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El Último Guardián

Prologo

La Torre solitaria

La mayor de las dos lunas se había levantado esta noche primero, y ahora colgaban
brillantes como la blanca plata en un cielo claro, salpicado de estrellas. Bajo la luna
ondulante los picos de las Montañas Crestagrana tensaban hacia el cielo. En la luz del
día el sol eligió tonos de color magenta y óxido entre los picos de granito, pero en el
claro de luna se redujeron a altos fantasmas orgullosos. Al oeste estaba el Bosque de
Elwyn, su pesado cielo de grandes robles y bosques de satén que iban desde el pie de
los montes hasta el mar. Al este se extendía en pantano sombrío de Black Moras, un
país de ciénagas y colinas bajas, pantanos y aguas estancadas, y peligro al acecho en los
asentamientos. Una sombra pasa brevemente a través de la luna, una sombra del tamaño
de un cuervo, moviéndose por un agujero en el corazón de la montaña.

Aquí un pedazo había sido retirado de la solides de la Cordillera Crestagrana, dejando


tras de si un valle circular. Alguna vez pudo haber sido el sitio de algún impacto celeste
primitivo o el recuerdo de una explosión extremadamente violenta, pero los eones
habían agregado al cráter con forma de tazón una serie de escarpadas filosas. Ninguno
de los antiguos árboles de Elwyn podría llegar a su altura y el interior del anillo de
colinas fue vaciado excepto por las malas hiervas y enredaderas de vid.

En el centro del anillo de colinas había una colina desnuda, tan desnuda como la calva
de un señor comerciante de Kul’tiras. De hecho, la manera de la colina se levantaba
bruscamente, suavizando la pendiente cerca de un nivel en su vértice haciéndose muy
similar a la forma de un cráneo humano. Muchos la habían observado en los últimos
años, aunque solo unos cuantos habían sido lo suficientemente valientes o poderosos, o
con falta de tacto para mencionar al dueño de la propiedad.

En la cima aplanada de la colina se levanto una torre antigua, una gruesa protuberancia
de piedra blanca y mortero oscuro, una erupción hecha por el hombre que disparo sin
esfuerzo hacia el cielo, escalando más alto que las colinas que la rodeaban, como un
faro iluminado por la luz de la luna. Hubo un pequeño muro en la base de la torre que
domina una muralla exterior, y dentro de esas paredes en ruinas habían restos de un
establo y una herrería, pero la propia torre domino todo dentro del anillo de colinas.

Una vez este lugar fue llamado Karazhan y este fue el hogar de los secretos y
misteriosos Guardianes de Tirisfal. Hace tiempo se trato de un lugar de vida. Ahora
simplemente estaba abandonado y perdido en el tiempo.

Se hizo el silencio en la torre pero no la tranquilidad. Durante el abrazo de la noche,


formas tranquilas revoloteaban de ventana en ventana, y los fantasmas bailaban por los
balcones y parapetos. Hablando menos de fantasmas, pero más de recuerdos, se trataba
de nada menos que un trozo de pasado que se había salido de la corriente del tiempo.
Estas sombras del pasado se habían desencadenado por las locuras del dueño de la torre,
y fueron condenados ahora a contar sus historias una y otra vez, en el silencio de la torre
abandonada. Condenados a contar, pero carecen de toda audiencia para escucharlos.
Entonces en el silencio, hubo el roce suave de una bota contra la piedra, y luego otro.
Un destello de movimiento bajo la luna ondulante, una sombra contra la piedra blanca,
un aleteo de una capa andrajosa de tono rojo en el aire fresco de la noche. Una figura
caminaba a lo largo del parapeto superior, en la torre almenada más alta que años antes
había servido de observatorio.

La puerta del parapeto en el observatorio chillo sobre las bisagras antiguas, pero se
detuvo, congelado por el oxido y el paso del tiempo. La figura oculta se detuvo un
momento y luego puso un dedo en la bisagra, y murmuro algunas palabras bien
escogidas. La puerta se abrió en silencio, las bisagras parecían nuevas. El intruso se
permitió una sonrisa.

El observatorio estaba vació ahora, las herramientas se encontraban destrozadas y


abandonadas. La figura invasora, casi tan silenciosa como un fantasma, cogió un
astrolabio aplastado, su escala retorcida ya había olvidado la rabia. Ahora no es más que
una pesada pieza de oro, de material inerte e inútil en sus manos.

Hubo otro movimiento en el observatorio, y el intruso levanto la vista. Ahora, una


figura fantasmal se hallaba cerca, de una de las muchas ventanas. El fantasma/no-
fantasma era un hombre de hombros anchos, pelo y barba oscura pero ahora se le ve un
prematuro gris en los bordes. La figura fue uno de los fragmentos del pasado, que fue
separado y ahora repetía su tarea, independientemente si había observadores o no. Por el
momento, el hombre del cabello oscuro revisaba el astrolabio, el gemelo intacto paso de
una a una entre las manos del intruso y jugueteo con un pequeño botón a un lado. Un
momento, una revisada y un tic de la perilla. Sus cejas oscuras hicieron un surco por
encima de sus fantasmales ojos verdes. Un segundo momento, otra revisada y otro tic.
Por ultimo, la alta figura imponente suspiro profundamente y coloco el astrolabio en
una tabla que no estaba allí, y desapareció.

El intruso asintió con la cabeza. Tales apariciones eran comunes incluso en los días en
que Karazhan estaba habitada, aunque ahora, despojado de su control (y la locura) de su
amo, se habían vuelto mas descarados. Sin embargo esos fragmentos del pasado
pertenecían aquí, mientras tanto; el era el intruso, no ellos.

El intruso cruzo la habitación hacia la escalera descendente, mientras detrás de él el


hombre mayor parpadeo de nuevo en el mismo lugar y repitió su acción, observando su
astrolabio en un planeta que hacia tiempo se traslado a otras partes del cielo.

El intruso se movió a lo largo de la torre, cruzando los niveles para llegar a otras
escaleras y otros pasillos. Ninguna puerta se cerro a él, incluso los que están cerrados
con piedra y lodo, o selladas por la herrumbre y la edad. Unas pocas palabras, una
caricias, un gesto y los grilletes vuelan sueltos, el oxido disuelto en pilas rojizas, las
bisagras restauradas. En uno o dos lugares barrios antiguos aun brillaban, potentes a
pesar de su edad. Se detuvo delante de ellos por un momento, teniendo en cuenta, lo que
refleja, buscando en su memoria el significado correcto. Hablo la palabra correcta, hizo
el movimiento correcto con las manos, rompió la magia débil que quedaba, y siguió
adelante.

Al moverse a través de la torre, los fantasmas del pasado se pusieron más agitados y
más activos. Ahora con una audiencia potencial, parece que estas piezas del pasado
deseaban contar su historia al mismo tiempo, aunque solo sea para sentirse un momento,
libres de este lugar. Cualquier sonido que una vez poseyeron hacia tiempo que ya se
había olvidado, dejando solo las imágenes en movimiento a través de los pasillos.

El intruso paso cerca aun mayordomo antiguo en el oscuro lobby, el frágil anciano
lentamente arrastraba los pies por el pasillo vacío, llevaba puestos unas anteojeras tipo
caballo y cargaba con una bandeja de plata. El intruso paso por la biblioteca, donde una
mujer con un aspecto verdoso se quedo de espaldas a él buscando un antiguo libro. Pasó
por una sala de banquetes, en un extremo un grupo de músicos que tocan en silencio,
bailarines girando en una gavota. En el otro extremo una gran ciudad quemada, sus
llamas luchando infructuosamente contra las paredes de piedra y tapices chamuscados.
El intruso se movió a través de las llamas en silencio, pero su rostro se puso tenso y fue
testigo de ver una vez mas a la poderosa Ventormenta quemarse a su alrededor.

En una sala tres jóvenes se sentaron alrededor de una mesa y dijeron mentiras
desconocidas. Tazas de metal estaban esparcidas en la superficie de la mesa, así como
debajo de ella. El intruso había estado atento a esta imagen durante mucho tiempo, hasta
que un fantasma tabernero trajo otra ronda. Luego sacudió la cabeza y siguió adelante.

El llego a casi el nivel del suelo, y salio a un balcón que colgaba precariamente en la
pared, como un nido de avispas sobre la entrada principal. Allí, en el amplio espacio
antes de la torre, entre la entrada principal y un establo ahora derrumbado en el patio,
había una sola imagen fantasmal, sola y separada. No se movía como los demás, sino
que se quedaba ahí, esperando, atento. Un trozo de pasado que no había sido liberado.
Un trozo que le esperaba.

La imagen inmóvil de un hombre joven con un rayado blanco recorriendo su cabeza


morena y pelo desordenado. Los fragmentos de una barba recién crecida, se le aferraban
a la cara. Una mochila maltratada yacía a los pies del joven, y mantuvo una carta de
color rojo sellado con un apretón semejante a la muerte.

Esto fue así y realmente no hay fantasmas, el intruso lo sabia, aunque el propietario de
esta imagen todavía estaba muerto, caído en combate bajo un sol extranjero. Este era un
recuerdo, un fragmento del pasado, atrapado como un insecto en ámbar, en espera de su
libertad. Esperando a su llegada.

El intruso levanto la mano y entono una serie de palabras cantadas. Suavemente


llegaron las rimas y los ritmos primerizos, luego más fuerte, y finalmente, más fuerte,
rompiendo la calma. En la distancia, lobos recogían su canto y lo devolvían en un
aullido sincronizado.

Y la imagen de la juventud fantasmal, con sus pies que parecían atrapados en el barro,
respiro hondo, alzo la mochila de los secretos en su hombro y lentamente recorrió su
camino hacia la entrada principal de la Torre de Medivh.
Uno

Karazhan

Khadgar agarró la carta sellada carmesí de la instrucción y trato desesperadamente de


recordar su propio nombre. Había cabalgado durante días, acompañando a varias
caravanas, y finalmente hizo el viaje solo a Karazhan, a través de los bastos y poblados
bosques de Elwyn. Luego el largo ascenso a las alturas de las montañas, a este sereno,
vació y desolado lugar. Hasta el aire era frió y cortante. Ahora, adolorido y cansado, el
joven de barba desaliñada de pie en la creciente oscuridad del patio, petrificado por lo
que tenia que hacer ahora.

Acercarse al mago más poderoso de Azeroth.

Un honor, habían dicho los estudiosos del Kirin Tor. Una oportunidad que no se puede
perder, insistieron. Los sabios mentores de Khadgar, un conclave de eruditos
influyentes y hechiceros, le dijeron que habían estado tratando de introducir un oído
comprensivo en la torre de Karazhan durante años. El Kirin Tor quería aprender lo que
el conocimiento del mago más poderoso de la tierra se había escondido en su biblioteca.
Querían saber lo que estaba a favor de la investigación. Y la mayoría de cosas de este
rebelde mago para empezar a planificar su legado, querían saber si el grande y poderoso
Medivh planeo entrenar a un heredero.

El Gran Medivh y el Kirin Tor habían estado en desacuerdo sobre estos y otros asuntos
durante años, al parecer y solo ahora lo hicieron ceder a algunas de sus suplicas. Solo
que ahora iba a tomar un aprendiz. Ya fuera por un ablandamiento, según los reportes
de los magos, de su duro corazón, o por una simple concesión diplomática, o la
sensación de la propia mortalidad que se arrastraba la mago; esto no les importaba a los
maestros de Khadgar. La simple verdad es que este independientemente poderoso (y un
misterio para Khadgar) mago había pedido un asistente, y el Kirin Tor, que gobernó
sobre el reino mágico de Dalaran, estaba mas que contento en cumplir.

Así que el joven Khadgar fue seleccionado y enviado con una lista de direcciones,
ordenes, contraordenes, peticiones, sugerencias, consejos y otras demandas de sus
maestros hechiceros. Pregúntale a Medivh sobre las batallas de su madre con los
demonios, le dijo Guzbah, su primer instructor. Averigüe todo lo que pueda acerca de la
historia de los elfos de su biblioteca, le pidió Lady Delth. Revise todos los volúmenes
de su bestiario, le ordeno Alonda, quien estaba convencido de que había una quinta
especie de troll que todavía no había registrado en sus propios volúmenes. Sea directo,
franco y honesto, informo el Jefe Artífice Norlan, el Gran Mago Medivh parecía valorar
esos rasgos. Procura con diligencia hacer lo que te dicen. No se encorve. Siempre
parezca estar interesado. Parece derecho. Y sobre todo, mantenga sus ojos y oídos bien
abiertos.

Las ambiciones del Kirin Tor no molestaron en nada a Khadgar, su educación en


Dalaran y su temprano aprendizaje para el conclave le dejo en claro que sus mentores
tenían una insaciable curiosidad por la magia en todas sus formas. Su acumulación
continúa, su catalogación y la definición de la magia se imprime en los jóvenes
estudiantes a una edad temprana, y Khadgar no fue diferente que la mayoría.
De hecho, se dio cuenta, su propia curiosidad puede haber influido en su situación
actual. Sus vagabundeos nocturnos propios por los pasillos de Ciudad Violeta de
Dalaran habían descubierto más de algunos secretos del conclave que preferían no
divulgar al público. La afición del Jefe Artífice por el vino flameante, por ejemplo, o la
preferencia de Lady Delth por los jóvenes caballeros de su edad y delgados, o la
colección de libros secreta que Korrigan escondía donde detallaba (de manera
espeluznante) las practicas de los históricos adoradores de demonios.

Y había algo en uno de los grandes sabios de Dalaran, el venerable Arrexis, una de las
eminencias grises que incluso los demás respetan. Había desaparecido, o muerto, o algo
horrible había sucedido, y los demás optaron por no hacer mención de ello, incluso
hasta el punto de borrar el nombre de Arrexis de los libros y no volver a hablar de el
otra vez. Pero Khadgar se había enterado, no obstante. Khadgar tenía una manera de
encontrar las referencias necesarias, haciendo las conexiones necesarias, o hablando con
la persona adecuada en el momento adecuado. Esto era un regalo y sin embargo podía
llegar a ser una maldición.

Cualquiera de estos descubrimientos (los planes y advertencias, potencialmente


mortales) podría haberle asignado una imagen de prestigio. Tal vez pensaron que el
joven Khadgar era un poco bueno consiguiendo fácilmente secretos para el conclave,
enviándolo a un sitio donde su curiosidad haría algo bueno para el Kirin Tor. O al
menos enviarlo lo bastante lejos para que no descubra otras cosas de los nativos de la
Ciudadela Violeta.

Y Khadgar a través de sus implacables escuchaderas, había oído esta teoría también.

Así Khadgar partió con una mochila llena de notas, un corazón lleno de secretos, y una
cabeza llena de fuertes demandas y consejos inútiles. En la ultima semana antes de salir
de Dalaran, el había oído de casi todos los miembros del conclave, que cada uno estaba
interesado en algo acerca de Medivh. Para un mago que vive en el extremo del mundo,
rodeado de árboles y picos siniestros, los miembros del Kirin Tor encontraban esto
extremadamente curioso. Urgente, incluso.

Tomando una respiración profunda (y al hacerlo, recordó a si mismo que todavía estaba
demasiado cerca de los establos), Khadgar avanzo hacia la torre mientras sentía como el
peso de su mochila le avanzaba hacia los tobillos y le hacia difícil mover los pies.

La entrada principal se abría como la boca de una caverna, sin puerta o rastrillo. Esto
tenía sentido, si se quisiese que el ejército se abriera paso a través del Bosque de Elwyn
hasta el comienzo de las paredes del cráter, todo para luchar con el mismismo Magus
Medivh. Pero había registros de nada ni nadie que intentara siquiera asediar Karazhan.

La entrada sombría era lo suficientemente alta para que un elefante de guerra pasara por
debajo. Suspendido se encontraba un amplio balcón con una barandilla de piedra
blanca. Desde se podía estar al nivel de las colinas circundantes y tener una visión de
mas allá de las montañas. Hubo un destello de movimiento a lo largo de la barandilla,
un poco de movimiento que Khadgar sintió más de lo que fue testigo. Una figura
vestida quizás, que retrocedió a lo largo del balcón adentrándose en la torre. ¿Estaba
siendo observado incluso ahora?, ¿No iba a saludarlo?, o ¿Él esperaba que entre a la
torre valientemente por su propia cuenta?
¿”Tu eres el nuevo chico”? – Dijo una voz suave, casi sepulcral y Khadgar estirando la
cabeza hacia arriba, sintió como se le erizaba la piel. Se giro en su sitio, para ver a una
figura encorvada emergiendo sutilmente de las sombras de la entrada.

Miro ligeramente al humano, y por un momento Khadgar se pregunto si en realidad


estaban mutando animales de la selva para trabajar como sus sirvientes. Este parecía una
comadreja sin pelo, su cara larga estaba enmarcada por lo que parecía un par de
rectángulos negros.

Khadgar no recordaba haber dado alguna respuesta, pero la comadreja salía más de las
sombras y repetía lo mismo.

¿”Tu eres el nuevo chico”? - repitió. Cada palabra fue enunciada con su propio aliento,
encapsulado en su propia caja pequeña, en mayúsculas y separado de los demás. Salio
de las sombras y se revelo totalmente siendo nada mas ni nada menos que un hombre
delgado de avanzada edad con una librea de lana oscura. Un sirviente humano, pero un
sirviente en fin. Aun llevaba los rectángulos negros en los costados de su cabeza, como
un conjunto de orejeras, que se extendía delante de una nariz más prominente.

El joven se dio cuenta de que lo estaba mirando el viejo, - Khadgar, dijo y después de
un momento le dio la carta de presentación que le habían dado. “De Dalaran. Khadgar
de Dalaran, en el reino de Lordaeron. Se me fue enviado por el Kirin Tor. Desde la
Ciudadela Violeta. Soy Khadgar de el Kirin Tor. Desde la Ciudadela Violeta. De
Dalaran”. Él sentía como si estuviera tirando piedras de conversación a un pozo vació,
esperando que el viejo responda algo.

“Por supuesto que si, Khadgar”, dijo el anciano. “De los Kirin Tor. De la Ciudadela
Violeta. De Dalaran. De Lordaeron.” El siervo tomo la carta ofrecida como si se tratara
de un reptil vivo, y después de alisar lo bordes arrugados, la metió dentro de su chaleco
de librea sin abrirlo. Después de su transporte y su protección durante muchas millas.
Khadgar sintió el dolor de la perdida. La carta de presentación represento su futuro, y el
se resistía a verlo desaparecer, siquiera por un momento.

“El Kirin Tor me ha enviado para ayudar a Medivh. El Señor Medivh. El Mago Medivh.
Medivh de Karazhan”, Khadgar se dio cuenta que estaba a medio paso de caer en medio
de un balbuceo hecho y derecho, y con un esfuerzo definitivo cerro bien la boca.

“Estoy seguro de que lo hicieron”- dijo el sirviente. “Te mandan, por supuesto.”
Mientras apreciaba el sello de la carta, su mano delgada se deslizaba en su chaleco y
saco un conjunto de rectángulos negros unidos por una delgada banda de metal.
¿“Anteojeras”?.

Khadgar parpadeó. “No. Quiero decir, no gracias”

“Moroes” – dijo el sirviente.

Khadgar sacudió la cabeza.


“Soy Moroes” – dijo el sirviente. “El camarero de la Torre. Castellán de Medivh.
¿Anteojeras? Una vez más levanto los rectángulos negros, iguales a los que enmarcaban
su rostro estrecho.

“No gracias Moroes”, dijo Khadgar, con la cara contraída de curiosidad.

El criado se volvió e indico a Khadgar seguirlo con un leve movimiento del brazo.

Khadgar cogió la mochila y camino rápidamente para seguirle el paso al criado. A pesar
de su supuesta fragilidad el criado se movía a buen ritmo.

“¿Estas solo en la torre?”, se atrevió a preguntar Khadgar, mientras subía por un


conjunto de escaleras curvas anchas y bajas. El cruce de piedra en el centro parecía que
había sido usado por miles de pies de los sirvientes e invitados.

“¿Eh?” – respondió el sirviente.

“¿Estas solo?”, repitió Khadgar, preguntándose si estaría condenado a hablar como


hablaba Moroes para que lo entienda. “¿Vive aquí usted solo?”

“El Mago esta aquí”, respondió Moroes con voz sibilante que sonó débil y tan fatal
como el polvo de tumba.

“Si, de acuerdo”, dijo Khadgar.

“No tendría mucho sentido que usted estuviera aquí si él no estuviera” – continuo el
mayordomo. “Él esta aquí.” Khadgar se pregunto si la voz del viejo sonaba de esa
manera porque no la utilizaba muy a menudo.

“De acuerdo”, dijo Khadgar, “¿Alguien mas?”

“Tú, ahora”, continuo Moroes. “Mas trabajo cuidar a dos que a uno. No se me
consulto.”

“Así que solo tu y el mago, normalmente, entonces”, dijo Khadgar, preguntándose si el


sirviente había sido contratado (o creado) por su carácter taciturno.

“Y Cook”, dijo Moroes: “Aunque Cook no habla mucho. Gracias por preguntar sin
embargo.”

Khadgar trato de abstenerse de girar sus ojos, pero no pudo. Espero que la venda en los
ojos a cada lado de la cara del sirviente no lo dejara ver su reacción.

Llegaron a un nivel plano, cruzando por un pasillo iluminado por antorchas. Moroes
cruzo rápidamente a través de los muebles gastado, hacia unas escaleras curvas frente a
ellos. Khadgar se detuvo un momento a examinar las antorchas. Levanto la mano a unas
pulgadas de la parpadeante llama, pero no sintió calor. Khadgar se pregunto si la llama
fría era común en toda la torre. En Dalaran usaban cristales fosforescentes, que relucían
con un brillo constante, aunque su investigación hablaba de espejos reflectantes,
espíritus elementales compresos en linternas, y en algunos casos, enormes luciérnagas
en cautiverio. Sin embargo estas llamas parecían estar congeladas en su sitio.

Moroes, detenido en medio de la escalera siguiente, se volvió lentamente y dejo escapar


una jadeante tos. Khadgar se apresuro a darle el alcance. Al parecer, las anteojeras del
viejo no lo limitaban mucho.

“¿Por qué las anteojeras?” – pregunto Khadgar


“¿Eh?” – replico Moroes

Khadgar le toco a un lado de su cabeza. “Las anteojeras” – ¿porque?

Moroes torció la cara en lo que Khadgar solo pudo asumir como una sonrisa. “La magia
es fuerte aquí. Fuerte, y mala, a veces. Tú veras… cosas… por aquí. A menos que
tengas cuidado. Yo soy cuidadoso. Otros visitantes, antes que tú, fueron menos
cuidadosos. Ellos se han ido ya.”

Khadgar se puso a pensar en el fantasma que pudo o no haber visto en el balcón


voladizo, y asintió.

“Cook tiene un conjunto de lentes de cuarzo rosa”, agrego Moroes. “Jura por ellos.”
Hizo una pausa por un momento y luego añadió. “Cook es un poco tonto en ese
aspecto.”

Khadgar esperaba que Moroes fuera un poco más hablador, una vez se calentara. “Por lo
tanto, usted ha estado en la casa del Mago por mucho tiempo?”

“¿Eh?” – dijo Moroes de nuevo.

“¿Haz estado tiempo con Medivh?”, dijo Khadgar, con la esperanza de mantener la
impaciencia de su voz.

“Ayep”, dijo el mayordomo. – “Lo suficiente. Demasiado tiempo. Años parece. El


tiempo es el mismo aquí.” El erosionado mayordomo dejo el rastro de su voz apagarse y
los dos subieron en silencio.

¿Qué sabes de él? – Se aventuro a decir Khadgar, finalmente. “El mago, quiero decir.”

“La pregunta es,” – dijo Moroes, abriendo otra puerta para revelar una nueva escalera
hacia arriba. “¿Qué sabe usted?”…

La propia investigación de Khadgar en la materia fue sorprendentemente improductiva,


y sus escasos resultados fueron frustrantes. A pesar del acceso a la Gran Biblioteca de la
Ciudadela Violeta (y el acceso subrepticio a algunas bibliotecas y colecciones privadas
en secreto), hubo muy poco sobre este gran y poderoso Mago Medivh. Esto fue
doblemente extraño, ya que cada mago anciano en Dalaran parecía sostenerle un cierto
miedo a Medivh, y a su vez querían una u otra cosa de él. Algunos favores, algunas
bendiciones, algunos vestigios de información.
Medivh fue aparentemente un hombre joven, como los magos de fuera. Él no parecía
tener más que unos cuarenta años, y por un gran periodo de ese tiempo parecía no hacer
un gran impacto en su entorno. Esto fue una sorpresa para Khadgar. La mayoría de los
cuentos que había leído y oído por magos independientes lo describían como un ser
extremadamente llamativo, sin miedo en adentrarse en secretos que el hombre no debía
conocer, y por lo general con muertos, mutilados, condenados o metiéndose con los
poderes y energías mas allá de su ken. La mayor parte de las lecciones que había
aprendido de niño sobre los magos de Dalaran no siempre terminaban de la misma
manera - sin restricción de control y pensamiento, salvajes, sin entrenamiento; y los
magos autodidactas siempre tenían un final malo (a veces, aunque no a menudo,
destruyendo una gran cantidad de alrededores con ellos).

El hecho de que Medivh había traído un castillo abajo encima de si mismo, o dispersar
sus átomos a través del torbellino del vació, o invocar un dragón sin saber como
controlarlo, indicaba un gran descontrol o un gran poder. Y por el alboroto que los
estudiosos habían hecho acerca de su nombramiento y por la lista de instrucciones que
había recibido, Khadgar se inclinaba por lo último.

A pesar de todas sus investigaciones, el no podía entender por qué. Nada indicaba
alguna investigación sobre este gran Medivh, algún descubrimiento importante, ni algún
logro que sacudiera la tierra, que representara el temor evidente que tenía el Kirin Tor
por este misterioso mago. No hay enormes guerras, grandes conquistas, o se sabe de
épicas batallas. Los bardos fueron notablemente incompletos cuando se trataba de los
asuntos de Medivh, y por otra parte los heraldos asentían con la cabeza cuando llegaba
el momento para discutir sus logros.

Y sin embargo, Khadgar se dio cuenta que había algo importante en este caso, algo que
creo en los estudiosos una mezcla de miedo, respeto y envidia. El Kirin Tor no tenía
otros lanzadores de conjuros iguales en el conocimiento mágico, realmente muchas
veces quisieron obstaculizar a los magos que no tenían lealtad a la Ciudadela Violeta.
Y sin embargo, doblegarse ante Medivh. ¿Por qué?

Khadgar solo tenia la mas mínima idea sobre su filiación (Guzbah estaba
particularmente interesado en la madre de Medivh), algunas notas en un grimorio
invocando su nombre, y la mención de la visita ocasional a Dalaran. Todas estas visitas
fueron en los últimos 5 años, y al parecer Medivh se reunió solo con magos mayores,
como el ahora desaparecido Arrexis.

En resumen, Khadgar sabía muy poco sobre este supuesto gran mago al que se le había
asignado para trabajar. Y ya que el consideraba al conocimiento como su escudo y
espada, se sintió terriblemente mal equipado para su próximo encuentro.

… En voz alta, dijo: “No mucho.”

“¿Eh?”, respondió Moroes, dando media vuelta en la escalera.

“Dije que no se mucho”, dijo Khadgar, mas fuerte de lo que pretendía. Su voz reboto en
las paredes desnudas de la escalera. Preguntándose al mismo tiempo si la torre era
realmente tan alta como parecía. Sentía que ya le dolían los muslos por la subida.
“Por supuesto que no”, dijo Moroes. “Has de saber, lo que es. Los jóvenes no saben
mucho. Eso es lo que los convierte en joven, supongo.”

“Quiero decir,” dijo Khadgar, irritado. El hizo una pausa y tomo un hondo respiro.
“Quiero decir, yo no se mucho sobre Medivh. Usted lo pregunto.”

Moroes se detuvo por un momento, con el pie a punto de dar el próximo paso, “supongo
que lo hice”, dijo al fin.

“¿Cómo es él?”, pregunto Khadgar, con voz casi suplicante.

“Como todos, supongo”, dijo Moroes. “Tiene sus ratos. Tiene sus momentos. Los días
buenos y malos. Como todo el mundo.”

“Pone sus pantalones en una pierna a la vez”, dijo Khadgar, suspirando.

“No. El levita en ellos”, dijo Moroes. El viejo criado miro a Khadgar, y el joven capto la
media sonrisa a lo largo de la cara del anciano. “Un conjunto de mas escaleras.”

El conjunto final de las escaleras se enroscaban firmemente, y Khadgar adivinaba que


tenía que estar en la zona más alta de la torre. El viejo criado abrió el camino.

La escalera se abrió en una sala circular pequeña, rodeada por un parapeto ancho. Como
Khadgar había supuesto, estaba en la punta más alta de la torre, con un gran
observatorio. Las paredes y techos fueron perforadas por ventanas cristalizadas, claras y
miopizadas. En el momento de su ascenso la noche había caído por completo, y el cielo
estaba oscuro y cubierto de estrellas.

El propio observatorio estaba oscuro, iluminado por unas cuantas antorchas de la misma
y firme en la luz como en otros sitios. Sin embargo, estos estaban cubiertos, ocultándose
para observar el cielo nocturno. Un brasero apagado se ubicaba en el centro de la
habitación en la preparación para más tarde, ya que la temperatura bajaría para la
mañana.

Varias grandes tablas curvadas repartidas por todo el muro exterior del observatorio,
adornado con todo tipo de dispositivos. Niveles de plata y astrolabios de oro hacen de
pisapapeles de tamaño folio, o como marcadores de ciertas paginas en los textos
antiguos. Un modelo medio desmontado que muestra el movimiento planetario a través
de la bóveda celeste. Asentadas sobre una mesa, alambres finos y cuentas adicionales
establecidas entre las delicadas herramientas a su lado. Cuadernos yacían contra una
pared y otros estaban atascados en cajas debajo de las mesas. Un mapa del continente se
extendía en un marco, que muestra las tierras del sur de Azeroth y Lordaeron hogar de
Khadgar, así como los solitarios enanos y reinos élficos de Khaz Modan y Quel’thalas.
Numerosos pequeños alfileres adornando el mapa, las constelaciones que solo Medivh
pudo descifrar.

Y Medivh estaba allí, para Khadgar no podía ser otro. Él era un hombre de medianos
años, su pelo largo y atado en una cola de caballo hacia la espalda. En su juventud, su
pelo había sido probablemente negro ébano, pero ahora ya con canas en las sienes y en
la barba. Khadgar sabía que esto les sucedía a muchos magos, por la tensión que las
energías mágicas ejercían. En realidad estaba vestido con ropas sencillas para un mago
pero bien cortadas y montadas en su gran cuerpo. Un tabardo corto, sin adornos de
decoración, colgado a la cintura, sobre los pantalones metidos dentro de botas de gran
tamaño. Una pesada capa marrón colgaba de sus anchos hombros, con la capucha hacia
atrás.

Cuando los ojos de Khadgar se ajustaron a la oscuridad, se dio cuenta que estaba
equivocado acerca de que la vestimenta del mago estaba sin adornos. En su lugar, fue
adornado con una filigrana de plata, de tal naturaleza delicada que era invisible a
primera vista. Mirando a la espalda del mago, Khadgar se dio cuenta que estaba
mirando a la cara estilizada de algún antiguo demonio legendario. Parpadeó, y en ese
tiempo la parte trasera se transformó en un dragón en espiral, y luego en un cielo
nocturno.

Medivh estaba de espaldas al viejo criado y al joven, ignorándolos por completo. Estaba
de pie frente a una de las mesas, con un astrolabio de oro en una mano y una libreta en
la otra. Parecía perdido en sus pensamientos, y Khadgar se preguntó si esta era una de
las "cosas" que Moroes había advertido acerca de él.

Khadgar se aclaró la garganta y dio un paso adelante, pero Moroes levantó la mano.
Khadgar se congeló en su lugar, con tanta seguridad como si estuviera paralizado con
un hechizo mágico.

En cambio, el viejo criado entró tranquilamente a un lado del mago maestro, a la espera
de que Medivh reconociera su presencia. Pasó un minuto. Un segundo minuto. Luego
un período que Khadgar juró fue una eternidad.

Por último, la figura vestida dejó su astrolabio, e hizo tres jotas rápidas en el cuaderno.
Cerró el libro con ruido seco, y miró a Moroes.

Al ver su cara por primera vez, Khadgar pensó que en realidad estaba mucho más viejo
que sus supuestos cuarenta años. El rostro estaba cubierto profundamente y desgastado.
Khadgar se preguntó qué magia habría manejado Medivh que escribió una historia tan
profunda en su rostro.

Moroes sumergió en los bolsillos de su chaleco y sacó la carta arrugada de la


introducción, el sello rojo sangre carmesí ahora en la luz de las antorchas constantes, sin
parpadear. Medivh se volvió y miró al joven.

Los ojos del mago se establecían muy por debajo de la oscuridad y sus cejas espesas,
Khadgar era conciente de la potencia que venia desde dentro. Algo bailaba y parpadeaba
dentro de esos profundos ojos verdes, algo poderoso, y quizá que no controlaba. Algo
peligroso. El mago maestro lo miró, y en un momento Khadgar sintió que el mago había
tomado la suma total de su existencia y no la encontró más intrigante que la de un
escarabajo o una pulga.

Medivh apartó la vista de Khadgar y en la fijo en la carta aún cerrada de introducción.


Khadgar se sintió relajado casi de inmediato, como si un gran depredador hambriento
hubiera acechado por delante de él sin darle una segunda mirada.
Su alivio duró poco. Medivh no abrió la carta. En cambio, frunció su ceño sólo
ligeramente, y exploto el pergamino en el aire estallando en llamas. Las llamas se
agruparon en el otro extremo del documento desde donde Medivh controlaba el
parpadeó de una intensa llama azul.

Cuando Medivh habló, su voz era a la vez profunda y divertida.

-Bueno-dijo Medivh, ajeno al hecho de que estaba sosteniendo la quema del futuro de
Khadgar en la mano. "Parece que nuestro joven espía ha llegado al fin."

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