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SOBRE LOS HOMBROS DEL DÍA

Lenin S. Márquez S.
Un poema en prosa
Sobre los Hombros del Día Lenin S, Márquez S.

“It gets you down


It gets you down
There's no spark
No light in the dark”
Thom Yorke, Analyse

A la memoria de mi amigo y artista plástico Douglas Lamont

Eso que no alcanzas, transitorio. Algo cegado que esputa hidrácidos de miel,
soy, somos era, y no hay mayor infierno que el de la sangre mutilada, menor
desidia que la víspera fatua. Una vez incluso supuse que las garras serían como las
lágrimas de los incendios dibujados y que por alguna extraña resurrección
tendrían un significado ¿esencial para ti? o tu infancia, eras entonces esa tranquila
falsedad que al anochecer introduce mares por los orificios, invadiendo junto a la
copa de los árboles la sublime aldea de los perros. Piénsalo pequeño engendro,
qué somos entonces o peor, qué perseguimos, qué hacen las nómadas
traumáticas en los cercos de pus de un hospital, ¿has visto sucumbir a tu madre
en medio de una confusa rémora de olvidos?, ¿has visto cenegar trompas
calcáreas en las larvas?, ¿reconocerás tú la muerte cuando venga?, entonces no me
hables de poesía, no vengas a mí con esa mitológica desidia de musa sicotrópica,
cierra ya la maldita gruta de tus gestos calcáreos, trágate tu semen. Enséñate que
las voces marítimas ensanchan tu orto hasta los confines del universo, no me
grites, no llores como una muñeca muerta al borde del trapecio.

Sigues protegido por los zancos abombados de usura y mediocridad, felicito al


busto meritorio. Disimulas bien la fetidez en tu cerebro, ingenuidad cuántica,
cuadrúpedo silente. Chimpancé del romance, poeta de los versitos al oprobio,
diez mil veces cacareados desde la pavana ridícula modernista hasta el póstumo
presente en orillas. ¿Experimentas tú con tu propia carne?, no me vengas con
excusas, las esquirlas nunca tocan al orador de los concilios, lo pulverizan.
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Sobre los Hombros del Día Lenin S, Márquez S.

Callo para que así sea, para que bailen las palabras, simples palabras sin un
lenguaje, porque en lo que busco no importan los significantes, pero sé que
encontrarás el verbo, sé que anclarás tus huesos a la torre de los delirios.

Ahora puedes hablar, puedes decir todo lo que quieras, todo cuanto te sea
permitido, salvo omitir, si callas serás presa de tu propio hedonismo, los
cenagales construyen modernas ciudades sobre la prehistoria del futuro, a qué
venir con ese horrible transito infame, los resentidos husmean la cueva, tal vez un
golpe de niebla en la vesícula, llevan las encías manchadas por el oro, cargan con
las sombras hasta los hombros del día, han nacido como los muertos, con el
olvido trasmutado. Olvido y hambre y siempre preguntan: a qué raza perteneces,
a qué lado de tu corazón acuden las pesadillas de los niños ahorcados, el dolido
espanto de tus anfetas, algo que tiemblas, pero no existen, y si te pierdes, cambia
el camino, cambia todo. El origen de los pueblos vendrá en su muerte, en el
interminable hollín de la zafra de mis antepasados. Y el olvido, ¿el olvido, dónde?

No bastarán luciérnagas para nombrar tu origen, la verdad es que descenderemos


sin dejar rastro, sin ese oscuro atavismo de los ejemplos seculares, tan sólo
perduraremos una nostalgia.

Empieza ya a despertar, mira el camino de las pisadas que no van a ninguna


parte, los lugares son solo formas en el sueño, no existe el horizonte y los
acantilados son hermosos cautiverios para las almas.

Quién grite sobre el silencio de los pájaros vivirá en la luz de su torpeza.

Clama por tus deseos, enarbola cada labio, sáciate de todas las ubres, de todos los
sexos, abócate a seguir las menstruaciones voraces, no te pierdas con el ruido de
las focas, posee a las palabras que están en cuarentena, no tengas conciencia de
los roles, no existen fronteras, el verbo fecunda la catarsis, el poema miente para
ganar desnudos, recuerda que el mundo está hecho con el dolor de los otros.
Nadie persigue su sombra sobre los arenales, hay lagartijas que son devoradas por
inmensas mariposas, hay fantasmas viviendo en el lugar de nuestras vidas. Corre,
corre, el final es ya, ahora. Lugares comunes saboreando el último plato de

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historia, no te niegues, igual estas perdido, para qué desistir al huracán de la


desidia.

Salimos a la calle y la ciudad es un inmenso piano de siquiátrico. Carniceros con


los cuchillos como penes erguidos, penes tan pequeños que sería necesario un
astrolabio para llagar su glande. Hombres sin penes como tiburones
descompuestos que fustigan su sado contra las esquinas de los cementerios,
hombres-mujeres, pero nunca mujeres-hombres, el horror no se fractura, nos
lacera en el placer, en la oscura conciencia que ¿nos obliga? a no ceder, a ser eso
que somos cuando nadie nos observa, la sinfonía incurable, el prurito con
chancros .

Vigilas y te haces cómplice, tenemos tanto miedo a ser juzgados que terminamos
convirtiéndonos en nuestros mejores verdugos, egoístas saldables. Pero el acto
simplifica, si se pudiera amar cada seña, cada minúscula petulancia, si lográramos
decirlo todo estaríamos muertos, nuestras frustraciones son hermosas pero no las
entendemos, nuestros deseos ocultos perfuman lo que proyectamos: uno a uno el
vértigo insemina los desprecios, nuestra absurda fe, parapléjica y volátil, suaviza
la comezón en los anillos del circo, y en cambio creemos vivir bajo la seguridad
de los plexos, tus prescindidas falanges añoran la culpa.

Deberíamos propagar toda la soledad posible. Somos barcos en la tundra, fiebre


de erratas.

El columpio de la jirafa hogareña.

Duele tanto que se nos incrusta como un virus anómalo y por eso defecamos
cada tarde, defecamos como una adorable multitud siamesa, exacta, puntual. Por
eso te masturbas y me masturbas y sólo dios, que nada sabe, adivinará lo que
haremos con todos esos fluidos y acaso visitará nuestras congeladas tumbas y
arrojará palabras que no comprenderá, porque es demasiado sabio como para
poder comprender sus propio infundio, pero dios es del tamaño de un átomo, y
hay quien lo ha visto y asegura que existe, que vive en una enjaula de costras más
allá de las islas del insomnio.

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Yo no, yo pertenezco al ciclo de la rótula, con mi calor, con esta sangre de


palabras temidas.

Pero tú, ¿serás al fin feliz?, ¿será posible que dejes el ruido de la lástima a un lado
y continúes con tu vida?

¿O qué?, ¿vas a violar tu tráquea?, no te engañes, apenas caminas por la cornisa,


de no ser así qué son dos mil años comparados con el fin del mundo, cállate. Sé
que visitarás las corazonadas con el velo de los cuellos tartamudos y rezarás para
dos. Mi hierba densa abrigará la cáscara de nieve enmudecida, despertará la voz
que nada en tu interior, la voz que no persigue los firmamentos, y a la mañana
siguiente bajarás hacía la muerte anunciando, sin el desvelo por la misantropía
insana, que fustigarás incansablemente sobre las encías del tiempo.

Ese será tu premio y también tu castigo, pero no me vengas a decir poeta,


poeta… porque me parece que responderé cortándote el cuello.

No te asustes, dime quién no sueña con ser algún día un perfecto asesino, yo amo
la destrucción, amo la desidia, el dolor que nos atormenta en la memoria, para
qué ser felices, la lógica consiste en la sagrada tortura. Y ves, quisiera destruir mis
recuerdos, quisiera deshacerme de mis muertos y olvidar, cerrar por derribo.
Olvidarme quien soy, de dónde vine, hacía donde voy, olvidar, la vida debería
estar sujeta al olvido, la desmemoria de mis versos, mi carne es esto que ya nunca
será, mutaré mis células, asistiré a la infancia para jugar sobre castillos de álgebras,
transitaré la lluvia sin conciencia de la vastedad en el laberinto, todos saben que el
minotauro ha ido a esconderse sólo de sus miedos no de la risa.

Estoy cansado, los muertos no dejan de gritarme sus sueños, arrastro con ellos su
espectro de peldaño, su laxitud confusa. Cada noche me asechan, dejan sus
miedos fluctuando en mí como un pez intranquilo.

Quiero dejarlos en ese rincón y partir, oír el silencio. Plañir.

Voy anclado al barco de esta realidad (que son muchas), pero no son mis
hombros, son los hombros del poema, los del día, ellos te sostienen, me
sostienen, ¿no te gustaría soltarte al vacío?, ¿experimentar la catarsis de la caída?
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Sucumbir feliz a la nada. Yo he caído tantas veces, estoy hecho de golpes en mis
caídas, que son como desvaríos astrales.

Así fui toda mi vida. Y por cada trueno en mi conciencia alguien lacera las
sonrisas idiotas.

No me leas como quien lee esos surcos que deja el tiempo en las heridas. Mi
cárcel soy yo, únicamente en resguardo, pues mis alas han sido mutiladas por la
euforia.

Búscate para encontrarme, enróscate al laboratorio de la ciudad hundida,


excávate, pálpame en lo lejos. Hoy soy esto como una ausencia, y apenas me
alcanza, apenas.

Si no las entiendes, entonces maldícelas, cada palabra es como un cuerpo en


descomposición, grítales, araña sus cejas sin reposo porque algún día tendrás que
enfrentar tu propio laberinto, quieras o no, algún día tú propia conciencia vendrá
a arreglarte las cuentas, no te confíes, no hay salida, y si crees que ahorcándote
podrás evadir este destino (que es el destino de todo lo humano), comienza a
cantar en voz baja, canta para ti en pequeños susurros, así tal vez no tendrás que
lamer los rastros de la clorofila envenenada.

El caracol te aplasta. Si recitas lo que sueñas sólo habrá confines en tu prosa,


repito aquí tu infancia y me visto para la cumbre de los ojos nauseabundos. En
todos hallo lo que las bestias dormidas.

Ahora que tus hijos deambulan confundidos como los lobos del reino.

No me reiré de ti cuando te calles, no me burlaré de tus grotescos respiros y


acaso fingiré no beber tu oráculo, sé que la feliz comunión sólo podrá germinar
para la sarna, te advierto; los poetas pertenecemos a una extraña raza de
serpientes emplumadas, no nos domina el mismo credo lastimado, el mismo
desconcierto, la misma lápida; dejémonos de eufemismos, porque únicamente se
puede no ser lo que se es inexorablemente.

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