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NUEVA HISTORIA DE LA IGLESIA TOMO V LA IGLESIA EN EL MUNDO MODERNO (1848 al Vaticano II) por los profesores R. AUBERT, J. BRULS, P. E. CRUNICAN, J. TRACY ELLIS, J. HAJJAR, F. B. PIKE K EDICIONES CRISTIANDAD Huesca, 30-32 MADRID Los esiudios de este volumen fueron redactados en fos siguientes idiomas: cn francés, los de R. Aubert, J. Bruls y J. Hajar; cen inglés, los de P. E. Crunican, J. Tracy Ellis y F. B, Pike. ‘Vraduccién de T. MUNOZ SCHIAFFINO ISBN: 84-7057-222.9 (Obra completa) ISBN: 84-7057-223.7 (Tomo V) Depésito legal: M. 13.501—1964 (V) © Copyright universal en Uitgeverij Paul Brand, N. V., Hilversum © Copyright para todos Jos paises de lengua espafiola en EDICIONES CRISTIANDAD, S. L. Madrid 1977 Printed in Spain by Arres Griricas Benzat.- Virtudes, 7 -Maprrp-3 Cap. Cap. Cap. Cap. Cap. CONTENIDO PRIMERA PARTE LA IGLESIA CATOLICA DESDE LA CRISIS DE 1848 HASTA LA PRIMERA GUERRA MUNDIAL por el profesor ROGER AUBERT I—Tres pontificados: Pio IX, Leéu XIII, Pio X IL—La revolucién de 1848 y su repercusién en la Iglesia 1. El «milagro de 1848> en Italia . 2. El catolicismo liberal francés, Ensefianza y 3. La constitucién prusiana de 1848 y los cat 4. Libertad religiosa en Holanda : tas sociales . icos IIL.—La Iglesia romana y el liberalismo CatGlicos liberales y catélicos intransigentes La Italia liberal y los Estados Pontificios . El «Syllabus» Ledn XIII y el catolicismo liberal Pio X y la reaccidn antiliberal. Condenacién de «Sillon> -¥ de L’Action Geng oe vayne IV.—Progresiva centralizacién romana ... 1, Movimientos ultramontanos . 2. El Concilio Vaticano I .. | 3, Funcién centralizadora de las nunciaturas V.—La Iglesia en el continente europeo Francia .. Talia Alemania’. Austria . Espafia ... vayre 101 8 CONTENIDO Bélgica Holanda . Suiza ne Rusia y Polonia ... ener Cap. VI.—Resurgimiento de la vida cristiana ... 1. Florecimiento de las 6rdenes y congregtcions tligos 2. La piedad popular : 3. El movimiento litiirgico Cap. VIL—Pastoral 9 accién catélica so. sv. 1. Formacién del clero y reforma de los seminarios 2. Accién pastoral del clero ... es 3. Asociaciones de apostolado seglar . a) Alemania b) Francia o) Italia ... Cap. VIII.—Comienzos del catolicismo social 1. Los catélicos y Ia accién social .. a) Italia .. b) Francia c) Alemania @) Austria .. La enciclica «Rerum novarum» . La democracia cristiana . a) Bélgica 5) Alemania ¢) Francia d) Italia 4. Sindicatos catdlicos ... ... ... en Cap. IX—Resurgimiento de las ciencias eclesidsticas La ciencia catélica a fines del siglo x1x . Tensiones en la teologia alemana . El neotomismo .. Otras corrientes filos6ficas Giencias naturales, historia y exégesis: Janssen, von Vigouroux, Lagrange .. ip ed vayNe Cap. X—El modernismo +...» ge opep 1. El modernismo en Francia: A. Loisy ... . 2. EL modernismo en Inglaterra: G. Tyrrell 3. El modernismo en Italia: Buonaiuti y A. Fogazzaro 4, La enciclica «Pascendi» y el integrismo catdlico astor, Duchesne, 107 109 0 2 115 15 121 129 133 133 135 140 140 441 142 147 147 148 148 150 151 152 154 156 157 158 162 165 168 168 170 173 179 180 188 188 193 196 199 MOVER Cap. IT. SEGUNDA PARTE EL CATOLICISMO EN EL MUNDO ANGLOSAJON Wiseman y Ja nueva politica eclesiéstica Newman y el movimiento de Oxford ... «Catélicos viejos» y conversos ... Pasos hacia la unién de las dos Iglesias - Creciente influencia social de los catélicos . Aportacién de los catélicos ingleses a la cultura .. La Iglesia en Gales, Escocia ¢ Irlanda ... Nacimiento de una Iglesia: Australia, por Roger Aubert Cap. IIL—La Iglesia en Canada, por Paul E. Crunican ... .. 1 2 3. a 5 Caracteres iniciales de la _ canadiense La Confederacién ... ... ... El primer cuarto de siglo... ... - E] siglo xx, época de madutez - Comienza otro siglo ... Cap. IV.—La Iglesia en Estados Unidos, por John Tracy Ellis ... . 1. 2 = 4 ch 6. 7. 8 Ls 10. i 12, 13, Cap. I—La Iglesia y la sociedad civil basta finales del siglo XIX .. i La guetra civil... 2... os Los problemas sociales . La ensefianza ie Los origenes nacionales El estilo american de vida La préctica religiosa ... Ordenes y congregaciones religiosas El problema negro . Los catélicos y la vida pablica . Los catélicos y la vida intelectual El Coneilio y sus consecuencias . La secularizacién ... ... +. Nuevos horizontes ... TERCERA PARTE LA IGLESIA FN LATINOAMERICA. DE LA INDEPENDENCIA A NUESTROS DIAS por FREDRICK B. PIKE INTRODUCCION SITUACION ECONOMICO-SOCIAL Y RELIGIOSA EN LATINOAMERICA A PRINCIPIOS DEL SIGLO XIX México Cap. I—Renacimiento de una Iglesia: Gran Bretafia, por Roger Aubert .. 207 207 210 212 215 219 222 225 231 237 237 240 241 244 250 253 253 258 262 266 271 277 282 285 288 291 296 300 304 316 320 0 CONTENIDO 2, América Central 322 3. Argentina y Chile 324 4. Ecuador .. 326 5. Colombia 328 6. Pert . 330 7. Venezuela 332 8. Brasil . 333 9. EI catolicismo latinoamericano a fines del siglo. xtx 336 Cap, IL—Auge creciente de la Iglesia a principios del siglo XX 2... sv vee vee 337 Cap. IIL—El nacionalismo catélico de derechas 2. 0. sv cee ve ve vee vee ee BAB 1. Argentina y Brasil. 343, 2. Chile ... 5 347 3. Per y Bolivia . 349 4. México y América Central. 351 Cap. IV.—El catolicismo latinoamericano después de la Segunda Guerra Mundial. 355 1, La Iglesia y el problema social... 0. ee cee cee ee oe sae 555 2. El movimiento democratacristiano ee 3, El Consejo Episcopal Latinoamericano ( 361 4. La falta de sacerdotes ... 363 5. La nueva izquierda catélica 365 6. EJ protestantismo ... ... 366 7. EI sincretismo religioso 367 8. EI problema demogtéfico .. 368 9. Conclusion... .. --- 369 CUARTA PARTE LAS MISIONES por J. BRULS Cap. L—Impulso misionero en el siglo XIX o.oo. sev cee vee ee ee ee ee ee ee 373 Cap. I.—De misién extranjera a Iglesia locdl oo. oe. eo ie cee cov tie se eee ene 378 Cap. 1L—Vineulos politicos de la mision ... 388 Cap. IV.—La mision y las culturas autéctonas ... 0... 399 Cap. V.—Crisis y nuevas perspectivas ... ... 403 QUINTA PARTE LAS IGLESIAS ORIENTALES CATOLICAS por el profesor JOSEPH HAJJAR Cap. I—De la guerra de Crimea a la Primera Guerra Mundial Marco politico y eclesidstico : Politica eclesidstica de asimilacién de Pio 1X (1847-1878) . Politics de optimismo senovador de Leon XIII (1878-1903) Politica reticente de Pio X (1903-1914) 5 : EI problema de la unidad cristiana ... vay Ne Cap. IL—El catolicismo oriental entre las dos guerras ... 1, El marco politico y eclesidstico ... .. : 2. Palestina y la cuestién de los Santos Lugares .. 3. El papado y el Oriente catdlico . Cap. III.—De Pio XII a! Vaticano II Marco politico y religioso ... ... Pio XI y el unionismo oriental : Hacia las’ cumbres conciliares (1958-1962) Los trabajos del Vaticano II (1962-1965) . aeNe SEXTA PARTE EL MEDIO SIGLO QUE PREPARO EL VATICANO IL por el profesor ROGER AUBERT Cap. 1—De Benedicto XV a Juan XXIII .. 1, Benedicto XV ... . 2) Pio XI... 3. Pfo XID... 4. Juan XXII. Cap. I—La vida de la Iglesia La Accién Catélica ... . La Iglesia y la cuestién social EI ministerio en la sociedad industrial Renovacién de la vida religiosa . La espiritualidad . i La piedad mariana... EL movimiento biblico La renovacién Jitiirgica Arte sacro .. : Ecumenismo Been aubeNe 409 409 414 422 427 429 436 436 443 444 452 452 Bees 459 461 469 469 478 490 500 505 506 512 514, 518 522 526 527 528 531 532 12 GCONTENIDO, Cap, IL —Las corrientes de pensamiento ... Dogma y moral... .- Los catdlicos y la cultura El renacimiento de la Tglesia - Estudios biblicos y patristicos Las nuevas corrientes teolégicas .. VayNe Cap. IV.—El Vaticano I .. 1. Trabajos preparatorios ... 2. Composicién de la asamblea ... 3. Primera sesidn .. 4. Segunda sesién ... 5. Tercera sesién . 6. Guarta sesién y clausura ... Cronologia ... Bibliografia ... Indice analitico . 537 337 540 3543 545 547 553 3553 556 558 559 562 3564 567 3581 625 PRIMERA PARTE LA IGLESIA CATOLICA DESDE LA CRISIS DE 1848 HASTA LA PRIMERA GUERRA MUNDIAL por el profesor ROGER AUBERT CAPITULO I TRES PONTIFICADOS: PIO IX, LEON XIII, PIO X 1. Pio IX Gregorio XVI mutié el 15 de junio de 1846, en un momento en que su impopularidad habfa alcanzado cotas muy elevadas: los espiritus clari- videntes le reprochaban su negativa a reorganizar los Estados Pontificios sobre bases mds modernas. A esto se afiadia en Italia un nuevo factor de des- contento: el papa habia adoptado una actitud totalmente negativa frente a los patriotas que aspiraban a liberar la peninsula del yugo austrfaco. Por eso no es de extrafiar que los problemas politicos del Estado romano determinasen Jas opciones de los catdenales reunidos en un cénclave en que predominaba ampliamente el elemento italiano, Unos proponian la eleccién del reacciona- rio cardenal Lambruschini, secretario de Estado, alegando que con él que- daria garantizado el apoyo de Austria para reprimir la agitacién revoluciona- tia, que crecfa sin cesar. Otros, conscientes de la necesidad de distanciarse del régimen anterior, preconizaban un papa dispuesto a hacer ciertas conce- siones al espiritu de la época y nacido en los Estados Pontificios, subrayando que esta circunstancia contribuiria a subrayar su independencia de influencias extranjeras. Massimo d’Azeglio pensaba que Gizzi era el papa ideal para los neogiielfos; pero muchos lo consideraban demasiado progresista —errénea- mente, como ha demostrado A. Simon'—. De ahi que las preferencias de esta corriente se centraran en el cardenal Mastai, que, siendo obispo de Spo- leto e Imola, habia sabido hacerse aceptar en los ambientes liberales, muy activos en esas regiones. En el primer escrutinio obtuvo Mastai quince votos frente a los diecisiete de Lambruschini, y los que temian la eleccién de éste se agruparon répidamente en torno a Mastai, quien consiguié as{ la mayorfa de los dos tercios requeridos durante la segunda jornada del cénclave. El pontifice que con el nombre de Pio IX iba a ocupar durante treinta y dos afios la cétedra de Pedro era atin relativamente joven, ya que sdlo tenia cincuenta y cuatro afios. Desde sus primeros afios de vida clerical se habfa distinguido por su piedad y su celo pastoral, y sus diocesanos elogiaban * Documents relatifs 4 la nonciature de Bruxelles, 1834-1838 (Bruselas 1958) 51-91. 16 TRES: PONTIFICADOS undnimemente su actitud de didlogo y su espiritu abierto y comprensivo. Como papa iba a convertirse pronto en signo de contradiccién, pues mien- tras unos lo exaltaban como a un santo puesto por la providencia a la cabeza de la Iglesia para guiarla con mano segura frente a los miltiples ataques del demonio, otros lo consideraban como un autécrata vanidoso y poco inte- ligente que se dejaba manipular por un torpe clan reaccionario. Pese a que carecemos de una buena biograffa critica, hoy podemos discernit mejor las limitaciones y la verdadera grandeza de este papa, que ha influido profunda- mente en la orientacién del catolicismo contempordneo. Pio IX tuvo tres limitaciones: una emotividad excesiva, que frecuentemen- te le hacia decidirse de acuerdo con la opinién que acababa de escuchar, aunque dio pruebas de una firmeza inquebrantable cuando creyé que estaban en juego los verdaderos intereses de la Iglesia; una formacién intelectual superficial, como la de la mayoria de los eclesidsticos italianos de su genera- cidn; es cierto que tal deficiencia se hallaba parcialmente compensada por su sagacidad y buen sentido, pero a veces le impidid advertir la relatividad de algunas tesis sobre las que debia pronunciarse o la complejidad real de los problemas, propendiendo a no ver en las convulsiones politicas en que la Iglesia se veia implicada sino un nuevo episodio de la gran lucha entre Dios y Satén, en vez de intentar analizarlas técnicamente con sentido realista; Finalmente tuvo como hombres de confianza a personas cuyo celo y abnega- cién no compensaban la tendencia a ver las cosas con intransigencia de tedri- cos sin contacto con la mentalidad contempordnea. Tales limitaciones, particularmente deplorables en un jefe que se iba a ver obligado, cada vez con mayor frecuencia, a zanjar solo muchas cuestiones, no pueden, sin embargo, hacernos olvidar los aspectos positivos del hombre y de su obra. Ante todo sus cualidades humanas: sencillez, bondad, serenidad en las pruebas, dotes de orador, Ademés, la profundidad de sus sentimientos religiosos y su preocupacién dominante de no actuar como soberano temporal —acostumbraba encomendar estos asuntos a su secretario de Estado, el habil cardenal Antonelli (1806-1876)?, que ocupé este cargo desde 1849 hasta 1876—, sino como sacetdote y hombre de Iglesia, responsable ante Dios de Ia defensa de los valores cristianos amenazados. Si foments sistem4- ticamente la centralizacién romana y no cesé de condenar cada vez con mas energia los principios del liberalismo, no fue por ambicién personal ni por el gusto de la teocracia, sino por motivos esencialmente pastorales. Los continuos avances del movimiento ultramontano, sancionado solemne- mente por el Concilio Vaticano, constituyen uno de los rasgos més salientes * Sobre Giacomo Antonelli puede verse, en espera de una biografia adecuada, Dizio nario Biograjico degli Italiani TIT, 484-493. Antonelli era twabajador y habil; pero no tenia grandes dotes, y su talento diplomético consistfa sobre todo en buscar escapatorias y aplazar las dificultades, mas que en hallar soluciones nuevas, Hombre de mundo més ‘que hombre de Iglesia, ‘siempre evitd cuidadosamente intervenir en cuestiones propia- mente religiosas. PIO 1X Vv del pontificado de Pfo IX y suscitaron mucho antes del Vaticano II quejas y oposicidn entre los que apreciaban Jas ventajas del pluralismo en las Igle- sias locales y temian ver al episcopado sometido a Ja tutela de la Curia to- mana. Pero Pio IX alenté el movimiento con todas sus fuerzas porque lo consideraba necesario para restaurar la vida catélica donde las intervenciones gubernamentales en los asuntos de la Iglesia amenazaban con ahogar el celo apostélico del clero y de los fieles y porque crefa que representaba el mejor medio de reagrupar todas las fuerzas vivas del catolicismo pata reaccionar contra la creciente oleada de liberalismo anticristiano. Influido por la filosofia politica de tipo tradicionalista que a mediados del siglo xrx imperaba en el mundo catélico, Pio IX fue incapaz de discernir entre lo que, al comenzar el afio 1789, tenia un valor positivo y preparaba de lejos una mayor espiritualizacién del apostolado, y lo que era la transposi- cién en términos politicos de una ideologia racionalista heredada de la [lus- tracién, Confundié la democracia con Ia «revolucién» y ésta con la destruc- cién de todos los valores ctistianos tradicionales, y no comprendié que histéricamente era imposible lograr para la Iglesia la proteccién del Estado y al mismo tiempo la plena libertad que tanto le pteocupaba; por eso fue incapaz de adaptarse a la profunda evolucién politica y social que caracteriza al siglo x1x. Peto, por encima de estas confusiones ¢ incomprensiones, tenfa la percepcién confusa —desafortunadamente expresada— de que era necesa- tio defender, frente a una sociedad seducida por un concepto exclusivamente cientifico del progreso, la primacia de lo que los telogos Maman el «orden sobrenatural» de la visién biblica del hombre y de la historia de salvacién, que se opone a la interpretacién de la historia como una liberacién progre- siva de los valores religiosos, unida a una confianza tal en las posibilidades del hombre que no deja lugar para un redentor. Para comprender el rigor con que Pfo IX combatié incesantemente contra el liberalismo, estigmati- z4ndolo como «el error del siglo», es preciso recordar que este papa trabajé constantemente por centrar de nuevo el pensamiento cristiano en los datos fundamentales de la revelacién; el Concilio Vaticano debia representar la coronacién de tales esfuerzos. Tan importante —e incluso més por el resultado positivo— es el esfuerzo paralelo realizado por Pio IX para elevar el nivel medio de la vida catdlica. El fruto més notable de este largo pontificado fue sin duda la aceleracién de la corriente de devocién popular y de espiritualidad sacerdotal que habia co- menzado en Ia primera mitad del siglo. Este movimiento se vio favorecido por factores muy diversos, pero Pio IX lo impulsé decisivamente con su ejemplo personal y més atin con sus ensefianzas y exhortaciones. Porque cteia indispensable para el éxito de esta obra de restauracién cristiana una actitud intransigente, se sobrepuso a su inclinacién personal hacia la concilia- cién para repetir sin cesar —con lamentable falta de matizaciones— cierto ntimero de principios que constituyen el micleo de su ensefianza doctrinal. Por Io demés, durante los treinta y dos afios de su pontificado crecié Ia 18 TRES PONTIFICADOS Iglesia exteriormente. La expansién misionera continué en las cinco partes del mundo paralelamente a la expansién colonial europea bajo el impulso centra- lizador del Vaticano, y la inmigracién catélica fomentd el desarrollo de Igle- sias nuevas, de gran porvenir, en Canadé4, Australia y sobre todo en los Esta- dos Unidos, por no hablar de América Latina (entre 1846 y 1878 se erigicron 206 didcesis y vicariatos apostdlicos). Al mismo tiempo se feorganizaron algunas Iglesias antiguas que vivian en condiciones precarias desde la Refor- ma: en Inglaterra y los Pafses Bajos se restablecié la jerarquia episcopal; en Alemania, el Kulturkamp} permitis comprobar el gtado de vitalidad que habia alcanzado en unos afios esta Iglesia apoydndose cada vez més en la Santa Sede. El hecho de que las Iglesias locales giraran en medida creciente en torno a Roma no se debié sdlo a una politica centralizadora fomentada sistematica- mente con el apoyo de las nunciaturas y de la Compafifa de Jesds. El movi- miento fue en gran parte espontdneo y se vio facilitado ademas por el enor- me prestigio, superior al de todos sus predecesores, de que gozaba Pio 1X entre las gentes del pueblo. En efecto, a la simpatia que sus desgracias le gtanjearon en el mundo catélico, desde Ja revolucién romana de 1848 hasta Jos ataques renovados de los «piamonteses», se afiadia la fascinacién que gtan parte de los fieles y del bajo clero experimentaban ante su encanto personal y sus virtudes, idealizadas ademés por la distancia. Sin embargo, el triunfo del ultramontanismo y la dura condenacién del liberalismo lo fueron enemistando cada vez més con las clases ditigentes: en el momento de la eleccién, los contempordneos habian saludado con entu- siasmo a este papa, considerdndolo «enviado por Dios para Hevat a cabo la gran empresa del siglo xrx, la alianza de la religién y la libertad» *; en cam- bio, los tiltimos afios de su pontificado se vieron ensombrecidos por conflic- tos con la mayoria de los gobiernos de Europa y de América, exasperados por la intransigencia romana ante las ideas de la época. No cabe duda de que la Iglesia catélica se habia afianzado en su interior y habfa experimentado un crecimiento cuantitativo; pero en el momento de la muerte de Pfo IX (7 de febrero de 1878), el papado aparecfa aislado y era blanco de la creciente hos- tilidad de todos los que no querfan renegar de la civilizacién moderna, y esta actitud no se daba sélo entre la poblacién de los Estados Pontificios y en los ambientes ilustrados de Italia, como al morir Gregorio XVI, sino que impe- raba en una gran parte de la opinién publica del viejo mundo y del nuevo. 2. Leén XII En esta atmésfera cargada de amenazas se abrié el cénclave de 1878, que, desde diversos puntos de vista, scala el comienzo de una nueva €poca. > Ozanam a Guéranger, 24 le enero de 1847, en Delutte, Dont Guéranger, t. I, p. 410. Sobre este entusiasmo de fon primetox meses, cf. Aubert, Le pontificat de Pie IX, 20-21. LEON XIE y Habia aumentado el influjo de los cardenales extranjeros, que en este mo- mento representaban el 40 por 100 del colegio cardenalicio y que, gracias a los progresos del ferrocarril, pudieron asistir casi en su totalidad. Ademds, desde 1870 habfa cambiado Ia situacién internacional de la Santa Sede, de suerte que la eleccién era al mismo tiempo més y menos libre. El papa habia dejado de ser un jefe de Estado, por lo que no era necesario preocuparse de las cuestiones de politica interior, que habfan tenido tanto peso en el cdnclave precedente, y carecian de objeto las tradicionales rivalidades de las potencias, lo cual constitua un ptogteso indiscutible. En cambio, el desarrollo normal de las diversas fases dependia ahora de la buena voluntad de las autoridades italianas, y habfa motivos para desconfiar de ellas. Sin embargo, tras algunas inquietudes iniciales, se vio con claridad que estaban dispuestas a no injerirse en la eleccién pontificia, cosa que se ajustaba a los deseos que Francia y Aus- tria habfan expresado con toda nitidez. En consecuencia, todas las preocupa- ciones se centraron en la biisqueda del candidato. Parte de los cardenales de la Curia, que seguian esperando un milagro o estaban dispuestos para lo peor, opinaban que de momento era preciso continuar la linea de Pfo IX, es decir, condenar con firmeza el liberalismo, origen de todos los males, y esperar pasivamente Ia Iegada de tiempos mejo- res. Deseaban, pues, un papa que fuese hombre de oracién y de doctrina y lo menos politico posible. Frente a estos intransigentes que preconizaban lo que Manning Ilamaba «quietismo eclesidstico», algunos cardenales se pregun- taban si no habia Hegado ya la hota de poner punto final al pasado y empren- der el camino de la conciliazione con la Italia nueva que venfan preconizando los liberales moderados durante los ultimos veinte afios. Pero este punto de vista no era plenamente compartido por la mayorfa de los que considera- ban que habia fracasado la politica de Pio IX y Antonelli, Crefan imprescin- dible restablecer la soberanfa temporal del papa, pero juzgaban que la mejor forma de conseguir el apoyo de las grandes potencias para tal empresa con- sistfa en que la Iglesia recuperara el prestigio que habfa perdido a los ojos del mundo moderno, adoptando una actitud moderada en los conflictos politi- co-teligiosos del momento y mostrando la mayor apertura posible ante todo Jo aceptable de la cultura del siglo xrx. Tal era en concreto Ia opinién de casi todos los cardenales extranjeros. Algunos propusieron al cardenal Franchi como exponente de esta nueva politica, pero en Roma lo consideraban excesi- vamente politicante. Durante los tiltimos aiios se habfa ido pronunciando cada vez con mayor frecuencia otro nombre: el del arzobispo de Perusa, Gioachino Pecci. Se subrayaba su vasta cultura intelectual y la experiencia diplomatica que habia adquirido en su juventud como nuncio en Bruselas (1844-1846); a ello unia la ventaja de una prolongada labor pastoral, en Ja que se habia revelado como uno de los mejores obispos de Italia. Esta circunstancia impre- sionaba a los que opinaban que el papado debfa concentrarse cada vez més en sus tareas propiamente religiosas. La candidatura de Pecci fue defendida en ardor por el cardenal Bertolini, que con la ayuda de Manning logré atraer 20 PRES: PONTIFICADOS a la mayor parte de los catdenales extranjeros. Muchos electores que no lo conocian quedaron favorablemente impresionados por la serenidad y energia con que desempefié sus funciones de camarlengo. También se alegs que, por haber vivido fuera de Roma hasta hacia pocos meses, era uno de los menos comprometidos en las decisiones del pontificado anterior. Asf, pues, la deci- sidn estaba précticamente tomada en el momento de comenzar el cdnclave, y al dia siguiente (20 de febrero de 1878) era elegido el cardenal Pecci. ‘Anuncié que tomaria el nombre de Ledn en recuerdo de Leén XII, al que siempre habia admirado a causa de su interés por los estudios, de su actitud conciliadora en las relaciones con los gobiernos y de su preocupacién por acet- carse a los cristianos sepatados. EI nuevo papa tenia sesenta y ocho afios, y su salud delicada hacia prever un pontificado mds bien breve. Pero de hecho dirigié la Iglesia durante un cuarto de siglo y lo hizo de forma muy personal. Posefa un temperamento de jefe, con la claridad de visién, el dominio de sf y el sentido de las posibilida- des que caracterizan a los hombres de accién. Pero también cierta frialdad de sentimientos, que desgraciadamente suele ser necesaria para seguir adelante sin conmoverse demasiado por las repercusiones que puedan tener para los individuos las decisiones consideradas necesarias para el bien del conjunto. Con frecuencia se ha esbozado un contraste exagerado entre las tenden- cias del nuevo papa y las de su ptedecesor. En realidad, su pontificado inaugu- ra un espiritu nuevo, uno de cuyos primeros indicios fue la nominacién de Newman como cardenal, y que ya se insinuaba en las cartas pastorales de 1877 y 1878, que trataban con cierta apertura diversos temas caros a Dupanloup y Montalembert *. Pero, por otra parte, puede comprobarse que en una serie de problemas importantes hay una clara continuidad con las preocupaciones de Pio IX. Muy piadoso personalmente, a pesat de su aficién a la diplomacia, Leén XIII fomentd, como su predecesor, Ja devocién al Corazén de Jestis y a la Virgen; renové la condenacién del racionalismo y Ja francmasoneria y prosiguié la restauracién de la filosoffa escoldstica y la eliminacién de los influjos hegelianos y kantianos en los intelectuales catélicos. En el campo de las relaciones entre la Iglesia y el Estado confirmé la vigorosa reaccién contra el liberalismo laicizante y, en las enciclicas que exponen la doctrina tradicional del Estado cristiano, no vacilé en referirse varias veces al Sylla- bus, con gran disgusto de los que algo ingenuamente habfan esperado un «papa liberal». Contra lo que muchos esperaban, acentué atin més Ia cen- tralizacién romana. Aunque durante los primeros afios de su pontificado se mostré dispuesto a hacer ciertas concesiones formales en la cuestién romana, se mostré intransigente en Io tocante al principio mismo de Ia soberanfa temporal del papa. En algunos aspectos fue incluso menos tolerante, ya que era mucho menos sensible que su predecesor a la grandeza de la idea italiana y a la mistica del Risorgimento. Desde este punto de vista era mds bien un * Véase el comentario de M. Spahn, Leo XIII (Munich 1915) 185-198. LEON XUL 2 hombre del pasado y un papa del antiguo régimen. Sin embargo, aunque exis- ten matices psicolégicos diferentes en su comin intransigencia, las razones profundas son las mismas: la conviccién de que la independencia politica del pupa frente a Italia era condicién indispensable para la independencia teli- niosa de la Santa Sede, y el convencimiento de que era preciso resolver esta cuestién politica para que el papa pudiese desempefiar normalmente su misién religiosa. A diferencia de su sucesor, Pio X, Leén XIII dio gran importancia a la solucién jurfdica inmediata de la cuestién romana, de suerte que una parte notable de su politica respecto a las grandes naciones estuvo condicio- nada, como lo haba estado Ja politica de la Santa Sede bajo Pio IX, por el afin de internacionalizar la cuestién para que Jas otras potencias presionaran a Italia. Y respecto a los catélicos liberales italianos, no sélo confirmé la politica del non expedit, sino que la endurecid. De todos modos es innegable que el pontificado de Leén XIII mare un cambio de rumbo por la nueva orientacién que dio el papa a la actuacién de la Santa Sede. Le ayudaron sus secretarios de Estado: Franchi* durante los primeros meses, Nina® desde 1878 hasta 1880, Jacobini’ de 1880 a 1887 y, sobre todo, Rampolla® durante Jos tiltimos dieciséis afios de pontificado. Pero el papa no los consideraba como responsables del sector que les enco- mendaba en mayor o menor grado segtin su especial competencia, sino como meros ejecutores al servicio de una politica global concebida por él mismo. Tal politica se caractetiza por una actitud més positiva frente a las institu- ciones liberales, por una postura més conciliadora ante los gobiernos, por un «tono cordial frente a la sana civilizacién y al verdadero progreso» (Goyau) y por una concepcién més moderna de la forma en que la Iglesia debe procu- rar influir en la sociedad. * Alessandro Franchi (1819-1878) era intransigente en los principios, pero muy mode- rado a la hora de aplicarlos. Nombrado el 5 de matzo, murié sibitamente el 31 de julio, * Lorenzo Nina (1812-1885), amigo intimo del anterior, compartia sus tendencias con: ciliadoras con respecto a la sociedad moderna. Leén XIIi prescindié de él tras la rup- tura de las relaciones diplométicas entre Bélgica y el Vaticano, ? Ludovico Jacobini (1832-1887), que durante su munciatura en Viena habia sido uno de los principales artifices de Ia tregua con Bismarck, dio pruebas de habilidad y flexi- bilidad, pese a su aspecto més bien insignificante. "Mariano Rampolla (1843-1913), antiguo nuncio en Madrid, era un prelado piadoso, etudito y activo, «alma entusiasta y cabeza fria» (Billow). Tenia conciencia del creciente influjo de las masas populares en Ia vida de las naciones modernas; pero fue mucho més intransigente que sus predecesores frente a la nueva Italia. Sus adversarios, que eran numerosos tanto en la Curia como en los paises germénicos y en los ambientes monér- quicos de Francia, lo consideraban como el mal consejero del papa; pero parcce que fue mas bien un simple vicario sactificado y se limité a poner en prictica las ideas de su sefior con ayuda de algunos colaboradores especialmente escogidos. Sin embargo, conviene tener en cuenta estas palabras de Ch. Benoist: «Hacia el final del reinado, el ‘secretario de Estado habia asimilado tan bien Ias ideas de su sefior, que a veces sugeria de pasada algunos proyectos a Leén XIII, luego dejaba que durmiesen y se despertasen en el énimo del Santo Padre; finalmente una mafiana los recibia de él como un producto esponténeo» (Souvenirs I [Parts 1932] 161). 2 PRES PONTIFICADOS En los consejos que da a los catélicos sobre su actitud politica, Leén XLII no se preocupa mucho de la legitima autonomfa que la Iglesia debe dejar a los ciudadanos en este terreno. Pero, en vez de animar como Pio IX a los mds intransigentes a acentuar las distancias respecto a sus correligionarios que aceptan comprometerse con instituciones que no estén de acuerdo con los «principios verdaderos», insiste en que es preciso evitar las estétiles dis- cusiones teéricas sobre el régimen ideal y ponerse de acuerdo para utilizar con la mayor eficacia posible Jas instituciones liberales existentes pata pro- mover las reivindicaciones catélicas esenciales: el derecho de cada uno a vivir conforme a su fe, la educacién cristiana de la juventud, el respeto a la san- tidad e indisolubilidad del matrimonio, 1a posibilidad de constituir asociacio- nes teligiosas consideradas utiles, el buen entendimiento entre la Iglesia y el Estado, sin olvidar Ja libertad de la Santa Sede. En vez de discutir sobre la libertad de prensa, es preciso utilizarla en provecho de la Iglesia. Aunque los que establecieron las instituciones democraticas partieron frecuentemente de principios falsos, conviene hacer un frente comin con todas las «personas honradas» y emplear para el bien tales instituciones, puesto que no son malas en si mismas, Tal es el tema que, con variantes de detalle, aparece sin cesar en las enciclicas dirigidas a los diversos episcopados nacionales cuan- do lo piden las circunstancias. En sus relaciones con los gobiernos, Leén XIII emples en el plano inter- nacional la prudente actitud que habia adoptado como obispo de Perusa frente a las autoridades italianas: evitd las vehementes protestas de su prede- cesor y prefirié los métodos diplométicos. Ante todo procuré superar los ptejuicios contra la Iglesia; de ahi que recalcara en todas las ocasiones el apoyo moral que ésta puede aportar contra los excesos revolucionarios (agita- ciones anarquistas en los paises meridionales, socialismo en Alemania, revuel- tas irlandesas en Gran Bretafia o polacas en Rusia). Al actuar asi contribuyé con su acercamiento a la burguesfa, que detentaba el poder, a reforzar la opi- nién de los que consideraban a la Iglesia como el opio del pueblo; pero de momento consiguid éxitos indiscutibles, entre los que sobresale la liqui- dacién del Kulturkampf alemén. En unos aiios se solucionaron los conflictos existentes con Suiza y con la mayor parte de las teptiblicas de América La- tina, se consiguié una cierta distensién con Rusia, y con Espafia e Inglaterra mejoraron las relaciones, que Ilegaron a ser excelentes con los Estados Uni- dos, Sin embargo, no hay que exagerar la habilidad diplomética de Leén XIII, como ha demostrado J. E. Ward®. Sufrié derrotas en puntos importantes: en Francia fracasé su ‘politica de concordia; en Italia, a pesar de todos sus esfuerzos, la cuestién romana siguié en punto muerto, en tanto que las rela- ciones entre el Vaticano y el Quirinal fueron empeorando de nuevo a partir de 1887. Pero la verdadera grandeza de Leén XIII consiste precisamente en no * J. E. Ward, Leo XIII: The Diplomate Pope: «Review of Politics» 28 (1966) 47-61. LEON XII 23 haber sido un papa exclusivamente politico, no obstante su excesiva aficién las cosas de Ja politica, y en haber sido, al mismo tiempo que un diplomé- tivo, un intelectual simpatizante con el progreso de las ciencias y consciente «le que cra importante para la Iglesia mostrarse abierta en este campo, un pastor preocupado por la vida de la Iglesia y por la itradiacién de su men- saje a través del mundo, Mientras Pio IX se habja limitado de ordinario a condenar las orienta- iones que le parecian inaceptables, con Leén XTIT aparece por fin la inquie- tud de dar consignas positivas a los catélicos. Este cambio de clima, que ad- virticron muy bien sus contempordncos, hard posible «la presencia de los caté- licos en el campo cientifico y especialmente en el de los estudios histéricos, donde se habfan quedado retrasados desde hacia mucho tiempo» (H. Marrou). EI mismo afén de reanudar el didlogo de la Iglesia con el mundo Ilevé a Ledén XIII a suavizar los anatemas de su predecesor contra las libertades modernas. Es cierto que, como ha demostrado el padre Murray, en este terreno siguié siendo prisionero del contexto histérico; sin embargo, en las perspectivas que abrié habfa elementos que eran bastante nuevos para los catdlicos de la época, sobre todo en Jo tocante a la legitima independencia del poder civil, dentro de su esfera, con respecto al poder espiritual. También la doctrina de Leén XIII sobre la justicia social refleja este doble aspecto: apertura fecunda de puntos de vista nuevos y limitacién contingente. La en- ciclica Rerum novarum, aunque todavia bastante timida, manificsta que el papado ha tomado conciencia del problema obreto y esta dispuesto a inter- venir activamente en su solucién. Entre los motivos que impulsaban a Leén XIII a entrar decididamente por este camino nuevo se halla —junto a una sincera conviccién, de la que ho se puede dudar— su inquietud ante los progresos del socialismo y su esperanza de minarle el terreno, asi como el deseo de que la Iglesia encon- trara en las masas populares, a punto de obtener el sufragio universal, un contrapeso a la politica anticlerical que solia desarrollar el «partido legal» burgués. Nos hallamos ante otro aspecto caractetistico de su pontificado: los alientos que prodigé constantemente a todas las formas de organizacién de un laicado catélico activo. Es posible que, como opina Spahn, el espectéculo de las realizaciones belgas y romanas durante su nunciatura en Bruselas le sugiriera la primera idea. Sea lo que fuere, es curioso advertir en su perso- nalidad, aristécratica por naturaleza, una tendencia cada vez més acusada a apoyarse en las masas para presionar a los gobiernos en favor de la Iglesia y, donde hay verdaderas posibilidades de éxito, a movilizar a los catélicos en el tetreno patlamentario para hacer de ellos la vanguardia de la Iglesia mili- tante. Finalmente advirtié con realismo que en la mayoria de los paises habia Hegado a su fin la era de los principes catdlicos, y traté de recristianizat a los gobiernos por la base, con el fin de que volvieran a apoyar otra vez a la Iglesia. Llegé a inaugurar una senda todavia m4s moderna, indudablemente sin prever todas las consecuencias. En efecto, en su constante afén de que 4 TRES PONTIFICADOS los catélicos compartan las aspiraciones de su tiempo para impregnar de espiritu cristiano todas las formas de la civilizacién moderna se perfila lo que serd el gran objetivo de la Accién Catdlica del siglo xx: prescindir de la an- tigua concepcién, exclusivamente politica, de gobiernos catélicos que actuaban desde arriba mediante leyes e instituciones, e introducir la nueva concepcién de una actuacién de los fieles en el contexto en que viven. La toma de con- ciencia de esta realidad explica también el interés de Ledn XIII por los gru- pos catélicos minoritarios existentes ms alld de las fronteras de la catolicidad oficial. Parece que hasta mediados del siglo x1x los papas no contaron real- mente més que con las Iamadas «coronas catélicas» y abandonaron todo lo demés a su propio destino, En cambio, Leén XIII tuvo clara conciencia del importante papel que podian desempefiar las Iglesias, cada dia més florecien- tes, que iban creciendo con rapidez en algunos paises oficialmente no catéli- cos, sobre todo en los Estados Unidos. Sin embargo, hay que reconocer que en este punto Leén XIII se limita a intensificar una politica comenzada ya por Pio IX y que habia tenido sus primeras manifestaciones en la restauracién de la jerarqufa episcopal en In- glaterra (1851) y en los Pafses Bajos (1853). En cambio, adopta una postura totalmente nueva en el terreno unionista. Es cierto que la preocupacién por la unidad de los cristianos se habfa manifestado en diversas ocasiones durante el pontificado precedente. Las transformaciones que se produjeton en el mun- do eslavo y el Imperio turco como consecuencia de la evolucién de Ja Cuestién de Oriente hicieron concebir esperanzas con respecto a Ia ortodoxia. Algo semejante ocurrié con respecto a las Iglesias de la Reforma, sobre todo debi- do al Movimiento de Oxford y a la crisis que supuso para el luteranismo alemén la aparicién del protestantismo liberal. En Roma no miraron con io- diferencia las posibilidades de un retorno a la unidad catélica de importantes comunidades de los Balcanes y del Préximo Oriente. Lo demuestra con cla- ridad la decisién de dividir la congregacién de Propaganda fide en dos sec- ciones, una de Jas cuales deberia dedicarse a las Iglesias de rito oriental. Pero este retorno no se concebia mas que en términos de asimilacién, lo cual hacfa imétil cualquier tentativa de acetcamiento, Al contratio, la politica de centralizacién a ultranza dirigida por el cardenal Barnabd, agravada por los intentos de latinizacién que se realizaban sobre el terreno la mayor parte de los misioneros y de los delegados apostélicos, habia provocado hacia 1870 graves crisis en las comunidades ya unidas a Roma". En cuanto a las tentati- vas de contacto con los anglicanos, la Santa Sede se habia mostrado muy re- setvada y, en diversas ocasiones durante los afios sesenta, habia endurecido in- cluso su actitud, influida por Manning entre ottos, prohibiendo a los catélicos ingleses participar en la Association for the Promotion of the Union of Christendom ", En estas circunstancias no puede extrafiar que los historiado- ® Cf, el capitulo de J. Hajjar sobre el cristianismo oriental, pp. 416-419 * Cf IT parte, cap. I, p. 215. LEON XHL 2 res de hoy consideren los pasos desacertados que se dieron con ocasién del Concilio Vaticano como uno de Jos casos més tristes de ocasiones perdidas cn Ia dolorosa historia de las relaciones entre cristianos separados *. Ahora bien, Leén XIII, aunque est4 atin lejos del actual punto de vista ecuménico, aborda las cuestiones con una dptica nueva. Me parece exagerado decir con el padre Esposito que la reunién de las Iglesias separadas con Roma fue su pre- ocupacién fundamental; pero no cabe duda de que fue una de sus grandes preocupaciones por motivos complejos, entre los que no faltaba el de realizar cl prestigio de la Santa Sede en el mundo. Esta preocupacién no sélo se manifestd en piadosos deseos 0 invitaciones al retorno mds o menos directos, sino que se plasmé en una serie de medidas concretas. Tras aprovechar la ocasién que le brindé el Congreso Eucaristico de Jerusalén de 1893 para expresar claramente la benevolencia de la Santa Sede hacia el Oriente cris- tiano y su deseo de respetar las tradiciones litdrgicas orientales, Leén XIII ‘irmé solemnemente el propésito de reaccionar contra la politica de latini- i6n de los patriarcados uniatas en Ia enciclica Orientalium dignitas y en tas ocasiones ®, En esta perspectiva se inscribe la politica proeslava seguida sistematicamente en los Balcanes bajo Ja direccién de Rampolla. Los estimulos con que el anciano pontffice alenté los contactos entablados entre Portal y lord Halifax para lograr una aproximacién entre Canterbury y Roma * reve- lan el mismo estado de espiritu, calificado por J. Hajjar de «optimismo reno- vador», un optimismo no carente de cierta dosis de utopia. En este contexto unionista se preparé la enciclica Satis cognitum (30 de junio de 1896), el documento més importante del pontificado en materia de teologia dogmitica, donde, al describir la imagen de la Iglesia tal como Ja quiso su Fundador, Le6n XIII Ia presenta como «el cuerpo de Cristo que vive de su vida sobre. natural» y, aun insistiendo en Ja nota de unidad, subraya la diferencia entre unidad y unicidad. Recuerda también que el magisterio de la Iglesia lo ejer- cen colegialmente el papa y los obispos, que no son simples vicatios de aquél. Estas afirmaciones fueron bien acogidas en el mundo anglicano. Durante los tiltimos afios del pontificado los conservadores, agrupados en torno al cardenal Mazzella, lograron recobrar algiin influjo sobre el anciano papa, lo que supuso una mayor rigidez, que se manifests, sobre todo, en la condenacién del americanismo y en la actitud més reticente frente a la demo- cracia cristiana. Como ocurrié con otros papas, el pontificado de Leon XIII duré demasiado. Es preciso afiadir que este hombre, que en muchos aspectos parece muy moderno en comparacién con su predecesor, estaba vinculado 2 CE F, de Wyels, Le concile du Vatican et l'Union: alrénikon» 6 (1929) 368:379, 488-516 y 655-665; J. Hajjar, L’épiscopat catholique oriental et le premier Concile du Vatican: «Revue d’Histoire Ecclésiastiquen 65 (1970) 423-455 y 737-788. ® CE. V parte, pp. 422-427, Sobre el Congreso de Jerusalén, ef. In tesis doctoral de Cl. Soetens, Le Congres Eucharistique International de Jérusalem (1893) dans la cadre de la politique orientale du pape Léon XII (Lovaina 1975). “C£. IT parte, cap. I, pp. 215-219. 26 TRES PONTIFICADOS al antiguo régimen por su formacién y nunca supo liberarse de cierta concep- cién imperialista de la actuacién de la Iglesia. En los albores del siglo xx, esto tenia que causar decepciones, tanto més cuanto que Leén XIII pertene- cid a esa categoria de espiritus capaces de concebir grandes proyectos, pero que no elaboran suficientemente los detalles y se preocupan muy poco de las modalidades de la ejecucién. Pese a sus deficiencias y limitaciones, era un hombre superior. Es indu- dable que su politica, aun no siendo siempre tan genial como se ha afirmado a veces, le permitié en conjunto reconquistar para la Iglesia y la Santa Sede un prestigio que desconocian desde los comienzos entusiastas de Pio IX en visperas de 1848 y, lo que es mucho més importante, una autoridad moral considerable y, con ella, «un poder politico efectivo superior a la soberania oficial que habia perdido» (Seignobos). La multiplicacién de las representa- ciones diplomaticas ante el Vaticano, enviadas incluso por paises no cristianos, y sobre todo los homenajes casi undnimes tributados al papa en 1883, 1888, 1894 y 1902 permiten apreciar el resurgimiento que se produjo durante este «glorioso pontificado», que acabé el 20 de julio de 1903. El historiador de hoy lo valora, mas atin que por sus realizaciones inmediatas, por la plétora de posibilidades que entonces comenzaron a madurar para it realizindose poco a poco en el curso de los decenios siguientes. 3. Pio X En visperas del cénclave de 1903, que debia elegir al sucesor de Leén XIII, el colegio cardenalicio se hallaba mucho més dividido que veinti- cinco afios antes. Muchos cardenales pensaban que Ja mejor forma de reem- plazar al pontifice que tanto habfa realzado el prestigio del papado era elegir a su secretario de Estado, el cardenal Rampolla, confidente intimo de sus pensamientos y colaborador de todos los grandes planes de los quince afios Ultimos. Esta opinién era compartida por la mayor parte de los que deseaban que se continuase la politica conciliadora del difunto papa con tespecto a la mentalidad moderna y por una parte de los «intransigentes», que vefan en Rampolla el adversario implacable de Ja Italia oficial. La mayorfa, sin embar- go, opinaba que se imponfa un cambio de orientacién, aunque no habia acuerdo sobre la naturaleza del mismo. Unos, razonando como politicos, deseaban que la Santa Sede mostrase menos tigidez frente a Italia, pues consideraban inverosimil su préxima ruina y preferfan que la Iglesia se apoya- ra en la catdlica Austria y en el Centro alemdn, en vez de recurtir a la Rusia ortodoxa, cuya influencia creciente en el Oriente Préximo temfan, o a la Francia anticlerical, que tan crueles desilusiones habfa deparado a Leén XIII. Otros, més sensibles al punto de vista doctrinal y preocupados por las infil- traciones liberales en exégesis y en teologia y por el peligro que para el principio de autoridad entrafiaba el influjo de las ideas democrdticas alentadas PIO .X 27 por el secretario de Estado, deseaban un retorno a Ja intransigencia que habia caracterizado el pontificado de Pio IX. Habja otros, en fin, que juntamente con numerosos sacerdotes y fieles, crefan que habia Ilegado el momento de otorgar la prioridad a los intereses pastorales y deseaban que no se eligiese para papa a un alto funcionario de la Curia romana, sino a un hombre ave- zado al ministerio episcopal. La cuestién se complicaba atin més por 1a intervencién de la diplomacia, ya que las grandes potencias habfan redescubierto desde 1878 el interés que podtfa representar el apoyo moral del Vaticano. Las simpatias del gobierno francés estaban naturalmente de parte de Rampolla; Austria le reprochaba su reserva ante la Triple Alianza, su politica proeslava en los Balcanes y el apoyo que prestaba a los cristianos sociales. Sin embargo, Viena dudaba en recuttit contra él al antiguo derecho de veto, pero el emperador termind por aceptar los consejos del cardenal Puzyna, arzobispo de Cracovia, que con- ideraba nefasta para la Iglesia la eleccién de Rampolla y reprochaba a éste haber sacrificado los intereses polacos en aras de su politica prorrusa *. El cénclave, que congregaba a 38 cardenales italianos y 24 extranjeros *, comenz6 el 1 de agosto. Desde el primer dia se destacaron tres candidatos: Rampolla, que iba claramente a la cabeza; el prefecto de Propaganda, Gotti, un carmelita conservador en el plano doctrinal, pero considerado de mentali- dad abierta en cuestiones politico-eclesidsticas; finalmente, el patriarca de Venecia, Sarto; éste cra casi un desconocido para el gran ptblico y para los cardenales extranjeros, pero Leén XIIT ha indicado discretamente en diversas ocasiones que podia ser su sucesor eventual, y la mayoria de los cardenales italianos no pertenecientes a la Curia le prestaban su apoyo. La majfiana del 2 de agosto, Puzyna dio a conocer oficialmente el veto imperial, que ya habfa comunicado confidencialmente al interesado y al camarlengo. Parece que fue un gesto inutil, ya que el antiguo secretario de Estado nunca hubiera obtenido los dos tercios de los votos. Tras una protesta platénica, sus parti- datios le pidieron que les indicara a qué candidato debfan dar sus votos. Se negé a hacerlo alegando que no retitarfa su candidatura porque con ello darfa la impresién de que claudicaba ante Austria. Es probable que en esta decisién influyera también su conviccién de no poder orientar Ia eleccién en el sentido que deseaba. Mientras los partidarios de Rampolla maniobraban sin éxito, los votos de Sarto pasaban de 21 a 24 y luego, durante la mafana del 3 de agosto, a 27, sobrepasando asi a Rampolla, en tanto que Gotti quedaba practicamen- te eliminado. Sin embargo, se temié que Sarto rehusara una responsabilidad que parecia exceder sus fuerzas, pero al fin se dejé convencer, y el 4 de agosto por la mafiana era elegido papa por 50 votos frente a los 10 que siguieron ® CE. sobre todo Z. Obertynski, Kardinal Puzyna und sein Veto. Hom, a Franz Loidl IIL (Viena 1971) 177-195, espec, 183-184; cita esta declaracién del cardenal: «No me ha utilizado Austria, sino que he sido yo quien ha utilizado a Austria», p. 188, * Por primera vez asistia un americano. 28 TRES PONTIFICADOS fieles a Rampolla. Anuncié que iba adoptar el nombre de Pfo X en recuerdo de los pontifices de ese nombre «que en el siglo pasado lucharon valerosa- mente contra las sectas y los errores que pululaban». De esta forma dejé entrever la orientacién que pensaba dar a su pontificado. Son numerosos los papas que en los siglos x1x y xx tuvieron la responsa- bilidad de una didcesis antes de subir al solio pontificio, pero son muy pocos en la historia de los papas los que como Pio X pasaron por todos los grados del ministerio pastoral. Sarto habfa nacido el afio 1835 en una modesta fami- lia de Venecia; en el seminario se le habia calificado como «el alumno ma sobresaliente que recuerdan los profesores mas antiguos». Comenz6 su minis- terio como coadjutor de una parroquia rural, Iuego fue parroco de un pueblo importante, y el obispo de Treviso le confié después buena parte de la admi- nistracién de la didcesis, juntamente con Ia direccién espiritual de sus semi- naristas. En 1884 fue nombrado obispo de Mantua, donde el sacerdote vir- tuoso y Ieno de celo se revelé en seguida como un jefe de talento realista y logré en pocos afios hacer de una didcesis enferma un obispado. Leén XIIT advirtié pronto su valia y, en 1893, lo promovié a la sede patriarcal de Venecia, al mismo tiempo que lo nombraba cardenal. Pese a la creciente amplitud de sus responsabilidades, Sarto siguié comportdndose en esencia como pastor de almas, estimulando sin cesar el celo de sus sacerdotes, espe- cialmente en lo relativo a Ia predicacién, la catequesis y la comunién frecuen- te. Impulsé a los seglares a trabajar con todas sus fuerzas, pero cuidé de que tal trabajo se realizara siempre bajo el control estricto del clero y exigié a éste una obediencia absoluta a las directrices de su obispo. Por otra parte, el afén de poner un dique a los avances del socialismo, cuyos ataques a las bases religiosas tradicionales de la sociedad le inquietaban mucho, condujo a este lector asiduo del cardenal Pie, que en sus cartas pastorales denun- ciaba a los catdlicos liberales como «lobos cubiertos con pieles de ovejas», a preconizar en el terreno de la politica local Ja alianza de Jos catélicos vene- cianos con Ios liberales modetados. Esta forma de actuar petmitfa augurar que el nuevo papa adoptaria ante la nueva Italia una actitud més conciliadora que su predecesor. De hecho, su pontificado iba a sefialar el comienzo de una lenta mejoria en las relaciones entre el Vaticano y el Quirinal. Ahora bien, si los periodistas y politicos italianos estaban vivamente interesados al dia siguiente de la eleccién en sa- ber qué postura pensaba adoptar el nuevo papa en la cuestién romana, Pio X consideraba que este problema era secundario. De hecho Ievaba a la silla de Pedro distinto espiritu que su predecesor. Mientras éste se complacia en el sutil juego de la diplomacia y la politica, Pio X no encontraba en ellas ningiin atractivo, pues no queria someterse a los compromisos que casi necesaria- mente implican, Pensaba ademés que 1a politica conciliadora seguida por Leén XIII con los gobiernos y las cortes habia terminado en un fracaso, y él estaba decidido a concentrarse en los problemas de apostolado y de vida cris- tiana. PIO .X 29 Por lo demés, el contraste entre el nuevo papa y su predecesor era impre- sionante en todos los aspectos. Si nos fijamos en el aspecto fisico, observar mos que Leén XIII era alto, pélido, delgado, frfo y distante con los visi- tantes, solemne y majestuoso. Pio X era de mediana estatura y mds bien corpulento; tenia la tez sonrosada, la voz cdlida y suave; era afable con todo cl mundo y se granjeaba en seguida la simpatia con su sonrisa bondadosa y un poco triste; carecia de aficién al fasto. Pasando a un plano més pro- fundo, Leén XIII era un intelectual de vasta cultura y un talento especulati- vo que se complacia en las grandes sintesis de amplias perspectivas. Pio X cra un hombre de corazén, muy sensible al escéndalo de los débiles, y un espiritu prdctico siempre preocupado por los detalles y atento al peligro de abandonar Ia realidad por perseguir una utopia. Desconfiaba instintivamente de las tendencias progresistas, tanto en el terreno de Jas ideas como en el social, y crefa que la politica de apertura al mundo moderno seguida por su antecesor, aunque no fuese censurable en principio, al menos se habia des- arrollado con pocas precauciones y corrfa el riesgo de tener desdichadas con- secuencias, Por eso juzgaba indispensable cierta reaccién, y su pontificado adopté desde el principio una actitud de retirada y de «defensa catdlica». Esto pudo comprobarse particularmente en dos terrenos: en las relaciones con los gobiernos, donde Pio X, salvo en el caso de Italia, volvié a Ja intran- sigencia de Pio IX, dominado por el afén de reivindicar para la Iglesia su libertad plena y entera respecto al poder civil, sin preocuparse de los nume- rosos conflictos que de esto se derivaron; y en Ia actitud mucho més reticente que la de Leén XIII frente a los demécratas cristianos, Ilegando a condenar formalmente la Azione popolare de Murti en Italia y el Sillon de Marc Sang- nier en Francia; esta severidad contrasta con la condescendencia que mostré con Ja Accién Francesa; finalmente, en la represién del modernismo, de la que trataremos en un capitulo ulterior. La forma enérgica —implacable, segtin algunos— en que se Ilevé a cabo esta reaccién provocé juicios muy diversos en los mismos tiempos de Pio X y sigue provocdndolos hoy. Unos exaltan al papa santo, defensor intrépido de Ia ortodoxia y de los derechos de la Iglesia. Otros le reprochan no haber sabido abordar con una éptica nueva los graves problemas con que se en- frentaba la Iglesia y haber intentado anclarla, con medidas cada vez més autoritarias, en posiciones reaccionarias y clericales, en flagrante contradic- cién con el sentido de Ja historia. Sin embargo, sea cual fuere el juicio del futuro sobre la obra defensiva de Pio X, en el plano histético seria falso pretender reducir a este aspecto discutido el significado de su pontificado. En efecto, este papa, que parecid a sus contempordneos tan poco moderno y tan conservador —y que induda- blemente lo era en algunos aspectos—, fue en realidad uno de los grandes papas teformadores de Ia historia. Habia adoptado como lema Instaurare om- nia in Christo, y la restauracién de la sociedad cristiana implicaba a sus ojos, tanto o més que una defensa tenaz de los derechos de Cristo y de su 30 TRES. PONTLPICADOS Iglesia, una labor positiva de reformas e iniciativas pastorales encaminadas a conseguir una vida interior més profunda y un mejor empleo de todas las fuerzas. Pio X se iba a aplicar a esta tarea con Ja experiencia de cuatenta aiios pasados exclusivamente en los diversos escalones del ministetio activo y lejos de Ja Curia, y con toda la lucidez y el espiritu creativo que ya habia demostrado en la direccién de sus didcesis de Mantua y de Venecia. Sin dejarse paralizar por los procedimientos rutinarios de la burocracia y actuan- do con autoridad, realizé en poco tiempo —tecuérdese que su pontificado duré sdlo once aitos— una serie de reformas: unas que se venian exigiendo desde hace siglos y otras que pasaron en su época por revolucionarias. Vol- veremos sobre algunas de ellas: los decretos relativos a la comunidn de los nifios, la reforma de la mésica de Iglesia y de la liturgia, las consignas que, aun inspirndose en una concepcién del laicado hoy superada, hacen de él un pionero de la Accién Catdélica en el sentido moderno del término, las me- didas tendentes a perfeccionar Ia catequesis y la predicacién, la reorganiza- cién de los seminarios para mejorar Ja formacién del clero. Para que todo el clero estuviese en condiciones de realizar mejor su misién era necesario reorganizar el derecho y las instituciones eclesidsticas, que no habian sido objeto de una nueva reflexidn sistemdtica desde la época del Concilio de Trento, La tarea era enorme, sobre todo teniendo en cuenta la inercia con que ha de enfrentarse quien aspira a modificar usos y costumbtes estableci- dos. Pio X no se arredré por ello. Dos o tres dias después de su eleccién manifesté su intencién de redactar un nuevo cédigo de derecho canénico que condensase sisteméticamente la legislacién de la Iglesia y Ia adaptase a las circunstancias nuevas. En algunos ambientes del Vaticano surgié una fuerte oposicién; se Ilegé a apelar al pro- testante Friedberg, autor de una edicién critica del Corpus iuris canonici, para probar la imposibilidad de emprender semejante reforma. Todo fue imétil: cl papa confié Ia obra al eminente canonista Gasparri, luego cardenal. Tras once afios de trabajo, que Pio X supervisé y alenté personalmente en las sucesivas etapas, el nuevo cédigo estaba casi terminado en el momento de su muerte, y su sucesor pudo promulgarlo en 1917. En cambio tuvo la satisfaccién de Mevar a feliz término la reorganiza- cidn de la Curia romana, es decir, de la administracién central de la Iglesia, obra también necesaria desde hacia mucho tiempo. En julio de 1908 apare- cieron tres decretos cuya forma definitiva habja ido precedida de varias redacciones y que suprimfan toda una serie de costumbres, al mismo tiempo que introducfan més claridad y equidad en una administracién bastante arcai- ca. Se modificaron y sistematizaron de forma mds légica las atribuciones de Jas congregaciones romanas, que constituyen los diferentes ministerios del gobierno central de Ja Iglesia; al mismo tiempo se dio mayor agilidad a sus métodos de trabajo para adaptarlos mejor a Ja tarea, cada dia mds vasta, que llevaba consigo la centralizacién eclesidstica en constante aumento desde me- diados del siglo xix PIO X 31 Aunque fue grande la intervencién personal de Pio X en Ia direccién «le Jos asuntos, tuvo que apoyarse en colaboradores, Preocupado de que com- purticran su ideal de restauracién catdlica, los eligié preferentemente entre los religiosos, cuyo ntimero aumenté en las congregaciones romanas, y entre los prelados hostiles al liberalismo en todas sus formas. Fueron hombres virtuosos y trabajadores, pero con frecuencia de espiritu estrecho, totalmente leales a Ia Santa Sede, pero con un celo a veces poco ilustrado y poco fami- liarizados con la situacién real de la Iglesia y con los intelectuales que vivian fuera del pequeiio mundo eclesifstico italiano. Como es natural, hubo excep- ciones, siendo monsefior Gasparti la més notable de ellas. Es preciso men- cionar concretamente a algunos colaboradores: a su secretario particular, monsefior Bressan, que, segtin el conde Della Torre, a veces se dejé arrastrar «por un celo personal algo excesivo», y, sobre todo, a tres cardenales muy intransigentes, considerados por algunos como los genios maléficos del pon- tificado: el capuchino Vives y Tuté, muy influyente en el Santo Oficio; el omnipotente prefecto de la Congregacién Consistorial De Lai, que controlaba con dictadura implacable las diécesis y seminatios, y el secretatio de Estado Merry del Val", asociado més intimamente que sus predecesores a la politica religiosa del pontificado. Este sacerdote piadoso y austero, aristécrata dis- tinguido y cortés, absolutamente fiel a la Santa Sede, de una intransigencia serena y firme frente a las tendencias modernas, tenfa «las cualidades positi- vas y negativas del espafiol» (Seco Suardo), aunque a veces asumié Ia res- ponsabilidad de maniobras de delacién que no honran a la Secretaria de Es- tado. Gracias a su intimidad con el papa, que apreciaba a este colaborador eficaz y fiel, plenamente de acuerdo con sus opciones esenciales, el catdenal tuvo una autoridad considerable, sobre todo después que la reforma de la Curia amplié sensiblemente las competencias de la Secretarfa de Estado. Por este motivo fue objeto de numerosas criticas, y algunas le reprochan haber sido, junto con el cardenal De Lai, el gran responsable del carécter cada vez reaccionario de las decisiones pontificias. No cabe duda de que este io es exagerado. En efecto, el informe Sodalitium pianum, publicado re- cientemente por E. Poulat ", revela que monsefior Benigni reprochaba a Merry del Val la excesiva timidez con que aplicaba algunas consignas del papa y su temperamento de diplomético, que a veces lo Mevaba a aplicar paulatina- mente una decisién rigurosa cuando suscitaba oposicién y resistencia. * Sobre Rafael Merry del Val (1865-1930) sélo hay biograffas hagiogréficas; las menos malas son la de P. Cenci (Roma 1933) y J. M. Javierre (Barcelona 1966). Contiene nu- merosos documentos y testimonios Romana beatificationis et canonizationis servi Dei Ra- phaelis card. Merry del Vel informatio (Ciudad del Vaticano 1957). Cf. también AC. Je- molo, Chiesa e Stato in Italia negli ultimi cento anni (Turin 1948) 483-562. Era hijo de un diplomatico espaiiol y goz6 desde muy joven del favor de Len XIII. Pio X lo esco- gi6 por su clevada espiritualidad, sus dotes de poliglota y sus conocimientos diplomsticos (en realidad, més tedricos que précticos). El papa crefa que Merry del Val seria més inde- pendiente porque no tenia vinculaciones con Ios italianos. " Intégrisme et catholicisme intégral (Tournai 1969), espec. 76-77. 32 RES PONTIFICADOS Dicho esto, y sin ceder a la tentacién hagiogréfica de querer disculpar el papa de todos los aspectos desagradables de su pontificado, hay que recono- cet que el influjo del entorno de Pio X fue ms importante de lo que él suponia. Por un lado, porque algunos de sus colaboradores, movidos por su celo, rebasaron las intenciones del papa al aplicar algunas decisiones o al utilizar determinados procedimientos; por otro, porque en diversas ocasiones el papa, con total buena fe, tomé sus decisiones apoydndose en informes unilaterales y tendenciosos provenientes de sus hombres de confianza. Como la santidad personal no constituye una garantfa de buena politica eclesidstica, un papa que se creia obligado a zanjar personalmente la mayoria de las cues- tiones relativas a toda la Iglesia tenia que depender en cierta medida de sus informadores y de sus ejecutores. Por lo demds conviene advertir que si cier- tos colaboradores de Pio X sobrepasaton las intenciones de éste en sentido rigorista, otros opusieron a veces una resistencia pasiva a sus orientaciones ©, al menos, suavizaron la intransigencia de sus consignas. Pio X se lamen- taba de ello en los tiltimos meses de su vida, cuando la reaccidn anti-integris- ta comenzaba a consolidarse incluso en los medios vaticanos; pero ya al principio de su pontificado muchas de sus medidas reformadoras habfan tropezado con Ia oposicién latente de los conservadores, que mostraban la misma hostilidad contra las transformaciones preconizadas por la autoridad suprema que contra el reformismo de los progtesistas. Pensando en casos de este tipo, Poulat ha afirmado que el papa era hombre de «voluntad fuerte y autoridad débil». Aunque quizd sea exagerado, refleja que el problema de las relaciones entre Pio X y sus colaboradores es bastante més complejo de Io que, en sentidos opuestos, sostienen sus admiradores y sus detractores. Otra cuestién dificil y discutida es la relativa a Ia actitud de la Santa Sede en el momento de desencadenarse la Primera Guerra Mundial. Se ha repetido con frecuencia que Pio X dio la siguiente respuesta al embajador de Austria cuando le pedfa una bendicién para el emperador y sus ejércitos: «Decid al emperador que no puedo bendecir la guerra ni a quienes la han querido; yo bendigo la paz». Luego habria afiadido: «Que el emperador se dé por satisfecho con no recibir Ia maldicién del vicatio de Cristo». Algunos hagié- gtafos han pretendido que el papa incluso pensd excomulgar a Francisco José. Pero los informes de los diplomiticos bavaros y austrfacos en el Vatica- no dicen algo muy distinto. El primero escribia el 26 de julio: «El papa aprueba que Austria acttie severamente contra Servia» ”; el segundo relataba en los siguientes términos lo que al dia siguiente le habia dicho el cardenal Merry del Val: «Ha aprobado sin reservas la nota ditigada a Servia ¢ indi- rectamente ha expresado su esperanza de que la monarquia resista hasta el fin». «Es una ldstima —afiadi6— que Servia no haya sido humillada hace tiempo» ®. Cuando se hizo piiblico este texto, el cardenal negé que fuese exac- * Bayerische Dokumente zum Kriegsausbruch IIT (Munich 1925) 206. » OsterreichUngarns Aussenpolitik. Diplomatische Aktenstiicke VIII (Viena 1930) 893.894.