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ALFAGUARA, El caso del! futhotiaas El caso del futbolista enmascarado enmascarado Carlos Schlaen os oa wood ; 4 Eg a a 8 JUVENIL pire © Del texto: 203, Cats Schlen ‘©De as iustaciones:, Caos Seen De esta ec 2008 Aguilar Chilena de Balciones 8.4. De. Anal Arita 1444, Providencia Santiago de Chile “Trrlaguna 6, 28063 Mar, Esp, + Aguilar Altea, Taurus, Alfaguara S.A de CV. ‘Avda Universidad, 767, Co, del Vl, México DF. CP. 03100 + Aguilar, Altea, Taurus, Alfaguara S.A de Uaiciones ‘Avda, Leandro N. Alem 720, C1D01 AAP, Buenos Aires, Argentina. + Santana S.A. Avda, Primavera 2160, Sanago de Suro, Lim, Peri. + Bicones Santillana S.A. ‘Constinucin 1889, 11800 Montevideo, Unagusy + Santilana S.A. _ ‘Aud, Venezuela N° 276, ea. Lope spa, Asuncn, Paraguay. + Santillana de Fcones S.A. ‘Avda, Arce 2333, enige Rosendo Gutrer y elisa Salinas, La Pa, Bolivia, ISBN: 978.956.239-517-5, Impreso en Chia/Pinted in China Primera edicn en Chile febrero 2008 “Teco xin en Chile: noviembre 2008 Diseo de colesci: Manuel Etrds Feces teins mn co reteset un Fe _.-~ ... Sha DC. STA. MARTA 398 ._ BIBLIOTECA El caso del futbolista enmascarado Carlos Schlaen ltustraciones del autor ALFAGUARA, El estudio de la mansién Oliveira era la habitacién més protegida e inaccesible de Ia ciu- dad. Aquella mafiana, sin embargo, un cajén de su escritorio habfa amanecido abierto. Este hecho, que en cualquier otro caso no hubiese llamado la atencién de nadie, habia bas- tado para desplazar las noticias del resto del mundo en las primeras paginas de los diarios locales. ¥ no era para menos, Luis Oliveira era el empresario mas poderoso del pais. —{Un cajén abierto...? {Eso es todo? —murmuré, mientras sumergfa la punta de una ‘medialuna en el café con leche. —Serd un tipo muy ordenado —ironizé Pepe, pasando el trapo rejilla por el mostrador. Pepe es, en esencia, un hombre formal y rara vez bromea, pero lo cierto es que, tal como habfa sido publicada la informacién, era muy dificil tomarla en serio. Si bien las notas abunda- ban en detalles que describjan las deslumbrantes caracteristicas de Ia mansi6n y la fabulosa rique- za de Oliveira, apenas inclufan unas pocas Ifneas acerca del motivo que habia ocasionado semejan- te revuelo periodistico. En resumidas cuentas, s6lo decfan que el mayordomo de la residencia hhabfa ingresado al estudio muy temprano, para ‘ocuparse de la limpieza, y habia hallado el dicho- 0 cajén abierto que desaté la tormenta. Imaging el escéindalo que hubiese armado ese buen hom- bre si le hubiera tocado encontrarse, sin previo aviso, con el cotidiano espectéculo que ofrecen los cajones de mi escritorio. Pero yo no soy millonario, no tengo mayordomo y la limpieza no es una de las prioridades de mi bufete de abo- gado (tampoco de sus virtudes, deberfa admitir. + Aeesas horas de la mafiana, el bar de Pepe es un lugar tranquilo y silencioso, frecuentado, salvo excepciones, por sus parroquianos hat tuales: toda gente de trabajo y yo que, cuando lo tengo, también lo soy. Por esa razén, el enorme televisor de treinta pulgadas, recientemente incor porado a sus instalaciones, permanece apagado hasta el mediodfa, Esta regla sélo es vulnerada cuando un evento extraordinario lo justifica. Y éste, decidié Pepe, lo era. Los canales de noticias repetfan, con lige- ras variantes, lo que ya conocfamos, y exhibfan el impresionante despliegue que habfan montado frente al domicilio de Oliveira. Camarégrafos, reporteros y curiosos se apretujaban entre el férreo cordén policial que les cerraba el paso hacia la casa y un puiado de astutos vendedores ambulantes, recién Hegados con la esperanza de abastecer a la jaurfa humana congregada en el sitio. Algunos cronistas, para llenar el vacfo de informacién (0 para profundizarlo, segin se mie), entrevistaban a los escasos vecinos que se prestaban al didlogo y que, previsiblemente, no aportaban ningtin dato significativo. Otros, a fal- ta de novedades, procuraban alimentarlas reite- rando hasta el cansancio las nunca aclaradas denuncias que involucraban al empresario con Aguasblandas, una compaiifa fantasma que, en las Gltimas semanas, habfa sido descubierta en lurbios negociados de lavado de dinero y tréfico de armas, Ya habfa perdido el interés en el asunto cuando, de repente, la aparicién de una nueva ima- gen en la pantalla volvié a concitar mi atencién, Asediado por un grupo de periodistas, en la esqui- ha del Departamento Central de Policia, sobresalia el inconfundible rostro del comisario Galarza. —jOye...! No es tu amigo, ése? —excla- 16 Pepe, quien, por lo visto, continuaba bajo los influjos de su singular sentido del humor. Amos sabfamos que el comisario Galar- za no es amigo de nadie y mucho menos mio. 10 Nos habfamos enfrentado en varios casos! y nuestra relacién se basa, desde entonces, en una mutua, aunque respetuosa, antipatia, Pero es un tipo recto e imaginé que si habfa accedido a hablar con Ta prensa era porque tenfa un anuncio conereto que hacer. Y asf fue. —En relacién con el hecho ocurrido esta madrugada en la residencia del senor Luis Oli- veira —dijo—, estoy en condiciones de comuni- car que se ha identificado a un sospechoso y que se ha procedido a su arresto. Es todo por ahora. Buen dia. Luego amagé con retirarse, pero el acoso de los reporteros lo detuvo. —jComisario! jComisario! jNo se vaya! jDiganos el nombre! {EL nombre del sospechos —eritaban. Galarza parecié dudar ante el reclamo y eso me intrig6. El jamas duda; ni siquiera cuando se equivoca. A ese hombre la presién del perio- dismo debfa de afectarlo menos que una tibia bri- sa de verano. Sin embargo, esta vez no terminaba de decidirse. Al fin, visiblemente incémodo sac6 un papel de su bolsillo y, como si adivinara las inevitables consecuencias de ese acto, lo ley6 en vor baja: —El detenido es Daniel Alfredo Taviani. TGF ET io det cantante de roc, El caso del videajueg y El enso de larmendeloy fos lentes de Elis u El efecto que provocaron aquellas pala- fas fue fulminante, Un silencio generalizado ag6 todas las voces y el estupor estall6 ante las sAmaras de televisi6n, enmudeciendo por igual a cronistas que rodeaban a Galarza y a la enor- ¢ audiencia que en esos momentos se hallaba nnte a las pantallas. Si habfa algo que nadie ssperaba era escuchar ese nombre mencionado ‘un s6rdido parte policial. Porque Daniel Alfre- Taviani, lejos de ser un desconocido, era la reciente y firme promesa del fitbol nacional. La rapidez con que se estaban precipitan- Jos hechos en este extrafio asunto era sorpren- nte. No s6lo habjan aleanzado una difusién ccepcional en las pocas horas transcurridas des- el episodio del mayordomo, sino que, ademas, la policfa ya habia apresado a un sospechoso. Y todo por un cajén abierto. + ‘Al eabo de un rato subf a mi oficina, Aun- ue no tenfa ningsin caso entre manos, el dia pinta- ‘ba bien. Habfa conseguido un par de juegos nue- ‘vos para la computadora y la falta de trabajo era el pretexto ideal para dedicarme a ellos sin remordi- ‘mientos. Pero no Hlegarfa a darme el gusto. Acaba- ba de encender la méquina, cuando dos golpes en Ja puerta alteraron draméticamente mis planes. 12 Era Pepe. Si bien su bar se halla en la planta baja del edificio, podfa contar con los dedos de una mano las veces que habfa estado en mi oficina, Por eso, y por la severidad de su ros- tro, asumi que su visita no serfa un mero acto social. Estaba acompafiado por una mujer con quien lo habfa visto conversar en algunas ocasio- nes, pero jams me habfa hablado de ella. Hasta esa mafiana, —Esta es Pilar —dijo—. Su familia es de mi pueblo y necesita de ti. Fue suficiente. Aquella era una indica- cién de que la cosa venia en serio y, también, una clara advertencia. El pueblo al que se referfa era, cn realidad, la aldea de sus ancestros en Galicia ¥, pese a que nunca habfa puesto un pie allt, todo lo relacionado con ese lugar tiene, para él, un cardcter sacramental. En su particular cédigo de valores, Pepe habfa establecido que esa mujer era su familia y que un pedido suyo era como si él mismo lo formulara. Pilar parecfa rondar los setenta aitos. Menuda, de rasgos duros y mirada de acero, era laclase de persona con la que uno no desea man- tener una discusi6n. Consciente de ello, procuré ser amable y le offecf una silla. Pero la anciana rehus6 la invitacién con un gesto de impacien- cia, obligéndonos a permanecer de pie junto ala puerta. 13 —No tengo tiempo que perder —dijo— ero sacar a alguien de la cércel. Puedes? Por lo visto la seffora no se andaba con tas. Hacfa menos de un minuto que la conocfa hhabfa logrado ponerme a la defensiva, en mi pro- ia oficina, sin que yo todavfa supiera por qué. —Depende —balbuceé—. ;De qué esté usado? —De nada —respondi6. Si lo que buscaba era desconcertarme, -bja admitir que lo estaba consiguiendo. Aun {, me las arreglé para articular una opinién eptable. ___ —Bueno, supongo que en ese caso sera cll. —Tal ver no... —intervino Pepe. —. Asf lo Namaban. Salvo el dato de la recepcién realizada en Ja mansién Oliveira, el resto de la informaci6n era la misma que a la maiiana. Le pedi a Pepe el control remoto y elegf otro noticioso. Fue muy oportuno. Un fulano de traje gris, rodeado de periodistas, lefa un breve texto: —..y ante los hechos de dominio piblico que involucran al presidente del Grupo, desea- mos puntualizar que el seftor Luis Oliveira se encuentra en el exterior desde hace una semana y desmiente la gravedad de los mismos. Muchas ‘gracias. El fulano era el yocero del empresario y acababa de lanzar una bomba. El estallido no se hizo esperar. Un aluvidn de preguntas broté al unigono en ta concurrida conferencia de prensa, pero él, impasible, no respondié a ninguna. Cus- todiado por varios grandotes con cara de pocos amigos, se limit6 a desaparecer tras una puerta. Si lo que habfa buscado con esa extrafia desmentida era esclarecer lo sucedido en Ia casa de su jefe, podia decirse que habia logrado, exac- tamente, el efecto contrario. Ahora, el misterio del cajén abierto se vefa mas confuso que antes. Sin embargo, algo estaba claro. Oliveira querfa restarle importancia al asunto. Ignoraba 29 sus razones, pero a mf me convenfa y no dejaria de aprovecharlo. Suspend el postre y fui a buscar el Citroén, Por el momento, seguia en el caso. )) wy ri Ku La mansi6n Oliveira quedaba en las lomas de San Isidro, Desde esa mafiana era el domicilio més conocido del pais, asf que no me costé mucho localizarla, Ocupaba una manzana entera y una muralla de dos metros de altura la protegfa de visitas indeseables. Esperaba no encajar en esa ccategorfa porque me proponia visitarla Con la tinica excepeién de los camiones de televisi6n y de algunos reporteros, la calle esta- ba desierta, Se hallaban cerca de la entrada princi- pal y supe que, pata evitarlos, debfa actuar con rapidez, Avancé lentamente delante de ellos y al ilegar a la entrada, de improviso, giré el volante hasta ubicar el auto frente a un s6lido portén de veto que, por supuesto, estaba cerrado, Imaginé que habria un timbre para tocar, como en cualquier casa de vecino, pero imaging mal; esa no era cualquier casa, ni su duefio un vecino cualquiera, Lo que habia era una casilla de vigilancia embutida en el muro y dos guardias Ienos de misculos que me miraban sorprendidos tras un vidrio més sélido que el portén. Se me 32. ocurtié que a esos tipos no les agradaba ser sor- prendidos, pero ya era tarde para remediarto. —igQué hace?! —grit6 uno de ellos a través de un megéfono oculto. —Vengo a ver a la sefiora de Oliveira —res- pondf, sin saber muy bien hacia dénde hablar. —La sefiora no recibe a nadie. ; Quién es usted? —Soy el abogado de Taviani y puedo conversar con ella... 0 con ellos... —dije, hacien- do una sefia con el pulgar hacia los periodistas, {que empezaban a aproximarse—. Usted decide... Habia dado en el clavo. El hombre solo duds un instante antes de abrir. Su jefe no querfa ms esedn- alos y 4 no deseaba comer el riesgo de provocarlos. + Apenas crucé el portén, aparecié el guar- dia. Venfa acompafiado por un déberman que tra- fa todos sus dientes encima... y me los mostraba. Eran grandes, muy grandes. —Estacione ahi —ladr6 (e1 guardia, no el doberman). Obedecf y cuando intenté abrir la puerta, me advirti¢: —No se lo aconsejo. El grufido del animal termin6 de conven- cerme y permanecf sentado en el auto, Suelo caer- 33 es bien a los perros, pero con ése no me hice ilu- siones. Me miraba como si fuera el enemigo y tenia ‘el specto de haberse masticado a unos cuantos. Alcabo de varios minutos interminables, el escuché algo en el audifono que llevaba, y dijo: —Puede pasar. Respiré aliviado y puse el Citroén en ha, Felizmente arrancé enseguida. El sendero, de pedregullo rojizo, se inter- sba en un parque arbolado que descendia suave- ante hasta el borde de una barranca suspendida el rfo, Allf se levantaba la casa, por lamar alguna manera a aquella enorme construccién janca que resplandecfa bajo el sol de la tarde. iveira, habja que admitirlo, vivia bien, Me detuve justo al pie de la escalinata que mducia a la puerta principal. Aunque habia otros tos estacionados a unos metros de distancia, no ise exponerme a nuevas sorpresas, con el ani- lito de la entrada ya habfa tenido bastante. Uno de esos autos era un Ford azul, igual al ie habia provocado el incidente de trénsito cerca Departamento Central de Policfa, pero habia jentos ce Ford azules en ta ciudad y, atin siendo el smo, no tenfa motivos concretos para sospechar 1, Me olvidé del asunto y subf los escalones, intandome si esta vez encontraria un timbre. No aleancé a averiguarlo; Ia puerta se abrig yun mayordomo de uniforme salié a recibirme. 34 —Buenas tardes, sefior. ;A quién debo anunciat? " ese a que no tenfa mucha experiencia ‘con mayordomos, a éste lo conocfa. Era el cano- so que habja visto en el video. Hubiese querido hablar con é1 al respecto, pero decidf reservarlo para el final Le entregué una de mis tarjetas y me hizo ppasar a un imponente vestfbulo forrado en mérmol. —Aguarde aqui, por favor —dijo y se ale. EI panorama interior de la mansi6n no tenia nada que envidiarle al exterior. Slo que era més lujoso. Desde donde estaba, se podfa apre- cciar parte de la sala y llegué a la conclusién de gue, quitandole los muebles, no hubiese sido dif cil organizar allf un campeonato de basquet con piiblico y todo. —La sefiora Jo atenderd ahora. Sigame, por favor. ° La sefiora en cuestién era la cuarta espo- sa de Oliveira. Nunca supe quién fue la primera, pero las tiltimas habian sido modelos, 0 algo asi. ‘Fenian, ademés de eso, un par de atributos en comin. Eran bellas y jévenes; mucho més jéve- nes que el empresario. Esta se llamaba Soledad y rondaba los veinticinco aftos. El, en cambio, pisa- 35 los setenta. Se habfan casado el verano ante- or, en Miami, tras un répido y seguramente cos- 380 divorcio de la predecesora. La noticia habia sbado a la prensa del corazén a lo largo de farias semanas. La diferencia de edad y la rique- de Oliveira fueron, por cierto, la comidilla que iments esas notas para tejer toda clase de supo- iciones, chismes y comentarios. ‘Ajeno a estas reflexiones, el mayordomo 1¢ gui¢ hasta una amplia terraza que se extendia continuacién de la sala. Allf se hallaban la pis- a y Soledad. Una combinacién inquietante, Era demasiado hermosa, mas que en las lografias, y eso me preocups. La hermosura smenina suele intimidarme. Tendida en una josera blanca, apenas cubierta por un breve tra~ de baiio esmeralda, ella parecia protagonizar a costosa produccién publicitaria y yo, pese a is prevenciones, un intruso a punto de caer en red tecnicolor, —jAsf que eres abogado? —dijo, quitén- 8¢ los lentes ahumados. Sus ojos, del mismo tono que el traje de >, se clavaron directamente en los mfos. —Ahi... —contesté como pude. —¥ qué quiere un abogado conmigo? _pregunt6, con una sonrisa capaz de derretir a témpano. A Soledad le gustaban los juegos peligro- 36 sos y aunque algunas ideas eruzaron por mi atri- bulada cabeza, las descarté de inmediato. —Mi cliente es Danie! Taviani. Ya estards enterada del problema que tiene. —iAy, sf! ;Pobre...! Lo vi por la tele. Todavfa no sé lo que pasé... —Yo esperaba que tt me lo expliques —teaccioné. —La verdad es que acabo de enterarme. Hoy me levanté muy tarde. —O sea que ti no hiciste la denuncia. —Yo...? —replicé sorprendida—. No. @Por qui Contfieso que su respuesta me desconcert6. —Bueno... Esta es tu casa. Anoche hubo una fiesta y aparentemente alguien se metié en el escritorio de tu marido, Como él no esté, yo pen- sé que... —No. Yo no me ocupo de esas cosas. Me hubiera encantado saber de qué cosas se ocupaba, pero en lugar de ello, pregunté: —aY no se te ocurre quién habré sido? —No sé... Tal vez Inés. A ella le fascina controlar todo —sugiri6, con fingida naturalidad, pero no logrs evitar que la vor se le enronquecie- taal pronunciar ese nombre. —lné —Es la hija de Luis —dijo, acomodiindo- se un mechén rubio que le cafa sobre la frente. 37 —Ahd. ¥ supongo que tampoco sabris lo ue robaron, Tampoco lo sabfa, No alcancé a determi- si el despiste de ella era genuino 0 una actua- in brillante. Como sea, no habia conseguido eriguar nada. Nada, excepto que Soledad pare- fa no querer demasiado a su hijastra. La dejé en su reposera blanca, acomodindo- € el mechén rubio que, por lo visto, era muy rebelde, + Al regresar a la sala, me encontré con una mujer joven. No tuve que hacer ningiin esfuerzo adivinar quién era. —Soy Inés Oliveira —dijo, saliéndome cruce. La hija del empresario era alta y delgada, a vestida con un severo traje gris y Hevaba un ran pafluelo de seda violeta anudado al cuello. itenté presentarme, pero ella se anticip6 con un ipido gesto de su mano: —Ya sé quién eres. Acompéiiame por wor. Tenemos que hablar. Y sin esperar respuesta, se dirigié hacia un jorredor que terminaba en una puerta de bronce zo. Segura de que la habia seguido, se avercé a pequefia consola disimutada en la omamenta- , il . pero su mirada que no lo hiciera y me corregi a tiempo—...con Soledad y ella no sabe nada de £50... —Soledad nunca sabe nada de nada —ex- clamé—. Y tampoco debe enterarse. —No sé si seré posible. Después de todo, Jo que habia en ese cajén pertenece a tu padre y ella es la esposa. —iEso no me importa! —replic6, quitin- jose bruscamente el pafiuelo del cuello—. Yo soy lahhija y la quiero fuera de esto, ¢Esté claro? Lo que estaba claro era que el sentimiento se profesaban ambas mujeres era mutuo y que, el momento, no me convenfa insistir en ello. —EI negocio es simple —prosiguié—, fo recupero lo que es mio y ti cobras una buena ima. El resto se olvida, La palabra «negocio» jams me agradé. En negocio siempre hay alguien que gana y alguien jue pierde. Y en este asunto, tal como ella lo pre- aba, no habja dudas de quién salia perdiendo. lo denunciaron... —le recordé. 40 —Yo todavia no hice ninguna denuncia, asi «que no te costaré sacarlo, La tinica condicién es que Ja entrega la hagas ti. A mf y a nadie mas que a mi. —Suponiendo que sepa de lo que esta- ‘mos hablando —respond. —Por supuesto, pero si Io piensas bien, estoy segura de que no te va a costar demasiado. Soledad no habfa exagerado. A Ia hija de Oliveira le gustaba tener todo bajo control. + ‘Apenas dejé el estudio, el mayordomo aparecié de la nada para escoltarme hacia la sali- da, Mi visita a la mansién habfa concluido, pero no querfa marcharme sin conocer su versi6n de Jos hechos. Sabfa que la mayor virtud de su officio era la reserva e imaginé que no serfa facil interro- garlo, Al llegar al vestfbulo, no obstante, decidi intentarlo: —{Usted descubrié el cajén abierto esta mafana? El hombre no me contesté. Ni siquiera dio sefiales de haberme escuchado. Con gesto grave y distante, se limit6 a abrir la puerta y deduje que, tan pronto la traspasase, la cerrarfa en mis narices para siempre, en castigo por la imprudencia cometida. Pero en lugar de ello, ech6 una répida mirada sobre su hombro y la cru- 41 26 tras de mf. Luego, sin pronunciar palabra, descendié la escalinata a mi lado y recién cuando nos detuvimos junto al Citroén, dijo: —En efecto, sefior, fui yo. El tipo era el maestro de Ia discrecién pero, por algiin motivo, estaba dispuesto a con- vyersar conmigo. No era momento de indagar sus razones sino de aprovechar la oportunidad que ‘me brindaba. Y eso hice: —Obviamente usted posee la clave para ingresar al estudio. —St, seffor. Lo mismo que Ia sefiora Soledad y la sefiorita Inés. —0 sea que cualquiera de ustedes pudo abrir ese cajén. —Podria ser, pero no irfamos demasiado Iejos. El estudio es permanentemente monitorea- do por una cémara. Todo lo que sucede alli es registrado en una cinta, —iUna cémara! ;Pero si es asi, el robo debié ser grabado! —reaccioné sorprendido. —Sin dudas —respondis, —Sin embargo, en los videos que le enviaron a la policfa no pudimos verlo. —Por supuesto, Supongo que esas cintas fueron enviadas a la policfa por el personal de seguridad y ellos no controlan ese circuito, —{Cémo es eso? —Muy simple. El sefior Oliveira trata ae 42 importantes asuntos en el estudio y desea hacer- {o, digamos, sin testigos. —iY dénde esté esa grabacién? —Lo ignoro. Por las mismas razones creo que s6lo el sefior Oliveira conoce la ubica- cién del equipo. Comprendf que habfa legado a un punto muerto con ese tema y resolv retomar la conver- saci6n inicial —Bien. Volvamos a lo del cajén, enton- ces. {Qué hizo usted al encontrarlo abierto? —Le informé al sefior Oliveira. Se encuen- tra en el exterior, pero tiene un teléfono satelital. —iY lle pidi6 que hiciera la denuncia...? —No, seffor, no hubo ninguna denuncia, El sefior Oliveira fue muy preciso al respecto. El escéndalo de Aguasblandas todavia esté pendien- te y él prefiere no agregar mas publicidad en tor- no a su nombre, —Pero alguien se ocupé de divulgarlo a los cuatro vientos —apunté. —Me temo que sf —admitis, apesadum- brado—. Por eso quise hablar con usted. Verd, estoy préximo a jubilarme y no quisiera que. —Entiendo, ;¥ sabe quién fue? —No, sefior, y es verdaderamente inex- plicable. Salvo el sefior Oliveira y yo, nadie se enter de lo sucedido hasta que aparecié por la Aclevisi6n. 43 —Ni siquiera la seffora o la hija? —Es muy improbable; la seffora dormtfa y Ia sefforita Inés no vive aquf desde su discusién.. —comenz6 a responder, pero se detuvo de repen- te, como si hubiese advertido demasiado tarde que habia cometido una infidencia imperdonable. —No se preocupe: le aseguro que seré muy reservado —Io tranguilicé—. Yo tengo el mismo interés que usted en aclarar esta situacién y cualquier detalle puede resultarme titi Mi argumento parecié convencerlo, Tras vacitar unos instantes, dijo: —Hace mas 0 menos un mes, el seffor Oliveira y su hija tuvieron un... desacuerdo acer- ca de cierta documentacién. Luego la seflorita Inés se marché a su departamento del centro y s6lo viene para atender algunos asuntos cuando el padre esté de viaje. —Ahé. ;Y de qué documentaci6n se trataba? —No lo sé. Un contrato, creo. En ese ‘momento yo me hallaba en el jardin y todo lo que escuché fue que la sefiorita insistia con retirario de esta casa. —», ero ésas eran preguntas para las que no tenia respuestas y resolvi dejarlas de lado. Las condiciones meteorolégicas a las que estaba sometido me imponfan urgencias més concretas. Los letreros del camino eran apenas visibles por elaguacero que cafa y lo tinico que me faltaba era pasar de largo mi salida. Un rato antes habfa intentado hablar con Taviani desde casa, pero sin suerte; su teléfono y su celular estaban conectados a un contestador. Con el tercer mimero que habia anotado en mi agenda fui més afortunado: me atendié Pilar. Asf supe que mi cliente habfa partido hacia «La Sere- na», la quinta de entrenamiento del club, para una prdctica individual. Su preparador fisico la habfa programado muy temprano con el delibera- do propésito de evitar el acoso del periodismo. 4 «La Serena, no podfa ser de otro modo, quedaba lejos. La lluvia, el insalubre madrugén padecido y Ia falta de un buen desayuno, se con- fabulaban para que mi estado de dnimo no fuese el mejor esa mafiana. ‘Tras una interminable serie de desvfos y cambios de rutas, finalmente di con el acceso a la quinta, El portén estaba abierto y lo atravesé para dirigirme al edificio principal, ubicado, a corta distancia, junto a un pequefio bosque de eucalip- tos. Justo en ese momento, un auto brots a toda velocidad de entre los drboles y se me vino enci- ma como una avalancha voraz y demoledora. Mis debido a un acto reflejo que a una maniobra premeditada, atin€ a girar el volante a la derecha yy s6lo por obra de un providencial milagro logré evitar que me embistiera. La oleada de agua que levanté al pasar a mi lado fue tan fuerte que sacu- i6 al Citroén con la furia de un huracén, cubriéndolo por completo de un liquido barroso y ‘oscuro, Despavorido, clavé los frenos y me que- dé sin aire, Pero el terror que me provocs la inmi- nencia de morir aplastado no fue nada compara do con la fugaz imagen que habia sobrevolado mis retinas. Porque mis ojos, por unos instantes, Jo habfan percibido con absoluta claridad. Y, esta ve7, no tenfa dudas. Ese auto, que ya se alejaba vertiginosamente por el camino, no era otro que el fantasmal Ford azul con vidrios polatizados. 35 Recordé las amenazas del grandote en mi habitacién y el filo helado de una terrible sospe- cha me estremecié hasta los huesos. Corr hacia el edificio y entré en una especie de enorme recepeiGn, atestada de andamios, herramientas y materiales de construccién. Desesperado, busqué a alguien que pudiera orientarme, pero no habia un alma a Ia vista; aquel lugar parecfa abandona- do. En eso, escuché el eco de varias voces; prove- nfa del fondo. Salté por encima de una pila de tablones y rodeé un montén de escombros hasta que llegué a un gimnasio cubierto. Alli, tres per- sonas en ropas deportivas acomodaban algunas colchonetas. Ninguno de ellos era Taviani. Sin detenerme en explicaciones, les grit —jTaviani! ;;D6nde esta Taviani...2! Los tipos se pegaron el susto de sus vidas. —jgDénde esté?! —insistt—. jEs urgente.. El que estaba mas proximo a mi, sefialé uuna puerta que daba a una escalera y dijo: —En el vestuario, pero... ;quién eres? No le contesté; no habfa tiempo para pre~ sentaciones. Subf los escalones de dos en dos y aparecf en un recinto amplio y bien iluminado, No habfa nadie; el vestuario estaba vacfo. Sin embargo, en uno de Ios bancos, habfa un bolso abierto, —iDaniel! —to Hlamé, casi sin aliento—. GEstés aqui? 56 No hubo respuesta. Volvi a hacerlo, pero nada. El tinico sonido que rompia el silencio era el de las duchas, ubicadas en un sector que se abria en Sngulo recto, al costado del salén. Avan- cé con lentitud hacia allf, esperando lo peor. Cuando me encontré lo suficientemente cerca para acceder a un panorama més amplio del sitio, lo primero que vi fue el pie descalzo de Taviani y el agua que se deslizaba sobre las baldosas hacia una rejilla, A menos de un metro, agazapado inmévil, igual que una serpiente dispuesta a ata- ccar, un grueso cable negro aguardaba apoyado en el suelo atin seco, La sangre se me congelé en las venas al descubrir que, en la sinuosidad oscura de su piel pléstica, faltaba algo. Un segmento de la vaina que lo recubria habfa sido quitado, dejando desnudo su interior rojizo de cobre justo en el camino del agua hacia la rejilla. No era un exper~ to en electricidad pero sabja que, apenas hiciesen contacto, un inexorable circuito fatal se cerraria en el sector de las duchas, Sin pensarlo, me abalancé como una tromba encima de Taviani que, todavfa envuelto en un toallén blanco, se aprestaba a quitérselo para tomar su baiio. Sorprendido por mi intem- pestiva aparicién, retrocedié espantado. Su brus= ca reaccién y el piso resbaladizo estuvieron a punto de hacerle perder el equilibrio pero, antes de que ello sucediera, lo tomé del brazo y, de un 58 tirén, Jo saqué de allf con toallén y todo. El salto que pegamos, aunque poco elegante, fue efectivo. Fuimos a dar contra unos armarios, en medio del vyestuario, arrastrando varias filas de bancos en nuestra desprolija caida. —iPero, jestés loco? {Qué te pasa...!! —ex- clamé, fuera de si No aleancé a contestarle, En ese instante, un fogonazo enceguecedor estall6 en las duchas y su estruendo agit6 violentamente el aire que respirdbamos. Las luces se apagaron de repente y, sumidos en una densa penumbra, durante un buen rato no nos atrevimos a movernos. Pero la asfixiante nube de vapor y humo que invadfa la habitacién no admitfa dilaciones y, a los tumbos, nos obligamos a ponernos de pie. Qué fue eso...2! —pregunt6 Taviani, atin aturdido, —Después te explico —respondf y, algo més despabilado, agregué—: Agarra tus cosas. Tenemos que salir de aqui... No tuve que insistir demasiado. De un ‘manot6n, recogié su bolso y salimos del vestua- rio. Al pasar junto al sector de las duchas, sin embargo, me tomé unos segundos para echarle tuna répida mirada, Parecfa el dantesco escenario de una hecatombe. El piso y las paredes estaban ‘cubiertos por una espesa mancha de ceniza negra que, igual a un monstruoso y gigantesco pulpo, 59 extendia sus tentéculos desde el lugar donde habfa estado la rejlla, ahora reducida a un irmeco- nocible mazacote metilico. Del cable slo que- daban dos tramos chamuscados que colgaban de una pequefia claraboya de ventilacién empotrada enel techo. En la escalera nos cruzamos con Ios entrenadores que habia visto antes en el gimna- sio, Tras comprobar que estaban bien, abandona- mos Ja quinta, No queria permanecer alli un minuto ma: ° Dejamos el auto de Taviani en el estacio- namiento y regresamos a la ciudad en el Citroen. Si lograba persuadirlo de mis planes, en los pr6- ximos dfas é1 no precisarfa el suyo. Durante el viaje, lo puse al tanto de tas desagradables novedades ocurridas en las tltimas horas. Primero le conté c6mo habia sido desper- tado esa mafiana por los tres angelitos que habfan irrumpido en mi departamento. —{ Qué querian? —pregunts, —Algo que estaba en el escritorio de Oli- veira, Estin seguros de que tt lo tienes. —¥ qué les contestaste? —Nada. —Pero yo te dije que.. 60 —Ya sé lo que dijiste lo interrumpi— Pero también hay muchas cosas que no me dijis- te y este asunto se est poniendo muy jodido. Con esos tipos no se juega. Acabas de verlo en el ‘Obviamente él no habfa comprendido ain Jo que estaba sucediendo y procuré explicarselo, euidéndome de no alarmarlo demasiado: —No, Daniel. No fue un accidente. —Pero si —afirmé—. Lo que pasa es que hay obreros trabajando en la quinta y algtin distra- fo se habré olvidado un cable suelto. Es todo... —No, tampoco fue un distrafdo. —Yo creo que sf —insistié—. Me parece que estis exagerando. ‘Taviani era un tipo dificil y Io tinico que me faltaba en ese momento era una discusién para tratar de convencerlo, Ademds, su terquedad habfa empezado a cansarme, asf que resolvi dejar la delicadeza de lado y fui lo mas directo y crudo que pude: —iTermina con eso y esciichame, ;quie- res,..2! No estoy exagerando. Lo de recién no fue tun accidente; fue un intento de asesinato. ;A ver si ‘me entiendes! jAlguien quiere matarte. Y antes de que pudiera reaccionar, le lar- gué el resto sin ahorrarme ningiin detalle. Un golpe 6 bajo, lo admito, pero dio resultado. Al enterarse de que el cable habia sido intencionalmente pela- do, él entendié, palidecié de repente y balbuces: —Pero... ;por qué...? Taviani se me habia adelantado. Esa era la pregunta que yo queria hacerle. Desde que Galarza lo habia interrogado en el Departamento de Polie‘a, sabia que ocultaba algo e intufa que la clave de su secreto residia en esos cuarenta minu- tos que habia permanecido en la casa de Oliveira tras la finalizacién de la fiesta. Se lo sugeri, pero su respuesta fue terminante: —De eso no voy a hablar, Todo lo que tienes que saber es que yo nunca estuve en ese escritorio, EI viaje prosigui6 en silencio. Después habria tiempo de volver sobre el tema. Ahora, una nueva inguietud habia comenzado a torturarme. Algo no terminaba de encajar en este aten- tado, Si bien Jos tres angelitos habfan sido muy claros con su amenaza, también Jo habjan sido con el plazo otorgado; pero de esos dos dfas apenas +habfan transcurrido unas pocas horas. Por otra par- te, siestaban inferesados en un objeto que suponi- an en poder de Taviani, ;por qué matarlo antes de conseguirlo..., para qué molestarse en avisarme si ya habian tomado la decisién de eliminarlo..? ‘Cuanto més pensaba en ello, menos me gustaba, Sin embargo, la sospecha de que los tres 2 matones y el conductor del misterioso Ford azul no estaban relacionados entre sf se hacia cada vez més evidente. Y si mi presuncién era cierta, nues- tra situacién era mucho mas grave de lo que habfa imaginado, Porque eso significaba que, en lugar de uno, nos enfrentébamos con dos asesi- nos distintos. Alo lejos, un rayo se abrié paso en la tor- ‘menta. Aunque agucé el ofdo, no escuché el true~ no. Mal presagio. Cuando estoy en medio de un caso, necesito que uno més uno sea siempre dos. Y, en este caso, el ntimero dos se estaba convir- tiendo en un enigma endiabladamente oscuro. + El bar de Pepe tenfa un entrepiso que él Mamaba: «la biblioteca». Una denominacién algo desmesurada para esa dependencia, ya que los linicos libros que alojaba allf eran sus registros contables. Como sea, era el escondite perfecto. ‘Ningtin inspector de Rentas habia logrado jamas descubrir su entrada, disimulada por una pila de barriles vacfos, en el fondo de la cocina. E] sitio no era un dechado de comodida- des, pero era amplio, habfa una cama, un peque- fio bao y Taviani estaba tan asustado que acepts de inmediato la hospitalidad de Pepe. Habia comprendido, sin discutir, que era demasiado 63 arriesgado regresar a su casa y que deberfa ocul- ‘arse hasta que tuviésemos la seguridad de que su. ‘vida no corrfa peligro. Todo lo que pidié fue que le llevéramos algo de ropa y yo accedt a buscérscla. Escribié una breve nota para Pilar y parti nuevamente, Eran las diez, continuaba lloviendo y todavia no habfa desayunado. Mi malhumor segufa sin encontrar un buen motivo para aban- donarme esa mafiana. ° El edificio donde vivfa Taviani quedaba cerca del Boténico, Pese a que no habfa ningdn Ford azul a la vista, estacioné en una calle trans- versal y me acerqué caminando. Pilar se hallaba en la puerta. Le entregué Ia nota y la ley6 en silencio. Luego s6lo pregunts: —,Eil esta bien? —Esti bien —afirmé. Fue suficiente. Aquélla era una mujer de pocas palabras. La acompafé hasta el departamento y, mientras ella preparaba un bolso, me acomodé en la sala y encendf el televisor. El informe meteoro- 6gico anunciaba que el mal tiempo persistirfa. En un rine6n de la habitacién habfa un mueble en el que se acumulaban varios trofeos deportivos y algunas fotografias. La mayorfa eran 64 recientes y mostraban a Daniel en distintas etapas de su carrera futbolistica, pero habja una que me Hamé la atencién, Me acerqué y la observé con detenimiento, Era el retrato de un grupo de alum- nos, con guardapolvos, que rodeaban a una maes- tra sentada detrés de un escritorio, Entre ellos, no me costé reconocerlo, estaba Taviani. Mucho més joven —tendrfa alrededor de catorce afios—, pero con el mismo aspecto y la misma expresién taciturna que en la actualidad. Si bien era una tipica foto escolar, algo en ella me result6 extra- fio y, a la vez, vagamente familiar, Aunque no alcanzaba a precisar de qué se trataba, no podia quitarle los ojos de encima. Cuando la tomé, para examinarla més de cerca, se aproximé Pilar. —St. Es huérfano... —murmuré. —pregunté, desconcertado. .». —respondié, sefialindola Ese fue su Gnico hogar. Volvi a mirar y, en efecto, sobre el piza- én del fondo habfa un letrero escrito con tiza que no habia advertido. Decfa: «Orfanato Arcéngeli». —Sus padres fallecieron cuando era muy chico... —continué ella. * —¢Tuvo hermanos? “Ni hermanos ni parientes. Siempre estuvo solo. ~~ —LY los compatieros del orfanato? 65 —Bueno, no sé... dudé—. Es muy reser- vado con eso. Creo que tuvo una novia allf, una historia que terminé mal, —iMal...2 —Si, ella lo dejé. —Pero eso fue hace muchos afios, ;n0 hubo otra, después...? No, nunca pudo olvidarla, Aunque en Jas Ultimas semanas recibi6 varias lamadas de tuna mujer. No me dijo quién era, pero parecia bastante entusiasmado... En ese instante, el informativo de Ta tele- visi6n congel6 nuestra conversacién con una noticia inesperada: —Novedades en el caso Taviani. Hoy a las ocho de la mafiana, una fuente andnima hizo llegar a este canal importantes evidencias que comprometen seriamente al famoso delantero. Consiste en una grabacién de video que perte- necerta al servicio de seguridad de la mansién Oliveira... Corrimos al aparato y presenti que se ave, cinaba una catéstrofe. Estaban proyectando las escenas que ya habfa visto en el despacho de Galarza, referidas a la entrada y a la furtiva sali da de Taviani de la fiesta,... pero eso no era todo. Entre ambas secuencias habfa otro tramo; Mos- traba el interior de la casa y, a pesar de que Ia imagen era de mala calidad, reconoef en el acto el 66 estudio de Oliveira, El cuadro se mantuvo estiti- co durante varios segundos hasta que, de repente, una sombra fugaz. cruz6 la pantalla. Era la som- bra de una figura enmascarada que, sin vacilar, se dirigié hacia el escritorio. Una vez allf, tras una breve maniobra, abrié el dichoso cajén y retiré algo. Apenas alcancé a ver que se trataba de una delgada carpeta roja. Luego desaparecié répida- ‘mente por donde habia Hlegado. En ningtin momento pudo distinguirse su rostro, pero eso no me tranquiliz6. Los rasgos de aquella escurridiza silueta se hallaban ocultos, de pies a cabeza, por los pliegues de un ineonfundi- ble impermeable celeste. Como si ello fuera poco, el eufrico locu- tor agregé: —..Taviani, quien ha manifestado recientemente su intencién de trabajar en el extranjero, no estarfa en condiciones de negociar su pase ya que el verdadero dueito de su contra- to actual sera nada menos que Luis Oliveira. Segiin la misma fuente, el empresario acostum- bra a utilizar la carpeta roja que acaba de serle sustratda, para archivar la documentacién de sus asuntos mds urgentes... Pilar apagé el aparato y arrojé el control remoto al sofa. —Supongo que no creerés en esas basu- ras —dijo, entregandome el bolso. or ‘Su confianza en Taviani era admirable, pero yo estaba demasiado furioso para admirar a nadie y ya no sabia qué creer. Ese tipo no dejaba de sorprenderme ni de ganarse enemigos y yo, aunque por otros motivos seguramente, empezaba a comprenderlos. Ahora no sélo era perseguido por dos asesinos, sino que, ademés, toda la cana, del pats saldrfa en su bisqueda. Eso me recordé que debfamos marcharnos de allf cuanto antes; Galarza también tenfa un televisor y sus hombres no tardarfan en caer. Asf que, en lugar de respon- derle, tomé el bolso y le sefialé la puerta. En el pequeiio vestibulo del departamento habfa un perchero del que colgaban varios abri: g0s. Entre ellos sobresalfa el que, sin dudas, seria, para esas horas, el més famoso impermeable celeste del pais. —iEs ése...? —pregunté. —Si —confirmé ella—. Es nuevo, un regalo. Lo recibié el mismo dia de la fiesta, —jUn regalo...? ;De quién? —No sé. Algdn admirador; siempre le estén mandando cosas. Pero me dio la impresién de que, a éste, lo estaba esperando, —{Por qué? —Porque dijo que lo necesitaba para esa noche. Como si estuviera obligado a usarlo, No me gust6. Su presencia allf era dema- siado delatora y resolv{ llevirmelo, Sabja que me 68 exponia a ser acusado por ocultar evidencias, pero me resistfa a simplificarle Ia tarea a Galarza. ‘menos hasta escuchar a mi cliente. Si bien su mang por los secretos ya haba colmado mi paciencia més allé de cualquier Ifmite tolerable, decidf darle uni iiltima oportunidad. Sélo una, Si esta vez no loge ba convencerlo de hablar, yo mismo lo entregaria 1a policfa con impermeable y todo. Al abandonar el edificio, advert que a tenfa la foto del orfanato en mi mano, pero ya era ta de para volver al departamento. Un par de patrul 10s habfan dado vuelta en la esquina y se aproxim ban velozmente con sus luces y sirenas encendidas, La met en el bolsillo y me confundf entre la gente «que hufa de la lluvia, sin volver la cabeza atrés. + Llegué al bar con la firme determinacién de plantearle mis condiciones a Taviani. Si las aceptaba, bien; si no, renunciarfa de inmediato. Hasta ahora me habia esforzado por respetar sus silencios y cumplit con mi parte, pero sus evasi- vas ya me habjan hartado y no podia ni querfa seguir trabajando a ciegas. Lo pondrfa entre la espada y la pared: o contestaba a mis preguntas sin dilaciones 0 se consegufa otro abogado. Claro que todavia no sabfa lo que me aguardaba, 9. Pepe, en lugar de encontrarse de pie tras el mostrador, como de costumbre, se hallaba sen- {ado en una silla, junto a una ventana, con la mirada flotando en el vacfo. Algo andaba mal. Yo habia presenciado esa dramética alteracién en su rutina cotidiana una sola vez: cuando el seleccio- nado espafiol de fitbol fue eliminado del campe- onato mundial. Pero en esta ocasién, su rostro se vefa més apesadumbrado, Apenas reparé en mi, dijo: —Oye. Lo lamento; te he fallado. —{Por qué? {Qué pass? —Se ha ido. i Quién...2 —El muchacho... Se ha ido. No podia creer lo que habfa escuchado, Pese a que ya estaba habituado a las imprevisi- bles reacciones de Taviani, ésa era una que jamés hubiese cruzado por mi mente. —igPero, e6mo...! j{Cudndo...2! —ex- clamé, desencajado. —Hace un rato, Después de To que pasaron porla tele... Eso del impermeable y del contrato... —iMaldicién! ;g¥ adénde fue...2! —No sé. No abrié ta boca. Se puso Ta cha- queta y sali6. Aunque se lo pedi, no quiso esperar... Busqué mi agenda y corrf al teléfono, Tenfa que Hamarlo y hacerlo regresar antes de que cometiera una locura, pero Pepe me detuvo, 70 —No te molestes —dijo, entregdndom el celular de Taviani—. Lo dejé aqui. Bajé los brazos y me dejé caer en uno de los bancos. De repente me senti muy cansado y el ‘mis miserable de los abogados. Estaba empapado, tenfa hambre y mi tinico cliente se habfa esfumado, + Pepe sirvié un café y lo puso frente a mi, —{ Quieres comer algo? Por supuesto que queria, pero mis ojos habfan tropezado con una imagen que me habia quitado el apetito (un fenémeno bastante infre- ‘cuente, por cierto). {Qué es esto? —preguné, —Una revista. Se la compré al muchacho para que se distraiga. Si ése habfa sido el propésito de Pepe, saltaba a la vista que el material elegido no habia sido el més apropiado. Se trataba de una edicién especialmente preparada para cubrir el escéndalo del momento. Alli estaban, resplandeciendo en brillantes colores, Taviani, Soledad, Luis Olivei- ra, la mansi6n y hasta algunas escenas congela- das de los videos. Sin embargo, las fotografias que habjan concitado mi atenci6n eran, en apa- riencia, las de la protagonista menos importante del elenco estelar, Mas pequefias que el resto, n registraban, en distintos acontecimientos socia- les, a Inés Oliveira. En una de elas cenando con Santo Bricone, un influyente representante de futbolistas, en otra Megando a un desfile de modelos en Punta del Este y, en la tltima, char- Jando con amigos a bordo de un enorme yate. Nada que resultara inusual para la hija del empre~ sario mas rico del pafs. Sélo que, en todas esas fotograffas la acompafiaba, ubicado en un disere- to segundo plano, un hombre que no lograba disi- mular su condicién de guardaespaldas. Su guar- dacspaldas. ¥ yo lo conocia muy bien. Jamés olvidarfa su rostro. Ese era uno de los tipos que habjan invadido mi dormitorio aquella mafiana. Stibitamente, recuperé las fuerzas. Ahora, que sabfa quién estaba detrds de los tres angeli- tos, las piezas de este endiablado enigma empe- zaban a encajar. En nuestra entrevista de la tarde anterior, Inés habfa expresado con mucha vehe~ mencia su deseo por recuperar Io sustrafdo del escritorio de su padre. Presumi que, al no obtener respuesta de mi parte, habrfa enviado a sus mato- nes para recordirmelo. Segtin el mayordomo, por otra parte, Luis Oliveira habia sostenido una discusién con ella por Ia custodia de un contrato y, si las tilti- mas revelaciones periodisticas eran verdaderas, no costaba deducir que hablarfan del mismo con- trato que Taviani se habria Hevado. Eso podria B n —Dgjalo por mi cuenta. Al salir tomé un par de medialunas para el camino. Mi malhumor no se dio por aludido. significar que Inés tendrfa un interés personal en la carrera de mi cliente. A juzgar por el sujeto con el que aparecfa compartiendo la mesa en una de las fotos, se me ocurrié que su interés no serfa meramente deportivo. Santo Bricone era un personaje oscuro, un intermediario que no movia un dedo a menos que la venta de un futbolista fuese millonaria. Se sospechaba, ademés, que sus procedimientos no eran demasiado limpios y que buena parte de esas sumas terminaban en su bolsillo, Era evidente que Inés estaba metida en algo turbio y que nosotros nos hallébamos justo en el medio, Todavia ignoraba qué papel jugaban ‘Taviani y el conductor del Ford azul en esta his- toria, pero intufa que una conversacisn con ella aclararfa las cosas. Antes de partir le ped? un favor a Pepe: —Lo que sea... —respondis. —Mira que vas a tener que cerrar el bar por un rato. Ni siquiera lo dud6. Asf que le entregué el impermeable celeste y mostréndole la etiqueta cosida en la base del cuello, dije: —Lo compraron en un negocio del centro. —Y quieres saber quién fue. —Exactamente. A lo mejor pagé con tar- jeta de crédito. Si consigues averiguar su nombre, lémame al celular de Taviani me lo Llevo... ON i Vv) il Kt ‘A diferencia de lo sucedido en mi prime- +a visita, el panorama frente a la mansién era ca6- tico. Los camiones de televisi6n y los reporteros parecfan haberse multiplicado y formaban un ‘compacto enjambre delante de la entrada prin pal, donde un iracundo grupo de policfas procu- raba poner orden con escaso éxito, Comprendi que esta vez serfa imposible ingresar con el auto a la residencia y pasé de largo el tumulto, resig- nado a estacionarlo junto a la vereda y caminar bajo la Iluvia, Pero en la cuadra no habia ningtin sitio disponible y tuve que alejarme hasta la esquina, La calle transversal, por suerte, estaba casi desierta. Giré y elegf un lugar cerea de un equi port6n disimulado por las ramas de una enredadera. No tardé en reconocerlo. Era la ‘entrada de servicio que Taviani habfa usado para escabullirse de la casa después de la fiesta, Cuan do estaba a punto de apagar el motor, el portén comenz6 a abrirse y un BMW plateado asomé su ‘trompa. Apenas tuvo espacio suficiente para atra- vesarlo, acelers y se marché a gran velocidad. No 76 alcancé a distinguir los rasgos de la persona que Jo conducfa, pero no hizo falta. Era una mujer con lentes ahumados que cubria su cabeza con un pafiuclo violeta, Y yo sabia de quién era ese Pafiuelo, Inés lo habia Nevado, anudado al cuello, en nuestro nico encuentro. Puse primera y, sin vacilar, part tras ella Habia legado hasta alli para hablar con la miste- riosa hija del empresario y, ahora que la habfa hallado, no estaba dispuesto a desperdiciar la oportunidad. Sin embargo, un inesperado aconte- cimiento cambiaria mis planes, A poco de ingresar a la Avenida del Liberta- dor, e] BMW se detuvo en un supermercado, Entu- siasmado, crefinterpretar en ello una sefal de la pro- Videncia que me ofrecfa la ocasién perfecta para abordarla, Pero, 0 habia interpretado mal la sefial 0 la providencia estaba ocupada en otros menesteres porque, antes de que consiguiera aproximarme, I descendi6 de su auto, retiré una bolsa plastica de su interior y se zambull6 répidamente en un taxi Era obvio que deseaba pasar desapercibi- da. Ni sus propios guardaespaldas 1a acompaiia- ban. Intrigado, decidf seguirla. Tenfa buenas Tazones para sospechar que el secreto destino de su viaje seria muy revelador, B . Luego de varias vueltas, nuestro recorrido termin6 frente a una vetusta vivienda en el més apar- tado rincén de Nifiez. Apenas pude ocultarme detris de un camién abandonado, observé que Inés bajaba del taxi, con la bolsa pléstica en su mano, y entraba en Ja casa cuya pared ostentaba un lustroso letrero de ‘mérmol negro. Pese a la distancia logré descifrar un par de palabras. Era un instituto geridtrico y eso, por Gierto, me desconcen6. Si se trataba de una mera visi- ta social: gpor qué tomarse el trabajo de encubritla? Pocos minutos més tarde Inés sali6, esta vez sin la bolsa, y volvi6 a subir al taxi que habia permanecido allf, aguardéndola. Su visita habfa sido muy breve, Nos pusimos de nuevo en marcha, pero al doblar en Cabildo, Ia distraccién me jugé ‘una mala pasada. Un seméforo inoportuno me retu- vo en una esquina y ellos, fundidos en el vertigino- so torrente amarillo de taxis que atestaba la avenida, se alejaron irremediablemente. Por més que intenté localizarlos, al cabo de unas cuadras comprendf que serfa intl y desist. Inés se habia esfumado. + El zumbido del celular me sobresalt6, No estaba acostumbrado al aparato y me Hev6 algu- nos segundos hacerlo funcionar. Era Pepe. 9 —Oye, Nico, jeres ti? —dlijo. Sabfa que lo incomodaba hablar por telé- fono, asf que procuré simplificarle la tarea: —Si, te escucho. ,Averiguaste algo? Pero no dio resultado. El tenfa sus propios tiempos y necesitaba cumplir con el ritual com- pleto de una conversaci6n. Por si hiciera falta, aclar6: —Soy yo: Pepe. —Ya sé que eres td. ,Averiguaste algo? ti, en esta ocasién con mas suerte. —No mucho —respondié—. Al imper- meable lo compré una mujer, pero pagé en efec- tivo. Lo tinico que recuerda el vendedor es que usaba lentes de sol y un pafiuelo en la cabeza, —iDe qué color? —ZQué cosa? —EI pafiuelo. {No te dijo si era violeta? —No, no mencioné el color. ;Por qué? éEs importante? En realidad no lo era. Las evidencias que apuntaban a Inés eran demasiado comprometedo- ras para preocuparse por ese detalle. LY de Taviani...? {Hubo novedades...? —pregunté. —wNinguna. El que Hamé fue Galarza, varias veces. Esto se est poniendo feo. {Escu- chaste las noticias? —No, {qué pas6? 80 —Yolvié el millonario y en la tele no hablan de otra cosa. Nos despedimos y encendi la radio. Pepe tenia raz6n. Oliveira habia llegado a Buenos Aires, En el fugaz. encuentro que mantuvo con los petio- distas en el aeropuerto, s6lo habia abierto la boca ara desmentir su vinculacién con el escéndalo de Aguasblandas. De lo sucedido en su casa, en cam- bio, ni una palabra, Pero a nadie se le escapaba que habia adelantado su regreso por ese motivo. La policfa, como si no existieran otros delitos en el pais, habia lanzado una verdadera cacerfa humana para atrapar a Taviani. El panorama pintaba mal, Resolvi, por el momento, olvidar a Inés y concentrarme en Ia biisqueda de mi cliente. El problema era que no sabfa por dénde empezar, ° Necesitaba pensar. Me pregunté qué harfa yo en su lugar, acorralado entre la polie‘a, por un lado, y dos rufianes empecinados en liquidarme, Por el otro. No eran perspectivas alentadoras y, si bien mi situacién era distinta de la suya, con s6lo imaginarlo me senti agobiado. En principio, yo tenia una familia a la que recurrir y él, de acuer- do con lo manifestado por Pilar, estaba solo. Aunque tal vez eso no fuera del todo cierto. De repente sali de mi sopor y recordé que ella habia 81 dicho algo més. Cuando mirébamos ta foto habia comentado que el orfanato habia sido «su tinico hogar». Y un hogar, de cuya existencia nadie estaba enterado —me entusiasmé—, podrfa ser un excelente escondite. Ahora sf estaba pensando, ‘Me detuve y saqué la foto del bolsillo con Ia esperanza de encontrar un dato preciso que me permitiese localizarlo. En el reverso, un sello borroneado por el tiempo decfa: «Orfanato Arcéin- geli, V. Lia», Nada més. Ni domicilio, ni teléfono. ‘Sélo el nombre incompleto de una poblacién per- dida en la inmensidad del territorio nacional. —V. Lia —repetf, desanimado. Sin embargo, esa abreviatura me result6 vagamente conocida. Algo se sacudié en un repliegue de mi pobre cerebro que, aturdido por las exigencias y torturado por el hambre acumula- da de un mediodia sin desayuno ni almuerzo a la vista, evocé la temible presencia de mi profesora de geografia de quinto afio. Jamas cref que llega- ria el dfa en que deberfa agradecerle por obligar- ‘me a memorizar los nombres y ubicacién de cada uno de los pueblos de 1a provincia de Buenos Aires. Pero ahi estaba, con una sonrisa estpida y agradecida. Porque yo, pese a que nunca habfa puesto,un pie alli, sabfa muy bien que