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Principios Fordistas y Toyotistas

Principios Fordistas y Toyotistas

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Las publicaciones de Marcuse de las décadas de los cincuenta y los sesenta

contienen su filosofía crítica sobre la tecnología. Reflejan el desarrollo que alcanzó la

industria dentro de la racionalidad tecnológica del paradigma fordista, combinado con

las experiencias resultantes de su trabajo en el Departamento de Estado norteamericano.

Diferente de las categorías marxistas discutidas en Razón y revolución, que van

desapareciendo de sus análisis y de sus teorías, se produce un desplazamiento del eje

teórico, y considera a la sociedad industrial un dato para el consumo. Simultáneamente,

el valor, la plusvalía y la explotación ceden su lugar al control, a la dominación y a la

plusrepresión, manteniendo igualmente ausente del análisis a las clases sociales y su

antagonismo. La tecnología se hace fetiche como sujeto que domina y reprime.

En 1941, Marcuse (1999: 371), escribió el artículo Algunas implicaciones

sociales de la tecnología moderna, que puede ser considerado como su primer esbozo

sobre el papel de la tecnología en las sociedades industriales modernas. Delinea el

declive histórico del individualismo en el ascenso de la sociedad tecnológica. La

racionalidad individual, superior a las supersticiones y mitos dominantes, cede lugar a

la irracionalidad que había dejado al individuo en una posición sumisa con relación a la

sociedad. De esta forma, la racionalidad crítica fue un principio creativo, fuente de

liberación del individuo y factor de progreso de la sociedad. En la ideología burguesa

de los siglos XVIII y XIX, la sociedad liberal-democrática naciente imponía sus

intereses, contribuyendo al avance tecnológico de la industria. Este avance y la

racionalidad tecnológica minan la base de la racionalidad crítica y sometieron al

individuo a la dominación creciente del aparato técnico-industrial.

En el comienzo del referido artículo, Marcuse (1991: 73), después de conceptuar

la tecnología como un proceso social y diferenciarlo del aparato técnico de la industria,

la asocia al control y a la dominación en los siguientes términos:

“... la tecnología se ve como un proceso social en el cual la

técnica propiamente dicha (esto es, el aparato técnico de la

industria, transportes, comunicación) no pasa de un factor parcial

160

(...). La tecnología como modo de producción, como la totalidad

de los instrumentos, dispositivos e invenciones que caracterizan la

era de la máquina, es así, al mismo tiempo, una forma de

organizar y perpetuar (modificar) las relaciones sociales, una

manifestación del pensamiento y de los patrones de

comportamiento dominantes, un instrumento de control y

dominación.”

Al analizar las implicaciones sociales de la tecnología, Marcuse prescinde de las

categorías de tiempo de trabajo-materialización del valor en el proceso de producción.

¿No es la tecnología un factor de reducción de este tiempo de trabajo (productividad)?

Y esta característica fundamental ¿no es para el capitalismo producir lucro (plusvalía) y

acumular capital y expandir la miseria entre los explotados? Abandonando estas

categorías tomadas de Marx y desarrolladas en Razón y revolución, Marcuse (1991:

73), aboga implícitamente por la neutralidad de la tecnología. Sobre la técnica, así se

expresa: La técnica por sí sola puede promover tanto el autoritarismo como la libertad,

tanto la escasez como la abundancia, tanto el aumento como la abolición del trabajo

arduo.

Marcuse presenta, enseguida, al nacional-socialismo alemán como ejemplo en el

que la tecnología, la sociedad y la economía racionalizadas pueden servir de

instrumentos de dominación totalitaria, describe el Tercer Reich como forma de

“tecnocracia” dedicada a la mayor eficiencia tecnológica y a la racionalidad que

superan los patrones tradicionales de lucro del imperialismo capitalista. Afirma

Marcuse (1999: 78) que:

“En la Alemania nacional-socialista el reino del terror está

sustentado no solo por la fuerza bruta que es extraña a la

tecnología, sino también por la ingeniosa manipulación del poder

inherente a la tecnología: la intensificación del trabajo, la

propaganda, el entrenamiento de jóvenes y operarios, la

organización de la burocracia gubernamental, industrial y

partidista –que juntos constituyen los implementos diarios del

terror– siguen las directrices de la mayor eficiencia tecnológica.”

161

Sin embargo, la producción industrial moderna, a través de la tecnología,

difunde en la sociedad nuevos patrones de individualidad y una nueva racionalidad

competitiva. Oriunda de las determinaciones del desarrollo de la maquinaria y de la

producción en masa, esa racionalidad tiene efectos sobre los usuarios de la maquinaria

y sobre los consumidores, siendo las propias transformaciones, a su vez, factores

determinantes en el desarrollo subsiguiente de la maquinaria y de la producción en

masa. Demostrando que para realizar esta racionalidad sería necesario un ambiente

social y económico adecuado, Marcuse apunta a la sociedad liberal como ideal para tal

realización. En el transcurso del tiempo, sin embargo, el proceso de producción de

mercancías modificó la base económica de la competencia liberal y la mecanización

generalizada produjo las grandes corporaciones y el imperialismo.

El principio de la eficiencia competitiva favorece a las empresas con

equipamiento industrial mecanizado y racional. El poder tecnológico tiende a la

concentración del poder económico en grandes empresas asociadas produciendo una

gran cantidad de mercancías estandarizadas. Los monopolios industriales poseen y

controlan desde la extracción de materias primas hasta la distribución de los productos

finales, mientras que la tecnología es responsable de la expansión del poder a

disposición de las empresas gigantes, creando nuevas herramientas, nuevos procesos y

nuevos productos. La eficiencia, al alcanzar este nivel, exige una unificación, una

coordinación radical para eliminar el derroche.

Marcuse (1999: 77), describiendo el proceso contradictorio entre el lucro y el

aparato en movimiento, apunta que el poder tecnológico afecta a la racionalidad y a su

usuario:

“Existe una contradicción, no obstante, entre el incentivo al lucro,

que mantiene el aparato en movimiento, y el surgimiento de un

patrón de vida que este mismo patrón de vida hizo posible. Una

vez que el control de la producción está en manos de los

empresarios que trabajan para el lucro, éstos tendrán a su

disposición lo que deseen como excedente después de que

alquiler, intereses, trabajo y otros costes hayan sido pagados.

Estos otros deberán mantenerse en el nivel más bajo posible. Bajo

estas circunstancias, la utilización lucrativa del aparato dicta a

162

gran escala la cantidad, la forma y el tipo de mercancías que se

producirán y, a través de este modo de producción y distribución,

el poder tecnológico del aparato afecta a todas la racionalidad de

aquellos a quienes sirve.”

Designando el aparato como instituciones, dispositivos y organizaciones de la

industria en la situación actual dominante, Marcuse concluye que bajo el impacto de

este aparato la racionalidad individualista se vio transformada en racionalidad

tecnológica. Hasta incluso las aptitudes individuales, percepción y conocimientos son

transformados en diferentes grados de pericia y entrenamiento, que en cualquier

momento estarán coordinadas dentro de la estructura común de los desempeños

estandarizados. La eficiencia estandarizada se caracteriza por el hecho de que el

desempeño individual está motivado, guiado y medido por patrones externos al

individuo, patrones que se refieren a tareas y funciones predeterminadas. El individuo

eficiente es aquel cuyo desempeño consiste en una acción que responda,

adecuadamente, a las demandas objetivas del aparato, y la libertad del individuo está

confinada a la selección de los medios más adecuados para alcanzar una meta que él no

determinó. Mientras el avance individual es independiente del reconocimiento y se

consuma en el propio trabajo, la eficiencia es un desempeño recompensado y

consumado apenas para el aparato. Marcuse (1999: 80) asegura que: “No hay salida

personal del aparato que ha mecanizado y estandarizado el mundo. Es un aparato

racional que combina la máxima eficiencia con la máxima conveniencia, que ahorra

tiempo y energía, que elimina el derroche, que adapta todos los medios a un fin,

anticipando las consecuencias, sustentando las posibilidades de cálculo y la seguridad”.

La tecnología, de esta forma, somete al hombre que la usa a su lógica. El hombre

frente a la máquina, operándola, aprende que obedecer a las leyes de su funcionamiento

es el único medio para obtener los resultados esperados. La obediencia es condición

para la eficiencia y la sumisión elimina la autonomía. Marcuse (1999: 80) resume, en

una frase densa, esta dialéctica: “La racionalidad individualista se vio transformada en

eficiente sumisión a la secuencia predeterminada de medios y fines”. Además de

mutilar el pensamiento, limitando el raciocinio a la estructura lógica que corresponde al

funcionamiento programado de la máquina, tiene como consecuencia inevitable

absorber los esfuerzos liberadores del pensamiento, una vez que la razón está dirigida al

mantenimiento del aparato.

163

La eficiencia individual del hombre sumiso a la máquina se reproduce en las

relaciones entre los hombres, mediada por el proceso tecnológico del aparato

productivo. Las organizaciones económicas mantienen el poder, identificando las

creencias y valores del pueblo como si éstos fueran la sustancia de las organizaciones.

La adhesión incondicional a la fuerza (leyes, determinaciones) de las organizaciones

garantiza al pueblo estas creencias y valores. Así, se puede concluir que el

comportamiento humano está investido de la racionalidad del proceso de la máquina y

esta racionalidad tiene un contenido social definido.

La racionalidad somete incondicionalmente a los individuos a su yugo y los

valores que esta racionalidad encierra subordinan el pensamiento individual a los

patrones externos, dictados anticipadamente por la tecnología. Marcuse (1969: 84) así

define esta implicación: “Podemos llamar verdad tecnológica a este conjunto de valores

de la verdad, tecnológica en el doble sentido de que es un instrumento de eficacia en

vez de un fin en sí, y de que sigue el patrón de comportamiento tecnológico.” El patrón

de comportamiento tecnológico que exige la racionalidad tecnológica entra en

contradicción, en un primer momento, con la verdad del individuo. Mientras que las

exigencias de la máquina anulan la verdad del individuo, obligándolo a una síntesis, y

la verdad tecnológica que para él se transforma entonces en racionalidad.

Se puede decir, por tanto, que la sumisión se propaga de la razón tecnológica al

orden social que gobierna el desempeño en las fábricas, pero también a las escuelas, a

las iglesias, al poder legislativo, al judicial y hasta a la esfera del descanso y del ocio.

El comportamiento dictado por la tecnología garantiza una convivencia pacífica con el

orden dominante, de modo que la protesta y la liberación parecen irracionales. Los

valores de la protesta y de la liberación, para Marcuse (1968: 87), pertenecían:

“en gran parte, a la racionalidad crítica que interpretaba el proceso

social en términos de las potencialidades que contenía. Una

racionalidad así solo puede desarrollarse totalmente en grupos

sociales cuya organización no esté estandarizada por el aparato y

sus formas dominantes en sus órganos e instituciones. Estos

últimos se concentraban impregnados por la racionalidad

tecnológica que moldea la actitud y los intereses de aquellos que

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dependen de ella, de modo que todos los objetivos y valores

trascendentes son eliminados.”

La sociedad que se organiza según la razón tecnológica desarrolla un conjunto de

valores de verdad propios y adecuados al funcionamiento del aparato productivo. La

competición, lo conveniente, los métodos y principios de organización y de control son

verdaderos o falsos si son instrumentos adecuados para la consecución de los fines. De

esta manera, la razón tecnológica se transforma en verdad tecnológica, teniendo como

consecuencia la estandarización del pensamiento acrítico. La razón crea el instrumento

adecuado al fin, y su materialización es la razón tecnológica que somete al individuo en

la convivencia de la sociedad racional. La razón tecnológica produce la verdad

tecnológica y reproduce una alternativa –el hombre unidimensional–.

Para situar la importancia de la contribución filosófica de Marcuse con su teoría

del hombre unidimensional, así como establecer los límites para la filosofía de la

tecnología, se añaden en este tópico de la investigación, de forma esquemática, las

consecuencias sociales de la producción de la tecnología, que Marx ya había

desarrollado. La oportunidad que ofrece este complemento teórico se une a la

conveniencia de imprimir un marco, destacado por Marcuse apenas parcialmente, que

divida los principios constitutivos y filosóficos de la tecnología y sus consecuencias

sociales. La descripción de este esquema pretende enlazar la crítica filosófica de

Marcuse, de la sociedad industrial avanzada con las categorías y la metodología

establecidas en esta tesis.

En la perspectiva marxista, la liberación del hombre del yugo de la naturaleza

depende del desarrollo de las fuerzas productivas, esto es, de la tecnología. Según la

línea de pensamiento de Marx, aquí desarrollada, se ve que él señala claramente la

tendencia de la ciencia y de la tecnología, materializadas en las fuerzas productivas,

como motor del desarrollo de la sociedad, de manera tensa y dialéctica. Es en el prefacio

de La contribución a la Crítica de la Economía Política (Exposición del Materialismo

Histórico), donde Marx explicita de forma incisiva esta tendencia. En esta parte se

discute sobre la relación entre el desarrollo de la ciencia y la tecnología y el avance

histórico de la sociedad. Después de hacer una reseña crítica de sus trabajos y de los que

realizó junto con Engels, se refiere a los estudios, iniciados en parte en París y

165

continuados en Bruselas, adonde había emigrado, sobre la Filosofía del derecho de

Hegel. En estas investigaciones, Marx (1983: 233) llegó a la conclusión de que las

relaciones jurídicas y las formas de Estado no pueden ser comprendidas por sí mismas, ni

por la evolución del espíritu humano, sino por las condiciones materiales de la

existencia. Así, afirma que: en la producción social de su existencia, los hombres

establecen relaciones determinadas, necesarias, independientes de su voluntad, relaciones

de producción que corresponden a un determinado grado de desarrollo de las fuerzas

productivas materiales.

Marx considera, retomando el pensamiento de Hegel y haciendo la transposición

del primado del sujeto al primado del objeto, que la conciencia está determinada por la

producción de vida material y las contradicciones entre las fuerzas productivas y las

relaciones de producción. No solo las transformaciones en la sociedad están

determinadas por el avance de la ciencia y la tecnología, sino, sobre todo, por la

evolución positiva e histórica de la humanidad en la sucesión de las maneras de producir

su propia existencia. Así se expresa Marx (ídem):

“El conjunto de estas relaciones de producción constituye la

estructura económica de la sociedad, la base concreta sobre la

cual se eleva una superestructura jurídica y política y a la cual

corresponden determinadas formas de conciencia social. El modo

de producción de vida material condiciona el desarrollo de la vida

social, política e intelectual en general. No es la conciencia de los

hombres lo que determina su ser, es su ser social el que,

inversamente, determina su conciencia. En cierto estadio de

desarrollo, las fuerzas productivas materiales de la sociedad

entran en contradicción con las relaciones de producción

existentes o, lo que es su expresión jurídica, con las relaciones de

propiedad, en el seno de las cuales se había desarrollado hasta

entonces. De formas de desarrollo de las fuerzas productivas,

estas relaciones pasan a ser su traba. Surge entonces una época de

revolución social.”

La revolución social significa la constitución de un modo de producir superior,

organizando la sociedad bajo nuevos principios. Son las fuerzas productivas, las

tecnologías concretizadas, quienes fuerzan la transformación en las relaciones de

producción y, por tanto, mueven la historia.

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La tecnología que materializó el desarrollo de la industria se realizó en el sentido

de la disminución creciente del tiempo de trabajo que, como consecuencia, liberaría al

hombre de la actividad de producción. Las máquinas podían asegurar esa liberación no

solo por la multiplicación cuantitativa de la energía mecánica, sino igualmente por el

perfeccionamiento del propio proceso tecnológico de producción. De aquí resultaría

una transformación del trabajo del hombre que de proveedor de la fuerza de trabajo en

el proceso de producción pasaría a ser controlador, vigilante, y el suministro de la

fuerza de trabajo tendría como fuente a la propia máquina.

La primera consecuencia de este desarrollo de la tecnología es que permitiría una

disminución progresiva del trabajo necesario del hombre. La explotación pura y simple

de la fuerza de trabajo sería sustituida por la utilización de la capacidad intelectual,

susceptible de reducir a una abstracción la energía de trabajo realizado con relación a la

enorme fuerza energética del proceso de producción adquirido por la gran industria

fordista. En el proceso de producción el hombre intermediario entre la naturaleza y el

producto, utilizando su fuerza de trabajo, al ser sustituido por la máquina y por el

instrumental, pasa a ser la propia naturaleza la fuerza puesta entre la materia prima y el

producto. De esta forma, el poder del trabajo humano y la fuerza corporal del trabajador

se transforman en la base de la miseria cuando se compara con el poder de producción

de la industria fordista. Es importante señalar el análisis de Marx (1973: 426), que

frustra el optimismo ingenuo al situar las consecuencias del progreso tecnológico en el

ámbito del capital:

“Lo que el trabajador libre vende es, siempre y únicamente, una

medida determinada y particular de la manifestación de su y

energía sobre cada manifestación particular está la capacidad de

trabajo como totalidad. Vende la manifestación particular de su

energía a un capitalista particular (...) Como totalidad de

manifestación de energía, como capacidad de trabajo, este

trabajador es cosa que pertenece a otro y por eso no se comporta

como sujeto ante la manifestación de su energía particular o ante

la acción viva del trabajo”.

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Es en esta ambigüedad, dada por un lado por el acontecimiento del auge del

fordismo y, por otro, por la subsunción del sujeto trabajador al aparato ideológico

totalitario, donde Marcuse analiza al hombre unidimensional.

168

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