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SoHo

Novela erótica
Compilación de artículos

[3]
[4]
Contenido

Presentación ............................................................................... 7
Capítulo 1. Tusa, señorita, tusa. ................................................. 9
Capítulo 2. Me miró con desdén y me preguntó que para
cuándo quería la siguiente cita. ................................................ 15
Capítulo 3. El cuerpo sigue incomprensiblemente los dictados
del alma. .................................................................................... 21
Capítulo 4. La noche anterior a la cita con el doctor Posada, el
bueno de Fernando decidió dormir sin calzoncillos. ............. 27
Capítulo 5. Ufff! ¡Qué tal que cuanto ha sido narrado en los
párrafos anteriores fuera verdad!. ........................................... 35
Capítulo 6. Trece meses después de la partida de Verónica, la
tusa se había convertido en una bestia domesticada y
malherida ................................................................................. 45
Capítulo 7. Lo sé bien. Claro que lo sé muy bien. ................... 53
Capítulo 8. No fui capaz de esperar a Verónica en el ataúd
azul ........................................................................................... 59
Capítulo 9. El tipo era diminuto.............................................. 67
Capítulo 10. ¿Y si no son como te los imaginas? ..................... 75
Apéndice. Sobre los autores .................................................... 83

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Presentación

En marzo de 2005, la Revista SoHo en su edición número


sesenta (60) presentó el primer capítulo de su novela erótica
por entregas, el cual iba acompañado del siguiente texto que
describe la intención de la publicación: “La idea es muy
sencilla: en SoHo queríamos que la literatura fuera una
carrera de relevos. Esta novela, que inicia Fernando Quiroz,
será continuada cada edición por un escritor diferente que
tendrá la libertad de llevar la trama por el camino que crea
conveniente. La única limitación que les pusimos”.

Mes a mes, durante nueve ediciones adicionales en las


páginas de la revista aparecía un nuevo capítulo de la novela
escrito por un nuevo colaborador de SoHo y acompañado por
ilustraciones o fotografías de una artista que cambia
igualmente en cada edición.

Hoy se presenta una compilación de los diez (10) capítulos de


la novela que nunca ha tenido título. Cabe destacar que esta
es una publicación independiente y no compromete a la
Revista SoHo.

Por otra parte, se reconoce que el trabajo hecho consistió en


la corrección ortográfica y de coherencia en algunos apartes
de los textos. Sólo en el Capítulo 8 se eliminaron un par de
palabras pues en su momento éstas le trajeron problemas a la
revista.

[7]
Con respecto a las imágenes, lo que se hizo fue un cambio de
color a tonalidad sepia para presentarlas de una manera
uniforme en este documento.

El material original puede ser encontrado en la página de


SoHo en el vínculo Archivo:
(http://www.soho.com.co/wf_InfoUltimasEdiciones.aspx)

[8]
Capítulo 1.
Tusa, señorita, tusa

Texto de Fernando Quiroz


Ilustración de Alberto Sojo

Publicado originalmente en la Edición 60 de la Revista SoHo (Marzo


de 2005).

[9]
-Tusa, señorita, tusa.
-¿Tusa?
-¿Nunca le ha pasado? ¿Nunca le ha dolido el corazón en todo
el cuerpo?
-No sé de qué me habla, señor.
-Afortunada usted, señorita. Escriba, entonces, lo que quiera:
desamor, intento de suicidio, falta de apetito, tristeza,
insomnio.
Me había preguntado el motivo de consulta. Detrás de un
escritorio de madera falsa, los ojos casi verdes de la señorita
eran como un semáforo hacia el deseo. Pero no caí en cuenta
de su belleza la primera vez. Llevaba trece meses -trece, sí, los
había contado- tratando de superar el dolor por la partida de
Verónica, y lo único que me interesaba era saber si las gotas
homeopáticas del doctor Posada podrían curarme ese dolor
inmenso.
Había intentado leer La Divina Comedia, había recuperado mi
raqueta de tenis del fondo del armario, había vuelto a misa de
doce, había probado el orujo después de las comidas... pero
Verónica me seguía doliendo. Su ausencia, quiero decir.
Algún estúpido me propuso que fuera al consultorio del
doctor Calderón, me dijo que casi todos los acongojados
encontraban remedio en su diván, pero después de ir por
primera vez mi amigo me pareció aún más estúpido. Calderón
sabía tan poco del tema, que ni siquiera había sido capaz de
curarse su propia tusa, instalada en su corazón y en su cabeza
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medio calva desde que lo abandonó la actriz con la que
andaba para todas partes: la que alguna vez despertó la
envidia de sus colegas cuando lo acompañó a un congreso de
sicólogos en Cartagena.
Cuando mis amigos estaban empezando a aburrirse de darme
palmadas en la espalda, cuando había aprendido de memoria
las veinte canciones de un disco quemado de Franco de Vita
que compré en la avenida Jiménez, cuando completé el tercer
memorando por llegar tarde al trabajo -o sencillamente por
no ir, aquellos días en los que todo me importaba menos que
poco y me quedaba tumbado en la cama, cortinas cerradas y
teléfono descolgado, esperando que volviera a anochecer-,
cuando me estaba acostumbrando a beber en las mañanas y a
pasar días enteros sin probar bocado, un amigo de un amigo
-pensé que se trataba de otro estúpido- me habló por primera
vez del doctor Posada. Me aseguró que el hombre, graduado
con honores en Montpellier y desencantado de la medicina en
Taganga, había inventado unas gotas para cada mal.
"No me gustan las vainas raras", le dije. "Me criaron con
Aspirina y Vick Vaporub, y nunca he creído en rezos ni en
bebedizos".
Pensé que Baquero -que así se llamaba el amigo de mi amigo-
iba a hacer una defensa ilustrada del tal doctor Posada. Que
íbamos a terminar discutiendo sobre científicos, teguas,
aprendices de brujos e iluminados. Pero no se tomó el trabajo
de ponerme atención. Me miró con lástima y se limitó a
pronunciar esas dos palabras que bastante trabajo me costó
sacarme de la cabeza: "Usted verá".
Quise aferrarme a la idea de que no me rebajaría a endosarle
mi corazón a un hombre con prácticas que aún estaban bajo
la censura de la ciencia, y mucho menos después de haber
probado suerte con el sicólogo entusado que sólo había
[11]
logrado hacerme perder tiempo y dinero. Pero andaban tan
poco cotizadas mis convicciones en aquellos días, que al cabo
de un tiempo -y de unas cuantas botellas de Vat 69- terminé
cediendo. "¿Y por qué no?", me pregunté, y se lo pregunté
luego a Baquero y anoté los datos de Posada y traté de no
meterme ideas raras en la cabeza cuando vi que su
consultorio estaba al lado del mercado del Siete de Agosto y
tuve que rogarle a la señorita que me atendió por teléfono
para que me adelantara una cita que en principio iba a ser
mes y medio después. La misma señorita -siempre pensé en
cómo debía decirle pero no se me ocurrió otra palabra- que
unos días después me preguntó cuál era el motivo de
consulta, poco antes de hacerme pasar al consultorio del
doctor Posada.
-¿Insomnio?, ¿falta de apetito? -me preguntó, antes de
mirarme a los ojos, el médico degradado a yerbatero por su
propia voluntad.
-Insomnio, falta de apetito, tristeza profunda, dolor de muela
en todo el cuerpo y exceso de whisky. Se lo resumo en una
palabra, doctor: tusa.
Me quedé pensando si había hecho bien en llamarlo doctor,
pero, sobre todo, me quedé pensando que aquella mujer que
lo asistía era tonta, mentirosa o tal vez era la más afortunada
de todas, si de verdad desconocía el significado de la palabra
tusa. Mejor dicho, si no la había sufrido en carne propia. Si no
existía en su hoja de vida sentimental un hombre que se
hubiera aburrido de ella o la hubiera dejado por otra, después
de prometerle tantas veces que la amaría para siempre.
Calculé que la mujer se acercaba a los treinta, y pensé que no
saber de tusas a esa edad era casi tanto como permanecer
virgen. Y pensé en voz alta: "Una envidiable virginidad". Y
cuando lo dije, el doctor Posada, con una bata blanca tan
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corta que más parecía un delantal, me miró a los ojos por
primera vez.
-¿Tusa?, ¿virginidad? No logro entender su motivo de
consulta. Vamos por partes. Primero, trate de describirme de
la manera más precisa posible el dolor que lo aqueja. ¿En
dónde le duele? ¿Cómo es ese dolor? ¿Es un dolor constante o
aparece y desaparece?
Quise salir corriendo de allí. Pensé que si lo del doctor
Calderón había sido una equivocación, lo de ahora era poco
menos que un error garrafal. Le iba a decir que se olvidara de
todo lo que le había dicho, que se olvidara de mí, y que si era
del caso le pagaba la consulta. Estaba pensando en la manera
de decírselo, cuando la señorita entró al consultorio -me
sorprendió que no llamara a la puerta y pensé en lo incómodo
de la situación si yo hubiera estado desnudo en ese momento-
y me quedé mirándola mientras le entregaba a Posada una
hoja escrita a mano. Mientras esperaba que la leyera y
emitiera algún sonido. Mientras recorría con sus ojos color
aceituna aquel pequeño recinto, convencida, seguramente, de
que yo la examinaba con morbosa atención, primero sus ojos
verdes y sus labios gruesos y provocativos, luego el botón del
escote que estaba a punto de explotar y, más tarde, cuando
iba de vuelta a su despacho, un culo espigado que sólo con
mirarlo me produjo una repentina mejoría.
Resolví pronto que no sólo no saldría corriendo de allí, sino
que trataría de prolongar el tratamiento cuanto me fuera
posible. El doctor Posada empezó a parecerme de repente un
tipo inteligente y preparado, al que logré enterar de mi mal de
amores con unas pocas frases, en un relato desordenado en el
que procuré exagerar los síntomas para que me pidiera que
regresara a su consultorio el jueves siguiente y siguiera
asistiendo, sin interrupción, una vez a la semana hasta que la
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mejoría fuera evidente. Mientras tanto debía tomar una serie
de cápsulas de colores pastel que no prometían efectividad
alguna y, cada noche, antes de dormir -o, más bien, para
poder dormir- unas gotas espesas de sabor amargo que más
parecían para quitar el sueño. Pero, como había oído que el
ingrediente esencial de las medicinas alternativas era la
confianza, decidí creer en Posada a ojo cerrado. Decidí pensar
que aquellas cápsulas y aquellas gotas serían la salvación de
una tusa que se había prolongado durante tantos meses sin
piedad, aunque en el fondo de esa fe de carbonero sabía muy
bien que la única razón para aceptar sin reproches los
consejos y las recetas de aquel remedo de médico no era otra
que las ganas de volver a ver muchas veces a su asistente.
Me estaba subiendo la cremallera de un pantalón al que en los
últimos meses le sobraba mucha tela por cuenta de las penas
del desamor, cuando la señorita volvió a abrir la puerta del
consultorio. Sé que mis mejillas se bañaron con el rojo de la
vergüenza y, cuando estaba a punto de dar media vuelta para
terminar la operación en privado, la mujer me sonrió con una
complicidad que quise interpretar como un guiño. Unos
minutos después, frente a su escritorio, mientras le pagaba la
consulta, no aguanté las ganas de decírselo:
-No creo en gotas ni en pastillas, en menjurjes ni en
ungüentos, pero estoy seguro de que usted es capaz de curar
incluso una enfermedad terminal. O de provocarla, sin
remedio.

[14]
Capítulo 2.
Me miró con desdén y me preguntó que
para cuándo quería la siguiente ccita

Texto de Margarita Posada


Ilustración de Víctor Laignelet

Publicado originalmente en la Edición 61 de la Revista SoHo (Abril


de 2005).

[15]
Me miró con desdén y me preguntó que para cuándo
quería la siguiente cita. Yo había acordado con el doctor
Posada que todos los jueves. Sin embargo, le dije que la
llamaría para decirle cuándo me quedaba bien. Era una excusa
para volver a tener contacto antes del jueves. Volví a decirle
'señorita' con la secreta esperanza de que me diera su nombre,
pero no lo hizo. De hecho, ni siquiera levantó sus ojos del
papel en donde apuntaba mis datos. Sólo pronunció mal mi
apellido mientras lo escribía: Placz. Yo le aclaré, Platz, con t.
El detalle, en lugar de ofenderme -como me pasaba siempre
que alguien decía mal mi apellido-, me enterneció. Vi con
atención su mano derecha, tan fina y con los dedos tan largos,
que parecía una obra manierista. El hueso de la muñeca se le
salía exageradamente. No sé si sea el desamor el que lo pone a
uno en estos estados tan enfermizos, pero me imaginé de
pronto que, por transitiva, tendría los huesos de sus caderas
igual de salidos y fue suficiente para que esa noche no
conciliara el sueño hasta entrada la madrugada. Estuve
fumando y tratando de pasar de la página ciento treinta de un
libro de Paul Auster -era un comentario al pie en el que leía y
repetía mentalmente la frase "había que tener en cuenta una
infinidad de cuestiones" y me devolvía de nuevo a ver si
retomaba el hilo-, pero me quedé ahí, enterrado en la
suposición de sus crestas ilíacas. Finalmente cerré el libro y, a
falta de su nombre, reparé en la palabra 'señorita'. Nunca me
había detenido a pensar que es el diminutivo de señora.
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Señora en chiquito. Ella no era chiquita. Todo lo contrario:
era larga, inabarcable. Cuando la recordaba me quedaban
pedazos en blanco por rellenar.
Luego se me apareció onírica, virgen como la imaginaba, en
un sueño extraño, en el que yo le acariciaba el pelo.
Estábamos en un potrero de pasto muy alto y el viento no nos
dejaba sentir la intensidad del sol, que brillaba justo encima
de una montaña. No. Su piel no era dorada. Era blanca como
el pan y se tornaba algo amarillenta por los visos que la tarde
le imprimía. Tenía certeza de conocer su nombre ya, pero le
seguía diciendo señorita, así, lento, pausado, como si fuera
una muñequita. Ella solo sonreía de vez en cuando y me
miraba lánguida, tendida sobre el pasto, envuelta en una
especie de cobija, mientras el sol se iba yendo de a poquitos y
la hacía apretarse contra mí. No me hablaba. De hecho el
sueño parecía mudo. Tampoco me besaba. Simplemente
estaba ahí, a mi lado, no abrazándome, sino abrazándose a
mí. Cada vez que lo hacía, podía sentir sus huesos ganchudos
enterrándose en diferentes partes de mi cuerpo: las rodillas,
los codos, la clavícula y, por supuesto, uno de sus huesos
ilíacos, que me presionaba la entrepierna cada vez que ella
montaba su muslo liso sobre mí. Era una sensación rara,
digamos que fría y a la vez muy íntima. Curiosamente no era
clara su mirada. Lo más puntual del sueño eran sus huesos y
mi mano en esa especie de canal que dividía su espalda en dos
territorios independientes.
Dormí poco más de dos horas y tuve que pararme de la cama
a las siete para hacer el render del video institucional que me
daba de comer por esos días. Los clientes habían estado
esperándome en la agencia la mañana anterior, pero yo, como
siempre, había incumplido la cita por un guayabo del
demonio que no me dejaba ni parpadear. Estaba ya
[17]
acostumbrado al vacío de Verónica, a echar de menos sus pies
fríos por la mañana. Como ya lo mencioné, a veces sólo
lograba incorporarme de nuevo a la vida con un sorbo de Vat
69, así que sacaba una botella con un cuncho de debajo de mi
cama y después sí procedía a bañarme. Ese viernes por la
mañana, de repente, sentí un alivio sobrecogedor. Todo lo
que pude recordar de Verónica no eran ya pasajes nostálgicos,
sino una especie de mareo que desaparecía en cuanto me
agarraba fuerte de la imagen borrosa que tenía de la asistente
del doctor Posada tendida en el pasto. El recuerdo -ese sí
exacto, casi fotográfico- de su culo en el consultorio me
abstuvo de volver a la escena cruel que antes dibujaba todas
las mañanas: Verónica parada frente a mí, poniéndose un
brasier de encaje negro y mirándome fríamente cuando yo me
acercaba a acariciar sus pechos como siempre solía hacerlo.
Luego sus palabras como espadas: "Déjame vestir tranquila.
Contigo todo tiene que ser sexual, qué cosa tan difícil". La
imagen se diluyó -fade out- y entró en su lugar un
primerísimo primer plano del culo de la asistente. Volví a
sentir mejoría.
No me preocupó ver la botella de whisky vacía. Me paré de la
cama y dejé correr el agua en la ducha, para que se calentara.
Vi a lo lejos un papelito encima de la mesa del teléfono. Al
acercarme, en la letra torcida de la empleada que va una vez a
la semana, leí: "Llamó la señorita Verónica. Que necesita
resolver lo de la nevera, porque si no le da la plata ella no
puede comprarse la de ella". Cogí el teléfono en un impulso
que ya durante su ausencia había sentido varias veces. Venía
acompañado de tensión en la cabeza e hiperventilación.
Mientras esperaba concentrado en los paaas, se me quitó la
rabia y pude respirar normalmente, pero no quise colgar. Al
otro lado contestó Verónica con esa voz que durante tanto
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tiempo me pareció la única voz de mujer que había en el
mundo. Esta vez la sentí algo nasal y chillona. Me destempló.
Después de saludarla le dije que nos olvidáramos para
siempre del asunto de la nevera. "¿Cómo así? ¿Es que no
piensas aceptar que la mitad de esa nevera es mía?", me
contestó. "No", le dije yo. "La nevera completa es tuya y te la
hago llegar a más tardar el lunes. Que estés muy bien".
El agua seguía corriendo. Colgué sintiendo que sacando esa
nevera de mi casa me deshacía de cuatro toneladas de
despecho. Entonces me metí a la ducha y ahí volví a
reconstruir la imagen de la mujer de mis sueños, muda,
lánguida, de huesos angulosos. Recorrí hasta lo más recóndito
de su cuerpo, me la aprendí de memoria. Tuve su culo
espigado en frente, tan vivo, que parecía que ella estaba
bañándose conmigo. La enjaboné de pies a cabeza y en lugar
de perderme en el verde de sus ojos, admiré sus pestañas
mojadas, que se juntaban formando racimos negros. Mi mano
iba deslizándose por toda su piel, suavecita, nueva. Me la
inventé tal y como me la imaginaba debajo de su bata blanca
de asistente. La tuve desnuda, completa, tal vez un poco más
alta de lo que realmente era. Tímidamente pasé mis dedos por
uno de sus pezones. Estaba tan duro, que su rigidez me
contagió. La puse contra la pared de cristanac y yo contra ella.
Apareció de nuevo su espalda maravillosa y en eso sonó el
teléfono. Los rings interminables me hicieron distraer y ella
desapareció de la misma manera en que había llegado. Sabía
que al otro lado del teléfono estaba Verónica, que no se
contentaba con que le diera la nevera. Llamaba otra vez para
asegurarse de que no estuviera tranquilo, para complicarlo
todo. Hice un esfuerzo descomunal para traer de vuelta a la
mujer de los ojos verde aceituna a mi baño y así aferrarme a
su cintura. Por unos segundos lo logré. La rigidez cedió en un
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estallido desde la espina dorsal hasta la mitad del cuerpo.
Entonces dejó de sonar el teléfono y el recuerdo de Verónica
me dolió de nuevo, mientras las lágrimas se confundían con el
agua.
Nunca me iba a dejar tranquilo, pensé. Como era de esperarse
el teléfono empezó a sonar por segunda vez. Seguí
bañándome, ya completamente liviano, entre la paradoja de
estar deshecho y a la vez renovado. La tercera y la cuarta vez
que sonó, también la dejé esperando. Sólo a la quinta, cuando
ya había salido del baño y me disponía a vestirme, le contesté.
Pero no era ella. Era la asistente del doctor Posada.

[20]
Capítulo 3.
El cuerpo sigue incomprensiblemente los
dictados del alma

Texto de Óscar Collazos


Ilustración de Ana Mosseri

Publicado originalmente en la Edición 62 de la Revista SoHo (Mayo


de 2005).

[21]
El cuerpo sigue incomprensiblemente los dictados del alma.
O del corazón herido, el arma que golpea más certeramente al
alma. Pese a haber imaginado que la mujer sin nombre
tomaba la ducha conmigo, pese a haberme tomado la libertad
que se toma la imaginación cuando pretende satisfacer la
urgencia de un deseo, algo terrible me había sucedido y bastó
escuchar en el teléfono la voz de la mujer que acababa de
acariciar a mi antojo para caer en la cuenta de que hay
emociones que no tienen respuesta inmediata en el cuerpo.
En ningún momento, ni siquiera en un instante milagroso,
había encontrado respuesta allí donde se encuentra siempre,
donde los hombres encontramos respuesta a estímulos como
imaginar que se acaricia a una mujer desnuda sin que ella se
resista o tenerla en carne viva y desnuda a nuestro lado,
complaciente en cada capricho y moldeada por el deseo
Esa respuesta, de la que las mujeres se burlan por lo
inmediata o, a menudo, por la brevedad con que se
manifiesta, no se correspondió con el entusiasmo casi febril
experimentado en la ducha. Así que haber escuchado la voz
de la asistente del doctor Posada no fue una experiencia sino
en parte placentera. Llamaba a confirmar la cita y eso hubiera
bastado para renovar la gratificante impudicia de mi
imaginación. Pero apenas hube colgado, me paralizó de
pánico saber que la intensidad de la imaginación no siempre
viene en línea paralela con la excitación del cuerpo. Recordé
con vergüenza un ridículo animalito embadurnado de
[22]
espuma, un adminículo inmóvil y desentendido de todo
aquello que le estaba ofreciendo para recompensar el trauma
que siguió al abandono de Verónica, pues no hay sino
traumas cuando la tusa nos invade como un virus maligno
que progresa y repta dando origen a melancolía y abandono.
¿Tendría que buscar entonces remedio a dos males, a la tusa
en sí misma y al efecto catastrófico que se anunciaba en la
impotencia de hace un rato? ¿Podría la terapia del doctor
Posada remediar el mal y su consecuencia más deplorable,
técnicamente llamada disfunción eréctil? Retumbó en mis
adentros la pregunta del homeópata:
-¿Así que también padece de disfunción eréctil?
-Disfunción circunstancial, doctor -me defendía yo.
Tal vez no fuera más que un estado pasajero, me consolé. Pero
la melancolía y la desvalorización del amor propio, efectos
colaterales de la tusa, introducían en su paisaje de escombros
la preocupación de ahora. Haber encontrado que podía desear
a otra que no fuera Verónica pero no poder estar a la altura de
la nueva circunstancia, del relámpago de vida y acaso de cura
que se insinuó desde la primera visita al consultorio del
doctor Posada, añadió más confusión a la confusión de esos
días. Aunque fuera alentador saber que la asistente todavía
sin nombre era muy distinta a la amante que me abandonó,
comprobar que su belleza era de una altanería silvestre, no
podía ser sino motivo de desasosiego. Recordar el episodio de
la ducha, exultante por la manera como el cuerpo desnudo de
la mujer obedecía a mis caprichos, fue en cambio deprimente
por la evidencia tardía de no haber contado con la
complicidad de mi verga, palo mayor de una nave a la deriva.
¿Me había excitado en la visita anterior, siquiera por un
instante, cuando la asistente de Posada se me reveló en su
fantástico atractivo de hembra? No había pensado en ello. No
[23]
había por otra parte motivos para que mi cuerpo respondiera
automáticamente a ese estímulo. Las circunstancias de lugar
tampoco habían sido propicias. Mi paso por la recepción del
consultorio había sido fugaz, fugaz la imprudente irrupción
de la mujer cuando me despedía del doctor. No eran fugaces
en cambio las licencias de mi imaginación. ¿Buscaba mi
propia cura inventándome a una mujer que a manera de capa
geológica se sobrepondría a la anterior, pensando en la
asistente como remedio al mal que me aquejaba, tragedia que
no solamente me amenazaba con el ruinoso pago de los
honorarios del médico sino con esa progresiva dedicación a la
bebida y la incapacidad crónica de conciliar el sueño?
Podría estar recibiendo señales equívocas, temí en esos
momentos de incertidumbre. Cabía la posibilidad de que la
mujer no estuviera insinuándose sino comportándose de
manera natural y con la simpatía estereotipada de siempre.
Podría tratarse de una de esas mujeres para quienes la
amabilidad no excluye la coquetería, mujeres que nunca
desarman los dispositivos de un Eros que será siempre
mensaje equívoco en la percepción de los hombres.
Algo había conquistado en medio del desamor que llamamos
tusa. No sé aún qué imagen evoca la mazorca del maíz
desgranada, áspera ya en su desnudez vegetal. La verdad es
que las campanas del deseo repicaron de nuevo. La tusa,
pensaba, era una travesía del desierto larga y tortuosa, algo
desprovisto de grano fértil, así que el fulgor repentino
emanado de una mujer distinta a Verónica me hizo abrigar
esperanzas en medio de la zozobra. La tusa podría volver a ser
mazorca. Así fuese el fulgor del fuego fatuo, estaba dando un
paso firme hacia la otra orilla.
Devolví la llamada al consultorio de Posada, no tanto para
confirmar la hora y fecha que la asistente me acababa de dar
[24]
como para cerciorarme de que esa voz -grave efluvio
melodioso- producía un nuevo tañido de campanas. Sentí en
la piel el lejano, turbador repique como si se tratara de la
invitación a una nueva ceremonia pagana. No iría a la hora
propuesta. Pensé que si llegaba antes, cuando el doctor
estuviera aún con un paciente, tendría tiempo de contemplar
desde el sillón de la sala de espera a la mujer que se abría a
mis sentidos como una esperanza de redención. Podría medir
el tamaño de mi emoción, espiarla a hurtadillas, tomarme la
libertad de imaginarla como la había imaginado, ya no
ausente sino presente en el objetivo de mis miradas,
figurarme, no que seguía sentada detrás de un escritorio y
frente al teléfono sino expuesta, sin saberlo, a la mirada de
quien espía desde la ventana opuesta hacia una habitación
iluminada donde una mujer juega con su cuerpo. Tal vez así
empezara a producirse el milagro.
Esa noche bebí menos de lo acostumbrado, dormí tanto como
en las noches anteriores, es decir, poco y mal, pero el sueño
me ofreció el consuelo de una erección debida quizá a la
visión de una mujer que se desnudaba en mi cuarto y me
impedía tocarla, un extraño sueño en el que la mujer tenía el
cuerpo deseable de la asistente de Posada y el deplorable
rostro de Verónica, cuerpo y rostro contradictorios,
obstinados en el propósito de impedirme acariciarlos,
Verónica cerrando los ojos de placer, el cuerpo de la otra
acariciándose primero los senos, complacida luego en la
lentitud de la mano que descendía al pubis, cuidadosa en la
caricia que la yema del pulgar regalaba al clítoris, rostro y
cuerpo próximos e imposibles.

[25]
[26]
Capítulo 4.
La noche anterior a la cita con el doctor
Posada, el bueno de Fernando decidió
dormir sin calzoncillos

Texto de Antonio Ungar


Ilustración de Franklin Aguirre

Publicado originalmente
nalmente en la Edición 63 de la Revista SoHo (Junio
de 2005).
[27]
La noche anterior a la cita con el doctor Posada, el bueno de
Fernando decidió dormir sin calzoncillos.
En sus épocas de virilidad intacta el solo hecho de dormir en
cueros le producía una erección que duraba toda la noche y
que se traducía en sueños para los que el adjetivo erótico
habría sido un insulto. Verdaderos clásicos del porno, eran los
sueños descalzoncillados del buen Fernando. Pues eso.
Desinhibido y orgulloso de su gran idea, sin más preámbulos,
dejó que su insignificante adminículo se sintiera libre, se puso
un gorro de dormir, leyó dos lecciones para la salvación de su
maestro Deepak Chopra, se tomó un complemento
multivitamínico y apagó la luz.
Todo lo que consiguió fue pasar la noche entera soñándose
con enfermedades venéreas. Alebrestada por demasiados
titulares de El Espacio, leídos en la soledad del abandono, su
imaginación vio penes atacados por ronchas verdes, penes
inflados como zepelines purulentos, penes atacados por larvas
insaciables. Se despertó una hora antes de lo previsto,
sudando. Se sentó en la cama y no lloró porque según le
habían explicado de niño sus nueve hermanos varones y
mayores, los machos no lloran. Intentó darse ánimos con una
jarra de café bien negro y tres cigarros Pielroja (decir el
diminutivo cigarrillos también era de maricas) y metiéndose
ese desayuno de verdadero macho cabrío creyó recuperar la
autoestima perdida.

[28]
Con la autoestima recuperada, se pasó veinte minutos en la
ducha recordando sus mejores proezas sexuales. Fernando
Platz's Greatest Hits. Todo lo que había hecho cuando su pene
no era ese pellejo inútil sino una verga enhiesta, siempre
dispuesta a satisfacer a damas ávidas o no tanto. Si lograba
mentalizarse, si lograba recordar todos los detalles de su
envidiable vida sexual anterior a Verónica, si se convencía de
que todavía era el mismo de antes, la asistente del doctor
Posada era presa fácil.
Lo primero que recordó fue a la niña linda del colegio. Tenían
los dos trece o catorce años. Ella rubia, de piernas largas. Él
insignificante. La linda ni siquiera lo miraba, la linda lo
consideraba un flaco simpático al que se le podían contar las
penas amorosas. Él no tenía novia, por supuesto. Ningún ser
vivo, vegetal o animal, lo respetaba, y tampoco lo hacían los
que jugaban fútbol con pasión, así es que las tardes pasadas
escuchando los desamores de la linda del curso eran lo más
parecido a una relación humana que conocía.
Todo así, apacible infancia, hasta que la linda del curso cruzó
la pierna como no debía y nuestro héroe le vio los calzones.
Los calzones eran unas bragas blancas de encaje que dejaban
entrever el sexo rosado de una rubia adolescente que además,
lo sabría muy pronto, era virgen. La visión duró todo el
tiempo que la linda del curso tardó en contar sus últimas
penas amorosas con muchachos cinco años mayores. Y esa
prolongada visión cambió a nuestro héroe para siempre. De
ser el niñito tímido al que todos trataban como a balón de
fútbol, pasó a ser un pene erecto que no descansaba hasta
conseguir lo que buscaba. Descubrir el coñito rosado de la
linda del curso fue también descubrir su propia autoestima,
su propia fuerza. Y Fernando aprovechó al máximo su nueva
fuerza. En las sucesivas sesiones de despecho, se dedicó a
[29]
consentirle primero la cabeza, después los hombros y
finalmente las largas piernas. Durante dos semanas siguieron
con la farsa del paño de lágrimas, sabiendo ya los dos que
nada de eso importaba.
Una tarde de lluvia en que todos los otros niños corrieron a
refugiarse, nuestro Fernando y la linda del curso se quedaron
bajo la lluvia, besándose. Como si de un adulto se tratara, él
consiguió tocar las tetas redondas y firmes de la linda, bajar la
mano por su cintura, meter los dedos entre los calzoncitos,
sentir esa humedad nueva, deleitarse con esa mujer que pedía
con suspiros lo que él le daría más tarde, en la casa de ella,
mientras su mamá leía versículos de la Biblia con un grupo de
oración en la sala y su papá producía dinero en una oficina sin
saber que su hija había perdido la sagrada virginidad con el
niño más feo del curso.
Lo que siguió da para una versión ilustrada del Kamasutra.
Hicieron el amor metidos en el baño de mujeres del colegio,
se masturbaron mutuamente en clase de inglés, ella lo chupó
en un bus lleno de niños. Una dicha que duró poco. Y una
dicha que, contra todos los pronósticos, se rompió no por los
caprichos de ella, sino por los de él. El escenario fue una fiesta
de adolescentes desmadrados. Nuestro héroe, muy borracho,
sin saber cómo, acabó besándose con una morena
desconocida mucho más alta que él y así descubrió la mayor
trampa del mundo femenino: la existencia de una variedad
inagotable de cuerpos y olores.
De las largas piernas, el pelo rubio y las mejillas sonrosadas de
la bonita del curso, Fernando pasó a amantes de todos los
tamaños y sabores. Tetonas, altas, morenas, negras,
caderonas, anoréxicas, ninfómanas, frígidas. Todas las niñas
que los años del colegio le permitieron conocer. Para cuando
entró a la universidad, nuestro héroe era ya un follador sin
[30]
ley. Nada lo detenía. Tuvo la fortuna de entrar a una
universidad privada en Medellín, la única en donde existía la
carrera de Cine y Televisión. Ahí estudiaban Comunicación
Social mujeres que él ni siquiera creía posibles. Se comunicó
socialmente con todas. Fue el iniciador de la vida sexual de las
que después serían modelos, presentadoras de la televisión,
amantes de mafiosos, esposas de miembros del Congreso de la
República. Participó en tríos. En intercambios de parejas. En
orgías. En sesiones de sadomasoquismo. Conoció coños y
tetas de todos los sabores y los colores.
Se dio cuenta que llevaba demasiado tiempo en la ducha
cuando empezó a sentir que le dolía la piel de los dedos ya
arrugados.
Apagó el agua.
Salió al baño lleno de vapor y a pesar de los recuerdos
enardecidos, su pene seguía siendo un pellejo inútil. Mientras
se secaba, se dio cuenta que el sexo había sido su única guía
en el mundo, la característica distintiva que le había ayudado
a gestar su personalidad. Que lo había acompañado siempre:
el sexo haciéndolo superar sus complejos de adolescente, el
sexo dándole la importancia y el reconocimiento que se
merecía entre sus congéneres, el sexo dándole también la
valentía para irse a Medellín detrás de su pene para estudiar
una carrera de la que sólo recordaba orgasmos increíbles.
En ese momento, habiéndose ya vestido y con la cara cubierta
de espuma de afeitar, recordó a Verónica, el motivo de sus
sufrimientos. Le dio tanta risa pensar en su ex mujer, que tuvo
que sentarse en la tapa del water y toser hasta que no le
quedaron carcajadas adentro. Se dio cuenta, en un momento
de lucidez muy escaso en nuestro héroe, que todo su
sufrimiento por ella era un sufrimiento aprendido:
sufrimiento de balada cursi, experimentado solamente porque
[31]
todos y cada uno de sus amigos (y cada uno de sus nueve
hermanos) había sufrido alguna vez por una mujer y él no
quería ser menos que los demás machos.
Ese fue el último día en que recordó a Verónica. En el carro se
dedicó a recordar en cambio todas las veces que estando con
ella se acostó con otras mujeres. Olores, texturas, caricias:
mientas recogía la boleta del parqueadero creyó sentir una
erección. Casi llora de la emoción, nuestro buen Fernando.
Miró al cielo y no se arrodilló a bendecir a Jehová por miedo a
ensuciar su mejor pantalón.
Cómodo, plácido, siendo el nuevo, el animal sexual que
siempre había sido, caminó decidido hacia la puerta del
doctor Posada. A grandes zancadas atravesó la sala de espera
y detrás de su pene fue hasta el escritorio de la asistente más
linda que había visto en muchos años y que (habría podido
apostarlo con cualquiera) a la mañana siguiente estaría
desnuda, con él, metida en una cama doble.
Ella lo recibió con una amplia sonrisa que no hizo sino
aumentar su recién reconquistada erección. Con la voz más
ronca y sensual que había escuchado en su vida, le informó
que el doctor Posada estaba enfermo y que había cancelado
todas las citas del día. Ya conocía bien nuestro héroe esa
sensación de que el cerebro funciona mejor cuando el pene
tiene prisa. Sin saber cómo, haciendo gala de toda su astucia
recuperada, convenció a la secretaria enfermera de
aprovechar la ausencia del doctor y tomarse un café juntos. El
ritual del cortejo le devolvió toda la seguridad perdida.
A las once de la mañana ya estaban los dos en el cuarto
rosado de un motel. De entre todas sus conquistas sexuales,
Fernando no recordaba una enfermera en un motel. Ni una
secretaria. Las dos juntas era demasiado pedir. Como de
película porno. Y más de película porno pareció cuando (él
[32]
tendido en la cama, su pene haciendo gala de una
recuperación plena, el suspenso de una enfermera encerrada
en el baño) ella por fin abrió la puerta y salió.
Parecía una modelito de SoHo. Una de esas que había
enardecido la imaginación de nuestro héroe durante todos los
meses de soledad. Llevaba puestas unas medias veladas negras
que solo le cubrían medio muslo muy pálido, la minifalda de
enfermera estaba algo subida dejando expuestas unas bragas
de encaje, también negras. No tenía brasier y sus pequeños
pezones rosados pedían atención.
El ritual del acercamiento duró muy poco. En diez segundos
nuestro héroe la tenía encima y ya podía sentir todo su olor
de hembra. Se besaron largamente. Fernando, buen amante,
esperó hasta que la excitación no aguantó más. Entonces
estiró la mano por encima de esa espalda morena para tocar el
coño tan deseado, escondido entre unas nalgas redondas y
tersas. Y ahí descubrió que él no era el único macho en el
cuarto del motel.
Como en un cuento inimitable de Andrés Caicedo leído en el
colegio, como en una canción del TRI oída mil veces, el objeto
de todo su deseo era un hombre. Un macho. Como él mismo.
Un varón. Y entonces, en la escena culminante de todo el
deseo guardado durante semanas, nuestro buen Fernando
descubrió lo que debió haber descubierto meses antes. A la
mierda se fueron sus cien mil amantes y su colección de
revistas SoHo. Le llegó un segundo y milagroso momento de
lucidez. En vez de pararse asqueado y furioso, en vez de huir
como un machito, como le gritaban las historias conocidas y
su nueve hermanos mayores desde el inconsciente, nuestro
héroe acarició con firmeza ese otro pene inmenso, encerrado
en unas medias de nailon, tragó saliva, se puso de pie, se quitó
él mismo la ropa sin dejar de mirar al enfermero a los ojos y se
[33]
dispuso a pasar, liberado por fin de todas las mujeres de su
vida, la mejor de sus mañanas posibles.

[34]
Capítulo 5.
Ufff! ¡Qué tal que cuanto ha sido narrado
en los párrafos anteriores
riores fuera verdad!

Texto de David Sánchez Juliao


Ilustración de Luis Carlos Celis

Publicado originalmente en la Edición 64 de la Revista SoHo (Julio


de 2005).

[35]
Ufff! ¡Qué tal que cuanto ha sido narrado en los párrafos
anteriores fuera verdad! ¡Qué tal, a mis años, acabar en esas!
He sonreído recordando a mi hermano Jaime, quien, cuando
apenas empezaba yo a trabajar en aquella primera agencia de
publicidad en Medellín, no dejaba de preocuparse por mi
sensibilidad ante los colores y, peor, por la capacidad de
combinarlos.
-¡Cuidadito, hermano, y acaba metido a marica! -me decía.
Jaime, en esos asuntos de machos, es un ser intransigente.
Jaime es un latinoamericano a ultranza. Si lo llamara a
Medellín, en donde se obstina en seguir viviendo, y le contara
que aquello de la voz ronca de la secretaria del doctor Posada,
que aquello de la charla en la cafetería, aquello de llevármela
a un motel, y aquello de que a la hora de la verdad la hermosa
hembra de ojos verdes me había resultado un hombre...
repito: si le contara que todo aquello se trató apenas de un
sueño, me diría:
-¡Huy, hermano, ahora sí se volvió... pero de verdad-verdad!
Jaime, insisto, no transige. Más que de mi madre, parece hijo
de Freud.
Un día, recuerdo, le conté que había soñado que el cable del
teléfono se había convertido en una culebra y que, mientras
hablaba con Verónica, se me había metido por el oído. De
inmediato espetó:
-¡Huy, hermano, mariquería escondida!

[36]
Habría podido decir "homosexualismo reprimido" o algo así,
¿no es cierto? Pero no. Jaime es como es, directo, coprológico,
macho, ultragodo y, ¡caray!, medio traqueto de espíritu. Sí,
pues acostumbra decir: "La plata hay que conseguirla
honradamente, pero si así no se puede, hay que conseguirla
de todas maneras". Y eso no es nada. Una noche, se atrevió a
comentar en una bebeta: "Hombre que se deprime es marica;
y mujer que llora es puta". ¿Podría existir un par frases que lo
definieran mejor?
Ahora me pregunto: ¿se imaginan lo que me diría si lo llamara
por teléfono y le dijera que estoy entusado y deprimido y que
anoche soñé que me había llevado a una hembra a un motel y
que al tirar la mano a la presa, en el momento de las verdades,
no encontré cavidad sino protuberancia y que, en un acto
temerario y suicida, había decidido... -en sueño, aclaro una
vez más- ...había decido correr con los riesgos de la
experiencia homosexual? ¿Se imaginan su reacción? Tal vez,
muy antioqueñamente, diría:
-¡Cuenta, hermano, cuenta y el cable del teléfono se le
convierte en culebra boa de las gruesas y no se le mete por el
hueco del oído sino por otro hueco!
Y... qué podría responderme cuando le dijera:
-Se jodió, hermano, porque le hablo desde un inalámbrico. Es
más, desde un celular.
Jaime lo pensaría, guardaría un instante de silencio y
reventaría:
-Pues... la antenita de ese aparato se le va a convertir en
serpiente cascabel... y cuenta, hermano, cuenta. Y, oiga -
agregaría-: por acá por Medellín no vuelva, porque aquí a los
maricones los sicariamos.
Y pensar que fue Jaime, ¡increíble!, quien me presentó a
Verónica. Me la presentó por correo, y esto es un decir. Un
[37]
día, pocas semanas después de mi traslado a la oficina
principal de la agencia de publicidad en Bogotá, aquella
despampanante mujer se presentó a mi cubículo con una nota
de Jaime. Ella dijo: "Aquí le manda Jaimito, con la
recomendación de que no me muestre lo que dice la nota".
Claro, la nota decía: "Ahí te mando esa cosa para que le hagas
el casting respectivo y para que te la cubicules fuera del
cubículo pero por el ídem, porque no es Leo ni Sagitario sino
Virgo-total. Viene de otro siglo, porque además de ser de ese
signo, va a misa. Fíjate a ver si en Bogotá, por allá, por los
lados de El Paracaídas, hay un motelito que se llame La
Capilla. Con lo 'biata' que es... a ese sí va, y hasta quizás lo
aflojará. Suerte, matador. Tu hermano, Jaime".
Esas cosas pasan. Quiero decir, lo que a mí me pasó con
Verónica desde el principio. Su energía, porque Verónica fue
siempre eso, energía, cargó mis baterías. Todo aquello llegó
tocado de un airecillo de predestinación, pues por esos días
adelantábamos en la agencia la planificación de una campaña
vital para las finanzas de la empresa: la de las baterías Vital. Y
le llega a uno a la oficina... ¡semejante pila de mujer, con
semejante vitalidad!
A Verónica no le sobraba un gramo de carne, ni le faltaba
medio. Tampoco de hueso. Parecía hecha a la medida por el
mejor sastre del cielo: el noventa-sesenta-noventa en ella era
casi una metáfora, porque tenía esas caderas necesarias para
lucir las falditas de los noventa, una cintura de los sesenta
para yines planos y caídos y con la florecilla hippie junto a la
bragueta, y la bastantidad de busto de los noventa -de nuevo-,
caidito como el morro de un cebú pero firme como el de un
maniquí desnudo. El centro gravitacional de su existencia era
el ombligo, al que uno se sentía obligado a conducir la mirada
antes que a los ojos. Rampa, si la hubiera conocido, habría
[38]
dicho que ese, ciego y lanudito, era su tercer ojo. Por allí
brotaba, estoy seguro, y así lo comprobaría después, toda esa
energía que de Verónica atrapaba, capturaba, aprehendía,
conquistaba, rapiñaba, enco... encoñaba. Su coño era el
ombligo. Era lo primero que de ella invitaba a besar.... lengua
adentro y, hacia abajo, ¡monte-adentro... caballero! -para usar
la expresión cubana.
Antes de saber de qué color eran sus ojos, mucho antes de
percatarme de qué calidad era el tinte de su cabello, antes de
aprender si sus labios eran carnosos o no -que lo eran-, antes
que nada, me extasié en el ombligo, el que cargaba al aire,
como ahora se usa en este siglo de descaderados y
paramilitares. Sobre él, hice una broma que fue dos cosas al
tiempo: una cabeza de puente para llegar a su más ardiente
orilla y una chanza que a ella le encantó... por "inteligente".
Así me dijo:
-Esa es una chanza inteligente y me gustan las chanzas
inteligentes.
La "inteligente" chanza que abrió sus puertas, fue esta. "¿Qué
reparas?", me había preguntado cuando la miré al ombligo
antes que a los ojos. "Reparo que ese ombligo está mal
puesto". ¿Se imaginan aquello de decirle a alguien tan
orgullosa de su ombligo que ese ombligo está mal puesto? Era
como decirle a la rutilante Amparo Grisales de hace treinta
años que tenía el derrier caído; o a la belleza de Gómez
Méndez que podía lanzarse a Mr. Colombia. La esplendorosa
Verónica reaccionó peligrosamente: "¡¿Que qué?!". Entonces
expliqué, con una pícara sonrisa apenas dibujada en la
comisura de mis labios: "Sí, ese hermoso ombliguito está mal
puesto, pues no debería estar puesto en donde está puesto,
sino aquí" -y, con el índice- señalé mi propio ombligo más allá
de la corbata que caía.
[39]
Soltó la carcajada.
Entonces sí, en medio del grato sonido de aquel carillón de
múltiples campanas, pude extasiarme en sus ojazos de
esmeralda clara, en sus oscuras cejas perfiladas como a pincel,
en su nariz esculpida en claro mármol de carne y en la
provocación de unos labios espesos y jugosos como los de un
durazno abierto. Recordé, no sé por qué, a la Monroe cuando
me mira con ganas de ser saciada desde el afiche que un día se
me dio por colgar de las paredes de la oficina. Me la imaginé
así, como a la Marilyn, vestidita de blanco, de faldita alzada
por el chorro de vapor del subway cuyo tren pasaba
horadando las entrañas de la tierra como un pene de
múltiples vagones; la manita abajo, junto al vientre, evitando
que la falda se alzara más de la cuenta y mostrara más de lo
que indican los cánones del erotismo... así... ¡Vaya, qué mujer!
¡Qué exaltación del principio helénico de armonía-igual-
belleza! -me refiero a Verónica, claro, porque, en el fondo, la
Marilyn hoy solo impactaría del cuello hacia arriba. Sí, porque
esas llantitas laterales de la estrella de Hollywood, esos
bananitos en las piernas, ese cuerpo regordeto y
canónicamente cincuentero no resistiría en los albores de este
siglo el menor descaderado.
-¿Te puedo preguntar una cosa? -dijo, cuando paró de reír.
-Claro, pregunta -respondí.
-¿Por qué usas corbata en una época en que ya poco se usa, y
en una agencia de publicidad que, se supone, es un sitio de
creadores en donde todo el mundo anda medio desplumado?
Esa mañana habíamos tenido una presentación ante clientes.
En esos casos resultaba conveniente venir de corbata. Tengo
tres apenas, una roja, una azul y una verde, y suelo
combinarlas de maravilla con los dos vestidos formales que

[40]
reposan en mi lánguido ropero, un terno azul oscuro y un
blazer, también azul pero con botonadura de marinero.
Me tomé mi tiempo, como un pitcher que entra al montículo
con hombres en primera y segunda y que mira con cuidado
extremo la seña del receptor.
-Uso corbata, hoy, porque...
No me dejó terminar.
-Me gustan, te digo, los hombres que no usan corbata.
-¿Y eso? ¿Por qué?
-Porque pienso que vienen al mundo armados de tal manera
que no necesitan nada más que les cuelgue.
-Ajá -pasé saliva y sonreí de manera forzada.
No tuve más remedio que pasar la página provocándola con
una mirada que delatara lo que en mi interior se revolvía.
-¿Qué me miras? -preguntó, tal como lo esperaba.
-Qué bonitos ojos tienes debajo de esas dos cejas -fue todo lo
que alcancé a decir, citando al compositor, para salir del
atolladero; y aquello rayó en lo cursi por lo pueril.
-¿Qué harías con ellos? -me preguntó.
-Sacártelos, mi sensual Santa Lucía, quitarte el que tienes
abajo y colocarte dos ombligos verdes.
Y ahí la embarré. Como casi siempre me sucede a la hora de la
hora.
-¿Te imaginas, Verónica -cometí la imprudencia de agregar-
bajar la cabeza hasta tu barriguita perfecta y mirarte a esos
dos ojos a corta distancia...
Tampoco me dejó terminar.
-¿A corta distancia de dónde?
La verdad, me corté. Resulté corchado.
-¿De dónde? -volvió a preguntar, mirándome con ojos de
ombligo.
-No, no quise decir...
[41]
-Dilo. Por favor, dilo.
Esa noche salimos a bailar. Me la llevé al Salomé de la zona
rosa. Y allí, tras el tercer ron con Coca-cola light y gotas
amargas de Angostura, me olvidaría de todo, hasta de la razón
de su visita a mi oficina.
-¿Bailamos? -le pregunté, tras el primer sorbo del ron, cuando
empezó a sonar

Corazón-de-melón... de-melón-melón-melón, corazón...

Eran las diez de la noche. El lugar estaba apenas a medio


llenar, pero el humo de los cigarrillos había ya empezado a
saturar los espacios con ese sabor a dulce neblina que,
mezclado con el vaho de los cuerpos y el olor de los alcoholes,
remite cualquier ámbito a una esencia de pecado.
No sé por qué llego a ser tan sensible frente a esas
"minuciosidades urbanísticas", como una vez las llamé, cosas
que a Jaime, mi hermano chauvinista, le parecerán
-seguramente- remilgos de mariquetas.

...de melón-melón-melón... corazón

Había llevado mi mano derecha a su espalda, a la altura de las


vértebras del sacro, a escasa distancia del coxis y la delicada
cadera, y con la izquierda sostenía su derecha en la más
convencional posición de los bailes de salón: al nivel de la
clavícula pero retirada cinco dedos de la caída del hombro.
Nuestros rostros, ambos sonrientes, distaban una cuarta,
frente a frente, de nariz a nariz. Habíamos empezado a bailar
tal como a las abuelas les encantaba que bailaran sus nietas
vírgenes. Y en esa postura de muñequitos de biscuit
transcurrió la primera pieza. Permanecimos allí, el uno frente
[42]
al otro, sin contacto, ni siquiera en las miradas, hasta cuando
el DJ corrió la siguiente pieza en la tornamesa...

Los marcianos llegaron ya, y llegaron bailando rica-chá...

Lo de esperar. Como mandada de Marte se estrelló cual


aerolito contra mi sufrida humanidad. El impacto fue feroz.
Lo sentí en el propio corazón de mi adolorido planeta. El
cráter del impacto fue inmenso, y pudo ser medido en
estrellas fabricadas con carnes de mariposa. Lo percibí en
donde más se percibe. Allí, en la parte más ardiente y central,
entre las selvas del Darién panameño y la enhiesta península
ibérica, allí, a igual distancia de ambas partes; exactamente en
donde, luego de tantos milenios carentes de emociones, había
dormido la Antártida bajo las frías aguas del olvido. De
repente, surgió del fondo de los océanos la gran ciudad celada
por su monte tutelar, un Monte-Calvo húmedo y reluciente,
salvaguardado en su pegue por una cabellera de serpientes de
rémoras y amnesias. Y ella lo sintió.

Rica-chá rica-chá rica-chá...


así llaman en Marte al cha-cha-chá...

Nuestros cuerpos eran uno. Yo, desde el mío, impactado por


su fuerza y su energía, palpaba ahora su entera carnidad...
desde los tobillos que se topaban en el paso acompasado del
marciano rica-chá hasta los últimos cabellos surgidos de su
palpitante y sudoroso parietal. Lo palpaba todo, y sentía que
mi ibérica protuberancia encajaba a la medida en la más
ardiente esclusa de su panameña canalidad. Y allí, antes de
que los extraterrestres descendieran de su nave de cobalto
estelar, Tierra y Marte fueron víctimas sincrónicas del primer
[43]
terre-marte-moto de que la NASA hubiera tenido noticias.
Hasta que llegó, por fin, en labios de Verónica, la sentencia de
la reivindicación. "No sé para qué usas corbata -me dijo al
oído con una voz de amapolas estrujadas-. No sé para qué la
usas, chiquito, pues no necesitas nada más que te cuelgue de
ningún otro lado". Aquello me hizo sentir bien, muy bien, en
la profunda aspiración de mis pulmones que buscaban el aire
de nicotina, al tiempo que avivaba en mí un irreprimible
deseo de convertir los dos planetas, Marte y Tierra, el suyo y
el mío, en el más delicioso polvo espacial.

De un platillo volador, todos bajaron bailando...


al son y al ritmo del rica-chá…

-¿Pedimos la cuenta?
-Y... ¿adónde me vas a llevar?
-A misa, te voy a llevar a misa, mi ardiente Santa Lucía.
-¿A estas horas de la noche?

[44]
Capítulo 6.
Trece meses después de la partida de
Verónica, la tusa se había convertido en
una bestia domesticada y malherida

Texto de Nahum Montt


Ilustración de Juan David Laserna

Publicado originalmente en la Edición


ción 65 de la Revista SoHo
(Agosto de 2005).

[45]
Trece meses después de la partida de Verónica, la tusa se
había convertido en una bestia domesticada y malherida.
Bestia insomne que atacaba en las madrugadas y me hacía
sentir sus estertores agónicos con un dolor cada vez diferente.
Trece meses después la imagen de Verónica se abría paso
entre mis pesadillas y regresaba sin ahogos ni lágrimas ni
mocos, solo una sensación mortal de vacío, de pérdida
irremediable que ahora trataba de reconstruir de manera
torpe e inútil. La volví a sentir pegada a mi cuerpo, hiriendo
mi pecho con sus pezones duros, clavando sus uñas en mis
hombros, moviendo con lentitud implacable las caderas,
acercando su boca húmeda a la mía, mirándome desde otro
mundo:
-Dilo. Por favor, dilo.
Y yo, desde la otra orilla, con la boca reseca, las piernas
temblorosas y un nudo en la garganta que estrangulaba las
palabras más estúpidas y gastadas, pero también las más
proféticas:
-Por ti, Verónica, sería capaz de cualquier cosa.
Había firmado mi derrota, mi acta de defunción y le entregué
mi cabeza servida en una bandeja, con el rictus grotesco de
quien acababa de descubrir el amor.
Mi apartamento olía a humo de leña, a ceniza de cigarrillo, a
fuego apagado. En cambio, Verónica olía a sudor fresco, a
leche condensada y almendras. Recorrió la habitación con la
mirada y se desnudó sin prisa, doblando su vestido y ropa
[46]
interior con sumo cuidado, haciendo un montoncito sobre la
mesa de noche. Se acercó y me dio un beso largo. Con torpeza
de primate fui arrojando la ropa que me quedaba y nos
tumbamos en la cama.
-¿Cómo prefieres?
-Como los jesuitas.
Me apoyé en mi mano izquierda y con la derecha me abrí
paso. Cargué sin prisa ni violencia, mientras ella aguantaba las
primeras embestidas, aprovechando mis pausas para
atornillarse y recibirme mejor. Cuando tenía la mano
izquierda entumecida, atacada por mil punzadas, Verónica
me dio el bote y sentí su peso cada más leve sobre mí. Dio una
ligera sacudida para acomodarse, meneó su cadera despacio,
haciéndola girar en semicírculos y direcciones contrarias. Se
incorporó un poco y recogió sus cabellos con una banda
elástica.
-¿Te gusta?
Aspiré una enorme bocanada de aire, la miré a los ojos y le di
una palmadita en la nalga. Se apretó viscosa, palpitante y echó
a correr, dejándose caer mientras musitaba "quiero, quiero".
Luego se detuvo con un movimiento brusco, se quedó
mirándome y de nuevo se dejó caer, con más y más fuerza.
Gimió en un lenguaje oscuro, de guerra, cargado de
obscenidades callejeras, olvidadas desde mi adolescencia. Al
final, mordió cada sílaba, sin rabia ni pudor: "Perro, perro."
Entonces dio un grito como en las películas de Bruce Lee y se
detuvo. Su respiración se hizo más lenta, acompasada por
pequeños suspiros. Me sentí enorme, indomable, como si
acabara de descabezar una estatua con mi bate de béisbol.
En la mañana, Verónica me besó en la boca y abrazó mi
cabeza contra sus pechos, luego me apretó con fuerza y
preguntó:
[47]
-¿Cuándo nos volvemos a ver?
Le eché un vistazo al reloj de la mesa de noche, pero estaba
tapado con el montoncito de sus ropas.
-No tienes que irte -le dije.
En un gesto insólito, besó mi mano y la puso sobre uno de sus
pechos:
-De verdad, ¿quieres que me quede?
Yo puse mi mejor cara de profeta degollado.
Seis meses después debía hasta las tetas de Verónica. ¡Que me
orine un conejo si aquellos implantes mamarios no fueron mi
perdición! El doctor Abondano me hizo firmar un montón de
pagarés y los chepitos del cirujano plástico se encargaron de
embargarme el televisor, el equipo de sonido, la nevera y
hasta mi colección de cartas de magic, importadas por
internet. ¡Que me cague una cacatúa si mi segundo gran error
no fue ir a suplicarle a ese maldito médico!
El doctor Abondano me miró compasivo, se rascó sus cabellos
lisos de rancho de paja y preguntó:
-¿Cualquier cosa?
-Así es.
-¿Está seguro? Si yo le propusiera algo, sería capaz, digo.
¿Sería capaz de hacerlo?
Asentí. El cirujano plástico abrió sus ojazos y puso aire de no
estar muy convencido. Tenía quemados sus cachetes por el sol
y era imposible saber si jugaba a ruborizarse. Después de
musitar una parrafada sobre la discreción y la
confidencialidad, la lealtad y la solidaridad que yo le
despertaba, me dijo:
-El bar se llama Crisis Moral y la cosa no es nada del otro
mundo.

[48]
Me lo explicó con lujo de detalles como quien recita un
manual de memoria. Al ver mi progresiva palidez y el temblor
en mis manos, se interrumpió:
-Lo sabía, usted no tiene las agallas, señor Platz. Olvídelo.
¿Sabe? Yo no he dicho nada. Haga de cuenta que no he dicho
nada.
-No se trata de que tenga o no tenga agallas.
-¿Entonces?
-Nunca he sido un profesional en. -vacilé, buscando las
palabras precisas- en esos oficios.
-No me venga con esos cuentos, que para masturbarse no hay
que estudiar, además recuerde el refrán, quien niega la paja.
-Sí, lo sé. Niega la madre. Y no la estoy negando. Solo que
nunca había pensado. Así, de esa forma. Usted me entiende,
pero muchas gracias. Se le agradece su buen corazón.
-Señor Platz.-me devolví.
-Por si cambia de opinión -y me entregó una tarjeta con el
número del celular.
Dos días después, aprovechando el viaje que cada quince días
Verónica hacía a Medellín, lo llamé y me atreví a preguntarle:
-¿La paga? ¿Cómo es la paga?
-En efectivo. En un fin de semana ya tiene para sacar uno de
sus chécheres.
-Pero, bueno, no sé, doctor Abondano, mi familia es muy
conservadora, no sé. Además me preocupan dos cosas.
-Dígame, señor Platz.
-¿Cómo hago?
-¿Hace qué?
-Tanto tiempo, cómo hago para mantenerla bien dura.
-Hay trucos. El trípode anterior tenía sus trucos.
-¿Trípode?
-Sí, trípode, así le decían al negro que hacía ese trabajo.
[49]
El trípode era un extraterrestre y tenía su público, pero
después de un tiempo ya no arrancaba un suspiro.
"Demasiado perfecto", dijo el doctor Abondano y el patrón
había pensado en algo más realista, más cotidiano, nada del
otro mundo.
-Pero no se preocupe, señor Platz.
Los trucos eran muy sencillos. Aspirar un poco de cocaína y
pensar en una sola frase durante varios minutos, después era
cuestión de dejarse ir e imaginarse en país del Nunca jamás.
-¿Y el frío?
-¿Cuál frío?
-Pues el frío verriondo y uno en bolas.
-No se preocupe. El ataúd es bien calientico, no se imagina lo
caliente que se pone -el doctor Abondano soltó un alarido
chillón que me heló la sangre. Después pareció perder la
paciencia y pronunció la frase fatal de mi perdición:
-Usted verá.
Crisis Moral quedaba en pleno corazón de Chapinero. Se
timbraba y un negro que enseñaba sus dientes blancos por
una ventanilla, preguntaba una especie de contraseña. Luego
de la requisa de rigor se atravesaba un corredor cubierto por
fragmentos de espejos para encontrarse con un enorme salón
cuadrado, con sillas y mesas para más o menos cien personas.
Contemplé el ataúd. Estaba inclinado en el fondo, formando
un ángulo de 45 grados, sobre la plataforma de lo que parecía
un cadalso, rodeado por cuatro cirios; pintado de azul con los
colores y el escudo de Millonarios. El doctor Abondano me
explicó que el patrón lo había mandado hacer debido a la
mala campaña de su equipo de fútbol.
-Es una crítica muy conceptual.
En el otro extremo había una plataforma circular con un tubo
en el centro. Tomé un trago para los nervios. Poco a poco el
[50]
bar se fue llenando con parejas gays, hombres y mujeres de
parche, como si acudieran a una cita. Con la ayuda de una de
las chicas del bar me pinté la cara de blanco, los labios y los
párpados de negro y me peiné con gel. Me desnudé sin afanes
y me dejé mi gabán, mientras enfundaba unos guantes
blancos que me quedaban pequeños.
Hacia las once de la noche, cuando el bar estaba a reventar,
me dieron la señal. Encendieron los cirios y apagaron las
luces. Cuando abrí el ataúd, un círculo de luz cayó sobre mi
cuerpo desnudo. El humo del hielo seco inundó el salón y la
estridencia de la música apagó los chiflidos y los gritos de los
asistentes. Yo había elegido una frase del maestro Ortega y
Gasset, que comencé a recitar con devoción desesperada, "El
pensamiento es una erección y yo todavía tengo
pensamientos".
La melodía de sintetizadores se impuso con un nuevo juego
de luces de colores. De la plataforma circular descendió una
mujer de faldita a cuadros rojo y negro, camisa blanca y una
corbata roja, a medio anudar. Los chiflidos cesaron y se sintió,
por fin, el eco de los aplausos.
Era la colegiala más hermosa que había visto en mi vida. Con
la cara pintorreteada, acostado en aquel ataúd azul,
contemplando ese candor de mujer, me sentí como un ángel
desnudo y erecto.
Hoy, trece meses después, soy incapaz de recordar qué fue lo
que más me espantó, si el brillo en su mirada, el temblor de
sus muslos al inclinarse, la curva perfecta de sus nalgas, sus
senos enormes de silicona o toda la visión en conjunto, la voz
ronca de Deborah Harry canturreando:

[51]
I touch myself
Ooh I don't want anybody else
Oh no, oh no, oh no

O los aplausos y los gritos cuando Verónica descendió


desnuda de su pedestal y se aproximó hasta mi ataúd azul con
su aire candoroso e infantil, desprevenida aún, sin
sospecharlo aún, mientras yo estaba con el corazón en la
mano.

[52]
Capítulo
apítulo 7.
Lo sé bien. Claro que lo sé muy bien

Texto de Juan Manuel Roca


Ilustración de Paola Angarita

Publicado originalmente en la Edición 66 de la Revista SoHo


(Septiembre de 2005).

[53]
Lo sé bien. Claro que lo sé muy bien. Para alguien como yo,
que se llama Verónica, ponerle un paño a un hombre en la
cara, como lo hizo mi legendaria homónima con Jesucristo, es
una forma de que este rostro se quede impreso más que en
una tela, en la memoria. Y, qué le vamos a hacer, algo
parecido me ocurrió con ese vacío que a falta de un mejor
nombre que le hiciera justicia a mi limbo, al desamor que
siempre es proporcional al amor que desaloja, decidí seguir
llamándolo Fernando. Pasó el tiempo, volaron trece meses de
bronca, de injuriarlo con calificativos zoológicos: cucaracha
de hospital, perro sin dueño, mono de organillo, lobísimo
señor de las abominables canciones de Franco de Vita, ratón
de sacristía. Pasé a injurias menos perdularias, le bajé el tono
a la sarta de improperios, me aplaqué y entendí que todo era
parte de un largo exorcismo.
Nunca quiso reconocer su alcoholismo enmascarado, larvado,
su falta de interés sexual avasallado por una sexualidad
fantasiosa que sólo tenía ocurrencia en lechos imaginarios,
establos con heno o camas de virreyes, mujeres de un
fantasmario inasible con medias de arabescos como única
prenda, metáforas salomónicas donde el pubis es un jardín,
fisuras o grietas donde crece el musgo negro entre las piernas,
nalgas como dunas untadas de miel y toda suerte de
evocaciones sin medida. Pero de lo nuestro, de un rito
repetitivo como un mantra, de nuestra relación en el ahí y en
el ahora, sólo iban quedando vagos recuerdos.
[54]
Los primeros tiempos, cuando nos desnudábamos en la
soledad del ascensor al llegar de una fiesta, cuando teníamos
como único vestido la desnudez del otro y su voz erizaba
todos los vellos de mi cuerpo y mi rostro bajo el suyo era el
espejo del deseo, fueron dando paso a la molicie, a una puesta
en escena memorizada por la lengua y los abrazos. Fui
olvidando que mis nalgas eran la cartografía de sus manos y
me fue abandonando ese olor a almendras que exhala mi piel
cuando se humedece la orquídea negra que tengo escondida
bajo la seda de mis pantaloncitos blancos.
El alcohol, se lo dije una y mil veces, ahogaba en sus lagunas
el valle blanco de las sábanas, unas telas que antaño parecían
veleros y ahora estaban cargadas de una quietud de mar en
calma. Del tsunami al mar muerto, podría decirse. A veces en
broma pero otras más con una rabia siciliana, le dije que lo
malo del alcohol es que uno puede incluso suicidarse y al otro
día no acordarse de nada. De absolutamente nada. Pero él
prefería, con frecuencia, el Vat 69 a mi ebriedad natural.
Cuando lo llamé para pedirle la nevera no pensé que le
estuviera declarando la guerra fría o que fuera una alusión a la
imagen congelada que él tenía de mis senos, que aunque no
parecen cañones antiaéreos sí tienen un color de canela y una
aureola oscura que hace de base a dos pezones levantiscos.
Nada de lo que le dijera, fuera tierno o procaz, parecía
interesarle pues toda su pasión ocurría en el cerebro, por lo
tanto imagino que ahora que no estoy a su lado me desea con
un poderoso arrebato que rompe sus moldes cartesianos. Una
vez le hice una parodia de la primera canción que bailamos,
un ritmo que habla de una guajira de Guantánamo:

[55]
Yo soy un hombre sin Eros
Donde no crece la palma.
Y antes de morirme quiero...

Pero nada, nada de nada, ni se dio por aludido. No hago la


crónica de un abandono, sólo quiero explorar en un vacío que
he logrado llenar de otras voces, de otras risas y de renovadas
caricias. Al hacerlo cometo con desparpajo lo mismo que
hacen todos los fatuos escritores, volverme una especie de
ghostwriter, de quien escribe el discurso de otro y por lo tanto
cree tener en su bolsillo las verdades enajenadas de un
fantasma. Pero lo hago para saldar cuentas con un pasado que
no quiero ver convertido en bumerán, un pasado trunco como
un disco en el momento en que se va la luz.
El tiempo que viví ese vacío con nombre de varón me hizo
pensar en una frase leída en un deslomado libro al que él daba
más importancia que a mi sacratísimo culo. La frase es del
autor de Las flores del mal, que veía el amor como una
infección: "No pudiendo suprimir el amor, la Iglesia ha
querido, por lo menos, desinfectarlo, y ha creado el
matrimonio". Es decir, el rumiar y la rutina, el rito que se
repite hasta hacerse tedio. Fernando hizo del aburrimiento
una religión.
El amor, ese niño despótico y cambiante como veleta, no sólo
tiraniza a los hombres sino a los dioses. Y yo, ni soy hombre
ni soy diosa, sólo soy una mujer que aspira a ser algo más que
la funda de la almohada para que alguien sueñe imposibles,
teniendo a mano mi monte venusino, mi pequeña empalizada
negra agazapada entre encajes.
Me lo han dicho. Mi viejo amor hoy acude al diván, va a un
consultorio como a un confesionario donde un médico de
almas, que a lo mejor no tiene alma, no puede entender el
[56]
tamaño del vacío que deja quien se ha entregado con todo a
festejar un mano a mano de caricias como la parte más alta
del amor.
No me produce satisfacción saber que aún anda herido por mi
ausencia, pero sí refuerza la idea que tengo sobre la fragilidad
humana buscando ayudas externas en alguien que no habita
en nuestra piel. Vivir a orillas de mi cuerpo es como estar al
lado de un riesgoso abismo.
Lejos de ser una Lolita, de ser amoral y no tener linderos para
el deseo, creo en los dictados que entrega la percusión del
pecho, creo en los secretos mensajes que intercambian la
mirada y el sexo, creo en una palabra bien dicha que en
concilio con el tacto o el olfato abren como una nocturna flor
mi sésamo. Algo que de olvidarse es una clarísima señal de
que el ciclo del amor loco ha terminado. Luego viene el
cansancio, el cuerpo jubilado del territorio del deseo.
Pero no quiero pensar más en ruinas. Un amor perdido pero
clavado como una estaca en el pecho es peor para un amante
que para un vampiro. Deja un rastro de sangre en el silencio y
una sombra lanceada en la memoria. Ahora voy a mi aire,
camino entre una soledad bien habitada, tengo un nuevo y
dulce nosotros. Él viene cuando lo dicta la pasión, la suya y la
mía. Lo espero como quien espera la llegada de la noche. Es
un tinieblo que sabe aguardar la hora precisa. Como cuando
una planta de sándalo se quiebra y brota el olor de sí misma,
vuelve a regarse por mi cuerpo un aroma de almendras. Lo
espero con una leve ansiedad. Bajo mi amplia falda reina mi
desnudez, he colgado mis calzoncitos de encaje en el pomo de
cobre de la puerta de mi cuarto. Vuelvo a sentir su mástil
entrando en mi bahía como una invitación a seguir
navegando. Todo mi cuerpo es invadido pero a la vez es
invasor. Una noche son mil noches; una palabra, todas las
[57]
palabras. Nos devoramos bajo la media luz y todo se funde: el
brazo y el abrazo, el beso en los lugares escondidos, mis
piernas abiertas como un libro en el que solo puede leerse un
capítulo perdido donde todo puede tener ocurrencia.
La noche no tiene orillas. Él tiene la llave maestra que abre mi
cerrojo. Yo tengo para él dulzuras desconocidas.
Cuando se ha ido, cuando cierra la puerta luego de un beso
largo como el tren transiberiano, queda un temblor en el aire
pero no queda ausencia. Vive en mí como yo lo hago en su
cuerpo.
Tras la despedida, algo interrumpe mi monólogo, mi
exorcismo interior. Suena el teléfono y no me animo a
contestar para seguir envuelta en la atmósfera que aún tiene
chasquidos y susurros y un fuerte aroma de mar. Pero oigo en
el contestador una voz impostada, de seductor, una voz como
de línea caliente que me deja su número telefónico y la
petición edulcorada de que lo llame. Dice ser de un tal doctor
Posada.

[58]
Capítulo 8.
No fui capaz de esperar a Verónica en el
ataúd azul

Texto de Alonso Sánchez Baute


Ilustración de Nicolás París

Publicado originalmente en la Edición 67 de la Revista SoHo


(Octubre de 2005).
[59]
No fui capaz de esperar a Verónica en el ataúd azul.
Avergonzado, anonadado, apabullado, aprovechando un
instante de oscuridad total -una aparente equivocación del
técnico de luces- justo antes de que ella descendiera desnuda
de su pedestal de diva hollywoodense, me deslicé debajo de la
pesada cortina de terciopelo que alguna vez debió ser de un
color cercano al bermejo. A Dios gracias no me vio, pero no
fue necesario que sucediera porque una doble culpa me
invadió desde el mismo instante en que pensé en salir al
escenario. Primero, por haber aceptado la absurda propuesta
del doctor Abondano pero -mil veces peor-, por no haberme
comido en aquel instante supremo el coño ambrosiaco -"su
orquídea negra", como solía llamarlo- de semejante hembra
terrenal.
Mientras lavaba mi rostro en el pequeño baño iluminado
apenas por una bombilla desnuda, escuché el desconcierto del
público que no se explicaba en qué momento desapareció el
hombre del ataúd. Siendo sincero, yo tampoco lo supe: todo
sucedió con tal rapidez que antes de que apareciera el dueño
de aquel sórdido bar, ya estaba en la calle vestido tan solo con
mi gabán, pues por el afán apenas tuve tiempo para calzar mis
zapatos, olvidando tomar mi ropa antes de abandonar ese
lugar.
No era aún medianoche y yo caminaba por las calles de
Chapinero vestido como un exhibicionista de película con la
verga más dura que una piedra. No exagero. Sucedió que,
[60]
temeroso como estaba porque no se me parara delante del
público, esa noche tragué no una sino dos pepas de sildenafil.
Sabía que para lograr la erección en una jornada cualquiera,
bastaba ingerir una sola de las famosas pastillitas azules. Pero
tuve tanto temor de defraudar al público de Crisis Moral -y de
paso quedar mal con el doctor Abondano, quien me chantajeó
para que aceptara hacer parte de aquel espectáculo de sexo en
vivo-, que cuando confirmé la existencia de dos tabletas en la
cajita que compré en la ventanilla de urgencias de la clínica
-localizada a unas cuantas cuadras de aquel bar de mala
muerte-, no dudé un momento y tomé ambas en el acto, sin
siquiera ayudarme con un vaso de agua.
Era la razón por la que andaba por la calle vistiendo un viejo
gabán, con la verga enhiesta y un dolor de cabeza el macho.
Corrijo: dos dolores de cabezas, el de la de arriba, que me
dolía como un efecto secundario de la pastilla; y el de la de
abajo, que estaba que me explotaba, pues la arrechera era
feroz, cruel, casi inhumana. De manera que aproveché la
oscuridad de una calle desierta y, guareciéndome en el vano
de la puerta de una casa abandonada, saqué las manos de los
bolsillos del gabán -que era la manera como me arropaba
luego de confirmar que no tenía cómo abotonarlo- y procedí a
masturbarme en plena vía pública, con tan mala fortuna que,
por más rapidez con que movía mi mano derecha, nunca
logré eyacular. En cambio, conseguí aumentar el dolor de
cabeza. De ambas cabezas, por supuesto. Y si la de abajo
estaba por completa colorada, mi rostro mostraba un rojo más
encendido que el de un cachaco luego de un soleado día de
playa. Como me sucede desde niño, que siempre espero que
suceda algo peor -por lo que mis amigos me llaman, con
sorna, Fernando "Murphy"- , lo primero que me vino a la
cabeza -a la de arriba- fue imaginar un priapismo temporal:
[61]
un temor infame que recorrió mi cuerpo de arriba abajo, un
temblor que me movió el suelo y amenazó mi existencia.
No era la primera vez que me sucedía. Ya en la adolescencia,
una vez me asusté porque la verga estuvo tiesa un día entero
con su noche. Para colmo del sufrimiento luego de aquel
augurio, a la memoria me vino pronto la noticia que alguna
vez escuché de un muchacho en un pueblo de Sucre -¿o sería
de Córdoba?- que padeció de aquella ingrata enfermedad a
consecuencia de la cual tuvieron que cortarle el pene luego de
tres días sin que ninguna receta -médica, de simple matrona o
de mujer inmoral- lograra bajarle la erección. Me cagué del
susto al recordar ambos episodios (y por poquito no digo que
fue literal). De manera que me armé de valor y devolví mis
pasos adonde esa noche inició esta historia, es decir a la
Clínica, en busca de un médico (ojalá de largos cabellos
rubios y senos pronunciados) que solucionara mi problema.
Gracias a mi paupérrima vestimenta, el vigilante de la clínica
por poco no me deja entrar porque me confundió con un
mendigo y, para colmo, jamás en la vida había escuchado la
palabra priapismo, por lo que tuve que abrir mi gabán y
dejarle ver la causa de mi mortificación. Fue la primera
persona en esa clínica que aquella noche vio enhiesto mi
monstruo dorado, o rojo, debo decir, porque lo colorado nada
que se le bajaba. Luego del celador, fueron varios los galenos
que detallaron el tamaño y el grosor de mi pene tieso,
alborotado. Me sentí como Nacho Vidal mostrando su
artillería, pero con la vergüenza de saberla, por lo menos, la
cuarta parte de su tamaño.
El médico de turno que me atendió supuso una rápida
solución a partir de una bolsa de hielo con que cubrió mi
bálano, pero la erección no cedió. Entonces dijo que tocaba
hacer una punción, que no es más que puyar el pene con una
[62]
aguja para que ceda la sangre acumulada en los cuerpos
cavernosos. En lugar de calmarme, luego de escuchar tal
explicación, mi desesperación aumentó. ¿Cómo así que iban a
chuzar a mi monstrico? ¿Permitiría que le hicieran daño a mi
juguete más preciado? Y otra idea -peor- cruzó rauda por mi
mente: la desgracia de no volver a probar otra orquídea como
la de mi Verónica. Fue cuando sentí crujir los huesos de mi
pierna derecha tras patear con rabia la pared.
Todo esto pasaba mientras una enfermera -que ante la
preocupación ni siquiera fui capaz de ver como mujer- lavaba
con isodine "mis partes pudendas" para evitar infecciones
durante el procedimiento. Entonces escuché al médico que
me atendía describirle a otro mi epicrisis como "muy curiosa":
una singular reacción causada por el viagra no descrita en
ninguna literatura médica. Tanto se interesó el nuevo galeno,
que propuso escribir mi caso para beneficio común. Fue
cuando me dieron aquellas absurdas ganas de mear.
Despreocupado por un instante de mi tragedia, fui al baño
para encontrarme con otra peor: queriendo salir aquel orín
-casi a punto de explotar-, pujé y pujé con insistencia hasta
que me ganó la impotencia. No salió ni una gota, y el ardor
que comenzaba en la uretra me invadió todo el cuerpo. En ese
momento entró al baño una niña que ya empezaba a ser
mujer con un pequeño frasco en la mano. Al parecer,
intentaría tomar una muestra de su propia orina para unos
exámenes de laboratorio. La vi frente a mí, y la escena me
pareció irreal: yo cubierto apenas por un gabán, con mi verga
amenazante justo al frente de sus ojos. Al principio me
abochorné por haber dejado la puerta sin seguro, pero pasado
un segundo la detallé de arriba abajo: debía rondar los quince
años, y asomaba en su rostro cierta belleza angelical. Su piel
era blanca, impoluta, como debía ser -imaginé- su coñito
[63]
lampiño; sus cabellos negros, recogidos en un par de trenzas
largas, resumían su inocencia virginal. Pero fue aquella
mirada transparente, cándida, la que me alborotó por
completo la compasión. Parecía una de aquellas adolescentes
que pintó Balthus antes de que algún moralista dijera que lo
suyo no era arte sino pedofilia. Mientras se me acercaba, creí
sentir mi verga mucho más dura, mil veces más tiesa. Y digo
"creí" porque antes, camino a la clínica, pensé que si se
endurecía más, se partía en mil pedazos.
Todo fue tan rápido, que no tuve tiempo para arroparme con
la roída gabardina. De repente la nena estaba apenas a unos
cuantos centímetros de mi cuerpo. En mi locura, deseaba a
cántaros que la niña me agarrara la verga, que la estrujara con
fuerza. Lo hizo: la tomó entre sus manitas como si fuera un
juguete extraño, un muñeco hinchado y rojo que por primera
vez admiraba en la estantería de una juguetería. Aproveché
para deslizar mi mano debajo de su vestidito: sus teticas
parecían apenas el par de botones que faltaban en mi gabán.
Sentí morir. Tanto, que no fui consciente cuando le dije
"bésala" y ella, como una Lolita adiestrada, posó su lengua
sobre mi glande en el mismo instante en que advertí que el
dolor de mis cabezas había desaparecido. Extasiado, sentí su
lengua revolotear por el bálano, y apenas tuve un segundo de
sosiego para abrir los ojos cuando la niña trató de engullir
toda mi pieza, que no cupo por completo en su boquita rojita.
En ese instante descargué toda mi ansiedad, y la larva
hirviente de mi volcán mojó de oreja a oreja su carita -hacía
apenas un segundo- inmaculada. Ella sonrió con una sonrisa
tan ingenua y a la vez tan tierna, que alcancé a rogar que no
acabara nunca aquel segundo de gloria eterna. Pero entonces
la puerta del baño se abrió con fuerza, y apareció este hombre
llamando con furia a su pequeña. "Margarita", fue el nombre
[64]
que dijo, antes de que en su rostro apareciera la mirada
asesina de Benedicto XVI.

[65]
[66]
Capítulo 9.
El tipo era diminuto

Texto de Germán Bula


Ilustración de Herbert Ortiz

Publicado originalmente en la Edición 68 de la Revista SoHo


(Noviembre de 2005).
[67]
El tipo era diminuto. Uno de esos calvitos con cara
bonachona que vienen del eje cafetero, un chicho. Pero en su
frente había crecido una gigantesca vena pulsante de ira y
tenía en la mirada rabia asesina mezclada con excitación;
sonreía con un deseo casi sexual de volverme mierda. "¡Alego
demencia!", grité, y salí corriendo buscando encerrarme en
uno de los cubículos. Recuerdo la patada en las rodillas;
recuerdo el sabor a desinfectante y orines que sentí cuando
estrelló mi cabeza contra el piso del baño. Recuerdo un
mordisco vampiresco en la parte de atrás de mi cuello y un
intento de sacarme los ojos con las uñas. Lo recuerdo
golpeando mi frente contra un inodoro y no recuerdo más.
El tipo nunca apareció; menos mal. Yo desperté en una cama
del hospital como un mapache heroinero; con los dos ojos
morados, venas salidas por todas partes y el cerebro en paro
armado. Menos mal tenía la billetera en el gabán y pudieron
ver mi tarjeta de salud prepago. Desde ese entonces tengo la
nariz torcida y una pequeña colección de cicatrices.
Lo primero que escuché al recobrar la conciencia fue la voz de
Laura, la de Laura en América. Hablaban de la zoofilia
"señorita Laura, cuando joven lo hice con una mula", "señorita
Laura, es que es inmoral acostarse con las gallinas". Para no
escuchar las estupideces de la televisión, me concentraba en
mi dolor. Pero después de ese programa, siguió otro episodio
de Laura en América, y después otro, y estaban discutiendo si
los enanos podían llegar a ser sexys, y yo resistía, incapaz de
[68]
gritar o de cambiar el canal. Poco a poco logré concentrar mi
fuerza de voluntad, sobrecogerme a los efectos de los
sedantes, y al tiempo que abrí los ojos pude gritar débilmente,
-Socorro, la rubia cuquinegra está descerebrando al virreino
del Perú.
-Silencio que estoy viendo el programa -me dijo una
enfermera gorda con más bigotes que Cantinflas y menos que
Horacio Serpa-; aquí le dejaron un mensaje.
La enfermera se sentó, control remoto en mano, después de
pasarme un papel de cuaderno cuadriculado amarillo. La nota
estaba escrita en esfero rojo, con esa letra descuidada que
usaba Verónica para anotar compromisos en su agenda, "Ya
pagué las tetas. Te dejo, ¡imbécil!".
Desde ese día no he hecho sino sentir lástima por mí mismo y
beber Vat 69. Entre semana no es tan terrible, voy al trabajo,
hago mis tareas mediocremente y juego solitario Spider. Pero
los viernes, como hoy, son el peor día de la semana. Bebo
como si estuviera de parranda, duermo mal, por ratos, me
quedo viendo televisión hasta que me vence el sueño. Solo
como brevas y lonchas de jamón, que es lo único que se me
antoja por estos días. Y el Bombardero va de mal en peor. El
Bombardero es mi verga; lo bautizamos Verónica y yo en los
primeros días de nuestra relación, después de una faena
histórica: ocho polvos en cuatro horas y media. Pero esos días
quedaron en el pasado. Y se me acabó la botella.
Tiene que ser tarde, en la televisión están pasando fútbol
americano de México. Estoy demasiado cansado como para
cambiar el canal. Además, los hombres ven deportes. Que
sueño tan hijueputa tengo. Los hombres miran deportes, los
hombres deben cambiar el canal inmediatamente empieza la
sección de farándula, los hombres son tan hombres que
constantemente lo están demostrando.
[69]
-¿Sí o qué, Jaime?
- Póngale la firma, parce.
Mi hermano Jaime está conmigo, el de Medellín. Está sentado
en el sofá comiéndose una bandeja paisa. También está
Margarita, la del hospital, con una paleta en una mano y un
banano con crema en la otra. Están pasando fútbol, el deporte
de los hombres, pero yo estoy mirando mi miembro arrugado,
una horrible concha de mar. Una galletita mal cocida.
-Bombardero, ¿dónde estás? Bombardero, ¿dónde han
quedado tus días de gloria?
Grito, parece que ni Jaime ni Margarita me escucharan. Grito
de nuevo.
-Bombardero, ¿por qué me has abandonado? Ven a mí en
esta, mi hora más oscura.
En ese momento entra a la habitación Iván René Valenciano,
el Gordito de Oro, al que llamaban Bombardero en sus épocas
de gloria en el Junior. Se sienta en una mecedora.
- Ajá, ¿y eso e' ron?
- Es Vat 69, Valenciano.
-Yo siempre te lo he dicho que tu ere' un maricón. El hombre
no bebe ningún Vat na', el hombre bebe ron. Y yo no soy
ningún Valenciano, yo soy tu vedga que te viene a blá.
-Bombardero, amigo mío. ¿Por qué soy tan infeliz?
-Hombe, po' marica. Tu está' como está' po'que ya no piensa'
que ere' varón. Cuando estaba' con Verónica tenías el polvo
asegurao, no tenías que conquistá' a ninguna mujé', sino que
podía' llegar a casa y te lo daban, fijo, chan-con-chan. Y
cuando ella te dejó, te caga'te del susto, porque piensa' que ya
no ere' capá' de conquistá' a ninguna mujé'. Y por eso e' que
está' hecho un huevón.
El Bombardero me habla con seriedad, su cabeza, calva y
gordita, está llena de pliegues. Quizás siempre lo supe
[70]
inconscientemente; el rostro de Valenciano me recuerda a mi
miembro.
-El costeño tiene razón, hermano, vos estás como todo
ahuevao, como sin ganas. Parate de la silla hom-me, demostrá
que si podés.
Es mi hermano Jaime, que está chupándole la grasa al
chicharrón. El Bombardero se quedó distraído viendo el
partido por televisión. No puedo vivir como estoy viviendo.
Cubro mi cara y pienso en lo poco que soy. El Bombardero me
habla sin quitar los ojos del televisor.
-¿Oye Fercho Plá, tu sabe' lo que es un "ultimatu'"?
- Sí, claro, un ultimátum.
-Pue' yo te voy a dar un ultimatu', pa' que deje' de ser tan
huevón. Mañana te tiene' que acostá' con la enfe'mera del
doctor Posada. Si no, yo me retiro definitivamente de las
canchas.
-¿Cómo así que te retirás?
-Mira, huevón, si mañana no te comes a la secre, pa' lo único
que yo te voy a servir el resto de tu vida es pa' oriná'.
-Será comerse a la enfermera, hermano, vos verás-, Jaime pasa
los últimos bocados de huevo y carne molida con sorbete de
papaya.
Después, el Bombardero y mi hermano Jaime se quedaron
hablando de las diferentes etapas de Maturana con la
selección Colombia. Jaime, paisa que es, estaba defendiendo
al hijueputa. Después soñé con arañas.
Desperté con el corazón acelerado y un solo propósito en mis
dos cabezas. Sabía que sólo había sido un sueño, pero algo me
decía que era verdad, que si no lograba comerme a la
secretaria ese mismo día, iba a ser impotente el resto de mi
vida.

[71]
Por primera vez en mucho tiempo, me sentí pleno de energía.
Me desperté rápidamente, me afeité, me bañé, me puse
colonia y rinse. El Bombardero daba señales de vida. Aún en
toalla, marqué al consultorio del doctor Posada que, menos
mal, abre los sábados.
-Consultorio médico, habla Lucía, ¿en qué lo puedo ayudar?
-Hola, hablas con Fernando Platz. El de la tusa.
- Sí, buenas, ¿qué se le ofrece?
-Lucía, ¿te gusta bailar salsa?- digo la última palabra como si
de bailar salsa dependiera la continuidad de la raza humana.
- Señor Platz, ¿usted quiere pedir una cita médica?
- Contéstame primero. ¿Te gusta bailar salsa?
Escuché risitas del otro lado de la línea. De seguro estaba
sonriendo cuando dijo "sí". Quedé de recogerla apenas saliera
del consultorio, a las cuatro de la tarde. Le dije que no tenía
que ir a la casa a cambiarse, que nada podía ser más excitante
que su pinta de enfermera. Un hombre puede decirle casi
cualquier cosa a una mujer y salirse con la suya. Es cuestión
de creer en uno mismo.
Almorcé en un restaurante: cazuela de mariscos y jugo de
borojó. Llamé a Alonso Sánchez, un amigo mío de la
universidad, que también vive en Bogotá. Entre él y su
hermano David tienen una narcotoyota negra con vidrios
polarizados por todas partes que les dio su papá, un ganadero
de Córdoba. Cuarenta y dos minutos después, Alonso accedió
a prestármela. Un hombre le puede pedir casi cualquier favor
a otro hombre y salirse con la suya. Es cuestión de creer en
uno mismo.
A las cuatro de la tarde estaba parqueado frente al consultorio
de Posada. Ahí estaba Lucía, con su uniforme de secretaria,
sus gafitas de marco rojo y su pelo negro, liso, cogido por
detrás. Yo veía su culito respingón y pensaba en cogerla por
[72]
detrás. Esperé a que se acercara a la camioneta. Cuando hice
descender el vidrio, sorprendida, soltó una risita nerviosa y se
enrojecieron sus mejillas. Se había puesto mucho maquillaje,
parecía puta.
La quería llevar al Horno, un sitio en Chapinero donde sólo se
baila salsa, nada de estar sentado, nada de merengue ni de
reggaetón. Mientras estaba parqueando, ella miraba distraída
por la ventana.
-¿Entonces, desde afuera no se puede ver para adentro?- me
preguntó.
-Nada. Es como si estuviéramos completamente solos.
-¿Nadie nos puede ver?
-Lucía, yo he tenido una duda desde que te vi en el
consultorio. Tu piel es color canela, tus senos son pequeños,
paraditos...
-¿Sí? ¿Cuál es tu duda?
-¿Cómo son tus pezones? A veces me los imagino casi
rosados, y diminutos, apenas una puntica para lamer; a veces
me los imagino rojo oscuro, extendidos, de los que se pueden
recorrer despacio con la lengua...

[73]
[74]
Capítulo 10.
¿Y si no son como te los imaginas?

Texto de Marco Schwartz


Ilustración de Liliana Bonil

Publicado originalmente en la Edición 69 de la Revista SoHo


(Diciembre de 2005).

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-¿Y si no son como te los imaginas? -me dijo con una
sonrisa traviesa.
Sus palabras, pero sobre todo el tono en que las pronunció,
me pusieron en guardia. Si no eran rosados, ni puntiagudos,
ni circundados por una franja rojiza, ¿cómo serían entonces
los pezones de Lucía? De pronto me asaltó el temor de que
bajo la fachada atractiva de la secretaria del doctor Posada se
escondiera algún secreto monstruoso, alguna aberración
digna de una novela de Stephen King. Ahora que lo pensaba,
resultaba muy extraño, al menos en la pacata Bogotá, que una
mujer con cierta formación profesional y sin aparentes
apremios económicos accediera con tanta facilidad a los
requerimientos de un hombre como lo había hecho ella
conmigo. Sobre todo conmigo, que estaba muy lejos del
prototipo varonil que provoca pasiones a primera vista. Algo
no cuadraba. Miré con disimulo hacia sus pechos, intentando
descubrir señales de cualquier anomalía bajo el uniforme
blanco que llevaba ceñido a la cintura con un cinturón del
mismo color, y me encontré con dos bultitos juguetones que
subían y bajaban en sincronía con el ritmo respiratorio. Bajé
la vista hasta su entrepierna en busca de alguna prominencia
reveladora y no detecté otra cosa que los pliegues naturales de
una falda sobre el regazo de una mujer. Observé de nuevo su
rostro: esas facciones suaves, esos pómulos de fina
angulosidad y esos labios jugosos solo podían pertenecer a
una hembra de carta cabal.
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-¿Qué tanto me miras? -me dijo entre risas, un tanto
sorprendida por mi conducta.
-Nada, curioseando no más -le respondí.
-¿Tienes música? -dijo-. Pongamos algo de música.
Accioné el reproductor de discos sin saber qué sorpresa
guardaba y comenzó a sonar No woman no cry, de Bob
Marley.
-Qué delicia -murmuró haciendo unos movimientos
cadenciosos con el cuerpo. Sin dejar de menear el torso, se
quitó las gafas y las guardó en el bolso que había dejado sobre
el salpicadero. Sus ojos verdes chisporroteaban con un brillo
intenso que se me antojó una manifestación de lujuria, pero
opté por no sacar conclusiones precipitadas. Se llevó a
continuación las manos a la parte posterior de la cabeza, y el
discreto moño en que recogía su pelo se le desbarató sobre los
hombros convertido en una melena azabache. Miró al exterior
a través de la ventanilla. Seguíamos estacionados frente al
consultorio del doctor Posada, en el interior de la narcotoyota
de vidrios polarizados que me había prestado mi amigo
Alonso Sánchez. Dos niños harapientos observaban
embelesados el imponente vehículo negro. Por la acera iba y
venía el gentío en incesante trajín.
-¿Estás seguro de que nadie nos puede ver desde afuera? -
volvió a preguntarme.
-Seguro -dije.
Se acomodó entonces contra el respaldar de su asiento, tomó
con delicadeza mis manos y las posó sobre sus pechos. Sentí
que un ligero temblor estremecía su cuerpo. La acaricié de un
modo algo maquinal, reconcomido aún por las dudas acerca
de la naturaleza física de mi acompañante. Ella dejó caer los
párpados, entreabrió la boca y empezó a respirar con una
ligera agitación. Permanecimos así un rato, yo sobándola, ella
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resollando, hasta que abrió de nuevo los ojos y, con la mirada
vidriosa, guió mis manos hasta el botón superior de su
uniforme. Ya no sonreía. Un rubor tenue le había invadido las
mejillas. Sus fosas nasales se ensanchaban y contraían en
latidos apenas perceptibles. Yo ya conocía esos síntomas. Eran
los mismos que aparecían en el rostro de Verónica cada vez
que quería "mandanga", como llamaba mi ex mujer con
deliciosa vulgaridad a ese momento supremo de la especie
animal en que ya no caben disquisiciones inoficiosas sobre las
diferencias entre erotismo y pornografía.
Yo estaba atolondrado por el curso de los acontecimientos.
Unos acontecimientos que yo mismo me había buscado por
escuchar a Bombardero, ese pretencioso pedacito de carne
que la noche anterior me había amenazado con abandonar las
canchas del amor si no me acostaba hoy con Lucía. Yo había
cumplido mi parte del compromiso al arreglar la cita con la
secretaria del doctor Posada. Ahora sólo faltaba que
Bombardero cumpliera la suya. Pero el muy traidor no daba
señales de querer entrar en acción, quizá, y sea dicho en su
beneficio, porque había percibido mis vacilaciones y temores.
Con mucha dificultad conseguí sacar el botón del ojal. Ella
había vuelto a cerrar los ojos y temblaba como una
adolescente en su primer beso. La desabotoné lentamente
hasta la cintura y entreabrí su vestido con la curiosidad
nerviosa de quien descorre el telón de un teatro de misterio. A
la vista quedó un sujetador negro, de fino encaje, que
aprisionaba con su tela vaporosa dos protuberancias carnosas.
Como si pelara una fruta, despojé a la secretaria del doctor
Posada de la parte superior del uniforme y le retiré
seguidamente el sujetador, que llevaba abrochado en la
espalda.
-Dios mío -exclamé atónito al contemplar el torso desnudo.
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-No eran como te los imaginabas, ¿verdad? -me dijo.
En mi vida no había visto algo así. Con la actitud reverencial
de quien toca un objeto sagrado, cubrí sus mamas redondas y
firmes con la copa de mis manos. El contacto con esas
turgencias lechosas desató en mi interior un terremoto
glandular. Sentí, como en los viejos tiempos, que toda la
sangre se me concentraba en unos cuantos centímetros de mi
anatomía. En cuestión de segundos, aquel adminículo que yo
daba ya por jubilado se pegó un estirón hasta convertirse en
un cilindro duro, no del tamaño de un tubérculo, para qué
mentir, pero sí con la estatura suficiente como para
emprender con dignidad la aventura que lo aguardaba en el
otro lado de la caja de cambios. Lucía había vuelto a cerrar los
ojos, entregada a sus temblores y jadeos. Abandonado a la
concupiscencia, me incliné sobre la secretaria del doctor
Posada con la intención de paladear la carne que ya habían
catado mis manos, cuando sonaron unos golpecillos en el
cristal de mi puerta. Lucía dio un respingo, se arregló
instintivamente el pelo y se abotonó a toda prisa el vestido.
Entreabrí la ventanilla y me encontré con la parte superior del
rostro de un policía.
-Documentación -dijo.
Le alargué mi tarjeta de identidad y los papeles del vehículo
por el resquicio de la ventanilla. Los revisó detenidamente.
-Se me baja para una requisa, por favor -dijo.
No tuve más remedio que obedecer. El agente escudriñó por
la puerta abierta el interior del vehículo y se fijó en Lucía, que
miraba hacia delante, quieta como una esfinge, en tenso
silencio. Tenía las mejillas encendidas y el pecho
convulsionado. Yo estaba a punto de estallar por la calentura.
Mantenía las manos cruzadas sobre el pantalón en un
esfuerzo desesperado por ocultar el abultamiento que me
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presionaba la cremallera. El policía me dirigió una sonrisa
cómplice y me devolvió sin más preguntas los documentos.
-Circule, que esta es zona residencial -fue lo último que me
dijo.
Una vez en el interior de la narcotoyota, crucé la mirada con
Lucía y prorrumpimos en una carcajada.
-Vamos a mi apartamento -dije.
Mi organismo se hallaba en estado de ebullición. La
interrupción del policía no había conseguido relajar a 'el
Bombardero', que a juzgar por su entereza no estaba
dispuesto a regresar a su encogimiento habitual antes de
darse un buen paseo por los humedales de Lucía.
-¿Dónde vives? -me dijo la secretaria del doctor Posada. La
sofocación le enrojecía la cara. Sus ojos echaban fuego.
-En La Candelaria -respondí.
-Hasta que lleguemos nos enfriamos -dijo. Propuso que
fuésemos a su casa, situada en una urbanización más
próxima-. Quiero que me demuestres hoy mismo que es
verdad lo de los cuatro seguidos.
-¿Los cuatro seguidos? -la miré desconcertado.
-Lo leí en la ficha médica que te abrió el doctor Posada -dijo-.
Ahí pone que tú se lo dijiste. Y te confieso que es por eso que
acepté tu invitación. Siempre he querido saber cómo es más
de uno por trimestre, que es la única ración que conozco.
Espero que no me salgas ahora con que te lo inventaste todo.
Caí entonces en la cuenta de lo que me hablaba.
-Hasta cinco fueron en una ocasión -alardeé.
Encendí el vehículo y pisé el acelerador con una seguridad en
mí mismo que creía haber perdido para siempre tras la
marcha de Verónica. Volvía a confiar en mí. Volvía a confiar
en 'el Bombardero'. Trabajando juntos y coordinados nos
cubriríamos de gloria en los años de actividad que nos
[80]
quedaran. Lucía no cesaba de frotarse las piernas una contra
otra. La ansiedad apenas le permitía hablar. Al detenernos en
un semáforo divisamos dos perros callejeros en plena cópula.
El macho se apoyaba con las dos patas delanteras sobre el
lomo de la hembra y la penetraba con embestidas rápidas, y la
hembra recibía estática los impactos con la boca abierta y la
lengua suspendida entre las fauces. Mientras observaba la
escena, Lucía me bajó la cremallera del pantalón e introdujo
la mano.
-Oh -musitó.
En la puerta de su apartamento no pude contenerme más. Le
subí la falda por atrás y le agarré las nalgas bajo las bragas.
-Espera -me dijo.
Abrió con una cautela que me llamó la atención y, tras echar
un vistazo al interior de la vivienda, me invitó a pasar. Por
toda la sala había regadas piezas de plástico de colores. Sobre
la mesa del comedor había un pequeño robot plateado.
-Camilo no tiene arreglo -dijo Lucía-. Lo deja todo tirado.
-¿Camilo? -dije.
-Mi hijo. Se ha ido hoy a pasar unos días donde su abuela.
-Así que eres divorciada -deduje.
-Casada -corrigió con una sonrisa maliciosa.
-¿Casada? -exclamé-. ¿Y cómo es que me traes a tu casa? ¿Qué
quieres? ¿Qué me metan un tiro? ¿Dónde está tu marido?
-Tranquilo, que mi marido no va a llegar antes de la
medianoche. Tiene un encuentro con una gente de un
laboratorio japonés que se ha interesado por su medicamento
contra una enfermedad llamada tusa. En eso se la pasa,
tratando de curar la tusa ajena.
-No me digas que... -comencé a decir.
No me dejó proseguir. Me condujo de la mano a su
dormitorio, entró en el baño y unos instantes después
[81]
reapareció en ropa interior, agitando su cabellera como una
leona que apresta a descuartizar un cordero.
-A ver si es verdad lo de los cuatro seguidos -dijo tumbándose
en la cama.
Mi fiel Bombardero, que había comenzado a reblandecerse
por los últimos sobresaltos, recuperó su estructura de cilindro
sanguinolento. Después de trece meses de inactividad se
enfrentaba de golpe a la difícil prueba de actuar cuatro veces
seguidas en una misma función. Y a juzgar por su templanza,
parecía dispuesto a realizar la proeza.
La situación no dejaba de ser curiosa. En sentido estricto, el
doctor Posada me había curado. Pero no con sus gotas
inútiles, que ahora trataba de vender a un laboratorio japonés,
sino con su esposa casi intacta, casi virgen, que apoyada sobre
manos y rodillas me decía implorante desde la cama:
-Quiero ser como una perra.

○

[82]
Apéndice.
Sobre los autores

[83]
[84]
Fernando Quiroz

(Bogotá, 1964). Ha sido editor


cultural y columnista del diario
El Tiempo y ha estado
vinculado a las
revistas Cambio, Semana,
Gatopardo y SoHo.
En 1993 publicó El reino que
estaba para mí (Conversaciones con Álvaro Mutis).
Entre 2000 y 2001 fue corresponsal de Gatopardo en
Buenos Aires. En 2002 Planeta publicó su primera
novela, En esas andaba cuando la vi. En 2006
apareció Esto huele mal con el sello de Seix Barral,
novela que cuenta con varias ediciones y que en 2007
fue llevada al cine. Con Justos por pecadores, su tercera
novela, fue finalista del Premio Iberoamericano de
Narrativa Planeta - Casamérica 2008.

Fotografía:
http://www.tribunalatina.com/es/img2/fernando_quiroz_just
os_portada.jpg
Texto:
http://caribdis.unab.edu.co/portal/page?_pageid=233,585066
&_dad=portal&_schema=PORTAL

[85]
Margarita Posada

(Bogotá, 1977). Se embarcó en la


tarea de hacerse escritora desde
muy joven, pero sólo hasta 2005
publicó su primera novela, De
esta agua no beberé (Ediciones B).
Estudió Periodismo. Antes de
graduarse comenzó a trabajar en
Punto G, una revista de Casa
Editorial EL TIEMPO. Trabajó en la revista SoHo más
de tres años, como editora internacional y columnista
de sexo, bajo el seudónimo de Conchita. Luego
renunció y fue a matar la gana de escribir en París. A
los dos meses desmitificó la Ciudad Luz y regresó a
Colombia. Actualmente trabaja para varios medios
como periodista independiente, es profesora de Arte y
Opinión Pública en la Universidad del Rosario.
Publicó su segunda novela Sin Título (1977) con
editorial Alfaguara.

Fotografía y Texto:
http://www.literaturas.com/v010/sec0711/suplemento/Articul
o9noviembre.htm

[86]
Óscar Collazos

(Bahía Solano, 1942). Narrador,


periodista, ensayista y crítico
literario.
Se trasladó en 1952 a Cali, donde
estuvo vinculado al TEC, Teatro
Escuela de Cali, dirigido por
Enrique Buenventura. En enero
de 1996 abandonó Colombia.
Permaneció más de 50 años fuera. Vivió en París, La
Habana, Estocolmo, Berlín y Barcelona
En 1990 regresa a Colombia. En 2002 obtiene el
Premio Nacional de Periodismo Simón Bolívar en la
categoría de mejor columna de opinión.
Es Doctor Honoris Causa en Literatura por la
Universidad del Valle (1997) y es profesor invitado de
la Universidad Tecnológica de Bolívar. Ha publicado
más de 20 libros de diversos géneros. Es autor de
García Márquez, la soledad y la gloria (1983). Entre sus
restantes novelas destacan: La modelo asesinada
(2000) y Batallas en el Monte de Venus (2004).
Actualmente es columnista del diario EL TIEMPO y
colaborador de las revistas SoHo, Semana y Diners.

Fotografía:
http://congresosdelalengua.es/cartagena/imagenes/galeria/09
/03.jpg
Texto:
http://es.wikipedia.org/wiki/Óscar_Collazos

[87]
Antonio Ungar
(Bogotá, 1974). Después de pasar
seis meses a la deriva por el río
Guainía, creyó estar rebosante de
sabiduría y escribió los
compendios de relatos Trece circos
comunes (Norma, 1999) y De
ciertos animales tristes (Norma,
2000). En un jardín de Cuernavaca
(México) se le apareció, como si de virgen emplumada
se tratara, la novela de falsos recuerdos Zanahorias
voladoras, que Alfaguara publicó en 2004. Poco
después se tropezó con Barcelona, donde presa de un
profundo arrepentimiento sin causa aparente produjo
una novela desordenada pero tramposa, titulada Las
orejas del lobo y publicada por Ediciones B en 2006.
Cinco años antes había escrito con la psiquiatra
argentina Liliana Woloshin el libro Contar cuentos a
los niños (Océano, 2001). En los últimos tres años,
otros relatos firmados con su nombre han aparecido
en once antologías en castellano y otras en portugués,
alemán, italiano e inglés. En 2005 le fue entregado el
Premio Nacional de Periodismo Simón Bolívar, por un
texto acerca del escritor James Elroy, a quien había
conseguido entrevistar durante la Feria del Libro de
Guadalajara de 2003.

Fotografía y Texto:
http://www.fil.com.mx/prog/ficha.asp?ida=1358

[88]
David Sánchez Juliao
(Lorica, 1945). Tiene formación en
literatura, comunicaciones y
sociología, con doctorados en la
Universidad Simón Bolívar y la
Universidad de Córdoba, y con
estudios en CIDOC, Cuernavaca, en
donde luego se desempeñó como
profesor. Ha publicado novelas,
cuentos, fábulas, historias para niños y testimonios
escritos y grabados de viva voz con prestigiosas
editoriales de Colombia y otros países. Ha sido varias
veces premio nacional de cuento, lo mismo que de
libro de cuentos y Premio Nacional de Novela Plaza y
Janés con Pero sigo siendo el rey. Ha sido traducido a
doce idiomas.
Fue embajador de Colombia en la India y en Egipto
entre 1991 y 1995, países en los que, mientras ejercía
sus funciones de Jefe de Misión Diplomática, se
desempeñó como profesor universitario ad honorem.
Obtuvo el Premio Internacional Dulcinea 2000
otorgado por la Asociación Cervantina de Barcelona.
La Fundación Libros y Letras le otorgó el Premio
Nacional de Literatura 2003 por Vida y Obra.

Fotografía:
http://www.verbienmagazin.com/ImagesVer2/index1_64.jpg
Texto:
http://www.davidsanchezjuliao.com/biografia.asp

[89]
Nahum Montt

(Barrancabermeja, 1967). Es
egresado de Literatura de la
Universidad Nacional de
Colombia. Realizó una Maestría
en Educación en la Universidad
Externado de Colombia. Autor
de las novelas Midnight
dreams (1999) y El Eskimal y la
Mariposa, con la cual obtuvo el Premio Nacional de
Novela Ciudad de Bogotá en el 2004, reeditada por
Alfaguara en el 2005 y considerada por la crítica como
una “radiografía visceral y política de la violencia
colombiana de los años ochenta y noventa del siglo
XX”. Ha sido docente de Literatura en las más
importantes universidades del país y asesor
pedagógico del Ministerio de Educación Nacional. En
el 2006 publicó la biografía de Miguel de Cervantes
Saavedra, Versado en desdichas. En la actualidad es
director del taller Renata de novela Ciudad de Bogotá,
uno de los más importantes semilleros de narradores
en el país.

Fotografía:
http://4.bp.blogspot.com/__JEfEQKF3Bc/R8MuAXcFXNI/AA
AAAAAAAvI/krJdvteHOos/s320/Nahum_Montt_2.jpg
Texto:
http://www.santillana.com.co/alfaguara/detalleAutor.php?aut
orID=592

[90]
Juan Manuel Roca

(Medellín, 1946). Poeta,


periodista, ensayista. Coordina,
desde hace 17 años, uno de los
talleres de poesía que ofrece la
Casa Silva. En 1997 la Universidad
del Valle le otorgó el título
Honoris Causa en Literatura. Ha
obtenido varios premios
nacionales de poesía (Premio Eduardo Cote Lamus y
Universidad de Antioquia); de periodismo (Premio
Simón Bolívar) y de cuento (Universidad de
Antioquia). Dirige el periódico cultural La sangrada
escritura. Libros publicados: Memoria del
agua (1973); Luna de ciegos (1975); Los ladrones
nocturnos (1977); Señal de cuervos (1979); Fabulario
real (1980); Antología poética (1983); País
secreto(1987); Ciudadano de la noche (1989); Luna de
ciegos -antología- (1990); Pavana con el
diablo (1990); Prosa reunida (1993); Lugar de
apariciones (2000); Los cinco entierros de Pessoa (2001)
y Arenga del que sueña (2002),Cartografía
memoria (ensayos en torno a la poesía) (2003), Esa
maldita costumbre de morir (novela) (2003).

Fotografía:
http://polonorte.files.wordpress.com/2008/03/jmroca_03.jpg
Texto:
http://www.casadepoesiasilva.com/juanmanuelroca.htm

[91]
Alonso Sánchez Baute

(Valledupar, 1964). Se
graduó como abogado de
la Universidad Externado
de Colombia en 1988.
Obtuvo el Premio
Nacional de Novela Ciudad
de Bogotá con su obra Al
diablo la maldita
primavera, la cual lo ha lanzado a convertirse en un
referente de la literatura urbana colombiana de
principios del nuevo siglo. La novela ha alcanzado
mucha popularidad y en octubre del año 2004 se
estrenó un montaje exitoso en el Teatro Nacional de
Bogotá.
El autor escribe también una columna en el periódico
El Espectador, De rumba con Loncho, en la que
semanalmente ilustra de manera informal algún lugar
interesante y novedoso de la agitada vida nocturna
bogotana.
En 2008 publicó con Alfaguara su segunda novela,
Líbranos del bien, un controvertido libro que aborda el
espinoso tema de las contrariedades de la sociedad
vallenata.

Fotografía:
http://www.letralia.com/174/asb.jpg
Texto:
http://www.facebook.com/pages/Alonso-Sanchez-
Baute/35470067550
[92]
Germán Bula

Es docente en la Universidad
de La Salle y La Corporación
Universitaria Minuto de Dios.
Es autor de una novela, Ruedas
Dentadas (2006, Ediciones B)
así como de diversos artículos
académicos para la revista
Logos de la Universidad de la
Salle. También ha escrito artículos periodísticos y de
humor para las revistas SoHo y DONJUAN. Ha dictado
varios cursos de escritura creativa, enfocados en
géneros cortos como el microcuento y el jaikú.

Fotografía:
http://www.soho.com.co/wf_InfoArticulo.aspx?IdArt=4892
Texto:
http://educon.javeriana.edu.co/continua/catalogoDetalle.asp?
Ce=6046&E=0000001

[93]
Marco Schwartz

(Barranquilla, 1956). Reside desde


1986 en Madrid. Fue reportero y
corresponsal en Nueva York de El
Heraldo y obtuvo, en 1983, el
Premio de Periodismo Simón
Bolívar. Tras su llegada a España
trabajó en los semanarios Cambio 16
y El Siglo, y en la actualidad
desempeña el cargo de corresponsal diplomático del
diario El Periódico de Cataluña. Vulgata caribe,
publicada por Mario Muchnik en su colección Aire
Nuevo (Madrid, 2000) es su primera novela. Además,
Schwartz ha publicado el ensayo Los amores en la
Biblia y su cuento La superviviente figura en una
antología de escritores colombianos editada en
Alemania por el hispanista Peter Schultze-Kraft. En
2005 publicó su novela El salmo de Kaplan (Norma)
que ganó el Premio La otra orilla.

Fotografía y Texto:
http://www.librerianorma.com/producto/producto.aspx?p=m
sR8k0JFCLNn6mA+tS2QqlCOmrXzpVKT

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