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L A S C É L U L A S D E L A M E N T E

Autor: RICARDO TAPIA


COMITÉ DE SELECCIÓN
EDICIONES
PRESENTACIÓN
PREFACIO
I. ¿EN DÓNDE ESTÁS?
II. ¿CÓMO DICES?
III. LAS CÉLULAS DE LA MENTE
IV. ¿QUÉ LENGUAJE HABLAS?
V. ¿QUIÉN ERES?
VI. ¿ADÓNDE VAS?
CONTRAPORTADA

C O M I T É D E S E L E C C I Ó N

Dr. Antonio Alonso

Dr. Juan Ramón de la Fuente

Dr. Jorge Flores

Dr. Leopoldo García-Colín

Dr. Tomás Garza

Dr. Gonzalo Halffter

Dr. Guillermo Haro †

Dr. Jaime Martuscelli

Dr. Héctor Nava Jaimes

Dr. Manuel Peimbert

Dr. Juan José Rivaud

Dr. Emilio Rosenblueth †

Dr. José Sarukhán


Dr. Guillermo Soberón

Coordinadora Fundadora:

Física Alejandra Jaidar †

Coordinadora:

María del Carmen Farías

E D I C I O N E S

Primera edición, 1987

Quinta reimpresión, 1996

La Ciencia desde México es proyecto y propiedad del Fondo de Cultura Económica, al que
pertenecen también sus derechos. Se publica con los auspicios de la Subsecretaría de
Educación Superior e Investigación Científica de la SEP y del Consejo Nacional de Ciencia
y Tecnología.

D.R. © 1987, FONDO DE CULTURA ECONÓMICA, S. A. DE C. V.

D. R. © 1995, FONDO DE CULTURA ECONÓMICA

Carretera Picacho-Ajusco 227; 14200 México, D.F.

ISBN 968-16- 2545-5

Impreso en México

P R E S E N T A C I Ó N

Las funciones del cerebro han apasionado e intrigado a los seres humanos durante siglos.
Ya los filósofos griegos se preocupaban del origen de nuestra capacidad para razonar.
Transcurridos muchos siglos, hemos sido capaces únicamente de aprender las cuestiones
más generales sobre el funcionamiento celular. Desde un punto de vista global, las células
del sistema nervioso en esencia no parecen ser diferentes de otras; están compuestas por
los mismos tipos de moléculas y funcionan utilizando los mismos mecanismos generales
que las demás. Sin embargo, se distinguen por la gran capacidad que tienen de
comunicarse entre ellas y con las células de otros tejidos. Así como la mayor parte de las
funciones de una célula muscular están relacionadas con su actividad como un elemento
contráctil, la estructura y el funcionamiento de una neurona están íntimamente ligados a
su capacidad de comunicarse con otras. Por otro lado, esta capacidad funcional de las
neuronas depende esencialmente de la producción y transmisión de estímulos inhibidores
y excitadores, y de que una neurona se comunique con un número enorme de
congéneres, dando lugar a redes con una cierta semejanza a la de nuestras
computadoras, pero con una complejidad extraordinariamente mayor.
Conocemos algunos de los principios que rigen la integración de órdenes para realizar
movimientos y para modularlos. Hemos logrado conocer también los principios generales
del funcionamiento de nuestros órganos de los sentidos y de la percepción de la luz, el
sonido, el calor, etc., y los hemos localizado en algunas áreas del sistema nervioso.
Sabemos también del papel de éste como regulador en el funcionamiento de algunos
órganos tan importantes como el corazón. Hemos identificado agrupaciones especializadas
de neuronas en diversas regiones del sistema nervioso, y conocemos algunas de sus
acciones. Hay conocimientos que empiezan a dar resultados en cuanto a establecer los
mecanismos de ciertas enfermedades neurológicas, y no sólo esto, sino también a aportar
posibles tratamientos eficaces. Desde la época de los griegos, hemos avanzado mucho
ciertamente, pero no cabe duda de que lo que nos falta saber para entender los detalles
del funcionamiento de los núcleos y circuitos cerebrales excede considerablemente lo que
ya conocemos.

Todavía más difícil será llegar a integrar estos conocimientos y explicar en todos sus
aspectos, por ejemplo, nuestra capacidad de caminar simplemente, no digamos ya la de
ejecutar una pieza musical en un piano o una guitarra. Todo esto, además del gran
número de preguntas abiertas sobre las funciones cerebrales más complejas como, en
palabras del autor de este libro: "Imaginar, diseñar, confiar, recelar, desear, crear,
juzgar, soñar, despreciar, odiar, rechazar, amar, decidir, escoger, apreciar, valorar,
evaluar y, quizá lo más sorprendente, saber que se está haciendo lo anterior, es decir, ser
consciente de ello..."

Todas estas preguntas se plantean en este libro en forma extremadamente interesante y


amena, a la vez que sencilla, atractiva y brillante. Su autor, Ricardo Tapia, ha dedicado su
vida al estudio del funcionamiento del sistema nervioso y, sin duda, logra su objetivo de
adentrar al lector en los problemas que ofrece el conocimiento de las funciones de las
células de la mente. El libro pone al alcance de todos, sin necesidad de conocimientos
básicos profundos, la posibilidad de asomarse a este mundo extraordinario del
funcionamiento del cerebro.

ANTONIO PEÑA

P R E F A C I O

Desde hace algunos años había pensado en la posibilidad de escribir un libro sencillo y
carente en lo posible de tecnicismos, que recogiera la información más general y al mismo
tiempo más provocativa sobre el funcionamiento de las células de nuestro cerebro y sobre
los retos y problemas que plantea el hecho de que el cerebro del hombre sea capaz de
investigarse a sí mismo. Mi idea era, sin embargo, no sólo dar esta información, sino
también implantarla en el contexto de las situaciones, las preguntas y las inquietudes que
en ocasiones se presentan en prácticamente todos los que poseemos dentro del cráneo un
cerebro humano.

La invitación del Fondo de Cultura Económica a participar como autor en la colección La


Ciencia desde México me ofreció la oportunidad de cristalizar la idea de escribir tal libro,
que es el que el lector tiene en sus manos. Lo he organizado en seis capítulos y he
tratado de que cada uno de ellos se enlace con el siguiente y con los precedentes.
De un modo muy general, el capítulo I describe para qué sirve el sistema nervioso en
términos de nuestras relaciones con el mundo que nos rodea, tanto en lo que se refiere a
nuestras percepciones como al modo como podemos actuar sobre él para manifestar
nuestras reacciones. Este capítulo también describe la participación de sistema nervioso
en el control de nuestro propio medio interno y de las funciones de nuestros órganos, y
deja establecido el concepto de que el cerebro es un órgano especializado en la
comunicación. De aquí que en el capítulo II se haga una revisión de los distintos tipos de
comunicación a muy diferentes niveles de organización, haciendo énfasis en la existencia
de la comunicación específica entre moléculas gigantes, las cuales tienen afinidad mutua
sólo con ciertas moléculas. Este capítulo culmina con el funcionamiento de las moléculas
como mensajeros de información entre distintas células y entre distintos órganos del
cuerpo.

El capítulo III está dedicado a conocer cómo son las células nerviosas, qué forma y
tamaño tienen, y cómo se estructuran en capas y circuitos, constituyendo lo que llamo la
arquitectura celular del cerebro. Por esta razón el título del capítulo es el mismo que el del
libro. En el capítulo IV se trata de relacionar e integrar la información revisada en los dos
capítulos precedentes, de modo que sea posible entender por qué la existencia de los
mecanismos de comunicación mediante moléculas es determinante de la función de las
células nerviosas y de cómo éstas interactúan con las demás. Así, este capítulo describe
cuál es la información que las neuronas manejan, es decir, qué lenguaje hablan (de ahí el
título del capítulo), y analiza la arquitectura de los sitios celulares en los que ocurre la
comunicación interneuronal. Se analizan, también, algunas de las más interesantes
consecuencias de que la comunicación interneuronal sea química, entre ellas, la muy
importante actividad de ciertas células de inhibir la función de otras.

En el capítulo V se enfoca el funcionamiento global de ciertos circuitos neuronales en el


interior del cerebro que son más o menos bien conocidos, incluyendo algunos que tienen
como función central la coordinación de los movimientos musculares. En este capítulo se
revisan algunos resultados experimentales de mi laboratorio, dentro del enfoque general
mencionado. Finalmente, el último capítulo constituye un acercamiento al problema de
cómo el cerebro puede tener las tantas y tan exquisitas funciones que caracterizan la
mente, y plantea una serie de preguntas que la investigación sobre el cerebro tiende a
resolver, pero que presentan dificultades que en ocasiones parecen insuperables. En este
contexto se revisan, entre otros aspectos, los experimentos del "cerebro dividido", que
han dado lugar al concepto de que los hemisferios cerebrales llevan a cabo distintas
funciones.

Sin duda alguna, conocer el funcionamiento del cerebro constituye uno de los retos más
apasionantes para la inquisitiva mente que caracteriza al hombre. Y más aún si tenemos
presente que cuando el hombre investiga los mecanismos de la función cerebral,está
escudriñando precisamente los mismos recónditos y hasta ahora inaccesibles mecanismos
que están en marcha en el momento de realizar la investigación. Es decir, en último
análisis se trata de saber cómo el cerebro puede saber; de investigar cómo el hombre
puede investigar; de descubrir cómo la mente puede descubrir. Algo en cierto modo
parecido al famoso soneto de Lope de Vega, que se va construyendo al tiempo de irse
planteando la dificultad de construirse:

Un soneto me manda hacer Violante,


que en mi vida me he visto en tanto aprieto;
catorce versos dicen que es soneto:
burla burlando van los tres delante.
Yo pensé que no hallara consonante
y estoy a la mitad de otro cuarteto,
mas si me veo en el primer terceto,
no hay cosa en los cuartetos que me espante.
Por el primer terceto voy entrando,
y parece que entré con pie derecho,
pues fin con este verso le voy dando.
Ya estoy en el segundo, y aún sospecho
que voy los trece versos acabando;
contad si son catorce, y está hecho.

Sólo que en el caso de la investigación sobre el cerebro estamos muy, pero muy lejos, de
poder decir "está hecho".

I . ¿ E N D Ó N D E E S T Á S ?

¡Los ojos! Por los ojos el Bien y el Mal nos llegan.


La luz del alma en ellos nos da luces que ciegan.
Ojos que nada ven, almas que nada entregan.
CARLOS PELLICER

LA EXPLOSIÓN

MUCHO tiempo después de la explosión, cuando recuperó el conocimiento y trató de


organizar sus pensamientos, fue cayendo lentamente en la cuenta de su situación. Todo
estaba negro, no podía percibir ninguna imagen, ni siquiera ver la luz: estaba ciego. Se
esforzó en percibir ruidos, algún sonido que le permitiera por lo menos una aproximación
para saber en qué sitio estaba, qué lo rodeaba, quiénes lo atendían o se movían en el
cuarto en que se encontraba (pues suponía que estaba en un cuarto). Sin embargo, sólo
percibía el silencio. De vez en cuando le parecía escuchar rumores vagos, aislados o
murmullos extraordinariamente distantes, pero no podía decir si realmente esos sonidos
eran reales, producidos en el exterior, o eran el producto de su esfuerzo concentrado y su
deseo imperioso de oír algo. Tuvo que aceptar, después de un tiempo, que estaba sordo.

En ciertos momentos le parecía percibir una extraña, lejana sensación que asociaba a
recuerdos muy específicos ocurridos hacía mucho tiempo: una manzana que comía con
gran placer bajo un árbol, una cabellera sobre la que apoyaba su barba, sus ojos, su
rostro entero, un hospital que alguna vez había tenido que visitar, unas flores en una
recámara que significaba mucho para él, un bosque de pinos, una fogata junto a un
riachuelo... Concluyó que esas asociaciones se debían a la percepción de olores, que
apenas era capaz de captar. Olores mal definidos, ligerísimos, que muy de vez en cuando
le parecía —no podría asegurar que fueran verdaderos— percibir casi como en sueños.
Estos apenas identificados olores lo hacían imaginarse los platillos que más le gustaban:
sabores llenos también de recuerdos, casi escozores en la lengua, el paladar y los labios
producidos por el chile, por la pimienta, por la carne de cerdo marinada en limón,
naranja, ajo y orégano, por un pollo bañado en mole negro de Oaxaca. Y reconoció
entonces que no estaba comiendo, que desde el terrible accidente no había vuelto a sentir
en su lengua ningún sabor, ninguna de esas sensaciones que produce el cosquilleo de
ciertos manjares o vinos cuando se ponen en contacto con la lengua y se manipulan
dentro de la boca para ser deglutidos.

Al cabo de un gran esfuerzo de concentración pudo darse cuenta que estaba acostado
boca arriba. Algo sentía sobre la piel de la espalda, quizá el peso de su propio cuerpo
descansando sobre esa piel que establecía precisamente el límite de su espalda, el límite
de su cuerpo. Hasta pudo identificar una, dos pequeñas arrugas de la sábana que se
hundían levemente en la piel de su espalda y que le confirmaron que sí sentía en esa
región. Pero nada más. No le era posible sentir en ninguna otra parte del tronco, ni mucho
menos con las manos, con los dedos, con la piel de la palma de la mano.

Cuando intentó moverse, lo hizo inicialmente con las manos, pero éstas no le respondían.
Quiso apretar los dedos, después mover la mano entera sobre la muñeca, más tarde el
antebrazo completo: imposible. Lo mismo le sucedió con las piernas. No tenía la menor
posibilidad de respuesta, ni en el pie, ni en la rodilla, ni en el muslo. También trató de
mover la cabeza: logró moverla ligeramente, calculó no sin esfuerzo apenas unos
milímetros.

Quiso hablar. Se imaginó con precisión sus labios, su lengua en el interior de la boca, y la
levísima contracción en su garganta. Pero no logró emitir ningún sonido, ni aún gutural,
mucho menos articulado, imposible una palabra estructurada.

Con el paso del tiempo (tiempo dedicado con todas sus fuerzas a sentir algo, lo que fuera
pero algo, y por moverse un poco, siquiera ligeramente, sin obtener sensación o
respuesta alguna) tuvo que concluir que la explosión —que recordaba vagamente pero de
cuya ocurrencia no tenía duda alguna, pues había estado luchando por horas para escapar
de ese sitio antes que ocurriera— lo había dejado completamente mutilado. Que no tenía
brazos, ni piernas, que su cara había quedado destrozada, que su boca, nariz y lengua ya
no existían, que las quemaduras en el tronco le habían dejado insensible también la piel,
que sus oídos se habían dañado al romperse los tímpanos. Que lo habían recogido
creyéndolo muerto pero que su corazón seguía latiendo, que aún respiraba, que por
alguna razón no se había desangrado antes que los cirujanos cosieran, cerraran,
amputaran, eliminaran el tejido muerto. Era, pues, un cerebro sano, pensante, normal,
con sus funciones mentales, recuerdos, experiencias, deseos, sentimientos, imaginación,
voluntad y conciencia. Pero un cerebro aislado, que no podía recibir información ni
mensajes del mundo exterior, y que tampoco podía enviar a ese mundo exterior ninguna
idea de lo que le pasaba, no podía comunicar sus pensamientos ni sus deseos, ni expresar
sus sentimientos. Era un cerebro aislado.

LOS SENTIDOS

El hipotético caso que acabamos de relatar ejemplifica con claridad las funciones más
evidentes del sistema nervioso, aquellas que nos permiten comunicarnos con el exterior,
con el medio ambiente que nos rodea, en dos direcciones: de afuera hacia nosotros y de
nosotros hacia afuera.

Es sorprendentemente cierto —aunque nos parezca demasiado obvio— cómo dependemos


estrictamente de los sentidos, y por consiguiente de los órganos de los sentidos para
poder percibir lo que ocurre a nuestro alrededor. Lucrecio, en el siglo I antes de Cristo,
describía de esta manera las variedades de percepciones que los sentidos recogen en su
gran poema filosófico De la naturaleza de las cosas:

Si un hombre cree que no sabe nada, tampoco eso puede saber, pues confiesa que
no sabe nada. Omitiré, pues, disputar este caso con ése que de este modo puso su
cabeza en sus pies. Y sin embargo, aunque yo conceda que al menos sabe esto,
preguntaré: si antes nada vio verdadero en las cosas ¿de dónde sabe qué es el
saber y el no saber, a su turno; qué cosa creó el conocimiento de lo verdadero y lo
falso, y qué cosa probó que difiere entre lo cierto y lo dudoso? Encontrarás que de
los sentidos fue primero creada la noción de lo verdadero y no se pueden refutar los
sentidos. Pues de mayor certeza debe considerarse lo que espontáneamente puede
vencer con lo verdadero a lo falso. Y entonces, ¿qué puede juzgarse de mayor
certeza que los sentidos? ¿Podrá la razón nacida de falso sentido contradecirlos, la
que nació toda entera de los sentidos? Si éstos no son verdaderos, también la razón
se hace falsa. ¿O podrán las orejas reprender a los ojos, o el tacto a las orejas? ¿O
a este tacto argüirá el gusto de la boca, o refutarán a las narices los ojos? No es
así, opino; pues cada uno tiene su potestad aparte, cada uno su fuerza. Y por eso
debemos percibir lo que es blando y frío o caliente por una facultad distinta, por
otra percibir los diferentes colores de las cosas y así ver todo cuando esté conexo
con los colores. Tiene, aparte, fuerza el sabor de la boca; los olores nacen aparte,
aparte el sonido. Y así es necesario que los sentidos no puedan convencerse unos a
otros. Ni podrán, además, reprenderse ellos mismos, pues deberá siempre
tenérseles igual fe. Por eso, lo que a cada sentido pareció en cualquier tiempo, es
verdadero.

¿Qué sino percepciones a través de los sentidos reflejan estas sensaciones


maravillosamente descritas por Alejo Carpentier en La consagración de la primavera?:

Me detenía atónito, ante un viejo palacio colonial que me hablaba por todas sus
piedras, ante la gracia de una cristalería polícroma que me arrojaba sus colores a la
cara, ante la salerosa inventiva de una reja un tanto andaluza en cuyos
enrevesamientos descubría yo algo como los caracteres de un alfabeto desconocido,
portador de arcanos mensajes. Una repentina emoción me suspendía el resuello al
sentir la llamada de una fruta, la musgosa humedad de un patio, la salobre
identidad de una brisa, la ambigua fragancia del azúcar prieta. El aliento de los
anafes abanicados con una penca, la leña de los fogones, el estupendo sahumerio
gris del café en tostadero, el sudor de la caña en molino de guarapo, el potente
aroma de los grandes almacenes de tabaco, próximos a la Estación Terminal; el
vetiver, la albahaca, la yerbabuena, el "agua de Florida" de la mulata puesta en olor
de santería —ya que no de santidad—, el nardo ofrecido en los altos portales del
Palacio de Aldama, las repentinas presencias del ajo, la naranja agria y el sofrito en
vuelta de una esquina, y hasta el acre hedor de marisco y petróleo, brea y
escaramujos, en los muelles de Regla, me conmovían indeciblemente...

Todas estas sensaciones, acumulaciones de estímulos que nos llegan de todo lo que nos
rodea y son capaces de suscitar en nosotros emociones, recuerdos, tristezas, alegrías,
angustias y placeres, todas llegan a nosotros, a nuestro cerebro, a través de los sentidos.
El filósofo y científico inglés John Locke escribió en el siglo XVII, en su Ensayo sobre el
entendimiento humano, lo siguiente:

Si los objetos externos no están unidos a nuestras mentes cuando producen ideas
en ellas; y sin embargo percibimos estas cualidades originales cuando caen cada
una bajo nuestros sentidos, es evidente que algún movimiento debe ser continuado
por nuestros nervios, o espíritus animados por algunas partes de nuestros cuerpos,
hacia los cerebros o el asiento de la sensación, para producir allí en nuestras
mentes las ideas particulares que tenemos de ellas.
Y puesto que la extensión, figura, número y movimiento de los cuerpos de un
tamaño observable pueden ser percibidas a distancia por la vista, es evidente que
ciertos corpúsculos imperceptibles deben salir de ellos hasta los ojos y ahí enviar al
cerebro algún movimiento; y esto produce las ideas que tenemos de ellos en
nosotros.
NEURONAS RECEPTORAS

Si sólo a través de los sentidos podemos darnos cuenta de lo que sucede en el mundo
exterior a nosotros, y por consiguiente qué lugar ocupamos en ese mundo, cabría
preguntarse cómo es que tal cosa ocurre. Naturalmente, la primera respuesta es que
existe un órgano diferente para cada sentido. Justamente los llamados órganos de los
sentidos. Pero, ¿qué tiene de particular el ojo para que pueda ver, el oído para que pueda
oír, la nariz para que pueda oler? ¿Cómo es que ni el ojo ni la nariz oyen, ni el oído ni la
nariz ven; y sin embargo casi en cualquier parte del cuerpo podemos sentir dolor, aunque
éste pueda tener tan distintas características? La respuesta a estas preguntas está en las
células particulares que son capaces de captar cada sensación. A nadie se le ocurriría
tomar fotografías con un micrófono, pues es claro que ni el micrófono ni lo que está
detrás de él —cables, amplificadores, bocinas— es sensible a la luz, mientras que la
película fotográfica sí lo es. De manera similar, cada órgano de los sentidos —ver, oír,
oler, gustar, tocar (incluyendo en este último la sensibilidad a la presión, al dolor y a la
temperatura, no solamente a la textura)— tiene elementos que son sensibles a distintos
estímulos, y por lo tanto estos elementos son distintos entre sí. En el ojo son sensibles a
la luz, en el oído a la vibración que el sonido produce en la membrana del tímpano, en la
mucosa nasal a ciertas moléculas volátiles que llegan a ella y así en las otras
percepciones.

¿Qué son estos elementos, y qué tienen en común a pesar de ser tan diferentes en cuanto
a lo que son sensibles? Todos son células de un tipo especial, conocidas como células
nerviosas, también llamadas neuronas. Estas neuronas de los órganos de los sentidos
tienen una región muy especializada en uno de sus extremos (véase la Figura 1),
mediante el cual captan o reciben los estímulos específicos que hemos revisado, según el
sentido de que se trate. Pero es claro que estas neuronas receptoras —llamadas así
porque reciben los estímulos— no servirían de nada si no pudieran transmitir lo que
reciben hasta el cerebro, órgano maestro del sistema nervioso. Es por esto que las
neuronas receptoras poseen una prolongación, que parte de la zona especializada en
reconocer y recibir los estímulos específicos correspondientes, y se dirige hacia el cerebro.
En algunas neuronas receptoras, como las del tacto, esta prolongación es muy larga,
mientras que en otras, como las que perciben la luz en la retina del ojo o las olfatorias
que reconocen los olores desde la parte más alta del interior de la nariz, son muy cortas.
En los siguientes capítulos revisaremos hacia dónde van y cómo están organizadas estas
prolongaciones. Por ahora, baste decir que a lo largo de ellas transmiten la información
que captan, mediante mecanismos eléctricos que también mencionaremos
posteriormente. Todo esto quiere decir que todas las neuronas de los órganos de los
sentidos son el sitio sobre el que las cosas que nos rodean hacen su marca y ejercen su
acción. Son las páginas en que se inscribe o escribe lo que los objetos emiten o causan,
sean luz, sonido, sabor, olor, presión, calor, etc. El gran problema es de qué manera estas
páginas, sobre las que se escribe en primera instancia el mensaje del exterior, transmiten
hacia el cerebro este mensaje y cómo es captado, ya no como lo que inicialmente se
percibe, sino como un objeto preciso que el cerebro da un nombre y reconoce como tal a
distintas distancias y en muy diversas condiciones, una pintura, un determinado
instrumento musical, una sinfonía o la voz de cierta persona. (Figura 2.)
Figura 1. Algunas neuronas receptoras. Estas neuronas se han especializado en recibir un tipo
específico de estímulo, mediante las estructuras que se observan en la porción más superior de
cada una de ellas. La primera célula de arriba es una neurona auditiva, que es capaz de percibir la
vibración característica de los sonidos y los ruidos. La segunda es una neurona olfatoria, capaz de
captar las moléculas volátiles que constituyen los olores. La primera de abajo es una neurona
sensible al tacto, con la cual percibimos texturas, la suavidad de una piel o la aspereza de una
soga. La última neurona capta el grado de estiramiento de los músculos, lo cual permite regular
con precisión la intensidad de su contracción. La información de estímulo específico que estas
neuronas receptoras captan es enviada hacia el cerebro a través de las prolongaciones largas que
se observan.
Figura 2. Dibujo de Elvira Gascón que aparece en Tres poemas de antes de Rubén Bonifaz Nuño,
UNAM, 1979.

Pero además de percibir el mundo exterior mediante estas neuronas receptoras, existe
otro mundo, el mundo de nuestro propio organismo interior, que debemos también
conocer para funcionar normalmente, aunque en este caso ese conocimiento no llegue al
nivel de la conciencia, es decir, no nos damos cuenta de él como con lo que sucede con
los sentidos. Este mundo interior es también extraordinariamente rico en información y de
su correcto funcionamiento depende, por supuesto, que todo marche bien. Por ejemplo y
como una primera aproximación pensemos en el simple movimiento de un brazo o de una
pierna. Podemos flexionar el brazo sobre el antebrazo, utilizando para ello la articulación
del codo. Pero también podemos extenderlo. Esto implica que tenemos músculos flexores
y músculos extensores, pero también establece que la actividad de estos músculos es
opuesta: si los dos se contrajeran al mismo tiempo, no podríamos ni flexionar ni extender
el brazo, el cual estaría rígido, en una sola posición, pues los dos tipos de músculos
intentarían ganarle a su opuesto con el resultado lógico de que el brazo estaría
inmovilizado. ¿Cómo es entonces que podemos flexionar y extender el brazo a voluntad?
Esto no podría hacerse si el músculo flexor no "supiera" o "aceptara" que tiene que
relajarse cuando el extensor se contrae y viceversa. Este "saber" o "aceptar" relajarse
cuando el opuesto se contrae, requiere de un flujo de información para que se pueda dar
esa precisa coordinación. Y de manera similar a lo que sucede con los sentidos y la
información del mundo exterior, existen neuronas receptoras a estos estímulos internos,
en este caso particular, a la tensión de los músculos, es decir a qué tanto están contraídos
o relajados. También de modo similar, estas neuronas poseen una zona especializada
receptora de la señal que representa el grado de tensión del músculo, y deben, a través
de prolongaciones, enviar esta información hasta la médula espinal, en donde, a través de
una precisa organización, que veremos posteriormente, un mensaje es enviado al
músculo opuesto para que se relaje o se contraiga, según el caso.

REFLEJOS

Hay sin embargo una diferencia muy importante entre estas neuronas receptoras de
estímulos internos y aquellas que reciben los estímulos externos. La información que
estas últimas reciben debe llegar al cerebro para que podamos ver, oír, oler, etc. En
cambio, la información de las primeras no se hace consciente, porque la respuesta
apropiada al estímulo en cuestión se produce sin necesitar que la información llegue a las
regiones del cerebro encargadas de hacer conscientes los estímulos. Así, en nuestro
ejemplo de los músculos que se oponen, los flexores y los extensores, ya mencionamos
que la información llega sólo hasta la médula espinal para que se establezca la regulación
correcta entre la contracción de un músculo y la relajación de su antagonista.
Afortunadamente esto es así, ya que si dependiera de las mismas zonas del cerebro con
las que captamos y respondemos a los estímulos externos, tendríamos que poner
atención en demasiadas cosas al mismo tiempo. Es a este tipo de mecanismos de
funcionamiento involuntario que se llama reflejos. Un reflejo es, pues, una respuesta que
se lleva a cabo inconsciente e involuntariamente.

A pesar de que los receptores a la tensión muscular que hemos tomado como ejemplo
responden normalmente a los cambios naturales del funcionamiento del organismo, es
decir, a cambios internos; en ocasiones es posible demostrar su existencia mediante un
estímulo exterior que sea capaz de excitar al receptor de manera similar al estímulo
interior. Esta demostración es de todos conocida: es el reflejo rotuliano, consistente en
aplicar un golpe breve, preciso y no demasiado intenso, al tendón de los músculos
extensores de la pierna, inmediatamente abajo de la rodilla. Al realizar esta operación, un
receptor localizado en dicho tendón, que responde precisamente al estiramiento
momentáneo provocado por el golpe, es excitado y envía su información hasta la médula
espinal, en donde es transmitida a las neuronas que a su vez van a hacer que el músculo
extensor se contraiga (véase la Figura 3). Como resultado, la pierna se levanta levemente
sobre la articulación de la rodilla, y este movimiento es completamente involuntario, pues
todo sucede en la médula espinal y la información no llega al cerebro. Este reflejo es de
los más simples que se conocen e ilustra con claridad, la existencia de estos receptores a
estímulos internos.

Figura 3. Camino del reflejo rotulinario. Una neurona receptora, del tipo de la cuarta de la Figura 1,
detecta el estiramiento del tendón y conduce la información hasta la médula espinal, que se
muestra cortada. El cuerpo o soma de la neurona receptora, como se observa, está cerca de la
médula espinal, y su prolongación penetra a la médula por su región posterior y transmite la
información a una neurona motora, la cual a su vez envía la información al músculo para que éste
se contraiga a través de la prolongación que sale de la médula espinal y la información no llega al
cerebro, el músculo se contrae involuntaria e inconscientemente de manera refleja: el cerebro no
se entera de lo que pasa.

MEDIO EXTERNO Y MEDIO INTERNO


Pero el antagonismo de los músculos flexores y extensores no es sino uno de los muy
numerosos mecanismos que se regulan mediante receptores a la información interna del
organismo. Entre los muchos otros existentes, podemos mencionar los que son capaces
de detectar cuánta azúcar tenemos en la sangre, cuál es la presión arterial, cuánta sangre
está circulando, el grado de llenado de la vejiga o del recto, qué tan ácida está la sangre,
o qué tan distendido está el estómago. En todos estos casos, como en muchos más, el
receptor capta el estímulo correspondiente y envía la información hasta las zonas
correspondientes de la médula espinal o del cerebro, en donde, sin que estemos
conscientes de ello, se activan los mecanismos que originarán una respuesta adecuada al
estímulo en cuestión, todo ello para mantener al organismo en un estado de equilibrio y
de normalidad, que cuando se rompe, origina lo que conocemos como enfermedad. El
gran fisiólogo del siglo pasado Claude Bernard describe así la importancia del medio
interno:

El medio interno de los seres vivos está siempre en relación directa con las
manifestaciones vitales normales o patológicas de las unidades orgánicas.
Conforme ascendemos en la escala de los seres vivos, el organismo crece en
complejidad, las unidades orgánicas se hacen más delicadas y requieren un
medio ambiente interno más perfecto. Los líquidos circulantes, el suero de la
sangre, y los líquidos del interior de los órganos, constituyen el medio interno de
los seres vivos. El medio interno, que es un verdadero producto del organismo,
preserva las necesarias relaciones de intercambio y equilibrio con el medio del
mundo exterior, pero conforme el organismo crece en perfección, el medio de los
órganos se especializa y se aísla más y más del medio ambiente que lo rodea.

De lo que hasta ahora hemos dicho, concluimos que estamos continuamente situados
"entre" dos medios: por una parte, el medio externo, constituido por todo lo que nos
rodea y el cual conocemos a través de los sentidos que llevan la información al cerebro
mediante las células receptoras en primera instancia y; por otra parte el medio interno,
formado por nuestros líquidos —fundamentalmente la sangre— y nuestros órganos, cuyo
estado es informado también mediante neuronas receptoras que, igualmente, transmiten
la información a la médula espinal y al cerebro —a regiones que no tiene que ver con la
conciencia—, de modo que su operación es totalmente independiente de la voluntad.

NEURONAS MOTORAS

Anteriormente mencionamos que cada individuo está entre el mundo exterior que nos
rodea y el medio interno de nuestros órganos. Es a través de la información que recibimos
desde esos dos medios que podemos reaccionar, voluntaria o involuntariamente, según el
tipo de estímulo de que se trate, para mantener ese estado de equilibrio y armonía que se
traduce como salud. Pero ¿quién es el que está entre el medio ambiente externo y el
interno? ¿Quién es el que percibe y responde a esos estímulos? ¿Es el cerebro? ¿Es la
mente, es decir, el yo? Pero... ¿ es que podemos hablar de la mente sin hablar al mismo
tiempo del cerebro? No trataremos en este momento de contestar estas preguntas, que
por lo demás van más allá de los límites de este libro. En el último capítulo abordaremos
algunos aspectos de ellas. Por lo pronto, lo que nos interesa es plantear el otro aspecto de
lo que hemos venido considerando hasta este momento que se refiere a la reacción ante
los estímulos del medio externo: ¿cómo es que el organismo se manifiesta, se defiende,
reacciona y se expresa ante el mundo externo, a veces tan atractivo, a veces tan
amenazante?

Conviene aquí regresar a nuestro hipotético caso con que iniciamos este capítulo. Si el
hombre sin piernas, brazos y cara no puede darse cuenta de lo que lo rodea, ¿podrá
expresar lo que siente, lo que piensa, lo que quiere? A primera vista parecería que sí,
puesto que su cerebro y su médula espinal están intactos, y el hombre mutilado piensa
correctamente, ya que es capaz de enlazar palabras mentalmente para formar frases
llenas de sentido. Puede asimismo recordar con precisión hechos de su vida pasada, las
personas a quienes conoce, los sitios en donde ha vivido, los países que ha visitado, las
experiencias que ha sufrido y el peso que sobre su vida han tenido. Es capaz también de
sentir, a través de revivirlas por los recuerdos, las múltiples emociones que en distintos
momentos de su existencia ha sentido: el amor por ciertas personas, el miedo ante
determinada situación, el coraje y la desesperación, la tristeza, la alegría, la ira, la
angustia... También su imaginación está despierta, pues si la deja correr puede llegar a
páramos desconocidos, a cascadas inaccesibles, a rocas de formas inverosímiles o bien a
ciudades encantadas habitadas por hombres cariacontecidos y mujeres resplandecientes;
o con un esfuerzo mayor se puede ver a sí mismo corriendo por un campo verde,
agitando los brazos y gritando de júbilo bajo un cielo azul y un sol quemante. Puede quizá
elevarse un poco sobre su cuerpo para contemplar lo que queda de él y compadecerse a
sí mismo. Pero todo lo que puede pensar, sentir, recordar, imaginar, ¿cómo lo expresa?
¿cómo hacer que los que lo rodean, que el mundo alrededor de él, lo conozca?, ¿cómo
manifestarse? Para hablar necesitaría la boca, la lengua, los labios, y no los tiene; para
escribir le haría falta un brazo, una mano, unos dedos; para hacer un gesto, un leve
movimiento de las cejas o un giro en sus ojos, requeriría de la cara; para hacer señas,
para por lo menos rotar su tronco hacia un lado, necesitaría por lo menos de las piernas.
Así pues, el hombre está completamente aislado, no sólo por lo que puede percibir, sino
también en cuanto a su expresión: no puede expresarse porque no tiene con qué hacerlo;
no tiene músculos. En efecto, la única manera como podemos manifestarnos hacia el
mundo exterior es mediante los músculos. Los movimientos de la boca, la lengua, los
labios, brazos, dedos, ojos, cara, cejas, piernas, pies, todos, todos dependen de los
músculos (la lengua es un músculo).

Figura 4.

Volvamos ahora al cerebro. Así como lo que sucede en el mundo exterior es captado por
las neuronas receptoras de los órganos de los sentidos, y la información es transmitida
por medio de las células nerviosas hasta el cerebro, así este órgano maestro ejerce una
acción sobre los músculos para responder a los estímulos exteriores y para manifestar lo
que en él se ha procesado. Es decir, existen otras células nerviosas que, inversamente a
lo que sucede con las neuronas que llevan la información al cerebro, conducen la
información hasta los músculos para que éstos se puedan contraer y al hacerlo pueda
manifestar lo que el cerebro quiere, piensa, siente o imagina. Las neuronas especializadas
en hacer que los músculos se contraigan se llaman neuronas motoras (porque mueven) y
son así la contrapartida de las neuronas receptoras que llevan información al cerebro.
Mientras éstas la transmiten de fuera hacia dentro, del medio exterior al sistema nervioso
para que éste procese la información, las neuronas motoras permiten —también mediante
una larga prolongación que conduce la información— relacionarse en forma activa con el
medio exterior, a través de los movimientos musculares en sus múltiples formas de
manifestarse.

¿Qué podría el más creativo pintor hacer con sus cuadros por él imaginados sin los
músculos de sus brazos, mano y dedos para mover con habilidad el pincel, y sin los
músculos de sus ojos y su cuello para seguir con precisión el movimiento del pincel, por él
mismo producido? ¿Qué haría el más inspirado poeta sin movimiento muscular para
escribir o dictar sus ideas hechas palabras? ¿Qué cosa hace un bailarín sino precisamente
mover con agilidad, precisión, soltura y armonía los músculos de todo su cuerpo? ¿Y cómo
un músico ejecuta su instrumento, ya sea éste de viento con su poderosa fuerza metálica
o su delicadeza de madera, de cuerdas con su vibración sutil y encantadora, de percusión
con su solemnidad estentórea? ¿Cómo expresamos a quienes amamos lo que por ellos
sentimos? Y en un terreno más estrictamente biológico, ¿cómo podrían los animales sin
movimientos musculares realizar los actos de comer y beber, de huir ante un peligro o
pelear con un enemigo, de perpetuar la especie mediante la copulación, de comunicarse
mediante la emisión de sonidos, de la locomoción ya sea caminando, nadando, volando o
arrastrándose?

Figura 5. Esquema de una neurona motora. La información es recibida en las dendritas (flechas
cortas), procesada en el cuerpo y enviada hacia el músculo a través del axón (flecha larga), el cual
puede ser muy largo, hasta de más de un metro, pues el cuerpo de la neurona se encuentra en la
médula espinal y los músculos pueden estar muy alejados, como los que mueven los dedos de las
manos o, aún más, los de los pies.

Sor Juana Inés de la Cruz en su extenso Primero sueño describe así el despertar de los
músculos y los sentidos, que reanuda la relación con el mundo, la manifestación de la
recepción de estímulos y de la expresión de las respuestas a ellos:

...y la falta sintiendo de alimento


los miembros extenuados,
del descanso cansados,
ni del todo despiertos ni dormidos,
muestras de apetecer el movimiento
con tardos esperezos
ya daban, extendiendo
los nervios, poco a poco, entumecidos
y los cansados huesos
(aun sin entero arbitrio de su dueño)
volviendo al otro lado,
a cobrar empezaron los sentidos,
dulcemente impedidos
del natural beleño,
su operación, los ojos entreabriendo...

LAS RESPUESTAS INVOLUNTARIAS

También la otra parte del sistema nervioso que hemos mencionado y que lleva
información del medio interno del organismo, tiene su contrapartida en neuronas que
parten del cerebro hacia todos los músculos que no podemos contraer a voluntad, pero de
cuya actividad depende el correcto funcionamiento del organismo. Son estas neuronas del
sistema autónomo las que, también mediante sus prolongaciones, llevan la información
para que, como respuesta a lo que las correspondientes neuronas receptoras captaron, se
contraigan los músculos que a su vez contraen las arterias y así aumente la presión
arterial, se acelere la frecuencia de los latidos del corazón, se muevan el estómago y el
intestino para que se digieran los alimentos, o se secreten a la sangre las hormonas que
regulan la química sanguínea. Como en el caso de la percepción de este tipo de señales,
todas estas respuestas son automáticas y no dependen de la voluntad, lo cual es muy
afortunado pues de otro modo estaría nuestra mente ocupada constantemente en regular
todas estas funciones, y no podríamos pensar ni imaginar prácticamente nada más.

Basta con considerar, por ejemplo, qué difícil sería si cada vez que comemos tuviéramos
que secretar conscientemente la saliva a la boca, el jugo gástrico de la pared del
estómago hacia el interior del mismo, el jugo intestinal hacia la luz del intestino delgado;
y que, además, así como debemos masticar voluntariamente la comida, debiéramos
también hacer que el estómago iniciara sus movimientos característicos de la digestión en
este órgano, y que después tuviéramos que lograr que el alimento parcialmente digerido
pasara del estómago al intestino y que éste se contrajera con su peculiar peristaltismo
que va empujando al bolo alimenticio por su interior, y simultáneamente debiéramos
secretar las enzimas digestivas que componen el juego intestinal, y por si fuera poco
hacer que se contraiga la vesícula biliar para que la bilis, que fue formada en el hígado y
se almacenó en la vesícula, se vierta al intestino a ejercer su importante papel en la
digestión de las grasas. Y además de todo esto, tendríamos también que preocuparnos
por relajar los músculos de la pared de las arterias del tubo digestivo, pues después de
comer debe aumentar el caudal de sangre que llega a él, pero sin que disminuya la
sangre que llega al cerebro, que debe mantenerse a toda costa, sin olvidar además al
corazón, de cuya frecuencia de contracción depende también que haya la suficiente
presión arterial.

Es pues, muy afortunado que estemos situados entre un medio externo y un medio
interno pero que no tengamos que preocuparnos más que del primero, porque todo lo que
sucede en el segundo está regulado en forma autónoma, a base de reflejos que por su
misma naturaleza no requieren que la información sea consciente y que por lo tanto
funcionan involuntariamente.

En lo que hemos visto hasta ahora está implícito que el sistema nervioso se puede dividir
en dos grandes partes en cuanto a su función: la de relación (medio externo), que
también se llama somática, y la autónoma (medio interno) que también se llama
vegetativa. Pero además, el sistema nervioso también se puede dividir en dos grandes
partes en cuanto a su organización estructural: la que lleva información de los medios
interno y externo hacia el cerebro, la cual se llama sistema nervioso periférico, y la parte
que procesa esa información y emite las señales hacia la periferia. Esta parte es el
sistema nervioso central, y está constituida por la médula espinal, que se encuentra en el
interior de la columna vertebral, el tallo cerebral, porción superior de la médula que se
"introduce" en el cerebro, y el cerebro mismo, encerrado y protegido por los huesos del
cráneo y al que llega directamente —sin pasar por la médula espinal— la información de
la vista, el oído, el olfato y el gusto, así como el tacto y la sensibilidad de la cara.
Figura 6. El cerebro humano visto desde abajo (dibujo superior) y en el interior de la cabeza, como
se vería en un corte sagital por en medio de ella (dibujo inferior). La médula espinal (núm. 11)
arranca como continuación del tallo cerebral (10), alojada en el interior de la columna vertebral, la
cual puede verse en el dibujo de la derecha y está señalada con los números 12 y 13. Los otros
números indican: 1 y 4, huesos del cráneo; 2, quiasma óptico, que es el sitio en que los nervios
ópticos, provenientes de la retina, se cruzan; 3, hipófisis; 5, hemisferio cerebral; 6, cuerpo calloso
(véase el Capítulo VI para más información sobre la función de esta estructura); 9, cerebelo. El
dibujo de la derecha muestra el gran conjunto de nervios que constituye el sistema nervioso
periférico, a través del cual se recibe toda la información del mundo exterior y del estado de los
órganos del cuerpo, y también se envían las señales a todos los músculos que se contraigan. Los
nervios son conjuntos de axones que parten de (o llegan a) la médula espinal; podemos ver que su
longitud puede ser enorme. El último dibujo superior fue realizado por Vesaglio en el siglo XVI.

Es el cerebro el órgano central del procesamiento de toda la información, y es allí donde,


en palabras que Hipócrates escribió hace 24 siglos:

...se originan las alegrías, los placeres y las risas, así como las tristezas, las
penas, el dolor y las lágrimas. Es con el cerebro que adquirimos sabiduría y
conocimientos, y vemos y oímos, y sabemos qué es correcto o incorrecto, dulce
o insípido... Y por ese mismo órgano podemos sufrir locura o delirio, y nos
asaltan miedos y terrores de día o de noche...

Así, el sistema nervioso está presente en todo el organismo y es el tejido especializado en


la comunicación, tanto con el medio externo como con el medio interno. Es gracias a esta
finísima trama de células nerviosas, a través de sus extraordinariamente largas y
delgadas prolongaciones, que el sistema nervioso se comunica con todos nuestros
órganos y nos comunica con el medio ambiente. Así sabemos en dónde estamos y qué
lugar físico ocupamos en ese medio.

La pregunta que ahora nos haremos es mediante cuáles mecanismos se comunican las
neuronas, cómo pueden conducir y transmitir la información que reciben, sea del exterior
hacia el cerebro o viceversa. Posteriormente veremos con mayor detalle los sitios y el
funcionamiento de la comunicación entre las neuronas, dentro del cerebro mismo. Sin
embargo, hacernos la pregunta de cómo se comunican las neuronas, implica
necesariamente que hagamos una serie de consideraciones previas sobre los mecanismos
generales de comunicación entre los componentes de todos los seres vivos, es decir, las
moléculas y los átomos. Además, es indispensable que conozcamos la estructura de las
neuronas como células. Así, nos abocaremos en el próximo capítulo a conocer los
mecanismos generales de comunicación en la química y en la biología, lo cual nos dará pie
para que en el tercer capítulo entremos de lleno a conocer de cerca las neuronas y poder
así llegar, en el cuarto capítulo, a uno de los aspectos centrales en este libro, por su
enorme importancia: los mecanismos de comunicación interneuronal. Pasemos pues a
revisar lo que nos interesa respecto a la comunicación entre las moléculas biológicas.

I I . ¿ C Ó M O D I C E S ?

Quedéme y olvidéme,
El rostro incliné sobre el amado,
Cesó todo, y dejéme,
dejando mi cuidado
entre las azucenas olvidado.
SAN JUAN DE LA CRUZ.
HAY MUCHAS maneras de entendernos. Naturalmente, cuando pensamos en qué piensa,
siente o imagina otra persona, lo primero que nos viene a la mente es el lenguaje. Si
quiero saber cómo está alguien a quien conozco o quiero conocer, o acercarme a alguien
que me interesa, me aproximo a él o ella y le hablo. Pero si reflexionamos un poco,
inmediatamente reconocemos que de ninguna manera es el lenguaje la única manera de
comunicarnos con otra persona ni de saber algo de ella. La fotografía de la niña sonriente,
de la cultura totonaca del Golfo de México ( Figura 7.), es un excelente ejemplo de cómo
podemos comunicarnos sin hablar. La sonrisa es, en efecto, uno de los medios más
eficaces para lograrlo, tanto que casi inconscientemente (y a veces muy conscientemente)
la usamos con mucha frecuencia. Cuando lo hacemos, si hay reciprocidad y obtenemos
otra sonrisa como respuesta, sabemos que algo existe entre la persona que nos respondió
y nosotros, así sea ese algo meramente momentáneo. Pero muchas veces ni siquiera es
necesaria una sonrisa ni un gesto: basta una mirada en que dos pares de ojos se
encuentran por un segundo para que ambos sepan que hay algo en común entre los
poseedores de los ojos que se miraron. Ciertamente, si entre las personas existen ciertas
afinidades o cosas en común, esto se dará no sólo momentáneamente sino de manera
continua, y mientras más cerca estemos de alguien, más serán los mecanismos de
comunicación no verbales que constantemente se pongan en juego para "hablarse". No es
raro, inclusive, entre parejas que se han identificado y convivido durante cierto tiempo,
que se lleguen a "adivinar" los pensamientos, lo cual no es sino una manifestación de la
profunda identificación y el claro conocimiento mutuo, lo cual permite conocer el
significado de pequeños signos como miradas, movimientos, gestos, sonrisas,
exclamaciones o actitudes corporales.

Figura 7. Niña Sonriente. Escultura totonaca del Golfo de México.

Existen, pues, muchas maneras de saber qué dice otra persona. No olvidemos, sin
embargo, que cada una de esas maneras, como cualquier otra manifestación del modo de
ser o de pensar, implica necesariamente el funcionamiento del cerebro, y que éste a su
vez requiere de la continua actividad de las neuronas y de la constante comunicación
entre ellas.

Recordemos ahora que las neuronas, como cualquier célula viviente, están constituidas
por átomos organizados en moléculas, y que las moléculas tienen también una peculiar
organización, muy precisa, de la cual depende que la célula pueda vivir llevando a cabo
todas las funciones. Con esta idea en mente, no debe extrañarnos que los mecanismos de
comunicación entre las neuronas sean moleculares, es decir, realizados mediante ciertas
moléculas específicamente organizadas para permitir y facilitar dicha comunicación
interneuronal. Por esta razón, en este capítulo revisaremos los aspectos generales más
importantes de la comunicación entre moléculas, empezando por el átomo mismo, e
iremos paulatinamente aumentando el grado de complejidad de tal comunicación
intermolecular, para llegar finalmente a la comunicación del cerebro con el resto del
organismo, como órgano maestro que lo coordina, organiza y controla. Empecemos, pues,
por el principio.

AFINIDADES Y UNIONES

Prácticamente todo lo que existe está hecho de pequeñas partes que se ensamblan entre
sí, de tal manera que forman otras unidades más grandes, pero al mismo tiempo más
complejas. Éstas a su vez se organizan con otras similares para dar origen a nuevas
formas o estructuras, aún más grandes y más complejas, y así progresivamente. Sin
embargo, lo que más nos interesa para acercarnos poco a poco a los mecanismos de
comunicación interneuronal no es que al unirse las unidades se formen estructuras de
mayor tamaño, sino de mayor complejidad. Veamos por qué.
Entre los seres vivos esta unión que resulta en una mayor complejidad es una
característica, como veremos, muy interesante. También se presenta en el mundo
orgánico de los seres no vivientes.

Imaginemos inicialmente al átomo, cualquier átomo: está compuesto por su parte central,
el núcleo, y por una nube de electrones que se mueven en la periferia del núcleo,
siguiendo determinado patrón que les da su energía. Un átomo es, así, un conjunto de
partículas de distinta naturaleza; aquéllas que forman el núcleo, notablemente los
protones que poseen una carga eléctrica positiva, y los electrones, que son mucho más
pequeños y que tienen carga eléctrica negativa. La estructura del átomo incluye ambos
tipos de partículas, pero éstas en sí mismas distan mucho de ser un átomo. Así pues, de
la atracción que existe entre los protones con carga positiva y los electrones con carga
negativa (hay el mismo número de protones que de electrones), resulta la estructura del
átomo, ya que las cargas opuestas se atraen. (Figura 8.)

Figura 8. Los dos átomos más sencillos : a la izquierda el de hidrógeno, que tiene un solo protón
con carga positiva en su núcleo, y un solo electrón en su periferia; a la derecha, un átomo de helio,
que posee dos protones en su núcleo y dos electrones en la periferia. La atracción o afinidad entre
la carga positiva de los protones y la negativa de los electrones mantiene la estructura de los
átomos.

Es precisamente debido a esta composición del átomo que éste puede unirse con otros
átomos para formar moléculas. Un átomo completo es capaz de ganar un electrón, por su
tendencia a formar pares de ellos hasta completar cierto número, y cuando esto ocurre
resulta que ha adquirido una carga negativa, pues le falta un protón para compensar la
carga negativa adicional. De manera similar, un átomo puede perder un electrón y en este
caso le sobrará un protón que no tiene una carga negativa compensatoria y por lo tanto
ese átomo tendrá una carga positiva. Cuando esto sucede, puede ocurrir que un átomo
con carga negativa se relacione con otro con carga positiva, de manera que se constituye
una molécula formada por dos átomos atraídos mutuamente por tener cargas contrarias.
Las sales, por ejemplo la sal común de mesa (el cloruro de sodio), son moléculas
formadas de esta manera; además las moléculas de este tipo pueden formar cristales
regulares precisamente por tener esta propiedad de que sus átomos están cargados y los
de carga positiva atraen a los de carga negativa (Figura 9.)
Figura 9. Afinidad por atracción de cargas opuestas entre un átomo de sodio que ha perdido un
electrón (señalado con el círculo de puntos) y por lo tanto quedó con un protón cuya carga no está
neutralizada, y uno de cloro que ha ganado un electrón (señalado con un círculo negro) y por lo
tanto quedó con una gran carga negativa no compensada por ningún protón. Esta afinidad por
cargas entre el sodio y el cloro hace que se unan para constituir la sal común o cloruro de sodio.
Cuando la sal se encuentra en estado sólido forma cristales, cuya estructura se esquematiza en la
parte inferior; los átomos de cloro son las esferas más grandes.

Existe otra manera mediante la cual los átomos se pueden unir entre sí para formar
moléculas. En lugar de que un átomo pierda y otro gane un electrón, lo que sucede es
que ambos átomos simultáneamente ceden y reciben un electrón, con el resultado de que
dos electrones son compartidos por los dos átomos, los cuales quedan así enlazados. Este
es el caso del agua, en que cada uno de sus dos átomos de hidrógeno comparte un
electrón con el átomo de oxígeno, formándose la molécula H20, como se ilustra en la
Figura 10.

Figura 10. Afinidad por compartición de electrones. En la molécula de agua (H 2O) , el oxígeno
comparte dos de sus electrones de su última órbita (indicados con un asterisco) con sendos
átomos de hidrógeno, cada uno de los cuales, a su vez, comparte con el de oxígeno su único
electrón, señalado con un círculo negro. El resultado de compartir electrones es que el átomo de
oxígeno completa 8 electrones en su última órbita, y cada uno de los átomos de hidrógeno
completa 2. Como ésta es la forma más estable de los átomos mencionados, se estabiliza la
molécula de agua en la forma H2O.

MACROMOLÉCULAS, AFINIDAD Y ESPECIFICIDAD

Existe en la naturaleza un átomo muy especial, que sólo puede unirse a otros mediante el
mecanismo de compartir electrones, y además lo puede hacer con cuatro átomos
distintos. Este interesante átomo es el carbono, el cual, debido a esa propiedad, es un
átomo clave en todas las moléculas que constituyen a los seres vivos. (Figura 11.)
Cuando el carbono se une de cierta forma peculiar con otros átomos de carbono, de
hidrógeno, de oxígeno y de nitrógeno, forma una enorme variedad de moléculas, tanto
pequeñas como muy grandes, que son parte estructural y funcional de las células
vivientes. Algunas de estas moléculas están formadas por relativamente pocos átomos,
12, 20 ó 40, mientras que otras son gigantescas, ya que tienen muchos cientos o hasta
miles de átomos.

Figura 11. El átomo de carbono. Como se muestra en la parte superior izquierda, este átomo tiene
4 electrones en su última órbita, por lo que tiende a completar 8 mediante el mecanismo de
compartir que se muestra en la figura 10 para el caso del agua. Así, el carbono puede unirse con
varios átomos iguales o bien distintos, de la manera que señala en la parte superior derecha (sólo
se indica aquí la última órbita y el electrón que comparten, en negro, los átomos A, B, C y D). En
los esquemas de la parte inferior se observa que las uniones que cada átomo de carbono
establece, se orienta en direcciones distintas, como si el carbono estuviera en el centro de un
prisma triangular y los cuatro átomos con los que se une ocuparan los vértices del prisma. Esta
propiedad del carbono es muy interesante, pues da lugar a que las moléculas muy grandes
formadas por él, adquieran formas tridimensionales distintas.

Entre estas moléculas muy grandes, que reciben el nombre genérico de macromoléculas,
existen unas que por sus muy especiales propiedades constituyen parte esencial de los
mecanismos que mantienen las funciones de las células vivas. Estas moléculas son las
proteínas, las cuales poseen una estructura de tal naturaleza, que permite la existencia de
un mecanismo de comunicación nunca visto antes de su aparición sobre el planeta: la
comunicación por medio del reconocimiento de la forma específica de cada molécula, de
manera que las diferentes proteínas pueden identificar a otras porque su forma
tridimensional en el espacio les permite acomodarse perfectamente una en la otra, en una
especie de acoplamiento por similitud, o mejor dicho, por afinidad entre sus estructuras.
(Figura 12.) Es decir, una molécula de determinada proteína será capaz de reconocer, y
de combinarse con ella, sólo con otra cierta proteína, porque sus estructuras son afines.
De hecho, es interesante que lo que hemos dicho antes respecto a la comunicación entre
los átomos para formar moléculas encaja perfectamente en esta idea de la comunicación
por mecanismos de afinidad. Por ejemplo, la carga opuesta del electrón con respecto al
protón, sin duda indica un tipo de afinidad, definido precisamente como esa diferencia de
carga que las hace opuestas y al mismo tiempo, atraerse mutuamente. De manera
similar, entre los átomos la atracción para complementarse en electrones, representa
también una afinidad, la cual les permite unirse para formar las moléculas. En el caso
especial del átomo de carbono, la afinidad es tan particular que este átomo es capaz de
compartir cuatro de sus electrones, cada uno de ellos con un átomo diferente, o bien con
átomos iguales. Así pues, y volviendo a las proteínas, estas interesantísimas moléculas
iniciaron una forma de reconocimiento entre ellas con características muy peculiares, ya
que su forma particular en el espacio, en tres dimensiones y no solamente en dos, les
permite reconocerse y asociarse. Esto es lo que está ejemplificado en la Figura 13, que
muestra dos de estas grandes moléculas en el espacio reconociéndose mutuamente.

Figura 12. Estructura tridimensional de una macromolécula, una proteína. Cada uno de los
pequeños círculos en el esquema superior es un conjunto de átomos, fundamentalmente de
carbono, oxígeno, hidrógeno y nitrógeno, que constituyen unidades pequeñas. Como se explica en
el texto y en la Figura 14, estas unidades tienen "brazos" laterales que se atraen entre sí por sus
cargas, como los átomos de la figura 9, lo cual origina los dobleces y da lugar a la forma particular
en el espacio, que se ilustra con más claridad en el dibujo inferior. Los números 1 y 129 indican,
respectivamente, la primera y la última unidad, para dar mejor idea de la disposición
tridimensional.
Figura 13. Reconocimiento específico de dos macromoléculas entre sí. La molécula A puede
asociarse momentáneamente con las moléculas B y C porque puede establecerse una atracción
parcial por cargas opuestas en ciertas partes de las moléculas. Sin embargo, la estructura
tridimensional de cada una de ellas no es lo suficientemente "complementaria" como para permitir
que tal asociación sea completa y permanente. En cambio, entre las moléculas A y D, su forma
tridimensional les permite reconocerse con gran afinidad, por lo cual permanecen unidas, como se
muestra en la parte inferior.

Esta forma novedosa de poder reconocerse y acoplarse significa un gran paso en los
mecanismos de afinidad entre las moléculas, debido fundamentalmente a una poderosa
propiedad, que tendrá consecuencias de enorme trascendencia para las funciones
celulares y particularmente para la función de comunicación entre las células nerviosas,
como lo analizaremos en el Capítulo IV. La propiedad a que nos referimos es la
especificidad, que puede definirse como la capacidad de las proteínas de reconocer y
asociarse solamente con determinadas proteínas. Así, una molécula proteica reconocerá
específicamente a otra molécula proteica, pero sólo a ella y no a ninguna otra, por más
cerca que se encuentre. En otras palabras, esta propiedad de la especificidad impedirá
que haya errores en el reconocimiento, ya que sólo aquellas que estén hechas "una para
la otra" se podrán reconocer y asociarse, dejando de lado todas las demás.

Vale la pena detenernos un poco en este punto para analizar a qué se debe esta
especificidad, ya que es una propiedad de extraordinaria importancia en la comunicación
biológica.

Una primera aproximación sería pensar que las proteínas son tan grandes que su mismo
tamaño sirve como lenguaje de comunicación entre ellas: las de tamaño X van a
reconocer a las de tamaño X, las de tamaño Y a las de tamaño Y, etc. Sin embargo,
sabemos que hay en las células muchas moléculas muy grandes que sin embargo son
incapaces de reconocer a otras moléculas similares en tamaño. Es más, son incapaces de
reconocer a ninguna otra molécula, sea del tamaño que fuere. Por ejemplo, las moléculas
del almidón en las plantas, que tienen su equivalente en los animales, son mucho más
grandes que muchas proteínas, y sin embargo no son capaces de reconocer a otras
moléculas. Por otra parte, un reconocimiento por el tamaño no podría ser muy específico,
pues seguramente habría muchas moléculas diferentes pero de tamaño similar.

Si no es el tamaño, ¿podría ser la carga eléctrica, como entre los átomos? claramente
podemos ver que difícilmente podría ser la carga, ya que no podría explicarse entonces la
especificidad, pues cualquier molécula de carga opuesta sería reconocida.
FORMAS TRIDIMENSIONALES: INFORMACIÓN

¿Qué otra característica podría explicar esa afinidad específica por otra molécula? La
forma. En efecto, ya hemos dicho que su estructura tridimensional en el espacio es lo que
concede a las proteínas esa capacidad maravillosa de reconocer específicamente sólo a
ciertas otras moléculas. Pero esto nos lleva a hacernos una pregunta clave: ¿de qué
depende la forma tridimensional de las proteínas? La respuesta es muy simple, aunque
para explicarla en detalle podríamos ocupar todo el resto de este libro. Esa respuesta
simple es que la forma en el espacio de las proteínas está determinada por su
composición, es decir por las pequeñas unidades de que está compuesta. En efecto, como
esbozamos más arriba, una proteína está hecha de unidades, es decir de moléculas más
pequeñas, las cuales se unen entre sí para formar cadenas. Sin embargo, la estructura
química de las unidades y el modo como se unen permite que queden hacia los lados de
la cadena pequeños brazos formados por cadenitas cortas de átomos, y estos brazos no
son iguales, sino que su tamaño y propiedades dependen a su vez del tipo de unidad
pequeña a que pertenecen. Estos brazos son capaces de atraerse entre sí o de repelerse,
siguiendo las reglas de atracción de cargas o de compartir electrones que ya
mencionamos, pero como cada uno de ellos tiene su cabeza unida a la de las otras
unidades que componen la proteína, el resultado es que, como se muestra en la Figura
14, la cadena de unidades que constituye la proteína se dobla sobre sí misma en varias
direcciones. Precisamente es la orientación espacial de todos estos dobleces lo que hace
que la proteína adquiera una forma definida tridimensional en el espacio.

Ahora bien, ¿qué pasaría si la cadena de unidades de una proteína estuviera formada por
unidades iguales entre sí? Es evidente que en esas condiciones la molécula no podría
tener una forma tan definida, pues como todos los brazos laterales de esas unidades
serían iguales, no tendrían manera de atraerse o repelerse y, por consiguiente, habría
muy pocas posibilidades de que la molécula se doblara sobre sí misma para que adquiera
su peculiar estructura tridimensional. En cambio, si las unidades son diferentes entre sí,
se facilitaría la posibilidad de los dobleces. Y, en efecto, las proteínas están compuestas
por 20 unidades diferentes, cada una de las cuales puede repetirse muchas veces a lo
largo de la cadena, lo que da muchas posibilidades distintas de brazos que pueden
atraerse y por lo tanto de formas que pueden tomarse.
Figura 14. Ésta es la misma molécula de la Figura 12 pero con su estructura tridimensional
simplificada para dejar ver los "brazos" laterales más importantes de algunas de las unidades que
la componen y, cómo la unión de estos brazos entre sí, causa que la molécula se doble varias veces
sobre sí misma y de esta manera adquiera su forma particular en tres dimensiones. Las letras en el
interior de las unidades indican los nombres de las 20 unidades diferentes que forman proteínas,
aunque evidentemente se repiten muchísimas veces casi todas ellas para dar lugar al enorme
tamaño de las proteínas.

Examinemos este punto con más detenimiento estudiando la figura: Imaginemos por
ejemplo que el brazo A atrae al brazo B. Es claro que, dependiendo de lo cerca o lejos que
estén uno de otro a lo largo de la cadena, el doblez de ésta originará un asa de distinto
tamaño: si A y B están muy cerca uno de otro, el asa que se formará será muy pequeña
y, si están muy lejos será muy grande. Así, podemos concluir que, la forma de las
proteínas en el espacio depende del orden en que estén colocadas las unidades que la
componen, de lo que dependerá naturalmente la posibilidad de que sus correspondientes
brazos interactúen para hacer que la molécula se doble. Y de esta conclusión extraemos
otra que es de capital importancia para entender un poco la función comunicadora de las
proteínas y de otras macromoléculas dentro y fuera de las células, la cual revisaremos
enseguida. Esta conclusión es la siguiente: las proteínas son moléculas que llevan en su
estructura una información.

¿Por qué decimos que esta conclusión es de capital importancia? Porque, además de tener
enormes implicaciones para las funciones celulares, si hablamos de información uno
debería esperar que las proteínas sean capaces de transmitir esa información. Veamos
estos aspectos de función-información con cierto cuidado. ¿Cómo puede una molécula
transmitir la información que contiene en su estructura? La respuesta a esta pregunta es
doble. Por un lado, está la posibilidad de que literalmente se transmita la información de
una proteína a otra, en el sentido de que se pueda copiar exactamente su composición,
generándose una nueva molécula idéntica a la proteína de la cual se copió la información.
Por otra parte, una segunda manera de transmitir la información sería la de poder
"decirle" a la célula que realice o no determinada función o lleve a cabo determinado
proceso. Si bien en este caso no se trata de una transmisión de la información en el
sentido estricto del término, pues no se está copiando dicha información, sí es evidente
que se trata de una transmisión del contenido de esa información en cuanto a la función
que la célula debe realizar en un momento dado.

No podemos aquí revisar los interesantísimos mecanismos moleculares de la transmisión


de la información en el sentido de copiarla en la generación de otras moléculas, pues esto
se sale del tema y de los objetivos del libro que pretende concentrarse en las células del
cerebro. Baste decir que dichos mecanismos involucran a otro tipo de macromoléculas
que también poseen información en su estructura, llamadas los ácidos nucleicos, y que es
gracias a estos mecanismos que, mediante el proceso de reproducción, las células hijas
tienen las mismas proteínas que la célula madre y por lo tanto pueden realizar las mismas
funciones.

A cambio de no revisar estos aspectos, veremos con algún detalle el otro modo que tienen
las proteínas de transmitir información, mediante el dictado de qué es lo que la molécula
debe hacer en un momento dado. Para revisar este aspecto, que si es esencial para el
tema que nos ocupa, debemos hacer algunas consideraciones respecto al funcionamiento
celular en general y posteriormente tocaremos ciertas funciones celulares específicas que
nos interesan más en particular, para saber cómo se comunican las células nerviosas.

INFORMACIÓN MOLECULAR Y REACCIONES QUÍMICAS EN LA CÉLULA

Toda célula viva es un pequeñísimo laboratorio —pequeño en su tamaño pero


extraordinariamente grande y variado en sus capacidades—, en el que se llevan a cabo
una multitud de reacciones químicas de las que depende de manera absoluta el que la
célula funcione adecuadamente. Es mediante estas reacciones químicas que la célula
puede obtener energía de los alimentos, puede reproducirse y puede llevar a cabo la o las
funciones especificas a que está destinada, como la contracción muscular, la secreción de
líquidos y sustancias como hormonas, bilis, jugo gástrico o saliva, y el envío de señales
hacia otras regiones. Ahora bien, todas estas reacciones químicas que deben ocurrir en el
seno de la célula tienen que llevarse a cabo a una enorme velocidad, pues de otro modo
no servirían para los fines que la célula requiere. En efecto, el laboratorio que es cada
célula es incomparablemente más rápido que cualquiera de los laboratorios químicos que
el hombre ha construido para sintetizar la multitud de compuestos que utilizamos en
nuestra vida diaria, desde las medicinas, hasta los productos plásticos y los detergentes
que empleamos constantemente.

¿Cómo es esto posible? ¿Cómo es que las células son capaces de realizar tantas
reacciones químicas a tan alta velocidad? La respuesta es: las proteínas.

Aprovechando su increíble capacidad para reconocer moléculas específicamente, las


proteínas pueden actuar sobre dichas moléculas para acelerar cientos o aun miles de
veces la velocidad de sus reacciones de interconversión, mediante el proceso que los
químicos conocen como catálisis. (Figura 15.) Además, y esto es extraordinariamente útil
para la célula, lo hace en forma específica, es decir, cada proteína que cataliza una
reacción lo hace sólo sobre esa reacción y ninguna otra, de nuevo haciendo uso de su
formidable capacidad de reconocimiento específico de las moléculas involucradas en la
reacción. Es por esto que puede decirse, sin temor a exagerar, que cada proteína realiza
esta acción de acelerar una reacción específica en particular y que, al hacerlo, permite
que funcionen los mecanismos vitales para la sobrevivencia y la función celulares, además
de que está haciendo uso de la información que posee en su forma tridimensional; sin
esta propiedad única de cada molécula proteica, no podría ni reconocer a la molécula que
se debe transformar en otra, ni ser específica para ella, tampoco podría acelerar la
velocidad de la reacción necesaria para que la célula funcione normalmente.

El atento lector que haya llegado hasta este punto estará sin duda pensando que debe
existir una cantidad enorme de proteínas distintas una de otra, si es cierto que hay
muchísimas reacciones químicas y que cada una de ellas es acelerada en forma específica
por una proteína diferente. En efecto, éste es el caso. Una sola célula contiene miles de
proteínas diferentes, y por supuesto el número de moléculas de cada proteína es también
muy grande.

Figura 15. Muchas proteínas, por su particular forma tridimensional, pueden reconocer
específicamente a otras moléculas, también muy grandes o mucho más pequeñas, y convertirlas
en otras a una enorme velocidad, mediante lo que se llama su actividad catalizadora. En el
esquema A, representa al rompimiento de la molécula formada por el triángulo y el cuadrado en
cada uno de sus componentes, es una reacción que ocurriría tan lentamente en ausencia de una
proteína catalizadora, que es posible decir que no ocurriría. En cambio, B señala que ante la
presencia de la proteína catalizadora, la molécula es acomodada en un sitio específico y, como
resultado, se facilita cientos de veces el proceso del rompimiento, por lo que la reacción se acelera
esos mismos cientos de veces; además la proteína queda libre para repetir el proceso.

INFORMACIÓN MOLECULAR Y MENSAJES:TRANSMISORES

Pero lo que acabamos de revisar no es el único modo que tienen las proteínas de ejercer
su función transmisora de información (estoy suponiendo que he sido lo suficientemente
convincente para que el lector acepte que la acción catalizadora de reacciones de las
proteínas es un modo de transmisión de la información contenida en su estructura).
Muchas células utilizan las proteínas para otras funciones, de una manera que se acerca
todavía más a una verdadera transmisión de la información: las secretan, las exportan
para que actúen en otro lado, sobre otras moléculas o sobre otras células. Un ejemplo
muy claro de esta transmisión mediante exportación lo tenemos en los procesos
digestivos. Cada una de las células de las glándulas que participan en la digestión, desde
las salivales que secretan saliva hasta las de la pared del estómago que hacen el jugo
gástrico, secretan proteínas que van disueltas en su respectivo líquido. Estas proteínas
son capaces de reconocer ciertas moléculas que son ingeridas en los alimentos y que
deben ser convertidas en otras más simples, más pequeñas, que puedan ser absorbidas
desde el intestino y aprovechadas por todas las células del organismo. Así, es posible
afirmar que las células secretoras de estas proteínas digestivas transmiten la información
de ellas hacia la boca o hacia el tubo digestivo. Este es un hermoso ejemplo de
especificidad de la información de una proteína trabajando en otro sitio diferente a la
propia célula que la produce.

No faltará quien, a pesar de todo lo que hemos dicho hasta ahora, tenga todavía dudas de
hasta qué punto realmente las proteínas, mediante esa extraordinaria capacidad para
reconocer moléculas e interactuar con ellas, pueden transmitir información en el sentido
más estricto de enviar mensajes de la célula que la produce a otra que la recibe. Pues
bien, como veremos enseguida, muchas proteínas, sin tener una acción catalizadora de
reacciones químicas, se comportan precisamente de este modo, funcionando como
mensajeros entre células. El ejemplo más demostrativo es el de las hormonas de
naturaleza proteica. Analizaremos ahora con algún detalle esta función.

Una hormona es una sustancia que es sintetizada por las células de las llamadas
glándulas endocrinas, pero que no ejerce ninguna acción sobre la misma célula que la
produce, sino que ésta la secreta hacía la sangre para que sea transportada a otras
células, sobre las que sí actuará. Según el tipo de la hormona de que se trate será la clase
de efecto que produzca sobre la célula sobre la que actúa. Sin embargo, en todos los
casos debe haber, una vez más, un reconocimiento de esa célula hacia la molécula
hormonal que le está llegando a través de la sangre. (Figura 16.) Para que tal
reconocimiento ocurra —ya no debe extrañar al lector—, es necesario que la célula que
recibe la acción de la hormona tenga en su membrana externa, que es lo primero con lo
que la hormona se va a encontrar, otra proteína con la afinidad suficiente para identificar
a la hormona. Gracias a esta identificación la célula podrá interaccionar específicamente
con la hormona y como resultado de esta interacción se ejercerán sus efectos.
Figura 16. El cerebro es también el controlador de la actividad de las glándulas de secreción
interna que fabrican las hormonas. El dibujo superior, parecido al de la Figura 6, muestra la cara
interna de un hemisferio cerebral y el corte del cuerpo calloso, del tallo cerebral, del hipotálamo y
de la hipófisis. Estas dos últimas estructuras son las encargadas de coordinar y regular la
secreción de las hormonas, las cuales funcionan como mensajeros químicos que van a actuar sobre
los distintos tejidos del organismo, como se señala en la parte inferior del dibujo. Así, el
hipotálamo regula a la hipófisis mediante ciertas hormonas que se secretan en un circuito local de
circulación sanguínea y, a su vez, la hipófisis secreta otras hormonas a la circulación general que
van estimular al resto del conjunto de glándulas endocrinas como suprarrenales, tiroides,
glándulas sexuales, etc. Finalmente, las hormonas fabricadas y secretadas a la sangre por estas
glándulas, actúan sobre los distintos órganos.
En este punto es necesario hacer notar que por primera vez estamos hablando del
reconocimiento de una molécula que está fuera de la célula, soluble en el agua (en éste
caso en el agua de la sangre), por otra proteína que no está soluble sino que se encuentra
embebida en el seno de la membrana de una célula. Es importante señalar, sin embargo,
que aunque estas proteínas están embebidas en la membrana, es claro que una porción
de ellas, particularmente aquella porción involucrada en el reconocimiento de la hormona,
debe estar expuesta hacia el exterior de la membrana, de modo que pueda "ver" a la
molécula que se aproxima. (Figura 17.) A estas moléculas proteicas que se encuentran en
la membrana de las células, que pueden reconocer a otras moléculas e interactuar con
ellas para que se produzca una determinada respuesta célular, las llamamos moléculas
receptoras, o simplemente receptores. Y henos aquí ya hablando de moléculas
transmisoras que llevan un mensaje o simplemente transmisores, y de moléculas que
reciben o aceptan el mensaje, inicialmente mediante el reconocimiento del transmisor.
Podemos por lo tanto concluir, una vez más, que como este reconocimiento depende de la
forma de la molécula, de hecho lo que se está llevando a cabo es una transmisión de la
información contenida en la molécula transmisora.
Figura 17. Reconocimiento de una hormona por una molécula receptora embebida en el seno de la
membrana celular. La estructura tridimensional de las dos moléculas es tal que permite su
reconocimiento específico, y por lo tanto su unión. El receptor tiene una porción expuesta al
exterior de la membrana celular por medio de la cual reconoce a la hormona. El resultado de la
interacción de la hormona con su receptor es que otras proteínas de la membrana celular y/o del
interior de la célula se modifican y en consecuencia la célula cambia una o varias de sus funciones,
por ejemplo la velocidad de ciertas reacciones químicas importantes para su nutrición. La hormona
actúa así como un verdadero mensajero químico cuya información está en su forma tridimensional.

Pero es tiempo de recapitular para retomar el hilo de nuestra discusión anterior, que se
refería a cómo se van complicando los mecanismos mediante los cuales se puede
establecer comunicación entre componentes diversos o entidades distintas. Así, de la
afinidad por atracción de cargas entre el protón y el electrón o entre átomos cargados
positiva o negativamente, pasamos a considerar la afinidad o comunicación por compartir
electrones, mecanismos en el que los átomos de carbono resultan maestros. Dando un
enorme salto, enseguida revisamos el caso de las moléculas muy grandes compuestas por
unidades más pequeñas, y vimos que del orden en que estas unidades estén colocadas en
las macromoléculas depende su forma tridimensional, y cómo de esta estructura
tridimensional depende a su vez la capacidad de reconocer por afinidad a otras moléculas.
De aquí concluimos que estas macromoléculas tienen información, la cual les sirve para
reconocer otras moléculas pero también les permite transmitirla de diferentes maneras,
sea en el sentido estricto del término (copiar la estructura molecular) o bien, porque al
tener esa información son capaces de que la célula haga lo que tiene que hacer para
seguir viviendo. Finalmente, llegamos también a revisar que muchas de esas moléculas
son capaces de transmitir información funcional a otras células, actuando como
mensajeros o como receptores.

Para seguir, pues, con el hilo de la creciente complejidad en los mecanismos de


comunicación (o de afinidad, que en mucho hemos identificado el significado de estos dos
términos), resulta evidente que en la discusión anterior hemos dado otro paso enorme,
pues casi sin darnos cuenta pasamos de la comunicación intermolecular a la comunicación
entre las células. Este paso es gigantesco, pues implica que ya estamos hablando de
organismos formados por muchas células y que además se han ido especializando en
llevar a cabo ciertas funciones que las demás no pueden hacer, por ejemplo, secretar
sustancias para que actúen a distancia sobre otras células, y que éstas a su vez poseen
moléculas receptoras para reconocer a las transmisoras.

De lo anterior podemos concluir que conforme los organismos se fueron haciendo más
complejos en el curso de la evolución biológica, sus células se fueron diferenciando, de tal
modo que algunas de ellas, como las que fabrican y secretan hormonas, se han
especializado precisamente en eso, en desarrollar mecanismos de comunicación con otras
células del organismo. Esta especialización de las células en las glándulas de secreción
interna incluye la posibilidad —y la necesidad— de liberar al exterior una molécula
mensajera, a la cual hemos llamado transmisor (en el caso particular, hormona), el cual
viaja a distancia usando como elemento transportador la sangre, líquido vital que llega a
todas las células del organismo. Entre paréntesis, la sangre lleva no solamente las
hormonas sino también el oxígeno, el alimento, los anticuerpos (que por cierto también
son proteínas, en este caso capaces de reconocer a proteínas ajenas y dañinas, como las
de las bacterias o los virus), y recoge al mismo tiempo los desechos de todas las células
para su posterior eliminación del organismo a través de otras células encargadas de
hacerlo, como el riñón o los pulmones.

COMUNICACIÓN EN EL SISTEMA NERVIOSO

Necesitamos ahora establecer un nexo entre el tema de este capítulo y las ideas revisadas
en el anterior. Lo que equivale a preguntarnos: dentro del esquema general de
mecanismos de afinidad, reconocimiento y comunicación intercelular mediante moléculas,
¿qué lugar ocupan las células nerviosas?, ¿qué tipo de afinidad o afinidades utilizan las
neuronas que, como hemos visto en el primer capítulo, son las que nos permiten entrar
en contacto con el mundo exterior y al mismo tiempo controlan de manera involuntaria
gran parte de las funciones de nuestro cuerpo?

Dejemos claro, desde este momento y como una respuesta parcial a estas preguntas que,
de entre todas las células vivientes no hay alguna que se haya especializado tanto en los
mecanismos de comunicación como las nerviosas. Su diferenciación en este sentido es tan
grande, que las células nerviosas adultas incluso han perdido la capacidad de
reproducirse. Dicho de otra manera, son células que han abandonado prácticamente toda
otra función para dedicarse exclusivamente a comunicarse entre sí y con otras células del
organismo. A esto habría que agregar además que, conjuntamente con la progresiva
especialización para optimizar la comunicación, en el curso de la evolución de las especies
las neuronas que en los organismos primitivos estaban más o menos dispersas a lo largo
y a lo ancho del cuerpo, como en los invertebrados, progresivamente se fueron
centralizando, es decir, agrupando en una masa cada vez más compacta, más grande,
más compleja y con funciones globales cada vez más elaboradas y sofisticadas, hasta que
finalmente se llegó al cerebro humano. (Figura 18.)
Figura 18. El sistema nervioso central progresivamente se fue concentrando en masas cada vez
más compactas y más complejas en la porción cefálica de los organismos. En los moluscos, por
ejemplo (sección superior de A) el cerebro está constituido por ganglios independientes unidos por
cadenas de fibras nerviosas. En los peces, anfibios, reptiles y aves ya existe una masa alojada en
el cráneo. En los mamíferos, particularmente en los primates (sección B), grupo al cual pertenecen
el gorila y el hombre, el cerebro ocupa un espacio mucho mayor, en proporción tanto del resto de
la cabeza como del tamaño del cuerpo en general. Entre el gorila, el Pitecantropo (uno de los
hombres primitivos) y el hombre actual, es muy claro el progresivo desarrollo del cerebro que cada
vez ocupa más volumen en relación con la cara y con la mandíbula. Esta diferencia se aprecia
claramente comparando las superficies por arriba y por debajo de las líneas diagonales en la
última parte de la sección B.

Debido a esta enorme centralización de las células específicamente dedicadas a la


comunicación, la capacidad de almacenar información se incrementó prodigiosamente,
pues no sólo fue aumentando el número de neuronas sino que simultáneamente, la
complejidad de sus conexiones e interacciones se fue haciendo cada vez más notable por
la extraordinaria multiplicidad de las combinaciones posibles en el funcionamiento de los
conjuntos de neuronas. Pero éste será el tema de un próximo capítulo. Por lo pronto y
para continuar con nuestra línea de alcances y progreso en distintos niveles de
comunicación, consideremos brevemente qué sucedió cuando apareció el lenguaje como
una consecuencia de la centralización y complejidad a la que nos referimos. Mediante este
inesperado, poderoso medio, ya no una molécula, ni una célula, ni muchas células, sino
un organismo completo mediante un órgano, el cerebro, era capaz de comunicarse con
otros organismos de una manera inmediata, directa, clara y concisa, y además de
transmitirles lo que simultáneamente había ido surgiendo en esa masa de neuronas
centralizadas, organizadas e integradas: sensaciones, emociones, deseos, impresiones,
tristezas, enojos, alegrías. De este modo la socialización —que ya había hecho su
aparición en la evolución de varias maneras, particularmente en insectos como las
hormigas y las abejas— alcanzó dimensiones insospechadas. Y como parte fundamental
de esa nueva dimensión en la socialización, a un nivel de lo que es ya una persona, es
decir, un ser consciente de sí mismo, capaz de reflexionar, se empezaron a manifestar
afinidades de un carácter totalmente nuevo, más allá de los contactos físicos, en
sensaciones y emociones como la amistad o el amor en todas sus manifestaciones. Y sin
embargo, no debemos olvidar que para manifestar cualquiera de estos sentimientos y
emociones, así sea a través del lenguaje, el cerebro debe emplear neuronas que muevan
los músculos, que contraigan las extremidades, que flexionen o extiendan la lengua, los
labios, las cejas, que endurezcan la mirada, que eleven la voz, que hagan vibrar las
cuerdas vocales, que inclinen el cuerpo para abrazar, que alteren la expresión de la cara
en una sonrisa, en un llanto, en un gesto de ternura...

Se forman así los grupos humanos, las sociedades, los países. Y con esto se establecen
mecanismos de comunicación entre esos grupos. No seguiremos por el momento esta
línea de continuidad en la evolución y diferenciación de los mecanismos de comunicación.
Sí quisiera, sin embargo, tocar uno de los puntos centrales de esta evolución, tan
importante como el lenguaje: me refiero al lenguaje escrito. Por primera vez en la historia
de la vida sobre la tierra, se generó un mecanismo mediante el cual la comunicación podía
pasar a otras generaciones por venir, mediante la preservación de las ideas, los
conocimientos, los pensamientos y las emociones convertidas en poesía, cuentos,
novelas, libros de texto, ensayos, monografías, historia, y todo cuanto fuera posible
plasmar en símbolos más perdurables que las palabras. ¡El lenguaje escrito! ¡Los símbolos
permanentes, transmisibles inclusive después de la muerte! ¡La comunicación
traspasando los límites de lo que dura la vida del cerebro!

Pero también el lenguaje escrito, con todas sus posteriores extensiones debidas a los
adelantos tecnológicos, como las máquinas de escribir, grabadoras, computadoras,
impresoras, rotativas, etc., es obra de las neuronas agrupadas en esa masa que tenemos
dentro de nuestros cráneos y que llamamos cerebro. Es conveniente ahora, por lo tanto,
regresar a las neuronas. Esas células que son la cumbre de la evolución biológica, los
elementos vivos más sensibles para percibir, transmitir, comunicar, coordinar y organizar.
Veamos, pues, de cerca a las neuronas. Conozcamos cómo son, qué forma tienen, y cómo
están organizadas dentro del cerebro.

¡Saludemos a las neuronas!

I I I . L A S C É L U L A S D E L A M E N T E

ARISTÓTELES reconoce, en su tratado Las partes de los animales, que entre todos los
animales, el hombre es el que posee el cerebro de mayor tamaño, en proporción al
cuerpo, y su función es "nada menos que la preservación del cuerpo entero". Sin
embargo, Aristóteles pensaba que esta importante función era llevada a cabo por el
cerebro, sólo porque este órgano era capaz de compensar un exceso de calor del corazón,
verdadero asiento del alma y de los sentidos, de tal manera que el cerebro funcionaría
como contrapeso del corazón, moderando su actividad. La razón de esto, dice Aristóteles,
es que el cerebro es frío mientras que el corazón es caliente, por lo cual aquél es capaz de
enfriar a éste y mantener un equilibrio que no se encuentre ni en un extremo de calor ni
en un frío excesivo. Para que el cerebro pueda llevar a cabo esta importante función
moderadora del corazón, la composición del cerebro es húmeda, y está formada por agua
y tierra. En efecto —sigue diciendo el gran científico y filósofo griego— esto puede
comprobarse porque el cerebro es frío al tacto y porque cuando se hierve se endurece, ya
que con el calor se evapora el agua que lo compone y queda sólo el material terrestre,
que es duro, tal como sucede cuando se hierve una fruta.

De esta idea aristotélica de la composición del cerebro a la que ahora realmente sabemos
que tiene, hay un enorme abismo, pero tuvieron que pasar veinte siglos para saberlo. En
efecto, no fue sino hasta la segunda mitad del siglo XVII cuando Marcello Malpighi
descubrió en muchos tejidos animales y vegetales unos pequeños sacos o "utrículos", que
no eran otra cosa que las células. Entre los tejidos observados por Malpighi estaba el
cerebro, en donde él fue capaz de describir algunas células grandes en una zona de la
corteza cerebral. A pesar de que ya para esa época se conocía bastante bien el cerebro,
desde un punto de vista macroscópico, y se habían descrito sus distintas regiones casi
completamente, sobre todo gracias a los trabajos de Andreas Vesalio —probablemente el
más grande anatomista de todos los tiempos—, las observaciones de Malpighi sobre la
anatomía microscópica de los tejidos no fueron fácilmente aceptadas por sus escépticos
colegas, quienes lo atacaron repetida y duramente. Sin embargo, Malpighi pudo
demostrar más allá de cualquier duda que todos los tejidos están formados por células.
Fue el primero en observar, con los microscopios de la época, los glóbulos rojos de la
sangre, entre varios otros descubrimientos cruciales como la continuidad de los capilares
arteriales y los venosos, con lo cual se confirmaba la hipótesis de la circulación cerrada de
la sangre. Sin duda, Malpighi se estableció así como el fundador de la anatomía
microscópica de los tejidos y puede ser considerado, por lo tanto, como el primer
histólogo de la historia.

CÓMO VER LAS NEURONAS

Dos siglos más tarde, en 1873, otro italiano, Camillo Golgi, describió el uso de una sal de
plata —el cromato de plata— para teñir las células nerviosas. Con esta técnica fue posible
observar por primera vez una neurona íntegra, ya que por razones aún desconocidas el
cromato de plata "pinta" la neurona completa, la cual como veremos enseguida es
extraordinariamente compleja en su forma. (Véase la portada). Fue gracias a esta técnica,
mejorada por él mismo, que Santiago Ramón y Cajal realizó el estudio más completo
acerca del sistema nervioso que hasta la fecha se haya hecho individualmente por un
investigador. (Figura 19.) En efecto a través de más de cuarenta años de intenso trabajo,
este gran investigador español describió prácticamente todos los tipos de neuronas de las
distintas regiones del cerebro, cerebelo y la retina de muchas especies animales, y pudo
de esta manera demostrar, una vez más en contra de las ideas que en ese momento
existían acerca de la estructura histológica del tejido nervioso, que las neuronas son
células individuales, separadas una de otra, y que constituyen la unidad anatómica y
funcional del sistema nervioso. Parte esencial de esta demostración fue el descubrimiento
de que cada neurona está separada de las demás, es decir, que no se continúan una con
otra como si fuera una red, lo cual era la idea que prevalecía en la mayoría de los
laboratorios que estudiaban el sistema nervioso en esa época. Como revisaremos en el
próximo capítulo, este postulado, que fue plenamente confirmado con el uso del
microscopio electrónico a mediados del presente siglo, es un punto capital para el
entendimiento de cómo funcionan las células nerviosas y cómo se comunican entre sí.

Figura 19. Las preparaciones que Ramón y Cajal realizó de neuronas de todas las regiones del
sistema nervioso de muchas especies animales siguen siendo, casi un siglo después, una de las
fuentes de información sobre la organización neuronal más completas y precisas. Este dibujo fue
hecho por Ramón y Cajal sobre una preparación de la corteza cerebral de un niño. Son claras la
riqueza y la complejidad de cada una de las neuronas, así como la elaborada organización
topográfica del conjunto. Las largas prolongaciones cubiertas de "espinas" que cruzan
verticalmente todo el dibujo son dendritas principales, cuyo origen se encuentra en cuerpos de
neuronas localizados en el extremo inferior de la corteza no incluido en el dibujo.

Un cerebro humano, sin contar el cerebelo que se encuentra dentro de la parte posterior
del cráneo, posee aproximadamente 1011 neuronas, es decir, un 1 seguido de once ceros,
o sea, cien mil millones. Este número es muy grande, mucho más de lo que aparece al
oírlo y repetirlo tranquilamente, por ejemplo hagamos su equivalencia en tiempo. ¿cuánto
tiempo corresponde a ese número de segundos, si hay 60 segundos en un minuto, y 60
minutos en una hora, y 24 horas en un día y 365 días en un año? ¿cuántos años
equivalen a cien mil millones de segundos? Al hacer las operaciones pertinentes el
resultado es sorprendente: cien mil millones de segundos es igual a nada menos que ¡tres
mil ciento setenta y un años! Otro ejemplo igualmente impresionante de lo grande de este
número es calcular cuántos kilómetros equivalen a cien mil millones de milímetros; el
resultado es igualmente sorprendente; cien mil kilómetros, o sea, aproximadamente un
tercio de la distancia de la tierra a la luna. De estos ejemplos simples de nuestra vida
diaria es fácil concluir que el número de células nerviosas que forman un cerebro humano
es verdaderamente muy grande.

No basta sin embargo pensar sólo en el número de neuronas para acercarnos a entender
la composición celular del cerebro, ya que al hacer consideraciones estrictamente
numéricas se están dejando de lado otros aspectos mucho más importantes en la
caracterización de las células de los tejidos y de sus funciones. Pensemos, por ejemplo,
que ese número tan elevado de células en el cerebro no es tan sorprendente al
compararlo con el que existe en otros órganos del cuerpo. El hígado, cuyo tamaño es
considerablemente mayor que el del cerebro, tiene quizá más células que este último. La
diferencia está en que además del número, las neuronas son muy diferentes entre sí, y
esta diferencia es muy importante para la organización estructural del cerebro. Además,
ya hemos mencionado que las neuronas se han especializado tanto en su función de
comunicación que han perdido la capacidad para hacer otras cosas, entre ellas la muy
importante función de reproducirse. En contraste, las células del hígado tienen gran
capacidad para fabricar una enorme cantidad de moléculas que las neuronas no pueden
hacer y además, las células hepáticas tienen un impresionante poder reproductor cuando
han sido lesionadas.

LA FORMA DE LAS NEURONAS

Para volver a centrarnos en el tema fundamental de este capítulo que es la estructura de


las neuronas, hagamos una comparación más respecto a la forma de las células y, para
ello, veamos más de cerca una célula del hígado: posee todas las características
morfológicas de lo que podríamos llamar una célula animal típica, como son su núcleo,
citoplasma, membrana externa y un conjunto de pequeños organelos en el seno del
citoplasma, que incluye las mitocondrias, los lisosomas y el sistema reticuloendoplásmico.
No es éste el momento de detenernos a analizar qué es lo que hace cada uno de estos
organelos intracelulares. Lo que nos interesa es comparar la estructura de una célula
hepática con la de una neurona. Y lo primero que salta a la vista es, que mientras que un
hepatocito (o célula hepática) es muy parecido, por no decir idéntico, a cualquier otro,
cuando observamos las neuronas encontramos una enorme diversidad de formas.
Mientras que todos los hepatocitos son más o menos esféricos y prácticamente iguales
entre sí, las neuronas poseen múltiples ramificaciones que parten de una zona central,
que tampoco es igual entre los distintos tipos de neuronas. Esta zona más voluminosa,
llamada cuerpo o soma, puede tener forma de pera, esférica o ligeramente alargada, y
varía muchísimo en su tamaño.

Pero las variaciones en la forma de las neuronas son verdaderamente sorprendentes


cuando, más que el soma, observamos sus prolongaciones. Ya desde el capítulo 1
señalamos que las neuronas receptoras y las neuronas motoras tienen una larga
prolongación que les permite llevar la información que reciben hacia el cerebro —en el
caso de las receptoras— o desde el cerebro hacia la periferia —en el caso de las motoras
—. Esta prolongación, que es muy delgada en comparación con el soma o cuerpo de la
neurona, existe también en cada una de las1011 neuronas que están localizadas en el
interior mismo del cerebro, sólo que en este caso lleva información a otras neuronas
dentro del mismo tejido cerebral. El nombre de esta prolongación es axón. (Figura 20.)

Figura 20. La forma de las neuronas es extraordinariamente variada, como puede apreciarse
claramente en los ejemplos que aquí se muestran. En (a), se observan dos tipos de las neuronas
"piramidales", características de la corteza cerebral ( véase también la figura 19). En la sección
(b), una hemosa neurona de retina de gato, muestra la compleja red de ramificaciones en el
extremo de su axón. En (c) encontramos una neurona de Purkinje de la corteza del cerebelo, la
cual posee un magnífico árbol dendrítico que recibe múltiples conexiones de otras células del
cerebelo (véase la figura 21). La (d) es también de la corteza del cerebelo: a, axón; d, dendritas; s,
soma o cuerpo celular.

Además del axón, que arranca desde un solo sitio del soma pero que puede después
ramificarse profusamente, existen en las neuronas muchas otras prolongaciones que
parten también del soma, generalmente del lado opuesto al del origen del axón. A
diferencia de éste, son casi siempre muy numerosas desde su origen mismo, y se
ramifican casi inmediatamente. Estas prolongaciones constituyen la parte receptora de
información de la célula, por lo que puede decirse que son la contrapartida del axón, y
reciben el nombre de dendritas.

¿Qué tan grande es una neurona? Según el tipo de neurona de que se trate su soma
puede medir tanto como medio milímetro o tan poco como menos de 2 milésimas de
milímetro. Sin embargo, la longitud de las prolongaciones, especialmente la del axón,
puede ser sorprendentemente grande. Por ejemplo, pensemos en los axones de las
neuronas que llevan la información de la piel del pie hasta la médula espinal. Es claro que
estos axones miden muchos centímetros de longitud, al igual que los de las neuronas
motoras que hacen que los músculos se contraigan. En el caso de ciertas especies
animales grandes, como la jirafa, un axón puede medir hasta dos o más metros de largo.
Sin embargo, los axones de las neuronas del interior del cerebro tienen axones muy
cortos, pues van a comunicarse con otras neuronas que se encuentran muy cerca, en el
mismo interior del cerebro. La otra dimensión, el grosor de los axones, si es muy
pequeña, pues su diámetro raramente sobrepasa 3 o 4 milésimas de milímetro. La
longitud de las dendritas, finalmente, es de sólo fracciones de milímetro en la gran
mayoría de las neuronas. (Véase la Figura 6.)

De lo dicho hasta este momento podemos concluir que no existe una neurona típica, pues
¿cuál tomar como ella, por ejemplo de entre las que se muestran en las Figuras 1 y 20?
Según el lugar específico que ocupe dentro de la estructura del cerebro, y la manera
como se relacione con las otras numerosas neuronas con que se comunica, cada tipo de
neurona tendrá una forma propia, según la estructura particular de sus prolongaciones, el
axón y las dendritas, y por las ramificaciones de éstas.

Podemos resumir lo dicho hasta ahora sobre la forma y estructura de las neuronas de las
siguiente manera: todas tienen una porción receptora de señales, formada por las
dendritas, sumamente ramificadas, un soma o cuerpo —en donde se encuentra el núcleo
y la maquinaria química para fabricar proteínas y otras moléculas, y además es la porción
encargada de manejar e integrar la información— , y una porción emisora de la
información recibida, constituida por el axón, el cual también se ramifica
considerablemente. Sin embargo, estas tres bien diferenciadas porciones de cada neurona
son sumamente variables en forma, en tamaño y modo de ramificarse, de tal manera que
aparte de la definición general que acabamos de hacer es prácticamente imposible hablar
de una morfología general de las neuronas.

LA ARQUITECTURA NEURONAL: LOS CIRCUITOS

Conviene ahora revisar hacia dónde van los axones, y de dónde viene la información que
recogen las dendritas. Esto quiere decir, ni más ni menos, describir a vista de pájaro lo
que bien puede llamarse la arquitectura de las neuronas. Y es que la forma como están
organizados los conjuntos de neuronas para comunicarse entre sí, bien puede compararse
con la más elaborada arquitectura urbana que pueda concebirse. Como en la imaginada
ciudad Zora de Italo Calvino, quien la describe así en su Ciudades invisibles:
...el secreto de Zora radica en el modo como tu mirada recorre los distintos
patrones siguiendo uno al otro como en una partitura musical en la que no se
puede alterar o desplazar ninguna nota. El hombre que conoce de memoria
cómo está hecha Zora, si no puede dormir en la noche, puede imaginarse que
caminó a lo largo de sus calles y recordar el orden en el que el reloj de cobre
sigue al toldo con rayas del peluquero, y después la fuente con los nueve
chorros, la torre de vidrio del astrónomo, el kiosko del vendedor de melones,
las estatuas del ermitaño y el león, el baño turco, el café de la esquina, el
callejón que lleva al puerto. Esta ciudad que no puede ser expulsada de la
mente es como una armadura, un panal en cuyas celdas cada uno de nosotros
puede colocar las cosas que quiere recordar: nombres de hombres famosos,
virtudes, números, clasificaciones vegetales y minerales, fechas de batallas,
constelaciones, partes de discursos. Entre cada idea y cada punto del itinerario
se puede establecer una afinidad o un contraste, sirviendo como ayuda
inmediata a la memoria.

Esta brillante visión de una ciudad imaginada podría corresponder a la manera como
están dispuestas las neuronas en el cerebro. En efecto, las neuronas no están distribuidas
al azar, una junto a la otra, sino que están organizadas de una manera
extraordinariamente precisa, de tal modo que mediante sus dendritas y sus axones
forman complicadas vías o circuitos, a través de los cuales cada una de ellas se puede
comunicar sólo con aquellas que forman parte de la vía o circuito. En el siguiente capítulo
revisaremos en detalle cómo se comunica una neurona con otra, y la trascendencia del
mecanismo de comunicación. Por el momento solamente es necesario hacer énfasis en
que esta precisa —y preciosa— organización permite que distintos grupos neuronales —
llamados núcleos neuronales— en regiones o zonas específicas del cerebro se comuniquen
directamente sólo con ciertos núcleos neuronales de otras regiones, siguiendo una
determinada distribución como la de la ciudad de Zora. Por ejemplo, veamos los
esquemas mostrados en la Figura 21. En el de la médula espinal, los axones de las
neuronas sensoriales o receptores, de que hemos hablado en el Capítulo 1, penetran por
la parte posterior o dorsal de la médula y van a hacer conexión, a través de
ramificaciones, con varias otras neuronas situadas más profundamente, entre las cuales
están las neuronas motoras. Estas a su vez, envían su axón partiendo de la porción
anterior o ventral de la médula, hacia fuera de ella, hasta llegar a los músculos. Sin
embargo, antes de salir de la médula ese axón emite una colateral, que se va a conectar
con otra neurona de axón muy corto. Este axón, a su vez se conecta con otra
motoneurona diferente, cuyo axón va a terminar en el músculo antagonista a aquél al que
llega el axón de la motoneurona inicial (músculo antagonista de otro es el que genera el
movimiento opuesto: el músculo bíceps, que nos permite flexionar el antebrazo sobre el
brazo, tiene su antagonista, el tríceps, con el que realizamos el movimiento opuesto de
extensión).
Figura 21. Las neuronas se comunican con otras de manera perfectamente definida y precisa,
formando vías o circuitos multineurales que son los responsables de las funciones nerviosas. El
primer esquema muetra algunos de los circuitos de la médula espinal, incluyendo neuronas que
inhiben a otras, en vez de excitarlas, las cuales están en negro y con una I ( véase también la
figura 32). Las flechas hacia arriba y hacia abajo indican que estos axones vienen del cerebro, o
van hacia él, a lo largo de toda la médula espinal. El 2° esquema muestra la organización de los
circuitos neuronales en la corteza del cerebelo. Nótese que las células se observan en un corte
transversal y además en otro longitudinal, por lo cual la célula de Purkinje (Figura20 c), ahora se
ve de frente o de perfil. La dirección de las flechas indica el sentido del flujo de información.

En otro ejemplo mostrado en la Figura 20 el y la, de corteza del cerebelo, los axones que
llegan a ella hacen contacto con las dendritas de las neuronas llamadas granulares, el
axón de éstas sube hasta una capa más superficial de la corteza cerebelosa, se divide en
forma de "T " y cada una de las dos ramas así formadas avanza una distancia
considerable, estableciendo múltiples contactos con las dendritas de otro tipo particular de
neuronas, las llamadas células de Purkinje, de manera que recuerda a los cables de
electricidad apoyándose en los postes. Finalmente, para completar este circuito de la
corteza del cerebelo, los axones de las células de Purkinje abandonan la corteza e
ininterrumpidamente salen del cerebelo para ir a conectarse con otros grupos neuronales
del cerebro, situados cerca del origen de la médula espinal, en la zona conocida como
tallo cerebral.

Otro ejemplo muy hermoso de la organización de los circuitos neuronales lo constituyen la


retina. En esta delgada estructura que se encuentra en la parte posterior del ojo y con la
cual percibimos la luz en todas sus variedades e intensidades, existe toda una red de
neuronas que, al comunicarse entre sí, inician el complicado procesamiento de la
información que llega en forma de luz para que el cerebro la perciba como imágenes,
colores, formas en el espacio, distancias, movimientos, perspectivas, composiciones,
deslumbramientos, penumbras, sombras y reflejos. Esta organización está resumida en
forma esquemática en la Figura 22. A partir de las neuronas receptoras de luz que están
en el fondo de la retina —es decir, en la capa más profunda por lo que la luz debe
atravesar toda la retina para llegar a ellas—, existen dos capas de neuronas de axón muy
corto y una última cuyos axones se reúnen, atraviesan en un punto específico todo el
espesor de la retina y constituyendo el nervio óptico, llegan al cerebro en donde termina
de procesarse la información. Como en la corteza cerebral —y prácticamente en todas las
regiones del cerebro en que se procesa información—, también en la retina hay otras
neuronas de axón muy corto, que se conectan con las ya mencionadas y que permiten
una ordenada interacción lateral entre ellas, así como regulación o control, que es
precisamente parte importante del procesamiento de la información a que nos hemos
referido y el que veremos con más detalle en el próximo capítulo.

Figura 22. La retina (esquema Figura 22a) y la corteza cerebral (Figura 22 b) son hermosos
ejemplos de la organización de las neuronas en capas y circuitos localizados en láminas celulares
muy delgadas. La fotografía de la primera parte (a) muestra un corte de la retina del pollo
(cortesía de la Dra. A. M. López Colomé) en el que se observan en la parte superior los receptores
a la luz o fotorreceptores, así como las distintas capas de cuerpos neuronales unidos por dendritas
y axones, como se esquematiza en el dibujo. El nervio óptico que se origina en las últimas células
(inferiores en foto y dibujo) lleva al cerebro la información ya parcialmente procesada en distintas
células de la retina. En la figura 22 (b) puede apreciarse en la corteza cerebral la elaborada red de
fibras nerviosas y la organización de los cuerpos neuronales en capas.

Como en la retina, si vemos una capa o zona específica del cerebro, por ejemplo la
corteza cerebral, nos daremos cuenta que en el interior mismo de una zona que podría
parecer tan delgada que ya no sería capaz de tener una organización mayor, las neuronas
se distribuyen en capas, donde predominan los somas de las células, mientras que sus
dendritas y sus axones se dirigen hacia los planos superior o inferior de manera que
forman redes perfectamente definidas, al establecer contactos con neuronas vecinas de
otras capas. Algunas de estas neuronas forman capas cuyos axones son muy cortos y no
abandonan la zona, sino que se comunican con otras neuronas de la misma capa. La
importancia de este tipo de arreglos es grande pues por tener estas células su axón corto
y comunicarse con otras de la misma región, funcionan como células de asociación y,
como tales, regulan la información que toda esa zona procesa.

Considerando varias regiones diferentes del cerebro, las conexiones que entre ellas se
establecen también siguen un arreglo determinado. En otras palabras, los axones que
emergen de una región se dirigen con suma precisión hasta otra zona del cerebro, y aún
dentro de ella misma llegan precisamente a cierta subzona y no a otra. Además, como se
ejemplifica en el esquema, es frecuente que los axones de cierta región, directamente o
después de hacer otras conexiones intermedias, regresen a la misma región de la que se
originaron, de manera que se establecen circuitos cerrados en los que la información que
parte de una región puede repercutir sobre esa misma región. No es difícil imaginar, en el
siguiente capítulo se hará énfasis en ello, que este tipo de organización permite la
posibilidad de mecanismos de regulación precisos, mediante los cuales la información que
parte de cierta zona puede retroactuar sobre ella misma.
Estos ejemplos bastarán para hacer ver la precisión de la complicada arquitectura, que
podríamos llamar urbanística, de los circuitos neuronales que constituyen el cerebro.
Además, si consideramos solamente una neurona con su soma y sus dendritas,
observaremos que recibe una enorme cantidad de conexiones provenientes cada una de
ellas de neuronas diferentes. Así, no es raro encontrar que a una sola neurona llegan
decenas, cientos y hasta varios miles de conexiones de otras tantas neuronas (véase el
capítulo IV).

De todo lo que hemos revisado hasta ahora podremos concluir, y esta conclusión es
correcta, que las neuronas, mediante los circuitos que establecen, constituyen la parte
fundamental del cerebro: el cerebro es un conjunto de neuronas extraordinariamente
organizadas en sus arreglos tridimensionales y en sus conexiones. Es con las neuronas
que pensamos, sentimos, nos movemos, captamos todo lo que está a nuestro alrededor
en forma de luz, imágenes, sonidos, ruidos, frío, calor, dolor, suavidad o dureza, dolor o
placer, olores agradables o desagradables, sabores, consistencias, texturas y
configuraciones, colores y forinas. Es con las neuronas que creamos, imaginamos,
sufrimos, amamos y gozamos.

Las neuronas son, por todo lo anterior, las células de la mente.

LAS OTRAS CÉLULAS DEL CEREBRO

Además de las neuronas, existen en el cerebro otro tipo de células, cuya función ha
empezado a conocerse con cierto detalle en los últimos años. Estas células son también
extraordinariamente numerosas —su número es aún mayor que el de las neuronas—
aunque su función es completamente diferente, pues no reciben, procesan o envían
información a otras células, ni tampoco se comunican entre sí. De manera general estas
células reciben el nombre de células gliales, o simplemente neuroglia.

Las células gliales tienen también muchas prolongaciones que parten de su soma pero a
diferencia de las neuronas, las prolongaciones son todas muy parecidas entre sí
morfológica y funcionalmente ya que no existe diferencia entre ellas. Las células gliales
más abundantes son las llamadas astrocitos, que tienen forma de estrella y cuyas
prolongaciones están en contacto íntimo con los capilares que llevan sangre a todas las
células del cerebro. La función de los astrocitos es múltiple: por un lado, proporcionan una
especie de soporte o consistencia al cerebro, además, parecen jugar un importante papel
en muchas reacciones químicas necesarias para el correcto funcionamiento de las
neuronas, proporcionándoles sustancias de varios tipos, incluyendo algunas de gran
importancia para la función neuronal, pues tienen que ver con la fabricación de las
moléculas que la neurona usa para comunicarse con sus vecinas, como veremos en el
próximo capítulo.

Además de los astrocitos, existen otras células gliales de suma importancia para la
función general del sistema nervioso. Estas son las células de la oligodendroglía, u
oligodendrocitos. Las prolongaciones de estas interesantes células se enrollan alrededor
de los axones de las neuronas formándoles una cubierta de varias capas de membrana
celular, la cual posee una composición muy especial, diferente a la de las otras
membranas celulares. Recibe el nombre de mielina. La mielina está constituida por un
material que, por su alto contenido en grasa, es aislante para el axón, lo cual facilita
grandemente la transmisión de la información eléctrica a lo largo del axón (véase el
siguiente capítulo). Como resultado de esto, los axones pueden conducir la corriente
eléctrica a mucha mayor velocidad que si no existiera la mielina.
La importancia funcional de la mielina se pone de manifiesto claramente durante el
desarrollo postnatal: al nacer, la mayor parte de los axones no están aún mielinizados,
por lo cual la conducción de la corriente eléctrica es defectuosa, y ésta es una de las
razones de la torpeza y la falta de habilidad y coordinación motora, así como de las
deficiencias en el uso de los órganos de los sentidos en la primera infancia de la mayor
parte de los mamíferos, incluyendo al hombre. Además, existen algunas enfermedades
del sistema nervioso en las que la mielina degenera o se altera, con consecuencias graves
para el funcionamiento del sistema nervioso en su conjunto. Éstas son las enfermedades
llamadas desmielinizantes, para las cuales aún no existe tratamiento efectivo.

Aunque ciertamente las células de la neuroglia no son células nerviosas propiamente


dichas, en conjunto dan un soporte y un apoyo funcional esencial para la actividad
neuronal. El cerebro queda así definido como un gran conjunto de neuronas, apoyadas
por la neuroglia, organizado de manera precisa en redes, circuitos, capas y conexiones.
Este gran conjunto es el que, mediante los mecanismos de comunicación interneuronal
que estamos listos para revisar en el próximo capítulo, hace del cerebro humano la más
compleja organización anatómica y funcional a que ha llegado la evolución biológica en su
creciente progreso de centralización del sistema nervioso.

I V . ¿ Q U É L E N G U A J E H A B L A S ?

El pájaro ha venido/ a dar la luz:


de cada trino suyo/ nace el agua.
Y entre agua y luz que el aire desarrollan/
ya está la primavera inaugurada,/ ya sabe la semilla que ha crecido,/
la raíz se retrata en la corola,/ se abren por fin los párpados del polen.
Todo lo hizo un pájaro sencillo/ desde una rama verde.
"La primavera", PABLO NERUDA

EN 1921 el alemán Otto Loewi realizó un experimento que iba a tener consecuencias muy
interesantes e importantes para el desarrollo futuro del conocimiento del lenguaje que las
neuronas hablan y lo que se dicen entre sí. Loewi trabajaba sobre lo mecanismos de
contracción del corazón de la rana, y con este objetivo, utilizaba un modelo experimental
que se ha usado mucho en fisiología cardiaca: mantener el corazón de la rana fuera del
cuerpo de ésta, aislado de todos los otros órganos en una caja de Petri o pequeño vaso de
vidrio. El corazón está bañado en una solución que contiene las sales más abundantes del
plasma y de los líquidos que se encuentran normalmente fuera de las células en todos los
tejidos animales, por ejemplo el cloruro de sodio, que es la sal más abundante.

En estas condiciones, si hay suficiente oxígeno en la solución, el corazón de la rana puede


latir durante dos o tres horas, debido al automatismo característico del músculo cardiaco
—recordemos que el corazón no es otra cosa que un músculo con ciertas propiedades
especiales, a pesar de que sigue siendo considerado el órgano con el que amamos y
sentimos las emociones—. Gracias a esta propiedad del automatismo, el corazón es capaz
de contraerse casi como si estuviera aún dentro del organismo y siguiera conectado por
medio de las arterias y venas al resto del mismo. Sin embargo, esto no quiere decir que el
corazón dentro del cuerpo funcione independientemente; al contrario, como cualquier otro
órgano del cuerpo, el corazón está sujeto a una regulación muy importante ejercida por el
cerebro, precisamente por aquella parte del sistema nervioso que en el capítulo I
denominamos autónoma porque funciona sin la participación de la voluntad. Es mediante
esta regulación autónoma que no necesitamos pensar para ordenarle al corazón que
acelere su frecuencia de latidos cuando los órganos requieren de más sangre, por
ejemplo, cuando corremos o tenemos alguna experiencia que nos produce enojo o un
estado de alerta. En estos casos, la frecuencia de latidos del corazón aumenta por acción
de la parte autónoma del cerebro, a través de los axones de las neuronas localizadas en
ciertos núcleos celulares del tallo cerebral. Sin embargo, otros axones de neuronas
diferentes, que llegan al corazón por otro nervio, llevan una información opuesta: en lugar
de acelerar la frecuencia cardiaca, la disminuyen. De este modo el sistema nervioso
autónomo controla la frecuencia cardiaca, aumentándola o disminuyéndola según lo
requiera el organismo.

SUSTANCIAS QUÍMICAS QUE CAMBIAN LA FRECUENCIA CARDIACA

Regresemos ahora a Otto Loewi y sus experimentos del corazón aislado de la rana. A
Loewi se le ocurrió que el nervio que causaba una disminución de la frecuencia de latidos
del corazón quizá lo hacía mediante una sustancia química, la cual sería liberada por el
nervio cuando éste se estimulaba. Como es posible aislar al corazón junto con su nervio,
Loewi pensó que si su idea era correcta, debería ser posible demostrarla mediante el
siguiente experimento: estimular el nervio encargado de disminuir la frecuencia cardiaca
en un corazón aislado, tomar un poco de la solución en que ese corazón está sumergido, y
agregarla a otro corazón aislado. Si realmente el nervio ejerciera su acción mediante la
liberación de una sustancia, ésta debería estar presente en la primera solución y por
consiguiente al agregarla al otro corazón de velocidad normal, éste debería disminuir su
frecuencia de latidos.

Loewi refiere que esta idea se le ocurrió por primera vez en un sueño que al despertar
tenía muy claro, pero que, como a todos nos has ocurrido muchas veces, le fue imposible
recordar después por más esfuerzos que hizo. Sin embargo, afortunadamente para el
futuro de la investigación sobre el sistema nervioso, pocos días después volvió a tener el
mismo sueño. En esta ocasión Loewi no quiso correr riesgos, y al recordar el sueño lo
apuntó inmediatamente. La idea le pareció tan atractiva, que sin pensarlo mucho, muy
temprano al día siguiente, se precipitó a su laboratorio a hacer el experimento, el cual,
como ya habrá supuesto el lector de estas líneas, resultó como él esperaba: al agregar la
solución del corazón cuyo nervio había estimulado, al segundo corazón, éste
inmediatamente disminuyó también su frecuencia de contracción. Fue verdaderamente
una fortuna que Loewi no esperara mucho tiempo para hacer el experimento en la
segunda ocasión que soñó la idea, pues, como él mismo confiesa, si lo hubiera pensado
un poco más quizá nunca se hubiera animado a hacerlo, pues las probabilidades de éxito
eran muy bajas considerando una serie de factores, como el hecho de que la hipotética
sustancia liberada del nervio seguramente estaría en cantidades extraordinariamente
pequeñas, y además al liberarse al medio se diluiría enormemente por el relativamente
gran volumen de éste, y en esas condiciones era muy improbable que pudiera observarse
el efecto esperado en otro corazón. Así pues, debemos a la prisa de Loewi el que no haya
pensado de antemano tantas posibles objeciones experimentales y se haya animado a
hacer lo que hizo. En efecto, como a pesar de todo el experimento resultó positivo —
veremos en este capítulo la trascendencia del hallazgo— se descubrió que las sustancias
químicas eran capaces de liberarse de los axones y actuar sobre otros órganos, en este
caso el corazón.

La historia del descubrimiento de Loewi nos da la entrada para unir los dos capítulos
precedentes y tratar de entender cómo se comunican las neuronas. Por una parte, en el
capítulo II revisamos cómo los mecanismos de comunicación entre las moléculas se
fueron haciendo más y más complejos en el curso de la evolución biológica, de tal manera
que, al aparecer las macromoléculas, especialmente las proteínas, la manera de cómo las
moléculas se pueden reconocer entre sí cambió profundamente. Vimos cómo este cambio
implicó una especificidad en dicho reconocimiento, de modo que sólo las moléculas con
formas que tuvieran afinidad entre sí pueden unirse, combinarse o interactuar, y cómo
todo esto se debe a la información contenida en la estructura de las proteínas. Por otra
parte, en el capítulo III revisamos cómo es una neurona. Vimos que su forma particular
incluye, además del soma, las dendritas o parte receptora de la información, y el axón o
parte emisora de la información. El resto de este capítulo lo dedicaremos a ver la relación
de estos dos capítulos entre sí y con el descubrimiento de Otto Loewi.

LA INFORMACIÓN QUE UTILIZAN LAS NEURONAS ES LA ELECTRICIDAD

Empecemos por ser un poco más precisos en lo que entendemos por la información que
es recibida por las dendritas y emitida por el axón. Para Aristóteles, la información —
aunque él no la llamaba así sino el "espíritu animal" o "animado" (animal por referirse al
ánima o alma— residía en la sangre, la cual era impulsada por el corazón, asiento del
alma. René Descartes, en la primera mitad del siglo XVII,sin dar una explicación más
exacta, amplió el concepto aristotélico de un sistema hidráulico en el que se movía el
"espíritu animado". Al considerar ciertos reflejos, como los que ocurren cuando retiramos
sin darnos cuenta un brazo o una pierna del fuego cuando sentimos un calor demasiado
intenso, Descartes postuló que el fuego causaría un desplazamiento de la piel, el cual
sería transmitido por una "cuerda" —los nervios sensoriales que parten de la piel— hasta
el cerebro, en el cual se abriría como consecuencia un poro o agujero que permitiría la
comunicación entre el nervio y el ventrículo cerebral. Por este poro pasaría entonces el
espíritu animado hacia el interior de los nervios —que él postulaba sería hueco— , de
modo que al llegar el espíritu a los músculos, a través de los nervios, éstos se inflarían y
como primera consecuencia se contraerían y entonces, la pierna o el brazo se retiraría.
(Figura 23.) Estos conceptos de Descartes ciertamente corrigen en gran medida la
equivocación aristotélica, ya que le dan a los nervios la capacidad de conducir la
información, en vez de adjudicar este papel a la sangre, pero conservan dos errores muy
importantes: primero, la idea del espíritu animado como la información que es enviada,
inicialmente de la piel al cerebro y después del cerebro al músculo, y segundo, conceden
a los ventrículos cerebrales —que son verdaderos huecos que existen en el interior del
cerebro, en donde se encuentra el líquido cefalorraquideo— un papel importante en este
proceso, ignorando al propio tejido cerebral. Asimismo, la naturaleza del espíritu animado,
lo que en este libro llamamos información, continúa completamente indefinida, pues sólo
se le considera como la manifestación del alma. Sin embargo, otro concepto importante —
y correcto— de Descartes es que en un reflejo, como lo hemos ya mencionado en el
primer capítulo para el caso de reflejo rotuliano, la información parte de un órgano
receptor y regresa a un músculo, el cual responde de manera automática a dicha
información.

Tuvo que transcurrir un siglo a partir de Descartes, es decir, llegar casi a fines del siglo
XVIII, para que se empezara a conocer la identidad de la información transmitida por los
nervios.
Figura 23. En este dibujo de Descartes, publicado en 1637, el filósofo y naturalista francés ilustra
su idea del reflejo de retirar la pierna del fuego. Como se menciona en el texto, aunque el concepto
de reflejo es en esencia correcto, la naturaleza de la señal que viaja por los nervios y de los
nervios mismos y el cerebro, estaba muy lejos de ser correcta.

El inicio de este descubrimiento fue un hallazgo del italiano Luigi Galvani quien realizando
experimentos de electricidad observó que si pasaba una corriente eléctrica de un metal a
otro, colocando las patas de una rana entre los dos metales, los músculos de esas patas
se contraían, Galvani demostró así que los músculos respondían con una contracción, a la
excitación por medios eléctricos. Y fue más allá en sus investigaciones sobre esta
propiedad del músculo que llamó "electricidad animal", realizando otro experimento que,
además de interesante en sí mismo, planteó por primera vez de una manera directa la
posibilidad de que los nervios estimulen los músculos por medio de corrientes eléctricas.
Este experimento consistió en formar un circuito eléctrico mediante la inserción de un
gancho de cobre en la médula espinal de una rana, de tal manera que este gancho, a
través de la médula espinal, se conectaba con otro metal. En estas condiciones, durante
una tormenta eléctrica o mediante la estimulación de la médula espinal con una máquina
electrostática (una máquina de aquella época capaz de generar chispas) la pata de la rana
se movía por la contracción rápida de sus músculos. Posteriormente, Galvani demostró
que lo mismo ocurría cuando, en vez de la médula espinal, eran los nervios que llegaban
a los músculos de la pata los que eran estimulados eléctricamente. Para Galvani estos
hallazgos demostraban que los tejidos de la rana eran capaces de generar electricidad, la
cual era probablemente de naturaleza diferente a la de la electricidad física, es decir,
habría una electricidad animal y otra electricidad no animal. Sin embargo, Alessandro
Volta, quienes años después construiría la primera batería artificial, la pila voltaica,
demostró que en los experimentos de Galvani la electricidad no se originaba en los tejidos
directamente, sino en los metales con que estaban en contacto, y lo que realmente hacían
los nervios era conducir esa electricidad hasta el músculo, provocando que éste se
contrajera.

A partir de los experimentos que acabamos de relatar se fue afinando y consolidando la


idea de aquello que Aristóteles bautizó como espíritu animado y Descartes consideró como
transmitido por los nervios para "inflar" los músculos, era en realidad electricidad. Es
curioso que desde dos siglos antes, en el siglo XVI, se conocía un fenómeno que indicaba
una importante relación entre la vida de ciertos animales y la electricidad. En efecto, las
descargas eléctricas producidas por las anguilas y otros peces eléctricos eran conocidas
desde esa época. En el siglo XIX, Faraday, en sus extensos estudios sobre electricidad,
realizó experimentos sobre la naturaleza de la electricidad generada por estos peces, y
concluyó que era exactamente igual al generado por cualquier otro método, pila o
relámpagos y, además, postuló que había una relación entre el sistema nervioso de estos
peces y su órgano eléctrico.

Muchos estudios posteriores, ya en nuestro siglo, han confirmado de manera muy precisa
que, en efecto, la naturaleza de ese flujo que viaja por los nervios y hace contraer los
músculos es eléctrica. Así, como los nervios no son otra cosa que un conjunto de axones
de las neuronas sensitivas que llevan la información hacia la médula espinal y el cerebro,
y de las motoneuronas que la llevan hasta los músculos, podemos concluir que la
información de que hemos venido hablando repetidamente, la cual cada neurona es capaz
de recibir y enviar, es información de naturaleza eléctrica; que cada axón, por
consiguiente, genera en su sitio de origen una corriente eléctrica y que es capaz de
conducirla a todo su largo, sin perder intensidad, hasta el sitio donde termina y establece
comunicación ya sea con un músculo, una glándula endocrina, el corazón o, si se trata de
una neurona del interior de la médula espinal o del cerebro, con otras neuronas. Ésta es
la información que buscaba Aristóteles y que Descartes determinó que viajaba por los
nervios huecos: la electricidad. Éste es, pues, el lenguaje de las neuronas.

LA COMUNICACIÓN ENTRE LAS NEURONAS ES QUÍMICA

Es éste un punto clave de nuestro relato a propósito del lenguaje que hablan las
neuronas. Cada neurona habla, efectivamente, en un lenguaje de electricidad. Pero, ¿qué
sucede cuando la corriente eléctrica, palabra de este lenguaje, llega al final del axón, al
sitio terminal en que debe comunicarse con la siguiente neurona?

Para contestar esta pregunta debemos primero recordar lo que hemos dicho en el capítulo
anterior respecto a la monumental obra de Ramón y Cajal, confirmada después de
manera precisa por la microscopía electrónica: las neuronas no se continúan una con
otra; sus membranas no son comunes, sino que cada neurona está perfectamente
limitada por la membrana que la rodea por todas partes, incluyendo naturalmente a las
dendritas y al axón; las neuronas no son continuas una con otra sino contiguas, cada una
es una entidad independiente. ¿Cómo es que una neurona puede entonces comunicarse
con un músculo o con otra neurona? ¿Qué sucede cuando la corriente eléctrica que viaja a
lo largo del axón llega al final de éste? La primera respuesta que podría uno pensar es
que, si bien la membrana de la neurona no se continúa con la de la neurona siguiente, sus
respectivas membranas podrían estar tan cerca una de la otra que la corriente eléctrica,
al llegar al extremo del axón, sería capaz de "brincar" el pequeñísimo espacio que existe
entre las dos neuronas. De hecho, es bien conocido que si nosotros acercamos dos cables
eléctricos casi hasta tocarse y hacemos pasar una corriente eléctrica por uno de ellos, esa
corriente puede transmitirse al otro cable. Así, si las membranas de las neuronas que se
van a comunicar, o la de la neurona motora con la membrana de la célula muscular,
estuvieran suficientemente cerca, es perfectamente posible que la información o corriente
eléctrica de excitación que viaja a lo largo del axón, simplemente siga su camino saltando
ese pequeñísimo espacio, de tal manera que la segunda neurona respondiera como si
fuera una continuación de la primera neurona.

Siguiendo esta línea de pensamiento, veamos qué nos dicen las observaciones realizadas
con el microscopio electrónico respecto a las distancias existentes entre la membrana del
extremo terminal del axón y la membrana de la neurona con la que éste se comunica.
Dijimos microscopio electrónico, porque estas distancias son de dimensiones tan
pequeñas que ni el más potente microscopio de luz puede dar una imagen exacta de estos
arreglos entre membranas en los sitios de comunicación entre las neuronas. (Figuras 24 y
25.) Sólo con el microscopio electrónico se logran los aumentos necesarios y además de
los aumentos, el poder de resolución para poder distinguir una membrana de otra. Pues
bien, las fotografías de microscopia electrónica enseñan (ver figura 26) que efectivamente
hay algunos sitios en los que las membranas de las neuronas involucradas en la
comunicación están directamente adosadas una a la otra, dejando entre ellas un espacio
extraordinariamente pequeño de aproximadamente 2 nanómetros (un nanómetro es la
millonésima parte de un milímetro). ¿Es este espacio suficientemente pequeño para que
pueda pasar el lenguaje de la corriente eléctrica de una neurona a la otra? Un gran
número de estudios fisiológicos, por medio de electrodos colocados en las dos neuronas
que se están comunicando y que muestran este tipo de adosamiento entre las
membranas, indica que sí: efectivamente, cuando la membrana de la terminal axoníca
está tan cerca de la membrana de la otra neurona, la corriente eléctrica puede pasar y
por consiguiente, la segunda neurona al recibir esta información de la primera, se excita
eléctricamente y puede, a su vez, transmitir esa excitación a las neuronas con las que se
comunica.

Figura 24. El microscopio electrónico "de barrido ", llamado así porque los electrones barren la
preparación en vez de atravesarla, como sucede en el "de transmisión", permite ver claramente las
terminales sinápticas llegando a las neuronas. En la micrografía de la figura 24(a) se ven por lo
menos cuatro neuronas, la más grande con sus prolongaciones principales y en el dibujo se
observa un esquema de lo que la micrografía muestra. Es evidente el gran número de terminales
que una neurona puede recibir, sobre todo si consideramos que, por razones de la preparación de
la muestra para la microscopía, sólo algunas de ellas permanecen adheridas y por ello no se ven
los cientos de terminales que llegan a las dendritas (compárese la extensión de la dendritas en
esta fotografía con la observada en microscopía de luz con neurona teñida en su totalidad. Figuras
19 y 20). En la micrografía electrónica de barrido, figura 24(b), se observa una neurona que
también tiene sobre su superficie algunas terminales ( la flecha señala un axón terminado en el
cuerpo de la neurona), y además se observan dos células (SC) que no son neuronas sino
astrocitos, cuya función se menciona en la última parte del Capítulo III.
Figura 25. Esta micrografía fue tomada en un microscopio de luz —equivale a la figura 24 con
microscopio electrónico de barrido—. en este caso la neurona se encuentra cortada y es imposible
verla en volumen, sin embargo, muchas observaciones son visibles las terminales axónicas que la
rodean. Los detalles estructurales de estas terminales y de la zona de contacto con la membrana
de la neurona sólo son visibles con el microscopio electrónico de transmisión (ver figura 26).
Muchas observaciones con el microscopio electrónico han demostrado de manera
contundente que en la gran mayoría de los sitios de comunicación entre las neuronas las
membranas de éstas tienen ciertas características especiales y están separadas por un
espacio aproximadamente 10 veces mayor que el que acabamos de describir, es decir de
aproximadamente 20 nanómetros. Estos sitios precisos de comunicación entre las
neuronas se llaman sinapsis y por ello, el espacio entre membranas recibe el nombre de
espacio sináptico el cual es demasiado grande para que la corriente eléctrica lo pueda
brincar. Lo mismo ocurre en los sitios en que las terminales de los axones de las neuronas
motoras se comunican con los músculos: el espacio sináptico entre la membrana de la
terminal del axón y la membrana de la célula muscular es demasiado ancho para que la
corriente eléctrica lo pueda saltar. La pregunta que ahora debemos hacernos es entonces
obvia: si el lenguaje del axón es el de corriente eléctrica pero en los sitios en que el axón
termina y se debe comunicar con un músculo o con la siguiente neurona, ese lenguaje ya
no puede ser entendido y si además, lejos de ser excepción esto es lo que ocurre en la
inmensa mayoría de los sitios en que las neuronas se comunican dentro del cerebro,
¿cómo es que tal comunicación se lleva a cabo?

Figura 26(a).
Figura 26(b).

Figura 26 (c).

Figura 26. Los detalles arquitectónicos y la estructura fina de los sitios de comunicación entre las
neuronas, llamados sinapsis, se observan en estas micrografías electrónicas de gran aumento (un
centímetro en las fotografías equivale aproximadamente a dos diezmilésimas de milímetro). En la
figura 26(a) se observa una sinapsis eléctrica en la que las membranas de las células que se
comunican están muy cerca una de otra; como se ilustra en el esquema izquierdo de la figura
26(c) y se discute en el texto, esta cercanía permite a la corriente eléctrica brincar de una neurona
a la siguiente. En contraste, la micrografía de la figura 26(b) muestra que en las sinapsis químicas
el espacio entre las membranas es demasiado para que la corriente eléctrica lo pueda saltar, y se
requiere por tanto de un transmisor (NT) químico ( de aquí el nombre de sinapsis química). En la
foto se observa una dendrita cortada transversalmente, sobre la cual dos terminales axónicas una
a la izquierda y otra abajo a la derecha, establecen sinapsis. Las terminales se reconocen porque
poseen en su interior pequeñas vesículas esféricas que se agrupan cerca de la membrana en el
sitio de la sinapsis. Las sinapsis químicas son, por mucho, las más abundantes e importantes en el
cerebro de los mamíferos. Las fotografías han sido tomadas de C. S. Raine, Basic Neurochemistry,
Little Brown and Co.

El último cuestionamiento corresponde a un lenguaje eléctrico que ya no puede ser


transmitido. Podemos decir entonces que ese lenguaje no es entendido, y que por lo tanto
debe ser traducido. La pregunta anterior se convierte así en: ¿cuáles son los mecanismos
de traducción del lenguaje eléctrico de los axones a otro lenguaje que pueda ser
entendido por la neurona siguiente o por el músculo, a través de ese espacio de 20
nanómetros? La respuesta a esta pregunta tan fundamental nos la da en principios los
experimentos de Otto Loewi que hemos descrito más arriba. Ese mecanismo de
traducción consiste en que, como efecto directo de la llegada del impulso eléctrico hasta
la terminal del axón, ésta libera una sustancia química a través de su membrana, la cual
sí puede cruzar el espacio de 20 millonésimas de milímetro que la separa de la siguiente
neurona y así llegar a ella. (Figura 27.) Y ¿qué sucede cuando esa molécula alcanza a la
siguiente neurona? El lector atento del capítulo II de este libro tendrá sin duda la
respuesta en la punta de la lengua, pues en ese capítulo vimos cómo las moléculas
pueden comunicarse entre sí de acuerdo a sus afinidades, mediante un reconocimiento
específico de una molécula hacia otra. Además revisamos en ese capítulo II cómo algunas
de estas macromoléculas capaces de reconocer a otras están colocadas en el seno mismo
de la membrana, embebidas en ellas, de modo tal que pueden reconocer a otras
moléculas que se acerquen y que posean las características de afinidad para que puedan
ser reconocidas. Inclusive dijimos que esas moléculas de la membrana reciben el nombre
de moléculas receptoras, justamente porque eran capaces de recibir, de aceptar, a otra
molécula con las características adecuadas para ser reconocida. Mencionamos también
que un ejemplo muy claro de las moléculas que viajan desde grandes distancias y son
reconocidas por receptores específicos que existen en muchas de las células del
organismo eran las hormonas, las cuales podían así ser definidas como mensajeros que
llevaban información desde el sitio en que eran producidas hasta todas esas otras células
del organismo. Pues bien, consideremos ahora a estas otras moléculas, que son liberadas,
es decir, secretadas, por las terminales de los axones en los sitios de comunicación.
Aunque ciertamente no viajan tanto como las hormonas, ni son secretadas hacia la sangre
para ser ahí transportadas, el hecho es que sí recorren la distancia de 20 nanómetros que
separa las dos membranas de las células que se están comunicando, y al igual que las
hormonas requieren de una molécula receptora en la membrana de la segunda neurona
para ser reconocidas como mensajeros y transmitir la información de la célula de las
cuales son liberadas. Como estos mensajeros se forman en las neuronas, que hemos
definido como las células constituyentes del sistema nervioso que determinan su
funcionamiento, estas moléculas mensajeras reciben el nombre de neurotransmisores.

Figura 27. Este esquema de la sinapsis química ilustra las vesículas sinápticas contenidas en el
interior de la terminal axónica, así como el espacio sináptico entre la membrana de dicha terminal
y la membrana de la siguiente neurona; en este caso la sinapsis se establece con una de las
llamadas espinas dendríticas, que son pequeñas salientes de las dendritas más gruesas (véase la
figura 19 y el primer dibujo de la 20). Se observa también en el interior de la terminal una
mitocondria; este importante organelo celular es el encargado de aprovechar la energia obtenida
de los alimentos, de modo que mediante una serie de reacciones químicas, la energía es
almacenada en una molécula especial y puede ser usada para las distintas funciones celulares. En
el dibujo superior se muestra una neurona con el cuerpo cortado en parte para dejar ver su
interior, que contiene un núcleo, mitocondrias y el llamado sistema retículo endoplásmico, que es
el sitio en el que todas las células sintetizan sus proteínas. En el exterior de la neurona se
observan numerosas terminales axónicas haciendo sinapsis con el cuerpo o las dendritas de la
neurona, como en la figura 24.

NEUROTRANSMISORES Y RECEPTORES

Ya estamos en condiciones de definir el mecanismo de traducción que usan las neuronas


para comunicarse: mediante la liberación de un neurotransmisor, y la combinación de
éste con una molécula receptora localizada en la membrana de la segunda neurona,
traducen el lenguaje eléctrico del axón a un lenguaje químico. Sin embargo, tenemos otra
interesante pregunta todavía frente a nosotros: ¿qué hace esa segunda neurona una vez
que ha reconocido y aceptado al neurotransmisor sobre su membrana, mediante el
receptor correspondiente? Para contestar esta nueva y muy importante pregunta tenemos
que hacer otra consideración respecto al lenguaje eléctrico de las neuronas, que es la
siguiente. En términos de excitación eléctrica, estrictamente hablando, una neurona
puede hacer solamente dos cosas: a) emitir, como hemos revisado, una señal eléctrica a
lo largo de su axón, o b) no emitirla. Si emite la señal, una vez que ésta se ha iniciado en
el sitio de origen del axón, la corriente eléctrica será indefectiblemente conducida hasta
todas las terminales de dicho axón, de la misma manera que una vez prendida la mecha
de un polvorín la chispa continuará su avance a lo largo de la mecha hasta su destino
final. En otras palabras, una vez que la neurona ha disparado la corriente eléctrica, ésta
llegará a su destino sin que la neurona pueda hacer algo para impedirlo. Pues bien, si esto
es lo que sabe hacer una neurona, es inevitable concluir que cuando un neurotransmisor
se combina con su receptor, algo debe pasar en la membrana de la neurona que
reconoció y aceptó al neurotransmisor para que a su vez dispare una señal eléctrica desde
el origen de su axón, y pueda ésta ser conducida a lo largo de dicho axón. Nos interesa,
pues, saber qué es ese "algo" que sucede en la membrana.

Lo que sucede en la membrana es el mecanismo mediante el cual el receptor, en el


momento de reconocer al transmisor, es capaz de excitar a toda la membrana de la
neurona a la cual pertenece, para que ésta dispare sus señales. Ese mecanismo es muy
interesante. Como en el medio externo a las neuronas hay átomos que tienen carga
positiva, especialmente sodio —el cual ya comentábamos en el capítulo II que se
encuentra cargado cuando está en forma de la sal cloruro de sodio—, lo que sucede
cuando el transmisor se combina con el receptor es que se abren unos pequeñísimos
canales en la membrana, y por estos canales penetran rápidamente los átomos de sodio.
Dado que el sodio tiene carga positiva, su entrada genera cambios en las características
eléctricas de la membrana, y la consecuencia de estos cambios es que la neurona se
excita al grado de generar en su axón los impulsos eléctricos de que hemos venido
hablando. De esta manera, mediante una íntima relación de las moléculas receptoras con
los canales que permiten el paso del sodio, se lleva a cabo una nueva traducción del
lenguaje, podríamos decir que en reversa: inicialmente el lenguaje eléctrico se convirtió
en un lenguaje químico mediante la liberación del neurotransmisor en las terminales
axónicas mientras que ahora, como resultado de la combinación del transmisor con el
receptor, a través de la apertura de canales para sodio el lenguaje químico es
reconvertido en lenguaje eléctrico, cerrándose el mecanismo de comunicación entre
neuronas.

Este mecanismo de comunicación eléctrico-químico-eléctrico que hemos descrito, ocurre


de manera muy similar entre dos neuronas y entre una neurona y el músculo al que la
neurona llega para que éste se contraiga. Es así como podemos mover cada uno de
nuestros músculos, mediante la acción de una sustancia que las terminales nerviosas
liberan en el sitio en que las motoneuronas se comunican con ellos. Esto quiere decir que
la membrana de las células musculares también tiene moléculas receptoras, y además
que el músculo también tiene un lenguaje eléctrico que le permite contraerse.

EXCITACIÓN E INHIBICIÓN

Debemos ahora introducir una complicación más en nuestro estudio de la comunicación


entre las neuronas. Recordemos el tantas veces mencionado experimento de Loewi.
Decíamos que lo que hacía la sustancia que parecía liberarse de los axones que llegan al
corazón no era aumentar la frecuencia de los latidos, sino disminuirla, frenarla. Pensemos
un poco en lo que esto quiere decir. Antes describimos un mecanismo que permitía a la
segunda neurona disparar impulsos, es decir, excitarse, y dijimos también que al músculo
le sucedía algo parecido, sólo que en este caso en lugar de responder a la excitación con
el envío de señales eléctricas lo hacía contrayéndose. Y ahora, al recordar el experimento
de Loewi, vemos con sorpresa que en vez de que el músculo cardiaco se contraiga más al
recibir el neurotransmisor, se contrae menos. ¿Cual es la conclusión?. Inevitablemente es
necesario concluir que ese transmisor en vez de excitar al corazón lo inhibe. Traslademos
ahora esta conclusión a las neuronas, mediante una pregunta, ¿existen neurotransmisores
que al ser liberados y combinarse con los receptores de otras neuronas las inhiban en vez
de excitarse? Y si la respuesta es afirmativa, ¿cómo es que esto sucede? Y como tercera
pregunta inmediata, de evidente trascendencia, ¿qué importancia tendría para el
funcionamiento del cerebro el que las neuronas puedan inhibirse en vez de excitarse, es
decir frenar o disminuir la capacidad de disparar señales eléctricas a través de su axón,
en vez de emitirlas?

Contestemos a estas preguntas. La respuesta a la primera pregunta es inmediata y muy


simple: sí existen neurotransrnisores que al combinarse con sus receptores en la siguiente
neurona, causan una inhibición y no una excitación de ella, es decir, disminuyen la
probabilidad de que esa neurona dispare señales eléctricas por su axón. Es más, de una
vez vale la pena decirlo, las neuronas que tienen esta acción inhibidora sobre otras
neuronas son mucho más numerosas que aquellas de cuya acción resulta una excitación.

La respuesta a la segunda pregunta es un poco más complicada, pero no muy difícil


después de lo que hemos dicho respecto a los mecanismos de excitación. Si en ellos entra
un átomo cargado positivamente, como el receptor está acoplado a canales para átomos
cargados negativamente, sucede un cambio en el mecanismo de excitación por inhibición.
Así, cuando la comunicación entre las neuronas es de naturaleza inhibidora, se abren
canales para átomos cargados negativamente, los cuales al penetrar al interior de la
neurona la inhiben. (Figura 28.)
Figura 28. La proteína que actúa como receptor en la membrana de las neuronas, al reconocer y
aceptar a un determinado neurotransmisor por su parte externa, que ve hacia el exterior de la
célula, sufre un cambio en su estructura tridimencional el cual produce una modificación en otras
proteínas. Estas últimas son canales para sodio (Na+) o para cloro(Cl-), por lo que al modificarse
por efecto de la combinacion transmisor-receptor dejan pasar estos átomos. Debido a que, como
se describió en el texto, los átomos de sodio y de cloro tienen una carga positiva o negativa,
respectivamente (véase la figura 9), al entrar, cambian las propiedades eléctricas de la membrana:
cuando entra el sodio hay excitación de la neurona y cuando entra el cloro hay inhibición. El
transmisor que produce excitación es distinto al que produce inhibición, y naturalmente también
sus correspondientes receptores son diferentes, pues reconocen distintas moléculas.

Evidentemente debe haber una relación entre las cargas eléctricas de los átomos que
entran a través de los canales abiertos por los transmisores y la corriente eléctrica que
finalmente va a fluir a lo largo de todo el axón. Esta relación está dada por la membrana
de la neurona, la cual es capaz de guardar o almacenar cargas eléctricas. Debido a esta
propiedad, al entrar los átomos con carga positiva —en el caso de la excitación— o
negativa —en el caso de la inhibición—, la membrana modifica su capacidad de almacenar
esas cargas. El resultado de este cambio puede ser, por lo tanto, que aumente la
diferencia de carga contenida en la membrana o que disminuya. Debido a las
características especiales de la membrana y a la composición de los líquidos que se
encuentran en el interior y en el exterior de la neurona, cuando disminuye la diferencia en
la carga eléctrica de la membrana, por la entrada de átomos con carga positiva, la
neurona se excita. Lo contrario sucede cuando esta diferencia de carga aumenta por la
entrada de átomos con carga negativa: la neurona se inhibe.

Hasta ahora hemos visto cómo las dendritas y el axón reciben y envían la información
eléctrica, respectivamente; cómo esa información eléctrica es traducida a un lenguaje
químico para que por medio de los neurotransmisores se establezca la comunicación entre
dos neuronas; y cómo esa comunicación puede ser de naturaleza excitadora o inhibidora,
de acuerdo con los mecanismos de traducción en reversa, es decir, del lenguaje químico
al eléctrico, por la apertura de canales para átomos que poseen carga eléctrica positiva o
negativa. Pero aún no sabemos cómo la célula maneja esta información inhibidora o
excitadora.

Para revisar este importantísimo aspecto de la función de las neuronas es necesario


recordar brevemente la arquitectura de las comunicaciones entre las neuronas. Como
anotamos en el capítulo anterior, cada neurona recibe una enorme cantidad de terminales
nerviosas, cada una de ellas proveniente de otra neurona. Dijimos inclusive que ese
número de conexiones podía ser de muchos miles sobre una sola neurona. Ahora nuestro
objetivo es entender cómo la neurona maneja toda esa información que le llega
simultáneamente tomando en cuenta que esa información es de naturaleza distinta, pues
muchas de esas señales serán inhibidoras mientras que otras serán excitadoras. Es aquí
que el soma de la neurona adquiere una gran importancia funcional, pues el soma es el
maestro capaz de analizar toda esa información. En efecto, recordemos que lo único que
podrá hacer la neurona como respuesta a toda la información que recibees enviar o no, la
corriente eléctrica que viajará a lo largo de su axón, para a su vez comunicarse con otras
neuronas. Así, lo que el soma debe hacer con toda la información excitadora o inhibidora
que recibe en cada momento es integrarla, es decir, sumarla algebraicamente para
obtener un resultado final. (Figura 29.) Esta suma algebraica implica que una excitación
se opondrá a una inhibición y viceversa, pues son claramente de signo contrario, de
manera que sucederá lo siguiente: supongamos que una neurona recibe 7 señales
excitatorias simultáneamente y ninguna inhibidora. Estas 7 señales excitadoras serán
suficientes para que el soma inicie el envío de la corriente eléctrica por su axón: la
neurona ha sido excitada. Pero, ¿qué sucede si simultáneamente con la llegada de estos 7
estímulos excitadores llegan 3 inhibidores? La respuesta es clara: esta inhibición
neutralizará a los estímulos excitadores, de manera que ahora la neurona no podrá ya
enviar su señal a través de su axón: la neurona ha sido inhibida.

Lo que acabamos de revisar implica que la membrana de las neuronas es un verdadero


mosaico de receptores, pues frente a cada membrana de cada una de los cientos o miles
de terminales axónicas que lleguen a ella habrá un receptor, que además, por los
mecanismos de especificidad en el reconocimiento entre moléculas que hemos revisado
en el Capítulo II, será sólo para la molécula neurotansmisora que se libere desde la
terminal que le corresponde y para ninguna otra molécula que pueda estar cerca en el
medio extracelular. Así, los mecanismos de comunicación entre las neuronas resultan de
una sofisticación y complejidad verdaderamente asombrosas. No solamente cada célula
está anatómicamente comunicada exclusivamente con las otras neuronas que forman
parte de la vía o circuito a que ella pertenece, sino que además en cada uno de los sitios
de comunicación hay una especificidad absoluta respecto tanto a la molécula
neurotransmisora que se está liberando desde la terminal, como a la molécula receptora
que está en la membrana de la neurona que recibe, precisamente frente a la terminal de
la otra neurona. Es por esto que hablamos de un mosaico en las membranas neuronales,
un riquísimo mosaico en cada neurona, comparable en riqueza y complejidad a los
vetustos, extraordinarios mosaicos bizantinos de San Marcos de Venecia, o de las
tantísimas iglesias y monasterios bizantinos en Grecia y en Turquía.

LAS SINAPSIS EXCITADORAS E INHIBIDORAS EN LOS CIRCUITOS NEURONALES

Detengámonos ahora un momento para analizar las implicaciones y consecuencias que


tiene sobre el funcionamiento de grupos de neuronas el hecho de que exista la inhibición.
Pensemos para esto en un motor cualquiera, por ejemplo el de un automóvil. ¿Qué
sucedería si no hubiera manera de detenerlo, de frenarlo una vez en marcha? ¿Qué tan
eficiente sería su funcionamiento si sólo fuera posible acelerar o no acelerar? ¿Qué
ventaja tiene, además, el hecho de poner un freno más constante cuando en una bajada
muy pronunciada colocamos la palanca de velocidades en segunda o primera sin
necesidad de mantener presionado el freno para que los mismos engranes impidan que
siga acelerándose por simple efecto de gravedad? Probablemente no sea necesario ser
más explícito en contestar estas preguntas. Es obvio que contar con un mecanismo capaz
de frenar de manera continua, además del freno momentáneo, es lo que permite tener un
control del movimiento de un vehículo, particularmente cuando su velocidad tiende a
aumentar en forma espontánea, como en el caso de una bajada. La falta o la pérdida de
un mecanismo frenador resultaría evidentemente en la pérdida del control de vehículo,
con resultados catastróficos.

Figura 29. Cada neurona es capaz de integrar, sumando algebraicamente, la información que
recibe de todas las terminales que llegan a ella y que en un momento dado están liberando su
correspondiente neurotransmisor. El resultado de esta suma algebraica es que la neurona enviará
información o no a lo largo de su axón, en forma de una señal eléctrica. Esta neurona recibe 7
sinapsis excitadoras (terminales blancas) y 3 sinapsis inhibidoras (terminales negras). A: Cuando
ninguna de ellas está activa, liberando transmisor, la neurona está en reposo, el nivel de
excitación de su membrana es normalmente bajo y naturalmente no hay envío de señales. B: Si 3
de las7 sinapsis excitadoras están activas, el nivel de excitación de la membrana está
aumentando, pero no lo suficiente para que la neurona dispare la señal. C: Si las 7 terminales
excitadoras están "encendidas", el nivel de excitación de la membrana será suficientemente alto
para que dispare la señal a lo largo de su axón: se habrá alcanzado el umbral de disparo de esa
neurona. D: Si solamente están activas las terminales inhibidoras, el nivel de excitación de la
membrana estará obviamente disminuido, y evidentemente no habrá envío de señal. E: Si las 7
terminales excitadoras están activas, pero al mismo tiempo las 3 inhibidoras también están
encendidas, el nivel de excitación será bajo y por lo consiguiente la neurona no disparará. Nótese
que en esta última condición la neurona ha sido inhibida, puesto que no puede disparar a pesar de
estar recibiendo el mismo número de estímulos excitadores que, en ausencia de inhibición, era
capaz de causar el envío de señales.

Apliquemos estas ideas al control de la actividad neuronal. Por una parte, cuando un
grupo de neuronas ha sido excitado hasta el punto de enviar señales a lo largo de su
axón, sería posible inhibir su actividad mediante la llegada de estímulos inhibidores, sin
necesidad de disminuir la excitación que le está llegando, y que fue determinante para
que empezara a disparar. Por otro lado, si para mantener excitada una neurona es
necesario que reciba digamos los 7 estímulos excitadores que hemos mencionado,
bastaría con inhibir uno de ellos, es decir, inhibir a la neurona que está enviando esa
excitación, para obtener un cese del envío de señales por la neurona en cuestión. Pero,
además, supongamos ahora que hay neuronas qué tienen un ritmo endógeno de disparo,
es decir que, de manera similar a las células del corazón de la rana, tienen la propiedad
de estar en un estado de excitación espontánea, de tal manera que para mantenerla
funcionando eficientemente no hay que excitarla, sino más bien controlarla mediante una
inhibición: con menor control inhibidor se suelta demasiado, mientras que si se aumenta
esa inhibición disminuye su actividad. En este caso estamos hablando de una actividad
que depende totalmente del grado de inhibición que se ejerza para que sea eficiente, y
prácticamente no es necesario ningún mecanismo excitador.

Probablemente el lector no necesite más para entender y convencerse de la importancia


enorme que tienen los mecanismos inhibidores en el funcionamiento de las neuronas,
particularmente cuando consideramos no una sola, sino un conjunto de ellas arregladas
en circuitos o vías específicas que a su vez determinan cierta función particular del
sistema nervioso.

Este tipo de repercusiones sobre circuito será el tema de nuestro siguiente capítulo. Sin
embargo, por el momento y antes de pasar a él, necesitamos dedicar un espacio a las
interesantes consecuencias que tiene sobre el funcionamiento de las neuronas, el hecho
de que la comunicación entre ellas sea la naturaleza química y no eléctrica.

ALGUNAS VENTAJAS Y CONSECUENCIAS DE LA COMUNICACIÓN QUÍMICA

Si la comunicación fuera eléctrica, sólo pasando la corriente de una neurona a otra, como
si fuera una continuación del axón, es claro que no podría haber inhibición. Solamente
mediante el procedimiento de los neurotransmisores que al acoplarse con su receptor
abren canales para átomos con carga negativa, es posible que las neuronas se inhiban.
Esta es una primera y trascendental consecuencia de la existencia de los mecanismos
químicos de la comunicación entre las células de la mente, pero no es la única.
Recordemos que se trata de corrientes que fluyen como en un cable, con una
comunicación eléctrica esas corrientes podrían pasar de una neurona a otra y viceversa,
es decir, la comunicación entre dos neuronas sería bidireccional, lo cual podría tener una
serie de consecuencia indeseables en términos del control de la información a lo largo de
determinados circuitos. Por el contrario, mediante la existencia de los mecanismos
químicos que requieren que un neurotransmisor se libere de la terminal axónica, se
establece con precisión que la comunicación ocurra unidireccionalmente, es decir, sólo de
la terminal axónica a la neurona siguiente, pero no a la inversa.

Además de las ventajas que mencionamos en el párrafo anterior, la existencia de


mecanismos químicos en la comunicación interneuronal representa una ventaja adicional
enorme: permite una serie de posibilidades de regulación o control de la misma
transmisión de la información, que no podrían existir con una transmisión eléctrica. Por
ejemplo, a través de la proteínas que mencionamos en el Capítulo II como responsables
de que ocurran las reacciones intracelulares a una velocidad apropiada, es posible regular
la velocidad de síntesis y de destrucción química de las moléculas que funcionan como
neurotransmisores, determinando así en un momento dado qué tanto puede funcionar la
comunicación en que participa ese transmisor. Además, también es posible para la
neurona controlar la liberación del transmisor desde la terminal axónica, con lo cual
también se puede regular la comunicación. Pero esto no es todo. Como la comunicación
depende también de la combinación y la interacción del neurotransmisor con su receptor,
imaginemos qué sucedería si la célula que recibe la información fuera capaz de alterar la
estructura o la disposición de esa molécula receptora, de modo que se haga más sensible
al transmisor, es decir que con menor cantidad de éste se produzca la apertura del canal
correspondiente; o por el contrario, que el receptor pierda sensibilidad a su transmisor.

Es claro que mediante cualquiera de los mecanismos señalados en el párrafo anterior, o


de la combinación de dos o más de ellos, es posible modificar la comunicación
interneuronal. Dicho de otro modo, la existencia de los mecanismos químicos de la
transmisión de información permite que dicha transmisión sea modificable, maleable,
plástica. ¿Y no es precisamente ésta una de las propiedades más sorprendentes del
cerebro, si pensamos en su capacidad de memorizar, de dar marcha atrás, de
reconsiderar en función de nuevos datos, de aplicar los conocimientos o las experiencias
previas a nuevos actos, de recordar, de asociar eventos, de recapitular, en una palabra de
aprender? Desde esta perspectiva, el hecho de que el funcionamiento de la comunicación
interneuronal sea química hace pensar que quizá muchos de los mecanismos de
aprendizaje tengan su explicación en esta plasticidad de la comunicación, en el nivel
interneuronal, ejercida mediante alguno, o varios, de los mecanismos que hemos
mencionado.

Si consideramos las características y las ventajas que los mecanismos químicos conceden
al lenguaje con el que se entienden las neuronas, tendremos que concluir necesariamente
que eso se debe a una sorprendente sofisticación de la comunicación intermolecular que
revisamos en el Capítulo II. En efecto, es gracias a la afinidad entre las moléculas, en este
caso determinada por la increíble capacidad de las proteínas receptoras de reconocer
específicamente a las moléculas neurotransmisoras, que fue posible para la naturaleza
desarrollar los mecanismos de comunicación entre las neuronas. Es también éste el
lenguaje químico que permite contraerse a los músculos —todos, desde los que usamos
para expresarnos, hasta los de nuestras vísceras, incluyendo el corazón de cuyos latidos
depende el viaje de la sangre hasta el más recóndito sitio en que una célula del organismo
hace lo que tiene que hacer en el concierto del organismo completo—. Y es así como el
lenguaje de las células de la mente se manifiesta y permite a su vez la manifestación de
la comunicación entre los organismos, particularmente entre los seres humanos, a través
de los lenguajes hablado y escrito o bien mediante el otro lenguaje, el corporal de las
emociones y sentimientos plasmados en actitudes, entregas, amores y desamores.

Es muy poco lo que sabemos respecto al funcionamiento de grandes grupos de neuronas


trabajando sincrónicamente para dar lugar a nuestros sentimientos, placeres, actos
inteligentes, pensamientos, reflexiones, creaciones, conciencias, remordimientos,
arrepentimientos, dudas, odios, iras, pasiones, tristezas y alegrías. En donde empezamos
a tener una idea un poco más clara es en el papel de algunos núcleos de neuronas en la
regulación de nuestra actividad muscular. Por esta razón en el siguiente capítulo
ejemplificaremos el funcionamiento de grupos de neuronas, con su excitación, inhibición y
regulaciones implícitas en el control muscular. Veremos también cómo es posible alterar
los mecanismos químicos de la comunicación mediante el uso de una serie de sustancias y
de cómo esto puede ser —en la actualidad ya de hecho lo es— de enorme utilidad para
entender mejor cómo funcionan las neuronas y también para poder desarrollar fármacos
que resulten útiles en el tratamiento de muchos padecimientos.

V . ¿ Q U I É N E R E S ?

Ante la cal de una pared que nada


nos veda imaginar como infinita
un hombre se ha sentado y premedita
trazar con rigurosa pincelada
en la blanca pared el mundo entero:
puertas, balanzas, tártaros, jacintos,
ángeles, bibliotecas, laberintos,
anclas, Uxmal, el infinito, el cero.
Puebla de formas la pared. La suerte,
que de curiosos dones no es avara,
le permite dar fin a su porfía.
En el preciso instante de la muerte
descubre que esa vasta algarabía
de líneas es la imagen de su cara.
"La suma", JORGE LUIS BORGES

AQUEL hombre trabajaba con ahínco. Era un obrero responsable, tranquilo, de modales
austeros y suaves a quien le era fácil tener amigos y llevarse bien con sus compañeros y
jefes. Este modo de ser, y sus deseos de trabajar y progresar, lo habían hecho —a los 25
años— uno de los jefes de cuadrilla que construían la línea del ferrocarril en el estado de
Vermont, entre Rutland y Burlington, en los Estados Unidos. Su nombre era Phineas
Gage.

Ese día, el 13 de septiembre de 1848, era necesario hacer volar una gran roca que se
atravesaba en el camino de la vía, y Phineas decidió que ésa era una tarea que él
personalmente debía realizar. Primero hizo una profunda perforación en la roca y la llenó
de pólvora. Tomó entonces una barreta de fierro para apisonar la pólvora en el fondo de
la perforación, antes de cubrirla con arena y provocar la explosión que volaría la roca para
dar paso a la vía del tren. Y entonces ocurrió el accidente. Al apisonar la pólvora, la
barreta se frotó contra una de las paredes de la perforación y provocó una chispa, la cual
hizo explotar la dinamita. Con la fuerza de la explosión, la barreta de más de un metro de
largo, 3 centímetros de diámetro y 6 kilogramos de peso salió disparada con enorme
fuerza, convirtiéndose en un poderoso proyectil que encontró en su camino la cabeza de
Phineas Gage. La barreta penetró por la parte superior de la órbita del ojo izquierdo, y en
una fracción de segundo perforó el cerebro y salió por la parte superior del cráneo cerca
de la frente de Phineas, y aterrizó a unos cuarenta metros de la roca.

Phineas Gage no murió a raíz de este terrible accidente. Los dos médicos que una media
hora después lo atendieron en el pequeño pueblo situado a un kilómetro del sitio del
accidente no podían creer que Phineas estuviera no solamente vivo, sino también
consciente. Esa misma noche, unas 6 horas después, Phineas podía hablar y recordar con
claridad todo lo que había sucedido, e inclusive decía que en pocos días estaría de nuevo
trabajando. A pesar de que no había duda que la barreta había pasado a través de la
parte más anterior de su cerebro, separando una parte del mismo del resto, su percepción
del tiempo, sus sentidos y su lenguaje no habían sido afectados.

El estado de Phineas en los días siguientes fue muy grave. Además de la sangre que había
perdido, la herida se infectó y estuvo muy cerca de morir. Sin embargo, su fuerte
naturaleza y las altas dosis de los antisépticos de entonces —en 1848 no había
antibióticos— le salvaron y dos meses después del accidente se sentía listo para empezar
una nueva vida. La pregunta para nosotros es ¿cómo iba a ser esa nueva vida?, ¿en qué
se iba a afectar —si es que algún cambio habría— la vida de un hombre que había perdido
una parte de su cerebro, al ser esta parte desconectada del resto por el paso de la
barreta? La respuesta a estas preguntas nos la da el testimonio de uno de los médicos
que lo atendieron y que lo vio de nuevo años después. Este médico escribió:

Aunque su salud física parece haberse recuperado, el equilibrio entre


sus facultades intelectuales y sus tendencias más animales parece
haberse destruido. Es irreverente, agresivo, dado a exclamaciones
profanas y vulgares (lo cual no era su costumbre), manifestando
muy poca deferencia hacia sus compañeros, impaciente para realizar
sus deseos, obstinado y al mismo tiempo caprichoso y vacilante,
haciendo muchos planes para el futuro que más tardan en ser
pensados que en ser abandonados... En este aspecto su mente
cambió radicalmente, tanto que sus amigos y conocidos dicen de él
que "ya no es Gage".

Este cambio fue tan notorio que sus patrones no quisieron recontratarlo y Phineas se
dedicó a vagar por el territorio de Estados Unidos y por Sudamérica, cargando consigo la
barreta y exhibiéndose en ferias como un milagro viviente. Finalmente murió en San
Francisco, y tanto la barreta como el cráneo de Phineas se recuperaron y en la actualidad
pueden verse en el museo de la Escuela de Medicina de Harvard, en Massachusetts.

ZONAS DEL CEREBRO: ¿DISTINTAS FUNCIONES?

¿Qué interpretación puede darse a este caso tan excepcional de la vida real que parece
inventado, como el del individuo que perdió todos sus sentidos y la capacidad de mover
los músculos relatado al inicio de este libro? En cierto modo este caso verdadero es la
contrapartida del narrado en el capítulo I: un individuo que conserva perfectamente todos
sus sentidos y la capacidad íntegra de sus movimientos musculares, pero cambia su
personalidad, ya no es el mismo, debido a una lesión del cerebro en la que el lóbulo
frontal (llamado así por estar colocado en la parte anterior del cráneo sobre las órbitas de
los ojos) fue separado de todas las otras partes del cerebro. Una conclusión apresurada
pero razonable sería que ese lóbulo del cerebro es la región que determina la personalidad
y el modo de ser de cada individuo, por lo cual al ser separado o destruido, dicha
personalidad cambia radicalmente. Con esta idea en mente, un siglo después de este
accidente, entre 1935 y 1950, se realizaron varios miles de operaciones quirúrgicas
conocidas con el nombre de lobotomía frontal, en las cuales los neurocirujanos hacían
prácticamente lo mismo que la barreta, es decir, desconectar el lóbulo frontal del resto del
cerebro, sólo que en una sala de operaciones y con toda la asepsia necesaria para evitar
infecciones. Paradójicamente, el objetivo de estas operaciones era precisamente cambiar
la conducta de ciertos pacientes agresivos o con alteraciones mentales, para volverlos
más "normales". El portugués Egas Moniz, un neuropsiquiatra, concibió esta idea al
conocer los resultados de una lobotomía frontal realizada en un chimpacé que mostraba
una conducta muy temperamental y difícil de manejar cuando algo no le salía bien al
rebuscar dónde habían ocultado sus alimentos, conducta que desapareció después de la
lobotomía. Sobre esta endeble base experimental, Moniz y sus colaboradores, y después
otros neurocirujanos, realizaron muchas lobotomías frontales con resultados según ellos
muy alentadores. Sin embargo, esta operación carente de fundamento, prácticamente ya
no se realiza. Si se piensa en la historia de Phineas Gage, ciertamente no es fácil
encontrar una justificación apropiada para que a tantas personas se les haya sometido a
tan riesgosa mutilación cerebral.

Independientemente de esta equivocada concepción de los padecimientos mentales y de


la participación de los lóbulos frontales en ellos, el accidente de Phineas Gage hizo ver
que algunas regiones del cerebro podrían estar relacionadas con cierta función particular,
es decir, que parecería haber una especialización interna en el cerebro mismo. Esta idea
llevó a exageraciones casi irracionales por parte de los llamados frenólogos de la segunda
mitad del siglo XIX, quienes en su afán de asignar funciones mentales específicas para
cada zona cerebral, llegaron a hablar de regiones que determinarían hasta las actitudes
políticas, como el "republicanismo". Por si fuera poco, los frenólogos afirmaban que era
posible determinar las tendencias, el modo de ser y las características mentales de las
personas analizando las protuberancias del cráneo y de la cara, pues éstas reflejarían
cuáles de las áreas cerebrales eran más grandes o más importantes. Se relata, por
ejemplo, el caso de una mujer particularmente bien dotada para las relaciones morosas
que tenía unas protuberancias craneales excepcionalmente grandes detrás de los oídos, lo
cual dio pie a los frenólogos para postular que este tipo de protuberancias indicaba una
habilidad especial para el amor físico.

La frenología fue muriendo lentamente de muerte natural por carencia de evidencias


científicas que la sustentaran, a pesar de que a principios de este siglo se llegaron a
diseñar aparatos más o menos sofisticados para determinar qué partes del cráneo eran
más prominentes y así establecer el modo de ser de las personas . Sin embargo, la
muerte de la frenología causada por su misma exageración no destruyó la idea de que el
cerebro está organizado en regiones diferentes, las cuales probablemente tengan que ver
con ciertas funciones específicas. Experimentos en humanos llevados a cabo alrededor de
1950 por Jackson y Penfield demostraron que si se estimulaba la corteza cerebral
eléctricamente era posible observar la contracción de un músculo o grupo de músculos
preciso, dependiendo del sitio de la corteza que era estimulado. Se descubrió así que
existe una zona especial de la corteza cerebral donde se localizan las motoneuronas
responsables del movimiento de los músculos de las extremidades, los dedos, el tronco, la
lengua, la cara, etc. Además, lo que fue todavía más interesante: se descubrió que la
zona de la corteza que controlaba la actividad de los músculos con mayor movilidad o
mejor control, como son los del pulgar o los de la lengua, tenía una superficie mucho más
extensa que la de aquellos músculos de movilidad limitada y de importancia menor en las
funciones motoras, como son los músculos del tronco, incluyendo el tórax y el abdomen.
Se construyó así el llamado homúnculo motor que se puede observar en la Figura 30, en
el cual el tamaño de cada región del cuerpo representa comparativamente qué tan grande
es el área de la corteza cerebral que controla los músculos de dicha región corporal.

Figura 30. La llamada corteza cerebral motora (dibujo del lado derecho) en el lóbulo parietal de los
hemisferios cerebrales, controla los movimientos de los músculos de lado contrario del cuerpo. Lo
más interesante es que la superficie de la corteza que controla los músculos de movilidad más
amplia y al mismo tiempo más fina y precisa, como los de la cara, boca, manos, pulgar y lengua, es
mucho mayor que aquella del tronco, muslo y piernas. Esto es lo que está representado por el
"homúnculo" dibujado en el extremo derecho. Lo mismo sucede con la corteza sensitiva (dibujo
del lado izquierdo), a la cual llegan los estímulos táctiles de todo el cuerpo. En este caso, la
superficie de la corteza más extensa corresponde a los sitios del cuerpo que poseen sensibilidad
más exquisita, como labios, lengua, faringe, dedos de mano y pies, así como órganos genitales.

En experimentos paralelos, en los cuales se tocaban levemente con un alfiler o con


objetos romos distintas partes del cuerpo y simultáneamente se registraba la actividad
eléctrica de distintas zonas de la corteza cerebral, se descubrió que existían regiones en
dicha corteza que recibían específicamente los estímulos sensoriales de la piel de cada
zona del cuerpo, y de nuevo había una correlación entre la capacidad de sentir más
finamente y la extensión de la corteza que recibía tales estímulos. Por ejemplo la lengua,
que es uno de los órganos con más fina sensibilidad que el hombre posee (como es de
experiencia de todos, basta el más fino cabello o pelusilla en la lengua para sentirla, lo
cual no sucede ni siquiera con la yema de los dedos), así como los órganos sexuales,
tienen un área muy extensa en la corteza que se encarga de recibir y procesar la llegada
de estos estímulos sensoriales; en contraste, otras regiones como el tórax tienen una
representación pequeña en la corteza sensitiva. La zona de la corteza sensitiva es
diferente de aquélla de la corteza motora, estando una por detrás de la otra, situadas en
la parte posterior del lóbulo frontal del cerebro.

CENTROS NEURONALES EN EL INTERIOR DEL CEREBRO

Además de la corteza cerebral, que como su nombre indica es la capa superficial que
recubre los hemisferios cerebrales y que tiene muchos surcos que aumentan
considerablemente su superficie, en el interior del cerebro existen grupos de neuronas
bien definidos, separados de otros grupos por las fibras nerviosas constituidas por los
grandes conjuntos de axones que van de un lado a otro del cerebro, y es lo que se
denomina "materia blanca", en contraposición con los grupos de neuronas, que
constituyen la llamada "materia gris". (Figura 31.) Algunos de estos grupos o núcleos
neuronales del interior del cerebro también se han relacionado con aspectos específicos
del funcionamiento del cerebro, por ejemplo el control de los movimientos musculares,
particularmente de los movimientos finos, o inclusive de otras funciones que podríamos
llamar más relacionadas con las actividades mentales. Por ejemplo, experimentos
realizados en ratas a las cuales se les ha implantado un electrodo (varilla muy delgada de
un metal que es capaz de conducir la electricidad) en una parte del interior del cerebro
conocida como "sistema límbico", han demostrado claramente que si el electrodo está en
cierto sitio particular, y éste se estimula por medio del paso de una pequeñísima corriente
eléctrica, el animal muestra signos claros de ira, atacando prácticamente cualquier objeto
que se acerque, vivo o no; en cambio si se estimula otra zona cercana, lo que sucede es
que el animal se queda exageradamente tranquilo y no responde a estímulos que
normalmente provocarían en él una reacción de defensa o de ataque.

Al ser estimuladas otras zonas del cerebro se producen, aparentemente, una muy intensa
sensación placentera. Esto ha podido demostrarse en ratas a las que se les ha colocado
un electrodo en una región del sistema límbico, diferente a las mencionadas arriba, de tal
manera que el cable del electrodo esté conectado a un dispositivo que permite que la
propia rata se estimule a sí misma en esa región del cerebro, si presiona una palanca con
las patas. Lo que se ha observado en estos casos es que una vez que la rata se ha
autoestimulado una vez, empieza a presionar la palanca en forma continua durante
mucho tiempo, llegando inclusive al grado de dejar de comer por no interrumpir la
autoestimulación. Aunque es claro que no podemos saber qué es lo que la rata siente al
autoestimularse, es evidente que la sensación que obtiene debe ser extraordinariamente
placentera, pues de otro modo no se concibe que continúe haciéndolo tan repetidamente
hasta el grado de dejar de comer. De manera análoga pero contraria, al ser estimuladas
otras regiones del sistema límbico producen una sensación que seguramente es muy
desagradable, pues la rata una vez que ha apretado la palanca para autoestimularse no
vuelve jamás a acercarse a ella. Se habla así de centros del cerebro relacionados con el
placer o con el desagrado.

Figura 31. La materia gris cerebral está constituida por la corteza que recubre los dos hemisferios
cerebrales y por los grupos de neuronas que están situados en su interior, mientras que la materia
blanca está formada por los conjuntos de fibras nerviosas (axones) que viajan de una parte a otra
del cerebro y a lo largo de la médula espinal. En este corte del cerebro se observa la corteza y
algunos de los núcleos neuronales del interior. El corpus callosum o cuerpo calloso, es un gran
conjunto de fibras que comunica los hemisferios cerebrales entre sí. En este dibujo se ve cortado,
como se ha hecho en monos con fines experimentales y en humanos con fines terapéuticos (véase
el capítulo VI).

Hay todavía interesantes ejemplos de centros cerebrales aparentemente responsables de


otras funciones específicas. Una lesión o la destrucción de una zona particular conocida
con el nombre de "hipotálamo", en la base del cerebro, hace que una rata empiece a
comer descontrolada y vorazmente, sin saciarse aparentemente y volviéndose, en
consecuencia, extraordinariamente obesa, por lo que se ha concluido que dicha zona
corresponde al centro de la saciedad. De manera similar, se han descubierto otros centros
como el de la sexualidad. Cuando éste se estimula, el animal se vuelve hiperactivo
sexualmente, y si es macho tenderá a montar no sólo a las hembras que se encuentren
cerca, sino también a los machos o inclusive a otras especies animales diferentes a la
suya (estos experimentos fueron hechos en gatos); más todavía, un animal así
estimulado tenderá a mostrar una conducta sexual aún frente a ciertos objetos
inanimados, por ejemplo animales de peluche.

CIRCUITOS NEURONALES Y LA FUNCIÓN DE LAS REGIONES CEREBRALES

Los ejemplos que acabamos de citar en los párrafos anteriores, indican con claridad que,
sin llegar a las absurdas exageraciones de los frenólogos, es claro que muchas regiones
del cerebro tienen que ver específicamente con una función más o menos bien definida,
tanto en lo que se refiere a sus aspectos motores como en aquellos más relacionados con
las funciones mentales. Podríamos todavía mencionar otras áreas con una función muy
precisa, como es la región del lenguaje oral, localizada en una región pequeña del lóbulo
temporal izquierdo. Es ésta la región que cuando se destruye ocasiona la pérdida de la
capacidad para expresarse verbalmente.
¿Qué representan en términos de conexiones neuronales los distintos grupos de neuronas
que parecen estar relacionados con funciones específicas? Si hemos insistido en los
capítulos anteriores que las funciones del sistema nervioso dependen básicamente de la
comunicación entre las células nerviosas, ¿cuál es la participación de los mecanismos de
comunicación interneuronal mediante moléculas neurotransmisoras en la realización de
las funciones en que participan los diferentes grupos de neuronas? Podremos dar sólo
algunas respuestas parciales a esta importante e interesante pregunta. En primer lugar,
es claro que si un núcleo neuronal como los que hemos mencionado se aísla de los
demás, difícilmente podría producir las acciones descritas. Es sólo mediante las
conexiones de cada uno de esos núcleos con otras regiones del cerebro que su función se
puede manifestar. Y si ahora pensamos cómo tales conexiones entre los grupos
neuronales se establecen, recordando la forma y organización de las neuronas, será fácil
concluir que los axones de las neuronas de un determinado núcleo se dirigirán
precisamente a los otros núcleos que tengan que ver también con la actividad o función
de que se trate, y éstos a su vez harán lo mismo con otros, tal como ya habíamos
mencionado en el capítulo anterior. El resultado de estas comunicaciones entre grupos
neuronales es la formación de circuitos o redes de neuronas que en conjunto llevan a
cabo un determinado aspecto de las funciones cerebrales.

Veamos ahora un poco más de cerca que papel tienen los neurotransmisores excitadores
e inhibidores en el funcionamiento de los circuitos. Hemos visto en capítulos anteriores
que las neuronas se comunican entre sí mediante mecanismos químicos que implican el
uso de moléculas mensajeras que llevan la información de excitación o de inhibición a la
siguiente neurona. Cuando se trata de circuitos formados por muchas neuronas es claro
que el funcionamiento del circuito neuronal completo dependerá en último análisis de la
manera en que los diferentes neurotransmisores excitadores e inhibidores que participan
en cada una de las conexiones del circuito esté funcionando en un momento dado.

Teniendo en mente lo anterior, podemos imaginar el funcionamiento del circuito si


pensamos que éste opera mediante la integración de las entradas y las salidas. Por
ejemplo, si al circuito en cuestión llegan varias entradas provenientes de neuronas de tres
o cuatro sitios o regiones distintas del cerebro y todos estos axones son excitadores, esa
información tendrá que ser procesada como una suma de estímulos que llegan de
distintos sitios, de tal modo que la salida del circuito estará activada y éste enviará su
señal hacia otro u otros circuitos o núcleos neuronales.

Hasta aquí no habría gran diferencia entre una sola neurona y un grupo de ellas en un
circuito, excepto en que se estarían sumando las entradas, mediante el proceso que se
conoce como suma espacial o topográfica, ya que dichas entradas provienen de regiones
diferentes. Sin embargo, si recordamos la existencia de las neuronas inhibidoras y nos
imaginamos que dentro de la organización del circuito puede haber una o varias neuronas
de este tipo, las cuales pueden inhibir a muchas de las neuronas excitadoras del propio
circuito, el panorama cambiará de manera importante. En efecto, por más que puedan
llegar al circuito muchos estímulos excitadores provenientes de otros núcleos neuronales,
tales excitaciones serán matizadas o controladas por las neuronas inhibidoras que forman
parte del mismo circuito. Como se observa en la Figura 32, esta posibilidad de
organización permite que un determinado circuito tenga muy interesantes posibilidades de
autorregulación. Así, cabe la posibilidad de que una neurona cuyo axón emerja del circuito
tenga una colateral que se comunique con una neurona inhibidora, la cual a su vez va a
inhibir a otra u otras neuronas excitadoras del propio circuito. De esta manera, las
posibilidades de procesamiento o manejo de la información que llega a cada circuito
neuronal son múltiples y pueden graduarse de acuerdo a las necesidades o condiciones de
funcionamiento del circuito. El ejemplo de la figura 32 nos ayudará a entender este
mecanismo. El axón de la motoneurona que emerge de la médula espinal para dirigirse a
un músculo y excitarlo —en este caso hacer que se contraiga—, emite una colateral
cuando todavía está dentro de la médula, la cual se comunica con una interneurona de
axón corto, llamada por esta razón interneurona, la cual es inhibidora de la propia
motoneurona que había emitido la colateral. Es claro que el resultado de la existencia de
este tipo de arreglos entre neuronas excitadoras e inhibidoras lleva a la posibilidad de
controlar a una neurona excitadora, de tal manera que ésta tenga limitada su acción y sea
más difícil caer en un estado de hiperexcitación que evidentemente sería peligroso para el
músculo y por consiguiente para el organismo en su conjunto.

Figura 32. Los mecanismos de inhibición permiten la regulación de la contracción de los músculos
agonistas y antagonistas. Cuando el músculo flexor es excitado, como en la figura 3, la neurona
sensitiva excita a la motoneurona que hará contraer a ese músculo, pero al mismo tiempo,
mediante una colateral, excita a una neurona inhibidora (en negro) de la médula espinal, la cual
inhibirá la motoneurona del músculo antagonista extensor. Además el axón de la motoneurona del
músculo flexor emite una colateral que excita a otra neurona inhibidora (también de negro) que a
su vez inhibirá asimismo la motoneurona del músculo antagonista y a la propia motoneurona del
flexor y de su agonista, proporcionando así un mecanismo regulador que permite una contracción
más controlada de todos los músculos que participan en la movilidad de la articulación.

Vayamos ahora un poco más allá, intentando ver qué sucede cuando la salida de un
circuito afecta a otro circuito. Regresemos a nuestro ejemplo de la motoneurona que sale
de la médula espinal y cuyo colateral del axón excita a una interneurona inhibidora. ¿Qué
pasaría si el axón de esta última neurona inhibiera la motoneurona de otro músculo? A
primera vista parecería que este tipo de arreglo —ya descrito en el capítulo III—, no
podría tener ninguna utilidad, ya que daría la impresión de interferir con otro sistema
neuronal independiente, lo cual no suena razonable. Sin embargo, si pensamos que esta
segunda neurona que sería inhibida como consecuencia de la excitación de la
motoneurona inicial, podría ser la que se encargara de excitar precisamente al músculo
antagonista que resultará excitado por la primera neurona del sistema, nos daríamos
cuenta que éste sería un mecanismo muy útil y eficiente para permitir que el músculo se
contraiga. En efecto, mediante este arreglo de excitación e inhibición se excita un músculo
al mismo tiempo que se inhibe a su antagonista, con lo cual la oposición entre ambos
queda anulada (véase la Figura 32).

Los ejemplos anteriores dan una idea clara de cómo dentro de un mismo circuito los
mecanismos de inhibición permiten un control fino de su funcionamiento global; además,
estos mismos mecanismos por inhibición son capaces de regular el funcionamiento de un
circuito neuronal como resultado de la actividad de otro circuito.

Figura 33. Los circuitos neuronales con neuronas inhibidoras intercaladas proporcionan eficientes
mecanismos reguladores de las respuestas a estímulos externos. En este esquema, un estímulo
inicial captado por la neurona A puede causar inicialmente una respuesta de ataque a causa del
estímulo, mediante la excitación de la neurona B. Si como consecuencia del ataque se produce una
sensación de "gusto", se reforzará dicha respuesta de ataque, mientras que simultáneamente se
inhibe la posible respuesta de huida mediante la neurona inhibidora que actúa sobre la neurona C.
Por el contrario, si la consecuencia de ataque es dolor, registrado por la neurona C, ésta generará
una respuesta de huida al tiempo que mediante la colateral de su axón y la correspondiente
neurona inhibidora, inhibe la neurona B. Las neuronas inhibidoras son las negras, y su acción esta
señalada en la sinapsis correspondiente con el signo (-). Todas las otras neuronas y sus
correspondientes sinapsis son excitadoras. Las flechas señalan la dirección de la información a lo
largo de los axones.

Imaginemos ahora el circuito hipotético de solamente cinco neuronas que se observa en


la Figura 33. En este circuito se ha sobresimplificado muchas cosas, entre ellas los
sistemas de llegada de estímulos dolorosos ("dolor") o de gusto ("gusto"), así como las
salidas, marcada como "ataque" o "huida". Haciendo una analogía con los circuitos que
controlan la contracción de los músculos y sus antagonistas —en los que ya vimos que si
no se inhibe el músculo antagónico es difícil que se contraiga aquél que se quiere contraer
— de manera similar, si no se inhibe el circuito que determina la huida, no se podrá poner
en marcha el circuito que origina el ataque. Nuevamente, y siguiendo con la analogía de
los mecanismos, es necesario que exista una neurona inhibidora capaz de inhibir el
circuito antagónico a aquél que se desea echar a andar. Naturalmente, para que esta
neurona inhibidora realice su función acoplada entre los dos circuitos, se requiere que la
colateral de cada uno de ellos excite las neuronas inhibidoras del mecanismo contrario al
mismo tiempo que se activa o excita el que debe predominar (véase la Figura).

Es claro que la existencia de neuronas inhibidoras dentro de los circuitos neuronales


conlleva la posibilidad de regular, controlar o modular el funcionamiento de ellos y, lo que
es quizá más importante, permite la posibilidad también de modular la actividad de otros
circuitos neuronales opuestos, al tiempo que se activa el requerido.

NEUROTRANSMISORES Y FUNCIONES CEREBRALES: EXPERIMENTOS CON DROGAS

Regresemos a los mecanismos químicos de la comunicación entre las neuronas, revisados


en el capítulo anterior, pero ahora tratemos de analizarlos en términos de circuitos
neuronales. Para este propósito describiremos algunos experimentos que permiten
algunas conclusiones interesantes respecto a cómo funcionan algunos de los circuitos
neuronales que tienen que ver con el control de los movimientos voluntarios. Además, en
el animal íntegro, estos experimentos permiten ver con cierta claridad el papel de algunas
neuronas inhibidoras en el funcionamiento de los circuitos mencionados.

Hagamos inicialmente algunas consideraciones respecto a cómo podría ser estudiada la


comunicación interneuronal y además, cómo sería posible distinguir entre la actividad de
la neuronas excitadoras y las inhibidoras en el animal vivo. Pregunta difícil para
adentrarnos en su respuesta y así poder referirnos a los experimentos anunciados; damos
por sentado que estamos hablando de comunicación química y no eléctrica, entre
neuronas; comunicación que es la más importante y abundante en cerebro y médula
espinal de vertebrados, particularmente de los mamíferos a los cuales el hombre
pertenece. Recordemos que por definición la comunicación química implica que la neurona
a comunicar con la siguiente, libere un neurotransmisor al espacio que la separa de ella y
que dicho neurotransmisor se combine específicamente con la molécula receptora
localizada en la membrana de la segunda neurona. Considerando lo anterior es fácil
visualizar que mediante manipulaciones de la función de los neurotransmisores sea
posible alterar experimentalmente el funcionamiento de alguno o algunos de los pasos en
la comunicación interneuronal. Por ejemplo, si cada neurotransmisor debe ser sintetizado,
como hemos dicho, por la terminal del axón en el sitio en que éste se comunica con la
otra neurona, ¿habrá algún modo de impedir que se forme dicho transmisor sin afectar la
síntesis de otros transmisores? Debido a la manera como se llevan a cabo las reacciones
bioquímicas dentro de las células, las cuales requieren, como hemos dicho en el capítulo
II, que ciertas proteínas con propiedades catalíticas participen, la respuesta es: sí,
mediante el uso de ciertas drogas o fármacos, se puede "engañar" a la proteína que sirve
para formar el neurotransmisor, y así impedir que éste se sintetice. Como este tipo de
proteínas posee esa extraordinaria propiedad de la especificidad o selectividad, sobre la
cual insistimos mucho en el capítulo II, es posible usar drogas que impidan la síntesis de
un neurotransmisor sólo, sin afectar a otros neurotransmisores.

Con esta información, imaginemos ahora que disponemos de una droga capaz de impedir
la síntesis de un neurotransmisor inhibidor, pero no sabemos qué es lo que éste hace
primordialmente en los complicados circuitos neuronales del cerebro. Una manera de
saberlo sería inyectar la droga en cuestión al animal y observar qué efectos tiene sobre su
conducta. Desde luego que estamos simplificando el problema y dando por sentado que la
droga inyectada efectivamente impide la síntesis del transmisor y que además puede
penetrar al cerebro por la sangre cuando se inyecta. Tomemos pues un ratón albino,
animales fácilmente manejables y que se usan rutinariamente en los laboratorios de todo
el mundo, e inyectémosle nuestra droga. Coloquemos al ratón en una jaula transparente
para observarlo, sentémonos en un banco cómodo, con lápiz y papel o una
videograbadora si disponemos de ella y veamos qué le pasa al ratón. Recordando que el
transmisor cuya síntesis estamos impidiendo con la droga inyectada es un transmisor
inhibidor, veremos que al cabo de unos 30 a 45 minutos, el ratón se muestra inquieto, se
rasca continuamente la cara, se limpia los bigotes, se acicala la parte más alta de la
cabeza, brincotea un poco y después de varios minutos con esta conducta, de pronto
corre muy rápidamente golpeándose con las paredes de la jaula durante 5 o 10 segundos,
después, pone todos sus músculos muy rígidos en una contracción generalizada de toda la
musculatura. Esta contracción total, muy intensa, puede terminar con la vida del ratón si
los músculos respiratorios del tórax y el diafragma se ven también afectados, pues no
podría seguir respirando. Si esto último no sucede, el ratón se recuperará lentamente,
pero unos cuantos minutos más tarde volverá a caer en ese estado de contracción
generalizada.
La conducta motora que acabamos de describir es muy parecida a ciertos tipos de
convulsiones de tipo epiléptico en el hombre, por lo que puede afirmarse que en el
experimento descrito estamos produciendo en el ratón epilepsia experimental. Si
recordamos ahora lo que originó el experimento, el hecho de que la droga que inyectamos
impide la formación de un transmisor inhibidor, la conclusión de este resultado
experimental debe ser que muy probablemente la función de ese transmisor es participar
como inhibidor en los circuitos neuronales que tienen que ver con el inicio de los estímulos
que finalmente van a producir la contracción de los músculos. Al inyectar la droga e
impedir que el transmisor se sintetice por la neurona inhibidora, aquellas neuronas que
forman el extraño homúnculo que aparece considerando la superficie de la corteza
cerebral destinada a los diferentes músculos—, y por consiguiente éstas disparan en
forma no modulada, descontrolada y sobrevienen las convulsiones.

Naturalmente que esta conclusión no se puede considerar como definitiva si no está


apoyada en otros hechos experimentales que la confirmen. Entre los varios experimentos
que se han diseñado para saber si en verdad la conclusión a que hemos llegado es
correcta, se ha inyectado otra droga cuya acción no es impedir la síntesis del transmisor
inhibidor, sino antagonizar la combinación de éste con su receptor en la membrana de la
neurona motora. El resultado de inyectar esta droga es muy similar al de impedir la
síntesis del transmisor, sólo que los efectos son ahora más rápidos. En este caso el ratón
tiene convulsiones sólo 5 o 10 minutos después de la inyección y estas convulsiones son
muy parecidas a las observadas con la otra droga. La hipótesis de que el neurotransmisor
en cuestión es un regulador natural de los circuitos cerebrales que tienen que ver con el
inicio de la contracción de los músculos se ve así fuertemente apoyada. Era de esperarse
que la acción de esta nueva droga fuera similar a la de la inhibición de la síntesis del
transmisor, ya que si éste no puede combinarse con su receptor es como si su acción
hubiera disminuido mucho o como si no existiera, pues mientras no actúe sobre la
molécula receptora de la siguiente neurona, nada sucede desde el punto de vista de la
comunicación entre las dos neuronas. En ambos casos se logra enmudecer la
comunicación: la primera neurona no puede hablar cuando se impide que forme su
transmisor o bien la segunda no puede oír, porque se ha tapado su receptor. De este
modo, mediante este tipo de experimentos, se ha podido conocer que existe un
neurotransmisor inhibidor cuya acción es precisamente la de regular, o mantener bajo
estricto control, la actividad de las neuronas excitadoras de cuya acción depende la
contracción de los músculos. Dichas neuronas se encuentran localizadas en los sitios de la
corteza motora, la cual constituye parte fundamental de los circuitos de excitación
muscular.

MÁS EXPERIMENTOS CON DROGAS: ACCIÓN SOBRE LA COMUNICACIÓN NEUROMUSCULAR

Los experimentos relatados nos muestran la enorme utilidad del buen uso de las drogas
como herramienta para ver qué está sucediendo en ciertos circuitos neuronales y cuáles
son los neurotransmisores con los que éstos trabajan. Gracias a drogas capaces de alterar
el funcionamiento del cerebro, hemos podido conocer la naturaleza de muchas moléculas
neurotransmisores en distintas regiones del sistema nervioso y podemos tener cierta idea
de qué función llevan a cabo —inhibidora o excitadora— en dichos circuitos. Mediante su
uso podemos no sólo impedir la síntesis de neurotransmisor o la combinación con su
receptor en la membrana de la siguiente neurona, sino también evitar que el transmisor
se libere desde la terminal axónica o bien aumentar su liberación. En el laboratorio del
autor se han utilizado algunas de estas drogas que evitan o aumentan la liberación de los
neutransmisores con resultados interesantes para la discusión de este capítulo. ¿Qué
sucede cuando a un animal se le inyecta una droga que inhibe la liberación del
transmisor? Pensemos, inicialmente, no en el cerebro sino en la comunicación entre las
terminales nerviosas de las neuronas motoras sobre los músculos, es decir, en la
comunicación neuromuscular. Recordemos que cuando estas neuronas —localizadas en la
médula espinal— se excitan, liberan desde sus terminales vecinas al músculo un
transmisor excitador que actúa sobre la membrana de las células musculares y como
consecuencia el músculo se contrae. Si inyectarnos a un ratón la droga mencionada, a
una dosis que pueda llegar hasta los sitios de comunicación entre los nervios y los
músculos, la droga impedirá que el transmisor sea liberado y por consiguiente los
músculos ya no podrán contraerse por falta de esta comunicación excitadora. El resultado
será que el ratón no pueda moverse, caerá en un estado de parálisis con los músculos
fláccidos, tal como se ve en la fotografía. (Figura 34.)

Figura 34. Este ratón está totalmente paralizado por la inyección de una sustancia que inhibe la
liberación del transmisor que excita los músculos. Este experimento fue realizado en el laboratorio
del autor, como se describe en el texto. Ningún ratón no paralizado permite ser sostenido de la piel
del cuello, pues rápidamente se voltearía para morder a quien lo intenta.

¿Cómo comprobar que la droga inyectada está efectivamente actuando mediante la


inhibición de la liberación del neurotransmisor? Una manera más o menos obvia es
inyectar al ratón paralizado otra droga que tenga el efecto contrario, es decir, que
estimule la liberación del transmisor. Afortunadamente también existen este tipo de
drogas. El experimento siguiente al de la producción de la parálisis con la primera droga
fue tomar al animal paralizado e inyectarle la segunda droga. El resultado fue
emocionante: a los dos o tres minutos de la segunda inyección, los animales empezaron a
mover ligeramente las patas y, en otros dos o tres minutos, eran capaces de caminar casi
normalmente. Lo que hicimos en estos experimentos fue entonces antagonizar el efecto
paralizante de la primera droga con la segunda, confirmando así que la parálisis se debía
a la disminución de la liberación del transmisor, de modo que al incrementar dicha
liberación por la segunda droga, los animales podían de nuevo moverse normalmente.

Los experimentos que acabamos de relatar nos muestran con gran claridad que el control
de la intensidad de los movimientos musculares se ejerce por la cantidad de transmisor
que es liberado en cada momento desde las terminales de los nervios, es decir, de los
axones de las neuronas excitadoras cuyo soma se encuentra en la médula espinal. En la
vida real existen numerosos ejemplos de la acción de drogas usadas como armas, que
matan precisamente por alterar los mecanismos químicos de la comunicación nerviosa.
Por ejemplo, algunos gases usados durante la segunda Guerra Mundial actúan impidiendo
las reacciones normales de interconversión del neurotransmisor activo sobre los
músculos. El curare, veneno ancestralmente usado por algunas tribus del Amazonas, con
el cual impregnan la punta de sus flechas, es una droga que se combina con los
receptores al transmisor en los músculos y por los tanto éstos no pueden contraerse. Este
veneno es extraordinariamente potente y basta una pequeñísima cantidad para que los
músculos respiratorios se paralicen sobreviniendo la muerte.

Los venenos de algunas serpientes, así como el de la araña conocida como viuda negra,
contienen toxinas que al parecer también actúan sobre los mecanismos de liberación de
transmisores, bien porque impiden dicha liberación o porque producen una liberación
masiva de ellos. No es difícil imaginar que, si estos venenos llegan hasta el cerebro,
afecten el funcionamiento de varios de los circuitos neuronales. Debemos aquí recordar
también que muchos de los circuitos neuronales son los que controlan las llamadas
funciones involuntarias del organismo a que nos referimos en el capítulo I, tales como la
contracción del corazón o la respiración. Es evidente entonces que si estos venenos
afectan, como muchas veces ocurre, los mecanismos de transmisión entre las neuronas
de este tipo de circuitos, la muerte puede sobrevenir muy rápidamente.

LA REGULACIÓN FINA DE LOS MOVIMIENTOS Y LA ENFERMEDAD DE PARKINSON

Volvamos un poco más sobre los circuitos que controlan los movimientos musculares.
Hemos dado ejemplos de experimentos en los que la movilidad muscular se altera en los
dos sentidos: en una hiperactividad que resulta en convulsiones, o en una hipoactividad
que resulta en parálisis. Estos ejemplos, sin embargo, se refieren sólo a acciones sobre
los músculos mismos o sobre los circuitos que en forma directa inician la estimulación que
finalmente provoca que el músculo se contraiga. Además de estos circuitos, en el interior
del cerebro existen otros que se encargan de establecer una regulación muy fina de los
movimientos. Con regulación de movimientos finos quiero decir aquélla que es necesaria
para realizar las tareas de todos los días y que precisamente por ser cosas rutinarias no
nos percatamos del increíble y exquisito control que requieren. Me refiero por ejemplo a
tomar un vaso lleno de agua, llevarlo a los labios y beber el contenido sin derramar una
gota, o servirse del cuchillo y tenedor para cortar y comer la carne, o pelar una naranja, o
escribir, o caminar a una velocidad perfectamente controlada de acuerdo con la prisa que
se tenga, y con el tipo de piso sobre el que se esté, librando los obstáculos que surjan,
etc. Prácticamente cualquier actividad en que podamos pensar se podría usar como
ejemplo de esta indispensable finísima regulación de nuestros movimientos. Por supuesto
ésta es mucho más obvia si consideramos, ya no las actividades diarias que todo el
mundo realiza todos los días, sino otras que requieren de gran destreza, entrenamiento,
aprendizaje y finura. Los ejecutantes de instrumentos musicales son quizá el mejor
ejemplo de esto. Los movimientos de los dedos de un pianista, un guitarrista o un arpista
son asombrosos por su precisión, no solamente en cuanto a tocar las teclas debidas o
pulsar las cuerdas adecuadas sin equivocarse, sino también por la enorme velocidad con
que los movimientos se realizan y la variedad en la intensidad, calidad de la vibración y
simultaneidad de las notas. La danza es también otro ejemplo maravilloso ya que en esta
actividad son todos los músculos del cuerpo los que participan armónicamente del
movimiento, lográndose un control exquisito de ellos. Otras actividades, menos artísticas
que las mencionadas pero también interesantes, requieren asimismo de un grado de
control muscular extraordinario. Los acróbatas, malabaristas, prestidigitadores,
escaladores de rocas, etc., nos dejan asombrados por el control que son capaces de tener
sobre sus movimientos musculares.

Como lo pintó en palabras el poeta Luis Rius, refíriéndose a la bailarina Pilar Rioja:

Podría bailar
en un tablado de agua
sin que su pie la turbase,
sin que lastimara al agua.
No en el aire, que al fin es
humano el ángel que baila.
No, en el aire no podría,
pero sí en el agua.

¿Qué circuitos cerebrales son los que participan en tan fina regulación de los
movimientos? En una de las regiones más internas del cerebro se encuentran dos grupos
de neuronas conectados entre sí por sus axones, de tal manera que los axones de uno de
los grupos llega hasta el otro y a su vez los axones de éste regresan a los del primero.
(Figura 35). Este circuito es en gran medida, aunque no únicamente, el responsable del
mencionado control de los movimientos musculares. Hace apenas cuatro años se
descubrió, en otro de esos hallazgos fortuitos que al seguirse más profundamente
proporcionan información de mucho valor, una sustancia muy tóxica que al ser inyectada
a monos producía alteraciones del control de los movimientos. Estudios experimentales en
varias especies animales demostraron que esta droga tenía estos efectos debido a que
producía una lesión permanente de las neuronas de uno de estos dos grupos neuronales
que participan en el circuito mencionado. Como resultado de esta lesión, esas neuronas
mueren y por consiguiente ya no pueden liberar su neurotransmisor y actuar sobre las
neuronas del segundo grupo constituyente del circuito. Los síntomas que mostraban los
monos así lesionados eran muy parecidos a los de la enfermedad de Parkinson, la cual se
conoce desde hace muchos años en humanos y se caracteriza porque los músculos están
rígidos y tienen un temblor fino que, a veces se exacerba precisamente, cuando el
paciente trata de realizar algún movimiento delicado. De hecho, se sabe que esta droga
es capaz de producir la enfermedad de Parkinson en humanos intoxicados con ella —en
realidad así fue como se descubrió, cuando se observó que aparecieron algunos casos de
enfermedad de Parkinson en jóvenes menores de 30 años, cuando es bien conocido que
esta enfermedad ataca a personas casi siempre mayores de 45 o 50 años—.

Figura 35. El control y la coordinación de los movimientos musculares se ejercen principalmente


mediante la actividad del circuito neuronal mostrado en este esquema de un corte del cerebro. El
grupo de neuronas del tallo cerebral conocido como sustancia negra (SN) inhibe a otro grupo de
neuronas localizado en el interior del cerebro, llamado cuerpo estriado (CE), el cual a su vez inhibe
a la sustancia negra. Esta última se comunica también con neuronas que a través de varias
conexiones (no mostradas pero esquematizadas por línea discontinua) actúan sobre las
motoneuronas de la corteza cerebral. Las neuronas negras son inhibidoras, y la otra es excitadora.
Aquí sólo se muestra el circuito de un hemisferio cerebral, pero en el otro hemisferio también
existe. Las alteraciones de los movimientos que se observan en la enfermedad de Parkinson —
fundamentalmente rigidez, temblores y falta de movilidad— se deben a que neuronas de la
sustancia negra se destruyen. Aún no sabemos la causa de esta destrucción, pero
experimentalmente es posible reproducir los síntomas de la enfermedad mediante ciertas drogas
que lesionan selectivamente estas neuronas de la sustancia negra. La información que se obtenga
de este tipo de experimentos quizá proporcione la clave para entender por qué ocurre el
Parkinson.

Unos 10 años antes del descubrimiento de esta droga tan tóxica se sabía que la
enfermedad de Parkinson se debe a la destrucción del núcleo neuronal al que nos hemos
referido. Este descubrimiento se había hecho mediante un estudio bioquímico sobre cuáles
eran los posibles neurotransmisores que se afectaban en distintas regiones del cerebro de
pacientes que morían con esta enfermedad. Sin embargo, hasta la fecha no se sabe qué
es lo que causa que dichas neuronas mueran, por lo que el descubrimiento de la droga
mencionada ha despertado mucho interés entre los investigadores ya que, precisamente
por ser tan selectiva en la localización de las neuronas que mata, podría proporcionar la
clave de cómo y por que mueren tales neuronas en la enfermedad de Parkinson.

Podemos concluir que la enfermedad de Parkinson es una enfermedad de un circuito


neuronal, en la cual ciertas neuronas mueren, mientras que el resto del cerebro está
normal. Es por esto que los tratamientos para la enfermedad, intentan sustituir al
neurotransmisor que falta —debido a la lesión celular— Nuevamente enfatizamos que
para conocer todo esto, primero fue necesario conocer los mecanismos de comunicación
interneuronal que nos han ocupado buena parte de este libro. Sin estos conocimientos
nunca hubieran podido buscarse los defectos bioquímicos que abrieron la puerta al
descubrimiento del defecto en el neurotransmisor del grupo neuronal afectado.

¿Quiere todo esto decir que será posible identificar una lesión o defecto funcional en un
circuito específico para cada enfermedad que afecta al sistema nervioso? Contestar esta
pregunta no es fácil. En principio, parece posible que algunos de los padecimientos
neurológicos que afectan los movimientos musculares, como la epilepsia, sí pudieran
tener su explicación en lesiones más o menos específicas de ciertos circuitos cerebrales.
Los ejemplos dados al inicio de este capítulo sobre las funciones específicas de varios de
ellos podrían hacer pensar que también algunas alteraciones de las funciones mentales
propiamente dichas podrían ser el resultado de lesiones restringidas a ciertos grupos
neuronales. De hecho, ésta fue la base para las operaciones de lobotomía frontal en
pacientes con alteraciones mentales anteriormente mencionados. Sin embargo, cada vez
es más claro que no es posible pensar en explicaciones simplistas de este tipo para
entender la actividad mental y sus alteraciones patológicas, pues aún estamos lejos de
entender estas funciones en términos de circuitos neuronales. Baste por ahora decir que
los fenómenos de comunicación interneuronal y particularmente los mecanismos químicos
responsables de esta comunicación, tienen sin duda mucho que ver en un gran número de
padecimientos neurológicos y mentales. En este sentido, la frase del investigador de
finales del siglo pasado, Thudichum, podría ser profética. Thudichum escribió en 1884 en
su Tratado sobre la constitución química del cerebro lo siguiente:
Creo que se demostrará que las grandes enfermedades del cerebro y
la médula espinal están relacionadas con cambios químicos
específicos en las neuronas... En resumen, es probable que con la
química muchas alteraciones del cerebro y de la mente, que
actualmente son oscuras, podrán ser definidas con exactitud y ser
susceptibles de un tratamiento preciso, y lo que es ahora el objeto
de un ansioso empiricismo se convertirá en el orgulloso ejercicio de
las ciencias exactas.
Es claro que aún falta mucho tiempo y muchas investigaciones para que estas palabras de
hace 100 años se hagan una realidad. ¿Hasta qué punto esto ocurrirá? Es muy difícil de
decir. En el próximo capítulo cerraremos este discurso en el punto del futuro de la
investigación sobre las células de la mente.

V I . ¿ A D Ó N D E V A S ?

MIENTRAS escribo estas líneas pasa por mi cerebro una multitud de ideas, sensaciones
auditivas y táctiles, recuerdos, asociaciones y emociones. Por una parte, tengo la idea
general de lo que quiero desarrollar en este capítulo, y al tiempo que escribo, voy
ordenando, corrigiendo, cambiando o modificando el orden de las frases y de las palabras,
tratando de que lo que quiero decir quede lo más claramente explicado e inteligible: tacho
una palabra o una oración completa, releo, reempiezo desde el inicio, reconsidero. Pienso
en el ulterior desarrollo del capítulo e imagino por instantes fugaces cómo se irá armando
a medida que continúe con su escritura. Y al hacer todo esto soy plenamente consciente
de presionar las teclas de la máquina de escribir y de la manera en que el corrector
automático funciona al presionar la tecla correspondiente cuando cometo un error
mecanográfico —pues nunca aprendí mecanografía en la forma debida—. Sé sin embargo
que muy frecuentemente presiono la tecla equivocada, pero según el ritmo y la velocidad
a la que estoy escribiendo, a veces corrijo el error y a veces lo dejo, sabiendo que tendré
que revisar varias veces el capítulo antes de obtener la versión final. También estoy
consciente de que frecuentemente el disco con los tipos de la máquina llega al final del
renglón y debo presionar el saltador del margen para continuar con la siguiente línea sin
cortar la palabra incorrectamente. Todo ocurre sin que pierda el hilo de la idea de fondo
que estoy tratando de comunicar a los posibles lectores y de cómo esa idea se irá
modificando en las siguientes páginas.

Otras sensaciones llenan mi cerebro simultáneamente. He puesto un disco, una sinfonía


que cuento entre mis favoritas por el tipo de emociones que me causa, por su
instrumentación, sus pausas, por una flauta que de pronto irrumpe como llegando de
lejos y al mismo tiempo muy intensamente y puedo escucharla y sentir el gozo de hacerlo
sin dejar de escribir —excepto los momentos en que me concentro un poco más en ella—
y sin perder la idea de la secuencia de las palabras. El oír esa música me trae ciertos
recuerdos de cómo me empezó a gustar y de algunas ocasiones memorables en que el
escucharla ha sido algo más que simplemente oír música, por la intensidad con que ha
ocurrido. Vuelvo después de unos cuantos segundos a la escritura, y de pronto me hago
consciente de que otros ruidos —voces de niños de mis vecinos, ruidos de aparatos
eléctricos, la llegada de algún automóvil— se agregan a la música de manera un tanto
desagradable.

Todavía más cosas me suceden al ir escribiendo. Recuerdos ocasiones en que me he


sentado frente a la máquina de escribir en otras circunstancias y con fines completamente
diferentes, la sensación del peso que a veces representa tener enfrente una hoja en
blanco que espera ser llenada con ideas y conceptos que otros sean capaces de seguir y
entender, la preocupación del posible fracaso en el intento de ser comprendido y que tales
propósitos queden frustrados.

Todo lo que acabo de describir ocurre sumultáneamente y no es lo único, pues aún se


podrían agregar otras sensaciones, recuerdos, ideas colaterales, emociones y
asociaciones, así como la conciencia de los movimientos de varias partes de mi cuerpo, de
la posición de mis piernas, de la ocasional incomodidad por la posición de los pies, de la
presencia de una luz que aunque ilumina lo que estoy escribiendo está quizá demasiado
cerca de mis ojos y me deslumbra un poco, etc. ¿Cómo es que tantas cosas pueden
ocurrir al mismo tiempo? La captación de estímulos del exterior y del interior de mi
organismo, el poder de la decisión y la concentración necesarias para ordenar las ideas, el
trabajo mecánico de hacerlo con el movimiento de mis brazos, manos, dedos,
coordinadamente al movimiento de mis ojos siguiendo las teclas, todo esto ocurre, claro
está, en el cerebro. Pero ¿qué grupos de neuronas, qué circuitos están funcionando para
que todo esto suceda?, ¿cuántas y cuáles regiones del cerebro están activas?, ¿cuáles
están silenciosas?, ¿qué neurotransmisores están siendo liberados en cuántas y cuáles
sinapsis?, ¿cómo se está integrando todo este caudal de actividades neuronales mediante
moléculas que están siendo sintetizadas y liberadas desde las terminales axónicas, y que
así están permitiendo la comunicación interneuronal? En una palabra, ¿qué mecanismos
cerebrales pueden explicar tan grande complejidad de la actividad mental, sensorial,
motora y emotiva?

LA CAPACIDAD DEL CEREBRO HUMANO

A pesar de lo sorprendente que es poder realizar y sentir tantas cosas a la vez,


ciertamente parece poco comparado con la complejidad de otras actividades que el
cerebro del hombre sabe hacer, como imaginar, diseñar, confiar, recelar, desear, crear,
juzgar, soñar, despreciar, odiar, rechazar, amar, decidir, escoger, apreciar, valorar,
evaluar, y quizá lo más sorprendente, saber que se está haciendo todo lo anterior, es
decir, ser consciente de ello y por consiguiente poder considerarlo, sopesarlo, analizarlo y
eventualmente aceptarlo o no, así como llevar a cabo acciones que reflejen tal aceptación
o rechazo.

Es ésta la capacidad que apareció cuando el cerebro se organizó finalmente como tal en
un organismo humano: la enorme complejidad de los circuitos neuronales del cerebro
manífestándose en funciones nunca antes realizadas en el mundo vivo como la creación
de pinturas rupestres, representando escenas de la vida cotidiana de esos grupos
humanos, que ya podían llamarse así porque ya poseían precisamente los circuitos
neuronales característicos del cerebro de esta especie única, la especie humana.

Es también por la organización de los circuitos neuronales que el cerebro humano ha sido
capaz de hacerse preguntas sobre cómo funciona la naturaleza, describir fenómenos,
comunicar esas descripciones y esas investigaciones a otros hombres contemporáneos,
pero también a todas las generaciones por venir en la historia de la humanidad, mediante
el lenguaje escrito, grabado, filmado, codificado. Es el cerebro humano, el que es capaz
de hacer lo que, aunque parezca muy simple y muy natural, llega a los límites del
conocimiento por las consecuencias que puede llegar a tener: el cerebro que se investiga
a sí mismo, que quiere saber cómo funciona precisamente el órgano que le permite
"querer saber".

Es el mismo cerebro que ha escudriñado en la estructura molecular de los genes y ha sido


capaz de conocer los mecanismos mediante los cuales se transmite la herencia y por qué
las células hijas tienen las características morfológicas y químicas de las células padres.
Es el mismo cerebro que decoró las cuevas de Altamira, que construyó las pirámides de
Egipto y los templos de Palenque, que pintó la Capilla Sixtina y escribió El Quijote, que
inventó la televisión y el teléfono intercontinental y los vuelos a la Luna, que conoce la
composición de la atmósfera de Venus y sabe exactamente a qué distancia están las
estrellas y puede predecir, con exactitud de fracciones de segundo, los eclipses; el que se
destruye a sí mismo en guerras pequeñas y grandes, el que fabrica las más destructoras
bombas y otros artefactos mortíferos, el que desarrolla eficacísimos sistemas para
destruir las plantas del territorio enemigo, que produce bacterias resistentes a los
antibióticos conocidos para usarlas como arma, que inventa las más refinadas torturas
para obtener la información que desea, independientemente de si es o no verdadera. Es el
mismo cerebro el que también se pregunta cómo es que tantas y tan diferentes
potencialidades de creatividad, imaginación y fuerza destructiva existen y se manifiestan
en él mismo.

ALTERACIONES DE LA PERCEPCIÓN Y DE LA CONCIENCIA

Una de las maneras por la que el cerebro puede aprender algo sobre sí mismo es
alterando su funcionamiento normal. Este es un método que ha sido usado en todo tipo
de investigación biológica y que nos ha enseñado mucho, pues alterar las funciones que
queremos conocer, mediante procedimientos que podemos manipular con cierta precisión,
nos dice mucho de los mecanismos de esas funciones. Ya en el capítulo anterior
mencionamos algunos ejemplos de cómo es posible alterar el sistema motor mediante
sustancias que se combinan con receptores o que modifican la síntesis o la liberación de
ciertos neurotransmisores y de cómo esto es de gran utilidad para entender la relación de
esos transmisores con determinada función, en ese caso la contracción muscular y su
regulación. Mencionamos asimismo el resultado de estimular eléctricamente ciertas zonas
bien localizadas del cerebro en relación con algunas conductas que reflejan placer o dolor,
hambre o saciedad. Podemos entonces preguntarnos ¿es también posible alterar algunas
de las actividades que hemos descrito en las páginas anteriores, como la imaginación, la
creatividad, la agresividad o la conciencia, mediante el uso de drogas? Y, de ser esto
posible, ¿qué tanto nos permite aproximarnos a la respuesta que nos interesa, respecto a
los mecanismos de estas funciones?

Ciertamente hay drogas capaces de producir alteraciones mentales, con modificaciones de


la percepción, la personalidad y la conciencia, que por esta razón se llaman psicotrópicas.
Muchas de ellas están presentes en algunas plantas, como la marihuana, el opio, la
psilocibina de los hongos alucinantes de Oaxaca, la mescalina del peyote y muchas otras
menos populares. Otras se han sintetizado químicamente, como la anfetamina y la
dietilamida del ácido lisérgico, mejor conocida como LSD. ¿Cómo actúan estas drogas al
producir alucinaciones visuales y auditivas, alterar el sentido del tiempo, intensificar las
sensaciones táctiles, y a veces cambiar completamente la personalidad de quienes las
ingieren o provocarles estados casi patológicos de angustia, depresión, euforia y, según la
droga de que se trate, también adicción? ¿Es posible señalar un circuito neuronal afectado
primordialmente por estas drogas? ¿Hay algún neurotransmisor cuya función se altere
específicamente por ellas?
Figura 36. Muchas drogas capaces de alterar la percepción, la conducta y la personalidad, tienen
una estructura química similar a la de algunos neurotransmisores, por lo cual se piensa que sus
efectos pueden deberse a que alteran la comunicación interneuronal en que participan dichos
transmisores. En la figura 36 (a) se muestra la estructura molecular de tres de los transmisores
cuya función pudiera estar alterada, tanto por efecto de las drogas como en el caso de ciertas
alteraciones mentales, como la esquizofrenia. El parecido entre las estructuras de los transmisores
con las drogas mostradas en las Figuras 36 (b) y (c) es evidente, aunque en algunos casos la
similitud es sólo con una parte de la molécula.

En la Figura 36 podemos ver el parecido notable que tienen las moléculas de algunas de
las drogas señaladas con las de ciertos neurotransmisores que funcionan en distintas
regiones del cerebro. Este parecido molecular difícilmente puede considerarse una
coincidencia, sobre todo cuando sabemos que existen muchos datos en la literatura
científica que indican que los transmisores señalados sí parecen tener una relación
específica con ciertas funciones mentales. Era de esperarse entonces que muchos
investigadores realizaran experimentos para ver si efectivamente las drogas psicotrópicas
tienen efectos sobre la comunicación química entre las neuronas. Por ejemplo, se sabe en
la actualidad que la anfetamina, droga estimulante que se llegó a usar mucho para
mantenerse despierto y alerta, impide el transporte de un neurotransmisor a través de la
membrana neuronal, de tal manera que el transmisor se hace más efectivo en ciertas
zonas del cerebro relacionadas con las emociones. Como la anfetamina produce adicción y
al usarse por períodos prolongados origina un estado mental alucinatorio, conducta de
agresión y paranoia, así como tendencias autodestructivas, todo lo cual simula en cierta
medida la esquizofrenia, se ha postulado que el neurotransmisor afectado podría ser el
responsable de la aparición de esta enfermedad. Sin embargo, como ocurre en
prácticamente todo lo que tiene que ver con las funciones mentales, esto no es más que
una hipótesis, ya que no ha podido aún demostrarse plenamente.

Cómo es posible que la psilocibina de los hongos alucinantes tenga los efectos que
Fernando Benítez, en su libro Los hongos alucinantes describe así?:

Una media hora más tarde me sentí flotar, ligero como una pluma en
el aire, y las primeras visiones me hicieron entender que penetraba
en un mundo nuevo. Viboritas grises ondulaban rítmicas y
compactas sobre un fondo rojo, pero esta visión no tenía nada de
placentera. Entrañaba una angustia, una irracionalidad ligeramente
angustiosa, una imagen de la fiebre, un producto de la náusea
invasora (...) Me sentía incomprendido, vejado, injustamente
humillado. Todos los presentes eran mis enemigos. Aquella ridícula
ceremonia era una farsa. Una trampa. Había caído en ella. Algo muy
grave se estaba preparando en mi contra... Afuera, inmovilizado por
María Sabina, mi exaltación cedió y principió mi lenta caída a los
infiernos. De ser un dios, pasé a convertirme en un anciano
tembloroso, condenado para siempre a la decadencia irremediable
de la vejez, a su debilidad, a la humillación que suponía saberse
compadecido por los testigos de mi total aniquilamiento.

¿Qué resortes internos mueven estas drogas, en términos de neuronas y sus conexiones,
de neurotransmisores que son liberados o cuya liberación es impedida, de inhibiciones y
excitaciones neuronales, de circuitos cuya información reverbera sobre los circuitos
mismos? ¿Cómo, dónde, en qué forma surgen todas estas alteraciones de la percepción,
de la sensación sobre uno mismo, de la autoconciencia, de la reflexión, de la
personalidad? ¿Dónde está ese "yo" que siente, registra, se adjudica esas nuevas
sensaciones como propias y es incapaz de reconocer la realidad por vivir como real lo que
internamente le sucede? Son estas drogas verdaderamente capaces de provocar una
esquizofrenia?

Uno podría pensar y con razón, que si éstos son los efectos que causan, sería posible
administrar las drogas psicotrópicas a animales experimentales y observar los efectos
sobre su conducta para después extraer el cerebro y estudiar qué neurotransmisores se
han modificado en su concentración, reacciones bioquímicas de síntesis, liberación desde
las neuronas y efectos sobre otras neuronas. Se podría también medir los receptores para
cada neurotransmisor en las distintas regiones del cerebro y ver si estos receptores se
afectan, de tal manera que ahora, ya no puedan responder de manera normal a los
transmisores cuando aquéllos se combinen con ellos o si la alteración en los receptores es
tan importante que ya ni siquiera puedan ser reconocidos por los transmisores. Todo esto
se ha intentado, y seguramente se seguirá intentando, pues es por lo menos una
aproximación a lo que puede estar sucediendo en el cerebro cuando las funciones
mentales se alteran por este tipo de drogas. Sin embargo, ¿cómo puede el investigador
saber realmente qué es lo que el animal de experimentación —la rata, el ratón, el perro,
el gato, el conejo, el hámster o el mono— está sintiendo? Y suponiendo que encontrara
cambios en los receptores, o en el manejo de las corrientes eléctricas que recorren los
axones, o en la concentración o la función de ciertos neurotransmisores y, aun aceptando
que estos cambios estuvieran localizados en regiones muy específicas del cerebro y que
se pudiera demostrar que tienen repercusiones sobre el funcionamiento —excitaciones e
inhibiciones, cambios en la modulación de algunas neuronas—, aun suponiendo que todo
esto ocurriera, ¿cómo estar seguro que estos cambios producen las visiones, el
apartamiento de la realidad, la esquizofrenia?

EL "YO", LA MENTE Y EL CEREBRO

Hay en todo lo anterior un gran problema de fondo que el filósofo ha planteado


repetidamente y ante el cual el neurocientífico queda perplejo. Es el gran problema de la
salida final del sistema. En efecto, uno de los temas recurrentes en este libro es el de lo
que pasa en el sistema nervioso hacia el exterior, es decir, la comunicación del mundo
interior hacia el exterior. Desde el primer capítulo insistimos que es a través de los
músculos que se puede manifestar todo lo que nos pasa, lo que sentimos y pensamos, y
que si esta salida está impedida hay una incomunicación total. Sin embargo, ¿cuál es la
salida de un sentimiento, de una sensación personal, de una idea, de una emoción, de un
éxtasis, de una tristeza, de un dolor, es decir, de todo aquello que llamamos subjetivo?
Precisamente porque es subjetivo, porque son sensaciones, es imposible imaginar un
sistema o estructura en que se haga patente o manifiesta tal o cual experiencia. Cuando
alguien nos pregunta "¿cómo te sientes?", ciertamente expresamos nuestra respuesta
mediante el movimiento de los labios, lengua, cuerdas vocales y a veces también con un
gesto o un ademán, para decir "muy bien" o "regular" pero nos es imposible transmitir la
sensación en sí misma de "estar bien", la cual es absolutamente personal.

Con lo anterior quiero decir que existe un mundo de sensaciones, sueños e imaginación
que no tiene manera de representarse hacia el exterior como lo es un movimiento
muscular. Es decir, es un mundo interior en el cual está lo que llamamos la conciencia del
yo, o la conciencia de uno mismo. Es esta parte también lo que no cambia durante la vida
del individuo, pues a pesar de que sus gustos, carácter y hasta su personalidad vayan
variando durante su infancia, juventud, madurez y vejez, es precisamente el propietario
de ese "su" lo que no cambia: es la infancia, la juventud, el desarrollo, la madurez, la
vejez, la personalidad, la capacidad imaginativa, ¿de quién? De ese "yo" de esa conciencia
que es la misma durante toda la vida y que difícilmente podemos representar como algo
que pueda de manera directa manifestarse. Cuando, por ejemplo, queremos compartir
con alguien una emoción o sensación muy placentera o muy dolorosa, una gran tristeza o
un gozo inefable, una opresión, una depresión, un éxtasis, en fin, cualquier estado de
ánimo o experiencia emotiva, siempre nos parece que las palabras no alcanzan para
siquiera aproximarse a lo que quisiéramos comunicar a quien nos escucha o a la persona
con quien tanto quisiéramos compartir lo que nos pasa y lo que sentimos. Y es que la
razón de esto es precisamente que no podemos comunicar de manera directa la
sensación misma. Si acaso y paradójicamente, es mediante el lenguaje no verbal que
podemos en muy contadas ocasiones, acercarnos a comunicar lo que nos pasa y al mismo
tiempo, a saber, a tener la clara conciencia de que la otra persona está sintiendo
exactamente lo mismo que nosotros y además, lo que es aún más sorprendente, que sabe
que nosotros sabemos. Quizá uno de los ejemplos más claros de este tipo de
comunicación no verbal se da con la mirada (y nótese que no se requiere una expresión
muscular para esta comunicación, pues los movimientos de la cabeza o de los músculos
oculares para encontrar la mirada de la otra persona se dan antes de la comunicación).

Cuando este tipo de comunicación se da, se crea una situación muy especial, que ha sido
definida por Martin Buber como un ''entre'', que está más allá del ''tú'' y el ''yo'' y que, de
nuevo paradójicamente, a veces ocurre entre dos personas que nunca se han visto
previamente, que no se conocen y que muy probablemente nunca se volverán a ver
después de ese momento de comunicación. Veamos cómo lo describe Buber en su libro
¿Qué es el hombre?:

En la angustia mortal de un refugio contra bombardeos, las miradas


de dos desconocidos tropiezan unos instantes, en una reciprocidad
como sorprendida y sin compromiso; cuando suena la sirena que
anuncia el cese de la alarma, aquello ya está olvidado, y sin
embargo ocurrio en un ámbito no más grande que aquel momento...
En la sala semioscura se establece entre dos oyentes desconocidos,
impresionados igualmente por la pureza y la intensidad de una
melodía de Mozart, una relación apenas perceptible y sin embargo
esencialmente de diálogo, que cuando las luces vuelven a
encenderse apenas si se recuerda... en todos estos casos lo esencial
no ocurre en uno y otro de los participantes ni tampoco en un
mundo neutral que abarca los dos y a todas las demás cosas, sino,
en el sentido más preciso, "entre" los dos, en una dimensión a la que
sólo los dos tienen acceso.
Aparte de estos momentos excepcionales, y quizá algunos otros que el lector pueda
identificar de su experiencia personal, la impotencia para comunicar nuestras sensaciones
más íntimas y por eso más preciosas y que más quisiéramos poder comunicar al menos a
ciertas personas, es prácticamente total. En palabras de Aldous Huxley:

Vivimos juntos, actuamos sobre otro y reaccionamos a otro; pero


siempre y en todas las circunstancias nosotros somos por nosotros
mismos. Los mártires van a la arena mano con mano; son
crucificados solos. Abrazados, los amantes tratan desesperadamente
de fundir sus aislados éxtasis en una sola autotrascendencia; en
vano. Por su propia naturaleza, cada "espíritu encarnado" está
condenado a sufrir y gozar en la soledad. Sensaciones, sentimientos,
intuiciones, goces, todos ellos son privados y, excepto por símbolos
y "de segunda mano", incomunicables. Podemos comunicar la
información acerca de las experiencias, pero nunca las experiencias
mismas. Desde el individuo hasta las naciones, cada hombre y cada
grupo humano es un universo aislado.
Pero volvamos a nuestro problema anterior, al problema de la relación entre el yo y el
cerebro o, para ponerlo en los términos que dan título a este libro, de la relación mente-
cerebro, es decir, de la relación mente-neuronas. Después de las consideraciones de los
párrafos precedentes, y tomando en cuenta el contenido de los cinco primeros capítulos,
¿es posible identificar la actividad mental como un producto de la actividad neuronal? ¿Es
la mente un producto del funcionamiento de los circuitos cerebrales? O por el contrario,
¿es la mente una entidad diferente al cerebro, que usa a éste solamente como un
instrumento o herramienta para manifestarse? Estas son preguntas que el hombre se ha
hecho desde hace muchos siglos. Ya hemos mencionado en el capítulo I, por ejemplo,
como para Hipócrates el cerebro es la fuente misma del pensamiento, de los goces y de
las tristezas. Y Lucrecio, en La naturaleza de las cosas, aunque le asigna un lugar en el
pecho y no en el cerebro, dice:

Y primero digo entonces que la mente a la que a menudo llamamos


entendimiento, en la que el consejo y régimen de vida están
colocados, es parte del hombre, no menos que la mano, el pie y los
ojos son parte del todo viviente... De la misma manera que arrancar
el olor de los granos de incienso no es fácil sin destruir también su
naturaleza, así no es fácil extraer del cuerpo entero, sin que el todo
sea disuelto, la naturaleza de la mente y del ánima: trabados así los
principios desde el primer origen, entre sí se conforman y están
dotados de una vida consorte. Y no parece que cada facultad del
cuerpo y de la mente puedan sentir por separado, cada una sin la
fuerza de la otra.

A esta identificación entre el cerebro y la mente, esta postulación de que la actividad


mental es el producto de la actividad neuronal, se le llama monismo, al cual se opone el
dualismo, que postula la otra posición, la de que la mente es una entidad separada del
cerebro, y que éste es utilizado por la mente para manifestarse pero no es lo mismo.
Ciertamente esta discusión no es fácil, razón por la que ha sido objeto de un debate tan
largo como la filosofía misma, desde los griegos hasta los filósofos y neurocientíficos
contemporáneos.

Ciertamente los conceptos filosóficos sobre la relación mente-cerebro no pueden dejar de


lado los conocimientos sobre los mecanismos del funcionamiento cerebral que en la
actualidad se tienen, y que de modo muy general han sido el objeto de los capítulos
precedentes. ¿Cómo negar, por ejemplo, que es posible alterar el estado de ánimo de un
individuo, sacarlo de un estado de depresión intensa que puede conducirlo al suicidio,
mediante ciertas sustancias que actúan modificando el funcionamiento de muchas sinapsis
en regiones más o menos específicas del cerebro? ¿Cómo no reconocer que las drogas
psicotrópicas son capaces de modificar la personalidad y las sensaciones objetivas de
manera tan importante como para hacer que el individuo parezca haber cambiado de
"yo"? Y prácticamente nadie podría negar que estos cambios, estos notables efectos de
las drogas o de ciertas lesiones cerebrales, ocurren porque se han cambiado algunas
propiedades de la comunicación entre las neuronas. Es claro así que el descubrimiento de
que la comunicación entre neuronas es un fenómeno esencialmente químico, debido a
movimientos e interacciones entre las moléculas que son fabricadas por las propias
células y secretadas para actuar sobre las neuronas vecinas, necesariamente tiene que
cambiar la visión de las relaciones mente-cerebro. El conocimiento que lentamente se
empieza a tener sobre la organización de los circuitos neuronales y los distintos tipos de
neurotransmisores que en esos circuitos predominan para establecer la comunicación
interneuronal sin duda también pesa sobre los conceptos de la relación mente-cerebro.

¿UN CEREBRO O DOS?

Estrechamente relacionados con la discusión de los párrafos anteriores, los fascinantes


experimentos del "cerebro dividido" (split brain) de Roger Sperry y sus colaboradores nos
proporcionan una nueva base de argumentación. Recordemos primero que el cerebro
tiene dos hemisferios claramente definidos y separados uno de otro. La conexión entre los
hemisferios se lleva a cabo mediante un enorme conjunto de fibras nerviosas —
equivalente a los nervios que llevan el impulso nervioso a todos los músculos y a todas las
vísceras—, el cual lleva la información de un hemisferio a otro y viceversa, de tal modo
que los hemisferios están intercomunicados. Este conjunto de fibras que une los dos
hemisferios recibe el nombre de cuerpo calloso (en latín corpus callosum). Debemos hacer
énfasis en que los dos hemisferios cerebrales son realmente independientes uno del otro,
en el sentido de que la corteza cerebral que recubre a uno no se continúa con la corteza
del otro, lo cual quiere decir que la información que cada hemisferio maneja es en
realidad "privada" para ese hemisferio, aunque pueda de algún modo, comunicarlo al otro
a través del cuerpo calloso. En otras palabras, el cuerpo calloso no es un núcleo neuronal
como lo hemos definido en el capítulo IV, sino sólo un conjunto de fibras que funciona
como puente entre los dos hemisferios y por lo mismo, no puede procesar información —
tampoco tiene sinapsis—, sino sólo transmitirla de un hemisferio a otro. De acuerdo a la
hipótesis monista señalada anteriormente, de que el cerebro y la mente están tan
íntimamente relacionados que el órgano es el responsable de que exista la mente, se
podría pensar entonces que cada hemisferio debería tener su propia conciencia, su propia
mente, de tal modo que cada uno de nosotros tendría dos mentes coordinadas en una
sola mediante el cuerpo calloso y toda la información que fluye a través de él. Por el
contrario, y dicho de un modo muy simplista, el dualismo esperaría que la conciencia, la
mente, fuera una sola, independientemente de que los hemisferios puedan funcionar
aisladamente. (Figura 37.)

Figura 37. En este dibujo de Vesalio, publicado en 1555, pueden verse los hemiferios cerebrales
separados, descubriendo en el fondo el cuerpo calloso, estructura que los une y les permite
comunicarse. Se aprecia la cara interna de la corteza de ambos hemisferios, así como la meninge o
membrana que recubre al cerebro, llena de vasos sanguíneos, que ha sido cortada y cuelga hacia
los lados de la cabeza.

¿Cómo estudiar estas posibilidades? El experimento por hacer se define claramente por
los propios objetivos perseguidos mediante una operación quirúrgica que corte con un
bisturí el cuerpo calloso: sepárese un hemisferio de otro y véase qué sucede.
Inicialmente, entre 1950 y 1960, se habían realizado numerosos experimentos en
animales, incluyendo monos, y se había demostrado con claridad que este tipo de
operación no producía ninguna alteración conductual o neurológica seria. Así, en la década
de 1960 se realizaron unas 20 de estas operaciones en humanos, con objeto de tratar de
disminuir las crisis de epilepsia generalizada en individuos que no respondían a ningún
tratamiento con medicamentos. La idea de esta operación de los enfermos epilépticos era
que al impedirse la comunicación entre los dos hemisferios mediante el corte del cuerpo
calloso la excitabilidad neuronal, causante de las convulsiones epilépticas, ya no podría
propagarse al otro hemisferio y por lo tanto disminuiría la severidad de la epilepsia. Este
razonamiento es correcto, pues era ya bien conocido que las crisis convulsivas se inician
localmente en ciertas zonas del cerebro y se propagan "en espejo" hacia zonas del
hemisferio contralateral y después, a otras regiones, hasta hacerse generalizadas. En
efecto, después de esta operación las convulsiones ya no se propagaban al otro lado y,
además, por alguna causa aún desconocida, también disminuyeron su frecuencia. En la
actualidad se dispone de un número de drogas que, aunque no en el 100% de los casos,
sí en la mayoría de ellos, son capaces de controlar a un paciente epiléptico, por lo que
esta operación ya prácticamente no se hace. En este momento, lo importante para
nosotros no es la epilepsia sino la posibilidad de que estos experimentos respondieran a la
pregunta de si en realidad tenemos dos cerebros, con dos conciencias, dos mentes, o una
sola, manejada por los dos hemisferios en forma coordinada.
Esto fue lo que trató de contestar el grupo de Sperry mediante un estudio muy cuidadoso
de los sujetos que fueron sometidos al corte del cuerpo calloso, es decir, los sujetos cuyo
cerebro fue dividido. Para poder realizar estos estudios era esencial diseñar experimentos
que permitieran diferenciar las funciones de cada uno de los dos hemisferios, pues el
comportamiento de estos pacientes, algunos meses después de la operación, no permitía
distinguir ninguna anormalidad atribuible al hecho de que los hemisferios cerebrales
estaban separados. Tomando en cuenta que las fibras de los nervios ópticos se cruzan de
tal manera que lo que ve el ojo izquierdo se proyecta al hemisferio derecho y viceversa y
que de manera similar las fibras de los nervios motores se cruzan, por lo que el
hemisferio derecho mueve todos los músculos del lado izquierdo del cuerpo y viceversa,
Sperry diseñó experimentos que permitieran saber qué manejaba cada uno de los
hemisferios cerebrales. Así, por ejemplo, si se presentaba al sujeto una imagen con el ojo
izquierdo cubierto, sólo el hemisferio de ese mismo lado lo podría ver, ya que las fibras
del nervio del ojo derecho se cruzan hacia el hemisferio izquierdo. Y para saber qué veía
ese hemisferio izquierdo, se le pedía al sujeto que dijera qué objeto veía o que lo
reconociera de entre varios que tenían a su alcance, con la mano derecha, que es la que
controla y puede mover el hemisferio izquierdo. (Figura 38.)

Figura 38. Cuando se aislan los hemisferios cerebrales mediante el corte del cuerpo calloso, es
posible estudiar las funciones independientes de cada uno de ellos, como fue realizado en
humanos. Para el diseño e interpretación de los experimentos en estos pacientes fue indispensable
conocer y tomar en cuenta el entrecruzamiento de las fibras nerviosas que llevan al cerebro la
información visual y auditiva, así como el de los nervios que mueven los músculos. Este esquema
muestra que, debido al entrecruzamiento parcial de las fibras de los nervios ópticos y al campo
visual que capta cada mitad de la retina, lo que ve el ojo izquierdo se proyecta al hemisferio
derecho y viceversa. Debido a cruzamientos similares, el hemisferio derecho siente y mueve al
lado izquierdo del cuerpo y viceversa, como se esquematiza por las manos I y D. Cada oído
también envía su información hacia el hemisferio opuesto y sólo el olfato es registrado del mismo
lado que se percibe. También se indica en el esquema, como se discute ampliamente en el texto,
que el hemisferio izquierdo es el más "lógico" y posee el centro del lenguaje y la escritura,
mientras que el hemisferio derecho es el más "intuitivo" y maneja predominantemente la
comprensión no verbal.

De estos experimentos que proporcionaron resultados muy similares en los ocho


pacientes con el cerebro dividido que Sperry estudió, se ha concluido que cada hemisferio
es capaz de hacer ciertas cosas que el otro no puede hacer y, además, —quizá lo más
interesante—, que lo que un cerebro veía, así como su reacción a lo que veía, era
desconocido para el otro hemisferio. Ciertamente y no fue sorpresa pues ya se sabía que
el centro del lenguaje está exclusivamente en el cerebro izquierdo, el hemisferio derecho
no puede hablar; cuando se le preguntaba al sujeto qué veía con el ojo izquierdo, cuya
imagen llega al hemisferio derecho, no podía decirlo verbalmente, pero sí era capaz de
señalarlo con su mano izquierda sin equivocarse nunca. En cambio, cuando era el ojo
derecho el que veía, y por tanto la imagen llegaba al hemisferio izquierdo, el sujeto no
tenía ningún problema para expresar verbalmente qué objeto había visto, y podía también
señalarlo con su mano derecha, pero no con la izquierda. El cerebro izquierdo tiene
también mucho mayor capacidad de leer, aunque el derecho no está privado del todo para
hacerlo. Sin embargo, la comprensión no verbal y las habilidades de manejo de objetos en
el espacio son superiores en el hemisferio derecho en comparación con el izquierdo, que
es mucho más lógico y matemático.

Sperry resume sus hallazgos e interpretaciones de la manera siguiente:

El hemisferio menor mudo (el derecho) parece ser llevado en buena


medida como un pasajero pasivo y silencioso que deja el control de
la conducta al hemisferio izquierdo. Así, la naturaleza y las
cualidades mentales del mundo interior del silencioso hemisferio
derecho permanece relativamente inaccesible a la investigación, ya
que requiere pruebas especiales de mediciones con formas no
verbales de expresión.
Y sin embargo el propio Sperry considera que:

el hemisferio derecho es consciente por sí mismo, percibiendo,


pensando, deseando y con emociones, todo en un nivel
característicamente humano, y ambos hemisferios izquierdo y
derecho pueden ser conscientes simultáneamente de experiencias
mentales diferentes, o aun opuestas, que ocurren en paralelo.
Aunque predominantemente mudo y generalmente inferior en todas
las actividades que tienen que ver con el lenguaje o el razonamiento
lingüístico o matemático, el hemisferio menor es sin embargo
claramente el miembro cerebral superior para ciertos tipos de tareas.
Sin olvidar que en la gran mayoría de las pruebas es el hemisferio
izquierdo el superior y el dominante, revisemos rápidamente ahora
algunas de las actividades excepcionales en las que el hemisferio
menor es mejor. Primero, por supuesto, como se podría predecir,
éstas son todas las funciones no lingüísticas y no matemáticas. Ellas
incluyen sobre todo la aprehensión y el procesamiento de patrones
espaciales, relaciones y transformaciones. Estas funciones parecen
ser holísticas y unitarias más bien que analíticas y fragmentarias, así
como orientacionales más que focales, e involucrar apreciaciones
preceptuales concretas más que razonamiento secuencial abstracto y
simbólico.

¿Qué nos dicen estos sorprendentes hallazgos respecto a nuestra discusión anterior?
Ciertamente hasta la fecha no se han encontrado diferencias en cuanto a la organización
de circuitos neuronales o los mecanismos de manejo y transmisión de información entre
los dos hemisferios, ni se han descubierto neurotransmisores o procesos bioquímicos en
un hemisferio que sean distintos del otro. Y sin embargo, los estudios en los pacientes con
el cerebro dividido claramente nos dicen que los hemisferios no llevan a cabo las mismas
funciones mentales. Y al mismo tiempo, por otro lado, es claro que estas funciones
parecen depender del cerebro mismo, ya que al ser separados los dos hemisferios, éstos
ya no saben uno del otro y se comportan como entidades aisladas dentros de un mismo
organismo. ¿Quiere esto decir que está decidida la batalla entre el monismo y el dualismo
a favor del primero?

Evidententemente, los argumentos no son definitivos en el sentido del monismo o del


dualismo, pues los experimentos del "cerebro dividido" no nos explican los mecanismos
neuronales de la mente, aunque si apuntan con claridad hacia una íntima relación mente-
cerebro, quizá más íntima que lo que los dualistas quisieran. Filósofos contemporáneos
como Karl Popper son monistas, y neurocientíficos que han realizado descubrimientos
notables sobre el funcionamiento del sistema nervioso y que conocen en gran detalle los
estudios de Sperry, como John Eccles que descubrió los mecanismos de la inhibición de la
actividad neuronal, son abierta y declaradamente dualistas.

Me gustaría aquí recordar, como un posible planteamiento que no por repetirse pierde su
valor, que el conocimiento de muchos de los mecanismos biológicos ha permitido avances
extraordinarios que eran impredecibles hace apenas algunas decenas de años, como es el
caso de la transmisión de la información genética. Estos conocimientos en la actualidad
están permitiendo por primera vez en la historia del hombre, de la vida misma, el que un
ser viviente sea capaz de modificar la información genética de otro ser viviente, a través
de los procedimientos de la llamada ingeniería genética, para crear organismos con
propiedades biológicas diferentes de las del organismo "natural". Si se piensa que estos
progresos han ocurrido en unos 30 años, y que eran prácticamente impensables sólo 10
años antes, no parece demasiado arriesgado predecir que la investigación sobre el
funcionamiento del cerebro nos dará también en las próximas décadas una gran cantidad
de información, que quizá permitirá acercarse al conocimiento de los mecanismos de lo
más humano que el hombre posee: su conciencia, su pensamiento, su imaginación y su
creatividad. Sin embargo, es claro que por el momento —y el momento puede durar
muchas decenas de años— este objetivo final se ve todavía muy lejano. Antes será
necesario resolver muchos otros problemas acerca de la química y la fisiología del
cerebro, problemas que implícitamente han ido quedando planteados en los capítulos
anteriores. Por ejemplo, necesitamos todavía aprender mucho sobre la manera en que los
neurotransmisores actúan para excitar o inhibir la actividad neuronal, sobre cómo se
regula o controla esta función excitadora o inhibidora, incluyendo los mecanismos de
síntesis de los transmisores y su liberación desde las terminales axónicas; sobre cómo los
receptores pueden ser modificados en su cantidad, arreglo en la membrana de las
neuronas y sensibilidad a su correspondiente transmisor. Deberemos conocer también
cómo la neurona es capaz de integrar la información que recibe simultáneamente desde
tantos cientos de neuronas diferentes para que finalmente envíe o no señales eléctricas a
lo largo de su axón. Tendremos que saber la naturaleza química de todos los
neurotransmisores y de otras moléculas cuya función parece ser la de regular la acción de
ellos en las sinapsis.
Hace falta asimismo tener una idea más completa e integrada de la organización de los
circuitos neuronales y de qué transmisor o transmisores funcionan en las sinapsis
involucradas entre las neuronas que los componen. Requerimos conocer cómo un circuito
afecta o modifica la acción de otros circuitos, especialmente en cuanto a la integración de
la función primordial de cada uno de ellos —si es que realmente hay una función
primordial de cada circuito—, pues cabe la posibilidad de que determinadas funciones
mentales sean el resultado de la actividad de muchos circuitos funcionando
simultáneamente.

Los puntos que acabamos de mencionar no son sino una pequeña parte de la larga lista
de aspectos que aún nos falta mucho por conocer y comprender. Y aun después de todo
esto, sin duda deberán surgir conceptos no previstos aún, respuestas por el momento
inimaginables, para alcanzar la última de las fronteras del conocimiento: el entendimiento
de las funciones mentales.

En la continuación del fragmento de sor Juana citado en el capítulo 1 de este libro, dice la
poetisa:

...Y del cerebro, ya desocupado,


los fantasmas huyeron,
y —como de vapor leve formadas—
en fácil humo, en viento convertidas,
su forma resolvieron.

¿Cuántos fantasmas de ignorancia y de escepticismo deben desaparecer; cuántos nuevos


conceptos, cuántas ideas, cuántos esfuerzos de experimentación y síntesis de
información, deberán sumarse para llegar a la meta? Una cosa es segura: el hombre no
se detendrá en sus esfuerzos de creatividad en el arte, en la tecnología y en todo cuanto
en la vida de nuestra civilización y cultura significa progreso.

C O N T R A P O R T A D A

Conocer el funcionamiento del cerebro es uno de los retos más considerables que puede
plantearse la mente del hombre: Y esto, porque cuando el hombre investiga los
mecanismos de la función cerebral ahonda, precisamente, en los mismos recónditos y
hasta ahora inaccesibles mecanismos que pone en marcha al realizar la investigación: se
trata de conocer, en última instancia, cómo el cerebro puede saber, investigar o descubrir
y, al mismo tiempo, saber que está haciendo esto, es decir, tener conciencia.

Se sabe que las células del sistema nervioso no parecen ser, en esencia, diferentes de las
demás; están compuestas de los mismos tipos de moléculas y funcionan utilizando los
mismos mecanismos generales. Se distinguen, sin embargo, por la gran capacidad que
tienen de comunicarse entre sí y con las células de otros tejidos. También, del mismo
modo que la mayor parte de las funciones de una célula muscular se relacionan con su
actividad como elemento contráctil, la estructura y el funcionamiento de una neurona
están íntimamente ligados a su capacidad de comunicarse con otras, dando lugar a redes
que guardan cierta semejanza con las de las computadoras, mas su complejidad es
extraordinariamente mayor: por eso lo que nos falta saber para entender los detalles del
funcionamiento de los núcleos y circuitos cerebrales excede considerablemente a lo que
ya conocen los científicos.

Cabe decir que, pese a los notables avances logrados en el campo del estudio de las
células de la mente, en nuestros días apenas si alcanzamos a escudriñar en el campo de
descubrir la forma en que se llevan a cabo funciones cerebrales complejas como, en
palabras del doctor Ricardo Tapia, "imaginar, diseñar, confiar, recelar, soñar, amar,
valorar..." El cerebro es un conjunto de neuronas extraordinariamente organizadas en sus
arreglos tridimensionales y en sus conexiones, Con ellas pensamos, nos movemos,
sentimos y, también, imaginamos y creamos. Las neuronas son las células de la mente.
Lo que se sabe sobre su naturaleza —y las teorías e hipótesis que se formulan sobre su
funcionamiento— forman la trama de este libro escrito en forma sencilla, atractiva y
brillante.

Tapia ha dedicado toda su vida al estudio del funcionamiento del sistema nervioso.
Trabaja actualmente como Investigador Titular del Instituto de Fisiología Celular de la
UNAM.

En 1976 se le otorgó el Premio de Ciencias Naturales de la Academia de " Investigación


Científica y en 1985 el Premio Universidad Nacional, entregado por primera vez en ese
año.