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Mario O'Donnell - Historias Argentinas

Mario O'Donnell - Historias Argentinas

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Carlos de Alvear había derrotado a San Martín en el liderazgo de la logia y por varios años condujo la política de
las tumultuarias Provincias del Río de la Plata, en un principio a través de su tío Gervasio Posadas, un Director
Supremo sujeto a su voluntad al que luego relevaría para imponer voluntad de gobernante que a medida que su
poder fue debilitándose acentuó su arbitrariedad y su autoritarismo. Derribado por fin del gobierno y condenado al
exilio escribiría desde Río de Janeiro al Rey de España el 23 de agosto de 1815:
“Es muy deplorable a un español (¿Alvear español?) que ha nacido con honor y que procuró acreditarlo entre los
gloriosos defensores de la Nación, presentarse ahora a vindicar su conducta en actitud de delincuente y con las
sombras de rebelde o enemigo del Rey. Yo me habría ido lejos de los hombres a ocultar mi vergüenza si no
conservase una esperanza de hacer disculpables mis procedimientos o si conociera menos de la clemencia del
Soberano y la indulgencia de sus ministros”.
Expone que fue a Buenos Aires y se mezcló en política “animado de la esperanza de rectificar las ideas que
alimentaba el fanatismo de la multitud (...) agrégueme al partido de los que eran conocidos por más vehementes y
acalorados con el objeto de adquirirme en crédito elevado de patriota y de tomar ascendiente sobre los que suponía
más capaces de una oposición sostenida a las ideas de conciliación”
Habría ocupado el Directorio Supremo sólo para “aventurarse a un paso decisivo que pusiese término a esta maldita
revolución (la de Mayo, claro) pero había quienes no querían que el país volviere a su antigua tranquilidad (...) Y
por eso he caído, por eso he sido víctima; porque mi decidido conato ha sido volver estos países a la dominación

Historias Argentinas

file:///G|/historiasargentinas.htm[09/09/2010 13:44:30]

de un Soberano que solamente puede hacerlos felices”.
Haciendo méritos para la mejor recepción de la indigna carta que enviaría pocos días después, Alvear convoca al
embajador británico en Río y le da información valiosísima sobre las fuerzas rebeldes en las Provincias Unidas.
Como no hubiera podido hacerlo el mejor de los espías al servicio del enemigo detalla, en una nota por él firmada,
, que las tropas en Buenos Aires sumaban algo más de 10.000 hombres, que San Martín “enrola en Mendoza 950
hombres y tiene ocho piezas (cañones)”, que el ejército de Rondeau en el Norte había descendido de 6.000
soldados a 3.000 “por la deserción”, que las provincias bajo la protección de Artigas “son las más entusiastas por la
guerra” (ampliando ese indeseado homenaje al oriental avisa que “sus tropas tiene un valor y constancia
admirables”), que en Buenos aires “el pueblo bajo es fanático por la independencia” (es claro que el de “pueblo
alto” que él representa lo es mucho menos). Para completar la infamia, seguramente por orden de Alvear, su
colaborador y también exiliado Angel Monasterio, días después entregaría al representante español un plano
detallado y veraz de la proyectada defensa de Buenos Aires en caso de ser atacada.
El Rey español, seguramente por dignidad, no dio respuesta a la carta. Su nieto, el presidente argentino Marcelo T.
de Alvear, hizo todo lo posible para hacer desparecer dichos documentos que hoy se conservan en la Biblioteca
Nacional de España, legajo No. 5843.
Pero no terminarían allí las trapisondas de don Carlos María, uno de los mayores “indultados” por nuestra historia
consagrada. Ya el 31 de enero de 1815, apenas dos semanas después de ser designado Director Supremo, decidió
buscar el protectorado británico y escribe a lord Castlereagh, primer ministro de la Corona, siendo encargado de la
misión secreta Manuel José García, el mismo que años después entregaría la Banda Oriental al Brasil en nombre de
Rivadavia y del embajador inglés. "Estas provincias desean pertenecer a la Gran Bretaña, recibir sus leyes,
obedecer a su gobierno y vivir bajo su influjo poderoso. Ellas se abandonan sin condición alguna a la generosidad y
buena fe del pueblo inglés y yo estoy resuelto a sostener tan justa solicitud para librarlas de los males que las
afligen. Es necesario que se aprovechen los buenos momentos, que vengan tropas que se impongan a los genios
díscolos y un jefe plenamente autorizado que empiece a dar al país las forman que fueren del beneplácito del Rey."
Este vergonzoso documento está conservado en el Archivo del Instituto de Investigaciones Históricas de la
Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires y no es ajeno a las tratativas que, hasta los
tiempos recientes , otros jefes de Estado y ministros han llevado a acabo con potencias y organismos extranjeros
aunque con mayor disimulo y mejor cobertura. Ejemplifica también la tendencia, a lo largo de nuestra historia, de
muchos “notables” que desconfiaron de la capacidad de nuestro pueblo de construir un país y prefirieron, con
jugosos premios, apelar al pacto, habitualmente clandestino, con los poderosos de afuera.
El “caso Alvear”, a quien conmemora el monumento más valioso artística y pecuniariamente de la capital
argentina, obra del genial escultor francés Antoine Bourdelle, propone una reflexión sobre las razones de los
“indultos” de nuestra historia consagrada, que invirtiendo las razones, permite comprender los motivos de sus
“maldiciones”: don Carlos estuvo protegido por su condición de venerable masónico y de aristócrata, pues fue una
de las figuras más relevantes de la sociedad porteña de entonces. Sus descendientes también lo serían, ocupando
cargos de enorme importancia: su hijo Torcuato sería el primer intendente de la capital argentina y su nieto Marcelo
T. alcanzaría la presidencia de la Nación. Quienes plantaron los fundamentos de nuestra historia, también
pertenecientes a la clase dominante (en defensa de Mitre debe reconocerse que fue quien publicó la carta a lord
Castlereagh), fueron sus amigos de infancia, socios de los mismos clubes, y compartieron los mismos intereses
económicos, políticos y culturales. En aquellos tiempos las circunstanciales rivalidades se dirimían como
“caballeros”, es decir alivianadas por un riguroso respeto hacia la pertenencia de clase. También es claro que el
talante ideológico de Alvear lo emparenta con otros destacados “indultados” de su época– Rivadavia, Lavalle,
Pueyrredón, García - todos ellos funcionales para la instauración del régimen liberal en lo económico pero
autoritario en lo político, oligárquico, porteñista, despectivo de lo nacional, que impera en Argentina hasta nuestros
días.

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