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LA HISTORIA DE LOS PATRIARCAS Y PORFETAS

LA HISTORIA DE LOS PATRIARCAS Y PORFETAS

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Tomo 1 de la serie: “La Gran Controversia”
Un comentario de las verdades espirituales más sobresalientes del relato bíblico, desde el principio de la creación hasta la muerte de David.
Tomo 1 de la serie: “La Gran Controversia”
Un comentario de las verdades espirituales más sobresalientes del relato bíblico, desde el principio de la creación hasta la muerte de David.

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JACOB y Esaú, los hijos gemelos de Isaac, presentan
un contraste sorprendente tanto en su vida como en su
carácter. Esta desigualdad fue predicha por el ángel de
Dios antes de que nacieran. Cuando él contestó la oración
de Rebeca, le anunció que tendría dos hijos y le reveló su
historia futura, diciéndole que cada uno sería jefe de una
nación poderosa, pero que uno de ellos sería más grande
que el otro, y que el menor tendría la preeminencia.
Esaú se crió deleitándose en la complacencia propia y
concentrando todo su interés en lo presente. Contrario a
toda restricción, se deleitaba en la libertad montaraz de la
caza, y desde joven eligió la vida de cazador. Sin
embargo, era el hijo favorito de su padre. El pastor
tranquilo y pacífico se sintió atraído por la osadía y la
fuerza de su hijo mayor, que corría sin temor por montes y
desiertos, y volvía con caza para su padre y con relatos
palpitantes de su vida aventurera.
Jacob, reflexivo, aplicado y cuidadoso, pensando
siempre más en el porvenir que en el presente, se
conformaba con vivir en casa, ocupado en cuidar los
rebaños y en labrar la tierra. Su perseverancia paciente,
su economía y su previsión eran apreciadas por su madre.
Sus afectos eran profundos y fuertes, y sus gentiles e
infatigables atenciones contribuían mucho más a su
felicidad que la amabilidad bulliciosa y ocasional de Esaú.

199

200 PATRIARCAS Y PROFETAS

Para Rebeca, Jacob era el hijo predilecto.
Las promesas hechas a Abrahán y confirmadas a su hijo
eran miradas por Isaac y Rebeca como la meta suprema
de sus deseos y esperanzas. Esaú y Jacob conocían
estas promesas, Se les había enseñado a considerar la
primogenitura como asunto de gran importancia, porque no
sólo abarcaba [176] la herencia de las riquezas terrenales,
sino también la preeminencia espiritual. El que la recibía
debía ser el sacerdote de la familia; y de su linaje
descendería el Redentor del mundo. En cambio, también
pesaban responsabilidades sobre el poseedor de la
primogenitura. El que heredaba sus bendiciones debía
dedicar su vida al servicio de Dios. Como Abrahán, debía
obedecer los requerimientos divinos. En el casamiento, en
las relaciones de familia y en la vida pública, debía
consultar la voluntad de Dios.
Isaac presentó a sus hijos estos privilegios y
condiciones, y les indicó claramente que Esaú, por ser el
mayor, tenía derecho a la primogenitura. Pero Esaú no
amaba la devoción, ni tenía inclinación hacia la vida
religiosa. Las exigencias que acompañaban a la
primogenitura espiritual eran para él una restricción
desagradable y hasta odiosa. La ley de Dios, condición del
pacto divino con Abrahán, era considerada por Esaú como
un yugo servil. Inclinado a la complacencia propia, nada
deseaba tanto como la libertad para hacer su gusto. Para
él, el poder y la riqueza, los festines y el alboroto,
constituían la felicidad. Se jactaba de la libertad ilimitada
de su vida indómita y errante.
Rebeca recordaba las palabras del ángel, y, con
percepción más clara que la de su esposo, comprendía el
carácter de sus hijos. Estaba convencida de que Jacob
estaba destinado a heredar la promesa divina. Repitió a

JACOB Y ESAÚ 201

Isaac las palabras del ángel; pero los afectos del padre se
concentraban en su hijo mayor, y se mantuvo firme en su
propósito.

Jacob había oído a su madre referirse a la indicación
divina de que él recibiría la primogenitura, y desde
entonces tuvo un deseo indecible de alcanzar los
privilegios que ésta confería. No era la riqueza del padre
lo que ansiaba; el objeto de sus anhelos era la
primogenitura espiritual. Tener comunión con Dios, como
el justo Abrahán, ofrecer el sacrificio expiatorio por su
familia, ser el progenitor del pueblo escogido y del Mesías
prometido, y heredar las posesiones inmortales que [177]
estaban contenidas en las bendiciones del pacto: éstos
eran los honores y prerrogativas que encendían sus
deseos más ardientes. Sus pensamientos se dirigían
constantemente hacia el porvenir, y trataba de comprender
sus bendiciones invisibles.
Con secreto anhelo escuchaba todo lo que su padre
decía acerca de la primogenitura espiritual; retenía
cuidadosamente lo que oía de su madre. Día y noche este
asunto ocupaba sus pensamientos, hasta que se convirtió
en el interés absorbente de su vida. Pero aunque daba
más valor a las bendiciones eternas que a las temporales,
Jacob no tenía todavía un conocimiento experimental del
Dios a quien adoraba. Su corazón no había sido renovado
por la gracia divina. Creía que la promesa respecto a él
mismo no se podría cumplir mientras Esaú poseyera la
primogenitura; y constantemente estudiaba los medios de
obtener la bendición que su hermano consideraba de poca
importancia y que para él era tan preciosa.
Cuando Esaú, al volver un día de la caza, cansado y
desfallecido, le pidió a Jacob la comida que estaba
preparando, éste último, en quien predominaba siempre el

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mismo pensamiento, aprovechó la oportunidad y ofreció
saciar el hambre de su hermano a cambio de la
primogenitura. "He aquí yo me voy a morir —exclamó el
temerario y desenfrenado cazador;— ¿para qué, pues, me
servirá la primogenitura?" (Gén. 25: 32.) Y por un plato de
lentejas se deshizo de su primogenitura, y confirmó la
transacción mediante un juramento. Unos instantes
después, a lo sumo, Esaú hubiera conseguido alimento en
las tiendas de su padre; pero para satisfacer el deseo del
momento, trocó descuidadamente la gloriosa herencia que
Dios mismo había prometido a sus padres. Todo su
interés se concentraba en el momento presente. Estaba
dispuesto a sacrificar lo celestial por lo terreno, a cambiar
un bien futuro por un goce momentáneo.
"Así menospreció Esaú la primogenitura." Al deshacerse
de ella, tuvo un sentimiento de alivio. Ahora su camino
estaba libre; podría hacer lo que se le antojara. ¡Cuántos
aun [178] hoy día, por este insensato placer, mal llamado
libertad, venden su derecho a una herencia pura,
inmaculada y eterna en el cielo!
Sometido siempre a los estímulos exteriores y
terrenales, Esaú se había casado con dos mujeres de las
hijas de Het. Estas adoraban dioses falsos, y su idolatría
causaba amarga pena a Isaac y Rebeca. Esaú había
violado una de las condiciones del pacto, que prohibía el
matrimonio entre el pueblo escogido y los paganos; pero
Isaac no vacilaba en su determinación de conferirle la
primogenitura. Las razones de Rebeca, el vehemente
deseo de Jacob de recibir la bendición, la indiferencia de
Esaú hacia sus obligaciones, no consiguieron cambiar la
resolución del padre. Pasaron los años, hasta que Isaac,
anciano y ciego, y esperando morir pronto, decidió no
demorar más en dar la bendición a su hijo mayor. Pero
conociendo la resistencia de Rebeca y de Jacob, decidió

JACOB Y ESAÚ 203

realizar secretamente la solemne ceremonia. En
conformidad con la costumbre de hacer un festín en tales
ocasiones, el patriarca mandó a Esaú: "Sal al campo, y
cógeme caza; y hazme un guisado, . . . para que te
bendiga mi alma antes que muera." (Véase Génesis 27)
Rebeca adivinó su propósito. Estaba convencida de
que era contrario a lo que Dios le había revelado como su
voluntad. Isaac estaba en peligro de desagradar al Señor
y de excluir a su hijo menor de la posición a la cual Dios le
había llamado. En vano había tratado de razonar con
Isaac, por lo que decidió recurrir a un ardid.
Apenas Esaú se puso en camino para cumplir su
encargo, empezó Rebeca a realizar su intención. Refirió a
Jacob lo que había sucedido, y le apremió con la
necesidad de obrar en seguida, para impedir que la
bendición se diera definitiva e irrevocablemente a Esaú.
Le aseguró que si obedecía sus instrucciones obtendría la
bendición, como Dios lo había prometido. Jacob no
consintió en seguida en apoyar el plan que ella propuso.
La idea de engañar a su padre le causaba [179] mucha
aflicción. Le parecía que tal pecado le traería una
maldición más bien que bendición. Pero sus escrúpulos
fueron vencidos y procedió a hacer lo que le sugería su
madre. No era su intención pronunciar una mentira
directa, pero cuando estuvo ante su padre, le pareció que
había ido demasiado lejos para poder retroceder, y
valiéndose de un engaño obtuvo la codiciada bendición.
Jacob y Rebeca triunfaron en su propósito, pero por su
engaño no se granjearon más que tristeza y aflicción. Dios
había declarado que Jacob debía recibir la primogenitura y
si hubiesen esperado con confianza hasta que Dios obrara
en su favor, la promesa se habría cumplido a su debido
tiempo. Pero, como muchos que hoy profesan ser hijos de

204 PATRIARCAS Y PROFETAS

Dios, no quisieron dejar el asunto en las manos del Señor.
Rebeca se arrepintió amargamente del mal consejo que
había dado a su hijo; pues fue la causa de que quedara
separada de él y nunca más volviera a ver su rostro.
Desde la hora en que recibió la primogenitura, Jacob se
sintió agobiado por la condenación propia. Había pecado
contra su padre, contra su hermano, contra su propia alma,
y contra Dios. En sólo una hora se había acarreado una
larga vida de arrepentimiento. Esta escena estuvo siempre
presente ante él en sus altos postrimeros, cuando la mala
conducta de sus propios hijos oprimía su alma.
Ni bien hubo dejado Jacob la tienda de su padre, entró
Esaú. Aunque había vendido su primogenitura y
confirmado el trueque con un solemne juramento, estaba
ahora decidido a conseguir sus bendiciones, a pesar de las
protestas de su hermano. Con la primogenitura espiritual
estaba unida la temporal, que le daría el gobierno de la
familia y una porción doble de las riquezas de su padre.
Estas eran bendiciones que él podía avalorar. "Levántese
mi padre —dijo,— y coma de la caza de su hijo, para que
me bendiga tu alma."
Temblando de asombro y congoja, el anciano padre se
dio cuenta del engaño cometido contra él. Habían sido
frustradas [180] las caras esperanzas que había albergado
durante tanto tiempo, y sintió en el alma el desengaño que
había de herir a su hijo mayor. Sin embargo, se le ocurrió
como un relámpago la convicción de que era la providencia
de Dios la que había vencido su intención, y había
realizado aquello mismo que él había resuelto impedir. Se
acordó de las palabras que el ángel había dicho a Rebeca,
y no obstante el pecado del cual Jacob ahora era culpable,
vio en él al hijo más capaz para realizar los propósitos de
Dios. Cuando las palabras de la bendición estaban en sus
labios, había sentido sobre sí el Espíritu de la inspiración; y

JACOB Y ESAÚ 205

ahora, conociendo todas las circunstancias, ratificó la
bendición que sin saberlo había pronunciado sobre Jacob:
"Yo le bendije, y será bendito."
Esaú había menospreciado la bendición mientras
parecía estar a su alcance, pero ahora que se le había
escapado para siempre, deseó poseerla. Se despertó toda
la fuerza de su naturaleza impetuosa y apasionada, y su
dolor e ira fueron terribles. Gritó con intensa amargura
"Bendíceme también a mí, padre mío." "¿No has guardado
bendición para mi?" Pero la promesa dada no se había de
revocar. No podía recobrar la primogenitura que había
trocado tan descuidadamente. "Por una vianda," con que
satisfizo momentáneamente el apetito que nunca había
reprimido, vendió Esaú su herencia; y cuando comprendió
su locura, ya era tarde para recobrar la bendición "No halló
lugar de arrepentimiento, aunque la procuró con lágrimas."
(Heb. 12: 16, 17) Esaú no quedaba privado del derecho de
buscar la gracia de Dios mediante el arrepentimiento; pero
no podía encontrar medios para recobrar la primogenitura.
Su dolor no provenía de que estuviese convencido de
haber pecado; no deseaba reconciliarse con Dios. Se
entristecía por los resultados de su pecado, no por el
pecado mismo.

A causa de su indiferencia hacia las bendiciones y
requerimientos divinos, la Escritura llama a Esaú "profano."
Representa a aquellos que menosprecian la redención
comprada [181] para ellos por Cristo, y que están
dispuestos a sacrificar su herencia celestial a cambio de
las cosas perecederas de la tierra. Multitudes viven para el
momento presente, sin preocuparse del futuro. Como
Esaú exclaman: "Comamos y bebamos, que mañana
moriremos." (1 Cor. 15: 32) Son dominados por sus
inclinaciones; y en vez de practicar la abnegación, pasan
por alto las consideraciones de más valor. Si se trata de

206 PATRIARCAS Y PROFETAS

renunciar a una de las dos cosas, la satisfacción de un
apetito depravado o las bendiciones celestiales prometidas
solamente a los que practican la abnegación de sí mismos
y temen a Dios, prevalecen las exigencias del apetito, y
Dios y el cielo son tenidos en poco.
¡Cuántos, aun entre los que profesan ser cristianos, se
aferran a goces perjudiciales para la salud, que entorpecen
la sensibilidad del alma! Cuando se les presenta el deber
de limpiarse de toda inmundicia del espíritu y de la carne,
perfeccionando la santidad en el temor de Dios, se
ofenden. Ven que no pueden retener esos goces
perjudiciales, y al mismo tiempo alcanzar el cielo, y como
la senda que lleva a la vida eterna les resulta tan estrecha,
concluyen por decidirse a no seguir en ella.
Millares de personas están vendiendo su primogenitura
para satisfacer deseos sensuales. Sacrifican la salud,
debilitan las facultades mentales, y pierden el cielo; y todo
esto por un placer meramente temporal, por un goce que
debilita y degrada. Así como Esaú despertó para ver la
locura de su cambio precipitado cuando era tarde para
recobrar lo perdido, así les ocurrirá en el día de Dios a los
que han trocado su herencia celestial por la satisfacción de
goces egoístas. [182]

Capítulo 17

Capítulo 17

Huida y Destierro de Jacob

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