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Conquista y Colonización Hispánica (2006)

Conquista y Colonización Hispánica (2006)

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Conquista y colonización hispánica. Santa Fe la Vieja (1573-1660), Tomo II de Nueva Historia de Santa Fe, La Capital / Prohistoria Ediciones, Rosario, 2006, 218 pp -
"Darío G. Barriera sigue las peripecias de la ciudad de Santa Fe la Vieja, desde su fundación por Juan de Garay en 1573, a orillas del río de los Quiloazas hasta el abandono de esta primitiva ubicación y el traslado definitivo de la ciudad al lugar que ocupa aún. Tras un repaso de la conquista del Río de la Plata, a principios del siglo XVI, el autor reconstruye felizmente la historia social de lo que él llama con propiedad una sede periférica de la monarquía hispánica, una ciudad concebida desde su inicio como una posta entre dos puertos –Asunción y el Río de la Plata, Buenos Aires, a partir de su refundación en 1580– y una válvula de escape tanto para el Paraguay y el Alto Perú. Estos dos núcleos importantes de la colonización hispánica encontraban de hecho en ella un lugar para descargar la tierra : es decir deshacerse de buen número de capitanes revoltosos, de jóvenes conquistadores sin conquista y de muchos mestizos, hijos de la tierra descontentos de su suerte. El autor analiza el papel de bisagra desempeñado por Santa Fe la vieja, en su casi siglo de existencia. Nunca llegó a ser provincia del virreinato, ya que fue sujeta al gobernador de Asunción hasta 1618 antes de pasar a depender de la provincia del Río de la Plata. Enlace, articuladora entre varias provincias, Santa Fe fue por lo mismo objeto de conflictos jurisdicionales entre las provincias del Paraguay, del Tucumán y del Río de la Plata.

El estudio pone de realce por fin los motivos que terminaron imponiendo una decisón drástica de traslado de la ciudad el río abajo, entre los años 1650 y 1660. Al igual que otras ciudades fundadas por los mismos años (pensemos en Santiago del Estero, Esteco, Madrid o Londres en el Tucumán) Santa Fe tuvo que sufrir una fuerte presión indígena y hacer frente a serios peligros naturales, que debilitaron su atractividad y paralizaron su desarrollo demográfico y económico. Esta situación precaria terminó provocando su traslado doce leguas más abajo, incluyéndola de forma más decidida en la órbita de Buenos Aires.", de la reseña de Christophe Giudiccelli publicada en Nuevo Mundo, Mundos Nuevos: http://nuevomundo.revues.org/3135?lang=es
Conquista y colonización hispánica. Santa Fe la Vieja (1573-1660), Tomo II de Nueva Historia de Santa Fe, La Capital / Prohistoria Ediciones, Rosario, 2006, 218 pp -
"Darío G. Barriera sigue las peripecias de la ciudad de Santa Fe la Vieja, desde su fundación por Juan de Garay en 1573, a orillas del río de los Quiloazas hasta el abandono de esta primitiva ubicación y el traslado definitivo de la ciudad al lugar que ocupa aún. Tras un repaso de la conquista del Río de la Plata, a principios del siglo XVI, el autor reconstruye felizmente la historia social de lo que él llama con propiedad una sede periférica de la monarquía hispánica, una ciudad concebida desde su inicio como una posta entre dos puertos –Asunción y el Río de la Plata, Buenos Aires, a partir de su refundación en 1580– y una válvula de escape tanto para el Paraguay y el Alto Perú. Estos dos núcleos importantes de la colonización hispánica encontraban de hecho en ella un lugar para descargar la tierra : es decir deshacerse de buen número de capitanes revoltosos, de jóvenes conquistadores sin conquista y de muchos mestizos, hijos de la tierra descontentos de su suerte. El autor analiza el papel de bisagra desempeñado por Santa Fe la vieja, en su casi siglo de existencia. Nunca llegó a ser provincia del virreinato, ya que fue sujeta al gobernador de Asunción hasta 1618 antes de pasar a depender de la provincia del Río de la Plata. Enlace, articuladora entre varias provincias, Santa Fe fue por lo mismo objeto de conflictos jurisdicionales entre las provincias del Paraguay, del Tucumán y del Río de la Plata.

El estudio pone de realce por fin los motivos que terminaron imponiendo una decisón drástica de traslado de la ciudad el río abajo, entre los años 1650 y 1660. Al igual que otras ciudades fundadas por los mismos años (pensemos en Santiago del Estero, Esteco, Madrid o Londres en el Tucumán) Santa Fe tuvo que sufrir una fuerte presión indígena y hacer frente a serios peligros naturales, que debilitaron su atractividad y paralizaron su desarrollo demográfico y económico. Esta situación precaria terminó provocando su traslado doce leguas más abajo, incluyéndola de forma más decidida en la órbita de Buenos Aires.", de la reseña de Christophe Giudiccelli publicada en Nuevo Mundo, Mundos Nuevos: http://nuevomundo.revues.org/3135?lang=es

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Nueva Historia de Santa Fe

Darío G. Barriera (Director)

TOMO II

Conquista y colonización hispánica
Santa Fe la Vieja (1573-1660)

Darío G. Barriera

Darío G. Barriera Conquista y colonización hispánica : Santa Fe la Vieja : 1573-1660 / Darío G. Barriera ; por Darío G. Barriera - 1a ed. - Rosario : Prohistoria Ediciones : Diario La Capital, 2006. v. 2, 216 p. ; 20 x 12 cm. ISBN 987-22462-5-4 1. Historia de la Argentina-Santa Fe. I. Darío G. Barriera - II. Título CDD 982.24 Fecha de catalogación: 13/01/2006

Nueva Historia de Santa Fe

TOMO II
Darío G. Barriera (director) NUEVA HISTORIA DE SANTA FE Tomo II Darío G. Barriera Conquista y colonización hispánica. Santa Fe la Vieja (1573-1660) Composición y diseño: Marta Pereyra Editing: Prohistoria Ediciones Diseño de Tapa: Marta Pereyra Ilustración de tapa: acuarela de Florián Paucke Producción de Contenidos: Prohistoria Ediciones © La Capital Sarmiento 763, (2000) Rosario, Argentina Teléfonos: 54-341-5226000 (conmutador) - Fax: 54-341-5226014 Dirección digital: www.diariolacapital.com www.lacapital.com.ar © Tucumán 2253, S2002JVA ROSARIO, Argentina Email: prohistoriaediciones@yahoo.com.ar - URL: www.prohistoria.com.ar TODOS LOS DERECHOS RESERVADOS HECHO EL DEPÓSITO QUE MARCA LA LEY 11723 Prohibida la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio, gráfico, magnético, electrónico u óptico, incluyendo su diseño de portada, tipográfico y logos, sin expresa autorización del editor. ISBN OBRA COMPLETA: 987-22462-2-X ISBN TOMO II: 987-22462-5-4
Esta primera edición se realizó con una tirada de 8.000 ejemplares, el 2 de marzo de 2006, en Borsellino Impresos, Ovidio Lagos 3562/78, S2003DBU Rosario, Argentina. Tel. (54-341) 4317174. Impreso en la Argentina - Printed in Argentina

Conquista y colonización hispánica
Santa Fe la Vieja (1573-1660)

Darío G. Barriera

a la memoria de Juan José Saer (y al futuro de sus libros) al magisterio de Ricardo Gabriel Vidal (este fue cuatro a uno: espero que fluya)

Indice

Capítulo 1 Exploración y conquista del Río de la Plata Capítulo 2 La conquista del litoral Capítulo 3 La fundación de la ciudad ritos, recursos, poderes y jerarquías Capítulo 4 El suelo, el lugar y su gente Capítulo 5 Una sede periférica de la Monarquía Hispánica Capítulo 6 Asuntos del común la agricultura, el pan, el vino, los precios y el comercio Capítulo 7 Una economía en cuatro patas Capítulo 8 Los problemas de una pequeña urbe Bibliografía

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Introducción

Un lugar para esta historia

«…ese lugar chato y abandonado era para mí, mientras lo contemplaba, más mágico que Babilonia, más hirviente de hechos significativos que Roma o que Atenas, más colorido que Viena o Amsterdam, más ensangrentado que Tebas o Jericó. Era mi lugar: en él, muerte y delicia me eran inevitablemente propias.» JUAN JOSÉ SAER, El Río sin Orillas

Hace poco menos de cinco siglos, momento en el que se ubican las primeras circunstancias que se estudian en este libro, la provincia de Santa Fe no existía. Sin embargo, puestos a hacer historia convocados por su nombre, aparece, desde el presente, un hilo conductor que permite hurgar en un pasado con cierta continuidad territorial: ese hilo es la primera ciudad de Santa Fe, cuyos restos arqueológicos pueden visitarse hoy cerca de Cayastá, en el actual territorio de nuestra provincia. Fue la primera marca europea que se impuso en este territorio para organizarlo, modificarlo, transformarlo. En este tomo se analiza la invasión, la ocupación y la conquista hispánica de una parte del territorio del litoral paranaense: la vinculada con la experiencia de Santa Fe la Vieja, entre 1573 y 1660.

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El otro elemento de continuidad entre aquel pasado remoto y este presente que lo construye es la presencia dominante del río en el paisaje: aunque esto resulte una simplificación (por la reducción al «río» de lo que es en rigor una compleja cuenca hídrica, a causa de que el paisaje ha vivido transformaciones permanentes), para los pueblos originarios, para los invasores y para nosotros mismos, relacionarse con sus corrientes, sus crecidas, sus islas, su fauna, su bonanza y sus caprichos fue y sigue siendo central, difícil, e inevitable. Nuestro pasado colonial, construido a partir del choque desigual entre invasores y habitantes originarios, no dio por resultado, como en otras latitudes, una monumentalidad rutilante. No hay piedras ni edificios que hablen, por sí mismos, de épocas gloriosas ni vergonzantes. Sólo han sido rescatadas por los arqueólogos algunas evocaciones materiales y sigue siendo visible, allí, de orilla a orilla, el dominio perturbable del hoy deteriorado río majestuoso, transitado, ajado, con síntomas de víctima. Sin embargo, no hay expresión más precisa que la redactada por el recientemente fallecido Juan José Saer: aunque aparentemente insulsos frente a los restos materiales de otros pasados, los nuestros nos conmueven porque vivimos con ellos, porque crecimos en ellos. Porque hemos nacido, crecido, trabajado, amado y sufrido en estos lugares, muerte y delicia nos son, aquí, a todos nosotros, inevitablemente propias. Para contar nuestros pasados, tan inextricablemente unidos a nuestros lugares, ha sido necesario domesticar las sensaciones, casi siempre indóciles, a flor del piel cuando se escribe sobre aquello con lo que se ha convivido desde siempre…

Este volumen aborda algunos temas y pospone, para el próximo, otros de igual o mayor interés para el periodo que se cierra con el traslado de la ciudad a su nuevo sitio: la construcción de la parentela del fundador, ciertos aspectos de la vida política, la encomienda y el trabajo indígena serán algunos de los tópicos que complementarán, en el tomo III dedicado a la economía y la sociedad coloniales, esta primera imagen de Santa Fe la Vieja. He reservado estas últimas líneas para reconocer a un pequeño número de grandes personas sin cuya influencia, acá cerca y no hace tanto, hubiera sido imposible que escribiera una sola palabra de esta historia: para Cuqui Borgatello, Blanca Zaccone, Mercedes Capodacqua, Silvia Monti y Marta Yelpo, toda mi gratitud por aquellos años durante los cuales, con tanto cariño, me infundieron el deseo necesario para andar este camino. Darío G. Barriera
Rosario, enero de 2006

Nota: la mayor parte de los documentos que se citan en este libro están redactados en castellano antiguo. Para facilitar su lectura, se ha modernizado su ortografía y su gramática, sin alterar su contenido.

Capítulo 1

Exploración y conquista del Río de la Plata

Río de la Plata es una expresión que se ha utilizado y se utiliza todavía para designar un área geográfica extensa e imprecisa. Sobre todo, permite conectar en la imaginación, paisajes, gentes y culturas. Incluye el litoral del río Paraná y hasta admite, en la evocación, a la extensa pampa. Desde otras latitudes, una postal rioplatense bien puede ser una caricatura. La síntesis muestra a un gaucho, mate en mano, sentado cerca de su caballo y, eventualmente, de su china. Como fondo, un escenario no menos mitificado: el billar interminable de la pampa. Los almanaques de Alpargatas, que por años acompañaron el paso del tiempo en los casi extintos almacenes de ramos generales de nuestros pueblos, tallaron mitos. Las ilustraciones de Molina Campos, que hicieron célebres esos calendarios, contribuyeron a difundir una estampa grotesca con la cual, todavía, se identifica un horizonte lejano que alberga una realidad compleja. Este capítulo se dedica a los primeros años del tejido histórico de esa realidad compleja, a los contactos iniciales que los europeos tuvieron con el ancho río, con sus parajes y con su gente…

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Nombres para un mar dulce A comienzos del siglo XVI, los navegantes hispanos entraron por una garganta de agua que, de acuerdo con su visión, iba a conducirlos directamente a tierras rebosantes del buscado mineral precioso: la plata. Río de la Plata fue el tercer nombre que se dio a esa enorme entrada que les prometía riquezas. La expresión fue elegida por algún motivo: los indígenas del lugar habían informado a los primeros navegantes que, por ese río, podía llegarse al «País de la Plata». ¿Cuáles fueron los nombres anteriores y qué dicen los nombres sobre los lugares? Fue Solís quien le diera el nombre de Mar Dulce, dejando claro que no encontraba correspondencia entre sus dimensiones y el sabor de sus aguas… Para ser río, demasiado amplio; para ser mar, demasiado dulce. Nombrar era más que designar: las visiones magníficas aparecían permanentemente ante los ojos de los europeos. Para contrarrestar la angustia provocada por el contacto con lo desconocido y para posibilitar la apropiación de un universo que les era ajeno, los europeos utilizaron también como arma una enorme batería de nombres cristianos. Cuando navegando el Mar Dulce aguas arriba Solís se internó en el río llamado Paraná Guazú –el grande– por los guaraníes, lo bautizó Santa María. La Casa de Contratación lo llamó con el no menos bíblico nombre de Jordán. La región que se extiende al este, espléndidamente regada, se denomina todavía hoy «la mesopotamia». Todo remitía a los orígenes de la tradición judeocristiana. Aunque refiriéndose al Dulce y al Salado, una chacarera de los Hermanos Ábalos resume con ironía el sentido de la

Mapa de Agnese (1536)

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operación, tomando en broma lo que los conquistadores querían hacer seriamente. Los folcloristas santiagueños cantaron: «como el Éufrates y el Tigris, ríos mesopotameños»… Durante los años inmediatamente posteriores a la muerte de quien lo llamó con el inquietante nombre de «Mar Dulce», el actual Río de la Plata fue denominado «Río de Solís». Pero la transmisión oral de la existencia de una región rica en plata, basada en el intercambio de tribus de la zona con otras que habían contactado con la parte sur del Imperio Inca, provocó la tercera y duradera inflexión sobre el nombre del ancho río, desde entonces investido con el nombre del metal precioso que los europeos codiciaban. El mapa elaborado por Agnese en 1536, ya lo registraba como Río de la Plata. Las razones de la exploración Varios fueron los factores y las tendencias que confluyeron en la invasión, conquista y población de los territorios cercanos al río. Cuando en 1513 Balboa atravesó el estrecho que, en Centroamérica, comunica los océanos Atlántico y Pacífico, confirmó que las tierras nuevas no eran las Molucas, ni el Catay ni el Cipango. No navegaban entre los archipiélagos de las buscadas Indias Orientales, sino por derroteros imprevistos e ignotos. Habían arribado a una enorme masa continental que, en realidad, obstaculizaba el camino para llegar al destino buscado. Por esto, la pesquisa de un paso hacia el Océano Pacífico (llamado por entonces Mar del Sur) camino de las Indias de las Especias, se convirtió en uno de los ejes primordiales de los convenios de nave-

gación orientados hacia el sur profundo: a ellos se deben algunas de las llegadas al estuario platense.
La expedición de Juan Díaz de Solís, que en 1516 se internó por primera vez en sus aguas, estaba buscando, más allá de la Tierra Firme, un paso hacia las Indias. Lo que esos navegantes querían alcanzar eran las islas Molucas, y, como se dice, de paso descubrieron el río, sin saber hasta qué punto, internándose en esas aguas barrosas, entraban al mismo tiempo en las comarcas del desastre. Juan José Saer, El Río sin Orillas

Es muy probable que, como lo aseguraba Saer, el río haya sido descubierto por error. De cualquier modo, este como otros errores, fueron consecuencias no deseadas de proyectos que pretendían alcanzar otros objetivos. Desde el presente, parece más sencillo alinear esos acontecimientos como si hubieran sido planificados. Pero en realidad, los sucesos que con los años hemos convertido en parte de nuestra historia, fueron protagonizados por gente que no había proyectado ni remotamente que nuestro país existiera. No sólo navegantes españoles buscaban el paso hacia el Pacífico bordeando las costas atlánticas de América del Sur: en la década de 1510, también lo hicieron los portugueses. Aunque de sus testimonios no se deduce que llegaran hasta la boca del Mar Dulce, tampoco hay razones para descartar esa posibilidad. A Juan de Solís se le habían encargado unas tareas muy precisas. En el contrato que firmó el 24 de no-

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viembre de 1514 –una Capitulación con la Corona–, se comprometió a relevar la cartografía costera del área, con la finalidad de hacer acuerdos claros con la Corona portuguesa. La expedición de Solís embarcó 66 hombres en tres naos, y partió de Sanlúcar de Barrameda (Andalucía) el 8 de octubre de 1515. Costeó la entrada del Mar Dulce hacia 1516 y, pocos días después de realizar las primeras exploraciones, Solís encontró la muerte a manos de grupos originarios. Tras su fallecimiento, no todos los hombres que lo acompañaban pudieron regresar a la Península. Algunos consiguieron integrarse a las comunidades indígenas, aprendieron su lengua y, según las crónicas del viaje de Sebastián Gaboto, once años después tomaron contacto nuevamente con españoles de esta expedición, sobre el río Uruguay. La costa oriental del río y la isla de Santa Catalina, fueron el escenario donde pasaron sus días –de manera ciertamente involuntaria– sobrevivientes, náufragos o desertores de esa y otras empresas expedicionarias.
La primera expedición en adentrarse hasta el río Paraguay fue la de Alejo García, uno de los náufragos de la expedición de Solís. Por referencias de sus acompañantes, se cree que esa expedición alcanzó las tierras del Alto Perú, atravesando el Mato Grosso y la planicie de los guaycurúes, en un viaje que le habría demandado alrededor de cinco años.

La Corona, desde luego, interpretó la expedición de Solís como un fracaso, pero en 1520 volvió a la carga sobre el mismo terreno. El motivo principal

de la capitulación con Hernando de Magallanes fue la búsqueda del paso del sur: el río de Solís no era el camino. Esta empresa, que derivó en la primera circunnavegación del planeta concluida por Sebastián Elcano, se había originado en una alianza de la Corona de Castilla con Magallanes (comerciante portugués) y Cristóbal de Haro, un distribuidor de productos orientales que operaba en Amberes, Lisboa y La Coruña. Su paso por el Mar Dulce fue registrado por Antonio Pigafetta, que inmortalizó: un cierto capitán español, llamado Juan de Solís, fue comido allí por Caníbales… En 1525, Carlos V capituló con García Jofré de Loayza y, hacia finales del mismo año, confirmó un acuerdo con Diego García de Moguer, integrante de las huestes expedicionarias de Juan de Solís y de Magallanes, socio de mercaderes gallegos ligados al tráfico con Amberes. Estos acuerdos, como los firmados con Sebastián Gaboto, tuvieron la misma finalidad mercantil. Al llegar a las costas sudamericanas, Gaboto tomó contacto con sobrevivientes de las expediciones de Solís y Loayza en Pernambuco y luego, en Santa Catalina: allí le revelaron la existencia de la Sierra del Rey Blanco, rica en metales preciosos, a la que podría llegar remontando el río Paraná y algunos de sus afluentes. La «leyenda» de la tierra de la plata acicateaba las ambiciones de los europeos. En 1527, Gaboto atracó en el sitio nombrado como Puerto de San Lázaro y otro sobreviviente del grupo de Solís le confirmó aquellas mismas noticias, aunque le advirtió sobre las dificultades que podía encontrar remontando el río que, en muchos tramos, era poco profun-

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do. Sin embargo, remontó un brazo del Paraná y, en su confluencia con el río Carcarañá, erigió el Fuerte Sancti Spiritus, desde donde se lanzó río arriba, adentrándose en el Paraná y el Paraguay. Años más tarde, las informaciones que proporcionó sobre su viaje en Lisboa y Valladolid, fueron fundamentales: en ellas se apoyó la decisión de la Corona de continuar explorando estos territorios. Con la invasión y saqueo al Cusco por los españoles en 1533, la existencia de la Ciudad de los Césares o de las tierras de la plata ganó credibilidad. Como consecuencia, se constituyó en uno de los puntos más fuertes con el cual los expedicionarios argumentaban a la hora de solicitar financiamiento. Todos afirmaban que se podía llegar al corazón minero desde el sureste del nuevo continente, remontando ríos. En 1542 se produjo el encuentro más notable, aunque no se llegó a él entrando por el río de la plata…: parte de las huestes que ingresaron por «el Perú» dieron con las exuberantes minas de plata del Potosí. La leyenda era asunto concluido y este descubrimiento tuvo consecuencias notables en la organización económica, social y política de buena parte del mundo conocido… Los protagonistas del proceso tenían la mente enfocada en los metales preciosos: los invasores provenían de un medio donde la pobreza y el derecho de guerra eran una realidad cotidiana. Tomar parte de los botines de guerra, saquear poblaciones u obtener premios en tierras, oro y plata, constituía un estímulo para muchos de los que se embarcaron hacia la conquista de las tierras nuevas. Esas promesas, que formaban parte de la realidad, hacían posible asumir

los riesgos que tomaban. En sus propios imaginarios, la existencia de una región de la plata era un estímulo poderoso. Los navegantes y comerciantes europeos tenían en su haber una larga experiencia en varias materias: habían refinado las artes de la navegación y del intercambio, las maneras de contactarse con poblaciones desconocidas y el modo de enfrentar situaciones que hoy pueden parecer insólitas. Sin embargo, los grandes movimientos migratorios de la humanidad –desde los éxodos tribales por cambios climáticos hasta los más recientes exilios motivados por situaciones sociales evaluadas como intolerables– tienen algo en común: se abandona el lugar donde se atraviesa una situación difícil en busca de otro, al que se le atribuye la propiedad de ofrecer oportunidades. Se deja el pago chico en busca de una tierra de promisión. El telón de fondo de aquella gran movilidad europea por mar y tierra, que duró desde finales del siglo XIV hasta bien entrado el XVI, fue una agudísima crisis del sistema feudal que jaqueaba la subsistencia de grandes poblaciones en casi toda Europa. De este modo, mientras que algunos asumían riesgos y costos, otros obtenían –como también sucede en todas las crisis– enormes beneficios. No en vano, crisis, etimológicamente, significa cambio... Imaginando el territorio Las capitulaciones convenidas entre la Corona de Castilla y algunos conquistadores en 1534 muestran cómo era percibido y entendido, desde la Península, el territorio sudamericano.

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Gobernaciones en 1534, bajo Carlos V
Fuente: Lucio Mir y Oscar Nocetti, La disputa por la tierra

Se establecieron jurisdicciones según un corte «horizontal», tomando como puntos de referencia las abstractas líneas denominadas paralelos. El territorio cuya jurisdicción era concedida en capitulación a Francisco Pizarro (la Gobernación de Nueva Castilla) se ampliaba en 70 leguas; se creaba la de Nueva Toledo, concedida al gobierno de Diego de Almagro, y se señalaban las gobernaciones del Río de la Plata y de Nueva León, pactadas con Pedro de Mendoza y el lusitano Simón de Alcazaba respectivamente (la de Nueva León, sin embargo, no figura en este mapa). Estas divisiones eran trazos sobre el papel que, en definitiva, denotaban una concepción administrativa del territorio facturada de espaldas al modo en que realmente se desarrollaba la conquista. Mientras que desde la Corona se proponían cortes transversales de este a oeste, ignorando las sugerencias de la propia superficie del continente, los hombres, en el lugar, diseñaban un recorrido completamente diferente. Ellos anduvieron el territorio, caminado de noroeste a sureste desde el Perú, y de sur a norte desde el Río de la Plata. Así fueron organizándolo de manera vivencial, y sobre todo pisando las vías de comunicación transitadas por los pueblos originarios, condición básica de accesibilidad a la que adaptaron sus modos de desplazamiento y transporte. La comunicación no era un asunto sencillo: los ríos afluentes del Paraná que recorren el Chaco paraguayo o que atraviesan los extensos valles al sureste de comechingonia (que hoy denominamos santiagueños), no eran navegables en todos sus tramos. El camino que conectó la cuenca platense con la región altoperuana fue, finalmente, terrestre.

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La elección de una «ruta» implicaba tomar en cuenta una compleja serie de factores. Se consideraba el «objeto» de la movilización, el tipo de recursos movilizados y los «riesgos» que el recorrido implicaba. La información sobre lo que pasaba en los caminos era fundamental. Los trayectos organizados por los tramos navegables de los ríos Pilcomayo y Bermejo, en general, se consideraron peligrosos. El camino entre Santa Cruz de la Sierra y Asunción, se transitaba solamente en compañía de grandes grupos armados, capaces de resistir tanto las duras condiciones climáticas de la travesía como los ataques de grupos indígenas que, desde centurias, consideraban estos espacios como cotos propios, y sabían como defenderlos. Las primeras jurisdicciones Una importante serie de caminos estaba consolidada con anterioridad a la llegada de los europeos. En sus descripciones aparentemente neutrales, los cronistas de la conquista señalaban que se entraba a la provincia de los Charcas y del Tucumán por el camino real de los Incas: efectivamente, el dominio del Inca había instalado un orden. Los observadores europeos no tardaron en percibir elementos estratégicos en las culturas originarias: sus conocimientos sobre los caminos fueron transmitidos como información para el uso de los invasores. Ubicada al oeste de la línea de Tordesillas, la franja rioplatense fue asignada, por capitulación, al gobierno de Pedro de Mendoza en 1534. Tras la efímera experiencia de la primera fundación de Buenos Aires en 1536, el desprendimiento de esa expedi-

ción, encabezada por Ayolas y, a su muerte, por Irala, fundó en 1537 la ciudad de Asunción, «madre de ciudades»... en tierra de guaraníes. Si se piensa en las ciudades que se asentaron luego, esa maternidad, sin embargo, debe considerarse compartida con la tendencia que, desde el Perú, se proponía poblar tierra abajo hasta la salida atlántica. Los intercambios entre los conquistadores del Perú y los que provenían de Asunción no se hicieron esperar. Tras la derrota de Diego de Almagro en las guerras civiles del Perú, Vaca de Castro premió a sus adeptos concediéndoles tierras cada vez más lejanas. Esto le permitió desembarazarse de los nuevos capitanes y provocó la ocupación de una gran parte del actual territorio de la República Argentina. Los fundadores del resto de las ciudades del siglo XVI a una y otra banda del Paraná y hasta el mismo Río de la Plata –Santa Fe, Buenos Aires y San Juan de Vera de las Siete Corrientes, en 1573, 1580 y 1588 respectivamente– tenían experiencias anteriores como vecinos o soldados, en tierras peruanas o paraguayas,lo cual permite pensar los problemas que se plantearon estos conquistadores como organizadores de un espacio a escala continental. Acertar errando Si todavía hoy la expresión Río de la Plata sirve para designar, desde lejos, a la Argentina entera, e incluso al Uruguay o al Paraguay, se debe tanto a su antigüedad como a su útil capacidad sintética, derivada de la percepción que los primeros europeos tuvieron sobre el territorio.

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Antonio Vázquez de Espinosa, un cronista que registró sus impresiones durante el primer cuarto del siglo XVII, afirmaba sin temor a equivocarse que la ciudad de Santa Fe se ubicaba sobre el Río de la Plata. La ciudad, claro está, había sido emplazada por Garay sobre el río Quiloazas, hoy llamado San Javier. Vázquez de Espinosa no mencionó el Quiloazas; ni siquiera atinó a generalizar «sobre el Paraná» pero, en realidad, para el conocimiento de la época, no se equivocaba… Toda crónica redactada a la distancia, designaba como Río de la Plata al enorme conjunto de ríos que, bajo este nombre, incluía también al Paraná, el más caudaloso de los que van a dar al estuario rioplatense. Gonzalo Fernández de Oviedo afirmaba que Río de la Plata era la denominación cristiana del que en voz indígena se llamaba Paraná, entendiendo que se trataba de uno solo. El mapa compuesto por Joao Teixeira Albernaz, deja muy claro que, todavía en 1699, para algunos, el estuario del Mar Dulce y el río Paraná podían llevar el mismo nombre. El nombre de un dominio lejano La Monarquía se refería a los territorios que conquistaba como «sus provincias» –práctica que proviene del Imperio Romano–, y las nombraba con fórmulas que generalmente exaltaban un elemento predominante en el conjunto. Se puede decir que los cronistas, cuando mencionaban al Paraná como Río de la Plata, no se equivocaban, sino que hacían lo mismo que la Monarquía: provincializaban. En otras palabras, «simplificaban» la complejidad de un enorme sistema fluvial al

Mapa de Teixeira Albernaz, 1699
Fuente: Guillermo Furlong, El transplante cultural y social

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que desconocían y probablemente, en su imponencia, temían, reduciéndolo al nombre de aquello que más los impactaba. Nada de esto impidió a los europeos, sin embargo, avanzar en la conquista y dominación de estas tierras. Para hacerlo, se sirvieron del uso de la fuerza, de la introducción de cultivos, de animales y también de palabras. Describiendo el paisaje Describir un paisaje es, sobre todo, una actividad social: cuando los observadores deciden qué elementos constituyen los «datos» de un paisaje, ponen en juego todo su bagaje cultural. La descripción paisajística nunca es un acto estrictamente individual. Quien la realiza, transmite una jerarquía de valores y deja entrever las formas con las que una comunidad interpreta su cosmos y se plantea transformarlo. En el paisaje se registran acciones, hechos y dichos: a veces estable por años, otras veces velozmente transformado a causa de una catástrofe –por la acción de los hombres o por los mal llamados «caprichos de la naturaleza»–, el paisaje es siempre el resultado de interacciones entre seres vivos y una porción de la superficie terrestre que termina impactando sobre esta última: a esos lechos de abastecimiento, tránsito, implantación y reproducción de comunidades vivas, suele denominarse «medio abiótico». A todo el conjunto, «medio ambiente». Nuestra aproximación al paisaje rioplatense del siglo XVI es posible sobre todo gracias a las descripciones que realizaron los cronistas europeos y mestizos. Al evocar los paisajes a través de sus relatos,

entonces, es necesario tener presente que se trataba de descripciones interesadas. En primer lugar, porque esas descripciones, eran también su trabajo: la Corona las impuso como parte de la actividad administrativa que debían realizar las empresas de conquista en las «tierras nuevas». En segundo término, porque muchas veces contenían elementos destinados a impresionar a un lector muy preciso –el Rey, la Corte, los posibles financistas de próximas expediciones, un tribunal revisor de cuentas o, quizás, autoridades eclesiásticas. En definitiva, tienen un doble mérito: a la vez que relatan los escenarios percibidos, dejan ver qué elementos eran impresionantes para la sociedad que los figuraba. Los primeros cronistas describieron los paisajes rioplatenses y del litoral paranaense teniendo siempre en mente lo que habían dejado atrás, en general, sus pagos de origen. De esta manera, lo que encontraban era siempre «cotejado» o «comparado» con las nuevas realidades conocidas. Cuando lo percibido no cuadraba con lo vivido hasta entonces, lo describieron como algo «extraordinario». El imperio de lo inmenso La combinación entre la exhuberancia de la tierra y los mamíferos introducidos por los europeos dio lugar a imágenes destinadas a durar y repetirse: a comienzos de los años 1600, un cronista dijo que la mimetización entre la forestación abigarrada y el ganado europeo era un espectáculo maravilloso. Las llanuras, afirmó, se cubrieron de tal cantidad de yeguas y caballos cimarrones que, vistos cuando pasa-

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ban a la distancia, en cuantía, semejaban montes. Animales que formaban manadas que parecían montes, móviles sobre el telón de fondo de forestas abigarradas y ríos desmesurados: pinceladas de paisajes nuevos y perturbadores. También se comparaba con lo experimentado en territorio americano. Luis Ramírez, compañero de Gaboto, había visto antiguas «llamas» en las inmediaciones del río Carcarañá. Las describió como ovejas salvajes grandes como una mula. Fernández de Oviedo y Valdés las llamaba ovejas de las grandes del Perú. Durante la expedición de Ayolas en tierras de los quiloazas –cerca de lo que es hoy Cayastá– Ulrico Schmidel registró un encuentro chocante: «Mientras estábamos con esos Mocoretás, casualmente encontramos en tierra una gran serpiente, larga como de veinticinco pies, gruesa como un hombre y salpicada de negro y amarillo [...] Cuando los indios la vieron se maravillaron mucho, pues nunca habían visto una serpiente de tal tamaño [...] Yo mismo he medido la tal serpiente a lo largo y a lo ancho, de manera que bien sé lo que digo.» Ulrico Schmidel, Relación del Viaje al Río de la Plata

torio argentino deparaba sorpresas todavía mayores: Magallanes creyó ver gigantes en las costas patagónicas y, hacia finales del siglo XVIII, el Padre Guevara afirmaba que, en algún tiempo, los hubo sobre el Carcarañá. Dijo que parecían formidables torres de carne, cuyo solo nombre espantaba y asombraba a la gente.
Florián Paucke, jesuita nacido en Silesia que misionó en territorio santafesino en la segunda mitad del siglo XVIII, retrató esta bellísima y expresiva escena en la que algunos indígenas intentan cazar carpinchos y nutrias

Schmidel hacía participar de su propio asombro a los indígenas: según su testimonio, aquéllo ya habían sido víctimas del enorme reptil. También le había impresionado la dureza del cuero del yacaré, que juzgaba impenetrable para cuchillos y flechas. Los charrúas le parecían gente de gran tamaño. Pero en materia de anatomías, el sur del actual terri-

Florián Paucke. Carpinchos y Nutrias
Gentileza del Archivo General de la Provincia de Santa Fe Banco de Imágenes Florian Paucke

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Más y todavía mejores portentos deparaba a los conquistadores la tierra de los Jerus: durante las comidas, se tocaba música para hacer bailar ante el cacique a los hombres y las mujeres más bellas de la tribu. Schmidel aseguraba que, viendo bailar a esas mujeres, él y sus compañeros quedaron con la boca abierta... Además de hábiles artesanas, esas mujeres eran, siempre según Ulrico, muy hermosas, grandes amantes, afectuosas y de cuerpo ardiente. Las magníficas cataratas que hoy se denominan del Iguazú, fueron descriptas como un extraño salto que constituía la más maravillosa obra de la naturaleza. «No faltará, tal vez quien se admire de que yo
me haya admirado tanto, y se burle de mí diciendo: ‘Mira lo que cuenta como un portento, que hay en aquellas regiones ríos muy grandes!’; y después de recordar los más caudalosos de otras regiones del mundo, afirma que los de América son todavía mayores.» Pedro Mártir de Anglería

Alonso de Santa Cruz, en su Islario, escribió que el Río de la Plata era uno de los mayores y mejores del mundo... Lopes de Sousa no creía que fuera un río. El Oidor Matienzo, por su parte, escribió que el Paraná era el más grande río que se viera en todo el mundo. Las islas del Delta y las del Paraná, según el testimonio de Luis Ramírez –que sí las conocía– eran «...tantas que no se pueden contar...». Los peces, abundantísimos «...y los mejores que hay en el mundo, que creo yo provenir de la bondad del agua

que es aventajada a todas las que yo he visto...». Los españoles, ante la plétora de tan benévolo alimento, comían «a bentregadas», no habiendo conocido mejor dieta. El agua del Paraná le parecía la mejor y más sana que hubiera probado: la juzgó sabrosa y aseguraba que tanto más bebía, mejor se sentía… Postales del pasado, claro está. Rui Díaz de Guzmán, llamado por algunos «el primer historiador del Río de la Plata», conocía muy bien el territorio rioplatense. Había nacido y se había criado en el paisaje que describía. Su percepción estaba asociada a la historia de su vida: sus paisajes estaban habitados por amigos y enemigos, por aliados e indeseables. Contaba con una sensibilidad que otros no poseyeron: podía comprender las voces lingüísticas de los naturales de la tierra. También él fue víctima de la exhuberancia de la naturaleza. Describió a los ríos como caudalosos y a los indios charrúas como gente muy crecida. De los piñales dejó dicho que eran muy grandes y las tierras extremadas... Quizás todos esos dichos seguían una regla retórica llamada laudatio, que implicaba alabar exageradamente a los lugares. Esa regla se cumplía, durante la Edad Media, en casi todas las descripciones: éstas eran excesivas y, a la vez, escasamente precisas. Sin embargo, exageración y ambigüedad permiten ver de qué manera percibían la realidad. Es el mismo caso de lo que sucedía con los metales preciosos: el fantasma de su presencia en enormes cantidades también hacía parte del paisaje descomedido y esta desmesura en particular, movía voluntades. Así como los ríos eran caudalosos, el destino al que conducían era también voluptuoso: allí

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se encontraba gente que poseía plata en gran cantidad. Para bien… y para mal Así como se exageraban las bondades de la tierra, también podían dramatizarse exacerbadamente situaciones menos agradables. Conquistadores, viajeros y cronistas hicieron que fenómenos naturales y situaciones riesgosas –ergo, que exaltaban la «valentía» del grupo europeo– fueran agrandadas con el mismo entusiasmo... Desde el siglo XVI, la cuenca rioplatense era azotada, con alguna frecuencia, por tormentas adjetivadas como espantosas. Los temporales rioplatenses no tardaron en ganar fama planetaria. Las tormentas que se formaban en el Río de la Plata o en las inmediaciones del Paraná, por ejemplo, hicieron decir a Francisco de Villalba en 1556 que eran tan abominables y malas que parecía que en sus aires hablaban los Demonios. Lo mismo se decía acerca de la fiereza de los pueblos originarios: cuando Juan de Garay y su gente fueron emboscados por indígenas en las inmediaciones del río Coronda, Guzmán anotó, como un impresionista, una escena donde todo el terreno alrededor de Garay estaba lleno de gente de guerra, y que más, mucha más gente, venía acudiendo por todas partes. A pie, en canoas, por el norte, por el sur… Joannes de Laett, otro cronista, originario de los Países Bajos, se refirió a los querandíes como gente furiosa y acostumbrada a vivir de carne humana. Los habitantes originarios fueron retratados por los primeros cronistas como gente temible,

monstruosa y numerosa, formando parte esencial de ese mundo real-maravilloso donde bellezas y dificultades eran exaltadas con el mismo propósito: continuar con una empresa que debía parecer magnífica.

Ulrico Schmidel - Sitio de Buenos Aires

El billar interminable de la pampa Las llanuras al oeste del Río de la Plata y del litoral paranaense eran la estampa ideal para contrastar la voluptuosa feracidad del verde litoraleño. La imagen dominante para describirlos fue la horizontalidad y la carencia. Los llanos que atraviesan el actual territorio de la República Argentina desde Mendoza a Buenos Aires, parecían a los europeos del siglo XVI tan anchos y dilatados como secos y despoblados. Los naturales que allí había, aseguraban, eran belicosos, grandes corredores y predadores. Lo que poco tiempo después comenzó a denominarse como «la pampa», nació como un corredor que, por oposición al litoraleño, representaba la extensión desolada, magra, agreste, pobre de solemnidad. Como lo escribió Ezequiel Martínez Estrada, la pampa, «...convierte al individuo en el centro de la

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circunferencia infinita que es la llanura y la clave de esa bóveda absurda que es el cielo...» Desde el siglo XVII se decía de las llanuras al oeste de Buenos Aires: esas planicies tan dilatadas forman un horizonte parejo y circular, de suerte que uno pierde el rumbo y es necesario recurrir a la brújula para no extraviarse por los caminos. Como se ve, antes de exportar la imagen que hoy creemos clásica de la pampa gringa productora de riquezas y granero del mundo, durante siglos, la fama de las tierras y de la naturaleza platense dejaban ver sobre todo una manifestación de la vivencia de «los límites» –técnicos y simbólicos– que los europeos experimentaron en clave de miedo y asombro. «Las dos planicies de la pampa y del río no poseen en sí ningún encanto particular y [...] también la belleza que a veces la transfigura debemos atribuírsela no al lugar en sí sino a su cielo, a causa de su presencia constante, visible en la cúpula y en el horizonte circular. El hombre de la llanura está siempre en el interior de una semiesfera, en el centro exacto de la base, bajo la bóveda celeste que es como una pantalla...» Juan José Saer, El Río sin Orillas La marca más reiterada en las descripciones paisajísticas de los siglos XVI y XVII es la presencia de una sensación angustiante: la de encontrarse superados por un espectáculo exuberante en el que faltaba el lugar cristiano-medieval por excelencia: la ciudad. Para el europeo, para el cristiano, el desorden de lo abundante se reorganizaba dentro de la jerarquía divina: los habitantes originarios debían ser pacifica-

dos (sometidos a la autoridad de un encomendero pero además adoctrinados en la Fe católica) lo cual era posible únicamente sembrando el territorio con sus propias marcas culturales: ciudades e iglesias en primer término. Organizar el territorio y dominar a las personas eran actividades inseparables. La pampa, los ríos y el indio infiel devinieron entrañables: por eso mismo, se disponían a domesticarlos. Un paisaje a punto de estallar Las crónicas combinan lo abundante y lo magnífico. Son el testimonio de observadores maravillados pero también de testigos interesados. Estas tierras presentaban para sus invasores la geografía de un proyecto en el que se jugaban la vida y por el cual estaban dispuestos a someter la vida de otros. En las entrelíneas de sus dichos, la representación que apela a la opulencia deja constancia de sus deseos, de sus temores y de sus dudas: probablemente la clave del foco que todo lo ensancha. Las porciones de la esfera terrestre aportan lo suyo al paisaje: sin embargo, como se ha dicho, este es siempre el resultado de un intercambio. Por ende, los paisajes rioplatenses y del litoral paranaense, no permanecieron insensibles a la invasión de nuevas comunidades de seres vivos provenientes de otras latitudes. Desde la llegada de los europeos, la zona se vio modificada gracias a una concurrencia de factores, entre los cuales el forzado y violento intercambio biológico y ecológico no fue el menor. La invasión europea no fue solamente «humana»: con los hombres y las mujeres vinieron, también, especies animales, especies vegetales y microorganis-

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mos cuya presencia fue alterando los intercambios biológicos que existían hasta entonces entre las comunidades vivas de estas tierras. Además de comunidades biológicas extrañas, los europeos introdujeron también herramientas culturales: al implantar la agricultura como una actividad productiva sistemática, modificaron la forma de explotar el suelo y la manera de organizar la relación entre la tierra, el agua y los animales. Los árboles de la región fueron convertidos en fuente de leña y de madera que los carpinteros cristianos convirtieron en retablos, sillas, mesas y bancos. A falta de piedra para las edificaciones urbanas, también fueron utilizados como materia prima para la construcción de viviendas. La introducción de vacas y caballos modificó una cubierta vegetal que comenzaba a convivir con animales que desconocía. El detritus de los bovinos y de los equinos fue el vehículo privilegiado de semillas telúricas y extrañas. Sin embargo, sobre todo uno de los elementos introducidos en este ambiente, con su sola presencia, transformó, aceleró y potenció todos estos cambios hasta límites insospechados: ese cuerpo, insólito, chocante y potente fue, desde luego, la ciudad.

Para saber más
NOCETTI, Oscar y MIR, Lucio La disputa por la tierra, Sudamericana, 1997. ACADEMIA NACIONAL DE LA HISTORIA Nueva Historia de la Nación Argentina, Tomo II, Planeta, Buenos Aires, 1999. TANDETER, Enrique El Periodo Colonial, Tomo II de SURIANO, Juan (director) Nueva Historia Argentina, Sudamericana, Buenos Aires, 2000. GONZÁLEZ LEBRERO, Rodolfo La pequeña aldea, Biblos, 2002. ZAPATA GOLLÁN, Agustín Obras completas, 6 Tomos, Universidad Nacional del Litoral, Santa Fe, 1990.

El entenado, novela de Juan José Saer y El largo atardecer del caminante, de Abel Posse, son dos novelas inspiradas en estos contactos… Es deliciosa la lectura de El Río sin orillas, ensayo de Juan José Saer editado por Alianza en 1991. De la literatura del periodo, se impone recorrer las apasionantes páginas de la Relación del Viaje al Río de la Plata, de Ulrico Schmidel. Esta obra se editó en alemán, por primera vez, en 1567.

Capítulo 2

La conquista del litoral

La ciudad de Asunción del Paraguay, fundada en 1537, se convirtió en el primer cuerpo político europeo en la cuenca rioplatense en 1541, cuando se creó su Cabildo. Desde entonces, fue el centro administrativo y político de la Gobernación del Paraguay y Río de la Plata, extensa provincia bajo jurisdicción del Virreinato del Perú. La primera Buenos Aires fue abandonada por los españoles hacia 1541. Hasta la fundación de Santa Fe en 1573, Asunción fue la única ciudad en el este de la Sudamérica hispana: esta realidad contrastaba con la del área andina, donde existían imponentes centros ceremoniales y políticos prehispánicos y donde muchas de las ciudades fundadas por los europeos desde la década de 1540 tuvieron estabilidad, lo cual las convirtió en punto de partida para establecerse sobre otros territorios. Desde allí se emprendió la conquista del área tucumana y de la franja trasandina (las tierras del Chilí), que hacia 1570 estaban ya profusamente pobladas por avanzadas de la Monarquía Católica. La ubicación geográfica de Asunción no era óptima: las expediciones que habían llegado allí estaban debilitadas y en realidad perseguían otro horizonte:

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la tierra de la plata. Desde el mismo momento de su fundación, se pensaba tanto en el tramo que faltaba remontar como en volver sobre lo andado y asentar, nuevamente, un puerto poblado cercano al Atlántico, donde había estado Buenos Aires o en sus inmediaciones. Los empresarios que encararon la conquista tuvieron muchas veces intereses comunes con la Corona: si bien ésta imponía condiciones y retenía derechos, las Capitulaciones institucionalizaban acuerdos, pactos, en los cuales la Monarquía habilitaba amplios márgenes de acción. Uno de estos márgenes consistía en otorgar a los Adelantados poder para fundar ciudades o para delegar esa potestad. En definitiva, ponían en sus manos instrumentos que les permitieron ir modificando los proyectos originales conforme se presentaban las oportunidades. Una inestabilidad organizada Entre 1540 y 1573, año de la fundación de la ciudad de Santa Fe, los límites de las gobernaciones y virreinatos habían sido modificados en varias ocasiones. Las concesiones otorgadas por el Rey se superpusieron con otras realizadas por los nuevos funcionarios que la Monarquía había establecido en América. El Virreinato del Perú (creado en 1534), con su capital en Lima, comprendía las gobernaciones de la Nueva Castilla, de la Nueva Toledo, la provincia del Estrecho, la provincia de Chile de la Nueva Extremadura y la gobernación del Paraguay-Río de la Plata. Ésta fue creada en las instrucciones de la capitulación de 1534 entre la Corona y Pedro de Men-

doza, a quien fue concedido su gobierno. Esta extensión, enorme, permaneció bajo una misma jurisdicción con cabecera en Asunción hasta 1618, cuando se fragmentó en dos provincias. Sin embargo, a pesar de que su división efectiva no se produjo hasta ese año, desde muy pronto se pensó que podían ser gobernaciones separadas: el licenciado La Gasca, a cargo del gobierno del Perú, lo había propuesto ya en la década de 1540. Su apreciación era interesada, porque quería crear una nueva provincia con el propósito de ubicar a la cabeza de la misma a Diego de Centeno, un hombre de su confianza. Durante los primeros años de la instalación de la Monarquía Hispánica en territorio americano, las divisiones administrativas se hacían y se deshacían a causa de los intereses en juego: la conquista militar de los territorios indígenas, generaba un gran número de hombres cuyo mérito crecía. Ganaban derechos, obtenían prerrogativas, solicitaban la concesión de honores, de mercedes, de tierras y de mano de obra indígena. Estos capitanes nuevos, presionaban sobre los grupos de jefes más antiguos de la saga conquistadora e incluso sobre la misma Corona. Ni en uno ni en otro caso encontraban la mejor predisposición para ser premiados liberalmente. Este fenómeno sociológico ocurrido en el interior de los grupos hispánicos, tuvo pesadas consecuencias: influyó directamente en la velocidad y eficacia con que fueron ocupadas, pobladas y sometidas a la jurisdicción monárquica las enormes extensiones territoriales que se encuentran entre los altos valles calchaquíes y las costas rioplatenses. Los grupos más antiguos, tanto en el Perú como en Asun-

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ción, y de acuerdo con el Consejo de Indias y con el mismo Felipe II, encontraron una solución salomónica: premiar castigando. De esta manera, las tierras al sureste del Perú –que para los europeos significaban verdaderamente una terra incognita– se convirtieron en el principal botín de reparto para los jóvenes capitanes deseosos de un ascenso social. Entonces, la ocupación de las tierras de la cuenca rioplatense y del litoral paranaense fue un proyecto alimentado desde la Corona –como se vio en el capítulo anterior, con entradas por el Río de la Plata– pero también el fruto de la expansión de los españoles peruanos sobre el área tucumana, ya que pretendían alcanzar la salida atlántica.

Carta del Mundo del Cartógrafo de la Corona Abraham Ortelius
Publicado en Teatrus Orbis Terraum , 1570

Viento del este, viento del oeste Las poblaciones asentadas por las dos grandes vertientes colonizadoras del sureste sudamericano presentaban diferencias netas. Los asentamientos sobre el litoral rioplatense fueron realizados por unos pocos empresarios-capitulantes, y (a excepción de Asunción del Paraguay) no tuvieron estabilidad durante los tres primeros cuartos del siglo XVI; al contrario, las ciudades fundadas por las corrientes que provenían del área peruana fueron más numerosas, respondían a la «descarga» de hombres y en general fueron más estables. Desde «el Perú» descendían los jóvenes capitanes que habían colaborado en la derrota de Gonzalo Pizarro, implantando en los valles tucumanos poblaciones en general bien controladas, desde las cuales consiguieron dominar a nutridas comunidades indígenas, transformándolas en mano de obra. Quizás por estas razones muchas de ellas consiguieron el objetivo de la permanencia. La instalación de Asunción, si bien no había sido planificada (era, recuérdese un punto de paso para llegar hasta la tierra de la plata), pudo sostenerse con base en la subordinación de unas comunidades indígenas –guaraníes– muy numerosas, bien organizadas y, de hecho, eficazmente explotadas por los conquistadores europeos, que impusieron a fuego sus reglas. Pero para quienes habían entrado por el Río de la Plata, el litoral del Paraná era la geografía de un fracaso: no habían conseguido estabilidad con la fundación del fuerte Sancti Spiritu, ni con la de Buenos Aires, ni con otros tímidos intentos. De esta manera, desde el punto de vista de la Corona, el virreinato peruano presentaba zonas grises sobre las que había que cargar las tintas.

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Asalto Corpus Christi
Grabado de Ulrico Schmidel

Entre 1540 y 1580, la extensión al sur de Charcas –con salida a ambos océanos– fue un inmenso botín de repartos y se convirtió en un verdadero laboratorio de ensayos de la Monarquía. Así lo acreditan los planes del virrey del Perú Francisco de Aguirre, del Oidor Matienzo y del más ejecutivo de los virreyes peruanos: desde 1569, don Francisco de Toledo, dotado de amplias atribuciones por Felipe II, encaró con determinación la invasión y el poblamiento del sureste sudamericano, contando para esto con empresarios-militares dispuestos a hacerlo. Durante la década de 1570 bajaron desde el Perú Zorita, don Jerónimo Luis de Cabrera (fundador de Córdoba), Gonzalo de Abreu, Pedro de Zárate, Pedro de Arana y Hernando de Lerma (fundador de Salta), el último, en 1579. Según el criterio de estos agentes de la Monarquía, jalonar asentamientos estables era la solución para uno de los principales inconvenientes que enfrentaba la circulación económica en el sur del Virreinato: la acción de grupos indígenas que, obviamente, resistían la invasión externa. La «descarga» planificada tenía como consigna fortalecer lo existente y fundar en el intermedio. El encuentro de las dos corrientes colonizadoras Jerónimo Luis de Cabrera desobedeció las órdenes del virrey Toledo, quien le había encargado fundar una ciudad en el valle donde, pocos años después, Lerma plantó la ciudad de Salta. Cabrera siguió hacia el sur. Dos años después de su partida, Toledo estaba muy disgustado con él. Sin embargo, Cabrera había ejecutado por su cuenta buena parte de lo

El hambre en Buenos Aires Grabado de Thodor De Bry
Fuente: Guillermo Furlong, El transplante cultural y social

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que el Virrey planificaba. Fundó la ciudad de Córdoba en 1573 y, durante el mismo año, alcanzó las costas del río Paraná cerca de la actual ciudad de Coronda, donde tomó contacto con la punta de lanza del proyecto disparado desde Asunción: el vizcaíno Juan de Garay. Este último había pasado de la Península Ibérica a la conquista del Perú. En Santa Cruz de la Sierra se convirtió en un capitán de cierta importancia; desde allí, fue enviado a la ciudad de Asunción, donde en 1572 se le encargó intentar la fundación de una población sobre el río Paraná. En Asunción todavía intentaban superar ese fracaso repetido, para encontrar, a la vez, el mejor camino posible de comunicación con el Perú y poblar abajo, es decir, instalar una ciudad junto al Río de la Plata. El encuentro entre Cabrera y Garay fue la materialización del choque de dos proyectos que se planteaban ocupar el mismo territorio. Descargar la tierra La organización político-administrativa de las provincias americanas de la Monarquía iba realizándose con los hombres que sobraban en la tierra. Ese proceso era denominado la descarga. Los hombres descargados (es decir, los que se enviaban a hacer nuevas poblaciones) eran los que no lograban cubrir sus expectativas en los núcleos centrales de la conquista en el sur americano –el Perú o el Paraguay. Los recursos, materiales o simbólicos, no eran infinitos y su distribución obedecía a lógicas asimétricas que producían posiciones convenientes y situaciones marginales.

Ciudades fundadas por conquistadores hispánicos Base: mapa de Ricardo Zorraquín Becú (1959)
Reelaborado por la Academia Nacional de la Historia para su Nueva Historia de la Nación Argentina, Tomo II

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Los grupos dominantes de Asunción del Paraguay hicieron coincidir la búsqueda de una salida hacia el Atlántico, por el Río de la Plata, con la expulsión de hombres nacidos en la tierra (mestizos, de padres españoles y madres indígenas) que habían protagonizado revueltas contra el orden en aquella capital en 1571 y 1572. Durante 1572, en Asunción se realizó una inscripción de voluntarios que, con o sin armas, se embarcarían con un joven capitán a la fundación de un pueblo, sobre el río, camino del Río de la Plata. Esta expedición –que tuvo entre los inscriptos a pocos voluntarios y a muchos que fueron incluidos forzosamente, como parte de la descarga– bajó desde Asunción, por vía fluvial y por vía terrestre, y remató en la fundación de Santa Fe. La ciudad como artefacto de conquista
«Desde el fuerte Navidad y la Isabela, las numerosas ciudades fundadas por los conquistadores españoles y portugueses constituyeron núcleos destinados a concentrar todos sus recursos con el fin de afrontar no sólo la competencia por el poder sino también la competencia ética y cultural entablada con las poblaciones aborígenes en el marco de la tierra conquistada y por conquistarse. Las ciudades fueron formas jurídicas y físicas que habían sido elaboradas en Europa y que fueron implantadas sobre la tierra americana, prácticamente desconocida.” José Luis Romero, Latinoamérica: las ciudades y las ideas

El proceso de expansión de la Monarquía Hispánica en América implicó la incorporación de «tierras nuevas» a una forma de poder político que se expandía territorial y socialmente. La Monarquía sumaba territorios y súbditos. Agregaba «nuevos reinos» y producía nuevos pactos y nuevas experiencias violentas. La superioridad numérica y, en algunos casos, la mejor organización de los pueblos indígenas del Nuevo Mundo, no pudieron superar la tremenda dificultad que significó, en ese encuentro desigual, el que los europeos poseyeran y utilizaran armas de fuego. El carácter de avanzada militar de los primeros asentamientos animó a muchos a denominarlos con el antiguo vocablo de colonia. Sin embargo, una de las formas que más violentó y transformó estas extensiones en espacios europeizados fue la implantación de la ciudad, en su forma física y en su forma social. El patrón urbano de asentamiento actuó como desarticulador de la anterior organización de los pueblos originarios y también como eje de la construcción de otra disposición enteramente nueva. Los europeos consiguieron imponer el trazado de núcleos urbanos de reminiscencias romanas, cuyo carácter no se agotaba en lo militar, ya que implicaba un nuevo ordenamiento de las jerarquías sociales, una reorganización de las actividades productivas y desde luego, una forma completamente diversa de representarse el universo. El modelo había sido experimentado en Castilla durante las campañas de reincorporación de los reinos moros de Andalucía.

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Los trazados regulares de ciudades se remontan a la época helenística. Un precedente al «damero» romano lo constituyen en este sentido los trazados de Hipódamo de Mileto, quien habría intervenido en la reconstrucción de Mileto hacia 479 a. C. El diseño, que se repite en Rodas, resulta del cruce perpendicular de calles que forman una malla cuadrada o rectangular, de módulos iguales. Alejandro de Macedonia y los Diacos utilizaron profusamente este modelo. El sistema romano proviene de la organización de los campamentos militares sobre dos ejes o calles principales: el cardo y el decumanus que se cruzan en el centro de la ciudad. Paralelas y perpendiculares definen manzanas rectangulares o cuadradas. En la intersección de los ejes principales se sitúan los edificios públicos más representativos y el foro, que combinaba en un solo complejo todos los órganos esenciales de la vida pública: edificios religiosos, cívicos y comerciales. Darío G. Barriera, Conquêrir aux Confins

tes que ciudades, se instalaron fuertes. La tradición del asentamiento de fuertes también era romana: Alfonso X, en el siglo XIII, ya había reflexionado sobre la relación entre la organización de los asuntos militares en una conquista y la implementación de «trazados ordenados» de campañas que solían rematar en la fundación o en la refundación de una ciudad. La geometría del trazado urbano permite ver con claridad la asociación de su forma con su función militar: una plaza de armas en el centro, encuadrada por calles amplias que permitían la entrada y salida de las tropas; las calles secundarias guardaban una disposición rectilínea, que favorecía la vigilancia de los puntos extremos a gran distancia; en América, salvo raras excepciones, sólo fueron amuralladas unas pocas ciudades, cercanas al mar, donde la defensa contra los ataques piratas lo exigía. Predominó la ciudad-fuerte, hecha de terraplenes o parapetos de barro y madera. La ciudad como forma social y espacial La ciudad y su patrón de asentamiento (urbano) funcionaban como un dispositivo militar, pero también económico, social e ideológico: era la clave de una estrategia conjunta para organizar el territorio. Lo que hace de una urbe realmente una ciudad es su organización sociopolítica. La manera física de organizar la construcción vive a causa de las relaciones sociales, en este caso, reguladas a través de instituciones creadas o re-creadas a tal efecto. La ciudad, de hecho, es la formalización de relaciones sociales, de poder político y de intercambios culturales.

El modelo urbano greco-latino, entonces, no se agotaba en su dimensión geométrica. No terminaba en el aspecto físico fijado por las parrillas de hierro y la formalización de la cuadrícula: es necesario considerar que, con él, se introdujo la ciudad. La ciudad como urbe La erección de una ciudad tenía como primera meta el asentamiento militar de los invasores. Por eso, an-

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Así, la instalación de municipios provistos de concejos o cabildos –con sus consecuencias administrativas y políticas más inmediatas– era primordial. Los Reyes Católicos lo habían recalcado en las Capitulaciones celebradas con Colón: allí donde llegase, debía poner concejos y hacer cabildos, para garantizar la estabilidad de la marca... El gobierno de la ciudad, apenas constituido, repartía recursos entre la hueste que había asistido a la fundación. Para comenzar, los pobladores cambiaban de condición jurídica: dejaban de ser simples soldados para convertirse en vecinos, hombres propietarios con derechos políticos. Sumaban estos, también, algunas obligaciones: debían cercar sus casas con tapias, tenerlas pobladas (casarse) y, en caso de peligro, defender la ciudad con sus propias armas. Por este motivo, fundar una ciudad estaba íntimamente ligado a la voluntad de ocupar un territorio de manera duradera. Las Ordenanzas que Felipe II dio en los Bosques de Segovia en 1572, contenían un enorme número de indicaciones acerca de la elección del sitio, de la evaluación de las condiciones del suelo y el clima, la cercanía de las aguas, pastos y maderas, sobre la circulación del aire, la disposición de la cuadrícula, etc. El ideal de una ciudad renacentista, pero también semejante a la imaginada por Santo Tomás como reflejo del mundo celeste, se completaba, en su interior, con el peso que tenía en el trazado urbano la ubicación escenográfica de los tres elementos esenciales de la organización de la monarquía: la plaza con su rollo o picota –símbolo de la justicia del rey, de la presencia regia–, el cabildo –sede del gobierno–, y la iglesia –sede terrestre de la Fe. El grupo

conquistador intentó conocer y organizar el territorio desde esos puntos de referencia. Además de señalar los sitios para el emplazamiento de los símbolos del poder político monárquico –rollo, cabildo e iglesia–, el fundador repartía entre los vecinos «solares» (tierras dentro del trazado urbano) y «suertes» (otras franjas de tierras fuera del mismo). En las primeras debían asentarse las casas y las segundas debían emplearse para la siembra; un tercer grupo de tierras –suertes para estancias– se entregaban en general para realizar la cría de ganado. La cercanía de provisiones y de tierra para ganados era fundamental en el montaje de este escenario retratado con trazos «naturales»: la existencia de recursos que estuvieran a mano, era considerado un requisito esencial para el establecimiento de una ciudad. Se señalaba también el ejido, la jurisdicción sobre la cual el gobierno de la ciudad tenía derecho a explotar tierras y animales propios y los «términos», extensión hasta donde alcanzaba su «señorío civil y criminal». De esta manera, la ciudad se erigía como centro de administración, de mercadeo, de primitivos pero indispensables servicios y, por supuesto, de las creencias más profundas... Era, desde luego, el dispositivo más potente para organizar el territorio y convertirlo en un espacio europeo y cristiano. ¿Por dónde comenzó esto, sin embargo, cuando en el terreno sólo había pastos y todo era proyecto? Santa Fe: la elección del nombre Nombrar es una operación infaltable en los procesos de ordenamiento de la extensión. Forma parte

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del equipamiento del territorio y del proceso de construcción del espacio: es una toma de posesión y una toma de posición. Produce sentido. Las proyecciones del imaginario calan la memoria en el tiempo: ciertos nombres, hoy naturalizados, quizás deban su permanencia a su propio peso. Santa Fe fue el nombre dado en la Península Ibérica al sitio montado por orden de Isabel y Fernando en las almenas de Granada: desde allí, los Reyes Católicos encaminaron su acuerdo con Boabdil, con quien sellaron el 25 de noviembre de 1491 el protocolo que definía las condiciones de la entrega de la capital del imperio musulmán en la Península Ibérica. Quien haya visitado La Alhambra sabrá comprender perfectamente las lágrimas del rey musulmán al sellar la venta de su reino. Y mejor todavía las palabras de su madre, cuestionándole su hombría.
Otras ciudades fundadas por los españoles en territorio americano llevan también por nombre Santa Fe: una de ellas es Santa Fe de Bogotá (1538), otra –que se llama sólo Santa Fe, y que hoy es la capital del estado de Nuevo México, Estados Unidos de América– fue fundada hacia 1609 o 1610 por Pedro de Peralta en lo que por entonces era parte del Virreinato de Nueva España. En el actual estado de Michoacán subsiste todavía Santa Fe de la Laguna.

Algunos historiadores han sugerido que las ciudades hispanoamericanas que llevan este nombre se fundaron bajo la advocación de una santa que gozó de gran popularidad durante la época medieval. Pero el referente invariable de las ciudades fundadas

por los primeros españoles en América, fue Santa Fe de Granada, cuyo nombre constituía un reto: un desafío dirigido concretamente a los enemigos de la Santa Fe. El reino de origen, fue el de Andalucía, la provincia de su recreación, la Nueva Andalucía. Así como un nombre es una huella o puede dejar una marca sobre un sujeto, la toponimia es el texto más lapidario que pueda pesar sobre un lugar y la imagen que de él se construye: las nomenclaturas de la América colonial sugieren con transparencia la intención de recrear, en las tierras nuevas, el universo hispano y, sobre todo, un mundo católico. Descubrir y nombrar fueron actividades indisociables. Si se recorre cronológicamente la asignación de nombres con que se bautizaron tierras durante los primeros años de «la conquista de América», puede hilvanarse una secuencia significativa: Cristóbal Colón llamó a la primera de las islas San Salvador; Santa María de la Concepción a la segunda, Fernandina a la tercera e Isabela a la cuarta. La sucesión de homenajes reproduce un orden del mundo y la jerarquía de los elementos de ese mundo: el Señor, María, el Rey y la Reina. En menos de una semana, Colón reemplazó con estos nombres-homenaje, conciente y violentamente, aquellos que él había oído en las voces de los indígenas del lugar: Guanahaní, de hecho, no significaba en aquella cosmología «San Salvador». Los hombres de la conquista iban nombrando los sitios y ciudades que fundaban a su paso con topónimos que hacían expresa referencia al pago, la región o el reino que, o bien habían abandonado, viniendo a Indias para valer más, o bien los había expulsado, por no valer tanto.

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Para designar a efectos administrativos a las grandes masas de territorio, los conquistadores apelaron a sus propias unidades políticas: los reinos y los pagos de la Península. Aquí también existía una jerarquía y, en consecuencia, se nombró comenzando desde lo que se parecía superior o «más grande» para, poco a poco, aproximarse a la reminiscencia de lo más pequeño: la grandilocuencia de un nombre como el de Nueva España para el primer virreinato se atenúa, años más tarde, con designaciones menos universalistas, como Nueva Granada, Nueva Toledo o Nueva Andalucía. El peso de los orígenes… Nueva Andalucía fue la fórmula escogida para nombrar la franja de doscientas leguas –con costas en ambos océanos, según la Real Ordenanza de 1534– donde quedaba comprendido el sitio de Santa Fe que, en el origen y paradójicamente, se llamó… Santa Fe de la Nueva Vizcaya, al menos, hasta 1579. Quizás de esta manera se rendía homenaje a sí mismo y a sus antepasados su fundador, el vizcaíno Juan de Garay. Así lo había aceptado y autorizado el Adelantado, Juan Ortíz de Zárate, paisano, pariente y protector de aquél, ignorando olímpicamente las designaciones «oficiales» promulgadas por la referida Real Ordenanza en 1534. «Garay» es también el segundo segmento de un apellido compuesto (patronímico-toponímico, «Ortiz de Garay») que hace referencia al sitio, (el «término de Garay»), ubicado entre los términos de Burgos, Álava y Vizcaya. No obstante el aspecto aparentemente trivial que presentan estas referencias, la cuestión reviste su im-

portancia: la distancia separa y une al mismo tiempo. Aquellas acciones concientes fueron los primeros gestos de la voluntad de ordenar, de organizar el territorio. La elección de «Nueva Vizcaya», para contradecir el nombre oficial de «Nueva Andalucía», no fue superficial: habla del peso de los vínculos que remiten al lugar de nacimiento. El lugar natal, tanto en el medioevo como en la modernidad, ocupaba el sitio más alto en la jerarquía afectiva de los territorios. Tanto, como para modificar la designación de una provincia… El nombre como pista Volviendo a Santa Fe, el nombre y una cruz fueron las primeras marcas de la ciudad. Ambas provenían del universo de lo sagrado. En el acta de fundación, Juan de Garay –como tantos otros conquistadores– dijo realizar la fundación de esta ciudad en el nombre de la Santísima Trinidad y de la Virgen Santa María y de la Universidad de todos los Santos y en nombre de la Real Magestad del rey don Felipe, nuestro Señor, continuando luego la lista con su protector, el Adelantado Juan Ortiz de Zárate. Repetía la jerárquica lista colombina, sólo que no honraba a la reina… Cuatro años después de esta fundación, Garay estableció un fuerte de vida efímera, pocas leguas al norte de Santa Fe, al que llamó San Salvador, el nombre con el que Colón había designado la primera de las islas caribeñas en las que hiciera pie. La advocación de la iglesia mayor santafesina, por su parte, fue asignada por Garay a «Todos los Santos». El procedimiento tañía cuerdas sensibles, en armónica

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consonancia con las jerarquías del orden celeste, tan presentes en el ordenamiento político de la monarquía. El cabildo, reunido, era el Cuerpo de la ciudad. En las reuniones, un escribano tomaba nota y labraba una minuta. En las actas redactadas por el escribano puede encontrarse la voz de la ciudad, que hablaba de sí misma y producía enunciados corporativos. Gonzalo Martel de Guzmán fue, hasta 1584, el escribano del cabildo. En sus registros, lo repetido se presenta aliado con lo diferente: en varias actas anteriores a 1579, Santa Fe aparece asociada a la provincia de «Nueva Viscaya». Pero algo sucedió entre marzo y junio de 1576: a comienzos de este mes, en un encabezamiento, el escribano anotó «En la ciudad de Santa Fe, provincias del Río de la Plata nuevamente intitulada la Nueva Viscaya...» La designación de la «provincia» parece haber sido objeto de alguna discusión o, quizás, víctima de la normal ambigüedad de la que el término gozaba por entonces. Más curioso todavía es lo anotado el 21 de mayo de 1578, cuando se nombraron diputados de la ciudad. Allí, se nombró a la ciudad como Santa Fe de Luyando, denominación que no apareció por segunda vez bajo la pluma del escribano del cabildo. Luyando era otro lugar querido para Garay, también relacionado con su infancia. Se trata de una villa nororiental de las tierras de Álava, alzada en el camino entre Gordejuela y Orduña (la primera, villa natal de Garay, la segunda, de su tío y mentor, Pedro Ortiz de Zárate). Todas las referencias que rodearon al nombre de Santa Fe pertenecen –si no al topónimo más inclusivo de Vizcaya– a un radio territorial que no excede las tres leguas a la redonda y

hacían referencia a lugares íntimamente vinculados con la infancia del fundador.

El mapa pertenece a Augusto Fernández Díaz Garay. Su vida, su obra, Molachino, Rosario, 1973

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Queda un último aspecto por señalar en torno al significado gestual del nombre de la ciudad: Santa Fe fue el primero de tres nombres que utilizó Juan de Garay para bautizar las tres poblaciones que hizo: Santa Fe (1573), San Salvador (1577) y la ciudad de La Trinidad de Santa María del Buen Ayre (1580). Todos fueron asignados a ciudades que se ubicaban en una extensión que, hasta el momento, había constituido la geografía física e imaginaria de un fracaso repetido. Para continuar, se necesitaban de éxitos reales o imaginarios. Buena prueba de esto es la persistencia del proyecto de volver a fundar Buenos Aires, contumacia de cuatro décadas. Esta tenacidad es una «razón de los gestos», es decir, imagen y símbolo de una voluntad. Santa Fe contiene, como nombre, la decisión fundacional que destaca al mismo tiempo el aspecto católico y militar de la conquista, sentando las bases del imaginario sobre el cual la extensión bruta debía organizarse como espacio.
Digo que en el nombre de la Santisima trinidad y de la Virgen Santa maria y de la Universidad de todos Los Santos y en nombre de la rreal magestad del rrey [...] Fundo y asiento y nombro esta ciudad de Santa fee en esta provincia de calchines y mocoretaes... Acta de fundación de la ciudad de Santa Fe

nal, fundo y asiento y nombro. Estas acciones, acompañadas de su ritualización, instituyeron la primera voluntad de construir una espacialidad, a las que acompañó de la instalación de una cruz y el boceto in situ del trazado urbano. En el gesto de nombrar, Garay instituyó de sacralidad –y de desafío militar al infiel, en este caso, los calchines y mocoretás– al lugar clave de la evangelización y del buen gobierno, al tiempo que, a falta de murallas de piedra que contuvieran los ataques externos, confiaba a la Cruz y al nombre la función de «murallas espirituales» con que las ciudades americanas pretendieron protegerse. El rito, acción clave en este proceso, expresa la vocación de anudar vigorosamente el acto de fundar con el lugar por excelencia de la política. La ciudad anudaba profundamente la arquitectura, la política y la teología católica…

Para saber más
FERNÁNDEZ DÍAZ, Augusto Garay. Su vida, su obra, Molachino, Rosario, 1973. BARRIERA, Darío «Procesos espaciales y ciudad en la historia colonial rioplatense», en Prohistoria, Año VI, núm. 6, Rosario, 2002. CERVERA, Manuel Historia de la Ciudad y Provincia de Santa Fe, UNL, 1979. Misteriosa Buenos Aires, de Manuel Mujica Láinez (19101984), contiene «El Hambre», cuento breve que elabora una ficción sobre las desventuras de Pedro de Mendoza y su

Este triángulo entre la Trinidad, María y el Rey, contiene las referencias fundamentales del universo religioso y político de la cristiandad occidental. Garay hizo anotar a su escribano, en el acta fundacio-

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hueste en la primera fundación de Buenos Aires. Existe un cortometraje basado en este mismo cuento, facturado por Alberto Fischerman, que fue estrenado en 1981.

Capítulo 3

La fundación de la ciudad ritos, recursos, poderes y jerarquías

«Martin Suarez de Toledo, teniente de gobernador, capitán y justicia mayor de esta gobernación y provincias del Río de la Plata, en nombre de Su Majestad digo: […] que conviene al servicio de Dios nuestro Señor y de Su Majestad y al buen remedio de estas provincias que a costa de su Real Hacienda se hiciese un navío para avisar a SM del suceso de ellas, y con esto justamente cuando consultado y acordado que fueren en compañía de dicho navío ochenta hombres y por caudillo de ellos Juan de Garay, para que fundasen y poblasen puerto y pueblo de San Salvador o en otra parte en aquella comarca que mas cómodo fuese, lo que tanto Su Majestad desea y conviene para la perpetuación y amparo de estas provincias...» Martín Suárez de Toledo, Teniente de Gobernador del Paraguay, Asunción, 29 de marzo de 1573

Un puerto en el camino, una ciudad en el tiempo Para las autoridades de Asunción, y para la Monarquía, la búsqueda de caminos alternativos al Perú es-

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taba ligada con una fundación río abajo, para aliviar el largo y peligroso trecho que separaba la ciudad de Asunción del estuario platense. Según Martín Suárez de Toledo, la inseguridad en Asunción derivaba de la falta de «pueblo, puerto y escala» entre esa ciudad y el Río de la Plata. Se buscaba instalar un puerto, entonces, por el remedio, perpetuación y amparo de estas provincias, es decir, para durar. Ese puerto fue fundado como ciudad, y esa ciudad fue Santa Fe, pensada como una posta entre Asunción y el Río de la Plata y como una llave de paso para la comunicación entre el Paraguay y el Alto Perú. Cuando, con el tiempo, se logró el objetivo de reponer la salida atlántica en el nuevo puerto de Buenos Aires (1580), la función de Santa Fe como cruce de caminos y posta entre puertos, se afirmó. El otro asentamiento estable ubicado en esta línea de navegación del litoral fue San Juan de Vera de las Siete Corrientes, fundado en 1588. Ciudades, ciudades y más ciudades: la supremacía de los invasores sobre los pueblos originarios y sobre el territorio mismo parecía estar indisolublemente atada a ellas, a su permanencia, a su éxito… Un acontecimiento en su contexto La fundación de la ciudad de Santa Fe, cuya fecha se ha establecido como el 15 de noviembre de 1573, corresponde al desarrollo de un proceso complejo, atado al funcionamiento de todo el conjunto imperial: resolvía tensiones a escala de virreinato y respondía a intereses concretos de grupos locales, de la Corona y de algunas corporaciones peninsulares.

Fundar esa ciudad, río abajo, significaba también solucionar un problema en Asunción. Los comerciantes, los funcionarios y los notables asunceños se habían percatado de las ventajas que ofrecía sacar de la cabecera de la provincia a un buen grupo de mancebos desordenados. Mataban dos pájaros de un solo tiro. La ocupación de estos nuevos territorios prometía comportarse, para peruanos y para asunceños, como la válvula de escape que daría salida al creciente número de jóvenes capitanes descontentos que no obtenían en aquél espacio la ubicación social deseada. Los soldados insatisfechos podían ser un problema más grave que cualquier otro, y en Asunción eso estaba muy claro. Como muy bien sintetiza el refrán: demasiados perros para tan pocos huesos. El 90% de los hombres que se encaminaron con Garay río abajo en 1572, pertenecían a ese grupo social compuesto por soldados que aspiraban más de lo que sus superiores tenían planeado darles. La descarga y la promesa provisoriamente cumplida… Como se ha explicado en el capítulo anterior, llevar gente insatisfecha a la fundación de nuevos asentamientos se llamó, en el proceso de conquista, descargar la tierra. Era la manera que tenían los capitanes y los funcionarios coloniales de manejar la cuestión de la presión entre sus propias tropas. ¿Cómo se concretaba este proceso? ¿Ocurría realmente algún cambio en la condición de los hombres que dejaban la ciudad que los expulsaba y partían en busca de un ascenso social?

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Acta de Fundación de la Ciudad de Santa Fe
Gentileza del Archivo General de la Provincia de Santa Fe Banco de Imágenes Florián Paucke

Al fundar la ciudad y luego de plantar el rollo de la justicia en la parcela designada como la plaza central, Juan de Garay distribuyó entre los hombres de su hueste solares y tierras para chacras, y les otorgó condición de vecindad. Su hueste estaba compuesta por ocho peninsulares y unas cinco docenas de mestizos «hijos de la tierra». La institución del nuevo puerto como una ciudad implicó efectivamente un ascenso de status para esos nacidos en América que integraron la hueste fundadora: aquellos que en Asunción eran «mancebos revoltosos» acababan de ser investidos, por la fundación, como «vecinos» de la ciudad. ¿Sapos convertidos en príncipes? Para protagonizar este aparente cuento de hadas, los soldados habían pagado el precio de una expulsión vestida de exilio «voluntario», alistándose en una empresa militar. Los hijos de la tierra inscriptos en el Alarde de noviembre de 1572, no tenían cabida en el orden local asunceño. Muchos de ellos habían protagonizado revueltas y motines en Asunción a comienzos de la década de 1570. Los expulsados de Asunción se convirtieron en los «vecinos de Santa Fe». Durante este periodo, tanto en América como en Europa, la movilidad social muchas veces estuvo ligada a la movilidad geográfica. Así como algunos habían atravesado el Océano para valer más en las Indias, otros tenían que moverse dentro de las indias para alentar la misma expectativa. De esta manera, como toda ciudad, la de Santa Fe nacía preñada de vecinos. Estos, dotados de derechos pero también cargados de obligaciones, tenían que llevar adelante el propósito que animaba la empresa: abrir puertas a la tierra…

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La instalación de los poderes: las llaves de la puerta Cuando dictó a su escribano el texto que hoy conocemos como el acta de fundación, Juan de Garay afirmó haber instalado los artefactos que permitían el ejercicio del poder político local y luego, una iglesia. Dijo que la tierra le parecía conveniente, y destacó la abundante presencia de agua, de leña y de pastos para el ganado… Repartió entre sus hombres tierras para casas, para chacras y para estancias, es decir, para la habitación, para la labranza y para la cría de ganado. El soldado se convertía en vecino en el mismo momento en que se fundaba la ciudad. La ciudad era imposible sin vecinos y la vecindad era imposible sin ciudad. Avecindar al soldado era la condición y la consecuencia de la constitución del cuerpo político. El acta fundacional narra el hilo de los actos del fundador quien, siempre apurado por la espuela de lo perentorio, continuaba instalando los atributos del orden político: nombró alcaldes y regidores para que tengan en justicia y buen gobierno a estas tierras. Instituyó el cabildo, forma de poder que requería y que hacía a la ciudad. Garay había desplegado una tecnología del poder político que no era ciencia del gobierno, sino instalación de unos «oficios» (funciones) destinados al ejercicio concreto del poder político según las reglas de la Monarquía. Así, había establecido las bases del equipamiento político y administrativo, primera fase de la organización del territorio. La misma se completaba con la ejecución física de la forma de la ciudad (la traza urbana) y con la sanción de la extensión de su potestad, es decir, de su jurisdicción.

Justicia y Jurisdicción Otro pasaje del poder que Martín Suárez de Toledo dio a Garay expresaba:
«[...] le doy poder para que como Capitán y Justicia pueda gobernar, regir y administrar toda la dicha gente así españoles como hijos naturales nuestros [...] y también pueda el dicho Juan de Garay usar y administrar la justicia real de su majestad civil y criminalmente en todos los casos e cosas que se ofreciesen: juzgar, determinar y sentenciar los pleitos y causas que ante sí pendieren y se trataren por escrito y palabra según la calidad y sustancia de los negocios […] al servicio de su majestad y bien general de estas provincias remedio y socorro de ellas convenga...» Martín Suárez de Toledo, Asunción, 29 de marzo de 1573

Gobernar, regir, administrar y, enfatizó Suárez de Toledo, usar y administrar la justicia real de su majestad civil. ¿Dónde podrían ser utilizados estos poderes? El poder otorgado a Juan de Garay por Martín Suárez de Toledo, se extendió a cuenta de una geografía acerca de la cual no se brindaban siquiera referencias brutas. Al momento de la redacción del poder, Santa Fe no existía. El documento se redactó y rubricó a cuenta de una extensión a conquistar, de la misma manera que, en una capitulación, se otorgaban potestades y feudos sobre tierras ubicadas más allá de la mar océana… Pero la escritura del poder contemplaba un hecho clave: las potestades se corporizaban –se perfeccio-

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naban– en el momento de su ejercicio. Las capacidades otorgadas a Garay eran «suficientes» para su desenvolvimiento en las tres dimensiones en que se articulaba políticamente un territorio: gobierno, justicia y guerra. Ese momento de perfeccionamiento de las capacidades está expresado en todos los tramos del acta de fundación. Una vez que designó alcaldes y regidores, Garay hizo anotar a su escribano que fueran con él al medio de la plaza y le ayudaran a
«…alzar y enarbolar un palo para Rollo, para allí en nombre de su Majestad y del Señor Gobernador Juan Ortiz de Zárate se pueda ejecutar la justicia en los delincuentes conforme a las Leyes y Ordenanzas Reales.»

Instalar la picota o rollo de la justicia en el centro de la plaza –en el centro del centro–, era posicionar la presencia del atributo regio por excelencia, la justicia. El fundador, a partir de las potestades delegadas por el Teniente de su Gobernador, concentraba las capacidades de recrear el órgano de gobierno y, además, de ser el máximo referente de justicia en el sitio donde se emplazaba el rollo. Juan de Garay indicaba que el ejercicio de la justicia se realizaba en nombre de Su Majestad y conforme a las leyes y ordenanzas reales. Esta ceremonia hacía de la ciudad una sede de la Monarquía: el sitio exacto de la «ejecución» de una justicia que, ante todo, constituía un atributo del Rey, era el centro de la plaza. El rollo era el símbolo de ese atributo. Instalado en el centro del centro de la ciudad, era su epicentro.

Según los saberes del periodo, la justicia estaba ligada con la «verdad arraigada», pero era administrada por el Rey, que –para los juristas de entonces– había sido puesto en la tierra en lugar de Dios para cumplir la justicia y dar a cada uno su derecho, ya que él y sólo Él, tenían el poderío de hacer justicia. Se sabe que en la teología cristiana, la justicia era y es una virtud y un atributo de Dios. La justicia debía administrarse públicamente para ser paladina y pedagógica. De esta manera, los que vieran el espectáculo del castigo u oyeran algo sobre él, se volverían temerosos de esa justicia. Cabildo, iglesia y rollo, formaban el triángulo espacial de la vida en comunidad. La justicia era administrada, en la ciudad nueva, por vecinos designados alcaldes o por un teniente de gobernador. Estos actos permitieron cumplir el ciclo de la distinción de territorios que, siempre, iba de la mano de la separación de esferas políticas: así se creaban poderes autónomos. La enorme distancia existente entre el «centro» político del imperio y el «centro» del nuevo cuerpo político, la ciudad de Santa Fe, jugó su rol en la consolidación de la autonomía: esa distancia física implicaba, en el marco del sistema de comunicaciones que conectaba a estos puntos, complejos recorridos materiales y administrativos. En otro párrafo del acta fundacional santafesina puede leerse de qué manera Garay señaló la jurisdicción de la ciudad de Santa Fe:
«–Otro sí nombro y señalo por Jurisdicción de esta ciudad por la parte del camino del Paraguay hasta el Cabo de los Anegadizos y [ríos]

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chicos y por el río abajo camino de Buenos Aires veinticinco leguas más abajo de Santi Spiritus, y así a la parte de El Tucumán cincuenta leguas a la tierra adentro desde las Barrancas de este Río y de la otra parte del Paraná otras cincuenta...» Acta de la Fundación de la Ciudad de Santa Fe

La jurisdicción que su fundador asignaba a la ciudad de Santa Fe comprendía un vasto territorio. Si quisiéramos trazar, con estos datos, algunos «límites», tendríamos un enorme rectángulo que atraviesa los actuales territorios provinciales de Santa Fe, Entre Ríos, Santiago del Estero, Córdoba y Buenos Aires… Pero tratar de entenderlo con referencia a los actuales límites provinciales no sirve: es mejor comprender qué cosa significaba, en aquél momento, el que un fundador decidiera nombrar como jurisdicción de la ciudad que acababa de fundar, esas extensiones aparentemente descomunales. La información que dejó Garay, registrando distancias y extensiones que no tienen confines exactos es de todas maneras muy precisa. La asignación de una jurisdicción que se extendía hasta 25 o 50 leguas más allá de la ciudad, no proviene de la nada: está relacionada con la administración de la justicia. El tipo de justicia que se administraba fuera del casco de la ciudad, en los términos de su jurisdicción, era la llamada justicia sumaria (oral, rápida, sin abogados e in situ). En este sentido, exigía un contacto personal, por lo cual el radio de la jurisdicción de una ciudad, su área de acción político-administrativa, se acotaba a distancias que podían ser cubiertas por sus jueces en un día.

En Europa, una jurisdicción normal era de 5 leguas de radio. Si el mismo excedía las 8 o 10 leguas, era considerada excesiva. En América, lo regular fue unas veinticinco leguas: mucho menos «controlable» que las 5 o 10 europeas... Pero ¿habría que esperar concordancia entre unas dimensiones «europeas» y éstas, experimentadas en una extensión llana, y hacia 1573, casi sin más discontinuidades que montes y ríos? De hecho, no. En primer lugar, las distancias aquí eran casi siempre recorridas –y por esto mismo, vividas y pensadas– cabalgando, y no a pie. En el área rioplatense, 25 leguas de llanura podían cubrirse, a caballo, en dos días. Las leyes hispánicas relacionadas con este tema, datan de un periodo anterior al siglo XIII y, concretamente, dicen haber fijado las distancias jurisdiccionales en torno a las 5 leguas porque era lo que un juez podía recorrer, a pie, ida y vuelta, en un día. Lo que importa es esto último. Según el Primer Diccionario de la Real Academia Española (1734), la legua era una extensión que se pensaba «en tiempo»: el recorrido de una hora de marcha a pie. La distancia de cinco leguas suponía una marcha de ida y vuelta (diez leguas, diez horas) que podía realizarse en un día. Ese era el «radio» sobre el cual se suponía podía ejercerse la justicia de hermandad en las jurisdicciones de las villas hispánicas. Las diferencias de las dimensiones geo-métricas de la jurisdicción entre la concepción peninsular y la rioplatense no se alteraba tanto en las proporciones temporales. Además, y esto es crucial, no había ciudades vecinas... Por otra parte, es cierto que al momento de la constitución del núcleo urbano santafesino, no había

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motivos urgentes para preocuparse por esa justicia (llamada justicia de hermandad), en la medida en que, de hecho, todavía no existía una población hispánica sobre la cual ejercerla. Sí existía la posibilidad de una especulación diferente: al designar una jurisdicción amplia, la población originaria que viviera en ellas, quedaba sometida a la misma, es decir, se las incluía bajo la jurisdicción de la ciudad a cuenta de una posterior reducción efectiva a las autoridades cristianas. Ensanchando la jurisdicción de la ciudad, se multiplicaba la cantidad de indígenas que podrían ser encomendados a los vecinos. Por lo tanto, la dimensión jurisdiccional que fijó el fundador, puede pensarse también en función de estas expectativas… La extensión asignada como jurisdicción «hacia el Tucumán» era la más problemática, dado que cubría casi toda la distancia existente entre Santa Fe y la misma ciudad de Córdoba. De hecho, la jurisdicción santafesina hacia el oeste se superponía completamente con la que Cabrera había designado para Córdoba hacia el este. La crónica de Rui Díaz de Guzmán relata el encuentro entre ambos fundadores –ocurrido según algunos a mediados de 1573, y según el propio Garay pocos días después de la fundación de Santa Fe. Allí se dice que Cabrera socorrió a las huestes del vizcaíno en medio de una emboscada preparada por los indígenas, en las inmediaciones de la actual localidad de Coronda, 20 leguas al sur del sitio donde Garay había asentado la ciudad. Estas latitudes, como se ve, no sólo formaban parte para Cabrera de la jurisdicción de la ciudad de Córdoba: también estaban siendo recorridas, reconocidas y conquistadas por el fundador de Córdoba. El 17 de septiembre de

1573, Jerónimo Luis de Cabrera había tomado posesión del «Puerto de San Luis» el antiguo puerto de Gaboto; al día siguiente, de las tierras de los timbúes, cerca de Coronda, según Rui, hasta donde llegaba la jurisdicción de la ciudad de Córdoba ahora y para siempre jamás. Para Cabrera, casi todo lo que se encontraba «al este» de la Cordillera de los Andes, era jurisdicción de Córdoba. Sin embargo, en lo que concierne al litoral del Paraná, parece que llegaron a un «acuerdo»: como se verá más adelante, mantuvieron amistad y hasta casaron entre sí a sus descendientes. No menos cierto es que, con acuerdo y todo, se siguió un pleito ante la Real Audiencia de Charcas, que involucró a varios de los gobernadores que sucedieron a uno y a otro en sus respectivas jurisdicciones. El motín ocurrido en Santa Fe el 31 de mayo de 1580 planteó, entre otras cosas, la incorporación de esta ciudad a la égida de la gobernación del Tucumán. En 1588, Juan Ramírez de Velazco todavía solicitaba a la misma Real Audiencia que se diera curso a la extensión de la jurisdicción de la gobernación del Tucumán hasta los puertos de Santa Fe y Gaboto. Los problemas de jurisdicción fueron luego, con el nacimiento del Estado Nación, problema de límites entre provincias. Estos conflictos persistieron en la etapa de la organización nacional, llegándose a un acuerdo recién en 1881. El reparto de la tierra… Garay escribió al Rey explicándole que, aunque había repartido la tierra durante el acto fundacional,

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no pudo escribir los títulos de solares y chacras hasta después de 1576 (y en algunos casos, hasta mucho después), según sus propias palabras, por falta de papel. En la asignación de parcelas dentro de la cuadrícula urbana, el fundador contempló de manera precisa la disposición escénica de las instalaciones culturales del poder e imprimió la huella de las primeras diferenciaciones sociales entre los hombres que formaron la hueste que lo acompañó: la amorfa «tropa» dejó lugar a la constitución de un grupo de «vecinos», con su jerarquía interna. Los solares comprendían un cuarto de manzana, mientras que las «cuadras», generalmente destinadas a viñas o frutales, eran manzanas completas ubicadas en la periferia de la ciudad. Luego de la designación de las autoridades del Cabildo, Garay señaló también las tierras de la ciudad –el ejido– al norte, al oeste y al sur de la misma. Pertenecían, evidentemente, a la jurisdicción de la ciudad, pero tenían las características de los «propios», es decir, de un recurso de la ciudad. A la par de las mismas, se dieron tierras que debían de servir de complemento productivo a los solares y viviendas; estos suelos, finalmente, fueron destinados para el cultivo de los viñedos. Los terrenos para chacras y labrantíos, también repartidos entre los vecinos, se ubicaron en la adyacencia más inmediata, aunque más allá de las «cuadras» y fueron llamadas «tierras de panllevar». Allí se dispusieron las «labranzas», cultivos de trigo y más tarde de maíz, frijoles, frutales y algodón. Esas tierras también fueron usadas para la cría de ganado menor, destinado al consumo de la ciudad.

La alimentación de los pobladores dependía en gran parte del cultivo de la tierra, lo que requería duros trabajos de preparación. Este trabajo era realizado por los indígenas distribuidos en encomienda, como mano de obra forzada o «libre», ya que a algunos se les permitía contratarse para trabajos estacionales. Las tierras de labrantío más accesibles eran escasas y, de todos modos, necesitaban de bastante mano de obra, por lo cual las primeras reducciones indígenas fueron ubicadas entre las tierras para chacras y las tierras para estancias, donde pastaba el ganado. Fuera del área de las tierras más fértiles y altas, Garay repartió las tierras para estancias, a uno y otro lado del Paraná. De «esta banda», es decir, en el actual territorio de la provincia de Santa Fe, las mejores tierras se ubicaban entre los cauces del río Quiloazas y el arroyo Salado Dulce y Saladillo. Las de «la otra banda», actual provincia de Entre Ríos, constituyeron franjas más extensas, de 5 o de 10 leguas de frente al río con fondo hacia el río Uruguay. Garay reservó para sí y para sus herederos las que estaban justo enfrente de la ciudad, y distribuyó, hacia el norte, generosas extensiones entre los hombres que consideraba más allegados. Estas tierras fueron abandonadas a los pocos años, por los ataques indígenas y sobre todo durante la epidemia de 1608. Por este motivo, esas extensiones se convirtieron en una zona muy propicia para la reproducción del ganado alzado, que devino cimarrón. El fruto de la reproducción de esos animales, después de 1620, fue objeto de disputa entre va-

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rios vecinos notables de la ciudad, todos ellos descendientes directos de los primeros propietarios. Las suertes de estancias ubicadas en el territorio de la actual provincia de Santa Fe, fueron distribuidas con frente a los ríos Paraná, y Salado, desde el llamado valle Calchaquí hasta la desembocadura del Salado. Estas tierras para estancias coinciden con el comienzo de los terrenos donde se hacían las vaquerías; el ganado cimarrón, objeto de estas vaquerías, se encontraba desde los límites del ejido hacia fuera, siendo imposible precisar hasta dónde. La cuadrícula urbana y la distribución de los solares El primer trazado urbano de la ciudad de Santa Fe se organizó de acuerdo con el modelo implementado en otros asentamientos coloniales, que disponía que en las ciudades ribereñas, la plaza tuviera que ubicarse a una cuadra de la orilla del río. Dado que el plano original se ha perdido, el paisaje sugerido por el arquitecto Calvo fue elaborado a partir de los resultados de las excavaciones realizadas por Agustín Zapata Gollán y de datos proporcionados por los archivos. Recientemente, las prospecciones del grupo de arqueología subacuática de la Universidad Nacional de Rosario, han corroborado la existencia de restos de viviendas que fueron literalmente «tragadas» por el río, confirmando las hipótesis de Zapata Gollán y Calvo. La cuadrícula tenía unas diez manzanas de norte a sur y seis de este a oeste. El reparto de los solares en el trazado cuadricular ofrece la disposición no sólo de la reproducción del patrón urbano, sino de

Distribución de las Tierras para Estancias en la jurisdicción de Santa Fe la Vieja
Fragmento de un plano elaborado por Augusto Fernández Díaz

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Hipótesis de la trama urbana que yace bajo el Río San Javier.
Infografía tomada de «Santa Fe la Vieja: un proyecto de la Fundación Albenga» en www.fundacionalbenga.org.ar

las marcas de la jerarquía social que ese patrón producía y reflejaba:

Las manzanas centrales de Santa Fe la Vieja
Luis María Calvo, Pobladores Españoles de Santa Fe la Vieja

En este recorte del plano, la línea punteada representa el actual borde de la barranca del río San Javier –entonces Quiloazas. La centralidad de la plaza, médula de una organización geométrica del conjunto, no debe entenderse como «geográfica» sino como simbólica. Las nueve manzanas que conformaban ese centro simbólico de la ciudad, presentaban teatralmente las tecnologías del poder político local. Por lo demás, la plaza, su epicentro, no sólo era el lugar que se rodeaba de las sedes de los poderes y donde se celebraban las fiestas, sino que era el ombligo desde donde se pensaba la construcción del resto de la urbe. La iglesia Matriz ocupaba dos solares, mientras que, en la misma manzana, el solar con frente a la plaza fue destinado en principio al cabildo. Garay concedió el solar restante a Bernabé Sánchez, uno de los peninsulares fundadores. En 1590, el Cabildo se trasladó enfrente, al solar que había pertenecido al capitán Francisco de Sierra –teniente de Gobernador hacia 1577– comprado por el licenciado Gabriel Sánchez de Ojeda en 1598 y más tarde, en 1644, vendido por éste a la Compañía de Jesús. La manzana (hoy bajo el agua) que se interponía entre la plaza y el río, fue repartida en dos solares dobles: daban a la plaza las puertas de la casa del fundador y la del Adelantado Juan Ortíz de Zárate. La de Garay, a su muerte en 1583, pasó a manos de su hija Jerónima de Contreras y de su esposo Hernandarias, mientras que la casa del Adelantado perteneció luego al licenciado Torres de Vera y, más tarde, también a la Compañía de Jesús. Los principales vecinos-fundadores recibieron sus solares en este mismo segmento, reservado a las

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instituciones del poder político y a los hombres más próximos a Garay. Así se premiaba su lealtad, con una ubicación que les confería prestigio social. Fuera de estas nueve manzanas centrales, se ubicaban, no muy lejos, la iglesia y convento de San Francisco; un solar fue asignado a la iglesia destinada a la doctrina de naturales –la parroquia de San Roque– y, más alejadas del centro, estuvieron las destinadas a Santo Domingo viejo y a la iglesia y convento de Santo Domingo. Mientras Santa Fe estuvo en ese sitio, a orillas del Quiloazas, (es decir, hasta la década de 1650-1660) ningún descendiente directo del fundador tuvo su casa distante más de doscientos metros de la plaza central. Algunos peninsulares allegados al fundador poseyeron solares ubicados en un segundo plano: Manuel Martín, Hernando de Osuna y Juan de Espinosa recibieron dos o más solares, pero un poco más afuera del proscenio dibujado por la plaza. Esta es una de las operaciones que transformaban a una urbe en una ciudad. La ciudad era mucho más que plaza, calles y casas… Se trataba de una configuración de elementos de distinto tipo, construida con base en decisiones políticas. Esas decisiones generaban un verdadero espacio de confrontación, donde los mejor relacionados conseguían beneficiarse. La distribución material de ciertos pedazos de tierra conllevaba la asignación simbólica de pertenencia a una centralidad social que, además, era transmisible a los descendientes.

Para saber más
CALVO, Luis María La construcción de una ciudad hispanoamericana. Santa Fe la Vieja entre 1573-1660, UNL, Santa Fe, 2005. CALVO, Luis María Pobladores españoles de Santa Fe la Vieja, Academia Nacional de la Historia, Buenos Aires, 2000. ZAPATA GOLLÁN, Agustín Obras Completas, Universidad del Litoral, Santa Fe, 1990.

Capítulo 4

El suelo, el lugar y su gente

El Río de la Plata y su enamorado, el Paraná, habían sido imaginados como el camino que llevaba a las tierras del Rey Blanco. Esa tierra de promisión, se supo pronto, distaba de la desembocadura del estuario platense varios cientos de leguas. El litoral del río era camino hacia las tierras de la plata, pero no albergaba riquezas parecidas. No había, en su lecho ni en sus entornos, minerales preciosos. No contenía, ese suelo, un botín de guerra. Las poblaciones originarias no siempre estuvieron bien predispuestas a las alianzas. Eran grupos móviles, distribuidos en el territorio como una diáspora: durante los primeros años de su existencia, el poblado de Garay no tenía su permanencia garantizada. Las pequeñas ciudades fundadas sobre el litoral de los ríos a finales del siglo XVI, como Santa Fe (1573), Buenos Aires (1580) o Corrientes (1588), parecen haberse consolidado durante la primera mitad del siglo siguiente. Sin embargo, frente a las paradigmáticas riquezas del Perú, cuya luz había funcionado como el horizonte que animaba la apertura de la brecha sureste del subcontinente sudamericano, siempre parecieron relativamente pobres.

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Los pueblos originarios que habitaron esa franja litoral ocuparon la zona rioplatense en un período tardío –la mayor parte de los sitios ofrecen registros encuadrables dentro de los últimos 1500 años– y compartían un patrón de asentamiento de tipo esporádico. Se trataba de grupos sumamente móviles, que subsistían alternando temporal y espacialmente la caza, la pesca y la recolección. Los arqueólogos denominan esas culturas como «Esperanza» y «Ribereña Paranaense», y sus referentes étnicos son los chaná-timbúes y querandíes. Los chaná-timbú se movían entre los afluentes de la margen izquierda del Paraná y la cuenca del Salí-Dulce, las salinas y el pie de la serranía en los actuales territorios provinciales de Córdoba, San Luis y Mendoza. Se asentaban en campamentos y hacían reocupaciones periódicas. Utilizaban hornos para cocer los alimentos que obtenían gracias actividades de caza, recolección y pesca costera. Las culturas de la Ribera Paranaense son más tardías aún; es probable que cazaran con boleadoras, trampas y con puntas de madera. Pescaban con aparejos y utilizaban la canoa, desplazándose al compás del régimen de crecientes y bajas del río. Excepción hecha de los guaraníes, de las culturas taquara y tupí-guaraní y de algunos rastros dispersos de cultura Goya Malabrigo –del grupo cultural de la Ribera Paranaense– en la actual zona de San Javier y en la desembocadura del Carcarañá (controlada por los timbúes), casi no existen rastros de culturas indígenas agricultoras. Sin embargo, al momento de la llegada de los euro-

peos, es muy probable que las culturas de la zona tuvieran ya un contacto fluido con la guaraní, que pasaba por un momento de expansión de su dominio hacia el sur.

La ciudad fue ubicada sobre la orilla más alta del río nombrado como de los Quiloazas, en el extremo nordeste de lo que hoy se denomina la pampa húmeda. Según la expresión de Romain Gaignard, se trata de una planicie de clima regular, cálido y húmedo, de suelo profundo y equilibrado, donde el pasto crece espeso. Pero, en rigor, hacia 1573, la pampa húmeda no existía. Los hombres de entonces entendían que el litoral de los ríos que confluyen en el de la Plata, y la llanura pampeana, eran dos dimensiones bien diferenciables. La oposición entre una llanura prácticamente desarbolada y un litoral pródigo en cantidad y variedad de árboles era de por sí ya bastante brutal. El eje este-oeste que tiene a las barrancas del Paraná como punto de llegada contrasta con el corredor norte-sur, sobre el que fue asentada Santa Fe y desde donde la ciudad modificó ese mismo entorno. Las barrancas del Paraná son el abismo, el borde donde el billar imperturbable de la pampa cruje y se desalma, de pronto, para zambullirse en el río. Las «zonas grises», en el cruce de estos vectores, se definieron históricamente con la implantación de diferentes actividades productivas y con el tráfico de semillas en el que participó el ganado cimarrón primero y las tropas trasladadas después. Según la apreciación del arquitecto Luis María Calvo, visto desde una perspectiva geológica, el corte meridiano indica que se trata del extremo sur de

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una vasta región subcontinental formada en el período de los modernos aluviones. Se trataría del frente sur del Chaco Paraguayo.

Las Ruinas de Santa Fe la Vieja
Infografía: www.fundalbenga.org.ar

Este primer sitio elegido por Garay estaba «...elevado sobre el nivel del territorio circundante y cae sobre el río en una barranca de seis a siete metros de altura ofreciendo –como dice Joaquín Frengüelli– una vista de mirador hacia el este donde la zona aluvional del lecho del Paraná se extiende en un ancho de doce kilómetros hasta las barrancas de la costa entrerriana» Luis María Calvo, Santa Fe la Vieja

La silueta geomórfica diseñada por los recorridos fluviales que convergen en el sitio de la ciudad de Santa Fe la Vieja no ha permanecido inmóvil en los últimos cuatrocientos años. Esto se debe al concurso de factores naturales y humanos. El cauce del río Salado ha variado en las cercanías de la actual ciudad de Santa Fe, mientras que el río San Javier (antes Quiloazas), hacia comienzos del siglo XX, en la misma zona, mostraba ya un desplazamiento de su tránsito hacia el oeste. La tendencia parece estar señalada por el curso mismo del Paraná, que nace al noroeste de Río de Janeiro, en la confluencia del Paranaiba y el Grande –una zona rica en diamantes– y sesga la tierra, cuesta abajo, en dirección suroeste. El lecho del Paraná es de limo rojizo, cobertura de una capa blanda de barro arenoso color plomo oscuro. Los suaves aluviones modernos dieron origen a este fuerte tronco fluvial que recorre casi tres mil kilómetros de norte a sur, rematando en múltiples ramificaciones de regímenes de aguas menores que forman, antes de su encuentro definitivo con el mar, filamentosos tejidos tramados por hilos de aguas e islotes de tierra, que conocemos como deltas. El elemento dominante de este escenario es la presencia imponente y poderosa de los ríos. Del Paraná, sobre todo, pero también de sus afluentes y de centenares de riachos interiores, que con las islas, tejen un sofisticado laberinto. La ciudad fue impuesta por los invasores europeos a este paisaje que la desconocía, dando comienzo a una relación novedosa entre ese suelo y los hombres.

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El lugar visto y oído
«[Santa Fe] Está en un llano, tres leguas más adentro, sobre este mismo río que sale 12 leguas más abajo; muy apacible y abrigado para todo género de navíos; la tierra es un fértil de todo lo que en ella se siembra, de mucha caza y pesquería. Hay en aquella comarca muchos naturales de diferentes lenguas y naciones de una y otra parte del río, que unos son labradores, y otros no.» Rui Díaz de Guzmán, 1612

La apreciación de Rui Díaz de Guzmán, que se refiere a la ciudad en el momento de su fundación, proviene de versiones de terceros, y evidentemente, es una visión desde el Paraguay. Quienes, al contrario, lo vieron desde Buenos Aires, a finales del siglo XVI y a comienzos del siglo XVII, no compartían su opinión acerca de la navegabilidad de estos ríos. Para los que habían intentado remontar el Paraná, que todos los tramos del río principal y de los ríos secundarios que debían navegarse para llegar a la ciudad fueran tan «apacibles y abrigados», era algo más bien dudoso. La opinión de un viajero francés, Accarette du Biscay, cuyo punto de vista se sitúa de sur a norte, es un buen testimonio de esta segunda opinión. Du Biscay estimaba que cierto enorme banco que obstruye el paso un poco más arriba de Buenos Aires, era un estorbo nada desdeñable. Rui Díaz de Guzmán ordenaba los (escasos) elementos de su punto de vista de esta manera: accesibilidad –el río apacible y navegable–, potencialidad del lugar –una pretendida «fertilidad» de las tierras, me-

Mapa del Río de la Plata
Ruy Díaz de Guzmán (1605) Fuente: Guillermo Furlong, El Transplante Cultural

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táfora temprana que será extendida siglos más adelante a la Argentina toda– recursos inmediatamente disponibles –mucha caza y pesca– y habitantes «naturales» de diferentes naciones de indios a una y otra orilla del río. La única marca edilicia, la única huella urbana, siempre según este cronista, habría sido una fuerte tapia, de la capacidad de una cuadra, con sus torreones, donde [Garay] se metió con su gente. La crónica de Antonio Vázquez de Espinosa decía de la ciudad de Santa Fe
«...está fundada en una alta barranca a la ribera del Río de la Plata a la parte del Tucumán, el sitio de la ciudad es maravilloso, tendrá 150 vecinos españoles, donde pone el gobernador de Buenos Aires un teniente, tiene una iglesia parroquial, conventos de Santo Domingo y San Francisco. Cógese en su distrito abundancia de trigo, maíz y otras semillas con todas las frutas de España y algunas de la tierra; hay muchas viñas de que se hace cantidad de vinos de los mejores de aquella tierra, la cual es muy regalada, abastecida y barata. Enfrente de la ciudad hay en el río una isla de tres leguas, donde los vecinos tienen las mulas y caballos de su servicio con otras cosas de importancia. Tiene en el distrito mucho ganado vacuno, de que hacen los vecinos corambre que envían a España, y mucho que se lleva a la ciudad de Córdoba del Tucumán, que está a 60 leguas, y a Potosí; vale de ordinario una vaca en esta tierra dos reales y comprando cantidad vale menos; hay grandes crías de mulas.» Antonio Vázquez de Espinosa, 1627

En este informe, la ubicación de la ciudad goza de algunas peculiaridades. Ya había corrido el primer cuarto del siglo XVII, y el autor de la descripción, antes de hablar de Santa Fe, acababa de referirse a Buenos Aires. Parece estar haciendo un viaje –que sabemos imaginario, pues no visitó estas tierras– desde el sur hacia el norte. Vázquez escribió que Santa Fe había sido fundada sobre «el Río de la Plata»: como se ha visto, esta mimesis del río Paraná con el de la Plata, fue frecuente y hasta legítima. Formaba parte de la manera en que los europeos conocían este mundo. Pero lo importante es que el cronista escribió que estaba fundada sobre el Río de la Plata a la parte del Tucumán. Este pequeño tramo del relato, no sólo trasunta que Santa Fe estaba consolidada ya como llave de paso hacia las tierras del interior: también brinda una síntesis de cómo se habían configurado los principales centros económicos, administrativos y políticos en esta franja del virreinato peruano, cuyo centro se había desplazado de Asunción a Buenos Aires. Ya en el primer cuarto del siglo XVII, Santa Fe aparece señalada como paso «al Tucumán», y no al Paraguay. Esta apreciación es coherente con el cambio jurisdiccional que, desde 1618, la incluyó dentro de la gobernación del Río de la Plata, pasando de la órbita de Asunción a la de Buenos Aires. El espacio se estaba articulando de esta manera, conformando un embudo que, cada vez más, canalizaba flujos hacia el «pico» que, en la metáfora, está representado por la ciudad-puerto de Buenos Aires. Vázquez de Espinosa registró marcas escasas pero significativas: aunque omitió los materiales con los que estaban hechas las casas –como sí lo anotó

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para Buenos Aires– ubicó los vértices del poder que ordenaba la villa: el teniente de gobernador –agente político del gobierno de Buenos Aires, cuyo ámbito de acción era el cabildo– y las sedes de la iglesia, elemento de primer orden en la organización social y simbólica de la frontera. Designó la agricultura con la frase los frutos de España, es decir, considerándola una marca de civilización introducida por los suyos. En el orden que sigue la descripción, la agricultura es el primer elemento que aparece después del casco urbano. La isla de tres leguas frente a la ciudad –la de los caballos– y el «distrito» –dimensión no precisada que se extiende más allá del ejido, o de los términos más cercanos, reservados a las tierras de pan llevar– era el lugar reservado a los ganados. La isla –cuyo aspecto actual puede verse en la foto– fue el sitio elegido por los vecinos, desde el momento de la fundación, para la guarda de los caballos y otros ganados del común. Algunos vecinos particulares, por su condición, guardaban los suyos, ya que podían usufructuar este espacio común como una prolongación del propio. El ganado ubicado cerca de la ciudad permitía hacer algunas «industrias», que eran enviadas hacia las rutas peruana y atlántica, lo que muestra la articulación santafesina con los dos grandes polos económicos del universo en el que estaba inscripta: Potosí y Buenos Aires. Vázquez de Espinosa terminó su descripción de la ciudad de Santa Fe hablando del valor de una vaca, expresándolo en un registro comprensible a escala de imperio: los «reales», la moneda menuda. De este modo, aunque el cronista no comprendió completamente el valor monetario que tenían esos ani-

Isla de los Caballos
Gentileza del Archivo General de la Provincia de Santa Fe Banco de Imágenes Florián Paucke

males, sí entendió perfectamente que ellos estaban en la cúspide de los valores sociales de este espacio. Por este motivo, el cierre de su relato es altamente significativo: captó cuál era la médula de los patrones de medida, de las jerarquías del valor, que articulaban el lugar con el espacio, a escala virreinal. La apreciación del Padre Mansilla, fechada, como la de Vázquez de Espinosa, en 1627, ofrece otra mirada:

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«Durante el viaje a las reducciones situadas en el centro indígena, me tuve que detener en Santa Fe, otra ciudad española y sobre la ribera del Paraná. Hay allí cuatro jesuitas de los cuales tres son sacerdotes y el otro es un coadjutor. ¡Pobre gente! Morirían de hambre si no se ingeniaran en buscarse algunos recursos. Esta pobreza es igual en todos nuestros colegios. Las fundaciones son muy escasas lo mismo que las limosnas, por esto, la magnificencia real destinó una suma que es repartida anualmente entre las misiones, pero, verdaderamente, es necesario un gran espíritu de inventiva para procurarse lo necesario.» Este punto de vista era compartido por los padres provinciales de los colegios de la Compañía de Jesús de Córdoba y de Santiago de Chile. Les preocupaba el escaso número de religiosos consagrados a la evangelización y administración de los colegios, en el marco de una permanentemente subrayada «pobreza» del entorno. Lo interesante de estas descripciones es que no narraban la ciudad en su sentido urbanístico, sino en función de su ubicación en espacios más amplios: Santa Fe era percibida por esos observadores desde los diferentes corredores hacia los que conducían las puertas abiertas por su fundación… Sus valoraciones soslayaban la miseria urbanística, privilegiando su posición como «...posta muy ventajosa.» El estigma de una pobreza relativa, manifestada en sus edificaciones precarias, en la presencia de naturales que la jaqueaban y en la escasez crónica de circulación de metálico, se mantuvo e, in-

cluso, fue alimentada por los miembros de su propio cabildo. Quizás, más tarde, sea prudente pensar a quiénes convenía que esa fama de pobreza, recalcada una y otra vez por sus habitantes, fuera parte de la fama de la ciudad. Por lo pronto, es hora de informarnos sobre los habitantes de este pueblo. Cuántos y quiénes Las fuentes que pueden consultarse para relevar datos demográficos de Santa Fe la Vieja son realmente muy escasas. Los libros de la parroquia de San Roque –dedicada a la doctrina de naturales– no se han conservado. Los de la iglesia matriz contienen papeles entre los cuales el más antiguo es un acta de bautismo que data del año 1634. Los dos libros de matrimonios y velaciones inician su serie con un acta matrimonial de 1642. A pesar de este panorama, puede obtenerse una impresión de todos modos bastante precisa acerca del número de pobladores de la ciudad para el período fundacional y para el año de 1622, mientras que, para 1639, se cuenta con información de un religioso, el padre Durán. Hacia el momento de su fundación, la población santafesina estaba compuesta por unos 70 u 80 vecinos. Como se trataba de una «hueste», es decir, de soldados al mando de un jefe, no se dispone de datos ciertos en lo que concierne a sus mujeres o la familia que pudieron haber traído. Sin embargo, se sabe, por el documento que registra a quienes se embarcaron con Garay en 1572, que la mayoría de ellos

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eran jóvenes solteros y de escasos recursos, hijos de la tierra –es decir, de padres hispanos pero de madres indígenas–, a quienes Garay, incluso, proveyó de armas. Las actas capitulares del periodo más temprano dejan ver que la ciudad albergaba un cierto número de artesanos, que no eran consignados como vecinos; también que en el casco urbano habitaba un reducido número de indígenas que se desempeñaban (probablemente de manera improvisada), como forzados aprendices de los otros artesanos, en oficios vinculados con la construcción. Entre 1575 y 1580, el Cabildo prohibía permanentemente la salida de sus habitantes, manifestando su preocupación por el escaso número de gente que residía en la villa. Así sucedió en 1577, cuando se rebelaron los indígenas reducidos, y el procurador de la ciudad, Pedro de Espinosa, solicitó al Cabildo que no concediera permisos para ausentarse de la ciudad a ningún «español». Algunos que, como el maestro Pedro de Vega, entre tantos otros, intentaron irse de la villa fugitivamente, fueron multados con cifras extraordinarias, de hasta 200 pesos castellanos. Puede decirse que entre 1573 y 1590, el número de vecinos –hombres adultos mayores y casados, con casa poblada– oscilaba entre los 70 y los 100, y que el total de la población «hispánica» e hispanocriolla no debe de haber excedido en ningún momento las 400 o 450 almas. El periodo crítico puede ubicarse, casi con certeza, entre 1576 y 1577. Que no se trataba de puros hombres, se entiende por las presiones de la Monarquía para conceder la vecindad: estar casado era uno de los requisitos. Pero es verdad que en la documentación los datos sobre las mujeres no son muy generosos.

Algunos papeles, sin embargo, dejan entrever ciertas cosas. Cuando el maestro de primeras letras Pedro de Vega quiso abandonar la ciudad, el Escribano redactó un documento con una amonestación muy dura de parte del cabildo, que permite conocer a los damnificados: un buen número de niños estaba a su cargo. En otros manuscritos, como los contenidos en el proceso judicial llevado adelante en Córdoba a propósito de la rebelión de 1580 –conocida como «La rebelión de los siete jefes»–, puede encontrarse el relato de varias escenas en las que algunos «rebeldes» y otros vecinos de la ciudad son mencionados junto a sus esposas, en general mujeres muy jóvenes de las cuales sólo se da el nombre. Otras veces, la información sobre la población puede obtenerse de documentación que parece ser estrictamente económica. En 1622 la Corona autorizó una exportación de cueros vacunos. Por este motivo, el gobernador del Río de la Plata, don Diego de Góngora, ordenó un empadronamiento de vecinos, a fin de distribuir las «cuotas» de exportación que permitiría a cada uno de ellos. El documento –conocido como «padrón de corambre» o el «padrón de Góngora»– contiene datos de 127 personas: 118 vecinos varones y nueve mujeres. Dos (Isabel de Becerra, la hija de Hernandarias casada con Jerónimo Luis de Cabrera y Leonor de Brito, casada con Eugenio de Ávila, a la sazón detenido en Chuquisaca) habían tomado el lugar de sus maridos en la declaración; siete eran viudas, y como cabezas de familia, tenían derecho a exportar un cuero más que lo asignado a la gran mayoría (tres en lugar de dos) a causa de su pobreza.

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Los datos sobre los vecinos pueden confrontarse con las actas del Cabildo de Santa Fe del año anterior y del año posterior al empadronamiento. Este método permite confirmar que la cifra ofrecida por la fuente, si se toma como mínima, es fidedigna. La enorme mayoría de los vecinos que ocuparon un puesto en el cabildo durante esos años figuran en este padrón; de esta manera, la población «hispánica» de Santa Fe, en 1622, quizás alcanzaba las 650 personas mientras que la total, contabilizando indígenas y estantes, pudo haber llegado al millar. Años después, el número de pobladores parece haber decaído un poco. Para el padre Durán, Santa Fe contaba en 1639 sólo con cien hombres y ciento setenta mujeres –entre europeos e hispanocriollos. Si se compara con las cifras propuestas para 1622, la caída es importante, pero sorprende el importante número de mujeres. Esta tendencia se verifica en las tres ciudades al sur de Asunción: en 1639, Buenos Aires, Santa Fe y Corrientes tenían un número de hombres adultos blancos menor que en 1622. En cuanto a la relación entre población indígena e hispánica, se puede comparar con la ciudad de Corrientes. En 1622, esta tenía 91 vecinos, 89 indios en la ciudad y 1292 en dos reducciones. Santa Fe, unos 120 vecinos, 266 indios en la ciudad y 1007 en tres reducciones. Estos datos sugieren que para los migrantes españoles, el cordón litoral al sur de Asunción era poco atractivo y, además, que la diferenciación como centro urbano entre Santa Fe y Corrientes –fundada quince años más tarde– no era grande. Sin embargo, había panoramas todavía peores. Así parece haber sido el que ofrecía Asunción del

Paraguay a mediados del siglo XVII: continuaba expulsando hombres hacia el sur. Su población descendía, incluso, a pesar de la enorme disponibilidad de mujeres y del gran número de nacimientos que se registraba cada año. No hay que olvidar que, a los hijos nacidos de los casamientos entre hombres hispánicos y criollos con mujeres indígenas y mestizas, deben sumarse los numerosísimos hijos naturales que los hispanos tenían con sus mancebas y concubinas. Este fenómeno, no obstante, no alcanzaba a equilibrar la demografía del lugar, sobre todo por la migración de hombres jóvenes. Si bien Asunción fue el centro desde donde se disparó la fase exitosa de expedición y conquista del área rioplatense, a mediados del siglo XVII no lograba contener la propensión a abandonar la ciudad que manifestaban tanto españoles como criollos. Esa despoblación, además, incluyó a los indígenas guaraníes que, como indios de servicio, acompañaban la venida de los pobladores a Santa Fe y Corrientes. Enfermedad y muerte Las poblaciones en general, y las indígenas en particular, sufrieron los efectos devastadores de algunas olas epidémicas. En 1589, una tremenda epidemia azotó regiones guaraníes, en Villa Rica. Según Juan Carlos Garavaglia, en el Paraguay, durante 1592, la epidemia abarcó desde Asunción hasta el Guayrá y en la segunda década del siglo XVII, se extendió desde esa región hasta el puerto de Buenos Aires, afectando incluso los poblados del río Uruguay. Los guaycurúes sufrieron dos, mortales, en 1612 y 1617. Por el Paraná se propagaron otras tantas durante

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1615, 1618 y 1622. Las de la década de 1620 y de comienzos de 1630, que azotaron la zona de la Otra Banda del Paraná, afectaron duramente a la población originaria de las reducciones santafesinas tanto como a las pequeñas familias indígenas que estaban a cargo de estancias en esas tierras. Durante el desarrollo de la ola epidémica que se inició a finales de 1605 y culminó en 1620, se produjo un reflujo de la ocupación humana en la zona, por lo tanto, se debilitaron los vínculos intertribales e interétnicos, en suma, sociales. Esa epidemia se cobró sobre todo vidas de indígenas, pero también la de algunos miembros del grupo hispánico, de animales domésticos y de ganado cimarrón. El área sufrió además la invasión de grandes felinos (yaguaretés o pumas, llamados tigres por sus contemporáneos) que, ante el éxodo de humanos, virtualmente se adueñaron de los campos. De los 266 indios que Góngora contabilizó en la ciudad de Santa Fe hacia los años 1620s., 168 eran indios de servicio, 78 indias y 20 muchachos. Las reducciones albergaban 1273 naturales de la tierra. Los primeros, a pesar de múltiples ordenanzas que lo prohibían desde finales del siglo XVI, eran utilizados como sirvientes en casas, chacras y estancias. Los jesuitas, que tan enconadamente se opusieron a la servidumbre indígena en las tierras del Guayrá, no mostraron la misma actitud en Santa Fe durante este período. Probablemente estaban demasiado ocupados en litigar con los encomenderos de la región norte. No obstante, la década de 1620 muestra un importante avance en la participación de los jesuitas en la vida social y política del microcosmos santafesino. Como lo ha señalado Magnus

Indios Abipones
Ilustración de Martín Dobrizhoffer, en Historia de los Abipones

Mörner, su posición respecto de la Iglesia y de las autoridades fiscales comenzó a cobrar importancia. Los colegios jesuitas se mantenían gracias a los beneficios que producían con la explotación de las tierras que habían adquirido o recibido por donación. Después de 1630, cuando debieron evacuar apresuradamente el Guayrá a causa de las epidemias y de las invasiones de mamelucos paulistas, volcaron el accionar de su congregación de lleno sobre el lado este del curso del Paraná bajo y ambas márgenes del Río Uruguay, llevando adelante la concreción de un viejo proyecto de Hernandarias de Saavedra. Aunque tampoco hay cifras precisas para considerar la población indígena reducida en Santa Fe, problemáticas tales como la «saca» de indios o las

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disputas por «feudos» sobre indios eran temas relevantes para los vecinos de la ciudad, lo cual permite inferir que no los había en gran cantidad. Hacia 1625, los vecinos consideraban que el número de indígenas disponibles para el servicio doméstico y otras labores era insuficiente. El padre provincial Francisco Vázquez Trujillo afirmó en 1630 que un importante número de indios había perecido en un grave incendio ocurrido en la ciudad. Según su opinión, se trataba de un castigo que el Señor les había infligido, sin duda, por sus gravísimos pecados. En 1647, sólo vivían en las reducciones unos 70 indios colastinés y 200 calchaquíes. Muchos indígenas habían huido hacia el norte. Por lo demás, los cambios en la organización a los que habían sido sometidos, los modificaciones en la dieta y, sobre todo, las alteraciones en sus ritmos vitales, afectaron gravemente la reproducción de esas comunidades. En rigor, la disminución de la población indígena por incendios, epidemias, huidas, desestructuración comunitaria o traslados forzosos, fueron un factor más en el marco de un estrechamiento general de las condiciones de reproducción social de todo el conjunto. Sin embargo, más allá del número de hombres y de mujeres, la reproducción «biológica» de la comunidad hispánica no termina de comprenderse si no se observa, también, el funcionamiento de algunos dispositivos culturales. El próximo capítulo analiza la ciudad como dimensión política, como la arena donde se dirimía la distribución social de los recursos materiales y simbólicos de esta frontera, de este universo signado por la inestabilidad, la incertidumbre, la violencia y, por qué no, también por la creatividad.

Para saber más
ACADEMIA NACIONAL DE LA HISTORIA –editora– Nueva Historia de la Nación Argentina. 1 – La Argentina aborigen: conquista y colonización, Buenos Aires, 1999. ARECES, Nidia –compiladora– Poder y Sociedad: Santa Fe la Vieja (1573-1660), Prohistoria, Rosario, 1999. COMADRÁN RUIZ, Jorge Evolución demográfica argentina durante el período hispánico, 1535-1810, Eudeba, Buenos Aires, 1969. GAIGNARD, Romain La Pampa Argentina, Hachette, Buenos Aires, 1989. HERNÁNDEZ, Isabel Los Indios de Argentina, Mapfre, Madrid, 1992. TARRAGÓ, Myriam Los pueblos originarios y la conquista, Tomo I de SURIANO, Juan (director) Nueva Historia Argentina, Sudamericana, Buenos Aires, 2000.

Capítulo 5

Una sede periférica de la Monarquía Hispánica

La ciudad era un nudo en una red. Un elemento de un conjunto. Fuera de ese conjunto, no era nada: la ciudad de Santa Fe tenía sentido, para sus habitantes, para sus observadores, para sus vecinos y para sus víctimas, como parte de un cuerpo más vasto: el de la Monarquía Católica en expansión. Hasta 1593, el Paraguay fue gobernado por Adelantados y sus tenientes; desde ese año, comenzó a nombrarse un gobernador del Paraguay, dependientes del Virrey del Perú. Entre 1573 y 1618, la ciudad estuvo bajo la jurisdicción de la provincia del Paraguay y Río de la Plata, cuya cabecera era la ciudad de Asunción. Desde 1618, cuando esa enorme gobernación se dividió en dos (la del Paraguay, por un lado y la del Río de la Plata, por el otro), la ciudad fundada por Garay quedó bajo la jurisdicción de la última, cuya cabecera se localizaba en la ciudad de Buenos Aires. Durante los años de vida de Santa Fe la Vieja –es decir, entre 1573 y 1660–, estas gobernaciones formaron parte del Virreinato del Perú y, estaban subordinadas a la jurisdicción de la Real Audiencia de Charcas. Este es el cuadro mínimo que debe tenerse presente para conocer a qué autoridades de la Monarquía estaban supeditados el cabildo

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santafesino y los súbditos vecinos o residentes en la ciudad. Algunas jurisdicciones eclesiásticas serán consideradas en el próximo volumen. El Gobierno y las Justicias Como en todas las ciudades fundadas por la Monarquía Hispánica en territorio americano, en el acto mismo de su fundación, se instituyó en Santa Fe el órgano de gobierno y se designó a los hombres que iban a encarnar las funciones de gobierno y justicia. El fundador tenía potestad y autoridad delegadas para designar, en nombre del Rey, alcaldes y regidores para tener en justicia y gobierno a la ciudad nueva: en suma, para instituir el cabildo. Ciudad, gobierno y justicia eran, en el orden jurídico-político de la Monarquía, indisociables. El conjunto de la Monarquía se pensaba como un cuerpo, como un organismo vivo donde cada una de sus partes, ciudades y reinos, debían regirse, sino por las mismas leyes, sí por los mismos principios. El cabildo: alcaldes y regidores El cabildo se componía de alcaldes y regidores. Los regimientos –asientos de los regidores, hombres elegidos por el rey para representar sus intereses en los concejos castellanos– habían sido introducidos en la Monarquía desde el siglo XIV, como una cuña del poder del rey en los ámbitos locales. Las permanentes insuficiencias económicas de las arcas Reales hicieron que, bien pronto, esos oficios se pusieran en venta. Por lo tanto, el oficio de regidor se patrimonializó –es decir, pasó a ser propiedad de quien lo

Firmas de algunos de los integrantes de la hueste fundadora y de los primeros cabildos santafesinos

compraba. Esto, sumado a la ausencia de un cuerpo orgánico de leyes que regulara el funcionamiento del cabildo y a la capacidad de éstos para redactar normas específicas que permitieran su desempeño, convirtió a los gobiernos locales en sólidas fuentes de producción de derecho y en entidades autónomas de gobierno.

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La composición del cabildo santafesino siguió el modelo de los que funcionaban en el Perú los cuales, a su vez, se habían inspirado en los de Castilla. Por lo tanto, se formó de dos alcaldes, seis regidores y un escribano, presididos por el Teniente de Gobernador. A diferencia de lo que sucedió en Córdoba, donde se aceptó desde el principio la presencia de regidores perpetuos, Garay había decidido que en Santa Fe fueran cadañeros, es decir, que no pudieran ocupar su silla por más de un año sin que mediara, al menos, uno de «descanso». No obstante, también aquí, los regimientos se patrimonializaron muy tempranamente: a comienzos del siglo XVII, estos cargos se ofrecían a la venta en las almonedas públicas (especie de remates) que se realizaban en la ciudad de La Plata, en la Audiencia de Charcas. Los propietarios de las sillas (al puesto también se lo llamaba silla), en general, hacían rotar en ellas a sus parientes o deudos. Comprar las sillas de regidores de un cabildo podía resultar un buen negocio: así se conseguía instalar en el gobierno local a hombres que no podían negar favores. Aunque esto suene extraño, hay que decir que era completamente legal. Las leyes de la Monarquía lo favorecían y lo permitían. Y lo hacían, porque estaba prevista la existencia de mecanismos para que el funcionamiento del cuerpo fuera, de todos modos, casi equilibrado... El cabildo fue, también, sede de otro tipo de funcionarios: oficiales de la Real Hacienda, alférez Real, alguacil mayor de la ciudad, alcalde provincial de la Santa Hermandad, depositarios, receptor de penas de Cámara, fiel ejecutor, etc. Excepción hecha de los tesoreros de la Real Hacienda, que solían venir desde fuera de la ciudad, incluso desde alguno de

los reinos peninsulares de la Monarquía Hispánica, los mismos vecinos que ocupaban alcaldías o regimientos se hicieron cargo, en un principio, de todas esas funciones. El aumento del número de vecinos y la complejización del grupo hegemónico hicieron que, con el paso del tiempo, se crearan nuevos oficios y que la «doble ocupación» de cargos fuera desapareciendo. Esto aliviaba la carga de tareas para alcaldes y regidores, a la vez que ampliaba la oferta de plazas políticas para un número creciente de hombres deseosos de obtener participación y prebendas. Los fundadores de ciudades no traían consigo un manual de procedimientos y, según puede verificarse, no eran letrados de carrera; en general, tampoco habían sido miembros de concejos. Así como Garay y sus compañeros lo hicieron hacia 1573 en la fundación de Santa Fe, la mayor parte de los fundadores realizaban estos actos según la costumbre, es decir, según aquello que su propia experiencia, memoria o tradición adquirida les dictaba. La ausencia temporal o la muerte del alcalde implicaba que el regidor más antiguo lo reemplazara. Si, en cambio, el teniente de gobernador se ausentaba, quien debía presidir la conducción política de la ciudad era el alcalde de primer voto. En el cabildo santafesino, las elecciones eran celebradas por los capitulares salientes en la primera sesión de enero de cada año. Las mismas no eran «abiertas». En general, un grupo reducido de vecinos se designaba entre sí y no fueron infrecuentes las presencias de hombres poderosos tratando de manipular este ya de por sí mínimo margen de libertad para elegir, lo que

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no constituía, en absoluto, una anomalía. Ni en el cabildo santafesino, ni en ningún otro. Los alcaldes: justicia y gobierno La más antigua de las actas del cabildo santafesino que se conserva es de 1575 y corresponde a la primera sesión del año. Allí se relata el acto simbólico más importante de la vida de la ciudad: el rito por el cual el Cabildo renovaba la cesión de la capacidad de administrar justicia, poniendo en manos de su encarnación local, el alcalde de primer voto, la vara de la justicia ordinaria. El primero en recibirla fue Juan de Espinosa, designado por el fundador; tras la primera «elección», lo sucedió Antonio Tomás, otro de los fundadores. El alcalde de primer voto era la pieza clave de la administración de la justicia ordinaria. Los alcaldes eran dos: uno de primer voto (el que recibía la vara de la justicia) y otro de segundo voto. Estos, junto a los regidores, debían gobernar: dar ordenanzas, atributo de la autonomía de los gobiernos municipales, y guardar el orden en la convivencia de toda la comunidad, preferentemente con su consenso. A esto se le llamaba, en el siglo XVI, vivir en policía. El escribano era el encargado de registrar en las actas las discusiones entre alcaldes y regidores, así como de transcribir los autos de los procesos judiciales tenidos ante el alcalde de primer voto, titular de la justicia ordinaria, o del teniente de gobernador. «Alcalde» proviene de la lengua árabe. Al-Cadi, en el mundo musulmán, era el juez-gobernador.

Del alcalde de primer voto se esperaba que obrara en conciencia. En la ceremonia durante la cual se le confería su autoridad, juraba solemnemente que guardaría la equidad, es decir, que cuidaría de dar «el derecho a las partes». Este era el principio de la equidad, pero también el de la justicia distributiva, que daba a cada quien lo que le correspondía según su estatus. En ese mundo político previo a las revoluciones liberales, que los historiadores llamamos el Antiguo Régimen, la administración de la justicia, para ser justa, debía ser asimétrica. El buen juez no era el que buscaba «lo justo» como un fin en sí, como si se tratara de algo trascendente, sino el que daba a cada quien lo suyo, de acuerdo a su posición en unas relaciones que eran fundamentalmente asimétricas. El alcalde juraba sostener su humildad –no considerar su palabra como la última, obligándose a conceder apelaciones– y a realizar su labor «bien, fiel y cristianamente». La asociación entre fidelidad y cristiandad no era casual: el imperio de la Iglesia exigía ese vínculo, y la Monarquía Católica encarnaba en el mundo terrenal los valores celestes que, desde luego, impregnaban la concepción del poder desde la teoría y desde su ejercicio. El alcalde, entonces, debía administrar la justicia del monarca y de Dios, que otorgaba a cada una de las partes lo que le correspondía según su derecho, es decir, según su posición en un marco de desigualdades que se reconocía como natural y querido por Dios. Los alcaldes ordinarios podían impartir justicia en primera instancia en pleitos sostenidos entre «españoles» y también entre estos e indios. En el caso

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de que sus sentencias fueran apeladas, una vez confirmada la misma por una Real Audiencia, ésta debía devolvérselas para su ejecución. Tenía que saber leer y escribir y algunas leyes dadas por Carlos V y Felipe II afirmaban que debía preferirse para este oficio a los conquistadores antiguos. Según expreso mandato de esos monarcas, nadie que hubiera sido alcalde una vez podía ser elegido nuevamente antes de pasados dos años y de haber sido residenciado. Esta regulación se llamó ley del hueco.

El cuerpo de la justicia La palabra justicia se utilizó también para designar a la persona que oficiaba de juez. Decir a fulano topó la justicia esta noche y le quitó las armas... significaba que alguien había sido interceptado por una autoridad con capacidad judicial. La identificación entre persona y potestad era otra forma de reconocer la prolongación de la autoridad del rey en su justicia, es decir, en su ministro. Esta identidad entre el hombre y su función es característica del pensamiento político-jurídico de la época. Para citar un ejemplo: cuando el vecino de Santa Fe Sebastián de Vera Mujica obtuvo un permiso del Teniente de Gobernador de Buenos Aires para recoger vacas cimarronas, dijo haber sido autorizado por el justicia mayor. La administración de la justicia requería de un cuerpo, ya que Su Majestad debía estar siempre presente en todos sus tribunales, aunque no pudiera hacerlo personalmente. Así, la capacidad invisible e inmortal de la administración de una justicia que no podía ser atendida personalmente por el monarca, cobraba cuerpo y vida en su ministro. Las varas de la justicia Pero el alcalde no era el único autorizado a administrar justicia en la ciudad. Cuando pasaba por ella un Adelantado o un gobernador, cualquiera de ellos estaba investido también de una vara: la de justicia mayor. Se preveía que podían tomar parte en asuntos excepcionales por la importancia del asunto o por el prestigio de las partes que entraban en disputa. Pero también podía to-

Portada de los Sumarios de la Recopilación General de las Leyes de Indias (1627)
Fotografía de Darío Barriera

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carles administrar justicia ordinaria, en casos normales y de poca monta, sólo por estar allí al momento de la presentación del denunciante. Lo mismo sucedía con los tenientes de gobernador y estas situaciones se daban en Santa Fe, Buenos Aires, Corrientes, Córdoba, y en otras ciudades. Por este motivo, para imaginar la composición de los poderes en los siglos XVI y XVII, es necesario despojarse de algunos prejuicios. Sobre todo, es imprescindible olvidar de qué manera son las cosas desde que existen los Estados Nacionales. Algunas ciudades fueron sedes, también, de un alcalde mayor, funcionario Real de justicia al que estaban sujetas varias ciudades. Cada uno de estos oficios –y hubo otros más– confería la autoridad para administrar justicia. No solamente podía haber muchos administradores de justicia con la misma potestad. También había, efectivamente, muchos centros desde donde se producía derecho. El rey no era el único capaz de fabricar leyes. Podían producir derecho, también, los municipios, los Consejos, los gobernadores, los visitadores y, además, la tradición oral: la costumbre de la tierra formaba parte del derecho no escrito. Las cambiantes formas del poder político Conforme la ciudad se fue afirmando, se modificó la composición de su órgano de poder político y las relaciones que establecía con otros poderes. Los primeros años de vida de la ciudad estuvieron signados por algunos sucesos significativos: dos fuertes rebeliones contra la autoridad de Garay

(1577 y 1580), la muerte del fundador (1583) y el ascenso al primer plano político de su yerno, Hernandarias de Saavedra (desde 1592). A su vez, la ciudad enfrentaba problemas cada vez más complejos, lo cual obligó al cabildo santafesino a acompañar esos cambios. Durante este proceso, la sencilla composición inicial de un cuerpo con dos alcaldes, seis regidores y un escribano presididos por un teniente de gobernador fue adquiriendo otra forma. En algunos casos, los nuevos oficios o cargos que se creaban tuvieron como referencia situaciones precisas que interpelaron al cabildo exigiéndole la adopción de «medidas correctivas». En otros, el enriquecimiento de su composición fue un derivado de la llegada de nuevos funcionarios, en general vinculados con la administración de la Real Hacienda, el ejercicio de escribanías o de funciones vitalicias. Santa Fe designó su procurador antes de cumplir dos años de vida. Su función era gestionar para la ciudad cuestiones concretas frente a autoridades de otra jurisdicción; aparte de esta tarea, como miembro del cabildo, podía presentar denuncias y exigir el cumplimiento de ordenanzas a otros vecinos. Desde 1576 se constata la presencia de un alguacil –quizás mayor. En principio, el cargo lo desempeñaba un capitular –ese año, el procurador Romero. Pero pronto se convirtió en un oficio cubierto por más de un año y, en general, por alguien que no ocupaba otro cargo sino excepcionalmente, lo que sugiere que pudo haber sido un oficio venal. Se obligaba a estar del lado del rey si se producían revueltas y desobediencias. Su nombramiento se hizo al calor de los malestares producidos entre 1576 y 1577 por los excesos del gobernador Diego Ortíz de Zárate y Mendieta y de su gente.

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El tema del control interno de las «novedades» –palabra que se utilizaba para designar diferentes tipos de alteraciones al orden establecido– apareció con mayor crudeza en 1581, el año después de la «rebelión de los siete jefes». Ese año se creó el cargo de alférez de la ciudad (alférez Real). En su designación, se recalcó que si se ofreciere alguna alteración o levantamiento, que sea de la parte de su majestad... De esta manera, se corporizaba en un oficial de la ciudad la investidura de la autoridad del rey. El alférez debía portar el Real Estandarte como manifestación de esa autoridad, en nombre de la cual se había realizado la represión de la revuelta. Esta era una manera de reforzar la autoridad de la república, a través de imágenes y cuerpos. A lo largo de esta década se constata la aparición del oficio de alcalde mayor (1583, presumiblemente convertido luego, también, en un oficio patrimonial) y el de mayordomo de la ciudad (1584), desempeñado por un vecino que no ocupaba en general otro asiento. El título de alcalde mayor que el Cabildo aceptó a Antonio Tomás en 1583, muestra otra de las superposiciones en la administración de la justicia: también éste era «Justicia Mayor» en la ciudad, igual que el teniente de gobernador y que el gobernador . En el caso de Santa Fe, además, las atribuciones de este oficio se superponían masivamente con las del teniente. Como puede adivinarse, fuente de problemas... Otra función de importancia se cubrió con la designación de cabildantes en el oficio de fiel ejecutor. Su función era la de controlar el respeto de los precios fijados por el cabildo, efectuar lanzamientos

(desalojos), ejecutar medidas y ordenanzas del cabildo, inspeccionar los contenedores físicos de la medida de la arroba, la media arroba, de los barriles de vino, el peso de los panes y, también, la fidelidad de las romanas (balanzas) de la ciudad y de las particulares. Al principio fue un cargo ejercido de manera rotativa entre los regidores, por dos meses cada uno, pero hacia el primer cuarto del siglo XVII, se transformó también en un oficio de carácter anual, siempre practicado por un regidor. Tanto esta función como el asentamiento en la ciudad de un tesorero Real, están íntimamente relacionadas con la consolidación de las primeras actividades agrícolas –las primeras cosechas exitosas–, la fabricación de vino de la ciudad y, por sobre todo, con el despegue de un comercio entre ciudades que se iba afirmando lentamente.
Un pedido curioso… Las funciones de un importante capitán –que de hecho venía a la ciudad con la perspectiva de ser su Teniente de Gobernador– podían rozar cuestiones bien alejadas del gobierno, la justicia y la guerra. Felipe de Cáceres, llegado en 1592 desde Asunción, recibió un particular ruego de parte de los miembros del cabildo: le solicitaron que el domingo diera a los vecinos una plática sobre cómo se hace un depósito para granero… El cabildo, como se ve, se las arreglaba para obtener servicios pedagógicos fundamentales: gestionar la difusión de los conocimientos necesarios para conservar los granos era, evidentemente, un asunto político de primer orden.

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¿Quiénes ocupaban las sillas en el cabildo? El cabildo santafesino se formaba por dos alcaldes y seis regidores. Los alcaldes, durante los primeros años, siempre fueron peninsulares. Pero ya en los años 1590 las regidurías fueron ocupadas por tres vecinos «nacidos en la tierra» y tres «castellanos». En la primera mitad de esa década, los «beneméritos» –es decir, los primeros en haber poblado la ciudad, los conquistadores más antiguos– no eran, necesariamente, castellanos. Los «hijos de la tierra» habían obtenido vecindad e intervinieron en el cuerpo capitular santafesino. La «composición social» del grupo que accedió a los oficios capitulares presenta algunos patrones: hasta 1591, los alcaldes de primer voto siempre fueron españoles peninsulares –incluido aquí Antonio Tomás, que era portugués, de excelentes relaciones con el grupo fundador, por el cual fue tratado como español. Pero sólo durante los años de 1580, 1582, 1583, 1588, 1589, 1590 y en 1594, las regidurías se repartieron, por partes iguales, entre peninsulares e «hijos de la tierra». El resto de los años muestra un predominio de estos últimos que, en muchos casos, alcanzaron incluso cuatro o cinco regidurías y hasta el oficio de alcalde de segundo voto. La compleja trama de la identidad… La dicotomía entre peninsulares e hijos de la tierra debe ser interpretada en su contexto. Los alineamientos y las asociaciones, desde mi punto de vista, incluyeron la cuestión del lugar de origen o de los laureles de familia… Pero también intereses más puntuales y concretos.

Auto de Buen Gobierno Cabildo de Santa Fe, siglo XVII Fotografía de Darío G. Barriera

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El crédito o el descrédito que suponía el vínculo de naturaleza (el lugar de nacimiento) involucraba, en realidad, algo más complejo: se trataba de una combinación entre el lugar de nacimiento, la pureza de la sangre y las relaciones cultivadas durante varias generaciones. Para empezar, los «españoles puros» (esto quiere decir nativos de alguno de los reinos de la Monarquía que contara con carta de limpieza de sangre) fueron reconociendo como sus pares a otros europeos, nativos de Amberes, o de Portugal, que muchas veces no tuvieron esa credencial de pureza de sangre o, en otros casos, la compraron. Además, pasadas tres décadas de la llegada de los españoles que encararon la conquista, estos nativos de la Península ya tenían hijos nacidos en América, a los que transmitían su naturaleza de manera diversa. Un nativo de tierras americanas no tenía el mismo estatuto si había nacido de un matrimonio legítimo o de una relación de amancebamiento. En el marco del matrimonio, el padre español podía transmitir naturaleza entera si su mujer era también española, pero no era plena si se había casado con una indígena. El amancebamiento, en general, daba lugar al nacimiento de hijos naturales, no siempre reconocidos, y que eran designados genéricamente como hijos de la tierra. Como se ve, la naturaleza tiene que ver sólo parcialmente con el lugar del nacimiento, porque toma en cuenta, además, el tipo de relaciones en las que se involucraba el progenitor: la pureza de la sangre no era una cuestión química, sino un derivado de los valores religiosos y los valores sociales que participaban en la clasificación de las relaciones de familia.

Por otra parte, el lugar de nacimiento –dentro de América– también transmitía algún tipo de valor agregado –o de devaluación agregada. Por ejemplo, los hijos de padre y madre peninsulares nacidos en «el Perú» –españoles peruanos– tenían un estatuto de «españoles» inferior al de peninsular, pero a todas luces superior a un hijo del mismo tipo de matrimonio nacido en Asunción del Paraguay. Esta superioridad del vínculo de naturaleza, con su adjetivo americanizante, reproducía la jerarquía interna de las sedes de poder de la Monarquía en América, dado que la centralidad de las principales ciudades del Virreinato del Perú expresaba la superioridad que este territorio trasuntaba sobre la gobernación paraguaya, su cabecera –Asunción– incluida. Pensar la identidad, como se ve, implica reflexionar sobre criterios de agrupación atravesados por apreciaciones que algunas veces tienen su origen en relaciones que no son evidentes. Los hijos de padre español y de madre no consignada –es decir, de madre indígena– fueron llamados en el Paraguay, durante el siglo XVI, «hijos de la tierra». Si pensamos que a comienzos del siglo XVII Asunción tenía una población de 2000 personas, un 90 % de las cuales eran mujeres indígenas, y se asocia este dato con la escasa cantidad de mujeres europeas ingresadas con los primeros españoles al área en 1537, es evidente que, hacia 1570, la mayor parte de los hombres jóvenes –por ejemplo los embarcados con Garay a la fundación de un puerto (60 sobre 70)–, eran hijos de madres indígenas. Eran, y esto es lo pesado, «hijos de la tierra». Es por esto que la adopción del apellido materno entre los hijos de españolas no sorprende, ya que funcionaba como

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un elemento simbólico que permitía exhibir una identidad más conveniente, en este caso, la vinculación con un pasado español por las dos vías (materna y paterna). Tampoco debe sorprender la mimesis entre los vientres indígenas y la tierra. Muchas sociedades crearon o recrearon diferentes versiones del mito de la «madre tierra húmeda», presente tanto en culturas americanas, indoeuropeas o eslavas. En Santa Fe, hasta finales del siglo XVI, ser hijo de padre español de nada valía a la identidad política deseable para ocupar una alcaldía de primer voto si la madre no portaba el mismo atributo. Esta discriminación entre españoles e hijos de la tierra es correcta: pero no es racial ni se debe al lugar de nacimiento sino a las relaciones y a los valores que esas relaciones sociales involucraban. Por otra parte, tampoco explica relaciones de exclusión política por sí sola… Un hijo de la tierra, bien vinculado, leal servidor del proyecto hegemónico, difícilmente fuera «perseguido» por sus pares peninsulares: bien al contrario, seguramente fue apoyado, promovido y mejorado en su situación por alguno de sus jefes. La presencia en el cabildo de hombres nacidos de madres indígenas, hijos naturales o bien, de hombres de la tercera generación de conquistadores del Paraguay en el gobierno de la ciudad de Santa Fe era necesariamente importante: fueron la mayoría de los hombres venidos con Garay, y sin su inclusión, ningún equilibrio político, aunque fuera precario, hubiera sido posible. La dominación no puede ejercitarse sin consenso, y Garay lo sabía. Por lo demás, ningún órgano de gobierno de la Monarquía preveía la presencia de todos los vecinos: esto, desde luego,

producía descontentos. No la discriminación basada en el lugar de nacimiento, sino la preferencia de unos por sobre los otros, sobre cualquier base. En este sentido, el hecho de que los alcaldes, al principio, hubieran sido en general peninsulares, también tiene su explicación: se suponía que dominaban la escritura y que eran portadores de una cierta cultura jurídica, aprendida en la vida cotidiana durante los años de residencia en la Península o en Asunción o en el Perú… Pero también porque la expectativa de la lealtad se construía con base en relaciones mantenidas desde antiguo. Puede afirmarse sin faltar a la verdad que las negociaciones entre los «puros» y los «contaminados» estuvo presente desde el primer momento. La noche de corpus de 1580 es recordada por la historiografía de la provincia como la «rebelión de los siete jefes». Creo que de una manera algo confusa, se ha difundido cierta imagen heroica del hecho que consiste en presentar a algunos «hijos de la tierra» dando el primer grito de libertad en América… Nada más falso: mientras Garay había ido río abajo, a la refundación de Buenos Aires, un grupo de vecinos, que tenía participación activa en el cabildo, lideró una revuelta que depuso a las autoridades de la ciudad leales a Garay. El propósito de la conjura era el de poner a la ciudad de Santa Fe bajo la jurisdicción de la provincia del Tucumán, gobernada por Gonzalo de Abreu. Éste había ofrecido a los rebeldes mejorar su situación: apoyo con armas, caballos y, además, les había asegurado que tras la revuelta ellos gobernarían la ciudad. El acuerdo para hacer la rebelión fue firmado por treinta y tantos hombres: veinte de ellos cambiaron de opinión y, a la mañana

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siguiente de la noche del alzamiento, fueron los mismos que reprimieron la revuelta. Todos eran hijos de la tierra: rebeldes y represores. A la salida del motín de 1580, lo que aparentemente era un grupo, al calor del conflicto, se fraccionó y creó dos: la afirmación del grupo triunfante fue la consolidación, aparentemente paradójica, de algunos de los hijos de la tierra, convertidos en beneméritos por razones de antigüedad (formar parte de la hueste), de precedencia social (posesión de solar, vecindad, propiedades y encomiendas) pero sobre todo de lealtad. Era el servicio que habían prestado a su jefe (Garay) y al Rey, lo que los convirtió en beneméritos. Quienes tomaron el control del cabildo santafesino desde entonces no dejaron de ser «hijos de la tierra» ni pasaron a ser «españoles»: lo que recicló sus identidades y, de hecho, benefició el prestigio de ser hijo de la tierra fue su participación en la represión del mismo conflicto que habían iniciado. Fue, curiosamente, un premio a la lealtad de los traidores. Los hijos de la tierra hicieron pie con firmeza desde los inicios, subrayando su presencia y preeminencia cuando, tras reprimir la rebelión que ellos mismos habían planteado en 1580, se alinearon detrás de la bandera de la honra de su rey. El gobernador y su teniente Aunque la ciudad de Santa Fe, en varias ocasiones, hospedó y hasta dio residencia a gobernadores y Adelantados, nunca fue oficialmente su sede. La sede del gobernador al cual estaba sujeta la ciudad de Santa Fe fue Asunción, hasta 1618 y después de ese año, Buenos Aires.

En una carta dirigida por el alguacil mayor Sebastián de Aguilera y el regidor Diego Tomás de Santuchos al gobernador Fernando de Zárate en diciembre de 1593, la figura del gobernador fue definida como «Lugarteniente del Virrey Capitán General y Justicia Mayor de las dos gobernaciones del Río de la Plata y del Tucumán por el Rey....» Este lugarteniente del virrey designaba su teniente en las ciudades importantes de la provincia (en el caso y para el período que nos ocupa, no habría más que tres o cuatro). Su presencia pretendía ser, al menos desde temprano, el largo brazo del gobernador. El teniente era, entonces, la manifestación física de la voluntad del gobernador: pero también, la prueba más irrefutable de su ausencia. Debía jugar el papel de gozne entre dos niveles: uno, el lugar desde el cual era designado, el otro, el lugar donde debía llevar adelante su tarea. Era el enlace entre el gobierno de la provincia del Río de la Plata y el gobierno local. Fue una de las tantas bisagras que permitían el funcionamiento de la Monarquía. Este rol de articulador entre horizontes administrativos y de gobierno, no dependía únicamente de las atribuciones conferidas al cargo por la normativa, ni siquiera por los mandatos más informales –y quizás políticamente más operativos– del gobernador de turno. Las distintas definiciones de los alcances de este cargo emergían de la negociación de aquellos mandatos con las limitaciones que imponía el gobierno municipal. Los miembros del cabildo estaban dispuestos a ampliar, acotar, delimitar o exigir el cumplimiento de tales o cuales requisitos a un hombre que, por otra parte, en ocasiones ellos conocían mejor que su propio jefe.

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Sus funciones estaban vinculadas con el gobierno y con la justicia, ya que portaba vara de justicia mayor. Pero, sobre todo, se esperaba de él que tomara las decisiones impostergables relativas a la defensa de la ciudad: en una ciudad que era fronteriza, las cuestiones de guerra eran cruciales. Los asuntos de guerra, pacificación, reducción y castigo de los naturales tenían, en esta ciudad que recién se asentaba, capital importancia. Esto le confería autoridad y prestigio, pero también responsabilidades y urgencias. El teniente de gobernador era también el encargado de nombrar «...caudillos y caporales....», pequeños jefes pobremente armados que, abusando del lenguaje, podría decirse que componían las «milicias» que la ciudad disponía para defender sus términos de ataques indígenas y de bandidaje. Las cuestiones relativas a los indios comprendían los tres ámbitos de su desempeño: debía gobernarlos, combatirlos (guerra) y, si fuera necesario, juzgarlos. Presidía las sesiones del cabildo, para lo que tenía voz y, eventualmente, voto. Su intervención era decisiva cuando había que desempatar las votaciones en algún asunto. En ocasiones, cuando se los designaba, se le confería el poder de remover cargos del cabildo. Otras funciones provenían de poderes otorgados por el Cabildo para realizar una tarea específica. Aunque la representación de la ciudad frente al gobernador u otras autoridades recaía normalmente en un vecino investido de la figura de procurador, algunas veces fue depositada en el mismo teniente de gobernador. Esto se debió, en general, a razones prácticas: en ocasiones, se aprovechaba un viaje suyo a la

cabecera de la gobernación; otras, la fluidez de sus contactos. En diciembre de 1619, el teniente de gobernador Alonso de Ávalos, fue comisionado por el Cabildo para reclamar y negociar en Buenos Aires, ante el gobernador Góngora, licencias de vaquería y ordenanzas de vaqueo –de permisos para recoger ganado cimarrón. Un regidor, Cristóbal de Arévalo, impugnó esa designación y solicitó –con éxito– que la negociación la realizara Sebastián de Vera Mujica, que era vecino de la ciudad… En este caso, es muy posible que el regidor Arévalo haya considerado lesivo para los intereses locales que ese negocio fuera tratado por alguien de confianza del gobernador, prefiriendo que la representación la realizase un vecino. También es posible que tuvieran otros negocios que tratar en Buenos Aires, y por eso, como sucedió en otras ocasiones, se intentaba imponer el nombre de un vecino que podía atender otros asuntos. La figura del teniente no era percibida de una manera unívoca: ni durante los primeros años de la ciudad (cuando normalmente fue un vecino) ni durante el siglo XVII, cuando el hombre de confianza del gobernador provenía casi siempre desde Buenos Aires. Su gestión podía afectar intereses negativamente, pero también podía encontrar aliados bien dispuestos, ávidos de aceitar sus relaciones con la cabecera de la gobernación. En definitiva, su rol de bisagra entre gobiernos –el provincial y el local– caracterizó la función, provocando adhesiones y descontentos según favoreciera los intereses de los unos o de los otros. Lo que de todos modos queda muy claro es que cuando la ciudad se veía en apuros, se cargaba sobre esta figura todo el peso de la defensa de

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la frontera; en cambio, cuando la ciudad tenía que defender sus intereses, el largo brazo del gobernador quedaba firmemente atrapado entre las muchas manos de los humildes pero poderosos vecinos…

Capítulo 6

Asuntos del común la agricultura, el pan, el vino, los precios y el comercio

Para saber más
BARRIERA, Darío «La ciudad y las varas: justicia, justicias y jurisdicciones», en Revista de Historia del Derecho, Núm. 31, Buenos Aires, 2003. CARZOLIO, María Inés y BARRIERA, Darío Política, Cultura, Religión. Del Antiguo Régimen a la formación de los Estados Nacionales. Homenaje a Reyna Pastor, Prohistoria Ediciones, Rosario, 2004. SIERRA, Vicente Historia Argentina, Tomos I y II, Buenos Aires, 1970. ZORRAQUÍN BECÚ, Ricardo Los Cabildos Argentinos, Buenos Aires, 1956.

Se ha visto cómo estaba compuesto y organizado el cabildo, que este era el gobierno de la ciudad y se ha reseñado qué conflictos podía sostener con los delegados de sus autoridades superiores. Sin embargo ¿por qué motivos sería tan importante hacer parte de esa pequeña reunión, casi íntima? ¿Qué cosas decidían en el cabildo de la ciudad esas pocas personas que allí se reunían? ¿Por qué su nombre, en nuestra memoria, está asociado a la imagen muy fuerte de un lugar donde se han tomado decisiones extraordinarias? ¿Debemos esa imagen idealizada solamente a los manuales escolares y a las ilustraciones de revistas infantiles? La sede de la política El cabildo era la sede del poder político local y la política era, y es todavía, el ámbito donde se discute, institucional o extrainstitucionalmente, la distribución de los recursos materiales y simbólicos. Sobre todo, los que denominamos económicos. Durante el periodo colonial, las decisiones sobre asuntos que interesaban a toda la comunidad se tomaban en el cabildo. Por este motivo, los temas que

Sobre la «rebelión de los siete jefes», por su curiosa forma y por su carácter apasionado, destaca Aquella noche de corpus, el cronicón poemático de Mateo Booz, publicado en 1942.

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allí se trataban eran considerados asuntos del común. Cuando se defendía los intereses de la ciudad por encima de los de otros, se decía buscar el bien de toda la república –ya que el término república, figurando la «cosa pública», significaba también el interés de toda la ciudad. En este dispositivo, entonces, se tomaban decisiones importantes que afectaban a todos los miembros de la comunidad. Esas decisiones, algunas veces afectaban incluso la vida de quienes solamente estaban de paso por ella. Lo que despertaba el interés por integrar ese cuerpo era que las decisiones tomadas por el Cabildo tenían un impacto general sobre la vida de todas las personas que formaban parte de la comunidad. Sus resoluciones se expresaban a través de autos de buen gobierno, de ordenanzas o de bandos, y eran voceadas en la plaza pública por un pregonero. Como puede verse, la publicidad de las leyes del municipio dependía de la voz que corría… Era necesario, por lo tanto, estar atento a lo que se decía en la plaza o, al menos, estar comunicado con quien pasaba bastante tiempo cerca de ella: así, pequeños mercaderes, lavanderas, proveedores de alimentos y hasta jóvenes artesanos debían hacer correr la voz para que esas decisiones se convirtieran en pública voz y fama. El rumor, el aviso y el chisme mantenían informado a quienes vivían algunos metros más allá de la plaza... Esto, claro está, no valía sólo para las decisiones del cabildo: el rumor llevaba y traía, también, informaciones consideradas más sabrosas.

Medir las cosas, pensar los valores Convertidos en vecinos y reunidos en cabildo, los hombres que fundaron Santa Fe sabían que era imprescindible medir, tasar, pesar y valorizar conforme a un único criterio, puesto que la existencia de más de una regla agitaba los ánimos y dificultaba los intercambios. Debía establecerse un marco de referencias para poder vivir en razón. Esto era importante para la convivencia interna. Pero también era muy conveniente tener criterios sobre pesos y medidas similares a los utilizados en otras ciudades con las que se tenía trato. Las discusiones sobre pesos, medidas, precios, aranceles y otras equivalencias siempre estuvieron vinculadas al universo de la producción y del intercambio. Existen muchas maneras de entrar en este mundo: una de ellas es describiendo sencillamente qué cosas se plantaban, cuáles se compraban y qué otras se vendían en la ciudad. Sin embargo, comenzar a conocer las actividades ligadas a la supervivencia y a la reproducción de las comunidades a partir de los criterios que utilizaron para medir la tierra, pesar los granos o pagar los servicios de artesanos, permite acceder a los datos desde una mirada mucho más apasionada: la que tenían sobre su propia realidad los hombres y las mujeres que decidían qué cosas hacían con sus huesos y sus pescuezos. Medir la tierra Lo primero que se repartió fue la tierra. Esto significa que, decidir de qué manera se medían las extensiones que se estaban asignando, fue un asunto apremiante que debió resolverse en la primera hora.

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Hoy en día está en vigor el denominado sistema métrico decimal. Sin embargo, el mismo no existe desde siempre: en realidad, es bastante reciente y fue el primero en tomar en cuenta fenómenos astronómicos independientes del hombre.
El Sistema Métrico Decimal es el único que amerita llamarse «sistema», porque todos sus elementos están relacionados entre sí a partir de proporciones exactas, invariables y universalmente válidas. Esta «universalidad», es justo recordar, fue trabajosamente impuesta a partir del primer cuarto del siglo XIX. Es también el primero, en toda la historia de la humanidad, basado en una convención internacional que se pretende universal e inextinguible. Un sistema de Estados Nacionales reconoce su validez. En la República Argentina, fue adoptado por una ley sancionada el 10 de septiembre de 1863. Otra ley, del 13 de julio de 1877 estableció su uso obligatorio, para todo el territorio nacional, en todos los contratos y transacciones comerciales, quedando sin efecto el uso de pesos y medidas de otros sistemas desde el 1 de enero de 1887.

Plano de Garay Reparto de solares en la ciudad de Buenos Aires (el de Santa Fe no se conserva)

Hasta entonces, se convivía con unidades de medida de diferente tipo, que no constituían, precisamente, un sistema. Algunas, por ejemplo, eran antropométricas (es decir, fijaban equivalencias haciendo referencia a distintas partes del cuerpo humano) otras, itinerarias (utilizadas para medir extensiones de camino). A estas también se las llamó geométricas, es decir, unidades para medir la tierra. Ciertas medidas eran válidas para líquidos y sólidos; algu-

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nas extensiones geográficas se pensaban en tiempo, y además, las mismas unidades no medían lo mismo en todos los reinos ni en todos los pagos... Confirmado: no había un sistema de medidas. La medida más frecuentemente utilizada para medir la tierra fue la legua. Sin embargo, su extensión variaba de una provincia a la otra. Así, en el Río de la Plata tenía una extensión diferente que en la del Tucumán. Juan de Garay, al repartir las tierras entre su hueste, en Santa Fe y Buenos Aires, utilizó una legua de 6.000 varas. La legua utilizada, de 6000 varas, tenía equivalentes antropométricos: 18000 pies, 3600 pasos geométricos o 7.200 pasos comunes. Esta legua era una quinta parte más extensa que la «legua jurídica», de 3000 pasos geométricos (tres millas) y un diez por ciento más corta que la castellana (de 4000 pasos). España no tuvo una legua única hasta 1801. Es por esto que cualquier generalización que se haga respecto de su medida para los siglos anteriores está simplificando groseramente una realidad rica en diversidades. Como puede imaginarse, la adopción de diferentes extensiones para la misma medida podía originar algunos conflictos entre ciudades y hasta entre particulares. Sin embargo, como los territorios no eran efectivamente controlados en toda su extensión y hasta todos sus confines, solamente hubo pleitos en situaciones muy puntuales, cuando alguien realizaba algún reclamo. Un gran estudioso de estos temas, el ingeniero Augusto Fernández Díaz, opinaba que pesos y medidas, en América, fueron diferentes entre sí a causa de los disímiles bagajes culturales que traían consigo los conquistadores. Esto quiere decir que repro-

ducían una diversidad importada de la Península Ibérica. Así, por ejemplo, el «paso» –medida que valía 5 pies y de la que hacían falta 3600 unidades para hacer una legua– presentaba en la Península diferencias regionales marcadas. Al contrario, la vara para medir el lienzo, utilizada por comerciantes que circulaban por todas partes, gozaba de mayor homogeneidad. Por lo tanto, la legua utilizada por Garay parece haberse compuesto no a partir de «pasos» sino a partir de «varas de medir lienzo». Unidades antropométricas (pies y pasos) coexistían con las denominadas «itinerarias», «agrarias» o «geométricas» –que cubrían la insuficiencia de las primeras para medir grandes extensiones y su relación de proporcionalidad, siempre era materia de discusión. Como otros intentos anteriores (el de Alfonso el Sabio en el siglo XIII y el de los Reyes Católicos a finales del siglo XV), la Pragmática dictada por Felipe II en 1587 condenaba el uso de medidas heterogéneas dentro de la Monarquía Hispánica y también en de sus provincias americanas. Al gobernador del Río de la Plata se le ordenó la utilización de la «legua vulgar» en lugar de la «legua legal». Sin embargo, como en muchas otras ocasiones, la voluntad del monarca podía quedar en letra muerta… Medir la tierra formaba parte de una operación de importancia capital: delimitar las parcelas asignadas en propiedad. En algunos cabildos, como en el de Buenos Aires, hubo un «medidor de tierras». En Santa Fe, la función la ejercía el fiel ejecutor, aunque algunas veces la tarea era encargada a personas peritas e informadas. La intervención del «medidor de tierras» o «amojonador» generaba un arancel que

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no siempre era pacíficamente pagado por el interesado. En coyunturas particularmente conflictivas (como las vividas en Santa Fe a finales de la década de 1620 o durante la década del trasiego, 1650-1660) los vecinos reclamaron reamojonamientos, nuevos repartos, compensaciones y hasta nuevas mediciones a las que, en ocasiones, debió asistir el mismo alcalde ordinario –lo que confería al acto el carácter de un auto judicial. El otro motivo que volvía fundamental medir la tierra era la demarcación de los «mojones» de la ciudad. Cada año se arrendaba la «mojonería». El amojonamiento estaba ligado a las marcas jurisdiccionales pero sobre todo al pago de algunas rentas: el «derecho de mojón» (una tasa a la entrada de vino), fue uno de los principales ingresos del cabildo santafesino. Esta renta podía ser arrendada a un tercero o bien podía ser cobrada por el fiel ejecutor directamente para la caja de la ciudad. Medidas de tierra y marcas en el terreno determinaban las jurisdicciones de las ciudades. Sin embargo, Santa Fe y Córdoba mantuvieron diferencias sobre sus jurisdicciones durante todo el periodo colonial y más allá. Estos atravesaron la era de la conformación de los estados provinciales, y no se zanjaron hasta finales del siglo XIX. Los pleitos con vecinos de Santiago del Estero a causa de que recogían ganado en territorios santafesinos fueron frecuentes. Muchas veces se solicitó al cabildo la designación de peritos para medir tierras para establecer los confines de propiedades; estos problemas eran producto de la «invasión» de cabalgaduras y ganado suelto sobre los bordes de chacras cultivadas.

La coyuntura del traslado de la ciudad vieja a su sitio actual avivó una pequeña ola de reclamos compensatorios por parte de quienes se denominaron «afectados» o «con necesidad de reparación» por la traza y el reparto en el nuevo territorio. No estuvo a la zaga el número de quejas por imprecisión en los amojonamientos de las estancias. Los lindes entre las propiedades se establecían con las típicas marcas del paisaje, perceptibles visualmente: los puntos de referencia para los vecinos de Santa Fe eran aguadas, arroyos, árboles llamativos, una punta en la ribera… El guardián de las justas medidas El Cabildo entendía que unificar pesos y medidas era un síntoma civilizatorio. Así lo manifestó el Procurador de Santa Fe en 1575, cuando exigió a sus alcaldes y regidores: que haya en esta ciudad peso y medida para que vivamos en razón. A pesar de que se trataba de un problema urgente, el cabildo santafesino designó por primera vez un fiel ejecutor en 1584. Este oficio fue ocupado rotativamente por un capitular –en general un regidor, aunque también lo hicieron alcaldes de segundo voto. Al fiel ejecutor se le encargaban asuntos relativos al cuidado del aspecto físico de la ciudad: rellenar un pozo existente en la plaza, arreglar una calle arruinada por el agua tras las lluvias o la creciente, sacar los basurales que se formaban en las calles y hasta construir una casa para cabildo. Sus funciones incluían aplicar las sentencias dictadas por el alcalde o por el cabildo: multas, desalojos, apresamiento de cuatreros… Estas tareas, a veces eran encargadas a diputados de la ciudad.

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Pero además de todas estas funciones, el fiel ejecutor santafesino se ocupaba, sobre todo, de otro aspecto de lo justo. Fue una suerte de inspector de pesos y medidas, el encargado de controlar los precios en las tiendas y mercados así como los aranceles que podían cobrar los artesanos. El teniente de gobernador también tenía cierto poder sobre el tema: podía convocar a refrendar y concertar pesos y medidas dentro de quince días y el incumplimiento de esta convocatoria se penaba con multas severas. En 1590 fue nombrado en ese oficio el vecino Diego de la Calzada. Presentó ante el Cabildo un registro de varas y medidas confeccionado por él mismo. El tema era importante y urgente porque la ciudad se involucraba en el intercambio mercantil, y se vio obligada a ponerse a tono con las otras para «vivir en razón»: en buen romance, para participar de las convenciones mínimas que permitieran a sus vecinos comerciar con los de otras ciudades. La preocupación de los capitulares por la fijación de pesos y medidas fue incrementándose, lo mismo que la variedad de las producciones y los ritmos y flujos del intercambio de la ciudad. Esto, claro está, aumentó el número de situaciones en las que la cuestión de las cantidades en su justa medida presentó aristas conflictivas. La fidelidad y la estafa La arroba era una pesa de veinticinco libras de a dieciséis onzas cada una. A pesar de haber sido definida para materiales sólidos, fue aplicada también a líquidos y, por si esto fuera poco, el peso de los líquidos que se medían con ella también variaba, según las provincias.

Durante los primeros años, el cabildo santafesino no definió precios de productos líquidos; aunque viñas y algodonales fueron los primeros cultivos, las heredades (nombre que tenían las primitivas tierras de viñedo) demoraron algunos años antes de que se produjera a partir suyo algo de vino –y, en consecuencia, de vinagre. En 1616, el Cabildo estableció como unidad de medida para el vino y el vinagre la media arroba de Asunción. Se trataba de un tonel construido en madera que había hecho enviar el gobernador Hernandarias desde el cabildo de Asunción, junto con una carta en la que se planteaba el acuerdo con Santa Fe para tener la misma medida. Luis de Lencinas (fiel ejecutor de ese año) fue comisionado para confeccionar una réplica y se fijaron penalidades para quienes utilizaran otras diferentes. Al año siguiente, se denunció que los barriles de vino estaban «mal construidos» y se comisionó al fiel ejecutor la inspección de la confección de unos nuevos. A comienzos de 1617, la entrega del barril de la media arroba al alguacil mayor se realizó conjuntamente con la «caja de la vara de medir», el sello y una balanza rota. En enero de 1621 se negoció que los patrones y medidas utilizados en la ciudad de Santa Fe fueran idénticos a los de Buenos Aires. El informe de los porteños llegó en el mes de abril, acompañado por las respectivas muestras: una media fanega de madera y un cuartillo de cobre. Esos fueron los objetos que desde entonces regularon las medidas en las transacciones realizadas en Santa Fe: el Cabildo sancionó su uso obligatorio. Las indefiniciones parecen haber causado problemas todavía en 1648, cuando el Cabildo creó una

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nueva media arroba de madera y se adoptaron pesos de hierro y sellado. La necesidad tuvo, aquí también, cara de hereje: en 1656 el Fiel Ejecutor fue amonestado por el Cabildo, que le prohibió «prestar» a particulares las cuartillas de cobre que, supuestamente, sólo debían utilizarse en asuntos oficiales. No obstante la indignación general, se llegó a una solución creativa: terminaron autorizando la confección de réplicas de barro. La cuestión de la «balanza de la ciudad», como en la Biblia, está ligada con la estafa. Las quejas respecto de su «fidelidad» fueron permanentes: tanto por ventas al menudeo como en las operaciones donde intervenían grandes comerciantes, que traían mercaderías procedentes de otros puertos. La primera balanza fue comprada en 1591 a un mercader llegado de Asunción. Hasta entonces, la ciudad no tenía la suya propia, por lo que quedaba a merced de los pesos declarados en origen o del pesaje realizado por algún particular.
El peso falso es abominación a Jehová, mas la pesa cabal le agrada… (Proverbios, 11: 1)

primera, el Cabildo compró una nueva. Los ingresos que producía, se dijo, eran importantes: el importe recaudado por este concepto en 1640, bastó y sobró para agasajar al Gobernador con pan y vino, pagar cercos, corrales y hasta para aderezar el libro del cabildo, muy deteriorado. Cuando en 1647 el gobernador Jacinto de Lariz suspendió el cobro del derecho de romana, la ciudad reaccionó como un león herido: apeló la medida, pidiendo la restitución de ese derecho al visitador Garavito… El clima de la década de 1650 –marcado por las necesidades y urgencias que se desprendían del traslado de la ciudad al nuevo sitio– requería custodiar celosamente cada fuente de ingreso… El precio del trabajo Entre las tareas del cabildo, la de fijar precios, aranceles o equivalencias entre valores no era la menor. Los precios constituían esa tan especial medida de las cosas –una simbolización del valor de las cosas, del trabajo y de los servicios– y estaban expresados en moneda. Sin embargo, no debe pensarse que, como hoy, la moneda era una, y que tenía necesariamente las actuales formas del dinero… El Cabildo estableció precios y aranceles en moneda de la tierra, es decir, en productos que en ese lugar funcionaban como el patrón de referencia para fijar valores equivalentes. Las monedas de la tierra, en Santa Fe, fueron el lienzo, el hierro, el acero, las gallinas, los patos y hasta las vacas. Las tasaciones fijaban los aranceles máximos que el Cabildo autorizaba cobrar a los artesanos y ofi-

La cuestión del peso tenía connotaciones religiosas… pero también generaba aranceles. El Cabildo reclamaba su «tercio» a quienes entraban a comerciar en la ciudad sin declarar sus mercancías y en 1615, debido al «gran desorden habido en las ventas», designó un encargado de la romana. La renta de la romana se subastaba cada año. Fue otro de los principales ingresos de la ciudad vieja. Cuando la balanza se rompía, su arreglo era un asunto urgente. En 1620, tras reparar varias veces la

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ciales por su trabajo. Tenían el carácter de ordenanza y su cumplimiento era controlado por dos miembros del cabildo. Desde 1581, los artesanos consiguieron que uno de los dos tasadores fuera un conocedor del oficio cuyos honorarios se regulaban. En 1584, moler una fanega de trigo costaba lo mismo que la fanega –medida para granos en general. Esa relación no reproduce en absoluto la planteada en el caso de los oficios, donde el trabajo de un talabartero o de un carpintero siempre era superior al costo de los materiales que le eran entregados. Esto parece inclusive más intrigante si se tiene en cuenta que el objeto principal de la demanda de consumo eran las harinas y no el grano de trigo. El precio de los cereales, del maíz y de los productos considerados importantes por el cabildo, hace buen contrapunto con la fijación de los aranceles de los artesanos: los trabajos vinculados con la ganadería, como la confección de aperos para realizar vaquerías –provistos de silla y fuste–, resultan comparativamente altos frente al de una fanega de trigo, cereal que escaseó frecuentemente. ¡Dónde hay un mango, viejo Gómez! Al igual que en Asunción del Paraguay, la principal moneda en la que se fijaban las tasaciones y los precios fue la vara de lienzo, aunque había «monedas más pequeñas», como las gallinas o los pollos. Esto no constituye una peculiaridad santafesina. Al contrario, fue el modo más corriente de resolver la representación de las equivalencias sociales del valor en la mayor parte de los territorios de la Monarquía Católica.

Algunas áreas inmediatamente contiguas a los centros de acuñación de la plata, como Charcas, o las comercial y fiscalmente privilegiadas, como Lima y Buenos Aires, veían circular moneda metálica, pero sufrían el problema de la falta de moneda chica en los patrones de acuñación. Otras, como Santa Fe, a pesar de estar en un lugar privilegiado en la ruta comercial entre Asunción y Potosí, no recibían moneda suficiente para los intercambios mínimos. En junio de 1577, faltaba en Santa Fe incluso moneda de la tierra. La falta de lienzo impedía el intercambió con Asunción; para reservar lo poco que había, se decidió que en la ciudad fueran aceptados como medio de pago vacas, ovejas, cabras, caballos, puercos, pellejos de nutrias, cueros crudos, ciervos adobados o cualquier otro tipo de animal. De esta manera se pagaban incluso los aranceles eclesiásticos y los servicios de los visitadores o abogados de la Real Audiencia. La escasez estacional del lienzo provocó, en varias oportunidades, su abandono como unidad de valor monetario en los aranceles. Lo mismo sucedió con el hierro. En 1594, por ejemplo, una visita de indios se pagó en lino y sayal. Las inundaciones de 1594 provocaron una nueva escasez del lienzo, la moneda de la tierra. El Cabildo solicitó a la Real Audiencia de Charcas que le permitiera pagar las mandas graciosas que tocaban al juez Juan de Betancur con bueyes y caballos. Que «bueyes y caballos» fueran considerados moneda corriente de la ciudad en 1594 o que la «cabeza de ganado» haya sido sancionada como moneda de la ciudad desde 1625 y su equivalencia se fijara en un peso por unidad, no puede vincularse –como se verá en el próximo capítulo– única y mecáni-

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camente con el hecho que hubiera muchas cabezas de ganado. Desde 1611, el tributo exigido a los indígenas podía ser integrado por ellos en especie. Aunque la tasa que debían pagar se expresaba siempre en pesos y reales, el visitador Francisco de Alfaro propuso unas tablas de equivalencias entre valor moneda y la producción de los indígenas de las regiones cercanas a Asunción y a Santa Fe. Quienes podían manejar algo de metálico fueron, en general, grandes comerciantes y especialmente fleteros, estantes o forasteros allegados a algún vecino, pero casi nunca vecinos de la ciudad. La ruta del metálico, hacia el sureste, desembocaba en el puerto de Buenos Aires, pero con la creación de la Aduana Seca de Córdoba en 1623, el flujo de la moneda metálica parecía cortarse a mitad de camino (aunque se sabe que la ciudad porteña contaba con mecanismos bien aceitados para que el metal potosino llegara hasta ella de todos modos). Como se dijo, la circulación del metálico era también socialmente restringida, por lo cual sus portadores fueron principalmente comerciantes que la destinaban a mercar productos de Castilla con factores de Buenos Aires. Para los santafesinos, la escasez de circulante fue casi crónica. En 1624, Hernandarias de Saavedra, entonces procurador de la ciudad, solicitaba que se permitiera a Santa Fe –al igual que a Córdoba (desde 1622)– la entrada de plata acuñada, considerando que podía ser un lenitivo para su pobreza. Ante la falta de lienzo, sayal y acero –desde antiguo moneda local– los capitulares permitieron el arrendamiento de los diezmos en hierro y reales por mitades y no solamente en plata. A los jueces y escriba-

nos, debía pagárseles como era habitual, en hierro y plata, por mitades, salvo cuando ellos mismos aceptaran cobrar en productos de la tierra. En 1638, se le pagó con frutos de la tierra nada menos que a un juez de residencia, el licenciado Gaspar Álvarez Monroy. Con solvencia desigual, según el trato y la coyuntura, desde gallinas hasta el lienzo servían como moneda de pago. Nadie, ni arcedianos, ni letrados ni funcionarios Reales, nadie, escapaba al discreto encanto de la economía local.

Tasa de precios en Santa Fe
-extraído de las Actas de Cabildo: ortografía original (1577) cabildo de marzo o junio «...una cría de vacas y de hiegua una quarta de lienzo y de todo ganado menudo una libra de algodón o su valor...» (1577), 3 de dic. Valores una cria de baca una cria de hiegua una cabeza de hoveja una cabeza de burra una vara de lienzo una vara de lienzo

una quarta de lienzo una quarta de lienzo una libra de algodón media libra de algodón tres libras de lana tres libras de algodón

(1581) precios de los bastimentos, sesión del 9 de enero una fanega de trigo quatro varas de lienzo una fanega de frisoles quatro varas de lienzo una fanega de maiz tres varas de lienzo

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(1583) precios fijados en la sesión del 1 de enero: una fanega de trigo un peso una fanega de maíz un peso una fanega de frisoles un peso y medio. Un quintal de algodón ocho pesos Un quintal de lana ocho pesos Una fanega de sal cuatro pesos Una fanega de harina tres pesos «...que den de rehechas por una caveza de vaca dos tomynes — y de una yegua tres tomines — y de una caveza de oveja y cabra medio tomín...» (1584) 30 de junio, valores: una fanega de trigo una fanega de maiz una fanega de frisoles una fanega de sal moler una fanega de trigo

un peso y medio un peso y medio dos pesos seis pesos un peso y medio

(1584), 16 de noviembre que el hierro y el plomo se vendan sin tasación. «...como pudieren» (1585), sesión del 20 de mayo una fanega de trigo una fanega de maiz una fanega de frisoles una arroba de lana una fanega de sal

dos pesos dos pesos dos pesos y medio dos pesos y medio seis pesos y medio

El pan nuestro de cada día… Las discusiones sobre los precios del trigo, del pan y del vino eran periódicas y seguían el ciclo de las cosechas o acompañaban las estaciones de carestía. Los precios del trigo y del pan se fijaban en las primeras sesiones del año. En 1584, una feroz manga de langostas estragó la cosecha del trigo: la fanega de cereal duplicó su valor, por lo cual el Cabildo debió limitar el precio del pan. Ante otra coyuntura crítica (las sequías de 1617), se autorizó la fabricación y la venta de pan en casas particulares. Las cosechas escasas fueron reiterándose y en 1624, el Cabildo resolvió vender más cantidad de pan por el mismo precio. La violación de los precios máximos fijados por el Cabildo se multaba y el monto de las penalidades, afirmaban, se aplicaba a paliar las situaciones de pobres, conventos y viudas. Así como la escasez del trigo (registrada en 1618, 1621, 1634, 1637, 1640, 1657, 1658 y 1661) incrementó el valor del cereal, las abundantes cosechas de 1639 y 1650, entre otras, hicieron bajar tanto el precio del trigo como del pan. La relación, de todas maneras, no debe leerse, como en una moderna economía de mercado, en términos de «oferta y demanda»: hay que interpretarla de una manera más concreta, que tiene que ver con la disponibilidad o la indisponibilidad de productos imprescindibles para la alimentación y el consumo cotidiano. Esto es característico de sistemas productivos precapitalistas donde el cuerpo político debía garantizar la subsistencia. Manuel Cervera señaló hace un siglo, con gran criterio, que la idea del intercambio se hallaba supeditada a la de necesidad inmediata y a la de interés del común.

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Con pan y vino se anda el camino...
Con la lluvia, llegó el otoño, y con el otoño, el tiempo del vino. Juan José Saer, La Grande

tante, a los hombres de menor jerarquía social con los sujetos más nobles, y su consumo, distinguía al hombre del animal. Así lo registran numerosos refranes entre los cuales, uno muy expresivo, sentenciaba: el vino para los reyes, el agua para los bueyes. Territorio y política El carácter social y cultural de las discusiones sobre la extensión de una legua, la fijación del precio de una vaca, los criterios de amojonamiento o la relación entre el precio y el peso de una pieza de pan o la regulación del comercio del vino, permiten apreciar qué cosas eran centrales para el poder político y, por eso, para esos hombres. El cabildo santafesino fue el lugar donde los vecinos de la ciudad desplegaron su capacidad de domesticar un territorio: para esto, subyugaban física y simbólicamente a los pueblos originarios y fueron equipando el territorio para poder participar de los intercambios con otras ciudades fundadas por españoles. Establecieron pautas para poder regular los intercambios internos (penalizando usos que fijaron como indebidos, intentando satisfacer la reproducción mínima de los pobladores en tiempos de escasez o de crisis) y, sobre todo, para hacer parte de unidades políticas más vastas, que les otorgaban sentido y a cuya expansión contribuían: la gobernación, el virreinato, la monarquía. Medir, pesar, fijar aranceles, velar por el abastecimiento, poner tope a los precios de los productos indispensables y determinar qué cosas eran dignas de ser denominadas monedas de la tierra fueron actividades sin duda políticas: este aspecto de la histo-

Otro producto que acaloraba los ánimos a la hora de discutir su justo precio era nada menos que el vino, fundamental en la dieta hispánica. Algunas veces, como durante 1625, ante la falta de consenso, se solicitaba que la decisión la tomara un «árbitro»; en esa ocasión, se solicitó la definición al mismísimo alcalde de la ciudad. ¡Cuestión de Justicia! También al alcalde se le encargó, en varias oportunidades, que obligara a los comerciantes a rebajar el precio del vino: las multas que podían aplicarse en casos de incumplimiento eran temibles. A comienzos de 1626, se determinó que el vino importado de otras ciudades podía ofrecerse sólo cuando se acabara el producido en la ciudad. Ese año se fijó por vez primera un precio diferente para las ventas al por mayor y al menudeo. Juan Martín, mercader que probablemente venía de Cuyo, pidió autorización para vender el vino que traía y debió declarar frente a la justicia ordinaria. A mitad de año se resolvió que el vino que procedía de fuera de la ciudad se vendiera más caro. Algunos mercaderes de Mendoza, en ocasiones, conseguían entrarlo sin declararlo ante las autoridades de la ciudad, evadiendo «el tercio» que la misma cobraba para permitir la venta de productos foráneos. Además de formar parte de la dieta de los españoles antes de su venida, el consumo del vino tenía connotaciones culturales y sociales. No debía faltar en la mesa. Su presencia en la tabla igualaba, por un ins-

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ria del territorio nos introduce, quizás de una manera poco transitada, en la interpretación política de la economía de una ciudad colonial. Revela lo que para aquellos hombres iluminaba con un aura particular su propio mundo social. Sus decisiones respondían al imperativo de sobrevivir, pero también de vivir en razón. Nada más lejos de la neutralidad, nada más cerca de la política.

Capítulo 7

Una economía en cuatro patas

Para saber más
BARRIERA, Darío y ROLDÁN, Diego Territorios, espacios, sociedades, UNR, Rosario, 2004. MANAVELLA, Analía y CAPUTO, Marina «De Santa Fe la Vieja a Santa Fe de la Vera Cruz. Hacia una configuración territorial conveniente, 1640-1660», en ARECES, Nidia –compiladora– Poder y Sociedad: Santa Fe la Vieja (1573-1660), Rosario, 1999. CALVO, Luis María Santa Fe la Vieja (1573-1660), Santa Fe, 1992. ENSINCK, Oscar Luis Historia económica de la Provincia de Santa Fe, UNR, Rosario, 1985.

Con sus ordenanzas, decisiones voceadas en la plaza por un pregonero, el cabildo local intentó regular la circulación de mercaderías y, paralelamente, obtener algunos recursos bajo la forma de habilitaciones o de multas. También era obligatoria la exhibición de precios y aranceles en la puerta de algunos establecimientos, como los que vendían el pan, la carne, el vino y otros productos indispensables. Todo esto constituía uno de los principales modos de ingresar dinero que había encontrado la ciudad. Pero ¿cuál era la principal riqueza de estas tierras, o mejor, de su gente? ¿Qué actividades productivas permitían que estos hombres discutieran acaloradamente sobre algunos recursos en disputa? ¿Era toda su dieta un trozo de pan y un jarro de vino? Si algo removía los ánimos con especial ardor era, en tal caso, el abasto y el precio de los cortes de carne de vaca… Este tema, tan actual y tan añejo, en definitiva, tan afectivamente nuestro, nos conduce directamente a evaluar el punto más sensible de la economía de la ciudad vieja.

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Las riquezas de la tierra Los primeros cultivos introducidos en las tierras repartidas por el fundador en los alrededores de la ciudad, fueron vides, algodón y trigo. Bien pronto se agregó el maíz y, en las chacras más cercanas, se plantaron frutales. Como se ha visto en el capítulo anterior, una parte fundamental de la dieta cotidiana de los primeros santafesinos se jugaba en heredades y tierras de panllevar: allí se habían echado las primeras cepas de vid y las primeras sementeras de trigo, con cuyos frutos se elaboraba, luego, el vino y el pan. Los miembros del cabildo cuidaron celosamente el abastecimiento de la población. El que no faltaran estos productos era central y, en muchos casos, impedir la entrada de harinas y vinos de otras ciudades formó parte de esta batalla. Sin embargo, en la primera mitad del siglo XVII, la tierra en la que se hacían esos cultivos no valía mucho en Santa Fe. Al menos, no tanto como el ganado. La preocupación por regular cuestiones relativas a la explotación del ganado cimarrón (que se reproducía libremente) y el quieto (guardado en islas o primitivos corrales de palo a pique) fue un asunto fundamental.
El vínculo entre ganado y riqueza ha dado páginas notables de la literatura y la historiografía argentinas. Son célebres las que Estanislao Zeballos dedicó al caballo como elemento civilizatorio. Su papel en la historia de Santa Fe ha sido magníficamente ilustrado en los trabajos de Agustín Zapata Gollán. Algunos, como Emilio Coni, pensaban

que la «vida pastoril» tuvo pesadas consecuencias políticas, sociales y económicas para la historia de nuestro país. Calificó como revolucionarias las modificaciones causadas en las costumbres por la introducción del vacuno en el Plata. Para Horacio Giberti, cuya obra es una referencia en este tema, la ganadería fue la causa de nuestra estructura económica. El veterinario y Profesor de Higiene y Policía Sanitaria de la Universidad Nacional de La Plata, Prudencio Mendoza, señaló a comienzos del siglo XX que la ganadería, la riqueza del país y los tipos sociales generados en esas circunstancias estaban íntimamente ligados entre sí.

Incluso si Sebastián Gaboto había ensayado una experiencia de cultivo de cereales en su temprana empresa de 1527, la primera explotación económica en prosperar en la zona fue la del ganado. Las primeras cabezas de ganado yeguarizo entraron en la región hacia 1535, con la expedición del Adelantado Pedro de Mendoza. Tras el abandono del área por parte de las huestes hispánicas, los animales se reprodujeron casi sin obstáculos. Se trataba de animales de raza andaluza con los cuales los querandíes hicieron buenas migas.
El caballo andaluz era de alzada mediana, cuerpo largo y redondo, cabeza fuerte y un poco acarnerada, el pescuezo arqueado, el pecho ancho, la cruz alta, los encuentros largos y derechos, el lomo algo sillón, anca angulosa, muñecas largas, talones altos, color zaino bayo por lo general, de andar excelente y suave, debido a la

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buena conformación del casco y de la cuartilla, es considerado como el tipo ideal de caballo de paseo, como el árabe, de donde deriva. El caballo andaluz no es resistente para el trabajo… Prudencio Mendoza

Si al vacuno hay que referirse, la entrada al Paraguay de siete vacas y un toro por los hermanos Göess en 1555, funciona, entre el dato y el mito fundacional, como el disparador de la reproducción de aquéllos en el norte de la zona. Juan de Garay introdujo unas cuantas cabezas que trajo consigo desde Asunción en las fundaciones de Santa Fe (1573) y Buenos Aires (1580).
En 1573, bajando a la fundación de un puerto camino del Plata, Garay –quien ya había llevado ganado a la fundación de Santa Cruz de la Sierra en 1561 y luego llevó también a Asunción, en 1568– trajo consigo desde la cabecera del Paraguay 500 cabezas de vacunos y mil caballares, lo que constituyó el rodeo fundacional para Santa Fe. Lo mismo sucedió quince años más tarde, cuando se estableció el puerto de Corrientes, al que su yerno –a cargo del arreo–, llegó precedido de 1500 vacunos. Estos habrían sido traídos a Asunción en 1568 desde las haciendas que Ortíz de Zárate tenía en Charcas y Tarija.

provincia de Entre Ríos a comienzos del siglo XVII, se había originado, entonces, en los animales que habían cruzado –frente a la ciudad y más al norte, por el llamado paso de los caballos– algunos vecinos de Santa Fe. Hernandarias de Saavedra llevó un buen número de cabezas a esas tierras en 1590. Esos territorios fueron utilizados como campos abiertos donde se realizaban las vaquerías, recogidas y matanzas de animales salvajes, autorizadas también por el cabildo o por el gobernador. Algunos años después de estos cruces, se encontró gran cantidad de animales en el actual territorio de la provincia de Corrientes; esto pudo deberse a que, estacionalmente, el ganado alzado migraba de sur a norte, escapando de los temporales producidos por la sudestada.

El cruce de ganado desde Santa Fe hacia la Otra Banda del río fue coetáneo o anterior a la fundación de Corrientes (1588), por lo cual el ganado que se reprodujo libremente en el actual territorio de la

Cruzando el río
Dibujo de Florián Paucke Gentileza del Archivo General de la Provincia de Santa Fe Banco de Imágenes Florián Paucke

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Los animales fueron llevados a la otra banda del Río Paraná con el propósito de afirmar o asegurar a algunos indios de encomienda. La relación entre la introducción de equinos y bovinos con la práctica de la agricultura cumplía con la doble finalidad de completar lo esencial de la actividad productiva de la estancia y la de aquerenciar a los indígenas reducidos. La evangelización y el sometimiento a trabajos forzados debían ir acompañados por recursos que permitieran la satisfacción de las necesidades inmediatas de los pobladores. Nada se hacía en estas tierras hasta que no llegaba el ganado. El vaqueo fue, durante décadas, la fuente de recursos más importante de la ciudad y de sus vecinos. Dime lo que comes y te diré cuánto debes La carne vacuna y ovina, junto al trigo, el pan y el vino, fueron los productos básicos del consumo urbano. Las carnicerías se remataban anualmente y las sesiones del cabildo que trataban el tema de las dificultades en el abasto de la carne dentro de la ciudad, fueron siempre bastante ríspidas. Entre 1573 y 1660, el remate de las carnicerías quedó desierto en varias ocasiones. Cada vez que esto ocurrió, puede verificarse la relevancia de la cuestión, dado que los mismísimos alcaldes y regidores terminaron por hacer el trabajo de los carniceros: en efecto, a comienzos de 1626, no habiendo postulado ningún candidato, fueron los distinguidos miembros del cabildo santafesino quienes debieron hacerse cargo de las carnicerías de la ciudad. A finales de 1620, los regidores trataban de estable-

cer un orden y una periodicidad en el control del abasto, y como último acto de gobierno de ese año, ordenaron que las pulperías fueran inspeccionadas cada cuatro meses y que los precios de venta de cada artículo se colocaran en forma visible. Conforme pasaba el tiempo, así como fueron refinándose los criterios para fijar el precio del vino, sucedió lo propio con la carne: en 1619, su precio se fijó según la edad el animal, manifestando cierta finura en la apreciación cualitativa del producto. No faltó quien se ofendiera por que le pasaran novillo por ternera… ¿De quién es esa vaquita? Definir de quién era cada cabeza de ganado que andaba por allí no constituía una tarea sencilla. Y vaya si era importante, porque, como se sabe, el dueño de la vaca también es el dueño del ternero. Cuatreros hubo en todos los tiempos y los habrá; pero debemos imaginar que, a falta de corrales más o menos seguros –los primeros fueron hechos de espinillo por los jesuitas, a comienzos del siglo XVII y presentaban pocas ventajas respecto de otras formas de contención, como el cruce a las islas– se imponía que, sobre los ganados propios, hubiera alguna manera de establecer distinciones. La yerra fue regulada por el Cabildo muy tempranamente. En noviembre de 1576 se abrió el cuaderno de marcas de ganado. Esas señales marcadas a hierro caliente en el cuero fueron el único elemento a partir del cual podía fijarse algún criterio de propiedad sobre animales que, en función de sus características

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y del tipo de recursos disponibles para contenerlos, estaban virtualmente a la buena de Dios. Si las recogidas de cimarrones generaron conflictos entre los vecinos y las ciudades, las amonestaciones del Cabildo hacia los vecinos por no marcar sus ganados (los propios) no tardaron en aparecer. Hacia finales de la segunda década del siglo XVII, cuando la agricultura gozaba ya de una presencia sostenida, los ganados trajeron otro tipo de preocupaciones: hacían daño a las chacras. Por el bien de toda la República, el Cabildo ordenó la construcción de corrales para la guarda nocturna obligatoria de los animales. La primitiva explotación del ganado cimarrón en la otra banda del río Paraná y, sobre todo, de los corredores interiores del vasto valle que se extiende a lo largo de la vera del Salado, dio lugar a conflictos que ocupaban la agenda del Cabildo. Ganado quieto y ganado cimarrón Los vecinos podían ser poseedores de ganado quieto o de derecho y acción sobre el ganado cimarrón. El ganado quieto era el que, como su nombre lo indica, se tenía más o menos controlado, en la estancia, bajo la supervisión de algunas personas. En general estaba marcado y su utilidad inmediata no era la de proporcionar carne y cuero, sino leche o servicios ligados a las actividades del establecimiento productivo. El cimarrón, al contrario, era el ganado silvestre. Se había reproducido libremente antes y después de la llegada de los fundadores de Santa Fe, según ya se ha reseñado.

Foja del Cuaderno de Marcas de Ganado del Cabildo de Santa Fe (1577)
Las marcas están en el margen izquierdo La foto es gentileza del Archivo General de la Provincia de Santa Fe Banco de Imágenes Florián Paucke

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Sobre este ganado alzado, los vecinos podían tener «derecho y acción» de vaquear. Esto se conseguía a través de un título, y se perfeccionaba, es decir, se podía ejecutar, realizando la recogida del ganado alzado, con una licencia. En el campo, el ganado cimarrón podía ser arriado o dexarretado. El arreo consistía en armar una tropa y movilizarla, para ponerla en camino hacia la ciudad u otro destino. El dexarretamiento, en cambio, radicaba en perseguir a los animales a caballo, para, desde la montura, cortarle un tendón con el dexarretador (especie de azada pequeña y filosa hecha para este propósito) y, en el mismo lugar, extraer los productos que pudieran obtenerse del animal volteado: sebo, cuero, astas, y algo de carne. Las licencias para vaquear podían ser emitidas por el cabildo, un gobernador o su teniente. Si regía la prohibición de matar ganado, un vecino podía de todos modos obtener la licencia o la habilitación para usar su derecho y acción de vaqueo. También podía negociarla: es decir, si el poseedor de un título (una acción) no podía realizar efectivamente la vaquería, la posesión de ese título le permitía vender el derecho de usufructuarla a otro, que pudiera hacerlo realmente. Transferir el derecho de vaquear (a título oneroso) a otra persona con mayores posibilidades de conseguir las habilitaciones o con menos escrúpulos, fue un negocio frecuente. En general, quienes hacían las vaquerías no siempre eran titulares de los derechos: en ese contexto legal, era posible que las recogidas fueran realizadas por quienes estaban equipados con caballos, dexarretadores y aperos para los arrieros. Si alguien reclamaba derecho sobre

las cabezas tomadas, comenzaba una negociación. El supuesto titular debía demostrar su derecho y acordaba, con quien había hecho la vaquería, el pago de un porcentaje –llamado «el quinto», aunque no fuera siempre la quinta parte. Los primeros santafesinos no menospreciaban el poder de los refranes: cuando te dieren la vaquilla, acude con la soguilla. Vaca sagrada La tasación de aranceles –lo que los artesanos podían cobrar por su trabajo– realizada en enero de 1575 permite ver esta suerte de valor socialmente jerarquizado del que gozaban los trabajos referidos a los enseres para vaqueo respecto de los vinculados con la agricultura: mientras que el precio de una fanega de trigo variaba entre uno y dos pesos (y su molienda, realizada en molinos de mano al menos hasta 1594, acompañaba esta variación), y la hechura de un arado con su timón de laurel se tasaba en dos varas de lienzo, hacer un fuste y una silla jineta, costaba exactamente el doble. Esto equivalía a doce cabezas de crías de vaca o de yegua e, incluso, a tres docenas de ovejas. ¿Se medía la dificultad del trabajo o, en realidad, los trabajos vinculados con la ganadería gozaban de algún otro tipo de consideración? La estabilidad del precio de la cabeza de bovino en un peso, después del primer cuarto del siglo XVII, constituye otro dato significativo. Hasta 1625, la información que puede recogerse indica una oscilación que iba de 2 a 6 reales por cabeza, según la edad, el estado y el modo de selección del animal.

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Los pleitos judiciales y los contratos de flete, que brindan el grueso de la información posterior a 1625, presentan en cambio un panorama en el cual, si bien no desaparecen los criterios antes mencionados, el precio del animal en pie, adulto y escogido, se estabiliza en un peso por cabeza (incluso hacia la época del trasiego de la ciudad, una donación de 20.000 vacas fue tomada como el equivalente a una donación de 20.000 pesos). El valor, de todas maneras, tasaba el precio del derecho a recoger ese ganado cimarrón (es decir: 1.000 pesos designaba, en muchos casos, el valor de un derecho a recoger 1.000 cabezas, dicho de otra manera, el precio de una licencia para vaquear 1.000 piezas). Es cierto que 1.000 vacas en pie y escogidas significaban, concretamente, mucho más que el derecho a recoger 1.000 vacas: sin embargo, la equivalencia del número de cabezas, reales o hipotéticas, con la cifra en pesos, omite el drenaje que implicaba el hecho de contratar vaqueadores (que se llevaban «el quinto»), sufrir pérdidas por huidas y muertes, etc. Parece que vaca en mano no valía más que cien volando. Creo que esta «imprecisión» fortalece todavía más la dimensión social del valor: en términos simbólicos, una cabeza de bovino, costara lo que costara tenerla realmente, equivalía –valía– en Santa Fe (entre 1625 y 1670 aproximadamente) un peso. Fue, durante medio siglo, la medida de las cosas. La vaca como moneda El 23 de junio de 1625 el cabildo santafesino decretó un precio mínimo para el ganado vacuno, y lo

consideró moneda de la ciudad. El propósito de la medida era evitar abusos de los mercaderes que llegaban a Santa Fe, quienes pretendían sacar ventaja de la pobreza de la villa. La decisión de que una vaca fuera moneda de la ciudad es, qué duda cabe, un hecho iluminador. Esa determinación fue una de esas decisiones que repercutían sobre la vida de todos los miembros de la ciudad como comunidad política. Fue, por lo tanto, secuela e insumo de relaciones sociales locales. El dato significa que, en Santa Fe, el bovino jugó un papel central no sólo en una dimensión material, sino también en el orden simbólico. Las bestias rumiantes fueron objeto de disputas, alimento para los cuerpos y materia prima de especulaciones y hasta de alucinaciones y leyendas. La geografía litoraleña amó al bovino. Lo acogió cálida, con sus verdes pastos y sus montes tupidos, refugios seguros ante las inclementes sudestadas. Sus ríos y sus arroyos fueron la fuente generosa para la hidratación del cimarronaje, el líquido que los salvaba de secarse bajo los rudos soles de verano. Vacas y toros, caballos y yeguas, hicieron lo suyo: traficando semillas frescas con sus excrementos, arruinando sembradíos o abonando tierras otrora no muy fértiles, cambiaron para siempre el paisaje y marcaron a fuego las representaciones de aquellos hombres que, lejos de las ricas minas potosinas, hasta acuñaron una vaca por moneda para la ciudad. Cien volando Hacia el primer cuarto del siglo XVII, un baquiano estimó en cien mil el número de cabezas de ganado

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cimarrón que pastaban en la otra banda del Paraná. En transacciones que involucraban tierras y ganados (como en las ventas de estancias) se hablaba siempre, y sobre todo, del derecho a realizar vaquerías en un territorio, sobre un determinado número de cabezas. Lo que se tasaba en las ventas o en las donaciones era el costo de ese derecho, más que el de precio de cada cabeza o el costo de la tierra. Para la década de 1640, parece bastante claro que la equivalencia entre un peso y una cabeza de vaca escogida (de más de dos años) era algo consolidado. Al menos así lo opinaba el alférez de la ciudad en 1642. El pago en vacas de una deuda en pesos era frecuente: ni se mencionaba la equivalencia entre pesos y vacas, porque parecía innecesario. Por otra parte, lo que se convenía en los tratos de vaqueo eran porcentajes por el usufructo de ese mismo derecho de recogerlas (los quintos, que a pesar de su nombre, podían variar de un 20 a un 10 % de las cabezas vaqueadas, como pago al titular del derecho). Los arrieros, por su parte, percibían como pago el excedente de un piso fijado en la mitad de los animales llegados vivos a destino. Esto podía resultar –en el caso de que todos los animales llegaran con vida– en un costo de traslado que alcanzaba el 50% de la tropa, absorbiendo el fletero las pérdidas. Las rutas comerciales y los espacios económicos Las cuatro patas de esta economía, de hecho, andaban. Todas estas actividades ligadas a la ganadería se inscribían, más allá del lugar donde fueran criados o recogidos los ganados, más allá de la ciudad donde vivieran sus propietarios, en un complejo tejido de

intercambios que involucraba a vastos y distintos sectores de la economía colonial. Ese tejido, no sólo estaba armado por el cruce entre sectores diferentes sino también, entre zonas muy distantes entre sí. Se ha dicho ya que, cuando los europeos llegaron al Río de la Plata, los navegantes trajeron consigo una larga experiencia en intercambios con otras realidades. A pesar de la apertura de permanentes frentes de guerra en el Atlántico norte, en sus fronteras con Francia o en sus reinos italianos, la Corona castellana se mantuvo comercialmente articulada con todos los puertos del Mediterráneo, del Atlántico norte, de África y de Asia. Los espacios interiores de los territorios agregados a la Monarquía, se integraban a través de circuitos que, en líneas generales, tenían algunas actividades que movían otras. En el caso de Santa Fe, ya se ha remarcado su rol de llave de paso entre un puerto atlántico (Buenos Aires), una región al noreste (Asunción) y el gran polo de producción minera al noroeste (Potosí). La articulación de Santa Fe entre estos puntos se dio, durante el siglo XVII, sobre todo a partir de dos productos: la yerba y las mulas. La yerba mate venía del Paraguay y, desde luego, en Santa Fe se consumía un poco. Pero el grueso de los cargamentos iba a Potosí, donde era consumida masivamente por indígenas y mestizos en las inmediaciones de los filones mineros. Su consumo actuaba como energizante y estimulante para soportar las duras condiciones de trabajo. Otro exportable que salía de Santa Fe, fue producido en las estancias jesuíticas de los alrededores de la ciudad y se registraron salidas de tropas importantes desde 1640: se tra-

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ta de las mulas, fundamentales para el transporte de la yerba y también, una vez llegada a la región potosina, utilizadas como bestias de carga en distancias cortas. Estos pequeños apuntes sobre el tráfico a distancia y la articulación económica de Santa Fe con el vasto espacio peruano-rioplatense son apenas un avance. En el próximo volumen se expondrá en un capítulo específico, un análisis a gran escala (temporal y espacial) así como también se ofrecerán algunas historias ligadas a la manera en que esos tráficos eran experimentados, en que esa gran economía era vivida por los productores y los mercaderes de aquellos tiempos.

Capítulo 8

Los problemas de una pequeña urbe

Para saber más

BARRIERA, Darío «Asuntos de Caín. Medidas, equivalencias, valores y poder político. Santa Fe (15731660)», en Anuario del IEHS, Núm. 20, Tandil, 2005. MENDOZA, Prudencio Historia de la Ganadería Argentina, Buenos Aires, 1928. ZEBALLOS, Estanislao La concurrencia universal y la agricultura en ambas Américas, Buenos Aires, 1896 GIBERTI, Horacio Historia económica de la ganadería argentina, Buenos Aires, 1986.

Las amenazas Con este capítulo se cierra este segundo volumen dedicado a los problemas relacionados con la invasión, la conquista y el asentamiento de los hispanos en tierras de calchines y mocoretás. En el próximo tomo, se considerarán aspectos relacionados con la sociedad y con la economía de todo el periodo colonial (desde la fundación hasta finales del siglo XVIII). Allí, además de llevar el foco al nuevo sitio donde fuera trasladada Santa Fe durante la década de 1650, también se propondrá enriquecer este primer abordaje centrado sólo en la historia de la ciudad vieja. Una ciudad que, desde el principio de su existencia, se sintió amenazada. ¿Qué cosas amenazaban la existencia de la ciudad? ¿Qué fuerzas parecían desafiar la voluntad de permanencia de la villa? Los infieles Los pueblos originarios que habitaban los parajes donde se asentó la ciudad de Santa Fe, eran diversos en cuanto a prácticas, lengua y costumbres. Sin embargo, de la misma manera que lo habían hecho en

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la península con otras comunidades –como las árabes, beréberes, gitanas y judías– los hispanos volvieron a utilizar un criterio clasificatorio basado en la fe religiosa: los que no eran cristianos eran infieles. Así englobaban, bajo un solo término, un conjunto diverso y disperso al que era necesario pacificar y convertir. Este conjunto, claro está, también fue conocido y clasificado según criterios más afinados. Pero cuando se pensaba en qué cuestiones ponían en peligro la existencia de la ciudad, el «peligro indígena» era mentado como la amenaza de los infieles. La ciudad y los indígenas eran, claro está, un peligro el uno para el otro. La primera amenazaba –y más que eso, reprimía, disciplinaba y diezmaba– a los pueblos originarios del área y estos, a su manera, se reorganizaban o resistían, con mayor o menor éxito. Los primeros años parecen haber sido los más difíciles desde la óptica de los conquistadores. En 1574, mientras fuertes diferencias internas ocupaban a los hispánicos, los indígenas que rodeaban la ciudad la sitiaron. Unos treinta soldados repelieron el ataque. Manuel Cervera cuenta que después de esta sublevación, el cacique Terú se acercó al cacique Yamandú, quien ya había optado por la vía de la negociación y se decía amigo de Garay. Sin embargo, en mayo de 1577, excepción hecha de unos pocos que estaban asentados alrededor del casco urbano, los naturales de la provincia habían vuelto a rebelarse. Durante 1625, el Cabildo dispuso el envío de una de las habituales «entradas» de castigo a los naturales del valle Calchaquí, por los numerosos robos y excesos que cometían. Hacia la época del traslado, el maestre de campo Juan Arias de Saavedra impuso

penas severísimas a los santafesinos que, amantes de la caza de ciervos, salían hacia el valle, donde no pocos perdían la vida atacados por lo que los vecinos llamaban indios de guerra. Los castigos que prometía Arias de Saavedra tenían por propósito que la ciudad no quedara desarmada: el peligro indígena fue una de las constantes invocadas por los vecinos durante toda la vida de la ciudad vieja. Los desastres naturales y sus soluciones La ciudad, como dispositivo central de la conquista, intentaba también disciplinar al medio. Los conquistadores trajeron consigo caballos, perros, ovejas, ganado vacuno, pollos; también cepas de vides, granos, en suma, especies extranjeras que formaban parte del arsenal de la conquista. Su adaptación al terreno dependía de una buena cantidad de factores, y estaba estrechamente vinculada con el sometimiento de las comunidades indígenas locales. Esta adaptación era, sin embargo, un capítulo más de la conquista, de una domesticación que intentaba subordinar relaciones sociales y ecológicas a sus propias coordenadas culturales. Y así como los indígenas resistieron su sometimiento, el bioma del litoral no hacía fácil la implantación de algunos géneros de vida exóticos. En ocasiones, convertía en comida para algunas especies lo que los europeos sembraban como insumo para sus propias necesidades alimenticias... Desde el cabildo, una serie de «acontecimientos naturales» fueron percibidos como desastres, como amenazas a los recursos que la ciudad tenía para su subsistencia y para su reproducción. Una vez que

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tomaban nota de esto, encaraban la elaboración de soluciones: como primitivos expertos en gestión del riesgo, los integrantes del cabildo santafesino supieron encontrar las mejores estrategias para neutralizar los efectos de estos peligros. En 1584, la primavera obsequió a los santafesinos una virulenta invasión de langostas. A mediados de octubre, la manga estaba destruyendo los sembradíos. Las sementeras, con sus mieses bastante crecidas, eran preciado alimento para los voraces ortópteros. Ante los daños producidos por semejante plaga, el Cabildo tomó una resolución: pidió al procurador de la ciudad que, en nombre de todo el pueblo y para defender los cultivos, solicitara al Vicario del Río de la Plata que provea justicia. Por esto, dieron al procurador todo el poder necesario para que, el vicario, en nombre de la ciudad, destruyera las langostas, incluyendo sus desoves. La resolución del Cabildo parece bastante curiosa, porque se le encargaba «solucionar» el tema al procurador de la ciudad, que supuestamente tenía a su cargo cuestiones referidas a la jurisdicción y de las negociaciones políticas. Pero en realidad, el procurador sólo debía solicitar la solución a quien de veras podía tenerla en sus manos: el vicario. El religioso, de hecho, encaró la solución por donde era debido: proveyó rezos y misas. El tipo de justicia que el Cabildo solicitaba era justicia divina. Esta manera de enfrentar los «desastres» fue bastante frecuente y desataba áridas negociaciones pecuniarias entre el Cabildo y la Iglesia, porque el servicio solicitado no era gratuito: por los mismos, la Iglesia cobraba aranceles. El año de 1592 no trajo langostas, pero sí un otoño excesivamente seco. La «gran sequía» de ese año,

se sumaba a las descortesías de un verano caluroso, fácil de imaginar para los actuales habitantes de este litoral con marcas mercuriales dignas de un trópico. En abril de aquel año, se discutió en el cabildo una cuestión medular: el arcediano de Asunción, Martín del Barco Centenera, había fijado para misas y procesiones por sequía, unos aranceles eclesiásticos (limosnas) que para el cabildo de Santa Fe parecían demasiado onerosos. La tecnología de la oración tenía costos elevados. Otras plagas –como las de pulgones y hormigas– eran anuales y puntuales. Los problemas se volvían mayúsculos cuando se combinaban con otras dificultades. En noviembre de 1593, entre la sequía, los insectos y el resto de las alimañas, la ciudad andaba realmente de malas. El escribano, compungido, escribió para la posteridad los lamentos de una villa al borde del hambre por la «gran necesidad» de trigo que las plagas provocaron. Al comienzo del año de 1617, las cosechas de maíz y de los viñedos estuvieron a punto de perderse. Se encargó al párroco que hiciera algunas rogativas para que lloviera. El padre lo hizo, pero rogó sin éxito. La sequía continuaba. A los pocos días, se agregaron nuevas solicitudes –y por tanto, nuevas erogaciones– que debían ser urgentemente atendidas antes de finalizar el mismo mes de enero. La sequía, esta vez, había venido acompañada de langostas. La situación, por lo tanto, exigía determinaciones más drásticas: vista la evidencia del escaso poder de unas poco costosas rogativas hechas en misa, el Cabildo encargó, con carácter de urgencia, tres procesiones: para el 24 de enero, una desde las iglesias de San Sebastián y San Fabián, otra desde la de San-

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to Domingo y una tercera desde la de San Francisco. Las cosechas, ese año, fueron flacas. Las sesiones de la última semana del mes de octubre, dejan constancia del lamento: «no hay trigo para proveer a los pobres.» Los rezos fueron insuficientes. La vendimia comenzaba alrededor de la última semana de enero y era evaluada, en general, en la primera de marzo, cuando también se fijaba el precio del vino. 1618 fue un buen año para los viñedos, pero en cambio, registró todavía los sacudones de las sequías y las plagas que maltrataron al trigo. Durante el invierno, no hubo trigo ni siquiera para sembrar. Lo mismo pasó poco después, durante 1621, sólo que ese año, el golpe del clima y los insectos afectó también a los viñedos. Dada la escasez de trigo, se autorizó la fabricación de panes de libra y media en lugar de los habituales, de dos libras; pero si se piensa que el panorama de este año estaba completo, basta con revisar otros documentos para saber que lo peor estaba por venir… Unas cartas del cabildo de Buenos Aires, y otras escritas por vecinos de Santa Cruz de la Sierra, aportan la referencia de una epidemia de viruela que, desde junio de ese año, asolaba a toda la gobernación. Los vecinos de Santa Fe, como medida preventiva, sugirieron prohibir la «subida» de gente de Buenos Aires, vedando el desembarco de hombres y mercancías que esperaban en el puerto, lo que se reiteró en 1627 con el caso de la barca de Martín de la Cabes, a la que no se permitió atracar por proceder del puerto rioplatense. Durante la década de 1630, los vaivenes de las cosechas atribuidos al mal tiempo o plagas de insectos alteró el sensible termómetro de los precios, tam-

bién calibrado en el cabildo. Siempre podían encontrarse culpables para la carestía de tal grano o de cual uva. Se criminalizaba a quien realizara cortes no autorizados de cepas, vides o mieses en épocas de escasez, imponiendo durísimas penas a quien cometiera esos delitos.

Parroquia, huerta y desfile. Acuarela de Florián Paucke

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La relación con la Iglesia: encuentros y desencuentros Ciudad e Iglesia fueron inseparables, también, en todo el proceso de la conquista. La instalación en América de la Monarquía Católica dependió en buena medida del funcionamiento de esta dupla, que había sido probada, exitosamente, en el proceso de la reconquista del sur de la Península Ibérica. El adoctrinamiento religioso estaba íntimamente relacionado con la introducción de las pautas culturales del catolicismo europeo, de lo que los católicos consideraban una vida en comunidad. Las normas que se redactaban sobre este tema, estuvieron apoyadas en prácticas y principios monopolizados por la Iglesia: la prédica a favor del casamiento entre indias e indios o españoles –acompañado por un enjundioso combate contra la mancebía y la circulación «ritual» de las mujeres–, la asistencia obligatoria a oír misa, las (endebles) prohibiciones sobre el trabajo en días destinados al culto religioso, la vestimenta y la participación en las fiestas de guardar, fueron parte de las obligaciones establecidas por la Iglesia a los encomenderos, de quienes también se pretendía montaran capillas con ornato y corrieran con los costos que suponía mantener curas doctrineros. El cabildo, en nombre de la ciudad, también hacía lo suyo en este sentido. Se ha visto que, en el momento mismo de la fundación, Garay había asignado en el reparto de solares, algunos para la iglesia matriz y para las iglesias de San Francisco y de Santo Domingo. A comienzos de 1590, se donaron dos solares al padre Arminio de la Compañía de Jesús, en el marco de los primeros intentos por favorecer la instalación del Colegio de esta Compañía, lo cual

no se concretó hasta 1610. La media cuadra, tasada en 90 pesos, perteneció a Diego Bañuelos, quien durante 1590 había tenido que abandonar la ciudad. Poco después, en 1592, la ciudad concertó con el vecino y cura Felipe Arias de Masilla el adoctrinamiento de los naturales, seis veces al año. Aunque la fuente no lo indica explícitamente, puede tratarse del adoctrinamiento de indígenas de una encomienda «del común», es decir, propiedad de la ciudad. Como en el caso de los encomenderos, la ciudad tampoco se hizo cargo de pagar los servicios del cura doctrinero: ¿quién cubrió los gastos? Los mismos indígenas, a quienes se exigió una limosna de medio peso por cada indio adulto: podían pagarla en moneda de la tierra, es decir, en algodón y sayal bueno (el de dar y recibir), en hierro, en acero o en plomo. El Cabildo resolvió la cuestión muy sencillamente: obligó al presbítero y a los religiosos que lo asistían a dar doctrina a los naturales seis veces al año, y a los naturales, a pagarles por ello. Los capitulares, algunos de los cuales eran encomenderos, tomaron este mismo criterio para con sus propias encomiendas: cargaron en los indígenas el costo de la doctrina. Así fue, además, en casi toda América. Esos complejos «tributos eclesiásticos» a cargo de los indígenas –que incluían desde gallinas hasta materiales tan ajenos a la economía doméstica de esos pueblos como la pólvora o el hierro– fueron moneda corriente desde los primeros tiempos de la conquista también en las áreas centrales (sobre todo en el Perú) y, como puede verse aquí, aparece «solapado» como un tema que era controlado por el cabildo. Este descargaba sobre las comunidades encomendadas la satisfacción de los tributos eclesiásti-

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cos: los asuntos de la Iglesia fueron también, muchas veces, asuntos del común. Haz lo que yo digo… El rey debía ser ejemplo de virtud cristiana. Los miembros del cabildo, también debían «predicar» con el ejemplo. Ejemplo que, a juzgar por lo que dicen los documentos, no siempre daban… Es común encontrar que se amenazaba a los miembros del cabildo con «penalizaciones» –en general consistentes en «papel para el libro del cabildo»– fijadas para los que no concurrían a la iglesia los días de fiesta. En 1617 se creó el cargo de mayordomo de San Jerónimo y se resolvió que el patrono de la ciudad fuera ubicado permanentemente en su capilla de la iglesia Mayor. Los comisarios de la Santa Cruzada –recaudadores de la bula del mismo nombre, otra carga que pesaba sobre vecinos e indígenas– eran recibidos en el cabildo; allí también se decidía sobre la provisión de curas vicarios y se otorgaban o aceptaban «títulos de cura». El Cabildo también se ocupaba del ornato y de la disposición de las figuras sagradas en la iglesia: no faltaron quienes, además, se mostraran fervorosos durante el año 1638, cuando la comunidad toda se agitaba alrededor de los milagros de la virgen.
El 14 de agosto de 1638, el alcalde Robles y Vega propuso que el cabildo solicitara al tesorero Francisco Sánchez de Vera, vecino del Paraguay, propietario de la barca Nuestra Señora de la

Concepción, la donación al convento de San Francisco de la imagen de la virgen que había salvado de un naufragio seguro a los tripulantes de su embarcación. El suceso era conocido por todo el mundo, por lo cual los miembros del cabildo apoyaron la propuesta. En el convento ya estaba depositada la virgen milagrosa, a quien se le oficiaron misas cantadas en gran número.

El carácter cristiano de la conquista y la presencia omnímoda de la Iglesia no impidió, de todas maneras, la existencia de conflictos entre ésta y el gobierno de la ciudad. Tómese en cuenta, al menos, los roces con algunos miembros del clero secular y sus expresiones de mayor jerarquía. En 1585, el obispo de la gobernación había mandado a leer, en la iglesia local, algunas constituciones que entraban en contradicción con las costumbres y con el orden establecido por el obispo anterior. El Cabildo apoderó a Pedro de Espinosa para que negociara con el Obispo e hiciera prevalecer la jurisdicción municipal sobre la eclesiástica. Durante 1618 y 1619, la ciudad se opuso enérgicamente a los nuevos diezmos fijados por el Obispo. En 1623, el procurador solicitó que las bulas publicadas se conmutaran, pudiéndose pagar en frutos de la tierra, ante la crónica falta de metálico. El avance de las cargas eclesiásticas parecía incontenible: en 1625, el alcalde Juan de Osuna fue designado procurador ante el Obispo y el gobernador Céspedes para solicitar que no se impusieran más rediezmos y nuevos diezmos, y se revocaran los

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aplicados últimamente. Los diezmos pretendidos por la Iglesia –impuestos en esta ocasión por el obispo Fray Pedro de Carranza– se aplicaban sobre los cueros y sobre otros productos de la tierra. La cuestión fue llevada a los más altos tribunales de justicia del Virreinato, y la ciudad presentó una apelación ante la Real Audiencia de La Plata (Charcas). El 4 de noviembre de 1625, el tesorero Pedro Ramírez presentó una petición referente al cobro de la alcabala. Se resolvió que, por ser «tierra nueva», una ciudad «muy pobre y miserable donde no hay tiendas ni mercadería» y por no haber plata en circulación, era necesario apelar ante las autoridades para confirmar la exención sobre ese derecho. Todos estaban de acuerdo en el punto, menos el Obispo quien, por su lado, insistía con los diezmos, encontrando la férrea oposición del Procurador de la ciudad. La ciudad, que se declaraba pobre y miserable, instruyó a su procurador para que consiguiera del Alto Tribunal que los obispos no fijaran nuevos diezmos. Pretendía, además, que los vigentes no se pagaran en reales sino en monedas de la tierra, defendiendo así una costumbre asentada y antigua, que se practicaba desde la fundación. La ciudad tuvo, también, conflictos muy puntuales con los ministros de la Iglesia: en 1636 se produjo un hecho curioso. Juan Domínguez Pereiro, electo regidor de primer voto, fue compelido a hacerse cargo de sus oficios (como regidor y como alférez real). El hombre se presentó ataviado con el hábito de la Orden Tercera de San Francisco. Los cabildantes lo conminaron a presentarse como secular, lo que Domínguez Pereiro, alegando una promesa, no satisfizo. Sin más trámite, el Cabildo lo eximió: aun-

que en esta sociedad tradicional política y religión estaban bastante confundidas, también existían terrenos, cotos y protocolos que evidenciaban las zonas de tensión. En el plano de las jurisdicciones y de las investiduras, las superposiciones no siempre fueron bienvenidas y, en algunos casos, fueron inadmisibles. Mojones adentro Los términos del ejido de la vieja ciudad de Santa Fe estaban señalados por mojones que, cada fin de año, eran inspeccionados por miembros del cabildo. Ya se ha visto la importancia del ingreso que producía el derecho de «mojonería». La inspección de mojones, practicada desde la fundación, era la única que proporcionaba la afirmación de una cierta noción de «limes» en ausencia de murallas. Sin embargo, para algunos, el lugar de esas murallas era ocupado, metafóricamente, por la «bravura» de su gente, que la protegía contra el peligro indígena. El Arcediano describió esta convicción con unos versos bien rimados: «Estaba la ciudad edificada Encima la barranca, sobre el río De tapias no muy altas, rodeada Segura de la fuerza del gentío De mancebos está fortificada: Procura el indio de ellas, el desvío, Que son diestros y bravos en la guerra Los mancebos nacidos en la tierra» Martín del Barco Centenera, La Argentina

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Otras preocupaciones de la ciudad giraban en torno del cuidado de lo recto. Su manifestación, las calles, representaban con su geometría la sustancia de un modelo ideológico de organización del espacio afirmado sobre el predominio de un trazado rectilíneo que permitía la disposición jerárquica de los elementos al mismo tiempo que facilitaba la vigilancia de los cuerpos y el desplazamiento de las fuerzas para las fiestas, la guarda de las fronteras o de una organización para la guerra. El trazado urbano se había levantado en las barbas mismas del río, por lo cual algunas calles sufrían en su propio piso los daños provocados por la subida del agua durante los períodos de creciente: ya en 1590 fue necesario tapiar una calle, la de Francisco de Caravajal, porque se la robaban las aguas. Esas tapias, a modo de primitivos terraplenes de contención –que imagino no mucho más precarios que los que todavía hoy se construyen, con bolsas y arenas, en ciudades como Rosario o Santa Fe, en el inicio del siglo XXI– forman parte de la arqueología de una prevención de los desastres que, año tras año, provocaban severos dolores de cabeza a los vecinos. Curiosamente, las zonas más afectadas eran aquellas donde residían los vecinos más notables, dado que sus casas se ubicaban, justamente, más cerca de la ribera del Quiloazas. ¿Era ese riesgo el precio de la notabilidad? Acredítese la especulación a cuenta de una posible historia del inconciente urbano. Los mismos vecinos, por otra parte, eran quienes tenían a su cargo el mantenimiento de las vías públicas; en caso de desentenderse de la responsabilidad, podían ser penados por el gobierno municipal. Diego Suárez, por ejemplo, solicitó en 1617 ser eximido

de la pena que se le había impuesto por no carpir la calle y por haber arrojado basuras en ella. Los capitanes Diego Ramírez y Manuel Martín inspeccionaron el lugar y dejaron en suspenso la multa. Los nombres de las calles Las calles eran mentadas por la gente de la ciudad con el nombre de alguno de los vecinos que tenían su casa sobre ella. No se trataba, desde luego, de una manera excepcional de hacer las cosas sino, por el contrario, de la norma pura y dura: es una práctica todavía corriente en muchas pequeñas poblaciones de provincias, en diferentes países, que, al solicitar una referencia que nos ubique en el sitio, recibamos por respuesta una orientación que sugiere seguir caminando hasta la «calle de la viuda del juez». Este ti-

Vista panorámica de las ruinas de Cayastá (de norte a sur)

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po de referencias convive con otra, también muy arraigada, que remite a las más institucionalizadas «calle de la iglesia», «la del correo» o «la del colegio». Algunas calles de la vieja Santa Fe, como las que desembocaban en la ribera del río, asoman en los documentos denominadas como la del Convento de San Francisco, la de Alonso Saromo, la del puerto de Luis Romero o la de Cristóbal Matute de Altamirano. Los vecinos importantes aparecen, en este registro de las representaciones, como verdaderos puntos de referencia. Y no era poco, si eso, por ejemplo, los ponía a la par de un convento. Las comunidades designan las vías de su traza urbana apelando a aquello que consideran significativo. El registro en el nombre, confirma la presunción de «lo asumido»: o mejor, lo produce, lo confirma y lo reproduce. La enseñanza: maestros y artesanos «El tema de las primeras letras tampoco era ajeno a las preocupaciones de los capitulares. La educación que se daba en estas nacientes poblaciones, nunca pasó de los rudimentos de lectura, escritura y cuentas. La generalidad de los habitantes, no sabían leer ni escribir. Costaba el encontrar escribientes para el Cabildo [...] Los maestros, fueron siempre escasos y de poca monta, aunque no puede negase que desde la fundación de las ciudades procuróse su existencia» Manuel Cervera, 1907

Cuando Pedro de Vega, primer maestro de la ciudad, quiso abandonar la villa que no le aseguraba un

destino prometedor, el Cabildo inhibió su segundo intento de huida amenazándolo con una multa de 200 pesos. La primera escuela de primeras letras se estableció en 1617. Para alfabetizar a los hijos de los santafesinos fue designado Martín de Angulo, ex maestro en Buenos Aires. El asunto parece haber tenido precedentes que hablan de poca responsabilidad o, quizás, de malas prácticas, ya que, esta vez, la asistencia de los «alumnos» fue puesta al cuidado del mismísimo teniente de gobernador. En Santa Fe los maestros no duraban mucho tiempo. Durante la jornada del 15 de julio de 1619, se designó como maestro de niños al clérigo Francisco Muñoz Olguín, hasta que se encontrara una persona más adecuada. Los religiosos del convento de Santo Domingo obtuvieron una autorización para instalar una escuela recién en 1625. De igual manera, el gobierno de la ciudad no dejaba esta cuestión en manos de la Iglesia fácilmente. En 1626 se designó como maestro de niños provisoriamente, por un año, a un forastero, Luis Martínez, quien fijó condiciones severas: un buen pago y el compromiso del Cabildo de impedir la instalación de otra escuela. Las dificultades para encontrar la persona idónea en la función se extendieron a todo lo largo de la primera mitad del siglo XVII: promediando la centuria, Simón Cristal, designado como maestro de escuela «...para la buena enseñanza y doctrina de los niños...» fue relevado a menos de 15 días de haber sido puesto en funciones, porque fue considerado incompetente para ejercer el cargo. El alcalde Francisco de Robles y Vega, que realizaba el seguimiento, tuvo que buscar a otra persona y, una vez que la

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encontró, debió renegar bastante con los padres para que estos enviaran sus hijos a la escuela nuevamente. Otro ámbito de formación y de enseñanza lo constituía el artesanado. Los artesanos de oficio tomaban aprendices que hacían el trabajo para ellos a cambio de recibir los secretos del métier. Los datos acerca de oficios artesanales en Santa Fe son escasos, pero aparecen prácticamente con la fundación de la ciudad. En un sitio en el que todo estaba por hacer, existió la necesidad de contar con hombres dedicados a las distintas tareas manuales básicamente ligadas con las necesidades alentadas por la vestimenta, construcción de casas, de rudimentarias herramientas para una agricultura en ciernes, de aperos para el ganado y de los objetos necesarios para el ejercicio de los ministerios religiosos. Carpinteros y talabarteros eran los mejor pagos. Los primeros confeccionaban puertas encajadas y sencillas, ventanas encajadas (con cuatro varas en cruz) o ventanas simples, arcas de siete palmos, mesas, cajas para guardar los arcabuces, bancos para las iglesias y para las casas, camas, escaleras. Para el campo elaboraban arados con timón de laurel; los talabarteros eran indispensables para fabricar todo aquello ligado con la ganadería, y de allí probablemente se derivara su jerarquía y lo costoso de sus honorarios. Hacían sillas de montar, borceguíes, «corazas», cueros para enfundar armas, etc. Los dedicados a la zapatería cobraban un poco menos; pero los registros del Cabildo permiten ver la gran variedad de calzados que se fabricaban: botas llanas de dos suelas, zapatos de dos suelas, chinelas, zapatos sencillos

de cuero de vaca o de venado; si las costuras iban sobre cuero doblado el costo se duplicaba. Los aranceles, como se ha dicho ya, los fijaba el Cabildo y cualquier exceso podía ser denunciado. También la calidad del trabajo del artesanado era controlada por uno de los alcaldes y un regidor: si encontraban que el producto estaba mal hecho, podían tirarlo, quemarlo o darlo a los pobres. Los aranceles de los carpinteros –artesanos necesarios y fundamentales en el contexto formativo de una ciudad que apenas inaugura su prehistoria arquitectónica– iban a la zaga de los fijados para el rubro que hoy llamaríamos «talabartería». En efecto, los trabajos ligados con la manufactura del cuero y, sobre todo, con la de enseres estrechamente ligados a su utilización en la actividad ganadera, eran más costosos que cualquier otro. La factura de una montura, de unas botas de cuero o hasta de una rastra era más oneroso que el de realizar un banco o unas ventanas para la iglesia o para el cabildo, lo que expresa la valoración social de la que gozaba la figura del hombre montado a caballo con determinados pertrechos. Las monturas, botas, yugos y demás artefactos de cabalgadura representaban un «algo más», y es ese «plus» el que parece estar incorporado en los aranceles más elevados que percibía el artesano que manufacturaba aquellos elementos. Podemos conocer los nombres de algunos artesanos de la vieja ciudad de Santa Fe. Por las notificaciones de la sesión del 27 de octubre de 1617, por ejemplo, se sabe que Teodosio de Cacea, Juan Ruiz, Hernando de Sosa, Pedro Ramírez, Bartolomé Pérez, Alonso de Ontiveros y Felipe Tomás tenían oficios artesanales. De Diego de Frutos, se dice que era

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sastre, de Juan de Irazabala que tenía por oficio la carpintería. Puede asegurarse que estas personas no aparecen en las actas del cabildo bajo otra forma: su única huella escrita para la historia es la de haber sido nombrados como artesanos. Difícilmente hayan sido vecinos, y si acaso alguno accedió a esa condición, de hecho jamás participó de manera activa y visible en el cabildo. Es evidente que los artesanos no formaban parte del grupo dominante. De hecho, existieron muchos indios y esclavos negros que fueron artesanos. Los artesanos indios generalmente eran indios de encomienda, utilizados como gente de servicio doméstico en la ciudad por los miembros más poderosos del grupo hegemónico. Con ellos diversificaban sus actividades y, en buena medida, ampliaban sus fuentes de ingreso. En ciertos casos, apelando al cobro de aranceles excesivos, como parece demostrarlo la denuncia de Diego Ramírez y Antón Martín el Viejo, cuando, en 1619, plantearon su disconformidad frente a los excesivos precios cobrados por el herrero Pedro, indio al servicio de Hernandarias. Otro problema frecuente parece haber sido el de los tiempos del trabajo de los artesanos. Cuando en 1617 se fijaron los aranceles de los herreros, zapateros, carpinteros y sastres (en una fecha inusual, casi al final del año), se conminó a los mismos a tomar los trabajos con el tiempo necesario para cumplir con la fecha de entrega prometida. Es que la mayor parte de la demanda de trabajo artesanal provenía del Cabildo, de las iglesias y de los miembros de las capas más acomodadas de la sociedad, económicamente incapaces de adquirir la totalidad de estos artículos fabricados en Castilla: importar era costoso.

Todavía hacia el primer cuarto del siglo XVII, los patrimonios de los pocos peninsulares y del mayor número de hijos de la tierra que hacía parte del segmento económicamente más pudiente, tenían un activo de sus bienes personales más bien flaco en materia de artículos que, considerados de uso corriente en tierras altoperuanas, en Santa Fe constituían verdaderos lujos. Durante los años 1640 y 1650, en la coyuntura de conflictos con la corona portuguesa, salieron a la luz documentos que prueban que un buen número de carpinteros, herreros y talabarteros eran de origen portugués. Esto muestra que los portugueses que habían llegado a Santa Fe no eran sólo hombres con dinero para hacer negocios sino que también hubo algunos más humildes, que se insertaron como artesanos. Cuando el gobernador Lariz ordenó la expulsión de los portugueses, el Cabildo salió en defensa de los que eran artesanos, argumentando que su trabajo era considerado indispensable, en aquellos momentos, para el traslado de la ciudad… Hombres trabajando: una ciudad en obras Había pocos brazos para realizar los trabajos de mantenimiento urbanístico de la ciudad: quienes se ocuparon de estos menesteres fueron casi siempre los mismos. Cuando se avecinaba la cosecha de viñas en 1618, el Cabildo suspendió el arreglo del camino hacia Córdoba: quienes estaban trabajando allí fueron llamados a ocuparse de la tarea más urgente que exigían las heredades. Durante el mismo año, se suspendió el rellenado de pozos en las calles para dedi-

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car el esfuerzo a «las sementeras» y a comienzos de julio, se retomó la reparación de las calles que bajaban al río. En mayo de 1625, el Cabildo compelió a Miguel Rodríguez, Pedro Ramírez y al Alférez Diego de Valenzuela a que, antes de 4 días, repararan el pozo existente en la calle real, de la que eran convecinos. También a Juan Díaz. El regidor Francisco Cuellar de Porrás fue, durante el mismo año, el vecino encargado de cortar la madera para reparar el edificio del cabildo. Se le asignaron 12 indios y herramientas, estas últimas aportadas por los capitulares. En febrero de ese mismo año, los vecinos habían encargado al regidor y fiel ejecutor, Diego de la Calzada, el control sobre las personas designadas para la construcción del edificio del cabildo, siendo su responsabilidad que la obra fuera terminada en menos de seis meses. Los trabajos se encaraban de esa manera: algunos particulares eran responsabilizados de realizar los arreglos. Un miembro del cabildo, controlaba o vigilaba que estos arreglos se hicieran. Los particulares, a su vez, bien podían realizar las tareas ellos mismos, bien podían llevar indios de su servicio o exigir a un tercero (por deudas de favores o de dinero) que lo hicieran por ellos. Los insumos, generalmente, eran proporcionados por el Cabildo mismo. Así se realizaron las construcciones de las iglesias, el carpido de calles, el rellenado de pozos, el mantenimiento de los caminos o la edificación de tapias. Estas actividades, por lo demás, formaban parte de las responsabilidades propias de una relación entre las ventajas que otorgaba y de las cargas que implicaba la vecindad.

Si bien los vecinos trataban de eludir estas cargas y, las multas que les fijaban no siempre llegaron a ejecutarse, el tipo de trabajos que se encargaba a los vecinos sugiere algunas cosas. En principio, la identificación nominal de la carga «en» el vecino –aun cuando en algunos casos no fueran ellos mismos quienes realizaban los trabajos, generalmente ejecutados por indígenas de sus encomiendas o de la encomienda de la ciudad–, alude a la dimensión física del compromiso político asumido desde la condición de vecindad. Los vecinos y no, por ejemplo, unos moradores que podrían oficiar como trabajadores libres, eran considerados por el Cabildo los responsables de edificar y mantener en condiciones las instalaciones culturales que, en última instancia, eran las que fundamentaban su propia calidad de vecino de una ciudad. Los «convecinos» de una calle, con-vecinos en el sentido físico de estar las «casas de su morada» una a la par de la otra, eran también con-vecinos en lo que concierne a derechos políticos. Tal y como sucedía con este aspecto de la cultura urbana de la villa, la preocupación se trasladaba también a otra tecnología de los europeos que organizaban el espacio, la de la posesión y disposición de la escritura, centro de una división que, incluso, los atravesaba. El traslado de la ciudad: renovarse es vivir… O sobrevivir. Al menos así lo planteaban, desde la década de 1640, distintas voces interesadas en la suerte de la ciudad vieja. Si frente a los distintos peligros que se han evocado, la solución propuesta ha sido la de mudar la ciu-

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dad toda, puede concederse que la medida parece un poco drástica. Sin embargo, si ubicamos el hecho en perspectiva histórica y tomamos en cuenta las formas en que los hispánicos habían instalado las ciudades durante el periodo de conquista, enseguida se reconoce que los traslados de ciudades fueron algo bastante frecuente en la historia de la América Colonial. Y no sólo en la hispánica: la historia de las colonias portuguesas aporta el caso más curioso y más extremo: la ciudad de Mazagao, durante el siglo XVIII, transitó por tres continentes. Localizada originalmente en el africano, fue trasladada por unos meses a Portugal, en Europa, antes de ser instalada definitivamente en los territorios americanos de la corona portuguesa, en el Brazil. ¡Eso es un viaje! En la América española, los traslados de ciudades, durante el siglo XVII y el XVIII, se cuentan por cientos. Cuando las comunidades se ven amenazadas pueden hacer cosas interesantes. La transmuta de la ciudad al nuevo sitio, donde se instaló desde los años 1650 llamándose desde entonces Santa Fe de la Vera Cruz, era una medida solicitada por muchos vecinos, recomendada por algunos visitantes y, ante las solicitudes formales, incluso fue una medida aprobada y celebrada por la Corona. «El nuevo nombre dado a la ciudad, Santa Fe de
la Vera Cruz, fue desde que se resolvió la mudanza y después de recorridas las nuevas tierras donde se iba a establecer, y debido este nombre de Vera Cruz como una ofrenda a Dios para que la salvara de las desgracias que hasta entonces había sufrido, o por la Cruz existente en estas tierras, que dividía de la parte del Salado las tierras

de Miguel de Santuchos de las de Juan de Arce y hasta cuya Cruz llegaban los límites de la ciudad en su ejido de chacras…» Manuel Cervera, 1907

La imagen que se tiene de aquellos años es la de una ciudad viviendo bajo alarma, dominada por el miedo y ganada por la precariedad. Se temía correr el mismo destino que otras ciudades, como Concepción del Bermejo, despoblada a comienzos de la década de 1630. Los documentos de la época hablan de las excursiones y los robos de los indígenas chaqueños y de la inquietud que provocaban los grupos charrúas que ocupaban las tierras que hoy son entrerrianas. La ciudad solamente parecía defenderse de las continuas invasiones de los calchaquíes y sumirse en la pobreza. Los pedidos a los gobernadores y al rey para el traslado de la ciudad se hacían más frecuentes y su tono era, petición tras petición, más dramático. Al asedio indígena se agregó, a comienzos de la década de 1650, una nueva creciente del Paraná, la crónica falta de metálico, la destrucción de los caminos y las dificultades para recoger vacas o hacer comercio con otras ciudades sin enfrentar límites y riesgos. El 12 de abril de 1651 se señaló el sitio apto para la mudanza de la ciudad: el rincón de la estancia de Juan de Lencinas, unas doce leguas al sur de la traza ubicada al borde del río Quiloazas. El gobernador Lariz, durante mucho tiempo reticente a este traslado, finalmente aprobó que se hiciera el trasiego a ese lugar y emplazó al Cabildo a resolver la cuestión en tres semanas. Éste mandó la fundación de la nueva

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ciudad en la estancia de Lencinas, ordenando la presencia de algunos vecinos para instalar la nueva plaza, trazar sus calles, señalar solares, ejidos y repartir tierras para chacras. El trasiego tomó en total unos 10 años, durante los cuales se fueron edificando las nuevas casas. En el ínterin, tanto la ciudad vieja como las tierras de sus alrededores, seguían soportando una despoblación a veces planificada y otras veces resuelta con urgencia, ante la continuidad de las incursiones calchaquíes, tocagües o de los que bajaban del Chaco. Durante 1653, el teniente de gobernador Juan Arias de Saavedra encabezó una expedición de castigo a los indios del valle calchaquí: el propósito era defensivo pero también ofensivo, dado que la captura de indígenas formaba parte de las necesidades que planteaban los vecinos: se los utilizó como cargadores, cosecheros y hasta como albañiles para levantar las nuevas paredes de tapia. También en 1653 se realizó en el sitio nuevo el reparto de tierras para chacras y sementeras ordenado por el Cabildo. En 1654, el proyecto del traslado casi aborta: la pobreza de los vecinos impedía llevar adelante obras y mudanza. Las estancias cercanas al Salado volvieron a ser invadidas por los calchaquíes en 1655 y 1656, que además se levantaron en el Tucumán ese año y en 1659. En 1657 y 1658, dos crecientes sucesivas provocaron el derrumbe de casas y hasta de la parroquia de San Roque. La defensa de la ciudad vieja flaqueaba y la nueva no terminaba de asentarse. Los precios de los productos indispensables, como el trigo, sufrieron incrementos que llegaron hasta el triple. La trasmuta se completó en 1660, y la ciudad vieja quedó semidestruida pero no vacía: algunas casas

y un poco de gente hacía de avanzada o tapón, según la circunstancia, en la frontera con los pueblos indígenas. Su defensa había quedado a cargo de Bernabé Arias Montiel quien, con pocas armas y un puñado de hombres, trataba de sostener en pie lo que quedaba del sitio antiguo. «La transmuta de la ciudad contribuía también a una relocalización que abría nuevas orientaciones en relación a las posibilidades de accionar por parte de los vecinos. Ese accionar implicaba recomponer mecanismos de dominación deteriorados. El valle calchaquí aparecía como territorio disputado por diferentes grupos: otros sectores blancos no ligados aparentemente a la elite –probablemente vecinos más pobres de la misma ciudad o de otras– y también las parcialidades indígenas dispuestas a no retroceder ante esta presión. El juego de fuerzas podía estar de un lado u otro. La despoblación de Concepción del Bermejo había demostrado que permanecer a la defensiva era una estrategia destructiva. Ocupar, explotar y organizar el espacio era la manera de intensificar ese control.» Analía Manavella y Marina Caputo, 1999 Algunas investigaciones recientes han agregado mayor riqueza a las interpretaciones clásicas sobre los motivos de la transmuta: si bien son innegables todas las penurias, los peligros y los déficit en los que estaba sumida la ciudad vieja, también es necesario considerar que el traslado no obedeció solamente a razones negativas. Como sostienen Analía Manavella y Marina Caputo, los grupos más involu-

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crados con las actividades económicas santafesinas, veían con buenos ojos la idea de reubicar a la ciudad en otra posición en el marco de sus relaciones con Buenos Aires o con la frontera hacia el oeste, ya que el dominio del valle calchaquí era un problema instalado: mover la ciudad de lugar implicaba también emplazarla en un sitio desde donde el territorio pudiera ser organizado de una manera más eficaz. Con la ventaja que significa conocer el final siempre provisorio de esta historia, puede decirse que, a aquellos vecinos, la sal del tiempo seguramente les pintó la cara, pero también les dio la razón. El próximo tomo de esta colección aborda temas relacionados con la sociedad y la economía de las dos ciudades: de Santa Fe la vieja y de Santa Fe de la Vera Cruz, la nueva. El propósito es el de complementar y profundizar, a través del estudio de las familias fundadoras, de la encomienda, del trabajo indígena, de la esclavitud, de los jesuitas, de la frontera, de la vida cotidiana, de la producción y del comercio, este retrato de los tiempos coloniales que apenas comienza…

Fuentes inéditas
Biblioteca Nacional, Buenos Aires Colección Gaspar García Viñas Archivo General de la Provincia de Santa Fe Actas Capitulares Departamento de Estudios Etnográficos y Coloniales de Santa Fe Expedientes Civiles Escrituras Públicas Archivo General de Indias, Sevilla, España Escribanía Charcas Mapas

Fuentes impresas
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Para saber más
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Escribe en este tomo

DARÍO G. BARRIERA (Maciel, Santa Fe, 1966) Es Licenciado en Historia por la Universidad Nacional de Rosario y Doctor en Historia por la Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales de París (EHESS). Cursó estudios posdoctorales en la UNAM, México. Es miembro del Centro de Estudios Sociales Regionales (CESOR) y director de la Revista Prohistoria. Desarrolla investigaciones sobre la historia social del poder político y de la administración de la justicia durante los siglos XVI y XVII. Se desempeñó como Profesor Invitado en Universidades mexicanas, españolas, francesas y argentinas. Actualmente enseña en la carrera de Historia de la Facultad de Humanidades y Artes de la UNR y es Investigador del CONICET. Publicó Territorios, Espacios y Sociedades (con Diego Roldán, editado por la UNR), con María Inés Carzolio Política, Cultura, Religión: Homenaje a Reyna Pastor (Prohistoria Ediciones) y, con Gabriela Dalla Corte, Espacios de Familia: España y América Ss.XVI-XX, editado por Jitanjafora, en México.

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