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La ratita

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ierta vez, una ratita encontró una moneda.
Qué alegría, dijo.
Compraré bombones, pasteles, caramelos,
una cinta y ligas para el cabello;
tal vez una blusa ombliguera…
¡Quedaré como una princesa!
dijo la ratita,
que había visto alguna princesa
en la televisión.
resumida, orgullosa, vanidosa”,
le decían, y tal vez tenían razón;
pero no tenían en cuenta algo
importante:
“Rata que se cuida y se quiere”,
decía la ratita,
“quiere y cuida a los demás.
Rata que se descuida,
rata que se pierde.”
asaba por allí un burro, a quien le encantaba ir
por los jardines mordisqueando el prado y las
florecillas.
Como la ratita se sentía linda, el burro la vio
linda.
—Eres tan bella como una flor —le dijo el burro.
—Gracias por la flor —le dijo la ratita,
y le devolvió una sonrisa de dientes diminutos.
El burro, animado, lanzó un tremendo
rebuzno y preguntó a la ratita:
—¿Te quieres casar conmigo?
—¿Dijiste cazar o casar? —preguntó ella.
—Casar —aclaró él.
La ratita se asustó y echó mano de
la primera disculpa que encontró:
—No, no, rebuznas muy fuerte.
l burro se fue y la ratita se dirigió hacia el espejo;
una vez allí, pensó:
“A pesar de todo era un burro muy tierno;
no me hizo sentir como una rata
sino como una flor.”
pareció después un perro,
especialista en amores como todos los de su
raza.
—Mira lo que te traje —dijo el perro a la ratita y
le entregó un frasco azul con el perfume más
costoso y especial: mezcla de rata y perro, con
un delicado toque de madera de sándalo.
—No, señor, no puedo recibir regalos. Tal vez
después… —dijo la ratita, visiblemente
incómoda.
Segundos después aceptó el regalo.
El perro se puso de rodillas, como había visto
en una película extranjera, y preguntó a la
ratita:
—¿Te quieres casar conmigo?
La ratita ya tenía la excusa típica:
—No, no, porque ladras muy fuerte.
Además, aúllas cuando te dejan solo
o cuando hay luna llena.

uando el perro se hubo marchado,


la ratita, de nuevo frente al espejo,
se dijo:
“Qué perfume tan dulce, huelo a
rata”,
y pensó en los que se aman,
que se enamoran de todo el ser
amado,
or el sendero apareció un pato
con paraguas de arcoiris. Apenas
vio a la ratita, el pato le ofreció
el paraguas. La ratita se lo
devolvió con amabilidad:
—Aquí no llueve ni hace sol —
dijo ella.
Y, cosa extraña en aquel lugar,
el pato preguntó:
—¿Te quieres casar conmigo?
—No, no —dijo la ratita—, un
cuac, cuac tan fuerte me dejaría
sorda.
l pato se marchó,
pero la ratita siguió pensando en él, como le
suele ocurrir a las ratas románticas.
Como ya era costumbre, se detuvo frente al
espejo, uno de los mejores lugares para
reflexionar, después del baño.
“Era un pato ruidoso e iba ensuciando todo a su
paso; pero tenía un caminar elegante, y
demostró que la quería: le regaló una sombrilla
para protegerla.”
n buen día, surgió de
entre los árboles un
ratoncito; llevaba un
inmenso ramo de flores.
En medio de las flores,
muy escondido,
tan escondido que sólo
una rata podría verlo,
el ratoncito le ofreció su
corazón.
Pero sucedió que el
ratón no se detuvo junto a
ella, siguió caminando
como si nada.
erdaderamente, ese ratoncito era una rata.
De repente, regresó y le ofreció las flores a la ratita.
—¿Pensaste que te iba a dejar “con los crespos
hechos”? —dijo el ratón.
—No —dijo la ratita—, lo que es de uno es de uno.
l enamorado
sacó
entonces del
bolsillo un
queso de
compromiso;
la ratita
entendió, y
se lo comió.
No
necesitaron
decir
muchas
cosas, se
casaron.
l día de la boda, mamá rata
le hizo a su hija los churcos
de aguadepanela; el
ratoncito se levantó una
cresta con gel, como estaba
de moda entre gallos y
pájaros carpinteros.
Parecían otros.
En la fiesta, bailaron el
vals “Ratanubio azul”.
¿Por qué no bailaron
salsa, merengue o vallenato?
No se sabe. Bailaron un

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