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Necrópolis | Book fotográfico 2008 | S.Elsitdieh, G.

Squadritto | Todos los


derechos reservados

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Necrópolis, pueblo de cemento y mármol, de nombres olvidados. El
lugar que tarde o temprano habitaremos muertos.

Las acciones en vida de sus ciudadanos siguen rebotando en el


tiempo, en un dominó invisible: sus existencias tocaron a otras,
y ahora fluyen a través de ellas, como un premio de consuelo de
subsistencia.

La vida sigue, la muerte sigue. No sólo dentro de los muros de


Necrópolis.
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Ella perdió a su marido. Él todavía extraña a su esposa.

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En 5 minutos más, volverán a creer en el
amor a primera vista.
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Antonia lleva 12 años sin latidos. El día en que se fue, sus hijas
gemelas, Carla e Isabel, todavía eran pequeñas. Cuando supo
que iba a morir, lamentó el no poder verlas crecer, aunque
intuyera que sí lo haría.

Las hermanas cada cierto tiempo iban a la tumba y le habla-


ban a la lápida de sus proyectos, sueños y problemas. Supo
de las becas, de ir al extranjero y de la obvia certeza de que
no volverían cuando en la última visita le dejaron unas flores
de plástico, unas flores que nunca se secarían. Se convirtieron
en su mayor consuelo

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La libertad fue el mejor remedio para superar la pérdida de
su amo. Agradece poder volver a ser un animal, y ya nunca
más una mascota.
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Hace 30 años, Carolina trágicamente intentó demostrarle a


sus compañeros del Jardín que había superado el miedo a las
alturas. El León de aquella plaza todavía lo recuerda con tristeza.

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Maximiliano dejó de ir a ver a Simón hace 23 años,


principalmente porque sabe que su hijo no está allí.
Si quiere sentirlo, basta con recordarlo corriendo des-
calzo entre los limonares, tropezando y levantándose
sin dejar de reír, como si nada. Cuando encontraba al-
gún limón caído, Simón se lo entregaba, y veía en sus
ojos pequeños no sólo el orgullo de haber ayudado a
su padre, sino que era un alma grande en un cuerpo
pequeño.

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Lo que sea que esté enterrado allá lejos no es más
que un cascarón vacío y roto. Si Simón está en algún
lugar, es en los limones.
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Don Marcelo no sólo llevaba a su nieto a la plaza porque


se supone que eso hacen los abuelos, que estaba ju-
bilado, que si él tenía tiempo como no iba a regalo-
near al nieto. Cuando Pablito jugaba, Marcelo volvía
a ser un niño a través de él, y dejaba de temer a las úl-
ceras, al colesterol alto, la artritis. Dicen que cada quién
lleva la edad de su corazón, y Marcelo más que ser
viejo, era un niño desde hace mucho mucho tiempo.

Pablito no sólo sentía a Don Marcelo como su tata,


sino como su padre, su amigo, su hermano. El lazo que
los unió siguió presente por mucho tiempo más, in-
cluso más de lo que suele durar la memoria de un niño
pequeño antes de que lo traicione. Invisible y más
vivo que nunca, Pablo siguió jugando con su abuelo.

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El ángel silencioso protege la ciudad. Se sabe inerte-in-


mortal, pero de una forma diferente a los ciudadanos de
Necrópolis: era lo último que quedaba en el mundo del hom-
bre que la había creado, un escultor anónimo. Después de
tanto tiempo, entiende que la muerte no está amarrada a un
lugar, sino que es parte de la condición de cada ser existente.

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