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222

El preso miró hacia arriba y contempló fugazmente los números

tallados sobre la placa de metal que daba paso a su celda. 222. Vaya

ironía, su apreciada fecha de nacimiento, iba a ser ahora los tres

números que lo condenarían al aislamiento, al rechazo de todo el mundo

y a perder 14 años de su vida.

Recordaba claramente el juicio de su caso, fue largo y pesado,

pero su abogado no había podido hacer nada, las pruebas contra él eran

claras y decisivas, no podía haber ninguna duda respecto a su

culpabilidad.

Los guardias que lo sujetaban lo soltaron dentro del habitáculo y

cerraron la puerta de su celda. El hombre se levanto lentamente, todavía

aturdido por la rapidez de los acontecimientos sucedidos las semanas

anteriores, y se sentó en la incómoda cama colocada en una esquina.

Hacía un mes que sucedió la tragedia. Esa noche, él no se

encontraba nada bien. Su novia le acababa de dejar y llevaba días sin ir

al trabajo. Entró en su pequeño apartamento, deseando encontrar su

paraíso particular. La estancia era un total caos, el suelo estaba

parcialmente cubierto por ropa sin lavar y restos de comida. Sobre el

fregadero, se amontonaban platos, vasos o cubiertos sucios.

El hombre pasó por encima de todo este desorden, sin ni siquiera

percatarse de que acababa de pisar un antiguo trozo de pizza. Comenzó


a buscar desesperadamente por los cajones de la cocina, tirando todo su

contenido por el suelo, hasta que dio con lo que buscaba. Una pequeña

jeringuilla envuelta en plástico.

Quitó rápidamente el envoltorio, y sin darse un respiro, inyectó

lentamente la heroína en sus venas. Una sensación de calma le invadió,

sintiendo placer y euforia. Ese era su cielo, nada se podía comparar a lo

que sentía después de fumar un poco de marihuana o tomar cocaína.

Sabía que estaba mal, pero, ¡a él que más le daba! Si tomar drogas era

la única cosa que le hacía olvidarse de sus problemas, lo haría, sin

importarle si era legal o no.

Aún así, las drogas le habían hecho mucho daño. Su familia ya no

le hablaba, ni siquiera su hermano gemelo con el que tanta conexión

tenía. Sus amigos fueron desapareciendo poco a poco, hasta que no le

quedó ni uno. Las novias que iba teniendo, siempre lo abandonaban, era

peligroso salir con una persona así. Pero no podía dejarlo, una fuerza le

impedía ni siquiera pensar en esa posibilidad.

Se levantó rápidamente, buscando más. Rebuscó por los otros

cajones, en el armario de su habitación, pero no encontró nada. No podía

parar ahora, así que se dirigió hacia la entrada y salió, dejando la puerta

abierta de par en par.

Apretó insistentemente el botón del ascensor, pero, al ver que no

se abría, bajo corriendo el trozo de escaleras que separaba el cuarto piso

de la oscuridad de la noche.
Su contacto habitual se encontraba muy lejos, pero había oído

hablar de un narcotraficante que vendía a apenas dos manzanas de allí.

Se dirigió corriendo hasta el lugar, un pequeño estanco, pero su

decepción fue inmensa al ver el cartel de “cerrado” colgando detrás de la

puerta.

 ¡Noo! ¡Mierda, que voy a hacer ahora!

Necesitaba tomar más, su cuerpo y su mente se lo pedían, pero al

no obtener respuesta, la ira le invadió. Sus nervios estaban a flor de piel,

iba caminando sin rumbo por la calle y se ponía alerta a cada ruido que

escuchaba.

Entonces, una chica dobló la esquina y se situó a unos pocos

metros de él. Su pelo era pelirrojo y rizado, iba cubierta con un abrigo de

plumas y sujetaba un bolso con su mano izquierda.

El joven miró el bolso con persistencia, ¿y si dentro estaba lo que

buscaba? Necesitaba saberlo inmediatamente, necesitaba saciar su

curiosidad. En ese momento, una fuerza irracional le empujó a quitarle a

esa chica el bolso de las manos. Ella intentó evitarlo, y se produjo un

fuerte forcejeo. Ambos cayeron al suelo, donde la joven soltó el bolso.

El hombre buscó con ansiedad dentro de la bolsa, tirando al suelo

un móvil, una agenda, y todo su contenido. Al ver que no encontraba lo

que quería, se volvió loco. Cogió a la chica, que apenas había tenido

tiempo para levantarse y correr, y la empujó con fuerza contra la pared.

La joven cayó inconsciente al suelo y la sangre comenzó a salir de


su cráneo. El asesino se dio cuenta de lo ocurrido y, al ver el gran charco

rojo que cubría el suelo, se desplomó, desmayándose sobre la acera.

Y ahora, sentado sobre la cama de la celda 222, el joven se

lamentaba profundamente de los hechos ocurridos. Nunca había

pretendido hacer daño a nadie, pero lo había hecho, le había quitado la

vida a una inocente chica que no tenía culpa de nada. En ese escaso

mes, se había dado cuenta que no podía desperdiciar su existencia entre

marihuana y cocaína. No iba a desaprovechar ni un minuto de su tiempo

en la cárcel, decidido a salir de allí convertido en otra persona diferente,

en alguien respetable y generoso. Lo iba a conseguir.

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