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Los problemas de los sistemas educativos se acrecientan, sin embargo, en la década de

los 70 y, sobre todo, en los años 80.


La razón hay que verla en la confluencia de diversos factores.
En primer lugar, el exceso de titulados en todos los grados. El crecimiento constante de la
educación formal proporcionó una abundante mano de obra cualificada que sobrepasó la
demanda de este factor en el mercado de trabajo. La consecuencia mundial fue el
desempleo masivo de titulados, desempleo que se hubiera producido de todos modos
como consecuencia de la recesión mundial de 1973, pero quizá no con tanta gravedad. En
el fondo, lo que esta crisis revelaba era que ni políticos ni administradores tenían un
conocimiento suficiente de los sistemas educativos ni de las delicadas relaciones de éstos
con el sistema económico, o de las respuestas que debían producir ante los importantes
cambios que se manifestaban en su entorno.

En segundo lugar, el desajuste presupuestario. La crisis energética de 1973 y la


correspondiente recesión mundial produjeron un desequilibrio grave entre los costes de la
educación y los presupuestos nacionales. En toda esta larga crisis, la inflación implicaba
aumentar los recursos presupuestarios para mantener los mismos resultados. Sin
embargo, la realidad se impuso: para hacer frente a los diversos problemas económicos y
financieros los gobiernos tuvieron que hacer drásticas reducciones presupuestarias. El
desencanto, que sucedió a la fe ilimitada en la educación, contribuyó a los graves recortes
presupuestarios.

En tercer lugar, la revolución tecnológica. El crecimiento espectacular de las tecnologías


«puntas» (la microelectrónica, la biotecnología, la informática, la industria de nuevos
materiales, etc.) demandó de los sistemas educativos una respuesta adecuada respecto de
la sociedad tecnológica del futuro. Por otra parte, el estancamiento industrial y la
expansión extraordinaria del sector servicios incidieron, asimismo, en los perfiles
profesionales que los sistemas educativos debían proporcionar en un futuro inmediato.

Por último, los cambios demográficos. Los sistemas educativos, transformados en sistemas
de masas, han de hacer frente, ahora, a la caída de la tasa demográfica en los países
europeos.

El estancamiento de los nacimientos en los años 70 y el techo alcanzado por las tasas de
escolarización convirtieron el viejo déficit de puestos escolares en un excedente gravoso
para las economías occidentales. Aunque en general no se produjo una restricción de las
plantillas docentes, no fueron pocos los gobiernos que consideraron necesario reducir las
plantillas de profesorado para lograr el equilibrio financiero del sistema.

En todo caso, algo tan intrínsecamente necesario para la educación como los programas
de perfeccionamiento del profesorado, se vieron negativamente afectados por las
restricciones presupuestarias.

Por otra parte, las necesidades de aprendizaje no sólo no disminuyeron sino que siguieron
aumentando. Por eso, además de los factores ya analizados, debemos tener en cuenta los
siguientes:

a) Las aspiraciones de los padres a una mayor y mejor educación para sus hijos.
Despertada esta necesidad en todo el mundo, sin duda un logro importante de los años
50, la demanda social de educación se configuró como una curva poco elástica y, por
tanto, rígida y exigente. La aspiración a más educación tiene la virtud de crear su propia
dinámica, imparable y en aumento, ajena a los recursos económicos existentes. La idea de
que la educación es un derecho ha calado en la población de tal modo que exige una
respuesta positiva de los gobiernos, aunque sea en detrimento de otras necesidades.

b) La educación se ha diversificado, en especial por lo que respecta a las zonas rurales.

Existe hoy una fuerte tendencia en Europa a prestar atención a la escuela rural, cuyas
necesidades de aprendizaje no son las de las zonas urbanas. Igualmente, el impacto de
las nuevas tecnologías crea necesidades de aprendizaje que los sistemas educativos deben
afrontar.

c) La aparición de nuevas exigencias, como, por ejemplo, la atención a la población infantil


de edad temprana.

Consideraciones de eficacia y de justicia social demandan hoy una atención preferente


para la educación de los primeros años, los que son previos a la enseñanza obligatoria. En
el mismo ámbito, aunque por razones diferentes en cada caso, deberíamos incluir la
educación de adultos, la educación de inmigrantes, la educación de minusválidos físicos o
psíquicos, etc., que reclaman respuestas por parte de los sistemas educativos.

Todo este conjunto de factores explica que en la década de los 80, pero sobre todo en los
90, los gobiernos hayan respondido a estos retos con diversas iniciativas. En el próximo
tema nos ocuparemos de una de las respuestas que, aunque de gran tradición en el
sistema educativo, se convierte ahora en una constante: la política de reformas escolares.

Características singulares de la crisis en América Latina: «la década perdida»

La década de los años 80 significó para la gran mayoría de los países latinoamericanos
una experiencia singularmente catastrófica; en realidad, constituyó el período más
traumático de la historia contemporánea de estos países, poniendo de manifiesto el
agotamiento del modelo de organización social, económica y política, vigente desde la
década de los años 50.

Algunos, incluso, llegaron a calificarla como la mayor crisis de la historia latinoamericana.


Como expresa Bresser, fue ante todo una crisis del Estado, y no una crisis del mercado,
una crisis del modo de intervención y una crisis de la forma burocrática de administrar el
Estado.

El estancamiento general de la economía en un continente de rápido crecimiento


demográfico acarreó una importante contracción del producto por habitante, una
disminución drástica del empleo productivo, el deterioro de las condiciones materiales de
vida para las grandes mayorías de la población y la erosión de las bases mismas del
desarrollo. Como consecuencia, la mayor parte de esos países contrajo una enorme crisis
de endeudamiento a principios de la década.
La evaluación que de las tres décadas anteriores a 1980 han hecho numerosos
economistas revela las distorsiones y transformaciones que implicó la economía del
desarrollo. Estas evaluaciones, que en muchos casos fueron formuladas por los mismos
impulsores fervientes del modelo, parten del reconocimiento de los errores iníciales de la
estrategia.

Los propios organismos de carácter regional o internacional, que habían hecho suya la
estrategia del desarrollo, abundan en informes que diagnostican el fracaso de las políticas
y ponen en entredicho las pautas con las cuales se venía operando en la región. Por
ejemplo, en un informe de la Oficina Regional de la UNESCO para América Latina y el
Caribe (OREALC), de 1995, se reconoce que, a pesar de la transformación económica que
se registra en la región a partir de la segunda mitad del siglo, durante los años 80 la
pobreza aumentó de un 35 al 43 por ciento de la población latinoamericana. Y no sólo
eso: con el inicio de los años 90 se hace más notorio que el incremento de esta lacra
social alcanza a personas que no habían sido pobres, los ‘nuevos pobres’. En este sentido,
los expertos de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL) van a
calificar la situación como de «gran desventaja», frente a la cual buscan definir sus causas
y diagnosticar sus consecuencias. Los interrogantes que plantean son del siguiente tenor:
¿Cuáles son las razones de tamaña crisis? ¿Por qué la renta por habitante de América
Latina cayó un 8,3% entre 1980 y 1989? ¿Por qué la inflación, que en 1980 era de un 55
% para la media de los países latinoamericanos, se elevó hasta un 157% en 1989? ¿Por
qué la tasa de inversión con relación al Producto Interno Bruto cayó de un 24% a un 16%
en el período? ¿Dónde se pueden encontrar las respuestas a estas preguntas?
¿Simplemente en el populismo de los políticos y en el exceso de intervención del Estado,
como se oye comúnmente? O adicional y alternativamente, ¿es preciso reconocer una
crisis fiscal de los Estados latinoamericanos? Por otro lado, ¿basta estabilizar la economía
para que la senda de crecimiento se retome de forma automática? O, de forma más
precisa, ¿es suficiente estabilizar y liberalizar? ¿O será necesario, además de eso,
recuperar la necesidad de ahorro del Estado?

Así las cosas, la crisis de América Latina no puede ser explicada simplemente por el
populismo económico, porque éste existió desde mucho antes de la década del 50. No se
explica, tampoco, por la falta de estabilización, pues, por un lado, ésta es consecuencia de
la crisis, y, por otro, el solo hecho de alcanzar la estabilización no garantiza, según los
economistas, el repunte en el crecimiento. No se explica, finalmente, por la intervención
del Estado, porque éste fue precisamente, durante muchos años, la garantía de que las
políticas del desarrollo se pusieran en marcha como estaban diseñadas. De modo que no
fue por una desviación de las políticas originales, ni por un excesivo crecimiento del
Estado o por el populismo económico; se trató más de un problema estructural que
coyuntural.

Por ello, no puede decirse que fuera una crisis de los años 80, sino que fue una crisis que
afloró en los años 80. La década perdida, entonces, no designa tanto el origen de la crisis
como una de sus manifestaciones y consecuencias más previsibles.

Desde nuestra perspectiva, no se trató de la crisis de un modelo de desarrollo particular,


sino del agotamiento del desarrollo como modelo económico y social. Lo que se puso en
entredicho no fue la desviación de algunos aspectos de la política o de algunas porciones
de la estrategia sino la adopción misma de la estrategia del desarrollo como forma de
organización económica y social prescrita desde el mundo industrializado para esa otra
porción llamada Tercer Mundo. De ahí que no podamos calificar la situación como la crisis
del desarrollismo, sino como el agotamiento del modelo de desarrollo.

Las llamadas décadas del desarrollo produjeron justamente lo contrario de la abundancia


que habían prometido los políticos y teóricos de la década de los años 50: miseria y
subdesarrollo masivo, explotación y opresión sin nombre. En otras palabras, se revirtieron
de manera negativa los ejes sobre los que se construyó la estrategia: crecimiento,
racionalización y planificación, niveles de instrucción y avance tecnológico, ejes que habían
sido concebidos como los pilares para sacar a estos países ‘subdesarrollados’ de la
pobreza, la irracionalidad, la improvisación, la ignorancia y el atraso.

Se desencadena así un fenómeno de desajuste que, en principio, está referido a la


incapacidad para pagar las obligaciones del llamado ‘servicio de la deuda’. La crisis de la
deuda intenta contrarrestarse con programas de ajuste y estabilización económica, cuyas
medidas fundamentales se centraron en programas drásticos de austeridad. La estrategia
del desarrollo será la causa principal de la crisis de la deuda y responsable de la década
perdida, entre otras cosas porque la gran desigualdad en la distribución del ingreso —que,
por cierto, es una de las más acentuadas del mundo— no permitió la creación de
mercados internos que generaran suficiente demanda, que era, a su vez, uno de los
requisitos de la propia estrategia del desarrollo.

El replanteamiento drástico de la economía del desarrollo está ligada, sin duda, al ascenso
del neoliberalismo en el mundo entero. A partir de este desajuste comienza un proceso de
redefinición del modelo de desarrollo. En este proceso no puede pasarse por alto la
creciente intervención del Fondo Monetario Internacional (FMI) en la formulación de
políticas económicas y su aplicación en prácticamente todos los países de la región. El
«dogma de la austeridad», sostenido por el FMI, descansa, según Guillen, en que los
países deben vivir según sus medios, y sostiene la idea de que la inflación es la raíz de
todos los males. De aquí se desprenden las políticas que el Fondo va a imponer a los
países: reducción del gasto público (que afecta principalmente a la educación y a la salud)
y fuerte oposición a todo intento de protesta de los trabajadores contra el rigor de las
políticas de austeridad. La magnitud que alcanzó la deuda le sirvió cada vez más al FMI
para imponer los programas de ajuste que América Latina ha experimentado desde inicios
de los Años 80 y que permitieron el control sobre las políticas económica, financiera y
monetaria.
Aquí podemos encontrar la explicación de buena parte de las reformas que hoy se están
llevando a cabo en América Latina, cuyas denominaciones y objetivos tienen en común la
reducción de los presupuestos del sector público del Estado. Dicho proceso derivó en la
llamada «reestructuración y modernización del Estado», de la cual la reforma educativa es
un componente fundamental.

Más allá de su retórica, el proceso reformista se tradujo en una sensible reducción de los
recursos del Estado en el corto plazo, lo que convirtió en un atractivo negocio, para el
sector privado, la financiación y dirección de la educación, y significó, al mismo tiempo,
para las administraciones locales, una mayor carga financiera al tener que
responsabilizarse de las condiciones de la escuela y del pago de los maestros.