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LA PERRITA Y EL NIÑO

Mientras estaban comiendo, Chilita (la perrita) escuchaba la conversación que sus amos
estaban teniendo ¡Esta tarde iré a visitar a la vecina que está cerca del valle…! Dijo el
ama, y prosiguió ¡El otro día me la encontré en la panadería y me dijo que me pase por
su casa que me dará unas plantas para el jardín. Me llevaré a la perrita!

Una vez llegaron al hogar de la vecina, Chilita observó que el hijo de la casa (Roberto)
estaba tumbado en el sofá del comedor, parecía enfermo y no tenía ni cabello, ni cejas,
ni pestañas.

Después del respectivo saludo de las dos mujeres, su ama se dirigió al niño y
acariciándolo le dijo ¡Hola Roberto! ¡Estás muy cambiado desde la última vez que te vi.
Haces muy buena cara. Me alegra verte tan bien!

El niño, sonriendo agradeció el halago, y su madre con cierta alegría comentó ¡Se está
recuperando. El médico nos dice que todo va muy bien. Estamos muy contentos!

Cuando las mujeres salieron al jardín, Roberto, alargando la mano y acariciando la


cabeza de la perrita, pensó en voz baja ¡Que pelo tan suave tiene! Ella, gustando de ser
acariciada arrimó su cabeza al sofá con cara de satisfacción, en ese momento, entre los
dos se estableció un mutuo afecto.

¡Eres muy bonita! Le dijo el niño.

La perrita, sonriendo y sintiendo una agradable turbación, respondió ¡Mi ama también
me lo dice! Y recobrando la naturalidad, agregó ¡Aquí no veo ningún perro…! ¿No
tienes?

¡No! Respondió Roberto ¡En casa nunca hemos tenido animales de compañía!

¿No te gustamos? Preguntó Chilita.

¡A mí sí, a la que no le gustáis es a mi madre…! Declaró el niño ¡Dice que ensuciáis la


casa!

¡Entre nosotros hay de todo…! Aseguró la perrita ¡Igual que las personas unas son más
limpias que otras, pues nosotros lo mismo!

¡Tú vas muy limpia! Afirmó Roberto.

Entonces, Chilita, fingiendo cara de resignación, añadió ¡Es que si conocieras a mi


ama…! Y los dos se pusieron a reír.

Mientras reían, el niño prosiguió ¡Ya me lo imagino, debe ser como mi madre…!

Hablando y riendo se les pasó el tiempo rápidamente.


¿Vendrás otro día a verme? Preguntó Roberto.

¡Sí! Contestó la perrita ¡Ahora ya conozco el camino!


Cuando Chilita se encontró con sus amigas y les contó que había estado en aquella casa,
Niebla comentó ¡Hace tiempo escuché decir a mi ama que este niño estaba muy
enfermo. Que bien que se esté reponiendo!

¡A mí también me alegra saber que se está recuperando! Añadió Chispi.

¡Yo también me alegro! Dijo Linda.

Y las cuatro perritas continuaron jugando felices.


Al cabo de unos días, Chilita fue de nuevo a visitar a Roberto, en esta ocasión se lo
encontró en el jardín, cuando el niño la vio se alegró mucho.

¿Has visto el campo de amapolas tan bonito que hay cerca de aquí? Le preguntó la
perrita.

¡No! Contestó él.

¿Quieres que vayamos a verlo…? Preguntó Chilita ¡Te gustará!

Después de pedir permiso a su madre, el niño y la perrita se encaminaron a dicho lugar.


Cuando llegaron, ante el maravilloso espectáculo que ofrece el campo en primavera
Roberto exclamó ¡Oooh…qué bonito…!

¡Sabía que te gustaría…! Añadió Chilita, y prosiguió ¡Son de un rojo precioso!

¡Nunca había visto tantas amapolas juntas…! Dijo extasiado el niño ¡Que hermosura…!

¡Mi ama dice que hay personas que parece que vayan con los ojos cerrados por la vida,
ven belleza en pocas cosas y cuando les resaltas lo bonito que es esto o aquello, se
limitan a hacer un gesto con la cabeza, como diciendo, “no está mal.” Tenemos un
vecino que cuando ve amapolas, siempre dice, “esto es malísimo para el campo, los
agricultores siempre las arrancan”. Nunca habla del bonito color que tienen, ni de la
alegría que produce mirarlas!

¡Tu ama tiene razón! Asintió Roberto ¡Las personas como tu vecino se pierden muchas
cosas buenas de la vida! Y continuó ¡Voy a coger un ramillete para llevárselas a mi
madre y cogeré otro para tu ama!

Chilita llegó a su casa llevando un hermoso ramillete de amapolas. Cuando su ama la


vio, se alegró mucho, y después de añadir el ramo al jarrón que estaba encima de la
mesa del comedor y que contenía otras flores silvestres, cogió a la perrita en brazos, y
entre besos y caricias, le dijo ¡Eres un sol. Muchas gracias cariño mío!

Pasados unos días, la madre de Roberto llamó por teléfono al ama de Chilita, y durante
la conversación, explicó ¡Mi hijo se ha encariñado con tu perrita y quiere que
adoptemos un perro pero a mí los perros no me gustan, lo ensucian todo y dan la lata
con los ladridos, pero Roberto no deja de insistir!
¡Bueno…! Empezó diciendo el ama de la perrita ¡Eso es cosa que tenéis que decidir
vosotros. En nuestro caso, Chilita nos da más alegrías que problemas. En cuanto a la
suciedad, sus necesidades las hace en el jardín de casa o en la montaña. Es verdad que
en muchas ocasiones molesta con los ladridos pero a mí me molestan más los ruidos que
vienen de la calle. Además, debes pensar que en esta vida todo tiene su pro y su contra,
no hay nada que sólo dé alegrías o sólo dé problemas, el trabajo, la familia, los amigos,
dan alegrías y también penas. No sé si te valdrá lo que te acabo de decir pero esa ha sido
mi experiencia! Y en tono simpático, añadió ¡Ahora acabo de recordar que hace poco
tiempo escuché decir en televisión que acariciar a un perro es bueno para el corazón, o
sea que a pensarlo!

¡Pues ya me lo pensaré! Dijo la madre de Roberto sonriendo con resignación.

Los encuentros entre la perrita y el niño se fueron sucediendo.

Un día, mientras Chilita estaba con sus amigas, Niebla le preguntó ¿Cómo está
Roberto?

¡Hace unos días estuve con él y se encuentra muy bien. Ya le ha salido el pelo y está
muy guapo. Aunque sin pelo también estaba guapo porque Roberto es muy guapo!
Respondió con estima la perrita.

¡Que bueno! Dijo Chispi.

¡Sí, qué bueno! Añadió Linda.

¿Queréis venir conmigo la próxima vez que vaya a verle? Preguntó Chilita.

¡Sí! Respondieron a coro las tres perritas.

¡Le podemos llevar un regalo! Dijo Chispi.

¿Y qué le podemos regalar? Preguntó Chilita.

Las perritas se quedaron pensando y finalmente Niebla dijo ¡Ya sé…le podemos llevar
piñas, buscamos las que se han caído y tienen piñones y le llevamos una cada una de
nosotras!

Las amigas estuvieron de acuerdo y se pusieron a buscar con entusiasmo. Mientras


estaban atareadas buscando, apareció subida a un pino, una ardilla preguntando muy
enfadada ¿Para qué queréis vosotras las piñas? ¿Es que vuestros amos no os dan de
comer?

Las perritas levantaron la cabeza y Chilita contestó ¡No son para nosotras, son para un
niño que se está reponiendo de una enfermedad y se las vamos a regalar!

¿Y no podéis llevarle otra cosa que no forme parte de mi comida? Siguió preguntando
con enfado la ardilla.
Las perritas, durante unos instantes se quedaron sin palabras hasta que Niebla preguntó
a la disgustada ¿Y qué otra cosa podemos llevarle?

¡Pues…no sé… alguna piedra bonita! Respondió ella con desgana.

¿Y qué puede hacer él con una piedra? Preguntó Chispi.

¡NO SE! Respondió a gritos la roedora ¡PERO NO QUIERO QUE OS LLEVEIS


PIÑAS. Entre los fuegos forestales, las talas de árboles para hacer urbanizaciones y los
problemas derivados del cambio climático, como la sequía, cada día tengo más trabajo
para encontrar pinos piñoneros…! ¿ME EXPLICO?

¡Sí, te explicas! Respondió Linda.

¡Pues no me voy a mover de aquí hasta que os hayáis ido. Dicho de otra manera, no voy
a permitir que os llevéis piñas…! ¿QUEDA CLARO? Preguntó gritando la ardilla.

¡Sí, nos ha quedado claro, pero no es necesario que grites de esa manera…! Replicó
Chilita ¡Si nos lo hubieras dicho sin gritos también te hubiéramos entendido!

¡Como vosotras tenéis la vida solucionada pensáis que todos vivimos igual de bien y no
es así, las ardillas tenemos que esforzarnos para encontrar comida. Nosotras no tenemos
amos que nos pongan el plato como a vosotras! Alegó la roedora ¡Y ahora marchaos de
aquí que tengo que seguir buscando!

Las perritas se despidieron y cuando se hubieron alejado de allí, Niebla comento ¡Para
ser tan pequeña como gritaba!

Y Linda añadió ¡Si tuviera la cabeza tan grande como tiene la cola nos habría roto los
timpa… timpa…bueno, como se llame eso que tenemos dentro de las orejas!

¡Los tímpanos! Amplió Chispi.

Mientras iban de camino a otro lugar, las perritas iban pensando qué podían regalar a
Roberto, entonces Chilita preguntó a sus amigas ¿Y si le llevamos conchas de mar…?
¡En aquella montaña hay muchas. Mi amo dice, que hace muchos, muchos años, todo
esto estaba cubierto por el mar y que por eso hay tantas. Buscamos las más bonitas y se
las llevamos! ¿Qué os parece?

De nuevo las perritas estuvieron de acuerdo, y Niebla en broma preguntó ¡Chilita…!


¿Estás segura que las conchas de mar no forman parte de la comida de alguien…? ¡No
quiero que nos vuelvan a echar a gritos!

Las perritas se pusieron a reír y hacía allí se dirigieron. Una vez llegaron, buscaron las
más decorativas y vistosas. Ya de vuelta a casa las enterraron en lugar seguro en espera
de ser llevadas a casa del niño.
Cuando llegó el día, las perritas, muy contentas se dirigieron a casa de Roberto, al
llegar, se lo encontraron en el jardín jugando con un gracioso cachorro canino. Ellas se
quedaron desconcertadas, sobretodo Chilita, ella se sentía amada por el niño y ahora se
veía como una reina destronada.
Entonces, Roberto las saludó con alegría y las hizo pasar al jardín, diciendo ¡Los
médicos me han dado dicho que ya estoy curado y mis padres me han regalado a
Torbellino que no para de saltar y jugar en todo el día, por eso le hemos puesto este
nombre! ¿A que es una preciosidad?

¡Sí, es muy bonito! Contestó Chilita en tono tristón, y continuó ¡Me alegra mucho saber
que ya estás curado. Te hemos traído estas bonitas conchas de mar, no sé si a ti te
gustarán!

¡Pues claro que me gustan, son muy bonitas, las pondré de adorno en mi habitación,
muchas gracias! Dijo el niño que, percibiendo la tristeza de la perrita, agregó ¡Chilita te
veo triste…! ¿No será por Torbellino…? ¡Piensa que ahora tienes un amigo más. Tú
podrás seguir viniendo siempre que quieras y podremos jugar los tres, y tus amigas
también pueden venir!

Entonces, Torbellino empezó a dar saltos alrededor de las perras y ellas empezaron a
reír y a jugar con él. Cuando se despidieron del niño y su mascota, Chilita casi no
recordaba que durante mucho tiempo, para Roberto, ella había sido la única perrita
amada. Al igual que sus amigas, marchaba de allí contenta habiendo disfrutado de una
tarde de juegos, y feliz, sabiendo que aquel niño que ella había conocido enfermo, ahora
era un niño sano y alegre.

Autora: Montserrat Martínez Vila