Universidad de Chile Facultad de Ciencias Sociales Escuela de Ciencias Sociales Departamento de Antropología

Práctica Profesional: El uso de los metales en la Araucanía septentrional: una visión desde la Isla Mocha.

Alumno:

Roberto Campbell T.

Profesor Patrocinante: Daniel Quiroz L. Profesora Guía: Profesora Tutor: Fernanda Falabella G. Eliana Almendras C. Marzo 2003

ADVERTENCIA: En esta práctica, un error nuestro llevó a que erróneamente situáramos los yacimientos mineros llamados "Laguna de la Plata" o "La Plata" (05 en nuestra catalogación) y "El Gallo" o "Baúl (12) en el valle central, al oeste de la ciudad de Chillán. A su vez, este error permeó parcialmente nuestras interpretaciones y proposiciones respecto al trabajo de metales en la Araucanía. Dicho error surgió de haber mal situado dichos yacimientos en los mapas (Mapas 4, 5 y 6), pese a que la ubicación consignada en la Tabla 2 es correcta. Es decir, el error no está en dicha tabla sino sólo en los mapas, y estando ubicados estos yacimientos en la cordillera andina. Por tanto, solicitamos desconsiderar toda interpretación y conclusión basada sólo en la ubicación de estos yacimientos (páginas 33, 34, 35, 44 y 57). Este error fue detectado con posterioridad a nuestra presentación en el XVI Congreso Nacional de Arqueología Chilena (Tomé 2003), y no figura entonces en ninguno de los trabajos siguientes ni en los publicados.

INDICE
Introducción ............................................................................................................................... Antecedentes ............................................................................................................................. Aspectos técnicos de los metales ............................................................................................... Reseña histórica ......................................................................................................................... Descripción de los sitios arqueológicos ..................................................................................... Yacimientos mineros de cobre, plata y oro de Chile Sur (VIII, IX y X regiones) Aspectos socio-culturales ................... 3 6 14 16 23 31 43 46 49 51 56 67 69 89

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Análisis metalográfico ............................................................................................................... Análisis de las piezas ................................................................................................................. Resultados finales ..................................................................................................................... Conclusiones ............................................................................................................................. Anexo 1: Ficha de registro y análisis de artefactos metálicos ................................................... Anexo 2: Fichas de registro de las piezas estudiadas ...............................................................

Anexo 3: Etiqueta para re-embalaje de los materiales ............................................................... Anexo 4: El uso de los metales en la Araucanía Septentrional. Isla Mocha (Informe de análisis de las piezas) (Almendras 2002 Ms.) ....................................................... Anexo 5: “El trabajo de los metales en Chile Central y Sur en tiempos prehispánicos”

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(Campbell 2002 Ms.) ................................................................................................................. 108 Anexo 6: Dibujo de piezas arqueológicas. ............................................................................... 125

Referencias bibliográficas ......................................................................................................... 136

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“Ellos (los kofkeches) tenían conocimiento de estos metales (cobre, plata y oro) y sabían como trabajarlos para hacer adornos. No estaban completamente en la edad de piedra. Esto en sí es muy interesante y significativo sobre esta civilización.” (Bullock 1955: 140) “Esperamos que este sea el comienzo de una serie de análisis metalográficos de elementos arqueológicos para poder detectar las técnicas de trabajo de otros instrumentos de cobre contemporáneos o de otra época.” (Durán et al., 1980: 12)

Introducción.
Quisimos empezar este trabajo con estas dos frases. La primera de ellas es un buen resumen de lo que aun hoy (casi 50 años después), sabemos sobre el trabajo de los metales en la Araucanía prehispánica, pero a la vez es un llamado de atención acerca de lo relevante que ello es para comprender una cultura que estaba en el centro de un proceso de transformación cultural regional. La segunda es una frase que ya cuenta con 23 años, la que sirve para mostrar el poco desarrollo que una línea de investigación arqueológica sobre los metales ha tenido en Chile, pese a las buenas intenciones. En conclusión, esperamos que esta práctica sea el comienzo (ahora si) para este tipo de investigaciones que sentimos que tanta falta hacen y que tanta información podrían arrojar para el conocimiento de la prehistoria local y sudamericana. De hecho, nos parece curioso que queramos iniciar ello desde una zona tan periférica temporal y espacialmente respecto a esta problemática, pero bueno, por algo hay que empezar. Esta práctica profesional se inscribe en el marco del proyecto Fondecyt 1020272: “Estrategias adaptativas entre los grupos El Vergel en las costas septentrionales de la Araucanía”. Este proyecto busca “caracterizar las estrategias adaptativas seguidas por los grupos humanos que poblaron las costas septentrionales de la Araucanía, que se extienden entre los ríos Bío Bío y el Imperial, durante el período comprendido entre los siglos X y XVII de nuestra era, época en la que aparece y se desarrolla lo que arqueológicamente se ha denominado Complejo El Vergel, y que en sus manifestaciones costeras llamamos Complejo El Vergel/Tirúa” (Quiroz et al. 2001 Ms.). Dentro de este proyecto las problemáticas de investigación que interesan son: “[a] la domesticación y/o uso de los vegetales [maíz, porotos, quinoa, cereales], [b] la domesticación y/o

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uso de los animales [guanaco], [c] la metalurgia y/o el uso de los metales [cobre] y [d] la variabilidad cultural interna en El Vergel y su expresión en el espacio y el tiempo [tipos de inhumación, formas cerámicas, instrumental lítico y óseo, entre otros]” (Quiroz et al. 2001 Ms.). Nuestra problemática es la del trabajo de los metales. De hecho preferimos esta denominación, debido a la escasa información con que contamos a la fecha respecto a ellos, la que nos impide hablar con certeza respecto a la presencia de metalurgia, y que en tal caso, permitiría hablar de una investigación arqueometalúrgica (Budd y Taylor 1995). Nuestro material de trabajo serán las piezas metálicas que se han recuperado en la Isla Mocha, en el marco de diversos proyectos de investigación. Estas contemplan un espacio de tiempo marcado por la presencia indígena prehistórica e histórica temprana, las incursiones europeas (españolas, inglesas y holandesas), el despoblamiento de la isla a fines del siglo XVII, y su repoblamiento por parte de campesinos chilenos a mediados del 1800. Debemos decir que la investigación técnica referente a los metales arqueológicos ha sido más bien escasa en Chile, lo que se acentúa claramente en la zona definida como Área Extremo Sur Andina (como también en el Área Meridional Andina) (Lumbreras 1981). La investigación se ha limitado prácticamente a la descripción aislada de piezas y con una escasa sistematización de estas1; sin embargo, un estudio científico, utilizando herramientas desarrolladas por la ingeniería, la física y la química aun no se ha llevado a cabo, pese a los buenos resultados que se han obtenido en otras regiones (Medio Oriente [Giumlia-Mair et al. 2002; Golden et al. 2001]; Andes Centrales [Lechtman 1991b]; Noroeste Argentino [L. González 1992, 1997; L. González y Vargas 1999]). Con esto se ha dejado de lado una materialidad, que si bien es escasa, puede entregarnos nueva e interesante información sobre los procesos culturales y sociales del pasado. Enfocándonos ya en nuestra zona de estudio, y como ya ha de quedar claro, para la Araucanía Septentrional tampoco se ha desarrollado este tipo de investigación2. Esto, pese al gran registro de piezas metálicas con que se cuenta, y que contempla un lapso de tiempo comprendido desde el siglo XIII hasta nuestros días. Hemos de hacer notar que si bien la Araucanía es conocida por su tradición de platería, ésta no será considerada dentro de esta investigación, puesto que ella ha sido objeto de estudios (Aldunate 1985, Joseph 1928, Reccius 1985), y además se presenta a la fecha como una tecnología más

Se puede considerar los trabajos de Cornejo y colaboradores (Cornejo et al. 1997) y de Niemeyer (1993), como prácticamente los únicos intentos concretos de salir de esta dinámica. Esto al entregar información sobre el proceso productivo desde la perspectiva de posibles centros de extracción y fundición de mineral de cobre (Cabeza de León y Viña del Cerro, respectivamente). 2 Contamos sólo con análisis aislados: Bullock (1955: 141. 1970:108-109) ; Gordon et al. (1972-73: 512); Oliver 1927, en Iribarren 1974: 25. No debemos olvidar el catastro de aros hecho por Bullock (1955: 138-141. 1970: 107-109)

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relacionable con los fenómenos históricos originados a partir de la presencia hispánica, y no tanto en el sustrato local prehispánico (Reccius 1985). En conclusión, mediante esta práctica esperamos poder entregar nueva información respecto al manejo de los metales y su relación con los procesos sociales y culturales acaecidos en la Araucanía Septentrional, como también mostrar la utilidad de la investigación científica referida a los metales. El Investigador Responsable del proyecto Fondecyt 1020272: “Estrategias adaptativas entre los grupos El Vergel en las costas septentrionales de la Araucanía”, es Daniel Quiroz, y sus coinvestigadores son Lino Contreras, Mauricio Massone y Marco Sánchez. La Profesora Guía de esta práctica es Fernanda Falabella, y la Profesora Tutor, Eliana Almendras.

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Antecedentes.
Para dar inicio a esta investigación, nos referiremos inicialmente al contexto local del cual provienen las piezas que son objeto de esta práctica. A continuación haremos una breve revisión de las principales técnicas que se han utilizado para la investigación de los metales arqueológicos. Luego presentaremos el marco teórico-conceptual que sustenta y que manejamos en esta investigación, como también los materiales y métodos a emplear. Finalmente daremos cuenta de los objetivos que nos proponemos cumplir. I. El contexto local La Isla Mocha forma parte del litoral higromórfico chileno (Llagostera 1989: 76), se emplaza frente a la costa de Tirúa, a una distancia de unos 35 kilómetros del continente, formando parte de la Provincia de Arauco, VIII Región del Bío-Bío (Mapa 1). Este ecosistema insular presenta ocupación humana desde el Arcaico Tardío con fechas de 1500 a.C.. Las primeras ocupaciones por parte de grupos alfareros las tenemos hacia el inicio de la era cristiana por parte de grupos adscritos al Complejo Pitrén, prolongándose hasta el 1300 d.C. Para el año 1260 d.C., aparecen nuevos tipos cerámicos representantes del Complejo El Vergel, hallándose asociados a éstos los primeros artefactos metálicos hallados en la isla. Este último período es extensible hasta los años 1685-1687, periodo en que se llevó a cabo la expulsión de los mapuches de la isla por parte de los españoles. Las piezas metálicas se hallan presentes en varios sitios de la isla (P5-1, P12-1, P21-1, P22-1, P25-1 y P31-1), con fechas que rondan entre el 1260 y el 1680 d.C. Los sitios más relevantes son P12-1, P21-1 y P25-1 pues concitan materiales de claro carácter indígena (pudiendo ser prehispánicas o históricas tempranas. Laminas 1, 2 y 3). Además en los sitios P12-1 y P31-1, se han recuperado restos de escoria que pudieran corresponder a procesos de reducción de minerales para la obtención de metal; aun no hemos realizado los análisis pertinentes por tanto no nos atrevemos a aseverar más sobre ellas. La presencia de piezas metálicas en la zona continental del Área Andina Extremo Sur la tenemos documentada ya en el 1195 +/- 70 d.C. en Fundo San Jorge (Angol) (Bullock 1970: 53, 55, 107-108, 200-201; Adán y Mera 1997 Ms.). Por su parte en Padre Las Casas, fechado en 1280 +/- 80 d.C. (Gordon 1978), hay ya presentes aros con muesca, los cuales han sido utilizados como indicadores del Complejo El Vergel (Aldunate 1989: 339). Debemos agregar, por último, que en la zona de Cauquenes en el sitio Dunas de Rahue, se han hallado evidencias de fundición de minerales con fecha de 1240 +/- 80 d.C. (Gaete y Sánchez 1995a y b) (Mapa 2).

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II. Técnicas de investigación La utilización de técnicas científicas para el estudio de los metales arqueológicos es de reciente data. Entre estos métodos podemos nombrar la radiografía, la espectrometría de emisión ultravioleta, la espectrometría de absorción atómica, la espectrometría de fluorescencia de rayos X, la difracción de rayos X, la microsonda electrónica y el examen metalográfico microscópico (Mohen 1992: 28-33). Para nuestros intereses son relevantes las tres últimas técnicas debido a su bajo impacto físico sobre la pieza, y a que mediante ellas se podrían cumplir los objetivos que plantearemos, como describiremos a continuación. La difracción de rayos X permite la visualización de la red cristalina de la pieza gracias a las irradiaciones a las que ésta es sometida, y mediante la comparación con muestras de referencia se logra la identificación de los metales presentes. Por tanto, gracias a esta técnica podríamos tener una aproximación con respecto a los metales que están siendo utilizados en determinado momento y contexto, además de ser factible su determinación respecto a un origen nativo o de fundición. La microsonda electrónica, permite mediante un haz de electrones visualizar la distribución de los elementos, de modo que se pueden analizar las inclusiones de los metales, las diferentes fases de una aleación, las técnicas de soldadura, los procesos de cementación, etc. Esta técnica nos es relevante en relación con el proceso tecnológico que implica la manufactura de las piezas, dado que nos informa de la estructura intrínseca de éstas como artefactos culturalmente constituidos. Esto ya que podríamos determinar procesos diferenciales respecto a ciertas piezas, como también ponderar el proceso de cambio de las tecnologías a través del tiempo. El examen metalográfico, por su parte, nos da información acerca de las técnicas utilizadas en la pieza, sobre la homogeneidad de ésta, heterogeneidad de las inclusiones, fisuras y corrosiones. Esta técnica nos es útil puesto que ella nos puede poner al tanto del carácter del metal presente, puesto que ciertos minerales cambian durante el proceso metalúrgico, e inclusive informarnos sobre este proceso en sí (temperaturas de trabajo). Además de lo anterior, este método nos podría entregar datos respecto al contexto de la pieza (huellas de uso, fracturas nuevas y recientes, color, etc.) Una investigación utilizando las dos últimas técnicas fue realizada en Argentina (Vasallo y Dutrús 1999), sobre artefactos metálicos de adscripción mapuche del Neuquén. Estas piezas corresponden al siglo XVIII, y formaban parte del contexto funerario del sitio Caepe Malal (Hajduk y Biset 1996; Hajduk et al. 2000). Este análisis entregó auspiciosos resultados, los que permitieron arribar a conclusiones en cuanto al tipo de metal empleado, aleaciones y tecnología de manufactura.

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III. Marco Teórico-Conceptual Se enfocará esta investigación desde una perspectiva tecnológica, buscando develar mediante ésta los mecanismos sociales y técnicos que permitieron la producción de las piezas metálicas. Abandonamos parcialmente entonces la posibilidad de darle un sentido simbólico a esta tecnología, situación que ya ha logrado ser alcanzada en zonas donde estas investigaciones tienen mayor data y sistematicidad (Andes Centrales con Heather Lechtman [1991a], y Noroeste Argentino con Alberto Rex González [1979; 1992 ] y Luis González [1997; 2001]). No obstante lo anterior, manejaremos como trasfondo teórico los planteamientos desarrollados por la Antropología de la Tecnología (Lechtman 1977; Lechtman y Steinberg 1979; Lemonnier 1992). Estos servirán de orientadores al momento de desarrollar la investigación, como también durante el trabajo interpretativo, al cabo del cual esperamos dar cuenta de fenómenos que no estén tan sólo determinados por lo funcional, sino que entreguen pistas en relación con procesos que impliquen elecciones culturales-tecnológicas. Optaremos por un enfoque desde las piezas finales, pues no se ha encontrado aún el registro de los otros momentos de su producción. Aun así, ya puede extraerse información importante, la que luego puede ser corroborada o desechada, en virtud de un cuerpo de información mejor y más completo. Por tanto, necesitaremos establecer un marco referencial y conceptual, que nos permita abordar la problemática de los metales sin caer en confusiones terminológicas. De tal modo, pasamos a aclarar algunos de estos conceptos y como podemos articularlos en el contexto de la prehistoria local. Debemos decir entonces que es factible tener trabajo de los metales sin necesidad de minería ni de metalurgia3. Esto ya que los metales podrían ser hallados en superficie en estado casi puro (como metal nativo), y ser trabajados directamente. Siguiendo a Mohen (1992:73), diremos que “la metalurgia consiste en reducir los minerales para obtener el metal”, lo que hasta tiempos recientes sólo se lograba mediante calor, es decir, mediante una tecnología pirometalúrgica. Desde el momento en que se cuenta con metalurgia, debiera esperarse la presencia de escoria, de estructuras de combustión, y de posibles prácticas de minería. De todas formas debemos de aclarar que previo a la aparición de la metalurgia propiamente tal, puede darse un dominio del fuego que permita, por ejemplo, la utilización de éste para ablandar y/o templar los metales.

Este panorama parece estar dándose para el Período Alfarero Temprano de Chile Central, donde la mayoría de las piezas serían de cobre nativo (Falabella com. pers.)

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En un sentido evolutivo clásico, primero debiera darse la explotación de óxidos y carbonatos, y más tardíamente de los sulfuros, puesto que éstos requieren un proceso de tostación previo para eliminar su contenido de azufre (Petersen 1970: 91; Rodríguez 1976: 22) De todos modos no hay que dejar de lado la posibilidad de que el trabajo de los metales pueda estar desarrollándose tanto sobre materiales de origen nativo y de fundición contemporáneamente, puesto que una tecnología no reemplaza necesariamente a la otra. En un caso como éste, podríamos estar observando fenómenos que pudieran ir desde estrategias oportunistas hasta mecanismos ideológicos y/o simbólicos, y que estén condicionando la presencia o no de determinadas técnicas en el trabajo de los metales. Debemos agregar a este marco el tema de la dificultad e incerteza que constituye el determinar el metal de las piezas por mera apreciación visual (para los Andes Centrales tenemos el caso de la tumbaga, para ejemplificar esto [Lechtman 1991a: 13-16]). Como así mismo, lo cuidadoso que hay que ser al momento de intentar determinar la condición nativa o fundida de los metales empleados (hay casos intermedios de metales nativos fundidos, e inclusive recocidos)

IV. Materiales y Método La muestra total de piezas metálicas provenientes de la Isla Mocha asciende a 32 (más 2 provenientes de la zona de Coronel), las que han sido recuperadas en el marco de los proyectos Fondecyt 1921129, 1950175 y 1990027. Esta muestra está integrada por 2 grupos de piezas, las cuales son adscribibles a dos poblaciones distintas; el primer grupo se corresponde con la población indígena que ocupó la isla en tiempos prehistóricos e históricos tempranos (hasta 1685-1687), y el segundo grupo, con la población de campesinos de Chile Central que pobló la isla desde la década de 1850. Pudiera existir incluso, un tercer grupo. Constituido por piezas de origen europeo, correspondiendo a un periodo entre 1550 y 1685-1687. De tal modo se cuenta con un registro que incluye desde aros cuadrangulares con muesca y pulseras, pasando por láminas de metal, hasta clavos. Para el análisis se dividirá la muestra total en tres grupos. El primer grupo está constituido por piezas adscribibles a contextos indígenas de la isla (10 piezas); el segundo, está constituido por piezas que concitan dudas respecto a su adscripción cultural (6 piezas); y el tercero, por las piezas del momento histórico tardío de la isla (18 piezas). Se privilegiará entonces a las piezas que constituyen el primer grupo, quedando las restantes excluidas por ahora. Los criterios para determinar este grupo de piezas han sido tanto de carácter morfológico, de profundidad estratigráfica de su hallazgo y/o su asociación contextual con restos indígenas.

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Las dos piezas provenientes del continente forman parte también de este conjunto, motivo por el cual se las contempla analizar. Se espera que éstas permitan establecer diferencias entre los procesos tecnológicos insulares y continentales, sirviendo posiblemente a la vez de piezas de control. Debido a que el análisis de las piezas, en virtud de los objetivos que plantearemos, requiere del compromiso físico de éstas en algún grado, llevaremos a cabo un trabajo que involucre el menor impacto físico posible sobre ellas. Tomando en consideración esto, se intentaría aprovechar zonas de fractura, en donde el metal original ha quedado expuesto y libre de corrosión. Otro método, es el raspaje de un sector específico de la superficie de la pieza, de forma de poder exponer una parte de ella que permita su análisis. Por último, está la sustracción de una pequeña muestra de la pieza, la que se utilizaría para un análisis más concluyente. Estos procedimientos permitirían una determinación del metal constituyente, y posiblemente de su carácter (nativo o fundido). Con respecto a la información de manufactura, la utilización del primer método está dada o no por cual es la zona expuesta; en cambio, el segundo método permitiría exponer zonas claramente relevantes a este objetivo, como podrían ser, por ejemplo, la unión del arco con el cuerpo del aro y la unión de las espirales con la sección mayor de la pulsera. Esta fase de la práctica, se desarrolló gracias al trabajo de la Sra. Eliana Almendras (Ingeniera de Minas) y del Sr. Mario Jara (Ayudante Técnico de Laboratorio) 4 . Ellos, desde un principio, reconocieron lo complejo que sería este trabajo, debido a lo poco tradicional del análisis que se les encomendaba. De tal forma que el cumplimiento de los objetivos quedó supeditado a como se fue dando el trabajo sobre la marcha. Por tanto, de darse todo positivamente sería factible determinar el metal de las piezas, su condición de metal nativo o fundido, y poder determinar algunas características de su manufactura, en otras palabras, cumplir satisfactoriamente los objetivos de investigación que se detallan a continuación..

V. Objetivos Generales: - Conocer la tecnología utilizada en la fabricación de los artefactos de metal presentes en la Isla Mocha. - Mostrar la utilidad del aporte de otras disciplinas para comprender dinámicas y procesos culturales.
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Laboratorio de Caracterización de Minerales del Departamento de Ingeniería de Minas de la Facultad de Ciencias Físicas y Matemáticas de la Universidad de Chile.

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Específicos: - Realizar un catastro de los artefactos metálicos presentes en el área de estudio del proyecto5 (revisión bibliográfica y museográfica6) - Determinar el principal elemento constituyente de las piezas analizadas (cobre, plata u otro)7 - Determinar el carácter del metal de las piezas (natural o fundido), de modo de establecer si contamos con una tecnología pirometalúrgica que permita hablar de metalurgia. - Determinar la tecnología de confección de las piezas (martillado, moldes, soldadura, etc.), la que nos entregue información referente al nivel del trabajo de los metales presente. - Intentar establecer diferencias (si las hay) entre las tecnologías del metal operantes en el área insular y continental de la Araucanía8. - Elaboración de un protocolo de trabajo, que sea útil a futuras investigaciones. - Enriquecer la gama de técnicas relevantes para la investigación arqueológica.

“Se considera como área de estudio ["costas septentrionales de la Araucanía"] la comprendida entre el interfluvio Andalién-Biobío por el norte, río Imperial por el sur, la vertiente occidental de la Cordillera de Nahuelbuta como límite este, y la costa pacífica e islas Mocha y Santa María, como límite occidental.” (Quiroz et al. 2001) 6 Los museos considerados dentro del proyecto son el Museo de Historia Natural de Concepción, el Museo Mapuche Juan Antonio Ríos de Cañete y el Museo Stom de Chiguayante. 7 Optamos por una determinación del elemento principal, puesto que esto implica un trabajo en un plano cualitativo, el cual es de menor complejidad técnica que uno que pretenda determinar porcentajes de metales presentes. Además un análisis cuantitativo se enfrenta al problema de si la sección extraída para análisis es o no representativa de la totalidad de la pieza. 8 Este objetivo se aborda sin descontar la variable temporal, la que tal vez se muestre muy relevante al momento de ponderar los cambios culturales que operaron durante el Periodo Alfarero Tardío de la zona sur de Chile.

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Aspectos técnicos de los metales.
Los metales se pueden presentar en la naturaleza en su estado natural de mineral, pues ésta es su forma estable; todos los metales tienen una tendencia más o menos rápida a la oxidación, y a veces se encuentran en su estado mineral original. El oro es el único metal que no se oxida. Por lo anterior, es que el estado metálico de éstos se obtiene ya sea por procesos naturales en donde quedan convertidos en “metales puros”, o bien por medios artificiales operados por el hombre, como la metalurgia (Mohen 1992: 25). Desde un punto de vista geológico, el oro (Au) es un metal que se lo puede encontrar en estado puro en la naturaleza, ya sea en forma de pepas, en arenas aluviales o en vetas. También se lo encuentra en mezclas isomórficas o combinado en teluros, sulfoarsénicos y bismutos. Sin embargo “no existe hasta ahora ninguna prueba que se haya beneficiado (en el Perú precolombino) alguna mena aurífera compleja con el fin de extraerle el oro puro” (Petersen 1970:83). El oro posee una alta maleabilidad y funde a 1063° C (Mohen 1992: 55. Petersen 1970: 43, 83) El cobre (Cu), por su parte, se lo halla ya sea en estado de metal nativo, o bien, en forma de mineral formando óxidos, carbonatos, cloruros, silicatos, sulfuros y sulfatos9. En el primer caso se lo utilizó directamente, en cambio, su obtención desde minerales requería el trabajo metalúrgico. Los cuatro primeros tipos de minerales nombrados exigen un proceso de reducción simple, en cambio, en el caso de los sulfuros y sulfatos se requeriría llevar a cabo un tostado previo para que el mineral elimine el azufre10 (Mohen 1992: 74-75). Esto ha llevado a algunos autores a plantear que fueron primero trabajados los minerales del primer grupo, y luego los del segundo11. Este metal es la base material de toda la metalurgia andina, puesto que en casi toda aleación siempre estuvo presente (Lechtman 1991a). Su punto de fusión es de aproximadamente 1083° C. La plata (Ag) si bien se la puede encontrar en estado nativo, se la encuentra generalmente unida a plomo (sulfuro de plomo o galena: PbS) (Petersen 1970: 83-84). Debido a su uso en orfebrería se crearon métodos específicos para su obtención y purificación a partir de minerales, como la copelación (Mohen 1992: 64). Es un metal muy dúctil, y su punto de fusión está fijado en los 961° C.
Óxidos: tenorita (CuO), cuprita (Cu2O). Carbonatos: azurita ((CO3)2Cu3(OH)2), malaquita (CO3Cu2(OH)2). Cloruro: atacamita (ClCu2(OH)3). Silicatos: crisocola (SiO3Cu·2H20), Dioptasa (SiO4CuH2). Sulfuros: calcopirita (S2CuFe), covellina (SCu), bornita (S4Cu5Fe), calcocita (Cu2S). Sulfatos: calcantita (SO4Cu·5H2O). Sulfoantimoniuro: tetraedrita (Sb4S13(Cu,Fe,Zn,Ag)12), tennantita (As4S13(Cu,Fe,Zn,Ag)12), bournonita (S3SbPbCu), famatinita (S4SbCu3). Sulfoarseniuro: enargita (AsS4Cu3). 10 Respecto a esto, es importante hacer la aclaración que más bien que un requerimiento esto es una recomendación, puesto que como en el caso americano gran parte de las piezas metálicas no tuvieron un fin utilitario, su resistencia físico-mecánica no fue tan primordial. Esto estaría marcando una diferencia con el Viejo Mundo, en donde el metal estuvo fuertemente ligado a la guerra, la industria y el comercio (transporte), de forma tal que se necesitaba que este fuera resistente (Lechtman 1991a). 11 Esta secuencia pareciera estar confirmada en la naturaleza misma, puesto que en los mismos depósitos de mineral, se encuentra una zona superior de oxidación (con óxidos, carbonatos y silicatos), a continuación una zona de cementación (con sulfuros y sulfatos) (Mohen 1992: 95). Esto ha servido también para explicar el abandono de ciertas minas, debido al desconocimiento del proceso de tostado (Mohen 1992:94).
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El estaño (Sn) se lo halla formando minerales como la casiterita (bióxido de estaño: SnO2) y la estannita (sulfuro de cobre, hierro y estaño: Cu2FeSnS4) (Mohen 1992:101-102). A ambas se las extrae de depósitos aluviales, y se las reduce para obtener estaño mediante procesos de fundición; si bien el estaño tiene un punto de fusión bajo (232° C), a estos minerales es necesario llevarlos a altas temperaturas (alrededor de los 1000° C) para obtener el metal (Mohen 1992: 102). Se lo utilizaba para la manufactura del bronce y de otras aleaciones. El arsénico (As), se lo suele encontrar formando minerales como la enargita (sulfoarseniuro de cobre: AsS4Cu3) y sus productos de alteración como chenevixita (arseniato de cobre y fierro hidratado: [Cu2Fe2(AsO4)2(OH)4.H2O]. Se le utilizaba en la manufactura de ciertas aleaciones, pero esto implicaba un proceso de tostado previo, a través del cual se volatilizaba el sulfuro, el que afectaba la dureza del material obtenido. (Petersen 1970, Lechtman 1996) El plomo (Pb) es un metal escaso de encontrar en su estado nativo. Por ello se lo suele extraer de la galena (sulfuro de plomo: PbS), la que suele contener altos porcentajes de plata también. Se lo usaba como fundente, para el proceso de dorado y como soldadura, esto último debido a su bajo punto de fusión (327° C) (Petersen 1970: 57-60) El mercurio (Hg), se lo puede encontrar en estado nativo mediante el lavado de arenas, y en estado de pequeñas gotas. También se lo podía obtener por medio de la fundición de cinabrio (sulfuro de mercurio: HgS), el cual también era utilizado como colorante. Se lo utilizaba en la orfebrería tanto para soldadura, como para el plateado y dorado. Su punto de fusión es a los –39° C. (Petersen 1970: 55, 87) El platino (Pt), se lo obtiene generalmente en asociación con oro, y en forma de granos en las arenas aluviales. De hecho se los suele trabajar juntos, debido en parte al alto punto de fusión del platino (1770° C), el cual disminuye al estar en una aleación (Mohen 1992: 63). Es el más dúctil de los metales luego del oro y la plata, y fue muy utilizado en la región de los Andes Septentrionales. Por último, queremos hacer hincapié en que es importantísimo, a1 momento de investigar el tema de los metales, el poder distinguir las distintas facetas relacionadas con éstos. Por tanto deseamos aclarar que esta práctica profesional está enfocada a los metales, aunque suene obvio y redundante. Es necesario hacer esta aclaración, puesto que muchos autores no dan relevancia a la etapa pre-metalúrgica y/o al uso de metales nativos12, punto que si será considerado en esta práctica. Además, asociado a los metales se hallan otras industrias, pero que no serán consideradas aquí. Estas industrias son el uso de piedras semi-preciosas y preciosas (p. e. malaquita, lapislázuli, entre otras), algunas de las cuales son en verdad minerales; y por otro lado, se encuentra el uso de ciertos minerales como colorantes (p. e. cinabrio y hierro oligisto).

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Es tema de discusión el que si es posible distinguir o si existe una etapa pre-metalúrgica en el uso de los metales. Personalmente creemos que esta situación está condicionada tanto geográfica como culturalmente (como veremos luego), además de que la tecnología metalúrgica no reemplaza totalmente el uso de metales nativos.

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Reseña histórica.
El uso de los metales nos remite a momentos más bien tardíos en la secuencia evolutiva del ser humano, siendo un desarrollo que la mayoría de las veces requiere conocimiento de técnicas productivas de relativa complejidad. A escala mundial se ha tendido a abordar esta problemática al amparo del esquema evolutivo desarrollado en Europa, el cual ha concretado en el clásico sistema de edades europeo (Edad del Cobre, del Bronce y del Hierro). Mediante éste se nos presenta una secuencia tanto en el uso de los metales como también de las técnicas de elaboración. Este esquema ha recibido críticas tanto desde América, Asia y África (Mohen 1992: 95). Mundialmente hablando, las piezas metálicas más antiguas descubiertas provienen del sitio de Cayönü Tepesi en Turquía, correspondiendo a leznas, cuentas, ganchos, pequeñas hojas e hilos manufacturados en cobre nativo. Sus fechas rondan entre 7250 a.C. y 6.750 a.C. Con fechas similares también deben citarse los sitios de Tell de Siak en Irán, los de Tell Ramad en Siria y los de Ali Kosh en el oeste de Irán (Mohen 1992: 49-50). En Europa sur-oriental (ex-Yugoeslavia) el uso de metales se desarrolla durante el V milenio a.C. Este conocimiento llegará a Europa Occidental durante el IV milenio a.C. Por su parte, las primeras evidencias en Europa nor-oriental (Finlandia) están fechadas hacia el III milenio a.C. En África se hallan evidencias de trabajo de cobre ya con fechas del III milenio a.C., también. Con respecto a la primera y cuarta áreas nombradas, no hay acuerdo entre los investigadores respecto a un origen local o foráneo en el conocimiento del uso de metales. La segunda y tercera áreas tendrían un origen alóctono (Mohen 1992: 52-53). El caso americano merece mención aparte debido a ser un desarrollo independiente de los del Viejo Mundo (Mapa 3). Este hecho permite desligarla más fácilmente de los esquemas propuestos desde Europa, a lo que debemos agregar el que las barreras geográficas que presenta América en sí, hizo posible la presencia de más de un núcleo original en cuanto al trabajo de los metales13 (A. González 1992). En América del Norte encontramos piezas de cobre nativo asociadas a la Old Copper Culture, fechada entre el 4.000 y el 2.000 a.C., (Binford 1962, Mohen 1992: 54, Petersen 1970: 55) las cuales tienen la particularidad de provenir del yacimiento de cobre nativo más grande del mundo ubicado en la península de Michigan; esta fuente fue utilizada hasta tiempos del contacto y siguiendo las técnicas empleadas en la producción lítica. En este mismo sentido, en Groenlandia (distrito de la Isla Disko) se observa la presencia de herramientas manufacturadas en hierro meteorítico (similar al hierro nativo), en contextos esquimales pre-contacto (Mohen 1992: 65-66). Además en la zona meridional de la cuenca Mississippi, la cultura Adena (1100-700 a.C.), inicia una
Esto último ayudado por el hecho de poder distinguir con claridad estos núcleos, a diferencia de lo que ocurre en el Viejo Mundo donde establecer fronteras para uno u otro desarrollo y determinar su carácter, es más complejo.
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tradición de trabajo en diversos metales y que continuará hasta tiempos de contacto (A. González 1992: 52) Por su parte, en América del Sur el primer metal trabajado fue el oro, con fechas que rondan el 1.500 a.C. El sitio del cual se han rescatado estas primeras evidencias metálicas es el de Waywayka14, ubicado en los Andes centrales peruanos (Grossman 1978). Es importante hacer notar que en el caso sudamericano la tecnología en metales estuvo siempre mucho más ligada a lo suntuario que a lo funcional, marcando una clara diferencia con el Viejo Mundo, y haciendo que el grueso del conocimiento estuviera orientado a lo estético y no a lo operativo (Lechtman 1991a. A. González 1979). En conclusión, descubrimos que parcialmente el primer metal trabajado fue el cobre en su estado nativo, aunque como vimos este fenómeno está sujeto a la disponibilidad local de materias primas metálicas, también. Por esto mismo es factible que haya más de un núcleo primitivo en el uso de metales nativos, e inclusive para el uso de determinado metal; esto es extensible al campo de las técnicas de trabajo de éstos, también. Como ya se dijo, hay que tratar con reserva el esquema europeo de Edades, puesto que no existe en la realidad una secuencia predeterminada a seguir, ya que inciden factores geográficos, culturales y técnicos (caso americano). Ligado a ello está el que algunos de estos desarrollos tempranos no desembocaron en una búsqueda de nuevos metales para ser trabajados ni de nuevas técnicas en su tratamiento (caso norteamericano). Por último, debido a que ciertos metales nativos fueron trabajados como líticos, es que se comprende la posición de ciertos investigadores de hablar del uso de metales sólo desde el inicio de su trabajo mediante metalurgia (Mohen 1992: 69. Jovanovic 1982, citado en Mohen 1992: 52). Las técnicas empleadas para trabajar los metales nativos contemplan martillado y en algunos casos calentar el material para darle mayor maleabilidad y templarlo (endurecerlo). De todas formas el conocimiento sobre esta etapa inicial es bastante fragmentario precisamente por la dificultad de dar con claridad con las etapas de trabajo, o incluso con las herramientas empleadas. El sitio de Waywayka es importante al respecto, puesto que además de ser la evidencia más temprana de uso de metales en Sudamérica, incluye un conjunto de piezas (yunques y martillos líticos) que han sido interpretadas como artefactos utilizados en la confección de las piezas metálicas.

Este sitio además cuenta en su registro con pequeñas cuentas cilíndricas manufacturadas en lapislázuli (Grossman 1972, en Lechtman 1980: 276). Es muy relevante decir esto, puesto que el único yacimiento de esa piedra en Sudamérica se encuentra en la cordillera de Ovalle, a unos 3600 m.s.n.m., en una zona que sólo puede ser trabajada durante diciembre y enero (Brüggen 1926; Cunha 1989; Rivano 1975, 1993). Si realmente las rocas en cuestión son lapislázulis (hay muchas rocas que pueden ser confundidas con ésta [Cunha 1989, González y Rivano 1979]), su hallazgo en un lugar a más de 2000 kilómetros de distancia de su fuente original, nos debe hacer pensar en las redes de comunicación que ya por el 1500 a.C. existían en Sudamérica.

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Con el advenimiento de la metalurgia podemos comenzar a hablar con la mayor claridad del uso de los metales, puesto que ya hay total seguridad de que se los está trabajando como tales, además de quedar un registro más elocuente ligado a su producción (escorias, crisoles, hornos). Es importante decir, que las zonas donde se dieron las primeras evidencias de metalurgia no deben ser necesariamente las mismas donde se dio el conocimiento temprano en el uso de metales nativos; además de que igual que en el caso anterior puede haber más de un núcleo original para el descubrimiento de esta tecnología. Las evidencias más antiguas de metalurgia las encontramos en el área de Medio Oriente, con fechas que rondan el V milenio, pese a que en sitios del VII y VI milenio se han encontrado posibles piezas obtenidas por fundición, pero que aparentemente no dieron pie a una continuidad tecnológica relevante. Por su parte el sudeste de Europa (Balcanes), parece haber desarrollado un proceso propio hacia la metalurgia, de modo que se puede plantear un origen local, y no por difusión, con fecha en el V milenio (Mohen 1992: 78-85) Debemos decir que el primer metal trabajado en este caso fue el cobre, y que posteriormente van integrándose el trabajo de la plata y el plomo. Paralelo a este fenómeno aparecen las minas de extracción de mineral más antiguas del mundo ubicadas en los Balcanes y Oriente Medio. La tecnología metalúrgica parece haber tenido una rápida dispersión por Europa, puesto que en Suiza la hallamos ya en IV milenio, y en España hacia el 3000 a.C. También parece ser el caso en el subcontinente indio, en donde se han hallado evidencias de fundición de cobre con fechas de 4000 a.C. Al África sub-sahariana (Níger) este conocimiento arriba a fines del II milenio (Mohen 1992: 86-91). En Sudamérica las más antiguas señas de fundición se han encontrado en el Valle del Lurín (costa central peruana), en el Alto Piura (norte del Perú) (Makovski y Castro de la Mata 2000) y en el Altiplano boliviano (A. González 1992), con fechas relativamente contemporáneas, entre el 1500 y el 1200 a.C. La incorporación de la metalurgia implica un cambio y la aparición de nuevos modos de hacer las piezas metálicas. De tal modo que para este momento hacen su ingreso al registro hornos especialmente elaborados para esta labor los cuales han sido acondicionados para obtener las temperaturas necesarias para la fundición de los metales. Estos revisten distintas formas según como haya sido la forma local de llevar a cabo este trabajo, los hay sobre, bajo y a nivel del piso; de diversos cavidades y pisos, etc. Otro elemento clave son los crisoles los cuales eran manufacturados en rocas refractarias (tipo areniscas), o bien, a partir de arcillas con propiedades refractarias (Mohen 1992: 73-78. Carcedo 1999). Tratando de dinamizar esta descripción diremos que el proceso productivo se inicia en el depósito de mineral (generalmente una mina o veta), de donde éste es extraído para luego ser chancado. Durante este proceso puede ser o no separada la fracción más pura (con mayor contenido de metal). A continuación se vierte este polvo en el crisol, la mayoría de las veces se le agrega algún fundente el cual permita que la ganga se concentre y se separe del metal en mejor forma. Si la

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fracción inútil es férrica, el fundente deberá ser silíceo; y si el primero es silíceo, el fundente será férrico (L. González 1992: 58-59). Por ello, muchas veces la misma fracción no beneficiosa del mineral debido a un alto contenido ya sea de sílice o fierro (según el caso), puede operar como un fundente natural. Se cubre al crisol con carbón y se le prende fuego y/o se lo expone al efecto de este. Es por medio de “sopladores”, fuelles o por especiales condiciones de corrientes de aire, que se logra alcanzar la temperatura necesaria para separar el metal de su ganga. Durante este proceso es que el metal decanta (por su mayor peso específico), mientras que la ganga flota en la superficie, de modo que el apartarla se facilita. Luego se retira el material y se lo trabaja mediante distintas técnicas, muchas ya conocidas para el trabajo con metales nativos. Para el caso americano, en especifico, tenemos la presencia de varios tipos de hornos, los hay móviles e inmóviles. Además como una particularidad cultural, acá no se descubrió el fuelle, por tanto el trabajo se realiza mediante toberas por las cuales se insuflaba aire “a pulmón” y/o se instalaban los hornos en terrenos expuestos a fuertes corrientes de aire de modo que mediante ellas se alcanzara la temperatura necesaria. Como un desarrollo posterior, debemos tratar el tema de las aleaciones, las que en el caso europeo, dieron pie a la denominada Edad del Bronce. Este fue primeramente desarrollado en su variedad arsenical, teniendo aparentemente su origen en la región alpina, alrededor del IV milenio a.C. El bronce estañífero, por su parte, presenta sus más antiguas evidencias en Mesopotamia, durante el III milenio a.C.; en Europa Central aparece hacia el 2000 a.C. Paralelos a estos desarrollos se dieron también aleaciones de cobre-antimonio (Hungría), y de cobre-estaño-plomo (Islas Británicas), pero éstas no prosperaron puesto que el bronce estañífero mostró ser mejor (Mohen 1992:99) Debemos decir que algunas de estas aleaciones se encontraban dadas en la naturaleza, y no fueron buscadas a propósito. Es más, es posible que este haya sido el medio por el que se haya descubierto la posibilidad de realizar aleaciones de metales, además de que mediante la incorporación de otro metal en el proceso de fundición de otro se reduce el punto de fusión de éste. Es precisamente en el campo de las aleaciones donde se presenta una de las evidencias más ricas para el caso sudamericano, y que la vuelve única en el mundo. Las primeras aleaciones metálicas en Sudamérica se las encuentra cumpliendo la función de soldaduras, en razón de su punto de fusión inferior al de las piezas que se desea soldar (Lechtman 1980). Es durante el Horizonte Medio (600 al 1000 d.C.) y contemporáneamente, que se desarrolla la innovación del bronce, tanto en los Andes Centrales como en los Andes Centro-Sur. Sin embargo, hay que hacer notar que en la primera área se dio una aleación de cobre-arsénico, mientras en la segunda se dio una de cobre-arsénico-níquel, la que hacia fines de este horizonte es reemplazada por una de cobre-estaño (Lechtman 1996). Además de estas aleaciones secundarias y ternarias, se desarrollaron otras en las que también se incorporaban elementos estéticos como ideológicos. Es clave decir que dentro de la metalurgia

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andina el cobre siempre fue el metal base para todas las demás combinaciones, a pesar de que su presencia pasaba muchas veces desapercibida (Lechtman 1991a). Tenemos que nombrar entonces las aleaciones de cobre-plata ya presente en el Horizonte Temprano (1300 a.C.), la de cobre-oro y cobreoro-plata (ambas clasificables como tumbaga), y la oro-platino (propia de los Andes Septentrionales). A estas aleaciones “clásicas”, Petersen (1970: 98-115) agrega las de oro-plata, plata-cobre, plata-estaño, cobre-plomo, cobre-antimonio, cobre-zinc, cobre-silicio, cobre-fierrozinc, cobre-tungsteno-fierro, cobre-fierro-azufre y cobre-fierro-níquel-cobalto. El trabajo de aleaciones a su vez, esta íntimamente ligado a otra faceta muy propia de la metalurgia andina como son los sofisticados procesos de dorado y plateado de piezas, que contemplaban técnicas por enriquecimiento, por reemplazo electroquímico, por fusión, por hoja y por reducción (Lechtman 1991a. Makovski y Castro de la Mata 2000). Como ha quedado claro, en Sudamérica hubo un centro inicial en el trabajo de los metales nativos, y luego al parecer tres centros en el origen de la metalurgia andina. Por su parte, los investigadores no llegan a acuerdo acerca de como sistematizar el cúmulo de información y materialidad surgido desde el comienzo del uso de metales, a lo que hay que agregar el que muchas veces no estén hablando en términos similares. De tal forma que para A. González (1992), desde un punto de vista de la metalurgia “la región andina puede subdividirse en cuatro subregiones: 1) subregión norandina peruana, 2) los Andes Centrales, 3) los Andes del Sur y 4) los Andes Colombianos”. Por su parte, Salazar (2002), distingue 3 tradiciones metalúrgicas o centros metalúrgicos independientes: a) la zona Andina Septentrional de América del Sur (Ecuador y Colombia) y el extremo austral de América Central (Panamá y Costa Rica), b) la costa norte del Perú y c) el Centro sur andino o Altiplano Boliviano. Además, pero ya fuera de Sudamérica, debemos nombrar la metalurgia mesoamericana. Esta tendría su origen en contactos entre la costa pacifica del actual México y el noroeste de Sudamérica y América central, en un primer momento, y para luego tenerlos con los Andes Centrales. Esta tradición se extendería hasta el suroeste estadounidense. (A. González 1992: 47-48, 51). En el contexto sudamericano los principales metales usados fueron el cobre, la plata y el oro. Se puede considerar como metales secundarios (pero no por ello menos importantes) al arsénico, el estaño, el plomo, el mercurio y el platino, utilizados fundamentalmente en aleaciones o procesos productivos. Centrándonos ya en Chile, podemos observar una cierta gradiente latitudinal norte-sur en el avance del conocimiento del uso de metales como también en el de la fundición de éstos. Las primeras evidencias de metales están reportadas en sitios del Norte Grande con fechas de alrededor el 1200 a.C. (Fases Azapa de Arica y Tilocalar del Salar de Atacama) (Morssink 1993. Salazar 2002: 5-6); durante el Complejo Faldas del Morro (1000 al 500 a.C.), aparecen ya evidencias de oro y

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plata (Iribarren 1974: 13). Durante el Horizonte Medio, en San Pedro de Atacama ya hay evidencias más que claras de bronce (Lechtman 1996). Continuando hacia el sur, en el área septentrional del Norte Chico, durante el primer milenio de esta era (Cultura El Molle) aparecen los primeros objetos manufacturados en cobre nativo, y hacia fines de éste el conocimiento de la metalurgia. Ya con los grupos Animas (800-1200 d.C.) aparecen los primeros objetos de plata y de bronce. Finalmente con el Inca se incorpora el oro (Cervellino 1994). Sin embargo, hay que hacer la salvedad de que en el valle del río Hurtado hay un contexto con oro y plata adscrito a grupos Molle (Niemeyer et al. 1989: 252-253). En cuanto a Chile Central, la investigación es escasísima, pero preliminarmente se puede decir que aparentemente, en un primer momento (desde inicios de nuestra era) se trabajó sólo el cobre nativo, para luego agregar el cobre por fundición. Es con la Cultura Aconcagua (900-1470 d.C.) que aparecen las primeras evidencias de reducción de mineral (escorias); aunque es importante decir que esta tecnología, al parecer, no reemplazó del todo el uso de metales nativos. Finalmente en tiempos del Inca se integrarían el oro y la plata15 (Campbell Ms.[Anexo 5]). A la fecha, la presencia más austral de una tecnología metalúrgica se encontraría en la zona de Cauquenes, con una fecha de 1240 +/- 80 d.C. (Gaete y Sánchez 1995). En cuanto a Chile Sur, el uso de metales se inicia alrededor del 1200 d.C. Su más temprana presencia está reportada en el sitio Fundo San Jorge (Angol), en un entierro en urna fechado en el 1195 +/- 70 d.C., y correspondiendo a 2 aros chicos de alambre de cobre (Bullock 1970: 53, 55, 107108, 200-201. Adán y Mera 1997). Por otra parte, en Padre Las Casas, fechado en 1280 +/- 80 d.C., encontramos los aros cuadrangulares con muesca con data más antigua, esta vez en un entierro en canoa (Gordon 1978: 68, 70-71). A la fecha no se ha reportado el hallazgo de evidencias de reducción de minerales, aunque la fecha de Cauquenes nos hace pensar que esto podría ser posible. Además, en vista del panorama de Chile Central, podríamos pensar la existencia de un trabajo de la plata y el oro para tiempos a lo contemporáneos al Inca. En vista de la evidencia existente, podemos plantear del mismo modo, que el río Toltén16 y la precordillera andina occidental parecen estar estableciéndose como los límites respecto al uso y manejo de metales para tiempos prehispánicos en la zona (Campbell Ms.[Anexo 5]). Por tanto, y como podemos observar, la Araucanía se constituye en la frontera meridional, en la periferia temporal y espacial, de un proceso que abarcó todo los Andes, y de aparente carácter panandino.

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En sitios Aconcagua se han descubierto placas de plata, pero por lo disturbado de los contextos es difícil establecer una filiación pre-incaica o incaica. (Falabella com. pers.) 16 La condición de frontera del río Toltén nos parece a lo menos sugerente. Esto si consideramos que este río se plantea como “límite” para los dos estilos decorativos tardíos del sur de Chile (Vergel y Valdivia) (Castro y Adán 2001), como también históricamente entre los grupos mapuches y huilliches (Silva 1984).

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Descripción de los sitios arqueológicos.
Procedemos ahora a presentar los sitios arqueológicos de los cuales se han recuperado los materiales metálicos bajo estudio. Esta información se basa principalmente en el trabajo de Sánchez (1997), en reportes más recientes de ciertos sitios (P31-1) y en comunicaciones personales de los investigadores.

Sitio P5-1 Sitio habitacional. Este sitio se emplaza en el sector este de la isla, a un kilómetro aproximadamente de la costa. Se ubica sobre la terraza marina III, cerca de un escarpe de erosión y a unos 25 m.s.n.m. Este sitio fue excavado siguiendo niveles artificiales de 10 cms. llegándose a una profundidad de 130 cms. Los primeros niveles (hasta los 40 cms.) estaban fuertemente impactados por el uso agrícola, y es de donde proviene una lámina metálica. En superficie se observaron “restos de cerámica, conchas marinas, fragmentos óseos y materiales líticos” (Sánchez 1997: 111) Entre los 50 y 70 cms. aparecieron restos óseos humanos, los que correspondían a sólo un individuo. Este fue depositado sobre una capa de caracoles (tegula atra), asociados a él se encontró una cuenta de concha, una punta de proyectil, fragmentos cerámicos, algunos decorados en sobrerelieve, y abundante carbón. Del conjunto del sitio fueron rescatados materiales cerámicos (fragmentos alisados, pulidos y engobados, y 2 valdivia para el nivel 2), líticos (instrumentos formatizados, subproductos y elementos del proceso de talla), óseos (guanaco, cetáceos, peces, algunos transformados en palas, taladros y pulidores de cerámica), vegetales (“tipo quinua”, Chenopodium sp., solanáceas y quenopodiáceas) y de invertebrados (moluscos, crustáceos y equinodermos). Los fechados radiocarbónicos disponibles para este sitio, corresponden el primero al nivel 6 (50-60 cms.), el cual permite fechar el enterratorio; y el segundo al nivel 11 (100-110 cms.): Numero de Muestra P05-9441 P05-94101 Numero de Laboratorio Beta-73674 Beta-73675 Edad C14 740 +/-100 1210 +/-110 Edad Calibrada 1290 DC 880 DC Nivel Nivel 6 (50-60 cm) Nivel 11 (100-110 cm)

Sitio P12-1 Este sitio se ubica en el sector este de la isla. Aun no cuenta con un informe final, encontrándose su información los cuadernos de campo.

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Del Nivel 0-10, se rescató un fragmento de una lámina metálica con microprotuberancias. Del Nivel 2 (10-20 cm), fue recuperado un pendiente de cobre, y del Rasgo 2 (60-70 cm), restos de escoria. Estas, si bien no serán incluidas en esta práctica, esperamos poder analizarlas a la brevedad posible.

Sitio P21-1 Sitio habitacional y funerario Este sitio se encuentra en el sector sur de la isla, en la ladera de un cerro, en la cota de los 25 m.s.n.m. aproximadamente. Importante parte del sitio se ubica bajo matorrales de chilco, maqui y arrayán, los que protegieron a los niveles superiores de la acción del arado. Su sector habitacional fue excavado siguiendo niveles artificiales de 15 cms., llegándose a una profundidad de 210 cms. Inicialmente el contexto funerario de este sitio, fue tratado como un sitio independiente, denominándosele P21-2 (Sánchez 1997: 128), pero luego se decidió integrarlo al sitio principal (P21-1) al asumirse que ambos constituían una sola unidad arqueológica. Del área habitacional fueron rescatados materiales cerámicos, líticos, óseos, de invertebrados y carbón. Sus fechas y contexto nos remiten a un sitio de adscripción Pitrén, de modo que no nos detendremos en su descripción: Las fechas disponibles para este sector son las siguientes: Numero de Muestra P211-2 P211-1 P21-9385 P211-4 P211-10 P211-11 P211-12 Numero de Laboratorio UCTL-529 UCTL-528 Beta-69935 UCTL-530 UCTL-539 UCTL-540 UCTL-541 Edad AP 750+/-80 770+/-80 910+/-70 1010+/-100 1020+/-100 1030+/-110 1060+/-100 Edad Calibrada 1240 1220 1190 980 970 960 930 Nivel Nivel 3 (30-45 cm) Nivel 7 (90-105 cm) Nivel 9 (120-135 cm) Nivel 10 (135-150 cm) Nivel 12 (165-180 cm) Nivel 14 (195-210 cm)

Respecto a su sector funerario, éste se encontraba bajo la formación arbustiva ya referida De este lugar ya se sabía por indicaciones de los lugareños la presencia de restos óseos humanos y objetos de diversa naturaleza. Fue excavado siguiendo niveles artificiales de 10 cms. A los 30 cms de profundidad aparecieron los primeros materiales óseos, los que finalmente resultaron pertenecer a 4 individuos disturbados. “Corresponde a un entierro múltiple, en que fueron inhumados uno tras otro cuatro individuos, colocando los cuerpos unos sobre otros a la vez que se iba disturbando el individuo que se encontraba inmediatamente abajo” (Constantinescu 1997: 182). Asociados a ellos fueron rescatados fragmentos de cerámica con engobe rojo, artefactos de hueso, 2 cuentas de vidrio, tres

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aros de plata (un par y uno aislado), líticos y caracoles. Este contexto cuenta con un único fechado de 1455 +/- 80 d.C. (1997: 131), el cual bien lo puede situar en tiempos prehistóricos o históricos.

Sitio P22-1 Sitio habitacional Este sitio se encuentra en el sector sur-occidental de la isla, sobre la terraza III. Se extiende de norte a sur por aproximadamente 200 m., limitando al este con el cordón montañoso central y al oeste con sectores de vegas. Las fechas disponibles para este sitio son como se detallan: Numero de Muestra P22-94123 P221-13 P221-14 Numero de Laboratorio Beta-71646 UCTL-542 UCTL-543 Edad AP 1200+/-140 1210+/-130 1250+/-100 Edad Calibrada 890 780 740 Nivel Nivel 6 (75-90 cm.) Nivel 3 (30-45 cm) Nivel 5 (60-75 cm.)

Su registro material nos esta hablando de un sitio de carácter habitacional, adscribible al Complejo Pitrén. Los únicos materiales metálicos provienen de niveles sobre los 20 cms., correspondiendo a fragmentos oxidados de posibles clavos y láminas.

Sitio P25-1 Este sitio se encuentra en el sector occidental de la isla, sobre una formación de paleodunas, y a unos 2 kilómetros de la costa. Cubre un área de 1200 m2, estando dividido en dos partes por un estero que en sus perfiles expone material faunístico y cultural. Se excavó este sitio siguiendo niveles artificiales de 10 cms. y también naturales, pudiéndose discriminar cuatro capas culturales. La primera de ellas, se encontraba fuertemente alterada por la acción de actividades agrícolas y ganaderas. Además de la capa 3, se rescataron los restos óseos de un subadulto El sitio entregó materiales cerámicos (predominan fragmentos rojo alisados y rojo pulidos), líticos (predominio de subproductos del proceso de talla y de instrumentos para el trabajo lítico), óseos (guanaco, mamíferos marinos, roedores, aves, peces; fragmento de pala, una lezna y anzuelos), de invertebrados (moluscos y crustáceos) y metálicos (clavos, anzuelo, aro, pulsera, laminas, barrita) Del estrato 1, fechado en 1680 +/- 100 d.C., se extrajo un aro cuadrangular de cobre y un anzuelo de cobre, asociados a cerámica blanco valdivia. Las fechas disponibles para las ocupaciones denominadas Media y Tardía de este sitio, son como se detallan:

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Numero de Muestra P25-9316 P251-9 P25-9356

Numero de Laboratorio Gd-10008 UCTL-538 Beta-62819

Edad AP 270+/-100 820+/-100 890+/-70

Edad Calibrada 1680 1170 1210

Nivel Estrato 1 Estrato 2 Estrato 2

Sitio P31-1 Sitio habitacional. Este sitio se ubica en el sector oriental de la isla, aproximadamente a 50 m.s.n.m., entre la llanura litoral y el cordón de altura del centro de la isla. El sitio tendría un carácter habitacional, reconociéndose en él “fragmentos de alfarería en un contexto de utilización del bosque higrófilo para actividades de caza y recolección, de probables prácticas agrícolas, crianza de guanacos y segura elaboración de la cerámica” (Sánchez 1997: 104). Su extensión asciende a los 12.000 km2. Para el sitio se establecieron en 1996 (Massone Ms.), 4 niveles estratigráficos. El estrato 1, se desarrolla entre los 0 y los 30-40 cms. de profundidad, está fuertemente disturbado por la acción del arado, alcanzando el efecto de este hasta la base del estrato. Los materiales que fueron recuperados de este estrato corresponden a abundante material cerámico (fragmentos pulidos y alisados, engobados, con orificios de reparación o reforzamiento y que pudieran corresponder a urnas, y decorados blanco valdivia), lítico (núcleos, desechos de talla, una punta de proyectil triangular apedunculada de base escotada, rodados esféricos sin surco y con surco, este último a modo de pesa para red; y un trozo pequeño de malaquita), óseo (de humano, camélidos, mamíferos marinos, peces, aves y algunos roedores), malacológico (tégula, lapa, loco, almeja y choro, algunas modificadas como cuentas de collar), algunas piezas metálicas (un colgante modelado sobre una lámina delgada, una pieza en forma de U, un aro de plata y una lámina de cobre), y restos de materiales modernos (metal y vidrio). De hecho la presencia de objetos metálicos, de piezas cerámicas de gran tamaño y de restos óseos humanos, hace pensar en la existencia de un contexto funerario en este estrato, el que fue desarticulado por la acción del arado. El estrato 2, se extiende entre los 30-40 y 80-90, los restos culturales de este nivel se encontraban muy poco alterados. Los materiales culturales rescatados de este estrato corresponden a cerámica (fragmentos de cerámica alisada a pulida, con presencia de ahumado, y con orificios para reforzamiento, grandes asas y bordes reforzados), líticos (puntas triangulares apedunculadas de base escotada en basalto y cuarzo, yunques con rebajes cóncavos profundos en sus caras, un percutor, una cuña de talla bipolar, lascas de basalto y cuarzo, algunas de éstas con huellas claras de talla bipolar), óseos (de guanaco, aves y peces, algunos transformados en punzones, palas, espátulas y anzuelos), malacológicos

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(tégula, lapa, caracoles y locos), y metalúrgicos (restos de escoria). Además hay rasgos de interés como restos de grandes fogones y huecos de poste. El estrato 3, se extiende entre los 80-90 y los 106-110 cm de profundidad. De este estrato se recuperaron materiales cerámicos (fragmentos pulidos y alisados, de paredes gruesas y delgadas, parte de una olla y un jarro), líticos (lascas en basalto y cuarzo), óseos (camélidos, aves y peces, algunos manufacturados como punzones, espátula y colgante), malacológicos (tégula, lapa, caracoles, loco y choritos) y vegetales (13 mazorcas de maíz carbonizadas). Además se reconocieron oquedades utilizadas como estructuras de combustión, aparentemente de cocina. El estrato 4, presente desde bajo 106-110 cm y hasta 150 cm, presenta materiales cerámicos y óseos similares a los del estrato superior, pero en más baja frecuencia. Estos materiales podrían haber sido introducidos a este nivel por diversos fenómenos como pisoteo y los huecos de poste, entre otros. A partir de esto se plantean tres momentos de ocupación del sitio. El primer momento corresponde al estrato 3, siendo el uso del sitio de carácter habitacional “y en forma más específica para actividades vinculadas a la preparación de alimentos” (Massone Ms.). El estrato 2, correspondería a un segundo momento de ocupación, diferenciable del primero; éste tendría también un uso habitacional, pero donde la presencia de extensos fogones y huecos de poste está marcando una clara diferencia con el estrato anterior. Por último el estrato1, pese al efecto del arado, pareciera estar marcando un uso funerario para dicho momento del sitio. Las fechas con que se cuenta para este sitio son como se detallan (Sánchez 1997: 105): Numero de Muestra P311-924 P311-925 P311-922 P311-915 P311-923 P311-912 P311-914 P311-913 P311-911 Numero de Laboratorio Gd-7152 Beta-57811 Gd-7174 Gd-6429 Gd-7144 Gd-5901 Gd-6431 Gd-5902 Gd-6428 Edad C14 450+/-50 500+/-50 500+/-50 530+/-80 530+/-60 560+/-40 640+/-90 710+/-50 840+/-70 Edad Calibrada 1460 d.C. 1440 d.C. 1440 d.C. 1430 d.C. 1430 d.C. 1420 d.C. 1400 d.C. 1300 d.C. 1260 d.C. Nivel Nivel C (100-140 cm.) Nivel C (100-140 cm.) Nivel C (100-140 cm.) Nivel C (100-140 cm.) Nivel C (100-140 cm.) Nivel C (100-140 cm.) Nivel C (100-140 cm.) Nivel C (100-140 cm.) Nivel B (40-100 cm.)

Sitio Co-2 Este sitio se ubica cercano a la ciudad de Coronel, en el sector conocido como La Obra. Fue reportado a la Policía de Investigaciones en virtud de la presencia de restos humanos. Luego de establecerse su carácter arqueológico, los restos culturales (cerámica y objetos de metal) fueron depositados en el Museo de Historia Natural de Concepción, no así los restos óseos. De este sitio provienen un aro cuadrangular con muesca y una pulsera, ambos de cobre.

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Este sitio no cuenta aún con fechas, y la información con que contamos de él proviene de la publicación correspondiente al sitio arcaico Co-3 (Quiroz et al. 2001) y de comunicaciones personales de los investigadores.

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Tabla 1 Materiales metálicos y asociados
PROCEDENCIA SITIO Isla Mocha Sitio P 5-1 NIVEL PROYECTO MATERIALIDAD 2 (10-20 cm) Fondecyt 1921129 Lámina FECHADOS ADSCRIPCION 1290 +/- 100 d.C. Dudosa

Isla Mocha Isla Mocha Isla Mocha

Sitio P 12-1 Sitio P 12-1 Sitio P 12-1

0-10 cm 2 (10-20 cm) 60-70 cm

Fragmento de lámina con microprotuberancias Pendiente Escoria

Subactual Indígena Dudosa

Isla Mocha Isla Mocha

Sitio P 21-1 Sitio P 21-1

1 aro de plata aislado 1 par de aros de plata

1455 +/- 80 d.C 1455 +/- 80 d.C

Indígena Indígena

Isla Mocha Isla Mocha

Sitio P 22-1 Sitio P-22-1

0-10 cm 10-20 cm

Fondecyt 1921129 12 fragmentos (clavos?) Fondecyt 1921129 Varios (4 láminas)

Subactual Subactual

Isla Mocha Isla Mocha Isla Mocha Isla Mocha Isla Mocha Isla Mocha Isla Mocha

Sitio P 25-1 Sitio P 25-1 Sitio P 25-1 Sitio P 25-1 Sitio P 25-1 Sitio P 25-1 Sitio P 25-1

1 (0-10 cm) 1 (0-10 cm) 1 1 1 10-20 cm

Fondecyt 1950175 Fondecyt 1950175 Fondecyt 1990027 Fondecyt 1921129 Fondecyt 1921129 Fondecyt 1950175 Fondecyt 1921129

"Clavo" Barrita delgada Pulsera de cobre Aro cuadrangular con muesca Anzuelo Lámina de cobre Lámina semicircular

1680 +/- 80 d.C. 1680 +/- 80 d.C. 1680 +/- 80 d.C.

Dudosa Subactual Indígena Indígena Indígena Dudosa Dudosa

Isla Mocha Isla Mocha Isla Mocha Isla Mocha

Sitio P 31-1 Sitio P 31-1 Sitio P 31-1 Sitio P 31-1

10-20 cm 10-20 cm 80-90 50-60 cm

Fondecyt 1950175 Pieza metálica en forma de “U” Fondecyt 1950175 Lámina Alambre grueso Fondecyt 1950175 Escoria

1260 +/- 70 d.C.

Dudosa Dudosa Indígena Dudosa

Coronel Coronel

Co-2 Co-2

Fondecyt 1990027 Aro cuadrangular con muesca Fondecyt 1990027 Pulsera

Indígena Indígena

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En el laboratorio se procedió a denominar las piezas que se sometieron a análisis siguiendo un sistema correlativo. Quedaron consignadas como se detalla: Procedencia Isla Mocha Isla Mocha Isla Mocha Isla Mocha Isla Mocha Isla Mocha Coronel Coronel Sitio Arqueológico Sitio P 12-1 Sitio P 21-1 Sitio P 25-1 Sitio P 25-1 Sitio P 25-1 Sitio P 31-1 Co-2 Co-2 Artefacto Pendiente 3 aros de plata Pulsera de cobre Aro cuadrangular con muesca Anzuelo Alambre grueso Aro cuadrangular con muesca Pulsera N° de laboratorio Muestra 1.5 Muestra 1.3 Muestra 1.2 Muestra 1.8 Muestra 1.7 Muestra 1.6 Muestra 1.1 Muestra 1.4

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Yacimientos mineros de cobre, plata y oro de Chile Sur (VIII, IX y X regiones).
En vista del tema de nuestra práctica consideramos muy pertinente llevar a cabo un registro minero de las regiones VIII, IX y X (provincia de Valdivia). Para realizar éste hicimos una revisión de la literatura referida, depositada en Sernageomin, y constituida por informes de geología económica y de prospecciones mineras, en su gran mayoría inéditos. Quisimos hacer esta aclaración puesto que un relevamiento a partir de fuentes históricas (crónicas), pudiera entregar un panorama algo distinto, aunque creemos que no tan dispar (el único trabajo basado en crónicas que consultamos fue el de Petit-Breuilh 1997). Pensamos lo anterior, puesto que más allá de la existencia de determinado yacimiento en determinado lugar, ambos harían referencia a zonas de donde se obtendría determinado metal (distritos o prospectos mineros) De todas formas, queremos hacer la advertencia de que posiblemente no todos los yacimientos mineros citados hayan sido utilizados por la población indígena, como también, es posible que algunos yacimientos usados en el pasado estén ocultos en nuestros días. Respecto a esto, los autores de los informes más extensos (Alfaro s/f, Oyarzún et al 1982a, Enami 1988), hacen notar la dificultad de llevar a cabo un reconocimiento 100% confiable, debido al clima y la vegetación de la zona, los que la mayoría de las veces juegan en contra de una buena prospección. En esta revisión contemplamos sólo los yacimientos de cobre, plata y oro, por ser ellos los metales que fueron trabajados por los indígenas prehistóricos e históricos de la zona. De hecho, los yacimientos más relevantes a nuestra investigación serán los cupríferos y argentíferos, pues son éstos los correspondientes a las piezas metálicas halladas a la fecha en la Isla Mocha. Los yacimientos auríferos han sido considerados sólo por la utilidad que pudiera servir para futuras investigaciones ya sea en el continente o en las islas del litoral araucano. Los datos de esta revisión están consignados en una tabla (Tabla 2) y un mapa (Mapa 4), en la cual hemos asignado un número a cada yacimiento minero. A partir de la información recopilada es que podemos dar pie a una discusión referente a los yacimientos mineros de la Araucanía, y como éstos pueden estar articulándose con las poblaciones que los utilizaron, en nuestro caso con las de la Isla Mocha. Si consideramos que en la isla han sido recuperadas sólo las piezas metálicas terminadas, pese a un posible registro de escoria de fundición, es que podemos plantear tres situaciones: a) que las piezas sean importadas desde el continente, b) que el metal y/o el mineral sean importados a la isla y las piezas manufacturadas en ella, y c) ambas posibilidades al mismo tiempo. Hasta el momento no tenemos evidencia suficiente para inclinarnos por alguna de estas hipótesis, y sólo un estudio más exhaustivo de las piezas y de las escorias, podría entregarnos un resultado más

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concluyente. De todas maneras, creemos que la variable temporal es fundamental para dilucidar esta interrogante. De forma paralela a lo anterior, podemos plantear otras tres hipótesis: a) que el aprovisionamiento (ya sea de piezas y/o materia prima) sea realizado por individuos de la isla, b) que el aprovisionamiento sea realizado por individuos del continente, c) el aprovisionamiento sea realizado en parte por ambos grupos. Para desarrollar la primera hipótesis, consideraremos el espacio como si fuera un plano y partiendo del supuesto entonces de que los yacimientos mineros más cercanos a la Isla Mocha fueron los preferentemente explotados por los “mochanos” para poder manufacturar las piezas o bien obtener el mineral para ellas (Mapa 5). El primer yacimiento de interés es el consignado con el número 47, el que refiere a un yacimiento que se encuentra al sur de Tirúa, que es denominado según algunos como Mina Vieja, según otros como Nuevo Rio Tinto17 , o bien no le dan nombre propio. Está ubicado a unos 38 kilómetros lineales desde la Isla Mocha. Todos los autores coinciden en su carácter cuprífero, y la mayoría de ellos en que los minerales hallados corresponden a sulfuros de cobre, representados por calcopirita. Los números 44, 45 y 46, corresponden en verdad a sólo dos yacimientos mineros, Mahuilque y Relún (o San Pedro de Relún), los que en el tercer número son tratados como una sola área. Estos yacimientos están ubicados a aproximadamente a 62 kilómetros de la Isla Mocha. A Mahuilque se le reconoce un carácter aurífero, a lo que Enami (1988) agrega el cuprífero, pero sin especificar que tipo de mineral de cobre posee. Por su parte Relún, contaría con una clara condición cuprífera, a la que Oyarzún et al. (1982) agrega la argentífera, y Enami (1988) la aurífera. En todos los casos los minerales serían sulfuros, calcopirita y bornita en el caso del cobre, y galena en el caso de la plata. El número 61, no corresponde a ningún yacimiento específico, sino que a una zona minera denominada Queule-Toltén por Álvarez (1971). Se encuentra esta zona a unos 120 kilómetros de la Isla Mocha, se obtendría de él cobre, pero sin aclarar cual sería el mineral en cuestión. El numero 62, como el anterior, no denomina un yacimiento en especial sino a un zona mayor, llamada Área Pirén (Quezada 1972). Ubicada a unos 145 kilómetros de la Isla Mocha, sus minerales serían sulfuros de cobre. El número 58, refiere a un área llamada Quitrahue (Quezada 1972). Ella se localiza a unos 150 kilómetros de la Isla Mocha, siendo su riqueza sulfuros de cobre. El número 63, corresponde a una zona denominada Área Reumén (Quezada 1972), ubicada a 165 kilómetros aproximadamente de la Isla Mocha. Su riqueza serían sulfuros de cobre, sin especificar cuales.

Nombre interesante si consideramos que una de las áreas de mineras de cobre de España corresponde al distrito de Río Tinto. (Dana 1956: 174)

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El número 49, ubicado en el sector Curacautín-Hueñivales, se encuentra a una distancia de unos 190 kilómetros de la Isla Mocha. Según Enami (1988), presentaría recursos cupríferos, argentíferos y auríferos. El numero 64, refiere a un sector tratado por Quezada (1972) como Área Las Animas, y por Álvarez (1971) como Zona de río Bueno-río Valdivia. Se halla localizada a unos 205 kilómetros de la Isla Mocha. Ambos autores le dan un carácter cuprífero, y sólo Quezada agrega que correspondería a sulfuros de cobre. Nos parece importante decir que los yacimientos 58, 62, 63 y 64 se hallan mas allá de la línea del Toltén, río que nosotros planteamos como el límite sur para el conocimiento del manejo y uso de metales en tiempos prehispánicos en Sudamérica. Por su parte el 61 se ubica casi directamente sobre esta hipotética frontera. Además los yacimientos 61, 62, 64, por su cercanía a la costa, son quizás más accesibles por vía marítima que terrestre, siendo la primera posiblemente la preferida por los mochanos. Los restantes yacimientos cupríferos de la VIII y IX región se ubican a una distancia de ya más de 220 kilómetros de la Isla Mocha, enclavados principalmente en sectores bien acotados de la cordillera andina. Estos sectores son, de norte a sur, el curso alto del río Ñuble (cordillera de Chillán), correspondiendo a los yacimientos número 04, 06, 07, 08, 09, 10, 13, 14, 17 y 18; el curso alto del río Laja y Laguna de la Laja, yacimientos número 22, 24 y 25; el curso medio-alto del río Bio Bio (cordillera de Los Ángeles), yacimientos número 30, 32 y 33; el curso alto del río Bio Bio (al sur de Lonquimay), yacimientos numero 43, 51, 53 y 55; el curso alto del río Imperial, yacimiento 49; y lago Caburgua (Pucón hacia la cordillera), yacimiento número 57. Además de éstos, en sectores de valle se encuentran también unos escasos yacimientos cupríferos como son el número 01 (cercano a Cobquecura), el 05 (Chillán hacia la costa) y el 12 (cercano a Bulnes). En cuanto a los yacimientos de plata, éstos son bastante escasos en ambas regiones, ascendiendo a sólo siete. De ellos el 45 es el más interesante a nuestros propósitos por su cercanía lineal a la Isla Mocha (62 kilómetros). Los demás se ubican a casi más de 200 kilómetros de la isla, el 10 en la cuenca alta del río Ñuble (cordillera de Chillán); el 12 en el valle central, cerca de Bulnes; el 24 en el curso alto del río Laja y Laguna de la Laja; el 37 en el curso medio-alto del río Bio Bio (al sur de Lonquimay); el 49 en el curso alto del río Imperial; y el 57 en el sector del lago Caburgua (Pucón hacia la cordillera). Con respecto a la segunda hipótesis, la de que el aprovisionamiento sea realizado por individuos del continente se sustenta en una interesante apreciación que uno puede hacer viendo el mapa. Esta es la escasez de yacimientos cupríferos, como también argentíferos, en zonas de valle y costa (como ya se indicó más arriba). Si observamos el mapa nos damos cuenta que en estos sectores hay una suerte de “distrito minero” formado, en un caso, por los yacimientos 05 y 12 (Bulnes y Chillán hacia la costa), al norte; y en el otro, por los yacimientos 44, 45, 46 y 47 (cercano a Tirúa y

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lago Lleu Lleu), al sur. El restante yacimiento cuprífero no-cordillerano (01) queda más bien aislado del primer “distrito”. El yacimiento 05 corresponde a un yacimiento cuprífero denominado Laguna de la Plata o sólo La Plata. Su riqueza serían sulfuros (calcopirita y bornita), carbonatos (malaquita), y según Oyarzún y colaboradores (1982a), también silicatos (crisocola). El yacimiento 12, lo sería tanto de cobre como de plata. Se lo conoce como El Gallo o Baúl. Los autores sólo llegan a acuerdo en que su mineral de plata sería galena (mineral sulfurado). Con respecto a los minerales de cobre no hay acuerdo, según Oyarzún y colaboradores (1982a) serían sulfurados (calcopirita y bornita); según Alfaro (s/f), también serían sulfurados, pero correspondiendo sólo a calcosina; y según Enami (1988), a carbonatos (azurita y malaquita), silicatos (crisocola) y sulfatos (calcantita) Por su parte, el yacimiento 01, denominado Cobquecura, sería de carácter cuprífero y con minerales sulfurados (calcopirita). Volviendo a la hipótesis, podríamos pensar que los individuos de estos 2 “distritos mineros” (Mapa 6), en vista de su cercanía a las fuentes de minerales son los que en cierta forma están administrando y controlando la producción de ellas. De tal forma que es posible inclusive que ellos mismos sean los que estén manufacturando las piezas metálicas, las que luego comercializarían. Ampliando este panorama, podríamos pensar que el “distrito minero” septentrional está abasteciendo a la zona de Concepción, Los Ángeles y Chillán, es decir, hasta aproximadamente la línea del río Bio Bio. Por su parte el “distrito minero” austral podría estar haciendo lo mismo con relación a la zona de Angol, Temuco, Islas Mocha y vertiente occidental de la Cordillera de Nahuelbuta. De tal forma, es posible que se estén dando procesos distintos de manufacturar las piezas en ambas zonas (distintos minerales), como que también entre ellas exista una zona de interdigitación comercial y técnica. La tercera hipótesis, es la posibilidad de que las dos anteriores estén operando conjuntamente, o bien, en ciertos momentos la forma de aprovisionamiento se incline hacia la primera o hacia la segunda, pero sin primar ninguna en especial. Otro aspecto que queremos tocar, es el de la malaquita en la isla18. Al revisar nuestros datos, nos percatamos que los lugares de donde pudo provenir esta malaquita (mineral carbonatado) son bastante acotados, en vista de la mayor presencia de minerales sulfurados en la Araucanía. Estos yacimientos serían el 05 (Laguna de la Plata o La Plata, Chillán hacia la costa), el 07 (Lara, curso

Del sitio P31-1 se recuperó un trozo de malaquita (Massone Ms), y de P22-1, cuentas discoidales en malaquita (Daniel Quiroz com. pers.) En las parcelas 5 y 31, también se han encontrado cuentas en malaquita, pero como hallazgos fortuitos.

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alto del río Ñuble), el 12 (El Gallo o Baúl, cercano a Bulnes), el 24 (Malalcura, curso alto del río Laja y Laguna de la Laja) y el 33 (Curacarel, curso medio-alto del río Bio Bio). De los nombrados sólo el 05 y el 12 son yacimientos de valle, estando los restantes en la cordillera. Esto nos llevaría a pensar, siguiendo nuestro planteamiento, que de la zona de ChillánBulnes, proviniera esta roca. Sin embargo, no debemos descontar la posibilidad de que provenga de la cordillera, debido a que tal vez su “riqueza” estaba dada por su especial coloración verdosa y no en su contenido metálico. Por tanto, los grupos cordilleranos, si bien no habrían trabajado los metales, si podrían haber comerciado estas particulares rocas. Respecto a esto mismo, es relevante el hecho que los minerales sulfurados tengan un brillo metálico (bronceado), a diferencia de los carbonatados, por ejemplo, que tienen un aspecto terroso. En otras palabras, estaríamos planteando que los minerales sulfurados por su brillo estarían “más cercanos” al metal que los carbonatados, de modo que a los primeros se los utilizara para manufacturar las piezas, mientras que los segundos fueron considerados como “objetos especiales”. Esta hipótesis se vería hasta cierto punto confirmada por el hecho de que todas las piezas presentarían señas de provenir de sólo minerales sulfurados. Por último, esta revisión nos logra llevar a otro plano de la investigación referida a las técnicas que se requirieron para el trabajo de los metales. Esto ya que la mayoría de los yacimientos de estas regiones son de minerales sulfurados, teniendo los minerales de otro tipo poca presencia. De hecho, los yacimientos de la zona de Tirúa, como también los restantes ubicados más al sur son exclusivamente sulfurados. El que sean minerales sulfurados es relevante puesto que estos requieren un proceso de tostado previo a su reducción. De este modo se busca volatilizar y oxidar el máximo contenido posible de azufre, para así facilitar el proceso de reducción del mineral, y a que de lo contrario la pieza tiene una mayor propensión a quebrarse. En relación a esto último, creemos que ello es más bien una recomendación que un requerimiento técnico (ver nota 10). El trabajo a partir de minerales sulfurados, ha sido considerado clásicamente como un desarrollo más bien tardío en la secuencia del trabajo de metales, el que se ha buscado asociar a un agotamiento de otros minerales de cobre, como carbonatos, óxidos y silicatos, los que son de reducción más simple. Aunque de todos modos (y creemos que este es nuestro caso) este fenómeno se haya sujeto a la disponibilidad local de materias primas minerales. La presencia de minerales sulfurados, en todo caso, no es incoherente con la existencia de metales nativos, los que como veremos también fueron trabajados.

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Tabla 2
01 02 03 04 05 Zona y/o Yacimiento Cobquecura Taucú Coelemu El Guindo Laguna de la Plata Laguna de la Plata La Plata San Fabián San Fabián de Alico San Fabián Lara Lara La Mortandad La Mortandad Las Tragedias Avanzada Carmán La Pila o Pasillo Minas del Prado Minas del Prado Minas del Prado Minas del Prado El Gallo o Baúl Gallo o Baúl El Gallo Los Azules Piedra Azul San José San José Prospecto San José San José Florida Poñén Las Minas Las Minas Urrutia Hualqui Quilacoya Metal Cobre O Oro Oro Pirita, Calcopirita Cobre Calcopirita, Bornita, Pirita, Malaquita, Crisocola, Limonita Cobre Calcopirita, Bornita, Malaquita Cobre Calcopirita, Bornita, Malaquita Cobre Calcopirita Cobre Cobre Cobre Calcopirita, Bornita, Magnetita Cobre Calcopirita, Bornita, Malaquita Cobre Pirita, Calcopirita Cobre Cobre Pirita, Calcopirita, Magnetita Cobre Cobre Calcopirita, Plata Cobre, Plata Oro Oro Oro Oro Calcopirita, Bornita, Galena Argentífera Cobre, Plata Calcosina, Galena Cobre, Plata Azurita, Malaquita, Chalcantita, Crisocola, Galena Cobre, Plata Pirita, Bornita, Molibdenita Cobre Calcopirita, Molibdenita Cobre Calcopirita, Pirita, Molibdenita Cobre Calcopirita, Bornita, Molibdenita Cobre Cobre Calcopirita, Bornita Cobre Oro Oro Pirita, Blenda, Calcopirita Cobre Cobre Pirita, Blenda, Calcopirita Cobre Oro Oro Mineral Pirita, Calcopirita Latitud S 36°07’48’’ 36°10’ 36°26’ 36°30’ 36°31’30’’ 36°31’ 36°32’30’’ 36°32’ 36°32’ 36°33’42’’ 36°35’ 36°34’45’’ 36°34’ 36°35’08’’ 36°35’ 36°37’ 36°39’ 36°40’30’’ 36°40’30’’ 36°42’30’’ 36°42’ 36°41’45’’ 36°43’30’’ 36°43’ 36°48’ 36°47’ 36°49’ 36°48’28’’ 36°48’40’’ 36°50’20’’ 36°49’ 36°51’40’’ 36°56’40’’ 37°02’10’’ Longitud W 71°04’42’’ 72°46’ 72°38’ 71°33’ 71°22’45’’ 71°24’ 71°24’ 71°36’ 71°36’ 71°22’30’’ 71°26’ 71°30’ 71°30’ 71°12’15’’ 71°12’ 71°10’ 71°42’ 71°41’17’’ 71°41’30’’ 71°24’56’’ 71°27’ 71°23’30’’ 71°33’30’’ 71°33,5’ 71°34’45’’ 71°45’ 71°36’ 72°42’30’’ 72°58’40’’ 71°14’30’’ 71°15’ 71°16’40’’ 72°52’35’’ 72°54’50’’ Referencia Oyarzún et al. 1982a: 37 Oyarzún et al. 1982a: 38 Oyarzún et al. 1982a: 39 Oyarzún et al. 1982a: 41 Oyarzún et al. 1982a: 42 Alfaro s/f: Anexo II Enami 1988 Alfaro s/f: Anexo II Alfaro 1974 Enami 1988 Oyarzún et al. 1982a: 44 Alfaro s/f: Anexo II Oyarzún et al. 1982a: 46 Enami 1988 Oyarzún et al. 1982a: 48 Enami 1988 Oyarzún et al. 1982a: 50 Alfaro s/f: Anexo II Oyarzún et al. 1982a: 52 Oyarzún et al. 1982b: 2-3 Enami 1988 Oyarzún et al. 1982a: 57 Alfaro s/f: Anexo II Enami 1988 Oyarzún et al. 1982a: 59 Alfaro s/f: Anexo II Oyarzún et al. 1982a: 61 Alfaro s/f: Anexo II Oyarzún et al. 1982b: 4 Enami 1988 Oyarzún et al. 1982a: 63 Oyarzún et al. 1982a: 64 Oyarzún et al. 1982a: 65 Enami 1988 Oyarzún et al. 1982a: 67 Oyarzún et al. 1982a: 68 Oyarzún et al. 1982a: 69

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Rere Polcura Santa Juana Malalcura Malalcura Mina Malalcura Malalcura Prospecto Rucúe Pilpilco Pilpilco El Rosal Caramávida Caramávida Área Renaico (incluye el lavadero de Tolpán) Queuco Cayucupil Cayucupil Otué Curacarel Curacarel Curacarel Mina Curacarel Prospecto Curacarel Curacarel Área Angol (incluye los lavaderos de Est. Deuco y Est. Guacolda) Butamalal Lucatre Lucatre La Unión Unión Prospecto La Unión Pocuno Pocuno

Pirita, Calcopirita Malaquita Malaquita, Crisocola, Bornita -

Oro Cobre Oro Cobre Cobre Cobre Cobre, Plata, Oro Cobre Oro Oro Oro Oro Oro Oro Cobre Oro Oro Cobre Cobre Cobre Cobre Cobre Cobre Cobre Oro

37°08’30’’ 37°10’ 37°11’25’’ 37°22’ 37°22’ 37°22’ 37°28’ 37°35’07’’ 37°37’ 37°37’20’’ 37°40’ 37°40’ 37°42’ 37°44’48’’ 37°45’ 37°45’19’’ 37°46’42’’ 37°46’ 37°28’ 37°46’ -

72°44’30’’ 71°29’20’’ 73°00’20’’ 71°30’30’’ 71°37’ 71°33’ 71°33’ 73°22’40’’ 73°20’ 73°35’50’’ 73°10’ 73°10’ 71°32’ 73°04’ 73°05’ 71°28’30’’ 71°31’ 71°32’ 71°33’ 71°33’ -

Oyarzún et al. 1982a: 71 Oyarzún et al. 1982a: 73 Oyarzún et al. 1982a: 75 Oyarzún et al. 1982a: 76 Alfaro s/f: Anexo II Enami 1988 Di Biase y Skarmeta 1975: 59 Enami 1988 Oyarzún et al. 1982a: 77 Alfaro s/f: Anexo II Oyarzún et al. 1982a: 78 Oyarzún et al. 1982a: 79 Alfaro s/f: Anexo II Enami 1988 Aller 1911 Oyarzún et al. 1982a: 80 Alfaro s/f: Anexo II Oyarzún et al. 1982a: 82 Oyarzún et al. 1982a: 84 Alfaro s/f: Anexo II Alfaro 1974 Enami 1988 Enami 1988 Di Biase y Skarmeta 1975: 59-60 Enami 1988

-

Calcopirita, Pirita, Molibdenita Bornita, Calcosina, Pirita, Calcopirita Bornita, Calcopirita, Malaquita Bornita, Calcopirita, Pirita, Malaquita Bornita, Pirita, Calcopirita -

Galena, Blenda Galena, Blenda Galena, Pirita, Blenda

Oro Oro Oro Plata Plata Plata Oro Oro

37°49’30’’ 37°51’ 37°50’ 37°57’30’’ 37°58’ 37°58’ 37°58’ 37°58’

73°06’ 73°18’ 73°11’ 71°33’ 71°33’ 71°33’ 73°18’ 73°18’

Oyarzún et al. 1982a: 87 Oyarzún et al. 1982a: 88 Alfaro s/f: Anexo II Oyarzún et al. 1982a: 90 Alfaro s/f: Anexo II Enami 1988 Oyarzún et al. 1982a: 91 Alfaro s/f: Anexo II

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39 Área Los Sauces (incluye los lavaderos de Rio Cabrería, Est. Guadaba y Est. Quindo Chico) 40 Purén Área Purén (incluye los lavaderos de Est. El Molino, Est. Manzanal y Est. El Lingue) 41 Santa Rosa Santa Rosa 42 Área Lumaco (incluye los lavaderos de Est. Curilebu, Qda. La Aurora, Santa Ana, Placilla, Est. La Araña, Las Lumas, Qda. Honda, Qda. Piedras Blancas) 43 Curacautín-Lolco 44 Mahuilque Mahuilque Mahuilque “en la zona de Mahuilque, Huillinco y sector interior de Quidico y Tirúa” 45 Relún Relún San Pedro de Relún 46 Área Relún y Mahuilque 47 Mina Vieja Mina Vieja Nuevo Rio Tinto Mine Área Tirúa Tirúa et Puralaco Tirúa Tirúa Sur Al sur de Tirúa

Oro

-

-

Enami 1988

Oro Oro

38°02’ -

73°01’ -

Alfaro s/f: Anexo II Enami 1988

Oro Oro Oro

38°05’ -

72°46’ -

Alfaro s/f: Anexo II Di Biase y Skarmeta 1975: 69 Enami 1988

-

-

Cobre, Oro Oro Oro Oro, Cobre Oro

38°10’ 38°12’30’’ 38°12’ 38°12’ -

71°25’ 73°15’ 73°15’ 73°15’ -

Enami 1988 Oyarzún et al. 1982a: 98 Alfaro s/f: Anexo II Enami 1988 Alfaro 1976: 15

Calcopirita, Galena, Pirita, Bornita Sulfuros de cobre Calcopirita, Blenda, Pirita Calcopirita Cupriferous pyrite Sulfuros de cobre -

Cobre, Plata Oro, Cobre Oro Cobre Cobre Cobre Cobre Cobre Cobre Cobre Cobre Cobre

38°13’ 38°23’06’’ 38°25’ 38°25’ 38°23’ 38°22’ -

73°15’ 73°31’40’’ 73°32’ 73°25’ 73°33’ 73°28’ -

Oyarzún et al. 1982a: 100 Enami 1988 Di Biase y Skarmeta 1975: 69-70 Quezada 1972 Oyarzún et al. 1982a: 101 Alfaro s/f: Anexo II Officer 1917 Quezada 1972 Thébault 1966 Alfaro 1974 Enami 1988 Alfaro 1976: 15

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48 Lonquimay Área Lonquimay (incluye los lavaderos de Est. Mitrauquén, Sector Las Juntas y Rio Pedregoso) 49 Curacautín-Hueñivales 50 Tayón Cerro Tayón 51 Ñidol 52 Área Carahue (Incluye los lavaderos de Est. Corrales y Est. El Lucero) 53 Galletué Lonquimay-Galletué 54 Área Nueva Imperial (incluye el lavadero de Río Madihue) 55 Cerro Verde 56 Área Teodoro Schmidt (incluye el lavadero de Est. Quilmer) 57 Melipeuco-Tracura 58 Área Quitrahue 59 Área Toltén (Incluye los lavaderos de Est. Pichilingue, Est. Licancullén y Est. Chacayal) 60 Villarrica-Pucón 61 Zona de Queule-Toltén 62 Área Pirén 63 Área Reumén 64 Área Las Animas Zona de río Valdiviarío Bueno 65 Área El Meli Zona de El Meli

Oro Oro

-

-

Di Biase y Skarmeta 1975: 70 Enami 1988

-

Calcopirita

Cobre, Oro, Plata Oro Oro Cobre Oro

38°30’ 38°31’ 38°35’

71°45’ 71°14’ 71°25’

Enami 1988 Alfaro s/f: Anexo II Di Biase y Skarmeta 1975: 70 Alfaro s/f: Anexo II

Calcopirita -

Cobre Cobre Oro

38°43’ 38°45’ -

71°18’ 71°15’ -

Alfaro s/f: Anexo II Enami 1988 Enami 1988

Calcopirita, Bornita, Covelina, Calcosina

Cobre Oro

38°48’ -

71°18’ -

Alfaro s/f: Anexo II Enami 1988

Sulfuros de cobre

Cobre, Oro, Plata Cobre 39°12’ Oro -

72°35’ -

Enami 1988 Quezada 1972 Enami 1988

Sulfuros de cobre Sulfuros de cobre Sulfuros de cobre Calcopirita -

Oro Cobre Cobre Cobre Cobre Cobre Cobre Cobre

39°30’ 40°05’ 40°10’ 41°07’ -

73°10’ 73°01’ 73°35’ 73°20’ -

Petit-Breuilh 1997 Álvarez 1971 Quezada 1972 Quezada 1972 Quezada 1972 Álvarez 1971 Quezada 1972 Álvarez 1971

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Aspectos socio-culturales.
Quisimos incluir este punto, pues nos parece crucial para comprender el tema del trabajo de los metales en El Vergel. Sin embargo, lo técnica y exploratoria de nuestra investigación impide, por el momento, poder desarrollar con el detalle que quisiéramos este tema. Por tanto, nos limitaremos aquí a presentar ciertos ejemplos respecto a como se ha abordado esta problemática, y que al mismo tiempo, son relevantes a nuestra situación. Nos referiremos primero a Hamilton (1996), quien plantea seis preguntas antropológicas acerca del trabajo con metales. Estas son: a) ¿Cuáles parecen ser los valores asociados a esta materialidad? b) ¿Cómo y cuándo cambian las técnicas de manufactura, y hay correlato con otros cambios tecnológicos y culturales? c) ¿Hay evidencia de especialización artesanal? d) ¿Cuál fue la posición social de los artesanos? e) ¿La tecnología y el material reflejan contacto cultural y, si es así, como? f) ¿La tecnología en el trabajo de metales es congruente con otros tipos de tecnología y puede esta congruencia reflejar e incluir valores sociales? Algunas de estas preguntas son más factibles de responder que otras en nuestro caso. De hecho nuestro desconocimiento de esta tecnología como también por la poca sofisticación de ella, juega en nuestra contra al momento de entregar un panorama socio-cultural más completo. En un intento de responder a ellas, podríamos decir que por el momento desconocemos los valores ligados a los metales (a), como también, la falta de estudio de otras tecnologías (b) nos impide pensar en un trasfondo común a ellos, y que nos permita darles sentido. En relación con esto, debemos nombrar el interesante vínculo tecnológico que realiza Lechtman entre los metales y los textiles (1991a), para el caso del mundo andino. Las preguntas respecto al artesanado, tampoco nos son fáciles de responder, siendo nuestro referente más próximo el de los plateros de fines del siglo XIX e inicios del XX (Guevara 1929. Joseph 1929). Sin embargo, pensamos que el nivel de la producción de piezas metálicas (su sofisticación y cantidad), no son base suficiente para poder afirmar o negar una especialización artesanal, ni tampoco para determinar si se produjo un cambio de status en los individuos que manejaban este conocimiento. Las dos preguntas restantes (b y e), son muy importantes para la comprensión de El Vergel y su posición en la prehistoria local. En el caso de b, si bien nuestro conocimiento no nos permite aun hablar de cambios en las técnicas de manufactura, si podemos proponer que esta tecnología estaría

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asociada a un proceso de cambio cultural macro, al que se ha denominado como “andinización”19. Por otra parte, la pregunta e, debemos responderla afirmativamente básicamente porque esta tecnología no es autóctona, como también por que pensamos que la presencia inca en Chile Central, en parte contemporánea a El Vergel, produjo repercusiones hasta la Araucanía aun no tan bien evaluadas (Campbell Ms.[Anexo 5: 110-111]).

Otra problemática socio-cultural relevante es la del nomadismo/sedentarismo de quienes manejan el conocimiento del trabajo de los metales. Se han planteado modelos nomádicos para estos individuos en virtud de ejemplos etnográficos e históricos (fundidores de campanas y broncistas africanos del siglo XIX). Sin embargo, el tratamiento de este tema es más complejo, puesto que si discriminamos etapas, nos damos cuenta que los mineros están obligados a un sedentarismo, pero no así los orfebres. Lo anterior permite entonces que el orfebre pueda ser un individuo errante (caso mapuche), o bien asentarse en las mismas ciudades (caso inca). Es fundamental en relación con esto, la importancia del metal y sus valores asociados, la disponibilidad de materias primas, la sofisticación tecnológica, entre otros puntos, pues ello llevara a una mayor o menor relevancia del trabajo del metal y con ello de sus artesanos. En nuestro caso, no es fácil inclinarnos hacia un nomadismo o un sedentarismo para estos individuos. De hecho, cuatro aspectos que nos parecen muy relevantes para el caso El Vergel (la escasez de yacimientos mineros, la relativa simpleza de las piezas, la novedad del trabajo de los metales, la existencia de ítems de amplia dispersión), nos pueden llevar a pensar en dos situaciones distintas, las que bien pueden ser complementarias. Por un lado, un cierto sedentarismo, en función de nuestros distritos mineros hipotéticos, a partir de los cuales se distribuya las piezas; o bien, por otra parte, un nomadismo, en donde los individuos lleven ya sea el mineral, ya sea las piezas manufacturadas.

En relación con el punto anterior, Alexander (1981, citado en Mohen 1992: 203), ha tratado el tema del status de los metalurgistas, definiendo “tres formas de status social según el grado de avance técnico del artesano y según la necesidad y la importancia de la demanda social” “- El metalúrgico puede beneficiarse de un status superior (caso irlandés de la Alta Edad Media). Es posible que las tumbas de los metalúrgicos prehistóricos, reconocibles por los útiles depositados como ofrenda, correspondieran a este tipo de reconocimiento social.

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El concepto de “andinización”, aun no ha logrado ser bien sido bien definido, pese a ello, los arqueólogos han hecho mucho uso de él al momento de contextualizar culturalmente El Vergel. Pensamos que sólo una buena investigación de puede llevar a superar este problema. Nosotros tratamos este proceso en la pagina 64.

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- El metalúrgico se integra en una sociedad igualitaria sin que reciba ningún tipo de consideración de estima o de reprobación. No goza de ningún prestigio religiosos específico (caso africano) - El metalúrgico se considera perteneciente a un status social inferior. Aquí hay que distinguir las diferentes actividades relacionadas con el metal. Sin duda, existen diferencias entre los mineros, los broncistas y los orfebres o los acuñadores.” En una perspectiva general, en Sudamérica los metalurgistas gozaron de un alto prestigio, como es el caso de los artesanos moches y luego los chimúes, protegidos del estado Inca (Lechtman 1991a) como también el de los metalurgistas del Noroeste Argentino (L. González 1997. L. González y Vargas 1999) Sin embargo, para el caso mapuche etnográfico tenemos una situación bastante particular, que nos coloca entre la segunda y tercera situación presentadas. Aquí “el platero es un sujeto muy solicitado” (Guevara 1929: 275) y su profesión “fue muy apreciada y lo es todavía” (Joseph 1928: 120), sin embargo, “no goza de prestijio entre ellos (los araucanos)” (Guevara 1929: 275). Esto ultimo ya que “se le considera un hombre que no sabe dedicar sus actividades a los trabajos que son primordiales entre ellos, que son la reproducción i el cuidado de los animales i las labores de la tierra. Fuera de estas dedicaciones, queda clasificado en el número de los pobres, lo que motiva un franco desdén a su persona” (Joseph 1929: 275). Pese a lo anterior, el entierro N° 18 del sitio Pitraco I (Inostroza 1985, Sánchez 1985 y Inostroza y Sánchez 1985), parece encajar bastante bien dentro de la primera forma de status nombrada. Este entierro pertenece a un cementerio de canoas, fechado relativamente alrededor del siglo XIX y XX, y posee un contexto formado por diversos artefactos utilizados en la manufactura de piezas metálicas (tijeras, limas, plantillas, materia prima, entre otros).

Por último, quisiéramos consignar un aspecto más bien accesorio a las piezas. Este es el que ellas “en vida”, debieron de tener un aspecto brillante, pero producto del paso del tiempo iban perdiendo su brillo y volviéndose opacas. Creemos que esto es mucho más rápido y notorio en un ambiente como el de la Isla Mocha, donde además de factores ambientales como la lluvia, las piezas están expuestas al efecto del mar y su salinidad. Con respecto a ello es que queremos hacer referencia al uso a lo menos etnográfico de la “yerba del platero” o “cola de caballo” (Joseph 1928:125). Esta hierba crece en lugares húmedos y sus tallos una vez secos, se frotan sobre la pieza, recuperando ésta su brillo. De tal modo, que pensamos que todo orfebre debió de portar un suministro de ella. Esto último, puede cobrar importancia al enterarnos que ella “es un verdadero portento en la farmacopea doméstica”, pues se la usa para tratar hemorragias, cálculos renales, afecciones cutáneas, entre otras dolencias (Zin s/f), de tal forma, que el orfebre podría estar desarrollando otros roles también (por ejemplo, curandero).

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Análisis metalográfico.
El análisis metalográfico debiéramos considerarlo la piedra angular de este trabajo, puesto que gracias a él obtendremos los resultados científicos en que se sustentará nuestra investigación, arrojando luz sobre procesos técnicos y sociales aún casi desconocidos para la zona sur de Chile. Por ello hemos preparado una reseña general referida a este análisis, sus alcances y métodos. En esta también se incluye el procedimiento que seguimos específicamente para nuestro estudio. Para desarrollar esta sección hemos tomado como principales referencias tres trabajos: Center for Materials Research in Archaeology and Ethnology, Massachusetts Institute Of Technology (s/f); Scott (1991); y Almendras (2002 Ms.[Anexo 4]) La metalografía se define como el estudio de la estructura de los metales y sus aleaciones a través del examen de especímenes con un microscopio metalográfico. A partir del examen metalográfico es factible obtener información respecto: - Los procesos que llevaron a la manufactura final del artefacto. - Las temperaturas a las que se sometió al metal de la pieza. - La naturaleza del metal o aleación empleada para hacer el objeto. - La composición aproximada de una aleación. - El tipo y grado de la corrosión. El examen metalográfico se basa en que los metales, como también las aleaciones, son estructuras policristalinas, es decir, compuestas de cristales llamados comúnmente granos. El tamaño, forma y configuración de estos granos (su estructura), son indicadores de como el metal fue producido y usado. Además de lo anterior muchas veces las muestras incluyen también otros rasgos como poros, inclusiones no metálicas, fisuras y productos de corrosión. Para realizar a cabo el examen metalográfico se necesita extraer una pequeña muestra del metal de la pieza. Al momento de obtenerse ésta debe tenerse en mente que ella debe ser lo más pequeña posible (de hasta 1mm3), pero al mismo tiempo lo suficientemente grande como para ser representativa del total de la pieza. Previo a extraerse la muestra se deben considerar que: - la muestra debe ser representativa y acorde a los objetivos de investigación propuestos. - la estructura de la muestra y la pieza no deben verse alteradas al momento de tomar la primera (por ejemplo, no se debe generar una muy alta temperatura.

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También debe realizarse los siguientes pasos: 1. la pieza debe ser fotografiada y dibujada. 2. registrar la posición exacta de donde se extrajo la muestra (por ejemplo, en un dibujo). 3. la muestra deberá ser numerada (y/o fichada) de modo de no perderse su información específica y contextual. Para extraer la muestra hay diversos procedimientos, los que deben adecuarse a las piezas bajo estudio, además de no alterar ni la muestra ni la pieza. Algunos procedimientos incluyen el uso de: - sierra para metal. - sierra de joyero. - taladro o barrena tubular. - sierra circular (wafer blade). En nuestro caso, debido a lo pequeño y delicado de nuestras piezas, no se usó ninguna de estas herramientas, sino un alicate cortador con muescas, el cual permitió obtener pequeñas secciones sin dañar físicamente ni la pieza ni la muestra. La muestra, una vez obtenida debe ser limpiada, removiéndosele todo el aceite o grasa que pudiera contener. A continuación es montada en una briqueta de resina sintética para así facilitar su manejo y almacenaje. Luego, la briqueta debe ser desbastada para obtener una superficie plana. A continuación la muestra debe ser pulida con materiales cada vez más finos para de tal modo lograr una superficie libre de rasguños. En nuestro caso, previo al análisis metalográfico, se realizó una inspección de las piezas arqueológicas en la lupa estereoscópica (binocular)20. A través de este estudio general se pretendía determinar que tipo de metal podría ser el de cada pieza, sus oxidaciones superficiales y la homogeneidad de la pieza. Este último punto es importante, pues guarda directa relación con las muestras que se extraerán, ya que si la pieza es heterogénea, una sola muestra difícilmente dará cuenta totalmente de ella. De tal forma, que si tiene colores diferentes o texturas diferentes, requiere más trabajo. Para el análisis metalográfico, se usaron 2 métodos principalmente. El primero fue la microscopía con luz polarizada (microscopio polarizante), y el segundo, microquímica óptica (microscopia química). Ambas técnicas trabajan sobre una muestra ya pulida.

Para la inspección preliminar se utilizó una lupa estereoscópica Leitz; y para el análisis metalográfico, un microscopio Leitz Orthoplan y un microscopio Nikon Labophot 2-Pol. Para el pesaje de las piezas se usó una balanza de precisión Mettler-Toledo.

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Para el estudio mediante microscopía con luz polarizada, se utiliza un microscopio especial que funciona por luz reflejada, así se logra una “iluminación en campo brillante”, en donde se crea una imagen obscura sobre un fondo bien iluminado y brillante. Es necesaria esta condición debido a la naturaleza opaca de los metales, la que impide trabajarlos por medio de luz transmitida (como en los microscopios biológicos, o donde se puede obtener una sección tan delgada que llegue a ser transparente, como en minerales, líticos o cerámicas). Usando la iluminación polarizada y rotando la muestra se logra iluminar ésta, permitiéndose el reconocimiento de propiedades ópticas, físicas y químicas que permiten la identificación de metales, minerales y sus fases artificiales asociadas. La microscopía química, se utiliza en casos donde la microscopía con luz polarizada deja ciertas dudas o bien como complemento de ésta. En este caso la muestra se ataca con reactivos químicos, los que son específicos a cada tipo de metal o aleación. Mediante este procedimiento se logra revelar la estructura del metal, puesto que los reactivos atacan los intersticios entre los granos de metal. En conclusión, los pasos a seguir para el examen metalográfico son los siguientes: 1. Registro de la pieza, incluyendo fotografías y dibujos. 2. Inspección general en la lupa estereoscópica. 3. Selección y toma de la muestra del objeto. 4. Limpieza de la muestra. 5. Montaje de la muestra. 6. Desbaste de la superficie de la muestra hasta alisarla. 7. Pulido de la superficie de la muestra hasta eliminar todo rasguño. 8. Examen de la superficie pulida de la muestra con el microscopio metalográfico. 9. Registro fotográfico de los rasgos relevantes del espécimen pulido. 10. Ataque de la superficie de la muestra con reactivos apropiados. 11. Examen de la superficie de la muestra atacada por reactivos. 12. Registro fotográfico de las estructuras luego del ataque químico. 13. Preparación de un reporte escrito. 14. Almacenaje de las piezas y sus respectivas muestras.

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Análisis de las piezas.
Esta sección se basa en el trabajo de Almendras (2002 Ms.[Anexo 4]). El procedimiento de análisis está descrito en la sección anterior. Las piezas que se sometieron a análisis fueron 8 de un total de 10. Esto se debió a que se analizó sólo un aro, del grupo de 3 aros de plata de P21-1. Esto ya que las tres piezas fueron halladas en clara asociación, y en la inspección preliminar a la lupa estereoscópica, no se presentaron como distintos. Las piezas entregaron los siguientes resultados: Muestra 1.1 (Aro cuadrangular con muesca de Co-2): - El arco no es cilíndrico, se presenta levemente aplanado (grosores variables entre 1,20 mm. y 1,51 mm., grosor promedio 1,35 mm.) - El recubrimiento verde del aro está constituido principalmente por sulfatos hidratados de cobre con ligeras impregnaciones ferruginosas. - Capas de óxido cuproso recristalizado con diferentes espesores se han formado adherido al cobre nativo del arco y placa del aro. - La unión entre el arco y la placa del aro, presenta placas ligeramente superpuestas y aplastadas. Podría pensarse que es una unión mecánica (golpes sucesivos de un objeto duro sobre la placa). Muestra 1.2 (Pulsera de P25-1) - Presenta una oxidación superficial, constituida por recristalización de óxido cuproso. - La matriz de la pulsera es cobre metálico. - Este material fue sometido a calentamiento que produjo oxidación en la placa y la formación de una solución sólida de Cu/Cu2O. - Estas formaciones no son naturales. Muestra 1.3 (Aro grande de P21-1) - Presentan un zonamiento superficial de sulfuros de plata (patina negra superficial). Esta oxidación es rutinaria en este tipo de material. - Habrían sido manufacturados en plata nativa, proveniente de menas sulfuradas. Muestra 1.4 (Pulsera de Co-2) - El material básico son aleaciones de cobre fundido. - Aparentemente el calentamiento fue débil (incompleto), pero importante.

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- Se observa porosidad y relleno con óxido cuproso. Este se detecta en zonamientos superficiales y exsoluciones en la masa fundida. Muestra 1.5 (Pendiente de P12-1): - Placa de cobre metálico. - Oxidaciones recristalizadas en bordes (óxido cuproso) - Exsoluciones en la placa formando solución sólida característica de etapas de fusión. Muestra 1.6 (Alambre grueso P31-1) - Aparentemente aleación de hierro. Muestra 1.7 (Anzuelo de P25-1) - El material es una aleación de minerales de cobre fundido. - En la superficie se detecta abundante alteración de óxido cuproso entrecrecido a la aleación metálica. - Sus formas fueron modeladas y raspadas superficialmente. Muestra 1.8 (Aro cuadrangular con muesca de P25-1) - El material está formado por una aleación de cobre, cobre metálico, óxido de cobre. - Fases asociadas resultantes (artificiales) de procesos de fusión.

En un sentido general, el metal de todas las piezas mostró señas de provenir de yacimientos de minerales sulfurados. El óxido que ciertas piezas presentan en superficie podría ser resultado de “sopleteo”, el que se podría haber utilizado para elevar la temperatura del fuego. En ningún caso se habrían alcanzado temperaturas de fusión, de modo que el cobre se lo obtuvo a temperaturas más bajas, pero de a lo menos 800° C. A esta temperatura el cobre podría separarse de la calcopirita (mineral sulfurado), y tiene una condición pastosa, la que facilita su trabajo. No hay tampoco evidencias del uso de fundentes en el trabajo de reducción del mineral.

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Resultados finales.
En relación con los objetivos específicos planteados al inicio de este informe, presentamos los siguientes resultados: - Realizar un catastro de los artefactos metálicos presentes en el área de estudio del proyecto21 (revisión bibliográfica y museográfica22) Respecto a este objetivo hemos hecho una revisión de la literatura arqueológica correspondiente al área de estudio del proyecto, sistematizando la información disponible en la Tabla 3. (hemos considerado en ésta las zonas de Nueva Imperial y Puerto Saavedra, pese a estar ellas en los límites del área de estudio). Por distintas razones logísticas no pudimos realizar la revisión museográfica, etapa que de todas formas, realizaremos en el futuro. - Determinar el principal elemento constituyente de las piezas analizadas (cobre, plata u otro) Al ya contar con los resultados de los análisis efectuados, podemos presentar la siguiente información: El pendiente de P12-1 es de cobre. Los 3 aros de P21-1 son de plata. La pulsera de P25-1 es de cobre. El aro cuadrangular con muesca de P25-1 es de cobre. El anzuelo de P25-1 es de cobre. El alambre grueso de P31-1 es de hierro El aro cuadrangular con muesca de Co-2 es de cobre. La pulsera de Co-2 es de cobre.

- Determinar el carácter del metal de las piezas (natural o fundido), de modo de establecer si contamos con una tecnología pirometalúrgica que permita hablar de metalurgia. El pendiente de P12-1 es de cobre fundido. Los 3 aros de P21-1 son de plata nativa (aunque se analizó sólo uno). La pulsera de P25-1 es de cobre fundido. El aro cuadrangular con muesca de P25-1 es de cobre fundido. El anzuelo de P25-1 es de cobre fundido. El alambre grueso de P31-1 es de hierro fundido.
21 22

Ver nota al pie 5. Ver nota el pie 6

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El aro cuadrangular con muesca de Co-2 es de cobre nativo. La pulsera de Co-2 es de cobre fundido.

- Determinar la tecnología de confección de las piezas (martillado, moldes, soldadura, etc.), que nos entregue información referente al nivel del trabajo de los metales presente. Con respecto al metal en sí, se utilizaron tanto metales nativos, como obtenidos por medio de reducción de mineral. Las técnicas de manufactura incluyeron martillado, unión mecánica, enroscado, muescado, raspado, modelado, y quizás templado.

- Intentar establecer diferencias (si las hay) entre las tecnologías del metal operantes en el área insular y continental de la Araucanía. Lo diverso de las piezas y lo escaso de la muestra del continente, creemos, impide una evaluación concluyente. Sin embargo, es posible decir que la Isla Mocha, está integrada aparentemente a la totalidad de los procesos continentales.

- Elaboración de un protocolo de trabajo, que sea útil a futuras investigaciones. Este objetivo está desarrollado en el punto Análisis Metalográfico.

- Enriquecer la gama de técnicas relevantes para la investigación arqueológica. Este informe de practica profesional, creemos, satisface este objetivo ya de por sí.

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Tabla 3
Procedencia Sitio Unidad Específica Materialidad Contexto Cerámica Fecha Referencia

Isla Mocha P21-1

3 aros de plata (1 par y uno aislado) 1 Anzuelo 1 Aro con muesca 2 aros de plata (?) Sepultura 2 Tumba N° 1 1 tupu de metal blanco 1 aro de cobre Fragmento de una cadena compuesta de tubos de metal blanco (tubos de láminas dobladas) 1 Tubo de cobre (en el interior fragmentos de cordelito)

Entierro múltiple directo

1455 +/- 80 d.C. o 1480 +/- 80 d.C. 1680+/- 100 d.C.

Sánchez 1997: 131. Quiroz 1997: 240. Sánchez 1997: 127. Sánchez et al. 1985: 149, 152-153 Seguel 1968: 58-59, 61-62-

Isla Mocha P25-1 Nueva Imperial Yumbel Nueva Imperial Deuco 1 Gomero Membrillo

Entierro en cista InhumaValdivia ción directa Entierro en Vergecista lense I – Valdivia

Post-hispánico Post-hispánico

Post-hispánico Reymond 1971: 90, 104. (fines del siglo XVIII a comienzos del XIX) Reymond 1971: 93, 104

Tumba N° 3

Entierro en cista

Tumba N° 4

Hierro rectangular Entierro en (cuchillo?) cista 1 placa de cobre de forma circular con una estrella de 6 brazos en su centro Adornos de cobre de forma cónica Placas redondas planas con pequeños rebordes verticales 1 clavo de hierro 1 fragmento de hierro plano (hoja de cuchillo?) 1 placa de forma ovalada con dibujo (imagen de la Virgen (?) Entierro en cista

Reymond 1971: 96, 99, 104.

Tumba N° 6

Reymond 1971: 100, 104.

Tumba N° 7

Entierro en cista

Reymond 1971: 101, 99, 104.

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Nueva Imperial Nueva Imperial

Ralipitra 1

Tumba N° 2 Tumba N° 3 Tumba N° 10

Pitraco I

1 aro Entierro en Valdivia 1 objeto de metal de forma cista redondeada (botón?) Entierro en 1 aro de plata canoa Monedas de 1908 y 1909 Olleta de metal Lavatorio de metal Hoz de metal Estribos Clavos Olleta de metal Entierro en canoa

Primera mitad del Valdés et al.1985: 439, 442 siglo XIX (anterior a Pitraco I) Siglo XIX -XX Inostroza y Sánchez 1985:455, 463, 467-468. Inostroza 1985: 66, 72-74. Inostroza y Sánchez 1985:457, 467-468. Inostroza 1985: 67, 72-74.

Tumba N° 11

Entierro en canoa

Inostroza y Sánchez 1985:458, 467-468. Inostroza 1985: 67, 72-74.

Tumba N° 12 Tumba N° 14 Tumba N° 15 Tumba N° 16

Entierro en canoa Entierro en canoa Entierro en canoa Entierro en canoa

Inostroza 1985: 67, 72-74.

Olla de metal Clavos Olleta de metal

Inostroza y Sánchez 1985:458, 467-468. Inostroza 1985: 67, 72-74. Inostroza y Sánchez 1985:459, 467-468. Inostroza 1985: 68, 72-74. Inostroza y Sánchez 1985:459, 463, 467-468. Inostroza 1985: 68, 72-74.

Dedales 1 tijera parte de un siquil extremo superior de un arma (lanza o cuchillo) 2 tijeras cortadoras 2 limas 2 punzones 1 martillo 1 cincel 1 grabador 1 tornillo de mano 4 plantillas (de quelkai, chaguay y sequil) Metales laminados

Tumba N° 17 Tumba N° 18

Entierro en canoa Entierro en canoa

Inostroza y Sánchez 1985:459, 467-468. Inostroza 1985: 68, 72-74. Inostroza y Sánchez 1985:459, 467-468. Sánchez 1985: 141-145 Inostroza 1985: 68, 72-74.

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Nueva Imperial

Pitraco I (cont.)

Tumba N° 18 (cont.)

Materiales varios utilizados como materia prima. 2 anillos 7 dedales 1 botón 1 campanilla 1 aro 1 olleta de metal 1 pequeño yunque 1 aro de metal

Entierro en canoa

Siglo XIX -XX

Inostroza y Sánchez 1985:459, 467-468. Sánchez 1985: 141-145 Inostroza 1985: 68, 72-74.

Tumba N° 19 Tumba N° 20 Tumba N° 25 Puerto Fundo San Saavedra Pablo Entre Lago Contulmo Lanalhue y Lleu Lleu

Entierro en canoa Entierro en canoa Entierro en canoa Entierro en canoa

Inostroza y Sánchez 1985:460, 463, 467-468. Inostroza 1985: 68, 72-74. Inostroza y Sánchez 1985:460, 463, 467-468. Inostroza 1985: 68-69, 72-74. Inostroza y Sánchez 1985:461, 467-468. Inostroza 1985: 69, 72-74 Stehberg 1980: 159. Bullock 1955: 139 Bullock 1970: 107-108, 200-201

anillos de metal

Adornos de metal Restos de metal Aros de plata 16 aros de cobre con muesca 10 aros de plata con muesca 2 aros de oro con muesca hachas de cobre 1 tumi de bronce 1 tumi de bronce

Reciente

Hualqui Entre Hualqui y Quilacoya Nueva Imperial Tucapel Tubul Alto Isla Mocha

Millahue Cerro de la Costilla Malalhue Cayucupil

Oyarzún 1920: 175-181 Stehberg 1980: 102. Stehberg 1980: 32-33.

Dos aros grandes de plata 1 hacha de cobre 1 aro de cobre con muesca 1 aro de cobre con muesca

Stehberg 1980: 95 Oliver 1927, en Iribarren 1974: 25. Bullock 1955: 139 Bullock 1970: 107-108 Bullock 1955: 139 Bullock 1970: 107-108

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Discusión y conclusiones.
En relación con los resultados específicos ya presentados, es necesario hacer algunos comentarios arqueológicos y metodológicos. En relación con el primer objetivo: Si bien no pudimos llevar a cabo la parte museográfica, a partir de la revisión bibliográfica, podemos desarrollar interesantes hipótesis. Una de ellas, es el marcado aumento de piezas metálicas en contextos históricos, más aún en los históricos tardíos, esto en el ámbito de toda la Araucanía septentrional. Este hecho, se observa tanto en la cantidad de sepulturas con piezas metálicas, como en la cantidad de piezas metálicas por sepultura. Ejemplos de ello son los sitios de Membrillo (Reymond 1971) y Pitraco (Inostroza y Sánchez 1985, Inostroza 1985 y Sánchez 1985) (Mapa 7). Extrapolando este fenómeno, podemos pensar que progresivamente el metal se va integrando más a los contextos. De tal modo que, los sitios más tempranos con presencia de metales (tanto prehistóricos como históricos tempranos), presenten escasas piezas metálicas. Esta hipótesis la hallamos hasta cierto punto confirmada en el sitio P21-1 de la Isla Mocha (3 piezas entre 4 individuos). Este planteamiento nos podría llevar a repensar la adscripción temporal de ciertos sitios, la que se ha basado principalmente en criterios cerámicos. Los sitios a los que nos referimos son Ralipitra I (Valdés et al. 1985a), Deuco 1 (Sánchez et al 1985) y Quillen I (Valdés et al. 1985b) En Ralipitra I, de sólo una cista (de un total de 5 cistas y 3 canoas) se recuperó 1 aro de metal y un posible botón metálico. El único material no indígena hallado fueron restos de una mandíbula de caballo encontrados sobre las lajas de la tapa de otra cista. Pese a ésto al sitio se le asignó una data relativa que lo sitúa en la 1ª mitad del siglo XIX. En Deuco 1, de un total de 12 cistas, se recuperó un par de aros cuadrangulares sin muesca posiblemente de plata. Si bien el sitio había sido saqueado, lo cual juega en nuestra contra, aparentemente las únicas piezas metálicas presentes era el par de aros. En este caso nuevamente primaron los criterios cerámicos, como también su cercanía al sitio Deuco 2, al momento de asignarla un tiempo. Aquí se actuó con más cautela, y se le situó en tiempos post-hispánicos, basados en los aros y en piezas cerámicas con incrustaciones de loza (estas últimas sólo presentes en Deuco 2). En Quillen I, se recuperó un aro con muesca desde sus niveles superiores, en asociación con cerámica que fue datada relativamente como pertenecientes al siglo XVII. De este sitio no se recuperó ningún material de adscripción no-indígena. Estos tres sitios (Ralipitra 1, Deuco 1 y Quillen 1) sirven entonces para dar cuenta de la necesidad de afinar los criterios de investigación. De tal forma, que si bien las datas relativas de los sitios pueden confirmarse en el futuro por medio de fechados absolutos, al menos por ahora, nos generan ciertas dudas.

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Otro sitio al que queremos referirnos es a Gomero. La sepultura 2 de este sitio presenta dos piezas metálicas: un aro y un tupu. Este último estaría manufacturado en un metal blanco (¿plata?), y la decoración que presenta lo asignaría a tiempos históricos23. Lo que nos es relevante aquí es el aro. Éste es del mismo tipo del par hallado en P21-1, con la diferencia de que estos son de plata y el de Gomero de cobre (Lámina 6). Por tanto, estamos frente a un nuevo tipo de aros, adscribibles al Complejo El Vergel. Este nuevo tipo tiene una dispersión desde la ribera norte del río Bío Bío a la Isla Mocha, y corresponderían aparentemente a tiempos alrededor del contacto24. Otro hecho interesante que nos reveló nuestra revisión bibliográfica es la colección de piezas provenientes de la zona de Contulmo25. Esta colección es única tanto por la cantidad de piezas (28 aros con muesca), como por sus materias primas (cobre, plata y oro). Creemos que ella nos puede estar indicando una situación, como ninguna otra zona lo hace.26 En este caso, a la existencia de nuestros hipotéticos “distritos mineros”, y en especifico al meridional, ubicado en la zona de TirúaLago Lleu Lleu. Por último, está el conjunto de piezas aisladas, las que no tienen mayor información de contextos, y que en su mayoría corresponden a hallazgos fortuitos. Dentro de ellas, las de Millahue, Cerro de la Costilla y Tucapel Viejo, son a lo menos sugerentes, pues corresponderían a piezas y metales asociables a la presencia inca en Chile Central (Campbell Ms.[Anexo 5]). El aro con muesca proveniente de la Isla Mocha es una pieza de interés obvio. Luego de esta revisión, quisiéramos incluir unos últimos datos, los que se pueden obtener al expandir el área de estudio a toda la zona sur (Tabla 2 del Anexo 5) El primero es la similitud del “aro aislado” de plata de P21-1 con al menos una “corona” de cobre hallada en Gorbea-3 (Lámina 7). Si bien para aseverar esto nos basamos sólo en la ilustración que acompaña la publicación, la semejanza existe. Además la pieza de P21-1 parece ser un fragmento de una mayor, y por su parte, las “coronas” de Go-3 fueron encontradas “adosadas al cráneo o cerca del mismo” (Gordon et al. 1972-73: 506). Considerando el conjunto de P21-1, en comparación al de Gomero y Go-3, sorprende que las piezas de la Isla Mocha sean más pequeñas que sus símiles del continente.

La decoración de las piezas metálicas es un fenómeno que, a la fecha, se presenta sólo desde tiempos de contacto (Láminas 8, 9, 10). 24 Esto considerando la fecha de 1455+/- 80 d.C. de P21-1. 25 Por medio de comunicaciones personales de Daniel Quiroz y Marco Sánchez, supimos que estas piezas (junto con otras), formaban inicialmente la llamada Colección Tzschabran. Esta pasó luego a la Compañía de Aceros del Pacífico, tomando el nombre de Colección CAP, siendo donada después al Centro de Antropología de la Universidad de Concepción. Desde la disolución del Departamento de Antropología de dicha universidad, el acceso y localización a dichos materiales ha sido prácticamente imposible. Esta situación es extensible también a todos los materiales del Departamento (por ejemplo, Gomero). 26 Ni Bullock, en sus más de 40 años de trabajo en la zona de Angol, logró una colección como ésta.

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Otro dato es la existencia de un tercer tipo de aros en contextos El Vergel. Este es circular y abierto, y en su mayoría con terminaciones en espiral en sus extremos (Lámina 6). Se halla presente en Fundo San Jorge, Fundo Las Moras y Padre Las Casas; es decir entre Angol y la ribera sur del Cautín, ya alrededor del siglo XIII. Además de lo anterior, debemos documentar la existencia de anillos, los que están circunscritos a la zona de valle entre Los Ángeles y Nueva Imperial, los que en tiempos históricos alcanzarían hasta Gorbea. Del mismo modo, está la dispersión de los aros cuadrangulares con muesca desde a lo menos el Bío-Bío a la ribera sur del Cautín, y ocupando espacios de costa y valle. Para tiempos históricos su dispersión alcanzaría hasta Gorbea y cruzaría la cordillera (Lámina 4 y 5). Respecto a esto último, está nuestra hipótesis de que la tecnología de los metales tan sólo en tiempos históricos, aumenta su extensión. De tal forma que la encontramos más allá del Toltén (Go3), en la precordillera andina (Huitag) y allende los Andes (Neuquén) Por último, nos parece muy significativo la total ausencia de datos referidos al hallazgo de crisoles, estructuras de fundición y/o escorias. Esto hallazgos denotarían claramente un trabajo metalúrgico. A la fecha la presencia más austral de estos rasgos está en la costa de Cauquenes con fechas de 1240 +/- 80 d.C. Sin embargo, creemos que la escala de producción, en cierta forma, atenta en contra de poder dar con señas de dicho proceso tecnológico.

En relación con el segundo objetivo: Los resultados fueron los esperados, excepto el del alambre de hierro de P31-1 que se creía de plata. El cobre es el metal más representado y está presente hasta el fin de la ocupación mapuche (1685-1687 d.C.), ocurriendo la misma situación en el continente. En éste, el cobre es el primer metal trabajado, coexistiendo luego con la plata y el hierro. Podríamos decir entonces que el cobre es el metal de El Vergel por antonomasia. La presencia de plata es relevante, más aún en un contexto que bien pudiera ser prehistórico o histórico. Esto se torna más interesante al evidenciar la similitud del “par” de P21-1, con la pieza de cobre de Gomero. En lo metodológico, no hubo mayores problemas en la determinación del metal, confirmándose lo que ya se había supuesto en la revisión preliminar. El ser una evaluación sólo cualitativa simplifica esta labor, además de creer que es la más idónea (ello por los problemas de representatividad de las piezas, si se quiere que sea cuantitativa). No se reconoció ninguna pieza que presentase ser una aleación de metales (por ejemplo, bronce)

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En relación con el tercer objetivo: Los resultados de la Isla Mocha sorprenden por ser todas piezas de cobre fundido, y por otra parte, que las únicas piezas de plata lo sean de plata nativa. Por tanto, mediante esta práctica hemos confirmado la existencia de metalurgia en el Complejo El Vergel. Sin embargo, los contextos de la isla, impiden afirmar fehacientemente una adscripción prehispánica para esta tecnología. Esto debido en parte a la falta de ciertos fechados “claves” (por ejemplo, P12-1 y P31-1), pero sobretodo por lo disturbado de los contextos, lo que no nos permite discriminar como se debiera entre los componentes prehistóricos e históricos. La muestra del continente (Co-2), cuyas piezas parecieran ser más antiguas que las de la isla, nos parecen muy interesantes por el hecho de estar manufacturadas en cobre nativo y cobre fundido. Ello viene a poner una nota de cautela referida a la coexistencia de ambas tecnologías, como también respecto a su presencia o ausencia. Los aros de P21-1 son muy reveladores, puesto que se ha asumido clásicamente que el trabajo de la plata es algo que se desarrolla a partir del contacto hispano. Si bien no nos atrevemos a aventurar una adscripción prehispánica para este trabajo 27 , sí queremos dejar abierta dicha posibilidad. Más allá de lo anterior, lo significativo es que la matriz de las piezas sea plata nativa, o sea, no obtenida por fundición a partir de monedas de plata. Ello nos puede llevar a pensar en un temprano reconocimiento por parte los mapuches de que la plata nativa era el mismo metal de las monedas; o bien que, era una tecnología previa al contacto, la que va integrando progresivamente más la plata de monedas, al punto de hacer desaparecer la matriz nativa original. Volviendo al tema de la adscripción prehispánica de la metalurgia, consideramos fundamental abordar esta problemática desde contextos claramente prehispánicos. De hecho creemos que el estudio de las piezas metálicas halladas en las urnas funerarias (todas ellas parecen ser, a la fecha, prehispánicas), sería una buena forma de tratar este problema. Por esto mismo, esperamos poder realizar a la brevedad posible, el análisis de las escorias que fueron recuperadas en la Isla Mocha (sitios P12-1 y P31-1), las que creemos corresponden a restos de un proceso metalúrgico. Si bien puede que tampoco diluciden el problema temporal de esta tecnología, podrían entregar información sobre el proceso en sí, así como también afirmar la existencia de un trabajo local (en la isla) de los metales. Un punto aparte merece el carácter de la metalurgia que se reconoció en las piezas. Puesto que si bien el punto de fusión del cobre es de 1083° C, en ninguna de las piezas se evidencia de que se haya llegado a dicha temperatura. Por tanto es que se concluye que el cobre se lo obtuvo a

En parte por la fecha del contexto, y en parte, por lo especial de éste, formado por cuatro individuos disturbados y de donde se recuperaron también cuentas de vidrio.

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temperaturas más bajas. De hecho, no es necesario llevar al cobre al estado líquido para poder reducirlo y trabajarlo28. En algunas piezas se reconocieron inclusiones oscuras que podrían ser de carbón de leños, los que habrían sido utilizados para mantener el fuego. Es más, el óxido que ciertas piezas presentan puede tener su origen en el proceso de aireación (“sopleteo”) que se efectuó, para poder llevar el fuego a la temperatura deseada. Clásicamente se ha dicho que los fogones de vivienda no son aptos para el trabajo metalúrgico, pues no cuentan con las características necesarias para fundir el cobre, y por tanto, es necesario construir hornos apropiados. Sin embargo, en nuestro caso, creemos que ello bien pudo no ser necesario, ya que no se llegó a la fusión del metal, como también porque la escala de producción no habría requerido tales sofisticaciones29. Por otra parte, el que no haya evidencia del uso de fundentes, puede ser señal de que no se los 30 usó , o que éstos no dejaron indicios en las piezas. Por tanto, consideramos clave el aporte que pueda hacer la experimentación, pues ella podría entregar sugerentes resultados. Estos servirían para confirmar y/o refutar ciertas hipótesis previas, como también para plantear otras nuevas. Metodológicamente hablando, no hubo mayores problemas en determinar si la pieza era de metal nativo o fundido, puesto que las propiedades ópticas de ambos son distintas. Hubo ciertas discrepancias en relación con lo que se pensó en un primer momento, como que el pendiente de P12-1 era de cobre nativo resultando ser de cobre fundido. Esto afirma la necesidad de llevar cabo el análisis metalográfico. En las restantes piezas se confirmó lo esperado. Lo que sí es de mayor complejidad es el tema de las temperaturas a las que se sometió a las piezas, puesto que ello es difícil de determinar confiablemente. Lo que sí se puede afirmar es que ciertas piezas denotan mejor que otras el efecto del calor (por ejemplo, la pulsera de P25-1), lo que no debemos analogar a que se la haya expuesto a mayores temperaturas. De todas formas, aparentemente en todas las piezas por fundición se habría sobrepasado los 600° C.

En relación con el cuarto objetivo: Aquí nos referiremos a los aspectos más técnicos de la confección de las piezas (y no a la obtención de su matriz metálica)
Por ejemplo, la calcopirita (mineral sulfurado, como los predominantes en la Araucanía), a los 800° C empieza a separar el cobre que contiene, el cual tiene a esa temperatura una condición pastosa, la que incluso facilitaría el trabajo de él. 29 De hecho, si bien no conocemos los materiales (estructuras de combustión y escoria) de Cauquenes. Nos sorprende dicha sofisticación, puesto que a la fecha, de dicha zona no conocemos piezas metálicas. 30 El uso de fundentes es recomendable pues facilita el proceso reductivo del mineral, pero no es indispensable.
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En no todas las piezas analizadas fue factible observar sus rasgos de confección con el mismo detalle. Esto ya que en algunas son más evidenciables, como también hay piezas más complejas que otras, y por último la muestra no facilitaba mucho la comparación. Por ello, las únicas piezas que pudieron ser comparadas fueron los aros con muesca y las pulseras (uno de la isla y uno del continente, en cada caso). De los aros, más allá de que el de Co-2 es de cobre nativo y el de P25-1 de cobre fundido, podemos decir que el de Co-2 presentaba claras señas de martillado (para aplanarlo). En una zona de la placa se evidenció la posible unión de ésta con el arco, la que se habría logrado mediante una unión mecánica o soldadura en frío, entre ellos31. En el caso del aro de P25-1, este rasgo no fue visible, hecho que no niega que éste exista. Con respecto a las pulseras, ambas manufacturadas en cobre fundido. Debemos decir que la de Co-2 presenta una manufactura aparentemente más simple que la de P25-1. En la primera (Co-2) se habría trabajado a partir de un alambre al cual se le enroscaron sus extremos con el fin de crear los espirales que presenta en cada extremo. En el caso de P25-1, también se habría trabajado a partir de sólo un alambre. Para crear las tres espirales que presenta en uno de sus extremos32, se habría aplanado el extremo del alambre y luego se lo habría dividido en tres. A continuación de lo cual se habría trabajado cada extremo para hacer la espiral, doblándolo y martillándolo. Al revisar la literatura descubrimos que éstas son las únicas pulseras existentes (o al menos registradas como tales), a excepción de una de oro proveniente del Lago Villarrica. Los aros de plata de P21-1, corresponden a un par y a uno aislado. Los tres fueron manufacturados por martillado a partir de una matriz de plata nativa, dándoseles así los espesores deseados, trabajo que se habría alternado con el doblado de las piezas. Luego se habrían efectuado las muescas que presenta el par, las que podrían haber sido hechas con un material de dureza relativa (concha, madera), puesto que la plata pura es un metal muy maleable. El aro aislado, presenta señas de estar incompleto, o sea, formaba parte de una pieza mas grande. No presenta señas de muescas. El pendiente de P12-1, manufacturado en cobre fundido, presenta como rasgo tecnológico principal una perforación 33 . Ésta se habría logrado en dos etapas, primero se habría hecho una pequeña perforación, y luego con algún tipo de perforador se habría agrandado y uniformizado la
Creemos que la misma condición más “rústica” de esta pieza, pone más al alcance los indicios de su manufactura, las que son menos evidentes en piezas más sofisticadas. 32 El otro extremo está ausente, pero se lo puede observar dividido en dos. 33 En contextos Aconcagua de Chile Central se han encontrado pendientes muy similares a éste. La de Laguna de Matanzas (Planella et al. 1997) y Popeta [K-89-1] (Falabella com. pers.), son más bien rectangulares; y la de Las Brisas 2 (Falabella com. pers.), trapezoidal.
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perforación. Este último trabajo, por ser de entrada y salida, sería el causante de que halla un reborde en torno de la perforación en ambos lados de la placa. El primer trabajo, por ser sólo de salida, produce que uno de los lados tenga más reborde que el otro. El anzuelo de P25-1, también en cobre fundido, mostraba claras señas al microscopio del proceso de raspado y modelado al que se lo sometió para poder darle su forma. Según nos ha informado Daniel Quiroz (com. pers.), la forma de este anzuelo es muy similar a la de los anzuelos en concha que han sido recuperados en la isla. Por tanto, en el conjunto de piezas de la Isla Mocha podemos observar una serie de procesos tecnológicos que incluyen el martillado, la unión mecánica o soldadura en frío, el enroscado, el muescado, el raspado, el modelado, y posiblemente el templado. Tomando como referencia las escasas ilustraciones de piezas metálicas arqueológicas de la zona sur con que contamos34, sorprende el énfasis en las terminaciones en espiral35 (sean estas de una o más vueltas, y sean 1, 2 o más por pieza). Todos los aros con muesca tienen la terminación de su arco en una espiral. Los aros circulares abiertos (en su mayoría), y las pulseras también las presentan en sus extremos. Por tanto, pensamos que este rasgo tecnológico tiene un fin más allá de lo funcional y/o estético, pero desconocemos cual pudiera ser su significado o sentido. Al igual que en el objetivo anterior, pensamos que es fundamental el aporte que pueda hacer la experimentación para dilucidar el proceso de manufactura, y el cómo y porqué de ciertos rasgos tecnológicos.

En relación con el quinto objetivo: Como ya lo hemos dicho, lo escasa de la muestra impide hacer buenas comparaciones con el continente. De todas formas, nos es posible decir que la Isla Mocha, parece no escapar de lo que pudiéramos considerar normal en el continente. Esto es la predominancia de piezas de cobre; presencia de metalurgia, acorde a los contextos más tardíos que presenta la isla; trabajo de la plata, y existencia de espirales.
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Bullock 1970 (1 aro con muesca de Calle Prat con J. Sepúlveda (ex-Moquehua) [Angol], 1 aro con muesca del sitio del Mercado [Angol], 1 aro con muesca del Fundo Pichi Quillota [Angol], 1 aro con muesca de la Hijuela Sr. Pedro Salas [Angol-Cancura], 1 aro circular abierto de Fundo Las Moras [Angol], los 2 aros circulares abierto de Fundo San Jorge [Angol], 1 aro con muesca de Contulmo [colección Tszchabran]). Seguel 1968 (el aro y el tupu de Gomero). Gordon 1978 (el aro con muesca y el aro circular abierto de Padre Las Casas). Gordon et al. 1972-73 (3 tupu, 1 disco de tupu, 1 corona, 1 aro con muesca, 1 aro decorado y 2 agujas de Gorbea-3). Reymond 1971 (3 placas, 4 adornos cónicos de Membrillo). Serrano 1930 (1 aro con muesca y un aro “hueco” de Quilla Chanquil [Neuquén]). Falabella (com. pers.) (1 aro con espirales de Angol) 35 En piezas de Chile Central halladas en contextos Aconcagua (Chicauma) e Inca (Cerro La Cruz) también está presente este rasgo, pero no se presenta tan profusamente como en Chile Sur.

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Lo que sí hallamos interesante es la presencia de piezas únicas en la zona a la fecha, como el pendiente de P12-1 y el anzuelo de P25-136. También de piezas en plata nativa y que en el continente están siendo manufacturadas en cobre (Gomero), en tiempos medianamente contemporáneos. Caso muy especial (de llegar a comprobarse) es el del aro de plata aislado de P21-1 y la corona de cobre de Gorbea-3, ya por su distancia geográfica, como también por su distancia temporal de 3 siglos. Con relación a ésto ya hicimos mención de que las piezas de la isla presentarían un tamaño menor que las del continente. Por último, deseamos repetir, lo interesante del contexto de Co-2 donde coexisten piezas manufacturadas en cobre nativo y cobre fundido.

En relación con el sexto objetivo: Este objetivo creemos fue cumplido satisfactoriamente. Tanto la experiencia de análisis como la revisión de literatura ad-hoc, permitió elaborar este protocolo. De todas formas, éste es totalmente perfectible y abierto al aporte que puedan hacer otros investigadores. Por tanto, consideramos que ha de ser tratado como una referencia de trabajo, a partir del cual se pueden desarrollar y acomodar distintas investigaciones, en función de sus objetivos específicos de trabajo.

En relación con el séptimo objetivo: Consideramos que este informe es un claro reflejo de como la utilización de herramientas de otras disciplinas, puede enriquecer nuestro conocimiento del pasado, al mismo tiempo de dar cuenta de la necesidad de una investigación arqueológica que incluya todo el conjunto de medios disponibles en su quehacer científico. Dentro de este mismo objetivo, quisiéramos hacer mención del trabajo de revisión bibliográfico, el cual (como se ha mostrado) ha sido clave al momento de plantear hipótesis y conclusiones, al entregar una base de datos que puede servir de soporte material a la investigación. Por tanto, consideramos que el revisar la literatura existente puede resultar en un ejercicio muy fructífero, más aún si se lo puede complementar con el análisis de materiales. Ése ha sido por lo menos nuestro caso.

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En contextos de Chile Central, también se han encontrado en anzuelos manufacturados en cobre. En Punta Curaumilla (Ramírez et al. 1991), en un sitio alfarero temprano de difícil adscripción cultural; en Quintay (Rivas y Ocampo 1997) y en Las Brisas 2 (Falabella com. pers), ambos Aconcagua.

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En conclusión a los siete objetivos específicos, es que ponemos énfasis en la necesidad de más estudios técnicos, tanto a un nivel macro como microscópico. Estos estudios, pensamos, pueden dilucidar problemáticas tanto de metalurgia como de manufactura. Ellos servirían posiblemente para discriminar ciertos aspectos que puedan entregar luz sobre la realidad socio-cultural de la Araucanía. Del mismo modo, consideramos que la investigación arqueológica en zonas mineras (como los “distritos mineros” planteados), pudiese entregar interesante información sobre el proceso productivo, que de otra forma sería difícil de obtener.

Ya fuera de los objetivos de esta práctica hay 2 puntos a los que queremos hacer mención. El primero es de índole cultural y está referido a lo que pudiese significar la presencia de piezas metálicas en el contexto de la Araucanía en la primera mitad del segundo milenio después de Cristo. Tradicionalmente se ha asociado dicho lapso de tiempo en Chile Sur, a un fenómeno denominado de “andinización”. Este fenómeno lo podríamos tratar como la dispersión de ciertos conocimientos y pautas propios de los Andes Centrales, y en parte, Andes Centro-Sur. Se manifestaría en el desarrollo del manejo de vegetales y animales y en ciertos patrones organizativos (dualidad, cuatripartición). Por tanto, si bien originado en los Andes Centrales (y Centro-Sur) es un fenómeno que poco a poco fue cubriendo lo que es la América Andina37. De tal modo, que es al Complejo El Vergel al que se le ha asignado el rol de estar “andinizando” la Araucanía, o bien, de estar siendo “andinizado”. En este contexto el trabajo de los metales es una tecnología que creemos forma parte de este proceso cultural. Planteamos entonces que, Chile Central y Sur fueron paulatinamente la frontera sur de este proceso. Es más, pensamos que en ello radica probablemente la mayor relevancia de estas zonas para la prehistoria andina y sudamericana, pues ambas zonas la momento del contacto hispano estaban atravesando e integrándose a un proceso continental, y que llevaba a los menos 1000 años de desarrollo. Por ello, concordamos con Navarro y Aldunate (2002), los que siguiendo a Lumbreras, plantean que “el Área Andina Extremo Sur (...) debe ser un ‘laboratorio’ para el estudio de procesos transicionales”. Como que también, “las sociedades del sur del río Bío Bío (en el siglo XIV) están dando un paso más en el camino hacia un proceso cultural de nivel continental” En este contexto cobra relevancia el trabajo de los metales, precisamente por su novedad. Esto ya que como era una tecnología “recién llegada” y por ello con procesos productivos aun poco
Quisimos poner énfasis en la “andinización” como un proceso originario de los Andes Centrales y Centro-Sur. Esto ya que planteamos que el actual territorio chileno ya fuera directa o indirectamente estuvo, hasta el Inca, en la órbita cultural de lo que fueron los desarrollos de los Andes Centro-Sur. De tal forma que las culturas tardías de Chile Central y Sur (Aconcagua y El Vergel), tienen en parte su origen en ellos. A partir del siglo XIV y/o XV esta situación comenzaría a cambiar, al entrarse en la órbita de una tradición más propia de los Andes Centrales (o bien, que fusiona la de estos últimos con la de los Andes Centro-Sur), como es el Inca.
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sofisticados, pensamos puede entregar importante información referida a los orígenes de esta tecnología, al manejo temprano de los metales, e incluso sobre el proceso de apropiación y adaptación cultural que su incorporación significa. El otro aspecto al que queríamos hacer referencia está referido al tema de la conservación de los metales en una zona como la Araucanía. Clásicamente se ha dicho que debido a la alta pluviosidad y humedad de regiones como Chile Sur, es precisamente difícil que se conserven ciertos restos materiales como madera, textiles y metales. En relación con los metales, los factores antes nombrados provocarían una rápida corrosión de las piezas, lo que produce que ellas en definitiva desaparezcan del registro, o bien, resulten muy dañadas dificultando su recuperación y análisis. Esta práctica, pensamos, ha servido para mostrar que dicho prejuicio es más bien infundado, y que posiblemente más allá de los factores meteorológicos, primen más el tipo de suelo y el metal de las piezas. En el caso de la Isla Mocha P12-1 y P21-1 presentan matriz arcillosa y sus piezas de cobre y plata presentaban una oxidación más bien leve, en ningún caso destructiva. Por su parte, P25-1, posee matriz arenosa, y sus piezas de cobre presentaban, al igual que las anteriores, una oxidación leve y superficial. Distinto era el caso de Co-2, donde las piezas estaban fuertemente atacadas por óxidos, al punto de afectar la integridad física de las mismas. De hecho, en materiales correspondientes al periodo histórico tardío de la isla (1850 hasta la actualidad), principalmente de hierro, se observa mayor corrosión que en los materiales prehistóricos e históricos tempranos. Del mismo modo, nuestra revisión bibliográfica nos muestra que el registro de piezas metálicas en la zona sur no es para nada algo menor. Al contrario, se cuenta con un registro que se remonta hasta el siglo XIII de nuestra era. De hecho, pensamos (aunque no lo podemos afirmar con seguridad), que la ausencia de piezas metálicas en algunos sitios se debe a que éstas no estuvieron presentes, y no a que su proceso de corrosión las haya llevado a desaparecer38. Por último, planteamos que la novedad del metal en la Araucanía (menos de 1000 años), ayuda a que el proceso corrosivo haya tenido poco tiempo para actuar, a diferencia de lo que pudiese suceder en un ambiente como Chile Sur si esta tecnología fuese más antigua.

En el caso de Alboyanco, se hipotetizó que de haber piezas metálicas en la urna, éstas podrían haber desaparecido, por las especiales condiciones del contexto (suelo arcilloso y muy húmedo, condiciones de anoxia). Personalmente, pensamos, que estas piezas metálicas no estaban presentes en Alboyanco, en parte, porque creemos que ellas en algún grado se habrían conservado, como también por sus fechas (1300 y 1350 d.C.). Esto último, pues las piezas metálicas son más bien escasas en los contextos prehispánicos (9 piezas en 70 urnas en el caso de Bullock [1970], es decir, 0,12 piezas por urna), dándose un aumento progresivo en su cantidad hacia y a través de los tiempos históricos.

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