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Desarrollo Estabilizador y Desarrollo do

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Leopoldo Solís

Desarrollo estabilizador y desarrollo compartido
políticas seguidas tuvieron un sesgo antiexportador, y, ante la escasez de divisas, inflaron la deuda externa: es decir, el proceso de sustitución de importaciones tuvo repercusiones directas e indirectas que restaron competitividad internacional a la economía mexicana. En segundo término, crearon una distorsión en el mercado de factores productivos: que se tradujo en un abaratamiento del precio relativo del capital con respecto al del trabajo creando condiciones que favorecieron la adquisición de maquinaria y equipo, que al desplazar mano de obra obstaculizaron la absorción de la creciente oferta laboral. El proceso de sustitución de importaciones no sólo creó incentivos para crecer “hacia adentro”, sino que también tuvo repercusiones indirectas no previstas sobre el resto de la economía, tal fue el caso del sector agrícola, que revisaremos a continuación. El comportamiento del sector agropecuario, a partir de la fase activa de la reforma agraria -iniciada en firme con el gobierno del general Lázaro Cárdenas- y durante un lapso que se remonta a los años treintas y llega hasta la primera mitad de la década de los cincuentas, mostró gran dinamismo y una marcada vocación hacia la exportación. Más aún, durante los últimos diez años de esta fase (1945- 1955) la tasa de crecimiento anual del producto superó, sorprendentemente, la tasa de avance global de la economía. En cambio, a partir de la segunda mitad de los cincuentas, su comportamiento se revierte en forma tristemente dramática. Hacia finales de la década de los sesentas empiezan a manifestarse una serie de problemas que se traducen en un estancamiento casi total del sector. La razón más importante de este rezago puede señalarse en la reorientación de la inversión pública, que se desplazó del sector agrícola al industrial, es decir, una decreciente participación de las inversiones en obras de fomento agropecuario dentro de la cartera de inversión pública total. En forma complementaria emergieron otros dos elementos relevantes: el primero fue el efecto que tuvo el proceso de sustitución de importaciones industriales en términos de alzas de costos de los insumos agrícolas, pues con el cierre de fronteras y la restricción de importaciones, el sector agropecuario se vio obligado a abastecerse exclusivamente del mercado interno a precios superiores a los externos, con el consecuente incremento en el nivel de costos. El segundo, la política de estabilización de precios internos -entre otros los de garantía de productos agrícolas- y la orientación del sector agrícola hacia el mercado de exportación lo dejaron sujeto al errático y en parte descendente juego de precios de las materias primas en el mercado mundial. Ambos elementos, costos y precios, se consti-

n el artículo anterior’ examinamos los dos proyectos extremos de desarrollo económico y social que han prevalecido en el México contemporáneo: el “liberal” y el “socialista mexicano”. En esta ocasión analizaremos cuáles han sido los vicios y virtudes de estas opciones al ser llevadas a la práctica algunas de sus características. Desde los últimos años de la década de los cincuentas hasta finales de los sesentas, la economía mexicana se caracterizó por un rápido crecimiento del producto y estabilidad en el tipo de cambio y en el nivel de precios. Esta fase fue denominada -en una racionalización a posteriori- “Desarrollo Estabilizador” y representa, en buena medida, la instrumentación práctica del modelo liberal, en el que la política económica gira alrededor de estímulos a la iniciativa privada y una participación conservadora del sector público en la economía. Durante el “Desarrollo Estabilizador” fue el sector industrial el que imprimió mayor dinamismo al resto de la economía: su tasa media anual de crecimiento (9%) fue superior a la que registró la economía en conjunto (6.5%). El patrón de desarrollo industrial adoptado representó un cambio con respecto al que había prevalecido anteriormente. La naturaleza del proceso de sustitución de importaciones fue desplazándose a medida que transcurrió la década de los sesentas, de los bienes de consumo final hacia los bienes intermedios y de capital. Por otra parte, la misma formulación de política económica orientó el crecimiento de la economía “hacia adentro”. Mediante la utilización de una política comercial proteccionista, cuotas de importación como forma de estímulo a sustitución de importaciones, aranceles elevados, exenciones fiscales para el fomento de nuevas industrias, tasas de interés preferenciales para la promoción industrial, y en fin, todo un concierto de estímulos a la industrialización se logró que el mercado interno se convirtiera en el principal motor del crecimiento económico. Esta política de industrialización tuvo dos efectos principales que, aunque citados frecuentemente, no resulta ocioso mencionar una vez más. En primer lugar, las
1 Ver Revista Vuelta 28, artículo “Liberalismo y Lombardismo”.

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Lewis Carroll Through the looking Glass

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tuyeron en una firme y asfixiante tenaza para los agricultores, quienes por un- lado enfrentaban precios internacionales constantes, o más o menos fluctuantes y, por el otro, costos internos crecientes, tendiendo su ingreso neto a comprimirse. Sólo cambios en la productividad hubieran podido compensar esta propensión, y aunque de hecho sí hubo un aumento en los rendimientos por hectárea, no fue suficientemente vigoroso para contrarrestar el impacto negativo de los otros elementos. Todo ello desembocó en una disminución de la inversión privada en la agricultura que, aunada a la de la pública, determinaron una crisis de proporciones alarmantes e hicieron que la oferta agrícola pasara de una situación de flexibilidad productiva a otra de inelasticidad, de ser exportadores de granos a convertirnos en importadores de alimentos. La interacción del sector agrícola con el industrial tuvo un efecto muy destacado sobre la balanza de pagos. La reorientación de la producción industrial hacia el mercado interno y el estancamiento agrícola restaron competitividad externa a la economía mexicana. Así vemos a lo largo de los años sesentas una tendencia creciente hacia el desequilibrio externo que se acentúa a finales de la década. Este desajuste y la rigidez de la política fiscal, condujeron a un proceso creciente de endeudamiento externo, pues éste se hizo indispensable para financiar el déficit en cuenta corriente y sobrellevar la crónica debilidad de las finanzas públicas. La política fiscal del Desarrollo Estabilizador estuvo -tal como la propugna el modelo liberal- orientada principalmente a estimular la inversión privada, apoyándose preferentemente en impuestos indirectos y en aquéllos que gravaban al factor trabajo. Al no introducir reformas estructurales tales como la globalización del ingreso gravable, y al mantener el fraccionamiento del ingreso del causante según su naturaleza, se impidió hacer efectiva la progresividad de las tasas para alcanzar simetría en el tratamiento de los ingresos de la propiedad y los del trabajo, resultando, por lo tanto, la carga mucho más gravosa para estos últimos. La política fiscal acusó también una rigidez en lo que se refiere a la carga respectiva, ya que la participación del sector público en el ingreso permaneció más o menos constante y los intentos para reactivar la economía mediante el uso del gasto público se veían limitados por un déficit público amenazante. La debilidad de las finanzas públicas condujo además a un uso excesivo del endeudamiento interno -principalmente la utilización de las reservas legales de los bancos privados en el Instituto Central- y tuvo un complemento en el endeudamiento externo que cumplía la doble función de financiar el déficit en la balanza de pagos y el del sector público. Podemos afirmar que la economía mostraba dos características importantes: insuficiencia dinamica para crear empleos y una marcada tendencia hacia el desequilibrio externo acompañada con el creciente déficit de las finanzas públicas. Ambas actuaron conjuntamente como restricciones al crecimiento económico, una porque debilitaba el mercado interno -motor del desarrollo-, otra porque en la medida en que la economia tendía a acelerar su ritmo de actividad, tenía un efecto inducido en las importaciones que elevaba el déficit comercial. Es decir, dadas las características estructurales del pa-

trón de desarrollo adoptado y la consecuente atrofia del sistema para proveer suficientes empleos, se planteaba un dilema de capital importancia: el mercado de trabajo para estar en equilibrio -definido esto como la capacidad del sistema para absorber el incremento de la fuerza de trabajo- requería que la economía creciera a una tasa anual no menor del 7.5% del PIB’; sin embargo, una tasa superior al 6.5% ponía en serios aprietos a la balanza de pagos, aumentando peligrosamente el endeudamiento externo y ‘comprometiendo el tipo de cambio, instrumento que ya para entonces había alcanzado rango de pseudo-objetivo. Existía entonces, una incompatibilidad entre el equilibrio externo -entendido como el mantenimiento del tipo de cambio- y el equilibrio interno. Esta última característica resultó decisiva en la política del manejo de la demanda agregada. Usualmente cuando se presentaba el dilema, se optaba por reducir la tasa de crecimiento a costa de aumentar el desempleo y el subempleo. Este fue quizá el error más grave de este modelo de desarrollo, crear un creciente desequilibrio en el mercado de trabajo. En resumen, se puede pensar que durante el “Desarrollo Estabilizador”, la economía mexicana funcionó en base a tres objetivos que eran: Crecimiento del producto real, Estabilidad de precios, y Estabilidad de balanza de pagos, representada por un tipo de cambio fijo. Para el logro de estos tres objetivos se usaron principalmente tres instrumentos: El nivel de gasto público, El control de la cantidad de dinero, mediante el mecanismo de depósito legal en el Banco de México, y El endeudamiento externo. Si evaluamos el comportamiento global de la economía durante el “Desarrollo Estabilizador” podemos concluir que la política sustitutiva de importaciones y el estancamiento del sector agrícola, agravaron el problema del empleo; la imposibilidad de avance fiscal recargó la incidencia impositiva sobre el factor trabajo; el convertir un instrumento de política económica -el tipo de cambio- en un fin en sí mismo, impidió corregir el déficit comercial y la amplia posibilidad de endeudamiento externo permitió posponer la adopción de medidas correctivas. Quizás el cargo más fuerte que se le pueda hacer a este patrón de desarrollo sea la incongruencia consigo mismo, más que su tendencia a la concentración del ingreso, ya que ésta, en cierto grado -temporalmentees, en la mayoría de los casos, inevitable. El desarrollismo para ser consistente con sus objetivos debe alcanzar una tasa de crecimiento que los haga viables; así que la acusación de mayor peso no es tanto que haya propiciado mucho crecimiento, sino que éste fuera insuficiente para alcanzar las metas que se había trazado. Si a todo esto agregamos las implicaciones sociales del Desarrollo Estabilizador: empeoramiento en la distribución del ingreso y una creciente incapacidad del sistema para satisfacer las demandas de la clase media urbana -fenómeno plasmado en el movimiento estudiantil de 1968- podemos obtener un panorama de la dificil situa-

ción que le tocó enfrentar al gobierno de Luis Echeverría. La retórica tradicional de la Revolución Mexicana parecía estar en entredicho, se carecía de una clara ruta ideológica de carácter democrático, se soslayaban los principales problemas sociales y apremiaba encauzar al país por un nuevo sendero, más promisorio y reconfortante; resultaba indispensable restañar las heridas del 68 y recobrar la armonía perdida. Mientras el Desarrollo Estabilizador delineó sus objetivos a posteriori, el Desarrollo Compartido presentó los suyos a priori y se les puede resumir como sigue: crecimiento económico, mejora en la distribución del ingreso e independencia económica de fuerzas extranjeras perturbadoras. Se mantenían, desde luego, las metas de antaño: estabilidad de precios y de tipo de cambio. De manera que en vez de la relación tres objetivos-tres instrumentos del Desarrollo Estabilizador, ahora tendríamos cinco de cada uno. Al gasto público, el control de la oferta monetaria mediante el encaje legal y el endeudamiento exterior se le adicionarían dos nuevos medios: la política comercial y la reforma fiscal. El primero de estos nuevos instrumentos estaría orientado a bajar la protección para mejorar la eficiencia industrial, eliminar el sesgo antiexportador de la estructura productiva y fortalecer la competitividad internacional del país para afianzar la independencia económica nacional -menor endeudamiento externo-, mientras que el último -la reforma fiscal- perseguiría el objetivo de redistribución del ingreso. Para la obtención de estos propósitos se enunciaron las siguientes metas e instrumentos sectoriales:
Agricultura

C) Generación de empleos. Ajustes fiscales, descentralización de la actividad económica.

Finanzas del Sector público

a) Ingresos. Eliminación de las inequidades en la incidencia, control de la evasión fiscal, reforma fiscal. b) Gasto. Mejorar la evaluación de proyectos, mayor eficiencia en el gasto corriente.
Sector Externo

a) Protección. Substitución de permisos de importación por aranceles, suavizar los diferenciales de las tarifas, coordinación de los impuestos con los subsidios a las importaciones y exportaciones. b) Turismo. Desarrollo de nuevas áreas. c) Deuda Externa. Reestructurar las finanzas del sector público para disminuir el uso del endeudamiento en el exterior.
Educación

a) Eficiencia del sistema. Ampliar su cobertura, investigación de nuevas técnicas pedagógicas, recapacitación del personal docente, integración de los sistemas de educación superior. b) Igualdad de acceso. Ajustes en el gasto regional, homogenización de criterios en el otorgamiento de subsidios, programas de becas.
Energía

a) Formación de capital. Gasto en infraestructura, obras de reclamo, caminos alimentadores, electrificación rural, creación de centros de población con una adecuada densidad económica, inversión de capital físico. b) Cambios técnicos. Extensión de servicios, investigación básica y aplicada, adaptación tecnológica. c) Crédito. Ampliación de plazos de la estructura crediticia, coordinación estrecha entre las instituciones prestamistas, delimitación de los derechos de propiedad, formación de cooperativas. d) Selección de productos. Reasignación regional de cosechas, decremento en los precios de los insumos, tarifas por uso de agua acordes a su costo, precios de garantía. e) Operación de mercados. Integración de una estructura comercial de mercados orientada a mejorar el funcionamiento de los mercados agrícolas (redes de información, centros de comercio mayorista, etc.) f) Obras sociales. Seguridad social, educación rural. g) Coordinación. Formación de cuerpos coordinadores.
Industria a) Mejorar la eficiencia. Bajar la protección, sustituir permisos por aranceles, eliminar las deducciones fiscales, mayor integración, orientación hacia la exportación. b) Mejorar la calidad. Creación de instrumentos de control de calidad.

a) Tarifas y ajustes de precios. Armonización de los precios de los energéticos de acuerdo a su poder térmico, regionalización de los precios para incorporar los costos de transporte. b) Adecuamiento de la oferta. Evitar escasez de la oferta cuyo ahorro en costos produce más pérdidas que beneficios. El planteamiento de objetivos e instrumentos incorporaba, además, buena parte de los elementos que caracterizaron al modelo lombardista -la ley de control de la inversión extranjera, para sólo citar un ejemplo- descrito en el artículo anterior. Por razones difíciles de caracterizar, cuando menos de manera sintética, los propósitos de un bienestar mejor compartido no fructificaron como lo evidenció la crisis económica de 1976 que mcluso PUSO en muy serios aprietos la legitimidad del sistema político mexicano. Algunos propósitos de 1970 fueron abiertamente contradichos por los acontecimientos: el endeudamiento externo no sólo no se suavizó, llegó a niveles jamas sospechados, la protección industrial no aminoró, se llegó al exceso de sujetar todas las importaciones al sistema de licencias previas. La tasa de crecimiento del producto real se derrumbó resultando considerablemente menor en promedio a la registrada durante los sesentas y aún inferior que la correspondiente a la etapa inflacionaria anterior. La estabilidad de precios, uno de IOS orgullos del desarrollo mexicano, llegó a su fin cuando la caja de las presiones inflacionarias se destapó a finales de 1972. La tasa anualizada de incremento del índice de precios al mayoreo pasó de 6.6% en enero de 1973 a

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25.5% en diciembre del mismo año. De hecho, en 1976, la tasa de inflación fue la más alta registrada en cuatro décadas y, por primera vez en más de veinte años, el ingreso real per cápita disminuyó. En lo que toca a la agricultura, su comportamiento fue aún peor que su deprimente pasado inmediato, la tasa de crecimiento se redujo a sólo 1.8% en promedio anual de 1971 a 1974. Aumentaron vigorosamente las importaciones de alimentos y la balanza comercial de productos agrícolas cambió de un superávit de 304.5 millones de dólares en 1970 a un déficit de 35 millones de dólares en 1974. México se convirtió por primera vez en muchos anos, en un importador neto de productos agrícolas. Varios factores contribuyeron al triste desempeño de la economía durante este lapso. Sin duda alguna, condiciones económicas internacionales adversas tuvieron un impacto importante en la recesión de 1971 y, especialmente, en el proceso inflacionario que sentó sus reales desde 1973. Las malas cosechas presionaron de manera importante a la balanza de pagos; no obstante, inconsistencias en la política económica seguida parecen haber sido las causas primordiales de la magnitud del proceso inflacionario que culminó con la crisis financiera de 1976. Hagamos un breve resumen de los eventos que la precipitaron. En 1970, el último año de la administración anterior, el déficit en cuenta corriente de la balanza de pagos (aproximadamente mil millones de dólares) fue casi el doble del registrado el año previo, por lo que se propuso. igual que en ocasiones anteriores, reducir el crecimiento del déficit del sector público y frenar el aumento en el nivel interno de precios. Con este fin, el presupuesto de gasto gubernamental programado para 1971 se disminuyó drásticamente. Todavía más, el gasto real efectuado fue aún menor que el presupuestado, de manera que el déficit público como porcentaje del PIB se redujo de 1.5 en 1970 a 1 .O en 1971. Ante la caída de la demanda de crédito del sector privado que acompañó al descenso de la inversión pública, las instituciones financieras acumularon reservas excedentes, conjugándose una severa recesión económica en 197 1. La tasa de crecimiento del producto real (3.4%) resultó muy inferior al promedio del decenio anterior. A resultas de la caída de la tasa de crecimiento y la revelación de la existencia de reservas prestables no utilizadas por los bancos que hubieran permitido financiar nuevas inversiones, se disparó una reacción orientada a recobrar, urgentemente, el ritmo de crecimiento tradicional. El déficit presupuesta1 como proporción del PIB se triplicó de 197 1 a 1972, y no sólo aumentó el gasto público, sino que la inversión privada le siguió reaccionando en la misma dirección. En mayo de 1972, cuando la producción se encontraba ya en plena recuperación se redujeron, innecesariamente y a destiempo, los requerimientos de encaje legal para los bancos y financieras, lo cual aumento considerablemente el crédito en apoyo de la inversión privada. Es decir, la expansión monetaria se propició cuando la economía ya estaba en plena recuperación. Pronto se topó la capacidad productiva y los precios reaccionaron si bien con algún retraso en cambio con suma virulencia, siendo hasta el segundo semestre de 1972 cuando el índice de precios al mayoreo empezó a ascender, primero gradualmente y después con mas y mas celeridad.

La explosión del gasto público se conjugó con el fracaso de la reforma fiscal de 1972 para elevar el déficit público del 1% al 10% del PIB. La declinación del crecimiento del ahorro financiero asociada a tasas de interés reales negativas, producto del alza de precios, y los temores de devaluación provocaron que los aumentos de la deuda pública tuvieran que ser monetizados directamente y los medios de pago reaccionaron como pólvora encendida. Como resultado de todo esto la deuda externa del sector público que era de sólo cuatro mil millones en 1972, se quintuplicó para 1976. La secuencia de eventos que llevó a la crisis financiera final parece ser clara: después de la recesión de 197 1, el gobierno siguió una política simultanea de gasto público y expansión del crédito, ignorando la endeble disciplina presupuesta] que había mantenido la estabilidad de precios desde la devaluación de 1954. El déficit gubernamental se monetizó directamente y resultó en aumentos acelerados en los precios cuya tasa ascendió a mas de 25% anual a finales de 1973. El gasto corriente y la nómina burocrática se incrementaron al mismo ritmo. Para entender cabalmente el fracaso de esta estrategia de desarrollo es importante subrayar que para reorientar la economía mexicana hacia un nuevo modelo que enmendara las deficiencias del Desarrollo Estabilizador, el principal instrumento de política económica era el gasto público, su estructura, su monto y la calidad de los proyectos a que se destinaba. Sin embargo, la condición necesaria para poder ejercer un gasto público autónomo e independiente sin poner en entredicho objetivos ya logrados era, en vez de sacrificar el gasto público, darle flexibilidad a los ingresos gubernamentales llevando a cabo una reforma impositiva. Expresado de otra forma, el fracaso de la reforma fiscal en 1972 dejó trunco el enlace -la compatibilidad- entre objetivos e instrumentos lo que obligó al gobierno a recurrir en exceso al endeudamiento interno y externo, destinando al fracaso el esquema de Desarrollo Compartido. El haber introducido dos objetivos adicionales -la mejor distribución del ingreso y el menor endeudamiento externo- en la política de desarrollo sin incluir dos nuevos instrumentos para lograrlo -la reforma fiscal y la mayor competitividad internacional- determinó en buena medida el descalabro del Desarrollo Compartido, pues hubo que financiar el gasto público con endeudamiento externo y en la medida que este recurso se tornó insuficiente, con endeudamiento interno, principalmente vía emisión primaria, con las consecuentes presiones inflacionarias y sacrificio de los objetivos del esquema. El porqué no se adoptó la reforma fiscal de 1972 que hubiera significado la introducción de uno de los instrumentos que hacían falta, es una pregunta cuya respuesta no es fácil de encontrar. Algunos autores han intentado contestar esta interrogante, Roger Hansen argüía en 1974 que: “Existen por lo menos tres explicaciones posibles de la resistencia de Echeverría a adoptar un paquete serio de reformas fiscales... La primera es que Echeverría puede no ser el hombre que realice reformas importantes en el presente sistema, porque no esta convencido de su necesidad. A los ojos de muchos el “milagro” mexicano aún no ha muerto., ¿Por qué habría el Presidente Echeverría de arriesgarse a minar la confianza del sector privado y a disminuir el ritmo de la inversión?. Una segunda razón es que (Echeverría) está profundamente

preocupado de que, a menos de que tal acción (la reforma fiscal) sea entendida y acordada a regañadientes por el sector privado con anticipación, socavara seriamente el crecimiento económico mexicano por algún tiempo. Una tercera razón posible de la ausencia (hasta 1974) de una reforma importante, puede estar relacionada con los sucesos de 197 1 y va al corazón del problema de si el sistema del PRI se está acercando, si no es que se encuentra en medio, de una seria crisis del régimen... podría ser que Echeverría fue profundamente sacudido por el incidente del jueves de Corpus y por el reto a las reglas del juego mexicano que pudo haber representado”*, y apunta en el sentido de que todo intento de reforma se vio amenazado por los sucesos de junio de 1971. Otra posible explicación se puede encontrar en la argumentación de Manuel Camacho3, quien sostiene que el pragmatismo del sistema político mexicano y su falta de clara orientación ideológica han traído como resultado que sólo se improvise de acuerdo a lo que las circunstancias permiten. Según este enfoque, los líderes políticos prueban o exploran el sistema y buscan los límites dentro de los cuales pueden actuar, moviéndose hacia el punto de menor resistencia. El proceso es de ensayo y error, o de pare-siga, para encontrar las fronteras del campo de acción. El movimiento es posible sólo hacia donde no hay grupos de presión que puedan presentar resistencia o ejercer represalias. Independientemente de la causa del fracaso de la reforma fiscal, el no haberle introducido y el haberse obstinado a posponer el ajuste al tipo de cambio hasta el último momento, determinaron que, si el Desarrollo Estabilizador fue un “siga” moderado que iba a terminar en un “pare”, el Desarrollo Compartido fue un “paresiga-pare” que finalizó en una crisis de mayores proporciones. Y aunque se está volviendo un lugar común expresar que las dificultades del Desarrollo Compartido se debieron a errores de acción política parece un cargo injusto si no se toma en cuenta que se iniciaron y terminaron con errores de juicio y de instrumentación de carácter tecnocrático. No parece aventurado afirmar que tanto el Desarrollo Estabilizador como el Desarrollo Compartido llevaban en su seno el germen de su fracaso. A manera de conclusión recordemos el lúcido análisis de W. G. Hardy sobre las causas que precipitaron la caída del Imperio Romano: “ Parece claro, entonces, que las causas del colapso. como clínceres ocultos, debe haberse desarrollado durante el período de felicidad y prosperidad (98 a 180 D.C.) y algunos síntomas, al menos pueden ser reconocidos.. Para el segundo siglo muchas ciudades habían gastado tanto, que se encontraban en deuda. Aunado al costo de reparar y mantener los templos, los baños públicos y similares, estaban las fuertes erogaciones para sacrificios cívicos, procesiones religiosas, banquetes y los juegos necesarios para divertir al pueblo... Esta extensión del paternalismo fue acompañada por un tremendo incremento del personal civil al servicio imperial. Además estaba el ejército que era esencial para la seguridad del imperio. El costo de su manutención se duplicó entre el año 96 y el 180 d.C.... Todos estos gastos tenían que ser obtenidos del causante. Para aumentar las dificultades, existía una balanza comercial adversa. El dinero romano fluía, por ejemplo, hacia la India y al Este para ad-

quirir lujos. En resumen, aunque parecía próspero en la segunda centuria de nuestra era, el Imperio Romano estaba sobregastando tanto que se enfilaba a una crisis económica. Marco Aurelio depreció la moneda en un 25% la inflación persistía... Las diferencias sociales se acentuaron. Por un lado existían trabajadores libres con salarios apenas de subsistencia debido a la competencia de la mano de obra esclava, mientras que en el otro extremo se encontraba un grupo de multimillonarios para el cual ningún lujo era demasiado extravagante.. Nadie se percató de que la inflación y la creciente carga fiscal acabarían por comprimir a la clase media. Así, el aparentemente feliz mundo romano se encaminaba, como sonámbulo, hacia el ocaso.‘14 Es preciso aprender de la experiencia histórica, y en el diseño de un esquema alternativo de desarrollo tener en mente los alcances y límites del “Desarrollo Estabilizador” y del “Desarrollo Compartido”. Después de todo, Sir Winston Churchil parecía tener razón al afirmar: “Aquel que pueda ver más lejos hacia el pasado, podrá ver más lejos hacia el futuro.”

’ W. G. Hardy, “The Greek and Roman World. Mc. Clelland and Stewart Limited. Canadá, 1960. pp. 101-107.

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