Pasiones españolas: construcciones del amor

romántico heterosexual. De la copla al pop estatal.
Coral Herrera Gómez

Y sin embargo, te quiero: canciones de don juanes a sus
legítimas esposas.
Una de las canciones que más me marcó en la niñez fue “Y sin
embargo te quiero”, canción que cantaba mi abuela Carmen imitando
a la Concha Piquer. Hablaba de un Don Juan que llega tarde a casa
(o no llega), que vive “con unas y con otras”, pero tiene un hijo con
la cantante al que no le ha dado su apellido. Yo pensaba ya por
aquellos entonces: “Es un golfo, seguro que es guapo, y tiene todas
las mujeres que quiere a su alrededor. Ella tiene que echarse un
novio nuevo y olvidarse del padre de su hijo, porque ese tipo no
merece que le presten tanta atención”. Yo sabía que con su dolor
hacía poesía, pero me parecía poco práctico andar mendigando amor
y esperando (inútilmente) a que él cambiase su forma de ser.
Veinte años después, me encontré con la respuesta de Joaquín
Sabina a la coplera doliente, que me impactó en lo más profundo de
mi ser. En la canción de Sabina primero la escuchamos a ella, en la
voz de Olga Ramos, y después le escuchamos a Él, al hombre
imaginario que explica sus razones para ser tan golfo esperando ser
comprendido. La cosa es que Él está enamorado de ella, pero es un
promiscuo irremediable, y no lo puede evitar. A él le envenenan los
besos que va dando, y sin embargo cuando duerme sin ella, sueña
con ella. Y con todas si ella duerme a su lado, y si se va, se larga por
los tejados, como un gato sin dueño.
La respuesta sabinera es un “nicontigonisinti”, viene a decir más o
menos: “Te amo, pero no solo a ti. Tú has de amarme así como soy,
esto es lo que hay”. Los amantes no juegan en igualdad de
condiciones: una es la que ama y espera, el otro es el amado
esperado. Ella, prisionera de sus sentimientos y atrapada por su
soledad, el otro, libre como el viento. Él, un vivalavirgen y un dandi,
ella una mujer de su casa que le espera hasta muy tarde (y ningún
reproche le hacía). Ella espera angustiada, pero no quiere que lo note
él, así que le dice cosas tan hermosas como: “Te quiero más que a
mis ojos, te quiero más que a mi vida, más que al aire que respiras, y
más que a la madre mía”.

En su canción-respuesta, él la explica que ella es la primera: no
miento si juro que daría por ti la vida entera, pero que le tienta el
pecado y lo prohibido, y con ella no puede vivirlo. Le dice muy
duramente: “cuando pido la llave de un hotel, y a media noche
encargo un buen champán francés, y cena con velitas para dos,
siempre es con otra, amor, nunca contigo”. Pero le advierte también
que no le gusta estar en casa solo, que la echa de menos si se va,
que la necesita ahí aunque él no esté. Que la casa sin ella es una
oficina o una emboscada, que no soporta la soledad, que no es que
esté muy arrepentido, pero tampoco muy encantado de ser así.
La justificación de Sabina me dejó anodada y dolida. Su mensaje era
una especie de trato: “Tú en la casa, yo de caza por los tejados. Tú
cantas, yo te hago canciones. Tú lloras, yo me voy de fiesta. Si te
gusta, bien, si no, pues también”.
Y me dije, no puede ser que ella pacte algo así y se resigne. Se lo
comenté a mi abuela Carmen. Ella se rió: “Si es que la mayoría de los
hombres son así, sólo que más mentirosos. Sabina al menos tiene el
valor de ser sincero y darle a ella a elegir si quiere quedarse o no”.
Le di la razón: la sinceridad ayuda mucho a no sentirse tonta y a
tomar decisiones sensatas. Ahora bien, ¿puede una mujer enamorada
elegir realmente?, ¿puede una mujer enamorada renunciar a su
amado, por muy golfo que sea?
Años después comprobé que sí, que se puede dejar a una persona de
la que estas profundamente enamorada, que solo hay que ser
valiente y atreverse. Pero en aquellas épocas, las mujeres no tenían
autonomía económica y por tanto no podían irse a ningún lado con la
de chiquillos y chiquillas que tenían a su cargo.
El caso es que casi todas las canciones tradicionales ensalzan al
macho patriarcal, lo perdonan y lo justifican. Por ejemplo, otro ídolo
de mis abuelas: José Luis Perales cantando “Tentación”. Es una
canción que el chico le canta a su amante para explicarle que debe de
renunciar a ella: “Tú eres mariposa, que vuela entre las rosas, y ella
es el cimiento de mi hogar. Tú eres la ternura, la risa y la aventura, y
ella es la que sueña en soledad, no noooo”.
Con la canción quedan todas contentas: las esposas legítimas, y las
ilegitimas. Las primeras porque Perales les otorga su sitio en la
pirámide social: arriba del todo. Ellas son las que se merecen todo
porque son las que aguantan todo, las que permanecen fieles, las que
llevan la casa, las que hacen comida rica, las que te cuidan cuando
estás enfermo y cuando envejeces, las que soportan tus infidelidades
y tu mal humor, las que te quieren incondicionalmente, aunque te
portes mal o remal.

Las amantes también quedan contentas, porque es una canción en la
que se dirigen a ellas con ternura, y al final asumen su lugar en la
escala social: el más bajo de todos, por encima de las prostitutas.
Escuchando Corazón Loco, se entiende lo que ocurre. A través de
las canciones románticas nos la quieren meter doblada: para
nosotras, monogamia, para ellos, amas de casa y jovencitas que les
den alegría de vivir. El Cigala lo explica muy bien, para que nos
quede claro: “una es el amor sagrado, compañera de mi vida, esposa
y madre a la vez, /y la otra es el amor prohibido, complemento de mi
alma a la que no renunciaré, /y ahora ya puedes saber cómo se
pueden querer dos mujeres a la vez, y no estar loco”.
Queda hasta elegante con el piano de Bebo acompañando esta
justificación de la promiscuidad masculina (frente a la perpetuación
de la necesaria fidelidad femenina). Cuando le pregunté a mi abuela y
a mi madre que por qué no hay canciones sobre mujeres que duden
entre dos amores (el marido y el amante jovencito), las dos
estallaron a reír.
Mi madre me habló de la canción de Lola Flores, “Mi amor
secreto”, pero pensamos: “Seguro que la canción la escribió un
hombre”. Mi madre me contó que en aquella época se rumoreaba
mucho sobre los amantes de Lola Flores, que viajó mucho y era una
mujer muy fuerte, con mucha personalidad, que vivió la vida
intensamente.
-

Y tan intensamente.-suspiró mi abuela meneando la cabeza.

Las mujeres, el amor y las canciones
-Vaya manía que te ha dado con ponerte a analizar las canciones,
hija. Si las canciones son lo que son: cantamos para olvidar las penas
y para desahogarnos, para alegrarnos, para bailar… o para
acompañarnos mientras trabajamos. La música hay que sentirla, no
hay porqué intelectualizarla.
- Es que la música es política, abuela. Me gusta analizar las canciones
porque me doy cuenta de que nos venden un concepto de amor que
perpetúa las desigualdades entre hombres y mujeres. Da igual que la
situación de las mujeres haya mejorado con la democracia: seguimos
dependiendo emocionalmente de los hombres y del amor.
- Qué va, las canciones de amor ya no son tan… apasionadas como
las de antes. Las mujeres de hoy en día no aguantáis ná. No tenéis
paciencia ya. En cuanto le veis un fallo, le mandáis al muchacho a
freír espárragos. Por eso ya no se hacen canciones como las de antes,
porque ya no tenéis que esperar sentadas en la madrugá.

- ¡Perdona, abuela, mejor no aguantar ná, que aguantar carros y
carretas como vosotras! Que aguantabais infidelidades y palizas, yo
ahora no tengo por qué aguantar que nadie me trate mal. Al menos
hemos aprendido que se está mejor sola que mal acompañada. Lo
que pasa es que las canciones siguen con el mismo tema, diciéndonos
que las mujeres no somos nada sin amor.
Le canté “Sin ti no soy nada”, de Amaral, metiéndome en el
personaje y dramatizando la escena, dándolo todo con mis pulmones:
“Los días que pasan, las luces del alba, mi alma, mi cuerpo mi voz no
sirven de nada, porque yoooooooooooooooo sin ti no soy nada, sin ti,
no soy nada, qué no daría yo…”
Mi abuela estalló en risas y aplausos: “hija, qué bien lo interpretas,
qué bonita la canción, ¿y es de ahora esta Amaral?”.
Le expliqué que sí, que la canción estaba triunfando y que muchas
chicas se sentían identificadas. Por lo tanto, las cosas no habían
cambiado tanto desde su generación a la mía.
- Si que han cambiado, cariño, que nos hemos partío la espalda
para que tengáis derechos, que yo nací en época de Franco y
luché mucho con mis compañeras. –intervino mi madre, que
apareció en el salón- Lo que pasa es que no lo valoráis y vais
para atrás, como los cangrejos.
- Mamá, yo también soy feminista como tú.
- Si, por eso vas cantando todo el día con tus amigas esa canción
de Alaska que no se te quita ni para atrás: sin dudar/iré a
buscar/quiero encontrar, sí/un hombre de verdad/me
arrastraré/suplicaré, si/ un hombre de verdaaaaad”
Me dejó desarmada. Tomé aire y respondí:
-

-

-

Pero es una especie de parodia, mamá, nunca la cantamos en
serio. Es que a Alaska le mola el rollo masoquista, pero es solo
una moda.
Una moda tan patriarcal como cualquier otra, hija.
Es un juego, en realidad la canción suplica un hombre de
verdad porque reivindica que hay pocos en el mundo.
¿Y qué es un “hombre de verdad” para ti, a ver?
Me quedé en estado de shock, pero respondió mi abuela:
Un hombre de verdad es un hombre que cumple con sus
obligaciones, que le da hijos a la mujer, que lleva el dinero a la
casa y cuida de su familia, que sabe tomar decisiones e
imponerlas, que es valiente y fuerte y sabe resolver problemas,
que es el jefe porque es el que más sabe, que es fiel a su mujer
porque es responsable y maduro.

Me sorprendió que su concepto de un “hombre de verdad” estuviese
asociado a su relación con la esposa y la familia. Para ella el príncipe
azul era un buen marido que no haga lo que hacen la mayoría de los
maridos de su época: gastarse el dinero en tragos, en putas y en
juegos, pelearse con otros hombres, tener amantes y despilfarrar el
escaso dinero que gana.
-

-

Para mí el “hombre de verdad” sería un buen compañero,
honesto, sincero y buena persona. Que tenga dentro de sí todas
las cualidades femeninas y masculinas, que me trate como a
una igual, que respete mi libertad, mi tiempo y mis espacios,
que no tenga miedo a disfrutar del amor.-dije yo.
¿Y tú crees que eso es lo que buscan tus compañeras de
generación también?, ¿un compañero, o un hombre que las
solucione sus problemas y las mantenga? Que me estoy
acordando de la Marta Sánchez de Olé Olé, Coral, que bien
que te gustaba hace un par de años la canción esa en la que le
canta de rodillas al tío.

“Con solo una mirada, con solo una palabra, me puedes aliviar, me
puedes destruir, me puedes derretir, me puedes engañar, me
puedes convencer, me puedes convertir en lo que quieras tú. Me
puedes castigar, que nada cambiará. Tienes poder sobre mí, como
puedes ver, me has sometido aunque nunca me hayas obligado”,
canté en susurros, analizando la letra en la que nunca me había
fijado. Y me quedé horrorizada, con lo que me gustaba esta canción
tan sensual.
“¿Qué tonta esta chica, no?”, comentó mi abuela. Yo me reí mucho
de mí misma, recordando cómo la cantaba con las amigas.
Seguimos repasando más canciones y nos dimos cuenta de que a la
vez que se mitifica a masculinidad patriarcal en la música popular,
también se mitifica el masoquismo femenino: la mujer que sufre es la
que ama de verdad. La mujer que se somete al ser amado es la que
tendrá su recompensa al final, en vida o en el reino de los cielos. La
mujer que se somete es sexy, por eso la seducción de muchas de
nuestras cantantes más actuales se basa en hacerle sentir al macho
que la ve en el video clip que tiene poder sobre ella.
Parece una condición indispensable para que el hombre pueda amarte
tranquilo: que se sienta seguro con respecto a tu amor, a tu lealtad y
a tu fidelidad. Mi madre me recordó la canción de Rocío Jurado:
“Como yo te amo, nadie te amará, porque yo te amo con la fuerza de
los mares, yo te amo con el ímpetu del viento, yo te amo de una
forma sobrehumana, yo …”.

Y si se siente amado, el hombre también es capaz de dejarlo todo por
ti, como en esta canción tan simpática de Los Panchos, que se
convirtió en la esencia del romanticismo latino: “Si tú me dices ven,
lo dejo todo”, y en la que nos advertían al final:
“Que no se te haga tarde /y te encuentres en la calle /perdida, sin
rumbo y en el lodo /si tú me dices ven, lo dejo todo”.
Son muchos los mensajes de este tipo que nos lanzan a las mujeres,
bien advirtiéndonos de lo que nos pasará si no amamos, o bien
animándonos a amar sin condiciones. Además, nos dicen que nuestra
capacidad de entrega y sacrificio nos hace más femeninas y
encantadoras. El sufrimiento y la pena, penita, pena, nos hacen más
sublimes, más extraordinarias, más etéreas, más bellas.
-Estoy pensando que sí que hay diferencias entre la abuela y tú y yo,
mamá. Por ejemplo la canción de Mecano al novio machista y
celoso: “No controles mi forma de vestir porque es total y a todo el
mundo gusta, no controles mi forma de pensar, no controles mis
vestidos, no controles mis sentidos, noooo...”.
- Bueno hija, Mari Trini también tiene una canción muy buena: “Yo
no soy esa/ que tú te imaginas/ una señorita/tranquila y sencilla /
que un día abandonas /y siempre perdona /esa niña si...no... /Esa no
soy yo”
Y de pronto recordé la canción de Las Vulpes y se la canté a la
Gloria y a la Felisa: “Si tú me vienes hablando de amor/ que dura la
vida, cual caballo me guía / permíteme que te dé mi opinión. / Mira
imbécil que te den por culo. Me gusta ser una zorra, me gusta ser
una zorra / Prefiero masturbarme, yo sola en mi cama, antes que
acostarme con quien me hable del mañana”.
Mi abuela me dio un bofetón en los morros y yo protesté: “es una
canción”.
Años después, ya en el siglo XXI, Bebe le cantó al maltratador y al
asesino de mujeres con una canción muy bailable en las discotecas
que tuvo mucho éxito: “Malo, malo, malo eres, no se engaña a quien
se quieres, malo eres, no se daña a quien te quiere, tonto eres, no te
pienses mejor que las mujeres”. Su canción es empoderadora porque
termina con un mensaje positivo: “del morao de mis mejillas sacaré
las fuerzas pa curarme las heridas”.
También es alegre y empoderadora la canción de Amparo Sánchez
en Amparanoia, aunque hay reproches que no logran ocultar el
despecho: “Que te den”: “Ahora que ha pasado más de un año y ya
te he olvidado, me deseo buena suerte, no volver a verte y que me

vaya bien. Adiós, mi corazón, que te den por ahí, que no me supiste
dar ni un poquito lo que yo a ti, que te den”.
Una de mis canciones favoritas intemporales es la de Quisiera
amarte menos: “Quisiera amarte menos, porque esto ya no es vida,
mi vida está perdida de tanto quererte, no sé si necesito perderte o
quererte, yo sé que te he querido más de lo que he podido, quisiera
amarte menos que buscar el olvido, y en vez de amarte menos, te
quiero mucho más”. Las grandísimas Martirio y Chavela Vargas
lograron conectar con esa parte de nosotras que quiere dejar de
sufrir, liberarse del romanticismo patriarcal, y dejar de ser prisioneras
del amor. Supongo que por eso podemos cantarlas todas: las
abuelas, las jóvenes y las adolescentes.
Le di muchas vueltas durante estos últimos años al tema del amor,
las canciones y las diferencias generacionales. Cantando una de las
canciones favoritas de mi madre cantada por Mercedes Sosa, Todo
cambia, me ilusiono y pienso que sí ha habido cambios significativos
en estos últimos 50 años, que podemos romper con las cadenas del
romanticismo patriarcal, que podemos sufrir menos y disfrutar más
del amor, y que podemos construir relaciones igualitarias y
equilibradas al margen de los mandatos de género.
Sin embargo, para lograrlo, es precisa una transformación de todas
las dimensiones de nuestro sistema, no sólo a nivel económico, social
legal o político, sino también a nivel cultural, sexual y emocional. Mi
abuela no pudo hacer muchas cosas que hoy sí están permitidas:
votar, trabajar, montar una empresa, participar en política, casarnos
y divorciarnos, viajar sin pedir permiso a nadie, abrir una cuenta en
un banco, cambiar de domicilio cuando nos parezca. En las grandes
ciudades de los países desarrollados las mujeres gozamos de gran
libertad por aquello del anonimato, y el salario de profesional que nos
permite ser autónomas. Pero seguimos escuchando y cantando el
mismo mensaje del romanticismo patriarcal que nos arroja a las
relaciones de dependencia mutua con el sexo opuesto.
Qué tiene la Zarzamora
El amor ha sido el opio de las mujeres porque desde siempre nos ha
mantenido entretenidas, nos ha permitido volar a otros mundos, vivir
otras historias de otra gente, palpitar con la poesía del dolor, llorar a
mares y desahogarnos con letras ajenas, sentirnos acompañadas y
evadirnos largos ratos de una realidad dura y cruel que no nos gusta.
Las canciones nos cuentan historias de buenos y malos, y nos dan
ejemplos a seguir. El ramito de violetas de Cecilia, por ejemplo, te
invita a soñar fuera (pero dentro) del matrimonio. Todos sabemos la

verdad menos la chica de la canción, que vive con su marido que era
el mismo demonio, tenía el hombre un poco de mal genio, ella se
quejaba de que nunca fue tierno.
Ella se piensa ingenuamente que hay un hombre que le escribe
versos, le manda flores en primavera, y le regala cada 9 de
noviembre un ramito de violetas, como siempre sin tarjeta, si. Así
que hay ratitos en los que ella se pierde en ensoñaciones imaginando
como será aquel que a ella tanta la estima, será más bien hombre de
pelo cano, sonrisa alegre y ternura en sus manos (o sea, lo contrario
de su marido). El regresa del trabajo y la mira de reojo, y es feliz al
verla feliz con su ilusión de ser querida por otro. Porque fíjate lo que
son las cosas, el marido es el amor secreto de su esposa, y así son
felices los dos: ella con su historia romántica, él con su doble
personaje de ogro/tierno.
Este personaje del ogro es como el de la Bestia: son seres crueles y
violentos que sin embargo esconden un gran corazón lleno de
sensibilidad y poesía. La Bella sólo tiene que tener paciencia y dar
todo el amor del mundo a su amado para que se convierta en un
bello príncipe. Es la recompensa por estar siempre a “su vera”, como
en la copla Tatuaje de Concha Piquer: “siempre a la verita tuya,
hasta el día en que me muera”.
Y es que en nosotras recae la responsabilidad de todo: una relación
funcionará si somos capaces de dar mucho amor sin pedir apenas a
cambio, si somos comprensivas y solidarias, si somos generosas y
nos entregamos incondicionalmente. Porque somos nosotras las que
nacemos con un don para amar y cuidar, al esposo y a los hijos e
hijas que tengamos con él.
Las mujeres aman tanto que son capaces de amar a marineros que
llegan en un barco extranjero, hombres rudos con el corazón
endurecido por el mal de amores que dejan una huella, un tatuaje en
la piel como el que tiene la protagonista de la canción que canta
Concha Piquer. Esa capacidad de amar de las mujeres se ensalza
mostrando cómo la mujer que renuncia a sí misma y se sacrifica por
amor es una mujer “de verdad”, una mujer “auténtica”.
Este es el cuento que nos han contado: las mujeres que no aman, no
merecen llamarse “mujeres”. Ya lo dice el bolero romántico:
“La mujer que al amor, no se asoma
No merece llamarse mujer
Es cual flor que no esparce su aroma
Como un leño que no sabe arder
La pasión es un mágico aroma
Que con besos se debe aprender

Puesto que una mujer que no sabe querer
No merece llamarse mujer
Una mujer, debe ser, soñadora, coqueta y ardiente
Debe darse al amor, con frenético ardor
Para ser una mujer”
Todas las canciones en general nos recomiendan dedicarnos con
frenético ardor al amor heterosexual, y nos enseñan lo que les pasa a
las mujeres que no aman: se quedan solas en el mundo, sin amor ni
nadie que las quiera.
Una de las mujeres malas de nuestra cultura musical es la
Zarzamora, esa ingrata que presumía de que partía los corazones,
esa insensible que nunca se enamoraba de ninguno, esa mujer libre
que hacía lo que quería y amaba sin cadenas. La letra de la canción
de Diego Torres nos explica lo que les suele pasar a las mujeres de
este estilo: llega un día en el que se enamoran perdidamente y no
son correspondidas, que las rompen el corazón y las destruyen como
personas. “ Que publiquen su pecao. Y el pesar que la devora. Y que
tos le den de lao al saber del querer desgraciao que embrujó a la
Zarzamora”.
Pero estas cosas no sólo pasaban en los años de la Zarzamora,
también le pasan en la actualidad a mujeres como “Juana Peña”,
canción que le dedican los Mártires del Compás a esta chica bonita
pero embustera, que a muchos hombres había engañado, pero que
como se enamoró perdidamente de un hombre, perdió su poder
maligno, y ahora no puede olvidarle. En la canción el hombre le dice
a Juana: “ahora la llaman traidora, ven Juana Peña, no me llores
más, eh traidora no me llames más, ahora no te quiero yo”.
Las mujeres de las canciones siempre se están haciendo rogar o
directamente están rechazando a los hombres: “Déjate Querer”
podría cantarse a cualquier hembra del reino animal para ser
domesticada y amansada. Y a las que no se dejan, se le cantan
canciones-amenaza como Ingrata, de Café Tacuba.
Ingrata, aunque quieras tu dejarme
los recuerdos de esos días
de las noches tan oscuras tu
jamás podrás borrarte.
Por eso ahora
tendré que obsequiarte
con un par de balazos
pa que te duela.
Y aunque estoy triste
por ya no tenerte

voy a estar contigo
en tu funeral...
Y es que las mujeres malas te arruinan la vida, como bien cantaban
Los Chunguitos: “Mujer cruel”, culpándola de haber matado a su
amante el día que los pilló haciendo el amor. Lo que aconseja
Alejandro Fernández en su canción cuando te encuentras con
ingratas de este tipo, es:
“No importa si es la peor de las ingratas
que tú no eres un santo sin errores.
Amigo voy a darte un buen consejo
si quieres disfrutar de sus placeres
Consíguete una pistola si es que quieres
o cómprate una daga si prefieres
y vuélvete asesino de mujeres
Mátalas
con una sobredosis de ternura
asfíxialas con besos y dulzuras
contágialas de todas tus locuras
Mátalas
con flores, con canciones, no les falles
que no hay una mujer en este mundo
que pueda resistirse a los detalles”.
La mitificación de la violencia pasional
El romanticismo patriarcal es sumamente violento: en casi todas las
canciones “de amor” encontramos insultos, comentarios
despreciativos o humillantes, amenazas, afán de venganza, rencores
acumulados que salen en forma de veneno verbal, chantajes
emocionales, maldiciones, y agresividad a granel.
Nuestra cultura amorosa está basada en la violencia pasional, y como
no nos han enseñado a gestionar nuestras emociones, no sabemos
aceptar las pérdidas y los finales con deportividad. Los únicos
referentes sentimentales que tenemos disponibles son los de los
cuentos, las novelas, las películas, las óperas, las obras de teatro, las
series radiofónicas, las telenovelas o las canciones. En todas ellas se
reproduce siempre la eterna batalla de los sexos que luchan por
dominarse mutuamente.
La mayor parte de nuestras canciones de amor, por ejemplo, están
basadas en esta guerra de gente que se ama y se odia (bajo la
creencia de que ambos sentimientos son similares, las dos caras de la

misma moneda). Un ejemplo de estas canciones son las del dúo
Pimpinela, que se peleaba en el escenario con un drama que rozaba
lo cómico. En la canción Olvídame y pega la vuelta, ella estaba
tan harta de él, que le pidió que se marchase. Él trata de explicarse:
“En busca de emociones un día marché / De un mundo de
sensaciones que no encontré, /Y al descubrir que era todo una gran
fantasía volví, /Porque entendí que quería las cosas que viven en ti...”
Ella se ríe y le dice: vete, vete, no vuelvas, olvídate de todo, que tú
para eso tienes experiencia… olvida mi cara, mi nombre, mi casa, y
pega la vuelta.
Fue una de mis canciones favoritas de la infancia, y mi madre me
sorprendió muchas veces encerrada en mi cuarto viviendo en mis
carnes las canciones de este dúo musical que resultó ser un fraude:
me enteré de que eran hermanos y me sentí estafada, porque era
todo teatro. La indignación pasional, el desgarro emocional, el
reproche continúo y las reconciliaciones felices… todo falso.
Con ejemplos como este es fácil entender que el amor es una
performance en la que cada uno de nosotros jugamos un papel
determinado por el género al que nos adscriben al nacer.
Todo relato tiene de base un conflicto, y en todos los conflictos, hay
buenos y malos: las canciones de amor patriarcales siguen
fuertemente influenciadas por el pensamiento binario, por eso
aprendemos pronto que en estas batallas de pareja hay siempre
víctimas y culpables.
Los buenos son los que aman eterna e incondicionalmente, los malos
son los que se desenamoran, los que rompen la pareja, los que son
infieles, los que no quieren comprometerse, los que engañan y
mienten, los que tienen varias parejas a la vez.
Los buenos son los que cantan a los malos, y siempre aparecen
cargados de razones: “Fue tu mejor actuación, destrozar mi corazón.
Y hoy que me lloras de veras, recuerdo tu simulacro. Perdona que no
te crea: lo tuyo es puro teatro”, cantaba la Lupe con todo su dolor y
sarcasmo en “Teatro”.
Paquita la del Barrio también triunfó con su “Rata de dos patas”,
canción en la que logra convertir el despecho en auténtica poesía:
“rata inmunda, animal rastrero, deshecho de la vida, te odio y te
desprecio, rata de dos patas, te estoy hablando a ti, porque un bicho
rastrero, aún siendo el más maldito, comparado contigo se queda
muy chiquito. Maldita cucaracha…”

Otras canciones románticas son posibles
La mayor parte de nuestras canciones siguen exaltando la violencia
pasional, las guerras románticas, la necesidad de venganza cuando
nos rompen el corazón, la sumisión erótica de la mujer, el asesinato
de mujeres, y el sufrimiento femenino como muestra de amor
verdadero. Pero muchas de nosotras estamos hartas de dramas
alemanes, tragedias griegas, culebrones latinos, y sufrires eternos, y
reivindicamos nuestro derecho a disfrutar del amor. Queremos otras
canciones, otros romanticismos, otros finales felices, otras formas de
querernos.
Existen muchas canciones que rompen con la tradición romántica del
amor como una prisión o una enajenación mental que te limita y te
ata al ser amado. Canciones maravillosas como la de Silvio
Rodríguez: “Yo te quiero libre, libre de verdad, libre como el sueño
de la libertad… “.
Necesitamos poner de moda canciones e historias de amor que
rompan con la ideología hegemónica que atraviesa nuestra cultura
amorosa: poesía que rompa con la propiedad privada y la
exclusividad en la pareja, con las jerarquías, el sadomasoquismo
romántico y las luchas de poder. Tenemos que reivindicar una música
que no perpetúe los estereotipos y los roles de género, y que
reivindique la diversidad sexual y amorosa de nuestra realidad
cotidiana. Necesitamos canciones que canten más al amor y menos al
desamor, y que sean capaces de ampliar nuestro concepto de “amor”
mucho más allá de la pareja monógama en edad reproductiva.
La música es un motor de transformación, igual que el amor. Con
música podremos visibilizar y crear otros modelos de relación, otras
tramas, otras historias, otros protagonistas que en lugar de emplear
la violencia para resolver sus conflictos, tengan herramientas para
quererse bien, para respetarse, para cuidarse mutuamente, y para
separarse con cariño.
Es fundamental que revolucionemos nuestro arte, nuestra música,
nuestros relatos y nuestras representaciones a la vez que
transformamos el mundo de los afectos, la sexualidad y el erotismo,
las emociones y los sentimientos. Tenemos, también, que reivindicar
nuestro derecho al amor y trabajar para que todo el mundo pueda
unirse independientemente de su género, su orientación sexual, su
clase social, su profesión, su edad, o su ideología.

Tenemos que cantarle al amor colectivo, a la ternura social entre los
barrios y los pueblos, a otras formas de quererse alejadas de la
ideología patriarcal y capitalista que nos hace sufrir tanto. Tenemos
que dar espacio a los músicos y músicas, a la gente que compone y
que canta otras historias de amor que nos muestren la riqueza del
mundo en el que vivimos: hay muchas formas de juntarse y
organizarse, y no tenemos por qué seguir cantando eternamente la
misma canción.
Coral Herrera Gómez
San José, Abril 2015

Índice de canciones artículo Coral
-

Y sin embargo te quiero. Concha Piquer
Y sin embargo te quiero. Joaquín Sabina
Tentación. José Luis Perales
Corazón Loco. Bebo y El Cigala
Mi amor secreto. Lola Flores
Sin ti no soy nada. Amaral
Un hombre de verdad. Alaska
Con una mirada. Marta Sánchez
Como yo te amo. Rocío Jurado.
Si tú me dices ven. Los Panchos
No controles. Mecano
No soy esa. Mari Trini
Me gusta ser una zorra. Las Vulpes
Que te den. Amparo Sánchez
Quisiera amarte menos. Martirio
Todo cambia. Mercedes Sosa
Malo. Bebe
El ramito de violetas. Cecilia
La Zarzamora. Isabel Pantoja
Juana Peña. Mártires del Compás
Tatuaje. Concha Piquer
Ingrata. Café Tacuba
Matalás. Alejandro Fernández
Olvídame y pega la vuelta. Pimpinela.
Teatro. La Lupe
Rata de dos patas. Paquita la del Barrio
Yo te quiero libre. Silvio Rodríguez
La mujer que al amor no se asoma…
Déjate querer.

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