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LA HISTORIA DE LOS PATRIARCAS Y PORFETAS

LA HISTORIA DE LOS PATRIARCAS Y PORFETAS

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Tomo 1 de la serie: “La Gran Controversia”
Un comentario de las verdades espirituales más sobresalientes del relato bíblico, desde el principio de la creación hasta la muerte de David.
Tomo 1 de la serie: “La Gran Controversia”
Un comentario de las verdades espirituales más sobresalientes del relato bíblico, desde el principio de la creación hasta la muerte de David.

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Habiendo recibido instrucciones de los ángeles, Aarón
salió a recibir a su hermano, de quien había estado tanto
tiempo separado. Se encontraron en las soledades del
desierto cerca de Horeb. Allí conversaron, y "contó Moisés
a Aarón todas las palabras de Jehová que le enviaba, y
todas las señales que le había dado." Juntos hicieron el
viaje a Egipto; y habiendo llegado a la tierra de Gosén,
procedieron a reunir a los ancianos de Israel. Aarón les
explicó cómo Dios se había comunicado con Moisés, y
éste reveló al pueblo las señales que Dios le había dado.
"Y el pueblo creyó: oyendo que Jehová había visitado los
hijos de Israel, y que había visto su aflicción, inclináronse y
adoraron." (Exo. 4: 28, 31.)
A Moisés se le había dado también un mensaje para el
rey. Los dos hermanos entraron en el palacio de Faraón
como embajadores del Rey de reyes, y hablaron en su
nombre: "Jehová, el Dios de Israel, dice así: Deja ir a mi
pueblo a celebrarme fiesta en el desierto." (Véase Éxodo
5:11.)

"¿Quién es Jehová, para que yo oiga su voz? —
preguntó el monarca quien añadió: —Yo no conozco a
Jehová, ni tampoco dejaré ir a Israel."
A esto contestaron ellos: "El Dios de los Hebreos nos ha
encontrado: iremos, pues, ahora, camino de tres días por

297

298 PATRIARCAS Y PROFETAS

el desierto, y sacrificaremos a Jehová nuestro Dios; porque
no venga sobre nosotros con pestilencia o con espada."
Ya el rey había oído hablar de ellos y del interés que
estaban despertando entre el pueblo. Se encendió su ira y
les dijo: "Moisés y Aarón, ¿por qué hacéis cesar al pueblo
de su obra? Idos a vuestros cargos." Ya el reino había
sufrido una gran pérdida debido a la intervención de estos
forasteros. [263]

Al pensar en ello, añadió: "He aquí el pueblo de la tierra
es ahora mucho, y vosotros les hacéis cesar de sus
cargos."

En su servidumbre los israelitas habían perdido hasta
cierto punto el conocimiento de la ley de Dios, y se habían
apartado de sus preceptos. El sábado había sido
despreciado por la generalidad, y las exigencias de los
"comisarios de tributos" habían hecho imposible su
observancia. Pero Moisés había mostrado a su pueblo
que la obediencia a Dios era la primera condición para su
liberación; y los esfuerzos hechos para restaurar la
observancia del sábado habían llegado a los oídos de sus
opresores. (Véase el Apéndice, nota 4.)
El rey, muy airado, sospechaba que los israelitas tenían
el propósito de rebelarse contra su servicio. El
descontento era el resultado de la ociosidad; trataría de
que no tuviesen tiempo para dedicarlo a proyectos
peligrosos. Inmediatamente dictó medidas para hacer más
severa su servidumbre y aplastar el espíritu de
independencia. El mismo día, ordenó hacer, aun más
cruel y opresivo su trabajo.
En aquel país el material de construcción más común
eran los ladrillos secados al sol; las paredes de los mejores
edificios se construían de este material, y luego se

LAS PLAGAS DE EGIPTO 299

recubrían de piedra, y la fabricación de los ladrillos
requería un gran número de siervos. Como el barro se
mezclaba con paja, para que se adhiriera bien, se
requerían grandes cantidades de este último elemento; el
rey ordenó ahora que no se suministrara más paja; que los
obreros debían buscarla ellos mismos, y esto
exigiéndoselas que produjeran la misma cantidad de
ladrillos.

Esta orden causó gran consternación entre los israelitas
por todos los ámbitos del país. Los comisarios egipcios
habían nombrado a capataces hebreos para dirigir el
trabajo del pueblo, y estos capataces eran responsables
de la producción de los que estaban bajo su cuidado.
Cuando la exigencia del rey se puso en vigor, el pueblo se
diseminó por todo el país para recoger rastrojo en vez de
paja; pero les fue imposible realizar la cantidad de trabajo
acostumbrada. A causa del [264] fracasó, los capataces
hebreos fueron azotados cruelmente.
Estos capataces creyeron que su opresión venía de sus
comisarios, y no del rey mismo; y se presentaron ante éste
con sus quejas. Su protesta fue recibida por Faraón con
un denuesto: "Estáis ociosos, sí, ociosos, y por eso decís:
Vamos, y sacrifiquemos a Jehová." Se les ordenó regresar
a su trabajo, con la declaración de que de ninguna manera
se aligerarían sus cargas. Al volver, encontraron a Moisés
y a Aarón y clamaron ante ellos: "Mire Jehová sobre
vosotros, y juzgue; pues habéis hecho heder nuestro olor
delante de Faraón y de sus siervos, dándoles el cuchillo en
las manos para que nos maten."
Cuando Moisés oyó estos reproches se afligió mucho.
Los sufrimientos del pueblo habían aumentado en gran
manera. Por toda la tierra se elevó un grito de
desesperación de ancianos y jóvenes, y todos se unieron

300 PATRIARCAS Y PROFETAS

para culparlo a él por el desastroso cambio de su
condición. Con amargura de alma Moisés clamó a Dios:
"Señor ¿por qué afliges a este pueblo? ¿para qué me
enviaste? Porque desde que yo vine a Faraón para
hablarle en tu nombre, ha afligido a este pueblo; y tú
tampoco has librado a tu pueblo." La contestación fue:
"Ahora verás lo que Yo haré a Faraón; porque con mano
fuerte los ha de dejar ir, y con mano fuerte los ha de echar
de su tierra." Otra vez le recordó el pacto hecho con sus
padres, y le aseguró que sería cumplido.
Durante todos los años de servidumbre pasados en
Egipto, había habido entre los israelitas algunos que se
habían mantenido fieles a la adoración de Jehová. Estos
se preocupaban profundamente cuando veían a sus hijos
presenciar diariamente las abominaciones de los paganos,
y aun postrarse ante sus falsos dioses. En su dolor
clamaban al Señor pidiéndole liberación del yugo egipcio,
para poder librarse de la influencia corruptora de la
idolatría. No ocultaban su fe, sino que declaraban a los
egipcios que el objeto de su adoración era el Hacedor del
cielo y de la tierra, el único Dios verdadero y [265] viviente.
Y repasaban las evidencias de su existencia y poder,
desde la creación hasta los días de Jacob. Así tuvieron los
egipcios oportunidad de conocer la religión de los hebreos;
pero desdeñaron que sus esclavos los instruyeran y
trataron de seducir a los adoradores de Dios
prometiéndoles recompensas, y al fracasar esto,
empleaban las amenazas y crueldades.
Los ancianos de Israel trataron de sostener la
desfalleciente fe de sus hermanos, repitiéndoles las
promesas hechas a sus padres, y las palabras proféticas
con que, antes de su muerte, José predijo la liberación de
su pueblo de Egipto. Algunos escucharon y creyeron.
Otros, mirando las circunstancias que los rodeaban, se

LAS PLAGAS DE EGIPTO 301

negaron a tener esperanza. Los egipcios, al saber lo que
pasaba entre sus siervos, se mofaron de sus esperanzas y
desdeñosamente negaron el poder de su Dios. Les
señalaron su situación de pueblo esclavo, y dijeron
burlonamente: "Si vuestro Dios es justo y misericordioso y
posee más poder que los dioses de Egipto, ¿por qué no os
libra?" Los egipcios se jactaban de su propia situación.
Adoraban deidades que los israelitas llamaban dioses
falsos, y no obstante eran una nación rica y poderosa.
Afirmaban que sus dioses los habían bendecido con
prosperidad, y les habían dado a los israelitas como
siervos, y se vanagloriaban de su poder de oprimir y
destruir a los adoradores de Jehová. Faraón mismo se
jactó de que el Dios de los hebreos no podía librarlos de su
mano.

Tales palabras destruyeron las esperanzas de muchos
israelitas. Les parecía que su caso era como lo
presentaban los egipcios. Es verdad que eran esclavos, y
habían de sufrir todo lo que sus crueles comisarios
quisieran imponerles. Sus hijos habían sido apresados y
muertos, y la vida misma les era una carga. No obstante,
adoraban al Dios del cielo. Si Jehová estuviese sobre
todos los otros dioses, ciertamente no permitiría que fueran
siervos de los idólatras. Pero los que eran fieles
comprendieron que por haberse apartado Israel de Dios, y
por su inclinación a casarse con idólatras y dejarse [266]
llevar a la idolatría, el Señor había permitido que llegaran a
ser esclavos; y confiadamente aseguraron a sus hermanos
que Dios pronto rompería el yugo del opresor.
Los hebreos habían esperado obtener su libertad sin
ninguna prueba especial de su fe, sin penurias ni
sufrimientos verdaderos. Pero aun no estaban preparados
para la liberación. Tenían poca fe en Dios, y no querían
soportar con paciencia sus aflicciones hasta que él creyera

302 PATRIARCAS Y PROFETAS

conveniente obrar por ellos. Muchos se conformaban con
permanecer en la servidumbre, antes que enfrentar las
dificultades que acompañarían el traslado a una tierra
extraña; y los hábitos de algunos se habían hecho tan
parecidos a los de los egipcios que preferían vivir en
Egipto. Por lo tanto, el Señor no los liberó mediante la
primera manifestación de su poder ante Faraón. Rigió los
acontecimientos para que se desarrollara más plenamente
el espíritu tiránico del rey egipcio, y para revelarse a su
pueblo. Cuando vieran su justicia, su poder y su amor,
elegirían dejar a Egipto y entregarse a su servicio. La
tarea de Moisés habría sido mucho menos difícil de no
haber sido que muchos israelitas se habían corrompido
tanto que no querían abandonar Egipto.
El Señor le indicó a Moisés que volviera ante el pueblo y
le repitiera la promesa de la liberación, con nuevas
garantías del favor divino. Hizo lo que se le mandó; pero
ellos no quisieron prestarle atención. Dice la Escritura:
"Mas ellos no escuchaban, . . . a causa de la congoja de
espíritu, y de la dura servidumbre." De nuevo llegó el
mensaje divino a Moisés: "Entra, y habla a Faraón rey de
Egipto, que deje ir de su tierra a los hijos de Israel."
Desalentado contestó: "He aquí los hijos de Israel no me
escuchan: ¿cómo pues me escuchará Faraón?" Se le dijo
que llevara a Aarón consigo, y que se presentara ante
Faraón, para pedir otra vez "que deje ir de su tierra a los
hijos de Israel."

Se le dijo que el monarca no cedería hasta que Dios
visitara con sus juicios a Egipto y sacara a Israel mediante
una señalada [267] manifestación de su poder. Antes de
enviar cada plaga, Moisés había de describir su naturaleza
y sus efectos, para que el rey se salvara de ella si quería.
Todo castigo despreciado sería seguido de uno más
severo, hasta que su orgulloso corazón se humillara, y

LAS PLAGAS DE EGIPTO 303

reconociera al Hacedor del cielo y de la tierra como el Dios
verdadero y viviente. El Señor iba a dar a los egipcios la
oportunidad de ver cuán vana era la sabiduría de sus
hombres fuertes, cuán débil el poder de sus dioses, que se
opondrían a los mandamientos de Jehová. Castigaría al
pueblo egipcio por su idolatría, y anularía las supuestas
bendiciones que decían recibir de sus dioses inanimados.
Dios glorificaría su propio nombre para que otras naciones
oyeran de su poder y temblaran ante sus prodigios, y para
que su pueblo se apartara de la idolatría y le tributara
verdadera adoración.
Otra vez Moisés y Aarón entraron en los señoriales
salones del rey de Egipto. Allí, rodeados de altas
columnas y relucientes adornos, de bellas pinturas y
esculturas de los dioses paganos, ante el monarca del
reino más poderoso de aquel entonces, estaban de pie los
dos representantes de la raza esclavizada, con el objeto de
repetir el mandato de Dios que requería que Israel fuese
librado. El rey exigió un milagro, como evidencia de su
divina comisión. Moisés y Aarón habían sido instruidos
acerca de cómo proceder en caso de que se hiciese tal
demanda, de manera que Aarón tomó la vara y la arrojó al
suelo ante Faraón. Ella se convirtió en serpiente. El
monarca hizo llamar a sus "sabios y encantadores," y
"echó cada uno su vara, las cuales se volvieron culebras:
mas la vara de Aarón devoró las varas de ellos." Entonces
el rey, más decidido que antes, declaró que sus magos
eran iguales en poder a Moisés y Aarón; denunció a los
siervos del Señor como impostores, y se sintió seguro al
resistir sus demandas. Sin embargo, aunque menospreció
su mensaje, el poder divino le impidió que les hiciese daño.
Fue la mano de Dios, y no la influencia ni el poder de
[268] origen humano que poseyeran Moisés y Aarón, lo
que obró los milagros hechos ante Faraón. Aquellas

304 PATRIARCAS Y PROFETAS

señales y maravillas tenían el propósito de convencer a
Faraón de que el gran "YO SOY" había enviado a Moisés,
y que era deber del rey permitir a Israel que saliera para
servir al Dios viviente. Los magos también hicieron
señales y maravillas; pues no obraban por su propia
habilidad solamente, sino mediante el poder de su dios,
Satanás, quien les ayudaba a falsificar la obra de Jehová.
Los magos no convirtieron sus varas en verdaderas
serpientes; ayudados por el gran engañador, produjeron
esa apariencia mediante la magia. Estaba más allá del
poder de Satanás cambiar las varas en serpientes vivas.
El príncipe del mal, aunque posee toda la sabiduría y el
poder de un ángel caído, no puede crear o dar vida; esta
prerrogativa pertenece sólo a Dios. Pero Satanás hizo
todo lo que estaba a su alcance. Produjo una falsificación.
Para la vista humana las varas se convirtieron en
serpientes. Así lo creyeron Faraón y su corte. Nada había
en su apariencia que las distinguiese de la serpiente
producida por Moisés. Aunque el Señor hizo que la
serpiente verdadera se tragara a las falsas, Faraón no lo
consideró como obra del poder de Dios, sino como
resultado de una magia superior a la de sus siervos.
Faraón, deseaba justificar la terquedad que manifestaba
al resistirse al divino mandato, y buscó algún pretexto para
menospreciar los milagros que Dios había hecho por
medio de Moisés. Satanás le dio exactamente lo que
quería. Mediante la obra que realizó por intermedio de los
magos, hizo aparecer ante los egipcios a Moisés y Aarón
como simples magos y hechiceros, y dio así a entender
que su demanda no merecía el respeto debido al mensaje
de un ser superior. En esta forma la falsificación satánica
logró su propósito; envalentonó a los egipcios en su
rebelión y provocó el endurecimiento del corazón de
Faraón contra la convicción del Espíritu Santo. Satanás

LAS PLAGAS DE EGIPTO 305

también esperaba turbar la fe de Moisés [269] y de Aarón
en el origen divino de su misión, a fin de que sus propios
instrumentos prevaleciesen. No quería que los hijos de
Israel fuesen libertados de su servidumbre, para servir al
Dios viviente.

Pero el príncipe del mal tenía todavía un objeto más
profundo al hacer sus maravillas por medio de los magos.
El sabía muy bien que Moisés, al romper el yugo de la
servidumbre de los hijos de Israel, prefiguraba a Cristo,
quien había de quitar el yugo del pecado de sobre la
familia humana. Sabía que cuando Cristo apareciese,
haría grandes milagros para mostrar al mundo que Dios le
había enviado. Satanás tembló por su poder. Falsificando
la obra que Dios hacía por medio de Moisés, esperaba no
sólo impedir la liberación de Israel, sino ejercer además
una influencia que a través de las edades venideras
destruiría la fe en los milagros de Cristo. Satanás trata
constantemente de falsificar la obra de Jesús, para
establecer su propio poder y sus pretensiones. Induce a
los hombres a explicar los milagros de Cristo como si
fueran resultado de la habilidad y del poder humanos. De
esa manera destruye en muchas mentes la fe en Cristo
como Hijo de Dios, y las lleva a rechazar los bondadosos
ofrecimientos de misericordia hechos mediante el plan de
redención.

A Moisés y Aarón se les indicó que a la mañana
siguiente se dirigieran a la ribera del río, adonde solía ir el
rey. Como las crecientes del Nilo eran la fuente del
alimento y la riqueza de todo Egipto, se adoraba a este río
como a un dios, y el monarca iba allá diariamente a cumplir
sus devociones. En ese lugar los dos hermanos le
repitieron su mensaje, y después, alargando la vara,
hirieron el agua. La sagrada corriente se convirtió en
sangre, los peces murieron, y el río se tornó hediondo. El

306 PATRIARCAS Y PROFETAS

agua que estaba en las casas, y la provisión que se
guardaba en las cisternas también se transformó en
sangre. Pero "los encantadores de Egipto hicieron lo
mismo." "Y tornando Faraón volvióse a su casa, y no puso
su corazón [270] aun en esto." La plaga duró siete días,
pero sin efecto alguno.
Nuevamente se alzó la vara sobre las aguas, y del río
salieron ranas que se esparcieron por toda la tierra.
Invadieron las casas, donde tomaron posesión de las
alcobas, y aun de los hornos y las artesas. Este animal
era considerado por los egipcios como sagrado, y no
querían destruirlo. Pero las viscosas ranas se volvieron
intolerables. Pululaban hasta en el palacio de Faraón, y el
rey estaba impaciente por alejarlas de allí. Los magos
habían aparentado producir ranas, pero no pudieron
quitarlas. Al verlo, Faraón fue humillado. Llamó a Moisés
y a Aarón y dijo: "Orad a Jehová que quite las ranas de mí
y de mi pueblo; y dejaré ir al pueblo, para que sacrifique a
Jehová." Luego de recordar al rey su jactancia anterior, le
pidieron que designara el tiempo en que debieran orar para
que desapareciera la plaga. Faraón designó el día
siguiente, con la secreta esperanza de que en el intervalo
las ranas desapareciesen por sí solas, librándolo de esa
manera de la amarga humillación de someterse al Dios de
Israel. La plaga, sin embargo, continuó hasta el tiempo
señalado, en el cual en todo Egipto murieron las ranas,
pero permanecieron sus cuerpos putrefactos corrompiendo
la atmósfera.

El Señor pudo haber convertido las ranas en polvo en
un momento, pero no lo hizo, no fuese que una vez
eliminadas, el rey y su pueblo dijeran que había sido el
resultado de hechicerías y encantamientos como los que
hacían los magos. Cuando las ranas murieron, fueron
juntadas en montones. Con esto, el rey y todo Egipto

LAS PLAGAS DE EGIPTO 307

tuvieron una evidencia que su vana filosofía no podía
contradecir, vieron que esto no era obra de magia, sino un
castigo enviado por el Dios del cielo.
"Y viendo Faraón que le habían dado reposo, agravó su
corazón." Entonces, en virtud del mandamiento de Dios,
Aarón alargó la mano, y el polvo de la tierra se convirtió en
piojos por todos los ámbitos de Egipto. Faraón llamó a sus
magos para que hiciesen lo mismo, pero no pudieron. La
obra de Dios se manifestó entonces superior a la de
Satanás. [271] Los magos mismos reconocieron: "Dedo de
Dios es este." Pero el rey aun permaneció inconmovible.
Las súplicas y amonestaciones no tuvieron ningún
efecto, y se impuso otro castigo. Se predijo la fecha en
que había de suceder para que no se dijera que había
acontecido por casualidad. Las moscas llenaron las casas
y lo invadieron todo, "y la tierra fue corrompida a causa de
ellas." Estas moscas eran grandes y venenosas y sus
picaduras eran muy dolorosas para hombres y animales.
Como se había pronosticado, esta plaga no se extendió a
la tierra de Gosén.
Faraón ofreció entonces permitir a los israelitas que
hiciesen sacrificios en Egipto; pero ellos se negaron a
aceptar tales condiciones. "No conviene —dijo Moisés—
que hagamos así, porque sacrificaríamos a Jehová nuestro
Dios la abominación de los egipcios. He aquí, si
sacrificáramos la abominación de los egipcios delante de
ellos, ¿no nos apedrearían?" Los animales que los hebreos
tendrían que sacrificar eran considerados sagrados por los
egipcios; y era tal la reverencia en que los tenían, que aun
el matar a uno accidentalmente era crimen punible de
muerte. Sería imposible para los hebreos adorar en Egipto
sin ofender a sus amos.

308 PATRIARCAS Y PROFETAS

Moisés volvió a pedir al monarca que se les permitiese
internarse tres días de camino en el desierto. El rey
consintió, y rogó a los siervos de Dios que implorasen que
la plaga fuese quitada. Ellos prometieron hacerlo, pero le
advirtieron que no los tratara engañosamente. Se detuvo
la plaga, pero el corazón del rey se había endurecido por la
rebelión pertinaz, y todavía se negó a ceder.
Siguió un golpe más terrible; la peste atacó a todo el
ganado egipcio que estaba en los campos. Tanto los
animales sagrados como las bestias de carga, las vacas,
bueyes, ovejas, caballos, camellos y asnos, todos fueron
destruidos. Se había dicho claramente que los hebreos
serían exonerados; y Faraón, al enviar mensajeros a las
casas de los israelitas, comprobó la veracidad de esta
declaración de Moisés. "Del ganado de los [272] hijos de
Israel no murió uno." Todavía el rey se mantenía
obstinado.

Se le ordenó, entonces a Moisés que tomase cenizas
del horno y que las esparciese hacia el cielo delante de
Faraón. Este acto fue profundamente significativo.
Cuatrocientos años antes, Dios había mostrado a Abrahán
la futura opresión de su pueblo, bajo la figura de un horno
humeante y una lámpara encendida. Había declarado que
visitaría con sus juicios a sus opresores, y que sacaría a
los cautivos con grandes riquezas. En Egipto los israelitas
habían languidecido durante mucho tiempo en el horno de
la aflicción. Este acto de Moisés les garantizaba que Dios
recordaba su pacto y que había llegado el momento de la
liberación.

Cuando se esparcieron las cenizas hacia el cielo, las
diminutas partículas se diseminaron por toda la tierra de
Egipto, y doquiera cayeran producían granos, "tumores
apostemados así en los hombres, como en las bestias."

LAS PLAGAS DE EGIPTO 309

Hasta entonces los sacerdotes y los magos habían
alentado a Faraón en su obstinación, pero ahora el castigo
los había alcanzado también a ellos. Atacados por una
enfermedad repugnante y dolorosa, ya no pudieron luchar
contra el Dios de Israel, y el poder del que habían
alardeado los hizo despreciables. Toda la nación vio cuán
insensato era confiar en los magos, ya que ni siquiera
podían protegerse a sí mismos.
Pero el corazón de Faraón seguía endureciéndose.
Entonces el Señor le envió un mensaje que decía: "Yo
enviaré esta vez todas mis plagas a tu corazón, sobre tus
siervos, y sobre tu pueblo, para que entiendas que no hay
otro como yo en toda la tierra . . . y a la verdad yo te he
puesto para declarar en ti mi potencia." No era que Dios le
hubiese dado vida para este fin, sino que su providencia
había dirigido los acontecimientos para colocarlo en el
trono en el tiempo mismo de la liberación de Israel.
Aunque por sus crímenes, este arrogante tirano había
perdido todo derecho a la misericordia de Dios, se le había
preservado la vida para que mediante [273] su terquedad
el Señor manifestara sus maravillas en la tierra de Egipto.
La disposición de los acontecimientos depende de la
providencia de Dios. El pudo haber colocado en el trono a
un rey más misericordioso, que no hubiera osado resistir
las poderosas manifestaciones del poder divino. Pero en
ese caso los propósitos del Señor no se hubieran
cumplido. Permitió que su pueblo experimentara la terrible
crueldad de los egipcios, para que no fuesen engañados
por la degradante influencia de la idolatría. En su trato con
Faraón, el Señor manifestó su odio por la idolatría, y su
firme decisión de castigar la crueldad y la opresión.
Dios había declarado tocante a Faraón: "Yo empero
endureceré su corazón, de modo que no dejará ir al

310 PATRIARCAS Y PROFETAS

pueblo." (Exo. 4: 21.) No fue ejercido un poder
sobrenatural para endurecer el corazón del rey. Dios dio a
Faraón las evidencias más notables de su divino poder;
pero el monarca se negó obstinadamente a aceptar la luz.
Toda manifestación de poder infinito que él rechazara le
empecinó más en su rebelión. El principio de rebelión que
el rey sembró cuando rechazó el primer milagro, produjo
su cosecha. Al mantener su terquedad y alimentarla
gradualmente, su corazón se endureció más y más, hasta
que fue llamado a contemplar el rostro frío de su
primogénito muerto.
Dios habla a los hombres por medio de sus siervos,
dándoles amonestaciones y advertencias y censurando el
pecado. Da a cada uno oportunidad de corregir sus
errores antes de que se arraiguen en el carácter; pero si
uno se niega a corregirse, el poder divino no se interpone
para contrarrestar la tendencia de su propia acción. La
persona encuentra que le es más fácil repetirla. Va
endureciendo su corazón contra la influencia del Espíritu
Santo. Al rechazar después la luz se coloca en una
posición en la cual aun una influencia mucho más fuerte
será ineficaz para producir una impresión permanente.

[274]

El que cedió una vez a la tentación cederá con más
facilidad la segunda vez. Toda repetición del pecado
aminora la fuerza para resistir, ciega los ojos y ahoga la
convicción. Toda simiente de complacencia propia que se
siembre dará fruto. Dios no obra milagros para impedir la
cosecha. "Todo lo que el hombre sembrare, eso también
segará." (Gál. 6: 7.) El que manifiesta una temeridad
incrédula e indiferencia hacia la verdad divina, no cosecha
sino lo que sembró. Es así como las multitudes escuchan
con obstinada indiferencia las verdades que una vez
conmovieron sus almas. Sembraron descuido y

LAS PLAGAS DE EGIPTO 311

resistencia a la verdad, y eso es lo que recogen.
Los que están tratando de tranquilizar una conciencia
culpable con la idea de que pueden cambiar su mala
conducta cuando quieran, de que pueden jugar con las
invitaciones de la misericordia, y todavía seguir siendo
impresionados, lo hacen por su propia cuenta y riesgo.
Ponen toda su influencia del lado del gran rebelde, y creen
que en un momento de suma necesidad, cuando el peligro
los rodee, podrán cambiar de jefe sin dificultad. Pero esto
no puede realizarse tan fácilmente. La experiencia, la
educación, la práctica de una vida de pecaminosa
complacencia, amoldan tan completamente el carácter que
impiden recibir entonces la imagen de Jesús. Si la luz no
hubiese alumbrado su senda, su situación habría sido
diferente. La misericordia podría interponerse, y darles
oportunidad de aceptar sus ofrecimientos; pero después
que la luz haya sido rechazada y menospreciada durante
mucho tiempo será, por fin, retirada.
Se amenazó a Faraón con una plaga de granizo y se le
advirtió: "Envía, pues, a recoger tu ganado, y todo lo que
tienes en el campo; porque todo hombre o animal que se
hallare en el campo, y no fuera recogido a casa, el granizo
descenderá sobre él, y morirá." La lluvia o el granizo eran
en Egipto una cosa inusitada, y tormenta como la predicha,
nunca antes se había visto. La noticia se extendió
rápidamente, y todos los que creyeron la palabra del Señor
reunieron [275] su ganado, mientras los que
menospreciaron la advertencia lo dejaron en el campo. En
esa forma, en medio de un castigo se manifestó la
misericordia de Dios, se probó a las personas, y se mostró
cuántos habían sido llevados a temer a Dios mediante la
manifestación de su poder.
La tormenta llegó según lo predicho: truenos, granizo y

312 PATRIARCAS Y PROFETAS

fuego mezclados, "tan grande, cual nunca hubo en toda la
tierra de Egipto desde que fue habitada. Y aquel granizo
hirió en toda la tierra de Egipto todo lo que estaba en el
campo, así hombres como bestias; asimismo hirió el
granizo toda la hierba del campo, y desgajó todos los
árboles del país." La ruina y la desolación marcaron la
senda del ángel destructor. Sólo se salvó la región de
Gosén. Se demostró a los egipcios que la tierra está bajo
el dominio del Dios viviente, que los elementos responden
a su voz, y que la única seguridad consiste en obedecerle.
Todo Egipto tembló ante el tremendo juicio divino.
Faraón llamó aprisa a los dos hermanos y dijo: "He pecado
esta vez. Jehová es justo, y yo y mi pueblo impíos. ¡Orad a
Jehová: y cesen los truenos de Dios y el granizo; y yo os
dejaré ir, y no os detendréis más." Moisés contestó: "En
saliendo yo de la ciudad extenderé mis manos a Jehová, y
los truenos cesarán, y no habrá más granizo; para que
sepas que de Jehová es la tierra. Mas yo sé que ni tú ni
tus siervos temeréis todavía la presencia del Dios Jehová."
Moisés sabía que la lucha aun no había terminado. Las
confesiones de Faraón así como sus promesas no eran
efecto de un cambio radical en su mente o en su corazón,
sino que eran arrancadas por el terror y la angustia. No
obstante, Moisés prometió responder a su súplica, pues no
deseaba darle oportunidad de continuar en su terquedad.
El profeta, sin hacer caso de la furia de la tempestad, salió
y Faraón y toda su hueste fueron testigos del poder de
Jehová para preservar a su mensajero. Habiendo salido
fuera de la ciudad, Moisés "extendió sus manos a Jehová,
y cesaron los truenos [276] y el granizo; y la lluvia no cayó
más sobre la tierra." Pero tan pronto como el rey se hubo
tranquilizado de sus temores, su corazón volvió a su
perversidad.

LAS PLAGAS DE EGIPTO 313

Entonces el Señor dijo a Moisés: "Entra a Faraón;
porque yo he agravado su corazón, y el corazón de sus
siervos, para dar entre ellos estas mis señales; y para que
cuentes a tus hijos y a tus nietos las cosas que yo hice en
Egipto, y mis señales que di entre ellos, y para que sepáis
que yo soy Jehová."
El Señor estaba manifestando su poder, para afirmar la
fe de Israel en él como único Dios verdadero y viviente.
Daría inequívocas pruebas de la diferencia que hacía entre
ellos y los egipcios, y haría que todas las naciones
supiesen que los hebreos, a quienes ellos habían
despreciado y oprimido, estaban bajo la protección del
Cielo.

Moisés advirtió al monarca que si se empeñaba en su
obstinación, se enviaría una plaga de langostas, que
cubrirían la faz de la tierra, y comería todo lo verde que
aun quedaba; llenarían las casas, y aun el palacio mismo;
tal plaga sería, dijo, "cual nunca vieron tus padres ni tus
abuelos, desde que ellos fueron sobre la tierra hasta hoy."
Los consejeros de Faraón quedaron horrorizados. La
nación había sufrido una gran pérdida con la muerte de su
ganado. Mucha gente había sido muerta por el granizo.
Los bosques estaban desgajados, y las cosechas
destruidas. Rápidamente perdían todo lo que habían
ganado con el trabajo de los hebreos. Toda la tierra
estaba amenazada por el hambre. Los príncipes y los
cortesanos se agolparon alrededor del rey, y airadamente
preguntaron: "¿Hasta cuándo nos ha de ser este por lazo?
Deja ir a estos hombres, para que sirvan a Jehová su Dios;
¿aun no sabes que Egipto está destruido?"
Se llamó nuevamente a Moisés y a Aarón, y el monarca
les dijo: "Andad, servid a Jehová vuestro Dios. ¿Quién y

314 PATRIARCAS Y PROFETAS

quién son los que han de ir?"
La contestación fue: "Hemos de ir con nuestros niños y
con nuestros viejos, con nuestros hijos y con nuestras
hijas: [277] con nuestras ovejas y con nuestras vacas
hemos de ir, porque tenemos solemnidad de Jehová."
El rey se llenó de ira. "Así sea Jehová con vosotros —
vociferó— como yo os dejaré ir a vosotros y a vuestros
niños: mirad como el mal está delante de vuestro rostro.
No será así: id ahora vosotros los varones, y servid a
Jehová: pues esto es lo que vosotros demandasteis. Y
echáronlos de delante de Faraón."
El monarca había tratado de destruir a los israelitas
mediante trabajos forzados, pero ahora aparentaba tener
profundo interés en su bienestar y tierno cuidado por sus
pequeñuelos. Su verdadero objeto era retener a las
mujeres y los niños como garantía del regreso de los
hombres.

Moisés entonces extendió su vara por sobre la tierra, y
sopló un viento del este, y trajo langostas. "En gran
manera grave: antes de ella no hubo langosta semejante,
ni después de ella vendrá otra tal." Llenaron el cielo hasta
que la tierra se obscureció, y devoraron toda cosa verde
que quedaba.

Faraón hizo venir inmediatamente a los profetas y les
dijo: "He pecado contra Jehová vuestro Dios, y contra
vosotros. Mas ruego ahora que perdones mi pecado
solamente esta vez, y que oréis a Jehová vuestro Dios que
quite de mí solamente esta muerte." Así lo hicieron, y un
fuerte viento del occidente se llevó las langostas hacia el
mar Rojo. Pero aun así el rey persistió en su terca
resolución.

LAS PLAGAS DE EGIPTO 315

El pueblo egipcio estaba a punto de desesperar. Las
plagas que ya habían sufrido parecían casi insoportables, y
estaban llenos de pánico por temor del futuro. La nación
había adorado a Faraón como representante de su dios,
pero ahora muchos estaban convencidos de que él se
estaba oponiendo a Uno que hacía de todos los poderes
de la naturaleza los ministros de su voluntad. Los esclavos
hebreos, tan milagrosamente favorecidos, comenzaban a
confiar en su liberación. Sus comisarios no osaban
oprimirlos como hasta entonces. Por todo Egipto existía
un secreto temor de que la raza [278] esclavizada pudiese
levantarse y vengar sus agravios. Por doquiera los
hombres preguntaban con el aliento en suspenso: ¿Qué
seguirá después?
De repente una obscuridad se asentó sobre la tierra, tan
densa y negra que parecía que se podía palpar. No sólo
quedó la gente privada de luz, sino que también la
atmósfera se puso muy pesada, de tal manera que era
difícil respirar. "Ninguno vio a su prójimo, ni nadie se
levantó de su lugar en tres días; mas todos los hijos de
Israel tenían luz en sus habitaciones." El sol y la luna eran
para los egipcios objetos de adoración; en estas tinieblas
misteriosas tanto la gente como sus dioses fueron heridos
por el poder que había patrocinado la causa de los siervos.
(Véase el Apéndice, nota 5.) Sin embargo, por espantoso
que fuera, este castigo evidenciaba la compasión de Dios y
su falta de voluntad para destruir. Estaba dando a la gente
tiempo para reflexionar y arrepentirse antes de enviarles la
última y más terrible de las plagas.
Por último, el temor arrancó a Faraón una concesión
más. Al fin del tercer día de tinieblas, llamó a Moisés, y le
dio su consentimiento para que saliera el pueblo, con tal de
que los rebaños y las manadas permanecieran. "No
quedará ni una uña —contestó el decidido hebreo;—

316 PATRIARCAS Y PROFETAS

porque . . . no sabemos con qué hemos de servir a Jehová,
hasta que lleguemos allá." La ira del rey estalló
desenfrenadamente y gritó: "Retírate de mí: guárdate que
no veas más mi rostro, porque en cualquier día que vieres
mi rostro, morirás." La contestación fue: "Bien has dicho;
no veré más tu rostro."
"Moisés era muy gran varón en la tierra de Egipto, a los
ojos de los siervos de Faraón, y a los ojos del pueblo."
Moisés era considerado como persona venerable por los
egipcios. El rey no se atrevió a hacerle daño, pues la
gente le consideraba como el único ser capaz de quitar las
plagas. Deseaban que se permitiese a los israelitas salir
de Egipto. Fueron el rey y los sacerdotes los que se
opusieron hasta el último momento a las demandas de
Moisés. [279]

Capítulo 24

Capítulo 24

La Pascua

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