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El búnker de Conil

Igual que Canarias o el Pirineo, la costa de Cádiz está llena de búnkers, que
ahora está catalogando la Junta de Andalucía. La gente suele relacionarlos con la
guerra civil, pero son de la segunda guerra mundial. En Cádiz, igual que en Canarias,
se construyeron en previsión de una más que hipotética invasión aliada.

Dicha invasión pendió de un hilo en 1942 porque los aliados necesitaban la


inactividad española para lanzar la operación Torch, el desembarco en el norte de
África, que sustraería Marruecos y Argelia al control de la Francia de Vichy, cogiendo a
los ejércitos alemán e italiano entre dos fuegos, ya que la flota de invasión de Argelia
debía concentrarse en aguas de Gibraltar, al alcance de las baterías de costa
españolas.

En noviembre de 1942, Franco, en la práctica, cambió de bando, que tonto no


era; pero la gente no lo sabía y el régimen continuó con su parafernalia habitual.

Ya había tenido la idea en el año 2001, en la batería de costa de Bolonia, pero


dormía el sueño de los justos hasta que hace año y pico, paseando por las playas de
Conil, encontré un búnker que me gustó y decidí inventarme su historia. Primero, de
acuerdo con mi natural neurótico, comencé a documentarme compulsivamente sobre
las defensas costeras de Cádiz durante la SGM, enredándome de mala manera en el
asunto, hasta que un amigo que estaba al tanto me dijo una noche en la B.F.I.: “Joder,
Pcbcarp, que es un cuento, ¿no?”

Mágico: Pasé de documentarme y me puse a escribir una historia que, aunque


falsa y llena de licencias literarias, fuera verosímil.

Es ésta:

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El Búnker de Conil

El verano del cuarenta y dos se iba acabando mientras el cabo Expósito miraba
el mar. En la playa, su pelotón chapoteaba en pelotas partiéndose de risa. Bueno –se
dijo- por lo menos en este destino de mierda te puedes bañar si te gusta. Lo malo es que
al cabo Expósito no le gustaba bañarse. Era más bien de la Meseta y el mar le daba
mucho respeto: no sabía nadar.

A cambio, sabía leer y escribir; por eso lo habían hecho cabo. Ser cabo está bien.
Tiene sus responsabilidades, ojo, pero te libras de las imaginarias y de las guardias de
garita. Además, seguro que dentro de poco lo proponían para cabo primero y, en otro
año (o menos), sargento regimental. En los tiempos que corrían en España, ser sargento
significaba no tener que preocuparse de la manduca. Además –otra ventaja de no tener
padres conocidos- no tendría que mandar dinero a casa.

Entregado a tan filosóficos pensamientos, no oyó llegar al sargento hasta que lo


tuvo al lado. No importó, porque como el cabo Expósito tenía los gemelos en la mano y
la mirada perdida en el horizonte, el sargento pensó: “Hay que ver este chico, lo en serio
que se toma las cosas. Los pistolos bañándose y el aquí vigilando. El año que viene lo
propongo para cabo primero.”

No era mal tío el sargento Cano: cuando te podía dar cuartelillo, te daba
cuartelillo. Eso sí, tenía sus cosas y, si te pillaba cagándola, en seguida te soltaba un par
de hostias regimentales; pero lo normal era que no pasara de ahí y todo el mundo
prefiere un par de hostias a un mes de calabozo, dónde va a parar. Además, se
preocupaba por su gente. Una vez que pilló a Expósito cagándola con el capitán cerca,
le echó una mirada de las que parten las piedras y disimuló con el capitán. Eso sí, luego
lo corrió a hostias por toda la compañía. Expósito le estaba la mar de agradecido,
porque le libró de tres meses de calabozo y de no ascender a cabo.

Lo único, que el sargento Cano se tomaba la mili muy en serio. La verdad es que
debía llevar en la mili toda la vida. De vez en cuando, que estaban solos, le contaba
alguna historia de la guerra nuestra: de la batalla del Ebro, de Brunete, de un montón de
sitios que el cabo Expósito sólo conocía de oídas, por la cosa de las batallas sobre todo.
Además, el sargento Cano había estado en Rusia, y estaba la mar de orgulloso de su
Cruz de Hierro. Una vez que estaba un poco chispa, le invitó a coñac y le contó una
batalla en un sitio que se llamaba Posad o algo así, con los rusos, que fue donde le
dieron la Cruz de Hierro, el general Muñoz Grandes y otro general alemán que por lo
visto era muy famoso y salía en el Signal. Y siempre acababa diciéndole que diera
gracias de estar en Cádiz, en la playa, que no veas lo bien que se vive con este sol y no
como en Rusia, que por lo visto se te congela el coñac en la cantimplora.

-- Sus órdenes, mi sargento. Sin novedad.

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-- Descanso, chaval. Qué, ¿no has visto nada?

-- Nada, mi sargento. Un par de pesqueros.

-- Ojo con los pesqueros, que pueden ser de reconocimiento camuflados. Oye,
me he agenciado un par de cajas de munición para las máquinas, así que llámate a un
par de bañistas, que se vengan conmigo a por ellas y luego tiramos un rato, que hay que
estar preparados.

Esa era otra de las cosas del sargento Cano. Siempre había que estar preparados.
Les decía que el soldado que suda no sangra, lo que quería decir que había que
entrenarse para no cagarla cuando vinieran los tiros de verdad. Por eso siempre que
conseguía munición los tenía practicando con las máquinas, que era como llamaban los
entendidos a las ametralladoras.

Así que el cabo Expósito cogió el máuser, salió del búnker y bajó a la playa. Se
llevó dos dedos a la boca y pegó un silbido que debió de oírse al otro lado del Estrecho.
Los bañistas se quedaron quietos y le miraron.

-- A ver, tú y tú, Galindo y Felisardo. Vestiros que os vais con el sargento.

-- No jodas, cabo.

-- Venga –señaló con el pulgar hacia su espalda, dando a entender que el


sargento miraba- ¡arreando!

TACATAC TACATACATAC TACATAC

Ráfagas cortas. Tres o cuatro tiros, no más. El cabo Expósito, mirando por los
gemelos con retícula del sargento –de la Wehrmacht, Zeiss: cojonudos- dirigía el tiro de
una de las ametralladoras. Le gustaban las ametralladoras. Como decía el sargento,
tenían su técnica.

-- ¡Quince a la izquierda, Feli! –vociferó, porque dentro del búnker ya les


pitaban los oídos del ruido-

El soldado Felisardo giró el tambor graduado de la máquina y apretó el manillar:


TACATACATAC.

-- Un pelín más a la izquierda.

TACATACATAC TACATATACATAC

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Las botellas saltaron hechas añicos. El cabo Expósito palmeó la espalda a los
servidores de la ametralladora, o sea, de la máquina. No se lo ponía fácil el sargento,
joder: darles a unas botellas a más de cien metros.

-- Muy bien chavales –el sargento Cano esbozó lo más parecido a una sonrisa
que era capaz de esbozar- ¿veis como es fácil?

“Más nos vale no tener que disparar de verdad”, pensó el sargento Cano. La
verdad es que no le gustaba nada, pero lo que se dice nada, esta posición. Vale que el
búnker era de puta madre, muy bien hecho. Ahí, los de Ingenieros se habían salido: todo
de hormigón, con muros de un metro de espesor y forrado de piedras por fuera para
camuflarlo con el acantilado. Tenía dos pisos: arriba, el emplazamiento de las piezas
contracarro y abajo las ametralladoras, con tres troneras, una a cada lado, que cubrían la
playa de enfilada, y otra en medio, hacia el mar. Como piezas contracarro no había, la
parte de arriba la usaban de observatorio y de camareta.

Desde luego, si los ingleses o los yankis desembarcaban, les iban a hacer un
destrozo del copón: les iban a matar un montón de gente; pero el sargento Cano tenía
claro que de ahí no salían. La única puerta del búnker daba a una rampa lateral y luego
había que coger el camino que subía el acantilado. Y a ver quién subía por ahí con los
ingleses en la playa.

O sea, que el sargento Cano tenía claro que, si la cosa les pillaba en el búnker,
ellos iban a cumplir como buenos cargándose a todos los que pudieran y luego la iban a
cagar bien cagada; porque cuando se asalta un búnker con lanzallamas –que es lo
propio, él lo había hecho- lo que pasa es que te achicharran vivo y, una vez
achicharrado, no se te puede ni hacer prisionero. Así que, por más valor acreditado –
destacado, ojo- que tuviera y por más Cruz de Hierro y Rusia y cabeza de puente del
Wolchow, esperaba que el desembarco (si llegaba) no les pillase en su rotación.

Estaba en esas cuando sonó el teléfono.

-- Mi sargento: el teniente.

-- A sus órdenes, mi teniente. Sin novedad.

-- Cano, vente para la compañía, que el capitán quiere hablar con los mandos.

-- A sus órdenes, mi teniente. El sargento Cano le devolvió el auricular al


telefonista y sonrió satisfecho. “Los mandos”: el teniente lo respetaba. El chaval se
sentía un poco fuera de lugar, pero hacía esfuerzos. Estaba recién salido de la Academia
y se veía encajonado entre el capitán y él, dos perros viejos con mucha, pero que mucha
mili. el capitán le tenía mucha confianza a Cano, porque los dos habían estado juntos en
Rusia y los dos habían estado a punto de palmar en Possad hacía poco, tirando contra
los rusos con todo lo que tenían a mano.

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3

El sargento Cano subió el acantilado echando pestes. Volvía a dolerle la pierna


derecha por la puta humedad (Tenía en ella dos heridas: una esquirla de metralla de
Brunete, que aún seguía por ahí dando vueltas, y un bayonetazo ruso, de Possad)

Arriba, un pelotón de rojos bastante harapientos –más aún que sus soldados- se
dedicaban a encofrar unas trincheras bajo la vigilancia de un soldado con la bayoneta
calada. Los dirigía uno con gafas que –suponía Cano- habría sido albañil antes de la
guerra, o ingeniero, cualquiera sabe, por las gafas. En todo caso, parecía bastante
apañado.

-- Venga, venga, a trabajar.

El rojo de las gafas se le cuadró:

-- A sus órdenes, mi sargento

Cano le miró con sorpresa. Qué raro que un preso se dirigiera a él.

-- Dime.

-- Mi sargento, ¿es verdad que vienen los americanos?

Cano estudió la cara del rojo buscando un rastro de esperanza, o de cachondeo.


No lo encontró. Lo tenía visto de los últimos días. Era competente dirigiendo el trabajo
y Cano apreciaba a la gente competente. Tenía más o menos su edad, pero en vez de
estar pelándose de frío en Rusia, el último año debía haberlo pasado en uno de esos
campos de concentración o vaya usted a saber dónde.

-- ¿Y a ti qué te importa?

-- Hombre, mi sargento. Se habla…

-- Ni puta idea. Tú a lo tuyo, que en boca cerrada no entran moscas.

Se giró bruscamente y siguió su camino.

-- …Así que… lo dicho. Estar atentos que nos pueden dar el susto en cualquier
momento. A ver, preguntas.

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El capitán De la Cuesta se echó las manos a la espalda y los miró con el pitillo
en la boca. El sargento Cano tenía preguntas, pero era consciente de que era sargento y
que tenía dos tenientes y dos alféreces por delante. También era consciente de que todos
sabían que había estado con el capitán en Rusia y no quería que por eso pareciera que se
saltaba el tema jerárquico. Miró de reojo a su teniente, Martínez. El teniente Martínez
carraspeó.

-- Dime, Martínez.

-- Mi capitán, el búnker de ahí abajo… –miró al sargento- donde está el pelotón


de Cano, está ahí solo… Vaya, que no tiene cobertura.

-- Ya, ¿y? Se supone que Ingenieros tiene previstos dos nidos de ametralladoras
que crucen fuegos con ellos.

-- Sí, mi capitán, pero van a tardar un huevo en hacerlos.

El capitán De la Cuesta lo despachó con un ademán impaciente que venía a


significar: “hacedme preguntas que yo pueda contestar, no me vengáis con gilipolleces.”

El teniente de la sección de armas –Ortiz- se acercó al plano que había en la


mesa, con las defensa marcadas y lleno de signos con lápiz azul, según se iban
completando. Hizo un gesto con la mano hacia el Oeste.

-- Mi capitán. Lo que yo digo es… ¿qué coño van a hacer los americanos y los
ingleses desembarcando por el Estrecho que lo tenemos todo fortificado? Yo, la verdad,
desembarcaría por Huelva, que no hay nada de nada.

-- ¡Hombre, Ortiz!, ¿te han ascendido a general y no me lo has contado? ¿Ha


hablado Vuecencia con Capitanía? ¿El Caudillo sabe todo esto que me está contando
Vuecencia?

-- Joder, mi capitán…

-- Vamos a ver: yo soy un capitán de Infantería. vosotros sois los mandos de mi


compañía. Tenemos asignado un sector, un sector de compañía: pequeñito. si os digo
que me hagáis preguntas, se entiende que digo preguntas que yo pueda contestaros.
Preguntas de lo que nosotros tenemos que hacer, que no es poco. Si quieres, le escribes
una carta a Franco, o le mandas un telegrama, y que te conteste él.

El teniente Ortiz se calló. Ahora, ya, el sargento Cano pensó que podría
preguntar él.

-- Mi capitán, ¿se sabe algo de los de Intendencia? Lo digo por las botas. Los
chavales las llevan de tercera vida y van que da asco verlos.

-- He llamado al capitán Hontoria, el de Intendencia, esta mañana y me ha jurado


por sus muertos que llegan esta semana. –Hizo una mueca que significaba: “¿más
cosas?” – Cano le miró significativamente, pero no dijo nada.

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-- Mirad. Lo que está claro es que no pueden pasar el Estrecho tranquilamente,
que es lo que quieren. Para eso están las baterías del treinta y ocho con uno en Punta
Paloma, que son nuestra baza principal. Así que tendrán que desembarcar, porque hasta
que no las tomen no pueden pasar. Para eso estamos nosotros aquí: para que no
desembarquen.

El teniente Ortiz, como vio el tema distendido, volvió a lo suyo:

-- Sí, mi capitán, pero como desembarquen por Huelva, que es lo que yo haría,
se plantan en Despeñaperros en un pis pas.

-- Sí, hombre, y, ¿qué se les ha perdido en Despeñaperros?

-- Nos copan. Nos cortan las comunicaciones con el Centro…

-- Vale, Napoleón. Venga, señores, a trabajar.

El sargento Cano estaba sentado en una silla a la puerta del búnker mirando la
playa y echando un pitillo. Estaba leyendo el Signal, que se lo mandaba al capitán desde
Madrid un primo suyo de Prensa y Propaganda, y siempre se lo pasaba cuando lo había
leído. Por lo visto, los alemanes les estaban dando para el pelo a los rusos. Al sargento
Cano le gustaba leerlo y, sobre todo, le gustaban las fotos, que eran cojonudas. La
verdad es que echaba de menos el equipo alemán, todo hay que decirlo. Pero, ya, las
cosas ni se las creía ni se las dejaba de creer: había leído demasiadas veces lo que
decían los periódicos de batallas en las que él había estado. Apareció el cabo Expósito
con mirada golosa. Cuando el sargento había leído el Signal del capitán, se lo prestaba
al cabo Expósito, que sabía que le gustaba leer.

-- Toma, anda, ilústrate –le tiró la revista- Pero con vuelta, ¡eh?

-- Gracias, mi sargento.

El sargento Cano cogió el naranjero (por más que no pasara nada, nunca se
alejaba del subfusil más de la cuenta) y se dio una vuelta por la playa.

El teniente tenía razón: el nido de ametralladoras más cercano estaba a más de


un kilómetro, y fuera de la vista. Estaban ahí solos.

Sintió un bullicio a su derecha. Por el camino del acantilado, bajaba gente. Eran
los rojos, vigilados por un par de soldados. El sol brillaba en la punta de las bayonetas y
hasta hacía bonito, fíjate tú. Unos treinta: una sección. En un santiamén se despelotaron
y se metieron en el agua. Cano imaginó que era la ducha semanal, o algo así. Al poco,
estaban chapoteando y salpicándose, igualito que sus pistolos. La verdad, parecía que
los guripas estaban ahí sólo para guardarles la ropa.

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Uno de los rojos ni chapoteaba ni se reía. Se había metido en el agua y parecía
dedicarse a un lavado concienzudo, frotándose los sobacos y tal, aunque el agua de mar
era malísima para eso; pero, bueno, mejor que nada. Salió del agua y volvió a ponerse el
uniforme andrajoso, sacudiéndose la arena. Cuando se puso las gafas, Cano lo
reconoció: era el ingeniero. Vaya, el que dirigía los trabajos de ahí arriba. Cano se dio
cuenta de que ya lo había bautizado: “El Ingeniero.”

Inconscientemente, se pasó el naranjero del hombro al pecho. Se podía


reconocer a los que habían estado en Rusia en cuanto se colgaban el arma del pescuezo,
como los alemanes. Siguió caminando mientras daba una chupada al pitillo. Tenía un
amiguete, brigada de Intendencia, que siempre le pasaba tabaco cuando iba por el
Regimiento. El Ingeniero lo había visto venir. Se cuadró.

-- A sus órdenes, mi sargento.

-- Descanso, hombre. ¿Cómo va –señaló el acantilado con la cabeza- la


trinchera?

-- Va, mi sargento.

El Ingeniero miraba codicioso la chusta que el sargento tenía entre los dedos. El
sargento Cano sacó del bolsillo de la guerrera el paquete de tabaco y el librillo. Se los
alargó. El rojo lo miró con cierto recelo. Cano insistió con el gesto.

-- No me jodas que no quieres fumar.

El Ingeniero alargó la mano despacio. Se lió un pitillo y le devolvió tabaco y


papel.

-- Muchas gracias, mi sargento.

Cano siguió mirando al mar.

-- Aquí, ni gracias ni perdón: a la orden.

Los dos miraban al mar y a los presos que se bañaban. Los dos querían hablar,
pero ninguno sabía qué decir; así que fumaban. Cano rompió el fuego:

-- ¿Por qué te interesa tanto si vienen los americanos?

El Ingeniero lo miró con sorpresa y cierto temor.

-- Hombre, mi sargento…

-- Déjate de “mi sargento” y hostias. ¿Te interesa por algo o es que te da morbo?
¿Qué te crees, que van a echar a Franco o algo?

-- ¡Mi sargento, hombre…!

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Su voz denotaba más preocupación que miedo. El sargento Cano decidió no
seguir por ahí. No era cosa suya. Estuvo a punto de preguntarle al Ingeniero cómo se
llamaba. Se contuvo: no era cosa de confraternizar con los rojos. No por nada, que los
rojos también eran españoles, ojo; es que se estaba sintiendo demasiado cercano, y eso
no podía ser. Ese tío debía de haber hecho cosas lo bastante malas como para estar
preso. Y una cosa era darle tabaco y otra, tratarlo de tú a tú.

-- Verá, mi sargento, ¿cómo se lo explico…?

-- Mejor no me expliques nada.

Y los dos siguieron fumando, que era lo mejor que podían hacer. De pronto, los
soldados empezaron a dar voces:

-- ¡Eh, tú! ¿Dónde coño vas?

Cano miró: uno de los rojos que se bañaban había echado a nadar hacia un
pesquero que estaba ahí delante. No jugaba, sino que nadaba como loco, tratando de
alcanzar el barco. O eso le pareció a Cano.

-- ¡Alto, alto! ¡Para!

Los soldados que estaban en la playa, la verdad, estaba claro que no sabían qué
hacer. La distancia era grande. Era absurdo pensar en la huida. Por eso los dejaban
bañarse. Sonó un tiro, como indeciso.

El sargento Cano corrió –me cago en Dios- hacia la orilla.

El otro soldado volvió a disparar sin mucha convicción.. El sargento le pegó un


empujón y le quitó el máuser. Tiró para atrás del cerrojo –saltó una vaina caliente- se
echó el mosquetón a la cara y disparó al fugitivo. El rojo siguió nadando. El sargento
Cano hincó la rodilla en tierra, maniobró el cerrojo –otra vaina-, apuntó como Dios
manda y volvió a disparar. ¡Pac! El rojo dio un respingo en el agua y se hundió en
seguida.

-- Vamos a ver, Cano, – Cano reescribía el parte – ya está. No te compliques


más.

-- Mi capitán, las cosas hay que hacerlas bien.

-- Era un rojo que se fugaba. Hiciste lo que había que hacer.

-- Mi capitán, yo soy militar. Esto es el Ejército español, no la cheka.

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-- Tú mismo.

Mientras cano escribía, tratando de contarlo todo según las Ordenanzas, le venía
a la cabeza una y otra vez lo absurdo de la situación. Había actuado por puro reflejo.
Pero el reflejo podía justificar haber disparado una vez. Él había disparado dos, y la
segunda fue la buena.
¡Joder…! ¿Qué cojones hacía él dándole tabaco al Ingeniero en la playa?, ¿qué
cojones hacía él en la puta playa? No era haberse cargado a un tío. Cano ya ni sabía la
cantidad de gente que se había cargado desde el treinta y seis: era imposible saberlo. De
lo que sí estaba seguro era de que por primera vez en su vida se había cargado por la
espalda a un tío desarmado. Que tenía que hacerlo, estaba claro. No, qué hostias, estaba
claro que tenía que quitarle el mosquetón al pistolo, que tenía que disparar; pero no
tenía por qué haberse cargado al rojo de los cojones. La realidad se impuso: realmente,
el puto rojo había tenido que morir porque le había jodido no darle a la primera; tal vez
porque él, el sargento Cano, no podía soportar la idea de que alguien dudase de su
puntería. Eso habría desmoralizado a sus chicos. Eso era lo que le jodía ahora. El puto
rojo de los cojones, que no había tenido mejor momento para intentar escaparse que
cuando estaba él allí, había cascado porque él, el sargento Cano, no podía permitirse el
lujo de que los soldados de su pelotón, que iban a morir con él achicharrados por los
lanzallamas ingleses (o americanos, no sabía) dudaran de él.

No sabía cómo se le ocurrían estas cosas, pero le venían a la cabeza con una
lucidez hiriente. Desde luego, en el momento no lo había pensado. Y, lo peor de todo,
cuando el rojo se hundió tras el balazo, es que el Ingeniero lo miraba. Cano no sabía por
qué, pero pensó que el Ingeniero iba a tirar el pitillo como mínimo gesto de rebeldía.

No lo tiró. De hecho, mientras sus miradas se cruzaban, le dio otra calada por si
acaso. Cano –recordó- había pensado: “éste lleva mucha mili, sabe que una cosa es la
honrilla y otra el tabaco.” Ante la mirada de Cano, el Ingeniero se había cuadrado (eso
sí, sin soltar la chusta).

-- ¡¿Qué?!

-- Mi sargento.

Cano había sido consciente en ese momento de que por primera vez en su vida,
había matado a alguien sin saber por qué (o, a lo mejor, por primera vez en su vida se
había planteado por qué). Vociferó fuera de sí:

-- Mi sargento, ¿qué? ¿Te parece mal?

-- No, mi sargento. Bueno, sí. Pero yo también lo he hecho. Cuando era


sargento.

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El cabo Expósito estaba subido en el techo del búnker mirando el mar con los
gemelos. La cosa debía de estar jodida, porque hacía tres días que el sargento les había
dicho que, a partir de ahora, con el casco puesto todo el rato. También les habían bajado
más cajas de munición para las máquinas y cañones de respeto (que es la manera militar
de decir repuesto). Hasta una caja de granadas les habían traído. Además, ya era
noviembre y el mar estaba revuelto.

No se veía nada, más allá de los barquitos de costumbre. Pasó un biplano


volando bajo.

-- ¿Qué avión es? – Era el sargento.

-- ¡Un Heinkel 51, alias pavipollo, mi sargento!

-- Ahí te has pasado de listo. El pavipollo es otro.

-- Pero es un Heinkel, ¿verdad, mi sargento? – preguntó el cabo Expósito,


angustiado.

-- Sí, hombre, pero ese no tiene mote, que yo sepa, vete a saber por qué –
respondió el capitán.

-- Gra… Gracias, mi capitán –musitó el cabo, aterrado, ya que el capitán, que,


como todo el mundo sabe, en su compañía es Dios, le había hablado por primera vez en
su vida.

-- Ni gracias ni perdón: a la orden- habló por segunda vez La Voz de Dios.

Cano estaba en la rampa de entrada, hablando con el capitán y su teniente, que


también miraban al avión. Cuando pasaba alguno, si conocía el modelo, se lo decía al
cabo Expósito. Aparte de porque sabía que le gustaba conocer los aviones, porque,
como cabo, era su obligación saberlos para identificar los materiales cuando fuera
necesario, para informar y tal. Por eso le examinaba cada vez.

El caza se adentró en el mar con un bordoneo cada vez más lejano. El cabo
Expósito lo enfocó con los prismáticos a tiempo de distinguir la cruz de San Andrés en
la cola. La verdad es que parecía la mar de antiguo en comparación con los cazas
alemanes, los Messerschmitt que salían en el Signal. El cabo Expósito no entendía por
qué Franco no hacía aviones de esos. El sargento le había dicho que sí teníamos
Messerschmitt, pero el cabo expósito nunca había visto uno.

Arriba, en el acantilado, los presos republicanos también miraban al avión que se


alejaba sobre el mar.

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El sargento Cano y los oficiales tomaron el camino del acantilado. El cabo
Expósito se dio cuenta de que el teniente llevaba el casco colgado del cinturón, a la
alemana, como el capitán y el sargento. Y un naranjero al hombro. El sargento lo
llevaba siempre –había que estar a todas- pero al teniente era la primera vez que lo veía
con subfusil. También llevaba cartucheras para los cargadores.

El cabo Expósito notaba que las cosas se estaban poniendo jodidas. No sabía
muy bien qué pasaba, pero lo de tener que llevar el casco puesto todo el santo día se
encargaba de recordárselo. Y eso que no sabía, cosa que sus superiores sí, que los
aviones que pasaban mañana y tarde yendo y viniendo del mar, andaban buscando la
flota aliada.

Cano y los oficiales llegaron arriba. la trinchera que semanas antes estaban
encofrando, se había convertido en un abrigo supuestamente a prueba de bombas con
techo abovedado de cemento. A su alrededor, a distancia razonable del borde, había
pozos de tirador, invisibles desde abajo, o para quien subiera por ahí después de haberse
follado el búnker. A su izquierda, los de la segunda sección tendían alambradas. Unos
cuantos presos, a los que aparentemente no vigilaba nadie, estaban apoyados en sus
palas mirando hacia el mar muy interesados. El capitán les dio una voz:

-- ¡Vosotros! ¿No tenéis nada que hacer?

Inmediatamente, los presos volvieron a mostrar una inactividad frenética.

-- Esos no piensan ya más que en los americanos. No me fío, no me fío un


pelo… –dijo el capitán, como hablándose a sí mismo.

El sargento Cano volvía para su búnker caminando, con las manos apoyadas en
el naranjero que llevaba sobre el pecho, colgado del cuello. Los rojos hacían como que
cavaban mientras, a cada poco, echaban miradas al mar. El Ingeniero ni hacía que
cavaba. Se limitaba a mirar. Cano lo llamó:

-- ¡Ingeniero!

-- A sus órdenes, mi sargento.

Cano le hizo seña de que se acercara. Se acercó. Cano se echó el naranjero a la


espalda y le tendió el tabaco. Por un momento, el preso dudó. Cano pensó que, después
de lo de aquel día en la playa, le iba a decir que ya no fumaba. Y es verdad que estuvo a
punto; pero estiró la mano y cogió un pellizco. El sargento, sintiendo una mínima
victoria, le acercó el librillo.

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-- Gracias, mi sargento.

-- Oye, Ingeniero, ¿de verdad tenéis tantas ganas de que lleguen los americanos?
No, tranquilo, entre tú y yo (estuvo a punto de decir: “de sargento a sargento”, pero se
contuvo)

-- Mi sargento… es difícil de…

-- Pues dime.

-- Verá… aquí no se está tan mal. Ya ve que, la verdad, no damos un palo al


agua. Pero si usted hubiera visto… no sé, los sitios donde he estado desde el treinta y
nueve… No se puede usted hacer una idea… No sabe usted.

-- Ni quiero saberlo.

-- Yo en el treinta y nueve acabé mandando una compañía, mi sargento. No


quedaban oficiales.

-- Yo también, ¿y qué más?

-- Me hirieron al final. Por eso no me pude pirar a Francia. Estaba en el hospital


cuando llegaron los de Regulares. Entró un oficial borracho perdido dando gritos y
luego los moros degollaron a todos los heridos. Yo conseguí saltar por la ventana, hecho
polvo como estaba. Como andaban muy ocupados follándose a las tres enfermeras que
se habían quedado a cuidarnos, pasaron de mí.

-- Eso es propaganda roja.

-- No, mi sargento. Yo estaba allí. Oía los gritos desde unos matojos donde me
escondí.

-- El Ejército nacional no hace eso.

-- Sí, mi sargento. Todos los ejércitos acaban haciendo eso. Usted lo sabe. Tuve
la puta suerte de que apareció un teniente de Infantería con unos fusileros y se liaron a
tiros con los moros, cosa que me extrañó un huevo, la verdad. Debía ser recién salido.
Si no es por eso, yo no estaba aquí. Pero a mis compañeros ya les habían cortado los
cojones a todos. Y las enfermeras, ni le cuento.

Cano siguió callado. Eso, desde luego, sabía que era verdad.

-- Mi sargento, verá, hay gente que estuvo en un lado o en otro según le pilló la
Guerra. Yo… –miró a Cano mientras se liaba el pitillo- Yo ya era de la UGT antes de la
Guerra. Lo que pasa es que, como soy un gilipollas, estoy aquí en vez de estar, no sé…
en Méjico. Los compañeros creen que cuando vengan los americanos se va a dar la
vuelta la tortilla. Pero yo sé que a los pringados como nosotros nos va a dar igual.
Además, qué hostias, yo no sé Inglés.

--Yo sí: yes y güi.

-- Güi es Francés.

13
-- ¿Ves?, pues ya sé dos idiomas.

-- Es más viejo que la tos, mi sargento.

-- Como nosotros, cacho capullo.

9.

A la hora de cenar, el sargento Cano sacó de su petate tres latas de sardinas y


una botella de vino casi llena. Se las alargó al cabo Expósito. Los otros ocho fusileros,
Felisardo, Galindo, Montoya, Pupi, López, López bis, Ascanio y Martínez, estaban
sentados en los catres perdiendo el tiempo con aire muy activo.

-- Vamos a hacer una fiesta. Las tenía guardadas para hoy, que es mi
cumpleaños.

-- Felicidades, mi sargento.

-- Venga, a ver, ¿qué guarrería nos han traído hoy los rancheros?

Uno de los soldados acercó la perola con la cena. Nada apetitosa, la verdad.
Cada uno cogió su medio chusco de pan y su jarro. Expósito abrió las latas de sardinas y
echó su contenido en un plato de peltre, cuidando de que cayera hasta la última gota de
aceite, que las sardinas en aceite tienen mucho fósforo.

Comieron en silencio, rebañando con el pan hasta dejar el plato reluciente. La


verdad es que las raciones del Ejército eran muy saludables para prevenir la obesidad
entre la tropa.

-- Mi sargento, este vino está de puta madre.

-- Nos ha jodido, es de la cantina de oficiales. Así que bebéroslo despacio, que


no vais a catar nada mejor en lo que os queda de mili.

La verdad es que el sargento Cano había pensado redondear la jugada trayéndose


a una chavala para que los chicos pudieran desfogarse un poco, que los pobres se le
estaban matando a pajas. Pero había tenido que desistir. Su amigo de Intendencia se lo
había dejado claro.

-- ¡Puff…! Ni lo sueñes, Canito. Para conseguir putas te tienes que ir a Barbate.


Ahí, en Conil, no tienen.

-- No me jodas.

-- Lo que yo te diga. Y suerte tenemos que no anda por aquí la Legión, que, si
no, ni en Barbate.

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Así pues, desistió de la idea; cosa que, en el fondo, agradeció, que tampoco
andaba sobrado de dinero, y una cosa era atender las necesidades de la tropa y otra
enfrentarse a la indigencia.

-- Los lejías si que controlan estas cosas. ¿Sabes que la Legión Francesa tiene
una cosa que son los B.M.C.?

-- ¿Bemecé?

-- Burdel Móvil de Campaña –explicó el brigada de Intendencia con aire


suficiente- Esos tíos son la hostia.

-- Joder, sí.

Estas cosas, y otras peores, las recordaba el sargento Cano mientras echaba un
pitillo en la playa, junto al búnker. A su espalda, oía cantar a los chavales. Ahora
cantaba Montoya. El tal Montoya era un punto de cuidado, de la misma Isla.
Absolutamente refractario a la disciplina militar y acreedor permanente de las
legendarias hostias del sargento Cano. Pero, bueno, se le perdonaban muchas cosas por
su acreditada habilidad para encontrarse por ahí, de puta chiripa, claro, cosas de comer,
por lo general con plumas. Y la verdad es que cantaba bien, y cocinaba mejor con los
pocos recursos a su alcance. Ahora, después de varios rumba la rumba la rumban ban, se
estaba arrancando por bulerías. Bueno, el sargento Cano, que era –digámoslo de una
vez- de Segovia, no entendía mucho de Cante, pero podían ser bulerías perfectamente.
Además, el Montoya había revelado tener una puntería de la hostia. Y eso lo respetaba
mucho el sargento Cano, a la gente con buena puntería.

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El sargento Cano saltó del catre y echó mano al naranjero. Justo a tiempo de oír ,
ya en pie, al imaginaria vociferando:

-- ¡Generala, generala!

Arriba, en la Compañía, se oía la corneta tocando generala. No se oía muy


fuerte, pero el ta tatá tatá tatararataratatá había bastado para hacerle saltar.

-- ¡Arriba todos, me cago en el puto Dios! ¡A las máquinas!

Todos los fusileros se lanzaron al piso de abajo con las botas a medio poner y las
trinchas colgando mientras sonaba el teléfono con timbrazos histéricos.

Montoya, asomado a una tronera, miraba el mar que amanecía:

-- Mi sargento…

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Cano se acercó, cogió los gemelos y miró.

-- La madre de Dios…

El mar estaba lleno de barcos.

Hizo un gesto a Montoya, que le acercó el teléfono.

-- Lo estoy viendo, mi teniente. La hostia.

La voz del teniente le llegó, levemente temblorosa.

-- Ya. Oye, Cano, que bajan dos de morteros a poner los jalones, que nos los
acaba de traer una camioneta, no les vayáis a pegar un tiro.

-- No se preocupe, mi teniente. ¿Manda alguna cosa más?

-- No. Suerte.

Colgó.

Cano volvió a mirar al mar. En el horizonte había cientos de barcos. Un huevo


de transportes. Destructores, cruceros… Joder, joder…

-- ¡Expósito!

-- ¡Sus órdenes, mi sargento! –La voz del cabo llegó desde abajo.

-- Revista de armas. Ya.

-- ¡Sus órdenes, mi sargento! ¡A ver, revista de armas!

Cano bajó al piso inferior. Los fusileros le presentaron los mosquetones en plan
ordenanzas. Hasta Montoya.

Las armas estaban impecables. Se suponía que los servidores de las


ametralladoras llevaban pistola, pero como no había pistolas, seguían con sus máusers.
Cano se alegraba. Otra cosa habría sido acarrear las máquinas por el monte, pero ahí, en
el búnker el peso no importaba, Y dónde va a parar una pipa con un máuser.

Revisó las ametralladoras. Todo perfecto. Asintió con gesto satisfecho. Sacó el
machete y abrió una caja de granadas.

-- Fijaros bien.

Cogió un saco pequeño que había dejado al lado de la caja de granadas: estaba
lleno de puntas de tapicero. Sacó también un rollo de esparadrapo, cortó un trozo más o
menos largo y lo llenó de puntas. Luego, enrolló el esparadrapo alrededor de la granada.

-- ¿Habéis visto? esta mierda de granadas ofensivas no valen para nada, pero con
los clavos joden mucho más. ¿Visto?

-- Sí, mi sargento.

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-- Pues hala. Tú, Ascanio, y tú, López, a forrarlas todas.

Cogió el naranjero y salió del búnker, a la luz del sol que asomaba. Quería
respirar antes de encerrarse ahí dentro y acabar asfixiado de olor a pólvora y ruido. Por
el camino del acantilado bajaban dos guripas tambaleándose con unos haces de palos a
la espalda, como de dos metros, pintados de rojo y blanco, que les iban dando en el
casco –clon, clon- a cada paso. Salió a su encuentro.

-- ¿Sabéis dónde tenéis que ponerlos?

-- Sus órdenes mi sargento. No, mi sargento.

-- Venid conmigo. – Caminaron hacia la playa- Mirad: ¿Veis esos montones de


piedras? –señaló tres líneas de hitos hechos de piedras, a intervalos regulares, que se
adentraban en el mar- Pues un palo en cada montón. Pero quitaros las botas, que os las
vais a joder más con el agua. Daros prisa.

-- Sus órdenes.

Cano miró, con las manos apoyadas en el subfusil colgado del cuello, cómo iban
plantando los jalones que servirían para graduar el tiro de los morteros sobre la supuesta
zona de desembarco. Miró al horizonte, todos esos barcos. Parecía que estaban de
turismo. Ni disparaban, ni se daban prisa. Ni nada de lanchas de desembarco. Cogió los
prismáticos, se echó el casco para atrás y observó la flota aliada. No había visto tantos
barcos juntos en su puta vida. Pronto estarían al alcance de los treinta y ocho con uno.
Aunque sabía que tenían acorazados con cañones del cuarenta y tantos que podían
borrar Conil del mapa en un pis pas, no vio ninguno de esos. Estarían más lejos, mar
adentro, con los portaaviones. Oyó pisadas a su espalda y se volvió. Venían el capitán y
el teniente Ortiz, el que habría desembarcado por Huelva, que mandaba la sección de
armas.

-- A sus órdenes, mi capitán.

El capitán le hizo seña de que bajara la mano. El teniente Ortiz se acercó a sus
hombres para asegurarse de que los jalones los ponían en su sitio y que los plantaban de
forma que no se los llevara el mar.

-- Ya está liada, Carlitos.

El capitán sólo le llamaba Carlitos cuando la cosa andaba jodida.

-- Eso parece, mi capitán.

El capitán le tendió la mano.

-- No sé qué va a pasar a partir de ahora, pero…

Cano estrechó la mano que le tendían.

-- Ya, ya, mi capitán.

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El capitán se dio la vuelta bruscamente y tomó el camino del acantilado,
ajustándose el casco. Cano no le había visto con el casco en la cabeza desde Rusia. Se
volvió al búnker. Los chavales estarían acojonados y no era cosa de dejarlos solos tanto
tiempo.

-- Expósito.

-- Sus órdenes, mi sargento.

-- Coge los gemelos y mira que los jalones estén en su sitio. Los nuestros, ¿eh?

El cabo Expósito se puso a comprobar que las pequeñas estacas clavadas en la


playa para estimar la distancia de tiro de las ametralladoras estaban todas. Se trataba de
que estuvieran ocupados.

--López y López bis.

-- Sus órdenes, mi sargento.

-- ¿Está encintada toda la munición?

-- Toda la que cabe en las cintas, mi sargento.

-- Repasadla. No quiero interrupciones en medio del follón.

-- Montoya, llama a la compañía y que nos manden unos rojos con agua para
rellenar el bidón, que parece que se les ha olvidado.

-- Sus órdenes, mi sargento. ¿Les pido vino también, mi sargento?

-- Déjate de cachondeos… bueno, sí, qué coño, a ver si cuela.

Y así a todos. Antes de la batalla lo peor es tener tiempo de pensar.

Cano se subió al techo del búnker para ver mejor y enfocó otra vez los
prismáticos hacia la flota. Se estaban moviendo hacia el Estrecho. Había tantos barcos
que pensó que era un efecto óptico. Pero no, es que venían más. Se oyó ruido de
aviones.

-- ¡Dos Heinkel-51, mi sargento!

El cabo Expósito.

-- Ahora no, Expósito, hombre.

En efecto, dos He-51, biplanos que ya estaban anticuados al empezar la guerra


civil. Iban hacia la flota. Cano los enfocó. Pensó que volaban demasiado bajo; pero, al
fin y al cabo, tampoco se les podía pedir mucho. Se fueron acercando a los barcos con
su bordoneo habitual. Cano miró más abajo. De pronto, vio a través de los gemelos una
sucesión de fogonazos en varios de los barcos. Se formaron unas nubecitas en el cielo,
cerca de los aviones, que rompieron la formación. Entonces le llegó, lejano, el
estampido de los cañonazos. Los aviones continuaron revoloteando ante la flota
enemiga y otros barcos se unieron al concierto antiaéreo, llenando el cielo de más

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nubecitas, hasta que ambos aparatos se dieron la vuelta y se volvieron por donde habían
venido.

Cuando dejó los prismáticos, Cano se dio cuenta de que en la rampa del búnker
estaba el Ingeniero, con otro rojo, mirando también los aviones.

-- ¿Qué coño haces tú aquí?

-- A sus órdenes, mi sargento. El agua. –Señaló un bidón grande cortado por


arriba, lleno.

Al sargento le dio la impresión de que el Ingeniero estaba contento. No sonreía,


pero se le notaban las ganas. Bajó a la rampa.

-- Ahí los tienes. – El Ingeniero asintió, tratando de no mostrar ninguna


emoción- Y ahora, ¿qué?

-- No sé, mi sargento.

Venga, se acabó el circo. Meted eso en el búnker y largaros.

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El sargento Cano estaba hasta los cojones, todo hay que decirlo: él era un
sargento de Infantería como Dios manda, pero llevaba todo el día con el casco puesto
mientras imaginaba todas las cosas espantosas posibles que le podían pasar,
percatándose de todos los ángulos muertos que hasta ese momento no había visto, de
todo lo que no se había hecho mientras aún había tiempo (típico español, pensaba). Por
pensar, pensaba hasta en las noticias del ABC o del Arriba del día siguiente. Bueno, si
había noticias que la censura considerase oportuno que se contaran. Desde luego, nadie
iba a hablar de un pelotón de ametralladoras achicharrado en su búnker en un sitio
llamado Conil de la Frontera, provincia de Cádiz, famoso por sus atunes aunque sin
putas. Al pobre sargento Cano no se le quitaban de la cabeza los lanzallamas.

Y todo el día con el casco puesto viendo pasar los barcos. Curioso. Cuando
estaban en el Wolchow, el casco era lo normal, ni notaba el peso: sin casco se habría
sentido desnudo. Ahora le jodía un huevo llevarlo.

Hacía un par de horas, dos Spitfire ingleses habían volado muy cerca de su
playa. Se habían paseado sin que nadie los molestara y se habían vuelto por donde
habían venido, hacia Gibraltar. Luego vinieron dos Heinkel nuestros a echar un ojo muy
prudente.

Y los barcos seguían pasando, sin que pasara nada. Había bajado el teniente.

-- Cano, para mí que éstos van directos a Gibraltar.

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-- Puede ser, mi teniente.

Y así todo el día. Y la noche. Y los chicos en las ametralladoras, mirando. Ya no


se le ocurría qué más cosas mandarles. Organizó las guardias, que había que dormir, no
fuera a ser que les diera por desembarcar al amanecer, como en los manuales.

Y pasó la noche. Se había quedado dormido sin darse cuenta. Le despertó un


toque temeroso en el hombro.

-- Mi sargento…

El cabo Expósito le tendió los gemelos mientras le señalaba la tronera, o sea, el


mar. Miró. No había nada, salvo agua. Ni barcos, ni nada: se habían ido. O eso parecía.
Sonó el teléfono.

-- Mi sargento, el teniente.

-- A sus órdenes, mi teniente.

-- Cano, que os estéis tranquilos, que parece que no va a haber nada.

-- ¿Cómo dice, mi teniente?

-- Que te puedes quitar el casco, hombre. –En la voz del teniente se notaba un
alivio total, como de resucitado- Súbete para la compañía.

-- A sus órdenes, mi teniente.

12.

El capitán De la Cuesta paseaba por la chabola con los pulgares metidos en el


cinturón y dando caladas al pitillo cuando Cano entró. Los oficiales y sargentos estaban
de pie, fumando mientras le esperaban. El capitán le hizo un gesto de reconocimiento y
apoyó los nudillos en la mesa.

-- Bueno. Pues ya está. De momento no hay desembarco, ni nada. Dice el


coronel que ya no estamos en alerta, que no van a venir.

Lo decía como cabreado.

-- Así que, nada: vida normal. Que la gente descanse y que se relaje.

Cuando Cano fue a salir, después de los oficiales, le agarró la manga para
retenerlo.

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-- Carlos, tenéis tres días de permiso tú y tu gente. Y puedes olvidarte del puto
búnker.

El capitán esbozaba un rictus facial que trataba de recordar una sonrisa. Parecido
al que distendió los rasgos del sargento. Cano dudó un momento.

-- Mi capitán... ¿Qué coño ha pasado?

Muchos años después, el general De la Cuesta sabría que aquellos días la


diplomacia británica había estado haciendo horas extras hasta convencer a Franco de
que lo más práctico era llevarse bien, salvo que pensara que podía seguir al mando
después de perder Canarias y de que su hambrienta y arruinada España se quedara sin
petróleo ni cereal. Y que esas cosas de los políticos les habían salvado el pellejo. Pero
aún estaban en noviembre del 42 y era sólo capitán. Los capitanes no saben esas cosas.

-- Ni puta idea.

Cano saludó y salió.

Mientras bajaba hacia la playa por última vez, con las manos apoyadas en el
naranjero colgado del pescuezo, pensando en darse una vuelta por Barbate, vio al
Ingeniero, con los demás presos y sus palas.

Se miraron. Cano negó con la cabeza, sin poder quitarse la mueca sonriente de
los labios.

-- Otra vez será.

Fin

© del texto y de la fotografía Fernando Esteban Cid.

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