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Capítulo IEVOLUCION GENERAL DE LA NOCION DE HISTERIA HASTA CHARCOTPara captar lo que constituye la originalidad de los trabajos de Charcot y de sus alumnos me parece indispensable bosquejar de entrada a grandes rasgos lo que fue la histeria para los autores que los precedieron, en qué contextos sucesivos se inscribió, cómo quedó progresivamente delimita-da en el campo de la clínica.1Lo que por cierto no ocurrió de una mane-ra lineal: la histeria vio variar su concepción y su extensión a lo largo del tiempo, acompañando a diferentes perspectivas, a los prismas a tra-vés de los cuales se observaban y comprendían los fenómenos. Tampoco se trata de hacer la historia en las distintas épocas de lo que
nosotros
 llamamos histeria (enfoque que en el trabajo de Veith surge inextricable y sin gran interés), sino de lo que se designaba con esa palabra desde los orígenes griegos de la medicina, echando circunstancialmente al pasar u na mirada a aquello que puede igualmente tener que ver con el significa-do que nosotros le damos al término.
 La histeria y la hipocondría hasta Sydenham
Desde Platón e Hipócrates hasta ese fin del siglo XVII en el que Syden-ham cambió las concepciones recibidas en cuestión de histeria, aparente-mente el foco esencial del concepto de enfermedad histérica estuvo cons-tituido por la gran “crisis”. Durante esos veinte siglos, la histeria fue concebida como una enfermedad propia de la mujer (de donde surgen la constancia con que se la atribuyó a un desorden uterino y su nombre mismo), dolencia que se manifestaba en paroxismos: sensación de que
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una bola
(globus hystericus),
 partiendo del vientre, ascendía al epigas-trio, donde provocaba una impresión de ahogo o vómitos, y después al tórax y al cuello (ansiedad precordial, palpitaciones, disnea), llegando a la cabeza, afectada entonces de dolor, pesadez, somnolencia letárgica, o convertida en fuente de convulsiones epileptoides en todo el cuerpo, cono sin pérdida de la conciencia. Si se describe un cierto número de sínto-mas particulares (trastornos sensitivos, sensoriales, motores, desórdenes funcionales viscerales), ello se hace en tanto que preceden o acompañan al acceso, o se encuentran estrechamente vinculados con él; por otra par-te, existen naturalmente formas parciales de crisis que no llegan al sín-cope o a las convulsiones. Finalmente, poco a poco se adquirió la cos-tumbre de atribuir a la histeria y a la matriz diversos síndromes que se encontraban en las mujeres reputadas como histéricas, sin que por ello fueran objeto de una descripción sistemática: se trata sobre todo de rela-tos anecdóticos. Por lo demás, la clínica como disciplina autónoma de observación y de descripción no existía todavía en esa época, en la que se interpenetraban sin límites claros la forma mórbida y la imagen me-tafórica que a la vez la explicaba y la generaba. A medida que las doctri-nas empiristas2 se aseguraban un dominio que encontró el apoyo del de-sarrollo de las ciencias exactas, en el estudio de las enfermedades se afir-mó la parte de clínica descriptiva. Ese proceso no desembocará en funda-mentos realmente seguros hasta fines del siglo XVIII, en particular con Philippe Pinel.Hasta Charles Lepois (1618), la histeria siguió siendo concebida co-mo efecto de desórdenes uterinos. Ya no se trataba por cierto de peregri-naciones de la matriz, un verdadero animal vivo poseído por el deseo de engendrar niños, que se agitaba en todos los sentidos en el cuerpo (cri-sis) con el furor de una frustración intolerable. El mito platónico del
Timeo,
 que Hipócrates todavía retomaba, había cedido el lugar en la doctrina galénica de los humores a los efectos deletéreos de la retención de las reglas o del “esperma femenino”; un humor (un
vapor,
 como se dirá más tarde) sutil irritaba y anonadaba los nervios y los centros ner-viosos, causando los síntomas del “mal de matriz”.3 Cuando Lepois considera a la histeria una enfermedad cerebral primitiva
(idiopálica
 y no
simpática,
 como lo sería si resultara del trastorno de otro órgano, en este caso el útero), cercana a la epilepsia y
común a los dos sexos,
 in-troduce una concepción tan revolucionaria que tendrá que pasar más de medio siglo para que se imponga con Willis y Sydenham. Veremos que hasta mediados del siglo XIX todavía seguirá habiendo partidarios de la antigua doctrina. Las consideraciones clínicas de Lepois son por lo de-más bastante notables, pues, si bien continúa describiendo de entrada y  por sobre todo la crisis, reconoce también una multitud de síntomas  bien individualizados: trastornos sensoriales (ceguera, sordera), sensiti-22
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