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Domingo 29.05.16

EL CORREO

Domingo 29.05.16

EL CORREO

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Lo que encierra San Fermín

Viaje a la carrera loca del hombre y el toro, al centro del miedo y la felicidad con el periodista Chapu Apaolaza. En ‘7 de julio’ corren espías americanos, obreros navarros y aquel chaval rubio de 15 años que lo cuenta como galopa, con «corazón y cabeza»

años que lo cuenta como galopa, con «corazón y cabeza» :: ZURIÑE ORTIZ DE LATIERRO ‘7

:: ZURIÑE ORTIZ DE LATIERRO

‘7 DE JULIO’ Autor: Chapu Apaolaza. Editorial: Libros del K.O. 182 páginas. España. 2016. Precio:
‘7 DE JULIO’
Autor: Chapu Apaolaza.
Editorial: Libros del K.O.
182 páginas. España. 2016.
Precio: 15,90 euros.
Esta imagen de la calle Estafeta fue premiada con el Ortega y Gasset de 2014.
Esta imagen de la calle Estafeta fue premiada con el Ortega y Gasset de 2014. :: PEDRO ARMESTRE
premiada con el Ortega y Gasset de 2014. :: PEDRO ARMESTRE El americano Tom Turley, la

El americano Tom Turley, la fotógrafa

Inge Morath y su esposo, Arthur Miller, en un homenaje en Pamplona. Abajo, Chapu Apaolaza. :: LUIS AZANZA/EFE

Inge Morath y su esposo, Arthur Miller, en un homenaje en Pamplona. Abajo, Chapu Apaolaza. ::

oy

H es el día en que

menos miedo vas

a tener, porque

aún

no sabes

cómo es’, me dijo

mi

padre, que de

cumplidos, el estómago roto– que

demás está exprimido en 182 pá-

los sentimientos, se topó en 1987

cia por su propio pie porque no quería que se asustara su madre». Pero el primero fue Matt Car- ney, herido en la batalla de Iwo Jima en 1943, un irlandés de Cali- fornia alto y bello que vivía de ac- tor en París. «Fue un pionero, un descubridor, un masái blanco. Se ganó el respeto de los nativos y creó un modelo: el guiri que es más de Pamplona que el de Pam- plona». Se peleó con Hemingway por la imagen que daba de la ciu- dad en la película basada en su no- vela ‘Fiesta’. «En la plaza del Casti- llo se acercó a él, se lo reprochó y tuvieron tal bronca que acabó en el calabozo. Lo mandó, literalmen- te, ‘a tomar por culo’». Entre los corredores hoy es un icono compa- rable al del Nobel: «La habitación en la que durmió los últimos años en un piso de Estafeta sigue tal y como la dejó». Keith Baumchen, ‘el Bomber’, era espía. «Llevó la bandera de la

fiesta, del santo y de la carrera loca del hombre y el toro por las

Llevaba una oreja destrozada, la

guiente un colorado le abrió en canal. «Fernando Ardura le reco-

mente ‘el temor a la muerte’ y ‘un cierto afán controlador de las si- tuaciones’». El repaso al recorrido se vuelve

caótico a lo largo del libro, como el

ritmo propio de la carrera. El autor

del encierro». El periodista describe ese otro universo que es el suelo: «La reali- dad se disuelve en un amasijo de soplidos, babas, pezuñas que pe-

san como toneladas y que podrían

vivió de aquella experimentada

ginas donde corren espías ameri-

con Tom Turley, un amigo de su

mano su primer encierro –«fue un

canos, obreros y concejales que

hijo recién llegado a la fiesta. No

cárceles de Irán, las laderas secas de Mongolia, las sabanas de Áfri-

Guardaba para su entierro

ca

una túnica naranja que le tejieron los monjes del Tíbet. En su pue-

».

cabeza abierta y una herida por asta en el antebrazo, pero ese mis- mo día firmó en el notario, comió en el San Ignacio «e incluso quiso

comparecer en un encuentro amatorio, cosa que fue imposi-

gió los anteojos y después le me- tió los intestinos en el calzoncillo.

O’Connor le miró muy fijamente

le dijo que no se quería morir.

y

colocón rápido y amnésico, un res-

balón en la ducha»–; el crío que le

juró aquella mañana luminosa que

plantan a Arthur Miller, escritas

con el reflejo del reportero que no

olvida los datos y las víctimas de

sabía ni siquiera dónde iba a dor-

mir. Le cedió una habitación en La

Perla, el hotel de Hemingway, a

vez en cuando me apretaba un brazo o me daba un golpecito en el cuello para tranquilizarme. En realidad, era él el más nervioso de los dos, era él el que ofrecía a su hijo al rito salvaje. Tal vez pensó que el cáncer que lo estaba friendo desde hacía dos años se lo llevaría por delante y que quizás esa opor- tunidad temprana sería la última oportunidad». Cuatro años después, la enfer- medad terminó con Paco Apaolaza –crítico taurino del Diario Vasco, EL CORREO, la agencia Colpisa, Ya– cuando cubría la Feria de Abril defendiendo los valores de la tau- romaquia hasta su último aliento. Con ingenio, poesía, sentimiento. El chaval rubio –los 15 recién

cantaban los pájaros no olvidar nunca ese momento y pensar en ello cada día de su vida, le dedica ahora ‘7 de julio’ (Libros del K.O.), un viaje sentimental al corazón de los sanfermines. Chapu Apaolaza gasta hoy la ironía de su padre. Uno llevaba bi- gote y el otro, barba. También comparte profesión, aunque del toro escribe menos de lo que le gustaría. Reportero de este suple- mento, cada 7 de julio desaparece de las páginas del periódico, del mundo, para enfrentarse «a todas las limitaciones que impone el universo», para cumplir aquella promesa que le hizo a Paco. Ha faltado al encierro un año, cuando nació Macarena, su hija. Todo lo

esa fiesta eufórica, adrenalínica, mortal. «He contado mi encierro porque es el que mejor conozco. Es maravilloso coger un toro en los riñones y correr varios metros, pero hay que hacerlo siempre con humildad. En Pamplona ha corri- do todo el mundo. Y el que presu- me –aunque se pase los pitones por la nuca– siempre termina por quedar como un cantamañanas. Quizás esa de aprender las discre- tas reglas del pudor pamplonés sea la lección crucial de todo co- rredor extranjero». También es un libro de excep- ciones. Ray Mouton, sanfermine- ro legendario, abogado de Nueva Orleans y uno de los mejores re- tratistas en inglés de este festín de

mil euros la noche, con una condi-

‘Robin, chico, eso hay que pensar-

incide en Santo Domingo: «Es

partirte el cráneo como un coco.

 

ble». En 1982 se tropezó con Ro- bin O’Connor, un neoyorquino que subastaba botellas de 100.000 euros en Christie’s, en el encierro

de Sangüesa. Habían pasado la no- che de copas y a la mañana si-

lo

antes’, le respondió». El subas-

como desprenderse de la poca su-

Un aullido de cencerros te lame la

ción: «Solo me tienes que prome- ter que siempre volverás a San Fermín». Turley es hoy un corre- dor consagrado de la curva de Mer- caderes. Trabaja en una ONG que

blo, Garmisch, entre Alemania y Austria, «se vistieron de blanco y rojo para recordarle, y en Pamplo- na, su perfil detrás de las gafas de sol (corría con Ray-Ban) está bor-

tador se despertó en la UVI a los tres días y corrió en la Estafeta 24 años más.

perioridad que pueda tener el ser humano sobre el toro, porque es cuesta arriba y en ese escenario los humanos son más lentos y los to-

nuca. Si comienzas a rodar entre las patas, es como saltar a una la- vadora durante el centrifugado». Y su viaje al centro de la calle, que le

atiende tragedias como el terre- moto de Haití, el tsunami que ba-

dado en centenares de pañuelos». En el paisanaje local pintado por Apaolaza sobresale Fernando

El miedo

ros más rápidos». Y se regodea en

ha tomado una vida entera. «En

 

‘7

de julio’ habla del miedo. En el

Estafeta: «El corredor se sitúa de-

las orillas resulta imposible correr,

rrió Indonesia, la crisis de los refu-

encierro: «Cuanto más corres, más

lante de las astas y adecúa su velo-

pues son un barullo de cuerpos en

giados

«Las catástrofes con las

Ardura, siempre de negro «por jo-

miedo tienes. Se acumula en las

cidad a la de la bestia, que le galopa

distintas trayectorias. Hay cho-

que se cita de vez en cuando –na-

der, probablemente». «Delgado,

venas como un metal pesado y

a

unos centímetros de los riñones.

ques, agarrones, caídas. El corre-

El

humano aguanta a base de pier-

dor se arriesga a tropezar contra

rra Apaolaza– le han respetado 28 sanfermines. Después de perder a su padre, Turley invitó en 2012 a su madre a que viera el primer en- cierro y ese día cayó en las astas y se rompió la cara. Además de la na- riz fracturada, un toro le pisó el tó- rax y le hundió las costillas en el pulmón. Llegó hasta la ambulan-

fibroso como un junco, se metía en la cara de la manada en la parte baja de la cuesta de Santo Domin- go: a ratos, visto de frente, él mis- mo parecía un toro en cabeza». Legionario en su juventud y re- convertido en empresario de éxi- to a mediados de los noventa, lo agarraron dos toros en la cuesta.

«La realidad se disuelve en un amasijo de soplidos, babas, pezuñas que pesan toneladas»

contamina el cerebro con imáge- nes de pitones que hilvanan femo- rales, tipos inconscientes y pezu- ñas que pisan las nucas. Sé, quiero creer, que ese poso tóxico termi- nará por alejarme de los encie- rros». Y en el diván: «Mi psicóloga me diagnosticó un trastorno de ansiedad en el que influía notable-

nas y corazón y el animal lo llega a considerar parte de su manada,

algo o contra alguien y salir despe- dido hacia los toros. No es un buen negocio, pero acercarse al centro de la calle cuesta, porque el cere- bro sabe lo que ocurre cuando caes delante del animal». Y el encierro, reflexiona Apaolaza, «está en la cabeza y en el corazón».

como si fuera un guía, un herma- no. El corredor que consigue tem- plar a un toro flota en ese equili- brio que resulta extremadamente frágil y casi milagroso. Templar una carrera es el acto más virtuoso