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Prefacio

Pienso que dentro de un espacio para la crítica de arte como lo es este premio, cabe una

reflexión: pensar y repensar la academia de arte. De hecho retiro la palabra repensar de la

frase anterior porque nunca se pensó –ni se ha pensado- lo que implica, y las

repercusiones que ha tenido el trasteo del arte a la academia1 a nivel nacional.2

Otra aclaración que hago antes de comenzar:

No intento valerme de una bibliografía amplia. De hecho en un principio no iba

a referirme a fuentes pretenciosas. Después decidí hacerlo. Ya estaba metida de cabeza

leyendo acerca de revoluciones científicas y demás. De pronto y de manera puramente

azarosa, caí en hojas de un librito delgado, corto pero muy preciso. Es lo único que uso

de referencia. Y sólo para sentirme acompañada en algunas posturas que pueden ser

arbitrarias y resultado de una frustración poco articulada. Aquí intento articularla.

1
Que no se confunda esto con el llamado arte académico que para mi comprende una trayectoria desde
Andrés de Santamaría hasta Enrique Grau (me refiero a que con Santamaría empieza una tradición de
educación europea –Academia francesa- y esto empieza a tomar el nombre de arte académico a pesar de
que todavía se da a nivel de escuelas, talleres y maestros). Es más, aprovecho este lugar – no lugar de la
escritura para corregir el error: no lo llamaremos arte académico sino arte universitario (aunque de acuerdo
a Luis Camnitzer –y no estoy lejos de este pensamiento- no ha cambiado mucho la noción de arte en la
academia desde entonces). Vease: Camnitzer, Luis. Arte y Enseñanza: La ética del poder. Colección
apuntes de Casa de América. Madrid, España (2000).
2
Este tipo de reflexiones son ampliamente importantes en ámbitos internacionales. Basta citar un ejemplo
cercano: Luis Camnitzer. Vease: Ibid.

1
1.

Desde el martes 25 hasta el viernes 28 de mayo estuvieron expuestos los proyectos de

grado de la Universidad de los Andes. Soy egresada reciente de este departamento y creo

necesario escribir esta queja. Es una queja y nada más. No creo que esto traiga mayores

repercusiones ni consecuencias. De pronto solo para mí: me ganaré unos enemigos,

perderé otros que consideraba amigos.

Puedo hablar solo desde la posición de estudiante y de recién egresada. No he

tenido la experiencia de trabajar a nivel de docencia en Los Andes. Pero creo no estar

equivocada al pensar que hay quienes sí están en esa posición, que podrían coincidir con

mi queja. Ojalá me respalden así no lo manifiesten públicamente. Me conformo con una

sonrisa de complicidad si me los cruzo un día por la calle.

Viví de cerca varios de los procesos de los proyectos que estuvieron exhibidos la

semana del 25 de mayo. Y por eso conozco estos detalles.

Primero quiero anotar que el nivel de esta muestra estuvo más alto que lo que he

visto en años anteriores. No estoy diciendo que estoy sobrecogida y deleitada con la

muestra. Debo decir que una de las características de una exposición de proyectos de

grado a nivel de pregrado (al menos en esta ciudad, que es realmente lo único que

conozco) es que siempre hay muy pocos que sobresalen. Incluso, hay veces que solo se

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salva uno o dos a lo sumo, otras ni uno. Esto igual no está lejos de una realidad

extracurricular. A veces, vale más la pena ir a cine y no perder el tiempo en exposiciones,

o ir a la inauguración antes de las 9, antes de que se acaben las copitas de plástico para el

vino (es un fastidio ver las copas de los que sí alcanzaron a llegar a tiempo siendo

generosamente rellenadas y uno mendigando sorbos en círculos de amigos. Uno debería

mendigar sorbos en los círculos de las vacas sagradas. Pedirle a Antonio Caro un sorbito,

cerrar los ojos y rogar para no atorarse con nada).

Encaminándome de nuevo, en términos relativos el nivel de la muestra estuvo

bien, con excepciones muy buenas y muy malas.3 Hablaré por supuesto de las muy

buenas. A pesar del reguero de cincos que hubo (solo algunos creo realmente

merecedoras) hablaré de una que pasó por una serie de maltratos y que además de

merecerse el cinco, invita a una reflexión que espero salga de las aulas uniandinas.

2.

Una avalancha de arena sale por la puerta y ventana de un salón de un edificio de

conservación de la Universidad de los Andes. Después de luchar contra vientos y mareas

de obstáculos institucionales provenientes principalmente de la dirección del

departamento de arte, se logra. Se mantiene gracias a la estructura de sacos de arena; al

trabajo de un grupo de obreros dispuestos e “inspirados” (según me cuentan, al agradecer

3
No soy la voz experimentada de Greenberg, ni Foster, ni Obrist. Ni siquiera de alguno de los locales,
viejos, quemados y mediáticos –hijos todos de un olor de memoria de la señora Traba. No. Yo apenas tengo
una cartulina (fea) de pregrado que aun no he mandado a enmarcar (me debato si hacerlo, o no). Y aunque
no soy la voz consolidada de ninguno de estos innombrables, escribo con un descarado tono que aspira a
una prepotencia similar. Sólo por ahora me daré el lujo de encarnar un horrible, despiadado y sabelotodo
personaje.

3
el trabajo de mano de obra y montaje, uno de ellos respondió: “Mona, si trabajamos

inspirados,” no se sí la inspiración provenía de la mona o de la montaña de arena), al

“guardián del infinito” (autodenominación por parte del guardia de seguridad después de

enterarse del nombre del trabajo: 111,111,111 x 111,111,111 = 12345678987654321)

que estuvo vigilante, involucrado y dispuesto a ayudar; a la mano floja pero lista de

algunos escuálidos amigos; y por supuesto gracias a la RESISTENCIA y

DETERMINACIÓN de la autora. Hago énfasis en ambas cualidades porque en un

momento las trabas se convirtieron en infierno, y llegó a ordenarse que la obra no se

hiciera.

Primero, el carácter ambicioso del proyecto sembró una desconfianza casi

inamovible en la mano asesora que lo acompañaba. Sin embargo, la determinación y

seguridad de la estudiante de continuar con la idea sin importar este tipo de reacciones de

incredulidad terminó fortaleciendo la propuesta y asegurando el apoyo de sus asesoras.

Después de pasar por encima del primer tropiezo, que no era descabellado, otros

problemas comenzaron a surgir. Es obvio, que en una universidad privada que cuida su

patrimonio y recibe cantidades abrumadoras de dinero semestralmente, existan unos

mecanismos de seguridad que promuevan el buen funcionamiento y la protección de sus

espacios. Por eso, hay una serie de condiciones, pasos a seguir y permisos que deben

gestionarse para llevar a cabo cualquier instalación dentro del campus. Eso no está en

cuestión. Sin embargo los pasos deben ser claros, y creo que la cabeza del departamento

debe ofrecer tanto apoyo a sus estudiantes como las ayudas necesarias para que se lleven

a cabo los proyectos de grado en el mejor de los intereses tanto de los estudiantes como

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del buen nombre del departamento. Es aquí donde radica mi descontento.

3.

Estoy satisfecha con el título otorgado de Maestra en Arte de la Universidad. Y por esta

misma razón es que me preocupa un posible detrimento del departamento. Creo que no

debería referirme a una posibilidad, porque es evidente que viene ocurriendo desde hace

un tiempo. Es un hecho.

Lo primero que debe hacer uno, como estudiante dentro del proceso de gestión del

proyecto de grado, es escoger el espacio (un salón generalmente) dentro de la universidad

(no hay opción de hacerlo por fuera del campus) para llevar a cabo el proyecto. Esto se

hace con meses de anticipación. Después de que el departamento asigna los espacios, de

acuerdo a una lista de posibilidades que genera Planta Física (órgano que controla y

otorga estos permisos), el estudiante debe compilar en un documento el carácter de la

instalación (en dado caso de que lo sea) y el plan de montaje. Esta propuesta se entrega al

departamento de arte, la cabeza de dirección debe firmar la propuesta dando una primera

autorización. Este paso es determinante para cualquier proyecto. Sin la firma de la cabeza

del departamento, el proyecto cae en desgracia por negligencia. Se convierte en un

montón de papel que pierde importancia y recoge polvo en el escritorio de una persona

que no es precisamente un funcionario sin cara ni nombre. Es una persona que a pesar de

su escalón jerárquico, conoce al cuerpo estudiantil; toma tinto en el mismo lugar que lo

hacen los estudiantes; saluda a veces con Nombres Propios; y, los estudiantes se refieren

a ella por su primer nombre de manera informal y personal. No solo es responsable por la

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dirección del Departamento, ha sido profesora de todos los estudiantes que llevan a cabo

su proyecto de grado, ya que dicta uno de los talleres obligatorios en el pensum para

llegar a este punto. Entonces, pensaría uno, que en dado caso de que llegara a su

escritorio una propuesta de proyecto de grado que va más allá de la simplicidad de la –

moda uniandina- de arte de bolsillo (montajes pulcrísimos de instalaciones que invitan a

un silencio sinsentido, videobeams que proyectan imágenes pequeñas, nítidas de gestos

dibuji-performáticos), ella prestara especial atención y NO desechara de antemano la

propuesta. Que si llegase a encontrar una o varias dificultades en el proyecto buscara

opciones de ayuda para el estudiante, o al menos que comunicara la imposibilidad de

llevar a cabo el proyecto (claro está, después de haber agotado todas las opciones de

realización y verificado concienzudamente que de hecho no se puede llevar a cabo) a

tiempo, con meses de antelación y no una semana antes del montaje. Especialmente

cuando se ha tenido la figura vigilante y atenta a una respuesta de la estudiante ansiosa

por saber el veredicto. Esto hace que cualquiera busque apresurar la cosa.

Por eso, muchos estudiantes, después de esperar una respuesta y no obtenerla,

deciden ir en busca de ella a la dirección del siguiente escalafón: Planta Física. Al hacerlo

encuentran una cara extraña, evasiva y antipática ante sus súplicas por una reunión con el

señor director. Adoptando un carácter de cómplice, -como mamá de novio que se siente

herido después de una pelea de pasiones- la señorita del escritorio marca la extensión de

la oficina del señor y después de murmurar algo ininteligible, lo niega, “No, él no está.”

Siendo ya la tercera vez que recibe la misma respuesta decide esperar afuera hasta que

llegue. De nuevo, vigilante. Al cabo de una hora, sospecha. Entonces, armada de valor

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decide entrar de nuevo y confrontar la evidente mentira. “Mire señorita, es de carácter

urgente. Yo necesito hablar con él porque en dos días tengo que montar mi proyecto de

grado y hasta el día de hoy no he obtenido respuesta. Esto es importante para mí. Por

favor, yo se que el señor está, y no quiero que me sigan tomando del pelo.” Por fin, el

señor sale de su oficina (siempre ha estado ahí) a enfrentar el problema, “Ah sí, a mi sí

me pasaron esto hace un tiempo, pero como yo lo vi tan difícil pues no he decidido aun si

aprobarlo o no, yo necesito verificar con unos ingenieros.” ¿Por qué hasta ahora? ¿No

pudo haberlo hecho antes, para evitarnos todo este problema? “Esto igual necesita la

firma de la dirección del departamento de arte, sin esa firma yo no puedo aprobar nada.”

Ya antes, en el departamento le han dicho a ella que están esperando la aprobación de

Planta Física, ¿al fin qué? El señor sigue, “Bueno, yo le echo una llamada al

departamento para concretar una cita con ella y con los ingenieros, y solucionar esto…

pero yo no sé.”

-“Gracias.”

Ignoro el orden exacto de los siguientes sucesos.

Respuestas evasivas, súplicas ignoradas. Reuniones a última hora que

amenazaban la posibilidad de producción del proyecto. Órdenes que buscaban frenar

cualquier ayuda para la estudiante. Condiciones entendibles pero vencidas por el

poquísimo tiempo que restaba. Y sobre todo una tensión insoportable que fue creciendo

entre cuerpo estudiantil y directivas. Cualquier obstáculo imposible fue superado por la

gana de llevar a cabo el proyecto.

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Después de acudir a Planta Física, la estudiante decidió dirigirse de nuevo a la

oficina de la dirección del departamento, buscando la firma que faltaba y asegurándose de

que Planta Física y el departamento efectivamente se pusieran en contacto para decidir al

respecto. En un vaivén de razones la estudiante seguía esperando. A través de correos,

llamadas de la secretaria a su celular, y encuentros brevísimos y de afán la estudiante

recibía boletines que informaban el estancamiento del proceso. Después de una

comunicación agitada entre departamento, estudiante y Planta Física, se concretó una

reunión. En esa reunión, (a tan solo tres días del comienzo del montaje) la dirección del

departamento llegó a dar la orden de frenar todo proceso que se estuviera adelantando

para llevar a cabo el trabajo de la estudiante. Ya se había hecho una solicitud de

presupuesto para el proyecto que estaba a punto de ser aprobada, los ingenieros habían

dado el visto bueno, Planta Física también, y el departamento de seguridad estaba

dispuesto a dar un plazo especial y de urgencia para reunir los documentos de los

montajistas. A pesar de la colaboración de todos por sacar adelante el trabajo, la directora

continuaba con las trabas. Supongo que solo pensaba en las fallas, en que no iba a ser

suficiente el tiempo, en que el salón no iba a aguantar, en que la estudiante no iba a ser

capaz de reunir todo lo que necesitaba en tan poco tiempo, en que algo iba a salir mal y

ella iba a ser la culpable. Sospecho que tras un momento de angustia, dio la orden a todos

los asistentes a la reunión, de parar lo que estaban haciendo. A la estudiante le dijo que

no alcanzaría a presentar su proyecto y que debía postergarlo, usando como argumento el

poco tiempo que quedaba para reunir la información que hacía falta.

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A pesar del oscuro panorama, la estudiante salió de la reunión y aunque afligida,

decidió reunir todo lo necesario. Al día siguiente estaba en la puerta de la oficina lista. No

hubo nada que hacer. No faltaba nada, todo estaba completo. No había nada que

permitiera una negativa.

Al día siguiente dos hermosas, brillantes y cargadas volquetas (una azul y otra

roja) volcaban toneladas de arena junto a la universidad. Dos días después las toneladas

llenaban el salón R 109 de la Universidad de los Andes. Después de una gestión sufrida

por parte de la estudiante (que entre otras cosas no implicó palancas ni amistades que

hubiesen podido intervenir a favor de ella) el 25 de mayo a esa hora miope de la tarde-

noche, el público pudo ver un salón lleno entre muchos vacíos. Un salón lleno que

imposibilitaba la entrada. Uno sólo lleno entre muchos vacíos.

Puede que el impacto de este trabajo recaiga simplemente en esa sencilla

estupidez. Es fácil sorprenderse ante una construcción que parecía imposible, sentirse

satisfecho frente a ella. No hay que adentrarse en el asunto conceptual, en el subyacente

porqué. No hay que hacerlo porque ese relleno de arena que está a punto de estallar

siempre y nunca lo hace, ese espacio aparentemente contenido en sí, esa

inconmensurabilidad de granos de arena, esas toneladas que se sienten en los ojos, ese

cuerpo robusto, amarillo e inmóvil; es explícito de su condición, expone su propiedad. El

gesto es lo suficientemente estúpido como para dejar que pase lo que está pasando4.
4
Favor no atribuir esta última frase a mi ingenio. Es una frase que he repetido de varias formas desde que
me la enseñaron hasta este momento. Seguro continuaré reproduciéndola. La persona que me la enseñó, se
la enseñó a cerca de dos decenas de personas en simultaneidad conmigo. Y al igual que yo hago en este
momento, simplemente se limitó a reproducirla. Sin embargo, él sí hizo el ejercicio completo, y después de
recitarla en su forma original: “Make everything dumb enough to allow what is happening to happen,”
mencionó a su autor. Yo en cambio, pequé por elevada y solo alcancé a anotar la frase y no su autor. Me

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4.

Entonces, volvemos al problema: el artista puede darse el lujo de actuar estúpidamente.

El administrador no. El administrador que antes fue artista tiene que sacrificar esa

estupidez en nombre de un sueldo digno. Sus acciones no pueden ser minimalistas, ni

tímidas. Deben representar mejores condiciones para la estupidez del artista, deben velar

por un ambiente que permita esa apertura, que no condicione, que genere un espacio que

permita esa mirada estúpida. Ahora, la estupidez del gesto, de tanto artista como

espectador siempre está precedida y seguida por un marco discursivo que no tiene nada

de estúpido, salvo de pronto en ocasiones una pretensión por teorizar en exceso y

considerar ciertas propuestas cosas que no lo son, confundirlas con poesía o pasarlas por

metáforas. Eso puede ser incluso más estúpido que simplemente deleitarse ante la

montaña.

¿Por qué tomamos la vía fácil? La queja trae problemas, lo se. Y además es

incómoda, perturba un aparente orden, una funcionalidad que permite no hacer

demasiado. Yo he sido víctima de esta pereza institucional; las luchas jerárquicas son

problemáticas y parece que el romanticismo de la revolución francesa está

completamente agotado. Preferimos la conformidad, atenernos a unas posibles

consecuencias desastrosas, y cada uno por su cuenta tratar de esquivarlas por el ladito.

Nos conformamos con ser el departamento relegado. Dentro de una fábrica que produce

CEOs y CFOs5 a la lata, parece que estuviéramos de acuerdo con el planteamiento

atrevo tan solo a suponer una posibilidad: Robert Smithson.


5
Chief Executive Officer. Chief Financial Officer.

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implícito: como el departamento de arte no produce profesionales de chequera y billetera

gorda, la inversión no vale la pena, es una carrera poco viable, por lo tanto no debe

priorizarse en ningún momento. Esto pasa hasta tal punto que ese mismo 25 de mayo, en

la carpa donde ofrecían un vino que alcanzó apenitas para llenar las 10 copas de plástico

que había, muy generosamente estaban regalando algo (publicaciones auto-

promocionales) . El problema era que a falta de un mísero bombillo la gente apenas se

dio cuenta y cuando lograban divisar lo que era, ya se había acabado. O para no ir más

lejos, a pocas cuadras de Los Andes, en una universidad (con otro departamento de arte

que en un pasado reciente ha sido altamente cuestionado por inconsistencias de carácter

directivo) tienen un espacio que ellos llaman museo a pesar de ser una gran y bonita

galería. En los Andes escasamente hay una sala de proyectos que ha intentado

consolidarse como espacio de exposición. Sin embargo, por su localidad dentro del

campus universitario que además de quedar 3000 metros más cerca de las estrellas, para

llegar hay que atravesar un dispositivo de seguridad alienador, el espacio se vuelve

exclusivo para unos pocos que sí pueden acceder a él. Y sí, es cierto que hace poco

construyeron una sala de exposiciones en el primer piso del edificio Santo Domingo, pero

al parecer no pensaron en un espacio que tuviera posibilidades de exhibición sino en una

vitrina que sirve de espejo para el que va pasando. No se mucho de espacios, ni de

museografía, ni museología pero pienso que ese espacio es inoperante, sin mencionar

censurador (la directora de la carrera de administración hace un tiempo descolgó un

cuadro que le parecía obsceno y lo escondió. No recuerdo si lo encontraron o no).

El problema no es el de la galería, museo, espacio, etc. Al fin y al cabo hay una

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sala de proyectos con piso bonito. El problema es que esas gestiones importantes, como

las de abrir espacios de exhibición, discusión, intercambio, etc. no se estén dando desde

la dirección del departamento. Y lo que es aun peor, se están frenando y muchas no se

llevan a cabo y se estancan porque no pasan el visto bueno por cuestiones que no

deberían ser relevantes. Hace un tiempo unos estudiantes al volver de un intercambio en

Sao Paulo hicieron una propuesta a la universidad. Era sencilla. La idea era traer a un

artista brasilero joven que dictaría unos talleres sobre arte brasilero. La universidad ni

siquiera tendría que costear los pasajes del señor, solo ofrecer un espacio y promocionar

el evento dentro de la universidad. Los talleres durarían tan solo cinco días.

Inmediatamente la propuesta fue rechazada, arguyendo que el artista aun no había

terminado sus estudios de maestría.

5.

Este claramente no es un documento confiable en cuanto a extractos y presupuestos

detallados de la Universidad de los Andes. Sin embargo hay cosas que no requieren de

una mayor conciencia para entenderlas. Es claro que la facultad de Ingeniería recibe más

dinero que la facultad de Artes y Humanidades. Y no voy a cuestionar esto, seguro en

simples términos de volumen de estudiantes, ellos tienen prioridad ya que existe un

mayor ingreso debido a la cantidad de matriculados. Así mismo los cuantificadores

resultan significativamente más generosos que cualquier potentado vinculado a algún

sector de la cultura, en especial artes plásticas o visuales.

En el campo del arte, la gente resulta terriblemente egoísta (supongo que las

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razones son claras y de crianza profesional: si nunca te han dado nada, cuando obtengas

algo por tu lado no vas a querer soltarlo). Hay pocos que les interesa ver una real

dinámica de movimiento y crecimiento dentro de su campo. Por eso se habla mal de la

institución aun estando dentro de ella. Pareciera que es imposible mantenerse al margen.

Sin embargo, no existe tal cosa como la revolución; y retomo lo que dije anteriormente:

la crítica trae enemigos y los enemigos no te ayudan a escalar. Preferimos escondernos

bajo nuestros seudónimos y pelear virtualmente. Porque pensamos en nuestro futuro, y

nos deprime pensar que las puertas las celan unos pocos y que si los enfurecemos nos

echarán como perros de la calle.

6.

Por esta razón, una persona que tiene algo de poder, o que al menos pretende representar

los intereses de un grupo de artistas en formación ante una jerarquía mayor puede que se

limite a seguir dictámenes, o a “entender la situación” que los de arriba le piden que

entienda y que ella comienza a adoptar para dar explicaciones cuando hay pequeños

atisbos de inconformidad. Ella se limita a cumplir una tarea, que a los ojos de sus

superiores, lleva a cabo de manera sobresaliente ya que no molesta, no interrumpe, no

pide, no propone y no espera nada. Nunca se subleva, no pretende quejarse ni buscar más

recursos, no quiere enfurecer a las bestias, y sobre todo no quiere recibir la culpa si algo

llega a salir mal.

Sé que la posición directiva-gerencial-administrativa en cualquier institución es

difícil de manejar. No intento demeritar un cargo como ese. Lo crítico en un momento en

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que son claras sus falencias, perjudiciales para el funcionamiento y el aprendizaje de unos

jóvenes artistas que obtienen el grado junto con un saber ahuecado y en muchas

ocasiones frustrado.

Nada salió mal y aun así llevó la culpa. Y a pesar de haber escrito esa frase

anterior (por increíble que parezca) mi intención no es apuntar el dedo así no más. Creo,

(de nuevo como Camnitzer) que “la crítica de la pedagogía [forma] parte de la

pedagogía.”6

El científico que por entrenamiento queda limitado al uso del microscopio nunca se

preocupará por mirar las estrellas. Por otro lado, el mirador de estrellas o el buscador de

moléculas, algún día inventará el telescopio o el microscopio, sin quedar aprisionado por

ellos. El pincel presumiblemente fue inventado para cumplir con una necesidad. Un señor

de la edad de piedra un día estaba esparciendo pigmento con los dedos sin lograr la

precisión deseada –la pestaña le salía demasiado gruesa en relación con el ojo. Pegando

un puñado de pelos en la punta de un palo logró entrarle al detalle y logró la invención de

una herramienta genial. Un invento igualmente genial de hace pocas décadas fue

elucubrado por alguien que tenía que pintar radiadores de calefacción y notó que el pincel

era muy incómodo para pintar los intersticios. En lugar de un palo agarró un guante y lo

llenó de pelos. Esto, una mano peluda, es lo que le permitió pintar acariciando.

Desde la invención del pincel la enseñanza artística lo identificó con el acto mismo de

pintar, oscureciendo la presencia de una necesidad original. El palito con pelos quedó

como símbolo de una profesión. Y el que desarrolla su arte mientras aprende a pintar sólo

ve lo que el pincel le permite ver. Es posible que las estrellas le queden ajenas, no por

decisión sino por ignorancia.7

6
Camnitzer, Luis. Arte y Enseñanza: La ética del poder. Colección apuntes de Casa de América. Madrid,
España (2000). Página 60.
7
Ibid. Páginas 30 -31.

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BIBLIOGRAFÍA

Camnitzer, Luis. Arte y Enseñanza: La ética del poder. Colección apuntes de Casa de

América. Madrid, España (2000).

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