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Comentario Biblico, Antiguo y Nuevo Testamento

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Esto es de gran ayuda permitiendo más claridad a pasajes en la escritura.
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INTRODUCCIÓN

AUTOR Y TRASFONDO

Jeremías profetizó al reino de Judá durante los reinados de Josías (640-609 a.
de J.C.), Joacaz (609), Joacim (609-597), Joaquín (597) y Sedequías (597-
587). Las palabras iniciales del libro (<240102>

Jeremías 1:2) nos dicen que su
ministerio comenzó en 627 a. de J.C. Su obra, por lo tanto, cubrió 40 años,
toda una carrera, y coincidió con los últimos años del reino de Judá. Jeremías
puede así ser considerado como uno de los profetas del exilio, juntamente con
Ezequiel (ver también la tabla en la p. 656).

Con Ezequiel, por lo tanto, Jeremías fue un sucesor de los grandes profetas de
un siglo más temprano (Isaías, Oseas, Amós, Miqueas) que habían predicado
en los días en que todavía había dos reinos, Israel (el reino del norte) y Judá
(del sur). El primero, sin embargo, había sido desmantelado en 722 a. de J.C.
por los poderosos asirios (“la vara de mi [Dios] ira”; <231005>

Isaías 10:5), después
que las advertencias de Amós y otros habían sido desatendidas. La Judá de
Jeremías, por consiguiente, aunque había sobrevivido a la arremetida de los
asirios (ver 2 Reyes 18—20), era un pequeño y amenazado remanente del
pueblo de Dios. ¿Podría sobrevivir por más tiempo? La respuesta dependería
de que el pueblo escuchara la palabra de Dios a través de Jeremías.

Cuando Jeremías escuchó primero la palabra de Dios, Asiria ya no era la fuerza
que había sido antes. Fue en el tiempo de su declinación (el destino de todos
los imperios) que el rey Josías pudo reafirmar la antigua demanda israelita al
territorio del Norte, perdido cien años antes (<122315>

2 Reyes 23:15-20). En 612
a. de J.C. Nínive, la capital de Asiria, cayó ante el nuevo poder de la región,
Babilonia, que ahora representaba la nueva amenaza del pueblo de Dios.
Jeremías la presenta como un ejército que vendrá “de la tierra del norte” (6:22).
Como un siglo antes, así ahora, los planes de Dios para su pueblo estaban
ligados con eventos históricos y políticos sobre los cuales el pueblo no tenía
control. Dios mismo traería a este enemigo contra su pueblo infiel (5:15).

EL MENSAJE

Los profetas a menudo dirigían sus palabras a los reyes, porque éstos tenían
una responsabilidad especial en el mantenimiento de la vida religiosa del pueblo.
A este respecto Jeremías es interesante porque su ministerio comenzó en el
tiempo que el rey Josías estaba reformando la religión de Judá. 2 Reyes 22—
23 describe extensamente las medidas que tomó y las relaciona con el
descubrimiento del “libro de la Ley” en el templo (probablemente
Deuteronomio), perdido posiblemente durante el largo y corrompido reinado
del rey Manasés (ver sobre <122208>

2 Reyes 22:8). Esto fue en 621 a. de J.C.
cinco años después del llamado de Jeremías. La reforma puede haber estado
en marcha desde 628, sin embargo, como está implícito en <143403>

2 Crónicas
34:3-7. Sorprende por lo tanto que la predicación de Jeremías, que critica en
sumo grado a Judá, comenzó durante el reinado de un rey justo y fiel. Esto
puede sugerir que él pensaba que la reforma por sí misma no podría producir
en el pueblo el cambio profundo que Dios deseaba. Su llamado sería para un
cambio completo de corazón (<240404>

Jeremías 4:4).

Jeremías, sin embargo, criticó a todos los líderes dentro de Judá por su fracaso
en no dar enseñanza y liderazgo fiel conforme a las normas del pacto, de lo que
ellos eran responsables. Reyes (cap. 22), profetas (<242309>

Jeremías 23:9-40) y

sacerdotes (<240207>

Jeremías 2:7) fueron atacados inflexiblemente. (Se hace una

excepción con Josías, <242215>

Jeremías 22:15, 16.) La condenación es más notable
porque Jeremías mismo era a la vez profeta y sacerdote (<240101>

Jeremías 1:1). El

pueblo del pacto, de hecho, era falso totalmente (<240903>

Jeremías 9:3-6). Esta es

la base del mensaje total de Jeremías.

El mensaje mismo, no obstante, que fue anunciado durante un largo período y
contra un trasfondo dramáticamente cambiante, parece haber pasado a través
de varias etapas distintas. Primera, Jeremías llamó al pueblo a arrepentirse de
sus pecados a fin de que no sufrieran en manos de Babilonia (<240312>

Jeremías

3:12). En cierto momento, sin embargo, él anunció que Dios ciertamente
castigaría a Judá por manos de aquella nación. El tiempo del arrepentimiento
había pasado; el castigo de Dios era inevitable (<242101>

Jeremías 21:1-10). No
obstante, esta segunda etapa estaba estrechamente ligada con la tercera, que
era un anuncio de que el castigo tenía por propósito la restauración. En la
misericordia de Dios el exilio babilónico sería un camino de vida para quienes
aceptasen el castigo (<242109>

Jeremías 21:9; 24:4-7). Es dentro de esta última
etapa que han de comprenderse las promesas que incluyen la esperanza del

nuevo pacto (<243131>

Jeremías 31:31-34). Al final, por tanto, el pacto una vez
despreciado por Israel es restablecido por la misericordia de Dios.

Jeremías mismo estaba profundamente involucrado en, y afectado por, su
mensaje. El sufrió a causa de él en ciertas obvias maneras externas, al tener que
abandonar una vida social y familiar normal (<241517>

Jeremías 15:17; 16:2), siendo

objeto de conspiraciones contra su vida (<241118>

Jeremías 11:18-23; 18:18) y

víctima de prisiones y castigos (<242001>

Jeremías 20:1-6; 37:15, 16; 38:6). El fue
afectado interiormente también, porque sintió en forma aguda la agonía que
sabía que su pueblo debía soportar (<240419>

Jeremías 4:19-21; 10:19-22). Pero
también sintió la pasión de Dios contra el pecado a su alrededor (<240821>

Jeremías

8:21—9:3). El experimentó por lo tanto el juicio de ambos lados, lo que colocó
sobre él una carga casi insoportable.

El dolor que vino así de su llamado profético está expresado en forma
conmovedora en los pasajes poéticos a menudo conocidos como “las
confesiones” (<241118>

Jeremías 11:18-23; 12:1-6; 15:10-21; 17:12-18; 18:19-23;
20:7-18). En éstos él se queja a Dios casi con amargura. No obstante, de ellos
vienen también seguridades de que al fin Dios salvará (<241519>

Jeremías 15:19-21).

EL MENSAJE Y EL LECTOR CRISTIANO

No es un muy fácil que el lector cristiano traduzca e interprete el mensaje de
Jerusalén como algo pertinente a su vida. ¿Qué puede tener que ver el juicio de
Dios sobre su antiguo pueblo con la vida del cristiano individual? Ciertamente,
¿cómo puede relacionarse con el evangelio cristiano la predicación de Jeremías
de salvación, entendida como restauración a una tierra, en el contexto de
políticas y guerra?

Una primera respuesta es señalar a la obra de Cristo. En el corazón del
mensaje de Jeremías está la verdad de que Dios castiga a su pueblo con la mira
de su salvación. Este principio de salvación por medio de juicio prefigura sobre
todo la cruz de Cristo, en la cual él mismo llevó el juicio por el pecado humano
para salvar a una humanidad pecadora.

Jeremías señala a Cristo también en las profecías del nuevo pacto (caps. 30—
33). Estas miran primero a una restauración del antiguo pueblo de Judá en
fidelidad a su tierra, pero últimamente a Cristo, quien vive la vida del “Israel”
fiel y da el Espíritu Santo a aquellos que están en él para que también puedan
participar en la vida fiel.

Sin embargo, si el libro de Jeremías señala principalmente a las grandes cosas
que Cristo ha hecho por su pueblo, ¿hay alguna manera en que el libro puede
ser una guía para vivir la vida cristiana? La respuesta aquí es también que lo
puede. En esta conexión es importante comprender que el evangelio cristiano
no concierne a los individuos solamente, sino a la iglesia como un cuerpo, y
suponer que hay una consistencia básica en el modo en que Dios trata con su
pueblo. Esto significa, primero, que los mensajes a Judá respecto al juicio,
como también a la salvación, pueden en un sentido aplicarse a la iglesia como
un cuerpo. Como el pueblo antiguo de Dios, ella necesita también guardarse
contra la complacencia y no debe pensar que está por encima del castigo (cf.
Apocalipsis 2—3). Ella (o partes de ella) puede aun sufrir tiempos de castigo,
sólo para conocer la renovación de Dios al fin.

Segundo, Jeremías destaca la necesidad de un liderazgo responsable, y advierte
sobre cómo la corrupción en el pueblo de Dios puede extenderse. El previene
contra una falsa confianza entre aquellos que son religiosos y tal vez contra
semejante actitud hacia la religión misma. El muestra cómo, cuando la vida de la
iglesia ha llegado a relajarse, su carácter corrupto puede transmitirse de
generación a generación (<244409>

Jeremías 44:9). Esta percepción puede aplicarse
aun a sociedades aparte de la iglesia, nacional o tradicional, y explicar así la
transmisión de odios y prejuicios dentro de las sociedades durante siglos. La
profecía también expone la sicología del pecado y el poder de la inclinación que
tienen hacia él los seres humanos (<240306>

Jeremías 3:6-10). El retrato del rey
Sedequías es una gran evocación de la vacilación de los seres humanos entre el
bien y el mal.

Por último, el libro tiene algunas expresiones maravillosas de gozo en la
salvación, especialmente en los caps. 30—33. Las poesías de estos caps. son
en sí mismas una inspiración, y en su contexto en una profecía que tiene tanto
que decir acerca del pecado y del juicio, enfocan en su propia manera única
sobre el amor y la compasión del Dios cuyo más profundo deseo es dar vida y
bendición a sus criaturas.

FORMA, ESTRUCTURA Y COMPOSICION DEL LIBRO

El libro de Jeremías es extenso y contiene un material variado. Algo del mismo
consiste en palabras de Jeremías, dichas en forma de oráculos poéticos, o
dichos (p. ej. caps. 2-6); parte del libro tiene un estilo más de sermón (p. ej.

<240701>

Jeremías 7:1-15), impreso como prosa en la mayoría de las traducciones;

hay también pasajes escritos acerca de Jeremías, presumiblemente por otra
persona (p. ej. cap. 26). La mayor parte de los oráculos poéticos están en los
caps. 1-20. Por lo general no se nos dan las fechas o circunstancias de dichos
individuales de esta clase. En los sermones y en la narrativas tenemos más
información acerca del tiempo y lugar de dichos individuales y sucesos. No
obstante, el libro no es una biografía; habla de Jeremías sólo para ayudar a
proclamar su mensaje.

Poco sabemos acerca de cómo se formó el libro. No sigue una norma
cronológica consistente, y puede ser difícil leerlo de corrido. Tal vez fue
formado en etapas. Esto se sugiere por el cap. 36, donde leemos que el primer
rollo de las palabras de Jeremías fue destruido por el rey Joacim, y que
Jeremías entonces mandó hacer otro, que contenía más palabras que el primero
(<243632>

Jeremías 36:32). También lo sugiere el hecho de que el AT, traducido al
gr. (la LXX), contiene una versión más corta del libro de la que aparece en
nuestras Biblias. El profeta parece haber trabajado en la producción del libro
con Baruc, su ayudante y escriba. Baruc puede haber tenido parte, por lo
tanto, en la composición del libro como lo conocemos ahora.

BOSQUEJO DEL CONTENIDO

<240101>

Jeremías 1:1-19 Jeremías

<240201>

Jeremías 2:1—4:4 La acusación del Señor a su pueblo

2:1-8 Un amor abandonado
2:9-28 La acusación
2:29-37 La sentencia
3:1—4:4 ¿Puede Judá volverse a Dios?

<240405>

Jeremías 4:5—6:30 Figuras de juicio contra Judá

4:5-31 El enemigo se acerca
5:1-31 El castigo debido por la falsedad de Judá
6:1-30 “La depuración continúa en vano”

<240701>

Jeremías 7:1—8:3 Adoración falsa y confianza falsa

7:1-15 Un sermón en el templo
7:16-29 ¿Más allá de redención?
7:30—8:3 Abominación al Señor

<240804>

Jeremías 8:4—10:25 Llanto por la apóstata Sion

8:4-22 No hay verdadera sanidad
9:1-11 Un pueblo completamente falso
9:12-26 Lamento por el pueblo que debe sufrir
10:1-25 Ninguno como el Señor

<241101>

Jeremías 11:1—13:27 El pacto quebrantado

11:1-17 Jeremías pone al descubierto la rebelión del pueblo
11:18—12:6 “Confesiones”
12:7-13 Dios y su “casa”
12:14-17 Un plan para las naciones
13:1-27 Señales de juicio

<241401>

Jeremías 14:1—15:21 Hambre, espada y plaga

14:1-10 Sequía
14:11-22 Demasiado tarde para orar
15:1-9 Demasiado tarde para compasión
15:10-21 Una confesión y la respuesta amorosa de Dios

<241601>

Jeremías 16:1—17:27 Cuadros de exilio y salvación

16:1-21 El exilio prefigurado
17:1-13 Confianza en recursos humanos, confianza en el Señor
17:14-18 Una confesión
17:19-27 Guardando el sábado

<241801>

Jeremías 18:1—19:13 Dos vasos rotos y una confesión

18:1-18 Un vaso roto rehecho
18:19-23 Una confesión
19:1-13 Una vasija quebrada y no rehecha

<241914>

Jeremías 19:14—20:18 Jeremías maldice su nacimiento

19:14—20:6 Jeremías en el templo
20:7-18 Una última confesión

<242101>

Jeremías 21:1—24:10 Salvación sólo a través del exilio

21:1-14 No habrá liberación para Babilonia
22:1-30 Reyes indignos
23:1-8 Un nuevo rey davídico
23:9-40 Sobre falsos profetas
24:1-10 Dos canastas de higos

<242501>

Jeremías 25:1-38 Dios juzga a todas las naciones

25:1-14 La hora de Babilonia
25:15-38 La copa de la ira de Dios

<242601>

Jeremías 26:1—29:32 Jeremías llega a ser un profeta de salvación

26:1-24 Jeremías apenas escapa de morir
27:1-22 ¡Servid a Nabucodonosor!
28:1-17 El mensaje de Jeremías vindicado
29:1-14 “Edificad casas en Babilonia”
29:15-32 Profetas en Babilonia

<243001>

Jeremías 30:1—33:26 Se promete un nuevo pacto

30:1-24 Sanidad restaurada
31:1-26 Un remanente regresa
31:27-40 El nuevo pacto
32:1-15 Jeremías compra un campo
32:16-44 ¿Demasiado difícil para el Señor?
33:1-13 Las voces de gozo y alegría
33:14-26 Un pacto sin fin

<243401>

Jeremías 34:1—36:32 El mensaje de Jeremías es resistido

34:1-22 Perdón para los esclavos
35:1-19 Los fieles recabitas
36:1-32 Joacim rechaza las palabras de Jeremías

<243701>

Jeremías 37:1—39:18 Los últimos días de Judá

37:1-10 ¿Ayuda de Egipto?
37:11-21 Jeremías encarcelado
38:1-13 Jeremías arrojado a una cisterna
38:14-28 Una última entrevista con Sedequías
39:1-18 La caída de Jerusalén

<244001>

Jeremías 40:1—45:5 Un remanente huye a Egipto

40:1-12 Gedalías como gobernador
40:13—41:18 El asesinato de Gedalías
42:1-21 “No entréis en Egipto”
43:1-13 A Egipto
44:1-14 Un último llamado
44:15-30 “No escucharemos”
45:1-5 Una palabra para Baruc

<244601>

Jeremías 46:1—51:64 Oráculos contra las naciones

46:1-28 Contra Egipto
47:1-7 Contra los filisteos
48:1-47 Contra Moab
49:1-39 Oráculos más breves
50:1—51:64 Contra Babilonia

<245201>

Jeremías 52:1-34 La caída de Jerusalén

COMENTARIO

1:1-19 JEREMIAS

Jeremías era hijo de un sacerdote; su lugar de nacimiento fue Anatot, una
ciudad especialmente separada para familias sacerdotales (1; cf. <062118>

Josué

21:18). Estaba cerca de Jerusalén, y los sacerdotes habrán hecho el corto viaje
a la ciudad como se requería para cumplir sus deberes. En el curso normal de
eventos, Jeremías habrá ejercido su oficio sacerdotal a su debido tiempo.

Esta expectación fue interrumpida, sin embargo, por su llamado a ser un
profeta. La frase La palabra de Jehovah le vino (2) es una manera típica de
hablar acerca del llamado de un profeta en el AT (cf. <280101>

Oseas 1:1; <290101>

Joel

1:1; <260103>

Ezequiel 1:3; <330101>

Miqueas 1:1). Muestra bien cómo la misión profética
no era buscada por la persona a quien venía. Más bien, Dios escogía a la
persona para su propósito. Una vez revelada su voluntad, requería que
Jeremías se entregara totalmente a ella. Toda su vida sería afectada
profundamente por ella.

La respuesta inicial de Jeremías al llamado fue de lo más renuente (6; cf. con la
de Moisés, <020410>

Exodo 4:10-13). Era sólo un joven (la palabra traducida
muchacho sería mejor “joven”; Jeremías tendría unos 20 años). En una
sociedad que valoraba la sabiduría de las personas de edad, él bien podría
haberse sentido incapaz de hablar, es decir, falto de toda idoneidad natural
para guiar o para interpretar sucesos para toda la nación. El Señor, sin
embargo, había anticipado su objeción; él le conocía y le había consagrado
antes que naciera (5). Esta es una notable declaración de la presciencia de
Dios, y particularmente de su llamado a un individuo. Pone a la sombra todas
las capacidades naturales y adquiridas. Pone también a la sombra otras
aspiraciones. Cuando Dios llamó a Jeremías, él puso su mano sobre él de tal

manera que no podía haber otra elección verdadera que escuchar y obedecer.
El había sido traído a esta hora para este propósito. Sin embargo, por
supuesto, él debe elegir, y debe obedecer, y continuar haciéndolo a través de
su ministerio.

La palabra de Jeremías no sólo le dio seguridad al profeta, sino también dio
validez a su ministerio entre el pueblo. En este sentido llega no sólo a los
ministros y otros oficiales de la iglesia, sino a todos los que sientan su
incapacidad para llevar a cabo lo que Dios les ha llamado a hacer. Advierte a la
gente de la iglesia en general en contra de la superficialidad de determinar el
valor de los dones y ministerio de otros.

Dios le aseguró a Jeremías que él le protegería de aquellos que se le opondrían
y odiarían. Como portador de la palabra de Dios, él compartía, en un sentido,
la autoridad de Dios aun sobre reinos (10). El mensaje de Jeremías probaría
ciertamente ser importante para un número de naciones, no meramente Judá y
Babilonia (ver sobre caps. 46-51). Las palabras de Dios de juicio y de
salvación con seguridad darían en el blanco.

A Jeremías le fueron dadas visiones para confirmar la seguridad que Dios le
había dado de que el llamado era auténtico. La primera visión, de un
almendro, dependía para su significado del parecido en heb. entre la palabra
para almendro y la palabra para vigilar. La segunda, de una olla hirviente,
muestra que el mensaje sería uno de juicio a manos de un pueblo del norte
(14). Babilonia no era todavía especificada. El plural (todas las familias de los
reinos del norte,
15, 16) es vago. Jeremías puede no haber sabido inicialmente
que Babilonia sería el enemigo en cuestión. La colocación de “tronos” de reyes
extranjeros a las puertas de Jerusalén (15) implica que ellos, y sus dioses,
ahora gobernaban allí. Parece como si el Señor mismo hubiera fallado a su
pueblo. Pero el profeta mostrará el porqué la humillación debía ser así.

El pecado por el cual el pueblo sería juzgado era el fundamental de quebrantar
el pacto con el Señor, de rechazarle a él en favor de otros dioses (16). Esto
significaba atacar el pacto en sus raíces, como el pueblo había hecho cuando
fue primero dado en el monte Sinaí (Exodo 32). Será un tema constante en el
libro.

Finalmente, se le dijo a Jeremías otra vez que estuviera firme (17). Así como la
nación tendría enemigos, también él, entre el pueblo mismo, incluyendo a los
poderosos entre ellos (18). El Señor, sin embargo, es más poderoso que ellos,

y él le protegerá (19). La promesa tendrá que ser repetida, y guardada (ver

<241118>

Jeremías 11:18-23).

2:1—4:4 LA ACUSACION DEL SEÑOR A SU PUEBLO

2:1-8 Un amor abandonado

El cap. 2 contiene la esencia de la acusación del profeta a Judá. En este pasaje
inicial, el Señor recuerda los primeros días de la vida de Israel, cuando él la
sacó de la esclavitud de Egipto y la constituyó en pueblo suyo por un pacto en
el monte Sinaí (Exodo 19—24). El tiempo en el desierto (2) es recordado
como uno de fidelidad. En ese lugar estéril era esencial confiar en Dios para
todo. Y él le había protegido de sus enemigos (3b; ver <021708>

Exodo 17:8-13).
(Israel no siempre había sido fiel en el desierto; note Exodo 32. Jeremías, sin
embargo, enfoca en el desierto como el lugar de verdadera comunión con Dios,
como Oseas también lo había hecho; <280214>

Oseas 2:14, 15.)

El punto de este cuadro de la fe de una generación pasada es el contrastarlo
con la corrupción del pueblo de Judá en la época de Jeremías. El Señor ahora
los llama a cuentas (4). El pacto involucraba un compromiso de ambas partes.
El Señor había prometido tierra y bendición al mismo tiempo que requería la
fidelidad de Israel. El ahora pregunta, retóricamente, si alguna falla de su parte
había llevado a Israel a alejarse de él (5). El pecado afectaba no sólo a la
generación presente, sino a sus padres.

El pecado que había robado los corazones del pueblo era nada menos que la
idolatría. Esto significaba rechazar el primero y fundamental mandamiento
(<022003>

Exodo 20:3). En la tierra de Canaán, que Dios había dado al pueblo,
habían adorado a Baal, el dios comúnmente adorado por los pueblos cananeos.
(El término vanidad en el v. 5 es un juego sobre el nombre Baal en heb.; el
punto es que Baal era en efecto impotente y vacío.) El pueblo había transferido
completamente su confianza a Baal, sus distintos líderes olvidando sus
responsabilidades específicas con el Señor y el pueblo, y dedicándose a este
otro dios (8). Esto era una amarga recompensa para el Dios que los había
conducido a través de los peligros del desierto a una tierra de abundancia (6, 7;

cf. <050807>

Deuteronomio 8:7-10). Cuando él lo llama mi heredad (7b), el punto
no es acerca de cómo la obtuvo, sino que le pertenece perpetuamente (cf.

<032523>

Levítico 25:23). Su pueblo, sin embargo, la ha hecho aborrecible para él
por causa de su pecado; ellos mismos se han corrompido con aquellas mismas

prácticas que él antes había quitado decisivamente de esta tierra (<031819>

Levítico

18:19-30).

2:9-28 La acusación

En realidad, es Judá quien ha sido el socio infiel del pacto. Por tanto el Señor
ahora detalla su acusación, la cual consiste en cambiar al verdadero Dios por
ídolos. Su gloria es un nombre para Dios (11), recordando sus manifestaciones
a Israel en su vagar en el desierto (<024034>

Exodo 40:34, 35). Lo desnaturalizado

de alejarse de Dios es enfatizado en los vv. 10-12.

Este volverse de Dios a los ídolos impotentes, además, es un engaño. La misma
historia de Israel y de Judá lo muestra. Leones (15) parece referirse a Asiria,
que había destruido al reino del Norte en 722 a. de J.C. (cf. v. 18 y véase la
Introducción). Aquella derrota pasada es equiparada a la más contemporánea
amenaza a Judá por Egipto. El v. 16 puede ser una referencia a la muerte del
rey Josías a manos del faraón Necao en Meguido en 609 a. de J.C. (<122329>

2

Reyes 23:29). ¿Qué esperanza hay entonces en intentar alianzas con tales
imperios (18)? Esta política había sido intentada en el pasado con Asiria (ver

<121607>

2 Reyes 16:7) y desacreditada (ver sobre Isaías 7). Y algunos en Judá
buscarían refugio de Babilonia en Egipto (<242408>

Jeremías 24:8). Todo esto sería

en vano, y traería su propio castigo (19).

El tema de falsedad sigue también en las figuras que Jeremías usa. Judá es un
esclavo (14) donde debiera haber sido un siervo del Señor; es una prostituta
donde debiera haber sido su esposa (20; cf. 3:1); es una vid extraña donde
debiera haber sido una vid escogida (21; cf. <230501>

Isaías 5:1-4). La cosa falsa
es tan a menudo una imitación y una burla de la verdad, prometiendo todo lo
que la verdad puede brindar. Sin embargo, cuando se basa la vida en ideas y
adoración falsas, debe haber un ajuste de cuentas; y la necedad de Judá será
descubierta para vergüenza suya, como cuando un ladrón es sorprendido en el
acto (26). En el momento de crisis, Judá puede volverse desesperadamente a
Dios otra vez (27b); pero esto también es falso, un intento de usar a Dios, el
genuino espíritu de idolatría.

2:29-37 La sentencia

Se regresa al tema principal. Es Judá, no el Señor, quien ha sido infiel al pacto
(31, 32). A la acusación de pecado religioso (33) se agrega la de injusticia
social (34), un tema profético común (cf. <300510>

Amós 5:10-15). El Señor, sin

embargo, no puede ser engañado; ningún baluarte será suficiente contra él
(36b); él ciertamente castigará a su extraviado pueblo (35b, 37).

3:1—4:4 ¿Puede Judá volverse a Dios?

Toda esta sección tiene que ver con la necesidad de Judá de volverse al Señor
sinceramente. Hay una pregunta sin embargo, y es si el Señor puede volverse
otra vez en amor a un pueblo que persistentemente ha quebrantado el pacto.
Este es el punto de <240301>

Jeremías 3:1-5.

En <240301>

Jeremías 3:1-5 se hace una comparación entre la separación de Dios e
Israel y un divorcio. La ley del divorcio en <052401>

Deuteronomio 24:1-4 prohibía a
una mujer que se había divorciado y casado con otro hombre volverse jamás a
su primer marido. El Señor ahora describe a Judá como efectivamente
divorciada de él por su coqueteo con otros amantes, es decir, los dioses de
Canaán (1b). Por analogía con la ley del divorcio, por tanto, ella jamás podía
esperar que el Señor la volviese a tomar. La fuerte acusación de prostitución se
usa aquí (1-5) para la disposición de Judá en adorar a otros dioses. Esto había
ocurrido en muchos lugares (2a), y como resultado la tierra había sido
profanada (ver sobre 2:7b). Si ella parece volverse al Señor, hay en ello
hipocresía (4, 5).

La idea de un divorcio continúa en los vv. 6-10. Aquí el pasado reino de Israel
se presenta como un ejemplo de una separación de una parte del antiguo
pueblo de Dios (2 Reyes 17). Para la época de Jeremías, esto ya era un hecho
establecido de la historia. El destino de Israel es, por tanto, una advertencia a
Judá (cf. <121718>

2 Reyes 17:18, 19), pero hasta ahora ella no lo ha tomado

seriamente.

En los vv. 11-14 el argumento va más allá. Judá es en realidad peor que lo que
Israel había sido (11). Jeremías ahora proclama arrepentimiento al reino del
norte (hacia el norte). Esto es un recurso retórico, desde que el reino del
Norte ya no existía; él está recalcando el hecho de que el Señor siempre
responde en misericordia al arrepentimiento verdadero. En el v. 14 ese
mensaje, que fue fatalmente ignorado, se aplica de nuevo a Judá. Pero este
Judá es un pueblo de rebeldes; la palabra está relacionada con la de volveos,
y significa que el pueblo habitualmente “se vuelve” hacia afuera en lugar de
hacia Dios. El llamado a volverse, o arrepentirse, viene a un pueblo cuyo
corazón está arraigado en la resistencia.

La escena cambia abruptamente en los vv. 15-18, donde Jeremías mira hacia
adelante a un día de salvación en el cual Dios redimirá a un pueblo que será
fiel. Es un tiempo en el futuro en el cual el Señor traerá a su pueblo de regreso a
Sion (significando Jerusalén y Judá). Este cuadro presupone el nuevo pacto,
que será presentado más plenamente en Jeremías 30-33. El pasaje presente
muestra que en la posibilidad de que la predicación de arrepentimiento de
Jeremías a Judá fuera en vano, la esperanza para Judá en el futuro dependería
de alguna otra cosa, es decir, un nuevo acto de Dios en salvación.

Pastores según mi corazón (15) son dirigentes justos, en lugar de los actuales
corruptos líderes de Judá (cf. <242301>

Jeremías 23:1-4). La no lamentada pérdida
del arca del pacto es comprensible dentro del nuevo pacto, que dependerá más
de verdad interior que de señales exteriores (cf. <243133>

Jeremías 31:33).
Finalmente será la venida de Cristo la que transformará y capacitará al pueblo
de Dios. El será también quien cumplirá para siempre el pacto de Dios con
Israel.

Regresando al horizonte inmediato, el Señor deplora la traición de Judá, usando
diferentes metáforas de relación (para Israel como “hijo” de Dios ver

<020422>

Exodo 4:22, 23; cf. <230102>

Isaías 1:2; Oseas también utilizó estas dos

metáforas, <280202>

Oseas 2:2; 11:1, 2). El lamento del Señor se equipara con el de
Israel, que parece conocer el estado de quiebra de su camino pervertido (21).

La última sección del cap. se inicia con otro llamado al arrepentimiento,
anticipando la cura final en el nuevo pacto (os sanaré...). La respuesta
inmediata es, no obstante, una mera apariencia de arrepentimiento (22b-25), la
falsedad del v. 10, porque hay una renovada apelación en <240401>

Jeremías 4:1-4,

que da lugar a amenazas de juicio. Sin embargo, es un eco del v. 21, con su
insinuación de la futilidad de la idolatría.

Los vv. iniciales del cap. 4 pertenecen a la sección presente porque completan
este tratamiento del arrepentimiento o retorno. Primero (1, 2), se recuerda a
Judá (llamada Israel) su misión de guiar a las naciones al Señor; ésta fue la
razón del llamado de Dios, o elección, de Abraham mucho tiempo atrás
(<011201>

Génesis 12:1-3). Hay tanto en juego en su fidelidad. Segundo, se advierte
al pueblo que no confíen en ritos exteriores, como la circuncisión. Más bien han
de ser reconocidos como de pertenencia divina por algo que va más profundo,
es decir, una devoción de todo el ser, de corazón, tanto del individuo como de
la sociedad. El abrir surcos sobre tierra inculta tiene una referencia similar a
vivificar lo que yace muerto.

El llamado al arrepentimiento y a la vida interior es uno que la iglesia necesita
escuchar continuamente, y que también puede falsificarse de los modos más
sutiles, salvo por la gracia de Dios mismo.

4:5—6:30 FIGURAS DE JUICIO CONTRA JUDA

4:5-31 El enemigo se acerca

El resto del cap. 4 presenta la devastación futura de Judá con imaginación y
pasión. El orador a través de esta sección es Jeremías; sin embargo, él está
pronunciando la palabra del Señor, y el discurso es a veces directamente el del
Señor mismo (p. ej. v. 6b). Algunos intentan dividir el discurso entre el profeta
y Dios, pero es difícil hacer esto consecuentemente. De cualquier modo, ambos
están expresando la verdad, así es que sea quien sea el que habla no afecta el
significado.

En los vv. 5-9 Jeremías presenta el pánico que causará la aproximación del
enemigo. La corneta anuncia un llamado a las armas; la gente del campo huirá
a las ciudades en busca de protección, donde llegarán a ser una guarnición
defensiva; la bandera alzada hacia Sion es probablemente una advertencia (5,
6). El enemigo, sin misericordia como un “león” (cf. <240215>

Jeremías 2:15) ya ha

salido en su expedición destructora. No se ha identificado todavía como
Babilonia. La frase del norte aclara poco, ya que virtualmente cualquier
atacante (salvo Egipto y los vecinos más próximos a Judá) encontraría la tierra
más accesible desde esa dirección. La apelación aquí es a todo el pueblo (8); la
inevitable exposición de los falsos líderes (9) no disminuye la responsabilidad
de todos.

Jeremías no es indiferente al mensaje que es llamado a predicar. En el v. 10 se
da una nota en relación con él mismo a la que volverá (<241518>

Jeremías 15:18). En

su angustia él acusa al Señor de haber engañado al pueblo, presumiblemente
por haber permitido que falsos profetas les convencieran con un mensaje de
paz (cf. <240613>

Jeremías 6:13, 14). La única respuesta es la propia confirmación

del Señor de que el juicio es seguro.

Las vívidas descripciones de peligro vuelven en los vv. 13-18, como si un vigía
de hecho estuviera observando la aproximación de los ejércitos del enemigo
(13). En los vv. 15, 16 el mensaje es transmitido primeramente desde Dan, en
el extremo norte de Israel, luego, al llegar el enemigo más cerca, desde Efraín,
la región montañosa central, hasta que las noticias llegan a Jerusalén. Estas

palabras pueden haber sido pronunciadas para traer a Judá al arrepentimiento
(14) y evitar así el desastre. No obstante Jeremías siente lo inevitable y
doloroso de ello (18).

Jeremías ahora expresa libremente su propio dolor (19-22). Esto no es lit. “un
ataque del corazón” (19), sino una agonía de espíritu que él siente físicamente.
En este pasaje se identifica completamente con el pueblo en su inminente
miseria. El sonido del pregón de guerra le llena a él también de terror (19c).
Las moradas de Judá mis tiendas (de Dios) (20b).

El v. 22 puede haber sido hablado ya sea por Jeremías o por el Señor. Muestra
que Jeremías se identifica no sólo con el pueblo sino también con Dios; aunque
el castigo sea insoportable, sin embargo, será merecido. Los vv. 19-22 son así
muy importantes para entender a Jeremías. Su sufrimiento con Dios y con el
pueblo le hace como un “mediador” entre ambos. Anticipa el sufrimiento de
Jesucristo por la salvación del mundo.

El fracaso de Judá en el pacto afecta ciertamente a todo el mundo (cf. 4:2).
Jeremías describe ahora nada menos que una devastación del orden creado en
el mundo, en palabras notablemente similares a aquellas de Génesis 1 (23-26).
Si el pacto con el pueblo escogido de Dios fallase, no podría haber esperanza
final para el mundo. Por eso la vida de Cristo se debe considerar como un
cumplimiento de aquel pacto, para ser luz a los gentiles (cf. <234206>

Isaías 42:6).

La última sección del capítulo describe al ejército enemigo haciendo estragos
entre el pueblo mientras que éste busca desesperadamente refugio. Las dos
últimas figuras hacen un contraste espantoso. En la primera (30) Jerusalén es
una prostituta, esperando ganancia de sus amantes. El “amante” en mente aquí
es Babilonia, pero la esperanza de poder seducir a Babilonia será frustrada. No
hay escapatoria de la muerte en este amor falso. La figura femenina cambia a la
de una madre dando a luz en medio de la carnicería de los asesinos (31). La
decepción es destruida y reemplazada por una horrible realidad; el acto de dar
vida está rodeado por la muerte. El capítulo termina con un último gemido.

Hay, sin embargo, una insinuación de que este fin no es el último (27). Esta
esperanza se desarrollará en las últimas partes del libro. En la experiencia de
Jeremías hay esperanza frente a la muerte misma. Este sólo es posible por
medio de Dios, que se nos da a conocer en Cristo.

5:1-31 El castigo debido por la falsedad de Judá

El tema de todo este capítulo es el castigo merecido por una completa falsedad.
Su principio, una búsqueda de siquiera una persona que busque la fidelidad
(1), por cuya causa el Señor quizás perdonaría al pueblo, hace recordar la
oración de Abraham por Sodoma (<011822>

Génesis 18:22-33). El punto es, sin
embargo, que no hay ninguna; la corrupción de Judá es total. Por otra parte
¿no es Jeremías mismo una persona que practica el derecho y busca la
fidelidad
? Su papel de mediador ya ha sido notado (<240419>

Jeremías 4:19-22), y
veremos que él ciertamente tendrá al final un papel especial en la salvación del
pueblo.

Ahora se desarrolla la idea de la total corrupción del pueblo (5, 6). Su negativa
a la fidelidad (3) se aplica por igual al pueblo en general (4) y a los dirigentes
en particular (5). El punto del v. 4 no es para excusar al pueblo común. Más
bien los dos versículos juntos muestran que ninguna parte del pueblo está
exenta de culpa, aunque la culpa de los dirigentes es sin duda mayor debido a
sus responsabilidades especiales. Ellos deberán todos juntos enfrentar el
castigo merecido (6).

El Señor ahora justifica su plan de castigar (7-13). Hay una asunción básica de
su derecho a hacerlo. Esto está dentro del pensamiento del pacto. Fue
entendido como una especie de tratado, en el cual la nación más fuerte se
reservaba el derecho a infligir castigo sobre una más débil, si ésta no guardaba
el tratado. En el pacto entre Dios e Israel, Dios tenía el derecho, que no
requería justificación básica, de infligir el castigo final; el dador de la vida podía
quitársela. Aquí, no obstante, él explica por qué la sentencia es justa en este
cap. (9). La metáfora de la prostitución se usa nuevamente (8), y la acusación
es una de falsedad, implicando a los profetas en particular (11-13). La falsedad
es profunda, una mentira acerca de Dios mismo, que lo suponía indiferente a la
maldad (12). La gravedad de una enseñanza falsa acerca de Dios no debiera
ser subestimada.

El pasaje que sigue dice más acerca del poderoso enemigo, aunque Babilonia
todavía no se nombra (14-19). El punto es mostrar que Dios mismo está
enviando esta calamidad como un cumplimiento de su palabra (14), y que será
una destrucción de todo lo que es bueno. El v. 17 contiene todo lo que
comprende las bendiciones de Dios para Israel (cf. <050713>

Deuteronomio 7:13).
La venida de Babilonia es la supresión divina de estas bendiciones, el poner en
efecto las así llamadas maldiciones del pacto (ver <052815>

Deuteronomio 28:15-

68). El desastre que se avecina se muestra ahora como incluyendo un período
de exilio (19). Este es el resultado del castigo; es también, sin embargo, otra de
aquellas puertas de esperanza que la predicación de juicio de Jeremías deja a
veces entreabierta (18; cf. <240427>

Jeremías 4:27; 5:10).

El Señor ahora continúa la idea de que sólo él es la fuente de todo lo que es
bueno para Israel. El temor que su pueblo le debía (22) es simplemente la
adoración correcta, aunque aquella adoración es necesariamente temerosa,
porque es la adoración de uno que es todopoderoso. A Dios se debe la
adoración, primero, porque él es el Creador (22) y, segundo, porque él es
quien ha dado vida y bienestar a su propio pueblo; éste es el punto de los vv.
24, 25, que se relacionan estrechamente con el v. 17.

Jeremías vuelve su atención (como una vez antes) a la opresión del débil por los
poderosos en Judá (26-28; cf. <240234>

Jeremías 2:34). Los ricos no solamente han
explotado a los pobres, sino que hasta han usado los tribunales para hacerlo
(28; cf. <022206>

Exodo 22:6-8). Este desprecio a la justicia es también “falsedad”.
Esto es así porque la “verdad” dentro de un pacto con Dios no es meras
palabras sino que significa relaciones correctamente establecidas, no sólo con
Dios mismo sino entre el pueblo en pacto con él. La verdad no está limitada a
la esfera de las nociones, sino que se conoce en las acciones. El NT también
expresa este punto enérgicamente al enseñar que “la fe sin obras es muerta”
(<590226>

Santiago 2:26; cf. Rom 12). La expresión suprema de la verdad es Jesús

mismo (<431406>

Juan 14:6); la verdad es ciertamente palabra, pero palabra hecha
carne, en relación humana. No puede haber verdad con egoísmo.

El capítulo concluye repitiendo la justificación del Señor por castigar al pueblo
(29); una última reflexión sobre la falsedad condena a los profetas y sacerdotes
por enseñarla, y a todo el pueblo por aceptarlo de buena gana (30).

Estas terribles palabras son leídas hoy por una iglesia que ha sido finalmente
aceptada en Cristo, y un pueblo al que nada puede separar del amor de Dios
(<450838>

Romanos 8:38, 39). Sin embargo, hay una gran pérdida en endurecerse
contra la palabra de Dios, y una necesidad de vigilancia.

6:1-30 “La depuración continúa en vano”

El capítulo retorna a las escenas de pánico vistas en el cap. 4. Los lugares
mencionados no están lejos de Jerusalén (Benjamín, la tierra hacia el norte,
Tecoa al sur; Bet-haquérem no puede ser identificada con certeza). Jerusalén
se presenta como una mujer (hija de Sion), preocupada por su belleza pero

próxima a ser violada por el atacante (esto está implicado por los términos en el
v. 3a, los pastores refiriéndose probablemente a los gobernantes babilónicos).
El cuadro es así similar a <240430>

Jeremías 4:30. Las palabras en los vv. 4, 5 son

dichas por los atacantes babilónicos.

El resto del capítulo está dividido en oráculos del Señor. El primero (6-8) toma
el tema de la violenta opresión de los pobres por Judá (cf. <240526>

Jeremías 5:26-
28) y llama a su condición una enfermedad. Un pueblo fiel al pacto es sano en
todo; uno que quebranta el pacto está infectado en cada aspecto de su vida.
Esta metáfora se repetirá con frecuencia.

En el segundo oráculo (7-15) el rebusco de un remanente no parece dar una
nota de esperanza, como en otras partes (<240427>

Jeremías 4:27; 5:10; cf.

<231704>

Isaías 17:4-6 para espigueo como un acto de juicio). El tono de todo el
pasaje está en esta dirección (10-15). Como la corrupción del pueblo ha sido
total, afectando cada parte de la sociedad (ver <240503>

Jeremías 5:3-5), así será el
castigo; de allí el horror de los vv. 11, 12. En el v. 13 también todo el pueblo es
culpado nuevamente, antes que la atención se vuelva más particularmente a los
profetas y sacerdotes. El v. 14 es el centro de la acusación a los falsos
dirigentes. Ellos han trastrocado la verdad, haciendo que otros creyeran la
mentira de que Dios no está en contra de la maldad. Es esta mentira la que ha
permitido que el quebranto de toda la sociedad, tanto sus pecados como los
dolores que le siguen, haya continuado desatendido. Y son impenitentes,
ciertamente están más allá del arrepentimiento (15b).

El tercer oráculo (16-20) comienza con la apelación del Señor a buscar las
sendas antiguas,
es decir, el estilo de vida ordenado por Dios, conocido
desde que él se había revelado a sí mismo y sus caminos en el pacto de Sinaí
(Exodo 19-24). En ellas había vida (<053016>

Deuteronomio 30:16). Aquí, sin
embargo, el llamado sirve meramente para introducir la intransigencia del
pueblo. Ellos ni caminarán en las sendas antiguas ni escucharán a los
centinelas, es decir, los verdaderos profetas, que les instaban a hacerlo (16,
17). Dios llama a testigos (de acuerdo a la idea del pacto como un tratado; cf.

<053019>

Deuteronomio 30:19; 32:31) para observar que el destino que caerá sobre
el pueblo es de su propia hechura (19). Finalmente, él repudia la clase de
adoración que es todo forma y no corazón. Aquí hay otro aspecto de la
falsedad en Judá; no sólo es un gran mal la adoración de otros dioses pero
también lo es la adoración hipócrita del Señor. El tema es común en los
profetas (Isaías 1; <300521>

Amós 5:21-25; <330606>

Miqueas 6:6-8).

Un oráculo breve (21) evoca otra vez la minuciosidad del desastre que viene,
afectando a los amigos íntimos y relaciones de cada persona, aun haciendo
burla de las relaciones.

El Señor entonces vuelve a describir la ferocidad y el poder del ejército que se
aproxima. En el v. 24 se ponen en las bocas del pueblo palabras de temor
angustioso, recordando aquellas de Jeremías mismo (4:19). El temor se
apodera de ellos al darse cuenta de que no hay escapatoria de las pruebas que
vienen.

Las últimas palabras del capítulo están dirigidas a Jeremías. La figura está
basada en la refinación de la plata, que involucraba la fundición del mineral,
luego la refinación de la plata separada del plomo con el cual estaba a menudo
combinada. El proceso de la refinación podía fracasar por una variedad de
razones y no producirse plata pura. El resultado sería Plata Desechada. Israel
también, a pesar de todo el cuidado de Dios para ayudarla a ser un verdadero
pueblo del pacto, deberá ser finalmente desechada.

7:1—8:3 ADORACION FALSA Y CONFIANZA FALSA

7:1-15 Un sermón en el templo

El tema de los así llamados “sermones del templo” es la confianza equivocada
en la religión externa. Es central en el mensaje de Jeremías, y en verdad una
forma de lo que es presumiblemente el mismo sermón ocurre en 26:1-6, donde
se le pone una fecha a principios del reinado de Joacim. Para este tiempo,
evidentemente, Jeremías estaba aún predicando el arrepentimiento.

El templo era el corazón de la vida de Judá. Jeremías se ubica en una de las
puertas del patio del templo a través de la cual está entrando gran número de
personas (2) probablemente llegando para una de las grandes fiestas del año
(<022314>

Exodo 23:14-17). El sermón es así un desafío altamente visible a la
religión oficial y a las prácticas de las masas del pueblo. Era un acto de gran
valor (como muestra su relato en el cap. 26).

La sustancia del sermón está contenida en los vv. 3-11. Jeremías llama al
pueblo a arrepentirse, mostrando que están en grave peligro pero que aún
pueden evitarlo (3). El se burla de las palabras vacías de ritual contemporáneo
(4) y muestra que la verdadera religión consiste en acciones tanto como
observancia religiosa (5, 6; cf. sobre 5:20-28). La base para las acciones
correctas es las bien conocidas leyes de Dios, dadas en el pacto. En el v. 9 se

alude a algunos de los Diez Mandamientos (<022002>

Exodo 20:2-17), juntando
pecados religiosos (siguiendo a otros dioses) y pecados sociales. Debido a las
vidas que la gente de Judá está viviendo, su confianza ante Dios tiene
fundamentos muy pobres.

Una gran parte del problema es la falsa confianza que inspira la mera posesión
del templo y sus ritos. Tomando de ideas cananeas, la gente se había
persuadido a sí misma que esto significaba una clase de garantía de la presencia
y protección de Dios. Jeremías muestra la insensatez de esto, señalando a un
incómodo precedente (12-15). El santuario en Silo, que había sido el santuario
central para todo Israel mucho antes que Jerusalén, ya no existía, víctima,
suponemos, de las guerras filisteas. Si Silo pudo caer, ¿por qué no Jerusalén?
En nuestros días también no hay bastión del establecimiento eclesiástico que
pueda considerarse a sí mismo sacrosanto; todos son llamados a una fidelidad
viva.

7:16-29 ¿Más allá de redención?

El sermón en el templo concluye con una palabra para Jeremías mismo: no
debe orar por el pueblo (16). Esto es ciertamente nefasto, porque una de las
funciones del profeta era interceder (cf. <012007>

Génesis 20:7; <023209>

Exodo 32:9-

14). La prohibición volverá a Jeremías (<241114>

Jeremías 11:14; 14:11; cf. 15:1).
Es una de las formas en que Dios indica que el tiempo de su paciencia con su
pueblo ha terminado. (Se señala repetidamente el punto que los llamados al
arrepentimiento fueron desoídos, y que esto condujo finalmente al juicio.)

Sigue un pasaje que da algo de conocimiento de las prácticas habituales de
idolatría, aquí el pan y las libaciones para la diosa cananea Astarté. Las tortas
pueden haber tenido la forma de la diosa. Los preparativos involucraban a toda
la familia, señal de la completa corrupción del pueblo. El pecado lleva la semilla
de su propio castigo (19).

El Señor declara que su ira se volverá contra el pueblo, y recuerda
generaciones de obstinada resistencia contra él. Este pasaje y el sermón en el
templo tienen en común la crítica del ritual vacío (22). El heb. aquí implica que
Dios no era obligado a hablar por causa de las ofrendas de su pueblo, ni
hablaba con la intención de recibir ofrendas. El pasaje concluye con una señal
de lamento, significando el fin del pueblo (29; cf. <241606>

Jeremías 16:6;

<330101>

Miqueas 1:16).

7:30—8:3 Abominación al Señor

Parece que el templo mismo había sido contaminado por la instalación en él del
culto a un dios o dioses falsos. Mientras que un culto asirio del rey Manasés
(<122107>

2 Reyes 21:7) había sido presumiblemente destruido por el rey Josías en
su reforma (ver la Introducción). Es obvio que ha reaparecido algo similar,
quizá bajo Joaquín (31). Además, el sacrificio de niños tenía lugar en el Tófet
(lit. un “lugar de fuego”), en el valle de Hinom, al sudoeste de la ciudad. Esto
estaba prohibido en Israel, donde la antigua ofrenda de los primogénitos fue
reemplazada por la de animales (<021302>

Exodo 13:2). Fue el horrible resultado, no

obstante, de adoptar la adoración de otros dioses (cf. <051231>

Deuteronomio

12:31b).

Irónicamente, esta matanza de los inocentes será reemplazada por una matanza
que será el juicio de Dios (32). La muerte sin sepultura era una maldición
particular en el mundo antiguo (33; cf. <052826>

Deuteronomio 28:26). Y, en efecto,
a lo que inevitablemente ocurre en la guerra se añadirá la desgracia de la
exposición de los cuerpos de los ya sepultados (desde reyes a gente común) a
las estrellas que habían adorado (ver <122103>

2 Reyes 21:3-5).

8:4—10:25 LLANTO POR LA APOSTATA SION

8:4-22 No hay verdadera sanidad

Esta sección se inicia con una breve reflexión (4-7) sobre la idea de “volver” o
“arrepentirse” (estas palabras traducen el mismo verbo heb.; cf. también cap.
3). Judá es culpada por su perenne apostasía (5b), lo contrario a arrepentirse
para con Dios. Lo desnaturalizado de esto es ilustrado por observaciones del
orden en la naturaleza y hábitos (4, 7; cf. <230103>

Isaías 1:3). Tales observaciones

son características de la literatura de sabiduría (ver, p. ej. <210301>

Eclesiastés 3:1-

8). De acuerdo con la naturaleza misma, por lo tanto, es imposible que el
pueblo de Dios no conozca sus requisitos.

Jeremías continúa el tema de sabiduría criticando a aquellos que falsamente se
consideran sabios (8), posiblemente por poseer una ley escrita y tal vez la
responsabilidad de interpretarla. Estos pueden ser los sacerdotes mismos (cf. v.
10) más bien que una clase especial de personas como los posteriores
“escribas” del NT. El propósito de Jeremías en los vv. 8-11 es, sin embargo,
que los que son responsables por la enseñanza correcta en Judá han
corrompido la enseñanza misma, en tanto que todavía pretendían interpretarla.

La enseñanza es la Torah, tanto las leyes dadas en el pacto mosaico como la
instrucción en él. Los cabezas de familia tenían una responsabilidad general
para esto (ver <021314>

Exodo 13:14-16), y los sacerdotes una particular

(<053109>

Deuteronomio 31:9-13). La mala interpretación de la ley era un caso de
negligencia deliberada, que resultaba en servir los intereses de los maestros
(10b). Quienes enseñan la palabra de Dios llevan una pesada responsabilidad,
y nunca están exentos de estos peligros morales, o ciertamente del juicio
especial de Dios (cf. <421702>

Lucas 17:2; <540107>

1 Timoteo 1:7). (Los vv. 10-12 se
parecen mucho a 6:12-15; vea los comentarios allí.) El v. 13 recuerda que la
falsificación de la verdad no puede continuar sin desastrosos resultados.

En medio de las palabras de acusación está otro pasaje (14-17) que describe
la aproximación del enemigo y el pánico que traerá (cf. <240405>

Jeremías 4:5, 6,
13-15). El v. 15 contiene las palabras de los que han sido engañados por los
falsos profetas y maestros.

La última sección del capítulo (18-22) procede de la boca de Jeremías, pero
sus palabras contienen una clase de diálogo involucrando a Dios y al pueblo
también. Jeremías comienza expresando a Dios su dolor (cf. <240419>

Jeremías
4:19), en parte debido al sufrimiento del pueblo (18, 19a). Las palabras del v.
19b son del pueblo, desalentado ante la perspectiva de la derrota. La promesa
de Dios hecha al rey David (<100711>

2 Samuel 7:11b-16) parecían haberle
asegurado la presencia de Dios y la permanente victoria del rey sobre sus
enemigos (Salmo 2). El pueblo creía tener una garantía incondicional de Dios
(ver sobre 7:1-15). Esta creencia explica sus palabras aquí. El Señor responde
con una acusación familiar en v. 19b. El v. 20 registra un lamento más del
pueblo, cuyo trasfondo puede ser el principio de una sequía, el tema del cap.
14. Los últimos dos versículos son palabras de Jeremías expresando otra vez
su dolor por el pueblo. Galaad (al este del Jordán) era bien conocida por sus
plantas aromáticas, usadas para curas medicinales. Pero para esta aflicción se
necesitaba una sanidad más profunda.

9:1-11 Un pueblo completamente falso

Las últimas palabras del v. 3 muestran que estos versículos iniciales proceden
de la boca del Señor. Sin embargo, la primera impresión es que son de
Jeremías (quien más apropiadamente buscaría una posada en medio del
desierto para refugiarse; v. 2). Hemos visto más de una vez el dolor que el
profeta siente por su pueblo. El presente pasaje muestra también que su

sufrimiento revela un sufrimiento similar por parte de Dios. Es otra función del
papel mediador de Jeremías.

La razón para el dolor que Dios y su profeta comparten es la falsedad del
pueblo. Su determinación para engañar es presentada en los vv. 2 y 3 (la
falsedad implica infidelidad, como en el adulterio). El cuadro de falsedad se
sostiene en los vv. 4-8. Se emplea una amplia gama de vocabulario para
transmitir la falsedad (engaño, calumnia, mentiras). Mentir se ha hecho habitual
(5b), de modo que son incapaces de cualquier otra cosa; y no hay relación, aun
a pesar de vínculos familiares, que pueda ser caracterizada por honestidad (4,
5). El cuadro es todo lo opuesto a una sociedad edificada sobre el pacto. Los
propósitos de Dios habían sido por un pueblo que tuviese integridad y que sería
bendecido en la integridad misma. La realidad de esto se comprende por todos
los que viven aun ahora en sociedades excesivamente corrompidas. En Judá
sus propósitos habían sido totalmente frustrados. Donde el pacto en realidad no
existe, no hay más remedio que darlo por formalmente terminado (9). La
“refinación” probablemente tendrá poco éxito (cf. <240629>

Jeremías 6:29).

El llanto en el v. 10 podría nuevamente ser de Jeremías o del Señor, o de
ambos. Habrá desolación en los montes y en los pastizales, afectando a aves y
bestias, y finalmente en Jerusalén y las ciudades. El desastre será total.

9:12-26 Lamento por el pueblo que debe sufrir

En un dicho anterior (<240808>

Jeremías 8:8, 9) fue expuesta la falsa sabiduría, que
se apoyaba en la mera posesión de la ley. Ahora Jeremías hace una pregunta
retórica (12): ¿Quién es suficientemente sabio para entender por qué la tierra ha
sido arruinada? (La perspectiva de este dicho puede ser un tiempo después del
primer ataque de Nabucodonosor sobre Jerusalén [<122401>

2 Reyes 24:1, 10, 11]).
La pregunta infiere la respuesta del Señor, que el pueblo tenía en su ley toda la
sabiduría que necesitaba, la cual ellos habían intencionalmente descuidado. El
resultado será el exilio (16).

Estando el fin de Judá determinado, no tiene otra opción que lamentar su
destino. Las plañideras eran lloronas profesionales. Sin embargo, no hay
sugerencia de artificialidad en este lamentar; será suficientemente real, tal que
las plañideras tendrán bastantes motivos para mantener vivo el arte (20). El
horrible cuadro en el v. 21 personifica a la muerte, probablemente de acuerdo
con la mitología cananea, irónico en vista de la crítica del profeta a la alianza del

pueblo con los dioses cananeos. Entre los vv. 21 y 22 la muerte está presente
por todas partes, adentro, afuera, por donde quiera que uno mire.

Un dicho aparentemente separado (23, 24) insiste en que el bien, sea sabiduría,
valentía o riquezas, no está dentro del círculo natural de los seres humanos, sino
que viene sólo de Dios. Las cualidades nombradas en el v. 24 son aquellas que
él mismo exhibe en el pacto. Misericordia es fundamental, ese amor leal que
une a Dios con su pueblo y le encomienda el cuidado de ellos. Juicio y justicia
son su celo, respectivamente, por los derechos de aquellos en pacto con él y
por normas correctas entre ellos. Cuando el Señor dice que esas cosas le
agradan (24), él quiere decir que las mismas cualidades han de ser mostradas
por los socios del pacto.

El último pasaje declara el hecho de que un número de naciones sufrirá a su
debido tiempo en manos de Babilonia (cf. <242703>

Jeremías 27:3; 46:2). El pasaje
muestra también que la circuncisión era una práctica ampliamente difundida en
el antiguo oriente. El ser Judá “incircuncisa de corazón”, es decir, no haber
entendido lo que la circuncisión significaba para ellos como una señal del pacto
(cf. <011710>

Génesis 17:10), no les hacía distintos a las otras naciones. La señal
externa no era nada en sí misma (cf. también <240404>

Jeremías 4:4).

10:1-25 Ninguno como el Señor

El severísimo ataque a la idolatría en los vv. 1-16 puede haber sido dirigido a la
gente ya en el exilio, que estaba impresionada por los grandes templos e ídolos
babilónicos, y eran tentados a pensar que los dioses babilónicos habían
demostrado ser más poderosos que el Señor. En verdad, sólo el Señor tiene
verdadero poder. El pueblo no debía aterrorizarse por lo que no tiene ningún
poder (2, 5). Lo absurdo de inclinarse ante lo que los mercaderes habían
importado y los artífices habían hecho es objeto de burla sin misericordia (4, 5,
8, 9, 14). ¡Cuán necio adorar artefactos, o aun la propia obra de la mano de
Dios (las señales del cielo, es decir, las estrellas; 2), en lugar de al Dios
viviente mismo! La sabiduría de las naciones también está en bancarrota (7b).
Los sabios aquí pueden ser como los astrólogos y magos mencionados en el
libro de Daniel) Impresionantes como puedan parecer los dioses extranjeros y
la cultura que va con ellos, se mostrará que son falsos e inútiles (11, 15). El v.
11 es un versículo aislado en arameo, el idioma oficial del Imperio Babilónico,
como destinado a hablar directamente a los líderes y dioses babilónicos: un
trozo de desafiante retórica.

En contraste, cuando habla Dios, el Hacedor de todo, toda la tierra es
afectada (12-15). Es a él a quien verdaderamente se debe temer (7), aunque el
temor de Dios, que es verdadera adoración, es totalmente distinto del terror
inspirado por los dioses de las naciones. Cuando Dios es descripto como la
Porción de Jacob, y el pueblo recíprocamente como su heredad, el lenguaje
conlleva pertenencia mutua en una relación de amor y cuidado. (La idea
idéntica aparece en <050420>

Deuteronomio 4:20 y otros lugares en el mismo libro,
donde es una parte importante de la expresión de la relación de pacto.) Este es
siempre el designio de Dios para su pueblo. Es la necedad de los seres
humanos atesorar otras clases de esperanza que no pueden dar sino frustración
y destrucción.

Otro dicho terrible señala al exilio a manos de un poder victorioso (17, 18). Es
seguido por un dicho de Jeremías (19-25), en el cual él expresa nuevamente su
propio dolor ante la calamidad que se avecina. El usa nuevamente el lenguaje
de herida y enfermedad (cf. <240419>

Jeremías 4:19-21), ya usado tocante a Judá

(<240607>

Jeremías 6:7; cf. 8:15, 22). Y aquí también el dolor de Jeremías es al
mismo tiempo el de Judá. Sus hijos (20) no pueden ser lit. de él, porque él
estaba destinado a no tener hijos (<241602>

Jeremías 16:2). Su expresión de dolor,
sin embargo, incluye su enojo por el fracaso de los dirigentes (los pastores). En
este sentido su experiencia es una representación de la que podría haber sido
propiamente del pueblo.

La oración también (23-25) es una oración del pueblo expresada por Jeremías
(nótese su parecido al <197906>

Salmo 79:6, 7, donde el pueblo ora por liberación
del enemigo, probablemente Babilonia en ese caso también). Contiene una
aceptación de “corrección”, o castigo, una insinuación de que el castigo será
visto exactamente como eso finalmente, y que se promete una vida después del
exilio (cf. <242405>

Jeremías 24:5-7). Jeremías puede también orar por sí mismo
cuando busca “corrección”, consciente sin duda, como toda persona piadosa,
de sus propias faltas. En dos casos, ciertamente, el Señor sí le reprende
(<241205>

Jeremías 12:5; 15:19).

11:1—13:27 EL PACTO QUEBRANTADO

11:1-17 Jeremías pone al descubierto la rebelión del pueblo

El lenguaje de pacto es más explícito aquí que en ningún otro lugar en Jeremías.
El pacto (2, 3) es el pacto hecho entre Dios y el pueblo en el monte Sinaí
(Exodo 19—24) y renovado regularmente mediante la lectura de sus leyes

(<053109>

Deuteronomio 31:9-13). Estas palabras pueden haber sido dichas en
ocasión de una renovación del pacto, sea la de Josías (<122301>

2 Reyes 23:1-3), o

una posterior. El pacto implica, primeramente, la salvación por Dios de su
pueblo de Egipto y darles la tierra de Canaán (4a; cf. <050420>

Deuteronomio 4:20);

segundo, un mandamiento (4a, cf. <051101>

Deuteronomio 11:1); y finalmente, un

juramento (5a, cf. <050108>

Deuteronomio 1:8). Promete relación con Dios (4c, una

fórmula típica; cf. <032612>

Levítico 26:12), y bienestar (5b; cf. <020308>

Exodo 3:8). Y
es ahora motivado por la certidumbre ya sea de bendición o maldición, de aquí
los vv. 3b, 8b (cf. <052715>

Deuteronomio 27:15-26; 28:15-68; para la bendición
cf. 28:1-14). Por lo que antecede será claro cuánto de estas palabras de
Jeremías son una predicación de una tradición que estaba bien establecida. El
propósito de los vv. 1-5 es el arrepentimiento; los vv. 6-8 contienen el
veredicto de que el pacto ha sido roto y por tanto la “maldición” debe caer.

Los vv. 9-13 detallan el porqué el hacha ha sido puesta a la raíz de Judá. La
idea de conspiración significa que ha habido, por así decirlo, un acuerdo en
Judá y Jerusalén de abandonar al Señor; esto ha sido cierto por generaciones.
Ahora que el fin está cerca, lejos de volverse a Dios ellos sólo buscarán sus
ídolos aún más, pero en vano. El v. 13 alude al politeísmo de Canaán (cf.

<240228>

Jeremías 2:28), un tipo de promiscuidad religiosa. ¡Qué necedad cambiar

“Gloria” (<240211>

Jeremías 2:11) por vergüenza! (13b).

La sentencia irrevocable se repite (14-17; cf. 7 Jeremías:16), ahora en términos
poéticos. Mi amada es Judá (cf. <241207>

Jeremías 12:7), pero hay una ironía: la
amada no tiene derecho en la casa de Dios; sus sacrificios disfrazan su corazón
falso. El olivo es un símbolo del bienestar que ella debía haber tenido, pero que
será consumido.

Estas palabras de Jeremías nos dicen mucho acerca de la forma de cualquier
relación entre Dios y el pueblo, y sirven a la vez como una advertencia contra el
dar por sentada tal relación.

11:18—12:6 “Confesiones”

Jeremías pronuncia un número de oraciones, a menudo llamadas sus
“confesiones”, que revelan su agitación interior (ver la Introducción). Este
pasaje contiene la primera de ellas, o mejor dicho, las primeras dos
(<241118>

Jeremías 11:18-23; 12:1-6). Su esencia es las quejas de Jeremías a Dios
por su propio sufrimiento, ocasionado por su llamado a ser profeta. Aquí ha
habido evidentemente una conspiración contra la vida de Jeremías, que lo había

tomado por sorpresa (19; cf. <194411>

Salmo 44:11) y que fue especialmente
horrible porque fue incubada por la gente de su propio pueblo (21). Los
sacerdotes pueden bien haber tomado con disgusto la crítica al establecimiento
del templo (<240701>

Jeremías 7:1-15) por uno de los suyos (1:1). El profeta no era
ciertamente bienvenido en su propio país (<420424>

Lucas 4:24). La oración de
Jeremías, por vindicación más que venganza (20b), es sobre todo una
impaciencia para que la verdad y la justicia prevalezcan (cf. <190709>

Salmo 7:9). El
Señor le tranquiliza (21-23) en términos que recuerdan su promesa en 1:17-19.

La segunda confesión (<241201>

Jeremías 12:1-4) une los sufrimientos de Jeremías y
el de los inocentes en general. Su comienzo es semejante al de Salmo 73, cuyo
tema es el sufrimiento de inocentes mientras los impíos prosperan. Tiene un
elemento de acusación a Dios que no ha impedido, ciertamente hasta ha traído,
este estado de cosas (2a). Jeremías expresa aquí el aislamiento que siente a
menudo en su labor profética (cf. <241517>

Jeremías 15:17) y su frustración porque
el juicio de Dios, que él debe siempre proclamar, no llega. (Pasaron más de 40
años entre su llamado en 627 a. de J.C. y el saqueo final de Jerusalén en 586.)
El v. 3 es similar a 11:20; sigue del v. 1 como una oración de que el Señor no
se permita a sí mismo ser considerado injusto. La sequía a que Jeremías alude
en un número de pasajes es ya una señal de que la maldad del pueblo está
teniendo sus consecuencias (4a), aunque aquellas todavía son ignoradas, y se
niega el juicio de Dios (4b), que es una parte esencial de la “falsedad” que
caracteriza al pueblo.

La respuesta del Señor (5) significa aparentemente que Jeremías había
claudicado, pero que tendría que soportar cosas más grandes todavía. Esto iba
a ser siempre una parte de su llamado, y él debe continuar creyendo a Dios. El
Señor continúa advirtiéndole que no se dé por vencido, menos que nada
debido a la buena opinión de sus allegados (6). Ellos serán engañadores aún. El
que quiere ser fiel a Dios podrá a menudo contar con la fidelidad sólo de Dios
mismo.

12:7-13 Dios y su “casa”

Así como la familia de Jeremías le traicionó, el Señor mismo sabe de una
traición de los más allegados a él (7-13). Su propia casa, Judá, se ha vuelto
violentamente contra él (8). El a su vez se ha vuelto en contra de ella (7, 8c).
Algunas metáforas hablan del íntimo vínculo entre él y su pueblo: mi casa... mi
heredad
(cf. sobre <240207>

Jeremías 2:7), lo que amaba... mi viña. Seguramente
uno que usa este lenguaje para su pueblo irá hasta cualquier extremo para

cuidarles y protegerles. Pero sucederá lo contrario. Lo que era fructífero
quedará desolado; pastores (es decir, gobernantes extranjeros; 10) vendrán a
destruir. Esto además será obra misma del Señor (12b), y su maldición
significará que la tierra no será capaz ni aun de llevar fruto (13).

La confianza de las “fuerzas del mercado” y la ciega búsqueda de prosperidad
económica son los dos paralelos de hoy a la idolatría de Judá.

12:14-17 Un plan para las naciones

Jeremías fue llamado a ser un profeta no sólo a Judá sino a las naciones
(<240110>

Jeremías 1:10), proclamando a la vez castigo y reconstrucción. El presente
pasaje declara primero que aquellas naciones que el Señor está trayendo contra
Judá serán a su vez juzgadas siendo removidas de sus tierras (arrancaré; cf.

<240110>

Jeremías 1:10). Notablemente, sin embargo, como ha habido vislumbres de
esperanza para Judá del otro lado del juicio del exilio (<240314>

Jeremías 3:14-18),

así ahora se ofrece esperanza aun a éstas. Si otras naciones aceptan la
adoración del Dios verdadero, ellas también tendrán todos los beneficios de ser
el pueblo de Dios. Esta es una nota desacostumbrada en Jeremías, pero es una
parte de la revelación del AT que la salvación es finalmente para todas las
naciones (cf. <231923>

Isaías 19:23-25; 40:5).

13:1-27 Señales de juicio

A los profetas no se les daban solamente palabras para hablar, sino a veces
también señales que debían hacer, designadas a demostrar la veracidad de sus
palabras. Son más que una “ayuda visual”, porque al igual que las palabras,
llevan la autoridad del Señor. (Cf. las dos últimas señales en la casa del
alfarero; caps. 18, 19; también <232001>

Isaías 20:1-6.) Cuando la palabra del
Señor es expresada verbal y visualmente, la intención es la de darle doble
autoridad y efectividad. Las cinco señales de este capítulo son un cinto, tinajas,
un rebaño, una mujer que da a luz y el tamo, todas señales de rechazamiento.

El cinto, usado por Jeremías es hecho para representar la relación íntima entre
Dios y su pueblo (11). Cuando el cinto es quitado y arruinado al ser
abandonado en un lugar llamado Perath (Eufrates en la RVA) significa la
humillación de la fuerza en la que el pueblo se enorgullecía, pero que era un
engaño (7, 9). Perath era probablemente un lugar no lejos de Anatot, la cuna
del profeta (Pará; <061823>

Josué 18:23). El nombre Perath, sin embargo, también
significa el Eufrates, y la señal hace una conexión, por tanto, con los imperios
de Mesopotamia. La referencia puede ser a la aceptación por parte de Judá de

la religión asiria, tanto como a la amenaza de exilio en Babilonia. (El exilio, en
verdad, tendría un efecto restaurador más bien que ruinoso; <242405>

Jeremías 24:5-

7.) Los muchos días del v. 6 se referirían entonces al largo período de la
persistencia de Israel y de Judá en el pecado (cf. v. 10). Este pecado fue en sí
mismo inevitablemente la causa de su ruina.

El extraño dicho de Jeremías (12) puede ser una treta para atraer la atención
diciendo algo tan ordinario que pone perplejo, o tal vez es nefasto porque él
sabe que la abundancia que el pueblo ha conocido va a terminar. A la respuesta
burlona (12a) él interpreta el dicho de la embriaguez que vendrá sobre el
pueblo. La confusión de pueblos bajo el juicio se describe como embriaguez en
otros lugares también (<242515>

Jeremías 25:15, 16). Los dirigentes del pueblo serán
los más afectados, no sólo un rey sino varios serán dominados por invasión
extranjera (cf. 22:18, 19, 24-27; <122401>

2 Reyes 24:1-4, 8-17; 25).

El resto del capítulo se compone de tres dicho separados. Los vv. 15-17 son
dirigidos a Judá en general. Este oráculo usa el lenguaje de luz y tinieblas,
metáforas familiares de salvación y juicio (cf. <230901>

Isaías 9:1, 2; <300518>

Amós
5:18). Las tinieblas eran una metáfora poderosa en el mundo antiguo, ya que la
luz artificial era limitada, y hablaban naturalmente de temor y muerte. Estas
palabras pueden haber sido dichas cuando Jeremías todavía esperaba que el
pueblo se arrepintiera. Como con otros oráculos semejantes, su ubicación
ahora junto a otros dichos que saben que el desastre es inevitable sirve
simplemente para recalcar que no siempre ha sido así. El llanto de Jeremías por
el pueblo en su devastación ha sido hallado antes (cf. <240901>

Jeremías 9:1).

El segundo oráculo se dirige al rey y a su madre, que han de ser identificados
con Joaquín y Nejusta (<122408>

2 Reyes 24:8). La reina madre podía tener un

papel altamente influyente en el antiguo Israel (cf. <110219>

1 Reyes 2:19). El oráculo

los ve removidos de sus tronos y de su posición real, la tierra sufriendo
desolación hasta tan lejos como el Néguev, la zona de la frontera sur de Judá y
la más lejana del alcance de los ejércitos babilónicos.

El último oráculo (20-27) está dirigido a Judá en singular, como si fuera una
mujer (los lugares son a menudo gramaticalmente de género femenino, hecho
que se presta en discurso poético a su personificación con mujeres). El dicho
parecía al mismo tiempo tener en vista a los dirigentes (20b, 21a). Hay ironía en
ser arrasados por aquellos a quienes Judá había buscado como aliados (21a;

cf. <240430>

Jeremías 4:30).

La figura femenina se desarrolla ahora en varias maneras. Primera, la angustia
de la invasión se compara al dolor de parto (21b). Segunda, su brutalidad será
como la violación de una mujer (22b, 26, 27), que también sería sin duda un
aspecto lit. de la invasión. Tercera, la metáfora de prostitución se utiliza una vez
más para pintar la infidelidad del pueblo (27; cf. <240220>

Jeremías 2:20). Esta figura
tenía también su contraparte lit., porque habría sido parte de los rituales de la
adoración cananea. Sería un error buscar consistencia o sistema en estas figuras
femeninas; se usan con la libertad del poeta. La figura final es la de impureza
ritual (¿Hasta cuándo no te purificarás?) causada por los pecados religiosos
de Judá. La pregunta es retórica; la fuerza del v. 23 es que Judá es incapaz de
cambiar.

14:1—15:21 HAMBRE, ESPADA Y PLAGA

14:1-10 Sequía

La provisión de agua nunca podía ser dada por supuesta en el antiguo Israel.
Enormes cisternas (3), labradas en la roca y recubiertas (las “cisternas rotas”
de 2:13 son aquellas cuyo revestimiento está dañado), retendrían agua de las
inundaciones repentinas en las estaciones de las lluvias, y proporcionarían alivio
por un tiempo durante la sequía. En este caso la sequía es, sin embargo,
obviamente severa y bien avanzada. La angustia que tal cosa trae (4-6) es
lamentablemente bien conocida en nuestra época también.

Siendo que el agua es tan fundamental para la vida, su provisión es una
bendición básica del pacto, y su privación una gran maldición
(<052812>

Deuteronomio 28:12, 24). Por cuanto las sequías en general pueden ser
vistas simplemente como desastres naturales, dentro de la relación de pacto de
Judá con Dios una cosa tal debe ser mirada como su juicio sobre ellos. No se
conoce la fecha exacta de esta sequía; puede haber sido relativamente cercana
en el tiempo a la venida de los babilonios, a juzgar porque son puestos en
pareja el hambre con la espada en el v. 12.

El cuadro de la sequía es seguido por una confesión de pecado y un llamado al
Señor pidiendo ayuda. Es como algunos de los así llamados “lamentos” de los
Salmo (p. ej. <191001>

Salmo 10:1). El Señor debiera actuar para mostrar su poder
de hacerlo (7); desde el éxodo de Egipto, él ha sido siempre el verdadero
Salvador de Israel; al fin él es conocido como el Dios de Israel (9b). La
oración puede proceder de la boca de Jeremías en favor del pueblo. La fría
respuesta del Señor a esto (10) está en línea con su prohibición a Jeremías de

orar. (Ver también la insincera confesión del pueblo en <240322>

Jeremías 3:22-25.)

La frase este pueblo, como una réplica al v. 9b, evita notablemente la
expresión “mi pueblo”, propia del pacto (9:7).

14:11-22 Demasiado tarde para orar

La prohibición de orar (11; cf. <240716>

Jeremías 7:16; 11:14) en este contexto
significa que ni esta hambre presente ni otras señales de juicio serán quitadas.
Más bien el cuadro en los vv. 11-16 se amplía a espada, hambre y peste, un
trío destinado a abarcar toda la gama de la miseria humana. Las maldiciones de

<052815>

Deuteronomio 28:15-68 son básicamente variaciones de estos temas.

Había evidentemente aquellos profetas que se apresuraban a asegurar al pueblo
que sus sufrimientos no significaban las maldiciones del pacto. ¡El mero hecho
de ser un profeta oficial, sin embargo (cf. <112205>

1 Reyes 22:5-8), no garantizaba

que uno tendría la palabra de Dios (<112224>

1 Reyes 22:24)! Pretender tener la
autoridad de Dios para profetizar cuando Dios no ha dado un mensaje era
particularmente nefasto. Los falsos profetas derribarían al pueblo con ellos
(15b, 16).

Los vv. 17, 18 nuevamente representan el dolor del Señor a través de la boca y
la experiencia de Jeremías. El Señor no es indiferente al sufrimiento del pueblo,
aunque él mismo lo trae sobre ellos como juicio. Su duelo corresponde al de
Judá (1; cf. 9:1).

La oración que sigue (19-22) tiene elementos conocidos de ciertos salmos (p.
ej. Salmo 74, 79): la protesta a Dios acerca de su duro trato a su pueblo,
confesión, el llamado a que él actúe sobre las bases del pacto y para la honra
de su nombre. Todavía no es una oración que pueda con propiedad ser
atribuida al pueblo. Como oración de Jeremías por el pueblo ya ha sido
rechazada (<241411>

Jeremías 14:11). Como una declaración de Jeremías, un
israelita fiel, podría todavía tener una promesa de gracia (ver más adelante
sobre <241519>

Jeremías 15:19-21).

15:1-9 Demasiado tarde para compasión

La oración de Jeremías en <241419>

Jeremías 14:19-22 es seguida por otra
declaración de que la oración de nada sirve, ahora que Dios ha resuelto el
castigo (1). Moisés y Samuel, ambos profetas, son conocidos por sus
oraciones por el pueblo (<023211>

Exodo 32:11-13; <091223>

1 Samuel 12:23). El
catálogo de desastres en el v. 2 es una leve variación del trío encontrado en

<241412>

Jeremías 14:12; las aflicciones aquí no son, por supuesto, mutuamente
excluyentes. La culminación de todo es la cautividad. El cuadro retórico del
horror de la invasión y conquista continúa en el v. 3, donde toda la creación
parece ser llamada al propósito de Dios de arrojar al pueblo infiel de la tierra
que una vez le fuera dada.

La referencia al rey Manasés recuerda <122326>

2 Reyes 23:26. La culpabilidad de
Judá ha estado creciendo por generaciones. Sin embargo, Manasés es
particularizado como el rey que había cometido las idolatrías más atroces
contra el Señor (ver 2 Reyes 21).

En armonía con la prohibición de orar por el pueblo, la perspectiva de los vv.
5-9 es la de una decisión que se toma ahora. El significado del v. 5 es en efecto
semejante al del v. 6: es demasiado tarde para compasión; Judá ha mostrado
definitivamente su carácter como indigno del pacto (6a, 7c). Como un pueblo
“apóstata”, se esfuerza para alejarse del Señor en lugar de acercarse (cf.

<240311>

Jeremías 3:11-14). La proliferación de la muerte es una contradicción
directa a la promesa del pacto de Abraham de una descendencia numerosa
(8a; cf. <012217>

Génesis 22:17). La madre de siete (9) se considera como
particularmente feliz; su felicidad se torna en un dolor de verdad intenso.

15:10-21 Una confesión y la respuesta amorosa de Dios

Una vez más Jeremías expresa su propio dolor derivado de la carga de su
llamado. Los vv. 10-21 son estructurados como dos apelaciones al Señor a
favor del profeta (el v. 10 contestado por el v. 11, y los vv. 15-18 por 19-21).
Su lamento por haber nacido (10; cf. <242014>

Jeremías 20:14-18) pone en duda la

seguridad personal que Dios le da (<240117>

Jeremías 1:17-19). El Señor por tanto
reitera la sustancia de aquella promesa, aun yendo más allá de ella cuando dice
que los enemigos de Jeremías lo necesitarán en su angustia. Esto se cumple en
la dependencia de Sedequías en él, en los últimos días de Judá (p. ej.

<243703>

Jeremías 37:3).

Los versículos siguientes (12-14) continúan la seguridad dada a Jeremías de
que el juicio sobre el pueblo está determinado (aun si esto es para él una noticia
confusa). El hierro irrompible del norte se refiere probablemente a la
invencibilidad de Babilonia, comparada con Judá; también recuerda, sin
embargo, la promesa que Jeremías mismo será hecho como una columna de
hierro contra sus enemigos (<240118>

Jeremías 1:18). El oráculo dirigido a Judá en
los vv. 13, 14 sirve también, en esta posición, como una afirmación a Jeremías

de que el Señor tiene el propósito firme de cumplir sus palabras contra el
pueblo.

Jeremías, sin embargo, ahora piensa en sus propios enemigos (15-18). Sus
palabras tienen elementos en común con palabras que en otro lugar son
aplicadas al deseo del pueblo de liberación de Babilonia. La idea de una herida
que necesita sanidad (18) aplicada al pueblo aparece en 8:22. Donde se decía
que el pueblo era llamado por tu nombre en <241409>

Jeremías 14:9, así lo hace
ahora Jeremías (16). La acusación de que Dios había engañado al pueblo
(enviando falsos profetas; 4:10) se hace ahora por Jeremías acerca de él mismo
(18). La experiencia total de abandono, por tanto, es paralela a la del pueblo.

La consecuencia de esto es que cuando el Señor reasegura a Jeremías (19-21),
esto puede resultar como una seguridad para el pueblo también. Ciertamente, el
v. 19a se asemeja estrechamente a la oración de “Efraín” (un nombre para el
pueblo) en <243118>

Jeremías 31:18b, que se contesta en los versículos siguientes.
En medio de los dichos de condenación, por lo tanto, la propia experiencia de
Jeremías llega a ser una promesa de salvación al fin para todo el pueblo.

Este es el significado de su papel de mediador, o de representante. En un
sentido, por lo tanto, Jeremías sufre en favor del pueblo. En su entrega personal
a su vocación profética, ciertamente en ésta hasta se parece a Cristo. Su
devoción a la oración y agonía son marcas esenciales (y tal vez descuidadas)
del verdadero liderazgo espiritual.

16:1—17:27 CUADROS DE EXILIO Y SALVACION

16:1-21 El exilio prefigurado

Jeremías ya ha utilizado una señal para reforzar su mensaje (13:1-11); ahora
toda su vida llega a ser una señal (1-4). El ser soltero era poco usual en el
antiguo Israel, así que su soltería y falta de hijos sobresalen como dignas de
atención. En realidad es la intención del Señor que sean una señal de que toda
vida normal cesará en Judá. El dar vida es burlado por la inminencia de la
muerte (4; cf. <240431>

Jeremías 4:31). La familia era una bendición, porque
otorgaba un lugar cierto en la sociedad, y perpetuaba el nombre de un hombre
para generaciones futuras (<052505>

Deuteronomio 25:5, 6; <19C703>

Salmo 127:3-5;

128:3-6). Ahora ha de llegar a ser una maldición.

Se le prohíbe también a Jeremías el participar en ceremonias fúnebres
normales, como una señal de que la muerte está tan difundida en Judá que tales

ceremonias de duelo se harán imposibles (5-7). El lenguaje del v. 5b es una
clara cancelación del pacto. Paz aquí es el heb. shalom, entendida como
completo bienestar; compasión es el heb. hesed, el amor leal que es típico de
la relación de pacto; misericordia es esa cualidad en Dios que hace más
profundo el amor que el del compromiso del pacto (p. ej. <195101>

Salmo 51:1;

<235407>

Isaías 54:7). Todas están revocadas; una vez más, este pueblo no es,
significativamente, “mi pueblo”.

El punto en los vv. 8, 9 es muy similar al de los vv. 1-4. Quizás se puede decir
que Jeremías repite hasta el cansancio los mismos temas. La pregunta del
pueblo (10) revela, por lo tanto, su morosidad en oír el mensaje de Dios. En su
respuesta, Jeremías muestra otra vez que el pueblo ha sido persistente en el
pecado por generaciones (cf. <241107>

Jeremías 11:7-10). No obstante, los
pecados de la generación presente son más grandes aun que los de sus
antepasados; es por sus propios pecados que el juicio vendrá sobre ellos (12).
No se puede permitir excusa de desventaja.

El presente capítulo pone lado a lado oráculos de juicio y de esperanza. Debe
decirse que los oráculos no eran dichos en primer lugar necesariamente en el
orden en que los tenemos. Jeremías, tarde en su vida, puede haber querido
dejar que estos oráculos de contrastes estuviesen juntos para mostrar un
arreglo de juicio seguido por misericordia. El oráculo en los vv. 14, 15 es una
secuela inesperada de los vv. 1-13. El significado es que a su debido tiempo
Dios será misericordioso otra vez. El hecho de que él ahora está revocando sus
compromisos del pacto no significa que él ha cambiado. Ciertamente, una
futura salvación (¿de Babilonia?) será tan maravillosa que hasta reemplazará al
éxodo de Egipto como centro de la confesión de Judá de Dios como Salvador
(cf. <234314>

Isaías 43:14-19).

Otro dicho de juicio (16-18) advierte, con sus metáforas de pescadores y
cazadores, de la crueldad con que se proseguirá en el desmembramiento de
Judá. La retribución doble por sus pecados es una reminiscencia de <234002>

Isaías

40:2, donde se dice que la retribución doble se ha pagado.

La última nota, no obstante, es la de salvación aplicada ahora a las naciones en
general. El cuadro de las naciones viniendo a Judá en algún punto en el futuro
para buscar al Dios verdadero se halla también en <230202>

Isaías 2:2-4;

<330401>

Miqueas 4:1, 2; cf. <350214>

Habacuc 2:14. Se ha cumplido al derribar Cristo la

división entre judíos y gentiles (<480328>

Gálatas 3:28) y en la misión de la iglesia a

los gentiles.

17:1-13 Confianza en los recursos humanos, confianza en el Señor

El primer oráculo (1-4) se mofa del falso uso que hace Judá tanto de la ley
escrita como de la religión. La escritura del pecado sobre sus corazones, como
leyes sobre tablas de arcilla, es una sátira punzante del hábito inculcado que
niega la ley (es decir, los Diez Mandamientos y otras leyes) que ellos reclaman
como suya. Sus sacrificios también meramente enfatizan sus pecados. Sus hijos,
que debieran haber sido versados en los caminos del Señor (<050607>

Deuteronomio
6:7), han sido instruidos en los caminos de otros dioses (2, cf. la prohibición en

<051202>

Deuteronomio 12:2, 3). La generación que ha recibido la idolatría de sus
antepasados ahora la pasa a sus hijos. No podría representarse más
agudamente la necesidad de instruir a los hijos en los caminos del Señor.

“Mi montaña” (3a, BA) es Sion, el templo donde Dios mora (ver sobre

<240819>

Jeremías 8:19). Los vv. 3, 4 repiten sustancialmente <241513>

Jeremías 15:13,

14. Se sigue un contraste (muy similar al del Salmo 1) entre la persona que
depende del poder humano para su bienestar y la persona que confía en Dios
(5-8). La “maldición” del uno y la “bendición” del otro son propias del pacto
(cf. Deuteronomio 28). El pacto tiene una paradoja que es perdurablemente
verdadera: el intento de poner la vida de uno sobre una base segura por medio
de una confianza egoísta en las habilidades propias trae ruina. La confianza en
Dios, que implica obediencia, y puede incluir el actuar en contra de los propios
intereses, es el camino a la vida (cf. <401039>

Mateo 10:39). Esta paradoja es crucial
para una comprensión del pacto. A pesar del énfasis de Jeremías sobre “esta
vida” y la prosperidad, la religión del pacto nunca puede ser calculadora o
egoísta.

El contraste entre las dos clases de confianza lleva a la idea del Señor
escudriñando el corazón (10; cf. sobre <240907>

Jeremías 9:7). El corazón es el
verdadero fundamento del carácter, incluyendo la mente y la voluntad en el AT.
El v. 10b no está enseñando la salvación por obras, sino recalcando el hecho
de que el Señor verdaderamente conoce el carácter de una persona. El v. 11
ilustra pintorescamente la falsedad de la injusticia, una forma de autoengaño
(sobre la verdad como acción véase en <240526>

Jeremías 5:26-28). La exclamación
en los vv. 12, 13 es sugerida también en el tema del autoengaño. No sólo los
individuos, sino también todo el pueblo puede engañarse al no ver que el Señor
es la fuente verdadera de su bienestar (12, 13). La alabanza (12) está en boca
de Jeremías.

17:14-18 Una confesión

La cuarta confesión de Jeremías toma de los temas del cap. La sanidad
verdadera proviene del Señor (14). Jeremías está aquí como uno que confía en
Jehovah (7). A pesar de las burlas, él ha sido fiel a su llamado (15, 16). Sus
enemigos, en todas intenciones y propósitos todos en Judá, están bajo la
maldición de Dios (18, cf. v. 5). Un tema importante del libro así se considera:
¿hay aunque sea una persona en Judá “que practique el derecho y busque la
fidelidad?” (ver sobre <240501>

Jeremías 5:1). Como esa persona, Jeremías mismo
puede con derecho esperar del Señor la salvación. El hasta puede ser el
portador de ella para su pueblo (ver sobre <241519>

Jeremías 15:19-21), cuyo
castigo él no ha deseado (16). Estar solo en fidelidad a Dios puede ser muy
difícil; sin embargo, la fidelidad de una persona puede tener efectos
incalculables para bien.

17:19-27 Guardando el sábado

El mandamiento del sábado (<022008>

Exodo 20:8-11; cf. <300805>

Amós 8:5) prohibía
trabajo remunerado un día en siete para la adoración a Dios como una señal de
la confianza en él para el bienestar. El dejar por un día los medios de ganancia
era un acto de fe. En términos de hoy significa permitir sistemáticamente un
tiempo en la vida de uno para la adoración y el descanso, aun al precio de
progreso personal. El pasaje describe actividad comercial laboriosa en sábado,
sin duda especialmente notable en las puertas de la ciudad, y posiblemente
involucrando al rey tanto como el pueblo común (19). La observancia del
sábado podría ser un barómetro del estado espiritual de Judá; de aquí la
solemne advertencia sobre la necesidad de observar este mandamiento. La
promesa de una dinastía davídica renovada será considerada en otro lugar
(<242305>

Jeremías 23:5, 6).

18:1—19:13 DOS VASOS ROTOS Y UNA CONFESION

18:1-8 Un vaso roto rehecho

Las dos señales relacionadas con un vaso roto (aquí y en <241901>

Jeremías 19:1-
14) se diferencian significativamente entre sí. En este incidente, Jeremías va a la
casa del alfarero y le observa trabajando. El alfarero, descontento con el vaso
que está haciendo, hace otro con el mismo barro. El Señor entonces declara
que, como el alfarero, él está libre para revisar sus intenciones para Judá (6). El
principio se desarrolla en los vv. 7-10 y aplicado a cualquier nación. El punto

crucial, sin embargo (11), es que aun cuando el Señor ha formado un plan para
juzgar a su pueblo, todavía hay tiempo para que ellos se arrepientan y eviten el
desastre. Un arrepentimiento tardío aun será honrado por Dios; el principio
también aparece en la vida y ministerio de Jesús (<421511>

Lucas 15:11-32; 23:40-
43). La apelación del Señor a que cambien es genuina, aunque sabe que no
responderán (12). Cuando sean juzgados será como resultado de su propia
elección. Este principio es bien claro a través de la predicación de Jeremías.
¿Por qué el Señor necesita rehacerlos? Por causa

de la dureza de sus corazones (13-18). Las ilustraciones son de la constancia
en la naturaleza: la nieve sobre las cumbres del Líbano, siempre proveyendo
arroyos de agua fresca. Esta constancia se contrasta con la infidelidad de Judá
y, a la vez, lo muestra como contranatural (15; para este tipo de argumento cf.

<240804>

Jeremías 8:4-7). Es también el colmo de la locura. Las sendas antiguas

(15; cf. <240616>

Jeremías 6:16) eran seguras; un camino no preparado podría ser
muy peligroso. La ruina resultante hará que el pueblo sea objeto de burla, la
suerte normal de una nación derrotada (cf. <242509>

Jeremías 25:9; 51:37, lo último
dicho de Babilonia). Estos vv., siguiendo el llamado a arrepentirse en los vv. 5-
12, sugieren que el llamado ha sido en vano.

18:19-23 Una confesión

La ocasión de la quinta confesión de Jeremías, como la de la primera
(<241118>

Jeremías 11:18-23), es un complot contra él, aparentemente por líderes
importantes en la tierra (18). Las tres clases nombradas dan un indicio en
cuanto a los papeles de los principales líderes en el establecimiento. (Los
“sabios” en este contexto son los que aconsejaban a los reyes; como Ajitofel en

<101623>

2 Samuel 16:23.) La razón para el complot, obviamente es la crítica de
Jeremías de tales personajes (<240208>

Jeremías 2:8; 8:8-11). No hay aquí un plan
explícito de matarle; sin embargo, la acusación hecha bien podría haber sido de
traición (cf. <243713>

Jeremías 37:13), y esto de por sí podía haber puesto su vida

en peligro.

La confesión en sí es casi enteramente una oración por juicio sobre sus
enemigos. El bien que él les había hecho (20) es haberles dicho la verdad y
orado por ellos. La parte central de la oración (21, 22) puede leerse como la
resignación de Jeremías; esto es lo que han escogido; ahora debe venir, aunque
sea horrible. Si el motivo en el v. 23 es censurable, el sentimiento está todavía
en línea con el propósito declarado de Dios y con la prohibición al profeta de
orar por el pueblo.

19:1-13 Una vasija quebrada y no rehecha

Se le dice a Jeremías ahora que vuelva a la casa del alfarero (1). Puede haber
sido cerca de la puerta de los Tiestos, que parece haberse abierto hacia el
valle de Ben-hinom, al lado suroeste de la ciudad. Probablemente se la llamaba
así porque los alfareros sacaban allí sus mercaderías dañadas e invendibles. Las
piezas en la pila de escombros no podían ser rehechas, un cuadro poderoso de
lo que Jeremías tenía que decir. La zona de la puerta probablemente estaba
llena de personas en sus ocupaciones.

A diferencia del primer incidente que incluía una vasija, esta vez Jeremías no es
un mero observador: más bien, él ha de comprar una vasija de barro para hacer
una señal con ella. Esta señal ha de ser preparada cuidadosamente, y vista por
miembros de la comunidad, tanto sacerdotes como laicos (1). Para poder
arreglar esto Jeremías debe haber contado con el respeto de ciertos miembros
de la clase dirigente (cf. <242617>

Jeremías 26:17-19, 24).

Antes de hacer la señal Jeremías declara que Judá será ciertamente destruida
(3-9). El mensaje a los reyes de Judá, tanto como a los ancianos, muestra la
naturaleza simbólica y solemne de su discurso (3, cf. <241720>

Jeremías 17:20). El
pecado condenado es el de idolatría, comprendiendo en particular la adoración
de Baal y divinidades estelares (cf. <240802>

Jeremías 8:2; <122105>

2 Reyes 21:5). Tal
adoración es detestable tanto en sí misma, por su inhumanidad (5; cf. 7:31;

<112106>

1 Reyes 21:6), y también como una traición al Dios que había dado vida a
este pueblo y hecho un pacto con ellos (4, 5b). El castigo será no sólo severo
sino público (3; cf. <122112>

2 Reyes 21:12). La humillación se debía a un pueblo
cuya misión, irónicamente, era mostrar a Dios a las naciones. (Los vv. 5, 6 son
repetidos en sustancia de <240731>

Jeremías 7:31, 32.) Los vv. 7-9 evocan
horriblemente el sitio y las consecuencias de la batalla. Hubo canibalismo,
aparentemente, durante el sitio de Jerusalén en 586 a. de J.C. (ver

<250220>

Lamentaciones 2:20).

Jeremías entonces hace la señal, quebrando la vasija que, terminada y
endurecida, ya no podía ser rehecha (10, 11; cf. <241804>

Jeremías 18:4). Las dos
señales juntas ilustran bien el paso del arrepentimiento al tiempo cuando ya es
demasiado tarde; el Señor no retrocederá ahora de su determinación de
castigar a Judá. La señal, como en <241301>

Jeremías 13:1-11, refuerza el mensaje.

Tófet, el lugar donde los niños habían sido sacrificados (<240731>

Jeremías 7:31),
había sido profanado (es decir, hecho inapropiado para sacrificios) por el rey

Josías en su reforma (<122310>

2 Reyes 23:10); éste será ahora el destino de toda la

ciudad.

19:14—20:18 JEREMIAS MALDICE SU NACIMIENTO

19:14—20:6 Jeremías en el templo

La señal hecha en el valle de Ben-hinom tenía sin duda el propósito de usar
Tófet como un símbolo de destrucción. Jeremías ahora sube al templo y hace la
advertencia otra vez (14, 15; cf. <240701>

Jeremías 7:1-15).

Las consecuencias inmediatas (<242001>

Jeremías 20:1-6) muestran cuánta agitación
el profeta estaba creando en las esferas más altas de la sociedad. Si algunos de
los dirigentes estaban preparados para ser vistos con él (ver sobre

<241901>

Jeremías 19:1), otros no lo estaban. Pasjur, que parece haber sido un tipo
de policía sacerdotal, responsable por el buen orden en el área del templo,
puede ser típico, a juzgar por la propia predicación de Jeremías. Aquí tenemos
el primer relato del profeta sufriendo físicamente, como se le había advertido
que sucedería (<240119>

Jeremías 1:19). El Señor había prometido que él no sería
vencido por sus enemigos, pero no que no sufriría. Similarmente, el cristiano es
asegurado de la victorial final debido a la resurrección de Cristo, pero no de
inmunidad al sufrimiento o la oposición.

Liberado del cepo, Jeremías dirige a Pasjur la clase de oráculo que había dicho
previamente acerca de los sacerdotes y dirigentes en general (4-6). Pasjur
recibe un nuevo nombre, Magor Misabib (“terror por todos lados”) porque su
negativa a escuchar la palabra de Dios es la actitud misma que asegurará el
destino terrible de Judá. Irónicamente, el que pensaba que estaba guardando
las instituciones y tradiciones estaba haciendo justamente lo contrario; el templo
con sus ritos y sus riquezas, que él estaba protegiendo contra los
alborotadores, pronto no existirían más, y el sacerdocio sería algo sin
importancia en una tierra extranjera. Ninguna institución, por buena que sea,
puede ser un fin en sí misma; puede ser buena sólo si señala hacia adelante al
reino de Dios.

20:7-18 Una última confesión

Apropiadamente, el relato del maltrato de Jeremías es seguido por una
expresión de su angustia por causa de su ministerio profético en general. El
pasaje tiene realmente dos partes, los vv. 7-15 y los vv. 14-18. La primera (7-

13) es como un salmo de lamento, en el que el salmista hace una protesta al
Señor, y recibe una seguridad o una respuesta (p. ej. Salmo 13).

La protesta está en términos fuertes. A pesar de la seguridad de Dios de
protección, Jeremías siente todavía que él ha sido injustamente expuesto a
peligro, tal vez aun que ha sido engañado (7a), y que sus grandes sacrificios en
la causa de su ministerio profético han sido en vano. El también siente que ha
sido llevado, impotente para hacer otra cosa que proclamar juicio, de manera
que él ha sido necesariamente aislado de otros (7b-9). El v. 10 da un cuadro
patético de su rechazo por otros. El terror está por todas partes es tal vez
aquí un nombre burlón aplicado a él, usando las palabras que él había usado de
Pasjur (3). El término amigos es irónico; ellos están esperando que él cometa
algún desliz que pueda causar su caída.

Tal sentido de aislamiento puede ser una experiencia común en la vida cristiana.
Sin embargo, es en su propia manera una decepción, porque la verdad más
fundamental es que Dios tiene el propósito de hacer bien a sus siervos fieles
(<450828>

Romanos 8:28-30). Jeremías vuelve a un conocimiento de esto (11, 12),
viendo de nuevo la verdad de que Dios será justo y, por lo tanto, actuará con
integridad hacia él; pero él no tiene reparos en compartir sus sentimientos con
Dios. El clamor en el v. 12 es semejante a aquel en otra confesión
(<241120>

Jeremías 11:20). Para el grito de alabanza, cf. Salmos 146:1, 2; 147:1.

Es extraño que la recuperación recién observada es ahora seguida por la
expresión más profunda de desesperación de Jeremías (14-18). La maldición
del propio nacimiento de uno (cf. <180303>

Job 3:3-19) es una fuerte negación de los
buenos propósitos de Dios, ya sea por uno mismo o por el mundo. El
pensamiento, introducido en <241510>

Jeremías 15:10, se persigue implacablemente
aquí. Aun el hombre que normalmente trajo la buena noticia es maldecido. La
nota final (18) pone en cuestión si cualquier bien puede resultar de la turbación
que él mismo está teniendo que soportar, y aquella que caerá sobre el pueblo.

El problema de Jeremías es uno de la fe misma. Aun los santos más grandes
pueden ser atormentados por la duda. El tema, significativamente, no se
confronta en silencio en la mente, sino en el asunto práctico de continuar
viviendo en una obediencia costosa. La fe y la duda pueden sacudirse
mutuamente de una manera desordenada, como se ilustra por juntar los vv. 7-
12 y 13-18.

En un sentido el v. 18 concluye la primera parte del libro. ¿Puede haber algún
buen resultado de la persistente predicación de juicio de Jeremías? El es
tentado a pensar que no. Sin embargo, a su debido tiempo el Señor le mostrará
lo contrario.

21:1—24:10 SALVACION SOLO A TRAVES DEL EXILIO

21:1-14 No habrá liberación para Babilonia

La profecía ha llegado a una etapa crucial. Hasta aquí hemos tenido pocas
indicaciones de la fecha de eventos particulares. Ahora somos transportados al
reinado del último rey de Judá, después del primer ataque del rey
Nabucodonosor a Judá (<122415>

2 Reyes 24:15-20; <243701>

Jeremías 37:1, 2). La
profecía no prosigue conforme a una cronología estricta. A esta altura va al final
del período en cuestión, para mostrar que el asunto ya no es si Judá se
arrepentirá, sino cómo responderá al juicio de Dios. Ya no hay cuestión alguna
acerca de quién será el enemigo. En el tiempo de Sedequías era dolorosamente
obvio que era Babilonia.

El rey Sedequías consultaba regularmente a Jeremías en los últimos días de su
reinado, a medida que la amenaza de Babilonia se hacía más grande. (el Pasjur
enviado aquí como mensajero, incidentalmente, es distinto de aquel que había
golpeado a Jeremías; <242002>

Jeremías 20:2). El espera que el profeta traerá una
palabra de salvación (2), así como Isaías había hecho en los días del dominio
asirio, cuando Jerusalén había sido librada milagrosamente (<121932>

2 Reyes 19:32-

36).

Jeremías, sin embargo, será consecuente en su declaración de que no es un
tiempo de liberación sino de castigo. La respuesta a la consulta del rey es
terrible (4-6); no sólo los babilonios, sino Dios mismo peleará contra Judá.
Esto es revertir las antiguas guerras de Dios a favor de su pueblo, cuando él
expulsó a los ocupantes previos de la tierra de Canaán; aún el mismo lenguaje
se utiliza (cf. <050129>

Deuteronomio 1:29, 30; 4:34; 5:15; 7:19). La promesa de
juicio ahora se torna temiblemente específica; Sedequías mismo será la víctima
(ver 52:8-11). Nabucodonosor es el instrumento del juicio de Dios. El lenguaje
usado muestra hasta qué grado él es el agente de la ira de Dios (7; cf. 13:14).

El decreto es terminante, pero aún hay una elección (8-10). El pueblo de Judá
puede aceptar el juicio de Dios o tratar de resistir y evadirlo. El camino de la
vida y el camino de la muerte
significaba originalmente la elección entre

guardar o rechazar el pacto (<053015>

Deuteronomio 30:15, 19). Ahora se aplica a
la aceptación o rechazo del castigo. Donde Dios había arrojado a otras
naciones fuera de la tierra prometida para que Israel viviera allí, él estaba ahora
trayéndolas y expulsando a Judá. Ellos deben aceptar este castigo como el
único camino de esperanza. En el reverso del castigo de Dios siempre hay
bondad.

El último oráculo (11-14) recuerda cuál había sido la responsabilidad de la casa
real (la casa de David) (12a), es decir, administrar justicia (el nombre
Sedequías, irónicamente, significaba “El Señor es justo”). Las palabras se
citaban para mostrar que la casa, y específicamente Sedequías, había
fracasado. Habían tomado la seguridad de la presencia de Dios (<100711>

2 Samuel

7:11b-16) como una ocasión de orgullo en su propia fuerza (13b). Esta
perversión del amor de Dios debe resultar en una anulación del pacto. El
destino de Judá es una advertencia contra toda presunción sobre la gracia de
Dios.

22:1-30 Reyes indignos

El oráculo anterior lleva ahora a una serie de oráculos contra los reyes en cuyos
reinados Jeremías había profetizado. El primer pasaje amplía <242112>

Jeremías

21:12a (2, 3) y se aplica a los reyes en general (ya que ningún rey se nombra,
aunque las palabras fueron presumiblemente dichas a uno en particular). Los
menesterosos (3) son aquellos que deben ser especialmente protegidos por una
justicia cuidadosa (ver <100815>

2 Samuel 8:15 para el actuar justo de David; cf.

<051429>

Deuteronomio 14:29). La promesa del v. 4 es una reafirmación de <100711>

2

Samuel 7:11b-16 (cf. también <241725>

Jeremías 17:25 para los términos utilizados),

pero se resalta la responsabilidad de los reyes.

Otro oráculo (6, 7) comenta sobre la riqueza de Judá y la casa del rey en
particular. Galaad era un lugar fértil, un símbolo de la bendición de Dios (cf.

<240822>

Jeremías 8:22). El Líbano era bien regado también, famoso por sus
grandes cedros, muchos de los cuales habían sido utilizados en la edificación
del templo (<110506>

1 Reyes 5:6-10) y la casa del rey (<110702>

1 Reyes 7:2). La
riqueza de Judá se ve frágil ahora, sujeta a la voluntad del Dios que la había
dado, y cuya bondad ellos habían dejado de reconocer.

El anuncio público de la razón para la caída de Judá (8, 9) es un tema de la
profecía (cf. <241816>

Jeremías 18:16). Era una manera de proclamar la fidelidad de

Dios, aun si Judá no había sido fiel.

Los vv. 10-30 contienen dichos relacionados con reyes particulares (para sus
fechas ver la Introducción). Fueron pronunciados probablemente en distintas
fechas, durante o inmediatamente después de los reinados de los reyes en
cuestión. Son reunidos para proseguir con el tema del fracaso de los reyes.
(Estos son todos anteriores a Sedequías, que fue el tema del cap. 21.)

Los vv. 10-12 se relacionan con Josías (un muerto) y con su hijo Joacaz (aquí
Salum) que reinó brevemente y fue exiliado a Egipto (<122330>

2 Reyes 23:30-34).

Su exilio es tal vez un anuncio del de Judá, de allí el llanto.

Joacim se contempla en los vv. 13-19. Se le culpa de injusticia y
engrandecimiento propio, y es contrastado desfavorablemente con su padre
Josías (15b, 16). Josías aquí se ajusta al ideal davídico. Jeremías en este punto
llega muy cerca de darle crédito por su reforma (2 Reyes 22, 23). Sin
embargo, la reforma misma no se menciona; no ha sido suficiente para redimir a
la dinastía de su extravío o su caída final. La sucesión de Joacim a Josías es
prueba de esto. A Joacim se le acusa personalmente de todos los males
generalmente condenados por Jeremías (cf. <240613>

Jeremías 6:13, 7:6; 26:20-23).
Su propio castigo será que no recibirá el honor de una sepultura normal o ritos
de duelo. (Las palabras hermano mío... hermana mía... son dirigidas
probablemente de uno a otro por los dolientes.) Lo que es peor, él no tendrá
un sepelio apropiado. No hay constancia de la muerte de Joacim ni de su
sepelio, aunque él fue quitado del trono por la fuerza por los babilonios (<122402>

2

Reyes 24:2-6; cf. también <241605>

Jeremías 16:5, 6).

Ahora se dirige un oráculo a Jerusalén misma (en la segunda persona singular;
20-23). Los vanos llamados a aliados (Asiria y Egipto; cf. <240236>

Jeremías 2:36)

se hacen desde lugares montañosos en el norte y el sur (20). La infidelidad
persistente de Jerusalén (21; cf. <240725>

Jeremías 7:25, 26) ahora resulta en la
remoción de todos los que la apoyaban (22, donde pastores significa sus
propios dirigentes). El oráculo enfoca a los reyes en el v. 23, donde Líbano
significa simbólicamente, el palacio del rey (<110702>

1 Reyes 7:2).

La galería de tunantes se completa con Joaquín (Coniah en heb.), quien
sucedió a su padre Joacim luego que éste fuera depuesto (<122406>

2 Reyes 24:6).
Su señal de pertenecer al Señor (el pacto davídico simbolizado por el anillo de
sellar
) no le impedirá ser enviado permanentemente al exilio (24-27).

Las últimas palabras hablan del destino de toda la dinastía davídica en un
oráculo contra Joaquín. Su expulsión significa la de todo el pueblo de la tierra

que ahora les pertenecía. El v. 29 registra el dolor del Señor por el abuso de su
tierra (cf. <240207>

Jeremías 2:7; 12:4). El último v. fija un final a una dinastía.
Aunque Joaquín tenía hijos, ninguno reinaría sobre Judá (<130317>

1 Crónicas 3:17,

18).

23:1-8 Un nuevo rey davídico

Los primeros dos vv. repiten el veredicto sobre los falsos profetas (cf. v. 22b).
Jeremías mira ahora más allá del exilio, sin embargo (3-8). Habrá un futuro
mejor para el pueblo de Dios. El mismo será su pastor (3), delegando su
pastoreo a dirigentes fieles (4). Además, aunque la dinastía davídica histórica
está terminando, un nuevo rey davídico se levantará, uno que sería justo como
David. Su nombre, Jehovah justicia nuestra, en heb. es parecido al de
Sedequías. Este rey, sin embargo, llevaría el nombre en verdad. Jeremías mira
aquí hacia aquel hijo mesiánico de David cuyo nacimiento sería para la
salvación de Israel (<400101>

Mateo 1:1; <420229>

Lucas 2:29-35). La esperanza
inmediata, no obstante, es por la restauración del pueblo de Judá a su propia
tierra, un nuevo hito en los tratos de Dios con su pueblo (7, 8; cf. <241614>

Jeremías

16:14, 15). Esto sería un anuncio de la salvación más grande por venir.

23:9-40 Sobre falsos profetas

Como el cap. 22 reunió la predicación del profeta contra los reyes, así este
pasaje es un prolongado tratamiento de los profetas que no habían escuchado
la palabra de Dios y habían extraviado a Judá (cf. <240531>

Jeremías 5:31; 6:13,
14). Parte del propio dolor de Jeremías es el abuso por otros de la palabra de
Dios (9). Su acusación de los profetas aplica a ellos en particular lo que él ha
dicho del pueblo en general. Su infidelidad es como adulterio (cf. <240507>

Jeremías

5:7, 8; 9:2) y puede haber resultado en adulterio lit. (14), sus vidas
desmintiendo cualquier pretensión de ser mensajeros de Dios (ver sobre

<240526>

Jeremías 5:26-28). Profeta y sacerdote son dos de la misma clase. La
impiedad está en el corazón de la vida nacional (11; cf. <260805>

Ezequiel 8:5-18),

haciendo a Jerusalén indistinguible de las proverbialmente malas Sodoma y
Gomorra (<011901>

Génesis 19:1-29). De estos dirigentes culpables la impiedad se
ha extendido como un cáncer (15). La maldad, sin embargo, lleva su propia
recompensa (12; cf. <197318>

Salmo 73:18).

La esencia de la acusación siguiente de los profetas como una clase (16-24) es
que ellos no han estado en el consejo secreto de Jehovah (18). Antes, su
única autoridad es su propia imaginación (16b). Naturalmente, por lo tanto, su

mensaje es descarriado, proclamando paz cuando no la hay (17b). Hubo un
tiempo, como con Isaías, cuando era correcto que los profetas anunciaran paz
(<121932>

2 Reyes 19:32-36). Estos falsos profetas, por tanto, pueden haber estado
remedando el mensaje de Isaías. El punto de Jeremías es que esto no era un
mensaje genuino, porque no tenían un mandato especial de Dios. En realidad
habían entendido mal su voluntad. La falsedad de los profetas infieles, además,
no podía esconderse de Dios (23, 24).

Jeremías desarrolla la idea de profetas que están engañando (25-32),
contrastando el poder del genuino con la inutilidad del falso. Concluye con un
ataque sobre el abaratamiento de la palabra del Señor, donde se busca por
doquier pero sólo para domesticarla, y donde la pretensión de todos de tenerla
hace imposible oír una palabra verdadera cuando ella viene. La palabra del
momento es juicio (33b). Quienquiera que diga otra cosa será apartado para
castigo (v. 34). En términos de declarar la palabra de Dios en la iglesia de
Cristo y a un mundo incrédulo, la responsabilidad, tan terrible como para los
profetas de antaño, es declarar “todo su consejo”, nunca ajustándolo para
nuestros propios fines, o deliberadamente haciéndolo más agradable al paladar
de lo que es.

24:1-10 Dos canastas de higos

Esta sección de la profecía (caps. 21—24) comenzó con un mensaje a
Sedequías. Luego miró hacia atrás a los cuatro reyes que le precedieron (cap.
22). Ahora viene completando el círculo con Sedequías nuevamente, que llegó
a ser el rey títere de Nabucodonosor en Judá después del exilio de Joaquín
(597 a. de J. C.; <122408>

2 Reyes 24:8-17). La perspectiva de estas dos visiones
bien puede ser hacia el final del reino de Sedequías, cuando el ejército de
Babilonia estaba otra vez a la puerta.

La visión es un medio por el cual el Señor se comunica con sus profetas (cf.

<240111>

Jeremías 1:11, 13; <300701>

Amós 7:1). Los higos buenos y malos implicaban
cosechas buenas y malas, y por lo tanto bendiciones del pacto, o ausencia de
ellas. Esta visión es de importancia crucial para el mensaje de Jeremías.

Como en el cap. 21, el exilio es ahora una certeza; el asunto es solamente
cómo responderá el pueblo a la decisión de Dios de castigarlo. Los higos
buenos
son aquellos que aceptan la necesidad de pasar por la devastación
babilónica de la tierra, y el exilio mismo (5). A éstos el Señor promete vida
futura, en el vocabulario de edificar y plantar, familiar en Jeremías (<240110>

Jeremías

1:10; 18:7-10). Esta vida está del otro lado del juicio, el “derribar” y
“arrancar”. La vida de Judá es así un paralelo a la de Jesús, que murió para
levantarse otra vez; y la de la iglesia, que muere en él para levantarse otra vez
(<450601>

Romanos 6:1-4). La norma de juicio seguido por salvación es así
profunda en la revelación bíblica de los procedimientos de Dios con el mundo.

La nueva vida, además, es de una calidad nueva. Los términos en el v. 7
incluyen la bien conocida fórmula del pacto (Ellos serán mi pueblo, y yo seré
su Dios;
<032612>

Levítico 26:12). Lo que es nuevo, sin embargo, es que el Señor
les dará un corazón para que le conozcan, de modo que al fin puedan obedecer
al llamado que una vez no quisieron escuchar (<240404>

Jeremías 4:4). Esto no
significa que la voluntad humana sea sometida o extinguida. De alguna manera,
será puesta en línea con la voluntad del Señor. En entendimiento bíblico, esto
sucedió al fin por medio de la presencia interior de Cristo y el don del Espíritu
Santo (<450801>

Romanos 8:1-17 podría estudiarse en esta conexión). En Jeremías,
se comienza a desarrollar la enseñanza del nuevo pacto (cf. <243131>

Jeremías

31:31-34).

Los higos malos son todos los que rechazan el castigo del Señor. Este castigo
no puede, por supuesto, ser evitado lit., pero sí rechazado en espíritu.
Sedequías tipifica aquellos en Judá que miraban hacia una alianza con Egipto
para conjurar la amenaza babilónica. El galanteo con Egipto simbolizaba
rebelión contra Dios (cf. <051716>

Deuteronomio 17:16). Persistirá hasta el final
mismo de la historia de Jeremías, una señal que algunos no escucharían a Dios,
pasara lo que pasara.

25:1-38 DIOS JUZGA A TODAS LAS NACIONES

25:1-14 La hora de Babilonia

El cuarto año del reinado de Joacim, y el vigésimo tercero del ministerio de
Jeremías (considerado inclusivamente, ver <240102>

Jeremías 1:2) fue el año 605 a.
de J.C. En ese año Babilonia, bajo Nabucodonosor, ganó el control de Siria y
Palestina al derrotar a las fuerzas egipcias en la batalla de Carquemis, sobre el
Eufrates. Ciertamente, según <270101>

Daniel 1:1 algunos prisioneros de Judá fueron
tomados ese año. Desde este momento Babilonia fue claramente el poder a
quien temer.

Jeremías usa el tiempo para una retrospección. El ha predicado continua y
consistentemente un mensaje en línea con otros profetas que advertían del juicio

(4). El mensaje (resumido en los vv. 4-6) había llamado al arrepentimiento y
ofrecido la oportunidad de vida continuada, en el pacto y en la tierra (cf. el
sermón de Jeremías en el templo; <240703>

Jeremías 7:3-7). Se ofrece aquí sólo para

mostrar que no había sido oído (3, 7; cf. <240725>

Jeremías 7:25, 26).

Las palabras de juicio también (8-11) tienen el carácter de un resumen,
haciéndose eco de palabras anteriores (9c, cf. <242409>

Jeremías 24:9, 10; 16:9). El
surgimiento de Babilonia, no obstante, les da un nuevo enfoque y carácter
nefasto. No sólo Judá sino también otras naciones sufrirán a manos de
Babilonia (9, 11). Una nota más, nueva y temible, suena: Judá (y las naciones)
serán esclavizadas por Babilonia por setenta años (12). La generación que va al
exilio jamás verá su patria nuevamente.

Esta mala noticia, sin embargo, tiene una base de esperanza, porque la fuerza
de Babilonia llegará a su fin y, por lo tanto, el exilio. Nabucodonosor ha sido
siervo de Dios sólo como agente de su castigo, pero él mismo ha actuado
egoísta y cruelmente al hacerlo. Babilonia por lo tanto sufrirá el castigo de Dios
en su turno (12, 14). Aquí se ve a Jeremías como el profeta de la caída de
Babilonia, y llega así a ser verdaderamente un “profeta a las naciones” (1:5).

Babilonia caería ante el imperio medopersa bajo el emperador Ciro el año 539
a. de J.C. (ver <143620>

2 Crónicas 36:20-23). Los setenta años pueden contarse
ya sea desde 605, fecha de la presente profecía y el año que Nabucodonosor
tomó exiliados por primera vez, a 539 o poco después, cuando los exiliados
comenzaron a regresar; o de 586, fecha de la destrucción del templo, a 516
cuando fue reedificado.

25:15-38 La copa de la ira de Dios

Hacia la mitad del libro de Jeremías, por tanto, se pronuncia el juicio contra las
naciones en general. Tales oráculos son también hallados en otros libros
proféticos, hablando de la soberanía del Señor sobre todas las naciones, y
advirtiendo de la responsabilidad de ellas hacia él (p. ej. Isaías 13—20;

<300101>

Amós 1:1—2:3). (La sección principal de los oráculos de Jeremías contra
las naciones, caps. 46—51, en realidad se coloca en este lugar en la antigua
versión griega del AT, posiblemente preservando el orden original.)

La señal de beber de la copa de ira se hacía presumiblemente de algún modo
simbólico. Para la idea del tambaleo embriagado (ver la nota de la RVA) como
juicio de Dios, cf. <241312>

Jeremías 13:12-14. Juicios contra estas naciones se dan
más plenamente en los caps. 46—51. Es importante notar que Babilonia

(llamada por el nombre codificado Sesac) habiendo llevado a cabo su estrago,
bebe al último (26). También es importante la declaración de que Judá no será
castigada sola (29). El sufrimiento de la nación, lejos de sugerir la debilidad del
Señor porque ella es la que lleva su nombre (cf. <240712>

Jeremías 7:12), probará
su señorío sobre todo el mundo. Los últimos dos oráculos de juicio (30, 31,
23-38), usando términos familiares de la predicación de Jeremías, se dirigen
también contra las naciones en general. El león, antes identificado como la
nación enemiga (<240215>

Jeremías 2:15) es ahora el Señor (38; cf. <300308>

Amós 3:8).

26:1—29:32 JEREMIAS LLEGA A SER UN PROFETA DE
SALVACION

26:1-24 Jeremías apenas escapa de morir

La escena retorna al templo, al principio del reinado de Joacim. El sermón
registrado en los vv. 2-6 es una forma abreviada del sermón del templo en 7:1-
15, marcando el mismo punto, es decir, que Judá debe escuchar la palabra de
Dios y no confiar irreflexivamente en la mera posesión de una institución. Se
repite aquí para introducir una narrativa acerca de la respuesta a la palabra de
Dios a través del profeta por parte de varios segmentos del pueblo.

Jeremías fue arrestado por un grupo guiado por sacerdotes y profetas (8),
enojados por sus críticas al culto y las instituciones de la tierra, y apoyado por
todo el pueblo. Le acusan de ser un falso profeta, un delito castigado con la
pena de muerte (<051820>

Deuteronomio 18:20). La dificultad estaba, sin embargo,
en distinguir a un profeta verdadero de uno falso. Una prueba, si sus palabras
se cumplían (<051821>

Deuteronomio 18:21, 22), podría no dar un resultado seguro
por un largo tiempo. (Este era el caso con Jeremías.) ¿Podría él entonces ser
declarado culpable debido al mensaje mismo? El caso podría haber sido
fundamentado en viejas profecías de que Jerusalén sería protegida de
destrucción (<233104>

Isaías 31:4, 5; 37:33-35).

Sobreviene un juicio en el cual los sacerdotes y los profetas acusan a Jeremías
ante los magistrados de Judá (10, 11). Todo el pueblo ahora está con los
oficiales que son quienes deben ser persuadidos de la culpabilidad de Jeremías.
Este cuadro cambiante bien evoca la incertidumbre de muchos en Judá acerca
del profeta, y la disposición de una multitud de ser convencida. Jeremías afirma
en su defensa que él es realmente un profeta de Dios, y repite su llamado a
arrepentirse, con su implicada amenaza a la ciudad y al templo (12-15).

Los magistrados y todo el pueblo deciden a favor de Jeremías (16). Su
decisión es apoyada por ciertos ancianos de Judá, quienes recuerdan que
Miqueas había predicado de un modo similar contra los pecados de Jerusalén
(<330308>

Miqueas 3:8-12). Si Miqueas había estado en lo correcto al predicar así,
entonces puede estarlo Jeremías; y si el pueblo no se arrepintió, como lo había
hecho el rey Ezequías, entonces el desastre podría realmente venir.

El trágico caso del profeta Urías (20-23) muestra que Jeremías no estaba solo
en su predicación. El no tuvo la fortuna, como Jeremías, de ganar el favor de
gente influyente (cf. v. 24) y llegó a ser víctima del rey Joacim y sus leales.
Nuestra narración no está meramente contando la historia de Jeremías, como lo
haría una biografía moderna. Más bien está contando la historia de la respuesta
en Judá a la palabra de Dios. Joacim está condenado como uno que la rechaza
sin reservas, y brutalmente (ver también Jeremías 36).

La cuestión de cómo saber lo que Dios está diciendo es siempre compleja. Un
indicador es la dedicación del maestro (Jeremías y Urías estaban dispuestos a
morir), aunque ésta difícilmente es una regla infalible. Otra es la conformidad
del mensaje con cuanto sabemos acerca de Dios. No hay sustituto para el
estudio, la experiencia acumulada y la oración por discernimiento. La tentación
de ir con los muchos (aunque en la iglesia) más bien que la búsqueda rigurosa
de la verdad, puede ser el principal obstáculo para hallarla.

27:1-22 ¡Servid a Nabucodonosor!

La escena vuelve a enfocar el reino de Sedequías, en el año 594/3 a. de J.C.
(cf. <242801>

Jeremías 28:1). Sedequías está aparentemente discutiendo una rebelión
contra Babilonia con embajadores de las naciones mencionadas (3),
posiblemente en liga con Egipto. Esto es precisamente aquello contra lo cual
Jeremías había advertido a Sedequías (<242101>

Jeremías 21:1-10; 24). La señal del
yugo (2) está bien elegida para denotar servidumbre, tanto aquella que es
requerida de estas naciones y como aquella peor que seguirá si ellos no
obedecen al Señor.

Jeremías esgrime nuevamente su autoridad como profeta a las naciones. Al
llamar a cuentas a las naciones, él utiliza el lenguaje del poder del Señor (5; cf.

<050434>

Deuteronomio 4:34) para mostrar que él es el Creador de toda la tierra y
por lo tanto tiene el derecho a subordinar a sí mismo a los gobernantes (4-7).
El punto será finalmente probado en relación con Babilonia misma (7; cf.

<242512>

Jeremías 25:12; <270425>

Daniel 4:25).

La necesidad de someterse a Babilonia, impuesta primero sobre Judá, se
coloca aquí sobre todas las naciones, especialmente aquellas en la
conspiración. El trío espada, hambre y peste (8; cf. <241412>

Jeremías 14:12)
tipifica el temible juicio que vendrá en el caso que su palabra sea rechazada.
Esas naciones también tendrían sus profetas falsos, que apoyarían al
“establecimiento” y dirían que todo estaba bien cuando no era así (9, 10). No
era Judá solamente que estaba obligada a buscar la verdad o que estaba sujeta
a la palabra del Señor. Ni son hoy solamente aquellos que se llaman a sí
mismos cristianos.

El mensaje de Sedequías (12-15) es familiar ahora (cf. <242101>

Jeremías 21:1-10).

El contexto inmediato, sin embargo, es uno en el cual él es apoyado
fuertemente por ciertos profetas en su política de resistir a Babilonia. La
campaña de Jeremías contra éstos toma por lo tanto una nueva urgencia.

El último pasaje revela la naturaleza del mensaje de los falsos profetas. El
escenario es uno en el cual el exilio en un sentido ha comenzado. El rey Joaquín
ya ha sido llevado cautivo a Babilonia, y algunos de los tesoros del templo, la
rica provisión de Salomón, han sido llevados, símbolos de la pretendida
superioridad de los dioses de los babilonios. Los falsos profetas ahora tienen
que sostener que aquéllos serán traídos de vuelta pronto. La posición de ellos
contradice cada vez más la evidencia. Sin embargo, continúan sosteniéndola.
Aun lo que queda de los tesoros del templo pronto será llevado también (19;

cf. <245217>

Jeremías 52:17; <110715>

1 Reyes 7:15-37).

La importancia para el pueblo de Judá de la pérdida de estos tesoros no puede
ser exagerada. Su completo concepto de sí mismos estaba ligado a estas cosas.
El templo y sus adornos habían sido ciertamente dados a ellos por Dios. Pero si
habían llegado a ser el objeto de su esperanza (cf. <240704>

Jeremías 7:4), entonces
les tendrán que ser quitados. El exilio, en un sentido importante, consiste en la
pérdida del templo; es también, sin embargo, la oportunidad de buscar a Dios
nuevamente de una manera genuina. Por esto fue el modo escogido por Dios
para la renovación del pueblo. A veces es necesario que se muestre al pueblo
de Dios que ha llegado a confiar en cosas externas antes que en Dios mismo.

28:1-17 El mensaje de Jeremías vindicado

Las denuncias generales de Jeremías contra los falsos profetas ahora culminan
en una confrontación con uno en particular. Mientras Jeremías está aún llevando
el yugo con que ha advertido de la esclavitud a Babilonia que se avecina

(<242702>

Jeremías 27:2), Ananías deliberadamente se le opone (1b) y desafía su
señal (2). Ananías entonces pronuncia la clase de oráculo a que Jeremías ha
estado oponiéndose (2-4; cf. <242716>

Jeremías 27:16), prometiendo que la presión
de Babilonia será levantada muy pronto. Esto equivalía a negar que Dios
estuviera juzgando a su pueblo y, consecuentemente, que había habido
fundamentos para su enojo.

El asunto, introducido en el cap. 26, es cómo distinguir al profeta verdadero del
falso. A Ananías se le llama el profeta (1) y usa lenguaje profético
pretendiendo hablar en el nombre del Señor (2a; si él hubiera hablado en el
nombre de cualquier otro Dios, podría haber sido denunciado inmediatamente,

<051301>

Deuteronomio 13:1-5; 18:20). Jeremías es inicialmente impotente para
demostrar que está en lo correcto y Ananías equivocado. El puede sólo decir
que desearía que Ananías estuviera en lo correcto (6). No obstante, está firme
en la palabra que sabe que Dios le ha dado, y entrega su propio desafío (9).
Ese desafío es una apelación a uno de los criterios por el cual puede saberse si
un profeta es verdadero, es decir, si sus palabras se cumplen
(<051821>

Deuteronomio 18:21, 22). Ananías, sin intimidarse, le quitó el yugo del
cuello de Jeremías y lo rompió, reclamando así la más poderosa clase de
simbolismo (ver sobre 13:1) que él es quien conoce la voluntad de Dios. Con
esto él parece haber ganando ese día, y Jeremías se retira (11).

El Señor da ahora a Jeremías su más dramática vindicación. El mostrará que
Jeremías habla la verdad pronunciando una terrible sentencia sobre Ananías.
Jeremías, regresando al encuentro, declara otra vez su mensaje de que Judá
debe someterse al yugo de Babilonia, ahora uno de hierro (12-14; cf.

<242706>

Jeremías 27:6). Y el mensaje es reforzado por una profecía de que Ananías
morirá ese mismo año. Si la demostración final de la veracidad del mensaje de
juicio de Jeremías demorara un poco más, esto sería una prueba inmediata y
poderosa del asunto.

Ananías muere porque es un profeta falso (<051820>

Deuteronomio 18:20) que ha
ayudado a impedir que el pueblo viera su verdadero peligro. Su muerte sirve
también para vindicar a Jeremías. No hay ahora ninguna excusa, si jamás la
hubo, para dejar de atender a sus palabras.

La solemne historia es una advertencia perpetua contra pretender livianamente
que uno tiene una palabra especial del Señor, y llama a todos los que quisieran
ser maestros a ser humildes alumnos primero, y siempre.

29:1-14 “Edificad casas en Babilonia”

Si el pueblo en Judá quería creer que los efectos de la primera invasión de
Babilonia pronto desaparecerían, así también lo querrían aquellos que ya habían
sido llevados al exilio. Jeremías ahora les envía una carta (mostrando
incidentalmente que la comunicación entre los dos lugares seguía siendo
posible; siempre hubo tráfico por la ruta comercial que existía entre ellos. La
familia de Safán aparece nuevamente al servicio de Jeremías en el v. 3; cf.

<242624>

Jeremías 26:24). En Babilonia también las varias clases sociales estaban
representadas (principalmente las clases superiores y más pudientes; <122414>

2

Reyes 24:14). Y allí también hay una lucha por hacerles cambiar su manera de
pensar; los profetas están persuadiéndoles de que pronto regresarán (8, 9).

La carta contiene lo que parecen malas noticias, pero también un gran aliento.
Las malas noticias son que el exilio no será breve. Jeremías repite su mensaje
de que durará setenta años (10; cf. <242511>

Jeremías 25:11). No obstante, en la
“muerte” del exilio están las semillas de nueva vida. La carta comienza a revertir
la hasta ahora desalentadora predicación del profeta. Donde antes él mismo se
había abstenido de casarse como una señal de que el matrimonio y el tener
hijos iba a cesar en Judá (16:2), ahora los exiliados pueden volver a relaciones
normales (6). El pueblo puede ahora crecer en número, mientras que su
mensaje anterior parecía prometer sólo la extinción (4-7).

Justamente cuando todos los planes parecían fútiles, el Señor tiene de nuevo
planes para su pueblo (11). El hecho que parecía poner fin al pacto en realidad
da vida donde había habido sólo la apariencia de ella. La historia ilustra
nítidamente la diferencia entre el pensamiento de Dios y los planes humanos
(<201609>

Proverbios 16:9; <235508>

Isaías 55:8). Lo que parece ser el fin de la esperanza
es sólo el fin de sueños baladíes; con Dios siempre hay un futuro verdadero. En
éste hay una voluntaria y gozosa comunión con él, ya no oculta por egoísmo
humano. Tampoco está este futuro en alguna esfera “espiritual” irreal. Existe
dentro de la vida normal; de aquí el casarse y las casas y, a su debido tiempo,
el regreso a la antigua patria (14). La frase traducida restauraré de vuestra
cautividad
es más rica de lo que esto sugiere, implicando la plena restauración
de la vida en todas sus dimensiones. Aparecerá nuevamente varias veces en los
caps. siguientes.

29:15-32 Profetas en Babilonia

A la objeción de que los exiliados tenían sus propios profetas (15), Jeremías
responde con una síntesis de sus mensajes anteriores de juicio, recordando la
visión de los higos malos por la cual había condenado a los que rechazarían el
exilio (17; cf. <242408>

Jeremías 24:8-10). No habría falsa esperanza para los
exiliados en el hecho de que Sedequías todavía se sentaba sobre un torno en
Jerusalén, o que el templo todavía estaba en pie.

La carta continúa con palabras de juicio contra ciertos profetas que, como
Ananías (cap. 28), están declarando inválidas las palabras de Jeremías. Acab y
Sedequías (no el rey) han mostrado su falsedad con sus vidas de adulterio (20-
23). A la luz del cumplimiento de las palabras de Jeremías acerca de Ananías
(<242817>

Jeremías 28:17), su profecía acerca de ellos es ciertamente de mal
presagio (22). Semaías el nejelamita se opone a Jeremías tan directamente
como puede a tal distancia, refutando su carta en una respuesta a uno de los
sacerdotes. El también se ha atrevido demasiado, y conocerá la ira de Dios
(24-32).

30:1—33:26 SE PROMETE UN NUEVO PACTO

30:1-24 Sanidad restaurada

Los próximos tres capítulos están dedicados a promesas de salvación para
Judá, y ciertamente Israel, después del castigo del exilio. El tema central será el
nuevo pacto (<243131>

Jeremías 31:31-34). El enfoque principal será los exiliados
que regresan de Babilonia. Pero este acto salvador de Dios es más
profundamente un indicador de su creación de una nueva clase de pueblo en la
iglesia de Cristo (ver la nota adicional al final del comentario sobre el cap. 31).

Es alentador moverse de juicio a salvación. También es notable oír a Jeremías
hablar ahora como un “profeta de salvación”, habiendo dedicado tanta energía
a oponerse a aquellos que prometían salvación demasiado pronto. La diferencia
entre Jeremías y Ananías (cap. 28) es, no obstante, que Jeremías ha insistido en
que el castigo debe primero seguir su curso y ser él mismo parte de la
restauración.

El mandato a escribir profecías ya dadas (2) testifica de una actividad en
marcha (ver cap. 36). Aquí señala un giro en el mensaje. El tema de los caps.
30—33 está expresado en <243001>

Jeremías 30:1-3, a saber, la plena restauración

del pueblo de Dios a su relación de pacto con él (3; cf. <242914>

Jeremías 29:14).

El método del cap. 30 es el de citar profecías de juicio y responder a ellas con
palabras de salvación. Así los vv. 5-7 recuerdan dichos de juicio anteriores (y
otros) (5; cf. <242003>

Jeremías 20:3, 10; 6, cf. 4:19, 31). El día del Señor (7) había
sido utilizado por Amós para hablar del desastre que venía (<300518>

Amós 5:18).

En contraste con todo el dolor, habrá un día de liberación (8). El momento de
romper el yugo vendrá por fin (contrástese <242810>

Jeremías 28:10-14) y el pueblo

de Dios le servirá sinceramente bajo un verdadero rey davídico (9; cf.

<242305>

Jeremías 23:5, 6). Es nada menos que Israel (o Jacob) que será
restaurado, aunque de una manera nueva. La promesa de la presencia de Dios
con su pueblo es fundamental para el pacto (11; cf. <020312>

Exodo 3:12) y

fundamento para no temer (<234302>

Isaías 43:2). El v. 11 se refiere a la disciplina

del exilio.

Una nueva sección comienza recordando otra vez profecías de juicio (12-15).
Dominan metáforas de heridas y enfermedad (cf. <240811>

Jeremías 8:11, 22). Los

amantes recuerdan la metáfora de prostitución (<240233>

Jeremías 2:33; cf. 22:20-
22). El caso legal contra Judá (13a) había sido traído por el Señor mismo
(<240209>

Jeremías 2:9, 29).

Siguen dos oráculos de salvación “en respuesta” (16, 17, 18-24). El primero
comienza con la palabra Pero. Esto es sorprendente, siguiendo al v. 15b.
Muestra que el plan del Señor de salvar Israel-Judá está basado enteramente
en su decisión de gracia de hacerlo. Los opresores del pueblo serán derribados
(cf. <242512>

Jeremías 25:12). Y por fin habrá sanidad verdadera (17), no la falsa
ofrecida por los profetas en vano (cf. <240811>

Jeremías 8:11, 15).

El segundo oráculo presenta a un pueblo feliz y próspero (19, 20), en contraste
directo con la escasez y miseria del tiempo del castigo (<240429>

Jeremías 4:29c;
16:9). Esta repoblación es ahora contemplada para la patria, no sólo para la
comunidad exiliada en Babilonia, como en <242906>

Jeremías 29:6; de aquí la
reedificación de los hogares (18), ciudades y fuertes (el probable significado del
v. 18c). Una vez más serán gobernados por uno de ellos (21), una señal de
libertad de la opresión. Todo esto equivale a una renovación del pacto,
indicado por la fórmula del v. 22 (cf. <032612>

Levítico 26:12).

Los dos últimos versículos son repetición de <242319>

Jeremías 23:19, 20. Su
repetición aquí es deliberada, y significa que el tiempo referido en primer lugar
ha llegado ahora. El día en que el pueblo entenderá el plan de Dios está cerca
ya.

31:1-26 Un remanente regresa

Este capítulo contiene un número de descripciones del pueblo restaurado,
encabezado por una variante de la fórmula del pacto (1; cf. <243022>

Jeremías
30:22), y una declaración poética acerca de la renovación que está más allá del
juicio (2).

La figura de virgen ha sido usada sólo irónicamente con anterioridad
(<241813>

Jeremías 18:13-15); aquí (4), en contraste con la “prostituta” anterior

(<240220>

Jeremías 2:20). En el nuevo pacto, las manchas pasadas han sido lavadas.
La nueva vida, además, es una que puede ser representada en símbolos o
figuras que son sencillas y gozosas. La idea de Israel como virgen lleva a la
figura colorida de las jóvenes de la tierra yendo a danzar, tal vez a una fiesta
(cf. <072120>

Jueces 21:20, 21). Los labradores recogerán cosechas y celebrarán a
su debido tiempo, en adoración en Jerusalén, la abundancia de Dios (6b). Todo
esto sucederá porque el amor de Dios no termina en el juicio; su amor no
perece. Está expresado en ese amor especial (misericordia) que él ha puesto
sobre su pueblo (3).

Un pueblo regresa del exilio (7-9), un remanente (ver 6:9), pero numeroso,
trayendo sus enfermedades, sin embargo, llorando de gozo porque el Señor, su
padre, escoge para ellos un camino llano. Israel es cabeza de las naciones (7),
no ya meramente una de aquellas a quienes Dios castigó por medio de
Nabucodonosor (<242708>

Jeremías 27:8); es así sencillamente porque ha sido

escogida para conocer el amor de Dios (cf. <050707>

Deuteronomio 7:7, 8).

Un oráculo más se dirige a las naciones (10-14). Un pueblo gozoso es cuidado
por su pastor (cf. <242303>

Jeremías 23:3), sus bendiciones presentadas en términos
concretos: grano, vino y aceite, los símbolos básicos de la abundancia (cf.

<050713>

Deuteronomio 7:13); un huerto y danza (nuevamente cf. v. 4). Toda la
comunidad se representa en los contrastes de hombre y mujer, joven y anciano,
sacerdote y laico (13, 14). Todo está diseñado como un testimonio a las
naciones que Dios es fiel a su pueblo y capaz de bendecirlo como él promete.
Ninguna nación puede retenerlos cuando él decide redimirlos (11; cf.

<450831>

Romanos 8:31).

La fuerte figura femenina continúa (15-22) con Raquel llorando por sus hijos.
Raquel, la esposa más joven de Jacob, fue la madre de José (<013524>

Génesis

35:24), el antepasado de las tribus norteñas Efraín y Manasés. Su llanto
representa el dolor de Israel, especialmente de sus madres, por sus pérdidas,

las tribus del norte en el exilio asirio, las del sur en Babilonia. Ese llanto es
contestado por esta restauración (16, 17). Efraín (representando a todo Israel)
se presenta como arrepintiéndose de verdad (contrástese con los falsos
arrepentimientos del pasado; <240322>

Jeremías 3:22b-25). Su retorno a Dios se
encuentra con el retorno de Dios hacia ellos (18); en el pasado ellos solamente
se han alejado de Dios (<240322>

Jeremías 3:22a). Dios mismo ha hecho todo esto;
su compasión es finalmente más decisiva que su juicio (20; cf. <281108>

Oseas 11:8).

Sigue una apelación (21, 22), mostrando que aun en este nuevo orden el Señor
todavía llama a su pueblo a la fidelidad. La última línea (22b) es oscura, pero
puede ser una figura de una madre protegiendo a su hijo varón, un eco feliz de
Raquel llorando por sus hijos. Este pueblo seguro es también un pueblo que
adora (23-25).

Hasta aquí los oráculos en este capítulo parecen haber sido dados a Jeremías
en un sueño (26).

31:27-40 El nuevo pacto

El preámbulo al nuevo pacto (27-30) responde a un proverbio del tiempo del
exilio que se quejaba de que esa generación estaba sufriendo por los pecados
de las precedentes (cf. <261802>

Ezequiel 18:2). El Señor más bien trataría con cada
generación, y aun con cada individuo, separada y justamente.

La idea de un nuevo pacto había estado contenida hasta aquí en todas las
profecías de los caps. 30—31. Ahora es detallada (31-34). El nuevo pacto se
hace con ambos, Israel y Judá. La renovación retrocede hasta Abraham y
Moisés, no simplemente hasta la caída de Judá, y recrea el pacto; “nuevo”
puede significar “renovado”.

Este pacto, sin embargo, será distinto de aquel que generaciones previas habían
invalidado (32). Estará escrito sobre los corazones del pueblo, ya no sobre
piedras como los Diez Mandamientos (33; cf. <022412>

Exodo 24:12). En otras
palabras, será una cálida delicia para el pueblo, no una fría prescripción. Esto
había sido siempre el ideal (cf. <051016>

Deuteronomio 10:16; 30:6), pero ahora va
a ser una realidad, porque de algún modo el Señor crearía el deseo y habilidad
en su pueblo (escribiré...).

Dos características del nuevo pacto se mencionan ahora. Primera, no será
necesario estimular al pueblo a conocer a Dios, porque todos le conocerán. Tal
conocimiento significa no sólo un conocimiento del carácter y caminos del

Señor, sino que es personal, e implica un compromiso de la voluntad. Es una
respuesta a su conocimiento de nosotros, que es también un compromiso total
de él mismo. Segunda, Dios perdonará los pecados del pueblo de una manera
nueva y decisiva (cf. <581001>

Hebreos 10:1-17).

Los dos pasajes siguientes afirman, primero, que el nuevo pacto será perpetuo
(35-37); y, segundo, que como resultado de él la ciudad de Jerusalén será
reedificada (38-40).

Nota adicional sobre la interpretación del nuevo pacto. El sentido claro de
la profecía en <243131>

Jeremías 31:31-34 la relaciona con las naciones históricas de
Israel y Judá. Se refiere, en primer lugar, al regreso de los exiliados de
Babilonia. Esto es claro por la referencia a la reedificación de la ciudad en los
vv. 38-40. Toda la tendencia de los caps. 30 y 31 ha sido en esta dirección
también. La profecía del nuevo pacto, por tanto, tiene un primer cumplimiento
cuando Dios trajo de regreso a los exiliados en 539 a. de J.C. y los años
siguientes.

Sin embargo, la profecía sugiere más que esto. La inclusión de “Israel”, que
había dejado de existir como nación para la época de Jeremías, sugiere que se
espera un cumplimiento más profundo que un mero retorno físico a la tierra. El
antiguo pacto será cumplido al fin en un modo nuevo, por un pueblo que es
capaz de entrar a él, con la ayuda de Dios.

El NT enseña que el cumplimiento decisivo de la profecía del nuevo pacto tiene
lugar en Jesucristo (<461102>

1 Corintios 11:25; <580807>

Hebreos 8:7-13; 9:15). Esto
significa que el pacto de Dios es realizado finalmente en el pueblo que está “en
Cristo”. La nueva clase de perdón es posible porque él ha hecho un sacrificio
por el pecado de una vez para siempre, lo que hace anticuados todos los otros
sacrificios (<581015>

Hebreos 10:15-18). Es un pacto que no puede caducar porque
ha sido perfeccionado por Cristo, Aun así, su nuevo pueblo es llamado a la
fidelidad y le es dado el Espíritu Santo para hacerle capaz.

Hay, por lo tanto, un paralelo entre como Dios actuó hacia la antigua Judá al
traerla de regreso a Babilonia, y como él actúa hacia todo el mundo en Cristo.
El antiguo Israel y Judá tienen su contraparte en la iglesia, que es el cuerpo de
Cristo y llama a todo el pueblo a él.

32:1-15 Jeremías compra un campo

La escena vuelve al reinado de Sedequías. Judá está sitiada y Jeremías está en
la prisión. Las profecías de esperanza continuarán contra este trasfondo. Parte
de este trasfondo es la negativa de Sedequías a escuchar la palabra de Dios
dirigida a él. Aquí esa palabra se repite, en realidad en boca de Sedequías, tan
familiarizado estaba con ella (3-5; cf. <242103>

Jeremías 21:3-7).

El mensaje de juicio ahora llega a ser meramente un preludio a una nueva
palabra de esperanza, o más bien una señal: es decir, la compra de un campo.
Lo que ocasionó el deseo de Hanameel de vender el campo a Jeremías no se
conoce. Tal vez él era anciano y no tenía hijos, y le pedía a Jeremías que
mantuviera el trozo de tierra en la familia (8). Si Jeremías pagó más de lo
habitual, no puede decirse. Los procedimientos descriptos son
presumiblemente los normales de esa época. Su carácter público adquiere aquí
una nueva importancia porque la venta va a ser también una señal (14, 15).

El punto de la transacción es que la vida normal sería reanudada en Judá a su
debido tiempo (15). Es una señal poderosa, la posesión de un campo
sugiriendo la posesión de toda la tierra. Es tanto más fuerte contra el trasfondo
del sitio y la probable pérdida de todo, aun el campo mismo que Jeremías
acaba de comprar. Por ella, las profecías que habían insistido en que todas las
actividades normales en Judá vendrían a un fin repentino son efectivamente
revertidas (cap. 16).

32:16-44 ¿Demasiado difícil para el Señor?

La extravagancia de comprar un campo en medio de un sitio incita una oración
de Jeremías. El comienza con la afirmación Nada hay que sea difícil para ti
(17). Desarrolla la idea alabando el poder de Dios en la creación (17), en el
juicio (18, 19), salvando a Israel de Egipto y dándoles la tierra (20-22; cf.

<052608>

Deuteronomio 26:8) y, finalmente, castigándoles por sus pecados (23). La
oración es, sin embargo, una pregunta: ¿Puede esta señal tener sentido?

El Señor, contestando a Jeremías (26-44), considera la pregunta de si algo es
demasiado difícil para él (27). Comienza repitiendo palabras familiares de
juicio. Los babilonios destruirán la ciudad (28, 29) por causa del persistente
pecado de Israel y Judá, centrado en su idolatría (30-35; cf. <240718>

Jeremías
7:18, 30-32; 19:13). Estas palabras, sin embargo, sólo introducen la palabra de
salvación que sigue. El punto es que la cosa realmente difícil es el sacar

salvación de la destrucción. Eso, no obstante, es justamente lo que él se
propone a hacer.

La promesa comienza en el v. 36. Los pronósticos de amenazas de “espada,
hambre y peste” (<241402>

Jeremías 14:2) están a las puertas. Ahora, sin embargo,
la palabra de juicio es cambiada a una de salvación. Aunque el pueblo está
siendo expulsado, regresará, no sólo a su tierra sino también a un pacto (38),
nada menos que el nuevo pacto (<243131>

Jeremías 31:31-34), en el cual ellos serán
fieles, y que nunca terminará (39-41). Las palabras pondré mi temor en el
corazón de ellos
toman la promesa del nuevo pacto “pondré mi ley en sus
corazones”, en el sentido de que el Señor mismo promete tomar una nueva
iniciativa en hacer que esto suceda. Este es el milagro que “no es demasiado
difícil” para el Señor.

Los últimos versículos (42-44) vuelven al campo de Jeremías. Sí, campos serán
nuevamente comprados en Judá. La aparentemente disparatada compra de
Jeremías carece de significado, sino que está llena de esperanza y promesa.

33:1-13 Las voces de gozo y alegría

El último capítulo del que a veces se llama Libro de Consuelo tiene, como los
caps. 30 y 32, palabras de juicio contestadas por palabras de salvación. La
palabra del Señor a Jeremías sobre su poder en la creación (2; cf. <241012>

Jeremías

10:12) contrasta con la posición del profeta, todavía en la prisión (cf.

<243202>

Jeremías 32:2) en una ciudad sitiada. La revelación de cosas inaccesibles
(3) toma la idea de que nada es demasiado difícil para el Señor (<243217>

Jeremías

32:17) y vale como una promesa de salvación (cf. <234806>

Isaías 48:6 para una

idea similar). Se recuerdan ahora palabras de juicio (4, 5) para llevar,
inesperadamente, a palabras de promesa (6-9). La transición del juicio a la
promesa es abrupta. La secuencia misma muestra cómo actúa Dios; él saca
salvación y bendición de la más negra desesperación.

En los vv. 10-13 pueden verse modelos similares. En el v. 10 hay un eco de

<240423>

Jeremías 4:23-26, pero es contestado con un cuadro de vida (v. 11;
contrástese también <240734>

Jeremías 7:34; 16:9). La desolación dará paso a la paz
y la seguridad por toda la tierra de Israel (los lugares mencionados en el v. 13
cubren Judá a lo largo y ancho, y ciertamente Benjamín está aun más allá de los
límites de Judá hacia el norte).

33:14-26 Un pacto sin fin

La última parte del cap. desarrolla la promesa de un nuevo reino davídico
hecha en <242305>

Jeremías 23:5, 6, que es citada aquí (15, 16). El lenguaje de este
pasaje, y de las palabras que siguen, recuerdan la primera promesa a David
(<100712>

2 Samuel 7:12-16; cf. <110204>

1 Reyes 2:4). Aquella promesa parecía haber
fallado, ya que la dinastía histórica de David tuvo su fin, como Jeremías había
dicho que lo tendría (cf. <242230>

Jeremías 22:30). Ahora es reafirmada (17). Así
también lo es la promesa de Dios al sacerdocio (18). Los sacerdotes tenían un
papel indispensable en el pacto mosaico (Exodo 28—29), y ciertamente tenían
un pacto propio con el Señor (<042512>

Números 25:12, 13; <090230>

1 Samuel 2:30,

35).

El resto del capítulo afirma en los términos más fuertes posibles la permanencia
del pacto renovado (19-22; 23-26). Al restaurar a su pueblo Dios estará
cumpliendo su antigua promesa, aun la promesa a Abraham que sus
descendientes serían una nación (26; cf. <011202>

Génesis 12:2). Y lo hará para
probar que aquellos que decían que él había rechazado a su pueblo estaban
equivocados (24).

La promesa de un reino permanente contrasta extrañamente con el sermón en

<240701>

Jeremías 7:1-15, en el que Jeremías había dicho claramente que el pueblo
no podrá dar por sentadas las instituciones y la nación. La diferencia se hace
posible mediante el nuevo pacto. El reino previsto en el cap. 33 no es otro que
el nuevo pacto, interpretado por el NT del modo que hemos notado arriba. Los
términos, es verdad, son tomados del antiguo pacto, con su rey y sacerdotes.
Esto, sin embargo, debe verse meramente como un vehículo para la seguridad
esencial que Dios, al fin, sería completamente fiel a sus promesas. Estas habían
apuntado originalmente a la salvación de todo el mundo (<011203>

Génesis 12:3) y

serían finalmente cumplidas en esos términos.

34:1—36:32 EL MENSAJE DE JEREMIAS ES RESISTIDO

34:1-22 Perdón para los esclavos

La perspectiva vuelve al tiempo del sitio con otra palabra de Jeremías a
Sedequías (1-5). En lo esencial, el mensaje no ha cambiado de <242103>

Jeremías

21:3-7; 32:3-5. Un agregado aquí (4, 5) permite alguna esperanza de una
sentencia mitigada para el rey, en tanto que el otro dicho no había sido preciso
acerca de su destino personal. El significado es que él no moriría en batalla, y

que será apropiadamente llorado (contrástese <242218>

Jeremías 22:18 para el

destino de Joacim; pero véase también <245211>

Jeremías 52:11). La inminencia de
la caída de la ciudad se indica en los vv. 6, 7, de acuerdo con los cuales sólo
otras dos ciudades a más de Jerusalén continuaban manteniendo su resistencia
a los invasores. La mayor parte de Judá ya había caído.

El incidente que sigue, respecto a esclavos liberados, se torna en una ocasión
para otro oráculo contra Sedequías. El incidente en sí da una interesante
comprensión de la vida de Judá en su angustia de muerte. La esclavitud era una
institución permitida en Israel, bajo condiciones claramente definidas. Estas
condiciones, aludidas en el v. 14, están contenidas en <022102>

Exodo 21:2-11;

<032539>

Levítico 25:39-55 y <051512>

Deuteronomio 15:12-18. Como se ve, era una
institución humanitaria, permitiendo a aquellos que habían caído en duras
circunstancias, tal vez por fracaso en las cosechas y deudas, ser restaurados a
la independencia. Esto requería una interpretación desinteresada de parte de los
pudientes, y en realidad generalmente se había abusado de esta institución.

En el apremio del sitio, Sedequías había promulgado una liberación de
esclavos, que había sido aceptada por los que los tenían (9, 10). Para el rey,
que mostraba señales de vacilación y debilidad durante el sitio, puede haber
sido un intento de enmendar algunos de sus errores antes que fuese demasiado
tarde. Presumiblemente, sin embargo, el decreto causó enojo, y el resultado fue
que los amos recobraron sus esclavos (11). A la luz de una situación en la que
todo estaba por perderse, la acción fue irracional. No obstante, tal vez es un
testimonio de la ceguera humana, y un ejemplo extremo de rehusar aceptar la
voluntad y el castigo de Dios que Jeremías había criticado (cf. <242109>

Jeremías

21:9).

La acción de corazones endurecidos llega a ser la ocasión de una promesa más
de juicio. La idea de libertad (dada a los esclavos, luego denegada) es usada
irónicamente refiriéndose a la libertad que Dios dará al pueblo de ser castigado
(17). Esto es de hecho la naturaleza de toda libertad de Dios unilateralmente
declarada, un engaño que sólo lleva a la ruina.

El rito a que se refieren los vv. 18-20 involucraba el sacrificio de un animal
como señal solemne de un pacto. El caminar entre sus mitades puede haber
significado una clase de automaldición, es decir, “que tal cosa (a saber, la
muerte) me suceda a mí si yo no guardo mi pacto” (cf. <011517>

Génesis 15:17;

<111902>

1 Reyes 19:2). Un rito tal puede haber acompañado al pacto ordenado por
Sedequías respecto a los esclavos. El Señor ahora dice simplemente, así sea.

El capítulo concluye con un escenario familiar de muerte para la ciudad y la
tierra (21, 22).

35:1-19 Los fieles recabitas

Los próximos capítulos retroceden en tiempo al reino de Joacim. El desarrollo
de la narrativa aquí, por lo tanto, es temático, no cronológico. Los temas son la
resistencia al pacto con el Señor y el peligro inminente de los babilonios. El
peligro a que se refiere el v. 11 es el ataque babilónico en 605 a. de J.C.

Jeremías usa a los recabitas como un ejemplo de fidelidad, por medio de un
contraste con el fracaso de Judá, en general, en ser fiel. La mayor parte de lo
que se sabe acerca de los recabitas se encuentra en el presente cap. Su
antepasado Jonadab había ayudado al rey Jehú en su celo, más de dos siglos
antes, en poner fin al culto de Baal en el reino norteño de Israel (<121015>

2 Reyes

10:15, 23). Si el mismo Recab es el nombrado en <130255>

1 Crónicas 2:55, no

obstante, la familia era un clan de Judá (cf. <130203>

1 Crónicas 2:3), vinculado con
los antiguos nómadas queneos, que habían sido amistosos con Israel durante
sus andanzas por el desierto (<091506>

1 Samuel 15:6). Jonadab aparentemente
inició una regla de vida para su clan que tenía elementos de nomadismo y
envolvía la abstinencia de toda clase de bebidas fuertes (6, 7). No es claro si la
familia de los recabitas estaba compuesta estrictamente por descendientes de
Jonadab, o era una comunidad más abierta, tal vez aun un gremio.

Los orígenes y constitución de los recabitas no son la cuestión, sin embargo,
sino más bien su fidelidad a su regla. El pasaje no toma posición en cuanto a si
la regla era buena o mala en sí; el punto es la fidelidad a ella de los recabitas. A
Jeremías se la indica hacer una señal profética de esto, poniendo vino delante
de ellos e invitándoles a beber, sabiendo que estaban comprometidos a la
abstinencia (2). La señal tiene lugar en una cámara del templo y podría
presumiblemente ser vista por oficiales importantes del templo. Una vez más
Jeremías fue al corazón del poder de la nación.

Los recabitas rehusaron debidamente (6) y Jeremías declara el significado de la
señal (12-16). El reproche a Judá adquiere una forma familiar (15; cf.

<242504>

Jeremías 25:4-6) pero gana nueva fuerza por el contraste entre la historia
de ellos y la de los recabitas. El reproche es seguido por una palabra de juicio
(17; cf. <241111>

Jeremías 11:11). Un giro final promete larga supervivencia a los
recabitas (18, 19), en términos que pertenecen apropiadamente a la promesa
hecha al rey davídico (19b; cf. <110204>

1 Reyes 2:4). Esto dirige el contraste

directamente al rey mismo, con algo de ironía, ya que la continuación de la
dinastía es precisamente lo que está siendo amenazado ahora por el fracaso de
los reyes.

36:1-32 Joacim rechaza las palabras de Jeremías

El reinado de Joacim había visto un conflicto mayor entre Jeremías y las
autoridades por su predicación en el templo (cap. 26). El presente cap. es
como una secuela de aquel incidente, y retorna al tema del rechazo oficial a las
palabras del profeta. Al parecer, Jeremías es ciertamente excluido del área del
templo (5), un compromiso sin duda entre aquellas fuerzas que habían querido
ejecutarlo y las que lo habían apoyado. La exclusión era seria, porque le
impedía moverse no sólo entre los oficiales sino también entre las grandes
multitudes que acudían al templo para las grandes ocasiones.

El Señor, por lo tanto, le ordena que escriba en un rollo todas las palabras que
ha hablado hasta aquí (2), de modo que puedan ser leídas públicamente en
ausencia de Jeremías. (Parece que Jeremías simplemente recordaba todas estas
palabras, a juzgar por la sorpresa de los oficiales [17, 18] de que hubieran sido
escritas, y la respuesta de Baruc.) El humilde papel de Baruc como escriba del
profeta ahora le involucra en estar en el lugar del profeta mismo, durante un
concurrido día de ayuno, en lo que ha de haber parecido como una repetición
del gran desafío de Jeremías en el sermón del templo (<240610>

Jeremías 6:10; 26:2-

6; cf. 7:1-15). El papel secundario de Baruc, por tanto, requería la misma
dedicación y valor que los de su maestro, cuando la necesidad surgió.
Nuevamente la familia de Safán se involucra en atraer la atención hacia las
palabras de Jeremías (10; cf. <242624>

Jeremías 26:24).

Las consecuencias inmediatas de la lectura son verdaderamente notables,
porque hacen impacto en algunos de los oficiales principales, otra vez mediante
la iniciativa de un miembro de la familia de Safán. La escritura misma puede
haber añadido algo al efecto, o tal vez simplemente el agrupar tantas palabras
diferentes (15-18).

Los oficiales, consternados, dan su tercera lectura al rollo, ahora ante el rey
mismo. Su reacción y la de sus asociados más allegados contrastan
notablemente con la de los oficiales que se lo habían traído. Su endurecido
desprecio por las palabras del profeta se recalca, casi como algo de qué
asombrarse (24; cf. v. 16). La quema del rollo horroriza a Elnatán, Delaías y
Gemarías, que lo ven como la blasfemia que es. Para el rey puede indicar más

que indiferencia, y ser un intento supersticioso de destruir el poder de las
palabras.

La acción del rey hace un contraste más, es decir, con la de su padre el rey
Josías, cuando el Libro de la Ley fue descubierto en el templo y leído a él (2
Reyes 22: 8-13). Incidentalmente, el papel de Safán mismo se nota en esa
ocasión también.

El intento de destruir las palabras de Dios es fútil. Simplemente se le ordena a
Jeremías hacer otro rollo (28), y sigue la palabra especial de juicio que Joacim
ha atraído con su impiedad. Es una negativa expresa de la promesa dinástica
cual la pasada a Salomón por David (30b; cf. <110204>

1 Reyes 2:4) y una
repetición de la profecía, que él no tendrá una sepultura apropiada (30c; cf.

<242219>

Jeremías 22:19).

El nuevo rollo contiene otras palabras que no estaban en el primero (32). Esto
presumiblemente refleja el ministerio continuado de Jeremías y es evidencia del
comienzo de la colección escrita de sus dichos.

37:1—39:18 LOS ULTIMOS DIAS DE JUDA

37:1-10 ¿Ayuda de Egipto?

La acción ahora prosigue rápidamente hacia la caída final de Judá y Jerusalén
ante los babilonios. De ahora en más la escena se ubica en la última parte del
reinado de Sedequías, el rey mismo que había sido designado por los
babilonios (<122417>

2 Reyes 24:17, 18). El asunto es si el rey escuchará el anuncio
de Jeremías de que la ciudad debe caer, y disminuirá la fuerza del desastre
rindiéndose; el mensaje repetido en el v. 2 fue primero introducido en

<242101>

Jeremías 21:1-10. Sedequías no debe imaginarse que habrá una ayuda

efectiva de Egipto.

El rey, aunque consistentemente rehúsa escuchar todo el impacto del mensaje
de Jeremías, sin embargo, busca activamente al profeta, esperando con
desesperación alguna seguridad. Insta a Jeremías a ejercer su papel profético
de intercesor (3), lo cual por supuesto había sido prohibido al profeta
(<240716>

Jeremías 7:16), simplemente debido a la dureza del corazón de Judá. El
deseo de Sedequías por la palabra de Dios es falso, porque ella sólo aceptará
el resultado que ella misma ha determinado.

Al tiempo en cuestión, el sitio babilónico de la ciudad había sido
temporariamente aliviado debido a un avance de las fuerzas egipcias. Egipto
había intentado recuperar algo de terreno en el área de su viejo enemigo (4, 5).
Es una ocasión natural para las falsas esperanzas en Egipto, contra las cuales
Jeremías había advertido. La esperanza de Sedequías, entonces, parece tener
algún fundamento. La situación básica no ha cambiado, sin embargo (6-10). El
único factor decisivo en ella es la intención del Señor de castigar a Judá. Las
esperanzas falsas son fácilmente estimuladas por apariencias superficiales.

37:11-21 Jeremías encarcelado

El encarcelamiento de Jeremías es un último intento desesperado de sus
enemigos de silenciarlo, resistiendo su palabra hasta el fin, aun en la angustia
mortal de la ciudad. El profeta aprovecha la tregua proporcionada por la
retirada babilónica para ir a su pueblo, Anatot (12), posiblemente para unirse a
una discusión familiar acerca de su propiedad. La compra del campo de
Hanameel por Jeremías (<243201>

Jeremías 32:1-15) puede haber sido un resultado

eventual del viaje intentado que aquí se describe.

Es arrestado a la puerta misma de la ciudad bajo la acusación de desertar para
unirse a los babilonios (13). El pretexto para la acusación es su predicación de
rendirse como único camino a la supervivencia (<242109>

Jeremías 21:9); pero se
inventa el cargo de traición. Su negativa, ¡Falso! (14), usa la palabra (lit.)
“mentira” con la cual describe la condición total del pueblo (cf. <240502>

Jeremías

5:2). Su arresto, se implica, es el resultado del rechazo del pueblo de su
mensaje, no de alguna evidencia de traición de su parte. Pero a pesar de todo,
es encarcelado.

Aun así, continua Sedequías procurando que le dé una palabra de seguridad. Al
negársela, el profeta alega que la falsedad de los profetas opositores ya es
seguramente evidente (19). El rey aun no quiere oír. No obstante, alivia las
duras condiciones de la prisión de Jeremías (20, 21).

38:1-13 Jeremías arrojado a una cisterna

Como Judá está en peligro desesperado a causa de Babilonia, así Jeremías
permanece en peligro a causa de sus enemigos personales. Algunos de los
oficiales del palacio se le oponen fuertemente, y él es vulnerable a las
cambiantes alianzas y juego de poder de gente influyente (ver <242101>

Jeremías
21:1 por Pasjur, hijo de Malquías, en un papel más neutral). Los oficiales citan
la bien conocida esencia de la predicación de Jeremías en los últimos días de

Judá (2, 3; cf. <242101>

Jeremías 21:1-10), y piden la pena de muerte (cf.

<242611>

Jeremías 26:11). La acusación es traición, como en el incidente en el cap.
37. Sedequías parece impotente contra sus oficiales (5). Su intento de mantener
el poder, por lo tanto, rehusando el mensaje de Jeremías, tiene una ironía
patética, dado que él no tiene ningún poder verdadero que esgrimir.

Evidentemente, Jeremías estaba destinado a morir en la fangosa cisterna. Se
necesitó un extranjero al servicio del rey, el etíope (cusita) Ebedmelec (lit.
“siervo del rey”) para instar al rey a actuar, suplicándole cuando estaba sentado
a la puerta de la ciudad, sin duda escuchando casos traídos a él para juicio (7-
10). La casa del rey está evidentemente dividida; el rey mismo carece de
resolución, pero puede ser influenciado. A Jeremías se le devuelve a la relativa
seguridad del patio de la guardia (11-13). La reacción de sus enemigos se deja
a la imaginación.

38:14-28 Una última entrevista con Sedequías

El último encuentro de Sedequías con Jeremías aparece como secreto (la
tercera entrada... en la casa de Jehovah, v. 14, no se menciona de otra
manera, y es presumiblemente un lugar tranquilo, tal vez privado, del rey). No
sólo refleja la propia inseguridad del rey en su palacio, sino también la
comprensible exasperación con uno que preguntaba constantemente pero no
aceptaba la única respuesta verdadera (15). El profeta sin duda está también
sufriendo por su perpetuo maltrato e incertidumbre acerca de su propia vida,
como el rey lo ve (16).

La palabra que Jeremías da en esta ocasión contiene algo de consuelo para
Sedequías, no cambiando el mensaje acostumbrado, pero asegurándole de su
supervivencia personal si obedece a los babilonios, aun protección de sus
enemigos judíos (17-20; el v. 19 refleja algunas de las complejas tensiones
dentro de la comunidad judía de la época). La palabra de certeza tiene un
elemento personal, que afecta a la familia del rey; por tanto, también lo hace la
alternativa, porque si él rehúsa entonces él y su familia sufrirán (21-23). La
pérdida del harén de un rey en la guerra era una humillación particular.

Sedequías no responde a la palabra misma, aunque sus acciones en estos
últimos días sugieren una gran agonía mental personal. La secuela en el cap. 39
muestra cuán fatal probó ser su vacilación frente a lo que él sabía que era
correcto.

Jeremías teme volver a la casa de Jonatán (cf. <243715>

Jeremías 37:15; volver a la
cisterna era difícilmente posible, siendo que el rey mismo había impedido su
asesinato allí), pero se le permite volver al patio de la guardia, donde queda
hasta que la ciudad cae (28).

39:1-18 La caída de Jerusalén

El desastre del que Jeremías había hablado tan insistentemente se relata
brevemente ahora, aunque la campaña misma había durado algún tiempo y
había recibido por lo menos un revés (1, 2; cf. <243705>

Jeremías 37:5). Las fechas

en cuestión son enero 588 y julio 587 a. de J.C. (véase también <245204>

Jeremías

52:4; <122501>

2 Reyes 25:1). El falso poder de Sedequías y su corte se expone
brutalmente cuando los babilonios entran a la ciudad, ocupando con deliberado
simbolismo una posición que representaba la autoridad del rey en la ciudad (3).
El rey títere huye humillado, pero no encuentra, inexorablemente, mitigación al
castigo que Jeremías le había anunciado (5-7; cf. <243817>

Jeremías 38:17-23).

Hay algo conmovedor en el cumplimiento de las profecías de Jeremías a
Sedequías. El verdaderamente vería al rey de Babilonia con sus propios ojos
(<243204>

Jeremías 32:4; 34:3), sólo para ser cruelmente privado de su vista (7). Su
propia muerte no tendría lugar en este ardor de guerra, sino presumiblemente
después, en un tiempo de paz, con debidas honras fúnebres (<243405>

Jeremías

34:5). Pero difícilmente habría paz para su alma.

El encadenamiento del ex rey, juntamente con la ejecución de sus hijos
(herederos potenciales) y sus oficiales, es parte de la inflexible necesidad
política de afirmar el dominio babilónico. Es al mismo tiempo el fin de la historia
de las despreciables hostilidades que se habían observado en el ejercicio del
poder en Judá. Ciertamente había habido una falsedad en el corazón del pueblo
del pacto que nunca podría pretender verdaderamente tener un mandato de
Dios para gobernar, ni tampoco al final el goce de su protección.

La predicación de Jeremías había estado siempre dirigida no sólo al liderazgo
sino a todo el pueblo. El pueblo común no había estado exento de culpa por su
propia infidelidad a Dios, aun cuando los dirigentes habían llevado una
responsabilidad más pesada. De modo que todo el pueblo es afectado en el
castigo (8, 9). Nuevamente se nos deja adivinar las tensiones que pueden haber
existido dentro de la comunidad exiliada entre aquellos que habían desertado
durante una etapa temprana (¡respetando las palabras de Jeremías!) y aquellos

que habían aguantado hasta el fin (9). Aunque algunos de los más pobres se
dejan atrás (10), Judá ya no existe como una unidad política.

El mandato especial de Nabucodonosor con respecto a Jeremías puede
ocasionar sorpresa (11, 12). No es necesario pensar, sin embargo, que el
profeta había tenido alguna comunicación con las autoridades babilónicas antes
de su captura. Su mensaje nunca había requerido colaboración; la intención
declarada de Dios difícilmente podría requerir tal cosa. Más bien, el poder
conquistador estaba preparado a estar bien dispuesto hacia cualquiera en Judá
que él consideraba como habiendo apoyado su causa. La recomendación de
rendición por parte de Jeremías puede haber sido conocida por
Nabucodonosor por medio de los judíos ya exiliados. Su percepción de lo que
Jeremías estaba haciendo (¡o ciertamente de lo que él mismo estaba haciendo!)
no habría sido la del profeta, por supuesto. No obstante, en la providencia de
Dios, la bondad del rey para con Jeremías permitió a éste permanecer entre los
que fueron dejados en Judá, y continuar su ministerio entre ellos (11-14).

Ahora se incluye una palabra especial del Señor respecto a Ebedmelec, el
oficial que había librado de la muerte a Jeremías cuando había sido arrojado a
la cisterna (15-18; cf. <243807>

Jeremías 38:7-13). El iba a ser librado en aquel día
terrible, y además librado de sus enemigos personales, los mismos sin duda que
lo habían sido de Jeremías (o aquellos de entre ellos que habían sobrevivido).

La historia de los últimos días de Jerusalén, y su caída, testifica no sólo de la ira
de Dios con su pueblo pecaminoso, sino también la bondad de su providencia.
En el cúmulo de confusos eventos, él preserva la vida de su profeta y de otros
siervos fieles. Y aun el severo castigo tiene al final un propósito de bien.

40:1—45:5 UN REMANENTE HUYE A EGIPTO

40:1-12 Gedalías como gobernador

El presente pasaje amplía el breve informe en <243913>

Jeremías 39:13, 14, al dar
más detalles acerca de la entrega de Jeremías a Gedalías. El capitán babilónico
Nabuzaradán suelta al profeta del cautiverio que compartía con sus
compatriotas (1), mostrando conocimiento de su mensaje y tal vez respetando
su rango de profeta que había conocido la mente de su Dios (2, 3). Se le da a
Jeremías la elección de ir a Babilonia o quedarse en Judá. Pareciera que la
consecuencia demandara que él fuera, ya que él siempre había predicado la
sumisión a Babilonia. Sin embargo, como la autoridad babilónica ahora rige en

Judá, aun los que se quedan están en un sentido “en Babilonia”. Cuando
Jeremías va a Gedalías, el judío nombrado gobernador por Nabucodonosor, lo
hace por orden de Nabuzaradán, mostrando así su sumisión a la autoridad
babilónica. Gedalías mismo es de la familia de Safán, que había apoyado a
Jeremías (<242624>

Jeremías 26:24). La información secreta de Babilonia habrá
confirmado que él también estaba probablemente en simpatía con la causa del
conquistador.

El gobierno de Gedalías (significativamente con asiento en Mizpa, una ciudad
provincial y no la rebelde Jerusalén) trae un breve avivamiento en las fortunas
de Judá. El asunto para los que quedan es claro: unirse a Gedalías implica
sumisión a Babilonia, de acuerdo con la palabra del Señor por medio de
Jeremías (9, 10). Obedecer a Dios de esta manera dará comienzo a un regreso
a la vida normal fructífera en la tierra (10). La noticia de que el asunto había
culminado en Judá viaja con rapidez, y los judíos en lugares apartados se dan
cuenta de que el desastre ha sido comienzo de algo nuevo y saludable. Ellos
también empiezan a regresar a la patria, en extraña anticipación de la
restauración final del pueblo, predicha por Jeremías (<242914>

Jeremías 29:14). Y la

tierra da su fruto, nuevamente una señal de bendición del pacto (10-12). El
“remanente” recuerda <240427>

Jeremías 4:27 y 5:12. El Señor podrá aun obrar con

esta pequeña comunidad.

40:13—41:18 El asesinato de Gedalías

El final feliz no vendrá aún, sin embargo. Algunos de los oficiales de Gedalías
captan el rumor de que el rey amonita busca la vida de Gedalías. La oposición
de Baalis a Gedalías puede haber surgido de su hostilidad contra Babilonia (cf.

<242703>

Jeremías 27:3), de modo que Gedalías puede todavía llegar a ser una
víctima de la tendencia a resistir a Babilonia, aun después de haber
Nabucodonosor visitado a Jerusalén. Ismael, agente judío de Baalis, él mismo
de sangre real (<244101>

Jeremías 41:1), puede haber querido fomentar más rebelión
contra Babilonia. En tanto que algunos de los oficiales de Gedalías están
convencidos del complot contra él, el gobernador mismo escoge más bien
cándidamente no creerlo (14). Johanán, hijo de Carea, que aparentemente se
ha constituido él mismo en una figura principal entre los militares, quiere tomar
una acción más decisiva para preservar a la comunidad. Esto al fin le llevará a
un conflicto con Jeremías.

La traicionera muerte de Gedalías sigue a su tiempo, otro golpe contra el sabio
consejo de los que esperarían para que Dios actuara en estos tiempos de

angustia. La minuciosidad del crimen, extendiéndose al asesinato de soldados
babilónicos, sugiere un intento determinado de frustrar la política babilónica en
la zona (2, 3).

La secuela inmediata del asesinato (4-9) es interesante porque da testimonio
del uso continuado del lugar del templo para la adoración, verdaderamente
peregrinación, aun después de la destrucción del templo mismo. El mes
séptimo
(cf. v. 1) era aquel en el cual tenía lugar la fiesta de los Tabernáculos,
y esta sería la ocasión de la peregrinación. Evidentemente había en el territorio
del ex reino del norte los que permanecían fieles a los requerimientos de la ley
de comparecer ante Dios en las grandes fiestas (<022314>

Exodo 23:14-17), tal vez

desde las reformas del rey Josías (2 Reyes 22, 23).

Ismael añade a sus crímenes el asesinato de estos peregrinos mediante el más
cínico ardid, presumiblemente para tratar de mantener oculto su crimen. Al
perdonar a algunos a cambio del beneficio inmediato de las provisiones (8), su
intención puede haber sido meramente posponer sus muertes. Consumados sus
brutales hechos, él huye con cautivos a Amón (10).

El resultado de la aventura de Ismael es miserable y humillante. Escapa de
Johanán con su vida y poco más, teniendo que abandonar su botín humano
(11-15). Sin embargo, su interferencia en la vida de la comunidad que había
empezado a florecer bajo Gedalías, tiene un efecto decisivo y desastroso:
Mizpa es abandonada y con ella la política de sumisión a Babilonia. Este
cambio de mente en el pueblo ha sido ocasionado reconocidamente por su
exposición a terrible peligro bajo lo que pasaba por ser protección babilónica.
Además, se temían represalias de Babilonia misma (18). No obstante, el mismo
asunto en principio confronta ahora al pueblo como lo había hecho antes de la
caída de Jerusalén, a saber, la falsa promesa de Egipto como refugio contra
Babilonia. Los pensamientos y pasos del pueblo se vuelven una vez más en esa
dirección (16-18).

42:1-21 “No entréis en Egipto”

Cuando Johanán y el pueblo vienen a Jeremías en busca de una palabra del
Señor en esta nueva situación sin rumbo marcado (1-3), es significativo que ya
está en camino a Egipto. Jeremías, no obstante, toma el pedido de ellos al pie
de la letra y promete esperar la dirección del Señor en el asunto. Para él
también las circunstancias son nuevas. El ha estado acostumbrado a advertir a
reyes que los babilonios vendrían. Esa venida está ahora en el pasado; él

necesita una nueva palabra del Señor acerca de este remanente del pueblo. Su
disposición para orar (4) sugiere que la vieja prohibición (<240716>

Jeremías 7:16)

ahora es levantada. La declaración del pueblo de su prontitud para oírle es
elocuente, pero ¿probará que está bien fundada?

La palabra del Señor no viene inmediatamente; Jeremías no puede ordenarla
(7). Cuando viene, está expresada en términos familiares (10; cf. <240110>

Jeremías

1:10; 18:7-10) y representa una adaptación del mensaje que Jeremías ha
predicado en el pasado. Todavía involucra sumisión a Babilonia y lleva la
seguridad que el pueblo necesitaba respecto a represalias (11; cf. <244118>

Jeremías

41:18). La palabra también da testimonio del dolor del Señor por la
destrucción de Judá y Jerusalén (10). Esta no es una nota nueva en la profecía
(ver sobre <240901>

Jeremías 9:1-3). Sin embargo, ahora mira hacia atrás, y no hacia
adelante, respecto al juicio. La intención del Señor hacia su pueblo es ahora
bendecir, conforme a sus promesas de los caps. 30—33.

Esta profecía se asemeja a las anteriores, sin embargo, en que necesita una
respuesta. El pueblo debe estar dispuesto a permanecer en la tierra y tener fe
en que Dios puede cumplir su palabra, y que lo hará. Si ellos no lo están,
entonces hay, como siempre, un lado oscuro del futuro, una alternativa a la
bendición que Dios daría. La confianza en Egipto es una ofensa a Dios ahora
tanto como siempre lo había sido (<242408>

Jeremías 24:8), porque representa
incredulidad. Si el pueblo elige ir allá hallará, nuevamente, que el camino que
parecía seguro según su propia percepción sería en realidad el camino de la
muerte (<201625>

Proverbios 16:25; <420923>

Lucas 9:23, 24). La ironía de esto es clara
en el v. 16a; ellos están a salvo de la espada de Babilonia cuando se quedan,
pero caerán por la misma espada si huyen de ella. Egipto demostrará ser un
aliado ineficaz (cf. <242220>

Jeremías 22:20, 22). El juicio que cayó sobre Judá se
extenderá hacia su corazón, una continuación de aquel mismo castigo (17, 18);

cf. <240720>

Jeremías 7:20; 14:12; 24:9; 25:18).

Jeremías concluye su palabra del Señor dirigiéndose al remanente de Judá
(19). El tono de su mensaje advierte que, después de todo, no habrá salvación
a través de ese remanente. Percibiendo que sus corazones estaban fijos en
Egipto a pesar de sus protestas (<244105>

Jeremías 41:5, 6) él proclama que el juicio
ciertamente vendrá sobre ellos. Es importante, sin embargo, que aunque
Jeremías preve la elección que ellos harán, la elección misma es real y la
verdadera causa del juicio.

43:1-13 A Egipto

La verdad de las palabras de Jeremías difícilmente podría haber sido
demostrada más vívidamente que por la reciente destrucción del templo.
Todavía otra vez, sin embargo, él enfrenta la acusación de que ha hablado
falsamente. El conocimiento de la verdad nunca había sido fácil para Judá, y el
pueblo había sido engañado antes por aquellos que pretendían saberla pero
hablaban falsamente por su propia autoridad (<242316>

Jeremías 23:16-18). Johanán
y los otros no rechazan abiertamente la voluntad de Dios; en cambio pretenden
saber mejor cuál es. Hay por supuesto autoengaño en esto, y no autoridad. La
tentación de pensar que su propia interpretación de la voluntad de Dios es
verdadera, especialmente si corresponde con lo que uno desesperadamente
quiere creer, es real y moderna. El fiel Baruc llega a ser la víctima propiciatoria
del nuevo liderazgo (3).

Sobreviene la huida a Egipto (4-7). Esta es presentada como una anulación de
aquello que Dios había comenzado bondadosamente a hacer al restablecer al
pueblo y la prosperidad a la tierra (<244012>

Jeremías 40:12). Es un abandono
voluntario y decisivo de la tierra, comprendiendo los vestigios de la casa real
(6; cf. <244110>

Jeremías 41:10), y aun de Jeremías, un emigrante de lo más
renuente, quien había hablado tan a menudo en contra de buscar refugio en
Egipto.

Aún en Egipto, sin embargo. Dios tiene palabras para el pueblo por medio de
Jeremías. Esto es en sí mismo un tributo a su gracia y paciencia (y él todavía
apelará a ellos por arrepentimiento; <244407>

Jeremías 44:7). La palabra actual, sin
embargo, es una de juicio. Aun en Egipto, el castigo de Dios sobre su pueblo
extraviado continuará por mano de Nabucodonosor. Al tratar de salvarse de
Babilonia, ellos se han puesto justo en el paso de sus batallones. La señal
profética de Jeremías aquí tiene el propósito de mostrar lo inevitable de la
victoria babilónica sobre Egipto (que de hecho vino en 568-567 a. de J.C.; cf.

<262917>

Ezequiel 29:17-20). Las palabras de juicio sobre Egipto son como aquellas
dichas anteriormente contra Judá (11; cf. <241502>

Jeremías 15:2). La victoria de
Nabucodonosor demostrará la debilidad de la religión de Egipto (13).

44:1-14 Un último llamado

La impresión dada en el v. 1 es la de una comunidad judía establecida y
dispersa; los recientes emigrados pueden haberse unido a grupos judíos ya
existentes que vivían allí. Se les habla una vez más a través de Jeremías, quien

primeramente recuerda la reciente destrucción de Judá como resultado de
prolongada desobediencia a Dios. El pecado en cuestión, como siempre, es la
idolatría, el rechazamiento de Dios, y los términos son familiares (3-6; cf.

<240116>

Jeremías 1:16; 11:17). El recuerdo tiene por objeto ser una lección
objetiva. El Señor es fiel a su palabra.

El propósito, sin embargo, es hacer volver a él al remanente en Egipto (7-10).
Ellos evidentemente continúan adorando a otros dioses (8). La palabra a ellos,
por lo tanto, está basada en su rebelión presente contra Dios, no en el pasado
comportamiento de ellos mismos o de sus antepasados, aunque aquello también
fue rebeldía (9). La idolatría continúa, posiblemente ahora con dioses egipcios
(8). El pecado es el mismo, no obstante, sea que persista en prácticas viejas o
experimente con nuevas. El castigo ha de seguir seguramente, con aquel
elemento de vergüenza que es secuencia cuando las naciones del mundo miran
la suerte del pueblo del Señor (8b; cf. <242409>

Jeremías 24:9; 25:18). Esto, sin
embargo, es la última cosa que Dios desea; él implora al pueblo que evite el
juicio (8a).

Sin embargo, la palabra de juicio sigue inmediatamente (11-14). Esto refleja la
determinación del pueblo a no escuchar este nuevo llamado de Dios. El asunto
no es sólo que Dios conoce la respuesta del pueblo con anticipación, sino más
bien que el juicio de Dios, cuando llega, es siempre la consecuencia de
rechazarlo obstinadamente, no algo predeterminado e irresistible. El pueblo en
Egipto continúa mostrando que es digno de la ira de Dios.

La repetición del término remanente en estos versículos (7, 12, 14) tiene el
propósito de insistir en que el propósito de Dios de continuar con su pueblo en
el futuro no se cumplirá a través del grupo en Egipto. Esto es consistente con la
predicación de Jeremías en los días de Sedequías (<242408>

Jeremías 24:8-10). Sin
embargo, es notable que aun a éstos se les dio una oportunidad de enmendarse
y responder a Dios al fin con sinceridad.

44:15-30 “No escucharemos”

La adoración de la Reina del Cielo (la cananea Astarté o la babilónica Istar)
continúa una práctica que Jeremías había condenado en los días de Joacim
(7:18). Entonces, como ahora, familias enteras se habían implicado (15, 19). En
su persistente fracaso en ver la verdad de su situación, el pueblo ahora usa el
falso argumento de que los días pasados, cuando adoraban a la Reina del
Cielo, habían sido prósperos (17b, 18). Jeremías señala que fue precisamente

esa adoración la que había puesto fin a aquellos días (20-23). Hay una
terquedad deshonesta en el pensamiento del pueblo que no quiere ver esto.

El último oráculo de Jeremías al pueblo en Egipto irónicamente les consigna al
destino que ellos han escogido por sí mismos. Su rechazamiento de Dios será
confrontado por lo que realmente han deseado: que él les abandone (26). El
proseguirá con su intención de castigarles con la misma resolución con que
bendecirá a los que han soportado la cautividad babilónica y se vuelven a él de
todo corazón (27; contrástese <242406>

Jeremías 24:6; cf. también 1:12). La palabra
de Dios debe cumplirse; ninguna otra tiene autoridad alguna (28).

Las alusiones a un muy pequeño remanente de judíos que regresarán de Egipto
(14, 28) tienen el propósito de mostrar que no era por medio de éstos que
Dios promovería sus planes para el pueblo. Toda la escapada a Egipto estaba
bajo su ira, porque era un intento de salvación propia. Sería mostrada por lo
que era (29, 30).

45:1-5 Una palabra para Baruc

El oráculo dado a Baruc viene en el año en que él ayudó a Jeremías a preparar
el rollo para ser leído ante el rey Joacim (<243601>

Jeremías 36:1). Parece venir entre
la escritura y la lectura del rollo (1) y se relaciona con una protesta de Baruc
acerca de la carga de su tarea (3). Hasta este punto no hemos oído nada de
esto, y cae, por supuesto, fuera de secuencia cronológica. Baruc, sin embargo,
ha de haber compartido en algo el dolor y la frustración de Jeremías. La
palabra de Dios para él aquí tiene elementos en común con sus palabras a
Jeremías siguiendo algunas de sus “confesiones” (<241205>

Jeremías 12:5, 6; 15:19-
21) y contiene a la vez reproche y aliento. El contexto de las palabras es el
juicio de Dios que viene sobre toda la tierra de Judá (4; cf. <240110>

Jeremías 1:10).
En este igualamiento tan grande todas las pretensiones humanas serán vistas en
su andrajosa inutilidad. Se advierte a Baruc, por tanto, que abandone pequeñas
ambiciones, pero que se consuele, porque en la devastación general él vivirá
(5). Una palabra similar de aliento había sido dada a otro fiel defensor de
Jeremías, Ebedmelec (<243916>

Jeremías 39:16-18).

46:1—51:64 ORACULOS CONTRA LAS NACIONES

Jeremías, como el profeta a las naciones (<240105>

Jeremías 1:5), dirige palabras
específicas a algunos de aquellos que son vecinos de Judá. Oráculos contra
otras naciones son un rasgo común en los libros proféticos (cf. Isaías 13—23;

Amós 1—2; Ezequiel 25—32). Los oráculos de Jeremías, en general, señalan
que la venida de Babilonia es el juicio de Dios sobre todas las naciones, pero
que en el fin Babilonia también será juzgada, y Judá librada de su opresión. El
punto se destacó primero en <242515>

Jeremías 25:15-19, pero ahora más
extensamente, y mediante una palabra final en la profecía.

46:1-28 Contra Egipto

Es natural que Egipto tenga un lugar preferido porque había simbolizado la falsa
esperanza y confianza durante toda la profecía. El primer oráculo (3-12) se
relaciona evidentemente con la derrota de Egipto por Babilonia en Carquemis
sobre el Eufrates en 605 a. de J.C. (2). Describe al ejército egipcio
preparándose para la batalla (3, 4), marchando orgullosamente al salir de
Egipto, pensando que su fuerza es abrumadora, cual el Nilo en una inundación
(7, 8). El tono es burlón, sin embargo, porque el bien preparado ejército pronto
se describe como en terror (5; cf. 6:25; el lenguaje usado una vez contra Judá
se vuelve ahora contra Egipto). La fuerza del Nilo, inundado por afluentes de
Africa y Grecia (9) es derrotada sobre el Eufrates (6). En el choque de los
titanes, el resultado es obra de Dios, su día de venganza, y la derrota de Egipto
es una clase de sacrificio (10). En su intención de conquistar y engrandecerse
no habrá ni aun sanidad para las heridas en los recursos naturales del suelo
extranjero (11; cf. 8:22).

El segundo oráculo (14-26) advierte del ataque babilónico en el territorio
mismo de Egipto (cf. 44:29, 30; ver 2:16 y 44:1 para los lugares nombrados
aquí). En la confusión de la derrota, los mercenarios deciden huir a su tierra
(16). El dicho en el v. 17 es un juego sobre el nombre del faraón Hofra, y alude
a errores de cálculo en la campaña babilónica. La suerte de Egipto, incluyendo
aun el exilio, nos recuerda de la suerte de Judá (19; cf. <240215>

Jeremías 2:15; 4:7;

9:12). Tabor y Carmelo son símbolos de altura sobresaliente y fructificación
respectivamente, aplicadas aquí a la superioridad del huésped babilónico (18).
Sus mercenarios se van, Egipto se vuelve en fuga ignominiosa, impotente ante la
embestida, como un bosque ante las langostas (21-24). El juicio es igualmente
sobre los dioses y reyes egipcios, y sobre aquellos que confían en ellos, como
los judíos fugitivos allí (25).

La promesa de restauración para Egipto es muy notable (26b) pero no sin
paralelo (cf. <231923>

Isaías 19:23-25). Dios es no sólo el Dios de juicio, sino
también de salvación, finalmente para todo el mundo.

El oráculo contra Egipto es seguido por una palabra de consuelo para el
disperso pueblo de Judá (27, 28). En el juicio de Dios a las naciones habrá
restauración para ellos. Estas palabras son repetidas de 30:10, 11, en la
extensa sección de profecías de restauración para Judá.

47:1-7 Contra los filisteos

La época del gran poder de los filisteos fue antes del nacimiento de la
monarquía davídica, varios siglos antes de Jeremías. La oportunidad en
cuestión aquí, sin embargo, es un ataque de Egipto sobre ellos, posiblemente
durante la campaña en la que Egipto luchó contra los babilonios en Carquemis
(1). Gaza, en la llanura de la costa, estaría en la ruta norte-sur del ejército. El
gran trastorno de naciones en la época de Jeremías tuvo consecuencias
desastrosas para muchos en la zona. Egipto, aunque incapaz de vencer a
Babilonia, pudo hacer estragos sobre la pequeña Filistea (2; cf. <244607>

Jeremías

46:7, 8). El cuadro de sufrimiento es extremo (3-8).

El desastre para Gaza, que tiene muy específico ambiente histórico y causa, se
ubica en el contexto de la larga historia de los filisteos y se ve como un castigo
por toda su maldad. Su suerte es el juicio de Dios; su hora ha llegado (4a, 7).
Dios afirma así su soberanía sobre los hechos de la historia, aun cuando
parecen ser explicables en un nivel puramente humano y político.

48:1-47 Contra Moab

Moab, uno de los enemigos históricos de Israel (<070312>

Jueces 3:12-14; <120301>

2

Reyes 3:4-27), fue uno de los aliados con Sedequías contra Nabucodonosor
(<242703>

Jeremías 27:3), pero en realidad había proporcionado tropas a Babilonia

contra Joacim (<122402>

2 Reyes 24:2). La ocasión del presente oráculo es
probablemente su propia derrota por Nabucodonosor en 582 a. de J.C.,
después de una rebelión.

Los nombres de lugares, frecuentes en el cap., son de localidades en Moab
comprendiendo toda su extensión al este del mar Muerto. Algunos de estos
lugares habían sido asignados por el Señor a la tribu de Rubén en la conquista
original de la tierra de Canaán bajo Josué (<043203>

Números 32:3, 37, 38;

<061315>

Josué 13:15-19). Esto no se presenta explícitamente como una razón para
el juicio sobre Moab, pero puede estar implícito aquí un tipo de consumación
de la guerra santa por Canaán.

El principio del oráculo (1-6) describe la angustia de un pueblo sufriendo
invasión, tal como Judá sufrió una vez por causa de Babilonia (cf. <240419>

Jeremías

4:19-31). Sigue una descripción irónica de los frutos de una falsa confianza, es
decir, la humillación del exilio y la remoción triunfante de la imagen del dios de
la nación derrotada, en el caso de Moab, Quemós, a quien Salomón había una
vez adorado en su apostasía del Señor (<111107>

1 Reyes 11:7, 33). Una
demostración tal de la impotencia del dios derrotado era común en las guerras
antiguas. El destructor (8) es presumiblemente Babilonia. La maldición del v.
10 se apropia del lenguaje de la guerra santa, que requería la destrucción de
raíces y ramas (cf. <091503>

1 Samuel 15:3, 11). La destrucción de Moab por

Babilonia es el propio juicio de Dios sobre ella.

Moab se presenta primero como tomada en su complacencia (en la figura de
sedimento de vino repentinamente derramado, vv. 11, 12), luego como
humillada en su orgullo (14-17). Significativamente el Señor se refiere a sí
mismo como el Rey (como también en <244618>

Jeremías 46:18), para recalcar que
sólo él dispone sobre los asuntos humanos, y no el rey de Moab, ni aun
Nabucodonosor, quien es meramente su servidor (<242509>

Jeremías 25:9). Presenta

más cuadros de devastación (18; cf. <241401>

Jeremías 14:1, 2, de Judá) otra vez
evocando geográficamente toda la tierra (19-25). El orgullo de Moab se
singulariza como su pecado especial, manifestado especialmente contra Israel
(26-30). Ciertamente la caída del orgulloso es grande (28). En su agonía, el
profeta mismo lamenta por ella, como lo hiciera un vez por su propio pueblo
(31, 32; cf. 9:10; cf. también el v. 33 con el <241609>

Jeremías 16:9). Moab, como
Judá a su turno, ha llegado a ser un objeto de burla a todos los que la ven (39;

cf. <242409>

Jeremías 24:9).

El último oráculo (40-47) repite algunos de los temas principales. El águila es
Nabucodonosor (40). El cuadro de juicio ineludible (44) nos recuerda del
modo de argumentar en <300519>

Amós 5:19. La ignominia final es el exilio (46). Los
términos de los vv. 45, 46 sugieren que un antiguo oráculo, primero registrado
en la narración de la conquista del rey Sejón de Hesbón (<042128>

Números 21:28,

29), está por cumplirse.

Después de todo el discurso de juicio, la nota final es una de salvación (47; cf.

<244626>

Jeremías 46:26b). El lenguaje es el usado repetidamente refiriéndose a la
restauración de Judá en el Libro de Consuelo (29:14; 30:3, etc.). El Dios de
juicio es también el Señor de gracia. Y su gracia no se aplicará al final a sólo un
pueblo, sino aun a aquellos que han sido sus enemigos.

49:1-39 Oráculos más breves

49:1-6 Contra Amón. Amón, viejo enemigo de Israel como Moab
(<071104>

Jueces 11:4-33), había también proporcionado tropas a Nabucodonosor

(<122402>

2 Reyes 24:2), pero subsecuentemente se había unido a la alianza contra

él (<242703>

Jeremías 27:3). El pecado de Amón está ligado a su vieja enemistad
con Israel, que involucra su posesión, en el nombre de su dios Moloc (o
Milcom), de territorio israelita (1, 2). Despojar a Israel de su tierra era una
ofensa al Dios que la había dado a su pueblo y cuyo propio nombre estaba
ligado con ella.

Aquí se describe nuevamente la miseria de un pueblo atacado y exiliado, otra
vez en la humillación de su dios (3). (Hesbón, como pueblo fronterizo, puede
haber pertenecido a Moab y a Amón en diferentes tiempos; v. 3, cf.

<244802>

Jeremías 48:2.) Se usan temas típicos de Jeremías, a saber, la confianza
falsa de Amón en su propia fuerza y riqueza, y el terror que trae el juicio (4, 5).
Amón también, sin embargo, gozará restauración, como Egipto y Moab
(<244626>

Jeremías 46:26b; 48:47).
49:7-22 Contra Edom. La amargura causada a Israel por la hostilidad de
Edom, tanto con anterioridad como en la época de Jeremías, empeoró por sus
vínculos de parentesco, siendo Edom descendiente de Esaú, el hermano de
Jacob (8; cf. <012529>

Génesis 25:29, 30). La ayuda de Edom a Babilonia contra
Judá fue la ocasión del oráculo de Abdías contra ella.

Edom, situada al sur del mar Muerto, fue evidentemente famosa por su
sabiduría (el consolador de Job, Elifaz, era de Temán, un pueblo de Edom;

<180401>

Job 4:1). Su sabiduría, sin embargo, no puede eludir el desastre que viene,
que no perdonará; ni pueden sus cuevas en las montañas proporcionar
seguridad (10). Deben dejar a los débiles entre ellos a la misericordia del Señor
(11). La copa (12) es la copa de ira que todos deben beber (<242515>

Jeremías

25:15), el v. 12 recalca retóricamente que Edom merece hacerlo. Bosra (13)
era la capital de Edom en el día de Jeremías (un lugar distinto de la Bosra
moabita; <244824>

Jeremías 48:24).

En una tierra de escondrijos no hay donde esconderse del juicio (14-16; cf.

<310104>

Abdías 1:4). Algunas de las descripciones de destrucción se han usado ya
de Judá (18, 19; cf. <241006>

Jeremías 10:6; 23:14). El águila es sin duda una vez

más Nabucodonosor (cf. <244840>

Jeremías 48:40).

49:23-27 Contra Damasco. Damasco representa a Siria, otro viejo enemigo
de Israel; los pequeños estados de Hamat y Arfad, también al norte de Israel,
son incluidos. Su caída y terror se expresan en términos ya familiares en la
predicación de Jeremías. Estos reinos florecieron antes de la época de
Jeremías, por lo tanto, él puede estar tomando un viejo oráculo. La crítica de
Ben-hadad, un rey anterior de Damasco, ha llegado a ser una expresión fija (cf.
Amós 1:4).
49:28-33 Contra Quedar y Hazor. Este oráculo tiene que ver con tribus
nómadas árabes viviendo al este de Israel, emparentadas con los antiguos
madianitas y amalequitas (<070603>

Jueces 6:3; cf. <012513>

Génesis 25:13). En el oráculo

se tocan temas de terror y devastación (cf. <240625>

Jeremías 6:25; 9:11). La
vulnerabilidad de los nómadas en sus pueblos sin muros se toma como una
clase de ilustración de falsa confianza.
49:35-39 Contra Elam. Elam fue un importante poder al este de Babilonia,
pero sujeto a ella en el tiempo de Nabucodonosor. La referencia a los cuatro
vientos
(36) es una manera de hablar del poder del Señor en toda la tierra
(<263709>

Ezequiel 37:9; <270808>

Daniel 8:8; <380601>

Zacarías 6:1-8). Aun la superioridad de
Babilonia sobre Elam, permitiéndole hacer la obra del juicio de Dios sobre Judá
y otras naciones, está bajo el control de Dios. Elam, sin embargo, será
restaurada en días venideros (39; cf. <244847>

Jeremías 48:47).

50:1—51:64 Contra Babilonia

Los oráculos contra las naciones concluyen con una larga serie de oráculos
contra Babilonia, el “destructor” que ha estado desarrollándose por todo el
libro. Su gigantesco significado en el libro como el instrumento de la ira de Dios
contra su pueblo infiel es ahora equiparado por la gran cantidad de dichos de
juicio dirigidos contra ella. Es esencial a la lógica de la profecía que el
destructor deba ser destruido al fin. Su dominio poderoso de otras naciones no
es la última palabra de Dios en la historia. Sabemos ya que él traerá salvación y
bendición a su propio pueblo (caps. 30—33). En su justicia, por lo tanto, el
tiempo propio de Babilonia debe venir (cf. también <242511>

Jeremías 25:11, 12,

17-26).
50:2-17 Un enemigo del norte. Marduc era el dios principal de Babilonia, el
héroe épico de su relato de creación. Bel, también mencionado en <234601>

Isaías
46:1, estaba originalmente separado, pero aparentemente llegó a identificarse
con él. La condenación de Babilonia comienza apropiadamente con sus dioses.

Aunque Judá había sido exiliada a la tierra de su pretendido dominio, ellos
después de todo no han probado su superioridad al Señor; al contrario, su
debilidad aparecerá ahora (cf. <244807>

Jeremías 48:7).

Babilonia fue una vez el enemigo del norte en cuanto a Judá concernía
(<240114>

Jeremías 1:14; 6:1). Ahora la situación ha cambiado (3, 9; ver también

<245127>

Jeremías 51:27, 28). Ningún poder tiene derecho absoluto a gobernar en la
tierra; sólo el Señor lo tiene.

Al caer Babilonia, Judá está libre para venir nuevamente arrepentida a su Dios,
en un retorno que es en principio una restauración de todo el Israel histórico.
Buscarán a Sion, no como el lugar de falsa confianza que antes había sido
(<240701>

Jeremías 7:1-15), sino como el lugar donde Dios en verdad se había dado

a conocer (cf. <230202>

Isaías 2:2-4), y renovarán el antiguo pacto allí (5; cf.

<243131>

Jeremías 31:31-34). El pecado y castigo de Judá se mencionan ahora en
verbos de tiempo pasado (6, 7; cf. <234001>

Isaías 40:1, 2). La oportunidad de

dejar la cautividad tiene ahora la fuerza de un mandato (8).

Entre los pecados de Babilonia, el principal es su burla que hace del pueblo de
Dios y de su tierra (11). Mientras que Dios se dolía por el juicio que había
traído, Babilonia se regocijaba con el despojo. Por esta razón la acción del
Señor contra Babilonia tiene el carácter especial de venganza (15). El volver el
orgullo en vergüenza, el traer desolación donde hubo riqueza y vida muy activa,
los temas comunes de juicio caen ahora sobre aquel que tan indignamente los
trajo (12-15). No sólo Judá, sino otras naciones que sufrieron, pueden ahora
regresar libremente a su tierra (16).

La primera parte del oráculo concluye (17) con una reflexión sobre los dos
exilios similares del pueblo de Israel: primero, en manos de Asiria, afectando al
reino del norte en 722 a. de J.C.; luego, en manos de Babilonia. Todos han
estado bajo Dios, y la historia ha terminado con el avivamiento de su pueblo.
50:18-32 Israel y Judá. La restauración se describe nuevamente como la del
Israel histórico en su totalidad (20). El cuadro cambia de lo lit. a la esfera de lo
figurado, porque Israel del norte casi no existía ya como un pueblo coherente.
Esta restauración de los exiliados, aunque una salvación real en sí, es también
un símbolo de lo que Dios haría por toda la humanidad en la tierra de Judá por
medio del Judío que moriría por todos sobre la cruz.

La batalla contra Babilonia se describe vívidamente (21-24), y la guerra es la
guerra santa del Señor, en la cual él mismo se prepara para pelear, teniendo la

destrucción en sí algo de la naturaleza de un sacrificio (25-28). Nuevamente
suena la nota de venganza, esta vez directamente relacionada con el templo
(28). La demolición del templo fue el supremo acto de sacrilegio y blasfemia,
aunque también el decreto de juicio de Dios mismo contra su pueblo. Fue un
desafío al gobierno de Dios en la tierra, una acción de una nación insolente (29-
32). Su juicio sobre Babilonia surge por lo tanto de la necesidad de mostrar a
las naciones que después de todo él es el Señor de todos. A su debido tiempo
la victoria estará simbolizada por la reedificación del templo.
50:33-46 “Su Redentor es fuerte”. La historia ha completado su círculo.
Anteriormente, el Señor presentó su caso contra su propio pueblo, Judá,
convenciéndoles de su pecado; ahora él introduce el veredicto en favor de su
pueblo (causa aquí es el mismo término “contender” en <240209>

Jeremías 2:9). Al

hacerlo, él se presenta como su Redentor (34). El término proviene de la
antigua ley habitual de Israel, de acuerdo con la cual una viuda o un huérfano
podía ser adoptado por otro miembro de la familia (ver Rut 4). Al usar el
término para él mismo, el Señor recalca el vínculo natural que tiene con su
pueblo. Redención de esta clase es personal y costosa, y atrae al redimido a la
relación más estrecha posible con aquel que redime. La idea es parte del
trasfondo del AT a la redención del pecado del mundo por Jesucristo.

Al juzgar finalmente en favor de su pueblo, el Señor es fiel a las promesas de
restauración que les había hecho en los caps. 30—33.

Esto implica la caída de Babilonia, cuya descripción continúa aquí. Muchos de
los motivos que anteriormente se habían aplicado al juicio de Judá ahora se
vuelven en contra de Babilonia, con algo de fuerza irónica, p. ej. la espada
(35-37; cf. 14:12), sequía (38; cf. <241401>

Jeremías 14:1), desolación (39, 40; cf.

<240429>

Jeremías 4:29), un enemigo del norte (41-43; cf. <240622>

Jeremías 6:22-24,
una virtual repetición). Los últimos versículos (44-46) repiten 49:19-21 (contra
Edom), poniendo ahora a Babilonia en el papel del perseguido. Su caída es
parte del plan de Dios para todo el mundo (46).
51:1-10 Sion vindicada. Al volverse el Señor contra su agente anterior,
Babilonia, muestra que después de todo él no ha descartado para siempre a su
pueblo del pacto; que no han enviudado de él (5) es el otro lado de su
redención (<245034>

Jeremías 50:34). Babilonia ha hecho sufrir a la tierra la ira de

Dios (7; cf. <242515>

Jeremías 25:15); ahora ella está incurable (9; contrástese

<243017>

Jeremías 30:17, de Israel/Judá). El Señor ha juzgado en favor de Sion
(significando la tierra y el pueblo, v. 10; las palabras aquí son pronunciadas por

aquellos que ahora han regresado allí). Es decir, él ha salvado a su pueblo y le
ha puesto en el camino correcto; el lenguaje prefigura lo que el apóstol Pablo
llamaría “justificación por la fe”, la salvación por la gracia de Dios de aquellos
que no la merecían.
51:11-24 Venganza sobre Babilonia. La venganza se hace ahora un tema
dominante, traído nuevamente debido a que Babilonia insulta a Dios al destruir
el templo (11; cf. <245028>

Jeremías 50:28). La que había tenido una época de
abundancia y poder llega ahora a su tiempo de juicio (13; cf. <242512>

Jeremías

25:12). Los reyes de Media (11) iban a ser el nuevo poder en el mundo
antiguo, surgiendo en tanto que caía la grandeza del imperio de
Nabucodonosor. Ciro, cuya venida es anunciada por Isaías (<234501>

Isaías 45:1),

fue el rey medo que ascendió al poder en Persia y preparó el camino para el
imperio persa. La sucesión de imperios aparentemente invencibles en la historia
bíblica es en sí misma un testimonio de la debilidad del poder humano, y el
poder de la “debilidad” de Dios (cf. <270231>

Daniel 2:31-45; <460102>

1 Corintios 1:25).

Las palabras de Jeremías contra las religiones idólatras, contrastando el
verdadero poder creador de Dios con la debilidad de los dioses falsos (15-19),
fueron primeramente pronunciadas contra Judá (<241012>

Jeremías 10:12-16); ahora

se vuelven sobre Babilonia misma.

Finalmente en esta sección el tiempo del poder de Babilonia, como el
instrumento en la mano de Dios, se recuerda en las palabras de comisión de
Dios (20-23), sólo para ser mostrado como terminándose por el agregado del
v. 24.
51:25-32 Las naciones contra Babilonia. La arremetida de muchas
naciones contra Babilonia es un giro irónico, porque Babilonia en su época
había sometido a muchas además de Judá, también bajo el mandato de Dios
(<242704>

Jeremías 27:4-8). Los medos se describen ahora como conductores de un
conjunto de naciones (28), tal como Babilonia había antes dominado a sus
propios satélites (cf. <122402>

2 Reyes 24:2; cf. también lo inverso de <244623>

Jeremías

46:23 en el v. 27). Babilonia se describe en su última desesperada agonía,
exhausta y desanimada, sus enormes defensas de murallas y agua inútiles ahora
contra el poder y las despiadadas estrategias de su enemigo (29-32).
51:33-44 El triunfo de Judá. Las palabras de la gente de Judá que ha
sufrido bajo Babilonia (34, 35) recuerdan el Salmo 137, con su terrible oración
contra el opresor. Son seguidas, sin embargo, por una palabra del Señor,

prometiendo nuevamente la caída del reino, porque él ha tomado la causa de
ellos (36; cf. sobre <245034>

Jeremías 50:34). Aquí como en la sección anterior, se
hace referencia a la abundante provisión de agua (36), por su ubicación sobre
el Eufrates, en Mesopotamia, la “tierra entre los ríos”. La confianza en los
recursos y ventajas naturales no podía proteger contra el juicio de Dios.

Sesac (41) es un nombre clave para Babilonia (cf. <242526>

Jeremías 25:26). Bel

(44) es uno de los dioses de la nación (cf. <234601>

Isaías 46:1), que a pesar de
anteriores apariencias, no había ganado una victoria sobre el Señor.
51:45-58 “¡Salid de en medio de ella!” La última parte del oráculo contra
Babilonia es un mandato a los exiliados a huir, ahora que ha llegado su
oportunidad (45, 46). La liberación no era al fin un acto irresistible de Dios,
sino que demandaba un acto de fe, obediencia y valor por parte del pueblo,
que podía ser desalentado por frecuentes rumores de la caída de la ciudad,
despertando esperanzas que luego eran pronto estrelladas. (Un llamado similar
se halla en <235506>

Isaías 55:6.) La reafirmación de seguridad viene en respuesta a

tales temores (47, 48).

El castigo de Babilonia viene directamente por sus crímenes contra el pueblo de
Dios (49). Se recuerda el dolor de los últimos, con un enfoque en la
destrucción del templo (51), sólo para ser contestado por una promesa de que
aun los dioses de Babilonia serán abatidos. Toda la miseria que Babilonia había
causado será plenamente desquitada (56, 57).
51:59-64 Una señal profética. Los oráculos contra Babilonia terminan con
un mensaje y una señal fechados en el cuarto año del reinado de Sedequías,
cuando el rey visitó a Babilonia, posiblemente para explicar su parte en la
sublevación (<242703>

Jeremías 27:3). Seraías, el hermano de Baruc (cf.

<243212>

Jeremías 32:12), se fue con el rey en esa ocasión y llevó una comisión de
Jeremías de anunciar la defunción de Babilonia con una señal. Las palabras en
el rollo pueden haber contenido alguno o todos los oráculos contra Babilonia en
los caps. 50—51, que no están fechados.

Nota: Babilonia en el NT. El significado del juicio de Dios sobre Babilonia
es de más alcance que la liberación de la antigua Judá. Está aquí más bien
como un símbolo de la enemistad contra el gobierno de Dios en el mundo. El
lenguaje usado para “Babilonia” en Apocalipsis 17—18 debe mucho a los
oráculos del AT contra ella. “Babilonia” allí tiene el propósito en primer lugar
de evocar la persecución de Roma contra la iglesia primitiva, pero amplía su

aplicación a todo odio contra Dios y su pueblo. Es contra “Babilonia”,
entendida como toda manifestación de impiedad y opresión, que los creyentes
cristianos son exhortados a estar firmes, con la seguridad de que Dios, a su
propio tiempo, derribará todo desafío semejante.

52:1-34 LA CAIDA DE JERUSALEN

El último capítulo del libro es muy semejante a <122418>

2 Reyes 24:18—25:30,
donde el relato pertenece más naturalmente. Jeremías en realidad ya ha
anunciado la caída de la ciudad (en <243918>

Jeremías 39:18), y ciertamente de
eventos posteriores en Judá (cap. 40—44). Esos eventos se relatan
brevemente en Rey. (<122502>

2 Reyes 25:2-26) en un pasaje que se omite en el
presente cap. puesto que la información ya se ha dado. El relato presente ha
sido colocado al final de nuestro libro probablemente como una conclusión
adecuada de los oráculos que acaban de registrarse.

Hay algunas diferencias menores con el relato de Reyes. La nota acerca de la
ejecución de los oficiales del rey y de su propio encarcelamiento de por vida
(11, 12) se halla sólo aquí, lo que no sorprende en vista del interés del libro en
la persona de Sedequías. Hay una diferencia respecto a la fecha de la venida de
Nabucodonosor a Jerusalén (el décimo día según el v. 12; cf. el séptimo día en
2 Reyes 26:8), presumiblemente debido a un error de escriba en un texto o el
otro. Similares discrepancias se hallan en los vv. 22 y 25 (cf. <122517>

2 Reyes

25:17, 19). El número de exiliados en los vv. 28-30 es menor que el de <122414>

2

Reyes 24:14 y 16, posiblemente porque la cifra sólo incluye varones adultos.

El incidente final, la liberación del rey Joaquín de la prisión, al morir el rey
Nabucodonosor, se ha tomado a veces como una señal de que el exilio pronto
llegaría a su fin. Esto es posible, pero no en sí mismo un indicador firme de
esperanza.

La esperanza que ofrece el libro de Jeremías es más profunda. Es una
esperanza en el Señor de la historia, quien trae el pecado a juicio, quien no
obstante promete salvación; quien promete un nuevo pacto (<243131>

Jeremías

31:31-34), y quien lo cumple en su propio hijo, Jesucristo (<581011>

Hebreos 10:11-

18).

Gordon McConville

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