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LEONARDO FAVIO INTRODUCCIÓN POR MARÍA LEE POEMAS POR LEONARDO FAVIO Probablemente inconsciente de la importancia

LEONARDO FAVIO

INTRODUCCIÓN POR MARÍA LEE POEMAS POR LEONARDO FAVIO

Probablemente inconsciente de la importancia que tiene para los argentinos, Leonardo Favio es un director extraordinariamente moderno, brillante y poético, que bien supo mantener a lo largo de su obra la frescura de la juventud. El existencialismo, el sur- realismo y una marcada sabiduría popular denotan su identidad como director. Amante de la marginalidad, logró transformar las simplezas en grandezas. Nunca cayó en la banalidad ni en la vul- garidad, sino que supo desarrollar una mentalidad abierta y de- sprejuiciada que adecuadamente se transmite en sus films. Hizo lo que le nació de adentro, y esa sensibilidad la mantuvo a lo largo de toda su trayectoria. Por eso es que lo vemos fresco. Extraor- dinario. Nos habló de amor, fue testigo de la historia, la pasión y la lucha. Sus películas presentan un sentimiento religioso único. Estas marcas lo hicieron autor y conforman el cine que él logró reflejar, mostrando un espejismo de la realidad y una complicidad con el pueblo que bien entiende su cine porque se siente estrecha- mente conectado con él.

que nos precedió, el más remoto, se ahonda en el misterio de los tiempos. Lo hizo Dios como herramienta para contar su obra, la creación, la vida. Yo diría que la primera proyección la provocó la estela errante de una estrella y el primer narrador fue ese lejano padre que al verla transcurrir le transmitió el asombro de esa maravilla a su cir- cunstancial compañero con un gesto, por que aún no se había afinado la palabra. Pasado el tiempo hilvanó el sonido y le dijo estrella a la estrella

y narró su caída, y el fuego, fuego y describió para asustarnos el

infierno y suavizó el sonido y le narró la vida y le brotó algún canto y les contó de las flores, del amor y sus frutos. Día a día fue me- jorando la técnica de a fascinación y el asombro y dijo: “Yo quiero que no se acabe el hombre” y lo raspó en la piedra y pasaron los tiempos y trazó su aventura en las cuevas de Altamira, pero no le bastó, y con los siglos dibujó la palabra y la incrustó en la arcilla. Es así como hoy permanecen nuestros remotos sueños y los dioses que fueron. Los imperios nacidos “para siempre” y que hoy son arena… Ese nuestro oficio… testimoniar el llanto, testimoniar la historia, cantarle a la pasión, a la poesía: ser memoria.

RECUERDOS DEL AMOR

Ir descubriendo los sentidos. El tacto. Los sonidos. El aroma de

los primeros cigarrillos. La risa. Las estrellas. Una fuga lograda. El

cine-bar “La Bolsa”. Las mariposas de luz de la calle en las noches con ruidos de acequía, en Mendoza. Los cocullos. Las ranas. Los sapos. Los trajes de compra y venta. Los puchos largos. El tren lle- gando a Buenos Aires. El tren, de regreso a Mendoza. El tren volvi- endo a Buenos Aires. La siesta, las lagartijas, orinan a la orilla del

río una noche estrellada, mi fe, el bolsillo inagotable de mi abuelito, su risa y su ternura. Mi amor. Los mates que tomé con Santiaguito. La Francisca que nunca alcancé. Me veo deambulando por las calles de Mendoza en mi adolescencia, con el olor de la sirvienta de mi tía Naír en mis narices nuevas. He llorado de amor tendido bajo el parral, sin que mi abuelo lo advirtiera. Me acuerdo ron- dando las calles del Buenos Aires del sesenta: muchas veces lloré de amor también por esas calles porteñas de mi juventud. Una vez morí de amor y resucité. Para que se anclara en mi, hasta hice hijos tratando de aprisionar un amor que sospechaba demasiado para mi. En fin, no recuerdo haber amado sin dolor. Acaricio el recuerdo de mí, adolescente, en los zanjones de Mendoza, predispuesto al amor en cualquier rincón, en cualquier esquina, o caminando bajo la lluvia por Buenos Aires, donde deambulaban los fantasmas que esperaron mi amor con ansiedad. Sus nombres se borraron, pero no esos momentos, a los que recurro para aplacar el tedio en mis insomnios cálidos. Amo el recuerdo de mi olor a adolescente, mi olor en el Tigre, ahogado y ahogando de sudor, entrelazando mi cuerpo nuevo a otros cuerpos nuevo. Tengo clavado el sabor de la fatiga del amor animal, maravillosamente nuevo. Amé en un tren, en vagones de tercera. Tras algún escenario, a hurtidillas. Amé de amanecida, en el último asiento de un colectivo. En la soledad de un subterráneo. En los sets. Apresuradamente, en una estación afiebrada de gente. En pensiones. En los ríos. Entre las hileras del viñedo. El amor nunca me agotó. Nunca lo esperé en guardia

o agazapado. Cuando amo, rompo el timón y quedo a la deriva.

Me gusta ser un náufrago en el amor. Amé a cielo abierto, como un animalito, como un demente. Amé todo lo que pude. Muchas veces también me entregué al amor por piedad, por dar placer. No sé por qué, nunca me gustó que alguien llorara por mí. No me

AUTOBIOGRAFÍA EN POEMAS

gustó ni me gusta. No creo en el amor de los viejos. El amor es luz

NUESTRO OFICIO

y

solo lo nuevo tiene luz. Por lo menos el amor del cual yo hablo,

Quien nace cineasta viene con una urgencia: utilizar o fabricar

al

que a mí me gusta, el de riesgo, el del suicidio, el del grito, el de

imágenes para testimoniar la Historia, transmitir el asombro, los

la

locura. Lo otro es paz, sosiego, nada, hábito, miedo compartido,

sueños, la Poesía. Esto no es nuevo, siempre fue así… el narrador

tos escupidera, cosas de viejo. La vejez es para recato.

En mi juventud, en mi adolescencia, me gustaba sentir la pasión, el

fuego de los otros cuerpos, sus jadeos. Aunque yo no los amara, me gustaba ser amado, deseado. Eso me ocurrió muchas veces, y yo era feliz. Me sentía saboreado, quitando sed, como un racimo nue- vo, dulce fresco, y eso me hacía bien. Sé que cuando la bañadera comience a ser un riesgo, el amor, para mí, solo será recuerdos.

EL JURYCHICO Estaba internado en el “Hogar El Alba”, en Buenos Aires. Tenía siete años. Mi número era el 206 y me decía “El Zorrino” porque me orinaba en la cama.

Todas las mañanas, con otros seis o siete pibitos que tenían el mismo problema debíamos cargar nuestros colchones y llevarlos hasta los ventanales del patio mayor para que les diera el sol. El ritual era invariable: nosotros desfilábamos y desde todos los pisos y rincones del “Hogar El Alba” arrancaban los aplausos, las risas y los gritos de los demás internos. No se por qué la vergüenza me dibujaba una sonrisa y así llegaba al ventanal y dejaba el colchón. Corriendo nos mandaban a las duchas. Las primeras veces lloré disimuladamente bajo la lluvia. Desde entonces cada vez que es- toy triste me gusta ponerme bajo la ducha. Luego me fui habitu- ando y los gritos “¡Zorrino! ¡Zorrino!” se fueron incorporando a mi como parte de mi rutina matinal, como la claridad, el sílbato del celador, la fila para el desayuno. Así como antes, en Mendoza, fueron los gallos, la tibieza del sol y el trinar de los pájaros. Una mañana me llamaron para la visita y entre la envidia del pabellón me creció el asombro pues no era domingo, y las visitas eran los domingos. Cuando llegué a la sala de recibo, el Negrito,

mi hermano mayor, ya estaba con mi madre, y lloraban.

“¡Mi vida… se murió papá!” En aquel entonces, en mis siete años la muerte para mi era algo tan desconocido, tan fuera de mi comprensión, que no tuve ninguna reacción. Recuerdo que al oír a mamá solo pensé como en un flash: “Mamá esta triste”. Nada más. No hubo espacio para

“Mamá esta triste”. Nada más. No hubo espacio para nada más. No sabía como era morirse.
“Mamá esta triste”. Nada más. No hubo espacio para nada más. No sabía como era morirse.

nada más. No sabía como era morirse. Qué era morirse. Una vez

vi pasar un coche fúnebre y Marina me dijo que allí llevaban a un

muerto y me explicó que un muerto era u señor todo quieto que se moría. Y desde entonces cuando en medio de algún rezo me

irrumpía la idea de la muerte, me decía: “Si algún día la veo, voy

a salir corriendo a alguna plaza y me voy a poner a jugar en un

columpio para que no me agarre, y se acabó. No me voy a morir porque no me voy a estar quieto”. “¡Mi vida… se murió papá!” Además, Papá nunca fue mío, o mejor dicho, sí: era Papá, mi Padre. Pero era como ser propietario de un lotecito en la Luna. Realmente míos, de Papá tengo tres besos. Si hubo más, no los recuerdo. Mamá me acariciaba, me senté junto al Negrito y me tomé de su mano; rara vez lo veía. El estaba con los mayores en el otro piso, nunca estábamos juntos. Y creo que en los tres años que estuve en el “Hogar El Alba” (él estuvo cuatro) habré charlado con él en

dos o tres oportunidades. Siempre lo veía alláa lo lejos, en el otro patio, cuando coincidían los recreos, y entonces nos mirábamos

y nos hacíamos así con la mano. El solo mirarlo me inundaba de

dicha. Por eso los domingos, cuando la llegada de mi madre nos reunía en la sala de recibo, yo me tomaba de su mano y no me separaba hasta que el silbato nos anunciaba el final de la visita. “¡Mi vida: se murió papá!” Papá es en mí una figura que he construido a través de versiones

y de la foto que conservo de cuando se casó: un muchacho real-

mente hermoso. Era sirio, llegó de esas lejanas tierras a reunirse con su hermano mayor cuando él tenía diecisiete o dieciocho años,

y se fue derechito a Mendoza, a mi querida Mendoza, donde yo

de niño rondaba sus calles, sus borrachos. Allí Marina, la hija del policía de enfrente, me explicará la muerte y me enseñará a jugar el amor en un baldío. (Ya ves, Marina, nunca te olvidé). Teníamos cinco años, hacía dos que Mamá y Papá se había separado. Vivía- mos en el Callejón Ortiz y a veces , en las tardes, cuando Mamá

hacía dos que Mamá y Papá se había separado. Vivía- mos en el Callejón Ortiz y
hacía dos que Mamá y Papá se había separado. Vivía- mos en el Callejón Ortiz y
iba al trabajo, mi tío Bibiano (su hermano menor) lo venía a buscar al Negrito

iba al trabajo, mi tío Bibiano (su hermano menor) lo venía a buscar al Negrito porque Papá lo quería ver. Yo me quedaba en la puer - ta viéndolos alejarse y siempre, cuando allá a los lejos se reunía con Papá, yo pensaba que el corazón se me iba a quebrar. Papá me hacía así con la mano y al llegar el micro, desaparecía. Yo me ponía a llorar. Siempre era igual. Siempre lo mismo. Siempre ocur-

ría igual.

Un día, el Negrito había salido con mi Madre. Entonces el tío Bibiano decidió llevarme a mí. Mi padre no estaba en la esquina ese día. Mi tío me compró un helado y tomamos el micro, el mismo que solía tragarse a Papá. Fuimos a una casa en la calle Rioja: allí Papá vivía con cuatro

mujeres “que trabajaban para él” y dos cafishios más. El Gitano y el Ruso. Con los años me enteré del porqué de la complicidad de

mi tío. En realidad admiraba a mi Padre, le fascinaba su mundo.

Cuando llegamos, Papá jugaba a las cartas, me miró, lo miró a

mi tío, y este le dijo: “Es que el Negrito no estaba”. Me encendí

y como siempre que me da vergüenza, sonreí porque lo entendí todo, todo. “Bueno, salude, salude a los amigos”. Permanecí en silencio, fija la mirada en el piso, me sentía culpable. Una montaña se me instaló en la nuca y me impidió levantar la mirada. “Que bonito, Che. Parece una nena”. Mi garganta era un nudo ciego que apenas si me permitía respirar Pero mi vergüenza pudo más: “No soy una nena”. Todo se rieron, yo también. Lo recuerdo muy bien por que Papá me acarició y me dio uno de sus besos. Apenas, apenitas con el rabillo del ojo lo miro, siempre fui tími-

do, inseguro. Me sientan en una sillita de totora junto a la puerta que da a un patio en el que “las mujeres de Papá” ríen y charlan

de cosas que no comprendo. Entre mis manos juega un vaso de

narnajín que no beberé. Lo miro y lo miro. El no lo advierte, ensi- mismado en el juego. Las horas pasan y yo comienzo a sentir un frío que me es familiar. El frío de la tristeza. Es como un cosquilleo en el estómago que me recorre la columna, las piernas, y por fin se instala cómodo en el pecho, en la garganta. El sol comienza a bajar y sé que es l señal. Odio los atardeceres de los domingos. Los atardeceres no de- bería existir en los internados. Sé que es la señal; allá va muriendo el sol y mi tío dirá “Bueno, vamos”. Sin advertir que por dentro me quiebro entero a fuego. “Bueno, vamos” Yo no me quería ir, Papá. ¿Cómo dejarte solo? Así, solo. Cómo dolía acá. En la noche, mis ojos están abiertos en el asombro de mi dolor secreto y Mamá me preguntará “¿Qué le pasa a mi amor? ¿Porqué no duerme?”. Y abuelita Pilar dirá: “Es el sol, ese niño se la pasa en la calle con Marina en vez de dormir la siesta”. “Bueno, bueno, mi amor, a dormir, a dormir”. Y me hundiré en la tibieza de mi Madre, mientras en el patio a la luz de la luna seguro habrá estado mi abuelito tomando mate y habrá dicho “¡Qué pedazo de estrellas, Che!”, y habrá existido el clásico re- proche de mi abuela: “¡Sshh, que la gente duerme, hombre, que la gente duerme!”. Fue la última vez que vi a Papá. Mi padre murió joven. Tenía treinta y tres años, había salido de cumplir una condena por hurto

y sufría de úlcera de estómago. Lo operaron y murió por que en

el sopor de la anestesia se bebió el agua de un florero, que en un descuido, dejó en su mesita de luz una enfermera en el Hospital Central. Lo velaron en la casona de la calle Rioja. Todos los cafishios de Mendoza, las prostitutas, algunos lad- rones y varios policías de investigaciones lo acompañaron al ce- menterio. De mi familia nadie. Mi madre estaba en Buenos Aires. De su familia tampoco. Tan solo mi abuelito asistió al velatorio y al entierro hasta que se mandó “un discursito” para despedirlo.

¡Ah!, mi abuelito, viejito lindo y querido de mi vida, siempre con tu ternura, mi mejor recuerdo. “Papá murió, mi vida”. Mamá y el Negrito lloraban. Me angustié y me puse a llorar, pero no por Papá sino por ellos. Al terminar la visita, cuando regresé al patio central con los demás internos, se me olvidó la angustia y empecé a sentir que era importante. Encontré un pedacito de trapo negro no sé dónde,

y me lo puse en el brazo, y con cara de circunstancia comencé

a caminar en medio de la admiración de los demás pibes. “Se le

murió el Papá al Jurychico”. “Se le murió el Papá al Jurychico”. Por un rato, lo que duró el recreo, dejé de ser un número. Era “el

Jurychico”. Se le había muerto el Papá al “Jurychico”. Era el centro de todas las miradas y una sensación de estar acompañado, de ser querido me invadió. Y me puse. Y me puse a llorar en un rincón del patio, en medio del silencio respetuoso de los demás internos

y lloré, lloré lindo, como corresponde, sin pudor; desbordado de fe-

licidad. Me había reencontrado con el “Chiquito Jury” el que perdí en Mendoza cuando me arrancaron de Luján para encerrarme acá

y por dos horas dejé de ser el 206 para ser el “Jurychico” el que “selemurióelpapáalJurychico”.

FUENTE:

VICE MAGAZINE - UN NÚMERO DE CINE VOLUMEN 1 NÚMERO 2

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