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Miguel Hernández

Perito en lunas

Miguel Hernández se lanza a la conquista de aquella maestría de


la forma, a la búsqueda de la belleza como fin último de la poesía; y
ello le empuja, a su vuelta, al cultivo de la metáfora, al empleo del
endecasílabo, a la utilización de las estrofas clásicas. Pero su
gongorismo no es puramente imitativo, sino que se asienta en lo real
e inmediato, en la cercanía de la tierra y no en un mundo puramente
fabuloso como el del cordobés.
Hernández quiso hacer en este libro un homenaje tardío a
Góngora, tal como ya lo hicieran los de la generación del 27.

a) Temática
El tema central de Perito en lunas se relaciona con la luna, aunque
muchas veces enlaza tangencialmente con otras realidades. No es
una luna literaria, sino real, vista y sentida en el monte, en las
huertas o en las calles.

b) Métrica
El libro está constituido por 42 octavas reales en endecasílabos

c) Técnica metafórica
El “perito en lunas” se muestra también experto manejador de la
metáfora y de las imágenes en todas sus posibles variantes
expresivas. Sabe establecer magníficas relaciones entre la realidad
—contemplada o imaginada— y la palabra, que dan motivo a una
realidad poética por encima de la realidad objetiva: nos descubren
una personalísima visión del mundo.

El rayo que no cesa (1936)


Lo conforman 31 composiciones: 27 sonetos, dos poemas y dos elegías.

Son poemas de amor y desamor, desesperados, algunos de sutil y


sugerente erotismo. El poeta pelea contra la fatalidad con actitud combativa
y vital. Expresa el amor humano, visto como destino trágico y presiente la
muerte como algo inminente. Su motivo central es, pues, la amenaza
constante de un destino trágico y violento.

a) Temática

La vida se presenta como agonía, de ahí el símbolo de la espada,


símbolo de muerte desde su corazón, de muerte diaria. Muestra del
hombre contra el destino, pero el destino gana siempre; el toro es
símbolo de fuerza y brío pero, a la vez, de destino trágico, de muerte.
Hernández se siente identificado con este noble animal que “respira
corazones por la herida” y “no da un paso atrás si no es para escarbar
sangre y furia en la arena”. Hernández, al igual que el toro, se
considera destinado para el luto. Tras la vida hay un sino que empuja y
hace inclinar el cuerpo, una fuerza que llama. La tierra espera
“francamente” que Hernández se vaya. Por eso la sangre es símbolo
de corriente hacia la muerte, y el rayo es la muerte que pende sobre el
poeta. Predominan dos sustantivos: muerte y amor, solos o
combinados, pero la muerte gana al amor.

Viento del pueblo (1937)


Busca Hernández una poesía útil que llegue al corazón del pueblo llano,
escrita para ser recitada en las trincheras, aldeas y pueblos, y busca
emparejarlas con el cancionero popular con la intención de «mantener la
moral del soldado, para adoctrinarle a propósito de la causa…», según José
María Balcells. Es su primer libro de poesía de guerra, de tono «viril y
apasionado», canta el dolor de un pueblo en guerra, preso de un feroz odio
a sus propios hermanos que han desenfundado las «garras» del instinto
salvaje y del tigre. Impregnado de terrible amargura con metáforas
animalistas: “fieras”, “hienas”, “liebres”, “podencos”…

El hombre acecha (1939)


El hombre acecha sigue la línea marcada por Viento del pueblo, pero con un
doloroso acento por la tragedia de la guerra. Desde el título mismo, se nos
propone una tesitura dolorida, un desencanto amargo por comportamientos
crueles e injustos. La propia elocución, que en un verso se completa “el
hombre acecha al hombre” («Canción primera», El hombre acecha), viene a
ser una nueva versión del “homo homini lupus”, la sentencia de Plauto que
hizo suya Thomas Hobbes. La guerra había acumulado experiencias
demasiado feroces y el hambre, las cárceles, las mutilaciones y la
destrucción ensombrecieron su poesía.

En El hombre acecha se va apagando, aunque no falte, el tono épico,


imprecatorio, del primer año de contienda, y se nos habla, sobre todo, de
sangre, pero de sangre derramada. Elabora Hernández una honda reflexión
sobre la brutalidad de la guerra entre hermanos.

Cancionero y romancero de ausencias (1938-1941)


Los primeros poemas de Cancionero y romancero de ausencias empezó a
escribirlos probablemente, motivados por el nacimiento de su primer hijo
Manuel Ramón y su posterior fallecimiento.

Existe en el Cancionero y romancero de ausencias un aspecto esencial: es


su capacidad de sufrimiento. El morir diario ya de por sí es bastante para
aniquilar a un hombre y mucho más si ese hombre es un poeta. Esa
inclinación por la muerte, esa visión y concepción de la muerte desde que
empezó a sentir, esa predisposición, presentimiento de muerte que le
acompaña, va más allá de su propia persona.

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