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Foucaullt Michel - La Vida de Los Hombres Infames

Foucaullt Michel - La Vida de Los Hombres Infames

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La fobia al Estado atraviesa numerosos planteamientos contemporáneos y se ha nutrido desde
hace mucho tiempo de numerosas fuentes, que van desde la experiencia soviética de los años
veinte y la experiencia alemana del nazismo hasta la planificación inglesa orquestada tras la
Segunda Guerra Mundial. Los agentes portadores de esta fobia al Estado han sido muy
numerosos puesto que entre ellos podemos encontrar desde profesores de economía política,
inspirados en el neomarginalismo austriaco, hasta los exiliados políticos que, a partir de 1920-
25, han desempeñado sin duda un papel considerable en la formación de la conciencia política
del mundo contemporáneo, pese a que sus contribuciones no hayan sido posiblemente
estudiadas posteriormente con la suficiente atención. Aún está por hacer toda una historia
política del exilio o si se prefiere una historia del exilio político con sus efectos ideológicos,
teóricos y prácticos. El exilio político de finales del siglo XIX ha sido innegablemente uno de los
grandes agentes de difusión del socialismo. Me parece que el exilio, la disidencia política, del
siglo XX ha sido, por su parte, un agente de considerable difusión de lo que podría denominarse
el antiestatalismo o la fobia al Estado.
El año pasado les hablaba de cómo toda esa inmensa, difícil y confusa crítica del despotismo,
de la tiranía, de lo arbitrario, ponía de manifiesto una crisis de gubernamentalidad en la segunda
mitad del siglo XVIII. Pues bien, existe en la actualidad una fobia en relación con el Estado tan
ambigua posiblemente como entonces. Me gustaría retomar este problema del Estado -o de la
cuestión del Estado- o de la fobia al Estado a partir del análisis de esa gubernamentalidad de la
que he hablado en otro momento. Estoy seguro de que alguien podría plantearme la siguiente
objeción: "bueno, una vez más usted se escabulle a la hora de elaborar una teoría del Estado".
Pues bien, a esto yo respondería: sí, hago, quiero y debo hacer la economía de una teoría del
Estado del mismo modo que se puede y se debe hacer la economía de una comida indigesta.
¿Qué significa "hacer la economía de una teoría del Estado"? Si se me dice que en realidad
yo desdibujo en los análisis que hago la presencia y el efecto de los mecanismos del Estado,
entonces podría responder que eso no es cierto, que se trata de un error y de una equivocación,
pues a decir verdad yo no he hecho otra cosa que luchar contra esa imprecisión. Cuando me he
ocupado de la locura, cuando he investigado la constitución de esa categoría, de ese cuasi-objeto
natural que es la enfermedad mental, cuando he estudiado la organización de una medicina
clínica así como la integración de mecanismos, técnicas y tecnologías disciplinarías en el
interior del sistema penal, en todos esos análisis he planteado siempre el problema de la
estatización progresiva, fragmentada, sin duda, pero a la vez continua. Me he ocupado de la
estatización de un determinado número de prácticas, de formas de actuar y, si ustedes quieren,
de la gubernamentalidad. Así, pues, el problema de la estatización está en el corazón mismo de
las cuestiones que he intentado abordar.
Ahora bien, si cuando se dice "hacer la economía de una teoría del Estado" se quiere decir
que no se comienza a analizar en sí misma y por sí misma la naturaleza, la estructura y las
funciones del Estado, si "hacer la economía de una teoría del Estado" quiere decir no pretender
deducir a partir de lo que es el Estado, entendido como una especie de universal político, y, por
inferencias sucesivas, lo que ha podido ser el estatuto de los locos, de los enfermos, de los
niños, de los delincuentes, etc., en una sociedad como la nuestra, entonces respondo: sí, por

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Michel Foucault La vida de los hombres infames

supuesto, he decidido muy conscientemente abstenerme de hacer esta forma de análisis. La
cuestión no estriba en deducir todo ese conjunto de prácticas de una entidad que sería algo así
como la esencia del Estado en sí misma y por sí misma. Es preciso abstenerse de llevar a cabo
este tipo de análisis, en primer lugar, porque la historia no es una ciencia deductible y, en
segundo lugar, por otra razón todavía más importante y de mayor peso: el Estado no tiene
esencia.

El Estado no es un universal; el Estado no es en sí mismo una fuente autónoma de poder; el
Estado no es otra cosa que los hechos: el perfil, el desglosamiento móvil de una perpetua
estatización o de perpetuas estatizaciones, de transacciones incesantes que modifican,
desplazan, conmocionan o hacen decantarse insidiosamente, poco importa, las finanzas, las
modalidades de inversión, los centros de decisión, las formas y los tipos de control, las
relaciones entre los poderes locales y la autoridad central.
Como muy bien sabemos el Estado no tiene entrañas, y no simplemente en el sentido de que
no tenga sentimientos, ni buenos ni malos, sino que no tiene entrañas en el sentido de que no
tiene interior. El Estado no es otra cosa más que el efecto móvil de un régimen de
gubernamentalidad múltiple. De ahí que esta angustia ante el Estado, esta fobia al Estado, que
me parece uno de los rasgos más característicos de los planteamientos habituales en nuestra
época, deba ser a mi juicio analizada, o mejor, retomada para intentar no tanto arrancar al
Estado el secreto de lo que es -del mismo modo que Marx extrajo de la mercancía su secreto-,
ya que no se trata de arrancar al Estado su secreto, cuanto de pasar al exterior y plantear el
problema del Estado, de investigar el problema del Estado a partir de las prácticas de
gubernamentalidad.

Dicho esto me gustaría, siguiendo esta perspectiva y desarrollando el hilo del análisis de la
gubernamentalidad liberal, ver cómo esta gubernamentalidad se presenta, cómo se pone en
práctica y a la vez se analiza a sí misma, en suma, cómo se programa en la actualidad. Ya he
indicado en otra ocasión algunas de las que podrían ser las características más relevantes de la
gubernamentalidad liberal, tal y cómo ésta se constituyó a mediados del siglo XVIII. Voy ahora a
dar un salto de dos siglos, pues no tengo la pretensión, por supuesto, de mostrarles la historia
global, general y continua del liberalismo desde el siglo XVIII hasta el siglo XX. Simplemente
quisiera detectar, a partir de las formas que adopta el programa actualmente en marcha de la
gubernamentalidad liberal, e intentar aclarar algunos problemas que han estado presentes desde
el siglo XVIII hasta la actualidad de forma recurrente. Planteo este proyecto con cierta reserva ya
que, como ustedes saben, soy un poco como los cangrejos y me desplazo lateralmente. Pienso,
pues, espero, es probable que estudie sucesivamente el problema de la ley y el orden, el
problema del Estado en su oposición a la sociedad civil, o mejor, el modo cómo se
instrumentaliza esta oposición. Y, en fin, si la suerte me sonríe, plantearé el problema de la
biopolítica y el problema de la vida. Ley y orden, Estado y sociedad civil y, por último, política
y vida, tal es el programa a seguir.

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