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C r ó n ic a s P e r v e r s a s

por Luis Jesús Durand ©


C r ó n ic a II

El encuentro

¿Se puede ser un aspirante a la felicidad siendo más bien un asistente aplicado
de la tragedia? ¿Se puede engañar y embaucar constantemente a la verdad,
para ser un torpe y voluntario invento pérfido y sin gracia?

Sí se puede, y lo compruebo día a día, lo veo aquí y allá. Pero sí tuviera que
encarnar aquello que veo cada mañana en sólo una persona, esa desgraciada
alma sería la de Flora Carbalho.

Flora es toda ella un misterioso acertijo, una subrepticia adivinanza tapizada


barrocamente de superficiales lecturas, poses estudiadas y una lascivia sin
prohibiciones morales. Ni siquiera ella misma sabría decir de qué puerto provienen
sus navíos, ni qué bandera flameaba en su azotado existir.

Ella, su nombre, sus emociones y su vida fueron quince primeros años de


falsedades consuetudinarias; ambivalencias que llegaron a su fin con un viaje y
una revelación.

Fueron pues, las playas de Santa Guadalupe del Embarcadero, escenario teatral
de sus primeros arrebatos adolescentes: furtivos marinos, hijos de familias notables
(y no tan notables), deportistas y pequeños escritores quienes incendiaron por
primera vez las praderas inmaculadas de su morena piel.

Curiosa e intuitiva, supo ser buena amante de sus amamantes. Fue una brillante
amante. Fue mi amante. Y sí que lo fue. Y aún lo es. Lo sigue siendo. Hasta
cuando me escribe dejándome cartas con mensajes subrepticios, por debajo de
mi puerta.

Es mi amante hoy, como lo fue en el pasado. Es mi amante a solas y frente a su


dolorosamente aburrido novio. Es mi amante, de día y en la penumbra de su
cuarto al que me sé depositar a escondidas.
Miro el anchuroso mar, acoplado ya en el vapor que me lleva rumbo a Boston y
no hago más que recordar a Flora. Sus traviesos arrebatos en casa de sus padres,
que son en verdad sus abuelos. Sus inocentes historias de perversos finales y esa
necesidad clamorosa de agradarme, de retribuirme de alguna forma. Aún
cuando siempre la supe digna de mis mayores desconfianzas, Flora fue siempre
una luchadora en la guerra por conquistar parcelas efímeras de mis afectos.

Lo cierto es que sus propios conflictos existenciales no hacían sino espantarme. Y


debo decir además que nunca satisfizo mis más sutiles deseos estéticos.

Conocí a Flora, un poco de casualidad en el segundo piso de un pequeño bar


frente al mar, durante una accidental visita a playa Hermoza, una porción de
litoral al sur de Santa Guadalupe del Embarcadero.

Flora acompañaba a su familia en una improvisada tertulia en torno a una mesa


roja de plástico acrílico. Sobre ella, botellas de cerveza y canchita servidas, que
matizaban una conversación sobre fútbol y comentarios políticos.

En la mesa se encontraba el dipsómano padre de Flora: don Germán; sus tíos


Hector y Ramón; su tía Vicky; y sus abuelos Benjamín y Ernestina.

Aquella vez, subí a tomar un trago con mi viejo amigo, Elton, quien vivía en playa
Hernoza, aunque no en la el área residencial, sino más bien cerca del barrio de
pescadores. Nos ubicamos cerca de la mesa familiar de Flora con el ánimo de
tener una vista privilegiada a la playa y al mar.

De inmediato, note la mirada lujuriosa y libertina de la traviesa Flora


apuntándome decididamente como lo haría un poderoso reflector a la escena
de una obra. Sin ella ser muy guapa, me llamó la atención la fuerza de sus negros
ojos, de tal forma que me hacía perder el interés en la conversación de Elton.

Fueron cuarenta minutos de miradas mordaces y furtivas, ahogados en cerveza;


que lo único que hacía era generar una combustión morbosa en mi mente. Me
paré de la silla de plástico, típica de estos antros, miré a Flora con un rictus
complice y bajé al primer piso a comprar un cigarro.

Sólo treinta segundos luego de bajar al primer piso del local, donde funcionaba
una pequeña bodega, bajó Flora. Nos miramos e inmediatamente después que
ella pidiera unas galletas me presenté sin más.
– Soy Antonieto, ¿Cómo estás? - Dije de forma apurada.
– Me llamo Flora – me respondió sonriendo.

Fue una presentación, que en realidad parecía protocolar, por el sólo hecho de
seguir una formalidad social, un ritual administrativo simple que nos abriría las
puertas al presentimiento de una aventura. Ambos teníamos claro lo que
queríamos del otro.

– Si quieres salimos un momento – le dije apresurado por el alcohol que


motivaba mis audacias.
– Vamos, allí arriba mi familia tiene para rato, y quisiera sentir la brisa del mar.

En ese momento olvide que tenía a mi amigo esperando arriba, y me dejé llevar
por mis malsanas intenciones liberadas por las cuatro botellas de cerveza que
habíamos tomado.

– Podemos conversar en las rocas – me dijo ella.


– Si, claro vamos, adentro el lugar no está muy ventilado – dije yo procurando
buscar un pretexto que mantuviera la secuencia de una conversación, sin
que mis reales intenciones sean tan obvias.

Flora era una morena, no muy curvilínea aunque muy esmerada en atraer al
genero masculino; a lo mejor esa actitud hizo que desde joven mantuviera
tormentosos y fugaces romances con efebos tropicales acaecidos en la playa en
temporada de verano.

Al acercarnos a la peña rocosa, a unos cincuenta metros del bar, Flora iba
preguntándome si vivía cerca. Le respondí que sólo había ido a visitar a un amigo.
Ella volvía a preguntar, en este caso, a qué me dedicaba; le respondí que
estudiaba, aunque no en el país; sino en Boston. Nuevamente, Flora siguió
inquisitiva, mostrando cierto interés en saber más de mi. El ambiente se iba
rodeando mucho más de la humedad marina, a medida que nos acercabamos
al mar.

La brisa hacía natural binomio con rumor de las olas, y nuevamente recordé a
Morgana y nuestros paseos, esta vez en la tropical playa de Puerto Madero.
Ya sentados en un de las rocas del rompeolas de la playa, miraba atento el rostro
de Flora, y mientras me hablaba de su vida universitaria sentía que el frío disminuía
la efervescente motivación alcohólica que me invadía, con lo que reparaba en
las imperfecciones del rostro de Flora.

Acepto que no me interesaba la conversación que Flora quería desarrollar


conmigo, por lo que hice mi primera incursión al tomarla de la mano. Sus manos
eran suaves, lo que me hizo pensar que Flora, de unos veintidós años no solía
hacía ningún tipo de actividad manual. Ella no protesto y en cambio se acercó a
mi. Aproveché el momento para abrazarla. Voltee su rostro al mío, y sin mediar
resistencia de su parte, la besé sin recato.

Aquel sería el preludio de una relación que se extendería por unos nueve meses,
hasta hoy que me voy a Boston a encontrarme con mi bella Morgana, dueña
única de mis pasiones.