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El Barroco Severo Sarduy 1

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Libro de Severo Sarduy, imprescindible para entender el fenómeno del neobarroco.
Libro de Severo Sarduy, imprescindible para entender el fenómeno del neobarroco.

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su contradicción es a la vez mantenida, acentuada y bo-

EscRrsrR, MAeUTLLAR, TATUAR

No es asombroso que el cuerpo, el sacrificado de nuestra cultura,
regrese, con la violencia de lo reprimido, a la escena de su excl¡sión;
son notables los subterfugios qrre hoy le dan acceso a la representa-
ción y que a través de libros, exposiciones y espect¡icrtl<¡s podetnos
repertoriar con cierta compl4cencia de etnólogos perversos: tattraje,
maquillaje, mimikry, body art.
Adernás de una antología en lo que se ptlede retrospectiva, en
el Centro Georges Pompiclou, el tattraje cuenta en París con dos
artífices atareados. Aunque ambos legales y electrificados, se opo'
nen como calígrafos orientales de cerca antagólticos por sus reper-
torios y tintas. Etienne, cerca de la Bastilla, insiste en el aspecto
automático e indoloro cle su trabajo, qtte ameniza con quince colo-
res aplicados segrin un métoclo "moderllo y medicinal".
Su rapidez está cifrada: errtre tres y cinco rnil pitrchazos por
minuto, lo cual permite ornar con los nrotivos más alambicados y
minuciosos, en dos horas, hasta qui¡ce centímetros cuaclrados de
piet. El interior de la tienda está revertido con la panoplia, tnellos
vasta tle lo que se cree, como sucede con el alfabeto {e toda ficción,
con que el orfebre {érmico marca a sus clientes hasta la muerte o
hasta el injerto: único rnodo conocido cle "borrar" stts trazos sobre
la dócil piel de los adeptos: águilas, como era de esperarse' pues
los tatuados afeccionan la eviclencia de los sílnbolos y el repertorio
excluye toda abstracción o ambigiiedad, leopardos, tréboles, cora-
zones, dedicatorias, nombres, pero también motivos menos esgue-
máticos e inertes: de la boca de un monstruo de ojos globulosos
sale, apuntando sin duda a la amante insomrre del tatuado cuando
éste mueve el brazo, una daga. El barroco funerario Prodiga coro-

ó Kallima procede de Roger Caillois, Le Mythe et I'Homme, Mimétisme
et Psychasténie Légentlaire, Gallimard; la diferencia psicoanatitica cntrc tra-
vcsti y transexual está en M. Safouan, Eludes sur l'Oedipe, Parfs, Scuil;
la idea de hipcr-muier cs dc Gallia, un travcsti francés.

LA SIMULACTÓN

nas, cristos sangrantes, pero también helénicos epitafios rimados.
La alevosía de la inscripción puede perdurar, multiplicada, en el
paciente: algunos han convertido sus cuerpos en repelentes museos
de tortura; otros, es verdad, en pedagógicas y ambulantes historias
del arte, o en surrrarios manuales de obscenidad.
Bruno, en Pigalle, suscita una "imagen de marca" más tecnt¡

lógica

-la tienda tiene un teléfono interior-, y sobre todo, nr¿ls
intelectual: el experto es también autor de un libro.

¿Quiénes son los tatuados?

Ideología del tatuaje

-según Etienne-: "En una sociedad cn (luc
todo se desecha, ropa y objetos, tener un tatuaje es un modo rlc
tcner algo que nos pertenece definitivamente, para siemprc."
EI tatuaje, pues, hoy, con su auge y automatización, ha invr.r'
tido su signo: ya no es un acto sagraclo que exige el conscntinrie:nlr¡
dc las divinidades, ni el testimonio de una prueba iniciática, ¡ri l¡¡
¡¡arantía de pertenencia a una tribu, a una varonía o a un cla¡r, l¡i
cl simulacro ideográfico que da al guerrero un aspecto tcrl'iblt. y
rcnlemora sus hazañas, ni el signo indeleble que protcjc dt: lorl¡r
lgresión: así lo empleaba un emperador chino, como pasap()r'l(: ()
salvoconducto para atravesar los países enemigos: no; rotruslct'r'
¡rl tatuado en tanto que proprietario, acumulador taimado dc <¡rl¡¡r
nrcntos que sólo la escaramuza agresiva hace viriles, ql¡e no c()n¡n('-
nroran el coraje

-si de verdad la inscripción es indol<¡ra- tlt.
rringún sacrificio, la sangre de ningún pacto, el horror de nirrgrrrrir
t'scarificación.

Proliferación y vaciamiento: esta contradicción quc atravicsa
,'l tatr-raje, atraviesa también, y con más violencia, lo que ha vcnitk¡
rr rlcsplazarlo, a simularlo en nuestro tiempo: el maquillajc. No
rrrc reficro a la socorrida operación cosmética que señala los r¡r'if i-
, i¡rs clcl rostro y, para accntuarlos corno bc¡rdes

-es dccir, c()nl(,
lu¡',arcs dc placcr- los ilumina y agranda, sino a la batcría csct(¡rir'¡r
rk'l lr'¿rvcstismo y la panlomima, cuya función es puramcntc cspcc-
t.rcrrl;tr', brrrlcsc¿r, solapardamcntc lransgrcsiva, más par trrll. Iil lcalro clc lravcslis, si apcla, como cn "Chcz Michou", al
torligo ,r joyas y tl'aics trasnochatlos y occidcnlalcs, u¡r clcclo dc irrisirln,
"¡nrreca lruslo¡'no" qtrc strscitn r¡¡r¡ cxtr¡rñ¿r risa o mós bien t¡n tx-

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