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Milton Ordóñez

“Todo lugar es Absoluto”


La foto borrosa deja entrever apenas un suéter blanco de
donde se desprenden dos manos algo morenas y delgadas. Más
arriba la sombra fugitiva de unos bigotes, la mirada fija sobre
algún objeto que se pierde en el vacío, el resto se difumina con
la oscuridad del fondo. Hallé este libro en un puesto triste y mal
oliente de Fuerzas Armadas una tarde de 1998. Su color es azul
y aun conserva la cinta adhesiva puesta en el lomo como un
intento de sanación a tantos maltratos de impetuosa cutredad y
de miradas esquivas. La editorial es Fundarte, de la colección:
“Cuadernos de Difusión” y su numero respectivo es el 181. Con
portada de Milagros Ibarra e ilustración de Andrés Barrios.
Vemos una mesa pequeña con cuatros sillas, al fondo las
puertas de alguna casa o extraño bar, muy altas y semiabiertas
como las tontas alas de alguna loca gárgola. El título del libro
“Todo Lugar (1992)” el autor: Milton Ordóñez, Caracas 31
de marzo de 1954; es decir; que si vive (y así lo esperamos
todos o por lo menos yo) tiene los 54 años cumplidos, ya que
esto que escribo lo hago en octubre de 2008.
Milton es Músico, compositor, director coral, escritor. Los
estudios de música los realizó en la Escuela José Lorenzo
Llamozas de Caracas en el año 1976 y en el conservatorio de
Música de la Universidad Nacional de Medellín, Colombia en
1982 y que este su primer libro de relatos obtuvo el premio de
narrativa de fundarte en 1991. Sé a demás que publicó en El
Nacional un artículo referente a la obra del gran poeta y
narrador Raymond Carver, Clatskanie, Oregón 1939-1988; uno
de los más destacados representantes del realismo sucio, y que
por cierto perdí en una mudanza. Más de allí no he podido
seguirle la pista. El libro contiene diez relatos, enmarcados en
situaciones cotidianas, poniendo a descubierto las ojeras
gelatinosas de una sociedad irremediablemente solitaria y
pesimista. Encadenada a sus desquicios oportunos, deteriorada
por un cáncer transitorio y vulgar. Sin embargo, el tono de estos
relatos no encierra para nada algún zumo de profundo dolor, ni
de amargura despiadada. Hay más bien en ellos como una
discreta, pero cínica mirada, un tanto burlesca. Formalmente (y
esto hay que apuntarlo aquí para no levantar molestias e
inconformes soplen las quejas de los eruditos y escribanos de
taquilla y porche) se puede (para bien o para mal de los
obstinados dromedarios ‘del como’, hijos legítimos del ladrillo y

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la técnica) enmarcar su estilo dentro de la corriente realista. Un
poco hacia la despejada concisión, con una prosa limpia,
descarnada, poética y brutal que a veces recuerda ciertos saltos
de páginas hasta los escritores de la generación beat. Así como
hacia la silenciosa brevedad Chejoviana, directa, anecdótica con
la desprejuiciada voz del que dice y un uso sobresaliente de los
diálogos. Pero sobre todo muy venezolano. No hay trucos
retóricos. El espejo está al frente como un pozo negro que
revela anfibias pesadillas, es el humor violento de la
despreocupación errabunda. Nos encontramos delante de un
autor que tampoco hace concesiones. Las historias viajan a la
vista como un arroyo de fuego. Hablaré por lo menos de los
relatos que más me gustaron, pues sigo releyéndolos cada tanto
con la certera fragosidad del adicto. Cuando uno lee un libro con
el desesperado placer de la hambruna, parece que nos
recluimos en el maravillado recinto de la esperanza. La voz que
dice se afianza a los sentidos y nos acompaña aunque estemos
solos, a veces por muchos años.
Los primeros días los leía una y otra vez, luego insatisfecho
buscaba revivirlos en mi propia voz, en los recuerdos bajo lluvia,
en las lecturas de otros (mi esposa sobre todo). Lo que es como
es y punto; es para mí su relato mejor logrado. En él, Milton
Ordóñez parece haber desangrado todo el mercurio apocalíptico
de la elipsis. Sencillo, directo: “Tengo rabia”, comienza
exclamando el personaje. Las dos historias superpuestas, una
viviendo de la otra y aquella que no se cuenta pero como si el
lector lo supiera todo. Me fascinan especialmente el desarraigo
de Fulvio, persona clave de la historia y su desencanto con los
días que corren (las navidades). Los diálogos en el apartamento
de sus suegros, una forma excelente de la oralidad venezolana:
“¡Este trago está muy aguao!”-grita de por allá-¡Le falta!”,
“Consternado, L. E. olvida lo que hablaba y se levanta. Se va
para allá. -¡Le falta qué, chica, si yo mismo te lo preparé!”, “¡Le
falta algo! (contesta Katy la hija) ¡No se moleste! ¡Yo misma me
lo arreglo!”. Y el momento en que Luís Espejo exclama con un
gesto hipócrita: “-Bueno, ¿qué cuentan los jóvenes, qué
proyectos hay para ese nuevo año?” y Fulvio, en medio de su
perfecta frialdad sentencia: “Katy y yo nos miramos. No
tenemos ninguno”. Y luego la charla (ya en el auto) sobre
coches para bebes y la opinión que Fulvio tiene de Alberto, el
yerno predilecto de L. E. “Es alto, lleva lentes y bigotes bien
cortados. Pulcro en todo. Trato de encontrarle defecto. No lo
tiene. Y si lo tiene allá él”. Y al final del relato la confirmación de
su negativa, su inconformidad con aquellas cosas: “Ella tampoco
quería venir, pero entiende mejor de estas cosas que yo. Digo:
lo que es como es y punto”. El relato pasa a ser una obra de

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arte. Y en Un domingo sobre todo; donde el muchacho con el
globo que pasa entre los árboles. Parece encarnar
sardónicamente al desorientado universitario que conoce a la
chica linda “Blanca”, en una excursión en las montañas de El
Quijao. Y sostienen un breve romance donde el fragor bajo las
mantas, arrullados por los grillos y el mareo de las estrellas lo
convierten a él en el perfecto idiota.
Más adelante cuando por fin logra dar con la casa de ella,
en un barrio de mala muerte, donde el sol es una maquiavélica
punta de misil horadando el alma del que apenas avanza, ella le
confiesa: “-El próximo lunes me caso.” Y a él solo le alcanza la
respiración para decir: “¡Aja!”. “Vive aquí, ésta es su casa. Se
llama Ignacio”, le dice ella tal vez con el rostro contraído por la
vergüenza ajena. Luego de sostener algunos diálogos sin
sentido donde sobresalen temas como la televisión, que Ignacio
mira en ese instante, las pensiones, los ancianos, ocurre lo
siguiente: “Se levantaron y ella metió las sillas -¡el chocolate!
¿Le daría el chocolate? No. Lo dejaría mejor para comérselo él,
ahora, cuando se fuera y pasara por los árboles-. Se dieron un
beso y el muchacho entró al tierrero exactamente por donde
vino, aunque esta vez pasó un poco más cerca del trailler y la
carpa a ver quién había adentro. ¿Quién iba a estar dentro de
esas cosas una tarde a esta hora, con un sol como éste?”
Asistimos a una historia de amor brevísima. Más divertido y
violento es el relato Mas tarde señor policía; donde el personaje
(siempre son jóvenes, yo los calculo entre los 20 y 30 años),
espera a Jimena en la fuente de soda Liberty’s de Las Mercedes
y de pronto tal vez por lo aburrido de la espera decide pedir
trabajo en una oficina. “«¿Puedo hablar con el señor tal?» Y la
tipa, despachando desde un escritorio grande y bien atravesado,
me miró un tanto insolente: «¿Para qué? » «Quiero saber si a él
le interesaría que yo trabaje aquí» «¿Tienes la foto?, me
preguntó» «¿Qué foto?¿Hay que llenar planillas, esperar y cosas
de esas?» «Claro» «¿Dar teléfonos?» «Claro» «Bueno, entonces
no. Adiós. Además están muy caras las fotos. Y me fui».
Una descarada, pero acaso feliz y eficaz manera de mofarse
satánicamente de las reglas del juego a que nos somete el
aparatoso y destructivo engranaje del mercado laboral. El
personaje sigue adelante, entre sus manos sostiene un libro “…
donde recopilo notas del mundo”, nos dice. Y se sienta en las
mesas a escribir y a esperar. Pero el mozo le dice que afuera no
sirven café y él como si nada bebe de una carterita que guarda
en el bolso. La situación se torna indeseable cuando después de
repetidas y amables advertencias se acerca un policía para
pedirle que se vaya. Pero él solo atisba a decir: “Más tarde,
señor policía” y vuelve a lo suyo, entonces el policía va por otro

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de sus compañeros. Cuando regresan deciden que es mejor
ponerle las manos encima, pero este, como jamás se pensó que
respondiera, reacciona de una manera tan violenta y con el gran
libro verde de seiscientas hojas les descarga un portentoso
trancazo. Ambos se asustan porque nunca imaginaron que un
libro pudiera pegar tan duro. Ellos toman distancia como
recuperándose del ataque y del asombro. Nuestro personaje se
mantiene en guardia. La gente se aglomera. Luchan, forcejean
con fuerza y él logra zafarse de ellos. Pero el libro yace en el
suelo, derramado con las hojas sueltas como las tripas de un
animal herido. Es así como en medio de un último arrebato de
rabia destruye el libro con enloquecidos golpes y estruendosas
patadas. El mundo entero calla. Los policías, la gente de la
fuente de soda. Abandona el lugar “… con el pesado techo y el
silencio aplastándome la nuca”. Lleva consigo su libraco.
Cuando llega al centro comercial se sienta a escribir y el libro
está tan estropeado que se apena: “El libro desbordaba la barra
y parecía un insulto aquel cerro de papel que yo rayaba como
cocinando un coñazo de mierda. Estaban asustados me miraban
con ojos de poceta”. Muy claro, es así como Milton Ordóñez se
adentra en los vericuetos de la condición humana. A través de
dramas personales y cotidianos. Madame et Monsieur Rincon; es
la historia de una pareja que bebe en las afuera de su edificio.
En la pasividad de la noche. C.C. y Bernardo. Sin que lo diga, ya
que de ello se trata, (un cuento, al decir de Ricardo Piglia,
siempre cuenta dos historias) y en una de ellas, la más injusta,
Milton nos ofrece el perfecto muestrario de la rutina de la vida
en pareja. Lo que algunos llaman «costumbre o amor sin amor»:
“Entraron y en la cocina sirvieron otra copa. C.C. lo hizo.
Bernardo, de pie, miró las copas llenarse y miró también el
escurridero de los platos y la bandeja plástica que recoge el
agua, ambos con esos rotos y esos sucios pequeños que ya les
conocía. Y para qué mirar el resto: la puerta de la nevera con
sus síntomas de oxidación, las ranuras ennegrecidas de las
baldosas, el polvo blanco en las esquinas para las chiripas…”. En
unos diálogos anteriores a este párrafo Bernardo se molesta
porque C.C. tiene las uñas muy feas: “Trato de cuidármelas –
decía C.C. poniendo los dedos extendidos-. Créeme. Pero una
como que tiene siempre algo feo y sin remedio.” Dos diálogos
más adelante Bernardo exclama: “Bueno C.C. –agregó molesto-,
al menos córtatelas.” “Me las voy a pintar, Bernardo. Estoy
dejando que crezcan.” Ambos beben ron. El tema es simple.
Ordóñez utiliza la ironía y el desenfado como escudo para
condensar el núcleo del relato. “¿Viste que se llevaron el mueble
para forrarlo?-preguntó C.C., que estaba donde iba el mueble.”
“Claro –dijo Bernardo desde la otra pared-, estuve aquí esta

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mañana cuando lo sacaron; me tocó ayudar. Te ves muy bien
ahí, Cecé, junto a la lámpara y con tu bufanda, debajo de ese
enorme cuadro –aunque de caerle encima, pensó la desnucaría-.
No te muevas mucho –le previno-; lo tienes a tres centímetros
de la cabeza.” En este relato la corporeidad se asume desde una
ausencia flagelada. Se siente que los personajes están lejos uno
del otro la mayoría del tiempo. Que no se tocan. Se aman o
amaron alguna vez, pero por alguna extraña razón nada es
igual. Y no se sabe el cómo o el por qué, simplemente es así. Y
ellos, pequeños trasatlánticos de la desidia, no harán nada por
remediarlo, están sujetos, atados a su destino, al inmolado
destino que se imponen, ya sea por capricho, venganza,
costumbre o miedo a estar solos. En los demás relatos, quizá, de
manera más centrifuga, Milton presenta otros panoramas del
alma del hombre y la mujer moderna, los de la urbe o las opacas
ciudades del interior como pasa en el relato El pueblo de
Mosquey tiene un taller. O como otro tanto pasa en Los grados
increíblemente veloces, un relato corto que habla de una tarde
aburrida en un bar de la capital y de los hombres que lo habitan.
Así mismo ocurre en La piedra, donde Rómulo que no trabaja ni
hace nada deja de escribir poesía después de un accidente o en
La cosa en sí, que nos habla de la manera como se prepara una
sopa de pescado, de una playa y de la caza de unas palomas. Y
Las líneas, donde el personaje se levanta un domingo en la casa
de Rafael y solo el ruido del remate de caballos lo devuelve otra
vez al mundo. En el relato que da nombre al libro Todo lugar,
asistimos al recuento de la vida de un joven universitario,
idealista y culto, como una especie de diario intimo, en donde se
plasman las vicisitudes, las angustias y la travesía por el mundo
de este atento y cuidadoso observador. Aunque la crítica de
Salvador Garmendia no atinará con este primer libro
considerándolo como: una suerte de vacuidad, que dejaba
entrever en un lenguaje sencillo el desasosiego latente de los
habitantes de una urbe que tiende a la descomposición. Yo
siento que independientemente de la afirmación de Salvador,
siempre tan perturbado por el complejo entramado de las
estructuras, que la sencillez es una de las formas más difíciles
de lograr sin caer en el ridículo o en la banalidad altruista.
Considero, por ejemplo, que para construir un edificio es
menester el uso de buenos ladrillos, cierto, pero si lo que al final
se termina levantando es tan defectuoso o insulso como un
esqueleto podrido, entonces qué sentido tiene preocuparse
tanto por el material a utilizar si de nada nos va a servir. La
técnica existe, se la inventa el escritor de tanto errar, a cada
paso. Y no es por la técnica, es a pesar de ella. El segundo libro
de relatos de Milton Ordóñez se titula Absoluto (1995). Tres

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años separan su génesis del otro. Y además se nos dice que
para la fecha de su publicación el autor reside en Nueva York.
Por ahora no hablaremos de este libro. Sin embargo, ya en las
postrimerías del 2008, ¿Dónde está Milton Ordóñez? ¿Sigue en
Norteamérica? ¿Habrá publicado más libros de relatos? ¿Quién
sabe de él? Es todo un misterio. Una gran cantidad de años y ni
una pista. Escribo esto para dejar constancia de mi fe en su
literatura. Pienso que es uno de los mejores narradores de
Venezuela, cuidado sino el más grande después de la
generación telúrica. De aquellos encargados de enarbolar la
literatura de la violencia y de la urbanidad. No sé si es que en
este país los grandes escritores desaparecen con gran facilidad
por razones de peso o es que no estamos acostumbrados a
soportar su altura, a apreciarla, a cuidarla, cultivarla. O si es
más fácil el desprecio o el olvido. Por eso gente como Ramos
sucre, como Andrés Mariño, el mismo Argenis Rodríguez,
creadores terriblemente incomprendidos, olvidados. Me viene a
la mente otro más Albrovar 17-10-41 con un único libro,
Antihéroes (cuentos de Juventud 1990) o Juan Emilio
Rodríguez 07-01-1945 con su libro, El retorno y otros
cuentos 1991. Y tantos más…
Hablo para dejar constancia, ya lo dije. ¿Pero quién habla
por ellos? ¿Quién los conoce? ¿Quién los lee? ¿Para qué se es
escritor entonces en un país donde nadie conserva la memoria
de sus escritores? Por eso para finalizar, me remito al lucido
pensamiento del cineasta argentino Adolfo Aristarain cuando en
su película “Lugares Comunes” pone este hermoso párrafo en
voz del protagonista”

“El escritor escribe. Si alguien quiere aprender a


escribir podrá llegar a ser una persona que escribe,
pero nunca será un escritor. Según Raymond Chandler
entonces soy un escritor ya que escribo. Me faltaría
saber si escribo bien y si tengo un estilo propio. El estilo
no se busca, se tiene o no se tiene y no se sabe el
porqué. Nadie mejor que yo sabrá si escribo bien. Vivo
de eso, vivo de criticar y analizar lo que otros han
escrito. Enseño literatura. El íntimo menos precio que
siento por mí mismo alimenta mi autocrítica. No me
será necesario esperar la aprobación de algún editor, si
esto que hoy comienzo resulta una basura o es solo
mediocre o no tiene la calidad que espero encontrar al
leer obras ajenas y que siempre ha sido escasa, este
manuscrito entonces nunca conocerá la elegancia del
Garamond o la vulgaridad de cualquier otra tipografía.
Lo leerá Lili, algún amigo, tal vez mi hijo. Con Lili me

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alcanza escribo por ella y para ella. No se si lo que nos
pasa es una historia que valga la pena contar, no sé si
hay una historia o si esto será un diario o un cuaderno
de notas, sé que hay desorden, decepción,
desconcierto, hay un país que nos destruye, un mundo
que nos expulsa, un asesino difuso que nos mata día a
día sin que nos demos cuenta. No tengo una respuesta
escribo desde el caos en plena oscuridad”

L. S. Márquez
Miércoles 08 de octubre de 2008
01:53a.m.

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