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MUERTE EN EL VATICANO

Novela donde se une lo imaginario con lo real

MAURICE SERRAL Y MAX SAVINGNY

Es preciso retroceder más de un milenio para que la idea de dar muerte al


Papa pueda tener alguna verosimilitud. El año 1897 encontramos a un Esteban VI,
que muere estrangulado.
Sin embargo, en los últimos lustros, la humanidad ha estado pasando por
experiencias violentas que rebasan las fronteras de lo ordinario y violan lo que
siempre se había visto como su código más sagrado.
Hechos concretos, como secuestros de personas y vehículos, asesinatos en las
más altas esferas y otros parecidos, han suministrado a los autores de Muerte en
el Vaticano material real para presentar, en forma de novela, pero muy en
consonancia con los tiempos actuales, una situación que parece pertenecer a
épocas superadas hace unos diez siglos.
Las circunstancias, la conducta de los personajes, la sucesión de los
acontecimientos son tan auténticas, que hacen estremecer al más imperturbable.
En las páginas de este libro un plan siniestro, factible por muchos
conceptos, va perfilándose con espantoso realismo. Sus consecuencias obligan al
lector a preguntarse si la humanidad podrá afrontar los cambios que su ejecución
provocaría en el orden universal.
Muerte en el Vaticano impresiona y conmueve el ánimo del lector porque
todos los elementos de la narración se sitúan en la indefinida línea divisoria
que separa lo imaginario de lo real.
Contenido

I ROMA - 5.
II Florencia - 43.
III PARÍS - 95.
IV VERONA - 111.
V ORIENTE - 127.
VI ROMA - 143.

MUERTE EN EL VATICANO

I ROMA

Todo estaba preparado para el magnicidio. Hacía tiempo que los complotados
estudiaban minuciosamente el plan. No poda fallar. No se trataba de complotados
cualesquiera. Entre ellos había un ex general que se había distinguido por su
audacia y habilidad durante la campaña de Abisinia y un ex jefe de la
inteligencia militar que había burlado el bloqueo inglés y desmantelado el
espionaje aliado en África.
También contaban con el técnico en electrónica que había participado en el
atentado que más cerca estuvo de costarle la vida al general De Gaulle. Y
además, con un equipo rigurosamente seleccionado de expertos que pondría en
marcha el complicado mecanismo para terminar con la vida de la ilustre víctima.
Y es que tampoco se trataba de una víctima cualquiera. Desde hacía por lo
menos mil años esta sería la primera vez que se asesinaba públicamente a un
Papa.
El día fijado para el crimen cada hombre estaba en su puesto. Todos,
seguros de lo que tenían que hacer. Todos, menos uno.
Gennaro Santamara revisó por décima vez el flamante Alfa Romeo robado la
noche anterior. Las falsas placas diplomáticas estaban ya colocadas y el
delicado mecanismo electrónico. Sin embargo, el pistolero continuaba dando
vueltas en torno al automóvil, buscando inútilmente una falla que le permitiera
retrasar la terrible decisión.
Cuando una semana atrás había aceptado el siniestro encargo, pensó que lo
llevaría a cabo con la misma frialdad profesional con que había eliminado a
policías, jefes de bandas rivales o competidores en el tráfico de drogas.
Pero matar a un Papa era diferente. Ahora se daba cuenta.
Desde que lo habían deportado a Italia, su país natal, comprobaba
extrañado, que volvían a aflorar en él viejos sentimientos religiosos que creía
desvanecidos para siempre. Le parecía volver
a escuchar las plegarias de su niñez, en la pequeña aldea siciliana donde había
nacido. Venían a su mente viejos cánticos religiosos y volvía a ver al viejo
cura párroco que le enseñó las primeras letras, las únicas que adquirió en toda
su vida. Después vino la emigración y la vida azarosa del delito organizado. En
Chicago había conocido a algunos hombres de iglesia. Pero eran americanos,
hablaban otro idioma y nunca le parecieron sacerdotes auténticos.
Y ahora se preparaba para asesinar al más auténtico de todos. Al sacerdote
número uno de la Iglesia. Al que los creyentes llaman Santo Padre. El crimen al
que se había comprometido, se le aparecía ahora en toda su enormidad y empezaba
a darse cuenta de que no sería capaz de cumplir la parte que se le había
encomendado. La peor parte, la más directa, la más mortífera. Toda la noche pasó
dando vueltas a estos pensamientos, mientras buscaba un pretexto que le
permitiera desligarse del monstruoso delito.
Era muy avanzada la noche cuando por fin sus dudas se desvanecieron, cesó
su lucha interior y lo invadió una extraña tranquilidad. Había tomado una
resolución. Cerró cuidadosamente la puerta del destartalado garaje de la Vía
Petrella, encendió un cigarro y se sentó dentro del coche robado a esperar que
amaneciera.
El hermano Ettore despertó sobresaltado. Tenía la sensación angustiosa de
que algo siniestro e impreciso había roto el orden natural de las cosas. Algo no
encajaba en el marco habitual de su vida cotidiana ni en el ordenamiento severo
de la rutina vaticana. ¿Qué era?
Atontado, recorrió con la vista la humilde habitación que casi parecía una
celda. Una celda como la que ocupaba en el ruinoso convento de su pueblo natal
en la Lombardia, cuando todavía no soñaba que un día tendría el honor de ser
sirviente del Papa.
Había pasado una noche atormentado por extraños sueños que ya empezaban a
desvanecerse. Recordaba, confusamente, lamentos que resonaban, lúgubres, por los
viejos corredores vaticanos.
Monjes que entonaban letanías fúnebres. Un mar de sombras que avanzaba hacia
él, como queriendo envolverlo.
Pero no eran esos sueños los que le habían producido esa sensación
angustiosa. Había sido un momento brevísimo, justamente cuando despertó. O mejor
dicho, cuando estaba todavía en ese limbo brumoso, entre el sueño que se
disipaba y la vigilia que todavía no se afirmaba. Tenía la impresión de que
había visto algo en ese momento. Algo inquietante. Pero inmediatamente, la
imagen se había desvanecido. Y era algo cargado de peligro y amenaza.
Recorrió con la vista los objetos familiares: un lavamanos y una jofaina
propia del siglo pasado, un rústico armario, la pequeña mesa de noche y la
ascética cama en que estaba acostado.
Todo seguía igual.
Entonces, ¿por qué esa visión fugaz, presentida, más que vista, de algo
ominoso?
Miró por la ventana y entonces vio. Comprendió qué era lo que había
producido en él esa sensación de interrupción de su mundo habitual. Simplemente,
la ventana del aposento papal estaba iluminada desde el interior.
Su Santidad mantenía la luz encendida. A las seis de la mañana, y cuando ya
el sol de un otoño tardío se insinuaba a través de la inmensa mole del Vaticano.
El hermano Ettore sonrió tranquilizado. Era extraño ver encendida la luz
eléctrica en la recámara papal a esa hora, pero no era para alarmarse. Sin
embargo persistía en él la sensación de que había visto algo más. ¿Quizá en la
misma ventana? No podía asegurarlo.
Sentía todavía la cabeza pesada por el sueño. Hizo un esfuerzo por
recuperar la lucidez. A sus setenta y cinco años, cada mañana el esfuerzo era
mayor. Pronto tendría que dejar el puesto a alguien más joven. Pero entre tanto,
pensaba continuar prestando sus modestos servicios. Hasta que la artritis lo
inmovilizara definitivamente. Su memoria también había empezado a fallar en toda
la línea. En realidad, su organismo era un barco que hacía agua por todas
partes.
"De todos modos, todavía me quedan cinco años", pensó, irónico. "Por lo
menos, los cardenales, hasta los ochenta, gozan de todas sus prerrogativas. Pero
después de esa edad, pierden una de las más importantes: la de elegir al sucesor
del Supremo Pontífice. Así lo había dispuesto Pío XII. ¿O había sido Juan XXIII?
No. Fue Paulo VI. Ahora lo recordaba. En su memoria se confundían los reinados
pontificios. Había servido a cuatro Papas.
"Elegir sucesor al Santo Padre es una gran responsabilidad", pensó. "Es
natural que esté reservada solo a los jóvenes". A los jóvenes menores de ochenta
años. En el Vaticano, juventud y vejez tenían otra dimensión. Ningún Papa de los
que había conocido había muerto antes de los ochenta años. Y este Juan Clemente
que acababa de subir al Solio apenas tenía sesenta y cinco y parecía fuerte y
sano. Seguramente tenía para mucho tiempo de reinado. Con suerte podría estar
reinando todavía para el año 2000.
El, el humilde hermano Ettore, naturalmente con sus setenta y cinco años,
no llegaría a conocer al sucesor. Echó otra mirada a la ventana del aposento
papal. Seguía iluminada. Y ya el sol alumbraba el edificio del Vaticano. Sintió
una inquietud inexplicable. "¿Se habrá quedado dormido con la luz encendida?",
pensó, desconcertado. "¿O habrá pasado leyendo toda la noche?"
¿Por qué un detalle mínimo como este lo desazonaba así? El mismo no poda
explicárselo. La vejez, quizá. Cada vez iba siendo más difícil aceptar lo que
salía de la rutina establecida a lo largo de los años. Y en los cuarenta que
llevaba de servicio en el Vaticano no recordaba que un Papa hubiera dejado
encendida la luz de su recámara toda la noche.
Mientras se lavaba y se vestía, siguió ordenando recuerdos de su vida en el
Vaticano. Recordar fechas era un buen ejercicio mental, sobre todo para alguien
que perdía la memoria en forma alarmante, como él.
Volvió a revivir ese día de verano de 1938 cuando el Padre Mayordomo que
entonces era tan anciano como él lo era ahora, lo había iniciado en sus labores
de servidor del Papa.
El Papa era Pío XI en esa fecha. Pío XI, que acababa de cumplir ochenta y
un años y que ya mostraba un rostro velado por la muerte próxima o por la
tristeza de ver que la obra pacifista que había marcado todo su pontificado, se
derrumbaba ante una Europa que parecía correr, gozosa, hacia el suicidio.
Recordaba hasta en los menores detalles ese día. Un día memorable para Roma
y para Italia. Y no porque el se hiciese cargo del servicio del Papa,
naturalmente. Era el día de la llegada de Hitler en visita oficial a Roma. La
atmósfera delirante de la ciudad contrastaba con el silencio y la soledad de los
corredores vaticanos. El Padre Mayordomo lo había llevado ante Su Santidad para
presentarlo. Pero encontraron al Pontífice con la cabeza hundida entre las
manos, escuchando por la radio el belicoso discurso de Mussolini. El Papa tenía
una expresión tan sombría que el Padre Mayordomo optó por dejar la presentación
para el día siguiente.
Conservaba un recuerdo conmovido de Pío XI. Un Papa humano, bondadoso, de
sonrisa fácil, de palabra siempre amable y oportuna. Paciente y tolerante. En el
breve año que estuvo a sus servicios, el hermano Ettore cometió muchas torpezas
y equivocaciones. Quizá el empeño exagerado que ponía en atenderlo era la causa.
Pero Pío XI se lo perdonaba todo.
Le costó un año acostumbrarse a la idea de que vivía bajo el mismo techo
que el Papa. Era solo un criado, es cierto, pero cuántos en su pueblo lo
envidiaban. Ver todos los días, al jefe supremo de la cristiandad. Pensar que
reyes y jefes de estado tenían que pedir audiencia para verlo. Y él no
necesitaba permiso de nadie. Le bastaba llevarle el desayuno cada mañana.
Al año, el buen Papa Pío XI murió. Justo cuando el hermano Ettore había
aprendido por fin a satisfacer las exigencias cotidianas de su patrón, sin
equivocaciones ni tardanzas. Luego vino el otro Pío. El XII. ¡Qué diferencia!
Lejano, frió, ascético, siempre serio. Jamás tuvo una palabra dura para él, es
cierto. Jamás un reproche, pero jamás una sonrisa tampoco. Por lo demás, no era
él solo quien atendía las necesidades domésticas de Pío XII. El Pontífice se
había traído de Munich una monja alemana, fuerte y enérgica que miraba con no
disimulado desdén al nervioso y solícito lego milanés. Poco a poco fue
remplazándolo en casi todas sus funciones.
Después vino el Papa más popular de este siglo: Juan XXIII.
Pero tampoco este Santo Padre significó para Ettore un periodo muy feliz.
También Juan XXIII había traído consigo al Vaticano a una servidora a la que ya
estaba acostumbrado.
Fueron largos años de sentirse casi inútil, con el temor de ser despedido
de un momento a otro. Pero del Vaticano casi nadie sale, si no es como difunto,
y el hermano Ettore continuó sirviendo aunque fuera solo nominalmente, al Papa
en turno.
Por fin, cuando la vejez ya hacia presa en él, tuvo oportunidad de
recuperar todas sus prerrogativas de servidor a tiempo completo del Sumo
Pontífice. Paulo VI lo conservó junto a él los quince años que duró su reinado.
Y ahora, desde hacía un mes, Ettore, limitado por la artritis se esforzaba por
asimilar las costumbres del nuevo Papa. Buen hombre Juan Clemente
Tenía los hábitos de un buen padre de familia: ordenado, frugal, alegre.
Era fácil darle en el gusto. Ordenado, y sin embargo dejaba encendida toda la
noche la luz de su habitación.
Era la primera vez que lo hacía en los dos meses que llevaba como Papa. El
propio Pontífice le había contado que Dios lo había bendecido con un sueño de
niño. O de campesino, que es lo que había sido. Leía media hora antes de
acostarse y luego se dormía apaciblemente. Pero por lo visto, no siempre.
"¿Debería tener en cuenta la anomalía de esta mañana y llevarle más tarde el
desayuno?", pensó Ettore, preocupado. El servicio empezaba temprano. A las siete
debía servirle el desayuno en su recámara.
Interrumpió el rosario de sus evocaciones y miró el reloj: eran casi las
siete.
Ettore terminó de vestirse. Le quedaba el tiempo justo para ir a las
cocinas y retirar el desayuno.
Miró por última vez hacia la ventana del aposento papal, con la esperanza
de que la luz se hubiera apagado y todo hubiera vuelto al orden acostumbrado.
Pero la ventana seguía iluminada.
Ahora más desde fuera que desde adentro. El sol radiante de Roma bañaba a
raudales la ventana pontificia y hacía difícil distinguir la luz artificial del
interior.
De nuevo se sintió asaltado por una vaga inquietud que no sabía a qué
atribuir. Un recuerdo trataba de abrirse paso en su mente. Algo amenazador que
tenía que ver con la habitación del Papa y quizá con la ventana iluminada.
Apresuradamente, salió de su cuarto y se dirigió a las cocinas, mientras
hacía esfuerzos por reconstruir las últimas horas de la noche anterior. Había
llevado las medicinas que el Santo Padre acostumbraba a tomar antes de
acostarse. En la puerta se había encontrado con el padre Martello. ¡El padre
Martello!
Ese era el recuerdo que se obstinaba en recuperar. ¿Pero qué tenía que ver
el padre Martello con esa luz encendida en la ventana? Nada, evidentemente. En
su pobre cerebro deteriorado se confundían ya ideas, temores y recuerdos.
Lo que sí recordaba ahora perfectamente, era que el padre Martello, hombre
de confianza y amigo personal del Pontífice, había tomado de manos del hermano
Ettore la bandeja con el agua y las medicinas y había entrado a la habitación de
Su Santidad.
Ettore, disimulando su disgusto, dejó en manos del padre Martello la última
diligencia de la noche. No le gustaba que usurparan sus funciones. Aunque
durante dos reinados pontificios había debido renunciar a obligaciones que eran
para él verdaderas prerrogativas, por lo menos se trataba de monjas enviadas
exprofeso al Vaticano para servir al Papa. Pero el padre Martello no ejercía
ninguna función oficial.
Para Ettore era simplemente un cortesano que abusaba de su amistad anterior
con el Santo Padre para deambular a todas horas por el Vaticano y enfrascarse en
largos coloquios con el Papa, atropellando la severa etiqueta vaticana. Y, por
lo que el hermano Ettore había podido observar, no era él el único que miraba
con disgusto el ascendiente que había tomado el padre Martello sobre el Papa en
los escasos dos meses que llevaba Juan Clemente I de pontificado.
Hacía cinco minutos, por lo menos, que el reloj de la basílica de San Pedro
había dado las campanadas de las siete, cuando el hermano Ettore golpeó
suavemente a la puerta del aposento papal. Cinco minutos de retraso. Al
germanizado Pío XII quizá le habrían parecido muchos. Pero este Papa amable y
sonriente, no, parecía cuidarse mucho del reloj. Por lo menos, todavía.
Ettore sabía cuánto cambian a veces los hombres al llegar al poder. Y ya le
había parecido notar ciertos cambios en Juan Clemente I. Hablaba con la misma
voz suave de siempre, pero algo nuevo había aparecido en su mirada en los
últimos días. Había una especie de ansiedad reprimida, de excitación secreta en
sus ojos. El hermano Ettore era buen observador. Los años habían embotado quizá
su memoria y entorpecido sus movimientos, pero su capacidad de observación se
había agudizado últimamente. Algo se avecinaba en el Vaticano. Estaba en el
aire.
Volvió a golpear más fuerte. Pero el silencio siguió.
El hermano Ettore permaneció un momento desconcertado. ¿Estará Su
Santidad sumergido en sus plegarias matutinas? Volvió a pensar en el detalle
extraño de la luz encendida. Golpeó por tercera vez. Tampoco hubo respuesta.
Ettore empezó a alarmarse. ¿Se sentirá mal el Santo Padre? ¿Pero hasta el
extremo de no poder hablar?
Se preguntó qué debía hacer. Trató de recordar precedentes, pero ninguna
situación similar se le vino a la memoria. Mientras pensaba rápidamente, golpeó
una vez más. Ante el persistente silencio, llamó entonces con su voz vacilante.
Y como ya lo temía, tampoco hubo respuesta.
Ya francamente asustado, el hermano Ettore dejó la bandeja con el desayuno
sobre una de las sillas españolas que parecían montar guardia a lo largo del
corredor y se dirigió, con toda la velocidad que le permitían sus piernas
artríticas, a buscar al Padre Mayordomo.
El coronel en retiro Alberto Costa ex jefe del Servicio de Inteligencia del
Ejército Italiano de África, ordenó a su chofer disminuir la velocidad cuando el
coche salió del Viale dei Quattro Venti para enfilar la calle del Correggio. A
los pocos metros, su mirada experta comprobó que el primero de sus hombres, el
encargado de hacer la señal convenida cuando la comitiva del Papa se acercara,
estaba ya en su sitio. Hizo una marca en el plano que llevaba sobre las
rodillas. Más adelante, en el puesto de periódicos, instalado especialmente para
la operación, el segundo vigía estaba también preparado. Al llegar a la esquina,
vio en la puerta del pequeño café al tercero. Esto indicaba claramente que en el
interior, junto al teléfono, otro de los cómplices estaba también alerta.
El coche cruzó la bocacalle dando tiempo al coronel para cerciorarse de que
la camioneta seguía en el mismo lugar donde el había mandado estacionarla, desde
la noche anterior. Faltaban veinticinco minutos para la hora fijada y todos
estaban en sus puestos. Le quedaba solo por revisar la última pieza del
engranaje: el hombre clave de la operación. El que debía atravesar el coche,
cargado de explosivos, en el camino de la comitiva. Era la misión más difícil y
peligrosa de todas, pero tenía plena confianza en Gennaro Santamara. Una vista
excepcional, nervios a toda prueba y una habilidad extraordinaria como chofer
que le había salvado más de una vez la vida. Y sobre todo, experiencia.
Santamara era el más fogueado de todo el equipo. Un verdadero profesional.
Pero al cruzar la segunda esquina lanzó una exclamación de rabia y
sorpresa.
-¡Para! Ordenó bruscamente al chofer.
El Alfa Romeo no estaba en el lugar convenido. Y lo que era peor, el puesto
cuidadosamente elegido, a pocos metros de la bocacalle estaba siendo ocupado en
ese momento por un camión cargado de refrigeradores.
Miró la hora. Faltaban veinte minutos. Quizá era tiempo.
Había tomado la precaución de alquilar un garaje en la Vía Petrella, a
pocas cuadras de allí. Dio la dirección al chofer y empezó a pasar revista en su
mente a todas las posibles causas de la ausencia de Santamara.
¿Había sido descubierta la conspiración? ¿Habrían apresado al pistolero?
¿Qué otro inconveniente pudo haberle impedido llegar a tiempo? Habrían
localizado, quizá, el automóvil robado?
En pocos minutos estuvieron en la Vía Petrella. Con cautela, el coche se
fue acercando al portón. No se veía nada normal. El chofer hizo sonar el claxon
en la forma que habían establecido como señal. Los dos hombres esperaron,
tensos. Pasaron unos segundos y repitieron la señal. Costa no separaba los ojos
de la puerta del garaje que continuaba cerrada. Bajó entonces del auto y con
simulada despreocupación sacó una llave y abrió el portón.
El chofer permaneció en el volante con el motor en marcha y el rostro
impasible. Estaba acostumbrado a esperar y no hacía nunca preguntas. Pasaron
cinco minutos. Las pocas personas que en este momento transitaban por la Vía
Petrella no habrían identificado, ni aunque hubieran prestado atención, el leve
ruido seco, que llegó por tres veces consecutivas desde el interior del garaje.
Pero el oído, experimentado del hombre sentado al volante supo inmediatamente
que se trataba de tres tiros de una Beretta 32, disparada con silenciador.
El hombre esperó alerta. Sin despegar la vista del portón, llevó la mano
disimuladamente hacia su propia pistola. El también estaba preparado. Como
siempre.

4
El Padre Mayordomo miró perplejo al hermano Ettore. El también había golpeado
una segunda y tercera vez a la puerta de Papa, pero dentro, el silencio
continuaba. Decidiéndose, el sacerdote pulsó la puerta. Estaba abierta.
Los dos hombres entraron, respetuosamente. Desde la puerta, el Padre
Mayordomo miró hacia el lecho y empezó a hilvanar una disculpa. Pero se detuvo
casi inmediatamente. Incrédulos, los dos miraron la forma inmóvil del Papa,
tendido en el lecho. Los rasgos estaban contraídos en una expresión de
sufrimiento o de horror. De su mano, extendida hacia el piso, había caído algo
que parecía un pequeño libro o cuaderno.
El hermano Ettore comprendió inmediatamente que el Papa estaba muerto, pero
el Padre Mayordomo se precipitó al teléfono.
-¡Doctor, habla el padre Leonardi! dijo nerviosamente-. Es necesario que
venga usted inmediatamente a la recámara de Su Santidad. Parece que ha sufrido
un síncope.
Colgó y se volvió a mirar el cuerpo. Su primera reacción había sido la de
acercarse al Papa para intentar socorrerlo. Pero era un hombre frío y cerebral y
se impuso su sentido del orden y de la disciplina. Había todo un cuerpo médico
encargado de velar por la salud del Papa y en él estaban los mejores médicos de
Italia. Uno de ellos, siempre al alcance de una simple llamada. En pocos
segundos, el doctor Grimaldi estaría ahí y sabría qué hacer.
Sin embargo el padre Leonardi no se hacía ilusiones. Había visto demasiados
cadáveres en su vida para no darse cuenta de que el Pontífice estaba muerto, sin
necesidad de acercarse a tocarlo.
En los breves segundos que tardó el doctor Grimaldi en aparecer en el
aposento del Papa, el Padre Mayordomo pensó rápidamente. Más rápidamente de lo
que lo había hecho en toda su vida. Ya había cumplido con el deber urgente de
dar, primero, aviso al médico. Lo que el Padre Mayordomo debía decidir ahora era
a quién darle la noticia en segundo lugar, que era como si fuera el primero,
pues el médico estaba obligado al silencio.
Se acercó al cuerpo inmóvil. Quería tener antes la confirmación de lo que
ya era para el evidente. Respetuosamente, tomó la mano yerta y ya fría. No había
pulso ni ningún signo vital que pudiera hacer pensar en la posibilidad de un
síncope.
El hermano Ettore parecía esperar instrucciones.
Dentro de la complicada jerarquía vaticana, el Padre Mayordomo ocupaba un
rango modesto, pero en ese momento se sintió depositario de una responsabilidad
histórica. Nunca en los últimos siglos había muerto un Papa en forma tan brutal
y repentina. Unos por enfermedad; otros por su avanzada edad, todos habían hecho
prever su muerte inminente. Pero la desaparición de Juan Clemente I tomaría a
todos por sorpresa.
El Mayordomo sabía la profunda división que separaba a la Iglesia. Una
división que llegaba hasta las máximas autoridades de la Santa Sede. La muerte
repentina de Juan Clemente I favorecería quizá a una de las facciones, aunque no
podría decir a cual. El saber antes que la otra la noticia también podía
significar una ventaja. Se podrían echar a andar antes de que lo hicieran los
demás, mecanismos de poder, combinaciones y compromisos encaminados a la
elección del sucesor. Era entonces vital decidir en ese momento a quien dar la
noticia ahora.
Al nivel del Padre Mayordomo, las intrigas de alto vuelo llegaban
convertidas en simples murmuraciones, de modo que le era difícil determinar con
cuál de las dos grandes corrientes se sentía más identificado. Sin embargo, el
elegir en estos momentos, el abanderizarse, lo proyectaba repentinamente a las
alturas de la política vaticana. El Padre Mayordomo eligió.
Volviéndose al hermano Ettore que seguía mirando el cadáver con aire
estúpido le ordenó, imperioso.
-Avise al cardenal Cruciani.
El hermano Ettore lo miró atónito.
-¿Al cardenal Cruciani?
-Sí. ¿No sabe dónde duerme el cardenal? -preguntó impaciente el Padre
Mayordomo.
-Sí, pero...
-Rápido. Haga lo que le he dicho. Diga a su eminencia lo que ha ocurrido. Y
a nadie más.
El hermano Ettore se decidió por fin a obedecer y salió, todavía atontado,
mientras el Padre Mayordomo se abstraía, en la contemplación del cuerpo.

5
El general Aldo Bontempelli, miró por quinta vez su reloj.
Era un hombre alto y corpulento y aunque no sobrepasaba los sesenta años,
la piel curtida y tostada por el sol africano lo hacía parecer de mayor edad.
Vestía con escrupulosa corrección, pero la rigidez con que llevaba la ropa
delataba al militar de profesión. Una insignia en la solapa lo acreditaba como
ex combatiente de la campaña de Abisinia.
El general sabía que en estos casos uno se siente inclinado a pensar que el
reloj anda mal, pero de todos modos, comparó su hora con la que marcaba el
pequeño reloj incrustado en el vientre de un pingüino de porcelana que adornaba
la repisa. Era un reloj absurdo. Todo era absurdo en el departamento de
Antoniella Pittaluga. Pero normalmente, el general toleraba de buen talante las
extravagancias de la muchacha. Esta vez el reloj le pareció irritante. Quizá
porque iba tan lento como el suyo.
Mentalmente, el general Bontempelli seguía el itinerario de la víctima. A
estas horas, el Papa debería estar saliendo del Vaticano. Le parecía ver a los
guardias suizos presentando armas a la limosina papal. Antes de dos minutos, el
vehículo y su comitiva estarían cruzando en Tiber. Aún calculando un tránsito
intenso, como el que habían previsto a esa hora, los vehículos enfilarían antes
de cinco minutos, la Vía dei Quattro Venti. Y desde ese momento, a menos que
mediara una circunstancia imprevista, el desenlace sería cuestión de segundos.
Acostumbrado a misiones arriesgadas, el general no se había sentido tan
nervioso, desde aquel lejano día de diciembre de 1935 cuando el general Graziani
le había encomendado apoderarse por sorpresa, al mando de una columna móvil, de
la capital etíope.
El grueso del ejército italiano, estaba todavía a muchos kilómetros de
Addis Albea, pero Graziani pretendía ofrecer la ciudad como un regalo de Navidad
a Mussolini. Bontempelli, en ese tiempo un joven comandante, sabía que la
empresa era prácticamente imposible. Pero la acometió de todos modos. Y estuvo a
punto de lograrlo. Si hubiera tenido el apoyo aéreo que pedía, la ciudad habría
caído seis meses antes y quizá habría sido posible capturar al Negus, que era el
objetivo que secretamente perseguían.
Esta vez, Bontempelli daba por seguro el éxito. La operación dependía solo
de el, que la había planeado y del coronel Costa su hombre de confianza, que
había conseguido el personal más seguro y experimentado para llevarla a cabo.
Sin embargo, su nerviosidad aumentaba a medida que se acercaba la hora 0.
El general sabía que siempre hay que contar con los imponderables que pueden
hacer fracasar el plan mejor concebido.
Miró el teléfono y no pudo evitar una sonrisa sardónica. A través de ese
ridículo aparato color rosa, recibiría de un momento a otro la noticia. La voz
de Costa diciendo las palabras convenidas, llegaría hasta él antes que los
boletines oficiales, los comunicados urgentes de la radio y la televisión, las
ediciones especiales de los diarios y toda la avalancha informativa que
desencadenaría el crimen.
En ese momento sonó el teléfono. Sin poder contenerse, Bontempelli se lanzó
hacia él.
-Habla la Productora Apolo para recordar a la signorina Antoniella Pitaluga
que tiene llamado mañana a las siete en el foro cinco de Cinecitta.
-De acuerdo -dijo el general impaciente-. Se lo diré.
-¿Quién recibe el mensaje? preguntó la voz, con irritante calma.
-¡Cuelgue ya! -rugió el general, golpeando furioso la horquilla.
Contuvo su irritación diciéndose a sí mismo que llamadas como esta formaban
parte del mundo banal de Antoniella. Eran parte del precio que tenía que pagar
por disfrutar de una amante de veintitrés años. No tenía derecho a enojarse, y
menos en esta ocasión, en que había elegido deliberadamente el departamento de
la muchacha para recibir allí las noticias. Era menos peligroso recibir una
llamada telefónica en el departamento de Antoniella que en su propia casa o en
los lugares que solía frecuentar. Se rumoreaba que el gobierno estaba
interviniendo los teléfonos de algunas figuras públicas consideradas
extremistas. Bontempelli había sabido mantener sus relaciones con la muchacha en
un plano de discreción y las posibilidades de que también estuviera
intervenido el teléfono de Antoniella, eran prácticamente nulas.
El reloj de la Annunziata empezó a dar las campanadas de las ocho. La vida
del Papa ya solo se contaba en segundos para Bontempelli. El general seguía con
la vista fija en el teléfono.
Sonaría antes de un minuto. La voz de Costa diría las palabras clave:
"Operación Jerusalén Libertada, cumplida con éxito".
Amante de los clásicos, el mismo había elegido la consigna.
Pero lo que oyó fue la voz de Antoniella a sus espaldas.
-¿La llamada era para mí, tesoro?
Frotándose los ojos, cargados de sueño, la espléndida muchacha vestida solo
con el saco de la pijama, llegó junto a él y lo besó.
-Mañana a las siete en el foro cinco de Cinecitta -dijo el general,
reprimiendo su impaciencia. No era habitual que Antoniella despertara tan
temprano. Maldijo la llamada inoportuna.
-Vuelve a la cama. Tienes sueño atrasado y se te nota. Mañana tienes que
estar muy guapa.
La muchacha hizo un mohín.
-Guapa, sí. Pero como siempre, para hacer un papel de extra.
-Ya llegará tu oportunidad Facetta Nera. Ten paciencia.
Le decía "Facetta Nera" porque le recordaba a una muchacha etíope que había
sido su amante durante la campaña en África.
Antoniella era casi tan morena como ella, pero mucho menos inteligente. Y
mucho más inoportuna. Justamente en ese momento se lanzó en una serie de
reproches que el general ya había escuchado muchas veces.
-He tenido demasiada paciencia. Cuantas veces me has prometido que vas a
hablar con el senador Tartini, para que me recomiende con Bertolucci. Puras
promesas.
-Ya te he dicho que el senador se enemistó con Bertolucci -dijo el general,
conteniendo su rabia-. Pero me ha prometido hablar en la RAI.
-Sabes que no me gusta la televisión. Lo que yo quiero hacer es cine.
-Está bien. Ya veré con quién hablo dijo mecánicamente Bontempelli, con la
mirada fija en el reloj.
Costa tenía ya cuatro minutos de retraso, aun tomando en cuenta el plazo de
tolerancia que habían calculado.
La muchacha seguía hablando, pero el ya no la oyó. Algún problema tenía que
haber surgido. Cuatro minutos dentro de un plan tan minucioso representaban ya
una incógnita grave.
-Además, el productor de la Apolo no me va a dar nunca un buen papel. Solo
me llama porque quiere acostarse conmigo.
El general se volvió, exasperado. Pero no tuvo tiempo de decir nada. En ese
momento sonó el timbre de la puerta y la muchacha corrió a ponerse una bata.
El general miró frenético el teléfono. Diez minutos. El silencio de Costa
ya era alarmante.
En la puerta, Antoniella discutía con alguien, pero la atención de
Bontempelli seguía concentrada en el teléfono y en la llamada que no llegaba. El
retraso se acercaba ya a los quince minutos. Era el desastre.
Instintivamente miró por el amplio ventanal hacia Roma que se extendía a
sus pies, como si desde allí le hubiera sido posible divisar y oír la explosión
que debía ocurrir, pero que no ocurría.
Su nombre, pronunciado por una voz conocida, lo sacó de su idea fija. Se
volvió rápidamente, alerta, listo para la acción.
Como en sus tiempos de campaña.
Ante él estaba Costa, impávido, como siempre. Nada denotaba en su actitud
que hubiera ocurrido algo grave. Pero su sola presencia allí a esa hora no podía
significar otra cosa que una catástrofe.
-¡Costa! ¿Qué pasa?
Antoniella miraba furiosa. Bontempelli no se había permitido jamás la
indiscreción de recibir visitas en el departamento de ella. El visitante podía
ser un personaje importante de los que el general conocía tantos. La figura
seca, enjuta, el pelo blanco y tupido, los rasgos finos, la contextura atlética
a pesar de la edad, impresionaron a la muchacha. La manga vacía del traje gris
impecable lo hacía más interesante.
Antoniella esperó las presentaciones.
Pero el general, con una aspereza que no le conocía, le ordenó salir. Ella
esbozó una protesta.
-¡Déjanos solos, te digo! -casi gritó Bontempelli. Asustada y humillada,
Antoniella salió.
El general contuvo su nerviosidad.
-¿Qué ha pasado, Costa?
-Un tropiezo grave, general. Santamara, el americano... es decir el
italoamericano que estaba encargado del coche con el explosivo no pudo tomar
parte en la maniobra Según él, la policía lo seguía desde anoche. Prefirió no
arriesgarse. Y yo tampoco.
De modo que suspendí la operación hasta nueva orden.
-¡Hasta nueva orden! ¿Sabe usted cundo puede tardar esa nueva orden?
¿Cuánto tendremos que esperar hasta que se vuelva a presentar una oportunidad
tan favorable como la de hoy? Y entre tanto tendremos que correr el riesgo de
que ese Santamara caiga en manos de la policía. De que hable. De que revele
todo. Por eso yo no era partidario de emplear a un hombre que no fuera de los
nuestros.
-Santamara no hablará dijo, impasible, Costa.
-¿Por qué está tan seguro? Nunca he confiado en mercenarios.
-Santamara no podrá decir ya nada a la policía. Ni a nadie -agregó en tono
significativo.
El general comprendió.
-Por lo menos ha resuelto usted ese problema dijo, más tranquilo. Aunque la
investigación que haga la policía siempre representa un peligro.
-No lo creo, general. Santamara tenía antecedentes criminales y estaba
ligado al delito organizado. Aquí y en Estados Unidos. La policía no pensará que
su muerte pueda tener algún significado político. La atribuirán a un arreglo de
cuentas con otros pistoleros.
El general se paseó, preocupado, unos momentos. Costa esperaba, silencioso.
-Por lo pronto, es urgente hacer saber a nuestros amigos lo que ha ocurrido
dijo, pensativo-. Luego decidiremos. No creo que por el momento debamos recurrir
nuevamente a sus servicios, Costa. De todos modos si hubiera que tomar alguna
medida de emergencia, supongo que cuento nuevamente con usted.
-Como siempre, general -dijo Costa con sencillez.

6
En la recámara papal, el doctor Grimaldi certificó la muerte y se volvió al
cardenal que esperaba al pie del lecho.
Tanto el médico, como el pequeño grupo que miraba con recogimiento la
escena, conocían el ritual.
El cardenal se acercó y golpeó tres veces con los dedos la frente del
muerto.
-¿Joannes, Mortuus es? ("Juan, estás muerto?") -preguntó tres veces, con
voz monótona.
Se produjo un momento de silencio y luego el cardenal entonó.
-Papa Joannes Clemens Primus vere mortuus est.
Quitó entonces el Anillo del Pescador del tercer dedo de la mano derecha
del muerto. De acuerdo con el rito milenario, se debía romper el anillo para
enterrarlo con el cadáver. Nadie podría así usurpar la autoridad papal usando el
sello del Pontífice muerto para legalizar decretos o documentos. Esta práctica
se había instaurado en tiempos más primitivos. En la actualidad el riesgo de una
falsificación era remoto. Pero como tantas otras tradiciones del Vaticano, la
destrucción del sello, aunque solo simbólica, se seguía efectuando.
Según la tradición, ahora debía procederse a lavar el cuerpo, para
envolverlo luego en la vestidura blanca y la capa roja propias de su rango. La
bandera de la Santa Sede bajaría a media asta y las verjas del Vaticano se
cerrarían con gruesas cadenas. Sin embargo, el desconcierto y la indecisión
parecían reinar entre los presentes. Todos miraban al doctor Grimaldi, esperando
una explicación médica del inaudito acontecimiento.
-Aparentemente, fue un infarto agudo del miocardio dijo el doctor.
El cardenal Cruciani miró fijamente al médico.
-¿No le parece extraño, doctor?
El doctor hizo un gesto intranquilo.
-¿Extraño? Puede ocurrirle a cualquier persona.
-Pero tengo entendido que usted había examinado a Su Santidad hace menos de
una semana, antes de su viaje a Castelgandolfo.
-Así es. Yo y mis colegas. El Papa gozaba de perfecta salud.
-Según el doctor Giacometti, usted declaró, después del examen, que Su
Santidad tenía el corazón de un hombre de treinta años más joven -dijo el
cardenal suavemente.
-También hay hombres de treinta y cinco años que mueren de un infarto dijo
el doctor, incómodo.
-En todo caso, no es frecuente insistió el cardenal-. Su Santidad parecía
tranquilo. No se sometió a ningún esfuerzo físico violento que sepamos. Además,
su frugalidad, su equilibrio, los cuidados de que lo rodeábamos hacen todavía
más inexplicable su muerte.
Se interrumpió, al ver aparecer por la puerta entreabierta a un sacerdote
alto, esbelto que no parecía llegar todavía a los cuarenta años. La sotana, los
cabellos, quizá más largos de lo conveniente en un miembro de la Iglesia y el
perfil aquilino acentuaban aún más su aspecto de florentino del Renacimiento.
Era el padre Bruno Martello.
El cardenal lo miró con sorpresa y disgusto. ¿Cómo se habría enterado tan
pronto de la terrible noticia? El padre Martello no contaba con las simpatías de
los cardenales del Vaticano.
Cruciani le manifestaba su aversión en la forma suave e irónica que era su
estilo.
-Nunca hará carrera un cura con aspecto de actor de cine -había dicho
sonriendo al verlo entrar por primera vez en el Vaticano. La aparición de un
cura desconocido al lado del Sumo Pontífice había despertado la hostilidad
general.
Todos esperaron con curiosidad la reacción de Martello ante la vista del
cadáver.
Los rasgos armoniosos y firmes del rostro del cura estaban contraídos ahora
por una congoja que no trataba de disimular.
Como si la amistad personal que lo había ligado al Papa le diera derechos
especiales, cruzó el pequeño grupo de altos dignatarios que permanecía
respetuoso al pie del lecho y llegó hasta la cabecera misma. Allá se arrodilló,
pero no para rezar sino para mirar el rostro del muerto, como podría haberlo
hecho un hijo.
Sus lágrimas corrían libremente sin que el hiciera nada por ocultarlas.
Los demás lo miraron, impresionados, a pesar de todo. Esto les impidió
notar que Martello sin dejar de mirar el cadáver tomaba suavemente el tomo que
la mano del muerto había dejado caer y ocultándolo con su cuerpo, lo guardaba
dentro de su sotana.
La escena se prolongaba demasiado. El cardenal Cruciani dijo entonces.
-Padre Martello, comprendemos su dolor. Pero es necesario dejar que los
médicos terminen su delicada tarea. El padre Martello se levantó y sin mirar a
nadie, salió silenciosamente de la alcoba del muerto.
El doctor Grimaldi miró al cardenal, reprimiendo su contrariedad.
-Creo, Eminencia, que por ahora no es mucho lo que se puede hacer. Mis
colegas ya están avisados. Los esperar y redactaremos el parte médico oficial.
-Podrá usted establecer la hora del deceso, doctor?
-El deceso debe haber ocurrido hace tres o cuatro horas.
-Yo creo que el Santo Padre murió antes de lo que usted cree, doctor dijo
el padre Corvini, un sacerdote de lentes y aspecto nervioso. Los demás lo
miraron con sorpresa.
El doctor Grimaldi le preguntó molesto:
-¿Es usted médico, padre?
-No, doctor. Pero el hermano Ettore encontró la luz encendida, como si el
Santo Padre hubiera estado leyendo, cuando le sobrevino la muerte.
-No veo la relación dijo secamente el médico.
-Su Santidad no solía leer más de media hora antes de dormirse. Me lo contó
el mismo. Y se retiraba muy temprano.
-A propósito dijo el cardenal-. ¿Dónde está el libro que cayó junto a la
cama?
Todos comprobaron sorprendidos, que ya no estaba.
-¿Alguien lo alzó del suelo. Fue usted, doctor?
Grimaldi negó enfáticamente.
-¿Alguien alcanzó a ver cuál era el libro? -preguntó Cruciani.
Pero nadie había pensado en tocar nada. El cadáver inspiraba demasiado
respeto.
-¿Pero por qué tiene esa expresión de angustia, doctor? -preguntó el padre
Corvini.
-Parece que hubiera sufrido terriblemente en el momento de morir. Sin
embargo, usted dijo que la muerte había sido instantánea.
El doctor Grimaldi volvió a dar muestras de nerviosidad.
-Es cierto que un infarto de esta especie suele producir una muerte
fulminante. Sin embargo, es posible que la robusta constitución de Su Santidad
le haya permitido resistir unos minutos.
-En ese caso, ¿por qué no pidió auxilio? -preguntó otro de los dignatarios-
. Quizá si alguien hubiera acudido a tiempo para prestarle ayuda, podría haberse
salvado. ¿No cree, doctor?
-Solo podríamos responder a esas preguntas si se hiciera la autopsia dijo
el doctor, intranquilo.
-¿Autopsia? ¿No recuerda usted la disposición de Su Santidad Paulo VI, a
quien Dios tenga en su gloria?
-Ya sé que Paulo VI la prohibió. Pero tenía entendido que se refería solo a
la autopsia de su propio cuerpo.
-Se necesitara otro edicto papal para modificar esa disposición. Y cuando
se haya elegido al sucesor del Papa Juan Clemente I, ya no será tiempo de hacer
la autopsia.
-Es lamentable que Su Santidad Paulo VI no haya establecido claramente el
alcance que tenía su edicto sobre la autopsia insistió el médico.
-Habría servido para tranquilizar a los fieles del mundo entero. No faltará
quien piense que hubo descuido o negligencia de nuestra parte. Tiemblo al pensar
en lo que podría publicar cierta prensa.
-Tampoco tranquilizará mucho a los fieles del mundo entero, saber que Su
Santidad murió con esa expresión de horror en su rostro -dijo el padre Corvini.
-No será edificante una noticia así. El mundo espera que un Papa muera en
olor de santidad. ¿Hay alguien que está tan cerca de Dios como el Supremo
Pontífice? Entonces por qué esa expresión? No puede haber sido el miedo a la
muerte.
-Luigi Andreani dio muestras sobradas de valor personal, antes de ser Papa
-dijo el cardenal Cruciani-. ¿Además, a estas alturas de la vida y en su
posición, es posible creer que un Papa tenga miedo a la muerte?
Un sacerdote pequeño, de barba y pómulos salientes que le daban aspecto
oriental, dijo entonces:
-Yo creo que la discusión es inútil. Ni la autopsia podría aclarar el punto
que nos preocupa, porque la expresión que tiene el rostro de Su Santidad no es
de sufrimiento físico, es de horror. ¿Quizá por algo que vio u oyó antes de
morir?
Todos lo miraron asombrados y contemplaron luego el rostro del cadáver,
como Si lo vieran por primera vez. La actitud de los testigos parecía corroborar
las palabras del obispo Cherliassian. El cardenal se adelantó entonces.
-Hay preguntas que es mejor no formular. Es por eso que estoy seguro de que
ninguno de ustedes protestará por lo que voy a hacer.
Todos esperaron, nerviosamente, pero nadie dijo nada. El cardenal llegó
junto al cadáver y con sus dedos flacos y todavía firmes a pesar de la edad,
empezó a manipular los rasgos del rostro del muerto.
El médico hizo un gesto de desagrado.
-¡Qué hace usted, Eminencia!
Pero su protesta no fue más allá.
Los testigos miraron, fascinados. El cardenal proseguía su fúnebre masaje,
pero el rostro del cadáver parecía resistirse a la falsificación. Y mientras los
dedos inexpertos, pero resueltos del cardenal trataban de moldear la expresión
del rostro yerto, los rasgos pasaban de una expresión a otra, como si no se
decidieran por la definitiva. Durante unos momentos, la cara del Pontífice
muerto pareció sonreír bajo las manos de su escultor.
Luego las facciones dibujaron una mueca de cólera y quién sabe qué nervios
presionaran las manos del cardenal, pero el Papa muerto abrió los ojos que había
cerrado el doctor Grimaldi.
Todos retrocedieron, horrorizados.
Por fin, el rostro de Juan Clemente I adoptó una expresión neutra que casi
parecía de serenidad. El cardenal se incorporó, agotado y tembloroso.
-Dios es testigo de que mi intención ha sido buena -murmuró.
Y ya recuperado, se dirigió al grupo. Sus ojos claros y fríos recorrieron
las caras de los presentes y se fijaron luego en el secretario.
-Cancele usted todas las audiencias que tenía fijadas para hoy Su Santidad.
-¿Qué motivo aduciremos?
-No aduzca ningún motivo. Simplemente, suspéndalas.
Se volvió luego a un inquieto sacerdote de gruesos lentes y calva
incipiente que daba la impresión de ser un profesor que llega retrasado a
clases.
-Padre Guerra, cite usted para dentro de dos horas a mi despacho a los
directores del Osservatore Romano y de Radio Vaticano -miró luego a Corvini-.
Padre Corvini, es necesario mantener la más absoluta reserva sobre lo que ha
sucedido hasta que decidamos en qué forma daremos la noticia al mundo.
Un sacerdote alto, con cara de atleta, asintió respetuosamente.

7
"Decididamente, hoy es un día especial", pensó Antoniella.
Era la cuarta vez que abría la puerta a un visitante desconocido.
El general había recibido a cada uno de ellos con una parquedad que era
casi descortesía. A Antoniella esto le pareció muy mal. Al fin y al cabo era su
casa y mundo del espectáculo.
Y para colmo, Bontempelli no le había presentado a ninguno.
Cierto que el clima que reinaba en la reunión no era precisamente una
invitación a las amenidades sociales. Los cuatro hombres que habían ido llegando
después de la partida de Costa, eran, muy distintos entre sí, pero todos tenían
en común el aspecto de gente importante y un marcado aire de nerviosidad.
Intrigada, Antoniella los miraba de reojo, mientras fingía ocuparse del
arreglo del departamento. Todos estaban silenciosos y parecían esperar algo o a
alguien.
Finalmente sonó de nuevo el timbre y Antoniella abrió otra vez la puerta.
Si los demás le habían parecido nerviosos, el recién llegado le dio la impresión
de un verdadero histórico Sin preguntar nada, ni saludar a nadie se precipitó
dentro de la sala gritando:
-¡Yo lo sabía! ¡Se los había advertido!
-¡Cállese! -le dijo el general, brutalmente-. Todo está bajo control.
Siéntese y tenga calma.
El hombre obedeció, aunque temblaba de excitación.
Bontempelli se dirigió entonces a la muchacha.
"Por fin", pensó ella. "Ahora vendrán las presentaciones".
Pero ante su desilusión, el general le dijo con una sonrisa forzada que
trataba de parecer amable:
-Con un vestido nuevo lucirás mejor mañana en Cinecitta. Estoy seguro de
que las boutiques de Vía Veneto se alegrarán de verte. Hace tiempo que les debes
una visita. Y le pasó un fajo de billetes.
Había una nota tan imperiosa bajo el tono amable, que la muchacha no se
atrevió a hacer preguntas y guardó el dinero.
Apenas hubo salido Antoniella, el general, anticipándose a preguntas y
recriminaciones, con el laconismo y precisión de un comunicado militar, hizo
saber a sus cómplices el fracaso del plan.
El diputado Santini, un hombre gordo y calvo, que ocultaba su nerviosidad
bajo una permanente sonrisa, pareció aliviado.
-Yo me imaginaba algo peor. No cree usted, general, que lo más probable sea
que la policía ande detrás de ese hombre por el robo del coche y no porque lo
crea implicado en nuestra operación?
-Es lo que pienso yo también. El hecho es que todo queda suspendido hasta
nuevo aviso.
-Lástima -dijo Cassorla, el periodista-. Yo tenía ya preparado un estupendo
artículo. Había hecho un verdadero trabajo de orfebrería para hacer recaer la
culpa en la izquierda extraparlamentaria.
-Yo casi prefiero que haya sido así. Nunca me convenció del todo el
proyecto -dijo con voz reposada un hombre alto de aspecto intelectual.
Pronunciaba cuidadosamente, esforzándose por disimular los vestigios que le
quedaban de su acento calabrís-. Era una empresa que habría tenido repercusiones
tan enormes, tan imprevisibles, que posiblemente hubieran escapado a nuestro
control. Quizá podríamos aprovechar la espera forzada que nos impone lo que ha
sucedido, para entonces usar medios más sutiles, más racionales, para alcanzar
los mismos objetivos.
-Usted razona siempre como lo que es: un intelectual, profesor dijo con
cierto desprecio el general. Yo prefiero la acción.
-Es que hay acción y acción. Está la acción regida por la inteligencia, por
el cálculo de las probabilidades, por la reflexión. Y la que es meramente
brutalidad y fuerza contestó con calor, el profesor Romani.
-Calma señores -intervino el diputado-. Todos estuvimos de acuerdo en la
necesidad absoluta de hacer lo que habíamos planeado. ¿Qué ganamos ahora con
recriminaciones? Debemos mantener la armonía y reconsiderar el problema desde el
comienzo.
Porque estarán ustedes de acuerdo en que el problema sigue en pie.
-Ya lo creo que sigue en pie dijo con rabia el general mientras desplegaba
el periódico que estaba junto al teléfono-.
No sé si habrán leído esta noticia: "El Papa hará importantes
nombramientos esta semana. Se cree que designará varios nuevos cardenales" Y
miró con alegra maligna a los demás.
-¿Y saben ustedes quien estará entre estos nuevos cardenales, según sé de
buena fuente? prosiguió.
Los otros esperaron, inquietos.
-Bruno Martello -dijo triunfante el general.
-¿Bruno Martello? ¡Un simple cura! dijo estupefacto Santini.
-¿Y qué? No será la primera vez que ocurre. Acaso Paulo VI no nombró
cardenal a Giulio Bevilacqua, un simple párroco de provincia?
El general parecía gozar con la consternación que produjo la noticia.
-¿Está usted seguro, general?
-Me lo había anunciado ya el padre Corvini y esta es la confirmación
contestó el general blandiendo el periódico-. Con que ya ven ustedes si el
problema sigue en pie. Es más grave que nunca.
-O sea -intervino pensativo el diputado, debemos decidir qué medidas tomar
ahora para conseguir el objetivo que se frustró hoy. En eso todos estamos de
acuerdo.
-¡Yo no! -gritó de pronto el que había llegado al último y que hasta el
momento no había dicho una sola palabra-. ¡Yo he comprendido!
Todos lo miraron atónitos. Tenía los ojos de un iluminado y le temblaban
las manos.
-He comprendido que Dios ha querido hablar. Lo que ha ocurrido esta mañana,
es un aviso del cielo Dios ha querido decir que íbamos a cometer un pecado
horrendo. Aunque estemos obrando en bien de la propia religión, el matar a un
Papa es un sacrilegio. Equivocado o no, es el representante de Dios en la
Tierra. Y es una locura monstruosa levantar la mano contra él.
Hemos tenido la demostración esta mañana. ¡Dios ha hablado!
En ese momento sonó el teléfono. Automáticamente, el general levantó la
bocina.
-Sí, soy yo.
Se quedó escuchando, incrédulo. Luego colgó. Permaneció un momento
interminable con la mirada perdida en el vaco.
-¿Qué pasa, general? ¿Quién era? -preguntó inquieto el diputado.
-El padre Corvini -contestó el general con voz neutral-. El Papa ha muerto.
Un silencio de estupor cayó sobre los cinco hombres y así permanecieron un
largo minuto. Los invadía la oscura y misteriosa sensación de haber intentado
interferir propósitos incomprensibles que estaban muy por encima de sus fuerzas.
Bontempelli fue el primero en recuperarse de la sorpresa.
Y observó a los demás con fría curiosidad. Los veía temblorosos, tratando
de ocultar el miedo que sentían, sin saber exactamente de qué. Se había
producido el acontecimiento que tanto habían deseado y que habían intentado
provocar ellos mismos. Y ahora que, quién sabe por qué misteriosos designios, el
hecho se había anticipado, parecían aterrados.
El general los miró con menosprecio. Los recordaba dos meses antes, tan
diferentes, tan seguros de sí mismos, tan convencidos de su importancia.
Ninguno osaba siquiera que dos meses más tarde tendrían que enfrentar la
hora de la verdad, emplear el último de los recursos, el definitivo, el más
drástico de todos, para detener lo que consideraban era la mareba hacia el
abismo de la sociedad que representaban.
Es cierto que aquella vez, los cinco no estaban solos. Eran muchos más los
que se habían reunido esa tarde en la villa Aldobrandini.

8
En una de las siete colinas que rodean Roma, está la Villa Aldobrandini. Es una
casa antigua rodeada de jardines, de árboles añosos y de monumentos agredidos
por el tiempo. Barrio residencial, formado por otras villas, igualmente
antiguas, habitadas por gentes modernas, pero que a veces se comportan como si
fueran también de otras épocas. Discretas, silenciosas, nadie hace preguntas
cuando se ve llegar de cuando en cuando a señores de aspecto serio, importante y
preocupado que se encierran por largas horas en la casa.
Se rumora que villa Aldobrandini pertenece a un poderoso consorcio
financiero. O posiblemente a uno de los partidos políticos dominantes en Italia.
Y hasta alguien ha dicho alguna vez que el señorial caserón forma parte de la
enorme red de propiedades que, repartidas en toda Italia, tiene el Vaticano.
Pero la curiosidad no va más allá de alguna simple pregunta, aventurada
casi al azar Ni periodistas ni curiosos franquean los altos muros.
Pero aquella mañana de julio, la villa Aldobrandini había recibido más
visitantes de lo acostumbrado. Como la reunión coincida con la agravación de los
eternos problemas del gobierno italiano, entre los habitantes de las casas
vecinas empezó a correr el rumor de que era inminente una crisis política
decisiva.
Sin embargo, dentro de la villa, unas veinte personas conversaban en tono
despreocupado, como desmintiendo los rumores.
Al verlos, un inglés habría recordado el famoso dicho "Politics make
strange bedlellows".
Efectivamente, la concurrencia no podía ser más variada.
Junto al brillante parlamentario se podía reconocer a uno de los
periodistas más combativos de JI Borghese. Junto a uno de los banqueros más
poderosos, a la exquisita escritora Matilde Borgioli, ganadora del último premio
Strega o al atildado duque de Ventimiglia.
Pero todos tenían un rasgo en común: consideraban la posibilidad de un giro
radical a la izquierda, como lo peor que podía ocurrirle a Italia. No obstante,
esta posibilidad, siempre presente, desde hacía más de treinta años, no parecía
alarmar excesivamente a los ahí reunidos.
-Acuérdense de lo que les digo: antes de un mes tendremos por lo menos tres
ministros comunistas dentro del gobierno.
-¿El Compromesso esto rico, verdad? Hace cinco años que estoy oyendo hablar
del famoso Compromesso sto rico. A mí me ocurre ya como al doctor insólito de
aquella famosa película "De cómo perdí el miedo y aprendí a amar a la bomba
atómica". Que venga el Compromesso sto rico. Prefiero que esto explote de alguna
manera.
-Supongo que está usted hablando en broma, profesor. Si el señor Berlinguer
y su gente llegan al gobierno ya nadie los sacará de allá, por mucho que esos
señores están hablando ahora de respetar el libre juego democrático.
-Será vivir con la espada de Damocles suspendida sobre nuestras cabezas.
-Y qué? -dijo el que había mencionado la bomba atómica-. ¿Acaso no hemos
vivido así en los últimos treinta años? Se puede vivir perfectamente con una
espada suspendida sobre la cabeza.
Al cabo, la leyenda no nos dice que la espada le cayera, a Damocles en
ningún momento. En cuanto a mí, la posibilidad de un comunista en el gobierno no
me quita el sueño. Estoy seguro de que en muy poco tiempo todo volverá a lo de
siempre. En Italia nunca cambia fundamentalmente nada. Plus a change, plus cest
la mee chose.
-Ese es el terrible error en el que veo que están cayendo todos ustedes -
dijo con energía el diputado Santini, que hasta ese momento había escuchado
pensativo. En la crisis política actual ha hecho su aparición un elemento nuevo.
Un peligro con el que no contábamos. Un peligro que puede significar el desastre
total. El que hasta ayer era nuestro aliado natural, está a punto de convertirse
en nuestro peor enemigo.
Todos miraron interrogantes a Santini.
-Y quién es ese enemigo? -preguntó, escéptico, el banquero.
-El Vaticano -contestó el diputado con voz tajante-. Desde que subió al
Solio Pontificio Juan Clemente I, la actitud del Vaticano ha cambiado. En este
breve tiempo, el nuevo Papa ha dado a entender claramente que se propone
realizar una renovación total de la Iglesia.
-Eso yo ya lo había predicho dijo un anciano cardenal, acercándose al grupo
que rodeaba a Santini-. Apenas se leyó el último recuento de votos en el
cónclave, supe que habíamos cometido el peor error de nuestra historia, al
elegir a Luigi Andreani.
El nuevo Papa llevará a la Iglesia a la catástrofe.
Los asistentes a la reunión escuchaban desconcertados. Las primeras
actuaciones del Papa no habían despertado muchas simpatías en los círculos
conservadores.
Pero nadie había imaginado que el peligro fuera tan serio, ni habían
esperado un juicio tan lapidario, como el que acababa de emitir el venerable
cardenal Petrone.
Pero evidentemente no a todos habían tomado por sorpresa las declaraciones
del diputado Santini. El general Bontempelli, conocido por sus opiniones
abiertamente fascistas, y el profesor Hugo Romani, brillante catedrático de la
Universidad de Roma, se acercaron al diputado, asintiendo, como gente que ya ha
debatido el tema.
-Creo que desde la Reforma la religión no ha enfrentado un peligro tan
grave dijo el profesor.
-Y no solo la religión -agregó Barletta, un hombre alto, delgado,
distinguido. Tenía más aspecto de profesor que Hugo Romani, pero era uno de los
más poderosos industriales del norte de Italia-. Toda la estructura social y
económica del país está amenazada. Creo que la influencia de los comunistas
sobre las masas ha llegado ya a su punto máximo de expansión posible. En
adelante, solo podrá decrecer. Pero el día en que la Iglesia cambie su política
y decida apoyar al marxismo, no habrá ya nada que pueda detener el derrumbe de
la sociedad occidental.
-¿Pero es tan grave el peligro? -preguntó, impresionada, la escritora-. Yo
no creo que por el solo hecho de que el Papa haya celebrado su primera misa en
un presidio se le pueda acusar de tendencias disolventes.
-Esa fue solo una pequeña pincelada dentro del gran fresco que se propone
pintar el Papa como nueva imagen de la Iglesia -dijo sonriente un joven
periodista, que no tendría más de treinta años. Sin embargo, era el comentarista
político más temido de Italia-. ¿Sabe usted, mi admirada señora Borgioli, que
dos días después de esa misa, el cura de la parroquia de Santa Agata dijo en su
sermón dominical que la misa del Papa en la cárcel de Regina Coeli era
simbólica? Según el, simbolizaba la prisión espiritual en que viven los hombres
dentro de la sociedad actual. Declaró que a la Iglesia le correspondía
liberarlos de esa cárcel para que los cristianos pudieran comunicarse por fin
con Dios en plena libertad.
La noticia causó estupor general.
-Sí esa interpretación se le da a una simple misa dijo el profesor Romani-,
¿se imaginan las repercusiones que pueden tener actos más graves y temerarios,
como los que está considerando en estos momentos el Papa? Sabemos de buena
fuente que se propone reabrir asuntos extremadamente conflictivos y peligrosos,
que van desde el celibato eclesiástico hasta el posible apoyo de la Iglesia a
las luchas revolucionarias que están afectando a varios países.
-¡Lefebvre tenía razón! -gritó, exaltado, un hombre bajo de estatura, de
barba canosa y gruesos lentes. Su aspecto dejaba una sensación de descuido que
desentonaba en el marco mundano de la reunión. La mayoría no sabía exactamente
quién era ni qué hacía Maximiliano Kursan. Unos decían que era un ex jesuita y
otros un ex comunista convertido. Lo que sí se sabía de él eran tres cosas: que
pertenecía al círculo de admiradores incondicionales del obispo Lefebvre, que
era un obsesionado de la ortodoxia religiosa y que había hecho sus millones en
el tráfico de armas.
-Este Papa va usar para sus propios fines el Concilio, que en mala hora
inició Juan XXI II. Por eso, el último Papa que yo reconozco como válido, es Pío
XII -gritó Kursan-. ¡Los que han venido después, no han sido más que los
enterradores de la Iglesia!
Todos se sintieron incómodos ante la vehemencia del hombrecillo que hablaba
como predicador.
-Juan XXI II fue el aprendiz de brujo que abrió las compuertas de este
torrente infernal que ha sido el concilio. De ahí han nacido las masacres
guerrilleras en Colombia, las blasfemias contra la Inmaculada Concepción, el
culto a Satán, las misas celebradas por mujeres, los matrimonios religiosos
entre homosexuales y todas las demás aberraciones que nos están indicando la
inminencia del Apocalipsis.
El malestar de la concurrencia aumentaba. La mayoría parecía más preocupada
por las consecuencias políticas de los actos del Papa que por los conflictos de
orden teológico que pudiera provocar.
-Lo que yo no me explico, es este súbito cambio de posición -intervino un
ex alcalde de Verona, con la evidente intención de hacer regresar la
conversación a su cauce original-. Antes de que Luigi Cardenal Andreani se
convirtiera en el Papa Juan Clemente I, era considerado por toda Verona un
hombre sensato, equilibrado y bien inspirado políticamente.
-No estoy tan seguro de eso dijo el ex general Bontempelli-. Yo también
conocí a Andreani antes de que fuera Papa. Fue durante la guerra Cuando yo me
retiraba con mis tropas a través del Veneto, el era un simple cura párroco en
una aldea de los alrededores de Verona. Quise que viniera con mis hombres como
capellán, porque acabamos de perder al nuestro. Pero el se negó con varios
pretextos. Después me dijeron que se había ido a las montañas a prestar sus
auxilios religiosos a una banda de partisanos.
-Me parece extraño comentó el padre Carmine, un hombre apuesto y elegante,
de quien nadie hubiera sospechado que era sacerdote-. El padre Andreani fue
profesor mío en la Universidad Gregoriana y lo oí varias veces atacar con
energía y efectividad las teorías marxistas.
-Entonces, ¿cómo explicarse este cambio? -preguntó la escritora.
-Será porque el poder cambia a los que llegan a las alturas? ¿Se sentirá
Andreani el hombre de la providencia en estos momentos tan difíciles para la
Iglesia? Se habrá dejado tentar por la vanidad de pensar que los ojos de la
cristiandad y del mundo están fijos en el y querrá dejar una huella importante
en la historia?
-La explicación es mucho más simple, señora. Y menos literaria -contestó
con voz suave el padre Solari-. Y se puede resumir en una sola palabra:
Martello.
Se miraron desconcertados. El nombre no significaba nada para la mayoría de
los presentes.
Mario Cassorla, el periodista y el profesor Romani eran quizá las únicas
excepciones.
-El padre Bruno Martello, doctor en Teología, licenciado en antropología y
medicina en la Universidad de la Sorbona, miembro de la Real Sociedad de
Historia de Londres y amigo íntimo y consejero privado de Su Santidad Juan
Clemente I dijo el padre Solari. Pareció saborear la precisa enumeración de los
títulos y la extrañeza que vio aparecer en la cara de sus interlocutores.
-¿Y que tiene que ver ese padre Martello por mas títulos que tenga, con el
cambio en la conducta del Papa? -preguntó secamente el general Bontempelli.
-Es un caso clásico en la historia de los poderosos -intervino con cierta
pedantería el padre Solari, sintiéndose el Centro de la atención general-.
Supongo que recordarán al padre José Deirs de Richelieu, el cura que desde
entonces conoce la historia como la Eminencia Gris, el orientador, el poder
detrás del trono -sonrió malicioso y agregó: O si ustedes prefieren, Rasputín,
detrás del último zar de Rusia.
Se levantó una ola de preguntas. Todos querían saber más acerca de ese
padre Martello, alma negra, según Solari, del nuevo Papa. ¿Cómo había podido
llegar al Vaticano? ¿Qué vínculo misterioso lo ligaba al Papa? ¿En qué residía
la influencia que según Solari, parecía ejercer en el Sumo Pontífice?
La reunión se disolvió antes de que ninguno de los presentes hubiera podido
contestar las preguntas, ni siquiera el padre Solari.

II
FLORENCIA - 1958

El padre Andreani recorrió ese día con una mirada llena de interés las caras de
los jóvenes. Era el primer día de clases y Andreani había propuesto a sus
alumnos escribir el nombre que admiraban más en los evangelios, aparte del de
Jesús. Debían, además, dar sus razones. Había pensado que era una buena manera
de conocerlos.
-"San Pedro... María... San Juan Bautista... La Magdalena.."
Mientras recorría distraídamente los nombres, no pudo evitar hacer un
rápido cómputo mental. San Pedro ganaba por mayoría absoluta. Todos los años era
lo mismo.
-"San Pedro... San Pedro... San Juan Evangelista... La Verónica..." De
pronto tuvo un sobresalto y creyó haber leído mal. Volvió la hoja y releyó: -
"Judas Iscariote".
La letra era apenas legible. Trazos nerviosos, descuidados y un estilo
directo y casi agresivo. Fascinado leyó algunas frases:
-"Siempre me ha parecido el personaje más patético del Nuevo Testamento. El
más digno de piedad. Y el más incomprendido. No creo que haya traicionado al
Maestro por treinta denarios. Debe haber tenido otros motivos. No sé cuáles,
pero es un enigma que siempre me ha fascinado".
Al final, un nombre que le costó descifrar: Bruno Martello.
-¿Quién es Bruno Martello? -preguntó.
Pero en ese mismo instante estuvo seguro de saberlo, antes de que ninguno
de los treinta muchachos se levantara. En un extremo del aula vio a un
seminarista distinto a los demás. Alto, extremadamente delgado, la boca de
labios carnosos, contrastaba curiosamente con una palidez casi ascética.
-Yo soy, padre. Contestó con una voz que dentro de su tono modesto parecía
encerrar una nota velada de desafío. Y permaneció en pie, como esperando una
refutación.
Durante unos momentos, Andreani se preguntó si convendría iniciar una
polémica abierta en torno a la opinión expresada por el joven alumno. Luego
pensó que quizá era esto, justamente, lo que el muchacho buscaba. Pero antes de
que alcanzara a tomar una decisión, sonó la campana, poniendo término a la
clase.
Tras la oración de rigor, los seminaristas comenzaron a salir ordenadamente
y pronto el aula estuvo vaca.
Andreani tenía una curiosa sensación de frustración. Le habría gustado
escuchar lo que el joven Martello tenía que decir.
Pensativo, salió de la sala de clases. Con alegría vio que el seminarista
estaba junto a la puerta, como esperándolo.
-Aja -exclamó Andreani con sonrisa paternal-, el admirador de Judas
Iscariote. ¿Pero de veras piensas así, hijo mío? ¿O estabas tratando solo como
dicen los franceses, de pater le bourgeo'is? Porque si es así, lo conseguiste.
Me dejaste realmente sorprendido. Nunca había oído a nadie defender a Judas.
-Comprendo que incurro en pecado de soberbia, padre al pensar en forma tan
distinta de los demás. Pero no es solo la figura de Judas lo que es un enigma
para mí. Confieso que hay muchas preguntas que quisiera hacer a las Escrituras.
Muchas dudas que quisiera resolver.
-Veremos, dentro de mis modestos medios, qué dudas podrá resolver y a qué
preguntas podré contestar yo.
Ese fue el comienzo de una extraña amistad. Todo debería haberlos separado,
además de la edad. La sólida formación escolástica de Andreani frente a los
estudios un tanto anárquicos del joven seminarista. Su distinta procedencia
social: Andreani, hijo de un obrero; Martello, descendiente de una familia de
patricios florentinos. Andreani, siempre reposado, sereno, tolerante; Martello,
todo pasión e impulso. Sin embargo, pronto los unió un afecto que no disminuyó
con los años.
La primera vez que Andreani oyó a Martello defender sus puntos de vista
siempre tan personales, siempre tan divergentes de la posición oficial de la
Iglesia, había tal pasión, tanta vehemencia en el joven seminarista, que pensó:
"Este muchacho, o llega a ser un padre de la Iglesia, o cuelga los hábitos antes
de recibir las órdenes menores". Pero la crisis que estuvo a punto de truncar la
carrera eclesiástica de Bruno Martello vino por otros motivos.

2
Hacía dos meses que Bruno disfrutaba de sus primeras vacaciones del seminario en
la imponente mansión que los Martello conservaban en Florencia. Aunque su
familia seguía haciendo una intensa vida social, respetaba la soledad que el
joven buscaba cada vez con más insistencia.
El primer año en el seminario había afirmado en el su vocación sacerdotal.
Pasaba largas horas estudiando las obras fundamentales de los padres de la
Iglesia. Yendo más allá de los temas teológicos, a veces su interés se
desbordaba hacia aspectos puramente históricos del rico pasado de Florencia. Era
feliz encerrado días enteros en la vieja biblioteca de la casa paterna,
desempolvando manuscritos de la época de los Médicis o examinando documentos del
proceso a Savonarola. Sentía una afinidad especial por los estudios históricos y
se alegraba anticipadamente de las oportunidades que le iba a ofrecer la carrera
sacerdotal para dedicarse por entero a sus estudios predilectos.
Su padre, que al principio se había opuesto a la idea de que el único hijo
varón de la familia abrazase la carrera sacerdotal, había terminado por
resignarse. Durante un tiempo abrigó la esperanza de que, por lo menos, Bruno
aspirara a las más altas dignidades eclesiásticas. Un cardenal Martello no le
parecía una perspectiva desechable. Había habido varios en la familia. Y los
viejos retratos que colgaban en las paredes de los salones suntuosos, firmados
algunos por célebres maestros, así lo atestiguaban. Es cierto, que los tiempos
habían cambiado y que el viejo Martello habría preferido ver a su hijo
convertido en un director de banco, en un presidente de una compañía industrial.
Pero por lo visto, Bruno tampoco parecía inclinarse por el aspecto brillante de
la carrera eclesiástica. Su afición hacia los estudios solitarios y su aversión
a participar en reuniones sociales donde podía haberse relacionado con
personajes importantes de la banca, de la industria y hasta del mismo clero,
terminaron por decepcionar al padre.
La familia se resignó a que Bruno hiciera su vida solo. El lo prefería así.
Las pocas veces en que tenía que alternar socialmente con su padre y sus
hermanas, se sentía incómodo. Los temas de conversación habituales en ellos, le
parecían banales y aburridos y regresaba a su soledad apenas podía.
Otra cosa habría sido si su madre viviera todavía. La recordaba
nebulosamente, pero intuía que habría encontrado en ella un apoyo entusiasta. De
ella aprendió las primeras plegarias, y tenía la impresión de que había sido una
mujer profundamente religiosa y dedicada al culto.
A veces, huyendo de la agitación de la ciudad, se aislaba aún más. Llenaba
de libros el pequeño Fiat que habían puesto a su disposición y se iba a refugiar
por dos o tres días en la pequeña quinta que la familia poseía en los
alrededores del pueblo de Pontassiede. Prácticamente, era él el único que la
usaba.

3
Una semana antes de la fecha en que debía regresar al seminario, se dirigía
Martello a la quinta de Pontassiede, manejando como siempre su Fiat. Era
septiembre. El espléndido septiembre otoñal de la campiña florentina. Pero
Martello no tenía ojos para la infinita variedad de tonos de los álamos del
camino ni para los manchones multicolores de las flores silvestres. Generalmente
manejaba con excesiva velocidad. Se lo habían hecho observar muchas veces sus
hermanas, riendo: "No manejas como cura. O es que tienes prisa por entrevistarte
con tu Jefe Supremo?"
Su manera vertiginosa de conducir hacía que nunca tuviera ocasión de
detenerse cuando alguien le hacía la clásica señal del autostop, tan frecuente
en las carreteras italianas.
Años más tarde, Martello se preguntaba, recordando el incidente, si no
habría sido un designio deliberado de Dios el que puso aquella tarde en su
trayecto a la muchacha. Se le echo materialmente encima, casi como si hubiera
querido arrojarse bajo las ruedas. Martello pensó por un momento que la había
lastimado.
Hasta le pareció que la mujer se tambaleaba. Hundió el pie a fondo en el
freno y la observó, alarmado, por el espejo retrovisor.
La muchacha corrió entonces, cojeando, hacia él. Aunque llevaba el cuerpo
inclinado, se echaba de ver que tenía una figura frágil y delicada. El
seminarista puso marcha atrás para acortarle el camino y detuvo el coche.
Ella abrió la portezuela. Martello vio entonces un par de ojos oscuros y
una cabellera negra, alborotada. Esta intensamente pálida y no parecía tener más
de veinte años.
-¿Va a Forli? -preguntó ansiosa.
-¿La lastimé? -preguntó a su vez Martello, nervioso.
-No dijo ella-. ¿Me puede llevar? Voy a Forli.
-Llegó solo a Pontassiede.
-No importa. Lléveme por favor.
Y sin esperar respuesta, se subió al coche.
Tomado de sorpresa, Martello puso en marcha el auto.
Durante unos momentos los dos guardaron silencio.
Ella lo miraba de reojo. Martello, incómodo aceleraba aún más.
La confusión de Martello hizo que no advirtiera que la desconocida estaba
sufriendo una violenta tensión nerviosa que a duras penas podía disimular.
Las ruedas chirriaron al tomar el coche con fuerza una curva. Haciendo un
esfuerzo, ella intentó una sonrisa.
-Sí sigues manejando así, no vamos a llegar ni a Pontassiede.
El tuteo lo puso aún más nervioso. Pero era lo habitual entre muchachos. Le
costaba admitir que solo tenía veinte años.
Detalles como este le hacían comprender hasta qué punto su vida retirada y
su vocación religiosa lo iban apartando cada vez más de lo que se consideraba
normal a su edad.
Ante el silencio de Martello, ella insistió: -¿Vives en Pontassiede?
-No. Vivo en Florencia.
Durante unos momentos ella fingió abstraerse en la contemplación del
paisaje. Luego, para ocultar el temblor de sus manos, aferro con fuerza el
respaldo del asiento y volvió la mirada al interior del coche. El brusco frenazo
había hecho caer los libros.
-¿Estudiante? -preguntó cauta, la muchacha.
El titubeó antes de contestar.
-Sí. En cierta forma.
-¿Por qué en cierta forma? ¿Qué es lo que estudias?
Se extendió sobre el asiento, tratando de alcanzar uno de los libros
desparramados en el piso del coche. Pero al hacerlo lanzó un gemido y se llevó
la mano a la cadera con un gesto de dolor.
Extrañado, Martello la miro. Un hilo de sangre salía por debajo de la falda
y corría a lo largo de su pierna.
Martello, asustado, detuvo otra vez violentamente el coche.
-¿Esta usted herida?
Pero ella, dominándose con un esfuerzo se echo a reír bruscamente.
-¡Qué va! Es algo perfectamente natural que nos ocurre a todas las mujeres.
Esta vez me tomó desprevenida. Perdóneme.
Martello tardó unos momentos en comprender. Se puso intensamente pálido y
con violencia echo a andar nuevamente el vehículo. Ella reía, con una risa casi
inocente.
Durante un trecho ninguno habló. Ella lo observaba con disimulo.
-¿Te molestó lo que dije?
El se limitó a negar con la cabeza y siguió con la vista fija en el
camino.
El auto saltó en ese momento en un bache de la carretera.
La muchacha hizo un gesto de dolor y no pudo evitar un gemido.
-¿Qué le pasa? -preguntó Martello inquieto.
-No es nada. Me tomo de sorpresa el brinco -y agregó rápidamente, temerosa
de que el notara su malestar-: ¿Y por qué hablas de usted? ¿Te parezco una
anciana?
No esperó la contestación de Martello. Se aferró bruscamente de su brazo,
haciendo que el coche se desviara y casi se saliera de la cinta asfáltica.
-¡Disminuye la velocidad! -pidió angustiada.
Automáticamente Martello obedeció.
-¿Ves allá, en el cruce de la carretera?
-Parecen policías -replicó el sin comprender.
-Es una barrera de control y ya no hay tiempo para volver atrás -continuó
ella, atropelladamente-. Voy a decir que soy tu novia. No me desmientas. El
esbozó una protesta. Ahora no puedo explicarte, pero por el amor de Dios, ¡haz
lo que te digo! –lo apremió ella. -Y viendo que Martello hacia amagos de detener
el coche, casi le gritó desesperada-: ¡No pares! ¡Sigue manejando
normal!
Estaban ya cerca de la barrera y uno de los policías se adelantó
haciéndoles señal de que se detuvieran y estacionaran
el auto.
-Documentos -pidió el policía, saludando cortésmente y fijando una mirada
penetrante en la pareja.
Martello, esforzándose por no mirar a la muchacha, sacó los papeles y los
mostró.
-Ah, es usted estudiante. ¿De la Universidad de Florencia? -preguntó el
policía, con desconfianza.
-No -contestó con voz neutra Martello. Del Seminario Pontificio de Roma. Y
mostró otra credencial.
El policía la examinó someramente y su actitud cambio de inmediato. Le
devolvió el documento, mientras le decía, con deferencia:
-Hubo un asalto a un banco esta mañana, en Florencia. Por eso estamos
controlando a todos los automóviles. Pueden ustedes seguir.
Pero en ese momento recordó a la mujer.
-¿Y la señorita?
La muchacha tuvo un estremecimiento y miro al futuro sacerdote. Por su
parte, Martello evitó mirarla.
-No puedo decirlo -dijo con voz apenas audible.
Transcurrió un momento que se le hizo interminable, pero luego el policía
sonrió, tolerante.
-Comprendo -y con la mano les hizo señal de que podían seguir.
Martello apretó las mandíbulas y aferró el volante con rabia. El coche dio
un verdadero salto hacia delante y se alejo velozmente.
El policía se volvió hacia sus compañeros con una sonrisa indulgente.
-Al fin y al cabo todavía no toma los hábitos. Antes, tiene derecho a
divertirse un poco. Peccata minuta.
Recorrieron tres kilómetros sin que ninguno de los dos dijera una palabra.
Luego la muchacha dijo con cierto embarazo:
-Supongo que debo agradecerle, padre.
-No me llame así. Aún no soy sacerdote.
-Perdón, pero entiendo muy poco de esas cosas. De todos modos, le agradezco
por haberme salvado.
-No me agradezca, porque mi intención no fue salvarla. Me limité a decir la
verdad. El policía me preguntó quién era usted y yo le contesté que no podría
decirlo y es efectivo. Aún ahora no sé quién es usted.
Ella lo miró, irónica.
-¿De veras que no, padre?... Perdón, ahora ya no sé cómo debo llamarlo.
Tampoco me atrevo a tutearlo. ¿Cómo quiere que le llame? En cuanto a mí, me
dicen Nina.
-No tiene importancia cómo me llamo. No habrá ya muchas oportunidades para
usar nombres -dijo él, tratando de dar a su voz un tono de frialdad-. Como usted
comprenderá, mi deber ahora es muy claro.
-Comprendo. Me va a entregar -hablaba casi desafiante. ¿Ve cómo sí sabe
quién soy?
-Después de lo que dijo el policía, no tiene sentido que lo niegue.
-Efectivamente, murieron dos policías, pero la culpa fue de ellos. Entraron
por la fuerza en la casa donde nos refugiábamos y trataron de detenernos. No nos
dejamos. Usted también es estudiante, usted habría hecho lo mismo, -¿verdad? -
sonrió, perdón es cierto que ustedes no hacen esas cosas.
Martello le dirigió una rápida mirada. Se burlaba de él, pero ya no le
importaba. La observaba, de reojo, fascinado. Por primera vez se daba cuenta de
lo joven que era. "Qué lástima de vida desperdiciada", pensó.
-De modo que usted es de esos que quieren mejorar el mundo matando
policías.
Ella permaneció en silencio un momento y luego dijo, serena:
-No. No creo en la violencia. En la universidad estudio filosofía. Creo que
el mundo se puede mejorar por medio de la razón, del conocimiento, la justicia.
-¿Y las muertes de hoy?
-Ya le dije que no nos proponíamos matar a nadie. Fue... casi un accidente.
De pronto, el rostro de ella reflejo un intenso sufrimiento.
Estaba muy pálida y ya no se preocupaba por disimular. Se llevó una mano a
la pierna, oprimiéndosela fuertemente. Martello se dio cuenta entonces de que
tenía la falda empapada de sangre. Había un pequeño agujero circular a la altura
del muslo.
-Entonces, sí está usted herida. Martello estaba alarmado.
-Por supuesto que estoy herida. -¿o se creyó usted lo que le dije hace un
rato?
-Tendré que llevarla a un hospital. Puede ser grave.
-Ni hospital, ni médico exclamó ella, enérgica-. Me arrestaran
inmediatamente.
-De todos modos dijo, nervioso, Martello siempre será preferible que la
arreste la policía en el hospital.
-La verdad es que no hay mucho dónde escoger -Nina sonreía a pesar del
dolor-. Sin embargo, habría una tercera posibilidad.
-¿Cuál? -preguntó él, intranquilo.
-Antiguamente, los perseguidos por la justicia solían buscar asilo en las
iglesias. ¿No es así, padre?
-Ya le he dicho que no soy sacerdote y no tengo iglesia objetó él, hosco.
Pensó un momento. Lo que sí tengo es una casa de campo en Pontassiede. Quizás
podría permanecer allá unas horas -agregó, inseguro.
-Gracias. Nina cerró los ojos. Martello no pudo ver su mirada de triunfo
Era mediodía cuando el coche abandonó la carretera y enfiló por un camino
vecinal polvoriento. A corta distancia estaba la pequeña quinta de verjas
blancas. Martello detuvo el auto y se volvió a mirar a la muchacha. Nina seguía
con los ojos cerrados.
-Animo. Ya hemos llegado.
Nina abrió los ojos.
-¿Quién vive aquí? -preguntó con voz débil.
-Nadie -contestó Martello. Había un cuidador, pero ya no está.
Martello bajo del coche y miro alrededor nerviosamente.
Abrió la verja, cruzó el patio con rapidez y llegó hasta la puerta de la
casa. Se volvía para buscar a Nina, cuando la vio venir. La muchacha cruzó el
jardín cojeando. Se detuvo un momento y respiró hondo. En medio de la maleza,
que nadie se había preocupado de arrancar desde hacía quién sabe cuánto tiempo,
crecían los olivos.
-En la casa de mis padres en Siena, había olivos dijo Nina.
Desde la puerta él la apuró con un ademán.
Adentro había una gran sala de paredes encaladas. Un gran diván, algunas
sillas y muchos libros por todas partes. Todo acentuaba la sensación de
abandono. Nina permaneció un momento indecisa.
-¿No quieres recostarte?
-¿Dónde está el baño?
-Un momento, voy a ver si todo está en orden dijo el, confuso.
-Eso no tiene importancia.
El se limitó a mirar hacia una puerta, al fondo del pasillo.
Nina le sonrió tratando de mostrarse amable. Pero a el la sonrisa le
pareció burlona.
"¿Qué debo hacer ahora?", se preguntó Martello mientras la esperaba.
Se trataba de una delincuente, por mucho que ella quisiera darle al crimen
el aspecto de una simple algarada estudiantil.
Su apelación al supuesto derecho de asilo era casi una burla.
Toda su actitud revelaba desconsideración hacia su condición de
seminarista. Encontraba mil razones que justificaran moralmente que la
entregara. Hasta el mismo hecho de estar herida, quizá gravemente, estaba
aconsejando hacerlo. Era una verdadera imprudencia privarla de ayuda médica.
Aún como hombre, se sentía atropellado en su dignidad. La muchacha lo haba
usado en forma descarada para franquear la barrera policial y había tratado de
obligarlo a mentir para protegerla. Y por lo visto, pretendía seguir usándolo.
La situación no podía tener más salida que esa: entregarla a la justicia.
Y, sin embargo, mientras más razones acumulaba en su mente para entregarla,
más desesperadamente buscaba introspección y formado en el riguroso análisis
moral de todos sus actos, necesitaba encontrar un fundamento de conciencia que
le permitiera conservarla.
-¿Hay en la casa un poco de alcohol? -y al ver su gesto de confusión
agregó: por lo menos alguna bebida alcohólica fuerte.
-No. Pero en el pueblo hay una farmacia. Podría ir a comprarlo.
-En ese caso, podía comprar también vendas y algodón.
Supongo que en la casa no hay nada de eso.
-¿Entonces es grave lo que tiene?
-No sé. Quizá no. Espero que la bala no haya interesado el hueso, pero he
perdido mucha sangre. Temo que la herida se infecte.
-Está bien, iré a la farmacia y volveré lo antes que pueda.
-Gracias dijo ella con suavidad-. Le iba a decir otra vez "padre". Como no
sé cómo se llama.
-Mi nombre es Bruno Martello.
-Martello... -ella pensó un momento y agregó luego sorprendida-: ¡Cómo!
¿Martello, de los...?
-Sí. De los Martello de Florencia.
Ella sonrió y pareció que iba a añadir algo pero repentinamente, cerró los
ojos y se tambaleó. Él tuvo que sostenerla.
En la farmacia había más gente que de costumbre, pero apenas lo vio entrar,
el anciano farmacéutico ignoró a todos los demás.
-¡Bruno! ¡Qué sorpresa! ¿En qué puedo servirte? ¿Viniste con la familia?
-No.
-Entonces, ¿estás solo?
Martello titubeo.
-Sí... es decir.
Y agregó rápidamente, para ocultar su confusión:
-Vengo a comprar algunas cosas. ¿Tiene usted alcohol?
El farmacéutico rió.
-¿Pero como no voy a tener alcohol?
Puso un frasco sobre el mostrador.
-¿Qué más?
-Vendas. Y algodón agregó Martello atropelladamente.
El farmacéutico puso todo sobre el mostrador.
-¿Se accidentó alguien? -preguntó curioso. Ante el silencio incómodo de
Martello, agregó: A propósito, ¿sabes quién me preguntó ayer por ti? Morelli.
¿Te acuerdas de Renato Morelli? Terminó sus estudios y puso aquí un consultorio.
Le va muy bien.
No es que como médico sea la gran cosa, pero como es el único doctor en el
pueblo...
-¿Vive todavía frente a la plaza? -preguntó Martello, interesado.
-¿Quién? Morelli? Claro que sí. En la casa de su familia.
-Gracias dijo el joven y, eludiendo la evidente intención del farmacéutico
de proseguir la charla, pagó y se fue.

4
-Vamos, Bruno dijo el joven médico, riendo. Algo quieres decirme y no te
atreves. Supongo que no habrás venido con la pretensión de convertirme. Perderás
el tiempo. Sigo pensando igual que siempre. La única diferencia es que en las
próximas elecciones no voy a votar por los comunistas.
-Menos mal dijo, sonriendo, Bruno.
-Me parecen demasiado burgueses. Estoy buscando un partido más a la
izquierda -y rió, feliz de su ocurrencia-. Pero tampoco has venido a discutir
conmigo de política. Estoy seguro. Vamos, dime que te pasa. ¿Estás enfermo?
¿Alguna de esas enfermedades "vergonzosas", sobre todo para alguien que va a Ser
cura?
-Por favor, Renato. Ya sabes que no me gustan esas bromas.
-Entonces, dime de una vez a qué has venido.
-Quisiera pedirte un consejo.
-¿Un consejo?
-Un consejo médico. ¿Qué medidas se deben tomar con una persona que ha sido
herida de bala?
Morelli lo miro, atónito.
-¿Herida de bala? Bueno, depende de muchas cosas: de la localización de la
herida, de la profundidad, de la trayectoria de la bala, de los órganos o
tejidos que pueda haber interesado, de la edad y fortaleza de la persona... en
fin, no te puedo decir nada seguro sin examinar antes al herido. Dime de quién
se trata.
Martello titubeo.
-Perdóname, pero prefiero no decírtelo.
Hasta ese momento, el doctor Morelli haba tomado a la ligera las preguntas
de su amigo. Pero al ver la expresión preocupada del joven, dijo, desconcertado:
-Pues entonces, no veo cómo puedo ayudarte.
-Te contestaré algunas de tus preguntas. La herida es en... en el muslo. La
bala no parece haber interesado el hueso, porque la persona puede mover la
pierna.
-¿Sangra mucho?
-No mucho.
-Entonces no habrá interesado la arteria femoral. En esos casos la sangre
sale a borbotones. ¿La bala tiene orificio de salida?
-Eso no lo sé.
-¿Tiene fiebre?
-Me parece que sí.
-El peligro más inmediato podría ser la infección, sobre todo si la bala ha
quedado dentro.
-¿Qué se puede hacer para prevenir ese peligro? -preguntó ansiosamente
Martello.
-Antibiótico. Pero lo primero es localizar la bala -el doctor se
interrumpió de pronto, con expresión grave-. No puedo decirte nada más sin ver
al herido -y esperó. Pero Martello continuó silencioso. El doctor lo apremió.
¿Qué ha pasado? ¿Quién es el herido? Si estás metido en un problema, cuéntame.
Sabes que puedes tener confianza en mí.
-Sí, lo sé. Pero no puedo decirte más. Te lo agradezco. Adiós.
Se levantó y salió apresuradamente.
Dio un suspiro de alivio al regresar a la farmacia y ver que esta vez no
había más que una persona comprando. El farmacéutico lo miró con sorpresa.
-¿Se te olvidó algo, muchacho?
-Sí -dijo Martello, ocultando su turbación-. También necesito antibióticos.
-¿Qué antibióticos? -preguntó el farmacéutico.
Bruno se recriminó por no haberle preguntado más detalles a su amigo.
-Realmente no sé... ¿cuál será mejor?
-Según para qué. ¿De qué enfermedad se trata?
-No es enfermedad. Se trata de una herida. Es para prevenir una posible
infección.
-Penicilina -dijo el viejo.
-Eso es. Penicilina.
-¿En qué dosis?
Y al ver que el muchacho lo miraba indeciso, el farmacéutico le ayudó.
-¿Es para un niño? ¿Para una persona adulta? ¿Para un viejo?
-Digamos... para alguien como yo.
-Está bien -gruñó el farmacéutico. Se dirigió al refrigerador. Pero recordó
de pronto y se volvió de nuevo.
-¿Inyección, verdad?
Martello tuvo un sobresalto ante la nueva complicación.
Titubeante, preguntó:
-¿En pastillas es lo mismo?
Por fin terminó la tortura. Apretando el frasquito, salió de la farmacia,
mientras el viejo lo veía alejarse con mirada socarrona. Se volvió hacia el
cliente con quien conversaba cuando llegó Martello, y que había seguido con
curiosidad el diálogo.
-¿En qué lío estará metido el padrecito?
-¡Cómo! ¿Es un cura? -comentó el otro sorprendido.
-Para allá va. Por ahora es solo seminarista. Pero ¿no lo recuerda usted,
señor Bianchi? Es el muchacho de los Martello, de Florencia. Los que tienen esa
quinta a la entrada del pueblo.
-¿Usted cree que anda en malos pasos? -preguntó, ávido, Bianchi.
-No sé. Pero su conducta hoy día ha sido muy sospechosa.
-¡Vaya con el curita! Y así se extraña usted, señor Bergamasco, de que yo
sea anticlerical.
Cuando entró a la casa, la vio inmóvil y tan pálida que creyó que estaba
muerta. Corrió, angustiado, hacia ella.
Tranquilizado, comprobó que respiraba. Quiso hablarle, pero se dio cuenta
de que no recordaba su nombre.
-¿Cómo se siente? -preguntó con suavidad.
Ella no contestó.
Continuaba con los ojos cerrados. Pero Bruno recordaba las palabras del
médico. Lo urgente era prevenir el peligro de la infección. Había pues que
desinfectar la herida.
Miró, nervioso a la muchacha inmóvil, tendida de espaldas.
La mancha en la falda que indicaba el lugar de la herida, se había puesto
negruzca. Las piernas destacaban, blanquísimas, entre la falda azul y la
cubierta roja del diván.
En ese momento, Nina abrió los ojos y vio la mirada del seminarista fija en
ella.
-Traje todo lo que me pidió. Y además antibióticos dijo rápidamente
Martello para ocultar su nerviosidad-. El doctor me dijo que era necesario el
antibiótico para prevenir una posible infección.
-¿Qué doctor? -preguntó ella, alarmada.
-No se preocupe. No sabe de quién se trata.
Se apresuró a abrir el paquete de medicinas.
-Además, traje algo de comer.
La muchacha se levantó con cierto esfuerzo y se dirigió al baño.
-Voy a curarme y después podemos cenar juntos. Supongo que aceptar una
invitación -agregó sonriendo y cerró la puerta.
El la vio desaparecer, impresionado. La muchacha había cambiado. Su rostro
ya no tenía la expresión agresiva y desconfiada. A pesar de su herida, parecía
recobrar la vitalidad, la alegría de vivir propia de sus veinte años. se dio
cuenta de la atracción que despertaba ahora en él. ¿Ahora? Tuvo que reconocer
que lo había atraído desde el primer momento. Y se alarmó.
La mujer haba sido siempre para el un mundo desconocido, lleno de misterios
y peligros, al que nunca quiso asomarse. Pero esta renuncia no le haba
significado ningún problema. Sabía del tormento de sus compañeros, en la lucha
sin tregua por dominar el instinto; el lo había sublimado sin esfuerzo.
Lo que en otros era frustración y represión violenta, en él se había
convertido en meditación, estudio y exaltación mística.
Pero ahora era diferente. Nunca había conocido a una mujer así, ni se había
visto en circunstancias como esta.
Nina salió del baño y dijo alegre:
-Parece una herida bastante superficial, a pesar de lo que ha sangrado.
Creo que no tendrá problemas.
El notó que además de curarse, se había hecho algo en la cara o en el pelo,
no sabía precisarlo, pero estaba mucho más bella.
-¿Qué me mira?
-No sé. La veo distinta.
Ella sonrió.
-Aproveché para arreglarme un poco. Soy revolucionaria. Pero también soy
mujer. Además, quería estar presentable para la cena.
-Yo no puedo quedarme -dijo él con brusquedad-. Tengo que regresar a
Florencia.
Nina lo miró, sorprendida.
-Supongo que no se irá por causa mía.
-No. No es eso. Simplemente, tengo que irme. En cuanto a usted, si quiere
quedarse, ya que más da un día o dos. Yo regresaré mañana y veremos qué se hace.
-Gracias. De todos modos, si no me encontrara usted aquí mañana, quiero que
sepa que le estoy muy agradecida.
-Yo preferiría que no se fuera usted hasta que yo venga -y agregó, rápido:
No tema, no voy a denunciarla.
-Ya sé que no me va a denunciar -dijo ella con una sonrisa que lo conturbó
aún más.
¿Era de agradecimiento o de insolente seguridad en sí misma?
-Bien, me voy. Sea prudente. No salga para nada. Nadie tiene por qué venir
a la casa.
La oscuridad era ya casi completa. Desde la puerta, el agregó todavía:
-Será mejor que no encendiera la luz.
Nina echo cerrojo a la puerta y caminó, pensativa, hasta la ventana.
Alcanzó a ver el pequeño Fiat que se alejaba por el camino y lo siguió hasta que
se perdió en la oscuridad. Regresó hasta la mesita donde Martello había puesto
la comida, pero se dio cuenta, sorprendida, de que no tenía ganas de comer.
Sintió la necesidad de un cigarrillo. Se buscó ansiosa en los bolsillos y
encontró una cajetilla arrugada y todavía húmeda de sangre.
Quedaba un cigarrillo. El último.

5
Martello pasó una noche en blanco. No pudo apartar de su mente el problema que
en forma tan sorpresiva había aparecido en su vida, hasta aquí tan serena.
Era ya madrugada cuando logró conciliar el sueño, sin haber decidido aún lo
que deba hacer.
Sabía perfectamente que estaba violando la ley civil. Dar asilo a un
prófugo de la justicia, un deliro. Sin embargo, comprobaba con sorpresa que el
aspecto legal no le preocupaba mayormente, por grave que fuera el delito de
encubrimiento. Hacía tiempo que, a raíz de lecturas y meditaciones, había
empezado a gestarse en el un vago rechazo y menosprecio hacia muchos de los
principios y leyes que rigen a la sociedad y que el consideraba deshumanizados y
mezquinos.
"La ciudad de Dios" de San Agustín se convirtió en su libro favorito.
Partiendo de las ideas de San Agustín, el seminarista soñaba con una
utopía en la que desapareciera el conflicto entre la vida material, sujeta a las
leyes civiles que han creado los apetitos y las necesidades materiales del
hombre, y la vida espiritual que debería estar regida solo por las leyes
divinas. Oscuramente intuía que debería haber una verdadera Ciudad de Dios,
organizada y regida por los representantes del poder divino. Las objeciones
morales a su conducta frente a Nina, creía haberlas resuelto también,
amparándose en el espíritu de la caridad cristiana.
¿Entonces por qué lo conturbaba de tal manera aquella muchacha encerrada en
la casa de Pontassiede?
El futuro sacerdote era hombre introspectivo y razonador, pero también era
hombre de acción. Sabía que, a veces, la mejor respuesta a las dudas era actuar.
Subió a su Fiat y se dispuso a tomar el camino de regreso a Pontassiede.
Pero antes pareció recordar algo y sonrió. Dirigió el coche hacia el centro de
Florencia, donde están las tiendas más elegantes de la ciudad.
Nina terminó de bañarse y comprobó con satisfacción que su herida
presentaba buen aspecto. No sentía dolor ni fiebre.
Indudablemente, pronto estaría totalmente recuperada. Claro que habría
sido mejor recibir tratamiento médico. Cuatro o cinco puntos habrían apresurado
la cicatrización. Sin ellos, quedaría una fea cicatriz.
"Menos mal que yo no soy una de esas burguesitas bobas que van a lucirse a
la playa en bikini", pensó. Recordó que la última vez que estuvo en una playa
fue huyendo de los carabineros que la perseguían por haberse robado un Maserati.
Se vio obligada a dejar abandonado el coche en la playa de Ostia y a mezclarse
entre la muchedumbre, que junto al mar, bailaba enloquecida, la última
importación musical llegada de Estados Unidos.
Mientras se secaba, Nina recorrió con la vista el amplio baño de la casa.
Polvo por todas partes. Abandono. Pero un abandono elegante. Los restos de la
pastilla de jabón que acababa de usar era de las marcas caras y en el botiquín
descubrió un frasco de perfume francés de los más finos. Lo tomó con curiosidad.
Por primera vez tenía en sus manos un frasco que solo había visto reproducido en
los anuncios de las revistas. Luchó un momento entre un sentimiento de desprecio
hacia ese símbolo de decadencia y despilfarro burgueses y una curiosidad muy
femenina de saber cómo olía. Lo destapó por fin y comprobó con cierta desilusión
que estaba seco.
Todavía desnuda, regresó a la sala y pasó revista al estado de su ropa. El
vestido estaba definitivamente arruinado. El agujero de la bala, la mancha de la
sangre que se había extendido y los desgarrones sufridos durante la huida, lo
hacían irrecuperable.
Mientras lavaba su ropa interior, pensó que le habría gustado recibir al
seminarista bien presentada. No es que ella le diera gran importancia a esto,
pero ya se sabe cómo impresionan esas banalidades a los burgueses.
Sin embargo, reconocía en Martello algunas cualidades que no reconocía a
los demás de su clase. "Simple gratitud", se dijo a sí misma sin demasiada
seguridad. "Un burgués cualquiera me habría entregado". Lo que estaba empezando
a reconocer, divertida, es que el seminarista la atraía también como hombre.
Era tan diferente a todos los que había conocido. A pesar de sus veinte
años, Nina creía tener ya bastante experiencia respecto a los hombres. Ya había
tenido varios amantes. La vida azarosa compartida con compañeros de peligro e
ideales comunes, hacía que mirara la relación íntima sin ninguna inhibición ni
prejuicio.
Se había dado a los hombres por un sentimiento de admiración y hasta por
simple compañerismo.
Se preguntó qué haría si su salvador quisiera acostarse con ella. Pero
desechó inmediatamente la idea. No es que tuviera un concepto muy elevado de la
moral de la gente de iglesia, pero había algo en Martello que parecía ponerlo
por encima de las pasiones vulgares. La desconcertaba. Había momentos que
hubiera querido herirlo en su castidad religiosa. Se preguntó si sería virgen y
rió pensando en la cara que pondría el muchacho si saliera a recibirlo así
desnuda, como estaba.
Recordó a uno de sus compañeros estudiantes. "¿Qué diría Mario si supiera
que estoy bajo la protección de un cura?", pensó divertida.
Tendió su ropa interior. Hacía bastante calor, a pesar de que ya había
comenzado el otoño. Se secaría a tiempo.
Se asomo con precauciones a una de las ventanas. Había un sol espléndido.
Había dormido inesperadamente bien y aunque sus problemas distaban mucho de
estar resueltos, se sintió invadida por una irrefrenable sensación de euforia.
En ese momento oyó el ruido de un coche que se acercaba por el camino
vecinal. Volvió a asomarse por entre los visillos y reconoció el Fiat azul de
Martello. Venía antes de lo que ella esperaba. Se vistió rápidamente con su ropa
interior mojada y su vestido desgarrado. Pensó qué absurdo sería que fuera a
enfermarse ahora de una pulmonía, después de haber escapado del peligro de las
balas.
La ropa mojada marcaba indiscretamente su cuerpo juvenil.
-Buenos días dijo con brusquedad Martello al entrar.
Ella sonrió.
-La paz del Señor sea con usted dijo sonriendo. ¿Le parece un buen saludo
para recibirlo?
-Le ruego que no me haga esa clase de bromas.
-Perdón. Entonces pongámonos serios. Está todavía la barrera policial que
había ayer?
-No, ya no.
-¡Bravo! Dijo ella, contenta-. Eso quiere decir que podré irme antes de lo
que pensaba. ¿No se alegra? -agregó, viendo que él seguía mirándola, hosco.
-Sí. Me alegro por usted. Solo que. ¿Piensa irse así, con ese vestido?
¿Cree que pueda pasar inadvertida?
-Eso es cierto. Tendré que resolver lo del vestido.
-Por lo menos ese problema creo que ya se lo solucioné yo dijo él con
timidez.
Solo en ese momento se fijo la muchacha en el paquete que traía Martello
bajo el brazo. Él lo abrió. Era un vestido.
-¿Es Para mí? -dijo ella, incrédula.
-Tal vez no le guste.
-Está muy bien.
Era un vestido muy sencillo, pero elegante. Martello no entendía de modas,
pero era florentino y había crecido en medio del refinamiento del Palazzo
Martello.
Nina lo desplegó sobre su cuerpo.
-¿Cómo supo mi medida?
-En la tienda había una muchacha de figura como la suya y pedí el vestido
como si fuera para ella.
-¿Entonces, se había fijado en mi figura?
-No... es decir
Ella lo salvó del suplicio, dando media vuelta y corriendo al baño con su
vestido nuevo, mientras le gritaba:
-Voy a ponérmelo ahora mismo. Así podré quitarme la ropa interior mojada.
No me la podía quitar con este vestido roto -y cerró la puerta. Martello se
paseó nervioso por la sala. Vio la comida que había traído la tarde anterior y
se dio cuenta de que Nina no la había tocado.
La vio reaparecer y quedó asombrado. El cabello oscuro recogido acentuaba
la pureza de sus rasgos. Pensó en la Madonna de Lippi. El vestido oscuro y
estilizado le daba una nobleza inesperada a su figura. Era otra cosa. Le pareció
imposible que fuera la misma que el día anterior se había visto envuelta en un
hecho sangriento.
Como si le hubiera adivinado el pensamiento, la muchacha dijo, sonriendo:
-¿Verdad que nadie se imaginara al verme vestida así en el lío en que estoy
metida? Podré irme apenas consiga un coche.
Además ya me contó usted que la vigilancia ha disminuido.
-No esté tan segura. Los periódicos de hoy hablan mucho de las pesquisas
que se están haciendo.
-¿Periódicos? -dijo ella, ávidamente-. ¿Me trajo alguno?
-No se me ocurrió. Lo siento.
-Por lo menos, cuénteme qué decían.
-No creo que digan nada que usted no sepa. Aún no lograron detener a
ninguno, pero que le siguen la pista muy de cerca. No la mencionan a usted por
su nombre. Hablan solo de una mujer que estaba en el grupo. Ni siquiera le
atribuyen a usted los disparos. ¿Por qué no me dijo ayer que fueron sus
compañeros los que dispararon? -la miró, conteniendo su ansiedad. Había una vaga
sonrisa en la cara de ella. Nerviosamente insistió-. ¿O fue usted?
-¿No quedamos en que no está usted todavía facultado para recibir
confesiones? -dijo ella con un brillo de malicia en la mirada.
-¡Por favor! ¡No tome esto con tanta ligereza! Recuerde que murieron dos
hombres. ¿Quién los mató?
Ella calló un momento.
-Qué más da. Ellos o yo, me siento solidaria en la responsabilidad. Estaba
con ellos. Son mis compañeros.
-Por lo visto, el hecho de que hayan matado a dos personas no parece
importarle mucho.
-¿Qué se le va a hacer? En toda guerra hay bajas, por una y otra parte.
Ayer fue uno de ellos, mañana puede ser uno del pueblo.
-Eran policías humildes. Ellos también son pueblo.
-Yo no los considero así. Engañan al pueblo, lo mismo que ustedes.
-¿Ustedes? ¿Yo también engaño al pueblo? -sonrió, irónico-. Supongo que se
refiere al "opio del pueblo".
Ella lo miró, pensativa, un momento. Luego sonrió.
-Si le contestara a eso creo que pecaría de ingratitud. ¿Me imagino que la
ingratitud es un pecado, no? Usted entiende más que yo de esto.
Comprendió que la muchacha le tendía un puente de cordialidad y optó por
seguirle el juego.
-No, Nina. La ingratitud, estrictamente hablando, no es un pecado.
Ella se acercó entonces a la mesa y empezó a disponer los platos y
cubiertos que encontró a mano, mientras decía:
-Lo que sí es un pecado es la gula, ¿verdad? Lo recuerdo perfectamente. Y
es un pecado que vamos a cometer usted y yo ahora mismo. Hoy no me podrá decir
que no tiene tiempo para ser mi invitado. Y yo tengo un hambre espantosa. Hace
veinticuatro horas que no pruebo bocado.
-Le confieso que yo también tengo apetito.
-Entonces, vamos a hacer los honores a la comida que usted trajo ayer.
Siéntese. Aunque el ser ama de casa no es mi fuerte, haré lo posible. ¿Dónde
guardan los cubiertos aquí?
Martello la ayudó de buen grado. En poco tiempo dispusieron sobre la mesa
los alimentos.
-¡Gorgonzola! -dijo ella con alegría infantil-, me encanta este queso.
Se interrumpió al ver que Martello tenía los ojos cerrados y la cabeza
inclinada. Nina lo miro con curiosidad.
-¿Esta rezando?
-Simplemente, doy gracias a Dios por los alimentos que vamos a tomar.
Supongo que usted nunca lo hace.
Ella sonrió.
-Primero los probaré y después veremos.
-Veo que tiene sentido del humor.
-¿Por qué no habría de tenerlo? Supongo que su Dios también lo tiene. ¿No
cree?
Bruno pensó un momento.
-Creo que sí. Debe de tenerlo. Solo así se explica que nos tolere tantas
cosas a los seres humanos.
Nina empezó a comer vorazmente. Martello la observaba complacido.
-Cuándo compro todo eso, no estaba seguro que le iba a gustar. Me agrada
verla comer con tanto entusiasmo.
-Ya le dije que me iba a entregar al pecado de la gula. Ahora solo falta
que llueva.
-¿Que llueva? ¿Por qué que llueva?
-¿No recuerda al Dante?
"Voi citaddini mi chamasti Ciaccoper la dannosa colpa della golacome tu
vedi, ala pioggia mi fiacco."
-¿Ha leído al Dante? -dijo sorprendido, Martello.
-No solo eso, sino que me aprendo de memoria muchas estrofas. Cuando era
niña soñaba con ser actriz y creía que la Divina Comedia era eso: Una comedia.
Martello rió.
-Es una coincidencia. A mí me ocurrió lo mismo de niño.
-¿También crea que la Divina Comedia era una comedia?
-No. Quiero decir que también me gustaba el teatro. Y durante un tiempo
llegué a pensar que un día sería actor.
-No habría sido mala idea. Tiene usted muy buen tipo para eso. Lo veo
perfectamente haciendo el Hamlet o el Romeo.
-¿También ha leído a Shakespeare?
-Ya le dije que me apasionaba el teatro.
El se la quedó mirando pensativo. Durante unos momentos, comió en silencio.
-¿En qué piensa? -preguntó ella.
-En lo lejos que estamos los dos de nuestros sueños infantiles.
-Quién sabe dijo ella, pensativa a su vez-. ¿No le parece que en la
profesión de sacerdote también hay un elemento dramático que lo acerca un poco
al teatro? Recuerdo cómo me impresionaba de niña un cura en la iglesia del
barrio. Nos pintaba el infierno con tanta elocuencia, con una voz tan vibrante y
con gestos tan impresionantes que una vez olvidé que estaba en la misa y aplaudí
al final del sermón.
El seminarista volvió a reír. Le sorprenda encontrar en la muchacha una
gracia natural y una frescura sana que contrastaban con la primera idea que se
había formado de ella. Cada vez le parecía más inverosímil que se tratara de una
terrorista.
-¿Y qué fue lo que la hizo abandonar su ambición de ser actriz? -le
preguntó repentinamente.
Antes de contestar, ella buscó un cigarrillo, pero recordó que la noche
anterior se había fumado el último.
-¿Usted fuma? -le preguntó, esperanzada.
-No -dijo él. Pensó que le habría gustado fumar para poder complacerla
ahora.
-¿Por qué abandoné mi ambición de ser actriz? -repitió Nina-. Descubrí que
mi vocación no era tan fuerte como yo creía.
Pensé que estaba enamorada del teatro. Pero un día descubrí que de quien
estaba enamorada en realidad, era de un actor.
Martello sintió una inquietud desconocida para el hasta entonces y esperó
ansioso la continuación.
-Alcancé a hacer algunos papeles. Pero a los dos meses el me dejo y ahí
terminó mi carrera de actriz.
"Cuántos hombres habrían venido después del actor" -pensó Martello. Le
habría gustado preguntárselo, pero no se atrevió.
Volvió a sentir la angustia de hacía un momento y comprendió que estaba
celoso. Rechazó la idea, indignado consigo mismo.
Ella parecía perdida en los recuerdos.
-Cuando pienso en ese tiempo, me parece imposible que yo haya sido esa
muchacha. Indiferente, egoísta, preocupada solo de sí misma y de su ridícula
carrera de actriz que terminó en nada.
En esos momentos en que solo soñaba con ver mi nombre con letras luminosas
y con ganar dinero a manos llenas, haba un millón de obreros cesantes en Italia.
Tuve que conocer a un hombre extraordinario para darme cuenta de que había cosas
más valiosas en la vida.
"Un hombre extraordinario" Otra vez el insoportable malestar.
Ella siguió hablando con pasión. Pero Martello ya no la escuchaba. La
contemplaba con admiración. Los ojos parecían iluminársele mientras hablaba. Su
voz adquiría tonos cálidos y profundos, como si en vez de proclamar una fe
política, estuviera revelando una confidencia íntima.
Una frase lo sacó bruscamente de su abstracción.
-La Iglesia también tendrá que cambiar y ser nuestra aliada natural.
-¿A qué se refiere?
-A que el cristianismo está muy cerca de lo que nosotros buscamos. Lo único
que nos separa es la Iglesia.
-Lo que dice es absurdo. Sin la Iglesia el cristianismo habría
desaparecido.
-Al contrario. Si el cristianismo hubiera sido lo que fue en un principio,
la Iglesia como se la concibe hoy día no hubiera tenido razón de ser. Si el
cristianismo hubiera seguido siendo el credo de los humildes, de los débiles, de
los desposeídos, ahora estaríamos del mismo lado en la lucha. Pero se atravesó,
por desgracia en la historia ese emperador siniestro: Constantino. Y el
cristianismo pasó a ser la religión oficial del estado. La religión de los
oprimidos se volvió religión de los opresores. En vez de mártires, hubo Papas.
En vez de catacumbas, catedrales. En vez de misericordia, inquisición.
La escuchaba fascinado. Se le ocurrían mil argumentos para rebatirla, pero
no quería romper el encanto. La dejo proseguir, preguntándose hasta dónde
llegaría en su arranque.
-Por un momento, otro emperador estuvo a punto de cambiar el curso de la
historia: Juliano el Apóstata reinició la persecución y pareció que los
cristianos iban a volver a las catacumbas y a su pereza original... Pero
prefirieron aniquilar a Juliano y recuperar el poder. La leyenda dice que el
emperador reconoció su derrota y que murió diciendo: "Triunfaste, Galileo".
Pero fue una victoria pública. En adelante la Iglesia ya no se apartaría
más de los ricos y de los poderosos -se quedo un momento pensativa-. Y sin
embargo, creo que no está todo perdido.
Presiento que se aproxima un cambio.
Ante la ingenuidad y el apasionamiento de la muchacha, el seminarista optó
por sonreír.
-Por lo visto, usted me quiere convertir dijo con suavidad.
Furiosa y humillada, Nina comprendió que Martello rehuía la confrontación.
¿Se sentiría muy por encima de ella en su posición dialéctica? ¿Consideraría que
ella era fanática con la que no se podía razonar? ¿O tendría miedo de
enfrentarse a argumentos que no era capaz de rebatir?
Decidió atacar sin contemplación.
Pero no tuvo tiempo. En la ventana había aparecido un rostro de hombre.
Automáticamente, con la rapidez que dan reflejos condicionados por el peligro,
Nina se puso en pie, lista para la huida.
Martello siguió, sorprendido, la mirada de la muchacha hasta la ventana.
-¿Hola, Supongo que no molesto?
Desde el jardín, los miraba, sonriente, el doctor Morelli.
Martello enrojeció. Nina esperaba, tensa.
-Regresaba de visitar a un enfermo cuando reconocí tu coche. Anoche me
dejaste preocupado. Por eso se me ocurrió pasar a verte para preguntarte si todo
está bien.
Martello miraba sucesivamente a la muchacha y al doctor, sin saber qué
decir. Al fin balbuceó:
-Sí... claro... Bien... Todo está bien.
-¿Estás seguro? Las heridas a veces son traicioneras.
-Yo no estoy herido -dijo atolondradamente el muchacho.
El doctor Morelli volvió a sonreír.
-Eso ya lo sé desde anoche. Entonces supongo que el herido.. mejor dicho la
herida, es la señorita.
Nina y Bruno se miraron nerviosamente, pero el médico insistió, bonachón:
-Vamos. No se inquieten. Recuerden que para los médicos hay algo que se
llama secreto profesional, que es tan estricto como el secreto de la confesión.
¿Entonces, puedo pasar?
Decidiéndose, Martello fue a abrir la puerta. Ella hizo ademán de
retenerlo, pero comprendió que habría sido peor y se contuvo.
El doctor entró y se acercó a Nina mirándola con ojo clínico.
Martello buscaba ansiosamente la forma de justificar la presencia de la
muchacha. Inició un gesto de presentación, pero desistió. Le parecía absurdo
comportarse como si se tratara de una relación normal. Además, recordó que ni
siquiera conocía su nombre completo. Pero al médico parecía no preocuparlo este
detalle.
Tranquilamente, encendió un cigarrillo, mientras seguía con los ojos fijos
en Nina. Notó la mirada de avidez de la muchacha y le ofreció uno. Mientras se
lo encendía, le preguntó:
-¿Es usted siempre así de pálida o es que ha perdido mucha sangre?
Indecisa, ella miró a Martello. Él le contestó con otra mirada que quería
ser tranquilizadora. Nina comprendió que era inevitable aceptar el riesgo.
-He perdido bastante sangre. Pero no creo que sea grave. Hoy me siento
bien.
-De todos modos, quiero examinarla -dijo con firmeza Morelli.
Miró hacia los cuartos interiores, como hombre que ya conocía la casa y se
volvió a Martello.
-¿Me permites?
Sin esperar respuesta, guió a la muchacha hasta la primera puerta y se
encerró con ella.
Martello quedo solo. Se sentía cada vez más atormentado. Estaba furioso.
Sin poder precisar contra quién. Desde luego, contra el doctor, por su visita
intempestiva que lo hacía aparecer a él en una situación ambigua y comprometida.
Contra Nina que, en último término, era la causante principal del problema. Pero
más que nada, contra sí mismo, por no ser capaz de resolver, de una vez por
todas, la situación.
Se sentía arrastrado, cada vez más, por un camino que no había elegido.
Los acontecimientos parecían confabularse para empujarlo hacia Nina.
El doctor reapareció por fin con una expresión tranquilizadora.
Detrás salió Nina, arreglándose el vestido.
-Veo que mis recomendaciones de anoche, sirvieron. No hay señales de
infección. Además, bajo esa apariencia delicada, esta chica oculta una
constitución de hierro.
-Lo que el doctor no ha querido preguntarme todavía - dijo Nina mirando a
Morelli, como tratando de adivinar sus intenciones-, es cómo me hice esta
herida.
-Ni se lo preguntaré. No se preocupe. Ya sé que la ley exige que estos
casos sean reportados, pero para mi, antes que la ley, está la amistad. ¿Verdad,
Bruno?
Martello no supo qué contestar.
-Y además -comentó el médico riendo, estamos en Italia. Y en Italia ¿quién
cumple la ley? Bien, yo me voy -miró a Nina con simpatía-. ¿Quiere que le deje
un analgésico?
-Preferiría que me dejara el paquete de cigarrillos.
El médico tendió el paquete a la muchacha y después miró a Martello con una
sonrisa que al muchacho se le antojó maliciosa.
-Yo también me voy. Justamente me iba cuando llegaste -dijo
precipitadamente Bruno- Te acompaño hasta tu coche -luego se volvió a la
muchacha con exagerada formalidad-. Adiós, Nina que siga usted bien.
Vio en los ojos de ella el desconcierto de una pregunta muda, pero prefirió
no advertirla y salió juntamente con su amigo.
A los pocos momentos, oyó Nina el ruido de los Coches que se alejaban. Solo
en ese momento se dio cuenta de que el doctor había dejado un periódico sobre el
sofá. Lo desplegó presintiendo ya lo que iba a ver.
Efectivamente, en la primera plana, con grandes titulares, aparecía la
noticia del asalto al banco. Debajo, con un parecido asombroso, estaba el
retrato hablado de Nina, la mujer que en estos momentos buscaba toda la policía
de Florencia.
Desalentada, pensó inútilmente en encontrar una salida. Pero su mente se
resistía a obedecerle.
Durante unos minutos permaneció atontada, con la mente en blanco. La sacó
de su aturdimiento el ruido de un coche que se acercaba velozmente. Era un ruido
que se había escuchado varias veces en las últimas horas, desde la casa. ¿Por
qué esta vez le sonaba diferente?
Tuvo la seguridad de que el vehículo se dirigía a la casa.
Efectivamente, pocos momentos después, oyó el ruido del coche al detenerse
ante la puerta. Ya era tarde para escapar. Los pasos se acercaron y dio todo por
perdido. Por primera vez sintió que su espíritu de lucha la abandonaba. Esperó,
apática, a que la puerta se abriera. Y la puerta se abrió. Era Martello.
Durante un segundo, lo miró incrédula. Luego en un impulso incontenible
corrió a sus brazos.

6
La noche había caído. En la oscuridad solo brillaba el cigarrillo de Nina. La
muchacha se estrechó contra el cuerpo desnudo de él. Por primera vez, en esa
tarde larga y casi irreal, volvió a sentirlo lejano, como antes.
Martello había vuelto a encerrarse en su mutismo atormentado.
Pero lo que el no podía adivinar era que, en medio de las caricias y de los
arrebatos sensuales de la muchacha, a ella también empezaba a agitarla un
tormento interior. Ella también se sentía llena de dudas y contradicciones. A
ella también la impulsaba una vocación que a veces la obligaba a un ascetismo
tan rígido como el de un sacerdote. Ella también aspiraba a un cielo que quizá
no existía, pero que le demandaba tantos sacrificios como a él. Y en vez de
estar concentrada, con todas sus facultades, en el siguiente paso que le exigía
su misión, solo le preocupaba la esperanza absurda de hacer eterno ese momento
que necesariamente tenía que ser brevísimo. Sabía que su compañero de aventura,
arrastraba quién sabe qué peligros y que debía estar buscándola ansioso. Y sin
embargo, ella solo tenía pensamientos para el hombre que estaba a su lado.
¿Y por qué precisamente él? El, que por su origen, por sus creencias, por
su posición ante el mundo, era la negación de todo lo que para ella constituía
la vida verdadera, la única digna de compartirse con un hombre.
¿Sería quizá por eso, por lo diferente que era Martello de todos los
hombres que haba conocido hasta entonces?
Nina había conocido al líder de palabra arrebatadora y de inteligencia
deslumbrante; al activista de valor personal casi suicida y al compañero
abnegado y generoso capaz de cualquier sacrificio. Hasta entonces había creído
que ella solo sería capaz de amar a hombres así.
Hizo a un lado estos pensamientos y trató de concentrase solo en el placer
del momento. Buscó, ansiosa, el cuerpo de él.
Quizá la explicación del misterio residía simplemente en que por primera
vez, había conocido la exaltación total del amor físico. ¡Y con un seminarista!
Inexplicable, pero así era. La hembra primitiva afloraba repentinamente.
Era ya día claro cuando el auto de Martello entró en Florencia. Había
manejado desde Pontassiede como un sonámbulo.
El tañer de muchas campanas lo sacó de su abstracción. Doblaban a muerte.
Extrañado, cruzó el primer puente sobre el Arno mientras el tañido se hacía
estruendoso. Todas las iglesias de Florencia doblaban a muerte. Algo insólito
ocurría. Sobrecogido, continuó su trayecto, hasta detener el coche frente a la
pequeña puerta del jardín que prefería usar para entrar al Palazzo Martello.
Las campanas seguían resonando. Un vendedor de periódicos que pasaba en ese
momento, le dio la explicación.
"Ultima hora. La muerte del Papa". Anonadado, compró el periódico y cruzó
el jardín.
Efectivamente, Pío XII acababa de morir. Días atrás, Eugenio Pacelli -Pío
XII- haba sufrido una embolia cerebral que lo había dejado ciego, pero había ido
mejorando paulatinamente. Se le creía ya fuera de peligro.
Apretando, tembloroso el periódico, Bruno corrió a encerrarse en su cuarto.
Durante unos minutos permaneció atontado. Miro hacia atrás, hacia lo que habían
sido esos últimos días para él. Mientras los creyentes de todo el mundo seguían
ansiosos, las alternativas de la enfermedad del jefe supremo de la cristiandad,
en su espíritu solo había tenido cabida la pasión que sentía por esa mujer. En
todos los templos se elevaban rogativas por la salud del Santo Padre, en tanto
que él se hundía cada vez más en el pecado. Justamente, en el momento en que iba
a saber la tremenda noticia, había decidido en su fuero interno que lo más
importante para él, era la felicidad. Aunque para obtenerlo tuviera que truncar
su vocación. Se sentía, en cierta forma, asesino del Papa.
Atenaceado por una congoja insoportable, estalló en sollozos y cayó de
rodillas.

7
Frente al espejo, Nina terminó de peinarse. Habitualmente, le daba lo mismo
llevar el pelo de una u otra manera. Pero recordaba con deleite, la admiración
muda con que la recibió Martello cuando la vio aparecer por primera vez con el
cabello recogido y el vestido negro que él le haba comprado.
Se extrañaba ella misma de la transformación que estaba sufriendo. Hasta
había cometido la imprudencia de incursionar en el jardín, siendo ya pleno día
para cortar las últimas rosas del verano que lucían ahora en la mesa de la sala.
No se hacía ilusiones. Reconocía que el amor de ellos era el amor de dos
condenados. Quizá por eso mismo se aferraba con más fuerza a una felicidad que,
necesariamente, tenía que ser precaria. Sabía que todas las felicidades son
precarias. Pero las otras, por lo menos, no tenían un plazo fatal.
Ahora no quería pensar en eso. ¿Qué importaba que durara un segundo o una
eternidad? Estaba ocurriendo ahora, y seguiría ocurriendo esa mañana cuando le
abriera la puerta a Bruno.
Oyó el ruido de un coche que se acercaba. Debía ser él. Pero el ruido cesó.
Se dio cuenta de lo impaciente que estaba.
Era la tercera vez que le ocurra lo mismo esa mañana. Trató de dominarse y
encendió un cigarrillo. Sonrió, recordando que la noche anterior estuvo a punto
de confesarle a Bruno que era la primera vez que besaba a un hombre sin sentir
en su boca el olor a tabaco. Pero calló a tiempo.
En ese momento, le pareció oír pasos en el jardín.
Ahora sí, tenía que ser él. Feliz, corrió hasta la puerta y la abrió.
-Entréguese, la casa está rodeada.
En un instante la sala Se llenó de policías. Nina permaneció inmóvil. Sin
decir nada, sin pensar, sin sentir.

8
La muerte de Pío XII repercutió en todo el mundo:
En los círculos eclesiásticas la conmoción fue inmensa. En el Seminario
Pontificio de Roma, ese día no se hablaba de otra cosa. Pío XII había reinado
casi veinte años.
En la sala de lectura, de ordinario silenciosa, se oían los más diversos
comentarios en torno al ilustre desaparecido. Y no todos eran favorables.
Algunos lo habían conocido personalmente.
-Es quizá el Papa más inteligente y autoritario que hayamos tenido en este
siglo. Su visión política estaba a la altura de la de los más grandes
estadistas. Llevó a la Iglesia al punto más alto de su influencia y poder en
todo el mundo decía con respeto un viejo obispo siciliano.
-Sin embargo dijo un profesor que ya había renunciado hacía tiempo a llegar
alguna vez a las altas dignidades eclesiásticas-, como estadista, cometió
errores graves.
Se produjo un silencio expectante, pero nadie intentó interrumpir al padre
Del Dongo.
-Favoreció a los regímenes dictatoriales. Con Mussolini se llevó siempre
bien. Y con Hitler hizo lo posible por llevarse bien, aún a costa de cerrar los
ojos en varias ocasiones, ante hechos que seguramente su conciencia condenaba.
-Su juicio es errado dijo el cardenal Falabella-. Siempre apoyó a los
cardenales alemanes y austriacos que trataron de resistir la intromisión de
Hitler en la libertad religiosa de Alemania. Si alguna vez cedió, fue para
evitar un mal mayor.
Forma parte de la estrategia obligada de todo estadista, si quiere obtener
resultados.
-Pero aún los resultados no los veo yo tan óptimos terció un cura joven. La
Iglesia ha retrocedido en casi todo el mundo.
Hemos perdido toda influencia en Europa oriental. En dos de los países más
católicos del mundo, Polonia y Hungría, la fe católica ha regresado,
prácticamente, a las catacumbas. Monseñor Stepinac está preso en Yugoslavia
desde hace casi diez años. El cardenal Midszenty está refugiado en la embajada
americana de Budapest desde 1956. En Checoslovaquia se han cerrado casi todas
las iglesias.
-Esos son acontecimientos históricos, desgraciadamente fuera del control
del Vaticano. Recuerden a Stalin: "¿Cuántas divisiones tiene el Papa?" Solo
militarmente se habrían podido impedir las catástrofes que ha mencionado el
padre Corrado.
Tampoco la Iglesia pudo hacer nada contra Atila y Gengis Khan.
Pero a la postre ya ven ustedes, cómo a pesar del triunfo temporal de los
bárbaros, la fe acabó imponindose.
-Tampoco los resultados han sido muy satisfactorios en América Latina dijo,
sorpresivamente, un joven sacerdote, de baja estatura y tez muy morena-. Y hasta
allá no ha llegado Stalin.
-¡Sí que ha llegado! -dijo, con calor el cardenal-, y sin necesidad de
cruzar el océano.
-La influencia comunista es la culpable de los problemas que estamos
teniendo en el continente más católico del mundo. Y, justamente, Pío XII vio
este peligro antes que nadie. La historia tendrá que reconocérselo. ¿Quién opuso
una barrera infranqueable a los comunistas en el año crítico en que estuvieron a
punto de ganar las elecciones? Quién puso toda la influencia de la iglesia
detrás de los gobiernos católicos de Francia, de Bélgica, de Alemania y de
nuestra propia Italia?
-¿Y los judíos? -preguntó bruscamente un sacerdote totalmente calvo, aunque
no alcanzaba los cuarenta años, y con una cicatriz que le cruzaba toda la cara,
recuerdos de Buchenwald.
-¿Los judíos, qué? -Dijo, agresivo, el cardenal.
-Se dice que el Papa pudo haber salvado la vida a muchos judíos si hubiera
condenado oficialmente la política antisemita de Hitler.
-Esos son rumores mal intencionados que propagan los comunistas. Son muchos
los judíos que pueden atestiguar que recibieron protección de la Iglesia, a
pesar del peligro que esto implicaba.
-Sin embargo, se ha publicado el nombre del sacerdote que, en plena guerra,
logró entrevistarse con el Santo Padre para hacerle saber lo que estaba
ocurriendo en los campos de concentración. Pero el Papa se habría negado a
intervenir por razones de política.
-¡Calma! -Dijo con tono persuasivo un profesor de sociología. -No es el
momento oportuno para hablar de política.
Pío XII fue el jefe del Estado Vaticano. Pero también fue Eugenio Pacelli,
un ser humano -el catedrático se dirigió con simpatía a un viejo sacerdote que
sentado en un sillón, parecía ajeno a la discusión. Usted conoció a Su Santidad
personalmente, padre Sammarco. ¿Cómo era Eugenio Pacelli?
Sammarco pareció sumirse en sus recuerdos y luego dijo con voz baja y
lenta:
-Lo vi pocas veces. Yo prestaba mis servicios en la biblioteca Vaticana y
no olvidaré nunca lo que ocurrió allí, una tarde, pocos días después de la
elección de Su Santidad. El Papa había citado en la biblioteca al cardenal... es
mejor que no diga el nombre. El cardenal había votado en contra de la
candidatura de Eugenio Pacelli y luego comentó que haba sido un error elegirlo.
Pacelli, ya Papa, se entero y lo mandó llamar. Cuando el cardenal estuvo frente
a él, el Papa le exigió que renovara públicamente su obediencia. Estábamos ahí
el padre Balducci y yo.
Al cardenal, que pertenecía a una de las familias más nobles de Italia, lo
tomó de sorpresa este ex abrupto. Durante un momento, pensó que el cardenal iba
a objetar la orden. Pero era difícil oponerse a Pío XII. Su Eminencia aceptó la
humillación y se inclinó, diciendo lo que el Papa le exigía. Pero esto no le
bastó al Papa. Con esa voz suave y terrible que usaba a veces, le dijo: "Ahora
se va usted a arrodillar ante mí y me va a besar el pie derecho". No quise verle
la cara al cardenal en ese momento.
Cuando volví a mirarlo el cardenal estaba todavía arrodillado, haciendo lo
que le había ordenado el Papa.
El padre Sammarco desvió la vista, como lo debió haber hecho en aquella
ocasión, para no ver la cara de los presentes. Se produjo un silencio de hielo.
El primero en reaccionar fue el cardenal Falabella.
-Estoy seguro de que la conversación nos ha llevado hasta donde ninguno de
nosotros quería llegar. De mortuis nil nisi bene. Lo que debemos hacer es orar
por su alma.
El padre Andreani era el profesor más popular del seminario.
Su despacho se llenó de seminaristas, deseosos de comentar con el la
noticia que ocupaba la atención del mundo. ¿Quién sucedería a Pío XII?
-Es un momento crucial para la cristiandad. Durante veinte años la Iglesia
ha permanecido estática, bajo el gobierno de Pío XII. Su autoridad fue absoluta
y su orientación fue esencialmente conservadora.
Ha llegado el momento de cambiar, ¿no cree usted padre Andreani? -Dijo un
fogoso muchacho de pelo rojo y anchas espaldas que más parecía un levantador de
pesas que un seminarista-. Es necesario salir del aislamiento, buscar contactos
nuevos. ¿Por qué mirar con hostilidad a las demás iglesias cristianas, si son
más las cosas que nos unen que las que nos separan? He leído que la iglesia
anglicana trató varias veces de establecer comunicación con el Vaticano, pero Su
Santidad se negó siempre.
-Y tenía toda la razón. Pío XII cuidaba la pureza de la fe que es lo que le
da su fuerza a la iglesia, ¿verdad, padre Andreani?
Todos lo consultaban, pero ninguno lo dejaba hablar. Esto no le importaba
al padre Andreani. Tolerante, los escuchaba hablar, tomando nota, mentalmente,
de lo que decía cada uno. Más para conocerlos mejor a ellos que porque le
preocuparan mucho sus argumentos.
-Denle entrada a los anglicanos -Dijo el último que había hablado, y pronto
estaremos también admitiendo a los luteranos, a los calvinistas y a los
ortodoxos.
-¿Y por qué no, en ese caso, también a los judíos y a los budistas y hasta
a los mahometanos? -apoyó, irónico, otro muchacho.
-Eso es lo que digo yo, ¿por qué no? Dijo, desafiante, el pelirrojo. Ellos
y nosotros creemos en un solo Dios, el mismo.
-Cuidado, Brassens. Eso ya es herejía.
-¿Por qué herejía? -Dijo, apasionadamente, Brassens-. No estoy discutiendo
puntos del dogma. Estoy hablando de algo eminentemente práctico. La Iglesia no
debe contentarse con ser solo la depositaria de las preocupaciones religiosas de
los hombres. Debe aportar el caudal inmenso que posee, tanto material como
espiritual, para resolver los grandes problemas que abruman al hombre de hoy: La
pobreza, la opresión, la ignorancia. Y para eso tenemos que buscar la
cooperación, venga de donde venga.
-Según eso, la Iglesia debe renunciar a su misión que es espiritual y
convertirse en un movimiento social. Un partido político más -dijo otro de los
seminaristas-. En los evangelios están bien claras las palabras de Jesús: "Mi
reino no es de este mundo" y "Dad al César lo que es del César". No veo en qué
te fundas para pensar que la Iglesia debería tomar partido en las luchas
políticas.
-En el propio Jesús. -Dijo, triunfante, el seminarista atlético-. Si Cristo
aceptó hacerse hombre, lo hizo con todas las consecuencias que trae ser un
hombre. Y como tal aceptó también las consecuencias sociales y políticas de su
misión en la tierra.
Si no fuera así, no lo habrían condenado a muerte.
-Ya hemos visto las consecuencias que trae, a la Iglesia tomar partido en
las luchas políticas. Está reciente todavía el fracaso de curas obreros en
Francia. Tomaron tan a pecho su papel de redentores sociales que terminaron por
olvidar su misión evangelizadora. Unos colgaron los hábitos y se inscribieron en
el Partido Comunista y a los otros la Iglesia los tuvo que retirar rápidamente
de las fábricas.
El padre Andreani creyó llegado el momento de intervenir.
-Hijos míos: Vinieron hoy aquí diciendo que querían cambiar ideas sobre la
elección del próximo Papa.
-Para mí, el papabile con más posibilidades es el cardenal Ottaviani dijo
el seminarista de más edad.
-Quiera Dios que no. Sería un retroceso objetó el pelirrojo.
-Monseñor Ottaviani representa la corriente más conservadora, más rígida,
más intolerante dentro del Vaticano.
-Si yo estuviera en el Cónclave, yo votaría por monseñor Benelli -dijo
otro. Creo que tiene todas las condiciones necesarias: Inteligente, diplomático,
buen Político. Es lo que necesita la Iglesia en estos momentos difíciles por los
que atravesamos.
-Yo no creo que lo que necesitemos sea otro político. En el Vaticano hace
falta un guardián de la fe, que nos proteja de las corrientes disociadoras que
se están manifestando en varios países. El que me parece perfecto es monseñor
Damiani.
-¿Y por qué no monseñor Montini? -Dijo el pelirrojo. En él se reúnen las
dos condiciones: Es político y es un hombre de doctrina. Tiene una visión
perfectamente clara de la línea que debe seguir en estos momentos la Iglesia.
-Montini no tiene la menor posibilidad. Ni siquiera es cardenal.
-Justamente. Eso me lo hace simpático. Es el primer arzobispo de Milán que
no es cardenal. Pío XII no quiso darle el capelo, como castigo por sus ideas
independientes. Sería un gran Papa.
-Si vamos a nombrar a los papabiles de ideas avanzadas, yo preferiría al
cardenal Suenens -dijo un muchacho con fuerte acento francés.
-¡Qué! ¡Un belga! ¿Un Papa extranjero? -Dijeron varios, escandalizados.
-¿Y por qué no? ¿Qué mejor manera de testimoniar la misión universal del
catolicismo?
-No creo que se vuelva a elegir a un Papa extranjero. Por lo menos en este
siglo. Pasaron los tiempos de Alejandro Borgia y de Adriano VI.
-En ese caso dijo el defensor del tradicionalismo, yo preferiría al
cardenal Bea. Es el hombre que más conoce los problemas del Vaticano. Estuvo
junto a Pío XII en los momentos más difíciles de la Iglesia.
-¡Un Papa alemán! Protestó un seminarista genovés-. ¿Hay algo más cómico
que el idioma italiano pronunciado por un alemán?
¿Te imaginas cómo sonaría una alocución pronunciada desde la basílica de
San Pedro, con acento alemán? Sería una catástrofe.
-Ya en plan de reductio at absurdum, el Cónclave podría elegir a un Papa
asiático. ¿Y por qué no a un Papa negro?
El estudiante atlético preguntó de pronto a Andreani:
-¿Qué haría usted, padre Andreani, si de pronto se viera envuelto en el
manto rojo papal?
-Pensaría que me había equivocado en el guardarropa –Dijo inmediatamente
Andreani, en medio de las risas de los muchachos.
-¿Yo, Papa? Me conformaría con llegar un día a obispo.
-Pero díganos, por lo menos, ¿por quién votaría usted en el Cónclave si
fuera cardenal. ¿Por un buen político? ¿Por un diplomático? ¿Por un teólogo? ¿O
quizá por un financista? -preguntó, el padre genovés.
Andreani pensó un momento.
-Votaría por un hombre bueno. Creo que siéndolo, todas las demás cualidades
le vendrían por añadidura, como dice el Evangelio.
9
Martello regresó al seminario, cambiado.
Siempre se había mantenido un poco al margen del bullicio propio de los
primeros años de estudios. Pero ahora se sumergía en un aislamiento sombrío que
lo apartaba totalmente de los demás. El padre Andreani lo notó inmediatamente.
Trató de acercarse a el para conocer la causa de su actitud, pero observó, con
sorpresa, que, por primera vez, Bruno lo esquivaba. Dolido, Andreani no
insistió. Pero, sorpresivamente, mientras leía en un rincón apacible y solitario
del jardín, Martello se le acercó.
-Padre: tengo que hablar con usted.
-Ya era hora, hijo mío. Te esperaba.
Martello hizo una larga pausa.
-Durante las vacaciones me ha ocurrido algo muy grave dijo por fin.
Andreani se demudó. Era un hombre de intuiciones. Sabía lo que vendría
ahora.
-Padre, he cometido un grave pecado. He llegado a pensar en abandonar mi
vocación. Creo que ya no soy digno del sacerdocio.
Andreani esperaba, angustiado, la palabra que faltaba.
Habría querido detenerla antes de oírla, como si así hubiera podido borrar
lo que debía de haber ocurrido. Pero la palabra cayó, inevitable.
-Una mujer...
-Martello se detuvo, avergonzado. Esperaba un gesto, una frase de aliento,
para continuar. El padre Andreani era un hombre amplio, generoso, inteligente.
Comprendería. Tenía que comprender. Por lo menos este pecado. Pero Andreani se
endureció bruscamente. Su rostro reflejó una amargura y una ira totalmente
incomprensible.
-¡Y yo que creí que eras distinto a los demás! Dijo con voz temblorosa-.
Desde que te conocí me pareciste distinto. Pero eres igual a todos. Peor que
todos, porque Dios te concedió a ti dones que solo concede a sus elegidos. Que
deben emplearse en servirle a el. No dilapidarlos estúpidamente en una.. -
Andreani calló, avergonzado él mismo de la violencia de su reacción.
Martello lo miraba espantado, incrédulo. Andreani hizo un esfuerzo por
controlarse y dijo con voz incolora:
-He escuchado más de una vez esta clase de confesiones de muchachos
desorientados que todavía no afirmaban su vocación. No la esperaba de ti. Pero
habla. Prefiero saberlo todo. Cuenta tu gran aventura.
Era tan despectivo, tan enconado el tono, que el orgullo de Martello se
reveló.
-No creo que "mi aventura" se diferencie mucho de las que debe usted haber
escuchado. Supongo que es igual a todas. En todo caso, ya terminó. No es eso lo
que me tortura. Es lo que hice después.
Andreani volvió la cabeza, pero Martello alcanzó a verle los ojos vidriosos
por las lágrimas. Intranquilo y desconcertado, Bruno se levantó para irse.
-Te dije que quería saberlo todo -murmuró Andreani.
-El resto preferiría decírselo en confesión.
-No. No sé si podría perdonarte en confesión.
-Está bien dijo Martello, sentándose otra vez-. Pequé con una mujer. Ese
fue el primer pecado. Pero después hice algo peor: la sacrifiqué a ella.
-¿Qué quieres decir? -preguntó Andreani, conteniendo su angustia.
-Fui un cobarde. Comprendí que no sería capaz de renunciar a ella por mí
mismo y cometí un acto horrible. La entregué a la policía.
En frases entrecortadas, Martello se lo contó todo. Cuando terminó de
hablar miró a Andreani, esperando por fin una palabra de esperanza. Pero el
sacerdote permaneció en silencio.
¿No dice usted nada, padre? -preguntó, angustiado, Bruno.
Y como Andreani continuaba en silencio, agregó, desesperado:
-Comprendo que soy un gran pecador. Pero dígame algo.
Andreani evitó mirarlo.
-Yo también soy un gran pecador -dijo con tristeza.
Se levantó y se fue.
Martello lo vio alejarse, descorazonado. El solo tendría que elegir
entonces la reparación de su falta. Comprendió que no había más que un camino.
Era cruel, pero tenía que hacerlo. Y cuanto antes

10
Le pareció insoportable el tiempo que debió esperar mientras traían a la
detenida para la entrevista. Sin embargo, fueron solo unos minutos. La
recomendación de una autoridad eclesiástica hacía caer las barreras, hasta de la
tupida burocracia italiana.
Mientras aguardaba, trataba de apartar la última imagen de Nina que había
quedado grabada en su mente. Estaba seguro de que no sería ya la muchacha alegre
y sonriente, casi ingenua, que se había despedido de él aquella mañana, segura
de volver a verlo dentro de pocas horas. Habría vuelto a ser la de antes. La que
conoció, dura, agresiva, insolente. Y más aún, cuando escucharía su confesión.
Cuando la tuvo frente a él, solo separada por la reja, atropelladamente le
dijo la verdad. Trató de comunicarle su tormento, su desesperación de esos días.
Le contó lo que había significado ella para él, la primera y única mujer que
habría en su vida. Trató de explicarle lo que era sentir una verdadera vocación
religiosa. Luego, sus terribles dudas, su indecisión en la insoportable
disyuntiva: su amor por ella o la salvación de su alma. Y por último, la
desgarradora decisión final: Tenía que delatarla a la policía. No hubiera sido
capaz de renunciar a ella.
Nina lo escuchaba sin mirarlo. Martello hizo una pausa.
Esperaba los peores insultos. Casi deseaba las recriminaciones, las
acusaciones que venía dispuesto a aceptar. Pero Nina callaba.
Seguía con la mirada fija en un punto impreciso.
-Podrás perdonarme algún día? -murmuró Martello.
Ella permaneció todavía un momento inmóvil. Luego se volvió, siempre sin
mirarlo, hacia la celadora que esperaba a cierta distancia.
-Lléveme de nuevo a la celda dijo con voz incolora.
Martello no supo cuánto tiempo transcurrió después de eso.
Sintió una mano en el hombro y una voz que le pareció infinitamente lejana.
-Su tiempo ha terminado.
Sí. El tiempo de la visita haba terminado, pero ahora comenzaba a correr el
tiempo del remordimiento.

11
Al rector del seminario no lo tomo de sorpresa la solicitud.
El padre Andreani pedía ser relevado de sus funciones de profesor, hasta
que el arzobispado le asignara otro destino, preferentemente lejos de Roma. El
mismo llevó la renuncia al despacho del rector.
Monseñor Eyzaguirre leyó la carta. Se levantó de su escritorio y se acercó
a la ventana. Durante largo rato permaneció mirando al patio, donde los jóvenes
seminaristas, recién incorporados al plantel, disputaban un partido de futbol.
Por fin, se volvió hacia Andreani.
-He pensado en una solución mejor dijo-. El alumno Bruno Martello es un
muchacho excepcional.
Andreani enrojeció.
-Creo que sería justo dar a conocer las dotes de inteligencia, preparación
y dedicación de Bruno más allá de nuestras fronteras -prosiguió el rector-. El
seminario de Lovaina me propone un intercambio de alumnos. Me parece que nadie
mejor que él podría representar al futuro clero italiano. He propuesto ya su
nombre.
-¡Pero eso sería una injusticia! -dijo Andreani, con calor-. Bruno no sabe
nada de esto. No tiene ninguna culpa. El que debe alejarse soy yo.
-Este alejamiento no es un castigo. Todo lo contrario. El seminario de
Lovaina es uno de los mejores del mundo. La noticia hará feliz a Martello. ¿No
lo cree usted?
-Es posible -dijo Andreani, con tristeza.
Hubo otra larga pausa.
-Comprendo la pena que siente, Andreani, y pido a Dios que la bendiga -Dijo
entonces Eyzaguirre-. En el fondo, todo nace de la necesidad de amar. Todos la
sienten. ¿Por qué vamos a estar exentos nosotros? Y es tan difícil convencer a
nuestro corazón de que debe limitarse a amar solo a Dios -volvió a mirar hacia
el patio-. Dios parece estar a veces tan lejos y en cambio sus criaturas, tan
cerca.
El rector regresó a su escritorio y devolvió su solicitud a Andreani.
-Vuelva usted a sus clases, padre Andreani. Y piense que ningún amor se
pierde. Y que a veces aún el que nos parece culpable, si somos capaces de
sentirlo con total generosidad, con el completo olvido de nosotros mismos, sin
pedir nada a cambio, hasta ese amor se parece mucho al que sentimos hacia
nuestro Creador. Quizá todos los amores no sean sino otros tantos caminos que
nos llevan a Dios.

12
Martello estaba arreglando sus maletas cuando entró Andreani en su habitación.
El muchacho lo miró con sorpresa y resentimiento.
-¿Todo está listo para el viaje?
-Sí, padre. Salgo esta noche a las 10:30.
El sacerdote hizo un esfuerzo para hablar con naturalidad.
-He venido a decirte que mis sentimientos hacia ti no han cambiado. Te
recordaré siempre con el mismo afecto. El otro día no supe darte el consuelo que
necesitabas. Perdóname. Mañana, la primera misa que celebre será por ti, por tu
pena de ahora.
Porque encuentres la serenidad y el olvido. En la soledad del altar
pensaré mucho en ti.
Se dio cuenta de que no iba a poder seguir hablando. Para ocultar su
emoción le tendió un periódico que traía y le dijo con brusquedad.
-Tengo que darte también una mala noticia. De todos modos te habrías
enterado por el periódico.
La noticia le saltó a Martello a los ojos como un golpe brutal:
"DETENIDA SE AHORCA EN LA CARCEL"
Y seguían los detalles. Habían encontrado sin vida el cuerpo de Nina la
noche anterior. El diario censuraba demente el desorden y la falta de vigilancia
en las prisiones italianas.
Martello llegó hasta el final de la columna. La suicida solo había dejado una
nota.
"Triunfaste, Galileo"
En la prisión nadie comprendía el significado. Pero Martello comprendió.

III
PARIS - 1968

En diez años el rostro del mundo había cambiado.


Por primera vez en su historia, Estados Unidos había elegido un presidente
católico. Y también, por primera vez, en la historia, un país latinoamericano
caía bajo un régimen comunista.
En Asia continuaba abierta la dolorosa herida de Vietnam.
Africa rompía su letargo colonial de siglos y nacían en su geografía
veinte repúblicas que buscaban su libertad en medio de las convulsiones del
alumbramiento.
Europa parecía entrar en un periodo de estabilización y prosperidad. Y los
franceses recibían esa primavera de 1968 con su habitual alegría de vivir, al
iniciarse el décimo año de la era del general De Gaulle.
Aquella tarde de mayo, el nuncio de la Santa Sede en Paris, recibía a un
grupo de eclesiásticos italianos, venidos para discutir con sus colegas
franceses la unificación de criterios respecto al uso de sus respectivos idiomas
en la nueva liturgia católica. El latín había sido una de las primeras bajas en
la ofensiva renovadora lanzada por Concilio Vaticano II. La reforma de la
liturgia había dado a los laicos una mayor participación en la celebración de la
misa, autorizando importantes cambios en los textos y en el lenguaje.
Era la primera vez que Andreani salía de Italia. Había dejado su cátedra en
el Seminario Pontificio al ser nombrado obispo de Verona. Acostumbrado ya a la
tranquila vida provinciana, la ciudad Luz lo deslumbraba y hasta lo atemorizaba
un poco. Creía haber cumplido ya con el itinerario obligado del turista al
visitar el Louvre, la torre Eiffel y naturalmente la catedral de Notre Dame,
cuando el nuncio le preguntó:
-¿No le interesa a usted el teatro, monseñor Andreani?
La pregunta lo tomó de sorpresa.
-¿El teatro? Sí, pero no se me ocurriría ir a una función de teatro en
París.
-¡Pero cómo! ¡París, la capital mundial del teatro! Se acaba de estrenar
una obra herética, provocadora e inmoral, pero muy interesante. Véala y después
hablamos.
Y fue así como monseñor Andreani asistió esa noche al teatro de la
Michodiere para ver "El discípulo".
"Hace tres días que el Maestro entró en Jerusalén. El pueblo lo aclamó como
su salvador, como al rey que iba a encabezar la justa lucha por la libertad de
Israel", decía Judas, desde el escenario, dialogando con sus propios
pensamientos. "Y hace tres días que nosotros, sus discípulos esperamos que se
manifieste como el dios que dice ser. Ellos y nosotros hemos esperado en vano.
El procurador romano sigue oprimiendo al pueblo y nosotros seguimos esperando el
nuevo orden divino que debe transformar al mundo"
Monseñor Andreani escuchaba, conturbado por una indefinible inquietud.
Judas era el héroe de la obra. Pero no el Judas tradicional, el traidor, el
discípulo maldito de la tradición cristiana. Era un visionario que rivalizaba
casi con Jesús en su misión salvadora. A Andreani la idea le parecía monstruosa,
pero escuchaba, suspendido de las palabras del autor.
"¿Entre tanto, qué hace él? Reza. ¿A quién reza, si Dios es él mismo? Reza
en lugar de actuar. El pueblo necesita un líder, un jefe. Al romano no se le
derribará con plegarias ni se cambiará con llantos el mundo corrompido que él
prometió redimir.
¿Y para eso lo hemos abandonado todo por seguirlo? Los demás ya empiezan a
murmurar. Pronto se quedará solo. Y nosotros nos quedaremos sin jefe y sin dios.
Los demás discípulos son débiles, incapaces de actuar, pero yo no. Yo soy un
hombre de acción y lo obligaré a realizar su papel".
Judas resultaba ser el mejor de los apóstoles. Creía ser el único que había
comprendido realmente el sentido de la presencia de Jesús en la tierra. ¿Dónde
había escuchado antes Andreani conceptos parecidos? ¿A quién había oído decir
que Judas era la figura más admirable del Evangelio? Un recuerdo se habría paso
en su memoria.
"Pronto será demasiado tarde. Alguien tiene que obligarlo a que cumpla su
destino. Y ese alguien seré yo. Yo, el que más lo ama, seré su verdugo. Pero es
por el bien del mundo. El ya ha dicho todo lo que tenía que decir. Ahora tiene
que morir para que pueda vivir eternamente. Gracias a su muerte se transformará
el hombre. El se llevará la gloria y a mí me maldecirán por los siglos de los
siglos. Pero no importa. El hombre fuerte no retrocede ante su destino cuando
sabe que su sacrificio no será estéril".
¡Martello! Eran palabras como las que había escrito Bruno Martello diez
años atrás, al iniciarse las clases en el Seminario Pontificio.
Trémulo, Andreani consultó el programa que no había mirado hasta esos
momentos, pero el autor tenía un nombre alemán desconocido para el. ¿Se
ocultaría Bruno al amparo de un seudónimo?
Andreani salió esa noche del teatro sin poder definir las emociones que le
había provocado la obra. El drama de Judas había dejado de interesarle. Su mente
estaba llena de recuerdos de Martello. Recordaba mil incidentes de los breves
meses que lo tuvo en su cátedra. Y le parecía volver a escuchar la voz vibrante
del muchacho exponiendo teorías audaces, conceptos que bordeaban con frecuencia
la herejía.
¿Dónde estará ahora? Lo había visto por última vez aquella tarde de la
despedida. Nunca más intentó comunicarse otra vez con él. Fue un esfuerzo
supremo, pero había sido capaz de realizarlo.
Sabía, vagamente, que había hecho estudios brillantes en él extranjero y
que su nombre ya destacaba en distintos campos del conocimiento, pero nunca
buscó tener noticias de él. Ahora pensaba que después de tantos años, la
dolorosa crisis que significó Martello en su vida, se podía considerar
definitivamente superada. Martello debía ser ya un hombre plenamente formado,
intelectual y moralmente, y al abrigo de las acechanzas del sentimiento.
Por su parte, él, a los cincuenta y cinco años se encaminaba sin amargura
hacia su ocaso, con la serenidad que proporciona una vida guiada por la rectitud
moral y la fe religiosa. Sin embargo, en esos momentos sintió unos deseos
vehementes de hablar con él, de volver a verlo. Trató de convencerse a sí mismo
que era solo la nostalgia de los días de seminario, compartidos con esa juventud
brillante y tumultuosa, de la que Martello había sido el mejor exponente.
La noche anterior al regreso de los delegados italianos, el nuncio les
ofreció una cena de despedida. Recordando la recomendación que le había hecho
Andreani, el diplomático le preguntó:
-¿Qué le pareció la obra que le recomendé el otro día, monseñor Andreani?
¿La vio?
-¿Muy interesante. Pero, dígame, Excelencia, ha oído usted hablar de Bruno
Martello?
La pregunta tomó de improviso al nuncio, pero recuperado de su sorpresa,
pasó revista rápidamente al ordenado kardex que era su mente.
-Me pareció oír decir que estaba en Francia -agregó Andreani, disimulando
su ansiedad.
-Y aquí sigue todavía -dijo por fin el nuncio-. Si no me equivoco, el padre
Martello está dando actualmente un curso en la universidad. Y si mal no
recuerdo, sobre un tema peligroso y controvertido.
Andreani sonrió, tolerante.
-El mismo de siempre.
-¿Perdón...? Dijo el nuncio sorprendido.
-¿Sobre qué es el curso? ¿Supongo que no será sobre Judas?
-Mucho más peligroso. Lo de Judas fue hace dos mil años.
Pero Teilhard de Chardin es un problema muy actual.
-Entonces, ¿el curso es sobre Teilhard de Chardin?
-"El pensamiento de Teilhard de Chardin y la teoría de la evolución". Por
cierto que los medios eclesiásticos aquí están bastante preocupados. Martello
trató de conseguir ji nihil obstat del Arzobispado de París, pero se lo negaron.
Sin embargo, él está dando su curso de todos modos.
-El mismo de siempre --repitió Andreani.
-Por lo visto usted lo conoce bien.
Andreani le lanzó una rápida mirada. Pero no había la menor malicia en la
pregunta.
-Fue alumno mío hace muchos años, pero no he sabido más de él. Me imagino
que habrá hecho una carrera brillante.
-Sí y no. Se ha hecho de un nombre prestigioso en el terreno científico.
Colabora en revistas especializadas muy importantes, ha participado en varios
congresos y ha dado algunos cursos universitarios, como el que está dando ahora.
Pero como sacerdote su actuación ha sido muy discutible. Tiene un verdadero ojo
clínico para buscarse problemas y para creárselos a los demás.
Mire usted el momento que ha escogido para divulgar a Teilhard de Chardin.
-Pero Teilhard de Chardin es un gran pensador y hombre de ciencia.
-Puede ser, pero a los ojos de Roma es casi un hereje. El año pasado la
Santa Sede emitió una solemne advertencia contra los peligros que contienen sus
obras. Como usted comprenderá, la Iglesia no puede avalar la teoría de la
evolución, aunque se le dé un sentido religioso como lo hace el padre Teilhard
de Chardin.
Al día siguiente, en el aeropuerto de Orly, el secretario de Andreani
sorprendió a los delegados italianos que se aprestaban para tomar el avión de
regreso a Roma, al anunciarles que monseñor no haría el viaje con ellos. A
última hora había decidido permanecer uno o dos días más en París.
-¿Pero por qué? ¿Con qué objeto? -preguntó uno de los delegados.
-No sé. No me dio ninguna explicación.
-¡Qué raro! A mí me había dicho hace unos días que tenía urgencia de
regresar a Verona. ¿Espero que no estará enfermo?
-Al contrario dijo el secretario. Hacía tiempo que no lo vea tan animado.
La voz era tan vibrante como diez años atrás. Pero ahora había adquirido
nuevas inflexiones. Era más persuasiva, más convencida y a la vez, más pasional.
Era la voz de un racionalista, de un hombre de ciencia que de pronto tomaba
resonancias místicas.
"La vida es movimiento", según Teilhard de Chardin. De las capas de materia
terrestre de miles de millones de años de antigüedad, surgió, primero, el reino
de los organismos vivos.
El reino biológico. "Pero apareció el hombre y con el", dice Teilhard de
Chardin, "apareció también el universo del pensamiento y del espíritu. La
evolución pues, no ha terminado. Solo se ha desplazado del plano material al
espiritual"
Seguramente, en el auditorio no predominaban los creyentes.
Sin embargo, Andreani noto con satisfacción que reinaba un silencio tan
atento y respetuoso como el que podría observarse en una iglesia. Las mujeres,
sobre todo, lo escuchaban fascinadas. Físicamente también había cambiado.
Andreani calculo que no podía tener todavía treinta años. Y sin embargo, ya
parecía haber alcanzado el apogeo de su vigor físico y mental.
Había engrosado, pero esto solo agregaba virilidad y solidez a sus rasgos
renacentistas, tan puros como antes.
"La realidad de la evolución se refleja en la expansión del conocimiento,
de la investigación, del pensamiento. Del avance tecnológico incesante. Esta
erupción de la vida del espíritu conducirá al hombre inevitablemente, pero
también libremente, hacia una nueva era de unidad planetaria que será la
culminación de la historia y el comienzo de su encuentro con Dios"
Martello terminó y se produjo un silencio. Las palabras y el pensamiento
del conferencista parecían flotar todavía en el aire. Y de pronto estallo la
ovación. Andreani recordó los aplausos que habían premiado la actuación de
Judas, la noche anterior, en el teatro.
La idea de que un mensaje espiritual, una disertación filosófica fuera
acogida en esa forma ruidosa no le molestó. Le pareció una manifestación de
vivacidad y simpatía, típicamente francesas.
Ni por un momento pensó Andreani en las serias objeciones que le había
hecho el nuncio acerca del curso que terminaba de impartir Martello. Ni en que
las obras de Teilhard estaban prácticamente en el índice. Solo pensaba en que
había sido él, Andreani, quien había guiado a Martello en sus primeros estudios
filosóficos y religiosos. Esto lo llenaba de orgullo y de emoción. El había
intuido desde el primer momento en el casi adolescente seminarista, un espíritu
brillante y original. ¡Qué justificado se sentía ahora!
Por un momento estuvo tentado de unirse al grupo entusiasta que rodeaba
ahora al joven profesor. Pero un sentimiento de timidez lo contuvo. Prefirió
esperar. Pasó entre los asistentes al curso y salió del corredor. Momentos
después apareció Martello, acompañado todavía de jóvenes entusiastas que no se
resignaban a que esta hubiera sido la última conferencia. Lo asediaban a
preguntas, aportaban sus comentarios. Algunos, sobre todo las muchachas,
invadían ya el terreno personal y querían saber detalles de su vida privada, sus
proyectos y compromisos profesionales.
De pronto, Martello vio ante el a Andreani y sus miradas se encontraron. El
joven sacerdote se puso intensamente pálido. Era su reacción habitual ante una
emoción intensa. Los alumnos comprendieron que el desconocido significaba algo
importante para el profesor y se alejaron discretamente.
-Hace diez años, ocurrió exactamente esto, pero a la inversa. Yo acababa de
dar mi clase y tú me estabas esperando.
Martello intentó besar el anillo obispal, pero Andreani retiró la mano
sonriendo.
-No, eso no. Ahora somos colegas. Aunque tú me has sobrepasado con creces.
Yo ya ni siquiera enseño a seminaristas.
A lo más, alguna vez, visito las catequesis de mi diócesis.
Quiero decirte que he disfrutado enormemente de tu conferencia.
-¿Entonces usted también está familiarizado con la obra de Teilhard? Dijo,
entusiasta, Martello.
-Solo en forma muy elemental, mi querido Bruno. Nada que me permita
mantener contigo una discusión sobre el tema.
-¿Una discusión? Usted tampoco está de acuerdo con él? Es natural. Roma
virtualmente lo ha prohibido.
-Por desgracia, no es la primera vez que Roma condena a sus profetas en
vida, para glorificarlos después de muertos. Creo que ya está próxima la
rehabilitación del padre Teilhard. Sé que Su Santidad ha reconocido privadamente
su grandeza.
Martello revivió luego el recuerdo de sus días de seminario.
-Lo he recordado tantas veces, padre. Cuando me enteré de su designación
como obispo de Verona, me alegró mucho. Me habría gustado enviarle un telegrama,
pero estaba en plena selva amazónica. Recibí la noticia con dos meses de
retraso. Además, no había un telégrafo en muchos kilómetros a la redonda.
-¿En la selva amazónica? Dijo Andreani.
-Me agregué a una expedición. Me interesaba mucho la antropología.
-Es admirable todo lo que has abarcado.
-Y sin embargo, todavía me parece tan poco. Es tan breve la vida y tanto lo
que me falta por aprender. Quisiera enriquecer mi fe con todos los conocimientos
humanos. ¡Qué magnífico ejemplo nos dio el padre Teilhard! Un paleontólogo, un
gran hombre de ciencia, un filósofo y a la vez un teólogo. ¡Y qué teólogo! La
Iglesia necesita más hombres como él. El padre Teilhard ya murió, pero los que
seguimos debemos continuar su búsqueda. Se aproximan grandes batallas y la
Iglesia solo las ganará haciendo uso de todas las armas que dan la ciencia y el
conocimiento.
-La ciencia, el conocimiento... -repitió, pensativo, Andreani. -Pero, ¿no
crees que olvidas otra arma? Si es que se pueden llamar armas al amor y la
caridad, que son fuerzas quizás más efectivas que todos los conocimientos
humanos. ¿Acaso el propio padre Teilhard no dijo que el amor es la más
universal, la más formidable y la más misteriosa de las energías cósmicas?
-Puede ser, padre. Pero las batallas que se aproximan se librarán con otras
armas.
-Sigues hablando de batallas, hijo mío. Pero yo miro el mundo de los
creyentes. Y veo que a pesar de los graves problemas de la hora presente, en lo
espiritual por lo menos, todo tiende hacia la concordia y la armonía. Las
guerras religiosas son cosa del pasado. El Concilio Vaticano II busca la
reunificación de todos los cristianos. Y ha ido más allá. Busca la concordia
hasta con los creyentes de otras religiones. Ha proclamado la reconciliación con
los judíos. El Vaticano ha establecido relaciones cordiales con los musulmanes.
El Santo Padre ha llegado hasta viajar a la India y ha destacado los puntos de
contacto entre nuestra fe y la budista.
-Es que la guerra que se ha entablado no es entre la nuestra y las demás
religiones tradicionales. Ni siquiera entre los creyentes y no creyentes, como
en otro tiempo. Esta guerra que se está librando ahora es entre todas las
religiones y una nueva que viene sacudiendo al mundo.
Andreani lo miró, preguntándose a dónde querría ir a parar.
Había cierta estridencia en el tono, cierto brillo de iluminado en los
ojos del joven profesor, que lo inquietaron.
-La religión que nos está dando la batalla en todos los frentes, se llama
marxismo.
-¿El marxismo una religión? Dijo Andreani, dubitativo.
-Como nosotros, ellos también tienen su Dios que se llama Marx. Su cielo
que es la sociedad comunista. Su Biblia que es El capital. Su Mesías, Lenin. Sus
beatos, que lo son todos. Sus mártires que son capaces de morir con tanta
entereza como morían los nuestros, cuando todavía teníamos mártires. En fin...
hasta su Vaticano, Moscú, y sus herejes. Es una verdadera religión. Tan bien
organizada como la nuestra. Es por eso que son tan peligrosos. La Iglesia no ha
sabido hacerles frente. Les hemos abandonado las banderas que un día fueron
nuestras. ¡Debemos recuperarlas! ¡Tenemos más derecho que ellos!
Andreani se sintió incómodo ante tanta vehemencia. No conseguía hacerlo
hablar de lo que realmente le interesaba: Martello, como hombre y sacerdote, más
que como ideólogo. Saber cómo era ahora el Martello que el conoció seminarista,
apenas salido de la adolescencia. Sonrió a Martello con su sonrisa,
engañosamente cándida.
-Veo que tu pensamiento vuela muy alto para mí, hijo mio. Yo he continuado
siendo un simple cura, aunque ahora sea obispo.
Y mientras tú te ocupas de las grandes batallas que enfrenta la Iglesia,
yo tengo que confesarte que solo tengo tiempo para pensar en los problemas que
afectan a mis feligreses. Problemas humanos, cotidianos, pequeños, en
comparación con los que acabas de exponer. Pero te prometo que voy a pensar en
lo que has dicho.
Y supongo que tendremos tiempo de sobra para discutir tus ideas.
Porque después de este reencuentro, me imagino que nos seguiremos viendo
con frecuencia. Como antes.
Sus miradas se encontraron y Andreani agregó, rápidamente, para ocultar su
turbación:
-Anoche me acordé de ti. Fui al teatro a ver "El discípulo"
-Yo también la vi. Una obra muy interesante.
-Me sorprendió la coincidencia. Por un momento hasta pensé que tú la habías
escrito.
-¿Yo? -dijo, extrañado, Martello. ¿Por qué yo?
Iban llegando al final del corredor. Los ojos de Andreani recorrieron con
añoranza una de las salas de clase, ya vacía.
-Me parece volver a ver al muchacho delgado, inquieto y, sin embargo, lleno
de una extraña seguridad en sí mismo que se sienta al final del aula, el primer
día de clases. El profesor ha pedido a los alumnos que escriban el nombre del
personaje evangélico que más admiran. Y mientras todos mencionan a las figuras
de siempre, él elige la del réprobo, la del apóstol maldito, la del nombre más
inesperado: Judas.
Vio que la evocación no despertaba ningún eco en Martello.
-¿Es posible que no recuerdes? Dijo, con decepción.
-Le confieso que no, padre. Pero no es extraño que yo haya escrito eso. La
figura de Judas siempre me interesó. Y cuando vi esa obra me sentí varias veces
identificado con las palabras que el autor pone en boca de Judas. Yo también
creo posible que Judas se angustiara viendo que el dios que había en Jesús, no
terminaba de manifestarse plenamente. El era Dios, indudablemente, pero de tanto
convivir con los hombres se había vuelto humano el también.
Había pues, que obligarlo a volver a ser Dios. Y para eso, el único camino
era ponerlo entre la espada y la pared. A pesar del amor que sentía por el
Maestro, Judas lo entregó. No le importó sacrificar lo que más quería. Eso es lo
que le da más grandeza a su acto. Yo habría hecho lo mismo.
Había tal convicción en sus palabras que Andreani se extraño.
Nerviosamente, trató de cambiar el curso de la conversación.
-¿Ves por qué te decía que, por un momento, pensé que tú podías ser el
autor de la obra? No se te ha ocurrido escribir nunca una obra de teatro?
Martello pensó un momento.
-No. Creo que el teatro no sería el medio adecuado para decir lo que
quisiera decir algún día.
-¡Ah! De modo que si has pensado en abordar otros géneros, además de los
trabajos que has publicado.
Martello tuvo un momento de vacilación. Casi de timidez, le pareció a
Andreani. Por un momento volvió a ver al seminarista deslumbrado por el mundo
que iba descubriendo y a la vez, turbado, con la inseguridad de la adolescencia.
-Algún día escribiré algo diferente -dijo Martello, pensativo-. Lo vengo
pensando desde hace años. Siento la necesidad de expresar muchas cosas, ideas,
sentimientos que todavía no han encontrado una forma definitiva, pero que
quisiera comunicar.
-¿Poesía, tal vez? -preguntó, interesado, Andreani.
-¿Poesía? -Martello pareció analizar la idea-. Es posible.
Todo lo que permita decir las cosas con más fuerza, con más libertad. Pero
tendría que ser algo más que poesía... Le repito que no sé todavía qué forma
elegir, pero lo que si sé, es que lo escribiré algún día. Ya tengo escritas
muchas páginas... desordenadamente. Y he destruido muchas más.
-Tal vez lo que necesitas es un tiempo de recogimiento... un ambiente de
paz... de serenidad, que te permita ordenar tus ideas. Que te dé tiempo para
escribir sin interrupción.
-¿Y dónde podría encontrar ese refugio, padre? ¿En este mundo en el que me
muevo?
-En Verona dijo con sencillez Andreani.
Martello lo miro, sorprendido.
-¿Verona? ¿Pero aparte de escribir, qué podría hacer yo en Verona?
-Por ejemplo... ocuparte de supervisar la oficina de comunicaciones de la
diócesis. Tendrías muy poco que hacer y podrías dedicarte de lleno a escribir tu
libro -sonrió con timidez. Confieso que mi proposición es un poco egoísta. Me
gustaría mucho tenerte a mi lado -y agregó rápidamente-: para que me ayudaras en
la preparación de algún sermón importante o de alguna homilía difícil.
Martello camino silencioso unos pasos.
-Me gustaría mucho, padre. Me haría muy feliz estar a su lado y disfrutar
de su sabiduría y su bondad.
-Entonces... ¿aceptas? -preguntó, esperanzado Andreani.
-No puedo, padre. El momento actual no es el de la paz y de la serenidad
que usted me ofrece. Es tiempo de lucha. Más tarde escribiré. Ahora hay que
actuar.
Estaban ya en la puerta de la universidad. Un rumor sordo que ellos,
abstraídos en su conversación, no habían notado hasta ese momento, se hizo ahora
estruendoso. Una multitud de estudiantes ocupaba las escalinatas y se desbordaba
hasta la calle. Se oían discursos y lemas, coreados con pasión.
Los dos hombres se asomaron a una de las ventanas. Un río humano avanzaba
por la avenida, engrosado por más y más estudiantes que salían de la
universidad. Se oían gritos, risas, cantos, mientras enormes pancartas
multicolores, salpicadas de banderas rojas daban la sensación de un gigantesco
mosaico en movimiento. Era una manifestación distinta a las que se habían visto
hasta entonces. Las consignas, coreadas por millares de voces y desplegadas en
las pancartas, también eran distintas.
"HAY QUE CAMBIAR LA VIDA"
"LA IMAGINACIÓN AL PODER"
"DEBE PROHIBIRSE Prohibir"
"LA GUERRA Y LA injusticia SON EL RESULTADO DE LA PROPIEDAD"
-Veo que Marx sigue influyendo en las universidades francesas comentó
Andreani.
-Perdón, padre, pero esa frase la escribió San Agustín.
Andreani sonrió.
-Ya ves cómo me es necesario un intelectual como tú en Verona.
Durante unos momentos miraron a la multitud exaltada.
-Supongo que serán las manifestaciones de siempre. En Italia también los
estudiantes exigen la reforma universitaria.
Como para contestar a, Andreani, en ese momento pasaba otra pancarta:
"¿REFORMA? MIERDA"
"HAY QUE TRANSFORMAR AL MUNDO"
"Lo DIFÍCIL PUEDE HACERSE EN SEGUIDA. LO IMPOSIBLE TOMA UN
POCO MÁS DE TIEMPO"
"EL SOCIALISMO SIN LA LIBERTAD ES EL CUARTEL"
"HAY QUE DESTRUIR TODO PARA CONSTRUIRLO DE NUEVO"
-Pero esto es una verdadera revuelta dijo, extrañado, Andreani.
-No, padre. Como le contestó Lafayette a Luis XVI: "No es una revuelta, es
una revolución". ¿Comprende por qué debo quedarme aquí?
-Pero aunque fuera una revolución, no veo qué tienes que hacer tú en ella.
Déjasela a los políticos.
-Es que esta revolución se está haciendo sin los políticos.
Y yo diría, que hasta ahora contra los políticos. Los valores que están en
juego ahora, son más importantes. Quieren cambiar hasta las bases espirituales
de la sociedad. Los cristianos no podemos permanecer neutrales. Lea esa pancarta
que va pasando ahora:
"JESÚS COMENZÓ SIENDO Dios. AHORA ES UN BUEN NEGOCIO"
Esa noche monseñor Andreani regresó a Verona. A Martello se lo tragó el
caótico y ardiente mayo del 68.

IV
VERONA

Andreani miro, incrédulo, la figura cadavérica que avanzaba hacia el. La sotana
lo envolvía como un sudario. Solo cuando estuvo frente a su mesa lo reconoció:
Era Martello. Martello que parecía venir del fondo de los tiempos, de quién sabe
qué abismo de sufrimiento y angustia. Los rasgos desencajados, los ojos
vidriosos y febriles. De la armonía clásica de sus rasgos quedaban solo los
restos.
Eran las últimas horas de la tarde. En el despacho del cardenal Andreani no
quedaba nadie. Andreani se levantó emocionado. Hizo un esfuerzo por dominar su
impresión.
-¡Bruno, hijo mío! ¿Pero eres tú? No te reconocí al verte entrar. No te
veía con sotana desde tus días de seminarista.
Martello sonrió con tristeza.
-Cuidado, Eminencia. Las mentiras, aun las piadosas, son pecado.
Solo la voz seguía siendo la misma. Sonora, dulce, musical.
-Antes que nada, quiero felicitarlo por su designación como cardenal.
Andreani lo miraba y volvía a mirarlo y no encontraba la forma de
preguntarle las causas de esa transformación brutal, sin herirlo. Pero antes de
que tuviera tiempo de decir nada, Martello le tomo la mano y besó su anillo
cardenalicio. Andreani, conmovido, abrazó a Martello y solícitamente lo hizo
sentarse en uno de los viejos sillones de la amplia y severa sala del palacio
Cardenalicio que le servía de despacho.
-Cuéntame qué ha sido de tu vida estos cinco años. No nos vemos desde aquel
mayo del 68, ¿recuerdas? Esperaba recibir alguna vez de ti una carta o alguna
simple tarjeta. ¿De dónde vienes ahora? ¿Supongo que no regresas otra vez de la
selva del Amazonas?
-Padre, he venido a morir a Italia. Cerca de usted.
Aunque el derrumbe físico de Martello saltaba a la vista, la noticia golpe
brutalmente a Andreani.
-Un tumor maligno en el cerebro. Me queda aproximadamente un mes de vida.
Tras un largo silencio, Andreani reaccionó por fin.
-¿Por qué aceptar un veredicto así con ese fatalismo? -Dijo con
desesperación-. No puedo creer que a tu edad haya que resignarse. La ciencia
descubre todos los días nuevos recursos contra tu enfermedad. No debes dejarte
vencer. ¡Debes luchar, luchar! ¡Con fe! ¡Con energía! ¡Con pasión!
-Ya se ha intentado todo. He pasado los dos últimos años en Estados Unidos.
Las mejores clínicas, los especialistas más famosos se han ocupado de mí.
-¿Y ellos te han dado ese plazo tan estricto? ¿Cómo te pueden haber dicho
una cosa así?
Martello volvió a sonreír.
-El gran dilema moral de los médicos ante esta enfermedad es el de si deben
decir o no la verdad al paciente. En el caso mío, creo que no han tenido este
problema. Se supone que un sacerdote debe aceptar la muerte con serenidad.
¿Acaso el ser sacerdote no equivale a prepararse día a día para saber morir?
-Como sacerdote, te doy la razón. Pero como hombre que se siente ligado a
ti con un afecto de padre, me niego a aceptar esa actitud. Dios no nos ha
prohibido luchar hasta el último momento por nuestra vida.
-¿Pero qué más se puede hacer ya?
Andreani se levantó y dio unos pasos por la sala.
Repentinamente se volvió hacia Martello, decidido.
-En Verona no tenemos las grandes clínicas americanas. Pero en la
universidad hay un profesor que está a la altura de los mejores del mundo como
autoridad en cancerología. Sus trabajos de investigación se están estudiando en
las principales universidades de Europa. Es el doctor Cesare Brentano. Se le
atribuyen curaciones asombrosas. ¿Me autorizas hablarle de ti?

2
Martello quedo solo en el cuarto inmaculadamente blanco de la clínica. Su mirada
recorrió las paredes. Recordó el color verde claro de la habitación de la
clínica de Rochester. A Verona no llegaban todavía esas innovaciones. Aquí todo
seguía siendo blanco en vez de los colores alegres con que ahora se intentaba
animar la atmósfera deprimente de los hospitales, en otras partes del mundo.
Andreani acababa de irse. Había hecho todos los arreglos necesarios para
poner al enfermo al cuidado del famoso especialista. La solicitud de Andreani
conmovió a Martello. Era más que solicitud. Todavía no había tenido ocasión de
apreciar hasta dónde llegaba el afecto que Andreani sentía por él. Lo comparó
con la fría benevolencia de su padre. Hacía años que había muerto sin que su
desaparición provocara en él un gran pesar. Sus hermanas, nunca muy cercanas al,
estaban ahora más lejanas que nunca. Casadas, una vivía en Inglaterra y la otra,
que seguía en Florencia había dejado de escribirle hacía años.
En este momento postrero de su vida, comprendía que su verdadera familia
era Andreani. El fuerte vínculo espiritual que había nacido en el seminario
persistía, a pesar de las pocas ocasiones que los habían reunido en los últimos
años.
La enfermera le había anunciado la visita del eminente médico para dentro
de unos minutos.
Martello esperaba sin gran interés. No se hacía ilusiones.
¿Qué podría hacer por él que ya no hubieran hecho los demás?
Había aceptado más que nada por agradecimiento.
Por fin apareció el doctor Brentano. Su aspecto lo sorprendió. Rechoncho,
miope, la bata cubría mal una vestimenta descuidada. No le acompañaba el
habitual séquito de ayudantes ni daba la sensación de concederse a sí mismo
mucha importancia. Era conocido por sus opiniones avanzadas y anticlericales.
Pero esto no alteraba el aprecio que Andreani sentía por él. Le bastaba saber
que era un hombre de bien. Lo consideraba un buen ejemplo de lo que el llamaba
"un cristiano ateo"
Saludó al enfermo con sencillez y cordialidad que parecían sinceras.
-El señor Andreani me ha hablado maravillas de usted.
"Señor Andreani". Le llamó la atención el tratamiento.
-Además, es usted muy valiente. Ya me contó la enfermera que no se dejó
inyectar, a pesar de que estaba sufriendo fuertes dolores. ¿Por qué?
-Todavía soy capaz de soportarlo, aunque reconozco que cada vez me va
siendo más difícil.
-Me parece absurdo soportar un martirio innecesario. En la lucha contra el
cáncer todavía estamos muy lejos de poder cantar victoria. Pero al menos, hemos
logrado grandes progresos en la supresión del dolor.
-Ya lo sé. Pero todas las drogas contra el dolor embotan los sentidos. Y yo
quiero llegar al final con toda lucidez.
-Es cruel de mi parte recordárselo, pero antes del final, la naturaleza se
encarga de la misión caritativa de hacer que se pierda la conciencia.
-Es cierto. Dios es misericordioso -murmuró Martello.
-¿También le parece misericordioso permitir los dolores del cáncer? Dijo
Brentano en tono de reproche.
Martello le dirigió una mirada extraña.
-¿Realmente le interesa, doctor, que le explique en qué consiste la
misericordia de Dios?
El doctor sonrió, confuso.
-Perdóneme. No he venido a entablar polémicas religiosas. Vamos a hablar de
su enfermedad.
Siguieron las preguntas de rigor. Claras, precisas y sin rodeos. En ningún
momento el doctor intentó hacerlo concebir falsas esperanzas.
Al día siguiente ya se habían hecho los análisis, radiografías y exámenes
necesarios.
Brentano tenía ya una idea muy clara del estado del enfermo.
-El diagnóstico que le hicieron a usted en Estados Unidos parece exacto y
mi prognosis es aún más pesimista que la de mis colegas. Comparando las
radiografías, veo que el tumor crece más rápido de lo que ellos pensaban. Y por
su ubicación, temo que el plazo que le mencionaron pueda ser aún más breve.
-Gracias, doctor. Me habían dicho que en Italia los médicos se mostraban
todavía muy reticentes para tratar estos casos con sus pacientes. Pero veo que
no es así.
-Cuando un paciente está tan bien informado de su enfermedad y la acepta
con tanta entereza, no veo ningún motivo para ser reticente.
-En resumen, doctor en mi caso no hay nada que hacer. ¿No es eso?
-Un momento -dijo el doctor-. Yo no he dicho eso. Aunque el caso,
aparentemente está perdido, yo creo que todavía hay una posibilidad -el doctor
pensó un momento.
-Será un recurso arriesgado dijo por fin.
-¿está pensando usted en una operación?
-No. Comparto también en eso la opinión de mis colegas. Por su ubicación,
el tumor es inoperable. Lo que le propongo es algo totalmente diferente. Hace
muchos años que mi preocupación principal es la lucha contra esta enfermedad a
base de la quimioterapia. He conseguido algunas curaciones bastante
prometedoras. Aunque, le confieso, nunca en un caso tan grave como el suyo.
-Creo que me han dado ya todas las drogas conocidas dijo Martello,
pesimista.
-La última que yo he logrado sintetizar no es conocida. Está solo en la
etapa experimental. Hasta aquí no la he usado en seres humanos. Su uso puede
entrañar un gran peligro.
-A estas alturas. -dijo, con tristeza, Martello.
-Le advierto que si la reacción de su organismo a la droga es negativa, ese
plazo de un mes que hemos calculado, puede reducirse a días.
-Comprendo, doctor.
-Es la única posibilidad que existe. Ya se lo expliqué al señor Andreani.
El está temeroso del riesgo -y continuó, con leve ironía: me imagino que el
señor cardenal preferiría que usted hiciera una peregrinación a Lourdes.
-Se han dado casos dijo Martello. ¿No cree usted en la intervención divina?
-Yo solo creo en la ciencia.
Se produjo una larga pausa. El médico esperaba. Martello se volvió entonces
hacia él y dijo, resignado:
-Está bien. Acepto.

3
Hacía dos horas que el cardenal Andreani estaba sentado a la cabecera del
enfermo. Había mil asuntos que reclamaban su presencia en el palacio
Cardenalicio. Pero Andreani solo podía ocuparse de Martello, del hijo pródigo,
del discípulo bienamado, que siempre recuperaba para volver a perderlo
enseguida. Y esta vez, por la más dolorosa de las pérdidas. La última, la
definitiva.
En vano había intentado distraer su atención para ayudarlo a sobrellevar la
agresión feroz del dolor. Lo había paseado por todos los temas que atraían el
interés de Bruno. Pero notaba, acongojado, que el cerebro excepcional de
Martello, le permitía seguir la conversación, por complicada que fuera, sin
dejar por eso de registrar el ataque despiadado de la enfermedad. Al fin el
cardenal fue menos resistente que Martello y dijo, angustiado.
-Sufres, hijo mío.
-Sí. Terriblemente.
-¿Quieres que llame a la enfermera?
-No. Tratará de inyectarme y yo no quiero sedantes.
-¿Por qué? ¿Por qué te obstinas en sufrir sin necesidad? ¿Qué mal hay en
que aceptes un calmante?
-Necesito de toda mi lucidez y me queda tan poco tiempo.
-¿Tan poco tiempo para qué? -preguntó desconcertado el cardenal.
Martello cerró los ojos durante un momento y luego habló con esa voz suave
que siempre conmovía a Andreani.
-La muerte no me asusta.
-Ya lo sé. Estás dando muestras de un valor admirable.
-¿Por qué admirable, padre? La muerte puede quizás parecer triste a
algunos, pero, ¿qué otro final podíamos tener? Dios dispuso que todas las cosas
fueran transitorias. Y así debe ser, para que tengan sentido. Esto no me parece
triste en sé mismo.
La muerte nos parece triste por una ilusión sentimental que nos hace
imaginarnos que todas las cosas quisieran perdurar y que su final es siempre
prematuro. Pero no es así. Todo dura el tiempo que debe durar. Lo único
realmente triste es que un impulso se frustre en medio de su trayectoria. Que no
pueda alcanzar el objetivo que se había propuesto. Yo sentía dentro de mí un
impulso que podía haber aportado algo valioso.
Todos estos años, he buscado incesantemente algo. He perseguido, yo mismo
no sé qué.
-Yo sé qué. Dios, dijo Andreani gravemente.
-Sí. En último término, Dios. Pero para llegar a él he tratado de encontrar
otros caminos, otros conocimientos, otras experiencias.
Febrilmente, sacó de debajo de la almohada un grueso cuaderno.
-Aquí he anotado muchas de las ideas que me han preocupado en esta larga
búsqueda. Me gustaría que leyera esto después de mi muerte. Quiero seguir
escribiendo hasta el último momento.
Para eso quiero mi lucidez. ¿Me promete que lo leerá?
-Te lo prometo, hijo mío. Pero por favor cálmate.
Martello lanzó un gemido ronco. Durante un momento su sufrimiento pareció
vencerlo.
-Esto no puede seguir. Voy a llamar a la enfermera -dijo, angustiado,
Andreani.
Pero Martello negó, frenéticamente, con la cabeza.
-No lo haga. Ya está pasando y se dejo caer sobre la almohada. Cerró los
ojos.
Los dos permanecieron en silencio, agotados.
-Le dije que no tenía miedo a la muerte, padre -dijo Martello después de un
tiempo, con voz más tranquila. Cuando los médicos me dijeron por primera vez qué
enfermedad tenía, mi primer pensamiento no fue la muerte. Fue el dolor. Me
espantaba la idea del sufrimiento físico. Siempre me había considerado débil en
ese sentido. Pero cuando por fin llegó el momento de la prueba, comprobé, casi
con alegría, que era capaz de soportar el dolor. ¡Y mientras más sufría, más
intensamente sentía una especie de exaltación gloriosa, al darme cuenta de que
el sufrimiento no podía vencerme!
Andreani lo miro, sobrecogido. Había una excitación en la voz de Martello,
un brillo en su mirada, que el cardenal hubiera querido calificar de fervor
religioso, pero que más parecía soberbia.
-Ten calma le dijo, tratando de tranquilizarlo. Tengo esperanza en el
doctor Brentano. Esta noche comienza tu tratamiento. Confía en Dios y esperemos.

4
-Tienes que oírme, Señor.. Esta vez si... Ahora si... Hace muchos años también
te pedí por él, pero estaba equivocado... No debía ser... Después lo
comprendí... Pero ahora sé, por el. Por el solo... Sálvalo..
No puede morir todavía... ¿Por qué él...? Por qué su cerebro... Un cerebro
como el suyo... Un cerebro que está lleno de ti... Tú lo creaste para pensar...
No puedes dejarlo morir ahora... ¿Por qué el, Señor? ¿Por qué el?. . . Dale más
tiempo. Él lo necesita...
La nieve caía afuera, descomponiendo la luz en miradas de tonos irreales. La
vieja ciudad parecía hundirse en su pasado de siglos. El presente y el remoto
pasado se fundían en una atmósfera de sueño. Fue como si todo el silencio de la
noche estallara de pronto en la habitación donde oraba Andreani. Hubo ecos
misteriosos que resonaron solo en la mente del hombre arrodillado. Noche
transfigurada. Las palabras ya no eran necesarias. Lo invadió una serenidad
inefable. Paz. Serenidad. Sueño.
El doctor Brentano controló una vez más el pulso del enfermo. Ya no había
duda. Su corazón latía con fuerza. La palidez cadavérica se había atenuado y
Martello dormía con un sueño tranquilo y regular. Por lo menos la crisis de la
noche anterior podía considerarse superada. El médico se dejó caer en el sillón,
agotado. La reacción a la droga había sido más violenta aún de lo que el temía.
Durante un momento lo creyó perdido.
Muerto de cansancio, pero contento, cerró los ojos; la enfermera lo miro
con simpatía.
-¿Le traigo un café, doctor?
El médico se levantó con esfuerzo.
-No, gracias. Voy a dormir unas horas. Siga pendiente del enfermo y avíseme
cualquier cambio. Cuando se vaya dele las instrucciones que ya conoce a
Isabella.
-Sí, doctor.
Brentano se dirigió con paso cansado hacia la puerta. Pero recordó de
pronto y se detuvo.
-Prometo comunicarme a primera hora con el señor Andreani.
Andreani recibió la noticia con calma. Por lo menos ya había una leve
esperanza. El enfermo había resistido el shock de la primera aplicación de la
droga.
Se podía esperar que resistiera cada vez mejor las sucesivas aplicaciones.
-Naturalmente, esto no significa que se haya alterado el curso de la
enfermedad. Habrá que hacer nuevas radiografías, exámenes, y esperar.
Cuidado con el exceso de optimismo, señor cardenal terminó diciendo el
médico.
Pero la espera no hizo más que justificar el optimismo. Los signos vitales
de Bruno se fueron afirmando cada vez más. El dolor desapareció bruscamente y
las radiografías fueron revelando la rápida y progresiva disminución del tumor.
A los quince días, el doctor Brentano levantó, radiante, la última
radiografía ante los ojos ávidos de Martello.
-Vea usted mismo, casi no quedan rastros del tumor.
-¿Esto quiere decir que estoy curado? Dijo. Incrédulo Martello.
-Yo siempre he sido franco con usted. No me atrevo a emplear la palabra
"curado". Debe esperarse por lo menos cinco años para declarar curado un caso de
cáncer. Supongo que usted lo sabe.
Sobre todo un caso terminal como el suyo. Prefiero decir que la sentencia
de muerte que pesaba sobre usted, ha quedado definitivamente suspendida.
-Entonces, ¿puedo levantarme? ¿Reanudar mis actividades normales?
-Por mí, puede decir misa ahora mismo.
-Y es lo primero que haré. Agradeceré a Dios -se volvió, emocionado hacia
el médico-. Y a usted también, naturalmente, doctor.
-En realidad, no sé hasta qué punto deba usted agradecérmelo a mí.
-¿Qué quiere usted decir, doctor?
-Que yo mismo estoy asombrado de lo que ha ocurrido. Tenía fe en mi droga,
pero el resultado ha sido tan increíble que he empezado a pensar si no habrán
intervenido otros factores, desconocidos, en su curación.
-No le comprendo.
-Quiero decir que es posible que se trate de un caso de curación
espontánea. La medicina registra casos de regresión inexplicable de tumores
avanzados, en pacientes que se consideraban incurables.
Andreani, que hasta ese momento se había limitado a escuchar sin decir
nada, habló, repentinamente.
-¿Y cuáles piensa usted que podrían haber sido estos "factores
desconocidos"?
-¡Ah...! Si supiéramos eso, tendríamos ganada la batalla contra el cáncer.
Lo único que sabemos es que, a veces, en forma caprichosa, ilógica, un enfermo,
de pronto, se mejora. Hay casos célebres como el de Solyenitzin, que el mismo
relata en su libro.
Martello dijo pensativo:
-¿Podría haber influido en esa curación espontánea el deseo intenso del
enfermo de salvarse para cumplir un propósito al que ha dedicado su vida?
-Indudablemente. Recuerdo el caso, precisamente, de aquel jesuita en la
novela "El judío errante", que se había propuesto apoderarse de una herencia
para la Compañía de Jesús y se salvó del cólera, incurable en ese tiempo, por su
sola fuerza de voluntad. Es un caso ficticio, pero que ilustra perfectamente lo
que acaba usted de decir, padre. A la inversa, lo que sé está comprobado es que
el enfermo que pierde el deseo de vivir, está perdido. Y todavía queda una
tercera hipótesis. La menos halagadora para mí y para la medicina en general. O
mejor dicho, para todos los médicos que hemos estado tratando su caso.
Los dos sacerdotes lo miraron, interrogantes.
-Que todo haya sido un terrible error. Que el diagnóstico haya estado
equivocado desde el comienzo. Que no se tratara de un tumor maligno.
Los tres permanecieron en silencio un momento.
-Sus dudas lo honran, doctor -dijo por fin Martello-. Yo prefiero pensar
que, aparte de Dios que es quien en último término todo lo decide, mi curación
se la debo a usted, doctor.
-Muchas gracias, señor Martello. Sea lo que sea, lo que lo ha salvado, el
hecho es que ya puede usted cantar victoria.
Se volvió a Andreani, sonriente.
-¿Y usted, señor cardenal, no dice nada?
-Y también sonrió enigmáticamente.

5
Martello entró con paso ágil y vigoroso al despacho del cardenal. Era el
Martello de antes. Una semana de convalecencia parecía haberle restaurado junto
con la salud, la seguridad en sí mismo.
El despacho estaba lleno de gente. Sacerdotes, autoridades, señoras beatas,
delegaciones de provincia y hasta una fila de niños de uniforme.
Martello sorteo los grupos con soltura. Acostumbrado a la preferencia que
siempre le manifestaba el prelado, llegó hasta su escritorio, sin preocuparse de
la gente.
El cardenal lo saludó con una sonrisa que a Martello le pareció simplemente
cortés. Desde que el doctor Brentano lo había declarado fuera de peligro, notaba
en Andreani un alejamiento que no sabía a qué atribuir. Al ver ahora a la gente
que llenaba el despacho, pensó que el cambio de actitud del cardenal se debía al
exceso de trabajo. En ese caso lo que le iba a anunciar ahora, lo alegraría y
restablecería entre ellos la habitual cordialidad.
Pero Andreani le dijo, nerviosamente, casi evitando mirarlo:
-Perdona que no pueda ocuparme de ti, hijo mío. Pero ya ves cuánta gente me
espera.
-Entonces le va a alegrar lo que le vengo a decir, monseñor.
-Creo que no necesitas decírmelo. Que estás completamente restablecido. Ya
lo estoy viendo.
-Y eso se lo debo a usted, padre.
-¿A mí? Dijo, intranquilo, el cardenal.
-Si no hubiera usted llamado al doctor Brentano.
-¡Ah! sí, claro... fue una buena idea. ¿Verdad? -para ocultar su turbación,
se volvió al concejal que había puesto atención al oír el nombre del médico-.
sí, el profesor Brentano, su correligionario señor Salvi.
Se dirigió nuevamente a Martello.
-Supongo que has venido a despedirte. Estarás ansioso de volver a tu mundo,
tan diferente de este.
Efectivamente, era lo que Martello deseaba. Pero sonrió y respondió,
afectuosamente, esforzándose por parecer alegre:
-Ninguna de las dos cosas, Eminencia. He venido a decirle que me quedo.
-¿Qué te quedas? No entiendo. ¿Dónde? ¿Por qué?
-Aquí, con usted, monseñor. ¿Recuerda el ofrecimiento que me hizo hace
cinco años en París? ¿Está todavía en pie? Me sentiría muy feliz de quedarme en
Verona, para trabajar a su lado.
Andreani lo miro un momento, turbado. Evidentemente, no esperaba el
ofrecimiento.
-Te extrañará, hijo mío, pero ahora eso ya no es posible.
Atravesamos un momento difícil en la administración del Arzobispado. Hay
exceso de cargos en esta diócesis. En fin, problemas internos que sería largo
explicar.
Martello permaneció perplejo un momento. No le satisfizo la explicación,
pero había una sincera nota de pesar en la voz del cardenal. Él, por su parte,
se sintió aliviado. La idea de quedarse a trabajar en Verona le parecía muy poco
tentadora. Se había decidido a aceptar, movido solo por un sentimiento de
gratitud.
El cardenal lo miraba, indeciso. Bruno comprendió que debía despedirse.
-Monseñor, hay tantas cosas que quisiera decir, pero comprendo que no es el
momento adecuado.
Impulsivamente, dobló la rodilla y tomo la mano del cardenal para besar el
anillo.
Andreani se puso intensamente pálido. Para el era la despedida definitiva.
Nunca más volvería a ver a Martello. Era el pacto.
Noto que se había producido un silencio casi solemne. Todos los miraban.
Adivinaban algo más que una simple despedida en la actitud de los hombres,
aunque no comprendían qué era.
Andreani venció su emoción con su violento esfuerzo y mientras Martello se
alejaba con decisión, se volvió al concejal.
-Perdone la interrupción, señor Salvi. Esto es parte de mis deberes de
pastor. Volvamos a nuestro problema.
El tren se puso en marcha y Martello Se asomo otra vez a la ventanilla. El
padre Andreani no había venido a la estación a despedirlo. Hasta el último
momento espero verlo aparecer. Volvió a analizar la actitud extraña del cardenal
el día anterior. La explicación que le había dado para rechazar su ofrecimiento
de quedarse en Verona, seguía pareciéndole débil. Presentía que había un motivo
que se le escapaba. Recordaba el interés que había demostrado cinco años antes
en París Andreani por llevarlo a su lado. ¿Por qué ese cambio ahora? ¿Habría
hecho o dicho algo que lo molestara? Desechó la idea al pasar revista a lo que
habían sido esos días terribles en la clínica. A la abnegación y a la angustia
de Andreani. A sus cuidados verdaderamente paternales. Y de pronto, creyó
encontrar la explicación. Era también el efecto paternal lo que dictaba la
actitud de Andreani.
Había comprendido el sacrificio que significara para él el trabajo
rutinario y sin horizontes que podía ofrecerle a su lado en Verona. Bendijo
mentalmente al cardenal por esa nueva prueba de desinterés y afecto.
El tren dejaba atrás las últimas villas de los suburbios de Verona. El
pensamiento de Martello volvió a unas semanas atrás, al día de su llegada.
Comparó su estado de ánimo de ahora con el de entonces. En vez de la inminencia
de una muerte terrible, volvía a empezar para el la vida, una vida abierta a
todas las posibilidades.
"Dios tiene un propósito encarnado en toda persona por humilde que sea.
Mientras no hemos realizado nuestra misión, no podemos morir. Me diste una
prueba, Señor, de que yo todavía no he realizado la mía, al salvar mi vida en
Verona"
Y sin embargo, no era exaltación lo que sentía Martello, al intuir que una
misión suprema lo esperaba. Le parecía encaminarse hacia un abismo desconocido,
sin posibilidad ya de volverse atrás. Se reprochó esta sensación de fatalidad,
poco cristiana.
Pero quien podía apartar de su mente el presentimiento de que su vida
tenía un destino único y terrible y de que ahora marchaba a su encuentro.
Cerró los ojos, haciendo un esfuerzo por concentrarse en una plegaria,
mientras el tren se perdía en la noche.

V
ORIENTE

Es durante los años que siguieron a su enfermedad, cuando se pierde la


trayectoria de Bruno Martello. Las noticias que se tienen de él en esa época,
son incompletas y fragmentadas. Y a veces, contradictorias.
Durante ese tiempo apareció una serie de artículos en diversas revistas de
ciencia y de filosofa, escritos con el estilo característico de Martello, aunque
los firmaba un nombre desconocido. Algunos pensaron que Martello se ocultaba
tras un seudónimo para evitar problemas con la jerarquía eclesiástica, ya que
los artículos se referían todos a temas peligrosos, y el enfoque que les daba el
autor difería considerablemente de la ortodoxia católica.
Especialmente llamó la atención de los eruditos un brillante trabajo sobre
el Sepher Yezirah, el texto más antiguo conocido de los cabalistas judíos. La
interpretación de Martello, si es que el autor era Martello, parecía más mágica
que religiosa.
También se comentó extensamente en ciertos círculos una curiosa biografía
del monje y taumaturgo medieval Arnoldo de Villanova que apareció por esa misma
época. Villanova, como monje, había criticado ferozmente al clero de su tiempo;
como médico había realizado curaciones prodigiosas y la leyenda dice que
disponía también de venenos misteriosos, desaparecidos después para siempre.
Como astrólogo, había predicho la venida del Anticristo y el fin de este mundo
corrompido. Villanova favorito de dos reyes y tres papas, tenía la ambición de
curar no solo a las personas sino también a los estados y hasta a la Iglesia.
Sus libros fueron puestos en el índice y se los creía destruidos o desaparecidos
para siempre. Aunque, el autor de la biografía, que firmaba con un nombre
obviamente inventado, demostraba haber tenido amplio acceso a ellos. Un crítico
mencionó a Martello al comentar la obra y eso bastó para que muchos también se
la atribuyeran al sacerdote florentino. Un periodista trató de entrevistarlo,
pero hacía tiempo que nadie sabía de su paradero.
Sin embargo, el prior de un convento del sur de Francia, recibió un día la
visita de un viajero que, aunque vestía como un turista cualquiera, le dio la
impresión de ser hombre de Iglesia. El desconocido decía estar realizando una
peregrinación histórica tras las huellas, desaparecidas hace ya siglos de los
Cátaros y los Caballeros Templarios. El prior, hombre de gran erudición, quedo
maravillado de los conocimientos históricos del visitante. Hasta entonces, los
historiadores habían aceptado la versión tradicional, que acusaba a los
Templarios de haberse entregado al culto de la magia y a ritos sacrílegos y
atribuían su condena y exterminación al temor del rey Felipe el Hermoso de ver
extenderse sus prácticas por toda Francia. Pero el visitante tenía una teoría
muy distinta. Según él, los Templarios habían sabido fundir el credo místico
cristiano con una agresiva filosofa de poder, heroico, ascético, aristocrático y
social a la vez, lo que les daba el carácter de una especie de "fascistas del
cristianismo"
¿Era Martello el incógnito viajero? El prior recordaba vagamente a un
sacerdote italiano que había conocido en París, años atrás, pero no habría
podido asegurar que se tratara de Martello.
Lo que parece estar comprobado es que Martello viajó al Oriente en los
primeros años de la década de los 70. Se dice que conoció personalmente el
infierno del Vietnam, aunque no se sabe cuál de los dos Vietnam. Los círculos
católicos norteamericanos de Saigón, no confirmaron nunca estas noticias. Y
Hanoi, hermético como siempre, no aportó ninguna aclaración. Se le llegó a dar
por perdido en el conflicto y se inició una investigación, interrumpida por el
desastre final.
También se sabe, de cierto, que transcurrió un tiempo no determinado en la
India. El superior de un convento suizo de Lahore lo tuvo como huésped y refirió
después que Martello le había dado la impresión de un hombre "intoxicado con
Dios".
Parecía buscar algo, perseguir un objetivo que lo obligaba a viajar
constantemente. Pero nunca quiso decir al prior cuál era ese objetivo.
Después de unas semanas pasadas en meditar y leer en la biblioteca del
convento, se despidió de los monjes, diciendo que se dirigía al norte. Por
algunas preguntas que le hizo y por haberlo visto estudiando el idioma y
consultando mapas, el superior del convento llegó a la conclusión de que ese
"norte" se refería a la China. Si entró, efectivamente, en el inmenso y, en esos
días, todavía impenetrable paso comunista, es solo asunto de conjeturas.
El prior duda de que las autoridades chinas le hubieran permitido cruzar
sus fronteras en una época en que el régimen de Pekín mantenía todavía
encarcelados a los pocos misioneros que habían permanecido en sus puestos
después del triunfo de Mao Tse-tung.
La expresión de "intoxicado con Dios" tuvo fortuna. La reprodujo un famoso
periodista británico en un reportaje sobre el Oriente que apareció en el Times
de Londres. Allá hablaba de la atracción que sigue ejerciendo la India sobre los
místicos de todas las denominaciones. El periodista había planeado hacer un
reportaje sobre los hippies americanos y europeos que en esos días habían hecho
de Katmandú, en Nepal, una especie de capital mundial de la droga. Pero luego
oyó hablar de Martello y extendió el tema de sus artículos a la India, el yoga,
Buda, y demás aspectos místicos que se relacionan generalmente con la tradición
hindú.
Algunas autoridades indias de Uttar Pradesh recordaban al sacerdote
italiano. Cuando leyeron la frase "intoxicado con Dios", dijeron,
maliciosamente, al periodista inglés que posiblemente la "intoxicación" era de
un orden mucho más material. Martello había sido detenido en la frontera de
Nepal bajo sospechas de tratar de introducir droga en la India. En su equipaje
se le encontró una sustancia sospechosa que les hizo pensar que se trataba de
heroína. Pero analizada, resultó ser un polvo desconocido. Por lo menos para las
autoridades hindúes.
Aunque no muy convencidas, se vieron pues, obligadas a ponerlo en
libertad.

2
En el Leprosario de Darjeeling, en el norte de la India, el padre Morvan terminó
de cambiar los vendajes de Sunita y vio con tristeza, que, a pesar, de sus
cuidados, habían aparecido nuevas manchas en la piel de la pequeña. Siempre
ocurra igual. Los padres terminaban por contagiar la lepra a sus hijos. Aún
aquellos cuya enfermedad se había detenido, como en el caso de los padres de
Sunita. Pero la convivencia forzada hacía a la larga inevitable el contagio. Las
sulfonas producían a veces milagros de curación, pero los niños volvían a
infectarse y había que volver a empezar. En hindustani rudimentario, el
misionero inquirió información de la chica. Tal como temía, partes de la piel
habían perdido ya la sensibilidad al frío y al calor. Pronto las manchas
cambiaran de color y aparecerían las hinchazones y después de eso, solo Dios
podría decir si triunfarían las sulfonas del misionero o del bacilo de Hansen
reactivado por el contagio de los padres.
De pronto, los interrumpió una gritería.
-¿qué les pasará ahora? -preguntó el padre Morvan, fastidiado.
Los leprosos estaban siempre peleándose. Sobre todo los jóvenes. Ayer había
tenido que recurrir a toda su autoridad para poner paz entre dos mocetones con
lepra incipientes que se disputaban los favores de una mujer tan enferma como
ellos. O mejor dicho, mucho más, porque a ella la lepra le había devorado ya
completamente la nariz y su rostro ya tenía el característico aspecto leonino
que da la enfermedad. Sin embargo a ellos debía parecerles hermosa. Dios, en su
infinita misericordia, alteraba también por lo visto, junto con el cuerpo, el
sentido estético de los leprosos.
La gritería continuaba. Irritado, el padre Morvan se levantó. Era demasiado
blando con los enfermos. Decidido a poner orden de una vez por todas, salió del
dispensario.
Al cruzar entre las cabañas del leprosario, noto que estaban vacías.
Aparentemente, toda la colonia se había congregado junto al riachuelo que
marcaba el temido límite del sanatorio. De lejos los vio. Efectivamente, todos
estaban reunidos y gritaban, agitando sus muñones los que no tenían manos o sus
bastones, los que no tenían pies. Hasta los que, ya incapacitados para andar,
solo podían desplazarse arrastrándose por el suelo, habían logrado llegar hasta
el grupo y también gritaban.
El padre los miró alarmado. "¡Un motín de leprosos. Lo que nos faltaba!"
Tuvo un momento de vacilación. Había mandado a sus dos ayudantes al pueblo.
Estaba solo. Apenas lo vieron, varios de los enfermos corrieron hacia él,
hablando todos al mismo tiempo. Se dio cuenta de que Se esforzaban por decirle
algo, pero estaban tan excitados y hablaban en forma tan confusa que al padre
Morvan le fue imposible entenderles. Optó por acercarse al grupo para descubrir
por sí mismo, la causa del tumulto. A su paso, los leprosos se apartaron
mecánicamente. El misionero tuvo por fin la explicación del enigma.
Junto a unos matorrales, ya dentro de los terrenos del leprosario, estaba
sentado un hombre con las piernas cruzadas.
Primero, le pareció que estaba rezando pero al llegar más cerca de el, vio
que tenía los ojos cerrados y el cuerpo inmóvil, con las manos extendidas en la
clásica postura que los yoguis llaman "el loto".
"Un yogui en el leprosario" pensó el misionero, atónito. Y su asombro
aumentó al ver que se trataba de un europeo. La presencia de un extranjero no
era un hecho común, pero no justificaba la excitación de los leprosos. Hasta que
vio la cobra muerta entre la yerba.
Por fin logró enterarse de lo que había ocurrido. La venenosa serpiente
había mordido al desconocido y los leprosos la habían matado a palos.
Alarmado, el padre Morvan se acercó a el y le habló. Pero no obtuvo
respuesta. El hombre continuaba inmóvil, pero erguido.
Aunque no se perciba en él el menor movimiento respiratorio, evidentemente
no estaba muerto.
A pesar de la falta de cooperación del extraño visitante, el padre Morvan
decidió que lo más urgente era aplicarle el suero antiofídico que guardaba para
estos casos. Y regresó a toda prisa al dispensario. Las cobras venenosas seguían
siendo un azote en esta parte de la India. Pero ahora el suero era fácilmente
obtenible. El misionero recordaba cuán difícil era, adquirir medicinas cuando
llegó a Darjeeling. Y no solo suero, sino el aceite de chalmugra, el único
remedio para la lepra conocido entonces. Ahora contaba con una provisión de
sulfonas y del suero suficiente para las pocas emergencias de esta clase que se
presentaban en el leprosario. Pero era necesario aplicarlo con la máxima
prontitud.
¿Cuanto tiempo habría pasado desde la mordedura?
¿Será todavía tiempo de salvarlo?
Pero todas estas preguntas tuvieron una contestación inesperada. Cuando el
padre Morvan regresó con la jeringa y el suero, encontró a la supuesta víctima
conversando animadamente con los leprosos. Y en un indostaní mucho más fluido
que el suyo. Y eso que el padre Morvan llevaba cuarenta años viviendo en la
India.
Al verlo acercarse, el desconocido le sonrió y se dirigió hacia el en
perfecto francés.
-¿El padre Morvan, supongo?
Horas mas tarde, mientras saboreaban una taza de té en la cabaña del
misionero, Martello insistía en llevar la conversación hacia las excelencias de
la bebida que ha hecho famoso el nombre de Darjeeling en el mundo entero, a
pesar de los esfuerzos del padre Morvan por oír de su huésped la explicación de
lo ocurrido.
-En la China, el té no es solamente una bebida refrescante como aquí decía
el viajero. Es un elixir que abre las puertas de la espiritualidad. Los chinos
dicen que estimula la imaginación y hace más delicados los sentimientos. Para
ellos, beberlo es un verdadero rito.
-¿Y lo usan también como antídoto contra las mordeduras de las serpientes?
-preguntó, burlón, el padre Morvan.
Martello decidió abordar por fin el propósito que lo había llevado hasta
allá.
-Me sorprende tanto interés suyo, padre, por volver sobré algo que a usted,
menos que a nadie, debía extrañar dijo cautelosamente. Supongo que está
familiarizado con el yoga, después de tantos años en la India.
El misionero sonrió.
-¿Se refiere usted a los faquires encantadores de serpientes, a la cama con
clavos y esas cosas?
Pero Martello lo miro gravemente.
-Usted sabe, perfectamente, padre, que no me refiero a eso. Sé que es usted
un profundo conocedor de las técnicas místicas del Oriente -hizo una pausa y lo
miró fijamente a los ojos-. Y es por eso que he venido a buscarlo hasta aquí.
Una sombra de inquietud apareció en los ojos del anciano.
Después de un largo silencio dijo en voz baja:
-Hubo un tiempo... ya muy lejano, en que me preocuparon esas técnicas que
usted menciona. Pero luego, las abandoné para siempre. No quisiera volver sobre
el tema.
-Yo he venido desde muy lejos para hacerle ciertas preguntas, padre.
-Yo no soy un gurú -Dijo, nerviosamente, el misionero-. Aquí podré
encontrar la paz y la serenidad, pero solo si las busca como cristiano.
-Lo que me propongo es recorrer las dos sendas. Una no excluye a la otra.
-¿Pero por qué venir a pedirme ayuda a mi? Usted ya lleva recorrido un gran
trecho. Acaba de demostrarlo allá afuera. Para hacer lo que usted hizo se
necesita haber alcanzado un alto grado de perfección.
-No me basta dijo Martello, con decisión-. Quiero llegar mucho más allá. Sé
que entre aquellas montañas, al otro lado de la frontera, los lamas tienen
secretos que solo han revelado a muy pocos occidentales. Uno de esos
occidentales...
El misionero se levantó bruscamente.
-¡Basta! -Dijo con agitación-. ¡Ya le dije que me niego a hablar de eso!
Cuando su Santidad Paulo VI vino a la India y habló de un acercamiento con los
budistas, pensé por un momento que mi deber era llegar hasta el para ponerlo en
guardia. Pero tuve miedo y desistí. Y le aconsejo a usted hacer lo mismo.
Deténgase a tiempo. No intente penetrar secretos que solo pueden llevarlo
a la perdición.
-Estoy dispuesto a correr ese riesgo -Dijo Martello, serenamente.
Cambió de tono. Tenía conciencia de lo persuasivo que podría ser y de la
fascinación que emanaba de el, cuando se lo proponía.
-Comprenda, padre. Usted me puede orientar. Usted es cristiano, usted es
sacerdote como yo. Usted puede evitarme tropezar con obstáculos innecesarios...
Usted puede indicarme cómo llegar antes a mis objetivos... cómo comunicarme con
los lamas... Ya he aprendido el idioma tibetano, pero eso no basta.
Tengo que atravesar esa barrera tremenda que los aísla del resto del
mundo..
-¿Aprendió usted el tibetano? -dijo el misionero, atónito.
Es el idioma más difícil del mundo. He oído decir que es dos veces más difícil
que el chino.
El padre Morvan comprendió entonces que ni con todos sus consejos, ni con
toda su experiencia lograría detener a Martello.
Nada podría detenerlo.

3
-Acércate, extranjero dijo el lama. Martello lo miró asombrado. Estaba preparado
para encontrarse ante un anciano.
Pero el hombre que lo esperaba sentado entre cojines color azafrán, con
las piernas cruzadas, parecía tener la edad del mundo. ¿Cien años? ¿Ciento
veinte? No se atrevió a calcular. Le asombró aún más constatar al acercarse, que
el lama - en vez de adoptar una actitud solemne, reía-. Reía con una risa
silenciosa y extraña que lo mismo podía ser de bienvenida que de sarcasmo ante
la osadía del profano que intentaba penetrar secretos de siglos.
Se aproximó con desconfianza. Temía este momento.
¿Qué ocurriría si ahora se suscitaba una discusión de carácter teológico en
la que él, forzosamente, tendría que antagonizar a un creyente en el nirvana y
en la transmigración de las almas?. Hasta ahora había podido mantener la pureza
de su fe. No era este el aspecto que le interesaba de las prácticas esotéricas
orientales.
Tranquilizado, oyó que el lama le decía, mientras señalaba una pequeña
puerta al fondo de la vastísima sala: "Detrás de esa puerta, empieza el camino
del conocimiento y la sabiduría. Ahora ya eres digno de cruzarla".
¡Por fin! Este era el momento que había esperado tanto tiempo. Había valido
la pena someterse a tantas pruebas y sacrificios. En la India se había iniciado
en el ascetismo yoga, pero ahora había ido mucho más allá. había aprendido a
prescindir de lo que se considera el mínimo indispensable para la supervivencia.
Comió yerbas y lamió el rocío de las rocas. Torturó su cuerpo y su mente
durante días y noches ininterrumpidas de meditación para permitir a su espíritu
remontarse, liberado, a las regiones de lo absoluto.
Había pasado por las pruebas mentales absurdas, por los cuestionarios
diabólicos del zen que retuercen los conceptos más simples y burlan al
pensamiento occidental.
Detrás de esa puerta lo esperaba la última etapa. La que, recorrida, le
permitiría alcanzar el punto más alto del desarrollo de todas las facultades
humanas. Aquel que permite ver con los ojos del espíritu, más allá del tiempo y
del espacio. "El tiempo" había dicho el lama, "no existe para el iniciado,
porque el pasado, el presente y el futuro se unen en una sola visión".
¿Qué nuevas pruebas le esperaban detrás de esa pequeña puerta pintada de
azafrán? ¿Qué nuevas torturas físicas y mentales debía superar? Pero no titubeó
ni un momento. Con mano firme, abrió la puerta y la cruzó.
4
Fue solo gracias a los perros que lograron encontrarlo los serpas que habían
enviado en su búsqueda los monjes, preocupados por su desaparición. Al subirlo
al trineo, comprobaron que el cuerpo estaba helado, pero no rígido. Cuando abrió
los ojos en su celda de siempre, estaba solo. Intentó reconstruir lo que le
había ocurrido. Después de los ejercicios de meditación y de concentración de
cada mañana, había sentido un impulso irresistible de apartarse, de estar solo y
había elegido el camino de la montaña sin saber por qué, a pesar del frío y de
la intensa nevada.
Primero fue como una comunión con todo lo que lo rodeaba.
El silencio absoluto, la nieve, el aire delgado y transparente y al fondo
siempre, la inmensa mole blanca del Himalaya, como una catedral de hielo que
continuaba llamándolo. Y de pronto, como una luz vivísima, un paroxismo de
felicidad. Sin raciocinio, sin ataduras. Una sensación de pureza absoluta, de
gozo trascendente que le pareció que lo liberaba de la materia. Comprendió que
era el instante de la iluminación. Pero cuando esperaba la revelación última
ocurrió la terrible visión.
¿Por qué en ese momento tan esperado, tantas veces descrito por los lamas
como el de la beatitud excelsa, de la fusión con la eternidad, de la integración
perfecta del ser con el infinito, ante el solo habían surgido imágenes de muerte
y de crimen?
Los lamas también se lo habían advertido: "Cuidado con la montaña. En las
soledades nevadas se ven y se oyen cosas que no existen". Allá estaba el
peligro. Equivocar el camino. Ya lo había dicho el sabio: "El camino de la
verdad es tan angosto como el filo de un cuchillo".
¿Había sido una alucinación provocada por los largos ayunos y los
extenuantes ejercicios mentales? Por qué en ese preciso momento había visto la
vida de Andreani cortada por la mano de un asesino a quien no lograba
identificar? La visión fue tan vívida que se resistía a creer que hubiera sido
un sueño.
Tampoco le satisfizo la explicación del lama, cuando horas más tarde le
confió su angustia.
-Todo tiene un sentido. Todo tiene una explicación. Cuando llegue el
momento, tú mismo descubrirás el sentido y significado de tu visión. Lo que debe
alegrarte es que has traspasado por fin la barrera que separa la luz de la
oscuridad; el saber del no saber. Tu espíritu se ha liberado al fin de ataduras
de tus sentidos.
El recuerdo de la visión, siguió torturando a Martello. Se preguntaba qué
debía hacer. ¿Escribir al cardenal, poniéndolo en guardia? Comprenda que era
absurdo. ¿En guardia contra qué? La experiencia que había tenido en la montaña
no era de las que se pueden transferir, ni siquiera explicar. Andreani pensaría
que se había vuelto loco. El mismo llegó a dudar, por momentos, de su equilibrio
mental. Recordó las advertencias del viejo misionero. ¿No estaría pagando ya el
precio por haber llegado más allá de lo permitido a un occidental y a un
cristiano?
Hizo un esfuerzo por liberarse de la atmósfera onírica que empezaba a
hacérsele opresiva. En la soledad de esas montañas remotas, habitadas solo por
los místicos, obsesionados por la idea del kharma, que atribuye trascendencia a
todos los actores humanos, la vida diaria adquiría contornos irreales.
Buscó la actividad física como antídoto y durante horas trabajó rudamente
en el huerto de la lamasera. Recordó que había encargado fertilizante al serpa
que viajaba todas las semanas en el jeep de los lamas al pueblo más cercano.
Recibió el paquete de manos del hombre y regresó, pensativo, al huerto.
Tenía disposición para los trabajos de la tierra. De niño gustaba de observar al
viejo jardinero de la familia, mientras trabajaba en el jardín del palazzo. De
él había aprendido muchas cosas y tenía la inocente vanidad de creerse un
experto. Mientras desenvolvía el paquete que contenia las bolsas de abono,
recordó con satisfacción la admiración que causaron las rosas que había
conseguido hacer crecer en los jardines de un monasterio capuchino donde pasó un
tiempo de retiro. De pronto, su mirada se fijó, incrédula, en la noticia.
Venía a cuatro columnas en el viejo número del Indian Times en el que
habían envuelto las bolsas de fertilizante: Luigi Cardenal Andreani, Patriarca
de Verona, había sido elegido Papa, bajo el nombre de Juan Clemente I.
Devoró la información. Después de un dificultoso Cónclave, las diversas
tendencias que luchaban en el seno de la Iglesia, habían transado en un nombre
que parecía a todos una garantía de equilibrio. Ante el peligro de una pugna
abierta, de consecuencias imprevisibles, se había considerado la elección de
Andreani como una tregua.
Los comentarios dejaban la impresión de que se le tenía por un hombre
inofensivo, que, por lo menos, mantendría la armonía entre las diversas
facciones. No se esperaban de el cambios importantes, a pesar de los muchos
problemas que afrontaba la Iglesia al morir el Papa anterior.
Esta muerte también tomaba de sorpresa a Martello. Durante meses había
vivido aislado completamente del mundo en el recogimiento espiritual de la
lamasera, celosamente protegida de la contaminación de radios y periódicos.
Su primera reacción fue de una inmensa alegría. Su mentor, su mejor amigo,
el hombre a quien miraba casi como a un padre, elevado a la primera dignidad de
la Iglesia. Después, la frustración de saberse tan distante, de no poder
compartir la alegría de ese momento.
Se preguntó por qué caprichos de las circunstancias lo sorprendía a e él el
acontecimiento en el lugar más apartado del mundo. Quizá el único lugar en el
que le había sido imposible enterarse a tiempo. Y, súbitamente, tuvo la
revelación y comprendió. No era el azar el que lo había llevado hasta la montaña
de los lamas. Al contrario. Había un designio oculto que había orientado sus
pasos en los últimos años, llevándolo a este reducto espiritual, capaz de
impartir a los iniciados, poderes desconocidos para los demás.
El lama había dicho: "Cuando llegue el momento, sabrás". Y ahora, SABIA. La
visión en la montaña era un aviso, una llamada.
Su puesto estaba al lado del jefe de la Iglesia. Su misión era proteger su
vida amenazada.
Durante mucho tiempo lo había obsesionado la idea de que tenía una misión
qué cumplir. Era una noción vaga que había surgido en él, no sabía cómo ni
cuándo. Lo perseguía a través de sus sueños y de intuiciones súbitas,
inexplicables. Muchas veces trató de determinar el porqué de esta predestinación
y llegó a preguntarse si todo no sería más que una ilusión y un pecado de
vanidad. ¿Por qué Dios iba a elegirlo a el un simple sacerdote?
Ahora comprendía por qué. ¿Quién podía considerarse más cercano
afectivamente al nuevo Papa que él? Y ahora, quién estaba en guardia ante ese
misterioso peligro que amenazaba su vida, sino él.
Los lamas lo vieron partir con tristeza. No comprendían por qué,
precisamente ahora que se abría para el nuevo hermano la vía del conocimiento y
la perfección, Martello optaba por el mundo de lo ilusorio y lo imperfecto.
¿Cómo explicarles a esos solitarios que dedicaban la vida entera al
perfeccionamiento de sí mismos, indiferentes al resto de la humanidad, que para
él, un cristiano, solo era válida la búsqueda de la perfección, junto a los
demás hombres? ¿Cómo explicarles que la lucha que ellos libraban en la soledad
de su mundo interior, para él y millones de hombres, era una guerra abierta y
que él era un soldado en esa lucha?
Los lamas le habían proporcionado armas espirituales con las que antes no
contaba. El sabría usarlas en las batallas decisivas que se aproximaban.
VI
ROMA

Los que conocieron a monseñor Luigi Cardenal Andreani en Verona encontraban


dificultad para reconocerlo en Su Santidad el papa Juan Clemente I. Era
demasiado el cambio para tan poco tiempo. La tristeza y preocupación de su
mirada, el aire de soledad que lo envolvía, la reserva que se advertía en sus
palabras, lo habían transformado. Era otro hombre. Seguía siendo afable y
paciente como antes. Pero a veces tenía rasgos y actitudes que desconcertaban a
los dignatarios del Vaticano. A un obispo paraguayo que le mostraba, orgulloso,
el proyecto realizado por un famoso arquitecto romano para una nueva basílica en
su pequeño país, lo había tomado de sorpresa preguntándole cuál era el ingreso
per cápita en el Paraguay. Había postergado, inexplicablemente, la audiencia de
un poderoso cardenal norteamericano y en cambio había recibido sin dilaciones a
un humilde cura negro sudafricano que le traía un mensaje de la pequeña
comunidad católica de Soweto. Había causado embarazo en los círculos oficiales
su decisión de oficiar su primera misa fuera del Vaticano, en un presidio,
justamente, cuando, a raíz de la fuga del criminal de guerra Dorfier, se debatía
en el parlamento italiano una ley para hacer más severo el régimen carcelario
para los detenidos políticos.
Aquella mañana, después de una jornada agotadora, el Papa se disponía a
retirarse a sus habitaciones, cuando el secretario encargado de las audiencias
le presentó la lista de las personas que aspiraban a ser recibidas en los
próximos días. Con gesto cansado, el Papa recorrió los nombres. Pero, de pronto
viendo uno que lo galvanizó. Tratando de ocultar su emoción se limitó a
señalarlo, mientras miraba con aire interrogante al secretario.
-Es un sacerdote que dice ser amigo personal de Su Santidad.
El padre Bruno Martello. ¿Lo conoce Su Santidad?
-Sí, lo conozco dijo lentamente el Papa.
-¿Le parece bien a Su Santidad que le fije audiencia para la semana
próxima?
-¡No! -Dijo, vivamente Andreani-. La semana próxima no.
-¿Cuándo entonces? -preguntó el secretario extrañado por el tono del
Pontífice.
Andreani hizo una larga pausa.
-No sé -contestó por fin. Tal vez nunca.
Tanto fervor y tanta contrición. En un momento solemne y terrible, había
jurado no volver a ver a Bruno. Y había cumplido.
Dios sabía lo que le había costado. Sabía también que su intención más
sincera era seguir manteniendo su promesa. Pero había ocurrido lo inesperado. Lo
que nadie hubiera creído posible.
El cardenal Andreani que veía deslizarse su vida, apaciblemente en la
oscuridad de su arquidiócesis provinciana, podía prescindir de la presencia
confortadora del discípulo amado. Pero el Papa Juan Clemente I que tenía la
terrible responsabilidad de dirigir el destino de la Iglesia y del mundo
cristiano necesitaba a su lado la inteligencia brillante, la fe apasionada, la
voluntad y el saber del sacerdote que reaparecía en el momento más crítico.
Andreani rogaba a Dios que lo liberara de su promesa. No se lo pedía por
él. Se lo pedía por la Iglesia.
El secretario encargado de las audiencias no sabía qué pensar.
Verdaderamente, las decisiones del Papa eran impredecibles. Después de haber
cancelado en forma prácticamente definitiva la audiencia solicitada por el padre
Bruno Martello, esa mañana lo había llamado a primera hora para ordenarle que le
fijara audiencia para ese mismo día. Con dificultad el secretario se las había
arreglado para incorporar su nombre en el último lugar de la lista, recortando
el tiempo de las audiencias y postergando para otro día a un beato magnate de la
prensa.
En la sala Nervi del Vaticano estaban reunidos un nutrido grupo de
peregrinos españoles, dos cardenales, y la representación diplomática de un país
centroamericano, cuando apareció el padre Martello. Casi no tuvo tiempo de
sentarse. El padre ujier, advertido seguramente por el Papa, y ante la
indignación del secretario, le hizo pasar antes que los demás.
Cuando los dos hombres quedaron solos, se miraron en silencio.
Los dos se sentían embargados de emoción, aunque en forma muy distinta.
Para Andreani la presencia de Martello rompía por primera vez el círculo de
frialdad y protocolo que lo rodeaba desde que llegó al Vaticano. Con Martello
venían a él recuerdos de días menos solemnes, pero más felices. Su afecto por él
seguía siendo el mismo, a pesar de los años transcurridos.
-Santidad... -de los labios de Martello salieron, espontáneo el tratamiento
y reverente el tono. En los veinte años que llevaba de conocerlo nunca había
visto en Andreani sino al maestro, al padre afectuoso, al amigo franco con quien
podía tratar abiertamente. El trayecto ascendente de Andreani dentro de la
jerarquía eclesiástica, no había alterado esta relación.
Pero ahora era diferente. La sonrisa de Andreani seguía siendo afectuosa,
su palabra igualmente cordial, pero había algo indefinible en torno a su
persona, una aureola de majestad, de autoridad, que sobrecogió a Martello. Pensó
en la siniestra imagen entrevista durante esos días mágicos del Tíbet y
comprendió que no se atrevería a hablar.
Se mantendría en silencio, pero alerta, junto al Jefe Supremo, cuidando su
vida.
No sabía cómo lograría el acceso al Pontífice para llevar a cabo esta
misión. Pero presentía que se le abriría un camino, llegado el momento. "Llegado
el momento, sabrás tú, solo lo que tienes que hacer", había dicho el lama.
-Supongo que esta vez sí vienes a quedarte conmigo. Te necesito más que
nunca -dijo el Papa.
El camino se había abierto.
Martello miró alrededor, asombrado. Había entrado por primera vez al
Vaticano veinte años atrás, recién ordenado sacerdote. Sentía en esos días la
necesidad de conocer el cuartel general de la Iglesia, la reliquia máxima de la
fe cristiana.
Conservaba un recuerdo inolvidable de la visita.
Ahora, muchos años después, se encontraba otra vez solo bajo las bóvedas
seculares. Había venido a una segunda entrevista con el Papa. "Tenemos mucho de
qué hablar", le había dicho llevándolo a la biblioteca. "Voy a despachar un
asunto urgente y regreso. Espérame un momento".
Martello le obedeció y permaneció unos momentos en la biblioteca. Para un
bibliófilo apasionado como él, era un deleite imaginar los tesoros que debían
estar a su alcance. Sabía que allí se conservaba uno de los dos únicos
ejemplares que quedaban en el mundo de la primera Biblia impresa por Gutenberg y
una copia manuscrita de la Divina Comedia que perteneció al propio Dante. Su
mirada recorrió las largas filas de manuscritos y de antiquísimos volúmenes
donde estaban contenidas las miserias y grandezas de dos mil años de historia de
la Iglesia.
Las telas de los maestros inmortales, las estatuas, todo estaba igual que
hacía veinte años. Rectificó: seguramente igual que hacía quinientos años,
cuando Rafael dirigió la construcción de las obras. Pensativo, siguió caminando
por la galería, cruzó los jardines de Belvedere y se encontró en el Palacio
Pontificio.
Estupefacto, observó los apartamentos del Papa. Los cambios aquí eran
radicales. Nada quedaba del rojo esplendoroso de los cortinajes y terciopelos,
de ese "rojo católico" que la tradición ha asociado siempre con los grandes
momentos del Papado.
También habían desaparecido baldaquines, damascos, poltronas doradas y
orfebrerías renacentistas. La imagen de ese glorioso mundo del ayer que había
sabido mantener el Vaticano por tantos siglos, se había desvanecido. Un soplo
irreverente parecía haber barrido las suaves penumbras, las luces atenuadas, los
candelabros dorados.
Recorría, horrorizado, una sucesión de salones que más parecían
departamentos modernos que residencia del sucesor de San Pedro.
Paredes verde Nilo, techos azul pastel o amarillo champaña. Y una luz
agresiva en todas partes. Haciendo contraste absurdo con esta decoración
ultramoderna, los guardias suizos con sus arcaicos uniformes, diseñados por
Miguel Angel. Uno de ellos le cerró el paso. Más allá estaba la sala del trono.
Ya el día anterior, durante su primer audiencia, había advertido el despojo
sufrido -también allá habían sido suprimidos los baldaquines, los brocados, los
relojes dorados y toda la pompa propia de la majestad del poder. La emoción del
reencuentro con Andreani le habían impedido analizar el malestar que estos
cambios le habían producido entonces.
Deprimido, regresó a la biblioteca. El boato, la esplendidez del ambiente,
las manifestaciones visibles de la tradición tenían también valor. No estaban
destinadas a ensalzar a un simple ser humano, sino al representante de Dios
sobre la tierra. ¿Acaso la belleza del culto católico no residía en la
magnificencia de sus símbolos, en el dramatismo impresionante de sus ceremonias,
tan superiores a las sombras y desnudas manifestaciones del rito protestante?
¿Por qué renunciar a la contribución de tantos genios inmortales o de artesanos
oscuros que habían aportado lo mejor de su arte y de su fe al embellecimiento
del templo máximo de la religión cristiana? A los pocos minutos regresó el Papa
a la biblioteca. Venía contento.
-Creo que ya encontré la solución a un problema absurdo. El de la
proliferación cada vez mayor en la plaza de San Pedro de vendedores de baratijas
que se atreven a ofrecer como reliquias.
Basta ya de esa imagen de un Vaticano folklórico y turístico.
Sonrió y durante unos minutos hablaron con la sencillez de viejos amigos
que rememoran días felices. Pero de improviso, la expresión del Papa cambió y,
bruscamente, llevó a Martello al tema que le interesaba.
-Me eligieron Papa porque me consideran un hombre inocuo.
A lo más, piensan que seré un árbitro en la lucha que enfrentan a las dos
grandes tendencias en que está dividida la Iglesia actualmente. Eso tú ya lo
debes de saber. Y no les faltaba razón.
Reconozco que me esforcé siempre en ser justo y tolerante con todos, sin
tomar partido. Comprendía lo que había de razonable en uno y otro campo. Me
parecía que la tradición era valiosa, pero que había que tener el espíritu
abierto para juzgar las nuevas ideas. Por eso, a lo más que aspiraba cuando fui
elegido, era a ser un buen administrador. Pero en los tres meses que llevo en
esta casa donde tanto se sufre, me he dado cuenta de que mi deber es otro.
Ante el asombro de Martello, el Papa fue exponiendo los males del mundo
actual y el papel que jugaba en ellos la Iglesia, deliberadamente o por omisión.
Habló de las incalculables riquezas de la Iglesia, y del boato de las
ceremonias religiosas, irritante en países en donde las capas humildes de la
población se mueren de hambre. Censuró la complacencia y hasta la complicidad de
la Iglesia con gobiernos injustos, en su afán por mantener su influencia y
proteger sus inversiones. Lamentó la identificación de la religión cristiana con
los objetivos de partidos políticos impopulares. Mencionó su extrañeza ante la
ceguera de altos dignatarios eclesiásticos que cerraban las puertas a los
intentos de acercamiento de otras corrientes políticas y religiosas, siendo que
la hora actual debía ser de concordia y cooperación entre todos los hombres de
buena voluntad. Se refrió duramente a la actitud de algunos influyentes prelados
ante la guerra.
Recordó que algunos habían llegado al extremo de bendecir cañones y de
alentar ofensivas militares.
Martello escuchaba, espantado. El Papa enumeraba la serie de problemas que,
según él, enfrentaba la Iglesia, y no mencionaba el más grave, el más urgente,
el más trascendental de todos: La lucha a muerte que se libraba desde hacía
tiempo entre el mundo cristiano, defendido por una Iglesia cada vez más asediada
y debilitada y la marea marxista que amenazaba aniquilarla.
-Cuando examiné estos problemas desde la altura del trono papal, comprendí
lo ciego que había estado continuó el Papa.
-Ahora que tengo en mi mano datos, informes, estadísticas, estudios
confidenciales de todas partes del mundo, me doy cuenta de nuestro fracaso. Nos
hemos ocupado de salvar las almas y hemos descuidado los cuerpos, como si el
cuerpo no fuera importante, como si la salvación del alma de cada hombre no
dependiera también del uso que haga de ese cuerpo. ¿Cómo se le puede exigir
piedad, caridad, virtudes, a un alma encerrada en un cuerpo torturado por la
ignorancia, la miseria, la enfermedad, la injusticia? Por eso, la Iglesia debe
cambiar radicalmente su estructura y ponerse al lado de los oprimidos.
Martello aventuró una objeción.
-Pero, Santo Padre, ya hay una fuerte corriente dentro de la Iglesia que
trata de colocarla junto a uno de los campos políticos en que está dividido el
mundo.
¿Ese será el camino? ¿No nos llevará a una ruptura interna total, a un
nuevo cisma?
-Los esfuerzos que se han hecho hasta ahora en ese sentido, han sido quizás
bien inspirados, pero individuales, esporádicos y, casi siempre, frente a la
oposición de la jerarquía eclesiástica. Eso es lo que ha creado el antagonismo y
la división entre nosotros.
Por eso se han endurecido las posiciones y se ha radicalizado el
enfrentamiento. Pero si la iniciativa partiera del propio Vaticano, esta
división no tendría razón de ser. Se suavizarían las diferencias. Todos
aportarían de buena fe lo mejor de su inspiración y de su experiencia para
marchar, todos unidos, hasta un fin común: el rescate material y espiritual del
hombre que es el fin que debió perseguir siempre la Iglesia.
Su voz se quebró en las últimas palabras y el Papa calló, emocionado por la
grandiosidad de su idea. Pero Martello seguía abrumado por la revelación. Cómo
un sacerdote en quien nunca notó la menor desviación de la ortodoxia, un
arzobispo que había censurado severamente una huelga en los hospitales de
Verona, en suma, un hombre a quien consideraba un modelo de prudencia y
moderación, se había convertido en un Papa exaltado que se disponía a cometer la
más desastrosa transformación en la institución más sólida y antigua del mundo?
-Hasta ahora he estado solo -prosiguió el Papa-. Aún los cambios más
modestos que he intentado imponer han tropezado con la rutina burocrática, con
la indiferencia o con la oposición abierta de quienes me rodean.
"¿Cambios modestos?", pensó Martello. "Se debe referir a la destrucción
despiadada de la noble pátina del tiempo que caracterizaba antes a los salones
pontificios. Pero cambiar la convicción de los hombres que no se han dejado
engañar por ideas desquiciadoras y engañosas le va a ser más difícil". El
lucharía con todas sus fuerzas para que le fuera imposible. Conservaba su
ascendiente sobre Andreani y sabría utilizarlo. Por el propio bien del Sumo
Pontífice y por el bien de la Iglesia.
-Pero ahora estás tú aquí. Tú, que siempre mostraste inquietudes y
sensibilidad por estos problemas continuó el Papa, sin adivinar la confusión y
la resistencia que sus palabras despertaban en Martello. Recuerdo tus trabajos
en el seminario.
Siempre se traslucía en ellos tu angustia por los sufrimientos de los
débiles y desposeídos. Te recuerdo también aquella tarde de mayo en París,
saliendo a la calle para unirte a la multitud que pedía cambios impostergables.
Me imagino, después, tu peregrinar por la India, acercándote a esas masas que
conocen la miseria más dolorosa del mundo.
"Sí. Hice todo eso. Pero lo que me motivaba era todo lo contrario de lo que
está usted diciendo", sentía ganas de gritarle Martello. "Sí me mezclé con las
multitudes, fue para conocer los resortes que las impulsaban, fue para
familiarizarme con las armas que utilizan nuestros enemigos para movilizarlas.
Yo no amo a las multitudes. Las compadezco, porque me lo pide la caridad
cristiana, pero creo que de ellas no podrá salir nunca nada valioso. Yo también
quisiera cambiar las estructuras de la Iglesia.
Pero no para entregarla a nuestros enemigos, sino todo lo contrario. Para
hacerla más inflexible, más poderosa, más rígida. Más de lo que nunca fue. Yo lo
haré recapacitar. No sé cómo, pero yo lo obligaré a que se manifieste como lo
que debe ser: jefe y guía de la parte sana de la Iglesia y lo obligaré a que
asuma el papel que Dios le ha designado".
Envuelto en sus pensamientos, Martello había dejado de escuchar al Papa, de
modo que la pregunta lo tomó de sorpresa.
-¿Estás de acuerdo?
-¿De acuerdo? -preguntó Martello, desconcertado.
-Quisiera que te encargaras de analizar la enorme masa de información que
se ha acumulado aquí sobre los problemas que te he mencionado. Tenemos que
luchar con armas precisas. Documentos, datos, evaluación exacta de nuestras
posibilidades en cada uno de los pases críticos. Despacharás directamente
conmigo.
-¿Su Santidad quiere decir que me incorpora al personal del Vaticano?
El Papa sonrió, afable.
-Sí. Pero en un carácter muy especial. Muy diferente al del resto del
personal. Y para evitar suspicacias, he pensado que sería político asignarte un
puesto en la biblioteca Vaticana.
¿Quién con más merecimientos que un intelectual como tú? El Papa pareció
recordar, de pronto-. ¿Y a propósito, terminaste ya tu libro?
-¿Mi libro?
-En varias ocasiones me has hablado de ese libro que empezaste a escribir
hace años y en el que debe estar lo más valioso de ti. Sabes cómo me gustara
leerlo.
-Faltan solo unas pocas páginas y el manuscrito estará terminado.
-¿Me prometes que me lo darás a leer antes que a nadie?
-Se lo prometo a Su Santidad -Dijo Martello.

2
Muy pronto comprendió que todo era inútil. Nunca lograría hacer ver al Papa el
abismo a que se encaminaba, arrastrando con él la suerte de la Iglesia y de la
cristiandad.
Martello se había ilusionado falsamente pensando que el afecto y la
admiración que le había demostrado siempre Andreani, se iba a traducir ahora en
ascendiente sobre el Papa.
Peor aún, ese afecto y esa admiración que sentía por su antiguo discípulo
parecían obrar ahora en el Pontífice como estímulo para empujarlo hacia metas
cada vez más insensatas. Era como si quisiera deslumbrarlo, conmoverlo,
seducirlo con sus proyectos.
Martello, por su parte había intentado, en vano, hacerle compartir la
gloriosa visión de un mundo mejor que se había ido creando él, a través de años
de estudios, experiencias y reflexiones. Un mundo regido por una Iglesia
renovada, perfeccionada, armada con todas las armas que la sabiduría del pasado
y los adelantos del presente ponían a su alcance. Una Iglesia que recuperaría
las banderas de la redención humana que se había dejado arrebatar, tanto por los
que predican el odio y la lucha de clases, como por los que adoran los falsos
valores del dinero. Solo un cristiano regenerado, purificado, podría crear esa
sociedad perfecta que había anhelado siempre la humanidad.
El no pretendía que en su Ciudad de Dios, todos fueran felices. Pero eso
tampoco lo podían conseguir los otros. Quizás eran los designios de Dios que
siempre pudieran existir el mal y el dolor. Quizás en su corazón Dios quisiera
que no ocurrieran ciertas cosas, pero ni siquiera él, todopoderoso como es,
puede impedirlas, porque así lo ha decidido él mismo.
Quizás el propio Dios no podía hacer ya nada una vez que hubo puesto en
marcha el Universo con su soplo creador. Quizás ese mal, ese dolor forman parte
del camino que debe recorrer el hombre para llegar a la perfección y a la
gloria.
Pero los ilusos, los mezquinos, los malvados, los necios, pretenden
imponernos su pequeña idea de bienestar de insectos, su dosis grotesca de
comodidades terrenas, llamándolas "felicidad", "paz", "justicia social". Como si
aún con todas sus viles necesidades terrenas satisfechas, no continuaran
existiendo para el ser humano los grandes problemas del alma, los dolores
inevitables, la transitoriedad de la vida, la fragilidad del amor, la vejez, la
muerte.
No, él no pretendía el mezquino y miope contentamiento de los marxistas, el
orden satisfecho y eficiente de los autómatas, para su sociedad presidida por
Dios. La vida humana seguiría siendo siempre un renovado drama. Pero regida por
la Iglesia, por lo menos sería un drama con sentido y grandeza, no la farsa en
que querían convertirla los otros con su siniestra sociedad de robots
adoctrinados. El Papa hablaba de "acercamiento a otras corrientes políticas",
hablaba de concordia y cooperación entre todos los hombres de buena voluntad.
"Hombres de buena voluntad", los inventores de los Gulags y de los lavados de
cerebro. Los que habían aplastado la libertad, y no solo religiosa, de diez
países.
¡Los que habían levantado un muro de hierro en torno a sus territorios
para impedir la fuga de sus habitantes!
"Buena voluntad", los que habían cerrado iglesias y establecido otra
inquisición peor que la religiosa, porque ahora contaban con medios terribles
que no soñaron los inquisidores de antaño y con "pecados" nuevos que inventaban
a su arbitrio.
El Papa quería usar a la Iglesia para apoyar a los que pensaban que un poco
de pan y de bienestar material se podían comprar con el sacrificio de sus
conciencias. Quería apoyar a los que ansiaban entregar lo más valioso que tiene
el hombre, lo que hace una vida digna de ser vivida, a cambio del bíblico plato
de lentejas. Apoyo a los que hablan de liberar al hombre y solo pueden mantener
sus sistemas inhumanos por la fuerza. Apoyo a los que aspiran no a rescatar el
alma de los hombres, sino a cambiar su mentalidad.
Hablaban de suprimir las clases sociales y habían instituido divisiones
humanas peores, más rígidas, más infranqueables. Hablaban contra el imperialismo
y apoyaban a la nación que se había apoderado, materialmente, de media Europa.
El Papa esperaba paz y armonía y la Iglesia se aliaba a los marxistas. Y
los propios marxistas no habían sido capaces de encontrar esa paz y armonía ni
entre ellos mismos, ni siquiera ahora que habían llegado al poder en un tercio
del mundo: Rusia contra China, Camboya contra Vietnam, Etiopía contra Somalia.
¿No demostraba eso que por eficiente que pareciera ser a algunos ilusos
como sistema económico, el marxismo, no lograba conquistar espiritualmente al
hombre? ¿No habían sido los obreros los primeros en levantarse en contra de los
gobiernos comunistas de Hungría, Alemania Oriental y Polonia?
¿Y qué decir de esa parte equivocada de la Iglesia que el Papa parecía
defender? Apoyaban a un sistema que, lo primero que hace cuando llega al poder,
es hacer a un lado a esa misma Iglesia, cuando no la extermina.
Él, Martello, era más avanzado, más revolucionario que todos esos curas
desorientados. No lo asustaban las más audaces reformas. Estaba dispuesto a
predicar contra el capital, el dinero, los privilegios. Él estaba a favor de
instaurar todos los adelantos materiales de que hablaban los marxistas; pero
siempre bajo el signo de su Iglesia. ¿Por qué dejar a los sin Dios llevar a cabo
esta obra? ¿Por qué aliarse con ellos? ¿Por qué no había de realizarla la propia
Iglesia? ¿Quién mejor dotado espiritualmente para ello? ¿Qué poder supranacional
podría ser superior?
Es cierto que habían pasado dos mil años sin que la Iglesia lograra crear
esa sociedad con la que él soñaba. Pero porque no estaban dadas las condiciones
necesarias. Ahora sí. El mundo había cambiado en esos dos mil años. Los
adelantos tecnológicos permiten llevar la palabra del Evangelio hasta los
rincones más remotos, hasta los seres más desposeídos de la tierra. Con los
conocimientos de hoy, se podrían hacer florecer desiertos, centuplicar cosechas,
destinar los miles de millones que gastan las naciones en armamento a aliviar el
hambre y la miseria. Se podría cambiar la faz de la tierra, siempre que hubiera
un poder rector inspirado por Dios que buscara engrandecer al hombre en lugar de
sojuzgarlo. Que buscara la felicidad de los seres humanos y no la supremacía de
una nación u otra.
Y ese poder solo podía ser la Iglesia. Y la Iglesia de hoy.
Porque ella también había cambiado a través de los siglos. Ya no existen
los Borgias, los abates galantes, los obispos príncipes feudales, los prelados
millonarios, los religiosos por obligación. La Iglesia de hoy solo cobija a
convencidos. Ni aun a los más equivocados podría hoy acusárseles de perseguir su
propio interés.
Era pues el momento de unir a todos sus hijos, pero no para entregarlos a
sus enemigos como iba a hacer el Papa al forzar a la Iglesia a entrar en el
juego partidista. En vez de unirla, iba a escindirla definitivamente.
Cristianos de izquierda y de derecha. Esas palabras para él no tenían
sentido. Su credo lo abarcaba todo. Veía al cristianismo como una inmensa cruz,
con sus dos brazos que se tienden hacia ambos lados, a izquierda y derecha.
Entre esos dos brazos cabían todos los sueños, todos los anhelos y toda la
humanidad. Una luminosa cruz de esperanza que avanzaba hacia el futuro, al
encuentro con Dios.
Pero todos los esfuerzos de Martello por exponer su utopía teocrática se
estrellaban contra el fervor de Juan Clemente, que se obstinaba en sus
decisiones cada vez más radicales, pero de un contenido totalmente opuesto al
ideal de Martello. Le daba la impresión, de un iluminado, de un profeta,
Martello llegó a preguntarse si el Papa no habría enloquecido. Solo en un loco
podía explicarse que el antes equilibrado y prudente Andreani se sintiera ahora
el Nuevo Mesas. Pero él, Martello tenía que detenerlo de alguna manera.

3
Todo ocurrió con una velocidad pasmosa. Dos tiros disparados casi
simultáneamente y que podían haberse confundido con el motor de un automóvil. Un
grito aterrorizado de mujer y un hombre alto, elegante de pelo blanco que cayó
al suelo apretándose una pierna y con la cara contraída por el dolor. Casi
simultáneamente, un auto se perdió por la calle solitaria. Eso fue todo.
-¡Cállate y vete! No quiero escándalos! Dijo el general Bontempelli en voz
baja e imperiosa, a la bellísima muchacha que seguía gritando a su lado. Ante la
indecisión de la chica, agregó furioso-: Vete, te digo. Tú no has visto nada.
Sube a tu departamento y no salgas.
Pero ya los gritos de Antoniella haban atraído a algunos curiosos. La
muchacha aún tuvo tiempo de recoger algo que brillaba en el suelo y regresó al
elegante edificio de donde acababa de salir, junto con la víctima.
Se notaba el deseo del herido de alejar a los curiosos, como si no quisiera
recibir ayuda.
-No es nada. No necesito nada contestó, secamente, a las preguntas de los
que se habían acercado, solícitos.
Se incorporó con dificultad y, con un gran esfuerzo, caminó, cojeando,
hasta un lujoso automóvil, estacionado unos metros más allá. Pero antes de que
lograra abrir la portezuela, se oyó la sirena de una patrulla. Alguien había
avisado a la policía. El general Bontempelli se resignó a lo inevitable.
-Bontempelli, Aldo, general de ejército en retiro contestó a la primera
pregunta del policía.
El comisario Bonino, miembro de la Brigada Antiterrorista, no recordaba un
caso más irritante. La víctima se rehusaba, testarudamente a cooperar en la
investigacin. Evidentemente se trataba de un caso de delito político menor. Se
sabía que los pistoleros de la Brigate Rosse tenían cuidadosamente estudiada la
jerarquización de los que consideraban enemigos de su causa.
Y la gravedad de los atentados iba desde el asesinato liso y llano hasta
los simples disparos a las piernas. A Aldo Moro lo habían secuestrado y
asesinado. Al general Bontempelli le habían atravesado una pantorrilla. Quizás,
secretamente, esto no dejaba de ofender el orgullo del general. Al fin y al
cabo, ¿quién había sido Aldo Moro? Un primer ministro de Italia y el jefe del
partido político más importante del país. Pero en último término, un político
más.
En cambio, el general haba sido uno de los pocos héroes militares italianos
de la Segunda Guerra Mundial y ahora buscaba la renovación y la regeneración
total de Italia. "Algún día -pensaba-, llegará la hora de Giorgio Almirante y de
su MSI y entonces necesitará un hombre como yo a su lado". Pero, por lo visto,
las Brigadas Rojas no pensaban así. Quizás solo habían tomado en cuenta los
briosos artículos que el general venía publicando en 11 Borghese, reivindicando
la memoria de Mussolini y sobre todo, del ejército del Duce, del que él había
sido uno de sus oficiales más brillantes. Sin embargo, hasta ese momento,
cuarenta y ocho horas después del atentado, todavía no se recibía en ningún
periódico la clásica llamada, reivindicando el delito para las Brigadas Rojas,
cosa que tenía intrigados tanto a la policía como al general.
-Insisto en que es necesario, señor general, que sepamos de dónde salía
usted en el momento de la agresión.
Con su habitual sentido de la oportunidad, ese fue el momento que escogió
la bella Antoniella para aparecer en el cuarto que ocupaba el general en el
hospital militar de Roma. Un enorme ramo de rosas rojas enmarcaba su rostro de
colegiala pervertida.
-Perdón -dijo con una deliciosa sonrisa-. Espero no molestar. No se
preocupen por mí. Y, con los movimientos lánguidos y elegantes que había
adquirido cuando fue modelo de Pucci, empezó a colocar las rosas en un jarrón.
El inspector Bonino apartó con esfuerzo la mirada de las caderas de
Antoniella y repitió la pregunta.
-Necesitamos conocer, señor general, todas sus idas y venidas el día del
atentado. Posiblemente, usted fue seguido hasta el lugar de la agresión.
-No recuerdo dónde estuve ese día.
El policía contuvo su irritación.
-¿Y tampoco recuerda de dónde salía?
-Tampoco -dijo Bontempelli, con indiferencia-. Y aunque lo recordara, eso
es asunto mío.
-As no podremos llegar a ningún resultado en nuestras pesquisas dijo ya
furioso, el inspector.
-De todos modos, no llegaran a ningún resultado. Cada investigación de
ustedes termina en un fracaso. Otra cosa era la policía hace cuarenta años,
cuando este país estaba bien gobernado. Para empezar, no había terroristas.
El inspector se levantó.
-Veo que es inútil proseguir esta conversación -dijo secamente- En vista de
su falta de cooperación, no creo que podamos hacer nada.
-No importa. Por lo menos, yo sí sé lo que tengo que hacer. Conozco al
enemigo.
-¿Quiere usted decir que tratará de hacerse justicia por su propia mano?
Dijo, irónico, el inspector.
-Yo sé lo que quiero decir.
El inspector se digirió hacia la puerta.
-Cuidado, general. Cuidado con crearnos nuevas complicaciones. Buenas
tardes.
Ni siquiera la cinematográfica sonrisa que le dirigió Antoniella, logró
suavizar la expresión indignada que tenía al irse.
-¿Por qué no quisiste decirle que salías de mi departamento, tesoro? No veo
qué puede haber de mal en ello. Tú eres libre y yo también. No creo que me
desprestigie el que sepa que tengo un amante como tú.
-A ti no. Pero a mi sí me desprestigiaría. Hay algo que se llama imagen. Y
cuando uno tiene ambiciones políticas, hay que pensar en ello.
-Lástima -dijo, suspirando, Antoniella-. Para mí hubiera sido una
publicidad fantástica. ¿Qué sería de Agostina Belli sin la publicidad que le dio
el asesinato de su madre?
-A ella no la asesinaron las Brigadas Rojas.
-Mejor publicidad todavía. Un ataque de las Brigadas Rojas contra las
piernas de Antoniella Pittaluga -y se levantó la falda, generosamente, en una
pose muy solicitada por los papparazi. El general no pudo menos que reír.
Ella, encantada del éxito de su broma, se acercó a besarlo.
-¿No merezco un beso de mi viejo gruñón?
-Esta vez, si, Por las rosas y por lo bien que te portaste cuando estaba
aquí el polizonte. Tuviste el buen sentido de callarte.
-Y eso que tenía algo muy interesante que contar dijo, orgullosa,
Antoniella.
-¿A qué te refieres? -preguntó, extrañado, Bontempelli.
-Tú, herido como estabas, no podías fijarte. Pero yo alcancé a ver la
crucecita que te tiraron desde el auto y la recogí.
-¿Qué crucecita? ¿De qué estás hablando?
-De esto -buscó rápidamente, en su bolsa. Era una pequeña cruz metálica. El
general la examinó estupefacto.
-Esta sí es una novedad. ¿Por qué una cruz? Para nadie es un misterio mi
manera de pensar. ¿Por qué este detalle melodramático? -el general reflexionó un
momento. Se encogió de hombros y guardó la insignia en el cajón de la mesa de
noche. Se volvió entonces hacia la muchacha con afecto condescendiente.
-Y ahora, cariño, vete, porque tengo que hacer varias llamadas telefónicas.
Una vez solo, el general marcó el número del diputado Carlo Cenci, líder de
la fracción más conservadora de la Democracia Cristiana. La noticia que escuchó
por el teléfono lo tomó desprevenido. Durante un momento permaneció atontado.
Cenci acababa de morir, víctima de un atentado similar al suyo, dos horas antes.
Esto cambiaba radicalmente el aspecto de las cosas.
Había que actuar sin demora.
En la Villa Aldobrandini esperaban al general. A pesar de su herida había
insistido en la necesidad de reunirse cuanto antes.
La atmósfera era sombría, casi fúnebre.
Santini, colega en la Cámara, del diputado asesinado, era el más indignado.
-Espero que el Vaticano condene este monstruoso asesinato en forma enérgica
y explícita.
-Los tres últimos papas han condenado la violencia política dijo sin
convencimiento, el padre Solari.
-Sí. Pero en términos vagos y acomodaticios, tratando siempre de quedar
bien con todos y de no comprometerse con nadie.
Lo que se requiere ahora es un mensaje papal valiente y explícito que no
deje ninguna duda. Todo el mundo sabe de dónde vienen los atentados.
-Esta será la gran oportunidad para que el nuevo Papa demostrara que tiene
la autoridad que el mundo necesita.
-Juan Clemente condenar a sus amigos de la izquierda? Ni lo sueñe, señor
Santini dijo irónico, Cassorla, el periodista.
-Por lo menos, ya es algo que no les otorgue su bendición.
-No exageremos -Dijo Barletta, el industrial-. ¿El Papa otorgar su
bendición a los criminales de las Brigadas Rojas que han sido condenados por
toda la opinión pública y por todos los partidos políticos de Italia, desde los
comunistas hasta los fascistas?
-La audacia de estos asesinos es ya intolerable -dijo Barletta, el
industrial-. Cada vez que salgo de casa me pregunto si no seré yo la próxima
víctima.
-Y eso que usted puede pagarse el mejor servicio de seguridad de Italia -
dijo, con amargura, el profesor Romani-. Yo no puedo permitirme esos lujos. He
tenido que adoptar una actitud fatalista. Estoy resignado a recibir un balazo en
cualquier momento.
El sacerdote movió la cabeza con escepticismo.
-Yo no creo que las precauciones sirvan de mucho. Ya ven el caso de Aldo
Moro, a quien Dios tenga en su gloria. Contaba con guardias especialmente
entrenados, pero eso no detuvo a los asesinos. La vida de todos los hombres aun
de los más poderosos está solo en manos de Dios.
-¿Quiere usted decir que Dios está de acuerdo con los terroristas? dijo
incisivo, el periodista. El sacerdote enrojeció.
-Sabe usted perfectamente lo que quiero decir. Y me parece de muy mal gusto
su broma.
-Calma, señores -dijo, conciliador Barletta-. Todos sabemos que Dios no
puede aprobar actos así. Pero su representante en la tierra es otra cosa. Por lo
menos, el que tiene ahora.
Fue en ese momento cuando llegó el general Bontempelli.
Cojeaba visiblemente. Todos los presentes se adelantaron solícitos, a
ayudarlo.
-Gracias. No es necesario -dijo secamente, el general-. No es la primera
herida que recibo, aunque las otras me las hicieron de frente, cara a cara al
enemigo.
-Tuvo usted más suerte que el pobre diputado Cenci; general.
-Yo no lo llamo suerte. Tengo una especie de sexto sentido para estas
cosas. Casi antes de que sonara el primer disparo, me arrojé al suelo. Gracias a
eso, la primera bala no interesó el hueso y la otra no dio en el blanco. Pero
tengo cosas más importantes que decirles. Por eso les he pedido que nos
reunamos.
No sé si ustedes estarán enterados de todos los detalles del asesinato del
diputado Cenci dijo, mientras se dirigía a sentarse, apoyándose en su bastón.
-Son los mismos sórdidos detalles de siempre dijo Barletta.
-La ráfaga de disparos y el automóvil que se aleja a toda velocidad.
-¿A qué detalles se refiere usted, general? -preguntó el periodista.
-¿Se recibió en algún periódico la clásica llamada anónima de los asesinos
atribuyéndose el atentado? Dijo Bontempelli.
Todos se miraron desconcertados.
-Es cierto, no ha habido llamada.
-Ni creo que la haya. Estamos ante un nuevo tipo de crímenes políticos. Mi
caso y el del diputado Cenci lo prueban. ¿Están enterados de que los asesinos de
Cenci, junto con dispararle, arrojaron a sus pies, una cruz? Esto no se ha
publicado en ningún periódico, pero me lo dijo a mi su viuda.
-¿Una cruz? -dijo, extrañado, el periodista-. ¿Qué significado puede tener
un acto así?
-Hay varias explicaciones posibles -dijo Bontempelli-, por ejemplo, se
podría haber querido significar que el diputado asesinado, había procedido en
contra de su fe religiosa, a juzgar por sus recientes actuaciones. Mejor dicho,
de lo que los criminales consideran que debía ser su fe religiosa.
-Hasta ahora las Brigadas Rojas no han demostrado tener preocupaciones de
tipo religioso dijo, escéptico, el padre. Solari<.
-Justamente -dijo, triunfante, el general-. ¿Y si los asesinos no
pertenecieron a las Brigadas Rojas? Si fuera alguna nueva asociación de
criminales políticos?
Hubo miradas intrigadas.
¿A dónde se proponía llegar Bontempelli?
-¿Y todo eso porque alguien arrojó una cruz a los pies de la víctima? -
preguntó, irónico el profesor-. Vamos general. Es cierto que fuimos los
italianos los que inventamos el melodrama, pero su explicación me parece
demasiado novelesca.
-Lo mismo pienso yo -dijo el diputado democristiano-. La época del teatro
en la política terminó con Mussolini.
-El teatro no desaparecerá nunca de la política -dijo, irritado, el
general-. Con el Duce o con ustedes, los democristianos, lo que importa
distinguir es que hay buen teatro y mal teatro.
Y, con inconsciente teatralidad, arrojó sobre la mesa la cruz que le había
correspondido a él en el atentado.
El símbolo milenario que siempre se asoció con las ideas de paz y amor y
que ahora aparecía inexplicablemente ligado al odio y al crimen, concentró por
un momento las miradas, como si todavía conservara las salpicaduras de sangre.
-Estos detalles podrán parecer teatrales, ingenuos, pueriles si ustedes
quieren, pero perfectamente podrían anunciar que el terrorismo cuenta con nuevos
adeptos, provenientes esta vez no del comunismo, sino de las filas de esos
fanáticos que se dicen izquierdistas cristianos.
-No puedo creer que sean católicos, hombres capaces de llegar a esos
extremos -protestó Solari.
-¿Ah no? -Dijo, agresivamente, el general-. Veo que ha olvidado usted la
historia política reciente. Recuerde quiénes eran los más extremistas dentro del
régimen del presidente Allende, en Chile. No eran ni los comunistas, ni los
socialistas, sino los del MAPU, los desertores marxistas de la democracia
cristiana.
-Y en Colombia no fue precisamente la cruz la que empuñó el sacerdote
Camilo Torres -recordó el periodista.
-¿Pero en Italia...? Dijo, intranquilo, el padre Solari.
-En Italia, y en todo el mundo, la Iglesia se ha escindido en dos campos
irreconciliables y uno de ellos está apoyando activamente la subversión. Hasta
aquí esta facción era la más débil, pero ahora que cuentan con un aliado en el
Vaticano, no habrá nada que los detenga, si no es una acción decidida y
drástica. Debemos ir a la raíz misma del mal.
Bontempelli parecía dominar.
-Sé de buena fuente que el Papa se ha entrevistado con varios sujetos
vinculados con la subversión.
-Cualquier persona tiene derecho a pedir una audiencia al Papa -dijo,
nerviosamente, el padre Solari-. Puede tratarse de simples audiencias a título
personal.
-¿Le parece a usted, padre? ¿Audiencias a título personal a extremistas
fichados, justamente en estos momentos en que recrudece el terrorismo en todo el
mundo? -el general sacó un papel del bolsillo y se lo tendió al sacerdote.
-Hace dos semanas, el padre Gutiérrez fue recibido por el Papa y ayer trajo
el cable la noticia de su muerte en un enfrentamiento armado con las fuerzas del
gobierno de El Salvador.
La pausa fue larga. Todos parecían comprender la gravedad de la situación
planteada por Bontempelli.
-¿Y qué se puede hacer? -dijo el cura, deprimido-. Un Papa tiene poder
absoluto. Ustedes saben que varios cardenales han intentado convencerlo sin
éxito, de que debe cambiar de rumbo.
No nos queda más que rogar a Dios para que lo ilumine.
-¿Y entre tanto qué? -Dijo Barletta irritado-. ¿Esperar cruzados de brazos
a que nos ahogue la ola roja? Que los hombres de bien terminemos cazados a tiros
en las calles, como el diputado Cenci? Hay que detener esta marcha al precipicio
por cualquier medio.
-Yo no veo cómo -dijo Solari, pesimista-. A un Papa no Se le puede
destronar.
-Destronar no. Pero se le puede atacar en lo que tiene de más delicado y
vulnerable: su prestigio, Su ascendencia moral, su famosa infalibilidad. Se le
puede desprestigiar en tal forma que todo lo que emane de su autoridad sea
recibido con duda, con escepticismo y con resistencia. Hay que demostrar que,
lejos de ser infalible, está cometiendo errores fatales; que los ha cometido en
el pasado y que continuará cometiéndolos. Así perderá toda su fuerza el apoyo
que está prestando a la facción extremista dentro de la Iglesia y del mundo
cristiano -el profesor Romani hablaba con tanta seguridad como si ya tuviera en
sus manos todo un dossier de antecedentes delictuosos del intachable monseñor
Andreani. Los presentes parecieron sopesar las posibilidades de la idea.
-No será fácil -dijo Cassorla-. Los cuatro o cinco artículos que escribí y
que contenían ataques velados, pero bastante graves contra el Papa no parecen
haber tenido la menor resonancia. Juan Clemente I es cada da más popular.
-Durante su última aparición en público, la guardia de seguridad, se vio en
grandes apuros para contener a la multitud que le pedía autógrafos. Y hubo tal
demanda por sus sagradas manos que hasta su ropa quedo materialmente roja por el
lápiz de labios. Menos mal que el rojo parece ser su color favorito.
-No bastan ya los ataques velados, amigo Cassorla. Hay que atacar de frente
y a fondo. No hay hombre, por puro que sea, que no tenga "un esqueleto en su
closet" como dicen los ingleses.
Escudriñaremos en su pasado y estoy seguro de que encontraremos el
material que necesitamos.
El padre Solari Se levantó bruscamente.
-Yo no puedo seguirlos en este terreno. Ustedes saben que yo también me
opongo con todas mis fuerzas al desastroso cambio de política que ha iniciado
Juan Clemente. Pero soy sacerdote y tengo el deber de respetar la disciplina de
la Iglesia.
Les ruego que me excusen.
Y abandonó el salón, rápidamente.
-No importa -dijo el profesor Romani-. Tenemos mejores contactos que él en
el Vaticano. El padre Corvini es un hombre convencido y seguro -se volvió hacia
los demás, buscando aprobación para su idea-. ¿Están ustedes de acuerdo de que
debemos proceder sin mayor tardanza?
-No sé -dijo el diputado democristiano, dubitativo-. No estoy seguro. En
otras ocasiones, en el pasado se intentó atacar al papado y desprestigiarlo. Los
resultados fueron casi nulos.
El anticlericalismo ya cayó en desuso.
-Porque partió de gente como los masones, los Comunistas, o los nazis. O
sea, gente que no conocía realmente a la Iglesia.
La atacaban desde fuera. Con nosotros no ocurrirá lo mismo. La conocemos
muy bien, porque nos hemos formado dentro de ella.
Además, no nos ponemos atacar a la Iglesia. Ni siquiera al papado. Es la
persona de Juan Clemente I la que será el blanco de nuestra ofensiva. La Iglesia
es eterna e invencible, pero las personas no.
Esto pareció terminar de convencerlos a los dudosos.
-¿Cuál será el procedimiento? -preguntó el industrial interesado.
-Creo que entre todos nosotros contamos con los medios y las personas que
necesitamos para la empresa -dijo Romani-. El señor Cassorla conoce
perfectamente los periódicos que puede consultar.
El general Bontempelli puede aportar datos muy valiosos a través de sus
contactos con los servicios de inteligencia. El padre Corvini tiene accesos a
los inmensos archivos del Vaticano. Y en cuanto a mí, ya he comenzado a ocuparme
del tema. Es probable que a la próxima reunión traiga un material interesante.

4
El asunto surgió primero como una breve información periodística en un diario
del norte de Alemania. La viuda del tristemente célebre coronel Dorfier se había
propuesto reivindicar la memoria de su esposo, fallecido recientemente en su
tierra natal, después de su espectacular fuga de un hospital de Roma.
Herbert Dorfier purgaba una condena a perpetuidad como criminal de guerra
en una cárcel del sur de Italia, convicto de haber ordenado la masacre de
rehenes italianos, en las cuevas ardeatinas de Roma, en 1944, durante la Segunda
Guerra Mundial.
Mientras estaba en prisión conoció a una enfermera alemana que se enamoro
de él y acabaron casándose.
La nueva señora Dorfier realizó infinitas gestiones tratando de obtener el
perdón de su marido, pero el espíritu de venganza de los italianos estaba
todavía vivo y todos sus esfuerzos fueron inútiles.
Así cumplió Dorfier treinta y un años de cárcel. Los médicos descubrieron
entonces que sufría de un cáncer terminal y lo trasladaron a un hospital de
Roma. La emprendedora señora Dorfier decidió que había llegado la oportunidad de
liberar a su marido.
Después, de una novelesca fuga, planeada y llevada a cabo por la audaz
mujer, la pareja consiguió llegar a Alemania.
La aventura suscitó una inmensa indignación en Italia, pero poco después,
como ya se preveía, murió Dorfier y todo el asunto pareció definitivamente
terminado.
¿Por qué ahora, meses después del desenlace volvía al plano de la
actualidad? La incansable señora Dorfier, no contenta con rescatar el devastado
cuerpo de su marido, se proponía ahora rescatar igualmente su buen nombre.
Según la información del periódico, la viuda de Dorfier estaba en
condiciones de probar que la matanza de los rehenes italianos en las cuevas
ardeatinas, como represalia por el asesinato de cuarenta y dos soldados
alemanes, pudo haberse evitado. Una columna de partisanos, que tenía en su poder
a dos importantes prisioneros alemanes había propuesto el canje de estos por los
rehenes, utilizando para ello a un sacerdote, como intermediario. Dorfier habría
aceptado, pero el sacerdote traicionó la misión que le fue encomendada,
provocando con ello, la matanza.
El nombre del sacerdote era Luigi.
Unos días después, la noticia se convirtió en un amplio reportaje que
publicó el semanario de más tiraje en Alemania.
Esta vez se daban detalles completos del tenebroso asunto y se aclaraban
puntos oscuros.
¿Por qué Dorfier no había mencionado en su descargo dicha gestión, durante
el juicio que se le siguió después de la guerra?
Porque las conversaciones se llevaron a cabo sin más testigos que un
oficial, su ayudante y el sacerdote en cuestión. Dorfier tenía órdenes estrictas
de llevar adelante la masacre, de modo que arriesgaba su vida al desobedecerlas.
¿Y por qué solo ahora salía a la luz esta revelación? Porque solo ahora
habían llegado a poder de la viuda de Dorfier las cartas que le había escrito el
teniente ayudante del coronel a su esposa, violando la estricta censura militar
alemana. El teniente había muerto poco antes del final de la guerra. Su viuda
había conservado las cartas, sin percatarse de la importancia que podían tener
en el curso de un proceso realizado en Italia y del que ni siquiera tuvo
noticia.
¿Qué motivo podría haber inducido al sacerdote a traicionar la confianza
que habían puesto en él sus compañeros de la resistencia al confiarle la gestión
salvadora? La respuesta era simple. Aunque el padre Luigi era capellán de los
partisanos que combatían contra la ocupación nazi, era también furiosamente
anticomunista, en esos días. Cuando el comandante alemán le mostró la lista de
los rehenes que iban a ser sacrificados y vio en ella los nombres de diez
importantes dirigentes comunistas de la clandestinidad, consideró que bien valía
la pena el sacrificio de cuatrocientos treinta inocentes, si con ellos se
eliminaban diez peligrosos enemigos futuros. Regresó entonces al campamento
guerrillero y mintió, diciendo que Dorfier se negaba a todo arreglo.
El jefe de los guerrilleros de aquel entonces había decidido hablar solo
ahora, al enterarse, misteriosamente, del contenido de las cartas del ayudante
de Dorfier.
Todo estaba explicado lógicamente. Con lujo de detalles, fechas y lugares
y, lo más sensacional de todo, Se mencionaba al sacerdote con sus nombres
completos y sus títulos: Luigi Andreani, vicario de Cristo, obispo de Roma, Jefe
Supremo de la Iglesia, más conocido en el mundo como Su Santidad, el Papa Juan
Clemente I.
La repercusión en todo el mundo fue instantánea y en Italia fue inmensa.
Fue noticia de primera plana en todos los periódicos. Los comentarios eran
indignados, violentos, y hasta irónicos. Algunos, los menos, incrédulos. Estaban
todavía recientes la indignación y el estupor que habían causado la fuga de
Dorfier.
Psicológicamente, el terreno era propicio para el juicio apresurado, para
la aceptación simplista de la monstruosa noticia.
"POR LO VISTO SU SANTIDAD NO SIEMPRE Tuvo POR SUS AMIGOS
EXTREMISTAS LA SIMPATÍA QUE LES DEMUESTRA AHORA", decía un periódico que hasta
entonces se había caracterizado por su imparcialidad.
Entre tanto, los autores de la maquinación se felicitaban del éxito de la
idea.
Al principio, las autoridades vaticanas, experimentadas en campañas
adversas, no le concedieron mayor importancia y optaron por encerrarse en un
silencio digno. Pero fueron tales la magnitud de la reacción pública y la
resonancia en todo el mundo, que la Santa Sede tuvo que emitir un comunicado
desmintiendo categóricamente las acusaciones. Pero ya era demasiado tarde. El
mal estaba hecho. No bastaba un desmentido. Había que poner en marcha una
contrainvestigación que permitiera descubrir cuál era el origen de la calumnia y
qué intereses se movían detrás de ella. Pero eso tomaría tiempo y entre tanto el
descrédito del Papa cundía.
A Andreani la tormenta lo tomó de sorpresa.
Todavía había en él una gran dosis de ingenuidad y no comprendía que se le
calumniara en forma tan gratuita. Escudriñaba en su memoria tratando de recordar
algún incidente que pudiera haber dado pie a un posible error de persona o a una
mala interpretación de un hecho real. Había acompañado, efectivamente, a fuerzas
de la resistencia en los últimos meses de la guerra, pero lo había inspirado
únicamente un sentimiento de caridad. Lo había conmovido el fervor religioso de
esos hombres acosados, muchos de ellos heridos y que continuaban la lucha en
condiciones desesperadas. Igual habría acompañado a las derrotadas tropas de
Mussolini, si la ocasión se hubiera presentado. La idea de la política no
entraba para nada en el celo apostólico del joven sacerdote de entonces.
Desde que había llegado al solio pontificio Andreani sabía que sus ideas
renovadoras habían causado resistencia dentro y fuera del Vaticano, pero Se
negaba a admitir que esta oposición pudiera estar relacionada con un ataque tan
despiadado.
En su zozobra y soledad, en quien primero penso como confidente y consuelo,
fue, naturalmente, en Martello.
Estupefacto, se entero de que Bruno ya no estaba. Había salido
precipitadamente del Vaticano, sin dar explicaciones.
En esta hora de prueba, su mejor amigo desertaba.
5
El profesor Romani hizo las últimas recomendaciones a Giacomo Belli. Era un
hombrecillo enjuto, de pelo blanco e hirsuto, muy moreno, con un incesante
parpadeo que podía ser causado lo mismo por un nerviosismo permanente que por
una conjuntivitis crónica, pero que hacía sentirse incómodos a sus
interlocutores. Sin embargo, Giacomo ya no necesitaba recomendaciones.
Llevaba diez días de entrevistas, reportajes, interrogatorios, fotografías,
filmaciones y las demás formas de que disponen los medios de comunicación
modernos para escarbar en la vida de un hombre que se ha transformado en el
centro de una noticia sensacional. Estaba convertido en un experto.
Contestaba con absoluta seguridad y con un aplomo que maravillaba al
propio Romani, a todas las preguntas, por difíciles o capciosas que fueran. Cada
día agregaba nuevos detalles a su relato, sin contradecirse jamás. Sus
penalidades de partisano, viviendo a salto de mata en las montañas, con los
alemanes siempre pisándole los talones. La captura del capitán y del mayor de la
SS. Su chispazo de intuición al conservarles la vida en lugar de hacerlos matar
en el acto, como era la costumbre entre los guerrilleros. La alegría con que
habían acogido la incorporación del padre Andreani al grupo y, después, la
indignación al conocer la inminente ejecución de los rehenes. Las esperanzas que
habían puesto en la proposición del canje de los prisioneros alemanes por los
italianos condenados. La ansiedad con que esperaban el regreso del sacerdote
encargado de la gestión. La rabia con que escucharon dar cuenta al padre
Andreani del fracaso de su misión.
El hombre tenía un talento natural de actor: Relataba todo con tal
convicción y sentimiento, que Romani, asombrado, tenía por momentos, la
sensación de que Belli había llegado a creer sinceramente en la veracidad de lo
que decía. Romani se felicitaba de su hallazgo. Era un típico ejemplo de
personalidad histérica. Prácticamente, un caso clínico. Pero para el papel que
se le había asignado, esto resultaba una ventaja inapreciable.
Hacía tiempo que el profesor Romani acariciaba la idea de complicar a
Andreani en algún incidente turbio con los grupos más radicales de la
resistencia, aprovechando los caóticos días del final de la guerra. Se sabía que
el sacerdote había acompañado, en carácter de capellán, a uno de esos grupos. La
idea primitiva de Romani era demostrar que el hoy Papa, manifestaba ya desde
entonces sus inclinaciones procomunistas. Que había ocultado hábilmente sus
ideas políticas, esperando el momento oportuno para ponerlas en práctica y
engañar as a todo el mundo.
Logró por fin localizar al único sobreviviente de uno de los grupos en que
había servido, fugazmente, Andreani. Era Giacomo Belli. Cuando Romani conoció su
personalidad neurótica, comprendió inmediatamente el partido que se poda sacar
de él.
Los hechos reales y comprobables eran pocos. Belli había servido,
efectivamente, en la resistencia y había conocido al padre Andreani. Sus hombres
habían apresado a dos oficiales de la SS. Y Belli haba intentado varias veces
canjearlo por prisioneros italianos. Eso era todo y la única parte de verdad del
relato.
La mente ágil y flexible del profesor, decidió entonces dar un vuelco total
a su idea original. Aunque resultara paradójico, acusaría a Andreani de
anticomunista, de pronazi; por lo menos en esa época. Los comunistas se han
encargado de que este tipo de acusaciones encuentren siempre crédito. Fascismo,
imperialismo, anticomunismo, a pesar de lo gastadas, son palabras que siempre
encuentran resonancia. Recordó el caso Dorfier y comprobó que las fechas podían
coincidir. De los antiguos compañeros de Belli no quedaba nadie que pudiera
contradecirle. Todo dependía pues de la habilidad con que el ex guerrillero
pudiera representar su papel y del talento de Romani para seleccionarlo y
completar la historia. Estimulado por una generosa suma de dinero, Belli no solo
estuvo dispuesto a cooperar, sino que resultó un verdadero genio en el desempeño
de su parte.
El ala italiana de la ofensiva, como habría dicho Bontempelli estaba en
marcha. Faltaba el ala alemana. Era el eje Roma-Berln reconstituido. Pero la
parte alemana fue la más fácil, por lo menos para el profesor Romani. Bastó
recurrir a ciertos contactos internacionales, secretos y clandestinos, siempre
dispuestos a ayudar a correligionarios en apuros, en cualquier paso que fuera.
Facilitó las cosas el deseo de ciertos personajes alemanes, estratégicamente
colocados, de suavizar el clima de hostilidad que había creado el caso Dorfier
en Italia.
Como en otras ocasiones, sus eficientes contactos alemanes, no defraudaron
a Romani. A la semana tuvo todo lo que necesitaba en su poder. El nombre del
difunto teniente ayudante de Dorfier y las supuestas cartas con los detalles
precisos del intento de canje de los dos oficiales germanos y de la pretendida
intervención del padre Andreani.
Era la novena rueda de prensa a la que tenía que someterse Giacomo Belli.
Estas entrevistas colectivas eran las que más temía el profesor. Cada vez que
vea a su pupilo sometido al fuego cruzado de los ases del periodismo
internacional, temblaba pensando en una contradicción grave o en algún error
fatal en que pudiera caer Belli. Desde su discreto punto de observación, Romani
recorrió con la mirada a los corresponsales nacionales y extranjeros que
llenaban la sala. Vio con alivio que Oriana Fallacci no estaba entre ellos en
esos momentos, Belli relataba en voz baja, como si el recuerdo le produjera
ciertos remordimientos, el momento en que comunicó a los dos prisioneros
alemanes que tenía en su poder, que Dorfier había rechazado la oferta de canje y
que, por lo consiguiente, debían prepararse para morir. Su incesante y nervioso
parpadear daba más sinceridad a su relato. Contaba su última conversación con
los alemanes.
-En realidad, eran dos pobres tipos, igual que todos nosotros, obligados a
ir a la guerra, sin el menor deseo de matar o de morir. Me fue muy duro tener
que ordenar su ejecución, ¿pero, qué podía hacer? Me despedí de ellos como si
fueran camaradas.
-¿Also Sie sprechen deutsch? Dijo bruscamente, el corresponsal del Spiegel.
A Romani le dio un vuelco el corazón. Lo que tanto haba temido. Maldijo el
exceso de imaginación de Belli que lo hacía agregar siempre nuevos detalles.
Hubo un momento de titubeo en Belli.
-Ein Bisschen. Aber frher sprach ich deutsch ganz gut.
¡Romani sintió deseos de besarlo, Belli hasta sabía hablar alemán! El
corresponsal, visiblemente impresionado, no insistió.
Tranquilizado, y deseoso de no hacer demasiado evidente su presencia, el
profesor se retiro de la conferencia. No dejaba a Belli desamparado del todo.
Siempre haba dos hombres, discretamente confundidos entre los periodistas,
listos para hacer frente a una posible agresión, pues algunas veces, devotos
espontáneos defensores del Papa, habían insultado a su detractor y hasta habían
intentado atacarlo.
La rueda de prensa seguía sin mayores incidentes, cuando Belli se
interrumpió bruscamente en medio de una frase, haciendo un gran esfuerzo desvió
la mirada. Intentó seguir hablando, pero había perdido la hilación del relato.
Su seguridad, su lucidez, su euforia verbal parecieron disolverse ante los ojos
asombrados de los corresponsales.
Hasta el parpadeo que daba una extraña vivacidad a su mirada había
desaparecido. Parecía un animal embalsamado.
Un lamentable hombrecillo asustado, que tartamudeaba sin poder apartar la
vista, fija en el fondo de la sala, como hipnotizado.
Todos se volvieron curiosos. En la puerta haba aparecido un hombre alto,
vestido de negro, extremadamente pálido, de clásico perfil florentino. Nadie lo
conocía. Después de unos momentos, al ver todas las miradas fijas en él, se
retiro tan silenciosamente como había entrado. Los periodistas intentaron
continuar la entrevista, pero a Belli le fue imposible volver a decir una
palabra. Fue necesario que sus guardaespaldas improvisaran una débil excusa y lo
sacaran de la sala.
-¿Quién es ese hombre? ¿Dónde lo conociste? Preguntaba, furioso, el
profesor Romani.
-No sé, Eccellenza. No lo había visto nunca.
-¿Entonces, por qué te comportaste así? ¿Qué te paso?
-No sé, Eccellenza. No sé. De pronto se me nubló todo dentro de la cabeza y
ya no pude seguir hablando.
Fue imposible sacarle otra explicación. Los guardaespaldas tampoco habían
visto antes al hombre.
El profesor Romani dio órdenes estrictas de que nunca más se le permitiera
al desconocido la entrada en otra entrevista o aparición pública de Belli. Pero
la precaución fue inútil. Belli no fue capaz de sostener ya más entrevistas.
Cayó en un mutismo obstinado y una apatía que el profesor calificó de
catatónica.
Romani la atribuyó a una manifestación típica de su personalidad
histérica. La presión de los acontecimientos había sido demasiado para el ex
partisano. Felizmente, pensó el profesor, ya había cumplido su papel. Belli fue
internado en una clínica y los complotados creyeron que ya no sería necesario
ocuparse de él.
A estas alturas, el escándalo en torno a la figura del Papa había
alcanzado tales proporciones que parecía que nada podía ya sofocarlo.
Desgraciadamente para los autores de la maniobra, Belli consiguió un día burlar
la vigilancia de la clínica y desapareció. Días después lo encontraron muerto,
junto a una nota de su puño y letra en la que pedía perdón al Papa y confesaba
que todas sus declaraciones eran solamente un gigantesco engaño.

6
-Digamos la verdad, profesor. La campaña no solo ha sido un fracaso, sino que el
resultado ha sido contraproducente –dijo Barletta-. El Papa ha salido
fortalecido. Sus partidarios en todo el mundo deben sentirse triunfantes, al
darse cuenta de lo que nos proponíamos. Los extremistas van a empujar cada vez
más a Juan Clemente I por el camino de las reformas.
-No han mencionado ustedes todavía otro revés grave que hemos sufrido. Toda
esta maniobra ha servido para que Bruno Martello afiance aún más su posición de
influencia en el Vaticano -dijo Cassorla.
-¿Qué tiene que ver ese Martello en toda esta maniobra? -preguntó el
industrial.
-Qué fue el deus ex machina de nuestro fracaso.
Cassorla tomo un periódico y lo agitó ante los ojos de Barletta.
-¿Quién cree usted que fue ese misterioso personaje que interrumpió la
última rueda de prensa de Belli?, Martello.
-¿Cómo lo sabe?
-Porque aquí está -dijo Cassorla, señalando una de las fotos del diario-.
Miren bien la foto.
-¿Cuál es? -dijo el diputado-. Yo no lo conozco.
-Ni yo dijo el industrial.
-Pero yo sí. Y para mayor seguridad, hice ampliar la fotografía.
-¿Pero cómo se las arreglo para echar abajo una combinación tan bien
urdida? -preguntó Santini.
-Hemos establecido que paso unas semanas revisando los registros
parroquiales, informándose con gente de la región y pidiendo antecedentes de
Belli.
-¿Bueno y qué? -dijo el general-. Eso mismo deben de haber hecho varios
hombres del Vaticano. ¿O esperaban ustedes que el Papa se quedara con los brazos
cruzados? Yo suponía, profesor, que usted se había preocupado que no hubiera
nada sospechoso y de que todos los antecedentes del caso se pudieran mostrar
abiertamente, a la luz del día.
-Y así estaba todo, irreprochable. La prueba está en que nadie pudo
desmentir ninguno de los datos que aportamos. Fue necesario que el propio Belli
se traicionara dijo el profesor.
-Entonces, ¿cómo logró ese Martello perturbar hasta tal punto a Belli? -
preguntó Santini.
-Es, lo que yo quisiera saber también, mi querido diputado contestó el
profesor.
Mario Cassorla, sonrió, burlón.
-Recuerden lo que dijo el padre Solari aquí mismo un día.
Martello es el Rasputín del Vaticano. Como ustedes saben, Rasputín tenía
poderes misteriosos.
-Usted lo dice en broma, pero yo estoy comenzando a creer que es cierto -
contestó Romani.
-Yo no lo digo en broma -dijo el periodista, pero seguía sonriendo-.
Durante una semana Belli, que fue un verdadero hallazgo del profesor, da
entrevistas, aparece en la televisión, sostiene ruedas de prensa y, siempre, con
una seguridad y una destreza pasmosas. Pero bastan unos minutos, durante los
cuales Martello lo miro fijamente, sin decir nada, para que este mismo hombre se
transforme, en un idiota balbuceante que se suicida una semana después. ¿No
recuerdan lo que le paso a Korchnoi durante el último campeonato mundial de
ajedrez? Por lo visto los curas no solo se están inclinando hacia el comunismo,
sino que se están dedicando también a la parapsicología. Pronto los veremos
monopolizando el estudio de los ovnis.
-¡Basta! -gritó indignado el general-. El problema es serio.
Yo les pregunto a ustedes: ¿Qué se hace ahora?
-Si ese Martello es tan peligroso como ustedes dicen y si es él quien está
inspirando las medidas desquiciantes del Papa, ¿por qué no proceder contra él?
¿No hay nada que se pueda hacer para detener a ese cura nefasto? -preguntó
Barletta.
-Yo ya me he ocupado de eso -dijo el periodista, satisfecho sacando unos
papeles. Dudo mucho de que el Papa esté enterado de algunos antecedentes
interesantes de su hombre de confianza. Por ejemplo, hace tres años fue detenido
por la policía de Rawalpindi, bajo sospecha de posesión de drogas. Si esto se
publicara...
-¡No! Otra campaña de desprestigio, no -interrumpió bruscamente
Bontempelli.
-Tiene usted razón, general -apoyó Barletta-. Yo soy partidario de echar
mano de medidas extremas. Hay que eliminar a ese Martello.
En ese momento son el teléfono.
-Debe ser para mí. Estoy esperando una llamada de mi periódico -y se
dirigió al aparato. A los pocos momentos regresó junto al grupo con esa
expresión de siniestra alegría por el mal ajeno que el general, gran admirador
del idioma alemán llamaba con esa palabra que no tiene equivalente en ningún
otro idioma: "Schadenfreude".
-Novedades en la huelga de los metalmecánicos.
-¿Terminó? -preguntó, vivamente interesado, Barletta-. Estamos a punto de
ganarla.
-Los huelguistas acaban de recibir un apoyo inesperado -los miro, irónico
uno por uno-. ¿No adivinan de quién?
-¡Imposible! No puedo creerlo -exclamó el profesor.
-Pues créalo usted. Esta noche aparecerá en todos los periódicos el apoyo
oficial de Su Santidad a la huelga de los metalmecánicos. Len XIII, Pío XI, la
Rerum Novarum y todas las demás encíclicas,... Esperen a que Juan Clemente emita
la primera encíclica suya. El "Manifiesto comunista" va a palidecer.
Se produjo un largo silencio que rompió por fin el general.
-¿Alguien habló de eliminar al brazo derecho del Papa? No sería suficiente.
Debemos ir más lejos. ¿Por qué cortar una rama si podemos derribar el tronco?
-¿A quién se refiere? -preguntó, tembloroso el diputado.
-Lo saben ustedes perfectamente -dijo el general con tono frío-. Me refiero
a Luigi Andreani, en mala hora, Papa Juan Clemente I.

7
El Papa examinaba con estupor creciente, uno a uno, los documentos del dossier.
Era un informe asombrosamente completo, exacto y detallado de todos los
antecedentes, etapas, personajes y datos que habían contribuido a crear el mayor
escándalo periodístico de los últimos tiempos. Cada acusación, cada testimonio,
cada documento, aparecían cuidadosamente analizados y rebatidos. La monumental
investigación terminaba con un estudio psicológico penetrante de las
características mentales de Giacomo Belli, el principal actor de la siniestra
farsa.
El informe parecía a la vez, obra de un historiador, de un sociólogo, de un
psiquiatra y de un detective. Y todo, realizado en el breve plazo de una semana.
-¿Quién es el autor de esto? -preguntó, conmovido, el Papa al funcionario
que le había traído el dossier. Pero antes de que este le contestara, adivinó el
nombre que iba a oír.
-El padre Bruno Martello, Santidad.
-¡Bruno! -ahora comprendía el porqué de su ausencia durante esos siete
días. ¿Pero por qué no había hablado? ¿Por qué no había explicado?
Cuando había vuelto a verlo, después de su ausencia de una semana, Martello
se había disculpado con evasivas y desde entonces, parecía esquivarlo. El
Pontífice se preguntaba, dolorido, la razón. Ahora comprendía. Modestia,
abnegación, timidez. Desde su regreso a Roma, Bruno veía en él solo al
Pontífice, olvidando que para él era el mismo Andreani de siempre.
Una oleada de gratitud y afecto lo inundó. Y pidió la presencia inmediata
de Martello. Pero antes de que el funcionario saliera, cambió de idea y anuló la
orden. Ira él mismo a la habitación de Martello. Era quizás un rasgo desusado en
un Papa.
Pero lo único que le importaba en este momento era comunicarle su alegría
y su agradecimiento.
El Papa tocó por dos veces a la puerta de Martello. Al no obtener
respuesta, la entreabrió. Martello estaba sentado en el suelo, inmóvil con las
piernas cruzadas y los ojos cerrados.
Admirado, Andreani se acercó y lo observó un momento.
Martello parecía sumido en un profundo trance. Sin embargo, aunque el Papa
Se había cuidado de no hacer el menor ruido para no perturbarlo, Bruno tuvo un
brusco estremecimiento y abrió los ojos.
-Perdona, hijo -dijo el Papa-, si he interrumpido tu meditación. Pero acabo
de enterarme de lo que has hecho y siento la necesidad de venir a decirte mi
agradecimiento -el cuarto estaba en penumbra. Fue por eso que Andreani no
advirtió la expresión de los ojos de Martello. Volvía de un largo viaje por ese
océano interior que, según los místicos orientales todos llevamos en nosotros,
pero que solo los iniciados pueden explorar.
La presencia del Papa le hizo regresar a la realidad externa, pero traía en
los ojos y en el cerebro una visión terrible. Era la misma que lo había
atormentado aquel día en la montaña.
Pero lo que aquella vez fue una imagen confusa, incompleta, aparecía ahora
con horrible claridad y con todo su significado.
Aquella vez haba visto solo a la víctima: Andreani. Ahora había visto
también a su victimario: él mismo.
Le pareció que la voz del Pontífice le llegaba desde muy lejos,
expresándole su agradecimiento y su afecto, mientras él, en su mente, vea la
misión inevitable. Era él, el que tenía que salvar a la Iglesia. Por fin
comprenda. Por fin se precisaba el vago presentimiento que lo había acompañado
durante toda su vida.
Ese era el papel que su destino le había asignado dentro del grandioso
plan que lo obsesionaba. Salvar a la Iglesia de su destructor. Era el sacrificio
supremo que su gran misión le exigía. Y él lo aceptaba. Estaba preparado. Hacía
largos años que, sin saberlo, había estado preparándose. El momento había
llegado.
Por fin, el general Bontempelli tenia las manos libres. Eran pocos los que
se habían declarado dispuestos a seguirlo en un acto tan temerario. Pocos, pero
suficientes. Entre ellos reunían los medios y los hombres necesarios para llevar
a cabo la empresa.
Los más difíciles de convencer fueron el profesor Romani, que desconfiaba
de los métodos de fuerza y Maximiliano Kursan, quizás el más fanático de los
enemigos del Papa, pero a quien la idea de asesinar al que se considera
representante de Dios sobre la tierra, parecía atemorizar, a pesar de su odio.
El general que desconfiaba de los fanáticos, habría preferido prescindir de él,
pero su dinero era necesario para financiar el plan.
La verdad era que el general hubiera preferido prescindir de todos ellos.
Confiaba más en sus propias gentes. Su larga carrera militar lo había puesto en
contacto con hombres audaces, hábiles y dispuestos a todo. Retirados del
ejército como el, seguían unidos ahora por el vínculo ideológico y por una
fidelidad personal a toda prueba. De ellos, el hombre clave sería el ex coronel
Costa, que había sido su ayudante durante la ultima guerra, y, luego, alto
oficial dentro de los servicios de inteligencia del ejército.
Costa se encargó de reclutar a los hombres necesarios para el atentado y,
junto con el general, ideo el plan de acción, hasta en sus más mínimos detalles.
El contacto que tenían en el Vaticano se encargaba de tenerlos al tanto de
los movimientos del Papa. El Pontífice había prometido visitar un viejo
manicomio de Roma. Se conocía la fecha, la hora, y el itinerario. Era
suficiente.

8
Martello escribía, febrilmente, las últimas líneas de su obra. En ella había
volcado los pensamientos, las inquietudes, los proyectos, los sueños que había
ido acumulando en veinte años.
El manuscrito era un maremagnum de experiencias adquiridas, de
disquisiciones religiosas, filosóficas y políticas. De teorías, brillantes unas,
confusas otras. Saltaba, bruscamente, del relato de un viaje a diálogos
imaginarios con grandes personajes del momento o del pasado. Había oraciones,
versos.
Hasta inconscientes blasfemias. En él figuraban lo mismo un premio Nobel
de física en París, que un mendigo leproso en la India. Podía ser la obra de un
genio o de un loco. ¡Pero, qué estilo! ¡Qué imágenes audaces! ¡Qué chispazos
prodigiosos de intuición!
Era un caos. Pero un caos magnífico. En la abigarrada sucesión de
personajes había uno que, gradualmente, iba adquiriendo importancia, hasta
ocuparlo casi por completo: Luigi Andreani.
Mencionado primero como el profesor Andreani, casi al pasar y convertido al
final en el Papa como leit-motiv de la obra. En Andreani convergían todos sus
proyectos y esperanzas, primero, y su decepción, su frustración, su angustia de
los últimos días, después. Acababa de transcribir la última conversación
sostenida con él, solo minutos antes en la biblioteca, cuando por fin había
accedido a darle a leer el manuscrito. Sin embargo, el manuscrito no estaba aún
terminado. Faltaban todavía unas últimas líneas y faltaban porque estas líneas
pertenecían al futuro, al futuro inmediato. También en ellas, el protagonista
sería Andreani. Para ello le bastara transcribir su última visión.
El Papa mismo, con su muerte, pondría la palabra fin.
Recorrió, lentamente, el corredor que conducía a los aposentos del Papa,
llevando el manuscrito terminado. Se detuvo a unos metros de la puerta. Supo aun
antes de verlo aparecer, que ahora se haría presente el instrumento inconsciente
del sacrificio y esperó. A los pocos momentos, desembocó en el corredor la
figura encorvada del hermano Ettore que arrastraba sus piernas artríticas. Traía
una bandeja con un vaso de agua y las habituales medicinas que tomaba el Papa
cada noche.
El ciclo estaba a punto de cerrarse. Todo entraba en el ordenamiento
inexorable de las cosas.
"Al iniciado se le abren los ojos del espíritu y ve. Al no iniciado se le
paraliza el corazón y muere", le haba dicho el sabio. Eran los hongos que solo
crecen en Katmandú.
-Tengo que ver a Su Santidad ahora, deme usted esas medicinas. Yo se las
llevaré.
El anciano lo miró, malhumorado, pero obedeció y se alejo, refunfuñando.
Suavemente, pero con decisión, Martello tocó a la puerta.
El Papa estaba de buen humor.
-Una buena noticia -dijo contento- acabo de recibir respuesta del cardenal
Rotzinger, de Alemania. Le escribí una carta privada, exponiéndole varias de las
ideas y proyectos que tú ya conoces. Me comunica su apoyo incondicional. Aún
más. Cree que podré convencer a gran parte del clero alemán y holandés –se
interrumpió al ver el grueso manuscrito en manos de Martello.
-Con que traes por fin tu pera magna.
Hizo ademán de hojearla. Pero Martello lo detuvo.
-No, Santo Padre. Prefiero que la lea a solas.
El Papa sonrió.
-¿Crees que seré capaz de entenderla yo solo? Recuerdo lo que me costó
seguirte aquella vez en París, cuando disertabas sobre Teilhard de Chardin.
Se interrumpió al notar, sorprendido, que Martello tenía los ojos llenos de
lágrimas.
-¿Qué tienes, hijo mío? -le preguntó, preocupado.
Pero en vez de responder, Martello le tomo la mano con un gesto brusco y la
mantuvo un momento entre las suyas apretándola con fuerza. Luego, para ocultar
su emoción, transformó el gesto en el beso ritual del anillo pontificio.
El Papa lo miró, extrañado y conmovido, pero antes de que tuviera tiempo de
hacerle más preguntas, Martello salió precipitadamente.

9
Hay que destruir, destruir sin piedad, sin compromiso, sin excepciones, todo
aquello que siglos de complacencia de errores y de debilidades instalaron en la
mente y el corazón de los hombres. Hay que examinar todo de nuevo y estar
preparados, como si nunca hubiéramos oído hablar de Jesús, como si estuviéramos
otra vez a la espera del Mesías, para esta vez comprenderlo y seguirlo sin
tardanzas, sin cobardías, sin vacilación".
El Papa leía y volvía a leer, espantado: "Hay que vivir en estado de alerta
permanente. En estado de guerra. Guerra contra el pecado, pero también contra la
entrega, la debilidad y la falsa caridad. Dios nunca nos ordenó que fuéramos
débiles. Dios jamás hizo caer la espada de la mano de sus elegidos. Al
contrario. Armo la voluntad y la honda de David y la espada de los Macabeos. ¿Y
Jesús no venía acaso como enviado de ese mismo Dios que había inspirado tantos
actos heroicos?". Era otra vez el Señor de los Ejércitos de que habla el Viejo
Testamento. La espada vengadora de Dios en vez del evangelio de amor y caridad
que predicó Jesús.
"La evolución la puso en marcha Dios y nos fijo también la meta. Pero la
oscureció con la niebla de la felicidad, la piedad, la cobardía y la
voluptuosidad. Así solo sus elegidos podrían conocerla porque la meta última es
una nueva raza de hombres, más cercanos a Dios porque se parecerán más a él".
Era Teilhrd de Chardin injertado en Nietzsche. El propio Nietzsche, el
enemigo máximo de la fe cristiana, aparecía luego invocado como si fuera San
Agustín o Santo Tomás.
"¡Ay de nosotros! Está llegando el día en que el hombre ya no se atreverá a
lanzar el dardo de sus aspiraciones más allá del hombre". Y Martello agregaba:
¡Cómo te comprendo, Nietzsche! Hay que sujetar al corazón, porque si se lo deja
suelto arrastra consigo al intelecto. Cuidado con la compasión, porque de ella
nace una espesa niebla que ciega a los hombres. El conocimiento de Dios es la
fuente de todas las alegrías, pero si dejas que beba en ella la chusma, el agua
se envenena. Odio la sed de los impuros. Hay que ser fuertes. Solo el poder da
la verdadera pureza. La chusma es feliz con sus sueños impuros que llama
felicidad. La única felicidad digna del hombre es el conocimiento de Dios".
Nietzsche redivivo, interpretado a la luz de un terrible cristianismo que
era tal solo en el hombre. ¿Y esto escribía un hombre educado en la filosofa
escolástica? El Papa no podía creer. Estos no eran pensamientos de un sacerdote,
ni siquiera de un cristiano. Martello proponía imponer la doctrina del amor y de
la caridad a sangre y fuego.
"La Iglesia debe llevar la imaginación a sus puestos de comando. Hay que
inventar nuevos métodos para el apostolado y nuevos hombres. Hay demasiados
sacerdotes. Por eso han surgido entre ellos tantos desviados y equivocados. Es
el número, la democracia, el socialismo, que han invadido también a la Iglesia.
Se necesitan pocos, pero superiores. No hay que tratar de reclutar el número,
sino la calidad. Los apóstoles solo eran doce y conquistaron el mundo. Cuando
fuimos muchos los volvimos a perder. Se necesita un ejército de escogidos, de
tropas de choque, audaces, ágiles, eficaces, que lo den todo por la causa.
Se necesita centuplicar la potencia de fuego de la Iglesia, en lugar del número
de sus soldados. La fe y el fervor de sus apóstoles suplirán el número de los
sacerdotes que pierde".
¿Y pretendería Martello encontrar seguidores de esta concepción aberrante y
siniestra del cristianismo? Pero, más adelante, Martello contestaba esta
objeción. No le importaba ser "la voz que clama en el desierto" porque llegara
su hora. Dios lo había elegido como su brazo ejecutor para altos designios.
"¿No es así que mis palabras son el fuego -dice el Señor-y como el martillo
que quebranta las penas?".
El será ese martillo. Por algo su nombre era Martello.
Martello, el martillo de Dios.
Y luego sus experiencias personales. La interpretación que daba a los
momentos culminantes de su vida. Los terribles momentos de su enfermedad en
Verona, el verse al borde de la muerte y la forma inexplicable en que se había
salvado, todo contribuía a afirmar más en él la convicción de que su vida tenía
un sentido mesiánico. Escribía con tenebrosa elocuencia y belleza siniestra de
imágenes, lo que había sido su pensamiento en esos días.
Andreani se preguntó si no estaría justamente en la enfermedad la
explicación. Si no estaría ante la obra de un loco.
Quizás el tumor cerebral había afectado para siempre su razón.
El Papa hizo un alto en la lectura y revivió aquellos momentos patéticos. Volvió
a ver a Bruno con el rostro distorsionado por el dolor, pero negándose a aceptar
el alivio de la analgesia para no perder ni un momento de lucidez. ¿Y esta era
la lucidez que quería conservar? ¿Para esto le había servido? ¿Para escribir
este libro monstruoso? Recordaba, después, sus ojos atormentados por el
sufrimiento, pero en los que nunca había dejado de reconocer el afecto y la
gratitud. ¿Había entonces dos Martellos? Uno, el Martello que había conocido
hasta entonces, ¿otro el que estaba conociendo esta noche? Uno amaba, el otro
odiaba. ¿Lo odiaría a él también? El llenaba todo el episodio de Verona. Lo
releyó, tenso. A pesar de su angustia no pudo evitar una sensación de alivio. El
estilo de Martello se suavizaba inesperadamente. Se hacía casi lírico al hablar
de su sentimiento filial por el cardenal.
Continuó la lectura. Martello hablaba ahora de su viaje al Oriente.
"Los sueños y las visiones me han enseñado más que todos los padres de la
Iglesia. En nuestro mundo interior Dios se nos manifiesta directamente, sin la
mediación de las palabras, que son siempre insuficientes y engañosas. Yo he
visto la cara de Dios durante un momento en el Tíbet. Miro y vi. Mis ojos,
libres de velos y obstáculos, iban penetrando más en la inmensidad. Tuve que
apartarlo, porque comprendía que la visión me iba llevando hasta la Gran
Presencia y temía. Pero cuando estuve preparado, ya no temí. Y pude ver".
Las visiones ocupaban páginas y páginas. Ellas le habían permitido
comprender la misión que le estaba encomendada. Se trataba de un sacrificio. De
un sacrificio doloroso, terrible y sublime, porque el sacrificio sería el hombre
que Martello más amaba. Su tarea sería doblemente cruel porque su acto no
tendría siquiera la grandeza de la inmolación pública a la faz del mundo.
No podía arrastrar consigo a la majestad de la Iglesia. Ya había salvado
del desprestigio a su figura máxima, porque la Iglesia seguía siendo para él un
símbolo sagrado. Por eso ahora tenía que actuar solo y asestar el golpe en la
sombra. Y recurrir al medio más vil de todos: El veneno: "Al iniciado se le
abren los ojos del espíritu y Ve; al no iniciado, se le paraliza el corazón y
muere". Parecería un ataque al corazón. Nadie podría decir que era un sacerdote
el que había asesinado al Sumo Pontífice.
Por fin, Andreani comprendió. Bruscamente recordó el sabor no habitual en
su medicina de todas las noches. Recordó que fue el propio Martello el que se la
había traído. Recordó su actitud misteriosa y su mirada extraviada al salir
violentamente del aposento. ¡Su asesino el ser humano a quien más quería en el
mundo! Su asesino, el hombre que había jurado no ver más, en un juramento
solemne que no cumplió. Pero ya era tarde para estas consideraciones. Ya era
tarde para el arrepentimiento. Ya era tarde para todo. Una sensación extraña de
frío y pesadez empezaba a invadirle las piernas. Sintió terror. Terror por su
propia vida. Terror al pensar que un loco asesino estaba libre dentro del
Vaticano. Se incorporó en el lecho. Intentó levantarse para correr hacia la
puerta, pero no alcanzó. Se desplomó en el lecho, mientras su mano se abría y
dejaba caer el manuscrito.
EPILOGO

Martello trabaja en la biblioteca del Vaticano, rodeado de antiguos manuscritos.


Podría creerse que lo absorben por completo. Es lo que piensan quizás los
estudiosos que a esa hora concurren a la sala de lectura. Pero todos están
demasiado ocupados para observar a Martello.
Abajo, en los jardines del Belvedere se pasea el Papa al cubierto de las
miradas de los curiosos. Es un Papa nuevo. Por primera vez, en casi cuatro
siglos, se ha elegido un Papa no italiano. No se sabe qué política va a seguir.
Hasta aquí todo son especulaciones. Por lo pronto: Donec provideatur. El Papa ha
anunciado que, provisoriamente todo el personal del Vaticano seguirá en sus
puestos. También Martello.
Pero nunca se sabe los cambios que puede experimentar el modo de pensar del
hombre que llega al trono Pontificio. Máxime, tratándose de un extranjero. Lo
más probable es que el nuevo Papa vuelva al camino de la prudencia y la
moderación que ha caracterizado siempre al Vaticano. Aunque también es posible
que, contra la mayoría de los pronósticos, se lance por el peligroso camino de
las reformas equivocadas. Todo es posible. Pero Martello vigila.

El 28 de octubre de 1979 se terminó de imprimir


esta obra en los talleres de
Edivisión, Compañía editorial, S. A.
Roberto Gayol 1219, México 12, D. F.
La edición consta de 20,000 ejemplares