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EL MISTERIO DE LA BIBLIOTECA

Belén García Bohórquez

C O LEC C I Ó N D E N A R R A TI V A
D EL I E S P A BLO N ER U D A
IES Pablo Neruda
Las llaves de la literatura 2008
Castilleja de la Cuesta (Sevilla)
ÍNDICE

Introducción pág. 5

1.Un día como otro cualquiera pág. 6

2.La caja y el anticuario desaparecen pág. 10

3.La solución a todos los problemas pág. 14

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PRÓLOGO

EN LA ESTELA DE los deliciosos relatos de Ana


Alcolea, la autora nos ofrece una historia vertiginosa
de intrigas y emociones. Desde la visión personal del
mundo a los trece años, nos ofrece una primera obra
de una serie sin duda prometedora.
Ágata, la protagonista, vive aventuras en las
que la fantasía y el realismo culminan en un final
inesperado. Merece la pena leerlo.

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Introducción

TAL VEZ HABRÉIS OÍDO historias misteriosas


con un final fantástico; pero nada de lo que
leeréis a continuación es ni mucho menos una
de esas historias. Nada es lo que parece.

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Un día como otro cualquiera

ÁGATA ERA UNA NIÑA muy aplicada en sus


estudios, le gustaba divertirse, salir a pasear,
leer y también era muy curiosa. Todos sus
compañeros de clase y los chicos y chicas de su
alrededor, hablaban muy a menudo de ella
porque les parecía una niña bastante rara
aunque no lo fuera. Sus padres estaban
desesperados, todos los días llamaba el director
a su casa para informar a sus padres de lo que
sucedía. Esta, según el director, no era muy
sociable, leía libros en el recreo y no hablaba
con nadie, no tenía amigos.
A veces, Ágata escuchaba conversaciones
muy sospechosas que mantenía el director con
el conserje, lo que le llevaba a imaginar cosas
fuera de lugar, aunque ella pensaba que era su
imaginación la que volvía al director sospechoso
de no se sabe qué.
A Ágata no le importaba nada lo que le
dijeran, porque además estaba muy satisfecha
de su comportamiento y no iba a cambiar para
llamar la atención de algún niño.
Todas sus compañeras se maquillaban e
iban con ropas inapropiadas. Le parecía una
tontería tener que ir así para que un chico se
fijara en ella.

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Le gustaba ir a la biblioteca; en cambio a
los demás les parecía una gran tontería y
además decían que aquella biblioteca parecía
una funeraria. Allí no iba nadie, solo ella, y era
oscura y siniestra.
Una mañana del veintidós de diciembre,
Ágata como normalmente hacía, se levantó,
dirigiéndose a la cocina, abrió el frigorífico y
sacó un par de rebanadas de pan, se las untó
con mermelada de fresa, cogió un brik de zumo
de naranja y lo vertió en un vaso de cristal.
Cuando empezó a desayunar su hermano bajó
corriendo los peldaños de las escaleras por las
que todas las mañanas se caía. Él se llamaba
Darío y era muy travieso, muy a menudo
insultaba y decía a su madre mentiras sobre su
hermana.
Ágata, como todos los días, se fijaba en
cada uno de los detalles de su casa, como si
nunca hubiera vivido allí, era muy observadora.
Su casa era muy particular, tenía detalles
que hacían que te transportaras en el tiempo
hasta la edad media o cualquiera de las
edades, porque tenía objetos de todas las
épocas. Toda la pared estaba ocupada con algo,
pinturas, flores...
A Ágata le gustaba mucho su casa, sobre
todo un lugar donde depositaba toda su
imaginación, el rincón del salón. Apenas se veía
el hueco, estaba confiscado por unas largas
enredaderas, le encantaba estar rodeada por
plantas, pasaba las horas en ese rinconcillo. Era
una especie de jardín botánico pero sin serlo.
Empleaba su tiempo haciendo cualquier cosa
que se pudiera realizar allí. Su madre pensaba
que eso de estar ahí metida a solas era una
tontería, porque podía salir a la calle y hacer
amigos, en cambio a Ágata le parecía una
estupidez que su madre siguiera insistiendo, no
iba a cambiar de opinión.

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Llegó la hora de comer cosa que casi
siempre le gustaba hacer en su rincón pero la
madre no se lo permitía, estaban casi en
navidad y tenían que cenar todos juntos.
Cuando finalizó el almuerzo se fue a su cuarto a
leer; pero su hermano, como era tan travieso,
no se lo permitió y dejó que le molestara,
porque cuando leía nadie era capaz de
interrumpirla.
Otra de las cosas que no paraba de
preguntarse era, ¿Qué le podía regalar a sus
padres por navidad? El día ya estaba cerca.
Esa tarde, como rutina diaria, fue a sacar a
su gata Catrina, pasaba a comprar el pan y de
camino a llevarle a su tía recados de su madre.
Dirigiéndose a casa de su tía pasó por una
tienda de antigüedades y pensó que como a su
madre le gustaban tanto esas cosas, podía
llevarle algún detalle y quiso entrar. Había un
cartel en la puerta donde ponía <<prohibido
animales>> y obedeciendo lo que ponía en el
cartel soltó a su gata en la calle. Ya estando
dentro y fijándose en aquella decoración se dio
cuenta que era muy parecida a la de su casa;
pero multiplicado por diez tenía dos pisos y
cada uno era inmenso.
Allí no parecía haber nadie, solo se
escuchaban los sonidos que hacían la mayoría
de aquellas preciosidades. Ágata estaba tan
hipnotizada que ni siquiera escuchaba aquellos
sonidos, (supongo que sería porque estaría
acostumbrada a oírlos en su casa), aunque en
ese momento se escuchó la puerta, y Ágata
miró y dijo <<¿quién hay ahí?>>, se dirigía
corriendo hacia la puerta cuando se cerró sola
de un portazo y el cartel cambió de sentido,
ahora ponía <<cerrado>>. Ágata intentó con
todas sus fuerzas abrir esa puerta; pero fue
imposible.
Al darse la vuelta vio un misterioso dibujo
en una pequeña placa, era una especie de

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escudo y en el centro una cruz; pero no se paró
a pensar en esa placa, ahora lo que a ella le
importaba era salir de aquel lugar. Tenía la
sensación de que arriba podía haber alguna
puerta por donde salir. Cuando ya estaba en el
segundo piso vio una caja de color gris, se
dispuso a abrirla cuando la puerta de la calle se
abrió misteriosamente, bajó corriendo como lo
hacía su hermano, pero se paró bruscamente y
se puso a pensar en su gata ¡la había soltado
en la calle! Empezó a correr de nuevo, abrió la
puerta y miró asustada a ver si estaba su gata.
Ni rastro de ella. Se chocaba con todo el que
pasaba por su lado; pero ella ni caso, de
repente, le pareció ver algo pequeño; pero
peludo en el puente que separaba su casa de la
de su tía, al ir para allá se tropezó con una
piedra y cayó al suelo, todo el mundo la
miraba; pero en ese momento no le importaba
nada de lo que estuvieran cuchicheando todas
aquellas personas, aun así volvió a levantarse y
se dirigió al puente, cogió a su gata y asustada
volvió a su casa. Cuando llegó se duchó y entró
en su cuarto para relajarse un poco.
Al llegar la hora de la cena se fue con la
comida a su cuarto, al terminar no paraba de
darle vueltas a su cabeza, pensando en lo que
le había ocurrido esa tarde, ¿no es muy raro
que cuando intentaba abrir la caja de repente
se abriera la puerta? ¿Qué podía contener esa
caja?

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La caja y el anticuario desaparecen

A LA MAÑANA SIGUIENTE, Ágata se dispuso a ir de


nuevo al anticuario, no podía quedarse sin
saber lo que había en aquella misteriosa caja
gris; pero esta vez se iba hacia allí sin su gata,
para evitar problemas. Una vez enfrente de
aquella tienda decidió entrar. Ya dentro,
apareció un hombre mayor, tenía un bigote
largo, iba vestido de una forma muy rara, con
un traje de chaqueta; pero el pantalón le
quedaba corto y la chaqueta larga. Vestía de
manera estrafalaria. En el bolsillo de la
chaqueta llevaba cosido el mismo escudo que
había visto en aquella misma tienda.
Se dio la vuelta para ver si la puerta por la
que había entrado se había cerrado como la
última vez; pero estaba abierta.
Al mirar para atrás para hablar con aquel
anciano no había nadie, entonces, antes de que
entrara alguien o que volviera este, subió
corriendo las escaleras y empezó a observar el
piso de arriba, cosa que la última vez no le
había dado tiempo. Había todo tipo de objetos
pero del mismo estilo de las de abajo, de nuevo

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volvió a ver cantidad de cosas con ese
misterioso escudo, pero se centro más en
aquella caja, la cogió, bajo rápido las escaleras
(estuvo a punto de caérsele), se dirigió a la
puerta y salió, cruzó el puente y pisó el suelo
de la plaza. Llegó a su casa y allí no había nadie
(lo mas probable era que su madre estuviera
comprando cosas de navidad); pero bueno, no
le importó. Subió a su cuarto y para que su
hermano no entrara, echó el seguro. Se
disponía a abrir la caja cuando sonó el timbre
de la puerta. Ella pensaba que algo o alguien no
le permitía abrir la caja. Era su madre que
había llegado con muchas bolsas y le pedía
ayuda para vaciarlas, traía un montón de
adornos navideños, y tenía que colocarlos ya, a
la madre le gustaba tenerlos colocados dos días
antes de navidad, concretamente el veintitrés
de diciembre.
A Ágata le gustaba la navidad; pero
mostraría más interés por ella si no se armara
el jaleo que se armaba en su casa. Venían hasta
los vecinos, porque según su madre si no los
invitaba les criticaban, y esa era una forma de
comportarse que a Ágata no le gustaba nada;
pero a cosas como esas no era necesario darles
mucha importancia.
Ágata seguía con lo mismo ¿Qué le podía
regalar a sus padres? Pensaba que esa misma
tarde podía ir a pasear y de camino comprar los
regalos de sus padres.
Su madre hizo de comer pollo asado, y
Ágata estaba tan estaba tan entusiasmada por
abrir la caja gris que casi se ahogaba comiendo,
recogió su plato y lo llevó a la cocina. Al
terminar de comer subió a su cuarto, a intentar
abrirla; pero ¡la caja no estaba! ¿Dónde habría
podido ir a parar?. Ágata buscó por toda la
casa; pero no apareció por ningún lado,
sospechaba que podía haber vuelto al
anticuario; pero ¿quién la habría podido robar?

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Y además ¿cuándo la habrían robado, si ella no
se había movido de allí en todo el tiempo?
Salió corriendo de su casa sin saber para
donde ir, pero su criterio era que podría salir a
dar una vuelta y pensar donde podía estar la
caja. Ella sabía que se podía encontrar en
cualquier lado; pero tenía demasiados pajaritos
en la cabeza como para no imaginarse cualquier
disparate, sin saber donde podía ir a parar y en
que tipo de lío se podía meter. El lugar más
cercano a ella y relacionado con la caja era el
anticuario así que por qué no entrar, se
preguntó.
Ya llegando, algo le pasó por la cabeza sin
saber qué. El gesto de la cara de Ágata cambio
por completo, y ya sabía perfectamente lo que
se le pasaba por la cabeza, ¡El anticuario había
desaparecido! Cerró los ojos, se los frotó con
fuerza y los volvió a abrir; pero la situación no
había cambiado. Ella estaba enfrente de lo que
ahora era un muro y con el mismo gesto en su
cara de impresión. No sabía por qué razón
aquel local había desaparecido, dudaba que en
medio día pudieran derribar el anticuario y
construir un muro, no había visto ningún
hombre con pinta de albañil. Imposible. Todo
esto carecía de sentido. Quizás podía haberse
equivocado de calle; pero no. Miraba a un lado
y al otro, y por mucho que miraba estaba allí,
sin duda era el mismo lugar.
Se dirigió a un hombre que casualmente
pasaba por allí, para preguntarle si por
casualidad sabía el motivo por el cual habían
cerrado el anticuario que estaba en ese muro, a
lo que el señor le respondió que lo sentía; pero
que no recordaba haber visto ningún anticuario.
Nada cuadraba, ella no tenía poderes
mágicos como para poder imaginarse una
tienda, donde incluso había entrado y visto a
gente.

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Pensó, que debería olvidarse por un
momento de todo lo ocurrido leyendo un libro, y
que mejor que en la biblioteca, dándose la
casualidad de que detrás del anticuario, bueno,
ahora un muro de cemento seco, estaba intacta
(porque con tal mal aspecto, cualquier día se
caía a pedacitos) la biblioteca de su instituto, y
evidentemente este.
En ese momento le vino a la cabeza que el
verano pasado había conocido a una niña en
Portugal, recordó que en el mismo chaquetón
que vestía permanecía el papel por el cual
intercambiaron sus correos electrónicos, esta se
llamaba Amanda con la que hizo muy buena
amistad.

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La solución a todos los problemas

ESTABA YA DENTRO DE la biblioteca, cuando se


sentó en la mesa donde se encontraba el
ordenador, lo encendió, entró en su correo
electrónico e introdujo la contraseña y a
continuación agregó el correo de su amiga
Amanda. De repente se abrió una pequeña
ventana en la pantalla del ordenador,
efectivamente era ella (Amanda) saludándola,
ya que reconoció perfectamente que era ella.
 Hola soy Amanda, ¿tu Ágata no?
 Si soy yo, lo siento es que he estado muy
liada y no he podido agregarte hasta hoy.
 No te preocupes, yo que digamos no he
tenido tampoco mucho tiempo; pero más bien
por culpa de mi hermano.
 ¿Tienes un hermano?
 Es verdad que tú no lo sabías, verás, cuando
te fuiste de Portugal, descubrimos que mi
madre estaba embarazada, y bueno, ya sabes
como son los niños pequeños, sobre todo los
bebés.
 Bueno no sabría que decirte, porque mi
hermano es ya mayorcito y hace todo lo posible

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por incordiarme, ya viste como se comportó en
la playa.
 Si, tienes razón, fue tremendo.
 Bueno, vamos a hablar un poco de nosotras
¿Cómo te va?
 Bastante bien; pero los estudios me quitan
un poco de espacio, la profesora ha mandado
demasiados deberes para solo dos semanas de
vacaciones aunque me las puedo apañar, ¿y tú?
 Bien; pero un poco confusa, porque cosas
extrañas me han estado sucediendo, así que
he querido desconectar por un momento de lo
ocurrido hablando contigo.
 ¿De qué cosas se tratan?
 Es muy lago de contar, mejor otro día si he
conseguido descifrarlo todo te cuento ¿Vale?
 Esta bien; pero me tengo que ir, ya es tarde
y mi madre me llama, hasta pronto.
 Esta bien, adiós.
Se le había hecho bastante tarde. Era de
noche y a esas horas (según había escuchado)
había almas en pena vagabundeando por las
calles, corrió tanto como nunca había corrido
hasta que llegó a su casa.
Al día siguiente, se levantó a eso de las
diez. Su madre antes ir a trabajar, se apresuró
a prepararle el desayuno. Ágata sin saberlo ni
se comió esas crujientes tostadas recién
sacadas del tostador, incluso se quedó sin
desayunar, con su despiste era fácil adivinar
que se le olvidaría. Bebió solo el zumo. Al rato
pese a su despiste reconoció perfectamente ese
olor y no pudo resistirse a probar esas
deliciosas tostadas.
No tenía nada que hacer, así que pensó
que podía ir a leer un libro, cosa que ayer no le
había dado tiempo y le hubiera gustado hacer.
Se sentó en un sillón cercano a la sección
de libros que más le gustaba, intriga. Mientras
trataba de leer la primera página, una pequeña
brisa surgió de la nada. Sin saber de donde

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podía provenir, Ágata inspirada, fue a
visualizar. La brisa aumentaba poco a poco
mientras se acercaba a la pared. La lógica le
decía que ninguna brisa podía salir de una
pared, pese a que hubiese ventanas. Una vez
hubo traspasado los diez pasillos de libros, le
pareció ver una mancha negra en la pared, pero
se equivocaba, era un gran pasillo
probablemente sin salida, por esa razón Ágata
dio la vuelta y se dirigió de nuevo al sillón para
proseguir con el libro; pero de repente unas
cosquillas invadían su estómago con una muy
buena causa, algo le decía que debía entrar en
aquel misterioso pasillo. Se adentraba
lentamente por aquel pasadizo oscuro,
mugriento y húmedo. De repente vio a lo lejos,
una pequeñísima luz tenue que invadía sus ojos
de Ágata, se apresuró por llegar; pero cada vez
se hacía más largo, y al fin lo consiguió. Oyó
dos voces conocidas. Cuanto más cerca estaba,
más conocidas eran para ella. Una vez allí sus
caras eran inconfundibles, el director y el
conserje. Al director se le oía dar órdenes al
conserje, diciéndole que siempre que entrara
alguien se escondiera como hizo con ella.
Ya lo entendía todo, lo del muro y lo del
hombre ese mayor, era todo cosa del director y
el conserje.
Llegando a su casa cogió el teléfono para
llamar a la policía. Esta no creyó nada de lo
contado, ya que bastantes niños llamaban
contando muchas mentiras como para creer una
más.
Ágata defraudada y sin ganas de nada,
pensaba sin parar en una prueba creíble; pero
nada se le ocurría.
Todo el medio día había pasado, cuando de
repente una idea bastante buena se le pasó por
la cabeza, aquella misteriosa caja gris podía
servir como prueba; pero había dos problemas,

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que no se sabía ni lo que había y si iba a servir,
ni donde se podía encontrar.
Vio que su madre salía de la cocina y ella
directamente le preguntó sobre la caja, sin
saber si sabría donde podría encontrarse, pero
no cambió de idea y sin perder ni un minuto de
su tiempo preguntó a su madre si sabía donde
estaba una caja de color gris, a lo que esta le
respondió que la había guardado en el armario.
Ágata fue corriendo a cogerla. Todo el
misterio estaba resuelto, sólo faltaba que la
policía la creyese, y como sabía que por
teléfono no la iban ni a escuchar, decidió
presentarse en comisaría. Pero antes quiso
revisarla para ver lo que contenía, todo lo que
esa caja tenía eran muchos papeles, por lo que
leía todos de una empresa ilegal y el logotipo de
esta era el escudo tan misterioso que había
visto en varios sitios, cuando finalmente decidió
que todo esto serviría como prueba.
Allí estaba con la policía que sin poder
creérselo se presentó en el anticuario con
Ágata. Allí seguía el muro, pero como ella lo
sabía, entraron por la biblioteca, cuando
cogiéndolos in fraganti, fueron arrestados el
director y el conserje.
Ya estando todos en comisaría, los padres
de Ágata se presentaron allí muy asustados;
pero se tranquilizaron al ver que nada había
pasado.
Todos le dieron la enhorabuena por lo que
había hecho ya que había salvado a muchos
ciudadanos de caer en las trampas de esos dos
delincuentes, y pasó a ser una de las personas
de las que más se hablaba en toda la ciudad.
Ágata, feliz de lo que había hecho, buscó
locamente un regalo para sus padres, hasta que
los encontró por fin y pasaron todos unas
navidades inolvidables.

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