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COLABORADORES Y PATROCINADORES

Facultades de Matemáticas, Física y Filosofía (le la Universidad de La Laguna


Vicerrectorado de Investigación de la Universidad de La Laguna
Departamento de Matemáticas de la Universidad Las Palmas de Gran Canaria
Universidad de Las Palmas de Gran Canaria
Instituto de Astrofísica de Canarias
Dirección General de Ordenación e Innovación Educativa
Dirección General de Universidades e Investigación
~ CajaCanarias

Colección: ENCUENTROS

Título: GALILEO Y LA GESTACIÓN DE LA CIENCIA MODERNA.


FUNDACIÓN CANARIA OROTAVA DE HISTORIA DE LA CIENCIA. Acta IX

Primera edición: Canarias, enero 2001

Edita: © CONSEJERíA DE EDUCACIÓN, CULTURA Y DEPORTES


DEL GOBIERNO DE CANARIAS.
Dirección General de Ordenación e Innovación Educativa
© FUNDACIÓN CANARIA OROTAVA DE HISTORIA DE LA CIENCIA

Maquetación y
preimpresión: FOTOMECÁNICA CONTACTO, S. A.

Impresión: FORMULARIOS LA ESPERANZA, S. L.

I.S.B.N.: 84-699-3242-X
Depósito Legal: TF - 144/2001
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PRESENTACIÓN

La Consejería de Educación, Cultura y Deportes del Gobierno de Canarias


reconoce la importancia que tiene el profundizar, mediante acciones puntuales,
en el proceso de la formación del profesorado, según se recoge en «El Pacto por
la Educación» en los siguientes términos: «... impulsar el desarrollo profesional
de los educadores y potenciar su valoración social». Por tanto, apoya -positi-
vamente- las iniciativas de la Fundación Canaria Orotava de Historia de la Cien-
cia, con su reconocimiento y el estímulo de la Administración Educativa.
La Dirección General de Ordenación e Innovación Educativa continuando
en esta línea presenta, dentro de la colección ENCUENTROS, el libro GALILEO
y LA GESTACIÓN DE LA CIENCIA MODERNA, correspondiente al acta del
año IX de la citada Fundación. En él se recoge las ponencias del curso 1999/2000
impartido en la Universidad de La Laguna y en el Museo de la Ciencia y de la
Tecnología de Las Palmas de Gran Canaria. En el seno de ambas instituciones,
como dice en su prólogo José L. Montesinos, Director de la Fundación Canaria
Orotava de Historia de la Ciencia, «se creó un espacio de discusión en el que,
junto a los más destacados expertos europeos en el tema, nuestros enseñantes e
investigadores de las dos Universidades Canarias, de la Educación Secundaria y
del Instituto de Astrofisica de Canarias analizaron y debatieron sobre ese periodo
fundamental pa.ra el desarrollo ulterior de la Ciencia Occidental».

El reunir en un curso, y editar un libro sobre el pensamiento -expuesto


a través de su ponencia- de tantos expertos especialistas vinculados a las diver-
sas disciplinas de estudio en tomo a Galileo y la gestación de la ciencia moderna,
es un logro de los tantos conseguidos por la Fundación Canaria Orotava de
Historia de la Ciencia.
Esta Dirección General muestra su agradecimiento al grupo de profesores
y profesoras, tanto ponentes como asistentes y coordinadores del curso, porque
sin su entusiasmo e interés por la Historia de la Ciencia, no tendríamos en nues-
tras manos esta publicación. Desde esta perspectiva animamos al profesorado a
asistir a los cursos o llevar a cabo, también, acciones de formación que surjan en
su propio seno -como el presente documento-, pues somos conscientes de la impor-
tancia que tiene tanto para el profesorado, como para el público en general, la
elaboración y difusión de materiales de consulta y apoyo.

Juana del Carmen Alonso Matos


DIRECTORA GENERAL DE ORDENACIÓN
E INNOVACIÓN EDUCATIVA
ÍNDICE

PRÓLOGO 9
BREVE BIOGRAFÍA DE LOS AUTORES DEL LIBRO................................... 19

ACTAS IX

GALILEO Y LA GESTACIÓN
DE LA CIENCIA MODERNA

LAS MATEMÁTICAS ÁRABES Y SU PAPEL EN EL DESARROLLO


DE LA TRADICIÓN CIENTÍFICA EUROPEA
Ahmed Djebbar. Universidad de París 23

EL PENSAMIENTO DE ROGER BACON


Carlos Martín Collantes. Fundación Canaria Orotava de Historia de la Ciencia ... 35

LOS COMETAS CONTRA COPÉRNICO: BRAHE, GALILEO


Y LOS JESUITAS Carlos Solís Santos. UNED. Madrid 49

LOS EXPERIMENTOS IMAGINARIOS DE OCCAM A GALILEO


Jesús Sánchez Navarro. Universidad de La Laguna 63

ATOMISMO Y CONTINUO EN EL ORIGEN DE LA


CIENCIA MODERNA
Egidio Festa. Centro Alexandre Koyré. París 81

GIORDANO BRUNO Y EL FINAL DE LA


COSMOLOGÍA ARISTOTÉLICA
Miguel A. Granada. Universidad Central de Barcelona 97

TELESIO y CAMPANELLA: DE LA NATURALEZA JUXTA PROPRIA


PRINCIPIA A LA NATURALEZA INSTRUMENTUM DEI
Michel Pierre Lemer. Observatorio de París 119

PLATONISMO Y REVOLUCIÓN CIENTÍFICA


Maurizio Torrini. Universita degli studi di Napoli Federico 11 137
KEPLER, GALILEO Y LA DEFENSA DEL SISTEMA DE COPÉRNICO:
LA ELECCIÓN DE UNA ESTRATEGIA
lsabelle Pantin. Universidad de París - Observatorio de París 147

LOS COMETAS Y GALILEO


John Beckman. Instituto de Astrofísica de Canarias 161

CONSIDERACIONES SOBRE LAS MECÁNICAS DE GALILEO


Romano Gatto, Universita della Basilicata 187

LA TEORÍA DE LAS MAREAS DE GALILEO.


EL DIÁLOGO REVISITADO
Pierre Souffrin. Observatorio de la Cote d'Azur 205

ELDIÁLOGOSOBRELOSDOSMÁXIMOSS~TEMAS
DEL MUNDO DE GALILEO. GÉNESIS Y PROBLEMAS
Antonio Beltrán Mari. Universidad Central de Barcelona 219

LOS DISCURSOS SOBRE DOS NUEVAS CIENCIAS


Enrico Giusti. Universita di Firenze 245

EL ATOMISMO DE GALILEO
Pietro Redondi. Universita degli studi di Bologna 267

INFINITO Y MOVIMIENTO EN GALILEO.


DEMOSTRACIONES Y CRÍTICAS
Michel Blay. Ecole Nonnale Supérieure de Fontenay - S'Cloud 279

EL AFFAIRE GALILEO
Massimo BucCiantini. Universita di Siena 295

MATERIAL EDITADO POR LA DIRECCIÓN GENERAL DE ORDENACIÓN


E INNOVACIÓN EDUCATIVA 307
PRÓLOGO

Hace 500 años, coincidiendo con profundos cambios en nuestras socieda-


des europeas -descubrimiento de América, cisma de las iglesias cristianas refor-
madas, comienzos del capitalismo, consolidación de los Estados Modernos, nueva
cosmología heliocéntrica-, se gestaba una nueva forma de hacer ciencia. Con la
matematización de la naturaleza, de raíces griegas, Galileo y otros gigantes del
pensamiento de la época pusieron los cimientos del desarrollo científico y tecno-
lógico, omnipresente en nuestra realidad actual. El nuevo saber científico exigía
a la vez experiencias sensibles y demostraciones ciertas, que habían de ser some-
tidas a discusión y confirmadas experimentalmente. Con Galileo se establece una
nueva visión del cosmos y se desarrolla una ciencia geométrica del movimiento
que supone una ruptura con la concepción aristotélica del mundo y sus cambios.
En los últimos veinte años han cobrado un nuevo auge los estudios sobre
la figura de Galileo, tanto en lo que concierne a las fuentes, metodología y desa-
rrollo de su ciencia (mecánica, leyes del movimiento, cosmología) como a las
circunstancias que rodearon las condenas del copernicanismo en 1616 y la del
propio Galileo en 1633. A esta revitalización del tema galileano no fue ajena la
decisión de Juan Pablo n, en 1979, de realizar una nueva revisión histórica de
aquel infausto y controvertido proceso.
Los textos que conforman Galileo y la gestación de la ciencia moderna
son los que se entregaron a los participantes en el Curso del mismo nombre que,
organizado por la Fundación Canaria Orotava de Historia de la Ciencia, se desa-
rrolló en la Universidad de La Laguna y en el Museo de la Ciencia y de la Tec-
nología de Las Palmas de Gran Canaria, de Octubre de 1999 a Mayo de 2000.
Se creó así un espacio de discusión en el que, junto a los más destacados exper-
tos europeos en el tema, nuestros enseñantes e investigadores canarios de las dos
Universidades, de las Enseñanzas Medias y del Instituto de Astrofísica eje Cana-
rias, analizaron y debatieron sobre ese periodo fundamental para el desarrollo ulte-
rior de la Ciencia Occidental.
¿Qué justifica este interés por la figura de Galileo, hoy, en los albores del
siglo XXI? La Ciencia, y la Tecnología asociada a ella, conforman una buena parte
del sistema de creencias y de actuación en que se fundamenta nuestra civiliza-
ción actual, con una aceptación y dependencia como no se había dado nunca en
el pasado respecto a sistema de creencias alguno. La Historia como disciplina con
racionalidad propia exige la crítica de una base material y cotejable de pruebas

9
GALILEO y LA GESTACIÓN DE LA CIENCIA MODERNA

y evidencias para corroborar un relato sobre el pasado, y ejercita una labor esen-
cial de pedagogía e ilustración para la supervivencia de la conciencia individual
racionalista en nuestras complejas sociedades modernas. La Historia de la Cien-
cia se ocupa del pasado para, desde la actualidad, plantearse, entre otras cosas,
el sentido crítico-lógico de las múltiples cuestiones de interés público relaciona-
das con la Tecnociencia y orientarsefundadamente sobre ella, asumiendo sus limi-
taciones y evitando caer en posibles mistificaciones.
El tema de los orígenes de la ciencia moderna, uno de cuyos ilustres pro-
tagonistas es Galileo Galilei, invita a la participación de especialistas vinculados
a diversas disciplinas en el estudio de un periodo apasionante de la Historia de
Europa, enmarcado en Italia y en su ambiente político e intelectual, con la pre-
sencia de la Iglesia, las congregaciones religiosas, los poderes estatales, las intri-
gas políticas...
Muchas son las cuestiones internas de la nueva ciencia que son analizadas
en los textos de este libro. Para empezar, los retos de la matematización en curso
y, por tanto, el papel que las matemáticas iban a jugar en la nueva ciencia y en
la educación de los ciudadanos, tarea esta última en la que iban a destacar los
jesuitas. Maurizio Torrini escribe al respecto, en su artículo Platonismo y Revo-
lución cientifica, que "a mediados del siglo XVI la oposición entre Aristóteles y
Platón parece centrarse en el valor que se concede a la matemática y a su fun-
ción, en su legitimidad para el conocimiento de la realidad física [...] ¿Cómo se
habría podido tratar sobre la multiplicidad de fenómenos pasajeros, sujetos a la
generación y a la corrupción, que reinan en nuestra tierra, a través de una disci-
plina que, sin embargo, se fundaba en lo permanente, en entes perfectos no sus-
ceptibles de cambios [...]. A tal respecto el dictado de Aristóteles era preciso, insos-
layable: la matemática era un procedimiento artificioso incapaz de interpretar los
fenómenos naturales".
Pero Galileo ha conseguido establecer, geometrizando el movimiento, las
leyes de caída de los cuerpos y del movimiento de los proyectiles. Por geome-
trización -ver el artículo Infinito y movimiento en Galileo de Michel Blay- "[...]
es preciso entender una serie de pasos cuyo objetivo consiste en reconstruir los
fenómenos del movimiento dentro del dominio de la inteligibilidad geométrica
[...] sin embargo esta empresa no está exenta de dificultades. Se enfrenta rápi-
damente a cuestiones que implican la consideración del infInito [...] ¿cómo se puede
pensar la continuidad y el fin del movimiento?, ¿en su caída, los cuerpos pasan
por todos los grados de velocidad o bien ésta comienza con una velocidad muy
pequeña pero finita?" Así pues, hay que afrontar el tema del infInito, del infInito
físico, matemático, filosófico.
Galileo no se preocupa, como Giordano Bruno, por la finitud o infinitud
del Universo; el tema que le atrae y que no dejará de estar presente en su mente
es el de la "composición del continuo". Consta que en 1610, Galileo preparaba
el texto de un escrito titulado De compositione continui, que nunca se atrevió a

10
PRÓLOGO

ppblicar a pesar de la insistencia de Cavalieri para que lo hiciese; pero Galileo


estaba en esos momentos demasiado ocupado en su nueva faceta de astrónomo
y, lo que es más importante, no estaba convencido de la justeza y rigor de sus
conclusiones sobre el tema. En 1638, ya ciego y enfermo, hace publicar en Holanda
su último libro Discursos sobre dos nuevas ciencias y en él, sin tener demasiada
relación con el resto del libro, nos cuenta sus ideas sobre el infinito y el conti-
nuo, como si no quisiese desaparecer sin antes legamos los resultados de su intenso
batallar con el gran tema de la matemática y de la filosofía.
Enrico Giusti, en su artículo sobre este último libro galileano, hace un fino
rastreo del camino seguido por Galileo en su intento de geometrización del movi-
miento, mostrando que si bien éste no se consigue con la perfección euclídea dese-
able, tiene el inmenso mérito de asociar las matemáticas al movimiento, algo que
hasta entonces era impensable dentro de los cánones aristotélicos, "[...] de ahí el
carácter bifronte de la ciencia galileana del movimiento. Si se la observa con la
mirada puesta en los desarrollos posteriores ella se nos muestra como el princi-
pio de la ciencia moderna [...]. En cambio, considerada como punto de partida
del recorrido intelectual de Galileo, la teoría del movimiento que el preso de Arce-
tri envía a la libre Holanda tiene las características si no de una derrota, al menos
de un repliegue; destino tal vez obligado de las obras de los grandes espíritus que
ven más allá de su propio tiempo y de sus propias posibilidades".
En estrecha relación con el tema de la composición del continuo y de la
materia está el del atomismo físico y matemático. Egidio Festa, en El atomismo
en los orígenes de la ciencia moderna, dirige "una rápida mirada al atomismo
antiguo y a la interpretación que se le dará en los siglos XIII y XIV, permitirá
precisar tanto el significado que éste adquiere en el siglo XVII, como el origen
de la oposición manifestada por la cultura oficial respecto a las ideas atomistas,
especialmente en Italia".
Pietro Redondi, en su artículo El atomismo de Galileo, se propone "[oo.]
ilustrar la influencia que el atomismo ejerció en la física fundamental de Gali-
leo. Hablo de sus experiencias sensibles y demostraciones ciertas acerca del movi-
miento acelerado y en el campo de la cosmología, en las cuales, el atomismo clá-
sico había desempeñado, según mi opinión, un relevante papel heurístico [...]. A
primera vista, mezclar la antigua doctrina de los atomistas con los nuevos des-
cubrimientos positivos de Galileo a los que acabamos de aludir parece un intento
de situarse fuera de la historia. La física de Galileo es una física del peso y de la
balanza regida por las leyes matemáticas de Arquímedes. Por definición el ato-
mismo no pesaba, no medía y no calculaba nada, atrincherándose tras entidades
subliminares de materia indivisible que se suponían dotadas de propiedades geo-
métrico-mecánicas y movidas por un impulso externo. Nada parece más alejado
de aquel esfuerzo, que se inició en el siglo XVII, de escribir la física mediante
teoremas y experiencias que este fantástico bullir de una población de partículas
inobservables. Y sin embargo [...]".

11
GALILEO y LA GESTACIÓN DE LA CIENCIA MODERNA

Dentro del capítulo dedicado al Galileo astrónomo y cosmólogo, se estu-


dian las relaciones de éste con los grandes astrónomos del periodo, Tycho Brahe
y Kepler, y con el cosmólogo-poeta, visionario irredento, Giordano Bruno. De
todo ello tratan los artículos de Carlos Salís, Los cometas contraCopérnico: Brahe,
Galileo y los jesuitas; de Isabelle Pantin, Kepler, Galileo y la defensa del sistema
de Copérnico: la elección de una estrategia; y el de Miguel Ángel Granada, Bruno
y el final de la cosmología aristotélica.
Giordano Bruno, el monje librepensador que ardería en la hoguera de "Campo
dei fiori" en Roma, como siniestro aviso -en aquel "año santo" de 1600- para
todo aquel que osase pensar de manera diferente a lo establecido por el Vaticano.
Según Miguel Ángel Granada, "con Giordano Bruno el viejo cosmos aristoté-
lico cristiano es destruido o devuelto -como el mismo Bruno dice- a la nada ver-
bal de la que había saUdo y es sustituido por una realidad cosmológica profun-
damente diferente, cuyo rasgo característico es la infinitud y la homogeneidad
espacial y temporal (por tanto, eternidad) de un Universo necesario que es la auto-
expresión de Dios [...]. El nuevo cielo y la nueva tierra resultantes de este pro-
ceso conceptual no son un acontecimiento cósmico, sino un (re)descubrimiento
cosmológico: la recuperación, tras el paréntesis tenebroso del ciclo aristotélico-
cristiano, de la verdadera naturaleza del universo, de su relación con la divini-
dad y de su función mediadora entre ésta y el hombre."
Isabelle Pantin nos habla de las relaciones entre Kepler y Galileo, quie-
nes "pertenecen a la misma generación de filósofos. Pese a la diferencia de edad
y cultura, recibieron casi la misma herencia copernicana y se comprometieron
con la misma tarea: hacer del heliocentrismo, hasta ese momento una simple teo-
ría tolerada como una hipótesis, una verdadera cosmología reconocida. Esta base
común no les impidió elegir caminos divergentes y hacer que sus trabajos fue-
ran independientes entre sí casi por completo [...]. Kepler mantuvo, inserto en la
tradición platónica, la idea de la primacía de la razón en el establecimiento de
las verdades cosmológicas. Su defensa de Copérnico consistió en trabajar con el
objetivo de desentrañar las causas inteligibles que gobiernan el orden del mundo,
su geometría secreta. Galileo por su parte eligió probar la validez del sistema helio-
céntrico mediante los efectos naturales demostrando que diversos fenómenos físi-
cos no podían explicarse más que con este sistema cosmológico".
Carlos Solís analiza la controversia de los cometas, que enfrentaría a Gali-
leo con los poderosos jesuitas y nos ofrece "una exposición de la mezcla de argu-
mentos científicos e ideológicos presentes en la discusión sobre la cosmología
de Copérnico y Tycho Brahe en relación con los cometas [...]. Esto ocurrió con
los cometas en una época en que no se conocían bien sus movimientos, no se sabía
gran cosa de dinámica celeste o de la física de la atmósfera, e incluso se discu-
tía la disposición de nuestro sistema solar. En tales casos la interpretación de los
datos estaba íntimamente ligada a suposiciones teóricas muy discutibles. Como
además una de las partes amenazaba a la otra con la cárcel, debemos estar dis-

12
PRÓLOGO

puestos a contemplar cómo los argumentos científicos (observacionales y mate-


máticos) se mezclan esencialmente con intereses personales, ideológicos, religiosos
y políticos de todo tipo".
John Beckman, en Los cometas y Galileo, nos cuenta lo que hoy se sabe
sobre estos fenómenos celestes, su constitución y su procedencia: "La teoría acep-
tada del origen de los cometas se debe al astrónomo holandés Jan Oort [...]. Oort
postuló que una parte de la nube inicial que formó el Sistema Solar se encuen-
tra en las afueras del Sistema, a casi la mitad de la distancia de la estrella más
cercana [...]. La parte más externa de esa nube contiene muchos cometas. Son de
un tamaño similar al del Teide y están formados por una mezcla de piedra y hielo
[...] el núcleo: la parte sólida formada por piedra y hielo, una "coma" brillante
donde se concentra la parte más importante de los gases liberados por los efec-
tos de la proximidad del Sol, y una cola más o menos larga, formada por una nube
muy larga y tenue de gas expulsado del cometa".
Entre 1592 y 1610 Galileo dio clases en el Studio de Padua y entre sus ense-
ñanzas figuraba la de la Mecánica, de la que escribió un tratado para sus discí-
pulos que nunca llegó a publicar y que gozó de amplia difusión. Romano Gatto
trata este tema en Consideraciones sobre "Las Mecánicas" de Galileo, afirmando
que "Galileo tenía, por tanto, más de un motivo para declarar explícitamente, que
en la Mecánica no existe milagro alguno, es decir, que escape a la comprensión
de la mente humana [...). Galileo, por tanto, quiere despojar a la ciencia mecá-
nica de cualquier atributo fantasioso y conferirle la identidad de ciencia racional
[...]. Como dirá en sus Discursos en torno a dos nuevas ciencias, el reconoci-
miento de la causa de los efectos elimina la maravilla".
Por otra parte, el "caso Galileo" es paradigmático en las relaciones entre
ciencia y religión, entre fe y razón. Lejos de haberse acallado, la polémica sigue
viva a pesar de los intentos de apaciguamiento del Papa Juan Pablo Il, y el "affaire
Galileo" (ver el artículo de Massimo Bucciantini) "[...] ha terminado por asu-
mir un valor de hito para la modernidad, que va mucho más allá del conocimiento
detallado de los hechos, las vicisitudes y los hombres que están en su origen".
En el corazón de la disputa estaba el debate cosmológico y el choque entre dos
concepciones de la verdad: la de la razón matematizante y la de la autoridad del
libro sagrado; Razón contra Revelación.
Las fechas galileanas de 1610 -los grandes descubrimientos astronómicos-,
1616 -la interdicción del copernicanismo- y la condena de Galileo en 1633, así
como las peripecias de la publicación del Diálogo sobre los dos máximos siste-
mas del mundo, son los protagonistas del artículo de Antonio Beltrán, de forma
que "[...] cuando uno repasa los avatares de la obra, lo más fascinante es que el
Diálogo que se condenó no fue el que Galileo hubiera querido escribir, ni siquiera
el que escribió, sino el que le censuraron, manipularon y le permitieron publicar
las autoridades eclesiásticas".

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GALILEO y LA GESTACIÓN DE LA CIENCIA MODERNA

El Diálogo, obra capital y polémica, que acredita a Galileo como uno de


los mejores prosistas de la literatura italiana, pudo titularse Sobre el flujo y reflujo
del mar como nos cuenta Pierre Souffrin en su artículo La teoría de las mareas
de Galileo. ElDiálogo revisitado: "[...] hay testimonios de que Galileo mismo
consideró muy pronto el fenómeno de las mareas como un argumento decisivo,
la única prueba de la realidad objetiva de los dos movimientos terrestres y que
mantuvo esa posición hasta sus últimos años".
Galileo es, también, centro de una de las grandes polémicas de la histo-
riografía de la ciencia de nuestro siglo: ¿Debemos ver el pujante desarrollo de la
ciencia europea, que tiene lugar entre 1550 y 1650, como un proceso de conti-
nuidad o de ruptura con la época anterior? Para los continuistas, la expresión "orí-
genes de la ciencia moderna" remite a las teorías de física y astronomía del esco-
lasticismo de los siglos XIII y XIV, en el que encontramos a los "precursores de
Galileo". Así, A. C. Crombie, uno de los más destacados representantes de esta
corriente, afirma que "fueron los filósofos occidentales del siglo XIII los que trans-
formaron el método geométrico griego en la ciencia experimental del mundo
moderno". Por el contrario, para los rupturistas, la expresión "orígenes de la cien-
cia moderna" refiere a la "nueva visión", el cambio de contexto que, en contra
del escolasticismo y en ruptura con éste, introduce el Renacimiento (un magní-
fico y documentado estudio del tema lo encontramos en Beltrán, A.: Revolución
Científica, Renacimiento e historia de la ciencia, publicado en siglo XXI).
Algunos de nuestros ponentes tratan temas concernientes a la ciencia y a
las cosmologías que antecedieron a Galileo:
Ahmed Djebbar nos habla de Las matemáticas árabes y su papel en el
desarrollo de la tradición científica europea: "[...] hay que precisar que la expre-
sión transmisión, usada constantemente, incluso por los historiadores de la cien-
cia, para hablar de la circulación de las matemáticas árabes, esencialmente a par-
tir de España, el MagTeb.y Sicilia, no es una expresión adecuada [...]. Es mejor
hablar de un fenómeno de apropiación, por parte de los europeos, de la ciencia
greco-árabe medieval".
Carlos Martín, estudiando la figura del franciscano Roger Bacon, con-
cluye que "[...] tres siglos antes de la llamada Revolución Científica ya existe un
personaje que [...] defiende la generalización del conocimiento matemático, sin
el cual no pueden entenderse ni describirse los fenómenos y leyes de la natura-
leza. Impone un método de investigación sobre el mundo natural que tenga en
cuenta la observación y la experimentación [...] y prefigura un futuro tecnoló-
gico asimilándolo a un progreso histórico de la Humanidad que debía vincularse
con un modelo de interpretación del mundo, el suyo, el cristiano. La unión de
capacidad científico-técnica y poder político está tan clara en su mente que la ofrece
como instrumento secreto a las más altas jerarquías de la Iglesia".
Michel P. Lerner, en su artículo sobre Telesio y Campanella, afirma que
"Respecto a la concepción telesiana -y desde este punto de vista también gali-

14
PRÓLOGO

leana- de una naturaleza siempre de acuerdo consigo misma, que opera siempre
de modo semejante sobre las mismas cosas, Campanella como profeta-filósofo
[...] defenderá la idea de una naturaleza en suspenso por la siempre posible inter-
vención directa del Creador que se serviría de ella al modo del herrero que modela
su obra a martillazos [...]. Esa concepción de los fenómenos celestes como irre-
ductibles a la simple causalidad de los agentes físicos es lo que Campanella pedirá
a Galileo ratificar, con el escaso éxito que podemos imaginar".
Jesús Sánchez estudia Los experimentos imaginarios: de Occam a Gali-
leo: "[...] sea cual fuere la posición que se elija, lo cierto es que los experimen-
tos imaginarios han jugado un papel importante en la historia de la ciencia, y en
especial en el desarrollo de la ciencia moderna [...] no en vano Galileo, junto con
Einstein, fue uno de los grandes cultivadores [...]. Aunque los experimentos secun-
dum imaginationem utilizados por los medievales tardíos están más cerca de los
experimentos mentales filosóficos que los experimentos científicos imaginarios
en sentido estricto, lo cierto es que hay relaciones evidentes entre ellos y ésta es
una de las razones por las que se suele considerar a los Calculadores de Oxford
o la Escuela de París como precursores de Galileo".
y es que, para hacer un análisis en profundidad de las ciencias moderna y
contemporánea, indagando en su estructura y en sus mecanismos fundamentales,
en sus objetivos, valores y limitaciones, se debe necesariamente acudir a Galileo
y su tiempo. Ya en 1933 -en el tercer centenario de la condena galileana por parte
del Santo Oficio- Ortega y Gasset se interesó por la fascinante persona de Gali-
leo y de su circunstancia, legándonos su libro En torno a Galileo. Ortega era cons-
ciente de que se estaba produciendo el fin del ciclo histórico de la modernidad,
"[...] del sistema de ideas, valoraciones e impulsos que ha dominado y nutrido el
suelo histórico que se extiende precisamente desde Galileo hasta nuestros pies",
y de que se avecinaban profundos cambios en la sociedad y tiempos convulsos,
de crisis histórica. Nada mejor para nuestro filósofo, entonces, que analizar aquel
otro drama histórico en el que se gestó la modernidad y en el que el ilustre ita-
liano había tenido el "misterioso papel de iniciador".
También Edmund Husserl, en 1935, en una serie de conferencias que imparte
en Praga, expone el núcleo de 10 que va a ser su obra cumbre, La crisis de las Cien-
cias Europeas, protagonista de la cual es la ciencia galileana, la ciencia matemática
de la Naturaleza. Crisis de la ciencia como pérdida de su importancia y significa-
ción para la vida. La reducción galileana y positivista de la ciencia a mera ciencia
de hechos llegó a determinar la visión entera del mundo del hombre moderno y sig-
nificó un desvío respecto de las cuestiones realmente decisivas para una humanidad
auténtica. Galileo es -para Husserl- un genio descubridor y encubridor a un tiempo.
Descubre la naturaleza matemática, la idea metódica, la ley de la legaliformidad exacta,
según la cual todo evento de la naturaleza -de la naturaleza idealizada- viene some-
tido a leyes exactas. Todo esto es descubrimiento, pero al mismo tiempo encubre
aquellos rasgos de la realidad que no son formulables matemáticamente.

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GALILEO y LA GESTACIÓN DE LA CIENCIA MODERNA

A través de los textos que puntualmente nos hicieron llegar nuestros con-
ferenciantes, podremos realizar este necesario viaje histórico de retorno a Gali-
leo y su época que nos permita apreciar la riqueza y complejidad del personaje:

- Enseñante de matemáticas y admirador de Arquímedes, ingeniero y arte-


sano, constructor de artilugios e instrumentos para medir.
- Físico, investigador de las leyes del movimiento, de la resistencia de los
materiales, de la composición de la materia.
- Cortesano y político, amigo de duques y obispos y hasta del mismo Papa
que lo condena, obligado exégeta de la Biblia, que se adelanta trescien-
tos años a los teólogos de la Iglesia católica.
- Hábil polemizador, ferozmente sarcástico con sus enemigos intelectua-
les; retórico cuando le es necesario convencer, aun sabiendo que sus razo-
namientos no tienen el rigor euclidiano, que él aprecia y conoce perfec-
tamente.
- Atomista y platónico a la vez, en extraña alianza contra el aristotelismo
tomista.
- Escritor, que produce una prosa clara y bella en su lengua toscana, madre
del italiano actual.- En fin, el filósofo de la Naturaleza, el filósofo geó-
metra, el que con su nueva manera de concebir la naturaleza "pone todo
en duda", como dice con alarma su contemporáneo, el poeta inglés John
Donne.

y así, más de 350 años después de su desaparición, Galileo y las extraor-


dinarias circunstancias que lo rodearon siguen siendo tema de discusión y refle-
xión. Nosotros lo continuaremos haciendo en el EuroSymposium Galileo 2001
que la Fundación Canaria Orotava de Historia de la Ciencia organiza en Tene-
rife del 19 al 23 de Febrero.
La realización del Curso que dio lugar a los textos que configuran este libro
supuso un gran esfuerzo económico y organizativo de Instituciones y personas:
las Facultades de Matemáticas, Física, Filosofía y el Vicerrectorado de Investi-
gación y Relaciones Internacionales de la Universidad de La Laguna; el Depar-
tamento de Matemáticas y el Rectorado de la Universidad de Las Palmas de Gran
Canaria; el Instituto de Astrofísica de Canarias; las Direcciones Generales de Uni-
versidades e Investigación y de Ordenación e Innovación Educativa de la Con-
sejería de Educación, Cultura y Deportes del Gobierno de Canarias; CajaCana-
rias y el Museo de la Ciencia y de la Tecnología de Las Palmas de Gran Canaria,
que colaboraron de una u otra forma, mostrando así el interés que el tema susci-
taba en nuestra Sociedad. Para todas ellas nuestro agradecimiento, así como para
los doctos y brillantes conferenciantes, los esforzados traductores y los animo-
sos asistentes que enriquecieron el discurso de los ponentes con su activa parti-
cipación en los coloquios que seguían a las conferencias.

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PRÓLOGO

Pablo Frade y Luz M.ª Albelo, José M. Pacheco y Juan Luis García Cortí,
en Las Palmas de Gran Canaria; Carlos Martín y Carlos Mederos, Sergio Toledo
y Joaquín Gutiérrez, Francisco Hemández San Luis, en Tenerife, que, con su dedi-
cación, permitieron que el entramado organizativo funcionara de manera ejem-
plar. Por otra parte, quiero destacar que el Curso formó parte de las actividades
conmemorativas del "Año 2000. Año Mundial de las Matemáticas".
Finalmente, nuestro agradecimiento a Dña. Juana del Carmen Alonso Matos,
Directora General de Ordenación e Innovación Educativa, al Servicio de Per-
feccionamiento del Profesorado y a la Unidad de Publicaciones de la misma Direc-
ción General, que han publicado este libro con suma diligencia.

José L. Montesinos
Director de la Fundación Canaria Orotava
de Historia de la Ciencia

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BREVE BIOGRAFÍA DE LOS AUTORES DEL LIBRO

AHMED DJEBBAR: Actualmente es profesor en la Universidad de París-Sorbonne.


Especialista en Historia de la Matemática árabe, dedicado desde hace años
a la matemática en Al-Andalus. Sobre estos temas ha publicado numero-
sos artículos en revistas especializadas. Ejerció como Ministro de Educa-
ción de Argelia a principios de los '80.

CARLOS MARTÍN: Profesor de Filosofía de Educación Secundaria. Miembro de la


Fundación Canaria Orotava de Historia de la Ciencia desde los inicios. Autor
de diversos artículos en Historia de la Ciencia, concretamente sobre Histo-
ria de la Lógica.

CARLOS SaLÍS: Catedrático de Historia de la Ciencia en la UNED. Ha realizado


la "Introducción" y "Notas" de la edición española de la obra galileana Con-
siderazioni e demostrazione sulle due nuove scienze. Ha publicado libros
sobre clásicos de la ciencia como Galileo, Newton, Hooke y Boyle. Es miem-
bro del comité científico del "EuroSymposium Galileo 2001" que se cele-
brará en Tenerife del 19 al 23 de Febrero.

JESÚS SÁNCHEZ NAVARRO: Profesor Titular de Filosofía e Historia de la Cien-


cia en la Universidad de La Laguna. Miembro de la Fundación Canaria
Orotava de Historia de la Ciencia. Ha publicado múltiples artículos sobre
Filosofía y Sociología de la Ciencia.

EGIDIO FESTA: Es ingeniero en el Instituto de Física Nuclear de Orsay. Se inte-


resa activamente en la Historia de la Ciencia y particularmente en los orí-
genes de la Ciencia Moderna. Autor del libro L' erreur de Galilée. Actual-
mente es ingeniero de investigación en el CNRS.

MIGUEL ÁNGEL GRANADA: Catedrático de la Universidad Central de Barcelona


en el Departamento de Historia de la Filosofía, Estética y Filosofía de la
Cultura. Es un especialista en la figura de Giodarno Bruno, de quien ha
editado en castellano La cena de las cenizas. Recientemente ha publicado
El umbral de la modernidad (Herder).

19
GALILEO y LA GESTACIÓN DE LA CIENCIA MODERNA

MICHEL LERNER: Director de investigación en el CNRS (Observatorio de París).


Especialista en Campanella, del cual prepara una traducción de su Apolo-
gia pro Galileo. Experto en astronomía y cosmología del Renacimiento.
Recientemente ha publicado Le monde des spheres. Miembro del Comité
Científico del "EuroSymposium Galileo 2001".

MAURIZIO TORRINI: Profesor de Historia de la Ciencia de la Universidad Fede-


rico II de Nápoles, es miembro destacado del Istituto e Museo di Storia
delta Scienza de Florencia y un experto en la figura de Galileo y en la difu-
sión del copernicanismo en Italia desde 1543 hasta 1610. Es miembro del
Comité Científico del "EuroSymposium Galileo 2001".

ISABELLE PANTIN: Profesora de literatura francesa del siglo XVI en la Universi-


dad de París X- Nanterre e historiadora de la ciencia. Entre sus trabajos en
este dominio ha publicado traducciones comentadas de obras de Kepler y
del Sidereus Nuncius de Galileo.

JONH BECKMAN: Destacado investigador del Instituto de Astrofísica de Canarias,


ha organizado recientemente un congreso internacional bajo el título The
evolution 01 Galaxies on Cosmological Timescales.

ROMANO GATIO: Profesor de Historia de la Ciencia de la Universidad de Basili-


cata (Italia) y experto en la Historia de la Matemática italiana de los siglos
XVI y XVII. Destaca su obra Tra scienza e imaginazione (Le matemati-
che presso il coltegio gesuitico napolitano. 1552 -1670 ca.).

PIERRE SOUFFRIN: Astrónomo titular del Observatorio de Niza. Como historiador


de la ciencia es especialista en las teorías del movimiento en la Edad Media
y Renacimiento. Ha publicado recientemente las Recreations mathemati-
ques de León Battista Alberti.

ANTONIO BELTRÁN: Profesor de Historia y Filosofía de la Ciencia de la Univer-


sidad Central de Barcelona. Es autor de una reciente edición española del
Dialogo sobre los dos máximos sistemas del mundo ptolemaico y coper-
nicano. Asimismo ha publicado Revolución científica. Renacimiento de la
Historia de la Ciencia. Es miembro del Comité Científico del "EuroSym-
posium Galileo 2001".

ENRICü GruSTI: Catedrático de Análisis Matemático de la Universidad de Florencia,


ha publicado importantes trabajos sobre el atomismo y los indivisibles en
la obra de Galileo. Entre sus obras destaca Euclide recuperato. Es miem-
bro del Comité Científico del "EuroSymposium Galileo 2001".

20
BREVE BIOGRAFÍA DE LOS AUTORES DEL LIBRO

PIETRO REDONDI: Profesor de Historia de la Ciencia en la Universidad de Bolo-


nía. Autor del libro Galileo herético, publicado en 1983, que constituye uno
de las obras más importantes y conocidas dentro la enorme producción en
tomo ala figura de Galileo.

MICHEL BLAY: Actualmente es Director Adjunto de l' École Normale Superieure


de París. Experto en la Historia de la Física del siglo XVII, entre sus obras
destacan Les raisons de l' infini y La naissance de la Mécanique Analyti-
que. Ha sido miembro del Centre Alexandre Koyré de París.

MASSIMO BUCCIANTINI: Investigador de la obra galileana y profesor de la Uni-


versidad de Siena, entre sus publicaciones figura Contro Galileo (alte ori-
gini delt' affaire). Es miembro del Istituto e Museo di Storia delta Scienza
de Florencia.

21
LAS MATEMÁTICAS ÁRABES Y SU PAPEL
EN EL DESARROLLO DE LA TRADICIÓN
CIENTÍFICA EUROPEA

Ahmed Djebbar
Universidad de París

INTRODUCCIÓN

La aportación de la ciencia árabe al desarrollo de las actividades científi-


cas en Europa es un hecho conocido hace siglos, sobre todo porque los mismos
científicos medievales no dejaron de referirse en sus escritos a las fuentes de que
provenían. Pero cuando se trata de precisar el contenido de esa aportación, esti-
mar su importancia cualitativa y describir las distintas vías por las que ha circu-
lado de Este a Oeste y de Sur a Norte, surgen numerosas dificultades, a causa de
la escasez de testimonios y la pobreza de investigaciones sobre el tema.
Es conocido asimismo que España jugó un papel decisivo en la circula-
ción de los escritos, ideas y manuales del espacio cultural árabe-musulmán hacia
los centros científicos del resto de Europa, y en especial, hacia los de la costa
norte mediterránea. Pero también ahí se encuentra serias dificultades cuando que-
remos estudiar ciertos aspectos de esta aportación, y en concreto, el papel pre-
ciso que jugó, desde el siglo X, la producción de los centros científicos hispanos
en la lenta circulación de las ideas y herramientas matemáticas más allá de los
Pirineos.
En este breve estudio intentaremos hacer hincapié en los resultados de
las investigaciones de las últimas décadas sobre la circulación del patrimonio

23
GALILEO y LA GESTACIÓN DE LA CIENCIA MODERNA

matemático griego, hindú y árabe, hacia la España medieval primero y luego


hacia el norte. Privilegiando las informaciones extraídas de los textos de los
propios matemáticos describiremos en la primera parte las grandes orientacio-
nes de la matemática árabe, precisando el contenido de sus respectivas temáti-
cas y lo que pudo circular por diversos canales. En la segunda parte nos ocupa-
remos específicamente de la tradición científica en la España medieval, en tanto
que tradición fecunda y relé en la difusión de los escritos matemáticos accesi-
bles en esa época.
Antes de ello es necesario hacer algunas puntualizaciones importantes sobre
el fenómeno de la difusión de las ciencias griega, hindú y árabe, concernientes
al contenido de lo que realmente circuló en forma de obras o de nociones cien-
tíficas, así como a la manera en que se produjo esa circulación, al menos a par-
tir del siglo X, primero de Este a Oeste, luego de Sur a Norte.
Hay que precisar que la expresión "transmisión", usada constantemente,
incluso por los historiadores de la ciencia, para hablar de la circulación de las
matemáticas árabes, esencialmente a partir de España, el Magreb y Sicilia, no es
una expresión adecuada. En realidad, nunca hubo "transmisión" en el sentido de
que científicos del área cultural arábigo-musulmana hubieran difundido delibe-
radamente obras matemáticas o europeas hacia foros europeos. Fuera de algunas
iniciativas aisladas (como la ayuda prestada por ciertos mozárabes hispanos a tra-
ductores latinos que no dominaban el árabe) prevaleció más bien la actitud con-
traria: no sólo· no se pensaba en difundir hacia el norte lo producido en el sur,
sino que se intentaba disuadir a quienes lo pretendían. Así pues, es mejor hablar
de un fenómeno de apropiación, por parte de los europeos, de la ciencia greco-
árabe medieval.
Además hay que insistir en el hecho de que debido a razones aún no com-
pletamente dilucidadas esta apropiación fue parcial, y demasiado selectiva en cier-
tas disciplinas. El carácter parcial de la circulación de escritos matemáticos y astro-
nómicos puede explicarse, cuando se trata de obras orientales, por el simple hecho
de que ni siquiera eran conocidos por los científicos hispanos y magrebíes. Pode-
mos afirmar que es el caso de algunas obras de al-Biruni, al-Khayyam y al-Karaji.
Pero en ocasiones la explicación radica en el elevado nivel científico de los tex-
tos y en la complejidad de su contenido, que exigía adquirir múltiples conoci-
mientos todavía no disponibles en Europa al inicio del gran fenómeno de la tra-
ducción, a principios del siglo XII.
Por lo que concierne al carácter selectivo de las traducciones, no se refiere
sino a un campo de las matemáticas, el que trata de las herencias, que representa
un capítulo importante cuantitativamente en la práctica matemática de los países
islámicos. Por eso, a pesar del interés del último capítulo del famoso libro de álge-
bra de al-Kwarizmi, parece que no fue traducido al latín. La explicación más vero-
símil hay que buscarla en el carácter religioso de dicho capítulo, en el que se tra-
tan problemas de donaciones según el Derecho musulmán.

24
LAS MATEMÁTICAS ÁRABES Y su' PAPEL EN EL DESARROLLO
DE LA TRADICIÓN CIENTÍFICA EUROPEA

LA PRODUCCIÓN MATEMÁTICA Y ASTRONÓMICA EN ORIENTE


Y SU DIFUSIÓN EN EUROPA

A partir de su tradición científica local, y sobre todo a partir de las tra-


ducciones de obras matemáticas, especialmente griegas e hindúes, el Oriente
Próximo vio nacer y desarrollarse, desde el siglo XI, un conjunto de activi-
dades que contribuirían a asentar una tradición científica sólida con ciertas
especificidades: asimilación crítica del legado clásico, yuxtaposición y sín-
tesis de aportaciones científicas provenientes de diversas áreas culturales, lo
que implicaba nuevas actitudes (como la inserción de procedimientos deduc-
tivos y algorítmicos en Matemáticas o avances teóricos y experimentales en
Física), reescritura y desarrollo de ciertos temas clásicos, elaboración en cada
disciplina de una terminología adecuada, establecimiento de nuevos concep-
tos, procedimientos y resultados, investigación de dominios hasta entonces
inexplorados.
Respecto a los contenidos, y a pesar del carácter fragmentario de la docu-
mentación accesible y conocida, podemos fijar los elementos esenciales de
esa tradición, que desde el siglo IX han sido la causa del desarrollo de nue-
vos foros científicos en la periferia del Imperio: Asia Central, el Magreb y
al-Andalus.

El Álgebra

En Álgebra, tras la aparición del libro de al-Kwarizmi, el estudio de


los primeros capítulos de la nueva disciplina (basada en antiguos algoritmos,
probablemente de origen babilónico) permitirá abordar nuevos problemas y abrir
camino a nuevas orientaciones. Primero se introdujeron los números reales posi-
tivos en las ecuaciones y resolución de sistemas por Abu Kamil (t 930) y el
uso por Sinan Ibn al-Fath (siglo X) de la noción de monomio de cualquier orden
que permite generalizar las ecuaciones canónicas. AI-Karaji (t 1029) y as-
Samaw'al continuaron y desarrollaron esta tendencia elaborando los elemen-
tos de un álgebra de polinomios. Con este motivo se introdujo un primer sim-
bolismo, el de los tableros, para efectuar operaciones con polinomios, tales como
el producto, la división y la extracción de la raíz cuadrada. De modo paralelo,
y tras algunos fracasos y tentativas parciales de matemáticos de los siglos IX
y X , se llegó en el XI a la elaboración de una teoría geométrica de las ecua-
ciones cúbicas. Fue por obra de Ornar Khayyam (t 1139), luego mejorada por
Sharaf ad-Din al-Tusi (t 1213).
Sabemos que los libros de álgebra de al-Kwarizmi (t 850) y de Abu Kamil
llegaron bastante pronto a al-Andalus y que fueron ampliamente estudiados y comen-

25
GALILEO y LA GESTACIÓN DE LA CIENCIA MODERNA

tados. A partir del siglo XII fueron traducidos al latín y al hebreo, recibiendo nue-
vas redacciones. Ese fue también el caso de los manuales de mediciones que usa-
ban algoritmos algebraicos y trataban problemas que se remontaban a la tradi-
ción orientalpreislámica. Pero parece que sus usuarios europeos no esperaron a
estas traducciones para iniciarse en esta ciencia, nueva para ellos. Elementos con-
cordantes nos permiten afirmar que desde el siglo X, usuarios y eruditos hispa-
nos, itálicos y de la Francia meridional, conocedores de la lengua árabe, acce-
dieron parcialmente al contenido del álgebra árabe.
Los dos libros citados son los únicos textos de álgebra cuya transmisión
podemos dar por segura. Respecto a los demás, y en especial los orientales de
los siglos XI y XII, debemos contentarnos con algunas conjeturas. Ningún escrito
científico occidental conocido cita las aportaciones matemáticas de dicho perí-
odo. Respecto a Ornar Khayyam y at-Tusi, la ausencia de un capítulo sobre las
ecuaciones cúbicas en las obras occidentales conservadas, el silencio de los tra-
ductores europeos, y sobre todo, el impreciso testimonio de Ibn Jaldún, nos auto-
riza a decir que sus obras no llegaron al Occidente musulmán o bien no fueron
objeto de enseñanza y estudio. Respecto a los matemáticos innovadores anterio-
res a Khayyam, aunque no fueran citados, encontramos algunas de sus contribu-
ciones en el Libro abreviado de álgebra del andalusí Ibn Badr (siglo XII), en el
Libro de fundamentos y preliminares del magrebí Ibn al-Banna (t 1321) Yen el
Libro de la succión del néctar de al-Qatrawani (siglo XV). No parece que estas
obras hayan sido conocidas por los matemáticos europeos.

La Teoría de números

En Teoría de números las investigaciones se orientaron en tres direccio-


nes. La primera concierne a los números primos. Se inició con los estudios de
Tabit !bn QUITa (t 901) sobre los números amigos. No se sabe cómo continuó,
salvo que en el siglo XI, Ibn al-Haytham (muerto después de 1040) resolvió pro-
blemas de congruencia y que al-Farisi (t 1321) logró nuevos resultados respecto
a la descomposición de un número en factores primos.
La segunda dirección, sugerida por el estudio de la Aritmética de Diofanto
(250 d.C.) traducida parcialmente por Qusta Ibn Luqa (t 910), suscitó investi-
gaciones sobre la resolución de sistemas de ecuaciones indeterminadas con solu-
ciones enteras o racionales y sobre las tríadas pitagóricas.
La tercera dirección concierne al estudio de las series y de series finitas
que aparecen en ciertos problemas de álgebra, de probable origen preislámico.
Reencontramos estos problemas en el capítulo sobre el cálculo de superficies y
volúmenes (por el método de exhaución), cuyo origen se remonta a Arquímedes,
y en el de los números figurados, cuyo estudio se reactivó gracias a la traducción
de la Introducción a la Aritmética de Nicómaco (siglo TI).

26
LAS MATEMÁTICAS ÁRABES Y SU PAPEL EN EL DESARROLLO
DE LA TRADICIÓN CIENTÍFICA EUROPEA

Sobre la primera tradición sólo se ha podido constatar en los textos de al-


Andalus y el Magreb el tema de los números amigos. AI-Mutaman (t 1085), mate-
mático de Zaragoza, insertó en su tratado una nueva traducción del opúsculo de
Tabit Ibn Qurra, y encontramos cálculos de parejas de números amigos en las
obras de al-Hassar (siglo XII) y Ibn Mun<;im (t 1228). Puesto que ninguno de
los libros mencionados se tradujo al latín o al hebreo, no sabemos a través de
qué canales circularon esos temas por Europa. La segunda tradición se halla pre-
sente en el Occidente musulmán en forma de problemas resueltos en obras de
álgebra, pero no se menciona a Diofanto ni a los matemáticos árabes inspirados
por él. En cuanto a la tercera tradición, se manifiesta en el capítulo de la cien-
cia del cálculo que trata problemas relativos a la suma y sabemos que su con-
tenido circuló por Europa, bien fuera en escritos latinos y hebreos o en traduc-
ciones de textos árabes.

La Geometría

En Geometría se genera una primera tradición a partir de problemas de cons-


tructividad de puntos y figuras planas. Tras enfrentarse a menudo con construc-
ciones irresolubles algunos matemáticos islámicos extendieron la noción de exis-
tencia geométrica o algebraica mediante la utilización sistemática de las secciones
cónicas. Se realizaron estudios sobre las propiedades de tales curvas y sobre los
mejores medios para engendrarlas. Ello permitió resolver, de nuevas y múltiples
maneras, los problemas clásicos de la tradición griega: trisección del ángulo, dupli-
cación del cubo, inscripción de polígonos regulares en el círculo. Más tarde, dife-
rentes contribuciones favorecieron la elaboración de la teoría geométrica de las
ecuaciones cúbicas.
Una segunda tradición se dedicó a los problemas de medida (superficies,
volúmenes, momento de inercia), lo que permitió volver a obtener resultados per-
didos de Arquímedes (como la determinación del área de una sección de pará-
bola) y completar otros.
La tercera tradición, nacida de una lectura crítica de los Elementos de Eucli-
des, permitirá extender las operaciones aritméticas a los irracionales positivos,
elaborar nuevas reflexiones sobre los fundamentos de la Geometría (en particu-
lar, sobre el postulado de las paralelas) y redefinir el concepto de razón, lo que
permitiría establecer la noción de número real positivo.
Paralelamente se desarrolló otro tipo de reflexión hasta el siglo XI, con-
cerniente a los problemas de construcción y razonamiento geométricos, que luego
se extendió a todos los instrumentos de demostración (análisis y síntesis, reduc-
ción al absurdo, inducción). De hecho es una verdadera tradición, constituida a
partir de elementos ya presentes en el corpus filosófico y matemático griego. Sus

27
GALILEO y LA GESTAC¡Ó DE LA CIENCIA MODERNA

artífices son Tabit Ibn QUITa en el siglo IX, Ibrahim Ibn Sinan y as-Siji en el siglo
X, Ibn al-Haytham en el XI, y probablemente otros cuyos escritos no han lle-
gado hasta nosotros y que futuras investigaciones podrían revelar.
Se ha comenzado a determinar aspectos relativos a la circulación de esas
diferentes tradiciones geométricas orientales. Respecto a la primera, dispone-
mos de dos testimonios poco conocidos que permiten asegurar que llegó a al-
Andalus y al Magreb. El matemático magrebí Ibn Haydur (t 1413) menciona
dos escritos orientales sobre la inscripción del heptágono. Se trata de las epís-
tolas de as-Sagani (siglo X) y de un tal Abu Muhammad. El mismo autor men-
ciona un texto atribuido a un matemático hindú que toma como valor aproxi-
mado del lado del heptágono inscrito la mitad del lado del triángulo equilátero
inscrito en el círculo.
El segundo testimonio, mucho más importante, es el del filósofo zara-
gozano Ibn Bajá (t 1138), Avempace para los latinos, que da informaciones pre-
cisas sobre los trabajos de su profesor Ibn Sayyid, de Valencia, y sobre sus pro-
pios trabajos concernientes al estudio de las cónicas y su uso para generar nuevas
curvas planas, que habrían sido usadas para resolver dos generalizaciones de
problemas clásicos: el de la determinación de n medias proporcionales entre
dos magnitudes dadas (que generaliza el problema para dos medias, resuelto
ya por los griegos) y el de la multisección de un ángulo (que generaliza el de
la trisección).
Hay que señalar que en el siglo XII se consideraban ambas generaliza-
ciones como no resueltas todavía; al menos es lo que dice el gran matemático
as-Sama'wal (t 1175). Este hecho por sí mismo nos permite afirmar no sólo
que el contenido del corpus geométrico clásico (cuyo conocimiento es indis-
pensable para dedicarse a problemas nuevos del mismo tipo) era conocido en
ciertos foros científicos hispanos, sino que sus matemáticos se hallaban bien
informados sobre los problemas en que trabajaban los matemáticos islámicos
orientales y participaron activamente en su resolución.
Para la segunda tradióón no disponemos sino de los libros de al-Muta-
man, que nunca se refiere explícitamente a sus fuentes, pero que debido a la
diversidad de temas tratados en sus obras y a las maneras en que lo hizo, pode-
mos afirmar que una gran parte de la tradición árabe relativa a Arquímedes llegó
a al-Andalus, incluso si las pruebas concretas de que disponemos, por el momento,
no se refieren sino al escrito de Ibrahim Ibn Sinan (t 946) sobre el cálculo del
área de una porción de parábola.
En lo que concierne a la tercera tradición, se sabe desde hace poco tiempo
que la contribución más importante de Ibn al-Haytham en este campo, su Libro
sobre el análisis y la síntesis, llegó a Zaragoza como muy tarde en la segunda mitad
del siglo XI. La copia sirvió para la redacción de algunos capítulos del libro de
al-Mutaman.

28
LAS MATEMÁTICAS ÁRABES y SU PAPEL EN EL DESARROLLO
DE LA TRADICIÓN CIENTÍFICA EUROPEA

La Trigonometría

En trigonometría, los primeros pasos dados en Oriente consistieron en exten-


der y mejorar las tablas hindúes de senos y cosenos, y luego introducir funciones
nuevas: tangente, cotangente, secante y cosecante. Más tarde se establecieron las
relaciones fundamentales entre estas seis funciones, siendo la más célebre el teo-
rema del seno, que servirá para el cálculo de los elementos del triángulo esférico,
y que sobre todo permitirá ahorrarse el uso del teorema de Menelao (siglo I), ins-
trumento menos efectivo para los calculistas.
La importancia de estas nuevas herramientas llevará a los astrónomos a dedi-
carles capítulos autónomos. Es lo que harán Ibn Iraq (t 1030), en Asia central y
Abu l-Wafa' (t 998), en Bagdad. Esas contribuciones puramente matemáticas favo-
recieron el proceso de autonomía de la trigonometría en relación a los problemas
astronómicos que permitieron su desarrollo. Esta autonomía está ya patente en
el libro de al-Biruni (t 1048) Las claves de la Astronomía, y se completará en el
tratado de Nasir ad-Din at-Tusi (t 1274) El libro de lafigura secante.
No hay elementos que permitan asegurar que estas dos últimas obras fue-
ron conocidas en España. Eso no significa que los métodos y resultados que con-
tienen no hayan circulado mediante obras menos importantes o más especializa-
das. En efecto, según el matemático magrebí del siglo XN Ibn Haydur, el teorema
del seno era accesible en su época (y por tanto también en los siglos XII y XIII)
sea a través de una obra de Ibn Muadh (muerto después de 1050), un matemá-
tico de Jaén, sea a través de otro especialista hispano, Jabir Ibn Aflah, sea a tra-
vés del apéndice añadido por el filósofo Avicena (t 1037) a su resumen del Alma-
gesto de Ptolomeo (siglo II). Ibn Haydur supone incluso que ningún escrito oriental
de trigonometría, distinto del de Avicena, llegó al Occidente musulmán. Si eso
fuera cierto tendríamos ahí otro ejemplo de ruptura, aún inexplicada, en la cir-
culación de importantes resultados científicos.

LAS CONTRIBUCIONES MATEMÁTICAS DE ESPAÑA Y EL MAGREB Y


SU DIFUSIÓN EN EUROPA

El siglo XI corresponde al período más creador de la Matemática en España.


Los biobibliógrafos, como Said al-Andalusí, abundan en detalles y su testimonio
queda confIrmado y precisado por el estudio de los escasos textos que nos han lle-
gado y que han sido analizados o editados en las dos últimas décadas. Su conte-
nido, así como la lista de escritos publicados entre los siglos XI y XIII (perdidos
en su mayor parte), confirman la importancia de la circulación de escritos mate-
máticos griegos, hindúes y árabes de Oriente y del Magreb hacia España. En cuanto
a su difusión por Europa ha sido parcialmente detallada por trabajos de historia-

29
GALILEO y LA GESTACIÓN DE LA CIENCIA MODERNA

dores de la ciencia del siglo XIX y principios del XX, y en particular por los de
Steinschneider, que catalogó pacientemente las traducciones en lenguas no ára-
bes (latín, catalán, hebreo, castellano...), traducciones iniciadas en Toledo a prin-
cipios del siglo XII y que continuaron, en España y otros lugares, hasta el siglo
XlV.
En el capítulo precedente hemos adjuntado a esas informaciones biblio-
gráficas otras que hemos extraído del análisis de los propios textos matemáti-
cos, y que testimonian la presencia en España de importantes obras realizadas
en Oriente, y cuyo contenido posiblemente circuló en Europa por canales dis-
tintos a los de las traducciones.
En esta segunda parte vamos a interesarnos por la producción matemá-
tica en España y en el Magreb en los siglos XI al XIII, tratando de hacer hin-
capié sobre lo que conocemos de tal producción, sobre su circulación interna
y sobre su eventual difusión hacia Europa.
Respecto al siglo XI andalusí, contamos con el Libro de las transaccio-
nes de az-Zahrawi, del que sólo nos han llegado algunas citas, el Gran libro de
geometría de Ibn as-Samh (t 1035), del que se preservaron algunos fragmen-
tos en una traducción hebrea del siglo XV, el Libro de la complexión de al-Muta-
man, que actualmente conocemos en detalle, el libro de trigonometría de Ibn
Muadh al-Jayani, titulado Libro de los arcos desconocidos de la esfera, y sobre
todo, el resumen de una obra perdida de Ibn Sayid sobre la generación y las
propiedades de nuevas curvas distintas de las cónicas.
A excepción del libro de Ibn as-Samh, las demás obras (que son a la vez
síntesis de escritos anteriores y sus prolongaciones a nivel de resultados y de
trayectoria) no fueron traducidas. Es posible que se debiera al hecho de que nin-
guna copia de esos escritos estuviera disponible en las ciudades donde se rea-
lizaban las traducciones. Pero también podemos suponer que el obstáculo prin-
cipal para su traducción fue su elevado nivel y la dificultad de su contenido.
En lo que concierne al Magreb del siglo XI, las escasas informaciones
acerca de las actividades científicas de esta región producen la impresión de
que los foros más dinámicos estaban por entonces en Ifriqya. Entre los cientí-
ficos de esta época nos interesan dos: uno de ellos era natural de Kairuan y el
otro vivió veinte años en Mahdiya.
El más antiguo, Ibn Abi r-Rijal (t 1035), fue conocido como astrónomo.
Fue sin embargo su opúsculo astrológico Libro brillante sobre los juicios de
las estrellas el que le valió la posteridad en la Europa medieval, gracias a las
traducciones latina y española. El segundo, Abu s-Salt (t 1134), fue más cono-
cido por sus escritos matemáticos y lógicos, pero fue su epístola sobre el astro-
labio la que conoció el favor de algunos usuarios europeos medievales, ya que
había sido traducida al hebreo.
En los siglos XII y XIII, factores ~ntemos hispánicos (Reconquista, anta-
gonismos de los reinos de Taifas) y factores regionales (advenimiento del poder

30
LAS MATEMÁTICAS ÁRABES Y SU PAPEL EN EL DESARROLLO
DE LA TRADICIÓN CIENTÍFICA EUROPEA

almorávide en el Magreb, y posteriormente del almohade) serán el origen de dos


fenómenos estrechamente ligados. El primero concierne a España, donde se com-
prueba el eclipse, a veces muy rápido, de ciertos foros científicos (Córdoba, Zara-
goza, Valencia, Toledo) y la lenta emergencia o la reanimación de foros más meri-
dionales (Sevilla, Málaga, Granada). El segundo fenómeno ocurrió en el Magreb,
donde la integración de una parte de España al Imperio almorávide, y luego al
almohade, irá acompañada de una inversión del flujo migratorio de la élite inte-
lectual (desde España hacia el Magreb), favoreciendo la eclosión y desarrollo de
cuatro foros científicos magrebíes: Ceuta, Bujía, Túnez y Marrakech. Las mate-
máticas de estos centros científicos son las más antiguas del Magreb de las que
nos han llegado escritos o informaciones precisas sobre sus aportaciones. Recor-
daremos brevemente estos cuatro foros proporcionando sobre cada uno infor-
maciones o hipótesis respecto al papel que jugaron en la circulación de la pro-
ducción científica del Magreb hacia Europa.
Bujía fue un gran centro intelectual a partir del siglo XII, pero nos ha lle-
gado escasa información sobre sus actividades científicas. Uno de los pocos repre-
sentantes conocidos de la tradición matemática de Bujía es al-Qurashi (t 1184),
contemporáneo del gran matemático europeo Leonardo Pisano (Fibonacci, t 1240).
Al igual que este último no era natural de la ciudad donde vivió; la diferencia
entre ambos es que el primero vino para enseñar y el segundo para estudiar. Al-
Qurashi es conocido sobre todo por su libro de álgebra, no conservado, pero del
que nos han llegado algunos extractos por Ibn Zakariya al-Garnati, matemático
andalusí del siglo XlV. Según el testimonio de Ibn Jaldun (t 1406), el libro de
al-Qurashi era un comentario del tratado de Abu Kamil, el gran algebrista egip-
cio del siglo X. Sería muy importante para conocer la circulación de los pro-
blemas y métodos algebraicos antes del período de traducciones latinas (siglo
XII) recuperar ese comentario, y en especial, para averiguar lo que Fibonacci
tomó directamente del álgebra árabe para escribir su obra Liber Abbaci.
La ciudad de Ceuta fue posiblemente la residencia permanente u oca-
sional del matemático Abu Bakr al-Hassar (siglo XII), autor de dos conoci-
das obras: Libro completo sobre el arte del número y Libro de la demostra-
ción y de la rememoración. El primero es un tratado abreviado sobre la ciencia
del cálculo; el segundo, importante obra en dos volúmenes, trata del cálculo
y de Teoría de números. Desgraciadamente sólo se ha conservado el primer
volumen y el índice temático del segundo. Su contenido parece muy vincu-
lado a la tradición andalusí de cálculo; en todo caso, las únicas obras citadas
por al-Hassar pertenecen a esa tradición. Se trata del Libro de las transac-
ciones de az-Zahrawi y de la Introducción práctica de Ibn as-Samh. No parece
que esta obra haya circulado por Europa. Ese no es el caso del segundo libro,
ya que sabemos que fue traducido al hebreo, a finales del siglo XIII, por Moi-
sés Ibn Tibbon. Desconocemos si esta traducción logró que circulara el manual
de al-Hassar en los medios científicos de expresión latina.

31
GALILEO y LA GESTACiÓN DE LA CIE CIA MODERNA

La ciudad de Túnez proporciona, a través de las actividades de Raimon


Llull, otro ejemplo de circulación de la información científica en el Medite-
rráneo occidental. Se sabe que Llull fue dos veces a Túnez, en 1292 y en 1315
(después de una estancia en Bujía en 1307). No disponemos de informaciones
precisas sobre sus actividades científicas en ambas ciudades magrebíes, pero
sabemos que ya en esa época conocía el árabe y que entre los libros científi-
cos que se le atribuyen, hay una obra de astronomía, el Tractatus novus de astro-
nomía, y un libro de geometría, el Liber geometria nova et compendiosa. Escri-
bió el primero en 1297 y el segundo en 1299, después de su viaje a Bujía. Un
análisis comparativo de estos textos, y de otros tales como el Ars maior o el
Ars Universalis, junto a los escritos de autores magrebíes de los siglos XII y
XIII, podría aclararnos qué conoció Llull de la actividad científica en Bujía y
Túnez a finales del siglo XIII. A título de ejemplo para ilustrar la utilidad de
este procedimiento podemos señalar que Llull utilizó, en algunos de sus escri-
tos no matemáticos, nociones y procedimientos combinatorios ligados a las prác-
ticas combinatorias conocidas en el Magreb desde el siglo XII.
El cuarto y último foro científico magrebí de los siglos XII y XIII fue
Marrakech, cuyo estatuto de capital del nuevo imperio atrajo a gran número
de especialistas en diversas disciplinas. En matemáticas, la aportación anda-
lusí parece haber sido determinante en la constitución o reactivación de una
tradición que se impondría en todo el Magreb. Los primeros representantes
de esta tradición fueron Ibn al-Yasamin (t 1204) y Ibn Muncim. Sus escri-
tos, vectores de la tradición andalusí del siglo XI, contribuirán directa o indi-
rectamente a la formación de tres generaciones de matemáticos.
El estudio de lo que nos ha llegado del corpus matemático magrebí, pro-
ducido entre los siglos XII y XIV, nos autoriza a conjeturar la presencia en
Marrakech de ciertos textos orientales, de los que todavía no se había encon-
trado ninguna huella en los escritos biobibliográficos o matemáticos conoci-
dos. Así, el estudio comparativo del apéndice al Libro de los fundamentos y
de los preliminares del álgebra de Ibn al-Banna, confirma la utilización en
Marrakech de la versión árabe de los Elementos de Euclides realizada por Ishaq-
Thabit. Prosiguiendo con el corpus griego, hay que señalar igualmente que
ciertos especialistas de la época disponían de la versión árabe del tratado sobre
La esfera y el cilindro, de Arquímedes, la Introducción aritmética de Nicó-
maco y la Epístola sobre el heptágono del pseudo-Arquímedes. Respecto al
corpus árabe de Oriente, además de las obras ya señaladas, hemos encontrado
en Ibn Haydur, una referencia explícita a uno de los comentarios de Ibn al-
Haytham sobre los Elementos de Euclides, titulado Resolución de las dudas
[del libro] de Euclides.

32
LAS MATEMÁTICAS ÁRABES Y SU PAPEL EN EL DESARROLLO
DE LA TRADICIÓN CIENTÍFICA EUROPEA

Conclusión

Como vemos, los elementos nuevos en relación a los balances efectuados


por M. Steinschneider a propósito de la circulación de los escritos matemáticos de
España y el Magreb hacia Europa, son muy modestos, pero eso no debe llevarnos
a conclusiones subestimadoras del volumen de la circulación matemática y de su
calidad. Hay varias razones para ello. La primera es el carácter fragmentario de las
fuentes que pueden aportar respuestas a estos asuntos. La segunda atañe al hecho
de que hubo todo un período en el que los matemáticos europeos tuvieron acceso
directo a las fuentes árabes, lo que a veces hacía inútil el trámite de la traducción.
Respecto a los latinoparlantes, hemos evocado el bien conocido caso de
Fibonacci. Este sabio no esperó la traducción del libro de al-Hassar o de otros
manuales para tomar de ellos el simbolismo de los diferentes tipos de fracciones
que se usaba en la época. Ese simbolismo es constantemente utilizado en el Liber
Abbaci sin que su autor sienta la necesidad de señalar su origen. Tenemos tam-
bién el caso del autor anónimo del Liber Mahamelet [Libro de las transacciones]
que cita a veces sus fuentes árabes, pero que más frecuentemente las usa sin pre-
cisarlas, añadiendo sus aportaciones personales.
Respecto a los hebreoparlantes, la transmisión de escritos matemáticos grie-
gos o árabes no constituye casos aislados. Nos hallamos en presencia de una ver-
dadera tradición cuyas diferentes prácticas eran ya conocidas, pero cuyos resulta-
dos se han ido revelando paulatinamente por las investigaciones de las últimas décadas.
La práctica más antigua queda ilustrada por la obra de Abraham Ibn Ezra (hacia
1160), el Libro del número, y por dos escritos de Abraham Bar Hiyya (t 1145), el
Liber Embadorum y Losfundamentos de la razón y la Torre de lafe. Ambos auto-
res, matemáticos que dominaban el árabe, redactaron directamente en hebreo temas
matemáticos extraídos del fondo árabe español, añadiéndoles sus propias contri-
buciones.
El segundo medio de circulación fue la transcripción de textos árabes en
caracteres hebreos. Se comienza a conocer mejor los aspectos bibliográficos, pero
queda por completar el estudio de los escritos matemáticos de dicho corpus y en
especial aquéllos de los que no tenemos la versión árabe.
A partir de estos hechos, nos hemos interrogado sobre una eventual circu-
lación directa, es decir, sin traducción, de dos aportaciones originales considera-
das, en el estado actual de nuestros conocimientos, como específicas de la tradi-
ción matemática de España y del Magreb. Se trata, en primer lugar, del simbolismo
algebraico, cuyo uso en Europa no era factible en su versión original (en la medida
en que no intervienen sino letras árabes en su escritura). Pero su existencja podía
suscitar la elaboración de un simbolismo análogo, utilizando letras latinas o hebreas.
La segunda aportación concierne al conjunto de resultados y procedimientos
combinatorios elaborados y practicados en el Magreb durante los siglos XII, XIII

33
GALILEO y LA GESTACIÓN DE LA CIENCIA MODERNA

y aún más tarde. A primera vista parece extraño que se pensara en traducir un
manual de cálculo como el libreto de al-Hassar y que nadie se interesara en el
capítulo del libro de lbn Muncim dedicado exclusivamente al análisis combina-
torio, con sus definiciones, sus proposiciones y su dominio de aplicación. La pri-
mera explicación que nos viene a la cabeza es la misma que podemos avanzar
para otros tratados matemáticos árabes, que debieron asustar a los traductores a
causa de la complejidad de su contenido. La segunda explicación nos remite a
consideraciones culturales semejantes a las que podrían explicar la ausencia, en
las traducciones de Roberto de Chester y de Gerardo de Cremona, del primer capí-
tulo del libro de álgebra de al-Khwarizmi, consagrado a la resolución de proble-
mas de donaciones, y que no son sino un aspecto de los complejos problemas del
reparto de herencias en los países islámicos.
En el caso de la combinatoria, se trata también, al menos en los prime-
ros autores magrebíes, es decir, lbn Muncim y lbn al-Banna, de un problema plan-
teado y resuelto en el marco de las preocupaciones lexicográficas y lingüísticas
de la lengua árabe, incluso aunque los procedimientos seguidos y los resultados
alcanzados tienen de hecho carácter general.
A pesar de ello no podemos dejar de interrogamos sobre una eventual
circulación de las ideas combinatorias sin mediación de otras lenguas, a partir
del acceso directo al texto árabe. Pudo ser el caso de los matemáticos judíos de
los siglos XII y XIII, que manejaban cómodamente el árabe y el hebreo. Un ejem-
plo nos lo da Levi ben Gershom (Gersonide, t 1344). Su Libro de cálculo con-
tiene resultados combinatorios cuyo contenido es tan completo como el de la tra-
dición magrebí y que se presentan en forma de capítulo independiente, como en
el libro de lbn Muncim. Esto obliga al lector a interrogarse sobre una eventual
circulación, incluso parcial, de ciertos textos magrebíes o sobre una elaboración
paralela de ese capítulo a partir de una preocupación lingüística común.

Traducción del francés: de Sergio Toledo Prats


Fundación Canaria Orotava de Historia de la Ciencia

34
EL PENSAMIENTO DE ROGER BACON

Carlos Martín Col/antes


Fundación Canaria Orotava de Historia de la Ciencia

He trabajado con diligencia en las ciencias y las len-


guas, y han pasado cuarenta años desde que aprendí el alfa-
beto, siempre he sido estudioso, y durante todos el/os salvo
dos de esos cuarenta años he estado estudiando.
Roger Bacon. Opus tertium l •

Cualquier biografía de Roger Bacon, el Dr. Mirabilis, comienza con un inte-


rrogante, ¿cuál fue la fecha de su nacimiento? Sólo parece poder asegurarse que
vino al mundo entre 1210 y 1220, Ysuelen señalarse los años 1212 ó 1214 como
probables. Tampoco puede tenerse plena seguridad respecto a su lugar de origen,
aunque hay un cierto consenso en cuanto a que fue llchester, en Somerset, el pue-
blo que lo vio nacer. Una bien situada familia le permitió comenzar estudios en
Oxford, en cuya universidad debió obtener el grado de Maestro de Artes sobre
1236, para trasladarse después a París. En esta ciudad dio clases sobre Aristóte-
les, incluyendo los libros naturales de éste, cuya enseñanza había sido prohibida
en distintas ocasiones desde principios del siglo. En algún momento entre 1247
y 1250 volvió temporalmente a Oxford donde pudo conocer aAdam Marsh y quizá
también a Roberto Grosseteste, lo cual resulta difícil ya que este último había sido
nombrado obispo de Lincoln en 1235 y desempeñó esta dignidad hasta su muerte

I Citado por David C. Lindberg en Roger Bacon's Philosophy of Nature: A critical edition. with English

Translation, lntroduction and Notes, of "De multiplicatione specierum" and "De speculi comburentibus" .

35
GALILEO y LA GESTACIÓN DE LA CIENCIA MODERNA

en 1253. La distancia y las obligaciones episcopales no parecen abonar la tesis


de que hubiera un efectivo contacto personal entre ambos, aunque Bacon siem-
pre alabó a Grosseteste y en cierto modo quiso seguir sus pasos.
Hacia la segunda mitad de la década de 1240 invirtió una cuantiosa suma
de dinero -dos mil libras- en libros "secretos", lentes, muestras geológicas, espe-
címenes naturales, curas médicas, etcétera; lo cual da una pista de que su incor-
poración a la orden franciscana no se produjo hasta 1256 ó 1257. Si lo hubiera
hecho con anterioridad el voto de pobreza le habría impedido llevar a cabo tales
dispendios. En esta misma época visitó en la Sorbona la biblioteca de libros secre-
tos de magia y ciencia experimental procedentes de Richard Foumival, de cuyo
poema cosmográfico De vetula Bacon fue comentador.
Su toma de votos como fraile pudo estar motivada por la búsqueda de éxito
académico mediante la enseñanza, o por seguir la admiración que sentía hacia
Roberto Grosseteste, lector y maestro de filosofía de los franciscanos cuyos inte-
reses científico-matemáticos eran parecidos a los suyos. En cualquier caso parece
que esta entrada en la Orden debió de producirse en Oxford, y que no tuvo las
felices consecuencias que, en un principio, Bacon pudiera prever. En la década
de 1260, ante el Papa Clemente IV, que era su amigo Guy de Foulques, se lamen-
taba de que sus superiores le atacaban virulentamente, le hacían pasar hambre y
lo mantenían encerrado. Estaban temerosos de que su~ escritos se divulgasen, puesto
que san Buenaventura, general de la orden, había decretado la censura a sus frai-
les en el Capítulo de Narbona de 1260. La desaprobación hacia Bacon empeoró
desde que su enseñanza en Oxford fue vetada en 1257, Ymientras sufría las humi-
llaciones a que era sometido, el Papa le solicitaba secretamente las obras y tra-
bajos que aquél le había ofrecido sobre las reformas de las enseñanzas y sobre
el conflicto académico de la facultad de teología de París entre los maestros segla-
res y los frailes. No obtuvo sin embargo las contraprestaciones y ayudas que Bacon
hubiera necesitado para cumplir el encargo, lo que le obligó a pedir dinero pres-
tado, y no siempre devuelto. En un momento dado se le impidió incluso la comu-
nicación con el Papa, quien por otra parte murió al poco tiempo. La vacante en
la silla de Pedro durante tres años, y la rápida sucesión de otros papas efímeros
entre los que se cuenta el erudito Pedro Hispano -Juan XXI- no favorecieron en
nada su posición. Sus ideas acerca del voto de pobreza se enfrentaban a los prin-
cipios de la orden impuestos por Buenaventura. Criticó la prohibición antiastro-
lógica del obispo de París, Esteban Tempier. Se afanó en dotar a la cristiandad
con las armas de la ciencia para derrotar al Anticristo y a los infieles, presentando
sus propuestas con un cierto tinte apocalíptico. Por todo ello acabó preso en 1277
según mandato del General de la Orden Jerónimo de Ascoli. No se sabe cuánto
tiempo pudo permanecer prisionero, pero en 1292 cuando escribió el Compen-
dium studii theologiae ya se hallaba libre. Debió morir ese mismo año, ya de vuelta
en Oxford.

36
EL PENSAMIENTO DE ROGER BACON

La vida de Bacon abarca la práctica totalidad de un siglo que condensa


el mayor florecimiento de la Edad Media, y se desenvuelve entre su Inglate-
rra natal y una Francia estable y culturalmente pujante. Desarrolla estudios y
enseñanzas en la universidad de París, la más notoria de Europa, sobre todo
por su facultad de teología. Por otras muchas ciudades europeas se ha visto
nacer universidades, sea en Bolonia o en Oxford. En ellas las traducciones del
latín de los autores griegos, árabes o judíos introducen y divulgan antiguos cono-
cimientos que se vuelven nuevos ante los ojos medievales. Guillermo de Moer-
beke o Roberto Grosseteste proporcionaron materiales a hombres como Tomás
de Aquino o el propio Bacon. De ahí el rechazo de este último por la igno-
rancia de la lengua hebrea o la griega, de la que Bacon escribió una gramá-
tica, sin las que no se puede beber en las fuentes originales y de cuyas aguas
había en aquel momento tanta sed. Los hombres más famosos de esta reno-
vación pertenecieron a las recién nacidas ordenes mendicantes: franciscanos
(1209) y dominicos (1212). Alejandro de Hales, Buenaventura o Bacon entre
los primeros; Tomás de Aquino, Alberto Magno o Raimundo de Peñafort entre
los segundos. Para todos ellos el tema candente del momento era el aristote-
lismo, conocido entonces principalmente a través de la interpretación árabe.
Este pensamiento se mostraba incompatible con la tradición agustiniana de corte
platónico pero acabó calando en todos ellos. Algunos buscaron una armoni-
zación de ambas doctrinas, otros se decantaron claramente por Aristóteles, como
hizo santo Tomás, y otros se enfrentaron a él. Entre éstos se encontraban los
franciscanos, aunque ya estaban impregnados por su influencia, como sucede
en el caso de Bacon, para quien la experiencia es el punto de partida del cono-
cimiento de la naturaleza. Sin embargo abogaba por un enfoque más induc-
tivo, cuyo método -la scientia experimentalis- abriría el paso a nuevas cues-
tiones y demostraría verdades a las que no se puede acceder de otro modo. Quizá
la polémica tuviese como telón de fondo el temor a los averroístas latinos, con
un hombre como Siger de Brabante (1235-1281) enseñando en París que acep-
taba la eternidad y necesidad del mundo, o la unidad del entendimiento agente.
Se defendía de las críticas a estos atentados contra el dogma cristiano pro-
pugnando la teoría de la doble verdad, con la que se rompía la relación esta-
blecida hasta entonces de subordinación de la razón a la fe, y por tanto de la
filosofía a la teología. -
Inmerso en este contexto intelectual, Bacon se ve afectado también por una
situación política europea en la que, pese a la relativa estabilidad, se ha perdido
el ideal unificador de la cristiandad que encamaba el Sacro Imperio. La vocación
de universalidad espiritual y temporal se ha trasladado al papado, que acabará
por reivindicar la hegemonía sobre los poderes reales apenas diez años después
de la muerte de Bacon. Él mismo estuvo de parte de Roma y a instancias ponti-
ficias escribió algunas de sus obras como Opus maius, Opus minus, Opus ter-
tium, y posiblemente De multiplicatione specierum y De speculis comburentibus

37
GALILEO y LA GESTACIÓN DE LA CIENCIA MODERNA

aunque también redactó un Compendium studii philosophiae, un Compendium stu-


dii theologiae, Communia naturalium, Secretum secretorum, Quaestiones super
libros /-V PhysicorumAristotelis y Quaestiones supra libros primae philosophiae.

Una sola es la sabiduría perfecta, dada por un solo Dios a


un solo género humano para un único fin, que es la vida eterna. En
las Sagradas Escrituras está contenida toda, y debe ser explicada
por el Derecho Canónico y la filosofía. Porque todo lo que es con-
trario a la sapiencia de Dios, o le es ajeno, es erróneo y vano, y no
puede ser valioso para género humano.
Roger Bacon. Opus tertium, XXIII'.

Los griegos volverán a la obediencia de la iglesia de Roma,


los Tártaros se convertirán mayoritariamente a la fe, los Sarrace-
nos serán destruidos, y habrá un solo redil y un solo pastor.
Roger Bacon. Opus tertium, XXIV'.

Parece tarea ardua intentar convencer a alguien del siglo XX, o incluso
del XIX, de que quien ha pronunciado las palabras que anteceden pueda ser con-
siderado un predecesor de la ciencia moderna. Las alusiones explícitas, incluso
agresivas, al monopolio de la sabiduría por parte de Dios y a la condición ser-
vil de la filosofía, o el proyecto de convertir a la comunidad de los fieles en una
especie de supraestado controlado por el aparato político de la iglesia romana,
son demasiado duras para los oídos racionales y escépticos de nuestro mundo
contemporáneo. Quizá pesa en exceso una tradición que nos ha querido trans-
mitir el punto de vista según el cual la razón acaba por enfrentarse y vencer a
la fe, la medida sustituye a la simple cualidad y la explicación-predicción per-
mite el dominio del mundo natural extendiendo así el progreso material y moral
de la Humanidad. La figura de Roger Bacon, como otras, sirve para demostrar
que las cosas no son tan sencillas y que, por extraño que pueda parecer a algu-
nos, el propósito principal en los antecesores del pe~samiento científico, cuya
herencia se transmite al Renacimiento y la Modernidad, era de carácter religioso.
Si el mundo contiene en sí el orden y perfección de su creador (San Agustín),
entonces el entendimiento humano puede volverse hacia él para leer en el libro
de la naturaleza (San Francisco de Asís) y adquirir conocimiento del Artífice
por medio de su obra reconociendo la palabra de Dios no sólo mediante la reve-
lación escrita, sino también descubriendo las leyes ocultas del devenir natural
nacido de su voluntad.

2Citado por Étienne Gilsson en La filosofía en la Edad Media. Desde los orígenes patrísticos hasta el
fin del siglo XIV

38
EL PENSAMIENTO DE ROGER BACON

Los enemigos de la cristiandad son fácilmente identificables a los ojos de


Bacon: el Anticristo, que se anunciaba próximo y los infieles. Contra ellos sólo
caben dos estrategias posibles; la unidad de los creyentes en tomo a su iglesia,
y el incremento del poder de esa iglesia para evangelizar a los que no conocen
el mensaje divino o para eliminar a los que lo rechazan. El instrumento del que
hay que servirse para acrecentar ese poder es la ciencia. Con ella sería posible
doblegar a la naturaleza y ponerla al servicio de quienes la comprendan, de ahí
su afán de que los secretos que pueda revelar no caigan en otras manos que en
las de los auténticos cristianos, y que las verdades que produzca y las utilidades
que se deriven de ella convenzan a otros para adherirse a la única fe.
Este objetivo que hoy calificaríamos como tecnológico político no es real-
mente novedoso. En el fondo tiene una finalidad parecida a la de la magia, es
decir, hacer que las fuerzas ocultas del mundo se sometan a nuestra voluntad
mediante un conocimiento secreto que nos proporcione el poder que buscamos.
Precisamente esta indefinición de los límites entre ciencia y magia obligó a Gui-
llermo de Auvemia, Alberto Magno, o al propio Bacon a rechazar explícitamente
la magia pecaminosa, aceptando la llamada "magia natural". Con ello intentaron
evitar peligrosas acusaciones de connivencia con la brujería que hubieran podido
acarrearles consecuencias nefastas. No debe pensarse, sin embargo, que Bacon
identificó sin más "magia natural" y ciencia, ya que en esta última consideró impres-
cindible contar con las matemáticas y el experimento, pese a lo cual incluyó entre
las verdaderas ciencias a la astrología y a la alquimia.
Todos estos objetivos deben observarse teniendo como referencia el nega-
tivo análisis que Bacon hizo de la sociedad y de la cultura de su tiempo. Para él
se había estado produciendo una progresiva degeneración de las costumbres que
demostraba una crisis moral y espiritual entre los europeos de entonces. Además
los conocimientos tradicionales se transmitían mal, como había quedado patente
en conflictos como el de la universidad de París entre frailes y seglares, o la com-
petencia entre órdenes, o en la polémica ya mencionada entre aristotélicos y antia-
ristotélicos. De hecho, no sólo la teología, también la medicina o las artes habían
perdido a su juicio la pujanza de otros tiempos. Hasta la tradicional formación
en el trivium y el cuadrivium 3 se daba con superficialidad. Incluso el latín era mal
conocido, y no se diga ya las lenguas clásicas, sin las cuales era imposible empren-
der un estudio mínimamente profundo de dos valiosas fuentes de conocimiento
como eran las Escrituras y las obras de los filósofos antiguos, cuyas traduccio-
nes consideraba defectuosas e incompletas. Para evitar esta ignorancia reinante
había que introducir cambios que regenerasen el sistema de enseñanza entonces
vigente; por ello propuso recuperar el interés en la gramática, ya fuese para el
perfeccionamiento del latín al uso, o para el mejor conocimiento de otras lenguas.

3 Trivium: gramática, retórica y dialéctica.

Cuadrivium: aritmética, geometría, música y astronomía.

39
GALILEO y LA GESTACIÓN DE LA CIENCIA MODERNA

La matemática también ocupaba un importante lugar en el proceso for-


mativo, aunque no la considerase demasiado valiosa en sí misma, y de la que decía
que debía ser "una ciencia fácil y casi innata o cercana al conocimiento innato.
y de esto se sigue que es la primera de las ciencias, sin la que las otras no pue-
den ser conocidas" (Opus tertium). En resumidas cuentas, la consideraba impres-
cindible para una buena formación de las jóvenes generaciones pero sólo como
elemento instrumental. De hecho sostiene que el desorden y la proliferación de
conclusiones inútiles ha hecho que los profesores de esta ciencia necesiten dedi-
carle a su estudio tres o cuatro décadas para conocerla bien. Su aprendizaje, por
razones didácticas, debería llevarse a cabo en el siguiente orden: geometría, arit-
mética, astronomía -subdividida en 'especulativa', que trata del número y movi-
miento de los cuerpos celestes; 'práctica' vinculada al uso de los instrumentos o
cartas astronómicas, y 'astrología' encargada de conocer los poderes de los cuer-
pos celestes sobre las cosas del mundo. En último lugar se aprendería la música.
A la matemática debería suceder la formación en filosofía natural que retoma la
física aristotélica y añade ciencias especiales como la ciencia del peso, la alqui-
mia, la agricultura, la medicina o la ciencia experimental. Metafísica y Moral com-
pletan la lista, siendo esta última la que marca la culminación de todo el proceso,
porque la finalidad de las ciencias ha de ser la consecución del bien; por la moral
nuestras acciones son buenas o malas, nos enseña a relacionamos con Dios, con
los demás y con nosotros mismos, y sus vínculos con la teología la hacen partí-
cipe de su dignidad.

Las máquinas para navegar pueden ser hechas sin remeros,


de manera que los grandes barcos en los ríos y en los mares serán
movidos por un solo hombre con mayor velocidad que si estuvie-
ran llenos de hombres. También se pueden fabricar carros de modo
que, sin animales, puedan moverse con increíble rapidez; así cre-
emos que eran los carros armados de guadañas con los que lucha-
ron los hombres de otros tiempos; también pueden construirse máqui-
nas voladoras de forma que un hombre sentado en la mitad de la
máquina maneje algún motor que accione alas artificiales que batan
el aire como un pájaro volador. También una máquina de tamaño
pequeño para levantar o bajar pesos enormes, nada es más útil que
ella para casos de urgencia. Porque gracias a una máquina de tres
dedos de alta y ancha y de menos tamaño, un hombre podría libe-
rarse, él y sus amigos, de todo peligro de prisión y elevarse y des-
cender. También puede hacerse una máquina por la que un hom-
bre pueda arrastrar mil hombres hacia él violentamente, contra su
voluntad, y atraer otras cosas de manera parecida. También se pue-
den hacer máquinas para pasear por el mar y los ríos, incluso por
elfondo, sin ningún peligro. Porque Alejandro el Grande las empleó,

40
EL PENSAMIENTO DE ROGER BACON

podía ver los secretos de la profundidad, como cuenta Ethicus el


astrónomo. Estas máquinas se fabricaban en la antigüedad y, cier-
tamente, han sido fabricadas en nuestro tiempo, excepto quizá la
máquina voladora, que no he visto ni conozco a nadie que la haya
visto, pero conozco un experto que ha encontrado la manera de hacer
una. y tales cosas pueden ser fabricadas casi sin límites, por ejem-
plo, puentes sobre los ríos sin columnas o soportes, y mecanismos y
máquinas inauditas.
Roger Bacon. Epistola de Secretis Operibus cap. IV'.

¿Son éstas las palabras de un visionario?, ¿acaso no tenderíamos a pensar


que en el lejano siglo XIII algo así sólo pudo ser profetizado por un loco que,
como el asno de la fábula tuvo suerte de que siete siglos después sonara la flauta?
Después de haber esbozado en los apartados anteriores las líneas básicas de su
trayectoria personal y de sus intereses intelectuales no parece que puede darse a
las preguntas anteriores una respuesta afirmativa. La perseverancia en la dedi-
cación al estudio, su papel como eclesiástico y profesor, y la enorme erudición
de Roger Bacon no coinciden con el retrato de un profeta embaucador que inten-
tase convencer a sus coetáneos de que el futuro tecnológico estaba ya en mar-
cha. En realidad hay menos de predicción en sus palabras que de retrodicción, y
con ellas nos quiere devolver hacia el pasado más que anticiparnos el futuro. Cree
firmemente que los tiempos antiguos gozaron ya de un esplendor técnico basado
en una sabiduría que ha permanecido perdida u olvidada durante siglos, y que
hay que rescatar a partir de las viejas obras para poder retomar sus tareas y reco-
menzar en su presente la construcción de una civilización tan poderosa o más que
la de los antiguos imperios, no sólo fuertes sino también sabios.
Bacon estaba íntimamente convencido de que la sabiduría había existido
desde el principio de los tiempos, porque tenía su fundamento en la revelación y
en la filosofía simultáneamente. Los patriarcas recibieron directamente de Dios
todo el saber filosófico, que es el mismo que se encuentra en la Biblia, aunque
en ésta se haya escondido bajo su literalidad. Dios concedió a aquellos descen-
dientes de Set y Noé entendimiento y longevidad para que a lo largo de seiscientos
años completaran el corpus filosófico y astronómico, y para que llevaran a cabo
las experiencias necesarias. Fueron los pecados de los hombres los que provo-
caron la ira de Dios, que los castigó oscureciendo su razón, por lo que la verdad
auténtica cayó en el olvido y aparecieron los falsos profetas (Zoroastro, Trisme-
gisto, Esculapio). La fe de Salomón acompañó a su sabiduría, y con él revivió la
grandeza del conocimiento indisolublemente unido a la piedad. Tras su reinado
floreciente vuelve a desaparecer hasta que los griegos paganos le dan un nuevo

, Citado por A. C. Crombie en Historia de la Ciencia: De S. Agustín a Galileo.

41
GALILEO y LA GESTACIÓN DE LA CIENCIA MODERNA

impulso que culmina con la figura que Bacon considera más importante en toda
la antigüedad y modelo de obrar filosófico. Se refiere a Aristóteles, cuyo pensa-
miento natural y científico fue el primero en enseñar en la facultad de Artes de
París y en el que quiso ver elementos coincidentes con el cristianismo. Tal era su
concepción de saber único de origen divino entregado a los hombres del que los
filósofos griegos eran herederos y continuadores, pero no creadores independientes.
Desde esta perspectiva histórica según la cual el progreso del conocimiento
se iba desarrollando con lentitud e irregularidad, pero inexorablemente, Bacon se
vio a sí mismo como un anunciador de los nuevos tiempos y un reformador. No
dudó en criticar agriamente a otros hombres 'de ciencia como Alberto Magno o
Alejandro de Hales, desconocedores de las lenguas antiguas, de Perspectiva o de
ciencia experimental. Denunciaba abiertamente la ignorancia, que atribuía a la ciega
sumisión a la autoridad, al seguimiento acrítico de las costumbres, a los prejui-
cios del vulgo o la simple apariencia de sabiduría que sólo se utiliza para disimular
la ignorancia. Para luchar contra esta pobreza espiritual que devaluaba al espíritu
humano y lo desconectaba de su Creador no vaciló en proponer el uso por parte
de la teología de todas aquellas ciencias que pudieran ayudar a mejorar el bienestar
del cuerpo, del alma y de la fortuna. Incluyó osadamente a la astrología o a la alqui-
mia, que hasta entonces habían sido consideradas como parte de la magia, y por
tanto excluidas de las prácticas permitidas o aceptables desde el punto de vista
teológico. Mientras Roberto Kilwardby, contemporáneo de Bacon, las eliminó de
su clasificación de las ciencias, nuestro autor afirmaba: "hay una alquimia, ope-
racional y práctica, que enseña, gracias al arte, cómo hacer los metales nobles
y los colores y muchas otras cosas mejor y más abundantes que como se dan en
la naturaleza. Y la ciencia de este tipo es más ciencia que todas las otras dichas
porque produce mayores provechos. Porque no sólo puede proporcionar riqueza
y muchas otras cosas para el bien público, sino que también enseña cómo des-
cubrir cosas que son capaces de prolongar la vida humana durante períodos mucho
más largos que como es realizado en la naturaleza"5. En cuanto a la astrología se
refiere, ya vimos que hace de ella una parte de la astronomía, y defiende su cre-
encia en el influjo de los astros sobre los acontecimientos terrestres no sólo sobre
la base de los textos herméticos, sino aludiendo a la aceptación de dicha influen-
cia por parte de san Agustín, o de Juan Damasceno. Los peligros más evidentes
para la ortodoxia cristiana que conlleva la astrología están en la puesta en entre-
dicho de la voluntad divina como único legislador sobre los objetos y sucesos del
mundo y la relativización o incluso eliminación del libre albedrío. De ambas acu-
saciones tuvo que defender Bacon a la astrología y en su solución de compromiso
aclaró que la superioridad de la voluntad divina sobre las influencias astrales era
absoluta. Todo lo que sucede es así "si Dios lo quiere", pudiendo por su voluntad

5 Roger Bacon. Opus tertium. Citado por A. C. Crombie.

42
EL PENSAMIENTO DE ROGER BACON

cambiar las leyes del mundo si así lo desea. Por lo que respecta al libre albedrío
de los hombres admitió la 'posibilidad' de que nuestros actos varíen como resul-
tado de los cambios de humor o talante que inducen en nosotros los objetos celes-
tes influyendo sobre nue$tros cuerpos, igual que lo hacen sobre cualquier otro cuerpo
terrestre. Pero eso no debe confundirse con un determinismo riguroso que elimine
la posibilidad de que nuestro entendimiento dirija libremente nuestra conducta.

Hay dos modos de conocer: el razonamiento y la experiencia.


La teoría concluye y nos hace admitir la conclusión; pero no pro-
porciona esa seguridad exenta de duda, en la cual el espíritu des-
cansa en la intuición de la verdad, hasta que la conclusión no ha sido
hallada por vía de experiencia. Muchos tienen teorías sobre deter-
minados objetos, pero como no las han experimentado, esas teorías
siguen sin ser utilizadas por ellos y no les incitan ni a buscar tal bien
ni a evitar tal mal. Si un hombre que nunca ha visto el fuego demos-
trase, mediante argumentos concluyentes, que el fuego quema, que
estropea las cosas y las destruye, el espíritu de su oyente no queda-
ría satisfecho y no huiría del fuego antes de haber aproximado a él
la mano o un objeto combustible para probar, mediante la experiencia,
aquello que enseña la teoría. Pero una vez hecha la experiencia de
la combustión, el espíritu queda convencido y descansa en la evidencia
de la verdad; así, pues, no basta el razonamiento, pero sí basta la
experiencia. Esto es lo que claramente se ve en las matemáticas, cuyas
demostraciones son, sin embargo, las más ciertas de todas.
Roger Bacon. Opus maius".

La perseverancia de este franciscano en su defensa de lo que consideraba


ciencia fue más allá de la tolerancia con ciencias ocultas vinculadas a la magia
y a poderes poco claros de raíces ancestrales. Sus palabras encabezando este apar-
tado son una muestra de ello.
Dedicó la sexta parte de su Opus maius a la llamada scientia experimen-
talis, que a su juicio era una nueva ciencia capaz de ofrecer resultados sorpren-
dentes en el conocimiento de la naturaleza, sobrepasando y corrigiendo a la anti-
gua filosofía natural de corte deductivista basada en principios más metafísicos
que físicos.
La denominación baconiana de 'ciencia' podría resultamos confusa, puesto
que se trata más bien de una exposición metodológica para la investigación cien-
tífica, en la que se hace una apología del experimentalismo y se propone una forma
bastante amplia de entender lo que es un experimento.

6 Citado por Étienne Gilsson en Lafilosofía en la Edad Media. Desde los orígenes patrísticos hasta el

fin del siglo XN.

43
GALILEO y LA GESTACIÓN DE LA CIENCIA MODERNA

Como método científico que es, debe plantear unas metas para la investi-
gación. La primera de ellas es la verificación de los resultados obtenidos por otras
ciencias utilizando para ello la realización de experiencias. De este modo se des-
pejarían las dudas que pudieran caber sobre tales resultados y se podrían confir-
mar con la evidencia observacionallos elementos a partir de los cuales puede dedu-
cirse sobre bases ciertas. El segundo objetivo consiste en hacer patente que hay
más vías en la indagación y el conocimiento que la simple teorización. De la expe-
riencia obtenemos datos y medios a los que no podríamos acceder sin ella. Por
mediación suya la medicina ha conseguido curas para las dolencias del cuerpo,
el magnetismo ha revelado el comportamiento de la piedra-imán, la esfera armi-
lar permite realizar observaciones astronómicas, o se ha favorecido la creación
de instrumentos (por ejemplo el astrolabio). En tercer lugar la ciencia experimental
ayuda a descubrir los secretos de la naturaleza, y gracias a su conocimiento los
hombres podemos predecir los acontecimientos futuros. El control de ellos es un
instrumento de poder que puede proporcionar beneficios para los propios y ven-
tajas sobre los enemigos.
Pero ¿a qué llama Bacon 'experiencia'? Por una parte afirma que se refiere
a la de nuestros sentidos, ya se trate de lo que cotidianamente vemos, ya de lo
que otros observadores puedan habemos informado. Igualmente debe conside-
rarse experiencia a la que tenga lugar de este modo aunque esté posibilitada por
el uso de instrumentos de observación. No debemos olvidar que en este sentido
preconizó el uso de lentes y espejos para agrandar o acercar los objetos, así como
para corregir la falta de visión. Pero ésta es solamente una parte, y no completa
de la experiencia posible, puesto que queda restringida a lo corpóreo. Existe, en
su opinión, otra experiencia con la que acceder a las sustancias espirituales, y ésta
no es otra que la iluminación divina1, un conocimiento más perfecto sentido inte-
riormente como el que Dios proporcionó a los patriarcas para que no dependie-
ran sólo de los sentidos.
Bacon atribuye la representación más genuina de este obrar experimental
a Pedro de Maricourt (Petrus Peregrinus) autor de la epístola De Magnete y de
una obra sobre la construcción de astrolabios. Los elogios que Bacon le dedica
hacen pensar que su trabajo fue mucho más amplio de lo que conocemos. De él
dijo que evitaba el verbalismo y los argumentos de los profesores corrientes, que
mediante la experiencia conocía la medicina, la alquimia, la agricultura y otros
secretos de la naturaleza. Había desenmascarado los trucos fraudulentos de los
magos y trabajado durante años en la construcción de un espejo ustorio (proba-
blemente a partir de un tratado de Alhacén). Todos esos méritos le podrían haber
proporcionado honores que siempre ignoró para poder continuar con su trabajo
de experimentación. Según investigadores como Jeremiah Hackett existe la posi-
J
7 Un toque agustiniano entre tanto aristotelismo.

44
EL PENSAMIENTO DE ROGER BACON

bilidad de que Bacon y Pedro de Maricourt tI;abajasen juntos poniendo el uno el


soporte y la divulgación teórica de la tarea empírica del otro.
El ejemplo de trabajo experimental que Bacon expone corresponde a su
propia investigación sobre el arco iris, fenómeno que relacionó con otros de la
misma naturaleza que se dan con cristales o con gotas de agua. Utilizando ins-
trumentos midió la altura del arco sobre el horizonte con relación al observador
y a la altura correspondiente del sol, siempre situado en la dirección opuesta. Deter-
minó que la máxima altura sobre el horizonte a la que podía aparecer el arco iris
era de 42 grados y creyó que el arco era la base de un cono, cuyo vértice estaba
en el sol y cuyo eje pasaba por el ojo del observador. En consecuencia cada obser-
vador ve su propio arco y un movimiento del observador paralelamente al arco
hace que éste se mueva con él en relación con los objetos fijos. Se equivocó al
afirmar que la naturaleza del arco iris sólo se debía a la reflexión, aunque su tra-
bajo sirvió a Teodorico de Friburgo para que en 1307 confirmarse la necesidad
de dos refracciones y una reflexión para que se produjera el fenómeno, así como
el estudio y medida del arco secundario, que se da a 11 grados del primario y con
el orden de los colores invertido.
También trabajó experimentalmente estudiando la anatomía del ojo para
interpretar la visión, que no atribuyó propiamente a los ojos, sino que éstos sólo
actúan como instrumento para recibir y dirigir las imágenes a un nervio común
situado en la superficie del cerebro; en él se juntan los nervios ópticos procedentes
del globo ocular.
La teoría de la visión de Bacon parece rechazar la existencia de rayos visua-
les que partiendo de los ojos y chocando con los objetos fuesen el origen de lo
que consideramos nuestro sentido de la vista. Lo mismo que Alhacén acepta que
son imágenes externas o 'especies' las que, partiendo de los objetos, penetran en
nuestros globos oculares y viajan por los nervios hasta el sensorio común. Sin
embargo matiza que el ojo es más noble que el simple objeto externo, puesto que
pertenece a un ser animado y la visión es parte de la sensibilidad que lo hace ser
de naturaleza viviente; en consecuencia el ojo ha de ennoblecer el área del medio
por el que se propagan esas especies y adecuarlo con su influencia para que pue-
dan multiplicarse afectando sensiblemente el sujeto cuando lo alcanzan.

De toda la magnitud y superficie del objeto llegan las espe-


cies de luz y color. Las especies de color que vienen de partes indi-
viduales del objeto no están mezcladas en una parte de la pupila,
sino que se distinguen y ordenan sobre la superficie de la pupila en
cantidad perceptible, de acuerdo al número de partes del objeto.
Roger Bacon. De multiplicatione specierum. 1.2

El haber tocado el tema de la visión nos lleva ya, en este último apartado,
al tema de la luz y las especies. Bacon creyó acertadamente que la luz viajaba a

45
GALILEO y LA GESTACIÓN DE LA CIENCIA MODERNA

una velocidad muy alta, pero no infinita; que dada la gran distancia al sol sus rayos
podían tratarse como si fueran paralelos, pese a que no lo son en realidad; que
podrían construirse espejos cóncavos parabólicos capaces de concentrar los rayos
que inciden en ellos en un punto a una distancia focal determinable. También cono-
ció las propiedades de los rayos reflejados, y el fenómeno de la refracción cuando
se atraviesan medios transparentes de distinta densidad.
Sin embargo, y a pesar de estos conocimientos, procedentes de Alkindi o Alha-
cén y de sus propias experiencias, la fmalidad de Bacon no era estrictamente inves-
tigar el comportamiento de la luz. Lo que realmente pretendía era estudiar la natu-
raleza y el desarrollo de aquellas acciones causadas por un agente en el mundo natural.
Así pues, la luz era tan sólo uno de los fenómenos que se pueden considerar desde
este punto de vista, pero no el único. Lo que hay de especial en el hecho luminoso
es que es visible, y su estudio es más accesible para el observador empírico.
En realidad la luz es un ejemplo de acción procedente de un agente sobre
un paciente propagándose a través de un medio. Lo que se transmite es una 'espe-
cie', término que desde mucho antes de Bacon ha sido utilizado con significados
diversos: aspecto, forma, imagen sensorial, virtud, potencia, intención etc. Cons-
ciente de esta multivocidad Bacon restringe su sentido al de "primer efecto de
una causa de que actúa naturalmente. Por ejemplo la luz (lumen) del sol en el
aire es la especie de la luz (lux) que está en el propio sol" (De Multiplicatione
specierum. I.1).
Las especies son similares en esencia y definición al agente que las causa,
aunque el ser de la especie sea incompleto y el del agente sea completo: "la espe-
cie del solo del hombre no es sol ni hombre, pues éstos tienen ser completo. Como
un embrión no es hombre, su especie tampoco, aunque el embrión pueda llegar
a serlo y la especie no". (Ibid).
Los sensibles propios8 afectan nuestros sentidos produciendo especies. Igual-
mente todo ser compuesto de materia y forma produce especies. Y éstas son espe-
cies del compuesto, tanto de su materia como de su forma. Lo mismo la sustan-
cia que el accidente producen especies y la relación entre éstas es análoga a la
que existe entre aquellos'. En cuanto a las especies del universal y las especies
del singular se relacionan del mismo modo, " como el hombre singular produce
sus especies en el medio, el sentido y el intelecto, así el hombre universal pro-
duce simultáneamente sus especies en la especie singular". (Ibid. 1. 2).
Así cada especie se corresponde con su fuente, sea ésta sustancial o acci-
dental, universal o particular, simple o compuesta, material o formal. La diferencia
entre la especie y su origen es, como se ha dicho, el grado de completud de su
ser, pero no hay diferencia de naturaleza entre ambos.

8Aquello que altera los sentidos: luz y color para la vista, sonido para el oído, sabor para el gusto...
9 El accidente no puede darse sin la sustancia y la especie del accidente no puede darse sin la especie de
la sustancia.

46
EL PENSAMIENTO DE ROGER BACON

El haber tomado como ejemplo la luz puede hacernos pensar que la trans-
misión de especies se lleva a cabo de forma parecida a como ha sido concebida
en teorías posteriores al siglo XIII: alguna materia muy sutil que se desliza entre
las partículas de un medio etéreo; pequeños átomos veloces que llegan dispara-
dos hasta los objetos o hasta nuestros ojos, presiones o vibraciones que alteran
la materia y viajan a través suyo. Sin embargo no hay nada de eso. Para Bacon
las especies, luz incluida, no viajan ni se desplazan localmente de ningún modo.
Puesto que son efectos producidos por un agente sobre un paciente, entre éstos
debe haber contigüidad, de tal manera que el agente todo pueda, con su poder
causal, producir en el paciente una alteración para la que éste fuese ya poten-
cialmente susceptible. Una vez que este efecto (la especie) se ha producido en la
primera parte d~l paciente que está en contacto directo con el agente, ésta puede
volver a repetirse en la segunda parte como resultado de su potencialidad, para
alterarse análogamente a la primera. Así se repite el proceso a lo largo de toda la
multiplicación o transmisión de las especies. Queda claro entonces que el agente
no pierde nada de sí mismo ni de su materia para enviarla al paciente. No hay
partículas ni elementos corpóreos que se desplacen a través de un espacio como
un flujo que se mueve de un lugar a otro. Las especies se generan sucesivamente
en las consecutivas partes del medio que las trasmite, y lo hacen con velocidad
finita puesto que ninguna acción causal puede producirse en un tiempo nulo. En
sus propias palabras "una especie no es cuerpo, ni se mueve como un todo de un
lugar a otro. f. ..} No hay movimiento local, sino una generación multiplicada
por las diferentes partes d,rmedio; ni es cuerpo lo que se genera allí, sino forma
corpórea que no tiene dimensiones propias, sino que es producida según las dimen-
siones del aire; y no es producida por un efluvio del cuerpo luminoso, sino por
una generación a partir de la potencialidad de la materia del aire" 10.
Una consecuencia altamente interesante para el desarrollo posterior de la
física del siglo XVII es que, desde esta teoría Bacon defiende no sólo la influen-
cia de los cuerpos celestes sobre los terrestres trasmitida mediante especies, sino
también su conversa, es decir, que los objetos del mundo terrestre también pue-
den enviar sus especies al mundo supralunar e influir consiguientemente allí. Obje-
tos celestiales y terrenales comparten la misma materia y el mismo género. Aún
sigue atado en parte a la división de cielos y tierra cuando sostiene que entre ambos
no puede haber generación y corrupción, pero es un paso significativo hacia la
unificación de ambos mundos la defensa de la alteración mutua mediante espe-
cies. Podemos interpretarlas como fuerzas que generándose en unos actúan cau-
salmente sobre los otros, conforme a propiedades geométricamente descriptibles
que se convierten en leyes universales de la naturaleza.

10 Roger Bacon. Perspectiva. Citado por D. C. Lindberg en Roger Bacon & the Sciences. Commemora-

tive Essays: Roger Bacon on Light, Vision, and the Universal Emanation of Force.

47
GALILEO y LA GESTACIÓN DE LA CIENCIA MODERNA

La transmisión de especies se da naturalmente en línea recta, y su trayec-


toria se mantiene inalterada salvo que se vea desviada por la presencia de un cuerpo,
en cuyo caso se refleja formando un ángulo con la perpendicular igual al ángulo
de reflexión dentro de un mismo plano perpendicular a la superficie reflectante
(ley conocida ya de antiguo). Otra desviación posible a su propagación rectilí-
nea puede ser la que resulta de incidir oblicuamente sobre un medio de diferente
densidad, en cuyo caso varía la trayectoria atravesando el nuevo medio y acer-
cándose o alejándose de la perpendicular en el punto de incidencia en función de
su mayor densidad o rareza respectivamente. La razón de dicho cambio se debe,
según Bacon, a que la especie se mueve con más velocidad en un medio más sutil
que en otro más denso en el que encuentra mayor resistencia. Por eso, 'deseando'
el camino más fácil, buscará una trayectoria más cercana a la perpendicular. El
correspondiente alejamiento del caso inverso lo justifica sin más aludiendo a que
causas contrarias han de producir efectos contrarios.
Si el medio es animado, entonces la especie no tiene más remedio que
"seguir el curso de los nervios" y dirigirse por su sinuoso recorrido "según los
requerimientos de las operaciones del alma" .
A modo de recapitulación es conveniente terminar recordando que tres
siglos antes de la llamada Revolución Científica ya existe un personaje que:

Aboga por el conocimiento de las lenguas para recuperar la ciencia de


los antiguos con traducciones actualizadas.
Recoge y transmite un legado de conocimiento que procedía de otras
culturas distintas de la suya, con afán pedagógico y procurando incen-
tivar el entusiasmo en la continuación de la tarea investigadora.
Defiende la generalización del conocimiento matemático, sin el cual no
pueden entenderse ni describirse los fenómenos y leyes de la natura-
leza.
Impone un método de investigación sobre el mundo natural que tenga
en cuenta la observación y la experimentación, incluso con instrumen-
tos. Los resultados experimentales hechos patentes a la atención del obser-
vador contienen más verdad que cualquier deducción puramente racio-
nal, y ésta debe estar subordinadas siempre a 'los hechos'.
Se interesa por los saberes reconocidos hasta entonces y añade a éstos
otros nuevos como la astrología, la alquimia, la perspectiva o la cien-
cia experimental. Todo ello pese a los riesgos que corría al hacerlo en
una circunstancia socio-política adversa.
Anuncia un futuro tecnológico asimilándolo a un 'progreso' histórico
de la humanidad que debía vincularse con un modelo de interpretación
del mundo, el suyo cristiano. La unión de capacidad científico-técnica
y poder político está tan clara en su mente que la ofrece como instru-
mento a las más altas jerarquías de la Iglesia.

48
LOS COMETAS CONTRA COPÉRNICO:
BRAHE, GALILEO Y LOS JESUITAS

Carlos Salís Santos


UNED. Madrid

Cuando Galileo anunció sus grandes descubrimientos telescópicos, muchos


filósofos tradicionales se negaron a aceptarlos e incluso a mirar por el telesco-
pio. Tras morir uno de ellos, G. Libri, comentó Galileo: "Ha muerto en Pisa el
filósofo Libri, acérrimo impugnador de estas fruslerías mías, el cual, no habién-
dolas querido ver en la Tierra, quizá las vea camino del Cielo". Sin embargo,
en el caso de los cometas, Galileo, el gran amante de las novedades celestes, sos-
tuvo la idea tradicional de que eran fenómenos ópticos y no cuerpos celestes. Tenía
para ello razones en gran parte estratégicas que trataré de explicar.
En ocasiones, los argumentos observacionales pueden ser muy contundentes.
Por ejemplo, la observación de las fases de Venus refutó la ordenación ptolemaica,
según la cual no se podría ver Venus lleno. Pero en otras ocasiones los datos son
difíciles de interpretar. Eso ocurrió con los cometas en una época en que no se
conocían bien sus movimientos, no se sabía gran cosa de dinámica celeste o de
la física de la atmósfera, e incluso se discutía la disposición de nuestro sistema
solar. En tales casos la interpretación de los datos estaba íntimamente ligada a
suposiciones teóricas muy discutibles. Como además una de las partes amena-
zaba a la otra con la cárcel, debemos estar dispuestos a contemplar cómo los argu-
mentos científicos (observacionales y matemáticos) se mezclan esencialmente con
intereses personales, ideológicos, religiosos y políticos de todo tipo.
Mi propósito es ofrecer una exposición de la mezcla de argumentos cien-
tíficos e ideológicos presentes en la discusión sobre la cosmología de Copérnico
y Tycho Brahe en relación con los cometas, para los que suponían órbitas circu-

49
/
GALILEO y LA GESTACIÓN DE LA CIENCIA MODERNA

lares y uniformes en tomo al Solo la Tierra, con lo que no podían ofrecer una
teoría decente. Además, tras la condena del copernicanismo en Marzo de 1616,
la perspectiva copernicana de Galileo no se podía defender, mientras que la ticó-
nica adoptada por los jesuitas era políticamente la única. Esto explica gran parte
de lo que ocurrió en la polémica, no menos que los silencios de Galileo acerca
de sus teorías sobre el cosmos.

¿POR QUÉ ERAN ESPECIALES LOS COMETAS?

Hoy sabemos que poco más de un tercio de los cometas poseen órbitas elíp-
ticas y pueden retomar. De éstos muchos se deshacen antes, se perturban y salen
hacia los confines del sistema solar, o sencillamente poseen períodos largos (de
más de 200 años) que toman difícil su identificación. Los que tienen elipses de
período corto (e < 0,97) no son sino un 16%, y normalmente sólo se veían en un
tramo corto tras el perihelio, cuando se gasifican y brillan. Su movimiento es enton-
ces casi recto. De hecho los mejores astrónomos, Kepler y Newton, considera-
ron que se movían en línea recta.
A mediados del siglo XVI aparecían como fenómenos efímeros y evanes-
centes, visibles durante unas pocas semanas. Eran dé dudosa consistencia, pues
a través de sus partes se veían en ocasiones las estrellas. En realidad eran muy
distintos de los eternos y regulares cuerpos celestes, por lo que se consideraban
fenómenos meteorológicos en la atmósfera. Tradicionalmente, los cielos eran dis-
tintos de la Tierra en materiales y leyes de movimiento: los cuerpos celestes eran
inmutables y eternos y se movían en círculos, retomando periódicamente a las
mismas posiciones; mientras que la Tierra estaba compuesta de distintos elementos
inestables que se engendraban y perecían, y que sólo se movían en línea recta
para ocupar su lugar natural tras haber sido separados de él por violencia. Los
cometas, que eran efímeros y se veían sólo en tramos casi rectos, parecían cosas
terrestres.
Sólo cuando, medio siglo tras la muerte de Galileo, E. Halley dispuso de
la teoría gravitatoria newtoniana, pudo estudiar diversas trayectorias cónicas com-
patibles con las escasas observaciones. En 1705 conjeturó el retomo del cometa
de 1682 que lleva su nombre, con una elipse de e = 0.967 (el afelio 60 veces más
lejos que el perihelio) y período de 76 años. Pero antes de disponer de la pode-
rosa mecánica newtoniana, en la época que nos ocupa los cometas seguían siendo
objetos inusuales muy distintos de los cuerpos celestes estables y recurrentes estu-
diados por la astronomía de posición.
Por todo ello, fue una audacia que algunos astrónomos estudiasen el cometa
de 1577 con las técnicas astronómicas aplicadas a los planetas. Cinco años antes,
en 1572, Brahe había observado una nova sin paralaje y dedujo que debía estar
cerca de las estrellas fijas. La aceptación de que se pueden engendrar cuerpos o

50
/

Los COMETAS CONTRA COPÉRNICO:


BRAHE, GALILEO y LOS JESUITAS

fenómenos efímeros en los cielos alentó a considerar los cometas como objetos
celestes, lo que se vio facilitado porque no se conseguía medir paralajes sensi-
bles, lo que indicaba que estaban más lejos que la Luna, cuya paralaje es de casi
un grado. No obstante, la determinación de la distancia por la paralaje era muy
cruda, si tenemos en cuenta que el mejor observador de la época pre-telescópica,
Brahe, atribuía al familiar Sol una paralaje de 3' , unas 20 veces superior a la deter-
minada tres cuartos de siglo más tarde. La paralaje cometaria, de unas decenas
de segundos a lo sumo, era indetectable con los márgenes de error existentes.

EL USO DE LOS COMETAS CONTRA COPÉRNICO

De Noviembre de 1577 a Enero de 1578 se avistó un cometa espectacu-


lar por su brillo tras pasar a finales de Octubre por el perihelio a 0,18 VA del
Sol, menos de la mitad de la distancia de Mercurio. Las mediciones de la para-
laje mostraron que estaba muy por encima de la Luna. El primero que 10 estu-
dió fue M. Maestlin. Apoyándose en mediciones que daban una paralaje imper-
ceptible, rompió con la concepción meteorológica tradicional y consideró a los
cometas como cuerpos celestes objeto de la astronomía de posición tradicio-
nal. En su tratado, Maestlin estudió su órbita bajo la hipótesis heliocéntrica de
Copémico y estableció una órbita circular, circunsolar y excéntrica como la de
Venus, en cuyo orbe se encuentra. La idea es que el espacio entre la Luna y las
fijas está completamente lleno de las esferas planetarias propuestas por Copér-
nico. Eso implicaba el P. C. Clavio S. J. cuando decía que la nova de 1572 está
en la octava esfera porque no está en la atmósfera (por la paralaje nula) ni entre
los planetas, pues nadie "observó ningún otro movimiento aparte de los que
vemos en las estrellasfijas"; esto es, si estuviese en otra parte del cielo se move-
ría con la esfera que hay allí.
Sin embargo, el cometa se alejaba de la Tierra con movimiento directo a
pesar de estar en la conjunción inferior de una órbita circunsolar próxima a Venus,
momento en que los planetas copemicanos deben retrogradar al adelantar a la Tie-
rra. Brahe se oponía al movimiento terrestre por razones bíblicas y físicas, aun-
que reconocía la superioridad de las teóricas heliocéntricas de Copémico. Eso lo
llevó a tantear el sistema circunsolar de Heráclides para los planetas interiores y
el cometa; pero dado que estos cuerpos cortaban el orbe circunterrestre del Sol,
lo usó de modo no realista. Según señalará a C. Peucer en 1588, cuando se le
ocurrió su sistema creía en la realidad de los orbes, por lo que no lo aceptaba en
serio. Sin embargo, tras estudiar los cometas de 1580 y 1585, se convenció de
que no existen tales orbes y de que los astros giran por ciencia infusa en un medio
no resistente siguiendo órbitas puramente geométricas. Entonces se decidió a pro-
poner su nuevo sistema del mundo, anunciado precisamente en el tratado De mundi
aetherei (1588 ) sobre el cometa de 1577-78.

51
GALILEO y LA GESTACIÓN DE LA CIENCIA MODERNA

Para Brahe, el tratamiento copernicano de los cometas se basa en suposi-


ciones falsas, pues "en realidad no hay orbe alguno en los cielos", con lo que
Maestlin "parece tomarse en vano el trabajo de hallar el orbe realmente exis-
tente al que se halla fijado el cometa, de manera que gire con él". En el caso de
otros cometas posteriores muy lejanos vistos en oposición al Sol, "no se puede
demostrar de ninguna manera que sigan el movimiento de algún orbe" . Por ejem-
plo, el cometa de 1580, apareció en Piscis cerca de la oposición y se movió de
manera retrógrada por un arco de más de 120 hacia la conjunción en Sagitario,
0

conducta muy distinta de la que ofrecen los planetas superiores, entre los que lo
sitúa el propio Maestlin. Comenta Brahe: "Así pues, pregunto, ¿cuál se hallará
entre todos los orbes del cielo que le otorgue su movimiento retrógrado a través
de cuatro signos con tanta constancia y proporción?" Por el contrario, el de 1585
se vio en la oposición con movimiento directo, que es cuando los planetas coper-
nicanos en el perigeo retrogradan al ser adelantados por la Tierra.
Las razones de Brahe para proponer su nueva visión del mundo aparecen
claramente en una carta a Rothmann (21-II-1588). Tras insistir en que hay un único
cielo desde la Luna hasta las estrellas, por el que se mueven libremente los pla-
netas, justifica la propuesta de su sistema porque Ptolomeo y Copérnico han sido
refutados. El primero, porque en 1582 calculó (erróneamente) que Marte en la
oposición estaba más cerca de la Tierra que el Sol, lo que es incompatible con el
esquema ptolemaico. El segundo, porque los cometas lejanos, aunque no tanto
como las fijas, cuando se hallan en oposición, deberían reflejar el movimiento
de la Tierra y retrogradar como los planetas, cosa que no hacía el de 1585.
Resumamos la posición filosófica de Brahe. Su sistema nunca pasó de ser
una idea que no se desarrolló en teóricas para cada astro. De hecho recurre a Copér-
nico, ya que en principio las líneas visuales a los astros coinciden en ambos sis-
temas. Por tanto, las retrogradaciones se producen del mismo modo en ambos.
Si los cometas plantean problemas al copemicanismo de Maestlin y no a Tycho
es porque éste renuncia a explicar dinámicamente su sistema, limitándose a des-
cribir los movimientos sin restricciones dinámicas de ningún tipo: los astros en
general y los cometas en particular son milagros que se mueven libremente como
les da la gana en un medio etéreo continuo y permeable, "como peces en el agua
o aves en el aire" . Concuerda así con la visión escriturística y no científica del
Jesuita Cardenal Bellarmino. Pero, como objetaba el Jesuita Clavio, estas liber-
tades y la eliminación de cualquier mecanismo causal dejaba a la astronomía en
mal estado: como un conjunto de recetas de cómputo ad hoc, sin valor realista y
predictivo (que era la situación que promovía Bellarmino para poder usar la astro-
nomía copernicana sin comprometerse con la realidad de su cosmología). Sin
embargo, con la caída de los orbes sólidos, la tendencia moderna a unir la astro-
nomía matemática descriptiva con la física explicativa consistía en reconocer la
función dinámica del Sol central del copernicanismo.Esa fue la vía fecundamente
desbrozada por Kepler y llevada a la perfección por Newton. Galileo sólo pudo

52
I
Los COMETAS CONTRÁ COPÉRNICO:
BRAHE, GALILEO y LOS JESUITAS

apuntarla vergonzantemente por la oposición papista. La ventaja descriptiva de


Brahe sacrificaba la coherencia e inteligibilidad física.
Resumamos el argumento anticopernicano de Tycho Brahe. Si los plane-
tas se mueven en torno al Sol en capas esféricas con velocidades que decrecen
con la distancia (los períodos circunsolares de los cinco planetas copernicanos
son: 0'2,0'7, 1,2, 12 Y30 años), los cometas que se hallen a la distancia de uno
de esos planetas deberá presentar básicamente su movimiento, lo que no ocurre.
El argumento no es gran cosa. En primer lugar porque se ignora la distancia del
cometa: la paralaje de los cometas no se podía medir de manera fiable. En segundo
lugar porque con órbitas circulares todos los sistemas fallan. En la época la única
curva considerada era la circunferencia y ni siquiera a Kepler se le ocurrió ensa-
yar elipses con excentricidades grandes, entre digamos 0.5 y 1, ya que las pensó
para planetas con excentricidades de centésimas. En tercer lugar porque los datos
astronómicos sobre cometas eran tan escasos que resultaban compatibles con cír-
culos (Maestlin, Brahe), rectas (Kepler, Galileo, Newton), parábolas (Newton),
elipses (Halley). Finalmente, si el movimiento propio de un cometa puede ser el
que quiera Brahe, siempre podrá acomodarlo a sus observaciones, tanto si desea
sumarle el movimiento de la Tierra como si le suma el del Solo el del Nuncio:
todo encaja porque nada prohíbe.
Así pues, había demasiados cabos sueltos en las teóricas cometarias de Tycho,
por lo que había que aceptar previamente su sistema y sus suposiciones para que·
el argumento tuviese algún sentido. En una palabra, desmontar el argumento entra-
ñaba exponer sus supuestos inciertos y entrar en discusiones cosmológicas. Vere-
mos que Galileo lo intentó tímidamente antes de que lo pusieran en su sitio los
inquisidores jaleados por los jesuitas. En este proceso distinguimos tres etapas:
el lustro de gloria antes del decreto de condena del copernicanismo en 1616; la
de los hijos de la noche hasta el papado de Barberini (1623); y la del hombre invi-
sible, hasta la condena de Galileo (1633).

1. Un lustro de gloria (1611-1616)

Hasta principios del XVII, la escena astronómica en Italia estuvo domi-


nada por el jesuita Clavio, que era un profesor de astronomía. Aunque no con-
tribuyó a las grandes transformaciones astronómicas del XVI y XVII, su In spha-
eram Ioannis de Sacro Basca commentarium (1570 y cinco ediciones más en vida
del autor) fue texto no sólo de los jesuitas, sino de sabios como M. Mersenne, P.
Gassendi, R. Descartes y Galileo. Era un buen manual de astronomía ptolemaica
en el que Copérnico se desestima por razones religiosas y físicas relativas al movi-
miento terrestre.
Clavio se mostró inmune a las consecuencias cosmológicas de los descu-
brimientos astronómicos de Brahe y Galileo. Hubo de aceptar la nova de 1572,

53
GALILEO y LA GESTACIÓN DE LA CIENCIA MODERNA

pero no sacó las consecuencias cosmológicas de Brahe contra la inmutabilidad


de los cielos, sino que la consideró un milagro de Dios para presagiar algo. Man-
tuvo la concepción tradicional de los cometas como fenómenos generados en la
atmósfera, corriendo un tupido velo sobre el de 1577, a pesar de que la ausencia
de paralaje apuntaba a una localización supralunar. En una palabra, aunque aún
tenía cuarenta años cuando ocurrieron estas cosas, Clavio metió la cabeza bajo
el ala y prefirió no alterar las ideas tradicionales en astronomía y cosmología.
Tras su fundación en 1540, la Compañía de Jesús era una institución de
inspiración militar al servicio de la Contrarreforma organizada por esa época en
el Concilio de Trento (1545-63). Para ellos, la educación superior era parte de la
estrategia propagandista y pastoral, como muestra el hecho de que, tras La gaceta
sideral, el general de la Compañía, Claudio Acquaviva, organizador del impor-
tante sistema educativo jesuítico, la Ratio studiorum (1586), ordenase a sus hues-
tes defender el tomismo en todos los frentes y huir de las novedades como de la
bicha. Lo importante para la Compañía era su ideología católica y no la ciencia,
que se subordinaba a los intereses de la política papista.
A principios de 1610, Galileo publicó La gaceta sideral en la que mostraba
las montañas lunares, los satélites de Júpiter y otros fenómenos que minaban seria-
mente la cosmología aristotélico-ptolemaica; y a finales de año observó las fases
de Venus que mostraban definitivamente la falsedad del sistema ptolemaico, dado
que el planeta tenía que girar en tomo del Sol y no de la Tierra. De Marzo a Junio
de 1611, Galileo estuvo en Roma, donde se entrevistó con el viejo jesuita C. Cla-
vio. Tanto éste como sus jóvenes turcos, O. van Maelcote, C. Grienberger y G. P.
Lembo informaron al cardenal R. Bellarmino S. J. (un personaje prominente que
había quemado a Bruno) de la corrección de las observaciones de Galileo, el cual
habló también con Bellarmino sobre astronomía copernicana. Los jesuitas del Colle-
gio, actuando como astrónomos competentes, se inclinaban por el rechazo de la
vieja cosmología ptolemaica y dudaban entre Tycho y Copérnico.
En Mayo, los jesuitas· organizaron una recepción en el Collegio Romano
para festejar a Galileo, amenizada por los discípulos de Clavio, quienes expu-
sieron los éxitos de Galileo, incluyendo las fases de Venus "con escándalo de
los filósofos" . Maelcote presentó los descubrimientos con entusiasmo, aceptando
el relieve lunar a pesar de la resistencia de Clavio, y la circunsolaridad de Venus
y Mercurio. Ptolomeo aparece ya definitivamente superado:
Copérnico o Tycho eran la única alternativa.
Clavio, con 74 años y un pie en la tumba, se aferraba a sus orbes y su muerte
al año siguiente dejó a Ptolomeo sin su escudero. Mientras tanto, los jesuitas más
jóvenes empezaron a coquetear con las implicaciones de las novedades celestes
a pesar de la orden del General. Mientras C. Scheiner se mostraba ticónico, W.
Kirwitzer escribía a C. Grienberger en 1614 y 1615 declarándose primero intri-
gado por Copérnico y luego partidario suyo. F. Cesi escribía a Galileo ese mismo
año mencionando al jesuita T. de Cupis, del Collegio Romano, como copernicano.

54
Los COMETAS CONTRA COPÉRNICO:
BRAHE, GALILEO y LOS JESUITAS

Tanto F. Cesi como el funcionario Vaticano P. Dini comunicaron a Galileo que


muchos jesuitas eran copemicanos aunque no lo confesasen. Incluso tras el decreto
de 1616 en que se condenó el copemicanismo, el mismo Cesi le contaría a Gali-
leo que los jesuitas C. Grienberger y sobre todo P. Guldin habrían expresado su
apoyo a Galileo y su disgusto por la condena del copemicanismo.
Pero ya antes del decreto, poco después de su vuelta a Florencia en Julio
de 1611, Galileo recibió una carta de G. Ludovico Ramponi en la que le adver-
tía de la difusión de un argumento anticopemicano de Tycho Brahe derivado de
los cometas: "Esto es, que se han visto cometas en la oposición al Sol, pero no
tan distantes como las estrellas fijas como para verse libres de las pasiones de
los tres [planetas] superiores, y a pesar de ello no se han visto sometidos a ellas".
Galileo no debió darle mucha importancia en estos momentos de triunfo,
pues Ramponi volvía a insistir con su pregunta al año siguiente. En esta etapa de
"que florezcan cienflores" (como decía el difunto Mao), Galileo trató de explo-
tar el apoyo jesuítico y limar las dificultades bíblicas contra el copemicanismo.
En primer lugar insistió en su cosmología según la cual no hay distinción de mate-
ria y causas entre la Tierra y los cielos que son de aire. En las cartas sobre man-
chas solares había iniciado una vasta reforma de la filosofía natural sobre los cie-
los, tratando de mostrar que la corrupción del éter se compadecía mejor que la
inmutabilidad con las Escrituras, aunque, cuenta Galileo, los censores, "habiendo
aprobado todo lo demás, no aceptaron esto en modo alguno". Así pues, en segundo
lugar, trató de contrarrestar las interpretaciones de la Biblia contra el movimiento
terrestre. En Diciembre de 1613 escribió una famosa carta a su discípulo y colega
Castelli donde explica el milagro de Josué en un contexto copemicano en el que
el Sol es el motor de los planetas. En Marzo de 1615 escribió a Piero Dini, para
defenderse de los ataques de los dominicos A. Caccini y N. Lorini (que lo habían
denunciado al Santo Oficio) y recabar el apoyo de los jesuitas Grienberger y Bellar-
mino. En la carta, trataba de encontrar apoyos escriturísticos para su cosmología
de cielos fluidos en los que caminan los planetas no por una milagrosa ciencia
infusa, sino por influjo solar. "Diré que me parece que se halla en la naturaleza
una substancia sutilísima, muy tenue y veloz que, difundiéndose por el universo,
penetra todo sin oposición [. ..] y parece que los propios sentidos nos demues-
tran que el Sol es el principal receptáculo de dicho espíritu". Y más adelante,
"He demostrado también mediante continuas observaciones de esas materias tene-
brosas [las manchas solares], que el cuerpo del Sol rota necesariamente sobre
sí mismo y he apuntado además cuán razonable es creer que de tal rotación depen-
dan los movimientos de los planetas en torno al propio Sol" . Esa era probable-
mente la física celeste que hubiera ensayado Galileo si lo hubieran dejado.
Las noticias de Cesi desde Roma eran esperanzadoras. Le anunció el envío
del libro de Foscarini (J...ettera sopra l' opinione copernicana, Nápoles, 1615), "que
es una carta de un padre carmelita que defiende la opinión de Copérnico sal-
vando todos los pasajes de las Escrituras, obra que sin duda no podía haber

55
GALILEO y LA GESTACIÓN DE LA CIENCIA MODERNA

aparecido más oportunamente, a menos que sea nocivo aumentar la rabia de los
adversarios, cosa que no creo... Ahora predica en Roma. Trataré con Monsr. Dini
y con éste y con el P. Torquato de Cupis, jesuita y noble romano, que es del mismo
parecer y con otros" .
Sin embargo los tiros iban por otro lado. El funcionario Dini estaba mejor
informado, pues un mes más tarde le escribía a Galileo que no era hora de andar
con demostraciones en favor de Copémico, sean matemáticas o escriturísticas,
sino de callar. La carta de Galileo a Cristina de Lorena de mediados de 1615, en
la que expandía sus argumentos científico-escriturísticos, dio publicidad a las posi-
ciones que serían condenadas en 1616. Cuando en Noviembre de 1615 quiso ir
a Roma a defenderse de las acusaciones de herejía y vindicar el copemicanismo,
el Embajador de Toscana le advirtió que no era buen momento para ir a hablar
de la Luna con los dominicos presionando al Santo Oficio. Pero aún así se tras-
ladó a Roma, donde entre Febrero y Marzo se consumó la condena. El 6 de Marzo,
el propio Galileo escribía a Florencia señalando que estaban prohibidos los libros
que tratan de reconciliar a la Biblia con Copémico. Empezaba así la etapa de:

2. Los hijos de la noche (1616-1624)

El decreto de 1616 puso fin a un lustro de esperanzas galileanas y alegría


.juvenil jesuítica. Se acabó la fiesta. La ciencia de los jesuitas estaba al servicio
de la política del Papa, en este caso Pablo V, que no podía ver a los intelectuales
ni a los listillos. (De hecho Bellarmino defendió que se condenase a Copémico
y no a Galileo.) Desde este momento Tycho Brahe es la última esperanza de la
reacción. Sin ideas físicas dinámicas y parasitando astronómicamente a Copér-
nico, el ticonismo ofrecía a los papistas una cosmología sin lágrimas: la Tierra
no se mueve y los astros, especialmente los cometas, aparecen y desaparecen mila-
grosamente y se mueven como Dios quiere. El jesuita Bellarmino, que quería una
astronomía técnica sin comprometerse con sus supuestos, había escrito a P. A.
Foscarini en Abril de 1615: "Vuestra Paternidad y el Sr. Galileo obrarán pru-
dentemente si se contentan con hablar ex suppositione y no en términos absolu-
tos {.oo} Decir que suponiendo que la Tierra se mueve {...] se salvan todas las
apariencias mejor [oo.} está muy bien dicho y no entraña ningún peligro, lo que
es suficiente para el matemático. Pero pretender que el Sol esté en el centro {.oo}
y que la Tierra gire es algo muy peligroso" . Lo fue.
El ticonismo que algunos jesuitas como G. Biancani, C. Malapert o C. Borro
habían aceptado antes del decreto, cobró después del mismo mayor importancia
junto con el viejo argumento anticopemicano de los cometas debido a Brahe. La
refutación ticónica de Copémico por los cometas sobre la que ya Ramponi advir-
tiera en 1611, revivió en 1616 como "cuarto argumento matemático" en el De
situ et quiete Terrae de Ingoli, primer Secretario de Propaganda Fidei a quien se

56
Los COMETAS CONTRA COPÉRNICO:
BRARE, GALILEO y LOS JESUITAS

debía tratar con guante blanco. En la segunda mitad de 1618 aparecieron tres come-
tas y, a principios de 1619, G. B. Rinuccini avisaba a Galileo del uso anticoper-
nicano de los mismos, señalando que: "Los jesuitas han hecho público un Pro-
blema que se imprime y sostienen firmemente que está en el cielo; y algunos aparte
de los jesuitas corren la voz de que tal cosa echa por tierra el sistema de Copér-
nico, siendo el más importante de los argumentos en contra" .
En este contexto, la De tribus cometis anni MDCXVIlI disputatio astro-
nomica (1619), publicada anónimamente por el jesuita Grassi, presentaba obser-
vaciones apoyadas por la red internacional de los padres. Esto y el hecho de que
se publicase anónimamente, hace que aparezca como una obra colectiva de los
jesuitas. La aceptación explícita de ticonismo se produjo al año siguiente en la
obra de G. Biancani, Sphaera mundi seu cosmographia (Bolonia, 1620). El sis-
tema de censura previa de los jesuitas indica que esa era una posición colectiva.
Sin duda los cometas estaban en el punto central de la discusión entre los siste-
mas modernos, ticónico y copernicano, una vez descartado el ptolemaico por las
fases de Venus (o Marte acrónico).
El problema es que con la condena de 1616 sufrió un serio descalabro la
estrategia de defender unos cielos fluidos con un Sol como centro geométrico y
dinámico, que era el único marco en el que acaso se hubiera podido tratar de dar
acomodo a la generación y corrupción de unos cometas con órbitas y movimientos
muy distintos de los planetarios.
Los jesuitas podían ensayar propuestas sobre los supuestos movimientos pro-
pios de los cometas en los cielos líquidos de Brahe y Bellarmino; pero Galileo no
podía hacer otro tanto con sus cielos aéreos y elementales copernicanos, suscep-
tibles de generar cometas como el Sol manchas, cuyos movimientos propios debe-
rían estudiarse con calma mediante observaciones y demostraciones geométricas.
Como veremos, los jesuitas podían pavonearse con sus cometas y Galileo, no; pues
en cuanto asomaban sus preferencias copernicanas, recibía una amenaza.
En este contexto, los cometas le resultan a Galileo un estorbo, pues aun-
que no probaran efectivamente la verdad del ticonismo, ofrecían la imagen de
que éste constituía un programa progresivo que resolvía todos los problemas.
Galileo estaba atado, y lo que se le ocurrió fue socavar el prestigio de Brahe,
e indirectamente el de sus acólitos, así como arrojar tantas dudas como pudo sobre
el carácter "planetoide" de los cometas. En efecto, aunque Galileo redactó una
larga respuesta a Ingoli (que envió a Roma en Octubre de 1624), la crítica al argu-
mento de Brahe no es muy penetrante, pues no podía cuestionar las suposicio-
nes implícitas del argumento (en el sentido de que los copernicanos deben acep-
tar que los cielos están ya llenos de orbes sólidos) ni la renuncia a ligar armónica
y dinámicamente el sistema del universo, implícita en el milagro de la ciencia
infusa de cada cuerpo celeste. Por el contrario, trató de desacreditar a Tycho como
observador, lo que sin duda no era buena estrategia: "El f. ..} argumento es una
invención arbitraria de Tycho basada en algo que, en mi opinión, no observó jamás

57
GALILEO y LA GESTACIÓN DE LA CIENCIA MODERNA

ni podía haber observado. Me refiero al movimiento de los cometas cuando están


en oposición al Sol. Ahora bien, si es cierto, como creo con toda certeza, que sus
colas siempre apuntan en dirección contraria al Sol, entonces es imposible que
veamos alguno de ellos cuando están en oposición al Sol, ya que en tal caso su
cola sería invisible". De hecho Brahe observó el cometa, que tenía 1° de largo,
entre Octubre y Noviembre de 1585 con los instrumentos grandes instalados en
Uraniborg. (Galileo también desacreditó a Tycho como matemático en el Sag-
giatore, donde señalará que Brahe, en su investigación de las distancias de los
cometas por la paralaje, no muestra la debida atención "a los primerísimos ele-
mentos de las matemáticas" .)
Proseguía señalando adecuadamente que sin saber cuál es el movimiento
propio de un cometa, no se puede saber qué resulta de su combinación con el movi-
miento de la Tierra. En efecto, las retrogradaciones dependen de las velocidades
angulares relativas, y con observaciones de un par de meses, en los que se reco-
rren arcos orbitales mínimos; no hay manera de saber qué fracción de movimiento
aparente se debe al movimiento anual (ese es el sentido de la respuesta de Kepler
a Ingoli). Por eso, para interpretar los datos hay que partir de una teoría, y como
la copernicana le estaba vedada, Galileo hace sociología del conocimiento: Tycho
tergiversa las cosas para apoyar su sistema quimérico.
En resumidas cuentas, Galileo no podía entrar en materia y se dedicó a defen-
derse como pudo. Primero, como hemos visto, desacreditó el endeble argumento
de Brahe, aunque sin entrar en honduras, y después, como veremos inmediata-
mente, desestimó a los cometas como objetos físicos. Con ello canceló su estra-
tegia anterior al Decreto de apoyarse en los astrónomos jesuitas, pues estos eran
ahora partidarios de la única alternativa permitida: Tycho Brahe.
La polémica sobre los cometas es bien conocida. Se inició en 1619 con la
disputatio de Grassi. Aunque apenas mencionaba a Tycho y poseía un tono come-
dido, la interpretación de los datos se realizaba desde la teoría de Brahe, y era bien
sabido que se esgrimía su argumento de los cometas como refutación de Copér-
nico. El Discorso de Galileo identificó la implicación anti-copernicana y atacó el
presupuesto de que los cometas fuesen cuerpos astrales. Grassi entró al trapo en la
Libra y puso a Brahe y la disputa cosmológica y religiosa en primer plano. Su reac-
ción a las acusaciones de seguir a Tycho fue la siguiente: "¿Acaso es un crimen?
¿A quién habría de seguir? ¿A Ptolomeo, cuyos partidarios tienen el cuello ame-
nazado por la espada desenvainada por Marte que se halla más cerca? ¿Acaso a
Copérnico? Pero él, que es piadoso, los alejará más bien a todos de sí y rechazará
y despreciará su propia hipótesis recientemente condenada. Por consiguiente, Tycho
es el único a quien podemos tener por guía en los desconocidos cursos de los astros" .
Es decir, aunque Grassi intentara imitar el estilo ágil del descubridor de
novedades que Galileo había ofrecido en La gaceta sideral, éste consiguió con
su respuesta poner en primer plano el trasfondo cosmológico.

58
Los COMETAS CONTRA COPÉRNICO:
BRARE, GALILEO y LOS JESUITAS

En la disputatio, Grassi parte de la suposición ticónica de que los cometas


son cuerpos sólidos celestes con movimiento circular como los planetas. En con-
secuencia, y valiéndose de los datos facilitados por la implantación internacional
de la Compañía, trató de medir la paralaje y los situó más allá de la Luna. Toda la
disputatio depende de suponer que los cometas son cuerpos físicos con localiza-
ción espacial precisa, y por tanto susceptibles de paralaje. La estrategia de Galileo,
ciertamente hábil, consistió en poner en tela de juicio este supuesto. La ausencia
de paralaje podría explicarse bajo la suposición de que estamos ante fenómenos
ópticos, como refracciones y reflexiones en un medio extenso, tal como ocurre con
los arco-iris, pues no tiene paralaje porque dos observadores separados no ven el
mismo fenómeno. Si el medio fuese un vapor que asciende de la Tierra radialmente,
se explicaría la ausencia de paralaje, no menos que la rápida disminución del tamaño
observada. Además, dicha disminución pone en entredicho la hipótesis planetoide
de Tycho y Grassi, pues el rápido alejamiento exigiría un epiciclo inmenso y un
período enorme, dado el arco recorrido en breve tiempo (90 en 1I375P). Las extra-
0

vagancias derivadas de ensayar trayectorias circulares permiten a Galileo criticar


las interpretaciones de Grassi y mostrar que su hipótesis es plausible. Por ejemplo,
el hecho de que el cometa de 1577 se viese vespertino y se alejase del Sol con movi-
miento directo (hacia el Este), mientras que el de 1518 se viese matutino y se ale-
jase del Sol con movimiento retrógrado (hacia el Oeste) es una consecuencia tri-
vial de su hipótesis de los cometas como fenómenos ópticos en un vapor ascendente.
La posición de Galileo presentaba problemas interesantes. Según su idea,
los cometas deberían moverse hacia el zenit sin sobrepasarlo. El hecho de que
en ocasiones se muevan más al Norte se apunta crípticamente como debido al
efecto del movimiento terrestre, pues sería preciso "añadir alguna otra razón de
tal desviación aparente" , cosa que, dice, "no osaré hacer" . Para ello habría que
conocer la estructura del mundo, que tan sólo "podemos conjeturar entre som-
bras" , ya que" la prometida por Tycho quedó sin terminar." Grassi se lanzó sobre
esta idea con mal disimuladas acusaciones de herejía y una formulación relati-
vista de la verdad: "entre los católicos la Tierra no se mueve". Eran buenos argu-
mentos, aunque no de carácter científico.
Pero a estas alturas está claro que ambas posiciones estaban llenas de difi-
cultades. El objetivo de Galileo no era tanto proponer una hipótesis sobre los come-
tas, cuanto eliminarlos como amenazas anti-copernicanas a favor de Tycho. Ante
la imposibilidad de un debate claro sobre el sistema del mundo, en ausencia de
cualquier idea no meramente especulativa acerca de la dinámica celeste, por no
hablar de la física de la atmósfera, la cuestión no tenía salida. Por eso resulta espe-
cialmente útil para desvelar los intereses de Galileo y los jesuitas del Collegio
Romano que dirigían el desarrollo de la polémica. Todo se orientó rápidamente
hacia el problema fundamental: que el copernicanismo no se podía defender y el
ticonismo era la única salida políticamente aceptable. La consecuencia fue vetar
la crítica a los jesuitas y a Brahe, quien se convirtió así en:

59
GALILEO y LA GESTACIÓN DE LA CIENCIA MODERNA

3. El hombre invisible (1624-1632)

La primavera del año 1624 marcó una inflexión en la lucha de Galileo a


favor de Copérnico. Se reunió media docena de veces con el nuevo Papa, Urbano
VIII, que se hacía leer Il Saggiatore (1623), y preparó, quizá a instancias suyas,
la Respuesta a Ingoli que hizo circular en el otoño. Es revelador que ni en ella
ni en el posterior Diálogo critique el sistema de Brahe. Sin embargo, hacía tiempo
que Ptolomeo había dejado de ser una opción y la disputa se centraba en Copér-
nico y Tycho Brahe. Galileo lo da a entender en privado cuando en Octubre de
1629 responde a la pregunta de Diodati sobre cómo va "el diálogo sobre las mareas
para establecer el nuevo sistema": "Ha de saber que hace un mes tomé de nuevo
mi diálogo sobre las mareas postergado tres años [. ..]. Aparte de las mareas apa-
recerán muchos otros problemas y una amplísima del sistema copernicano, mos-
trando la nulidad de cuanto han aportado Tycho y otros en su contra" .
Este era el plan: un tratado de física para demostrar el copernicanismo y
refutar el ticonismo; pero no se plasmó en el Diálogo publicado, pues en él las
mareas no son el tema principal, el sistema de Brahe ni se menciona, y no se demues-
tra explícitamente el de Copérnico. Galileo acabó el Diálogo a principios de 1630.
Entre Mayo y Junio estuvo en Roma gestionando el permiso de publicación, mien-
tras se difundía el rumor de que el libro contradecía a los jesuitas. Se entrevistó
con el Papa mientras se agitaba en su contra, y en Julio lo encontramos de nuevo
en Florencia preparando el prefacio, el final y otros retoques que no fueron peque-
ños: más que retoques, fueron trastoques. El tratado físico sobre las mareas y el
movimiento terrestre se transfomó en otro hipotético e inconcluyente sobre los
dos máximos sistemas; pero no el copernicano contra el ticónico, que era el rival
real, sino contra el ptolemaico en el que ya nadie creía.
La invisibilidad de Tycho y los jesuitas se compadece con estas transfor-
maciones, pues su cosmología era la única que quedaba frente a Copérnico, y de
ser destruida, de nada serviría el cínico instrumentalismo de Bellarmino ni la "angé-
lica doctrina" del Papa, según la cual Dios puede hacer que todo ocurra como
si la Tierra se moviese aunque no se mueva. La orden de suprimir la crítica al
único sistema alternativo a Copérnico se puede conjeturar por el contraste entre
los planes contados a E. Diodati y el resultado final.
Además sabemos que el Papa había intimado a Galileo lo que tenía que
hacer y por qué, sin que las razones diplomáticas dadas pudiesen divulgarse. Pro-
bablemente se le indicó que atacase a Ptolomeo y los peripatéticos tratando el
movimiento de la Tierra como hipótesis indemostrable (tal como reza el subtí-
tulo) y dejase en paz a Tycho y los jesuitas del Collegio Romano.
Tras la publicación del Diálogo (1632), en Septiembre de 1632, con oca-
sión de las diligencias del inminente juicio contra Galileo, el embajador de Tos-
cana en la Santa Sede se entrevistó con un Papa iracundo porque Galileo lo habría
"engañado" al publicar ciertas cosas en su libro que constituían "los temas más

60
Los COMETAS CONTRA COPÉRNICO:
BRAHE, GALILEO y LOS JESUITAS

peligrosos y serios con los que se pueda enredar en estos momentos". No quiere
decirle cuáles son, porque "él [Galileo} sabe muy bien dónde están los proble-
mas" , ya que "los hemos discutido con él y nos los ha oído a nos mismo" . Obvia-
mente no se trataba sencillamente de que hubiera defendido el movimiento terres-
tre, pues eso se podía decir, se debía decir, y de hecho se dijo como justificación
de la condena. Es más, el embajador escribió días después que el Papa le había
señalado que "el asunto es más grave de lo que piensa Su Alteza [de Medici). A
continuación empezó a contarme este asunto y estas opiniones, aunque con orden
explícita de no revelar tales cosas ni siquiera a su Alteza" . Sin duda se trataba de
intrigas políticas entre facciones descritas por P. Redondi, sobre las que no se podía
ser explícito, y no de tesis cosmológicas perfectamente formulables públicamente.
Un buen ejemplo del ocultamiento de las críticas a Brahe se puede rastrear
en la Jornada III del Diálogo. El argumento a favor del movimiento terrestre se
dirige principalmente contra Brahe, dado que comienza distinguiendo el centro
geométrico del dinámico, lo que sólo se aplica a su sistema. El argumento deriva
del patrón de movimiento que muestran estacionalmente las manchas solares, dado
que los ejes de rotación solar y terrestre no son paralelos. Desde una perspectiva
geométrica, puramente cinemática, ese patrón puede generarse en cualquiera de
los sistemas del mundo, si se les permite otorgar cualesquiera movimientos al Sol.
Pero desde una perspectiva física, eso no es posible. Kepler decía que el hecho
de que un modelo geométrico salve las apariencias no basta para establecer su
verdad, ya que otros distintos pueden hacer lo mismo, y señala que el criterio de
decisión es la dinámica. Galileo pensaba lo mismo, pero no podía decirlo de forma
explícita sin transgredir las órdenes de los censores de discutir las cosas ex hypot-
hesi al modo de la astronomía, en la que los mismos fenómenos pueden obte-
nerse con diferentes sistemas de esferas.
Pero la dinámica marca la diferencia, pues en el sistema copemicano hay
que suponer movimientos simples y autoconservados ("inerciales") que no exi-
gen causas: las rotaciones uniformes del Sol y la Tierra en tomo a ejes fijos más
el movimiento circular, uniforme y autoconservado de la Tierra en tomo al Sol.
La variación estacional de la orientación de los ejes no precisa explicaciones cau-
sales ad hoc: el Sol permanece inmóvil con su eje inmutable y la Tierra mantiene
constante la orientación del suyo.
Por el contrario, si negamos los dos movimientos terrestres, hemos de atri-
buir al Sol no sólo una rotación sobre su eje, sino también un movimiento dia-
rio y otro anual. Pero no bastan, pues si el Sol mantiene la orientación de su eje
constante a lo largo del día, tendrá que mostrar en 24 horas un patrón como el
estacional. Para evitarlo hay que atribuir al Sol movimientos ad hoc sobre dis-
tintos ejes sin causa precisable.
Ante la contundencia de este argumento palidece la necesidad de criticar
la endeble teoría de los cometas de Brahe. Pero la falta de libertad de discusión
teórica llevó a la polémica de los cometas e indujo a los padres del Collegio Romano

61
GALILEO y LA GESTACIÓN DE LA CIENCIA MODERNA

a cerrar filas contra Galileo y propiciar su condena. Scheiner, quien según dice
Galileo tuvo en sus manos "el secreto del universo" (la inclinación del eje de
rotación solar) aunque "no supo reconocer esa joya" ,azuzó a Grassi contra Gali-
leo, y según su discípulo Viviani ello "dio lugar a todas las controversias que
nacieron al respecto, no menos que a todos los disgustos que el Señor Galileo
recibió, desde aquel momento hasta sus últimos días, con eterna persecución de
todas sus acciones y declaraciones". También G. Naudé, bibliotecario de un car-
denal romano, escribía a Gassendi explicando que el motor del ataque contra Gali-
leo estaba "en las maquinaciones del P. Scheiner y otros jesuitas que quieren eli-
minarlo" . Lo hicieron.
Históricamente, no obstante, la desorganización del plan original de la obra
de Galileo y la condena posterior no sirvieron para nada. El desarrollo de la cien-
cia iba en el sentido de unir la astronomía matemática descriptiva con la física
dinámica explicativa. La función dinámica solar iniciada por Kepler, que culminó
con la gravitación newtoniana, sólo pudo ser apuntada y sugerida por Galileo en
uno de los casos históricos más desgraciados de injerencia en la ciencia de inte-
reses espurios. Cuáles eran, lo explica muy bien el también jesuita G. Riccioli:

Si se aceptase la libertad que se toman los copernicanos de


interpretar los textos de las escrituras y de eludir los decretos ecle-
siásticos, se produciría el peligro de que no se detuviese en los lími-
tes de la astronomía o de la filosofía natural.

Tenía razón el buen Padre: no nos hemos detenido en esos límites.

62
LOS EXPERIMENTOS IMAGINARIOS DE
OCCAM A GALILEO

Jesús Sánchez Navarro


Universidad de La Laguna

La experimentación se considera una característica fundamental de la cien-


cia moderna, al menos en el campo de las 'ciencias duras'. Incluso cuando nos
referimos al método científico solemos llamarlo indistintamente 'método expe-
rimental'. Suponemos en todos los casos que la experimentación, es decir, la simu-
lación controlada de los fenómenos de la naturaleza y su manipulación en las con-
diciones ideales de laboratorio, es la forma más adecuada y propiamente científica
de recoger información fáctica y comprobar la validez del conocimiento cientí-
fico. Otros principios básicos de la ciencia, como los de parsimonia, economía,
repetibilidad o naturalización, sólo son corolarios de ese supuesto fundamental.
En este sentido, la experimentación no es más que la máxima expresión del empi-
rismo, del principio según el cual todo nuestro conocimiento del mundo que nos
rodea proviene de la experiencia y la única manera de decidir objetiva e inter-
subjetivamente la validez, la verdad o la falsedad, de ese conocimiento es la com-
paración con la experiencia. Si la observación de los fenómenos de la naturaleza
es tan importante para el conocimiento, parece lógico que la posibilidad de repro-
ducirlos en condiciones ideales y controladas, repetirlos a voluntad, manipular-
los y modificarlos intencionadamente redunde inexorablemente en el aumento y
perfeccionamiento del conocimiento. Por eso no es extraño que la capacidad expe-
rimental se utilice frecuentemente como una forma de distinguir las ciencias 'duras'
de las 'blandas' o como un indicador de progreso científico. En este sentido, un
experimento cumple una serie de funciones fundamentales en la ciencia:

63
GALILEO y LA GESTACIÓN DE LA CIENCIA MODERNA

Recoger y, si se quiere, descubrir nueva información fáctica.


Comprobar empíricamente las predicciones derivadas de las teorías y
a través de ellas la validez de las teorías mismas.
Controlar las variables intervinientes en los fenómenos y su influencia
Cuantificar y medir con precisión (y, como consecuencia, establecer corre-
laciones matemáticas).
Detectar nuevas entidades o producir fenómenos nuevos, etc.
En todos los casos es una condición fundamental que el experimento sea
real, es decir, que se haya llevado a cabo. Dada su estrecha conexión con el empi-
rismo, el experimento mismo debe ser un hecho.
Sin embargo, a lo largo de la historia de la ciencia se puede encontrar un
amplio grupo de 'experimentos' que no satisfacen esta condición y que no cum-
plen esas funciones, pero que gozan de gran reconocimiento. A este grupo per-
tenecen el experimento de los gemelos; el de Einstein-Podolski-Rosen; los del
rayo de luz y el ascensor de Einstein; el gato de SchrOdinger; el diablillo de Max-
well; la bala de cañón de Hooke y Newton; el cubo de Newton; el de las bolas
que chocan y el de la vis viva de Leibniz; la cadena sin fin de Stevin, etc, y varios
de Galileo, como el de la caída libre o el del movimiento continuo rectilíneo. A
pesar de su amplia variedad, todos ellos tienen en común que no se han llevado
a cabo y, en este sentido, que no son empíricos, sino conceptuales. De la misma
manera, no recogen hechos, sino pensamientos y en la mayoría de los casos ni
siquiera son posibles, sino meramente concebibles. Por eso se les llama experi-
mentos mentales o experimentos imaginarios a partir del nombre 'gedankenex-
perimente' que les dio E. Mach a finales del siglo XIX en sus libros La Ciencia
de la Mecánica y Conocimiento y Error.
En un sentido general, son instrumentos de la imaginación utilizados para
investigar la naturaleza siguiendo un mismo esquema: se visualiza una situación,
se lleva a cabo mentalmente una operación y se ve lo que ocurriría. Lo sorpren-
dente es que parecen enseñar algo nuevo sobre la naturaleza sin nuevos datos empí-
ricos, sólo a partir de datos ya conocidos. En cierto modo, es como si mostraran
la existencia de un paralelismo entre el pensamiento y la realidad: lo que se pre-
senta al pensamiento como inevitable, es inevitable en la realidad. De ahí que se
les relacione frecuentemente con el platonismo y el racionalismo, o que se les
considere depósitos de conocimiento a priori. Por razones parecidas se pensó, al
menos hasta la crisis de la geometría euclídea, que eran el tipo de experimento
propio y característico de las matemáticas, dada su naturaleza intermedia entre
la experimentación y la demostración. Igualmente, incluyen un elevado compo-
nente filosófico tanto acerca de los ideales de la naturaleza, como acerca de la
razón humana, lo que hace que su uso haya sido también frecuente en filosofía
(aunque en este caso suelen reflejar intuiciones internas y creencias más o menos
asumidas sobre la realidad, por lo que se les considera experimentos mentales
puros para distinguirlos de los experimentos imaginarios de la ciencia). En cual-

64
Los EXPERIMENTOS IMAGINARIOS DE OCCAM A GALILEO

quier caso, su influencia e importancia para la ciencia es muy grande y Mach llega
a considerarlos necesarios y previos a los experimentos físicos (una condición
previa para el diseño de experimentos). Otros, como Kuhn, los consideran fun-
damentales en los procesos de cambio científico, porque permiten enfocar los pro-
blemas desde nuevos puntos de vista generando anomalías a la teoría dominante
y ayudan a reconceptualizar el mundo de una manera diferente partiendo de datos
ya conocidos y familiares. No obstante, las posiciones dominantes respecto a la
naturaleza de los experimentos imaginarios se reparten entre cuatro grandes pun-
tos de vista:

a. No son experimentos estrictos, sino argumentos disfrazados que parten


de premisas basadas en la experiencia y sigue~ reglas de inferencia induc-
tiva o deductiva para llegar a la conclusión. En este sentido, no difieren
más que en la forma de otros tipos de argumentación y nunca van más
allá de la experiencia, ni proporcionan información acerca del mundo.
Pueden tener, eso sí, valor de convicción o fuerza retórica, e incluso pue-
den ser útiles para mostrar la consistencia interna de la teoría, pero son
redundantes en lo que a la naturaleza de la realidad se refiere.
b. Son casos límite de experimentos ordinarios en el sentido de que alcan-
zan sus objetivos sin ser ejecutados. Estos objetivos pueden ser, según
el experimento imaginario de que se trate, 'destructivos', es decir, de ata-
que a una teoría rival o dominante, 'ejemplificadores' de alguna conse-
cuencia o implicación de una teoría, o 'heurísticos'. En los tres casos no
difieren sustancialmente de los experimentos ordinarios salvo en su con-
tundencia lógica. En el mismo sentido, puesto que todo experimento pre-
tende ser una simulación simplificada de la naturaleza e incluye ideali-
zaciones de los fenómenos, un experimento imaginario es sólo un caso
de simplificación e idealización extrema.
~c. Son modelos mentales, o ejemplificaciones de modelos mentales, que
reconstruyen los datos conocidos de una manera diferente. En este sen-
tido, son constructivos y falibles y tienen gran importancia para la cons-
trucción de modelos teóricos y su aplicación.
d. Son experimentos genuinos, aunque diferentes de los experimentos físi-
cos reales, que permiten adquirir conocimiento a priori de la naturaleza
a partir de datos viejos y ya conocidos. En este sentido, proporcionan infor-
mación nueva acerca de la realidad, sus propiedades y su estructura a pesar
de no ser empíricos y en este sentido son platónicos en sentido estricto.

Sea cual fuere la posición que se elija, lo cierto es que los experimentos
imaginarios han jugado un papel importante en la historia de la ciencia y en espe-
cial en el desarrollo de la ciencia moderna a partir de la Revolución Científica.
No en vano Galileo, junto con Einstein, fue uno de los grandes cultivadores de
este tipo de experimentos, aunque también se encuentran en Descartes, Leibniz,

65
GALILEO y LA GESTACIÓN DE LA CIENCIA MODERNA

Hooke, Newton, etc. Pero son también uno de los elementos que conectan la cien-
cia moderna con el periodo inmediatamente anterior. En efecto, los experimen-
tos imaginarios jugaron también un papel importante en la ciencia y la filosofía
del siglo XIV y en el desarrollo de la cuantificación de las cualidades o la Teo-
ría del Ímpetus. Aunque los experimentos secundum imaginationem utilizados por
los medievales tardíos están más cerca de los experimentos mentales filosóficos
que de los experimentos científicos imaginarios en sentido estricto, lo cierto es
que hay relaciones evidentes entre ellos y ésta es una de las razones por las que
se suele considerar a los Calculadores de Oxford o a la Escuela de París como
precursores de Galileo y a las teorías que desarrollaron como un paso importante
hacia la Revolución Científica pese al giro fundamental que ésta introduciría en
la ciencia. Además, aunque los experimentos mentales se pueden encontrar en la
Antigüedad, como en el caso de Zenón, Platón, Lucrecio o el propio Aristóteles,
su utilización sistemática y a gran escala es una característica distintiva de la época
medieval tardía como consecuencia de la polémica de los universales y de la dis-
puta de la prioridad entre la filosofía y la teología.

LA POLÉMICA DE LOS UNIVERSALES Y EL DESARROLLO


DEL NOMINALISMO

El origen de la disputa de los universales se encuentra en unos comenta-


rios de Boecio acerca de los planteamientos de Aristóteles sobre la naturaleza y
el status ontológico de los nombres comunes y las ideas universales abstractas.
En el análisis de Boecio el problema consiste en determinar la relación de estas
ideas o formas universales con los objetos individuales, los números y la mente
del sujeto que conoce. Las posiciones clásicas ante el problema eran tres:

a. Las ideas universales son ideas eternas separadas de las cosas particu-
lares y con el mismo tipo de existencia real que éstas (salvo que no son
directamente observables). Más aún, las cosas concretas son como son
porque participan de esas ideas universales, que serían ontológicamente
previas. Se llamaban en este caso universalia ante remo Esta posición,
atribuida tradicionalmente a Platón, fue modificada por S. Agustín para
adaptarla al cristianismo. Así las consideraba ideas eternas en la mente
divina, siendo los objetos concretos, y en general la materia, simples
sombras de esas ideas. Esta posición fue la dominante hasta la irrup-
ción del aristotelismo en el siglo XII y continuó posteriormente con modi-
ficaciones en las propuestas más místicas. Se la llama Realismo Fuerte.
b. Las ideas u~ersales existen realmente, pero de forma diferente a los
objetos concretos. Subsisten en las cosas individuales y sólo en ellas,
no tienen existencia separada. Pero esto no impide que sean tan rea-
les como las cosas concretas; son formas distintas de existencia y se

66
Los EXPERIMENTOS IMAGINARIOS DE OCCAM A GALILEO

accede a ellas por caminos distintos, en un caso la abstracción y la


razón y en el otro la experiencia. Precisamente es la existencia de esos
principios y formas en las cosas lo que las hace ser como son. Se lla-
maban, en este caso, universalia in re. Atribuida a Aristóteles se hizo
popular, sobre todo, en el siglo XIII, aunque adoptó numerosas varia-
ciones (desde el determinismo de los averroístas latinos hasta el refi-
nado realismo de Duns Scoto, pasando por algunos planteamientos
de Tomás de Aquino). Suele llamarse Realismo Moderado.
c. Las ideas universales no tienen existencia real, sino que son conceptos,
abstracciones de las cosas concretas o meros nombres. Se llaman ahora
universalia post rem y según se eligiera una posición u otra surgían,
sin embargo, dos enfoques diferentes, q~e suelen englobarse bajo la
etiqueta de Nominalismo a pesar de sus profundas diferencias:
c1. Estas ideas son conceptos racionales con existencia mental que no
dependen de los sujetos individuales, sino de las reglas internas de la
racionalidad e incluso de la estructura racional del mundo. En cierto
modo, se puede decir que son conceptos mentales o racionales que tie-
nen su correlato en las cosas o están en ellas como propiedades, cua-
lidades, etc. Esta posición se llama Conceptualismo y mantiene una
estrecha conexión con la anterior, hasta el punto que algunos autores
oscilan entre ellas (Sto. Tomás, el propio Aristóteles). Igualmente,
muchos otros que se denominan Nominalistas por oposición al Rea-
lismo se sitúan también en esta posición.
c2. Las ideas universales son simplemente nombres sin referente o, en
el mejor de los casos, simples abstracciones de semejanzas entre los
objetos individuales y las usamos los sujetos para designar esas seme-
janzas (a modo de abreviaturas). En este sentido, su referencia son
sencillamente otras palabras, no entidades reales, pues sólo existen
las cosas individuales. Éste es el Nominalismo estricto, cuyo princi-
pal representante es Occam.

Planteada en estos términos, la polémica puede parecer excesivamente meta-


física y poco interesante para la ciencia. Sin embargo, tras ese lenguaje retorcido
y plagado de sutilezas propias de la época, se están planteando muchas cuestio-
I nes metodológicas y filosóficas referidas a la naturaleza misma de la ciencia y
\ los conceptos científicos. Por citar sólo algunas:

Lá naturaleza de la estructura del mundo, su racionalidad (y, por tanto, la


posibilidad de descubrirla, comprenderla o inventarla, según el caso) y la
capacidad humana de explicarla mediante la ciencia.
El status de las leyes e hipótesis de la ciencia (o de los conceptos que las
integran) y la mejor forma de llegar a ellos (a priori, abstracción, experiencia
o experimentación).

67
GALILEO y LA GESTACIÓN DE LA CIENCIA MODERNA

La naturaleza última de la Física y las Matemáticas, la prioridad entre


ellas e incluso su posible conexión. En el mismo sentido, la naturaleza
esencial de la geometría y el lenguaje o, por contra, su convencionalismo
y la posibilidad de inventar un formalismo sin referencia que pueda usarse
útilmente para la descripción y análisis de la naturaleza (de modo seme-
jante a como usamos el lenguaje ordinario, plagado de nombres comu-
nes, según los nominalistas sin referencia, para describir la realidad).
La explicación y justificación de nuestras clasificaciones de la naturale-
za y la posibilidad de medirlas. Igualmente, si las metrizaciones (la cuan-
tificación de las cualidades) han de ser extensionales o intensionales.
En el mismo orden de cosas, la necesidad o el posibilismo y falibilismo
de los principios científicos.
La posibilidad de encontrar un estándar de verdad para el conocimiento
humano, incluyendo el científico, y distinguir lo real de lo aparente. Una
parte de este problema es el papel de la autoridad en el conocimiento y
la licitud de criticar, discutir y plantear alternativas al conocimiento gene-
ralmente aceptado.
La naturaleza de la causalidad y la existencia misma de causas, así como
los métodos para descubrirlas a partir de sus efectos o postularlas ins-
trumentalmente. Igualmente, la conveniencia de que las explicaciones
sean por causas esenciales, por causas eficientes inmediatas o, sim-
plebente, descripciones acerca de cómo se producen los fenómenos (lo
qu¿ ya contiene en sí mismo la explicación de por qué). En todos los
ca~os, esto supone plantearse el papel de la experiencia y de la induc-
ción. Aquí entra también el papel de los experimentos mentales y su
posible utilidad para la ciencia.

Éstos, y otros problemas semejantes, se encuentran en los textos de los


escolásticos como derivaciones de su discusión acerca de la naturaleza de los
universales. El que los presenten como argumentaciones de segundo orden no
les quita importancia, ni significa que no fueran influyentes. La propia forma
de argumentación medieval y su gusto por la jerarquización de los problemas
es la responsable de que no se escribieran tratados específicos sobre estos temas
y que aparecieran como flecos en la polémica de los universales. La misma
polémica general está subsumida en otra, mucho más importante en la época,
que constituye la columna vertebral de toda la cultura medieval: la polémica
sobre la filosofía y la teología. Incluso el desarrollo del Nominalismo es una
derivación de esa disputa. En 1277 se condenaron las 219 tesis aristotélicas
(la mayoría aristotélico-averroístas) que chocaban con el dogma cristiano. Esa
condena marca toda la concepción filosófica del mundo del siglo XlV. Hasta
ese momento, la influencia del aristotelismo había llevado a dos planteamientos
alternativos:

68
Los EXPERIMENTOS IMAGINARIOS DE OCCAM A GALILEO

El clásico tomista, según el cual razón y fe se complementan (o la pri-


mera complementa a la segunda y no pueden entrar en conflicto si la
primera se ejerce rectamente). En tal caso, el mundo tendría una estructura
que puede ser racionalmente conocida y comprendida, precisamente por
ser creación divina. Aunque las verdades necesarias que rigen la estruc-
tura del mundo están limitadas por la libertad de la divinidad (no puede
ser obligada a nada por nada, no hay necesidad más allá de su libertad),
la racionalidad constituye una de las características fundamentales de
la divinidad y por tanto de su creación.
El averroísta, para el cual en los asuntos de conocimiento lo fundamental
es la racionalidad, por encima incluso de la fe. Cada una atiende a sus asun-
tos y en cuanto al conocimiento del mundo_no hay criterio superior a la
razón. La ciencia debe descubrir esas verdades necesarias, en sentido fuerte,
que determinan la estructura de la realidad. De este modo, ciertas tesis aris-
totélicas, como la eternidad del mundo, etc, son perfectamente aceptables
si se demuestran suficientemente, aunque choquen con el dogma (éste sería
el irracional, en el sentido de ser independiente de factores racionales). Otra
forma de decirlo era considerar que el conocimiento del mundo es com-
petencia sólo de la razón, en el sentido de que su racionalidad no puede
ser limitada ni por la voluntad, ni por la libertad humanas o divinas.

No obstante, la posición más extendida después de la condena de 1277 fue


la separación tajante entre razón y fe, pero sin considerarlas en plano de igualdad,
sino concediendo toda la fuerza a la segunda: la estructura del mundo no es racio-
nal, en el sentido de sometida a verdades necesarias que puedan descubrirse por
la razón, ni tan siquiera está claro que el mundo posea una estructura permanente
cognoscible más allá de los fenómenos empíricos, y la propia razón humana es
incapaz de conocerlo completamente e incluso de discernir entre las distintas expli-
caciones posibles que pueden dar cuenta de los fenómenos. La razón última que
se aducía para afmnación tan contundente era que la característica fundamental
de la divinidad no era la racionalidad, sino la voluntad (infinitamente libre, decía
Duns Scoto) o la libertad (Occam): el mundo es como es porque la divinidad así
lo ha querido y si hubiera querido que fuera de otra forma, lo sería, como puede
serlo y cambiar en cualquier momento, si así lo quiere. El único límite a este volunta-
rismo es la contradicción. De esta forma, no sólo en los asuntos teológicos y vita-
les se le concedía prioridad a la fe, sino que la propia uniformidad de la natura-
leza en la que se fundamentan las leyes científicas estaría sustentada en último término
en la libre voluntad de la divinidad.
Lo paradójico es que esta posición tajante no constituyó un freno, sino un
impulso para el desarrollo de la ciencia. Primero, porque dejó sin justificación teó-
rica al aristotelismo. Si la naturaleza de la realidad está sometida de tal forma a
la voluntad divina y no hay verdades necesarias racionales, nada impide someter

69
GALILEO y LA GESTACIÓN DE LA CIENCIA MODERNA

a crítica la filosofía natural aristotélica, fonnular alternativas e incluso, en un libre


juego de la imaginación, discutir y analizar cuestiones que podrían haber ocu-
rrido (desde la pluralidad de universos al movimiento en el vacío y desde la com-
posición del continuo o la infinitud del espacio hasta la naturaleza del tiempo).
Así, no es extraño encontrarse a Alberto de Sajonia planteándose si podría exis-
tir una línea espiral infinita dentro de un cuerpo finito y a N. de Autrecourt afir-
mando que el tiempo no es continuo, sino que está constituido por instantes dis-
cretos indivisibles.
Segundo, porque impulsó los estudios y discusiones metodológicas (como
las citadas más arriba), el análisis de la naturaleza y función del conocimiento
científico y, sobre todo, el desarrollo de métodos aplicables al análisis de casos
y fenómenos empíricos específicos (como la cuantificación de cualidades usada
para medir la intensidad de la luz según el ángulo de incidencia y la distancia o
la velocidad unifonnemente acelerada, o los análisis de Occam de la causa inme-
diata) en lugar de la postulación tradicional de esencias o especies impondera-
bles como causas necesarias de los fenómenos.
Tercero, y principalmente, porque desplazó el punto de atención de la filo-
sofía natural tradicional al estudio empírico y cuantitativo de la naturaleza y favo-
reció el desarrollo del Nominalismo, que tuvo una positiva influencia sobre los
científicos de la época (desde Bradwardine o Dumberton a Oresme y Buridán,
en unos casos por su acuerdo con Occam y en otros, como Buridán, por su com-
promiso con el realismo como reacción a la concepción del movimiento de Occam).
En el caso de Occam, el paso al Nominalismo es muy sencillo. Si la cre-
ación y naturaleza del mundo no dependen de ideas preconcebidas o naturale-
zas comunes, sino de la libertad divina, entonces es innecesario suponer que exis-
tan esencias comunes que se 'realicen' en los individuos, sino sólo cosas
individuales concretas. Dado que estos individuos son más o menos parecidos,
eso nos pennite fonnamos conceptos universales de ellos y usar nombres gene-
rales, pero ambos sólo se refieren, en el mejor de los casos, a esas semejanzas
de los objetos o incluso a otros conceptos y ténninos derivados de los objetos
individuales. De esta fonna, sólo los hechos singulares son reales, pero no su
coherencia o su estructuración racional (ambas las suponemos y construimos los
sujetos), y sólo pueden ser experimentados, pero no deducidos de principios nece-
sarios. El conocimiento, por tanto, se deriva de la experiencia directa, sin con-
ceptos, ni fonnas interpuestos. Sólo en un segundo paso se abstraen sus seme-
janzas o se establecen correlaciones, pero éstas no tienen realidad objetiva, sino
que sólo son abstracciones mentales del comportamiento de los objetos individua-
les (por tanto, ni hay elementos al modo aristotélico, ni lugares naturales, etc).
Por esta razón distingue Occam entre la 'ciencia real', que son proposiciones
acerca de cosas particulares, y la 'ciencia racional', que son las teorías en las
que los nombres representan abstracciones y no algo real. De aquí obtiene Occam
tres principios fundamentales:

70
Los EXPERIMENTOS IMAGINARIOS DE OCCAM A GALILEO

a. El principio de economía o navaja de Occam, que es un principio de simpli-


cidad y economía de explicaciones y entidades, según el cual no hay que pos-
tular la existencia de más entidades que las estrictamente necesarias para dar
una explicación y entre explicaciones alternativas siempre será preferible la
más sencilla. En última instancia, es una extrapolación a todo el conocimiento
de los supuestos de simplicidad y elegancia corrientes incluso en la matemática
griega. Su utilización en la física medieval no sólo tuvo consecuencias devas-
tadoras para la proliferación de imponderables y especies postuladas común-
mente, sino que ayudó a la conexión entre matemáticas y física, como vere-
mos más adelante. Del mismo modo, su influencia posterior en el nacimiento
de la ciencia moderna, en el empirismo inglés o en la eliminación de las poten-
cias naturales en la física del XIX es incuestionable.
b. El estudio de la causalidad y la definición de la causa inmediata. El fuerte
empirismo ontológico sustentado por Occam lo llevaba a mantener una espe-
cie de infradeterminación del conocimiento, según el cual el mismo efecto
puede existir por muchas causas diferentes (y, en el mismo orden de cosas,
el mismo fenómeno puede tener también muchas explicaciones diferentes),
por tanto las conexiones causales sólo pueden fijarse en casos concretos.
Define, así, la causa inmediata como aquella que si está presente, se sigue
el efecto, y si no lo está, no se produce el efecto, siendo todas las demás
cosas iguales. Si aparecen otras causas alternativas, hay que eliminarlas a
partir de la observación, la experimentación, etc. En cualquier caso, nunca
hay evidencia de alguna relación metafísica o esencial entre causa y efecto
(la única 'prueba' es la citada para la causa inmediata), sino sólo la asocia-
ción empírica entre sucesos. Por ello, no pueden probarse de ninguna forma
las causas finales aristotélicas y, aunque puede hablarse de la causa total
como la suma de todos los antecedentes que bastan para producir un suceso,
las únicas causas reales son las inmediatas. Pese a todo, y en términos gene-
rales, las conexiones causales establecidas empíricamente a partir de esas
causas inmediatas son válidas por la uniformidad de la naturaleza (recuér-
dese que para Occam la voluntad y libertad divinas sólo están limitadas por
el principio de no contradicción y esa ausencia de contradicción es suficiente
para garantizar la uniformidad natural, a lo que hay que añadir el uso de la
'navaja de Occam', que también apoya esa uniformidad). Estos análisis occa-
mistas de la causalidad, que recuerdan los de Hume, son los precedentes de
la sustitución de las causas finales por las causas efectivas que caracteriza-
rán los orígenes de la ciencia moderna, de F. Bacon a Galileo.
c. El probabilismo. Es una consecuencia de todo lo anterior y consiste en afir~
mar que la filosofía (y la ciencia, en su caso) puede ofrecer explicaciones
probables, pero no necesarias. Por eso, es natural que existan distintas expli-
caciones del mismo fenómeno y, además, es lícito y conveniente buscar
otras nuevas. De entre ellas hay que elegir siempre la más probable a la

71
GALILEO y LA GESTACIÓN DE LA CIENCIA MODERNA

luz de la experiencia y del principio de economía (aunque nunca será com-


pletamente cierta, sólo probable). Por eso, es importante la proliferación
de alternativas para mejorar nuestras explicaciones de la naturaleza. Este
probabilismo es lo que se encuentra a la base de la Teoría del Ímpetus, de
los trabajos de los Calculadores de Oxford y de las discusiones de Oresme
respecto a la inmovilidad de la Tierra. Pero, además, el probabilismo tiene
una consecuencia metodológica importante para todas las teorías citadas:
el uso de los supuestos secundum imaginationem, es decir, imaginar todo
tipo de posibilidades sin tomar en consideración su realidad física o su posi-
ble aplicación. Esto permite analizar los fenómenos en forma hipotética y
recurrir sin restricción a experimentos mentales e imaginarios, factores ambos
importantes en el análisis de las variaciones de intensidad de las cualida-
des y los movimientos (introduciendo distinciones formales, variantes inob-
servables, etc, pero sin llegar a postular que las conclusiones tuvieran corres-
pondencia física).

EL PROBLEMA DE LA INTENSIFICACIÓN Y DISMINUCIÓN


DE FORMAS Y CUALIDADES

El análisis de las variaciones de intensidad de las cualidades y movimien-


tos o, para abreviar, la cuantificación de las cualidades, es uno de los logros más
importantes de la ciencia del siglo XIV y se ha considerado, tradicionalmente,
como el primer paso hacia la construcción de la Física Matemática. La tarea la
llevaron a cabo un grupo de matemáticos de Oxford, todos ellos sucesivos pro-
fesores del Merton College, de donde viene su nombre colectivo: Calculadores
de Oxford o Mertonianos. Entre ellos se encuentran Bradwardine, Heytesbury,
Swineshead, Dumbleton, etc. y centraron su trabajo en lo que llamaron 'el pro-
blema de la intensificación y disminución de formas y cualidades' .
El origen del problema está en las críticas de Occam y los nominalistas al
tratamiento aristotélico de las cualidades. Para Aristóteles cantidad y cualidad son
cuestiones completamente distintas. Aunque ambas son dos formas de cambio (junto
al sustancial y al movimiento local), ni pueden combinarse, ni tienen ninguna rela-
ción entre sí. La razón es que el cambio cuantitativo consiste en la adición o sustrac-
ción de partes homogéneas, sean continuas (distancia espacial), sean discontinuas
(números). Por eso, no hay cambio de especie, puesto que la mayor contiene a
la menor. En otras palabras, todas las partes que se añaden o se restan poseen las
mismas propiedades y atributos y son idénticas entre sí; la entidad sometida al
cambio (sea una distancia que aumenta, una serie creciente de números, un objeto
que crece o disminuye, etc) conserva a través del proceso tanto su identidad esen-
cial, como el conjunto de propiedades que la identifican y la hacen ser como es.
El estado final del proceso, si es de aumento, contiene el estado inicial, o está
contenido en él, si es de disminución.

72
Los EXPERIMENTOS IMAGINARIOS DE OCCAM A GALILEO

Por el contrario, el cambio cualitativo no se debe a la adición o resta de


partes homogéneas, sino a la pérdida de una especie y la ganancia de otra. Es
decir, en este cambio la entidad conserva su identidad esencial, pero pierde una
propiedad o atributo y la sustituye por otra diferente (aunque pueda ser muy pare-
cida). Esto vale, por ejemplo, para el cambio de color, pero también para proce-
sos más oscuros, como el aumento o disminución del calor, la intensidad de la
luz e incluso el ,movimiento (si se considera que el lugar ocupado por el cuerpo
determina una especie y por tanto el paso de un lugar a otro implica perder una
especie y"ganar otra distinta; esto no es sorprendente en Aristóteles si se tiene en
cuenta que concibe el universo integrado por lugares cualitativamente diferentes
-arriba, abajo, etc.). En favor de su rechazo de la homogeneidad del cambio cua-
litativo, Aristóteles aduce como ejemplo que el añadir un cuerpo caliente a otro
no lo hace más caliente, lo que debería ocurrir si fueran partes homogéneas (aña-
dir una distancia a otra sí la hace más grande).
Esta concepción aristotélica implicaba una multiplicación de especies y atri-
butos que chocaba frontalmente con el Nominalismo y la navaja de Occam. De
ahí que Occam lo rechazara, considerando que la intensidad de una cualidad puede
ser medida en grados numéricos. En tal caso, todas las diferencias reales se redu-
cirían a diferencias en cantidad y la intensidad de una cualidad podría medirse
igual que la magnitud de una cantidad. Rechazaba el ejemplo aristotélico de los
cuerpos calientes afirmando que el problema estaba en que se añaden los cuer-
pos; si se pudiera añadir sólo la cualidad --calor- a la otra cualidad --calor, tam-
bién-, el resultado sería un cuerpo más caliente. Concluía, de ahí, que las dife-
rencias cualitativas consistían en diferencias de la estructura geométrica, del número
o del movimiento. Todo esto tenía, además, un punto de apoyo en la Óptica donde,
desde Grosseteste, se había intentado probar que la diferencia en los efectos cua-
litativos de la luz se debían a diferencias cuantitativas (el debilitamiento de la luz
blanca a la refracción, los cambios en la intensidad y el calor al ángulo de inci-
dencia y a la concentración luminosa, etc.). Incluso, R. Bacon ya había supuesto
que el calor era resultado del movimiento.
Lo que hacía falta era encontrar un método adecuado que permitiera la cuan-
tificación de las cualidades y, de esta forma, la conexión de Matemáticas y Física,
el estudio matemático de la naturaleza. Éste es el trabajo que llevan a cabo los
Calculadores de Oxford y tiene dos características importantes: a) Se centran en
el estudio del movimiento, lo que contribuirá al desarrollo, o a demostrar la posibi-
lidad del desarrollo, de la Cinemática mediante la definición de algunos concep-
tos fundamentales (movimiento uniforme, aceleración uniforme, velocidad ins-
tantánea, etc.); b) Hacen el análisis en términos de distancia y tiempo, dos nociones
cuya combinación era rechazada por Aristóteles, y a partir casi exclusivamente
de experimentos imaginarios.
La base del análisis tiene, nuevamente, resonancias occamistas: supone que
hay una variación concomitante entre causa y efecto, de manera que, al modo de

73
GALILEO y LA GESTACIÓN DE LA CIENCIA MODERNA

la causa inmediata de Occam antes citada, el efecto se explica en función de las


condiciones necesarias y suficientes que lo producen y así se relacionan sus cam-
bios. Pero lo hacen matemáticamente, considerando que la velocidad (variable
dependiente) se explica en una función algebraica de distancia y tiempo (varia-
bles independientes).
El primer método utilizado es el 'álgebra de palabras' de Bradwardine en
la que se emplean letras del alfabeto para sustituir a las cantidades de las varia-
bles, mientras las operaciones se describen con palabras. Este recurso a las letras
del alfabeto permite' evitar el problema aristotélico de la imposibilidad de com-
binar cantidades no comparables y representa uno de los primeros intentos cons-
cientes de introducir un formalismo algebraico, aunque a niveles aún muy elementa-
les. Esto permite a Bradwardine reformular las afirmaciones aristotélicas acerca
del movimiento violento relacionando v (la velocidad) con f y r a la vez (la fuerza
motriz y la resistencia).
Los restantes 'calculadores' perfeccionaron el método y lo utilizaron para
estudiar estas proporciones en distintos campos (movimiento local, calor, luz etc.).
Lo que pretenden es expresar los grados en que aumenta o disminuye una cuali-
dad respecto a una escala que ha sido fIjada previamente. Llaman forma a cual-
quier cualidad o cantidad variable en la naturaleza y suponen que la intensio (inten-
sidad) de una forma es el valor numérico que hay que asignarle. A su vez, hablan
de la velocidad con que cambia la intensio con respecto a otra forma conocida, a
la que llaman extensio (extensión). También las llaman, respectivamente, latitud
y longitud. P. ej., se puede fijar la intensio de la velocidad (y la velocidad con que
esta intensio cambia) por referencia a la extensio de la distancia o el tiempo. Todo
esto les permite definir una serie de conceptos fundamentales, como el movimien-
to uniforme y el movimiento acelerado, aunque ellos los formulan en general como
formas de cambio para aplicarlos a la velocidad con que cambia una intensio cual-
qUIera:

Cambio uniforme (movimiento uniforme, en su caso): cuando se reco-


rren distancias iguales en intervalos sucesivos de tiempo iguales o el reco-
rrido de distancias iguales en cualquier intervalo de tiempo.
Cambio disforme (movimiento acelerado): cuando se recorren distan-
cias desiguales en intervalos de tiempo iguales.
Cambio uniformemente disforme (uniformemente acelerado): movimiento
en que se adquiere un incremento igual de velocidad en cualquier inter-
valo igual de tiempo.
Cambio disformemente disforme: incrementos desiguales de velocidad
en tiempos iguales.
Velocidad instantánea: la distancia recorrida por un punto en movimiento
si ese punto fuera impulsado uniformemente durante un periodo de tiempo
con la misma velocidad que poseía en ese instante.

74
Los EXPERIMENTOS IMAGINARIOS DE OCCAM A GALILEO

Además de todo esto, hacen desarrollos concretos, el más importante de los


cuales es el teorema de la velocidad media, también llamado teorema de Merton
(por el Merton College, aunque también se le llama teorema de Oresme por la prueba
gráfica que éste dio). En nuestros términos, el teorema es: S = 1/2 VfÍ' es decir,
la distancia recorrida por un cuerpo que parte del reposo con velocidad unifor-
memente acelerada equivale a la mitad de su velocidad final multiplicada por el
tiempo. Pero es mucho más interesante verlo en su formulación. Primero, se aftrma
que un cuerpo que inicia la aceleración uniforme a partir del reposo recorre cierta
distancia en cierto tiempo. Segundo, se postula el lema que debe ser probado: si
el mismo cuerpo hubiera de estar en movimiento durante el mismo intervalo de
tiempo con una velocidad uniforme igual a la velocidad instantánea en el instante
intermedio de su aceleración uniforme, recorrería una distancia igual. De esta forma
se equiparan un movimiento acelerado y un movimiento uniforme al expresar la
distancia recorrida por el primero en términos de la recorrida por el segundo.
La prueba de este teorema la da Oresme en su libro De las configuraciones
de las cualidades yeso nos lleva al segundo método utilizado para cuantificar cua-
lidades. Utilizado en la Universidad de París era básicamente un método geomé-
trico que recurría al uso de gráftcas. La extensio se representa mediante una línea
recta horizontal (longitud) y cada grado de la intensio se representa mediante una
línea vertical de altura determinada (latitud). La línea que une los extremos de estas
líneas verticales determina la velocidad y el modo del cambio de la intensio. Lo
que se pretende con este método gráfico de 'representación de las latitudes de for-
mas' (este nombre le da Oresme) es construir figuras que representen la cantidad
de cualidad, de manera que las propiedades de la figura (equivalencias, etc) repre-
senten propiedades intrínsecas de la cualidad. En esto consiste su demostración
del teorema de la velocidad media: como las áreas de las ftguras resultantes del
movimiento uniforme y del uniformemente acelerado son iguales, ambos movi-
mientos tienen que ser equivalentes. Si el método anterior de los oxonienses recuerda
al de Galileo, éste de Oresme recuerda la geometría analítica cartesiana, pero con
una diferencia básica: su interés se centra en la figura, por lo que no hay una aso-
ciación sistemática de una relación algebraica con una representación gráfica.
Ambos métodos, y el intento mismo de cuantificación de las cualidades,
dan una idea clara del cambio acontecido en el siglo XIV con respecto a toda la
época. Su interés es el de haber sido precursores de muchos de los planteamien-
tos que condujeron a la construcción de la ciencia moderna. Sin embargo, tienen
una diferencia fundamental con los trabajos de los siglos XVI y XVII: son abso-
lutamente teóricos. El estudio de los problemas cinemáticos en Oxford está basado
en experimentos mentales y supuestos secundum imaginationem; en París se recu-
rre a observaciones derivadas frecuentemente de la Teoría del Ímpetus, pero no
hay ninguna referencia a experimentos que no sean imaginarios. En este sentido,
aún siendo precursores de los trabajos de Galileo, los analistas de las intensida-
des y formas siguen siendo medievales.

75
GALILEO y LA GESTACIÓN DE LA CIENCIA MODERNA

LA TEORÍA DEL ÍMPETUS

El otro gran desarrollo de la ciencia del siglo XIV es la Teoría del Ímpetus
desarrollada en París, especialmente por Buridán. Aunque las repercusiones de esta
teoría son inferiores a las del análisis de las cualidades, sin embargo fue muy influ-
yente en su época y marca el comienzo de una línea que llega hasta Galileo a tra-
vés de Benedetti y otros autores renacentistas. Pero antes de pasar a la exposición
de la teoría conviene señalar los problemas con que se encontraba la teoría aristo-
télica del movimiento, los cuales constituyen el origen de la propuesta de Buridán.
Aristóteles había considerado el movimiento local como uno de los tipos
de cambio y había establecido una distinción entre dos movimientos radicalmente
diferentes:

Movimiento natural: Es el movimiento de los cuerpos hacia su lugar natu-


ral (arriba, abajo, etc.) según su composición a partir de los cuatro ele-
mentos. Su característica básica es que está gobernado por causas fina-
les (la tendencia natural) o, si se defmen como eficientes, por causas intemas
(apetitos, potencias naturales, etc.). En último término, el comportamiento
de cualquier objeto a este nivel viene dado por la posesión de 'pesadez'
o de 'ligereza'. En cuanto al comportamiento de los cuerpos en el movi-
miento natural, su velocidad es proporcional a su peso e inversa a la resis-
tencia del medio y el tiempo sería proporcional a la resistencia del medio
e inverso al peso. Este principio, en cualquier caso, es cualitativo (la cuan-
tificación y las fórmulas que hoy conocemos provienen del siglo XIV).
Movimiento violento: Es el comportamiento de un cuerpo resistente cuando
se le aplica una fuerza impulsora exterior, es decir, cualquier movimiento
distinto al natural. Se caracteriza por estar regido por causas eficientes exter-
nas (el motor, la fuerza impulsora, etc.). Está sometido a dos requisitos
metodológicos importantes: a) hay una diferencia esencial entre causa y
efecto, lo que las hace distinguibles en cualquier momento (precisamente
porque la causa es externa); b) la causa debe permanecer en contacto con
el efecto, pues en otro caso éste cesaría (dicho de otra manera, es impo-
sible ejercer una acción a distancia). Cuando el móvil se separa del motor
que proporciona la fuerza impulsora para su movimiento en el primer ins-
tante, se sigue movÍendo porque el motor comunica la fuerza impulsora
al aire que actúa como nuevo motor. Dada su prohibición de combinar nocio-
nes 'incomparables', Aristóteles se ve obligado a dar cuenta del movimiento
en términos de cuatro conceptos básicos: fuerza (móvil, impulsora, etc),
cuerpo resistente, distancia recorrida y tiempo, pero no usa la velocidad,
que no se formula con precisión hasta los Calculadores de Oxford. A efec-
tos de simplicidad, sin embargo, puede decirse que la velocidad en este
movimiento sería proporcional a la fuerza impulsora e inversa a la 'pro-
pia resistencia' del cuerpo (obsérvese que no es la resistencia del medio,

76
Los EXPERIMENTOS IMAGINARIOS DE OCCAM A GALILEO

como en el movimiento natural, sino la resistencia propia del cuerpo, aun-


que nunca defme esta noción; en cuanto al medio, se supone que es homo-
géneo). Como la descripción de Aristóteles no es una ecuación cuantitati-
va, puede establecer una importante restricción al principio general: si la
fuerza se debilitara hasta el punto de no poder impulsar al cuerpo (o a su
resistencia propia), entonces el movimiento cesaría inmediatamente. Acep-
tada esta limitación, se puede aumentar o disminuir la velocidad, p. ej. dupli-
carla, aumentando la fuerza impulsora y duplicándola o reduciendo la
resistencia propia a la mitad. El movimiento no es eterno porque la fuerza
impulsora se 'disipa' debido a su forma de transmisión: el primer motor
impulsa tanto al objeto que mueve, como al aire que se convertirá en nuevo
impulsor; a su vez, la primera fracción de aire impulsa al objeto y a la
siguiente fracción de aire y así sucesivamente. Como resultado de este doble
trabajo, la fuerza impulsora va disminuyendo progresivamente hasta que
no puede impulsar a la siguiente fracción de aire, momento en que deja
de actuar la causa externa y comienza el movimiento descendente natu-
ral (curiosamente, el cambio debería ser brusco, como señalaba Autrecourt
y la caída casi rectilínea, pues si ya no actúa la causa, sólo queda el movi-
miento natural). Pero, además de todo esto, el medio, supuestamente homo-
géneo en Aristóteles, actúa como un medio resistente y frena el movimiento
del objeto. La razón es que, de otro modo, el movimiento sería infinito, o
casi-infmito, e instantáneo, lo cual es imposible. Recuérdese que Aristó-
teles rechazaba la existencia del vacío (incluyendo la de intersticios vacíos
en el contiilUo material o el atomismo) por este motivo.

El análisis detallado de esta teoría del movimiento aristotélica revelaba nume-


rosos problemas e inadecuaciones, como ya habían señalado comentaristas gre-
colatinos y árabes. P. ej., Filopón, un comentarista del siglo VI, había señalado
la inconsistencia de poner el aire como motor y como freno a la vez en el movi-
miento violento. Eso lo llevó a suponer que la causa del movimiento es una fuerza
incorpórea impresa al móvil. De la misma forma, pensaba que el movimiento no
puede ser inverso a la resistencia del medio o a la propia, porque en tal caso debe-
ría existir un movimiento mínimo incluso en el caso de que el peso o la fuerza
impulsora fueran inferiores a la resistencia. Por eso consideraba que la resisten-
cia era sólo un factor limitador que debía restarse al peso p o a la fuerza f (es
decir, v = p - r y v = f - r). Parecidos argumentos se encuentran en los árabes
(Avempace, Averroes, etc). Así, para Avempace la ausencia de resistencia no implica
velocidad infinita, como prueban los planetas moviéndose en el éter, por tanto el
movimiento no es inverso a la resistencia, sino que será sólo lo que quede de movi-
miento 'libre' inicial una vez restada la resistencia del medio.
En todos estos casos, sin embargo, los análisis eran sólo fragmentarios y
parciales. Es en el siglo XIV cuando se hace un estudio exhaustivo de los pro-
blemas y se intenta darles solución. El recurso a los supuestos secundum imagi-

77
GALILEO y LA GESTACIÓN DE LA CIENCIA MODERNA

nationem y experimentos mentales es importante en este proceso, al igual que el


probabilismo, pues permitió plantearse el problema de las características del movi-
miento en el vacío (algo perfectamente imaginable, aunque siguiendo a Aristó-
teles negaran su existencia real). Del mismo modo, la influencia del principio de
economía de Occam y sus análisis de la causalidad contribuyeron a considerar
excesivos ciertos supuestos aristotélicos básicos, como la distinción tajante de dos
tipos de movimiento con dos causas diferentes o la multiplicación de entidades
que implicaba la postulación de un impulsor diferente en cada punto recorrido
por el móvil en el movimiento violento (Occam llegaba a afirmar que estas enti-
dades intermedias postuladas para evitar la acción a distancia y mantener el con-
tacto entre causa y efecto eran innecesarias para dar cuenta de los fenómenos obser-
vados, porque la fuerza motriz no necesita acompañar al cuerpo; por tanto, la acción
a distancia era posible, tal como ejemplificaban el imán o la luz del Sol). El resul-
tado de todo esto fue la detección e intento de solución de algunos problemas
importantes y, sobre todo, la construcción de una teoría completa -la del Ímpe-
tus- inserta en la tradición aristotélica, pero alternativa.
Un problema del movimiento violento era la indefinición aristotélica de la
noción de resistencia propia, lo que hacía casi imposible medir con una mínima
precisión el movimiento del objeto. Igualmente, eran discutibles las exigencias
aristotélicas de que fuera imprescindible un medio resistente para que tuviera lugar
el movimiento y que ese medio actuara a la vez como motor y freno, e incluso
no estaba claro el supuesto de que el movimiento en el vacío tuviera que ser infi-
nito, sino que podía ser achacado a la formulación cualitativa aristotélica. Preci-
samente, analizando secundum imaginationem el movimiento en el vacío y basán-
dose en su análisis cuantitativo de las cualidades, los Calculadores de Oxford
enfocaron el problema de manera distinta a la aristotélica: asumían que si un cuerpo
está formado por una combinación de elementos, tales elementos combinados ten-
drían que estar formados por partes o grados que son los que se combinan. Cada
una de esas partes tiene su propia tendencia hacia arriba, hacia abajo, etc. La suma
de todas ellas indicaba el predominio del peso o la ligereza y determinaba el movi-
miento esencial, pero cada una de las partes actuaba realmente en el movimiento
afectando al resultado final. Esto los llevó a formular la noción cuantitativa de
resistencia interna ri' Aunque el elemento que prevalece determina el movimiento
esencial, los otros también actúan funcionando como resistencia a ese movimiento
esencial y modificándolo. Esta resistencia interna se podía medir recurriendo a
los métodos de análisis de cualidades. Esto implicaba que ni siquiera en el vacío
podía darse un movimiento infinito, porque lo impedía la resistencia interna, y
que no era necesario postular un medio resistente que fuera motor y freno, sino
que ambas eran cuestiones diferentes: el motor sería el aire, pero el freno era la
propia resistencia interna cuantificable. Además, sus métodos semiformales les
permitían considerar que el movimiento tenía que ser prop<?rcional a la relación
entre fuerza y resistencia interna o a la de peso y resistencia, y no considerarlas

78
Los EXPERIMENTOS IMAGINARIOS DE OCCAM A GALILEO

cualitativamente separadas, como hacía Aristóteles. Lo fundamental era esa pro-


morción de manera que en el movimiento natural dos cuerpos de distinto peso
caerían al mismo tiempo si las proporciones entre el peso y la resistencia interna
de cada uno fueran iguales (siempre que fueran homogéneos, lo hicieran en el
mismo medio, etc.). De este modo la velocidad estaba regida por un factor inten-
sianal (f/ri o p/ri)' Incluso consideraban también el peso como la expresión de
una fuerza impulsora medible, aunque interna.
La contribución esencial, sin embargo, es la Teoría del Ímpetus de Buridán
y Oresme. Dispuestos a eliminar la multiplicación de causas movientes necesa-
rias para explicar el movimiento violento en la teoría aristotélica, supusieron que
la causa del movimiento de un objeto una vez separado del motor impulsor era
solamente una que se mantenía a lo largo del movimiento. Esta fuerza impulsora,
a la que llamaron ímpetus se transmitía del impulsor al cuerpo en movimiento y
quedaba impresa en el móvil actuando como causa de su movimiento, de tal manera
que incluso en el vacío el movimiento sólo era posible mientras persistiera ese ímpe-
tus. Aunque tal ímpetus (como toda virtus impressa) sólo podía medirse ex post
Jacto, la velocidad del cuerpo y su cantidad de materia determinaban la potencia
del ímpetus transmitido. Si entendemos peso como cantidad de materia, entonces
(ímpetus = peso x velocidad). De esta forma, si un cuerpo más denso y pesado
era impulsado con la misma velocidad que otro más ligero, el primero recorrería
más distancia porque podía recibir más ímpetus y retenerlo más tiempo.
Este ímpetus se desgasta y corrompe por la resistencia del medio, lo que
hace que el móvil acabe cayendo, pero duraría indefInidamente si no hubiera resis-
tencia (la resistencia incluye tanto la del medio, como la tendencia natural del
objeto). Además, el ímpetus es la misma entidad a lo largo de todo el movimiento:
no hay ímpetus adicionales en ausencia de alguna causa identificable. Por tanto,
si se eliminara toda resistencia, el cuerpo se movería indefinidamente en la misma
dirección y con velocidad constante. Esto, sin embargo, no lo consideraba posi-
ble por la fInitud del universo y la inexistencia real del vacío y de elementos puros,
es sólo un"supuesto secundum imaginationem.
Sin embargo, el movimiento circular indefInido de los planetas sí se debe
realmente al ímpetus: al comienzo del universo se aplica una cantidad fIja de ímpe-
tus a cada planeta y el movimiento continúa ya indefinidamente porque no hay
resistencia. De este modo, la teoría del ímpetus establece la primera conexión entre
los dos mundos aristotélicos: el movimiento en ambos es producido por la misma
causa, el ímpetus.
Pero, además, el ímpetus permite explicar otro gran problema de la teoría aris-
totélica: el de la aceleración en el movimiento natural. Era un hecho conocido por
observación que los objetos que caen se aceleran en su caída. Aunque Aristóteles
no había tomado en cuenta el problema y se había limitado a considerar este movi-
miento como uniforme o promediable, los comentaristas medievales comprendie-
ron que se necesitaba una causa que diera cuenta de esta aceleración. Así, postula-

79
GALILEO y LA GESTACIÓN DE LA CIENCIA MODERNA

ron la 'excitación de la tendencia' con la proximidad al lugar natural (lo que rela-
cionaría, en nuestra terminología, la aceleración con la distancia recorrida), la rari-
ficación del aire producida por el calor generado por el cuerpo al caer o la dismi-
nución de la resistencia del aire en función de la distancia recorrida (como si aumentara
la penetración del objeto). Pero en todos los casos eran causas que no tenían cone-
xión con la fuerza móvil, en este caso el peso. Buridán daba otra explicación. La
causa de la caída de un cuerpo es su cantidad de materia, a la que llamaba gravi-
tas. Esta gravitas es quien determina la caída uniforme natural. Pero, como en el
caso anterior de la fuerza móvil, al iniciar el movimiento la gravitas genera un ímpe-
tus (o gravitas accidental) que se añade al cuerpo e incrementa su velocidad. Este
proceso es continuo, generándose a cada nuevo instante incrementos sucesivos de
ímpetus que dan lugar a incrementos de velocidad yeso explica la aceleración de
la caída. En el movimiento natural intervienen, pues, tres elementos, la gravitas, el
ímpetus y la velocidad, el movimiento observado es resultado de la combinación de
los tres. A pesar de que suponga un avance sobre la teoría aristotélica y, en cierto
modo, un precedente para la dinámica galileana, la Teoría del Ímpetus recurre a impon-
derables, como el concepto mismo de ímpetus. Esta teoría está basada exclusiva-
mente en observaciones y experimentos mentales y sigue siendo básicamente cua-
litativa. Su gran mérito es que es el primer intento de subsumir bajo la misma teoría
todos los movimientos, terrestres y celestes, "naturales y violentos, precisamente como
consecuencia del libre recurso a experimentos secundum imaginationem.

BIBLIOGRAFÍA

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80
ATOMISMO Y CONTINUO EN EL ORIGEN DE LA
CIENCIA MODERNA

Egidio Festa
Centro Alexandre Koyré. París

INTRODUCCIÓN

A lo largo de los últimos decenios, los trabajos de algunos historiadores de la


ciencia han puesto en evidencia determinados aspectos del atomismo en el proceso
de renovación de la filosofía natural a comienzos del siglo XVIII. Junto a las difi-
cultades derivadas del contenido científico del atomismo, la atención de los estudio-
sos se ha centrado en los obstáculos puestos por la tradicional oposición que mante-
nía el aristotelismo hacia la teoría atomista. Como es bien sabido, el aristotelismo influirá
decisivamente, a partir del siglo XII, en la fIlosofía oficial que profesaba la Iglesia.
Al principio de la época moderna la existencia de partículas mínimas indi-
visibles, constituyentes últimos de la materia, tiene sólo valor de hipótesis den-
tro de una doctrina filosófica que puede presumir de más de veinte siglos de his-
toria. Sin embargo, y contrariamente a lo que sucedió con la astronomía, esta antigua
tradición en nada pudo contribuir a la transformación de esta doctrina atomista
en teoría científica. Se necesitarán todavía dos siglos antes de que Lavoisier pueda
introducir un método cuantitativo, que, recogido por Dalton, Avogadro y tantos
otros científicos, pondrá de manifiesto la presencia de partículas indivisibles en
las reacciones químicas. La interpretación atomista propuesta desde las primeras
décadas del siglo XVII, cuando, bajo el impulso innovador de Galileo y de sus
discípulos, el aristotelismo oficial comienza a tambalearse, se conecta pues direc-
tamente con las doctrinas desarrolladas en el siglo V a.C. por Leucipo y Demó-

I Sobre todo tras la publicación del libro de Pietro Redondi, Galileo eretico, Einaudi, Turín 1983.

81
GALILEO y LA GESTACIÓN DE LA CIENCIA MODERNA

crito. Una rápida mirada al atomismo antiguo y a la interpretación que se le dará


en los siglos XIII y XIV permitirá precisar tanto el significado que éste adquiere
en el siglo XVII, como el origen de la oposición manifestada por la cultura ofi-
cial respecto a las ideas atomistas, especialmente en Italia.

SOBRE EL ATOMISMO ANTIGUO

La noción de átomo se basa en la separabilidad de los cuerpos materiales


que nos rodean en partes cada vez más pequeña. Llevada hasta sus últimas con-
secuencias, esta constatación genera, por así decirlo, la noción de átomo físico,
provocando una serie de efectos, algunos de los cuales, como veremos, absolu-
tamente imprevisibles.
Para Demócrito los átomos son partículas eternas, indivisibles, idénticas
entre sí y en perpetuo movimiento en el vacío infinito. Combinándose según el
"modo" y la "intensidad del movimiento" producen ellos los cuerpos y los fenó-
menos que hay en la Naturaleza.
Uno de los pocos textos de Demócrito que ha llegado hasta nosotros con-
tiene una sugerente explicación del papel que desempeñan los átomos en la pro-
ducción de las sensaciones. Lo que se muestra a nuestros sentidos -explica Demó-
crito- es sólo fruto de nuestra opinión, ya que solamente existen los átomos y el
vacío. Lo dulce y lo amargo son sensaciones debidas a nuestra interpretación, igual
que el calor, el frío, los colores: en realidad hay solamente átomos y vací0 2 • Por
tanto, para Demócrito, el calor, el frío, los colores y las otras cualidades sensi-
bles serían impresiones subjetivas provocadas por la llegada de flujos de átomos
a nuestros órganos sensoriales.
La oposición de Aristóteles al atomismo de Demócrito se basa, sobre todo,
en una contradicción que estaría implícita en la noción misma de átomo físico
indivisible. En un texto en el que cita explícitamente a Demócrit03 Aristóteles
observa que, si bien las partes de un cuerpo material pueden asociarse o sepa-
rarse, esto no prueba de hecho que el cuerpo esté compuesto de átomos indivi-
sibles. ¿Por qué si no, si verdaderamente la materia fuese divisible en partes cada
vez más pequeñas, la división debería pararse en un cierto punto? El átomo de
materia de Demócrito debería seguir siendo divisible y, por tanto, no continua-
ría siendo un átomo indivisible. Para Aristóteles la noción misma de átomo con-
duce pues a una contradicción, que hace imposible su existencia.

2 Cf. Sexto Empírico, Adv. Mathem. (Logic.) lib. VII § 135-139, pág. 399, ed. Frabric, «Democriti frag-
menta» en Fragmenta philosophorum graecorum, F. G. A. Mollachius, París 1860. Hay que llamar la
atención, desde ahora, sobre esta interpretación atomista de las cualidades sensibles: ella suscitará en el
siglo XVII un. debate, en el que, como veremos, estará directamente implicado Galileo.
3 Cf. Aristóteles, De anima, 409a 10 - 409b 7. Para una crítica en profundidad del atomismo, cf. De gene-

ralione et corruptione, 316b 18 - 317a 31.

82
ATOMISMO y CONTINUO EN EL ORIGEN DE LA CIENCIA MODERNA

Junto al atomismo físico está ya presente en la tradición antigua el atomismo


geométrico. Para fijar, aunque de manera muy esquemática, los límites y el signifi-
cado, dentro de esta tradición, de la expresión atomismo geométrico o matemático,
indicaremos brevemente la interpretación de la noción de divisibilidad de las mag-
nitudes geométricas, tal y como se ha trasmitido hasta la época moderna, y las con-
secuencias que de ello se derivan. La divisibilidad conduce necesariamente a la noción
de composición de la línea, del plano, del volumen. Si, por ejemplo, se divide una
línea en partes cada vez más pequeñas, podemos preguntamos si la parte menor obte-
nida es todavía una línea, una línea indivisible o átomo-líned". Si la: respuesta es afIr-
mativa, la objeción es inmediata: ¿por qué entonces esta línea pequeñísima no va a
seguir siendo divisible? Igual que en caso del átomo físico, nada se opone a que lo
siga siendo. E igual que en el caso del atomismo físico, se incurre en una contradic-
ción, a menos que no se quiera admitir que una línea pueda dividirse infinitamente.
Pero en este caso el indivisible -componente último de la línea- no puede ser, por
motivos evidentes, una línea. En efecto, si el indivisible fuese una línea, cada línea
finita debería contener un número infinito de líneas pequeñísimas, cuya composición
conduciría necesariamente a una magnitud infinita, lo que es absurdo. Si se admite,
por tanto, que el continuo geométrico es divisible hasta el infmito, es necesario admi-
tir que los indivisibles, componentes últimos del continuo geométrico, son distintos
(en lenguaje moderno: tienen distinta dimensión) respecto al continuo compuesto por
ellas. Partiendo simplemente de estas observaciones, se puede admitir que una línea
fmita contenga infinitos puntos, que tienen una dimensión menor en una unidad res-
pecto a la línea. De igual manera, un plano contendría una infmidad de líneas y, por
tanto, de puntos; un volumen, una infmidad de planos, de líneas y de puntos.
Los Pitagóricos -que no dejaban traslucir fácilmente sus descubrimientos mate-
máticos ni, en general, sus concepciones filosóficas- admitían que todas las figuras
geométricas estuviesen compuestas de puntos. Es posible que esta opinión haya pro-
porcionado a Zenón el punto de partida para sus conocidas paradojas sobre el movi-
miento: si las partes del espacio son divisibles en partes siempre divisibles -y, por
tanto, en un número actualmente infmito-, ¿cómo pueden tocarse todas en el trans-
curso de un movimiento que se desarrolla en un tiempo fmito? En otras palabras,
para Zenón, si el espacio fmito fuese divisible en partes siempre divisibles (por tanto,
hasta el infmito), el movimiento no podría realizarse en un tiempo finito.
Son también las reflexiones sobre el continuo geométrico las que le sugie-
ren a Demócrito, según refiere Plutarco5 , una pregunta hecha a Crisipo: si se corta
un cono con un plano paralelo a la base, ¿qué se puede decir de las dos superficies

4 Cf. Pseudo-Aristóteles, De lineis insecabilibus, trad. y notas a cargo de M. Timpanaro-Cardini, Istituto


Editoriale Cisalpino, Turín-Varese 1970.
, Cf. Plutarco, De communibus notitiis adversus Stoicos, p. 1079 E (Vol. X, pág. 446, Ed. Reisk), en
Democriti Abderitae operumfragmenta, F. W. Mullach, Berlín 1843.

83
GALILEO y LA GESTACIÓN DE LA CIE CIA MODERNA

contiguas al plano? ¿son desiguales o iguales entre ellas? En el primer caso, habría
observado Demócrito, la superficie lateral del cono debería presentar un escalona-
miento; en el segundo caso, el cono estaría constituido por círculos iguales, y, por
tanto, el cono resultaría ser un cilindro, lo que es absurdo. La respuesta de Crisipo
no es conocida. Se puede, sin embargo, formular la hipótesis de que Demócrito haya
querido extender su atomismo físico a la geometría. Él habría admitido que el cono
puede considerarse un compuesto de partes infinitamente pequeñas en volumen, cuyo
espesor sería tan pequeño que haría imperceptible el escalonamiento.
Aristóteles critica los argumentos de Zenón6 afirmando que a la longitud
y al tiempo, y en general a cualquier continuo, se les llama infinitos de dos mane-
ras: en división o según la cantidad. La longitud infinita, según la cantidad, no
puede tocarse en un tiempo fInito. Pero la longitud infInita, según la división, puede
serlo, porque también el tiempo es infinito de la misma manera. En otras pala-
bras, la objeción de Zenón, que defendía la imposibilidad de recorrer los infini-
tos componentes del espacio en un tiempo finito, se derrumba, puesto que el tiempo
no es finito, sino infinito de la misma manera que el espacio.
Para Aristóteles, por tanto, las magnitudes espacio y tiempo, como todas
las magnitudes continuas, son infinitamente divisibles. Pero esta división puede
imaginarse sólo en potencia, lo que significa que los infinitos componentes indi-
visibles no pueden ser individuados en acto en el continu07 • La asociación del
infinito potencial-y sólo del potencial- con la infinita divisibilidad, procede de
la convicción de Aristóteles según la cual la noción de átomo indivisible es con-
traria a la lógica -como ya hemos señalado- y al sentido común. Y esta convic-
ción es válida tanto para los átomos físicos como para los átomos geométricos,
por ejemplo para el átomo-línea.

ASPECTOS DEL DEBATE SOBRE EL ATOMISMO EN LOS SIGLOS XIII


y XIV

La distinción entre potencia y acto establecida por Aristóteles desempe-


ñará un papel de primerísimo orden en las discusiones sobre la composición del
continuo durante todo el Medievo y hasta la época moderna. Anticipando lo que
voy a decir a continuación, querría subrayar desde ahora que esta distinción ocu-
pará el centro de la controversia entre adversarios y defensores del método de
los indivisibles, introducido en Italia por Buenaventura Cavalieri en la primera
mitad del siglo XVII.

• Cf. Aristóteles, Física VI (2), 233a 21-30; ibid. (9), 239b 9-28.
7 Cf. Aristóteles, Física III (6), 206a 14-24.

84
ATOMISMO y CONTINUO EN EL ORIGEN DE LA CIENCIA MODERNA

Con el redescubrimiento de los escritos de Aristóteles, el problema de la


composición del continuo, como la mayor parte de los problemas afrontados en
este periodo, se cristaliza en torno a las interpretaciones que de él hace el filósofo
griego. Hay que destacar, sobre todo, que dicho redescubrimiento constituye un
fenómeno cultural sin precedentes: la obra de Aristóteles se inserta en el proceso
de formación de una corriente de pensamiento en la que la teología ocupa un puesto
de primer orden. Tomás de Aquino, con la ayuda del helenista Guillermo de Moer-
beke, lleva a cabo una monumental obra de comentario y difusión de los escritos
de Aristóteles. Tomás de Aquino consigue conciliar la filosofía aristotélica con la
fe cristiana de manera tan armoniosa, que la nueva escolástica, heredera del aris-
totelismo, se convierte en la filosofía oficial de la Iglesia de Roma.
En este contexto, la teología y la lógica se convierten en los pilares sobre
los que reposa toda la actividad especulativa. Por ejemplo, la base del argumento
lógico desarrollado por Henry de Harclay (¿ -1317) en favor de la composición
de las magnitudes geométricas mediante puntos indivisibles, consiste en que Dios,
a diferencia de los hombres, puede ver todos los infmitos puntos de una línea fmita.
Las maneras de razonar se fundan únicamente en el principio de no contradic-
ción, y expresan, desde un punto de vista del pensamiento humano, el principio
válido desde el punto de vista de la acción divina: Dios puede hacer todo aque-
llo que no implica contradicción. De forma general, los problemas se examinan
en el marco de la disputa lógica, construida secundum imaginationem. Una de
las consecuencias de este método es que la filosofía natural no es reconocida como
tal, sino formando parte de ejercicios de lógica que exigen nuevos instrumentos
de análisis y nuevos métodos pedagógicos 8 • En este marco, se dedica una aten-
ción particular al estudio de la noción de infinito. La distinción entre "infinito
categoremático" e "infinito sincategoremático" -que será utilizada por Galileo y
de la que Leibniz dará una definición precisa9- nace justamente en este periodo.
Un ejemplo de la diferencia entre estas dos nociones de infmito lo proporcionan
estas dos frases latinas: Homines infiniti currunt e Infiniti homines currunt. La
primera frase se refiere al infinito categoremático y significa que un número infi-
nito en acto de hombres está corriendo; la segunda se refiere al infinito sincate-
goremático, y significa que una multitud de hombres corre, pero que puede exis-
tir una multitud de hombres todavía más grande que la de los que están corriendo.
Esta terminología, de uso común en el lenguaje de la lógica medieval del infi-

• Cf. A. de Libera, «La problématique de I'instant du changement au XIU e siecle», en Studies in Medie-
val Natural Philosophy, Olschki, Florencia 1989, págs. 43-93.
9 Leibniz identifica el infinito categoremático con el infinito «que tiene formalmente partes infinitas en

acto» y el infinito sincategoremático con una «potencia pasiva» que tiene en sí misma las partes y <<la
posibilidad de cambiar posteriormente a través de la división, la multiplicación, la adición y la substracción».
Cf. G.w. Leibniz «Lettre a Des Bosses», en Phi!. Schrif. CJ. Gerhardt (ed.), Georg Olms, Ildesheim 1960,
n, págs. 314-315, nota.

85
GALILEO y LA GESTACIÓN DE LA CIENCIA MODERNA

nito, hay que ponerla en relación con la distinción introducida por Aristóteles entre
infinito en potencia e infinito en acto.
En el contexto cultural que se ha ido creando en los siglos XIII y XIV el
atomismo físico no provoca un verdadero debate. La existencia del vacío, fun-
damento de la doctrina atomista de Demócrito, se discute en relación con la omni-
potencia divina: a la cuestión ¿puede hacer Dios que el vacío exista? la respuesta
más frecuente que dan los autores medievales es que Dios no puede hacer coe-
xistir el vacío, que es nada, y el existir, que es ser algo. La creación del vacío
habría violado el principio de no contradicción 10.
La composición del continuo, con respecto a estructuras en las que preva-
lece (pero no de manera exclusiva) el continuo geométricco, es objeto de estudio
por parte de los calculatores del Merton College en Oxford a lo largo de los siglos
XIII y XlV. En los escritos de Thomas Bradwardine (c. 1290-1349) -uno de los
miembros más notorios del Merton College- encontramos indicaciones bastante
precisas sobre el origen de la doctrina atomista antigua. Para Bradwardine, Demó-
crito habría sido el único en imaginar que el continuo podría estar formado de cuer-
pos indivisibles, esto es, de átomos físicos, mientras que para todos los otros auto-
res, antiguos y modernos, la división infInita del continuo conducía necesariamente
al punto, esto es, a un indivisible carente de dimensión. Pero -explica Bradwar-
dine-, mientras que para Pitágoras, Platón y el modernoWalter Chatton (¿-1344)
los puntos están en número fmito en el continuo, para el moderno Henry di Har-
clayll lo están en número infInIto. Este último, al que ya se ha hecho alusión, admite
la divisibilidad infinita en acto del continuo, y, por consiguiente, su composición
mediante puntos indivisibles. Para Harclay, el indivisible carece de magnitud (indi-
visibile magnitudine carens), y la multiplicación del indivisible por un número fmito,
incluso muy grande, no puede generar la cantidad, que resulta sólo de la multi-
plicación infmita. Harclay es uno de los primeros en interesarse por el problema
de la relación entre infmitos. AfIrma que pueden existir, y que realmente existen,
infmitos distintos entre sí. Pero esta diversidad no puede verifIcarse aplicando a
los infmitos el axioma euclídeo de «la parte es más pequeña que el todo», que sólo
vale para cantidades fmitas. Sin embargo, se puede conjeturar que el axioma euclí-
deo se halla sometido, por así decir, a un axioma más general: un infinito que con-
tiene cualquier otra cosa que sea también infinita es un todo respecto a esa cosa 12 •
El deslizamiento de la doctrina atomista hacia una exclusiva interpretación
geométrica permite la evolución de la noción de infinito. Obsérvese, no obstante,

10 Cf. A. Koyré, «Le vide et l'espace infini au XVII' siecle», en Études d' Histoire de la pensée philo-

sophique, Gallimard, París 1971, págs. 37-92


11 Cf. J. E. Murdoch, «Infmity and continuity», en The Cambridge History oIlater Medieval Philosophy,

Cambridge University Press, Cambridge 1982, pág. 576, nota 36.


12 Ibid. pág. 571.

86
ATOMISMO y CONTINUO EN EL ORIGEN DE LA CIENCIA MODERNA

que el concepto aristotélico de división infinita en potencia, tenazmente defen-


dido por Bradwardine y Ockham (¿-1347), conduce a estructuras que, en acto,
deben manifestarse sólo como continuas. Una de las consecuencias es que no hay
en acto instantes indivisibles en el tiempo. Esto significa que, cada vez que se
produce un cambio, aquello que debe cambiar se da en el interior del continuo
tiempo. Surge entonces una dificultad ya, señalada por Aristóteles!3, la imposibi-
lidad de asignarles al principio y al fin del cambio un primer y un último ins-
tante. La solución propuesta por Aristóteles, y aceptada por la mayor parte de los
estudiosos de los siglos XIII y XIV!\ es que sólo es posible fijar un primer y un
último instante de no cambio, sea al principio o al final del cambio. Algunos aspec-
tos destacados en las discusiones sobre el primer y último instante del cambio
vuelven a encontrarse en el lenguaje usado por los estudiosos de la ciencia del
movimiento del siglo XVII!5.

SOBRELALATITUDOFORMARUM

El atomismo geométrico ha guiado, sin duda, las investigaciones lleva-


das a cabo, entre otros, por Richard Swineshead (siglo XIV) en el Merton College
y por Nicolás de Oresme (c.1323-1382) en París. El nuevo método desarrollado
en estas dos escuelas, y cuya invención se remonta probablemente a Tomás de
Aquino!6, se aplica a la medida de la intensio (aumento) y de la remissio (dis-
minución) formarum (de las formas), o dicho en lenguaje moderno, al cálculo
de las variaciones de las magnitudes continuamente variables. La representación
de las variaciones mediante una sucesión de segmentos, cada uno de los cua-
les tiene una longitud proporcional a la intensidad del grado de variación, llena
una superficie cuya latitudo (anchura) representa la variación total. Aplicado
al estudio de un movimiento rectilíneo cuyo grado de velocidad varíe de manera
uniforme, el método de la latitudo formarum permite enunciar la regla del grado
medio, que se define como la semisuma del primer y último grado. Como es

13 Cf. Física VI (5), 235b 32-236a 27.


14 La solución propuesta por Aristóteles la acepta particularmente Walter Burley (c. 1275- c. 1340). Cf.
J. E. Murdoch & E. Sylla, «The science of motion», en Science in the Middle Age, The University of
Chicago Press, Chicago-Londres.
J5 El propio Galileo, en la demostración sobre el movimiento uniformemente acelerado, publicada el Dia-

logo sopra i due Massimi Sistemi del Mondo, escribía: «[oO.] puesto el término A [es decir, el punto origen
del movimiento, N.d.R), como momento mínimo de velocidad, esto es, como estado de reposo y como ins-
tante primero del momento siguiente» (subrayado nuestro). Cf. Dialogo sopra i due Massimi Sistemi del
Mondo, en Opere, Ed. Naz., Barbera, Florencia 1890-1907, VII, pág. 255. Para Galileo el último instante
de no-cambio (quietud) y el primer instante de cambio (inicio del movimiento) coinciden.
"Cf. M. Clagett, «Richard Swineshead and late medieval physics», en Osiris, 9 (1950), pág. 132.

87
GALILEO y LA GESTACIÓN DE LA CIENCIA MODERNA

bien sabido, este resultado, obtenido en el Merton College hacia el 1330, per-
mite transformar un movimiento rectilíneo uniformemente acelerado en un movi-
miento rectilíneo uniforme. Algunos historiadores de la ciencia se preguntan si
el propio Galileo no habría tenido conocimiento de ello 17 • Efectivamente, la repre-
sentación galileana de la velocidad global presenta analogías con el método de
la latitudo formarum. También para Galileo los grados son segmentos de rec-
tas contenidos en una figura plana. Ellos, tomados en conjunto, se definen como
el agregado de los infinitos grados de velocidad l8 • Dejando de lado las consi-
deraciones sobre el significado matemático de estas representaciones, parece
importante, en este punto, subrayar que en los ejemplos citados una superficie
se obtiene mediante la composición de irifinitos. El atomismo geométrico adquiere,
por tanto, un aspecto operativo ya en el siglo XIV, sin que ello plantee obje-
ciones de principio. Como veremos, las cosas marcharán de manera distinta en
el siglo XVII.
Hay que señalar, en fin, que, mientras en Oxford y en París los grados de
velocidad describen movimientos concebidos en abstracto, sin referencia alguna
a los movimientos reales, en la cinemática galileana se aplican al movimiento de
caída libre de los graves.

SOBRE EL ATOMISMO EN LA ESCUELA GALILEANA

Con la expresión escuela galileana no se pretende aludir a una comuni-


dad de estudiosos, y menos aún a una institución formada por maestros y discí-
pulos. Con ella se designa a los vínculos e intercambios que se establecen a lo
largo de las décadas comprendidas entre Galileo y sus discípulos, y entre los dis-
cípulos mismos. Pero, es un hecho que para los galileanos la actividad científica
del Maestro se considera como una forma insustituible de enseñanza. Haré, por
tanto, algunas breves indicaciones sobre el atomismo de Galileo tomadas de las
siguientes obras: Discurso sobre las cosas que se mantienen sobre el agua o que
se mueven en ella (1612), Il Saggiatore (1623), Discursos y demostraciones mate-
máticas en torno a dos nuevas ciencias (1638).
Si se exceptúan los escritos de juventud, publicados en la Edición Nacio-
nal y que Antonio Favaro considera apuntes utilizados para la enseñanza '9, la pri-
mera referencia explícita de Galileo a los átomos se encuentra en el Discurso sobre

17 Esta es la tesis que mantiene, en particular, Pierre Duhem en su monumental obra Études sur Leonard

de Vinei, París 1903-1913.


18 ef. G. Galilei, Dialogo sopra i due Massimi Sistemi del Mondo, en Opere, Ed. Naz., Barbera, Floren-

cia 1890-1907, VII, págs. 255 ss.


19 Véase la "advertencia" de A. Favaro en el primer volumen de G. Galilei, Opere, op. cil.

88
ATOMISMO y CONTINUO EN EL ORIGEN DE LA CIENCIA MODERNA

las cosas que se mantienen sobre el agua (. ..)20. El motivo de la referencia a Demó-
crito y a los átomos de fuego es la crítica de Aristóteles a la explicación que da
Demócrito a la flotación: según Demócrito, los átomos ígneos que hay en el agua
ascenderían hacia la superficie permitiendo así que los cuerpos sumergidos en el
agua no se hundan. Galileo no comparte esta interpretación, pero admite la exis-
tencia de átomos de fuego en el agua, aunque ellos «no son capaces» de elevar
y empujar hacia arriba a un cuerpo pesad0 21 . La palabra átomo aparece aquí por
primera vez en una obra impresa de Galileo, pero no va acompañada de una defi-
nición, lo que nos hace pensar que, para el autor del Discurso, la etimología de
la palabra bastaría para dejar claro su significado.
La interpretación galileana de la flotación, basada en los principios de la
hidrostática de Arquímedes, fue violentamente atacada por aquellos que,
siguiendo la tradición aristotélica, mantenían que sólo la forma del cuerpo depo-
sitado en el agua posibilitaba la flotación. Benedetto Castelli, discípulo de Gali-
leo, se encargó de responder. a las objeciones de los adversarios. En un escrito
suy022 hay una nota de puño y letra del Maestro: «los átomos --explica Galileo-
se llaman así, no porque sean cuantías [quanti], sino porque, siendo corpúscu~
los mínimos, no hay otros más pequeños que puedan dividirlos».
Para Galileo, por tanto, los átomos tienen magnitud (son quanti) y son indi-
visibles, sólo porque no hay corpúsculos más pequeños que ellos capaces de divi-
dirlos. De esta indicación se puede deducir que su indivisibilidad no es absoluta y
que no se da la misma indivisibilidad en los sólidos que en los líquidos. Sin embargo,
en el Discurso no llega a explicar tal diferencia. La primera dificultad radica en la
imposibilidad de dar un nombre a la virtu que confiere a los sólidos la fuerza de cohe-
sión; la segunda, en la incapacidad para explicar CÓmO pueden las partículas de líquido
perder toda resistencia a la división, aunque conservando características materiales.
Una solución a este problema se propondrá, como veremos, en los Discursos
y demostraciones matemáticas publicados veintiséis años después. En el Discurso
de 1612 Galileo trata, sobre todo, de mostrar que los átomos permiten explicar
algunos fenómenos elementales. En una nota manuscrita añadida en una página
del libro de un adversari023 , explica que «el fuego, mientras estádiseminado por
el agua en pequeñísimos átomos, asciende en ella roo.}. Pero, cuando mediante
una gran multiplicación muchísimos átomos se unen, llega con gran velocidad
y produce el hervor». En otras palabras, las burbujas que aparecen en la super-

20 En G. Galilei, Opere, op. cit. vol. IV, VI, VIII respectivamente.


21 Cí. G. Galilei, Discorso (00.)' pág. 129.
TI .
Cí. Gli errori di Giorgio Caresio raccolti da BenedettoCastelli, in G. Galilei, Opere, op. cit. IV, pág.
281.
23 Cf. Académico desconocido, Considerazioni intomo al Discorso del Sigo Galileo Galilei (00.)' Pisa 1612;

actualmente en G. Galilei, Opere, op. cit., IV, pág. 195.

89
GALILEO y LA GESTACIÓN DE LA CIENCIA MODERNA

ficie del agua en la ebullición no son más que átomos de fuego. Ellos, explica
Galileo, se comportan como los átomos de tierra, que, aglomerándose en el agua,
forman grumos de fango.
Hay consideraciones sobre la composición del continuo geométrico en
la respuesta a Vicenzo Di Grazia, autor también él de un escrito dirigido con-
tra la interpretación galileana de la flotación 24 • Di Grazia critica la tesis soste-
nida por Galileo, según la cual la fusión de los metales se obtiene «sirviéndose
de instrumentos muy sutiles y agudos, como lo son las partes más tenues del
fuego[ ... ]». Quizá el sólido se disolverá «en sus últimas partículas» en las que
ya «no se mantendrá no sólo la resistencia a la división, sino tampoco la posi-
bilidad de seguir dividiéndose»25. Di Grazia no sabe explicarse cómo puede con-
siderar Galileo que los metales sean «divididos como en partes indivisibles por
sutilísimos aguijones de fuego». Esta interpretación presupone -explica Di Gra-
zia- «que las cosas se componen de átomos y de partes indivisibles». Y añade
que una interpretación semejante es contraria a las matemáticas, ya que una línea
no puede estar compuesta de puntos. Él observa que contra esta hipótesis «hay
infinitos razonamientos de Aristóteles a los que el señor Galileo debería res-
ponder»26.
Galileo considera la objeción de Di Grazia «frívola y no del todo con-
cluyente» y, dirigiéndose a él directamente, explica que «las agujas son cuer-
pos con dimensión [...] y, siendo así, no tienen nada que ver con la cuestión de
si la línea u otros continuos están compuestos de indivisibles». Por tanto, le
pregunta a su oponente: «¿dónde habéis vos encontrado que repugne a las mate-
máticas el que las líneas se compongan de puntos? ¿en qué matemáticos habéis
vos visto que se debata una cuestión semejante? Seguramente vos no la habéis
visto. Tal cuestión no repugna a las matemáticas»27. Los razonamientos asu-
midos por Di Grazia son rebatidos por Galileo: no es que las matemáticas pro-
híban considerar los continuos como compuestos de indivisibles; son los cuer-
pos existentes en la naturaleza, estructuras discretas y con cuantía [quante] (es
decir, dotadas de partes), los que prohíben comparar los átomos físicos con los
indivisibles geométricos.
Galileo no mantiene esta tesis en los Discursos y demostraciones mate-
máticas (. ..). En ellos asume la idea de que todas las magnitudes físicas están
compuestas de infinitos indivisibles que no tienen partes: infinitos átomos sin

24 Cf. Considerazioni di Vicenzo Di Grazia sopra il discorso di Galileo Galilei (. ..), Florencia 1613; actual-
mente en G. Galilei, Opere, op. cit., IV, págs. 143-196.
25 Cf. Discorso (. ..).

26 Ibid. págs. 416-417.

27 Risposta al/e opposizioni del Sigo Ludovico del/e Colombe e del Sigo Vicenzo Di Grazia, Florencia 1615;

actualmente en G. Galilei, Opere, op. cit., IV, pág. 733.

90
ATOMISMO y CONTINUO EN EL ORIGEN DE LA CIENCIA MODERNA

cuantía [non quanti] se contienen en una porción de materia; infinitos puntos,


en una línea28 • Para salvar las diferencias entre los distintos estados de la mate-
ria, Salviati, que en los Discursos es el portavoz de Galileo, explica que los sóli-
dos y los líquidos están ambos compuestos de átomos. Sin embargo, la expe-
riencia muestra que reduciendo con un martillo un cuerpo duro cualquiera «a
polvo impalpable», se obtienen de él mínimos «uno a uno imperceptibles a nues-
tra vista y al tacto», pero, sin embargo, «todavía con cuantía [quantij, conforma
y numerables; y sucede que ellos, acumulados en conjunto, permanecen amon-
tonados; si se hace un pequeño agujero en ellos, la cavidad se mantiene; si se
los agita y se los mueve, al momento se detienen». Pero ninguna de estas cosas
se da en el caso del agua, la cual, «una vez elevada, inmediatamente se nivela
[...]; si se le hace un hueco, al momento corre a llenar el hueco; y si se la agita,
se mantiene mucho tiempo ondulándose». Tales apariencias parecen sugerir que
los mínimos en los que se descompone el agua son «muy diferentes de los míni-
mos con cuantía [quantij y divisibles». Esta diferencia no puede explicase, según
Galileo, a no ser que se admita que los mínimos del agua son verdaderamente
«indivisibles»29. Los sólidos, en cambio, incluso si están reducidos a polvo, «no
se hacen fluidos ni se licuan antes de que los indivisibles del fuego o de los
rayos del sol los disuelvan en sus -creo yo- primeros componentes más pro-
fundos, infinitos, indivisibles»30. Los átomos de los cuerpos líquidos y de los
sólidos en estado de fusión tienen, por tanto, los atributos de las partículas míni-
mas de Demócrito. Se puede, tal vez, admitir que para Galileo en los cuerpos
sólidos los átomos son «infinitos e indivisibles» sólo en potencia, mientras que
en los fluidos lo son en act0 31 • Hay que señalar, en fin, que para explicar la cohe-
sión de los cuerpos sólidos, Galileo postula la hipótesis de la «violencia ejer-
cida por pequeñísimos vacíos que separan las «partículas mínimas»: el horror
vacui las mantendría apretadas impidiéndoles la separación. Pero los «mínimos»
del fuego, al penetrar en los intersticios más pequeños de la materia, donde ni
siquiera el aire puede entrar, «rellenan los vacíos mínimos», provocando así la
separación de las «partículas mínimas» y, por tanto, la fusión de los cuerpos
sólidos 32 •
Las dificultades que encontró Galileo para ilustrar su teoría atomista son,
según se ve en esta rápida reseña, de orden físico y matemático. Pero, como sucede

28 Cfr. C.R. Palmerino, «Una nuova scienza della materia per la "scíentia nova" del moto», en Atti del

Convegno. Atomisme et Continuum au XVn e siec/e, Nápoles 1997, en vías de publicación.


29 Cf. Discorsi (. ..), en G. Galilei, Opere, op. cít. VID, pág. 86.

30 Ibid.

31 Cf. A. Smith, «Galileo's Theory of indivisibles: Revolution or Compromise?», en Joumal o/ the His-

tory o/ Ideas, vol. XXXVI, n. 4, 1976, págs. 571-588.


32 Cf. Discorsi (... J, en G. Galilei, Opere, op. cit. VID, págs. 66-67.

91
GALILEO y LA GESTACIÓN DE LA CIENCIA MODERNA

de fonna del todo clara en el caso de la astronomía, también el atomismo se encuen-


tra con dificultades de orden teológico, ocasionadas sobre todo por la oposición
que manifestaron los jesuítas. Mientras que, tras la condena del copemicanismo
en el 1616, la oposición de la Iglesia en los conflictos del heliocentrismo era bien
sabida33 , nada -o casi nada- hacía preveer que el atomismo iba a ser violentamente
combatido por influyentes miembros de la Compañía de Jesús. La polémica esta-
lló después de 1623, fecha de la publicación del Saggiatore. Como se sabe, en esta
obra Galileo discute sobre la naturaleza de los cometas con el jesuíta Orazio Grassi,
autor de la Libra Astronomica. Para Galileo los cometas son una ilusión óptica
más que cuerpos celestes auténticos y propiamente dichos. Pero, dejando de lado
el contenido astronómico del libro, nos centraremos ahora en algunos aspectos rela-
tivos al atomismo. Por medio de la analogía de la pluma que hace cosquillas sin
ser por ello la sede de la cosquilla34 , Galileo observa que el contacto con cuerpos
pesados produce en nosotros sensaciones, de las cuales unas «son más agrada-
bles y otras menos, según sea la variedad de las figuras de los cuerpos en con-
tacto, lisos o rugosos, agudos u obtusos, duros o blandos». Pasando pues del campo
macroscópico al microscópico, imagina él que «partículas mínimas» procedentes
de los cuerpos pesados se dirigen hacia nuestros órganos sensoriales y, en función
de sus figuras, de su cantidad, de su velocidad, provocan las sensaciones del sabor,
del olor y del gust0 35 • Sobre la naturaleza de las sensaciones Galileo tiene una opi-
nión bastante cercana a la de Demócrito, ya referida por nosotros, aunque el nom-
bre del filósofo de Abdera no aparece en este libro suyo. Galileo se expresa así:
«los sabores, olores, colores, etc, por lo que respecta al sujeto en el que parece
que residen, no son más que meros nombres, pero que residen solamente en el cuerpo
sensitivo. Una vez ausente el animal [es decir, si desaparece el ser animado que
interpreta como tales los sabores, olores, colores, etc.] quedan eliminadas y ani-
quiladas todas estas cualidades»36. En otras palabras, las cualidades sensibles están
causadas por un flujo de partículas mínimas que, golpeando nuestros órganos sen-
soriales, producen impresiones a las que nosotros les damos los nombres. Pero estas
cualidades, en cuanto tales, no existen en los cuerpos de las que se desprenden.
La noción que aquí se ataca es la de cualidad o especie sensible o acci-
dente de cualidad, noción que acepta la filosofía escolástica y que puede resu-
mirse brevemente así: todo cuerpo se caracteriza por la sustancia y por los acci-

33Como es sabido, la decretó el Santo Oficio en Marzo de 1616. En aquella ocasión el nombre de Gali-
leo no se mencionó de manera oficial. Sin embargo, Galileo fue condenado y relegado a su residencia
de la Villa d' Arcetri en Junio de 1633 por haber escrito y publicado el Dialogo sopra i due Massimi Sis-
temi del Mondo.
34 Cf. II Saggiatore, en G. Galilei, Opere, op. cito VI, pág. 348.
35 Ibid. pág. 349.
36 Ibid. pág. 348.

92
ATOMISMO y CONTINUO EN EL ORIGEN DE LA CIENCIA MODERNA

dentes o cualidades sensibles. Hay que tener muy presente esta caracterización
para entender y valorar las críticas del autor jesuita.
Tres años después de la publicación del Saggiatore, enl626, Orazio Grassi
publicaba en París un libro cuyo contenido se dirige contra el Saggiatore de Gali-
leo37 • Grassi acusa a Galileo, en particular, de haber desarrollado una tesis con-
traria al dogma de la Transustanciación. Conviene en este punto precisar que este
dogma, definido en 1551 en el Concilio de Trento, establecía que en el misterio
de la eucaristía se daba una transformación real del pan y el vino en el cuerpo y
en la sangre de Cristo. La Iglesia católica se posicionaba así (el dogma es una
verdad revelada que ninguna autoridad terrena puede modificar) contra la opi-
nión de las iglesias reformadas que le conferían a la eucaristía un carácter sim-
bólico. La relación que el padre Grassi establece entre el milagro eucarístico y
la interpretación galileana de las sensaciones, no es difícil de entender. En la Euca-
ristía se producen dos milagros: el primero garantiza la transformación de la sus-
tancia del pan y del vino en el cuerpo y la sangre de Cristo; el segundo hace que
las especies sensibles del pan y del vino se mantengan inalteradas.
Una vez hechas estas observaciones, dejamos la palabra al padre Grassi: «no
me es posible evitar -escribe ép8- expresar algunos escrúpulos que me preocu-
pan. Proceden de lo que nosotros consideramos incontestable de acuerdo con los
preceptos de los Padres, de los Concilios y de la Iglesia toda. Se trata de las cua-
lidades en virtud de las que, aunque la sustancia del pan y del vino desaparezca
gracias a palabras todopoderosas, sin embargo, persisten sus especies sensibles,
o sea, su color, sabor, calor o frío. Sólo por obra de la voluntad divina se man-
tienen estas especie,s -y de forma milagrosa-, como ellos [los Padres] dicen. Eso
es todo lo que ellos afirman. Galileo"en cambio, afirma de manera explícita que
el calor, el color, el sabor y el resto de las cosas del mismo tipo son, aparte del
que los siente, y, por tanto, en el pan y en el vino, meros nombres. Por consiguiente,
cuando desaparece la sustancia del pan y del vino, no quedan más que los nom-
bres de las cualidades. ¿Pero sería necesario entonces un milagro perpetuo para
conservar los meros nombres? Véase pues cuánto se aparta él de quienes con tanto
afán se han esforzado en establecer la verdad y la permanencia de tales especies,
hasta el punto de empeñar la potencia divina en tal efecto». El padre Grassi, tras
haber señalado que ofrecer tal interpretación es más grave que creer en el movi-
miento de la Tierra, pasa a discutir el aspecto científico.

El libro de Grassi Ratio ponderum librae el simbellae se publicó con el seudónimo de Lotario Sarsi.
37

Una segunda edición se publica en Roma.


38Cf. Ratio ponderum (00.)' en G. Galilei, Opere, VI, pág. 486 (original latino). Como se sabe, el descu-
brimiento en los archivos del Santo Oficio de un documento en el que se dirigen contra Galileo acusa-
ciones semejantes a las realizadas por Grassi está en el origen del interesante libro de Pietro Redondi,
Galileo Eretico, Turín 1983, cf. págs. 432-433.

93
GALILEO y LA GESTACIÓN DE LA CIENCIA MODERNA

En este punto abandonamos nosotros al buen padre sin poder precisar qué
peso tuvo su crítica en la polémica que los jesuítas mantuvieron contra el atomismo.
Es un hecho que los Revisores del Colegio Romano -la prestigiosa institución que
coordinaba la enseñanza que se impartía en los Colegios de la Compañía de Jesús-
emiten el 10 de Agosto de 1632 una primera censura contra los indivisibles físi-
cos y matemáticos39 • Ciertamente, una demostración mediante el método geomé-
trico de los indivisibles, publicada en el Diálogo sobre los dos máximos sistemas
de Galileo (Febrero de 1632), podría haber sido lo que llevara a los Revisores a
intervenir.
El método de los indivisibles lo había inventado un discípulo de Galileo,
el padre Bonaventura Cavalieri (1598-1647), de la orden de los jesuatas 40 de
San Jerónimo. Copias manuscritas de su libr041 , que se publicaría en 1635, cir-
culaban desde 1619. El método desarrollado por Cavalieri se prestaba a nume-
rosas críticas, tan lejos estaba de los fundamentos sobre los que se asienta la
geometría euclídea. El principio de la nueva geometría consistía en sustituir la
figura plana por los agregados de todas las líneas y las figuras sólidas por los
agregados de los infinitos planos que en ellos se contienen. Las relaciones entre
agregados se extendían posteriormente a las figuras mismas. Para mostrar la
validez de sus demostraciones, Cavalieri aplicó su método a demostraciones ya
conocidas obteniendo los mismos resultados. La controversia científica pronto
se transformó en una violenta polémica, sobre todo tras la muerte, acaecida en
1643, del matemático jesuíta Paul Guldin.
Guldin estaba radicalmente en contra del método de Cavalieri: él recha-
zaba que los agregados de infinitas líneas, o de infinitos planos, pudieran com-
pararse entre sí. «Entre infinito e infinito -observaba Guldin- no hay relación».
Pero -replica Cavalieri-los infinitos puntos de un segmento, por ejemplo, no son
infinitos in ratione totius, es decir, como lo es un todo infinito: a ellos es siem-
pre posible quitarles o afíadirles otros puntos 42 •
El debate entre Guldin y Cavalieri tenía un carácter abiertamente polé-
mico, sin términos medios ni concesiones, pero permaneció siempre en el terreno
de las matemáticas. El estudioso jesuíta evita decir «en qué medida [el nuevo
método] pueda series útil a quienes se dedican a la geometría pura». Y añadía:

39 Cf. C. Constantini, Baliani e i giesuiti, Florencia 1969.


40N. de T. Es decir, la orden fundada en 1360 por el beato Juan Colombini, que no se debe confundir
con la de los jesuítas.
41 Bonaventura Cavalieri, Geometria indivisibilibus continuorum (. ..), Bolonia 1635, traducción italiana,

La Geometria degli indivisibili de Bonaventura Cavalieri, a cargo de L. Lombardo-Radice, Turín 1966.


42
Cf. Cavalieri, Exercitationes Geometricae Sex, Bolonia, 1647, pág. 181. Reproducción anastática a cargo
de E. Giusti, Cremonese, Roma 1980.

94
ATOMISMO y CONTINUO EN EL ORIGEN DE LA CIENCIA MODERNA

«por motivos que nosotros debemos omitir aquí con un silencio en absoluto ino-
portuno, no soy de la opinión de que eso haya que rechazarlo»43.
El matemático jesuíta no da información sobre la naturaleza de esos moti-
vos. Es evidente que no son de carácter matemático, dado que él no quiere hablar
de ellos. Nosotros sólo podemos constatar que, al menos, otras dos censuras con-
tra los indivisibles físicos y matemáticos fueron emitidas por los Revisores del
Colegio Romano el 17 de Enero de 1641 y el 3 de Febrero de 164944 • En estas
censuras se concreta que los indivisibles son contrarios a la enseñanza de Aris-
tóteles. Un indicio de su incompatibilidad con el dogma de la Transustanciación
lo proporciona el estudioso jesuíta Sforza Pallavicino, quien afirma que la doc-
trina de los átomos tiene un carácter destructivo: «ella turba lo que la Iglesia nos
enseña sobre los Misterios de la Eucaristía»45. El mismo Sforza Pallavicino, unos
años antes, había sido obligado por el padre general Carrafa a retractarse por haber
enseñado «que la cantidad se compone de puntos simples»46.
Estos indicios hacen pensar que las críticas de Orazio Grassi no pasaron
desapercibidas. Hay que señalar, sin embargo, que Cavalieri, a diferencia de Gali-
leo, no manifiesta interés alguno por los argumentos filosóficos relativos a la com-
posición del continuo geométrico. Hace una alusión a ello en el libro séptimo de
su Geometría, pero, en realidad, sólo presta atención a las dificultades resultan-
tes de la relación entre infinitos y propone una solución que, sin embargo, limita
notablemente las aplicaciones del método por él inventado.
En Italia los indivisibles geométricos encuentran un defensor en Evangelista
Torricelli (1608-1647), que introduce la noción de indivisibles curvos en sus demos-
traciones. Como se sabe, Torricelli es también el autor del experimento barométrico
llevada a cabo en Florencia en 1644. La aparición de la región aparentemente vacía
en el tubo de vidrio que contiene el mercurio viene a reavivar la polémica sobre la
posible existencia del vacío que los aristotélicos continúan negando. En efecto, el vacío
macroscópico sugiere la existencia del vacío microscópico y, por tanto, de los áto-
mos. La aversión de los jesuítas hacia la doctrina atomista está probablemente en el
origen del silencio casi absoluto de Torricelli sobre los resultados obtenidos por él:
el asunto sólo se trata en dos cartas, dirigidas a Michelangelo Ricci poco días des-
pués de que se llevara a cabo el experimento. Torricelli, por el contrario, le da una
amplia difusión a sus trabajos matemáticos, en los que los indivisibles ocupan un puesto
de primerísimo orden. Se diría que el debate en tomo al atomismo geométrico se les
deja sólo a los matemáticos, en tanto que aumenta el interés de los fIlósofos y de los
teólogos por el atomismo físico y por los experimentos acerca del vacío.

43 Cf. P. Guldinus, Centrobarica, lib. I1, Viena 1939, pág., citado por Cavalieri en Exercitationes.
44 Cf. C. Costantini, op. cit.
45
Cf. Sforza Pallavicino, Vidicationes Societatis lesu, Roma 1647, pág. 189.
46 Cf. G. M. Pachtler, s.j., Ratio studiorum (. ..), 3, Berlín 1970 1980, pág. 76.

95
GALILEO y LA GESTACIÓN DE LA CIE CIA MODERNA

Mucho tendríamos que decir sobre el destino que le aguardaba a la doctrina


atomista en la Italia de la segunda mitad del siglo XVII. Al contrario de lo que
sucedía en Francia, donde el canónigo Pierre Gassendi (1592-1655) podía dedi-
carse tranquilamente a la rehabilitación de la filosofía de Epicuro, en Italia los ato-
mistas fueron perseguidos y, donde ello fue posible, procesados por ateísm047 •
Investigaciones recientes llevadas a cabo por Susana Gómez López han
puesto de manifiesto el importante papel; en la segunda mitad del siglo XVII, de
las discusiones sobre el atomismo en el seno del Círculo de Pisa, donde se enfren-
tan dos concepciones distintas de la ciencia y de la herencia galileana: la activi-
dad científica entendida como observación de la naturaleza y realización de expe-
rimentos, por una parte, y, por la otra, entendida como investigación, basada en
el instrumento experimental, de las causas y de los principios de la naturaleza48 •
Entre los defensores de la segunda concepción, Donato Rossetti es uno de los más
declarados defensores del atomismo, y su proyecto, no realizado, es conciliar a
Demócrito con Aristóteles en la explicación del Sacramento de la Eucaristía49 •
Querría concluir este recorrido a través del atomismo señalando que en Ita-
lia, tras el fracaso de los intentos de cristianización de la doctrina atomista lle-
vados a cabo, en particular, por Rossetti, no les quedaba a los herederos de Gali-
leo más remedio que tratar de convencer a las autoridades religiosas de la no
contradicción entre el dogma de la Transustanciación y la doctrina de Demócrito,
y de que esta última no conducía al libertinaje. Pero también estos intentos fue-
ron fallidos. Las dificultades, que probablemente Galileo sólo había entrevisto,
obligaron, en Italia, a los defensores del atomismo a retirarse a posiciones defen-
sivas. Y fue en otra parte, en Francia y en Inglaterra en particular, donde las investi-
gaciones sobre el vacío y sobre la estructura de la materia pudieron proseguir en
un clima cultural en el que las preocupaciones teológicas pesaron siempre menos.

Traducción al español de Joaquín Gutiérrez Calderón


Fundación Canaria Orotava de Historia de la Ciencia

47 En 1688 se inicia en Nápoles el proceso contra los ateístas. En esta ocasión fueron detenidos también
algunos atomistas. Cf. L. Osbat, L'inquisizione a Napoli. Il proceso degli ateisti (1688-1697), Nápoles
1995, y A. Borrelli, D'Andrea atomista, Nápoles 1995.
" Cf. S:Gómez López, La passione degli atomi, Florencia 1997; y de la misma autora «Donato e le Cer-
ele pisan», en Geometriae,atomisme et vide dans l' école de Galilei, IMSS Florencia-ENS Éditions Fon-
tenay 1st. Cloud, 1999.
49 Cf. Gómez López, La passione degli atomi (...), op. cit., pág. 191.

96
GIORDANO BRUNO Y EL FINAL
DE LA COSMOLOGÍA ARISTOTÉLICA

Miguel A. Granada
Universidad de Barcelona

Pour Alain Segonds,


"eroico" éditeur et diffusseur de la "Nolana filosofia"

El kósmos aristotélico, cuya estructura y configuración se expone funda-


mentalmente en los dos primeros libros del De caelo o Acerca del cielo y en el
capítulo octavo de Metafísica XII, está marcado por unos rasgos fundamentales,
que serán objeto de crítica y se verán negados en la revolución cosmológica ini-
ciada con Copémico y concretamente por Giordano Bruno. Conviene, por tanto,
efectuar una somera y precisa presentación de los mismos para poder compren-
der claramente el alcance de la polémica bruniana. Por otra parte, el cosmos aris-
totélico recibió diversas modificaciones y adaptaciones en su largo peregrinar pos-
terior. De decisiva importancia son, por un lado; la modificación introducida por
las Hypotheses planetarum de Ptolomeo y por otro las adaptaciones a la teolo-
gía cristiana a partir del siglo XIII, momento en que el corpus aristotélico recu-
perado por la mediación árabe se convierte en el paradigma filosófico-científico
I de la sociedad cristiana.
Los rasgos básicos del cosmos aristotélico son los siguientes: 1) finitud y
esfericidad, 2) heterogeneidad y jerarquía, 3) unicidad (rechazo de la pluralidad
de mundos), 4) eternidad, 5) geocentrismo y geoestatismo. Vamos a examinar suce-
sivamente dichos rasgos.

97
GALILEO y LA GESTACIÓN DE LA CIENCIA MODERNA

1. LA COSMOLOGÍA DE ARISTÓTELES}

1.1. Finitud del mundo (la batalla contra el infinito)

"En primer lugar [hay que investigar] si hay algún cuerpo infinito, como
creyó la mayoría de los filósofos antiguos, o si esta es una de las cosas imposi-
bles". Así empieza Aristóteles su examen de la cuestión de la extensión del uni-
verso (De caelo 1,5, 271b 2-4), una cuestión -añade- de importancia fundamental,
pues de su respuesta en uno u otro sentido se siguen representaciones de la natu-
raleza completamente divergentes.
A lo largo de los tres capítulos (De caelo 1, 5-7) dedicados al problema Aris-
tóteles acumula argumentos (en su opinión todos válidos) que concluyen con la
imposibilidad de un cuerpo infinito y con la necesaria finitud del cosmos, cuyo
límite exterior está constituído por la esfera de las estrellas fijas. Ahora bien, los
diferentes argumentos están basados en la teoría del movimiento natural y en la
correlación o implicación recíproca de elemento-comportamiento en términos de
movimiento o reposo-lugar natural, es decir, presuponen a través de la noción de
lugar natural o absoluto la finitud del universo que es objeto de demostración y
podemos decir que el razonamiento es, en consecuencia, circular y no conclu-
yente. Así, examinando (en el cap. 5) la posibilidad de una extensión infinita del
elemento éter (y por tanto del universo), Aristóteles señala -a partir de la demos-
tración anterior de su necesario movimiento circular y del tiempo finito de cada
revolución, que en el caso de la esfera de las estrellas fijas es de veinticuatro horas-
que tal extensión infinita es imposible porque implicaría recorrer una extensión
infinita en un tiempo finito, lo cual es imposible. Resulta evidente -señala Aris-
tóteles; cfr. 272a 22- que es imposible que el cielo infinito se mueva, pero en
lugar de examinar la posibilidad de un universo infinito inmóvil, concluye a par-
tir de su teoría del necesario movimiento circular del éter y de la evidencia sen-
sible del movimiento diario del cielo (lo cual es consecuencia de la necesaria inmo-
vilidad de la tierra central) que moviéndose el cielo periférico (y por tanto el mundo
entero), éste no puede constituir un cuerpo infinito 2 •
Tampoco los elementos cuyo movimiento natural es rectilíneo pueden ser
de extensión infinita. En efecto, determinados sus movimientos a lugares natu-
rales delimitados (centro y periferia), tienen una extensión finita y delimitada para

1 Para una exposición más completa véase M. A. Granada, El umbral de la modernidad. Estudios sobre

filosofía, religión y ciencia entre Petrarca y Descartes, Barcelona 2000, cap. 2. 1.


2 Tal actitud le será reprochada enérgicamente por Giordano Bruno en su polémica con el De caelo desa-

rrollada en su obra Del infinito: el universo y los mundos (trad. de M. A. Granada, Alianza Editorial,
Madrid 1993). Véase en particular el diálogo segundo. Citamos siempre el De caelo por la traducción
de M. Candel (Acerca del cielo. Meteorológicos, Biblioteca Clásica Gredos, Madrid 1996, reproducida
con anotación nuestra en Acerca del cielo, Círculo de Lectores (Biblioteca Universal. Filosofía), Barce-
lona 1997.

98
GIORDANO BRUNO y EL FINAL DE LA COSMOLOGÍA ARISTOTÉLICA

ellos mismos: "si los lugares están determinados y son limitados, también los
cuerpos lo serán" (cfr. cap. 6, 273a 7-16).
Ahora bien, 10 que Aristóteles concluye de esta argumentación (circular,
repetimos) es la necesaria finitud de la ousía sensible perecedera e imperecedera,
esto es: que el cosmos es [mito necesariamente y resulta imposible un cuerpo infi-
nito. Esta conclusión está de acuerdo con los resultados alcanzados en la Física
(III, 4-8) relativos a la imposibilidad en la naturaleza de un infinito en acto y a
la posibilidad de un rriero infinito potencial (en el caso del tiempo, de la divisi-
bilidad del continuo, del movimiento) que --como muestra Acerca del cielo - tam-
poco se presenta en el caso de la extensión corpórea. En Acerca de la genera-
ción de los animales Aristóteles dirá: "la naturaleza huye del infinito, porque infinito
es lo privado de completud [atelés}, mientras que la naturaleza busca siempre
elfin [télos)" (1,1, 7l5b). Pero ello no implica que el infinito actual sea abso-
lutamente imposible. En efecto, en la medida en que la naturaleza (las ousías sen-
sibles perecedera e imperecedera; cfr. Metafísica XII, 1) no agota todo lo exis-
tente y por encima de ella existe una ousía superior, primera y divina suprema
(ousía inteligible e incorpórea), podría ocurrir que en ese nivel ontológico se pre-
sentara la infinitud. De acuerdo con su programa, reducido a la ousía sensible,
Aristóteles no se plantea la cuestión en Acerca del cielo, pero conviene recordar
que en tratados teológicos (dedicados, por tanto, a estudiarla; cfr. Metafísica XII
y Física VII-VIII) el estagirita afirma que la Inteligencia Motor inmóvil posee
una potencia infinita (dynamis apeiros,potentia infinita), pues produce un movi-
miento extensivamente infinito (el movimiento infinito en potencia del universo
en su existencia eterna; cfr. Metafísica XII, 7, 1073a5-11 y Física VIII,lO, 266a
22-24), aunque intensivamente ese movimiento sea finito (su velocidad es finita,
pues cumple una vuelta cada veinticuatro horas, lo cual por lo demás muestra que
el motor no es extenso-corpóreo, ya que de serlo movería con su potencia infi-
nita en el instante; cfr. Física VIII,lO).

1.2. Heterogeneidad y jerarquía

El cosmos aristotélico tiene una estructura heterogénea: los cuatro elementos


(tierra, agua, aire, fuego) constituyen la materia de la región sublunar, cuyo movi-
miento es el rectilíneo desde y hacia el centro y donde, además del movimiento
local, encontramos los cambios de cantidad y de cualidad y sobre todo la gene-
ración y corrupción de las sustancias individuales, aunque las formas sean eter-
nas o la inmortalidad se dé en el plano de las especies. En suma, el mundo sublu-
nar, región de la tierra, es el reino de la muerte, el ámbito de máxima imperfección.
Desde la luna hasta la esfera de las estrellas fijas, en el mundo celeste o
supralunar, encontramos un elemento distinto: el "primer cuerpo" o éter, la quin-
taessentia.dela tradición latina. La estricta correlación un movimiento simple/un

99
GALILEO y LA GESTACIÓN DE LA CIENCIA MODERNA

elemento obliga a atribuir al cielo (sede en exclusiva del movimiento circular uni-
forme) un elemento distinto (y superior) a los elementos que componen el mundo
sublunar (inferior). El cielo está formado exclusivamente de éter, un elemento
superior y divino, cuya excelencia se muestra en la perfección y divinidad del
movimiento eterno circular y uniforme o perfectamente regular que lo constituye.
Carente de contrariedad, el cielo es un ámbito de ser inmutable y divino, ajeno
a la generación y corrupción, a la muerte.
El universo o cosmos finito se muestra así como una jerarquía, cuya cús-
pide es la sustancia o entidad incorpórea, la Inteligencia pura o separada, Motor
Inmóvil teleológico, que constituye la divinidad suprema "más allá de" la esfera
de las fijas y por tanto fuera del cosmos (véase De caelo, 1, 9). El nivel inferior
de la jerarquía está formado por el mundo sublunar, donde habita el hombre. De
este modo la cosmología jerárquica aparece asociada a una teología y a una antro-
pología precisas. Fue el platonismo quien dio su máxima expresión a esta antro-
pología con la visión de la vida humana como un "destierro" o "exilio" de la
"patria celeste" en la "cárcel terrena", de la que el hombre debe huir, por medio
de la filosofía-ciencia y de la religión cristiana, para retomar a la casa del Padre.

1.3. El mundo finito es único: la batalla contra la pluralidad de mundos

El cosmos aristotélico es finito y está clausurado por la esfera última de


las estrellas -la investigación posterior identificaría 1022 estrellas distribuídas en
48 constelaciones cuyo catálogo completo presentó Ptolomeo en los libros VII-
VIII del Almagesto. El movimiento diario de esta esfera se transmite a las esfe-
ras celestes interiores de los planetas. Aunque de extensión necesariamente finita,
"hay que examinar también -dice Aristóteles en De caelo, 1, 7, 274a 24ss.- si
no será, empero, de un tamaño tal como para permitir que existan múltiples mun-
dos; pues quizá podría uno plantear que nada impide que, tal como está consti-
tuido el mundo que nos rodea, existan múltiples mundos diferentes en vez de uno
solo, aunque no en número infinito".
Aristóteles se plantea, pues, la pluralidad de los mundos como una repeti-
ción de nuestro mundo: cada mundo tendría un mundo sublunar con una tierra
central en tomo a la cual giraría un cielo limitado por una esfera de estrellas fijas
(las estrellas que vemos desde la tierra son las estrellas de nuestro mundo o cos-
mos; no son componentes de otros mundos o cosmos). Que nuestro cosmos sea
finito, no implica por ello necesariamente que sea único. Podría haber un número
finito de mundos similares. Que ello ocurra o no -y según Aristóteles que sea
absolutamente imposible- depende de la cantidad total de materia y de la teoría
del movimiento. La respuesta al problema se nos ofrece en los De caelo, I, 8-9.
La teoría del movimiento había establecido la existencia necesaria de cinco
elementos en función de los únicos cinco movimientos naturales posibles y todo

100
GIORDANO BRUNO y EL FINAL DE LA COSMOLOGÍA ARISTOTÉLICA

ello en relación con lugares o regiones singulares. Del mismo modo que la corre-
lación un movimiento simple/un elemento excluía la posibilidad de otros elementos,
la singularidad de los lugares naturales para los elementos y sus movimientos traía
consigo que necesariamente las masas totales (finitas) de los elementos estaban
en sus lugares naturales correspondientes: todo el éter en el único cielo, movién-
dose circularmente; toda la tierra en su única región central, debajo de los res-
tantes elementos sublunares: "de modo que será necesario o retirar aquellas hipó-
tesis [i.e. la teoría del movimiento] o que único [hén] sea el centro y la extremidad.
y siendo esto así, necesariamente habrá solamente un mundo y no varios" (De
caelo, l, 8, 277a 9-11).
No hay, por consiguiente, materia para configurar otro mundo, pues toda la
materia está en el único mundo posible (más o menos extenso, pero finito) en vir-
tud de la singularidad de las regiones naturales de los elementos. Y Aristóteles con- .
cluye rotundamente una argumentación que, como siempre, presupone en las pre-
misas lo demostrado: "Es evidente, pues, a partir de lo dicho, que fuera [del universo]
no existe ni cabe que se genere la masa de ningún cuerpo: por consiguiente la
totalidad del mundo consta de toda la materia que le es propia (pues su materia
era el cuerpo natural y sensible). De modo que ni ahora hay una pluralidad de
mundos ni los ha habido ni puede haberlos, sino que este mundo es uno, único y
perfecto" (De caelo, l, 9, 279a 6-11). Notemos que la unicidad del mundo es un
hecho necesario en virtud de la naturaleza misma de las cosas y que la pluralidad
de mundos es absolutamente imposible. Pero, de nuevo, que este mundo sea único
y fInito, no significa que más allá o fuera no haya nada. SignifIca que no hay nada
corpóreo o natural o sensible, que lo que haya allí (ta ekef) es una ousía incor-
pórea y, por tanto, ajena al movimiento y al tiempo (279a 18 ss.).

1.4. La eternidad del mundo

Si en el caso de la fInitud y unicidad del cosmos Aristóteles coincide con


las posiciones de Platón y de la Academia, en el caso de su doctrina de la eterna
duración del mismo el estagirita afIrma la completa originalidad de su pensamiento,
no sólo con respecto a los autores presocráticos, sino con respecto a Platón. Nadie
con anterioridad a él habría afirmado la eternidad del universo e incluso al final
de su tratamiento del problema (De caelo, n, 1, 284a 3ss.) llega a afIrmar su coin-
cidencia en este punto con el saber de los antiguos, aludiendo sin duda a un resto
de la sabiduría conquistada en el periodo anterior y que con él se recuperaría de
nuevo en el ciclo civilizatorio presente.
Pero Aristóteles no se dedica tanto a exponer y demostrar su concepción
del universo eterno como a refutar las doctrinas contrarias y muy especialmente
la platónica del Timeo, según la cual el mundo había tenido un origen o había
sido engendrado a partir de un estado previo de materia desordenada, pero en cam-

101
GALILEO y LA GESTACIÓN DE LA CIENCIA MODERNA

bio era incorruptible, durando eterna o infinitamente en el tiempo a parte post


(De caelo, 1, 10, 280a 30-32 y cfr. Timeo 28 b-c, 29d ss. con su exposición del
mito de la generación, y 92c).
Según Aristóteles, la doctrina platónica es falsa y contradictoria, pues todo
lo que se genera, se corrompe o perece y viceversa: si algo es incorruptible es tam-
bién necesariamente inengendrado (De caelo, 1, 10, 279b17ss.). Además, la gene-
ración en un momento determinado plantea la cuestión de por qué tiene lugar pre-
cisamente en ese momento y no en otro (así como, implícitamente, la cuestión del
tiempo antes del tiempo que comienza precisamente con el orden del mundo, de
los movimientos celestes regulares): "¿por qué f. ..} se había de generar [el mundo]
después de no existir durante un [tiempo] infinito?" (De caelo, 1,12, 283a 11). La
contradictoriedad y dificultades de la posición platónica sólo pueden ser salvadas
si la existencia del mundo ordenado durante un tiempo infinito (su eternidad, que
por otra parte es eternidad en el tiempo y no la eternidad fuera del tiempo de la
ousía inmutable que existe fuera del límite extremo del mundo) no sólo se afirma
a parte post, sino también a parte ante, es decir, excluyendo toda generación, que
Aristóteles se la representa siempre en el tiempo. Y la existencia permanente del
.mundo, su existencia siempre, tiene además la modalidad de la necesidad: es impo-
sible que el cosmos no exista alguna vez, que sea engendrado tras no existir o que
se corrompa para no existir (cfr. en particular De caelo, 1,12).

1.5. La centralidad e inmovilidad de la tierra: el rechazo de la cosmología


pitagórica

A la necesidad de un cosmos finito, único y eterno Aristóteles añade (De


caelo, II, 13-14) la necesidad de la centralidad e inmovilidad de la tierra. Pero el
tratamiento de la cuestión va acompañado de una pr()lija presentación y rechazo
de la cosmología pitagórica que atribuía a la tierra un movimiento y una posi-
ción no central. De este modo el estagirita se convertía también, sin quererlo, en
fuente doxográfica de una cosmología alternativa a la cual acudirán, a partir de
Copérnico, los enemigos de Aristóteles para recabar autoridades en las que apo-
yar su crítica de la cosmología geocéntrica.
Es evidente, por otra parte, que el estatuto cosmológico de la tierra había
quedado establecido ya con rango de necesidad en los capítulos preliminares del
primer libro del De caelo que habían expuesto la teoría del movimiento. La corre-
lación naturaleza elemental-movimiento/reposo del elemento-lugar natural esta-
blecía, con el principio de que un elemento sólo puede tener un movimiento natu-
ral y un lugar propio, para el elemento pesado (la tierra) un movimiento natural
hacia el centro del mundo, su lugar natural, y el reposo en dicho lugar. Siendo,
además, idéntico el movimiento del todo y el de la parte, la masa total de la tie-
rra no puede sino tener el mismo movimiento que cualquier partícula de tierra o

102
GIORDA o BRUNO y EL FINAL DE LA COSMOLOGÍA ARISTOTÉLICA

grave: el rectilíneo hacia el centro del mundo, en el que debe de encontrarse en


reposo igual que las partículas de tierra están en reposo por naturaleza cuando
han alcanzado su lugar natural sobre la tierra (en el centro). La tierra tiene, pues,
rigurosamente vedado a su naturaleza el movimiento circular y rigurosamente pres-
crito por ella el reposo en el centro, lugar que necesariamente ha tenido que alcan-
zar en el curso infinito del tiempo anterior. Los graves caen sobre la tierra, pre-
cisamente porque la tierra está en el centro. De no ser así graves y tierra se moverían
con movimiento rectilíneo hasta el centro. Además, De caelo I1, 3 había establecido
la existencia necesaria de la tierra como cuerpo que debe estar permanentemente
fijo en el centro del universo, en tomo al cual gira el elemento éter3 •
Aristóteles reitera esta fundamentación física de la inmovilidad de la tie-
rra central en los dos últimos capítulos del segundo libro a la vez que refuta
la cosmología pitagórica. Expone la doctrina de "los llamados pitagóricos"
según la cual la tierra, lejos del centro, estaría dotada de un movimiento de
traslación diario y asocia a esta opinión a "otros muchos" , una referencia vaga
tras la cual puede ser que haya una alusión al viejo Platón y a su círculo (cfr.
De caelo, Il, 13, 293a 20-b 33). Frente a todo ello Aristóteles aduce una obje-
ción de carácter metodológico: la de no proceder buscando causas a posteriori
para la experiencia sensible asumida tal como se nos da, sino violentándola al
plegarla a ideas arbitrarias establecidas a priori (293a 25-27; está aquí ya pre-
sente la apelación a la experiencia tan presente en el aristotelismo después de
la renovación de la cosmología pitagórica por Copémico). y frente a la ape-
lación pitagórica a la excelencia del centro, que excluye de dicho lugar noble
a la tierra, el estagirita les reprocha confundir el centro geométrico o espacial,
que no tiene ninguna dignidad especial, con el centro natural de un organismo,
el cual --como vemos en los animales- no tiene por qué coincidir con el pri-
mero: en el cosmos el centro geométrico puede estar ocupado por un cuerpo
sin especial relevancia ontológica, como es la tierra, porque el centro natu-
ral está en otro lugar y corresponde a un cuerpo más digno. Y para Aristó-
teles el centro natural, el lugar más noble que tiene el carácter de princi-
pio, es la periferia: la esfera de las fijas o primum mobile. No sólo no c"abe
interpretar la centralidad espacial de la tierra como un privilegio indicativo
de nobleza, sino más bien 10 contrario: en la tierra alojada en el centro mate-
máticoestamos a la máxima distancia de la perfección ontológica y lejos del
verdadero centro del universo sensible, que es la esfera de las fijas sita en
contacto directo e inmediato con la ousía inteligible primera y que expresa

3Y la existencia de la tierra implica la de su contrario, el fuego, así como la de los elementos intermedios
(agua, aire) y por tanto la de la generación y la corrupción. A su vez generación y corrupción presuponen
la existencia de al menos un movimiento circular aparte del movimiento diario de la esfera de las fijas.
Así deduce Aristóteles a priori la existencia de las esferas planetarias. Cfr. De caelo, n, 3, 286a 20ss. En
el libro cuarto se demostrará más detenidamente la existencia necesaria de los elementos intermedios.

103
GALILEO y LA GESTACIÓN DE LA CIE CIA MODERNA

esa Su perfección con el enorme número de estrellas que la pueblan frente a


las esferas planetarias portadoras de un solo astr0 4 •
Tiene perfectamente razón Aristóteles cuando dice que la cuestión sobre
el movimiento y lugar de la tierra no es un problema aislado, sino una cuestión
que sólo puede encontrar solución en el marco de una teoría general del universo
y del movimiento natural y violento (294b 30 - 295a 2). Por esa misma razón el
planteamiento copernicano de una astronomía heliocéntrica con una tierra en movi-
miento circular no era tanto la solución de dificultades astronómicas de Ptolo-
meo como la apertura de un enorme problema físico que sólo podía encontrar
solución en una revolución física y filosófica radicalmente antiaristotélica. Desde
la teoría general de Aristóteles el movimiento circular de la tierra fuera del cen-
tro es naturalmente imposible; pero tampoco como movimiento violento tiene mayor
posibilidad: "no es posible que sea [un movimiento] eterno, siendo, como es,for-
zado y contrario a la naturaleza; el orden del mundo, en cambio, es eterno" (296a
32s.). Aristóteles puede concluir rotundamente: "es evidente, pues, que la tierra
hade hallarse necesariamente en el centro e inmóvil"5.

1.6. La Inteligencia y las esferas celestes. La modificación de Ptolomeo

Ahora bien, como ya hemos señalado en diversas ocasiones, el cosmos sen-


sible, finito y jerarquizado, corpóreo, no agota la totalidad de lo existente. Más
allá de o fuera de la primera traslación circular, existe otra ousía o entidad: la
sustancia primera, divina, de la que (como dice Metafísica, XII, 7, lO72b 13) "pen-
den el universo y la naturaleza" o de la que (en términos de De caelo, 1, 9, 279a
30) "dependen el existir y el ser para las demás cosas". Se trata, en suma, de
ese conjunto plural de entidades divinas llamado ta ekei ("el conjunto de las enti-
dades de allífuera") cuyo ser es inteligencia pura (nous, enérgeia), motor inmó-
vil teleológico de las esferas celestes inferiores que forman la ousía segunda.
y precisamente su número puede ser conocido a posteriori por el número de
los movimientos celestes independientes causados por ellas en tanto que c"ausa

4 Cfr. 293b 6-15. Sobre la perfección y "centralidad" de la esfera de las fijas véase De cae/o, n, 10 y 12.
Sabido es que Copémico, quien como los pitagóricos recurre a la excelencia del centro para apoyar el helio-
centrismo, unifica el centro natural y el centro geométrico y pone en el sol, vicario de la divinidad, el prin-
cipio del movimiento de los planetas frente a la esfera estelar, que (inmóvil absolutamente) no es sino el
lugar del mundo que, con su inmovilidad, clausura el espacio de los planetas y cierra el universo.
s 296b 21s. Aristóteles añade dos evidencias empíricas que, en su opinión, hablan contra el movimiento
de la tierra: en primer lugar la caída perpendicular de los graves, cuando deberían caer según una tra-
yectoria oblicua si la tierra tuviera un movimiento de rotación (296b 23-25); en segundo lugar el movi-
miento de la tierra por la eclíptica (movimiento de traslación) debería producir unos movimientos apa-
rentes de las estrellas fijas (paralaje anual; 296b3-6). Son dos objeciones destinadas a repetirse contra la
iniciativa copemicana (incluso por autores avanzados como Tycho Brahe, pero tradicionales en su geo-
centrismo) y a las cuales desde Copémico hasta Galileo y más allá los copemicanos debieron hacer frente.

104
GIORDANO BRUNO y EL FINAL DE LA COSMOLOGÍA ARISTOTÉLiCA

final: un total de 55 ó 56 Inteligencias motrices de las 55 ó 56 esferas celestes


exigidas por el modelo astronómico de las esferas homocéntricas y por el requi-
sito aristotélico de las esferas compensadoras necesarias para que el modelo tenga
realidad física 6 •
El cosmos aristotélico es, por tanto, un mundo lleno, carente de vacío, for-
mado por una sucesión de esferas sólidas, elementales y etéreas, contiguas. Más
allá de las cuatro esferas elementales, constitutivas del mundo sublunar, existen las
esferas celestes, cuyo elevado número (que repercute a su vez sobre el censo de
Inteligencias-Motores Inmóviles) viene determinado por la teoría astronómica vigente
en la época de Aristóteles y por él asumida: el modelo de esferas homocéntricas
elaborado por Eudoxo y perfeccionado por Calipo. Pero he aquí que, con poste-
rioridad a Aristóteles, la teoría astronómica cambió y dicho cambio repercutió deci-
sivamente sobre la cosmología. Como es sabido, la nueva teoría fue la de las excén-
tricas y epiciclos que encontró su formulación canónica en el Almagesto de Ptolomeo.
Pero Ptolomeo no se limitó a a formular los modelos matemáticos para el
movimiento circular de los diferentes planetas. Además del Almagesto, escribió
las Hipótesis de los planetas, donde exponía una cosmología, esto es, insertaba
los modelos geométricos de excéntricas y epiciclos de cada planeta en el interior
de una esfera concéntrica, que pasaba así a ser la esfera o cielo del planeta en
cuestión. De este modo el cosmos pasaba a estar formado, por lo que al mundo
celeste se refiere, por siete esferas (tantas como planetas) más la esfera de las fijas
y una novena esfera sin astros, elprimum mobile, aña~ida por Ptolomeo para dar
cuenta del fenómeno de la precesión de los equinoccios. Pues bien, este modelo
cosmológico, distinto y simplificado con respecto al aristotélico, terminó por super-
ponerse al aristotélico y constituir (gracias a la adopción por la cultura árabe en
autores como Alhazen y Alfraganus) el cuadro cosmológico propio de la cultura
latina medieval y renacentista: la imagen del universo, en suma, vigente en la época
de Copérnico, todavía parcialmente aceptada por éste y objeto de la crítica radi-
cal por parte de Giordano Bruno. Al mismo tiempo, la reformulación ptolemaica
del número de esferas celestes no podía dejar de afectar al censo aristotélic.o de
dioses-inteligencias-motores inmóviles, los cuales pasaban a ser nueve o diez?
Para concluir esta rápida exposición de la cosmología aristotélica y su pro-
yección secular, no podemos olvidar que, además de la conexión teológica en la
doctrina de las Inteligencias-motores inmóviles, poseía también una importante
dimensión o conexión antropológica. En efecto, si la perfección de un ser con-
siste en la actualización o vida según el componente superior que hay en él, no
cabe duda de que la perfección del hombre consiste en la vida intelectual o teo-
rética, es decir, en la actualización del intelecto por medio del conocimiento cien-

7Sobre estos puntos véase la excelente exposición en M.-P. Lerner, Le monde des spheres, vol. 1, Genese
et triomphe d' une représentation cosmique, París 1996.

105
GALILEO y LA GESTACIÓN DE LA CIENCIA MODERNA

tífico y por la unión con esas inteligencias separadas. Tal proceso culmina en la
unión intelectual con la Inteligencia primera, unión que es la verdadera comu-
nión con la divinidad y que, además de accesible en esta vida por los medios natu-
rales de la contemplación, representa la suprema felicidad y la perfección del hom-
bre. Se trata de una ética expuesta por Aristóteles en Metafísica XII y sobre todo
en Ética Nicomaquea X, 7, la cual fue desarrollada en tierra de Islam, encontrando
su culminación en Averroes y su desarrollo ulterior en el averroísmo judío y latino.
Es evidente que tal programa antropológico resultaba difícilmente articulable con
la religión cristiana y con su afirmación de que la unión con Dios requería la nece-
saria mediación de Cristo para todos los hombres, actuada a través de la fe. Pero
el averroísmo partía de la rígida separación entre sapientes y vulgo y de una teo-
ría de la religión como lex pedagógico-política destinada al vulgo e innecesaria
en puridad para los sapientes, los cuales encontraban en la superior contempla-
ción filosófica, por la vía del concepto, la ley moral, el camino de la perfección
humana y la comunión con la divinidad.

2. EL CONFLICTO CON LA TEOLOGÍA CRISTIANA Y LA ADAPTACIÓN


DE LA COSMOLOGÍA ARISTOTÉLICA

Por todo ello, que parecía cuestionar la universalidad de la redención por


Cristo, y también por el rango ontológico de necesidad de que gozaba el cosmos
aristotélico y su orden, podemos comprender que la recepción del corpus aristo-
télico en el siglo XIII, estrechamente unida como estaba a la exégesis islámica,
especialmente al comentario de Averroes, se enfrentara a múltiples resistencias
en el campo teológico. En 1270 el'obispo de París, Etienne Tempier, condenó trece
artículos (entre ellos la tesis de la eternidad del mundo y la de que "nunca hubo
un primer hombre", que unida a la eternidad del mundo y de las formas cuestio-
naba el monogenismo adámico). Tras nuevos ataques, como el de Egidio Romano
en su De erroribus philosophorum (ca. 1270) o el nuevo estatuto de la facultad
de artes de París (que prohibía a los profesores de artes salir al campo teológico
y enseñar en detrimento de la fe, es decir, negaba la posibilidad de un ejercicio
autónomo de exégesis puramente filosófica de Aristóteles) promulgado en 1272,
la ofensiva alcanzó su punto culminante con la famosa condena de 219 artículos
promulgada por el obispo Tempier en 1277.
De esta lista de artículos condenados llama la atención no sólo el intento
de poner fin a un aristotelismo exclusivamente "natural", independiente de la
ortodoxia teológica, y la censura de tesis concretas como la eternidad del mundo.
Sorprende sobre todo el rechazo constante, explícito y decidido de la necesidad
del cosmos aristotélico y de su orden, por el cual las cosas no pueden ser de otra
manera que como son (y como las ha teorizado Aristóteles). Y lo que se con-
dena como falso e impío no es que el mundo sea como lo ha expuesto Aris-

106
GIORDANO BRUNO y EL FINAL DE LA COSMOLOGÍA ARISTOTÉLICA

tóteles, cosa que no se niega, sino que sea así necesariamente, en virtud de una
necesidad intrínseca de las cosas mismas, de manera que no haya alternativa y
por tanto la creación divina no haya podido ser de otro modo. Se condenaba,
por tanto, la necesidad del cosmos aristotélico y de su estructura por incompa-
tible con el dogma cristiano de la libertad divina y la contingencia del mundo y
de su orden, que podía no ser y ser distinto de como efectivamente Dios lo había
creado. Así, cuando en el artículo 27 se condenaba "quod prima causa non pos-
set piures mundos facere" , no se rechazaba la tesis aristotélica de la unicidad
del mundo; se negaba su necesidad, que Dios no pudiera hacer sino un mundo.
Los censores no afirmaban que Dios hubiera hecho realmente una pluralidad de
mundos, sino que habría podido hacerlo y daban a entender que si hubiera que-
rido hacerlo, existiría una pluralidad de mundos. En suma, la condena de Tem-
pier criticaba el necesitarismo del cosmos aristotélico como incompatible con
la concepción ortodoxa de Dios y de su potencia y presuponía la distinción entre
lo posible de potentia ordinata (porque Dios lo ha querido y ordenado, con una
necesidad secundaria a la elección divina) y lo posible absolutamente o de poten-
tia absoluta (10 posible en principio a Dios por no contradictorio en sí mismo,
con independencia de su voluntad y elección). La unicidad del mundo vale de
potentia ordinata, mas no de potentia absoluta 8.
Los efectos de la condena de Tempier sobre la interpretación posterior de
la cosmología de Aristóteles y del De caelo en particular fueron enormes. Pero lo
fueron en el plano de la modalidad y de la discusión de alternativas cosmológi-
cas posibles absolutamente (por no contradictorias), aunque defacto no fueran rea-
les tal como había reconocido Aristóteles, a pesar de atribuir erróneamente al orden
real un estatuto de necesidad absoluta. Así, filósofos del siglo XIV (profesores de
la facultad de artes parisina) como Juan Buridán o Nicolás Oresme contemplarán
en sus reflexiones respectivas sobre el De Caelo (el primero en sus Quaestiones
super libris IV De caelo et mundo; el segundo en su traducción francesa comen-
tada Le livre du ciel et du monde) la posibilidad absoluta de un movimiento de la
tierra y de una pluralidad de mundos, que sin embargo no reconocerán como rea-
lidad efectiva, aceptando el único mundo de Aristóteles con la tierra inmóvil en
su centro como el orden efectivamente elegido por Dios. Un teólogo como Ockham
había seguido la misma línea de razonamiento sobre el problema de la pluralidad
de mundos en su Comentario a los Libri Sententiarum de Pedro Lombardo. Habrá
que esperar hasta Copémico y hasta Giordano Bruno (quien en su Del infinito: el
universo y los mundos de 1584 escribe una especie de Anti-De caelo) en el siglo

8Sobre la condena de Tempier, véase los excelentes estudios de R. Hissette, Enquete sur les 219 arti-
eles condamnés a Paris le 7 mars 1277, Lovaina-París 1977 y L. Bianchi, 11 vescovo e ifilosofi. La con-
danna parigina del 1277 e l' evoluzione del!' aristotelismo scolastico, Bergamo 1990. Sobre la distin-
ción en la potencia divina véase W. J. Courtenay, Capacity and Volition. A History of the Distinction of
Absolute and Ordained Power ofGod, Bergamo 1990.

107
GALILEO y LA GESTACIÓN DE LA CIENCIA MODERNA

XVI para que las tesis (no contradictorias y posibles de potentia absoluta divina)
del movimiento de una tierra planetaria y de la pluralidad de los mundos sean afir-
madas como verdades de hecho (como el orden natural). Pero ahora estas tesis des-
plegarán con respecto a la cosmología aristotélica todas sus implicaciones revo-
lucionarias, de las que las había privado la reducción escolástica a posibilidades
iniciales de Dios no contempladas en la creación efectiva. Todo ello pone de mani-
fiesto la extraordinaria vigencia histórica del De caelo aristotélico, una obra a la
que la escolástica católica no volverá la espalda más que en el momento en que
las novedades celestes (estrellas nuevas y cometas celestes) y las observaciones
con el telescopio (relieve lunar, satélites de Júpiter, manchas solares, fases de Venus)
obliguen a reconocer la realidad de un cielo fluido, sin esferas, homogéneo y a
adherirse al sistema astronómico de Tycho Brahe como único refugio frente al movi-
miento de la tierra. Por el camino quedarán la hoguera de Giordano Bruno (1600),
la condena del movimiento de la tierra y la prohibición de la obra de Copérnico
donec corrigatur (1616), el proceso y abjuración forzada de Galileo, hechos todos
de los que no cabe, ciertamente, hacer responsable a Aristóteles. Pero no nos ade-
lantemos en exceso y pasemos a Copérnico.

3. EL DE REVOLUTIONIBUS DE COPÉRNICO y EL INICIO DE LA


REVOLUCIÓN COSMOLÓGICA

La publicación en 1543 de la obra de Copérnico, titulada De revolutioni-


bus orbium coelestium, dió lugar a una radical transformación de la cosmología
que es denominada con frecuencia 'revolución científica' o 'revolución coperni-
cana'. De resultas de este proceso, del que Copérnico fue un detonante en virtud
de las implicaciones revolucionarias de su obra (más allá de su propia concien-
cia y voluntad) y que encontró su clausura teórica sólo con la publicación en 1687
de los Principia mathematica philosophiae naturalis de Newton, disciplinas cien-
tíficas como la astronomía y la física salieron radicalmente transformadas. Ade-
más, esta revolución que dio origen a la 'ciencia moderna' estuvo estrechamente
vinculada a la gestación de la filosofía moderna, es decir, a la renovación de las
concepciones epistemológicas y ontológicas, así como a las conexiones teológi-
cas de todo ello.
La causa de todo ello residía en que los principios de la astronomía coper-
nicana, a saber el movimiento circular de la tierra lejos del centro del universo,
donde se había colocado al sol, resultaban absolutamente incompatibles con la
cosmología y física e incluso con la filosofía aristotélicas. La cosmología coper-
nicana sólo podía ser verdadera si la física aristotélica era falsa; por consiguiente,
los copernicanos realistas (los que no se limitaban a una mera recepción instru-
mentalista del De revolutionibus como cálculo geométrico a partir de hipótesis,
sin dimensión física) debían destruir la física tradicional incompatible con la cos-

108
GIORDANO BRUNO y EL FINAL DE LA COSMOLOGÍA ARISTOTÉLICA

mología copemicana y elaborar una física nueva de la que se siguiera el movi-


miento de la tierra en tomo al sol como un hecho natural. El desarrollo de esta
batalla traerá consigo la destrucción del cosmos tradicional y el paso al universo
homogéneo indefinido, si no infinito, de la nueva física, en suma: la revolución
científica. Necesaria e inevitablemente la discusión debía pasar del ámbito astro-
nómico al campo de la física y de la filosofía como territorio en el que se debía
dirimir la disputa. En este proceso de ampliación de la disputa al conjunto de la
filosofía natural (y al de los territorios de la teología y de la antropología con los
que a lo largo de los siglos la cosmología había estado vinculada de modo estre-
cho) ocupa un lugar decisivo la figura y la obra de Giordano Bruno (1548-1600),
el único fIlósofo adherido al cosmos copernicano en la segunda mitad del siglo XVI.

4. EL DESARROLLO DEL COPERNICANISMO EN GIORDANO BRUN0 9

Las obras cosmológicas de Giordano Bruno son, fundamentalmente, los


diálogos en lengua italiana La cena de le ceneri y De l' infinito universo e mondi
(Londres 1584); un elenco de Centum et viginti articuli de natura et mundo adver-
sus peripateticos (París 1586, base de una acalorada disputa pública en el Cole-
gio de Cambrai) que fueron publicados de nuevo más tarde con importantes amplia-
ciones y con el título de Camoeracensis Acrotismus (Wittenberg 1588), y fmalmente
el poema cosmológico De immenso et innumerabilibus seu de universo et mun-
dis (Frankfurt 1591) que constituye la summa del pensamiento bruniano.
En estas obras Bruno expone su adopción de la cosmología copemicana lO
y sobre todo el desarrollo radical de la misma en la dirección de un universo nece-
sario (rasgo del universo aristotélico conservado, frente a la devaluación del mismo
por el cristianismo a rango de criatura contingente), pero (y aquí ya se procedía
contra el aristotelismo en general y el aristotelismo cristiano en particular) nece-
sariamente infinito y homogéneo. La homogeneidad del universo significaba que
carecía de jerarquías, que en él nacimiento y muerte (composición y disolución)
son manifestaciones universales de la vida (expresiones de la metamorfosis ince-
sante en el seno de la sustancia única) y que la tierra es un astro celeste equiva-
lente a cualquier otro planeta (desaparece la representación de la vida humana
en términos de exilio de la patria celeste) y Dios no tiene una relación diferente

9 Recogemos aquí la exposición de la reforma cosmológica bruniana que hemos efectuado en nuestro
trabajo "La revolución cosmológica de Copémico a Descartes", recogido en nuestro ya citado (supra,
nota 1) El umbral de la modernidad, cap. 2.2.
JO Una adopción evidentemente realista, esto es, al margen de la reducción instrumentalista de la astro-

nomía copemicana como simple expediente calculatorio. Véase G. Bruno, La cena de las cenizas, trad.
de M. A. Granada, Madrid 1987, pp. 107-109, para un rechazo despectivo de la interpretación de Osian-
der, calificado de "asno ignorante y presuntuoso".

109
GALILEO y LA GESTACIÓN DE LA CIENCIA MODERNA

con las distintas regiones del universo, sino idéntica con todas en el universo infi-
nito y homogéneo que es su retrato, la explicatio necesaria de su infinita poten-
cia, en suma: su expresión o, por emplear un lenguaje teológico, su unigénito y
cosustancial Hijo. Evidentemente este desarrollo del copernicanismo no era una
mera cuestión cosmológica, sino que implicaba una ontología (doctrina monista
de la sustancia y reinterpretación de los conceptos de nacimiento y muerte, más
o menos en la dirección del 'consuelo' que la lectura de Schopenhauer procurará
a Thomas Buddenbrook en la novela de Thomas Mann) y una reformulación de
la relación de Dios con el universo y del acceso del hombre a la divinidad a tra-
vés de la contemplación del universo infInito y homogéneo; un acceso mediante
lafilosofía (como religión de la mente y como "perfección del hombre") en for-
tísima polémica con el cristianismo y con la mediación de Cristo, evaluados como
impostura e ilusión posibilitados históricamente por la pérdida de la verdad onto-
lógica, cosmológica y teológica que siguió a la obra de Aristóteles 11.
No podemos tratar aquí, con la extensión que ello merece, de las implica-
ciones ontológicas y teológico-religiosas del desarrollo bruniano del copernica-
nismo, asociadas además a una autoconciencia de profeta de una nueva época de
verdad y justicia antitética a la época de error-vicio dominada por la conjunción
aristotélico-cristiana y por tanto a una reevaluación de la dimensión histórica de
la figura del Anticristo. Nos limitaremos, pues, a una exposición de los compo-
nentes fundamentales de su cosmología infinitista.

4.1. El universo infinito y homogéneo

El universo bruniano es ciertamente un universo corpóreo infinito en acto


(Bruno rechaza la tesis aristotélica de que en la naturaleza sólo existe el infinito
en potencia) y homogéneo, es decir, constituido por un único nivel de ser some-
tido por doquier y siempre a una misma legalidad, lo cual quiere decir que la homo-
geneidad se presenta también en el plano temporal y el universo es, por consi-
guiente, eterno e idéntico a sí mismo, con lo que se elimina la perspectiva
escatológica que el cristianismo había superpuesto al cosmos aristotélico. El uni-
verso infinito corpóreo comprende la totalidad del ser, por lo cual queda elimi-

11 Véase A. Ingegno, Cosmologia e filosojia nel pensiero di Giordano Bruno, Florencia 1978; M. A. Gra-

nada, "De Erasmo a Bruno: caza, sacrificio y metamorfosis en la divinidad", La balsa de la Medusa 23,
1992, pp. 95-114 (recogido en el volumen citado El umbral de la modernidad); el mismo, "Giordano
Bruno et la dignitas hominis: présence et modification d'un motif du platonisme de la Renaissance", Nou-
velles de la République des Lettres, 13, 1993, pp.115-l69 (recogido también en versión castellana en el
citado volumen; el mismo, "Giordano Bruno e l'interpretazione della tradizione filosofica: l'aristotelismo
e il cristianesimo di fronte aWantiqua vera filosofia", en G. Canziani - y. Ch. Zarka eds., Cinterpreta-
zione nei secoli XVI e XVll, Milán, 1993, pp. 59-82; el mismo, "Cálculos cronológicos, novedades cos-
mológicas y expectativas escatológicas en la Europa del siglo XVI", Rinascimento, 2ª ser., XXXVIT, 1997,
pp. 357-435 (recogido también en El umbral de la modernidad).

110
GIORDANO BRUNO y EL FINAL DE LA COSMOLOGÍA ARISTOTÉLICA

nado el grado de ser puramente inteligible, postulado por la tradición platónica


y aristotélica 12 • Tampoco tiene fundamento el dualismo cosmológico aristotélico:
los cuatro elementos constituyen la materia universal de que están hechos todos
los infinitos astros o mundos que pueblan el universo infinito, tal como dice Bruno
restaurando la distinción epicúrea frente a la confusión aristotélica entre universo
y mundo. Sólo cabe distinguir entre aquellos astros o mundos en los que pre-
domina el fuego (las estrellas o soles) y aquellos otros en los que predomina el
agua o la tierra (1os planetas o tierras en movimiento en torno a sus soles-estre-
llas). No existen las esferas celestes: ni las esferas planetarias ni la esfera de las
fijas (consecuencia esta última del falso presupuesto de la inmovilidad de la tie-
rra en el centro absoluto del universo y de la apariencia sensible de un límite
último del universo); los astros o mundos residen en el espacio lleno de aire puro-
éter-spiritus y se mueven libremente por él en virtud de un principio interno de
movimiento que es su propia alma inteligente 13 • De este modo la Inteligencia motriz
divina deja de ser trascendente al universo corpóreo y finita en número para pasar
a ser inmanente a los infinitos astros (mundos en el lenguaje bruniano) y por
tanto infinita. Asimismo la unión con la divinidad, que la tradición peripatética
se representaba como acceso a un grado de ser trascendente al universo sensi-
ble, pasa a actualizarse como unión con la divinidad en la inmanencia cósmica
por medio de su contemplación intelectual en el espejo del universo infinito y
sus astros innumerables que la anuncian (Salmo 18) o proclaman como sus minis-
tros (Daniel 7, 10)14. Y sin embargo, más allá de su radical polémica con el aris-
totelismo, el programa bruniano de comunión con la divinidad a través de la con-
templación filosófica de la verdad del universo infinito y de su relación con la
divinidad conservaba la concepción peripatética de la filosofía como "perfec-
ción del hombre" y como felicidad suprema, una reducción inmanentista del reino
de Dios o paraíso, independiente de la mediación de Cristo.
Los argumentos brunianos a favor de un universo corpóreo infinito en acto
son fundamentalmente cuatro. El primero es un argumento de tipo por así decir
psicológico, basado en la potencia del intelecto o imaginación humana, la cual
es capaz naturalmente de trascender todo límite en un proceso infinito y por ello

12 Véase M. A. Granada, "Bruno, Digges, Palingenio: omogeneita ed eterogeneita nella concezione dell 'u-

niverso infmito", Rivista di storia dellafilosofia 47,1992, pp. 47-73; el mismo, "Thomas Digges, Gior-
dano Bruno y el desarrollo del copemicanismo en Inglaterra", Endoxa 4 , 1994, pp. 7-42. Para el rechazo
de la escatología véase M. A. Granada, "Cálculos cronológicos, novedades cosmológicas y expectativas
escatológicas...", citado en la nota precedente.
13 Véase La cena de las cenizas, cit., pp. 124 ss.

14 Cfr. De immenso, 1, 1, (G. Bruno, Opera Opera latine conscripta, vol. 1, 1 ,ed. de F. Fiorentino, Nápo-

les 1879, p. 205): "Sic ex visibilium aetemo, immenso et innumerabili effectu, sempiterna, immensa illa
majestas atque bonitas intellecta conspicitur". Véase asimismo nuestra introducción a G. Bruno, De gli
eroicifurori, en G. Bruno, Oeuvres completes, vol. VII, texte critique établi par G. Aquilecchia, intro-
duction et notes par M. A. Granada, Les Belles Lettres, Paris 1999, cap. 6.

111
GALILEO y LA GESTACIÓN DE LA CIENCIA MODERNA

testimonia lo que el intelecto universal (Dios) ha producido en acto l5 • El segundo


es el del carácter aparente y relativo al sentido de las determinaciones de centro
y periferia: siempre estamos en el centro de un horizonte que cambia con nues-
tro desplazamiento; el centro y el horizonte establecido por el límite de nuestra
visión son, pues, relativos al espectador y a su percepción. Lo que es evidente en
el caso de la experiencia óptica terrestre, Bruno lo transfiere a la experiencia del
universo: en cualquier lugar estaremos en el centro y a nuestro alrededor se exten-
derá una esfera con un círculo último de horizonte; cualquier astro es centro de
un horizonte a su alrededor y periferia para los mundos sitos en su horizonte. Si
el universo es una esfera será en todo caso (dice Bruno aplicándole la famosa
formula que la tradición aplicaba a Dios) una "esfera infinita cuyo centro está
en todas partes y su circunferencia en ningún sitio" 16.
El tercer argumento procede a partir de la concepción del espacio como
una cantidad física tridimensional continua en la que se recibe la magnitud de
los cuerpos; existe por naturaleza antes de todos los cuerpos [...] y es un recep-
táculo indiferente de todos los cuerpos, sin acción y sin pasión, no se mezcla, es
impenetrable, no formable, no localizable, contiene en su interior todos los cuer-
pos sin estar contenido a su vez 17 •
Este espacio homogéneo, y por tanto infinito, es receptáculo indiferente a
la materia. La existencia de un mundo en una determinada región del espacio,
homogéneo en toda su extensión infinita e indiferente con respecto a la materia,
es razón suficiente para que pueda existir, él u otro mundo como él, en cualquier
otra región y para que el espacio infinito esté lleno en toda su extensión l8 • Ahora
bien, este argumento del espacio homogéneo infinito y del principio de razón sufi-
ciente permite inferir que puede haber de hecho un universo infinito en el espa-
cio infinito, pero no quizá que necesariamente sea así, puesto que cabe pensar
que nuestro mundo podría ser el único mundo rodeado de un espacio vacío infi-
nito, como pensaron los estoicos y en el siglo XIV Bradwardino y Oresme en
conexión con la distinción entre la potentia absoluta (todo lo que puede) y ordi-
nata de Dios (lo que puede por haberlo elegido del conjunto de su potencia total).
La necesidad del universo corpóreo infinito en el espacio y en el tiempo
se establece fundamentalmente por el cuarto argumento: el argumento teológico

"Cfr. G. Bruno, Del infinito: el universo y los mundos, trad. de M. A. Granada, Madrid 1993, pp. 92-93.
lO Ibidem, pp. 102s. Véase asimismo M. A. Granada, "L'infinité de 1'univers et la conception du systeme

solaire chez Giordano Bruno", Revue des Sciences Philosophiques et Théologiques 82, 1998, pp. 243-
275; el mismo, "La imaginación y la construcción del universo infinito en Giordano Bruno", Nouvelles
de la Republique des Lettres , 18, 1999, pp. 39-62.
17 De immenso, 1,8, p. 231; véase E. Grant, Much Ado about Nothing. Theories 01 Space and Vacuum

from the Middle Ages to the Scientifc Revolution, Cambridge. 1981, pp. 186-192.
18 Véase Del infinito, pp. 106-113; A. Koyré, Del mundo cerrado al universo infinito, Madrid 1979, pp.

47-51; M. A. Granada, "L'infmíté de l'univers et la conception du systeme solaire chez Giordano Bruno",
(cit., pp. 257-260).

112
GIORDANO BRUNO y EL FINAL DE LA COSMOLOGÍA ARISTOTÉLICA

de la libre necesidad de la plena eficacia o actualización en un universo infinito de


la infinita potencia divina en virtud 1) de la difusividad del Bien l9 ; 2) de que sólo
la creación infinita es compatible con la potencia y el bien infinitos del creador divino;
3) de que sólo un universo corpóreo infinito es perfecto y la creación divina no
puede sino ser perfecta; 4) en virtud de que la distinción escolástica entre poten-
tia absoluta y ordinata de Dios no sólo carece de fundamento, sino que además
es contradictoria y una blasfemia contra Dios20 • A ello cabe unir el abandono tam-
bién de la distinción teológica cristiana entre generación ad intra y creación ad
extra de Dios, que se manifiesta en el abandono del dogma trinitario y cristoló-
gico por parte de Bruno.
El universo corpóreo infinito y eterno resulta así la única generación, pro-
ducción o creación divina, el verdadero Hijo o Verbo que asume y se reparte
las funciones de mediación, tradicionalmente atribuidas a Cristo, con el pro-
feta Bruno (en su caso no como redentor en virtud del autosacrificio de su divi-
nidad, sino como indicador del verdadero camino de la comunión con la divi-
nidad a través de la contemplación de su expresión infinita en el universo sensible
y homogéneo).

4.2. El sistema planetario, unidad básica en el universo infinito

En el universo infinito de Bruno la unidad básica, precisamente en virtud


de su homogeneidad, es el sistema planetario, formado por un sol (astro en el que
predomina el fuego y reluce por sí mismo) y un conjunto de planetas y cometas
(ambos son astros en los que predomina el agua y que relucen al reflejar la luz
solar) girando a su alrededor a distancias apropiadas. Efectivamente, puesto que
este sol-estrella nuestro posee un número de planetas, los demás soles deben ser
también centros del movimiento de otros conjuntos de planetas-tierras. El uni-
verso infinito es así una reiteración infinita de sistemas planetarios equivalentes
u homogéneos a lo largo del espacio infinito. Esta doctrina, que es el dato más
significativo de la cosmología bruniana, aparece enunciada ya en 1584: "Hay por
tanto soles innumerables y tierras infinitas que giran por igual en tomo a aque-
llos soles, tal y como vemos a estas siete girar en tomo a este sol cercano a noso-
tros", (Del infinito, p. 164). El De immenso repetirá la doctrina, con la adopción
del término synodus ex mundis para designar el sistema: "Disposición de los sis-
temas de mundos en el universo. Distinción entre astros que brillan por sí mis-
mos y por otro" (1,3, p. 209, título del capítulo).

lO Véase A. O. Lovejoy, La gran cadena del ser. Historia de una idea, Barcelona 1983; M. A. Granada,

"11 rifiuto della distinzione fra potentia absoluta e potentia ordinata di Dio e I'afferrnazione dell'uni-
verso infinito in Giordano Bruno", Rivista di storia dellafilosofia 49,1994,495-532
20 Véase nuestros artículos mencionados en las notas 18 y 19.

113
GALILEO y LA GESTACIÓN DE LA CIENCIA MODERNA

Así pues, Bruno no sólo hace estallar la esfera de las fijas, sino que (frente
a Digges) uniformiza la región estelar y planetaria, al hacer de cada estrella un
sol centro de un sistema planetario. La relación privilegiada que Dios tenía con
el ámbito estelar se generaliza al universo infinito homogéneo. La consecuencia
es que la tierra deja de ser la sentina del universo para ser cielo y Dios deja de
estar lejos para estar en nuestro interior:
Sabemos que si estuviéramos en la Luna o en otras estrellas no estaría-
mos en un lugar muy diferente a éste y acaso en uno peor [. ..] sabemos que no
hay que buscar la divinidad lejos de nosotros, puesto que la tenemos aliado, incluso
dentro, más de lo que nosotros estamos dentro de nosotros mismos.
(La cena de las cenizas, p. 71).
Ello implica también que los procesos vitales terrestres se presentan en los
restantes mundos, que pasan a ser mundos habitados.
Bruno tiende a pensar que las estrellas de primera magnitud (quince en el
catálogo estelar de Ptolomeo y Copémico) son los soles más cercanos al nuestro,
en tomo a los cuales deben girar los planetas más cercanos a los de nuestro sistema
solar (De immenso, 1, 4, pp. 215 ss.). Dichos planetas nos son imperceptibles 1)
por su distancia enorme unida a su tamaño menor y al carácter reflejo de su luz
(ibidem, 1, 3, p. 213) Y2) porque la negación teórica de su existencia ha impedido
hasta ahora buscar el fenómeno (Cena, p. 153; De immenso, IV, 3, pp. 20 ss.). Bruno
cree que una observación minuciosa y atenta podría llevar a su descubrimient0 21 .
En todo caso, éste será el interrogante que se planteará a Kepler a propósito de
los descubrimientos galileanos con el telescopio antes de la lectura del Sidereus
nuncius.
Que el sistema planetario es la unidad constitutiva del universo se desprende
de que Bruno 1) no reconoce la existencia de 'sínodos de sínodos', pues cada sis-
tema está separado de los demás por una vasta extensión de espacio ocupado por
aire puro-éter, tan grande como para que desde un sistema los soles más cerca-
nos se reduzcan a un punto de luz y para que la vida sea posible sin perturba-
ciones (De immenso, 1, 4, pp. 215 ss.; V, 3, pp. 125 ss.); 2) el astro o mundo par-
ticular (solo tierra) no constituye una unidad autosuficiente. En efecto, Bruno no
cree que los astros o mundos se disuelvan en el tiempo infinito del universo (como
afirma el epicureísmo)22; piensa que perseveran indefinidamente en el ser en vir-
tud de un decreto de la providencia divina inmanente y del intercambio nutricio
que tiene lugar entre el sol y los planetas. Sólo la synodus permite la vida, puesto
que consta de contrarios (los soles y tierras sujetos de calor-luz y húmedad-frío
respectivamente) y sólo en él los contrarios se encuentran en armonía gracias al

21 Véase M. A. Granada, "La imaginación y la construcción del universo infmito en Giordano Bruno",
cit. supra, nota 16.
22 Véase M. A. Granada, "Voi siete dissolubili ma non vi dissolverete. Il problema della dissoluzione dei

mondi in Giordano Bruno", Paradigmi, 2000 (en prensa).

114
GIORDANO BRUNO y EL FINAL DE LA COSMOLOGÍA ARISTOTÉLICA

intercambio de sustancia que tiene lugar entre ellos, situados entre sí a distancias
apropiadas para que el intercambio se realice benéficamente (Del infinito, pp. 185,
230; De immenso, 1, 3, p. 209).
El sistema planetario es visto así como un organismo vivo, autorregulado
en virtud de una providencia interna que es la divinidad misma inmanente23 • Los
movimientos que tienen lugar en su seno (movimiento de 'rotación' de soles; rota-
ción 'diaria' y traslación 'anual' de planetas) están causados por un principio
interno a cada astro (su propia alma) y tienen una función biológica: la repro-
ducción de la propia vida (Cena, p. 124; Del infinito, p. 124). La teoría bruniana
del movimiento resulta, por tanto, una teoría vitalista y teleológica, asociada a
una ontología en la que la materia está siempre y por doquier animada y pene-
trada de principio activo. La relación entre soles y tierras es vista incluso como
una relación sexual entre macho y hembra: el sol fecunda con sus rayos las tie-
rras haciendo posible la generación en éstas (De immenso, VI, 5, p. 178); por su
parte los soles se alimentan (y regeneran su fuego, que no es un elemento pri-
mario, sino derivado del agua; De immenso, IV, 7, p. 33) de las exhalaciones húme-
das de los planetas-tierras de su sistema (Cena, pp. 136, 159; Del infinito, p. 169;
De immenso, 1, 3, p. 209: "es necesario por ley de naturaleza que las llamas tomen
alimento de las aguas"). Se trata de una elaboración bruniana de la doctrina estoica
del alimento húmedo de los cuerpos celestes24, adaptada a su concepción coper-
nicana del sistema planetario y sobre todo en la perspectiva de superar la con-
cepción estoica de la periódica consunción del mundo por el fuego (ekpyrosis)
mediante la visión del universo infinito como una sucesión espacial de sistemas
orgánicos perfectamente autorregulados mediante el intercambio de átomos que
tiene lugar en su interior y por consiguiente indisolubles.
Esta concepción vitalista y teleológica de la estructura del sistema plane-
tario y de los movimientos que tienen lugar en su seno está unida al abandono
de un principio de la tradición astronómica fundamental y vinculado desde Pla-
tón a la perfección divina e inmutabilidad celeste: la perfecta esfericidad de los
astros y la perfecta circularidad y regularidad de sus movimientos. Para Bruno
ni los astros son esferas perfectas ni sus movimientos son perfectamente circu-
lares y uniformes, lo cual cuestiona las pretensiones y programas de la astrono-
mía matemática (Cena, p. 120; De immenso, III, 6, pp. 361-366).
Para Bruno los cometas son cuerpos celestes que en el sistema planetario
giran también en tomo al sol. En 1584 se había limitado a señalar que su carác-

23 Véase La cena, pp. 136 ss.; Del infinito, p. 185 Y M. A. Granada, "L'infinité de l'univers et la con-

ception du systeme solaire chez Giordano Bruno", cit., pp. 264-274.


24 Véase M. A. Granada, "Giordano Bruno y la Stoa: ¿una presencia no reconocida de motivos estoicos?",

Nouvelles de la République des Lettres, 14, 1994, pp. 124-151; el mismo, "Giordano Bruno et le ban-
quet de Zeus entre les Éthiopiens: la transformation de la doctrine stolcienne des exhalaisons humides
de la terre", Bruniana & Campanelliana, I1I, 1997, pp. 185-207.

115
GALILEO y LA GESTACiÓN DE LA CIENCIA MODERNA

ter celeste y su movimiento no rectlilíneo representaban una dificultad serísima


para la cosmología aristotélica (Del infinito, pp. 200-202) Yserá en De immenso
(caps. 1, 5; IV, 9 Y 13; VI,19-20) donde expondrá su concepción definitiva: los
cometas son mundos de la misma composición que los planetas (la cola no esta-
blece ninguna diferencia, pues se trata de un fenómeno óptico que puede presentarse
también en estrellas y planetas) y que como ellos se mueven en una órbita perió-
dica en tomo al sol, si bien por un plano distinto del de los planetas habituales 25 •
Pero, prescindiendo incluso de los cometas, la concepción bruniana del número
y disposición de los planetas de nuestro sistema es especialmente original y en
más de un punto incompatible con las apariencias. No sólo se trata de la convicción
bruniana de que puede haber planetas de nuestro sistema todavía desconocidos
girando en órbitas propias. Puede haber además planetas "consortes" de Marte,
Júpiter y Saturno, es decir, planetas que comparten con ellos el periodo y que ten-
drían con respecto a éstos una disposición similar a la que, según Bruno, existe
entre la tierra y la luna, Mercurio y Venus, los cuales constituyen dos parejas (cada
una en puntos diametralmente opuestos de un epiciclo) situadas en puntos dia-
metralmente opuestos de un único y común deferente 26 •

4.3. Implicaciones teológico-religiosas y antropológicas de la cosmología antia-


ristotélica

Con Giordano Bruno el viejo cosmos aristotélico cristiano es destruido o


devuelto -como el mismo Bruno dice- a la nada verbal de la que había salido y
es sustituido por una realidad cosmológica profundamente diferente, cuyo rasgo
característico es la infinitud y la homogeneidad espacial y temporal (por tanto
eternidad) de un universo necesario que es la autoexpresión de Dios. El "nuevo
cielo" y la "nueva tierra" del Nolano son, de este modo, muy diferentes de aque-
llos que la cultura cristiana del siglo XVI identificaba como señales de la aper-
tura del tiempo final del mund0 27 • También Bruno se remite en varias ocasiones
al famoso versículo del Apocalipsis ("ví un nuevo cielo y una tierra nueva, por-
que el primer cielo y la primera tierra habían desaparecido", 21,1), que consi-
dera asimismo profecía de lo que va a ocurrir o está ocurriendo en la época con-

25 Véase M. A. Granada, "Giordano Bruno y la Stoa...", cit. en la nota precedente; el mismo, "Cálculos

cronológicos, novedades cosmológicas y expectativas escatológicas en la Europa del siglo XVI", cit. supra,
nota 11.
26 Véase Cena, pp. 146-148; Del infinito, pp. 163,234. Cfr. asimismo De immenso , JI, 9, pp. 290 ss.;

III, 10, pp. 395-398; IV, 13, p. 69; V, 8, pp. 144 ss. y la todavía importante monografía de P. H. Michel,
La cosmologie de Giordano Bruno, Paris 1962, pp. 222-225.
27 Hacemos en lo que sigue uso de la conclusión de nuestro estudio "Cálculos cronológicos, novedades

cosmológicas y expectativas escatológicas...", citado con anterioridad y recogido en nuestro libro El umbral
de la modernidad.

116
GIORDANO BRUNO y EL FINAL DE LA COSMOLOGÍA ARISTOTÉLICA

temporánea: "no haya, por tanto, para ti ni primer cielo ni primer móvil, pues
estas dos cosas perecieron, tal como está predicho por la voz verdadera del pro-
feta que ocurriría en esta época nuestra"28.
La cultura cristiana contemporánea buscaba el nuevo cielo en la nueva con-
figuración celeste producida por el nuevo trígono ígneo y por las novedades celes-
tes, es decir, en un cielo realmente nuevo; veía la nueva tierra en el nuevo mundo
descubierto por los exploradores allende el océano, concluyendo de todo ello que
las profecías ya se habían cumplido y sólo quedaba esperar la segunda venida en
majestad del hijo del hombre para juzgar el mundo que iba a perecer en un colapso
final también anunciado por el vate pagano Lucrecio en el De rerum natura 29.
En cambio, para Bruno, el cielo (mundo) destruido es el mundo finito de Aris-
tóteles y su primum mobile, con sus esferas sólidas de quintaesencia y su dua-
lismo cosmológico; la vieja tierra que desaparece es la tierra concebida como
sentina del universo, lugar de máxima imperfección y cárcel del alma contrapuesta
a la perfección celeste. La destrucción es, por tanto, de un mundo ficticio y de
una cárcel fantástica, de una falsa representación del universo que comportaba
una errónea concepción de su relación con la divinidad y con el hombre. Tal des-
trucción tiene lugar en el momento contemporáneo mediante la recuperación, por
obra del Nolano, del verdadero rostro de la naturaleza:
"Perece, por tanto, esa quintaesencia con sus vanos artificios. Ha brillado
ya,por tanto, ese día rcfr el verso de Lucrecio aquí aludido} que eliminó esos astros
y orbes y los resolvió hablando en su nada, pues también de la nada se habían for-
mado enteramente. Ha brillado el día en que nosotros nos elevamos de nuestras
profundas moradas y pisaremos los astros con fácil vuelo, abriéndonos un espa-
cio inmenso,fuera de las hostiles tinieblas de la cárcel y del claustro profundo" 30.
El nuevo cielo y la nueva tierra resultantes de este proceso conceptual no son un
acontecimiento cósmico, sino un (re)descubrimiento cosmológico: la recupera-
ción, tras el paréntesis tenebroso del ciclo aristotélico-cristiano, de la verdadera
naturaleza del universo, de su relación con la divinidad y de su función media-
dora entre ésta y el hombre. El "nuevo cielo (que es el mismo antiguo anterior a
dichos cielos [aristotélicos)) [es] el espacio etéreo infinito" con los infinitos mun-

28 De immenso, I1I, 10 (Opera, 1, 1, p. 392). Véase también 1, 5 (Opera, 1, 1, p. 219): "Ergo perit coe-

lum quod tantis fixa tenaclis/ Sidera contineat, quodque unum plurima raptet,/ Queis mage non liceat
propria virtute moveri,/ Quam ligni nodo, ligno constante, cieri" .
29 "Una dies dabit exitio multosque per annos/ sustentata ruet moles et machina mundi", De rerum natura,

V, 95-96. Estos versos habían sido tenidos por los autores cristianos como un reconocimiento del fin del
mundo.
]() De immenso, IV, 9 (Opera, 1, 2, pp. 46 ss.). Cfr. la conclusión de la obra: "Perit ergo peripateticum illud
cae1um primum, rerum omnium, quae natura constant principium et fmis; quinta illa substantia [oo.] caelici
illi motores, ut de nihilo ex utero perturbatae phantasiae, pravae dispositionis ignorantia obstretrice editi,
et sub tempestate tenebrosae noctis educati, et adulti; ita in suum nihilum, inteLligentiae sole exoriente, vanes-
cant" (Opera, 1, 2, pp. 314 ss.). Pero ya el elogio del Nolano en La cena de las cenizas (pp. 32 ss.) estaba
construido sobre estos puntos. Véase además A. Ingegno, Cosmologia efilosofia, cit., cap. 2.

117
GALILEO y LA GESTACIÓN DE LA CIENCIA MODERNA

dos que lo llenan; "la nueva tierra" es nuestro planeta que "de la opacidad, oscu-
ridad y sentina de los cuerpos elementales se eleva a la condición de astro de la
misma especie que la luna, Venus y Júpiter" 31.
Pero con este nuevo cielo y nueva tierra se recuperará también la correcta
noción de la divinidad y su grandeza: "Immensique operis moderator verus et
unus/ Noscetur vere magnus, cui numina plaudunt/ Infinita, sua quae immensum
luce serenant"32. En suma: el universo infinito y homogéneo con la tierra plane-
taria como uno de los' infinitos dioses o númenes que, como ministros del Altí-
simo, "pregonan la gloria de Dios" a tenor del salmo, es la verdad recuperada
que pone fin no sólo al error cosmológico de Aristóteles, sino también a la falsa
representación y espera cristianas de la unión con la divinidad a través de la ilu-
soria redención y mediación operadas por Cristo. El nuevo cielo con su nueva
tierra no era únicamente infinito en el espacio; lo era además en el tiempo tam-
bién homogéneo, es decir: era eterno. Escatología y misterio cristianos desapa-
recían -al menos de la conciencia del sabio liberado- y el hombre quedaba con-
frontado a la búsqueda de una nueva y satisfactoria unión con la divinidad en el
,seno de la naturaleza infinita que era la expresión necesaria, única y total de Dios,
el ámbito único en el que podía buscar el hombre el encuentro y la unión 33 • De
la correcta lectura de las novedades celestes contemporáneas se abría, por tanto,
según Bruno una época (un ciclo histórico) nueva, de la cual él se sabía y pre-
gonaba profeta o ministro34 antagónico al profeta religioso del ciclo precedente,
antagónico por tanto a Cristo y revestido lógicamente del papel histórico de Anti-
cristo, que la tradición cristiana conocía, pero cuya función histórica evaluaba e
interpretaba erróneamente35 • La nueva época, que iba a ser una época ilustrada
por la verdad y norma moral justa recuperadas 36 , sería también a los ojos del Nolano,
inevitablemente y al menos para la minoría sabia y para el poder político aliado
a la filosofía, una época poscristiana.

31 De minimo, II, 4 (Opera, 1, 3, p. 200).


32 De immenso, I1I, 10 (Opera, 1, 1, p. 392).
33 Cfr. los capítulos primero y último del De immenso, en particular 1, 1, p. 205 Y1, 2, p. 316.

34 Véase la acreditación de sí mismo como "ministro de la misericordiosa justicia divina" en la manipu-

lación de la conclusión del Lamento hermético (Expulsión de la bestia triunfante, trad. de M. A. Gra-
nada, Madrid 1989, pp. 265 ss.) y como "ministro no mediocre de una época mejor que comienza" en
virtud de una determinación expresa de la divinidad (De immenso, III, 9 ;Opera , 1, 1, p. 381).
35 Véase Ingegno, Cosmología efilosofía ,cit., pp. 43-45.

36 Cfr. los versos que siguen a la citada referencia a la profecía del Apocalipsis: "Puesto que llegó el favor

y la sentencia de los dioses en la forma de imagen de la verdad a la cual seguirá inmediatamente el jui-
cio de lo justo y los fundamentos de la santa religiÓn; así sobrevendrá en este orbe la época largamente
esperada" (De immenso, I1I, 10 ; Opera, 1, 1, p. 392).

118
TELESIO y CAMPANELLA:
DE LA NATURALEZA JUXTA PROPRIA PRINCIPIA A
LA NATURALEZA INSTRUMENTUM DEI

Michel Pierre Lerner


Observatorio de París

l. UNA NUEVA CONCEPCIÓN DE LA NATURALEZA

Durante su estancia en Cosenza, (Calabria), al sur de Italia, adonde va en


el verano de 1588 para seguir el curso de teología impartido en el Studium gene-
rale de los dominicos, el joven Tomás Campanella (1568-1639), con apenas 20
años, se procura la obra de Bemardino Telesio (1508-1588) que conocía de oídas.
Leyó el De natura iuxta propria principia liber primus et secundus publicado en
Roma en 1565 por el filósofo, que moriría ese mismo año en Cosenza, y le pro-
dujo un gran impacto. Campanella hablará posteriormente de la impresión que
sintió al leer el libro de Telesio:

"Empecé a recorrerlo con la mayor emoción: al acabar el primer


capítulo comprendí instantáneamente todo lo que contenían los demás,
antes incluso de leerlos. Me encontraba en total acuerdo con los prin-
cipios que exponía, de modo que comprendí de golpe todo lo que
seguía. En Telesio, efectivamente, todo deriva de sus principios, y
sus consecuencias no son contrarias a ellos o sin vínculo con ellos,
como ocurre en Aristóteles."

119
GALILEO y LA GESTACIÓN DE LA CIENCIA MODERNA

La profundización en la lectura del De natura, a que se dedicará Cam-


panella en el pequeño convento de Altomonte donde fue enviado a final de 1588,
quizá como castigo por su no disimulada admiración por el recién fallecido Tele-
sio, lo confirma en la alta opinión que se había formado del filósofo de Cosenza
desde el primer contacto con sus ideas. Ve en Telesio un maestro cuya supe-
rioridad consiste en que sabe extraer la verdad de las cosas examinadas a par-
tir de los sentidos, en lugar de contentarse con los libros de hombres llenos de
quimeras.
Se trata de una verdadera conversión, pues Campanella dice sentirse tele-
siano antes incluso de comenzar la lectura del segundo capítulo del De natura.
¿Cómo explicar esta iluminación? Es probable que de entrada el dominico haya
sido seducido tanto por la audacia de alguien que -como él mismo- se atrevía a
decir abiertamente que Aristóteles no era un dios infalible, como por su volun-
tad expresa de atenerse a los sentidos en el conocimiento de la naturaleza y por
la promesa de desarrollos fecundos que dejaba entrever la aplicación de sus prin-
cipios, gracias a un uso de la razón que permanecía rigurosamente fiel a las ense-
ñanzas de la experiencia sensible. Así pretendía Telesio distinguirse del uso depra-
vado de la razón al que habían sucumbido, según él, algunos de sus predecesores
-como si se hallaran en el secreto de la sabiduría y de la potencia creadora de
Dios- forjando sistemas arbitrarios de la naturaleza.
Valiéndose de un uso controlado de los sentidos y de la razón, Telesio no
vacila en afirmar que utilizando sólo dos "causas agentes", calor y frío (calor et
frigus), que ejercen su acción por el conducto de dos cuerpos simples y contra-
rios entre sí, a saber, el cielo y la tierra, se saca de ahí, casi de inmediato, sin
fatiga ni esfuerzo, el conocimiento de la naturaleza y de las operaciones de todos
los seres derivados, ¡incluida el alma!
La admirable (mirum) fecundidad de las dos causas agentes con las que
Telesio se jacta de deducir tan fácilmente toda la diversidad del mundo, e incluso
de zanjar la cuestión especialmente delicada y sensible del alma, no le parece
problemática, por no decir sospechosa, a Campanella. Por el contrario, lo que
le sedujo fue la creencia en la posibilidad de comprender el conjunto de los
fenómenos naturales a partir de las propiedades que se deducen de esas dos
causas agentes, principios físicos reales y concretos, a diferencia de los prin-
cipios metafísicos y abstractos en que se apoya Aristóteles. Sin embargo, nos
choca su adhesión inmediata y completa a los principios físicos de Telesio, como
si la crítica de Aristóteles y el rechazo de la verbosidad escolástica y univer-
sitaria desembocaran necesariamente en la adopción de una cosmología par-
menídea del saber. ¿Qué filosofía habría adoptado Campanella, si en lugar del
pequeño tratado de Telesio de 1565, hubiera tenido acceso a la imponente suma
antiaristotélica del platónico Francesco Patrizi (1529-1597) publicada en 1581?
Patrizi distaba de estar de acuerdo en todo con Telesio, excepto precisamente
en la crítica de Aristóteles.

120
TELESIO y CAMPANELLA: DE LA NATURALEZA JUXTA PROPRIA PRINCIPIA
A LA NATURALEZA INSTRUMENTUM DEI

2. LOS TRES PRINCIPIOS DE LA NATURALEZA SEGÚN TELESIO

En el primer capítulo del De natura iuxta propria principia, Telesio enun-


cia abruptamente las primerísimas nociones de su doctrina física. Partiendo de la
constatación de la extrema diversidad y desemejanza entre los seres de la natu-
raleza, y considerando que se tiene por contrarios a los seres que vemos actuar
y padecer conjuntamente, concluye rápidamente: "Contraria itaque inter se appa-
rent entia". Sin embargo, estos seres no son absolutamente contrarios, pues lo
propio de los contrarios absolutos sería destruirse mutuamente y aniquilarse por
completo. Por tanto, puesto que subsisten, es preciso que estén constituidos a par-
tir de un mismo substrato y de una misma materia, y a partir de agentes, con prin-
cipios y naturalezas contrarias, en conflicto perpetuo porque quieren perseverar
en su ser y multiplicarse. Y como los agentes no pueden existir independiente-
mente de un substrato, ni cohabitar en el mismo sujeto debido a su naturaleza
antagónica, resulta que cada uno desea ampararse en un substrato propio del que
poder disponer a su aire. "Entonces hay lucha y combate entre las naturalezas
agentes por un substrato, y la que lo logra caza y destruye a la otra"
Telesio formula en ese capítulo los elementos de una explicación del deve-
nir, como mínimo, rudimentaria. Su simplicidad no se refiere solamente al voca-
bulario que usa, desprovisto de todo tecnicismo, en fuerte contraste con la filo-
sofía natural tradicional, impensable sin el uso de las categorías aristotélicas. Es
sobre todo su modo de proceder lo que distingue al filósofo de Cosenza. Pues sin
partir de una definición previa de la naturaleza o de los seres naturales, pasa de
golpe de constatar la diversidad y desemejanza de los seres a la afirmación ,de
que la causa de esa diversidad y de los cambios observados en ellos depende de
una ley simple y única, la de contrariedad. Contrariedad entre principios agentes
que se "persiguen" y "combaten" por la conquista de una materia propuesta a
priori como una e idéntica para todos los seres.
El segundo capítulo del De natura precisa de entrada el número y natura-
leza de esos principios:

"Está claro entonces que hay tres principios: la materia, que parece
padecer porque recibe disposiciones y formas, y los contrarios, que
actúan y son recibidos [por ella]. La materia es una y no hay más
que dos contrarios: basta en efecto una sola materia a partir de la
que se hacen todas las cosas y de dos contrarios para actuar y cons-
tituir todas las cosas"

Basta una materia pasiva y dos principios activos para engendrarlo todo.
¿Sobre qué funda Telesio esta proposición en apariencia tan alejada de los sen-
tidos y que constituye sin embargo el núcleo de su cosmología? La respuesta extra-
ñará sin duda, pero la declaración procede del propio autor: ha sido Aristóteles

121
GALILEO y LA GESTACIÓN DE LA CIENCIA MODERNA

quien le ha provisto de la base de esta afirmación. Leemos a continuación en el


texto de Telesio:

~'En una naturaleza una yen un género uno, no hay, como dice Aris-
tóteles, sino una sola oposición principal, y no puede haber varias
[. ..] Ahora bien, puesto que la substancia natural y sujeta a genera-
ción cuyos principios buscamos es un género uno y una materia una,
es necesario que no esté ocupada e investida sino por dos contra-
rios primeros, y ello tanto más cuanto que en ella se cumplen ente-
ramente la actuación, la generación y la oposición de los contrarios"

Atribuir a Aristóteles una concepción semejante señala evidentemente una


hazaña imposible. Pero es significativo que Telesio invoque la autoridad del esta-
girita para apoyar una doctrina que fija como verdad fundamental un simple momento
de la exposición dialéctica del libro primero de la Física, sin tener en cuenta ni la
problemática aristotélica -mucho más sutil- ni los resultados de su análisis.
Después de haber postulado que la oposición entre los contrarios primeros
tiene lugar en el género de la substancia natural-explícitamente asimilada a la natu-
raleza entera- Telesio dará un sentido cósmico a esa oposición espacializándola. Puesto
que en toda naturaleza los contrarios más opuestos parecen estar lo más distante posi-
ble el uno del otro y ocupar sedes donde ejercen todas sus fuerzas, puros sin mez-
cla y en nada disminuidos, mientras que estando próximos se mezclan y salen dis-
minuidos del combate que su vecindad vuelve ineluctable, ello debe ser más verdadero
aún en el caso de la substancia - es decir, de la naturaleza tomada en su conjunto.
Habiendo introducido así la dimensión espacial como elemento constitutivo de su
intuición de la contrariedad de los principios activos, Telesio deducirá entonces a
priori la naturaleza de esos principios contrarios, y luego la estructura del mundo.
Esa deducción reposa sobre unos cuantos postulados. Primero, que hay en
el mundo cuerpos identificables de los que se puede decir que están lo más ale-
jados el uno del otro; segundo, que los primeros principios tienen su sede en esos
"cuerpos primeros"; y finalmente, que estos últimos están constituidos por las cau-
sas agentes que ejercen en ellos su actividad. Concluido esto sin mayor justifi-
cación, Telesio sostiene que:

- el cielo y la tierra se hallan a la mayor distancia el uno de la otra.


- cielo parece ser la sede del mayor calor mientras que la tierra es la del mayor
frío.
- el cielo (yen especial el sol y los astros) debe estar constituido por el calor, lo
que implica que el frío es el constituyente de la tierra.

En esta serie de proposiciones, cuyo encadenamiento debe todo a la lógica


dualista de las premisas iniciales, el testimonio de los sentidos accesoriamente

122
'fELESIO y CAMPANELLA: DE LA NATURALEZA JUXTA PROPRIA PRINCIPIA
A LA ATURALEZA INSTRUMENTUM DEI

solicitado no juega sino un papel de validación poco probatorio. ¿De qué modo
permiten los sentidos afirmar que el cielo y la tierra son los cuerpos más distan-
tes entre sí? Aunque podemos admitir la analogía aparente entre las llamas "blan-
cas" y brillantes observadas aquí abajo con el sol y los astros, no hay nada ahí
que autorice a afirmar que el calor es el constitutivo de estos últimos y aún menos
. del cielo, que no es por sí mismo, ante el testimonio de los sentidos, ni blanco,
ni brillante... ¡ni siquiera caliente! Simétricamente, no haremos mejor en dedu-
cir de la propiedad que tendría el frío de congelar las aguas marinas la tesis de
que la tierra está constituida por el frío.
Mas al concluir, sobre la base de un razonamiento tomado de Aristóte-
les, que el calor y el frío son los primeros principios agentes de las cosas, que el
cielo y la tierra son los cuerpos primeros del universo constituidos por esos prin-
cipios "íntegros", y en fin, que todos los cuerpos intermediarios resultan de la
lucha y el aminoramiento de los cuerpos primeros ¿no va Telesio demasiado deprisa?
¿La propia idea de contrariedad no implica que los contrarios se rehuyen y no se
encuentran nunca? Al hacer de la tierra y el cielo los extrema corpora universi,
Telesio sin duda ha espacializado la contrariedad, pero al mismo tiempo parece
haber fijado los términos de manera contradictoria. Para resolver tal dificultad,
de la que es plenamente consciente, Telesio va a proponer, siempre a priori, una
estructura del universo que hará imposible la huida de los contrarios, y conferirá
a los cuerpos todas las propiedades requeridas para que su conflicto, vuelto ine-
vitable, no destruya el orden del mundo.
Para impedir que los cuerpos primeros se rehuyan" era necesario que
el uno estuviera contenido en el otro, y además que el universo sea esférico
y no construido a lo largo" , estando situado el cielo en uno de los extremos
del mundo, o sea, la periferia, y la tierra ocupando el otro extremo, es decir,
el centro. De golpe el mundo adquiere una unidad que de otro modo sería pro-
blemática y queda asegurada la posibilidad de la generación de los seres deri-
vados.
Una vez dispuesta esta estructura ad hoc del universo, enseguida se ocupa
Telesio de conjurar otro peligro, el de su destrucción. ¿No es evidente, en efecto,
que la minúscula tierra tiene todas las bazas para ser abrasada por el cielo extre-
madamente caliente? Eso lleva a nuestro autor a postular un equilibrio de las fuer-
zas cósmicas antagonistas tal que garantice la supervivencia de nuestro planeta.
Para ello decreta que el cielo que encierra y contiene la tierra se halla dotado de
una tenuidad y de un calor tan aminorado que nuestro globo no está en peligro
de ser consumido, siendo los astros los únicos puntos de calor vivo y luminoso.
Hábil solución, sin duda, pero que se nos antoja escapatoria si nos atenemos a la
definición de cielo dada hasta ahí. Y cuando Telesio, para confirmar esta nueva
perspectiva, sostiene que en lugar de formar un todo unido el cielo se halla divi-
dido en una multiplicidad de orbes cuyos polos y velocidad de rotación difieren,
retoma sin necesidad aparente una concepción astronómica tradicional que parece

123
GALILEO y LA GESTACIÓN DE LA CIENCIA MODERNA

tener como única finalidad justificar el papel del sol, en el cual es preciso ver,
obviamente, el verdadero contrario de la tierra.
El hecho de que el sol sea el verdadero contrario de la tierra, como Tele-
sio declarará explícitamente desde el primer capítulo de la tercera edición del De
rerum natura en nueve libros (Nápoles 1586), va además a intervenir subrepti-
ciamente en la deducción a priori de las cualidades simétricas del cielo y la tie-
rra. Mientras que el cielo, afirma Telesio, es tenue, transparente, blanco, brillante
y móvil, en grado máximo, la tierra es espesa, opaca, negra, oscura e inmóvil, en
grado máximo. ¿Cuál es la base de la atribución de estas propiedades al cielo y
la tierra? El testimonio de los sentidos cuenta poco ahí, y Telesio no siente la nece-
sidad de invocarlo. Queda entonces la analogía entre el fuego de aquí abajo -que
se nos manifestará bajo las apariencias de la rarefacción, la blancura, la luz y el
movimiento- y el cielo que, puesto que se ha postulado que es caliente, debe lógi-
camente estar dotado de las susodichas propiedades. En nombre de esa misma
lógica la tierra "fría" será provista de los atributos contrarios a los que acabamos
de enumerar: densidad, opacidad, negrura e inmovilidad.

3. CONTRARIEDAD Y SENSUS

Para describir la contrariedad que anima lo caliente y lo frío en su lucha


por agenciarse cada uno un imperio en la materia corporal, pasiva de por sí, Tele-
sio recurre a una comparación: igual que los hombres que no desean la misma
cosa no combaten entre sí, se debe inferir de la lucha entre los principios activos
contrarios que éstos desean ocupar el mismo sustrato. No se trata ahí de una sim-
ple metáfora. Para actuar como lo hacen, sostiene Telesio, es preciso que el calor
y el frío tengan cada uno

"el deseo de su conservación y de su expansión y el odio a su pro-


pia destrucción; por eso le ha sido dado a cada uno de ellos lafacul-
tad de reconocer a los seres que les son semejantes y próximos y a
aquellos que le son diferentes y contrarios, así como la capacidad
de perseguir a los primeros y rehuir a los segundos"

Telesio infunde en los principios y en todos los seres naturales no sólo


deseo y odio, conocimiento y fuerza, sino que presenta esas propiedades como
una medicación que la Naturaleza -o sea, Dios- ha puesto en marcha para evi-
tar la autodestrucción de sus criaturas:

"La Naturaleza, en efecto, no es un artesano perezoso que descuida


conservar los seres que ha producido, que omite darles el conoci-
miento (sensus) de su propia conservación y de su propio bien, así

124
TELESlü y CAMPANELLA: DE LA NATURALEZA JUXTA PROPRIA PRINCIPIA
A LA NATURALEZA INSTRUMENTUM DEI

como de su propia destrucción y de su propio mal, y que los priva


enfin de toda facultad de oponerse a su mal y perseguir su bien. Y
ello, sobre todo, porque ha establecido contrarios que actúan el uno
sobre el otro y que se corrompen mutuamente"

¿Qué prueba extraída de la observación exhibe Telesio para justificar una


ley de esta importancia? También ahí nos extrañamos por la debilidad del sus-
trato observacional de una filosofía de la naturaleza que sin embargo se reclama
del testimonio de los sentidos. La observación en que se apoya no es sino una
pseudoinferencia a partir de hechos que resultan únicamente del modo sui gene-
ris con que él lee y describe el espectáculo de la naturaleza. Si hay seres "con-
trarios" que "se rehuyen" -nótese de paso el carácter circular de esta proposi-
ción- no puede ser sino para evitar su destrucción. Si hay seres que se buscan y
contactan es porque lo semejante es conservado por lo semejante. ¿Cómo recha-
zar en esas condiciones el sensus a seres que experimentan unos por otros atrac-
ción y repulsión? La inferencia parece imponerse. Y Telesio va más lejos, sin darse
cuenta aparentemente de la contradicción, cuando atribuye al mismo sensus el
poder de contrarrestar esas atracciones y repulsiones naturales. Según él es el famoso
horror al vacío lo que empujaría a ciertos seres a buscar el contacto de su con-
trario más bien que a permanecer separados: aquí la lógica de la supervivencia
que subyace a la argumentación de nuestro autor parece haber sido cogida en falta.
Esta "prueba" de la sensibilidad del frío y del calor ilustra de manera ejem-
plar el género de explicación al que parecen conducir necesariamente nociones
como las de apetito y sensibilidad cuando son extendidas a la totalidad de las cosas
naturales sobre la base de rudimentarias analogías de la percepción, sin que se
pueda decir que Telesio extraiga de ellas un beneficio evidente, y antes que nada
en el plano cósmico: pues a priori no se ve por qué el hecho de dotar al calor y
al frío de sensibilidad -desigualmente repartida- disminuiría el riesgo de destrucción
de uno de los contrarios por el otro, ni por qué el peligro de un desequilibrio letal
para la tierra podría conjurarse mediante la sensibilidad otorgada al calor y al frío.
Pues si la tierra puede persistir en su ser gracias a la inmovilidad -operación pro-
pia del frío- de que goza, es porque hay una ponderación providencial del calor
del cielo inmenso. Si Telesio hubiera evocado una autolimitación del deseo de
expansión del calor y de su apetito de invadir toda la materia posible, esta expli-
cación no habría parecido menos providencial: ¿pues qué podría moderar ese ape-
tito de lo caliente -y la misma cuestión se podría plantear a priori para el frío-
cuando el uno prevalece cuantitativamente sobre el otro?
Se nota que hay ahí un problema importante que atañe a los fundamentos
mismos de la física telesiana: el de la relación entre las potencias del sensus y de
lo que Telesio vincula con esta noción (apetito, odio, fuerza) y las cualidades ordi-
narias del calor y el frío, de los que nos dice que sus efectos corrientes pueden
ser contrariados por el horror o el deseo que inspira a los seres naturales el cono-

125
GALILEO y LA GESTACIÓN DE LA CIENCIA MODERNA

cimiento de su mal y de su bien propios. Telesio no parece haber visto -a menos


que la haya esquivado conscientemente- esta dificultad que atañe al estatuto del
sensus en relación a las demás cualidades, y más ampliamente, que sitúa el pro-
blema del juego de las fuerzas cósmicas en la génesis del mundo y del equilibrio
global para su supervivencia.

II. TELESIO INTERPRETADO POR CAMPANELLA, y SUPERADO

1. Física y metafísica

Al proclamar su fidelidad a la idea telesiana de una naturaleza com-


prendida iuxta propria principia, Campanella en un primer momento va a reins-
cribir la física del filósofo de Cosenza en una metafísica más tradicional, para
superarla con su propia visión de la relación entre Dios y la naturaleza como
creación continua. La Philosophia sensibus demonstrata, obra publicada en
Nápoles en 1591, en la que Campanella defiende a Telesio contra los ataques
del aristotélico G.A. Marta, abre un vasto fresco cosmológico cuyo contenido
y estilo no pueden sino desagradar al lector del De Natura telesiano. Cam-
panella no se limita a un enunciado puramente físico del ordenamiento del
mundo a partir de sus elementos, según el modelo expuesto por Telesio. De
entrada pone el acento sobre Dios, sin prohibirse evocar su esencia y sus atri-
butos, y las "razones" que han presidido la creación, haciendo depender estre-
chamente la filosofía natural de un discurso teológico. Notamos ahí una dife-
rencia fundamental con el procedimiento de Telesio: no es que este último
haya ignorado el concepto de un Dios creador y providencial, sino que reen-
viaba a Dios como condición general de la existencia del mundo y de su estruc-
tura estable, viendo en toda especulación sobre el poder creador de Dios un
uso depravado de la razón. Además, esas páginas iniciales de la Philosophia
sensibus demonstrata se hallan impregnadas de una atmósfera característica:
la del platonismo (sabemos el amplio territorio que cubre esa etiqueta en los
siglos XV-XVI), cuya lectura por Marsilio Ficino marcó intensamente a Cam-
panella.
Finalmente, anotemos un tercer elemento característico del procedimiento
de Campanella: la idea de un acuerdo fundamental entre las verdades de la filo-
sofía natural establecidas sensata duce natura y el relato del Génesis, tesis que
responde evidentemente a la preocupación específica de refutar a los adver-
sarios de Telesio, que denunciaban las contradicciones entre su física antia-
ristotélica y las enseñanzas de las Sagradas Escrituras, pero que más clásica-
mente, se inscribe en la tradición de la literatura "hexameral", a la que el
dominico Campanella permanecerá ligado a lo largo de toda su obra.

126
TELESIO y CAMPANELLA: DE LA NATURALEZA JUXTA PROPRIA PRINCIPIA
A LA NATURALEZA INSTRUMENTUM DEI

Podemos evocar ahora el cuadro general de la exposición cosmológica pro-


puesta por Campanella en la primera de las ocho "disputas" que componen su
libro. Todos los filósofos, con la notable excepción de Aristóteles, han admitido
que la máquina del mundo debe hallarse ligada a un principio productor, incli-
nándose ante la evidencia de que naturalezas soberanamente contrarias y cuya
única propensión es la de multiplicarse y difundirse por su propia cuenta hayan
sido, por sus solos medios, incapaces de producir el mundo admirablemente bello
y ordenado que se ofrece a nuestra mirada. Notemos que aunque no especifica
de entrada la naturaleza de los contrarios en cuestión, Campanella los identifi-
cará luego como el calor y el frío, de modo que esta prueba de la existencia de
Dios casi universalmente admitida no haría sino retomar literalmente la de Tele-
sio. Pero el dominico no/se limita a la prudente reserva de su maestro respecto
al principio creador, puesto que pronto añade que es preciso ver en Dios "primer
principio de las cosas naturales", al autor y gobernante todopoderoso, omnisa-
piente e infinitamente bueno con un mundo que hizo y que estará en todo tiempo
presente en su inteligencia per modum substantiae. Mundo que ha creado in tem-
pare con todos los seres derivados a partir de sus propias ideas, sin experimen-
tar en sí mismo el menor cambio; lo cual es mucho especular sobre el cómo de
la creación, en contra de la prohibición telesiana evocada anteriormente, ya que
Campanella precisa que Dios

"principio primero activo es el creador de dos principios contra-


rios, el calor y el frío, a los que ha comunicado por participación
el ser y [la facultad de] actuar, principios que se asimilan conti-
nuamente el tercer principio pasivo que informan, para constituir
al término de sus luchas particulares todos los seres intermedios,
imitando siempre la acción primera del ser primero"

La creación de los "principios productores de todas las cosas con su masa


propia" ( es decir, el calor y el frío con su respectiva sede) por el que Dios ha
comenzado, se articula según la secuencia lógica -y no temporal- siguiente:

1.- "Lugar incorpóreo vacío de cualquier cosa"


2.- "Materia o masa corporal" destinada a proveer una sede a las formas de las
cosas y a las naturalezas agentes, instancia correspondiente al caos de Ana-
xágoras y al abismo de Moisés.
3.- "Principios activos incorpóreos incapaces de subsistir sin un cuerpo y total-
mente contrarios el uno al otro" (es decir, calor y frío), cada uno con una por-
ción de materia atribuida por la voluntad divina.
4.- Constitución por el calor del cielo y de los astros, hechos de materia pura con-
densada (cuyo aspecto visible es la luz) que, debido a la movilidad propia del
calor, se ponen a rotar, y constitución de la tierra por el efecto del frío que

127
GALILEO y LA GESTACIÓN DE LA CIENCIA MODERNA

actúa sobre su porción de materia, que sintiendo por todas partes la invenci-
ble enemistad del calor, gana el centro del mundo, lugar que ocupa no por el
hecho de la gravedad propia del elemento tierra, sino porque es el único refu-
gio posible.

Una vez dispuesta la arquitectura de conjunto del mundo, Campanella pro-


sigue su exposición cosmológica describiendo la constitución de los seres deri-
vados que se originan del enfrentamiento entre las fuerzas de rarefacción y licue-
facción del calor y las fuerzas de solidificación del frío: enfrentamiento del que
nos recuerda, como fiel discípulo de Telesio, que tiene como condición la pose-
sión por ambos de "sensibilidad y apetito de su conservación, siendo cada uno
dueño de su propia masa, desprovistos de la cual no engendrarían seres anima-
dos ni se repelerían el uno al otro" . Después de evocar brevemente la formación
del agua, de los minerales y los metales, las plantas y las hierbas, y lo que deno-
mina animales "móviles" -el contexto sugiere que se trata de seres vivos que nacen
por generación espontánea- nuestro autor precisa que la creación de los anima-
les superiores, y más aún la del hombre, requirió una intervención especial de
Dios, lo que permite rechazar los errores de Platón y de Avicena, que hicieron
del hombre una criatura de dioses secundarios o el producto de la tierra putre-
facta, y obliga a aceptar, con Moisés y Hermes Trimegisto, que Dios insufló direc-
tamente al hombre el soplo de la vida.
En comparación con los rudimentos de cosmología expuestos por Telesio
en la tercera edición del De rerum natura y con su teoría del engendramiento de
los seres secundarios, el relato campanelliano de la creación presenta una simi-
litud evidente: omisión hecha del lugar incorpóreo, sobre cuya anterioridad lógica
nuestro autor no dejará de insistir, encontramos en él los tres elementos básicos
que sirven a Telesio para estructurar el universo y producir todos los seres deri-
vados, desde el agua hasta los animales, haciendo excepción del hombre, por mor
de su alma de origen divino. Pero la comparación se detiene ahí, pues nuestro
autor evoca inmediatamente después el paso, detallado anteriormente, de las cues-
tiones fundamentales que atañen a la relación de Dios con el mundo, que Tele-
sio había rechazado abordar.

2. El alma del mundo: primera aproximación

El punto de arranque de la reflexión de Campanella es conforme a los


datos del De natura, puesto que la tesis que lo alimenta es la necesidad racio-
nal de poner un autor del mundo que sea providencial: imposible pensar que
el mundo haya podido surgir del caos por la sola eficacia de los principios
contrarios librados a su solo apetito, pues está claro que todas las cosas están
hechas en vista de lo mejor. El dominico desarrolla esta tesis insistiendo en

128
'TELESIO y CAMPANELLA: DE LA NATURALEZA JUXTA PROPRIA PRINCIPIA
A LA NATURALEZA INSTRUMENTUM DEI

la posición geocéntrica de la tierra, que le permite sobrevivir en un entorno


de calor hostil, en la composición ígnea del cielo y en el freno impuesto al
inmenso calor astral, y especialmente al solar, para impedir el abrasamiento
del mundo, en la extraña diversidad de los seres derivados de las naturalezas
agentes, y finalmente, en la admirable estructura de los animales. Constata-
ciones que conducen a imponer necesariamente una causa superior a la natu-
raleza misma, cualesquiera que sean los principios físicos que se le den, trá-
tese de los elementos desprovistos de conocimiento propuestos por Aristóteles
y los Antiguos, o del calor y el frío dotados de sensibilidad propuestos por
Telesio y Campanella, aunque estas naturalezas agentes tengan como único
fin su propia conservación. Este último admite con su maestro la impotencia
de todo mecanismo, aunque esté hecho a base de elementos sensibles, para
explicar genéticamente el estado a que ha llegado el mundo, y en la hipóte-
sis de que el mundo fuera eterno, para dar cuenta del porqué de la existencia
de los hombres, de los animales y de las plantas perfectas que se reproducen
por generación sexual. Pero de esta constatación no va a sacar las mismas con-
secuencias que Telesio.
Telesio, una vez reconocida la dependencia de la naturaleza hacia su cre-
ador providencial, había seguido una línea de conducta particularmente rigurosa:
jamás hacer intervenir en sus explicaciones una causa trascendente a los prin-
cipios y a los seres naturales. Había declarado, para justificar su rechazo de la
naturaleza universal, a la que los medievales habían recurrido para explicar el
horror al vacío: "no se comprendería que haya cierta naturaleza universal que
quiera que el mundo forme un todo continuo, es decir, que no pueda soportar
el vacío y lo desocupado, y que para hacer que ello jamás se produzca empuje
constantemente a los seres más próximos hacia el lugar y sitio de aquellos que
se retiran. Pues no debemos creer que haya en los seres otra naturaleza que la
suya propia, a partir de la cual están constituidos, o que estén gobernados por
otra naturaleza a la que se le habría encomendado dicha tarea. Y las cosas que
parecen poder ser producidas por la naturaleza propia de los seres singulares
no deben ciertamente ser atribuidas a otra naturaleza, que no sería compren-
dida por ninguna sensibilidad y por ninguna razón" .
Esta toma de posición es particularmente nítida: entre Dios y los seres
particulares no hay nada, ni naturaleza universal ni alma del mundo. En el acto
creador Dios ha regulado de una vez para siempre la dialéctica de las fuerzas
cósmicas y ha dado a cada ser una naturaleza propia y las fuerzas que bastan
para explicar todos los hechos observados. Que el conjunto de los seres natu-
rales, actuando cada uno según su naturaleza, constituya no obstante un mundo
ordenado, es una consecuencia de la providencia divina: no hay que buscar más
causas a esta armonía, que una vez dispuesta deja al físico el campo libre para
explicar los fenómenos iuxta propria principia, es decir, recurriendo únicamente
a las propiedades de las dos naturalezas agentes y de la materia.

129
GALILEO y LA GESTACIÓN DE LA CIENCIA MODERNA

Frente a esta concepción novedosa de las condiciones requeridas para con-


ferir una verdadera autonomía explicativa a la filosofía natural, Campanella adop-
tará desde el principio una posición, digamos, retrógrada. Aún admirando el pro-
yecto telesiano, cuyo primer mérito a sus ojos parece ser librar a la ciencia de la
tutela aristotélica, y proclamando también él que es preciso volver a las cosas mis-
mas y conocer la verdadera naturaleza a partir de los sentidos, el joven dominico
no admite en realidad la separación realizada por Telesio entre física y teología.
Todo ocurre como si en lugar de ver en la emancipación de la primera respecto de
la segunda la condición del progreso de la filosofía de la naturaleza, hubiera visto
desde el principio una grave debilidad teórica, debilidad que denunciará explícita-
mente en escritos posteriores diciendo que Telesio ha filosofado humiliter, limitándose
a poner en marcha los principios físicos sin remontarse a las causas metafísicas.
De acuerdo con Telesio en admitir que el mundo tal cual es resultaría inex-
plicable sin un Dios providencial, Campanella no considera, por contra, como fuera
de la competencia del filósofo ni como ambición que sobrepasa las fuerzas huma-
nas, la búsqueda sobre el cómo de la creación a partir del poder divino. Al con-
trario, no solamente tal conocimiento le parece posible, sino que se revela nece-
sario, pues de él depende la inteligibilidad de la naturaleza. Para el dominico es
un error creer que se puede disociar completamente la física de la teología, como
sería el caso del Dios aristotélico coetemo con el mundo y no providencial. En
efecto, según Campanella

"habiendo hecho Dios todas las cosas en vista de sí mismas, tal como
los principios contrarios, que actúan siempre enfavor de sí mismos,
y comunican bondad, potencia de engendrar y sabiduría, según lo
que han recibido. De ahí viene que haya en el mundo generación,
sensibilidad, movimiento, conocimiento (para cada ser) de su pro-
pia conservación según el más y el menos, para unos más clara, para
otros más oscura, y amor hacia lo que le es próximo según el grado
apropiado"

Este texto esencial remite explícitamente la participación de los cuerpos


primeros y de los seres naturales a los atributos divinos que les son comunica-
dos absque inJinitate. Campanella no se limita a propagar a través del mundo vida,
sensibilidad, movimiento y amor. Se esfuerza en poner en evidencia el principio
que controla su reparto, en tanto que no basta dotar a los elementos de conoci-
miento y de instinto de conservación para dar cuenta del engendramiento de los
seres secundarios y del orden del mundo. El dominico es muy claro a este res-
pecto: si el amor cognati que impulsa a los seres a buscar a sus semejantes no
estuviera limitado como conviene, no sería la conservación de sí mismo lo que
se obtendría, sino la destrucción y la muerte, pues demasiado calor mata al calor
que sin embargo le es congénere; de ahí la necesidad en ciertos casos de recha-

130
TELESIO y CAMPANELLA: DE LA NATURALEZA JUXTA PROPRlA PRINCIPIA
A LA NATURALEZA lNSTRUMENTUM DEI

zar el exceso de calor para encontrar la salud en el frío y en la sombra: "ahora


bien, esto no es posible sino porque cierta sabiduría superior se halla distribuida
en todas las cosas." ¿Cómo entender esta sabiduría sin la que los seres natura-
les estarían literalmente extraviados en su instinto de conservación? ¿No actúa a
semejanza de la naturaleza universal repudiada por Telesio para imponerse a las
naturalezas particulares como un "ser superior"?
Respecto a la naturaleza de este ser superior, Campanella considera suce-
sivamente tres hipótesis. Según la primera, sería "Dios inmediatamente existente
en todas las cosas y no sólo en el cielo, como pensaba Aristóteles". Esta hipó-
tesis es evocada brevemente para ser rápidamente rechazada: la presencia de Dios
in loco es incompatible con la fmitud del mundo y la trascendencia divina.
Campanella formula la segunda hipótesis de la siguiente manera: "O bien
[ese ser superiorJ es el calor mismo" , concepción que remite a la doctrina estoica
que hace del pneuma ígneo el principio de la unidad del mundo a través de la
diversidad de la materia: "tal es la opinión de Diógenes Laercio y de lo;> que afir-
maron que el alma es el fuego y que en cierto sentido es corporal" .
Pero hay una tercera posibilidad: sería "el alma del mundo difundida en
todas las cosas y que se sirve de la acción del calor y del sol" : alma del mundo
que Platón llamó "sabiduría" en el Filebo, Filón el judío "emanación de la vir-
tud divina y aliento del todopoderoso", Hermes "inteligencia" que ordena todas
las cosas del mundo, Avicena "donadora de formas", y Temistio tanto "intelecto
agente" como "alma del cielo". Campanella parece considerar la solución del anima
mundi más favorablemente, y le asigna una función muy precisa en su sistema
físico, cuando al evocar las glosas de ciertos comentaristas de Aristóteles sobre
el concepto de intelecto agente, identificado por ellos mismos como alma del mundo,
escribe: "en cuanto a nosotros afirmamos que este alma del mundo se sirve del
calor y el frío en todas las cosas y no es propia sólo del hombre" , añadiendo que
"actúa conforme a las Ideas que percibe en la inteligencia divina, de donde saca
certeza y determinación en lo tocante a lo que es preciso hacer y cómo hacerlo" .
La comparación entre el hombre y el mundo, o entre el microcosmos y
el macrocosmos, queda precisada en estos términos: "Al igual que en nosotros
el alma divina se halla unida al cuerpo mediante el espíritu sutil, corpóreo, cálido
y semejante al alma divina -por lo que Hermes llama al espíritu vehículo del
alma puesta en nosotros por Dios-, mediante la luz y el calor presentes en todas
las cosas el alma se halla unida al mundo" . Mundo que Campanella define como
un todo animado, anunciando que tratará este tema en una obra particular, el futuro
De sensu rerum et magia. Parece como si inspirándose directamente en la com-
paración estructural entre el microcosmos humano y el universo, que hallamos
en tantos autores renacentistas, Campanella resuelve del siguiente modo el pro-
blema que Telesio había dejado sin respuesta: el alma del mundo, procedente del
Dios "creador de contrarios", regula las fuerzas del calor y el frío para bien del
universo, y es un error que Telesio haya desatendido el anima mundi.

131
GALILEO y LA GESTACIÓN DE LA CIENCIA MODERNA

¿Aporta esta solución toda la claridad deseable sobre la posición tomada


por el dominico? No lo parece. Cierto es que la función asignada al alma del
mundo parece teóricamente clara, pero no quedan elucidados ni su modo ope-
rativo ni su naturaleza. Si tomamos literalmente la comparación con el alma
humana y más precisamente con la mens de origen divino ¿no hay que ver en
el alma del mundo la forma del calor y del cuerpo del mundo, al igual que el
alma infusa por Dios en nosotros tiene la forma de spiritus? La respuesta a esta
cuestión depende evidentemente del sentido que se dé a la palabra "forma". Ahora
bien, el único sentido explícito que Campanella, como Telesio, da a este tér-
mino es muy singular: las formas no son nada más que los principios forma-
dores y activos inmanentes a los cuerpos primeros, desde donde se difunden
para engendrar los cuerpos derivados.
Está claro a la vista de este análisis que el alma del mundo no es la forma
del mundo, ni en el sentido telesiano del término, ni a Jortiori en el sentido esco-
lástico. ¿Pero autoriza este rechazo de la función informante del anima mundi
a ver en ella un principio transcendente a la materia, al estilo de los ángeles cre-
ados sin cuerpo por Dios? Esta conclusión que parece imponerse, sin embargo,
no se halla confirmada por ningún texto de la Philosophia sensibus demonstrata,
donde Campanella se dedica más bien a tejer un estrecho vínculo entre este ser
superior y el cuerpo del mundo, sin llegar no obstante a precisar la naturaleza
de ese vínculo.
Ocurre como si después de haber usado contra Telesio, bajo la influencia
de Platón, Hermes Trimegisto y otros autores antiguos, la necesidad de un alma
del mundo, Campanella se prohibiera comprender su funcionamiento. O bien hay
que concebirla como una naturaleza perfectamente incorpórea y simple, pero enton-
ces no se comprende de qué manera podría gobernar contra su voluntad, sojuz-
gando su autonomía motriz, naturalezas dotadas de sensibilidad y apetito. O bien
se la asimila al calor repartido en todos los seres, lo cual parece difícilmente con-
ciliable con el esquema triádico y no se ve cómo ese calor podría gobernar a su
"doble". ¿Estaba destinado el De sensu rerum et magia a resolver esa dificultad?

3. El alma del mundo: segunda aproximación

"¿ Si hay un alma del mundo y por qué existe?" Tal es la pregunta que Cam-
panella se hace en el De sensu rerum, a la que responde así: Puesto que el espí-
ritu corpóreo del hombre no basta para gobernar todos sus actos, sino que posee
por añadidura un alma inmortal (mens), con mayor razón será necesario atribuir
al mundo ("el más noble de todos los seres e hijo del bien supremo"), además de
a las naturalezas dotadas de sensibilidad, un alma excelentísima predispuesta para
la conservación de todo y superior a cualquier ser angélico. Creada por Dios, este
alma feliz, que sirve de mediadora entre el creador infinito y las naturalezas fini-

132
TELESIO y CAMPANELLA: DE LA NATURALEZA JUXTA PROPRlA PRlNClPlA
A LA NATURALEZA lNSTRUMENTUM DEI

tas, contempla en la Inteligencia primera el modelo de las tareas que debe reali-
zar, actuando sobre la materia y sobre las formas particulares conforme a las ideas
que contempla. Es por tanto el primer instrumento de la sabiduría primera, y sin
un alma de ese tipo el universo sería inferior al hombre (que es como su resu-
men), y el todo a la parte.
Las características del alma del mundo aquí enumeradas confirman de
manera clara ciertas indicaciones de la primera obra de Campanella. Sin reto-
mar exactamente bajo la misma forma el paralelismo entre el hombre y el uni-
verso, puesto que el cielo ostenta aquí el papel del calor correspondiente al spi-
ritus humano, mientras que la tierra y el mar serían el cuerpo y la sangre del
mundo, Campanella regresa a la necesidad de atribuir a este último un alma rec-
tora de todos los seres dotados de sensibilidad que en él habitan. Confirma igual-
mente que este alma es la "sabiduría superior repartida en todas las cosas", de
la que hablaba la Philosophia sensibus demonstrata -aquí la llama "naturaleza
común y arte universal infuso en el Todo" - sin renunciar a la idea de que este
alma extraería de la contemplación del entendimiento divino la ley de su acción.
¿Pero cómo ejerce el alma del mundo su imperio sobre las fuerzas cósmicas?
Curiosamente es en el recuerdo de sus conflictos con la Inquisición respecto al
estatuto del anima mundi y la alusión al lugar eminente que ocuparía ésta en la
jerarquía angélica donde podemos entrever el tipo de solución al que nolens volens
Campanella finalmente se apuntó.
La comparación clásica entre microcosmos y macrocosmos en la que se
había apoyado para atribuir al mundo un alma bienaventurada no podía dejar de
parecer sospechosa a los inquisidores guardianes de la pureza del dogma. Según
Campanella, estos le habrían objetado que un alma semejante debería informar
necesariamente a todos los animales que habitan el mundo, comenzando por los
gusanos, que de repente serían bienaventurados con los mismos derechos que el
alma humana. Es posible que los inquisidores hayan formulado esa objeción ante
su prisionero, pero no parece verosímil que se hayan detenido en ello. Se puede
pensar que interrogaron sobre todo a Campanella acerca de las implicaciones de
su doctrina concernientes directamente al hombre: ¿al interpretar el anima mundi
en términos de forma informante del compuesto humano -lectura de hecho nor-
mal por parte de los teólogos escolásticos- no habrían tenido fundamento los jue-
ces del dominico para acusarlo de poner en cuestión el dogma de la individuali-
dad y de la inmortalidad personal del alma humana? Desgraciadamente debemos
permanecer en el terreno de las conjeturas, por probables que sean, respecto a un
punto que sólo las actas de los interrogatorios de 1594-95 permitirían quizás dilu-
cidar. En cuanto a la objeción más rudimentaria que Campanella prefirió pre-
sentamos, queremos creer que la haya refutado sin problema recurriendo a esta
comparación realista: igual que vemos a los piojos engendrarse en la cabeza del
hombre y a los gusanos crecer en su vientre sin que esos animalejos posean la
razón con que el hombre está dotado, del mismo modo los animales nacen en el

133
GALILEO y LA GESTACIÓN DE LA CIENCIA MODERNA

mundo sin estar informados por este alma bienaventurada, sino estando provis-
tos solamente de una sensibilidad proporcionada a su ser.
Es instructivo leer el relato sutilmente modificado del mismo episodio inqui-
sitorial en la versión que dará Campanella en 1627 en su Defensio libri sui de
sensu rerum. Después de haber atribuido a Telesio la paternidad de la doctrina
de la sensibilidad de las cosas y defendido su ortodoxia ("cuando el Santo Ofi-
cio examinó hacia 1592 la doctrina de Telesio, esa doctrina de la sensibilidad de
las cosas no fue revocada"), escribirá que examinando sus cuatro libros manus-
critos De sensu rerum, los Padres "no objetaron nada contra la sensibilidad natu-
ral de las cosas ni contra el hecho de que yo hubiera propuesto un alma del mundo
auxiliar, como San Agustín, San Basilio, San Gregario Nacianceno, Ficino y Pla-
tón, sino solamente esto: si existe un alma del mundo, es bienaventurada o san-
tificable, y por tanto también las almas de las bestias y todas las partes del mundo.
Respondí f. ..] que si hay un alma del mundo auxiliar f. ..] las almas de las bes-
tias y las cosas naturales dotadas de sensibilidad no serían por ello bienaven-
turadas, en tanto que ellas no proceden de la sustancia o del influjo de dicha
alma, sino que participan del sentido común natural."
Conservemos de este texto dos indicaciones:

- por una parte, la confirmación de que el alma del mundo no es un prin-


cipio que cumpla la función de forma de las causas activas y de los seres
derivados.
- por otra parte, la insistente precisión en que desde el principio de su refle-
xión Campanella habría considerado la existencia de un alma del mundo
auxiliar, de acuerdo con una respetable tradición filosófica y patrística.

El problema que se plantea entonces es el siguiente: ¿Al hablar de un anima


mundi assistans Campanella busca simplemente otorgarse retrospectivamente y
gratis una ortodoxia que había sido puesta en cuestión? ¿O bien esta solución se
halla en el recto camino de sus continuos esfuerzos para resolver el problema,
cuyos términos heredó de Telesio, quien preocupado por no franquear los lími-
tes que se había impuesto, lo había dejado en suspenso?

4. La naturaleza como creación continua e instrumento de Dios

Cualquiera que sea de hecho el factor preponderante, está claro que estos
textos compuestos a lo largo de un período dilatado de tiempo, corresponden
a una evolución de la visión campanelliana de la naturaleza en su curso ordi-
nario. Habiendo partido de una posición filosófica que quería restituir a las
fuerzas de la naturaleza una autonomía, comprometida según Telesio por la
doctrina aristotélica de los motores incorpóreos, Campanella llegó a consi-

134
'fELEsro y CAMPANELLA: DE LA NATURALEZA JUXTA PROPRIA PRINClPlA
A LA NATURALEZA INSTRUMENTUM DEI

derar que la Providencia, que su maestro reclamaba como principio consti-


tuyente del orden natural y del mantenimiento de su equilibrio, no podía ser
concebida sino en términos de instancia reguladora superior a las causas agen-
tes y a los seres derivados que engendran en la materia corpórea. En diver-
sos textos se dedicó a precisar la esencia de esta instancia cósmica, acabando
por definirla de modo teológicamente aceptable, pero también más banal, en
términos de alma del mundo auxiliar que controla el juego de las fuerzas natu-
rales, que serían sus instrumentos involuntarios.
Pero la verdadera originalidad de Campanella va más allá. Una visión
sui generis de la naturaleza, fruto de especulaciones proféticas y astrológicas
sobre las que no es posible extenderse aquí, lo condujo a concebir la máquina
del mundo, esta gran obra completamente impregnada de sensibilidad y de vida
descrita en el De sensu rerum, no como un todo acabado desde su creación,
sino como un ser vivo destinado a la decadencia y a la muerte, que llegará bajo
la forma del incendio final anunciado en el Apocalipsis y en otros textos de
las Escrituras. Ahora bien, rechazando adjudicar este origen al solo juego de
las fuerzas naturales inmanentes -después de todo, el calor que ocupa la mayor
parte del universo debería "mecánicamente" invadir al frío acantonado en la
minúscula tierra- Campanella reclamará una intervención directa de Dios.
Tomando en particular el argumento de las novas celestes aparecidas en 1572
yen 1604, así como los espectaculares cometas de 1577 y 1618, el dominico
quiere ver en esos "milagros" de la naturaleza el efecto de una acción directa
del Creador, que continuaría inscribiendo ad nutum en el libro del mundo los
signos de su voluntad y que mediante ellos advierte a los hombres de sus desig-
nios. Al hacer de la naturaleza un medio al servicio de fines que la trascien-
den, Campanella se encontrará finalmente en las antípodas de Telesio y de su
ideal de una naturaleza comprendida únicamente a partir del juego inmanente
de sus fuerzas. Respecto a la concepción telesiana -y desde este punto de vista
también galileana- de una "naturaleza siempre de acuerdo consigo misma, que
opera siempre de modo semejante sobre las mismas cosas", Campanella como
profeta-filósofo opondrá el rechazo de una naturaleza "estúpida y operando siem-
pre de la misma forma" (stupida et semper idemfaciens natura). Más exacta-
mente, defenderá la idea de una naturaleza en suspenso por la siempre posi-
ble intervención directa del creador, que se serviría de ella al modo del herrero
que modela su obra a martillazos, a veces rápidos, a veces lentos. De esa manera
se salvarían esos miracula naturae, que a ojos de Campanella son la aparición
de los astros nuevos ya mencionados, así como las anomalías celestes (como
la variación irregular del ritmo de la precesión o de la oblicuidad de la elíp-
tica puesta en evidencia por Copérnico). Fenómenos que los astrónomos no
comprendían según su significación profunda, siendo el más criticable en ese
sentido Copérnico, por haber querido reducir a ciclos de anomalías las modi-
ficaciones de las referencias celestes, en realidad enteramente imprevisibles,

135
GALILEO y LA GESTACIÓN DE LA CIENCIA MODERNA

porque su ritmo está sometido a la voluntad divina. Esa concepción de los fenó-
menos celestes como irreductibles a la simple causalidad de los agentes físi-
cos es lo que Campanella pedirá a Galileo ratificar, con el escaso éxito que
podemos imaginar.

Traducción del francés de Sergio Toledo Prats


Fundación Canaria Orotava de Historia de la Ciencia

136
PLATONISMO Y REVOLUCIÓN CIENTÍFICA

Maurizio Torrini
Universita degli Studi di Napoli Federico 11

Todos, sin duda, recuerdan el prefacio dedicado al papa Pablo I1I, que acom-
paña a la obra maestra de Nicolás Copérnico, el De revolutionibus orbium caeles-
tium libri VI (1543). La investigación de la verdad incitaba al estudioso polaco a
superar su resistencia a afrontar el juicio del vulgo, pero, sobre todo, la ausencia
de armonía y de simetría en la reconstrucción de la imagen del mundo (una esta-
tua formada con trozos de otras estatuas) había sido la causa y el efecto del desa-
cuerdo entre los matemáticos para impulsarlo a ensayar una nueva concepción. «Para
hacerlo --continuaba Copérnico- comencé por recoger los libros de todos los filó-
sofos para ver si sería posible recabar diversas opiniones de las comúnmente acep-
tadas acerca del movimiento de las esferas del universo». Y los había encontrado:
en Cicerón y en Plutarco había leído que Nicetas (!cetas), Filolao el pitagórico, Herá-
elides Póntico y otros más habían defendido la movilidad de la tierra en torno al
sol. ¿Por qué, entonces, no volver a comenzar a partir de ahí? ¿por qué no probar
a pensar que, si se admite un cierto movimiento de la tierra, sería posible explicar
mejor la revolución de las otras órbitas celestes? Como su maestro Platón, también
Copérnico lleva a cabo un viaje, no en el espacio, sino en el tiempo: «se nos ha
transmitido -escribía en el De revolutionibus- que el pitagórico Filolao, excelente
matemático, pensaba que la tierra se mueve; y que, desde luego, se desplaza con
más movimientos; y que ella es uno de los planetas. Y justamente para encontrar
a tal matemático, Platón no dudó en trasladarse a Italia».
Así, el texto fundamental de la revolución científica arrancaba con una refle-
xión sobre los antiguos, con la recuperación de autores y textos olvidados y aca-

137
GALILEO y LA GESTACIÓN DE LA ClE CIA MODERNA

lIados por la tradición aristotélica y escolástica, en suma, con uno de los temas
centrales del Renacimiento: el regreso de los filósofos antiguos, regreso que no
se caracterizó por una recopilación erudita o meramente filológica, como muchas
veces se ha escrito, la cual sólo más adelante habría influido (por acumulación)
sobre el pensamiento filosófico y científico. Tal regreso presuponía una concep-
ción distinta del hombre y de sus cometidos, de su papel en la sociedad y en el
mundo, e influyó muy pronto no sólo en el pensamiento, sino en el obrar mismo
de los hombres, desde la pintura a la arquitectura, desde la política a la religión,
a la ciencia; y fundó efectivamente una nueva ciencia.
Copérnico también hace nuevas preguntas a los antiguos. Una de ellas se
refiere a la verdad de las cosas naturales, entendiendo por cosas naturales tam-
bién los movimientos de las esferas celestes. Pocos años después de la primera
publicación del De revolutionibus, un joven profesor de la Universidad de Wit-
tenberg, Georg Joachim von Lauchen, conocido con el sobrenombre de Rheti-
cus, que había conocido y visitado con frecuencia a Copérnico, editó una sínte-
sis del texto del astrónomo polaco, la Narratio prima, obra que gozó de un largo
éxito en la Europa culta. Más audaz que el maestro, Rheticus pretende explicar
el método y su significado con la ayuda de «el divino Platón, sumo sacerdote de
la sabiduría», cuando afirma «que la astronomía se ha inventado con la guía de
Dios». Copérnico, proseguía Rético, «siempre tiene ante sí las observaciones de
todas las épocas recopiladas junto a las suyas y ordenadas a modo de catálogo;
y dice además que, para establecer cualquier cosa o para aportar alguna contri-
bución a la ciencia y sus principios, pasa de aquellas primeras observaciones a
las suyas y pondera de qué manera concuerdan todas aquellas cosas entre sí. Su
trabajo -concluía Rético- me hizo entender el verdadero sentido de la enseñanza
de Platón y lo de que al matemático que investiga los movimientos de los astros
se le puede considerar semejante a un ciego que, teniendo para guiarse sólo un
bastón, tenga que llevar a cabo un camino largo, infinito, tortuoso f. ..]; el bas-
tón del astrónomo es precisamente la matemática o la geometría, con las que él
se atreve, por primera vez, a tantear el camino y a emprenderlo». Platón, las mate-
máticas: en la narración de Rético aparece, finalmente, una clara alusión al tema
del regreso de los antiguos.
Con Copérnico y con Rético estamos en la primera mitad del siglo XVI.
Habrá que subrayar esta fecha tan temprana, en la que la revolución astronómica,
guiada, como lo hace el bastón de un ciego, por la geometría, está marcada por el
signo de Platón. Eso fue y sigue siendo un punto crucial, cualquiera que sea el jui-
cio o la actitud que se quiera asumir frente al problema del platonismo y de la cien-
cia moderna. Desde un punto de vista meramente historiográfico, las discusiones
sobre este punto se han caracterizado (con aspectos polémicos también muy espi-
nosos) por un marcado contenido ideológico, especialmente en la primera mitad
de nuestro siglo. Una vez que de hecho se ha afirmado la conexión entre revolu-
ción científica y pensamiento moderno, de pronto, ha parecido evidente que la dis-

138
PLATONISMO y REVOLUCIÓ CIENTÍFICA

cusión sobre los caracteres de aquella revolución, sobre sus raíces y sobre sus pro-
cesos, se convertía en una discusión sobre el pensamiento moderno tout-court. No
por casualidad el propio Kant (autor, por otra parte, de una «revolución coperni-
cana» distinta y propiamente suya) en el prefacio a la segunda edición de la Crí-
tica de la razón pura (1787) había fijado el arranque de la filosofía moderna en
la postura de Galileo y Torricelli, ya que fueron los primeros en comprender «que
la razón ve sólo aquello que ella misma produce según su propio designio» y que
la razón ha de presentarse frente a la naturaleza «teniendo en una mano los prin-
cipios según los cuales, solamente, es posible que los fenómenos que concuerdan
tengan valor de ley, y en la otra mano el experimento, que ella misma ha ideado
según estos principios». Pues bien, afirmar las raíces platónicas de la revolución
que ha guiado a la ciencia moderna quiere decir, sobre todo, rechazar tanto las suges-
tiones sociológicas (la ciencia o el saber como producto de la sociedad) como los
nexos con la tradición escolástica y medieval, es decir con el aristotelismo y el
tomismo. Se trataba, por tanto, de afirmar, subrayando la inspiración platónica, el
momento de rotura de la tradición filosófica, poniendo de relieve lo novedoso, lo
revolucionario, aunque sin negar, por otra parte, el valor del experimento, de las
técnicas, de los descubrimientos geográficos y del saber artístico y artesanal; se
trataba de subrayar el carácter mental, ideal, de aquella revolución; como había
escrito Kant, precisamente, manteniendo los principios de la razón. Se entabló una
discusión en la que se vieron implicados desde [males del siglo XIX a la primera
mitad del nuestro muchos de los nombres más significativos de la cultura histó-
rico-filosófica, desde Duhem a Dilthey, desde Brunschvicg a Meyerson, desde Cas-
sirer a Koyré, desde Burtt a Crombie, desde Olschki a Tannery, desde Strong a
Randall, por citar sólo a los más conocidos.
Sería vano (e incluso se ha hecho) buscar para cada afirmación, para las tesis
e incluso para las aparentes citas de Copérnico o de Kepler, de Galileo o de sus
alumnos las respectivas correspondencias de los textos de Platón o·de los platóni-
cos antiguos. También para los protagonistas de la revolución científica la procla-
mada adhesión a Platón y al platonismo tiene un marcado carácter ideológico y filo-
sófico simétrico (Y, por tanto, distinto, obviamente) a la de los historiadores de nuestro
siglo. Declararse platónicos para Copérnico, para Galileo, para Kepler, quería decir,
sobre todo, proclamarse no aristotélicos y, a menudo, desde luego, contra Aristó-
teles; una toma de postura en absoluto vaga, sino bastante precisa, que se fundaba
en pocos puntos estrictamente conectados: el uso de la matemática en la filosofía
natural, la autonomía del saber científico-filosófico, la desvalorización de la expe-
riencia sensible como guía hacia el conocimiento del mundo físico.
Esos puntos están estrechamente ligados, ya que el reconocimiento de la
geometría como guía -ya sea como bastón (Copérnico), ya como alfabeto (Gali-
leo)- para el conocimiento de la realidad natural implicaba (es más, exigía) la
separación y la negación de que el conocimiento se pudiera fundar en la corres-
pondencia con los datos sensibles. En esto se produce ciertamente una gran revo-

139
GALILEO y LA GESTACIÓN DE LA CIENCIA MODERNA

lución; y es singular que ésta se produzca en el curso de un siglo como el XVI,


en el cual, a través de las extraordinarias exploraciones geográficas, Europa se
ve inmersa en una masa de datos nuevos, de experiencias, de conocimientos inau-
ditos. Y no sólo eso, sino que ahora, en el curso del siglo XVI, el movimiento
humanístico alcanzó su apogeo, marcado por ediciones, descubrimientos,
comentarios de textos antiguos, favorecido por la difusión de la imprenta; fenó-
menos ambos que influyeron de manera nada desdeñable en las vicisitudes del
pensamiento científico y filosófico, devaluando irremediablemente, por un lado,
la tradición aristotélico-tomista, con su saber inmóvil y cerrado, girando eterna-
mente, susceptible sólo de comentarios, no de cambios. Pero, sobre todo, era el
príncipe de aquella tradición, Aristóteles, el que parecía superado, contestado por
el ensanchamiento geográfico del mundo, por la expansión histórica del saber que
hacía surgir a autores e ideas olvidados y descuidados por una dominación secu-
lar, y, en fin, desplazado por la masa de novedades en la fauna y la flora que lle-
garon del Nuevo Mundo. Por el otro lado, precisamente aquella multiplicidad geo-
gráfica, histórica, naturalística, hacía también comprender no sólo la imposibilidad
de mantener viva la enciclopedia aristotélica, sino incluso la necesidad de un punto
de partida distinto que se basase más que en la acumulación de datos en el modelo,
en el método y los principios con que interpretarlos.
A la vuelta de pocos años la fe en el testimonio de los sentidos, esencial
para la filosofía natural aristotélico-escolástica, como también para el saber de
la filosofía de la naturaleza de pleno siglo XV desde Telesio hasta DelIa Porta,
no es sólo que fuera puesta en cuestión, sino que terminó por ser considerada el
principal obstáculo para la construcción de una Nueva Ciencia. El descubrimiento
de los instrumentos de observación, como el telescopio y el microscopio, san-
cionó también en el terreno de la Física, a comienzos del siglo XVII, el ocaso
del papel fundamental que desempeñaba la experiencia sensible. Giordano Bruno
y Galileo Galilei estuvieron de acuerdo en exaltar el gran esfuerzo de Copérnico
por sostener la movilidad de la tierra contra la evidencia de los sentidos. «No puedo
dejar de maravillarme -escribía Galileo en el Diálogo- de cómo en Aristarco y
en Copérnico haya podido la razón violentar tanto a los sentidos, que contra ellos
aquélla se haya hecho dueña de su credibilidad» (en el pasaje se habrá apreciado
el acercamiento de Copérnico a Aristarco, alistado, como Arquímedes, en el bata-
llón de los platónicos).
Aquí es donde se recoge el significado del platonismo más que en las ago-
tadoras y vanas discusiones propias del Cinquecento acerca del método, de las
matemáticas, del acuerdo entre Platón y Aristóteles, que tanto ocuparon a las aca-
demias, las universidades y los colegios con polémicas y debates. Sin duda, aque-
llas discusiones y sus protagonistas, desde Alessandro Piccolomini a Francesco
Barozzi, desde Giuseppe Biancani al colega pisano de Galileo, Jacopo Mazzoni,
y también a eminentes jesuítas como Clavio, son el síntoma de una época de difi-
cultad y de crisis, señalan una difusa necesidad de superar los límites a los cua-

140
PLATONISMO y REVOLUCIÓN CIENTÍFICA

les se encontraba entonces constreñida la ciencia del siglo XVI y, asimismo, la


conciencia, quizá confusa, de que la geometría hubiera podido constituir la solu-
ción. Pero por este camino las dificultades parecían insalvables.
¿Cómo se habría podido tratar sobre la multiplicidad de fenómenos pasa-
jeros, sujetos a la generación y a la corrupción, que reinan en nuestra tierra, a tra-
vés de una disciplina que, sin embargo, se fundaba en lo permanente, en entes
perfectos no susceptibles de cambios, y, sobre todo, una disciplina fruto de una
abstracción garantizada por su necesidad y, por tanto, por su «científicidad»? A
tal respecto el dictado de Aristóteles era preciso, insoslayable: la matemática era
un procedimiento artificioso incapaz de interpretar los fenómenos materiales. Con
ello Aristóteles decretaba implícitamente la imposibilidad de una ciencia de los
fenómenos que no aludiera necesariamente a cualquier cosa que, fuera de ellos,
los superase y no volviese estable el fluir: precisamente una metafísica.
Por tanto, el dilema se planteaba entre una interpretación de la naturaleza
que se limitaba a describir un caos de fenómenos múltiple e irreductible, y la inves-
tigación de modelos, de arquetipos a los cuales remitir los sucesos de nuestro mundo.
A mediados del siglo XVI la oposición entre Aristóteles y Platón parece centrarse
en este dilema, en el valor que se concede a la matemática y a su función, en su
legitimidad para el conocimiento de la realidad física. «Considerad quién discu-
rría más justamente --escribía Galileo- si Platón, al decir que sin la matemática
no se podía aprender filosofía, o Aristóteles, al censurar al propio Platón por el
excesivo estudio de la geometría». La solución al dilema implicaba, además, otra
dificultad cargada de consecuencias que se dejarían sentir notablemente en el trans-
curso del camino de la nueva ciencia, a saber, el papel y el valor de un saber inde-
pendiente de cualquier otra consideración que no fuese la correspondencia con
sus propios parámetros. En otras palabras, si ya la geometría no trataba de entes
abstractos y privados de realidad material, sino que, por el contrario, describía,
fenómenos necesarios y reales, ¿a quién entonces le estaba reservado el come-
tido de interpretar mundo, al matemático, al físico, o al teólogo y al filósofo de
la tradición? Era una consecuencia que pronto entrevió el teólogo Andreas Osian-
der, que en la tan discutida advertencia al lector de la primera edición de el De
revolutionibus de Copémico, aconsejaba no buscar en las cosas naturales la ver-
dad y la certeza, siendo competencia del astrónomo encontrar las soluciones más
fáciles sin preocuparse de su verosimilitud que, por otra parte, competen al filó-
sofo natural, y reservando la verdad sólo a lo que efectivamente procede de Dios
a través (se sobreentiende) de sus intérpretes: los teólogos y los filósofos meta-
físicos.
Afirmar el carácter real de la geometría significaba ahora desplazar un vín-
culo secular que había subordinado el mundo de la naturaleza, inferior y acci-
dental, al de la filosofía, superior y necesario. De este modo no sólo se trastoca-
ron las jerarquías entre las disciplinas y sus intérpretes, sino que finalmente se
ratificaba la autonomía del mundo de la naturaleza, su legitimidad ontológica y,

141
GALILEO y LA GESTACIÓN DE LA CIENCIA MODERNA

por supuesto, su propia existencia independiente de la razón del hombre, de sus


fines religiosos y morales. Nace una naturaleza «sorda e inexorable para nues-
tros vanos deseos», como habría de escribir Galileo, «inexorable e inmutable y
que no trascendía ya los términos de las leyes a ella impuestos, una naturaleza
a la que nada le importa que sus razones ocultas y sus modos de operar sean o
no accesibles a la capacidad de los hombres». Una naturaleza sorda inexorable
a la que Descartes habría de relegar toda forma de vida no dotada de razón, rati-
ficando, sin duda, la separación, pero también la autonomía.
Para llevar a cabo esta revolución fue, sin embargo, necesario abandonar
las discusiones de las academias y de los estudios universitarios, las polémicas
entre aristotélicos, platónicos y conciliadores, que se agotaban y se quedaban todas
paralizadas frente a la dificultad de aplicar la geometría a la física sin llevar a
cabo una transformación radical de toda la escena. Una revolución que fue capaz
de realizar, comenzando por declarar verdaderas y reales las razones de la astro-
nomía, una ciencia hasta ahora subalterna, y, por tanto, capaz de considerar que
las paradojas de la física terrestre y el sentido común podían dejarse de lado y
superarse. Así, volviendo al punto de partida, dejando a un lado el problema del
si y del cómo la realidad natural podía abordarse por medio de las geometría, Copér-
nico concibió los cuerpos celestes como cuerpos estrictamente geométricos y des-
cargó en el punto de vista del observador, el hombre, la responsabilidad de expli-
car las anomalías que de ello derivaban, un procedimiento que entusiasmó a Galileo
y despertó la admiración de Bruno. Al gran filósofo toscano le correspondería poco
después el cometido de trasladar la intuición revolucionaria de Copérnico a los
cuerpos terrestres, a los fenómenos de nuestra experiencia, y de transformarlos
en cuerpos geométricos que operan en un espacio indiferente, exactamente igual
que el de la geometría. He aquí que el mundo de la naturaleza, hasta ahora reino
incontrastado de los fenómenos pasajeros, un caos de cualidad y de comporta-
mientos, de cuerpos individuales irreductibles, se transforma en el reino res-
plandeciente de las cantidades homogéneas, de los agregados poco a poco reduc-
tibles, en el cual «no tienen cabida las razones probables; ya que todo discurso
que hagamos acerca de él es excelente y totalmente verdadero o pésimo y total-
mente falso». La verdad de las cosas naturales, en tal sentido, viene dada incluso
antes que por su existencia real por la coherencia de las condiciones geométri-
cas, que sólo pueden darse de aquel modo. «Nada -escribía Galileo-Ies perju-
dica a las conclusiones demostradas por Arquímedes acerca de la espiral el hecho
de que no se encuentre en la naturaleza un móvil que se mueva de aquella manera
peculiar». Y Kepler, precisamente en una discusión con Galileo en 1610, ala-
bará «a quienes ante un panorama de la ciencia semejante se anticipan a los sen-
tidos con la razón (...), a quienes conciben con su inteligencia las causas de las
cosas antes que las mismas se muestren sus sentidos» como próximos y seme-
jantes a Dios, «al arquitecto de este mundo». Y ellos son Pitágoras, Platón y Eucli-
des, a los cuales «la excelencia de la razón los llevó aconcluir que sólo podía haber

142
PLATONISMO y REVOLUCIÓN CIENTÍFICA

sucedido que Dios hubiese dispuesto el universo a semejanza de los cinco cuerpos
regulares».
La matemática, la geometría y la física finalmente se unificaron en un único
plano del conocimiento, igual que única y sola es la verdad. «Los aristotélicos
-escribía Galileo- sostienen que una cosa es tratar las cuestiones por medio de
la física , y otra por medio de las matemáticas, y que los geómetras deberían per-
manecer al margen de los subterfugios de aquélla y no relacionarse con las mate-
riasfilosóficas, cuyas verdades son distintas de las verdades matemáticas. Como
si lo verdadero pudiera ser más que uno; como si la geometría en nuestros tiem-
pos fuese un obstáculo para la adquisición de la verdaderafilosofía; como sifuera
imposible ser geómetra y filósofo». Para eso viste Copémico «la indumentaria
del filósofo», para indagar en el «problema de la verdadera constitución» del uni-
verso; por eso son filósofos Aristarco y Apolonio, Pitágoras y Arquímedes y, sobre
todo, Platón; por eso la afirmación y la aceptación de Copémico es fundamental
para Galileo, porque ratifica por primera vez el trasvase entre matemática y física,
sin el cual «la filosofía no merece el nombre de ciencia sino, más bien, de opi-
nión».
y Arquímedes, como Copémico y quienquiera que se haya mantenido fuera
de las estériles discusiones aristotélicas sobre el movimiento, sobre los graves,
sobre el espacio, sobre las cualidades, sobre la materia, quienquiera que haya inten-
tado indagar libremente «descargado de toda obligación e intención», como dirá
Sagredo en el Diálogo, quienquiera que pretenda <ifilósofar libremente, y no como
si estuviera regido por una especie de gramáticafilosófica o de unafilosofía gra-
matical», indagando en «el libro hermoso y extenso de la naturaleza», desligado
de la «sofistica» de quienes han empeñado «esta infeliz ciencia» «en los muy indig-
nos cepos de las opiniones aristotélicas», podrá y deberá vestir la indumentaria
del filósofo; y, por tanto, también Platón. A finales del siglo XVII el napolitano
Francesco D'Andrea escribía: «sin embargo, la alabanza por haber instaurado
la ciencia de las cosas de la naturaleza, en la cual consiste la verdadera filoso-
fia, estaba reservada a nuestro siglo y, particularmente, al gran Galileo Galilei,
quefue el primero en renovar el antiguo precepto de la escuela de Platón de hacer
que la matemática sirviera para la adquisición de las realidades físicas».
Hay pues otro Galileo en relación con Platón, aquél al que evoca a princi-
pios de nuestro siglo, en la gran obra dedicada al problema del conocimiento, Emst
Cassirer, y que, poco a poco, con el propio Cassirer, con los ya citados Koyré, Meyer-
son, Brunschvicg y antes desde Paul Tannery hasta Thomas Kuhn, ha producido
tanta y a menudo provechosa literatura sobre Galileo y la revolución científica.
Temas, tesis, ensayos, muy conocidos y discutidos para volverlos a citar.
Son autores en los cuales se podría hoy apreciar un marcado origen neokantiano,
una excesiva reducción de la historia del pensamiento filosófico a la problemá-
tica gnoseológica, una cercanía, casi familiar, a la ciencia contemporánea que habría
acentuado su proximidad por los métodos y los modelos físico-matemáticos. Sin

143
GALILEO y LA GESTACIÓN DE LA CIENCIA MODERNA

embargo, los resultados de aquella historiografía, contestable en lo que se refiere


al asunto, discutible en las .particularidades, permanecen y se mantienen. Y no
sólo eso, sino que si nos salimos del dilema platonismo-aristotelismo, si renun-
ciamos a encontrar en el Menón, como lo hizo Cassirer en un ensayo (dicho sea
de paso, magistral) la génesis del pensamiento de Galileo, y nos volvemos, por
el contrario, a las circunstancias reales, a las ideas encamadas en hombres, en
libros, en instituciones, a las posiciones filosóficas (pero también políticas y reli-
giosas) que agitaban los años de hierro que van desde la clausura del concilio de
Trento al final de la guerra de los Treinta Años, si nos quedamos en aquella filo-
sofía libre que Galileo y los suyos habían procurado con tanta fiereza, y si de ahí
la extendemos hasta sus discípulos, sus amigos, sus interlocutores, entonces aquel
«platonismo» se mostrará ahora útil y vivo.
En 1634 un profesor modesto y desconocido, Girolamo Bardi, jesuita y por
entonces lector en Pisa de la cátedra de filosofía aristotélica y platónica, al pre-
tender publicar su propia prolusión «a la manera de una apología contra Aris-
tóteles» le escribía a Galileo, dado que decía «me he servido de sus muchas "galan-
terie" ». No es difícil reconocer las "galanterie" galileana. En la prolusión, tras
el elogio a Platón (<<divino filósofo», «mente de todo filosofar», «maestro de la
vida política») y a Ficino (<<fénix platónica»), el vehemente profesor ensartaba
las loas a la filosofía -pero entre los filósofos incluía también a los matemáti-
cos-, actividad exclusivamente humana, que no participa ni de la naturaleza, ni
de los otros seres vivientes. Con la filosofía el hombre no asiste, inerte, al espec-
táculo de la naturaleza, no contempla el gran teatro del universo, no se limita a
percibir, como los animales, los sonidos, los olores, los colores, los sabores, sino
que investiga las causas, los efectos, los comportamientos, indaga en el orden,
en los sucesos, confronta, conecta, no se queda en vestíbulo de la naturaleza sen-
sible, sino que penetra hasta los últimos recovecos.
En la lectura ingenua y entusiasta de Bardi la clave del galileísmo, que puede
vincularse al maestro Platón, no se encuentra sólo en el no plegarse a las apa-
riencias sensibles y en el servirse de los sentidos como meros «exploradores»
(correspondiéndole pues a la filosofía ya la matemática desvelar las razones rea-
les), sino en el considerar eso como el más alto cometido del hombre. También
para él, como para Copémico, el primer cometido del hombre parecía consistir
en indagar la verdadera constitución del universo que se ocultaba tras los colo-
res, los sonidos, los olores.
Hemos puesto a propósito el ejemplo de un galileano de segunda fila como
Girolamo Bardi. ¿Qué es lo que, de hecho, al margen de la admiración por el maes-
tro, une a personalidades tan distintas por su formación, por su carrera, por sus
propósitos, como Castelli, Torricelli, Magiotti o Cavalieri? La común convicción
de que el movimiento de las aguas, los espejos ustorios, las trayectorias de las
balas de los cañones, los movimientos del cuerpo humano, incluso las operacio-
nes del alma de Raffaello Magiotti se podrían comprender «por medio de un método

144
PLATONISMO y REVOLUCIÓN CIENTÍFICA

demostrativo y geométrico», por medio de «un proceder desde los principios a


la conclusión», del mismo modo que Colón había descubierto las "nuevas Indias".
Todos se mantuvieron firmes en la consideración de que las «proposiciones mate-
máticas son verdades que siempre han estado, están presentes y que seguirán siendo
verdaderas en elfuturo, y eternamente verdaderas tanto en lo abstracto como en
lo concreto, tanto unidas a la materia como separadas de ella. Y f. ..} que cuando
en la teoría logremos una conclusión bien demostrada, tendrá que verificarse des-
pués en la práctica, y si no fuese así, será una señal evidente de que aquella con-
clusión, obtenida a partir de la teoría, no se habrá llevado a la práctica consi-
derando todas sus circunstancias».
Son palabras de Benedetto Castelli, y no de un tratado de filosofía, que no
llegó a escribir, sino del Discorso sulla Laguna di Venezia. También al tratar de
ingeniería hidráulica era de provecho vestir la indumentaria del filósofo.
y más descarnadamente dice Torricelli: «que los principios de la doctrina
de motu sean verdaderos o falsos me importa muy poco; pues si no son verda-
deros,finjamos que son verdaderos, según habíamos supuesto, y, a continuación,
tomemos todas las otras especulaciones derivadas de esos principios no como
realidades mixtas, sino simplemente geométricas».
y frente a la eventualidad de un fracaso concluía: «si después las balas de
plomo, de hierro, de piedra no mantienen la proporción supuesta, peor para ellas:
nosotros diremos que no hablamos de ellas».
Habíamos utilizado aquí dos textos de los más estrechos colaboradores y
alumnos de Galileo, a los cuales la historiografía por así decirlo platonizante (bas-
tará recordar a Koyré) ha acudido a menudo para aclarar, para ejemplificar de
una manera correcta las ideas de Galileo incluso con las posiciones más extre-
madas, como el caso del Torricelli.
¿Platonismo? Para Cassirer, para Koyré lo es. Y lo es de tal manera como
para constituir el arranque de la reflexión filosófica y científica de la época moderna.
Sin duda, no es aristotelismo, en ninguna de sus versiones y acepciones.

Traducción del italiano de Joaquín Gutiérrez Calderón


Fundación Canaria Orotava de Historia de la Ciencia

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KEPLER, GALILEO Y LA DEFENSA DEL SISTEMA
DE COPÉRNICO:
LA ELECCIÓN DE UNA ESTRATEGIA

Isabelle Pantin
Universidad de París - Observatorio de París

Kepler y Galileo pertenecen a la misma generación de filósofos. Pese a


la diferencia de edad y de cultura, recibieron casi la misma herencia copemicana
y se comprometieron con la misma tarea: hacer del heliocentrismo, hasta ese
momento una simple teoría tolerada como una hipótesis, una verdadera cosmo-
logía reconocida. Esta base común no les impidió elegir caminos divergentes y
hacer que sus trabajos fueran independientes entre sí casi por completo. Me pro-
pongo comentar aquí justamente esta paradoja.

LA REVOLUCIÓN COPERNICANA y SU PRIMERA DIFUSIÓN

En 1543 aparece el De revolutionibus, que vendría a transformar radical-


mente la teoría astronómica, invirtiendo la situación de la tierra y el sol e inmo-
vilizando la esfera de las estrellas fijas. Además de esta notable evolución, el libro
de Copérnico expone una nueva exigencia de racionalidad y de unidad en la con-
cepción del sistema del mundo. Presenta una explicación de los fenómenos más
económica y armoniosa, en tanto en cuanto muestra una correlación entre los dife-
rentes elementos del cosmos.

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GALILEO y LA GESTACIÓ DE LA CIENCIA MODERNA

Este avance no fue percibido inmediatamente por el público. Presentado como


una simple hipótesis matemática en el prólogo dirigido al lector por Osiander, el
De revolutionibus debe su primer éxito a la elegancia y a la eficacia de ciertas solu-
ciones técnicas que propone. Por ejemplo, permite resolver, al menos temporalmente,
uno de los problemas más espinosos que se planteaban a los astrónomos del siglo
XVI, el del cálculo preciso de los movimientos de la octava esfera y, correlativa-
mente, el del cálculo del año trópico. Este logro será un gran obstáculo para el futuro
del libro. El primer discípulo de Copérnico fue Georg Joachim Rheticus, un lute-
rano que enseñaba matemáticas en la Universidad de Wittenberg. Por medio de él,
el contenido del De revolutionibus fue conocido por Melanchthon, principal cola-
borador de Lutero y encargado de la organización de las universidades reforma-
das. Melanchthon estaba muy interesado en la astronomía, la astrología y los pro-
blemas de cronología. Para él, por razones filosóficas y religiosas, la tesis cosmológica
de Copémico era inadmisible, pero sin embargo soñaba con explotar las posibili-
dades técnicas de su libro. Para ello le encarga a Erasmus Reinhold preparar unas
tablas astronómicas en cuya elaboración se utilizarían a la vez los datos de las obser-
vaciones realizadas por Copérnico y algunos de sus modelos geométricos.
Las Tablas pruténicas de Reinhold aparecieron en 1551 y, si se me permite
la observación, contribuyeron a la captación por la Alemania protestante de la heren-
cia del De revolutionibus gracias a la interpretación de la que venimos hablando.
Como ha demostrado R. S. Westrnan, el "compromiso de Wittenberg", puesto
a punto en el círculo de Melanchton, se impuso en toda Alemania y más allá gra-
cias a la influencia de los trabajos de Reinhold y sus discípulos l . Copérnico se con-
virtió entonces, al menos por un tiempo, en propiedad exclusiva de la astronomía
germana. En la segunda mitad del siglo XVI, los libros de astronomía tradicionales
llevaban en el título una referencia conjunta a Copérnico y a Reinholctl. Sabemos
también, gracias a algunos apuntes de curso manuscritos, que las referencias a Copér-
nico no eran raras en las universidades luteranas. Esta red de universidades consti-
tuía, pues, un medio favorable para la conservación y difusión de ciertos elementos
del De revolutionibus. Se trataba de un copernicanismo incompleto y deformado,
pero que abría el camino a un copernicanismo auténtico. Entre los antiguos estu-
diantes de estas universidades se encontrarán a partir de los años 1570 algunos fIr-
mes defensores del heliocentrism03 • Entre ellos Michael Maestlin, el maestro' de Kepler.

I Roben S. Westman, "The Melanchthon circle, Rheticus, and the Wittenberg interpretation of the Coper-

nican theory", [sis, 66 (1975), pp. 165-193; J. R. Christianson, "Copernicus and the Lutherans", Sixte-
enth Century Journal, 4 (1973), pp. 1-10; Bruce Moran, 'The Universe of Philip Melanchthon: criticism
and use of the Copernican theory", Comitatus, 4 (1973), pp. 1-23.
2 Por ejemplo Peucer, Hypotyposes orbium coelestium quas appellant theoricas planetarum: congruen-

tes cum tabulis Alphonsinis et Copernici, seu etiam tabulis prutenicis: in usum scholarum publicatae,
1.ª ed. anónima, Strasbourg, 1568; edición fIrmada, Wittenberg, 1571.
3 Owen Gingerich, "The role of E. Reinhold and the Prutenic Tables in the dissemination of the Coper-

nican theory: Johannes Praetorius, Tycho Brahe and Michael Maestlin", en R. S. Westman ed., The Coper-
nican Achievement, Berkeley, 1975.

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KEPLER, GALILEO y LA DEFENSA DEL SISTEMA DE COPÉRNICO:
LA ELECCIÓN DE UNA ESTRATEGIA

Esta lenta e incompleta adopción de los avances copernicanos se realizó en


un determinado contexto. En esa segunda mitad del siglo XVI, el desarrollo de la
astronomía germánica y su predominio en Europa se hizo del todo evidente. Preci-
samente en Alemania, en Cassel, y en Dinamarca, en Uraniborg, se fundaron los pri-
meros observatorios modernos. Cuando tuvo lugar una serie de grandes fenómenos
celestes (la nova de 1572, el cometa de 1577 y otros que le sucedieron) fue en estos
países donde la actividad fue más intensa, donde se organizó la recopilación de datos
y donde se elaboraron las conclusiones que quedarían como autoridad.
Fue también el norte de Europa el lugar donde las nuevas ideas cosmoló-
gicas propuestas por astrónomos de renombre lograron imponerse y jugar un papel
histórico con cierta celeridad. Estas ideas fueron la demostración de la fluidez
del cielo y la puesta a punto de modelos geo-heliocéntricos surgidos de la sínte-
sis entre Ptolomeo y Copérnico. En esta última cuestión Tycho Brahe, Raimar
Ursus y muy pronto Helisaeus Roslin se enfrentaron en ásperas discusiones y se
acusaron mutuamente de plagio, pero ninguno llegó a implicarse en la querella
más allá del enfrentamiento verbal.
En cambio, en Italia, las innovaciones astronómicas o cosmológicas llega-
das del norte se recibieron con dificultad. Estas novedades se miraban con más
desconfianza por venir de países protestantes. Fuera incluso del aspecto científico
de la cuestión, adoptarlas hubiese sido equivalente para algunos a ponerse de parte
de los heréticos. Fuera como fuese, las mayores contribuciones de los astrónomos
italianos del Renacimiento, aparte de las tablas de efemérides, se caracterizaron
sobre todo por su talante reaccionario, ya se tratara del modelo de esferas homo-
céntricas de Fracastoro o del sistema de once cielos de Magini4 • El titular de la
cátedra del Collegio Romano, Christoph Clavius, autor de un comentario sobre
Sacrobosco que tuvo una amplia difusión, mantuvo una postura conservadora evi-
dente. Giordano Bruno se expatrió antes de publicar sus opiniones revoluciona-
rias. Magini y Clavius decidieron admitir en los últimos años del siglo XVI algu-
nas soluciones técnicas inventadas por Copérnico, pero se mantuvieron fieles hasta
el final a un geocentrismo intransigente.

LOS PRIMEROS CONTACTOS ENTRE KEPLER Y GALILEO

En los años 1590, el joven Kepler finalizaba sus estudios en la Universi-


dad de Tubingen. Su profesor de matemáticas, Michael Maestlin, le había trans-
mitido sus ideas copernicanas, pero Kepler no le debió más que a sí mismo las
razones profundas en las que él basaba su convicción. Para él, en efecto, el uni-

4Girolamo Fracastoro, Homocentrica, Venecia, 1538. Giovanni Magini, Novae coelestium orbium the-
oricae congruentes cum observationibus N. Copernici, Venecia, D. Zenarius, 1589.

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GALILEO y LA GESTACIÓN DE LA CIENCIA MODERNA

verso, que ha sido creado por un Dios geómetra, es un verdadero sistema armó-
nico en el que todos los elementos son interdependientes. Por tanto sólo puede
ser verdadera aquella teoría astronómica que responde a esta condición. Éste es
el caso de la teoría de Copérnico, a diferencia de la de Ptolomeo, que se conten-
taba con presentar una colección de modelos geométricos sin relaciones esenciales
entre sí. A lo largo de toda su carrera, Kepler no hará otra cosa que demostrar la
coherencia y la armonía del universo heliocéntrico.
Al final de sus estudios Kepler, que por un tiempo quiso ser pastor pro-
testante, aceptó el puesto de mathematicus en la Stiftschule de Graz. Allí pasará
un tiempo, entre 1594 y 1600, redactando su primer libro, el Mysterium cos-
mographicum, que aparecería impreso en 1596. Esta obra representó su primera
tentativa de demostrar la armonía que subyace en el orden del mundo. Su inten-
ción fue descubrir las relaciones geométricas que determinan la sucesión de los
seis planetas y sus trayectorias. Después de algunos ensayos infructuosos Kepler
encontró una solución: el número de planetas y sus distancias respecto al Sol se
explican por la interposición, entre cada una de ellas, de uno de los cincos polie-
dros regulares del modelo. Este ajuste geométrico perfecto concuerda casi exac-
tamente con las medidas dadas por Copémico, lo cual' ofrecía una verificación
incontestable.
Kepler se entusiasmó tanto con su descubrimiento que quiso dar a cono-
cer su libro a los matemáticos más destacados de Europa, comprendidos los de
países católicos. En Italia no conocía a nadie pero confió dos ejemplares de su
obra a un amigo, Paul Homberger, para que a su juicio los distribuyera entre
.los mejores matemáticos 5 • El nombre mismo de Galileo le era aún desconocido
cuando recibió una carta de agradecimiento firmada por él. Esta carta había sido
escrita en Padua el 4 de agosto de 1597 nada más recibir el libro y contenía
una confesión sorprendente: "[te leeré] con tanta atención como la que le he
dedicado a la teoría de Copérnico desde hace años 6 " (id autem eo libentius
faciam quod in Copernici sententiam multis abhinc annis venerim). Esta decla-
ración de copemicanismo constituye la información más sustanciosa de una misiva
redactada deprisa por un Galileo que todavía no había más que hojeado el pre-
facio del Mysterium.

'Véase su carta a Maestlin: "He enviado recientemente a Italia dos ejemplares de mi opúsculo (o, mejor
dicho, el tuyo) que han sido recibidos gratamente y con mucho interés por el matemático de Padua l/a-
mado Galileo Galilei, según figura en su firma. En efecto, también él ha adoptado la doctrina coperni-
cana desde hace años. Ha enviado un ejemplar a Roma y desearía poder disponer de más ejemplares"
(G. W. XIII, n. Q 75, p. 143). Hamberger había dado dos ejemplares a Galileo, lo cual revela el prestigio
de ·este último.
• G. W. XIII, n. Q 73, p. 130. GaWeo ocupa en ese momento la cátedra de matemáticas de la Universidad
de Padua (que depende de la República de Venecia). Allí enseña geometría, la "esfera" (es decir, las bases
de la cosmología) y la mecánica. Sus investigaciones se dirigen principalmente al estudio de la caída
libre de los cuerpos y la aceleración del movimiento. Todavía no ha publicado nada.

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KEPLER, GALILEO y LA DEFENSA DEL SISTEMA DE COPÉRNICO:
LA ELECCIÓN DE UNA ESTRATEGIA

Para nosotros esta carta constituye, junto a otra del mismo año, el primer
testimonio de la adhesión de Galileo al copemicanismo que, si bien es un testi-
monio precioso, es poco explícito y aislado. Como hemos visto, el clima es muy
poco favorable en Italia a finales del siglo XVI para la difusión de ideas nuevas,
pero existían igualmente factores para propiciarlas. Gracias al desarrollo de la lite-
ratura astronómica y a la circulación de libros la información es accesible. Gali-
leo había podido leer las principales obras de los astrónomos alemanes y la corres-
pondencia de Tycho Brahe, aparecida en 1596, que contiene las discusiones
mantenidas con Rothman sobre la cuestión copemicana. Por otro lado, vivía en
Padua, pero con frecuentes contactos con Venecia, dos ciudades particularmente
tolerantes y abiertas a los intercambios culturales. Frecuentaba el círculo de Pine-
lli y Paolo Sarpi, él mismo ya copemicano confeso.
Aunque no conocemos bien cómo fue su progreso, en esta carta manifiesta
haber encontrado en Kepler un "compañero... en la búsqueda de la verdad", uno
de esos raros colegas "que no profesan una forma perversa de filosofar", y en
ella justifica su elección:

"[. ..} He descubierto, a partir de esta hipótesis [copernicanaj, la


causa de muchos efectos naturales que son seguramente inexplica-
bles mediante la hipótesis común; he articulado muchas demostra-
ciones y preparado la refutación de muchos argumentos contrarios
pero hasta el presente no me he atrevido a publicar nada de ello"
(G. W. XIII, n.º 73, p. 130).

Este anuncio evidencia claramente la voluntad de relacionar la hipóte-


sis astronómica con la explicación de los "efectos naturales". Ello demues-
tra que el interés de Galileo por el heliocentrismo no era fruto de una simple
curiosidad de matemático, sino que se debía a la intención de comprender en
conjunto el funcionamiento de la naturaleza, aunque manteniéndose en una pos-
tura vaga. Esta intención constituye también un testimonio de la importancia
que Galileo otorgaba a la búsqueda de pruebas. En respuesta, Kepler reclama
"un juicio imparcial" (ludicia incorrupta) acerca de su libro y anima a su colega
a abandonar su postura reservada. En definitiva, le expone su propia estrategia.
Copémico no puede imponerse sino gracias a la intervención de los matemáti-
cos puesto que las razones que él propone para convencer no tenían ningún peso
entre la masa ignorante, apegada siempre a sus prejuicios e incapaz de doble-
garse más que ante la autoridad. Por tanto hay que fijarse en los matemáticos
que, aunque poco numerosos y aislados en sus respectivas universidades, tra-
bajaban para alcanzar el mismo objetivo y se comunicaban sus avances por carta
con el ánimo de mostrar que la comunidad de matemáticos aprobaba unánime-
mente el copemicanismo. De este modo, esta doctrina terminaría convirtiéndose
en autoridad:

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GALILEO y LA GESTACIÓN DE LA CIENCIA MODERNA

" ...si bien mostrando estas cartas (y la tuya también me es de uti-


lidad para tal fin) se puede suscitar en el espíritu de los sabios la
idea de que los profesores de matemáticas en general están casi todos
de acuerdo 7" •

Este llamamiento no recibió ninguna respuesta de Galileo, y Kepler con-


tinúa desarrollando, sumido en un aislamiento relativo, su proyecto de puesta al
día de los fundamentos secretos del orden del mundo. En 1600, Tycho Brahe, a
la sazÓn matemático del emperador Rodolfo n, le recibe en Praga y le confía una
serie de observaciones para que corrija las teorías planetarias. Deberá ocuparse
del problema más difícil, el del movimiento de Marte y llegar, ocho años des-
pués de la muerte de Tycho, a una conclusión inesperada. Esta conclusión con-
sistió en constatar que los viejos modelos geométricos no eran ya válidos y que
se debía asumir que la curva característica de los movimientos celestes no era el
círculo sino la elipse. Este descubrimiento corresponde a las dos primeras leyes
que Kepler publicaría en la Astronomia nova en 1609. Cinco años antes había
publicado su Óptica, que contenía la primera descripción exacta del proceso de
la visión y que le será de gran ayuda algunos años más tarde para entender el
funcionamiento del telescopios.
El descubrimiento de la elipse como curva característica del modelo diná-
mico de los planetas reforzó todavía más el carácter coherente y armónico del
universo copemicano. En él, cada planeta recorre una elipse, uno de cuyos focos
está ocupado por el Sol. La variación de esa distancia respecto al sol en el curso
de su trayectoria es lo que hace variar su velocidad. Cuanto más cerca está el pla-
neta del Sol, más rápida es su velocidad, como si el Sol lo impulsara con una
fuerza magnética. Esta relación se explica mediante la llamada "ley de las áreas"
según la cual la línea que une el Sol a cada planeta barre siempre una superficie,
o un área, igual en un tiempo igual. La Astronomia nova, además de su interés
cosmológico, pone de manifiesto aún más la originalidad del método kepleriano
y la forma en la que consiguió transformar profundamente la antigua concepción
de la relación entre experiencia y teoría.
Por supuesto, tal y como ocurrió en la tradición establecida desde los grie-
gos, las observaciones de Tycho Brahe fueron el material dado a un matemático
para que éste pudiera llegar a dar una justificación geométrica. Pero ningún otro
científico, salvo Kepler, llegaría jamás al mismo resultado, incluso tratándose de

7 G. W. XIII, n.º 76, p. 145 (13 de octubre de 1597): "I1I qua ratione, mostratis litteris (quorsum etiam
mihi tuae prosunt), opinionem hanc in animis doctorum excitare potest, quasi omnes ubique professo-
res mathematum consentirent".
8 El ojo descrito por Kepler no era sólo una cámara oscura sino, de forma algo aproximada al futuro teles-

copio, un aparato óptico en el cual los rayos luminosos salidos de cada punto del objeto observado sufrían
refracciones, focalizaciones e intersecciones para finalmente producirse una correspondencia punto por
punto entre el objeto y su imagen invertida "pintada" sobre la retina.

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KEPLER, GALILEO y LA DEFENSA DEL SISTEMA DE COPÉRNICO:
LA ELECCIÓN DE UNA ESTRATEGIA

estudiosos dotados de la misma capacidad en matemáticas y del mismo nivel de


especialización. Kepler poseía además de esto una serie de convicciones cos-
mológicas, incluso metafísicas, que le impedían enfrentarse de forma aislada a
los diferentes problemas y recurrir a soluciones adicionales, tal y como se hacía
antes que él (allí donde un círculo no bastaba se añadían dos o tres más hasta
conseguir que el modelo funcionara geométricamente). Kepler se esforzó pues
en encontrar una curva simple que sirviera para todos los movimientos celestes
y al conseguirlo progresó en su diseño general. Por tanto, no es de extrañar que,
después de esta publicación memorable, quisiera conocer la reacción de otros coper-
nicanos, sobre todo la de Galileo. Las primeras noticias le llegan de Italia, pero
se refieren a otra cuestión, en concreto a los primeros descubrimientos hechos
gracias al telescopio astronómico.

KEPLER Y GALILEO: NUEVOS CONTACTOS EN 1610

El telescopio había hecho su aparición oficial en el otoño de 1608 en las


provincias de Zelanda y Holanda donde tres artesanos reivindicaron simultáne-
amente el invento. Dado que el nuevo procedimiento óptico era fácil de descri-
bir y de copiar (el telescopio no era más que un tubo que llevaba a cada lado cris-
tales parecidos a los que ya se conocían entre los ópticos), su difusión se realiza
rápidamente. En mayo de 1609 ya había vendedores de telescopios en el norte
de Italia, concretamente en Venecia. Galileo obtiene así información sobre la cons-
trucción del instrumento y se concentra en perfeccionarlo. En noviembre de 1609
ya había conseguido tener un telescopio de veinte aumentos y durante el invierno
de ese año consigue descubrir gracias a él una serie de elementos de máxima impor-
tancia para la historia de la astronomía como fueron las montañas de la Luna, la
naturaleza de las nebulosas y de la Vía Láctea o los satélites de Júpiter. .
En la primavera de 1610 anuncia estos descubrimientos en toda Europa publi-
cando su Sidereus nuncius (El mensajero celeste). Galileo no se limitó a expo-
ner simplemente estas novedades en su obra, sino que sugiere con firmeza, a veces
incluso explícitamente, que sus descubrimientos son pruebas que apoyan la vali-
dez del copernicanismo. El primer descubrimiento fue el de las montañas de la
Luna, deducido de la observación de juegos de sombras y luces en la superficie
de ese planeta. Si la Luna era un cuerpo rugoso, lleno de protuberancias y agu-
jeros, se debería pensar que era "un cuerpo parecido a la Tierra". Esta simili-
tud entre la Tierra y la Luna restó fuerza a la principal objeción que se le hizo a
Copérnico: la imposibilidad de que la Tierra se moviese, ya que estaba conside-
rada como el único cuerpo pesado del universo.

El Sidereus nuncius se ocupa menos de las estrellas fijas. La obra revela


que el telescopio las agranda menos que a los planetas pero que ello no impide

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GALILEO y LA GESTACIÓN DE LA CIENCIA MODERNA

que las estrellas metamorfoseen el paisaje del cielo nocturno. Aparecen gran can-
tidad de nuevas estrellas y la Vía Láctea ya no se ve como una nube sino como
un gigantesco conjunto de pequeños astros, si bien la explicación de esta forma-
ción queda de momento en suspenso. Enseguida llega el descubrimiento de los
satélites de Júpiter, con lo que se puede probar que es posible la existencia de
varios centros de movimiento en el universo, cosa que ya Copérnico había sos-
pechado, al asignar a la Tierra el lugar de centro secundario de movimiento con
la Luna girando a su alrededor. Al final del libro, Galileo afirma que en esta cues-
tión hay un buen argumento para calmar los escrúpulos hacia el copernicanismo
de aquellos que aceptarían el heliocentrismo de no estar desalentados por la cues-
tión de la anomalía de la Luna.
Con la publicación del Sidereus nuncius Galileo asume abiertamente parti-
cipar en el gran reto del siglo XVII, la lucha para conseguir que la nueva concep-
ción de la naturaleza, regida por la astronomía copernicana, fuera reconocida y acep-
tada. Desde ese momento Galileo se encontró en una situación de semirrivalidad
y semicolaboración con Kepler. Pese a que el Sidereus nuncius tuvo una tirada
limitada, el libro fue muy pronto conocido en toda Europa9 • Su aparición desen-
cadena aquí y allá encendidas reacciones a menudo hostiles. Se podría pensar que
en ese momento los copernicanos aunarían esfuerzos para apoyar a un aliado pero,
al menos en un primer momento, esto no fue así. Para los matemáticos alemanes
Galileo no era nada recomendable. Era italiano y católico y, por otro lado, no se
había dado a conocer como un gran especialista de trigonometría, un observador
profesional o un calculador de tablas astronómicas. Antes de 1610 no había publi-
cado más que un pequeño opúsculo sobre el uso de un compás geométrico, por lo
que parecía excesiva la manera de anunciar esos descubrimientos sensacionales y
que hablara con autoridad sobre una cuestión tan importante como el heliocen-
trismo. Por ello Galileo recibe acusaciones de falta de honestidad. Mentiroso y
astuto como todo buen florentino habría robado el telescopio a los holandeses y
usurpado o inventado sus descubrimientos. La solidaridad copernicana se da sólo
en Kepler. En tales circunstancias, éste hizo más de lo que en principio se le pidió.
El embajador de la Toscana en Praga lo llama para conocer la opinión de un experto
sobre los sucesos que venimos relatando y responde en nombre de la libertad de
filosofar haciendo que su Dissertatio cum nuncio sidereo se imprima primero en
Praga, para ir más rápido, y más tarde en Frankfurt para asegurarse una mayor
audiencia. En este libro no expuso más qu~ críticas moderadas haciendo hincapié
en lo esencial, esto es, la renovación de la visión del mundo que aporta el "men-
sajero" galileano. Explicaba que, como alemán, no tenía porqué ayudar a un ita-
liano, pero que la búsqueda de la verdad debía pasar por encima de todo.

9La primera edición del Sidereus tuvo una tirada de 550 ejemplares. Véase Galileo Galilei, Opere, ed.
Nazionale, a cura di A. Favaro (=E.N.), t. X, p. 300.

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KEPLER, GALILEO y LA DEFENSA DEL SISTEMA DE COPÉRNICO:
LA ELECCIÓ DE UNA ESTRATEGIA

Kepler demostró al hacer pública su postura que era fiel a su proyecto ini-
cial de unión de los astrónomos copemicanos, que desembocaría en un recono-
cimiento universal del heliocentrismo. Pero quisiera insistir en otro aspecto. En
su libro, Kepler no se limitó a felicitar a Galileo por sus descubrimientos, sino
que situó su obra en un contexto más vasto dentro de la historia de la cosmolo-
gía y la compara con otras, en particular con la suya. Con lo cual dejó claro que
era consciente de las diferencias existentes entre sus métodos.
Para Kepler, Galileo no era un filósofo universal: aunque muestra una habi-
lidad inigualable en la descripción y el análisis de los "efectos naturales", pasa
muy rápido por encima de la búsqueda de las causas. Cada vez que Kepler se
ocupa de evaluar la obra de Galileo distingue dos funciones complementarias pero
distintas; por un lado, la penosa deducción de causas invisibles y, por otro, la explo-
ración del mundo visible. Esto se expresa, por ejemplo, cuando Kepler pone en
evidencia hasta qué punto el genial manipulador del telescopio desconocía todo
lo relativo a los principios de la óptica e incluso no hacía ningún esfuerzo para
comprenderlos mejor, ya que parecía no haber leído sus propios trabajos sobre
la cuestión. Lo mismo se manifestó en otra serie de ideas confrontadas.
Para resaltar sus propios méritos, y también sus límites, al autor del Side-
reus lo compara con otros descubridores, por ejemplo, con los verdaderos inven-
tores del telescopio, los artesanos holandeses, y con los teóricos de la óptica, DelIa
Porta, Kepler mismo o incluso con Colón. En cada ocasión opone el genio teó-
rico y la intuición a priori al genio práctico que permite verificar los hechos.

"Conozco la diferencia que hay entre las conjeturas teóricas y la expe-


riencia de la observación, entre la discusión de Ptolomeo sobre las Antí-
podas y el descubrimiento del Nuevo Mundo por Colón y más aún la
que hay entre esos tubos con dos lentes repartidos por ahí y tu aparato,
Galileo, gracias al cual has conseguido atravesar el mismísimo cielo".

Al comienzo del capítulo sobre los satélites, Galileo es comparado con Gior-
dano Bruno, el cual ya había avanzado en parte aquello que el "mensajero celeste"
"acababa de ver con sus ojos", es decir, una multitud de estrellas desconocidas.
Es el momento de elogiar el papel desempeñado por aquellos que "por medio
del pensamiento adelantan a la experiencia transitando por campos análogos de
la filosofía" . Los precursores y los especuladores se enfrentan a los experimen-
tadores y Kepler examina su propio caso. Reconoce su deuda contraída con otros
precursores (Euclides, Platón, Copémico) pero se reserva el mérito (evidentemente
superior) de haber pasado de la simple representación matemática del universo
que daba el De revolutionibus a la aprehensión de las causas profundas. Si Copér-
nico sólo había elaborado el retrato del mundo tal y como es, Kepler había lle-
gado hasta el "porqué", penetrando en las razones matemáticas gracias a las que
Dios ha ordenado su creación.

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GALILEO y LA GESTACIÓ DE LA CIENCIA MODERNA

"si la gloria del Arquitecto de este mundo supera a la de aquél que


lo estudia, sea cual sea su inteligencia, porque el primero ha sacado
de sí mismo los principios racionales de la construcción, mientras
que el otro reconoce difícilmente y al precio de un gran esfuerzo estos
principios impresos en la creación, ciertamente aquellos que con-
ciben en el espíritu las causas de las cosas antes de que esas cosas
se revelen a los sentidos son más semejantes al Arquitecto que aque-
llos que, después de haber visto, reflexionan sobre las causas".

Si debiéramos establecer una clasificación entre los tres grandes libros de


la revolución astronómica, el Siderius nuncius, el De revolutionibus y el Myste-
rium cosmographicum, dejando a un lado que los tres verificaron y perfecciona-
ron intuiciones más antiguas (la de Bruno para el primero, las de Platón y los "pita-
góricos" para los otros dos), no nos quedaría más remedio que darle el tercer puesto
al Sidereus nuncius. Galileo es el astrónomo "del hecho" y de lo visible en sen-
tido literal, él vio a través de su telescopio, mientras que Copémico y más toda-
vía Kepler vieron a través de su inteligencia.
Este punto de vista está desde luego totalmente condicionado por la elec-
ción de Kepler, que no fue menos lúcido y que sacó a la luz una de las causas
profundas de la incomprensión mutua que impedía a los dos filósofos continuar
su relación. Después de 1610, los astrónomos continúan su labor cada uno por
su lado, cada uno en su línea, sin un verdadero intercambio.

Tras el Sidereus nuncius: los filósofos separados

Tras el Sidereus nuncius, Galileo sigue con su recogida de "pruebas". Observa


que Venus tiene fases, cosa que sugiere una analogía con la Luna (es un cuerpo
opaco que refleja la luz), y que esas fases se presentan de tal manera que prue-
ban la rotación de Venus en tomo al Sol. Más tarde, entre 1611 y 1613, el teles-
copio permite observar las manchas solares. Estas manchas se dan a conocer pri-
mero en Alemania. En junio aparece en Wittemberg el De maculis in sale observatis
de Johann Fabricius. Algo más tarde, en noviembre y diciembre de 1611, el jesuita
Christoph Scheiner envía a Mark Welser tres cartas sobre sus propias observa-
ciones de manchas (impresas en enero de 1612 y seguidas, en noviembre de 1612,
de una De maculis solaribus... accuratior disquisitio). Galileo redacta en ese
momento tres respuestas sucesivas y todo ello se publica en Roma en 1613 bajo
el título de Istoria e dimostrazioni intomo alle macchie solari... Aunque distan-
ciado de la observación, Galileo vuelve a adelantarse al ser el único que elabora
una interpretación completa y convincente. Demostró que se trataba efectivamente
de manchas, situadas en la superficie del Sol y a las que arrastra en su rotación,
manchas que no eran estables e indelebles ya que se las veía deformarse. La idea

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KEPLER, GALILEO y LA DEFENSA DEL SISTEMA DE COPÉRNICO:
LA ELECCIÓN DE UNA ESTRATEGIA

de la perfección y de la inmutabilidad de los cielos pasa, de ser esencial en la


cosmología antigua, a ser contradicha manifiestamente.
En apenas tres años Galileo ha acumulado descubrimientos útiles. Sólo ha
observado con el telescopio los objetos que pueden servirle para sus propósitos,
eligiendo la interpretación que más se aproximara a su parecer. Esta interpreta-
ción fue por supuesto justa (en la mayoría de los casos) pero no fue menos fre-
cuente la utilización selectiva y polémica de determinadas observaciones con la
finalidad de cambiar una teoría no deseable. Todas estas observaciones e inter-
pretaciones copemicanas de 1610-1613 fueron reunidas en los Diálogos de 1632,
donde fueron completadas por una nueva teoría de las mareas,1O integrándose en
un esquema demostrativo más sólido. En el primer libro, las montañas lunares,
junto con las manchas solares, vienen a sumarse a la cuestión de la refutación de
la incorruptibilidad de los cielos, mientras que en el tercero los otros descubri-
mientos del telescopio aportan pruebas positivas como la analogía entre la Luna
y los satélites de Júpiter, las fases de Venus e incluso la imagen de las estrellas
fijas (Galileo les atribuye un diámetro aparente, aunque reducido, lo que hace más
probable la idea de su inmensa distancia).
También Kepler continúa sus propios trabajos. Los éxitos de Galileo no le
han convencido de que la búsqueda de pruebas físicas del movimiento de la tierra
sea el mejor método para hacer que el copernicanismo triunfe. Piensa, por otro lado
con razón, que es imposible llegar a la conclusión de que son verdaderamente irre-
futables y continúa íntimamente convencido de la solidez de su propio método!!,
que consiste en demostrar la superioridad racional del sistema copernicano y en pro-
bar que permite evidenciar la armonía del mundo tal y como Dios la concibió. Kepler
casi alcanza su objetivo en sus Harmonices mundi libri V, publicado en 1619, que
contiene, entre muchas otras cosas, lo que se denomina su "tercera ley": el esta-
blecimiento de una relación necesaria entre los periodos de los planetas y sus dis-
tancias al Sol. En ese momento se sintió tan feliz de su hallazgo que trata de con-
solarse frente a la incomprensión que encuentra a su alrededor pensando que poco
importa (dice al comienzo del libro V) que la obra "espere cien años a su lector,
ya que Dios ha tenido que esperar seis mil años a su contemplador" .
Kepler ha roto todo contacto con Galileo, pero se interesa no obstante desde
la lejanía en sus proyectos. En 1613, se informa sobre su interpretación de las
manchas solares!2 y sobre todo después de 1616, cuando la Iglesia adopta una pos-
tura oficial frente al copemicanismo, considera que, en tanto que luterano, el asunto
le afecta directamente.

10 Antes formulada en el Discorso del flusso e reflusso del mare, enviado en 1616 al cardenal Alessan-

dro Orsini.
11 Véase sobre todo G. w., xvn, pp. 293-294.

12 Massimo Bucciantini, "Dopo il Sidereus nuncius: il copemicanesimo in Italia tra Galileo e Keplero",

Nuncius, IX, 1994, p. 25 ss.

157
GALILEO y LA GESTACiÓN DE LA CIENCIA MODERNA

La situación es en ese momento muy grave, pero sólo del lado del mundo
católico. En 1615 las posturas filosóficas adoptadas por Galileo (y el eco que
éstas comienzan a encontrar en Italia, comprendidos ciertos miembros de la Igle-
sia) le han hecho víctima de denuncias que provocan que el Santo Oficio estu-
die su caso y sobre todo la cuestión del problema general del heliocentrismo. El
padre Francesco Ingoli escribe en ese momento, bajo la forma de una carta a Gali-
leo, una Disputatio de situ et quiete terrae contra Copernici systema que jugará
un importante papel en la decisión final, que fue introducir en el Índice el De revo-
lutionibus "hasta que sea corregido" (resuelto en 1616 y publicado en 1620). Kepler
se mantiene informado de lo que pasa en Italia a través de algunos amigos 13 • Puede
así leer la Disputatio de Ingoli en junio de 1617 y se toma el tiempo de respon-
der extensamente a sus objeciones contra el movimiento de la tierra en la pri-
mavera de 1618 14 •
Su intervención no tuvo ningún éxito 15 • Al contrario, ve que su libro más
reciente, el Epítome, es introducido en el Índice. Galileo sigue actuando con
indiferencia hacia su colega. Rechaza incluso con obstinación interesarse por
sus leyes del movimiento planetario l6 . Aunque éstas estén llamadas a ser las
premisas de una auténtica "física celeste", le parece que, sin duda, estas leyes
continúan circunscribiendo el heliocentrismo al pequeño universo de los mate-
máticos, a estar condenadas a no ser comprendidas más que por una pequeña
élite 17 • Galileo se sintió fuertemente impresionado por la condena de 1616, pero
no dejó de trabajar para conseguir que la nueva filosofía triunfara, en los libros
que escribió en italiano para el público culto de la Corte de Toscana y para la
Corte papal. En lugar de buscar cómo convencer a los matemáticos de Europa,
se inclinó más hacia los cardenales romanosl 8 y muy pronto hacia el Papa mismo
cuando, por azar, el florentino Maffeo Barberini es entronizado como Urbano
VIII en 1623 19 • Esta actitud que lleva a Galileo a ignorar, o incluso en oca-
siones a despreciar, los trabajos de los astrónomos alemanes termina por moles-

13 A través de su "discípulo" Vincenzo Bianchi, de Remus Quietanus (médico y astrónomo alemán que

se había establecido en Roma después de haber estudiado en Padua), y de Tommaso Mingoni, médico
imperial en Praga.
14 Kepler, G. W., 1. XX, 1, p. 168 ss. Véase el análisis de Massimo Bucciantini, Contro Galileo. Al/e ori-

gini del/'Affaire, Florencia, Olschki, 1995, pp. 106-114.


" Ingoli no prestó atención a los razonamientos de Kepler sino para arremeter contra ellos en sus Repli-
cationes de situ et motu Terrae contra Copernicum ad Joannis Kepleri impugnationes (octubre 1618),
ed. En M Bucciantini, Contro Galileo..., p. 177-205.
16 Véase principalmente E. N., XIV, p. 340; E. N., XVI, p. 163.

17 Galileo reconoce que Kepler es un espíritu libre, pero diférente a él (19 nov. 1634, en Micanzio E. N.,

nº 3018).
18 Sobre las relaciones entre Galileo y sus círculos preferidos véase Mario Biagioli, Galileo courtier, Chi-

cago, 1993.
.. !9 Sobre el impacto de esta elección véase P. Redondi, Galileo eretico, Turín, 1983.

158
KEPLER, GALILEO y LA DEfENSA DEL SISTEMA DE COPÉRNICO:
LA ELECCIÓN DE UNA ESTRATEGIA

tar a Kepler20 • Cuando en una discusión sobre la naturaleza de los cometas Gali-
leo ataca los trabajos de Tycho Brahe, se propone defenderlo publicando un Tycho-
nis... Hyperaspistes (Frankfurt, 1625)21. Este libro, que contiene un apéndice
en el que se introducía una crítica bastante severa del Saggiatore de Galileo
constituye, simbólicamente, el último encuentro entre los dos astrónomos (Kepler
morirá en 1630), que trasluce claramente el desacuerdo de dos copernicanos.

CONCLUSIÓN

El doble combate entre Kepler y Galileo para lograr que el copernicanismo


fuera reconocido nos parecen, pues, historias separadas que se cruzaron en raras
ocasiones. El contexto histórico, las rivalidades políticas, los enfrentamientos reli-
giosos, jugaron con toda seguridad un importante papel en esa imposibilidad de
colaborar. Kepler se sentía de alguna forma el heredero de la brillante tradición
astronómica germánica, mientras que Galileo, que soñaba con hacer que la Igle-
sia Católica aceptara el heliocentrismo, prefería olvidar que esta doctrina había
estado representada hasta ese momento por contribuciones luteranas.
Desde otro punto de vista, no obstante, la imposibilidad de una alianza entre
los dos grandes filósofos podría parecer ejemplar. Si jamás pudieron entenderse
fue precisamente porque cada uno seguía sin concesiones su propia lógica en el
proceso investigador.
Kepler mantuvo, inserto en la tradición platónica, la idea de la primacía
de la razón en el establecimiento de las verdades cosmológicas. Su defensa de
Copérnico consistió en trabajar con el objetivo de desentrañar las causas inteli-
gibles que gobiernan el orden del mundo, su geometría secreta. Galileo, por su
parte, eligió probar la validez del sistema heliocéntrico mediante los "efectos natu-
rales", demostrando que diversos fenómenos físicos no podían explicarse más que
con este sistema cosmológico.
Sería ridículo tratar de otorgar a uno o a otro más o menos importancia.
Podríamos apuntar una mínima diferencia, que Galileo se comprometió con el camino
más difícil (las primeras pruebas "materiales" del heliocentrismo no serán acce-
sibles hasta el siglo XIX) y su empresa encontró antes sus límites que la de Kepler.

20 En su Admonitio ad bibliopolas exteros, praesertim Italos (1619), Kepler se queja de los imprudentes

que comprometen su propia causa (señalando probablemente a Galileo): "In uno terrae motu cuca Solem
annuo difficultas oritur; eO quod itnportunitate quorundam, dogmata astronomica loco non suo, ne qua
par erat methodo, proponentium, effectum est, ut lectio Copernici, quae ab annis paulo minus octiginta
(ex quo Paulo III Summo Pontifici opus dedicatum) liberrima fuit; suspensa porro sit, donec emende-
tur" (G. w., VI, p. 543).
21 Véase también E. N., XIII, p. 299 Yla carta del 11 de enero de 1626 en la que Galileo, tras la lectura

del Hyperaspistes, presume de no haber comprendido casi nada hasta el appendix, quizás por la "stra-
vaganza dello stile dell'autore" (E. N., XIII, p. 301).

159
GALILEO y LA GESTACIÓN DE LA CIENCIA MODERNA

Preferiría mencionar, para terminar, algo que les acercó: ambos tuvieron
en común la posibilidad de establecer sus hipótesis y desarrollar la interpretación
de sus resultados dentro del contexto riguroso de una concepción del universo
en definitiva bastante parecida. Aunque Galileo fue menos místico que Kepler,
y menos guiado por la abstracción, creía también en la inflexible coherencia de
la naturaleza.

Traducción del francés de Maravillas Aguiar


Facultad de Filología. Universidad de La Laguna

160
LOS COMETAS Y GALILEO

John Beckman,
Instituto de Astrofísica de Canarias

La historia de Galileo y los cometas muestra la relativa dificultad para el desa-


rrollo de la investigación científica en un mundo dominado por la superstición y la
ceguera ideológica. La idea que voy a desarrollar en este artículo es que la natura-
leza de los cometas frustró a Galileo, en el sentido de que él sabía que no entendía
ni su composición ni la forma de sus órbitas, y por tanto, no supo incorporarlos a
su modelo del Universo: el de Copérnico.
Sin embargo, sus observaciones de los planetas le habían convencido de
que el modelo copemicano explicaba la fenomenología del cielo de una forma
mucho más coherente que las teorías rivales.

Figura 1. Dibujos de una clasificación de diferentes formas


de colas cometarias encontrados en la tumba de un
emperador chino de la dinastía Han, circa 168 a.C.

161
GALILEO y LA GESTACIÓN DE LA CIENCIA MODERNA

Así, hizo lo posible para sostener el copernicanismo dentro de las limita-


ciones de su conocimiento. Tanto en este aspecto como en varios de sus ensayos
teóricos, cometió lo que para nosotros son errores importantes, pero en sus ideas
sobre los cometas sabía bien que no tenía una historia coherente, y se defendió
atacando las teorías de sus rivales.

l. LA HISTORIA NATURAL DE LOS COMETAS

Antes de poder comprender sus dificultades, debemos tener en la mente


un resumen de la física de los cometas. Empezaré con la formación de un sis-
tema solar como el nuestro. Una nube de gas interestelar, esencialmente de hidró-
geno y helio, se condensa por la acción de la gravedad y forma una estrella. Los
restos de la nube van a constituir los miembros menores de un sistema solar, según
su tamaño y distancia de la estrella. La rotación juega un papel importante en el
proceso. La nube original gira lentamente antes de su colapso, pero al conden-
sarse adquiere una velocidad de rotación rápida, como un patinador que recoge
sus brazos hacia el cuerpo. El resultado es que la concentración que va a formar
la estrella (la llamaremos "el Sol" de aquí en adelante) termina por girar sobre
su eje con rapidez. La condensación central forma el Sol, y finalmente la mate-
ria restante se convierte en planetas, asteroides, cometas y meteoritos. Los pla-
netas son los trozos más grandes de la nube original (salvo el del Sol mismo).
Los que se formaron más cerca del Sol-Mercurio, Venus, la Tierra y Marte- per-
dieron por evaporación sus gases ligeros, el hidrógeno y el helio, debido al calor
solar, mientras los más alejados -Júpiter, Saturno, Urano y Neptuno-- han rete-
nido los suyos, con lo cual son más grandes pero menos densos.
Las leyes de la dinámica, la de la gravedad y la del movimiento cuasi-cir-
cular, implican que la velocidad de un planeta en su órbita decrece sistemática-
mente con su distancia al Sol, expresada numéricamente por Kepler en su ter-
cera ley del movimiento planetario.
Detengámonos por un instante en el momento angular de los cuerpos del
Sistema Solar, para ver una paradoja muy del gusto de Galileo. Mientras el Sol
contiene el 99% de la masa del Sistema Solar, posee menos del 1% de su momento
angular; el otro 99% está en los planetas. Esto sucede porque el Sol está muy cerca
del centro de gravedad del Sistema, y el momento angular de un cuerpo es el pro-
ducto de su masa, la velocidad de giro alrededor del eje de rotación relevante y
la distancia del cuerpo al eje. Los planetas están muy lejos del eje central y así
su momento angular colectivo es mucho mayor que el del Sol, aunque sus masas
sean tan pequeñas en comparación. La nube de la cual se formó el sistema tenía
que haber compartido su momento angular de forma homogénea y entonces cada
cuerpo formado a partir de ella tendría un momento angular proporcional a su

162
Los COMETAS Y GALILEO

masa. Según esta idea el Sol debe tener el 99% del momento angular y no el 1%.
La explicación de esta discrepancia es que el Sol tenía (y tiene) un viento de par-
tículas que se escapan de su superficie con alta velocidad y que interactuaron con
el gas que formó los planetas, transfiriendo casi todo el momento angular del Sol
original a los planetas.
La razón de describir este proceso, que parece tener poco que ver con los
cometas, es que refleja una conocida idea de Galileo que ha sido muy criticada
por inverosímil. En su carta a Castelli (1), donde interpreta la famosa escena bíblica
de Josué con el Sol parado en el cielo, Galileo ofrece la hipótesis de que no era
el movimiento orbital sino la rotación del Solla que se paró por el milagro, y que
este parón podía causar el cese temporal de la rotación de cada planeta sobre su
eje, deteniendo así la secuencia de día y noche en la Tierra, dentro de un marco
copemicano del Sistema Solar. La idea subyacente era que la rotación de los pla-
netas se controla de forma más o menos directa por la rotación del Sol mediante
un mecanismo no conocido. Si aceptamos que la única forma de interacción entre
el Sol y los planetas es y ha sido la
de la gravedad, esta idea nos parece
absurda y pone en cuestión el sentido
de la física de Galileo. Sin embargo, M
el viento solar, descubierto hace
sólo medio siglo, y ahora conocido
como una propiedad de cualquier
estrella en mayor o menor grado, es
exactamente un efecto que emana del
Sol y que ha afectado fuertemente a
la rotación de los planetas en sus órbi-
tas y en sus ejes. Ironías de la Cien-
cia y de los juicios históricos que se
hacen sobre ella. De todos modos, la e D
teoría de Galileo era obviamente erró-
nea y la mejor manera de considerar
la historia bíblica original sería, Figura 2. Esquema de la segunda ley de movimiento
como en cualquier buena historia de planetario de Kepler. Para que un objeto barra áreas
ciencia ficción, la de una en la que iguales en tiempos iguales, tiene que moverse mucho
más rápidamente en el arco AB que en el arco GH
las leyes de la física se pueden abo-
lir para crear una narración atractiva.
Además de los planetas, el Sistema Solar contiene cuerpos menores: asteroi-
des, meteoritos, y cometas. Los asteroides son planetas menores, con órbitas casi
circulares, pero los cometas tienen órbitas muy alargadas con los perihelios muy cerca
del Sol y los afelios mucho mas alejados que Neptuno y Plutón. Todos los que obser-
vamos tienen órbitas elípticas: son miembros del Sistema Solar, pero éstas son tan
grandes que, salvo cuando están muy cerca del Sol, parecen moverse en línea recta.

163
GALILEO y LA GESTACIÓN DE LA CIENCIA MODERNA

En el marco de nuestro modelo actual del Sistema Solar, ¿cómo podemos


entender los cometas? Las leyes que gobiernan el comportamiento orbital de todos
los cuerpos del Sistema Solar son las tres enunciadas por Kepler, basadas en las
observaciones de Tycho Brahe. Las dos primeras se publicaron en su Comenta-
rio sobre el movimiento de Marte del año 1609 (2). La primera dice que los pla-
netas describen órbitas de forma elíptica, con el Sol en uno de sus focos, y la segunda
dice que una línea construida entre un planeta y el Sol (el "radio vector" entre
ellos) barre áreas iguales en períodos de tiempo iguales. (La tercera dice que la
razón de los períodos cuadrados de dos planetas en sus órbitas es proporcional a
la razón de los radios cúbicos de ellas. La tercera leyes una muy buena aproxi-
mación para órbitas que son casi circulares -el "radio" es un valor promedio de
la distancia entre el planeta y el Sol- pero no se puede aplicar directamente a las
órbitas muy alargadas, como las de los cometas). Sabemos bien que uno de los
triunfos de Newton fue el de inferir estas leyes a partir de su ley universal de la
gravedad, combinada con las leyes generales del movimiento, y así comprobar
que la mecánica de los cuerpos celestes es la misma que la mecánica de los cuer-
pos terrestres (entre otras muchas implicaciones). Las primeras dos leyes son váli-
das para cualquier sistema de dos cuerpos en órbita sometidos a la gravedad, sin
que el hecho de ser planetas o cuerpos menores afecte a esa situación. Basándo-
nos en las leyes de Kepler podemos conocer el comportamiento dinámico de un
cometa, incluso antes de tener una teoría completa de su origen y naturaleza.
Cualquier objeto en órbita alrededor del Sol, cumple las dos primeras leyes
de Kepler, esto es, sigue un camino elíptico, con el Sol en un foco, y tiene que
moverse mucho mas rápidamente cerca del Sol que en la parte lejana de la órbita
para que el radio vector barra áreas iguales en períodos iguales. Imaginemos un
experimento en el cual se deja caer una piedra hacia el Sol desde una distancia
grande, diez o más veces mayor que el radio orbital de Neptuno; esta caerá con
una velocidad creciente, atraída por la gravedad del Sol. Si tuviese un poco de
velocidad inicial perpendicular a su dirección de caída, no terminaría en el Sol,
sino que pasaría a su lado, pero la enorme fuerza de la gravedad cambiaría su
dirección drásticamente, dando una vuelta rápida al Sol, volviendo hacia su lugar
de origen. Tendríamos entonces una órbita muy alargada, casi lineal, una elipse
con el sol en un foco, y su movimiento cerca del perihelio sería mucho más rápido
que en el resto de la órbita.
Esta es una descripción de un cometa en términos puramente dinámicos:
un objeto que por una razón u otra cae hacia el Sol desde muy lejos, describiendo
una órbita elíptica, pero tan alargada que parece lineal sobre gran parte de su tra-
yectoria. Cerca del Sol se mueve rápidamente, y más lejos se mueve con relativa
lentitud. ¿Pero qué son los cometas y de dónde vienen? La teoría aceptada del
origen de los cometas se debe a uno de los astrónomos más creativos del siglo
XX, uno de los padres de la radioastronomía, y un gran experto en la dinámica
galáctica, el holandés Jan Oort (3). Oort postuló que una parte de la nube inicial

164
Los COMETAS Y GALILEO

que formó el Sistema Solar se encuentra en las afueras del Sistema, a casi la mitad
de la distancia de la estrella más cercana. Esta nube tiene la forma de un enjam-
bre de pequeños cuerpos; rodeados por un gas tenue, que contiene desde partí-
culas muy pequeñas de polvo hasta objetos del tamaño de un asteroide (unas dece-
nas de kilómetros de diámetro). Un nódulo de los grandes consiste en una mezcla
de materiales a los que llamamos piedra, con materiales a los que llamamos hielo.
Hay una tendencia secular y lenta de los trozos más grandes de este material a
crecer debida a la incorporación de las partículas de su entorno bajo la acción de
su gravedad. La nube, antes de la formación del Sol y de los planetas, llega a tener
la forma de un disco porque la fricción interna de cualquier nube en rotación alre-
dedor de un eje adopta esta forma, que se repite en todas las escalas de los cuer-
pos gravitatorios en rotación del Universo, tales como las galaxias, o los discos
alrededor de los agujeros negros. La forma característica de disco se impone con
relativa rapidez en un gas en el espacio, más rápidamente que los procesos que
dan lugar a cuerpos del tamaño de una estrella o un planeta. Así, cuando el mate-
rial del Sistema Solar estaba tan comprimido como para que se formasen el Sol
y los planetas, su estructura era la de un disco, con un eje común de rotación.
Ésta es la razón física por la que los planetas giran en sus órbitas en un plano, el
plano de la eclíptica, y por la que tanto el Sol como los planetas tienen sus ejes
de rotación no muy lejos de la perpendicular a ese plano.
La parte más externa de la nube del Sistema Solar contiene muchos come-
tas. Son de un tamaño similar al del Teide y están formados por una mezcla de
piedra y hielo. Esa nube se llama "la nube de Oort"; su existencia la propuso Jan
Oort para explicar un aspecto llamativo de la fenomenología de los cometas. El
cometa más conocido es el Cometa Halley, que se acercó al Sol y a la Tierra por
última vez en el año 1986, y vuelve cada 76 años. Hay un buen número de come-
tas con periodos de no muchos años, los cometas de periodo corto. En los años
60 las observaciones de la cantidad de material que se perdía de un cometa cada
vez que hacía una pasada alrededor del Sol, permitieron a Oort calcular que un
cometa del tamaño del Halley debía tener una vida de unos 10 millones de años
antes de disiparse por completo. Pero mediante observaciones espectroscópicas
de las razones isotópicas de oxígeno y carbono en los cometas, ya se sabía que
tenían una composición similar a la del Sistema Solar en la época de su forma-
ción. Es decir, un cometa debe tener una vida efectiva de unos 5 mil millones de
años. La aparente incompatibilidad entre estas dos mediciones fue resuelta por
Oort. Su teoría, ahora considerada como la única capaz de explicar las observa-
ciones cuantitativas, es que hay una nube de cometas -resto de la parte exterior
de la nube que dio lugar al Sistema Solar- permanentemente in situ a una dis-
tancia entre 50.000 y 150.000 unidades astronómicas del Sol (el límite exterior
está aproximadamente a la mitad de la distancia de la estrella más cercana). En
su estado de equilibrio, estos cuerpos tienen órbitas casi circulares, con veloci-
dades orbitales muy bajas alrededor del Sol, de acuerdo con la tercera ley de Kepler.

165
GALILEO y LA GESTACIÓN DE LA CIENCIA MODERNA

La forma original del modelo de Oort predice que, con intervalos de unos 10 millo-
nes de años, el Sol y alguna estrella se acercan durante sus órbitas alrededor de
la Galaxia de tal forma que la estrella se encuentra dentro de la nube de los come-
tas, la "nube de Oort". Su presencia perturba de forma más o menos fuerte las
órbitas de los protocometas. En la gran mayoría de los casos, esos protocometas
son expulsados del Sistema Solar y capturados por la estrella, o bien se encuen-
tran en una órbita libre dentro de la galaxia. Pero en un pequeño número de casos,
la perturbación de la estrella envía el cuerpo cometario casi directamente hacia
el Sol. Entonces, el cuerpo adquiere una órbita muy alargada, y en su acercamiento
al Sol la combinación de la radiación y el viento solar liberan la materia conge-
lada de la parte más superficial. Eso da lugar a la imagen clásica de un cometa,
con el núcleo, la parte sólida formada por piedra y hielo, una "coma" brillante
donde se concentra la parte más importante de los gases liberados por los efec-
tos de la proximidad del Sol, y una cola más o menos larga, formada por una nube
muy larga y tenue de gas expulsado del cometa y que es empujado hacia afuera
por la presión de la radiación solar y de su viento. Aunque el cuerpo sólido del
cometa, el núcleo, puede tener el tamaño de una montaña terrestre, la coma puede
tener un diámetro mas grande que un planeta, y la cola puede llegar a una lon-
gitud comparable a la distancia Tierra-Sol. La cola es tan tenue que si pasara por
la atmósfera de la Tierra, sus efectos serían totalmente despreciables y así, los
antiguos temores por la integridad del planeta Tierra como consecuencia de los
cometas no tienen fundamento (El impacto del núcleo de un cometa sobre la Tie-
rra, que sería similar al de un asteroide pequeño podría causar gran daño, sobre
todo climático. Pero las probabilidades no son muy altas por unidad de tiempo).
El empuje de la radiación y del viento solar hacen que la cola de un cometa siem-
pre salga del núcleo en una dirección básicamente opuesta al Sol.
Hay un par de detalles más que merecen ser explicados. En general hay
dos tipos de colas que suelen aparecer simultáneamente: colas del llamado tipo

Figura 3. El cometa Halley en su aparicición de 1532, dibujado por


P. Apian, mostrando la cola siempre apuntando en la dirección opuesta.

166
Los COMETAS Y GALILEO

I Y de tipo II. Una cola de tipo II se compone de partículas finas de polvo (5),
que responden a la presión de la radiación solar, mientras la cola de tipo I se com-
pone de iones (6), átomos cargados, que responden al flujo de partículas en el
viento solar. A menudo las dos colas del mismo cometa se pueden observar por
separadas, porque la cola de polvo va directamente a lo largo del radio Sol-cometa,
mientras la de plasma (de los iones), adopta una dirección que es la resultante de
la velocidad del viento solar y la del cometa, y las dos direcciones no son idén-
ticas, aunque no se separan mucho entre sí.
Las investigaciones sobre los cometas siguen muy activas. Ahora se sabe
que hay una parte de la nube de Oort, la "nube interna de Oort" (7), efectiva-
mente ligada al Sol, de donde provienen los cometas que pueden llegar cerca de
la Tierra, y donde residen entre 1 y 10 millones de ellos (8). Pueden parecer muy
numerosos, pero la masa total de ellos es entre diez y cien veces la masa de la
tierra, mucho menor que la masa del Sol.
Hay una cuestión clave para explicar el porqué algunos cometas tienen perio-
dos cortos. Un cometa que inicia una órbita desde dentro de la nube de Oort tarda
unos cinco millones de años en llegar cerca del Sol, lo que implica un período orbi-
tal de alrededor de diez millones de años. Tal cometa pasará casi toda su órbita en
movimiento muy lento, con un aspecto totalmente sólido y congelado, sin coma ni
cola. Tiene solamente un breve periodo de gloria, su cita con el Sol, de unas sema-
nas, cuando se viste de gala para el ojo humano. Una órbita así no se distingue de
la de un objeto que llega desde fuera del Sistema Solar; así, hasta hace poco tiempo,
se suponía que muchos cometas eran cuerpos con origen fuera de nuestro Sistema,
claramente distintos a los miembros del mismo, como el cometa Halley, con perio-
dos de decenas de años. Ahora sabemos que los cometas con periodo corto no son
diferentes en su origen, sino que viajan así porque en un pasado no muy distante
fueron perturbados al pasar cerca de un planeta, el más influyente de los cuales es
Júpiter, debido a que su masa excede a la suma de las masas de los demás plane-
tas. Todos los cometas empezaron en la nube de Oort, pero algunos reciben un impulso
de la gravedad de Júpiter que afecta a sus órbitas y que puede reducir sus periodos
drásticamente. Estos cometas son realmente de la familia Sol-Júpiter, más que del
Sol solamente. Un ejemplo de ellos es el cometa Shoemaker-Levy, de triste memo-
ria, que terminó su vida violentamente chocando contra la atmósfera joviana.

1I. LAS IDEAS SOBRE LOS COMETAS ANTES DE LA ÉPOCA DE TYCHO,


KEPLER y GALILEO

a) Las dos teorías clásicas


Ahora que sabemos a grandes rasgos las propiedades de los cometas pode-
mos intentar metemos en la piel de los astrónomos de los siglos XVI y XVII para
ver como hicieron sus hipótesis. Se podía elegir entre dos ideas básicas; la pri-

167
GALILEO y LA GESTACIÓN DE LA CIENCIA MODERNA

mera, debida a Aristóteles (9), consideraba a los cometas como objetos meteoro-
lógicos, y la segunda, cuyo defensor principal en la época clásica fue Séneca, era
la de la naturaleza planetaria de los cometas. La razón por la cual Aristóteles con-
sideró a los cometas como fenómenos terrestres fue su evidente cambio de forma,
que era incompatible con su pertenencia a las inmutables esferas translunares. Su
explicación de los mismos es que ciertos vapores telúricos suben por la atmósfera
terrestre hacia la esfera lunar donde, por roce giratorio, se calientan y se encien-
den, dando lugar a una emisión de luz de forma más o menos alargada. Esta idea
estaba en contradicción con otras teorías que defendían la idea de que un cometa
es una unión de planetas conocidos (Anaxágoras y Demócrito) o simplemente un
tipo de planeta que se deja ver a intervalos largos (Hipócrates de Quíos, y Esquilo).
Según los últimos, la cola es una reflexión de la luz del Sol en la humedad cer-
cana al planeta, y que se ve en ciertas orientaciones. La teoría de Aristóteles es
coherente con su cosmología, y explica no solamente la fenomenología de un cometa,
sino sus supuestos efectos en la Tierra. Así, si hay una aparición de cometas con
cierta frecuencia, a ésta siguen vientos calurosos y sequías debido a la abundan-
cia del elemento fuego en ese momento. La teoría de los cometas está descrita en
el primer libro de la "Meteorología" de Aristóteles, de acuerdo a su distinción fun-
damental entre la zona supralunar, donde el movimiento es eterno y circular, y el
cambio y la corrupción no son posibles, y la zona sublunar en la que el movimiento
es transitorio y rectilíneo hacia el centro, con materia corruptible. Para derrocar
esta teoría de los cometas había que derrocar toda una cosmología, lo que explica
la longevidad histórica de la teoría de cometas de Aristóteles.
La otra teoría sobre la naturaleza de los cometas en la época de la ciencia
greco-romana proviene de Séneca (lO), casi tres siglos después de Aristóteles.
Séneca era un estoico y una figura más literaria que científica, pero su estilo ameno
y al mismo tiempo riguroso sobre temas de filosofía natural hizo de su obra un
punto de referencia hasta el siglo xv. Las Cuestiones Naturales es una obra de
siete volúmenes sobre fenómenos de la naturaleza, muchos de ellos de meteoro-
logía y de geografía física. En ella Séneca trata los cometas en el primer tomo,
y sobre todo en el séptimo dedicado enteramente a ellos. Séneca compara y con-
trasta los cometas y los planetas. Su punto de vista sobre los cometas ilustra una
mentalidad muy diferente a la de Aristóteles. El estudio de los cometas es para
él un elemento más en la búsqueda de una respuesta a la cuestión de la natura-
leza de los objetos en el Universo, sin hacer ninguna distinción entre lo supralu-
nar y lo sublunar, entre lo permanente y lo temporal. Su actitud es humilde ante
los hechos observacionales, y este aspecto lo asemeja a un científico experimentalista
moderno; considera varias teorías sobre la naturaleza de los cometas y las deses-
tima, como la de que un cometa es la unión de dos o más planetas, incluso de
muchos que no son normalmente visibles pero que se hacen visibles al agru-
parse. Su argumento en contra es que un planeta muestra una secuencia de inten-
sidades de más a menos luminosas, y después de menos a más, según su órbita

168
Los COMETAS Y GALILEO

circular, mientras que un cometa aparece con un máximo brillo, que disminuye
sistemáticamente. También descarta Séneca la teoría según la cual los cometas
se componen de estrellas débiles, o son brotes de fuego repentinos en la atmós-
fera. Él defiende que un cometa es un objeto lejano, como un planeta, pero con
una órbita diferente y admite que no se encuentran solamente en el zodíaco, como
los planetas, pero no sabiendo suficiente sobre las órbitas de los astros en gene-
ral, no podemos excluir la pertenencia de los cometas a la familia de los plane-
tas. Séneca argumenta que el hecho de que los cometas no tengan la misma apa-
riencia que las estrellas o los planetas no elimina la posibilidad de que pertenezcan
a la zona supralunar y dice que hay una gran variedad de tipos de objetos en el
cielo, e insiste en lo importante de las observaciones para entender el fenómeno
de los cometas, que son difíciles en este aspecto. Tanto la teoría de Séneca como
su actitud son sorprendentemente modernas; se podría pensar que no tenía base
para su teoría (como Demócrito no tenía base para ser atomista) pero eso sería
descartar lo que es la intuición científica moderada por la razón (lo que hoy día
se llamaría una infraestructura teórica). Aunque hay bastante escrito sobre los come-
tas hasta la época de Ptolomeo, en el siglo II d.C., podemos seleccionar el modelo
aristotélico y el modelo de Séneca como paradigmas de teorías terrestres y celes-
tes respectivamente. Ptolomeo adoptó esencialmente el modelo de Aristóteles, tanto
para los cometas como para su cosmología en general.

b) Las distancias a los cometas: la metodología de Regiomontano, aplicada


por él y sus sucesores, incluyendo a Tycho Brahe
En este artículo no puedo pretender ni siquiera resumir todas las observa-
ciones o las especulaciones teóricas sobre los cometas en el período medieval.
He seleccionado la obra de Regiomontano porque tiene relevancia directa con las
discusiones que involucraron a Galileo un siglo y medio mas tarde. Uno de los
datos decisivos a la hora de decidir la naturaleza de los cometas es el de su dis-
tancia a nosotros. El método universal para medir distancias grandes en la super-
ficie de la Tierra y distancias cortas en el espacio exterior es el del paralaje, esto
es, medir el ángulo subtendido por el objeto distante visto desde dos sitios cuya
separación se conoce.
En el caso de un objeto astronómico esta separación tiene que ser grande,
a ser posible el diámetro de la Tierra, y el ángulo se mide suponiendo fijas las posi-
ciones de las estrellas. La Luna, vista desde puntos opuestos del diámetro de la
tierra tiene posiciones angulares separadas por algo menos de dos grados, que son
cuatro veces su propio diámetro. El paralaje lunar es medible así con relativa faci-
lidad con instrumentos sin lentes, desde dos ciudades cuya separación puede ser
la de unos pocos miles de kilómetros; de esta manera la distancia a la Luna se
pudo estimar con errores de menos del 10% antes de la época de Tycho. Un dato
importante para averiguar la naturaleza de un cometa era estimar su paralaje para
ver si estaba situado más o menos distante que la Luna. La Luna es, con mucho,

169
GALILEO y LA GESTACIÓN DE LA CIENCIA MODERNA

el objeto astronómico más cercano a la Tierra (salvo unos pocos e infrecuentes


asteroides), con lo cual los paralajes de los objetos astronómicos en general son
menores (bastante menores). Si un cometa en su paso cerca de la órbita de la Tie-
rra tuviera una distancia de perigeo de 2 millones de kilómetros (valor no típico
sino pequeño para un cometa) su paralaje diametral desde la tierra sería algo mayor
que 20 minutos de arco. Desde dos observatorios separados por la mayor distancia
posible en una zona que comprendiese a Europa y al Oriente Medio, el paralaje
sería de unos 6 minutos de arco, es decir la quinta parte del diámetro de la Luna.
Incluso con instrumentos sin lentes, este paralaje es medible si hay estrellas más
o menos brillantes cerca del núcleo del cometa y con condiciones cercanas a las
ideales. Sin embargo, un cometa que viaja en una órbita con dirección al Solo
que sale de su perihelio cruzará la órbita de la tierra, en una dirección casi per-
pendicular a ella, a una velocidad del orden de 40 Km/sg. que es equivalente a
3.5 millones de Kms en un día. Su cam-
biode posición en el cielo ocasionado por
ese movimiento es suficiente para impe-
..
dir cualquier intento de medir su distan-
cia a través de su paralaje, si las medi-
das no se hacen de forma simultánea. El
cometa se mueve, perpendicularmente a
la línea de visión, a lo largo de un espa-
cio de 4.000 Kms en 100 segundos. Esos
4.000 Kms pueden representar la misma Figura 4. llustración esquemática del método de
distancia, en la Tierra, entre los dos pues- paralaje: triangulación directa para determinar
tos de observación. De esto se infiere que, distancias a objetos no muy distantes de la tierra.
si las medidas de la posición del cometa
de los dos observatorios se hacen con un intervalo de tiempo superior a 100 segun-
dos, la medida no es válida. De hecho, para asegurar una medida correcta, la dife-
rencia debe ser del orden de 10 segundos o menor. Poder sincronizar dos observa-
ciones a través de un continente en el siglo XV o XIV con una precisión de 10
segundos es imaginar lo imposible. Esta cifra sobre los intervalos de tiempo es válida
independientemente de la distancia del cometa, pero a una mayor distancia la medida
del ángulo es intrínsecamente más difícil. Solamente con el invento del cronóme-
tro marino en el siglo XVIII hubiera sido posible imaginar tal observación.
Un método alternativo al del uso de dos sitios fijos, consiste en usar la rota-
ción de la Tierra para obtener una línea de base. Durante un día el observador
gira del extremo oeste al extremo este de la Tierra, lo que evita la necesidad de
usar dos observatorios. Este método se conocía en el siglo XV (y sus detalles fue-
ron elaborados matemáticamente por Regiomontano), pero adolece de dos difi-
cultades básicas: la primera es que necesita resolver unos problemas más o menos
complejos de geometría esférica y requiere un entendimiento conceptual sobre
cómo gira la tierra; la segunda es la misma que se plantea con dos observatorios:

170
Los COMETAS Y GALll..EO

si hay movimiento propio significativo del objeto el método es muy difícil de apli-
car.
Regiomontano nació en Konigsberg, Baviera, en 1436 y obtuvo su licen-
ciatura por la Universidad de Viena con solo 15 años de edad. Estableció un obser-
vatorio de su propiedad con la ayuda de un mecenas y también una editorial para
la producción de obras de matemáticas y astronomía, tanto antiguas como moder-
nas (entre ellas, tablas astronómicas y matemáticas). En 1475 el Papa Sixto IV
le invitó a Roma para colaborar en la reforma del calendario. Murió allí, menos
de un año después de su llegada. Regiomontano publicó dos trabajos sobre come-
tas. Uno era teórico y bastante amplio, Dieciséis problemas sobre la magnitud,
longitud y situación verdadera de los cometas, publicado finalmente en 1531 (se
produjo una larga historia de lucha legal sobre sus manuscritos, lo que impidió
la publicación hasta casi un siglo después de su muerte). El segundo, una obser-
vación del cometa de 1475, no fue publicado hasta 1544 (11). Su trabajo sobre
los elementos físicos de los cometas pretendía resolver el problema del paralaje
diurno, es decir, el paralaje estimado aprovechando la rotación de la Tierra. Era
una obra puramente matemática, en la que explicaba cómo, desde una serie de
posiciones en la superficie de la Tierra y diferentes posiciones del cometa en el
cielo, se podía estimar la distancia al cometa usando su paralaje.
Regiomontano trata el problema desde un punto de vista geométrico, supo-
niendo que el radio de la esfera de las estrellas fijas (elprimum mobile) es mucho
más grande que el de la Tierra. Explica cómo determinar la razón de la distancia
del cometa al radio de la Tierra, mediante una serie de medidas de la posición
angular del cometa con respecto a una muestra de estrellas y al polo norte del
cielo. Trata, un caso totalmente general, donde las medidas se hacen en momen-
tos arbitrarios de la noche, y también casos más sencillos de calcular, como aquel
en el que una de las medidas se hace con el cometa en el meridiano. El único
parámetro que se necesita para computar la distancia del cometa usando dos medi-
das de su posición en el cielo (tanto con respecto a tres estrellas fijas, como con
respecto al horizonte y al polo norte) y conociendo la latitud del observador, es
el radio de la Tierra. Una vez determinada su distancia y con el uso de un ins-
trumento simple para medir su radio (el radio de la coma) se puede determinar
su tamaño absoluto y su volumen. Regiomontano estaba perfectamente al tanto
del problema de un eventual movimiento propio del cometa. Sugirió estimarlo
midiendo este movimiento durante un tiempo largo de, como mínimo, varios días
y sustraer el valor medio diurno del paralaje modificado para obtener el paralaje
verdadero.
La metodología de Regiomontano es correcta y rigurosa. Su uso permiti-
ría establecer las distancias a los cometas de forma precisa. Es una obra mate-
mática que impresiona por su percepción y elegancia. Sin embargo, este método
nunca hubiera servido a los astrónomos de su época, por lo pequeños que son los
paralajes de los cometas y sus relativamente grandes (y no constantes) movimientos

171
GALILEO y LA GESTACIÓN DE LA CIENCIA MODERNA

propios. En un tratado de la época también atribuido a Regiomontano (pero de


muy dudosa autenticidad) la aplicación de su metodología de forma bastante burda
a las observaciones del cometa de 1472 lleva a la conclusión de que el paralaje
de aquel cometa era de 6 grados, un valor tremendamente alto que hubiera puesto
el cometa a una distancia de 12.000 kilómetros de la Tierra. Esta medición dice
más sobre lo rudimentario de las medidas usadas que sobre los conceptos de los
cometas durante el siglo xv. El método de Regiomontano, aplicado con el máximo
rigor posible en la práctica de entonces, habría podido fijar la posición de un cometa
típico a una distancia mayor que la de la Tierra a la Luna, y habría derribado la
teoría de Aristóteles. Pero sólo era posible aplicarlo con grandes errores. Por ejem-
plo, Johannes Voegelin, profesor de matemáticas de la Universidad de Viena, usó
la metodología de Regiomontano para estimar el paralaje del cometa de 1532,
que fue muy brillante. Observando la altitud y el azimut del cometa dos veces,
con un intervalo de 42 minutos, Voegelin obtuvo valores del paralaje de alrede-
dor de 35 grados (12), lo que implica una distancia desde el centro de la Tierra
de menos de 4.000 km. No es de extrañar que con resultados tan defectuosos el
propio Copérnico en su tratado sobre el cometa de 1533 ni siquiera considerara
a un cometa como un fenómeno realmente celeste.
El paso siguiente, importante en cuanto a la calidad de las observacio-
nes, lo dio Tycho Brahe, que consiguió hacerlas con el mismo rigor que las de
los planetas. Midió las distancias angulares de los cometas con precisión res-
pecto a las estrellas fijas, y de allí, con los tiempos de observación anotados,
obtuvo las posiciones en ascensión recta y declinación en el cielo y en altitud
y azimut. Aplicó el método de Regiomontano para la estimación de las distan-
cias, no aceptando la suposición de que un cometa tiene nulo o poco movimiento
propio y afirmando que sí tienen movimientos propios grandes. Su inferencia
de que el importante cometa de 1577 no tenía paralaje medible es bastante rigu-
rosa y determinaba que el cometa en el perihelio debía estar mucho mas dis-
tante que la Luna. Escribió un libro completo sobre este cometa, publicado en
1588, que contenía la primera versión del sistema "ticónico" del Universo, en
el cual el Sol y la Luna giran alrededor de la Tierra, mientras los planetas giran
alrededor del Sol. En este sistema el cometa de 1577 tenia una órbita alrede-
dor del Sol, con un radio mas grande que la órbita de Venus. Es importante per-
catarse de que este sistema era incompatible con la existencia de las esferas cris-
talinas de Aristóteles, porque las órbitas de los planetas cruzaban la órbita del
Sol. Aunque el sistema de Tycho nunca se elaboró de forma cuantitativa y solo
existía conceptualmente, tenía elementos (entre los que destaca la supresión de
las esferas cristalinas) que dieron lugar a conceptos más modernos. Es intere-
sante notar que este aspecto del modelo de Tycho permitía a un cometa tener
una órbita no circular, y ni siquiera con epiciclos, en contraste con los dos mode-
los alternativos: el heliocéntrico de Copérnico y el geocéntrico. Pero también
aquí se ve la dificultad para obtener modelos válidos en ausencia de una física

172
Los COMETAS Y GALILEO

subyacente. Tycho creía, en consonancia con su modelo del Sistema Solar, que
los cuerpos celestes ocupan sus trayectorias impulsados por un impulso propio,
una idea que chocaba con una visión más unificadora, como la esencialmente
matemática de Kepler o la esencialmente empírica de Galileo. Tycho era un gran
observador astronómico y sus mediciones sirvieron decisivamente para los avan-
ces de Kepler y de Newton, pero como físico no tenía conceptos claros. Fue una
casualidad que su idea de quitar las esferas cristalinas se combinara con un modelo
geoheliocéntrico pobremente apoyado por medidas cuantitativas, a pesar de que
Tycho era un importante y no menos riguroso observacionalista.

llI. GALILEO Y LOS COMETAS DE 1618

a) El contexto histórico-científico

En el año 1618, la teoría heliocéntrica


de Copémico había sido prohibida recien-
temente por el Papa, yeso a pesar de los
esfuerzos del propio Galileo para que fuera
aceptada por la Iglesia. Galileo había reci-
/
bido una orden personal del cardenal
\ /
""~.
Bellarmino para que no apoyase el coper-
nicanismo en público, y tenía que ser cauto. ,..
Sabía muy bien que los fenómenos que él
mismo había descubierto, esto es, los saté-
lites de Júpiter, las fases de Venus, y los cam-
bios periódicos y fuertes de magnitud de Figura 5. El "Sistema del mundo" de Tycho
Brahe, donde se señala un cometa en su órbita
Venus y Marte no podían explicarse en un alrededor de la de Venus. La Tierra está en el
modelo geocéntrico, ni tampoco el hecho de centro del sistema, pero los planetas orbitan
la circulación de las manchas alrededor del alrededor del sol.

Sol, de las cuales también Galileo era uno


de los observadores más asiduos. Galileo estaba profundamente convencido de
la veracidad de un modelo heliocéntrico del Sistema Solar, y como se vería des-
pués del acceso al Papado de su amigo Barberini (Urbano VIII), Galileo esperó
en todo momento la oportunidad de divulgar la teoría de Copémico.
Pero los enemigos del copemicanismo (dentro de ellos destacaban algu-
nos jesuitas del Colegio Romano, la sede del academicismo jesuita en Roma),
no descansaban buscando oportunidades para machacar la teoría de Copémico.
Algunos de ellos tenían una enemistad intelectual con Galileo, y uno en con-
creto, el Padre Christof Scheiner, tenía una enemistad no solamente intelec-
tual, sino también personal, motivada por la discusión sobre la prioridad de
las observaciones de las manchas solares. Es necesario situarse en este marco

173
GALILEO y LA GESTACIÓN DE LA CIENCIA MODERNA

Figura 6. Dibujo del gran cometa de diciembre de 1618, por John Beinbridge (Londres, 1619).

a la hora de evaluar las opiniones de Galileo, en las discusiones que surgie-


ron después de la aparición de tres cometas en el año 1618. En este artículo,
dado que el aspecto religioso-político del tema se trató anteriormente en esta
misma serie de conferencias por Carlos Salís, me concentraré en la parte cien-
tífica, es decir, en ver hasta qué punto las ideas de Galileo son defendibles en
el marco de lo conocido y entendido en su día sobre la física y sobre los come-
tas mismos.

b) La Disputatio de Grassi (15)

Galileo se involucró en esta controversia al responder a un artículo publi-


cado por el jesuita Orazio Grassi, profesor de matemáticas en el Colegio Romano
(publicado sin nombrar al autor, a causa de la política de los jesuitas de no publi-
car sobre temas controvertidos salvo con nombre colectivo), llamado Una Disputa
Astronómica sobre los tres cometas de 1618. Nos referiremos a esta obra como la
Disputatio. Grassi opinaba que los cometas se encuentran más distantes de la Tie-
rra que la Luna, y probablemente entre la Luna y el Sol, de acuerdo con las teo-
rías de Séneca y de Tycho Brahe, y en contra de la opinión de Aristóteles. Sin
embargo, Grassi pone la Tierra en el centro de todas las órbitas y en este punto
difiere de Tycho. Uno de los argumentos de Grassi en favor de la situación supra-
lunar de los cometas era que sus tamaños no muestran una magnificación fuerte
en el telescopio y que la magnificación de un objeto es mayor cuanto más cerca
se encuentra. Galileo (16) mostró sobre este punto, no solamente su desdén, por
la falta de conocimientos ópticos de Grassi, sino su genio, al emplear el elegante
argumento de que si la ley de magnificación fuera así, un dedo extendido y casi

174
Los COMETAS Y GALILEO

cubriendo un objeto más distante debe cubrirlo por completo cuando los dos se
observen por un telescopio, cosa que en la práctica no ocurre. Para zanjar el argu-
mento citó en el mismo contexto el caso de un eclipse anular del Sol, que según
la "ley de Grassi" debería convertirse en un eclipse total visto por un telescopio.
Las noticias sobre la publicación de la obra de Grassi y sobre todo, de la
reacción de la sociedad intelectual romana a esa obra, llegaron a Galileo, enton-
ces enfermo y casi obligado a estar en cama, a través de unos amigos de Roma.
En una de las cartas que le escribiera Giovanni Batista Rinuccini, se puede leer
estas frases "Los Jesuitas han presentado en público un "problema" sobre la dis-
tancia del cometa, que se ha editado, y mantienen confirmeza que está en el cielo
(es decir mas allá que la Luna). Y algunos otros (no solamente los Jesuitas) han
diseminado que esa idea derriba el sistema copernicano, contra el cual no hay
argumento más seguro que este" (17). De hecho los filósofos que hicieron cir-
cular estas ideas eran mayoritariamente laicos, porque, a pesar de los destacados
enemigos ligados a la Iglesia y ya referidos, Galileo tenía bastante apoyo dentro
de los Jesuitas y en la Iglesia en general. Un ejemplo de esas opiniones viene de
Francesco Ingoli, destacado anticopemicano, quien en una obra inédita, pero bien
conocida entre los intelectuales de la época, escribió: "Podemos inferir del movi-
miento del cometa que nos parece posible no solamente refutar la teoría coper-
nicana, sino también sacar argumentos, cuya eficacia no se puede desdeñar, en
favor de la estabilidad (es decir la no movilidad) de la Tierra" .
Es interesante observar que el situar a los cometas más lejos que la Luna
no favorece la teoría de Tycho frente a la de Copémico. Podríamos pensar que
la reacción de Galileo, que examinaré con cierto detalle abajo, se extremase por
razones políticas y diese lugar a un modelo suyo poco defendible. Sin embargo,
sus ideas tienen mucho que ver con su propio pensamiento físico aplicado al sis-
tema de los planetas. En ausencia de una ley unificadora como la ley de la gra-
vedad, capaz de dar cuenta de los movimientos arbitrarios de un cuerpo celeste,
las ideas sobre el movimiento de los planetas tenían un sentido que se llamaría
hoy puramente cinemática. Es cierto que Kepler ya había usado las precisas obser-
vaciones de Tycho y su propio genio matemático para enunciar sus leyes del movi-
miento planetario, que serían uno de los pilares de la ley de la gravedad newto-
niana. Pero todavía no se sabía cómo funcionaba la potencia motriz de un planeta,
y el propio Galileo pensaba que las órbitas circulares eran inerciales, es decir,
que los planetas circulaban alrededor del Sol en órbitas circulares porque un cuerpo
dejado libre en el espacio debía moverse así. En la carta a Castelli (1) ya men-
cionada en la sección I, donde Galileo intentaba dar una interpretación copemi-
cana a la supuesta parada del Sol narrada en el libro bíblico de Josué, Galileo
juega con la hipótesis de que, de una forma u otra, la rotación del Sol sobre su
eje impulsa directamente la rotación de los planetas en sus órbitas y sobre sus
ejes. Para nosotros, las ideas de inercia de los movimientos circulares y de su impulso
por otro movimiento circular, nos parecen poco verosímiles, pero no lo son del

175
GALILEO y LA GESTACIÓN DE LA CIENCIA MODERNA

todo en ausencia de un concepto claro de fuerza. Por ejemplo, sabemos que el


hecho de que un cuerpo se mueva en línea recta en ausencia de cualquier fuerza
no impide que se mueva en línea recta acelerado por una fuerza que actúa tam-
bién en línea recta. Así, no es la rectilinealidad lo que distingue la inercia, sino
la ausencia de aceleración. De todos modos está claro que Galileo, al igual que
sus contemporáneos más brillantes, tenía una idea confusa sobre la interacción
gravitatoria de los cuerpos (pero él mismo era consciente de sus carencias). Del
hecho de considerar el movimiento circular como inercial, Galileo dedujo que el
movimiento "natural" cerca de la Tierra era rectilíneo. En esto no consiguió rom-
per con el dualismo aristotélico que diferenciaba los movimientos sublunares y
supralunares; pero aunque Galileo no era un genio de la física teórica sí era un
genio de la física experimental. Reconoció la primacía de los resultados experi-
mentales (en la tierra) y observacionales (en el cielo) a la hora de acotar mode-
los físicos, y fue suficientemente hábil matemático para saber traducir esos resul-
tados a sus modelos. Para Galileo, lo difícil en el tema de los cometas era reconciliar
su paralaje (que él reconocía que podía situar a los cometas mas allá de la Luna)
con sus órbitas, que parecían mucho más líneas rectas que circulares. Tenemos
que considerar el Discurso sobre los Cometas a la luz de estas dificultades. Vere-
mos que su respuesta no satisfizo del todo ni a él mismo, a pesar de los esfuer-
zos por darle la máxima coherencia.

c) El Discurso de Guiducci (16)

Dadas las obvias limitaciones que tenía tras la prohibición de 1616, Gali-
leo optó por dar la respuesta a Grassi a través de su amigo Mario Guiducci, que
presentó un discurso sobre los cometas en la Academia Florentina en junio de
1619. Ese Discurso sobre los cometas se publicó después y ha sido fácil deter-
minar, examinando la letra del documento, que solamente una pequeña parte ini-
cial fue escrita por Guiducci y el resto por Galileo, quien además corrigió la parte
de Guiducci. El Discurso comenzaba criticando una de las ideas de Aristóteles:
que el material del cometa, al ser vapor que sale de la Tierra, se prende fuego por
roce con la esfera cristalina de la Luna. Básicamente, el argumento es que los
movimientos planetarios no son consistentes con la existencia real de las esferas
cristalinas, y en este punto Galileo-Guiducci (GG) estaban de acuerdo con Tycho
Brahe.
Sin embargo, el segundo argumento era que, aunque las medidas del para-
laje, especialmente las de Tycho, aparentemente situaban a los cometas mas allá
de la Luna, esto no era concluyente. Citaba el caso del arco iris como ejemplo
de una entidad que muestra paralaje nulo, aun estando situado bastante cerca del
observador, y opina que un cometa puede engañarnos sobre su distancia paraláctica
de la misma manera. Este argumento de Galileo se basa en una observación per-

176
Los COMETAS Y GALILEO

tinente y correcta, pero sin base física adecuada. Sabemos hoy que la ausencia
de paralaje en un arco iris se debe a la constancia de los ángulos de refracción
de las gotas de agua en una nube grande. Aunque el arco iris siempre parece situarse
en la misma dirección, lo hace solamente cuando la nube es suficientemente grande
para permitir que el ángulo sol-gata-ojo se mantenga constante, es decir que si
viajamos por el campo en un coche, y mantenemos un arco iris a la vista durante
bastante tiempo, aquella tiene que ser extensa y cercana. Un cometa ni consiste
en nubes de gotas de agua, ni llena un ángulo suficiente para satisfacer remota-
mente esta condición. No es cuestión de una naturaleza etérea y no bien definida
lo que hace que el arco iris (u otros halos similares alrededor de la Luna) no mues-
tren paralaje, sino que depende de un fenómeno óptico bien medido y explicado,
y de una nube que tiene que estar cerca, o subtender un ángulo grande. De todos
modos, ni Galileo ni sus contrincantes estaban en condiciones de saber eso, y por
lo tanto su argumento en contra de la posición supralunar de los cometas no era
fácilmente descartable.
El tercer punto sobre la naturaleza de los cometas era que se mueven en
líneas rectas y no en círculos, con lo cual no pueden pertenecer a la parte del uni-
verso donde giran los planetas, y donde el movimiento natural es circular. Sobre
este punto podemos decir que está claro que la órbita alargada de un cometa se
aproxima mucho más a una línea recta que a un círculo, aunque en la vecindad
del sol es precisamente donde ocurre su giro mas rápido en términos angulares.
Está claro también que la mayoría de las observaciones de los cometas en épo-
cas anteriores a Galileo ocurrieron cuando el objeto ya había hecho este giro
alrededor del Sol, pues sin telescopios y sin un ejército de miles de aficiona-
dos dedicados a buscar cometas cuando todavía están en las afueras del Sis-
tema Solar, no era normal detectarlos hasta que llegaban cerca, y a menudo hasta
haber completado su paso por el perihelio, dirigiéndose hacia afuera. Es decir,
cuando su órbita ya era más lineal que circular. Sin embargo hubo también obser-
vaciones de cometas antes del perihelio, y no era posible pensar que todos sus
movimientos fuesen rectilíneos. Por otra parte, los mismos GG reconocen que
un objeto cuyo origen es la Tierra y que se mueve en línea recta hacia el cielo
nunca cruza el cenit del observador, mientras que los cometas siguen sus cami-
nos más hacia el norte.
Esta parte de su teoría era poco consistente; así fue advertido por ellos y
apelaron a la humildad expresada por Séneca en relación a las observaciones. Es
decir, admitían no entender muy bien este aspecto, pero como no estaban de acuerdo
con la teoría de Tycho, prefirieron suspender su opinión. Para GG, un cometa con-
siste en un vapor, de origen terrestre, que ha conseguido llegar a distancias rela-
tivamente grandes, incluso mas allá de la Luna. Desde allí refleja los rayos del
Sol, dando una apariencia de un punto de luz, con una cola larga. Pero la forma
se debería más a efectos ópticos que a la realidad de la forma del vapor y para
justificarlo citan dos efectos terrestres análogos: la estela del Solo de la Luna

177
GALILEO y LA GESTACIÓN DE LA CIENCIA MODERNA

sobre la superficie del mar casi en calma, que parece lineal, y que se ve como tal
desde cualquier punto de vista, y al efecto producido por el agua en una botella,
que puede parecer (hasta cierto punto) la forma de un cometa debido a la refle-
xión (y a la refracción, no bien conocida en la época de GG). La mayor parte de
este modelo se apoya en efectos físicos reales, y en observaciones, pero hoy sabe-
mos que no son estrictamente relevantes en cuanto a la naturaleza de un cometa.
No se podían rebatir fácilmente en la época de Galileo, precisamente porque no
existían las bases físicas para distinguir entre efectos realmente relevantes y otros
que no lo eran. El modelo era ingenioso, ya que gran parte del volumen de un
cometa es de gas y polvo muy tenue (reconocido por Galileo y por Tycho, y por
otros buenos observadores, porque se notaba que las estrellas se podían ver a tra-
vés de la cola, que ocupa mucho más volumen que el pequeño núcleo y que la
coma de gas más densa a su alrededor); atribuirlo a un vapor no está tan lejos de
la realidad. Su órbita es en gran parte lineal, por eso tenía cierto sentido pensar
que no compartía la naturaleza de los movimientos de los planetas.
Otro punto en el cual GG (16) disputan con Tycho a través de Grassi es la
forma de la cola de los cometas. Curiosamente, en aquella época, a ésta se la lla-
maba "la barba", y dado que, durante la mitad de su paso alrededor del Sol la
cola va por delante del cometa y no por detrás, la descripción como barba no parece
tan fuera de lugar. Las colas de los cometas no son del todo rectilíneas, como
podemos ver en cualquier foto. Para explicar la curvatura, Tycho había usado la
idea de la perspectiva, pero GG advirtieron que una línea recta no se curva bajo
ningún efecto de mera perspectiva. El argumento de GG de una jarra de agua y
sus efectos sobre una fuente puntual de luz para demostrar que la forma de la luz
que nos llega puede parecer similar a la forma de la cola de un cometa, muestra
a la vez la fuerza y debilidad del tipo de argumentos usados por Galileo. Su prin-
cipio de fundar cualquier conclusión "filosófica" en la experiencia directa era
correcto; sin embargo, sin la infraestructura teórica adecuada tendía a usar argu-
mentos basados en experimentos, aunque a veces eran sólo experiencias analó-
gicas e incluso metafóricas. Sus experimentos sobre la caída de los cuerpos le
permitían derivar leyes cinemáticas básicas con acierto, porque se podían rela-
cionar directamente con la teoría, pero sus ideas sobre las mareas se basaron en
experimentos que no admitían el cambio de escala requerido para llegar al fenó-
meno real y así su conclusión distaba de la explicación real. En el caso de los
cometas Galileo tenía suficientes dudas sobre la aplicabilidad de argumentos ana-
lógicos y no se engañó. De hecho GG nunca propusieron su teoría sin ambigüe-
dades. Galileo(16) comprendió las limitaciones de su teoría para explicar todos
los aspectos de las observaciones de los cometas. Su objetivo era más bien hacer
dudar de la cosmología de Tycho, que los Jesuitas habían abrazado, una vez con-
vencidos de que el simple modelo geocéntrico de Ptolomeo no podía explicar las
nuevas observaciones. La postura de los Jesuitas era comprensible dado el peli-
gro teológico que suponía el modelo de Copérhico. Es un hecho conocido que

178
Los COMETAS Y GALILEO

muchos de ellos apoyaron el copernicanismo antes de su prohibición en el año


1616; sin embargo, entre los jesuitas académicos del Colegio Romano había dos
que no querían dejar sin respuesta el desafío de GG sobre los cometas. Uno era
Grassi, sin duda un seguidor genuino del modelo de Tycho, y el otro Scheiner,
que odiaba a Galileo visceralmente por la disputa sobre la primacía en el descu-
brimiento de las manchas solares. La respuesta a GG salió en el Libra Astronó-
mica o "Balanza Astronómica" bajo el seudónimo de Lothario Sarsi, escondiendo
la autoría de Grassi.

d) La Libra de 'Sarsi' (18) y el Saggiatore de Galileo (19)

No puedo tratar con detalle la controversia entre Grassi y Galileo tal y como
se desarrolló en dos obras: la Libra astronómica de Grassi y el Saggiatore, la res-
puesta de Galileo que es una obra polémica muy divertida, cuyo efecto final fue
acentuar la enemistad de algunos jesuitas y que cooperó a provocar el juicio de
1633, con resultados personales tan nefastos para Galileo. Solamente destacaré
algunas cuestiones relevantes a la física. En la Libra, Grassi (18) ofrece podero-
sos argumentos contra la hipótesis del origen telúrico de los cometas contenida
en el Discurso. La teoría de GG intenta combinar el origen telúrico de los come-
tas, al estilo de Aristóteles, con su ubicación supralunar, al estilo de Copémico,
y esto era inconsistente. También Grassi atacaba la debilidad de los argumentos
de GG sobre el movimiento rectilíneo y la tendencia de los cometas a no parar
en el cénit; esta vez en plan irónico, y aprovechando el hecho de que GG no se
atreven a usar abiertamente una solución copemicana para la parte más distante
de este movimiento. Aquí se nota que el "Discurso" de GG, escrito después del
edicto anticopernicano de 1616, pero antes del acceso al papado de Barberini,
estaba mediatizado por razones teológicas, y no podía sostener la hipótesis que
Galileo consideraba conforme a las observaciones. El Saggiatore, publicado en
1623 después de un cierto tiempo, a causa de la reticencia de Galileo a enfren-
tarse más con los Jesuitas (superada finalmente por la presión de sus amigos y
por la llegada de Barberini al papado), es más una obra polémica que científica.
Como explica Carlos Salís en el artículo incluido en este libro, a esas alturas Aris-
tóteles no era el enemigo intelectual, sino Tycho, ya que su modelo, aunque cua-
litativo, era el último refugio de los geocentristas. Pero con su afán de polémica,
Galileo ataca a Tycho de forma exagerada. Por ejemplo, critica ciertos aspectos
técnicos usados por éste en su método de paralaje. Galileo analiza las aproxi-
maciones del método geométrico de Tycho, y muestra que no son exactas, acu-
sándolo de errores elementales en su planteamiento de la medición de los para-
lajes. Esto es casi insultar a Tycho, y hacerlo gratuitamente, porque como he dicho
arriba, implícitamente la teoría de la distancia en el "Discurso" de GG se basa
en el cálculo, realizado por Tycho, del paralaje del cometa de 1577.

179
GALILEO y LA GESTACIÓN DE LA CIENCIA MODERNA

En general, los argumentos en el Saggiatore se expresan de una forma tan


rotunda que Kepler, que nunca fue un enemigo del copemicanismo, pero sí un
pupilo de Tycho, se vio en la obligación de defender a su antiguo maestro de los
ataques de Galileo, en el Apéndice al Hiperaspistes publicado en 1625 (20), (21).
Una de las críticas de Galileo era que el sistema de Tycho era más conceptual
que cuantitativo. Galileo tenía razón en esa critica; una teoría sin parámetros numé-
ricos explícitos es capaz de modificarse para explicar muchas cosas, pero siem-
pre de una forma "ad hoc". Kepler argumenta que Tycho pensaba que no era nece-
sario cuantificar sus ideas, porque admitía libremente que su modelo era una
modificación del sistema ptolemaico, o del sistema copemicano, y que todos los
parámetros podrían obtenerse por modificaciones de los usados en estos sistemas.
Es importante notar aquí que el peso de la argumentación que enfrentaba
las teorías de Copémico y Tycho no descansó sobre la controversia de los come-
tas, sino en las medidas de Galileo sobre las variaciones de las magnitudes apa-
rentes y de las formas de Venus y de Marte. Un modelo copemicano podía expli-
car con elegancia y facilidad no solamente las fases de Venus, sino los cambios
cuantitativos en las magnitudes de Venus y de Marte en sus órbitas. Quizás el
modelo de Tycho era también capaz de explicar estos fenómenos, pero el hecho
de no poseer una base cuantitativa hacía todo impreciso y difícil de criticar mediante
un contraste de medidas, (ejemplo del dictum Popperiano de que una buena teo-
ría científica tiene que ser falsable). Aquí se nota que a Kepler le hubiera gus-
tado mostrar su acuerdo con Galileo, pero a causa de la actitud demasiado hos-
til de éste para con Tycho, se sintió en la obligación de defender a éste y atacar
por tanto a Galileo.
Finalmente, el argumento usado por Galileo para criticar la idea de Tycho
sobre las órbitas de los cometas (es decir, que se ubican cerca de la órbita de Venus
alrededor del Sol) es bastante válido. En él se sostiene que los cometas no son
periódicos, o por lo menos no tienen períodos cortos. Había estimaciones de los
movimientos propios de cometas con respecto a las constelaciones que mostra-
ban que eran bastante rápidos. Galileo pensó que si un cometa viaja en una órbita
casi circular, volvería al mismo punto en un periodo de meses, fenómeno nunca
observado. Esto convenció a Galileo de que un cometa debe moverse en línea
recta, y no en círculo o en una elipse casi circular.

IV. CONCLUSIÓN: LA FÍSICA DE GALILEO Y LA FÍSICA DE LOS


COMETA

Para completar la historia vaya comparar directamente el modelo de Gali-


leo de los cometas con los otros disponibles en su época. Haré uso de una lista de
los fenómenos observados por los astrónomos hasta la época de Galileo, y resú-
menes de las explicaCiones en las teorías de (a) Aristóteles/Ptolomeo (A-P), (b) Tycho

180
Los COMETAS Y GALILEO

(T), (c) Copémico (C), (d) Guiducci/Galileo (GG), y (e) bajo nuestro conocimiento
actual (M).
1. Un cometa aparece brillante, su brillo aumenta un poco, y disminuye progre-
sivamente después.

a) Vapores que suben de la Tierra, rozan contra la esfera lunar, se encien-


den y se extinguen (A-P).
b) Cometa en órbita alrededor del Sol, más o menos en la órbita de Venus.
Aparece brillante porque se ve mejor cerca de su perigeo (T).
c) Similar a b) pero sin especificar la órbita precisa, y de todos modos alre-
dedor del Sol (C).
d) Vapores que suben de la Tierra y pasan al lado de la Luna donde des-
vían los rayos del Sol antes de disiparse (GG).
e) Hielos del cometa que se evaporan y brillan por la energía solar, cuando
se encuentra cerca del Sol. El cometa pasa rápidamente cerca del Sol
antes de alejarse con brillo decreciente (M).

2. Un cometa viaja en línea recta durante gran parte de su movimiento visible.


a) El vapor asciende en línea recta puesto que es el movimiento natural en
la esfera sublunar (A-P).
b) La proyección de la órbita en el cielo nos parece recta. Dado que el cometa
viaja alrededor del Sol, que a su vez viaja alrededor de la Tierra, el efecto
neto es una órbita que no es circular. Las esferas de Aristóteles no exis-
ten, por lo que no impiden estas órbitas (T).
c) Aceptando, según el copemicanismo, la presencia de las esferas crista-
linas, el modelo no puede explicar bien un movimiento que nos parece
rectilíneo. Era ésta la versión que los Jesuitas atacaron. Sin embargo qui-
tando las esferas, una órbita epicíclica de un tipo específico alrededor
del Sol puede proyectarse en línea recta. La única diferencia significa-
tiva entre los modelos de Tycho y de Copémico, en este aspecto, es la
ausencia de las esferas cristalinas en el modelo de Tycho, pero en cuanto
a la disposición de las órbitas el modelo copemicano podía dar una des-
cripción igualmente válida (o inválida) de las órbitas de los cometas. Gali-
leo habría podido decir esto con claridad si no hubiera sido por la pre-
sión del Vaticano después del año 1616 (C).
d) Vapores que ascienden en línea recta de la Tierra, y desaparecen final-
mente en el espacio (GG).
e) La órbita de un cometa es kepleriana y cerrada, pero dado su punto ini-
cial tan lejano al Solla órbita es un elipse muy alargada que durante su
mayor parte se observa casi como una línea recta (M).

181
GALILEO y LA GESTACIÓN DE LA CIENCIA MODERNA

3. Hay épocas, en las que el cometa está cerca del Sol, durante las cuales tiene
un movimiento propio muy rápido, pasando por arcos del cielo muy grandes
en unos pocos días.
a) Dado el origen del cometa tan cercano al observador, los movimientos
angulares rápidos pueden ser muy naturales durante las fases iniciales
de su existencia (A-P).
b) La órbita de un cometa alrededor del Sol, que a su vez orbita sobre la
Tierra, implica que hay épocas en las que el cometa se acerca mucho
más que otras, y en las que su movimiento angular aumenta. Esta expli-
cación se cuantificó por Galileo en GG, quienes mostraron su falta de
conformidad cuantitativa con los movimientos reales de los cometas, supo-
niendo como Tycho que la órbita se aproxima a la órbita de Venus (T).
c) Con las esferas cristalinas in situ era muy difícil explicar un movimiento
tan rápido de un cometa, sometido a proseguir una órbita cuasi-circu-
lar, obedeciendo las leyes de Kepler aplicadas a los planetas. Razón para
dudar de la naturaleza "planetaria" de los cometas (C).
d) La proximidad de los vapores del cometa en la fase inicial de su ascenso
da lugar a movimientos angulares rápidos (GG).
e) En su giro alrededor del Sol el cometa se acerca mucho a él, y por la
segunda ley de Kepler su velocidad angular tiene que aumentar también
mucho. Claro está que su órbita dista mucho de ser circular (M).

4. La cola de un cometa aparece a menudo curvada.


a) Al toparse con la esfera lunar, los vapores que suben en línea recta de
la superficie de la Tierra no solamente se encienden por roce, sino empie-
zan a moverse en una dirección diferente, con lo cual uno puede pre-
decir una forma curva y no recta del fuego resultante (A-P).
b) La perspectiva óptica da una forma curvada de la cola del cometa, aun-
que en realidad tiene una forma recta (T).
c) No hay una teoría de la naturaleza de los cometas en la obra de Copér-
nico, que se ocupa básicamente de los planetas y de sus movimientos,
por ello no debemos buscar un modelo de la curvatura de la cola allí (C).
d) Por analogía con el efecto de un rayo de luz que se refleja en la superficie
de una botella de forma de tubo, y que vista desde un cierto ángulo puede
parecer curvado (de hecho este efecto es una mezcla de reflexión y refrac-
ción), la cola de un cometa, que se debe a un efecto similar de la reflexión
del Sol sobre un tipo de nube de vapor, tiende a una forma curva (GG).
e) La cola se debe al impacto de la radiación solar y del viento solar en
la parte volátil (hielos) del cometa. Hay dos componentes básicos: la
cola de polvo, siempre recta, y la cola iónica, que se forma en curva,
debida a la combinación de la fuerzas electromagnéticas que actúan sobre
ella (M).

182
Los COMETAS Y GALILEO

5. La cola de un cometa siempre apunta en la dirección opuesta al Sol, vista desde


el cometa.
a) La dirección de rotación de la esfera lunar imprime una dirección uni-
forme en la cola del cometa, que resulta ser contraria a la del Sol ( expli-
cación obviamente no válida) (A-P).
b) No hay razón específica para este fenómeno en el modelo de Tycho. Su
idea de la física incluía el concepto de que los astros se mueven más o
menos por sus propias voluntades (es decir una vez abandonadas las esfe-
ras, Tycho no concebía un principio unificador para la dinámica de los
planetas, y pensó que el cometa tenia una "personalidad" distinta). Así
no sorprende nada, por ejemplo, la dirección radial de la cola de un cometa
con respecto al Sol. Por supuesto, esta idea carece del todo de poder pre-
dictivo. No sorprende que Galileo, que siempre buscaba explicaciones
causales, menosprecie este aspecto del trabajo de Tycho (aunque esto
no le da razón a Galileo cuando critica a Tycho por sus observaciones
específicas, que siempre eran muy precisas) (T).
c) El comentario aquí es el mismo que en el apartado 3c): Copérnico no
presta atención a la fenomenología de los cometas (C).
d) Aunque GG no ofrecen una explicación muy completa en cuanto a la
dirección de las colas de los cometas, si el vapor telúrico que sube hasta
la altitud de la Luna empieza a dispersarse en dirección contraria al Sol,
la reflexión de los rayos solares podría dar lugar a la cola en esa direc-
ción. Aunque hay implícito un modelo en el cual eso ocurre, no hay expli-
cación física subyacente (GG).
e) La presión de la radiación y del viento solar siempre actúan en la direc-
ción radial Sol-cometa, y propulsan las partículas de la cola en esa direc-
ción. Hay una fenomenología más compleja, sobre todo cerca de la cabeza
del cometa, pero aquí no la discutiremos (M).

Es interesante observar que, en muchos aspectos, la teoría de GG da una expli-


cación muy razonable de lo observado en términos físicos aunque es claramente falsa
según nuestros conocimientos actuales: los vapores que constituyen la cola de un
cometa nunca provienen de la Tierra; no obstante, la teoría tiene aspectos bastante
verosímiles: la luz de un cometa, sobre todo la de su cola debe su origen a efectos
solares sobre su sustancia vaporosa, y durante gran parte de su órbita, un cometa se
mueve casi en línea recta. La teoría de Copérnico no podía dar una explicación de
la fenomenología de los cometas, suponiéndolos en órbitas planetarias, con la pre-
tendida impenetrabilidad de las esferas cristalinas. Tampoco la teoría de Tycho daba
una explicación adecuada; tenía la ventaja de la abolición de las esferas, pero no tenía
ningún modelo físico de un cometa, y al igual que en la teoría de Copérnico, con la
suposición de órbitas circulares, Tycho no podía explicar los movimientos obser-
vados de un cometa: línea recta durante la mayor parte de su recorrido visible, pero

183
GALILEO y LA GESTACIÓN DE LA CIENCIA MODERNA

con movimientos angulares rápidos cerca de su perigeo /perihelio. En términos pura-


mente cinemáticos, tanto los copemicanos como los ticónicos hubieran hecho bien
en adoptar algo de la humildad de Séneca ante los hechos, cuando declaró que la
órbita de un cuerpo celeste no tenía que ser necesariamente circular.
Está claro que Galileo no creía en la necesidad del sistema de las esferas como
principio dinámico para impulsar el movimiento de los planetas. Pero tenía unas
ideas de la dinámica bastante ancladas en el pasado, destacando notablemente la
idea de que los movimientos de los astros son circulares sin necesidad de una fuerza.
Para Galileo el principio de inercia (enunciado con tanta claridad por Newton) exis-
tía en el cielo pero de forma circular y no lineal. Un impulso mínimo seóa sufi-
ciente para mantener el movimiento circular de un planeta. Vapores con origen en
la Tierra, por tanto, pueden pasar por una altitud como la de la Luna, sin topar con
ninguna esfera cristalina. Sin embargo, Galileo no extendió esta idea a los come-
tas, con órbitas no circulares, presumiblemente porque pensaba que tal órbita no
era natural. Era más natural la subida de vapores de la Tierra en línea recta, que un
movimiento no circular de un astro. Esta cuestión marca un límite a la capacidad
de Galileo de unificar la física local y telúrica y la física del Universo. Pero ella no
fue superada ni por Kepler, a pesar de ser mejor teórico que Galileo, y a pesar del
avance que supuso el obtener las leyes empíricas de los movimientos de los pla-
netas, que terminaba de una vez con la creencia en la circularidad de sus órbitas.
Kepler pensaba en unas leyes geométricas válidas para los espacios supralunares,
aunque en un modelo abiertamente copernicano. Fue Newton el que unificó estas
leyes para las regiones sublunar y supralunar y es irónico, entonces, que Newton,
durante gran parte de su vida científica, pensara que los cometas viajaban en órbi-
tas esencialmente rectilíneas. Solamente cuando su amigo Halley demostró que uno
de los cometas tenía una órbita periódica, usando buenas observaciones de una de
las apariciones de "su" cometa, junto a una aplicación diligente de las leyes de Kepler,
supo Newton mostrar que esa órbita era perfectamente cuantificable en términos
de su ley de gravitación universal.
Como científico, y no como historiador, caigo fácilmente en la trampa de cri-
ticar a Galileo porque no tenía las ideas correctas sobre los cometas. También es fácil
criticar las deficiencias en sus esquemas dinámicos en general. Hay evidencia interna
en GG de que Galileo mismo no estaba muy satisfecho con las ideas que propuso
para criticar a los seguidores del modelo de Tycho Brahe, y hay evidencia abundante
de que nadie en su época tenía ideas realmente válidas sobre las órbitas de los come-
tas (sin hablar de su naturaleza). El ejercicio de intentar meterme en la piel de los
científicos de aquella época me ha ofrecido la útil lección de poder limitar volunta-
riamente mis conocimientos y comparar lo que hubiera podido inferir.
Estoy convencido de que solamente un gran científico hubiera podido usar
los elementos mixtos de los modelos de Aristóteles y Copémico para modelar las
propiedades observadas de los cometas con el mismo grado de éxito relativo que
Galileo. Solamente con descubrimientos posteriores, muchos de ellos muy recien-

184
Los COMETAS Y GALILEO

tes (como el efecto del viento solar) hemos podido elaborar teorías de cometas con
aplicaciones realmente predictivas.

REFERENCIAS

1. Favaro, A. 1890-1899 (in the reprinted edition of 1968, Florence, Giunti Barbera), "The Nationa1
Edition of the Works of Galileo Ga1i1ei", ('The Nationa1 Edition") Vol. 5, p. 281. Trans1ation by S.
Drake in "Galileo at Work, His Scientific Biography" (D. Chicago Press, 1978), p. 224.
2. Kep1er, J., 1609 in "Astronomía nova... de motibus stellae Martis" (Prague), in: Kep1er J., Gesam-
melte Werke, (eds. M. Caspar, F. Hammer), Munich, 1937-1993, (Beck'sche Verlagsbuchhand1ung).
3. Oort, J. H., 1950. 'The structure of the c10ud of comets surrounding the solar system, and a hypot-
hesis conceming its origin". Bull. Astr. Soco Netherlands. Vol. 11, p. 91.
4. Apian, P., 1540. Astronomicum Caesareum. Ingo1dstadt.
5. Finson M. L. & Probstein R. F., 1968. "A theory of dust comets 1. Model and equations". Astrophys.
Joumal. Vol. 154, p. 327. and "A theory of dust comets II. Resu1ts for CometArend-Ro1and. "Astrophys.
Joumal. Vol. 154, p. 353.
6. Biermann, L., 1951. "Kometschweife und solar korpuskularstrah1ung. "Zeits. fur Astrophysik. Vol.
29, p. 274.
7. Duncan M., Quinn T. & Tremaine S., 1987 "The formation and extent ofthe solar system comet c1oud".
Astron. Joumal. Vol. 94, p. 1330.
8. Femandez, J., 1980, "On the existence of a comet be1t beyond Neptune" Mon. Notices Roy. Astr.
Soco Vol. 192, p. 481.
9. Aristotle "Meteorology' (traduccion al inglés de H. P. Lee), Harvard Dniversity Press, 1952).
10. Séneca, "Naturales Quaestiones"(traduccion al inglés de T. H. Corcoran, Harvard Dniversity Press,
1971).
11. Schoener, J. (editor). 1544, "Scripta c1arissimi mathematici m. Ioannis Regiomontani... Ioannis Scho-
neri Caro10stadij additionibus". J. Montanus & D. Neuber, Nuremberg.
12. Jervis, J., 1980, "Voegelin on the Comet of 1532:Error analysis in the 16th Century", Centaurus, p.
216.
13. Brahe, T., 1588, "De mundi Aetherei recentioribus pheanominis" in Dreher, J. L. E., "Tychonis Brahe
Dani Opera omnia" Vol. 4., Copenhagen, 1918.
14. Bainbridge, J., "An astronomica1 description ofthe late comet from 18 of Novemb. 1618 to the 16th
of December following"(London, 1619).
15. Grassi O., 1619 "On the Three Comets of the Year MDCXVIII, an astronomical disputation presen-
ted publicly in the COLLEGIO ROMANO" of the Society of Jesus, by One of the Fathers of that
Same Society". Rome, Jacobus Mascardus. Trans1ation by C. D. O'Malley in "The Controversy of
the Comets of 1618", 1960, D. Pennsylvania Press, p. 3 ("The Controversy").
16. Guiducci, M. 1619. "Discourse on the Comets", Florence. Trans1ation by S. Drake in "The Contro-
versy" p. 21, (1960). (GG).
17. Favaro, A. 1890-1899 "The National Edition ", Vol. XII, p. 443, Trans1ation by S. Drake in "Gali-
leo at Work" (D. Chicago Press, 1978).
18. Sarsi, L. (Grassi, O) 1619. "The Astronomical and Philosophica1 Balance, "Perugia, Marco Nacca-
rini, MDCXIX. Trans1ation by C. D. O'Malley in "The Controversy", p. 67.
19. Galileo G., 1623, "The Assayer" (Rome/F10rence), Trans1ation by S. Drake in "The Controversy" p.
151, (1960).
20. Kep1er J., Gesamme1te Werke, (eds. M. Caspar, F. Hammer), Munich, 1937-1993, (Beck'sche Ver-
lagsbuchhandlung).
21. Kepler J., "Appendix to the Hyperaspistes, or G1eanings from the Assayer of Galileo", 1625. Trans-
lation by C. D. O'Malley. in "The Controversy", p. 337, (1960).

185
GALILEO y LA GESTACIÓN DE LA CIENCIA MODERNA

BIBLIOGRAFÍA GENERAL

A continuación paso a reseñar algunos de los libros que he consultado, que estimo
pueden ser interesantes para el lector.

Sobre la ciencia de los cometas:


"Rendez vous in Space; The Science of Comets", Brandt J. C. and Chapman R. D., W. H. Freeman Co.,
1992. (ISBN 0-7167-2175-9).

Sobre la historia científica de los cometas:


"Cometas ", Yeomans D. K., John Wiley Inc. 1991. (ISBN 0-471-61011-9).

Sobre las ideas y trabajos científicos en el siglo antes de Galileo:


"Cometary Theory in Fifteenth Century Europe", Jervis, J. L., Kluwer, 1985, (ISBN 90-277-1911-X).

Sobre la documentacion de la controversia de los cometas de 1618:


"The Controversy on the Comets of 1618" Drake, S. and O'Malley, C. D., (traductores), University of
Pennsylvania Press/Oxford University Press, 1960. (Library of Congress Card Number, 59-10458).

Sobre la relación de Galileo con la Iglesia, con un capítulo específico sobre los cometas:
"Galileo, for Copemicanism, and for the Church", Fantoli A., Vatican Observatory Foundation, 1994.
(ISBN 0-268-01032-3).

Sobre Galileo y su obra científica:


"Galileo at Work", Drake, S., U. Chicago Press, 1978. (ISBN 0-226-16226-5/16227-3).
"The Cambridge Companion to Galileo", ed. P. Machamer, Cambridge U. Press, 1998. (ISBN 0-521-
58178-8/58841-3).

186
CONSIDERACIONES SOBRE
LAS MECÁNICAS DE GALILEO

Romano Gatto
Universiü't della Basilicata

Entre 1592 Y 1610 Galileo dio clases en el Studiode Padua. En esos die-
ciocho años, entre sus enseñanzas, figuraba la de la Mecánica'. Según el testi-
monio del último de sus alumnos Vincenzo Viviani (1621-1703), por entonces
Galileo escribió para sus discípulos un tratado de Mecánica que nunca llegó a
publicar, y que gozó de una amplia difusión en forma de manuscritos 2 • De tales
manuscritos, hasta hace algunos años, se conocían trece: Egidio Festa y yo hemos
encontrado otros cuatro. En estos manuscritos se distinguen dos tipos de texto
diferentes, no tanto por sus contenidos, cuanto por su extensión; por eso los hemos
llamado, respectivamente, "versión breve" y "versión larga". El texto de la ver-
sión larga fue publicado, por primera vez, en traducción libre al francés, por Marin
Mersenne (1588-1648) en 16343 • La primera edición en italiano se publicó en 1649,
al cuidado de Luca Danesi (1598-1672)4. En 1890 Antonio Favaro (1847-1922)
lo incluyó en el volumen II de la Edición Nacional de las Obras de Galileo. El

1 Cfr. Rotuli Artistaurum dello Studio di Padova Pars Prior 1520-1739, c. 43v, del Archivo Universita-
rio de Padua, donde puede leerse: "En Matemáticas -Exc. D. Galileo Galilei florentino--, leg. los Ele-
mentos de Euclides y las Cuestiones Mecánicas de Aristóteles: tercera hora de la tarde".
2 Cfr. G.G., Opere, XIX, pp. 597-632.

3 Cfr. Les mechaniques de Galilée, Mathématicien et 1ngénieur du Duc de Florence. Avec plusieurs addi-

tions rares, et nouvelles, utiles aux Architectes, 1ngénieurs, Fonteniers, Philosophes et Artisians. Tra-
duites de l'italien par le L.P.M.M., París, Guenon, 1634.
4 Della Scienza Mecanica, e delle Utilita, che si traggono da gl' 1strumenti di quella. Opera cavata da

manoscritti dell' Eccellentissimo Matematico Galileo Galilei, dal Cavalier Luca Danesi da Ravenna, Rávena,
Stamperia Camerali, 1649.

187
GALILEO y LA GESTACiÓN DE LA CIENCIA MODERNA

descubrimiento de la versión breve tuvo lugar en el 1898 por obra de Favaro, que
publicó el texto un año después, en 18995 •
Las Mecánicas de Galileo (tal es el nombre con el que este tratado se publicó
en la Edición Nacional de Favaro) representa un punto culminante de la Mecá-
nica a finales del siglo XVI. Con esta obra, de hecho, se completa, por una parte,
el proceso de ruptura con la tradición de la Mecánica del Pseudo-Aristóteles, tra-
dición que había dominado los estudios de esta disciplina a lo largo de todo el
Medievo y de gran parte del Renacimiento, y, por otra, un proyecto de renova-
ción y de refundación de la Mecánica conforme a unos presupuestos completa-
mente nuevos. Galileo no fue, de hecho, el único, ni el primero, en investigar y
proponer una nueva perspectiva para el estudio de la Estática y de las máquinas
simples, la balanza, la romana, la palanca, el gato, la polea, el plano inclinado, y
con ellas el tomillo y la espiral de Arquímedes, y la cuña (tal es el objetivo de la
Mecánica de aquel tiempo): antes que él otros hombres de ciencia, como Fede-
rico Commandino (1509-1575)6, Francesco Maurolico (1494-1575)\ Giovan Bat-
tista Benedetti (1530-1590)8, Guidobaldo Dal Monte (1545-1607)9, en mayor o
menor medida, habían contribuido a renovar los fundamentos de esta ciencia. De
todas maneras, hasta Las Mecánicas de Galileo el estudio de esta disciplina no
aparece completamente liberado de cualquier resto del viejo planteamiento del
Pseudo-Aristóteles y refundado sobre presupuestos totalmente nuevos.
Lo primero que destaca de tal renovación es la forma del tratado, concebido
ya no como una colección de problemas que hay que resolver, como lo eran las
Quaestiones mecanicae Aristotelis y la tradición que a su alrededor floreció, sino
como un verdadero y auténtico tratado sistemático de Mecánica, cuyo objetivo
es demostrar que el funcionamiento de todas las máquinas puede reducirse al de
la balanza, ya que el principio de la balanza es universalmente válido para todas
las máquinas simples. Un segundo aspecto importante es la elección de los méto-
dos de investigación: Galileo abandona el principio fundamental de la Estática
de la tradición del Pseudo-Aristóteles, a saber, el círculo y algunas de sus pro-
piedades, y adopta, por el contrario, el principio arquimediano del equilibrio de
la palanca. Se trata, como veremos mejor luego, de dos vías completamente dife-
rentes, ya que una, la del Pseudo-Aristóteles, representa un acercamiento diná-
mico a la Mecánica, y la otra, la arquimediana, un acercamiento estático.

'A. Favaro, Delle Meccaniche lette in Padova l'anno 1594 da Galileo Galilei, "Memorie del Real Isti-
tuto Veneto di Scienze, Lettere ed Arti", XXVI (1899), n.5.
6 Cfr. F. Commandino, Liber de centro gravitatis solidorum, Bolonia, Ex Officina Alexandri Benacii, 1565.

7 Cfr. F. Maurolico, Problemata meccanica com appendice, et ad Magnetem, et ad Pixidem nauticam

pertinentia, Mesina, ex Typographia Petri Breae, 1613 (publicado tras su muerte).


8 Cfr. G.B. Benedetti, Diversarum speculationum mathematicarum et physicarum liber, Turín, apud hae-

redes Nicolai Bevilaquae, 1580.


'Cfr. G. Del Monte, Mechanicorum liber, Apud Hieronymum Concordiam, Pésaro, 1577.

188
CONSIDERACIONES SOBRE LAS MECÁNICAS DE GALILEO

E I-----+----k---T-f-"""""T---M B

e
Figura 1

El estudio del Pseudo-Aristóteles, además de no ser sistemático, es tam-


bién poco riguroso, por estar basado no sobre principios sólidos, como los que
ofrece la Geometría, sino sobre la distinción aristotélica de 'movimiento vio-
lento' y 'movimiento natural'. El funcionamiento de una palanca, o mejor, el
de una balanza puede ser reducido al círculo. Los puntos de un segmento EB,
que gira en torno a su punto medio, describen círculos concéntricos cada vez
más grandes en la medida en que nos alejemos del centro A hacia la periferia.
Y, dado que estos círculos resultan todos descritos simultáneamente al mismo
tiempo, se deduce que los más externos se recorren a mayor velocidad que los
más internos.
El Pseudo-Aristóteles explica que esto depende del hecho de que el movi-
miento circular se debe a la combinación de dos movimientos distintos: el movi-
miento natural, que tiende a trasladar el punto móvil hacia abajo en sentido ver-
tical; y un movimiento violento que tiende a trasladar el mismo punto hacia el
centro del sistema. Él hace ver que, a medida que nos alejamos del extremo del
diámetro hacia el centro, la componente debida al movimiento violento radial
aumenta, y el móvil se ve obligado a curvar su trayectoria conforme al arco de
circunferencia.
Hay que hacer notar, de hecho, que, si la relación entre las velocidades
de estos dos movimientos se mantuviera constante durante todo el movimiento,
el punto móvil debería describir un segmento rectilíneo, es decir, una cuerda
del círculo y no la circunferencia; en cambio, lo que sucede es que el despla-
zamiento se produce conforme a un arco de circunferencia.

189
GALILEO y LA GESTACIÓN DE LA CIENCIA MODERNA

B D

A
Figura 2

Con respecto a la figura 1, el Pseudo-Aristóteles hace ver, por su parte, que,


a movimientos naturales iguales, les corresponden movimientos violentos no igua-
les, sino tanto más grandes cuanto menor es la distancia del centro. Así, en el caso
de la figura, si consideramos que los tramos verticales QL y TS representan movi-
mientos naturales iguales de los puntos M y B, respectivamente, sus correspon-
dientes movimientos violentos MQ y TB no son iguales, sino que MQ>TB. En
efecto, cuando M haya descrito el arco ML, es como si hubiese recorrido de movi-
miento natural el tramo vertical QL y de movimiento violento el tramo QM. Si
trazamos la paralela por L a AB, ésta encuentra el arco de circunferencia BF, reco-
rrido en el mismo tiempo por B, en el punto S, el cual tendrá respecto a AB la
distancia TS, igual a QL. TS=QL son, por tanto, tramos iguales recorridos por
un movimiento natural de los puntos B y M, respectivamente; pero a tales tra-
mos verticales iguales les corresponden tramos horizontales, es decir, movimientos
violentos, desiguales, y, más exactamente, QM>TBIO. Por tanto, en el paso hacia
L, M ha sufrido, por efecto del movimiento violento, una pérdida de su movi-
miento natural mayor que la sufrida por B en su paso hasta S.
El Pseudo-Aristóteles, haciendo referencia a la semejanza de los triángulos
AML y ABF, así como a la de los triángulos AQL y AFX, demuestra que los movi-
mientos naturales son entre ellos como los violentos, esto es, que entre movimiento
natural y movimiento violento es válida la siguiente relación:
FX:LQ=BX:MQ

10 El coseno del ángulo QAL, AQ, es menor que el coseno del ángulo TAS, AT, al ser el coseno en el 1~ cua-

drante (tal es la convención de la época) función decreciente. Así que TB=l-AT será menor que QB=l-AQ.

190
CONSIDERACIONES SOBRE LAs MECÁNICAS DE GALILEO

Figura 3

Además, refiriéndose específicamente a la palanca, afIrma que la causa del


aumento de la potencia se debe a la mayor velocidad con la que esta actúa res-
pecto a la resistencia del peso que se eleva.\
Al tener, de hecho, que recorrer A en el mismo tiempo el arco AA'>BB',
A se moverá con una velocidad mayor que aquella con la que B se eleva hasta
B 'o Es esta mayor velocidad lo que hace que la fuerza sea más potente. De aquí
deduce, aunque sin proporcionar demostración, que:

"El peso movido [resistencia] es al peso que lo mueve [potencia] inver-


samente proporcional a las dos longitudes [distancias del fulcro r.
Desde un punto de vista físico, la vía aristotélica, que hace uso del movi-
miento en la descripción del principio del funcionamento de las máquinas, o como
se solía decir, del principio de los desplazamientos virtuales, es un acercamiento
dinámico. Giovanni Vailati (1863-1909) ha querido ver en esta perspectiva un anti-
cipo del 'principio de las velocidades virtuales' . Este término lo acuñó Giovanni
Bernoulli (1667-1748), que definió velocidad virtual:

"El elemento de velocidad que todo cuerpo adquiere o pierde, res-


pecto a una velocidad adquirida en un tiempo infinitamente pequeño,
conforme a su dirección" .

Esta definición requiere, por tanto, que los desplazamientos sean infinita-
mente pequeños y rectilíneos, cosa que no sucede en el Pseudo-Aristóteles. En

191
GALILEO y LA GESTACIÓN DE LA CIENCIA MODERNA

realidad los desplazamientos que hemos considerado no son ni rectilíneos, ni infi-


nitésimos. Vailati, sin embargo, hace notar que el Pseudo-Aristóteles se refería a
la fuerza aplicada tangencialmente al círculo, o sea, a la fuerza que provoca el
movimiento natural, que, si no se le impidiera, se produciría en sentido vertical
(la presencia del movimiento violento es causa de pérdida del movimiento natu-
ral y de la desviación de la "dirección natural"). En el caso de la palanca, la fuerza
tangencial actúa de modo tal que, a un mayor alejamiento del brazo de la palanca
de aquello a lo que ella se aplica, corresponde un menor alejamiento del otro brazo
que hace que el peso se eleve.
Dentro de poco vamos a ver que la de Galileo es, en cambio, una perspectiva
genuinamente estática.
Antes de mostrar eso, por proceder conforme al orden de Las Mecánicas,
hace falta pararse un momento en la introducción de esta obra que, tanto en la
versión breve como en la larga, presenta interesantes consideraciones acerca de
la naturaleza y los cometidos de la ciencia mecánica.
La versión breve se abre con la siguiente declaración de los objetivos de
tal ciencia:

"La ciencia de la Mecánica es aquella disciplina que muestra las razones


y descubre las causas de los efectos milagrosos que vemos que se produ-
cen con diversos instrumentos, como lo es mover y levantar pesos muy gran-
~

des con muy poca fuerza" .

Todavía en época de Galileo había quienes, de manera fraudulenta, se dedi-


caban a ofrecer máquinas con poderes mágicos, capaces de engañar a la natura-
leza, es decir, de vencer las fuerzas naturales con el empleo de fuerzas pequeñas.
Uno de estos era Giovanni de' Medici, hijo natural de Cosimo 1: había diseñado
una máquina para vaciar de fango la dársena de Livomo y la había presentado al
Gran Duque Ferdinando 1. Este, antes de mandar construir la máquina y ordenar
la ejecución de la obra, quiso conocer la opinión de Galileo, el cual demostró que
una máquina tal no estaría en condiciones de resolver una tarea de ese tipo. Con
ello se procuró Galileo la enemistad de Giovanni de' Medici y sus partidarios,
hasta el punto de que (es opinión de muchos) parece que había decidido trasla-
darse a Padua precisamente por librarse del ambiente hostil que se había ido cre-
ando en su contra.
Galileo tenía, por tanto, más de un motivo para declarar explícitamente,
desde el principio de Las Mecánicas, que en la Mecánica no existe milagro alguno,
es decir, que escape a la comprensión de la mente humana. Al contrario, la Mecá-
nica es la ciencia que pone de manifiesto "las razones" y muestra "las causas"
de aquellos efectos que sólo a los poco avezados en tal ciencia pueden parecer-
les milagrosos. Galileo, por tanto, quiere despojar a la ciencia mecánica de cual-
quier atributo fantasioso y conferirle la identidad de ciencia racional. Esta inten-

192
CONSIDERACIONES SOBRE LAS MECÁNICAS DE GALILEO

ción está todavía más explícitamente expresada en la versión larga, en la que no


sólo omite cualquier tipo de referencia a los "efectos milagrosos", sino que ade-
más afmna a las claras que las máquinas no tienen poder para "engañar" a la natu-
raleza, ya que no se les ha concedido "con poca fuerza, mover y levantar pesos
muy grandes". Ninguna resistencia (dice Galileo) "puede ser superada por una
fuerza que no sea más potente que ella". Por tanto, para superar una resistencia
dada se necesita emplear una fuerza "más potente" que ella. Las máquinas tie-
nen la capacidad de hacer "más potente" la fuerza empleada, pero no porque posean
una "virtud milagrosa", sino porque en su funcionamiento entran en juego, ade-
más del peso que hay que elevar o trasladar y la fuerza que debe provocar el movi-
miento, otras magnitudes físicas oportunamente combinadas con esas acciones,
esto es, la distancia a la que el peso debe ser trasladado y el tiempo necesario
para efectuar tal traslado, o sea, la velocidad con la que se produce el movimiento.
Cuando se tengan en cuenta estas cuatro magnitudes, se puede comprender que
no hay milagro alguno en el funcionamiento de las máquinas, sino que este obe-
dece a leyes naturales perfectamente comprensibles para la mente humana. En
suma, como Galileo dirá en sus Discursos en torno a dos nuevas ciencias:

"El reconocimiento de la causa de los efectos elimina la maravilla" .

En el estudio de la Estática la fuerza imprimida para provocar el movimiento


(esto es, la potencia), la fuerza que opone el peso que se quiere mover (o sea, la
resistencia), la distancia y el tiempo (o bien la velocidad, ya que nos referimos a
espacios diferentes recorridos en el mismo tiempo) son magnitudes estrechamente
ligadas entre sí mediante una ley de compensación; es decir, una ley, según la
cual, lo que se gana en un sentido se pierde en otro sentido y viceversa. Si, vol-
viendo al ejemplo del Pseudo-Aristóteles, se hace uso de una palanca para ele-
var un peso, se puede emplear una potencia más pequeña que la resistencia del
peso, pero ello requiere que esta potencia recorra un espacio mayor que el reco-
rrido por el peso, y, en consecuencia, que se mueva con una velocidad mayor que
la del peso, el cual se elevará a lo largo de un espacio menor y a menor veloci-
dad. Nada nuevo respecto al Pseudo-Aristóteles, si Galileo no hubiera declarado
explícitamente que potencia, resistencia, tiempo y espacio (o sea, velocidad) siguen
una ley exacta de proporcionalidad. Es precisamente la existencia de una ley así
lo que quita cualquier atributo "mágico" a las máquinas.
Galileo va a poner en clara evidencia, una y otra vez, para cada una de las
máquinas simples, la validez de este principio de conservación, demostrando así
que uno de los principales objetivos de su tratado es establecer la verdad, es decir,
que la Mecánica es una verdadera ciencia, o mejor dicho, es una ciencia racio-
nal. No hay ninguna duda de que precisamente con Las Mecánicas se lleva a cabo
el proyecto de conferir a la Mecánica el carácter de ciencia deductiva, en la que
cualquier cosa se demuestra con rigor geométrico.

193
GALILEO y LA GESTACIÓ DE LA CIENCIA MODERNA

Al principio de su estudio Galileo presenta un sistema de definiciones y


de axiomas (3 Definiciones y 3 Hipótesis de partida) que constituyen el aparato
teórico de referencia de su teoría. También Guidobaldo y Cornrnandino habían
conferido a sus estudios una impronta de tipo euclídeo, enunciando algunas defi-
niciones y algunos principios; estos, sin embargo, presentan un defecto de natu-
raleza lógico-formal, a saber, hacer uso de conceptos no definidos, como 'gra-
vedad' y 'momento', para definir otros, como 'centrO de gravedad'. Desde este
punto de vista Las Mecánicas de Galileo se presentan como una obra madura y
bien meditada. Para Galileo la Mecánica es una ciencia axiomática y, como tal,
necesita de un aparato de axiomas y de definiciones completo, es decir, tal que
todo lo que haga falta para el estudio esté claramente definido. Esta era también
sin duda la intención de Guidobaldo, quien, sin embargo, había cometido aquel
error lógico al que antes aludíamos. El hecho es que la definición de algunos con-
ceptos, en aquella época, no era una tarea en absoluto fácil. El propio Galileo había
usado ya en el Sobre el movimiento, sin dar una definición, el término gravitas
y el concepto de 'momento'. No es que entonces tuviera una idea de la ciencia
mecánica dIstinta de la expresada en Las Mecánicas, pero, aún conociendo cla-
ramente estos conceptos, probablemente entonces le faltaba el lenguaje apropiado
para definirlos. La importancia de Las Mecánicas de Galileo consiste también en
el hecho de que en esa obra se encuentran por primera vez definidos con abso-
luta claridad conceptos fundamentales de tal ciencia.
La primera definición de Las Mecánicas es la de gravedad:

"Llamamos, por tanto, gravedad a la tendencia a moverse natural-


mente hacia abajo, la cual, en los cuerpos pesados, se descubre cau-
sada por la mayor o menor abundancia de materia por la que estén
constituidos" .

La gravedad es, por tanto, la "tendencia", o sea disposición, inclinación natu-


ral de los cuerpos pesados a caer hacia abajo. Tal "tendencia" depende de la cons-
titución de los cuerpos materiales, de su "abundancia de materia", o sea, de la
mayor o menor condensación de los átomos que los constituyen, es decir, de su
peso específico.
A lo largo de Las Mecánicas Galileo confirma y precisa mejor el sentido de
esta definición de gravedad, en donde, introduciendo el plano inclinado, dice:
~'No hay ninguna duda de que la constitución de la naturaleza acerca
de los movimientos de las cosas pesadas es tal que cualquier cuerpo
que en sí contenga gravedad, tiene tendencia a moverse, si no se le
impide, hacia el centro; y no solamente por la línea recta perpen-
dicular, sino incluso, cuando no pueda hacerlo de otra manera, por
cualquier otra línea que, teniendo alguna inclinación hacia el cen-
tro, vaya poco a poco bajando".

194
CONSIDERACIONES SOBRE LAS MECÁNICAS DE GALILEO

Los cuerpos pesados tienden, de todos modos, a alcanzar el centro de la


Tierra: si están libres de todo impedimento, lo hacen cayendo en dirección ver-
tical; si, por el contrario, se les impide, lo hacen descendiendo por cualquier
camino que vaya declinando hacia abajo, como por ejemplo sucede con los ríos,
los cuales, con tal de que haya una aunque mínima pendiente del terreno, siguen
siempre corriendo hacia abajo.
Sobre el concepto de gravedad en Galileo habría mucho que decir; aquí
nos limitaremos a poner de relieve que Galileo, en general, emplea el término
gravitas con un doble significado: el literal de peso, pesantez, medida de la
masa, por usar una terminología moderna, y el de efecto causado por la pesan-
tez de los cuerpos, o sea potencia (en el caso de que la pesantez provoque movi-
miento) y resistencia (en el caso de que se oponga al movimiento). En una
balanza de dos brazos iguales, dos pesos iguales están en equilibrio; pero, si
los pesos son desiguales, la balanza se inclina hacia la parte del peso mayor
con una fuerza dada por la diferen ia entre los dos pesos, porque, mientras el
peso mayor tiende a caer hacia abajo, el otro, que también tendería a caer, opone
resistencia a ser desplazado hacia arriba. Es, por tanto, la diferencia entre los
dos pesos lo que genera el movimiento y determina la dirección. Galileo se
sirve de este modelo de las interacciones de los cuerpos para refutar una de
las concepciones fundamentales de la física aristotélica, a saber, la existencia
de cuerpos pesados y livianos. Para Galileo todos los cuerpos pesan y tienen
tendencia a caer hacia el centro de la tierra por efecto de su gravedad. Pero a
ta1 tendencia se opone siempre la gravedad del medio en el que están inmer-
sos; así que caen hacia abajo, si su gravedad es mayor que la del medio, y ascien-
den, si es menor. Un sólido sumergido en el agua hace presión con su grave-
dad y eleva agua, la cual, a su vez, opone resistencia para no ser elevada más
de lo debido. La situación de equilibrio se obtiene cuando la gravedad del sólido
'que ejerce la presión' es igual a la del agua 'que opone resistencia', lo que
equivale a decir que, en la situación de equilibrio del sistema agua-sólido, la
presión ejercida por la gravedad del sólido es igual a la resistencia debida a
la gravedad del agua. La gravedad entonces, según las situaciones, ejerce una
potencia o una resistencia y, como tal, provoca el movimiento hacia abajo o
hacia arriba.
La segunda definición es la de momento:

"Momento es la tendencia a ir hacia abajo, causada no tanto por


la gravedad del móvil, cuanto por la disposición que se da entre dis-
tintos cuerpos pesados; mediante el tal momento se puede ver muchas
veces un cuerpo menos pesado servir de contrapeso a otro de mayor
gravedad: como en la romana se ve un contrapeso pequeñito levan-
tar otro peso muy grande, no porque lo supere en gravedad, sino
más bien por la distancia del punto donde se sostiene la romana; la

195
GALILEO y LA GESTACIÓN DE LA CIENCIA MODERNA

cual, junto con la gravedad del peso menor, le aumenta el momento


e ímpetu de ir hacia abajo, con el que puede superar el momento
del otro grave mayor. Es, por tanto, el momento el ímpetu de ir hacia
abajo, compuesto por gravedad, posición y alguna otra cosa por la
que pueda estar causada tal tendencia" .

El momento es también esa "tendencia" de los cuerpos a ir hacia abajo, pero


se distingue de la tendencia natural de los cuerpos a caer (gravedad) por el hecho
de que él produce el efecto de aumentar la gravedad natural de los cuerpos, su
"ímpetu", o sea la violencia, y, consiguientemente, la velocidad de la caída. La
causa de esto es que el momento no se debe sólo a la gravedad de los cuerpos,
sino a la gravedad combinada con la distancia de los susodichos cuerpos de un
punto fijo, o bien respecto a otra magnitud que"'pueda sustituirse por la distancia.
La tercera definición, la de centro de gravedad:

"Centro de gravedad se define como aquel punto que hay en cual-


quier cuerpo pesado, en torno al cual se sitúan partes de momentos
iguales, de modo que, imaginando que tal cuerpo pesado estuviera
suspendido y sostenido por dicho punto, las partes de la derecha equi-
librarían a las de la izquierda, las de delante a las de detrás y las de
arriba a las de abajo; así que el mencionado grave, sostenido de esa
forma, no se inclinará hacia ninguna parte, sino que, colocado en el
sitio y la disposición que se quiera, por estar suspendido de dicho cen-
tro, permanecerá estable. Y ese es el punto que tendería a unirse con
el centro universal de las cosas pesadas, esto es, con el de la tierra,
en el caso de que en cualquier medio pudiera descender libremente" .

Tal definición incluye la formulada por parte de Commandino" y retomada


después también por Guidobaldo'2, así como la de linea directionis expuesta aquí
explícitamente para definir mejor tal punto. La perspectiva galileana es, sin duda,
más rigurosa y metodológicamente más válida que la de Commandino y Guido-
baldo. Estos últimos, de hecho, utilizan en la definición de centro de gravedad el
término 'momento' sin haber dado antes definición alguna. Galileo completa des-

11 Commandino define el centro de gravedad de dos maneras: primero: "y llamamos centro de gravedad

de todo cuerpo a un punto situado en su interior, del cual, si se imagina el grave suspendido, mientras
se desplaza, queda en reposo; y mantiene la misma posición que al principio tenía: y no se da la vuelta
en el desplazamiento". Poco después: "el centro de gravedad de cualquier figura sólida es aquel punto
situado en su interior, alrededor del cual por todas partes hay partes de momentos iguales. Pues si por
tal centro se traza un plano que corte la figura del modo que se quiera siempre la dividirá en partes que
pesen lo mismo" (cfr. F. Commandino, Liber de centro gravitatis solidorum, cit.).
12 Este no ofrece una definición propia de centro de gravedad, sino que se limita a citar la de Cornmandino.

196
CONSIDERACIONES SOBRE LAs MECÁNICAS DE GALILEO

pué S la definición del centro de gravedad y del momento con tres 'Hipótesis de
partida'.
La primera 'hipótesis' dice que el movimiento de los graves en caída libre tiene
lugar a lo largo de la línea que une su centro de gravedad con el centro de la tierra.
La segunda dice que la gravedad de un cuerpo es como si estuviera concen-
trada toda en su centro de gravedad.
La tercera dice que el centro de gravedad de un sistema de dos cuerpos "igual
de pesados" está en el centro de la línea que une los centros de gravedad de cada
uno de los cuerpos.
A G B

Figura 4

Esta última 'hipótesis' es particularmente importante. Ella configura el cen-


tro de gravedad G de un sistema de dos masas iguales como el fulcro de una balanza
de brazos iguales de cuyos extremos se han suspendido dos pesos iguales. Ya que,
por la segunda 'hipótesis' toda la gravedad (peso o masa) del sistema es como si
se hubiera concentrado en el mencionado punto G, el sistema suspendido de G
queda en equilibrio. Pero en tales condiciones los momentos respecto al baricentro
común G de las gravedades de los dos pesos, situados en los extremos A y B, son
iguales.
A G B

Figura 5 1 1
La importancia de la tercera 'hipótesis de partida' es entonces evidente: cons-
tituye el presupuesto fundamental para la enunciación de la ley del equilibrio está-
tico, al establecer que pesos iguales situados a una distancia igual de su baricentro
común están en equilibrio por ser iguales los momentos de las fuerzas que actúan.
Pero, si las distancias o los pesos no son iguales, ¿cuál es la situación de
equilibrio?
Ya Arquímedes había demostrado que si A y B son dos pesos desiguales,
y si sus distancias de un determinado punto C son tales que es válida la relación
A:B=CE:CD (1)
siendo CD y CE, respectivamente, las distancias de A y B hasta C, entonces C
es el centro de gravedad del sistema.
Arquímedes, sin embargo, no había demostrado lo contrario, es decir, que si
C es el centro de gravedad de un sistema de dos masas diferentes, para que que-
den en equilibrio, los momentos de las fuerzas que actúan en D y E deben ser
iguales, o bien, las distancias CD y CE deben satisfacer la relación (1). En otras
palabras, Arquímedes había demostrado solamente que la (1) es condición nece-

197
GALILEO y LA GESTACIÓN DE LA CIENCIA MODERNA

saria para que quede en equilibrio el susodicho sistema. En Las Mecánicas Gali-
leo, haciendo uso de un procedimiento fundamentado esencialmente sobre el con-
cepto-de momento poco antes definido, demuestra que la relación (1) es condi-
ción necesaria y suficiente.
Galileo considera un cilindro homogéneo eDEF suspendido en horizontal por
los extremos e y D de un palo rígido de la misma longitud AB, y hace notar que el
equilibrio persiste si al cilindro se le cortan los vínculos que lo mantienen suspen-
dido de los extremos A y B Y se lo suspende, a su vez, por el punto medio G del
palo. En tal caso, de hecho, la perpendicular por G pasará por el baricentro del cilin-
dro, y (dice Galileo) "en tomo a dicha línea quedaríañ partes de momentos iguales".
Seguidamente, Galileo corta el cilindro en vertical por la línea IS, que pasa
por H, y hace notar que las dos partes resultantes del cilindro, eISE y IDFS, per-
manecerán en equilibrio si se suspendieran de los puntos medios M, de AH, y N,
de HB, respectivamente.

Figura 6

"Y ya empezará a verse (dice Galileo) cómo colgando de los puntos extre-
mos de la línea MN los dos graves es, mayor, y SD, menor, resultan de momen-
tos iguales y generan el equilibrio en el punto G, al ser mayor la distancia GN
que la GM".
Pero, para hacer ver que efectivamente los susodichos momentos resultan
iguales hace falta obtener la relación que se da entre los pesos es y SD y las dis-
tancias NG y GM:
Siendo
1
MH=2 AH

y HN =-.1.- HB
2
1 1
MH+HN = 2 (AH+HB)= 2 AB

198
CONSIDERACIONES SOBRE LAS MECÁNICAS DE GALILEO

Por tanto,
MN= --L AB=AG=GB
2
Si entonces se sustrae a MN y GB la parte común GNySe obtiene:

MN -GN=MG
GB - GN = NB = HN
y en consecuencia
HN=MG
Añadiendo a ambos miembros de esta igualdad la parte común GH tenemos:
MG+GH=MH
HN+GH=GN
y por tanto
MH=GN
Si entontes se considera la relación entre MH y HN, esta será igual a la
relación entre GN y MG:

MH GN
=
MH GN

Por otra parte


MH = KL = 2KL = CI
NH IL 21L ID

Ahora que CI e ID representan las alturas de los sólidos cilíndricos homogé-


neos CS=CISE e IF=IDFS, los cuales tienen una base común. Por tanto, a la razón
C I se la puede sustituir por la equivalente de los dos sólidos CS
ID SD
así que se puede escribir:

CS:SD=MH:NH
CS:SD=NG:GM (2)

y ya que los cilindros CS y SD pueden ser sustituidos por los sólidos X y Z,


de igual peso y suspendidos de los puntos M y N, la (2) resulta

X:Z=NG:GM (3)
que expresa la ley general del equilibrio de la palanca, es decir, que los pesos
están entre sí en relación inversa a las distancias del fulcro.
Galileo reducirá el estudio de todas las demás máquinas simples al de la balanza,
haciendo ver así que la (3) es principio fundamental, universalmente válido para
todas las máquinas simples.

199
GALILEO y LA GESTACIÓN DE LA CIENCIA MODERNA

Querría terminar con algunas observaciones sobre el concepto de momento.

C E D

A B
Figura 7

La definición de momento dada por Galileo es la definición habitual de


momento estático que, en el caso de una balanza de brazos horizontales, no pre-
sentaba dificultad alguna, al ser claro que los brazos de los momentos de los pesos
situados en C y en D son, respectivamente, las líneas que juntan los puntos C y
D con E, o sea CE y DE. Pero, si se hace rotar el brazo ED como en la fig. 7
hasta llevarlo a EF, ¿el brazo del momento del peso B que cuelga de F es la línea
que une E con F?, o sea ¿será el momento del peso B suspendido de F el mismo
que cuando estaba suspendido de D?
Galileo precisa que las distancias del fulcro

"se deben medir con líneas perpendiculares, que desde los centros
de gravedad de los dos pesos se trazan hacia el centro común de
las cosas pesadas" .

Por tanto, cuando ED rota hacia EF, el brazo del peso en F es menor
que el del peso en D y, en consecuencia, se produce una disminución del
momento del peso B que no estará ya en condiciones de equilibrar el peso
A en C.
Otra consideración hay que hacer sobre la frase con la que termina la defi-
nición de momento de Las Mecánicas: "y por tanto, el momento, aquel ímpetu
de ir hacia abajo, compuesto de gravedad, posición y alguna otra cosa por la que
pueda estar causada tal tendencia".
¿Cuál es esa otra magnitud que pueda sustituir a la distancia? Para res-
ponder a esta pregunta es necesario dar un salto en el tiempo. En la segunda
edición del 1612 del Discurso en torno a las cosas que están bajo el agua, o
que en ella se mueven, Galileo añadió al texto de la edición precedente 13 algu-
nas aclaraciones, entre las cuales figura la siguiente definición de momento:

13 De mayo de 1612.

200
CONSIDERACIONES SOBRE LAS MECÁNICAS DE GALILEO

"Momento, entre los entendidos en Mecánica significa aquella «vir-


tud», aquella fuerza, aquella eficacia con la cual el motor se mueve
y el móvil resiste; tal virtud depende no sólo de la simple gravedad,
sino de la velocidad del movimiento, de las diversas inclinaciones
de los espacios sobre los cuales se produce el movimiento, porque
más ímpetu cobra un grave al descender por un espacio muy en declive
que en uno con menor declive. Yen suma, cualquiera que sea la causa
de tal virtud, todavía mantiene el nombre de momento" .14
Por tanto, aquí, la distancia Galileo la ha sustituido por la velocidad, como
si distancia y velocidad fueran magnitudes intercambiables (o equivalentes). Pero,
¿en qué sentido lo son realmente? Galileo lo aclara poco después estableciendo
la equivalencia de esta definición con la de Las Mecánicas. De hecho dice:
"Como, por ejemplo, dos pesos iguales en gravedad absoluta, colo-
cados en una balanza de brazos iguales, se mantienen en equilibrio
y no se inclina uno levantando al otro, porque la igualdad de la dis-
tancia de ambos hasta el centro sobre el que la balanza se sostiene
yen torno al cual ella se mueve haría que tales pesos, si se moviera
esa balanza, recorrieran, en el mismo tiempo, espacios iguales, es
decir, se moverían con igual velocidad, por lo que no hay razón alguna
por la que este peso más que aquel o aquel más que éste deba bajar;
y por eso se produce el equilibrio, y se mantienen sus momentos con
una virtud similar e igual."
Una balanza de brazos iguales que sostenga pesos iguales está en equili-
bro por estar dichos pesos colocados a igual distancia del fulcro de la balanza.
El equilibrio persistirá si se hace oscilar la balanza en torno a dicho punto, por-
que los pesos suspendidos de los extremos de los brazos recorrerán, en un mismo
intervalo de tiempo, arcos iguales, o bien se moverán a la misma velocidad.
Pero si tenemos una balanza ACB de brazos desiguales, de los extremos
de la cual esté suspendido un mismo peso P, los arcos AA' y BB' no serán reco-

B'

Figura 8

14 Galileo añade: "ni me parecía que este sentido debiera resultar una novedad en nuestro argot; porque,

si yo no me equivoco, me parece que con bastante frecuencia decimos "este es un asunto bastante grave,
pero el otro es de poca importancia [momento]" y "nosotros nos ocupamos de asuntos menores, y trans-
ferimos los que son de importancia [momento]: metáforas (yo creo) tomadas de la Mecánica".

201
GALILEO y LA GESTACIÓN DE LA CIENCIA MODERNA

rridos a la misma velocidad, al tener que recorrer A, en el mismo tiempo, un espa-


cio mayor que B.
Galileo, por tanto, hace aquí uso del principio aristotélico de las velocidades
virtuales; pero, a diferencia del Pseudo-Aristóteles, que no se había atrevido a ir
más allá en su investigación, determina la relación exacta que se da entre velo-
cidad y gravedad de los pesos.
Dado que los triángulos ACA' YBCB' son isósceles y tienen ángulos respectivos
con el mismo vértice, son semejantes. Se deduce que
AC = AA'
BC BB'

y, dado que en la circunferencia las cuerdas son entre sí como sus arcos respec-
tivos, se obtiene

AC
--
AA' V
BC BB' V'

Entonces, en la consideración del momento, la razón entre las velocidades


V puede sustituir a la de las distancias AC
V' BC

"resulta, pues, ser la velocidad del movimiento del grave B, al des-


cender, tan superior a la velocidad del otro móvil, al ascender, cuanto
la gravedad de este excede la gravedad de aquel" .

Galileo puede llegar a la conclusión:

"a partir de este discurso podemos llegar a conocer cómo la velo-


cidad del movimiento es capaz de aumentar el momento en el móvil,
conforme a la misma proporción con la que la velocidad del movi-
miento se ve aumentada" .

Y, como pesos iguales, situados a distancias desiguales, tienen momentos direc-


tamente proporcionales a las distancias, así pesos iguales, dotados de velocidad
desigual, tienen momentos tales que será

"más potente el más veloz -dice Galileo-: conforme a la proporción


de su velocidad respecto a la velocidad del otro".

Se trata de una traducción en términos de velocidad del principio arquime-


diano del equilibrio de la palanca, o mejor, como el propio Galileo deja enten-

202
CONSIDERACIONES SOBRE LAS MECÁNICAS DE GALILEO

der, del principio situado en la base de la Mecánica aristotélica en ténninos arqui-


medianos.
No se trata, bien mirado, de una simple operación de recuperación de la Mecá-
nica aristotélica, sino de una confinuación del principio de conservación que Gali-
leo había establecido desde el principio en la introducción de la versión larga.
Por tanto, la afinnación de Galileo de que "no se puede engañar a la natu-
raleza" estaba en cualquier caso salvada, ya sea que se quisiera reconsiderar la
Mecánica desde el punto de vista arquimediano, o desde el de la tradición aris-
totélica.

Traducido del italiano por Manuel García García


Fundación Canaria Orotava de Historia de la Ciencia

203
LA TEORÍA DE LAS MAREAS DE GALILEO.
EL DIÁLOGO REVISITADO

Pierre Souffrin
Observatorio de la Cote d'Azur

1.- LA TEORÍA GALILEANA DE LAS MAREAS Y LA HISTORIA

En agosto de 1631, Galileo escribe con cierta satisfacción a Diodati, por


entonces en París:

"Tras muchas dificultades, he conseguido editar mis Diálogos, aun-


que dada la materia que trato y laforma en que la conduzco, mere-
cería que se me rogara publicarla por los mismos que han puesto
dificultades f..'} Es cierto que no he conseguido nombrar el flujo y
el reflujo del mar, aunque este sea el tema principal que trato en la
obra f..,} Creo que si fuese titulado el libro del flujo y del reflujo
habría sido más útil..."

Esta carta, entre otras declaraciones del mismo tenor, señala que la teoría
de las mareas es el argumento esencial del Diálogo, según su propio autor. Puesto
que ese lugar central ha sido olvidado, o más bien, ocultado por los autores moder-
nos, conviene exponer alguna justificación histórica.
En primer lugar, está claro que el desafío histórico es aquí de una impor-
tancia excepcional. Este desafío no es en primer lugar, retrospectivamente, la pro-
ducción de una teoría de las mareas; el desafío principal, desde la perspectiva epis-

205
GALILEO y LA GESTACIÓ DE LA CIENCIA MODERNA

temológica moderna, es la búsqueda de una prueba física irrefutable de la reali-


dad del doble movimiento -diario y anual- de la Tierra exigida por el sistema de
Copérnico (para abreviar el argumento obviaré el papel histórico del problema
del tercer movimiento de la Tierra en este sistema). Se trata, con estos movimientos
de la Tierra, del verdadero talón de Aquiles de la física y del cosmos aristotéli-
cos: en el siglo XVI sus partidarios conseguían integrar las novedades sin sen-
tirse realmente perturbados, tales como la corruptibilidad de los cielos -manchas
solares, la nova de 1604, incluso las fases de Venus-, pero si el heliocentrismo
llegara a ser demostrado por una prueba física irrefutable arruinaría el edificio
entero sin posibilidad de recuperación. Hay testimonios de que Galileo mismo
consideró muy pronto el fenómeno de las mareas como un argumento decisivo,
la única prueba de la realidad objetiva de los dos movimientos terrestres y que
mantuvo esa posición hasta sus últimos años. 1 No quiero sugerir que la adhesión
de Galileo al sistema copernicano haya podido depender de tal prueba física: en
primer lugar, se basaba evidentemente en su rechazo de la filosofía natural aris-
totélica y escolástica, y en segundo lugar, como la de Copérnico mismo y los coper-
nicanos de la época, en la coherencia de un conjunto de argumentos cuya fuerza
persuasiva tanto como su carácter no rigurosamente probatorio habían sido reco-
nocidos desde el siglo XlV.
Para apreciar la fuerza que podía tener en una polémica un argumento cons-
truido sobre una teoría de las mareas, es conveniente saber que el fenómeno de
las mareas era visto por los aristotélicos renacentistas como el único fenómeno
cosmológico al que el Filósofo no había logrado dar ni la sombra de una expli-
cación. En la encrucijada de los siglos XVI y XVII la explicación teórica de las
mareas representaba un desafío tal para la filosofía natural que el filósofo que lo
consiguiera podría estar seguro de adquirir inmediatamente una notoriedad y auto-
ridad considerables, y esa puede haber sido la motivación inicial del interés de
Galileo por este fenómeno. Hacer de la búsqueda de una prueba del doble movi-
miento de la Tierra el origen de las investigaciones galileanas sobre las mareas,
para darle mayor conformidad con nuestra jerarquía de problemas epistemológi-
cos, implicaría, bien mirado, una intuición previa de que el fenómeno de las mareas
podría constituir tal prueba; no alcanzamos a ver cómo tal intuición podría haber
precedido a toda idea de solución teórica del problema de las mareas.
La solución propuesta por Galileo se basa en la analogía que establece
entre el fenómeno comúnmente observado de las oscilaciones del agua conte-
nida en un recipiente sometido a fases de aceleración y deceleración y las osci-

1 El Discurso del flujo y. reflujo del mar, EN V, 378 ff data de 1616, recogido ampliamente en 1632 en

el Diálogo sobre los dos máximos sistemas del mundo, EN VII, 27-526. En lo que sigue se designará
por Diálogo (1998) la gran edición crítica: Galileo Galilei, Dialogo sopra i due massimi sistemi del mondo
Tolemaico e Copernicano, Edizione critica e commento a cura dei O. Besomi e M. Helbing, vol. 1Testo,
vol. 11 Cornmento (Padova, Antenore,1998).

206
LA TEORÍA DE LAS MAREAS DE GALILEO. EL DIÁLOGO REVISITADO

laciones de los mares sobre la superficie-del globo terrestre; al presentar como


indisociables el fenómeno evidente de las mareas y el doble movimiento de la
Tierra alrededor del Sol, esta solución invertía la jerarquía de los desafíos. La
posibilidad de zanjar, sólo por la existencia de un fenómeno evidente, la vieja
cuestión del movimiento de la Tierra o de los cielos, se exponía por vez pri-
mera sobre bases nuevas, desde las argumentaciones del siglo XIV que habían
dejado a los partidarios de ambas tesis igualmente satisfechos con su aparente
indecidibilidad en el marco de la filosofía natural. La necesidad del doble movi-
miento de la Tierra dentro de la explicación galileana de las mareas transfor-
maba radicalmente el problema de la comparación de los grandes sistemas del
mundo y le confería un estatuto revolucionario. Este tema es un lugar común
de la historia del pensamiento científico; lo que normalmente no se percibe es
que esta revolución, para el propio Galileo, se halla más radicalmente anclada
en su teoría de las mareas que en cualquier otra argumentación, fases de Venus
y satélites de Júpiter incluidos. Esta teoría de las mareas preocupó a sus adver-
sarios y especialmente a la curia papal, probablemente ya desde el primer pro-
ceso de 1616, y ciertamente en el de 1633, puesto que entre las ocho presun-
ciones de culpabilidad sostenidas contra Galileo el único argumento de filosofía
natural mencionado es la prueba del copernicanismo mediante la teoría de las
mareas. En fin, fue esa teoría de la mareas, retomada prácticamente sin cam-
bios del discurso de 1616, la que coronó la gran obra final de su vida, el Diá-
logo sobre los dos grandes sistemas del mundo. Si recordamos que pretendía
titular el Diálogo como Sobre elflujo y el reflujo del mar, siendo disuadido por
la prudencia de sus amigos y por las presiones de sus poderosos adversarios,
se reconocerá que no solamente sOstuvo esta teoría de manera constante sin
enmendarla en nada, sino incluso que la consideraba una pieza maestra de su
filosofía de la naturaleza.

EL JUICIO DE LA HISTORIA: UNA TEORÍA FALSA

La apreciación de los historiadores ante una teoría tan importante a ojos


de Galileo es bastante paradójica. Domina un juicio casi unánime: es una teoría
falsa. Por no citar más que a cualificados autores, E. J. Aiton afirma: "Aunque
fundamentalmente falsa, la teoría galileana de las mareas merece atención...";
para M. Clavelin: 'Trátese de las mareas o de los vientos alisios, la argumenta-
ción de Galileo es profundamente defectuosa"; y para P. Costabel: "La única prueba
formal que proponía del movimiento de la Tierra, a saber, el flujo y el reflujo del
mar, no valía absolutamente nada". Bajo el peso de este desafortunado error, a
menudo los historiadores han descuidado la cuarta jornada del Diálogo, pasando
la teoría de las mareas y sus consecuencias cosmológicas al debe y el haber de
la Historia.

207
GALILEO y LA GESTACIÓN DE LA CIENCIA MODERNA

Aunque se considere actualmente la teoría como falsa de forma unánime,


hacemos notar que en la introducción a su edición del Diálogo (Einaudi 1970)
Libero Sosio, que comparte sin duda esa opinión, modera no obstante la conclu-
sión -que tomada al pie de la letra es igual de desoladora respecto a las inten-
ciones de Galileo- precisando que es falsa "al menos en tanto que teoría de las
mareas" . Esta restricción deja abierta al menos la posibilidad de que la teoría no
sea falsa sino en tanto que teoría de las mareas. Aunque esta vía vislumbrada no
haya sido explorada por Sosio es preciso reconocer que es uno de los escasos comen-
taristas que ha expuesto alguna reserva al hecho de que por doquier la teoría haya
sido calificada como falsa; sin embargo, al no haberla desarrollado, permanece
imprecisa y preñada de ambigüedades.
Con escasas reservas, la teoría galileana ha sido considerada como un lamen-
table error, comprensible en su contexto histórico, pero que merece ser olvidada,
por bien de su autor. No deja de chocamos el que este juicio negativo no haya
sido casi nunca apoyado por alguna evidencia, incluso vaga, de su falsedad; el
juicio de Finocchiaro, que aventura este atrevido comentario, es típico de la lite-
ratura actual sobre el tema: "Esta explicación causal es errónea, aunque su argu-
mento fundamental no es despreciable, y no está claro dónde yerra su razona-
miento" . Las únicas excepciones que conozco se deben a E. Mach, que mantiene
un rechazo radical, y las de E. Strauss y K. Popper, que mantienen un rechazo,
digamos, condicional. Volveremos después sobre sus propuestas.
Las escasas reservas expresadas en cuanto a calificar simplemente como
falsa la teoría de las mareas, por raras que hayan sido, podrían bastar para sentir
la necesidad de reexaminar críticamente tal calificación. Una de dos: o bien las
dudas están mal basadas y entonces hay que ponerlo de relieve, o bien tienen algún
fundamento sólido cuyas consecuencias habrá que explorar. Hay que reconocer
que en esta última hipótesis podríamos extrañamos de que quienes han tenido
suficiente lucidez para exponer sus reservas se hayan quedado ahí.
En cuanto al punto de vista radical de Mach, sorprende el poco caso que
le han hecho los historiadores; pues si es irrefutable, lo dice todo sobre la teoría
de las mareas y hace vanas las tergiversaciones que acabamos de cuestionar. Ha
sido poco citado e incomprendido al citarlo: quizá lo uno aclara lo otro. Es nece-
sario un examen crítico de su posición, y luego mostraré que es refutable en tanto
que crítica del modelo de Galileo. Antes de abordar ese empeño conviene des-
cribir con mayor precisión el contenido de la propuesta galileana.

LA TEORÍA GALILEANA DE LAS MAREAS: SENCILLA Y SOFISTICADA

Como he indicado más arriba, la teoría se basa en la referencia a los movi-


mientos de un líquido en relación al recipiente que lo contiene cuando este se ve
sometido a sucesivas aceleraciones y deceleraciones. Galileo afirma que en la doble

208
LA TEORÍA DE LAS MAREAS DE GALILEO. EL DIÁLOGO REVISITADO

hipótesis de un doble movimiento de la Tie-


rra -un movimiento de rotación uniforme
en torno a su centro y un movimiento de
traslación uniforme de ese centro a lo largo
de una órbita circular alrededor del sol-las.
grandes masas de agua sobre la superficie
se comportan en sus cuencas naturales
A como el agua en tal recipiente. En efecto,
señala, la composición de dos movimien-
tos uniformes de rotación -la diurna y la
orbital anual- tiene como resultado que la
cuenca de todo lago, mar u océano, tiene
un movimiento absoluto no uniforme, al
añadirse la rotación diurna al movimiento
orbital en mitad de la noche y suprimirse en mitad del día, mientras que el agua,
fluida y libre horizontalmente, no se ve afectada por esa aceleración en cuanto
que no está contenida por una orilla. Para facilitar la comprensión de ese resul-
tado Galileo lo explica mediante esta figura, donde para simplificar hace coinci-
dir el plano del ecuador con el de la eclíptica.
El círculo EFDG representa la Tierra, B su centro, y el círculo C con cen-
tro en A la órbita anual. Un punto fIjo sobre la Tierra recorre el pequeño círculo
en un día y el centro B recorre el círculo C en un año, teniendo ambas rotacio-
nes el mismo sentido, desde D hacia E. Galileo muestra mediante la figura que
"cuando [la superficie terrestre} gira alrededor de su propio centro, resultará
forzosamente para las partes de esa superficie, por el acoplamiento entre el movi-
miento diurno y el movimiento anual, un movimiento absoluto unas veces muy
acelerado y otras igualmente retardado para las partes de esa superficie f.,.} Por
tanto, si es verdadero (y la experiencia prueba que es muy cierto) que la acele-
ración y la ralentización del movimiento de un vaso hace ir y venir, y subir y luego
descender hasta sus extremos, el agua que contiene, quién no concederá que tal
efecto pueda, o más bien deba, ocurrir del mismo modo y necesariamente en el
caso de los mares, cuyos recipientes están sometidos a variaciones semejantes?"
Esta descripción preliminar no es sino una versión muy simplificada de la
discusión desarrollada por Galileo, en las páginas que siguen, para dar cuenta de
modo cada vez más realistas de las características geométricas y cinemáticas de
los movimientos de la Tierra según Copérnico y de las consecuencias de la diver-
sidad topográfica de las costas y fondos marinos sobre las aguas en movimiento.
En cónjunto, la argumentación de Galileo es finalmente muy sofisticada, com-
pleja, implicando la inclinación de la eclíptica y el movimiento orbital de la luna
alrededor de la Tierra respecto a la Cosmografía, los movimientos que llamamos
oscilaciones propias de una masa fluida y su concepción del impetus respecto a
la Física, por no citar sino algunos de los ingredientes que forman parte del arse-

209
GALILEO y LA GESTACIÓN DE LA CIENCIA MODERNA

nal explícitamente usado por Galileo en la comparación de su modelo teórico con


las observaciones.
En la medida en que el juicio dispensado por la crítica a la teoría de las
mareas se articula esencialmente sobre ese modelo simplificado, desarrollaré sobre
él mi discusión de tal crítica. Sostengo, y es el fundamento de toda mi discusión,
que la esencia de la teoría de Galileo la constituye la afirmación de la existencia
de dos fenómenos. El primero es que los dos movimientos de la Tierra conjuga-
dos producen como efecto que un punto de la superficie se halla sometido alter-
nativamente a aceleraciones y desaceleraciones horizontales absolutas (por ejem-
plo, paralelamente a la superficie); designaré ese efecto como efecto Galileo. El
segundo es la tendencia que atribuye al agua de proseguir su movimiento hori-
zontallibremente sin aceleración. Según Galileo, las mareas se deben, en lo que
respecta a su causa primera, a la conjunción de esos dos fenómenos.
Aunque no carezca de interés atender a los numerosos comentarios que esqui-
van cualquier justificación de su recusación de la teoría de las mareas, no tomaré
en cuenta aquí sino los argumentos de los autores ya citados que han hecho una
crítica explícita.

l. LAS REFUTACIONES DE LA TEORÍA GALILEANA DE LAS MAREAS

1. Ernst Mach: el efecto Galileo no existe

En su exposición crítico-histórica de la Mecánica, Mach rechaza la exis-


tencia del efecto Galileo, lo que constituye una refutación radical de la teoría
galileana de las mareas. Mach creyó que era legítimo pensar que la explicación
de Galileo se refería a una composición de movimientos donde el movimiento
circular uniforme orbital sería reemplazado por un movimiento rectilíneo uni-
forme. Ahora bien, si el movimiento orbital es reemplazado por un movimiento
rectilíneo uniforme habrá una fuerza de inercia debida a la rotación diurna, pero
no será variable en el tiempo en un lugar geográfico determinado, y por tanto
no habrá marea. Esta ausencia del efecto marea cuando el segundo movimiento
uniforme es rectilíneo surge justamente de la ausencia de efecto dinámico de un
arrastre rectilíneo uniforme (principio de inercia) que Galileo ha expuesto en diver-
sas ocasiones.
No veo qué autoriza a preferir esa interpretación a la lectura estricta del
texto que sólo menciona movimientos circulares uniformes, salvo cuando en la
introducción didáctica Galileo usa la imagen de una barca frenada que habría hecho
agua, pero entonces lo esencial es que ese movimiento rectilíneo es no uniforme,
decelerado. Todo en el texto y las figuras, así como el c~ntexto a~tronómico, implica

210
LA TEORÍA DE LAS MAREAS DE GALILEO. EL DIÁLOGO REVISITADO

claramente que los dos movimientos uniformes cuya existencia simultánea requiere
Galileo son rotaciones uniformes.
La crítica de Mach es justa en la medida en que se aplica al modelo que
somete a crítica, pero que no es el de Galileo, y su crítica no es pertinente en tanto
que refutación de la teoría galileana de las mareas.

2. E. Strauss y K. Popper: el efecto Galileo existe, pero es muy pequeño

Las pocas páginas que Popper consagra a la teoría galileana en Conoci-


miento objetivo para ilustrar su concepto de comprensión histórica objetiva me
parecen singularmente instructivas desde el punto de vista epistemológico. Leeré
en ellas, empleando una fórmula de Koyré, una especie de comedia de errores.
Tras una paráfrasis muy fiel al modelo de Galileo, Popper concluye: "La
teoría de Galileo es plausible, pero incorrecta en esa forma: además de la ace-
leración constante debida a la rotación de la Tierra -o sea, la aceleración cen-
trípeta- que también crece si [la velocidad orbital] es cero, no hay ninguna otra
aceleración yen especial ninguna aceleración periódica."
Reconocemos ahí la crítica de Mach, pero Popper prolonga la argumenta-
ción con una nota a pie de página bastante singular:

"Uno puede pensar que la teoría cinemática de Galileo sobre las


mareas contradice al llamado principio de relatividad de Galileo. Pero
tal crítica será falsa, tanto histórica como teoréticamente, puesto que
tal principio no se refiere a movimientos rotatorios f. ..] Además hay
(pequeñas) aceleraciones periódicas tan pronto como tomamos en
cuenta la curvatura del movimiento de la Tierra alrededor del sol."

Sobre la base de esa misma idea, la de un efecto real, pero demasiado


pequeño para ser significativo de la curvatura de la órbita de la Tierra, Strauss
(en su edición alemana del Diálogo) rehusa considerar como causa primaria de
las mareas el efecto físico al que sin embargo concede realidad:

"Considero muy probable que, aunque la teoría expuesta por Gali-


lei no sea incorrecta en lo esencial, sin embargo, los fenómenos que
de acuerdo con ella se producen son demasiado débiles como para
ser observados en relación con la marea lunar f. ..], así que no se
excluye la posibilidad de que la visión galileana sea tenida en cuenta
a la hora de aclarar fenómenos secundarios de la marea" .

Lo problemático, de diversas maneras, es evidentemente la consecuencia


que ambos autores extraen de la pequeñez que atribuyen al efecto de aceleración

211
GALILEO y LA GESTACIÓN DE LA CIENCIA MODERNA

de la curvatura del movimiento orbital, aceleración que el segundo movimiento,


el diurno, hará percibir como periódico a un observador terrestre arrastrado por
esa rotación. Pues de suponer que sea exacto que la aceleración periódica sea efec-
tivamente pequeña, me parece que la teoría galileana de las mareas debería ser
considerada correcta en principio, y ello por pequeña que sea tal aceleración, por
el mero hecho de su existencia.

JI. LA TEORÍA DE LAS MAREAS REVJSJTADA

Conviene poner de relieve que Galileo no se hallaba en posición de rea-


lizar un análisis satisfactorio, ni siquiera cualitativamente, de las aceleraciones
y deceleraciones que resultan, para un observador terrestre, de la composición
de las dos rotaciones; la descripción cinemática que propone para convencer a
sus lectores de su existencia (las adiciones y sustracciones mencionadas) no hace
ningún caso al carácter acelerado del movimiento orbital; para tener una pre-
cisa apreciación de ello hubiera sido necesario que anticipara los trabajos de
Huygens sobre la fuerza centrífuga. Sin embargo, hay una cierta incoherencia,
de la que no podemos extrañamos sin caer en flagrante anacronismo, entre la
intuición galileana de la existencia del efecto de los dos movimientos combi-
nados y el análisis cinemático que propone como justificación teórica. Nos halla-
mos en presencia de una inadecuación entre las propiedades atribuidas a un modelo
mecánico bien definido y las justificaciones teóricas propuestas en ausencia de
instrumentos conceptuales matemáticos y físicos adecuados. Tales inadecuaciones
salpican la historia de la ciencia, y no es arriesgado adelantar que el descubri-
miento de un fenómeno físico precede casi siempre a las justificaciones que lo
integrarán en un marco teórico coherente. Basta recordar, por ejemplo, el helio-
centrismo de Copérnico.
En presencia de contradicciones de este tipo, banales en historia de la
ciencia, aunque sea legítimo señalar la distancia entre el modelo físico y su
análisis formal, considero que el valor de la teoría debe ser juzgado históri-
camente según la realidad de los fenómenos atribuidos al modelo físico y no
según el valor de la matematización intentada prematuramente. Está claro que
no se trata de una tesis gratuita, sino que constituye el fundamento de mi aná-
lisis. Las dos cuestiones pertinentes que debe plantearse el historiador de la
ciencia sobre la teoría galileana de las mareas son las que voy a tratar a con-
tinuación:

1) ¿Existe realmente el efecto Galileo?


2) ¿En caso afirmativo cuál es su relación con el fenómeno de las mareas?

212
LA TEORíA DE LAS MAREAS DE GALILEO. EL DIÁLOGO REVISITADO

1) El efecto Galileo existe

Desde el punto de vista cinemática el modelo de la teoría galileana de las


mareas no es sino un caso simplificado (sin ecuante) de los modelos deferente-
epiciclo de Ptolomeo, es decir, un paradigma de la astronomía antigua. La teoría
de Galileo se basa en la afirmación de que el movimiento de un punto del epici-
clo está sometido a una aceleración horizontal (esto es, tangencial) cuyo sentido
cambia periódicamente.
La primera cuestión es saber si el efecto Galileo existe o no. Para respon-
der podemos pensar en un dispositivo experimental; sabemos que Galileo pre-
tendía haber construido uno: "Y por imposible que pueda parecer a muchos que
podamos experimentar en máquinas y recipientes artificiales los efectos de seme-
jante propiedad, no es del todo imposible; he construido una máquina, en la que
puede comprobarse específicamente el efecto de esa maravillosa composición de
movimientos" (Diálogo EN. VII, p. 456). Realmente no sabemos si la hizo o no.
Otro método consiste en sustituir ese experimento por el recurso al cálculo. El
problema cinemático es muy sencillo. Con la representación geométrica ilustrada
por la figura siguiente, donde O representa el centro del movimiento orbital, C
el centro de la Tierra, M un punto fijo de su superficie y las otras notaciones son
evidentes

R
"--------------------.....
se obtiene fácilmente como expresión de la aceleración absoluta del punto M

OM" =.02 OC - (ro + 0)2 CM

cuya componente tangencial es R02 sen (rot + <p).

213
GALILEO y LA GESTACIÓN DE LA CIENCIA MODERNA

Este cálculo hace aparecer efectivamente una componente "horizontal" de


la aceleración, que cambia de sentido en el afelio y el perihelio; esta componente
se debe al movimiento orbital (que es R(2), y debido al movimiento diurno ori-
gina en un punto fijo del ecuador una oscilación cotidiana (que es sen(rot + q»).
No se trata de una explicitación del discurso de Galileo, sino de un cálculo que
nosotros podemos realizar sobre una propiedad de su modelo físico.
El cálculo confIrma entonces literalmente, en contra de la opinión de Mach,
las proposiciones de Galileo en cuanto a la existencia en su modelo de variacio-
nes periódicas de la aceleración en un punto de su "ecuador". En otras palabras,
el efecto Galileo existe.
La realidad del efecto Galileo confirma en principio la analogía cuantita-
tiva entre las mareas y el movimiento del agua en una barca bruscamente fre-
nada. El fenómeno recibe en el cuadro de la física galileana la siguiente expli-
cación global: la gravitas impide al agua ser expulsada por la rotación diurna, y
el fondo del mar retiene el agua en la dirección vertical. Lejos de las costas nada
obstaculiza el movimiento horizontal del agua, que es absolutamente uniforme,
por tanto relativamente acelerado respecto a la Tierra; cerca de las costas el agua
se precipita por esa aceleración relativa; en el curso de la rotación diurna esa ace-
leración oscila periódicamente en cada lugar geográfico.
El fenómeno resulta de la existencia conjunta de los dos movimientos cir-
cularesuniformes, y que Galileo pueda llamarlos reales, absolutamente y no sólo
relativamente, a los movimientos en cuestión surge del hecho de que en el caso
de un modelo a lo Tycho Brahe el efecto Galileo no existe claramente.

2) El efecto Galileo y la teoría clásica de las mareas

2.1. - La formulación clásica de la teoría elemental de las mareas

Una vez establecida la existencia del efecto es preciso examinar su rela-


ción con el fenómeno de las mareas. Para proceder a ese examen podemos ate-
nemos a la presentación moderna de la teoría elemental de las mareas, y preci-
samente a su forma más simple, llamada teoría estática, cuyas notorias insuficiencias
no son pertinentes para la discusión de las causas primeras. Siguiendo la cos-
tumbre de los manuales de Mecánica clásica representamos al astro perturbador
como un centro de fuerza inmóvil (el Sol, para simplificar) que induce sobre todo
cuerpo una aceleración centrípeta inversamente proporcional al cuadrado de su
distancia e independiente de la masa de dicho cuerpo. Esta última singularidad
de las acciones gravitacionales, cuya ilustración más conocida es la caída libre
idéntica de todos los cuerpos sobre la superficie terrestre, es un elemento abso-
lutamente esencial de la explicación clásica de las mareas, y es indispensable tenerlo
en cuenta para comprender esa explicación.

214
LA TEORÍA DE LAS MAREAS DE GALILEO. EL DIÁLOGO REVISITADO

Lo que a primera vista diferencia radicalmente la explicación clásica de


la galileana es que la acción ejercida por el centro de fuerza sobre el agua marina
juega un papel esencial. Ahora bien, tal acción a distancia es absolutamente extraña
a la física y a la cosmología de Galileo, y se halla efectivamente ausente, tal como
hemos visto, en su explicación. Es probable que esta diferencia la perciban casi
todos los comentaristas como una razón suficiente para rehusar toda pertinencia
a la teoría galileana de las mareas.
He dicho "a primera vista", pues aunque las mareas son un resultado de
la acción del Sol sobre el agua marina, se trata en realidad de ese resultado visto
desde la Tierra, que se halla igualmente sometida a la acción de ese centro de
fuerza. La marea es un movimiento relativo del mar y de la superficie terrestre
y la teoría clásica toma en cuenta el movimiento de la Tierra del mismo modo
que lo hace con el movimiento de las aguas superficiales. El efecto Galileo, que
es un movimiento "absoluto" de la Tierra, no es algo radicalmente extraño a la
teoría clásica del fenómeno. Parece pues necesario avanzar en esta comparación.
Puesto que en las interacciones gravitacionales la intensidad de la acele-
ración centrípeta debida al centro de fuerza es estrictamente independiente de la
masa (y de la naturaleza) de los cuerpos atraídos, no depende sino de sus dis-
tancias a dicho centro; siendo la dimensión de la Tierra muy pequeña en relación
a la distancia de la Tierra al Sol, está claro que las aceleraciones provocadas por
este último serán casi iguales, tanto en magnitud como en dirección, para toda
masa libre cercana a la Tierra. Por otra parte, suponiendo a la Tierra (suficiente-
mente) sólida, todos los puntos ligados rígidamente al globo (como los de su super-
ficie) no pueden tener sino una sola e idéntica aceleración centrípeta, que se demues-
tra que es igual a la de una masa situada en su centr02 ; el agua superficial de los
mares, por el contrario, está débilmente ligada al globo y casi libre "horizontal-
mente": cualquier masa de dicha agua será acelerada en función de su distancia
"real" al Sol. La aceleración relativa de una masa de agua y de la superficie terres-
tre vecina no se debe, por tanto, sino a la diferencia de distancias del agua y del
centro de la Tierra al Sol, diferencia muy pequeña en proporción.
Veámoslo cuantitativamente según la teoría clásica, con las notaciones usa-
das antes. En el sistema absoluto de referencia, la aceleración de una masa de
agua "libre" situada en M debida al Sol situado en O, se escribe así:

(1) r a =- ..!5... OM, donde r es la distancia del agua al centro, o sea el módulo de OM.
1'"'

2 En rigor, la aproximación lineal de la fuerza a distancia a la cercanía correspondiente del centro de la

Tierra, es de segundo orden en E. con las notaciones de la figura.


R

215
GALILEO y LA GESTACIÓN DE LA CIENCIA MODERNA

Para obtener la aceleración del agua en el sistema de referencia ligado a


la Tierra, se añade a la aceleración absoluta las intensidades de las fuerzas de iner-
cia de arrastre y centrífugas, o sea, respectivamente:

r e
= _l.-
. R 3
OC

de donde para la aceleración vista desde la Tierra del agua "libre" en M:

El último término de la derecha es independiente del tiempo y no contri-


buye a la marea e indica que sólo han de tenerse en cuenta los efectos horizon-
tales. La aceleración generadora de la marea es entonces la componente "hori-
zontal" de r, o sea el módulo:

Siendo el radio p de la Tierra muy pequeño respecto a las distancias casi


iguales r y R, podemos desarrollar la diferencia y obtener para el orden más bajo
de E.. la forma clásica de la aceleración generadora de las mareas:
R
(4) G = 3/2 P sen(2rot + 2q»
Esta expresión explica y completa lo dicho anteriormente: la aceleración
generadora es la diferencia entre dos términos casi iguales; además, parece claro
que cada una de esas contribuciones es periódica, con período diurno, pero con
fases opuestas (el signo -), y en fin, que el período semidiurno característico de
las mareas clásicas es estrictamente el resultado de su superposición.

2.2- El efecto Galileo en la teoría clásica de las mareas

Respecto a esta presentación standard la teoría galileana sugiere una alter-


nativa. Si suponemos completamente conocido el movimiento orbital, como hace
Galileo siguiendo a Copémico, podemos ahorramos las nociones de cambio de
sistemas de referencia y de fuerza inercial de arrastre, que la experiencia de la
enseñanza muestra que son todo menos triviales...

216
LA TEORÍA DE LAS MAREAS DE GALILEO. EL DIÁLOGO REVISITADO

En efecto siempre podemos decir que la aceleración del agua "libre" en


relación a la superficie terrestre es la diferencia entre la aceleración absoluta del
agua - que Galileo supone explícitamente nula- y la aceleración absoluta del punto
contiguo de la tierra, que es justamente el efecto Galileo. Aunque la primera no
puede conocerse sino mediante la ecuación (1), la segunda la conocemos por com-
pleto desde el momento en que el movimiento de la Tierra es completamente cono-
cido; en la hipótesis de dos movimientos circulares uniformes, su expresión explí-
cita ha sido ya obtenida, y ésta es:

por lo que restando

Si suponemos además que la órbita considerada se debe a la atracción new-


toniana del "sol", la ley fundamental de la dinámica implica la conocida relación:

..!!:...-=Ü.zR
R2
de donde la estricta identidad de las aceleraciones r y r' dadas por las ecuacio-
nes (2) y (5). Todas las conclusiones deducidas de la fórmula (2) se aplican a los
correspondientes componentes de (5), lo que podemos expresar a modo de con-
clusión final de este debate.

CONCLUSIÓN

Lejos de ser despreciable, el efecto Galileo es uno de los dos componen-


tes de la teoría clásica de las mareas, y su efecto es casi igual al efecto de la com-
ponente ausente de la teoría galileana de las mareas (la acción del sol sobre el
agua); ambos componentes son periódicos, con período diurno, en oposición de
fases. Operan de manera cuantitativamente sustractiva y el resultado de su acción
conjunta es de período semidiumo.
Para ser precisos, la fórmula (3) permite estimar la relación del efecto de
ambas contribuciones a la marea newtoniana resultante; obtenemos fácilmente:

Mareas newtonianas
contribución galileana

217
GALILEO y LA GESTACIÓN DE LA CIENCIA MODERNA

Con los parámetros correspondientes a la configuración Tierra-Sol,


encontramos que la marea total, newtoniana, es al menos diez mil veces inferior
a la que produciría exclusivamente el efecto Galileo.
Creo que podemos extraer algunas lecciones de este tema. En el plano his-
toriográfico, parece que el proceso imaginado por Galileo ha sido o bien ocul-
tado, o rechazado, o considerado como real pero despreciable, por los historia-
dores, y que de hecho sería excesivamente eficaz tomado aisladamente como
generador de mareas. La historia de tal desviación merecería realizarse.
En el plano del análisis histórico, este análisis invita a una reevaluación
de la economía interna del Diálogo. Sería igualmente instructivo, probablemente,
retomar el estudio de la recepción de la teoría galileana de las mareas por los con-
temporáneos de Galileo, aunque podemos presumir que la imagen de esa recep-
ción estaría sesgada por una opinión perentoria y desafortunadamente negativa.
Conviene finalmente reconocer al Diálogo la legitimidad del título que se impi-
dió por fuerza que Galileo le diera: Sobre el flujo y reflujo del mar.

Traducido del francés por Sergio Toledo Prats


Fundación Canaria Orotava de Historia de la Ciencia

218
EL DIÁLOGO SOBRE LOS DOS MÁXIMOS
SISTEMAS DEL MUNDO DE GALILEO.
GÉNESIS Y PROBLEMAS

Antonio Beltrán Marí


Universidad Central de Barcelona

1. LA PREHISTORIA DEL DIÁLOGO: 1610-1616

E17 de mayo de 1610, cuando tras sus descubrimientos telescópicos Gali-


leo negociaba su traslado de Padua a Florencia, exponía sus deseos y proyectos
que incluían tres grandes obras:

"Las obras que tengo pendientes son principalmente dos libros De


systemate seu constitutione universi (Sobre el sistema y constitución
del universo), tema inmenso, lleno de filosofía, astronomía y geo-
metría; tres libros De motu locali (Sobre el movimiento local), cien-
cia enteramente nueva, f. ..} tres libros de mecánica f. ..}

Y añadía:

Tengo también varios opúsculos sobre cuestiones naturales tales como


De sono et voce [Del sonido y la voz], De visu et coloribus [De la
visión y los colores], De maris estu [Sobre las mareas], De compo-
sitione continui [Sobre la composición del continuo], De animalium
motibus [Sobre los movimientos de los animales], y otros más."}

I Opere X, 351-353. Cito los textos de Galileo por la edición de las Opere de Favaro, cuya referencia

puede encontrarse en la bibliografía, seguida del número del volumen y la página.

219
GALILEO y LA GESTACIÓN DE LA CIENCIA MODERNA

Es obvio que los libros Sobre el movimiento local y los de mecánica anun-
cian lo que finalmente sería una sola obra sobre dos nuevas ciencias: los Discorsi. 2
Pero lo que me interesa destacar aquí es que por una parte se enuncia una obra
importante sobre cosmología y por otra un opúsculo menor sobre las mareas. Nótese
que se enuncian como dos temas distintos y diferenciados en importancia. A pos-
teriori, podría pensarse que la obra Sobre el sistema o la constitución del uni-
verso anuncia el Diálogo, en el sentido de que se trata de una obra de cosmolo-
gía. Y en este momento, en 1610, ya sabemos que se tratará sin duda de la
presentación de una cosmología copemicana. Efectivamente, entre 1602 y 1609,
Galileo' ya ha desarrollado su nueva física que, al ser compatible con la teoría
copemicana, la refuerza. Sabemos que la geometría constituiría el método de prueba
y el lenguaje necesario para entender estas cuestiones. El destinatario natural de
una obra de estas características, escrita en latín, como el De revolutionibus de
Copémico por ejemplo, era la comunidad científica. Además, en 1610, ha hecho
buena parte de sus descubrimientos astronómicos con el telescopio que presenta
como favorables a la cosmología copernicana. En cambio el texto sobre las mareas
es anunciado como un mero opúsculo sobre una cuestión natural. Y si el De sis-
temate podría compararse al De Caelo de Aristóteles, el opúsculo sobre las mareas,
sería un tema menor comparable a uno de los Parva Naturalia de Aristóteles, junto
al tema del sonido o los colores. Esto plantea un problema interesante respecto
a la génesis, la prehistoria si se quiere, del Diálogo, por una parte, y sobre la géne-
sis y el estatus teórico de la teoría de la mareas galileana por otra. 3 En todo caso,
creo que nos autoriza a pensar que, si en 1610 Galileo establece esta indepen-
dencia y jerarquización entre una obra cosmológica y un opúsculo sobre las mareas,
eso significa que entonces la teoría de las mareas para él todavía no tenía el carác-
ter demostrativo y probatorio del movimiento terrestre copemicano que le atri-
buiría desde 1616.4 Galileo incluso utiliza una terminología, el término latino aestu
o estu que no volverá a emplear jamás.

2 En su Momento, Galluzzi ha estudiado en profundidad las relaciones entre estas dos nuevas ciencias a
lo largo del desarrollo intelectual de Galileo. Véase Galluzzi 1979.
J Recordemos que, cuando en 1597 Galileo le dice a Kepler que es copemicano desde hace años porque

la teoría copemicana le ha ayudado a explicar numerosos efectos naturales que la teoría geocéntrica no
explica, Kepler entiende que Galileo se refiere a las mareas. (Opere, X, 72) Eso animó a Drake a supo-
ner que la teoría de las mareas de Galileo se remontaba a 1595. ("Origin and Fate of Galileo's Theory
ofTides", Physis, 3 (1961),282-290, revisado en Drake 1970, pp. 200-214.) El problema estaba en que
esta hipótesis carece de un apoyo documental claro.
4 No parece verosímil que si ya entonces la teoría de las mareas hubiera sido considerada por Galileo como

"la prueba" del doble movimiento terrestre, Galileo hubiera considerado su tratamiento en un opúsculo menor
y de modo independiente al sistema del mundo que probaba. Es decir, es posible que Kepler -véase nota
anterior- tuviera razón y que Galileo pensara que el movimiento terrestre hacía comprensible el fenómeno
de las mareas. Pero es muy improbable que Galileo considerara que las mareas probaban el movimiento
de la Tierra, como afmnará más tarde. Lo cual, a su vez, podría inducir a pensar que la fe en el carácter
demostrativo de la teoría de las mareas es derivado, es decir que, en última instancia, procede de la con-
vicción de la verdad del sistema copemicano que Galileo desarrolla con sus descubrimientos telescópicos.

220
EL DIÁLOGO SOBRE LOS DOS MÁXIMOS SISTEMAS DEL MUNDO DE GALILEO.
GÉNESIS y PROBLEMAS

Entre 1611 Y1613, con las polémicas sobre los cuerpos que flotan en el agua
y sobre las manchas solares Galileo se ganó la enemistad de dominicos y jesuitas res-
pectivamente. La oposición a Galileo se organizó y de alú surgieron las denuncias de
sus tesis copernicanas ante la Inquisición. Galileo luchó denodadamente para evitar
que la teoría copemicana fuese condenada. Y, en este proceso, el opúsculo De estu
maris pasó de ser un mero opúsculo sobre un fenómeno natural a ser el Discorso del
flusso e reflusso del mare de enero de 1616.5 Ha pasado de ser un texto académico a
ser un texto militante. De alú su cambio del latín al italiano. Y, sobre todo, ha pasado
de ser la exposición de un fenómeno natural que la teoría copernicana puede expli-
car, a ser una prueba del doble movimiento terrestre afIrmado por Copérnico; o al
menos ambas cosas han pasado a ser equivalentes. Quizás ambas transformaciones
estén relacionadas. 6 En todo caso, ya era tarde. La condena de la teoría copernicana
se precipita en marzo de 1616, y el Discorso sobre las mareas tiene que arrinconarse
sin haber salido a la luz. Siguen años de obligado silencio. 7 Pero, en todo caso, desde
1616, la teoría de las mareas tiene un protagonismo en el campo de la cosmología
que en 1610 no tenía. Ni que decir tiene que la posibilidad de escribir aquel tratado
sobre el "Sistema mundano", como lo llama en el propio Discorso 8, ahora es total-
mente impensable. Ni siquiera es un "sueño" que Galileo se pueda permitir.

2. EL DIÁLOGO QUE GALILEO ESCRIBIÓ

Como se ha señalado a menudo, la elección del cardenal Maffeo Barbe-


rini como papa Urbano VIII fue un hecho crucial que permitió a Galileo soñar
de nuevo incluso en la posibilidad de revisión de la condena del copernicanismo.
Pero quiero llamar la atención sobre el hecho de que Galileo nunca había aban-

5 Opere V, 373-401. Las mareas con sus distintos periodos, diurno, mensual y anual, se explican por la

aceleración y deceleración debida a la combinación de los movimiento diurno y anual de la Tierra. Para
todo punto de la Tierra, durante la noche, la velocidad de rotación y la de revolución se suman, mien-
tras que cuando en este punto amanece y a medida que avanza hacia el mediodía se produce un frenazo
dado que la velocidad de rotación ahora se resta de la de revolución. Al anochecer empiezan a sumarse
de nuevo las velocidades y se reinicia el proceso. La composición de dos movimiento uniformes pro-
duce un movimiento diforme, es decir acelerado. Esa es, según Galileo, la causa verdadera y fundamental
del vaivén de las aguas que conocemos como mareas.
6 Si estoy en lo cierto, habría que buscar la razón de este cambio en lo que pensó Galileo, y en lo que

sucedió, entre 1610 y 1616.


7 En 1618 envía el Discorso del flusso e reflusso del mare al príncipe Leopoldo de Austria y, con una

indignación que ya sé ha vuelto irohÍa, le dice: "Potque ahora que yo sé cuánto convenga obedecer y
creer las determinaciones de los superiores, en tanto que provistos de los más elevados conocimientos,
a los que la bajeza de mi ingenio pOr sí mismo no llega, considero este texto mío como fundado sobre
la movilidad de la tietra o bien '~omo uno de lOs argumentos físicos que yo inventé como confirmación
de esta movilidad, la cotisidefo, digo, como una poesía o un sueño, y como tal recíbala V.A." Opere XII,
390-391.
8 C\Dere V, 378.

"
221
GALILEO y LA GESTACIÓN DE LA CIENCIA MODERNA

donado su propósito y que su primer intento de recuperar la defensa de la teoría


copernicana fue anterior a la elección de Urbano VID en julio de 1623. Efectiva-
mente, en enero de 1623 cuando todavía es pontífice Gregario XV, Galileo recu-
pera su Discurso del flujo y reflujo del mar y lo envía a Ciampoli, a Roma, como
un esbozo de un texto más amplio o incluso de una obra mayor. 9 Resulta difícil deter-
minar qué es lo que anima a Galileo, en este momento, a tantear tan claramente la
posibilidad de reiniciar su campaña copemicana. Quizás la desaparición de Paulo
V y Bellarmino, y la mejora de la posición de sus grandes amigos Virginia Cesa-
rini y Giovanni Ciampoli en la corte papal le animan a ello. 10 Pero el hecho que
quería destacar es que esto sucede meses antes de que la ascensión de Urbano VID
al solio pontificio provoque la ola de entusiasmo entre los galileanos. ll No hay por
qué dudar de que entre lo publicable debemos incluir la ampliación del Discurso
del flujo y el reflujo que Ciampoli ha leído con deleite. Tras preparar concienzu-
damente el viaje con el príncipe Cesi,12 Galileo acude a Roma en abril de 1624.
Urbano VID, radiante de que el mundo culto y científico se rinda a sus pies, le colma
de atenciones y le recibe hasta seis veces en audiencia. Pero si uno lee las cartas
de Galileo durante esta estancia en Roma ve claramente que desde la primera con-
versación con el Papa, Galileo se da cuenta de que la cuestión del copernicanismo
es considerada un asunto menor y que será muy difícil cambiar su situación. Ya su
primera carta, tras ver al Papa y a otras autoridades, es inusitadamente pesimista l3
y no cambiará durante toda su estancia en Roma. Lo sustantivo de sus conversa-
ciones con Urbano VID, puede resumirse en dos puntos básicos. El Papa ha dicho

9 Efectivamente, así se desprende de la carta de Ciampoli de 7 de enero de 1623, en la que este comenta:
"Me alegro de las nuevas y admirables ideas [invenzioni] sobre elflujo y el reflujo. Espero con ansie-
dad ver el discurso perfeccionado. Este primer esbozo me parece en todo momento un milagro de inge-
nio. ¿Imagina pues V S. cuanto mayor consuelo me dará cuando le plazca enviarme el discurso aca-
bado?" . Opere XIII, 104.
10 Tras una meteórica carrera en el Vaticano durante el pontificado de Gregorio XV, en junio de 1621, el

joven Giovanni Ciampoli había sido nombrado Secretario para los breves de Gregorio Xv. y Virginio
Cesarini era ya Camarero secreto del Papa. Véase A. Favaro 1983,1, 135-180, esp. 152-156.
11 "Este universal júbilo de las buenas letras y aún de la misma virtud" , como dice Cesarini en la dedi-

catoria del Saggiatore al nuevo papa Opere VI, 201. El optimismo es tal que el4 de noviembre de 1623,
Ciampoli urge a Galileo para que publique lo que hasta ahora ha guardado, y le dice que está seguro de
que Urbano VIII, que le tiene una gran admiración,lo recibirá muy bien. Opere XIII, 146-147.
12 Galileo le ha escrito a Cesi que quería ir a Roma porque está "rumiando cosas de alguna importan-

cia para la república literaria, que si no se llevan a cabo en esta admirable coyuntura, no cabe, por lo
menos por lo que a mí afecta, esperar a que se dé nunca otra similw. Los particulares que sobre este
tema tendría que comentar con VE. son tantos que sería imposible ponerlos por carta." Carta de 9 de
octubre de 1623. Opere XIII, 135. El 30 del mismo mes Galileo insistirá "No puedo entrar a comentar
aquí a VS. distintas cuestiones, porque todas requerirían muchas páginas, por lo cual creo mucho mejor
reservarlas para la conversación personal." Opere XIII, 144-145. Y de camino a Roma, Galileo se deten-
drá unos días en Acquasparta, como huésped de Cesi, para ser informado y debidamente aconsejado.
13 Las conversaciones que ha mantenido el papa y los prelados, dice, "me hacen comprobar que soy viejo,

y que esto de la vida de la corte es para gente joven que, con su salud física y el aliciente de las espe-
ranzas, son capaces de soportar tales fatigas. Por eso yo, careciendo de estas cosas, deseo volver a mi
vida apacible y lo haré cuanto antes." Carta a Cesi de 27 de abril de 1624. Opere XIII, 175.

222
EL DIÁLOGO SOBRE LOS DOS MÁXIMOS SISTEMAS DEL MUNDO DE GALILEO.
GÉNESIS y PROBLEMAS

respecto a la teoría copernicana que, la santa Iglesia no la había condenado ni iba


a condenarla como herética, sino como temeraria, pero que no había que temer que
alguien jamás la fuera a demostrar como necesariamente verdadera. 14
Por lo que había sucedido en 1616, la primera afIrmación es, como mínimo,
discutible. Más aún creo hay buenas razones para afmnar que es falsa. 15 Pero, en cierto
sentido, esto importa poco, porque en el terreno de las califIcaciones teológicas el
Papa es quien, en última instancia, dicta el criterio de verdad. Eso equivale a decir
que, en esta cuestión, el poder dicta el criterio de verdad y la verdad misma. Natu-
ralmente, esto tiene una traducción técnica. La afmnación de Urbano vm implicaba
la tesis de que las doctrinas cosmológicas no son materia de fe, yeso era lo que per-
mitía interpretar la condena del copemicanismo de 1616 como temeraria y no como
herética. Pero lo cierto es que Urbano vm no se comprometió en ningún momento
por escrito con su interpretación. No hay por qué dudar de que lo decía sinceramente,
pero también es indudable que jugar con el margen de permisividad que sus pala-
bras, dichas en un momento de euforia, parecían autorizar, era una apuesta muy arries-
gada. Por tanto, la aparente concesión iba acompañada de un aumento potencial de
peligrosidad. Antes de que Urbano VIIThiciera su generosa lectura del decreto, una
vez que la Congregación del Indice había hecho pública en 1620 la corrección de la
obra de Copérnico, ya estaba claro que la teoría copernicana podía tratarse como una
hipótesis. A posteriori puede verse que, en realidad, no había cambiado nada, sim-
plemente habían subido las apuestas, que ya eran altas. Lo eran tanto que GaWeo en
lugar de intentar publicar el Discurso sobre el flujo y el reflujo, como sabemos que
había pensado desde antes de la maravillosa coyuntura, decide con el consejo de sus
amigos1 6 tomar una precaución inicial: la publicación de la Carta a Ingoli, para ver
la reacción tanto de los enemigos como de las autoridades eclesiásticas.

14 Opere XIII, 183. El cardenal Zollem es quien comunica a Galileo esta afIrmación que le ha hecho el

Papa. La segunda afIrmación nos remite al famoso argumento de Urbano VIII según el cual, por una
parte,si Galileo quiere afirmar que la cosmología copemicana es verdadera deberá mostrar que todas las
demás estructuras cosmológicas posibles implican una contradicción, lo cual no es posible, porque Dios
puede ordenar y mover los cuerpos de modos que nosotros somos incapaces siquiera de imaginar. Ade-
más, según el Papa, la pretensión de haber demostrado la verdadera estructura del universo, implica pre-
tender poner límites a la omnipotencia divina.
l' No puedo discutir este punto aquí. Tan solo me remitiré a la afirmación de Francesco Beretta que ha
estudiado este punto con atención, según la cual en realidad, "desde el punto de vista jurídico, la con-
dena del copernicanismo de 1616 constituía un acto de magisterio emanado por la Sede apostólica y
que concierne a toda la Iglesia. Según el cardenal Beilarmino la cosmología bíblica es indirectamente
objeto de fe. En consecuencia, si aplicamos sus criterios teológicos, no sólo la doctrina copernicana
debe considerarse en adelante como herética, sino que además la definición doctrinal de Paulo V gozaba
del privilegio de inerrancia". Beretta 1998,272-273
16 Efectivamente, la carta del I de junio de 1624, de Faber a Cesi, da a entender claramente que la con-

clusión del círculo de amigos de Galileo fue que, por el momento, más cabía la cautela que la osadía. "El
señor Galileo ha hecho buena amistad con el señor cardenal Zoilern, en cuya casa una mañana, el señor
Galileo, el padre Mostro [Niccolo Riccardi}, el sr. [Gaspare} Scioppio y yo, tuvimos una conversación.
Vimos que el padre Mostro estaba muy bien dispuesto hacia nosotros, pero no aconseja que ahora se trate
de desenterrar esta disputa [supitaj. Por lo que creo que el sr. Galileo imprimirá alguna cosita que indi-
rectamente aluda a la cuestión, de modo que los enemigos no tengan donde agarrarse, .." Opere XIII, 181.

223
GALILEO y LA GESTACIÓN DE LA CIENCIA MODERNA

Este es el punto en el que, realmente, se inicia la génesis del Diálogo. Fran-


cesco Ingoli es un personaje central de la lucha anticopernicana, como ha puesto de
manifiesto Massimo Bucciantini. 17 En marzo de1616 había escrito una Disputatio
de situ et quiete terrae contra Copernici systema, a la que Galileo no había podido
responder porque se acababa de publicar el decreto de condena de la teoría coper-
nicana. Dado que además de abordar las críticas teológicas, Ingoli se detenía amplia-
mente en las cuestiones astronómicas y físicas, una respuesta de Galileo a dicho opús-
culo resultaba, un objetivo idóneo a la hora de sondear la permisividad de Urbano
VID respecto al tratamiento de la teoría copemicana. En la Carta a Ingoli, de 1624,
Galileo se ciñe estrictamente a las cuestiones científicas, sin entrar en el campo teo-
lógico. En ella refuta una a una todas pruebas de la estabilidad y centralidad de las
críticas al movimiento terrestre que presenta Ingoli, exponiendo algunos de los argu-
mentos copernicanos que después aparecerán más o menos desarrollados en el Diá-
logo. Pero el Diálogo no sería en absoluto una mera ampliación de la Carta a Ingoli.
En este momento ya se confirma que se han invertido los planes y las prioridades
expuestos en 1610. En el párrafo final de la Carta a Ingoli dice

Esto es cuanto por ahora se me ocurre deciros en respuesta a vues-


tras objeciones físicas y astronómicas contra el sistema de Nicolás
Copérnico. Mucho más ampliamente podréis ver tratado este tema
si se me conceden tiempo y fuerzas para poder terminar mi Discurso
del flujo y reflujo del mar, el cual, tomando como hipótesis los movi-
mientos atribuidos a la Tierra, me proporciona amplia ocasión para
examinar extensamente todo lo que ha sido escrito sobre este tema. IB

Es decir, ahora los dos libros sobre el sistema del universo y el opúsculo
sobre las mareas se han fundido en una sola obra y el elemento central será el
Discurso sobre elflujo y el reflujo del mar. 19 Pero lo que quisiera destacar de nuevo
aquí es que Galileo estaba pensando y trabajaba en su futuro Diálogo, incluso
antes de conocer la reacción de las autoridades y enemigos a su Carta a Ingoli.
Es decir, Galileo nunca abandonó su plan de escribir una obra de cosmología coper-
nicana. Persistió en él a pesar de las circunstancias, y simplemente se acomodó
a las distintas situaciones del entorno, tanto favorables como adversas. El 7 de
diciembre de 1624 Galileo se refiere a su obra como "Diálogo sobre elflujo y el

17 Bucciantini 1995.

"Opere VI, p. 561.


19 La importancia del cambio se ve claramente cuando, en una carta a Cesi, Galileo expone con toda

rotundidad su perspectiva: "He respondido al escrito de Ingoli, y dentro de ocho días lo enviaré a Roma.
Ahora he vuelto al flujo y reflujo, y he llegado a esta proposición: si la Tierra está ihmóvil. es imposi-
ble que se produzcan los flujos y reflujos; y si se mueve con los movimientos ya indicados, es neéesa·
rio que se produzcan, con todos los accidentes observados en ellos." Carta de Galileo a Federico Cesi,
de 23 de septiembre de 1624. Opere XIll, p. 209.

224
EL DIÁLOGO SOBRE LOS DOS MÁXIMOS SISTEMAS DEL MUNDO DE GALILEO.
GÉNESIS y PROBLEMAS

reflujo".W De todos modos, el 28 de diciembre de 1624, día de los inocentes, Ciam-


poli informa que leyó algunos trozos de la Carta alngoli y se la resumió al Papa,
que éste había disfrutado de algún punto concret021 y no había puesto ninguna
pega. 22 Está claro que esto puede interpretarse como una ratificación pública de
la autorización que, en sus conversaciones, el Papa seguramente ya había dado
a Galileo para escribir y publicar su obra cosmológica, que entonces titulaba Diá-
lago sobre el flujo y el reflujo.
Pero en aquellos momentos los representantes de la cultura y ciencia tradicionales
radicalizaban sus posturas. Los jesuitas clamaban públicamente contra toda novedad
yen defensa del más puro y duro aristotelismo. 23 Y, por si no bastara, salta la alarma.
Alguien ha denunciado el Saggiatore ante el Santo Oficio, "acusándolo de que allí
se alaba la doctrina de Copérnico a propósito del movimiento de la Tierra" .24 Hubo
unos meses de pánico. La denuncia no tuvo consecuencias inmediatas. Pero todo indu-
cía a dejar dormir la Carta a Ingoli y a retrasar la publicación del Diálogo sobre flujo
y el reflujo. Además, ahora más que nunca, Galileo está pendiente de las publicacio-
nes anunciadas de enemigos como Scheiner, Grassi, o Chiaramonti que quisiera ver
antes de publicar el Diálogo. Esto y las sucesivas recaídas en la enfermedad, retra-
saron la [malización del Diálogo sobre el flujo y reflujo. Pero no parece que, ni aún
en los peores momentos, Galileo renunciara a la futura publicación. 25 Con todo, a lo
largo de 1626 y 1627, "el Diálogo avanza muy lentamente".26 La réplica de Grassi

20 Opere XIII, 236.


21 Curiosamente, el punto que Urbano VIII admira especialmente es la crítica que Galileo hace a Ingoli a
propósito de lo que sucede cuando movemos una criba que contiene partículas de diferente peso. Desde el
supuesto de que el Sol es más ligero y la Tierra más pesada, Ingoli lo aducía como argumento experimental
en favor de la centralidad de la Tierra. Galileo le demuestra que, si hacemos mover la criba circularmente
alrededor de su centro, que es el movimiento que resulta relevante si quiere compararse con el movimiento
del sistema planetario alrededor de su centro, entonces las partes más pesadas se desplazan hacia la parte
exterior de esta, lo cual es un argumento en favor de la revolución de la Tierra en tomo al Sol que, como
las partículas más ligeras se quedaría en el centro. Cabe preguntarse qué es lo que admiraba tanto Urbano
VIII de un argumento en favor de la cosmología copemicana. Posiblemente lo ve como un ejemplo más
de que no hay manera de saber cómo son realmente las cosas, como se desprendería de su argumento.
22 En su carta Ciampoli dice: "Me alegro además que el Diálogo esté casi acabado y que la materia sea

tan abundante, porque cuanto mayores viajes haga la pluma de V S., tanta más luz aportará a los inge-
nios. Leí la respuesta que distéis a Ingoli y también la conté en gran parte a Nuestro Señor [Urbano
VIII] que gustó mucho del ejemplo de la criba y de los cuerpos graves que se consideran poco aptos al
movimiento, con las graciosas experiencias que V S. aporta." Opere XIII, 295. Nótese, una vez más,
que Galileo había comentado que casi había acabado su Diálogo, antes de que Ciampoli le comunicara
que el papa Urbano VIII no había puesto ninguna pega a la Carta a Ingoli.
23 Galileo recibe en estos momentos un ejemplar de la prolusión que el padre Spinola había hecho en la

apertura del curso escolar en el Colegio Romano unos meses atrás, en noviembre de 1624, en defensa
de la doctrina peripatética y en contra de los innovadores. Véase carta de Guiducci. Opere XIII, 236-
237. Redondi 1990, 159 Yss. describe muy bien la situación del momento.
24 Carta de Guiducci a Galileo, de 18 de abril de 1625. Opere XIII, 265.

25 No sólo sigue trabajando en su Diálogo, sino que, a principios de noviembre de 1625 le ha dicho a Gio-

vanni Battista Rinuccini que tiene intención de ir a Roma antes de fmal de año. Opere XIII, 282-283 Y284.
26 Véase la carta de Ciampoli a Galileo del 10 de julio de 1627. Opere XIII, 365.

225
GALILEO y LA GESTACIÓN DE LA CIENCIA MODERNA

al Saggiatore, en la que acusa a Galileo no sólo de su copemicanismo, sino tam-


bién de que su teoría de la materia atenta contra el dogma de la eucaristía, consti-
tuye un motivo de preocupación para Galileo hasta bien entrado 1628.27 En agosto
de 1628, Galileo ha conseguido un ejemplar del De tribus novis stellis que ha publi-
cado Chiaramonti, en la que este sostiene la idea de que las novas de 1572 y 1604
habían sido fenómenos sublunares y defiende la idea aristotélica de la inalterabili-
dad de los cielos. Galileo lo lee atentamente y escribe una larga crítica a su tesis
que aparecerá en la tercera jornada del Diálogo. Esta es una de las razones por las
que, a pesar de las peticiones de los amigos, la publicación de la obra sigue retra-
sándose. Finalmente, en octubre de 1629, Galileo comenta que ha retomado sus
Diálogos sobre elflujo y el reflujo. En enero de 1630 ya está revisando la obra que
considera terminada. Pero no fue este texto el que saldría a la luz.

3. EL DIÁLOGO MANUSCRITO QUE SE PERDIÓ

Había llegado el momento de la verdad. En mayo de 1630 Galileo viaja a


Roma y entrega el manuscrito al padre Niccolo Riccardi, Maestro del Sacro Palazzo,
que al ver la obra pide ayuda a otro dominico, el padre Visconti, matemático y
astrólogo, que domina mejor los aspectos científicos y más técnicos. Hacia el día
18 de mayo Galileo es recibido por Urbano VIII, que le ha concedido una "larga
audiencia" y le ha tratado con "gran benignidad". Galileo le ha hablado de su asunto
y espera, dice, que "llegue a buen término".28 Riccardi dice que la obra le gusta.
Pero aún así, una vez que Visconti ha corregido todo lo que le ha parecido y Ric-
cardi ha eliminado lo que había considerado problemático,29 este último decide que
"quiere volver a revisar el libro por sí mismo".30 A partir de este momento, las dudas
atenazan a Riccardi. A regañadientes concede el imprimatur condicionado a una
posterior revisión y establece el contenido del prefacio que deberá incluir ellibro. 31

21 Quizás el apoyo de Riccardi tranquilizó a Galileo (véase carta de Castelli a Galileo de 28 de febrero

de 1628. Opere XIII, 393-394) Y a partir de marzo de 1628 la cuestión desaparece de la correspon-
dencia.
28 Opere XIV, 105-6.

29 En una carta a Galileo del 7 de junio de 1630, Visconti lo cuenta en estos términos: "El Padre Maes-

tro [Riccardi] le besa las manos y dice que la obra le gusta, y que mañana por la mañana hablará con
el Papa para el frontispicio de la obra, y que por lo demás, acomodando unas pocas cositas, pareci-
das a las que acomodamos juntos, le dará el libro. Quedo servidor suyo." Opere XIV, 120. Las pala-
bras de Visconti están en clara contradicción con la versión que, en 1632, dará la comisión especial que
había nombrado Urbano VIII. El informe, mucho más radical y severo, dice así: "él [el padre Visconti]
lo revisó y enmendó [el Diálogo] en mucho pasajes (advirtiendo también al Maestro de otros discuti-
dos con el autor, los cuales el Maestro eliminó sin oír más)". Opere XIX, 325.
30 Opere XIX, 325.

31 Opere XIX, 326. El elemento básico que el prefacio debe incluir es que en Roma no se condenó la

teoría copernicana por ignorancia, sino tras un riguroso examen de la cuestión, pero por razones supe-
riores.

226
EL DIÁLOGO SOBRE LOS DOS MÁXIMOS SISTEMAS DEL MUNDO DE GALILEO.
GÉNESIS y PROBLEMAS

A finales de junio de 1630 Galileo vuelve a Florencia convencido de que ha con-


seguido su objetivo. Pero, de pronto, a finales de agosto Castelli aconseja viva-
mente a Galileo que publique su obra en Florencia "y que lo haga cuanto antes",
"por muchas razones dignas de tener en cuenta, pero que no quiero poner por
escrito." 32 Es obvio que los enemigos de Galileo han entrado en acción. Ric-
cardi se niega a que el Diálogo se publique en Florencia y pide que le envíen el
manuscrito. Se le contesta que la peste lo impide. Finalmente acepta que se haga
una nueva revisión en Florencia. Se encarga el consultor del Santo Oficio de Flo-
rencia, Giacinto Stefani que tras una minuciosa lectura da el visto bueno, y el
Inquisidor de aquella ciudad, Clemente Egidi, concede el imprimatur el 11 de
septiembre de 1630. Pero, a pesar de todo, Riccardi sigue dudando y no envía
el permiso para la publicación. En marzo de 1631 Galileo acude a los Medici
que presionan a Riccardi para que envíe la autorización. Riccardi exige garan-
tías de que Galileo ha seguido estrictamente las órdenes que le dio Urbano VIII
respecto al Diálogo. En concreto respecto al prefacio dellibr0 33 y el final donde
Galileo tiene que incluir el argumento teológico de Urbano VIII,34 Entonces dará
su permiso o dejará que el Inquisidor de Florencia autorice por sí mismo la publi-
cación. 35 Galileo se indigna por lo que considera una mera táctica dilatoria y pro-
pone a los Medici una reunión de todos los implicados o responsables de Flo-
rencia y dice:

Estando yo presente, llevaría la obra con todas las censuras y enmien-


das hechas en ella por el propio Padre Maestro del Sacro Palazzo,
por el Padre Visconti, su cofrade, y por el Padre Stefani, y a la vista

32 Opere XIV, 135.


33 Se trata del texto titulado "Al prudente lector", Opere VII, 29-31, cuyo contenido es impuesto a Gali-
leo.
34 El argumento del Papa es puesto en boca de Simplicio en la penúltima página del Diálogo. Opere VII,

488-489.
35 Vale la pena citar al menos parte de la carta de Riccardi a Francesco Niccolini: "El P. Stefani habrá

visto el libro juiciosamente. Pero no conociendo las directrices de Nuestro Señor no puede dar apro-
bación que me baste para dar la mía, de modo que el libro se imprima sin peligro de algún disgusto
suyo o mío si los enemigos nos descubren alguna cosa que se desdiga de las órdenes prescritas. Yo no
tengo mayor apremio que servir a la Srema. Alteza del Gran Duca, mi señor, pero quisiera hacerlo de
modo que la persona protegida por tan gran señor estuviera libre de todo peligro de padecer en su
reputación. Y esto no puedo hacerlo sólo con el permiso de impresión, que ahí [en Florencia] no me
corresponde, sino solamente asegurándome de que sea conforme a la regla que se le ha dado por orden
de Nuestro Señor, viendo si la ha respetado. Si me llega el prefacio puesto al principio, y el final del
libro,fácilmente veré lo que me basta, y daréfe además de haber aprobado la obra. O bien, si ni siquiera
puede llegar aquí una copia, escribiré una carta al Inquisidor, indicándole lo que ha de observar en
el libro, explicándole lo que me ha sido ordenado, de modo que si ve que ha sido obedecido, lo deje
correr e imprimir libremente. O hállese otra posibilidad, con tal que el Sr. Galileo no utilice sólo mi
firma y no me perjudique por mi benignidad [cortesia], y yo haré todo lo factible a la menor indica-
ción de tales patrones." Opere XIV, 254.

227
GALILEO y LA GESTACIÓN DE LA CIENCIA MODERNA

de estas el mismo P. Inquisidor podría comprender inmediatamente


cuán insignificantes son las cosas que se habían anotado y que se
han corregido. 36

En mi opinión este es un texto fundamental. Está claro que Galileo no


miente porque está deseoso de mostrar públicamente el manuscrito censurado
que pondrá de manifiesto que desde un principio se había atenido a las órde-
nes recibidas con toda fidelidad, como lo mostrará el hecho de lo insignificante
de las puntualizaciones o correcciones que se le han hecho. Aunque Galileo exa-
gerara minimizando las correcciones o su número no importaría, porque el texto
se revisó de nuevo. El 24 de mayo de 1631, el padre Riccardi, Maestro del Sacro
Palazzo, escribe al Inquisidor de Florencia, Clemente Egidi, dándole las direc-
trices precisas para la revisión definitiva del libro y le dice que le mandará el
principio y el final redactados de conformidad con lo estipulado por el Papa. 3?
En su respuesta, Egidi destaca que "Galileo se muestra dispuestísimo y obe-
dientísimo a cualquier corrección",38 comenta que ha encargado una nueva revi-
sión del manuscrito al padre Stefani, 39 y que queda a la espera del prefacio y
el final del libro que ha de enviarle Riccardi. Finalmente, dos meses después,

36 Carta de Galileo a Andrea Ciolj, de 3 de mayo de 1631. Opere XIV, 259.


37 La carta de Riccardi dice así: "Muy Rvdo. Padre Inquisidor Honorabilísimo, el señor Galileo piensa impri-
mir aquí [Florencia] una obra suya, que ya tenía el título De fluxu e refluxu maris, en la que trata hipoté-
ticamente sobre el sistema copernicano según la movilidad de la Tierra, y pretende facilitar la compren-
sión del gran arcano de la naturaleza con esta posición, corroborándola recíprocamente con esta utilidad.
Vino aquí a Roma a mostrar la obra, que yo firmé, presupuestas las adecuaciones que debían hacerse y que
vuelta a traer la obra recibiría la última aprobación para la imprenta. No pudiendo hacerse esto por los
impedimentos de las comunicaciones y por el peligro que representaba para los originales, deseando el autor
ultimar este asunto, V P. M. R. podrá valerse de su autoridad, y expedir o no expedir el libro sin más depen-
dencia de mi revisión. No obstante, le recuerdo que es voluntad de Nuestro Señor que el título y tema no
sea sobre el flujo y el reflujo, sino únicamente de la consideración matemática de la posición copernicana
en torno al movimiento de la Tierra, con elfin de probar que, dejada aparte la revelación de Dios y la doc-
trina sagrada, se podrían salvar las apariencias con esta posición, resolviendo todos los argumentos con-
trarios que se podrían aportar a partir de la experiencia y de la filosofía peripatética, pero de modo que
nunca se conceda la verdad absoluta a esta opinión, sino solamente la hipotética y sin las Escrituras. Ade-
más debe mostrarse que esta obra se hace solamente para mostrar que se conocen todos los argumentos
que por esta parte [la copernicana] se pueden aducir, y que en Roma no se ha rechazado esta sentencia
por ignorarlas, de conformidad con el principio y el final del libro que le enviaré desde aquí arreglados.
Con esta precaución el libro no tendrá impedimento alguno aquí en Roma, y V P. M. R. podrá complacer
al autor y servir a la Serenísima Alteza que muestra una gran prisa en esto. Me reitero su servidor y le
ruegofavorezca con sus peticiones. Roma, 24 de mayo de 1631." Opere XIX, 327. En su bello artículo "L'inci-
pit del Dialogo sopra i due massimi sistemi", Maria Luisa Altieri Biagi alude a los cambios que debió for-
zar la eliminación del tema del flujo y reflujo del mar en el título del Diálogo, y argumenta que el inicio de
la tercera jornada debía ser el inicio del Diálogo en la redacción original. Altieri Biagi 1995.
38 Carta del 31 de mayo de 1631. Opere XIX, 328.

39 Nos consta que las correcciones de Stefani fueron puramente testimoniales, para mostrar que había

leído el libro diligentemente. Así lo muestra una carta de Galileo de 15 de enero de 1633. Opere
XV, 236.

228
\
EL DIÁLOGO SOBRE LOS DOS MÁXIMOS SISTEMAS DEL MUNDO DE GALILEO.
GÉNESIS y PROBLEMAS

Riccardi envía ambos textos y la impresión, ya autorizada por el inquisidor de


Florencia e iniciada, puede completarse.40 Parece que Galileo aprovechó para intro-
ducir pequeños añadidos, hasta el último momento, incluso durante la fase de impre-
sión. Pero ninguno de estos añadidos constituía ningUfla violación de las órde-
nes o correcciones recibidas. 41
El manuscrito corregido y revisado una y otra vez durante casi dos años
por distintos censores quedó en manos del Inquisidor de Florencia. Meses des-
pués, cuando ya se han iniciado los problemas, Riccardi reclama el manuscrito
del Diálogo al Inquisidor de Florencia, por orden de Urbano VIII. Egidi se lo envía
inmediatamente. Pero a partir de este momento, no volvemos a saber nada de este
texto. Simplemente se perdió. Esta pérdida, además de ser lamentable para noso-
tros, constituye un hecho grave. Como ha señalado Beretta, se trataba del cuerpo
del delito que, como tal, debería haber sido incluido en el dossier judicial "como
lo habría exigido una instrucción correcta del proceso" de Galileo. 42 Pero no fue
así y no ha llegado hasta nosotros. Es obvio que el manuscrito original hubiera
permitido solucionar muchos problemas y despejar muchas incógnitas. 43

4. EL DIÁLOGO QUE SE PUBLICÓ

Pero sólo disponemos del texto expurgado que se publicó tras casi dos años
de censura y cinco revisiones. 44 Eso hace más asombroso lo que sucedió después.
Un hecho importante de esta historia es que Clemente Egidi, Inquisidor de Flo-
rencia, apenas acababan de imprimirse los primeros ejemplares del Diálogo, a
finales de febrero de 1632, envió uno al padre Riccardi, Maestro del Sacro Palazzo,

40 La carta de Riccardi va precedida de una nota y dice así: "Al final se deberá hacer la peroración de
las obras (sic) como continuación de este prefacio, añadiendo el Sr. Galileo las razones de la divina
omnipotencia que le dio Nuestro Señor, las cuales deben apaciguar el intelecto, aún en el caso de que
no se pudiese librar uno de los argumentos pitagóricos.
Muy Revmo. Padre Inquisidor Honorabilísimo
De conformidad con la orden de Nuestro Señor en relación al libro del Sr. Galileo, además de lo que
mencioné a V P. M. R. para el cuerpo de la obra, le envío este principio o prefacio que hay que incluir
en el primer folio, aunque con libertad del autor para cambiarlo o adornarlo literariamente, con tal
que se conserve la esencia del contenido. Elfinal deberá ser del mismo argumento. Finalmente le beso
las manos, declarándome verdadero servidor de V P. M. R.
Roma, el19 de julio de 1631." Opere XIX, 330
41 Véase el comentario de Besomi y Helbing, en Galileo 1998, n, 40-41.

42 Beretta, 1999,480, nota 128.

43 Sin duda, Riccardi tenía razones personales para desear que el manuscrito se perdiera. En él estaban

registradas puntualmente sus correcciones y evidenciados sus descuidos. Pero una vez acabado el pro-
ceso con la condena de Galileo, nadie en la Iglesia tenía ningún interés en que se aireara el manuscrito
que podía responder a muchas preguntas inquietantes respecto a la censura y poner de manifiesto todas
las irregularidades en relación a la concesión del imprimatur.
44 Dos de Riccardi, una de Visconti, y dos de Stefani. Yeso sin duda es simplificar la cuestión.

229
GALILEO y LA GESTACIÓN DE LA CIENCIA MODERNA

que acusó recibo en carta de 6 de marzo de 1632. No hubo ninguna reacción adversa
por parte de éste. 45 Dos días después, el 8 de marzo, tuvo lugar el tempestuoso
consistorio en el que el Cardenal Borgia, embajador de España en la corte papal,
se enfrentó abiertamente al Pontífice, que había visto fracasar todos su planes con
los que había soñado convertirse en el árbitro de Europa. El Papa que, por una
parte, en la política internacional había coqueteado incluso con los protestantes
en contra de España, y que, en la política cultural, se había aproximado a los inno-
vadores como Galileo, en contra de los jesuitas, tenía que rendirse ahora ante sus
adversarios políticos. Se defendió declarándose el más radical contrarreformista
y el peor enemigo de toda innovación que atentara contra la tradición y el prin-
cipio de autoridad. Los jesuitas vuelven a recuperar la supremacía que en 1623
se había visto seriamente comprometida. La "maravillosa coyuntura" se había aca-
bado. 46 En los meses siguientes, en la familia Barberini están demasiado ocupa-
dos para leer los ejemplares del Diálogo que Galileo les va enviando. 47 Riccardi
hace cinco meses que tiene un ejemplar del Diálogo y sigue sin poner ninguna
pega. Pero en julio los enemigos de Galileo, especialmente los jesuitas, que lo
esperan ansiosamente ya han reaccionado. Y, de pronto, Riccardi, como si todo
fuese tan nuevo para él como para los demás, escribe al inquisidor de Florencia
para decirle

"Ha llegado aquí el libro del sr. Galileo y hay en él muchas cosas
que no gustan, por lo cual los patrones quieren de todas todas que
se corrija." 48

Ordena el secuestro de los ejemplares editados y, a partir de este momento,


en la correspondencia se van enunciando los cargos contra el Diálogo. La jerar-
quización que hace el Pontífice de estos no puede ser más llamativa. Lo primero
que preocupa son los tres delfines que aparecen en la portada del libro; después
que el prefacio tiene un tipo de letra distinto al cuerpo del texto; y en tercer lugar,

" Este hecho es fundamental. Besomi y Helbing comentan refiriendose a la primera revisión del Diá-
logo que hicieron Riccardi y Visconti en mayo-junio de 1630, que "ciertamente no pudieron examinar
en poco más de dos semanas todo el manuscrito con la debida atención". (En Galileo 1998,11,30-31)
Y añaden que el propio Galileo lo reconoce en el texto de la carta que citamos en nuestra nota 41. Aún
aceptando que esto es así, y aunque ignoráramos todas las revisiones a que con posterioridad fue some-
tida la obra, con instrucciones precisas del propio Riccardi, el hecho de que éste al recibir el libro publi-
cado esté cinco meses sin plantear ninguna dificultad resulta crucial para mostrar que el problema no
estaba en ningún caso en un posible descuido de los censores. Naturalmente, suponer que durante estos
cinco meses Riccardi, por las razones que fueran, no examinó atentamente el Diálogo, restaría toda impor-
tancia al hecho de que al principio no lo hubiera revisado con mayor atención, y haría que tuviéramos
que atribuirle una irresponsabilidad o un descuido que no parecen muy verosímiles.
46 Véase Redondi 1990, cap. 8,269 Y ss.

47 El Cardenal Francesco Barberini, por ejemplo, da el suyo a leer a Castelli. Opere XIV, 357.

48 Opere XIX, 571.

230
EL DIÁLOGO SOBRE LOS DOS MÁXIMOS SISTEMAS DEL MUNDO DE GALILEO.
GÉNESIS y PROBLEMAS

el argumento del Papa no está expuesto de un modo satisfactorio y, además, se


ha puesto en boca de Simplicio, un personaje ridiculizado a lo largo de toda la
obra. 49 Esto dolió especialmente al Papa. Pero, en todo caso, lo cierto es que en
estos primeros momentos la acusación de que Galileo no ha presentado la teo-
ría copemicana como mera hipótesis, sino como verdadera, no aparece explí-
citamente en boca del Papa o de Riccardi, que actúa como su portavoz.50 Pero,
como digo, en contra de lo que cabría esperar, no es una de las acusaciones que
se formulan explícitamente en un primer momento por parte de las autorida-
des. Más aún, Urbano VIII afirma que Galileo se ha metido en materias que
pueden "acarrear a la religión grandes perjuicios y de los peores que jamás
se hayan inventado", "la más perversa materia que se pudiera tener nunca entre
manos" .51 Estas grandes palabras pueden tener que ver con su argumento teo-
lógico de la omnipotencia divina, pero difícilmente pueden referirse al hecho
de la desobediencia de Galileo en el modo de exposición de la teoría copemi-
cana. Pero aquí viene la sorpresa.
En agosto de 1632, Urbano VIII había nombrado una comisión especial
para que revisara "palabra por palabra la más mínima minucia" del Diálogo. 52 Ya
es, por lo menos, la sexta revisión. 53 En la comisión están entre otros el padre Ric-
cardi, Maestro del Sacro Palazzo, que había sido responsable de la censura de la
obra, y el cardenal Oreggi, teólogo personal del Papa. Ambos son los autores del
informe que elabora la comisión. Pues bien, en dicho informe es donde por pri-
mera vez vemos aparecer explícitamente la acusación de que "en la obra falta
muchas veces o abandona la hipótesis."54 ¿Cómo se explica esto? Después de dos
años de examen, con al menos cinco revisiones de tres censores, que se preocu-
paron especialmente de que el Diálogo presentara la teoría copemicana como mera
hipótesis como había ordenado el Papa, resulta que, en el texto tan minuciosa-

49 Los tres delfines eran el logotipo del editor Landini, pero en Roma ven en ellos malévolas referencias
al nepotismo de Urbano VIII que ha colmado de prebendas a sus tres sobrinos. Opere XIV, 379.
,. Todo indica que los enemigos de Galileo sí hacían esta acusación. Por ejemplo, en carta de 5 de agosto
de 1632, Campanella dice "Yo defiendo contra todos que este libro está enfavor del decreto contra motum
Telluris etc. para que algún literatucho no vaya a perturbar el curso de esta doctrina. Pero mis discí-
pulos conocen el misterio." Opere XIV, 367.
'1 Opere XIV, 384.
" Carta del embajador Niccolini a Andrea Cioli, de 5 de septiembre de 1632. Opere XIV, 384.
" En cuanto al número e identificación de los censores, ahora ya se hace difícil contarlos. El Cardenal
Francesco Barberini presidía la Comisión especial, pero no sabemos hasta qué punto estuvo activo en
las cinco reuniones que tuvieron lugar. Además de Riccardi y Oreggi, también formaba parte de dicha
comisión el jesuita Melchior Inchofer, anticopemicano furibundo.
" El primer texto dice: "se pretende que Galileo haya transgredido las órdenes, abandonando la hipó-
tesis y afirmando absolutamente la movilidad de la Tierra y la estabilidad del Sol." Algo más abajo
cuando vuelve a enumerar los cargos contra el Diálogo, el informe insiste: "En la obra falta muchas
veces o abandona la hipótesis, o afirmando absolutamente la movilidad de la tierra y la estabilidad del
Sol, o calificando los argumentos sobre los que lafundamenta corno demostrativos y necesarios, o tra-
tando la parte negativa corno imposible." Opere XIX, 325-326.
)
231
GALILEO y LA GESTACIÓN DE LA CIENCIA MODERNA

mente censurado, Galileo en muchas ocasiones no respeta esta orden recibida. 55


La pregunta parece obvia: ¿por qué Riccardi, Visconti o Stefani no habían eli-
minado o corregido estos pasajes? Es tan evidente que lo hicieron lo mejor que
supieron y sin ningún deseo de hacer concesiones inadecuadas a Galileo que repre-
sentaran una violación de las órdenes recibidas de Urbano VIII, que la misma
incongruencia pone de manifiesto que el problema era más complejo. En reali-
dad, era un problema insoluble.
Para empezar, por lo que hemos dicho hasta aquí, podemos ver clara-
mente que el problema tenía algo de artificioso. No hay ninguna duda de que
Galileo obedeció el requisito formal de introducir afirmaciones del carácter
hipotético de la teoría. 56 Sólo eso explica que los numerosos censores autori-
zaran la publicación del libro. Sólo eso explica que, tras recibir el libro publi-
cado, Riccardi no denunciara inmediatamente un hecho que ahora él y Oreggi
presentaban como evidente, y que estuviera cinco meses sin hacer ninguna acu-
sación o denuncia de la desobediencia de Galileo. El trato que había hecho
Urbano VIII con Galileo era intrínsecamente equívoco. No había manera de
objetivar un criterio que permitiera determinar si Galileo había obedecido la
orden de presentar la teoría copemicana como mera hipótesis. Porque no había
modo de diferenciar esta cuestión de otra radicalmente distinta: si Galileo había
obedecido la orden de modo satisfactorio, fielmente, o como quiera enun-
ciarse. Esta última era una cuestión totalmente subjetiva que sólo el Papa, que
había hecho el trato con Galileo, tenía autoridad para decidir. Planteado en estos
términos se trataba pura y simplemente de una cuestión de voluntad y de poder.
En 1623 quizás Urbano VIII habría tenido la voluntad de permitir la obra, y
seguramente habría tenido el poder de permitir su publicación, como parece
mostrarlo el caso del Saggiatore. En 1632, Urbano VIII no tenía ni la volun-
tad, ni seguramente el poder para afrontar con éxito las consecuencias de per-
mitir la publicación del Diálogo.
La artificiosidad del problema queda puesta de manifiesto, además, por el
hecho de que el informe de la comisión especial nombrada por Urbano VIII, al

" Quede claro que nadie pretendió que Galileo había modificado en este aspecto el manuscrito corre-
gido pasando por alto las correcciones hechas por los censores. ¿Cómo podría haberlo hecho? La Inqui-
sición de Florencia se preocupó muy mucho de que todo se hiciera según las directrices del Papa dicta-
das por Riccardi. Este acusa a Galileo de un tipo de desobediencia que no tiene que ver con la que nos
ocupa, como se ve claramente por el contexto. El embajador Niccolini ha hablado con Riccardi y dice
que este "Se queja de que no se haya respetado el modelo [la forma] dada con la propia carta al Inqui-
sidor, que la declaración que había que imprimir al principio tenga una letra distinta y no esté unida
con el resto de la obra, y que e/final no se corresponda con el principio." Opere XIV, 385. En la misma
carta, (Ibid. 383-384) se alude también a esta cuestión.
56 Más aún, en cierto sentido Galileo tenía un considerable margen de maniobra. Si nos atenemos a las

órdenes estrictas del Papa, tal como las dicta Riccardi al Inquisidor de Florencia, (véanse nuestras notas
35 y 37) queda claro que Galileo podía exponer los argumentos y las réplicas en favor del copernica-
nismo incluso de manera convincente. \

232
EL DIÁLOGO SOBRE LOS DOS MÁXIMOS SISTEMAS DEL MUNDO DE GALILEO.
GÉNESIS y PROBLEMAS

sintetizar los cargos contra el Diálogo, incluido el de que en muchas ocasiones


descuida la afirmación del carácter hipotético de la teoría copemicana, acaba
diciendo que todas las infracciones cometidas por Galileo en el Diálogo,

"se podrían enmendar, si se juzgara que hay alguna utilidad en el


libro, por la que debiera hacérsele esta gracia."57

Es obvio que la Comisión se sometía a la voluntad del Papa, que era el cri-
terio. Urbano VIII, sin embargo, no creyó oportuno utilizar este recurso. En aque-
lla situación el asunto no tenía marcha atrás.
Pero la artificiosidad del problema queda evidenciada también por el hecho
de que, incluso antes de iniciarse el proceso, el tema de si Galileo había presen-
tado hipotéticamente o no la teoría copemicana pasó totalmente a un segundo plano,
hasta la última fase del proceso y la condena. Esto nos lleva a otra perspectiva
del Diálogo.

5. LA EXISTENCIA DEL DIÁLOGO COMO DELITO

Mientras el Papa y su entorno se dedicaban a la búsqueda y elección de


los cargos adecuados, alguien descubrió con gran sentido de la oportunidad un
documento según el cual, en 1616, Galileo había recibido un precepto que le prohi-
bía "sostener, enseñar o defender de ningún modo, ni de palabra o por escrito"
la teoría copemicana. 58 A partir de este momento, todo el proceso se centró en
la acusación de desobediencia a este precepto. Galileo negó que por lo que él
recordaba la admonición que le hizo Bellarmino en 1616 incluyera la prohibi-
ción de "enseñar" o que incluyera la expresión "de ningún modo". Entonces
Urbano VIII ordenó que otra comisión revisara, una vez más -la séptima-, el
Diálogo para determinar si Galileo había desobedecido el precepto de 1616. Natu-
ralmente, la respuesta de los tres miembros de la Comisión59 fue unánime. Gali-
leo había violado todos y cada uno de los términos del precepto. 60 Eso signifi-
caba no sólo que Galileo se hacía sospechoso de herejía al sostener' una teoría
condenada, que sin duda era lo más grave. Significaba además, yeso es lo que
me interesa destacar aquí, que por el mero hecho de haber escrito el Diálogo,

57 Opere XIX. 326.


58 Se trata del problemático documento de fecha 26 de febrero de 1616, Opere XIX, 321-322. La comi-
sión especial lo menciona en su informe (Opere XIX, 325 Y326) Ytodo el primer interrogatorio se cen-
tra en él (Opere XIX, 336-342).
59 Se trataba del cardenal Agostino Oreggi, del jesuita Melchior Inchofer y del padre teatino Zaccaria

Pasqualigo.
'" Opere XIX, 348-360.

( 233
GALILEO y LA GESTACIÓN DE LA CIENCIA MODERNA

Galileo había transgredido el precepto de 1616. Es decir, independientemente


del contenido, la mera escritura y publicación del Diálogo, su mera exis-
tencia, implicaba ya un delito. 61
Cuando uno repasa los avatares de la obra, lo más fascinante es que el Diá-
logo que se condenó no fue el que Galileo hubiera querido escribir, ni siquiera el
que escribió, sino el que le censuraron, manipularon y le permitieron publicar las
autoridades eclesiásticas. Más aún, al final, tanto en el proceso como en la sen-
tencia vienen a decirle que cualquier Diálogo que hubiera escrito sobre la teoría
copemicana hubiera constituido delito independientemente del contenido concreto.

6. LA RETÓRICA CIENTÍFICA O LA CIENCIA RETÓRICA DEL DIÁLOGO

Prácticamente desde que en 1624 inicia la redacción del Diálogo del flujo
y el reflujo,62 Galileo ya decide que confrontará los sistemas ptolemaico y coper-
nicano. 63 Como él mismo es obligado a decir en el prefacio, y seguramente acepta
de buen grado,

"las experiencias factibles en la tierra son medios insuficientes para


deducir su movilidad, y que pueden adecuarse indiferentemente tanto
a una Tierra móvil como a una Tierra en reposo"64

61 Zaccaria Pasqualigo, uno de los miembros de la comisión lo deja muy claro al exponer el problema y
en su respuesta señala que, en 1616, Galileo recibió el precepto en los términos mencionados y conti-
núa: "y habiendo impreso sus Diálogos respecto a esta materia {la teoría copernicana] se investiga si
ha transgredido dicho precepto. Se responde que contravino el precepto en cuanto prohibe non doceat
quovis modo. Primero porque el propósito de quien imprime y escribe es enseñar la doctrina que con-
tiene el libro. f. ..} 2º porque enseñar no es otra cosa que comunicar alguna doctrina, como enseña San
Agustín..." Opere XIX, 359. Además, cuando la sentencia comenta que Galileo presentó el certificado
de Bellarmino como defensa dice: "Pero con este certificado, que presentaste en tu defensa, agravaste
más tu situación, puesto que, al decirse en este que dicha opinión es contraria a la Sagrada Escritura,
sin embargo has osado tratarla, defenderla y persuadir de su probabilidad; y no te excusa la autoriza-
ción que sonsacaste artificiosa y aduladoramente, no habiendo informado del precepto que recibiste."
Opere XIX, 405. (La negrita es mía).
62 Carta de Galileo a Cesare Marsili de 7 de diciembre de 1624. Opere XIII, 236. Los amigos a veces se

refieren a la obra como Diálogos.. Véanse las cartas de Guiducci a Galileo de 4 y 11 de enero de 1625.
Opere XIII, 248 Y249.
63 El 20 de octubre de 1625, escribe a Elia Diodati: "voy escribiendo unos Diálogos en torno alflujo y el

reflujo del mar, donde por ello serán tratados ampliamente los dos sistemas ptolemaico y copernicano,
dado que yo remito la causa de tal accidente a los movimientos de la tierra, etc." Opere XIII, 282.
64 Aunque el texto pertenece al Prefacio, "Al prudente lector", Opere VII, 30, que la Iglesia le obligó a

incluir en la obra y, por tanto, puede considerarse como impuesto, lo cierto es que, a lo largo de la segunda
jornada especialmente, Galileo muestra efectivamente que las experiencias factibles, especialmente las
aducidas contra el movimiento terrestre, son perfectamente compatibles con una Tierra móvil, pero no
pretende que constituyan una demostración de su movilidad. Otro tema es el de los fenómenos que no
dependen de nuestra actividad, como las manchas solares y las mareas.

234 (
EL DIÁLOGO SOBRE LOS DOS MÁXIMOS SISTEMAS DEL MUNDO DE GALILEO.
GÉNESIS y PROBLEMAS

A partir de proposiciones como ésta y de consideraciones epistemológi-


cas, se ha afirmado y destacado incesantemente que Galileo no aportó ninguna
prueba o demostración de la movilidad de la Tierra. Es cierto. 65 La pregunta que
me parece pertinente es ¿qué relevancia tiene esto para su polémica con los defen-
sores de la cosmología geocentrista y geostatista? Naturalmente, si Galileo que-
ría afirmar la verdad de las tesis de la movilidad de la Tierra y la centralidad del
Sol, lo ideal hubiera sido que hubiera presentado una prueba empírica o una demos-
tración matemática de éstas. ¿Pero acaso no vale esto para las tesis del geocen-
trismo y el geostatismo? ¿Disponían los adversarios de Galileo de una prueba o
demostración de estas tesis? La respuesta es un rotundo no. Los propios repre-
sentantes de la ciencia tradicional, que podrían quedar bien representados por los
matemáticos jesuitas, sabían desde hacía décadas que la cosmología tradicional
como mínimo se enfrentaba a serias dificultades. 66 Pero, en todo caso, incluso
dejando de lado la obra de Kepler, no hay duda ninguna de que, con el Diálogo
de Galileo, lo que quedaba claro era que no podía afmnarse que existiera una demos-
tración de la centralidad e inmovilidad de la Tierra. Galileo no disponía de una
demostración. Sus enemigos tampoco. Pero en muchos sentidos, todos relevan-
tes, la ventaja era de Galileo. El había desenmascarado la falsedad de la posición
contraria, de los argumentos que durante siglos se habían considerado evidentes
e incuestionables. Querengo explica muy bien este punto cuando, en enero de 1616,
describe cómo Galileo asediado por 15 ó 20 adversarios consigue ponerlos a todos
en jaque, y que incluso refuerza los mejores argumentos del contrario para des-
pués arruinarlos más contundentemente aún. Querengo comenta:

"Y si bien la novedad de su opinión no convence, convence sin


embargo de la vanidad de la mayor parte de los argumentos con los
que los impugnadores tratan de atemorizarlo." (Opere XII, 226-227)

Más aún, Galileo había mostrado la viabilidad de la teoría copemicana al


mostrar que todos los nuevos descubrimientos la fortalecían. Eso es lo que le hace
decir, ya en 1615, con toda contundencia

" Podemos dejar de lado la discusión del valor del movimiento de las manchas solares y del fenómeno
de las mareas como pruebas del movimiento terrestre. Pero en ambos casos, la discusión debería hacerse
en base a criterios del siglo XVII. No basta decir que nosotros sabemos que la explicación galileana de
las mareas es falsa, ni podemos atribuir a las hipótesis que en aquel momento atribuían un papel prin-
cipal a la Luna en la explicación de las mareas una modernidad que no tenían en absoluto.
66 El impacto de algunos descubrimientos astronómicos de Tycho Brahe ya habían puesto en cuestión

algunos elementos importantes de la cosmología aristotélica que constituía un todo unitario. Incluso el
jesuita Clavio, matemático del Colegio Romano hasta 1612, reconocía explícitamente esta crisis, o al
menos la necesidad de una revisión de algunos puntos importantes. Parece que algunos de sus colegas
de la orden hubieran deseado ir más lejos en la dirección de la nueva ciencia, de no ser por su ciega
obediencia y la eficaz censura interna de la Compañía. Estos temas han sido estudiados por Ugo Bal-
dini 1992.

í 235
GALILEO y LA GESTACIÓN DE LA CIENCIA MODERNA

"es necesario que quien quiera condenarla jurídicamente, primero


demuestre que es falsa en la naturaleza, reinterpretando los argu-
mentos en contra" (Opere V, 364)

Tanto desde el punto de vista del fundamento filosófico, como desde el punto
de vista científico Galileo había conseguido legitimar las aspiraciones del copemi-
canismo, y lo había hecho a la vez que deslegitimaba las pretensiones de la cosmo-
logía aristotélico-ptolemaica. 67 En todo caso, la cuestión central no era entonces ni
es ahora si Galileo disponía o no de una demostración de la movilidad de la Tierra.
En realidad ese fue un truco retórico, que tuvo éxito porque tenía todo el respaldo
político necesario. Los jesuitas tuvieron un papel principal en el desarrollo de este
argumento. En una pirueta defensiva, ante la crisis de la teoría tradicional, ahora se
desplazaba el peso de la prueba hacia el adversario, hacia Galileo. El supuesto tácito
era que mientras los copemicanos no demostraran la verdad de sus tesis, la verdad
del geostatismo seguía fmne. Naturalmente, esto es palmariamente falso, pero lo cierto
es que esta postura fue oficialmente adoptada. De hecho, el jesuita Grienberger que,
como matemático del Colegio Romano, es una de las voces científicas más repre-
sentativas de la ciencia tradicional más competente, ya en 1615 había declarado que
Galileo no había aportado ninguna demostración. 68 Esto sucedía antes de que su supe-
rior, el cardenal Bellarmino escribiera la famosa carta a Foscarini, en que declara
solemnemente la inexistencia de una prueba en favor del movimiento de la Tierra
y su incredulidad en que dicha prueba fuera posible. Afmales de septiembre de 1632,
cuando ya han empezado los problemas, Grienberger insiste en el mismo punto. Pero
es muy interesante el modo en que 10 expresa. Torricelli le cuenta a Galileo:

"Grienberger, que me estima mucho, confiesa que el libro de VS.


[el Diálogo] le ha gustado muchísimo y que en él hay muchas cosas
bellas, pero que la opinión [copernicana] no la aprueba, y que aun-
que lo parezca no la considera verdadera."69 (negrita mía)

67 La ilustración por parte de Galileo de la neutralidad de los fenómenos aducidos tradicionalmente como prueba

de la estabilidad de la Tierra, en realidad arruinaban las tesis geostatista y abría posibilidades a la copemicana.
68 EI6 de marzo de 1615, Dini escribe a Galileo que Grienberger le ha dicho "qu~ habría preferido que

VS. primero hubiera hecho sus demostraciones, y después hubiera entrado a hdblar de la Escritura...
Yen cuanto a los argumentos que se proponen por parte de VS., se pregunta el dicho padre si no son
más plausibles que verdaderos, porque hay algún otro pasaje de las Sagradas Escrituras que le da miedo."
Opere xn, 151-152. En 1613, Gio.Battista Agucchi ya había insistido en este punto, apoyándose en el
principio de autoridad, yen argumentos astronómicos, Agucchi acaba diciendo: "... segurísimo de que
vos [Galileo} no vais a publicar nada de la verdad de esta opinión si no tenéis en mano los argumentos
ciertos para probarla. Porque si no sucede que se la puede demostrar con pruebas matemáticas y nece-
sarias, sería sorprendente [granfatto} que se persuadiera al mundo únicamente con las razones proba-
bles, siendo algo que no cabe demasiado bien en el intelecto humano." (XI, 535) Pero Grienberger tenía,
sin duda, una mayor autoridad y poder en el campo y, por eso, me remito preferentemente a él.
69 Opere XIV, 387.

236
EL DIÁLOGO SOBRE LOS DOS MÁXIMOS SiSTEMAS DEL MUNDO DE GALILEO.
GÉNESIS y PROBLEMAS

Está claro que a Grienberger le parece que los argumentos de Galileo arras-
tran, pero él es jesuita y no puede aceptar que convencen ni que las conclusio-
nes que se deducen sean verdaderas. Pero su comentario invita a preguntar si la
contrapartida es que la teoría cosmológica aristotélico-ptolemaica es verdadera
aunque ya no lo parezca tanto. En todo caso, parece que la verdad no se impone
ni puede imponerse ya con la evidencia e inmediatez de que parecía gozar antes.
De ahí, también por eso, la necesidad de la retórica... también para los enemi-
gos de Galileo. Sólo que quien tiene el poder, no tiene la misma necesidad de la
retórica que quien tiene que convencer. Los intelectuales orgánicos como los jesui-
tas no dejaron de recurrir a ella. Pero, como bien sabemos, la teoría geocentrista
y geostatista se impuso por decreto y amenaza, no por confrontación retórica ni
teórica de ninguna otra clase.
Aún así, algunos historiadores apologistas recuperaron y siguen presentando
la tesis de que en el Diálogo Galileo no aportó ninguna prueba de la movilidad
de la Tierra como el elemento decisivo del enfrentamiento entre Galileo y la Igle-
sia. 70 La ola de artículos y libros que nos ha invadido con los trabajos de la comi-
sión que el papa Juan Pablo II nombró para llevar a cabo "una reflexión serena
y objetiva"7l del caso Galileo, y sobre todo algunos de estos artículos y libros,
no dejan de insistir en este punto. En ellos prácticamente nunca se entra en deta-
lles respecto a en qué consistía el error de Galileo en su "prueba" de la teoría
de las mareas, según los criterios del siglo XVII, que son los que podían usar
los jueces de Galileo y, por tanto, los únicos pertinentes. Pero su tesis es más
amplia y un buen ejemplo de esto lo constituye uno de los libros insignia de esta

70 A principios de siglo, Duhem fue incluso mucho más allá e intentó hacer de Bellarmino y Urbano VIII

refinados filósofos de la ciencia que comprendieron la naturaleza y alcance de la investigación cientí-


fica mucho mejor que Galileo. Según Duhem, los científicos, y nosotros con ellos, "hoy se venforza-
dos a reconocer y confesar que la lógica estaba de parte de Osiander, de Bellarmino y de Urbano VIII,
y no de parte de Kepler y Galileo; que los primeros habían comprendido el alcance exacto del método
experimental y que, a este respecto, los segundos se habían equivocado". -La conclusión y el libro de
Duhem acaban así-: "A pesar de Kepler y Galileo, hoy creemos, con Osiander y Bellarmino, que las
hipótesis de lafisica no son más que artificios matemáticos destinados a salvar los fenómenos." Duhem
(1908)1990, p. 136 Y 140. Duhem expuso brillantemente la tesis de la infradeteminación lógica de las
teorías que retomaría Quine. Duhem (1906) 1989, 278-289, especialmente 284). La experiencia pone
en cuestión el conjunto de hipótesis que constituyen una teoría, pero no nos dice cuál de estas proposi-
ciones es la errónea y debe cambiarse. Y por este camino rechaza el valor de cu~quier prueba galileana
en apoyo del copemicanismo. La tesis de la infradetermninación lógica de las teorías ha sido importante
en la filosofía de la ciencia de este siglo, pero retrotraerla a Bellarmino y a Urbano VIII constituye un
anacronismo inaceptable. Puede verse un comentario a la tesis de Duhem en mi introducción a Galileo
1994, XXVIII y ss. Aquí me limitaré a decir que Bellarmino era un refinado ficcionalista únicamente
cuando se trataba de la teoría copemicana, pero cuando se trataba del geocentrismo y del geostatismo
era de un realismo recalcitrante. Esto pone de manifiesto que Bellarrnino no tenía ninguna filosofía de
la ciencia, ni buena ni mala, simplemente tenía el poder para imponer su opinión.
71 "No se trata de la revisión de un proceso, o de una rehabilitación, sino de una reflexión serena y obje-

tiva" , dice el cardenal Gabriel Marie Garone, coordinador de la Comisión papal, en el prefacio a Pou-
pard Ed. 1992,5.

237
GALILEO y LA GESTACIÓN DE LA CIENCIA MODERNA

"reflexión", editado por el cardenal Poupard. Galileo Galilei 350 ans d'histoire,
1633-1983. En él se afirma reiteradamente que el "núcleo de la cuestión galile-
ana" es de naturaleza filosófica, no teológica, y consiste en si Galileo aportó o
no pruebas en favor del copemicanismo y que valor tenían. 72 Y esta tesis fue rati-

72 En el primer artículo, cuyo título coincide con el del libro, Poupard cree oportuno citar la Enciclope-

dia Universalis: "La única prueba que proponía del movimiento de la Tierra, a saber el flujo y el reflujo
de las mareas, no vale absolutamente nada." Poupard Ed.1983, 18. En su contribución titulada "Gali-
lée et la culture de son temps", el jesuita Mario Vigano afirma que "el examen de todo el caso da la
impresión de que el núcleo de la «cuestión galileana» haya sido de naturaleza filosófica, más que de
naturaleza teológica, en lo que concierne precisamente al valor de las pruebas ofrecidas por Galileo
en favor de la teoría copernicana, o incluso de su incapacidad de ser demostrada ... [hace referencia a
la carta de Bellarmino a Foscarini y continua:] Efectivamente según los teólogos estas pruebas no exis-
tían" lbid., 144-145. Otro jesuita, Franyois Russo, destaca igualmente en su "Galilée et la culture the-
ologique de son temps" que aunque Galileo lo quiera hacer creer, "se sabe que Galileo no había apor-
tado una prueba enteramente satisfactoria [de la teoría copernicanaj" lbid., p. 153. En su artículo "Galilée
et les mileux scientifiques aujourd'hui", Georges J. Bené llega a decir: "El Diálogo... pretende probar
el movimiento de la Tierra por las mareas. Los cientificos de la época ya sabían que este argumento
era falso, porque la acción lunar era la verdadera causa de las mareas. En este asunto el rechazo del
libro -que emanaba de una autoridad responsable de la ciencia profana así como de la doctrina cató-
lica- se inscribe en el mismo contexto que el rechazo de un trabajo reconocido como inexacto por el
comité de lectura de una revista científica seria de hoy." lbid., p. 259. La comparación de la Congre-
gación de la Inquisición con "el comité de lectura" de Nature, por ejemplo, resulta difícil de calificar.
Resulta sorprendente la afirmación de que, en aquellos momentos, los cientificos ya sabían qué tesis de
Galileo era falsa, ¿porque ya sabían lo que Newton diría después? sobre todo si se compara con lo afir-
mado después por Costabel en el mismo libro. Pero la sorpresa que depara Pierre Costabel en su artí-
culo "Galilée, hier et aujourdl1Ui" es de signo contrario. Empieza diciendo: "Sin duda no es inútil recor-
dar primero que las pruebas del movimiento de la Tierra sólo alcanzaron un público amplio entre 1830
y 1850." lbid., 198. Con lo cual la Iglesia queda claramente disculpada por no haber eliminado el Diá-
logo de Galileo dellndice de libros prohibidos hasta 1835. La tesis de Wallace en su artículo es aún más
refinada. Según este historiador, el propio Galileo sabe que no tiene ninguna demostración, no lo pre-
tende siquiera y, por tanto, "no habría cometido perjurio cuando en su retractación suscribió la inter-
pretación de los pasajes de la Escritura que según las autoridades eclesiásticas excluían el movimiento
terrestre. Simplemente aceptaba, por un motivo defe, que la Tierra esta inmóvil, lo que podía hacer con
toda honestidad intelectual porque su razón había fracasado en probar lo contrario" Ibid., 96 Se trata
de una tesis que ha reiterado en otras ocasiones. Véase por ejemplo Wallace 1985, en Coyne, Heller,
Sycinski, 1985, 30 Y3. En este mismo libro, Jean Dietz Moss afirma a su vez: "incluso después del Diá-
logo [Galileo] era consciente de que todavía no podía ofrecer las demostraciones requeridas. Desde
esta perspectiva, pues, la Carta [a Cristina de Lorena] y el Diálogo se presentan como ejemplos signi-
ficativos de retórica más que de la realidad de la prueba.... la discusión de Galileo del modo de argu-
mentación propio de las ciencias en el Diálogo muestra que era totalmente consciente de la diferencia
entre ésta y la retórica ... El problema en la causa de Galileo en pro del copernicanismo era su propio
uso de la persuasión para llenar las lagunas donde la prueba todavía no estaba disponible." Dietz Moss
1985,59-60. Con todo, cabe decir que Dietz Moss ha matizado y ampliado considerablemente sus tesis
sobre este y puntos relacionados (Dietz Moss 1993). Volviendo al libro editado por el cardenal Poupard,
en cierto sentido Bemard Vinaty, o.p. constituye una excepción cu~do afirma que "sería demasiado
expeditivo retener de la explicación galileana de las mareas únicamehte el que es errónea. Ciertamente,
ha sido sustituida por la explicación newtoniana que atribuye la causa principal de las mareas a la atrac-
ción conjunta de la Luna y el Sol sobre la Tierra. Sin embargo, no era enteramente errónea. Por una
parte, el efecto debido a la composición de dos movimientos de la Tierra es real, pero la elevación y
descenso de las aguas marinas que se le puede atribuir es del orden de algunos centímetros, y sería
totalmente insuficiente para explicar las mareas que podemos observar" Bemard Vinaty, "Galilée et
Copemic", en Poupard Ed. 1984, 55. Como puede verse, tampoco él discute la cuestión con los crite-
rios de la ciencia del XVII. Pero tiene el mérito de temperar la importancia atribuida usualmente al error
de Galileo.

238
EL DIÁLOGO SOBRE LOS DOS MÁXIMOS SISTEMAS DEL MUNDO DE GALILEO.
GÉNESIS y PROBLEMAS

ficada por el propio Juan Pablo Il, cuando hizo balance del resultado de los tra-
bajos de la comisión. El Papa afirmó que Galileo no distinguió adecuadamente

entre el análisis cientifico de losfenómenos naturales y la reflexión acerca


de la naturaleza, de orden filosófico, que ese análisis por lo general
suscita. Por eso mismo, rechazó la sugerencia que se le hizo de pre-
sentar como una hipótesis el sistema de Copérnico, hasta que fuera
corifirmado con pruebas irrefutables. Esa era, por lo demás, una exi-
gencia del método experimental, de la que élfue el genial iniciador." 73

No hay por qué esperar que el Papa fuera un refinado filósofo de la cien-
cia. Pero resulta más sorprendente que los estudiosos del tema todavía parezcan
remitirse vagamente a una especie de rígido código metodológico, de tipo veri-
ficacionista, como las reglas metodológicas que los científicos usan en su trabajo.
En la década 1960 se puso de manifiesto que los esquemas lógicos no ya verifi-

Tras los trabajos de la comisión papal, la tesis se consigeró ratificada una y otra vez. En 1992, otro de
los estudiosos que participó en los trabajos de dicha comisión afmnaba con más entusiasmo que los ante-
riores si cabe que "Galileo en efecto no había aportado prueba alguna. Ni uno sólo de sus argumentos
podía considerarse tal, y menos todavía su teoría sobre las mareas." Brandmüller 1992, 112. Así Brand-
müller anticipa la respuesta a su pregunta respecto al tema central de todo el affaire: "si hubo una cerrada
oposición a un conocimiento que se presentaba comprobado y fuera de toda duda o si, por el contra-
rio, la oposición se ejercitó sobre una mera hipótesis pendiente de demostración. De eso se había tra-
tado en 1616 y ese seguía siendo el planteamiento en la primavera de 1631 -quince años después cuando
Galileo había puesto punto final a su Diálogo, después de muchas suspensiones obligadas por sus enfer-
medades y por el cansancio de un envejecimiento acelerado" . ldem. En su introducción a Brandmüller
- Greipl1992, Brandmüller todavía va más lejos cuando afirma que ya a principios del siglo XIX, el
copemicanismo había ido siendo cada vez más obvio, pero precisa: "si bien, -al menos por lo que se
juzga hoy- sólo los descubrimientos de Friedrich Wilhelm Bessel en 1838 aportaron una prueba con-
vincente a favor de aquel sistema". Brandmüller - Greipl, 1992, 45. En un final apoteósico, Brandmü-
ller destaca la perspicacia de las autoridades eclesiásticas, cuando incluso en el siglo XIX no se dejaron
llevar por "el ingenuo optimismo hacia las ciencias", y añade "Olivieri, y con él después el Santo Ofi-
cio, nunca ha afirmado que el movimiento de la Tierra y el heliocentrismo fueran verdades incontro-
vertibles, si bien en aquel momento se hubieran convencido de ello el mundo de los expertos así como
la opinión publica. La argumentación de Olivieri mostraba simplemente que se puede enseñar esta con-
cepción astronómica sin contradecir la fe católica. Después se ha visto que esta discreción era justifi-
cada, dado que el sistema de Copérnico, de Galileo y de Newton ya ha sido superado desde hace tiempo
por la investigación. Y precisamente este desarrollo confirma nuevamente el escepticismo metodológico
de los teólogos romanos de 1616 basado sobre santo Tomás de Aquino. Con esta constatación por tanto,
el Santo Oficio había observado estrictamente los límites de sus competencias tanto teológico-científi-
cas como eclesiástico-magistrales." Brandmüller - Greipl, 1992, 129-130. Lo cierto es que, al leer a
Brandmüller, no se comprende por qué el Papa mostró su pesar por "ciertas intervenciones indebidas",
en lugar de celebrar los comprobados aciertos que tuvieron lo5-11Íiembros del Santo Oficio de 1616 en
adelante. Cabe decir que Fantoli, en su libro Galileo, per il copernicanesimo e per la Chiesa, que tam-
bién surgió de la iniciativa de la comisión papal, critica el libro editado por el Cardenal Poupard, lamen-
tando que "algunas de las contribuciones recogidas en él aparecen escritas apresuradamente y con varias
-a veces graves- imprecisiones". Fantoli 1997,493-494, nota 46. Fantoli crica también algunos excesos
de Costabel y Brandmüller en Fantoli 1997,479 Y480,485 respectivamente.
73 Discurso de Juan Pablo II a la Academia Pontificia de las Ciencias. Sábado 31 de octubre de 1992.

Cito por la reproducción de Brandmüller 1992, 191. Para un examen más detallado de la posición del
Papa en 1979 y 1992, puede verse Segre 1997.

239
GALILEO y LA GESTACIÓN DE LA CIENCIA MODERNA

cacionistas, sino incluso falsacionistas, que ya abandonan la exigencia de una demos-


tración en el sentido de aquellos teólogos y estos historiadores, simplificaban exce-
.sivamente la cuestión. Desde entonces ha quedado claro que los científicos en su
trabajo, a lo largo de la historia, no se atienen ni pueden atenerse a comporta-
mientos tan simplistas. Wallace va más allá, o más acá, y pretende que el modelo
metodológico de Galileo eran los Analítica Posteriora de Aristóteles expuesto por
los jesuitas en sus manuales. 74 Una tesis que añade serios problemas filosóficos
e historiográficos. Pero también en este caso vale la misma observación. Si los
científicos sólo abandonaran teorías incontrovertiblemente falsadas y sólo pro-
pusieran o se adhirieran a teorías incontrovertiblemente demostradas, nunca se
habría introducido ninguna teoría nueva. 75 La ciencia ni siquiera habría podido
empezar nunca. De lo que se trataba en el enfrentamiento de Galileo con la cien-
cia tradicional era de mostrar que la teoría que defendía cada uno de los bandos
se apoyaba en argumentos y pruebas más sólidas que las del contrario y que auto-
rizaban a sus defensores a creer y afirmar que era verdadera. Sí, sin duda Gali-
leo afirmó la verdad de la teoría copemicana antes de tener pruebas definitivas.
¿Dónde está el escándalo epistemológico? En cierto sentido era más escandaloso
seguir sosteniendo la vieja teoría cuando se había mostrado la falacia o inocui-
dad de sus supuestas pruebas. Galileo ilustró y defendió consistentemente que el
balance de los argumentos en pro y en contra de una y otra teoría era claramente
favorable a la copemicana. En el Diálogo Galileo mostró que ésta tenía futuro y
que la aristotélico ptolemaica, por el contrario, sólo tenía pasado. 76
El Diálogo de Galileo es una obra retórica por varias razones o en distin-
tos sentidos. 77 Lo es porque le obligaron a que lo fuera. Las condiciones del Papa
para que pudiera escribir la obra así lo exigían. Lo es porque, aunque se le hubiera
permitido, no podía ni quería únicamente presentar pruebas empíricas y demos-
traciones matemáticas de sus tesis. Necesitaba enseñar a sus adversarios a ver los
fenómenos naturales de manera que no se les presentaran de entrada como con-
tra ejemplos de las afirmaciones del copemicanismo. Eso no podía hacerse con

74 Frente a los rupturistas y a los que han pretendido hacer de Galileo un positivista que había dejado de
lado la explicación causal, en base sobre todo a algunos escritos de juventud de Galileo, y al uso de la
terminología aristotélica que emplea, Wallace afirma: "El hecho es que Galileo era un hombre de su
tiempo que estaba perfectamente al corriente del pensamiento de los plstotélicos progresistas tales como
los jesuitas y que hizo buen uso del análisis causal y de los cánones metodológicos de los Analitica Pos-
teriora". Wallace 1985,34.
" El geocentrismo y el geostatismo, desde Parménides o Anaximandro con su idea nada obvia de una
Tierra suspendida en el centro del universo, hasta una Tierra clavada en el centro de Aristóteles, fue cons-
truyendo lentamente sus premisas y su obviedad a lo largo de más de dos siglos, y, sólo tras complejí-
simas elaboraciones intelectuales, se incorporó al sentido común de la gente culta. El copemicanismo
tuvo que pasar un proceso similar aunque fue algo más breve.
76 Recuérdense la afIrmaciones de Querengo y Grienberger citadas más arriba.

n El aspecto retórico del Diálogo ha sido señalado desde antiguo. Véase por ejemplo, Koyré 1966,212-
215; trad. cast. 1980,200-204; YDrake 1970,253. Pero cabe ver sobre todo Finocchiaro 1980; y Dietz
Moss 1993.

240
EL DIÁLOGO SOBRE LOS DOS MÁXIMOS SISTEMAS DEL MUNDO DE GALILEO.
GÉNESIS y PROBLEMAS

más hechos o experimentos. En la Carta a Ingoli de1624 dice que ha hecho el


experimento de dejar caer una piedra desde lo alto del mástil de una nave estando
quieta y también avanzando a velocidad uniforme, y que en ambos casos cae al
pie del mástil. 78 Pero en el Diálogo le hace decir a Salviati que él no necesita hacerlo
porque sabe que sucede así porque es necesario que así suceda. 79 ¿De qué le hubiera
servido a Galileo contar que había embarcado a sus personajes en una nave y que
había comprobado que efectivamente la piedra caía al pie del mástil en ambos
casos? Al igual que en caso de la piedra que se deja caer desde una torre, Gali-
leo propone una análisis conceptual de la cuestión. 80 Sí, tanto el aristotélico como
el copemicano ven que la piedra cae al pie de la torre. Pero el primero afirma
que ve que su trayectoria es rectilínea y que esto prueba que la Tierra está quieta,
y el copemicano afirma que la trayectoria es una mezcla de movimiento recto y
circular y cree que de la observación no se puede inferir nada respecto al movi-
miento o quietud de la Tierra. El desacuerdo no está en lo que ven, sino en si lo
que ven es un hecho u otro y en qué valor tiene para su desacuerdo y sus res-
pectivas teorías. Se trata del repensar la relación entre hechos y teorías, el papel
y valor de la experiencia sensible, la relación entre matemáticas y experiencia,
la relación del sujeto con el objeto. Si se quiere se puede llamar a este análisis
filosófico "retórica". Pero difícilmente podrá considerarse que ésta sea ajena al
trabajo científico, a la ciencia, e incluso al concepto de ciencia de Galileo. Esto
está directamente relacionado con otro aspecto de la retórica de Galileo. El Diá-
logo necesitaba ser retórico porque incluso si pudiera vencer, yeso puede enten-
derse en el sentido de demostrar la teoría copemicana, aún así antes tenía que
convencer. Eso es lo que expresa cuando dice que tiene que "domar los cerebros"
de los oponentes. 81 Galileo utilizaba la retórica para legitimar su posición y sus
tesis científicas. Sus adversarios utilizaban la retórica de la demostración para legi-
timar su imposición y su poder.
Pero si la retórica de Galileo es eficaz es sobre todo porque sus argumen-
tos son buenos. Y si se puede decir que Galileo utiliza la retórica para fortalecer
sus argumentos científicos, no es menos cierto que sus argumentos científicos son
la fuente básica de la fuerza de su retórica. Él espera convencer porque sus argu-
mentos le han convencido a él previamente. En el caso de algunos de los jesui-

78 Opere VI, 545.


79 Opere VII, 171.
80 "Mejor es pues que, dejada de lado la experiencia, en la cual todos estamos de acuerdo, nos esfor-

cemos con el razonamiento, o para confirmar la realidad de aquella o para descubrir sufalacia" Opere
VII, 281.
81 "SALV Yo sin experiencia estoy seguro de que el efecto [el que la piedra dejada caer desde lo alto

del mástil cae al pie de éste también cuando ésta avanza con velocidad uniforme] se dará como os digo,
porque es necesario que así se dé. Y además añado que también vos sabéis que no puede suceder de
otro modo, por más que fingís o simuláis fingir que no lo sabéis. Pero yo que soy tan buen domador de
cerebros que os lo haré confesar a viva fuerza." Opere VII, 171. He desarrollado algo más ampliamente
este punto en Beltrán 1983, 131 Y ss.

241
GALILEO y LA GESTACIÓN DE LA CIE CIA MODERNA

tas, SUS oponentes más competentes, parece que no era así. Su adhesión teórica
fue fruto de su obediencia más que de su ciencia. Pero me gustaría acabar des-
tacando el hecho señalado antes. El Diálogo que ha llegado hasta nosotros no es
la obra que Galileo hubiera querido escribir. Ni siquiera es la obra que escribió
porque le corrigieron y cambiaron textos, le impusieron una estructura, le obli-
garon a presentar unas ideas y eliminaron otras. Pues bien, a pesar de todos estos
condicionamientos y manipulaciones, y de toda la retórica impuesta, la querida
y la necesaria, no hay duda de que los argumentos centrales del Diálogo, sus ideas,
que son el inicio de una nueva física que elaboró entre 1602 y 1609, Y sus des-
cubrimientos astronómicos de 1610 a 1612, constituyen el sólido fundamento de
la obra cosmológica de Galileo desde que fue planeada por primera vez. Ahí está,
en última instancia, el valor más permanente de su obra.

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20 vols. Firenze, G. Barbera (1ª ed. 1890-1909).
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243
LOS DISCURSOS SOBRE DOS
NUEVAS CIENCIAS

Enrico Giusti
Universita di Firenze

INTRODUCCIÓN

Las vicisitudes editoriales de los Discursos son bastante conocidas como


para que tengamos ahora que recordarlas' con detalle una vez más. Galileo comenzó
a reordenar el material, que había acumulado desde los primeros años del siglo,
inmediatamente después de su regreso a Florencia tras su desafortunada estan- .
cia en Roma y de haberlo sistematizado en su «cárcel de Arcetri», ayudado en
esta tarea por sus discípulos Niccolo Arrighetti y Mario Guiducci, que transcri-
bieron no pocos de sus apuntes. Al mismo tiempo él entablaba una serie de rela-
ciones epistolares, con vistas a la publicación del volumen que andaba elaborando,
con Fulgenzio Micanzio en Venecia, con Pierre de Carcavy ~n Tolosa, con Gio-
vanni Pieroni en Alemania y con Roberto Galilei en Lyón.
Ninguna de estas iniciativas hubo de llegar a buen fin, bien porque la obra
no estaba todavía ultimada, o bien, sobre todo, por la prohibición de la Inquisi- í
ción «de editis omnibus et edendis» a la que muy pronto debieron enfrentarse
Micanzio y Pieroni.

I Para una exposición mas detallada se podrá consultar la introducción de A. Favaro al octavo volumen

de las Opere de Galileo (Edizione Nazionale, Giunti-Barbera, Florencia 1968) o, al menos, la introduc-
ción de A. Carugo y L. Geymonat a la edición de los Discursos, Boringhieri, Turín 1958.

245
GALILEO y LA GESTACIÓN DE LA CIENCIA MODERNA

Por otra parte, fue el mismo Galilei quien truncó estas tentativas, y en par-
ticular la de Pieroni, tras los contactos que Ludovico Elzevier había mantenido
primero en Venecia con Fulgenzio Micanzio y después directamente en Arcetri
con Galileo, y que debían llevar a la imprenta los Discursos en la famosa tipo-
grafía de Leyden. En septiembre de 1636 llegan a Holanda las dos primeras jor-
nadas (que Galileo había terminado y enviado el año anterior por carta a varios
de sus amigos, entre los que se encontraban Micanzio y Pieroni) junto con la ter-
cera y la cuarta, éstas, sin embargo, incompletas, ya que carecían de la parte refe-
rida al movimiento de los proyectiles, que por la prisa no se había podido man-
dar a copiar. Sobre esta última parte Galileo trabajará todavía algunos meses, y,
de hecho, la mandará a Venecia junto con el apéndice sobre el centro de grave-
dad de los sólidos en junio del año siguiente, cuando ya comenzaban a llegar de
Leyden los primeros folios impresos de los discursos.
La impresión concluyó en julio de 1638, y en diciembre llegan los prime-
ros ejemplares a Roma. Galileo no consiguió sus volúmenes hasta junio del año
siguiente, cuando el libro ya circulaba en Italia y en el extranjero.
No consta que la publicación de la obra, a pesar de la prohibición de la
Inquisición, ocasionase problemas a su autor; indicio acaso de un cierto debili-
tamiento en el rigor de la condena (que, aunque se produjo, no eximió a Galileo,
de todas formas, del confinamiento hasta el fin de sus días) o más probablemente
del hecho de que las materias tratadas no eran relevantes en el terreno de la fe.
Desde luego, a pesar de las repetidas alusiones a la composición de la materia y
las claras profesiones de atomismo, la obra pudo circular sin particulares problemas
y llegó a reimprimirse en todas las ediciones de las obras de Galileo.

LA ESTRUCTURA DE LOS DISCURSOS

Las dos nuevas ciencias anunciadas en el título, la mecánica y los movi-


mientos locales, ocupan cada una dos jornadas, la primera de las cuales se agota
en continuas digresiones sobre las más variadas materias, entre las cuales ocu-
pan el primer lugar los átomos y el vacío. Sólo a partir de la segunda jornada dan
paso los «discursos» a las «demostraciones matemáticas», con el tratamiento de
la resistencia de los materiales. Vienen a continuación las dos jornadas dedica-
das al movimiento acelerado: la tercera al movimiento de los graves y la cuarta
al de los proyectiles. Al final del volumen se encuentra añadido un tratado acerca
del centro de gravedad de los sólidos, que Galileo había compuesto en su juven-
tud, pero que había permanecido inédito, eclipsado (es el propio Galileo quien
lo dice) por Sobre el centro de gravedad de los sólidos de Luca Valerio.
En realidad, Galileo había comenzado a trabajar en otras dos jornadas que
en su proyecto debían añadirse a las ya editadas: la quinta sobre la teoría de las
proporciones, la sexta sobre la fuerza de percusión (percossa). Se trata de dos temas

246
Los DISCURSOS SOBRE DOS NUEVAS CIENCIAS

muy significativos: por una parte, la teoría de las proporciones es el lenguaje que
unifica toda la estructura matemática del volumen; lenguaje obligado para una inda-
gación cuantitativa de las leyes físicas. Galileo, aunque dominaba por completo
las sutilezas de la teoría eudoxiana contenida en los Elementos de Euclides, la con-
sideraba demasiado compleja y no suficientemente eficaz para sus proyectos, y se
propone sustituirla con una nueva sistematización. Sobre este tema volverán a tra-
tar muchos de los componentes más importantes de la escuela galileana2 •
Pero también el tema de la otra jornada, la fuerza de percusión, ocupa un
lugar central en las especulaciones de Galileo, no sólo por su interés intrínseco,
sino también (y quizá es lo más importante) porque hará falta hacer referencia a
la percusión para precisar uno de los puntos más delicados del análisis del movi-
miento acelerado: la velocidad instantánea.
Las dos jornadas ya no llegarán a añadirse a las publicadas. Si en cuanto
a la teoría de las proporciones probablemente le faltaron fuerzas para llevar a tér-
mino un trabajo ya esbozado en sus líneas fundamentales, Galileo no acertará a
encontrar la clave para afrontar correctamente el problema del impacto, que trató
de describir (imitado en esto por Torricelli que retomó sus sugerencias) con-
frontándolo con el efecto de un peso. Esas dos jornadas se publicaron por sepa-
rado muchos años después, en 16751a quinta, y la sexta en 1718, en la segunda
edición de las Obras.

LA RESISTENCIA DE LOS MATERIALES

En tanto que la tercera y la cuarta jornada, y en muchos aspectos también


la primera, han sido objeto de un minucioso análisis, ha habido muy pocos estu-
dios dedicados a la segunda jornada, en la cual funda Galileo la teoría de la resis-
tencia de los materiales. Las razones de esta diferencia tan notable son, como siem-
pre, múltiples: por una parte, a diferencia del movimiento de los graves, sobre
cuya teoría disponemos de una gran cantidad de documentos que nos permiten
seguir la evolución en sus detalles principales, la teoría de la resistencia de los
materiales procede toda entera de las páginas de los Discursos; como si se hubiese
compuesto de golpe preparada ya para la imprenta: no contamos ni con estudios
preparatorios de ella, ni con esbozos, ni con pruebas, a partir de las cuales poda-
mos reconstruir el camino que ha llevado a la formulación final.
A esto hay que añadir que la teoría que Galileo diseña en la segunda jor-
nada es en muchos aspectos definitiva: se acomete el argumento y se resuelve
por completo, sin ambigüedades y sin forzarlo. Sólo habrá que desarrollar los temas

2 Sobre este tema véase mi Euclides reformatus. La teoria delle proporzioni nella seuola galileiana, Bollati

Boringhieri, Turín, 1993.

247
GALILEO y LA GESTACIÓN DE LA CIENCIA MODERNA

a partir de los fundamentos que ha elaborado Galileo y corregir algunos puntos


técnicamente importantes, pero marginales desde el punto de vista científico y
filosófico. En una palabra, nada de la tensión que recorre toda la teoría del movi-
miento está presente en estas páginas de claridad meridiana.
Sin embargo, la teoría que Galileo ofrece al lector es de gran importancia
no sólo y no tanto por los resultados obtenidos, sino, sobre todo, porque con ella
se cierra de manera definitiva el periodo de la empiria en la ciencia de los mate-
riales y, en particular, en las construcciones.
Antes de Galileo, el instrumento principal del constructor (ya sea el arqui-
tecto que edifica una casa o el ingeniero que construye un barco) es el modelo. El
modelo a escala es lo que permite prever el producto final, al evaluar a priori las
características estructurales, estéticas, económicas, y lo que sirve después de guía
para la construcción efectiva. Una vez construido y aceptado el modelo, se tra-
taba después sólo de imitar cuidadosamente su forma respetando las debidas pro-
porciones. Este antiquísimo método de construcción había funcionado durante siglos
y se seguía considerando el más fiable y seguro.
Sin embargo, no carecía de inconvenientes, ya que, al aumentar las dimen-
siones de la construcción, más de una vez había sucedido que edificios y máqui-
nas perfectamente sólidos en el modelo se revelaban después, una vez construi-
dos a gran escala, débiles e inseguros, si es que no se derrumbaban antes incluso
de estar terminados. Los Discursos se hacen eco de esta paradoja que los técni-
cos del arsenal veneciano conocían muy bien:

«que en estas y otras máquinas semejantes no conviene aplicarles


a las grandes los argumentos obtenidos de las pequeñas, ya que
muchos diseños de máquinas funcionan a pequeña escala, y después
a gran escala no se sostienen».

Efecto que a primera vista parece imposible de explicar, ya que,

«siendo así que todas las razones de la mecánica tienen sus funda-
mentos en la geometría, en la cual no veo que la grandeza o la peque-
ñez hagan que los círculos, los triángulos, los cilindros, los conos,
y cualesquiera otras figuras sólidas estén sujetos a distintos condi-
cionantes en uno y otro caso. Cuando la máquina grande se hafabri-
cado en todos sus componentes conforme a las proporciones de fa
menor, la cual es válida y resistente para el ejercicio al que está des-
tinada, no alcanzo a ver por qué ella ahora no es invulnerable a los
accidentes, siniestros y destructivos, que le pueden sobrevenir»3.

3 Opere VID, p. 50.

248
Los DISCURSOS SOBRE DOS NUEVAS CIENCIAS

La contraposición entre mecánica y geometría chirriaba tan fuerte, que, en


general, se prefería evitar toda explicación del fenómeno, atribuyéndolo habitualmente
a las imperfecciones de la materia; efecto que se habría dejado sentir de manera
cada vez más pronunciada al aumentar las dimensiones de la fabricación.
La teoría que Galileo desarrolla en la segunda jornada hace justicia a este
punto de vista: no son las imperfecciones de la materia las que producen el fenó-
meno, sino el mero hecho de que ella tiene una resistencia fInita. Incluso suponiendo
una materia libre de imperfecciones, sólo es posible ampliar la escala hasta un cierto
punto, más allá del cual la fabricación, aun siendo completamente conforme al modelo,
termina por sucumbir a su propio peso sin que hayan de intervenir factores exter-
nos. Además de las demostraciones matemáticas, desarrolladas todas de manera impe-
cable bajo la guía de la teoría de las proporciones, es este el mensaje principal de
la segunda jornada y de toda la teoría de los materiales.

LA CIENCIA DEL MOVIMIENTO

El primer documento importante referido al tratamiento matemático del movi-


miento acelerado aparece el 16 de octubre de 1604, cuando Galileo le escribe a
Paolo Sarpi, con quien muchas veces había tenido la ocasión de discutir sobre
éste y otros argumentos:

«Al volver a pensar acerca de las cuestiones del movimiento, en las


cuales, para demostrar los accidentes observados por mí, me hacía
falta un principio totalmente indudable que pudiera ponerlo como
axioma, se me han reducido a una proposición que tiene mucho de
natural y de evidente; y partiendo de ella, demuestro después lo demás,
es decir, que los espacios recorridos por el móvil natural estarán en
proporción doble a los tiempos y que, en consecuencia, los espacios
recorridos en tiempos iguales serán como los números impares res-
pecto a la unidad, y las otras cuestiones»4.

Tenemos aquí un primer punto al que conviene prestar mucha aterción:


Galileo ha observado un cierto número de accidentes en el movimiento de caída
de los graves, y está a la búsqueda de un principio y (habrá que añadir, de un
método matemático) que permita unificarlos en una teoría del movimiente..-En
otras palabras, él ya conoce los resultados a los que quiere llegar: en primer lugar,
la ley horaria (los espacios recorridos son proporcionales a los cuadrados de los
tiempos) y la ley de los números impares(los espacios recorridos en tiempos igua-

4 Opere X, p. 115.

249
GALILEO y LA GESTACIÓN DE LA CIENCIA MODERNA

les desde el inicio del movimiento son entre sí como los números impares). Lo
que Galileo busca es, por tanto, el descubrimiento no de las leyes que gobiernan
el movimiento, sino, más bien, de un principio unitario del que ellos se deriven
y de una teoría matemática que recoja dentro de sí los resultados anteriormente
alcanzados. El hecho en sí no es sorprendente: la sistematización axiomático-deduc-
tiva de una teoría sigue siempre a la adquisición de sus principales líneas funda-
mentales: no se demuestra más que aquello que se conoce.
Ahora había encontrado el principio que faltaba:

«y el principio es éste: que el móvil natural va aumentando de velo-


cidad en la misma proporción en que se distancia del principio de
su movimiento; por ejemplo, si el grave cae desde el extremo A a lo
largo de la línea ABCD, supongo que el grado de velocidad que tiene
en C respecto al grado de velocidad que tenía en B será como la
distancia CA respecto a la distancia BA, y así, en consecuencia, ten-
drá en D un grado de velocidad mayor que en C según sea mayor
la distancia DA que la CA»5.

El punto de partida de la ciencia del movimiento acelerado es, por tanto,


la proporcionalidad entre la velocidad y la distancia desde el punto de inicio del
movimiento: un principio erróneo, pero no carente de atractivo; hasta el punto
de que se lo vuelve encontrar en no pocos pensadores de principios del siglo XVII.
A propósito de los motivos de la opinión de Galileo se han escrito no pocas pági-
nas, entre ellas las muy hermosas de Koyré 6 : preeminencia de la geometría del
espacio sobre la experiencia temporal, posición central de la teoría de las pro-
porciones en la geometrización del movimiento. Este último es un tema recurrente
en toda la obra galileana, dado que no hay otra manera de tratar matemáticamente
(es decir geométricamente) sobre las magnitudes, más que encuadrándolas en el
esquema trazado en el quinto y sexto libro de los Elementos de Euclides. Ahora
bien, la teoría de las proporciones es esencialmente una teoría lineal, y de la cons-
tatación de que la velocidad aumenta al aumentar el espacio recorrido (<<vires acqui-
rit eund07») a la hipótesis de que aumenta proporcionalmente apenas hay un paso,
se diría que casi obligado, a no ser que se renuncie a una elaboración matemá-
tica basada en la relación velocidad-espacio.
A estas argumentaciones querría añadir una tercera que implica la cues-
tión central del estado epistemológico de la noción, o mejor dicho de las nocio-
nes, de velocidad. /

, Opere, X, p. 115.
6 Études galiléennes cit., pp. 96-98.
7 N. T. «gana fuerzas al desplazarse».

250
Los DISCURSOS SOBRE DOS NUEVAS CIENCIAS

Si se ojea un texto escolástico de física, al comienzo de la cinemática, se


encontrará la definición de velocidad media de un movimiento genérico como la
relación entre espacio recorrido por el móvil y el tiempo empleado en recorrerlo.
Esta definición, a la que corresponde la ausencia, al menos para las velocidades
acostumbradas, de una unidad especial de medida, está de tal manera ligada al
lenguaje común que raras veces se cae en la cuenta de que ella es posible sólo.
en un estadio bastante avanzado de la algebrización de la física, o si se quiere de
la matemática; es decir, cuando se ha confirmado o, al menos, admitido la equi-
valencia entre las relaciones de magnitudes y números, y por tanto la posibili-
dad, una vez escogida la unidad de medida, de expresar con un número una mag-
nitud escalar cualquiera que sea. Para quienes, como Galileo y los geómetras que
desde Euclides le precedieron, ratio y numerus constituyen todavía dos regiones
contiguas pero separadas, la relación entre espacio, tiempo y velocidad en el movi-
miento uniforme no podrá asumir la forma usual

v = s/t,

sino que se expresará de manera más enrevesada diciendo que las velocidades
de dos movimientos uniformes tendrán una relación compuesta de la que se da
entre los espacios y de la inversa de los tiempos. En fórmula:

La diferencia entre estas dos expresiones distintas no radica sólo en la mayor


laboriosidad de la segunda, un inconveniente en resumidas cuentas, de poca impor-
tancia: lo que más interesa en nuestro caso es que, mientras que la primera fór-
mula se puede usar, y se usa, para defrnir la velocidad, eso no sucede con la segunda,
que sólo estableces las relaciones entre ellas. Este hecho, sin embargo no se limita
a la magnitud particular que estamos considerando: quien use la teoría de las pro-
porciones (y, por tanto, admita la posibilidad de establecer relaciones solamente
entre magnitudes homogéneas) estará obligado, cada vez que pretenda conside-
rar una nueva magnitud física, a definirla independientemente de las otras, enun-
ciando, a la vez, una serie de axiomas de los cuales se puedan obtener las rela-
ciones cuantitativas entre las magnitudes viejas y las nuevas.
En consecuencia, la velocidad, como cualquier otra magnitud, se introduce
en dos niveles: uno metafísico, describiendo la naturaleza característica del movi-
miento; el otro operativo, al extraer de las definiciones y de los axiomas las moda-
lidades de confrontación y las relaciones con otras variables cinemáticas. Este último
análisis explica cómo podemos hacer para comparar las velocidades de dos movi-
mientos (o de dos porciones del mismo movimiento) y calcular la relación.
El esquema que hemos trazado, aunque es suficiente para el tratamiento
del movimiento uniforme, resulta todavía inadecuado para tratar la velocidad ins-

251
GALILEO y LA GESTACIÓN DE LA CIENCIA MODERNA

tantánea. El hecho es que esta última es de n<;tturaleza distinta a la primera, y, por


tanto, requiere que se precisen por separado su naturaleza y sus relaciones con
la velocidad tout court, así como los mecanismos que permiten confrontar entre
sí velocidades instantáneas distintas.
En este caso el camino seguido para las velocidades uniformes, que se podían
confrontar entre sí a través de la consideración de los espacios recorridos y de
los tiempos empleados, es impracticable. De hecho, la velocidad instantánea, por
naturaleza, dura un instante, y, por tanto, no puede dar lugar a desplazamientos.
Será pues necesario concretar otros sucesos que se produzcan también en un ins-
tante, a partir de cuya confrontación pueda llegarse al de las velocidades en el
mismo instante. Galileo concreta tales fenómenos en el impacto de un grave sobre
una materia no elástica:

«Depositad un grave sobre una materia que ceda, dejándolo hasta


que presione cuanto puede él presionar con su sola gravedad: es evi-
dente que si lo levantamos a la altura de uno o dos brazos (brac-
cio) y lo dejamos después caer sobre la misma materia, provocará
con el impacto una presión distinta, y mayor que la producida antes
sólo con el peso: el efecto lo habrá causado el móvil al caer junto
con la velocidad adquirida en la caída [. ..]. [Tal] efecto se hará cada
vez mayor según sea mayor la altura de la que procede el impacto,
es decir, según sea mayor la velocidad de lo que impacta. Así que
a partir de la cualidad y cantidad del impacto podremos nosotros
conjeturar sin error cuál es la velocidad de un grave que cae»8.

Así pues, he aquí que tenemos la velocidad ligada a la altura: dado que la
velocidad determina la cuantía del impacto y dado que éste es proporcional a la
altura desde la que cae el grave, la velocidad será también ella proporcional al
espacio recorrido. Galileo considera tan evidente la proporcionalidad entre velo-
cidad e impacto, que, con el descubrimiento de la ley correcta del movimiento
(la velocidad instantánea es proporcional al tiempo), se ve obligado a abandonar
al menos una de las dos hipótesis: velocidad proporcional al impacto o impacto
proporcional a la altura. Él renunciará a esta última, a fin de mantener la primera.

«no obstante, si lo que percute es lo mismo, no puede determinarse


la diferencia y momento de las percusiones, a no ser por la diferencia
de la velocidad; por tanto, cuando lo que percute, al caer del doble
de altura, provocara una percusión de momento doble, sería nece- \
sario que percutiera con una velocidad doble»9.

8 Opere VIII, p. 199.


9 Ibid., p. 205.

252
Los DISCURSOS SOBRE DOS NUEVAS CIENCIAS

En fin, como confirmación ulterior del papel de los procesos del impacto
en la definición de la velocidad instantánea, hay que señalar también la elección
del término «momento de la velocidad» que Galileo usa para denominarla. Si,
siguiendo a Torricelli, traducimos «momento» como «act~vidad»lO, o bien «efi-
cacia», no podemos más que referirlo al impacto: la parte activa de la velocidad
global en el impacto es precisamente la velocidad en el momento del contacto.

EL TRATAMIENTO MATEMÁTICO DEL MOVIMIENTO

En la carta a Sarpi, Galileo se limita a exponer sus resultados sin hacer la


menor referencia a las demostraciones correspondientes. Respecto al teorema fun-
damental, la proporcionalidad entre los espacios y los cuadrados de los tiempos,
esta cuestión aparece por primera vez en un escrito, que por su estructura y con-
tenido, puede considerarse de la misma época que la carta a Sarpi. El fragmento
comienza retomando en términos más formales la hipótesis de la proporcionali-
dad entre velocidad instantánea y distancia recorrida:

«yo supongo (y quizá podré demostrarlo) que el grave que cae de


manera natural va aumentando progresivamente su velocidad según
aumenta la distancia del extremo de donde se partió: por ejemplo,
si el grave parte del punto A y cae a lo largo de la línea AB, supongo
que el grado de velocidad en el punto D es tanto mayor que el grado
de velocidad en C cuanto mayor es la distancia DA que la distan-
cia CA, y que, en consecuencia, el grado de velocidad en E es al
grado de velocidad en D como EA respecto a DA, y que, por con-
siguiente, en cualquier punto de la línea AB se halla con un grado
de velocidad proporcional a las distancias de los mismos puntos desde
el extremo A. Este principio me parece muy natural, y que responde
a todas las experiencias que vemos en los instrumentos y máquinas
que operan mediante percusión, donde el percutor causa tanto más
efecto cuanto más grande es la altura desde la que cae; y dando por
supuesto este principio, demostraré el resto»ll.

Vemos aquí otra vez repetida la proporcionalidad entre velocidad y altura,


derivada, como más tarde en los Discursos, de la ya explícita entre altura de caída \
y efectos del impacto, y de la implícitamente asumida entre estos últimos y velo-

10 «El momento, o bien, actividad», Lezioni accademiche n. «Della percossa». Opere di E. Torricelli,
vol. n, p. 6.
11 Opere, VIII, p. 373.

253
GALILEO y LA GESTACIÓ DE LA CIENCIA MODERNA

cidad. Una vez enunciadas, se pasa a reformular las hipótesis en términos geo-
métricos:
A
«Forme la línea AK un ángulo cualquiera con la AF, y trá-
cense por los puntos C, D, E, F las paralelas CG, DH, El,
e FK. Y, dado que las líneas FK, El, DH, CG son entre sí como
D las FA, EA, DA, CA, entonces las velocidades en los puntos
F, E, D, C son como las líneas FK, El, DH, CG. Por tanto,
E 1-----\
van aumentando progresivamente los grados de velocidad en
todos los puntos de la línea AF conforme al incremento de
F I-- .......... K las paralelas trazadas desde todos esos mismos puntos»12.

Estamos ahora en el punto crucial de la demostración: es decir, en la rela-


ción entre las velocidades instantáneas, los grados de velocidad y la velocidad.
Dice Galileo:
«Por otra parte, dado que la velocidad con la que el móvil ha lle-
gado de A a D está compuesta de todos los grados de velocidad obte-
nidos en todos los puntos de la línea AD, Y la velocidad con que ha
recorrido la línea AC está compuesta de todos los grados de velo-
cidad obtenidos en todos los puntos de la línea AC, entonces la velo-
cidad con que ha recorrido la línea AD respecto a la velocidad con
que ha recorrido la línea AC, tiene la misma proporción que tienen
todas las líneas paralelas trazadas desde todos los puntos de las línea
AD hasta la AH respecto a todas las paralelas trazadas desde todos
los puntos de la línea AC hasta la AG»J3.
Es oportuno detenerse aquí un momento, dado que es éste uno de los pun-
tos centrales del método galileano. Pues bien, en el movimiento acelerado tene-
mos dos tipos de velocidad, ambos variables: el primero está representado por la
«velocidad con la que el móvil recorre una línea dada», que naturalmente cam-
biará en función de la línea que se considere; el segundo, por los grados de velo-
cidad. La cuestión esencial consiste en que la primera está compuesta de todos
los grados de velocidad adquiridos en los diversos puntos de la línea en cuestión.
Como veremos en un momento, son estas velocidades, que denominaré «veloci-
dades complexivas», las que están en relación con las otras magnitudes cinemá-
ticas, espacio y tiempo. Los grados de velocidad (las velocidades instantáneas)
son, en cierto sentido, los componentes infinitesimales de las velocidades com-
plexivas: estás últimas, constituyen su «suma». En cualquier caso, las relaciones

"[bid.
13 [bid.

254
Los DISCURSOS SOBRE DOS NUEVAS CIENCIAS

entre las velocidades complexivas son iguales a las relaciones entre todos los gra-
dos de velocidad que las componen.
Para calcular esos grados, Galileo acude a las relaciones entre todas las para-
lelas con todas las paralelas, y pasando de estas a aquellas, entre las áreas de los
respectivos triángulos:

«y esta proporción es la que mantiene el triángulo ADH con el trián-


gulo AGC, es decir, el cuadrado AD con el cuadrado AC. Entonces
la velocidad con que se ha recorrido la línea AD respecto a la velo-
cidad con que se ha recorrido línea AC está en proporción doble a
la que tiene DA respecto a CA»I4.

Una vez obtenidas las relaciones entre las velocidades complexivas (que
son entre sí como las áreas de los triángulos y, por tanto, como los cuadrados de
los espacios recorridos, dado que las bases son proporcionales a las alturas), se
trata de obtener de aquellas las relaciones entre espacios y tiempos. Es ahí donde
la argumentación de Galileo es más débil, y donde fuerza el instrumento mate-
mático del que dispone, la teoría de las proporciones, para llegar al resultado pre-
tendido. De hecho, una deducción correcta habría debido llevar al resultado (evi-
dentemente absurdo) de que los tiempos del trayecto, que son directamente
proporcionales a los espacios e inversamente proporcionales a las velocidades,
son como el inverso de los espacios recorridos, y recíprocamente, que los espa-
cios son inversamente proporcionales a los tiempos. Galileo, en cambio, argu-
menta de manera diferente:

«y, dado que la velocidad respecto a la velocidad tiene una proporción


contraria a la que tiene el tiempo respecto al tiempo (aunque aumen-
tar la velocidad es lo mismo que disminuir el tiempo), entonces el
tiempo del movimiento en AD respecto al tiempo del movimiento en
AC está en proporción subduplicada respecto a la que tiene la dis-
tancia AD respecto a la distancia AC»/5.

Este razonamiento contiene dos errores: el primero en la afirmación de que


las velocidades son inversamente proporcionales a los tiempos, que es válida sólo
si los espacios recorrido son iguales, lo que no sucede en nuestro caso; y el segundo
cuando de esa «proporción contraria» deduce que el tiempo es como la raíz cua-
drada del espacio. En ambos casos nos encontramos con procedimientos retóri-
cos basados en el equívoco entre lenguaje matemático y lenguaje común. En un

14 ¡bid.
15 Opere. III, pp. 373-74.

255
GALILEO y LA GESTACIÓN DE LA CIENCIA MODERNA

principio, el lector (¿Galileo?) se convencerá de que las velocidades están en pro-


porción contraria a los tiempos, sobre la base no de la teoría de las proporciones,
sino del argumento de que, si aumenta la velocidad, disminuye el tiempo; tras lo
cual, se pasa a jugar con los términos «proporción contraria» atribuyéndole un
significado que le es matemáticamente, pero no lógicamente, extraño.
Al final de esta serie de saltos mortales Galileo puede afirmar:

«Por tanto, las distancias desde el principio del movimiento son como
los cuadrados de los tiempos; y, dividiendo, los espacios recorridos
en tiempos iguales son como los números impares respecto a la uni-
dad; lo cual responde a lo que siempre he dicho y observado con la
experiencia; y así todas las verdades concuerdam/6 •

CRISIS Y ABANDONO DEL ESQUEMA ESPACIAL

No hay documentos que indiquen cuándo abandona Galileo la hipótesis err