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Tobias
Wolff
Cinco cuentos

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BIBLIOTECA
DIGITAL DE
AQUILES JULIÁN
biblioteca.digital.aj@gmail.com
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Cinco cuentos
Tobias Wolff, Estados Unidos
Edición Digital Gratuita
distribuida por Internet
Editor:
Aquiles Julián, República Dominicana.
Email: aquiles.julian.libros@gmail.com
NICARAGUA
MEXICO Coeditores: Radhamés Reyes-Vásquez
Fernando Ruiz Granados HONDURAS CHILE
José Solórzano Dardo Justino Rodríguez Claudio Vidal
José Eugenio Sánchez VENEZUELA Eliana Segura Vega
ARGENTINA Milagros Hernández Chiliberti Astrid Fugellie Gezan
Mario Alberto Manuel Vásquez Tony Rivera Chávez URUGUAY
Francisco A. Chiroleu REPÚBLICA DOMINICANA Marta de Arévalo
Patricia del Carmen Oroño Ernesto Franco Gómez APLA Uruguay
Fernando Sorrentino Eduardo Gautreau de Windt PERU
Ángel Balzarino Félix Villalona Luis Daniel Gutiérrez
Claudia Martín Trazar Ángela Yanet Ferreira Nicolás Hidrogo Navarro
ESTADOS UNIDOS Cándida Figuereo Juan C. Paredes Azañero
José Acosta Enrique Eusebio COLOMBIA
Aníbal Rosario Julio Enrique Ledenborg Ernesto Franco Gómez
José Alejandro Peña Vaugn González Julio Cuervo Escobar
César Sánchez Beras Efraím Castillo SUIZA
ESPAÑA Oscar Holguín-Veras Tabar Ulises Varsovia
Henriette Wiese Edgar Omar Ramírez HOLANDA
Giulia De Sarlo Carmen Rosa Estrada Pablo Garrido Bravo
María Caballero Roberto Adames PUERTO RICO
Elena Guichot Valentín Amaro Mairym Cruz-Bernal
Teresa Sánchez Carmona Alexis Méndez ECUADOR
Losu Moracho Juan Freddy Armando Anace Blum
Rocío Parada Sélvido Candelaria COSTA RICA
EL SALVADOR Ramón Mena Moya
Manuel Sigarán Primera edición: Julio 2010
Santo Domingo, República Dominicana
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Índice

Tobias Wolff y el realismo sucio / Aquiles Julián 4

Bala en el cerebro 6
La casa de al lado 12
A la espera de nuevas órdenes 19
Aquella habitación 32
En el jardín de los mártires norteamericanos 37

Sueño con escribir el cuento perfecto / Roberto Careaga 49


El coraje de Wolff / Andrea Aguilar 54
El cuento es un arte experimental / Pedro B. Rey 59
No se puede predecir quién va a ser un gran escritor / Paula Varsavsky 77
Ser amable hace muy difícil convertirse en escritor / Daniel G. López 82

Tobias Wolff / biografía 85

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BIBLIOTECA
DIGITAL DE
AQUILES JULIÁN
biblioteca.digital.aj@gmail.com
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Tobias Wolff y el realismo sucio


Por Aquiles Julián
A Jerome D. Salinger, recientemente fallecido, autor de una obra de culto:
El guardián en el centeno, se le reputa como uno de los inspiradores
del esa escuela de la narrativa norteamericana que se conoce como dirty
realism, el realismo sucio.

Con nombres tan relevantes como Raymond Carver, John Cheever (Biblioteca Digital
21), Chuck Palahniuk, Richard Ford, Tobias Wolff, Charles Bukowski, y John Fante, el
realismo sucio es sin dudas la escuela narrativa de mayor vigor y relevancia en las letras
norteamericanas contemporáneas. Sus autores, sobre todo los ya nombrados: Carver,
Cheever, Ford, Palahniuk y Wolff son indudables maestros, autores de cuentos y
novelas capitales, de una maestría singular, capaces de diseccionar vidas agobiadas por
la rutina enajenantes, consumidas en actividades sin sentido, estandarizadas y
programadas, que no saben cómo escapar al conformismo y a la mediocridad.

Son los cronistas de esa capa social: la clase media norteamericana, estancada en ritos y
valores caducos en un mundo que se les desploma a ojos vista, sin que sepan qué hacer,
cómo sobrevivir al naufragio.

Idiotizada por el alcohol, por ese trago en que se refugia para aturdirse y sobrellevar el
resto del día, embaucada en rituales urbanos vacíos, ven cómo las expectativas y
fantasías de la juventud terminan por colapsar en un mundo en que el guión manoseado
y resabido es el mismo: conformarse con una posición, resignarse a la medianía, soñar
con una pensión y con que, algún día, amparado en el cheque de retiro, se podrá hacer
aquello tan valioso e importante, aquello para lo que se ha nacido.

Pero muchos no llegan al cheque de retiro. Y otros arriban tan achacosos, tan enfermos,
tan desconsoladamente impotentes, que añoran la vieja rutina, los viejos horarios, la
antigua ruta. Se sienten descartados, repentinamente inútiles, innecesarios. Ven que
perdieron sus vidas en nada. Sólo la muerte les liberará de su carga.

Registrar implacablemente esa tragedia individual, retratar esa inanidad, ese vacío, ese
vivir que se sabe ajeno a uno, es la tarea que autores como Tobias Wolff acometieron. A
nivel estilístico, el realismo sucio de Tobias Wolf y demás (recordemos que Wolff fue
amigo cercanísimo de Raymond Carver, uno de los íconos de dicha corriente) es
minimalista. Es parco en adjetivos y adverbios. Busca revelar por la acción y la
descripción sobria el carácter y la trama.
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Los autores emblemáticos de esta escuela exploran el lenguaje de la calle; el tono


desconsolado, escéptico, resignado, de los individuos; la procacidad, las imprecaciones,
las descaradas blasfemias, ese hervor ácido y agresivo que bulle en las palabras, que
transmite la violencia interior, las fuertes emociones destructivas que subyacen bajo la
aparentemente tranquila fisonomía exterior, bajo los comportamientos educados y
formales, aunque pintorescas, escandalosas, no constituyen la esencia de esa escuela.
Autores como Bukowski, con su predilección por temas y lenguaje de contenido
altamente sexualizado, casi un echarnos en cara, desafiarnos, nos pueden escandalizar
hasta el rechazo. Pero Bukowski es un provocador y por ello no el modelo de esta
escuela. Los cuatro autores fundamentales del realismo sucio son Raymond Carver,
John Cheever, Richard Ford y Tobias Wolff, aún más que el mismo Bukowski.

Los personajes de los cuentos de Wolff, al igual que los personajes de Ford, Cheever y
Carver son anodinos, seres comunes y corrientes que realizan mecánicamente los ritos
cotidianos, perdedores consuetudinarios: van a sus empleos, se desempeñan con
mediana eficacia en sus tareas, ajustan sus vidas y expectativas a sus salarios y, al final
del día, la cerveza, la televisión, el juego o el cotilleo les completan el día.

Las vidas grises de dichos personajes, sus minúsculas tragedias y dramas, los
acontecimientos normales que, sin embargo, introducen pequeñas epifanías del absurdo
vital en aquellos seres condenados a la nada, son escrupulosamente expuestas por los
autores de esta escuela literaria en cuentos y novelas obligados, por la pobreza de los
acontecimientos, a fundar la amenidad, el interés y el embrujo no en la anécdota o la
trama, sino en la penetración psicológica y en la meticulosa elucidación del infierno en
que aquellas almas, sin saber, ya viven.

Aplastados por la desesperanza, condenados a la insulsez vital, en los cuentos y novelas


de Wolff, Carver, Cheever, Ford y Bukowski no hay héroes; podrían, como Kafka,
nombrar a sus personajes con una inicial: han perdido identidad e individualidad, son
simples piezas de un engranaje social que les excede y controla. La economía verbal, la
renuncia implícita a recursos intensamente empleados en la narración, la explicitación
de la tragedia que subyace en la cotidianidad, en esas vidas vacías y carentes de sentido
que llevan personas que renunciaron a ser con tal de asegurarse un puesto de trabajo,
un salario y una pensión futura a la que muchos no llegan: el cáncer, el infarto, el
accidente cerebro-vascular llegan antes, todo nos muestra un mundo insoportable en su
“normalidad”, un infierno secreto.

Disfrutemos a Tobias Wolff, maestro del cuento norteamericano contemporáneo:


cronista del naufragio de seres que soñaron ser distintos a estos atribulados personajes
que deambulan, sufrientes, por sus páginas.
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Bala en el cerebro

Anders llegó al banco poco antes de la hora de cierre, así que por supuesto la cola era
interminable y quedó ubicado detrás de dos mujeres que, con su estridente y estúpida
conversación, lo pusieron de un humor asesino. De cualquier manera nunca estaba del
mejor humor, Anders—un crítico literario conocido por el cansado y elegante salvajismo
con el que despachaba casi todo lo que reseñaba.

Aunque la cola serpenteaba siguiendo la cuerda, una de las cajeras puso un cartel de
“caja cerrada” en su ventanilla, caminó hacia la parte de atrás del banco, se apoyó contra
un escritorio y empezó a hacer tiempo con un hombre que ordenaba papeles. Las
mujeres delante de Anders interrumpieron su conversación y observaron a la cajera con
odio. “Ah, qué bien”, dijo una de ellas. Se volvió hacia Anders y agregó, confiada en su
complicidad, “Uno de esos toquecitos humanos que nos hacen volver por más.”

Anders había acumulado ya su propio odio contra la cajera, pero inmediatamente lo


desvió hacia la quejosa presumida que tenía delante. “Es tan injusto”, dijo. “Trágico,
realmente. Si no están amputando la pierna equivocada o bombardeando un pueblo
ancestral, están cerrando una ventanilla.”

Ella defendió su posición. “No dije que fuera trágico”, dijo. “Sólo creo que es una pésima
manera de tratar a los clientes.”

—Imperdonable—dijo Anders.—El cielo tomará nota.

Ella aspiró y ahuecó sus mejillas, miró más allá de él y no dijo nada. Anders vio que la
otra mujer, su amiga, miraba en la misma dirección. Y entonces los cajeros dejaron de
hacer lo que hacían y los clientes giraron lentamente y un silencio invadió el banco. Dos
hombres con pasamontañas negros y trajes azules estaban parados al lado de la puerta.
Uno de ellos apretaba una pistola contra el cuello del guardia. Los ojos del guardia
estaban cerrados y sus labios se movían. El otro hombre tenía una escopeta recortada.
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“¡Todos callados la boca!”, dijo el hombre con la pistola, aunque nadie había dicho una
sola palabra. “Si alguno de los cajeros acciona la alarma son todos boleta.
¿Entendieron?”

Los cajeros asintieron.

—Bravo—dijo Anders.—Boleta—. Giró hacia la mujer que tenía delante.—Excelente


guión, eh. La inexorable y aguerrida poesía de las clases peligrosas.

Ella lo miró con los ojos húmedos.

El hombre de la escopeta empujó al guardia hasta hacerlo arrodillar. Le dio la escopeta a


su compañero, tomó con firmeza las muñecas del guardia y le esposó las manos en la
espalda. Lo derribó al piso con una patada entre los omóplatos. Luego tomó la escopeta
otra vez y fue hacia la puerta de seguridad ubicada al final de la hilera de cajas. Era
petiso y pesado y se movía con una peculiar lentitud, casi con apatía. “Ábranle”, dijo su
compañero. El hombre con la escopeta abrió la puerta y avanzó despacio por detrás de
los cajeros, entregando a cada uno una bolsa de plástico. Cuando encontró la ventanilla
vacía miró al hombre de la pistola, que dijo, “¿De quién es esta caja?”

Anders miró a la cajera. Ella puso una mano en su garganta y giró hacia el hombre con el
que hablaba. El hombre asintió. “Mía”, dijo ella.

—Entonces mové ese culo feo y llená esta bolsa.

—Ahí tiene—le dijo Anders a la mujer que tenía delante.—Se hace justicia.

—¡Vos, genio! ¿Te di permiso para que hables?

—No—dijo Anders.

—Entonces cerrá el pico.

—¿Escucharon eso? —dijo Anders.—Genio. Parece sacado de Los asesinos.


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—Por favor, cállese—dijo la mujer.

—¿Sos sordo?—El hombre con la pistola fue hasta donde estaba Anders. Le clavó la
punta de la pistola en el estómago.—¿Te pensás que estoy jugando?

—No—dijo Anders. Pero el caño le hizo cosquillas como un dedo rígido y tuvo que
esforzarse para no reír. Para aguantarse se forzó a mirar al hombre a los ojos, que eran
claramente visibles detrás del pasamontañas de la máscara: celestes, y con los bordes
rojizos. El párpado del ojo izquierdo temblaba. El hombre suspiró y exhaló un
penetrante olor a amoníaco que sacudió a Anders más que todo lo que había sucedido
hasta ese momento, e hizo que comenzara a desarrollar un sentimiento de incomodidad
cuando de pronto el hombre lo aguijoneó otra vez con la pistola.

—¿Te gusto, genio? —dijo.—¿Querés chuparme la pija?

—No—dijo Anders.

—Entonces dejá de mirarme.

Anders fijó sus ojos en los mocasines del hombre.

—No ahí abajo, acá arriba—. Metió la pistola bajo la pera de Anders y la empujó hacia
arriba hasta que lo dejó mirando el techo.

Anders nunca había prestado mucha atención a esa parte del banco, un viejo edificio
pomposo con pisos, pilares y mostradores de mármol y arabescos dorados sobre las
ventanillas de las cajas. La cúpula en el techo estaba decorada con figuras mitológicas
envueltas en togas a cuya fealdad regordeta Anders apenas había echado una mirada
hacía muchos años y luego había declinado prestar atención. Ahora no tenía más opción
que estudiar el trabajo del pintor. Era peor de lo que recordaba, y todo había sido
ejecutado con la mayor seriedad. El artista tenía unos pocos trucos en la manga y los
usaba una y otra vez: cierto tono rosado en la parte inferior de las nubes, una tímida
mirada hacia atrás en las caras de los cupidos y los faunos. El techo estaba atiborrado
con variados dramas, pero el que captó el ojo de Anders era el de Zeus y Europa—
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retratados, en esta versión, como un toro clavando la mirada en una vaca desde detrás
de un montón de heno. Para hacer sexy a la vaca el pintor le había torcido las caderas
sugestivamente y la había dotado de unas largas pestañas lánguidas a través de las
cuales observaba al toro en una sensual bienvenida. El toro esgrimía una sonrisa
afectada y sus cejas estaban arqueadas. De haber existido un globo de historieta saliendo
de su boca habría dicho “Cuchi cuchi”.

—¿De qué te reís, genio?

—De nada.

—¿Te parezco gracioso? ¿Te pensás que soy un payaso?

—No.

—¿Te pensás que podés joder conmigo?

—No.

—Seguí jodiendo y sos boleta. ¿Capische?

Anders estalló en una carcajada. Tapó su boca con ambas manos y dijo “Lo siento, lo
siento”, y luego resopló por la nariz a través de sus dedos y dijo “Capische, oh
dios, capische“, y en ese momento el hombre de la pistola levantó la pistola y le disparó
a Anders en la cabeza.

La bala impactó en el cráneo de Anders y atravesó su cerebro y salió detrás de su oreja


derecha, dispersando astillas de hueso hacia la corteza cerebral, el cuerpo calloso, y más
atrás, hacia los ganglios basales y hacia abajo en el tálamo. Pero antes de que todo esto
ocurriera, la primera aparición de la bala en el cerebro desencadenó una cadena
chisporroteante de reacciones iónicas y neuro-transmisiones. El peculiar origen de estas
reacciones les imprimió un patrón peculiar, reviviendo azarosamente una tarde de
verano de hacía cuarenta años, y que hacía mucho tiempo había sido olvidada. Luego de
impactar el cráneo, la bala se movía a 300 metros por segundo, una marcha
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patéticamente lenta y glacial comparada con los relámpagos sinápticos que estallaban a
su alrededor. Una vez en el cerebro la bala cayó bajo el control del tiempo cerebral, lo
que le dio a Anders tiempo suficiente para contemplar la escena que, en una frase que
Anders hubiera aborrecido, “se representó frente a sus ojos”.

Vale la pena notar lo que Anders no recordó, dado lo que sí recordó. No recordó a su
primera amante, Sherry, o lo que más había amado locamente en ella, antes de que
comenzara a irritarlo: su desvergonzada carnalidad, y especialmente la forma cordial
que tenía de dirigirse a su miembro, que ella llamaba Mister Mole, como en “Oh, parece
que Mister Mole quiere jugar” o “¡Juguemos a la escondida con Mister Mole!” Anders no
recordó a su esposa, a quien también había amado hasta que lo cansó con su rutina, o a
su hija, ahora una malhumorada profesora de economía en Dartmouth. No recordó
estar parado frente a la puerta de la habitación de su hija mientras ella retaba a su oso
de peluche diciéndole que se había portado mal y describía los escalofriantes castigos
que le esperaban a Garras a menos que cambiara su comportamiento. No recordó una
sola línea de los cientos de poemas que había memorizado en su juventud para poder
erizarse la piel a voluntad: ni “Silencioso, en la cima de una montaña en Darien”, ni “Oh
dios, hoy escuché”, ni “¿Todas las bellas? ¿Dijiste todas? ¡Oh Dios! ¿Todas?” Ninguno de
estos versos recordó; ni uno. Anders no recordó a su madre moribunda diciendo de su
padre “debería haberlo apuñalado mientras dormía”.

No recordó al profesor Josephs contándole a la clase cómo los prisioneros atenienses en


Sicilia podrían haber sido liberados si recitaban Esquilo ni cuando el mismo Josephs
recitó Esquilo, a continuación, en griego. Anders no recordó cómo sus ojos habían
ardido con esos sonidos. No recordó la sorpresa de ver el nombre de un compañero de
universidad en la solapa de una novela no mucho tiempo después de la graduación, o el
respeto que sintió después de leer el libro. No recordó el placer de respetar.

Tampoco recordó Anders ver haber visto a una mujer arrojarse a su muerte desde un
edificio enfrente del suyo días después del nacimiento de su hija. No recordó haber
gritado “¡Dios, ten piedad!”. No recordó haber chocado el auto de su padre a propósito
contra un árbol, o las patadas en las costillas de tres policías en una marcha contra la
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guerra, o despertarse riendo. No recordó cuando comenzó a mirar los libros apilados en
su escritorio con recelo y desdén, o cuando empezó a detestar a los escritores por
escribirlos. No recordó cuándo todo empezó a recordarle otra cosa.

Esto es lo que recordó. Calor. Un campo de béisbol. Pasto amarillo, el mundo de los
insectos, él mismo reclinado contra un árbol mientras los chicos del barrio se reunen
para armar un partido. Él observa mientras los demás discuten el talento relativo de
Mantle y de Mays. Han estado preocupados por este tema todo el verano y se ha vuelto
tedioso para Anders: una opresión, como el calor.

Entonces llegan los últimos dos muchachos, Coyle y un primo de él de Mississippi.


Anders nunca ha visto al primo de Coyle antes y nunca lo volverá ver. Anders dice hola
con los otros y no le presta más atención hasta que han elegido equipo y alguien le
pregunta al primo en qué puesto quiere jugar. “Parador en corto”, dice el muchacho.
“Parador en corto es la mejor posición que es”. Anders gira y se queda mirándolo.
Quiere escuchar al primo de Coyle repetir lo que acaba de decir, pero sabe que no debe
preguntar. Los otros pensarán que es un creído, burlándose del chico por su gramática.
Pero no es eso, no es eso para nada: es que Anders está extrañamente exaltado,
iluminado por esas dos palabras finales, su sorpresa y su música. Entra al campo en un
trance, repitiendo esas palabras para sí.

La bala ya está en el cerebro; no será demorada por siempre, su avance no se detendrá.


Al final hará su trabajo y dejará el cráneo agujereado, arrastrando una cola de cometa de
memoria y esperanza y talento y amor hacia el mármol del salón. Y eso no podrá
evitarse. Pero por ahora Anders todavía puede hacer tiempo. Tiempo para que las
sombras que se alarguen en el pasto, tiempo para que el perro le ladre a la pelota que
vuela, tiempo para que el muchacho en el sector izquierdo del campo golpetee su guante
negro de transpiración y suavemente entone, Que es, que es, que es.
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La casa de al lado

Me despierto asustado. Mi mujer está sentada en el borde de la cama, sacudiéndome.

–Ya están otra vez –dice.

Voy a la ventana. Todas sus luces están encendidas, en el piso de arriba y el de abajo,
como si tuvieran dinero de sobra. Él se desgañita, ella le contesta algo a gritos, el perro
ladra. Hay un breve silencio, luego llora el bebé, pobrecito.

–Será mejor que no te quedes ahí –dice mi mujer–. Te podrían ver.

–Voy a llamar a la policía –le informo, sabiendo que ella no me dejará.

–No llames –dice.

Tiene miedo de que envenenen a nuestro gato si nos quejamos.

En la casa de al lado el hombre todavía vocifera, pero no entiendo lo que dice por
encima del perro y el bebé. La mujer se ríe, pero no lo hace de verdad –“¡Ja! ¡Ja! ¡Ja!”–,
y de pronto suelta un grito breve y agudo. Todo queda en silencio.

–Le ha pegado –dice mi mujer–. He tenido una sensación como si me hubiera pegado a
mí.

En la casa de al lado el bebé suelta un largo gemido y el perro empieza otra vez. El
hombre sale al camino de entrada y cierra la puerta de un portazo.

–Ten cuidado –dice mi mujer. Vuelve a meterse en la cama y se tapa hasta el cuello.
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El hombre farfulla para sí mismo y tira de la cremallera de su bragueta. Por fin consigue
abrirla y se dirige a nuestra cerca. Es una cerca blanca, más decorativa que otra cosa. No
puede impedir que entre alguien. La puse yo mismo y planté madreselvas y buganvillas
a lo largo.

Mi mujer pregunta:

–¿Qué está haciendo?

–Chss –hago yo.

El hombre se apoya en la cerca con una mano y con la otra usa las flores como cuarto de
baño. Recorre toda nuestra cerca haciendo eso, sin perdonar ninguna. Cuando termina
se sacude la Florida, luego se sube la cremallera y vuelve al camino de entrada. Casi
resbala en la grava pero se recupera, suelta un taco y entra en la casa, volviendo a cerrar
de un portazo.

Cuando me vuelvo mi mujer está echada hacia delante, mirándome. Alza las cejas.

–¿Otra vez?

Asiento con la cabeza.

–Entre él y el perro es asombroso que consigas que crezca algo ahí.

Prefiero hablar de otra cosa. Me deprime pensar en las flores. La mujer de la casa de al
lado está gritando.

–Escucha eso –digo.

–Antes me daba pena –dice mi mujer–. Pero ya no. No después de lo del mes pasado.
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–Lo mismo que a mí –digo, tratando de acordarme de lo que ocurrió el mes pasado.
Tampoco me da pena, pero nunca me la ha dado. Le chilla al bebé y, lo siento, pero no
estoy dispuesto a sentir lástima por alguien que trata así a un niño. Grita cosas como:
“¡Creí que te había dicho que te quedaras en tu dormitorio!”, y el bebé ni siquiera sabe
hablar todavía.

En cuanto a su físico, supongo que se podría decir que es guapa. Pero no le durará. No
tiene una buena estructura ósea. Hay algo blando en su aspecto, como si nunca hubiera
comido más que donuts y batidos. Tiene una piel blanca. El bebé se parece a ella; no es
que se esperara que se pareciera a él, moreno y peludo. Incluso con la camisa puesta se
puede asegurar que tiene pelo por toda la espalda y en los hombros, espeso y mullido
como el de un airedale.

Ahora todos arman ruido a la vez, y además tienen puesto el estéreo a pleno volumen.
Una de esas bandas.

–Es por el bebé por el que siento pena –digo.

Mi mujer se lleva las manos a los oídos.

–No lo aguanto ni un minuto más –dice. Se quita las manos–. A lo mejor hay algo en la
tele –se sienta–.

Vamos a ver quién sale en el programa de Johnny Carson.

Enciendo el televisor. Solía tenerlo en el cuarto de estar de abajo pero lo subí aquí hace
unos años cuando mi mujer se puso enferma. Yo mismo la cuidé; preparando las
comidas y todo. Llegué a conseguir cambiarle las sábanas sin que ella tuviera que dejar
la cama. Siempre tuve intención de volver a llevar el televisor abajo cuando mi mujer se
repuso de la enfermedad, pero al final nunca lo hice. Está puesta entre nuestras camas
encima de una mesita que hice yo. Johnny Carson le está diciendo algo a Sammy Davis
Jr., y Ed McMahon se está partiendo de risa. Siempre es muy alegre. Si uno fuera a
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hacer un viaje por mar largo de verdad no le vendría mal llevar a Ed McMahon con él.

Mi mujer quiere saber qué otra cosa ponen.

–El Dorado –leo–. “Dinámica historia de aventuras sobre un grupo de ciudadanos en


busca de la legendaria ciudad de oro”. Tiene dos estrellas y media.

–¿Ciudadanos de dónde?

–No lo dice.

Al final vemos la película. Un ciego llega a una pequeña ciudad. Dice que ha estado en El
Dorado y que dirigirá una expedición allí y repartirá las ganancias. No ve, pero les
indicará los puntos de referencia uno por uno mientras cabalgan. Al principio la gente se
burla de él, aunque finalmente todos los ciudadanos importantes se reúnen y deciden
intentarlo. Inmediatamente los atacan los apaches y algunos quieren dar la vuelta, pero
todas las veces que están decididos a hacerlo el hombre les señala otro punto de
referencia, así que siguen cabalgando.

En la casa de al lado la mujer está enloquecida. Le dice cosas al hombre que ninguna
persona debería decirle a otra. Aquello inquieta a mi mujer. Me mira.

–¿Puedo pasarme ahí? –pregunta–. Sólo para hacerte una visita.

Levanto la ropa y ella se mete dentro. La cama sólo es cómoda para uno, por lo que dos
estamos muy estrechos. Nos tumbamos de lado conmigo detrás. No lo pretendía pero al
poco la vieja Florida se me empieza a poner tiesa. Abrazo a mi mujer. Subo las manos
hasta las Montañas Rocosas, luego bajo las llanuras en dirección sur.

–Oye –dice ella–. Nada de geografía. Esta noche, no.

–Lo siento –me disculpo.


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–¿No puede ser sólo una visita?

–Olvídalo. Ya te he dicho que lo siento.

Los ciudadanos están cruzando un desierto. Acaban de quedarse sin agua y tienen los
labios agrietados. Pese a las advertencias del ciego, alguien bebe de un pozo envenenado
y muere de modo espantoso. Aquella noche, alrededor de la hoguera, los otros empiezan
a pelearse. La mayoría de ellos quiere volver a casa. “Éste no es país para blancos –dice
uno–, y en mi opinión, nadie ha estado nunca aquí”. Pero el viejo describe un trozo de
oro tan grande y tan puro que quema los ojos si lo miras directamente. “Lo sé muy
bien”, añade. Cuando termina, los ciudadanos se quedan en silencio: uno a uno se
apartan y se tumban en sus mantas. Ponen las manos detrás de la cabeza y miran las
estrellas. Aúlla un coyote.

Al oír al coyote, recuerdo por qué a mi mujer dejó de darle pena la mujer de la casa de al
lado. Era un lunes por la tarde, hará como un mes, justo después de que yo volviera a
casa del trabajo. El hombre de la casa de al lado empezó a pegar al perro, y no me refiero
a que le diera un golpe o dos. Le estaba dando una paliza y siguió pegándole hasta que el
perro ya no podía ni quejarse; se oía la voz quebrada de la pobre criatura. Finalmente
paró. Luego, unos minutos después, oí que mi mujer decía “¡Oh!” y fui a la cocina para
enterarme de qué pasaba. Mi mujer estaba junto a la ventana que da a la cocina de la
casa de al lado. El hombre tenía a su mujer acorralada contra el frigorífico. Había
metido la rodilla entre sus piernas y ella tenía la suya entre las piernas de él, y se estaban
besando con mucha fuerza. Después de aquello mi mujer apenas pudo hablar durante
un par de horas. Más tarde dijo que nunca volvería a desperdiciar su compasión con
aquella mujer.

Ahora ahí enfrente hay silencio. Mi mujer se ha dormido, y lo mismo mi brazo, que está
debajo de su cabeza. Lo retiro con cuidado y abro y cierro los dedos, pensando en
despertarla. Me gusta dormir en mi propia cama y no hay sitio suficiente para los dos. Al
final decido que no va a pasar nada por cambiar de sitio por una noche.
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Me levanto y cuido las plantas un rato, regándolas y sacando algunas a la ventana y


retirando otras. Podo el cóleo, cuyos tallos empiezan a estar muy largos, y pongo los
esquejes en un vaso de agua en el alféizar. Están apagadas todas las luces de la casa de al
lado excepto la del dormitorio. Pienso en la vida que llevan, y en cómo se prolonga,
hasta que parece la vida que querían vivir. Todo el mundo dice siempre que es
estupendo que los seres humanos sean tan adaptables, pero no sé. En Estambul un
amigo mío vio a un hombre andando por la calle con un piano de cola sobre la espalda.
Todos se limitaban a evitarle y seguían su marcha. Es horrible a lo que nos
acostumbramos.

Apago la televisión y me meto en la cama de mi mujer. Su olor, dulce e intenso, se


desprende de las sábanas. Me marea un poco pero me gusta. Me recuerda a las
gardenias.

El motivo por el que no veo el resto de la película es que ya sé cómo va a terminar. Los
ciudadanos se matarán unos a otros, probablemente a unos tres metros de la legendaria
ciudad del oro, y el ciego dará traspiés sin saber que ha conseguido regresar a El
Dorado.

Yo podría escribir una película mejor que ésa. Mi película sería sobre un grupo de
exploradores, hombres y mujeres, que dejan atrás sus hogares, sus trabajos y sus
familias... todo lo que conocen desde siempre. Cruzan el mar y naufragan en la costa de
un país que no aparece en los mapas. Uno de ellos se ahoga. A otro lo ataca un animal
salvaje y se lo come. Pero los demás quieren seguir adelante. Vadean ríos y atraviesan
un enorme glaciar en trineos tirados por perros. Les lleva meses. En el glaciar se quedan
sin comida y durante un tiempo parece que se van a volver unos contra otros, pero no lo
hacen. Finalmente resuelven su problema comiéndose a los perros. Ésa es la parte triste
de la película.

Al final vemos a los exploradores durmiendo en un prado lleno de flores blancas. Los
capullos están húmedos de rocío y se les pegan al cuerpo; pétalos de aguileñas,
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clemátides, liatris, gipsófilas, espuelas de caballero, iris y rudas los cubren por completo,
volviéndolos tan blancos que no se puede distinguir a unos de otros, a hombres de
mujeres, a mujeres de hombres. Sale el sol. Se levantan y alzan los brazos, como árboles
blancos en un país donde no ha estado nunca nadie.
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A la espera de nuevas órdenes

El sargento Morse estaba de guardia aquella noche en la oficina de la compañía cuando


llamó una mujer; preguntaba por Billy Hart. él le contó que al soldado especialista Hart
lo habían mandado a Irak una semana antes. La mujer dijo:

-¿Billy Hart? ¿Está seguro? Nunca dijo nada sobre que lo mandarían fuera.

-Estoy seguro.

-Bien. Dios santo. Eso sí que es nuevo.

-¿Y quién es usted? Si no le importa que se lo pregunte.

-Soy su hermana.

-Puedo darle su email.

No cuelgue, se lo conseguiré.

-Está bien. Pero hay gente esperando para hablar. Gente que no tiene nada mejor que
hacer que acogotar a los demás.

-No llevará más de un minuto.

-Da igual. Se ha ido, ¿no?

-Vuelva a llamar cuando quiera. A lo mejor la puedo ayudar.

-Ja -dijo ella, y colgó.

El sargento Morse volvió a ocuparse de los papeles, pero la llamada le había inquietado.
Se levantó y fue a la máquina del agua fría, se sirvió un vaso y se quedó junto a la puerta.
La noche era amenazadoramente cálida y silenciosa: ya eran más de las once, el cuartel
estaba en silencio, sólo unas pocas ventanas brillaban en la bruma. Una gruesa mariposa
gris tamborileaba contra la puerta de tela metálica.
20

Morse no conocía bien a Billy Hart, pero se había fijado en él. Hart era de los montes
cercanos a Asheville y le gustaba jugar a hacerse el cateto porque eso le protegía.

Siempre estaba haciendo chanchullos, vagueando en alguna parte cuando había trabajo
que hacer, aunque siempre dispuesto a desplumar a los novatos al póquer o cobrándoles
por llevarlos a la ciudad en su Mustang descapotable. Se decía que traficaba con droga,
pero no le habían cogido. Pensaba que todos los demás eran idiotas; podía verse que
pensaba eso en aquella sonrisita tensa. Algún día tendría un tropiezo, pero por ahora le
iba bien. Para los tipos como Billy Hart, allí había muchas oportunidades.

Un soldado con buena facha, sin embargo. Con algo de indio en aquellos pómulos altos,
los ojos negros hundidos; guapo, de verdad, y con aquellos gestos lentos como de gato,
frío, distante, casi desdeñoso en la languidez y ligereza de sus movimientos. Morse había
notado que le atraía a pesar de sí mismo; era consciente de que Hart supondría
problemas, por lo que siempre estaba tenso en presencia suya, luchando contra la
obstinada tendencia de su mirada a dirigirse hacia la cara de Hart, hacia aquella
expresión de que sabía algo secreto que le asomaba a los labios. Hart resultaba accesible,
Morse lo notaba con seguridad, y estaba abierto a cualquier cosa que le ofreciera interés
y ventajas. Con todo, Morse había mantenido las distancias. No hacía avances, y no
podía correr el riesgo de un enredo estúpido; en cualquier caso, ahora no.

Había pasado veinte de sus treinta y nueve años en el ejército. No era de los que
aseguraban que lo amaban, pero pertenecía a él como a una tribu, ligado a los que le
rodeaban por los lazos de una obligación irrenunciable, y el amor a fin de cuentas no
venía al caso. Era soldado, ya no se podía imaginar de paisano; la informalidad de esa
vida, las interminables elecciones insignificantes que había que tomar.

Morse sabía que era de donde estaba, y sin embargo se arriesgaba a provocar un
escándalo y a que lo licenciaran por mantener relaciones peligrosas. Justo antes de su
destino en Irak había sido el camarero cubano, que resultó estar casado y ser un
mentiroso compulsivo -mentiroso por deporte-, y al final, cuando Morse rompió con él,
un chantajista. Morse no dejó que lo chantajease. Escribió el nombre y número de
teléfono del oficial a cuyas órdenes estaba.
21

-Toma -dijo-, venga, llámale.

Y aunque no creyó que el hombre fuera a llamar de verdad, pasó las semanas siguientes
encogido por dentro por si llegaba a recibir un golpe. Luego lo mandaron a Irak y pronto
volvió a vivir, listo para la siguiente emoción.

ésta tomó la forma de un joven teniente al que destinaron a la unidad de Morse la


misma semana en que llegó. Pasaron el cursillo de orientación juntos, y Morse estaba
seguro de que el teniente sentía atracción por él, aunque parecía indeciso con respecto a
su propia disposición, hasta cuando se rindió a ella, lo que hizo con una prisa sólo
incrementada por la casi imposibilidad de encontrar tiempo y espacio íntimos. En
realidad acababa de descubrir lo que era, y en el proceso de descubrirlo tuvo accesos de
asco de sí mismo tan despiadados y oscuros que Morse tuvo miedo de que se hiciera
daño o volviera su rabia hacia el exterior, puede que contra el propio Morse, o los llevara
a los dos a la ruina por confesárselo berreando a un coronel paternal en algún bar de
oficiales.

La cosa no llegó a tanto. El teniente había adoptado a un gato sarnoso con una sola oreja
mientras estaban de patrulla; el gato le arañó el tobillo y el arañazo se infectó, y en lugar
de ponerse en tratamiento se hizo el loco y trató de aguantarlo y, joder, casi se queda sin
pie. Lo mandaron a casa con muletas a los cinco meses de haberlo destinado.

Para entonces Morse estaba tan harto que no sintió la menor pena; sólo alivio.

No tenía motivos para sentir alivio. No mucho después de volver a Estados Unidos, le
llamaron al cuartel general del regimiento para una entrevista con dos hombres pulcros,
amistosos, vestidos de paisano que aseguraron ser ayudantes del congresista del distrito
del teniente. Dijeron que existía una cuestión delicada por la que habían recurrido al
congresista que requería un examen detallado del destino en Irak del teniente; su
comportamiento en acción, sus relaciones con los demás oficiales y con la tropa que
estaba a su mando. Sus preguntas surgían durante la conversación, casi con desgana,
pero insistían una y otra vez sobre sus propias relaciones con el teniente. Morse no soltó
prenda, aunque se esforzó por parecer sincero, sin recelos. Imaginó que aquellos
hombres eran agentes de estupefacientes del ejército, aunque dijeran otra cosa. Dejaron
22

pasar varias semanas antes de reclamarle para otro interrogatorio, que cancelaron sin
aviso; Morse apareció, pero ellos no. Todavía estaba esperando la próxima citación.

Muchas veces había deseado que sus deseos se cumplieran mejor, pero supuso que eso
era lo normal; en realidad era un hombre de suerte cuyos deseos se cumplían lo
suficiente.

Con todo tenía esperanzas. Durante los últimos meses había mantenido relaciones con
un sargento mayor de la división de Inteligencia; un hombre tranquilo, culto, cinco años
mayor que él. Aunque Morse no conseguía considerarse "pareja" de nadie, poco a poco
fue abandonando su habitación en el cuartel de estado mayor para pasar noches y fines
de semana en la casa de Dixon de fuera del puesto. La vivienda estaba atestada de armas
antiguas, máscaras y juegos de ajedrez que Dixon había coleccionado durante sus
destinos en varias partes del mundo, y al principio Morse había sentido una especie de
sobrecogimiento nervioso, como si estuviera en un museo, pero ya se le había pasado.

Ahora le gustaba tener aquellas cosas alrededor. Allí estaba en casa.

Sin embargo, Dixon iba a ser destinado al otro lado del mundo en breve y el propio
Morse recibiría órdenes pronto; entonces, lo sabía, todo se complicaría.

Tendrían que plantearse ciertas consideraciones sobre cada uno de ellos y sobre sí
mismos. Tendrían que decidir cuánto iban a prometer. Adónde los llevaría aquello,
Morse no lo sabía. Pero todo esto aún tenía que llegar.

La hermana de Billy Hart volvió a llamar una medianoche, justo cuando Morse estaba
cambiando su puesto en el despacho de la compañía con otro sargento. Cuando descolgó
y oyó la voz, señaló la puerta y el otro hombre sonrió y salió fuera.

-Entonces, ¿quiere la dirección? -preguntó Morse.

-Eso supongo. Para lo que me va a servir.

Morse ya le había echado una ojeada. Se la leyó.

-Gracias -dijo ella-. Yo no tengo ordenador, pero Sal sí.

-¿Sal?
23

-¡Sally Cronin! Mi prima.

-Podría ir usted a un cibercafé.

-Bueno, supongo que sí -dijo ella con escepticismo-.

Oiga... ¿no dijo usted que a lo mejor podría ayudarme?

-No lo sé con exactitud -dijo Morse.

-Lo dijo, sin embargo.

-Sí, y usted se rió.

-Eso no fue una risa de verdad.

-Ah, no fue una risa.

-Más bien algo así como... no sé.

Morse esperó.

-Lo siento -dijo ella-. Mire, no le estoy pidiendo ayuda, ¿vale? Pero ¿por qué lo dijo?
Sólo por curiosidad.

-Por nada. No pensé en ello.

-¿Es usted amigo de Billy?

-Me cae bien.

-Bien, eso fue agradable. ¿Sabe? Una cosa agradable de oír.

Una vez Morse terminó el servicio fue en coche a la cafetería desde la que había llamado
ella.

Según acordaron, estaría esperándole junto a la caja registradora, y cuando él cruzó la


puerta vestido de faena vio que la mujer le miraba con intensidad y cierta prevención. Se
enderezó; una mujer alta, casi tanto como el propio Morse, con lacio pelo castaño y una
cara larga con aspecto de cansada, muchas pecas debajo de los ojos. Tenía los ojos
24

oscuros, pero por lo demás no se parecía nada a Hart, y Morse se sintió desconcertado
por la súbita decepción y su impulso de largarse.

La mujer dio un paso hacia él, con la cabeza ladeada, como si tratara de adivinar si era
él. Llevaba una blusa roja sin mangas y se abrazaba los pecosos brazos para defenderse
del frío del aire acondicionado.

-Bien, ¿debería llamarle sargento? -preguntó.

-Randall.

-Sargento Randall.

-Sólo Randall.

-Sólo Randall -repitió ella, y le tendió la mano.

La tenía seca y áspera-. Julianne. Vamos al rincón.

Le condujo a una mesa junto a la gran ventana que daba al aparcamiento. Un niño con
la cara gorda, puede que de unos siete u ocho años, ya estaba sentado dibujando en la
parte de atrás de un mantel individual entre los restos casi solidificados de huevos, pan
de molde y salchichas. Mientras sujetaba el lápiz de colores como un pincho, levantó la
cabeza cuando Morse se sentó en el banco de frente al suyo. Tenía las mismas cejas que
la mujer, muy marcadas, y clavó la vista en Morse sin pestañear; luego se mordió el labio
inferior y volvió a su tarea.

-Di hola, Charlie.

El chico siguió dibujando. Por fin dijo:

-Qué pasa.

-No quiere decir "hola". Ahora dice "qué pasa". No sé de dónde lo habrá sacado.

-No importa. ¿Qué pasa contigo, Charlie?

-Pareces una rana -dijo el chico. Dejó el lápiz y agarró otro de la abarrotada mesa.
25

-¡Charlie! -exclamó ella-. Sé educado -añadió más calmada, haciendo un gesto a la


camarera que servía café en la mesa de al lado.

-Da lo mismo -dijo Morse. Imaginó que pasaría aquello. No porque él pareciera una
rana (aunque era plenamente consciente de su enorme boca), sino porque le había
seguido la corriente al chico. ¡"Qué pasa contigo"!

-¿Qué hace esa mujer? -dijo Julianne, cuando la camarera paseó cansinamente la
mirada por el local. Entonces atrajo su atención, y la mujer se acercó muy despacio a la
mesa y le rellenó la taza.

-¿Estás haciendo un dibujo? -preguntó la camarera-.

¿Qué es? -el niño la ignoró-. Pues tiene usted ahí a un pequeño artista -le dijo a Morse, y
luego se alejó pensando en otra cosa.

Julianne se echó mucho azúcar en el café.

-¿Charlie es hijo suyo?

Ella se giró y miró interrogante al niño.

-No.

-Tú no eres mi madre -murmuró el niño.

-¿No acabo de decirlo? -ella acarició la redonda mejilla del niño con el dorso de la mano-
. Haz ese dibujo, metomentodo.

¿Niños? -preguntó a Morse.

-Todavía no -observó que el niño trazaba rayajos en el mantelito, agarrando el lápiz


como si realizara un trabajo duro.

-No se ha perdido usted nada.

-Bueno, creo que probablemente sí.

-Nada salvo malas contestaciones y complicaciones-dijo ella-.


26

Charlie es de Billy. De Billy y Dina.

Morse nunca lo habría supuesto al mirar al niño.

-No sabía que Hart tuviera un hijo -dijo, y esperó que ella no hubiera apreciado la nota
de queja, para él demasiado evidente y extraña.

-Tampoco él, por cómo se porta. él y Dina, los dos.

Dina, explicó, estaba fuera haciendo una segunda cura de rehabilitación en Raleigh.
Julianne y Belle (la madre de Julianne, dedujo Morse) habían estado cuidando de
Charlie, pero no les iba bien, y después de la última riña Belle se había largado a Florida
con un novio, dejando a Julianne empantanada. Conducía un autobús escolar durante el
curso y por los veranos trabajaba de cocinera en un campamento para chicas, pero con
Charlie a su cargo y sin dinero para que cuidaran del niño había renunciado al trabajo
en el campamento. De modo que había venido hasta aquí en coche para tratar de
obtener ayuda de Billy; la suficiente para ir tirando hasta que empezasen las clases o
Belle decidiera volver y hacer lo que le correspondía, algo muy poco probable.

Morse hizo un gesto con la cabeza hacia el chico. No le gustaba que oyera todo aquello,
si es que algo conseguía romper aquella concentración, pero Julianne continuó como si
no le hubiera visto. Tenía una voz grave, casi masculina, con un tono nasal como el que
puede hacer una hoja de sierra.

Carecía de aquella perezosa musicalidad característica de Hart, y su aspecto se


correspondía más con el propio de las hondonadas y granjas de su tierra natal. Hablaba
de la gente de allí como si Morse también debiera conocerla, como si ella no tuviera una
idea de cómo funcionaba el mundo exterior al suyo.

Al principio Morse supuso que ella quería cargarle con el mochuelo, pero no lo hizo. No
entendía qué quería de él, ni por qué, sin venir a cuento, se había ofrecido a ir allí
aquella noche.

-De modo que se ha ido -dijo Julianne-. Está usted seguro.

-Me temo que sí.


27

-Bien. Pues ya sé la suerte que tengo. No podría ser peor -se reclinó y cerró los ojos.

-¿Por qué no llamó antes?

-¿Qué? ¿Que él supiera que yo venía? Usted no conoce a nuestro Billy.

Entonces Julianne pareció quedar en trance, y Morse pronto la siguió, adormecido por
el tintineo de la vajilla y las voces de los de alrededor, el lápiz de colores rascando
suavemente.

No supo cuánto estuvo sentado en ese plan. Lo despertó el repiqueteo de gotas de lluvia
contra la ventana, unas cuantas gotas gruesas que dejaban líneas grasientas al deslizarse
cristal abajo. Dejó de llover. Luego volvió a hacerlo con fuerza, chisporroteando sobre el
asfalto y haciendo brillar los coches del aparcamiento; algo agradable de ver después del
largo día húmedo.

-Llueve -dijo Morse.

Julianne no se molestó en mirar. De no haber asentido con la cabeza, podría haber


estado dormida.

Morse reconoció a dos hombres de su compañía en una mesa al otro lado del local. Los
miró hasta que le lanzaron una ojeada, entonces saludó con la cabeza y ellos le
devolvieron el saludo. Cien por cien seguro; confirmado al ver al sargento Morse con
una mujer y un niño. Una familia. Le molestaba pensar algo tan vulgar y duro, y lamentó
lo que le llevó a pensar en ello. Con todo, ¿cómo los iban a ver si no, a los tres, en una
cafetería a aquella hora? Y no sólo era que pareciesen una familia. No, había un
ambiente familiar en el propio silencio de la mesa: Julianne con los ojos cerrados, el
niño ocupado con su dibujo, el propio Morse con pinta de marido y padre.

-Está cansada -dijo.

La ternura de su propia voz le sorprendió, y los ojos de Julianne parpadearon al abrirse


como si también ella estuviera sorprendida. Le miró con gratitud; y a Morse se le
ocurrió que aquella noche le había vuelto a llamar por el motivo que le dio: porque había
hablado con ella amablemente.
28

-Estoy cansada -dijo ella-. Así es como estoy.

-Mire, Julianne. ¿Qué necesita para mantenerse a flote?

-Nada. Olvide todo eso... Sólo me estaba desahogando.

-No me refiero a un acto de caridad, ¿vale? Sólo un préstamo, eso es todo.

-Me las arreglaré.

-No hay nadie haciendo cola para que le preste nada -dijo él, y era verdad. El padre y el
hermano mayor de Morse, al fin se daba cuenta, mantenían frías relaciones con él desde
hacía años. Estuvo cerca de su madre, pero ella murió justo después de que él regresara
de Irak. En su nuevo testamento Morse nombraba única heredera a la residencia donde
su madre pasó sus últimas semanas. Nombrar a Dixon parecía demasiado precipitado y
estaría lleno de significado, así que podría atraer una atención nada deseada; y en
cualquier caso, Dixon había hecho unas inversiones acertadas y estaba bien cubierto.

-No puedo aceptarlo, así de fácil -dijo Julianne-.

Pero es realmente encantador.

-Mi padre es soldado -dijo el niño, con la cabeza todavía inclinada sobre el mantelito.

-Ya lo sé -dijo Morse-. Y buen soldado. Deberías estar orgulloso.

Julianne le sonrió, sonrió de verdad, por primera vez aquella noche. Había estado
apartando la vista, siempre con una expresión tensa en la boca; cuando sonreía parecía
otra persona. Morse vio que no carecía de encanto, y que estar cómoda con él lo había
hecho aflorar. Se sentía avergonzado. Tuvo la sensación de que era un hipócrita, pero se
libró de ella inmediatamente, incluso con indignación.

-No puedo obligarla -dijo-. Haga lo que quiera.

La sonrisa desapareció.

-Lo haré -dijo ella, en el mismo tono que había utilizado él; más duro de lo que
pretendía-. Pero de todos modos se lo agradezco. Charlie -se dirigió al niño-, es hora de
irse. Recoge todo eso.
29

-No he terminado.

-Lo terminarás mañana.

Morse esperó mientras ella enrollaba el mantel de papel y ayudaba al niño a que
recogiera sus lápices de colores. Se fijó en la cuenta sujeta debajo del salero y la agarró.

-Yo me ocuparé de eso -dijo ella, estirando la mano de un modo que no admitía
negativa.

Morse se quedó de pie, incómodo, mientras Julianne pagaba en la caja, luego salió con
ella y el niño. Se quedaron parados debajo de la marquesina, mirando la tormenta que
azotaba el aparcamiento. Destellos de lluvia caían oblicuamente entre el resplandor de
las luces de arriba. Los árboles cercanos se sacudían con violencia, y el viento producía
ondulaciones brillantes en el asfalto. Julianne apartó un mechón de pelo de la frente del
chico.

-Yo estoy preparada. ¿Y tú?

-No.

-Bueno, pues no va a dejar de llover por Charles Drew Hart -bostezó con ganas y se
sacudió la cabeza-Encantada de haber hablado con usted -le dijo a Morse.

-¿Dónde se van a alojar?

-En la furgoneta.

-¿Una furgoneta? ¿Van a dormir en una camioneta de ésas?

-No puedo conducir como está ahora -y en la mirada que le lanzó, expectante y burlona,
Morse vio que ella sabía que le ofrecería la habitación de un motel, y que ella ya estaba
disfrutando con la satisfacción de rechazarla. Pero eso no impidió que él lo intentara.

-Orgullo de campesinos -comentó Dixon por la mañana cuando Morse le contó la


historia-. Deberías haberla invitado a que se quedara aquí. La gente así, la que vive en el
monte, acepta la hospitalidad aunque no acepte dinero.

Son como los árabes. La hospitalidad tiene algo de sagrado.


30

Uno no se niega a ofrecerla, y no se niega a aceptarla.

-No se me ocurrió -dijo Morse, aunque la verdad es que había tenido la misma intuición
cuando estaba de pie delante del restaurante con los otros dos, la cartera en la mano.
Hasta cuando trató de decirle a Julianne que aceptara el dinero para una habitación,
invocando la furia de la tormenta y la necesidad de resguardar al niño en un sitio seguro
y seco, tuvo la sensación de que si se hubiera limitado a invitarla a ir a su casa, ella
habría dicho que sí. Y entonces, ¿qué? Despertar y molestar a Dixon para que llevara
toallas limpias a la habitación de invitados, preparara café, bromeara con el niño; y
mirara a Morse de aquel modo suyo. Su significado a Julianne le resultaría claro. ¿Y de
qué le serviría saberlo? A causa de la sorpresa y el desagrado, incluso de la sensación de
que habían traicionado sus sentimientos, ella podría echar a perder lo suyo.

Morse había pensado en eso pero de verdad no tenía miedo. Y Julianne le caía bien, y no
pensaba que obrara con malicia. A lo que tenía miedo, lo que no podía permitir, era que
ella viese cómo le miraba Dixon, y que luego ellos vieran que él no podía responder a la
mirada que había recibido. Entre ellos esas cosas estaban desequilibradas, y él mismo
no era nada cariñoso.

Así que aunque le ofreciera refugio a Julianne, se sentiría falso, melifluo, como si
estuviese tratando de comprarla. Y lo injusto que era sentir culpabilidad mientras le
ofrecía un dinero que era rechazado le demostraba demasiadas cosas. Por fin le dijo que
se fuera a dormir a la maldita camioneta si era eso lo que quería.

-Yo no quiero dormir en la camioneta -dijo el niño.

-Verás lo que pasa como no lo hagas -dijo Julianne-.

Y ahora vamos... ¿Preparado o no?

-No intente volver en coche a su casa -aconsejó Morse.

Ella puso la mano en el hombro del chico y tiró de él hacia el aparcamiento.

-Está demasiado cansada -le gritó Morse, pero si ella respondió no pudo oírlo por el
repiqueteo de la lluvia en la marquesina metálica. Atravesaron el asfalto. El viento venía
en rachas, haciendo la lluvia tan fuerte que Morse tuvo que dar un salto atrás. Julianne
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recibía la lluvia en plena cara y nunca volvió la cabeza. Tampoco el niño, Charlie. Ella le
cuidaría, estuviera preparado o no, mientras andaban bajo la lluvia como si no estuviera
lloviendo.
32

Aquella habitación

El verano que siguió a mi primer curso en el instituto, me dio un ramalazo de


independencia y me puse a recorrer a dedo las granjas, valle arriba y abajo, para trabajar
de jornalero recogiendo fresas y limpiando establos. Luego encontré un sitio donde el
dueño de la granja me pagaba diez centavos la hora por encima del salario mínimo, y su
rolliza mujer, sin hijos, me daba de almorzar y se desvivía por mí mientras comía,
conque me quedé allí hasta que empezaron las clases.

Mientras paleaba estiércol o arrancaba malas hierbas de una acequia de drenaje, a veces
me paraba a mirar hacia los campos lejanos, donde "las manos", como las llamaba el
granjero, estaban cargando fardos de heno en una carreta, amontonándolos hasta
alturas que los hacían tambalearse. De vez en cuando me llegaba un estallido de risas, la
coletilla de una conversación. El granjero no me dejaba trabajar en el heno porque yo
era demasiado pequeño, pero durante el invierno pegué un estirón, y al verano siguiente
dejó que me uniera a la cuadrilla.

Por tanto yo era una mano. ¡Una mano! Enloquecí un poco con esa palabra, con el
placer de atribuírmela a mí mismo. Tener un trabajo así lo cambió todo. Te ponía fuera
del alcance de tus padres, de los comentarios mordaces de tus amigos. Te dejaba libre
entre desconocidos del inquietante mundo, una situación en la que podías pretender
que eras otro hasta que eras otro. Hacía que anduvieras con dinero en el bolsillo y te
permitía creer que tu otra vida -la vida insignificante, entre paréntesis, de casa y el
instituto- sólo era una engañifa para los que eran lo bastante crédulos para imaginar que
todavía los necesitabas.

Conmigo en el campo había otros tres trabajando: el tímido y destinado a ser musculoso
sobrino del granjero, Clemson, que iba a mi curso del instituto, pero al que yo
infravaloraba porque sólo era un chaval sin experiencia; y dos hermanos mexicanos,
Miguel y Eduardo. Miguel, bajo, imperturbable y solitario, sabía poco inglés, pero el
desenvuelto Eduardo hablaba por los dos. Mientras los demás hacíamos el trabajo duro,
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Eduardo daba consejos sobre las chicas y contaba historias en las que él aparecía como
un infatigable espadachín marrullero y diestro. Lo hacía para que nos riéramos, pero en
los mismos elementos de sus historias -las salas de baile y los bares, los torpes agentes
de frontera, los paletos granjeros y sus insaciables mujeres, los corruptos policías, las
putas que se enamoraban de él- yo apreciaba la realidad de una vida de la que no sabía
nada aunque por algún motivo imaginaba que quería para mí: una vida auténtica en un
mundo auténtico.

Mientras Eduardo hablaba, Miguel trabajaba en silencio con nosotros, protestando de


vez en cuando por el peso de un fardo de heno, con la cara marcada por el acné
enrojecida a causa del calor, los ojos estrechos incluso más cerrados para defenderse del
sol. Clemson y yo íbamos a toda velocidad y nos deteníamos, riéndonos con las historias
de Eduardo, azuzándole con preguntas. Miguel nunca haraganeaba y nunca se reía. En
ocasiones miraba a su hermano con lo que parecía cierta curiosidad; eso era todo.

El granjero, que era dueño de una gran extensión con un montón de heno que recoger,
debería haber contratado más manos. Sólo nos tenía a nosotros cuatro, y siempre había
amenaza de lluvia. Era un hombre tranquilo, amable, pero según avanzaba la estación se
ponía más nervioso y empezaba a estar más encima de nosotros y a hacer que
trabajáramos más tiempo. Durante la semana anterior yo había pasado las noches con la
familia de Clemson, carretera adelante, de modo que pudiera estar en la granja con los
demás a la salida del sol y trabajar hasta el ocaso. Cuando empezábamos a recogerlos,
los fardos resultaban pesados debido al rocío. El aire del henar se espesaba por la
fermentación, y Eduardo advirtió al granjero que el heno podría incendiarse, pero éste
no nos daba respiro. Cojeando, quemado por el sol, lleno de arañazos, por la mañana yo
casi no me podía levantar de la cama. Pero aunque protestaba delante de Clemson y
Eduardo, en secreto me alegraba ocupar mi lugar a su lado, y trabajar como si no tuviera
elección.

El coche de Eduardo se averió cerca del fin de semana, y Clemson empezó a traerlos y
llevarlos a él y a Miguel desde el decrépito motel donde vivían con otros trabajadores
temporales. A veces, al detenernos en su puerta, todos nos quedábamos sentados sin
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decir nada. Estábamos muy cansados. Entonces, una noche Eduardo nos propuso que
entrásemos a tomar un trago. Clemson, que era buen chico, intentó escabullirse, pero yo
me bajé con Miguel y Eduardo, sabiendo que él no me dejaría solo.
-Venga, Clem -dije-, no seas nena.

Él se limitó a mirarme, luego apagó el motor.

Aquella habitación. Dios. Los hermanos se habían esforzado al máximo, haciendo las
camas y guardando la ropa pulcramente doblada dentro de maletas abiertas, pero uno
quedaba atufado por el olor a humedad desde el mismo momento en que ponía el pie
dentro. El suelo estaba como mojado y con restos de un linóleo gris; el techo medio
hundido y lleno de manchas. La luz de arriba apenas llegaba a los rincones. Por debajo
del olor a humedad, había otro, inquietante. Clemson era un chico remilgado y puso
cara de asco cuando yo monté el número de que estaba muy cómodo.

Echamos whisky de centeno en nuestros estómagos vacíos y escuchamos a Eduardo, y


no pasó mucho antes de que todos estuviéramos borrachos. Apareció uno en la puerta y
le habló en español, y Eduardo salió fuera y no volvió. Miguel y yo seguimos bebiendo.
Clemson estaba medio dormido, con la barbilla cayéndole poco a poco sobre el pecho y
volviendo a enderezarse. Entonces Miguel me miró. Entrecerró los ojos y me miró con
dureza, sin pestañear, y empezó a protestar por una injusticia que le había hecho
nuestro patrón, o puede que otro patrón. Yo apenas entendía su inglés, y él no dejaba de
recurrir al español, que yo no entendía nada. Pero estaba enfadado; eso llegaba a
entenderlo.

En determinado momento fue al otro lado de la habitación, volvió y puso una pistola
encima de la mesa, justo delante de él. Un revólver, de cañón largo, con la mayor parte
del niquelado descascarillado. Miguel me clavó la mirada por encima de la pistola y
reanudó sus quejas, todas en español. Me miraba, pero yo me daba cuenta de que estaba
viendo a otra persona. Antes apenas lo había oído hablar. Ahora las palabras surgían con
un tono de enfado, y comprendí que su voz en cierto modo lo estaba excitando, que el
mismo sonido de su indignación demostraba que se habían portado mal con él, lo que
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incrementaba su rabia, haciéndole aborrecer al que pensaba que era yo, fuera quien
fuese. Me daba miedo hablar. Lo único que podía hacer era sonreír.

Aquella habitación; una vez que entras, en realidad nunca sales de ella. Puedes olvidar
que estuviste dentro, puedes seguir como si empuñaras las riendas, como si el curso de
tu vida, sí, incluso su extensión, reflejara la fuerza de tu carácter y lo sabio de tus
opiniones. Y entonces te encuentras con una mancha de hielo en una curva un soleado
día de marzo y el volante no te responde y no eres más que un espectador de tu propio
deslizarte como en sueños hacia el arcén; y entonces recuerdas dónde estás.

O metido en un autobús con otros treinta chicos. Es temprano, justo antes del amanecer.
Es entonces cuando salen siempre los autobuses, con las luces cortas, para no llamar la
atención de los cuáqueros del otro lado de la salida, pero la cosa no funciona y están
esperando, sujetan en silencio sus pancartas, mirándote con reproche pero con tristeza y
simpatía cuando el autobús pasa por delante de ellos camino del aeropuerto y el avión
que te llevará a donde no querrías ir; y en ese momento sabes el valor exacto de tus
deseos, y de tus planes y de toda la fuerza de tu cuerpo y voluntad. Entonces sabes
dónde estás, como sabes dónde estás cuando los que quieres mueren antes de tiempo -el
tiempo que habían planeado para ellos, para ti mismo con ellos-; y cuando tu cuota
diaria de palabras y sueños se termina; y cuando tu hija dirige el coche directamente
contra un árbol. Y si ella sale de eso sin un rasguño, todavía puedes notar aquel techo
oscuro cerca de la cabeza, y saber dónde estás. ¿Y qué puedes hacer sino lo que hiciste
en aquella horrible habitación, con Miguel odiándote sin motivo y una pistola preparada
a mano? Sonreír y esperar que cambie de tema.

Pasó eso, aquella vez. Clemson salió disparado de su silla, se dobló hacia delante y
vomitó todo por encima de la mesa. Miguel dejó de hablar. Miró a Clemson como si no
lo hubiera visto nunca, y cuando Clemson volvió a tener arcadas, Miguel se levantó de
un salto, lo agarró por la camisa y lo empujó hacia la puerta. Me hice cargo de Clemson y
le ayudé a salir mientras Miguel seguía mirando y gritaba de asco. ¡Asco! Ahora el
remilgado era él. La repugnancia se había impuesto a la rabia, se había impuesto incluso
al odio. ¡Con cuánto cuidado atendí a Clemson aquella noche! Creía que me había
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salvado la vida. Y puede que lo hiciera.

El granero del dueño de la granja ardió de arriba abajo aquel invierno. Cuando me
enteré, solté:
-¿No se lo dije? Claro que sí, le dije a aquel estúpido cabrón que no metiera el heno
húmedo.
37

En el jardín de los mártires


norteamericanos

Cuando era joven, Mary vio a un hombre brillante y original quedarse sin trabajo porque
había expresado ideas que les resultaron ofensivas a los administradores de la
universidad donde enseñaban los dos. Ella compartía esas opiniones pero no firmó la
carta de protesta. Después de todo, a ella misma la estaban juzgando; como profesora,
como mujer, como intérprete de la historia.
Mary se andaba con cuidado. Antes de dar una clase la escribía entera, utilizando
argumentos y muchas veces palabras de otros, autores aceptados, no fuera a ser que por
casualidad dijera algo escandaloso. Sus propias ideas se las guardaba para sí, y las
palabras con que las expresaba se fueron debilitando según pasaba el tiempo; sin
desaparecer del todo se encogieron hasta ser puntos remotos, nerviosos, como pájaros
que se alejan volando.
Cuando el departamento se convirtió en un avispero de camarillas, Mary se dedicó a sus
asuntos e hizo como que no se enteraba de los odios que había entre ellos. Para evitar
parecer anodina se volvió excéntrica en cuestiones inofensivas. Empezó a jugar a los
bolos, de los que terminó por disfrutar mucho, y fundó la sección de la Universidad
Brandon de una sociedad dedicada a devolver el buen nombre a Ricardo III. Aprendía
de memoria frases cómicas a partir de discos y bromas de libros; la gente refunfuñaba
cuando las soltaba, pero ella no dejaba que eso la interrumpiera, y después de un tiempo
los refunfuños se convirtieron en la gracia de los chistes. Eran una especie de homenaje
a la decisión de Mary de ponerse en evidencia.
En realidad en la universidad ninguna persona estaba más segura que Mary, pues se
estaba convirtiendo en algo institucional, como una costumbre o una mascota; en parte
de la idea que la universidad tenía de sí misma.
De vez en cuando se preguntaba si no había sido demasiado cautelosa. Las cosas que
decía y escribía le parecían planas, secas, como si otro les hubiera exprimido el jugo. Y
una vez, mientras hablaba con un profesor ilustre, Mary se vio reflejada en una ventana:
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estaba inclinada hacia él y tenía la cabeza doblada de modo que su oreja quedaba justo
delante de la boca en movimiento de él. La imagen le desagradó.
Años después, cuando tuvo que ponerse un audífono, Mary sospechó que su sordera era
consecuencia de que siempre había tratado de enterarse de lo que decía todo el mundo.
En la segunda mitad del decimoquinto curso de Mary en Brandon, el rector convocó una
reunión de todos los profesores y alumnos para anunciar que la universidad estaba en
quiebra y no volvería a abrir sus puertas. Él estaba tan sorprendido como ellos; el
informe de los administradores había llegado a su mesa aquella misma mañana. Al
parecer el director financiero de Brandon había especulado con cierto tipo de acciones,
perdiéndolo todo. El rector quiso comunicarles la noticia en persona antes de que saliera
en los periódicos. Lloró abiertamente y lo mismo hicieron alumnos y profesores, con
sólo unas pocas excepciones; algunos cínicos de clase alta que aseguraban despreciar la
educación que habían recibido.
Mary no podía quitarse de la cabeza la palabra «especular». Significaba «suponer», y en
términos de dinero «jugar». ¿Cómo podía un hombre jugarse una universidad? ¿Porqué
querría hacer eso, y cómo podía ser que nadie se lo impidiese?
Aquello parecía pertenecer a otra época; Mary pensó en el dueño de una plantación,
borracho, jugándose a sus esclavos.
Solicitó varios puestos y recibió una oferta de una nueva universidad experimental de
Oregón. Fue la única oferta que tuvo, conque la aceptó. La universidad en un único
edificio. Sonaban timbres todo el tiempo, había taquillas a los lados de los pasillos, y una
fuente de agua que emitía un zumbido en cada rincón. La revista de los estudiantes salía
dos veces al mes en un papel mimeografiado que resultaba húmedo al tacto. La
biblioteca, que estaba junto a la sala de la banda de música, no tenía bibliotecario y
contaba con pocos libros.
—Somos una obra en marcha —estaba orgulloso de decir el director, animadamente.
El paisaje era hermoso, sin embargo, y Mary podría haber disfrutado de él si la lluvia no
le hubiera ocasionado tantos problemas. Algo iba mal en sus pulmones que los médicos
no conseguían curar y sobre lo que no se ponían de acuerdo; fuera lo que fuese, la
humedad lo empeoraba. Los días lluviosos se formaba una condensación en el audífono
de Mary y lo cortocircuitaba. Empezó a darle miedo hablar con la gente, pues nunca
sabía cuándo tendría que sacar la caja de control y darle un golpe contra la pierna.
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Llovía casi todos los días. Cuando no estaba lloviendo estaba a punto de llover o
despejándose. La tierra brillaba bajo la hierba, y la luz tenía un tono amarillo que se
recrudecía durante las tormentas.
En el sótano de Mary había agua. Las paredes rezumaban, y encontró hongos detrás del
frigorífico. Tenía la sensación de que se estaba oxidando, lo mismo que uno de aquellos
coches viejos que la gente de por allí tenía en sus jardines delanteros encima de tacos de
madera. Mary sabía que todo el mundo se estaba muriendo, pero le pareció que ella se
estaba muriendo más deprisa que la mayoría.
Continuó buscando otro trabajo, sin éxito. Luego, en el otoño de su tercer curso en
Oregón, recibió una carta de una mujer que se llamaba Louise y que en otro tiempo
había dado clases en Brandon. Louise se había apuntado un gran éxito con un libro
sobre Benedict Arnold y ahora formaba parte del profesorado de una famosa
universidad del norte del estado de Nueva York. Decía que uno de sus compañeros se
iba a jubilar a final de año y le preguntaba si le interesaría el puesto.
La carta sorprendió a Mary. Louise se consideraba a sí misma una gran historiadora y a
casi todos los demás unos inútiles; Mary no sabía que pensara algo distinto de ella.
Además, el entusiasmo por las causas ajenas no era algo que sintiera con facilidad
Louise, la cual tenía cierto modo de contener el aliento cuando se mencionaban
nombres conocidos, como si supiera cosas que la amistad evitaba que revelase.
Mary no esperaba nada, pero mandó un currículo y un ejemplar de su libro. Poco
después Louise llamó para decir que el comité de selección, que ella presidía, había
decidido concederle a Mary una entrevista a primeros de noviembre.
—No te hagas demasiadas ilusiones —dijo Louise.
—Oh, no —contestó Mary, pero pensó: «¿Por qué no me las voy a hacer?». No se iban a
molestar ni a pagar los gastos de su viaje a la universidad si no fueran en serio. Y estaba
segura de que la entrevista iría bien. Conseguiría gustarles, o al menos no dar motivo
para desagradarles.
Leyó sobre la zona con una extraña sensación de familiaridad, como si ya conociera esa
región y su historia. Y cuando su avión dejó Portland y se elevó hasta las nubes en
dirección este, Mary tuvo la impresión de que iba a casa. La sensación le duró, y se hizo
más fuerte cuando aterrizaron.
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Trató de describírsela a Louise cuando salieron del aeropuertode Syracuse y se


dirigieron a la universidad, como a unahora en coche.
—Es como un déjà vu —dijo.
—El déjà vu es una patraña —dijo Louise—. Sólo es un desequilibrio químico de algún
tipo.
—Puede —contestó Mary—, pero todavía tengo esa sensación.
—No te pongas seria conmigo —dijo Louise—. No es propio de ti. Limítate a ser tan
graciosa y bromista como antes. Y ahora cuéntame, con franqueza, ¿cómo me
encuentras?
Era de noche, estaba demasiado oscuro para verle bien la cara a Louise, pero en el
aeropuerto le había parecido demacrada, pálida e intensa. A Mary le recordó una
descripción de un libro que había leído sobre cómo los guerreros iroqueses se
provocaban visiones por medio del ayuno. Tenía un aspecto de ese tipo. Pero no le
gustaría oírlo.
—Estás estupenda —dijo Mary.
—Hay un motivo —explicó Louise—. Tengo un amante.
Mi concentración ha mejorado, mi nivel de energía está alto, y he perdido cinco kilos.
También tengo algo de color en las mejillas, aunque eso podría ser por el clima.
Recomiendo vivamente la experiencia. Pero es probable que tú la desapruebes.
Mary no supo qué decir. Aseguró que estaba segura de que Louise sabía lo que hacía,
pero eso no parecía suficiente.
—El matrimonio es una gran institución —añadió—, pero ¿quién quiere vivir en una
institución?
Louise refunfuñó.
—Te conozco —dijo—, y sé en lo que estás pensando ahora mismo: «¿Qué pasa con Ted?
¿Y con los niños?».
Mary, lo cierto es que no se lo tomaron nada bien. Ted no deja de darme la lata —le pasó
su bolso a Mary—. Sé buena y enciéndeme un pitillo, ¿quieres? Sé que te conté que lo
había dejado, pero todo este asunto me ha resultado muy duro, muy duro, y me temo
que he empezado otra vez.
Ahora estaban en los montes, dirigiéndose al norte por una carretera estrecha. Altos
árboles formaban una bóveda encima de ellas. Cuando coronaron una cuesta Mary vio el
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bosque todo alrededor, de un negro intenso bajo el cielo color ciruela. Había unas
cuantas luces y éstas sólo hacían que la oscuridad pareciera mayor.
—Ted ha conseguido poner a los niños completamente en contra de mí —iba diciendo
Louise—. No hay modo de razonar con ninguno de ellos. De hecho, se niegan por
completo a discutir el asunto, lo que es muy irónico porque durante años he intentado
inculcarles una buena disposición para que vieran las cosas desde el punto de vista de
otra persona. Si pudieran conocer a Jonathan sé que pensarían de otra forma. Pero no
quieren oír hablar de ello. Jonathan —dijo— es mi amante.
—Comprendo —asintió Mary.
Al tomar una curva los faros iluminaron a dos ciervos.
Mary pudo verlos tensos cuando pasaba el coche.
—Ciervos —dijo.
—No sé —siguió Louise—, no sé qué hacer. Hago lo que puedo y nunca parece que sea
suficiente. Pero ya basta de mí... hablemos de ti. ¿Qué opinas de mi último libro?
—soltó un chillido y golpeó el volante con las palmas de las manos—. En serio, vamos a
ver, ¿cómo te va? Debió de ser una auténtica sorpresa cuando cerró el viejo Brandon.
—Fue duro. Las cosas no han ido bien, pero estarán mucho mejor si consigo este puesto.
—Por lo menos tienes trabajo —dijo Louise—. Debes ver las cosas desde el lado positivo.
—Lo intento.
—Pareces muy pesimista. Espero que no estés preocupada por la entrevista, o por la
clase. Preocuparte no te servirá de nada. Considera esto como unas vacaciones.
—¿Clase? ¿Qué clase?
—La clase que vas a dar mañana, después de la entrevista.
¿No te lo dije? Mea culpa, querida, mea maxima culpa.
Últimamente he estado olvidadiza, nada normal.
—Pero ¿qué tendré que hacer?
—No te agobies —dijo Louise—. Limítate a elegir un tema y te lanzas.
—¿Me lanzo?
—Ya sabes, abres la boca y a ver qué sale. Improvisa.
—Pero yo siempre trabajo a partir de un texto preparado.
—Muy bien. Te diré cómo. El año pasado escribí un artículo sobre el Plan Marshall del
que me aburrí y nunca publiqué. Puedes leer eso.
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Repetir como una cotorra lo que había escrito Louise le pareció mal a Mary, al principio;
luego se le ocurrió que llevaba muchos años repitiendo cosas de otros, y que aquél no
era el momento de tener escrúpulos.
—Ya hemos llegado —dijo Louise, y entró por un camino circular con varias cabañas
alrededor. En dos de las cabañas estaba encendida la luz; salía humo de las chimeneas .
La universidad está a otros tres kilómetros siguiendo por ahí —Louise señaló la
carretera—. Te invitaría a quedarte en mi casa, pero paso la noche con Jonathan y
Ted no es una buena compañía estos días. Apenas le reconocerías.
Sacó las bolsas de Mary del maletero y cargó con ellas por los escalones de una cabaña a
oscuras.
—Mira —dijo—, te han preparado el fuego. No tienes más que encenderlo —se quedó de
pie en mitad de la habitación con los brazos cruzados, observando a Mary mientras
acercaba una cerilla para encender el fuego—. Ya está —dijo—. Te encontrarás en la
gloria dentro de muy poco. Me encantaría quedarme a charlar pero la verdad es que no
puedo. Esta noche tienes que dormir bien, te veré por la mañana.
Mary se quedó de pie en la puerta y movió la mano cuando Louise se alejó por el camino
levantando grava. Se llenó los pulmones, para saborear el aire; era áspero y limpio.
Veía las estrellas con sus constelaciones, y los vagos raudales de luz que corrían entre
ellas.
Aún se sentía inquieta por lo de leer un trabajo de Louise como propio. Sería su primer
plagio total. Aquello seguro que la cambiaría. La haría de menos... cuánto de menos, no
lo sabía. Pero ¿qué otra cosa podía hacer? Era indudable que no podría «lanzarse».
Podrían faltarle las palabras, y entonces, ¿qué? Mary tenía miedo al silencio. Cuando
pensaba en el silencio pensaba que se ahogaba, como si el silencio fuera una clase de
agua en la que no sabía nadar.
—Quiero este trabajo —dijo, y se envolvió en su abrigo. Era de cachemira y Mary no se lo
había puesto desde el traslado a Oregón, porque la gente de allí pensaba que eras
pretencioso si te ponías algo que no fuese una camisa Pendleton o, claro, un
impermeable. Frotó la mejilla contra el cuello levantado y pensó en una luna de plata
que brillaba entre unas ramas desnudas, negras, una casa blanca con persianas verdes,
hojas rojas que caían ante un cielo azul intenso.
43

Louise la despertó unas cuantas horas después. Estaba sentada en el borde de la cama,
sacudiendo a Mary por el hombro y respirando ruidosamente. Cuando ella le preguntó
qué pasaba, dijo:
—Quiero tu opinión sobre algo. Es muy importante.
¿Crees que soy femenina?
Mary se sentó.
—Louise, ¿no puedes esperar?
—No.
—¿Femenina?
Louise asintió con la cabeza.
—Eres muy guapa —dijo Mary—, y sabes sacarte partido.
Louise se levantó y paseó por la habitación.
—Ese hijoputa —dijo. Se volvió a acercar y se quedó de pie junto a Mary—. Supongamos
que alguien dijera que yo no tengo sentido del humor. ¿Estarías de acuerdo o no?
—Para algunas cosas lo tienes. Me refiero a que sí, tienes bastante sentido del humor.
—¿Qué quieres decir con «para algunas cosas»? ¿Qué clase de cosas?
—Bueno, si oyeras que alguien había muerto de un modo poco frecuente, como por la
explosión de un puro de broma, te parecería gracioso.
Louise se rió.
—A eso me refería —añadió Mary.
Louise se siguió riendo.
—Oh, Señor —dijo—. Ahora me toca decir algo sobre ti —se sentó al lado de Mary.
—Por favor, no —dijo ésta.
—Sólo una cosa —insistió Louise.
Mary esperó.
—Estás temblando —dijo Louise—. Sólo iba a decir... oh, olvídalo. Escucha, ¿te importa
que duerma en el sofá? Estoy agotada.
—Adelante.
—¿Seguro que no te importa? Mañana es un gran día para ti —se dejó caer en el sofá y se
quitó los zapatos de una patada—. Sólo iba a decir que deberías pintarte algo las cejas.
Es como si no se vieran, y el efecto resulta desconcertante.
44

Ninguna de ellas durmió. Louise fumó sin parar y Mary observó cómo se iban apagando
las brasas. Cuando hubo luz suficiente para poder verse, Louise se levantó.
—Mandaré a un estudiante a por ti —dijo—. Buena suerte.
La universidad tenía el aspecto que debe tener una universidad. Roger, el estudiante
encargado de enseñársela, explicó que era una copia exacta de un colegio universitario
inglés, hasta las gárgolas y las ventanas con cristales emplomados. Se parecía tanto que
a veces los directores de cine la usaban como decorado. Andy Hardy va a la
universidad la habían rodado allí, y todos los otoños celebraban el Día Andy Hardy Va a
la Universidad, con abrigos de mapache y concursos donde se tragaban peces de colores.
Encima de la puerta del Edificio del Fundador había una frase en latín que, traducida
apresuradamente, significaba: «Dios ayuda a quienes se ayudan». Mientras Roger
recitaba los nombres de ilustres antiguos alumnos, a ella le sorprendió hasta qué punto
se habían tomado a pecho aquel precepto. Se habían hecho con ferrocarriles, minas,
ejércitos y estados; con imperios financieros que contaban con sucursales en todo el
mundo.
Roger llevó a Mary a la capilla y le enseñó una placa con los nombres de todos los
alumnos que habían muerto en combate, remontándose a la guerra de Secesión. No
había muchos nombres. Al parecer también en eso los licenciados se habían andado con
cuidado.
—Ah, sí —dijo Roger cuando se iban—. Olvidaba contárselo. El comulgatorio procede de
una iglesia de Europa a la que solía ir Carlomagno.
Fueron al gimnasio, y a las dos pistas de hockey, y a la biblioteca, donde Mary
inspeccionó el fichero como si fuera a rechazar aquel trabajo si no tenían los libros
adecuados.
—Contamos con un poco más de tiempo —dijo Roger cuando salían—. ¿Le gustaría ver
la central eléctrica?
Mary quería seguir ocupada hasta el último momento, así que estuvo de acuerdo.
Roger la condujo a las profundidades del edificio de servicios, explicando cosas sobre el
aparato que iban a ver, sin duda el más avanzado del país.
—La gente cree que esta universidad es anticuada de verdad —dijo—, pero no lo es.
Ahora admiten chicas, y hay algunas mujeres entre los profesores. De hecho, hay un
estatuto que dice que tienen que entrevistar al menos a una mujer
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por cada vacante. Ahí está.


Estaban de pie sobre una pasarela de hierro encima del aparato más grande que Mary
había visto nunca. Roger, que se estaba especializando en Ciencias de la Tierra, dijo que
había sido construido a partir de un diseño inventado por un profesor de su
departamento. Aunque antes había sido parlanchín, ahora se mostraba reverente.
Estaba claro que para él aquel aparato era el alma de la universidad, que de hecho el
objetivo de ésta era proporcionar utilidad a la máquina.
Se apoyaron juntos en la barandilla y lo miraron zumbar.
Mary llegó a la sala de juntas a la hora exacta de la entrevista, pero estaba vacía. Su libro
se encontraba encima de la mesa, junto a una jarra de agua y varios vasos. La
encuadernación crujió al abrirlo. Las páginas estaban suaves, limpias, sin leer. Mary fue
al primer capítulo, que empezaba:
«Generalmente se cree que...». «Qué aburrido», pensó.
Casi veinte minutos después entró Louise con varios hombres.
—Perdona que lleguemos tarde —dijo—. No tenemos mucho tiempo así que será mejor
que empecemos
—presentó a Mary a los del comité, pero con una excepción los nombres no quedaron
asociados a las caras. La excepción era el doctor Howells, el jefe del departamento, que
tenía una nariz porosa y muy mala dentadura.
Un hombre de cara lustrosa situado a la derecha del doctor Howells fue el que primero
habló.
—Bien —dijo—, tengo entendido que usted enseñó en la Universidad Brandon.
—Fue una pena que la Brandon tuviera que cerrar —dijo un hombre joven con una pipa
en la boca—. Hay sitio para instituciones como la Brandon —mientras hablaba
la pipa subía y bajaba.
—Ahora está en Oregón —intervino el doctor
Howells—. Nunca he estado allí. ¿Le gusta?
—No mucho —respondió Mary.
—¿Es eso cierto? —el doctor Howells se inclinó hacia ella—. Creí que a todo el mundo le
gustaba Oregón. He oído decir que es muy verde.
—Eso es verdad —dijo Mary.
—Supongo que llueve mucho —añadió él.
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—Casi todos los días.


—Eso no me gustaría —dijo, meneando la cabeza—.
Me gustan los sitios secos. Claro que aquí nieva, y llueve de vez en cuando, pero es una
lluvia seca. ¿Ha estado alguna vez en Utah? Ése sí es el estado que le conviene. El cañón
Bryce.
El coro del Tabernáculo Mormón.
—El doctor Howells se crió en Utah —dijo el joven de la pipa.
—En aquellos tiempos era un sitio completamente distinto —explicó el doctor Howells .
La señora Howells y yo siempre hemos hablado de volver cuando me jubile, pero ahora
no estoy tan seguro.
—Andamos cortos de tiempo —intervino Louise.
—Y yo aquí hablando sin parar —dijo el doctor Howells—. Antes de terminar, ¿quiere
decirnos algo?
—Sí. Creo que deberían darme el puesto —Mary se rió cuando dijo eso, pero nadie
respondió a su risa; ni siquiera la miraron. Todos apartaron la vista. Entonces Mary
comprendió que no la estaban considerando en serio para el puesto.
La habían traído aquí para atenerse a una norma. No tenía esperanzas.
Los hombres recogieron sus papeles, estrecharon la mano a Mary y le dijeron que
estaban deseando asistir a su clase.
—Nunca me canso del Plan Marshall —dijo el doctor Howells.
—Lo lamento —se disculpó Louise cuando estuvieron solas—. No creí que fuera a ser tan
desagradable. Ha sido una auténtica putada.
—Dime una cosa —pidió Mary—. Ya sabías que no me iban a contratar, ¿verdad?
Louise asintió con la cabeza.
—Entonces ¿por qué me hiciste venir?
Cuando Louise se puso a hablar sobre los estatutos, Mary la interrumpió.
—Todo eso lo sé. Pero ¿por qué yo? ¿Por qué me elegiste a mí?
Louise anduvo hasta la ventana y habló de espaldas a Mary.
—Las cosas no le han ido muy bien a la vieja Louise —dijo—. He sido desgraciada, y
pensé que tú podrías animarme.
Solías ser divertida, y estaba segura de que disfrutarías del viaje... no te costó nada, y
esto es muy bonito en esta época del año, con las hojas y todo eso. Mary, no sabes las
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cosas que me hicieron mis padres. Y Ted tampoco me hace reír mucho. Ni Jonathan, el
hijoputa. Merezco algo de amor y amistad, pero no tengo nada —se volvió y miró su
reloj—.
Ya es casi la hora de tu clase. Será mejor que vayamos.
—Preferiría no darla. A fin de cuentas no tiene mucho sentido, ¿no crees?
—Pero tienes que darla. Es parte de la entrevista
—Louise le tendió una carpeta—. Lo único que debes hacer es leer esto. No es mucho,
teniendo en cuenta todo el dinero que nos hemos gastado para traerte aquí.
Mary siguió a Louise por el vestíbulo hasta el aula.
Los profesores estaban sentados en la primera fila con las piernas cruzadas. Sonrieron y
saludaron a Mary con la cabeza.
Detrás de ellos el aula estaba llena de estudiantes, algunos incluso ocupaban los pasillos.
Uno de los profesores ajustó el micrófono a la altura de Mary, agachándose cuando
subió y se bajó del estrado como si prefiriera que no le viesen.
Louise pidió silencio, luego presentó a Mary y dijo de qué trataría la lección magistral.
Pero Mary había decidido lanzarse, después de todo. Subió a la tarima insegura de lo
que diría; segura únicamente de que prefería morir a leer el artículo de Louise. El sol
entraba a raudales por la vidriera de colores y caía sobre los que la rodeaban, pintando
sus caras.
Densas volutas de humo se alzaban de la pipa del joven profesor, cruzando un círculo de
luz roja que había a los pies de Mary, volviéndose carmesí y retorciéndose como llamas.
—Me pregunto cuántos de ustedes saben —empezó— que estamos en la Casa Larga, el
antiguo dominio de las Cinco Naciones de los iroqueses.
Dos profesores se miraron.
—Los iroqueses no tenían piedad —dijo Mary—.
Daban caza a la gente con palos, flechas, lanzas y redes, y con cerbatanas hechas con
cañas de saúco. Torturaban a los prisioneros, sin perdonar a ninguno, ni siquiera a los
niños pequeños. Arrancaban las cabelleras y practicaban el canibalismo y la esclavitud.
Como no tenían piedad, se hicieron poderosos, tan poderosos que ninguna otra tribu se
atrevía a oponérseles. Hacían que las demás tribus les pagaran tributos, y cuando ya no
tenían más que pagar, los iroqueses les atacaban.
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Varios de los profesores empezaron a murmurar. El doctor Howells le estaba diciendo


algo a Louise, que negaba con la cabeza.
—En una de sus correrías —siguió Mary—, capturaron a dos sacerdotes jesuitas, Jean de
Brébeuf y Gabriel Lalement.
Untaron a Lalement con brea y le prendieron fuego delante de Brébeuf. Cuando Brébeuf
les increpó le cortaron los labios y le metieron un hierro candente por la garganta.
Le colgaron un collar de hachas pequeñas al rojo vivo alrededor del cuello y le echaron
agua hirviendo por encima de la cabeza. Como él continuaba predicándoles le cortaron
tiras de carne del cuerpo y se las comieron ante sus ojos. Mientras todavía estaba vivo le
arrancaron la cabellera y le abrieron el pecho y bebieron su sangre. Después, su jefe
arrancó el corazón de Brébeuf y se lo comió, pero justo antes de que hiciera eso, Brébeuf
le habló por última vez. Dijo...
—¡Basta! —gritó el doctor Howells, levantándose de un salto. Louise dejó de menear la
cabeza. Tenía los ojos perfectamente redondos.
Mary había llegado al final de sus datos. No sabía qué había dicho Brébeuf. El silencio se
alzó a su alrededor; justo cuando pensaba que iba a hundirse y a perderse en el silencio,
oyó que alguien silbaba en el pasillo de fuera, gorjeando las notas como un pájaro, como
muchos pájaros.
—Enderezad vuestras vidas —dijo Mary—. Os habéis engañado por el orgullo de vuestros
corazones y la fuerza de vuestros brazos. Aunque alcéis el vuelo tanto como el águila,
aunque hagáis vuestro nido entre las estrellas, os haré caer desde allí, dijo el Señor.
Abandonad el poder por el amor. Sed buenos. Haced justicia. Caminad con humildad.
Louise estaba agitando los brazos.
—¡Mary! —gritó.
Pero Mary tenía más que decir, mucho más. Contestó a Louise con un movimiento de
brazo y luego desconectó su audífono para que no la volvieran a distraer.
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Tobias Wolff: "Sueño con escribir el


cuento perfecto"
Por Roberto Careaga
Son las 8.30 de la mañana en Palo Alto, California, cuando Tobias Wolff (1945) contesta
el teléfono. Lleva un rato despierto. Mientras esperaba la llamada desde Chile, trabajaba
en una novela de la cual no habla por "pura superstición". El tono bajo y cálido de su voz
va bien con esa pose calmada en la que suele ser fotografiado, pero no siempre podría
ser la de sus solitarios personajes. No. Al teléfono, Wolff no parece un hombre en
problemas o a punto de vivir una experiencia reveladora. Tuvo una infancia complicada,
peleó en la Guerra de Vietnam, pero hoy ríe sin mucha provocación, cuenta anécdotas y,
dado el momento, da rienda suelta a una sabiduría literaria forjada por una vida
dedicada al oficio. Wolff es un trabajador. Hace años está buscando el cuento perfecto.

Si en alguna parte están esos relatos perfectos es en Aquí empieza nuestra historia.
Desde ya, un volumen ineludible en la bibliografía de Wolff y en la reciente literatura de
EEUU. El libro cubre 30 años de trabajo: a 21 cuentos ya publicados, se suman 10
inéditos. "Son los mejores cuentos que he escrito", dice a La Tercera. No es sólo una
selección: Wolff revisó cada texto, palabra por palabra, y quitó todo lo que sobraba.

Compañero de generación y amigo de Richard Ford y Raymond Carver (el trío perfecto
del "realismo sucio"), desde mediados de los 70 Wolff viene abriéndose paso en la noble
tradición americana de Cheever, Fitzgerald, Hemingway y otros. Profesor de la
Universidad de Standford, su vida está en sus libros: su nómade y compleja niñez con su
madre está en La vida de este chico (1989), sus años en Vietnan en En el ejército del
faraón (1994) y, En Vieja escuela (2003), relató sus últimos años escolares y el
descubrimiento de la literatura. Siempre exploró vidas de americanos anónimos, que no
por ser anónimos carecen de épica. O drama.
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Ahí están los amigos que se confiesan en el cuento "Cazadores en la nieve", el cabo
perdedor que sueña con Vietnam en "La alegría del soldado", esa profesora que cree
poder redimir una vida sin riesgos en un discurso en "En el jardín de los mártires
americanos" y el adolescente mitómano de "El mentiroso". Hay más en Aquí empieza
nuestra historia. Mucho más.

¿Qué cambios hizo en los viejos cuentos?

Si veía una palabra que no era la correcta, buscaba la correcta. Siempre me ha


interesado ver hasta dónde puedo llevar lo implícito. Hemingway dijo que un cuento
debía ser como un iceberg, con el 90% bajo el agua. Esa imagen me ha inspirado mucho.
Si como lector puedo entender algo sin que me lo digan, lo corto del texto. No cambio
los finales de los cuentos, tampoco la narrativa o los nombres de los personajes, busco
que el lenguaje sea lo más expresivo posible.

¿Quedó satisfecho?

Bueno, ese es el problema. Estos cuentos han sido reescritos muchas veces a lo largo de
los años. No puedo parar, es una locura. No puedo poner un punto final. Pero los he
leído públicamente y no he visto mucho que cambiar. Quizás estoy viejo.

¿Busca el cuento perfecto?

Sí. Es muy difícil escribir la novela perfecta, pero con los cuentos uno piensa que quizás
sí puede hacerlo. Es un sueño. Quizás sí puedo hacer algo perfecto en este mundo. Es
muy difícil hacerlo con todo lo demás: con la familia, con tu trabajo... Es un poco iluso,
pero es un gran sueño.

Después de leer sus relatos, ¿dio con algo que le hiciera decir: este es un
cuento de Tobias Wolff?
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Un escritor no está consciente del agua en que está nadando. Si empezara a pensar en
mí como cierto tipo de escritor (Tobias Wolff escribe así y así) sería mi ruina. Quiero
tener una sensación de libertad cuando escribo. Se lo dejo a mis lectores.

Muchos personajes son solitarios y están en problemas, pero sufren en


silencio. ¿Qué le atrae de ellos?

Pareciera que describes a todos los que conozco. La mayoría luchamos y pasamos
nuestras penas en silencio porque no queremos ser una carga para el resto. Hay pocas
personas con quienes nos sentimos cómodos compartiendo nuestra vida interior. Todos
tenemos vidas solitarias. Pero no estoy totalmente de acuerdo con esa descripción.
Quizás es correcta, pero nunca he pensado en escribir cuentos sobre personajes
solitarios que sufren en silencio

¿Cómo recuerda a Raymond Carver?

Lo conocí hace 35 años. Todavía bebía y no estaba en muy buena forma. Con Richard
(Ford) lo echamos mucho de menos. Ray era maravilloso. Muy amable, cálido, divertido,
excéntrico. Si ibas a su casa después de las ocho siempre estaba en pijama. Le encantaba
el chocolate, se convirtió en su nueva droga. No le gustaba compartirla. Era muy
divertido.

¿Le hizo sentido el término "realismo sucio"?

Ese fue un término que la revista Granta inventó casi como una broma. Estaba Richard
Ford, yo, por supuesto Ray...

Todos, cuando lo vimos, nos reímos. "Oh, ahora somos realistas sucios"... También he
sido llamado minimalista, neo realista...

¿Le molestan las etiquetas?


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A ningún escritor le gusta escribir bajo una bandera o sobre una específica ideología o
estética. Chéjov alguna vez dijo: "Soy un artista libre y nada más". Es lo que todos
queremos. Ahora, si realmente lo somos es otra pregunta. No somos tan libres como
creemos. Pero la ambición está ahí: operar de forma independiente y no pertenecer a
ninguna escuela.

Pero creo que usted es parte de una tradición de cuentistas en EEUU.

Probablemente. Hace como 20 años, desde Latinoamérica vino un impulso para los
escritores para intentar algo parecido a García Márquez, Julio Cortázar, una narrativa
parecida al realismo mágico. Luego vino el posmodernismo, la idea de que la narración
era simplemente una convención que debía ser quebrada y que la verdadera literatura
debía tratar sobre la literatura misma. Que la literatura estaba agotada. Ahí estaban
autores como Donald Barthelme. Yo pertenezco a otra tradición. No creo que los cuentos
estén agotados. Creo en el poder de los cuentos. La literatura puede decirnos cosas muy
profundas y elocuentes sobre nuestras vidas.

¿A quiénes nombraría en esa tradición? ¿Cheever, Hemingway?

Absolutamente. Fitzgerald, Sherwood Anderson, Flannery O'Connor, Katherine Anne


Porter, Melville... Es una larga tradición.

¿Realismo?

Sí, pero no un realismo plano. Si lees un cuento de Melville o de O'Connor, hay


elementos grotescos, de exageración y fantasía que también son parte de la vida. No
quiero usarlo en un sentido limitado: alguien se despierta en un departamento pequeño,
va a un trabajo que odia, vuelve a casa y ve televisión toda la noche. No es lo que tengo
en mente.

¿Por qué escribió sobre su niñez en La vida de un chico?


53

Había estado escribiendo algo así como ficción autobiográfica. Como lo hace Roberto
Bolaño, él usa historias de su vida, pero también inventa. Empecé a escribir algunas
cosas sobre mi vida, porque mi memoria podía fallar. Pero no quería publicarlo. Tenía
una fobia ante la posibilidad de que la gente supiera que el protagonista de mis libros
era yo: prefería la máscara de la ficción. Intenté convertirlo en una novela, pero no
resultaba. Finalmente, me di por vencido. Lo pasé muy bien. Generalmente, uno siente
al escribir que está empujando una roca hacia la cima de un cerro, pero a veces es como
dejarse llevar por las olas. Nunca pensé que lo haría de nuevo.

Lo hizo. Escribió En el ejército del faraón.

Sí, lo hice. Había escrito un cuento ambientado en Vietnam, pese a que me había
prometido no escribir nunca sobre Vietman.

¿Cuál era la razón de esa decisión?

Había tantos clichés sobre la guerra. Por 20 años todos hablaban de la guerra. Pero a
veces tienes que dejar salir las cosas. Me gustaba el cuento sobre Vietnam que había
escrito, pero no estaba contando toda la historia. De nuevo pasó lo mismo. La fuerza de
la historia recaía en contar hechos verdaderos, en vez de recubrir de ficción algo
autobiográfico. Ahí apareció En el ejército del faraón.

¿Tuvo beneficios personales escribir libros autobiográficos?

Todo lo que te dé una clara visión de lo que has sido es probablemente beneficioso. Pero
no escribí esos libros por razones terapéuticas. Lo hice porque soy un escritor.
54

El coraje de Wolff
Por Andrea Aguilar

Le interesa la mentira. Los personajes que pueblan las historias de Tobias Wolff
(Alabama, 1945) a menudo construyen una realidad alternativa. No se trata de dementes
incapaces de distinguir entre realidad y ficción, sino de fabuladores natos; embusteros
prestos a manipular una verdad que no les convence. En la mentira encuentran una vía
de salida. Así, el adolescente del relato 'El mentiroso', a raíz de la muerte de su padre,
inventa que sus familiares padecen terribles enfermedades. El autoestopista que recogen
un hermano triunfador y otro echado a perder en 'El hermano rico' habla del delirante
descubrimiento de unas minas de oro. En 'Mortales', un gris recaudador de impuestos
miente sobre su propia muerte para que le escriban un obituario.

En Aquí empieza nuestra historia (Alfaguara) este maestro del género ha reunido 30 de
sus mejores cuentos. Colaborador habitual de la revistas The New Yorker y Atlantic, en
sus páginas publicó gran parte de estos relatos. Casi dos tercios de las historias del
nuevo libro fueron recopiladas en colecciones anteriores, pero Wolff ha añadido 11
nuevos cuentos. Con esta antología el escritor ha añadido el Story Award que recibió el
mes pasado a su larga lista de galardones, entre los que figuran el PEN / Malamud y el
Premio de la Academia de Letras y las Artes de América.
Dice el escritor estadounidense que una de las claves de su oficio es "la experiencia de
primera mano". En más de una ocasión se ha referido a su padre como un mentiroso
compulsivo. Al separarse sus padres, su hermano mayor, el también novelista Geoffrey
Wolff, se marchó con él. Ambos han escrito sobre la querencia de su progenitor a
tergiversar la realidad.

Tobias peregrinó con su madre por varias ciudades de Estados Unidos. En Concrete,
Washington, ella volvió a casarse. Wolff falsificó las cartas de recomendación y su
historial y consiguió que le aceptasen en un prestigioso internado, el Hill School de
Pensilvania. "Era la única manera en que podía entrar. Fue un acto de desesperación.
Suspendí matemáticas y me expulsaron. Me lo tenía merecido", asegura. Tras la
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expulsión se alistó al Ejército y luchó en Vietnam antes de licenciarse en Literatura en la


Universidad Oxford. En su autobiografía Vida de este chico desveló su mentira
adolescente. En En el ejército del faraón hizo un memorable recuento de la
incertidumbre, el terror y el absurdo de su experiencia en la guerra.
Decepción y traición. Miseria moral teñida con un humor seco y feroz. Wolff tantea este
escabroso terreno sin caer en sentimentalismos, ni decoros. No hay piedad, ni disimulo.
En su trabajo late lo crudo, lo banal y lo real. Sin alardes aparentes habla de la tentación
y la caída, de la absurda conciencia. Quizá por todo esto a Wolff se le encasilló como uno
de los autores del llamado realismo sucio. Aquello fue a principios de los ochenta
cuando Raymond Carver y Richard Ford -sus amigos y compañeros de generación-
diseccionaban con su afilada prosa las miserias cotidianas. "Conocí a Carver cuando yo
estaba becado en la Universidad de Stanford en un programa de literatura", recuerda.
"Tenía unas largas patillas. Nos presentó una colega que ya había triunfado. Él todavía
no había publicado su primer libro. Apenas hablamos. Unos años después coincidimos
en la Universidad de Siracusa dando clase. Vivimos en la misma casa y nos pasábamos
las noches en vela hablando".

Una fría mañana de invierno Wolff posa paciente para las fotos en una esquina
desangelada de Central Park. La fina cazadora de cuero y las redondas gafas de sol de
aire retro dejan claro que a este residente del Estado de California las gélidas
temperaturas le han pillado por sorpresa. En 1997, Wolff regresó a la Universidad de
Stanford en Palo Alto donde imparte clases de literatura y un taller de escritura. Una
gorra de lana le cubre la cabeza; el espeso bigote blanco, la irónica sonrisa.

En vista del frío, el escritor acelera el paso camino de la casa de un amigo en el Upper
East Side donde él y su esposa se están alojando. En la amplia cocina, todos en pijama,
comentan el periódico y bromean sobre la actualidad política. El ambiente en esta town
house es distendido y familiar. Wolff busca un lugar tranquilo donde hablar. Un
ascensor de los años veinte forrado en papel de rayas le lleva hasta la segunda planta y
allí, en un amplio salón bajo un ventilador de techo imposible de parar, habla acerca de
su colección de cuentos.
En los cuentos escritos hace décadas aparecen veteranos y soldados, en alguno de los
más recientes Irak suena de fondo. "Es parte de la misma historia, pero la comparación
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entre las dos guerras es demasiado fácil. Es la misma retórica en contra de rendirse. La
idea de que porque ya han caído tantos tenemos que seguir allí, que fácilmente confunde
al público", asegura. ¿Se olvidaron las lecciones aprendidas? "Tuvimos cuidado durante
un tiempo pero la victoria es una industria sensacional. Hemos heredado una
determinada tremenda falta de honestidad que está instalada en nuestras vidas".

El nuevo libro arranca con una confesión en el prólogo: Wolff ha retocado sus viejos
relatos, y lo ha hecho porque como autor considera que ese material sigue vivo. Fue otro
Wolff quien los escribió, admite, pero el de ahora se siente con pleno derecho a meter
mano, en beneficio del lector. "No he cambiado el argumento. La mayor parte de los
cambios han sido de lenguaje, de precisión, de depuración. Si puedes prescindir de algo,
¿por qué no quitarlo? Los cambios cosméticos son importantes. A veces estás dentro y
no lo ves. Ése ha sido el problema que he tenido cuando he escrito algunas historias",
dice sentado en el sofá.

Sus argumentos resultan convincentes. Wolff sabe cómo persuadir a sus interlocutores
con sus razones sensatas. Inspira confianza con su aire tranquilo y cercano. Evita
cualquier demostración banal de ego. "Estoy en un constante estado de revisión y
edición. Y las historias nunca llegan a un punto en el que están cerradas, nunca llega un
momento en que esto para. Porque vamos cambiando", aclara.

En los más de treinta años que abarca este libro, ¿qué ha cambiado en su escritura? "Un
lector tendría más que decir que yo sobre eso. Pero cuanto más tiempo llevas
escribiendo más preguntas te haces. Ahora sé que si empleo el suficiente tiempo puedo
conseguir algo. He ganado seguridad, pero los retos también son mayores. Te conviertes
en prisionero de ti mismo y no quieres hacer algo que te disminuya. Te esfuerzas por
mantenerte inquieto".

En el prólogo de Aquí empieza nuestra historia, Wolff insiste en su afán por descubrir
complicados procesos morales o mecánicos que pasan inadvertidos a primera vista, y
comparte con los lectores el filtro previo a la publicación de un cuento. "Piensen que
antes de que salga publicado en una revista un editor lo ha leído lápiz en mano y que al
menos algunas de sus sugerencias han sobrevivido a las negociaciones, no porque me
hayan forzado sino porque yo he creído que mejoraban la historia. Luego otro editor lo
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ha leído antes de publicarlo en una colección de cuentos y sin duda tenía algo valioso
que decir. Y si la historia ha sido elegida para una antología, como todos o casi todas de
las que están aquí reunidas lo han sido, yo le habré dado otro repaso, y lo he vuelto a
hacer de nuevo antes de que salga la edición en bolsillo", escribe.
El controvertido caso de su amigo Raymond Carver y el mítico editor Gordon Lish -que
con su afilado lápiz tachó sin compasión secciones enteras de sus cuentos- es
paradigmático de este proceso. "Sí, yo sabía que Lish tiene mano dura", dice Wolff. La
publicación póstuma de la versión completa de los relatos de Carver impulsada por su
viuda ha reabierto la polémica. "Creo que eso es una cuestión para estudiosos o
académicos. Al final Carver eligió las historias que quiso incluir en su última antología.
Regresó a los originales en unos casos y en otros decidió quedarse con la versión
editada. Lo que ha ocurrido ahora embarra de alguna manera su legado".

Wolff ha tomado precauciones. "Ya he dejado dicho que cuando muera, por favor, que
no me toquen los papeles. No quiero que la gente sepa. Entiendo que no es una actitud
generosa hacia escritores futuros pero los borradores son asunto mío", añade con una
sonrisa. Para evitar tentaciones futuras a sus deudos, dice que ya ha comenzado a
destruirlos. ¿Con cuántos trabaja? Desde que escribe en ordenador le cuesta seguir la
pista, pero muchos de los cuentos de Aquí empieza nuestra historia los tecleó a
máquina. Hacía unas doce versiones. "Cuando empiezo a escribir sé adónde quiero
llegar, pero pienso mientras avanzo y mi idea original cambia. Me pregunto cosas como
qué es lo que realmente le preocupa a un personaje. ¿Cuál es en realidad la relación de
poder? Moralmente, ¿qué está pasando?".
Admirador del trabajo de Flannery O'Connor y de Faulkner -"les encantaba hacer
parodia"-, Wolff pasó su infancia enganchado a los relatos de O. Henry, uno de los
padres del cuento americano que inició su carrera literaria para mantener a su hija
mientras él cumplía condena en una cárcel por estafa. "Me encantaban sus finales con
truco, con sorpresa como en 'Regalo de Reyes'. Con él descubrí el sentido de la
estructura", recuerda. En Jack London y Hemingway encontró historias que al principio
no entendía pero eran vivas y afiladas. En aquellas lecturas descubrió que "a la gente le
encanta quererse a sí misma". Confiesa que también pasó mucho tiempo "haciendo el
tonto", en busca tan sólo de variedad. A los 14 años decidió que quería ser escritor.
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Su pasión por el relato se ha mantenido intacta. "Tiene una densidad especial,


encapsulada, algo que sólo empiezas a apreciar con el paso del tiempo. Es como un
poema", explica. ¿La clave del cuento perfecto? "Bueno, pues que sientas que está en
armonía con tu sentido de la vida, que capture algo". Los de Carver -"declarativos,
aparentemente rectos pero en los que algo se vuelve extraño de forma muy rápida"- y los
de Turguénev -"sus historias no son concluyentes, forman un collar"- se cuentan entre
sus favoritos.

En uno de sus nuevos relatos, 'La estudiante madura', resuena el eco de otro gran
escritor: el checo Milan Kundera. La alumna Teresa entabla una conversación con su
profesora de Historia del Arte, inmigrante de Checoslovaquia que acaba confesando sus
delaciones como confidente de la policía secreta en Praga en los años setenta. "Es
curioso pensar que alguien toma parte en eso y continúa con su vida. Es difícil vivir con
eso encima", reflexiona. Wolff cuenta que al escuchar las acusaciones contra Kundera,
que le señalaban como delator, se quedó helado. "Si fuese verdad me quedaría
devastado. Cuando lees su trabajo te entra en las venas".

La mentira, la impostura y la ficción comparten un terreno común. Pero Wolff reivindica


la verdad. Habrá que creerle. La literatura, sostiene, es un gesto de honestidad. "Yo no
igualo el arte a la mentira. Los novelistas inventan la verdad, eso es algo distinto.
Cuando los escritores serios escriben van a lugares que son dolorosos. No se escapan",
explica. Al final, dice, se trata de crear algo convincente, real, sincero. "La mentira es por
naturaleza negación. La industria absurda de las memorias autocomplacientes. Eso
suena muy falso".

Wolff piensa que los escritores deben usar sus propias debilidades, su lado oscuro.
"Fitzgerald era un trepa social y fue un niño mimado. Cuando escribía usaba todo esto y
hablaba de ello sin tapujos. Entendía perfectamente de qué iba el personaje de El niño
rico con sólo mirar su propio carácter". ¿Cómo hizo él frente a sus mentiras? "Por un
lado, está la decepción deliberada del otro, y luego están las mentiras como invención
para encontrar alguna manera de traspasar las ambigüedades de la vida, para alcanzar
algunas verdades. Se necesita coraje para exponerte".
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"El cuento es un arte experimental"


Por Pedro B. Rey

En Remembering Ray , un libro colectivo en homenaje a Raymond Carver, Tobias Wolff


(Alabama, 1950) cuenta una anécdota imperdible sobre el autor de Catedral . Durante
una conversación en que los dos intercambiaban historias personales, Wolff se sintió
obligado a estar a la altura del difícil pasado de su amigo. Casi sin darse cuenta, se
descubrió improvisando una vieja y superada adicción a la heroína. Mientras el otro lo
interrogaba con interés, recordó hasta qué punto Carver era famoso por sus
indiscreciones y le pidió que todo quedara entre los dos. Cuando unos días después,
culposo, lo llamó para confesarle el engaño, se encontró con un silencio de piedra.
Carver ya había propalado la noticia (entre unos pocos que, según él, no la repetirían) y,
como si fuera el protagonista de una de sus historias, durante años Wolff tuvo que
tolerar estoicamente que conocidos y desconocidos le transmitieran piadosas palabras
de aliento.

"Raymond era una persona muy jovial -recuerda hoy el escritor desde su casa en
California, antes de partir raudamente a la Universidad de Stanford, donde enseña
Escritura creativa- y fuimos muy buenos amigos. Fue una persona decisiva en mi vida,
pero lo central es que su obra no deja de crecer con el paso del tiempo. No quedan dudas
de que la suya es una de las voces indiscutibles de la literatura norteamericana."

La reivindicación puede parecer redundante. No lo es si se piensa en algunas de las


críticas que recibió el minimalismo durante su eclosión en los años ochenta, cuando los
imitadores genéricos de Carver, Wolff y Richard Ford se desperdigaban como una
mancha de petróleo por cada rincón de la literatura estadounidense. Algunos (Paul
West, por ejemplo) los acusaban de empobrecer el vocabulario y ser la contraparte
literaria de la televisión. Mientras tanto, en Inglaterra, Bill Buford acuñaba en la
influyente revista Granta un término descriptivo, "realismo sucio", que los supuestos
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cultores del estilo no tardaron en execrar.

Más de dos décadas después, aquietadas las aguas de aquel revival cuentístico, Wolff -
que prefiere la conversación telefónica a la respuesta escrita "porque tipea con un solo
dedo"- reniega de cualquier fórmula. "Para empezar nunca existió una escuela literaria
llamada ´minimalismo´ o ´realismo sucio´. Yo comencé a escribir de esta manera
cuando era joven y de buscar antecedentes puedo remontarme a un libro tan lejano
como En nuestro tiempo , de Hemingway. Algo similar le pasó a John Barth, William
Gaddis, Robert Coover, y hasta cierto punto Pynchon, escritores muy distintos entre sí, a
los que siempre se agrupa en una inexistente escuela posmoderna."

Wolff tiene motivos para trazar diferencias. Aunque sus libros compartan evidentes
rasgos temáticos y estilísticos -ambientes de ciudades pequeñas y degradadas,
personajes no siempre recomendables, el uso extensivo de la elipsis, las resoluciones
epifánicas-, la reciente publicación en la Argentina de Aquí empieza nuestra historia ,
una amplia antología que reúne una veintena de relatos conocidos más diez inéditos,
revela hasta qué punto la suya es una obra personal.

Al escritor le gusta hablar de honestidad en relación con sus personajes. Aunque la clave
de bóveda de su oficio parece residir en la resta y no la suma de palabras, sus relatos
están lejos de la parquedad. La mayoría ronda las quince páginas y la anécdota que en
teoría los guía suele tomar desvíos inesperados, como si la narración consistiera en
saber esperar el momento en que se activa la deriva.

Wolff es un escritor renuente a las exigencias de periodicidad que reclama el mercado:


en más de tres décadas ha publicado cuatro libros de cuentos, tres novelas (la última,
Vieja escuela ) y dos notables memorias novelizadas: Vida de este chico (1989), sobre la
errática vida con su madre tras la separación familiar, y En el ejército del faraón (1994),
sobre sus experiencias como soldado en Vietnam.

Su narrativa, sin embargo, se apoya principalmente en las formas breves, que ha


practicado de manera infatigable durante las últimas tres décadas. "El cuento -explica
61

Wolff cuando se le pregunta por esa predilección- es más exigente, cada palabra debe
estar en su lugar, obliga a pensar más y estar más atento, a diferencia de la novela, que
necesita un marco de tranquilidad. Hay pocas novelas perfectas, pero sí muchos cuentos
perfectos. Lo que encuentro interesante en un relato es que permite al lector olvidarse
por momentos de que está leyendo una historia. Y eso me permite como escritor la
posibilidad de ensayar muchas más variantes. El cuento es un arte mucho más
experimental."

Uno de los temas que su narrativa visita una y otra vez es la mentira. Sus personajes
suelen ser fabuladores de diverso grado (uno de sus cuentos más logrados, que narra las
peripecias de un adolescente compulsivo, se llama justamente "El mentiroso"). Podría
creerse que escribir es una forma de exorcismo, el modo de confinar las imposturas al
terreno de lo escrito. "Siempre hay algo de experiencia personal en lo que se escribe,
pero hay algo profundo en la mentira. Es la manera como la gente, y los personajes,
lidian con el mundo que tienen enfrente. Al mentir, de pronto se advierte que uno no es
siempre el mismo, que se está cambiando permanentemente y que al final de la vida se
ha terminado siendo muchas personas."

En Aquí comienza nuestra historia , la proximidad de antiguos y nuevos cuentos


produce una impresión de continuidad. Se diría que, un poco a la manera de Walt
Whitman, que iba engrosando periódicamente sus Hojas de hierba, Wolff estuviera
escribiendoun único volumen destinado a capturar vidas mínimas. "Me halaga que
pueda leerse así. Originalmente sólo iban a publicarse los cuentos nuevos, pero me dio
curiosidad ver qué tipo de parábola trazaban al ponerlos lado a lado."

La literatura estadounidense ha vivido obsesionada por la "gran novela americana", pero


encontró en el cuento una tradición que no se desarrolló de la misma manera en otras
latitudes. ¿Es el relato corto el género por excelencia del país del norte, su marca de
"excepción", como el béisbol o el fútbol americano lo son para el deporte? "Yo no le vería
desde ese punto de vista. En realidad pueden rastrearse influencias muy diversas en los
cuentos que se escriben aquí -dice Wolff-. Es claro el influjo de cierta narrativa
irlandesa, por ejemplo, y también, de la narrativa rusa. Baste pensar en la importancia
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que tuvo Chejov para Carver. Y también, más cerca en el tiempo, el influjo que tuvo en
muchos otros escritores un autor como Borges. Yo diría que toda literatura es un tejido
de influencias mutuas."

No es fácil explicar esa tradición idiosincrática, que comienza en Poe y llega hasta la
actualidad. "Hace cincuenta años -razona Wolff- había un gran mercado para los relatos
cortos y eso fomentó el género. Todas las revistas querían publicar cuentos, que eran
una buena fuente de ingresos, como ejemplifica el caso de (Francis Scott) Fitzgerald." El
escritor no añora sin embargo aquella época, cuando se la invoca como una suerte de
paraíso perdido. "No todo lo que salía en esas publicaciones valía la pena. Los cuentos
de Fitzgerald que resisten mejor, ´Babilonia revisitada´ o ´El diamante grande como el
Ritz´, son los textos que publicó en Esquire , una revista que en aquellos tiempos era
bastante literaria. Muchos otros son muy poco interesantes."

En los raros caminos que propone el destino, Wolff tiene un cómplice impensado:
Geoffrey, su hermano ocho años mayor, también escritor. La historia es singular:
cuando los padres se separaron, Tobias quedó a cargo de la madre, que se mudó al
noroeste de los Estados Unidos, donde tuvo una vida conflictiva (los detalles se cuentan
en Vida de este chico , de 1989). Geoffrey, por su parte, permaneció con su padre, un
estafador consuetudinario obsesionado por la alta sociedad y el lujo (en su libro Duke of
Deception , de 1979, se encargó de narrar esa historia). Ambos libros pueden leerse
como el magnífico díptico sobre una familia partida en dos, para siempre.

"Es curioso -dice Tobias cuando se le pregunta por su hermano mayor, al que recién
reencontró cuando él mismo ya era joven- porque nadie diría que es mi hermano. Al
criarnos cada uno por su lado, venimos de culturas distintas, incluso, me animaría a
decir, de una clase social distinta." De esos memorables malentendidos está hecha
buena parte de la obra de Wolff y en "El hermano rico", uno de sus cuentos, puede
intuirse cómo la realidad se transmutó en ficción hasta volverse apenas reconocible.
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Invitación a Tobias Wolff: la vida


como una novela
Por Ricardo Pita

Al comienzo de “Diarios”, el libro de Arcadi Espada que disecciona algunos de los vicios
del trabajo periodístico actual, el autor lanza sus dardos más afilados contra lo que
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denomina “novelización de los hechos”, una “infección literaria” que, a partir de “A


sangre fría”, el célebre reportaje novelado de Truman Capote, ha hecho, dice, mucho
daño al periodismo. Espada reivindica una nítida distinción entre lo real y lo ficticio,
una delimitación que considera nuclear en los periódicos pero que, y esto es lo que nos
interesa ahora, reclama asimismo en el género memorialístico y en cierto tipo de
historias semiliterarias. Según afirma tomando pie en “Soldados de Salamina” , de
Javier Cercas, y en “Vivir para contarla”, las memorias de García Márquez, «es muy
importante distinguir entre lo que es real y lo que no. ¿Cuándo sabemos qué ocurrió y
qué no, dónde está la línea divisoria? Quiero que me digan dónde empiezan los hechos y
dónde las ficciones».

El lector, parece decirnos, debe saber exactamente si hay una voluntad en el escritor de
atenerse a la verdad comprobable, o si está haciendo literatura y por tanto goza de la
libertad de fabular. Lo que no es de recibo, y la mención a García Márquez lo subraya –
dejemos de lado ya el periodismo, donde el asunto debería estar siempre muy claro—, es
adornar o recrear nuestra vida, buscar el efecto dramático o inventar el dato que
redondee lo contado, que le confiera un orden y un sentido que la vida real, la vida que
nos toca vivir, en su inacabamiento, en su carácter informe, no posee.

Estas cuestiones exigirían muchas más líneas, ya que remiten a problemas filosóficos de
enorme complejidad (por ejemplo, el del concepto de verdad, que en Arcadi Espada me
parece un tanto ingenuamente “realista”, o la influencia de la subjetividad en la
construcción del conocimiento, o la relación entre percepción y realidad, o el propio
concepto de realidad, o la forma en que la memoria y el olvido trabajan activa y muchas
veces inevitablemente para acomodarse a nuestros deseos y sueños). Pero las he
recordado al hilo de la lectura de los libros de memorias del escritor americano Tobias
Wolff.

Wolff tiene ahora sesenta años, y el resumen de su biografía suena como el de otros
muchos escritores americanos. Divorcio de sus padres, errancia desde niño con su
madre por muchos estados y ciudades, adolescencia complicada e infeliz, expulsión de
un colegio privado de élite, trabajos modestos de lo más variopinto, cuatro años en el
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ejército, uno de ellos en Vietnam y, por fin, encauzamiento en el estudio (Wolff obtuvo
su licenciatura en la inglesa Oxford) y la escritura. Hoy Wolff es un escritor admirado,
que además imparte clases de escritura creativa en la Universidad de Stanford.

Wolff ha publicado cuentos de altísima calidad, incluidos en todas las antologías de los
mejores cuentistas estadounidenses –y ya sabemos que el género ha tenido allí
excepcionales cultivadores en los dos últimos siglos—, pero también, y es lo que ahora
nos interesa, es autor de un relato de su vida en el tránsito de la infancia a la
adolescencia (“Vida de este chico”), de otro sobre su paso por el ejército y la guerra del
Vietnam (“En el ejército del faraón”), y de una novela, “Vieja escuela”. En lo que sigue
nos centraremos en los dos primeros.

Wolff no se ha cansado de repetir que en esos libros quiso ceñirse fielmente a sus
recuerdos, sin maquillarlos, exagerarlos o insuflarles perfiles “novelescos” que no
poseían, mientras que en “Vieja escuela”, que es su último libro, se ha permitido
aprovechar episodios de su paso por el elitista colegio, pero insertándolos en un
conjunto que posee muchos elementos de ficción o ajenos a su propia experiencia. Sin
embargo, su empeño por marcar con claridad las normas del juego deja, diríamos que
por fuerza, algunos cabos sueltos. Así, ya en los agradecimientos con que arranca “Vida
de este chico” admite su resistencia a modificar en el texto final algunos puntos que
otras personas recordaban de modo diferente, «porque éste es un libro de memorias, y
la memoria tiene su propia historia que contar», con lo cual abre una puerta a las
deformaciones del recuerdo o, quién sabe, a la irrupción de elementos ficticios.

Más explícita es la tentación en su libro sobre Vietnam, “En el ejército del faraón”, en el
que Tobias Wolff revisa su año como joven teniente del ejército americano. Hay un
fragmento en que escribe sobre su relación con un tal Pete, un seductor exquisito, culto,
políglota, poderoso, perteneciente al servicio diplomático. Cuando a Wolff le queda un
mes para regresar a Estados Unidos, Pete se obstina en que el torpe teniente abandone
el puesto que ocupa, de relativa comodidad, y se desplace a otra unidad, que participa en
la guerra abierta, y en la que por tanto el riesgo de perder la vida se eleva
exponencialmente. Pete arregla incluso, sin conocimiento ni permiso de Wolff, el
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traslado de éste. Wolff, furioso por la maniobra del diplomático, consigue eludir el
destino letal, pero además se permite una pequeña venganza: destroza con su pie un
valioso tazón que un anciano vietnamita ha regalado a Pete. Acto seguido escribe: «Y
ahora en serio. ¿Es verdad eso del tazón? ¿Hice yo eso? No. Nunca. Yo jamás le habría
arrebatado a un hombre algo precioso –el orgullo de su colección, digamos, o su propio
orgullo— para ponerle el pie encima y apretar hasta romperlo. No. Ni siquiera por su
bien.»

Estas líneas introducen una ligera inflexión, una sombra de duda en un libro que se
anuncia, o al menos ese es el acuerdo que Wolff ofrece, como “rigurosamente
autobiográfico”. La duda que abre su juego imaginativo parece despejada de inmediato
con el gesto de honradez narrativa, de restablecimiento de la “verdad”. Pero la licencia
del escritor, la tentación que no ha podido evitar, aunque luego se haya arrepentido,
muestra hasta qué punto es frágil el empeño de contar la verdad de una vida, en qué
medida el escritor se ve en ocasiones seducido por una lógica narrativa que regale brillo,
orden o un final efectista a episodios vitales que no gozaron de tales cualidades.

Pero dejemos de lado este temor al engaño y aceptemos el pacto de verdad. Aun así, nos
encontramos con un memorialista que construye sus libros como novelas. “Vida de este
chico” y “En el ejército del faraón” son “relatos reales”, pero su estructura, la manera en
que Wolff los compone tiene el sabor y la forma de las buenas novelas. Tanto que, igual
que en éstas, donde todo está rigurosamente trazado, y pesa tanto lo que se dice como lo
que se calla, podemos sospechar que Wolff ha omitido en sus libros autobiográficos los
fragmentos de su pasado que podían dispararlos en demasiadas direcciones, y por ello
mismo restarles intensidad y sentido. Hablando de “Vieja escuela”, por ejemplo,
reconocía el escritor en una reciente entrevista que de sus recuerdos del colegio
preuniversitario no quiso aprovechar en absoluto «toda la cuestión de la sexualidad (...)
porque le confería un carácter amorfo a la novela y me obligaba a llevarla por otros
derroteros.» Esa misma omisión es casi radical en los dos libros que nos ocupan, y
seguro que ha habido otras. Cabe colegir que son ausencias exigidas tal vez por el pudor
(es delicadísima, y admirable desde el punto de vista narrativo, la manera elusiva de
contar algunos episodios erótico-sentimentales muy frustrantes de su madre), pero
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también, y es lo que más nos interesa ahora, por imperativos de lógica compositiva. No
olvidemos que Wolff escribe sus libros en la cuarentena avanzada, que su mirada no es
nada inocente, ni vital ni literariamente, y que, junto a (y dentro de) una sustancia
narrativa –Wolff tiene el temple de los narradores eficaces y directos, en la mejor
tradición americana—, hay una honda recapitulación acerca del sentido de lo que le tocó
vivir y de su propia acción.

Insisto: no podemos estar seguros de si todo sucedió como se nos cuenta. Sí sabemos
que, en el fondo, en este caso al menos en que se nos cuentan vidas privadas, no nos
importa. Sea “verdad” o “mentira” lo que leemos, o sea o no “toda la verdad”, sabemos
que encierra verdades profundas, y que entender lo que sucede a sus “personajes” -
empezando por él mismo, el eje de las historias- ayuda a comprender mejor nuestro
propio devenir.

“Vida de este chico”, o el sueño del explorador

Desde luego, la infancia y primera adolescencia de Wolff no fueron un camino de rosas.


Su remembranza de esos años arranca cuando Toby tiene diez y va camino de Utah con
su madre en un coche que puede quemar el motor en cualquier momento, huyendo de
un novio de Florida celoso y violento. Es una madre animosa, plena de optimismo, pero
muy sola, y que no ha tenido ni tendrá demasiado tino en la elección de parejas.

En Salt Lake City (Utah) Tobias decide adoptar otro nombre: se llamará Jack, por Jack
London («creía que tener su nombre me transmitiría algo de la fuerza y la eficacia
inherentes a la idea que yo tenía de él»), aunque eso no le librará de estar muy solo («la
mayoría de las tardes yo vagaba por las calles en ese trance que induce la soledad
habitual. (...) Hablaba con cualquiera que estuviera dispuesto a contestarme»). Hasta
que madre e hijo se ven forzados a escapar de nuevo, al reaparecer el novio de Florida.
En el nuevo destino, Seattle, vivirán en una pensión («la clase de habitación en la que se
despiertan los detectives de las películas de serie B, maniatados y amordazados, después
de que les hayan echado una droga en la copa») y en una casa casi en ruinas. Jack-
Tobias conoce en el colegio a dos chicos con los que cometerá varios robos y destrozos,
en un desesperado intento de “parecer superiores”. Pero, sentencia con desaliento,
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«como el ajedrez o la música, la superioridad reclamaba a los suyos por un misterioso


impulso de reconocimiento. La inferioridad hacía lo mismo. A nosotros nos había
reclamado la inferioridad».

En ese momento de sus vidas apareció Dwigth, un mecánico que vivía en Chinook, un
pueblo de doscientos habitantes en las montañas, a tres horas de Seattle, viudo o
divorciado (no lo sabemos) con tres hijos adolescentes. Al principio Jack no le concede
ninguna posibilidad de conquistar a su madre. Pero animados por otras personas y
sobre todo empujados por su propia soledad y pobreza, madre e hijo acabarán en
Chinook.

«Había aceptado trasladarme a Chinook en parte porque pensaba que no tenía elección.
Pero había algo más que eso. A diferencia de mi madre, yo era rabiosamente
convencional. Me tentaba la idea de pertenecer a una familia convencional, de vivir en
una casa y tener un hermano mayor y dos hermanas (...). En el fondo de mi corazón
despreciaba la vida que llevaba en Seattle. Estaba harto de ella y no tenía ni idea de
cómo cambiar. Pensaba que en Chinook (...), lejos de la gente que se había formado una
opinión de mí, podría ser diferente. Podría presentarme como un chico estudioso y
atlético, un chico digno y responsable y, no teniendo ninguna razón para dudar de mí, la
gente creería que yo era así y de ese modo me permitirían serlo. No reconocía otro
obstáculo para un cambio milagroso que no fuera la incredulidad de los demás. Ésta era
una idea que tardó en desaparecer, si es que realmente llegó a desaparecer».

Su madre, tras mucho tiempo de dudas, acaba casándose con Dwigth. El matrimonio es
un desastre nada más comenzar. Ella pasa una temporada hundida, hasta que saca
fuerzas para intentar una buena vida en Chinook. «Llenó la casa de plantas, hizo de
madre de Pearl e insistió en que todos pasáramos algún tiempo juntos como una familia
de verdad. Y así lo hicimos. Pero estábamos condenados al fracaso, porque la familia de
verdad que nos proponíamos imitar no existe en la naturaleza; a una familia de verdad
que tuviera tantos problemas como la nuestra nunca se le ocurriría pasar mucho tiempo
juntos».
69

Dwigt es violento con los débiles (más de una vez amenaza con armas a su mujer, y
cuando al fin ella le abandona casi consigue estrangularla), borrachín, vago, fanfarrón,
inconstante, lleno de ideas absurdas que luego quedan en nada o que conducen a
chapuzas (pintar un árbol de navidad totalmente de blanco y así destrozarlo, u obligar a
Toby a pelar castañas durante meses para luego olvidarse de ellas), amante sólo de las
peleas, del boxeo y de la narración de hazañas bélicas. Un resentido al que humilla y
solivianta, por ejemplo, que su mujer sea mejor tiradora. Las broncas, dado que la
madre de Jack-Tobias no se resigna, son frecuentes («a veces cogía el Winchester
cuando oía a Dwigth empezar a insultar a mi madre, pero sus ataques eran más
aburridos que peligrosos. Que ella no le respetaba, que le despreciaba, que a él le iba
bien hasta que aparecimos nosotros. ¿Quién se creía que era?»).

La relación entre Dwigth y Tobias fue siempre de mutua e implacable aversión. Su


padrastro, escribe Wolff, «pensaba que la mayor parte de esos problemas eran culpa
mía. Y muchos de ellos lo eran. Me metía en líos constantemente, incluso cuando tenía
intención de hacer las cosas bien». Y es que Jack-Tobias ha forjado una personalidad,
frente a la dureza de su entorno, en la cual la mentira, la simulación, la cobardía, el
escaqueo y el robo en pequeña escala son el pan de cada día («Mi idea era robar lo
suficiente para huir. Estaba dispuesto a hacer cualquier cosa con tal de escapar de
Dwigth».) Y acaba uniéndose en Concrete —el pueblo al que tiene que desplazarse para
estudiar en un instituto de bajo nivel en el que muy pocos piensan en estudios
superiores— a una cuadrilla de vagos tan distintos a él que en realidad la camaradería es
epidérmica y forzada (“Me he pasado la vida malgastando el cariño en personas que
nunca me quisieron. Yo sólo deseaba ser del grupo”, ha escrito el poeta José Luis
Piquero). Va a clase lo menos posible, falsifica las notas, no estudia casi nunca. De
hecho, cuando decide, estimulado por su hermano, al que hace muchos años que no ve
pero a quien admira, intentar que le admitan en uno de los selectos colegios privados
que preparan para las grandes universidades, Jack se verá obligado a falsificar todas sus
notas, a urdir elogiosos informes supuestamente redactados por los profesores, a crear,
en suma, una imagen totalmente falsa de su trayectoria estudiantil en Concrete.
70

Ese expediente amañado le permitirá ingresar en el colegio privado, aunque los años
anteriores le pasan factura («Mi ignorancia era tan profunda que a veces transcurrían
clases enteras sin que yo entendiera nada de lo que se decía»). Wolff no conseguirá
graduarse, ya que en el último año, y pese a la paciencia que el colegio muestra con su
decepcionante trayectoria, sus resultados en las matemáticas provocan su expulsión.
(Este lance de la expulsión lo ha suplantado Wolff en “Vieja escuela” por otro mucho
más “literario”: el protagonista plagia un cuento y es descubierto, lo que decide su salida
del centro. Esas son las trampas de la ficción, si bien la invención da lugar en la novela a
una soberbia historia en la que se ponen sobre la mesa cuestiones como la impostura, el
secreto o la culpa). Sólo varios años después, cuando Wolff liquide su etapa miliar, se
encontrará con las fuerzas y el equilibrio preciso para reanudar sus estudios.

En todos los años de Chinook, los más duros, Jack-Tobias no se siente culpable de sus
frecuentes (si bien modestas) transgresiones, lo cual achaca al influjo de su padrastro.
«Todas las quejas de Dwigth contra mí tenían el propósito de darme una definición de
mí mismo. Lo consiguieron, pero no de la forma que él quería. Me definí por oposición a
él. En el pasado siempre había estado dispuesto, incluso cuando era inocente, a creer
cualquier maldad de mí mismo. Ahora que tenía motivos para sentirme culpable ya no
era capaz de hacerlo.»

La peripecia de Chinook y el padrastro sólo tiene una rendija de ilusión para Tobias, un
resquicio que merece cierto detenimiento: su actividad como explorador, como boy-
scout. «Me gustaba ser explorador. Me conmovían las elevadas palabras con las que
jurábamos nuestra lealtad a las castas y caballerescas fantasías de Lord Baden-Powell.
(...) Lo que más me gustaba del Manual (del Explorador) era su voz, el lenguaje
entusiasta y campechano por medio del cual trataba de conseguir que ser un buen chico
pareciese algo aventurero y hasta romántico. Me rendía fácilmente a este tono de
camaradería, olvidando al hacerlo que yo no era el chico que se daba por supuesto que
era. “ Vida de chico” , la revista oficial de los exploradores (...) la leía en trance,
aceptando sin dudar su narcótica invitación a creer que en realidad yo no era diferente
de esos chicos cuyo empuje y valor alababa. (...) Leer acerca de estos chicos me ponía
inquieto, febril, lleno de planes».
71

Claro que su realidad es muy otra. La revista “Vida de chico” glorifica un modelo de
aventura, nobleza y heroísmo. La vida de este chico, Tobias, en cambio, camina por
senderos muy diferentes. Quiere Tobias ser muy distinto al que es, y quiere que los
demás lo vean como otro. Pero su padrastro lo aborrece y sus compañeros no le aprecian
gran cosa. De modo que sólo cabe soñar, forjarse una imagen que contrarreste el triste
presente. Con su único amigo, Arthur, un marginado también, pero por homosexual,
Toby llena su tiempo escuchando «historias de nobleza usurpada que se hacían más
disparatadamente intrincadas cada vez que las contábamos. Pero no nos parecía que
nada de lo que decíamos fuese mentira. Los dos creíamos que la verdadera mentira eran
nuestras actuales circunstancias indignas».

El recorrido que hemos efectuado por el libro no hace justicia ni de lejos a su riqueza. Es
verdad que su esqueleto es arquetípico, y que las experiencias del autor las hemos
visitado en infinidad de libros y películas. Lo que otorga su particular valor a la obra es
que Wolff tiene el nervio del gran narrador, y su travesía personal está contada con un
estilo terso y despojado, pero también con un detalle y una sutileza reflexiva que nos
atrapan y conmueven. Como ha escrito Antonio Muñoz Molina “en ‘Vida de este
chico' se reconstruyen con una precisión de arqueología melancólica los lugares donde
vivían los norteamericanos pobres en los años cincuenta, las ropas que vestían, las
cosas baratas y degradadas que usaban” . Wolff construye su memoria como una
buena novela, nunca como un informe, y muchos de los episodios que selecciona
parecen, por la manera precisa y circunstanciada en que los desarrolla, estupendos
relatos autónomos en los cuales, a la mejor manera americana, no hay ningún énfasis,
ningún recreamiento sentimentaloide, ningún discurso hinchado.

El escritor ha señalado en muchas entrevistas que lo que le atrae del relato es la


concisión, la economía expresiva. Y en eso es él un maestro. De ahí que resulte
especialmente brillante en el libro, como ya hemos dicho, el uso de la elipsis, la
contraposición entre lo que se dice y lo que se calla pero genera expectativas y
resonancias, el modo oblicuo, lateral pero intenso en que algunos episodios son
narrados. Modo que, y volvemos al arranque de este artículo, además resulta una
exigencia de su voluntad de verdad. Wolff recuerda el pasado en forma de historias, pero
72

no inventa diálogos o escenas de las que no fue testigo, y lo que supone, lo que infiere de
algunas palabras o gestos, no le deja aventurarse más lejos y fabular sobre lo que no
sabe.

En el ejército del faraón

En su segundo libro memorialístico Wolff recurre en el título a la historia bíblica de la


huida del pueblo judío, guiado por Moisés, a través del Mar Rojo. Un periplo que
recuerda, según el escritor, la aventura americana en Vietnam. «Vietnam no fue sólo
una empresa absurda e innecesaria, sino predestinada al fracaso, como cuando el faraón
lanzó su ejército para perseguir a los judíos y fue tragado por el mar».

Wolff reconstruye el año que pasó en ese país del sureste asiático (“El año que vivimos
peligrosamente”, diríamos, recordando una magnífica película de Peter Weir), si bien
explicar sus sentimientos y actuaciones en esos doce meses le obliga a volver en
ocasiones la vista hacia atrás, y el final de su vida militar le pide un epílogo que nos
ayuda a los lectores a entender cómo logró salir del hastío, el dolor y la confusión
provocados por la guerra.

Y eso que Wolff no había ingresado tres años antes en el ejército sólo por falta de otras
perspectivas. Como afirma rotundo, «el ejército no era una idea nueva. Siempre había
sabido que vestiría uniforme. Era esencial para mi noción de legitimidad. Los hombres
que más respetaba en mis años de formación habían servido en el ejército, y lo mismo la
mayoría de los escritores que admiraba: Norman Mailer, Irwin Shaw, James Jones,
Erich Maria Remarque y por supuesto Hemingway, en quien buscaba guía para todo. El
servicio militar no era una parte incidental de sus historias; eran inconcebibles sin él. Yo
quería ser escritor, y como tal me había descrito a quien se prestara a escucharme desde
los dieciséis años». Y es que, según Wolff, el ejército le va a proporcionar experiencia,
algo que él necesita para cumplir sus deseos. «La convertí en fetiche, la coleccionaba,
llevaba un inventario estricto. Me parecía la fuente radical de los escritores a quienes
quería unirme, pese a que ellos defendían tímidamente a las feas hermanastras
sinceridad, conocimiento, comprensión humana, conciencia histórica y, la más fea de
73

todas, esfuerzo. Lo hacían por amabilidad. La experiencia era el badajo de la campana,


el dinero en el banco, y la que más intereses rendía era el servicio militar.»

Experiencia, y también —marcado a fuego el futuro escritor por la semidelictiva y


vergonzosa trayectoria de su padre—, anhelo de convertirse en alguien respetable, en un
hombre de honor. Al comienzo todo va bien. El extenuante ejercicio al que se ven
sometidos los reclutas le revela su fuerza y resistencia, y Wolff pasa sin problemas por
diferentes unidades y pruebas hasta que en las Fuerzas Especiales se topa con sus
límites, provocados no por la incompetencia, la torpeza física o la estupidez, sino por el
virus de la lucidez y la distancia crítica. «Simplemente dejé de habitar mi personaje. Me
situaba a distancia, mirando cómo aquel falsario escandaloso hacía de emboscador
invisible, de experto en cuchillos, de asesino tiznado que atisba un resquicio para
estrangular a un absoluto desconocido con una cuerda de piano. Y en la creciente
distancia entre la actuación y la observación de lo actuado se abrieron paso, primero con
sutileza, luego entrometiéndose, el descreímiento y la ironía corrosiva.»

A partir de tal fisura, la trayectoria militar de Wolff contiene una buena dosis de
simulación. Él sabe que nunca será un buen militar, que nunca pondrá entusiasmo en la
acción, que deberá esforzarse para ocultar sus limitaciones, miedos y reservas. Aun así,
consigue mantenerse tres años como soldado en formación y maniobras, hasta que llega
la orden de ir a Vietnam. Entonces le inunda el pánico y fantasea con cualquier suceso
que impida ese viaje. Incluso sueña con que una banda de secuestradores asalte el
autocar en que se dirigen al avión que les llevará al sureste asiático. Secuestradores del
autobús que serán, como en un cuento... sus padres. El fragmento culmina cuando Wolff
reconoce que la fantasía es «una locura. Aunque no tan grande como la locura que
hicieron realmente: dejarnos marchar.»

En Vietnam Wolff no estuvo en primera línea, lo cual le permitió ocultar con discreción
su escepticismo y su incompetencia como mando (el sargento que le acompañaba,
mucho más bregado y astuto, respetó la ficción de la superioridad del teniente Wolff).
Incluso hubo en ese año, por ello mismo, muchos momentos tediosos, rutinarios, en los
cuales mercadeó con objetos valiosos para vietnamitas y americanos que le permitieron
74

alcanzar aceptables niveles de confort. Pero el sentimiento predominante fue el miedo a


morir en cualquier momento. «Cada día que atravesaba vivo tendía a considerarlo como
un milagro. Sabía que en cualquier momento podían matarme, de un sinfín de maneras,
por azar en el caos general o por deseo particular del Vietcong que nos rodeaba. (...) Yo
me sentía pendiente de un hilo en la mente de un jefe guerrillero, sujeto al vaivén de su
humor, sus insomnios, su desesperación por que otras guerrillas lo tomaran en serio.»

La amalgama de sensaciones y sentimientos que le inundaba no se atrevía a contársela


ni a su novia. «Si, como había pedido ella, le hubiese escrito sinceramente sobre mi vida
interior, habría hablado de aburrimiento, pavor, en ocasiones simple miedo y la estela
de hambre sexual que el miedo dejaba a su paso.»

Miedo y tedio, pero también desinformación sobre los objetivos y la marcha de la


guerra, y confusión y profundo recelo respecto a los vietnamitas aliados, aquellos a
quienes supuestamente se trataba de salvar de las garras del comunismo. El joven
teniente comprende que todo es absurdo, que sólo se trata de sobrevivir, matando si
hace falta. «Lo cierto es que en nuestro mundo casi todo se había vuelto relativo,
subjetivo. Nos mentían, y lo sabíamos. (...) No podíamos confiar en nuestra inteligencia,
en ningún sentido de la palabra. (...) Rumores, mentiras, aprensión, información lejana,
ilusiones: a través de tales lentes mirábamos aquella terra infirma y su gente
enloquecedoramente serena, desagradecida, a la cual necesariamente temíamos y por lo
tanto odiábamos y no comprenderíamos nunca. ¿Dónde estábamos en realidad? ¿Quién
era quién, qué era qué?».

El miedo desencadena fricciones constantes, y a veces brutalidad, maniobras en las


cuales no sólo fueron atacados y eliminados muchos guerrilleros comunistas del
Vietcong, sino también los amigos de los americanos, las gentes del entonces llamado
Vietnam del Sur. Sobrecogedor resulta el relato que Wolff hace de la ofensiva de Tet, el
31 de enero de 1968, preparada minuciosamente por miles de guerrilleros
norvietnamitas que se habían ido infiltrando poco a poco en las aldeas y ciudades del
Sur. Ese día Wolff salvó la vida por azar. Pero tras la agresión sufrida, los americanos
arrasaron todos los lugares y viviendas donde había guerrilleros. Mataron a muchos,
75

pero también a miles de “aliados”, en un festival de fuego y muerte en el que participó,


claro es, Wolff como uno más. Pero éste, cuando escribe muchos años después,
comprende el sentido de la acción: «Como proyecto militar la ofensiva de Tet fracasó;
como lección fue un éxito. El Vietcong había ido a My Tho (donde Wolff estaba
destinado) y a las demás ciudades sabiendo qué sucedería. Sabían que en cuanto se
mezclaran con la gente nosotros abandonaríamos la pretensión de distinguir entre ellos
y los demás. Para cazar a uno solo los mataríamos a todos. Así le enseñarían al pueblo
que no lo queríamos ni íbamos a protegerlo, (...) que desconfiábamos de ellos, y que
mataríamos hasta el último con tal de salvar la piel. (...) Le dieron esa lección al pueblo y
también a nosotros. Al menos me la dieron a mí.»

La magnitud de la reacción americana a la ofensiva de Tet hace brotar en el Wolff


escritor una reflexión sobre cómo contar algo tan terrible. «En cuanto uno abre la boca
se encuentra con problemas: problemas de memoria, problemas de tono, problemas
éticos. ¿Cómo puede uno juzgar al hombre que fue cuando ya ha escapado de sus
circunstancias, sus miedos y sus deseos, cuando apenas recuerda quién era? ¿Y cómo,
honradamente, puede evitar juzgarlo? ¿Acaso no hay en el acto mismo de la confesión
una obscena autofelicitación por la virtud requerida para ver la propia falta y asumirla?
¿Y no es típico del chico americano querer que los demás admiren la pena que le causó
destrozar casas ajenas?».

Wolff no contempló en ningún momento, pasado el año forzoso en la guerra (en la cual,
conviene recordarlo, murieron unos 60.000 americanos y cerca de un millón de
vietnamitas), la posibilidad de reengancharse. « Me licenciaron al día siguiente de bajar
del avión. El oficial de personal me preguntó si no consideraría la posibilidad de firmar
por otro servicio. “Podría regresar con el grado de capitán”, dijo.”¿Capitán?, dije yo.
“¿Capitán de qué?»

Vietnam no aniquiló a Wolff, como tampoco lo había logrado su horroroso tránsito de la


infancia a la adolescencia. Son muchos los libros americanos que relatan procesos de
autodestrucción de excombatientes en el sureste asiático, personas que sobrevivieron a
la guerra pero no pudieron recuperar ya el equilibrio o la fuerza o la ilusión que poseían
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antes de marchar a ella. Sin ir más lejos, la última novela de Javier Cercas, “La
velocidad de la luz” , se apoya en la mejor bibliografía para reconstruir con intensidad
(es lo más valioso del libro, sin duda) el tormento y final de un soldado que participó en
acciones criminales de “castigo” y venganza. Wolff, en cambio, a su vuelta a Estados
Unidos pasó un tiempo de indecisión, se reencontró con su padre, bebió demasiado y
liquidó alguna historia sentimental. Al cabo de un tiempo viajó a Inglaterra, donde vivió
varios años y halló al fin, en el estudio y la escritura literaria, un firme asidero vital. En
ese sentido, el aliento que se extrae de sus libros no es desesperanzado. Casi podríamos
afirmar que la literatura, esa vocación que él pregonaba ya en la adolescencia a todo el
mundo, dio un sentido y una energía a su existencia. Y es que «escribir es trabajar por
un resultado que uno no verá hasta años más tarde, y que no está seguro de ver alguna
vez. Demanda resistencia, autodominio y fe. Exige esas cosas, y luego las devuelve con
un pequeño añadido, una sorpresa para mantenerlo a uno en marcha. Yo sentía que
estaba ocurriendo eso. Con cada palabra escrita me estaba salvando la vida, y lo sabía.»
Gracias a ese esfuerzo tenaz, Tobias Wolff ha podido reconstruir para nosotros, con la
sabiduría vital y lingüística precisa, esa experiencia que tanto nos enseña. Hay que
leerle, por favor.
77

"No se puede predecir quién va a ser


un gran escritor"
Por Paula Varsavsky

Tobias Wolff (Alabama, 1945) es, hoy en día, uno de los exponentes más importantes de
la fuerte tradición cuentística de Estados Unidos, que comenzó en el siglo XIX y a la cual
pertenecen Edgar Allan Poe, Flannery O'Connor, John Cheever y Raymond Carver,
entre otros. Saltó a la fama con su libro de memorias La vida de ese chico , el que fue
comparado con Mi vida como hombre, de Philip Roth, y La historia propia de ese chico,
de Edmund White, y cuya adaptación cinematográfica (1993) tuvo como protagonistas a
Leonardo Di Caprio y Robert de Niro. Asimismo, publicó cinco libros de cuentos y varias
novelas. En sus cuentos suele tratar dilemas morales y destaca en ellos el detalle
aparentemente insignificante.

Wolff ha recibido diversos premios, como el Pen Faulkner y el O´Henry (en tres
oportunidades). Padre de tres hijos, de 30, 29 y 21 años, actualmente reside en
California y desde 1997 dicta una cátedra de honor en la Universidad de Stanford. Su
último libro publicado en castellano es la colección de cuentos Aquí empieza nuestra
historia (Alfaguara), una serie de treinta y un relatos escritos a lo largo de varias décadas
y complementados con diez inéditos.

-¿Cómo escribe sus cuentos? ¿Los tiene pensados de antemano o empieza


con una idea y luego la desarrolla a medida que va escribiendo?

-Por lo general, cuando comienzo a escribir un cuento ya tengo una idea bastante
formada acerca de cómo se va a desarrollar. Sin embargo, muchas veces, durante el
transcurso de la escritura, mi idea inicial se modifica, tacho bastante, corrijo, hago
varios borradores. En realidad, recién cuando uno se sienta a escribir llega el momento
en que aparece el tono narrativo. Por supuesto que una vez que me encuentro en el
segundo borrador, ya tengo una idea bastante clara de cómo será el relato.
78

-Sus cuentos tienden a ser cortos, en comparación con los de algunos de sus
compatriotas.

-Bueno, trato de escribir lo que realmente merece ser contado. También me agrada
escribir textos más extensos, como novelas o libros de memorias. Si el relato lo requiere,
puedo extenderme más.

-¿En qué está trabajando ahora?

-Tengo una novela entre manos. Pero soy supersticioso y prefiero no contar de qué se
trata mientras la estoy desarrollando. Siento miedo de hablar acerca de mi trabajo, creo
que lo puedo arruinar. Aunque sé que muchos escritores se explayan públicamente
acerca de lo que se encuentran elaborando.

¿Sobre qué tratan sus cursos de literatura en la Universidad de Stanford?

-El otoño pasado dicté un curso para estudiantes de primer año. Son clases teóricas con
alrededor de cien estudiantes. Les di para leer El extranjero, de Albert Camus; cuentos
de Isak Dinesen; de Flannery O'Connor; una novela de D.H. Lawrence; cuentos de
James Joyce; una novela de James Baldwin. Incluí en la bibliografía un texto chino de
hace dos mil quinientos años que se titula Lao-Tze . Otras veces dicto cursos más
específicos como "La nouvelle norteamericana" o "El cuento norteamericano". Trato de
cambiar, así me mantengo interesado.

-¿Cómo evalúa la producción de los alumnos en los talleres de escritura


dentro de la universidad?

-Hay algunos que traen textos interesantes para trabajar. Y de vez en cuando, un ex
estudiante se convierte en un escritor conocido. Por supuesto que sucede en escasas
oportunidades y que, probablemente, de todas formas lo hubiera sido. Algo que sí tengo
que admitir es que no se puede predecir a quién le va a ir bien en su carrera y a quién no.
Tiene bastante que ver con cuán duro trabajan. Sabemos que es una carrera muy
complicada de llevar adelante. Cada uno está librado a su suerte. A lo largo del tiempo,
he visto que algunos estudiantes que tuve cuando eran muy jóvenes terminaron siendo
exitosos escritores, pero no hubiera podido predecirlo en aquel momento. Ni siquiera se
79

destacaban frente a los demás. Otros, que parecían estar llenos de entusiasmo, quedaron
por el camino.

-¿Qué opina del estado del relato breve en Estados Unidos en la actualidad?

-No es un género fuerte hoy en día. Los escritores jóvenes continúan escribiendo
cuentos; sin embargo, no hay demasiados lugares donde publicarlos. Y con todas las
distracciones de los medios, como la televisión, las películas e internet, cada vez se
pierden más lectores. La gente pasa horas online .

-¿Le parece que el cuento es un género que se adapta a ser publicado en


internet?

-Puede ser, aunque si eso fuera cierto, muchísima gente leería cuentos. En cambio, la
realidad es que son pocos quienes los leen. Hay algunas revistas online que publican
cuentos. Recomiendo una muy buena que se llama Narrative. Simplemente, la cantidad
de lectores ha disminuido mucho. En este país llegó a haber más de tres mil revistas que
publicaban cuentos; por supuesto que muchas de ellas eran solamente de género:
románticas, épicas, de detectives o de aventuras, pero había unas pocas dedicadas
realmente a la buena literatura. Esas publicaciones fueron el semillero de la mejor
literatura que se escribió durante décadas. Incluso el semanario The New Yorker, en el
que suelo colaborar, publicaba dos cuentos en cada número y ahora bajaron a uno.

-Dada la compleja situación económica y social de Estados Unidos, ¿cómo


ve la educación?, ¿cómo se encuentran las universidades?

-Depende de cuáles sean las universidades de las que hablemos. Las que son muy
adineradas, como Harvard, Yale o Stanford, siguen funcionando bien. Pero las estatales
tienen enormes problemas; cada estado del país se encuentra, actualmente, con un
déficit presupuestario. Llevan a cabo recortes con el propósito de reducir sus deudas; así
es como disminuyen la cantidad de profesores, el número de becas, los fondos
destinados a la investigación e, inclusive, las fotocopias, entre otras tantas cosas. En
definitiva, la calidad de la educación está sufriendo a causa de todo este descalabro. Y la
brecha entre los ricos y los pobres cada vez se agudiza más.
80

-¿Quiénes son sus escritores predilectos?

-Me gusta mucho David Foster Wallace, quien, lamentablemente, tuvo una temprana
muerte hace un año y medio. Él también residía en California, a unas cuatrocientas
millas de aquí; nos encontramos algunas veces. Lo conocí cuando era joven en el norte
del estado de Nueva York, en un encuentro literario. También me gusta un novelista que
se llama Padgett Powell (dirige el Departamento de Escritura Creativa de la Universidad
de Florida); además George Saunders, y leo las novelas de Richard (Ford) con gran
interés. Suelo leer bastante no ficción. En este momento estoy disfrutando de un libro de
historia sobre la Guerra Civil de Estados Unidos. También estoy leyendo el manuscrito
de la novela de un amigo y colega, Adam Johnson. Se trata de una extraña historia que
sucede en Corea del Norte. Hay una gran cantidad de buenos escritores aquí hoy en día.

-¿Encontró algo que no supiera previamente sobre la Guerra Civil de


Estados Unidos en el libro que está leyendo?

-Bueno, en principio diría que fue una guerra por demás sangrienta, tanto peor de lo
que, en general, se suele relatar. Murieron más de un millón de personas y una enorme
cantidad terminó con heridas irreparables y psicológicamente dañados de por vida.
Gran parte del problema de drogadicción que hay en este país es probable que haya
comenzado en ese momento. A los soldados les suministraban heroína, porque creían
que les hacía bien; así es como, en poco tiempo, terminaban convirtiéndolos en adictos.
La enfermedad de la adicción a la heroína se denominaba "el mal de los soldados".
Desde entonces, en distintos sentidos, se ha convertido en parte de nuestra cultura.

-¿De dónde proviene su interés por la historia?

-Bueno, diría que siempre lo he tenido. No sólo por la de Estados Unidos, también me
atrae la historia mundial. En realidad, en la universidad estudié historia además de
literatura. Hay mucho para saber, yo siempre continúo leyendo sobre el tema.

-¿Utiliza algo del material que lee sobre historia para sus obras de ficción?
81

-Quizá algún día lo lleve a cabo de manera directa. Hasta ahora no. Me sirve para
mantener la mente activa y, en ese sentido, ayuda. Quizá me brinda una mejor mirada
interior que se refleja en lo que escribo, por más que no utilice los datos concretos.

-Entonces no escribiría una novela histórica...

-Supongo que no, no tengo esa vena. Más bien leo sobre nuestro pasado porque me
gusta aprender acerca del ser humano, sobre la vida.
82

«Ser amable hace muy difícil


convertirse en escritor»
Por Daniel G. López

Tobias Wolff es uno de los más importantes narradores norteamericanos de la segunda


mitad del siglo XX. Aunque ha frecuentado más el cuento y la novela corta («De regreso
al mundo», «La noche en cuestión», «Cazadores en la nieve» y «Ladrones de
cuarteles»), sus tres novelas de aliento, las ya citadas y «En el ejército del faraón», son
autobiográficas. En «Vida de este chico» recuerda la vida viajera que tuvo con su madre
en la infancia; «En el ejército...» recupera sus vivencias en Vietnam; y ahora aborda,
oblicuamente, el proceso que lleva a un joven a decidirse a ser escritor. «Sí que hay
elementos autobiográficos en esta novela -precisa Wolff-, pero el colegio de «Vieja
escuela» (Alfaguara) es muy distinto al que yo asistí. Se trata de una novela, no de un
libro de memorias».

-Su protagonista y narrador afirma que «ser escritor libera de problemas de


sangre (no reconoce su ascendencia judía) y de clase (es un estudiante
becado en un colegio de clase alta). ¿Cree en eso?

-No, claro, y la novela demuestra que él está equivocado al pensarlo, y se ve obligado a


enfrentarse, precisamente, a tales problemas. La confusión y el conflicto que le crean
son lo que le empujan a convertirse en escritor.

-Tres escritores muy contradictorios entre sí visitan su «Vieja escuela»: el


poeta Robert Frost y los novelistas Ayn Rand y Ernest Hemingway. ¿Fueron
sus modelos?

-Sí, todos ellos lo fueron en algún momento de mi vida. Una de las razones por las que
83

los elegí es que ejercieron una influencia muy grande sobre mi generación. Además, me
parecen que son emblemáticos, sobre todo, porque eran muy conscientes de sus
personajes públicos. Y, como escritor, me interesó cómo los construyeron, lo que
además me permitió ciertas libertades, porque si ellos se trataban a sí mismos como
«personajes», yo también podía hacerlo.

-Varios de los compañeros del narrador también aspiran a ser escritores:


George, que dirige la revista del colegio; su gran amigo Purcell y Bill, su
rival. ¿Por qué ninguno de ellos termina por serlo?

-El narrador nunca se rindió ni cejó en su empeño y es lo fundamental. Los demás, sí.
Purcell quizá tenía demasiado dinero y eso anestesia; George, porque se hizo profesor...

-¿No porque fuera tan amable?

-¡Claro y ser amable hace muy difícil convertirse en escritor! (Se ríe) En cuanto a Bill, no
sabría decir por qué. Contaré una anécdota. George es uno de los personajes que no he
inventado y se parece mucho a un chico del colegio. Hace cinco o seis años, cuando
empecé a redactar «Vieja escuela», me invitaron a leer en una universidad y quise poner
a prueba el material que llevaba escrito. Así que leí la parte de la novela en la que lo
presento; después, el profesor que me había invitado, me dijo: «Me gustaría que
conociera al director de nuestro Departamento, porque creo que fueron al mismo
colegio. ¡Era George y había estado sentado allí escuchándome! En fin, se portó muy
bien... y no protestó por lo que había escuchado.

-Susan, a la que el narrador plagia un cuento, tampoco llega a ser escritora,


pese a su talento. ¿Por qué no desarrolló más su personaje?

-No se puede saber más de ella que el narrador. No era plausible que esta joven más
madura que él pudiera estar más tiempo con el protagonista. Susan podría haberlo sido,
pero piensa que la vida de escritor no es lo suficientemente buena para ella. A ese
conflicto se enfrenta todo autor.
84

-Usted da clases en la Universidad. ¿Qué comparte con el decano, el


profesor Makepeace?

-Hay mucho de mí en el joven narrador y también en este personaje del que todo el
mundo cree que ha sido gran amigo de Hemingway y no lo es. Soy muy consciente de
que cuando uno ocupa una posición de prestigio de cara a los jóvenes, te mitifican e
idealizan. Hay que tener mucho cuidado con ello. También lo que Makepeace piensa
sobre la enseñanza se acerca mucho a lo que yo pienso.

-Tobias Wolff fue gran amigo de Raymond Carver y lo es de Richard Ford,


pero sus obras no se parecen nada...

-A lo mejor, si hubieran sido más parecidas, no hubiéramos sido tan amigos. ¡También
soy muy distinto a mi mujer! En fin, sus obras han gustado y siguen gustando mucho a
la gente. Hace poco hablaba con el traductor de Carver al hebreo y me dijo que, mientras
trabajaba en ello, se estaba divorciando y que no se sentía tan solo cuando lo leía. Ése sí
que es un gran halago para un escritor.
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Tobias Wolff / biografía


Tobias Jonathan Ansell Wolff (Birmingham, Alabama, EE.
UU., 19 de junio de 1945), escritor estadounidense de ficción y
memorias, especialista en el relato breve, aunque autor también
de novelas. Se halla adscrito a la corriente del llamado realismo
sucio.

Se graduó en las Universidades de Oxford y en Stanford. Enseñó


en la Universidad de Syracuse, en New York. Desde 1997 es
profesor de literatura en la Universidad de Stanford. Ha
conseguido varios premios por sus narraciones, como el
"O'Henry", el más importante de aquel país. Tuvo amistad con el cuentista Raymond
Carver (1938-1988), el más importante representante del realismo sucio. Ambos se
hallan inscritos, por tanto, en la larga tradición cuentística norteamericana.

Wolf huye siempre de los personajes muy marcados y grandilocuentes, y sus mayores
virtudes narrativas son la atención rigurosa al detalle mínimo aunque significativo, en la
tradición de Francis Scott Fitzgerald y Ernest Hemingway, la moderación y afinación
estilísticas y un peculiar sentido del humor. Un tema muy frecuente en su narrativa es el
dilema moral de difícil resolución.

Su libro de memorias "Vida de ese chico" (1989) ha sido adaptado al cine en la cinta This
Boy's Life de 1993, protagonizada por Leonardo Di Caprio y Robert De Niro.

Tobias Wolff está casado y tiene tres hijos.

 Feos rumores (1975), novela.


 En el jardín de los mártires estadounidenses (1981), cuentos.
 Cazadores en la nieve (1981), cuentos.
 De regreso al mundo (1985), cuentos.
 Vida de ese chico (1989), memorias.
 Los mejores cuentos americanos (1994), como editor.
 En el ejército del faraón (1994), memorias de su vida como soldado en VietNam.
 La noche en cuestión (1997), cuentos.
 Aquí empieza nuestra historia (2009), relatos.

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BIBLIOTECA DIGITAL DE
AQUILES JULIÁN
1. La infancia de Zhennia Liubers y otros relatos / Boris 24. Huasipungo / Jorge Icaza
Pasternak 25. Vasco Moscoso de Aragón, capitán de altura / Jorge
2. Corazón de perro / Mijaíl Bulgákov Amado
3. Antología del cuento chino / varios autores 26. El espejo de Lida Sal / Miguel Ángel Asturias
4. El hombre que amaba al prójimo y otros cuentos / 27. Seis cuentos para leer en yola / Aquiles Julián
Virginia Woolf 28. Los chinos y otros cuentos / Alfonso Hernández
5. Crónica de la ciudad de piedra / Ismail Kadaré Catá
6. La casa de las bellas durmientes / Yasunari 29. La mancha indeleble y otros cuentos / Juan Bosch
Kawabata 30. El libro de la imaginación / Edmundo Valadés
7. Voluntad de vivir y otros relatos / Thomas Mann 31. Cuatro relatos / Joseph Roth
8. Dublineses / James Joyce 32. El libro de cristal de los Cohén / Aquiles Julián
9. La agonía del Rasu-Ñiti y otros cuentos / José María 33. Cuentistas dominicanos 1 / Aquiles Julián
Arguedas 34. El caballo que bebía cerveza / Joao Guimaraes Rosa
10. Caballería Roja / Isaak Babel 35. Tres relatos / José Bianco
11. Los siete mensajeros y otros relatos / Dino Buzzati 36. Adán, Eva y los moluscos / Efraím Castillo
12. Un horrible bloqueo de la memoria y otros relatos / 37. La mosca y otros cuentos / Slawomir Mrozek
Alberto Moravia 38.Vidrios rotos y otros cuentos / Osvaldo Soriano
13. El tacto y la sierpe y otros textos / Reynaldo Disla 39. La amortajada y otras historias / María Luisa
14. Una cuestión de suerte y otros cuentos / Vladimir Bombal
Nabokov 40. El amuleto y otras historias / Ciro Alegría
15. Las últimas miradas y otros cuentos / Enrique 41. Cosas de vieja. Y otros 19 cuentos / Fernando
Anderson Imbert Sorrentino
16. Yo, el supremio / Augusto Roa Bastos 42. Cuatro cuentos / Rosario Castellanos
17. El siglo de las luces / Alejo Carpentier 43. El rostro sin lumbre y otros cuentos / Oscar Cerruto
18. El principito / Antoine de Saint-Exupéry 44. La fama de Clodomiro / Ángel Balzarino
19. La noche de Ramón Yendía y otros cuentos / Lino 45. Cinco cuentos / Robert Musil
Novás Calvo 46. Cinco cuentos / Tobias Wolff
20. Over / Ramón Marrero Aristy
21. Una visión del mundo y otros cuentos / John Cheever
22. Todo es engaño y otros cuentos / Sherwood
Anderson
23. Las aventuras del Barón Münchhausen / Rudolf Erich
Raspe

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