona ecológica correspondiente a la bella región de la Sierra Media; también a la raza, y al idioma, predominantes en tiempos de los incas o Imperio del Tahuantinsuyo. Correspondían, las dichas damiselas, a un nivel social algo modesto, lo que al parecer las hacía más proclives a cierta sumisión a los dictados de quien, también por entonces, demostraba ser dueña de mis desvelos. Tres de estas mozas se llamaban: Yuvis, Avilia, y Perisatilde... ¡Para estrambóticos sus nombres! En esa afición, Huánuco y San Martín, se llevan la palma, en el Perú entero. Eran ellas, de simpatías personales bastante pasables; y, la otra, Delia se llamaba, ofrecíase gorda en exceso y asaz feíta, para cualquier gusto masculino normal; aunque, contra otros precedentes referidos a las relaciones

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entre los valores de Bondad y Belleza, fuera, en singularidad encomiable, la más buena del lote; hablando de los sentimientos, ya en los campos de la espiritualidad. Las pequeñas propiedades de las Trujillo eran, como fundito conjunto, de un modesto valor; por su ubicación (en alturas de relativa lejanía y sin un ramal carretero de acceso); por su poca extensión superficial; y la dedicación productiva a rubros de baja rentabilidad (maíz, papas en minúsculas parcelas, trigo, cebada, habas, alverjas, etc.). Las habían arrendado a un joven medio aventurero, de nombre Luís Born, quien de modo algo parecido al mío, pero a edad unos diez años mayor, estaba queriendo abrirse paso independiente, también como pequeño empresario agrícola. El mencionado marchante, si bien tenía un medio apellido judío (el paterno), no mostraba pertenecer a ninguna de las organizaciones del Judaísmo. Podría haber sido uno de los llamados “judíos de la puerta” (del templo), “de los de afuera” o, calificados despectivamente, como “marranos”. Siendo pobre de solemnidad, pasaba inmensas pellejerías. Soltero y sin socios, ni compañeros de trabajo, aventuras, e infortunios, estaba solo. Además, el fundito de marras, tomado en arriendo, como se ha señalado, no daba para mucho, en cuanto a su productividad económica, ni reclamaba dedicación por demasiado tiempo; y, él mismo, carecía de capital o recursos propios. De tan rangalido personaje, podría decirse, con toda razón, que era "más calato que un perro chino"; o, al modo argentino: "más pobre que una laucha" ¡Debía a todos los santos! Andaba por doquier pidiendo dinero prestado, haciendo "perro muertos" y buscando siempre lo más barato Todo lo cual no obstaba para que fuera una persona meritoriamente jovial, muy amable y servicial. Fue así como Lucho Born, con quien tomé contacto e hice cierta relación amistosa por intermedio de Dora y de sus amigas las Trujillo, me dio la voz sobre una pensión, a su decir y como efectivamente pude constatarlo, muy buena, limpia, como para el nivel de profesionales con suficiente autoestima; añadiéndose un excelente servicio de comida; y siendo mucho más barata que todos los otros hoteles de Huánuco, inclusive el “León”. Me mudé entonces a esa posada, en el Jirón 28 de Julio, a unas dos cuadras de la Plaza de Armas. En una gran casa que había sido importante y hermosa residencia particular. El conductor del hospedaje, un gordo y prieto señor de apellido Reyes, era auxiliado por su activa, menudita y muy simpática esposa, que se llamaba Consuelo (“Conchito”, para sus adúes). Ambos sabían del negocio, pues él había sido administrador del Hotel de Turistas, de donde lo habían despedido — según se supo después--, por sus desmedidas aficiones al trago y a los juegos de envite... En la pensión “Reyes”—que así se denominó y que se colmó rápidamente— pude contactarme, mejor que nunca hasta entonces, con muchas personas, funcionarios, profesionales, y empresarios de diversos giros, que estaban en condiciones de aportar precisos y valiosos datos sobre predios de

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posible disponibilidad para los fines perseguidos por nosotros. De tal suerte, llegó a mi conocimiento que en la zona conocida como de “Yanamayo”, había, entre otros y siendo posiblemente el mejor, un fundo bastante grande, que podría conseguirse en compra o alquiler. Dicha propiedad pertenecía a las prolíficas familias —huanuqueñas por antonomasia— Ramírez y Meza. Emparentadas además entre sí, y con medio Huánuco; familias que a la sazón se encontraban en prolongados litigios por herencias. El principal nexo lo podía constituir el señor Felix Ramírez, quien vivía con su familia en una casa con tiendita y pequeño restaurante anexos, ubicados cerca del puente “El Rancho”; lugar ya referido al narrar el episodio de la excursión en que participara, hacía un corto tiempo, con familiares y amigos de Dora. “Yanamayo” (Yana=negro, oscuro, por la apariencia que ofrece, visto de lo alto, por sus piedras negruzcas y las algas pardas de su fondo; en contraste con los rojos=puca, por plenos de arcillas coloradas; o los yurac=blanco, cuando espumosos y calcáreos; y mayo=río), es el nombre de un río secundario, afluente del Huallaga por su margen derecha, a muy corta distancia, aguas abajo, del puente “El Rancho”. Constituye el eje o la base de uno de los valles menores especialmente hermoso, como son, en verdad, casi todos los laterales al de Huánuco. Ascendentes desde la tibia zona Yunga o Subtropìcal Semiárida y que llegan a la muy colorida y pintoresca Sierra Media o Quechua; arribando, algunos, hasta las altas Punas (incluso, a veces, hasta la Cordillera, Janca o región de las mayores cumbres), donde abundan —abundaban, fuera más exacto decir— hermosos bosques, de alisos, saúcos y quinoales, con nutrida fauna de venados, vizcachas, zorros y ¡hasta pumas!... Con bellísimas lagunas y cascadas. En el idioma quechua, para los casos referidos a los ríos o cursos de agua, había la palabra “mayo”; así como “yacu”; para indicar simplemente agua; y “cocha”, para lagunas y lagos. En cuanto al color característico o aproximado de las aguas, además de los dichos “yana”, para el negro, “puca” para el rojo, “yurac”, para el blanco, había “angash”, ancash, angas, ankash, o ankas, para el azul, etc. En el caso de las aguas tibias, calientes o termales, estaba “conoc”. Palabras todas, que algo modificadas, han sido heredadas por nuestra cultura y toponimia mestiza. ----Es el caso que tomadas las referencias en la “Pensión Reyes”, acerca de las posibilidades del fundo “Yanamayo”, hice contacto nuevamente con el señor Felix Ramírez, uno de los agricultores más caracterizados de su ya mentado clan, quien me confirmó que dicho predio estaba comprendido en un largo litigio judicial entre sus familiares. Y la mejor solución considerada por varios de ellos estribaba en proceder a la división y partición de la propiedad, mediante un levantamiento topográfico, el estudio del conjunto y la demarcación de los posibles lotes resultantes, unos cinco, que debieran ser de valores equivalentes. Me propuso que yo hiciera el trabajo técnico, con el compromiso, por parte de

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los propietarios, de arrendarnos, por lo menos, un lote y pagarme la labor profesional, haciéndola valer a cuenta de la merced conductiva que se pactara. Así pues, procedí a preparar los trabajos del levantamiento del plano topográfico del fundo “Yanamayo”, como base para su división y demarcación correspondiente. Entre los colegas ingenieros civiles —así nos considerábamos con ellos, recíprocamente, los agrónomos--, siendo además amigos y estando alojados en la misma pensión, me agencié, en calidad de préstamos: un eclímetro y su soporte, para medir ángulos verticales y horizontales —teodolito hubiera sido demasiado pedir en esas circunstancias--; además de una mira y una “wincha”, de 50 metros. Y, con tales elementos, casi rudimentarios en verdad, con mucho esfuerzo previsible y sin pretender una alta precisión, aunque sí la suficiente para el caso, me dispuse a emprender la tarea... Conseguí una apropiada alforja de cuero, de las acomodables en las monturas de las acémilas de silla a emplear, con el fin de portar los útiles menores y delicados —los mayores eran llevados por ayudantes o cargados en mulas--; algo de víveres complementarios a los que se pudiera encontrar fácilmente en la zona de trabajo; alguna ropa y utilería para el caso; etc. Lucho Born, acomedido y amable como era, se ofreció para acompañante y de ayuda, gratuita, en varios de los viajes al lugar. Hube de confirmar, entonces, que: La Servicial Cordialidad, la Alegría en las Expresiones, el agradable Sentido del Humor, están, sin duda, entre los mejores adornos y complementos de la Amistad y de las Buenas Relaciones Humanas. Tanto el cortés amigo, como el señor Félix Ramírez, me sirvieron de portamiras y auxiliares, con la ayuda de uno que otro peón contratado. En una libreta, yo apuntaba ordenadamente los ángulos verticales y horizontales tomados con el eclímetro y las distancias medidas —a toda paciencia— con la cinta; tanto en la poligonal básica, de trazo cercano al río y a las cumbres; como en las mediciones complementarias de relleno del plano; de las de las curvas a nivel; y las de los linderos de los lotes. Los mismos ingenieros ya dichos y otros amigos de la Oficina de Caminos de Huánuco, me ayudaron y facilitaron lo adicional necesario, pagando yo los gastos, al costo, cuando ellos pudieran afectar a esa dependencia (gabinete, tableros, calculadoras, tablas, papeles, tintas, útiles, etc.). Asimismo, para los cálculos —los más laboriosos eran los de reducción al horizonte de las distancias inclinadas--; el dibujo y las copias, que en ese entonces se hacían “a ferroprusiato”, resultando azules de fondo, con los trazos en blanco, siendo el original elaborado en papel “pergamino” (semitransparente) y las líneas, letras, números y dibujos, a tinta china. El trabajo de campo resultó por demás interesante. Y tanto ése, como el alternado de oficina, me hicieron necesarios y recordar. los estudios y las experiencias topográficas de la Escuela de La Molina, bajo la dirección de

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nuestro respetado y competente profesor, el Ing. Juan N. Portocarrero. Además de las ya referidas prácticas de la estada vacacional en Huanta, hacía relativamente poco tiempo. Para la tarea, desde el primer viaje —realicé varios, durante aproximadamente los dos meses que duró el empeño--, con la compañía de Luís Born, tomamos por base central de operaciones, un bellísimo sector del fundo “Yanamayo”, conocido como “Verbenapampa” (“Pampa de Verbenas”). El topónímo se inspiraba en la plantita herbácea, muy aromática y medicinal, del mismo nombre (verbena, en español), febrífuga y astringente, entre otras propiedades; perteneciente a la familia de las verbenáceas, de numerosas florecillas lilas dispuestas en espigas y de hojas alargadas y hendidas. Olorosa hierba allí espontánea y abundante. La verbena se presentaba en asociación con varias especies botánicas, medicinales y aromáticas; de ambas, y de diversas otras propiedades muy conocidas; como la menta, el muñá, el chincho, la yerba buena, etc.; ha de añadirse, la de oloroso y comestible fruto, de espinoso follaje trepador (útil para ‘cercos vivos’), la “zarza mora” o frambuesa silvestre; los bellos árboles de alisos, los cerezos o guindos, y los eucaliptus (de remoto origen australiano), entre otros. Amén de los coloridos cultivos acompañantes; de papas, maíz, alverjas, habas, etc.; y las especies, decían allí que ‘cultivadas’ (?), pero prácticamente silvestres, productoras de riquísimos “blanquillos” y “melocotones”. El resto de los terrenos se veía cubierto, cual alfombrado manto, de un intenso verdor, constituido por abundantes y tupidas gramas y trebolares, susceptibles de utilización pastoril o forrajera. Un límpido cielo azul intenso, adornado por los copos de algunas blanquísimas nubes, en todo tiempo, salvo los de tempestuosas lluvias, culminaban la impactante decoración del bellísimo paisaje. “Verbenapampa”, como los otros sectores semejantes de “Yanamayo”, ubicados en la zona “Quechua”, se ofrecía integrado por numerosas seudo graderías, pequeñas mesetas o “patas” (q.), de variadas dimensiones; con toda evidencia, restos de antiguos andenes incaicos. Todo lo cual hacía, a la dicha hoyada o semi llano (en español); “pampa” o “bamba” (en quechua), de un adicional impacto visual y evocativo, completada que era su denominación, con la palabra hispana: Verbena. Dando sustento lingüístico mestizo, al lugareño nombre. En el centro del paraje —al igual que en cada lote— había una rústica y pintoresca casita de adobones, pintada de blanco y con un techo rojo de tejas. El panorama era precioso. Don Felix Ramírez quería que uno de los lotes fuera, en lo fundamental, “Verbena Pampa”. Me ofreció que si le tocaba en suerte de la partición, nos lo daría en arriendo, pues notó que a mí me había gustado muchísimo. Hacía ya buen tiempo —desde el caso Nauyán-Rondos— que Lucho Córdova y yo estábamos pensando, hasta persuadidos, ante la imposibilidad práctica de conseguir terrenos de la zona subtropical, aparentes para el cultivo

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de naranjos y otros de la misma ecología templada, que bien podríamos contentarnos con tierras de adquisición más viable y baratas, aunque situadas a mayores alturas, en climas menos cálidos, pero adecuadas para cultivar otros frutales, como durazneros, blanquillos, ciroleros, nogales, manzanos y peros; además de plantas herbáceas de producción intensiva, como papas, las hortalizas más transportables, y otras especies de sus obligadas rotaciones. El primer día arribamos, con Lucho Born, a la casita central de “Verbena Pampa”, base de nuestras operaciones, ya en la tarde, después de trepar a caballo la cuesta de “El Rancho”; adonde llegamos, desde Huánuco, en uno de los clásicos camiones “mixtos” de itinerario, de ‘pasajeros’ (?) y carga; incluidos algunos animales domésticos (!): gallinas, pavos, y patos --¡muy alejados de cualquier bienvenido estreñimiento!--; también, carneros, y ¡hasta chanchos!... Y sin que nos hubiera afectado depresión alguna, producto posible de tan inopinada compañía, en el dicho tránsito. Acomodamos al toque nuestros bártulos. Encendimos una lámpara Coleman a gasolina; de esas conocidas como “de camiseta”: una especie de bolsita de tela de asbesto, que se hacía muy luminosa al ponerse incandescente por bien calentada, al influjo interior del combustible ingresado a presión y simultáneamente encendido el fuego. Preparamos una frugal cena... Y larga conversación de sobremesa. Dispusimos luego el ‘dormitorio’ (?). Era, la pieza destinada al pretendido efecto, un sombrío cuarto lateral al ambiente de ingreso o “hall”, con columnas frontales éste, y que hacía también de ‘comedor’ (!). Para dormir, el tal dormidero, no tenía camas. Hacía de ellas, el zócalo de adobones que se anchaba en un par de sectores planos —es un decir---, de extensiones aproximadas de 1 x 2 m., ofreciéndose con superficies muy irregulares, erosionadas, por un claro y prolongado descuido y maltrato; semejando, dadas sus anfractuosidades y durezas, a los coriáceos pellejos de gigantescos cocodrilos. Constituían ellas, áreas de incalculables poderes ofensivos sobre las espaldas de quienes no se ingeniaren adecuadas protecciones... En fin, con suficiente paja triguera y algunos ponchos encima, a guisa de colchones y almohadas, mas unas modestas sábanas y frazadas, aprestamos el optimista duerme. Y, llegada la hora de acostarnos, ingresamos al recinto de marras, con la Coleman a toda luz, poniéndola en una mesita central del primitivo alojamiento. No era posible el lujo de vestir piyamas, por lo cual quedamos en traje de fajina... Última conversación y un poco de lectura. Hasta tomar el sueño. Apagamos entonces la lámpara... Pero, a los pocos minutos, comenzamos a sentir como un creciente revoloteo, una suerte de rumor o murmullo, producidos por numerosos bultitos, cual cuerpecillos que caían desde unos huecos del techo y parecían corretear por el piso... -- ¿Qué pasa? -- Exclamé, sorprendido...

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-- ¡Voy a prender la lámpara! -- Dijo Lucho Born, quien efectivamente al punto la encendió y... ¡oh sorpresa!: -- ¡Son ratones! --Clamamos al unísono, sorprendidos, los dos audaces aventureros de la topográfica expedición. Y verdaderamente eran ratones o pericotes… ¡por centenares!... Si no por miles. Se descolgaban por las roturas del techo interior (“cielo raso”), que a la vez era el piso del “terrado” (peruanismo, por desván), convertido en depósito de una gran cantidad de maíz en coronta, en proceso de secado y desgrane. Afluían veloces, en cascadas susurrantes, los repulsivos roedores. Desde ese espacio habido entre el techo superior de tejas a dos aguas y el dicho inferior, plano de carrizos unidos con barro y ya seco, de nuestro precario y poco decoroso habitáculo. -- ¿Qué hacemos? -- Impresionados, confundidos, nos interrogamos con las miradas. -- Salgamos afuera con la lámpara y los machetes, dejando a la habitación a obscuras y con la puerta cerrada; volvamos luego a entrar, rápidamente, a toda luz y con los machetes listos de modo a matar a los ratones que podamos con el plano de los sables; los restantes se asustarán, huirán, y podremos dormir tranquilos —Dijo Lucho, con inocultado optimismo... -- ¡Manos a la obra! En efecto, entramos como queda dicho; y, a planazos de machetes, matamos una increíble cantidad de pericotes; los demás repugnantes roedores, escaparon aterrados. Así y al fin, nos dispusimos a descansar de un modo más apacible. -- No estaría demás –dije— taparnos con las sábanas el cuerpo y sobre todo cabeza y cara, por si algún maldito ratón sobreviviente, pretendiera subirse a las camas… Y ¡a dormir se ha dicho!... Así, apagamos de nuevo la luz... ¡Vana ilusión!... A los pocos minutos ¡otra vez! el ratonero alboroto Pero sabíamos ahora con certeza que eran pericotes. Sentíamos que éstos, por centenares, salían cada vez en mayor número del almacén de maíz, se subían a las camas y los percibíamos hasta ¡sobre las sábanas que cubrían (?) nuestras caras! A pesar de ser sólo “pericotitos”, como podría decirse, para disminuir la magnitud de nuestro amargo trance --¡habría que haberlo pasado, más que oír contarlo!--. En verdad, la sensación que experimentábamos, entre gran repugnancia y cierto temor; era horrible, difícil de describir… ¡Insoportable! ¡Qué atroz situación! la de los pobres presos, en las cárceles bárbaras — como las peruanas—, en las que, dichos infelices, son acosados, no solo por pequeños ratoncillos, sino hasta por enormes, inmundas, y voraces ratas...

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Varias veces repetimos las salidas a obscuras y los súbitos reingresos a plena luz de la lámpara, al dormidero de marras; para los correspondientes pericoticidios, a planazos de machete. Pero ni así pudimos dormir aquella noche. A la mañana siguiente, tuvimos que hacer vaciar el maíz y limpiar bien el terrado. Sin perjuicio de traer de “El Rancho”, un par de hambrientos gatos ratonófagos, acostumbrados a cazar y hacer meriendas opíparas de sus odiados y tradicionales enemigos. ¡Santo remedio! A partir de la segunda noche, ya pudimos dormir con tranquilidad. Y a su amanecer, desde la otra banda del allí pequeño río “Yanamayo”, nos hizo entusiastas señales, el propietario del fundito —del mismo nombre— colindante con “Verbena-pampa”, el Sr. Augurio Meza Ramírez, prominente miembro de la sociedad huanuqueña, amigo de mi suegro, y dueño también de una hacienda cocalera (de coca para “chacchar”), en la Selva Alta de Huánuco. Alegre por nuestra llegada a esas relativas soledades y la cierta compañía que podríamos aportarle, don Augurio nos invitaba a conversar y a tomar desayuno... ¡con unos deliciosos chicharrones a la huanuqueña! De trozos de costillitas de cerdo tierno y gordito, precocidas en agua, con su punto preciso de sal, y luego doradas con la exudada manteca propia; acompañadas de camote amarillo frito, mote de maíz blanco gigante, cebollas rojas y ajíes de escabeche encurtidos los dos... ¡De chuparse los dedos! En mi ya larga vida, dos son los lugares donde he podido saborear los más deliciosos chicharrones del Perú: La Hacienda “San Nicolás”, con sus cercanías de Supe y Huacho; y Huánuco, donde era frecuente verlos preparar con maestría... Mi suegra, se contaba entre los más meritorios artífices de esta gloria culinaria del Perú. ----Así pues, obviados los primeros problemas y cumplidos los acomodos del caso, pudimos realizar, regularmente, las labores topográficas que me había propuesto: Durante numerosos días trabajaba en campo, como se ha dicho en parte, las mediciones de la poligonal básica, de las curvas a nivel, así como de los rellenos requeridos para completar el plano, con las referencias para la partición. Ello reclamaba duras caminatas, penosos escalamientos y bajadas, por el curso del río, sus cercanías y las cumbres del correspondiente ramal cordillerano. Podía contemplarse, en añadidura y como compensación del cansancio, hermosos paisajes y bellos rincones campestres; amén de cautivantes ruinas incaicas; especialmente en las crestas de los cerros –sabia preferencia, evidente, de las localizaciones arquitectónicas de incas y pre-incas--; de sus fortalezas, atalayas o miradores, en especial, para los fines de una mejor defensa contra invasiones, basada eh la más clara y oportuna visión de los amplios espacios circundantes.

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Una vez acumulados suficientes datos de campo, de importantes porciones del trabajo total, volvía a Huánuco, para realizar el avance de las correspondientes labores de gabinete. Y luego, regresaba, otra vez, a “Verbenapampa”; a verificar las aclaraciones específicas necesarias y a continuar el trabajo general de mediciones. Entre tales ires y venires, tenía ocasión de ver a Dora ¡y cultivar nuestro cariño! Que, por lo menos en lo que a mí respecta, era cada vez más intenso y acuciante. Así las cosas, al fin, terminé el plano, que indicaba los lotes en su posible partición y división. Si no recuerdo mal, demoré, entre campo y oficina, unos tres meses. Lo entregué, en original y con las varias copias pedidas, al Sr. Felix Ramírez, quedando en espera de sus noticias sobre el arreglo entre los herederos; y, por supuesto, del pago de los honorarios por mi trabajo. Pero pasaba el tiempo y no tenía mayores nuevas del acuerdo y partición entre los herederos; ni del pago de mi labor, en cualquier forma que fuere. Finalmente, don Félix Ramírez terminó diciéndome que no había podido conseguir el debido acuerdo de los herederos... ¡ni siquiera para el pago del valor del plano! Todo quedó en nada... Y de nuevo ¡a seguir buscando terrenos! ----El Amor, las Convicciones Doctrinarias y el Idealismo.- En mis relaciones con Dora, casi todo venía marchando bien, salvo dos cuestiones; dos poderosas fuerzas de contracorriente —resumidas en el subtítulo— pero siendo, en el fondo, de una sola naturaleza. Se demostrarían de la mayor importancia y proyecciones en nuestro futuro: Por el lado de la dueña de mis desvelos, la convicción de su profunda fe católica, se enfrentaba con mi declarada situación de “ateo” o ‘descreído’; e, incluso, con la de “hereje” o ‘comecuras’, correspondiente a la general apreciación local que alcanzaba a mi modesta persona. Y, por los predios de mi intelectualidad, se ofrecía la certeza de que el Matrimonio, culminación del enamoramiento ‘serio’ —como del que yo estaba en pos— constituía una barrera infranqueable, un lastre para la prosecución de ideales superiores de vida. Cuales eran los intentos nuestros —los de Lucho Córdova y míos— y que, el inefable socio, sostenía con especial y 'rabioso' convencimiento; por lo que no ocultaba su reprobación a los 'románticos' amoríos de su camarada de aventuras. Causábame ello, las trepidaciones de una cierta "crisis de conciencia"…. Hasta llegar al punto cercano de un verdadero ‘complejo de claudicación’... Habré de referir en ocasión posterior y en mayor detalle, cómo salimos del atolladero. Por ahora baste decir que volviendo yo al redil católico, por obra de la constante y meritísima labor de apostolado, de tan idolatrada prenda femenina, primero como ilusionante novia y luego, en verdad, cual una maravilla de

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esposa. Bajo el asesoramiento y consejos de varios sabios y santos sacerdotes y obispos; amén de mis ya mejores reflexiones y verdaderas buenas lecturas. Pero, sobre todo, por el concordante influjo sentimental, la fuerza de mi apasionado amor hacia ella; que fueron, juntos, los factores que abrieron mis ojos e inclinaron mi espíritu, a una nueva y mejor visión de las cosas… Quizás si funcionó la constante recomendación de Miguel de Unamuno, quien se negaba a separar el Intelecto del Sentimiento. Siempre enseñaba que, el mejor camino hacia la Verdad, se construye combinando ambas facultades. No le gustaba, según decía, que lo llamaran “Intelectual”; prefería “Sentimental”. O, mejor, las dos clasificaciones en una… Lo óptimo resulta: "Pensar con el Sentimiento y Sentir con el Pensamiento". En cuanto al otro problemático aspecto, yo comprendería, a la larga, que el amor y el matrimonio no solamente no constituyen obstáculos —como lo creía errónea y firmemente hasta entonces--, sino que, por el contrario, pueden representar poderosas fuerzas positivas en favor de los ideales más elevados. Como la vida real, a mí mismo, e innumerables ejemplos de la Historia Humana pueden demostrarlo. Nos fue posible así, no sin enormes tropiezos, como lo veremos, en mérito a ser esos episodios muy aleccionadores, alcanzar, finalmente, la plena armonía amorosa y conyugal. Por ahora, baste añadir – remarcando— el señalamiento de ciertos principios que, pese a ser de total vigencia, no suelen reconocerse lo suficiente: Las diferencias de carácter religioso, entre amantes o enamorados, novios, y cónyuges, constituyen un poderoso obstáculo para la mayor armonía de sus relaciones. Es preciso evitarlas en lo posible. Pero se pueden vencer, en caso de presentarse y a pesar de todo, por una acción ejemplar de Apostolado y Conversión. Lo cierto es que la final Unidad Religiosa, la de una Concepción de la Trascendencia Eterna, que preside y enmarca a cualquier Concepción del Mundo Terrenal y Temporal, es esencialmente necesaria en la Pareja Humana. En el Matrimonio, para la forja de una verdadera Familia, como la Cristiana. Para la unión consagrada y definitiva, “en una sola carne”, del Hombre con la Mujer que se casan. Como fue dispuesto por el Redentor. Si no se logra dicha situación, contra todo lo que quiera decirse, las dificultades resultan prácticamente insalvables, en agravio del destino y la armonía conyugal y familiar. Dora, concordante con su familia, tenía pues razón, en su inicial desconfianza de casarse conmigo, por lo menos tan demasiado pronto. Como muy católica que era… ¡con un "ateo" o descreído y mucho más si antirreligioso y "comecuras"! Encomiable, por cierto y adicionalmente, su empeñoso apostolado, con la debida orientación y el apoyo eclesiásticos. Más el definitorio influjo de su tan valorado amor... Casos parecidos, al de las diferencias religiosas, aunque de apreciables menores potencialidades negativas, son las de carácter socio económico culturales y las de nacionalidad. Así, debe acogerse la prudente determinación

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de evitarlas, en lo posible. O de remediarlas, hasta lo viable. Con la mayor decisión, tino, y prontitud. Cuando en una pareja se presentan marcadas diferencias en el terreno social, que incluye lo económico, casi siempre, además, de la mano con lo cultural, si ello no ha podido ser evitado, el miembro más favorecido en dichos aspectos, debe, amorosa, delicada y sinceramente, empeñarse en la tarea de ayudar al ser que ama. En un proceso, largo si fuere necesario, de superación constante, para llegar, desde sus iniciales niveles, hasta donde sea posible; especialmente en lo cultural, sin olvidar los principales aspectos económicos y sociales. Un craso error constituye pretender que cada cual, en el matrimonio, mantenga, invariable, su nivel primero. La bifurcación de destinos, la falta de comunión espiritual, y la agraviante actitud despectiva o vanidosa, de uno hacia el otro, o hacia sus parientes y amigos, sería el enojoso resultado. En cuanto a las diferencias de nacionalidades, es asunto más serio y tanto mayor cuanto grandes las distancias culturales y raciales entre las de origen de los cónyuges. Así, pocos relativamente, serían los problemas de un matrimonio entre personas procedentes de dos estados de nuestra Comunidad Iberoamericana de Naciones. Mayores, por ejemplo, si entre hispanos y sajones. Más, si los primeros, con otros germánicos o con eslavos. Extremas casi, si con asiáticos o africanos. Cuando la unión se realiza entre personas de nacionalidades muy distantes —lo que resulta prudente tratar de evitar, como se ha dicho--, en la práctica y en gran medida, uno de los dos se sacrifica y se asimila a la nacionalidad del otro. En cuya tierra —en la patria correspondiente---, se establece la residencia hogareña. El amor y el deseo de armonía, presionan para hacer fructífero este sacrificio. Dejar a la propia Nación, a la Patria —la Tierra de los Padres, y todo lo que le está ligado, correspondiente a una Nación, a un Pueblo, con definida Personalidad Colectiva--, es caer en el “Ostracismo”. Que fue considerado siempre, un gran sufrimiento. Desde los tiempos de los inmortales griegos... La triste suerte de los gitanos es un caso demostrativo. Otro, la “maldición”, atribuida por castigo y en agravio del pueblo judío, condenado a la vida apátrida —”El Judío Errante”--, en expiación terrible, por la muerte de Jesucristo. Lo que resulta imposible es que ambos cónyuges, en la unión matrimonial, en su vivencia en común, puedan mantener, juntas, simultáneas y a plenitud, sus respectivas y diferentes nacionalidades y patrias.112 Mas son ciertos los casos —sobre todo entre quienes no aprecian ya los valores de Patria, Nación, Religión, Idioma, Costumbres, etc.— en que ambos
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Un caso muy interesante que ofrece la Historia Universal, fue el armonioso matrimonio de Napoleón III., Emperador de Francia (inicialmente masón, de la rama de los carbonarios), con la española y muy católica condesa Eugenia de Montijo (o de Guzmán). Ella se asimiló a la nacionalidad y a la residencia francesas, renunciando a las españolas. Resultó ejemplar Emperatriz de Francia; en tanto que él, abandonó la masonería y volvió al seno de la Iglesia Católica.

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ceden cada uno su parte; y así el matrimonio resulta ubicado en una suerte de “Tierra de Nadie” o de territorio intermedio. Hoy esto es muy común y los actores de tales metamórfosis, casi apátridas, incluso se jactan de ser “ciudadanos del mundo globalizado” y califican, despectivamente, de ‘arcaísmo’, a ser querendones de su Patria y de su terruño. Pero nada de ello despeja sus profundos errores. Por otro lado, en lo que se refiere a la supuesta por mí —hasta entonces—incompatibilidad del amor y el matrimonio, con la prosecución de un elevado idealismo en el curso de la vida humana, también, hondas reflexiones, buenas lecturas, estudios filosóficos más certeros, y profundos observaciones directas, experiencias vitales propias, etc., concluyeron por demostrarme que: La Persona Humana no está completa en cada uno de los seres, de los dos sexos diferenciados propios de su especie. Son como la cara y el sello de una moneda. Toman valor cuando se unen. Poseen elementos iguales o muy semejantes unos, pero también diferentes otros; y la mayoría, constituyen fuerzas de atracción y complemento. El Hombre y la Mujer, se necesitan mutuamente; de modo intenso, casi ineludible; desde que logran su pleno y normal desarrollo. Ínter potencian sus capacidades, cuando se juntan 113 Por algo es tan certera la versión bíblica de la reflexión Divina en la Creación: “No es bueno que el Hombre esté solo” (‘Hombre’, como especie; la mujer también, por lo tanto)... La Mitología Griega, por su parte, planteaba, en la figura del “Andrógino” (andros, hombre; ginos, mujer), la creación simultánea. Como la obra de Zeus (Dios Supremo de los griegos, Júpiter para los romanos), quien, ante la soberbia rebeldía –luzbélica podría llamársela--, mostrada por dicho ente, envalentonado por su resultante más que doble potencialidad, en castigo y con la mayor furia, lo separó, con su espada y toda la fuerza de su brazo, en dos mitades —como si cortara una naranja--. Desde entonces se dice que el ser humano solamente se completa, cuando encuentra y se une, de nuevo, con su “Media Naranja”. Si el hombre y la mujer viven separados o 'solteros', sienten casi insoportables sus insuficiencias. Sostener que tal cosa no sucede o incluso que fuera mejor pretender adrede dicha situación, constituye un profundo error, de muy grueso calibre. Hasta una necedad. Más cuando lo hacen o dicen, seudo intelectuales, ’pensadores’ (?), escritores, políticos, etc., de ciertas categorías y famas, más gratuitas o fabricadas, que merecidas --cuales eran, en buen número, debo confesarlo, los seguidos por mí, por nosotros, con L.C., hasta esos momentos--. Habría que precisar quiénes eran sus patrocinadores (ojo); o

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Casos aleccionadores fueron los de los esposos Curié, descubridores de la radioactividad; de. Joseph Goebbels (con su fiel esposa y varios hijos), notable político alemán; Miguel Grau (afectuosísimo esposo y padre), por quien palabras elogiosas sobran; Juan Domingo y Eva Perón, en Argentina, etc.

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las deficiencias educativo formativas; las patologías sico sexuales, por ellos padecidas; etc.. Cosa muy especial y distinta la constituye el caso del celibato en el clero católico, en el que la fuerza mística que da la fe, hace posible, en primer lugar, sobrellevar este enorme sacrificio, de ribetes heroicos. Por otro lado, el voto de castidad de los sacerdotes, unido a los de pobreza y obediencia, les permite ser verdaderos “soldados de Cristo”, totalmente desprendidos de problemas terrenales, constituyéndose, así, en una de las mayores fuerzas de la Iglesia Católica. Es pues algo muy diferente del caso de los seres humanos comunes y corrientes, simplemente seglares o laicos, cuyas misiones, trayectorias, vocaciones y destinos, son otros distintos. ----Durante los días en que seguíamos, Dora y yo, transcurriendo nuestra entusiasta y juvenil existencia, avanzaba el brotado afecto mutuo y el proceso de conciliar nuestras divergencias filosóficas y religiosas; y, aunque se produjeron varios ‘tumbos emotivos’, mal que bien, los íbamos superando... Mientras yo... ¡seguía buscando tierras! ----Un empeño inaudito-. En cierta ocasión, cuando estaba ya muy descorazonado, casi perdidas las esperanzas de lograr el objetivo profesional que me había llevado a Huánuco, tomé contacto, por intermedio de don Ruperto Cuculiza, con uno de sus hermanos: Miguel. Señor éste, distinguido abogado de la región; Vocal de la Corte Superior de Justicia de Huánuco y Pasco, propietario de varios inmuebles urbanos y rústicos, entre estos, de uno que proponía en arrendamiento, llamado “Callancas” --(en q.).= lugar de reuniones o asambleas lugareñas--, por un pequeño llano que presentaba dentro de un propicio bosquecillo de hermosos alisos. El tal fundo había sido dividido en dos y la oferta era de su parte baja, denominada “Mito” (nombre de la pequeña, sabrosa, jugosa, agridulce y muy aromática "papaya de altura"). Fruto que allí se daba con profusión y que es muy especial para preparar riquísimas compotas. El dicho lugar estaba situado a unos 30 km. de la Capital del Departamento, por la carretera, en construcción entonces, que iba hacia la Provincia de Dos de Mayo. Al dividirse la propiedad, la zona alta quedó con el nombre original, tal cual, o con el agregado de Alto. La baja, el Dr. Cuculiza se la adjudicó por honorarios profesionales, en los litigios que comprendieron esas y otras propiedades; y fue recibiendo el topónimo de “Mito”. Que era también el del pueblecito o caserío colindante en su extremo más bajo. Al otro lado de la punta formada por la confluencia del riachuelo “Gorimayo” (del quechua: gori = oro y mayo = río; río de oro, por sus arenas doradas), que desciende por la quebrada de “Mitocucho” (“cucho” = rincón o lugar; en este caso, de “mitos”), con el río “Higueras”, que aproximadamente 30 km. más abajo, desemboca en el Huallaga, por el lado sur de la ciudad de Huánuco. En cuanto a lo de “gori”,

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añadiremos que nunca vimos oro por allí; aunque en las dichas arenas de sus riberas, sí se observaba abundante mica dorada (el "oro de los tontos”). Por otra parte, como hemos dicho, “Mito” es el nombre de la planta y del fruto de la "Papaya de Sierra" o "de Altura"; mucho más pequeño, aromático y sabroso, éste, que el más grande de la Selva. Y que en esos lares había sido notoriamente abundante. Por desgracia, hoy está casi extinguida la especie. Fue así pues, que el caserío, el fundo, y la quebrada, recibieron el nombre del tan famoso y benéfico vegetal. El fundo que nos ofrecía M. C., era sumamente quebrado, agreste. Unos dispersos pedazos cultivables ‘a puro brazo’; que sólo se podían roturar con “chaquitacllas”114. Y, en el mejor de los casos, a “yuntas” de bueyes. Terrenos ubicados sobre una imponente y elevada cordillera. El predio estaba situado en una zona límite entre la Puna Baja y la Sierra Media o Quechua; correspondiendo, la mayor parte, a la primera. El cultivo más importante que podía llevarse allí, era el de papas. Pero sin mecanización viable alguna. Felizmente, la dicha carretera en construcción, ya avanzada hacia la Provincia de Dos de Mayo, pasaba por buena parte de su extensión. Las tierras en sí, eran de apreciable buena calidad y bastante profundas; de origen morrénico glaciar y aluviónicos antiguos; con regular contenido de materia orgánica, residual de su vegetación espontánea de cierto desarrollo, en condiciones de lluvias no muy escasas. Pero su topografía, poco decir sería que: ¡Tremenda!... En las escarpadas cumbres de cada mole geológica... ¡gigantescos cerros!... había una serie de hoyadas y pequeñas mesetas. La mayoría éstas, restos de andenes incaicos; en las cuales, en unas, en las más bajas, se podía cultivar trigo y cebada; maíz, frejoles, alverjas, habas, y hasta papas "primerizas" bajo riego; en otras, las más numerosas, extensas, y de mayor altura, papas "postreras" bajo lluvia. Junto al pueblo de Mito, había unas cuantas plantas, semi silvestres, de duraznos y blanquillos, con algunas de mito. Por razones de topografía y altura, no era posible llevar esta incipiente ‘fruticultura’ (?), a mayores extensiones y
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Por lo común, algo imperfectamente traducida la palabra, como “arado de pie” . Los incas, los pobladores prehispánicos en general, no tenían, ni conocieron, el arado. Más parece significar (con el adjetivo por delante, dada la sintaxis quechua): “chaqui” = seca, dura; condición referida presumiblemente a la madera de que estaba hecha su punta; y “taclla” = herramienta o punzón para romper. La punta propiamente o seudo-azada, en su versión original, era labrada en “chonta” (durísima corteza leñosa de una palmera del mismo nombre, que se da en la Selva), o en ramas de otras especies, casi tan duras, pero de la misma Puna, como las del “quinoal”. En tiempos de nuestras andanzas huanuqueñas, ya las puntas o “calzas”, se hacían de fierro, de muelles viejos y rotos, de camiones y automóviles, labrados por hábiles artesanos herreros. Se adosaban a palos fuertes y livianos, suerte de mangos, de un poco más de 2 m. de largo, por unos 10 cm. de grosor; rectos y con su parte final más alta algo curva, lo que facilitaba, a la mano derecha, el “palanqueo” de las “champas” roturadas y a “voltearlas”. Una especie de “pedal”, labrado en dos maderitas adosables, para apoyar el peso del cuerpo (al “patear”), con el pie izquierdo; y un “manguito” curvo más alto, para la mano también izquierda; muy ingeniosamente hechos todos, dispuestos y amarrados, con tiras de cuero, completaban tan admirable herramienta. .

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niveles técnicos... El fundo era, pues, eminentemente “papero”. Y la ‘técnica’ (?) allí practicada, era impresionantemente primitiva... Al contemplar las características del predio, afloraron a mi memoria las ironías y mofas de nuestro querido compañero de promoción en la Escuela: Nacional de Agricultura y Veterinaria de La Molina, el famoso “Negro Rueda” (Apolinario, está ya dicho, era su estrafalario nombre de pila), quien, en el curso de algunos de los viajes estudiantiles por las serranías del Perú, solía decir: -- Estos serranos —los “negros”, sabido es, no demuestran mucha devoción hacia los “serranos”, los cholos, y menos a los indios— son muy conchudos. Enseñan un tremendo cerro y dicen: Ahí esta mi “hacienda”... ¡Ja! ¡Ja! Recibida la propuesta del Dr. Cuculiza y hecha por mí una primera veloz visita a los terrenos en oferta, necesariamente todavía harto superficial en sus términos, llamé a Lucho Córdova, por telegrama a Tingo María, a la sazón el único medio de comunicación rápida, entre las dos bellas ciudades del Huallaga. Con el objeto de examinar mejor la cuestión y tomar las decisiones del caso. Ya con Lucho Córdova, vimos, no sin enorme angustia, que no había, no era viable, otra opción para nosotros, que abandonar, definitivamente, las iniciales aspiraciones frutícolas, en general citrícolas o las palteras. Inclusive algunas posteriores hacia los durazneros, ciroleros, manzanos, peros, o nogales. No nos quedaba sino aceptar la dedicación fundamental al cultivo de papas; ésta, de todos modos, actividad económica intensiva, que venía cobrando actualidad e interés general, con motivo del alza de los precios de los artículos alimenticios, a finales de la Segunda Guerra Mundial... Pero el empeño significaba enfrentar zonas de mayor altura; frías, muy duras, inhóspitas… ¡No había alternativa! Se trataba –no abandonando el idealista propósito-de aceptar un tremendo reto y apoyarnos en un indoblegable optimismo, tan propio de nuestras juventudes y singulares idiosincrasias. Visitamos entonces el fundo, ya juntos y detenidamente. Nos sobrecogió —en doble y dramática confirmación— la excepcional perspectiva de lo recio del trabajo a realizar allí. Y, sin otra salida a la vista, tratamos con el propietario las condiciones del arriendo. Pero este hermano de don Ruperto, si bien competente profesional abogado, hombre de buen nivel de inteligencia y cultura, claro y definido en sus propuestas, rápido en tomar decisiones, era meticuloso hasta una desesperante manía e increíblemente tacaño... .Preparó, muy minuciosa, la Escritura Pública para el contrato de arrendamiento. Consideraba, aparte de una relativa elevada merced conductiva, un plazo demasiado corto, con puerta abierta para su renovación, en condiciones más ventajosas, sólo para el propietario; además del no reconocimiento de mejoras. Resguardaba celosamente la concordancia de todos los demás puntos, con sus exclusivos y excluyentes intereses de propietario; sin consideración alguna hacia las racionales expectativas de los arrendatarios.

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La elevada merced conductiva, el corto plazo, y el no reconocimiento de mejoras, en los arrendamientos rústicos, resultaban abusiva consecuencia, casi automática, de la gran demanda de tierras de cultivo, en un país falto de ellas, en relación con sus habitantes (como lo aclarara tan acertadamente Rómulo Ferrero); frente a una pequeña e inelástica oferta de tan escasos bienes de producción; de poco margen de incremento; pues ello resulta muy difícil y, en todo caso, de altísimo costo y viable sólo en muy pequeña magnitud. El no reconocimiento de las mejoras —en proporción ninguna—; de las forestaciones y construcciones, como estipulaban los propietarios, por lo común, se debía a su deseo especulativo y al temor de no poder pagar, al término de los contratos, el valor de esa clase de inversiones, posibles de resultar muy elevadas, corriendo así el riesgo de ‘perder’ sus propiedades.115 Pero dicha negativa situación, se constituía en una mucho más perniciosa y grave de lo que pudiera parecer a primera vista, tanto en daño de los arrendatarios, como del interés nacional… ¡Clamando a gritos la Reforma Agraria! Sin que, al ponérsele remedio, bien entendidas y dispuestas las cosas, tuvieran por qué recaer injusticias sobre los propietarios. En última instancia, la seguridad en el pago de los arriendos y la mayor solvencia de los arrendatarios, se aseguran por el influjo de las mejoras en el incremento de la rentabilidad de las tierras, en especial por las plantaciones forestales; y más, en beneficio directo del propietario, podría ir la revaloración del casco, con el reconocimiento parcial, por lo menos, de las mejoras. No faltaron otras sabrosas estipulaciones, en el contrato de marras, con tan inefable propietario. Por ejemplo: establecía el pago mensual de los arriendos; no semestral o anual, como se acostumbraba... Sin mayor empacho, argumentaba que: “en esa forma aprovechaba mejor los intereses financieros de su capital”. Y como documentos o constancias de pago de la merced conductiva, no expedía recibos, sino especificaba como “válidas", las notas de los abonos bancarios correspondientes en su cuenta corriente... ¡Para no pagar impuestos!... Eludiendo los timbres de ley... ¡Por el monto aproximado, éstos, de dos soles! El fundo tenía como una docena de “peones arrendatarios” (feudatarios), quienes por el usufructo de unas pequeñas chacritas, estaban obligados a proporcionar su trabajo gratuito una semana al mes, en favor de los cultivos del propietario o del principal arrendatario. Nos obligaba, el contrato, a cuidar que no
Una de las mejoras más beneficiosas para los agricultores y ganaderos, concordante con el interés público o nacional, la constituye la forestación (plantación primera) o la reforestación (plantación de restitución) de los predios rurales: Mejoran el clima, los suelos, embellecen y hacen acogedores a los paisajes; proporcionan seguridad y prosperidad económica al campesino. Y, asimismo, producen materiales útiles y valiosos, como postes, madera, combustibles, etc. Muchas de las plantas forestales soportan uno y hasta varios cortes; y el valor de sus troncos puede producir cuantiosas fortunas. Es viable legislar de modo que el arrendatario, en cierto momento, con un suficiente corte forestal, pueda pagar el valor del fundo a su propietario; hasta con un justo y racional ‘premio’ o bonificación, por lucro espectaticio legítimo, de haberlo.
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abandonaran o excedieran la extensión asignada a cada uno y que cumplieran, “religiosamente”, sus respectivas cuotas de trabajo feudal... “Porque ésa era una muy importante riqueza del fundo”.116 Se especificaba que cualquier población de ganado, en todas sus posibles especies, debía estar permanentemente inventariada, con pleno conocimiento del propietario, quien sólo autorizaría el incremento de su número, de acuerdo con la capacidad de los pastos, naturales y cultivados... ”De modo que el capital forrajero del fundo no se viera afectado o depredado”. Por supuesto que no podría calificarse negativamente esta cláusula, como las demás relacionadas con la ganadería, las forestas, y la preservación de las aguas y de los suelos, si no fuera por la carga adicional de minuciosa avaricia que destilaban. En relación con lo forestal, también se dictaba otra celosa prohibición, terminante; en el fondo acertada y conforme, al parecer, con el encomiable espíritu conservacionista —de clara raíz paterna, de origen europeo--, tanto de él, como de sus hermanos Ruperto y Pedro: La limitación de talar árboles. Eso sí, siempre enfatizando la motivación principal suya: “a fin de no descapitalizar la propiedad”; permitiendo “solamente cortar ramas”, para usos de leña u otros imprescindibles, pero sin dañar a las plantas y a condición, “sine qua non”, de permisos específicos. En los casos en que se necesitara extraer troncos, para construcciones o mejoras, en el mismo fundo (casas, depósitos, etc.), debería recabarse autorización previa del dueño, haber plantado, y estar ya prendidas, por lo menos, el triple del número de las plantas por cortar. Como nosotros traíamos desde la Escuela una lógica afición por la forestación, en los primeros días en que tomamos el fundo, plantamos varios cientos de arbolillos de eucaliptus, conseguidos en los viveros del Ministerio de Agricultura de Huánuco. Lo hicimos en hileras a los lados y muy cerca de la carretera que pasaba por el predio, aprovechando la tierra removida de los taludes y su disposición colectora del agua de las lluvias, agregada a la de sus cunetas. Y hasta décadas después de nuestro paso por esos lares, hemos tenido múltiples ocasiones de contemplar muchos de los ya hermosos árboles
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Todas éstas y las demás especificaciones contractuales del documento que estábamos firmando, amén de las pellejerías que pasáramos, para lograr siquiera, ese tremebundo espacio, destinado a un productivo trabajo agrícola, nos hizo ver, por primera vez y en carne propia, la perentoria exigencia de una racional y justa Legislación o Reforma Agraria en el Perú. Por supuesto que no la barbaridad marxista perpetrada en los tiempos del gobierno “revolucionario” militar de Velasco. Pero la pura verdad es que llegó un momento en el cual nadie pudo negar la necesidad y urgencia de dicho fundamental cambio social y económico. Hasta don Pedro Beltrán, llamado el “Capitán de la Oligarquía Peruana”, Primer Ministro del aristocrático presidente Manuel Prado, creó una Comisión de la Reforma Agraria, que redactó el primer proyecto nacional sobre la materia. Un tiempo después, en la década de los ‘ 60, todos los partidos políticos, presentaron, cada uno, su propio proyecto de ley en el Congreso... ¡Hasta la Unión Nacional Odriísta (U.N.O.), presentó el suyo!... Con todo y ser, el tirano Odría --Jefe, Fundador y Dueño, de tal aberración política--, un seguro servidor del Poder Financiero Peruano (?) y Mundial.(!) ... Otra cosa es que, después, se tergiversaran los conceptos y se torcieran las acciones, desprestigiándose lo que debió ser un sano proceso económico y social.

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plantados por nosotros y que estaban, varios, por el segundo y hasta su tercer corte. Por lo hecho en forestación y mejoras inmobiliarias, no sin inmensas dificultades, pudimos conseguir de M.C. la autorización para cortar algunos árboles de alisos, con el objeto de utilizar sus troncos como vigas y obtener de ellos tablas —para puertas y ventanas— en las construcciones, así como en muebles, precisados en el trabajo de la explotación agrícola. Pero una verdad adicional sea dicha: Recién descubriríamos la enorme superioridad forestal --para las zonas de Sierra Media algo altas y de la Puna Baja-- hasta frente al mismo eucalipto y otras especies de origen foráneo, pero muy bien adaptadas al medio, del aliso (Alnus sp.), árbol nativo de la familia de las betuláceas, que crece espontáneo en dichas regiones del Perú. El mismo Ministerio de Agricultura, no daba por entonces mayor importancia a los árboles nativos o silvestres; inclusive al indicado aliso. Para citar sólo dos ejemplos adicionales: al “quinoal” o “queñua” (Polilepis racemosa), y al sauco o “arrayán” (Sambucus sp.), extraordinarias especies arbóreas éstas, para la Puna. No producía, el agrario Ministerio, no tenía y por lo tanto no vendía, plantones de ellos …¡De ninguno de los tres! El aliso no solamente es de muy bello y frondoso follaje, con un desarrollo, de sus conjuntos, de hermoso y acogedor aspecto. Sus bosques y bosquecillos, precisamente por su valor estético, constituyen inspiración de pintores; y hasta los venados se refugian en ellos, que les sirven de conocidos refugios y “dormideros”. Además, su madera tiene muy buenas cualidades y se ofrece fácilmente laborable, en casi todos los tipos de utilización carpintera, salvo los propios de maderas muy duras. Empero, posiblemente la principal virtud de tan maravillosa planta, estriba en constituir, el aliso, un árbol de extraordinaria función protectora y mejoradora de los suelos; a los que defienden y enriquecen abundantemente en Nitrógeno y Materia Orgánica. Poseen una cualidad muy rara, en especies que, como ella, no son de la familia de las Leguminosas: La propiedad de fijar al nítrico elemento, tomándolo del aire; y de favorecer, además, la asimilación del fósforo del suelo, haciéndolo más soluble, por acidificación. Obras de la simbiosis con unos hongos especiales que se ubican en sus raíces (“micorrizas”), y que, a cambio de los jugos nutritivos recibidos del árbol, realizan tan maravillosa tarea bioquímica. Cuando se “roza” o tala un bosque de alisos, queda disponible un suelo riquísimo, que puede dar varias cosechas de papa y maíz, aunque después, por lo general, resulte agotado y destrozado; especialmente por la erosión de las lluvias, sobre el terreno en pendiente, removido, y sin protección si no se reforesta. En el curso de mi permanencia por unos 20 años en la región de Huánuco, pude observar, aterrado, los miles de hectáreas de bosques de alisos depredados por la codicia irresponsable de vandálicos leñadores y de ignaros campesinos, inconscientes; para utilizar masivamente su leña, por fácil de trozar

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y por su alto poder combustible, cualidades adicionales, de significados suicidas del aliso. Explotando, sin reparos, y con entusiasmo digno de mejor causa, los ricos suelos que forman; inigualables, para cultivos de papa y de maíz. Nunca se debiera olvidar, que: La Conciencia Agrícola, Ganadera, Forestal, y de la Protección de los Climas, Flora y Fauna, y de los Suelos, que en conjunto integran una Concepción Positiva de la Vida Campestre, constituyen la base de una cabal Conciencia Política y Social de los Gobiernos. Para cualquier posibilidad de Desarrollo y de la Construcción de Civilizaciones. ----El día que visitamos “Callancas Bajo”, en compañía de su propietario, M. C., en un automóvil de alquiler, contratado exprofeso en Huánuco, topamos con la choza, más que casa, de quien estaba ejerciendo una especie de guardianía y caporalía provisorias, un tal Pastor Lazo; buen hombre y sufrido campesino él; rubio de presencia, pero muy pobre; era familiar de los antiguos propietarios de la heredad, aunque bastante venido a menos. Vivía allí con su mujer y sus hijitos... ¡dos lindas y graciosas criaturas! Todos con evidentes deficiencias de vestuario y alimentación. El famélico rubicundo caporal, pensando seguramente “cachuelearse” algunos modestos recursos para conseguir los indispensables ‘frejoles’ con qué paliar el hambre, suyo y de su mísérrima familia, había cortado ¡sin permiso! leña en la pequeña cantidad de un par de atados o “tercios”. El escándalo que armó ‘el señor doctor’, fue tremendo, increíble; nos dejó anonadados. Pues, además, cargó el automóvil con los ásperos y leñosos bultos, incomodando a todos; y, en llegando a la ciudad ¡él mismo! vendió la leña en el Mercado. Con todo un largo y por demás desagradable regateo. Si mal no recuerdo, el valor total del 'decomiso', era de:... ¡dos soles! En lo que viajábamos por la carretera, no dejó de contar, entre otras ‘perlas’, que “compraba en el Mercado las naranjas ya un poco malograditas, por sobre maduras, pero ‘muy baratas’, dando igual o más y mejor jugo que las recién cosechadas”... Hasta se decía, en vox populi, que “no comía plátanos por no botar las cáscaras” ¡Horrible la impresión con que la avaricia y mezquindad agravian al decoro (?) de la persona 'humana'! ¡Con quién nos las estábamos viendo…Dios mío! Para las tratativas pendientes, del futuro inmediato. Total, colocados en un callejón sin salida, ya montados sobre el caballo, haciendo de tripas corazón, firmamos el contrato. Comenzamos a organizarnos para iniciar la casi heroica, temeraria empresa, en que nos habíamos metido... ¡Que si resultó chúcaro el rucio! Hicimos, con Lucho Córdova, nuestra Escritura de Constitución de Sociedad Colectiva. Le adjudicamos la pomposa razón social de: “Sociedad Agrícola Cubas y Córdova Ingenieros”... Por aquellos tiempos —la semejanza con cualquier denominación mercantil de relumbrón ¿una simple coincidencia?--,

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ocurría que campeaba, por todo lo alto, en el ámbito macro empresarial peruano, la poderosa firma: “A. y F. Wiese Ingenieros S.A.”... ¡Prosopopeya no faltaba! Hubo de establecerse la contabilidad del negocio y para ello tuvimos que recurrir, prima fase, a ejemplares del curso correspondiente de la Escuela; y, felizmente, a poco, nos ayudó mi hermano Manuel, quien recién casado con la que resultara así mi cuñada Yolanda Baglietto, llegó para establecerse en Huánuco, como profesional Contador de la firma “A. y M. Miloslavich S. A.”, representante de la “Ford Motor Co”.; colocación para la cual Dora dio algún apoyo, por su amistad personal y familiar con varios directivos de la firma. Y, a propósito de los cursos de la Escuela, inmediatamente de egresados, ya desde nuestra estada en Tingo María, se nos hicieron necesarios: el de Inglés, para poder entendernos con los gringos; Y llegados a Huánuco, el de Topografía, para los levantamientos de planos de los terrenos ‘en cartelera’; y durante un buen tiempo, el de Economía Rural, para valorizar fundos, calcular arriendos y capitales necesarios, precisar bases de administración, etc.; además del ya dicho de Contabilidad, para llevar las cuentas generales de obligación legal, las bancarias, las de inversiones, de gastos e ingresos periódicos (flujos de caja), impuestos, etc. Y pensar que estos cursos —salvo el de Topografía-- ¡jamás merecieron alguna caritativa ‘cotización’ en nuestras jornadas estudiantiles! Más eran ocasiones para “meter vicio”. O, por lo menos, nunca les concedimos atención e importancia, en la medida en que las reclamarían, a posteriori y justificadamente, la vida profesional, desde sus inicios. Los jóvenes y con frecuencia los mayores, casi nunca aprecian --llegando al desdén--, lo que en sus vidas podría serles lo más placentero o lo realmente más útil y necesario. No obstante, sabíamos por cierto, nos dábamos bien cuenta, de que era preciso disponer de un capital suficiente. Mas ocurría que, hasta la firma del contrato de arrendamiento, sólo disponíamos de cantidades muy pequeñas de dinero, fruto de nuestros minúsculos aunque esforzados ahorros tingaleses; los que sólo podían servir para los gastos personales, de movilidad, y otros menores, propios de las múltiples gestiones iniciales. ¿Cómo conseguir el Capital necesario para las inversiones y los gastos mayores de la ‘Empresa’? Para el sostenimiento, por lo menos, de la inmediata campaña agrícola. Si no nos alumbraba… ¡ni un modesto sol! El ‘craneo’ conjunto (de los dos socios), a extremos de ‘recalentamiento neuronal’, nos llevó al siguiente programa: Primero: Conseguiríamos ‘Un Par de Préstamos Básicos’, personales (apoyados en la confianza y afecto que tuviéramos a la sazón ya conquistados); de S/. 5,000.00 c/u.; a largo plazo y a un tipo de interés moderado. Como inicial fundamento financiero... ¡Nada Menos! Segundo: Tramitaríamos, a renglón seguido, un préstamo de Avío Agrícola de Corto Plazo, en el entonces Banco Agrícola del Perú; para la primera

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campaña de cultivo de papas y otros secundarios y de rotación (cereales y menestras). Para los primeros préstamos, echamos la puntería, como a uno de los candidatos, a quien había sido nuestro querido, muy admirado, profesor de Química y colaborador brillante de la “Revista Agronomía”: el Dr. Emm. PozziEscot. Que, sabíamos, poseía una apreciable fortuna, producto de su extraordinaria capacidad profesional y empresarial. Y, como al otro blanco de nuestros disparos, ubicamos a don Rufino Aspiazu, muy pudiente personaje él, padre de Elías, nuestro entrañable compañero de promoción, el inefable “Cholo Aspiazu”. Y, tal como se previó y vio --¡increíble pero cierto!--, no se erró la optimista puntería. Viajamos a Lima. Lucho, amigo, fraterno, del graciosísimo “Cholo”, aliándose con él --entrando en complicidad, fuera mejor decir--, se encargó de convencer a “Papá Rufino”... ¡Muy grande el mérito de la hazaña! Pues si bien constituiría horrenda ingratitud decir de este honorable caballero que era tacaño, por lo menos y en pura verdad, no dejaba de ser cuidadosísimo administrador de sus bienes y rentas, nada inclinado a dádivas... ¡Ni con sus propios vástagos! De lo que el mismo Elías habría podido dar fe. Yo asumí la tarea de convencer al Dr.Pozzi, misión que pude cumplir con gran facilidad y a pleno éxito; pues fui tratado con la mayor y generosa deferencia de su parte. Es del caso agregar que sobrepasando incluso nuestras juveniles y exageradas expectativas, ninguno de los dos generosos benefactores, consideró cobrar o aceptar siquiera, intereses, estipular plazos de cancelación, ni pedir garantía alguna. Nos ayudaron —no parecía haber otra razón, aparte de su indudable bondad— por puro aprecio y simpatía personal hacia nosotros y a nuestro singular empeño. Posiblemente, conmovidos por la fe desbordante y el incontenible entusiasmo, que exhalábamos por todos nuestros poros... ¡Milagros del corazón humano! Hasta ahora, pese a tratarse de sucesos de tan remotos tiempos, no salgo de mi asombro, por lo inauditos... Evidentemente: La Fe y el Optimismo, cuando abrasan al espíritu humano, además de ser contagiosos, confieren a las acciones del hombre, una inmensa potencialidad de realización; hacen posibles los más increíbles esfuerzos, sacrificios, y resultados. Para el crédito de campaña del Banco Agrícola, nos valimos del contacto y el conocimiento —sólo de ellos, sin connotación indecorosa alguna— tenidos con su Perito Residente en Tingo María, quien atendía además a todas las provincias del Departamento de Huánuco, el Ing. Agr. Alberto Zumaeta Ruiz — por desgracia ya fallecido, algún tiempo después, a muy temprana edad--, quien había egresado de la Escuela dos años antes que nosotros y comenzaba a destacar como brillante y abnegado profesional. Era de notable inteligencia y gran honestidad, gracioso de carácter, muy ocurrente; de modo que disfrutábamos en grande como sus sinceros amigos, dentro de un clima de la mayor corrección funcional.

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En el plano pues, de una absoluta rectitud, además de rápido, solícito y eficiente en la acción, Zumaeta realizó el estudio bancario de nuestro proyecto, el cual fue aprobado y así concedido el préstamo correspondiente. Llegamos al punto, entonces, de poner en marcha toda la maquinaria empresarial: Adquirimos las primeras herramientas, implementos, muebles, enseres y útiles, indispensables; así como los víveres de previsora reserva, para temporadas de suficiente amplitud. Y nos instalamos en una choza grande —no llegada a la categoría de casa--, construida con paredes de adobón, con piso de tierra apisonada y techo de paja “ichu”; alquilada en el mismo pueblo vecino y colindante de Mito, pues la hacienda (?) de marras… ¡no tenía ni casa! Iniciamos la construcción de un domicilio algo más presentable y amplio, con techo de tejas —aunque todavía en términos de bastante rusticidad y modestia--, en el área inmediatamente vecina al pueblo, sobre la ya referida punta en mini llano, o micro península, formada por la confluencia de los riachuelos “Higueras” y “Gorimayo”. También construimos un gran depósito, para herramientas, semillas, pesticidas, abonos, y productos de cosechas, al borde inmediato inferior de la carretera y más o menos en la parte media del fundo. Para ambas construcciones, hubimos de talar y trasladar grandes troncos de alisos, subiéndolos o bajándolos (éstos en mayoría y lo más difícil), a pura fuerza humana, amarrados con sogas, sobre escotaduras labradas con pequeñas azuelas; a fin de utilizarlos, como vigas unos, y luego de aserrados otros, en tablones, tablas, y listones (para pisos, puertas, ventanas y muebles). El aserrío se realizaba con grandes sierras de dos operadores (a cuatro manos), algo curvas, llamadas “corvinas”; y con el auxilio posterior de múltiples formas y tamaños de serruchos unipersonales. ¡Significaba un esfuerzo casi sobrehumano, indescriptible! Arreglamos algunos ruinosos caminos de peatones y acémilas, así como pequeños canales de regadío, para las papas tempranas (sembradas en mayo y junio). Y nos empeñamos, nosotros mismos y movilizando a todo el pueblo, en una “faina” (faena popular o “minka”), para construir, con la sola utilización de herramientas manuales, de algunas carretillas y del eventual auxilio de uno que otro cartucho de dinamita, un pequeño ramal de carretera, de 1 km. de longitud aproximada, que pudo unir al pueblo de Mito, con la troncal Huánuco-La Unión; construida por la Dirección General de Caminos, pero de tal modo, que pasaba muy por lo alto, dejando fuera, sumido en grandes dificultades, al modesto poblado, escenario de nuestros ilusionados emprendimientos. Constituía por cierto el empeño, en la agro producción y en la construcción rural, un esfuerzo físico y moral inaudito; realizado en las más difíciles condiciones de ambiente y recursos que se pudiera imaginar. Tanto para la preparación y el acarreo de los materiales de trabajo, como para las tareas mismas de los cultivos y de las obras civiles. Agregaré que para movilizarnos, hacia o desde Huánuco, a veces teníamos que hacerlo a pie ¡30 km.! Y sin dejar de llevar alguna indispensable impedimenta, por pequeña que fuera... De bajada o de subida —esto lo más penoso--; cuando no podíamos conseguir camión, lo

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cual sucedía con frecuencia desesperante. También teníamos necesidad, por mil razones, de recorrer el fundo (en pocas de cuyas partes, ello era fácil). En especial, precisábamos transitar por los alrededores del predio, con el objeto de conseguir peones, semillas, víveres, y diversos elementos para la producción, cuyas urgentes necesidades no dejaba de presentarse. Para afrontar en gran parte lo anterior, adquirimos, con sus correspondientes aperos de silla, una bonita yegua de color castaño, pero algo terciada o pequeña, para Lucho Córdova, en razón de ser él mas menudo y liviano que yo, y mejor el animal para escalamientos cerriles con poca carga; y pensando, adicionalmente, en la posibilidad reproductiva de la femenil equina. Asimismo, compramos, con sus aperos de primera, un buen caballo de paso, de mayor alzada, rosillo de capa, para mí; en ventaja sobre mi socio, en materia de caballerías, por haber sido yo más habituado, desde niño, en esas lides; y previéndose necesarios trabajos más recios, de mayor aliento y frecuencia, que debían realizarse sobre una apropiada, bien herrada y aperada, cabalgadura. Cuando teníamos que viajar a Huánuco, aunque forzosamente en espaciados lapsos y por pocos días, yo siempre los esperaba con la ansiedad y vehemencia propias de mi enamorado ánimo. Por significarme ellos las ocasiones de ver a Dora; circunstancias en que mi corazón llegaba a las más altas cumbres de un platónico romanticismo. Se iniciaba en mí, la forja de lo que, en realidad, llegaría a ser el verdadero, primero y más grande Amor de mi vida... ¡Para siempre! Pero nuestras movilizaciones tenían, como más pragmáticos objetivos, realizar las innumerables gestiones en la ciudad, precisadas por la empresa agraria común (compras, operaciones bancarias, trámites legales, contables, tributarios, administrativos, diligencias médicas y medicinales, de correo, adquisición de periódicos, revistas y li