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Posmodernidad y globalización son términos nuevos. José Joaquín Brünner (2002:9) cita
como precursor a Arnold Toynbee, quien en 1934 sugirió que dentro de la cultura occidental
la época posterior a 1875 debía de llamarse “posmoderna”. Por otra parte, el concepto de
globalización ha sido usado desde que Marshall McLuhan –en la década de 1960–acuñó el
término “aldea global” a partir de sus análisis de los medios de comunicación, especialmente
de la televisión. Sin embargo, últimamente ambos términos se han confundido por su empleo
en la prensa y los medios de comunicación masiva. Han pasado a ser expresiones que denotan
la reflexión sobre sí misma que se realiza en una época contemporánea (Brünnerloc. cit.).
Ambos términos se hallan muy ligados entre sí. Más que una relación de afinidad, hay
una complicidad entre ambos. Por una parte la idea de globalización da cuenta de cómo el
capitalismo ha extendido sus límites con su lógica de mercado y redes de información; por
otra parte, la posmodernidad pretende expresar el estilo cultural que le corresponde a esta
realidad global, es decir, una cultura descentrada, movible, sin izquierdas ni derechas, sin
esencias, y hecha de múltiples fragmentos y convergencias. Esto último constituye el
escenario ideal para las mezclas y fusiones en el ámbito de las culturas musicales,
especialmente si se trata de una región como América Latina, fuertemente influida por
procesos de mestizaje.

La globalización relativiza todo lo que abarca en su movimiento expansivo, desde la
metafísica hasta la música; la posmodernidad se origina en la autoconciencia de tal
relativismo cultural, hasta afirmar que ya no podemos acceder a la verdad, sino sólo hasta el
nivel de la verificación (Tarasti 2000:148). Posmodernidad y globalización se refieren a una
cultura que se ha hecho muy sensible a los lenguajes: no es la realidad lo que importa, lo que
interesa son los lenguajes que la constituyen. No importan tanto el mundo, sino las visiones
del mundo, no el texto sino los contextos (Brünner 2002:13).
Por ello quienes se interesan por la posmodernidad y la globalización se interesan
también en las industrias culturales, porque son ellas las que producen el mundo como visión
del mundo, transformando el lenguaje en realidad simbólica. Así, el complejo industrial de los
medios de comunicación masiva (información, telecomunicaciones y entretención) no sólo
representan el centro de una economía posindustrial, también está modificando la
estructuración de la conciencia en el mundo globalizado (Brünner 2002:13).
La industria de los medios de comunicación masiva es el vehículo de la globalización
y fuente generosa del posmodernismo en la cultura, ya que incesantemente fabrica signos y
luego los hace circular por todo el orbe. Aún sí, en la periferia –América Latina, por ejemplo–
los valores tradicionales pueden ser coetáneos con los más modernos (García Canclini
1989:13).

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La fugacidad se ha vuelto parte importante del paisaje que habitamos. Transitamos por
nuestras ciudades plagadas de símbolos, expuestos cada vez a una mayor cantidad de
mensajes que se prestan para lecturas superpuestas y para interpretaciones dispares. Nuestra
cultura se ve moldeada por la velocidad de rotación de los signos, su abundancia y consumo
instantáneo, reforzando sentimientos de inestabilidad e incertidumbre expresados en la falta
de fijeza y profundidad: las tradiciones pueden llegar a ser devoradas con la misma rapidez
que las novedades, y ambas se desvanecen antes de haber cristalizado en la conciencia de la
gente (Brünner 2002:15).

En la conciencia posmoderna ya nadie cree en el progreso, ni cree que la flecha del
tiempo se mueve en una dirección predeterminada. Recordemos que esos eran precisamente
los paradigmas de la modernidad burguesa luego de su triunfo revolucionario de 1789. El
mundo moderno, anterior a nosotros, sin duda que era más cómodo y acogedor, por cuanto el
progreso indicaba una ruta, había etapas que se sucedían y se superaban; era un mundo más
ordenado y con jerarquías claras, porque había un proyecto y una dirección (Brünner
2002:17).

Por otra parte, una mirada sociológica sostiene que la posmodernidad no es más que
una falsa conciencia del capitalismo globalizado, un velo que atenúa el predominio del
mercado universal, el cual crea la ilusión de que diferentes estilos de consumo equivalen a
una pluralidad de formas de vida. Algo similar puede decirse de la globalización, la cual
simplemente enmascara el antiguo predominio de una potencia imperial, pero de un modo
sutil. Entre quienes piensan de ese modo está Fredric Jameson,5

quien en una entrevista

realizada en 2004 reafirma su análisis marxista de la posmodernidad como

‘lógica cultural del capitalismo tardío [y que] finalmente posmodernidad y globalización
son […] dos caras de un mismo fenómeno. La globalización lo abarca en términos de
información, en términos comerciales y económicos; y la posmodernidad consiste en la
manifestación cultural de esta situación’ (Jameson 2005).6

Jameson critica la estética posmoderna al asumirla como parte de la producción de
mercancías (como innovación y experimentación estética) que, como cualquier otro producto
de mercado, son incentivadas frenéticamente por el modo de producción capitalista. En los
albores de la década de 1990 Jameson afirmaba que “toda esta cultura posmoderna, que
podríamos llamar estadounidense, es la expresión interna y superestructural de una nueva ola
de dominación militar y económica norteamericana de dimensiones mundiales” (Jameson
1991:18).

Desde la mirada semiótica, Eero Tarasti (2006:30) caracteriza la globalización como
“una nueva forma de eficiencia económico-administrativa de naturaleza inalterable”, esto es,
que no podemos “intervenir en su curso”. Se trata de una entidad totalmente trascendental,
desarrollada a partir de un materialismo extremo.

5

Cuyo trabajo ha animado a movimientos tales como el pacifismo y la “nueva izquierda” post-1989.

6

Ver entrevista enhttp://tijuana-artes.blogspot.com/2005/03/posmodernidad-y-globalizacion.html

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Por su parte, la revolución de las comunicaciones conlleva un aumento en el flujo de
circulación, y sólo lo que circula es asumido como real. Se sospecha que vivimos en un
mundo imaginario, donde sólo hay superficies (imágenes, textos, lenguajes) que son
interpretables. Aquí lo que se requiere es comprender la experiencia de existir en un mundo
así, donde todo parece fluir y ni siquiera los puntos de vista logran sostenerse en pie. De este
modo llegamos al punto en que “son los intercambios [los medios] y no la producción [las
cosas en sí] los que determinan las formas de vida en esta época posmoderna” (Brünner
2002:20).

Brünner (2002:31) en su libroGlobalización cultural y posmodernidad busca hacer
una reflexión acerca de posmodernidad y globalización, para así entender el vínculo entre
ambos fenómenos. Este autor diseña un “diagrama de la globalización cultural”, sobre la base
que la globalización cultural puede ser representada como la expresión de cuatro fenómenos
que se hallan interrelacionados: la expansión del mercado capitalista posindustrial, la difusión
del modelo democrático de organización social, la revolución de las comunicaciones, y la
generación de un clima cultural de época (la posmodernidad), que es resultante de las tres
dinámicas anteriores.

El eje vertical AB vincula las relaciones entre economía y cultura, mientras que el eje
horizontal CD vincula a las comunicaciones y la política. Este diagrama genera cuatro
cuadrantes, asumidos como las áreas donde tienen lugar las principales dinámicas de la
globalización cultural: en el cuadrante I residen los fenómenos de la industria de los medios
de comunicación masiva, en el cuadrante II las relaciones entre capitalismo y democracia, en
el cuadrante III la “conformación de la democracia de públicos y la transformación de la

Democracia
D
(sistema político)

cuadrante II

cuadrante III

cuadrante IV

A
Capitalismo posindustrial

(economía)

Posmodernidad

(cultura)

B

Revolución en las
comunicaciones

C

(tecnologías de la
información)

cuadrante I

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política bajo el influjo de la posmodernidad”, mientras que en el cuadrante IV se ubican las
relaciones entre la revolución de las comunicaciones y el clima cultural de la posmodernidad.
En este último cuadrante se ubican los temas centrales de esta tesis: la práctica del jazz en
Chile en su relación con la modernidad, la posmodernidad y la identidad.
En este contexto la cultura posmoderna recoge los temores del cambio de época que se
vive. En la posmodernidad reina la incertidumbre en un ambiente que promete pocas cosas, y
donde el sentido de la historia se confunde. Existe el temor a perder todo lo que Occidente
acumuló en el terreno de los saberes heredados y las verdades, que iluminaron a esta cultura
en los últimos siglos. También se da el temor a perder lo que hemos sido en relación a
nuestras identidades, las cuales en definitiva son múltiples –personales, de género,
generacionales, de etnia o de nación– y no pueden ser reducidas a una sola.

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