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ACTO PATRIO DEL 9 DE JULIO

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Palabras alusivas basadas en el "mito de la nación desgarrada" de LUIS A. ROMERO y otros
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La Argentina en la Escuela (La Idea de Nación en los Textos Escolares) El Período revolucionario y la “Nación desgarrada”

1. La serie de sucesos abiertos en Mayo de 1810 marca el momento de la definitiva consagración de

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la nacionalidad. Lo que hasta entonces existía en el territorio, en la administración y en la conciencia, se materializa ahora en la creación de gobiernos propios e independientes. Esta situación reviste una especial importancia ya que, para la idea moderna de la nacionalidad, la independencia estatal constituye, si no una condición excluyente de la nación, al menos uno de los atributos fundamentales que distingue a las naciones completas de aquellas que no lo son del todo. Los años que van de 1810 a 1820 ofrecen el escenario por excelencia de la epopeya nacional; se observa la presencia de un único gran objetivo que mueve todos los hilos de la historia. Y aunque la epopeya reconoce un alto grado de popularidad, y por momentos su actor puede ser un genérico “pueblo”, “criollos” o “patriotas”, por lo general se trata de actores individuales elevados a la categoría de próceres, cuyos actos son gloriosos y transmiten su grandeza al futuro. Más allá de los matices acerca del grado de ruptura que implicó la Revolución y la Independencia, los textos escolares plantean una continuidad fundamental entre el Virreinato, la Revolución y la Nación, basada en que, la Nación está definitivamente presente desde el pasado colonial. Así, la Revolución sólo inaugura un “fenómeno político de segregación natural y, por lo tanto, inevitable”; una “Revolución legal que puso fin a la dominación española en nuestro país en esa gloriosa jornada, el pueblo, representado por sus más caracterizados vecinos porteños, reasumió su soberanía y dispuso la cesación de las autoridades peninsulares”. Luego, Fernando VII “nos declaró “rebeldes” (...). Nuestro país, ante tamaña incomprensión, declaró en 1816, su total independencia”: He aquí la ruptura de la dominación española, pero a la vez continuidad de “nuestro país”, que es el “sujeto preexistente” que se “proclama libre”. Una imagen menos habitual de los años revolucionarios, se apoya en la idea de un movimiento político de raíz hispánica, y se opone a cualquier intento de filiarla con las ideas de la Ilustración, como es habitual en otros libros de texto: “Tres siglos de dominación hispánica conformaron la idiosincrasia de los hombres que actuaron en los sucesos de Mayo. Estos sucesos no fueron fruto de la improvisación, sino la consecuencia lógica de un largo proceso de crecimiento y maduración iniciado desde el momento mismo en que los españoles llegaron por primera vez a estas tierras”. La “tesis de la continuidad”, es necesaria para sostener la imagen de una nación católica. La Revolución, el gran acontecimiento de la nacionalidad, no puede ser filiado con un movimiento intelectual de corte racionalista y mundano. Una consecuencia de esta imagen es que los gobiernos revolucionarios nunca son asociados con la Nación, sino simplemente con Buenos Aires y los años posteriores a 1810 son caracterizados como una guerra civil. En definitiva esta tesis sólo intenta mostrar una continuidad, basada en el catolicismo, que acompaña a la Nación, lo cual le permite reafirmar la imagen de la nacionalidad preexistente. La continuidad entre la Colonia y la Nación tiene una importante consecuencia en la mirada sobre la cuestión territorial: si el Virreinato es ya la Argentina, entonces es legítimo que su territorio sea considerado también argentino. Éste no sólo es un principio construido por los historiadores, sino un argumento estatal, fundamental durante la segunda mitad del siglo XIX, cuando el naciente Estado Argentino emprendió la tarea de identificar un territorio de dominio exclusivo y excluyente; argumento utilizado también por los otros países hispanoamericanos. La continuidad de derechos resultó ser el principal razonamiento frente al concierto internacional. La historia argentina elaborada en el siglo XIX retomó a esta razón jurídica y la consagró como parte de las explicaciones del pasado. Cuando se pasa del argumento jurídico a la narración del pasado nacional se encuentra rápidamente la evidencia de su naturaleza ficticia: De la desestructuración del Virreinato no nace una Nación, sino al menos cuatro: Uruguay, Paraguay, Bolivia, Argentina, y además, parte del territorio virreinal se reparte entre otras dos: Brasil y Chile. Tampoco estos nacimientos son el

resultado automático de la desestructuración. La solución a este problema no es la revisión de la hipótesis, sino la creación de una imagen complementaria que hace de la Argentina, asociada al Virreinato, una nación que ha venido perdiendo lo que, sin duda, le correspondería frente a otras naciones: He aquí delineada la imagen de la “nación desgarrada”, nueva lente a través de la cual, en adelante, se construirá parte del relato sobre la Nacionalidad Argentina. 10. La continuidad atribuida entre el Virreinato del Río de la Plata y una única Nación (la Argentina) tiene su base fundamental en el territorio. Con la Revolución, el razonamiento se torna circular: dado que se ha escrito una historia donde la identidad territorial permite la asociación entre el Virreinato y la Argentina, entonces es totalmente legítimo que el territorio virreinal sea considerado un componente original de la nación.
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La imagen de la “nación desgarrada” tiene varias consecuencias: 11.1.La primera es que la Argentina es una eterna perdedora de territorios frente a sus vecinos. 11.2. La segunda, es que las otras naciones deben, en parte, su propia existencia a estas pérdidas. 11.3. La tercera, es que hay una cierta grandeza moral en la actitud de los argentinos, que aceptan resignados sus desgarros para asegurar la existencia de los demás. 11.4.La cuarta, que se desprende de la anterior, asegura que si la misma entidad como nación de los países vecinos se debe en parte a esta muestra de buena voluntad, cualquier reclamo - en especial los limítrofes - no sólo constituye una injusticia, sino también un acto de profundo desagradecimiento. 11.5. La quinta es que el mito de la “Nación desgarrada”, sienta las bases de una mirada sobre la nacionalidad propia, dominada por la grandeza moral y el desprendimiento.

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¿Será por eso que los lectores de los manuales de historia, sienten que se ven limitados a rendir culto a una gran época y a cada uno de sus actores, y a saber interpretar sus enseñanzas para poder aplicarlas en un presente que vive el legado de una nacionalidad que no está en discusión, pero que por alguna razón nunca alcanza el grado de perfección del período mítico?

Bibliografia: Romero , Luis Alberto – La Argentina en la Escuela – Editorial Siglo XXI – Año 2004 – Pág 58/66.

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