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El Camino Del Dragon

El Camino Del Dragon

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Capítulos promocionales de la segunda parte de la novela río iniciada con "La Senda del Dragón", libro que publicara la editorial "coronaBorealis" a lo largo de 2.010
Capítulos promocionales de la segunda parte de la novela río iniciada con "La Senda del Dragón", libro que publicara la editorial "coronaBorealis" a lo largo de 2.010

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EUGENIO D.

MARTÍNEZ HURTADO

EL CAMINO DEL DRAGÓN
LA GUERRA DEL FIN DEL TIEMPO: DIARIO DE GUERRA / II

<http://www.herederosdeldragon.com/>

© 2.009, Eugenio D. Martínez Hurtado. All rights reserved Mapas: © 2.009, Eugenio D. Martínez Hurtado Derechos exclusivos: Eugenio D. Martínez Hurtado. Nº M–003893/2009 Registro de la Propiedad Intelectual. ISBN–13: 978–84–613–2754–6 ISBN–13 COLECCIÓN COMPLETA: 978–84–613–2753–9

El buen general sabe vencer, pero también sabe no abusar de su victoria. Proverbio chino

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… es el tiempo de la sombra, es el tiempo de la muerte, es el tiempo en el que el Dragón resurgirá, y su rugido atraerá a los hermanos. Y sus hijos volverán a surgir, y todos ellos rugirán. Y sus voces no caerán en la sombra, pues su Padre les oirá y despertará. Y su largo sueño traerá la vida y la muerte, el aliento y la desesperanza al mundo, amor y odio, el ciclo de la vida en las mareas del tiempo. Y Él también rugirá, y el clamor será tal que los que aguardaban se aprestarán a luchar. Y las fauces se abrirán, y los colmillos del Gran Padre cabalgarán de nuevo sobre el rugido del Dragón. Y Târríen arderá bajo los cascos de sus monturas, las llanuras se inundarán con la sangre de sus enemigos. La sombra retrocederá ante el gélido beso del acero, y la vida volverá a nacer al eterno dolor de la existencia…

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P RELUDIO MENWY Los cinco Dragones se reunieron en la soledad de la noche. No les acompañaban los adalides, los representantes de las razas mortales. El tema a tratar era demasiado importante. Nunca en la historia de Shepsa se habían reunido los Señores sin sus adalides. Según las escrituras estaba prohibido. Pero las escrituras no habían previsto una situación de la gravedad de la que les había llevado allí. Nunca la isla tuvo que hacer frente a semejante crisis. El Señor del Clan Rojo estaba que echaba humo por las fosas nasales. Literalmente. Pequeñas volutas ascendían hacia el cielo mientras su respiración resonaba en la noche. Él era el portador de la vida. Sus escamas refulgían contra las piedras del más sagrado de los templos, con el color rojo de la pasión. Era el representante de las energías del nacimiento, el fuego purificador, el renacer de la vida, la gloria del espíritu. Se colocó en su pedestal con gesto sombrío. Hacía más de cincuenta años que no acudía al Santuario de Menwy, y Marteares recordaba que aquella vez fue para declarar la guerra al Clan Negro. La llamada “Guerra de los Clanes”. De nuevo los tiempos sombríos se cernían sobre Shepsa. Nathasian era algo más pequeño, mucho más estilizado, de cabeza y cuello más largos y un perfil más aerodinámico. Sus escamas brillaban con destellos que iban desde el Azul aguamarina de las playas tropicales hasta el Azul verdoso, oscuro, casi negro, del mar profundo. No en vano él era un Dragón Azul, el Señor del Clan, y tenía su hogar bajo las aguas. Pese a su menor envergadura, él representaba a la fuerza bruta, a la energía salvaje de la naturaleza. La potencia del tifón anidaba en su corazón y la resistencia de las corrientes marinas movía sus alas. También representaba la muerte, oscura y ciega, fría como los abismos insondables, eterna como el océano. Antes de la Guerra de los Clanes Nathasian era un adolescente, el hijo mayor de un líder moribundo. Tuvo que aceptar el peso del liderazgo muy joven, pero los años de lucha posteriores habían hecho de él uno de los ejemplares Azules más grandes e imponentes de la historia de los
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Clanes. Con gesto distante, Rhanest Ferr Kreissal les miraba en silencio. Sus escamas reflejaban la luz como la plata nevosa más pura lo hace en las cimas del mundo allí donde jamás ser humano ha ollado, pues era la Señora del Clan Blanco. Ellos nunca habían sido muy partidarios de la guerra y, aunque estuvieron del lado de los otros Clanes en la última, siempre abogaron por la solución pacífica de la contienda. Ágil, pequeña pero muy inquieta, representaba el poder de la magia, la esencia pura del Gran Padre, y entre los de su Clan el estudio siempre había sido antepuesto al poder de las armas. No por ello era un aliado débil, como los otros sabían. Pues también eran los representantes de la inteligencia, la astucia y el tesón. Noxxoan se colocó en su pedestal y les miró. El Dragón Verde era pequeño para los de su estirpe, pero no por ello dejaba de impresionar. Le estaban saliendo aún las espinas dorsales, lo cual evidenciaba que apenas había abandonado la adolescencia. Era, sin duda, el más joven de los cuatro. Nunca quiso ser el Señor del Clan Verde, pero su herencia literalmente le arrolló, y tuvo que hacerse cargo ante los sucesos previos a la Guerra de los Clanes. En tres ocasiones había reunido a los más poderosos de su gente y había tratado de delegar en ellos, ceder el poder, renunciar o destituirse. Pero la sangre era la sangre, y los Dragones daban más importancia a la misma que a los deseos de un “joven alocado”. Además, después de todo, él era uno de los Héroes de la Guerra de los Clanes. Como Señor del Clan Verde estaba allí en representación de los sueños de los seres vivos de Shepsa, sus deseos y esperanzas, sus anhelos, pero también de sus miedos, sus intrigas y sus vicios más ocultos. Aunque no era tan poderoso como Marteares, Noxxoan poseía la energía y el coraje del desesperado. Aunque no tenía el vigor ni la fuerza de Nathasian, poseía la energía y la firmeza del esperanzado. Aunque no controlaba la magia como Rhanest Ferr Kreissal, poseía el embrujo del soñador. Era, en cierta forma, el más poderoso de los presentes. Isthochath aguardaba con respeto, en silencio. Era el más joven de los allí reunidos y sabía que no había demostrado aún ser
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merecedor del respeto de los demás. Su porte era muy similar al del Dragón Rojo, aunque era de menor envergadura. Y también tenía rasgos de los otros, lo que parecía confirmar la idea de que su Clan provenía de todos los presentes. Fuera cierto o no, los Dragones Negros habían sido considerados una corrupción, una perversión más bien, hasta no hacía mucho. Lo cierto era que en sus almas habitó la Oscuridad durante años, y los otros Clanes les combatieron en la “Guerra de los Clanes”. Sólo el amor del Gran Padre evitó que los masacrasen. Su progenitor vio lo bueno que había en ellos, lo que podrían llegar a ser, y el Clan Negro fue purgado, limpiado de la mácula de la corrupción de la Oscuridad. El Gran Padre les aceptó en el consejo de Menwy. Los cinco Dragones se acomodaron y, con un movimiento del cuello, miraron con curiosidad al pedestal que allí había aparecido en el centro del templo. Esa era la causa de su viaje. Habían notado algo en el ambiente, un sutil cambio en la magia, y la esencia del Gran Padre les había conducido hasta allí. Pues los Dragones podían sentir la magia como los demás seres veían los colores. Se miraron entre sí, mas ninguno habló durante horas. No sabían qué decir. Nadie había levantado aquella plataforma de piedra, pues sólo ellos, como Señores de los Clanes del Dragón, o sus adalides podían llegar hasta allí. Sólo había una explicación. El Gran Padre les anunciaba el resurgimiento de los Clanes. Llegaban tiempos de guerra.

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CAPÍTULO I LA HUÍDA
La luz de la mañana entraba cansina a través de la ventana de su cuarto. Se desperezó con tranquilidad, relajando la musculatura de su dolorida espalda. Notaba en cada uno de sus contracturados músculos los días de viaje que habían pasado, sin apenas dormir, huyendo. Se levantó con cuidado, intentando no hacer ningún ruido que despertase a su compañero. Seguía durmiendo, y sabía que debería de permanecer en descanso durante días antes de poder reincorporarse a los ajetreos de la vida normal. Hasta la noche anterior todo había consistido en un constante cabalgar, y eso, asociado a la tristeza que soportaba, le había llevado hasta la extenuación. Se dirigió hacia una mesita dispuesta con una jofaina y un espejo, echó un poco de agua en una palangana y se lavó la cara. Tenía mal aspecto, todos lo tenían, pero al menos estaban vivos. Que no era poco. Salió del cuarto como se había levantado, en silencio, como una sombra. De pie en el porche, se estiró. El sol ascendía lentamente, pero sus rayos apenas le calentaban la piel. Se dirigió a la mesa en la que ya se estaba desayunando, se sentó y se sirvió un poco de carne asada, fruta y una copa de vino caliente con especias. Cerró los ojos e inspiró profundamente. Le resultaba extraño pensar que, hacía sólo unas horas, huían por su vida y ahora, en aquel reducto de paz, se deleitaba con el aroma a hierba mojada que arrastraba el aire o con el roce de la brisa en su rostro. Los días en las Llanuras de Zanelay transcurrían tranquilos, ajenos a la guerra que se desarrollaba al Sur. El Imperio Khardesita nunca había manifestado deseos de conquista hacia aquella tierra salvaje, y sus gentes rogaban por que los codiciosos ojos del Emperador no se fijasen en ellos. Los visitantes habían llegado extenuados de un viaje de días a través de las amplias praderas y se les había alojado sin hacer preguntas. La hacienda de Nekalk siempre había aceptado a los viajeros en problemas, a los peregrinos y a cuantos necesitados llegaban a sus puertas.
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Lady Perenna era famosa por su generosidad y altruismo, y el Conde Ondèrras no sabía decir que no a los deseos de su esposa. La hacienda era una de las más grandes del país, con más de diez mil hectáreas de verdes prados donde pacían los famosos toros de Ondèrras. Aquellos astados zainos pastaban en las praderas como impresionantes montañas de músculos. Cuando llegaban a la madurez, los que no cumplían los requisitos de pureza para las grandes celebraciones del Imperio Khardesita o no daban la casta necesaria como animales de monta, eran destinados al mercado de carne. Sólo los mejores acababan su vida como sementales en la hacienda. Eran un bocado muy apreciado a todo lo largo de Târríen, pues tras años crecer en aquella inmensa libertad, campando libremente y comiendo castañas silvestres, su carne era un delicado y caro manjar sólo al alcance de los más ricos y sibaritas. Miró por encima de la baranda, en dirección a los establos. Allí vio el abatido perfil del guerrero, una estampa que se había convertido en habitual en los últimos días. El porte era noble, casi regio. No había hablado con nadie desde que salieran huyendo para salvar la vida, y en todo el trayecto sólo se había preocupado por lograr que los heridos siguieran vivos. Ahora que había logrado esa misión se le veía taciturno, sumido en sus pensamientos, con gesto derrotado y los hombros caídos. – ¿Te gustan las manzanas? –Lady Perenna le miraba desde el extremo de la mesa con aire divertido. Se dio cuenta de que aquella bella mujer era también ajena a lo que ocurría fuera de sus tierras. Hablaba con su marido, riendo animada, mientras allí afuera, no tan lejos, la gente moría simplemente por tener unas creencias distintas que las de sus vecinos–. – Si, realmente exquisitas. De nuevo deseo daros las gracias a ambos por acogernos en esta hora de necesidad. – No te preocupes. Ya sabes que en nosotros tienes unos amigos agradecidos –el Conde levantó una copa para brindar–. Aún estamos esperando a que crezcan, pero los novillos nacidos a partir de aquella simiente que nos... conseguiste tan eficazmente posiblemente sean la mejor camada que hayamos criado.
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Oh, no fue nada.

Sonrió al Conde y bebió a su salud mientras su mente retrocedía más de diez años y recordaba cómo había sido contratado por un rico noble del Norte, que prefería no dar nombres, para robar en el templo de Ulkenhas unos recipientes con líquido. El robo en sí mismo no entrañaba ningún problema, pues robarle a los seguidores de la Luz unos cuantos botes con un líquido que según los sacerdotes “poseía las propiedades de Ipoindhe, la sagrada montura de Ulkenhas” no era un inconveniente para su código moral. Según las creencias del templo, Ipoindhe era un descomunal toro sagrado que servía al Dios como montura y, según supo más tarde, los sacerdotes creían con auténtico fervor que aquel líquido era realmente el semen de Ipoindhe. Le costó poco coger los tarros, pero luego las pasó moradas para evitar la ira de los fieles. Lord Persighâm observaba a los animales mientras pastaban con aire perezoso, ajenos al mundo que les rodeaba. Les miraba fijamente, pero realmente no estaba prestando atención a lo que estaba viendo; su mente estaba a muchos kilómetros de distancia, en la caída de la Ciudad Vieja. Habían huido por los pelos de una muerte deshonrosa, con la cola entre las piernas, llevando entre él y Tharek Driss, el noble isbandio que se había ganado su respeto a fuego y metal, a tantos compañeros heridos como pudieron encontrar en el camino. Luego, sus caminos se habían separado. Treidhal, la maestra de esgrima, se había llevado al grueso del grupo hacia las montañas Alberantaar, al Sur. Montando en los veloces Unicornios, los tres habían logrado evitar el acoso de la caballería enemiga y, gracias a la salvaje ferocidad de sus monturas, habían pasado sin problemas a través de algunos grupos de soldados de infantería khardesitas. Por suerte, Tharek conocía aquella hacienda y, tal y como había asegurado, les habían acogido con los brazos abiertos. Al descabalgar SineHard había vuelto a hablar. No era para solicitar cama donde descansar, ni para dar gracias al hacedor por haber llegado allí con vida. No. Simplemente se despidió de los Unicornios y del Dracónido. Les abrazó uno a uno, como quien se despide de un familiar muy querido, y en su lengua les bendijo. Les debían la
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vida. Ellos mismos les despidieron con agradecimiento en sus ojos y una deuda en sus corazones. Se disculpó, levantándose de la mesa, y fue hacia su pelirrojo amigo. Seguía con la mirada perdida en el horizonte, la pierna sobre un abrevadero y una mano sobre su rodilla. – Bonito, ¿verdad? Siempre pensé que las tierras del Conde Onderràs eran un remanso de paz en medio de un mundo desquiciado. Ahora estoy seguro de ello. El caballero no le contestó, simplemente giró la cabeza y le miró durante unos segundos. Luego volvió a mirar al frente, al vacío. Tenía los músculos de la mandíbula contraídos y el ceño fruncido. Jugueteaba con algo en su mano derecha, pero desde su posición no veía qué era. – Lord Persighâm, ¿estáis bien? – Sí –se giró y le miró distraído. Su cara denotaba que hasta ese momento no se había percatado realmente de su presencia. Relajó la cara –, ¿querías algo? – Sigue inconsciente, o dormido, ¿quién lo sabe? –le miró preocupado–. ¿Qué vamos a hacer? El caballero se quedó nuevamente callado. Su vista volvió a perderse en el horizonte. Apretó la mandíbula, y los músculos de sus mejillas se marcaron de nuevo. Tharek no sabía qué podía estar pensando. Lo que sí sabía era que todos habían pasado por un grave peligro, incluso habían perdido varios compañeros, pero “la vida es así”, pensó con el ánimo agridulce, “y debían seguir adelante”. – algo? Voy a ir al pueblo a por provisiones para el viaje, ¿queréis

– ¿Qué?... –Lord Persighâm salió de su ensimismamiento un instante, y pensó en lo que le había dicho–. No, nada, gracias. Tharek se dio la vuelta, dispuesto a dejar a su acompañante de nuevo a solas con sus pensamientos. Dio sólo un par de pasos antes de que éste le hablase.
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– Tharek... tú estabas allí… –Lord Persighâm escogió las siguientes palabras con detenimiento–, lo sentiste, ¿verdad? – Tharek no se giró ni movió la cabeza para mirarle. Simplemente se quedó quieto con el rostro sombrío. Aún así notó los ojos del caballero clavados en su espalda–. Dime si lo sentiste en tí. – Sí, lo sentí –no se movió. No sabía qué había sucedido, y no quería mirar a los ojos de nadie mientras hablaba de ello. Agachó la cabeza –. Ella me habló... me dio fuerzas para seguir adelante. Y me dijo… –hizo un gesto de negación con la cabeza. No, no quería recordar aquello–. Siguió andando sin esperar más conversación del caballero, tratando de olvidar. Durante unos segundos había notado cómo el alma de Eyna entraba en él, reforzando la fuerza de su propio espíritu, curando sus heridas más profundas. No sólo eso, le había insuflado con su propia energía, dándole calor en su fuero interno, “las llamas de la tierra” las había llamado la muchacha, y aún las sentía ardiendo en sus venas. Ella, que había muerto porque él no había sido capaz de cuidarla, le había mostrado cómo los espíritus de su madre y de su hermana descansaban junto a los espíritus de su casa. No lo entendía... ¿cómo podía haberle dado la paz en aquel momento de horror? Sabía, en el fondo de su ser, que ella le había perdonado, pero... ¿se perdonaría él algún día? Esa misma tarde volvió con las provisiones. El pueblo más cercano no era muy grande, pero no quiso alejarse en exceso para no llamar la atención. Cogería prestado lo necesario de la hacienda. Sabía que nadie echaría en falta unos litros de vino o un buen queso. Y menos aún un par de caballos. Esa misma noche, tras la cena, se encontró de nuevo con Lord Persighâm. Estaba sentado en el porche, mirando a las amplias llanuras que se extendían hasta donde se perdía el horizonte. – Buenas noches –Tharek cogió una silla y se sentó a su lado–, no te he visto durante la cena. – Debemos partir –los ojos del caballero seguían perdidos más allá de lo que se veía tras aquella extensa planicie–. Si,
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debemos partir. – Pero, ¿qué será de SineHard si le sometemos a un viaje? – Lo soportará –le miró con la determinación que recordaba haber visto arder en sus ojos cuando le conoció–. Su mal no es del cuerpo. Tiene herido el espíritu… y ni tú ni yo podremos ayudarle en su viaje. Tharek Driss sabía que todos corrían un grave peligro, incluidos sus anfitriones al aceptar a tres fugitivos en sus propiedades, así que aceptó la decisión del caballero. Esa misma noche se lo comunicó al Conde Ondèrras y a su esposa. Trataron de convencerles para que se quedasen, pero la decisión estaba tomada. Cuando le subió la cena a su amigo se lo comunicó también. Nada le indicó que SineHard supiera siquiera que estaba hablando con él. Su mente se encontraba a muchos kilómetros de allí, luchando en una batalla perdida contra las sombras del pasado. Y al pasado nunca se le podía derrotar. Él lo sabía perfectamente. Estaban preparando los caballos para partir cuando el Conde Ondèrras y su esposa aparecieron. Era muy temprano, y el sol apenas se insinuaba en el horizonte. Les recomendaron ir hacia Vallto, y desde allí podrían coger un barco y evitar las patrullas Khardesitas. Un hombre, un tal Leinèlas, les ayudaría. Era un amigo de la familia, un mercader con un extraño proceder... se podía confiar en él. Pero sólo hasta cierto punto, por supuesto. Después de todo, era un Alfhrasiano. Les entregaron un pergamino para que se lo dieran en mano, y les aseguraron que serían bien tratados. Se despidieron agradecidos. Lady Perenna lloraba, agarrada al brazo de su esposo como si temiese perder el sentido y caer. El Conde les estrechó la mano y les deseó buen viaje. Los caballos que les había regalado eran de buena casta. Esperaba que les fuesen de ayuda en su viaje. Pero, ¿a dónde irían? Todavía no lo tenían muy claro. Después de Vallto... ¿a donde? Era ya media tarde cuando avistaron a lo lejos la ciudad costera. Llevaban todo el día cabalgando, sin parar ni para comer. Estaban deseando descansar y tomar una cena caliente, y puede
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que hasta un baño. Así que Tharek se adelantó, espoleando a su caballo. Estaban ya a pocos kilómetros, a orillas del Mar Interior, y quería encontrarse con Leinèlas antes de que cayese la noche. Él les diría dónde dormir. Entró en la ciudad por la única puerta, sin que nadie le prestase atención. Se trataba de una pequeña ciudad portuaria, donde se compraban y vendían buena parte de las mercancías de la zona. Un muro de maderos sin trabajar, casi árboles sin ramas, rodeaba la urbe a modo de empalizada. Si antes de llegar no deseaba permanecer allí, tan cerca del Imperio, tras ver las defensas pensó que debería aligerar las negociaciones para salir al mar cuanto antes. En Vallto podían comprar comida y ropa para el viaje, enterarse de noticias frescas de otros puertos y relacionarse con multitud de gente interesante. Pero se darían prisa. Se lo recordó cuando vio la vestimenta de la guardia. Supo que eran guardias, y no una simple milicia de agricultores armados, porque todos llevaban un pectoral con el mismo dibujo. Ahí finalizaban las similitudes de su armamento y equipo. Encontró la tienda del comerciante en la plaza del mercado, tal y como le habían indicado sus amigos. Allí había de todo, desde joyas hasta armas, amuletos de dioses olvidados por la memoria humana, hierbas medicinales, monedas antiguas y abalorios para una mujer coqueta. Preguntó por él a un muchacho joven que limpiaba las piezas y las envolvía, preparando el cierre del negocio por aquel día. Leinèlas estaba al fondo, en la trastienda. Resultó ser un hombre menudo, delgado y con la espalda encorvada. Su piel era cetrina y su nariz aguileña. Sus ojos negros como el tizón se movían inquietos sobre el cuerpo de los visitantes. Si se hubiese tratado de un guerrero, Tharek habría pensado que estaba buscando puntos de ataque, fallos en su armadura y debilidades. Pero era un comerciante, un seguidor del “Código del Comerciante”. Había nacido en la lejana Alfrha, un país volcado al mar y al comercio que conocía bien. Un país que no apreciaba. Cuando el comercio les era desfavorable o se precisaban ingresos extraordinarios, la piratería era una opción perfectamente admisible para las autoridades, aunque normalmente desagradable para sus vecinos. Y, entre sus vecinos del Norte,
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estaba su propia patria, Isbandem. De joven, más de una vez había tenido que defender su tierra de las incursiones de los corsarios Alfrhasianos. A veces más de una vez al año, pues las ciudades–estado de Alfrha eran independientes unas de otras, y cada una organizaba sus propias correrías con sus propias compañías de piratas. Aquellas ciudades–estado independientes, formaban en realidad ellas una hermandad, casi una nación. Pues, aunque cada una estaba regida por una cámara de comercio, formada por los jefes de las casas comerciales de la urbe, todas las cámaras formaban lo que se denominaba “el Pacto de Mercado”, que en la práctica regía el rumbo del país. Ellos eran los que habían desarrollado el “Código del Comerciante”, un conjunto de reglas con las que controlaban el comercio fuera de sus tierras. Tenía sus cosas buenas, debía reconocer Tharek, y una de ellas era que siempre sabías que lo comprado en un país podía ser arreglado o devuelto en otro mientras el comerciante siguiese el código. Él se encargaría de todo. Trató de disimular el disgusto que se marcaba su rostro, pero le fue imposible evitar que el comerciante se percatase de su malestar. Sin embargo, él sí que no demostró emoción alguna al mirarle a los ojos y saludarle educadamente con un movimiento de su cabeza. Cuando le alargó el pergamino, lo leyó y meditó sobre su contenido. Luego llamó a su joven ayudante y le dijo que acompañase al extranjero a la posada “Las Tres Velas”. Tharek se despidió con una mal disimulada prisa por salir de allí, y se giró para seguir al muchacho. Estaba ya en la puerta cuando oyó al comerciante. – Y decidle que ponga los gastos en mi cuenta –Tharek se lo hubiera agradecido, pero sabía que cuando un comerciante que siguiese el código hacía un favor era con la vista puesta en el futuro. El propio código lo decía bien claro, “Un amigo necesitado es un cliente seguro”. Se preguntó qué le costaría al Conde Onderràs aquel favor–. Siguió al muchacho hasta una taberna a los pies del puerto. Era grande y estaba llena hasta los topes. En la planta superior
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tenía habitaciones, y el tabernero al reconocer el nombre del comerciante y al muchacho que le guiaba mandó que les preparasen “tres buenas habitaciones. Cercanas unas a otras”. Una joven agraciada, de curvas interminables y culo redondo y firme, les dijo que la siguiesen. Tharek subió tras ella imaginándose cómo sería aquel cuerpo sin las molestias de los ropajes. La habitación resultó de su agrado. Las otras dos también eran apropiadas. El muchacho acordó el precio y las cargaron a la cuenta de su amo, tras lo cual Tharek se dispuso a salir a caballo en busca de sus acompañantes que aguardaban fuera de la ciudad. Cuando se despidió de su atractiva guía le dio una moneda de diez serikäis y, guiñándole un ojo, le comentó que quizás luego podría pasarse a comprobar si la ropa de su cama estaba limpia. Lord Persighâm, cenó en su cuarto frugalmente y luego se dedicó a limpiar su armadura y sus defensas. Estaba de mal humor y murmuraba entre dientes, algo que no asombró a Tharek pues aquel había sido su estado de ánimo los últimos días. – Mañana partiremos –Tharek no sabía si le escuchaba o no. Aunque tampoco le importaba–. El posadero me ha recomendado un barco. El capitán parece de fiar y llevan sus mercancías hasta Then–Ye–Shan. Desde allí podemos ir a Lerthan. Si no ponéis inconveniente. – No –el gigante rubio no levantó la mirada de su espada–, es una buena idea. Gracias. – Me alegro de que estéis de acuerdo. Buenas noches. Antes de cerrar la puerta écho un vistazo al caballero. Habían pasado por unos momentos trágicos, pero debían recomponerse y seguir adelante. Siempre había que seguir adelante. La muerte era un proceso natural, y el que alguien matase a otro no era sino facilitar la marcha natural de las cosas. “Eres un sarcástico” le dijo una vocecita en su cabeza. Se encogió de hombros, sonrió ante la crueldad de la vida, y entró en el cuarto de su otro amigo. SineHard seguía callado, como lo había estado desde que huyeran de la Ciudad Vieja. No era la compañía ideal para pasar la velada. Estaba sentado, con el plato delante, sin haber tocado la comida, mirando al vacío.
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– Debes comer algo. SineHard, amigo mío, ella no volverá a la vida aunque te mueras de hambre. No le dijo nada. Sólo le miró un segundo y, luego, sus ojos volvieron a tornarse vidriosos. Lejanos. Perdidos en otro lugar. Sin nada más que hacer, Tharek bajó a cenar. El ambiente de la posada era agradable. Incluso se organizó, a eso de las tres de la mañana, una pequeña partida de dados. A las cinco subió a su cuarto del brazo de la muchacha, Sileya, y con algo más de peso en la bolsa. A las siete se durmió por fin. Sólo descansó dos horas. “Bueno”, pensó, “ya tendré tiempo para descansar en el barco”. Sileya se durmió plácidamente abrazada a él. Un muchacho que hacía las veces de portaequipajes, mozo de cuadras y ayuda en la cocina de la posada les llevó hasta una embarcación mercante llamada “El Rompeolas”. Las vergas estaban ya en alto, indicando que la embarcación estaba preparada y lista para navegar. El capitán, un tal Voolani, parecía de fiar. Al menos todo lo fiable que puede parecer un antiguo pirata. En unos minutos habían llegado a un trato y se disponían a subir a bordo. Los caballos irían abajo, junto a la carga, y debían pagar un extra por ellos. A ellos tres los colocaron en un camarote del castillo de popa, cerca del camarote de los oficiales y del camarote del capitán. Al fondo del pasillo estaba la sala de oficiales. El Rompeolas era un buen barco, no muy grande, de apenas cien toneladas de arqueo, pero marinero a fin de cuentas. Un buen buque de transporte convertido por necesidad en buque de guerra al servicio del comercio. Armaba diez cañones distribuidos entre babor y estribor, y era uno de los últimos supervivientes de la antigua flota de Maalek. Desde que la pequeña nación costera fuera conquistada por el Imperio Khardesita ningún barco Maalekiano había sido botado en sus diques. Los khardesitas preferían su tecnología naval, inferior en cuanto a navegabilidad, dureza y resistencia, pero suya al fin y al cabo. Y los armadores Maalekianos no discutieron con los conquistadores. Preferían seguir vivos, trabajando y dando de comer a sus familias, que discutir y perecer como herejes en las piras religiosas.
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Partieron en cuanto los vientos les fueron favorables. Las aguas estaban tranquilas y hacía días que no se habían avistado piratas. El buque llevaba manufacturas khardesitas hacia el puerto de Acrotiria y, allí, tras venderlas, comprarían materias primas de las minas de Ierhus–ter–Naesán o Utres–per–Trearàl o de las riveras del Nybber, para venderlas en Vallto. SineHard y Lord Persighâm se recluyeron en el camarote en cuanto comenzó la singladura, pero Tharek prefirió quedarse en el puente con el capitán. No es que le agradase el mar. Sólo quería saber cuál sería la ruta que seguirían… y tener un poco de espacio para pensar. El hombre resultó de trato fácil. Navegarían a la vista de tierra, con la costa a babor, mientras pudiesen. El Imperio no les atacaría, o eso esperaba, y el internarse en el Mar Interior no era algo que le hiciese gracia. Los buques de guerra de Acrotiria y del Imperio Khardesita mantenían una tregua tensa, lo que era lo mismo que decir que mantenían una guerra pacífica. Si uno veía a un buque invadiendo lo que el otro consideraba “sus aguas”, lo hundían tras luchar a muerte y todos tan contentos. Y los piratas, en medio de todo aquel desmadre, ejercían la ley del más fuerte. Llevaban la anarquía, la muerte o la esclavitud a las aguas del mar, incluso a las costas cuando podían. Durante días navegaron hacia el Sur. Desde allí no se veían los rastros de la guerra. Dejaron atrás primero Nublada y luego Entreaguas, y se dispusieron a tomar rumbo Oeste, evitando Vhenshem, cuando el vigía del mástil los vio. A lo lejos, navegando con toda la tela que les daban sus velas, un barco de guerra, más rápido y maniobrable, les seguía. Estaban apenas a dos cables *, poco más de trescientos metros, cuando izaron la bandera. “¡Piratas!”, gritó el vigía de popa. Todos los del barco estaban pertrechados para la lucha desde hacía casi una hora, y a nadie le sorprendió el grito. Lord Persighâm estaba allí, con el gesto serio, de mal humor. Parecía que le molestaba más el que aquellos corsarios le sacasen de sus sombríos pensamientos que el hecho de ser abordados. Su armadura estaba impoluta, abollada aquí y allí pero, salvo eso, en perfecto estado de revista. Su espada, desenvainada y mecida al viento, parecía aguardar al enemigo con ansia. SineHard también estaba allí, pero dado su
*.- 1 cable equivale a 185,2 metros, y 10 forman 1 milla náutica. 23

deplorable aspecto mortecino llegó a pensar que sería mejor mandarle abajo, con los viejos y la carga. Se encontraba apoyado contra el mástil, en la cubierta. Empuñaba su espada, pero la hoja caía lánguidamente de su mano y la punta descansaba sobre la madera. Su armadura estaba sucia y descuidada. Incluso parecía que estaba mal colocada. Auque dado su extraño diseño, desconocido en el resto de Târríen fuera de Rhiuné, no habría podido asegurarlo. No había comido bien en días. Se preguntó si podría luchar, aunque lo sabrían en breve. Se oyó un ruido como de truenos en la lejanía. “¡Nos atacan!”, gritó el vigía de popa. Luego, un silbido. La bala de cañón golpeó el agua a menos de veinte metros de estribor. Los piratas hicieron dos disparos más de aviso, y luego lanzaron un par con mayor precisión. El último a punto estuvo de darles. Casi pudieron ver la marca de manufactura de la bala. Poco a poco, el bajel corsario les fue ganando distancia y, cuando tras dos horas recogieron la bandera negra e izaron la bandera roja, quedó claro que les abordarían sin piedad. A primera hora de la tarde les alcanzaron. El buque se colocó a estribor y, uno tras otro, comenzaron a caer los arpeos. Los iban a abordar. Aunque todos en el Rompeolas trataban de cortar las cuerdas, poco a poco las dos embarcaciones se fueron acercando hasta que el abordaje fue inevitable. Con un grito de rabia, el capitán Voolani saltó a cubierta, el sable de sus años de correrías como filibustero en lo alto, y cargó contra los piratas que comenzaban a subir a su barco. Sus marineros le siguieron, y la sangre ya teñía la madera de la cubierta antes de que los maderos de los buques crujieran al chocar. Tharek se aferró a un cabo y se lanzó desde el puente hacia un grupo de asaltantes. Cogidos por sorpresa desde atrás, los cinco piratas cayeron al suelo con fuerza. No les prestó mayor atención; los marineros del Rompeolas se encargarían de ellos. Tiró hacia delante una estocada que se clavó entre las costillas de un pirata, y con una voltereta evitó el hacha de un enorme corsario con un parche sobre el ojo derecho. Medía más de dos metros, su piel era de un negro azabache y le faltaban las dos orejas. Sin duda un antiguo esclavo de Mereshek. Cada vez que se escapaban les
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mutilaban alguna parte de su cuerpo. Dudaba que sólo le faltasen las orejas y el ojo. Tampoco lo pensó más. Simplemente se lanzó hacia delante, la espada al frente, enterrándola en el abdomen hasta el puño. El corsario dejó caer el hacha y se llevó las manos a la herida tratando de contener las vísceras. No habló, no dijo nada. Posiblemente le habían cortado la lengua. Aún acabó con dos piratas más antes de pararse a ver cómo iba el abordaje. Miró hacia sus amigos. Lord Persighâm descargaba su arma como quien siega el campo, y las cabezas y los brazos saltaban como el trigo ante una guadaña. Buscó a SineHard con la vista y le vio en un lateral, cerca del castillo de popa. A sus pies había dos piratas. Pero ahora nadie le atacaba, incluso parecía que le evitaban. “... A tu espalda, bobo...”. Sobresaltado se giró, y apenas pudo detener una maza que se dirigía contra su cabeza. Perdió la espada, y el brazo le quedó dolorido por el golpe. Le propinó una patada en la entrepierna al atacante y rodó a un lado. Un marinero ocupó su lugar en la lucha. Dolorido, comenzó a buscar un arma. “... Estate atento. ¡A tu derecha!...”. Apenas tuvo tiempo de ver venir el golpe. Un puño grande y pesado, enfundado en cuero tachonado, se estampó en su cara. La vista comenzó a tornársele amarillenta, la piernas apenas eran capaces de sostenerle. Cayó al suelo sin sentido sin ver como un marinero clavaba su sable en la espalda de su agresor, salvándole. El peso del cuerpo no le molestó cuando el cadáver cayó sobre él. La lucha iba bastante bien, al menos eso pensó Voolani. Animoso, gritó a sus hombres que cortasen las cuerdas que le unían al otro buque y corrió hacia el timonel. Le encontró muerto en su puesto, clavado con una flecha que le atravesaba el tórax al timón. Le conocía bien. Habían navegado juntos durante cinco años. Le apartó de un tirón y comenzó a maniobrar. Debían de separarse del barco pirata. Buscó con la vista la manga de viento, y puso el barco en posición. Poco a poco fueron ganando velocidad. La lucha abajo
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estaba finalizando y, para su tranquilidad, eran ya pocos los piratas que quedaban con vida. El barco enemigo contaba con pocos marineros, la gran mayoría estaban ocupados en el abordaje, así que cuando comenzaron a maniobrar “El Rompeolas” ya les llevaba unos cables de distancia. Voolani era un marino experimentado. Su vida en la mar había comenzado con diez años en un barco pesquero, y desde entonces había pasado por todos y cada uno de los puestos de un barco. Hasta llegar a capitán. Los años al mando no le habían hecho olvidar las reglas de la navegación. Logró que las velas se hinchasen, y mediante unos cuantos movimientos enérgicos de timón logró ganar el barlovento al barco enemigo. Los piratas fueron quedando atrás poco a poco, y en una hora ya ni se les distinguía en el horizonte. Pero no por ello Voolani se alegró. Como si el cielo les castigase por su éxito en la batalla, se levantaron unos oscuros nubarrones y el viento comenzó a soplar con fuerza. Agarrando firmemente el timón, el capitán gritó las órdenes a sus oficiales. Debían tirar al mar a cuantos estuvieran muertos; el resto debían ir abajo, a curarse las heridas. A Tharek le despertaron arrojándole un cubo de agua de mar en la cara. No tenía heridas de gravedad, así que en cuanto estuvo consciente ayudó a los demás a cuidar de los heridos. El capitán apenas dejó el puente de mando ese día. La noche les trajo los gemidos de los moribundos, y a la mañana siguiente tuvieron que tirar por la borda nuevos cadáveres. Por si eso fuera poco, el tiempo no había hecho más que empeorar desde que comenzasen a formarse las nubes y unos cuantos piratas habían logrado llegar hasta las provisiones y habían tratado de estropear lo que no habían logrado llevarse. Miró al puente. El capitán seguía de pie en el castillo de popa. El viento le abofeteaba y enmarañaba sus cabellos. Voolani sabía desde la tarde del día anterior que si no tocaban tierra en los dos días siguientes todos morirían. Y ya había tenido suficientes muertos en aquel viaje. Parecía el capitán de un navío fantasma. Sólo dieciséis de sus cincuenta hombres seguían vivos, y de ellos sólo cinco se habían librado de las heridas infringidas por los piratas. No había comida, apenas quedaba agua y la poca que
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tenían estaba salobre y olía mal. La muerte llamaba a la muerte. Desde lo alto del alcázar del Rompeolas, escrutaba las enfurecidas aguas del Mar Interior con la vista puesta a barlovento. Las oscuras nubes se movían a merced de los fuertes vientos mientras la tormenta no hacía sino crecer. La vida de los tripulantes estaba en sus manos, aunque su opinión no le importaba. En el mar el capitán era el amo de las vidas de todos los que iban en el barco, y sólo él mandaba. Sólo él decidía. “Al Norte arrecia más el temporal”, pensó para si, y se volvió a mirar a su pasajero. Tharek estaba en cubierta desde hacía una hora, y no porque le gustase el mar o fuese a ayudar en algo al capitán. Estaba allí porque así le pillaba más cerca la barandilla y podía vomitar con más celeridad. “Nos dirigiremos al Sur, hacia Vhenshem” le había dicho Voolani. Por él estupendo. La pequeña isla en mitad del Mar Interior ni siquiera salía nombrada en algunos mapas, pero era tierra firme al fin y al cabo. Voolani miraba ahora a sotavento. Con la fuerza del viento llegarían en unas horas y, si tenían suerte, no habría muchos arrecifes ni bajíos. Era un mar desconocido. Nadie se acercaba a Vhenshem si podía evitarlo. Y nadie volvía a saber nada de los locos que los hacían. Bien, toda su vida había luchado contra el mar y había vencido. Seguiría triunfando. Además, el temporal del Norte les hundiría con tan poca tripulación apta para capearlo. Sólo había esperanza al Sur. Aunque fuera tan escasa. El capitán llamó a Maresel Pijanna, el tercer piloto del Rompeolas. Tenía una venda que le cubría el ojo izquierdo y buena parte de la cabeza. Había perdido aquel ojo, pero aún podía manejar la rueda del timón. Bajaron del castillo de popa y se reunieron con los otros dos pasajeros y con los restos de la oficialidad del barco en la cámara de oficiales. Voolani había tomado ya una decisión, y el tercer piloto estaba en esos momentos variando el navío, pero creía que todos debían saber cuál sería el curso de los siguientes días. Así que les comunicó el nuevo rumbo que habían tomado. Escudriñó de nuevo el mar. Las aguas seguían alborotadas y oscuras, y no había el menor indicio de tierra. No se veían ni algas ni manchas de color que indicasen posibles bancos de arena. Sólo
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agua. Se escuchó un grito. El vigía del bauprés vio la punta de otro arrecife a lo lejos, a estribor, pero aquello no le preocupó. Hacía tres horas que estaban bajo la amenaza de los arrecifes, pero aún no habían visto tierra. – Señor, yo le relevaré si me lo permite –oyó la voz del segundo a su espalda. Khausen Spark estaba subiendo la escalera y tuvo que apoyarse contra el timón para no perder el equilibrio. Tenía una fea herida en la pierna y le costaba caminar en aquel bajel mecido por las corrientes–. – Vuelve abajo, amigo mío. Estás herido y no quiero que empeores. – Mi señor, abajo me aburro. Prefiero relevarle si no le importa. ¿Cuál es el rumbo? – Me gustaría decirte que vamos rumbo Sur, hacia Vhenshem, pero debo afirmar que realmente nos dirigimos hacia donde nos marquen el viento y las corrientes marinas –sonrió a su segundo y, tras darle unos golpes afectuosos en el hombro, le dejó al mando. Deseaba descansar una hora al menos. Según bajaba las escaleras del castillo oyó, a su espalda, el redoble de la campana de popa anunciando el cambio de mando–. El capitán Voolani no llegó a disfrutar de una hora completa de sueño. – ¡Escollos al frente! Sintió en sus carnes más que oyó el grito del vigía. Salió del camarote vistiéndose y abrió la puerta que daba a la cubierta con prisa. Agarrándose donde podía subió la escalera de dos en dos escalones hasta lo alto del alcázar. El corazón pugnaba por salírsele del pecho, tenía la boca seca y los ojos legañosos. El cielo estaba encapotado, casi como si fuera de noche. Una noche sin lunas ni estrellas. Y llovía a cántaros. Miró al Norte. El temporal les había alcanzado. Miró a los cielos con la cara expuesta. El frescor del agua de lluvia le terminó de desperezar. Era vigorizante y, abriendo la boca, saboreó su pureza. Después se giró, volviendo la espalda al viento, y miró a su segundo. Spark estaba pálido de miedo, sus ojos fijos al frente a punto
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de salírsele de las órbitas y las manos blancas de tan fuerte como sujetaba el timón. El vigía del bauprés chilló cuando una ola le arrancó de su posición y lo arrastró mar adentro. El vigía de proa estaba tirado en el suelo, sujeto como una lapa a los maderos de la cubierta, mientras gritaba enloquecido señalando siempre al frente. Voolani miró también allí, más allá de la proa del barco. Y palideció, agarrándose con fuerza en la bitácora. Los escollos estaban apenas a dos cables delante de la nave, y eran grandes como las garras de demonios de las profundidades. A babor y a estribor las olas se elevaban varios metros antes de romper contra aquellas rocas, y el choque levantaba enormes masas de espuma contra la negrura de la noche. El mástil crujió, con un gemido agónico, y con un chasquido se rompió una de las vergas. La enorme vela mayor comenzó a ondear libre contra el viento, como una bandera, pero el mástil aguantó. La naturaleza enfurecida seguía empujando a la nave hacia la muerte. Gritó a uno de los marineros que se afanaban en cubierta para que subiera y amarrase la vela. Estaba herido en una mano, pero podría hacerlo. – ¡Todo el mundo a cubierta! –comenzó a gritar desesperado mientras tocaba la campana del alcázar–. ¡Todo el mundo a cubierta! – Estamos perdidos, señor –Spark le miraba asustado mientras trataba de mantener firme el timón–. ¡Las rocas nos destrozarán! – No desesperes –agarró el timón para ayudarle–. Tú –el vigía de popa estaba sujeto a un cabo. Le miró aterrado–, ¡baja y haz que toda la tripulación suba a cubierta! El vigía estaba tan asustado que tuvo que empujarlo hacia la escalera. Luego volvió a agarrar el timón y trataron de girarlo hacia estribor. Pero el timón no se movía, y se vieron obligados a aplicar todo su peso para variar el rumbo. Y, cuando el barco comenzó a virar y la nave se enfrentó a la fuerza de la corriente, tuvieron que emplear todas sus energías para mantenerlo. Todo el barco se estremeció, chirriando. Casi parecía que se
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iban a soltar los clavos y a saltar las junturas. Finalmente, después de mucho luchar contra el mar, la proa empezó a girar y pronto estuvieron de costado al viento. La tempestad rugía a su alrededor, y todas los cabos vibraron ante la potencia del vendaval, desafiando con romperse en mil pedazos. El mástil volvió a gemir y las maderas de la cubierta chirriaron de nuevo. El mar les golpeaba en el costado pero aún así el barco comenzó a avanzar paralelo a los arrecifes. El capitán miró la vela. Ya estaba asegurada. Del marinero nada se volvió a saber. Nadie reparó en ella hasta que la tuvieron encima. El vigía de proa gritó aterrado mientras gesticulaba frenético con las manos sobre su cabeza. Pero sus gritos fueron inútiles. Nadie le podía oír contra el resonar de la tormenta. Cuando los demás la vieron, la enorme ola estaba a apenas quince metros de la nave. El capitán Voolani dio un grito para avisar a sus hombres que, respondiendo a sus órdenes, subían la escalera. Los que tuvieron tiempo se agarraron con fuerza al pasamanos. Y algunos sobrevivieron. La ola pasó por encima del barco y éste escoró, amenazando con hundirse. Pero “El Rompeolas” hizo honor a su nombre y se enderezó. La tromba de agua fluyó a través de los imbornales de vuelta al mar. Spark jadeó, falto de aire, cuando vio que se les venía encima otra ola aún más grande. La ola volvió a barrer la cubierta. No obstante, el barco obedecía, y cabeceó tratando de avanzar contra aquella tempestad. Abajo, Tharek se sujetaba con unos de sus brazos a uno de los muebles del cuarto. Estaban asegurados para que, en caso de marea, no se moviesen. Y en verdad que no se movían. SineHard estaba callado, como lo había estado desde que salieran de la Ciudad Vieja, tenía los ojos cerrados y se sujetaba a otro mueble. Trataba de dejarse mecer por las olas, pero la furia desatada allí era demasiada y sólo lograba dar bandazos a derecha e izquierda. Lord Persighâm estaba tumbado en cama, amarrado con cuerdas para no caer. No había recibido heridas de consideración en el combate con los piratas. Lo que le había llevado a postrarse habían sido los vómitos y los mareos. Yacía deshidratado y sin fuerzas, con aspecto macilento, la piel de un tono amarillento y los ojos hundidos. Había gastado todas sus energías en el combate, y
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ahora sólo podía descansar. Apenas estaba consciente y no se enteraba de lo que sucedía a su alrededor. Tenía suerte. Una nueva ola golpeó el casco. Otros dos marineros corrieron hasta el puente para ayudar a sujetar la rueda del timón. El capitán oyó el grito del vigía y luego los vio. Enormes escollos asomaban como cuchillas a babor, tan cerca que casi podían tocarse. Y lo peor es que había aún más rocas a proa, y las olas les seguían arrastrando hacia babor. El vigía del mástil gritó algo. No lo entendió, la tormenta rugía sobre las voces de los hombres, así que le preguntó a gritos a su segundo qué había entendido. Según parecía, el vigía aseguraba haber visto huecos entre los colmillos del mar. Otra enorme ola llenó de espuma la cubierta y se llevó al vigía de cubierta. La proa salió del agua, elevándose varios metros, y luego volvió a hundirse en las aguas con un golpe sordo. Mandó a un marinero a proa. Necesitaban otro vigía allí. – ¡Un escollo!, ¡un escollo a proa! –chilló el marinero. Voolani, Spark y los dos marineros aplicaron todas sus fuerzas para cerrar el timón a la banda. Tras una agónica lucha las ocho manos lograron que la rueda se moviese hacia estribor–. El barco vaciló, lanzado ahora de frente contra la tormenta, y lentamente comenzó a girar, crujiendo como si fuera a partirse. Las rocas rozaron los maderos del costado, los arañaron con fuerza, pero no llegaron a atravesarlos. La madera resistió y los marineros volvieron a confiar en salir de allí con vida. Recuperaron de nuevo el rumbo anterior, dejando el barco paralelo a las rocas de babor, mientras eran empujados con fuerza por los vientos de la tormenta. El vigía gritaba a pleno pulmón; volvía a ver un pasillo desde lo alto del mástil. Y ahora el vigía de proa también lo veía. Ellos eran los únicos que podían distinguir si existía o no un hueco entre aquel arrecife mortal, así que el capitán ordenó que el barco siguiera el rumbo que indicasen. El viento arreció, y el mar les movió aún con más furia. El barco pareció saltar fuera del agua impulsado por una enorme ola y la rueda del timón se escapó de las manos de los cuatro hombres. Entre todos, y a un tiempo, trataron de agarrarla, y
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aquello le costó un brazo roto por tres sitios distintos a Spark. Pero finalmente lograron recuperar el escaso control que tenían sobre la nave y restablecieron el rumbo. La nave volvió a cabecear contra la furia de las aguas, el mar cubrió la cubierta y otros dos marineros desaparecieron. Los imbornales no daban a basto, no podían evacuar tal cantidad de líquido. Las bombas ayudaban a achicar, pero parecía haber tanta agua en la cubierta como fuera de ella. Voolani calculó que les quedaban casi tres cables para llegar al pasillo. No llegarían vivos si seguían así. Miró a babor. No vio nada. Gritó al vigía del mástil, que le respondió a voces que no veía peligros inmediatos. Así que dirigieron la nave hacia las rocas. Poco a poco, el barco comenzó a ganar velocidad y, cuando juzgó que iba lo suficientemente rápido, viraron de nuevo bruscamente a barlovento. Las afiladas puntas de las rocas rozaron de nuevo el costado, arrancando un gemido mortal de las maderas del barco. Después hubo una terrible sacudida. Voolani acarició la madera de la bitácora. “Vamos, pequeño, tú puedes con eso y con más”, dijo entre dientes. La nave pareció escucharle, sus maderos no se quebraron y las velas, henchidas al viento, la impulsaron hacia delante, avanzando hacia el estrecho pasillo de roca. Llegaron a gran velocidad. El agua formaba remolinos entre los afilados farallones que amenazaron con lanzarles con furia contra ellos. Enormes olas saltaban sobre los farallones, golpeándolos sin cuartel. El barco sufrió una sacudida al golpear la quilla contra algo, y la rueda del timón comenzó a girar sin control entre las manos de los marinos. Bajo el agua, el timón de madera y hierro estaba destrozado. “El Rompeolas” comenzó a avanzar de costado, como un animal herido empujado por los vientos. El bauprés chocó contra las rocas, que lo arrancaron de cuajo, y cayó al agua hecho pedazos, arrastrando con él una parte del aparejo. La nave volvió a enderezarse de nuevo, luchando por recuperar el rumbo. “Buen chico”, Voolani seguía agarrando la madera de la bitácora. Los marinos en cubierta se lanzaron sobre el cordaje para cortarlo con sus hachas. Se escuchó un crujido. Se quedaron quietos y miraron a lo alto. El mástil ya no aguantaba más, volvió a crujir y, como un árbol en el bosque, cayó de lado
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llevándose al vigía consigo. Los marinos se habían hecho a un lado, y por poco evitaron perecer bajo el grueso madero. El vigía gritó, pero los del barco nada pudieron hacer por él. Ni siquiera le vieron ahogarse; bastante ocupados estaban en salvar la vida. El barco salió al fin del pasillo de escollos. Fue en ese instante, cuando todos comenzaban a confiar de nuevo en sobrevivir, cuando una terrible sacudida los derribó. La quilla golpeó con algo blando y el barco se frenó en seco. La proa se metió en el agua, pero bruscamente la nave volvió a enderezarse. La popa volvió a caer al agua y todos fueron zarandeados con fuerza de nuevo. La tormenta continuó a su alrededor, pero ellos ya no se moverían. El capitán ordenó a sus marinos que recogiesen velas y trinquetes, que asegurasen los cabos y cuanto pudiera llevarse la tempestad, y que luego se resguardasen bajo cubierta. Poco más podían hacer. Esa noche nadie vio la bahía que se extendía ante ellos. Las nubes y la lluvia se lo impidieron.

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Í NDICE
Preludio …………... Capítulo I ……........ Capítulo II ……….. Interludio ……........ Capítulo III ……..... Capítulo IV ……..... Interludio ……….... Capítulo V ……….. Capítulo VI ……..... Interludio ……….... Capítulo VII …....... Capítulo VIII …….. Interludio ……….... Capítulo IX ……..... Capítulo X ……….. Interludio ……….... Capítulo XI ……..... Capítulo XII …....... Interludio ……….... Capítulo XIII …….. Capítulo XIV …….. Interludio ……….... Capítulo XV …....... Menwy ...................................................... La Huída ................................................... La Torre de los Infantes ............................ Fe, Honor y Guerra ................................... El Desafío .................................................. La Prueba .................................................. Él y Ella ..................................................... Pollo para Cenar ....................................... Montaña Arriba ........................................ Roca Pelada .............................................. Laberinto de Luces .................................... Vuelta a Casa ............................................ Laberinto de Sombras ............................... Renacer ..................................................... Concilio de Dragones ................................ El Descenso ............................................... La Marca ................................................... Ellos .......................................................... La Ciudad de los Muertos ......................... El Cuerpo .................................................. El Árbol del Mundo .................................. 10 13 34 51 68 91 113 121 136 157 159 199 214 235 242 246 264 277 281 303 310

La Búsqueda .............................................. 185

Ofrenda a Lanval ....................................... 314
585

Capítulo XVI …….. Interludio ……….... Capítulo XVII ….... Capítulo XVIII ....... Interludio ……….... Capítulo XIX …….. Capítulo XX …....... Interludio ……….... Capítulo XXI …….. Capítulo XXII ….... Interludio ……….... Capítulo XXIII ....... Capítulo XXIV …... Interludio ……….... Capítulo XXV ........ Capítulo XXVI ....... Epílogo ………….... Apéndice .................

Torre Vieja ................................................ La Estrella del Alba ................................... El Destino está en la Luz ........................... Amistad y Traición .................................... Trodnafel ................................................... Muerte entre las Nubes .............................. Rojo Sangre ............................................... Decisiones ................................................. Ver sin Ver ................................................. Hermano Lobo .......................................... Traición en la Cama .................................. La Muerte a las Puertas ............................. A través del Cristal .................................... Desencuentros ........................................... Las Lágrimas de los Dioses ....................... Trofeos ...................................................... Kalanti ...................................................... Quién es Quién ..........................................

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EL CAMINO DEL DRAGÓN
LA GUERRA DEL FIN DEL TIEMPO: DIARIO DE GUERRA / II

y quieres continuar leyendo, podrás encontrar más información sobre la primera parte de la novela (LA SENDA DEL DRAGÓN. LA GUERRA DEL FIN

DEL TIEMPO: DIARIO DE GUERRA / I), los personajes,

los mapas... lo que sea, puedes visitar el blog del libro.

<http://www.herederosdeldragon.com/>

o escribir a <SineHard@gmail.com>

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