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Reseña Escrita

Historia de Argentina
II

Facultad de Humanidades y Bellas


Artes

Universidad Nacional de Rosario

Palomeque, Milton César


P-2049/4
LA INDUSTRIA QUE SUPIMOS CONSEGUIR: Una historia
político-social de la industria argentina. Jorge Schvarzer.

Reseñar una obra de esta magnitud siempre plantea dificultades


para quien emprenda su realización. Hoy nos toca a nosotros dicha
tarea al recorrer el camino de la industria Tambien nos llevará, como
indica el autor de la obra, a inmiscuirnos en política y en la sociedad
argentina. Estamos convencidos que no pueden estudiarse por
separado, que están constantemente en juego relaciones que se
presionan mutuamente, modificando de este modo, su esencia.
Primeramente preferimos hacer un recorrido fugaz por la obra a
modo de presentación de la misma, una vez hecho esto, haremos
nuevamente el recorrido pero más lento y paulatino, deteniéndonos
con más firmeza en los puntos que creemos centrales, los nudos
neurálgicos de las tramas que desembocaron en los diferentes
procesos constructivos o destructivos de la industria argentina. Luego
de hacer esto, incluiremos al final de la reseña una breve crítica
personal. Esperamos que la lectura sea amena y que el esfuerzo de
resumir no perjudique el cabal entendimiento del mismo.

PRESENTACION DE LA OBRA.

Partiendo de la premisa de que la formación de una sociedad


industrial como sinónimo de nación desarrollada y moderna debe ser
entendida como un sistema social y económico, Jorge Schvarzer hace
un análisis de la historia político y social de la industria argentina,
centralizándose en las características de su lógica económica.
Considerando que el proceso fabril está basado en una lógica
productiva cuyo motor es la ciencia y la tecnología en un determinado
contexto social que promueve y estimula su expansión, el autor
intenta mostrar que en la Argentina, la mera acumulación de talleres,
máquinas, instalaciones y equipos no consiguió establecer un sistema
fabril coherente.
Sin embargo, señala que no se puede establecer una especie de
“determinismo tecnológico”, sin considerar las voluntades políticas,
como cuando se remarca el rol de Gran Bretaña que desde mediados
del siglo XVIII, para conservar su primacía incentivó la creación e
instalación de fábricas, cuidando celosamente su monopolio y
controlando “la fuga de cerebros” de técnicos que pudieran
reproducir el proceso en otros países.
Con este ejemplo, entre otros, muestra la existencia de una
integración de objetivos entre los diversos gobiernos, grupos
empresarios, funcionarios y técnicos, otorgándole a los diversos
sistemas fabriles cierta direccionalidad, en base a este “modelo
ideal”; lo que el autor intenta demostrar es que en la Argentina no
existió dicha integración, “lamentando” que no se haya copiado con
ingenio alguna alternativa coherente.
La inserción al mercado mundial marcó a fuego los diversos
intentos de desarrollo industrial. Desde los primitivos saladeros que
requerían escasa tecnología, hasta la instalación de los ferrocarriles

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sin desarrollar una siderurgia autóctona y promoviéndola, en cambio,
en Gran Bretaña, van tallando las huellas de una lógica más comercial
que industrial ideal, donde la élite que se va conformando, prioriza las
altas ganancias en el mercado mundial y los bajos riesgos
productivos.
El auge del modelo agroexportador hacia fines del siglo pasado
“condicionó” la posibilidad de generar una sociedad industrial, ya que
los planteos industrialistas partían de la misma élite exportadora ante
las crisis coyunturales de la balanza comercial, producto de la baja de
los precios de exportación y la consecuente imposibilidad de importar
productos; o bien durante la Primera Guerra Mundial, conformándose
una incipiente producción fabril basada en la producción alimenticia y
caracterizada por el escaso interés en los cambios tecnológicos y la
ausencia de progreso productivo y social, remarcando la actitud
paternalista de los empresarios, y que la dependencia de la provisión
externa de máquinas y herramientas se manifestaba como uno de los
problemas del desarrollo industrial, en una economía donde existían
áreas controladas por grupos monopólicos.
La revalorización de la figura de Alejandro Bunge como protector
de la industria local, de la implementación de la enseñanza técnica, y
de su interés por construir viviendas para los grandes sectores
sociales, que podría generar efectos positivos sobre una serie de
ramas productivas mientras mejoraría las condiciones de vida de toda
la población; marca claramente aquella idealización de un
determinado tipo de capitalismo que vitaliza el mercado interno con
ribetes distribucionistas, “criticando” que los proyectos de Bunge
hayan sido ignorados por la élite; en cierta medida le objeta a las
clases dominantes que no advirtieran la necesidad de desarrollar
dicho modelo, perdiendo de vista que su objetivo estratégico era
acomodarse de la mejor manera posible a los vaivenes del mercado
mundial.
Si bien la crisis del ’30 no es meramente coyuntural, la opción de
la industrialización por sustituciones es considerada por la élite como
provisoria, ya que se soñaba con un no tan tardío retorno a la “época
dorada” del auge exportador, como lo señalaría brillantemente ante
el debilitamiento del poder industrial británico y la incipiente
necesidad de acercarse hacia los Estados Unidos. Uno de los
exponentes más lúcidos de la élite, Federico Pinedo diría: el país sería
transformado en “una rueda menor dentro de la rueda mayor…”,
previendo parte de nuestro futuro.
Ante este marco, Schvarzer sostiene que: “...la opción natural de
los propietarios constituía en maximizar sus beneficios personales;
para ello retiraban la mayor cantidad posible de ganancias al mismo
tiempo que reducían sus inversiones.
El vuelco de la producción industrial (donde el ejército como
rama del Estado, ante las “falencias” de los empresarios, jugó un rol
central) a un ampliado mercado interno, debido a la política
implementada en la primera época del peronismo de aumento de
poder de compra de los trabajadores es visto por el autor como “ ...un
círculo virtuoso que agotó su efecto cuando ya no se consiguió seguir

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importando máquinas e insumos para continuar el esquema”,
iniciando una etapa de apuesta eufórica al capital extranjero donde
se priorizaba la centralidad del poder patronal, más que el aumento
de niveles de productividad.
El ingreso de las transnacionales provenientes de los Estados
Unidos reemplazó del centro de la escena la tradicional dependencia
de Gran Bretaña; esta nueva situación inquietó a la nueva élite, que
comenzó a imaginar nuevas vías para retomar el impulso de las
relaciones con Europa.
Luego del breve interregno de los setentas, con el apoyo al
capital local y el fomento a nuevas empresas estatales se inicia un
proceso caracterizado por la expansión del nuevo mercado financiero
poco regulado, con excedente de liquidez y dispuesto a prestar dinero
sobrante, profundizando por las políticas monetaristas –
implementadas con mayor fuerza a partir de la última dictadura
militar– que ignoraban la producción al ser considerada como una
rama secundaria de la economía; quebrando un sistema productivo –
que no logró madurar– modificando profundamente la vida económica
y social del país.
Lo primordial seguía siendo el aumento de la tasa de ganancia,
en desmedro de cualquier intento de mejorar la calidad tecnológica
del sistema productivo existente, acelerando un proceso creciente de
des-industrialización. Las diversas políticas económicas comenzaron a
ofrecer, además, opciones alternativas en negocios en torno al
aparato del Estado a través de la llamada “privatización periférica” en
época de la última dictadura y posteriormente durante los gobiernos
electos; esta tendencia se aceleró ante los procesos de reformas del
Estado, en las cuales los concesionarios de los servicios públicos y de
las empresas vendidas, ya no estaban obligados a proveerse en
empresas fabriles locales, consolidando la apertura económica.
Las consecuencias sociales de los trabajadores fabriles, ante la
aplicación de estas políticas económicas son consideradas como el
sometimiento a una doble represión: “la física y la generada por el
cierre de establecimientos y la eliminación de empleos. La primera
destruía a los líderes y activistas y provocaba el miedo. El largo
período de expansión del número y mejora de la calidad técnica de
los trabajadores llegó a su fin, con efectos que se extendieron a lo
largo del tiempo”.
Schvarzer plantea que las rebajas de los aranceles destrozaron
implacablemente el antiguo sistema proteccionista, las tarifas bajas
se combinaron con el nuevo valor del tipo de cambio para dar lugar a
una avalancha de bienes importados afectó las posiciones de una
amplia franja de empresarios, produciéndose un veloz cambio en un
período breve; la pérdida del mercado local instaló el recurso de la
importación, remarcando que la escasez de producción limita las
posibilidades de reparto, agravando la situación de los más pobres, la
falta de dinamismo del sector productivo reduce las posibilidades
reales de conseguir empleo industrial, orientando el panorama
económico y social argentino en dirección con el resto de los países
pobres de América Latina.

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En síntesis, la perspectiva neo-keynesiana de Schvarzer, se
vislumbra a lo largo de la obra, marcando que “...la élite no reconoce
ni acepta que la caída de los precios relativos de las materias primas
en el mercado mundial ha terminado para siempre con ese modelo.
En cambio, quienes la integran ofrecen la coherencia de no haber
cedido sus posiciones; pasaron de la ortodoxia clásica a la
neoortodoxa sin haber aterrizado nunca en modelos como el
keynesiano.

RESEÑA.

Hecha la presentación como dijimos, pasaremos ahora a la


reseña más detallada y puntuada en sus nudos centrales.
Apenas se inicia la obra, Schvarzer deja en claro que según su
convicción, la industria es la base material de la estructura productiva
sobre lo que se apoya el desarrollo económico. Es decir que no hay
sociedad desarrollada que no sea industrial. Tambien dirá que la
sociedad industrial es un sistema social y económico. Es un sistema
porque la industria no puede crecer en el vacío y es social porque
organiza todas las relaciones humanas. Nos recuerda el autor
también la importancia de la tecnología, puesto que el proceso fabril
se basa en la ciencia y la tecnología, tecnología como conocimiento
acumulado. Resume la importancia de la misma en una muy grafica
frase: la industria sin tecnología es un cuerpo sin vida.
La industria argentina se caracteriza, según él, por haber nacido
en una comunidad que no fue pobre antes de entrar a la senda fabril.
La argentina gozaba de los beneficios de la pampa húmeda y pierde
esta ventaja cuando otros países aprenden a producir carne y
cereales en mayor cantidad y a menor costo. La solución hubiese sido
pasar al sistema fabril pero esta fue trabada por diversas causas y
fuerzas sociales a lo largo de los años. Nos comenta al respecto que
ese será su objeto de estudio, relacionado con las tramas sociales,
políticas y de coyunturas que permitan su mejor entendimiento.
En el primer capítulo, tras un breve repaso sobre la metodología
que adopta la revolución industrial inglesa, llega a la conclusión que
después de la IIGM se descubre que no es necesario iniciarla
forzosamente en la rama textil, podría perfectamente iniciarse
directamente por la industria pesada. Así la planificación y la
siderurgia se convirtieron en sinónimos de industrialización. Pero esta
planificación, dirá, debe ser asumida por un grupo o alianza social y
llevada a cabo con decisión y firmeza.
El segundo capítulo se internaliza un poco más en el análisis de
las condiciones internas de la Argentina. Dice Schvarzer que, debido a
la falta de articulación de un mercado interno, y a la laxa demanda de
artículos manufacturados, la Argentina se dedicaba en primera
instancia a las actividades de tipo artesanal y a la agricultura. a
medida que las manufacturas inglesas ingresan en el espacio
geográfico la sociedad se sorprende ante la superioridad técnica, pero
al no poder asumir ese proceso productivo por falta de las bases
materiales y políticas, las propuestas proteccionistas que surgen para

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apoyar la industria local, planteaban "sin querer queriendo"
soluciones conservadoras en lugar de intentar asumir dicho progreso.
La invasión de estos productos ingleses, que despiertan asombro
y curiosidad en la sociedad argentina, también generan reclamos
proteccionistas como los de Ferré, quien pretende prohibir importar
productos que el país produce, pero no los que puede producir y aun
no los fabrica.
Quizás por ello, el saladero fue una de las primeras actividades
de la nación independiente. Pero éste era una manifestación del
atraso técnico debido a la precariedad de su funcionamiento. Con los
inmigrantes vienen los primeros conocimientos técnicos que ayudan a
bosquejar junto a los saladeros el esqueleto de la civilización fabril en
Buenos Aires. Con la llegada de los ferrocarriles se crea por primera
vez un mercado interno. Estos se instalaron mediante el acuerdo de
los terratenientes pampeanos que especulaban con el aumento del
valor de la tierra, e inversores ingleses que obtenían cuantiosas
ganancias.
Así, desde 1860 se puede registrar en Buenos Aires el aumento
de las demandas de bienes de consumo, favorecido por el ferrocarril y
el arribo de inmigrantes. De este modo fue como se fueron
estableciendo los pioneros de la industria, como por ejemplo Emilio
Bieckert en la rama de la cerveza, Melville S. Bagley quien invento el
famoso licor de cáscara de naranjas amargas, llamada Hesperidina.
Fue tan rápido el proceso en que juntaron sus riquezas que estos
hombres bien pronto se insertaron en los círculos de prestigio y de
poder.
El impulso exportador condiciono la industria positivamente por
el amplio mercado local. Pero con la crisis lanera en torno a 1870 se
promueven propuestas de cambio y se generó un reñido debate en
torno a la viabilidad y/o modificación del sistema. Uno de los
resultados de este fue la creación de un club industrial, que tras un
largo proceso de evolución se consolido en la Unión Industrial
Argentina.
En el tercer capítulo Schvarzer resalta la importancia de la
conquista del desierto y la ampliación de la zona cultivable. Tras la
campaña, la industria fue demorada en su aparición en escena,
puesto que se libraron un millón de kilómetros cuadrados para la
explotación rural extensiva. Aun así los saladeros se fueron
convirtiendo en frigoríficos modificando su estructura productiva. El
primer frigorífico nació de un saladero reconvertido cuyo dueño
Eugenio Terrazón despachó las primeras carnes congeladas hacia
Londres en 1883. La desidia de los ganaderos locales fue uno de los
elementos que dio origen a la oligopolización del sector. La ley de
1887 permitía la instalación de frigoríficos con la rebaja de impuestos
y subsidios. Pero el ingreso de capital estadounidense en el sector
modificó su proceso productivo cambiando de carne congelada a
carne enfriada o "chilled". Estos fueron los adelantos de la industria
local organizada por oligopolios. Pero aun así esa industria no se
despega de la producción agropecuaria.

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Otras ramas que despuntaron en la esta época que podemos
citar son la Fábrica de Alpargatas, instalada en 1884 y que para 1887
duplica su personal y empezaba a diversificarse. En 1889 Otto
Bemberg establece su famosa planta de cerveza Quilmes y fomenta
la producción de botellas de vidrio en un ejemplo claro de
eslabonamientos. Luego llegaron la electricidad, los tranvías, el
teléfono, etc. En el censo de 1914 se percibe que las materias primas
importadas usadas en la industria local son de un 79% en los textiles
y un 67% en la actividad metalúrgica. El comentarista del censo llega
a pensar en "sustituir importaciones". La historia de la industria
argentina se entrelaza con la historia de la élite económica local y su
avance sobre las actividades más rentables de la época.
Acostumbrados a las ventajas relativas de la pampa, sus objetivos
incluían elevados beneficios y bajas inversiones, no tanto así la
demanda de tecnología, técnicos o profesionales.
En Tucumán la industrialización del azúcar promovía la
producción agraria y ambas se convertían en demandantes de mano
de obra y en bases del progreso de la región, viéndose acelerado este
proceso por la llegada reciente del ferrocarril. Se repite aquí el
modelo de la rápida expansión de la producción pampeana, pero más
articulada en esta ocasión con la agroindustria. Prontamente se
desplazo el azúcar importado en una clara manifestación del aumento
productivo nacional.
La industria concentrada en pocas manos a modo de oligopolio,
tenia equipos modernos y costosos pero le faltaba técnicos y
profesionales. Así para principios del siglo XX los azucareros
abandonaron la utopia tecnológica para caer nuevamente en la renta
diferencial porque "se sentían fuertes como latifundistas pero débiles
como fabricantes". Los gobiernos argentinos no hesitaron en proteger
a algunas industrias con garantías de ganancias, créditos, subsidios y
aranceles. La idea de promover solo industrias naturales era una
manera de disimular que "naturales" eran aquellas que no
perjudicaran los intereses hegemónicos del capital ingles. En
consecuencia la mayor alternativa de impulso fabril fue la política
arancelaria.
Como el gobierno no impulsaba la industria, esta debería nacer
del sector privado pero a este sólo le interesaban los altos beneficios
con pocas inversiones, explotando al consumidor. A partir de esto, se
vería a la industria como algo indeseable antes que como fuerza para
el progreso. Los empresarios preferían importar sus insumos que
producirlos y se oponían a la competencia, porque se pensaba que
ante tiempos difíciles, una buena cosecha salva todo. Se puede decir
que los distintos gobiernos compartían este pensamiento, casi
hegemónico entre el último cuarto del siglo XIX y el primero del XX.
En el cuarto capítulo de la obra vemos cómo el autor hace
hincapié en el cambio de rumbo que es generalizado, pero además
afectado por una década bastante inquieta como lo es 1920, para
terminar en el estallido de 1929. En el trascurso del periodo es
notorio que la producción agraria llegó a su límite en la década del
veinte cuando se agotaba la tierra fértil. Con la Primera Guerra

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Mundial se tiende a reducir el comercio y proteger la industria local.
Pero tras la reapertura de la primera posguerra, la producción local
otra vez se viene abajo. Aún así la IGM fortaleció los oligopolios y los
acuerdos de reparto de mercado.
Schvarzer toma la evolución de los ingenios azucareros como el
ejemplo del espíritu industrial de la época. Tras una crisis en 1916 se
planteó elevar el rendimiento mediante mejoras técnicas, se
compraron máquinas y se creó la Estación Experimental Agrícola de
Tucumán, pero tras el repunte de los cultivos todo fue olvidado. Los
experimentos fabriles se clausuraban cuando los cultivos adquirían
vuelo.
La metalurgia comenzaba a explorar sus rumbos por esta época.
Torquist absorbió varios talleres y los fusionó en una sociedad
anónima llamada Talleres Metalúrgicos, contrayéndose luego al de
Tamet. En 1911 se funda SIAM por Torcuato Di Tella. En 1923 firma
un acuerdo con USA para fabricar surtidores de nafta y en 1926 logra
un acuerdo con el general Mosconi, presidente de YPF, para venderle
200 surtidores por mes.
Mosconi se preocupaba por la consolidación técnica de YPF,
incorporó profesionales, hizo convenios con la Facultad de Ingeniería
de Buenos Aires y otros programas de formación a distintos niveles.
La acción de Mosconi refleja el sentimiento de militares que creín
necesario un cierto desarrollo industrial dada la experiencia de la IGM
y la incapacidad de importar armas debido a la misma.
Por otra parte, gracias a los ferrocarriles las zonas rezagadas
como el valle frutícola de Río Negro se sumaron al mercado interno.
La presión de Inglaterra era notoria puesto que en un giro del Estado
para comprar equipos a USA, estas adquisiciones fueron canceladas
para comprar los equipos ingleses (más caros y atrasados
tecnológicamente), a cambio que siguieran comprando carne
argentina. Esto refleja que la economía argentina no era una
economía abierta sino organizada por distintos trusts ligados
principalmente a la metrópoli británica.
El crecimiento de la industria, trae consigo el crecimiento de los
sectores trabajadores. En cuanto a la cuestión social, a medida que
los obreros empezaron a adquirir conciencia de su posición
importante, comienzan a surgir asociaciones represivas y xenófobas,
entre los cuales estaba la UIA cuyos dirigentes contribuyeron a crear
la Asociación del Trabajo y La Liga Patriótica, quienes intentaban
quitar todo lo "extraño" de la sociedad, todo aquello que no fuera
criollo. Tanto así que la UIA participo en el golpe de estado contra
Yrigoyen.
En el quinto capítulo Schvarzer resalta las ataduras de la élite
local a los intereses británicos. Comenta sobremanera que el país no
compraba los productos más baratos ni los más competitivos; para
peor, impedía las posibilidades de su sustitución por la industria local.
Pasaba con los equipos de ferrocarriles y el carbón. Se elegían, por
ejemplo, los ingleses antes que los estadounidenses. Pero por otro
lado la explotación de calizas dio base al auge de la industria local del
cemento; el cierre de las importaciones otorgó un impulso decisivo a

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esta rama. La mayor de estas empresas fue Loma Negra que nació
grande, gracias al aporte de su fundador que capitalizó allí sus
ganancias agrarias.
En la década del treinta se nota una diversificación de la industria
a partir de la ya existente, en lugar de la creación de nuevas
industrias; de esa manera se establecían eslabonamientos virtuosos
entre distintas ramas a partir de la evolución de una actividad central.
Las nuevas fábricas nacían del desplazamiento de capitales agrarios y
comerciales, pero sus beneficios iniciales eran tan grandes que lo
esencial del proceso de acumulación ocurría a partir del propio
avance productivo. En cuanto a la inversión extranjera, se tendió a
instalar plantas de armado final que exigían un flujo constante de
partes y piezas del exterior; de ese modo, obligaban al gobierno a
concederles permisos de importación (o divisas) para que dichas
plantas pudieran funcionar.
Para el censo de 1946 el autor resalta que debido al cierre del
mercado local, la producción se duplicó y la cantidad de obreros
ocupados ascendió a 900000, siendo así la industria el principal motor
de la economía del país. En cuanto a la construcción, el cemento
sobraba pero faltaba acero, por ello ACINDAR instaló su primera
planta cerca de los talleres de Roque Pérez, donde la chatarra
acumulada ofrecía posibilidades de uso. Por otra parte las fábricas
militares fueron una proeza pero no una solución. El poder político de
los militares y los ingentes fondos disponibles no dieron el resultado
esperable.
Por momentos pareciera que la UIA no proponía que se otorgaran
divisas a otras ramas fabriles, sino que defendía la de los monopolios
ya instalados y la postergación del avance técnico en el sector.
En el sexto capítulo el autor va a resaltar la dinámica
contradictoria entre los sectores industriales y los agropecuarios,
representados por la Sociedad Rural. Esta institución siempre se
opuso a las industrias que pudieran afectar sus exportaciones, pues
según sus convicciones se debía "comprar a quien nos compra".
TODAVIA en 1931 fomentaron la tracción a sangre que defendía el
uso del caballo en el agro para promover el trabajo y la "seguridad
nacional" además de la industria del cuero. Se defendía en 1931 el
uso del caballo, cuando desde 1905 en Rusia ya se fabricaban
tractores para uso agrícola; en 1931 se oponían a la industrialización,
cuando en la en la misma época, gracias a la industria pesada,
Alemania resurgió de las cenizas como potencia mundial.
Aún así hay intentos de cambios progresistas. El plan Pinedo, por
ejemplo, proponía financiar a la industria con créditos a 15 años,
creándose en 1944 el Banco Industrial de la Republica Argentina. Pero
Pinedo insistía en no producir lo que se importa para no afectar las
exportaciones, la consigna comprar a quien nos compra seguía
vigente. El partido radical y la SRA sostienen que mientras el campo
produzca y exporte, el país seguirá comprando lo que necesite.
Este plan se postergó hasta mediados de la década del cuarenta,
cuando el gobierno peronista emprendió la construcción masiva de
casas para evitar presiones del lado de las importaciones al estilo

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propuesto por Pinedo siguiendo a Bunge. Por otro lado, tras la IIGM se
produce una vertiginosa expansión de las exportaciones industriales
argentinas. Las políticas nacionales defendían el avance de la
industria para fomento del mercado interno, y su expansión respecto
del atraso técnico solo se solucionaría mediante la reducción de
precios, aumento de salarios o exportando. Se optó por el aumento
de salarios.
En la década del cuarenta hubo una serie de conflictos con USA
cundo Washington decidió prohibir el envío de equipos para
extracción de petróleo (lo que afectó a YPF), locomotoras y otros. USA
estaba decidido a no permitir la expansión de la industria pesada
argentina. Esta política se endureció con el envío de Braden a Buenos
Aires, quien buscó el apoyo de la Sociedad Rural (¿quién más sino?)
quienes pensaron que Argentina debía ser solo una nación
agropecuaria. El 11 de octubre de 1945 USA solicito a Gran Bretaña
que se abstuviera de comprar mercaderías argentinas por 2 semanas.
Esto horrorizó a los sectores tradicionales que al día siguiente
detuvieron a Perón enviándolo a la isla Martín García. Pero el 17 de
octubre salieron en su apoyo las masas trabajadoras exigiendo su
restitución.
Pasado el "San Perón", restituida temporalmente la situación
política, quedan cuestiones económicas por resolver. Nos referimos a
los créditos en libras ganados durante la guerra, siendo esta moneda
inconvertible, los mismos solo podían ser usados para comprar bienes
británicos. La compra de los ferrocarriles fue una de las operaciones
realizadas para usar esas devisas que no ofrecían muchas otras
posibilidades.
En la segunda posguerra se crean algunas instituciones para
fomento del desarrollo industrial como ser el Banco de Crédito
Industrial para créditos de mediano y largo plazo; el IAPI, creado para
manejar buena parte del comercio exterior. Recién en 1956 se crea el
INTI como primer eslabón de una cadena de apoyo técnico al sector
fabril y por último el primer órgano técnico científico, la comisión
nacional de energía atómica.
El Estado se ensancha, se engrosa, con la compra de
ferrocarriles, puertos, teléfonos y otras empresas de servicios,
creándose al poco tiempo la Dirección Nacional de Industrias del
Estado. Lo interesante de las empresas de estado es su prolongado
eslabonamiento a lo largo de la cadena fabril.
Las empresas habían culminado para 1954 la absorción de mano
de obra simple y esperaban crecer mediante la incorporación de
maquinas que no pudieron obtener por la carencia de divisas; ante
esto el gobierno se decidió a impulsar las exportaciones agrarias con
la intención de adquirirlas.
En el capítulo séptimo, nuestro autor se internaliza en el análisis
de la apuesta al capital extranjero, luego de haberse visto que la
apuesta al capital nacional tuvo falencias concretas que impidieron su
sustentabilidad en el tiempo. Comprendemos que para 1950 se
replantea el proceso industrial. Se abren las puertas a las empresas
trasnacionales en la medida que estuvieran dispuestas a aportar las

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maquinas que le faltaban a la industria nacional, bajo la forma de
inversiones directas. Esta decisión se toma aun teniendo en cuenta su
riesgo, es decir que podrían lograr rápidamente la hegemonía del
mercado local. Estas políticas dividieron a los sectores productivos en
dos: las ramas tradicionales eran llamadas vegetativas porque
seguían el lento aumento de la población una vez cubierto el mercado
interno. Las nuevas eran llamadas dinámicas porque se las suponía
capaces de crecer con ritmo rápido y duradero.
El ingreso de estas nuevas industrias reflejó el atraso técnico y
material de las industrias nacionales y ante el temor del vaciamiento
de las mismas, se opto por la administración estatal, cuyo objetivo
era evitar problemas de empleo más que superar deficiencias
técnicas. Sin embargo al cabo de un tiempo éstas volvieron al sector
privado, para repuntar la producción lentamente a partir de 1958
donde se percibe una mayor facilidad para importar equipos a causa
de la obtención de créditos del exterior, sumado a la consolidación de
una capa de tecnócratas en las agencias del gobierno.
A pesar de este repunte industrial, los cierto es que la mayor
parte de la élite no podía aceptar que había terminado el periodo
dorado de explotación de las ventajas comparativas de la pampa
húmeda. Los intentos de forjar las industrias de maquinarias agrícolas
enfrentaron la temprana e intensa oposición de los productores
agropecuarios: desde la Sociedad Rural y otras organizaciones del
agro se atacaron los proyectos de instalar plantas de tractores,
cuando en Rusia hacia 50 años que se venían utilizando.
La industria dejó de ser una generadora decisiva de puestos de
trabajo, pero no por eso dejó de ser fuente de empleo. Su lento y
poco visualizado retiro desde su previo rol central en el mercado de
trabajo no era contradictorio con el mantenimiento de su papel de
vivero de sindicatos fuertes, quienes actuaban como parte de esa
laxa alianza nacional industrializante.
En el octavo capítulo, se hace hincapié en que las trasnacionales
poco ayudan a solucionar los problemas en la balanza de pagos y
producción de bienes. Se despunta en este periodo un silencioso
apoyo al capital nacional. Para 1968 se empieza a verificar que el
capital y las empresas extranjeras no son los motores del desarrollo
como se había pensado, puesto que amenazaban la supervivencia
misma de una industria propiedad de empresarios locales. La
industrialización a cargo de las trasnacionales no resolvía los
problemas de la balanza de pagos; más bien contribuía a agravarlos.
Las filiales trasnacionales no exportaban dado que la estrategia de las
matrices consistía en explotar los mercados internos protegidos de
America Latina, mientras se reservaban la atención de otros
mercados desde su sede.
La expansión de las trasnacionales ocurrió muy rápido, gracias a
la acumulación de beneficios, sin demasiada necesidad de traer
divisas del exterior. En ese camino, comenzaron a expandirse
mediante la compra de empresas locales. Así comenzó la revisión del
proceso. De este modo, la actitud tolerante hacia las mismas se fue
transformando en medidas para exigirles resultados concretos y

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explícitos. El gobierno argentino comenzó a pensar también en la
creación de nuevas empresas. Se iniciaron de este modo los tramites
para completar la trama fabril con casilleros ausentes: hierro primario
y acero, aluminio, petroquímica, celulosa y papel para diarios. El
problema principal de este periodo parece ser según el autor, la
burguesía nacional, que no estaba del todo conformada.
El noveno capítulo se abre con una comprensión en conjunto del
shock petrolero de 1973. Según el autor, este coincidió con una suba
en los precios de las materias primas, lo que beneficio a los bienes
pampeanos. Otro fenómeno que dice el autor se debe tener en cuenta
del ámbito mundial pero también que impacto en la Argentina, fue la
expansión de un nuevo mercado financiero poco regulado, con
excedentes de liquidez y dispuesto a prestar el dinero sobrante. Hubo
un tercer fenómeno y fue el avance de la ideología monetarista, que
logro sentar sus bases reales en el Cono sur para efectuar sus
ensayos de política económica.
Aun así, dadas las condiciones, la industria entra en crisis en
1975/6 en las mejores condiciones de su historia. Como sobrevivir a la
crisis era más importante que la perspectiva de crecer, muchas
empresas se despojaron de sus ingenieros, especialistas y todo lo no
ligado a la producción, abandonando visiones de futuro. Por ejemplo
la industria electrónica tuvo que acomodarse bruscamente ante la
invasión de productos electrónicos de origen extranjero.
Los responsables de las políticas económicas del periodo 1978/81
tenían una visión de la industria supeditada al conflicto social. Eso
explica que apoyaran el desplazamiento fabril hacia zonas alejadas
para dispersar a los trabajadores. También explica que el equipo
alentara el cierre de fábricas en las zonas que consideraba peligrosas
por la concentración de mano de obra. Buenos Aires, Rosario,
Córdoba, fueron los epicentros de esa estrategia.
Como se ve, la política industrial tuvo importantes consecuencias
en la evolución del sector fabril, pero el fenómeno más impactante
fue el derivado de la nueva estrategia financiera y sobre todo, del
endeudamiento que ella generó en pocos años. Cuando Martínez de
Hoz dejó el gobierno, el país debía 25 mil millones de dólares.
Los empresarios se vieron obligados a cambiar de rumbo, cuando
la política económica comenzó a ofrecer opciones alternativas en
negocios en torno al aparato del Estado a través de la llamada
privatización periférica. Los empresarios en vez de dedicar sus
industrias al petróleo, gas, teléfonos, construcción pública, finanzas,
minería o actividad nuclear, encuentran una nueva vocación:
operarían servicios protegidos y amparados cuidadosamente por un
estado que decía buscaba instaurar la competencia. Pero es claro que
se eliminó todo estimulo a la industria porque incluso se desplaza el
discurso dominante de la producción al consumo.
En el décimo y último capítulo referido a la década del noventa,
nos topamos con una sensación de cierre de periodo, quizás el
camino de la industria y la política estatal iniciada algunas décadas
antes, culmina aquí de dibujar su círculo para cerrarse en un fuerte
punto. Dice Schvarzer que, en la década del ochenta la actividad

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industrial se vio sometida a los más amplios vaivenes, cayendo y
recuperándose constantemente hasta llegar a su piso mínimo en
1990 con un 16% debajo del valor agregado respecto a 1974. Las
políticas de privatización terminaron con el "compre argentino". En
cuanto a los servicios, las empresas públicas fueron sustituidas con
concesiones privadas, que las afectaba en tanto proveedores y
consumidoras de esos servicios. La rebaja de aranceles destruyó el
antiguo sistema proteccionista. Por otra parte, el gobierno eliminó el
banco nacional de desarrollo, más simbólico que práctico, puesto que
para nada sirve un banco sin fondos, pero también indica la decisión
de liquidar el sistema estructurado durante medio siglo para forjar la
industria argentina.
Sigue argumentando el autor que, el cambio en la estructura de
la industria refleja en parte el reemplazo de la oferta local por las
importaciones. Los mismos cambios se aprecian en la petroquímica y
en la industria del cemento. Todos los indicadores señalan que la
industria tendió a sostener una estrategia defensiva. Esta recorta las
posibilidades de crecimiento global pero protege a las firmas del
riesgo derivado de los cambios en el contexto.
Para finalizar, Schvarzer se plantea política y metodológicamente
diciendo que, las actitudes de la élite reposan siempre sobre las
ventajas comparativas de la pampa y cree que debe volverse al
modelo de economía abierta, exportación de productos primarios e
importación de bienes industriales. La élite no acepta ni reconoce que
la caída de los precios relativos de las materias primas en el mercado
mundial ha terminado para siempre con éste modelo. En cambio,
quienes la integran ofrecen la coherencia de no haber cedido nunca
sus posiciones.

HACIA UNA VALORACIÓN PERSONAL.

El libro de Schvarzer es una obra magnífica, que nos relata la


historia de la industria nacional, entrelazada con las disputas entre
los distintos sectores políticos que la forjaron. Por ser este un amplio
relato en el marco temporal, quizás a veces, cae en simplismos
teóricos. Claramente el autor no logra superar a lo largo de todo el
recorrido la dicotomía sector agrícola – sector industrial, mostrando al
primero como causante del atraso técnico y científico de la industria
local. Nosotros creemos que existieron sectores conservadores que
apelaron, como la Sociedad Rural, a que no se implementara la
industria y que en su lugar se fomentara la explotación agropecuaria,
apoyada en sus rentas diferenciales. Pero si la Sociedad Rural es
cómplice del atraso industrial (y ésta es nuestra postura teórica),
tampoco debemos olvidar que si esto fue así, se debe también en
parte a que por parte del Estado hubo pocas veces políticas orgánicas
que tendieran hacia el desarrollo de una industria nacional fuerte, con
ansias de un mercado interno unido y homogéneo.
Las constantes devaluaciones monetarias y las escasas políticas
de Estado respecto de la industria, hace que caigamos por momentos
en pasiones políticas más que en un análisis objetivo de la misma. No

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quitamos mérito al trabajo de Schvarzer por supuesto, pero lejos de
estas críticas pasionales, que todos las tenemos, creemos que
analizar toda la industria como un solo bloque es un error. Terminada
la etapa de acumulación, los raros casos de agroindustria que surgen
respecto a la industria alimenticia, son un ejemplo de ello. Si la
industria pesada no se desplegó nunca, creemos más atinado girar la
mirada hacia el Estado y no tanto hacia los particulares. Y aunque el
autor no lo menciona explícitamente lo deja claro entre líneas en un
párrafo casi perdido a lo largo de la obra: "La Argentina sólo podrá
ser un país desarrollado si se afirma en una estructura productiva
basada en una industria moderna y eficiente, pero esta debe ser
llevada a cabo por una alianza o coalición social…”
En nuestra opinión, cada vez que la Argentina no pudo
desarrollar una industria pesada vemos detrás de esa incapacidad los
intereses británicos, estadounidenses después, militares y
neoliberales más tarde. La culpa ajena es barata, regalarla no nos
cuesta; nada nos cuesta. Por ello, si nos vamos a encasillar en esta
postura, hay que resaltar entonces que cuando hubo efectivamente
políticas de Estado, primero fuimos el basurero británico; luego
Estados Unidos intentó, a toda costa, que Argentina no desarrollara la
industria pesada. Los entes externos tienen su parte de culpa, la
historia así nos lo muestra. Pero también tendríamos que mirar hacia
adentro y ver qué hicimos nosotros como sociedad, en el pasado o en
el presente para dejarnos manipular por sectores extranjeros o por
sectores internos, aliados a aquellos que solo quieren que el país sea
agroganadero. Y en esta nuestra posición política, coincidimos
totalmente con Schvarzer. Y aquí ya poco importan las críticas
pasionales.

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