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Mis padres decidieron que lo mejor que podían hacer antes de morir era ponerme a

cargo de los monjes del monasterio. Y así lo hicieron. Tras un viaje de tres días y medio
conseguí llegar al lugar indicado que, sin las indicaciones dadas por mi padre antes de
mi marcha, hubiera sido imposible encontrar. La verdad es que todos se portaron muy
bien conmigo desde el principio, aunque fue con uno, Jaufree, con quien entable una
mayor amistad. Todos los días salíamos a cazar alguna presa menor. Conejos y zorros
mayormente. Algunas veces encontrábamos cabras y Jaufree tensaba el arco y ponía la
flecha, todo en un solo movimiento. Después casi por arte de magia la cabra caía y
rodaba ladera abajo. Yo le preguntaba que como podía ser tan rápido. El sonreía y
continuaba caminando. Cada vez estábamos mas y mas unidos. Tras siete años en el
monasterio, en una noche de verano cerca del lago Jaufree me dijo: “ ¿Has oído hablar
sobre el santo grial?”. La pregunta me había pillado por sorpresa, ya que no solía
comenzar temas de conversación, Busqué en mi cabeza información sobre este objeto
del que me hablaba y, finalmente, encontré algo.”La inmortalidad”, conteste, “ dicen
que cualquiera que beba el agua del santo grial conseguirá la vida eterna”.
Silencio.
El sudor resbalaba por mi frente. No sabia lo que quería Jaufree y hoy estaba… ¿raro?
Tras un espacio de tiempo en el que me dio tiempo a morir ahogado en mi propio sudor
el dijo: “Contéstame esta pregunta. ¿Te gustaría ser inmortal?”

Y así comenzó. Jaufree fue el que me abrazo. El fue quien me enseño todo. Me enseño a
moverme entre las sombras. No solo eso. Me enseñó a moverme tan rápido como el.
Comenzó a hablarme sobre los clanes. Sobre su historia y como había tenido que huir
de Asia menor, la zona en la que se concentran la mayoría de los assamitas. Me enseñó
a alimentarme, con la sangre de los incautos monjes que salian de noche
Otros siete años estuve aprendiendo sobre todo esto, sin salir nunca de la montaña del
monasterio, hasta que un dia mi sire decidió que estaba listo. “Puedes marcharte”, me
dijo.”desde hoy eres libre”. Y de nuevo marché, como tanto tiempo atrás.

Vagué por casi toda la peninsula, pero sobre todo por el norte. Iba de ciudad en ciudad y
m alimentaba como podia de cualquier vagabundo.