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ADELA FERRETO. Cuento del príncipe viejito.

ADELA FERRETO. Cuento del príncipe viejito.

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1 CUENTO DEL PRÍNCIPE VIEJITO Adela Ferreto En la mañana, el Viejito se despertó muy alegre, pensó: ––Hace un tiempo muy

lindo... ¡Ahora sí que me voy a rodar tierras! –Buscó sus alforjitas de mecate, metió dentro un pan que era todo su haber, porque, aunque había trabajado su vida entera, jamás atesoró ningún dinero; era un pobre entre los pobres. Tomó su bastón y, tun... tun... se puso en camino. Caminó y caminó. Desde un árbol de la orilla, lo saludó Martín Pajarito: ––¡Cuic... truic... cuic... truic! Buenos días Viejito, ¿a dónde la llevas? ––Buenos días, amigo... Voy a rodar tierras. ¿En qué puedo servirte? ––Cuic... truic... ¡Tengo hambre!, Viejito, ¿qué me darás, si me das? ––Te daré mi pan, que es todo lo que tengo. Y diciendo y haciendo, el Viejito sacó el pan de su alforja, partió un pedazo, lo hizo en migajitas y le dio de comer a Martín Pajarito, quien, después de comerse sus migas, se esponjó y cantó: ––Cuic... truic... cuic... truic..., ¡pancita llena, corazón contento! Viejito, quiero premiar tu buen corazón, te regalaré mi piedrita blanca. Cogió, de su escondite, una piedra pequeña, blanca, redonda y liso y la echó en las alforjas de su amigo. El Viejito se lo agradeció mucho, con muy lindas palabras; aunque pensó que la piedrita no podía servirle para nada, tenía un corazón gentil que se conmovía con el más sencillo gesto cordial y amistoso. Se despidió y siguió su camino. Caminó y caminó. Cuando el sol brillaba en medio cielo, llegó cerca de un árbol frondoso. ––¡Miau... miau... mirrimiau! –lo saludó Misingo Gato–; ¿a dónde la llevas, Viejito? ––Buenos días, Misingo Gato, voy a rodar tierras... ¿Puedo servirte en algo? ––Miau... miau... mirrimiau..., Viejito, ¡tengo hambre! ¿Qué me darás si me das? ––Te daré de mi pan, que es todo lo que tengo... Y diciendo y haciendo, el Viejito sacó de su alforja el pan blanco, partió un pedazo, lo hizo migajitas, y se lo dio a Misingo Gato. Misingo comió y se relamió: ––¡Tu pan sabe a salchicha, sabe a lomo relleno y a chuleta ahumada! ¡Gracias, Viejito! ¡Te premiaré dándote mi piedrita roja! Relamiéndose todavía, Misingo Gato buscó bajo las hojas secas una piedrita roja y lisa y la echó en las alforjas del Viejito, quien le sobó el lomo, muy agradecido, pues, aunque pensó que la piedrita no podía servirle para nada, su corazón gentil sabía alegrarse y agradecer el más sencillo gesto amistoso y cordial. Se despidió de su nuevo amigo y siguió su camino...

2 Caminó y caminó... Al atardecer llegó cerca de unos matorrales. Cuando se disponía a sentarse a comer lo que quedaba de su pan, oyó un ruidito y, del matorral saltó al camino Rabito Conejo. Le decían así, porque era el más rabón de todos los conejos rabones. ––¡Hola, hola –dijo el conejito–, buenas tardes, amigo!, ¿a dónde la llevas? ––Buenas tardes, Rabito Conejo, voy por el mundo a rodar tierras... ¿si en algo puedo servirte? ––Viejito, ¡tengo hambre! ¿Qué me darás, si me das? ––Te daré de mi pan, que es todo mi haber. Y diciendo y haciendo, el Viejito sacó su último pedazo de pan, lo partió en dos y, junto con Rabito Conejo, se puso a comer, sentado en un tronco añoso. Rabito se relamió del gusto: ––¡Está rico tu pan, sabe a lechuga, a verdolaga, a berros y a zanahorias... y a todo lo que más me gusta! Gracias Viejito, quiero regalarte en premio una piedrita verde. Rabito Conejo buscó entre el matorral, sacó una piedrita verde, redonda y lisa y la puso en la alforja del Viejito. El Viejito le sobó la cabeza, lleno de agradecimientos, pues aunque pensaba que la piedrita verde de nada le serviría, tenía un corazón gentil y bondadoso, listo siempre a conmoverse con el menor gesto de cordialidad y simpatía. Se despidió de su nuevo amigo y siguió su camino. Al poco rato, antitos de anochecer, se encontró con un niño. No supo de dónde había salido; ¡era el más precioso que hubiera vista nunca! El pequeño lo saludó y dijo: ––Buenas noches, Viejito, ¿a dónde la llevas? ––Voy por el mundo a rodar tierras. ¿En qué puedo servirte? ––Viejito, ¡tengo hambre!, ¿qué me darás, si me das? ––¡Ay!, Niño, ¡mi Niño! –dijo el Viejito muy acongojado–, sólo tengo tres piedras en mi alforja, ¡son todo mi haber! ––Dame tu alforja, Viejito, quiero ver esas piedras. El Viejito le entregó la alforja al Niño, quien la abrió, miró las piedritas y les echó su bendición. ––Toma tu alforja y cuida tu tesoro, Viejito –dijo el Niño. Luego echó una mirada al camino y exclamó: ––¡Mira quienes vienen a buscarte!... El Viejito se volvió para mirar... A lo lejos venía volando Martín Pajarito, pronto apareció tras él Misingo Gato, corriendo a todo correr, y, más atrás, dando saltitos y saltos, Rabito Conejo. ––¡Si son mis amigos!... ––Pues te dejo con ellos –dijo el Niño, y desapareció. Cuando llegó junto a su amigo, el pajarito cantó: ––¡Cuic... truic... cuic... truic! ¡Abre tu alforja, buen viejo, y saca lo que tienes dentro! ––¡Saca lo que tienes dentro! –dijeron a una voz Misingo Gato y Rabito Conejo–, ¡saca lo que tienes dentro!

3 El Viejito abrió su alforja y fue sacando un pan redondo y blanco, una gruesa y rosada salchicha y un hermoso melón perfumado. ––¡Qué extraño! –exclamó–. ¡Si sólo eran tres piedritas! ––Milagros verás, milagros verás –cantó Martín Pajarito–. Dame el melón, guarda lo demás. Cogió el melón en una pata, le dio un picotazo, y sacó una semilla que arrojó lejos, más allá de la orilla del camino. De la semilla nació un árbol muy lindo, una higuera, que creció, creció y se llenó de higos maduros y dulces como la miel. El pajarito dio un nuevo picotazo al melón, sacó otra semilla, la lanzó cerca de la higuera y, en seguida, apareció una casita. ––Vamos –dijo Misingo Gato–, ésta es tu casa, ¿entramos? El Viejito estaba como alelado, no creía lo que veía, ni entendía nada, pero dijo: ––Entremos, ¡la casita es de todos! ––Antes de entrar, guarda el melón en la alforja con los otros regalos –dijo Martín Pajarito–. Yo me quedaré en la higuera; y, ¡que la pasen bien!, cuic... truic... Los otros saludaron al pajarito y le desearon las buenas noches, luego entraron en la casita. La casita era pequeñina, casi chirrisca. Tenía cuarto y cocina, todo lindo, limpio y ordenado. Rabito Conejo y Misingo Gato encendieron el fuego, prendieron la lámpara, pusieron la mesa. Sirvieron pan tibio con salchicha ahumada y una tajadita de melón. Al Viejito, aunque protestó, no lo dejaron hacer nada, porque, según dijeron los animales, estaba muy cansado de tanto rodar tierras. Cada cual comió a su gusto: el Viejito, pan blanco; el gato, salchicha ahumada, y Rabito Conejo, la tajada de melón. ––Rabito, anda a arreglar la cama –ordenó Misingo Gato. ––Pero si yo puedo hacerlo –reclamó el Viejito–, no estoy lisiado ni impedido. ––Claro que no, pero por ahora, ¡no harás nada! Acuéstate y descansa, que mañana será otro día –volvió a ordenar el gato, que a saber por qué, se había erguido en dueño y señor de la casa. El Viejito obedeció porque, de veras, estaba muy cansado. Se metió en la cama y, al poco rato, dormía como un santo. Entre Misingo y Rabito arreglaron la cocina, volvieron a guardar los regalos en la alforja, la que colgaron de un gancho muy alto, y se dispusieron también a dormir. Misingo Gato, cerca del fogón, y Rabito, sobre un poco de musgo junto a la leñera. Con el alba, los despertó un canto: Martín Pajarito hilvanaba gorgoritos en la rama más alta del palo de higo. El Viejito abrió la ventana y saludó: ––Buenos días, Martín Pajarito. ¿Dormiste bien?

4 ––Esto te pregunto... Yo dormí feliz... cruic, truic, cruic, truic... ––Pues lo mismo hice yo... Pero me parece que sigo soñando... ––Buenos días, buenos días –saludaron Misingo Gato y Rabito Conejo. Luego, Misingo le dijo al Viejito: ––Ve al yurro mientras nosotros preparamos el desayuno. El Viejito bajó al yurro, se bañó en una pocita clara y pronto estuvo de vuelta en casa. Había cuatro sillas alrededor de la mesa, para el Viejito y sus tres amigos. Comieron pan, salchicha y melón. Todo estaba exquisito, porque sabía a lo que cada uno deseaba comer. Además, ¡oh maravilla!, los regalos no se gastaban; esa mañana, los tres aparecieron intactos. El Viejito estaba asombradísimo. ––No te extrañe –dijo Martín Pajarito–, de la misma forma que el corazón que da, no se agota, sino que siempre está pleno, así están nuestros regalos. Basta con que guardes una migajita de cada uno en tu alforja, en seguida, los hallarás completos. Terminado el desayuno, volvió a hablar Martín Pajarito: ––Me voy a investigar qué nuevas hay en el Reino. No tardaré. Y así diciendo, echó a volar hasta que se perdió tras la colina. Los tres amigos fueron por agua, trajeron leña, arreglaron la casa y, desde la ventana, se pusieron a esperar el regreso del pajarito. De pronto lo vieron asomar por sobre la colina; en seguida estaba con ellos. Traía un papel en el pico. ––Toma y lee –dijo, entregándole el papel al Viejito–. Era un bando real que decía: “El Rey, Señor de este Reino, reclama la ayuda de sus súbditos leales. Pasamos por una terrible emergencia; tres calamidades nos azotan: el agua se ha secado en fuentes y ríos; la gente se ha revelado a causa del hambre y la sed; y para colmo, nuestra hija la Princesa Bella, se ha quedado muda. El que encuentre remedio a estos males será premiado: le daremos la mitad del Reino y le otorgaremos la mano de nuestra hija, la Princesa Bella. Cúmplase. El Rey.” ––Bueno, ya leí. ¿Y qué puedo hacer?

5 ––Más de lo que piensas. Recoge tu alforja y pongámonos en camino. Vamos a ayudarle al Rey. ––Pero ¿cómo? ––Ya te lo diremos, pero, más que todo, te lo dirá tu corazón –contestaron Misingo Gato y Rabito Conejo que, cerrando la puerta de la casita, pusieron en manos del Viejito su bastón y su alforja con los regalos. ––Y, ahora, ¡en marcha! –ordenó Martín Pajarito, que echó a volar en dirección de la colina. Siguiendo su vuelo, caminaron el Viejito y Misingo Gato, y, dando saltos, saltitos, Rabito Conejo. Así llegaron a una gran ciudad. En la plaza, frente al Palacio real, una muchedumbre de campesinos enfurecidos se amotinaba, enarbolando picos y machetes, y gritando: ––¡Queremos pan!... ¡Necesitamos agua!... ––Diles que esperen, que tengan paciencia –le sopló Martín Pajarito al Viejito en el oído. ––¡Cálmense, calma!... Esperen... Todo se arreglará. Las personas miraron asombradas al Viejito que así les hablaba y, cuando fueron a replicarle, airadas, Martín Pajarito se puso a cantar. La multitud quedó extática, casi sin aliento, escuchándolo. ––Sigue, sigue adelante –ordenó Misingo Gato. ––Pero, ¿qué debo hacer? ––Ya lo sabrás, el corazón te lo dirá, sigue... Cuando el Viejito llegaba justamente a las puertas del Palacio, el Rey se asomó al balcón grande para ver qué pasaba y por qué la gente había dejado de gritar. ––Majestad –dijo el Primer Ministro–, hay un Viejito con una alforja al hombro..., ha logrado atravesar, sin daño, por entre la multitud enfurecida, parece un campesino, está en la puerta principal, ¿lo dejarás entrar? ––Lo recibiré con honores; ¿no ves que ha logrado lo que ninguno había podido hacer?, que ha hecho el milagro de apaciguar a esa multitud hambrienta y enfurecida. Claro que lo dejaré pasar... es posible que logre ayudarme a remediar tantos males. ––¿Un viejito campesino?... –murmuró el Primer Ministro, moviendo la cabeza. ––Un viejito campesino, ¿y por qué no? –replicó el Rey–. Hazlo pasar. Y de esta forma el Viejito con su alforja y su bastón, y seguido de Misingo Gato y Rabito Conejo, fue recibido en real audiencia. ––Señor Rey, he venido a ayudaros, a ayudar a la gente –dijo. ––Lo veo –contestó el Rey–. Sabrás que no tenemos agua, que no ha llovido en muchos meses, que las fuentes están secas, las cosechas perdidas en los campos yermos, las vacadas murieron y las gentes están a punto de perecer. ¿Qué remedio propones.

6 ––Todo ha sido por la tala de árboles. Debemos resembrar los bosques para que el agua vuelva. ––Lo sé, pero mientras crecen los bosques de nuevo y vuelve el agua, todos pereceremos, incluso los mismos árboles... ––No será así, Majestad... Todo se hará más pronto de lo que imaginas. Que me acompañe el Primer Ministro al lecho seco del río y a la fuente que dejó de manar. Como el Viejito lo pidió, así se hizo. En poco rato llegaron a la fuente y al lecho seco del río, él y sus tres amigos, el Primer Ministro y su séquito, y mucha gente del pueblo, curiosa e interesada. El Viejito sacó de su alforja el melón perfumado, Martín Pajarito lo partió en dos, cogió una mitad y le devolvió la otra a su amigo para que la guardara; luego empezó a lanzar semillas en todas direcciones, sobre ambas riberas del río seco, en derredor de la fuente que había dejado de manar y más allá, y más allá. En seguida, la tierra se esponjó y empezaron a brotar y a crecer y a crecer árboles de todas clases. Pronto se formó un bosque denso y lleno de frescor, y empezó a oírse un murmullo, un suave rumor como de música que venía de muy dentro de la tierra... Era el agua que, surgiendo de la fuente, comenzó a henchir arroyos, a correr a raudales por el ancho río... La gente reía y lloraba, aplaudía... y se volcó sobre las orillas del río para recoger agua en el cuenco de las manos y saciar la sed. El pajarito dijo: ––¡Aún falta! Entonces voló como una flecha hacia una nube que se acercaba, batió sus alas y cantó pidiendo agua. Ésta no se hizo esperar, la nubecita se volvió nubarrón y se deshizo en un chubasco sobre la agostada tierra, mojando a todo el mundo. Porque, cuando llueve, todos se mojan, ¡hasta los Primeros Ministros! La gente, loca de alegría, alzó en hombros al Viejito, para llevarlo en desfile triunfal hasta el Palacio del Rey. Pero él no quiso llegar a la presencia del Monarca. Se despidió de todos diciendo: ––¡Mañana será otro día! Y partió rumbo a su casa, con sus animalitos. Al día siguiente, muy de mañana, nuestro amigo y sus compañeros se presentaron en Palacio. Otra vez, en la Plaza Mayor, las gentes se amotinaban gritando y clamando, pues aunque habían saciado su sed, tenían hambre; los niños lloraban, los ancianos se doblegaban, los hombres y las mujeres parecían exhaustas, en el límite de sus fuerzas... Sin embargo, se apartaron para dejar paso al Viejito y a sus amigos, porque todo lo esperaban de ellos. El Rey los recibió sentado en su trono. ––Te agradezco, Viejito, lo que ayer hiciste, ¡fue un milagro! Pero la gente sigue desesperada, tiene hambre, ¡sólo con agua no se puede vivir! ––No, Majestad, hay que darles de comer.

7 ––Pero ¿cómo? Sabes que hemos vaciado nuestras despensas y graneros... ––No os preocupéis... Tengo un pan y una salchicha, y los repartiré entre todos. El Rey casi se echa a reír oyendo aquello. ¿Cómo podía imaginar el Viejito que con un pan y una salchicha podría alimentar semejante multitud? Todos quedarían hambrientos. Pero no se rió, sólo dijo: ––¿Y después?... ¿Qué les vamos a dar? ––Eso no será problema, en los campos regados brotarán huertos, milpas y frijolares, y habrá pasto para el ganado. El Rey iba a replicar que eso sería dentro de muchos meses... Pero nada dijo, porque se acordó de cómo el pajarito había hecho crecer un bosque en un instante, según le había contado el Primer Ministro. ––Está bien, Viejito, ¿qué necesitas? ––Necesitamos una docena de canastos, y que el Primer Ministro y su séquito nos acompañen a la Plaza Mayor, en donde la gente está reunida. ––¿No temes su furia? ––No, Majestad; me conocen y me consideran su amigo. El Primer Ministro y su séquito, provistos de canastos, acompañaron a los amigos al centro mismo de la Plaza Mayor. Tenían miedo..., pero confiaban en el Viejito. Entonces él sacó de su alforja el pan y la salchicha que puso en manos de Rabito Conejo y de Misingo Gato. Rabito desmenuzó el pan y Misingo, la salchicha. Ambos fueron repartiendo las migajas en los canastos de los servidores reales. Como por ensalmo, los canastos se llenaron de panes y de salchichas. La gente comió hasta saciarse y a cada uno le supieron las viandas a lo que más apetecía. No sobró ni una borona. ––Bien –dijo el Viejito–, vamos a los campos de labranza, hay que terminar la tarea. Cantando alegres canciones, el pueblo y los reales acompañantes siguieron a los cuatro amigos. Los campos estaban aún húmedos por la lluvia del día anterior. ––Viejito, dame tu melón –dijo Martín Pajarito. ––Aquí lo tienes. De un solo picotazo, el pajarito lo partió en dos, y fue regando las semillas en los campos de labranza y en los secos pastizales. Como por encanto, brotó el maíz y creció, y se cubrió de hermosas mazorcas pelo de oro; brotaron los frijolares, florecieron y se llenaron de vainicas; los cañadulzales mecieron sus penachos de plata al viento; las huertas de todos los colores parecían una bendición, y los pastizales reverdecieron... Martín Pajarito preguntó: ––¿Gasto la otra mitad del melón? Mira, Viejito, sólo eso queda de nuestros regalos. ––¡Gástalo todo! –le contestó el Viejito, que estaba feliz, entusiasmado. ––Sabes que aún soy fuerte y puedo trabajar y ganarme la vida.

8 Entonces, Martín Pajarito cogió la otra mitad del melón y se puso a lanzar y lanzar semillas sobre el pasto reverdecido. Los potreros se llenaron de vacas y terneros, de bueyes maisoles y de toros, de caballos de todas las pintas: melados, overos, retintos, blancos y negros. La gente se reía, lloraba, se arrodillaba dando gracias. Los niños aplaudían y bailaban de alegría; Martín Pajarito y mil pájaros más cantaban hasta ensordecer. El Viejito, de rodillas, alababa el poder de Dios. El Primer Ministro y su cortejo, y todo el pueblo, quisieron volver a Palacio con el Viejito y sus amigos, pero él dijo: ––Ahora nos iremos a casa. Mañana volveremos; mañana será otro día. Al día siguiente, como las alforjas milagreras habían quedado vacías, sin los regalos, nada amaneció en ellas. Por esto, Martín Pajarito vino con una cestita llena de higos maduros y, con eso, desayunaron. Temprano estaban en Palacio. ––Y ahora, ¿qué haré? –preguntó el Viejito. ––Hay agua en los ríos y la gente trabaja alegre en los campos... ––Recuerda que la Princesa Bella sigue muda –dijo Rabito Conejo. ––Sí, pero yo ¿qué puedo hacer? ––Ya lo verás... El Rey recibió muy contento al Viejito y, después de agradecerle todo lo que había hecho por él y por su pueblo, le dijo: ––Te llevaré ante mi hija. ¡Ven! En una gran sala, sentada en su silla de oro y marfil, estaba Bella, la Princesa. Decir que era bella es poco, porque era la más linda princesa del mundo. Al ver entrar al Viejito con su alforja al hombro y con sus tres amigos, lanzó un grito estridente que debe haberse oído a muchas cuadras a la redonda; luego se cubrió los ojos con ambas manos y exclamó como espantada: ––¡Es el mismo, el mismo, no lo quiero ver...! El Viejito se quedó sorprendido, porque él jamás la había visto antes. ––¿Cómo es eso? –dijo el Rey. ––Míralo bien, porque no lo puedes haber visto antes, míralo, ¡que es tu salvador y el mío! ¡El salvador de nuestro pueblo! ––No lo quiero ver porque lo vi en mis sueños: tres veces soñé con él, oyendo una voz que me decía: «Éste será tu esposo». Por eso enmudecí. Padre, no me quiero casar con un viejo, no me obligues... El Viejito inclinó ante ella su cabeza blanca: ––¡No te reclamo como esposa –dijo–, ya es un premio haberte contemplado! ––¡Pero yo le prometí su mano, yo, el Rey! Su mano y la mitad de mi Reino. Descúbrete los ojos, hija, míralo un momento... ––No quiero vuestro Reino ni la mano de Bella sin su amor. Quedáis desligado de vuestra promesa, oh Rey.

9 Bella descubrió sus ojos y miró al Viejito. Le pareció que nunca había visto un rostro más humano y hermoso; bajo los cabellos blancos el rostro resplandecía. «Veo su alma», pensó Bella, y luego dijo: ––Consultaré con mi almohada esta noche; vuelve mañana, entonces tendrás mi respuesta. El Viejito y sus amigos se retiraron. ––Volveremos, ¡mañana será otro día! A la mañana siguiente, Martín Pajarito cantó muy temprano. Todos se levantaron. El Viejito se bañó en las aguas claras y limpias del yurro, vistió su viejo traje que olía a hierbas del campo porque Misingo Gato lo había lavado en la nochecita y tendido a secar sobre el pasto, y en la mañana, lo estiró con sus manitas de lana y plancha que plancha, lo dejó como nuevo. Rabito Conejo trajo el bastón y Martín Pajarito, la alforja llena de higos de miel. Se pusieron en marcha y pronto llegaron a las puertas del Palacio. Entraron. El Rey y Bella, la Princesa, los recibieron en la gran sala: el Rey estaba sentado en su trono y Bella, en su silla de oro y marfil. ––Bienvenidos –dijo el Rey. ––Bienvenidos –repitió Bella y, envolviendo al Viejito en una mirada de amor y de ternura, dijo de nuevo: ––Bienvenido tú, ¡mi Príncipe Viejito! Quiero pedirte perdón por mi extraño y odioso comportamiento. Ahora comprendo que mi sueño fue una bendición. Quiero ser tu esposa porque en ti veo al mejor de los hombres, porque nadie, sino tú, merece todo mi amor. Apenas la princesa había terminado de decir estas palabras, cuando la sala se iluminó como si el sol mismo hubiera penetrado en ella; ante un altar resplandeciente, el Niño Bendito, el Niño que el Viejito había encontrado en su camino, sonreía en su Divina Gracia; en vez de Martín Pajarito apareció un blanco arcángel de alas de oro, y, en lugar de Misingo Gato y de Rabito Conejo, los fieles servidores, había dos angelitos pequeños que, arrodillados, besaban la orla de la túnica blanca del Niño. El Viejito se había transformado en un joven y gallardo príncipe, vestido de seda y terciopelo; su bastón era ahora un cetro de oro, pero conservaba sus cabellos blancos como rayos de luna y su vieja alforja milagrera. Con garbo y dignidad, el Príncipe Viejito se acercó a Bella, la Princesa. Juntos bajaron las gradas del trono y, acompañados del Rey y del arcángel, se acercaron al altar. En ese instante, las puertas de la gran sala se abrieron de par en par y el pueblo entró cantando loas y aleluyas jubiloso. Allí cupieron todos, grandes y chicos, jóvenes y viejos. El Niño Bendito echó su bendición a la pareja, el arcángel los cubrió con sus alas de oro, mientras ellos, cogidos de la mano, intercambiaban palabras de amor. Después desaparecieron el altar resplandeciente y el Niño Bendito. En cambio apareció, en la gran sala, la mesa de los banquetes; había vino en copas de cristal y el Príncipe y sus compañeros sacaron los higos de la vieja alforja y los fueron sirviendo a cada uno de los

10 convidados. Alcanzaron para todos y todos estuvieron de acuerdo en que nunca habían saboreado un manjar tan exquisito. Al terminar el banquete, el Príncipe Viejito se levantó para ofrecerle a Bella, su esposa, la vieja alforja como regalo de bodas. Ella la abrió y encontró dentro tres piedritas, una blanca, una roja y una verde. Las tomó en sus manos y, en el momento en que pronunciaba cálidas palabras de agradecimiento, se oyó en lo alto el canto de Martín Pajarito: ––Esas piedritas son los generosos dones del amor y la piedad... ¡Con ellos nada faltará en tu Reino, nada faltará a tu pueblo! ¡Que seáis muy dichosos...! ¡Muy dichosos! pareció repetir el eco. Y cuando todos se dieron cuenta, los tres amigos habían desaparecido tras una nube bordeada de oro. Naturalmente, Bella y el Príncipe Viejito reinaron muchos años y, como fueron muy buenos, hicieron feliz a su pueblo y fueron felices.

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