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Laura A.

Gallego Cantarero

Literaturas poscoloniales

Reseña de Ficciones de fin de siglo, de Marc Augé. Gedisa, Barcelona: 2001. 189 páginas.

En este conjunto de pequeños ensayos llamado Ficciones de fin de siglo, Marc Augé reflexiona,
desde su posición de etnólogo y antropólogo, pero también de ciudadano y de espectador,
sobre los conceptos de acontecimiento (en especial, el mediatizado), de imagen (tanto las del
imaginario mental, como la cotidiana y la artística) y el objeto (en especial el diseño de éstos) y
su función en la sociedad.

En la primera parte de la obra, titulada “Acontecimientos, medios de comunicación” analiza


varios acontecimientos que tienen su sentido en su mediatización y que tuvieron lugar en los
años 97, 98 y 99, como el tour de Francia, el Mundial de futbol en Francia, la muerte de Lady
Di, de John John Kennedy y de Philippe Yacé.

Lo que es una competición deportiva, como el tour o el mundial de fútbol, en el fin del siglo XX,
pasa a ser, más que nunca, un acontecimiento mediático, debido a la omnipresencia de las
cámaras de retransmisión en directo en infinitas pantallas de todo el mundo. En el caso del
mundial de Francia 98, se hace patente el rito de paso que significa acudir a un partido de
fútbol, pero, aquellos que no pudieron conseguir una entrada para ver el partido en directo,
pudieron disfrutar de un simulacro de partido en un campo de con cuatro pantallas dispuestas
en cuadrado en su terreno de juego creando así la ilusión, la ficción, de estar viendo algo real.
Augé destaca la analogía entre la selección y la sociedad francesa, ambas pluriétnicas, que
parecen haber dicho ya adiós a su patria y a sus raíces. Pero este mundial tenía algo
preparado, y es que en el partido de semifinales (Croacia 1- Francia 2) el acontecimiento
empezó a tener, de nuevo, lugar fuera de la pantalla y los franceses se unieron en la calle,
reconquistando así la realidad y dejando las pantallas atrás.

Dejando de lado el acontecimiento deportivo, Marc Augé se propone analizar una serie de
muertes trágicas que se convirtieron también en acontecimientos mediáticos. Empezamos por
Lady Di, una persona que ya se había convertido en vida en una imagen construida y soportada
de su propia persona. A través de esta imagen, en la que Lady Di encontraba su existencia,
mujeres de todo el mundo se identificaron y familiarizaron con Lady Di hasta convertirse
prácticamente en un símbolo. Todas sus apariciones en la vida real se transformaban
instantáneamente en un acontecimiento mediático donde el showbusiness se relacionaba con
los negocios, la política y la religión. El cortejo fúnebre que sucedió a su muerte supo estar
acorde con la modernidad de la difunta y supuso todo un acontecimiento mediatizado donde
se dejaba patente cómo la familia real británica readaptó el ritual a su época.

La muerte de John John Kennedy fue tratada por los medios como una tragedia moderna que
intuían como caduca y que explotaron intensamente durante pocos días. Así, pudimos asistir a
un no-acontecimiento que, en vez de inmortalizar y ritualizar a John John, lo que hizo fue dar
nacimiento a su imagen a través de un universo de cuentos modernos y sin autor definidos por
la prensa especializada.
En el caso de Philippe Yacé, secretario general del Partie Democratique de Côte d’Ivorie (PDCI)
y presidente del consejo social y económico de Costa de marfil, obtuvo a su muerte, en sus
exequias, su gran panteón y algún título que se le concedieron post mortem (como el
artificioso título de “Jefe espiritual de las tres A”, que, según Augé, esas tres aes existen pero
no han tenido ningún tipo de representación religiosa o política común) todo aquello que al
parecer no tuvo en vida al que la prensa local se encargó de tildar como “eterno segundo”,
”víctima del sistema del PDCI” o decir de él que “antes de antes de su muerte física ya estaba
políticamente muerto” ya que Boigny, presidente de Costa de Marfil desde 1960 hasta 1994,
había hecho de él un “significante flotante”, una especie de persona vacía al que se podía
rellenar con cualquier cosa. A pesar de que su muerte y su funeral pudieran ser la última
representación del antiguo régimen y pudieran suponer el inicio de uno africano
auténticamente democrático, pudo solo ser un no-acontecimiento, una ilusión y, de nuevo,
una ficción.

Para acabar esta parte de Ficciones de fin de siglo, Augé toma como referencia la victoria de
Amstrong en el tour de Francia tras haber superado un cáncer y el nuevo reinado de Mohamed
VI en Marruecos para afrontar la transición de un siglo a otro, Mohamed VI como transición a
la esperanza de modernidad de un país y Amstrong, a falta de ser el símbolo de la renovación
del deporte, como la transición de éste.

En la segunda parte de la obra, titulada “Espacios y memorias”, Marc Augé se replantea la


función del etnólogo en cuanto a los viajes que realiza, la arquitectura en la que crecen y se
crean nuevas formas de relación personal y los nuevos espacios de la sobremodernidad.

En el capítulo “Viaje y etnografía”, además de hacer un repaso sobre las motivaciones a la hora
de viajar del etnólogo (para observar una sociedad o cultura, detectar los mecanismos menos
visibles y menos conscientes y así comprender su unidad y su diversidad), del explorador y/o
escritor (para escribir el viaje o para contar el relato del regreso o del vacío) se centra sobre
todo en el turismo de masas y en cómo el turista viaja entre dos imágenes: la construida por la
televisión y las agencias de turismo y las que luego fotografían in situ. Estas fotografías no
dejan de ser de lugares y monumentos que son, a la vez, imágenes de sí mismos, intemporales
y cuya única finalidad es ser vistos y filmados. Todo ello les da aún más ese aire de ser una
ficción, cuyo máximo exponente lo encontramos en resorts como Disneyland, un lugar
totalmente concebido a imagen de una serie de ficciones por cuyas calles transitan personajes
de ficción.

Si personajes como Lady Di existían en la imagen, el resto de los mortales no estamos exentos
de ella, y nos aseguramos de nuestra existencia cuando nos somos filmados y proyectados en
una pantalla, que Augé concibe como un nuevo estadio del espejo lacaniano. Otro modo de
afirmar nuestra existencia es siendo protagonistas de un relato épico, aunque solo sea de
vacaciones, que nosotros mismos relatamos.

En cuanto a la reconstrucción de nuestra vida a través de los tiempos verbales que posibilitan
relatar los hechos, el autor da un salto hacia la sociedad tribal africana, donde indica que hay
una nueva tipología de relatos de tipo mítico que el profeta readapta a la actualidad y se apoya
en una reconstrucción del pasado, ya no mítico con ancestros sin nombres, sino en un pasado
individual, propio del profeta, donde evoca las condiciones extraordinarias de su nacimiento y
la revelación de sus dones.

En el siguiente capítulo, “Un día, un etnólogo…” a través de una relectura de un ensayo sobre
la concepción del tiempo de los Alakuleres, el autor se cuestiona las metodologías de la
etnología y lo que pretenden según la época o el interés político que hay detrás. En ocasiones,
la utilización de ciertos términos en lugar de otros, dejan ver que hay una ideología detrás. Por
ejemplo, conceptos como “modo de producción” o “formación social”, en la época de
publicación del artículo, lo relacionaron con cierta tendencia marxista. Otro punto
metodológico que pone en cuestión es el hecho de que el etnólogo se apoye demasiado en
una persona informante y tiene que ser consciente de que un testimonio no puede acumular
todo el saber ni la memoria de su pueblo. Más tarde, conversando abiertamente con ellos, el
etnólogo se puede dar cuenta de que el testimonio no sólo informa, sino que argumenta y que
esas respuestas no hacen más que generar nuevas preguntas.

Cuando en etnólogo vuelve a su ciudad encuentra nuevos espacios donde se crean subgrupos
y nuevos modelos de relación. En especial, a Marc Augé, le interesan los aeropuertos, las
estaciones de tren, los centros comerciales y los nuevos parques empresariales, y en la ciudad
donde reside, París, encuentra todas estas “islas”, relacionadas a través del concepto de
sobremodernidad. Para Augé supone la aceleración o refuerzo de los valores constitutivos de
la modernidad, y por un triple exceso (información, imágenes e individualidad) que crearían en
los sectores tecnológicamente avanzados de la sociedad unas condiciones practicas de
instantaneidad y de ubicuidad. Vuelve a hacer hincapié en los términos de imagen y ficción,
nexo de casi toda la obra, y en sostiene que en estos no-lugares de los que tanto ha hablado, la
mirada está demasiado acostumbrada a las imágenes y ya no sabe ver lo real. El mundo, en su
conjunto, ha sido convertido en imágenes y en espectáculo. Así pues, todo el universo
alrededor del espectador puede ser vivido como una ficción.

En el capítulo llamado “El arquitecto y el etnólogo” el autor no deja de lado al arquitecto, ya


que es él quien piensa estos nuevos edificios (aeropuertos, centros comerciales) en los que se
va a desarrollar una cultura propia y donde prácticas humanas van a tener lugar y van a dar
sentido al edificio. Así pues, su obra va a tener una finalidad social, no sólo estética y/o
funcional. El arquitecto tiene en su mano el crear nuevas formas de vivir a través de un espacio
novedoso que posibilite otro tipo de relaciones humanas.

Este capítulo da paso a la tercera parte de la obra, llamada ”Imágenes y objetos” en la que
Augé aborda la importancia del objeto y de su diseño en las culturas y el asunto del asalto de la
imagen cotidiana y el vaciado de imaginario que produce en la mente humana.

En “El diseño desde el punto de vista del antropólogo” el autor se centra en la importancia del
diseño de los objetos, pues crean universos culturales y tipologías de representación de esos
universos. Estos objetos pueden ser de demanda generalizada, como sillas o vestidos y, no por
ello, están exentos de detalles ornamentales o de ciertas formas que tendrán un papel de
mediador simbólico. Los objetos también pueden ser sagrados, como estatuas, fetiches,
altares, máscaras… y a través de esos objetos se plasmará una cultura material y simbólica. El
etnólogo siente especial interés por los objetos porque son el instrumento de una relación
entre los humanos, en especial en los objetos de culto.
Augé, además, sostiene que hay un debilitamiento de los grandes relatos (mitologías,
ideologías) tanto en los países bajo la acción de la colonización como en los que hace poco
fueron colonizadores, así pues, la lectura con la que se deducía el sentido de los objetos de un
cierto número de representaciones o valores dominantes ya no es posible. Hoy en día hay una
superabundancia de objetos de origen múltiple que, a priori, no tienen nada que ver con el
lugar donde se encuentran, como botellas de Coca-cola, motores Toyota o palanganas de
plástico asiáticas en países de extrema pobreza y aislamiento. Así pues, el objeto y el lugar ya
no tienen ese nexo de representaciones simbólicas. A través de los objetos producidos
industrialmente se aprehenden, de nuevo, los tres movimientos de la sobremodernidad:
estrechamiento del espacio, aceleración de la historia e individualización de los destinos. A los
que se añade la instantaneidad de producción que proporciona la ubicuidad, es decir,
presencia mundial de estos objetos.

Augé cree que hoy en día prima una sociedad violenta en la que las formas no se conciben más
que en la vía de producción en masa, sin oposición ni originalidad a las formas establecidas. La
sociedad en la que vivimos es, ideológicamente, una sociedad de consumo que se adorna con
imágenes y con espectáculo, en vez de con diseño de nuevas posibilidades.

El autor avisa del riesgo de que esta sociedad de consumo, espectacularizada y en proceso de
aculturización, convierta la cultura en patrimonio de pequeños grupos o comunidades
transversales, como mujeres, negros, gays… y por ello automatizarla y esencializarla, en vez de
dar sentido a la globalidad.

Los consumidores queremos algo y su contrario al mismo tiempo, es por eso que el diseño de
los objetos se metaforiza. Por ejemplo, los coches, que son potentes y veloces, tienen formas
cuadradas y rechonchas para evocar solidez, seguridad y tranquilidad. Así pues, el diseño
posibilita conjugar los contrarios (como velocidad y seguridad) y lo más importante: cambia la
realidad por la ilusión.

Augé no podía dejar de lado su concepto de no-lugar y en el capítulo “El no lugar y sus
objetos” focaliza su atención en los objetos que lo conforman. Para él, en espacios tan globales
como los aeropuertos las imágenes de lo local (por ejemplo: “Viñedo del Beaujolais”)
adquieren un valor de ilustración y citación y en estos lugares están siendo sobreexpuestos,
llevados a escena y convertidos en espectáculo. Así pues, nos encontramos una vez más con la
ficcionalización de lugares. El autor se pregunta por esta sobreabundancia de imágenes e
información que nos llega y no llega a determinar si ello nos proporciona los medios para la
relación o si su exceso nos desorienta, nos impone la comunicación (en vez de permitir la
relación) y en vez de identificarnos, nos aliena. En ocasiones, ante la sobreabundancia de
objetos, se crea la ilusión de que la persona (el consumidor) puede elegir y expresarse
libremente a través de esta elección. Pero en realidad tan solo escoge una opción estadística y
mimética que se ha llevado a cabo a través de estudios de mercado. En la elección de un look
hay un trabajo de imaginario individual, es decir, la construcción de una representación de sí
mismo y también una apertura simbólica a los demás. Esta apariencia de uno mismo llama al
testigo y desea el intercambio.
De nuevo, el autor vuelve a apelar al arquitecto, que es el diseñador de estos espacios, y
señala su pretensión de seducir sin alienar, además de colocarlo en una posición de demiurgo,
de ordenador nuestros mundos cotidianos.

En este universo de imágenes en el que vivimos Augé no podía concluir la tercera parte de esta
obra sin llamar de nuevo a escena al objeto de arte en el capítulo “Del espacio a la mirada:
¿Qué es un objeto de arte?”.

Para el autor, el dar sentido al espacio está en el origen de todas las artes plásticas. La función
relacional del objeto artístico también es una parte importante de éste. En las sociedades
africanas tradicionales los objetos no son miméticos ni estéticos, sino operativos, ya que
establecen una relación que depende de las fuerzas e intenciones de los que une, de ahí que
los objetos-dioses surjan en puntos de encuentro entre hombres, como las plazas públicas. Un
ejemplo es el legba africano, al que se rinde culto para conciliarse con los demás humanos y
protegerse de ellos, para establecer relación social, para negociar con la sociedad, con uno
mismo y con los demás. Augé no solo habla del objeto, sino, también, de los rituales
postmortem, donde no solo el objeto como dispositivo material es un agente relacional, sino
que el espacio público o privado donde se coloca el dispositivo y el cuerpo también tienen su
sentido, aunque generalmente esté fuera de todos ellos, en una especie de sobrerrealidad a la
que tan solo acceden los adivinos, los videntes, los chamanes, porque tienen el privilegio de
poder adoptar simultáneamente unos cuantos puntos de vista, dando así la sensación, que, a
su vez, reivindican, de ver las cosas y su revés, de ver lo real y su doble, cuando, de forma
mucho más simple, a lo que aspiran es a coger la singularidad del acontecimiento, del cuerpo,
del objeto y de la pluralidad de relaciones que se expresan.

Detrás de un objeto de arte hay multiplicidad de relaciones con el prójimo –todos aquellos que
sienten su realidad y su fuerza- pero la más importante es que motiva la relación con uno
mismo, ya que la presencia del objeto revela que hay otros dentro de nosotros mismos.

Augé vuelve a señalar que en la actualidad asistimos a la muerte de los grandes relatos y que el
sentido social se va debilitando porque los espacios comunes, de la comunicación (los no-
lugares), se hacen anónimos y de este modo la comunicación sustituye al lenguaje y el
espectáculo al paisaje.

El mundo que habitamos está hostigado por imágenes, y el arte lucha contra ellas y contra los
fantasmas de lo real que recrean estas imágenes. De algún modo, el arte está perdiendo su
vínculo con la realidad por una sencilla razón: porque la elude. El mundo “real” solo se capta a
través de las imágenes que detrás de ellas tienen a su vez otras imágenes, que se multiplican
ad infinitum y recrean, de nuevo, una ilusión y un halo de ficción que nos separa de la realidad.
Es por eso que es tan necesario el arte para combatir esta desalienación.

Augé concluye estas tres partes recopilando los ejes de esta obra: acontecimiento, espacio-
lugar, imagen y objeto y el arte.

En cuanto al acontecimiento, determina que son los medios de comunicación los que deciden
si un acontecimiento existe o no, los hacen y los deshacen a su antojo y, en definitiva, son tan
solo un conjunto de imágenes.
En relación con el espacio, cree que se virtualiza. El espacio está en todas partes, indiferente,
dispuesto a recoger del acontecimiento y de la actualidad, dispuesto a actualizarse.

Augé concluye que las artes plásticas tienen que oponerse a las evidencias derivadas de la
imagen corriente mediante el cuestionamiento de ésta. El objeto de arte tiene que suscitar
una nueva serie de imágenes a través del propio objeto y del espacio, lejos de la evidencia
cotidiana. De este modo, se opone a los sentidos ilusorios de la imagen mediática, como una
sonrisa de Lady Di. Entonces el posible hermetismo del arte será el encargado de reflejar el
exceso de imágenes y remitirá a la vitalización del espacio y al vacío del acontecimiento.

El autor sostiene que se está produciendo “la derrota del sujeto” y que en esta era la
individualidad ha sido sustituida por la de la subjetividad.

A modo de epílogo de Ficciones de fin de siglo, Augé lleva a cabo un experimento: elige tres
días medianamente al azar de principios del año 2000 y los relata. Una vez pasados, le
sorprende que no haya habido ningún error moral o social, pero destaca que se ha ido
extendiendo y proliferando un nuevo vocabulario y nociones, como net economy, start up y
stock options.

Vuelve a darle una nueva vuelta de tuerca al concepto de acontecimiento y cree que el
acontecimiento absoluto es la muerte y el tiempo está definitivamente pasado. Sostiene que
los funerales, ritos y conmemoraciones no son más que un signo de ilusión de inmortalidad.

Los modos de vida, de pensamiento y los relatos de nuestra sociedad están muy anclados en la
estructura del cristianismo y sus antecedentes, ya que éstos articulan su pensamiento a partir
del fin y se piensa desde el comienzo. (Recordemos mitos como el juicio final, el infierno, el
paraíso…todos ellos están atormentados por el tema del fin desde el inicio). Lo que nos
apasiona a la mayoría de nosotros de las novelas, de los diarios íntimos y de las historias de
vida es que son relatos, tienen un aire de ficción y un final concluso.

La ficción relatada, aunque sea de personajes históricos, es lo que nos gusta y lo que nos hace
creer que nuestra vida también será un relato acabado que hemos vivido como una
ficción cuando llegue la hora de nuestro acontecimiento absoluto.