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"Un Pequeño Problema" de Ana Viladomiu

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En una Barcelona que empieza a sufrir los efectos de la crisis, dos mujeres que parecen sacadas de una buena adaptación española de Sexo en Nueva York se reúnen después de más de veinte años tras recibir la noticia de que una íntima amiga común de sus años de colegio dejó, poco antes de morir, el encargo de que les entregaran un regalo el día que cumplieran 45 años.

http://flammaeditorial.com/coleccion/mujer/ana-viladomiu-un-pequenyo-problema.html
En una Barcelona que empieza a sufrir los efectos de la crisis, dos mujeres que parecen sacadas de una buena adaptación española de Sexo en Nueva York se reúnen después de más de veinte años tras recibir la noticia de que una íntima amiga común de sus años de colegio dejó, poco antes de morir, el encargo de que les entregaran un regalo el día que cumplieran 45 años.

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UN PEQUENO PROBLEMA

AnaViladomiu

UN MUNDO DE MUJER

Un pequeño problema

Ana Viladomiu

Un pequeño problema

Derechos de autor: © Ana Viladomiu, 2010 Los derechos devengados por la venta de ejemplares de este título han sido cedidos a la Funcación Vicente Ferrer por expreso deseo de la autora Dirección editorial: Maria Rempel Corrección: José Alberto Chamorro Moreno Diseño de la portada: © Utopikka, 2010 Fotografía de la portada: © Mavi Arsalaguet Maquetación: Anglofort, S.A. Impreso en España Fotografía de la autora: © Nina Amat Viladomiu Primera edición: septiembre de 2010 Colección: Un mundo de mujer © de esta edición: Flamma Editorial – Infoaccia Primera, S.L., 2010 http://www.flammaeditorial.com/ ISBN: 978-84-937283-9-7 Depósito legal: B-36091-2010
No está permitida la reproducción total o parcial de esta publicación, ni la transmisión de ninguna forma o por cualquier medio, ya sea electrónico, mecánico, por fotocopia, por registro u otros, sin la autorización previa y por escrito de la editorial.

A María y Nina. Por supuesto

Carola
¿Podía haberme sucedido algo peor? Y es que quedarse con una mano delante y otra detrás por culpa de un desalmado como aquel... —¿Señorita? De pie, apoyada con las dos manos en el mostrador de la tienda, volví la vista hacia el probador. Un par de ojos me observaban tras los cristales de unas gafas que asomaban por entre las cortinas de loneta. —Señorita, por favor, ¿le importaría dejarme probar un chaquetón como el del escaparate? Me forcé a emplear un tono paciente y respetuoso: —El chaquetón que hay expuesto en la vitrina es el último de solapas cruzadas que nos queda. En cualquier caso, es la talla pequeña. —¿Y algún otro modelo del mismo estilo? —Mire usted en la barra del fondo, junto a los abrigos. «Quien hace lo que puede no está obligado a más», solía repetir mi madre, y una servidora confraternizaba con la idea. Porque, con la mala leche y el sueño atrasado que arrastraba, imposible aparentar ni una pizca de interés. Y todo por el mequetrefe de mi gestor. Un cretino. Un estafador de guante blanco. Un pájaro que debía de estar viviendo a mi costa a cuerpo de rey vete a saber dónde. —Ejem... No había derecho, trabajando como una negra desde los veintiún años, para encontrarme a los cuarenta y cuatro sin blanca. —Ejem... Disculpe, ¿tendría por casualidad un chaquetón parecido a este pero un poquitín más grueso?
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La señora, de mediana edad y complexión robusta, se había decidido por uno bastante atrevido y lo blandía en alto como si de un trofeo de caza se tratara. Simulé estar ensimismada ordenando un cajón. —¿Y en otro color? Continué haciéndome la sorda. —Señorita, ¿está usted segura de que el chaquetón del escaparate es una talla pequeña? Carraspeó y, sin esperar respuesta, se dirigió percha en ristre de nuevo al probador. Levanté la vista del cajón y la fijé en sus tobillos de elefante. Qué ruina, la naturaleza había sido mezquina con ella. Corta de vista, tobillos anchos y, para colmo, un auténtico plomazo. Y es que desde que había entrado, debía de hacer por lo menos una hora, no había parado de pedir y pedir. Se había probado ya media tienda. Antes de entrar en el probador, se volvió: —Me pregunto qué es lo que habrá dentro de esas cajas que le acaban de traer. ¿Es que no se daba cuenta de que con las reducidas dimensiones del local en cuanto comenzáramos a remover en las cajas lo íbamos a poner todo patas arriba? ¿Tendría que explicarle que acostumbrábamos a colocar el género nuevo después de cerrar? Estaba que trinaba cuando el móvil sonó en mi bolsillo. Una mujer preguntaba por mí: —No cuelgue, le paso al notario, el señor Barceló. ¿Barceló, Barceló...? Podían matarme ahí mismo, pero no recordaba a nadie con aquel apellido. —Carola, soy yo, Miguel Barceló, ¿te acuerdas? El primo de Miriam. ¡Córcholis, sí, claro, Miguelito! ¡Qué despiste! —¿Estás ocupada?, ¿te llamo más tarde? Si la memoria no me fallaba, la última vez que Miguelito y yo nos habíamos visto había sido en el funeral de la pobre Miriam, y de eso hacía la friolera de veinticuatro años. Por aquella época, él estaba en segundo o tercero de Derecho y tenía todavía la cara llena de granos. Ni con un gran esfuerzo mental conseguía imaginármelo convertido en todo un señor notario.
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—Tranquilo, soy toda oídos. La cuestión era que su prima, poco antes de morir, le había pedido que nos entregara a Rita y a mí, sus dos mejores amigas del colegio, un regalo el día que cumpliéramos cuarenta y cinco años y, como faltaban solo dos meses para aquella fecha, Miguel había procedido (palabras textuales) a ponerse en contacto con nosotras. Yo lo escuchaba con la boca abierta. Y es que, ¿cuánto hacía que no oía hablar a nadie de Miriam? Los últimos en hacerlo habían sido sus padres cuando visité Nueva York por vez primera y me presenté de improviso en su casa. O, quizás, alguna de sus hermanas... En todo caso, hacía una eternidad de aquello. Abrí el bolso y saqué una botella de agua. ¿Y Rita?, ¿qué habría sido de ella? ¿Dónde viviría? ¿Se habría casado con aquel chuleta? ¿Cuántos libros habría publicado?... Me senté en el taburete alto que había detrás del mostrador y bebí a morro de la botella, mientras la clienta, en sujetador, gesticulaba para llamar mi atención y Miguelito seguía cotorreando en la jerga propia de un jurista. Porque, caray con el primo, no daba crédito. Qué tío, impresionante el lenguaje que empleaba. Se expresaba de una forma tan solemne, tan profesional, que hasta corte me dio confesarle que hacía siglos que había perdido la pista de Rita. Pero él no se inmutó. «De Rita no te preocupes, yo me ocupo», se ofreció. Y antes de colgar propuso citarnos el día anterior a nuestro cumpleaños en su despacho para entregarnos el regalo que, si no había entendido mal, se encontraba a buen recaudo dentro de una maleta. Se me escapó un silbido tan fuerte que, a través de la cortina medio abierta del probador, vi como la clienta pegaba un bote. Y es que aquel regalo no había podido caer en mejor momento, me dije rodeando el mostrador y encaminándome con paso firme hacia las cajas de cartón que invadían la parte central de la tienda. Miriam, siempre tan juiciosa, tan prudente, tan servicial y generosa, y mira tú por dónde después de muerta iba a hacer la obra de su vida. Porque yo sabía de antemano que en el interior de la maleta había, si no una fortuna, sí una notable cantidad en metálico
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con la que se arreglarían en parte mis problemas. Qué oportuna. Qué poderío. ¡Tres hurras por Miriam! Hundí el cúter en la cinta adhesiva que precintaba una de las cajas y, mientras lo deslizaba de un lado a otro con rapidez, me vino a la cabeza la imagen de la cara de Miriam enmarcada por su cabello moreno y ondulado, sus mejillas sonrosadas y pecosas, sus expresivos ojos negros. Sonreía traviesa como diciéndome «¿Qué, no contabas con esto, verdad? Confiesa que he logrado sorprenderte». Pero el inquietante sonido de la sirena de una ambulancia o de un coche de bomberos hizo que se esfumara aquella imagen. Abrí las cajas prestando atención a no romperme una uña y, cuando las tuve todas abiertas, extraje tres chaquetones al azar para entregárselos a la señora que me aguardaba en el probador. Pero cuál sería mi sorpresa al descorrer las cortinas y encontrármela sentada en la banqueta zampándose un cruasán. ¡Vaya por Dios, lo que faltaba! Lo veía con mis propios ojos y no me lo creía: el suelo de madera oscura sin barnizar sembrado de migas y ella como si nada, mordisqueando la pasta tan campante. ¡Jolines, que estamos en el Ensanche de Barcelona, señora! Para evitar soltarle un moco, di la vuelta, tiré los tres chaquetones sobre una silla, y me alejé moviendo las caderas (donde haya una mujer con unos buenos tacones, que se aparten las demás). Me metí en el aseo. La cabeza me iba a mil por hora. Si en vez de Miguel hubiera sido otra persona la que hubiera telefoneado, hubiera dado por supuesto que lo del regalo era pitorreo. Y es que el hecho de que Miriam no me hubiese dejado el dinero cuando murió, como me había prometido, sino que me lo hiciera llegar ahora, resultaba extraño. Y diciendo extraño, me quedo corta: aquel detalle no cuadraba. Porque Miriam era buena, pero no era tonta, y fijo que no ignoraba que el dinero, con el transcurso del tiempo, se devalúa. Por otro lado, que Miriam le hubiera dado la maleta a Miguel para que él a su vez nos la entregara a nosotras tenía su lógica: potenciaba el efecto sorpresa; en cambio, que le hubiera confiado la llave pero no le hubiera desvelado lo que había dentro (como él mismo acababa de asegurarme) no tenía sentido. ¿Tal vez no lo
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había hecho por timidez? ¿Le cortaba disponer de una inmensa suma, de un cuantioso capital a su edad? ¿Es que en el fondo no se fiaba de su primo? Aquella hipótesis se venía abajo por su propio peso: si no se hubiera fiado de él, no le hubiera encargado guardar la llave. ¡Madre mía, qué locura! Y es que a la Miriam que había sido mi amiga desde el parvulario, a la Miriam que se ofrecía la primera para ayudar y que soñaba con ser médico, enrolarse en una oenegé e irse a África, todo aquel misterio no le pegaba ni a tiros. Vigilando no tropezar con el cubo, la fregona y demás artilugios mugrientos de limpieza, me acerqué al espejo y contemplé mi melena con detenimiento: un asco, debía darme un baño de color con urgencia. Porque, ya podían tildarme de exagerada en la peluquería, ya, pero ni loca iba a familiarizarme con el brillo de las canas. Salí del aseo tratando de adivinar la cantidad de dinero que Miriam habría dejado en el interior de la maleta. En cualquier caso, continué dándole vueltas, no debía olvidar que el regalo de Miriam era para Rita y para mí, y a Miriam nunca se le habría pasado por la mente dejarle dinero a Rita. No, ni falta que le hacía. Para Rita, algún objeto personal, un obsequio menos práctico y más acorde con su singular personalidad. Algún libro; quizás algunas novelas descatalogadas o ediciones limitadas. Por ahí debían de ir los tiros. Pero que a mí no me hubiera dejado dinero, vaya, es que... —Señorita, perdone que insista pero ¿sería mucha molestia para usted dejarme probar el chaquetón del escaparate? Y dale. Aquello tenía un nombre: aquello eran ganas de incordiar. La tipa estaba empezando a caerme gorda. Y es que no era la primera vez que se pasaba por la tienda, no, qué va, recordaba haberla atendido por lo menos en otras cuatro ocasiones, y mucho «señorita» y mucho «por favor» pero nunca había conseguido venderle ni un cinturón. De repente, se me hizo la luz. ¿Y si aquello era una farsa? ¿Y si la individua en cuestión estaba compinchada con la dueña? ¿Quién me aseguraba a mí que no era una amiga de la jefa camuflada de
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clienta?, ¿una clienta trampa?, ¿una espía que acudía a la tienda los lunes por la mañana, que era cuando menos movimiento había, para ponerme a prueba, para observar cómo actuaba y dar el chivatazo? No iba a morder el anzuelo. Mi sueldo no era para lanzar cohetes pero ahora que mis ahorros habían volado, y que intuía que en la agencia de señoritas donde trabajaba los fines de semana tenía las horas contadas, la nómina de dependienta era mi único ingreso, un ingreso que debía cuidar y mimar como la hormiguita del cuento. Jo, y todo por mi propia negligencia. Por poner mis ahorros en manos de aquel granuja. Debería haber metido el dinero en una maleta como Miriam (y quien decía dentro de una maleta, decía debajo un ladrillo) y no complicarme la vida. Y es que no sé en qué cojones estaría pensando para confiar en un personajillo gris, un chupatintas retraído y apocado con más pluma que un pavo real. De verdad, si fuera capaz de atraparlo, lo castraba. Me dirigí al maniquí y, tras quitarle el chaquetón y alcanzárselo a la señora con una sonrisa forzada que pretendía ser educada, volví junto al mostrador. Tan pronto tuviera un momento libre, trataría de ponerme en contacto con Rita. Me moría por verla. Lástima que no pudiera contar con ella para machacar al gestor o para montar un número lésbico y resarcirme un poco de mis pérdidas. Y es que Rita y yo habíamos nacido el mismo día pero caminábamos por planetas distintos. —Señorita, llevaba usted razón: el chaquetón es demasiado pequeño. Por favor, no deseaba sino que aquel tostón abandonara y se pirara de una vez. No respondía de mis actos. Comenzaba a lloviznar y un par de japoneses se resguardaron bajo la marquesina de la puerta de entrada. Bien mirado, aquellas cuatro gotas podían irme de cine. Cabía la posibilidad de que los japoneses conocieran a alguien que anduviera buscando una habitación. Mi piso era grande, me sobraba un dormitorio y un realquilado me iría que ni pintado. Porque estaba claro que debía ingeniármelas, aferrarme a cualquier ocurrencia que me alejara de la tentación de urdir un plan para sablear a mi jefa, que, las cosas como sean, no se lo merecía.
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Con el chaquetón bajo el brazo, encaucé mis pasos de nuevo hacia el escaparate. Tenía que darme prisa en vestir al maniquí, y es que la posición en que había quedado al desnudarlo daba muy mala impresión, parecía que a la pobre muñeca la hubieran violado. Y mientras luchaba con sus brazos ortopédicos, recordé la colección de muñecas de Miriam. Unas barbies a las que ella misma confeccionaba la ropa. Una de ellas era clavada a mí y otra, con el cabello rubio, liso y corto, que empujaba una bolsa en forma de nube llena a rebosar de libros, era el vivo retrato de Rita. Porque Rita, además del punto de marciana que la caracterizaba y que tanto nos gustaba, daba la sensación de estar siempre en las nubes. Rita era aire; tan etérea y tan alejada de los típicos asuntos que nos desbaratan la existencia al resto de los mortales que hasta apuro me daría confesarle que llevaba más de veinte años trabajando en una agencia de señoritas de compañía.

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Rita
Más de veinte años casada y en un plis iba y lo echaba todo por la borda. De pie en la habitación del torreón observaba el gráfico que colgaba de un clavo en la pared y me tiraba de los pelos: hacía exactamente ocho meses que mantenía a raya mis celos, por fin había logrado medio encarrilar mi vida, y he aquí que la noche anterior no había podido reprimirme y, zas, había montado el pollo más grande de todos. El rey de los pollos. Un pollo que antes de acostarme plasmé en el gráfico con una línea negra de rotulador. Descalza y envuelta en una manta de lana, examinaba el dibujo: el color amarillo representaba las peloteras más suaves; el naranja, las de cierta intensidad; el rojo, las gordas, las que venían acompañadas de una larga y densa resaca, y el negro... Bueno, había decidido que el negro representaría las peores, las que parecían no tener solución. Con la moral por los suelos, maldecía mi modo de ser. Por culpa de esa estúpida línea, la única negra entre un amasijo de rayas, lo había estropeado todo. Tonta, más que tonta. Tonta de remate. En un arrebato arranqué la cartulina de la pared, la rasgué y, no contenta con el estropicio, me apoderé de unas tijeras, la corté y recorté hasta hacerla trizas. Me acerqué a la ventana. La única ventana de la habitación, una ventana pequeña y redonda. Las gotas de lluvia, pim-pim, pim-pim, caían suavemente sobre el césped. Noté como los ojos se me empañaban y unas gruesas
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lágrimas comenzaban a resbalar por mis mejillas. Los celos me habían traicionado, y la catástrofe que llevaba tiempo tratando de esquivar había sucedido: por primera vez desde que nos habíamos casado, Luis había hablado de separarnos. Se-pa-rar-nos. Nunca antes había dicho algo semejante, algo tan definitivo. Probaba a imaginarme mi vida sin Luis cuando el estribillo del «I will survive» de Gloria Gaynor empezó a sonar en el piso de abajo. Me precipité hacia la escalera de caracol. Bajé los escalones de dos en dos agarrada a la barandilla, entré en mi dormitorio, y me lancé sobre el teléfono con la esperanza de que fuera él quien llamaba. Pero era Miguel. Miguelito, el primo de Miriam. Oh, qué tal, cómo estás. «Bien, ¿y tú? Cuántos años.» Sí, sí, un montón... Una hora tumbada sobre la cama recordando con Miguel los viejos tiempos, y poquito a poco volvía a ser la Rita de siempre. Salí del dormitorio y bajé a todo correr el tramo de peldaños que llevaban a la planta baja. Mi hija no había ido a la universidad y me apetecía compartir la noticia. Pero al poner un pie en el salón, Sitges, que estaba repanchingada en el sofá de terciopelo marrón, se sacó de un tirón los auriculares de los oídos, me miró con cara de asco y me dijo que daba pena. Me dijo: «Mamá, das pena». Tal cual. Y dando un brinco, saltó del sofá, cruzó la sala, se perdió escaleras arriba y se encerró en su habitación. Subí detrás de ella. Desde el distribuidor se la oía hablar por teléfono: —Los tendrías que conocer. Los dos son insoportables, pero ella es la peor: se la comen los celos. Anoche armó la gorda, y hoy, con la mañana tan mierdosa que hace, va y se pasea por la casa descalza. Si la vieras, enrollada en una manta y con los dedos de los pies llenos de anillos... está patética. Se ha quedado colgada en la época hippie. No conozco a nadie a quien le interese menos su aspecto que a ella. Horror. Me costaba aceptarlo, pero Sitges, aparte de jurar que por culpa de nuestras peleas jamás se casaría, se avergonzaba de mí. De mí en particular. Se avergonzaba y en cuanto podía saltaba y me
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censuraba. ¿Les ocurriría lo mismo a todas las chicas de veinte años? No sé, intuía que lo de Sitges conmigo era algo personal. Me volví y, para no enredar más las cosas, entré de nuevo en mi dormitorio. Me quité la manta de lana y me puse una chaqueta y unos calcetines, guardé el móvil en el bolsillo trasero de los tejanos y, revolviéndome el pelo con los dedos, volví a subir por las empinadas escaleras de caracol hasta el estudio. Un excéntrico torreón del que había tomado posesión nada más llegar a la casa. Escaleras arriba, escaleras abajo. No había conseguido entender todavía la fijación que tenía Luis por las casas con escaleras. Ni por los electrodomésticos. Los últimos meses le había dado por el aspirador. Que si no lo pasábamos bien, que si en la tele anunciaban un modelo bastante más ligero, que si el de su oficina se estropeaba a diario... Me aproximé a la mesa donde descansaba el portátil, pero no, no estaba yo para ponerme a escribir. Di unos pasos en dirección al espejo de cuerpo entero que Luis había comprado para ensayar su swing de golf. Bajita, delgada, pelo rubio cortado a lo chico. Me conocía de memoria y Sitges tenía razón: mi aspecto no podía interesarme menos. Desvié mis pasos hacia la ventana pequeña y redonda procurando no tropezar con ninguna caja. Un montón de cajas repletas de libros. Las gotas de agua se estrellaban contra el cristal. Parecía que llovía un pelín más. Bajé la vista y eché una mirada: cien casas iguales y nuevas, muchas adosadas, la mayoría aún por vender. Un desierto de ladrillo ante mis pies. De pronto, ruidos en el piso de abajo. Presté atención. Efectivamente: era Sitges, que salía de su dormitorio. —¿Te vas? —grité desde arriba alarmada. La callada por respuesta. Agarrándome fuerte a la barandilla de hierro, volví a lanzarme escaleras de caracol abajo. En el centro del distribuidor, Sitges me miraba desafiante sobre unos tacones de doce centímetros con dos relojes de oro en cada muñeca: —¿Tú qué crees? Ni borracha me quedo en esta casa.
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El día anterior se había ido a la universidad llevando tres relojes —dos de Luis y uno de ella— que, tras mucho dudar, había colocado uno al lado de otro en la muñeca izquierda. ¿Y si el nuevo hábito de mi hija tenía relación con que yo nunca llevaba reloj? —¡Bye, bye, ahí te dejo, mano a mano con tu ordenador! Me la tenía jurada. Volví sobre mis talones y enfilé hacia el torreón estimando que en Delhi sería media tarde. Una hora excelente para telefonear a Vilasar. Vilasar, mi hijo mayor, mi ojito derecho. Ojalá no lo pescara cruzado y pudiera hablarle de la llamada de Miguel. Afortunadamente, Vilasar se puso muy contento. Bueno, más que ponerse contento, había alucinado. Alucinó con lo que le contaba y dijo: «Ostras, mamá, qué casualidad que Carola y tú nacierais el mismo día, y cómo mola esta historia, qué tía esa Miriam, qué guay. Yo fliparía si alguien se acordara de mí antes de morir». Le hablé de la fuerte personalidad de Carola, del cáncer fulminante de Miriam, de nuestra amistad, de que en el cole éramos inseparables. También del viaje en tren a París, un viaje que a menudo recordaba por ser la última vez que habíamos estado las tres juntas. Y cuando dudaba sobre cómo afrontar el delicado tema de mi pique con Carola, él interrumpió mis pensamientos: —¿Y qué crees tú que os habrá dejado? —Se le notaba intrigado. —¿Una bonita y larga carta de despedida? —Yo paseaba por la habitación con el móvil pegado a la oreja. —¿Una carta en una maleta? Para dejar una carta no hace falta una maleta —dijo en tono cariñoso. —¿Y por qué no? —Porque no. ¿Qué otra cosa se te ocurre que podría ser? —Quizá... —No te cortes, dispara. Desde muy pequeñito a Vilasar le gustaba que le contara historias y se notaba que estaba disfrutando. —¿Qué te parece su diario con alguna confidencia peliaguda e inconfesable?
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—¡Tú y tus papeles! —Imaginé que lo apretaba contra mí, lo olía y lo besaba—. Que no, que no cuela, mamá. Que para guardar cuatro papeles la gente no suele emplear una maleta. Entre los dos intentamos adivinar qué dejaría Sitges a sus amigas en caso de morir. Pero a mí me costaba tomar a Sitges como referencia de algo; a Vilasar, por lo visto, todavía más. De cualquier modo, fuese lo que fuese lo que hubiera dentro de la maleta, no podía ser algo perecedero. Era de sentido común. Y tampoco fruto de un capricho pasajero o de un impulso irracional, no, viniendo de Miriam sería puro corazón. Finalmente optamos por hacer apuestas: Luis, Sitges y yo anotaríamos nuestras respectivas apuestas en unos papelitos que yo guardaría en una bolsa de plástico en el congelador. La de Vilasar llegaría por correo electrónico, un correo cuyo asunto sería «Apuesta Regalo Miriam», y le prometí que ninguno de nosotros tres lo abriría hasta el día del cumpleaños. —Eh, mamá, ¿y la novela?, ¿cómo va tu novela? Debes de estar terminándola. Uff. ¿Qué podía decirle de la novela que sonara esperanzador? Pobrecillo. Traté de desviar la conversación hacia mi trabajo en la revista: —Este mes he presentado una masía de antes de la guerra restaurada por un arquitecto conocido, una obra que ha generado mucha polémica, y en la redacción se han recibido cientos de cartas. Un éxito, el reportaje. —Así me gusta. Y otra cosa más: ¿seguimos, por casualidad, viviendo en la misma casa? —Tranquilo, cariño, por el momento todo sigue en su sitio. Si no me descontaba, era nuestra duodécima casa. La duodécima casa que Luis compraba tras vender la anterior en los veintitrés años que llevábamos de casados, una casa a cuarenta kilómetros de Barcelona en la que vivíamos desde hacía poco más de un año, una casa en Llavaneres estrechita y alta, toda escaleras, como la mayoría de las casas por las que habíamos pasado. Yo estaba convencida de que Vilasar vivía en la India, como antes había vivido en Senegal, por culpa nuestra. De acuerdo que
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yo sentía debilidad por la India y ciertas pasiones se transmiten de padres a hijos, pero para mí que en el caso de Vilasar, eso era anecdótico. Nuestras continuas mudanzas con sus respectivos y continuos cambios de colegio habían hecho de él un chico despegadito. Despegadito y espabilado: —Ok, madre, seguimos en contacto por email. Y no sufras por mí, yo me apaño. —Un besazo, cariño. —De la pelea con su padre, ni mu. Dejé el móvil sobre la mesa, junto al ordenador, y me dirigí otra vez hacia la ventana. Un detalle llamó mi atención. Pegué con fuerza la nariz al cristal. Curioso, sí señor, junto al orinal a topos rosas que había puesto en una esquina del jardín para Gato, el perro de los vecinos, estaban una pava y cuatro pavitos quietos uno al lado de otro sobre el césped. Abrí la ventana, dejé que se me mojaran las manos y me pasé el agua por la cara y los ojos. ¿Qué hacía una familia de pavos en nuestro jardín? Y ¿qué hacía una chica como yo, sola y triste, en un ridículo torreón en medio de un desierto de ladrillo? Eché mano de mi bote de hierba, una hierba buenísima que mi tía cultivaba y consumía en cantidades industriales, una hierba que mi tía me suministraba a cuentagotas no fuera a ser que malograra mi carrera literaria. Apagué la vela del quemador de aceite que acostumbraba a tener prendido y abandoné el torreón. El plan era coger la furgoneta, aparcarla en un área de servicio y liarme un porro. La gente no lo sabe, pero las áreas de servicio son perfectas para pensar, y yo tenía mucho en qué pensar. Posiblemente había llegado el momento de pasar revista a mi vida.

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