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La Persona Humana en La Doctrina Social de La Iglesia

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La Persona Humana en la Doctrina Social de la Iglesia

La Persona Humana en la Doctrina Social de la Iglesia1
José Andrés Bravo Henríquez2

Mensaje inicial
Estimados universitarios. Me siento honrado de poder comunicarles estas reflexiones desde mi seguimiento a Jesús y mi ser de Iglesia. Lo que pretendo ofrecerles está basado en la experiencia del pueblo de Dios. Es decir, en la acción liberadora de Dios en la historia, que encontramos escrita en la Escritura Sagrada. Además, apelo al Magisterio de la Iglesia, específicamente a su doctrina social. No esperen, pues, mucha originalidad de mi parte. Hablo de la persona humana porque, como lo ha afirmado Juan Pablo II, “el hombre en la plena verdad de su existencia, de su ser personal y a la vez de su ser comunitario y social –en el ámbito de la propia familia, en el ámbito de la sociedad y de contextos tan diversos, en el ámbito de la propia nación, o pueblo (y posiblemente sólo aún del clan o de la tribu), en el ámbito de toda la humanidad- este hombre es el primer camino que la Iglesia debe recorrer en el cumplimiento de su misión, él es el camino primero y fundamental de la Iglesia, camino trazado por Cristo mismo”3.

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Ponencia presentada por el Pbro. José Andrés Bravo Henríquez en la Universidad Católica Andrés Bello (Caracas) el 16 de septiembre 2010, en un curso de Doctrina Social de la Iglesia para jóvenes estudiantes de diferentes universidades de Venezuela. 2 Capellán y Profesor de la Universidad Católica Cecilio Acosta (Maracaibo), Párroco de la Parroquia Santa Teresita del Niño Jesús (Amparo-Maracaibo), Asesor de la Acción Católica y del Foro Eclesial de Laicos (Maracaibo). 3 Juan Pablo II, Redemptor hominis 14 (4-marzo-1979). (Tomado de Juan Pablo II, Encíclicas de Juan Pablo II, Edibesa, Madrid 1995, tercera edición, páginas 1-102).

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Agradezco la generosa invitación que me hicieron los organizadores de este evento. Mi respeto a las autoridades, profesores, profesoras y estudiantes. En general, a todos los que hacen vida vocacional en esta tan prestigiosa Universidad Católica Andrés Bello. Permítanme un mensaje inicial para todos ustedes. El plan de salvación que Dios se empeña realizar en la historia, ha querido hacerlo con personas humanas con un perfil muy peculiar. Pues, Dios gusta elegir a personas jóvenes y pobres. Precisamente, esas siempre son las excusas de los elegidos para no responder al grave compromiso que se les presenta a ustedes en la sociedad venezolana de hoy. Para ser breve, les presento un ejemplo. El mejor ejemplo podría ser Moisés, David, Jeremías o algún otro profeta. Pero de ellos les hablaré más adelante. Cuenta la Escritura Sagrada, en el libro de Jueces capítulo 6, que el espíritu del joven rebelde Gedeón está inquieto porque su pueblo sufre la tiranía de Madián. Una vez vino a él el Ángel del Señor saludándole: “El Señor está contigo, valiente”. Pero Gedeón le reprocha al mismísimo Ángel que si el Señor estuviera con su pueblo no sucedería lo que está sufriendo. Sorpresa, el Señor le exige: “Vete, y con tus propias fuerzas salva a Israel de los madianitas. Yo te envío”. Es aquí donde su espíritu rebelde y valiente no entiende y se excusa diciendo: “¿Cómo puedo yo librar a Israel? Mi familia es la menor (insignificante y pobre) y yo el más pequeño de mi casa (joven)”. Pero, el Señor jamás retira su llamada. Y, por otro lado, siempre triunfa con los jóvenes y con los pobres. Así, queridos jóvenes esta lucha es de ustedes. Estas reflexiones quieren contribuir a encender sus corazones e inquietar sus espíritus. En estas reflexiones, quisiera motivarlos a valorar su ser como personas dignas de respeto, yo diría también de veneración y amor. Como jóvenes comprometidos, desde la fe cristiana, para construir una nueva humanidad, con la vida y las enseñanzas de Jesús y su Iglesia. Al reflexionar sobre la persona humana quiero honrar la memoria de Franklin Brito quien con el único instrumento pacifico del cual disponía, defendió su dignidad y su derecho y los de su familia. Prefirió morir que vivir resignado a perder sus derechos. En él, tengo presente a muchos luchadores por la libertad, la justicia y la paz. Afortunadamente, la mayoría son jóvenes y pobres, como los prefiere Dios. A Brito y a todos los mártires de la dignidad humana, mi respeto y admiración.

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El ser humano es importante para Dios
Tal como se formula en un documento de la Congregación para la Educación Católica, “la enseñanza social de la Iglesia se origina del encuentro del mensaje evangélico y de sus exigencias éticas con los problemas que surgen en la vida de la sociedad” 4. De hecho, la revelación divina comienza precisamente en el momento cuando Dios se deja conmover por la difícil situación social que vive el pueblo de Israel5. Este pueblo que se refugia en Egipto a causa del hambre, sufre una inhumana situación de esclavitud por parte
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Pontificia Congregación para la Educación Católica, Orientaciones para el estudio y enseñanza de la Doctrina Social de la Iglesia en la formación de los sacerdotes 3. 5 Para esta historia la acción liberadora de Dios: Cf. Pontificio Consejo “Justicia y Paz”, Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, Consejo Episcopal Latinoamericano (CELAM), Bogotá 2005, 20-59 (En adelante citamos Compendio seguido del numeral correspondiente). Cf. Croatto, José Severino, Historia de Salvación. La experiencia religiosa del pueblo de Dios, Verbo Divino, Navarra 2000. Cf. Ortega Orcajo, Rafael, ¿qué es la Biblia?, Paulinas, Caracas 1981. Cf. Bigo, Pierre, Doctrina Social de la Iglesia. Iglesia y mundo en diálogo, Instituto Católico Estudios Sociales de Barcelona, Barcelona 1967, págs. 17-37.

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del régimen absoluto del Faraón. Ante esta realidad humana, Dios baja y se presenta a Moisés para expresarle su profundo sentimiento de descontento ante una humanidad sufrida y su firme decisión de liberarla, porque ha escuchado sus gemidos6. Estamos, pues, ante el Dios de los Padres de Israel que irrumpe en la historia y, así como el Samaritano de la parábola evangélica de Jesús, se acerca al que es maltratado por los bandidos 7. Es que esta situación de opresión no es querida ni aceptada por Dios porque es contraria a su designio. Este mismo Dios que se revela para liberar al pueblo, es el Dios que crea al ser humano en y para la libertad. Dios lo creó a su imagen y semejanza. Es decir, haciéndole partícipe de su naturaleza divina. Por eso, “la verdadera libertad es signo eminente de la imagen divina en el hombre. Pues quiso dejar al hombre en manos de su propia decisión, de modo que busque sin coacción a su Creador y, adhiriéndose a Él, llegue libremente a la plena y feliz perfección”8. Este es el designio de Dios. Es este también el sentido más profundo de la acción de Dios en la historia. Además, para que el ser humano viva su plena realización como imagen suya, Dios lo creó en comunión, como es él. Porque el Dios revelado no es individualismo ni masa anónima, sino es comunidad divina de relación amorosa de tres personas totalmente diferentes, Padre-Hijo-Espíritu Santo, perfecto pluralismo y perfecta comunión de amor 9. No podría ser sino ontológicamente un ser en comunión quien es creado a imagen de Dios Trinidad. Esta será otra de las luchas libradas por Dios con su pueblo. Es así como, en la alianza del Sinaí, al convertirse en el Dios del Pueblo y convertir a Israel en su pueblo, le entrega unas leyes que escribe en el corazón de cada ser humano para que le sirvan de ayuda de modo que viva la libertad en la comunión10. De esta manera podrá vivir en relación de hijo a Padre amando a su Dios y obedeciendo sus deseos amorosos. Y entre sí, en una relación fraterna. Y como señor de todo lo creado: “La Sagrada Escritura enseña que el hombre ha sido creado a imagen de Dios, capaz de conocer y amar a su Creador y que ha
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Cf. Éxodo 3,1-6. Cf. Lucas 10,29-37. 8 Vaticano II, Constitución Pastoral sobre la Iglesia en el mundo actual Gaudium et spes 17. (Tomado del Concilio Ecuménico Vaticano II, edición bilingüe promovida por la Conferencia Episcopal Española, Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid 2004, páginas 286-499. En adelante citaremos con la sigla GS seguida del numeral correspondiente). 9 Cf. Forte, Bruno y Silanes, Nereo, La SS. Trinidad, programa social del cristianismo, Secretariado Trinitario, Salamanca 1999. 10 Cf. Éxodo 19,16-21.

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sido constituido por Él señor de todas las criaturas terrenas para regirlas y servirse de ellas glorificando a Dios”11. La nota más significativa de un pueblo querido por Dios es su sistema social donde no existan desigualdades, marginados, oprimidos ni esclavos. Donde se viva la comunión, en libertad y fundamentada en el amor. Es así como se distingue de los demás pueblos. Es constituido una nación de tribus con un servicio y una misión específica para cada una de las tribus para que todos puedan disfrutar de todos los bienes que Dios nos ha puesto a nuestra disposición. Se podría interpretar que Dios ha querido que su pueblo viva una estructura social constituida en comunidades de personas libres y responsables. Cuando el pueblo pide establecer la monarquía para ser gobernado por un rey al igual que otras naciones, las relaciones comienzan a estropearse12. Naturalmente, no podemos negar que Israel crece y las relaciones internacionales traen consigo compromisos aun más conflictivos y las tentaciones monárquicas son mayores. En este mundo el sistema de vida social deseado por Dios se hace difícil vivir. Aun así, la elección de David como rey, crea un sentido profundamente importante para el plan salvador de Dios13. David tiene el perfil apropiado para ser rey según el corazón de Dios14. Porque, en definitiva, es Dios quien gobierna a su pueblo. David es joven y pobre, pero, sobre todo, tiene el oficio más apropiado para un gobernante, es pastor. Un verdadero pastor tiene habilidades y sensibilidades importantes para gobernar al pueblo. Lo primero que debe reconocerse en un pastor es su responsabilidad con su rebaño. No es un asalariado, el rebaño le pertenece. Debe saber entender a sus ovejas a pesar de sus torpezas. Mantenerlas sanas y unidas. Hacer que le conozcan y le sigan. Incluso, debe ser valiente y tener un gran sentido de su responsabilidad, que lo lleva a enfrentarse al rabioso lobo para defender su rebaño15. Así quiere Dios que gobierne el rey a su pueblo, como un pastor. En realidad, la mayor fuerza de David es su fe. Saber que Dios es el Rey. Como lo reza el salmista, él es el brazo y su bravura, justicia y derecho es la base de su trono, ante sí tiene el amor y la lealtad 16. El
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GS 12. Cf. 1Samuel 8. 13 Cf. 1Samuel 16ss. 14 Un estudio importante sobre el rey David: Cf. Costacurta, Bruna, Con la cítara y con la honda. La subida de David hacia el trono, Desclée de Bruuwer, Bilbao 1998. 15 Cf. Juan 10,1-21. 16 Cf. Salmo 89.

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salmista suplica: “Oh Dios, da al rey tu juicio, al hijo de rey tu justicia. Para que con justicia gobierne a tu pueblo, con equidad a tus humildes”17. Ya sabemos la historia transmitida en la Sagrada Escritura, muchos reyes desviaron su misión y, olvidándose de la Alianza con Dios, se convirtieron en explotadores del pueblo. Las consecuencias son el caos y la pérdida de la convivencia en paz y libertad. La deportación a Babilonia trae consigo nuevos y más crueles sufrimientos para el pueblo. Dios sigue escuchando sus gemidos y sigue respondiendo acercándose al ser humano y hablándole por medio de los profetas. Habla, impone su palabra fuerte, como una espada de doble filo que penetra hasta lo más intimo, hasta lograr que se convierta y vuelva a ser leal a la Alianza. Pues, Dios rescata nuevamente a su pueblo. El ser humano vuelve a tener un espacio para vivir en comunión, en libertad y amor. Esta es la historia humana donde Dios realiza su plan liberador, respondiendo siempre cada vez que el ser humano sufre. Una extraordinaria síntesis de lo que hasta ahora hemos expuesto lo encontramos en el documento de la III Conferencia General del Episcopado Latinoamericano celebrada en el año 1979 en Puebla de los Ángeles (México), este documento es identificado como Puebla. Enseña Puebla: “Dios Padre, …, no abandonó al hombre en poder de su pecado. Reinicia una y otra vez el diálogo con él; invita a hombres concretos a una alianza para que construyan el mundo a partir de la fe y de la comunión con Él, aceptando ser sus colaboradores en su designio salvador. La historia de Abraham y la elección del pueblo de Israel; la historia de Moisés, de la liberación del pueblo de la esclavitud de Egipto y de la Alianza del Sinaí; la historia de David y de su reino; el destierro de Babilonia y el retorno a la tierra prometida, nos muestran la mano poderosa de Dios Padre que anuncia, promete y empieza a realizar la liberación de todos los hombres, del pecado y de sus consecuencias”18. Ahora bien, la encarnación de Jesucristo marca la plenitud de la revelación de Dios y el cumplimiento de su promesa. Ciertamente, el colmo de Dios que no perdonó ni a su propio Hijo, sino que lo entregó para que el humano pueda tener vida en abundancia,
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Salmo 72. Conferencia General del Episcopado Latinoamericano, Puebla-1979 La Evangelización en el presente y en el futuro de América Latina, 187. (Tomado de Episcopado Latinoamericano Conferencias Generales, Documentos Pastorales, San Pablo, Chile 1993, páginas 225-464. En adelante citaremos Puebla seguido del numeral correspondiente).

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liberándolo de todo pecado y de todas sus consecuencias. Este evento misterioso es la más grande exaltación de la dignidad humana. Pues, Dios se hace hombre, la Palabra se hizo carne (historia, pueblo, cultura), para habitar entre nosotros19, para que los hombres podamos participar de su vida divina: “Realmente, el misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado. Pues, Adán, el primer hombre, era figura del que había de venir, es decir, de Cristo, el Señor. Cristo, el nuevo Adán, en la misma revelación del misterio del Padre y de su amor, manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y le descubre la grandeza de su vocación. Así pues, no es nada extraño que las verdades ya indicadas encuentren en Él su fuente y alcancen su culminación. El que es imagen de Dios invisible20 es el hombre perfecto que restituyó a los hijos de Adán la semejanza divina, deformada desde el primer pecado. En Él la naturaleza humana ha sido asumida, no absorbida, por eso mismo, también en nosotros ha sido elevada a una dignidad sublime. Pues, Él mismo, el Hijo de Dios, con su encarnación, se ha unido, en cierto modo, con todo hombre. Trabajó con manos de hombre, pensó con inteligencia de hombre, obró con voluntad de hombre, amó con corazón de hombre. Nacido de la Virgen María, se hizo verdaderamente uno de nosotros, en todo semejante a nosotros excepto en el pecado”21. Quisiera insistir en esta última verdad de la acción de Dios, profundamente humanística, con palabras de Puebla sobre la grandeza del ser humano en la encarnación del Hijo de Dios: “Dios Padre envió al mundo a su Hijo Jesucristo, nuestro Señor, verdadero Dios, nacido del Padre antes de todos los siglos y verdadero Hombre, nacido de María la Virgen por obra del Espíritu Santo. En Cristo y por Cristo, Dios Padre se une a los hombres. El Hijo de Dios asume lo humano y lo creado y restablece la comunión entre su Padre y los hombres. El hombre adquiere una altísima dignidad y Dios irrumpe en la historia humana, vale decir, en el peregrinar de los hombres hacia la libertad y la fraternidad, que aparecen ahora como un camino hacia la plenitud del encuentro con Él”22. Jesucristo ha venido al mundo, esta es la buena noticia para la humanidad sumergida en la opresión. Su encarnación es el encuentro del Evangelio con el pueblo. Su
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Cf. Juan 1,14. Cf. Colosenses 1,15. 21 GS 22. 22 Puebla 188.

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proyecto es un Reino, distinto a los de este mundo cuyo signo es la tiranía. Él es el rey esperado, anhelado; que actúa como un Pastor bueno23. El centro de su vida y predicación es el Reino de Dios, dándole un sentido nuevo a un gobierno fundamentado en el servicio: “Saben que los que son tenidos como jefes de las naciones, las gobiernan como señores absolutos y los grandes las oprimen con su poder. Pero no ha de ser así entre ustedes; sino que el que quiera llegar a ser grande entre ustedes, será su servidor, y el que quiera ser el primero, será esclavo de todos, que tampoco el Hijo del hombre ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por muchos”24. Este pasaje bien podría denominarse la doctrina política de Jesús y su Evangelio. Jesús, comienza su ministerio asumiendo el programa profetizado por Isaías25: anunciar el Evangelio a los pobres, proclamar la liberación a los cautivos, hacer ver a los ciegos, liberar al oprimido y declarar el “año de gracia del Señor” 26. Su vida se caracteriza en un acercamiento al más necesitado: al enfermo, al pecador, al excluido de la sociedad. Se acerca a las mujeres y a los niños para bendecirlos y dignificarlos. Rechaza una religión que da más valor a las leyes y tradiciones que a los hombres. Para vivir en la dignidad de hijos de Dios, nos llama a seguirlo. El seguimiento a Jesús da sentido a nuestra fe cristiana. En su discurso evangélico conocido como el sermón de la montaña27, podemos encontrar un maravilloso programa de vida, dando valor a la entrega por el bien de los demás. La felicidad es la realización del más alto valor, el amor. Desde él, la pobreza, la mansedumbre, el deseo de paz y justicia, la misericordia, incluso el sacrificio de enfrentar el conflicto por el reino de Dios, hace al ser humano digno y su historia adquiere sentido trascendente. El mundo sin el hombre y la mujer, es oscuro y desabrido. Somos sal y luz. Por eso, dependiendo de cómo vivamos esta dignidad, el mundo tendrá su sentido humano. Pues, un verdadero seguidor de Jesús no reduce su vida religiosa en la sola piedad individual, es menester practicar las exigencias comunitarias del Evangelio.

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Cf. Juan 10. Marcos 10,42-45. Cf. Isaías 61. Lucas 4,18-19. Cf. Mateo 5-7.

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Ciertamente, Jesucristo es el hombre. Es decir, que en Él está el verdadero misterio de cómo debemos ser nosotros. Él vino para señalarnos el camino, la historia que debemos realizar. Cuanto de Él hemos dicho, se expresa en la entrega, ese es su modo de ser y existir. Es la cruz, donde el amor se vive en extremo, el camino. Y es la resurrección la meta triunfante de la total liberación. Por eso, la cruz del sacrificio de Jesús y a la que estamos nosotros llamados, no es el sufrimiento por el sufrimiento. Es la historia vivida en una continua entrega amorosa que nos lleva a enfrentar todo sacrificio para construir la comunión en libertad y amor. Es, si se quiere, la utopía del Reino de Dios, la que nos exige vivir no cuidando nuestras vidas individuales, sino entregándolas para que se hagan abundantes, sean eternas28. Es por eso que ninguna amenaza, ni el martirio ni la lisonja, podrán frenar la lucha liberadora del cristiano. En este sentido, la Constitución Pastoral Gaudium et spes del Vaticano II, señala claramente: “El hombre difícilmente puede llegar a este sentido de la responsabilidad si las condiciones de vida no le permiten llegar a ser consciente de su dignidad y responder a su vocación entregándose a Dios y a los demás. La libertad humana con frecuencia se debilita cuando el hombre cae en extrema necesidad, de la misma manera que se envilece cuando, abandonándose a una vida demasiado fácil, se encierra en una especie de dorada soledad. Por el contrario, se fortalece la libertad cuando el hombre acepta las inevitables obligaciones de la vida social, asume las multiformes exigencias de la convivencia humana y se compromete al servicio de la comunidad humana”29. En definitiva, según lo afirma Jesús, el Reino será para aquellos que respondan con amor a las graves cuestiones con las cuales la historia nos reta en lo que respecta a las relaciones interhumanas. Sin duda, la parábola del juicio final recogida por Mateo30 plantea las cuestiones sociales que exigen una atención especial en la vida cristiana. En ella se presenta la situación del hombre que sufre hambre y sed, la situación del servicio del agua potable y el gravísimo problema de la sequía del planeta; la situación del hombre que emigra, es perseguido o refugiado, o simplemente no tiene donde vivir por falta de una política exitosa de vivienda; incluso la situación del hombre que no tiene ni cómo vestir
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Cf. Lucas 9,23-26. GS 31. Cf. Mateo 25,31-46.

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dignamente; la situación inhumana de la salud, de la justicia y la de las cárceles, donde sufre el ser humano y con quienes Jesucristo se identifica.

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El ser humano es importante para la Iglesia
La acción liberadora de Dios se convierte para la Iglesia en su identidad y vocación31. El Espíritu Santo la vivifica para la misión evangelizadora en la historia. En Ella Dios sigue cerca de los hombres, para servirlos y continuar realizando su plan de salvación. “La Iglesia es en Cristo como un sacramento o signo e instrumento de la unión íntima con Dios y de la unidad de todo el género humano”32. Es la Iglesia el espacio donde debe vivirse la comunión querida por Dios, en libertad y fundada en el amor. Su sentido en la humanidad queda definido por la evangelización. Paulo VI en su carta magna Evangelii nuntiandi, nos enseña que esta “evangelización no sería completa si no tuviera en cuenta la interpelación recíproca que en el curso de los tiempos se establece entre el Evangelio y la vida concreta, personal y social del hombre”33. Por eso, la evangelización es el encuentro de Dios humanado con la humanidad. Porque para el autor de la Exhortación Apostólica referida, “entre evangelización y promoción humana –desarrollo, liberación- existen efectivamente lazos muy fuertes. Vínculos de orden antropológico, porque el hombre que hay que evangelizar no es un ser abstracto, sino un ser sujeto a los problemas sociales y económicos. Lazos de orden teológico, ya que no se puede disociar el plan de la creación del plan de la redención que llega hasta situaciones muy concretas de injusticia, a la que hay que combatir y de justicia que hay que restaurar. Vínculo de orden eminentemente evangélico como es el de la caridad: en efecto, ¿cómo proclamar el mandamiento nuevo sin promover, mediante la justicia y la paz, el verdadero, el auténtico crecimiento del hombre?”34. El Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia (2005) lo expresa en el
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Paulo VI, Exhortación Apostólica Postsinodal sobre la Evangelización del mundo contemporáneo Evangellii nuntiandi 14 (8-diciembre-1975). (Tomado de Paulus VI, Encíclicas de Pablo VI, Ebidesa, Madrid 1998, páginas 323-426. En adelante citaremos EN seguido del numeral correspondiente). 32 Vaticano II, Constitución Dogmática sobre la Iglesia Lumen gentium 1. (Tomado del Concilio Ecuménico Vaticano II, edición bilingüe promovida por la Conferencia Episcopal Española, Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid 2004, páginas 5--171. En adelante citaremos con la sigla LG seguida del numeral correspondiente). 33 EN 29. 34 EN 31.

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mismo capítulo donde presenta la acción liberadora de Dios en la historia de su pueblo que fundamenta y da sentido a la misión de la Iglesia. Para ampliarlo luego en el siguiente capítulo y manifestar así el sentido misionero de su doctrina social: “En la humanidad y en el mundo, la Iglesia es el sacramento del amor de Dios y, por ello, de la esperanza más grande, que activa y sostiene todo proyecto y empeño de auténtica liberación y promoción humana. La Iglesia es entre los hombres la tienda del encuentro con Dios…, de modo que el hombre no está solo, perdido o temeroso en su esfuerzo por humanizar el mundo, sino que encuentra apoyo en el amor redentor de Cristo. La Iglesia es servidora de la salvación no en abstracto o en sentido meramente espiritual, sino en el contexto de la historia y del mundo en que el hombre vive”35. Paulo VI, al clausurar el Concilio Vaticano II y expresar así su sentido de cara a la humanidad, presenta a la Iglesia renovada como “la sirvienta de la humanidad”. Dice: “la Iglesia, reunida en Concilio, ha dirigido realmente su atención, … , hacia el hombre, el hombre tal como se presenta actualmente: el hombre que vive, el hombre que está totalmente entregado a sí mismo; el hombre que no sólo se considera el único centro de todo su interés, sino que se atreve a afirmar que él es el principio y razón de todas las cosas”36. Por eso, la Iglesia “se siente verdadera e íntimamente solidaria del género humano y de su historia”37. Cuando la humanidad sufre, la Iglesia escucha sus clamores, se acerca y le sirve. También Ella, como el samaritano del Evangelio, se hace prójimo, comunión, se encarna como lo ha hecho el Hijo de Dios. Se hace pueblo, cultura, lenguaje, historia, vida. Podemos decir que con su Doctrina Social, desde las enseñanzas de León XIII en la Rerum novarum (15-5-1891) respondiendo a cada cuestión humana, la Iglesia acompaña y sirve al peregrino histórico en el camino hacia la realización de la nueva humanidad identificada con el Reino de Dios. En cada documento ilumina el camino de los hombres para que pueda enfrentar con valor e inteligencia, en solidaridad y dignidad, las cuestiones

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Compendio 60 Paulo VI, Discurso de S.S. Pablo VI pronunciado el 7 de diciembre de 1965, en la Basílica Vaticana, durante la sesión pública con que se clausuró el Concilio ecuménico Vaticano II. (Tomado del Concilio Ecuménico Vaticano II, edición bilingüe promovida por la Conferencia Episcopal Española, Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid 2004, páginas 1173-1181). 37 GS 1.

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sociales que surgen de sus vidas en relación y del encuentro con el Evangelio de Jesús y sus exigencias éticas. Por eso, un criterio importante para la interpretación de esta doctrina social es su carácter histórico. Cada uno de sus documentos, aun guardando principios perennes y universales revelados por Dios y definidos por el Magisterio Eclesial, aborda cuestiones históricas concretas. Pues, no se “puede dar prueba mayor de solidaridad, respeto y amor a toda la familia humana que la de diálogo con ella acerca de todos estos problemas, aclarárselos a la luz del Evangelio y poner a disposición del género humano el poder salvador que la Iglesia, conducida por el Espíritu Santo, ha recibido de su Fundador. Es la persona del hombre la que hay que salvar. Es la sociedad humana la que hay que renovar. Es, por consiguiente, el hombre; pero el hombre todo entero, cuerpo y alma, corazón y conciencia, inteligencia y voluntad”38. De ahí que en la lectura de cada documento social, debemos ubicarnos en el contexto histórico desde donde se emite y conocer el problema específico que aborda. Además, para su comprensión, la interpretación y actualización del mensaje, es necesario hacer relectura enfrentándola con nuestra actual realidad humana. Pues, esta doctrina evoluciona en la medida que responde a situaciones propias de la historia. Es Juan Pablo II quien nos enseña que “a partir de la aportación valiosísima de León XIII, enriquecida por las sucesivas aportaciones del Magisterio, se ha formado ya un corpus doctrinal renovado, que se va articulando a medida que la Iglesia, en la plenitud de la Palabra revelada por Jesucristo y mediante la asistencia del Espíritu Santo, lee los hechos según se desenvuelven en el curso de la historia. Intenta guiar de este modo a los hombres para que ellos mismos den respuestas, con la ayuda también de la razón y de las ciencias humanas, a su vocación de constructores responsables de la sociedad terrena”39.

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GS 3. Juan Pablo II, Carta Encíclica Sollicitudo rei socialis al cumplirse el vigésimo aniversario de la Populorum progressio 1. (30-diciembre-1987) (Tomado de Encíclica de Juan Pablo II, Edibesa, Madrid 1995, páginas 605-709. En adelante citamos SRS seguido del numeral correspondiente).

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La Iglesia apuesta por un humanismo integral y solidario
El Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, arriba citado, elaborado por el Pontificio Consejo Justicia y Paz, documento que ha enriquecido y revitalizado la doctrina social, centra también su atención en “un humanismo integral y solidario”. Toda esta síntesis de la doctrina reafirma con claridad lo que hasta ahora hemos reflexionado. Pues, “la Iglesia camina junto a toda la humanidad por los senderos de la historia. Vive en el mundo y, sin ser del mundo40, está llamada a servirlo siguiendo su propia e intima vocación… El Concilio Vaticano II ha querido dar una elocuente demostración de la solidaridad, del respeto y del amor por la familia humana… La Iglesia, signo en la historia del amor de Dios por los hombres y de la vocación de todo el género humano a la unidad en la filiación del único Padre, con este documento sobre su doctrina social busca también proponer a todos los hombres un humanismo a la altura del designio del amor de Dios sobre la historia, un humanismo integral y solidario, que pueda animar un nuevo orden social, económico y político, fundado sobre la dignidad y la libertad de toda persona humana, que se actúa en la paz, la justicia y la solidaridad. Este humanismo podrá ser realizado si cada
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Cf. Juan 17,14-16.

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hombre y mujer y sus comunidades saben cultivar en sí mismos las virtudes morales y sociales y difundirlas en la sociedad”41. A partir de estas reflexiones, podemos fijar la atención en las enseñanzas que sobre el humanismo cristiano nos ofrece el ya mencionado Concilio Vaticano II en su Constitución Gaudium et spes. Este magno documento responde a las preguntas: “¿Qué piensa la Iglesia sobre el hombre? ¿Qué recomendaciones se ha de hacer para edificar la sociedad actual? ¿Cuál es el significado último de la actividad humana en el universo?... Así, la misión de la Iglesia se mostrará como misión religiosa y, por esto mismo, sumamente humana”42. Este interés del Concilio por la persona humana responde a un camino renovador de la Iglesia marcado desde sus inicios por Juan XIII en su Constitución Apostólica Humanae salutis (25-12-1961) con la que convoca solemnemente al Concilio. En ella, el Beato Papa describe la situación humana a la que la Iglesia debe dar respuesta descubriendo en la actual historia los signos de los tiempos43. Dice este documento: “La Iglesia ve en nuestros días que la convivencia de los hombres, gravemente perturbada, tiende a un gran cambio. Y cuando la comunidad de los hombres es llevada a un nuevo orden, la Iglesia tiene ante sí una tarea inmensa, tal como hemos aprendido que sucedió en las épocas más trágicas de la historia. Hoy se exige a la Iglesia que inyecte la virtud perenne, vital, divina del Evangelio en las venas de esta comunidad humana actual”44. Ciertamente, hoy se vive un tiempo en el que el ser humano anda en búsqueda de respuestas existenciales que den sentido a su historia. Y la evangelización, por tanto, debe penetrar hasta las mismas raíces de la cultura humana, “tomando siempre como punto de partida la persona y teniendo siempre presentes las relaciones de las personas entre sí y con Dios”45.

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Compendio 18-19. GS 11. 43 Cf. Mateo 16,3. 44 Juan XIII, Constitución Apostólica Humanae salutis (25-12-1961) (Tomado del Concilio Ecuménico Vaticano II, edición bilingüe promovida por la Conferencia Episcopal Española, Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid 2004, páginas 1068-1074. En adelante citamos HS). 45 EN 20.

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Antes de presentarles los rasgos característicos del ser humano, tal como lo enseña la Constitución Gaudium et spes del Vaticano II y otros importantes documentos eclesiales de dimensión social, permítanme indicarles lo que Puebla de manera clara denuncia como visiones inadecuadas del hombre46. Se rechaza una visión determinista donde supuestas fuerzas ocultas pretenden guiar la historia humana, donde la persona humana, en una alienación total, se hace prisionera de los caprichos de la magia y hechicería. “Se agrega a veces, la creencia en la reencarnación por parte de los adeptos de varias formas de espiritismo y de religiones orientales… Una variante de esta visión determinista, pero más de tipo fatalista y social, se apoya en la idea errónea de que los hombres no son fundamentalmente iguales. Semejante diferencia articula en las relaciones humanas muchas discriminaciones y marginaciones incompatibles con la dignidad del hombre”47. Otra es la visión psicologísta, que reduce a la persona humana al puro psiquismo. “Se presenta la persona como víctima del instinto fundamental erótico o como un simple mecanismo de respuesta a estímulos, carente de libertad. Cerrada a Dios y a los hombres ya que la religión como la cultura y la propia historia serían apenas sublimaciones del instinto sensual, la negación de la propia responsabilidad conduce no pocas veces al pansexualismo y justifica el machismo latinoamericano”48. También las visiones economicistas de la persona humana que lo convierte en instrumento y objeto de consumo: “todo se fabrica y se vende en nombre de los valores del tener, del poder y del placer como si fueran sinónimos de la felicidad humana. Impidiendo así el acceso a los valores espirituales, se promueve, en razón del lucro, una aparente y muy onerosa participación en el bien común”49. Podemos decir que los nuevos ídolos que ha construido el hombre actual son precisamente: el tener, el poder y el placer. Aquí debemos denunciar que tanto el capitalismo50 como el comunismo51 es ateo porque coloca el capital y/o la ideología como superior a la persona y contradice así al designio de Dios. Pues, “el
46

La el estudio del humanismo en Puebla: Cf. Ruiz Arenas, Octavio, La doctrina antropológica de Puebla. Hacia un humanismo de comunión y participación, Consejo episcopal Latinoamericano (CELAM), Bogotá 1992. Cf. Muñoz, Ronaldo, Evangelio y liberación en América Latina. La teología pastoral de Puebla, Confederación Latinoamericana de Religiosos (CLAR), Bogotá 1980 (El Capítulo I: Humanismo Evangélico, págs. 15-46). 47 Puebla 308-309. 48 Puebla 310. 49 Puebla 311.

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liberalismo económico, de praxis materialista, nos presenta una visión individualista del hombre. Según ella, la dignidad de la persona consiste en la eficacia económica y en la libertad individual. Encerrada en sí misma y aferrada frecuentemente a un concepto religioso de la salvación individual, se ciega a las exigencias de la justicia social y se coloca al servicio del imperialismo internacional del dinero”52. Pero, por su lado, “el marxismo clásico substituye la visión individualista del hombre por una visión colectivista, casi mesiánica, del mismo… Materialista y ateo, el humanismo marxista reduce el ser humano en última instancia a las estructuras exteriores”53. Yo diría, lo reduce a las estructuras del Estado, que no es sino a la del partido comunista. Este es uno de los “humanismos” que en última instancia desemboca, como lo afirma Paulo VI en la Populorum progressio54, en inhumano. Es el “drama del humanismo ateo”, como se titula la monumental obra del Cardenal francés Henry De Lübac, citada por en el mismo documento de Paulo VI. Esta visión coincide en mucho con la denominada visión estatista, basada en la teoría de la Seguridad Nacional de las terribles dictaduras latinoamericanas de derecha, donde “la voluntad del estado se confunde con la voluntad de la nación. El desarrollo económico y el potencial bélico se superponen a las necesidades de las masas abandonadas. Aunque necesaria a toda organización política, la Seguridad Nacional vista bajo este ángulo se presenta como un absoluto sobre las personas; en nombre de ella se institucionaliza la inseguridad de los individuos”55. Estarán pensando en nuestra actual situación política venezolana y lo parecido a esta visión del hombre que Puebla nos presenta, aunque el sistema que nos gobierna se dice llamar izquierdista. La visión estatista es igualmente inaceptable para los que, desde el Evangelio de Jesús y la Doctrina Social de la Iglesia, profesamos al ser humano con la dignidad de hijo de Dios y hermano nuestro. Además, esta visión estatista es una clara idolatría al estado y muchas veces a la simple ideología.

50

Cf. Lortz, Joseph, Historia de la Iglesia, tomo II, Cristiandad, Madrid 2008, págs. 517-521. 51 Ibíd. Págs. 521-523. 52 Puebla 312. 53 Puebla 313. 54 Paulo VI, Cata Encíclica sobre el desarrollo de los pueblos Populorum progressio 42 (26-marzo-1967). (Tomado de Paulus VI, Encíclicas de Pablo VI, Ebidesa, Madrid 1998, páginas 145-215. En adelante citaremos PP seguido del numeral correspondiente). 55 Puebla 314.

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La visión cientificista es acusada por la Iglesia como contraria a un humanismo cristiano, porque “sólo reconoce como verdad lo que la ciencia puede demostrar; el mismo hombre se reduce a su definición científica”56. La humanidad queda sometida al poder de la tecnocracia y, por tanto, a la idolatría de la ciencia y la tecnología. Por otro lado, ante esta inquietud humana se presentan reflexiones humanísticas de diferentes tendencias57. Estamos, ante un período peligroso, donde todo está cuestionado por el ser humano. Los espíritus pensantes vuelcan su atención en lo humano y dan la espalda a toda realidad metafísica y religiosa. El secularismo es el ambiente que se vive en la humanidad. El humanismo existencialista calificado de negativo liderado por el francés Jean-Paul Sartre (1905-1980), resalta una humanidad sumergida en la inquietud, la angustia, la perversidad, lo absurdo, la muerte, el ocaso y el hastío de todo; y una existencia intrascendente, encerrada en sí misma. Para él, la náusea es el sentimiento que nos invade cuando se descubre la esencia contingente y lo absurdo de lo real. Un pensamiento así nace de la terrible experiencia de los hechos más trágicos de la historia contemporánea, como lo ha señalado Juan XXIII en la Constitución Humanae salutis. Se refiere ciertamente a las dos guerras mundiales y sus consecuencias. En la pequeña obra “el existencialismo es un humanismo”, Sartre cuya influencia fue enorme, identifica al hombre con la libertad absoluta, haciendo de este valor su más terrible mal. No acepta nada que someta al hombre, no es una esencia fija, es lo que proyecta ser. La existencia precede a la esencia, es la característica central de su humanismo. Si es así, no se puede explicar una naturaleza humana dada. De ahí afirma sin reparo: “Dios no existe, no encontramos ante nuestros valores u órdenes que estén en condiciones de legitimar nuestra conducta. Así, no tenemos ni ante nosotros ni detrás de nosotros en un ámbito luminoso de valores, justificaciones o excusas. Estamos solos, sin excusa. Expresaré esto diciendo que el hombre está condenado a ser libre. Condenado, porque no fue él mismo quien se creó, y sin embargo libre porque una vez que fue arrojado al mundo, es responsable de todo lo que hace” 58. Ciertamente, este pensamiento sartreano es una protesta de lo perverso de la situación que el ser humano es capaz de hacer. Pero, su pensamiento es inaceptable porque ha significado una de las
56 57

Puebla 315. Cf. Schillebeeckx, Edward, El mundo y la Iglesia, Sígueme, Salamanca 1970. 58 Sartre, Jean-Paul, El existencialismo es un humanismo, Ediciones del 80, Buenos Aires 1985, pág. 21.

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influencias más perniciosas de la humanidad. Pues, no estamos condenados a ser libres, sino que la libertad es una vocación que realizamos cuando nos transcendemos a nosotros mismo, hasta la realización plena negada por Sartre y ofrecida por el Evangelio de Jesús. El existencialismo negativo y ateo tiene una contrapartida en el existencialismo positivo representado por los filósofos alemanes Karl Jaspers59 (1883-1969) y Martín Heidegger (1889-1976). El tema de la angustia existencial se hace presente en sus visiones humanistas, pero, para ellos existe una orientación hacia lo absoluto que lo supera. Así, la historia no se encamina hacia una vivencia destructiva brutal, sino que tiene un porvenir trascendente. El realizarse en la historia como un proyecto existencial en el ejercicio de la libertad, nos conduce a aceptar la presencia de Dios. Es decir, esta manera de existencialismo tiene un carácter espiritual. Ciertamente, las situaciones humanas creadas por las guerras rompen con el optimismo garantizado por el racionalismo y el cientificismo. Lo que promete el idealismo, el positivismo y el marxismo para el progreso humano y la solución de los problemas, caen al suelo. Entonces es cuando el existencialismo admite la finitud de lo humano. “El existencialismo se interesa justamente por el hombre, por el hombre en su singularidad. El hombre del existencialismo no es el objeto que sirve de ejemplo a una teoría, el miembro de una clase o un ejemplar de un género reemplazable por cualquier otro ejemplar del mismo género. El hombre que toma en consideración la filosofía de la existencia tampoco es un mero instante del proceso de una razón omnicomprensiva o una simple deducción del

59

Copleston, Frederick, Historia de la Filosofía, 9, Ariel Filosofía, Barcelona 2000, pág. 369: “Cuando un filósofo se pone a discutir temas como la libertad humana, la autenticidad, la auto-comprometerse y las relaciones personales, es inevitable que los trate de un modo abstracto y los exprese valiéndose de conceptos generales o universales. Karl Jaspers, por ejemplo, distinguió con agudeza entre la objetividad científica del hombre y la empresa filosófica de hacer luz en las profundidades en que íntimamente nos percatamos de nuestra libertad con miras a que se le aclaren al hombre sus posibilidad básica de auto-trascendencia”. En esta afirmación, Copleston dice en la nota de pie de página: “El punto de vista de Jaspers podría expresarse así: Considerado como objeto de estudio científico, el hombre es algo hecho, y los individuos son clasificables de diversos modos por los fisiólogos, los psicólogos, etc. Para los filósofos de la ecistencia el hombre es el agente libre que se hace a sí mismo: es siempre existencia posible. Y cada individuo es único, una única posibilidad de autotrascendencia”.

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sistema. La existencia es algo imposible de deducir; la realidad no se identifica con la racionalidad ni se reduce tampoco a ella”60. Sin embargo, el humanismo marxista propuesto por los seguidores del alemán Karl Marx (1818-1883)61 se vuelve poderoso con el sueño del paraíso terrenal de la sociedad comunista, moviliza a las clases obreras para la toma del poder, guiado por el Partido Comunista expresado en el famoso Manifiesto de 1848 escrito por el mismo Marx y Engels. Sin duda, el marxismo se ha dado cuenta de la situación inhumana del sistema capitalista y busca crear consciencia del valor del trabajo del hombre moderno. Pero, la respuesta ha vaciado al ser humano de su individualidad y personalidad, entendiéndolo como un producto del aparato social. En pocas palabras, como lo indica el mismo Marx en la tesis VI sobre Feuerbach: “El ser humano no es una abstracción inherente al individuo aislado. En su realidad, el ser humano es el conjunto de las relaciones sociales”62. Es así como, los que hoy se profesan marxistas desde el poder en Venezuela, se empeñan en que la persona humana no es lo importante, sino que lo verdaderamente importante es el colectivo. Sin embargo, no deja de ser significativa la presencia de pensadores que con un humanismo cristiano, desde el seno de la Iglesia Católica, han celebrado, inspirado e impulsado lo que ha sido el despertar de la masa obrera. El dominico Lebret (1897-1966)63, el neo-tomista Maritain (1882-1973)64, el personalista Mounier (1905-1950)65, entre otros de iguales meritos. No hay duda, ellos han contribuido en mucho al desarrollo humanístico de la Doctrina Social de la Iglesia. El Vaticano II y, más concretamente, la Gaudium et spes ha recibido de ellos un gran impulso.
60

Reale, Giovanni y Antiseri, Darío, Historia del pensamiento filosófico y científico, III, Herder, Barcelona 2005, pág., 527. 61 Cf. Fromm, Erich, y otros, Humanismo socialista, Paidós, Buenos Aires 1974. 62 Citado por Verneaux, Roger, Historia de la Filosofía Contemporánea, Herder, Barcelona 1997, pág. 22. 63 El Padre Louis Joseph Lebret, baluarte de una espiritualidad militante enraizada en la categoría de solidaridad a la que ve como un acto político de la misericordia. Autor del primer borrador de la Populorum Progressio, llevó hasta los confines del mundo la urgencia del desarrollo como nuevo nombre de la paz, a la que entregó día a día su vida. Fundador en 1941 del movimiento Economía y Humanismo: http://www.dominicos.org 64 Cf. Copleston, Frederick, op. Cit., págs. 248-254. 65 Cf. Ibíd. págs. 298-305.

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Pero el más influyente, por medio del nuevo movimiento teológico, es el Padre Pierre Teilhard De Chardin (1881-1955)66, reconocido científico y humanista francés. Para él, el ser humano avanza hacia una socialización mayor, haciéndose consciencia de que evoluciona hasta hacerse cada vez más persona en la medida en que va marchando hacia la constitución de una humanidad superior. Esta superioridad de la humanidad se realiza en el “punto omega”, es decir, el hombre del amor y la gracia. Ahí reconoce al Creador a quien se dirige con actos internos y externos de religión. Este punto omega no es sino la incorporación de Cristo en la historia (encarnación). Es lo que él llama la cristosfera67. Sin duda, una de las muchas y maravillosas enseñanzas de este Jesuita francés es la humanización del esfuerzo cristiano. Escribe que “en nuestro tiempo, la gran objeción que se hace al Cristianismo, la verdadera fuente de desconfianza que hace impermeables para la Iglesia bloques enteros de Humanidad, no son precisamente dificultades de orden histórico o teológico. Es la sospecha de que nuestra religión hace a sus fieles inhumanos”68. Su respuesta no se hace esperar: “No, el Cristianismo no es como se hace ver, o como se practica a veces, una carga suplementaria de prácticas y de obligaciones que vienen a hacer más duro y más gravoso el peso, de por sí tan pesado, de la vida social, o a multiplicar las trabas, de por sí ya tan paralizantes, de la misma. En verdad es un arma poderosa que confiere una significación, una elegancia y una gracilidad nuevas a lo que ya veníamos haciendo. Indudablemente nos encaminamos hacia cimas imprevistas”69. Con estos y muchos otros pensamientos humanísticos cristianos, la Iglesia, en la Constitución Pastoral Gaudium et spes del Vaticano II, da la cara al mundo, para servir a la persona humana. Ella escucha sus interrogantes, comprende la complejidad de su situación, respeta la autonomía de lo terrenal, valora su progreso y brinda a la humanidad el servicio de la evangelización. Es un documento que enriquece la doctrina eclesial, especialmente la social. Parte de la convicción de que nada de lo humano le es indiferente al cristiano y, por supuesto, a la Iglesia. Ella misma está integrada por seres humanos reunidos en Cristo y guiados por el Espíritu Santo hacia el Reino del Padre 70. De manera que, la Iglesia es la
66

Cf. Copleston, Frederick, Historia de la Filosofía, 9, Ariel Filosofía, Barcelona 2000, págs. 306-314. 67 De Chardin, Theilhard, El fenómeno humano, Taurus, Madrid 1974. 68 Id., El medio divino, Taurus, Madrid 1966, pág. 57. 69 Ibíd. pág. 60. 70 Cf. GS 1.

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humanidad misma que es peregrina, es historia. Una historia donde Dios es la fuente, el camino y la meta; es el que crea y salva. La Iglesia no es ajena al mundo, porque si es verdad que Ella está constituida por cada una de las personas humanas que existen, unidas entre sí y con Dios, también es verdad que el mundo no es aquello pernicioso identificado con el demonio. Pues, la Iglesia es la familia humana y el mundo el “teatro de la historia humana, con sus afanes, fracasos y victorias”71. Cristo sigue habitando entre nosotros por medio de la Iglesia. Los rasgos característicos del ser humano comienzan por el reconocimiento de su ser creatura. No se trata de una cosa entre las cosas. No se trata de un ser vivo entre los seres vivos. Ciertamente, el humano es materia contingente y corruptible. El primer libro de la Sagrada Escritura afirma que es creado del polvo de la tierra (humus es la tierra húmeda de la que proviene, en latín, la palabra humano). La Iglesia dice que “no es licito al hombre despreciar la vida corporal, sino que, por el contrario, tiene que considerar su cuerpo bueno y digno de honra, ya que ha sido creado por Dios y que ha de resucitar en el último día. Sin embargo, herido por el pecado, experimenta las rebeliones del cuerpo. Así pues, la propia dignidad del hombre pide que glorifique a Dios en su cuerpo y no permita que esté al servicio de las inclinaciones depravadas de su corazón72. En la revelación podemos aprender que el cuerpo no es un objeto que tenemos, es constitutivo del humano. Es el ser humano en su dimensión cósmica. Somos cuerpo, no es que tenemos un cuerpo. El cuerpo humano nos hace presentes en el mundo, no como arrojados sino como constitutivos del mundo. Esta idea podemos ampliarla con las enseñanzas del documento de Puebla: “Dios nos da la existencia en un cuerpo por el que podemos comunicarnos con los demás y ennoblecer el mundo, por ser hombres necesitamos de la sociedad en que estamos inmersos y que vamos transformando y enriqueciendo con nuestro aporte en todos los niveles, desde la familia y los grupos intermedios, hasta el Estado cuya función indispensable ha de ejercerse al servicio de las personas y la misma comunidad internacional”73. Pero el ser humano no es sólo cuerpo, es también alma. Cierto, la persona humana es un ser individual. Cada uno posee su propia identidad. Eso es, cada ser es sólo idéntico a
71 72 73

GS 2. GS 14. Puebla 336.

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sí mismo y, por tanto, distinto a los demás. Aun formando parte de un género, es individuo. Cuando me refiero a alguien debo identificarlo con su nombre propio. Esta individualidad puede ser expresada en su misma corporeidad. Sin embargo, la distinción fundamental del humano es que, entre todas las cosas que constituyen el cosmos, él tiene una superioridad. La Iglesia enseña lo que aprende de la Revelación divina: “No se equivoca el hombre cuando se reconoce superior a las cosas corporales y no se considera sólo una partícula de la naturaleza o un elemento anónimo de la ciudad humana. Pues, en su interioridad, el hombre es superior al universo entero; retorna a esta profunda interioridad cuando vuelve a su corazón, donde Dios, que escruta los corazones, le aguarda donde él mismo, bajo los ojos de Dios, decide sobre su propio destino. Por tanto, al reconocer en sí mismo un alma espiritual e inmortal, no se engaña con espejismo falaz procedente sólo de las condiciones físicas y sociales, sino que, por el contrario, alcanza la misma verdad profunda de la realidad”74. El ser humano no es sólo individualidad. Sólo lo simplemente material puede ser individualizado. Pero, el ser humano es un misterio creado por Dios como una compleja unidad de cuerpo material y alma espiritual75. No sólo materia, ni sólo espíritu. Podríamos decir que es un cuerpo espiritualizado o un alma encarnada. No es un cuerpo que posee un alma, ni un alma que posee un cuerpo. Es esa compleja unidad íntima que lo hace Persona humana. No es cosa ni es Dios. Aunque participa del mundo corpóreo y de la naturaleza divina. Es único, Persona humana. Ser en el mundo, pero como peregrino. Es trascendente, su destino es la eternidad. Aun más, es válido decir que pertenece al género animal, pero superior porque posee razón, es “un animal con razón”. Pero, la verdad es que su superioridad y trascendencia es porque Dios crea a la Persona humana a su “imagen y semejanza”76, capaz de conocer y amar a su Creador. Y, por eso, es señor de todo lo creado. Ahí, según la Iglesia, radica la dignidad de Persona humana. Este misterio de la Persona humana, para el cristiano, es revelado en Jesucristo. Éste no sólo nos revela a Dios Padre, sino que también nos revela al hombre 77. Si queremos
74 75 76 77

GS 14. Cf. GS 14 Génesis 1,27. Cf. GS 22.

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conocer a la Persona humana debemos acercarnos y seguir a la tercera Persona divina encarnada en Jesús que es el Cristo. Él es la verdadera imagen del Dios invisible y la verdadera y auténtica verdad perfecta de la Persona humana. Jesucristo es el hombre como debe ser. Pero, aún más, al encarnarse, con el misterio pascual de su pasión, muerte y resurrección, nos une íntimamente a Él. De manera que, tal como Él es Hijo de Dios, todos, configurados a Él78, somos hijos79. La Persona humana es la imagen de Dios e hijo del mismo Dios. Ahí su nobleza. Podemos terminar estas reflexiones, con el rasgo que más destaca la Doctrina Social de la Iglesia. Y podemos hacerlo con la afirmación directa de la Sagrada Escritura: “Dijo Dios: no es bueno que el hombre viva sólo”80. La persona humana es un ser en comunión. Ya nos hemos referido antes a este tema. Sólo nos limitamos a las enseñanzas de la Gaudium et spes: “Dios, que cuida de todos con paterna solicitud, ha querido que los hombres constituyan una sola familia y se traten entre sí con espíritu de hermanos. Todos han sido creados a imagen y semejanza de Dios, quien hizo de uno todo el linaje humano para toda la haz de la tierra, y todos son llamados a un solo e idéntico fin, esto es, Dios mismo”81. Ahí mismo, concluye como también yo concluyo estas reflexiones: “Esta semejanza demuestra que el hombre, única criatura terrestre a la que Dios ha amado por sí mismo, no puede encontrar su propia plenitud si no es en la entrega sincera de sí mismo a los demás”82.

78 79 80 81 82

Cf. Romano 6,1ss. Cf. Gálata 3,26. Génesis 2,18. GS 24. GS 24.

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