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de Sergio Gómez

“Yo, simio” de Sergio Gómez, Anaya, Madrid, 2006.

“Por las noches, a la hora en que el parque cerraba, observaba las luces de la ciudad y me preguntaba por qué había estado allí, por qué era prisionero, qué delito tan grave había cometido. Me esforzaba por comprender, pero era inútil, no llegaba ninguna respuesta. Creía, erradamente, que no era diferente de los guardias que me vigilaban o de los visitantes que acudían diariamente al parque. Podía reconocer algunas diferencias físicas de mi parte:

mis largas manos, mi cuerpo cubierto de pelos, y algunos otros detalles, pero sentía que eran sólo detalles sin verdadera importancia. Me sentía, aunque esto pueda ser considerado una broma, uno más, uno como cualquiera o como todos. Por supuesto, estaba equivocado, pero eso lo descubrí después.”

El original relato nos anima a ver la realidad con los ojos de un ser diferente. ¿Se trata únicamente de un momento excepcional? ¿Algún condenado? ¿Somos capaces de aceptar el desafío propuesto?

Tal inicio podría orientarnos a tratar la situación de los animales encerrados en los zoológicos: ¿Aceptable o rechazable? ¿Cómo nos sentiríamos si tuviéramos que sufrirla nosotros?

Pero, el protagonista logra salir del recinto y, gracias a su visión ingenua (tan próxima a una mirada infantil), nos ayuda a observar con mayor claridad algunos aspectos sorprendentes de la vida humana, que pueden pasar inadvertidos a unos ojos demasiado habituados a lo cotidiano.

“Una noche vagaba por una calle muy cerca del teatro municipal de la ciudad. Recién había logrado una buena comida en un tarro de basura, la cual me pareció deliciosa y abundante. Volvería a mi árbol a dormir tranquilo esa noche. Debo recordar que en aquel tiempo mis aspiraciones eran limitadas; si mi rutina hubiera seguido con ese ritmo lento, para mí hubiera sido una vida plena. Me sentía un simio libre y eso llenaba de significados

mi existencia. Tampoco sabía de la infinidad de posibilidades que existen y a las cuales es esperable aspirar. En esos momentos me conformaba con mi árbol en la plaza, los amigos mendigos y los restos de comida en los basureros. Mientras regresaba a la plaza por una

jóvenes. En otras circunstancias

hubiera tratado de evitarlos, pero ahora era diferente. Los jóvenes, evidentemente bebidos,

golpeaban a dos hombres en el suelo.”

calle conocida, me encontré con un grupo de hombres

¿Con qué personas se encuentra el simio y cómo lo tratan?

¿Qué va descubriendo? ¿Qué lo acerca y qué lo aleja de los humanos?

“Aquella noche, como era tarde, de madrugada, me extrañó ver luz en la sala que ocupaba exclusivamente la señora dama; por un momento pensé que ella había regresado de sus largas vacaciones o que nos asaltaban ladrones. Me acerque a la ventana. A través de ella vi a Magallanes, el mayordomo, sentado en el sillón de la señora dama, bebía de una botella y su mirada era lejana y extraviada. Nunca lo había visto de esa forma, pero antes de reprobarle su actitud, sentía tristeza por él. De alguna forma él también era un simio arrancado de su medio, con una vida de silencio, muy parecida a la mía.”

¿Por qué el simio cree que Magallanes participa de su condición?

¿Qué historia ha compartido con la señora?

¿Qué puede haber en común entre el simio y nosotros?

“Luego se levantó contrariada, con los ojos llorosos, y dejó la habitación. Pero sus palabras quedaron retumbando en mi cerebro como nunca antes. Era lo que había deseado escuchar durante tantos años. Era lo que esperaba, convertirme nada más que en un “buen hombre”, aunque fuera un simio capturado para ser exhibido en un zoológico.”

Augusto Fernández